De la autenticidad al código de descuento: qué hay detrás de la caída de los ‘influencers’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Beatriz Feijoo, Profesora Titular de Publicidad, Universidad Villanueva

MAYA LAB/Shutterstock

“No es oro todo lo que reluce”, dice el refrán. Tal vez esa frase describe bien el momento que viven los influencers. Durante años, su atractivo se basó en una promesa muy poderosa. Parecían cercanos, auténticos y espontáneos. No hablaban como una marca, sino como alguien que recomienda desde su propia experiencia. Pero cuando muchos contenidos empiezan a sonar a colaboración, código de descuento o estrategia de venta, esa promesa pierde valor. Y la confianza, que tarda mucho en construirse y muy poco en romperse, empieza a debilitarse.

El debate no es nuevo. Sin embargo, parece que ahora es más intenso. Las críticas ya no apuntan solo a una persona en particular, a una polémica concreta o a una campaña desafortunada. Lo que se empieza a cuestionar es algo más profundo. Se habla de la ética y la honestidad del propio formato.

Cuando el formato pierde frescura

Durante años, los influencers basaron su atractivo en una promesa difícil de copiar por la publicidad tradicional. Parecían auténticos, cercanos y espontáneos. No hablaban como una marca, sino como alguien “de los nuestros” que compartía rutinas, gustos, compras, viajes, comidas o formas de entender el bienestar. Esta fórmula funciona muy bien con las nuevas generaciones, que están acostumbradas a contenidos fluidos, personales y mezclados con el entretenimiento. Ahí reside buena parte de su poder: su eficacia no depende solo del producto que recomiendan, sino del vínculo previo que han creado con su comunidad. Por eso, cuando aparece una recomendación comercial, no se percibe como un anuncio aislado, sino como parte de una relación de familiaridad.

Pero esa misma fortaleza empieza a mostrar sus límites. Cuando todo parece que puede convertirse en colaboración, código de descuento o campaña, el formato pierde frescura. Lo que antes sonaba espontáneo ahora se siente repetitivo. Lo cercano parece calculado. La recomendación se vuelve un escaparate permanente. La saturación publicitaria no solo cansa: erosiona el sentido original del influencer como figura próxima, creíble y diferenciada.

El problema no es que hagan publicidad

Las nuevas generaciones no son ingenuas ante el fenómeno. Para muchos adolescentes, la relación entre creadores y marcas no les resulta rara ni sorprendente. Es parte de lo que significa ser influencer. En estudios cualitativos con adolescentes españoles, estos perfiles se describen como celebridades digitales, modelos de entretenimiento y figuras ligadas a marcas, seguidores y consumo. Es decir, los jóvenes no ven la presencia comercial como algo fuera de lugar: la consideran parte del trabajo del creador.

El problema, por tanto, no es que los influencers vendan productos. Vender forma parte de su modelo profesional y es totalmente legítimo. Lo delicado aparece cuando esa relación se desarrolla en un ecosistema de ambigüedad comercial, donde recomendación, opinión, entretenimiento y publicidad se mezclan hasta volverse difíciles de distinguir.

Los jóvenes pueden saber que los influencers trabajan con marcas y, aun así, no siempre contar con las claves necesarias para entender cuándo están ante una opinión, una recomendación sincera o una estrategia publicitaria. No son ingenuos, pero sí pueden llegar a naturalizar esa ambigüedad como parte normal del entorno digital. Y lo hacen como prosumidores en formación: miran, imitan, comparten, recomiendan y crean contenidos bajo lógicas de visibilidad, aspiración y marca personal. Por eso, lo que está en juego no es la publicidad en sí, sino la honestidad del vínculo con quienes escuchan, miran y confían.

A esa saturación se suman la desconexión con la vida real, el abuso del lujo aspiracional y la ligereza con la que algunos perfiles opinan sobre temas complejos. La crisis, por tanto, no es solo comercial: es también ética.

Referentes de las nuevas generaciones

Esa ambigüedad importa porque los influencers no son una presencia secundaria en la vida digital de los menores. Forman parte de su día a día y, muchas veces, de sus metas. No solo ven qué compran. También observan cómo se muestran, cómo hablan de su cuerpo, qué comen, cómo entrenan, qué marcas apoyan o qué estilo de vida muestran como deseable. Más allá de seguir a creadores de contenidos, aprenden de ellos cómo estar, consumir, mostrarse y convertir la propia visibilidad en valor.

Y buena parte de ese aprendizaje ocurre sin que nadie tenga que enseñar nada de manera explícita. Los menores observan qué comportamientos reciben atención (likes), qué formas de mostrarse generan reconocimiento (followers) y qué estilos de vida parecen conducir al éxito. El influencer se convierte así, lo quiera o no, en algo más que una fuente de entretenimiento o una nueva figura publicitaria: actúa como un modelo social. La pregunta que nos debe preocupar como sociedad no es solo cuánto tiempo pasan niños y adolescentes siguiendo a estos perfiles, sino qué están aprendiendo mientras los siguen.




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Ante este escenario, la respuesta educativa no puede limitarse a prohibir, controlar el tiempo de pantalla o repetir a los menores que “no todo lo que ven en redes es verdad”. Necesitamos enseñarles a mirar detrás del contenido. Que aprendan a preguntarse por qué alguien les recomienda un producto, qué gana con ello, por qué confían en esa persona o si tener miles de seguidores convierte realmente a alguien en una voz autorizada. Y también algo quizá más difícil: reconocer cuándo un contenido está influyendo en sus propios deseos, en la imagen que tienen de sí mismos o en lo que consideran necesario para encajar.

Los menores cada vez son más competentes para reconocer cuando un vídeo tiene publicidad. Sin embargo, pueden no percibir cómo el goteo constante y, a veces, casi bombardeo de determinados cuerpos, productos o estilos de vida va modificando lo que entienden por normal, deseable o necesario.

Educar en cultura digital significa precisamente darles herramientas para moverse en un entorno en el que entretener, influir y vender ocurren muchas veces al mismo tiempo. No se trata de criar adolescentes desconfiados de todo, sino de formar espectadores y futuros creadores capaces de detenerse, hacerse preguntas y decidir con mayor autonomía.

La responsabilidad de las marcas

La responsabilidad no recae solo en los creadores. Las marcas también juegan un papel importante en el tipo de influencia que respaldan y validan. Durante bastante tiempo, muchas campañas han primado el alcance, la cantidad de seguidores o la rapidez de la conversación. Sin embargo, en tiempos de creciente desconfianza, tal vez la pregunta clave ya no sea quién llega a más personas. Ahora es más relevante quién representa mejor los valores de la marca y mantiene una relación honesta con su comunidad. A veces, menos es más: menos volumen, menos oportunismo y más credibilidad.

Para combatir la ambigüedad comercial, no basta con poner una etiqueta que diga “publicidad” o “colaboración pagada”. La transparencia es importante, pero no suficiente. También hacen falta autenticidad, coherencia y responsabilidad. La publicidad no tiene que desaparecer del mundo de los influencers, pero sí debe ser clara, veraz y honesta, especialmente cuando se dirige a un público joven.

Los influencers no están desapareciendo, pero sí está cambiando la manera en que los percibimos. Y quizá sea una buena noticia. Su crisis no debería leerse solo como una anécdota de redes, sino como una oportunidad para revisar cómo se construye la confianza en el entorno digital. Especialmente cuando quienes están al otro lado de la pantalla son niños y adolescentes.

The Conversation

Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).

Helena López-Bueno no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. De la autenticidad al código de descuento: qué hay detrás de la caída de los ‘influencers’ – https://theconversation.com/de-la-autenticidad-al-codigo-de-descuento-que-hay-detras-de-la-caida-de-los-influencers-290214

De Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando aura’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

_La recepción del Gran Condé por Luis XIV (Versalles, 1674)_, de Jean-Léon Gérôme. Musée d’Orsay

Hay expresiones que parecen destinadas a morir rápido. “Farmear aura” tiene todas las papeletas: nació en internet, suena ligeramente absurda fuera de contexto y probablemente será sustituida por otra antes de que los adultos terminen de entenderla. Pero precisamente por eso merece atención: detrás de esa fórmula fugaz hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok.

Tener aura, en el lenguaje de las redes, significa poseer una especie de magnetismo difícil de explicar: presencia, seguridad, estilo, misterio, esa capacidad de resultar interesante sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla consiste en hacer cosas que aumenten ese capital invisible. Resolver una situación incómoda sin inmutarse suma puntos; tropezarse cuando todos miran o esforzarse demasiado por parecer cool puede provocar una auténtica bancarrota simbólica. El Cambridge Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante.

Internet incluso ha inventado una contabilidad imaginaria: “+1 000 puntos de aura”, “-5. 000”, “aura infinita”. La broma funciona porque todos entendemos perfectamente qué se está puntuando: la palabra es nueva; la conducta, no tanto.

Durante siglos hemos usado palabras distintas –honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, cool, capital simbólico– para nombrar distintas formas de una misma obsesión: proyectar algo que los demás reconozcan como especial. TikTok simplemente ha actualizado el vocabulario.

Antes del algoritmo estaba Versalles

Si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV probablemente habría entendido bastante bien su lógica. En Versalles, levantarse, vestirse o comer podían convertirse en ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio y participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social.

La corte funcionaba mediante una compleja red de etiquetas, ceremonias, jerarquías e interdependencias. Versalles era una gigantesca arquitectura del prestigio. Luis XIV no se limitaba a tener poder: debía escenificarlo. El palacio, la ropa, las fiestas, el protocolo y hasta la administración de sus apariciones contribuían a fabricar una figura excepcional.

Dicho en nuestro idioma, Luis XIV estaba farmeando aura a escala estatal. La diferencia es que entonces hacían falta un palacio, una corte y cientos de espectadores para sostener la representación. Hoy basta un móvil con cámara.

‘Sprezzatura’: el viejo arte de parecer que no nos esforzamos

Uno de los mejores antepasados del aura farming quizá no fuera un rey, sino un dandi.

Acuarela de un hombre vestido de forma elegante a principios del siglo XIX.
Acuarela de Richard Dighton en la que se retrata a George ‘Beau’ Brummell.
Wikimedia Commons

A comienzos del siglo XIX, George “Beau” Brummell convirtió algo aparentemente trivial –vestirse y comportarse de determinada manera– en una extraordinaria fuente de influencia social. Su estilo huía de la extravagancia y apostaba por la precisión, la sobriedad y una atención casi obsesiva al detalle. Su verdadero talento, sin embargo, era conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado. Esa mezcla de enorme preparación y aparente despreocupación fue central en su forma de entender la elegancia.

Brummell perfeccionó así una de las leyes fundamentales del aura: cuanto más evidente resulta el esfuerzo por parecer interesante, menos interesante parece uno.

Pero la idea ya era antigua. En 1528, Baldassare Castiglione había formulado en El cortesano el concepto de sprezzatura: la capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil, ocultando el esfuerzo y el artificio que hay detrás. Una sofisticación perfectamente ensayada que debe presentarse como espontánea.

Cinco siglos después seguimos premiando exactamente lo mismo. Un vídeo aparentemente improvisado puede necesitar treinta tomas; un estilismo “sin pensar” puede haber requerido una hora; una persona puede haber dedicado años a construir un conocimiento cultural que luego parece intuitivo.

Trabajamos muchísimo para parecer espontáneos.

Cuando el aura se convierte en competición

Las actuales aura battles trasladan ese juego a una competición casi literal.

Recuerdan a las batallas del breaking y otras danzas urbanas, nacidas en el ecosistema del hip-hop neoyorquino de los años setenta, donde dos bailarines se enfrentan por turnos y no sólo cuenta la dificultad técnica, sino también la actitud, la respuesta al rival y el carisma.

Pero nos remiten a algo mucho más reconocible para cualquiera que haya visto suficiente cine adolescente: las batallas de animadoras, los concursos en el baile de fin de curso o esas escenas de instituto en las que dos grupos se desafían mientras todo el gimnasio decide quién acaba por dominar la situación.

Cambian los movimientos, pero la lógica es parecida: no basta con hacerlo bien; hay que conseguir apropiarse de la escena.

En las nuevas aura battles, esa segunda dimensión se convierte directamente en el objetivo. Gestos, poses, memes o pequeños movimientos sirven para decidir quién triunfa. Ya no se compite tanto por hacer algo difícil como por hacer que algo parezca memorable. Es el carisma convertido en deporte de competición.

Y eso revela algo importante: el aura nunca depende sólo de quien la posee. Necesita alguien que la reconozca.

Bourdieu habría entendido perfectamente los ‘aura points’

El sociólogo francés Pierre Bourdieu seguramente no habría hablado de farmear aura, pero habría reconocido enseguida el mecanismo.

En La distinción explicó cómo nuestros gustos también funcionan como formas de clasificación social. La música que escuchamos, los libros que leemos, la ropa que elegimos o los restaurantes que conocemos no expresan únicamente preferencias personales: también comunican familiaridad con determinados códigos.

Bourdieu llamó capital cultural a esos conocimientos y competencias. Cuando obtienen reconocimiento social pueden convertirse en capital simbólico: prestigio, legitimidad y autoridad.

O, dicho de manera bastante menos académica, aura points (puntos de aura).

Reconocer un bolso sin logotipo, conocer a un diseñador antes de que se haga masivo o descubrir un restaurante antes de que TikTok lo convierta en peregrinación puede producir distinción. El alemán Georg Simmel añadió otra pieza importante al explicar que la moda vive de la tensión entre imitación y diferenciación: queremos pertenecer, pero no llegar cuando ya ha llegado todo el mundo.

También el aura tiene timing.

Todos actuamos, pero ahora alguien lleva la cuenta

El sociólogo canadiense Erving Goffman describió la vida social como una representación: presentamos versiones de nosotros mismos ante distintas audiencias y tratamos de gestionar la impresión que producimos.

Las redes han añadido una complicación deliciosa: ahora también convertimos el supuesto backstage en contenido. La foto accidental, el vídeo “sin preparar”, el libro casualmente olvidado encima de la mesa… hasta la espontaneidad puede tener dirección artística.

Y ahí farmear aura introduce una forma curiosa de sinceridad. Cuando decimos que alguien lo está haciendo reconocemos la performance y, aun así, estamos dispuestos a premiarla si funciona.

Walter Benjamin utilizó precisamente la palabra aura para pensar aquello que hacía singular e irrepetible a una obra frente a su reproducción técnica. Para Benjamin, la reproducción erosionaba precisamente esa unicidad.

La coincidencia resulta especialmente bonita hoy. Vivimos en una cultura donde casi todo puede copiarse –un look, una pose, una estética, una canción– y quizá por eso valoramos todavía más aquello que parece difícil de reproducir: la presencia, el gesto, la seguridad, el timing. Puede que dentro de unos meses nadie vuelva a decir farmear aura, pero el comportamiento sobrevivirá.

Quizá lo verdaderamente contemporáneo sea haber convertido en juego algo que antes ocurría en silencio. Siempre hemos evaluado quién tenía presencia, quién dominaba una habitación o quién parecía necesitar demasiado nuestra aprobación. La diferencia es que ahora esa intuición tiene nombre, meme y puntuación.

TikTok no inventó el aura. Solo tuvo la cortesía de ponerle marcador.


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Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. De Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando aura’ – https://theconversation.com/de-versalles-a-tiktok-llevamos-siglos-farmeando-aura-290373

Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Olaya García Pérez, Profesor ayudante doctora, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Erupción del Tajogaite en 2021, La Palma. Olaya García Pérez.

Si preguntamos a nuestros padres o a nuestros abuelos, probablemente recordarán la explosión del Tajogaite en La Palma en 2021, los enjambres sísmicos que se están viviendo en la isla de Tenerife este año, o la erupción submarina de El Hierro en 2011. Es decir, cuando pensamos en volcanes, solemos recurrir a las experiencias vividas y a relatos transmitidos entre generaciones. Pero la memoria histórica no perdura para siempre.

Así, cuando desaparecen estos relatos también se esfuma una parte importante del pasado. Y resulta más difícil entender la huella que un evento volcánico dejó en el territorio.

Memorias guardadas en la geología

Mientras la memoria histórica apenas conserva unas pocas generaciones, el registro geológico funciona como un archivo natural, guardando información sobre procesos que se desarrollan durante cientos de miles o millones de años.

Cada colada, cada depósito y cada deslizamiento conservan información. Es una memoria diferente, pero extraordinariamente precisa.

La diferencia entre estas escalas condiciona nuestra forma de comprender la historia volcánica de cualquier lugar, el riesgo volcánico y la enorme diversidad de procesos que han intervenido en la construcción de las islas.

Lo que recuerda la memoria humana

Cuando hablamos de los volcanes de Canarias, solemos recordar las erupciones más recientes. La del Tajogaite (2021) permanece viva por las evacuaciones, la incertidumbre de sus 85 días de actividad volcánica y la enorme repercusión social y mediática. La del Teneguía (1971) se recuerda por ser la primera seguida por televisión, una erupción estromboliana –erupciones explosivas moderadas y rítmicas– que fascinó a la población por sus fuentes de lavas de varias decenas de metros y los ríos de lava, más que por sus efectos.

Del Chinyero (1909) perduran las fotografías y los relatos de la población de la época. De la erupción de Garachico (1706) sigue presente la destrucción del principal puerto comercial de Tenerife y sus consecuencias económicas.

Lanzarote se transformó radicalmente por la erupción del Timanfaya (1730-1736), la más prolongada del archipiélago. Sin embargo, el recuerdo que ha llegado hasta nosotros no se centra en el proceso eruptivo, sino en la capacidad de adaptación de la población a un territorio completamente transformado.

Timanfaya, en Lanzarote.
Wikimedia Commons., CC BY

Estos ejemplos muestran que la memoria humana rara vez conserva la duración de una erupción, su volumen de lava o cómo fue el evento geológico en sí. Lo que permanece son las historias humanas: las evacuaciones, las pérdidas y la reconstrucción posterior. Aunque, en algunos casos, como Timanfaya, las crónicas, mapas y dibujos permiten reconstruir con detalle el desarrollo de la erupción.

Calderas que hoy son parque natural

Algunos de los procesos que moldearon las islas más profundamente ocurrieron mucho antes de que existiera una memoria capaz de registrarlos, hace millones de años.

Al recorrer el archipiélago, observaremos grandes estructuras volcánicas que forman parte de un paisaje singular, en su mayoría un paisaje protegido y valorado por su patrimonio geológico. Esto nos permite reconstruir algunos de los episodios más importantes en la formación de las islas.

Parque Natural del Teide, en Tenerife.
Wikimedia Commons., CC BY

Las Cañadas del Teide, en Tenerife, son una de las mayores depresiones volcánicas o calderas del archipiélago. Se originaron hace entre 220 000 y 160 000 años como resultado de grandes colapsos del edificio volcánico, asociados a erupciones explosivas y grandes deslizamientos gravitacionales –derrumbes de material volcánico ladera abajo–. Sobre esa enorme depresión, creció posteriormente el complejo volcánico Teide-Pico Viejo.

Estos acontecimientos quedaron registrados en las rocas. Gracias a ello, el estudio y datación de los depósitos volcánicos permite reconstruir cuándo ocurrieron e interpretar cómo cambiaron las islas.

Una gran cicatriz en El Hierro

Otro de los ejemplos más espectaculares de proceso volcánico se encuentra en El Hierro. El gran deslizamiento de El Golfo ocurrió hace entre 87 000 y 39 000 años, movilizó entre 150 y 180 km³ de material y dejó una cicatriz de 150 k² que transformó por completo la isla.

Deslizamiento de El Golfo, El Hierro. Autor: Emilio Soler Onís.
Olaya García.

Procesos similares ocurrieron repetidamente en El Hierro y fueron responsables de la formación de Las Playas y El Julan. En Tenerife, dieron lugar al valle de La Orotava, uno de los mayores deslizamientos gravitacionales y mejor estudiados en islas oceánicas. Conocer estos procesos no solo permite reconstruir el pasado, también ayuda a comprender mejor el comportamiento futuro de los sistemas volcánicos.

Mirar hacia la geología para entender el futuro

Ningún habitante de Canarias recuerda la formación de Las Cañadas del Teide o el gran deslizamiento de El Golfo. Sin embargo, estos procesos transformaron el archipiélago mucho más que cualquiera de las erupciones conservadas en la memoria histórica. La diferencia entre la memoria humana y el registro geológico no solo es temporal, sino también de escala.

Comparación entre la memoria histórica de las erupciones y la historia geológica que ha modelado el paisaje de Canarias. Escala temporal logarítmica.
Olaya García.

Quizás el principal reto sea aceptar que nuestra experiencia apenas representa una pequeña parte de la historia volcánica del archipiélago. Solo el registro geológico nos permite reconstruir esa historia y comprender los procesos volcánicos que, durante millones de años, han construido y transformado las islas Canarias, que siguen siendo un lugar geológicamente muy activo.

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Olaya García Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas – https://theconversation.com/canarias-una-historia-de-millones-de-anos-de-erupciones-volcanicas-287106

Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Bárbara Badanta Romero, PDI. Departamento de Enfermería, Universidad de Sevilla

Las pantallas han colonizado nuestra rutina y, con ellas, el sedentarismo, el estrés y la desconexión del entorno natural. A pesar de los enormes avances en salud, las enfermedades crónicas siguen afectando a una proporción significativa de la población mundial. Aunque disponemos de un amplio arsenal de fármacos y tratamientos, en las consultas médicas la misma recomendación se repite: “Hay que empezar cambiando el estilo de vida”.

Pero ¿cómo es posible lograrlo cuando el propio entorno lo dificulta? Una de las respuestas es sencilla: volver al verde, a la tierra, a la naturaleza. No como sustituto de nada, sino como punto de partida para cuidar nuestro bienestar.

En este contexto cobra sentido profundizar en prácticas pertenecientes a la llamada “medicina verde”. Esta consiste en el uso de entornos naturales de forma prescriptiva y basada en evidencia científica para mejorar y mantener la salud. No se trata de una moda: el periodista y escritor Richard Louv acuñó el concepto de “trastorno por déficit de naturaleza” en 2005 para describir cómo la vida exclusivamente urbana se asocia a un aumento de patologías crónicas y a una menor capacidad de recuperación mental.

¿Por qué nos hace bien la naturaleza? La ciencia lleva décadas intentando responder esta pregunta.

La hipótesis de la biofilia del entomólogo y biólogo estadounidense Edward O. Wilson plantea que los seres humanos tenemos una tendencia biológica innata a buscar vínculos con el mundo natural. A esta se suma la teoría de la restauración de la atención: la vida urbana nos exige una atención constante y dirigida que agota nuestros recursos cognitivos, mientras que la naturaleza activa lo que los investigadores llaman fascinación suave, ese estado en el que la mente descansa sin esfuerzo, simplemente observando.

Los beneficios de pasear por el bosque

Los “baños de bosque” (del japonés, shinrin-yoku), consisten en una inmersión sensorial profunda en el entorno forestal. Su práctica implica una desaceleración, y por ello no debe confundirse con el senderismo u otras actividades físicas de intensidad. Mientras que caminar a buen ritmo activa el sistema nervioso simpático por el esfuerzo físico, la lentitud del shinrin-yoku busca precisamente lo contrario: activar el sistema parasimpático, encargado de la restauración y el equilibrio del organismo.

No se trata de una estancia pasiva: una sesión estándar puede durar entre dos y tres horas sin superar los tres kilómetros de recorrido. Es justo lo necesario para que el cuerpo se relaje sin que la fatiga física interrumpa el proceso.

Los baños de bosque encuentran parte de su explicación en mecanismos psicológicos, pero los beneficios reportados son amplios. Estos van desde la mejora de nuestras defensas hasta la reducción del estrés y la ansiedad.

La efectividad depende en buena medida del entorno: los resultados son más evidentes en zonas de alta biodiversidad, donde la inhalación de fitoncidas –compuestos antimicrobianos emitidos por las plantas– y el silencio potencian el efecto. El uso de dispositivos electrónicos, la música o un ritmo de marcha competitivo pueden interferir con el proceso restaurador y restarle beneficio.

La primavera y el verano son las estaciones más favorables para estos paseos, ya que la actividad biológica de los árboles maximiza la emisión de fitoncidas, y las temperaturas permiten el contacto prolongado con la naturaleza. Sin embargo, puede practicarse durante todo el año adaptando la duración y el equipamiento.

La naturaleza no entiende de edades

Algunas de las virtudes más destacables de estas prácticas son que no requieren equipamiento, formación especializada ni una condición física determinada. Y, además, no entienden de edades.

En niños y adolescentes la ciencia ha demostrado que una mayor exposición a espacios verdes se asocia con menos síntomas de ansiedad, depresión e hiperactividad. Los beneficios parecen ser especialmente relevantes en edades tempranas y en niños con sintomatología previa más elevada.

Las personas mayores se benefician porque estas prácticas priorizan la inmersión sensorial –escuchar, observar, respirar– por encima de cualquier exigencia física.

Incluso en personas con problemas cardíacos graves, inmersiones forestales de apenas cuatro días han mostrado reducciones clínicamente relevantes en marcadores de estrés e inflamación miocárdica.

Además, como herramienta útil en el ámbito socioeconómico, se ha demostrado que incorporar pausas en espacios verdes durante la jornada laboral reduce el burnout y mejora el rendimiento cognitivo. Un parque, un jardín, incluso una franja de hierba: la naturaleza no exige grandes gestos para devolver algo a cambio.

Durante siglos la naturaleza formó parte de nuestra salud sin que nadie lo llamara terapia. La ciencia nos recuerda que nunca debimos alejarnos de ella. A veces, lo que puede parecer sencillo, como quitarse los zapatos y pisar la tierra, es también necesario.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde – https://theconversation.com/volver-a-la-naturaleza-que-sabemos-sobre-los-efectos-de-la-medicina-verde-287275

La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dídac Jiménez Torras, Investigadore predoctoral en Sesgos y Videojuegos, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Cuando un chatbot no tiene la información suficiente sobre nuestra consulta, puede inventar la respuesta. Marcin Wilkowski / https://betterimagesofai.org, CC BY-NC-SA

Un 10 % de la población obtiene su información principalmente de chatbots –agentes conversacionales que funcionan con inteligencia artificial (IA)–, según una encuesta a 93 000 personas de todo el mundo para el Reuters Digital News Report 2026. Por otro lado, cuando se les preguntó a los participantes por sus preferencias, un 46 % afirmó buscar fuentes sin “un punto de vista” (es decir, percibidas como objetivas). En esta misma línea, un estudio publicado en Nature apunta que la IA es valorada por sus usuarios como más neutral –de media un 10 % más– que los expertos humanos en sus correspondientes ámbitos.

La presunción de que las personas expertas son objetivas –el llamado sesgo de autoridad– no es nada nuevo. Sin embargo, con la inteligencia artificial, una diferencia notable es la escala, ya que cualquier contenido difundido a través de plataformas de chatbots tiene un alcance significativamente mayor que el que pudiera tener un solo experto humano.

Además, con algunas excepciones como pueden ser Apertus u Olmo, la mayoría de los sistemas de IA son cajas negras donde no sabemos qué decisiones han tomado los algoritmos, ni por qué. Por otro lado, al estar centralizadas, sus empresas matrices pueden añadir cambios sutiles a millones de usuarios simultáneamente. Existen múltiples falsas creencias que nos hacen infravalorar el riesgo que esto supone, empezando por la que expone el mencionado artículo de Nature.

FALSO: “La máquina sabe más que la persona”

El sesgo de automatización es la percepción de que las máquinas y los algoritmos son más neutrales y eficientes que sus contrapartidas humanas. Esto explica, por ejemplo, que algoritmos de indexación como Google tengan un monopolio del 90 % de las búsquedas en línea.

También, este sesgo es culpable del discurso tecnosolucionista que erige la IA como árbitro objetivo del presente y el futuro. Esto supone un peligro sociocultural, cuando los algoritmos de determinadas plataformas priorizan discursos supremacistas o polarizantes. Por ejemplo, tenemos a TikTok, que promueve contenido de odio por su alta carga emocional, con el único objetivo de mantener a sus usuarios en la plataforma, mientras X favorece los mensajes de su propietario Elon Musk, sus empresas y sus aliados políticos, y Deepseek oculta información contraria a la República de China, como la relacionada con las protestas de Tiananmen.

FALSO: “¿Ves? Yo tenía razón”

Este sesgo de automatización suele ir acompañado por múltiples otros, entre los cuales hay tres que pueden amplificar dinámicas de colonización del conocimiento por parte de la IA.

En primer lugar, el sesgo de confirmación nos predispone a buscar información que valide lo que ya creemos, en lugar de cuestionarlo. Este atajo mental fue evolutivamente útil para la supervivencia: por ejemplo, si creemos haber contraído una enfermedad, se nos puede poner en cuarentena y hacer pruebas para buscar una cura y evitar más contagios, en lugar de tildarnos de hipocondriacos (desconfirmación).

En este sentido, los modelos conversacionales con IA están diseñados para seguirnos la corriente. Así, generan contenido alineado con las creencias de los usuarios, por ejemplo, material antisemítico, invención de datos y estudios para desinformación o imágenes falsas de todo tipo, con tal de no llevarnos la contraria.

FALSO: “Es mejor no cuestionar”

En segundo lugar, el sesgo de sobreconfianza evita que estemos dudando continuamente y nos predispone a sentirnos seguros con la información que se nos ofrece sobre determinados sucesos, aunque no sepamos explicarlos. Ello nos permite construir conocimiento de manera gradual, haciendo posible las multiplicaciones y las potencias, después de haber aprendido el funcionamiento de las sumas, en lugar de cuestionar su funcionamiento en bucle.

Sin embargo, la sobreconfianza también nos lleva a caer en la trampa de bulos que se nos presentan con la apariencia de evidencia científica.

Por otro lado, vuelve directamente invisibles cuestiones que ya creemos conocer y, por lo tanto, simplemente no se las preguntamos a la IA. Eso sí, aunque lo hiciéramos, no tendríamos garantizada la verdad, ya que los chatbots son propensos a caer en alucinaciones.

FALSO: “Solo el presente y el pasado cercano existen”

Por último, el sesgo de sucesos recientes nos predispone a dar prioridad a eventos que hace poco que han sucedido, por encima de eventos pasados o futuros. Este sesgo ayuda a que nos centremos en nuestras necesidades más inmediatas, como comer o entregar un trabajo.

En la otra cara de la moneda, favorece anécdotas recientes, en lugar de tendencias longitudinales –este es el truco que se usa para negar el cambio climático si hay un temporal frío (un argumento análogo a decir que el Sol no existe porque ahora es de noche)–. Los chatbots y los buscadores –basados en IA– tienden a multiplicar este sesgo, aportando principalmente resultados recientes, sin considerar referencias pasadas, más allá de aquellas populares.

¿Cómo responder?

De la misma manera que preguntaríamos a un investigador por su metodología y participantes, podemos personalizar la memoria de Mistral o Lumo (de Proton) –dos modelos de IA menos medioambientalmente dañinos–, para que diagnostiquen sus sesgos y los de nuestras preguntas, pasando de asumir que son neutrales a visibilizar sus limitaciones.

Si usamos otros sistemas conversacionales, tal vez podríamos darles instrucciones para combatir los tres sesgos mencionados, como:

-Para el sesgo de confirmación: “Cuando te pida que me ayudes con una tarea, incluye una pequeña sección (3 oraciones) a tu respuesta mencionando las posibles limitaciones y refinamientos que tiene mi enfoque”.

-Para el sesgo de sobreconfianza: “Para ayudarme a buscar información relacionada con búsquedas, añade al final de tu mensaje un apartado con palabras clave recomendadas. Busca fuentes con estadística de artículos que no sean exclusivamente anécdotas periodísticas y añade el enlace a las mismas”.

-Para el sesgo de sucesos recientes: “Ten cuidado de no proveer solo información reciente que no tenga en cuenta las tendencias longitudinales e históricas, y procura incluir perspectivas locales poco conocidas en lugar de únicamente artículos occidentales populares sobre el tema que seguramente encontrarás si haces búsquedas en línea con los buscadores más típicos o te remites a los datos con los que fuiste entrenado”.

Nadie está libre de sesgos, pero conocerlos puede ayudarnos a gestionarlos mejor. En cualquier caso, es esencial no confiar ciegamente en las producciones de una IA. Quizá, igual que cuando tenemos un coche viejo del que conocemos sus fallos, nuestros propios sesgos humanos y personales sean más fáciles de manejar que aventurarnos a comprar un coche usado que no sabemos quién condujo antes que nosotros, ni cómo lo hizo.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva – https://theconversation.com/la-informacion-que-nos-da-nuestro-chatbot-favorito-no-es-neutral-ni-objetiva-289527

¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio González-Liendo, PDI en Sostenibilidad, Comunicación y RSC, UNIE Universidad

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza estuvo entre los candidatos al Premio del Consejo Internacional de Museos (ICOM) a las buenas prácticas de desarrollo sostenible. Mundofoto/Shutterstock

Si intentamos buscar el momento en que la palabra “sostenibilidad” ingresó en el vocabulario común, debemos remontarnos unas décadas atrás. El término apareció por primera vez en 1987 en el informe Brundtland, elaborado por una comisión internacional para la ONU, donde se definió la sostenibilidad como la capacidad de aprovechamiento que garantice que las próximas generaciones también puedan disfrutar de los recursos naturales. Es decir, hacer un uso racional y consciente de ellos.

Es, pues, un compromiso a asumir por las personas, las instituciones, las empresas y la sociedad civil tanto para que haya un equilibrio medioambiental como para la optimización de los beneficios económicos y sociales.

Una visión corta de la sostenibilidad

Durante mucho tiempo, la sostenibilidad en los museos se asoció casi exclusivamente con el medioambiente. Las iniciativas se centraban en disminuir el consumo de energía, reducir los residuos o mejorar la eficiencia energética de los edificios.

Aunque estas acciones siguen siendo imprescindibles, la gestión de los museos es hoy más compleja porque se han ampliado sus funciones y las expectativas sociales asociadas a su actuación. El museo ya no solo debe conservar y transmitir el patrimonio, sino también contribuir a la educación, favorecer la participación ciudadana, promover la inclusión y la diversidad, generar actividad económica y relacionarse de manera transparente con sus públicos y su entorno.

Esta ampliación de funciones también amplía su impacto sobre la sociedad y, con ello, su responsabilidad en materia de sostenibilidad. Ser sostenible no implica únicamente reducir el consumo energético o gestionar adecuadamente los residuos, sino también garantizar que los recursos culturales, económicos y sociales que moviliza el museo contribuyan a generar valor a largo plazo y puedan seguir estando al servicio de las generaciones futuras. Por ello, la sostenibilidad museística exige analizar no solo cómo funciona el museo, sino también qué efectos produce en las comunidades a las que sirve.

De hecho, en 2022, el Consejo Internacional de los Museos (ICOM), la máxima autoridad del sector, emitió una nueva definición de museo que refuerza la conservación de la memoria colectiva, la educación, la inclusión y el bienestar de las comunidades:

“Un museo es una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos”.

Medir y certificar la sostenibilidad de los museos

La sostenibilidad museística necesita, pues, herramientas de medición que integren todas sus dimensiones (investigación, coleccionismo, conservación, interpretación, exhibición, difusión) en un único sistema de evaluación.

Aunque desde hace décadas existen distintos instrumentos para hacerlo, procedentes del ámbito empresarial, un museo no solo administra recursos, también custodia patrimonio, construye memoria colectiva, promueve el acceso a la cultura, educa, investiga y mantiene una relación permanente con una gran diversidad de públicos (instituciones, artistas, visitantes, investigadores, donantes). Esta diversidad requiere de sistemas específicos de medición.

La Estrella de la Sostenibilidad es un modelo propuesto por investigadores de la Universidad de Lausana (Suiza), basado en los indicadores ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza), que concibe la sostenibilidad como un sistema que conecta las dimensiones económica, social, cultural y medioambiental de los museos.

Un modelo dialogante

Por nuestra parte, diseñamos un modelo integral de medición, Huella M, que pretende diagnosticar, medir, gestionar y reportar la sostenibilidad de los museos. La propuesta se estructura en torno a cinco dimensiones: medioambiental, social, económica, cultural y comunicacional, y busca estandarizar el desempeño, identificar oportunidades de mejora, orientar la toma de decisiones y comunicar los resultados de forma objetiva y comparable.

En este modelo, la comunicación es estratégica, por la importancia de la calidad del diálogo entre el museo y sus públicos.

Huella M trabaja con indicadores cuantitativos y cualitativos. Los primeros permiten medir cuestiones económicas y medioambientales (desde ingresos y gastos hasta emisiones), mientras que para las dimensiones comunicacional, social y cultural se busca profundizar en la calidad de las intervenciones. De este modo, el museo puede conocer mejor qué está logrando como agente de cambio social.

Un ejemplo: ¿interesa saber cuántos visitantes recibe? Claro, pero también importa saber qué impacto en conocimiento, cultura y entretenimiento generó en su público, porque el número de visitantes por sí solo no permite conocer si la experiencia realmente produjo un cambio significativo.

Importancia de la transparencia y la comunicación

Imaginemos que aplicamos Huella M al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Podríamos empezar preguntándonos cuánta energía consume, qué emisiones genera o cuánto cuesta mantener sus instalaciones. Pero el análisis tendría que ir más allá:

  • ¿Cómo consigue que sus exposiciones sean accesibles y significativas para públicos diversos?

  • ¿Qué conocimientos y experiencias generan sus actividades educativas?

  • ¿Cómo contribuye a acercar el arte a quienes habitualmente no visitan un museo?

Incluso el número de visitantes adquiere otra dimensión: no se trata solo de saber cuántas personas entran, sino de conocer qué valor cultural, social y comunicacional genera su experiencia. Huella M permite así observar el museo desde diferentes perspectivas y comprender su sostenibilidad como la capacidad de generar valor de manera equilibrada y duradera.

Un ejemplo especialmente inspirador es el Genalguacil Pueblo Museo, situado en Genalguacil (Málaga), un municipio rural de 363 habitantes. Allí, el arte contemporáneo se ha convertido en una herramienta de transformación territorial. Desde 1994, más de 250 artistas han participado en sus Encuentros de Arte, dejando obras que forman parte del paisaje urbano y de la colección del Museo de Arte Contemporáneo Fernando Centeno.

El proyecto ha contribuido a situar internacionalmente a este pequeño pueblo y a generar actividad cultural, turística y económica en un territorio marcado por la despoblación. Su interés para Huella M reside precisamente en que permite observar cómo un proyecto museístico puede generar, de forma simultánea, valor cultural, social, económico y territorial.

Transformar, cohesionar, construir

La sostenibilidad exige una comunicación permanente, transparente y comprensible con todos los grupos de interés, desde las administraciones públicas hasta los investigadores, trabajadores, visitantes y la sociedad.

El verdadero impacto de un museo no siempre puede medirse con cifras económicas o ambientales, sino también por su capacidad para transformar comunidades, generar cohesión social y construir identidad.

The Conversation

Julio González-Liendo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible? – https://theconversation.com/basta-con-reducir-el-consumo-energetico-y-reciclar-para-que-un-museo-sea-sostenible-286974

Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ananda Pascual Ascaso, Doctora en Oceanografía Física e Investigadora Científica, Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA – CSIC – UIB)

forestpath/Shutterstock

Llegamos a la playa, extendemos la toalla y, casi sin darnos cuenta, apartamos un tapón, un envoltorio o un pequeño fragmento de plástico que encontramos en la arena. Es un gesto cotidiano que muchos repetimos cada verano. Tan cotidiano que quizá hemos terminado aceptando como normal algo que no debería serlo.
La contaminación por plásticos constituye uno de los principales desafíos ambientales para los océanos.

Se estima que, solo al mar Mediterráneo, llegan cada día alrededor de 730 toneladas de residuos plásticos, muchos de los cuales permanecen durante años desplazándose impulsados por las corrientes marinas, el viento y el oleaje antes de alcanzar la costa.

Reducir el consumo de plásticos, mejorar la gestión de los residuos y evitar que alcancen el mar siguen siendo las medidas más importantes. Pero incluso si avanzamos de forma decidida en esa dirección, durante años seguiremos conviviendo con una gran cantidad de desechos que ya circulan por nuestros mares.

Más allá de las medidas necesarias para reducir la contaminación en origen, quizá ha llegado el momento de plantearnos una pregunta distinta: ¿podemos transformar también nuestra manera de relacionarnos con las playas?




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Quizá ha llegado el momento de impulsar una nueva cultura de la playa

Durante las últimas décadas hemos incorporado a nuestra vida cotidiana hábitos que hace no tanto tiempo parecían excepcionales. Hoy reciclamos en casa, utilizamos bolsas reutilizables o procuramos reducir el consumo de plásticos de un solo uso. Estos cambios no surgieron de manera espontánea: han sido el resultado de políticas públicas, campañas de sensibilización y, sobre todo, de una transformación progresiva de nuestra conciencia colectiva.

¿Por qué no aspirar a una evolución similar en nuestra relación con las playas?
Disfrutar del litoral y contribuir a su conservación no deberían entenderse como acciones independientes. Del mismo modo que procuramos no dejar residuos tras un picnic en el campo, podría convertirse en un hábito natural dedicar unos minutos, al llegar, antes de marcharnos o durante un paseo por la orilla, a recoger algunos plásticos que encontremos en la arena y depositarlos en el contenedor correspondiente.

Muchas familias ya llevan pequeñas redes para que los niños exploren la orilla buscando peces, cangrejos o conchas. Ese mismo utensilio podría servir también para retirar pequeños fragmentos de plástico, residuos especialmente abundantes y que con frecuencia escapan a las labores habituales de limpieza. Más que una actividad de limpieza, podría convertirse en una forma sencilla de cuidar el entorno mientras disfrutamos de él.

El impacto de esta acción puede parecer insignificante cuando la realiza una sola persona. Sin embargo, deja de serlo cuando se multiplica por millones de visitantes. Las Islas Baleares reciben cada año millones de turistas, además de quienes vivimos aquí y disfrutamos del litoral durante todo el año. Si una parte significativa de todos ellos incorporara este gesto a su rutina, el efecto acumulado podría ser notable.

Esta forma de entender la relación con nuestras playas no pretende sustituir la responsabilidad de las administraciones públicas. La prevención de la contaminación, la mejora de la gestión de los residuos y la limpieza de las playas seguirán siendo responsabilidades esenciales de las instituciones. La implicación ciudadana debe entenderse como un complemento, no como una alternativa.




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Una oportunidad también para la ciencia

Comprender cómo se transportan los materiales flotantes en el océano constituye uno de los grandes retos de la oceanografía. Los mismos procesos que organizan la circulación superficial y redistribuyen calor, nutrientes, plancton o larvas marinas condicionan también el recorrido de los residuos plásticos y su acumulación en determinadas zonas de la costa.

En los últimos años hemos empezado a observar estos procesos con un nivel de detalle sin precedentes gracias a satélites, vehículos autónomos, boyas instrumentadas y modelos numéricos. Sin embargo, sigue siendo difícil disponer de observaciones continuas sobre lo que ocurre cuando esos materiales alcanzan la costa.

Aquí es donde una iniciativa ciudadana puede aportar un valor añadido. Si, de forma completamente voluntaria, algunas personas decidieran registrar dónde han recogido esos residuos, cuándo lo han hecho o qué tipo de plásticos predominaban, esa información podría complementar las observaciones científicas tradicionales. Experiencias recientes en el Mediterráneo han demostrado que la ciencia ciudadana puede aportar datos de gran utilidad para estudiar el transporte y la acumulación de residuos marinos cuando se combina con modelos numéricos y observaciones oceanográficas.

Combinada con datos de corrientes, viento, oleaje e imágenes de satélite, esta información ayudaría a comprender mejor las rutas de transporte, identificar zonas de acumulación de residuos marinos y analizar cómo estos patrones evolucionan en el tiempo. Es decir, el mismo gesto que contribuye a mantener una playa más limpia podría ayudar también a generar conocimiento científico útil para proteger mejor nuestras costas.

Una iniciativa de este tipo solo tendría sentido si fuera realmente colectiva. Administraciones públicas, universidades, centros de investigación, puertos deportivos, clubes náuticos, centros educativos, empresas, organizaciones ambientales y sector turístico podrían contribuir a convertir un pequeño gesto individual en un hábito social. No sería una campaña puntual de limpieza sino una nueva manera de disfrutar y cuidar el litoral.

The Conversation

Ananda Pascual Ascaso recibe fondos de los proyectos FaSt-SWOT (PID2021-122417NB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España, la Agencia Estatal de Investigación y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (MCIN/AEI/10.13039/501100011033/FUE); del “Sea Level Thematic Assembly Center” (SL-TAC), financiado por el Servicio Marino de Copernicus; y del proyecto europeo “Ocean observations and indicators for climate and assessments” (ObsSea4Clim), financiado por el Programa de Horizonte Europa de la Unión Europea, bajo el acuerdo de subvención nº 101136548. Este trabajo se desarrolla en el marco de las actividades del Centro de Excelencia María de Maeztu otorgado al IMEDEA (CSIC-UIB) (CEX2021-001198).

– ref. Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa – https://theconversation.com/cuidar-nuestros-bienes-comunes-hacia-una-nueva-cultura-medioambiental-y-cientifica-de-la-playa-289671

Si la España de hoy no es la misma que la de hace un siglo, ¿tiene sentido fijarnos en el pasado para conservar al lobo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandro Martínez Abraín, Profesor Titular, Facultad de Ciencias, Departamento Biología, Área de ecología, Universidade da Coruña

Ejemplar de lobo ibérico. Pablo Santana Duran/Shutterstock

En conservación, se da como una verdad establecida que conocer la distribución pasada de una especie es clave para entender su ecología y que eso ha de ser útil para preservarla (de la extinción regional) ahora y más adelante. Tanto es así que hasta los criterios orientadores que ofrece la legislación ambiental en España para determinar si una especie tiene un estatus de conservación “vulnerable” contienen esa idea como un punto a evaluar.

Sin embargo, estudiar las consecuencias ecológicas (negativas y positivas) del abandono rural durante los últimos 60 años nos llevó a plantearnos si la distribución de los grandes mamíferos carnívoros ibéricos a principios del siglo pasado es realmente el mejor espejo en el que mirarnos. El mejor objetivo a alcanzar en el futuro.

En un reciente estudio, publicado en el Journal for Nature Conservation, analizamos los pros y los contras de este objetivo conservacionista en relación al oso pardo, el lince ibérico y, sobre todo, el lobo.

Menos ovejas en el campo

La duda emergía especialmente por el gran papel que en el pasado debieron jugar los enormes rebaños de ovejas pastoreados en régimen extensivo en los campos y montes en la ecología trófica del lobo.

La oveja es el mamífero doméstico con el tamaño idóneo para ser depredado por el lobo en su estado adulto (terneras y potros lo serían en el caso de vacas y caballos). En España, la relevancia económica de este bóvido durante varios siglos ha llevado incluso a la creación de instituciones únicas como la Mesta (Honrado Consejo de la Mesta de Pastores del Reino de Castilla), fundada en 1273 por Alfonso X el Sabio.

Además, los montes estaban casi desprovistos de grandes mamíferos herbívoros, salvo en contados enclaves protegidos por normas reales, tanto por destrucción del hábitat (desmonte de bosques en el medievo para su puesta en cultivo) como por persecución intensa en tiempos de subsistencia.

Por ejemplo, cazar jabalíes en la Edad Media era tan apreciado por la nobleza y la realeza como cazar osos. Nada que ver con la situación actual en la que los jabalíes abundan en los medios rurales y urbanos. Para muestra se puede visitar la iglesia de San Francisco de Betanzos en la que reposan los restos de Fernán Pérez de Andrade, uno de los nobles gallegos más poderosos, dentro de un sepulcro de piedra sostenido por un jabalí y un oso.

Así pues, analizamos las estadísticas disponibles en la literatura especializada sobre el cambio en la proporción de ganado ovino versus ganado vacuno. En todas las regiones estudiadas, menos en una (la Subbética), la abundancia relativa de las ovejas disminuyó con mayor o menor fuerza desde 1865 hasta 1999. Es decir, la presencia de ovejas se desplomaba en las zonas sur de la península ibérica, la cordillera Penibética, Pirineos centrales, norte de la Península, Pirineos orientales, Galicia, Sistema Central, Cantábrico oriental y región astur-leonesa.

Gráfico que muestra cómo, en general, ha disminuido la proporción de ovejas respecto a ganado vacuno en España
Variación de la proporción de ovejas respecto a ganado vacuno entre 1865 y 1999 en distintas regiones de España.
Alejandro Martínez

Independientemente del número total de ovejas, durante la segunda mitad del siglo XX y en lo que llevamos del XXI, su presencia en el campo ha experimentado profundos cambios, que sin duda tienen repercusiones para los lobos. Muchas ovejas –de variedades más productivas– permanecen estabuladas, lo que facilita el trabajo de los pastores. Muchos cultivos de montaña han sido abandonados y ya no constituyen zonas de pasto para los rebaños. Apenas hay pastores disponibles más allá de los que nos brinda la inmigración humana. Los desplazamientos trashumantes se realizan principalmente por medio de camiones o del ferrocarril.




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Más ciervos, corzos y jabalíes

Además, las poblaciones de presas silvestres se han recuperado en gran medida, como reflejan, por ejemplo, los accidentes de tráfico relacionados con ciertos animales y las pólizas de seguros que los cubren. En el monte ibérico hay muchos más ciervos, corzos o jabalíes que hace 100 años. Y eso significa más comida alternativa para los lobos. Rayones, bermejos, corcinos y cervatillos son presas fáciles para un grupo familiar de lobos. Y cazarlos les supone un menor riesgo de represalias humanas.

Tres ciervos hembra adultos y cuatro crías corren por una llanura de pasto seco salpicada de encinas
Ciervos en el Parque Nacional de Cabañeros.
Virginia Torralba/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Por todo ello, sugerimos que el estatus de amenaza del lobo ibérico y las perspectivas de éxito en su conservación pasan hoy en día más por la disponibilidad de presas silvestres. De esta forma, su distribución presente y futura se verá condicionada por la densidad de esas presas más que por la del ganado, al contrario de lo que debía de suceder antaño.

Finalmente, recurrimos al concepto de capacidad cultural de carga (emulando la capacidad de carga biológica) para recordar que con especies con las que pueden surgir conflictos humanos-fauna salvaje, la distribución futura de esas especies estará muy condicionada por el grado de tolerancia o aceptación social de las mismas. Una capacidad que afortunadamente es modificable si se realizan las campañas adecuadas de concienciación y preparación social para la vuelta de las especies temporalmente perdidas. Algo que ha sido y está siendo vital para el regreso de osos y linces, por ejemplo.




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Así pues, sugerimos revisar los criterios orientadores que hagan referencia a distribuciones antiguas de las especies a la hora de decidir su grado de amenaza. Aunque biológicamente sea de gran interés saber dónde llegó a haber lobos a principios del siglo XX, ligados a la actividad ganadera, ahora toca mirar hacia adelante en un país que en poco se parece al que fue.


Luis Llaneza, consultor medioambiental y experto en gestión y conservación de grandes mamíferos, ha participado en la elaboración de este artículo.


The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Si la España de hoy no es la misma que la de hace un siglo, ¿tiene sentido fijarnos en el pasado para conservar al lobo? – https://theconversation.com/si-la-espana-de-hoy-no-es-la-misma-que-la-de-hace-un-siglo-tiene-sentido-fijarnos-en-el-pasado-para-conservar-al-lobo-289165

No solo estómago e intestino: tres zonas corporales redescubiertas que cambian cómo entendemos la nutrición

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

surprisestock/Shutterstock

Cuando pensamos en nutrición, casi siempre imaginamos los mismos protagonistas: boca, estómago, intestino, hígado, páncreas y, quizá, microbiota. Sin embargo, el cuerpo humano no funciona por compartimentos aislados. Comer no es solo introducir alimento en un tubo digestivo, sino también salivar, tragar, transportar, distribuir líquidos, activar defensas, mover grasas por la linfa, comunicar tejidos y sostener órganos.

En los últimos años, tres estructuras han despertado especial interés: las glándulas salivales tubariales, el intersticio y el mesenterio. Las tres tienen algo en común: actúan como zonas de interfaz, conectando alimentación, hidratación, absorción, transporte, inmunidad y metabolismo.

Las glándulas tubariales: comer también depende de tragar bien

En 2021, se describieron mediante técnicas de imagen unas estructuras glandulares situadas en la parte posterior de la nasofaringe –cerca de la región donde se abre la trompa de Eustaquio– que no encajaban con las descripciones anatómicas clásicas.

En realidad, las glándulas salivales tubariales no digieren grasas, no absorben aminoácidos y no regulan la glucosa, pero pueden tener importancia en algo mucho más básico: mantener húmeda y lubricada una zona clave para tragar, más allá de la boca.

La saliva ayuda a formar el bolo alimenticio, facilita la deglución, participa en el gusto, protege mucosas y contribuye a las primeras fases de la digestión. Cuando su producción o distribución se altera, pueden aparecer sequedad (xerostomía), dificultad para tragar (disfagia), cambios en el sabor y menor apetito. En pacientes con cáncer de cabeza y cuello, estas alteraciones pueden comprometer de forma clara su ingesta y estado nutricional.

Por eso, las glándulas salivales tubariales interesan especialmente en radioterapia de cabeza y cuello. Si una zona glandular se irradia sin reconocer su posible función, podría contribuir a producir efectos secundarios. Desde el punto de vista nutricional, no es algo menor: una persona que no puede tragar bien no se alimenta bien. Así, las glándulas recientemente descubiertas ayudan a recordarnos que la nutrición empieza antes del estómago.

El intersticio: el agua que comunica los tejidos

El segundo ejemplo es el intersticio, descrito como una red de espacios llenos de líquido dentro y entre tejidos. La noticia fue presentada en muchos medios como el descubrimiento de un “nuevo órgano”, aunque esa etiqueta ha sido discutida. Lo importante no es tanto el nombre como la idea: el líquido intersticial no es un simple relleno pasivo entre células.

Desde el punto de vista de la nutrición, puede entenderse como un territorio de intercambio. Los nutrientes absorbidos en el intestino pasan a la sangre, pero para llegar a muchas células deben atravesar el espacio extracelular, donde se mueven agua, electrolitos, glucosa, aminoácidos, ácidos grasos, señales inmunitarias, metabolitos, productos de desecho… Por eso, la nutrición no termina cuando los nutrientes cruzan la pared intestinal.

¿Y cómo llegan realmente a los tejidos? La respuesta implica sangre, linfa, endotelio (capa interna de los vasos sanguíneos y linfáticos), matriz extracelular (red que sostiene y conecta las células) y el propio líquido intersticial. Es decir, involucra una anatomía de distribución que muchas veces queda fuera de los mensajes nutricionales simplificados. El agua corporal no está solo en la sangre o dentro de las células: se reparte entre compartimentos. Por eso, beber agua y mantener una dieta adecuada afecta, más allá de la digestión, al medio líquido donde viven nuestras células.

El mesenterio: la autopista entre el intestino y el resto del organismo

Hasta hace poco se creía que el tercero de nuestros protagonistas, el mesenterio, consistía en una serie de pliegues que sujetaban partes del intestino. Sin embargo, una investigación anatómica de 2022 reveló que en realidad se trataba de una estructura con entidad funcional propia. Es verdad que el mesenterio sostiene el intestino, pero no es solo un “soporte”: contiene vasos sanguíneos, vasos y ganglios linfáticos, nervios y tejido adiposo. Es, en definitiva, una autopista entre el intestino y el resto del organismo.

Su relevancia nutricional resulta indudable. Tras la digestión, muchos nutrientes pasan a la sangre a través de vasos que viajan por el mesenterio. Las grasas siguen una ruta especial: para transportarlas, el intestino las convierte en unas partículas llamadas quilomicrones, que pasan al sistema linfático y, desde allí, a la circulación sanguínea.

Además, el mesenterio tiene una dimensión inmunológica. El intestino está expuesto constantemente a alimentos, bacterias, metabolitos y moléculas extrañas. Por eso, el tejido inmune asociado al intestino debe aprender a tolerar lo útil y responder ante lo peligroso. El mesenterio participa en ese diálogo entre dieta, microbiota, inmunidad e inflamación.

Desde esta perspectiva, no es solo anatomía: se trata de metabolismo organizado en tejido.

Una nueva forma de enseñar nutrición

Estas tres estructuras no cambian las recomendaciones básicas, pero sí enriquecen la forma de explicar la nutrición. Nos obligan a pasar de una visión centrada solo en nutrientes a una visión anatómica, funcional e integrada.

Las glándulas tubariales nos recuerdan que alimentarse requiere saliva, lubricación y deglución; el intersticio, que el agua y los nutrientes deben circular entre células y tejidos; y el mesenterio, que absorber no es solo atravesar la pared intestinal: también implica transportar, defender y comunicar.

Quizá el mensaje más interesante sea que la nutrición no ocurre solo en el plato y el intestino: comer es un acto anatómico completo que implica a todo el cuerpo.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. No solo estómago e intestino: tres zonas corporales redescubiertas que cambian cómo entendemos la nutrición – https://theconversation.com/no-solo-estomago-e-intestino-tres-zonas-corporales-redescubiertas-que-cambian-como-entendemos-la-nutricion-286055

La cirugía estética ha salido de las consultas: así crean nuevos estándares de belleza la televisión y las redes sociales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan José Aguilón Leiva, Profesor Ayudante Doctor. Departamento de Fisiatría y Enfermería, Universidad de Zaragoza

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Hace apenas unos años la mayoría de los procedimientos de medicina estética quedaban en el ámbito privado de la consulta, entre el profesional y el paciente. Hoy basta con acceder a cualquier red social para encontrarse con cientos de publicaciones sobre estas intervenciones. Lo que antes era un acto sanitario, ahora también forma parte del contenido digital que consumimos cada día.

Este cambio va mucho más allá de una cuestión estética. Puede influir en cómo percibimos los beneficios de estos procedimientos, sus riesgos y, en última instancia, en las decisiones que tomamos sobre nuestra propia salud. ¿Estamos normalizando la medicina estética sin apenas darnos cuenta?

De la consulta a las redes sociales

La medicina estética no es un fenómeno nuevo. Lo que sí ha cambiado de forma radical es la manera en que la sociedad accede a la información sobre estos procedimientos y construye su percepción sobre ellos. Ahora la primera toma de contacto ya no se limita al ámbito sanitario.

Las redes sociales se han convertido en un escenario donde millones de usuarios se exponen a contenidos relacionados con la medicina estética. En los entornos digitales, personas influyentes, personajes televisivos y otros creadores de contenido comparten sus tratamientos, muestran sus resultados y relatan sus experiencias con un lenguaje cercano.

Todo esto crea el formato idóneo para captar la atención de la audiencia. Lo que antes parecía reservado a una minoría forma ahora parte de las conversaciones cotidianas.

El antes y el después: el foco en los resultados

Las redes sociales muestran una versión muy concreta de la medicina estética. Los procedimientos suelen presentarse a través de imágenes del antes y el después, con vídeos y relatos en primera persona que ponen el foco en los resultados estéticos. Este tipo de contenidos ayudan a moldear la percepción que la sociedad tiene de ellos.

Esta tendencia se refleja en un reciente trabajo de fin de grado realizado en la Universidad de Zaragoza. En él se analizaron las publicaciones compartidas por los participantes de uno de los programas televisivos con mayor audiencia entre la población joven española: La isla de las tentaciones.

Los resultados mostraron que 7 de cada 10 participantes se habían sometido a procedimientos de medicina estética y habían compartido esa experiencia en sus redes sociales. Además, la mayoría de esos jóvenes (79 %) recurrieron a estos tratamientos en más de una ocasión, sobre todo en el caso de las mujeres. Las infiltraciones de ácido hialurónico fueron el procedimiento más frecuente: casi la mitad se había sometido a ellas (47 %).

Esta investigación también reveló que este tipo de contenidos era cada vez más frecuente entre las sucesivas ediciones analizadas. Tres cuartas partes de esas publicaciones estaban vinculadas a colaboraciones con clínicas estéticas.

¿Pero cómo se transmite el mensaje en las redes sociales? La mayoría de las publicaciones proyectan una imagen idealizada de los procedimientos de medicina estética, centradas casi exclusivamente en los cambios obtenidos. Y quedan relegados a un segundo plano otros aspectos igualmente esenciales, como los posibles efectos adversos.

Esta forma de comunicar resulta especialmente dañina en el ámbito de la salud. Una selección parcial o incompleta de la información puede influir en la manera en que las personas comprenden una enfermedad, valoran un tratamiento y toman decisiones relacionadas con su propia salud. También puede contribuir a normalizar estos procedimientos al presentarlos como prácticas sencillas, accesibles y rápidas, sin contextualizar adecuadamente los riesgos ni las limitaciones clínicas.

Lo que queda fuera del relato

Ninguna de las publicaciones analizadas hacía referencia a las posibles complicaciones, efectos adversos, limitaciones o cuidados posteriores asociados a estos procedimientos. Tampoco se explicaba que muchos de ellos requieren revisiones periódicas o futuras intervenciones para mantener los resultados a lo largo del tiempo.

Esta circunstancia cobra todavía mayor importancia si se tiene en cuenta que buena parte de los contenidos analizados respondían a colaboraciones promocionales con clínicas estéticas y eran difundidos por personas con una gran capacidad para influir en miles de seguidores, especialmente jóvenes.

Cuando un procedimiento sanitario se comunica con una finalidad predominantemente comercial, el equilibrio informativo deja de ser una cuestión deseable para convertirse en una responsabilidad. Presentar únicamente los beneficios y omitir los riesgos dificulta que las personas puedan tomar decisiones verdaderamente informadas sobre su propia salud.

Más allá de la estética

La creciente presencia de la medicina estética en las redes sociales refleja un cambio que va mucho más allá de la comunicación de unos determinados procedimientos. Cuando estas intervenciones pasan a formar parte del contenido digital que consumimos a diario también pueden influir en la construcción de los estándares de belleza, en la percepción del propio cuerpo y en las decisiones relacionadas con la salud.

En este escenario, conviene preguntarse hasta qué punto elegimos libremente. O si, sin apenas darnos cuenta, estamos normalizando modelos e ideales de belleza que el entorno digital presenta como cotidianos y deseables.


En este artículo ha participado Lorena Eizaguerri Burillo, graduada en Enfermería.


The Conversation

Juan José Aguilón Leiva es investigador efectivo de SAPIENF (B53_23R), Grupo de Referencia de la Universidad de Zaragoza reconocido por el Gobierno de Aragón.

– ref. La cirugía estética ha salido de las consultas: así crean nuevos estándares de belleza la televisión y las redes sociales – https://theconversation.com/la-cirugia-estetica-ha-salido-de-las-consultas-asi-crean-nuevos-estandares-de-belleza-la-television-y-las-redes-sociales-287263