Los seres humanos de cada época histórica se han enfrentado a retos impulsados por la idea de conseguir una mejor vida. Nosotros ahora no somos la excepción. Hoy en el escenario de las preocupaciones sociales están, como actores protagónicos, los nuevos avances tecnológicos, el cambio climático, la guerra, la inmigración, etc. Sin embargo hay, tras bambalinas, un problema que podría ser la clave para iluminar la escena social y en ello, quizás, encontrar una solución.
El mundo actual se debate entre intereses particulares. Hay naciones que se enriquecen tras la opresión de otras, economías que se dinamizan gracias a la muerte de muchos seres humanos en guerra y desprecio por la vida humana, como si nacer en determinado país fuera un sino de dolor ante el privilegio de unos pocos.
En este sentido, el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau se convierte en un referente obligado para pensarnos de otra manera y poder dirigir nuestra fuerza vital a ello. Rousseau considera que lo más importante para estructurar un contrato social es la voluntad general. Esta no debe entenderse como la sumatoria del arbitrio de cada individuo, sino como la búsqueda de un bien común como un deber de la vida en sociedad. Es un principio constitutivo de la sociedad.
“las usurpaciones de los ricos, los bandidajes de los pobres y las pasiones desenfrenadas de todos ahogaron la piedad natural y la voz todavía débil de la justicia, e hicieron a los hombres avaros, ambiciosos y malvados”.
Rousseau buscó entonces al ser humano en la naturaleza, no para regresar a una vida en las montañas fuera de las ciudades, sino para conocer su origen y poder mejorar su realidad actual, ya que el transcurrir de la historia y las sociedades había ocultado su verdadero rostro. De ahí su hermosa metáfora en el prefacio del Discurso en la que plantea que el alma humana, al igual que la estatua de Glauco, se ha desfigurado con el paso del tiempo.
Ahora bien, ¿cuál es el verdadero rostro del ser humano? Si bien son muchas las características que se pueden citar, sería pertinente hablar de la piedad y el amor a sí mismo. En ellas reside el cultivo de un ciudadano y una sociedad que busca el bien común:
“parece pues indudable que la piedad es un sentimiento natural que, al moderar en cada individuo la actividad del amor a sí mismo, contribuye a la conservación mutua de toda la especie. Ella es la que nos hace acudir sin reflexión en auxilio de aquellos a quienes vemos sufrir; la que, en el estado de naturaleza, suple a las leyes, a las costumbres y a la virtud, con la ventaja de que nadie se siente incitado a desobedecer su dulce voz”.
Valorar la individualidad para valorar la sociedad
Cabe aclarar que el mismo Rousseau diferenció el amor propio del amor a uno mismo. El segundo es un sentimiento natural que “guiado por la razón y modificado por la piedad determina la humanidad y la virtud” y busca conservar la vida. Sin embargo, el primero es el sentimiento originado en sociedad “que mueve a cada individuo a hacer más caso de sí que de cualquier otro”.
Respecto a esto, ¿no sería urgente pensar, pues, en un mundo donde la base de la ley sea la piedad cuya máxima reza “procura tu bien con el menor mal posible para tu prójimo” para poder dejar atrás las leyes que son solo el reflejo del amor propio como manifestación de los intereses particulares?
En la búsqueda de la respuesta es donde reside el bien común, mientras se trabaje por una sociedad civil con base en una voluntad general que no desconozca la libertad de cada persona –en ello reside el contrato social– y que sea reflejo de la bondad natural del ser humano.
Al basarse en la piedad, este bien común descubre que el mayor mal que debemos destruir es la desigualdad entre los seres humanos para que juntos habitemos un mundo común. Como dice un antiguo proverbio de las comunidades palenqueras colombianas, debemos construir juntos para sonreír juntos.
Jesús David Cifuentes Yarce no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Teresa Morera Herreras, Profesora agregada del Departamento de Farmacología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Cuando pensamos en salud oral, solemos imaginar dientes blancos y encías firmes. Pero mantener una buena higiene bucal va mucho más allá de una cuestión estética: puede influir directamente en la salud de todo nuestro organismo.
Una mala salud oral no solo favorece la aparición de caries, la pérdida de dientes o la inflamación de encías (gingivitis): también puede agravar enfermedades crónicas como la diabetes, aumentar el riesgo de ciertos tipos de cáncer e incluso contribuir al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, cerebrales y neurodegenerativas.
En concreto, se ha observado que las personas que padecen periodontitis –una inflamación crónica de las encías causada por la acumulación de placa bacteriana– presentan más posibilidades de desarrollar complicaciones en otras partes del cuerpo. Los datos son claros: un paciente con periodontitis no tratada tiene 2,5 veces más riesgo de sufrir un ictus y casi 3 veces más de probabilidades de padecer una enfermedad cardíaca en comparación con quienes mantienen una buena salud bucodental.
Además, la inflamación crónica asociada con la periodontitis también podría contribuir al deterioro cognitivo, como ocurre en el alzhéimer.
Aunque aún no conocemos su causa exacta, sí sabemos que influyen tanto la genética como factores ambientales, incluido nuestro estilo de vida. Y es aquí donde aparece una conexión inesperada: el cuidado de las encías podría desempeñar un papel protector frente al deterioro cognitivo.
Bacterias, seres invisibles que dejan huella
La boca alberga unas 770 especies de microorganismos que componen la microbiota oral. En equilibrio, esta comunidad bacteriana cumple funciones beneficiosas. Pero cuando la higiene es deficiente o existen factores que alteran ese equilibrio, las bacterias patógenas se multiplican, favoreciendo la aparición de enfermedades como la enfermedad periodontal.
La gingivitis, la forma más leve, afecta hasta al 90 % de la población y puede revertirse con una correcta higiene. Sin embargo, si progresa, puede convertirse en periodontitis, una afección crónica, inflamatoria e irreversible con consecuencias que van mucho más allá de la pérdida de dientes.
Las bacterias implicadas, especialmente Porphyromonas gingivalis, y las moléculas inflamatorias que el sistema inmunitario libera al intentar combatirlas pueden viajar por la sangre y alcanzar órganos distantes, como el cerebro. Allí pueden contribuir a procesos inflamatorios y al desarrollo o progresión de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer.
De hecho, varios estudios recientes refuerzan la hipótesis de esa conexión. En modelos animales, la exposición prolongada a toxinas de bacterias como Porphyromonas gingivalis ha inducido neuroinflamación, acumulación de proteína beta-amiloide y deterioro de la memoria, tres características típicas del alzhéimer.
En humanos, también se ha hallado evidencia sorprendente: la cantidad de bacterias orales en el tejido cerebral de personas fallecidas con esa patología es hasta siete veces mayor que en quienes no padecían la enfermedad.
Cepillarse: una rutina que podría proteger nuestra mente
Así pues, dedicar apenas 10 minutos al día a la higiene oral es una inversión para la salud futura. Cada vez que olvidamos cepillarnos, las bacterias se multiplican y pueden acabar en otras partes del cuerpo con efectos imprevisibles.
Cepillarse los dientes, usar hilo dental y acudir regularmente al dentista no solo cuida la sonrisa: también puede ayudar a proteger el corazón, el cerebro y, posiblemente, la memoria. El alzhéimer borra recuerdos, pero hay algo que conviene no olvidar: cuidar de nuestra boca es cuidar de nuestra mente.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ramón López de Mántaras, Profesor de investigación del CSIC, Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (IIIA – CSIC)
Las grandes plataformas que usan inteligencia artificial emplean a trabajadores mal pagados en todas partes del mundo para etiquetar contenidos. Greta Schölderle Möller / Unsplash., CC BY
¿Acabará la inteligencia artificial con el trabajo? Es una de las preguntas más repetidas en conferencias, tertulias mediáticas y foros políticos. La promesa que lanzan los líderes de las grandes tecnológicas de Silicon Valley es clara: las futuras superinteligencias artificiales se encargarán de hacer todo tipo de trabajos y los seres humanos podremos entregarnos a la creatividad, al ocio y a la vida plena. Una utopía de tintes casi renacentistas en la que el progreso tecnológico abriría las puertas a una nueva edad dorada de la humanidad.
Sin embargo, esta narrativa tan triunfalista como simplista oculta una realidad mucho más incómoda, rara vez mencionada: millones de trabajadores anónimos sostienen la maquinaria de la IA con su esfuerzo, sufrimiento y tiempo. La inteligencia artificial no está acabando con el trabajo: lo está transformando, fragmentando y, lo que es mucho peor, precarizando. Detrás de cada modelo generativo, de cada asistente conversacional y de cada imagen producida por algoritmos, hay millones de trabajadores invisibles cuya labor resulta imprescindible para que la IA funcione.
Lejos de la visión edulcorada de un futuro sin esfuerzo, la IA está levantada sobre un presente marcado por la explotación globalizada de mano de obra barata.
Los trabajadores invisibles de la IA
Son los llamados data workers o “trabajadores del clic”, personas encargadas de clasificar y etiquetar imágenes, corregir textos, transcribir audios, señalar errores en traducciones automáticas y, sobre todo, depurar el océano de datos que alimenta los algoritmos.
Sin ellos, los algoritmos, que luego se presentan como inteligentes, simplemente no funcionarían.
Como explican Mary Gray y Siddhart Suri, la supuesta inteligencia de la IA es inseparable del trabajo de humanos “detrás de las cortinas”. Por su parte, John P. Nelson señala que los chatbots que parecen inteligentes solo existen porque cientos de miles de personas entrenan, corrigen y supervisan sus respuestas.
Los chatbots que hoy responden a millones de consultas diarias no son fruto exclusivo del talento de muy bien remunerados ingenieros californianos, sino de la
explotación de una fuerza laboral masiva, dispersa e invisible.
El sociólogo Antonio Casilli lo resume con contundencia: la inteligencia artificial es, en realidad, inteligencia de “sudor y lágrimas”. Los algoritmos no aprenden por sí mismos; se limitan a reproducir patrones gracias a la labor previa de millones de personas.
Según estimaciones del Banco Mundial, entre el 4,4 % y el 12,5 % de la fuerza laboral mundial (es decir, entre 150 y 425 millones de personas, aproximadamente) ya participa de alguna forma en esta economía digital invisible. Google, en 2022, ya calculaba que pronto podrían superar el millar de millones.
La cara oscura: violencia, pornografía y daños psicológicos
El aspecto más perturbador de este trabajo no está solo en la precariedad salarial, sino en el tipo de contenidos a los que muchos trabajadores deben enfrentarse. Para que un sistema de IA sea capaz de reconocer un discurso de odio, alguien ha debido leerlo, clasificarlo y marcarlo como tal. Para que un modelo aprenda a filtrar pornografía, violencia extrema o material pedófilo, alguien ha tenido que visualizarlo antes.
Miles de personas en Kenia, Filipinas, Pakistán o India pasan jornadas completas
expuestas a lo peor de la condición humana: amenazas de violación, descripciones de torturas, grabaciones de asesinatos. Rebecca Tan y Regine Cabato, en un artículo en The Washington Post, documentan cómo estas condiciones laborales extremas son sistemáticas y afectan a millones de trabajadores alrededor del mundo.
Esa exposición continuada genera consecuencias devastadoras: cuadros de ansiedad, depresión, insomnio y, en muchos casos, trastornos de estrés postraumático que persisten incluso años después de haber abandonado el empleo.
El documental francés Les sacrifiés de l’IA (“Los sacrificados de la IA”, Henri Poulain, 2024) recoge testimonios estremecedores de trabajadores que nunca lograron recuperarse del daño psicológico. En muchos casos, ni siquiera tuvieron acceso a un acompañamiento terapéutico mínimo, porque las empresas subcontratadas que gestionan estas tareas rara vez ofrecen apoyo psicológico. El silencio se impone, además, a través de contratos de confidencialidad que prohíben hablar del trabajo, incluso con familiares cercanos.
Entrevista a Henri Poulain sobre su documental Les sacrifiés de l´IA.
Precariedad global y condiciones laborales
La localización de esta mano de obra no es casual. Los grandes gigantes tecnológicos subcontratan estas tareas a empresas situadas en países con bajos salarios y débiles sistemas de protección social. El resultado es que los trabajadores que sostienen la IA viven en contextos de máxima vulnerabilidad.
Refugiados ucranianos, madres solteras en Kenia, estudiantes en India o presos en cárceles finlandesas: todos forman parte de una cadena de producción global que opera bajo las condiciones perfectas para que las empresas que los contratan esquiven regulaciones laborales y obligaciones sociales.
La gran mayoría cobran entre 2 y 9 dólares al día, trabajan desde casa, aislados, sin contacto con colegas ni supervisión efectiva, convertidos en pieza fungible de un engranaje deslocalizado.
Se trata de un “proletariado digital” que reproduce, con nuevas formas, las viejas lógicas del colonialismo económico: el beneficio se acumula en Silicon Valley, mientras los costes humanos se reparten en lugares como Nairobi, Bangalore o Manila.
La estafa del siglo: imagen, lobby y ocultamiento
Las empresas que lideran la revolución de la IA destinan enormes recursos a reforzar su imagen pública. OpenAI, por ejemplo, gastó en 2024 casi dos millones de dólares en actividades de lobbying.
El mensaje que difunden es claro: la IA es fruto de la innovación científica y de las inversiones visionarias de un puñado de empresarios audaces. Nada se dice, en cambio, de los millones de trabajadores que sostienen en la sombra ese edificio. Henri Poulain lo resume con crudeza en su documental: estamos ante “la estafa del siglo”.
Una estafa que solo funciona porque estos trabajadores invisibles permanecen fuera del foco mediático y porque su peso social, aunque creciente, todavía parece marginal en términos estadísticos.
Pero la burbuja podría estar a punto de estallar: a medida que el uso de la IA se multiplica, también lo hace el número de personas atrapadas en esta diabólica economía de datos.
Largoplacismo, altruismo efectivo y justificación moral
Uno de los elementos ideológicos que sirve de coartada a esta situación es el
llamado largoplacismo. Esta corriente filosófica, estrechamente vinculada al llamado altruismo efectivo, se presenta como un ejemplo paradigmático de cómo ciertas élites tecnológicas utilizan el futuro como coartada para desentenderse del presente.
Defensores de esta visión, liderados por el controvertido filósofo Nick Bostrom
–quien ha desarrollado la noción de riesgos existenciales y la prioridad moral de preservar a largo plazo a la humanidad– sostienen que lo verdaderamente importante es garantizar la supervivencia de la humanidad a lo largo de miles o incluso millones de años (sic) y que, como hemos apuntado antes, tecnologías como la superinteligencia artificial lo harán posible.
Según esta perspectiva, el valor moral del futuro sería inconmensurablemente mayor que cualquier preocupación inmediata, por lo que problemas actuales como la pobreza, la desigualdad o la explotación laboral pasan a un segundo plano. El altruismo efectivo, en este contexto, se convierte en una herramienta intelectual para justificar políticas y decisiones que priorizan falsos beneficios futuros sobre los costos humanos y sociales presentes. La fórmula es archiconocida: el fin justifica los medios.
Esta forma de pensar ha influido de manera notable en la mayoría de líderes de la industria tecnológica de Silicon Valley. El problema es evidente: bajo esta lógica, millones de trabajadores invisibles pueden ser sacrificados en nombre de generaciones futuras, sin que ni siquiera existan garantías reales de que ese futuro utópico llegue a materializarse.
Desmontar el espejismo
La narrativa triunfalista sobre la IA necesita ser desmontada. No basta con aplaudir avances técnicos ni con dejarnos seducir por la retórica de la innovación. Detrás del mito de la inteligencia artificial, hay millones de personas sometidas a explotación, daños psicológicos y salarios de miseria. Hay también un planeta que soporta los costes ambientales de una industria energéticamente voraz.
La inteligencia no está en las máquinas: está en los seres humanos que las entrenan, las supervisan y las sostienen. Lo artificial no es la inteligencia, sino el disfraz que oculta las relaciones de poder y explotación sobre las que se construye esta tecnología.
La verdadera pregunta no es si la IA acabará con el trabajo, sino si estaremos dispuestos a acabar con la precariedad que hoy la hace posible. Si queremos un futuro justo, la innovación tecnológica debe ir acompañada de transparencia empresarial, regulación política, protección laboral y reflexión ética colectiva.
De lo contrario, lo que nos aguarda no es el paraíso tecnológico tantas veces prometido, sino una distopía levantada sobre los sacrificados de la inteligencia artificial.
Ramón López de Mántaras no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo A. Rodríguez Gómez, Profesor de Relaciones Internacionales de la UNIR, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
Israel y Hamás mantienen desde el 10 de octubre pasado, pactado dos días antes, un alto el fuego que constituye la primera fase del plan de paz impulsado por el presidente de EE. UU. Donald Trump y respaldado por Egipto, Arabia Saudí, Catar y la Unión Europea.
El acuerdo contempla el intercambio de rehenes y prisioneros, la retirada gradual de tropas israelíes y la entrada de ayuda humanitaria en Gaza.
El gabinete israelí aprobó liberar hasta 2 000 prisioneros palestinos –incluyendo 250 condenados a cadena perpetua y 1 700 detenidos desde octubre de 2023– a cambio de los 48 rehenes retenidos por Hamás. De hecho, se han liberado ya los 20 rehenes que quedaban con vida. Simultáneamente, se ha autorizado la entrada diaria de cientos de camiones con suministros hacia Gaza.
Este avance rompe un ciclo de violencia tras casi dos años de conflicto que ha dejado más de 67 000 palestinos muertos, según las autoridades de Gaza. Abre una ventana para retomar la cooperación diplomática en la región.
Este plan combina presión diplomática y apoyo económico y pretende orientar una diplomacia pragmática, con objetivos medibles más allá de discursos simbólicos.
Estados Unidos ha logrado alinear a Egipto, Arabia Saudí, Catar y la Unión Europea en torno a la iniciativa. Para Israel, la tregua representa una pausa estratégica y la posibilidad de mejorar sus relaciones con países árabes. Para la Autoridad Palestina significa la oportunidad de recuperar peso político tras años de aislamiento.
Dentro del plan se propone un comité tecnocrático palestino para administrar Gaza bajo supervisión internacional. Se ha llamado Board of Peace (Junta de Paz), presidido por Trump e incluyendo figuras como el exprimer ministro británico Tony Blair. Esta estructura gestionaría la financiación y los marcos de reconstrucción hasta que la Autoridad Palestina ejecute reformas internas.
Reconstruir para vivir
La reconstrucción de Gaza ocupa un lugar central en el acuerdo. Después de años de destrucción y bloqueo, las prioridades son restablecer servicios esenciales –agua, electricidad, atención sanitaria–, rehabilitar carreteras, reconstruir viviendas y permitir el retorno de desplazados.
Los aliados externos –Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y países del Golfo– han lanzado un fondo internacional para respaldar esta reconstrucción. El Banco Mundial ha estimado que las reparaciones necesarias podrían ascender a unos 80 000 millones de dólares, cifra altísima comparada con el PIB combinado de Gaza y Cisjordania.
La Autoridad Palestina ha mostrado voluntad de asumir la gestión civil de Gaza en colaboración con actores internacionales. El primer ministro Mohammad Mustafa declaró que la prioridad es devolver la estabilidad y ha nominado 5 500 palestinos para una nueva fuerza policial, con planes de llegar a 10 000 agentes entrenados, algunos por Egipto.
Hamás no participó formalmente en las negociaciones clave en Sharm el-Sheikh, aunque aceptó adherirse a la primera fase del acuerdo. Ya el 3 de octubre, la organización anunció su disposición a liberar rehenes y traspasar la administración de Gaza, pero rechazó el desarme total. Se trata de un gesto pragmático frente a presiones políticas internas.
Este plan no resuelve los grandes asuntos estructurales, como el estatus de Jerusalén, los asentamientos ni el derecho al retorno, pero reactiva la lógica del diálogo. En un contexto marcado por estancamientos, el hecho de que existan fases verificables ofrece una base más sólida que en procesos anteriores.
Analistas internacionales reconocen que, aunque imperfecto, este plan crea un espacio político sin precedentes. Voces previamente críticas han señalado que, por primera vez en años, los palestinos están participando activamente en definir sus propios términos, no solo reaccionando a imposiciones externas.
La comunidad internacional
La Unión Europea ha recibido el alto el fuego con cautela. Kaja Kallas, actual alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Seguridad, ya expresó a primeros de mes que la UE pretende tener un rol activo en la autoridad transitoria de Gaza, afirmando que “Europa tiene un gran papel y debería estar también a bordo con esto”. Esta puede ser la oportunidad. 
La ONU ha confirmado su implicación en la creación de la autoridad de transición y su disposición a aportar asistencia técnica. Un portavoz del secretario general António Guterres ha instado a las partes a aprovechar esta oportunidad para poner fin al trágico conflicto en Gaza.
Países musulmanes como Arabia Saudí, Egipto, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Turquía y otros han emitido una declaración conjunta de apoyo al plan, elogiando los esfuerzos diplomáticos de Trump y manifestando su confianza en que pueda ser un camino hacia la paz sostenible.
Del alto el fuego a una paz con rostro humano
Los riesgos no han desaparecido: las divisiones internas en Palestina, las tensiones políticas en Israel, posibles sabotajes o rechazos de partes más extremas podrían desbaratar el proceso. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, la esperanza de la paz parece más cercana que la amenaza de una nueva guerra.
El principal desafío será transformar esta tregua frágil en una paz sostenible. Para ello serán esenciales voluntad política, acompañamiento internacional constante y reconocimiento mutuo. Si se cumplen esos tres elementos, el acuerdo podría marcar el inicio de una etapa diferente en Gaza e Israel.
Gaza podría dejar de ser símbolo de destrucción y convertirse en un modelo de reconstrucción compartida y gobernanza incluyente.
Esa dignidad, reconocida por igual a israelíes y palestinos, podría ser la base firme de una paz posible, construida con respeto y equidad.
El alto el fuego entre Israel y Hamás no pone fin al conflicto, pero inaugura un nuevo escenario diplomático con posibilidades reales. La intervención internacional –de EE. UU., la UE y los países árabes– suministra los soportes externos necesarios para que esta tregua se transforme en un proceso con rumbo.
La reconstrucción de Gaza y la creación de una autoridad transitoria ofrecen un esqueleto institucional para una paz más duradera. Pero la clave estará en transformar avances tácticos en compromisos firmes. Sin justicia, dignidad y reconocimiento recíproco, este momento de esperanza podría quedar en mera pausa.
Alfredo A. Rodríguez Gómez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
La cavidad oral es una parte del cuerpo en donde ocurren funciones esenciales para la vida diaria, como la alimentación, la fonación, la respiración y hasta la expresión emocional, que se manifiesta a través de la risa o el llanto. Está conectada con otros sistemas del cuerpo, como el digestivo y el respiratorio, y en ella habitan microorganismos que, normalmente, ayudan a mantener la salud.
Cuando hay cambios dentro de la boca, debido a una dieta alta en azúcares o por una mala higiene dental, algunos de los microbios pueden comenzar a causar problemas. Este suele ser el origen de la caries dental.
La caries dental es un proceso que ocurre poco a poco y depende de varios factores. No es contagiosa como un resfriado, pero si está influida por lo que comemos y por la presencia de una capa de bacterias que se forma sobre los dientes (placa bacteriana).
Las bacterias utilizan los azúcares de la dieta y forman ácidos. Con el tiempo, este proceso puede ir debilitando las partes duras del diente. Afecta, por ejemplo, al esmalte, ya que sustrae minerales esenciales como el calcio y el fosfato, que son los encargados de mantenerlo resistente y fuerte. A esto se le llama desmineralización.
Afortunadamente, el esmalte dental no está completamente indefenso. El cuerpo tiene mecanismos naturales que ayudan a reparar el daño inicial causado por los ácidos. Este proceso se llama remineralización, y ocurre cuando los minerales vuelven a incorporarse al esmalte, fortaleciendo su estructura.
¿Cómo nos ayuda el cuerpo?. La saliva interviene en este mecanismo, ya que actúa como un vehículo que transporta los minerales y ayuda a neutralizar los ácidos.
Por lo tanto, la caries dental es parte de un proceso que depende del equilibrio entre lo que el diente pierde y lo que recupera, razón por la que no aparece de un día para otro.
Sin embargo, en el proceso continuo de desmineralización y remineralización, pueden aparecer manchas blancas opacas en la superficie del diente que está pegada a la encía. Estas manchas representan el primer signo clínico de caries dental (la caries dental no siempre comienza como un “hueco”).
La coloración se debe a que la pérdida de minerales altera la forma en que la luz se refleja en el diente, razón por la que se aprecian estas zonas blancas y opacas. Se podría decir que las manchas blancas son las pistas e indicios con los que el diente avisa. Este mensaje nos advierte que los ácidos están ganado terreno y han comenzado a debilitar su estructura.
Del ataque ácido a la estabilidad mineral
Se dice que una lesión de caries está activa cuando continua progresando, ya que las bacterias siguen produciendo ácidos que atacan el esmalte y la dentina. Es como si el diente estuviera atrapado en una lluvia de ácidos, sin refugio para sanar. Por otra parte, la lesión de caries inactiva es la que no ha avanzado. Aunque el tejido dental está afectado, ya no hay actividad bacteriana ni pérdida de minerales.
Aquí comienza el lado menos conocido de las caries inactivas: su avance se ha frenado pero siguen siendo testigos de un pasado de desmineralización y requieren vigilancia.
Una caries inactiva no significa que esté curada, sino pausada. Y aunque parezca dormida, puede despertar si no cuidamos el ambiente que la mantiene tranquila. Este ambiente es muy delicado y depende de varios factores que cumplen una función protectora sin que lo notemos.
Gracias a una buena higiene, exposición al flúor, menor consumo de azúcares y una saliva que realiza de manera eficaz sus funciones defensivas, las caries inactivas permanecen en reposo. Pero si alguno de estos elementos se altera, la lesión puede activarse y avanzar hacia la cavitación.
¿Qué cuidados requiere un diente con una cavidad que ya no avanza?
Si la lesión no compromete la función ni acumula placa, el refuerzo de higiene, el uso de pastas con flúor (para remineralización superficial) y el control dietético pueden ser suficientes para mantenerla estable. Cuando la cavitación afecta la limpieza pero la lesión está estable, los infiltrantes con resina estabilizan la zona. Pero si la cavitación ha avanzado tanto que compromete la función del diente, retiene placa y además está muy profunda, es necesario reconstruir el diente de para que recupere su forma y función, se facilite el cepillado y se prevengan problemas posteriores.
Con visitas regulares al dentista podemos mantener las lesiones inactivas bajo control sin recurrir a intervenciones agresivas, entendiendo que su evolución está ligada al ambiente bucal. Cuidar lo que ya está estable es una forma de prevenir.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Marc Anthony y Bad Bunny en el último concierto que este último dio en su residencia de un mes en Puerto Rico.Marc Anthony/Facebook
A lo largo de la historia, la relación entre el reguetón y la música latina tradicional ha sido compleja. Mientras ciertos sectores vieron en su aparición una amenaza para la salsa, otros reconocieron los lazos que los unían, interpretándolos como una oportunidad de desarrollo mutuo.
Ambos géneros, en sus momentos de mayor esplendor, han reflejado las experiencias de la vida urbana, y desde su nacimiento, el reguetón ha conservado una conexión con sus raíces, hecho que recientemente se ha evidenciado con los últimos discos de dos de sus figuras más relevantes: Rauw Alejandro con Cosa nuestra (2024) y Bad Bunny con Debí tirar más fotos (DtMF) (2025).
Este último sorprendió al mundo no solo por reafirmar el éxito global del artista, sino porque convierte a la música urbana en un homenaje directo a la herencia cultural de Puerto Rico. Entre samples históricos, colaboraciones con músicos tradicionales y guiños sonoros a siglos de historia, el disco pone en primer plano la riqueza musical de la isla.
En ‘WELTiTA’, Bad Bunny mezcla hip hop latino con plena.
Los taínos aportaron sus areítos, cantos colectivos acompañados de maracas y tambores sencillos, que transmitían historias míticas y comunitarias. Durante la Conquista española, muchos elementos rítmicos y ceremoniales sobrevivieron, fusionándose con otras tradiciones. Los patrones repetitivos y el uso de instrumentos de percusión simples se reflejan todavía en géneros actuales.
Los africanos, traídos como esclavos, introdujeron la polirritmia, el canto responsorial y los tambores de barril. De su tradición nacieron la bomba y la plena. La bomba es baile y música a la vez: el tambor responde a los movimientos del danzante, mientras maraca y cúa completan la base. La plena, conocida como “periódico cantado”, usa tres panderos (requinto, punteador y seguidor) para narrar la vida cotidiana, desde celebraciones hasta denuncias sociales.
Los españoles trajeron la guitarra, el laúd y la poesía en décima, base de la música jíbara del campo. Con el tiempo, el cuatro puertorriqueño, con sus cuerdas metálicas, se convirtió en símbolo nacional. Géneros como el seis y el aguinaldo combinan melodías ibéricas con improvisaciones poéticas, donde el trovador canta décimas acompañadas por el cuatro, el güiro y la guitarra.
De la tradición a la modernidad
En el siglo XIX, Puerto Rico vio nacer compositores que unieron la música europea con la popular. Las danzas y contradanzas convivieron con formas criollas, mientras la imprenta musical y las primeras grabaciones ayudaron a difundir estas expresiones por toda la isla. Durante el siglo XX, la diáspora puertorriqueña en Nueva York dio lugar a la salsa, una síntesis caribeña que combinaba bomba, plena, son cubano y jazz. Orquestas como El Gran Combo de Puerto Rico o La Sonora Ponceña llevaron esta música a escenarios internacionales, y figuras como Héctor Lavoe y Willie Colón convirtieron la experiencia migrante en himnos universales.
‘Fuego en el 23’, uno de los éxitos de la orquesta portorriqueña La Sonora Ponceña.
El desarrollo musical se reforzó con la creación de instituciones: la Orquesta Sinfónica (1958) ofreció repertorios clásicos y caribeños; el Conservatorio de Música (1960) formó nuevas generaciones de intérpretes; y el Festival Casals atrajo a figuras internacionales, conectando a la isla con las corrientes musicales mundiales sin perder la identidad local.
Reguetón y raíces
La llegada del reguetón en los años noventa transformó la escena musical urbana. Muchos temieron que borrara las raíces tradicionales, pero artistas como Tego Calderón reivindicaron la bomba y la plena dentro del género. Don Omar y Daddy Yankee colaboraron con salseros, y proyectos como Los Cocorocos (2006) mostraron que lo urbano y lo folclórico podían convivir. Estas fusiones abrieron el camino para que artistas globales incorporaran sin complejos la historia musical boricua.
En el álbum Los Cocorocos reinterpretan la canción ‘Che Che Colé’ popularizada por Héctor Lavoe y Willie Colón, en esta ocasión a cargo de Víctor Manuelle y Tego Calderón.
En este contexto, Debí tirar más fotos se presenta como una obra que va más allá de lo comercial. Bad Bunny no usa las raíces como simple decoración: las coloca en el centro del disco. En “CAFé CON RON”, colabora con Los Pleneros de la Cresta para resaltar la plena; en “BAILE INoLVIDABLE”, graba una salsa de más de seis minutos que evoca a la “Universidad de la Salsa”; en “PIToRRO DE COCO”, rescata la voz de Chuíto el de Bayamón, ícono de la música jíbara navideña. En “NUEVAYoL”, cita a El Gran Combo y su clásico “Un verano en Nueva York”, homenajeando a la diáspora.
El disco también integra elementos jíbaros, con décimas y el sonido del cuatro, mostrando que la música campesina puede convivir con sintetizadores y beats urbanos.
Bad Bunny aprende a bailar salsa en el videoclip de ‘BAILE INoLVIDABLE’.
Un legado que sigue vivo
La historia musical de Puerto Rico es una línea continua. Desde los areítos taínos hasta las salas de concierto, cada época ha sumado capas sin borrar las anteriores. A finales del siglo XIX, ya existían compositores que combinaban folclore con formas modernas; en el siglo XX, trovadores, pleneros y salseros convivieron con el auge de la música sinfónica. Hoy, reguetón, bolero, rock, plena y salsa coexisten, alimentados por escuelas, festivales y archivos que mantienen vivas estas tradiciones.
Con DtMF, Bad Bunny enlaza ese pasado con el presente: muestra que la música de Puerto Rico no necesita elegir entre tradición y modernidad. Puede ser global sin dejar de ser profundamente local, y puede hablarle al mundo mientras reafirma quiénes son los puertorriqueños y de dónde vienen.
Carmen del Rocío Monedero Morales no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Tulio Alberto Álvarez-Ramos, Profesor/Investigador Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. Jefe de Cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello
Imagen del ataque a una presunta narcolancha venezolana el pasado 3 de octubre difundida por el Gobierno de Estados Unidos.
La guerra declarada por Trump contra el narcotráfico tiene una dimensión geopolítica que tensiona los límites del derecho internacional. En el caso venezolano, la destrucción de embarcaciones presuntamente vinculadas al denominado Cartel de los Soles plantea interrogantes sobre la facultad presidencial para declarar conflictos sin autorización legislativa, así como sobre la diferencia entre los carteles mexicanos y el fenómeno venezolano.
¿Puede Trump declarar la guerra sin intervención del Congreso?
La Constitución de Estados Unidos otorga al Congreso la facultad de declarar la guerra, mientras que el presidente ejerce el mando operativo de las fuerzas armadas. No obstante, en la práctica, los presidentes han iniciado operaciones militares sin declaración formal, como en Vietnam, Siria o Libia.
La orden de Trump se apoya en una combinación de práctica política y legislación: la War Powers Resolution de 1973 permite al presidente iniciar hostilidades por hasta 60 días, siempre que informe al Congreso en las primeras 48 horas. Este esquema se traduce en un marco jurídico ambiguo.
Jurisprudencia decimonónica
La ofensiva marítima contra embarcaciones venezolanas ha suscitado interrogantes sobre la legalidad de tales intervenciones. Aunque Estados Unidos no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) y la jurisprudencia de la Corte Suprema de EE. UU. ya reconoció en 1900, con el caso The Paquete Habana, la compatibilidad entre el derecho internacional y el orden interno.
En abril de 1899 dos barcos pesqueros con bandera española zarparon de La Habana y, durante su ausencia, se declaró la guerra hispano-estadounidense. A la vuelta, con el cargamento de pescado vivo, fueron interceptados por los escuadrones de bloqueo estadounidense. Los pesqueros apresados no llevaban armas ni municiones, desconocían el estallido de la guerra y el subsiguiente bloqueo de las costas cubanas, no opusieron resistencia a su captura y no había pruebas de que colaborasen con el bando español.
De ahí la sentencia del Supremo estadounidense de que la captura de buques pesqueros como botín de guerra violaba el derecho internacional consuetudinario (normas no escritas que surgen de la práctica uniforme y constante de los Estados previstas en el artículo 38.1.b del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia), y que, además, este forma parte integrante del derecho estadounidense.
El derecho del mar establece límites precisos al derecho de inspección de embarcaciones con pabellón extranjero. Según el artículo 110 de la CONVEMAR, un buque de guerra solo puede detener otro buque en alta mar si existe sospecha fundada de piratería, trata de esclavos, emisiones no autorizadas, tráfico de estupefacientes o si el buque carece de nacionalidad. Fuera de estos supuestos, cualquier intervención constituye una violación del principio de inmunidad soberana.
Persecución en caliente
El derecho de persecución en caliente (hot pursuit) solo es válido si la infracción se inicia en aguas jurisdiccionales del Estado que persigue, y debe cesar al ingresar a la jurisdicción de otro Estado. En este contexto, la retención arbitraria de buques con bandera venezolana, sin base jurídica clara, podría configurar un acto ilícito internacional. Un hecho que contraviene los principios que rigen la libertad de navegación en alta mar.
El uso sistemático del derecho de inspección para bloquear el transporte marítimo de exportaciones carece de respaldo jurídico fuera de un conflicto armado declarado o de una resolución multilateral del Consejo de Seguridad de la ONU. El manual de San Remo sobre el Derecho Internacional Aplicable a los Conflictos Armados en el Mar (1994) establece que todo bloqueo naval debe ser declarado efectivo, no discriminatorio y compatible con el acceso humanitario. En ausencia de guerra o sanción multilateral, tal acción constituye una forma de coerción económica unilateral, lo que desdibuja los principios del orden jurídico internacional.
Si se alega que estas intervenciones responden a actos de piratería, el derecho marítimo establece un marco para ello. Los hechos deben tener carácter violento y han de ser cometidos por actores privados, sin vínculo estatal. Es decir, no resulta aplicable de forma automática a embarcaciones abanderadas.
En este contexto, toda operación militar debe regirse por protocolos que exigen identificación precisa de la amenaza y proporcionalidad en el uso de la fuerza.
La confrontación ha sido con las autoridades mexicanas y por medio de una intervención limitada de la DEA. Todo ello sujeto a acuerdos bilaterales, como el vigente desde julio de 1990. Un escenario que el presidente Trump ha intentado alterar mediante presiones económicas.
Tampoco existe una narrativa de beligerancia internacional ni una estrategia de estrangulamiento político. Los carteles son tratados como estructuras criminales, no como enemigos militares. La narrativa estadounidense con Venezuela es la de un combate contra un cartel presuntamente vinculado al aparato estatal. Algo que transforma el conflicto en una disputa de carácter geopolítico.
¿Guerra contra el Cartel de los Soles o contra el régimen?
La narrativa bélica contra el Cartel de los Soles se configura como una herramienta de presión política, más que como una operación legítima de lucha contra el narcotráfico. Al caracterizarlo como amenaza transnacional, Estados Unidos justifica acciones militares, sanciones y operaciones encubiertas que desbordan el marco penal convencional. Esta lógica remite a la doctrina de los “enemigos no estatales”, utilizada en la guerra contra el terrorismo y proyectada ahora sobre el contexto latinoamericano.
Los carteles de droga no cumplen con los criterios de beligerancia establecidos por los Convenios de Ginebra –control territorial efectivo, capacidad militar sostenida y voluntad de respetar las leyes de la guerra–. Reconocerlos como parte beligerante implica el estatuto de combatientes, un contrasentido que desdibuja los límites entre conflicto armado y criminalidad organizada.
Si el fuego ya consume las bardas venezolanas, México haría bien en revisar los cimientos de su política antidrogas antes de que la llama se extienda bajo el mismo pretexto.
Tulio Alberto Álvarez-Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jonatan Molina Torres, Profesor de Psicología. Investigador en el Centro de Investigación de la Infancia (Universidad Miguel Hernández), Universidad Miguel Hernández
Lucas tiene cinco años y una energía que parece no agotarse. Mientras el resto de sus compañeros colorean tranquilos sentados en sus mesas, él no para de moverse por la clase, hablar y tocarlo todo. Cuando la profesora le habla, Lucas la interrumpe sin querer y parece olvidar las instrucciones a los pocos segundos de escucharlas.
Su madre está cansada de oír en el colegio que su hijo es un niño muy movido y que parece que tenga un motor que lo impulsa todo el tiempo. Sin embargo, la respuesta suele ser esperar unos años a ver si el niño madura. Nadie se atreve todavía a ponerle nombre ni remedio a lo que ocurre.
Antes de los cinco años, en esas aulas de pinturas de colores, plastilina y cuentos, muchos niños ya muestran señales que alertan de un posible riesgo de presentar TDAH.
¿Pero qué niño en estas edades no es inquieto, despistado e incapaz en algunos casos de seguir las instrucciones? Tales manifestaciones pueden entenderse como conductas normales en esta etapa del desarrollo. Son pequeños, “ya madurarán”, así que sentarse a esperar suele ser la respuesta que reciben muchas familias.
Esta espera puede ser aún más prolongada en el caso de las niñas, para las que el diagnóstico a menudo no llega: tienden a dar menos problemas de conducta y pasar más desapercibidas que sus compañeros. Curiosamente, aunque el TDAH se diagnostica más frecuentemente en niños de menor nivel socioeconómico, son estos niños los que tienen menos acceso a recursos psicopedagógicos en los que apoyarse.
Sin intervención, es muy probable que los síntomas de TDAH persistan hasta la adultez. Sentarse a esperar implica dejar que los síntomas evolucionen, empeorando su pronóstico y provocando que el niño acumule experiencias tempranas de fracaso, con el impacto para la autoestima y en la manera de relacionarse con sus iguales, e incluso, en la que su entorno se relaciona con él.
Intervenir antes, sin etiquetas
Precisamente uno de los motivos por los que no se interviene con el TDAH en esta etapa es el miedo al diagnóstico y el estigma que pueda pesar sobre el niño a una edad tan temprana. La buena noticia es que no hace falta un diagnóstico para empezar a ayudar.
En lugar de esperar a que un especialista etiquete lo que le pasa a un niño como “TDAH”, podemos intervenir cuando hay señales de dificultad, aunque todavía no se pueda confirmar oficialmente un diagnóstico clínico. Cada vez más expertos apuestan en esta etapa por un enfoque preventivo en el trastorno y basado en el desarrollo de habilidades neurocognitivas clave. En niños menores de 5 años, las intervenciones más eficaces utilizan actividades basadas en el juego para entrenar el autocontrol, la atención sostenida o la capacidad para seguir instrucciones.
Hacer del movimiento parte de la clase
Existen estrategias sencillas que beneficiarían a niños como Lucas, y de paso serían positivas para todos sus compañeros, con o sin TDAH: desde anticipar las transiciones entre actividades a favorecer el movimiento a través de descansos frecuentes y actividades psicomotrices integradas en la rutina de la clase, como por ejemplo:
Introducir misiones motoras en las transiciones o cambios de actividad: en vez de pedir que el niño camine en silencio o tranquilo, se le pide que, por ejemplo, camine como un animal determinado o como un robot. Con esto mejoramos el control inhibitorio a través de una conducta intermedia entre la que queremos modificar y la “deseable”, que sería caminar tranquilo y en silencio.
Lectura activa: permitir la imitación con gestos y movimientos de las acciones de los personajes cuando se hace una lectura compartida. No solo sirve para la atención auditiva, sino también para promover la actividad motora del niño de una manera más positiva durante la lectura.
Rutinas de autorregulación emocional y conductual: como una manera de prevenir la conducta disruptiva del niño, se “obliga” a hacer una pequeña pausa antes de la tarea para realizar cierta rutina. Algunos ejemplos de esto pueden ser el “semáforo” (nos paramos, pensamos lo que tenemos que hacer y lo hacemos) o alguna rutina autoinstruccional (que los niños repitan una consigna o guía verbal que les ayude a enfocar mejor la tarea).
Vídeo que ejemplifica la estrategia 3: una autoinstrucción para mejorar la inhibición en niños menores de 5 años.
Potenciar lo bueno
Neutralizar los síntomas del TDAH en la etapa preescolar no solo es una forma de prevenir dificultades futuras, sino también una oportunidad para potenciar los aspectos positivos que estos niños pueden desarrollar. Cada vez más estudios muestran que los adultos con TDAH presentan niveles más altos de creatividad y pensamiento divergente que aquellos sin el trastorno.
También destacan por una enorme energía y una capacidad excepcional para concentrarse en actividades que les motivan, un fenómeno conocido como “hiperfoco”.
Volvamos a Lucas
La propuesta es clara: cambiar el enfoque. En lugar de esperar a un diagnóstico oficial, si los síntomas existen, atenderlos cuanto antes siempre será positivo.
Imaginemos a Lucas en un aula diferente en la que su maestra ha aprendido a reconocer su energía como un potencial que puede encauzarse. Imaginemos que sus padres reciben la ayuda y las herramientas necesarias para dar a Lucas más apoyo y menos castigos. Imaginemos un sistema que no espera a tener un diagnóstico en un papel para actuar sino que adapta el contexto para ajustarse más a Lucas, y no al revés.
Lucas seguiría siendo el niño al que le cuesta estar quieto, pero seguro que también sería el niño que aprendió, desde muy pequeño, a entender que su energía desbordante no es sólo una dificultad de aprendizaje, sino una fortaleza en muchos otros contextos más allá del aula.
Jonatan Molina Torres no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Garvía Vega, Director del Máster Universitario en Gestión de Riesgos Financieros (MUGRF) en ICADE Business School, Universidad Pontificia Comillas
Un año más, conviene leer entre líneas lo que dicen desde el Riksbank. Los Nobel de Economía nunca se conceden solo por lo que premian, sino también por lo que insinúan. Detrás de cada elección hay un mensaje subliminal: cuando galardonaron a Ben Bernanke, en 2022, el trasfondo era la política monetaria y las crisis financieras. Cuando en 2023 premiaron a Claudia Goldin, historiadora del trabajo, el foco estaba en la evolución del papel de la mujer en la economía. Este año, al reconocer a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, el acento vuelve al motor del progreso: la innovación.
Como recordaba Mark Twain, la historia no se repite pero rima. Y este Nobel, apoyado en historiadores del crecimiento y arquitectos de la destrucción creadora, rima poderosamente con el momento que vivimos.
Confianza en el progreso
Joel Mokyr es mucho más que un historiador económico: es un arqueólogo de las ideas que hicieron posible el progreso. Profesor en Northwestern University, lleva décadas escarbando en los cimientos intelectuales de la Revolución Industrial, preguntándose no solo qué ocurrió, sino por qué ocurrió allí y entonces.
En obras como The Lever of Riches o A Culture of Growth, Mokyr sostiene que el verdadero motor del desarrollo no fueron las máquinas sino las mentes. Europa despegó, recuerda, cuando cambió su actitud hacia el conocimiento e inventores, científicos y artesanos comenzaron a hablar un mismo idioma: el de la curiosidad, la evidencia y la confianza en el progreso.
Su mensaje tiene hoy un eco especial en el Viejo Continente: Europa ya fue cuna de una revolución industrial gracias a su cultura abierta, crítica y colaborativa. Podría volver a serlo si convierte la inteligencia, humana y artificial, en su nueva materia prima. Mokyr nos recuerda que la tecnología no nace del vacío, sino de un ecosistema cultural que confía en la razón y tolera el error. Y que el optimismo no es ingenuidad, sino una forma de fe en la capacidad creativa del ser humano.
Que surja lo nuevo
Si Mokyr nos recuerda de dónde venimos, Philippe Aghion y Peter Howitt nos explican hacia dónde vamos. Discípulos intelectuales de Joseph Schumpeter, transformaron su intuición sobre la destrucción creadora en una teoría rigurosa del crecimiento económico.
Su modelo, que hoy forma parte del ADN de la economía moderna, describe cómo las nuevas ideas, al irrumpir, desplazan a las antiguas y abren espacio para el progreso. No se trata de destruir por destruir, sino de dejar morir lo que ya no sirve para que surja lo nuevo: la esencia misma del emprendimiento.
Aghion, desde el Collège de France, insiste en que las economías dinámicas son aquellas que premian la innovación y toleran el riesgo, mientras Howitt, desde Brown University, ha mostrado cómo esa dinámica se traduce en bienestar a largo plazo. En tiempos de revolución tecnológica, su mensaje es claro: no hay crecimiento sin cambio, ni innovación sin valentía. Europa, que un día lideró el espíritu emprendedor de Schumpeter, necesita recuperar esa audacia: convertir su prudencia en impulso, su regulación en confianza, y su miedo a perder en deseo de crear.
El comunicado oficial del Riksbank lo resume con una claridad que trasciende lo académico:
“Por haber explicado el crecimiento económico impulsado por la innovación, con una mitad a Joel Mokyr por haber identificado los prerrequisitos para un crecimiento sostenido mediante el progreso tecnológico, y la otra mitad a Philippe Aghion y Peter Howitt por la teoría del crecimiento sostenido a través de la destrucción creativa”.
En una sola frase, el premio conecta pasado y futuro: la cultura del conocimiento que permitió la Revolución Industrial y el dinamismo emprendedor que impulsa el cambio tecnológico actual. Mokyr nos recuerda que sin un clima intelectual abierto no hay inventos que prosperen, y Aghion y Howitt que sin competencia y renovación no hay progreso que dure.
Kerstin Enflo, profesora de historia económica y miembro del comité del Nobel de Economía 2025. Fuente: YouTube, The Nobel Prize.
El Nobel de 2025 no es solo un homenaje a tres economistas brillantes, sino un recordatorio para nuestro tiempo: las ideas siguen siendo la energía más poderosa de la humanidad. Europa, que una vez encendió la chispa del vapor y del pensamiento crítico, tiene ante sí la oportunidad de hacerlo de nuevo, esta vez con la inteligencia, humana y artificial, como su nuevo motor de crecimiento.
Luis Garvía Vega no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joana Rodríguez Pérez, Contratada predoctoral en el departamento de Historia del Arte y Filosofía, Universidad de La Laguna
Diane Keaton en la gala del American Film Institute en el que le entregaron el premio a toda una carrera.Tinseltown/Shutterstock
Diane Keaton, fallecida el pasado sábado 11 de octubre a los 79 años, y que dio vida al personaje en el homónimo film dirigido por Woody Allen, recibió el Óscar a mejor actriz por este papel, lo que supuso el despegue y la consolidación de su carrera en la industria cinematográfica.
De Hall a Keaton
La carrera actoral de Keaton es un viaje fascinante entre la ironía nerviosa y la profunda intensidad emocional. Nacida como Diane Hall en 1946 en Los Ángeles, adoptó el apellido de soltera de su madre porque en el momento de registrar su nombre artístico descubrió que ya existía una Diane Hall. Tras comenzar en el teatro en Nueva York, en musicales como Hair, gradualmente trazó su camino en el séptimo arte desde su primera película, Lovers and Other Strangers (1970) de Cy Howard, hasta, con el paso del tiempo, consolidarse como una de las actrices más emblemáticas de su generación.
Aunque su papel como Kay Adams, mujer de Michael Corleone en El Padrino (1972) de Francis Ford Coppola, le daría visibilidad, su presencia en la pantalla emergió con rotunda nitidez gracias a su colaboración con Woody Allen.
La relación con Allen comenzó, como la propia Keaton afirma en sus memorias, en el otoño de 1968 cuando ella acudió a una audición para la obra de teatro Play It Again, Sam (Sueños de un seductor) y logró hacerse con el papel (que, posteriormente, repetiría en la gran pantalla). Desde entonces, se estableció una unión profesional que los llevó a trabajar juntos en producciones como El dormilón (1973), la ya citada y reconocida Annie Hall (1977), Interiores (1978) o Manhattan (1979), entre otras.
Diane Keaton junto a Woody Allen en Annie Hall. IMDB
A lo largo de su carrera, que se prolongó más de medio siglo, Diane Keaton desarrolló una versatilidad indiscutible: comedias sofisticadas, dramas íntimos y personajes que transitaban la ligereza y la melancolía con igual convicción.
Su estilo como actriz se caracterizaba por una contención deliberada; muchas veces reprimía el gesto, la respiración, y otras sabía el modo justo de utilizar el histrionismo. Llenaba la pantalla con pequeñas inflexiones, tensiones internas y miradas que sostenían el fuera de campo, como la famosa escena final de El Padrino en la que Kay se percata de la realidad de la familia en la que acaba de entrar. Esta manera de actuar modulada le otorgó un sello personal difícil de imitar.
La mirada de Diane Keaton es la mirada del espectador al final de El Padrino.
Diane Keaton no solo habitó personajes, también creó una iconografía visible. Su estilo se convirtió en extensión de su aura artística, y con los años su propia imagen atravesó el mundo de la moda y la identidad visual.
Desde muy pronto la actriz desarrolló un interés especial por la ropa y una capacidad notoria para expresarse a través de ella. El 23 de junio de 2020 afirmaba en su perfil de Instagram que de joven tomaba patrones de algunas piezas y daba indicaciones a su madre sobre cómo quería que fueran.
En Annie Hall –donde la aportación personal de Keaton fue sustancial– quedó fijada esa estética aparentemente desaliñada: sombreros (bombines, boinas, fedoras), camisas de cuello alto, corbatas holgadas, chalecos, cinturones anchos y pantalones de talle alto. Aunque ya otras actrices como Marlene Dietrich o Katharine Hepburn habían llevado de manera icónica un traje, Diane Keaton lo convirtió en su sello personal.
De esta manera, Keaton legitimó su estilo como una declaración estética propia y creo así un discurso visual independiente, ajustado a su personalidad, y a modo de resistencia ante los estándares.
Un atlas de la memoria
Si algo amaba la actriz eran las imágenes, no solo como objeto pasivo sino como materia expresiva y como archivo emocional. Esto queda claro a través del cine, pero también a través de su interés en la composición de collages con fotografías familiares, recortes de revistas, objetos visuales que la interpelaban y le interesaban, etc.
En entrevistas, y también en sus memorias, expresó que aprendió de su madre a jugar con recortes, con combinaciones que desbordan narraciones íntimas. Entendía la práctica del collage como una forma de diálogo entre su memoria, sus obsesiones estéticas y su identidad.
En varias ocasiones a través de publicaciones en Instagram compartió y explicó sus composiciones en un enorme corcho de pared en el que creaba un verdadero atlas de imágenes que se relacionaban entre sí por estética, temática…
Diane Keaton fue un ser único, carismático y luminoso, cuya huella trasciende generaciones. Convirtió la naturalidad en arte, la excentricidad en autenticidad y la imagen en forma de pensamiento. Como han señalado estos días, consternadas por su perdida, figuras como Jane Fonda, Andy Garcia o Bette Midler, fue un rayo de luz en la cultura cinematográfica, una presencia que marcó la manera de mirar, vestir y sentir el cine.
Joana Rodríguez Pérez recibe fondos de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información de la Consejería de Economía, Conocimiento y Empleo y por el Fondo Social Europeo (FSE) Programa Operativo Integrado de Canarias 2014-2020, Eje 3 Tema Prioritario 74 (85%)
Enrique Ramírez Guedes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.