La influencia cultural de las marcas y sus productos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Herencia, Director Máster en Branding. Profesor en grado de Publicidad y Branding., UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

La marca Starbucks lideró una nueva experiencia de consumo en sus cafés. Happycreator/Shutterstock

Starbucks redefinió el café como “el tercer espacio”. El producto –un café de mayor calidad que el del bar tradicional– servido en un entorno cómodo donde se puede pasar un largo tiempo de calidad tras la vivienda y el trabajo. El impacto cultural no se debió a la marca, sino a una propuesta de producto y experiencia que fue revolucionaria en su momento. Además, junto a Nespresso, contribuyó al inicio de la nueva cultura del café de calidad que ha evolucionado mucho después y dejando atrás a estas referencias.

Desde que existe el comercio, las empresas productoras han visto el mercado como una competencia técnica. Ganaba quien hacía el mejor producto: más confiable, más innovador, más eficiente o más barato. Automoción, ropa, alimentación, la batalla se libraba en la fábrica. El producto era el centro del pensamiento empresarial.

Sin embargo, el enorme desarrollo del mercado y la estandarización de la producción y del gusto han modificado esa lógica. Los productos se han vuelto tan parecidos que es difícil distinguirlos: los vehículos de gama media son intercambiables entre marcas, los teléfonos móviles son casi idénticos, la moda usa patrones clonados y el sabor de los refrescos no es el factor de decisión.

En este entorno donde todo se parece, la diferencia ya no está en lo que el producto es, sino en lo que significa cuando lo elegimos. Esto es lo que hace la marca, son las dos caras de una misma moneda: el producto satisface una necesidad; la marca le da un significado.

La visión tradicional habla de cómo el análisis de la cultura social acaba por crear nuevas propuestas de consumo o experiencias diarias, o al menos que la interacción y retroalimentación entre ambos lados es lo que hace evolucionar este ecosistema social. Pero ahora vamos a analizar cómo también puede ser en el orden opuesto.

Las nuevas dinámicas del mercado han traído una consecuencia más profunda: los productos y las marcas pueden estar moldeando la cultura social contemporánea, modificando nuestros hábitos, nuestros imaginarios, nuestra forma de relacionarnos e incluso nuestros valores. Existen dos perspectivas de esto: cuando es el producto el que influye en la cultura y cuando lo hace la marca.

Cuando el producto modifica las costumbres

A veces, no es la marca, sino el producto en sí –el objeto físico, el servicio o la institución– lo que modifica comportamientos y costumbres. Su influencia no depende de una narrativa, sino de la innovación o del diseño que aporta a la vida diaria:

  • Airbnb no transformó el turismo con una marca atractiva, sino ofreciendo un producto y narrativa radicalmente distintos: la posibilidad de “vivir en una ciudad por unos días”. Esto cambió nuestros hábitos de viaje, la relación con las ciudades, la economía de alquileres e incluso las normativas urbanas.

  • BlablaCar permite una nueva forma de desplazarse que no solo es lowcost, sino que además llega donde los servicios de transporte no lo hacen, entre pequeñas ciudades que exigirían una intermodalidad inexistente. Por otro lado, el propio nombre hace referencia a otro de los beneficios: conocer gente y hacer un viaje entretenido.

  • Netflix, Spotify, Amazon y Deliveroo/Glovo trajeron una forma nueva de tener todos los contenidos y productos disponibles en cualquier lugar y dispositivo, y así cumplir con una necesidad de inmediatez, independencia y libertad deseada por los consumidores. Además, modificaron la propia industria de creación del entretenimiento.

En estos ejemplos el producto funcionó como una innovación cultural. No vendían solo una historia; introdujeron una nueva forma de vivir que la marca, en paralelo, se encargó de potenciar.

Del pollo en Navidad a las chanclas brasileñas

En otras ocasiones, no es una innovación funcional lo que transforma la sociedad, sino una postura cultural explícita. La marca, no el producto, genera debates, modifica percepciones y desplaza normas sociales. Los ejemplos más claros proceden de marcas con un propósito activista.

En una época de poca conciencia social por parte de las marcas, Benetton, con las imágenes provocadoras de Oliviero Toscani, convirtió la publicidad en una plataforma global para temáticas sociales difíciles: racismo, VIH y mezcla de culturas/religiones.

La narrativa sobre la idea y el origen de las costumbres de la Navidad actual tiene muchas versiones relacionadas con marcas comerciales. Más desconocida es la historia de cómo llegó a Japón, a mediados de los años 70, la idea de que, para sustituir el típico pavo de la cultura anglo, en Nochebuena se comiera pollo de KFC. La idea cuajó de tal manera que aún sigue siendo un ritual social para gran parte de la población de cualquier religión, no solo de la católica.

  • Dove no cambió el jabón, cambió la conversación sobre la belleza. Con su campaña por la belleza real introdujo narrativas que ampliaron los cánones fuera de la belleza normativa. Fue la marca, no la fórmula del producto, la que abrió el diálogo público y generó impacto cultural.

  • The Body Shop hizo del activismo su seña de identidad, al menos antes de ser comprada por L’Oreal. No vendía productos de belleza, promovía una visión de la sociedad. Sus campañas contra las pruebas en animales y a favor del comercio justo generaron presión política, impulsaron cambios regulatorios y fomentaron una cultura de consumo más ética.

  • Patagonia llevó el propósito ambiental a un nivel casi político. La campaña “No compres esta chaqueta” no promocionaba un producto, cuestionaba el consumismo a través de hacer productos de alta calidad y larga vida. Sus acciones impulsaron a competidores y otras muchas marcas a adoptar prácticas más sostenibles.

En todos estos ejemplos, la marca actúa como un poder fáctico. No innova en lo funcional, innova en la narrativa. Fueron las marcas, y no la idea de producto, las que impulsaron el cambio.

La marca de calzado Havaianas, como muchos otros, es un caso que podría atribuirse a ambos lados, porque aunque rescata el diseño de las populares chanclas, lo hace actualizando la experiencia de producto a través del rediseño, colores, texturas, etc. También con colaboraciones con diseñadores famosos y diseñando un espíritu de marca nuevo y muy atractivo. Especialmente en Brasil, Havaianas cambió el imaginario construido alrededor de la marca, redefinió la informalidad, democratizó el “glamour”, mostró cómo un objeto humilde puede convertirse en un símbolo, reescribiendo normas de estilo aspiracional de la moda.

Propósito social frente a lucro

Si una marca cambia la cultura, ¿lo hace por compromiso genuino o por estrategia comercial? ¿Puede una empresa actuar éticamente sin tener en cuenta los ingresos?

El propósito no es un eslogan, es una promesa de valor a la sociedad que guía cualquier decisión. Cuando el propósito es auténtico, se implementa y se respeta, puede dirigir la influencia cultural hacia resultados positivos. Cuando es superficial, deriva en lavado de imagen y por tanto, en posible pérdida de confianza.

¿Deben las marcas ejercer su poder cultural?

Las marcas ahora comparten estructuras culturales similares a la religión, la política o los deportes más populares. Generan significado, moldean identidades, crean rituales y construyen aspiraciones. Si una marca determina cómo nos vestimos, cómo viajamos o qué causas apoyamos, actúa como una institución social.

Si las marcas tienen el poder de cambiar la sociedad, ¿deberían ejercerlo?

La respuesta es compleja. Las marcas “comerciales” son entidades económicas, no ONG. Su objetivo principal es el lucro. Sin embargo, en un mundo donde los límites entre consumo y cultura se han difuminado y los consumidores buscan marcas con las que compartir valores, ignorar la responsabilidad social sería irresponsable. Cuando una marca puede desactivar estereotipos dañinos o promover narrativas positivas para la sociedad, no posicionarse es, en sí mismo, una elección; una omisión que puede resultar lamentable, aunque no siempre sea criticable.

Si las marcas tienen tanto poder, entonces el asunto es que tomen conciencia de si tienen una visión del mundo y con qué compromiso van a desarrollar su misión. Cuando se moldea la cultura, no solo se construye un mercado, se construye el mundo.

The Conversation

Alberto Herencia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La influencia cultural de las marcas y sus productos – https://theconversation.com/la-influencia-cultural-de-las-marcas-y-sus-productos-271708

Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha

Na_Studio/Shutterstock

¿Alguna vez se ha preguntado por qué dos personas que viven en la misma ciudad, trabajan en el mismo sector y tienen ingresos similares sienten niveles de bienestar tan distintos? ¿Y si pudiera medir su felicidad social, del 1 al 10, con un índice diseñado con método científico?

El progreso de las sociedades se ha medido usualmente a través de indicadores económicos. Sin embargo, un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, experimentar problemas de desigualdad, polarización, precariedad laboral o deterioro ambiental.

Por este motivo, las investigaciones en ciencias sociales intentan responder a una pregunta aparentemente sencilla pero metodológicamente compleja: ¿cómo medir realmente la calidad de vida?

A qué llamamos calidad de vida

El primer reto aparece al intentar definirla. Algunos piensan en los servicios sociales como salud o educación, otros en la economía familiar, otros en el trabajo y otros en el barrio donde fijan su residencia. Todos tienen razón, pero solo en parte.

Durante años hemos usado distintos indicadores con este fin. Uno de los más influyentes es el Better Life Index desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que propone medir el bienestar a partir de once dimensiones, entre ellas empleo, educación, medioambiente, seguridad y satisfacción con la vida.

A partir de este enfoque multidimensional han surgido propuestas científicas que usan ponderaciones similares –en España, por ejemplo, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE– o métodos que integran dimensiones con distintas técnicas. Todos ellos permiten medir la calidad de vida de los habitantes de un país o región.

En esta línea, y tras una revisión de los índices existentes y un proceso de reflexión y aprendizaje colectivo de Big Data, los expertos que formamos parte del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) del Grupo de Investigación en Capital Intelectual (ICRG) hemos diseñado el Multidimensional Index of Social Quality of Life (MISQL).

Comience a medir su felicidad

La nueva herramienta se centra en la calidad de vida social. Es decir, en aquello que depende del entorno y de las relaciones: familia, empleo y clima laboral, confianza comunitaria, seguridad, ocio y cultura, movilidad, medio ambiente urbano, capacidades digitales, etc.

El índice MISQL invita a detenernos unos minutos para reflexionar sobre el día a día, identificar los factores que generan equilibrio personal y comprender cómo influyen las relaciones y el contexto en el bienestar cotidiano.

Para desarrollar este método comenzamos preguntándonos qué factores sociales influyen realmente en cómo una persona evalúa su propia vida. Para responder, analizamos miles de respuestas proporcionadas anualmente por ciudadanos españoles desde 2020.

Esperábamos que la economía personal ocupase el primer lugar, pero no ha sido así: la familia y la satisfacción laboral son dimensiones más influyentes que el dinero. También destaca la confianza en el vecindario y la integración social, o sea, esa clara sensación de que podemos caminar tranquilos en nuestro entorno o de que nuestros vecinos estarán ahí si los necesitamos.

El índice toma forma cuando aplicamos coeficientes estandarizados desde un modelo socioeconométrico, permitiendo obtener ponderaciones objetivas (pesos derivados de los propios datos, no de nuestras preferencias como investigadores). Ese paso ha sido crucial, dejando que hablasen las respuestas reales de la gente.

El peso de la ciudad, el barrio y el territorio

Al aplicar el modelo sobre más de 4 100 respuestas en España para 2025, la dimensión social explica el 64 % de la variación del bienestar percibido. El resto corresponde, en buena medida, a la esfera personal (salud física y psicológica, desarrollo personal, espiritualidad, estilo de vida) y a los límites propios de cualquier medición basada en encuestas.

Esas proporciones muestran el enorme peso que tienen nuestras ciudades, barrios y entornos en cómo nos sentimos.

En cuanto a las diferencias territoriales, el índice encuentra patrones que invitan a pensar. No se trata de comunidades ganadoras y perdedoras, sino de distintas formas de vivir y sentir el entorno. Comunidades autónomas como La Rioja, Navarra, Aragón o Castilla-La Mancha muestran un equilibrio interesante entre satisfacción residencial, felicidad declarada y calidad de vida social percibida. Estas regiones destacan no tanto por cuestiones de renta personal, sino por su cohesión y la satisfacción de sus habitantes con su entorno.

Además, la dimensión de la población está asociada al mercado de la vivienda. Así, aquellas poblaciones con servicios de calidad, fácil accesibilidad y baja densidad sacan una clara ventaja en la puntuaciones del índice.

Esta nueva herramienta no es un mero ejercicio académico o individual, sino una brújula para que los responsables públicos identifiquen prioridades reales agregadas. En un mundo complejo, necesitamos indicadores que no solo midan lo que producimos, sino cómo vivimos y lo qué realmente importa.

Cómo nos sentimos en comunidad

Una cuestión que muchas personas se plantean es qué hace que nuestra vida sea, en esencia, “buena”. Y eso es lo que permite resolver el índice MISQL.

No se trata solo de obtener una puntuación, sino de favorecer una mirada más consciente sobre cómo vivimos con otros, cómo nos sentimos en nuestra comunidad y qué elementos fortalecen –o debilitan– esa armonía.

Cualquier persona puede entender mejor por qué se siente como se siente, reconociendo qué aspectos clave de su entorno social pesan más en su calidad de vida. Ahora es posible evaluar y comparar nuestra felicidad con la de la población en general, lo que permite descubrir cuáles son los condicionantes que predominan para la mayoría y qué áreas personales debemos potenciar.

Por último, cuidado con la paradoja de la felicidad: preguntarse constantemente si uno es feliz puede llevar a dejar de serlo. A menudo se experimenta mejor cuando no se busca obsesivamente, sino cuando se vive el presente con un objetivo claro. Ahora podemos observar las tendencias de nuestras sociedades desde cada individuo, permitiendo definir mejor el propósito en nuestro presente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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De Saddam a Jameneí: el guión que conecta Irak 2003 con la guerra en Irán 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Alvarado, Associate professor, Universidade de Vigo

Rokas Tenys/Shutterstock

El 19 de marzo de 2003, la aviación estadounidense bombardeó Bagdad iniciando la operación Iraqi Freedom. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación Furia Épica contra Irán.

Separadas por 23 años, ambas ofensivas comparten idénticos mecanismos de fabricación del consenso bélico. La amenaza de destrucción masiva se presenta como inminente e incontestable. Sin debate parlamentario ni aval del Consejo de Seguridad de la ONU, la escalada impide cualquier deliberación pública fundada.

No se trata de una coincidencia, sino de la reedición de una misma arquitectura propagandística articulada en torno a cuatro ejes: la construcción de la amenaza, la diabolización del adversario, el control del relato y las promesas de cambio sin planificación viable para el día después de las bombas.

Las democracias son vulnerables a la “inflación de amenazas” cuando el poder ejecutivo controla el flujo de informaciones y neutraliza el escrutinio público. En 2002, el gobierno del primer ministro británico, Tony Blair, publicó un documento que afirmaba que Irak podía desplegar armas de destrucción masiva “en 45 minutos”. El Comité de Inteligencia del Parlamento británico concluyó que era deliberadamente inexacto.

Un plagio de una tesis doctoral

En febrero de 2003, ese documento, el Dodgy Dossier, resultó ser un plagio de una tesis doctoral, sin valor probatorio. El secretario de Estado de EE. UU., Colin Powell, mostró ante la ONU imágenes satélite que resultaron falsas, mientras el jefe de la Comisión de Monitoreo, Verificación e Inspección de las Naciones Unidas, Hans Blix, y la AIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica) eran desacreditados por contradecirlas.

La Biblioteca Presidencial Bush reconoce hoy que esos arsenales no existían. El pasado 1 de marzo, la Casa Blanca justificó los ataques contra Irán alegando una “inminente amenaza nuclear” nunca confirmada.

La construcción de la amenaza resulta más efectiva si se asocia a un rostro. La administración Bush sustituyó a Ossama bin Laden por Saddam Hussein como “enemigo público número uno” en los meses previos a la invasión, vinculándolo al 11-S sin evidencia alguna.

Cuando el Congreso aprobó el uso de la fuerza militar, el 66 % de los estadounidenses ya creía que Saddam Hussein había participado en los atentados. La técnica no era nueva: Bush padre comparó a Saddam con Hitler durante la primera Guerra del Golfo.

El “eje del mal”, del que Irán forma parte, funciona como metonimia del nazismo que clausura la diplomacia y legitima cualquier deriva.

Presentar al enemigo como monstruo

Donald Trump afirmó que el recientemente asesinado Alí Jameneí era “una de las personas más malvadas de la historia”. Presentar al enemigo como monstruo produce una realidad en la que cualquier acción queda justificada.

Los “halcones” de la Casa Blanca Dick Cheney (entonces vicepresidente), Donald Rumsfeld (secretario de Defensa) y Paul Wolfowitz (subsecretario de Defensa) tejieron un aparato paralelo de producción del relato bélico. El periódico New York Times reveló la creación del Office of Strategic Influence por el secretario de Defensa y Douglas Feith, subsecretario de Defensa para Asuntos Políticos, para difundir información favorable en medios extranjeros. Formalmente disuelto, Rumsfeld reconoció meses después que sus actividades continuaban.

La administración Trump reproduce esa lógica con medios más sofisticados. Pete Hegseth gestiona la narrativa de guerra desde el Pentágono, mientras Fox News, Breitbart y el ecosistema de la derecha radical operan como burbuja informativa donde la desinformación se amplifica sin verificación y cristaliza en narrativa dominante.

La fotografía de guerra sirvió en gran medida para legitimar la invasión de Irak, no como instrumento de fiscalización independiente. El sistema de periodistas embedded –integrados en unidades militares, con desplazamientos y acceso a fuentes, vigilados por el ejército– limitó estructuralmente la capacidad de verificación editorial.

Las instantáneas de torturas en Abu Ghraib tardaron meses en hacerse públicas. Las imágenes de los féretros de soldados estadounidenses estuvieron directamente prohibidas. El control de lo visible es siempre el primer campo de batalla. En el conflicto con Irán, el bombardeo de la escuela de Minab –con un elevado número de muertos, la mayoría niñas– no fue reconocido como responsabilidad estadounidense y solo tras filtraciones a agencias internacionales.

Tanto en Irak como en Irán, el objetivo declarado es el cambio de régimen, pero ninguna de las dos operaciones diseñó el día siguiente. Las tropas tomaron las grandes ciudades sin instrucciones claras ni interlocutores y el gobierno Bush llegó a la posguerra iraquí sin un plan realista ni estructura civil capaz de gestionarla.

Paul Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición en Irak, dirigió la reconstrucción, sin haber pisado Iraq, con un discurso centrado en privatizar la industria. Ahmed Chalabi, presidente del Congreso Nacional Iraquí financiado por la CIA, carecía de respaldo real dentro del país.

Reza Pahlavi reproduce en Irán ese mismo patrón: hijo del último sha, lleva medio siglo en el exilio, divide a la oposición y el propio Trump reconoció no saber “cómo le irá dentro de su propio país”.

La táctica propagandística se repite

La puesta en escena del triunfo es inseparable del guión propagandístico. La Plaza Firdos estaba casi vacía cuando las cámaras, cuidadosamente emplazadas, encuadraron el derribo de la estatua de Saddam Houssein como celebración multitudinaria. A bordo del Abraham Lincoln, Bush Jr. sancionó en mayo de 2003 el fin de una guerra que duraría ocho años más.

Hoy, la Casa Blanca difunde vídeos que mezclan bombardeos reales con fotogramas de Superman e Iron Man, presentando la destrucción como inocuo espectáculo. Los ataques refuerzan el nacionalismo iraní, como ocurrió en la guerra Irán-Irak de 1980-1988.

La Operación Ajax de 1953, la última vez que Washington instaló un gobernante en Teherán, terminó 26 años después en Revolución Islámica.

Fabricar la ficción que apuntala una guerra es sencillo. Ninguna potencia ha logrado controlar lo que viene después

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David Alvarado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Saddam a Jameneí: el guión que conecta Irak 2003 con la guerra en Irán 2026 – https://theconversation.com/de-saddam-a-jamenei-el-guion-que-conecta-irak-2003-con-la-guerra-en-iran-2026-278488

Cuando el sistema inmune ataca por error al cerebro y siembra el caos en la mente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sonia Villapol, Associate professor, Houston Methodist Research Institute

alexkoral/Shutterstock

En el libro Brain on Fire (que tiene adaptación cinematográfica), la joven periodista neoyorquina Susannah Cahalan contaba su odisea en busca de diagnóstico para sus aterradores y cada vez más intensos síntomas, como cambios de conducta, confusión, alteraciones del pensamiento y alucinaciones. Finalmente, Susannah supo que sufría encefalitis autoinmune –un grupo de patologías que cursan con inflamación del cerebro– y empezó el camino de recuperación.

Durante años se separó el ámbito psiquiátrico del inmunológico, pero la práctica clínica y las investigaciones hoy cuestionan esa división: en ciertos pacientes, los síntomas propios de un cuadro psicótico no nacen de un trastorno primario como esquizofrenia o trastorno bipolar, sino que surgen por un ataque del sistema inmune al sistema nervioso. Es el caso de la encefalitis autoinmune.

Receptor clave para la comunicación entre neuronas

Susannah sufría específicamente encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA, una de las formas más frecuentes de la enfermedad. Dicho receptor ayuda a coordinar la señal entre neuronas, y cuando no funciona con normalidad, las redes neuronales pierden sincronía (dejan de coordinarse) y plasticidad en sus conexiones sinápticas.

En concreto, el ataque del sistema inmune daña una subunidad del receptor llamada NR1 presente en las neuronas. Al reducirse el número de receptores activos, disminuye la señal del glutamato, el principal neurotransmisor excitador del cerebro, esencial para la comunicación entre neuronas, el aprendizaje y la memoria. Esta alteración se parece a la que se observa en la psicosis.

Esta rara enfermedad autoinmune fue descrita por primera vez en 2007 por el equipo del neurólogo catalán Josep Dalmau. En aquellos casos iniciales, los pacientes eran mujeres con teratomas de ovario que presentaban síntomas psiquiátricos y neurológicos combinados.

Hoy sabemos que hasta el 77 % de las personas con anticuerpos anti-NMDAR fueron evaluadas primero en unidades de psiquiatría, lo cual retrasa el diagnóstico en una enfermedad tratable. Aquí existe una causa biológica y reconocer pronto ese origen inmune es clave para obtener mejores resultados clínicos.

Una evolución por etapas que confunde

La encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA afecta normalmente a personas menores de 45 años y con mayor frecuencia a mujeres que hombres (4:1). Muchos casos siguen un patrón reconocible. Al inicio aparece un cuadro parecido a una infección común, con fiebre, dolor de cabeza y malestar general, aunque a veces también se suman síntomas respiratorios o digestivos. Esa primera fase rara vez dispara la alerta, porque todo parece transitorio y banal. Después llega la parte más desconcertante.

Como indican los análisis de “señales de alarma”, la conducta cambia bruscamente, a veces en horas. Pueden aparecer delirios, alucinaciones, agitación, paranoia, irritabilidad extrema, desorganización o un deterioro rápido del lenguaje y la memoria.

Días después se presentan señales más neurológicas: convulsiones, somnolencia profunda o catatonia; en los casos graves, el cuerpo pierde su regulación automática. También destacan movimientos involuntarios en la cara y la boca. Estos signos sugieren inflamación del cerebro y encajan mejor con una encefalitis que con un trastorno psiquiátrico primario. Puede haber sudoración intensa y problemas respiratorios y algunas personas necesitan cuidados intensivos.

El paciente puede entrar en el circuito de salud mental y ser etiquetado erróneamente como “psiquiátrico”, quedando la causa real oculta. Por eso, conviene ampliar el estudio clínico para dilucidar qué proceso orgánico está detrás.

Diagnóstico más allá de la resonancia

No toda psicosis tiene origen autoinmune, y detectar cambios en el sistema inmune no significa automáticamente que ahí esté el origen del problema. Por eso conviene seleccionar bien a quién estudiar. Además, la resonancia magnética, que puede ayudar a detectar signos de inflamación o de afectación cerebral, a veces no muestra anomalías, sobre todo al inicio de la enfermedad, por lo que un resultado normal no debería descartar el diagnóstico.

Algunos pacientes reciben el diagnóstico de “primer episodio psicótico”. La duda surge cuando el cuadro cambia rápido, cuando aparecen convulsiones y episodios de rigidez intensa. Las personas afectadas también pueden experimentar movimientos involuntarios llamativos o alternancia entre confusión y ausencia de respuesta, un patrón que apunta más a inflamación cerebral.

Ante estos síntomas, la prueba más útil suele ser el análisis del líquido cefalorraquídeo mediante punción lumbar, porque permite detectar mejor los anticuerpos anti-NMDAR y los signos de inflamación del sistema nervioso central. En ese líquido puede observarse un aumento de células defensivas, alteraciones en las proteínas y, en algunos casos, bandas de anticuerpos. El diagnóstico se confirma al detectar inmunoglobulina G (IgG), un tipo de anticuerpo que se une a la subunidad GluN1 del receptor NMDA, considerada la diana específica de esta enfermedad.

Si solo se analiza sangre, hay riesgo de obtener resultados falsos, por exceso o por defecto. Por eso se recomienda incluir el líquido cuando hay sospecha clara.

Reconocer las señales de alarma

La pregunta es sencilla y urgente: ¿cuántas personas con diagnóstico psiquiátrico tienen una causa inmune tratable? Esa cifra puede no ser grande, pero sí importante. A escala mundial, se estima que la esquizofrenia afecta a unos 23 millones de personas (1 de cada 345 personas) y el trastorno bipolar a unos 37 millones (1 de cada 200 personas). Aunque la encefalitis anti-NMDA sea poco frecuente, incluso un porcentaje pequeño dentro de grupos tan numerosos representa un número clínicamente relevante: puede significar muchas vidas con un diagnóstico distinto, un tratamiento que llega a tiempo y un desenlace mejor.

La encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA deja un mensaje claro. Si una psicosis aparece de forma brusca, conviene valorar una inflamación del cerebro, sobre todo si hay convulsiones, fiebre, cambios de conciencia, movimientos anormales o catatonia. También importa si el pulso o la tensión se alteran sin causa clara.

No se trata de medicalizar cualquier crisis emocional, sino de reconocer señales de alarma en una enfermedad tratable.

The Conversation

Sonia Villapol no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando el sistema inmune ataca por error al cerebro y siembra el caos en la mente – https://theconversation.com/cuando-el-sistema-inmune-ataca-por-error-al-cerebro-y-siembra-el-caos-en-la-mente-274262

El agua y la ilusión de la igualdad de oportunidades

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gonzalo Delacámara, Director académico y profesor especializado en gestión económica de los recursos naturales, IE University

Sntes/Shutterstock

Durante mucho tiempo, en las economías avanzadas, el agua ha sido víctima de un éxito social: la universalidad de los servicios de agua. Se da, de hecho, una disonancia cognitiva: advertimos de su escasez, al tiempo que garantizamos un suministro estable.

Se abre el grifo y se instala la ilusión de que el problema ha quedado resuelto y, con ella, la sospecha de que hablar de agua e igualdad de oportunidades pertenece a un repertorio retórico importado. Como si la cuestión hídrica fuera, en el mejor de los casos, parte de la agenda humanitaria y, en el peor, una sofisticación conceptual sin arraigo material.

Esa tranquilidad es engañosa. El agua no ha dejado de ser una condición necesaria para la igualdad. Simplemente, en algunos lugares, se ha invisibilizado.

2 100 millones de personas sin acceso a agua potable segura

Este año, el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos de la UNESCO, presentado por el Día Mundial del Agua, lleva un título revelador: “Agua para todas las personas: igualdad de derechos y oportunidades”. No es una elección estética. Se subraya que el acceso al agua limpia, segura y asequible, junto con la participación equitativa y significativa de las mujeres en la gestión del agua, es esencial para reducir la pobreza y construir sociedades más sanas y justas.

Los datos más recientes del programa conjunto Organización Mundial de la Salud/UNICEF son difíciles de relativizar: en 2024, 2 100 millones de personas seguían sin acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura; 3 400 millones carecían de saneamiento gestionado de forma segura y 1 700 millones no disponían siquiera de servicios básicos de higiene en el hogar.

Entre 2015 y 2024 ha habido avances inequívocos, pero Naciones Unidas advierte que el ritmo actual debería multiplicarse por ocho para alcanzar el acceso universal al agua potable segura en 2030.

Y el sesgo de género es nítido: globalmente, el 26 % de las mujeres y niñas (1 100 millones) carece de acceso a agua potable gestionada de forma segura. En 53 países con datos disponibles, las mujeres y niñas dedican 250 millones de horas al día a recoger agua, más de tres veces el tiempo que dedican los hombres y los niños.

Mapa que muestra por colores el porcentaje de población de los países con acceso a agua potable
Porcentaje de la población con acceso a servicios de agua potable.
OMS, CC BY

Un recurso que determina oportunidades

En una coyuntura marcada por la fractura del orden mundial, el encarecimiento de las infraestructuras críticas, la presión sobre las finanzas públicas y la creciente competencia por recursos estratégicos, el agua ya no distribuye sólo bienestar: distribuye riesgo, tiempo, productividad y horizonte vital.

El agua desborda los márgenes sectoriales y emerge en el centro de las discusiones sobre seguridad alimentaria, resiliencia climática, competitividad industrial y cohesión social. Lo que está en juego no es únicamente la disponibilidad física del recurso, sino su traducción en oportunidades reales.

Y sin embargo, incluso ahora deberíamos formular mejor la pregunta. No se trata sólo de cuánta agua hay, ni siquiera de quién accede a ella. La pregunta políticamente relevante es otra: cómo distribuye el agua las oportunidades en una sociedad. A quién libera tiempo, impone cargas, protege, expone; a quién permite estudiar, trabajar, descansar, cuidar o emprender.

En ese punto, conviene desconfiar de una expresión demasiado celebrada: la igualdad de oportunidades. El sociólogo César Rendueles ha explicado que, formulada de cierto modo, puede convertirse en una coartada elegante para aceptar desigualdades de partida cada vez más profundas.

El profesor de Derecho y filósofo político Michael Sandel, desde otra tradición, ha mostrado cómo la meritocracia, cuando se convierte en un axioma, termina por legitimar el éxito como si fuera una obra puramente individual, olvidando hasta qué punto depende de ventajas heredadas, bienes públicos, contextos institucionales y trabajos invisibles. Dicho de otro modo: una sociedad puede dar el pistoletazo de salida y seguir siendo profundamente injusta si algunos parten descansados y otros exhaustos.

El agua obliga a aterrizar esa crítica. No es posible la meritocracia cuando las condiciones materiales de partida son tan desiguales. No la hay cuando millones de niñas y mujeres siguen perdiendo horas de educación, de empleo o de descanso en la recogida de agua. Tampoco cuando la ausencia de saneamiento compromete la salud, la seguridad, la privacidad y la continuidad escolar. No la hay cuando la infraestructura doméstica del bienestar (beber, limpiar, cocinar, cuidar) descansa desproporcionadamente sobre quienes ya parten con menos tiempo, renta o reconocimiento. Los datos no invitan a la metáfora: invitan a revisar la gramática moral del mérito.




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Un nuevo informe de Naciones Unidas alerta de que hemos entrado en “bancarrota hídrica”


Desigualdad hídrica en países ricos y en desarrollo

Aquí es donde las investigaciones de los economistas Esther Duflo, Abhijit Banerjee y Michael Kremer, ganadores del Premio Nobel de Economía en 2019, resultan especialmente valiosas. La desigualdad no se expresa sólo en grandes agregados macroeconómicos, sino también en pequeñas fricciones acumulativas, en costes aparentemente menores que acaban deformando trayectorias vitales. El agua está en el centro de este desafío. No como un detalle sectorial, sino como un factor esencial para que la educación, la salud o el trabajo dejen de ser promesas abstractas.

Quienes viven en países con prestación universal de los servicios de agua, podrían objetar que ese vínculo entre agua y género sólo tiene sentido en países de renta baja. Pero eso sería confundir la desaparición del problema con su transformación.

En las economías avanzadas, la desigualdad hídrica ya no siempre adopta la forma extrema de caminar para acarrear agua. Se presenta, más bien, como desigualdad en la capacidad de pago, en la resiliencia frente a sequías e inundaciones, en la exposición a viviendas precarias, en la capacidad de absorber interrupciones del servicio, en la carga cotidiana de los cuidados y también en la representación ante los órganos de decisión.

En los países de renta media y baja, en cambio, esa realidad sólida sigue siendo abrumadora. Allí, el agua no solo condiciona el bienestar, sino también el itinerario vital. Cuando el suministro no está en la vivienda, son sobre todo mujeres y niñas quienes asumen la recogida en siete de cada diez hogares. Cuando no hay saneamiento digno, aumentan los riesgos para la salud, la seguridad y la continuidad educativa.

El agua, en esos contextos, no es un servicio más. Es el lugar donde convergen la desigualdad social, la fragilidad institucional y la división sexual del trabajo.

El agua no resuelve por sí sola la desigualdad, pero sí funciona como una prueba moral y política de primer orden. Una sociedad puede repetir hasta el cansancio la letanía del mérito; pero no puede llamarse justa mientras siga distribuyendo de manera tan desigual lo indispensable.

Y ésa es, en el fondo, la lección más incómoda del informe de la UNESCO. El agua no es sólo una cuestión de infraestructura crítica, tarifas o tecnología. Es una pregunta sobre el tipo de sociedad que deseamos. Sobre si la igualdad será una ficción ilusoria o una realidad material capaz de liberar, de manera general, tiempo, salud, seguridad y dignidad. En un mundo atravesado por la incertidumbre geoeconómica y por una creciente competencia por recursos esenciales, la respuesta ya no puede ser retórica. El agua, como casi todo lo importante, desenmascara.

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Gonzalo Delacámara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El agua y la ilusión de la igualdad de oportunidades – https://theconversation.com/el-agua-y-la-ilusion-de-la-igualdad-de-oportunidades-278825

‘Menowashing’: cuando la menopausia se convierte en un nicho de mercado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Selva Olid, Profesora Agregada en los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC – Universitat Oberta de Catalunya, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

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En pocos años, la menopausia ha pasado de ser un tema apenas susurrado a ocupar un lugar visible en la conversación pública. Creadoras de contenido, memes y marcas de bienestar proliferan en redes sociales, rompiendo décadas de silencio, vergüenza y desinformación.

Este giro es, sin duda, un avance necesario. Sin embargo, hablar más no significa hablar mejor ni hacerlo desde marcos neutrales. La cuestión de fondo es otra: ¿qué ocurre cuando la visibilidad de la menopausia se convierte en un mercado? Pues que un problema colectivo empieza a abordarse como una elección individual.

En ese desplazamiento, surge el menowashing, es decir, el uso comercial del lenguaje del cuidado y el empoderamiento para vender productos no siempre respaldados por evidencia científica sólida.

Del bienestar al negocio

El desplazamiento del cuidado hacia el mercado no es casual. En los últimos años, el interés social por la menopausia ha impulsado lo que ya se denomina “menoeconomía”. Se trata de un ecosistema de productos, servicios y contenidos dirigidos, sobre todo, a mujeres a partir de los 45 años. Suplementos, cosmética específica, aplicaciones hormonales o programas de bienestar forman parte de una oferta diversificada que convierte esta etapa en un nicho de mercado.

Pero este fenómeno no es exclusivo de la menopausia. De hecho, la literatura científica sobre salud lleva décadas analizando la medicalización de procesos vitales, como la menstruación, el embarazo, el parto o la menopausia, y su conversión en oportunidades de negocio.

De este modo, las transiciones naturales pasan a presentarse como problemas a corregir o disfunciones a gestionar. Y, como resultado, se promueven productos, tecnologías o tratamientos que no siempre responden a una necesidad clínica real.

En el caso de la menopausia, la novedad no es el mercado, sino la rapidez de su crecimiento. La apertura de la conversación pública ha dado paso a una oferta creciente de soluciones comerciales para “transitar mejor” esta etapa.

En este contexto, el lenguaje del autocuidado y del empoderamiento cumple un papel clave. No solo acompaña la oferta comercial: también moldea la idea de lo que significa “estar bien” durante la menopausia.

De este modo, la responsabilidad del bienestar se desplaza hacia la esfera privada. Así, la conversación deja de centrarse en los apoyos sociales o sanitarios y pone el foco en soluciones individuales. Inevitablemente, el mensaje implícito es claro: estar mejor pasa por elegir correctamente. Y cuando el empoderamiento se desvincula de derechos e información rigurosa y se reduce al consumo, aparece el menowashing.

¿Cómo funciona?

El menowashing no se reconoce por un producto concreto, sino por la forma en que se presenta. Suele apoyarse en un lenguaje cercano, emocional y aparentemente liberador. Se habla de “volver a ser tú” o de “equilibrar tus hormonas”, a menudo sin aclarar qué evidencias respaldan esas promesas.

Esta estrategia resulta eficaz porque conecta con experiencias reales de malestar. Dificultades para dormir, concentrarse o regular las emociones forman parte de esta etapa. De hecho, la evidencia muestra que los síntomas del climaterio afectan tanto al trabajo como a la vida cotidiana.

En ese contexto, las soluciones rápidas y personalizadas se presentan como respuestas accesibles y atractivas, especialmente cuando otras vías de apoyo son poco visibles.

Sin embargo, no siempre existe un respaldo científico sólido detrás de estas ofertas. En ocasiones, los productos no difieren de otros genéricos. Simplemente se reempaquetan y se venden a un precio más elevado. Otras veces, se apoyan en estudios preliminares o en testimonios individuales presentados como prueba suficiente de eficacia.

Reenfocar la conversación

Cuestionar el menowashing no implica rechazar la visibilidad de la menopausia ni negar que algunos productos puedan ser útiles. Implica preguntarse quién define hoy los problemas y las soluciones en torno a esta etapa vital.

Cuando el bienestar se plantea casi solo como una elección individual, se refuerza una mirada medicalizada de la menopausia. Y, así, una etapa natural vuelve a presentarse como un problema a corregir o “normalizar”. Sin descuidar el sobrecoste económico de muchas de estas soluciones, no siempre accesibles ni justificadas desde la evidencia.

Con todo, el verdadero empoderamiento no pasa por comprar más: pasa por garantizar información rigurosa, atención especializada y entornos que reconozcan la menopausia como una cuestión de salud pública. El reto ya no es hablar de menopausia, sino que hacerlo sirva para cuidar mejor y de forma colectiva.

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Clara Selva Olid no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Menowashing’: cuando la menopausia se convierte en un nicho de mercado – https://theconversation.com/menowashing-cuando-la-menopausia-se-convierte-en-un-nicho-de-mercado-273150

Guerra en Irán y fútbol, ¿silenciará la diplomacia deportiva a las armas durante el Mundial 2026?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Cvitanic, Docente de Relaciones Internacionales, Universidad de La Sabana

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La última vez que Irán se enfrentó a Estados Unidos en una cancha fue en el estadio Gerland de Lyon en 1998. Aquel partido del Mundial de Francia supuso un hito. Desde la Revolución iraní de 1979, los países no habían tenido un cara a cara deportivo y cualquier tipo de relación había sido anulada.

Los jugadores persas llegaron a la grama con flores blancas, que repartieron a los compañeros de juego como símbolo de paz. Se tomaron una fotografía histórica con sus contrincantes y arrancaron el juego. El partido traía consigo un fuerte mensaje político: la reconciliación. Después llegaron los goles de Hamid Estili y Mehdi Mahdavikia.

Gracias a esos tantos, Irán logró ganar el juego con un marcador de dos por uno. El gol estadounidense fue anotado por Brian McBride. La victoria de los persas trajo celebraciones masivas en las calles. El partido, que ha pasado a la historia del balompié del país de Oriente Medio, se convirtió también en una puesta en escena que llevó la diplomacia deportiva a sus más altas cotas.

Hoy, las relaciones entre ambos países son de nuevo más que tensas. Los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán no solo han desencadenado la cólera iraní, sino que a la vez han puesto en duda la presencia de su selección nacional en el evento deportivo más importante del año: el Mundial de Fútbol 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá.

Recientemente, el ministro de deportes de Irán anunció que el combinado iraní no se presentará en las canchas. Sin embargo, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC), declaró que no ha habido comunicación oficial que sugiera que Irán podría estar por fuera del evento deportivo.

Esto genera mucha incertidumbre. Aunque el mismo Donald Trump fue explícito con Gianni Infantino, presidente de la FIFA, al comentarle, hace unas semanas, que recibiría a la selección persa competir en el torneo, la invitación expresa no despierta ni un ápice de confianza entre el régimen iraní, que considera al gobierno estadounidense como su mayor enemigo.

Lo que la política puede hacerle al juego

El deporte, a lo largo de la historia, ha sido más que entretenimiento: también es una expresión política. Esta influye en el balompié por medio de rivalidades, propaganda, sanciones, diplomacia, protestas y decisiones organizativas.

El Mundial de 2026 tendrá como sedes principales México, Canadá y Estados Unidos (país en donde se disputarán la mayoría de partidos) y esto ya determina intereses económicos, diplomáticos y de imagen internacional.

No es menor que algunos funcionarios iraníes declaren públicamente que no hay garantía de seguridad para sus jugadores. Pero la situación tampoco es más segura para la contraparte: Irán ha demostrado en esta guerra que no se va a rendir y su poder tiene tentáculos. Los hutíes de Yemen, un movimiento chiita afín a Irán, no solo mantienen una relación estrecha y comparten sus intereses, sino que también reciben entrenamiento de Hezbolá, el grupo paramilitar guerrillero del Líbano.

Hamás tampoco se queda fuera de la ecuación, pues forma parte del Eje de la Resistencia. Al-Qaeda también puede unirse a la lista de enemigos de Estados Unidos, como ya lo ha hecho en el pasado.

A lo largo de la historia, Irán ha sido cercano a grupos terroristas que podrían atentar contra cualquier evento masivo. Se trata de enemigos no tan poderosos como un Estado, pero ejercen como actores peligrosos. Un hecho que Estados Unidos ya pondera, incluso más que México, que tampoco queda al margen de la violencia tras el asesinato de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho.

Se trata entonces de un Mundial de Fútbol marcado por la situación geopolítica. Parecería que la guerra busca esconderse bajo la grama, usando el deporte como propaganda. Algo que ya sucedió en Argentina, con motivo del Mundial de 1978.

En ese entonces, Argentina estaba regida por la dictadura militar de Jorge Rafael Videla. El régimen argentino utilizó el torneo como una cortina de humo de cara a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían a pocos metros del estadio.

En respuesta a los hechos, algunos deportistas protestaron. Johan Cruyff, jugador holandés, se negó inicialmente a participar en el evento, aunque posteriormente matizó sus razones.

El anfitrión busca maquillar su reputación

A menos de cien días de que ruede el balón, el Mundial 2026 deja traslucir un mensaje político. Parece muy posible que Estados Unidos pueda recurrir a la estrategia de “anfitrionar” para mejorar su reputación ante el mundo. No en vano, ha estado involucrado en varias acciones militares en territorio foráneo, incluyendo la captura de Nicolás Maduro, el asesinato del ayatolá de Irán y de “El Mencho” en México. Un intervencionismo que por momentos colisiona con la soberanía y el derecho internacional.

A su vez, las decisiones organizativas y las sanciones que tendría que asumir la selección iraní en caso de no asistir también ejercen presión. Por todo ello, no cabe descartar que se repita un escenario conciliador, como el que vivieron la selección de Irán y Estados Unidos en 1998.

Un duelo de Estados Unidos contra Irán es posible

Si la selección iraní asistiera, podría tener oportunidad de verse sobre la grama con su rival. Irán fue uno de los primeros equipos en asegurar su clasificación en el Grupo G, junto a Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda. Estados Unidos, en el Grupo D, jugará con Paraguay, Australia y un equipo que calificará desde el repechaje.

Existe la posibilidad de que ambos conjuntos se enfrenten en dieciseisavos de final, ya que el cuadro del torneo prevé un cruce entre el segundo del Grupo D con el segundo del Grupo G. Solo así seríamos testigos de una histórica repetición de aquel mítico partido de 1998.

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Fernando Cvitanic no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Se estrena una nueva película dramática de Almodóvar pero… ¿de verdad ha abandonado el cineasta la comedia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Calvo Anoro, Profesor en el Grado en Comunicación Audiovisual, Universidad San Jorge

Patrick Criado y Bárbara Lennie en una escena de _Amarga Navidad_. El Deseo

Desde hace años hay en Pedro Almodóvar (Calzada de la Calatrava, 1949) una peculiaridad narrativa recurrente: la ruptura del tono trágico con inesperadas salidas humorísticas, muy breves, pero impactantes. La dama burguesa que reprende a su hija monja por interrumpirla mientras falsifica cuadros del pintor surrealista Chagall en Todo sobre mi madre; la recepcionista que comenta con una amiga, por teléfono, la rotundidad de sus deposiciones fecales en Hable con ella; el padre y el hijo que acuden a una boutique de segunda mano para vender, resignados, todo lo que la madre ha abandonado al huir del hogar, en La piel que habito. Son, como diría el crítico Roland Barthes, el punctum del filme, ese detalle especial e inesperado que atrae la atención de la imagen y altera su campo temático y formal.

Almodóvar es ese autor que recoge como nadie el testigo del esperpento español, que desplaza la tradición más popular a un primer plano y retrata lo folclórico desde la sabiduría de haberlo vivido. Pero es, también, el director más vanguardista, el que exuda underground en cada fotograma, el que refleja en su puesta en escena las tendencias globales en decoración, arte y moda. Eso también lo ha experimentado. Así es capaz de equilibrar, por un lado, la muñeca legionaria sobre el armario de la tele (en La flor de mi secreto) y, por otro, el jersey multicolor de Loewe en La habitación de al lado. cuyo precio alcanza las cuatro cifras.

Por eso, ante el inminente estreno de su vigesimocuarta película, Amarga Navidad, ¿qué cabe esperar?

Las dos vidas de Almodóvar

Amarga Navidad es también, a su manera, un juego de balanzas: la historia de un director (Leonardo Sbaraglia) que rueda una historia sobre una directora (Bárbara Lennie). Este contexto autorreferencial ya lo trabajó en obras como Dolor y gloria, una posición que se presume ideal para plantear algunas de las cuestiones que han orbitado sus trabajos más biográficos: la creatividad, la familia y la maternidad (¿no es dirigir una forma de dar a luz?) o, muy especialmente, la relación entre arte y vida.

Pero ¿cómo se sitúa esta nueva película en el corpus de su director? Hay muchas tentativas de clasificar la filmografía almodovariana. De manera habitual, se suele nombrar la celebérrima Todo sobre mi madre (1999) como punto de inflexión entre un Almodóvar más castizo y festivo y otro más maduro y autorreflexivo.

Una mujer con una gabardina roja delante de un cartel con una mujer con labios rojos.
Cecilia Roth en un fotograma de Todo sobre mi madre.
El Deseo / Teresa Isasi

En esta visión influyen dos aspectos. Por un lado, el unánime reconocimiento universal a la película, que acumuló destacados premios en certámenes cinematográficos de todo el mundo –y que culminó con la obtención del Óscar a la Mejor película extranjera–. Por otro, la sustitución del género de la comedia loca por un tono dramático mucho más contenido que suele entenderse, de manera popular, como algo más “serio”.

Esto es cuestionable. En realidad, antes de Todo sobre mi madre Almodóvar ya se manejaba bien en el terreno de los premios internacionales (ahí está su nominación al Óscar de 1989 con Mujeres al borde de un ataque de nervios) y del melodrama no cómico (La ley del deseo es de 1987). Sin embargo, es cierto que esta película marca un nuevo rumbo. En ella, el director de Kika deja atrás ciertos manierismos y referencias –el Madrid de los ochenta, la provocación hilarante– y adopta otros –el drama más trascendental y humano, la mirada internacional– porque también él se ha resituado en el mundo. Y, así, entendemos que esta evolución no puede ser sino fruto de su propia vida.

Hasta Mujeres…, la filmografía almodovariana tiene un escenario claro, Madrid, y unas formas dominantes (que no únicas): las de la comedia de enredo y provocación libertina, de múltiples líneas narrativas que se entrecruzan con cierto caos.

Esto no evita que aparezcan, de vez en cuando, otras orientaciones, como el drama más pasional de Entre tinieblas o el retrato neorrealista de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Almodóvar va curtiéndose, a través de este camino, desde la experimentalidad de su primera obra hasta el dominio técnico y la limpieza narrativa de las posteriores, entre referencias clásicas al underground, el pop y el casticismo.

Cuatro mujeres sentadas en un sofá con las piernas cruzadas.
María Barranco, Rossy de Palma, Julieta Serrano y Carmen Maura en una fotografía promocional de Mujeres al borde de un ataque de nervios.
El Deseo DA S L U Foto Macusa Cores

A principios de los 90, sin embargo, el cineasta se alía con la productora francesa Ciby 2000 (que también ha aportado capital a la obra de autores como David Lynch o Emir Kusturica) y su mirada se internacionaliza. Tacones lejanos triunfa en Francia, Todo sobre mi madre rompe el Madrid nuclear y se traslada a la cosmopolita Barcelona, y La habitación de al lado nos lleva, de la mano de actrices de Hollywood, a otro continente.

El director es una figura cada vez más planetaria, pero, también, inevitablemente, más madura. La autorreferencialidad hilarante de Los amantes pasajeros (2013) es una excepción en una dirección que apuesta por códigos más trágicos como el drama familiar (Volver) o el thriller (La mala educación). Su propia vida acumula responsabilidades y preocupaciones: Almodóvar adquiere un compromiso político más marcado, su cuerpo comienza a experimentar el desgaste de la edad y su cine deja progresivamente de lado la frivolidad para adoptar un mayor realismo narrativo y formal.

Dulce y amarga Navidad

El último eslabón en esta cadena es, como decíamos al principio, esa Amarga Navidad sobre la cual cabe profetizar una continuidad en la etapa otoñal, comedida, de su obra, fruto de su proyección global y de su propia evolución como persona. Para bien o para mal, y como el resto de los mortales, Almodóvar no puede recuperar su tiempo perdido, pero tampoco le interesa hacerlo.

Los fans, aun así, seguiremos esperando en cada nueva película esos puntuales deslices cómicos, esos tímidos vistazos a su época más juguetona, que nos recuerdan, a golpe de impacto surrealista y cañí, quién es Pedro Almodóvar: en origen, un proletario forjado en los excesos de la Movida; después, un acomodado icono cultural; por siempre, el cineasta que mejor supo reflejar su propia vida en el arte.


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Javier Calvo Anoro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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El departamento financiero: de ‘llevar la contabilidad’ de la empresa a gestionar un ecosistema complejo y diverso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rodrigo Martín García, Profesor de Finanzas, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

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Durante décadas, la imagen del departamento financiero fue relativamente estable: contabilidad, facturación, fiscalidad, tesorería. Esa visión, de hecho, se mantiene en muchas pymes donde, a veces, la contabilidad y las obligaciones fiscales se externalizan. Por el contrario, en las empresas medianas y grandes, el departamento financiero agrupa diversidad de funciones: tesorería y gestión de liquidez, informes de gestión, fiscalidad, planificación y análisis financiero, control de gestión, financiación bancaria y del mercado de capitales, relaciones con los inversores, auditoría interna y cumplimiento normativo. Y, en muchas compañías, además, coordina los informes de sostenibilidad.

Por tanto, se ha pasado de registrar lo que ocurre en la empresa a gestionar un sistema complejo de riesgos: de liquidez, solvencia, regulatorios, reputacionales y, más recientemente, los riesgos ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza). Para responder a estos retos, en muchas empresas las funciones del departamento financiero se han convertido en una sucesión de juegos malabares.




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Los mimbres de un departamento financiero

La contabilidad constituye el núcleo de las funciones del departamento financiero. De ella, se nutren las áreas de fiscalidad y tesorería. Alrededor se encuentran las funciones transversales:

  • Operaciones, que genera las funciones básicas (contabilidad, tesorería) de un departamento financiero.

  • Control de gestión y elaboración de informes (reporting), para poder tomar decisiones informadas.

  • Auditoría interna y cumplimiento normativo (compliance), para que todo se haga conforme a las normas y a las políticas internas.

Sobre estos cimientos se apoyan la planificación financiera y fiscal y la relación con los inversores. El objetivo: tomar las mejores decisiones de inversión y financiación.




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Liquidez y financiación en un entorno complejo

Entre julio de 2022 y septiembre de 2023, el Banco Central Europeo elevó los tipos de interés desde 0 hasta el 4 %. Aunque posteriormente han ido bajando, recordemos que a partir de 2012 estuvieron por debajo del 1 % y al 0 % de 2016 a 2022.

Aquí se presenta el primer malabar: asegurar que la empresa cumpla a tiempo sus compromisos financieros. Sin embargo, cuando los costes financieros suben (lo que se produce con las variaciones al alza en los tipos de interés) entran en juego medidas como refinanciar préstamos, renegociar condiciones, ajustar plazos de cobro a clientes y de pago a proveedores, emitir deuda, reducir dividendos para reforzar fondos propios o solicitar nuevas aportaciones a los socios.

Este tipo de decisiones no pueden tomarse sin un análisis suficiente o apoyándose en la intuición y no en los datos financieros de la empresa. De ahí la necesidad de construir un sistema de previsión por escenarios, estableciendo límites y alertas tempranas y aplicando una disciplina de decisiones basada en un cuadro de mando financiero (una herramienta de gestión que reúne los indicadores clave de rendimiento, ingresos, beneficios, etc., y permite medir la salud financiera de la empresa) y el permanente diálogo con los bancos.




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Navegar la inflación regulatoria de la sostenibilidad

El segundo malabar es la adaptación al despliegue regulatorio que se ha venido produciendo en el ámbito de la sostenibilidad. La Directiva de Información Corporativa sobre Sostenibilidad (CSRD) amplió el perímetro de información de sostenibilidad de 11 000 a más de 50 000 empresas en la UE. No obstante, la Directiva stop-the-clock, de abril de 2025, ha retrasado dos años su aplicación en muchas compañías, y podría hacer que el 80 % de las inicialmente previstas quedaran exentas.

Para los departamentos financieros, el cumplimiento de normativas nacionales y supranacionales implica interpretar normas (que a veces se revisan sobre la marcha), coordinar información repartida por toda la empresa y garantizar su fiabilidad, juntando las piezas de un rompecabezas en movimiento.

En este caso, la solución está en tratar la sostenibilidad como un cierre contable más y asignar responsables claros, criterios homogéneos, controles internos y trazabilidad. Así, podrá proporcionar reportes consistentes, incluso en caso de ajustes normativos.




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Tecnología y ciberriesgos

La digitalización y la inteligencia artificial están automatizando tareas financieras rutinarias: asientos contables, clasificación de gastos y modelos de previsión de tesorería.

Esto permite enfocarse en actividades de mayor valor. Pero, como contrapartida, incorpora nuevos riesgos: dependencia de sistemas opacos, ciberseguridad, posibles sesgos difícilmente trazables en modelos de previsión, y la necesidad de apostar por perfiles que conjuguen competencias financieras, tecnológicas y de análisis de datos.

La coordinación entre el departamento financiero y el de tecnologías de la información (IT) es clave en la prevención y detección de fraudes (internos y externos). El tercer malabar es, pues, triple: automatizar sin renunciar a la toma de decisiones, reforzar el control sin obstaculizar y mantener a raya la burocracia.

La solución, en este caso, pasa por la segregación de funciones, la monitorización continua, la formación y la integración de finanzas e IT en un marco único de gestión del riesgo, priorizando trazabilidad y respuesta ante incidentes. Algunos llaman a esto un ecosistema transversal de datos.




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Más allá del organigrama

La estructura y el peso del área financiera indican qué metas u objetivos persigue la empresa y con qué herramientas cuenta para lograrlo. En el contexto actual, desde el departamento financiero se toman decisiones que van más allá del organigrama y afectan a distintas cuestiones. Por ejemplo, cómo afronta la empresa el riesgo climático, respeta los derechos laborales en su cadena de suministro o aprovecha las oportunidades de la transición verde y digital.

Por eso, son claves los controles internos, una adecuada formación y actualización de habilidades, saber atraer y retener talento, y contar con una cultura corporativa ética y responsable. Y, por supuesto, invertir en análisis de datos y en plataformas de business intelligence para el análisis de datos en el entorno empresarial, y de planificación de recursos empresariales (ERP).

Con esas herramientas es posible, por una parte, centralizar y automatizar la gestión de los procesos clave, y por la otra, detectar errores, anomalías o malas prácticas. De ello dependen la estabilidad del empleo, los plazos de pago a proveedores, la calidad de información a inversores y la credibilidad de los compromisos de sostenibilidad.




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Recursos ‘todoterreno’

Los malabares del departamento financiero no son un número de circo que pueda contemplarse desde la grada. Además de la liquidez y los impuestos, hay varias bolas que no pueden caer, como la capacidad para combinar finanzas, sostenibilidad, gestión de riesgos y tecnología. Para ello, es clave contar con recursos todoterreno, establecer alianzas con otros departamentos de la empresa y disponer de expertos externos.

Decidir cómo manejar todos los malabares simultáneamente, y sin que ninguno caiga, es la misión principal del departamento financiero. Un auténtico ejercicio de funambulismo.

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Ocho cosas “gratis” que pagamos sin saberlo cuando usamos internet

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

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Vivimos en la era de la gratuidad. Redes sociales gratis, correo electrónico gratis, buscadores gratis, mapas gratis, noticias gratis, inteligencia artificial gratis. El capitalismo, ese sistema al que tantas veces acusamos de codicia, parece haberse vuelto generoso.

Pero hay un pequeño detalle incómodo: nada en este mundo se autoproduce. Como recordaba Karl Marx, todo valor requiere trabajo, energía y tiempo socialmente invertido. Ningún servidor funciona por altruismo. Ningún algoritmo trabaja por vocación social. Ningún paquete se transporta por inspiración poética. Si algo no lo pagamos con dinero, lo estamos pagando de otra manera.

La pregunta no es si pagamos, la pregunta es con qué.

Aquí van ocho cosas que creemos que son gratuitas.

1. Redes sociales: el precio de la atención

Publicar fotos, comentar, compartir memes, seguir debates políticos. Todo parece gratuito. Sin embargo, plataformas como Meta Platforms no viven del entusiasmo juvenil, sino de la publicidad segmentada.

La socióloga Shoshana Zuboff ha explicado cómo el capitalismo de vigilancia convierte nuestros comportamientos en materia prima económica. No pagamos con tarjeta: pagamos con tiempo, datos, comportamiento y patrones emocionales. Cada “me gusta” es información. Cada pausa frente a un vídeo es una señal comercial. Nuestro ocio es un recurso explotable.

Y lo más interesante es que no sentimos que estemos pagando. Sentimos que nos entretienen. Que nos dan un “placer” gratuito (cualquier comparación con Un mundo feliz, el libro de Aldous Huxley, es pura casualidad).

2. El buscador que todo lo sabe

Alphabet Inc. no nos cobra por buscar. Al contrario, nos facilita la vida. Nos encuentra restaurantes, médicos, vuelos, respuestas a preguntas existenciales.

Pero cada búsqueda revela intención, y la intención es oro. El sociólogo Pierre Bourdieu nos enseñó que incluso nuestras elecciones aparentemente libres están estructuradas por campos y capitales. Aquí, nuestras búsquedas alimentan un campo económico donde la información sobre deseos y necesidades tiene valor monetario.

Aunque no pagamos por la respuesta, pagamos al formular la pregunta.

3. Envío gratis (porque alguien lo paga)

El comercio electrónico ha perfeccionado el arte del “envío gratuito”. Sin embargo, el transporte tiene combustible, salarios, infraestructuras y logística.

Como subrayó David Harvey, el capitalismo reorganiza constantemente los costes para mantener la acumulación. El coste no desaparece. Se integra en el precio, se compensa con volumen o se sostiene sobre condiciones laborales ajustadas al milímetro.

La gratuidad es una redistribución estratégica del coste, no su evaporación.

4. Aplicaciones de entretenimiento

Series ilimitadas, vídeos infinitos, música al instante. A veces pagamos una suscripción; otras, ni siquiera eso. El modelo freemium nos ofrece una entrada sin barreras.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito cómo la sociedad contemporánea convierte la seducción en forma de control. Cuanto más tiempo pasamos dentro, más datos generamos, más afinado es el perfilado, más rentable resulta nuestra presencia. Nos integran a través de la comodidad.

5. Noticias digitales

Muchos medios ofrecen acceso gratuito a sus contenidos. ¿Filantropía informativa? No exactamente. La financiación proviene de publicidad, clics y tráfico.

El sociólogo Jürgen Habermas advirtió que la esfera pública depende de las condiciones materiales de comunicación. Cuando la atención se convierte en moneda, la información también entra en lógica de mercado. El lector no paga con dinero, paga con atención. Y la atención es monetizable.

6. WiFi público

Aeropuertos, cafeterías, hoteles: conexión gratuita. Basta con aceptar unas condiciones que rara vez leemos.

El filósofo Michel Foucault mostró cómo el poder moderno opera mediante dispositivos aparentemente neutrales que organizan conductas. El acceso “gratis” es también un dispositivo: a cambio, entregamos datos de navegación, ubicación y comportamiento. El coste está en la cesión silenciosa.

7. Inteligencia artificial conversacional

Las plataformas de IA permiten consultas de todo tipo. Resolver dudas, redactar textos, generar ideas. El usuario siente que accede a una herramienta avanzada sin pagar.

El sociólogo Antonio Gramsci habló de hegemonía como forma de dirección cultural que se normaliza. La IA gratuita puede entenderse así: parece servicio, pero cada interacción fortalece infraestructuras corporativas, modelos de negocio y acumulación de capital cognitivo.

La gratuidad aquí responde a una inversión a largo plazo.

8. El regalo más sofisticado: la sensación de que no debemos nada

Quizás el punto más interesante es que la gratuidad no solo redistribuye costes: transforma la experiencia del intercambio.

El filósofo Louis Althusser explicó que la ideología no funciona solo por discurso, sino por prácticas cotidianas que estructuran nuestra percepción. Cuando no pagamos dinero, no sentimos pérdida. Cuando no sentimos pérdida, no percibimos conflicto. Cuando no percibimos conflicto, el sistema parece neutral.

La gratuidad no elimina el intercambio, que sigue sucediendo sin que seamos conscientes de ello. Y eso tiene consecuencias sociales profundas.

La paradoja de la generosidad

El capitalismo digital no funciona ocultando información de forma burda, sino reorganizando la percepción. Si no vemos el coste, parece que no existe. Si no lo experimentamos como sacrificio, parece que no hay relación desigual.

Nada de esto implica conspiración: implica modelo de negocio. El sistema no necesita que creamos en su bondad, basta con que sintamos comodidad. Sin embargo, debemos tener en mente que en economía no existen milagros. Cuando algo parece gratis es porque el pago, simplemente, ha cambiado de lugar.

Y lo verdaderamente interesante no es que paguemos con datos, tiempo o atención, sino que, al no pagar con dinero, dejamos de sentir que estamos pagando. Ahí reside el regalo más perfecto de todos: la ilusión, cuidadosamente diseñada, de que alguien nos está dando algo sin pedir nada a cambio.

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Víctor Hugo Pérez Gallo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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