Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis F. García del Moral Garrido, Profesor Emérito-Fisiología Vegetal, Universidad de Granada

Alcornocal (_Quercus suber_) en flor. Wikimedia Commons., CC BY

“El leñador no sabe cuándo expiran / los clamorosos árboles que corta”, escribía Federico García Lorca en Los negros. Y es que determinar cuánto puede vivir un vegetal no es tan fácil como hacemos con los animales.

En la naturaleza, el tiempo de vida que alcanza un ser vivo depende de su aptitud biológica y de las circunstancias de su hábitat que, en el mejor de los casos, pueden extender su vida hasta el límite característico de su especie. Entre los animales, los más longevos son las tortugas de las islas Galápagos, que viven hasta 150 años. Es decir, hoy no queda ninguna tortuga viva que hubiera visto a un joven Charles Darwin desembarcar en las islas en 1835.

¿Pero cuánto puede vivir una planta? En 1957, se descubrió en las White Mountains, al este de California, un árbol de la especie Pinus longaeva cuya edad, medida con gran precisión mediante dendrocronología –contando el número de sus anillos anuales de crecimiento–, resultó ser de 4 850 años. Para hacernos una idea, ya tenía más de 300 años cuando se construyeron las pirámides de Egipto y casi 4 400 cuando Colón descubrió América.

Arboleda donde vive Matusalén, en las White Mountains californianas.
Wikimedia Commons., CC BY

5 000 años de historia ante sus ojos

Este venerable ejemplar recibió el nombre de Matusalén, en alusión al patriarca bíblico que, según el Génesis, vivió 969 años. Con una edad actual de 4 918 años, sigue siendo el organismo vivo no clonal (es decir, procedente de una semilla) más antiguo del planeta. Tiene un competidor, el alerce –género Larix– de Chile conocido como “El gran abuelo”. Este también es milenario, pero se ha datado mediante una técnica que incluye métodos indirectos y no es aceptada unánimemente por la comunidad científica.

Receta de la longevidad

La larga vida de los árboles tiene que ver con el suministro limitado de nutrientes y una lenta tasa de crecimiento. Esto implica también un bajo metabolismo, una menor probabilidad de aparición de mutaciones genéticas y errores bioquímicos peligrosos, y un menor coste fisiológico de mantenimiento.

En el mundo vegetal, como probablemente ocurre también en el mundo animal, la longevidad no parece compatible con llevar una vida intensa. Para un árbol, vivir más tiempo significa un crecimiento muy lento y una vida bastante monótona.

Es este escenario, aunque es cierto que finalmente las plantas mueren y desaparecen como los demás seres vivos, nos referimos a un concepto de muerte por completo diferente.

Árbol casi seco derribado por el viento, pero todavía con algunas hojas vivas.
Luis F. García del Moral

Dejando a un lado consideraciones filosóficas o teológicas, en biología, la muerte se define como un suceso irreversible que resulta de la incapacidad de utilizar energía para mantener las funciones vitales, proceso que en los animales suele completarse más o menos rápidamente una vez iniciado. En un vegetal, por el contrario, la muerte se produce gradualmente en sus distintas células y tejidos: es un proceso lento que, a menudo, dura semanas o meses. Por ello, no es fácilmente definible en términos absolutos.

Verdaderos bosques inmortales

Por otra parte, mientras una gran parte del organismo puede morir, otros órganos y tejidos pueden seguir viviendo y regenerar, incluso, una nueva planta completa.

Así, en el estado de Utah, en Estados Unidos, existe una colonia de álamos –especie Populus tremuloides– de varias hectáreas de extensión, con cientos de troncos que mueren y brotan continuamente de un enorme sistema de raíces interconectadas bajo tierra.

Pando es una colonia clonal surgida a partir de un único álamo temblón masculino (Populus tremuloides) localizada en el estado de Utah, en Estados Unidos.
Wikimedia Commons., CC BY

En realidad, este bosque, llamado Pando, es un único organismo clonal que se multiplica continuamente de forma vegetativa. Su asombrosa edad, estimada mediante diversos métodos, es de 80 000 años, cuando los neandertales vagaban por el continente europeo durante la última glaciación.

El secreto de los organismos clonales

Esta capacidad de supervivencia de los vegetales se debe a la existencia de múltiples meristemos, tejidos constituidos por células indiferenciadas que retienen la capacidad de dividirse y crecer para dar lugar a nuevos tejidos y órganos durante toda la vida del organismo.

Precisamente, esta propiedad de los tejidos vegetales es la que permite el cultivo y propagación vegetativa o clonal de plantas in vitro mediante la biotecnología.

Clonación vegetal mediante cultivo in vitro.
Luis F. García del Moral.

En los animales, también existe un número limitado de órganos con pequeños grupos de células, llamadas células madre no embrionarias, que realizan trabajos de reparación a pequeña escala. Es el caso de las células sanguíneas, las células de la piel o de las mucosas gastrointestinal y respiratoria. Sin embargo, no hay posibilidad en el cuerpo animal de un reemplazo continuo y masivo de células en todos los tejidos y órganos, como el que llevan a cabo las células meristemáticas de los vegetales.

Es un detalle clave, ya que, desafortunadamente, las pérdidas sufridas por los cuerpos de los animales no pueden ser reemplazadas. Nuestros órganos solo se producen una vez durante la vida, sin posibilidad de recambio. Al contrario, las plantas son capaces de regenerar tejidos y órganos continuamente, incluso a partir de una sola célula.

Neoformación de una rama en un tronco adulto.
Luis F. García del Moral.

Desde este punto de vista y mientras conserven algunas células vivas, podemos considerar a los vegetales como funcionalmente inmortales o, mejor aún, como amortales. No en vano, para varias culturas, el árbol es el símbolo de la regeneración perpetua y de la vida en su sentido dinámico.

Respondiendo a Lorca, no cabe duda de que los vegetales son organismos con una forma particular de vida. Y una forma particular de vida requiere también una forma particular de muerte.

The Conversation

Luis F. García del Moral Garrido no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal – https://theconversation.com/matusalen-y-la-inmortalidad-en-el-mundo-vegetal-272459

¿Por qué cuando subimos una montaña hace más frío?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibai Ieltxu Rico Lozano, Profesor en el Grado en Geografía y Ordenación del Territorio de la EHU / Glaciólogo / Guía de Montaña UIAGM, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Cuanto más subimos, más cerca del Sol estamos. Entonces, ¿por qué hace más frío? Peter Fitzpatrick / Unsplash., CC BY

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


Imagínate que estás escalando una montaña en el Himalaya. Si miras hacia abajo, a lo lejos, ves frondosos bosques; mientras que si miras hacia arriba, ves cada ves más nieve y más glaciares. Cuanto más asciendes, más notas cómo baja la temperatura. ¿Te ha pasado alguna vez? Tal vez te has dado cuenta de que ocurre incluso en verano y en días soleados…

A primera vista puede parecer extraño: al subir, estamos ligeramente más cerca del Sol, así que ¿no debería hacer más calor? Sin embargo, la realidad es justo la contraria. Para entender por qué, necesitamos conocer mejor cómo se calienta la atmósfera, qué es la presión del aire y cómo se comportan los gases.

¿Cómo se calienta el aire realmente?

Empecemos descartando una idea muy común. Aunque al subir una montaña nos alejamos del centro de la Tierra, la diferencia de distancia al Sol es mínima. La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros del Sol, y una montaña de varios kilómetros de altura no cambia nada a esa escala. Por tanto, el descenso de temperatura no se debe a estar “más lejos” o “más cerca” del Sol.

Otra clave fundamental es entender que el aire no se calienta directamente por el Sol. La radiación solar atraviesa la atmósfera casi sin calentarla y llega hasta el suelo. El suelo absorbe esa energía y luego la emite en forma de calor (radiación infrarroja), haciendo que suba la temperatura del aire que está en contacto con él.
Por eso, el aire más caliente suele encontrarse cerca de la superficie terrestre y no en las capas altas de la atmósfera.

La presión atmosférica y la densidad

La atmósfera es una mezcla de gases que tienen masa y, por tanto, peso. A nivel del mar, el aire soporta el peso de toda la columna de aire que tiene encima, lo que produce una alta presión atmosférica.
A medida que subimos en altitud, hay menos aire por encima, así que la presión disminuye. Esto hace que el aire sea menos denso, es decir, que sus moléculas estén más separadas.

Y resulta que la densidad del aire es clave para la temperatura. Cuando las moléculas de un gas están más juntas, chocan más entre sí y pueden transferir mejor la energía térmica. En cambio, cuando están más separadas, almacenan menos energía térmica.

El enfriamiento adiabático

Hemos visto, entonces, que cuando una masa de aire asciende, la presión externa disminuye. Como consecuencia, el aire se expande. Al expandirse, el gas realiza trabajo (empuja el aire que lo rodea) y utiliza parte de su energía interna para ello. El resultado es una disminución de la temperatura, incluso, aunque no se pierda calor hacia el exterior. Este proceso se llama enfriamiento adiabático y es uno de los mecanismos más importantes de la meteorología.

En términos aproximados, cuando el aire asciende sin intercambiar calor con el entorno y si que se produzca condensación, su temperatura desciende unos 9,8 °C por cada 1 000 metros (es lo que se llama gradiente adiabático seco).

Sin embargo, en la atmósfera real, lo habitual es que, durante el proceso de ascenso, se condense parte del vapor de agua que existe. En este caso, el descenso medio es de unos 6,5 °C por cada 1 000 metros, lo que se conoce como gradiente térmico vertical.

Menos efecto “manta” en altura

El aire actúa como un aislante térmico. Cuanto más denso es, mejor retiene el calor. En las zonas bajas, la atmósfera funciona como una especie de manta que impide que el calor del suelo se escape rápidamente al espacio.

En las montañas, al haber menos aire, este efecto es mucho menor. El calor se pierde con mayor facilidad, especialmente, durante la noche. Esto explica por qué las temperaturas nocturnas en alta montaña pueden ser extremadamente bajas.

El papel del suelo, la nieve y el viento

El tipo de superficie también influye. En las montañas, es frecuente encontrar roca desnuda, suelos pobres o nieve. La nieve tiene un alto albedo –medida de la capacidad de una superficie para reflejar la radiación solar–. Es decir, refleja gran parte de la radiación solar que recibe. Así, al reflejar más energía y absorber menos, el suelo se calienta poco y transmite menos calor al aire.

Por otro lado, en altura, suele haber más viento debido a las diferencias de presión y a la ausencia de obstáculos. El viento no reduce la temperatura real del aire, pero sí aumenta la pérdida de calor del cuerpo humano al eliminar la capa de aire caliente que rodea la piel. Esto provoca una sensación térmica de frío mayor, aunque los grados sean los mismos.

¿Existen excepciones?

Sí. En algunas situaciones se produce una inversión térmica, en la que el aire frío queda atrapado en los valles y el aire más cálido se sitúa por encima. En estos casos, puede hacer más frío abajo que en lo alto de la montaña. Sin embargo, estas situaciones son temporales y no cambian la regla general.

Lo habitual es que haga más frío al subir una montaña y, como hemos visto, esto ocurre porque la atmósfera se comporta de forma diferente con la altura: la presión disminuye, el aire se expande y se enfría, hay menos capacidad para retener calor y el suelo aporta menos energía térmica. Un excelente ejemplo de cómo las leyes de la física y la química influyen directamente en nuestra vida cotidiana.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Ibai Ieltxu Rico Lozano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué cuando subimos una montaña hace más frío? – https://theconversation.com/por-que-cuando-subimos-una-montana-hace-mas-frio-273527

‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis Serrano, Profesor Titular de Tecnología Educativa, Universidad de Murcia

BongkarnGraphic/Shutterstock

Imaginemos a un universitario cualquiera: abre el portátil para revisar una tarea, pero antes debe atender mensajes del grupo de clase, tres correos de la plataforma institucional y una notificación de cambio en la fecha de entrega. Nada de esto requiere gran habilidad digital, pero sí una atención que se fragmenta a cada paso. Al final del día, la sensación no es de incompetencia, sino de saturación.

Lo que está detrás de este fenómeno es el llamado tecnoestrés, que describe el malestar que surge cuando la tecnología supera nuestra capacidad de gestionarla. Tiene que ver con la sensación de que la tecnología pide más de lo que uno puede sostener.

Cinco grandes estresores

¿Qué está produciendo este desajuste? Conviene detenerse en los grandes estresores. La tecnoinvasión aparece cuando lo académico se cuela en los espacios personales, y la tecnosobrecarga, cuando las demandas digitales llegan más rápido de lo que puede procesarse.

También influye la tecnocomplejidad –cuando las herramientas resultan más confusas de lo esperado– y la tecnoincertidumbre, fruto de cambios constantes, a lo que se suma la tecnoinseguridad, el temor a que la tecnología falle. El conjunto explica buena parte del tecnoestrés universitario.




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Tecnoestrés y competencias digitales

El tecnoestrés no depende de cuánto sabe usar alguien la tecnología. Algunas investigaciones cuestionan esta relación.

En nuestra reciente tesis publicada encontramos altos niveles de competencia digital según el marco europeo DigComp 2.2 y también altos niveles de autoeficacia, una variable tradicionalmente vista como protectora frente al estrés. Aun así, vimos que el tecnoestrés se mantenía en niveles moderados, sin ningún efecto amortiguador por parte de las competencias adquiridas.

Dicho tecnoestrés puede darse incluso en personas con dominio técnico. El problema no está tanto en “saber usar” la tecnología, sino en la relación emocional, cognitiva y organizativa que establecemos con ella.

Saber parar

En nuestro proyecto de ayuno digital, la mayoría del alumnado no logró completar el reto, sobre todo al intentar romper hábitos de comunicación muy arraigados.

Un uso automático y omnipresente de la tecnología (es decir, no deliberado y esporádico) hace que dejar de usar móviles u ordenadores, estar sin conexión, produzca incomodidad. El ayuno digital funciona, en este sentido, como un espejo: hace visible lo que en la rutina pasa desapercibido y muestra hasta qué punto la relación con la tecnología no depende de la habilidad, sino de la dificultad para detenerse, cambiar el ritmo y recuperar margen de control.




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Responsabilidad de todos

Quizá estemos atribuyendo en exceso la responsabilidad al estudiante y olvidando el papel de la universidad. No es solo un problema individual, sino también de contexto. Incluso los estudiantes más hábiles sufren desgaste cuando el ecosistema digital multiplica plataformas, fragmenta la atención y exige disponibilidad constante.

La dispersión de recursos y la necesidad de consultar varias aplicaciones para no perder información elevan la carga cognitiva, mientras que la sensación de estar siempre localizable alimenta el conocido como FOMO académico.

La multitarea permanente dificulta la concentración y acelera la fatiga mental : quienes más dominan la tecnología suelen asumir más tareas digitales y, paradójicamente, se exponen más al desgaste.

A esto se suma un uso intensivo de herramientas que no siempre se traduce en aprendizaje significativo, por lo que puede aumentar el riesgo de tecnoestrés.

Aprender a gestionar, no solo a usar

Otro aspecto clave para entender por qué incluso los estudiantes más competentes lo sufren es el desfase entre la “competencia digital” oficial y el uso real que hacen de la tecnología. Los marcos institucionales suelen medir habilidades técnicas: navegar, seleccionar información… Sin embargo, estas categorías no capturan la complejidad emocional, temporal y organizativa del trabajo digital cotidiano.

Como señalamos en nuestro estudio, la competencia digital se evalúa como un conjunto de destrezas, pero no como capacidad de sostener prácticas tecnológicas en contextos exigentes, saturados y altamente interdependientes.

Este desfase hace que muchos estudiantes, pese a sentirse competentes, se vean desbordados por la gestión simultánea de recursos, la presión académica, las decisiones continuas y la dificultad para sostener el ritmo de trabajo. El tecnoestrés se explica, pues, por una evaluación incompleta del papel de la tecnología en la vida académica.

Del individuo al ecosistema

Los resultados de las diferentes investigaciones comentadas coinciden en un punto clave: el foco no debe ponerse únicamente en las habilidades individuales, sino en cómo está configurado el ecosistema digital de la universidad. Pedir autorregulación al alumnado es insuficiente cuando las plataformas se multiplican, los mensajes se solapan y la comunicación carece de límites claros.

Por eso proponemos pasar de una mirada centrada en las competencias técnicas a una perspectiva centrada en el bienestar digital. Esto implica cuestionar prácticas institucionales y revisar protocolos de comunicación, por ejemplo.

La respuesta, pues, debe combinar cambios institucionales y prácticas personales. Las universidades pueden diseñar entornos digitales más simples, coordinados y respetuosos con la atención humana.

No se trata de usar menos tecnología, sino de usarla sin que nos desborde. Cuando el entorno ayuda y los hábitos acompañan, el tecnoestrés pierde espacio.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo – https://theconversation.com/tecnoestres-en-la-universidad-ser-habil-con-la-tecnologia-no-lo-es-todo-270326

‘Pluribus’: qué hace humano al ser humano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ángel Agejas Esteban, Catedrático de Ética y Deontología, Universidad Francisco de Vitoria

Rhea Seehorn en el centro de una escena en _Pluribus_. Apple TV

Una de las series televisivas más aclamadas de los últimos meses, Pluribus, tiene la virtud de hacernos reflexionar a través de su narración. Como sucede con la obra de los grandes artistas, la ficción plasma de forma intuitiva cuestiones de hondo calado antropológico: ¿qué valor tiene el individuo?, ¿cómo logramos nuestra identidad?, ¿en qué consiste la felicidad?

El arranque del primer capítulo nos sumerge de lleno en una distopía: un virus extraterrestre ha infectado a toda la humanidad. Bueno, no a toda: una serie de personas dispersas por el globo resultan ser inmunes. El virus, como el soma de la novela Un mundo feliz de Huxley, anula a los individuos y los convierte en una amalgama de seres indiferenciados, una mente colmena en la que todos sienten y piensan lo mismo, y en la que todos son, supuestamente, felices. ¿Qué harán las excepciones a la regla?

Tráiler de la primera temporada de Pluribus.

La genialidad del creador de la serie, Vince Gilligan (también responsable de Breaking Bad y Better Call Saul) sitúa a la protagonista ante un dilema: unirse a los felices o resistir. A diferencia de lo que sucedía con el personaje principal de Breaking Bad (cuya decisión inicial de fabricar droga le ataba a una espiral de decadencia), la escritora Carol Sturka quiere plantar cara, pero a veces duda, se rebela, se siente tentada a ceder… Nos caiga bien o mal por su modo de ser, serán sus constantes decisiones, tomadas en total libertad, las que nos provoquen atracción o repulsa.

Al hilo de esto podemos apuntar algunas ideas que nos ayuden a pensar qué nos constituye como individuos y qué nos destruye.

‘De muchos, uno’

Anverso del Gran Sello de los Estados Unidos en el que se ve escrito 'e pluribus unum'.
Anverso del Gran Sello de los Estados Unidos.
U.S. Government

El título de la serie alude a la máxima latina que aparece en el escudo de los Estados Unidos, “E pluribus unum”: “de muchos, uno”. Recogía la experiencia de las primeras trece colonias que se unieron para formar un solo estado.

Pero si le damos una vuelta, todo grupo social implica pluralidad de miembros. Somos individuos, sí, pero no aislados. Y somos individuos porque vivimos en sociedad. A la hora de querer explicar cómo se da esa relación entre individuo y grupo sin privilegiar a uno sobre el otro, no cualquier teoría pasa la prueba del algodón

Particularmente valiosa en este sentido es la filosofía de Julián Marías. A partir de la sentencia de Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, Marías, su discípulo, desarrolló su propia reflexión. Según él, la circunstancia contribuye a nuestra identidad porque ésta se descubre en el encuentro con el entorno (los “qués”, las cosas) pero, sobre todo, con el otro (el “quién”, las personas).

Libertad y creatividad

¿Es casual que la protagonista sea una escritora de novelas románticas? No parece que la aportación de Sturka vaya a pasar a la historia de la literatura universal. Sin embargo, tenía miles de seguidores que encontraban en sus libros claves para entenderse a sí mismos y para pensarse en una relación valiosa.

Marías nos dice que la persona se encarna en una realidad concreta, en una estructura empírica por la que nos instalamos en el mundo. Su filosofía no entiende la identidad personal como una idea abstracta y desvinculada de lo real, sino como una instalación en el mundo. La identidad es un relato. Cada individuo tiene que escribir el suyo y no seguir una pauta externa impuesta.

Una mujer se graba hablándole a una cámara de vídeo.
Carol busca dejar constancia de todo lo que pasa.
Apple TV

Ya en Aristóteles encontramos tres claves que hoy siguen mostrando su potencial teórico. La primera es que el ser humano es un animal político. La segunda, que todos los seres aprendemos de los demás por mímesis, por imitación. Y la tercera, que lo que nos eleva a la plenitud no es la imitación de los otros, sino aquellas acciones que se encaminan a la felicidad.

El verdadero manual de ética de este filósofo griego lo encontramos en su Poética, no en el tratado que escribió a su hijo Nicómaco. ¿Por qué? Porque cada individuo cimenta su individualidad en la narración de su propia vida, en el diálogo de encuentros y desencuentros con los demás. Por eso no hay una felicidad definitiva, ni igual para todos, ni homogénea… Si suprimimos el espacio de la creatividad personal, anulamos a la persona.

Individuos en sociedad

Marías construye en La estructura social uno de los intentos más lúcidos por articular la antropología con la sociología. La sociedad es el ámbito natural en el que cada individuo expresa lo que es y cómo lo desarrolla en relación con los demás.

Hay un dato de esa estructura social que ayuda a describir lo que sucede en la serie. Igual que todo ser humano tiene unos órganos que nos permiten vivir, la sociedad tiene unas vigencias. Lo que está vigente (creencias, usos y costumbres) no lo elegimos, lo encontramos (lengua, leyes…), pero cada individuo se configura a sí mismo dialogando o luchando con ellos. Por el contrario, los humanos contagiados en la serie no dialogan con nada ni con nadie. Siempre dan la razón, como un algoritmo de la complaciente IA.

Una mujer de pie entre mucha gente tumbada.
Una entre todos.
Apple TV

Felices ¿para siempre?

Aspiramos a ser felices, sí. Pero, definitivamente, no como en la serie: ser feliz no es ser anodino. Carol Sturka es perfecta como protagonista porque no lo es como persona. Ninguno lo somos, aunque busquemos configurar nuestro modo de ser de la mejor manera posible. Ella añora los momentos de felicidad vividos antes de que ese virus alienígena absorbiera todas las mentes y anulara todos los corazones. Y busca otros nuevos.

Como expresa el escritor griego Cavafis en su poema Ítaca , la felicidad primigenia se reencuentra en un viaje rico en experiencias y conocimientos. Por eso Marías habla de la identidad personal de cada uno como “innovación radical”, porque es el resultado de la trayectoria recorrida por cada uno, de la vida entendida como biografía.

En el mundo de Pluribus, un mundo en el que todos son iguales, no hay innovación radical, no hay identidad individual, solo fotocopias.

The Conversation

José Ángel Agejas Esteban no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Pluribus’: qué hace humano al ser humano – https://theconversation.com/pluribus-que-hace-humano-al-ser-humano-273719

¿Está justificado el control de las urracas mediante su caza o captura?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Gabriel Martínez, Catedrático de Zoología, Universidad de Granada

Una pareja de urracas. Kike.garcia.85/Shutterstock

En diciembre de 2025, la Junta de Andalucía aprobó una orden que establecía nuevos métodos de captura de depredadores cinegéticos, aquellos que son controlados mediante la caza, como zorros, jabalíes y urracas.

Estas especies ya se consideraban antes cinegéticas y se podían cazar mediante armas de fuego, cetrería o perros de madriguera. Pero, con la nueva normativa,
se homologan otros métodos de control en el marco de los planes técnicos de caza, e incluso en terrenos no cinegéticos dentro de contextos justificados.

Entre las nuevas técnicas de captura admitidas están los lazos para zorros, los capturaderos para jabalíes y las jaulas metálicas para urracas. Sin entrar en la discusión de si esta ampliación de métodos es apropiada, si son más o menos selectivos o qué criterios deberían usarse para autorizarlos –cuestiones todas que merecen sin duda una reflexión–, resulta necesario hablar de la necesidad de controlar las urracas y otros córvidos.

La urraca: una sospechosa habitual

Debido a su costumbre de alimentarse de huevos y pollos de otras especies de aves, como las perdices, las urracas tienen mala fama, fundamentalmente entre agricultores y cazadores.

Consideradas como depredadores generalistas, están incluidas en la lista de especies cinegéticas, y en ocasiones se plantea la necesidad de controlarlas. Sin embargo, estudios sobre la dieta de las urracas muestran que estas aves se alimentan principalmente de invertebrados, especialmente insectos, semillas y frutas. Con cierta frecuencia se alimentan de carroña y solo en ocasiones capturan pequeños vertebrados, como topillos, o depredan sobre huevos y pollos de otras aves.

Las urracas no son, pues, depredadores en el sentido más popular del término, que deja fuera a los consumidores de insectos e invertebrados, sino que hablamos de aves omnívoras que a veces comen vertebrados. Y aunque se las considere el principal sospechoso de la depredación de nidos, esta es practicada más frecuentemente por otras especies.

Dos estudios diferentes llevados a cabo con cámaras con el fin de identificar diversos depredadores –uno realizado en Francia y otro en Portugal– mostraron que las cornejas, otro tipo de córvidos, depredaban entre 3 y 20 veces más nidos que las urracas.

Otro trabajo de Reino Unido desveló que especies como los erizos, los tejones o los arrendajos –este último también de la familia de los córvidos– son más a menudo responsables de la depredación de nidos que las urracas. Los autores destacaron el papel casi inofensivo de nuestras protagonistas.




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Sin conclusiones claras

Para que los planes de control tengan sentido, se debe tener claro que las especies de depredadores producen perjuicios en las especies presa. Y en el caso de la urraca no hay evidencias claras. Algunos estudios experimentales que eliminaron a esta especie y a otros animales depredadores potenciales de lugares concretos y luego midieron el éxito de los nidos (la productividad) y la abundancia de sus poblaciones en años posteriores, solo encontraron pruebas de un efecto positivo a corto plazo. La retirada de los depredadores potenciales mejoró el éxito de los nidos, y solo para algunas especies presa.

Sin embargo, no hubo efectos sobre la abundancia de las especies a largo plazo.
Como en la mayoría de estos trabajos se retiraron varios depredadores al mismo tiempo, el impacto de las urracas en el éxito de los nidos no queda claro. Un estudio en el que se retiraron solamente las urracas mostró que esta medida solo fue positiva para una de las 10 especies estudiadas.

Y una revisión que incluyó todas las investigaciones en la línea de la anterior concluyó que, si bien el impacto negativo de los córvidos sobre otras especies es pequeño, se trata de un efecto sobre la productividad (corto plazo) más que sobre la abundancia (largo plazo). Y que son más responsables las cornejas que las urracas.

De hecho, la evidencia científica apunta a que, aunque las urracas pueden tener un impacto sobre la productividad en áreas y especies particulares, no tienen un efecto global en las tendencias poblacionales de las especies de pájaros que potencialmente pueden depredar.




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Los beneficios de una especie clave para los ecosistemas

Sabemos que la regulación de depredadores puede tener efectos beneficiosos a corto plazo para algunas presas, y que el control cinegético de urracas, así como el de zorros, disminuye el tamaño de sus poblaciones. Sin embargo, muchos gestores de cotos también saben que, a veces, la matanza de decenas de urracas no se traduce en una medida tan efectiva, ya sea porque se eliminan solo ejemplares juveniles o bien por la llegada de nuevos individuos desde otras zonas.

Para ser efectivo, el control debe ser sostenido en el tiempo, lo que lo convierte en una estrategia difícil y cara. Además, los estudios hechos con otros depredadores generalistas, como cuervos, cornejas o zorros, sugieren que controlar las poblaciones no tiene efecto a largo plazo. Si no hay evidencias de un impacto negativo de las urracas sobre la abundancia de otras especies, ¿por qué controlarlas?

Por otro lado, las urracas traen grandes beneficios a nuestros hábitats gracias a
que cumplen un papel ecológico en el control de algunas especies que pueden resultar perjudiciales para nuestros intereses, como roedores o insectos.
Además de constituir presas habituales de muchos depredadores en peligro de extinción, como algunas rapaces y mamíferos carnívoros, pueden llegar a funcionar como ingenieros de ecosistemas, dispersando semillas de árboles como las encinas, los quejigos o los nogales.

Aún asumiendo que en algunos casos concretos sus poblaciones llegan a ser grandes, sería deseable que los gobiernos sopesasen bien la necesidad de controlar el número de individuos, considerando que sus efectos negativos a largo plazo sobre otras especies no están suficientemente documentados.

The Conversation

Juan Gabriel Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado

ref. ¿Está justificado el control de las urracas mediante su caza o captura? – https://theconversation.com/esta-justificado-el-control-de-las-urracas-mediante-su-caza-o-captura-273662

Matar de hambre al cáncer con grasa: una nueva terapia celular basada en los adipocitos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrico Castroflorio, Neurocientífico especializado en función sináptica y lípidos, Universitat de les Illes Balears

Durante décadas, la palabra “grasa” ha tenido mala prensa en biomedicina. Sin embargo, un trabajo reciente propone algo contraintuitivo: usar sus células para frenar el crecimiento de los tumores.

Lejos de alimentar al cáncer, ciertos adipocitos, las células especializadas en almacenar energía en forma de grasa, pueden convertirse en competidores metabólicos tan eficaces que dejan a las tumorales sin los recursos que necesitan para proliferar.

El talón de Aquiles metabólico del cáncer

Las células cancerosas crecen y se dividen rápidamente, y para ello requieren grandes cantidades de energía y bloques de construcción moleculares. Por eso, muchos tumores “reprograman” su metabolismo para captar más glucosa, lípidos y otros nutrientes del entorno.

Estudios previos ya habían mostrado que la activación de la grasa parda, un tipo de tejido adiposo especializado en quemar energía para producir calor, puede ralentizar el crecimiento tumoral. El problema es que activar este tejido mediante exposición prolongada al frío no es práctico ni eficaz en todos los pacientes (especialmente en personas mayores, ya que la grasa parda es mucho menos activa en edades avanzadas).

Reprogramar adipocitos para competir con el tumor

La nueva estrategia parte de una observación sencilla: los adipocitos no son solo almacenes pasivos de grasa, sino células metabólicamente activas y fácilmente manipulables. Pueden aislarse mediante liposucción, modificarse genéticamente en el laboratorio y reimplantarse en el organismo, una práctica ya habitual en cirugía plástica y reconstructiva.

Aprovechando estas características, investigadores de la Universidad de California en San Francisco diseñaron adipocitos capaces de “quemar” grandes cantidades de nutrientes. Para ello, forzaron la expresión de una proteína clave, UCP1, que normalmente se encuentra en la grasa parda y permite disipar energía en forma de calor en la mitocondria.

El resultado son adipocitos blancos reprogramados que consumen glucosa y ácidos grasos a un ritmo muy elevado, como si fueran adipocitos pardos. Cuando estas células modificadas se cultivan junto a células tumorales, el crecimiento del cáncer se reduce de forma notable. Lo más llamativo es que este efecto se observa incluso sin contacto directo entre ambos tipos celulares, lo que indica que la competencia por los nutrientes del medio es suficiente para frenar al tumor.




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La segunda vida de la grasa: una rica fuente de células madre para crear terapias avanzadas


Resultados prometedores en modelos animales

Este enfoque se ha probado también en modelos de cáncer de mama y páncreas en ratones. Como demostró otro estudio, al implantar adipocitos modificados cerca del tumor, la progresión del cáncer se ralentizó de manera significativa en comparación con animales que recibieron adipocitos no modificados.

Además, esta terapia puede encenderse o apagarse usando fármacos o implantes celulares que se pueden colocar y retirar fácilmente. Así es posible activar o desactivar el “modo consumidor” de los adipocitos según convenga, lo que añade una capa importante de seguridad y flexibilidad terapéutica.

Un aspecto especialmente interesante es que la estrategia no se limita a un solo tipo de metabolismo tumoral. Los autores del trabajo demostraron que los adipocitos pueden programarse para consumir no solo glucosa o ácidos grasos, sino también otros metabolitos. Esa opción permitiría adaptar la terapia al perfil metabólico específico de cada cáncer.

Una terapia celular con potencial clínico aunque con limitaciones

El nuevo enfoque, denominado por sus autores como “trasplante de manipulación adiposa” (AMT por sus siglas en inglés), recuerda a terapias celulares ya consolidadas, como las CAR-T, que consiste en extraer células inmunitarias del propio paciente, modificarlas y reintroducirlas con un fin terapéutico.

La ventaja de AMT es que los procedimientos necesarios, la extracción y trasplante de grasa, ya se utilizan de forma rutinaria en la práctica clínica. Además, los adipocitos son células robustas, fáciles de mantener y con una potente capacidad endocrina, lo que abre la puerta a combinarlos con otras estrategias, como la secreción controlada de factores antitumorales.

No obstante, como toda investigación preclínica, el estudio tiene sus limitaciones. Los resultados se han obtenido en cultivos celulares y en modelos animales. Aún no sabemos qué cantidad de adipocitos serían necesarios para obtener un beneficio terapéutico en humanos, ni cuál sería el perfil completo de seguridad a largo plazo. También será fundamental entender mejor cómo interactúan estas células de grasa con el microambiente tumoral y con el resto del organismo.

Cambiar nuestra concepción de la grasa

Más allá de su aplicación directa, este trabajo invita a replantear el papel del tejido adiposo en la enfermedad. La grasa deja de ser un actor secundario para convertirse en una herramienta terapéutica activa, capaz de explotar una de las mayores debilidades del cáncer: su adicción a los nutrientes.

Si futuros estudios confirman su eficacia y seguridad en humanos, “matar de hambre” al tumor usando grasa podría convertirse en una nueva arma en el arsenal contra el cáncer, lo cual nos brinda otro ejemplo de cómo entender la biología fundamental puede abrir caminos terapéuticos inesperados.

The Conversation

Enrico Castroflorio recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidad, y Agencia Estadal de Investigación. Trabaja como investigador senior para Laminar Pharmaceuticals y es Profesor y Colaborador de Universidad de las Islas Baleares (UIB).

ref. Matar de hambre al cáncer con grasa: una nueva terapia celular basada en los adipocitos – https://theconversation.com/matar-de-hambre-al-cancer-con-grasa-una-nueva-terapia-celular-basada-en-los-adipocitos-272388

Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología., Universidad de Salamanca

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Un adulto promedio orina más de 2 000 veces al año y la mayoría de las personas sanas van al baño entre 8 y 10 veces al día. Justo después, si siguen las recomendaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), deberían lavarse las manos. No hay que olvidar que un solo gramo de heces humanas –aproximadamente el peso de un clip– puede contener un billón de gérmenes.

Mientras que los microorganismos residentes de las manos forman parte de la microbiota cutánea habitual y desempeñan un papel protector en la salud, los transitorios se adquieren mediante actividades cotidianas, como el uso de los sanitarios o la manipulación de alimentos crudos. Aunque muchos de estos colonizadores temporales son inocuos, otros poseen un potencial patógeno capaz de propagar enfermedades.

Mantener las manos limpias es una de las mejores maneras de eliminar microorganismos nocivos, evitar enfermedades y prevenir la propagación de patógenos a otras personas. Las cifras indican que el correcto lavado de manos reduce la cantidad de personas que contraen diarrea entre un 23 % y un 40 %; disminuye las enfermedades respiratorias, como los resfriados, en la población general entre un 16 % y un 21 % y evita el absentismo escolar por enfermedades gastrointestinales entre un 29 % y un 57 %.

Pero ojo, porque para mantener las manos limpias no basta con un lavado de manos eficaz: también hay que secarlas. Al fin y al cabo, las manos húmedas tienen mayor probabilidad de transmitir microorganismos que las completamente secas.

¿Aire caliente, aire rápido o toallas de papel?

Los baños públicos disponen de diversas alternativas para el secado de manos, principalmente toallas de tela o papel y dispositivos eléctricos. Las toallas de tela y de papel secan las manos absorbiendo agua, mientras que los secadores eléctricos retiran la humedad de las manos con chorros de aire. Para ello recurren a un flujo de aire caliente (secadores de aire caliente) que evapora el agua o un flujo potente de aire a alta velocidad (secadores de aire a chorro) que la elimina.

Pues bien, aunque varios estudios han demostrado que el uso apropiado de toallas de papel o secadores de aire a chorro disminuye la cantidad de bacterias en las manos lavadas, se ha sugerido que los secadores de aire a chorro, debido a su método de eliminación de agua, pueden crear pequeños aerosoles que dispersan microorganismos en el aire del baño. De hecho, el proceso de secado de manos puede generar tanto los citados aerosoles –es decir, pequeñas partículas sólidas o líquidas suspendidas en el aire– como gotas “balísticas”, más grandes.

Los secadores de aire a chorro suelen generar más gotas balísticas que las toallas de papel. No obstante, debido a su mayor tamaño, estas se depositan rápidamente en el suelo o las paredes alrededor del dispositivo, lo que supone un riesgo relativamente bajo de transmisión de infecciones.

En términos de dispersión de microorganismos en el aire interior, la literatura es inconsistente. Varios estudios han demostrado concentraciones comparables de bacterias en el aire para secadores de aire a chorro y toallas de papel. Sin embargo, otros trabajos han identificado una mayor dispersión de bacterias y de virus en el aire al usar secadores eléctricos.

La industria ha respondido implementando filtros HEPA –del inglés High Efficiency Particulate Air, filtro de partículas de alta eficiencia– en los aparatos. Estos filtros están diseñados para atrapar al menos el 99,97 % de las partículas suspendidas en el aire con un diámetro igual o superior a 0,3 micras. Esto incluye polvo, polen, esporas de hongos y bacterias. En los secadores de manos equipados con filtro HEPA, normalmente modelos de alta gama, el aire entra en la unidad y pasa a través del filtro antes de llegar a las manos, lo que mitiga significativamente el riesgo de contaminación. Sin embargo, los filtros pierden eficacia con el tiempo y la carga de trabajo, por lo que es necesario realizar un mantenimiento correcto.

Si bien varias investigaciones han encontrado cierta relación entre los secadores de manos y la propagación de gérmenes a través de gotitas y aerosoles, la extensión y el alcance de la contaminación siguen sin estar claros y son necesarios más datos para inferir una conclusión correcta.

The Conversation

Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos? – https://theconversation.com/secadores-de-manos-o-toallitas-desechables-quien-gana-la-batalla-contra-los-microbios-en-los-banos-publicos-273128

¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel José Olaz Capitán, Profesor Titular de Sociología, Métodos y Técnicas de Investigación Social, Universidad de Murcia

Marina Demidiuk/Shutterstock

La sociedad occidental y sus hábitos de consumo invitan a practicar, casi de forma compulsiva, el comprar-usar-tirar. El ritmo es tan vertiginoso que reparar o sustituir un producto se convierte en algo complejo. ¿Las razones?: es difícil localizar la pieza averiada, el coste de reparación (coste de oportunidad) es mayor que si se compra uno nuevo, faltan personas cualificadas para hacer el trabajo y puede, incluso, que ya no se fabrique el componente necesario.

Acortar la vida útil

El concepto de lo desechable o eliminable está asociado a su reposición y, sin duda, guarda relación con la vida útil del producto. Cuando ya han cumplido su ciclo de vida, las cosas dejan de servir. Entonces, deben reponerse en su integridad por otras que cumplan las mismas funciones. Generalmente versiones mejoradas pero que aportan nuevas utilidades (no especialmente necesarias) y que, en su mayoría, se venden como una necesidad real. Recuerden lo que sucede con los móviles, los ordenadores, los televisores, los coches, etc.

Hace poco más de 100 años, el 23 de diciembre de 1924, nueve representantes de los principales fabricantes de bombillas acordaron estandarizar la duración de sus productos para que no existiera una sola bombilla que durara más de 1 000 horas. Así nació la obsolescencia programada. La idea era acortar su vida útil para poder vender más lámparas incandescentes. Hay una que se salvó y todavía puede verse encendida en el parque de bomberos de Livermore (California, EE. UU.).

¿Trabajadores obsolescentes?

A principios del siglo XX surgieron nuevos modelos productivos. Con el taylorismo y su organización científica del trabajo se estableció el control de los tiempos de realización de las tareas, y se dividieron y especializaron al máximo las funciones de los trabajadores para una mayor eficiencia.

En esa misma época, el fabricante de automóviles estadounidense Henry Ford cambiaría el diseño del trabajo al introducir en sus fábricas las cadenas de montaje para mejorar la productividad.

A medida en que la automatización del mercado laboral ha ido cosificando a las personas ha ido reduciendo su vida útil a un tiempo cada vez menor. En Europa, este periodo representa, en el mejor de los casos, [37,2 años].

¿Hasta qué punto los trabajadores pueden estar siendo sometidos a un proceso de obsolescencia programada?

Menos experiencia, mejor formación

Cumplir años genera efectos también en el mercado de trabajo. Aunque posible, es improbable ver a personas mayores de 55 años trabajando de dependientes en una franquicia de comida rápida o en una tienda de las grandes marcas globales de moda.

Las jubilaciones (sobre todo las anticipadas) marcan el fin de la vida laboral, la llegada de la obsolescencia laboral, y motivan la contratación de profesionales de nueva generación: trabajadores versión 2.0 con menos experiencia pero con una mejor formación, más adaptados a las innovaciones. A menudo, este reemplazo está peor pagado en aras de la reducción de costes y la mejora de la productividad.

Ganancia por trabajador (media anual, en euros)
FUENTE: INE, Jóvenes y mercado de trabajo (2025, T1).

Desde una perspectiva quizás más subjetiva, en determinados oficios de cara al público también puede observarse una cierta obsolescencia en el empleo juvenil: hostelería, tiendas de ropa low cost o de cosmética, gimnasios, entre otros.

Recambios laborales

La triada comprar-usar-tirar genera tensiones en el mercado de trabajo. Cuando se cosifica a las personas pueden acabar convertidas en excedentes y ser gestionadas como tales hasta quedar obsoletas al final de su ciclo de vida laboral. Hay serios indicios.

Un ejemplo: los contratos realizados a personas mayores de 55 años no alcanzan el 17 % del total. Además, este colectivo es el que más personas desempleadas tiene, con cifras cercanas al 60 %.


Fuente: INE, Informe del mercado de trabajo de las personas mayores de 45 años (2025).

Queda preguntarse si habrá empleo para todos y por siempre tal y como está concebido el sistema. Lógicamente, esto comporta que solo los individuos competencialmente mejor formados se afiancen, asegurando la mejor rentabilidad en los procesos de trabajo, mientras que quienes no lo estén quedarán más expuestos a los vaivenes del mercado de trabajo.

The Conversation

Ángel José Olaz Capitán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia? – https://theconversation.com/un-mercado-laboral-disenado-para-la-obsolescencia-263838

Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Rodrigo Moriche, Prof. Ayudante Doctor del departamento de Pedagogía – Directora Escuela UAM de Animación, Universidad Autónoma de Madrid

Dos estudiantes de arte participan en un evento de The Conversation con el Parque de las Ciencias de Granada sobre bienestar digital. Elena Sanz.

Las redes sociales virtuales han cambiado la forma en que las personas nos relacionamos y participamos en causas sociales: facilitan, por un lado, el acceso y la comunicación, pero por otro acaban frecuentemente llevando al cansancio emocional, al exceso de exposición y a la sensación de soledad. Así lo cuenta Marina, una joven activista que participó en nuestra investigación: “Son un arma de doble filo: muy útiles para algunas cosas pero también te quitan mucho tiempo y energía”.

En nuestro proyecto de investigación HEBE, centrado en el empoderamiento y la participación social, exploramos cómo las personas jóvenes encuentran sentido, crean vínculos y se sienten bien en espacios fuera de internet. Los resultados indican que participar en la comunidad en persona y de forma voluntaria no solo fortalece su bienestar, sino que también los protege. Por ejemplo, Marina hace años que participa en una entidad cultural y social de su municipio. Junto a otros jóvenes organizan actividades de ocio, en defensa del territorio o en respuesta a emergencias sociales.

Individualismo y desafección colectiva

Los jóvenes que participan en asociaciones, grupos culturales, deportivos o de ocio educativo desarrollan un fuerte sentido de pertenencia. Este sentimiento surge en la interacción cara a cara y en la acción compartida. Además, actúa como factor de protección frente al malestar psicológico.




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Otros estudios confirman la diferencia entre la participación real y la que se realiza en línea: las plataformas de internet facilitan las interacciones sociales, pero que estas interacciones sean realmente valiosas depende de cómo sean de significativas, cuánto nos importen y con quiénes las mantengamos.

“Estar en el grupo me ayuda a desconectar del ruido de las redes”, nos han dicho algunos de los jóvenes que han participado en nuestro estudio. “Aquí puedo ser yo sin filtros” o “Me siento útil” son observaciones frecuentes, que muestran cómo los espacios de interacción física, cara a cara, no solo sirven para socializar, también ayudan a organizarse y afrontar retos personales y colectivos.

Aprendizajes fuera de internet

La investigación también muestra que estos espacios de participación permiten desarrollar capacidades muy valiosas para la vida. Entre ellas encontramos el saber comunicarse, controlar emociones, resolver conflictos, pensar de forma crítica y organizarse. Son aprendizajes esenciales para vivir mejor y para que la sociedad funcione. Por ejemplo, ayudan a identificar y expresar sentimientos y motivaciones, reflexionar y cuestionar prejuicios y estereotipos; o bien a desarrollar capacidad de agencia individual o colectiva, es decir, la convicción de poder efectuar cambios en sus contextos.




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Adquirir estas habilidades hace que los jóvenes se sientan empoderados, porque ellos y ellas son quienes deciden y actúan sobre lo que afecta a sus propias vidas. Y también, participan en decisiones y colaboran de forma responsable en lo que afecta al grupo del que forman parte.

Ciberactivismo frente a participación real

Las redes sociales han creado nuevas formas de activismo juvenil. Son rápidas, visibles y llegan a todo el mundo, pero también son inestables.

El ciberactivismo usa las redes para organizarse y difundir ideas. Esto plantea debates interesantes entre los jóvenes, que observan cómo participar en espacios comunitarios ofrece una dimensión más profunda y sostenida del compromiso social. No se trata de recibir me gusta, sino de crear vínculos. No de viralidad, sino de transformación.

Los jóvenes que hemos entrevistado consideran que el activismo digital es un complemento al activismo tradicional, no un sustituto. Marina lo pregunta claramente: “¿Entonces compartes una publicación y ya no te organizas ni te movilizas?”.

El proyecto HEBE muestra que muchos jóvenes combinan ambas formas. Sin embargo, valoran más las que les permiten “poner el cuerpo”, “sentirse parte” y “ver el impacto directo” de sus acciones.

Aunque hoy cuesta imaginar la participación sin internet, ellos y ellas se preguntan si estas prácticas son efectivas. Especialmente cuando no se conectan con acciones reales en el mundo físico.

Ocio educativo y bienestar

Hoy existe una gran preocupación por la salud mental juvenil. Por eso, es importante mirar más allá de las pantallas.

Fomentar el voluntariado –como colaborar en actividades solidarias–, el ocio educativo –vivir experiencias de ocio que enseñan, como un taller de teatro–, la educación en el tiempo libre –aprovechar ese espacio para formarse, por ejemplo, en un curso de monitor de tiempo libre– y la participación comunitaria —implicarse en proyectos comunitarios— no solo es una estrategia educativa, sino que también mejora el bienestar personal y colectivo.

Un ejemplo es la Escuela UAM de Animación, que ofrece formación en ocio y tiempo libre. La escuela crea un escenario donde descubren las oportunidades del campus y las redes que les conectan con la comunidad desde este ámbito. A través de acciones de formación, dinamización y participación se visibilizan posibilidades y se activa la implicación de los jóvenes en proyectos de la comunidad universitaria. De este modo, no solo se adquieren competencias, sino que también conectamos y nos transformamos.

Los estudios muestran que cuando participan, estos chicos y chicas se sienten mejor y más conectados. No obstante, cabe recordar que no debemos aspirar a que la participación “surja” siempre de manera espontánea de los jóvenes: el entorno familiar y personal, así como el contexto social, político e institucional, influyen y pueden favorecerlo u obstaculizarlo.

Las políticas públicas, los profesionales de juventud y las comunidades tienen la capacidad de abrir espacios y valorar estas prácticas. Deben facilitar que todos los jóvenes que lo deseen puedan acceder a estos espacios y oportunidades, con la garantía de condiciones equitativas y sin barreras.

Porque participar no es solo opinar o compartir una publicación digital. Es construir, convivir, transformar. Y también, cuidar(se).

The Conversation

Mª Pilar Rodrigo Moriche recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

Lara Morcillo Sanchez recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

ref. Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil – https://theconversation.com/redes-sociales-reales-frente-a-las-virtuales-como-la-participacion-protege-el-bienestar-juvenil-269566

Ya existe una red de comunicación cuántica en Madrid

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Rincón Llorente, Quantum Communications and Chief Network Engineer, IMDEA

KanawatTH/Shutterstock

Aunque pueda sonar a ciencia ficción, en Madrid ya existe una red de comunicaciones cuánticas en funcionamiento. Se llama MadQCI (Madrid Quantum Communication Infrastructure) y conecta, mediante 700 kilómetros de red, 25 localizaciones repartidas por toda la Comunidad de Madrid.

Esta red cuántica no es un prototipo de laboratorio, sino una red real, que ya realiza ensayos dirigidos a diseñar las comunicaciones del futuro. Aunque de momento es solo un embrión, se espera que crezca hasta dar forma a la primera red cuántica que conecte Europa.

La clave está en la seguridad

A diferencia de la criptografía tradicional, cuya seguridad depende de la complejidad matemática de resolver ciertos problemas, la seguridad cuántica se apoya en principios físicos fundamentales. Mientras que los ordenadores clásicos operan con bits que solo pueden valer 0 o 1, los sistemas cuánticos utilizan qubits, capaces de existir en múltiples estados simultáneamente gracias a fenómenos cuánticos como la superposición o el entrelazamiento.

Esta propiedad permite crear redes en las que cualquier intento de observar o copiar la información altera inevitablemente el sistema, dejando en él una huella fácilmente detectable.

Puede entenderse con un ejemplo sencillo: es como enviar una carta escrita con una tinta especial que solo el destinatario puede leer. Si alguien intenta abrirla antes, el mensaje se altera y el intento de espionaje resulta evidente. De forma análoga, en la comunicación cuántica, observar la información implica dejar rastro. Las comunicaciones cuánticas ayudarán a mantener nuestros datos a salvo el día que los ordenadores cuánticos sean capaces de romper con los sistemas de encriptación que empleamos ahora en computación.

El equipo de MadQCI trabaja en el desarrollo de nuevas estrategias para compartir datos de forma segura entre distintos usuarios, sin que la comunicación suponga un riesgo. Su enfoque se basa justamente en aprovechar las leyes de la física cuántica para construir redes quantum safe.

El centro de la tecnología de MadQCI radica en la distribución cuántica de claves, o QKD (Quantum Key Distribution). Esta técnica permite intercambiar claves criptográficas con un nivel de seguridad sin precedentes, ya que, tal y como hemos visto, cualquier intento de interceptar la comunicación modifica el estado cuántico de la señal y queda inmediatamente al descubierto.

Primer paso hacia el internet cuántico

El proyecto MadQCI representa un primer paso hacia el cada vez más conocido internet cuántico: una red capaz de ofrecer comunicaciones intrínsecamente seguras y nuevas funcionalidades que a día de hoy no resultan accesibles.

Más allá de la seguridad de datos, el proyecto abre la puerta a nuevas formas de diseñar y gestionar las redes de telecomunicaciones, integrando tecnologías cuánticas y clásicas mediante arquitecturas avanzadas y soluciones definidas por software.

La red

La mayoría de las comunicaciones cuánticas basan su seguridad en el intercambio de claves cuánticas punto a punto: un emisor y un receptor conectados directamente comparten una clave secreta utilizando las propiedades de la física cuántica.

Pero una red cuántica va un paso más allá. En lugar de conectar únicamente dos puntos, interconecta múltiples nodos –como universidades, centros de datos o instituciones– formando una infraestructura compartida. Esto permite que diferentes usuarios intercambien información de manera flexible, dinámica y segura, de forma similar a cómo hoy funciona Internet, pero apoyándose en tecnologías cuánticas.

La red MadQCI actúa como eje central, conectando los nodos gracias a la coordinación entre científicos y técnicos de REDIMadrid y de la Universidad Politécnica de Madrid.

Dispositivos cuánticos

Cuando hablamos de redes de comunicaciones cuánticas, uno de los elementos clave son los llamados dispositivos cuánticos: equipos que permiten generar, enviar, recibir y medir claves seguras utilizando las leyes de la física cuántica.

A diferencia de los dispositivos electrónicos convencionales, que trabajan con señales clásicas –impulsos eléctricos o luminosos que representan unos y ceros–, los dispositivos cuánticos operan con partículas de luz, los fotones, en estados cuánticos muy delicados.

La Red MadQCI cuenta con 30 dispositivos cuánticos destinados a la experimentación y al desarrollo de aplicaciones avanzadas. Una cifra para nada trivial.

Las dificultades

A pesar de los avances logrados, el despliegue de redes cuánticas terrestres a gran escala sigue afrontando retos importantes. Las señales cuánticas son extremadamente frágiles y se degradan con rapidez al propagarse por la fibra óptica, sin posibilidad de ser amplificadas como en las comunicaciones clásicas, lo que limita su alcance. Para superar esta barrera se están desarrollando tecnologías como los repetidores y las memorias cuánticas, aún en fases tempranas, que permitirán extender las comunicaciones sin comprometer su seguridad.

A ello se suma el desafío de integrar las redes cuánticas con las infraestructuras de telecomunicaciones tradicionales y de crear nuevas capas de software y componentes más robustos que hagan viable su operación a gran escala.

Pero no hay que tirar la toalla. Aunque el camino es complejo, los avances actuales apuntan a un futuro próximo en el que las comunicaciones cuánticas pasarán del laboratorio a formar parte de nuestra vida cotidiana.

La apuesta

MadQCI sitúa a la Comunidad de Madrid en la vanguardia de una tecnología llamada a transformar la forma en que protegemos la información. Pero este no es un proyecto impulsado por una sola institución, sino el resultado de la colaboración entre numerosos centros de investigación y organismos públicos.

MadQCI forma parte de los Planes Complementarios de I+D+I del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, dentro del área dedicada a la comunicación cuántica. Además, está alineado con la iniciativa europea EuroQCI, cuyo objetivo es construir una red cuántica segura que conecte a los países de la Unión Europea.

The Conversation

David Rincón Llorente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ya existe una red de comunicación cuántica en Madrid – https://theconversation.com/ya-existe-una-red-de-comunicacion-cuantica-en-madrid-273123