Resiliencia aparente y riesgo real en el mercado mundial de hidrocarburos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eszter Wirth, Profesora de Economía Internacional (ICADE), Universidad Pontificia Comillas

shutterstock

Aunque el Brent superó los 120 dólares por barril la semana pasada, sigue lejos de los 150-200 dólares previstos para un estrecho de Ormuz cerrado durante meses. Además, la economía global ha mostrado una resiliencia notable, con un impacto limitado en la vida cotidiana y las bolsas cerca de máximos.

Algunos analistas optimistas confían en un ajuste similar al de 2022, tras la invasión de Rusia a Ucrania, cuando el petróleo alcanzó 129 dólares sin provocar una recesión global. Sin embargo, la actual disrupción en Ormuz implica una pérdida de oferta mucho mayor, tensionando tanto a importadores como a productores de hidrocarburos.

¿El principio del fin de la OPEP?

La semana pasada, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) perdió a su tercer miembro más importante, Emiratos Árabes Unidos (EAU), que anunció abruptamente su salida en un momento en el que los países del Golfo deberían cooperar ante un conflicto en el que son víctimas colaterales. Pero los desacuerdos entre Arabia Saudí y EAU no son nuevos: ambos reinos compiten para convertirse en centros de negocios líderes de Oriente Medio y ejercer su influencia en Yemen, Sudán y el cuerno de África. Paralelamente, tras la firma de los Acuerdos de Abraham, en 2020, Emiratos Árabes es, entre los países del Golfo, el que mejor relación ha forjado con Israel mientras que Arabia Saudí es mucho más hostil.

La OPEP, un cartel creado en 1960 para reforzar el control sobre el petróleo de los países productores, alcanzó su mayor poder en 1973, pero fue perdiendo influencia con la aparición de nuevos productores, como EE. UU. y varios países latinoamericanos (Ecuador, Colombia), más allá de Venezuela, país socio fundador de la organización.

En 2016, la OPEP se amplió con otros socios –entre ellos Rusia– para formar la OPEP+, aunque con frecuentes tensiones por las cuotas de producción, y bajo el liderazgo de facto de Arabia Saudí, que actúa como productor regulador gracias a su capacidad ociosa (la diferencia entre su producción máxima potencial y su producción efectiva).

EAU había invertido mucho en ampliar su capacidad de extracción petrolera desde 3 millones de barriles diarios a 5 millones hasta 2027, lo que desconcertó a Arabia Saudí, acusándolo de superar las cuotas pactadas en la OPEP. No es el primer país que se retira del club –ya lo hicieron antes Catar, Ecuador y Angola– y el cartel sobrevivió. Sin embargo, sería muy preocupante si otros miembros siguiesen su ejemplo, como Kuwait, Irak o Venezuela. Y el bloqueo de Ormuz ha sacado a relucir el poder de Irán, otro miembro del club, en detrimento de Arabia Saudí, Kuwait e Irak, cuyas exportaciones petroleras se encuentran paralizadas.




Leer más:
Arabia Saudí: coronavirus, tronos y guerra petrolera


Verano, refinería y tensiones: el factor EE. UU.

Estados Unidos es un productor sustancial de hidrocarburos pero también un gran importador, por lo que su tasa de apertura comercial lo expone a la volatilidad de los precios internacionales. Además, su territorio presenta desequilibrios en el suministro. La costa Este, la más poblada, dispone de poca capacidad de refino y depende de importaciones. La costa Oeste está relativamente aislada del resto del sistema energético nacional, al carecer de oleoductos que la conecten al golfo de México, y, cuando hay déficit, depende de las importaciones desde Oriente Medio, Asia o América Latina.

A medida que se acerca el verano, el aumento de la demanda (driving season) en EE. UU. podría impulsar el precio del combustible por encima de los 5 dólares por galón (unos 4,27 euros por unos 3,8 litros de combustible). Los líderes iraníes asumen que Donald Trump no podría tolerar tal encarecimiento por su coste electoral en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre, pero subestiman el egoísmo del presidente estadounidense, quien se preocupa menos por las carreras de los congresistas republicanos que por firmar un acuerdo más humillante con Irán que el que firmó Obama en 2015.

Además, Trump podría emplear otra herramienta egoísta: restringir las exportaciones de combustibles estadounidenses para retener la oferta nacional. Esta medida sería un trago amargo para Europa Occidental, que importa grandes cantidades de petróleo refinado estadounidense, sobre todo diésel.

Las refinerías europeas procesan crudo para generar, sobre todo, gasolina (en detrimento del diésel o los combustibles de aviación) pese a que el transporte por carretera europeo depende fuertemente del diésel. Dicho combustible solía comprarse a Rusia pero, desde 2022, las autoridades europeas lo sustituyeron por diésel procedente del golfo Pérsico, la India o EE. UU.

Europa, poco coordinada

La Agencia Internacional de Energía ha advertido de que Europa podría sufrir falta de suministro de combustible para aviones si sus refinerías deciden recortar la producción de queroseno a favor del diésel.

Adicionalmente, Europa tiene que lidiar con una debilidad interna: la falta de coordinación. Los Estados comunitarios no comparten bien la información sobre sus inventarios, lo que dificulta gestionar una crisis en tiempo real, y en algunos casos ni siquiera se sabe con precisión cuántas reservas hay disponibles.

The Conversation

Eszter Wirth no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Resiliencia aparente y riesgo real en el mercado mundial de hidrocarburos – https://theconversation.com/resiliencia-aparente-y-riesgo-real-en-el-mercado-mundial-de-hidrocarburos-281932

¿Pueden ver las plantas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio E. Encina García, Personal del Área de Fisiología Vegetal. Catedrático de Universidad, Universidad de León

Las plantas, a su manera, ven la luz del entorno y, así, regular sus ciclos vitales, como la floración. Ilie Barna / Unsplash., CC BY-SA

Decir que las plantas “ven” es una licencia poética. Obviamente las plantas no tienen retina, ni ojos, ni cerebro y, por tanto, no tienen el tipo de visión que asumimos para otros organismos. Ahora bien, pensemos en una definición amplia del término visión, esa que dice que es la capacidad mediante la cual un organismo capta luz del entorno, la transforma en señales biológicas y la interpreta para representar de manera útil el mundo que lo rodea. En ese sentido, podríamos llegar a convencernos de que las plantas “ven”.

La luz, mucho más que energía

Como organismos fotosintéticos, las plantas son capaces de absorber y utilizar la luz con una sofisticación y eficiencia extraordinaria. Pero, para ellas, la luz no es sólo la energía que alimenta la fotosíntesis, es también información. La luz es una señal ambiental de primer orden sobre la alternancia día-noche, sobre si están rodeadas de competidoras, cuándo deben germinar, abrir los estomas o en qué momento conviene florecer, entre otras cosas.

Un estoma en la epidermis de una hoja tal como se ve al microscopio. Consta de dos células oclusivas unidas entre sí en sus extremos que, juntas, delimitan un poro u ostiolo.
Wikimedia Commons., CC BY

La clave de esta percepción está en los fotorreceptores, biomoléculas que funcionan como sensores capaces de absorber luz y transformar esa información física en respuestas biológicas. Hoy en día, se sabe que las plantas disponen de fotorreceptores especializados en interpretar la información lumínica asociada a rangos discretos de radiación electromagnética. Esto implica que son capaces de interpretar su calidad espectral, es decir, “perciben colores”.

Por ejemplo, los fitocromos están especializados en percibir luz en la región del rojo –longitudes de onda de luz entre 600 y 700nm– y del rojo lejano –entre 700 y 800 nm, justo fuera del rango de la luz visible para los humanos–. Mientras, los criptocromos y las fototropinas y receptores UV-B, son sensibles a la luz azul y ultravioleta. Los fotorreceptores en plantas no se encuentran en estructuras organizadas, se encuentran en tipos celulares muy diversos, que pueden encontrarse en todos los órganos.

Fitocromos: interruptores biológicos de luz roja

Los fitocromos, una amplia familia de fotorreceptores, están entre los mejor caracterizados. Se trata de proteínas unidas una especie de “antena” (cromóforo) capaz de absorber fotones en la zona del rojo y rojo lejano (entre 600 y 800 nm aprox.). La luz modula la actividad del fotorreceptor induciendo cambios en el plegamiento de la proteína.

Se sabe que los fitocromos existen en dos formas interconvertibles: Pr, que absorbe luz roja y Pfr, que absorbe luz roja lejana. La luz roja convierte Pr en Pfr, la forma activa; la roja lejana favorece el proceso inverso.

Cuando el fitocromo está en su forma activa o Pfr, puede desplazarse desde el citoplasma al núcleo celular. Una vez allí, activa o reprime la expresión de una compleja red de genes que controlan programas de desarrollo. De esta manera, actúa como un interruptor reversible que informa a la planta sobre la calidad espectral de la luz que la rodea. Este mecanismo de acción ilustra muy bien el funcionamiento general de todos los fotorreceptores conocidos en plantas.

¿Cómo detectan las plantas a sus vecinas?

Uno de los aspectos más fascinantes es que las plantas pueden detectar a sus vecinas en función del grado de sombreo utilizando como sensores a los fitocromos. Lo logran midiendo la proporción entre luz roja y luz roja lejana. La luz solar directa contiene ambas, pero las hojas absorben mucha luz roja para la fotosíntesis y dejan pasar o reflejan más luz roja lejana.

Así, cuando una planta percibe una caída en la relación rojo/rojo lejano, interpreta que hay otras plantas cerca. Esta lectura del ambiente activa el llamado síndrome de evitación de la sombra. La planta cambia su arquitectura: alarga tallos, modifica la orientación de sus hojas y reduce la ramificación. No está “pensando”, pero está tomando decisiones de desarrollo. Su cuerpo se reorganiza para alcanzar la luz antes o mejor que sus competidoras.

Esta capacidad tiene enormes implicaciones agrícolas. En un cultivo denso, por ejemplo, las plantas invierten demasiada energía en competir por luz en lugar de producir semillas, frutos o biomasa útil. Por eso, comprender los fotorreceptores ayuda a seleccionar variedades más tolerantes al sombreado, capaces de crecer en alta densidad sin activar en exceso respuestas de escape.

La luz marca su calendario

Además, la luz a través de los fotorreceptores regula el calendario interno de muchas especies. El cambio de proporción de luz roja/roja lejana en la transición luz-oscuridad puede ser percibida por los fitocromos, lo que permite a las plantas medir la duración relativa del día y la noche. Gracias a ello, algunas especies florecen cuando los días se alargan, otras cuando se acortan. De esa manera, ajustan su ciclo vital a la estación más favorable.

La floración es un momento clave de su ciclo vital y su éxito depende, en buena medida, de interpretar correctamente qué condiciones ambientales son las más favorables.

Mirarlas con otros ojos

Si este artículo ha llegado a ustedes, espero que haya contribuido a que “vean” a las plantas de otra manera, digamos que con “otros ojos”. Quizás ahora piensen que son más que organismos pasivos expuesto al sol.

Las plantas exploran su entorno luminoso, comparan señales, anticipan competencia y ajustan su desarrollo. Son capaces de percibir un mundo de colores invisibles para nuestra experiencia cotidiana. Para ellas, cada amanecer no solo trae energía: trae un libro de instrucciones.

The Conversation

Antonio E. Encina García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Pueden ver las plantas? – https://theconversation.com/pueden-ver-las-plantas-279774

Estas son las funciones sociales y emocionales que nunca podrá cubrir un chatbot

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Millones de personas conversan con chatbots de forma habitual. Brett Jordan / Unsplash. , CC BY-SA

Millones de personas interactúan a diario con sistemas conversacionales, no solo para resolver dudas o aumentar su productividad, sino también para desahogarse, ordenar pensamientos o sentirse acompañadas.

Lo relevante no es únicamente el avance tecnológico, sino el tipo de vínculo que empieza a emerger. Aplicaciones diseñadas específicamente para ofrecer compañía –como Replika o Character.AI– y herramientas más generalistas como ChatGPT están ocupando un espacio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a las relaciones humanas: el de la interacción emocional cotidiana.

La cuestión ya no es si estas tecnologías pueden conversar de forma convincente sino qué ocurre cuando empezamos a relacionarnos con máquinas que simulan escucharnos, comprendernos y acompañarnos.

Cuando una herramienta se percibe como “alguien”

Desde la psicología social, sabemos que los seres humanos no necesitamos demasiado para activar nuestros mecanismos de interacción social. Basta con que algo responda de forma contingente, coherente y mínimamente personalizada. Este fenómeno, conocido como antropomorfización, describe la tendencia a atribuir mente, intención y emociones a sistemas no humanos.

Los sistemas conversacionales actuales cumplen con creces esas condiciones. Responden rápido, ajustan el lenguaje, recuerdan información previa y simulan estados emocionales. No es que confundamos una IA con una persona; es que nuestro sistema cognitivo no está diseñado para interactuar con entidades que “parecen sociales” sin tratarlas como tales. Como ya mostraron los investigadores de la Universidad de Standford Clifford Reeves y Byron Nass en su informe The Media Equation, tendemos a aplicar normas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando sabemos que no son humanos.

En la práctica, esto significa que hablar con una IA no es una interacción neutra. Es una interacción psicológicamente social, aunque uno de los interlocutores no sea una persona.

El atractivo de una relación sin fricción

Las relaciones humanas son complejas por definición. Implican tiempos de espera, malentendidos, reciprocidad, conflicto y ajuste continuo. Los compañeros artificiales o AI companions eliminan gran parte de esa fricción. Están disponibles en cualquier momento, responden de forma inmediata y rara vez introducen disonancia o desacuerdo.

Desde el punto de vista del aprendizaje, esto genera un entorno especialmente reforzante. Las interacciones tienden a ser satisfactorias o, al menos, no aversivas, lo que incrementa su repetición. Este tipo de dinámica se entiende bien desde los modelos de refuerzo: cuando una conducta (en este caso, interactuar con la IA) produce consecuencias positivas de forma consistente, su probabilidad de repetición aumenta.

Además, la ausencia de evaluación social negativa reduce el coste de exponerse. Sabemos que las personas pueden llegar a compartir más información personal con sistemas automatizados que con otros humanos, precisamente porque perciben menor riesgo de juicio. En otras palabras, la IA ofrece algo difícil de encontrar en la vida cotidiana: escucha constante sin consecuencias sociales inmediatas (posibles juicios, críticas, burlas, etc.).

Qué necesidades emocionales pueden estar cubriendo

En este contexto, no resulta sorprendente que muchas personas empiecen a utilizar estos sistemas para funciones que antes cumplían otras personas. Una de ellas es la regulación emocional básica. Verbalizar pensamientos, ordenar lo que sentimos o recibir una respuesta estructurada puede reducir la activación emocional. Este efecto está bien documentado en la literatura sobre escritura expresiva: poner en palabras la experiencia emocional facilita su procesamiento.

También aparece la sensación de compañía. Aunque sepamos que la IA no tiene conciencia, la interacción continuada puede generar una percepción subjetiva de presencia. Este fenómeno conecta con las relaciones parasociales, donde los individuos desarrollan vínculos emocionales con figuras mediáticas o virtuales, sin reciprocidad real.

A esto se suma la validación. Los sistemas están diseñados para responder de forma comprensiva y ajustada, lo que facilita una experiencia de escucha difícil de sostener en relaciones humanas, en las que el otro también tiene límites, emociones y necesidades.

Lo que no está: reciprocidad, conflicto y reconocimiento real

Sin embargo, hay elementos fundamentales que no aparecen en este tipo de interacción y que son clave para el desarrollo psicológico. El primero es la reciprocidad real. En una relación humana, el otro no está ahí solo para responder. También tiene necesidades, puede retirarse, puede no entendernos o puede no estar de acuerdo. Esa interdependencia es parte esencial del vínculo.

El segundo es el conflicto. Aunque tendamos a evitarlo, el desacuerdo, la frustración y la necesidad de negociación son contextos donde se ponen en juego habilidades fundamentales: tolerancia a la frustración, regulación emocional, empatía recíproca y corregulación interpersonal. En las relaciones humanas, el conflicto obliga a ajustar la propia respuesta al estado emocional del otro. Las interacciones con IA, en cambio, tienden a reducir esta fricción: no solo facilitan la conversación, sino que a veces disminuyen la exposición a información incómoda o discrepante. Esa “fricción de verdad” es precisamente una de las dimensiones problemáticas de la bautizada en inglés como AI sycophancy –“adulación de la IA”–, entendida como la tendencia de los modelos de lenguaje a estar de acuerdo, halagar y validar al usuario.

El tercero es el reconocimiento genuino. Ser validado por otra persona implica una contingencia real, podría no ocurrir. Esa posibilidad es lo que da valor al reconocimiento. En una IA, la validación está garantizada por diseño. No hay riesgo de rechazo, pero tampoco autenticidad en sentido estricto.

Sustitución funcional y dependencia sin conflicto

El escenario más probable no es una sustitución total de las relaciones humanas, sino una sustitución funcional. Es decir, que determinadas funciones –desahogo emocional, toma de decisiones, compañía puntual– empiecen a desplazarse hacia la interacción con sistemas artificiales.

Este cambio es sutil, pero relevante. Reduce la exposición a la complejidad relacional humana y puede favorecer un patrón particular: dependencia sin conflicto. Una forma de relación que no exige adaptación, no genera rechazo y no obliga a revisar el propio comportamiento.

A corto plazo, esto puede resultar altamente eficaz para reducir el malestar. A largo plazo, puede limitar el desarrollo de habilidades psicológicas que solo se adquieren en contextos donde hay fricción, incertidumbre y reciprocidad real. Como advierte la investigadora del Massachusetts Institute of Technology Sherry Turkle en su ensayo Alone Together, la tecnología puede ofrecer la ilusión de compañía sin las demandas de la relación, pero eso no es equivalente a una relación.

Una nueva categoría de vínculo

Más que sustituir a las relaciones humanas, los AI companions parecen estar configurando una categoría intermedia: espacios psicológicos de baja exigencia donde es posible hablar, organizarse emocionalmente o sentirse acompañado sin asumir el coste de una relación.

La cuestión no es si debemos utilizar estas herramientas, sino cómo integrarlas sin que desplacen aquello que las relaciones humanas aportan y que no puede ser replicado: la negociación, la diferencia, la imprevisibilidad y, en última instancia, la capacidad de transformarnos a través del otro.

Y es que una conversación que siempre funciona puede ser cómoda. Pero no necesariamente es la que más nos hace crecer.

The Conversation

Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Estas son las funciones sociales y emocionales que nunca podrá cubrir un chatbot – https://theconversation.com/estas-son-las-funciones-sociales-y-emocionales-que-nunca-podra-cubrir-un-chatbot-282068

Tenemos una alarma en casa y no lo sabíamos: cómo el wifi y el 5G ven sin cámaras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Jesus Bernardos Cano, Catedrático del Departamento de Ingeniería Telemática de la Universidad Carlos III de Madrid, Universidad Carlos III

pixadot.studio/Shutterstock

Cada vez que nuestro teléfono se conecta al router de casa, algo invisible llena el aire. Son ondas de radio que rebotan contra las paredes, los muebles y las personas que habitan ese espacio. Hasta hace poco esas reflexiones se consideraban un problema, un obstáculo que degradaba la calidad de la señal. Hoy los ingenieros e ingenieras de telecomunicaciones han dado la vuelta al argumento: esos rebotes son, en realidad, una fuente de información extraordinaria. Gracias a ellos podemos encontrar nuevas aplicaciones para las redes wifi y 5G.

Estas redes no solo nos conectan al mundo digital. También son capaces de percibir el mundo físico que nos rodea. Es lo que se conoce como Integrated Sensing and Communications (ISAC), que podemos traducir como “comunicaciones y detección integradas”. No es ciencia ficción: se trata de uno de los ámbitos de investigación más activos en telecomunicaciones y será una de las piedras angulares del futuro 6G.

La analogía del radar: ver sin ver

Para entender cómo funciona ISAC pensemos en un radar militar. Un radar emite un pulso de energía, ese pulso golpea un avión y regresa al emisor. Analizando el tiempo que tarda en volver y cómo ha cambiado la señal podemos saber dónde está el avión, a qué velocidad viaja e incluso inferir su tamaño.

El wifi (y lo mismo ocurre con 5G) hace algo parecido, aunque de forma mucho más sutil. El router emite una señal continua que se propaga por toda la vivienda. Cuando una persona camina por el salón, su cuerpo absorbe y refleja parte de esa energía, alterando la señal que recibe cualquier dispositivo conectado a la red. Esas alteraciones –diminutas, pero medibles– son la huella que dejamos en el espacio electromagnético.

Con los algoritmos adecuados esa huella puede interpretarse para conocer nuestra posición, nuestra velocidad e incluso nuestra respiración.

Lo interesante de ISAC es que la misma señal sirve para dos propósitos a la vez: transmitir datos (páginas web, videollamadas, mensajes) y, simultáneamente, actuar como sensor del entorno. Sin hardware adicional. Sin cámaras. Sin micrófonos.

¿De qué sirve todo esto?

La primera y más intuitiva aplicación es que permite controlar la seguridad del hogar sin sacrificar la privacidad. Un sistema basado en wifi detecta la presencia de un intruso sin necesidad de grabar imágenes ni almacenar vídeo: sabe que alguien está ahí y no necesita saber quién. Esto abre la puerta a soluciones de seguridad que los usuarios más reticentes a instalar cámaras podrían aceptar de buen grado.

La segunda aplicación tiene un componente profundamente humano: el cuidado de personas mayores o con movilidad reducida. Sistemas experimentales ya son capaces de detectar una caída en tiempo real y lanzar una alerta al instante. También de monitorizar la frecuencia respiratoria de un paciente durante el sueño sin que lleve ningún sensor encima.

Fuera del hogar, el potencial también es enorme. En el ámbito del transporte, las estaciones base de 5G distribuidas por la ciudad podrían detectar peatones o ciclistas ocultos tras un camión, alertando al vehículo antes de que el conductor (ya sea humano o artificial) pueda verlos. En entornos industriales, la misma infraestructura que comunica a los robots en una fábrica podría vigilar en tiempo real si un operario entra en una zona de riesgo.

El salto al 5G y la promesa del 6G

Las redes 5G multiplican el potencial de la detección inalámbrica por varios motivos técnicos. Operan en frecuencias más altas y utilizan anchos de banda mucho mayores, lo que se traduce en una resolución temporal y espacial incomparablemente superior a la del wifi doméstico. Si este nos dice que “hay alguien en el salón”, el 5G puede llegar a decirnos dónde está esa persona con una precisión de centímetros.

El futuro 6G llevará esta capacidad aún más lejos, integrando la detección como una función nativa de la red y no como un añadido. Se habla ya de redes capaces de construir gemelos digitales del entorno físico en tiempo real: representaciones virtuales de espacios que se actualizan al instante conforme cambia la realidad.

Un campo con mucha investigación

Como ejemplo relevante de investigación en este ámbito cabe mencionar a NEXTONIC. Se trata de un laboratorio de investigación e innovación abierta centrado en las comunicaciones inalámbricas de próxima generación, con especial atención a la integración de capacidades de detección en la propia infraestructura de red.

En este marco destacan dos proyectos. En primer lugar, MultiX explora nuevas técnicas de transmisión y detección simultánea sobre infraestructuras inalámbricas con el objetivo de sentar las bases para los sistemas ISAC del futuro. Por su parte, PRIME-6G aborda desde un punto más experimental soluciones 6G capaces de integrar la comunicación y la detección.

Una tecnología con grandes preguntas abiertas

Como toda tecnología poderosa, ISAC también plantea interrogantes que la sociedad y la comunidad investigadora deberán responder. ¿Quién tiene acceso a los datos de detección? ¿Cómo garantizamos que esta capacidad no se convierta en un instrumento de vigilancia masiva? Los investigadores del campo trabajan en soluciones técnicas, pero el marco regulatorio y el debate público son igualmente necesarios.

Lo que parece claro es que las ondas que nos rodean cada día guardan mucha más información de la que imaginamos. Aprender a leerlas con responsabilidad puede cambiar la forma en que cuidamos nuestra seguridad, nuestra salud y nuestras ciudades.

The Conversation

Este artículo está vinculado a las líneas de investigación del laboratorio NEXTONIC y a los proyectos Horizonte Europa MultiX (Grant Agreement No. No 101192521) y PRIME-6G (Grant Agreement 101272485), donde se exploran nuevas arquitecturas de comunicaciones inalámbricas que integran capacidades de detección para las redes del futuro.

ref. Tenemos una alarma en casa y no lo sabíamos: cómo el wifi y el 5G ven sin cámaras – https://theconversation.com/tenemos-una-alarma-en-casa-y-no-lo-sabiamos-como-el-wifi-y-el-5g-ven-sin-camaras-274879

Hantavirus y memoria pandémica: por qué el miedo llega antes que los datos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Pachón-Basallo, Doctora en educación y psicología, Universidad de Navarra

eamesBot/Shutterstock

Hay un viejo dicho popular que dice: “Si me mientes una vez, es tu culpa. Si me mientes dos, es la mía”. A primera vista parece un proverbio sobre la confianza interpersonal, pero encierra algo mucho más profundo sobre cómo funciona nuestra mente cuando ha sido golpeada por una experiencia límite. Entender la reacción de mucha gente ante las noticias del hantavirus pasa, necesariamente, por entender ese mecanismo.

El cerebro que recuerda lo malo mejor que lo bueno

Empecemos por un hecho bien establecido en psicología cognitiva: nuestro cerebro no trata lo bueno y lo malo de forma simétrica. En un artículo que lleva más de 10 000 citas en la literatura científica, Roy Baumeister y sus colaboradores demostraron que los eventos negativos se procesan con más profundidad, se recuerdan con mayor detalle y durante más tiempo, y dejan huellas más resistentes al cambio que los eventos positivos. Lo llamaron, sin ambages, Bad is Stronger than Good, “lo malo es más fuerte que lo bueno”.

Esto no es un defecto, sino una solución evolutiva: un organismo que aprende más rápido de las amenazas sobrevive mejor. El problema es que ese mismo sistema, tan útil en la sabana, opera con exactamente la misma lógica en el siglo XXI cuando vemos en el móvil el titular “Brote de hantavirus en crucero procedente de Argentina”.

A nivel neurobiológico, la amígdala (estructura central del sistema límbico) actúa como un detector de amenazas que procesa la señal de peligro antes de que el córtex prefrontal pueda evaluarla de forma racional. El neurocientífico estadounidense Joseph LeDoux describió este mecanismo como la “vía corta”: un atajo neuronal que sacrifica precisión a cambio de velocidad. El resultado es que reaccionamos emocionalmente antes de pensar. Y cuando ese sistema ha sido entrenado por una experiencia tan intensa como el covid, la reactividad se dispara con mucha más facilidad.

El covid como experiencia condicionante de escala histórica

Para entender la intensidad de la respuesta actual, hay que ir un paso más atrás. Desde la psicología del aprendizaje, el covid funcionó como una experiencia de altísima intensidad emocional: muerte cercana, confinamiento, incertidumbre radical, pérdida de rutinas, de trabajo, de personas queridas. Toda esa carga quedó asociada a un conjunto de señales muy concretas: noticias de virus, curvas de contagio, palabras como “pandemia”, “transmisión”, “sin vacuna”…

Ahora esas señales están cargadas de significado emocional aprendido. Basta con que aparezca una de ellas (aunque sea un virus completamente diferente, aunque los datos sean tranquilizadores) para que el sistema emocional dispare la respuesta aprendida: ansiedad, alerta, necesidad de hacer algo o, en el polo opuesto, desconexión total.

Aquí volvemos al dicho del principio: la “segunda amenaza” ya no se evalúa desde cero. El sistema llega cargado, con los esquemas activados, listo para confirmar lo peor.

Por qué el covid dejó esa impronta y no otra

Pero hay algo que hace que esta asociación sea especialmente poderosa, y que va más allá de la psicología individual. Durante generaciones, los seres humanos hemos mantenido las pandemias, las guerras mundiales y las extinciones masivas en el terreno de lo que le pasó a otros, en otro tiempo. Los historiadores hablan de “distancia psicológica”: los eventos catastróficos del pasado forman parte de nuestro imaginario colectivo, pero no de nuestra experiencia vivida. Esto tiene una función protectora muy concreta: nos permite funcionar en el día a día sin conectar con la posibilidad de que algo así nos pueda pasar a nosotros, aquí, ahora.

Y, sin embargo, antes del covid, ese mismo sistema tenía un escudo cognitivo adicional: el sesgo de optimismo irreal, descrito por el psicólogo Neil Weinstein como la tendencia a creer que los eventos negativos son menos probables para uno mismo que para los demás en situaciones comparables. Aunque algunos autores lo han relacionado con efectos protectores sobre el bienestar psicológico, el propio fenómeno puede volverse maladaptativo cuando conduce a subestimar riesgos reales y reducir conductas preventivas. En cierto modo, podríamos decir que no es negación patológica, sino el precio de la salud mental cotidiana: no podemos permitirnos vivir en alerta permanente.

El covid lo rompió todo. Y no solo de forma individual, sino generacional y colectiva: por primera vez en la memoria viva de la mayoría de la población, una amenaza de escala civilizatoria fue real, cercana, concreta y transmitida en directo. Eso dejó una impronta que no funciona como un recuerdo más, sino como una reconfiguración del umbral de amenaza percibida. El escudo cognitivo se rompió, y ahora el sistema de detección de peligros opera en un terreno nuevo, más sensible.

Dos respuestas, un mismo origen

Cuando ese sistema condicionado se activa frente a noticias como las del hantavirus, las personas tendemos a responder de dos maneras que parecen opuestas pero comparten la misma raíz:

  • Hiperactivación: búsqueda compulsiva de información, compra preventiva de mascarillas, plantearse cancelar el viaje a Tenerife aunque los datos objetivos no lo justifiquen. Es la respuesta de quien no puede no hacer nada cuando el sistema emocional está en alerta.

  • Evitación y desconexión: ignorar las noticias, racionalizar que “esto no es lo mismo”, cambiar de tema. Lejos de ser indiferencia, es muchas veces una estrategia defensiva para no reconectar con el peso emocional de lo vivido.

Ambas respuestas son comprensibles y, en cierta medida, adaptativas. El problema surge cuando se vuelven rígidas: quien está en hipervigilancia acaba en un ciclo de ansiedad que se retroalimenta; quien desconecta pierde la capacidad de hacer una evaluación realista del riesgo.

La OMS ya ha señalado que el brote actual de hantavirus no es comparable ni en mecanismo ni en escala a la transmisión del SARS-CoV-2 (y esa información importa), pero llega a un sistema de procesamiento que, para una parte de la población, ya no opera desde la calma. Saber los datos no es suficiente si el sistema emocional no está en condiciones de recibirlos.

Quizás lo más llamativo de todo esto es que no habla de irracionalidad, sino de coherencia. Nuestro sistema psicológico hace exactamente lo que aprendió a hacer: recuerda lo malo con más precisión, se prepara antes de pensar, y aplica lo aprendido en cuanto detecta una señal parecida. El problema no es el cerebro; es que el mundo cambió de una forma para la que no teníamos precedente reciente, y todavía estamos recalibrando.

Volviendo al dicho: si la primera vez te pilló desprevenido, ahora tu sistema emocional prefiere equivocarse por exceso antes que volver a ser sorprendido. Es, en el fondo, una forma de aprendizaje. Incómoda, a veces desproporcionada, pero perfectamente humana.

The Conversation

Mónica Pachón-Basallo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Hantavirus y memoria pandémica: por qué el miedo llega antes que los datos – https://theconversation.com/hantavirus-y-memoria-pandemica-por-que-el-miedo-llega-antes-que-los-datos-282517

2026: el verano de la crisis del queroseno, ¿habrá menos turistas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

Aeropuerto Málaga-Costa del Sol. Kiev.Victor/Shutterstock

Se acerca el verano y el cierre del estrecho de Ormuz se mantiene, asfixiando la oferta de petróleo y gas natural y sus derivados (incluido el combustible para aviación). Aunque no hay datos para anticipar una caída generalizada, se están produciendo recargos y cancelaciones que apuntan a un riesgo más concreto: cuando suben los costes, las aerolíneas protegen las rutas más rentables y otros destinos quedan más expuestos.

Una fortaleza con letra pequeña

España llega a esta coyuntura con una posición sólida. En 2025 recibió 96,8 millones de turistas internacionales, un nuevo máximo histórico y un 3,2 % más que el año anterior. Reino Unido, Francia y Alemania fueron los tres principales mercados emisores. Además, la demanda internacional sigue siendo alta y España mantiene una posición fuerte en el mercado europeo de vacaciones.

Pero esa fortaleza tiene letra pequeña. Cuanto mayor es el volumen de turistas internacionales, mayor es la exposición del país a cualquier cambio en la conectividad aérea. El riesgo, por tanto, no nace de una caída de visitantes sino del encarecimiento de una pieza esencial del viaje: el vuelo. No obstante, conviene evitar dos errores:

  1. El alarmismo: unas cancelaciones concretas no anuncian por sí solas una mala temporada.

  2. La complacencia: cuando sube el coste de volar, algunos destinos lo notan antes que otros.

Cuando suben los costes, cambian las rutas

Lufthansa ha anunciado la retirada de 20 000 vuelos de corto radio hasta octubre. La cifra es llamativa, pero necesita contexto. Según la propia compañía, el ajuste equivale aproximadamente al 1 % de su capacidad de verano, medida en asientos/kilómetro disponibles (ASK, el número de asientos de un vuelo por la distancia en kilómetros de la ruta). La decisión se concentra en sus vuelos europeos y busca ahorrar unas 40 000 toneladas de combustible.

Cuando el combustible se encarece, las aerolíneas ajustan su programación: reducen frecuencias, cancelan las rutas con menores márgenes de ganancias, concentran sus operaciones en en sus hubs aeroportuarios (centros de conexión que reciben y emiten grandes cantidades de vuelos, pasajeros y mercancías) y protegen los trayectos más rentables. Si volar se hace más caro, la demanda turística puede cambiar de forma.

Estos ajustes no afectan por igual a todos los modelos del negocio aéreo. Las aerolíneas tradicionales (legacy, con tarifas y servicios completos suelen proteger sus rutas estratégicas y hubs principales, concentrando pasajeros y optimizando conexiones.

En cambio, las compañías de bajo coste, que operan con mayor flexibilidad, pueden ajustar muy rápidamente sus rutas, frecuencias e incluso los aeropuertos desde los que operan en función de la rentabilidad. Así, un contexto de costes al alza va a condicionar qué rutas se mantienen y cuáles desaparecen.

Pese a la incertidumbre, muchos turistas seguirán viajando. Puede que ahora reserven antes, reduzcan su estancia, cambien sus fechas de viaje, elijan otro aeropuerto, busquen un destino más cercano o recorten sus gastos de viaje.

El precio altera las decisiones

En España preocupa una crisis en el sector turístico por el peso que este tiene en el PIB nacional (12,6 % en 2024) y porque algunos de los mercados afectados por las tensiones energéticas son grandes clientes turísticos de España.

Tras Reino Unido, Alemania es el segundo mercado turístico para España en gasto, pasajeros aéreos y pernoctas. En 2025 recibió 12 millones de turistas alemanes, un máximo histórico, que gastaron alrededor de 15 800 millones de euros.

Francia también es clave aunque, por proximidad, muchos turistas franceses pueden viajar por carretera. Eso reduce parte de la dependencia aérea pero no la elimina: las conexiones aéreas siguen siendo importantes para islas, ciudades y destinos alejados de la frontera.

A esto se le suma la dependencia de hubs europeos como Fráncfort, Ámsterdam o París. Una parte muy importante del turismo no llega en vuelos directos sino a través de estos grandes aeropuertos de conexión. Así, las decisiones tomadas en estos nodos pueden afectar indirectamente a los destinos españoles.

Por eso no basta con mirar la cifra nacional de turistas. Una reducción de capacidad desde un hub alemán puede no mover demasiado el total nacional. Pero puede afectar a una isla, a una ciudad concreta, a una ruta de temporada o a un segmento de viajeros de alto gasto.

El propio ministro de Industria y Turismo ha advertido que, pese a que España tiene una posición relativamente sólida en reservas y producción de queroseno, eso no la protege si los países emisores de turistas sufren problemas de conectividad o precios.




Leer más:
¿Qué regiones españolas notan más las fluctuaciones en la llegada de turistas?


No todo ‘shock’ externo perjudica

A veces, la inestabilidad en unas regiones desvía la demanda hacia otras. Según la agencia Reuters, se está produciendo un aumento en las reservas de vuelos y hoteles hacia España y Portugal por parte de viajeros que evitan las zonas afectadas por el conflicto en Oriente Medio.

Esto introduce una paradoja: el mismo contexto internacional que encarece el combustible puede hacer que algunos turistas elijan España por considerarla un destino seguro, cercano y bien conectado.

Por eso el análisis debe ser prudente. Un shock externo puede tener efectos negativos y positivos al mismo tiempo: subir el coste de volar, pero también desplazar viajeros desde otros destinos, o afectar a unas rutas pero reforzar otras.

Más asientos no eliminan la incertidumbre

Las aerolíneas prevén para España una temporada de abril a octubre de 2026 alrededor de un 6 % mayor que el año anterior. El crecimiento sería especialmente fuerte en destinos como Alicante, Andalucía, Madrid y Barcelona.

Pero la capacidad programada no siempre coincide con la capacidad finalmente operada. Las aerolíneas pueden ajustar vuelos si suben los costes, si baja la rentabilidad de una ruta o si aparecen problemas de suministro. Por eso conviene mirar los datos durante la temporada, no solo antes de que empiece.

El problema no es perder atractivo, sino que ese atractivo no baste si llegar al destino se vuelve más caro, menos rentable o más incierto para las aerolíneas.

La fragilidad de un modelo que funciona

Esta crisis a las puertas del verano permite distinguir entre una alarma coyuntural y una vulnerabilidad estructural.

La alarma coyuntural sería decir que España va a tener menos turistas este verano por las cancelaciones de algunas aerolíneas. Hoy no hay base suficiente para sostener eso.

La vulnerabilidad estructural es otra cosa: España depende de una enorme red internacional de movilidad. Esa red incluye aerolíneas, combustible, aeropuertos de conexión, precios energéticos, regulación ambiental, conflictos geopolíticos y capacidad de gasto de los hogares en los países emisores.

Cuando todo funciona se alcanzan récords turísticos, pero cuando una pieza falla el modelo muestra su fragilidad.

A esta vulnerabilidad se suma un factor estructural: el paulatino encarecimiento relacionado con la transición energética del transporte aéreo. La Unión Europea ha intensificado la regulación sobre emisiones, a través de instrumentos como el sistema de comercio de derechos de emisión (EU ETS), y está impulsando el uso de combustibles sostenibles de aviación (SAF), más costosos que el queroseno convencional.

Este contexto apunta a una tendencia de fondo: volar se puede encarecer también por cambios regulatorios y ambientales para reducir el impacto climático y no solo por factores coyunturales como el precio del petróleo.

Qué tener en cuenta este verano

España viene de cifras turísticas récord, tiene una demanda internacional sólida y una conectividad aérea muy amplia. Pero el turismo no solo depende de lo atractivo que sea el país, sino de que los turistas puedan llegar de forma frecuente, asequible y previsible. Para saber si estamos ante un ruido pasajero o ante un problema mayor, conviene seguir varios indicadores:

  1. La capacidad aérea realmente operada. No basta con saber cuántos asientos se programaron al inicio de la temporada.

  2. Las tarifas. Una subida moderada puede no frenar la demanda, pero un ascenso rápido sí puede afectar a familias con menor presupuesto o a reservas de última hora.

  3. Los mercados emisores. Alemania, Francia y Reino Unido no reaccionan igual ante los mismos precios ni tienen las mismas alternativas de transporte.

  4. El gasto. El riesgo no es solo que vengan menos turistas. Puede que viajen los mismos, pero que gasten menos, se alojen menos noches o reduzcan su consumo en destino.

  5. La distribución territorial. Un buen dato nacional puede ocultar problemas en destinos concretos.

La pregunta no es solo si habrá menos vuelos o menos turistas este verano, sino si el modelo turístico español está preparado para un futuro en el que volar puede ser más caro y estar más regulado y expuesto a shocks externos.

De momento, no parece haber motivos para el alarmismo, pero sí los hay para observar los datos con atención.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. 2026: el verano de la crisis del queroseno, ¿habrá menos turistas? – https://theconversation.com/2026-el-verano-de-la-crisis-del-queroseno-habra-menos-turistas-281571

Así escapa el hantavirus al control del sistema inmunitario: ¿cómo puede evitarse?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Narcisa Martínez Quiles, Catedrática de Inmunología (UCM) y Especialista en Inmunología (Ministerio de Sanidad), Universidad Complutense de Madrid

OLESIA_V/Shutterstock

La pandemia de covid-19 transformó nuestra percepción del riesgo infeccioso y polarizó el debate sobre las medidas de salud pública. En este contexto, el actual brote de síndrome cardiopulmonar por hantavirus genera incertidumbre y preguntas legítimas: ¿es realmente rara la transmisión entre personas? ¿Debemos adoptar medidas individuales de protección?

Considerando que hasta un 40 % de los casos pueden escapar al control inmunitario, resulta esencial analizar qué dice realmente la evidencia científica sobre transmisión, respuesta inmunitaria y prevención.

Lo que ya ésta confirmado es que el brote en el crucero MV Hondius se debe a la variante Andes. Desafortunadamente, hablamos de un patógeno con una elevada tasa de mortalidad, y que, además, es uno de los pocos hantavirus conocidos capaz de transmitirse de persona a persona. Veamos ahora cómo infecta y se contagia.

Así ataca a los pulmones

El hantavirus Andes (ANDV) tiene como diana principal los pulmones y puede causar el síndrome cardiopulmonar (HCPS). ¿Cómo llega hasta allí? ¿Qué células infecta? Estudios con microscopía avanzada en biopsias de personas infectadas fallecidas indican que el virus puede multiplicarse en las células de los alvéolos pulmonares (epitelio y células endoteliales) y liberarse hacia las vías respiratorias. También se han detectado partículas virales en macrófagos, células inmunitarias que pueden desplazarse y eliminarse al toser y expectorar (expulsar flema o moco).

Además, la presencia del virus en glándulas salivares humanas sugiere que la saliva podría actuar como una vía adicional de salida y posible transmisión entre personas. Por lo tanto, un individuo infectado podría transmitir el virus fundamentalmente en las gotículas de saliva y/o componentes expectorados del pulmón expulsados al toser.

Aunque no es la vía principal de contagio, no puede descartarse que partículas más pequeñas o aerosoles puedan permanecer en suspensión durante cierto tiempo en ambientes poco ventilados, facilitando una posible transmisión por vía aérea. De hecho, algo similar ocurrió inicialmente con el covid-19, cuando el papel de los aerosoles no fue reconocido de forma inmediata.

¿Cuán contagioso es?

Recordemos que en la pandemia por coronavirus se usaba el número reproductivo epidemiológico (R₀), que indica cuántas personas puede infectar de media un caso durante su fase contagiosa. Pues bien, para el ANDV se ha estimado en torno a R₀= 1,5, según uno de los brotes mejor caracterizados, que tuvo lugar en Argentina y ocasionó 34 casos y 11 fallecidos.

Contextualizada, la transmisibilidad del hantavirus Andes no es insignificante. El virus más contagioso conocido en humanos, el del sarampión, tiene un R₀ de aproximadamente 12-18. En comparación, el coronavirus inicial o variante Wuhan tuvo un R₀ inicial de alrededor de 2-3, aunque la variante ómicron alcanzó cifras más altas. Frente a estos valores, agentes patógenos como el hantavirus Andes presentan una transmisibilidad más limitada, que se favorece en contextos de contacto estrecho.

¿Cómo se controló el citado brote en Argentina? ¿Funcionaron las medidas de control, tales como la localización, aislamiento y tratamiento de los casos? Afortunadamente, sí surtieron efecto: se observó que el R₀ descendió de 2,12 antes de aplicar las medidas de control a 0,96, lo que indica que la transmisión pasó de expandirse a prácticamente detenerse. Por lo tanto, intentemos mantener la calma y la racionalidad en la situación actual.

¿Por qué falla el sistema inmunitario?

Transmitidos por los roedores, los hantavirus tienen como material genético RNA, con características distintas al nuestro, que una vez en el interior celular es reconocido como extraño. Así se inicia una cascada de señales que culmina en la producción de interferones tipo I (IFN-I), sustancias que son una parte esencial de nuestra primera línea de defensa.

Los interferones producidos y secretados por las células infectadas se unen a los receptores de membrana en prácticamente todas las células del organismo, incluidas las inmunitarias. De esta forma activan todo un programa antiviral que es vital para controlar las infecciones por virus y otros patógenos.

El “estado antiviral” hace que las células del organismo frenen su actividad a la mínima necesaria (house keeping), con el objetivo de evitar que el virus se aproveche de nuestra maquinaria celular para replicarse.

En las células inmunitarias tiene efectos diversos, todos encaminados a eliminar al invasor. Por ejemplo, potencian la acción de las células natural killer (NK), que eliminan células infectadas, o activa a las células dendríticas, que son el nexo con la inmunidad adaptativa, productora de anticuerpos y de linfocitos citotóxicos específicos frente a componentes del virus.

Entonces, ¿cómo evade al sistema inmunitario? Desde hace ya casi 20 años se sabe que el hantavirus Andes bloquea específicamente la producción de interferones tipo I. Otros hantavirus que no causan enfermedad en humanos carecen de esa habilidad tan nefasta. En parte, esto explica su peligrosidad, pues desarma la primera línea de defensa.

El hantavirus Andes posee la capacidad de bloquear la respuesta inmunitaria, fundamentalmente impidiendo la producción de interferones por las células infectadas a través de varios mecanismos moleculares complejos. Figura realizada por Zhiwen Hai y Weihua Yang, contratados predoctorales en la Universidad Complutense de Madrid.
CC BY

¿Hay tratamiento?

Aparte de los cuidados paliativos hospitalarios –tan importantes– de soporte crítico intensivo, actualmente no hay tratamiento. Tampoco se han desarrollado vacunas. Sin embargo, si consideramos que otras infecciones virales crónicas, como la hepatitis B y C, son suscetibles de ser tratadas con IFN-I, surge la pregunta: ¿podrían usarse también con los pasajeros del crucero? ¿Se podría hacer alguna terapia preventiva o profiláctica? Diversos trabajos apuntan a que ese podría ser el caso, aunque sólo se ha estudiado el efecto de IFN-1 en el tratamiento del hantavirus que produce fallo renal. Al parecer, se trata de una línea de investigación abandonada que quizá convendría reevaluarse.

Además, antes del descubrimiento de los antibióticos se inducía un aumento moderado de la temperatura corporal, porque la fiebre potencia múltiples funciones inmunitarias, incluyendo la activación de células innatas y la amplificación de respuestas antivirales mediadas por los interferones tipo I.

¿Cómo podemos protegernos?

Los síntomas por la infección son similares a otras enfermedades respiratorias, por lo que siempre conviene consultar cualquier cuadro sospechoso si se ha estado en zonas donde circula el virus y se presenta dificultad para respirar, fiebre o cualquier otro síntoma similar a los de la gripe o “catarro”.

Recordemos que las probabilidades de contagio en España para la población general actualmente son muy bajas. No obstante, en mi modesta opinión, el uso de mascarillas de protección FFP2 en ambientes concurridos puede prevenir, y quizá más que todo, tranquilizarnos mientras las autoridades sanitarias controlan por completo el brote actual.

The Conversation

Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Así escapa el hantavirus al control del sistema inmunitario: ¿cómo puede evitarse? – https://theconversation.com/asi-escapa-el-hantavirus-al-control-del-sistema-inmunitario-como-puede-evitarse-282401

‘Michael’ y la economía de la nostalgia: rentabilizar la identidad del pasado a través del consumo presente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

Escena de la película _Michael_. Lionsgate

En el ecosistema actual, donde la guerra de las plataformas de streaming y la exhibición en salas ha dejado de ser competencia para convertirse en engranajes de una misma maquinaria, la producción de contenido ha sufrido una metamorfosis radical.

Ya no asistimos a una búsqueda primordial de la innovación estética o el riesgo artístico. La creación audiovisual representa en la actualidad una estrategia de ingeniería de audiencias y minería de datos. Su propósito es la captura de segmentos demográficos específicos mediante lo que conocemos como “economía de la nostalgia”

El estreno de Michael, nuevo biopic sobre Michael Jackson que incluye una recreación del videoclip Thriller, no es un mero tributo artístico. Es un acierto mercadológico de Universal Pictures Studios.

Este gran estudio da un golpe de autoridad sobre la mesa para poner nuevamente al cine en el mapa y situarlo como punto de confluencia familiar. El lanzamiento de Michael evidencia una maniobra de ingeniería financiera y sociológica diseñada para resolver la fractura digital entre generaciones.




Leer más:
¿Fue mejor cualquier tiempo pasado? El peligro de la nostalgia en la ficción


Estrenada en los cines de Estados Unidos el 24 de abril, lleva recaudados globalmente 424 millones de dólares a primeros de mayo, lo que la sitúa como la cuarta película con mayor taquilla de 2026 en menos de dos semanas de exhibición.

Trailer oficial de ‘Michael’

Nostalgia retromedial

La nostalgia retromedial funciona como un recurso psicológico que vincula la identidad pasada con el consumo presente. Permite que las salas de cine y las plataformas digitales se perciban como espacios familiares para generaciones analógicas.

El uso de la figura de Michael Jackson no es accidental y conecta con otros dos hitos cinematográficos recientes, Elvis (2022) y A Complete Unknown (2024), sobre Bob Dylan. Una tendencia que confirma el clímax de la estrategia de reactivación de referentes culturales pop, que ya ha incorporado a Queen, Elton John, Aretha Franklin, Bruce Springsteen, Bob Marley, Amy Winehouse, N.W.A., Robbie Williams y Whitney Houston.

Anzuelo intergeneracional

Para las generaciones que vivieron el estreno original del videoclip Thriller en 1983 a través de la MTV, Michael Jackson no es solo un músico, sino un hito identitario.

Si para los baby boomers Jackson es nostalgia y para los centennials (nacidos a mediados o finales de los 90) es estética, para los millenials (nacidos a principios de los ochenta), Michael Jackson representa la memoria de la espectacularidad.

Esta generación fue testigo del apogeo de la “jacksonmanía” en su forma más física y abrumadora. Los cinco conciertos protagonizados por el artista en el Estadio Azteca de Ciudad de México a finales de 1993 congregaron a medio millón de personas. Aquella experiencia funciona aún como un ancla emocional única. El millenial no necesita que el biopic le explique quién es Jackson porque él estuvo allí o creció viendo esos VHS hasta que la cinta se desgastó.

Las plataformas de entretenimiento, y el cine en general, enfrentan el reto de saturación en los mercados jóvenes y necesitan atraer de forma masiva a los baby boomers y a la generación X.

Estos dos segmentos generacionales presentan una mayor resistencia al modelo de suscripción recurrente, en comparación con los nativos digitales. La opción de regresar al cine en familia, ya sea a través de la gran pantalla o mediante una suscripción, se facilita si el reclamo encarna a un ídolo de juventud. Una sutil manera de activar la experiencia de consumo al hacer realidad un sueño anclado en la memoria personal y colectiva.

La inserción de una narrativa transgeneracional como la de Jackson actúa como un caballo de Troya. Recientes investigaciones atribuyen a la nostalgia retromedial de las industrias culturales la capacidad de “remediar el pasado”. Es decir, conseguir que se establezca un vínculo entre la identidad pretérita y el consumo presente.

Al ofrecer una versión hipertecnológica y renovada de un fenómeno que estas generaciones consumieron de forma analógica, el cine contemporáneo y las plataformas transforman el entorno digital en un espacio familiar y seguro.

No se les está vendiendo una aplicación; se les está devolviendo un fragmento de su juventud bajo una nueva interfaz.

El biopic como traductor cultural

El verdadero desafío de esta producción es lograr la simultaneidad: ¿cómo hacer que un centennial (Gen Z), ajeno al impacto sociopolítico de los años 80, se interese por un artista cuya imagen pública ha sido objeto de intensos debates éticos?

La respuesta reside en la curaduría de contenido y la estética retro. Para los millenials y centennials, Michael Jackson es una figura casi mitológica, a menudo reducida a memes o fragmentos de TikTok.

Escena de la película.
Lionsgate

El biopic cinematográfico introduce la recreación de Thriller para traducir el lenguaje visual de los 80 a la alta definición contemporánea. Lo alinea con la tendencia actual de apreciación de lo retro, que se extiende a la moda, la música y la estética.

La propuesta sonora opera en una dualidad temporal: utiliza el synth-pop como base histórica y el vaporwave como lenguaje visual y auditivo contemporáneo.

Mientras el primero es un género fundacional de los años 80 que otorgó a Michael Jackson su arquitectura sónica mediante sintetizadores analógicos, el segundo es una microtendencia digital del siglo XXI, que se apropia de esos mismos sonidos a través del sampleo (muestreo) y la ralentización.

Esta distinción es estratégica: la producción mantiene la estructura del synth-pop para validar la memoria de las generaciones mayores, pero aplica una estética vaporwave para conectar con los centennials. Lo que para unos es un recuerdo fidedigno, para otros es un objeto retro descontextualizado y visualmente “curado” para el consumo digital.

Como señala Henry Jenkins, un referente del estudio de la cultura popular y las tecnologías digitales, la cultura de la convergencia permite que un producto del pasado sea resignificado mediante narrativas transmedia.




Leer más:
‘Stranger Things’: el poder de los ochenta y la inteligencia colectiva


El joven espectador no consume historia: consume una estética validada por el algoritmo que, de repente, coincide con el gusto de sus padres.

La economía de la atención y la validación del algoritmo

Desde una perspectiva de industria, el formato biopic es el vehículo perfecto para asegurar la fidelización. A diferencia de un documental, la ficción permite estandarizar el mito.

En el caso de Jackson, esto implica navegar por las controversias mediante una narrativa que prioriza el genio creativo sobre las sombras personales.

El match generacional propicia un fenómeno de visualización conjunta (co-viewing). Una métrica de oro para los anunciantes y para la recaudación en taquilla. Al poner a padres e hijos frente a la misma pantalla, ya sea cine o plataforma, duplican el valor de su contenido. Con ello, el biopic busca recrear el gran evento cinematográfico o televisivo en una era de consumo fragmentado.

¿Arte o ingeniería de audiencias?

Michael (y la recreación de Thriller incluido en su metraje) nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del contenido en la era digital. ¿Estamos ante un renacimiento cultural o ante el reciclaje infinito de iconos para alimentar la maquinaria del entretenimiento?

La estrategia es brillante: utilizar la nostalgia como interfaz para que los mayores vuelvan a los cines y pierdan el miedo a las plataformas, mientras se educa a los jóvenes en un catálogo que, de otro modo, quedaría en el olvido.

El éxito de esta producción no se medirá por las críticas cinematográficas positivas, sino por su taquilla y por el número de tarjetas de crédito de baby boomers que se registren para ver, una vez más, al rey del pop bailar entre los muertos.

The Conversation

Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Michael’ y la economía de la nostalgia: rentabilizar la identidad del pasado a través del consumo presente – https://theconversation.com/michael-y-la-economia-de-la-nostalgia-rentabilizar-la-identidad-del-pasado-a-traves-del-consumo-presente-281269

Solo podemos garantizar el suministro de agua futuro si protegemos los ecosistemas acuáticos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ariadna Gabarda-Mallorquí, Investigadora, Institut Català de Recerca de l’Aigua (ICRA)

Embalse de Ulldecona (Castellón) prácticamente seco en 2018 Arturo Elosegi, CC BY-NC-SA

La sociedad precisa de seguridad hídrica como garantía en el suministro de agua en calidad y cantidad suficiente para la población y actividades económicas. Este concepto debe incluir a los ecosistemas acuáticos, que proporcionan los recursos que usamos, depuran las aguas de manera natural y esponjan y amortiguan el impacto de lluvias intensas.

No podemos hablar de seguridad hídrica sin garantizar su buen estado y su correcto funcionamiento, que al fin devienen aspectos críticos para sectores clave de la economía española como la agricultura, el turismo y la energía.

Existe un delicado equilibrio entre satisfacer las demandas humanas y la capacidad de los ecosistemas acuáticos para proveerlas, una tensión que se agrava en regiones áridas o semiáridas de buena parte de la península ibérica. Allí, la irregularidad climática –caracterizada por sequías prolongadas y lluvias torrenciales– contrasta con una constante necesidad de agua, lo que deriva en conflictos socioecológicos que suelen saldarse con graves impactos en ríos, humedales y masas de agua subterráneas.




Leer más:
A las marismas de Doñana podrían quedarles 60 años de vida


Mapa de estrés hídrico en España por regiones
Índice de estrés hídrico (es decir, la demanda de todos los sectores frente a los recursos renovables y no renovables) en España (sin incluir las Islas Canarias en el análisis) por regiones hidrográficas. Datos de los respectivos planes hidrológicos para el periodo 2022-2027 (MITECO, España).
S. Sabater et al 2025 Environ. Res. Lett. 20 091008

Conservar los ecosistemas beneficia a la economía

El colapso de los ecosistemas acuáticos arrastra consigo a la economía. Las pérdidas económicas en España derivadas de las sequías e inundaciones ya alcanzan los 1 500 millones de euros anuales, con previsiones de multiplicarse por cinco si las temperaturas aumentan 3 °C.

Estos retos socioclimáticos y ecológicos han motivado el proyecto “H2OSEG: Retos ante la escasez para alcanzar la seguridad hídrica en España”, que nace bajo el paradigma de la sostenibilidad fuerte, por el que la prosperidad socioeconómica está forzosamente ligada a la conservación de los ecosistemas. Tener ecosistemas bien conservados permite maximizar la seguridad hídrica necesaria para hacer frente a la creciente vulnerabilidad climática.

Para ello es esencial caracterizar los riesgos y definir compromisos. Mediante consultas a académicos y gestores, el equipo científico de H2OSEG hemos identificado la sobreexplotación de recursos, los cambios en los usos del suelo, la desertificación y el cambio climático como las amenazas más acuciantes. La realidad hídrica en España es muy compleja y su diagnóstico requiere de un análisis espacial detallado.

Además, en el marco del proyecto, estamos desarrollando un análisis de riesgos que relaciona el grado de exposición y la vulnerabilidad, tanto de los ecosistemas acuáticos como de las unidades de gestión hidrológica, con los escenarios de escasez de agua a los que nos conduce el cambio climático. Para ello se integran los datos del estado de los ecosistemas (conectividad, contaminación, etc.) con los de los sistemas de utilización (municipios o unidades de explotación). Los riesgos de inseguridad hídrica son muy elevados en la franja mediterránea, así como en zonas áridas del centro de la Península y de Andalucía.

La escasez hídrica genera conflictos entre sectores económicos, pero también entre éstos y los ecosistemas. Conflictos que se pueden describir a gran escala. Al superponer mapas de características climáticas, usos del suelo, calidad y usos del agua se aprecian las consecuencias de conflictos históricos (por ejemplo, entre agricultura y humedales) o emergentes, como la demanda creciente para refrigerar grandes centros de procesamiento de datos.

Mapa de España que muestra las zonas con mayor riesgo de conflictos del agua
Mapa de riesgo de conflictos del agua resultante de la superposición de diez variables relacionadas con la disponibilidad, calidad y uso de los recursos hídricos.
Juanma Cintas y Jaime Martínez Valderrama, CC BY-SA

Herramientas para resolver los conflictos del agua

A escala local, en la que los usuarios interactúan con los ecosistemas, resolver estos conflictos requiere de herramientas de planificación basadas en escenarios.

En H2OSEG estudiamos varios casos. Uno es la cuenca del río Ter, que deriva agua hacia el área metropolitana de Barcelona y a la vez abastece sectores agrícolas y turísticos locales, lo que crea una tensión histórica que afecta tanto a los usuarios como a los ecosistemas.

Un canal de riego circula por un terreno cubierto por vegetación
Canal de riego en el Baix Ter, en Girona.
Sergi Sabater, CC BY-SA

Trabajamos en un sistema de ayuda a la decisión que integra modelos hidrológicos e información geográfica mediante inteligencia artificial para simular el efecto de múltiples escenarios climáticos y de gestión sobre la disponibilidad de agua y los caudales ecológicos. Esta herramienta de fácil utilización posibilitará que distintos usuarios comprendan mejor las consecuencias de sus decisiones en la gestión de los recursos hídricos.

Otro caso es el de la Albufera de Valencia. Esta laguna está sometida a una alarmante contaminación por nutrientes y contaminantes, que impacta su biodiversidad y estado ecológico. Dichos impactos se ven agravados por eventos extremos como el ocurrido tras la dana de 2024.

H2OSEG utiliza modelos para relacionar los fenómenos climáticos y el estado de las aguas con el turismo, la pesca y la caza, pero también con la capacidad del sistema para secuestrar carbono o autodepurar las aguas. Esta herramienta podrá usarse para futuros planes de manejo de este humedal, así como de otras áreas que presenten un elevado nivel de alteración.




Leer más:
Los fármacos y pesticidas que contaminan los humedales costeros mediterráneos


Un tractor circula por un campo de arroz, alrededor muchas aves blancas
La agricultura en la Albufera de Valencia es una de las responsables de la contaminación de la zona.
Enrique Íñiguez Rodríguez/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Una inversión en seguridad económica y bienestar social

Disminuir el riesgo para la seguridad hídrica exige integrar el conocimiento científico con la experiencia en gestión, lo que va más allá de lo técnico y territorial, y se vincula directamente con la seguridad jurídica y la ordenación del territorio.

El dinero invertido en proteger los ecosistemas acuáticos representa una inversión en seguridad económica, empleo y bienestar social. Solo a través de estrategias que protejan adecuadamente los ecosistemas acuáticos y su funcionamiento integral será posible mantener nuestra actividad socioeconómica a corto y largo plazo.

The Conversation

Ariadna Gabarda-Mallorquí participa en el proyecto H2OSEG de la Fundación BBVA, Proyectos Prismas y Problemas, en el que se realiza este estudio.

Carlos Mario Gómez Gómez participa en el proyecto H2OSEG del a Fundación BBVA y recibe fondos de distintas instituciones para la realización de sus trabajos de investigación.

Isabel Muñoz Gracia participa en el proyecto H2OSEG de la Fundación BBVA, Proyectos Prismas y Problemas, en el que se realiza este estudio.

Pepe Barquín Ortiz recibe fondos de múltiples entidades para la realización de su investigación.

Ramon J. Batalla participa en el proyecto H2OSEG de la Fundación BBVA, Proyectos Prismas y Problemas, en el que se realiza este estudio

Sergi Sabater ha recibido fondos de la Fundación BBVA, Proyectos Prismas y Problemas, para realizar este estudio

ref. Solo podemos garantizar el suministro de agua futuro si protegemos los ecosistemas acuáticos – https://theconversation.com/solo-podemos-garantizar-el-suministro-de-agua-futuro-si-protegemos-los-ecosistemas-acuaticos-281041

Cuando los ojos atacan: el odio en la mirada

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Melnikov Dmitriy/Shutterstock

Pocos gestos intimidan más que una mirada de odio.

Recibir esa manifestación de hostilidad por parte de unos ojos ajenos nos despierta una mezcla de miedo y rechazo que hace que nos invada un malestar automático e irracional. Y es que no se trata sólo de una declaración de malas intenciones por parte del emisor: esta silenciosa “agresión emocional” nos saca inmediatamente de nuestro estado de armonía para obligarnos a ponernos en guardia, medir nuestra seguridad y sopesar nuestra fortaleza emocional. En otras palabras, nos asusta.

Sentir odio dirigido hacia nosotros es un desagradable recordatorio de nuestra vulnerabilidad, una incómoda autoevaluación de fragilidad y una activación del más viejo de nuestros instintos animales: el instinto de supervivencia.

El origen de las miradas de odio

Los ojos no solo ven. También hablan.

Son unos curiosos órganos sensoriales que, a diferencia de las papilas gustativas, los oídos o los receptores de temperatura, no solamente reciben señales del medio externo sino que también son capaces de emitir información.

Lo hacen porque, ayudados por la musculatura periocular y por la posición de los párpados, contribuyen decisivamente a la expresión facial, una manera muy antigua que tenemos los homínidos de comunicarnos.

De hecho, se ha descubierto hace pocos meses que chimpancés, bonobos y gorilas no solo utilizan los gestos como expresiones fijas de mensajes estereotipados simples. Es mucho más que eso: expresan la amenaza, la alegría, la rivalidad o la sumisión de forma muy dinámica según sea el contexto, aportando matices variables y discriminantes en intercambios comunicativos sociales muy sofisticados.

Esto nos dice que las “miradas asesinas”, entre otras formas comunicativas no verbales, no son patrimonio exclusivamente humano: forman parte de un sistema de comunicación complejo presente en nuestros ancestros mucho antes del desarrollo del lenguaje oral.

Miradas que ahorran energía

Estas formas de comunicación se seleccionaron positivamente por puro ahorro energético. Y en dos sentidos.

Primero, porque ofrecían una forma de resolver problemas evitando la violencia y el desgaste físico que ésta supone, tanto en mortalidad como en morbilidad. Marcar la dominancia o proteger el territorio ya no implicaba la necesidad de lucha física. Lo vemos actualmente en nuestros “primos” gorilas, donde mirar fijamente a un congénere es suficiente para decir “no te acerques” sin llegar al explícito combate corporal.

En segundo lugar, reconocer estas señales aporta ventajas claras, como anticipar peleas o evitar fraguarnos enemistades potencialmente peligrosas.

Resumiendo, la mirada de odio es un vestigio estratégico de comunicación ancestral para leer la intención de otros y reaccionar preventivamente antes de que se desencadenen consecuencias irreversibles.

La sofisticación de la mirada de odio humana

Pero los humanos no nos hemos contentado con heredar este utilísimo “radar” de conflictos. Lo hemos optimizado y de una forma bastante creativa: jugando con los contrastes de color.

Los Homo sapiens tenemos la esclerótica blanca, a diferencia de otros primates donde suele ser oscura o del mismo tono que el iris. Esto nos permite detectar inmediatamente la orientación de la mirada e interpretar rápidamente su objetivo. Esta precisión ha sido de lo más útil: una simple alteración en la coloración de la esclerótica ha transformado los ojos en órganos capaces de mandar mensajes mucho más sutiles y personalizados que los del resto de primates.

Por otra parte, la esclerótica blanca también amplifica la expresión de las emociones. La sorpresa, la alegría o la amenaza que puedan transmitir movimientos o cambios mínimos del iris se perciben con mucha más claridad en un ojo de “colores contrastados”. Esta precisión fina en la mirada nos proporcionó una herramienta muy poderosa a la hora de facilitar la comunicación de intenciones en una estirpe eminentemente social como la nuestra, favoreciendo claramente la cooperación grupal.

La interpretación cerebral de las miradas de odio

Pero de poco nos serviría emitir señales oculares mucho más sofisticadas que el resto de primates si no fuésemos capaces de descodificarlas en toda su pluralidad y complejidad. Y, ahí, nuestro cerebro interviene brillantemente interpretando la señal de amenaza que supone una mirada de odio de dos formas diferentes pero hábilmente complementarias.

Una primera respuesta, rápida, supone una reacción automática del cuerpo que tensiona músculos, aumenta el ritmo cardíaco e, incluso, cambia el ritmo respiratorio. Así nos preparamos para luchar o para huir, dependiendo de en qué situación (de superioridad o inferioridad) estemos ante el agresor. Esta vía, denominada magnocelular y resultante de la activación del circuito neuronal tálamo-amígdala, dispara una alerta inmediata mucho antes de que hayamos realizado un análisis mínimamente consciente de la situación.

Pero no solo hay automatismos. Junto con esta preparación automática de nuestro cuerpo para responder a la amenaza, se activa la vía parvocelular, ruta mucho más precisa y lenta que permite decidir con “voluntariedad sopesada”. Intercalando un paso intermedio por la corteza cerebral (tálamo-corteza prefrontal-amígdala), valoramos el peligro y modulamos “juiciosamente” la respuesta. Así “nos pensamos” si actuar o dejar sin contestación física a la amenaza del “fanfarrón”.

Aunque en nuestro contexto civilizado actual rara vez los conflictos personales suponen un peligro físico, nuestra biología sigue reaccionando igual que millones de años atrás. Y con un dato añadido de especial trascendencia: es mejor sobrerreaccionar ante posibles amenazas que subestimarlas. Es lo que se denomina el sesgo de negatividad, que nos hace percibir hostilidad incluso cuando no la hay. En otras palabras, que nuestro cerebro prioriza la seguridad sobre la exactitud y tiende a dar galletas antes de que te las den.

Por eso hay que insistir tanto en la educación: para evitar tirarse directamente a la yugular del que osa enviarnos una mirada de odio y prevenir escenas tan poco evolucionadas como las que manifiestan algunas competiciones deportivas o los plenos de algunos parlamentos.

The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando los ojos atacan: el odio en la mirada – https://theconversation.com/cuando-los-ojos-atacan-el-odio-en-la-mirada-281271