Ni toda la tecnología es innovación ni toda la innovación es tecnología

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Atela, Profesor Doctor Deusto Business School y Facultad de Ingeniería, Universidad de Deusto

Así como la piedra filosofal “tendría la capacidad de transformar metales básicos en preciosos a través de un proceso llamado crisopea o argiropea”, en el mundo de la gestión empresarial aparecen, cíclicamente, alquimistas expertos en innovación tecnológica (desde los sistemas de gestión de software de finales del siglo pasado, pasando por la digitalización de los procesos de la década pasada hasta la inteligencia artificial de la actualidad) que prometen a las organizaciones que, si incorporan sus innovaciones a la estrategia de empresa, saltarán al Olimpo de la excelencia empresarial.

Pero la realidad es más tozuda y los datos no engañan. Según las consultoras McKinsey y Boston Consulting Group, el 70 % de las transformaciones organizacionales fracasan.

Cuando hablamos de transformación digital los datos son todavía más dramáticos. En efecto, el informe de McKinsey señala que la tasa de éxito general es de solo el 16 %. Para empeorar la situación, esta tasa se refiere a empresas de industrias digitalmente avanzadas (tecnología, comunicaciones, etc.). En industrias tradicionales (automoción, farmacéutica, petróleo, gas) la tasa de éxito cae a un indicador de entre el 4 y el 11 %.

Si analizamos el Informe Standish (también llamado Reporte Caos), los resultados no son más halagüeños. Este informe se viene elaborando anualmente desde 1994 y analiza el éxito o fracaso en proyectos de desarrollo de software. De acuerdo al último informe:

  • El 31,1 % de los proyectos de software se cancelan.

  • El 52,7 % son problemáticos o no satisfactorios.

  • Solo el 16,2 % se consideran exitosos.

Nos han vendido la tecnología como la solución a todos los males y nos encontramos con estos datos demoledores. Algo no funciona y, definitivamente, tenemos un problema, que termina provocando un ingente despilfarro de recursos, frustración y falta de confianza. ¿Cuáles son las principales causas de este fracaso?:

  • La resistencia y falta de compromiso de los empleados y mandos intermedios, según apunta el 72 % de las empresas con proyectos fallidos.

  • La falta de atención a la cultura corporativa y a las habilidades y capacidades de las personas que trabajan en la organización.

  • Los fallos y la falta de coordinación en el proceso de cambio que implica la transformación tecnológica.

¿Qué es la innovación?

La definición más aceptada de innovación es la que nos entrega el Manual de Oslo, elaborado por la OCDE y Eurostat en 2018:

«Una innovación es un producto o proceso (o una combinación de ambos) nuevo o mejorado que difiere significativamente de los productos o procesos anteriores de la unidad y que se ha puesto a disposición de los usuarios potenciales (producto) o ha sido puesto en uso por la unidad (proceso)».

A partir de aquí, y de forma sencilla, la mejor forma de describir la innovación es:

«La innovación es crear valor –incremental o radical– para los usuarios o clientes de un producto o proceso».

Las formas que puede adoptar la innovación son: innovación de producto, de proceso, de mercado, de organización o de modelo de negocio.

Así, por definición, cualquier transformación digital persigue innovar para aportar valor a uno o varios grupos de clientes de esa transformación (dirección, empleados, accionistas, usuarios, clientes, etc.).

Tecnología-Procesos-Personas: una secuencia errónea

El típico proceso de transformación digital suele partir de un problema en la empresa. Un caso típico sería: “Tenemos mucho desorden en nuestros procesos empresariales”. ¿La solución obvia? Instalar un software de gestión (Tecnología). ¿Cómo suele hacerse? Se toma la decisión de compra, se contrata a consultores expertos (los alquimistas de otra piedra filosofal, la digitalización, un poco más antigua que la IA) y se asigna el proyecto al área de IT. Todo sin haber determinado antes las habilidades digitales de los usuarios futuros (Personas), ni analizado con esas personas los procesos organizacionales actuales (Procesos).

Un ejemplo: en 2018, la compañía alemana LIDL canceló el proyecto de instalación de SAP (un conocido software de gestión) en el que había invertido 7 años y 500 millones de euros. ¿El motivo? La falta de feedback de los futuros usuarios del sistema y la rigidez en la instalación de la nueva tecnología que, en resumen, había consistido en aplicar la secuencia “Tecnología-Procesos-Personas”. Es decir, se instala la tecnología (primero) confiando en que eso mejorará los procesos (segundo), uniendo la falsa confianza con la creencia errónea de que los trabajadores adoptarán el cambio “porque la dirección y los consultores creen que es lo mejor para la empresa” (tercero).

Mejorar la secuencia: Personas-Procesos-Tecnología

Volvamos a nuestra definición de innovación: creación de valor (ya sea de manera incremental o radical) para usuarios y clientes de un producto o proceso.

Asumiendo que cualquier proceso de transformación digital persigue innovar, ¿por qué no empezar por incorporar desde el principio a los usuarios y clientes del proceso?

Conocer bien la cultura organizacional, entender cómo funcionan los procesos, el porqué de las decisiones que se toman y, muy importante, las habilidades de los empleados para adoptar las nuevas tecnologías –tanto desde el punto de vista técnico como de capacidad de adaptación al cambio– son factores clave para la culminación del proceso. El éxito de una transformación, y por extensión de la innovación, se basa en la adopción de un enfoque holístico que equilibre el rendimiento con la salud organizacional.

Llegamos, por fin, a la gran paradoja de la transformación tecnológica: los elementos clave para una transformación sostenible y exitosa son consistentemente no tecnológicos.

En efecto, los factores clave para el éxito son los siguientes:

Dicho de manera fácil, y en línea con cualquier proceso de innovación bien desarrollado: hay que empezar por el “por qué” (las personas y los procesos) para luego desarrollar e implementar el “qué” (las tecnologías).

En resumen, la innovación duradera y la transformación exitosa se logran cuando las organizaciones se centran en el cambio de mentalidad, el desarrollo de las capacidades humanas y la institucionalización de procesos de ejecución rigurosos. La tecnología es una herramienta poderosa, pero su valor solo se materializa cuando se implementa dentro de un marco de cambio cultural y operativo que priorice, por encima de todo, a las personas.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Pablo Atela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ni toda la tecnología es innovación ni toda la innovación es tecnología – https://theconversation.com/ni-toda-la-tecnologia-es-innovacion-ni-toda-la-innovacion-es-tecnologia-279810

‘Eso es IA’: cómo los ‘deepfakes’ nos hacen sospechar de todo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eugenia San Segundo Fernández, Científica Titular del CSIC (Fonética Experimental y Aplicada), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Ole.CNX/Shutterstock

En los últimos años, los deepfakes, contenidos hiperrealistas generados por inteligencia artificial, se han convertido en parte del panorama digital cotidiano. Este tipo de contenido ha dado lugar a una reacción casi automática en redes sociales. Un comentario breve que resume la sospecha colectiva: “Es IA”.

Esta frase aparece bajo cualquier publicación ligeramente sorprendente. Basta con que algo nos descoloque para que surja la duda. Por ejemplo, sabemos que la inteligencia artificial es capaz de clonar voces y esto ha cambiado nuestra forma de percibir la información y juzgar su autenticidad. El problema no es solo que existan audios falsos que se presentan como reales, sino el hecho de que, cuando cualquier contenido puede fabricarse con unos pocos clics, la sospecha deja de ser excepcional y se convierte en un reflejo automático.

Así, aparece una pregunta inevitable: ¿cómo distinguimos lo auténtico de lo artificial? Precisamente de eso trata el proyecto de investigación ¿Qué hace humana a una voz?, desarrollado en el Laboratorio de Fonética del CSIC. Conscientes del impacto social provocado por la proliferación de deepfakes, nuestro proyecto nace con una clara vocación divulgativa.

Para conocer mejor qué se ha publicado en el último año y medio sobre este tema, se puede consultar nuestra lista de lecturas, un recurso de acceso abierto con más de 100 entradas que recoge publicaciones científicas, ejemplos de deepfakes, referencias a la normativa sobre el tema y otros recursos para que el ciudadano pueda informarse sobre los usos maliciosos de la IA generativa.

Este artículo pretende trasladar parte de ese conocimiento a la ciudadanía mediante recomendaciones basadas en datos que, en el futuro, también puedan orientar la elaboración de políticas públicas. Para ello, conviene analizar qué ocurre cuando la desconfianza deja de ser la excepción y pasa a ser la norma.

¿Qué es el “dividendo del mentiroso”?

Esta situación da lugar al fenómeno conocido como el “dividendo del mentiroso” (liar’s dividend). El concepto describe una paradoja contemporánea: cuando sabemos que existen falsificaciones casi perfectas, resulta más fácil negar aquello que sí es auténtico. La mera posibilidad de que un audio sea falso se convierte en una coartada, siendo suficiente sembrar la duda para que pierda credibilidad ante la opinión pública.

Este fenómeno tiene implicaciones especialmente preocupantes en el ámbito judicial, pues se ha empleado como estrategia de defensa legal. Un ejemplo conocido es el de Elon Musk. En un litigio relacionado con el funcionamiento del autopiloto de un vehículo Tesla, argumentó que, al tratarse de una figura pública, era probable que existieran deepfakes de su voz, por lo que no debía admitirse como prueba un vídeo en el que aseguraba la fiabilidad absoluta de su tecnología. Sin embargo, al no presentarse pruebas que respaldaran la sospecha de que era un deepfake, el tribunal decidió mantener el vídeo como evidencia, señalando que lo contrario sentaría un precedente peligroso de inmunidad para figuras públicas.

Claves para la detección de deepfakes de audio

1. Cada vez es más difícil diferenciar únicamente con el oído si una voz es real o ha sido creada artificialmente. Son varios los estudios científicos que evidencian la limitada capacidad humana para detectar voces sintéticas. En cuatro años, hemos observado que los porcentajes de acierto de los oyentes que participan en estudios experimentales controlados de tipo perceptivo tienden a ser cada vez más bajos. Aunque los resultados no son directamente comparables entre estudios debido a diferencias metodológicas, todo indica que en condiciones reales –fuera del laboratorio– nuestra capacidad de acierto sería aún menor. Es decir, en la vida cotidiana somos especialmente vulnerables al engaño.

2. Las herramientas de detección automática de deepfakes tampoco son infalibles. Para que sean eficaces, deben tener en cuenta las condiciones reales en las que se crean y difunden los deepfakes, como el ruido de fondo o el uso de distintos algoritmos de clonación. Además, las bases de datos utilizadas para entrenar estos sistemas de detección deben ser realistas, diversas y abundantes. Por ejemplo, deben comprender distintos dialectos, estilos de habla, situaciones comunicativas, etc.

Los sistemas de detección producen buenos resultados cuando se entrenan con audiolibros, pero un deepfake en la vida real no suena como un actor leyendo un libro en un estudio de grabación profesional. La mayoría de las bases de datos con las que se entrenan los sistemas de detección consisten en habla leída, que dista mucho de la espontánea y conversacional.

3. Las recomendaciones actuales para identificar deepfakes son más útiles cuando el audio va acompañado de imágenes. Se suele recomendar fijarse en posibles fallos visuales como movimientos entrecortados o parpadeo irregular. Sin embargo, cuando se trata de audio solo –como en mensajes de voz– estas pistas desaparecen. Aun así, sigue siendo recomendable desconfiar de audios breves, verificar su origen y prestar atención a incoherencias o cambios repentinos.

En conclusión, aunque se están desarrollando sistemas de detección desde distintas disciplinas, estos aún deben mejorar para adaptarse a tecnologías de generación en constante evolución, pues su creación está mucho más desarrollada que su detección. Por ello, la responsabilidad se reparte entre la comunidad científica, que debe seguir investigando, y la ciudadanía, que debe ser consciente de los riesgos asociados.

La facilidad de acceso a estas herramientas, junto con su uso frecuente sin consentimiento, plantea problemas reales como la suplantación de identidad, la difamación o el fraude. En un entorno donde todo puede parecer falso, cuidar la confianza se convierte en un reto colectivo.

The Conversation

Este artículo de divulgación forma parte de dos proyectos: Proyecto PID2021-124995OA-I00 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE y Proyecto PID2024-161495OB-I00 financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.

Vega Rodríguez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Eso es IA’: cómo los ‘deepfakes’ nos hacen sospechar de todo – https://theconversation.com/eso-es-ia-como-los-deepfakes-nos-hacen-sospechar-de-todo-279183

Un análisis en 43 países revela que los jóvenes de entornos desfavorecidos son más vulnerables a los riesgos de las redes sociales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Roger Fernandez-Urbano, Ramón y Cajal Research Fellow (Tenure-Track) Department of Sociology, Universitat de Barcelona

EF Stock/Shutterstock

A medida que las redes sociales se convierten en una parte fundamental de la vida de los jóvenes, crece la preocupación por su impacto en su salud mental. Sin embargo, los debates públicos y las medidas adoptadas tienden a tratar a los adolescentes como un grupo homogéneo. A menudo ignoramos el hecho de que el uso de estas plataformas no afecta a todos de la misma manera, ni tiene los mismos efectos en su bienestar.

En un capítulo del Informe Mundial sobre la Felicidad 2026, publicado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en colaboración con la Universidad de Oxford, hemos examinado cómo el uso problemático de las redes sociales se relaciona con el bienestar de los adolescentes de diferentes entornos socioeconómicos.

Analizamos 43 países repartidos por seis grandes regiones –anglo-celta, Cáucaso-mar Negro, Europa central y oriental, Mediterráneo, nórdica y Europa occidental– que abarcan principalmente países europeos y sus zonas vecinas inmediatas.

Utilizando datos de más de 330 000 jóvenes, hemos observado un patrón claro y consistente: los niveles más altos de uso problemático de las redes sociales –es decir, el uso compulsivo o descontrolado de las redes sociales– se asocian con un menor bienestar.

Los adolescentes que informan de este tipo de uso tienden a experimentar más problemas psicológicos, como sentirse deprimidos, nerviosos, irritables o tener dificultades para dormir. También presentan una menor satisfacción con la vida, una medida de lo positivamente que evalúan sus vidas en su conjunto.

Este patrón se observa en todos los países de nuestro estudio, pero su intensidad varía de un país a otro. Es especialmente pronunciado en países anglo-célticos como el Reino Unido e Irlanda, mientras que es comparativamente más débil en la región del Cáucaso y el mar Negro.

El contexto socioeconómico importa

La historia no termina con la geografía. A nivel mundial, los adolescentes de entornos menos favorecidos tienden a ser más vulnerables a las consecuencias negativas del uso problemático de las redes sociales que sus compañeros de entornos más privilegiados.

Esto significa que el estatus socioeconómico –los recursos materiales y sociales de que dispone un hogar, como los ingresos y las condiciones de vida– influye activamente en los riesgos y oportunidades que experimentan los jóvenes como resultado de su actividad en internet.

Curiosamente, estas desigualdades son especialmente visibles cuando nos fijamos en la satisfacción con la vida. Las diferencias entre los grupos socioeconómicos son menores en lo que respecta a los problemas psicológicos, pero mucho más claras y consistentes en cuanto a cómo los adolescentes evalúan sus vidas en general.

Una posible razón es que este parámetro es más sensible a las comparaciones sociales. Las redes sociales exponen a los jóvenes a constantes puntos de referencia –lo que otros tienen, hacen y logran– lo que puede amplificar las diferencias en las oportunidades y los recursos percibidos.

Al mismo tiempo, estos patrones no son idénticos en todas partes. Por ejemplo, las diferencias socioeconómicas en las molestias psicológicas tienden a ser modestas en la mayoría de las regiones, incluidos países de Europa continental como Francia, Austria o Bélgica, pero se observan con mayor claridad en países anglo-célticos como Escocia y Gales.

Por el contrario, las brechas socioeconómicas en la satisfacción con la vida aparecen en la mayoría de las regiones, aunque tienden a ser más débiles en países mediterráneos como Italia, Chipre y Grecia.




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Un problema creciente

También examinamos cómo han evolucionado estos patrones a lo largo del tiempo. Entre 2018 y 2022, la relación entre el uso problemático de las redes sociales y el bajo bienestar de los adolescentes se hizo más fuerte.

Esto sugiere que los riesgos de este comportamiento pueden haberse intensificado en los últimos años, lo que posiblemente refleje el papel cada vez mayor de las tecnologías digitales en la vida cotidiana de los jóvenes, especialmente durante y después de la pandemia de covid-19.

Es importante destacar que esta intensificación ha afectado a los adolescentes de todos los grupos socioeconómicos de manera muy similar en la mayoría de las regiones. En otras palabras, aunque las desigualdades persisten, no se han acentuado durante este periodo.




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No existe una solución única para todos

Aunque los debates públicos sobre las redes sociales y la salud mental suelen tratar a los adolescentes como un único grupo demográfico, nuestros resultados muestran una realidad más compleja. El uso problemático de estas plataformas está relacionado con un menor bienestar en todos los países, pero sus efectos vienen determinados por las realidades sociales. Varían en función del lugar donde viven los jóvenes y de los recursos de que disponen.

No todos ellos experimentan el mundo digital de la misma manera, y no todos están igualmente preparados para hacer frente a sus presiones. Reconocer esto es esencial para diseñar políticas que no solo sean eficaces, sino también equitativas, garantizando que las intervenciones lleguen a aquellos adolescentes que son más vulnerables a los riesgos digitales.

The Conversation

Roger Fernández-Urbano recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno español y de la Agencia Estatal de Investigación a través de una beca Ramón y Cajal (RYC). Roger es miembro de la Sociedad Internacional para los Estudios sobre la Calidad de Vida (ISQOLS).

La participación de María Rubio-Cabañez en esta investigación contó con el apoyo del proyecto DIGINEQ (Uso del tiempo en el ámbito digital, bienestar de los adolescentes y desigualdades sociales) (n.º de acuerdo de subvención: 101089233), financiado por la beca Consolidator Grant del Consejo Europeo de Investigación.

La participación de Pablo Gracia en esta investigación contó con el apoyo del proyecto DIGINEQ (Uso del tiempo en el ámbito digital, bienestar de los adolescentes y desigualdades sociales) (n.º de acuerdo de subvención: 101089233), financiado por la beca Consolidator Grant del Consejo Europeo de Investigación.

ref. Un análisis en 43 países revela que los jóvenes de entornos desfavorecidos son más vulnerables a los riesgos de las redes sociales – https://theconversation.com/un-analisis-en-43-paises-revela-que-los-jovenes-de-entornos-desfavorecidos-son-mas-vulnerables-a-los-riesgos-de-las-redes-sociales-281951

Altas capacidades: la respuesta no es solo “dar más trabajo”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jessica Cabezas Alarcón, Dra. Educación y Sociedad. Professora Departament de Mètodes d’Investigació i Diagnòstic en Educació, Universitat de Barcelona

Hryshchyshen Serhii/Shutterstock

Cuando se habla de altas capacidades, el debate suele quedarse en dar respuesta a dos cuestiones: cómo detectarlas y por qué no siempre se traducen en buenas notas. Ambas son importantes, pero no son suficientes. Hay una pregunta que viene después: ¿qué hace la escuela cuando sabe que el estudiante necesita aprender de otra manera?

Porque, incluso cuando las altas capacidades se identifican, la respuesta educativa sigue siendo a menudo rutinaria. Se les envía más trabajo o más ejercicios del mismo tipo, como si aprender significara simplemente hacer más. Este es precisamente uno de los errores más habituales. No se trata de aumentar la carga, sino de modificar el nivel del reto.


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No más cantidad, sino más sentido

Durante mucho tiempo, parte de la respuesta escolar a este alumnado se ha movido entre dos extremos: la inacción o la sobrecarga. Pero una adaptación educativa de calidad no consiste en dar diez ejercicios donde otros hacen cinco. Eso transforma el aprendizaje en algo repetitivo y poco estimulante.




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Si un estudiante ya ha adquirido parte de los contenidos previstos, el profesorado puede reorganizar su recorrido de aprendizaje y evitar repeticiones innecesarias. Esto permite liberar tiempo escolar que no debería llenarse con más tareas del mismo tipo, sino con propuestas de enriquecimiento y ampliación curricular.

Esto significa, por ejemplo, plantear problemas abiertos, proyectos de investigación, conexiones entre disciplinas, tareas con diversas vías de resolución, análisis crítico de la información y creación de productos propios.

Javier Tourón, experto español reconocido internacionalmente en este ámbito, recuerda además que el enriquecimiento puede adoptar formas diversas: agrupamientos flexibles dentro del aula, salidas temporales para actividades específicas, aulas de recursos o programas complementarios. Siempre en función de las necesidades reales del alumnado y no como una medida uniforme para todos.




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En vez de sobrecarga, adaptación

La cuestión no es si este alumnado necesita “actividades especiales”, sino qué decisiones curriculares y metodológicas permiten que aprenda con sentido. Esto obliga a revisar varias cuestiones:

  1. Objetivos: no todos los estudiantes deben recorrer el currículum al mismo ritmo. Por ejemplo, en lengua, si el grupo trabaja la estructura de un texto narrativo, un estudiante con altas capacidades puede tener un objetivo ampliado: experimentar con distintos narradores, jugar con la estructura temporal del relato o analizar cómo cambia el sentido de un texto según el punto de vista.

  2. Tareas: una tarea cerrada y repetitiva puede servir en algunos momentos, pero no puede ser la única forma de enseñar. Este alumnado necesita desafíos intelectuales reales. Por ejemplo, en lugar de diez operaciones iguales, se le puede pedir diseñar un problema.

  3. Evaluación: resulta útil saber de antemano qué sabe un estudiante. Conviene utilizar pruebas iniciales para no obligar a repetir aprendizajes ya adquiridos y liberar tiempo para proyectos de mayor complejidad.

    Por ejemplo, en matemáticas, además del resultado final, puede evaluarse la estrategia utilizada, la capacidad de justificar el procedimiento y la comparación entre distintos caminos de resolución.

  4. Organización del aprendizaje: la buena adaptación curricular no siempre exige sacar al estudiante del aula ni construir un itinerario completamente aparte. Muchas veces puede hacerse dentro de la clase ordinaria, si el centro dispone de flexibilidad para agrupar, diversificar, enriquecer y personalizar.

    Por ejemplo, en lengua o ciencias sociales, mientras la clase desarrolla un tema común, algunos estudiantes pueden asumir un papel distinto, como buscar conexiones con otros temas, formular preguntas de nivel superior, comparar fuentes o preparar una miniexposición para el grupo.

Necesidades, no privilegios

A veces se habla de estas medidas como si fueran privilegios, pero no lo son. Son una forma de responder a una necesidad educativa concreta.

La inclusión no consiste solo en ayudar a quien tiene dificultades visibles. También implica reconocer que la diversidad adopta formas distintas y que una escuela no puede responder igual a quienes aprenden de manera diferente. Ignorar las necesidades del alumnado con altas capacidades también genera exclusión y, a largo plazo, puede provocar aburrimiento, desconexión y desmotivación.

Un diseño universal

El marco pedagógico del diseño universal para el aprendizaje resulta especialmente pertinente para el alumnado con altas capacidades, porque parte de una idea central de la educación inclusiva: no todos los estudiantes aprenden de la misma manera ni necesitan las mismas condiciones para participar, progresar y desarrollar su potencial; sería como pensar que todos utilizamos la misma talla de ropa.

El diseño universal para el aprendizaje permite precisamente eso: diversificar las formas de “compromiso”, es decir, cómo el estudiante conecta con el aprendizaje (por ejemplo, ofreciendo opciones distintas de proyectos según sus intereses o retos de distinta complejidad); de representación (por ejemplo, presentando un mismo contenido mediante texto, esquemas visuales, vídeos o explicaciones orales); y de acción y expresión (por ejemplo, permitiendo que el alumnado demuestre lo aprendido a través de una exposición oral, un texto escrito, una infografía, una maqueta o un proyecto de investigación).

Desde la perspectiva de la educación inclusiva, tal como plantean algunos autores, la cuestión no consiste en adaptar al estudiante a una enseñanza uniforme, sino en transformar el diseño educativo para reducir barreras y ampliar oportunidades de aprendizaje para todos.

Este acercamiento no solo beneficia a quienes presentan más dificultades visibles, sino también a quienes necesitan mayor reto intelectual, apertura metodológica y oportunidades de enriquecimiento para desarrollar plenamente sus capacidades.

Beneficios para toda el aula

La buena noticia es que transformar de esta manera la manera de enseñar no beneficia solo a este alumnado. Cuando una escuela deja de confundir adaptación con sobrecarga y apuesta por retos más abiertos, mejora la experiencia educativa de toda la clase.

¿Por qué, entonces, seguimos sosteniendo un modelo de enseñanza tan uniforme en aulas, si sabemos que la diversidad es la norma? Las altas capacidades nos enfrentan a esta pregunta incómoda.

Atender las altas capacidades nos obliga a diseñar mejor la experiencia en las aulas. Pero esto no resulta fácil: requiere mayor inversión en formación de todo el entorno educativo y una mirada abierta que abrace la diversidad como algo inherente al ser humano.

The Conversation

Jessica Cabezas Alarcón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Altas capacidades: la respuesta no es solo “dar más trabajo” – https://theconversation.com/altas-capacidades-la-respuesta-no-es-solo-dar-mas-trabajo-281929

Animales que no necesitan gafas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rick Visser, Profesor de Fisiología Animal, Universidad de Málaga

Primer plano de un halcón peregrino. Adriaan Westra / Pexels. , CC BY-SA

Posiblemente uno de los sentidos que más fascinación nos produzca sea el de la vista. Los fotones provenientes del exterior entran en nuestros ojos a través de la pupila y, conducidos por un sofisticado sistema de lentes, chocan con la retina, que tapiza el fondo del ojo. En ella, se localizan unas células especiales, fotorreceptoras, capaces de generar minúsculas señales eléctricas cuando son estimuladas por esos fotones.

Todas estas corrientes individuales se transmiten de unas células a otras para llevarlas hasta la corteza cerebral, que interpreta la información y genera la imagen que nosotros percibimos. Es decir, aquello que “vemos” no es necesariamente la realidad que nos rodea, sino la interpretación que hace nuestro cerebro de ella.

Sabemos cómo es la calidad de nuestra visión humana (con sus lógicas variaciones entre individuos), pero ¿cómo es comparada con la del resto de nuestros compañeros del reino animal?

Las comparaciones son odiosas

Al ser la imagen que vemos una mera interpretación, realmente no podemos saber con exactitud cómo ven el resto de los animales. En la calidad y cualidades de la imagen, influyen la disposición, estructura y fisiología de los ojos, así como la complejidad del sistema nervioso. Por tanto, solo podemos hacer suposiciones de cómo se compara la visión de un determinado animal con la nuestra, atendiendo a la sofisticación de sus ojos y de su sistema nervioso, así como a determinadas pruebas funcionales.

Además, antes de querer coronar a un animal como el que mejor visión tiene, debemos preguntarnos qué entendemos por “ver mejor”. ¿Ve mejor el que posee mejor resolución visual? ¿El que puede diferenciar mayor gama de colores? ¿El que mejor distingue objetos en la oscuridad? Todo dependerá de cuáles sean las necesidades particulares de cada uno en el entorno en el que habita.

Las rapaces, reinas de la agudeza visual

En general, las aves nos ganan a los humanos en esto de la vista. Frente a los cuatro tipos básicos de células fotorreceptoras implicadas en la visión que posee el ojo humano (los bastones, encargados de detectar solo la intensidad lumínica, y tres tipos de conos, que diferencian la información de los colores), la mayoría de las aves poseen seis tipos de células sensibles a la luz en sus retinas, incluyendo cuatro tipos de conos. Así, mientras el cerebro humano debe generar toda su gama conocida de colores a partir de la intensidad de luz roja, verde y azul que detectamos, las aves suman también la información de la luz ultravioleta.

Pero, incluso dentro de las aves, hay categorías. Las rapaces diurnas (Falconiformes) son consideradas los animales con la mayor agudeza y resolución visual. Se cree que el halcón peregrino (Falco peregrinus) puede diferenciar detalles finos de objetos distantes con el doble de precisión que los humanos. Esto es fundamental para permitirles localizar a sus presas (pequeños roedores, anfibios y reptiles) mientras sobrevuelan los campos a gran altura.

Este prodigio de la agudeza visual se basa en una serie de adaptaciones tanto estructurales como neuronales. Estas aves poseen ojos muy grandes en relación con su cuerpo, ligeramente achatados y con un cristalino muy eficaz. Además, la densidad de células fotorreceptoras en sus retinas es sensiblemente mayor que en los humanos, especialmente en la fóvea (la región de la retina con mayor agudeza visual, que corresponde con aquel punto en el que “fijamos la vista”). De hecho, al contrario que nosotros, que poseemos solo una, las rapaces diurnas poseen dos fóveas, lo que les permite seguir presas en movimiento con nitidez.

Un mundo de colores: el camarón mantis

Si nos olvidamos de la agudeza visual y nos centramos en los colores, debemos fijarnos en el camarón mantis (Haptosquilla trispinosa). Este fascinante crustáceo marino no solo es tremendamente colorido por sí mismo, sino que posee la mayor variedad de fotorreceptores sensibles al color en sus ojos compuestos (12 y, en algunas especies, hasta 16). Gracias a esta variedad de células fotorreceptoras, no solo pueden detectar la luz visible, sino también luz ultravioleta y luz polarizada.

Seguramente, un camarón mantis no pueda ver sus propios colores.
William Warby / Pexels., CC BY-SA

Ya que nuestro cerebro debe elaborar toda la gama de colores que percibimos a partir de la proporción de información recibida de nuestros tres tipos de conos, podríamos pensar que un animal que posee tal despliegue de estas células debe ser capaz de percibir una cantidad inconmensurable de colores. Sin embargo, en pruebas específicas de reconocimiento de colores, el camarón mantis no supera a los humanos. Esto evidencia que no solo es importante la estructura y composición de los ojos, sino también el procesado de la información que sea capaz de llevar a cabo el cerebro del animal.

La vida en oscuridad: depredadores nocturnos

Otros animales no se caracterizan por su gran agudeza visual, pero nos ganan con creces en condiciones de oscuridad. Los depredadores nocturnos y crepusculares, como las rapaces nocturnas (Estrigiformes) o ciertos felinos, poseen adaptaciones que les permiten ver bien en condiciones de luz escasa, a costa de perder nitidez y percepción del color.

El tapetum lucidum, la estructura que hace brillar los ojos de este gato.
Wikimedia Commons., CC BY-SA

Para ello, suelen presentar ojos grandes en proporción a su cuerpo, pupilas con gran capacidad de dilatación y un aumento significativo de fotorreceptores tipo bastón frente a los de tipo cono.

Además, bastantes animales nocturnos han desarrollado una estructura reflectante, llamada tapetum lucidum, detrás de la retina. Esta permite que los fotones que hayan conseguido atravesar la retina sin incidir sobre ningún fotorreceptor reboten y tengan una segunda oportunidad de alcanzar a uno, esta vez desde el fondo del ojo. Parte de estos fotones rebotados podrán volver a salir por la pupila y son la razón de que, en la oscuridad, los ojos de estos animales parezcan irradiar luz –provocando más de un susto a algún caminante nocturno desprevenido–.

¿Quién ve mejor?

Hay muchos otros ejemplos de animales que, por adaptación a sus hábitats y modos de vida, poseen características únicas de visión. Esta enorme diversidad, junto al hecho de que no podemos saber nunca a ciencia cierta qué o cómo ven los animales, implica que es imposible establecer un ranking absoluto. Eso sí, la próxima vez que mire a un animal, recuerde: puede que él le vea mejor.

The Conversation

Rick Visser no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Animales que no necesitan gafas – https://theconversation.com/animales-que-no-necesitan-gafas-280941

Teledetección y satélites para convertir a los estudiantes en científicos y activistas por el suelo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Armando Martínez Echeverría, Formación académica que incluye la Licenciatura en Geografía y Ordenamiento, Ambiental, por la Universidad de Guadalajara, y la Maestría y Doctorado en Innovación Educativa por Centro Educativo Valles Virtual. Además de Diplomados., Universidad de Guadalajara

Imagen satelital de incendios en México tomada en febrero de 2024. BEST-BACKGROUNDS/Shutterstock

Para entender la importancia del suelo, es necesario reconocerlo como un ecosistema complejo. La densidad biológica es tan alta que una sola cucharada de tierra superaría en población a la humanidad entera. Este sistema se compone de microfauna, bacterias y hongos, capaces de generar materia orgánica que regula el clima y facilita la filtración de agua hacia los mantos acuíferos.

Trasladar esta realidad a la enseñanza no consiste en imponerla con argumentos académicos. Gracias a los Sistemas de Información Geográfica (SIG), los estudiantes pueden observar imágenes y, después, analizar los cambios en el uso del suelo en periodos de tiempo determinados.

Si además integramos la teledetección mediante sistemas satelitales en el aula, hacemos del aprendizaje en un proceso científico. Este convierte al alumno en protagonista del monitoreo de su propio territorio y en un agente crítico sobre lo que le sucede a ese suelo como fuente de vida.

Auge de los invernaderos: el caso de Zapotlán el Grande

Un ejemplo de ello lo encontramos en el proyecto docente desarrollado en torno al municipio de Zapotlán el Grande, en Jalisco (México). Las investigaciones han documentado un crecimiento exponencial de los invernaderos en el suelo agrícola de esta localidad en los últimos 25 años. Esta modalidad de explotación ejerce gran presión sobre el suelo, transformando zonas de vocación agrícola temporal en cultivos de precisión con rendimientos cada vez menores a medida que los suelos pierden su fertilidad original.

Mediante la integración de imágenes satelitales y análisis de los SIG en el aula, los estudiantes no solo constatan por sí mismos este cambio en el uso del suelo y su impacto sobre la fertilidad, sino que también descubren y reflexionan sobre cuestiones relacionadas con el cambio climático.

La verdadera innovación pedagógica en el caso de Zapotlán el Grande no tiene que ver únicamente con utilizar las imágenes de los satélites de última generación: integrar la teledetección en el aula significa dejar que la ciencia sea una actividad exclusiva de laboratorios lejanos y convertirla en una herramienta ciudadana. Al analizar la reflectancia de los plásticos de los invernaderos frente a la textura rugosa de los bosques nativos, el estudiante de secundaria es consciente del cambio climático y, además, lo documenta.

Incidencia educativa y políticas públicas

A menudo caminamos por la ciudad, el parque o el campo sin notar que bajo nuestros pies está uno los recursos naturales más importantes. El suelo, más que un elemento común de nuestros ecosistemas, constituye un componente ambiental muy valioso, pero a menudo olvidado en las políticas públicas y en las agendas educativas.

Se trata del soporte fundamental para la vida y del sustento para las actividades económicas primarias. Posicionar al suelo como el eje transversal que conecte diversas disciplinas dentro de la educación ambiental, responde a la necesidad de promover el aprendizaje significativo en las escuelas. Una vía para que los estudiantes puedan contrastar los datos con la realidad palpable de su propio territorio.

En el contexto actual, el suelo se ha convertido en el aliado perfecto para contrarrestar el cambio climático. Se trata del elemento que más carbono absorbe y retiene, solo comparable al papel que juegan en este mismo sentido los océanos. Tener un suelo sano, rico en materia orgánica, garantiza que el desastre natural que enfrentamos a nivel global pueda solucionarse.

No obstante, el tiempo no está de nuestro lado, en la escala de vida humana, al tratarse de un recurso no renovable. Se necesita de aproximadamente un milenio para formar apenas un centímetro de tierra fértil. Lo que la naturaleza toma siglos para crear, el ser humano lo desaparece en poco tiempo con la deforestación, las malas prácticas agrícolas, los incendios intencionados y la expansión de la mancha urbana.

Cabe recordar que el 95 % de la producción alimentaria mundial depende directamente del suelo. Ignorar su importancia por la ambición de mayores rendimientos por hectárea terminará sobreexplotándolo y comprometerá el futuro de nuestro medio ambiente, la agricultura y la vida humana.

Mapas y satélites: ojos científicos en el aula

¿Cómo podemos monitorear estos cambios que ocurren en nuestra vida sin darnos cuenta y, en las últimas décadas, de manera acelerada? La respuesta está en la tecnología. La mencionada teledetección permite obtener información a distancia sobre objetos o escenarios sin estar en contacto con ellos y sus aplicaciones resultan fundamentales para los estudios sobre el medio ambiente.

Un ejemplo al alcance de casi todos lo ofrece Google a través de sus plataformas Google Earth Engine o Google Maps. Estas utilizan imágenes de teledetección provenientes principalmente de satélites como Landsat 7 y 8 (NASA), así como satélites Sentinel (ESA/Copernicus). También entran en juego algoritmos avanzados para mejorar la definición, eliminar nubes, corregir colores y generar mosaicos visuales.

A través de estas herramientas y de los Sistemas de Información Geográfica (SIG), los estudiantes pueden observar imágenes y, después, analizar los cambios en el uso del suelo en periodos de tiempo determinados. Esto permite detectar detalles invisibles a la vista del ser humano y valorar procesos complejos, sin distinguir fronteras administrativas.

Además, los SIG facilitan la detección de incendios forestales, permitiendo conocer mejor la superficie afectada, ayudan a interpretar la sequía de los cuerpos de agua y permiten observar el crecimiento de la mancha urbana.

Metodologías activas

El docente deja de ser un simple transmisor de información para convertirse en un mediador que guía al alumno a transformar su entorno con base en datos técnicos. Si este proceso se acompaña con metodologías activas, tales como el aula invertida, la modalidad DUA (Diseño Universal de Aprendizaje), la transmisión de conocimiento a partir de problemas y la ludificación, entre otras, tendremos alumnos-ciudadanos que no sólo habitan su espacio, sino que se vuelven críticos ante lo que sucede con el suelo.

La vigilancia satelital, aplicada con una ética de la tierra, asegura que la protección de nuestros suelos no sea una idea abstracta, sino una decisión informada para preservar la vida en todas sus escalas.

The Conversation

Luis Armando Martínez Echeverría no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Teledetección y satélites para convertir a los estudiantes en científicos y activistas por el suelo – https://theconversation.com/teledeteccion-y-satelites-para-convertir-a-los-estudiantes-en-cientificos-y-activistas-por-el-suelo-276883

Que Europa prohíba destruir la ropa que no se vende no es suficiente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Vela Micoulaud, Profesor e investigador, Universidad de Deusto

Cuando una prenda no se vende solemos imaginar que acaba rebajada, en un outlet o, con suerte, donada. Cuesta pensar que ropa nueva, ya fabricada, transportada y almacenada, pueda terminar destruida sin haberse usado nunca. Sin embargo, esa destrucción existe y, precisamente por eso, la Comisión Europea ha concretado las reglas que aplicarán a partir del 19 de julio de 2026 a las grandes empresas.

Según la propia Comisión, la prohibición afectará a prendas de vestir, complementos de ropa y calzado, con excepciones justificadas en determinados casos(por cuestiones de seguridad, productos dañados que no puedan ser reparados, falsificaciones, entre otros).

Desperdicio textil

La reacción intuitiva es pensar que Europa cierra así una de las prácticas más absurdas del sector. Y hay razones para creerlo. La Comisión estima que cada año se destruye en Europa entre el 4 y el 9 % de los textiles nuevos no vendidos, con unas emisiones asociadas de alrededor de 5,6 millones de toneladas de CO₂.

Si ya se han consumido materiales, energía, agua y trabajo para fabricar una prenda, destruirla resulta difícil de defender. Pero conviene no quedarse en esa primera impresión. La prohibición corrige una práctica llamativa, incluso escandalosa, pero no elimina por sí sola el problema que la causa. Porque la cuestión de fondo no es qué hacemos con la ropa que sobra al final del proceso sino por qué el sistema produce tal volumen de sobrantes.




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Hablemos de los residuos que genera la industria textil


Una prenda que nadie compra no siempre termina encontrando salida

Aquí es donde la nueva regulación resulta útil, y también donde conviene no exagerar su alcance. La norma no prohíbe “tirar ropa” en general, ni hace desaparecer de golpe todos los excedentes. Lo que hace es impedir la destrucción de determinados bienes no vendidos y obligar a las empresas afectadas a tomarse más en serio su gestión del stock.

La Comisión distingue entre dos obligaciones: la de informar y la de no destruir. Las grandes empresas ya deben informar sobre los productos no vendidos que desechan. Pero desde el 19 de julio de 2026 no podrán, además, destruir ropa, complementos y calzado no vendidos. En el caso de las empresas medianas, ambas exigencias se aplicarán a partir de 2030.

En busca de productos más duraderos, reparables y reciclables

Esta prohibición encaja en una agenda europea más amplia. La Estrategia de laUE para los textiles sostenibles y circulares no se limita a gestionar mejor el residuo: plantea que los productos textiles sean más duraderos, reparables y reciclables, y que la fast fashion deje de marcar el ritmo del sector. Esa perspectiva importa porque desplaza el foco desde el final de la cadena hacia el diseño del producto y el modelo de negocio.

En esa misma lógica se sitúa la revisión de la Directiva marco de residuos, ya en vigor, que introduce regímenes armonizados de responsabilidad ampliada del productor para los textiles. La idea es sencilla: que el coste del final de vida no recaiga solo en municipios y gestores de residuos, sino también en quienes ponen esas prendas en el mercado.

Reinventarse antes que destruir

Esta normativa puede tener efectos positivos reales. Si destruir deja de ser una salida fácil, las empresas tendrán más incentivos para liquidar antes, redistribuir, reacondicionar, revender o donar los productos que no se vendan en sus mercados tradicionales.

La medida no es simbólica: cambia el cálculo empresarial sobre qué hacer con el excedente. También introduce más transparencia sobre una parte poco visible del negocio textil. Pero sería un error presentar esta prohibición como si bastara por sí sola para corregir el problema ambiental de la moda.

Los datos europeos apuntan a una escala mucho mayor. En 2022, cada persona en la UE consumió, de media, 19 kilos de ropa, calzado y textiles personales y del hogar (en 2019 fueron 17 kilos). Ese mismo año, la UE generó 6,94 millones de toneladas de residuos textiles, equivalentes a unos 16 kilos por persona. Esa diferencia dice bastante.

El problema, más que destruir excedentes, es producirlos

Si el consumo medio se sitúa en 19 kilos por persona y el residuo en 16 kilos, el problema no puede reducirse a unas cuantas empresas destruyendo stock al final de la cadena. La Agencia Europea de Medio Ambiente añade otro dato: en 2022, la UE solo recogió separadamente una parte menor de esos residuos. Una fracción importante siguió yendo mezclada con otros residuos, lo que dificulta mucho su reutilización o reciclaje.

El atasco no está solo en cuánto residuo se genera, sino en cuánto se logra recuperar bien. La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que, ese mismo año, la tasa media de recogida separada de textiles y calzado domésticos en la UE fue inferior al 15 %. Es decir, incluso antes de discutir qué hacer con el excedente, Europa sigue teniendo un problema básico de captación, clasificación y tratamiento.

En otras palabras, impedir la destrucción de excedentes puede mejorar una parte del sistema, pero sin cambiar necesariamente su lógica profunda. Una empresa puede dejar de destruir prendas y seguir produciendo demasiado. Puede desplazar el excedente a descuentos permanentes, a canales opacos de liquidación o a circuitos exteriores de ropa usada. Ahí aparece otra pieza incómoda del problema. En 2023, la UE exportó alrededor de 1,37 millones de toneladas de textiles usados, sobre todo hacia África y Asia, y la Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que el destino real de esos flujos no siempre está claro.

Medio camino recorrido

Esta prohibición debería leerse como una corrección necesaria, pero parcial. Necesaria porque pone límites a una práctica difícil de justificar. Parcial porque la sostenibilidad del textil no depende solo de impedir la destrucción de lo que sobra, sino de reducir el volumen de lo que se produce sin necesidad.

Dicho de forma simple: la industria de la moda será más sostenible no solo cuando destruya menos, sino cuando necesite generar menos excedentes. La nueva norma europea es un paso sensato. Pero la prueba de fuego no será cuánta ropa deja de destruirse, sino si se logrará reducir la sobreproducción que hace posible ese sobrante desde el principio.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Gabriel Vela Micoulaud no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Que Europa prohíba destruir la ropa que no se vende no es suficiente – https://theconversation.com/que-europa-prohiba-destruir-la-ropa-que-no-se-vende-no-es-suficiente-278170

¿Qué son los hantavirus y qué peligro representan?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología, Universidad de Salamanca

CI Photos/shutterstock

El 2 de mayo de 2026, la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó sobre un grupo de personas con enfermedad respiratoria grave a bordo del crucero MV Hondius. El barco transportaba 147 pasajeros y tripulantes. El 4 de mayo de 2026, se habían identificado siete casos de hantavirus (dos confirmados por laboratorio y cinco sospechosos), incluyendo tres fallecimientos, un paciente en estado crítico y tres personas con síntomas leves.

MV Hondius navegaba desde el hemisferio sur hacia el norte para comenzar la temporada ártica, tras finalizar la temporada en la Antártida. Después de partir de Ushuaia, en Argentina, hizo escala en la isla de Santa Elena antes de poner rumbo al destino final previsto: el norte de Europa. El principal sospechoso de haber causado el brote es el hantavirus Andes.

Doscientos mil afectados cada año

Los hantavirus pertenecen al género Orthohantavirus, a la familia Hantaviridae y al orden Bunyavirales, y representan una amenaza significativa y emergente para la salud pública mundial, que afecta a más de 200 000 personas en todo el mundo cada año.

Son virus zoonóticos con una distribución casi global que causan dos enfermedades graves en humanos: la fiebre hemorrágica con síndrome renal (FHSR), en Europa y en Asia, y el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPHC), también llamado síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), en América. Los roedores son los principales hospedadores naturales de los hantavirus causantes de la FHSR y el SPH, aunque se ha demostrado que los murciélagos, los topos, las musarañas, los reptiles y los peces también pueden ser portadores.

Las manifestaciones clínicas de la enfermedad varían según la distribución geográfica. En Asia, el virus Hantaan y el virus de Seúl (SEOV) infectan principalmente el riñón humano y causan fiebre hemorrágica con síndrome renal (HFRS). Uno de los principales puntos críticos de HFRS es la populosa provincia china central de Shaanxi.

En América del Norte, el virus Andes (ANDV) y el virus Sin Nombre (SNV) atacan los pulmones y causan el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (HCPS) o el síndrome pulmonar por hantavirus (HPS).

En Europa, el virus Puumala (PUUV) y el virus Dobrava-Belgarde (DOBV) causan una forma más leve de HFRS, denominada nefropatía epidémica. En este continente, la mayoría de los casos (>90 %) se concentran en Finlandia, Alemania, Suecia, Francia y Croacia.

Partículas virales en la orina y las heces

No hay suficientes datos sobre cuánto tiempo son viables los hantavirus en el medio ambiente. Algunas investigaciones han demostrado que el virus Puumala, que provoca una afección renal con una mortalidad asociada del 1 % y que es la causa más común de infecciones por hantavirus en Europa, es capaz de permanecer infeccioso hasta quince días en la cama de topillos rojos (Myodes glareolus), un animal que actúa como reservorio para el virus. También puede seguir siendo viable a temperatura ambiente después de cinco días en un entorno húmedo y de veinticuatro horas en un ámbito seco.

Al parecer, los hospedadores naturales de los hantavirus presentan una infección persistente con escaso efecto biológico. La transmisión a los humanos ocurre principalmente por inhalación de partículas virales aerosolizadas presentes en la orina, las heces y la saliva de roedores infectados, a menudo durante la limpieza de áreas cerradas e infestadas. Y en raras ocasiones, también por mordeduras de los animales.

La probabilidad de contagio de persona a persona es baja, pero no imposible, y con algunos hantavirus puede ocurrir en casos de contacto muy estrecho y directo con una persona sintomática. De hecho, ha sido notificada una transmisión limitada de persona a persona en brotes anteriores del virus Andes.

No existe cura para las enfermedades por hantavirus

Los primeros síntomas incluyen fatiga, fiebre y dolores musculares, y las manifestaciones graves pueden comenzar entre 1 y 8 semanas después de la exposición. La principal pauta de prevención es evitar el contacto con roedores.

No existe una cura específica: el tratamiento es sintomático. Para el síndrome pulmonar, oxígeno, fármacos para estabilizar la presión arterial y, en ocasiones, el uso de respiradores mecánicos. Para el síndrome de fiebre hemorrágica renal, diálisis y el medicamento antivírico ribavirina.

Dado que no existe un tratamiento específico para la infección por hantavirus y el síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), la detección precoz y los cuidados de apoyo tempranos son fundamentales. El manejo de los síntomas, como la administración de líquidos, la intubación, la ventilación, la monitorización y el soporte cardíaco, son las únicas maneras de controlar la progresión grave de la enfermedad. Sin la atención adecuada, la muerte suele producirse dentro de las 24 a 48 horas posteriores a la afectación del sistema cardiopulmonar.

La mayoría de los casos de síndrome pulmonar por hantavirus son causados por los hantavirus Sin Nombre, Andes y Choclo. Pero también existe constancia de casos provocados por el virus de Black Creek Canal, el virus Muleshoe y el virus Bayou en el sudeste de los Estados Unidos y México; el virus de Nueva York, una variante del virus Sin Nombre, en la costa este de los Estados Unidos; el virus Convict Creek y el virus Isla Vista en la costa oeste; y los virus Laguna Negra, Lechiguanas, Orán, Plata Central, Buenos Aires, Río Mearim, Juquitiba, Ape Aime Itapua, Araucaria, Jabora, Neembucu, Anajatuba, Castelo dos Sonhos, Maripo y hantavirus Bermejo en Sudamérica.

Tres mil soldados misteriosamente enfermos

El primer brote documentado de fiebre hemorrágica con síndrome renal (FHSR) ocurrió durante la Guerra de Corea, en 1951. Afectó a más de 3 000 soldados de las tropas desplegadas por la ONU. A pesar de una intensa investigación, el agente etiológico de esta enfermedad continuó siendo un misterio durante veintiocho años, hasta que el prototipo del hantavirus, el virus Hantaan –cuyo nombre deriva del río Hantaan, en Corea del Sur– fue aislado en 1978 del ratón de campo rayado (Apodemus agrarius).

Antes de la década de 1990 existía la creencia de que los hantavirus estaban restringidos a Asia y a Europa, pero la aparición, en 1993, de un brote infeccioso inusual en los Estados Unidos cambió esta percepción.

En la actualidad, el riesgo para España es muy bajo, pero, aun así, es necesario vigilar los hantavirus debido a su alta tasa de mortalidad. La vigilancia permite la detección temprana, el control de los roedores y la concienciación pública para prevenir la transmisión, ya que no existe tratamiento ni una vacuna específica.

The Conversation

Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué son los hantavirus y qué peligro representan? – https://theconversation.com/que-son-los-hantavirus-y-que-peligro-representan-282186

Atrapados en el mar: ¿cómo se contiene un brote de hantavirus en un barco?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Franco Serrano, Profesor de Ciencias de la Salud, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Strikernia / Shutterstock

La actual alerta sanitaria generada por el brote de hantavirus a bordo de una embarcación nos sitúa ante un escenario epidemiológico tan inusual como complejo.

A diferencia de otros patógenos, el hantavirus es una enfermedad zoonótica que se transmite principalmente a través de la inhalación de aerosoles procedentes de excrementos, orina o saliva de roedores infectados.

La transmisión de persona a persona es extremadamente rara (limitada casi exclusivamente a algunas cepas sudamericanas como el virus Andes). Por lo tanto, el problema principal en un barco no es solo el contacto entre los pasajeros o la tripulación, sino la exposición a un entorno cerrado donde el vector (normalmente ratas o ratones y sus deposiciones) podría estar conviviendo de manera invisible con los humanos en un espacio donde el aire circula de forma interna.

Aislamiento y cuarentena no son lo mismo

Ante una crisis así, las primeras medidas dictadas por las autoridades sanitarias suelen ser el aislamiento y la cuarentena. Aunque a menudo se utilizan como sinónimos en el lenguaje coloquial, en epidemiología responden a estrategias diferentes, y aplicarlas correctamente en un barco es fundamental.

El aislamiento se aplica exclusivamente a las personas que ya presentan síntomas o han dado positivo en la enfermedad. El objetivo es separar a los enfermos del resto de la tripulación para proporcionarles atención médica segura y evitar que cualquier fluido o vía de contagio llegue a personas sanas.

Por otro lado, la cuarentena se aplica a personas aparentemente sanas, pero que han estado expuestas al mismo entorno de riesgo (por ejemplo, que dormían en la misma cabina o trabajaban en la misma bodega donde ha habido contagios). A estas personas se les restringe el movimiento durante el período de incubación del virus para monitorizar si desarrollan síntomas.

Cómo se controla la infección en un barco

Aplicar estos dos conceptos en tierra firme es relativamente sencillo; hacerlo en un barco es un auténtico reto. Un barco funciona como un ecosistema cerrado. Para sectorizarlo, es necesario establecer un sistema de “zonas limpias” y “zonas sucias”.

El mayor desafío es la ventilación. Como el hantavirus se transmite por partículas suspendidas en el aire (cuando se levanta polvo contaminado por roedores), es vital asegurarse de que los sistemas de climatización y ventilación de las zonas de aislamiento y de las zonas de riesgo no recirculen el aire hacia las áreas seguras. Esto, a menudo, implica apagar determinados sistemas de ventilación compartida, utilizar filtros HEPA si la embarcación dispone de ellos, y confinar a los tripulantes en sus cabinas minimizando el tránsito por pasillos y zonas comunes.

Además de la ventilación, otro quebradero de cabeza operativo es la gestión de residuos y suministros. En alta mar, los residuos biológicos o los materiales posiblemente contaminados (como toallas, sábanas o las bandejas de comida de los tripulantes en cuarentena) no pueden almacenarse de cualquier manera ni arrojarse por la borda. Requieren un protocolo de doble bolsa sellada y almacenamiento en zonas aisladas hasta su correcta incineración o tratamiento al llegar a puerto.

Paralelamente, establecer circuitos de “contacto cero” para hacer llegar agua y alimentos a la tripulación confinada en las cabinas es vital para evitar la contaminación cruzada.

Cortar la vía de transmisión: el aislamiento del vector

Dado que el hantavirus se propaga del entorno animal a los humanos y no de persona a persona, restringir los movimientos de la tripulación resuelve solo una parte de la ecuación. La cuarentena humana no es suficiente; es necesario actuar sobre el vector que la provoca, las ratas, que siguen libres por la embarcación y los elementos que han contaminado.

El verdadero reto logístico a bordo es la desratización y la desinfección. Este proceso debe ser extremadamente riguroso. La norma de oro con el hantavirus es no barrer ni aspirar nunca en seco, ya que eso levantaría polvo cargado de partículas virales y facilitaría su inhalación.

Toda limpieza de bodegas, cocinas o espacios de carga sospechosos debe realizarse con métodos húmedos, rociando las superficies con soluciones de lejía u otros desinfectantes antes de limpiarlas. El personal encargado de esta tarea debe ir equipado con Equipos de Protección Individual (EPI) de alta seguridad, incluyendo mascarillas con filtros para partículas (tipo FFP3), gafas estancas y guantes. Sin esta desinfección ambiental intensiva, el barco sigue siendo infeccioso.

La urgencia de estas medidas radica en la resistencia del propio patógeno. El hantavirus puede sobrevivir a temperatura ambiente en entornos cerrados durante varios días.

Además, la estrategia de desratización a bordo requiere precisión: a menudo se priorizan las trampas físicas frente a los cebos envenenados. El motivo es puramente preventivo: si un roedor ingiere veneno y muere en un conducto de ventilación o un espacio inaccesible, su cuerpo seguirá siendo un foco de liberación de partículas virales a medida que se descomponga y empeorará gravemente la situación.

El Reglamento Sanitario Internacional en un mundo globalizado

La llegada a puerto en estas condiciones está estrictamente regulada por el Reglamento Sanitario Internacional de la OMS. Este marco establece cómo deben coordinarse los puertos para autorizar un atraque seguro y atender a la tripulación sin poner en riesgo a la población local. Las autoridades de Sanidad Exterior solo darán permiso para interactuar con el puerto cuando el barco sea declarado oficialmente libre del patógeno y del vector.

Casos como este nos recuerdan una lección fundamental: en un mundo hiperconectado, el comercio marítimo y la movilidad no solo transportan bienes y personas, sino también vectores climáticos y enfermedades zoonóticas. La prevención, el control estricto de plagas en el transporte de mercancías y la preparación epidemiológica de los puertos no son simples trámites burocráticos, sino la primera y más importante línea de defensa de la salud pública global.

La paradoja de esta crisis es que no es necesario aislar a las personas para proteger el entorno, sino desinfectar el entorno para proteger a las personas, ya que es el barco el que resulta infeccioso, y no su tripulación.

The Conversation

Luis Franco Serrano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Atrapados en el mar: ¿cómo se contiene un brote de hantavirus en un barco? – https://theconversation.com/atrapados-en-el-mar-como-se-contiene-un-brote-de-hantavirus-en-un-barco-282203

Met Gala 2026: cuando la moda quiso ser arte y acabo convirtiéndose en ‘ir de guapa’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Madonna a su llegada a la Met Gala 2026 con un traje inspirado en el cuadro _La tentación de san Antonio_ de Leonora Carrington. The MET

Se esperaba mucho de la Met Gala 2026, no tanto por su capacidad de generar imágenes –que es, en última instancia, lo que siempre ha hecho bien–, como por la ambición conceptual que planteaba. Bajo la temática “Costume Art” y el código de vestimenta “Fashion is Art”, la gala no reabría tanto el debate sobre si la moda puede ser arte –cuestión ampliamente transitada–, como sobre en qué condiciones seguimos siendo capaces de reconocerla como tal.

No era, por tanto, una cuestión de estética superficial, sino de interpretación cultural. La propuesta implicaba trabajar con referencias pictóricas, escultóricas o cinematográficas, pero también con ideas más complejas: el cuerpo como soporte simbólico, el paso del tiempo o la relación entre materia y significado.

Como señalaba Andrew Bolton, conservador jefe del Centro de Vestuario Anna Wintour en el Museo Metropolitano de Arte, la intención no era eliminar el cuerpo para elevar la moda a arte, sino devolverlo al centro de la conversación, como condición misma de sentido. No se trataba de parecer arte, sino de operar desde sus lógicas.

La pregunta, en el fondo, no interpelaba tanto a quienes vestían como a quienes miran. Porque si la moda funciona como lenguaje, su sentido no se agota en lo que se produce, sino en la capacidad de ser leído. El sociólogo francés Roland Barthes ya lo planteaba: el vestido no es solo un objeto, sino un sistema de signos. La moda no solo se ve, se descifra.

Y ahí es donde esta edición ha resultado especialmente reveladora. No tanto por lo que ocurrió en la escalinata del MET, sino por la forma en que esa escena ha sido recibida: reducida, simplificada o consumida sin apenas mediación interpretativa.

La moda como lenguaje en una cultura que ya no la lee

La sociología de la moda lleva décadas recordando que su aparente superficialidad es una ilusión. El alemán Georg Simmel entendía la moda como un equilibrio entre imitación y diferenciación. El francés Pierre Bourdieu añadió que su comprensión depende del capital cultural: no basta con tener gusto, hay que saber reconocer códigos, identificar referencias y situar los objetos dentro de un campo de sentido.

Desde esta perspectiva, un vestido nunca es solo un vestido. Es una posición, una cita, una toma de partido simbólica dentro de un campo cultural. Comprenderlo exige tiempo, atención y una cierta familiaridad con el archivo que lo sostiene.

Sin embargo, buena parte de la conversación posterior a la gala se ha movido en otro registro: “qué bonito”, “qué feo”, “yo eso no me lo pondría”. Lo significativo no es tanto la existencia de esta reacción –esperable– como su generalización, incluso entre perfiles que se presentan como expertos.

Evaluar la Met Gala como si se tratara de elegir un vestido para una boda no es un error puntual, sino un síntoma. Refleja una cultura que ha desplazado la moda desde el terreno del significado hacia la experiencia inmediata, desde la lectura hacia la reacción.

Un tema que exigía interpretación

Costume Art” no era un tema fácil, pero sí especialmente exigente. No invitaba a disfrazarse de arte, sino a trabajar desde sus lógicas: a entender el cuerpo como superficie de inscripción simbólica, como un lienzo donde se proyectan códigos, referencias y relatos.

Algunas propuestas supieron sostener esa complejidad. Hunter Schafer trasladó al cuerpo el retrato de Mäda Primavesi de Gustav Klimt. Sin esa referencia, el gesto se percibe simplemente como un vestido extraño o poco favorecedor. Ahí es donde se ve con claridad la distancia entre lo que la moda propone y lo que la mirada alcanza a interpretar.

Sabrina Carpenter articuló su look en torno al imaginario cinematográfico de Sabrina, incorporando tiras de película como material y conectando la moda con el cine como archivo cultural. Heidi Klum encarnó la escultura Veiled Vestal de Raffaelle Monti, trasladando al cuerpo esa cualidad marmórea y velada.

En una línea más híbrida, Madonna recurrió al imaginario de la pintora surrealista Leonora Carrington, construyendo una presencia más cercana a lo performativo que a lo literal. Pero, de nuevo, sin esa referencia el gesto podía quedar reducido a lo excéntrico.

Junto a estas propuestas, aparecieron códigos históricos recurrentes –corsés estructurados, corpiños esculpidos, siluetas heredadas– que activaban el archivo del vestido. Había, por tanto, referencias, densidad y posibilidades de lectura. Sin embargo, junto a estas interpretaciones se impuso otra lógica más dominante: la de resolver la temática desde la estética, desde lo reconocible y desde aquello que funciona en imagen.

‘Ir de guapa’ en la era del algoritmo

Muchos de los looks respondían a un criterio cada vez más evidente: no tanto interpretar la temática como resultar visualmente eficaces. Siluetas favorecedoras, decisiones seguras, vestidos pensados para gustar y circular más que para ser leídos.

Este desplazamiento no puede entenderse al margen del ecosistema en el que hoy circula la moda. La Met Gala se ha convertido en un dispositivo global de producción de imágenes. Cada look nace ya pensado para su reproducción, para su circulación, para su consumo acelerado.

La imagen ya no se contempla, se desliza. Y en ese deslizamiento, el algoritmo premia lo inmediato, lo reconocible, lo que no necesita explicación. La complejidad exige tiempo, y el tiempo se ha convertido en un recurso escaso. Aquí la intuición del filósofo francés Guy Debord se vuelve casi literal: el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una forma de relación social mediada por ellas.

“Ir de guapa” deja así de ser una elección estética para convertirse en una forma de resolución, coherente con las reglas del sistema.

Estética, poder y legitimación

A este desplazamiento se suma otra dimensión: la relación entre moda, poder y legitimación. La presencia como patronos del dueño de Amazon, Jeff Bezos, y su esposa, Lauren Sánchez, no introduce un fenómeno nuevo –el mecenazgo ha existido siempre–, pero sí una transformación en su visibilidad y en su lectura política.

En un contexto de polarización, estas presencias se interpretan como algo más que apoyo económico. La cercanía a determinadas figuras –incluidas las vinculadas a Donald Trump– desplaza la lectura desde lo estético hacia lo estructural.

En este sentido, la estética funciona como vehículo del poder. Como plantea el filósofo Byung-Chul Han, la cultura contemporánea integra incluso el conflicto dentro de la lógica de la imagen, suavizándolo y haciéndolo consumible. La Met Gala no solo refleja estas dinámicas; también contribuye a producirlas.

Una gala que funciona como síntoma

Desde esta perspectiva, la Met Gala 2026 resulta interesante no tanto por lo que fue, sino por lo que revela. En un momento en el que la moda se proponía como lenguaje, su recepción la ha devuelto a una lógica inmediata: la de algo que gusta o no gusta, que favorece o no favorece. No es que la moda haya dejado de producir significado sino que cada vez se le exige menos.

Porque si la moda es arte –y todo en esta gala parecía querer afirmarlo–, también implica debate, interpretación y criterio. En una cultura que ha dejado de leer e interpretar, la cuestión ya no es solo qué se crea, sino qué somos capaces de ver.

Y entonces, la pregunta deja de ser si la moda es arte para convertirse en otra más incómoda: ¿seguimos siendo capaces de reconocerla como tal?

The Conversation

Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Met Gala 2026: cuando la moda quiso ser arte y acabo convirtiéndose en ‘ir de guapa’ – https://theconversation.com/met-gala-2026-cuando-la-moda-quiso-ser-arte-y-acabo-convirtiendose-en-ir-de-guapa-282166