El reto de cuidar la salud mental en niños con autismo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gema P. Sáez-Suanes, Profesora Ayudante Doctora. Psicología evolutiva y de la educación., Universidad Autónoma de Madrid

Niño dibujando el puzzle que se utiliza para simbolizar la complejidad del espectro autista. meirijanz/Shutterstock

Desde hace un par de semanas Martín ha dejado de cantar en la asamblea, algo que antes pedía y disfrutaba. Ahora permanece apartado del grupo y juguetea con sus manos más de lo habitual. A veces no responde cuando se le habla y parece cada vez más aislado.

Su maestro piensa que quizá esté cansado o pasando una mala racha. Sin embargo, hay un elemento importante en esta historia: Martín tiene autismo. Aquí surge una pregunta difícil: ¿está actuando así porque forma parte de su forma habitual de relacionarse con el mundo o porque algo no va bien en su estado emocional?

En los niños y niñas con autismo, las tasas de ansiedad y depresión son más altas, pero a menudo sus síntomas pasan desapercibidos. Las propias características del autismo dificultan su detección y tratamiento.

Una realidad común pero invisible

Hasta el 80 % de los niños y adultos con trastorno del espectro autista viven con síntomas de ansiedad, mientras que aproximadamente el 40 % lo hace con síntomas depresivos.

Esto quiere decir que los niños y niñas con este trastorno no solo están afrontando a diario retos sociales, comunicativos o de adaptación, sino que, además, lo hacen lidiando con un importante malestar emocional.

El principal problema es que este sufrimiento no siempre se expresa a través de las señales que tradicionalmente reconocemos. Por ello, en la mayoría de los casos permanece invisible.

Cuando todo parece ‘parte del autismo’

Uno de los grandes retos en la detección de estos síntomas es el llamado “ensombrecimiento diagnóstico” , es decir, la común atribución errónea de los síntomas de ansiedad o depresión al propio autismo. Pongamos un ejemplo: un niño que comienza a evitar el recreo puede estar mostrando síntomas de ansiedad y no solo dificultades sociales.

A todo esto, se suman otros obstáculos como el hecho de que a muchos niños con autismo les cuesta identificar y describir sus propios estados emocionales, un fenómeno conocido como alexitimia.

Si a esto añadimos discapacidad intelectual, ausencia de lenguaje u otra condición comúnmente asociada a algunos casos de autismo, el reto diagnóstico es aún mayor.

Por eso, debemos aprender a leer las señales.




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A qué tenemos que prestar atención

Dentro del espectro autista, especialmente en niños con mayores dificultades comunicativas, los problemas emocionales pueden expresarse casi exclusivamente a través de la conducta.

Por ello, cualquier cambio de comportamiento debe entenderse como un síntoma, como una vía de comunicación del niño y no como un problema en sí. Por ejemplo, si nos encontramos con una niña que últimamente se enfada más y ha dejado de jugar con sus juguetes favoritos, deberíamos de intentar entender el porqué de esa conducta.

Conductas repetitivas y ansiedad

Muchos otros comportamiento infantiles no deberían tratarse como problemas en sí, sino como consecuencias o como peticiones de ayuda.

Un signo de alarma que nos puede estar alertando de altos niveles de ansiedad es el aumento de las conductas repetitivas, una mayor respuesta negativa ante cambios, la aparición o incremento de conductas autolesivas y de problemas de conducta que antes no estaban.

Depresión no es solo tristeza

Por su parte, la depresión infantil puede ser todavía más difícil de detectar ya que no siempre aparece como tristeza manifiesta. A menudo se observa como una irritabilidad que se mantiene: a través de dolores (de cabeza, molestias digestivas), pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba, aumento del aislamiento, descenso en el rendimiento escolar.

Los cambios en los patrones de sueño y alimentación también pueden significar un signo de malestar emocional. Por ello, la clave está en observar cambios respecto al funcionamiento habitual del niño. Si algo se intensifica sin causa aparente, conviene preguntarse: ¿qué está generando esta conducta?




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Incertidumbre y desregulación emocional

Para comprender por qué la ansiedad y la depresión son tan frecuentes en el autismo, es importante entender cómo muchas personas con autismo experimentan el mundo. Les resulta impredecible, caótico e intenso para los sentidos: ruidos inesperados, dobles sentidos o dinámicas sociales ambiguas. Esto genera sensación de incertidumbre y un estado de alerta sostenido que, a largo plazo, aumenta el riesgo de ansiedad y depresión.

Sumado a esto, las personas con autismo presentan una mayor dificultad para regular sus emociones. En general, suelen utilizar estrategias que resultan poco eficaces para gestionar el malestar emocional. De hecho, lejos de ayudar, mantienen o agravan el malestar interno.

Las personas con autismo, incluidos los niños, suelen padecer altos niveles de activación: es decir, un estado elevado de alerta física y emocional (por ejemplo, mayor tensión, nerviosismo o sensibilidad ante lo que ocurre alrededor). Este nivel de activación difícilmente se gestiona de forma adaptativa, esto es, mediante estrategias que permitan regular esas emociones de manera eficaz y ajustada a la situación.

Algunos expertos alertan de que, en el caso de las niñas y en los contextos urbanos, pueden haber mayor predisposición a sufrir ansiedad o depresión.




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¿Qué podemos hacer?

Comprender el perfil individual es fundamental para no generalizar y ser capaces de detectar diferencias sutiles. En el caso de los menores, hay que hacer un esfuerzo por conocer al niño y no generalizar. Cada niño con autismo presenta una combinación propia de fortalezas, dificultades, intereses, formas de comunicación y maneras de regular sus emociones. Conocer ese perfil implica observar cómo se relaciona con los demás, cómo expresa el malestar, qué situaciones le generan estrés, qué apoyos le ayudan a calmarse y qué cambios respecto a su comportamiento habitual pueden indicar que algo no va bien.

Una vez conocemos bien al niño y su forma particular de experimentar el mundo, también podemos poner en marcha estrategias que ayuden a prevenir o reducir la aparición de síntomas ansiosos o depresivos. Por ejemplo:

  • Observar y analizar cambios en su contexto y su comportamiento.

  • Dar valor e importancia a las emociones que los niños experimentan, aunque no las expresen verbalmente: “Veo que esto está siendo muy difícil, te puedo ayudar”.

  • Reducir la incertidumbre en sus contextos cotidianos. Anticipar cambios, usar apoyos visuales y estructurar el entorno.

  • Apoyar la regulación emocional de forma explícita. Identificar emociones, usar apoyos visuales, practicar técnicas de respiración, etc.

  • Explicar y hacer explícito lo que para nosotros es obvio.

Vivir con este trastorno supone muchos desafíos en el día a día, pero no significa que no se pueda aspirar al máximo bienestar. Familias y maestros tienen el papel fundamental de observar, comprender y acompañar.

The Conversation

Gema P. Sáez-Suanes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El reto de cuidar la salud mental en niños con autismo – https://theconversation.com/el-reto-de-cuidar-la-salud-mental-en-ninos-con-autismo-276205

El material sin el que no existirían las películas de Hollywood

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Diaz Marcos, Profesor departamento materiales y microscopista , Universitat de Barcelona

Serhii Yushkov/Shutterstock

A veces, la historia avanza por caminos inesperados. Uno de esos giros curiosos tuvo lugar a mediados del siglo XIX y comenzó con un objeto aparentemente trivial: una bola de billar. Aquella pequeña pieza acabaría desencadenando una historia digna de película.

La necesidad de sustituir el marfil utilizado para fabricar las bolas de billar llevó a la invención de un material nuevo y extraordinario: el celuloide. Considerado el primer plástico semisintético, este material no solo abrió el camino a la futura era de los plásticos, sino que también sería clave en los primeros sistemas para capturar y proyectar imágenes en movimiento. Sin él, probablemente el cine –e incluso Hollywood– no existirían tal como los conocemos.

De las bolas de billar a Hollywood

A mediados del siglo XIX, el billar se había convertido en una auténtica moda y movía enormes cantidades de dinero. Uno de sus grandes referentes era Michael Phelan, probablemente el jugador más famoso de la época.

Pero el éxito del juego escondía un problema inesperado: la gran cantidad de marfil necesaria para fabricar las bolas. En 1867, The New York Times advertía del riesgo de que los elefantes acabaran “contados entre las especies extinguidas” debido a la demanda de sus colmillos. Para encontrar una alternativa, Phelan ofreció una recompensa extraordinaria: 10 000 dólares en oro a quien descubriera un sustituto adecuado para el marfil. Sin saberlo, aquella recompensa acabaría vinculada al nacimiento de la era de los plásticos… y del cine.

El reto lo resolvió John Wesley Hyatt, con la ayuda de su hermano. Su solución fue el celuloide, obtenido a partir de celulosa derivada del algodón y plastificada con alcanfor. Este material podía calentarse, moldearse y volver a moldearse, motivo por el cual se considera uno de los primeros termoplásticos.

Hyatt lo promocionaba con una frase que resume bien el espíritu de la época: “Así como el petróleo ayudó a la ballena, el celuloide ha dado al elefante un respiro”. Más allá de la retórica, el descubrimiento fue revolucionario. Como señala el historiador Jeffrey Meikle en American Plastic, al sustituir materiales escasos o caros, el celuloide contribuyó a democratizar muchos productos para una clase media en expansión.

Utilización en el cine

Curiosamente, el celuloide tuvo una vida breve en el mundo del billar. Sin embargo, su nombre quedaría ligado para siempre a otro ámbito: el cine.

En 1880, el empresario George Eastman, fabricante de cámaras fotográficas, visitó a Hyatt con una idea clara: sustituir las pesadas placas de vidrio de la fotografía por un soporte más ligero. El celuloide resultaba ideal.

Gracias a este material, Eastman pudo colocar la emulsión fotográfica en una cinta larga y flexible enrollada en un carrete, lo que permitía tomar múltiples fotos con una cámara compacta. Así nació, en 1888, la primera Kodak, que popularizó la fotografía y transformó la manera en que las personas registraban su vida cotidiana.

Pocos años después, el uso del celuloide como soporte para película fotográfica –impulsado por desarrollos como el de Hannibal Williston Goodwin– abrió definitivamente la puerta al cine.

Sobre este nuevo material flexible trabajarían los hermanos Lumière, hijos de un reconocido fotógrafo de Lyon. A finales del siglo XIX, su familia ya poseía una de las fábricas fotográficas más importantes de Europa.

Imagen de una cinta de una película antigua.
Imagen de una cinta de una película antigua.
Prawny/Pixabay

Los Lumière: el inicio del cine

Louis y Auguste Lumière fueron más allá de la fotografía. Inspirados por los avances en óptica y mecánica, desarrollaron el cinematógrafo, un ingenioso dispositivo que utilizaba película perforada de 35 milímetros. Mediante una manivela, capturaba imágenes sucesivas que luego podían proyectarse sobre una pantalla.

Cada escena duraba solo unos segundos, pero era suficiente para provocar una sensación completamente nueva: ver la realidad en movimiento. Así comenzó la historia del cine.

La fábrica de los hermanos Lumière se convirtió, de hecho, en el primer estudio cinematográfico. Allí se filmó La sortie de l’usine Lumière, estrenada el 28 de diciembre de 1895 en el Salon Indien del Grand Café de París. Para el público de la época, ver imágenes en movimiento proyectadas en una pantalla fue una auténtica revelación.

Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895.
Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895, hecho por Marcellin Auzolle.
Wikimedia Commons, CC BY-SA

La base de estas primeras películas hizo posible aquel milagro técnico y mereció el honor de dar nombre a esta nueva industria naciente: la industria del celuloide.

En pocos años, el cine se convirtió en un fenómeno de masas que democratizaba el acceso al espectáculo. En la pantalla, el público podía reír con Buster Keaton o escuchar, por primera vez, voces como la de Al Jolson, en los inicios del cine sonoro.

Los peligros del primer cine

Sin embargo, el mismo material que había impulsado el séptimo arte escondía riesgos importantes. La película de nitrocelulosa era extremadamente inflamable: podía descomponerse o incendiarse a temperaturas relativamente bajas y, además, liberaba gases tóxicos durante su degradación.

Este peligro provocó numerosos incendios en salas de proyección y almacenes de películas, y también ha contribuido a la pérdida de una enorme parte del patrimonio cinematográfico. Diversos expertos del sector han señalado que menos de la mitad de las películas rodadas antes de 1950 han llegado hasta nuestros días, y solo una pequeña fracción del cine mudo se ha conservado.

Algunos accidentes fueron especialmente dramáticos. En 1897, durante el Bazar de la Charité de París, una proyección cinematográfica terminó en incendio cuando una llama entró en contacto con película de nitrocelulosa. La tragedia causó más de un centenar de víctimas y evidenció los peligros de aquel nuevo espectáculo tecnológico.

La solución llegaría desde la propia industria. A principios del siglo XX, Kodak introdujo un soporte alternativo basado en acetato de celulosa, mucho más seguro que la nitrocelulosa utilizada hasta entonces. Aquel cambio marcaría el inicio del declive del celuloide en el cine.

Aun así, su legado es inmenso. El celuloide hizo posible el nacimiento del cine moderno y, al mismo tiempo, abrió la puerta a una nueva familia de materiales que transformarían profundamente la sociedad contemporánea: los plásticos.

Si algún día existe un Óscar honorífico para los materiales, el celuloide probablemente sería el primero en recibirlo. Al fin y al cabo, sin él quizá el cine nunca habría llegado a convertirse en la gran fábrica de historias y sueños que hoy conocemos.

The Conversation

Jordi Diaz Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El material sin el que no existirían las películas de Hollywood – https://theconversation.com/el-material-sin-el-que-no-existirian-las-peliculas-de-hollywood-278113

Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorenzo Antonio Justo Cousiño, Profesor de la Facultad de Fisioterapia. Fisioterapeuta, Doctor en Neurociencia, Universidade de Vigo

Danzas populares en Valencia. Kynamuia/Shutterstock

Está demostrado que bailar es una actividad que “pone en danza” diversas dimensiones del ser humano: físicas, cognitivas, emocionales y sociales.

En primer lugar, requiere que mantengamos la atención, nos sincronicemos con la música y ejecutemos diferentes tipos de pasos. Pero además, facilita la expresión y regulación de emociones, así como una mayor interacción social. En el caso de la población mayor, promueve la participación tanto de las personas sanas como la de aquellas que adolecen de limitaciones.

Terapia de danza

La ciencia ha evidenciado que el baile genera importantes cambios en el cuerpo: favorece la estimulación del sistema sensoriomotor, el ejercicio cardiovascular, la coordinación motora y la activación de redes cerebrales ligadas al movimiento y la cognición.

Se llama terapia de danza a una intervención de psicoterapia a que emplea el movimiento y el baile para mejorar la salud y el bienestar del individuo. Este concepto surgió en la década de 1940 cuando sus creadores, en gran parte bailarines y bailarinas, se percataron de los beneficios psicológicos de su actividad.

Un estudio realizado en Finlandia reveló que incorporar terapia de danza al tratamiento habitual de la depresión provoca una mejoría mucho mayor que con una terapia convencional aislada. En este punto es necesario recordar que cualquier intervención en una patología psicológica debe ser abordada por psicólogos o psiquiatras y que una intervención basada en movimiento (ejercicio terapéutico) ha de ser pautada por fisioterapeutas.

Cerebros más moldeables

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro de adaptarse y cambiar en base al aprendizaje, experiencias o reparación de lesiones. Se ha observado que la danza mejora esta propiedad: tiene la capacidad de integrar movimiento y sonido y favorece la conexión entre los dos hemisferios del cerebro. Además, los movimientos complejos del baile estimulan múltiples áreas cerebrales: motoras, sensoriales y cognitivas.

Una investigación realizada en adultos mayores en los que se comparó el baile frente a una intervención basada en ejercicio repetitivo observó un mayor impacto cerebral asociado a la danza. Esto podría estar asociado a una demanda mucho más variada –cognitiva, física y de coordinación–, lo que podría tener potencial para neutralizar la pérdida de materia gris relacionada con la edad.

También se estudia su efecto en enfermedades neurodegenerativas. De hecho, una publicación reciente describe que la danza es una práctica multitarea que cumple los estándares clínicos requeridos para la enfermedad de Parkinson: capacidad aeróbica, equilibrio, ritmo, marcha, control postural y habilidades cognitivas.

Tradiciones saludables

Pero ¿esto se aplica a todo tipo de bailes? ¿También a los tradicionales y folclóricos? En un estudio de 2025 se explica que cualquier modalidad tradicional que implique desempeño físico tendrá beneficios para la salud. También considera que su eficacia en el ámbito cardiovascular, funcional y metabólico es comparable a la de otras formas de ejercicio estructurado.

La autora, ejecutando un baile tradicional gallego.

Además, las danzas folclóricas ofrecen una ventaja añadida: transmiten identidad e historia. Por ejemplo, el baile tradicional gallego ha sido declarado bien de interés cultural.

Otra publicación reciente refuerza estas ideas, concluyendo que el baile tradicional español (que incluye la jota, el flamenco y las sevillanas) contribuye al bienestar físico y emocional, con un impacto positivo en la calidad de vida. Adicionalmente, la danza tradicional estimula un sentimiento de unidad y acompañamiento en los participantes, ayudando a conectar a las personas.

Entre los beneficios de los bailes tradicionales destacan los cardiovasculares y del equilibrio, ya que incorporan pasos ágiles, cambios de dirección y elevación de la frecuencia cardíaca. También se asocia una mejora en la musculatura, pues muchas modalidades implican movimientos vigorosos que movilizan grandes extensiones corporales.

Las exigencias posturales y la coordinación del movimiento favorecen el equilibrio y la coordinación, mientras que las amplitudes motoras en los diferentes patrones de baile favorecen la movilidad articular.

Para todas las edades

En 2019, un estudio realizado en 130 personas mayores de 60 años demostró que practicar baile tradicional (en este trabajo era griego) durante 32 semanas mejoraba la condición física en todas las pruebas evaluada por el Senior Fitness Test, una batería de 6 pruebas que evalúa la fuerza en miembros, flexibilidad, resistencia aeróbica y equilibrio dinámico.

Acorde a los resultados observados, la danza folclórica se mostró como una herramienta eficaz para mejorar la funcionalidad y prevenir las caídas. Y no es solo cosa de mayores: también ha demostrado efectos positivos en estudiantes de secundaria y universitarios, generando mejorías en el estado de ánimo y la condición física.

Más allá del baile: políticas sanitarias

En la actualidad ya existen programas de salud pública que buscan actuar por medio del baile. Estos proyectos, denominados Dance for Health (Baile para la Salud) son proyectos comunitarios que buscan promover la implicación ciudadana en la salud y en la sociedad por medio del baile.

Dicha iniciativa, que ya ha demostrado altos niveles de participación y adherencia, propone en definitiva a la danza como un método de bajo coste, divertido y culturalmente significativo para favorecer la actividad física en la sociedad.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos – https://theconversation.com/cuando-la-tradicion-se-convierte-en-salud-los-beneficios-de-los-bailes-folcloricos-270892

¿Duermen los parásitos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Erika Pineda Ramírez, investigadora postdoctoral Marie Curie del programa ARISTOS dentro del CIBER-BBN, Instituto de Salud Carlos III

Tero Vesalainen / Shutterstock

Dormir bien no es solo una cuestión de descanso. Nuestro cuerpo funciona siguiendo ritmos diarios precisos que regulan desde la liberación de hormonas hasta la respuesta del sistema inmunitario. Cuando estos ritmos se alteran, por el jet lag o por trabajar de noche, el impacto sobre la salud es evidente. Pero, por extraño que parezca, no convivimos en soledad con ese reloj interno.

Millones de microorganismos habitan en nuestro interior y dependen de nuestro cuerpo para sobrevivir. Estos no habitan un entorno fijo, sino uno que cambia constantemente a lo largo del día: nosotros. Esto plantea una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿los parásitos que causan enfermedades también siguen un horario? Y, si es así, ¿puede el momento del día influir en cómo nos infectan o en cómo los tratamos?

¿Qué es un ritmo circadiano y por qué importa?

Los ritmos circadianos son ciclos biológicos que se repiten aproximadamente cada 24 horas y permiten a los organismos anticiparse a los cambios entre el día y la noche. En los seres humanos regulan procesos como el sueño, el metabolismo, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. En otras palabras, coordinan funciones esenciales para la salud.

Lejos de ser un simple reloj del sueño, el sistema circadiano organiza el funcionamiento del cuerpo en el tiempo. Gracias a él no todas nuestras funciones ocurren al azar: hay momentos del día en los que ciertas respuestas son más eficientes que en otros. Esta organización temporal es clave para mantener el equilibrio fisiológico y responder de forma adecuada a los desafíos externos.

Por eso la hora del día es una variable biológica importante: influye en nuestra fisiología y también en nuestra respuesta frente a las enfermedades, desde infecciones hasta procesos inflamatorios.

El cuerpo humano no es un entorno constante

Debido a este ciclo, para un parásito el cuerpo humano no es un entorno estable. A lo largo del día cambian la disponibilidad de nutrientes, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. Incluso procesos aparentemente constantes, como la liberación de hormonas, siguen patrones rítmicos bien definidos.

Para un organismo que depende completamente de su huésped para sobrevivir y multiplicarse, estas fluctuaciones no son un detalle menor. Infectar un cuerpo por la mañana no es lo mismo que hacerlo por la noche. El parásito se enfrenta a defensas distintas y a condiciones fisiológicas cambiantes, que pueden favorecer o dificultar su supervivencia.

Entender cómo los parásitos se adaptan a este entorno dinámico es clave para comprender mejor el desarrollo de las infecciones.

¿Tienen ritmos circadianos los parásitos?

Durante mucho tiempo se asumió que los ritmos circadianos eran exclusivos de organismos complejos. Sin embargo, en los últimos años se ha acumulado evidencia de que varios parásitos presentan cambios rítmicos en su biología a lo largo del día. Estos cambios afectan a procesos clave como el metabolismo, la replicación o la capacidad de infectar al huésped.

Uno de los ejemplos mejor estudiados es Plasmodium, el parásito causante de la malaria. Su ciclo de replicación dentro de los glóbulos rojos suele alinearse con los ritmos circadianos del huésped. Cuando esta sincronización se altera, el parásito pierde eficacia y la infección es menos exitosa, lo que sugiere que anticipar los cambios diarios del huésped le confiere una ventaja biológica clara.

También se han descrito oscilaciones diarias en otros parásitos como Trypanosoma brucei, responsable de la enfermedad del sueño africana, o Leishmania, causante de la leishmaniasis. En estos organismos se han observado cambios rítmicos que afectan a la expresión génica, al metabolismo y a la interacción con la célula hospedadora. En algunos casos, estos ritmos persisten incluso en condiciones constantes, lo que apunta a la existencia de mecanismos internos de control temporal. En otros, parecen depender más estrechamente de las señales fisiológicas del huésped.

En conjunto, estos ejemplos muestran que los parásitos no son organismos pasivos. Muchos organizan su biología en el tiempo, ya sea mediante relojes internos, mediante la sincronización con el huésped o a través de una combinación de ambos mecanismos.

¿Por qué estos ritmos importan para la infección?

Que los parásitos presenten ritmos diarios no es una simple curiosidad biológica. Estas oscilaciones pueden tener consecuencias directas sobre cómo se desarrolla una infección. Si el metabolismo o la replicación del parásito varían a lo largo del día, también puede hacerlo su capacidad para invadir tejidos o evadir la respuesta inmunitaria.

El sistema inmune humano tampoco funciona de manera constante. Muchas de sus respuestas siguen patrones circadianos, lo que significa que la interacción entre huésped y parásito cambia con el tiempo. Diversos estudios sugieren que la carga parasitaria o la gravedad de los síntomas pueden variar según la hora, introduciendo una dimensión temporal clave en el estudio de las infecciones.

Esta dimensión temporal no solo afecta a la infección, sino que podría influir también en el tratamiento. En otras áreas de la medicina ya se ha demostrado que la eficacia y la toxicidad de algunos fármacos dependen de la hora de administración, un enfoque conocido como cronoterapia. En el caso de las infecciones parasitarias, la evidencia creciente sobre ritmos en huésped y parásito plantea la posibilidad de que el momento del tratamiento modifique su impacto.

Entonces, ¿realmente duermen los parásitos?

Aún no sabemos si los parásitos duermen en un sentido comparable al humano. Lo que sí está cada vez más claro es que muchos de ellos organizan su biología en el tiempo, adaptándose a los ritmos del huésped o siguiendo patrones propios. Ignorar esta dimensión temporal limita nuestra comprensión de las infecciones y de su tratamiento.

Tal vez los parásitos no duerman como nosotros. Pero, sin duda, viven pendientes del reloj. Concretamente, del nuestro.

The Conversation

Erika Pineda Ramírez recibe fondos de la UE a través de una beca Postdoctoral Marie Curie dentro del programa ARISTOS del CIBER

ref. ¿Duermen los parásitos? – https://theconversation.com/duermen-los-parasitos-272932

Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mahmoud Nabil, Postdoctoral Researcher, Universidad Pablo de Olavide

EAKARAT BUANOI/Shutterstock

Escuchamos que las energías renovables pueden salvar el planeta. Pero, asumiendo que de hoy a mañana toda la demanda energética se pudiera cubrir con fuentes renovables, ¿bastaría para garantizar un futuro sostenible?

La respuesta es no. Y la razón no es tecnológica, sino económica. El sistema mundial funciona bajo un modelo basado en la producción ilimitada, el consumismo y el crecimiento perpetuo. Mientras ese modelo siga intacto, ninguna fuente de energía podrá evitar que sigamos agotando los recursos del planeta.

Una dependencia que nos define y nos asfixia

Cada gran salto tecnológico desde la Revolución Industrial ha dependido de los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas natural se convirtieron en el motor de todos los aspectos de nuestra vida. Pero su impacto va más allá de lo técnico: el control de estos recursos ha moldeado alianzas, provocado conflictos y condicionado el ascenso y declive de naciones enteras.

El coste ambiental es ya innegable. Cerca del 80 % de las emisiones de CO₂, proceden de la quema de combustibles fósiles, acelerando un calentamiento global cuyas consecuencias son cada vez más visibles: olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales y subida del nivel del mar. Estos fenómenos no solo amenazan ecosistemas, sino que agravan la inestabilidad social, los desplazamientos forzados y los conflictos.

El desafío es doble: reducir emisiones mientras se satisface una demanda energética global que no deja de crecer.




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Energía renovable, demanda insaciable

La luz solar que recibe la Tierra en una hora bastaría para cubrir toda la demanda energética de un año. Y la tecnología para aprovecharla avanza rápido: las celdas solares de silicio han alcanzado una madurez impensable hace dos décadas, tecnologías emergentes como las celdas de perovskita prometen procesos de fabricación más sencillos, y los costes de la energía fotovoltaica han caído más de un 90 % en la última década.

Pero la demanda energética sigue creciendo exponencialmente, mucho más rápido que la solución. La pregunta entonces no es solo cómo producimos energía, sino cuánta necesitamos y por qué la necesitamos en cantidades cada vez mayores.

El motor del problema: producir más, consumir más, crecer siempre

El modelo económico capitalista depende absolutamente del crecimiento perpetuo. El progreso se mide a través del producto interior bruto (PIB). Más producción, más consumo, más PIB. Pero como dicta la lógica y argumentan investigadores como Tim Jackson y Jason Hickel, el crecimiento material infinito en un planeta con recursos finitos es físicamente imposible.

Los datos lo confirman: el uso de energía y el PIB siguen estrechamente acoplados a nivel global, y los intentos de “desacoplar” el crecimiento del uso de recursos han resultado ineficaces. Producimos más eficientemente, sí, pero el sistema exige que produzcamos siempre más.

La economía conoce bien esta paradoja: el efecto rebote. Cuando una tecnología se vuelve más eficiente, reduce el coste por unidad de uso, lo que acaba estimulando un mayor consumo total. La eficiencia, por sí sola, no puede contrarrestar un sistema cuya supervivencia depende de que consumamos cada vez más.

Este efecto llegaría incluso a la propia energía solar. Si volvemos a la suposición del principio, que toda la demanda se cubre con renovables, el problema no desaparecería. Impulsados por el modelo económico, la gente consumirá más y la industria producirá más, alimentando una extracción de materiales sin límite aparente.

Todo esto nos acerca a lo que se define como la transgresión de los “límites planetarios”: extraemos más de lo que el planeta puede regenerar. La huella material de la economía global se ha triplicado desde 1970. El precio a pagar es la degradación ambiental y la explotación de las regiones más vulnerables, todo bajo la promesa de una prosperidad que nunca llega a todos.




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La energía no solo debe ser limpia; debe ser justa

La justicia nunca debe quedar fuera. Los materiales para fabricar paneles solares y baterías, como el indio, la plata, el cobre, el cobalto o las tierras raras, no aparecen de la nada. Se extraen en países del Sur Global, bajo condiciones laborales precarias y con escasa supervisión ambiental.

Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, los salares de litio en Argentina, Bolivia y Chile, la minería de tierras raras en el sudeste asiático o la explotación de oro en Sudán muestran cómo la demanda de materiales “verdes” puede reproducir dinámicas coloniales.

Mientras que los costes humanos y ambientales se concentran en el Sur Global, los beneficios económicos fluyen al Norte Global. Si la expansión de las renovables reproduce este modelo extractivo, la transición energética se convertirá en una nueva forma de explotación en lugar de un avance colectivo.

Cambiar la fuente no basta: hay que cambiar el sistema

El avance científico es esencial, pero el desafío energético va mucho más allá de los laboratorios. Está enraizado en un modelo que premia la acumulación, normaliza el consumismo y externaliza sus costes hacia los ecosistemas y las comunidades más vulnerables, Cambiar de fuente energética es necesario pero insuficiente.

El desafío energético no es solo un problema técnico con solución técnica: es un problema sistémico. Requiere replantearnos qué entendemos por progreso, para quién producimos y a costa de qué. Las decisiones que se tomen hoy a nivel político, económico y estructural definirán no solo la trayectoria del cambio climático, sino la naturaleza del mundo que emerja de esta transformación. Energía renovable sin cambiar el sistema económico es una promesa vacía de futuro sostenible.

The Conversation

Mahmoud Nabil no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible – https://theconversation.com/las-energias-renovables-son-esenciales-pero-no-suficientes-para-un-futuro-justo-y-sostenible-277592

Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Ángeles Quesada Cubo, Investigadora predoctoral FPU, Universidad Pablo de Olavide

Matej Kastelic/Shutterstock

Para un docente universitario, impartir clase en un aula medio vacía puede ser una experiencia descorazonadora. Una reacción habitual es achacar la ausencia de los estudiantes a un desinterés por la asignatura. Pero no acudir a una clase no siempre indica apatía. A veces esconde una decisión racional. Cuando una clase se percibe como tiempo de baja rentabilidad, la asistencia cae, aunque el interés por la asignatura exista.

Esto ocurre cuando la sesión repite lo que ya está en el campus virtual. También sucede cuando no ofrece nada que no pueda estudiarse en casa. Los estudiantes que deciden no ir al aula no dejan de aprender, sino que dejan de ver razones para estar físicamente en el aula.

¿Qué aporta ir a clase?

En un reciente estudio hemos explorado tres experiencias de innovación docente con una idea simple: si queremos que el alumnado vuelva, el aula debe volver a significar algo. La evaluación combinó observación del profesorado con cuestionarios anónimos y voluntarios.

Los resultados permiten extraer una conclusión incómoda, pero útil. El absentismo no se combate con reproches. Se combate con diseño pedagógico.

Evitar la rutina

El punto de partida es conocido, pero conviene decirlo sin rodeos. La clase magistral puede ser valiosa. Sin embargo, cuando se convierte en rutina, tiende a empujar al alumnado a un papel pasivo.

En ese marco, la presencia deja de aportar una diferencia clara. La asistencia se vuelve prescindible. Las tres metodologías probadas intentan lo contrario. Buscan convertir la sesión presencial en un espacio donde ocurren cosas que no pueden trasladarse a un simple documento.




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Explicar la teoría en formato pódcast

En la primera propuesta se pidió al alumnado transformar conceptos teóricos en pódcasts divulgativos. El cambio parece menor. Sin embargo, obliga a tomar decisiones intelectuales importantes.

Hay que elegir la idea central. También hay que sostenerla con argumentos, buscar ejemplos y construir un relato comprensible. En la práctica, explicar para que otra persona comprenda, actúa como un detector de lagunas.

Si un concepto no se ha entendido bien, eso se nota al intentar contarlo. Por eso los estudiantes que participaron en nuestro proyecto valoran esta metodología, que combina síntesis conceptual y creatividad.

La tarea deja de consistir en repetir contenidos. Pasa a reconstruirlos con sentido propio. Al mismo tiempo, la experiencia sirve de advertencia importante: un pódcast no consiste solo en hacer algo con audio. Debe acompañarse de pautas claras, fuentes fiables, criterios de calidad y una planificación temporal. Si no es así, puede vivirse como una carga extra o quedarse en una divulgación superficial.

Construir un manual didáctico

La segunda metodología consistió en construir de forma colaborativa un manual didáctico de la asignatura. Cada grupo trabajó una parte del temario. El resultado final funcionó como material común para estudiar, debatir y mejorar.

Aquí el cambio no es solo de formato. También es un cambio de lógica. El alumnado no produce un trabajo para entregarlo y olvidarlo. Produce un recurso que vuelve al grupo y organiza el curso. Esa utilidad compartida transforma la implicación. Convierte la asistencia en parte del proceso de producción y no en un simple trámite.




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Los universitarios que participaron consideraron que esta actividad mejoraba su interés por asistir a clase. También mejoró su relación con el profesorado.

Cuando la clase se vive como un lugar donde se construye algo en común, desconectarse cuesta más. La asistencia deja de ser una obligación externa. Pasa a ser una necesidad interna del propio proceso de aprendizaje y compromiso grupal.

Cuando el alumnado lidera la clase

La tercera propuesta se basó en la metodología conocida como clase invertida. El alumnado asume un rol protagonista al preparar y exponer los contenidos. El profesorado, guía, corrige y aporta coherencia.

El potencial es evidente. Aparecen la conversación y el debate, y disminuye el monólogo. Sin embargo, también surgen condiciones que conviene atender. Parte del grupo expresó reticencias. Señaló el riesgo de cometer errores. También mencionó desigualdades en la capacidad de exposición y la falta de evaluación o reconocimiento de esas intervenciones.

La clase invertida funciona cuando el diseño protege la calidad: esto implica entrenar habilidades como la síntesis, la búsqueda de fuentes y la exposición. También exige fijar criterios de rigor y mantener un papel docente visible, que garantice estructura y corrección.

Cuando estas condiciones se cumplen, el protagonismo del alumnado no sustituye al profesorado, sino que amplía su impacto.

Lo que hace que asistir merezca la pena

Con matices, las tres experiencias apuntan en la misma dirección. La asistencia mejora cuando el aula ofrece algo irreemplazable. Puede ser debate real, producción compartida o práctica guiada.

La tecnología puede ayudar. Sin embargo, no produce resultados por sí sola. Lo decisivo es el protagonismo del alumnado y el sentido de la tarea.

Hay un último elemento que suele olvidarse en los debates públicos sobre docencia: la continuidad. Estas metodologías requieren tiempo, acompañamiento y estabilidad organizativa para consolidarse.

No son soluciones rápidas contra el absentismo. Son formas de reconstruir el sentido de la presencialidad. Esto exige que el profesorado universitario tenga estabilidad laboral y que la calidad de la docencia se valore tanto como la investigación.

Al final, la pregunta más productiva para cualquier universidad no es por qué el alumnado no viene. Es qué ocurre en esa clase para que venir merezca realmente la pena.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario – https://theconversation.com/esta-clase-merece-la-pena-como-combatir-el-absentismo-universitario-276935

Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Montserrat López Melero, Profesora contratada Doctora de Derecho Penal, Universidad Europea Miguel de Cervantes

LightField Studios/Shutterstock

Hay personas a las que parece que nada les afecta. Ni una mala noticia, ni una pérdida de un ser querido, ni siquiera una alegría intensa. No es frialdad deliberada ni falta de educación emocional: es lo que la psicología denomina indiferencia afectiva.

Se trata de un rasgo poco visible, a menudo malinterpretado, que condiciona la forma de sentir, relacionarse y reaccionar ante el mundo de estas personas. Comprenderlo es clave para no confundir distancia emocional con insensibilidad ni silencio con distanciamiento deliberado.

La indiferencia afectiva también es conocida como desapego emocional y se refiere a una actitud de distanciamiento y falta de reacción emocional ante estímulos que normalmente provocarían una respuesta emocional en otras personas.

Quienes lo sufren tienden a mostrar una escasa afectividad, lo que supone que rara vez experimentan emociones intensas, ya sean positivas o negativas.

Este rasgo puede ser una característica inherente de la personalidad o puede desarrollarse como un mecanismo de defensa ante experiencias traumáticas o situaciones de estrés prolongado. En algunos casos, la indiferencia afectiva es voluntaria y consciente. En otros puede ser involuntaria y, por tanto, difícil de controlar.

Las señales de alerta

Las personas que exhiben indiferencia afectiva presenta una serie de comportamientos y actitudes que las distinguen y que es importante que seamos capaces de detectar:

  • Falta de empatía. La persona puede tener dificultad para comprender y compartir los sentimientos de los demás, lo que conllevaría conflictos interpersonales.

  • Respuesta emocional plana. A menudo, las reacciones emocionales son menos intensas o completamente ausentes, pueden parecer personas desinteresadas o apáticas en situaciones que normalmente provocarían una respuesta emocional.

  • Relaciones superficiales. Tienden a establecer relaciones interpersonales menos profundas, ya que su capacidad para conectar emocionalmente con otros es limitada.

  • Independencia emocional. Son personas con una alta autosuficiencia y menos dependientes de validación y del apoyo emocional de los demás.

Experiencias traumáticas o factores biológicos

¿Pero existe alguna causa concreta para tener indiferencia afectiva? No, las causas son variadas y complejas y tienen que ver con algunos motivos como estos:

  • Factores biológicos. Las diferencias en la química cerebral y la función neurológica pueden influir en la capacidad de una persona para experimentar y expresar emociones. Un ejemplo bien podría ser el del famoso asesino en serie estadounidense Edmund Emil Kemper III, quien mostró una notable indiferencia afectiva y frialdad emocional, lo que se ha atribuido en parte a factores biológicos, aunque también a factores psicológicos.

  • Experiencias traumáticas. La exposición a eventos traumáticos, especialmente en la infancia, conlleva el desarrollo de mecanismos de defensa que incluyen el desapego emocional y, por tanto, indiferencia. Richard Kuklinski The Iceman podría ser un caso que responde a estas causas. El comportamiento de este asesino a sueldo, que mostró una notable indiferencia afectiva hacia sus víctimas, se ha atribuido en parte a las experiencias traumáticas que vivió durante su infancia –abusos físicos y emocionales por parte de sus padres–.

  • Entorno familiar. Criarse en un entorno familiar donde la expresión emocional no es muy valorada o es reprimida contribuye a tener indiferencia afectiva. Un caso notable es el de Aileen Wuornos, una asesina en serie estadounidense que tuvo una infancia extremadamente difícil, marcada por el abandono y el abuso. Creció en un entorno familiar disfuncional, lo que contribuyó a su desarrollo de indiferencia afectiva y comportamientos violentos.

  • Trastorno de la personalidad. Algunos trastornos como el esquizoide puede incluir indiferencia afectiva como síntoma central. Un caso emblemático es el de José Bretón, que acabó con la vida de sus dos hijos de 6 y 2 años en 2011.

Terrorismo y ausencia de sentimientos

La indiferencia afectiva no solo se encuentra entre muchos asesinos, sino también en los terroristas. Estos casos son más complejos y multifacéticos si cabe, dado que este rasgo se caracteriza por una falta de interés y participación emocional, lo que conlleva a la disminución de la reactividad y ausencia de sentimientos.

En los terroristas internacionales de corte yihadista, por ejemplo, se observan factores sociales, psicológicos y biológicos que influyen en la construcción de su personalidad, por lo que la indiferencia –junto con otros rasgos de la personalidad, como la agresividad– contribuye a la incapacidad de adaptación y la facilidad para realizar actos delictivos. La complejidad de la radicalización dificulta la explicación de la misma únicamente por la presencia de la indiferencia afectiva.

Podemos señalar algunas consecuencias de la indiferencia afectiva que son interesantes, tanto positivas como negativas. Respecto de las positivas, tener una falta de implicación emocional puede permitir una evaluación más objetiva y racional en situaciones en las que hay que tomar alguna decisión, y esto es ventajoso en contextos profesionales.

Por otro lado, al no verse afectadas por los altibajos emocionales, las personas con indiferencia afectiva pueden mantener una estabilidad emocional que les permite manejar el estrés y las adversidades de una manera más efectiva.

Por último, la independencia emocional puede llevar a una mayor autosuficiencia y capacidad para trabajar de una manera autónoma sin necesidad de constante apoyo en los demás.

Respecto de las negativas, la falta de empatía y conexión emocional pueden dificultar la formación de relaciones profundas con otros, lo que conlleva sentimientos de aislamiento y soledad. Además, la indiferencia afectiva puede resultar en una comunicación menos efectiva, ya que las señales emocionales y la reciprocidad juegan un papel significativo en la interacción del ser humano.

Por último, las personas con indiferencia son percibidas como frías, insensibles o distantes, y eso afecta negativamente a las relaciones personales.

Como conclusión, la indiferencia afectiva es un rasgo de la personalidad que tiene ventajas y desventajas, si bien puede ofrecer una mayor estabilidad emocional y capacidad para tomar decisiones racionales, aunque también limita la capacidad para conectar emocionalmente con otras personas. Comprender esto y sus implicaciones ayuda a aquellos que poseen este rasgo de la personalidad a manejar sus interacciones y a empatizar.

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Montserrat López Melero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva – https://theconversation.com/ni-frialdad-ni-insensibilidad-que-es-realmente-la-indiferencia-afectiva-247075

¿Qué pueden hacer Europa y España para afrontar una crisis energética como la actual?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Linares, Profesor de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI, Universidad Pontificia Comillas

GreenOak/Shutterstock

La actual crisis energética desatada por el ataque a Irán por parte de Israel y EE. UU., y que se parece a la creada en Europa por la invasión rusa de Ucrania, nos recuerda que los combustibles fósiles ocasionan más problemas además de su contribución al cambio climático: su concentración en zonas geográficas concretas, y el poder de mercado que pueden ejercer algunas de estas regiones, resultan en amenazas para la seguridad energética, que se pueden manifestar tanto en la cantidad disponible como en los precios de estos combustibles.

En ocasiones como la actual (o como en la invasión de Ucrania), el problema se origina inicialmente por la cantidad: el bloqueo del estrecho de Ormuz impide la salida de buques de petróleo y metaneros (que transportan gas natural licuado, ese que precisamente permitió a Europa sobrevivir tras el cierre de los gasoductos rusos), reduciendo significativamente la oferta de estos combustibles en el mercado.

Una crisis de precios global

Según la Agencia Internacional de la Energía, la guerra en Oriente Medio está provocando la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo. Frente a una demanda global aproximada de 100 millones de barriles por día (mbd) de petróleo y de 570 000 millones de metros cúbicos (570 bcm) de gas natural licuado, los buques que pasaban por el estrecho de Ormuz transportaban un 20 % del petróleo y un 21 % del gas natural licuado.

Esta menor disponibilidad de oferta se traduce, directamente, en un aumento del precio, reflejo de la escasez. El petróleo cotiza estos días en 100 dólares/barril, mientras que el gas natural en Europa ha alcanzado precios de hasta 40-50 euros/MWh (casi el doble de los altos precios que ya teníamos desde la invasión de Ucrania y la recuperación post-covid).

Es importante subrayar que esta crisis de precios afecta a todos los países, sean o no productores de combustibles fósiles, aunque de forma asimétrica dentro del país. Por ejemplo, los consumidores de Estados Unidos, que es básicamente independiente en términos energéticos gracias a su producción de petróleo y gas natural, sufrirán también la subida de precios de gasolinas (algo menos la de gas natural, que es un mercado no tan global como el del petróleo). Evidentemente, sus productores aumentarán sus beneficios.

Consecuencias para Europa y España

En el caso de Europa, o de China, no sólo hay un problema de precios, también un problema de escasez: esos barcos de petróleo que llegaban desde Oriente Medio ya no llegan, y habrá que buscar alternativas. Porque estas regiones no tienen recursos propios que puedan movilizar, como sí tienen los estadounidenses.

Europa depende en un 73 % de los combustibles fósiles (un 90-95 % importado) para su suministro energético. En España, y a pesar de los avances recientes en renovables, el consumo final de energía sigue siendo en un 70 % fósil (importado al 100 %), con el transporte alimentado casi por completo por el petróleo.

Esto supone que las industrias españolas pueden ver comprometido su suministro de combustible, pero sobre todo, que van a tener que pagar más por su energía, igual que los hogares. La principal vía de impacto es el precio del gas, tanto directamente como vía precios eléctricos (el precio del gas es clave para determinar el precio de la electricidad). Pero además el precio del petróleo afecta a los que utilizan transporte por carretera o avión.

¿Qué podemos hacer?

Lo primero que puede hacerse para tratar de paliar esta evidente vulnerabilidad sería tratar de reducir nuestra dependencia de estos combustibles fósiles tan volátiles en precio y concentrados en cantidad. Una razón más para tratar de seguir avanzando en la transición energética hacia fuentes descarbonizadas –sin emisiones de CO₂ o metano– que, afortunadamente, no tienen este problema (al menos no en cuanto al combustible).

De hecho, la respuesta europea a la crisis del gas ruso fue la iniciativa conocida como RePowerEU con los objetivos de impulsar el ahorro de energía, la diversificación del suministro y la producción de energía limpia.

A corto plazo, podemos pensar también en otras medidas para tratar de que el golpe a las familias y a las empresas no sea tan duro. La primera sería poner más petróleo y gas en el mercado, liberando las llamadas reservas estratégicas. La Agencia Internacional de la Energía ha acordado liberar 400 millones de barriles de petróleo, pero esto sólo equivale a 20 días de suministro vía Ormuz.




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La Agencia Internacional de la Energía libera 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas y provoca un efecto rebote en los mercados


Distintos agentes han propuesto en España otras opciones por si la guerra se alarga: reducir impuestos, bonificar el consumo (como los famosos 20 céntimos por litro de combustible aplicados en España en el 2022), eliminar el precio del CO₂ o volver a la “excepción ibérica” o tope al precio del gas.

Todas estas medidas arreglan algo, pero desbarajustan otras cosas. Por ejemplo, la bonificación al consumo estimula la demanda (justo lo contrario que queremos hacer en momentos de escasez), aparte de que también puede ser capturada por los productores al no bajar los precios tanto como la bonificación o subir el precio y quedarse una parte del descuento. El tope al gas tiene problemas similares. Las bajadas de impuestos, por su parte, son muy regresivas, benefician más a las personas ricas que a aquellas con menos recursos.

La Comisión Europea, tras la crisis de Ucrania, propuso una serie de medidas en caso de una emergencia de precios, en parte para tratar de imponer cierto sentido común y en parte para evitar que cada Estado miembro hiciera la guerra por su cuenta (distorsionando de paso el mercado único). Su recomendación a corto plazo: que las ayudas se focalizaran en los consumidores vulnerables y fueran a tanto alzado, es decir, ni descuentos, ni bonificaciones, ni reducciones de impuestos, sino plantearse como ayudas fijas que no cambien el precio del producto.

No estaría mal volver a estas recomendaciones europeas y, como señalaba antes, seguir impulsando la transición energética, porque es la mejor forma de evitar más sustos en el futuro.

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Aunque gran parte de las investigaciones de Pedro Linares están financiadas por empresas, ONGs e instituciones públicas relacionadas con el sector energético y medioambiental, declaro que los resultados, conclusiones y opiniones de mis publicaciones no representan ni han sido influidas por estas entidades.

ref. ¿Qué pueden hacer Europa y España para afrontar una crisis energética como la actual? – https://theconversation.com/que-pueden-hacer-europa-y-espana-para-afrontar-una-crisis-energetica-como-la-actual-278221

Lo que la guerra de Irán esconde: la búsqueda de la hegemonía estadounidense sobre los recursos fósiles

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando De Llano Paz, Profesor Titular de Universidad en Departamento de Empresa. Línea de investigación: Economía de la Energía, Universidade da Coruña

Refinería de petróleo en Bahréin. Dr Ajay Kumar Singh/Shutterstock

La guerra entre Israel-EE. UU. e Irán evidencia una desgarradora realidad implícita. El discurso político de Donald Trump, normalmente despachado mediante la simple dicotomía de “buenos (nosotros) y malos (ellos)” esconde, en la mayoría de los casos, la lucha desatada por el acceso a los recursos energéticos y su control.

Se demostró con la firma del acuerdo con Ucrania para acceder a las reservas de minerales críticos y, más recientemente, con la intervención en Venezuela para aumentar el control de su producción petrolera.

Una de las claves de la intervención en Venezuela es el hecho de que las reservas probadas venezolanas son de en torno al 17 % de las reservas totales mundiales. Sin duda es un recurso apetitoso para las empresas petroleras estadounidenses y su potencial expansión y crecimiento.

Ahora, le ha tocado a Irán y, por extensión, a la región de Oriente Medio. Estos territorios atesoran prácticamente cerca de la mitad de las reservas mundiales de petróleo y del 40 % de las de gas natural. Irán dispone de una cuota del 12 % de las reservas mundiales de crudo, así como del 3,3 % de la producción y del 4 % del comercio marítimo de este recurso.

El dato relevante es la identificación del principal cliente de este petróleo: China compra la mayor parte de la producción petrolera iraní. En cuanto al gas natural, podríamos decir que sufre un “cuello de botella”, ya que se le reconoce el 17 % de las reservas mundiales y produce en torno al 5% del gas, pero tan sólo alcanza el escaso 1 % del comercio global. La razón no es otra que Irán carece de infraestructura para la conversión en gas natural licuado que permita su exportación por vía marítima.

Ormuz marca la respiración de Oriente Medio y de los mercados

Un elemento crítico en esta guerra está siendo el estrecho de Ormuz, enclave geoestratégico para el comercio mundial tanto de petróleo y gas como de otras mercancías claves para las economías mundiales. Así, más de una cuarta parte del comercio mundial del petróleo y una quinta parte del de gas natural transita por Ormuz.

El estrecho es vital para países como el propio Irán, Kuwait, Catar y Baréin, ya que es su única ruta marítima para la exportación de petróleo. Si ampliamos el análisis, el crudo iraní supone casi el 12 % del total exportado en la región de Oriente Medio, ocupando el cuarto puesto en relevancia. Concretamente, Arabia Saudí alcanza una cuota del 31 % del petróleo exportado por la región, Irak del 18 %, Emiratos Árabes Unidos del 16 % e Irán cierra la lista de grandes exportadores con un 11,9 %.

Del otro lado, el de la demanda, la región de Asia-Pacífico es la más afectada por el conflicto. Más del 80 % del petróleo que transita por Ormuz tiene ese destino, principalmente China, India y Japón. De hecho, más del 75 % de las importaciones japonesas de petróleo pasan por Ormuz. Pero el bloqueo del estrecho impacta también a otros mercados y cadenas de suministro (cereales, componentes industriales para automoción, fertilizantes, compuestos activos para productos farmacéuticos, etc.). Adicionalmente, la situación bélica y de inestabilidad eleva el precio de los seguros marítimos, y con ellos, el precio final de los productos importados.

Inestabilidad geopolítica: la mecha para el alza y la volatilidad en los precios

Esta situación bélica está teniendo un efecto directo sobre los precios del petróleo y, por tanto, sobre los combustibles. La escalada de precios del petróleo ha conducido a que, en los primeros 10 días de marzo, la subida haya estado entre el 20 y el 50 %.

Tras alcanzar valores superiores a los 110 dólares (precios que no se veían desde 2022, con la invasión rusa de Ucrania), se ha producido una bajada en el precio del barril hasta situarlo entre 90 y 100 dólares. Esta moderación se debe, en parte, al anuncio del presidente Trump de que la guerra contra Irán estaba “casi terminada”.

También ha influido el anuncio de liberación de 400 millones de barriles, provenientes de las reservas estratégicas de los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Esta operación tendrá “un plazo adecuado a las circunstancias nacionales de cada país miembro y se complementarán con medidas de emergencia adicionales por parte de algunos países”. En todo caso, con un Ormuz bloqueado y las acciones militares activas, esta liberación puede convertir en anecdótica e irrelevante.

La guerra que Israel-EE. UU. e Irán están librando en Oriente Medio presenta un elemento diferencial que va a alargar sus efectos negativos sobre la economía mundial: la destrucción de infraestructuras de extracción y procesamiento de combustibles fósiles.

Así, mientras que el cierre temporal del estrecho de Ormuz tiene efectos negativos sobre los mercados, los ataques contra instalaciones y equipos pueden convertir el daño en estructural y prolongar la crisis de suministro.

Líder en producción y consumo y actor principal en el mercado petrolero

Estados Unidos es el líder mundial en producción petrolera (22 % del total), doblando la cuota del segundo, Arabia Saudí, y del tercero, Rusia (en torno al 11 % cada uno). Además, es el principal país consumidor petrolero (20 %), seguido por China (15 %). Por otro lado, la cuota estadounidense en el mercado de exportación de petróleo alcanza aproximadamente el 10 % sobre el total, tan sólo por detrás de Arabia Saudí (15 %) y Rusia (12 %) (que, pese a las sanciones, no ha dejado de exportarlo, fundamentalmente a China).

Con estos datos, y conociendo el perfil del presidente y magnate Donald Trump, no cuesta entender que, por desgracia para la legalidad internacional, estas intervenciones en política exterior son sólo negocios y Trump quiere la mayor parte del pastel petrolero.

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Fernando De Llano Paz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Lo que la guerra de Irán esconde: la búsqueda de la hegemonía estadounidense sobre los recursos fósiles – https://theconversation.com/lo-que-la-guerra-de-iran-esconde-la-busqueda-de-la-hegemonia-estadounidense-sobre-los-recursos-fosiles-277873

¿Cuáles son las verdaderas posibilidades de encontrar vida inteligente extraterrestre?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola Andalucía

El ser humano sigue buscando vida extraterrestre inteligente, a pesar de que las incógnitas son muchas más que las certezas. Joshua Earle / Unsplash. , CC BY-SA

La pregunta sobre si estamos solos en el universo es hoy más científica que filosófica. Sabemos que el cosmos está lleno de planetas y que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra. Sin embargo, cuando descendemos al detalle –cuántos planetas son realmente habitables y qué sabemos de sus atmósferas– la respuesta se vuelve mucho más cauta. La realidad es que nuestros datos son todavía escasos y, en muchos casos, indirectos.

Astrobiología, lo que sabemos… y lo que no

La astrobiología ha demostrado que los ingredientes básicos de la vida (carbono, agua, fuentes de energía) son comunes. En la Tierra, algunos microorganismos sobreviven en ambientes extremos: volcanes submarinos, desiertos hipersalinos o regiones polares. Esto sugiere que la vida podría surgir en contextos muy variados.

Pero solo tenemos un ejemplo de vida: el terrestre. No sabemos si la aparición de organismos complejos fue casi inevitable o un accidente improbable. Tampoco sabemos si la inteligencia tecnológica es una consecuencia frecuente de la evolución o una rareza extraordinaria. La hipótesis del “gran filtro” plantea que existe un obstáculo, en algún punto entre materia inerte y civilizaciones interestelares, que hace que las segundas sean extremadamente improbables.

Exoplanetas habitables, abundantes, pero mal conocidos

Desde el descubrimiento del primer exoplaneta alrededor de una estrella parecida al Sol en 1995, el catálogo ha crecido hasta sumar miles. Misiones como Kepler y TESS han mostrado que los planetas son comunes en la galaxia.

Muchos se encuentran en la llamada “zona habitable”, la región alrededor de una estrella donde podría existir agua líquida en superficie. Pero este concepto es simplificador: estar en la zona habitable no garantiza océanos, ni atmósfera estable, ni protección frente a radiación intensa.

Y aquí aparece el punto crucial: los datos que tenemos sobre exoplanetas potencialmente habitables son extremadamente limitados.

En la mayoría de los casos, solo conocemos su radio, masa estimada y periodo orbital. A partir de esos datos, inferimos densidades promedio, lo que permite clasificar un planeta como probablemente rocoso o gaseoso. Pero desconocemos su tectónica, su campo magnético, su actividad volcánica o la composición real de su superficie.

Investigando condiciones habitables

En cuanto a atmósferas, nuestro conocimiento es aún más precario. Solo en algunos casos (generalmente planetas grandes y cercanos) se han podido estudiar mediante espectroscopía de tránsito. Incluso el potente James Webb Space Telescope apenas comienza a caracterizar atmósferas de “supertierras” o “minineptunos”, no de auténticas “Tierras gemelas” del tamaño y condiciones exactas de nuestro planeta.

Composición atmosférica del exoplaneta WASP-96 b.
NASA, ESA, CSA, STScI

Detectar oxígeno, metano u otros posibles biomarcadores en planetas rocosos pequeños es, hoy por hoy, extremadamente difícil. Las señales son débiles, los datos ruidosos y las interpretaciones ambiguas. El oxígeno, por ejemplo, puede generarse por procesos no biológicos, y el metano puede tener origen geológico. Separar señal biológica de procesos abióticos requiere observaciones repetidas y modelos atmosféricos muy detallados que todavía están en desarrollo.

En otras palabras, aunque hablamos de “planetas habitables”, en realidad estamos trabajando con estimaciones estadísticas más que con caracterizaciones completas. Nuestra muestra de mundos rocosos con atmósferas bien estudiadas es, literalmente, inexistente en comparación con la diversidad que suponemos que existe.

Buscar inteligencia: señales de radio y tecnofirmas

La búsqueda directa de vida inteligente se canaliza principalmente a través de iniciativas como la del Instituto SETI Institute, que emplea radiotelescopios para detectar señales artificiales en el rango de microondas, una banda relativamente silenciosa del espectro natural.

VLA (Very Large Array), un conjunto de 27 radio antenas colocadas en Nuevo México.
Alex Savello/NRAO

El problema es doble. Primero, temporal: una civilización tecnológica podría generar señales detectables solo durante una fracción muy breve de su existencia. La humanidad lleva poco más de un siglo emitiendo radio al espacio. Segundo, espacial: la Vía Láctea tiene unos 100 000 años luz de diámetro. Incluso una señal enviada desde “solo” 1 000 años luz implicaría un retraso milenario en cualquier respuesta.

Además, estamos suponiendo que otras civilizaciones utilicen tecnologías comparables a las nuestras. Podrían emplear métodos de comunicación que no detectamos o no reconocemos como artificiales. Por eso, también se buscan “tecnofirmas” o huellas indirectas de actividad tecnológica, como contaminación industrial en atmósferas lejanas o patrones energéticos anómalos.

Ejemplos de ‘tecnofirma’, cualquier propiedad o efecto que pueda ser medible y que proporcione evidencia científica de la existencia de tecnología y, por tanto, vida inteligente en el espacio, bien sea en el pasado o en la actualidad.
Wikimedia Commons., CC BY

Las distancias: el límite físico

La exploración directa es prácticamente inviable con la tecnología actual. La estrella más cercana, Próxima Centauri, está a más de cuatro años luz. A las velocidades de nuestras sondas más rápidas, un viaje hasta allí requeriría decenas de miles de años. Incluso propuestas futuristas que contemplan velas impulsadas por láser apenas rozan la viabilidad teórica.

Concepto de nave con una vela solar.
Bert Willemsen/ArtStation

Esto convierte la búsqueda en un ejercicio de paciencia y estadística. Observamos miles de estrellas, acumulamos datos y esperamos detectar anomalías consistentes.

Entonces, ¿cuáles son las posibilidades?

Sabemos que:

  • Los planetas son comunes.

  • Algunos están en zonas potencialmente habitables.

  • La química orgánica es abundante en el cosmos.

Pero no sabemos:

  • Cuán frecuente es la vida microbiana.

  • Si la vida compleja es habitual.

  • Si la inteligencia tecnológica es común o excepcional.

  • Cuánto duran las civilizaciones emisoras.

Y, sobre todo, no conocemos con suficiente detalle las atmósferas y condiciones reales de los exoplanetas rocosos en zonas habitables. Nuestra muestra es pequeña y nuestros instrumentos aún están en fase de aprendizaje.

La conclusión es prudente: las posibilidades no son despreciables, pero nuestra capacidad de evaluación todavía es limitada. En cierto sentido, estamos en una etapa preliminar, similar a la biología antes del microscopio moderno.

Las próximas décadas, con telescopios más grandes y técnicas más refinadas, podrían cambiar radicalmente el panorama. Hasta entonces, la pregunta sigue abierta, sostenida más por el asombro que por la evidencia concluyente.

The Conversation

Carlos Vázquez Monzón ha recibido fondos de la Unión Europea-NextGenerationEU, y de la Xunta de Galicia bajo la beca ED 431B 2020/38

ref. ¿Cuáles son las verdaderas posibilidades de encontrar vida inteligente extraterrestre? – https://theconversation.com/cuales-son-las-verdaderas-posibilidades-de-encontrar-vida-inteligente-extraterrestre-277276