La factura ecológica de las plantaciones forestales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Ojeda Copete, Catedrático de Botánica, Universidad de Cádiz

Paisaje homogéneo de pino resinero en sierra Bermeja (Málaga). Agosto de 2022, once meses después de un incendio. Fernando Ojeda

¿Puede un paisaje sin árboles ser un ecosistema funcional y saludable? La respuesta es un rotundo sí. Con más de 650 000 hectáreas afectadas, los catastróficos megaincendios de 2025 en el oeste de la península ibérica nos obligan a reconsiderar la gestión del medio natural. La evidencia científica demuestra que la forestación de brezales y matorrales mediterráneos con pinos o eucaliptos no solo destruye la biodiversidad, erosiona el suelo y amplifica el estrés hídrico, sino que genera auténticos polvorines: paisajes homogéneos mucho más inflamables y menos resilientes.

Lejos de ser víctimas pasivas, muchos ecosistemas mediterráneos han sido moldeados por el fuego a lo largo de su historia evolutiva. No solo toleran los incendios, sino que dependen de ellos. Son paisajes inflamables y pirófilos (literalmente, amantes del fuego) que, aunque resulte paradójico, sufrirían una grave crisis de biodiversidad si el fuego se erradicase por completo.

El ejemplo más paradigmático en la península ibérica es el brezal mediterráneo o herriza, un subtipo singular del brezal seco europeo que tapiza las laderas altas y crestas de las sierras silíceas de la mitad occidental ibérica, desde Galicia y Asturias al estrecho de Gibraltar. Se trata de un matorral denso dominado por brezos, jaras y aulagas, especies inflamables y pirófilas, y caracterizado por la práctica ausencia de árboles.




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Dos fotos que muestran herriza en un paisaje montañoso
Arriba: herriza en sierra de la Azoreira (entre Orense y Zamora). Abajo: herriza en sierra de Ojén (Tarifa, Cádiz).
Fernando Ojeda

El mito del monte degradado

A pesar de albergar una elevada diversidad de flora y fauna, la herriza se consideró históricamente un hábitat degradado por su falta de árboles y con una baja productividad debido a la escasa fertilidad de sus suelos. Por ello, desde mediados del siglo XX, estos brezales se consideraron paisajes idóneos para ser “restaurados” mediante forestaciones masivas.

El Patrimonio Forestal del Estado –organismo dependiente del entonces Ministerio de Agricultura de la dictadura franquista– los transformó extensivamente con plantaciones de pino y eucalipto. Para las coníferas, se optó mayoritariamente por el pino negral, Pinus pinaster, también conocido como pino resinero, una especie nativa del oeste de la cuenca mediterránea. Este mismo patrón se repitió de forma paralela en Portugal, por parte de la entonces Direcção-Geral dos Recursos Florestais.




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El pino resinero: ¿restauración o rentabilidad?

La elección prioritaria de este árbol no fue casual. Pesó mucho su condición de especie nativa, lo que otorgaba una sensación de restauración natural al establecimiento de plantaciones forestales. Es cierto que existen formaciones naturales de Pinus pinaster en las sierras silíceas de la península ibérica y norte de África, pero son casi siempre rodales aislados en crestas rocosas sobre suelo escaso a más de 1 000 metros de altitud.

Dichos rodales están catalogados hoy como bosques relictos y hábitats de interés comunitario por la Unión Europea. Sin embargo, a pesar de que también se aducía una razón protectora frente a la erosión edáfica y la colmatación de los embalses, el argumento definitivo para la forestación de brezales “improductivos” y bosques exiguos fue el económico. El pino resinero prometía una jugosa rentabilidad a corto plazo gracias a la producción masiva de madera y resina.




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La quimera de la reforestación protectora

Lo que las autoridades forestales de la época, tanto en España como en Portugal, no previeron es que su empeño por transformar esos brezales “improductivos” acabaría pasando una elevada factura ecológica. Hoy en día, frente a quienes defienden el supuesto éxito de aquellas plantaciones en la restauración del paisaje o en la mitigación del cambio climático, la evidencia científica apunta a lo contrario.

Varios estudios cuestionan su papel protector frente a la erosión del suelo y la pérdida de agua, al tiempo que alertan de cómo comprometen la biodiversidad original. Respecto a la mitigación climática, la trampa es evidente: la mayor parte del carbono en pinares se acumula en la biomasa aérea (troncos y copas) y no bajo tierra. Al ser árboles tan inflamables por su resina, son susceptibles de arder, por lo que su capacidad de retención de carbono a medio o largo plazo es muy limitada.

Además, la forestación incrementa drásticamente la biomasa inflamable del paisaje. Esto, sumado a las condiciones meteorológicas extremas del cambio climático, explica la catastrófica severidad y extensión de los megaincendios que ya estamos padeciendo.




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El verdadero drama de este modelo forestal se desencadena con el fuego. Cuando esos densos pinares arden, la enorme acumulación de biomasa genera incendios de una severidad inusitada que, literalmente, calcinan el suelo. El calor extremo destruye los bancos de semillas, los órganos de regeneración (como raíces, rizomas y cepas) y la microbiota edáfica, comprometiendo la regeneración natural y la resiliencia del ecosistema original previo a la forestación.

Una especie autóctona que se comporta como invasora

Pero el impacto no termina cuando se apagan las llamas. Lejos de retroceder, el pino resinero aprovecha el escenario posincendio para protagonizar una germinación masiva de plántulas. Esto le permite no solo perpetuarse en la plantación quemada, sino también invadir ecosistemas colindantes de brezal o bosque.

Décadas de selección artificial e ingeniería forestal –enfocadas en buscar árboles de rápido crecimiento y alta producción– han terminado por “domesticar” a la especie, potenciando sus rasgos más colonizadores. El resultado es una paradoja ecológica alarmante: la invasión biológica de hábitats naturales perpetrada por una especie autóctona cuyo estatus ecológico hemos alterado mediante selección artificial.

Un bosque de pinos en un paisaje montañoso
Bosque de pinos resineros (Pinus pinaster) en la garganta de la Yedra, Ávila.
19migmas63/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Pirodiversidad: por qué el fuego no siempre es el enemigo

En resumen, ecosistemas como la herriza poseen la capacidad innata de regenerarse por sí mismos tras el fuego. Es el concepto ecológico de resiliencia. Este proceso, por supuesto, requiere tiempo: tardarán unos 10-15 años en recuperar su estado anterior al incendio.

¿Por qué tener prisa? A menudo se insiste en restaurar de inmediato el paisaje quemado para proteger la flora y la fauna, olvidando que muchas especies necesitan precisamente esos primeros años posincendio para vivir. En ecología manejamos el concepto de “pirodiversidad”: un paisaje en mosaico con zonas de distintas edades tras el último incendio y que albergan diferentes especies asociadas. Es decir, la pirodiversidad genera biodiversidad.




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Por otro lado, conviene recordar que los bosques naturales de Pinus pinaster poseen un alto valor ecológico; el problema no son ellos, sino las plantaciones artificiales contemporáneas. El abandono de estos monocultivos, sumado al cambio climático, los ha transformado en masas homogéneas cargadas de biomasa combustible y propensas a incendios de alta severidad.

Paisaje montañoso que muestra herriza en las crestas, alcornocales en las laderas y quejigar en el fondo del valle
Mosaico paisajístico del valle del río de la Miel (Algeciras, Cádiz). Herriza en las crestas, alcornocales en las laderas y quejigar en el fondo del valle. Algeciras y Gibraltar al fondo.
Fernando Ojeda

Para revertir esta situación y recuperar la biodiversidad, las plantaciones recientemente quemadas ofrecen una oportunidad estratégica de restauración. Es crucial frenar la expansión espontánea de estas plantaciones mediante una gestión activa y silvicultura ecológica. Asimismo, urge un cambio en la educación ambiental que desmonte la visión “bosquecéntrica” que impera en la sociedad.

Los matorrales y brezales no son “monte sucio” ni etapas de la vegetación degradadas, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben forestarse artificialmente, y donde el fuego actúa como un elemento natural indispensable para su estructura y funcionalidad.

The Conversation

Fernando Ojeda Copete recibe fondos de la Agencia Española de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades) en convocatorias competitivas de proyectos de investigación.

– ref. La factura ecológica de las plantaciones forestales – https://theconversation.com/la-factura-ecologica-de-las-plantaciones-forestales-283327

La IA generativa, explicada para niños

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Robert Clarisó Viladrosa, Profesor agregado. Investigador principal del grupo "Systems, Software and Models Lab" en el Centro de Investigación en Tecnologías Éticas y Conectividad para la Humanidad (UOC-TECH), UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Jess Rodriguez/Shutterstock

A diferencia de la fuerza o la rapidez, la inteligencia es una cualidad difícil de definir o de medir. Normalmente hablamos de inteligencia como la habilidad para resolver problemas, utilizar información, razonar o aprender de la experiencia.

La especie humana ha creado herramientas para resolver muchos tipos de problemas: una lanza para cazar, recipientes para almacenar comida… Pero ¿qué pasa con los problemas más difíciles, los que requieren inteligencia para ser resueltos? También construimos herramientas para ayudarnos en estas tareas complejas. Las herramientas que intentan imitar las capacidades de la inteligencia humana se conocen como inteligencia artificial (IA).

Dentro de una IA

La IA se aplica a muchos tipos de problemas, desde jugar al ajedrez o decidir cuándo un correo electrónico es spam hasta detectar un incendio en una fotografía aérea. Cada problema requiere usar una técnica diferente.

Para resolver problemas complejos, muchas veces recurrimos a las matemáticas y la estadística para encontrar la mejor solución. Pero también tenemos otra posibilidad: inspirarnos en cómo problemas parecidos se resuelven en la naturaleza.

Este es el caso de las redes neuronales. En los humanos y los animales, el cerebro es el órgano que recibe información de los sentidos y la procesa para tomar decisiones y reaccionar de forma apropiada. Si el cerebro es lo que que nos hace inteligentes, ¿no es razonable que la IA pueda imitar al cerebro?

El cerebro está formado por una red de células llamadas neuronas. Estas neuronas están conectadas entre sí y se comunican enviando señales eléctricas a sus vecinas. Algunas IAs copian este modelo de funcionamiento y están formadas por una red que conecta a muchos componentes sencillos que equivalen a las neuronas. Cada componente o “neurona” recibe un número como entrada, hace un cálculo sencillo y envía el resultado a sus “neuronas” vecinas. A lo largo de la red, los cálculos sencillos de cada una de ellas se acaban combinando entre sí para producir el resultado. De esta forma, una decisión o cálculo complejo se realiza combinando muchos cálculos simples.

¿Qué es la IA generativa?

La IA generativa (IAG) es una rama de la IA que intenta generar contenidos según los requisitos indicados por el usuario. Herramientas como ChatGPT, Claude o DeepSeek pueden escribir texto, programar, crear imágenes o generar vídeos según les pidamos.

Todos los sistemas de IA generativa actuales consisten en una red neuronal de gran tamaño, con miles de millones de “neuronas” y conexiones entre ellas. La red tiene varias capas de “neuronas”, cada una conectada con la siguiente.




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Esta red neuronal recibe como entrada una secuencia de palabras e intenta predecir qué palabra vendrá después. Si le damos como entrada una pregunta, nos devolverá la primera palabra de una posible respuesta. Repitiendo el proceso, añadiendo la palabra anterior cada vez, la red irá escribiendo una respuesta completa de palabra en palabra.

Por ejemplo, si recibe como entrada la secuencia de palabras “¿Cómo te llamas?”, la red neuronal habrá aprendido que las respuestas a este tipo de preguntas empiezan con la palabra “Me”. Si la secuencia es “¿Cómo te llamas? Me”, propondrá como siguiente palabra “llamo”, la siguiente podría ser “ChatGPT” y luego quizás la palabra especial “FIN” para terminar su respuesta. De esta forma habrá construido la respuesta “Me llamo ChatGPT”, palabra a palabra.

¿Cómo sabe la IAG qué palabra tiene que generar?

Cuando hablamos de una red neuronal, detrás siempre hay un cálculo matemático. Para empezar, cada palabra se traduce a un conjunto de números. No se eligen unos números cualquiera: su valor intenta representar el significado de la palabra y su relación con otras palabras similares.

Por ejemplo, imagina que al color blanco le asignamos el valor “1”, al negro el color “0”. En ese caso, al gris le podríamos asignar “0.5”, para describir algo a medio camino entre blanco y negro. Si en vez de un solo número asignamos una lista de números a la misma palabra, podríamos “medir” múltiples aspectos del significado de esa palabra: el color, el tamaño, el gusto, si da miedo o no…




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Esta lista de números se envía como entrada a las “neuronas” de la capa inicial. Cada neurona calculará un valor (un número) usando una fórmula matemática que combina los valores de sus entradas, y se lo enviará a la sus “neuronas” vecinas de la capa siguiente. Repitiendo este cálculo en cada capa, avanzaremos por la red hasta llegar a la capa de salida. Allí deberemos tomar la lista de números obtenidos como salida e invertir el primer paso de nuestro proceso: pasar de una lista de números a una palabra. ¡Ya está! Ya tenemos la primera palabra de nuestra respuesta.

Entrenando una red neuronal

¿Cómo sabe cada “neurona” qué valor tiene que calcular? La fórmula matemática de cada una tiene parámetros llamados pesos. Podemos entender el peso cómo la importancia que cada neurona da a los resultados que le entregan sus vecinas. De la misma manera que nosotros confiamos más en lo que nos dicen nuestros padres que en lo que nos dice un desconocido, los pesos son el nivel de confianza que cada neurona otorga a las neuronas que tiene a su alrededor.

El secreto de la red neuronal está en el proceso llamado entrenamiento, durante el que se deciden los pesos de las conexiones entre neuronas. Para entrenar una red, usamos la enorme cantidad de texto disponible en libros, internet, etc. Le damos a la red un fragmento de un texto y, si no predice correctamente qué palabra viene a continuación, se ajustan los pesos para proponer la palabra correcta.




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Al principio del entrenamiento, la red falla continuamente. Pero repitiendo el proceso con trillones de secuencias de texto, los pesos de la red acaban captando patrones existentes en el texto. Así, la red sabe que después de la frase “no por mucho madrugar” siempre sigue “amanece más temprano”, sin necesidad habérselo explicado.

Por lo tanto, estos son los tres ingredientes clave detrás de la IA generativa: un diseño inspirado por el cerebro, muchos datos y… matemáticas.

The Conversation

Robert Clarisó Viladrosa recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y FEDER a través del proyecto PID2023-147592OB-I00 (SE4GenAI, MCIU /AEI /10.13039/501100011033 / FEDER, UE).

– ref. La IA generativa, explicada para niños – https://theconversation.com/la-ia-generativa-explicada-para-ninos-283510

Genes y gentes: por qué la genética no avala el concepto de raza en nuestra especie

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Rodríguez Palenzuela, Catedrático de Bioquímica, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Nisa, la mujer botsuana protagonista del libro _Nisa: La vida y las palabras de una mujer_. Lisa Gray, CC Wikimedia Commons, CC BY

Hacia 1971, en un rincón perdido del norte de Botsuana, una mujer de unos cincuenta años le contó su vida a la antropóloga estadounidense Marjorie Shostak. Se llamaba Nisa. Había nacido en el desierto del Kalahari, en un pueblo de cazadores y recolectores que vivía como sus antepasados desde hacía miles de años. Hablaba una lengua llena de chasquidos que casi nadie fuera de allí entendía. No sabía leer, no había visto una ciudad. Difícil imaginar a alguien más lejano de un lector de España.

Shostak grabó durante meses esas confidencias y las reunió en Nisa (1981), un clásico de la etnografía que dio voz directa a la entrevistada. Y, sin embargo, lo que ahí cuenta nos toca de cerca: recuerda su primer parto, sola en el monte, tumbada en una choza, esperando con miedo a que le subiera la leche mientras la bebé lloraba de hambre. Recuerda que la casaron siendo casi una niña, y cómo se rebelaba y huía de un marido que aún le parecía un extraño. Habla del deseo, de los amantes que tuvo a escondidas, de los celos entre esposas. Habla de los hijos que enterró, uno tras otro, y del agujero que dejaron. Habla del cuerpo que envejece y de la rabia de verlo fallar. No hay una sola de esas escenas que no reconozcamos. Son las de cualquiera: nuestra madre, nuestra abuela, nosotros mismos.

Ahora el dato, que quizá nos sorprenda. Esa mujer cuya vida conmueve pertenece a uno de los linajes humanos que primero se separaron del tronco común: los pueblos khoisan del sur de África. Figuran entre las poblaciones humanas con mayor diversidad genética del planeta, y la distancia que separa su genoma del de un europeo está entre las más grandes que existen dentro de nuestra especie. Entre Nisa y nosotros media, en términos genéticos, casi todo el ancho del árbol humano. Y, aun así, nada de lo suyo nos resulta ajeno.

La paradoja tiene explicación, somos una especie joven y homogénea. Todos descendemos de una misma antecesora africana de hace cien o doscientos mil años, la llamada “Eva mitocondrial”, y hace unos cincuenta o setenta mil años un grupo reducido salió de África y pobló el resto del mundo, con apenas una pizca de la variabilidad total. En ese breve lapso, hablando en términos evolutivos, no ha dado tiempo a cambiar gran cosa.

Para hacernos una idea: una sola comunidad de chimpancés guarda en su ADN mitocondrial más variación que toda la especie humana junta. Esa “máxima” distancia humana que separa a Nisa de un madrileño es, vista de lejos, minúscula.




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Casi toda la diferencia se encuentra dentro del grupo

La mayor parte de la variación genética humana está dentro de cada grupo, no entre los conjuntos que, por error, llamamos razas. Dos vecinos de un mismo pueblo africano pueden diferir más entre sí, en un gen cualquiera tomado al azar, que uno de ellos y un japonés. Y no es una impresión: un estudio con 377 marcadores en más de mil personas de 52 poblaciones halló que entre el 93 y el 95 % de la variación está dentro de las poblaciones, y solo del 3 al 5 % entre los grandes grupos continentales. De hecho, las poblaciones africanas guardan más diversidad que todo el resto del mundo junto.

¿Por qué caemos entonces en la trampa de la diferencia con tanta facilidad? Porque la mayor parte de la variabilidad genética está oculta. El color de la piel y del pelo depende de un puñado de genes y responde rápido al sol y a la latitud: bastan unos cientos de generaciones para cambiarlo. Es muy llamativo y pesa poquísimo. Dividir a los humanos en razas equivale a ordenar una biblioteca por el color de las tapas de los libros: cómodo pero burdo. Confundimos una capa de pintura con una diferencia de fondo.




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Lo que nos revela las genealogías

Conviene una matización para no pasarse de frenada. Que no haya razas no quiere decir que no existan genealogías. Cada persona arrastra una historia real y rastreable: de dónde venían sus antepasados, qué caminos los trajeron hasta aquí. Esa información la genética sí sabe leerla. Pero una genealogía dice de dónde venimos, mientras que una raza pretende decir qué somos. La primera es un hecho; la segunda, una casilla inventada.

Y una última advertencia. Que la raza no exista en la biología no convierte el racismo en un fantasma. No tiene base genética, pero sí una realidad social enorme: ordena vidas, salud y oportunidades. El error no está en ver sus efectos, sino en buscar su causa en los genes. En 2018 y 2019, las grandes sociedades de antropología y de genética humana –la Asociación Americana de Antropólogos Biológicos y la Sociedad Americana de Genética Humana– lo dejaron por escrito: los humanos no se dividen en grupos genéticos raciales, y no hay base biológica para tal cosa.

Lo evidencia el testimonio de Nisa, que enterró a sus hijos y temió a la vejez igual que nosotros. Lo que compartimos –el miedo, el deseo, el duelo, las ganas de seguir viva– pesa muchísimo más que lo poco que nos separa. La raza como término, al final, dice muy poco de nuestra biología y demasiado de nuestra mirada.

The Conversation

Pablo Rodríguez Palenzuela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Genes y gentes: por qué la genética no avala el concepto de raza en nuestra especie – https://theconversation.com/genes-y-gentes-por-que-la-genetica-no-avala-el-concepto-de-raza-en-nuestra-especie-284499

De la Sección Femenina a Rosalía: el resurgir del folclore tradicional

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel Almansa Moreno, Catedrático de Historia del Arte del Departamento de Patrimonio Histórico, Universidad de Jaén

Escenario con danzantes gaditanos bailando sevillanas, posiblemente durante la celebración del XVII Concurso de Coros y Danzas de la Sección Femenina. Juan Miguel Pando Barrero. Archivo Pando, IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte

¿De dónde procede el folclore español?

A pesar de que es muy antiguo, habría que decir que parte de su recuperación (o de su utilización) no se remonta más allá del siglo XX. Cuando acabó la guerra civil española, y con el fin de reorganizar el Estado, Franco tomó el control político de distintos organismos e instituciones. De esa forma se procedió al adoctrinamiento de la sociedad de acuerdo con sus designios y directrices.

La Sección Femenina

Todo empezó con la Sección Femenina. Fundada en 1934, y dirigida hasta el fin de su existencia por Pilar Primo de Rivera, fue una agrupación centrada en actividades para las mujeres que estaba bajo el control de la Falange Española.

Surgió con un carácter asistencial, cultural, educativo y deportivo, y tomaba como referencia las figuras de Isabel la Católica y santa Teresa de Jesús, consideradas como modelos de conducta y símbolos de su acción.

La agrupación se organizaba de forma jerarquizada en varias regidurías nacionales. Entre ellas estaba la de Cultura, que se encargaba de visitar las poblaciones rurales, acompañándose de equipos de instructoras dedicadas a enseñar cocina, economía doméstica, costura, puericultura, formación del espíritu nacional, etc.

De forma paralela, se realizaba un censo de la población y de su situación sanitaria, recopilando recetas autóctonas, canciones y bailes propios de cada región.

Buscar la autenticidad

A partir de 1940 se perfiló la constitución de la sección de Coros y Danzas, con el objetivo de recuperar y difundir la música, canciones, romances y bailes populares de todas las regiones de España. Según Pilar Primo de Rivera, había “que buscar por encima de todo la autenticidad” sin desarraigar “lo propio de cada región; así los catalanes cantan en catalán, los vascos en vasco, los gallegos en gallego, en reconocimiento de sus valores específicos”.

Se anotaban por tanto la música y la letra de las canciones, la coreografía y los pases de bailes y también las tradiciones festivas a las que se vinculaban, así como una descripción fidedigna de la indumentaria e instrumentos musicales.

Para esta labor contaban con magnetófonos, descripciones escritas, fotografías y, sobre todo, los testimonios orales de los mayores del lugar, elaborando hasta un millar de fichas. Posteriormente se enseñaba este material en las escuelas y de ahí surgían los diferentes grupos de danzas y bailes regionales.

Con el tiempo se celebraron competiciones para dar a conocer la labor de sus participantes a nivel nacional. El I Concurso Nacional de Coros y Danzas de España tuvo lugar en el Teatro de la Zarzuela (Madrid) en 1942 y en él participaron 33 grupos. Estos habían sido seleccionados entre diferentes pueblos y ciudades de la geografía española, y se había valorado la autenticidad de trajes, música, letras, pasos e indumentarias.

En esta cobertura especial de NO-DO sobre la visita oficial de Eva Perón en España, se documenta el homenaje que los Coros y Danzas le rinden a la primera dama argentina.

Fue tal su éxito que muchos se emitieron por la televisión pública, y se convirtieron en un importante reclamo turístico. Los participantes incluso realizaron diversas giras por Europa, EE. UU. y Latinoamérica. Se calcula que hacia el final del franquismo habían participado hasta 700 grupos en estos concursos.

¿Cómo vestir a los bailarines?

Durante el Desarrollismo (1959-1975) algunos pueblos y ciudades se apropiaron de determinados bailes, debido a la costumbre de nombrarlos como parte o herencia de un lugar concreto. Al buscar una indumentaria adecuada y representativa, los trajes regionales se diseñaron a partir de la recopilación selectiva de trajes locales.

Para su elaboración se acudió a los estudios sobre indumentaria tradicional del antropólogo español Luis de Hoyos Sáinz, que aportaban documentación fotográfica, patrones y dibujos de las prendas, muestras de tejidos y materiales, terminología propia, etc.

También se tomaron otras fuentes gráficas como referentes: los grabados de trajes de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla (1777), los lienzos de la serie Visión de España pintados por Joaquín Sorolla para la Hispanic Society de New York (1911), o la serie fotográfica España. Tipos y Trajes de José Ortiz Echagüe (1930).

Imagen de una mujer vestida con traje tradicional y mantilla.
Imagen del traje de charra hecha entre 1910 y 1950.
Archivo Ruiz Vernacci, IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte

Muchos trajes locales acabaron transformados en símbolos provinciales debido a su riqueza, personalidad y especificidad. Así ocurrió con el de charra (que se convirtió en típico de Salamanca), con el rústico atuendo de las labradoras de las zonas altas de la provincia de Guadalajara (que se dulcificó en el inventado traje de alcarreña), o con el de flamenca (que pasó de las clases humildes sevillanas a identificarse con toda Andalucía, e incluso con España a nivel internacional).

Igualmente, se adaptó un gran número de prendas para facilitar los movimientos de bailes, aliviándose el peso excesivo de la ropa. También la moda ejerció su influencia, como se hizo patente en el acortamiento de las sayas durante los 60 y 70 (aunque se mantuvo siempre el recatamiento y la modestia “propias” de la mujer española).

Al igual que se había hecho con los cancioneros y recetas de cocina tradicional, en estos años se editaron algunas publicaciones sobre los trajes (e incluso series de sellos y postales) en donde quedaba codificado el perteneciente a cada región.

El folclore en la actualidad

Como hemos visto, el patrimonio inmaterial español, o al menos parte de él, se instrumentalizó con un uso político y simbólico del régimen franquista, tanto a nivel nacional como internacional.

Con la instauración de la democracia y la desaparición de la Sección Femenina (1977) fue difícil mantener el folclore popular debido a su vinculación con la dictadura, y se llegó a olvidar que estas cuestiones tenían un pasado anterior. A pesar de ello se siguieron celebrando algunas de las antiguas competiciones, aunque los bailes, coreografías y vestimentas encajaban más con los cambios sociales.

Actualmente asistimos a una recuperación de folclore como elemento identitario y tradicional frente a un mundo globalizado. Junto a la existencia de legislación y organismos específicos para ello, este patrimonio inmaterial se recrea anualmente en ferias y romerías. También proliferan las academias de baile, renovación de los trajes típicos, etc.

Además, músicos como Rodrigo Cuevas, Karmento o Rosalía y diseñadores de moda como Moisés Nieto y Palomo Spain se están apropiando del folclore local, reivindicando su riqueza e identidad propia.

Videoclip de la canción de Rodrigo Cuevas ‘Allá arribita’ incluida en su álbum ‘Manual de romería’, en la que se hace referencia a la tonada asturiana, lírica y musicalmente.

En conclusión, el folclore no es el pasado sino un hilo conductor. Recuperarlo no es mirar atrás con melancolía, sino recoger el testigo de una sabiduría acumulada durante siglos para responder a las preguntas del presente.

Su futuro no está en las vitrinas sino en la calle, en los escenarios, en las pantallas y en la boca de la gente. Su existencia está asegurada siempre y cuando nos atrevamos a hacer lo que nuestros antepasados hicieron: adaptarlo para que siga sirviendo para vivir.


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The Conversation

Este artículo se enmarca dentro del proyecto “Literatura y arte como elementos conformadores de la identidad desde el siglo XVIII a la actualidad: fronteras, simbiosis y cambio cultural” (Programa Operativo FEDER de Andalucía 2014-2020), dirigido por Laura Luque Rodrigo y Yolanda Caballero Aceituno (Universidad de Jaén).

– ref. De la Sección Femenina a Rosalía: el resurgir del folclore tradicional – https://theconversation.com/de-la-seccion-femenina-a-rosalia-el-resurgir-del-folclore-tradicional-278275

¿Un silencio vale más que mil palabras? A menudo mejoramos el debate público si callamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Neftalí Villanueva Fernández, Profesor Titular de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Universidad de Granada

Tero Vesalainen/Shutterstock

El silencio tiene mala prensa. En la vida pública, halagos y reproches suelen asociarse con lo que alguien ha dicho. Cuando el silencio aparece en escena, lo hace a menudo bajo fórmulas de derrota: “lo dejó sin palabras”, “no supo qué responder”, “se quedó sin argumentos”. Estas expresiones caracterizan momentos en los que alguien, frente a la fragilidad de sus razones, es incapaz de articular una respuesta.

Sin embargo, hay ocasiones en que el silencio tiene otros efectos. Especialmente en ámbitos públicos, puede cumplir distintas funciones. Permite romper con las expectativas de quienes nos interpelan o comunicarnos de maneras inesperadas para no caer en el juego polarizador. La filosofía del lenguaje ha estudiado algunos de estos casos en los últimos años.

La trampa del sí o no

En un juicio por violación interrogan a la víctima. El abogado defensor le pide responder “sí” o “no” a las preguntas que le va a hacer. Después, reproduce el vídeo de la agresión delante del jurado. Se ve cómo la víctima comienza resistiéndose furiosamente, cómo el acusado la sujeta con brusquedad, forzándola, hasta que deja de resistirse y se queda inmóvil hasta el final.

El abogado defensor pregunta: “¿acaso no es cierto que, pasados unos minutos, dejó usted de mostrar cualquier signo de resistencia?”. La víctima permanece en silencio. Si contesta “sí”, parece admitir que acabó consintiendo. Si contesta que “no”, después de que el jurado vea el vídeo, queda como una mentirosa. En casos como este, analizados por el filósofo Alex Davies, la víctima solo tiene dos opciones: callar o hablar sabiendo que sus palabras serán usadas en su contra.

Silencios elocuentes y no diálogo

Este es un caso de silenciamiento. Pero hay otros silencios que no operan como reacciones condicionadas ante un intento de dominación, sino elecciones comunicativas deliberadas. Las también filósofas Alessandra Tanesini y Anna Klieber han estudiado estos “silencios elocuentes”, que comunican rechazo, distancia o desaprobación ante, por ejemplo, un comentario de mal gusto.

Ahora bien, quienes guardan silencio no siempre pretenden “decir” algo. A veces el silencio se emplea estratégicamente para evitar que, al responder, determinados temas ganen espacio en la esfera pública.

Un caso tuvo lugar en la Asamblea de Ceuta, cuando varios partidos políticos acordaron una política de no diálogo con una formación que frecuentemente hace declaraciones racistas. Otro ejemplo: La OMS refuerza sus políticas de vacunación con campañas formativas dirigidas al personal sanitario, en lugar de convertir a los grupos antivacunas en interlocutores.

Naturalización de la ideología y politización de la ciencia

En la publicación Strategic silence and politicized speech, mostramos la efectividad del silencio estratégico en dos contextos muy concretos, que representan dos formas de propaganda: la naturalización de la ideología y la politización de la ciencia.

En los casos de naturalización de la ideología, actitudes o prejuicios que antes se percibían como sesgos ideológicos empiezan a presentarse como hechos, explicables a través de la ciencia. Ciertas explicaciones biológicas o evolutivas de las brechas de género en disciplinas académicas, ámbitos profesionales o posiciones de autoridad son ejemplos de este fenómeno. La discriminación por razones de género adquiere así apariencia científica.

En los casos de politización de la ciencia ocurre lo contrario: el trabajo de quienes investigan cuestiones empíricas, sociales o naturales, se presenta como una contribución a una agenda política. Las discusiones sobre el aumento de las temperaturas de la Tierra debido a la acción humana son un ejemplo claro. En lugar de discutir la evidencia, los modelos o las medidas adecuadas, se desplaza el foco hacia supuestos intereses ideológicos.

Al defendernos de la naturalización de la ideología o de la politización de la ciencia incurrimos en “desacuerdos cruzados”: situaciones donde las partes parecen discutir sobre lo mismo, pero dan muestras claras de concebir la disputa en términos distintos. Tú y yo discrepamos sobre algo, pero para ti es una cuestión factual, que se resuelve atendiendo exclusivamente a los hechos, mientras que para mí atañe a qué valores queremos potenciar como sociedad.

Los desacuerdos cruzados favorecen la polarización. Cada intervención añade razones a favor de lo que ya defendemos. Quienes ya nos apoyan refuerzan lo que nos separa de los otros. Y, con el tiempo, los argumentos ajenos dejan de verse como razones que merecen atención: pasan a funcionar como señales de pertenencia.

Cuando el aumento de la polarización no nos favorece, puede merecer la pena permanecer en silencio o, al menos, no responder en los términos esperados. Eso no siempre significa callar por completo. A veces consiste en negarse a discutir la provocación tal como ha sido planteada.

“También trabajamos para ti”

La respuesta de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) tras la dana en su cuenta oficial de X ofrece un ejemplo ilustrativo. Cuando una usuaria acusó a la AEMET de no tener credibilidad y de ser “sicarios del sistema” que defienden la “estafa” del cambio climático antropogénico, la Agencia evitó polemizar, respondiendo simplemente: “Cuando veas un aviso rojo de la AEMET, ponte a salvo. A pesar de todo, también trabajamos para ti”.

El silencio estratégico no sustituye a la crítica ni exonera de responder cuando la respuesta sea necesaria. Pero no estamos obligados a responder siempre. Saber cuándo callarse no supone abandonar la deliberación pública. A menudo es la mejor forma de cuidarla.

The Conversation

Neftalí Villanueva Fernández recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Andrea Rodríguez Gómez recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y de la Universidad de Granada.

José Luis Liñán recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y de la Universidad de Granada.

– ref. ¿Un silencio vale más que mil palabras? A menudo mejoramos el debate público si callamos – https://theconversation.com/un-silencio-vale-mas-que-mil-palabras-a-menudo-mejoramos-el-debate-publico-si-callamos-283706

¿Abusamos de la melatonina? Lo que dice la ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By M Teresa Grande Rodríguez, Profesora de farmacología y toxicología., Universidad Francisco de Vitoria

STEKLO/Shutterstock

Hace unos años, la melatonina era un recurso “de viaje”, algo que se utilizaba para sobrevivir al jet lag tras un vuelo largo. Hoy ha pasado a formar parte de la rutina de muchas casas: adultos que la toman para dormir mejor y, cada vez más, niños a los que se les administra para que logren conciliar el sueño con facilidad.

Cuando una ayuda puntual se convierte en hábito cotidiano, surge una pregunta incómoda: ¿la usamos de forma razonable o estamos abusando de ella?

La melatonina no es un somnífero

En realidad, la melatonina no es un somnífero, sino una señal biológica que regula los ritmos corporales internos. Para entender qué hace realmente, hay que mirar más allá del suplemento.

La melatonina es una hormona que produce nuestro propio organismo; concretamente en la glándula pineal, una pequeña estructura situada en el cerebro. Su función no es inducir el sueño de forma directa, sino actuar como una señal temporal que informa al organismo de que ha llegado la noche. Su producción aumenta con la oscuridad y disminuye con la luz, especialmente con la luz artificial de las pantallas. De este modo, ayuda a coordinar el ritmo circadiano, el sistema que organiza los ciclos de sueño y vigilia a lo largo de las 24 horas del día.

Melatonina natural vs suplemento

La melatonina que produce nuestro cuerpo y la que se administra como suplemento o medicamento son la misma molécula. Pero su comportamiento no es equivalente. La secreción natural sigue un patrón progresivo y finamente ajustado al ciclo luz-oscuridad, mientras que la administración exógena introduce una dosis concreta en un momento determinado, independientemente del estado del reloj biológico de cada persona.

Además, no todos los productos son iguales. La melatonina puede encontrarse tanto en forma de suplemento como de medicamento, con diferencias en la dosis, la formulación, los controles de calidad y las indicaciones para las que ha sido evaluada. Mientras que los medicamentos están destinados a situaciones concretas y cuentan con una evidencia clínica específica, los suplementos se han popularizado de forma más amplia, en muchos casos como solución rápida ante cualquier dificultad para dormir y por iniciativa propia.

La evidencia respalda su uso frente al jet lag

La evidencia científica respalda el uso de la melatonina en determinadas circunstancias, como el jet lag o algunos trastornos del ritmo circadiano. Sin embargo, su uso se ha extendido más allá de estas indicaciones tanto en adultos con dificultades ocasionales para dormir como en población pediátrica, donde su administración debería ser especialmente cuidadosa y siempre contextualizada.

Este punto es relevante: en niños el sueño está estrechamente ligado a procesos de desarrollo, hábitos y rutinas, por lo que la intervención farmacológica no debería sustituir la valoración de las causas subyacentes del problema*.

Aunque la melatonina parece ser segura cuando se utiliza durante periodos cortos de tiempo, todavía sabemos poco sobre las consecuencias de tomarla durante años en etapas tan importantes como la infancia y la adolescencia. Los estudios realizados hasta ahora son, en general, tranquilizadores, pero los expertos coinciden en que todavía faltan datos para conocer con certeza sus efectos a largo plazo

Revisar los hábitos diarios

A menudo, la melatonina se percibe como una señal de “apagado” del cerebro, como si actuara directamente sobre el sueño. Sin embargo, esta idea simplificada (y errónea) ha contribuido a sobrestimar su efecto inmediato. La realidad es que no actúa como un interruptor, sino como un sincronizador. Dicho de otro modo, prepara al organismo, pero no garantiza por sí sola que el sueño aparezca.

Por ello, en lugar de considerarla una solución universal o un recurso inocuo, conviene entender la melatonina como una herramienta útil en contextos concretos, pero no exenta de matices ni capaz de sustituir a una buena higiene del sueño. ¿Por qué recurrimos a ella con tanta frecuencia? Quizás porque obviamos que el sueño no depende de una única molécula, sino de un sistema complejo muy condicionado por nuestros hábitos diarios.

Antes de buscar soluciones externas, convendría empezar revisando lo más básico: la exposición a la luz por la noche (que debemos evitar), los horarios irregulares, el uso de pantallas antes de dormir y la falta de rutinas estables. En definitiva, cambiar “la pastilla” por una buena higiene de sueño.

The Conversation

M Teresa Grande participa como investigadora en proyectos de investigación competitivos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España, relacionados con farmacología y neurociencias. Esta financiación no ha influido en el contenido del presente artículo.

– ref. ¿Abusamos de la melatonina? Lo que dice la ciencia – https://theconversation.com/abusamos-de-la-melatonina-lo-que-dice-la-ciencia-284592

SpaceX en bolsa: ¿cuánto vale una compañía cuyo negocio depende de expectativas a muy largo plazo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Jareño Cebrián, Catedrático de Universidad, Área de Economía Financiera, Departamento de Análisis Económico y Finanzas, Universidad de Castilla-La Mancha

_Criptobros_ escuchan en Times Square el discurso de Elon Musk la jornada de salida a bolsa de SpaceX. rblfmr/Shutterstock

Si durante gran parte del siglo XX el espacio fue principalmente una cuestión geopolítica, en el siglo XXI está convirtiéndose en una cuestión económica, impulsada por el crecimiento de la inversión privada y la aparición de nuevos proyectos comerciales.

La llegada de SpaceX a los mercados públicos simboliza esa transición: el paso de la exploración espacial financiada por los Estados a un ecosistema donde el capital privado busca rentabilidad en actividades que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción.

Space X en bolsa

La salida a bolsa de SpaceX, materializada el 12 de junio de 2026 en el Nasdaq con la etiqueta (ticker) SPCX, ha sido un acontecimiento financiero histórico al convertir a Elon Musk en la primera persona billonaria del mundo. Ese día su fortuna personal superó (con creces) el millón de millones de dólares.

La compañía debutó con un precio de 135 dólares por acción, levantando aproximadamente 75 000 millones de dólares y alcanzando una valoración cercana a los 1,77 billones, la mayor oferta pública inicial de acciones (IPO, por sus siglas en inglés) registrada hasta la fecha.

La magnitud de la operación quedó patente ya el primer día: la acción cerró cerca de un 20 % por encima del precio de colocación, elevando temporalmente la valoración por encima de los dos billones de dólares. Por delante de Tesla y con un volumen de negociación superior a los 500 millones de títulos, el segundo mayor registrado en un debut del Nasdaq tras la salida a bolsa de Facebook, en 2012.

De empresa espacial a infraestructura global

Durante años, SpaceX fue percibida principalmente como una empresa de lanzamientos espaciales. Su actividad consistía en poner en órbita satélites, transportar carga para clientes comerciales y gubernamentales y llevar astronautas al espacio en sus cohetes Falcon. Esa imagen sigue siendo importante, pero ya no describe por completo lo que es la compañía.

En el momento de su salida a bolsa, los datos financieros publicados en el formulario S-1 mostraron una realidad más compleja: la empresa generó 18 700 millones de dólares en ingresos en 2025, pero también registró pérdidas netas cercanas a 4 900 millones, reflejando la enorme intensidad inversora del proyecto.

Con el tiempo, SpaceX ha evolucionado hacia un grupo tecnológico con intereses en varios sectores estratégicos. Además de proporcionar acceso al espacio gracias a sus sistemas de lanzamiento reutilizables, que dominan cerca del 90 % del mercado mundial de lanzamientos comerciales, ha desarrollado Starlink, una red global de internet por satélite que le permite competir en el mercado de las telecomunicaciones.

También participa en programas de defensa y de transporte espacial de nueva generación, y trabaja en tecnologías que podrían ser fundamentales para futuras actividades económicas en órbita.

Por eso, muchos inversores consideran que SpaceX es mucho más que una empresa de cohetes. Cuando compran sus acciones, no están apostando únicamente por el negocio de los lanzamientos espaciales, sino por una compañía que aspira a convertirse en una pieza clave de la infraestructura tecnológica y de comunicaciones del siglo XXI.

El precedente de las grandes plataformas tecnológicas

La valoración de SpaceX resulta difícil de entender si se analiza únicamente mediante indicadores tradicionales como ingresos, beneficios o flujo de caja.

Con ingresos de 18 700 millones de dólares y valoraciones de entre 1,7 y 2 billones, la compañía cotiza con múltiplos extremadamente elevados sobre ventas, algo que ha generado críticas entre analistas financieros. Para explicarnos, si una empresa factura 1 pero está valorada en 5 su múltiplo de valoración es de 5. A mayor múltiplo mayor valoración de la empresa, señal de que el mercado tiene altas expectativas de crecimiento sobre la compañía (o de que la está sobrevalorando).

Ahora SpaceX aspira, y en base a eso la valoran, a crear mercados completamente nuevos: desde la conectividad global hasta la economía orbital, pasando por la infraestructura de datos en el espacio. Algo parecido ocurrió con Amazon y Tesla, empresas por entonces emergentes, que los analistas creyeron sobrevaloradas porque las medían con herramientas diseñadas para sectores maduros.

Starlink: el activo que explica gran parte de la valoración

Aunque la atención mediática suele concentrarse en los cohetes y en los planes de colonización de Marte, muchos analistas consideran que el verdadero motor económico de SpaceX es Starlink, empresa proveedora de acceso a internet de banda ancha vía satélite.

Los datos revelados en el proceso de salida a bolsa son especialmente ilustrativos:

  • En 2026, tiene más de 10,3 millones de usuarios en más de 160 países.

  • Ingresó aproximadamente 11 400 millones de dólares en 2025.

  • Su negocio aporta cerca del 60 % del total de los ingresos del grupo.

  • Tiene un margen operativo (lo que le queda a la empresa después de cubrir sus gastos) de cerca del 38 %, elevado para el sector.

En términos económicos, Starlink posee una característica especialmente atractiva: genera ingresos recurrentes. Mientras que un lanzamiento espacial es una operación puntual, una suscripción mensual crea un flujo de ingresos mucho más estable y predecible. Por eso, para muchos inversores, SpaceX se parece menos a una empresa aeroespacial y más a una gran compañía global de telecomunicaciones con una enorme ventaja tecnológica.

El riesgo de valorar sueños

Sin embargo, la historia económica también ofrece numerosas advertencias.

Las expectativas pueden convertirse en burbujas cuando los mercados empiezan a asumir que cualquier escenario optimista terminará materializándose. En este caso, algunos análisis independientes sitúan el valor razonable de SpaceX muy por debajo de su precio inicial, incluso de entre 700 000 y 800 000 millones de dólares, lo que subraya las enormes expectativas y el grado de incertidumbre incorporado en la valoración de la compañía.

Cuando una valoración se basa en décadas de crecimiento futuro, cualquier retraso tecnológico, regulatorio o comercial –por ejemplo, en el desarrollo de la nave Starship o de nuevas generaciones de satélites– puede generar fuertes correcciones en su precio en bolsa.

El riesgo no es que SpaceX fracase. El riesgo es que tenga éxito y, aun así, no alcance las expectativas extraordinarias incorporadas en su precio.

Más allá de SpaceX

La importancia de esta salida a bolsa va mucho más allá de una empresa concreta. Representa el creciente interés de los mercados por tecnologías vinculadas al espacio, la inteligencia artificial, las comunicaciones avanzadas y las infraestructuras críticas. De hecho, el propio folleto de la compañía identifica mercados potenciales gigantescos, incluyendo conectividad global, inteligencia artificial e incluso economías futuras fuera del planeta.

Quizá la mejor forma de entender esta salida a bolsa sea aceptar que los mercados no están valorando la empresa de hoy. Están intentando poner precio a una hipótesis: que durante las próximas décadas, una parte significativa de las comunicaciones, la logística, la observación terrestre e incluso la actividad económica fuera del planeta dependerán de infraestructuras desarrolladas por SpaceX.

Valor a largo plazo

La dificultad de estimar cuánto vale realmente una compañía cuyo negocio depende de expectativas a muy largo plazo se hizo visible desde las primeras jornadas de cotización. Según datos de Investing, la acción pasó de los 135 dólares de la colocación inicial a un máximo intradía de 225,64 dólares apenas tres sesiones después, impulsada por las compras. Entre el 12 y el 16 de junio se negociaron más de 1 100 millones de acciones.

Sin embargo, tras ese despegue fulgurante comenzó una corrección que llevó el precio hasta los 174,50 dólares al cierre del 18 de junio. Más que un cambio en los fundamentos de la compañía, esta volatilidad refleja el proceso de descubrimiento de precio característico de empresas cuya valoración depende en gran medida de escenarios futuros todavía inciertos.

La reacción del mercado ilustra la tensión que subyace tras la IPO. Por un lado, existe una corriente de inversores convencida de que SpaceX puede convertirse en una de las empresas más importantes del siglo XXI por su presencia dominante en sectores como las telecomunicaciones por satélite, el acceso al espacio o las futuras infraestructuras orbitales. Por otro, persisten dudas razonables sobre si los ingresos y beneficios que la compañía generará en los próximos años justificarán unas valoraciones que ya toman en cuenta (descuentan, en la jerga financiera) buena parte de ese potencial.

Como ocurre a menudo con las grandes revoluciones tecnológicas, el verdadero debate no gira en torno a los resultados presentes, sino sobre quién tendrá razón al diseñar el futuro.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. SpaceX en bolsa: ¿cuánto vale una compañía cuyo negocio depende de expectativas a muy largo plazo? – https://theconversation.com/spacex-en-bolsa-cuanto-vale-una-compania-cuyo-negocio-depende-de-expectativas-a-muy-largo-plazo-285344

¿Son todos los dispositivos digitales igual de adictivos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Solano Altaba, Profesora de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación Universidad CEU San Pablo, Universidad CEU San Pablo

ilustracion telos son todos los dispositivos digitales igual de adictivos DEAGREEZ / ISTOCK, CC BY

Hace más de una década que se publicó el Manifiesto Onlife. Ser humano en una era hiperconectada. El documento, promovido por la Comisión Europea, analiza la penetración social de las tecnologías de la información y comunicación y su impacto en la vida de las personas.

Con la premisa de que la tecnología ha dejado de ser una herramienta externa que utilizamos en determinados momentos para ciertos fines, y se ha integrado en nuestras vidas como un elemento más de nuestra naturaleza humana (de ahí que hablemos de onlife una vida que transcurre entre lo offline y lo online simultáneamente), el manifiesto constata la transformación de los marcos de referencia tradicionales en estos cuatro aspectos:

  • El desvanecimiento de los límites entre lo real y lo virtual.

  • El desvanecimiento de los límites entre ser humano, máquina y naturaleza.

  • El paso de la escasez a la sobreabundancia informativa.

  • El paso de dar prioridad a las cosas a dar prioridad a la interacción.

Esta transformación se ha producido en tan poco tiempo y a tanta velocidad que carecemos de conceptos claros que nos permitan definir el nuevo mundo hiperconectado en el que vivimos. Ha desaparecido el mundo de las cosas, de las realidades sólidas, de los consensos. Extensas parcelas de nuestras vidas han escapado de nuestro control. Nuestros datos y muchas de nuestras pertenencias han dejado de estar aquí para ser codificadas y almacenadas en un búnker de algún desierto.

De Platón a Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset anticipó este “nuevo y gigantesco problema” en Meditación de la técnica, publicado por primera vez en 1933, al afirmar que “desde hace mucho tiempo, la técnica se ha insertado entre las condiciones ineludibles de la vida humana de suerte tal que el hombre actual no podría, aunque quisiera, vivir sin ella”. Ortega define la técnica como una “sobrenaturaleza” que el hombre ha creado y en la cual vive, sea consciente o no de ello.

Obviamente, el filósofo español no conoció la tecnología digital, pero sí la transformación vertiginosa de su tiempo provocada por los avances científicos de la segunda revolución industrial. Cuando, a causa de una revolución (industrial o digital) los marcos referenciales del mundo conocido se desvanecen, es comprensible que el ser humano se sienta perdido y desconfíe de un provenir que es incapaz de concretar.

En Platón contra las máquinas. La tecnología y sus enemigos desde la escritura hasta la inteligencia artificial (2026), Marcos Alonso, profesor de bioética en la Universidad Complutense e investigador en filosofía de la tecnología, busca la genealogía de una tecnofobia inherente al ser humano. Se pregunta el autor por qué el concepto de artificial o artificioso tiene una connotación negativa, si tantas creaciones (artificiales) han mejorado sustancial y objetivamente la vida de las personas. Su propósito es “desenterrar el prejuicio contra lo artificial”, prejuicio del que –para ser honestos– tampoco se libra este artículo.

Dispositivos ubicuos

Entre las realidades artificiosas que componen nuestra vida onlife sobresalen los dispositivos digitales. Los datos no dejan lugar para la discusión: solo hay un 0,6 % de hogares en España sin teléfono móvil. Poco menos de 100 000 en algo más de 17 millones. El 97,4 % de las viviendas dispone de acceso a internet. 78 de cada cien casas tienen un ordenador portátil o de sobremesa. Y en el 56,5 %, hay una tablet.

Esta tecnología ha irrumpido de tal manera en nuestras vidas que ya son menos de la mitad de los domicilios los que tienen teléfono fijo en su casa. Con internet es más que suficiente. Ya no hay prácticamente brechas por nivel de ingresos ni por lugar de población y la brecha de edad se estrecha cada año. Así que la tecnología llegó y se quedó sin que nos diéramos cuenta de cuáles eran los efectos no deseados que nos esperaban a la vuelta de la esquina.

Estas cifras nos pueden asustar en un entorno en el que, por fin, hemos tomado conciencia de que hay un grave problema de salud mental –no sólo en los jóvenes, sino en toda la sociedad– vinculado con el uso de las tecnologías. Los riesgos son enormes y, como sociedad, nos enfrentamos al reto de no dejar a toda una generación “huérfana” de alfabetización digital, que naufraga, más que navegar, por el descontrolado tsunami de contenido cargado de dopamina que tiene al alcance de un clic.




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De la brecha de acceso a la brecha de regulación: la nueva desigualdad digital global


Pero ¿son todas las tecnologías iguales? ¿Da igual usar una pantalla que otra? ¿Todos los dispositivos generan el mismo uso abusivo? ¿Es un problema exclusivo de niños, adolescentes y jóvenes? ¿Los adultos también sucumbimos a los riesgos de las nuevas tecnologías? Vamos dispositivo a dispositivo para comprender los riesgos y así ponerles límite.

Ordenadores (sobremesa y portátiles)

Fue nuestra primera aproximación a la tecnología. Los que llegamos del mundo analógico, tenemos los ordenadores asociados al trabajo porque fue la solución a las opciones no digitales, como la máquina de escribir y el cuaderno.

Sin embargo, las generaciones más jóvenes ya lo utilizaron mucho para los videojuegos y, en los primeros compases, antes de la aparición de los móviles, para navegar y acceder a las redes sociales. Aunque hay ligeras variaciones entre los llamados ordenadores de sobremesa y los portátiles (laptops), los riesgos que entrañan son muy similares.

Riesgos:

  • La multitarea. Fue una de las soluciones tecnológicas que irrumpieron como el gran reclamo del entorno digital. Con el mismo dispositivo, se podían hacer varias cosas, incluso a la vez. Se podía saltar de un programa a otro, trabajar en un tratamiento de textos, consultar internet, volver al documento, enviarlo por correo electrónico…

    Pero el fenómeno multitarea es más complejo de lo que en un primer momento nos vendieron. En realidad, ahora sabemos que el cerebro no puede saltar de una actividad a otra manteniendo todo el tiempo el mismo flujo de concentración. Tenemos la sensación de que somos capaces de hacerlo, pero la realidad es que el cerebro emplea un tiempo relevante, aunque sean milésimas de segundo, en retomar la concentración en la nueva actividad. La acumulación de pequeños cortes en el flujo de concentración perjudica a nuestra capacidad de actuación. Tenemos la sensación de haber trabajado mucho y a gran velocidad, pero sin haber concluido nada de la manera adecuada. Eso genera enorme frustración. Al mismo tiempo, nos hemos acostumbrado al nivel de estrés que provoca saltar de una aplicación a otra y nos cuesta retomar el foco.

  • El déficit de atención. La atención es difícil de conseguir. Muchas de las tareas que llevamos a cabo y de la información que recibimos casi no requieren nuestra atención porque utilizamos un sistema primario eficaz pero poco profundo. Sin embargo, cuando necesitamos completar una tarea con mayor foco, nos cuesta más poner el ritmo.

    Los equipos informáticos están preparados precisamente para hacer varias tareas a la vez y avisarnos cuando una tarea requiere nuestra atención, como por ejemplo la llegada de un correo electrónico o la urgencia por instalar una actualización de software. Esto rompe nuestro flujo de atención.

  • El atracón de series. Aunque los ordenadores no se usan tanto para el ocio como otros dispositivos, los jóvenes se han acostumbrado a ver series de televisión en la cama con su portátil. Eso provoca que se queden enganchados en lo que se llama un consumo abusivo de series, en forma de atracón o binge consumption, en su terminología en inglés. Si una persona está trabajando en el portátil y tiene la tentación de descansar con una serie, es difícil resistirse si la tiene al alcance de un clic.

  • La adicción a los juegos. Aunque en los últimos años las consolas son el soporte más habitual para los juegos por su alta definición de gráficos, aún hay algunos que se juegan en ordenador de sobremesa. El salto de una actividad a otra tiene características similares a las que se produce en el contexto del consumo de series.

‘Tablets’

Las tablets preocupan especialmente por la introducción de su uso a edades muy tempranas para el entretenimiento de los niños con vídeos, música y algunos juegos infantiles y la adopción de sistemas digitales en entornos escolares en los que se utilizan como herramienta de trabajo.

El mayor problema que plantean estos dispositivos respecto a los ordenadores es que su uso está muy equilibrado entre el entretenimiento y la productividad ya sea en entornos escolares, ya en laborales. El gran desarrollo tecnológico de las tablets ha permitido que lleven a cabo funciones muy similares a un ordenador, pero aportan la facilidad para llevarlos, el poco peso y la comodidad de manejarlos en cualquier circunstancia.

Riesgos:

  • La multitarea. De hecho, la configuración de navegación de una tablet tiene por objetivo facilitar el salto de una aplicación a otra con sólo un movimiento de dedos. El fenómeno es aún más intenso que en los ordenadores. Además, está hecha para atraer y capturar nuestra atención siempre que sea posible, de modo que nos llena de avisos y notificaciones que rompen nuestro pensamiento de flujo. Eso nos genera una sensación de estrés tanto a adultos como a jóvenes y adolescentes.

  • Pérdida de la conexión mano/ojo/cerebro. Cada vez se utilizan más para tomar notas, ya sea en reuniones de trabajo, ya en las aulas de los estudiantes. Sin embargo, las últimas investigaciones demuestran que al escribir a mano se producen enlaces neuronales más relevantes que al escribir a máquina. De modo que si se usa la tablet en la toma de apuntes con lápiz digital no se perderá tanto enlace como si se usa con teclado.

  • Sensación falsa de digitalización. A los usuarios más jóvenes, la irrupción de las tablets les da una cierta sensación de conocer muy bien el entorno tecnológico de los adultos. Pero la realidad es que se desenvuelven sólo en un puñado de aplicaciones limitadas que no suelen ser las habituales en entornos profesionales. La alfabetización digital es menos adecuada en estos casos.

  • Consumo de series. De la misma manera que se ha descrito antes con el caso de los portátiles, las tablets son muy utilizadas para ver series, en especial por los jóvenes, de modo que se debilita la frontera entre trabajo y ocio en el mismo dispositivo y es más sencillo que se fomente la pérdida de atención.

Una persona de espaldas utilizado una tablet.
Las tablets pueden dar una falsa sensación de alfabetización digital, cuando en realidad su uso no requiere ningún conocimiento del entorno digital.
Pexels

Móviles

Llegamos al dispositivo que más controversias ha generado. Si bien en un origen, utilizado para llamar o escribir mensajes, tenía una funcionalidad eminentemente productiva o relacional, la aparición de los smartphones transformó por completo su naturaleza.

Demonizar un aparato que tiene una inserción cercana al 100 % de la población, tanto adulta como adolescente, sería prescindir de los muchos aspectos en los que las aplicaciones disponibles hacen más sencillo nuestro día a día. Desde conocer el pronóstico del tiempo y leer el periódico hasta contestar un correo electrónico y hacer la compra online.

Pero tampoco es adecuado obviar el hecho de que otra parte de las aplicaciones tiene su estrategia económica en el tiempo que pasamos en ellas, bien porque nos ofrecen publicidad, bien porque recaban datos de nosotros que les permiten obtener perfiles más completos de los consumidores y usuarios. Basta pensar en las redes sociales con sus vídeos cortos muy adictivos o en los juegos de pantalla infinita. De aquí que no podamos obviar la facilidad.

De hecho, las cifras muestran que el móvil es principalmente usado para ver vídeos por un 91,1 % de los usuarios; para redes sociales, un 88,1 %; para consumo “televisivo” (series, películas, programas), un 85,5 %. Sólo la lectura de la prensa, con un 81,2 %, se cuela entre las actividades que no son de entretenimiento.

Riesgos:

  • Uso preferencial para el entretenimiento. Si bien hay algunas aplicaciones de productividad en el móvil, se usa más para la comunicación y para el asueto, el descanso en el trabajo. Nuestro cerebro no lo percibe como una herramienta de trabajo, una obligación. Y eso provoca que estemos menos atentos ante el posible uso inadecuado que estemos haciendo de él. Y el problema radica en que buena parte de sus aplicaciones de entretenimiento están creadas precisamente para fomentar su uso y favorecer la permanencia cuanto más tiempo mejor.

  • Redes sociales creadas para el móvil. El fenómeno de las redes sociales es el que más problemas está generando dentro de los usos abusivos o adictivos de los móviles. No sólo por el número de horas que los usuarios pasan en redes, sino también por las consecuencias para su salud mental por el tipo de contenido que ven. Las redes sociales están creadas para generar un impulso de dopamina que lleva a repetir constantemente la acción de buscar nuevos contenidos.

  • Solucionismo tecnológico. Este término se refiere a supuestas soluciones que nos ofrece la tecnología, pero que ya estaban resueltas de otra manera y que, sin embargo, nos impulsan a hacer más uso de un dispositivo, de modo que propician nuestra adicción.

Este fenómeno se percibe de manera extraordinaria en los móviles, pues buena parte de las acciones que nos permiten llevar a cabo ya estaban resueltas antes, como despertarse, ver vídeos, escuchar música o leer libros. Pero la sencillez de manejo nos lleva a usarlo todo el tiempo, en particular en momentos en los que no tenemos plena atención y es más fácil caer en un uso abusivo.

Cualquier dispositivo digital es una puerta abierta a herramientas que ayudan a gestionar el día a día, ya sea en el entorno laboral, académico o de entretenimiento. Pero por esa misma puerta se cuelan algunos riesgos que nos pueden ocasionar no pocos problemas si no estamos alerta y aprendemos a gestionar adecuadamente nuestro tiempo.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica.

The Conversation

María Solano Altaba recibe fondos del proyecto AlgorLit Ref.:PID2022-140183OB-I00. Conocimientos, actitudes y opiniones de la población española sobre algoritmos de internet y diseño de alfabetizaciones algorítmicas críticas.

Ignacio Blanco-Alfonso recibe fondos de Comunidad de Madrid. Proyecto interdisciplinar de innovación tecnológica aplicada a la investigación, difusión y transferencia del legado de José Ortega y Gasset. Referencia: PHS-2024/PH-HUM-57.

– ref. ¿Son todos los dispositivos digitales igual de adictivos? – https://theconversation.com/son-todos-los-dispositivos-digitales-igual-de-adictivos-269250

¿Qué tipos de interacciones sociales nos hacen sentir menos solos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Aurelio Fernández, Investigador postdoctoral en el Instituto Cultura y Sociedad, Universidad de Navarra

Dos amigas conversan frente a un bello atardecer. monshtein/Shutterstocl

La vida cotidiana está llena de interacciones sociales, pero no todas contribuyen por igual a nuestro bienestar. En lugar de centrarnos en aumentar su cantidad, hay pruebas que indican que es más importante mejorar su calidad y comprender en qué condiciones resultan más beneficiosas.

En un mundo hiperconectado, lo más importante no es estar siempre disponible, sino saber elegir cuándo, cómo y con quién interactuar. Muchas personas, especialmente entre los más jóvenes, dicen sentirse solas. Esta aparente contradicción refleja la paradoja de la soledad: estamos más conectados que nunca, pero los niveles de soledad van en aumento.

La clave para entender esta paradoja no está en fijarnos en cuántas veces interactuamos o en cómo interactuar más, sino en cómo son esas interacciones.

No es la cantidad, es la calidad

Tradicionalmente se ha asumido que socializar más siempre es mejor. Sin embargo, las investigaciones recientes sobre interacciones cotidianas, basadas en metodologías más precisas, muestran una realidad más matizada: no todas las interacciones tienen el mismo impacto en nuestro bienestar. Lo que realmente marca la diferencia es la calidad. Es decir, no solo importa que una interacción sea agradable, auténtica y significativa: también cuenta cómo valoramos a las personas con quienes interactuamos y si nos sentimos genuinamente valorados por ellas.

Los estudios basados en métodos de muestreo de experiencias, que analizan las interacciones cotidianas en tiempo real durante varios días, muestran que las interacciones de mayor calidad se asocian de manera consistente con un mayor bienestar momentáneo y menores índices de soledad. Incluso requieren menos esfuerzo y se relacionan con mayores niveles de energía. Esto sugiere que una conversación breve (incluso una charla de pasillo), pero genuina, puede aportar más que horas de intercambio superficial. De hecho, estas últimas pueden resultar agotadoras sin dejar apenas huella.

Entonces, ¿de qué depende la calidad de una interacción social? Por supuesto, un factor importante a tener en cuenta es la modalidad, es decir, si la interacción tiene lugar cara a cara o mediada por la tecnología. Pero no solo.

Junto con la modalidad, hay otros factores de peso como el propósito de la interacción (si se trata de una interacción “ligera”, de mantenimiento, o más bien de una interacción “pesada”, que supone un mayor desgaste), el lugar y las condiciones ambientales (¿dónde se produce la interacción, en un espacio cerrado o al aire libre?, ¿hay más gente alrededor?, ¿hay mucho ruido?, etc.) y el grado de familiaridad con el interlocutor.

De hecho, los estudios mencionados demuestran que hay determinadas circunstancias en las que puede ser más beneficioso para la calidad de la interacción el que esta se produzca mediada por alguna tecnología. Por ejemplo, cuando, dada la especial sensibilidad del propósito de la interacción, se requiere un mayor control sobre la comunicación: poder pensar lo que se dice, elegir cuándo responder y gestionar mejor la autoexpresión.

En particular, en el caso de las interacciones negativas, como los conflictos o las quejas, la evidencia indica que es mejor manejarlas a través de medios indirectos o tecnológicos. ¿Por qué? En las interacciones cara a cara percibimos los gestos, las expresiones faciales, el tono de voz, la postura, etc. Estas señales pueden intensificar los conflictos porque amplifican emociones como el enojo, la frustración o la ansiedad. En cambio, cuando nos relacionamos a través de la tecnología, las señales sociales están limitadas o ausentes, lo que ayuda a que el conflicto sea menos intenso emocionalmente y más fácil de gestionar.

No todos vivimos las interacciones de igual manera

Otro aspecto fundamental a tener en cuenta es que las interacciones no afectan a todas las personas por igual. Factores individuales como la ansiedad social desempeñan un papel importante.

Las personas con mayor ansiedad social tienden a experimentar más dificultad en las situaciones sociales, pero esto no tiene por qué ser así en todos los casos. El contexto puede cambiar por completo la experiencia. Nuestra investigación demuestra que las personas con ansiedad social también pueden disfrutar de interacciones reconfortantes y beneficiosas, siempre y cuando estas se adapten a sus necesidades específicas. Por ejemplo, cuando socializan en grupos pequeños, interactúan con personas conocidas o se comunican a través de medios digitales. Estos contextos les ofrecen un mayor control y reducen la presión de la evaluación social, lo que facilita que las interacciones sean más positivas y menos agotadoras.

Todo esto indica que no existe una única forma “correcta” de socializar. Lo importante es encontrar el ajuste adecuado entre la persona y la situación.

Aprender a distinguir lo que nos hace bien

En un entorno saturado de estímulos sociales, desarrollar una mayor conciencia de nuestras interacciones diarias puede marcar la diferencia. Algunas preguntas útiles que podemos hacernos son: ¿he sido capaz de valorar a la otra persona durante esta interacción?, ¿me he sentido valorado por ella?, ¿realmente estoy conectando con alguien, o simplemente estoy ocupando el tiempo?

En este contexto, conviene recordar que estar solo no es lo mismo que sentirse solo. La evidencia demuestra que el tiempo sin interacciones sociales puede cumplir funciones importantes: permite recuperar energía, reflexionar y regular las emociones. De hecho, el bienestar diario depende en buena parte de cómo equilibramos nuestra necesidad de interacción con los momentos de desconexión social.

Porque, en definitiva, no se trata de estar más conectados, sino de conectar mejor.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Qué tipos de interacciones sociales nos hacen sentir menos solos? – https://theconversation.com/que-tipos-de-interacciones-sociales-nos-hacen-sentir-menos-solos-282624

Las barreras invisibles de la regularización de migrantes: el caso de las trabajadoras internas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Judith Muñoz Saavedra, Profesora Facultad Educación, Universitat de Barcelona

Pressmaster/Shutterstock

La regularización extraordinaria de personas migrantes ha sido promovida por organizaciones migrantes y colectivos feministas como una medida histórica de justicia social. Más allá del acceso a un permiso de residencia y trabajo, la iniciativa representa para muchas personas la posibilidad de salir de la invisibilidad administrativa y ejercer derechos básicos en condiciones de mayor seguridad.

Para las organizaciones feministas, además, esta regularización tiene una dimensión específica de justicia de género. Las mujeres migrantes se concentran en sectores especialmente precarizados, como el empleo doméstico y los cuidados. Según el informe Trabajo invisible y cuerpos rotos, este sector emplea a cerca de 565 000 personas en España, de las cuales el 87 % son mujeres y aproximadamente un 32 % trabaja en la economía informal.

En este contexto, la falta de documentación incrementa la dependencia económica, la exposición a abusos y las dificultades para acceder a la protección social.

Sin embargo, cuando faltan pocas semanas para el cierre del proceso de regularización, previsto para el 30 de junio, algunos datos invitan a preguntarse quiénes están logrando acceder y quiénes corren el riesgo de quedarse fuera. La asociación Mujeres Pa’lante, entidad de referencia en el acompañamiento a mujeres migrantes en Barcelona y L’Hospitalet, ha realizado hasta la fecha 6 185 atenciones vinculadas al proceso. De las personas atendidas, solo el 18,7 % corresponde a mujeres y apenas 70 son trabajadoras internas, una cifra que equivale a cerca del 1 % del total de atenciones.

Aunque estos datos son provisionales, resultan especialmente significativos porque proceden de una entidad especializada en acompañar mujeres migrantes. Según las profesionales de la asociación, estas cifras no reflejan una falta de interés por parte de las mujeres, y de las trabajadoras internas en particular, sino la existencia de barreras específicas que dificultan su acceso al proceso.

Falta de recursos para desplazarse e informarse

Las trabajadoras internas constituyen uno de los colectivos más invisibles dentro del mercado laboral español. Viven en el domicilio de la persona empleadora, disponen de escaso tiempo libre y, en muchos casos, carecen de recursos propios para informarse, desplazarse o realizar trámites administrativos. Su aislamiento dificulta el acceso a recursos comunitarios, servicios públicos y redes de apoyo.

Las investigaciones sobre migraciones y cuidados lleva décadas mostrando cómo las mujeres migrantes ocupan una posición central en las denominadas cadenas globales de cuidados. En España, una parte importante de la atención a personas mayores y dependientes descansa sobre su trabajo. Sin embargo, las trabajadoras internas continúan enfrentándose a condiciones laborales marcadas por la precariedad, la dependencia y un limitado reconocimiento social.

La situación resulta especialmente paradójica porque España ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras del hogar mediante la ratificación del Convenio 189 de la OIT, en vigor desde 2024. Este instrumento reconoce su derecho a condiciones laborales dignas, protección frente a abusos y acceso efectivo a derechos laborales y sociales.

La experiencia de las trabajadoras internas muestra, sin embargo, que el reconocimiento formal de derechos no siempre se traduce en posibilidades reales de ejercerlos. Tener derecho a regularizarse no significa necesariamente poder hacerlo. Cuando una persona depende del domicilio empleador para vivir, dispone de un único día libre a la semana o encuentra dificultades para empadronarse y desplazarse, cualquier trámite administrativo se convierte en un desafío adicional.

Adaptar mecanismos a sus condiciones de vida

Aquí emerge una paradoja que merece atención. Una medida diseñada para reducir la vulnerabilidad puede dejar fuera precisamente a quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad si no incorpora una perspectiva interseccional y mecanismos adaptados a sus condiciones de vida.

Por eso, la cuestión no es únicamente cuántas personas lograrán regularizar su situación. También debemos preguntarnos quiénes están quedando fuera y qué obstáculos están limitando su acceso.

Si queremos que la regularización tenga un verdadero impacto en términos de igualdad y justicia de género, resulta necesario que la administración adopte medidas urgentes. No basta con publicar información en páginas web o difundir campañas generales. Es necesario desplegar estrategias capaces de llegar a las trabajadoras internas allí donde se encuentran.

Esto implica reforzar la colaboración con entidades comunitarias, habilitar dispositivos de atención en fines de semana, facilitar el acompañamiento presencial y desarrollar campañas dirigidas también a los hogares empleadores. Significa, en definitiva, reconocer que no todas las personas parten de las mismas condiciones para ejercer sus derechos.

Las cifras de Mujeres Pa’lante constituyen una señal de alerta. Cuando un colectivo tan relevante como las trabajadoras internas apenas está presente en el proceso, conviene preguntarse si el problema reside en las personas o en las barreras que dificultan el acceso a sus derechos.

La regularización extraordinaria representa una oportunidad histórica para avanzar hacia una sociedad más inclusiva. Pero si estas mujeres continúan encontrando obstáculos para acceder a la medida, corremos el riesgo de seguir dejando atrás a quienes nos cuidan.

The Conversation

Beatriz Cantero Riveros es miembro de Mujeres Pa’lante.

Judith Muñoz Saavedra no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las barreras invisibles de la regularización de migrantes: el caso de las trabajadoras internas – https://theconversation.com/las-barreras-invisibles-de-la-regularizacion-de-migrantes-el-caso-de-las-trabajadoras-internas-284794