En defensa de las clases ‘incómodas’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

Lucas, universitario de segundo curso, entra al aula con el gesto tranquilo de quien espera una clase sin sobresaltos. Se sienta, abre el portátil y aguarda a que la profesora inicie la presentación. Las diapositivas avanzan, la explicación fluye, él toma apuntes, mira el móvil de vez en cuando, mientras alterna la mirada entre el móvil y una pestaña del navegador que no tiene nada que ver con la asignatura. Sale con la sensación de que “así da gusto estudiar”: todo claro, ordenado, sin preguntas incómodas ni necesidad de debatir o resolver problemas.

Días después, en otra asignatura, el escenario cambia. La profesora reparte un caso real, pero esta vez sin solución incluida. “Trabajad en grupos, analizad el problema y proponed una estrategia”, les dice. Lucas frunce el ceño. No hay una única respuesta correcta, hay que leer, discutir, tomar decisiones. El ritmo es más lento y más incómodo. “Esto debería explicarlo la profesora”, piensa. Le cuesta arrancar porque no está acostumbrado a ser quien construye el camino.

Esa incomodidad es, justamente, el punto de partida del verdadero aprendizaje. Aprender no es recibir, es transformar, no es consumir respuestas, sino formular preguntas y justificar decisiones. Las investigaciones en educación superior muestran que, aunque el alumnado siente que aprende más con clases magistrales fluidas, obtiene mejores resultados y retiene mejor cuando participa en actividades dinámicas y exigentes.

Comodidad no es aprendizaje

Como director de un máster de formación del profesorado, año tras año observo que muchos futuros docentes siguen prefiriendo la clase transmisiva de toda la vida. Suelen decir que se sienten “más seguros” cuando el profesor explica y ellos escuchan en silencio, aun cuando reconocen que olvidan gran parte de lo visto poco después del examen. Esa preferencia no es casual: es el reflejo de su propia biografía académica, construida durante años en aulas donde casi nunca se les pidió decidir, debatir o equivocarse en público.

Aquí aparece una confusión peligrosa: se confunde sentirse cómodo con estar aprendiendo. Si la explicación fluye, parece que el conocimiento entra sin esfuerzo; si la dinámica exige pensar, discutir o defender argumentos, aparece la sensación de “no me entero”.

Sin embargo, los estudios que comparan clases tradicionales y metodologías activas muestran que esa sensación engaña: los estudiantes suelen creer que aprenden más con la lección clásica, pero rinden mejor y recuerdan durante más tiempo cuando se les hace trabajar de forma activa con los contenidos.

Es decir, la sensación subjetiva de aprender no siempre coincide con el aprendizaje real. Y si como docentes nos guiamos únicamente por la comodidad del aula, podemos estar reforzando prácticas que tranquilizan, pero no transforman.

Superar la inmediatez

A la resistencia al esfuerzo se suma un factor cultural y tecnológico. Vivimos rodeados de pantallas que ofrecen respuestas inmediatas, contenidos resumidos en segundos y soluciones preelaboradas para casi cualquier duda. El uso cotidiano del móvil, de buscadores o de redes como TikTok ha modelado el hábito de obtener información rápida, fragmentada y sin fricción.

Cuando ese hábito entra en el aula, algunos estudiantes esperan que la experiencia educativa funcione igual: una explicación clara, breve, fácilmente consumible y, a ser posible, sin incertidumbre. Si se les propone leer un caso largo, analizar datos ambiguos o sostener un debate sin una respuesta única, aparece la frustración. Sin embargo, el aprendizaje profundo es, por naturaleza, más lento, más activo y más incómodo que deslizar el dedo por una pantalla. Enseñar hoy también implica ayudar a desaprender esa urgencia por la gratificación inmediata y recuperar el valor de la paciencia intelectual: dedicar tiempo a comprender, no solo a pasar de actividad en actividad.




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Mayor exigencia docente

A veces, cuando se introduce una dinámica participativa, se escucha en los pasillos frases como “la clase la damos nosotros” o “el profesor ya no explica”. Se da a entender que, si el alumnado trabaja más, el docente trabaja menos. Ocurre justo lo contrario.

Diseñar actividades retadoras, acompañar procesos, ofrecer retroalimentación útil y evaluar con criterios competenciales requiere más preparación, más pensamiento estratégico y más implicación profesional que repetir una lección ya conocida.

Metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, las simulaciones, las prácticas guiadas o la clase invertida no son atajos ni juegos para “entretener” al alumnado. Son formas de que el estudiante se vea obligado a aplicar, argumentar, decidir y revisar lo que hace. La evidencia disponible indica que, cuando estas estrategias se implementan con rigor, aumentan la motivación, el compromiso y el rendimiento académico, precisamente porque devuelven al estudiante un papel activo en su propio aprendizaje.

Un reto compartido

Nada de esto significa que la exposición clara deje de ser necesaria. Una buena explicación sigue siendo una herramienta valiosa, pero no puede ser la única. Si se quiere formar profesionales capaces de actuar en contextos reales y complejos, no basta con que “se lo sepan”, hace falta que sean capaces de analizar, decidir, cooperar y aprender de sus errores.

El reto es compartido. El profesorado ha de asumir que su tarea es provocar pensamiento con sentido pedagógico. El alumnado, por su parte, ha de aceptar que aprender implica esfuerzo, asumir incertidumbre y tolerar la incomodidad de no tener la respuesta desde el primer minuto. Cuando ambos lo entienden, se abre espacio para una relación educativa más honesta y para resultados más profundos: mayor autonomía, pensamiento crítico y una preparación más realista para el mundo profesional.




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Pequeños cambios

Para el profesorado, esto puede empezar con cambios pequeños: pedir al estudiantado que explique un concepto con sus propias palabras, que resuelva un problema en grupo antes de ver la solución o que conecte la teoría con un caso real antes de presentarles el “modelo correcto”. Para el alumnado, el cambio pasa por interpretar la incomodidad no como un fallo del docente, sino como una señal de que se le está sacando de la zona de confort.

Intentar que existan menos brazos cruzados y más cerebros en marcha es asumir que comprender de verdad casi nunca es algo pasivo. Y que el oficio docente, lejos de buscar la comodidad constante, tiene como misión acompañar ese esfuerzo y darle sentido.

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Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. En defensa de las clases ‘incómodas’ – https://theconversation.com/en-defensa-de-las-clases-incomodas-271862

¿Puede ser injusta la salud digital?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oriol Yuguero, Médico de Urgencias e Investigador del IRBLLEIDA en el área de Urgencias y Emergencias. Profesor Asociado UOC y ULL, Universitat de Lleida

khunkornStudio/Shutterstock

Imagínese que usted vive en un pueblo del Pirineo de Lleida. La única forma que tiene de conectar con el médico más cercano que pasa visita diariamente en la capital de la comarca es por teléfono o mediante una consulta online. Sin embargo, la centralita del centro de salud está colapsada. Dispone de un móvil que le permite hacer videollamadas con sus familiares pero desconoce cómo conectar con su médico. No le queda otra que coger el coche y desplazarse.

Ahora imagine que usted es una médica especialista en Endocrinología con más de 35 años de experiencia, una excelente profesional que ha mejorado la vida de muchas personas. La digitalización de la historia clínica se ha convertido para ella en un arma de doble filo. Entiende las ventajas de disponer en un momento todo el historial del paciente, pero está tan pendiente de registrar los datos y de revisarlo todo, que ha dejado de atender debidamente a los pacientes.

Siente que se está deshumanizando, lo que la lleva al agotamiento emocional y a sufrir el síndrome de estar quemada (burnout) en las últimas etapas de su vida laboral. Eso le genera ansiedad.

Estos dos ejemplos sirven para ilustrar cómo la digitalización del sistema sanitario tiene elementos que a veces no se muestran de forma clara y transparente. Son innegables sus ventajas: han surgido herramientas de telemonitorización, asistentes diagnósticos, consultas virtuales, acercamiento de profesionales expertos a regiones recónditas…. Pero como todos los desarrollos tecnológicos y científicos del último siglo, siempre hay que prestar atención a sus efectos colaterales. No se trata de frenar este desarrollo, sino de humanizarlo e intentar pensar en sus posibles consecuencias.

¿Y quién se queda atrás en esa carrera digital? Es fácil responder a esa pregunta: los colectivos vulnerables habituales con las nuevas tecnologías se vuelven aún más vulnerables en la mayoría de los casos.

De brechas y sesgos

La brecha digital ha sido descrita en múltiples ocasiones. Por ejemplo, el equipo de salud digital de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar (CAMFIC) ha reivindicado la importancia abordar los determinantes digitales de la salud para garantizar que todas las personas tengan acceso a los beneficios de la tecnología.

Más allá del sedentarismo tecnológico o el miedo al uso de los miles de datos que se generan en el ámbito de salud, la poca capacidad técnica y de conocimientos digitales sigue siendo, hoy por hoy, uno de de los determinantes digitales de salud más prevalentes, como muestra un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud.

Cabe añadir que también nos enfrentamos a una brecha de género, un problema estructural en la medicina tradicional que tiene su equivalente en el ámbito digital. El problema va más allá del acceso a los servicios de salud: los sesgos algorítmicos, derivados de conjuntos de datos de entrenamiento desequilibrados pueden no solo replicar, sino incluso amplificar las desigualdades existentes, tal y como demuestra informe de la UNESCO I’d Blush if I Could.

Si los sistemas de inteligencia artificial se entrenan principalmente con datos de hombres –debido a la infrarrepresentación histórica de las mujeres en la investigación–, sus diagnósticos y recomendaciones de tratamiento pueden ser menos precisos para ellas. Por ejemplo, los síntomas de un infarto o de una enfermedad cerebrovascular pueden ser diferentes en las pacientes femeninas, y un algoritmo no entrenado para reconocerlos podría pasarlos por alto. Así, herramientas diseñadas para ser objetivas podrían acabar perpetuando el “síndrome de Yentl”, según el cual las mujeres reciben menos pruebas diagnósticas y tratamientos oportunos.

Alfabetización digital para pacientes y profesionales

Frente a estos desafíos, la alfabetización digital es una herramienta básica. Dicha alfabetización se define como las habilidades y conocimientos que son fundamentales para el uso de las tecnologías, entendiendo como tales la utilización de internet, aplicaciones informáticas y móviles.

Pero este concepto no es aplicable solo a los ciudadanos, sino también a los profesionales sanitarios. El fenómeno del tecnoestrés está descrito y afecta a aquellos profesionales que a pesar de reconocer la importancia de las nuevas tecnologías en la práctica asistencial, ven cómo se quedan atrás. Y esa sensación de impotencia y de falta de control de la consulta acaba generando estrés, ansiedad y burnout profesional.

Por eso es fundamental promover la formación. La transformación digital no será completa si todos los profesionales no consiguen sentirse cómodos con ella. Hay que tener en cuenta que el cambio de la historia clínica en papel al formato electrónico ha sido rápida e imparable.

Qué es justicia digital

Hablar de justicia en el ámbito de la salud digital consiste en intentar tener esa visión realista y que va más allá de políticas igualitarias o de equidad. No podemos limitarnos a facilitar móviles a todos los ciudadanos para que puedan conectarse. O facilitar dispositivos con teclas grandes. Hay que realizar tareas educativas para que las personas ciudadanos puedan ejercer su autonomía digital con calidad y dignidad.

No es es una cuestión de edadismo. El grupo poblacional de 65 a 75 años ya domina muchas herramientas digitales. Pero en 10 años se prevé una evolución tal que deberemos aprender a marchas forzadas, porque las generaciones más jóvenes también habrán quedado obsoletas. La digitalización debe facilitar un empoderamiento del paciente que le permita gestionar mejor su salud y sus datos relativos con la misma.

En esta evolución constante debe implicarse a los ciudadanos en el diseño de nuevas aplicaciones y plataformas, desde el punto de vista de la bioética. De hecho, hemos propuesto el término ciberbioética para afrontar todos los dilemas éticos vinculados con la salud digital y la inteligencia artificial.

En definitiva, debemos tener claro que la pregunta fundamental no és el qué, el cómo o el porqué, sino el para qué y el para quién.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Puede ser injusta la salud digital? – https://theconversation.com/puede-ser-injusta-la-salud-digital-266094

Vivir rodeado de caras desconocidas: qué es la prosopagnosia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Stokkete/Shutterstock

Reconocer un rostro es una de las habilidades más automáticas y socialmente relevantes del ser humano. Lo hacemos sin esfuerzo consciente: identificamos a familiares, amistades y colegas incluso cuando cambian la iluminación, la edad o la expresión emocional. Sin embargo, para algunas personas este proceso falla de forma sistemática. Ven perfectamente una cara, distinguen ojos, nariz y boca, pero no saben a quién pertenece. Este trastorno se conoce como “prosopagnosia”.

La prosopagnosia (“incapacidad para reconocer rostros”) es un tipo específico de agnosia visual en la que el problema no está en la visión ni en la memoria general, sino en el reconocimiento facial. Las personas que la presentan no han olvidado a quienes les rodean ni tienen dificultades intelectuales. Lo que falla es el acceso automático a la identidad a partir del rostro.

Esta disociación ha convertido a la prosopagnosia en un modelo clave para estudiar cómo el cerebro construye el reconocimiento social.

Ver una cara no es reconocer a una persona

Desde la neurociencia cognitiva sabemos que el reconocimiento facial no es una extensión del reconocimiento de objetos. Existen sistemas cerebrales especializados en procesar rostros, distintos de los que se activan al identificar otros estímulos visuales.

Uno de los hallazgos más influyentes en este campo fue la identificación en el cerebro, a finales de los años 90 del siglo pasado, de la llamada “área fusiforme de las caras”. Se trata de una región que responde de forma selectiva a los rostros humanos.

Investigaciones posteriores demostraron que el reconocimiento de caras no depende de un único centro, sino de una red distribuida que integra información perceptiva, emocional y biográfica. Este modelo explica por qué una lesión en puntos concretos de esa red puede afectar de manera muy específica al reconocimiento facial sin alterar otras capacidades visuales.

En la prosopagnosia el rostro se percibe correctamente, pero no activa la sensación de familiaridad ni la identidad personal. La cara está ahí, pero la persona no aparece.

¿Adquirida tras una lesión o presente desde el nacimiento?

Desde el punto de vista clínico se distinguen dos grandes formas de prosopagnosia.

  • La modalidad adquirida aparece tras una lesión cerebral, como un ictus, un traumatismo craneoencefálico o una infección del sistema nervioso central. En estos casos, la persona pierde una habilidad previamente intacta. Los estudios clínicos sobre este tipo de prosopagnosia muestran que las lesiones en regiones occipitotemporales, especialmente del hemisferio derecho, son críticas para este déficit.

  • La prosopagnosia del desarrollo, en cambio, está presente desde la infancia y no se asocia a una lesión cerebral identificable. Se ha descrito este trastorno como un déficit específico y estable del procesamiento facial, que puede aparecer en personas con inteligencia normal y visión intacta. Las estimaciones muestran que se trata de un trastorno bastante raro. Estudios sobre la prevalencia de la prosopagnosia hereditaria no sindrómica han sugerido que alrededor del 2 % de la población podría presentar formas del trastorno, pero que muchas personas viven con esta dificultad sin un diagnóstico formal.

Consecuencias sociales y emocionales

El impacto de la prosopagnosia va más allá de la percepción visual. El reconocimiento facial cumple una función central en la interacción social. Su alteración puede generar malentendidos y ansiedad social hasta el punto de evitar situaciones interpersonales.

Estudios centrados en la experiencia subjetiva de las personas con prosopagnosia documentan consecuencias emocionales y sociales significativas. Estas no se explican por problemas de personalidad ni por falta de habilidades sociales, sino por la imposibilidad de reconocer a los demás de forma automática.

Para adaptarse, muchas personas desarrollan estrategias compensatorias. Por ejemplo, apoyarse en la voz, el contexto, la ropa y la forma de moverse.

Estas estrategias han sido analizadas en estudios sobre cómo se vive cotidianamente con prosopagnosia. Gracias a ellas es posible funcionar socialmente, aunque con un coste cognitivo y emocional añadido.

Lecciones sobre el cerebro

Desde un punto de vista teórico, la prosopagnosia ha sido fundamental para comprender cómo el cerebro organiza el reconocimiento de las caras.

Este trastorno demuestra que reconocer a una persona no es una función unitaria, sino el resultado de la interacción entre sistemas perceptivos especializados y mecanismos de acceso al significado.

Esa idea se enmarca en el conocimiento más amplio sobre las agnosias visuales, que muestra cómo el cerebro puede perder el acceso al significado sin que la percepción básica esté dañada.

La prosopagnosia es uno de los ejemplos más claros y mejor documentados de esta disociación.

Comprender para no juzgar

No existe un tratamiento curativo específico para la prosopagnosia, pero la psicoeducación y el reconocimiento del trastorno reducen significativamente su impacto. Comprender qué es evita interpretaciones erróneas, como atribuir el problema al desinterés o a la falta de atención. Además, favorece entornos más comprensivos en el ámbito educativo, laboral y social.

En última instancia, la prosopagnosia nos recuerda algo esencial: ver no es reconocer. Reconocer a los demás depende de una compleja arquitectura cerebral que solemos dar por sentada. Cuando falla, no desaparecen las personas, pero sí el acceso inmediato a quienes son. Entenderlo nos ayuda a comprender mejor no solo este trastorno, sino cómo el cerebro construye la vida social.

The Conversation

Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Vivir rodeado de caras desconocidas: qué es la prosopagnosia – https://theconversation.com/vivir-rodeado-de-caras-desconocidas-que-es-la-prosopagnosia-275183

Guía práctica de ahorro e inversión para jóvenes profesionales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gustavo Porporato Daher, Profesor de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad Autónoma de Madrid

MaxZolotukhin/Shutterstock

Tradicionalmente, las familias han optado por depósitos a plazo fijo y la compra de vivienda como métodos principales de ahorro. Sin embargo, la combinación de bajos intereses y los elevados precios de la vivienda dificulta hoy día la creación de patrimonio, especialmente para los jóvenes profesionales, quienes deben reconsiderar sus planes financieros. Este artículo brinda una guía práctica para comprender los conceptos clave sobre inversión y comportamiento financiero, establecer estrategias de ahorro sostenibles y elegir alternativas accesibles para invertir con montos reducidos.

Ahorro frente a inversión y el ciclo vital

Para un joven profesional la primera decisión no es qué activo comprar, sino para qué y cuándo va a necesitar el dinero ahorrado. El ahorro busca estabilidad y disponibilidad del dinero, mientras que la inversión pretende alcanzar crecimiento, lo cual implica asumir riesgos y soportar volatilidades. Definir el horizonte temporal (corto, medio o largo plazo) y la tolerancia al riesgo reducen las decisiones impulsivas y los errores típicos de principiante.

La teoría del ciclo vital, enunciada en 1963 por los economistas italianos Albert Ando y Franco Modigliani, sostiene que las personas tienden a distribuir consumo y ahorro a lo largo de su vida: se ahorra más cuando aumenta la renta laboral y se consume en etapas posteriores.

El pensamiento práctico que los jóvenes pueden aplicar es que, siempre que la liquidez de corto plazo esté cubierta, un horizonte largo permite asumir más riesgo diversificado. Así, podrán beneficiarse del crecimiento acumulado de las inversiones realizadas, teniendo en cuenta el concepto de interés compuesto.

Un error común es creer que invertir equivale a encontrar la oportunidad que nadie más ve. La evidencia académica sobre la eficiencia de los mercados sugiere que, incluso para los profesionales, es difícil ganarle consistentemente al mercado. Por ello, la estrategia del inversor joven debe centrarse sobre todo en los costes.

Estrategias de ahorro: primero estabilidad, luego rentabilidad

El ahorro de las familias y de los jóvenes presentan rasgos de fragilidad financiera: una parte relevante de los hogares no puede cubrir un shock o una crisis moderada de liquidez a corto plazo. Para los jóvenes, esto se traduce en una regla operativa: antes de invertir agresivamente es recomendable construir un colchón de liquidez que reduzca la probabilidad de endeudamiento con altos costes o la venta forzada de activos durante las caídas de mercado.

La decisión de ahorrar está definida por los objetivos establecidos y está sujeta a la fuerza de voluntad de los jóvenes. Las prácticas de ahorro suelen fallar por sesgos de conducta (presente frente a futuro, procrastinación, exceso de confianza…). Los enfoques conductuales proponen mecanismos de compromiso que aumentan las tasas de ahorro sin demandar una motivación constante. Por ejemplo, aumentar la cantidad ahorrada cuando sube el salario o se reciben ingresos extras, o automatizar las aportaciones mensuales.




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Más allá de la automatización, existen otras herramientas que ayudan a cumplir los objetivos de ahorro autoimpuestos: tener cuentas diferenciadas, fijar penalizaciones personales, hacer públicos los objetivos de ahorro, etc. La idea para los jóvenes es diseñar un sistema que reduzca la tentación de no ahorrar cada mes en lugar de diseñar un sistema perfecto.

Invertir sin adivinar

Muchos jóvenes suelen optar por gestionar personalmente sus inversiones para intentar identificar las alternativas más rentables, a pesar de su limitada capacidad financiera para asumir errores. Además, la gestión activa tiene su coste: los inversores afrontan elevados gastos en comisiones y transacciones al intentar superar el rendimiento del mercado. Por ello, la gestión pasiva, mediante el uso de productos de inversión indexados de bajo coste, que replican el comportamiento de un índice bursátil determinado, es una alternativa adecuada para quienes se inician en el ámbito de la inversión.

En cualquier caso, se debe invertir de forma disciplinada y diversificada, más como una carrera de fondo que como un sprint, evitando la rotación constante de los valores en cartera.

Para concluir

En resumen, es factible iniciar inversiones con un capital limitado si se otorga prioridad a la liquidez, la disciplina, la diversificación y la gestión eficiente de los costes. Para los jóvenes, el enfoque debe centrarse en la construcción de un sistema sólido que les permita:

  • Comprender conceptos clave como horizonte temporal, gestión del riesgo y establecimiento de expectativas.

  • Garantizar la estabilidad financiera a través del ahorro constante y la constitución de un fondo de emergencia.

  • Invertir sistemáticamente en alternativas diversificadas y de bajo coste, evitando cambios impulsivos en la cartera.

Con recursos iniciales reducidos, los principales factores diferenciadores son el aprovechamiento del tiempo, la optimización de los costes y la adecuada gestión del comportamiento financiero.

The Conversation

Gustavo Porporato Daher no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Guía práctica de ahorro e inversión para jóvenes profesionales – https://theconversation.com/guia-practica-de-ahorro-e-inversion-para-jovenes-profesionales-274232

Trump, aliado incómodo: lecciones de Múnich 2026 para España y Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Armando Alvares Garcia Júnior, Profesor de Derecho Internacional y de Relaciones Internacionales, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

La Conferencia de Seguridad de Múnich 2026, un foro clave donde líderes mundiales analizan amenazas globales como conflictos armados y rivalidades entre potencias, destaca la evolución tensa de la relación entre Estados Unidos y Europa bajo Donald Trump, actual presidente de EE. UU. Este evento anual, celebrado los días 13, 14 y 15 de febrero en Alemania, reúne a ministros, presidentes y expertos para debatir cómo mantener la paz en un mundo inestable.

El informe oficial advierte que EE. UU., artífice del orden internacional posterior a 1945, ahora impulsa su “demolición” mediante políticas impredecibles que generan desconfianza entre aliados. Para la Unión Europea y para España, esto se traduce en más gasto en defensa, más autonomía forzada y menos margen para seguir mirando hacia otro lado.

Trump no asistió, pero su sombra dominó los debates. La amenaza de hacerse por la fuerza con Groenlandia, territorio de la OTAN, se ha convertido en un punto de inflexión psicológico: evidencia que Washington puede actuar también como depredador con sus aliados. De ahí el lema sombrío de esta edición, Under Destruction, y el clima de duelo que describen los organizadores: Europa habría pasado de la negación a la ira y la depresión hasta aceptar que la relación transatlántica no volverá a ser lo que era.

La versión amable del trumpismo

En este contexto, el discurso de Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., presentó la cara más conciliadora del enfoque trumpista. Rubio elogió a Occidente como “la mayor civilización de la historia”, insistió en que EE. UU. no busca romper con Europa y llamó a “revitalizar una vieja amistad”, ganándose aplausos en el hotel Bayerischer Hof.

No obstante, el trasfondo revela condiciones claras: la alianza perdura si se alinea con prioridades estadounidenses, desde sanciones en Venezuela hasta posiciones en Gaza, pasando por amenazas como la inmigración o el “culto climático”, y un rechazo al multilateralismo tradicional de la ONU o similares. Rubio pulió argumentos agresivos de otros como J. D. Vance, pero defendió una visión nacionalista, blanca y cristiana de Occidente que contrasta con el pluralismo ideológico en declive pero presente en Europa.

Desde Europa, las réplicas combinaron desafío verbal con reconocimiento de dependencia.

El canciller alemán, Friedrich Merz, declaró que el orden basado en normas ya no existe, reconoció una “profunda zanja” con EE. UU., urgió refundar la OTAN y enfatizó que ni siquiera Estados Unidos resulta lo bastante fuerte para actuar en solitario ante rivales globales como China o Rusia.

Emmanuel Macron instó a Europa a pasar de “objeto” a “sujeto” en seguridad, iniciando un debate sobre extender el paraguas nuclear francés al conjunto del continente, y exigió voz europea en decisiones sobre Ucrania y fronteras.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el primer ministro británico, Keir Starmer, reforzaron esta visión con una OTAN “más europea” y una columna vertebral de capacidades estratégicas propias, como misiles de largo alcance o defensa cibernética.

La doctrina OTAN 3.0

Elbridge Colby, subsecretario de Defensa estadounidense, articuló la doctrina de OTAN 3.0, que justifica recortar compromisos convencionales de EE. UU. en Europa para priorizar el Indo-Pacífico frente a China.

Un examen detallado de discursos y documentos expone elementos sutiles: idealización de la Guerra Fría, ambigüedad hacia Rusia pese a Ucrania, un calendario de traspaso de cargas irreal que abre una ventana de vulnerabilidad y la ilusión de un actor europeo unificado, pese a divisiones políticas, industriales y sociales en la UE.

El resultado es una exigencia a Europa para que corra más rápido de lo que sus piernas y sistemas pueden alcanzar, con plazos que generan riesgos de desprotección temporal.

España participó atrapada entre exigencias externas y su estrategia interna. Trump ha criticado públicamente el retraso histórico en gasto militar de Madrid, impulsando vía una OTAN 3.0 objetivos más allá del 2 % del PIB, posiblemente hacia 3 % o más.

El Gobierno de Pedro Sánchez se presentó como atlantista sin sumisión, rechazó el rearme nuclear y abogó por un “rearme moral” contra la deriva armamentista, destacando la contribución a misiones de la OTAN, el “flanco sur” (migración, terrorismo) y la coherencia entre la defensa de Ucrania y Gaza.

Para los ciudadanos españoles, Múnich se traduce en tres ámbitos tangibles:

Múnich 2026 urge transformar recelo en acción: Europa, y España, deciden si aceleran hacia la autonomía o reformulan un modelo de seguridad ya insostenible.

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Armando Alvares Garcia Júnior no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Trump, aliado incómodo: lecciones de Múnich 2026 para España y Europa – https://theconversation.com/trump-aliado-incomodo-lecciones-de-munich-2026-para-espana-y-europa-276108

Las redes “sociales” están muertas: ahora son solo trampas de atención

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Checa García, Profesor y consultor de marketing digital. Director del Máster en Redes Sociales de UNIR, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Ilustración sobre la soledad impuesta por las mal llamadas “redes sociales”. Jamillah Knowles & Reset.Tech Australia / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

El término “redes sociales” ha quedado fosilizado en nuestro vocabulario, una inercia lingüística que oculta una realidad tecnológica y sociológica muy diferente. Sin embargo, las redes sociales, tal y como fueron concebidas, han muerto. Lo que hoy consumimos son plataformas comerciales de entretenimiento masivo, construidas sobre una arquitectura que ya no busca la conexión entre personas, sino la retención de la atención ante un espectáculo interminable y, en gran medida, amateur.

Para comprender esta defunción, es necesario mirar atrás, hacia la arqueología de internet. En sus inicios, plataformas como Six Degrees y, posteriormente, MySpace o el primer Facebook, tenían una misión clara: trasladar el grafo social del mundo físico al entorno virtual. El objetivo era establecer vínculos, ya fueran con conocidos o con extraños afines, y la interacción era fundamentalmente conversacional. El usuario construía su red de forma activa y el contenido que consumía era, estrictamente, el que esa red generaba. La publicación de una fotografía o un estado era una invitación al diálogo, un nodo de conexión que fortalecía la relación entre personas.

De la red de contactos al feed de intereses

En el paradigma actual, no obstante, la cercanía emocional o relacional con el creador del contenido es irrelevante. Lo que prima es la capacidad de ese contenido para retener al usuario durante microsegundos. El algoritmo de TikTok, por ejemplo, no premia la amistad: se centra en mostrar contenidos inferidos a partir de microseñales (tiempo de visualización, repeticiones, pausas).

Esto ha convertido a los usuarios en espectadores pasivos de un flujo incesante de vídeos cortos, memes y opiniones de personas con las que no tienen, ni tendrán, ningún vínculo real. Facebook e Instagram han ido pasando de organizarse en torno a “personas y cuentas que sigues” a mostrar “más contenido relevante recomendado por sistemas de IA”, es decir, un “motor de descubrimiento”. La metáfora ya no es la del club social, sino la del catálogo.

Cuando el objetivo es retener

Este cambio altera los incentivos. Publicar “para los tuyos” tiene menos sentido si la distribución depende de un sistema que premia la probabilidad de consumo, no la calidad del vínculo. En la práctica, lo relacional se desplaza hacia la mensajería privada, los grupos pequeños y los contenidos efímeros, mientras lo público se ha convertido en un mero escaparate.

En este escenario, la conversación existe, aunque deja de ser la unidad económica principal. Lo que se monetiza es la atención sostenida. Y ahí encaja la saturación publicitaria: cuantos más minutos dentro, más impresiones, más segmentación, más datos recabados del usuario.

Contenidos gratis, anuncios caros

La transformación tiene una lógica empresarial impecable. Las plataformas alojan y distribuyen una cantidad masiva de contenido producido por usuarios que, en su inmensa mayoría, no cobran nada. Ese contenido es abundante, renovable, personalizable y barato. La plataforma vende publicidad alrededor (y dentro) de esa producción ajena, sin asumir los costes propios de los grupos mediáticos tradicionales: redacciones, licencias, producción, derechos.

La monetización se expande, incluso, hacia territorios que antes parecían “puertos seguros” de lo social. Meta ya ha anunciado la introducción de publicidad y suscripciones en WhatsApp, aunque se concentre en la pestaña de “Novedades” y no en los chats. El movimiento es simbólico: la mensajería, donde todavía se conserva la intimidad del vínculo, también se integra en la lógica del producto comercial.

Incluso LinkedIn, el último bastión de la red social profesional pura, ha comenzado a contaminar su feed con contenido “inspiracional” y recomendaciones algorítmicas que poco tienen que ver con la red de contactos directa del profesional, buscando aumentar el tiempo de permanencia en la aplicación a costa de la relevancia laboral.

YouTube y la prueba evidente

En este debate conviene incluir una aclaración: YouTube se ha llamado mil veces red social sin haberlo sido nunca. Es, ante todo, una plataforma de entretenimiento con capa social. Puedes comentar, suscribirte, dar a “me gusta” o chatear en directo, pero el centro del sistema no es crear contactos, es consumir vídeo. Lo interesante es que muchas redes se han “youtubeado”: mantienen funciones sociales, pero su corazón es la recomendación algorítmica orientada a retención.

La paradoja es que las propias plataformas reconocen, de forma indirecta, que el cambio ha sido profundo. Meta ha empezado a probar funciones para reiniciar las recomendaciones de Instagram y recuerda que existen alternativas como el feed de “Seguidos” en orden cronológico. Si hace falta un botón para que seamos nosotros quienes gestionemos nuestra propia experiencia, es porque el algoritmo ya no es un asistente: es, por defecto, el director de programación.

¿Deberíamos dejar de llamarlas redes sociales?

En el contexto español, esta realidad se palpa con datos. El Estudio de Redes Sociales 2025 de IAB Spain arroja una luz muy clara sobre el cambio de paradigma: la principal motivación de los usuarios españoles para usar estas plataformas ya no es “estar en contacto con amigos”, sino “entretenerse”, un objetivo citado por más del 80 % de los encuestados.

Fenómenos como la Kings League o el auge de los streamers españoles no son más que la profesionalización de este entretenimiento dentro de plataformas que ya funcionan como las nuevas cadenas generalistas.

En definitiva, en un momento en el que se plantea vetar su acceso a menores de 16 años, debemos empezar a llamar a las cosas por su nombre. Seguir llamando redes sociales a Instagram, TikTok o X es un error categórico. Son plataformas de entretenimiento algorítmico donde la interacción humana ha quedado relegada a un segundo plano, supeditada siempre al imperativo comercial de mantenernos mirando la pantalla el mayor tiempo posible.

La red, entendida como tejido humano, se ha roto. Lo que queda es una audiencia global fragmentada, sola y perpetuamente entretenida.

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Fernando Checa García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las redes “sociales” están muertas: ahora son solo trampas de atención – https://theconversation.com/las-redes-sociales-estan-muertas-ahora-son-solo-trampas-de-atencion-275118

¿Es lo mismo estar triste que tener depresión?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Adolfo J. Cangas, Catedrático de Psicología, Universidad de Almería

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por María, de 15 años. IES Miguel de Cervantes (Granada)


¿Quién no se ha sentido triste alguna vez? Es un sentimiento muy común y muy humano, pero conviene no confundirlo con la depresión, que sería un problema de salud mental. Reconocer en qué se diferencian es esencial para cuidarnos a nosotros mismos y saber cuándo solicitar ayuda profesional.

Hace falta estar triste (de vez en cuando)

La tristeza es una emoción natural, incluso necesaria. Aparece como respuesta a situaciones difíciles o frustrantes, como una discusión con un amigo, perder algo importante, suspender un examen, sentirse solo o recibir malas noticias. Nos avisa de que algo no va bien y nos invita a reflexionar o a pedir ayuda. A veces, tras un mal día, hablar con alguien de confianza o hacer algo que nos guste suele aliviarla.

Lo habitual es que la tristeza se vaya por sí sola y no paralice nuestra vida diaria. Aunque el ánimo decaiga, podemos continuar con nuestras tareas, relacionarnos y disfrutar de lo que nos gusta. Es parte del proceso de adaptación. En muchos casos, nos ayuda a reflexionar sobre situaciones difíciles, aprender de ellas y adaptarnos a los cambios.

Señales de alarma

La depresión, en cambio, es una emoción más intensa, dura más tiempo y tiene un impacto importante en la vida cotidiana. Las personas que la sufren pueden perder el interés o el placer en actividades que antes les llenaban; tienden a aislarse, a tener dificultades de concentración, a sentirse agotadas de forma persistente o a pasar largos periodos en la cama. También suelen llorar a menudo y experimentan cambios bruscos en el sueño y en el apetito.

A todo ello se suma un sentimiento de desesperanza: todo parece más pesado, difícil de afrontar y sin salida clara, lo que genera un bloqueo que interfiere con la vida cotidiana.

Por lo tanto, una diferencia clave es que la tristeza suele alternarse con momentos de bienestar y tiende a desaparecer por sí sola, mientras que la depresión permanece y resulta difícil superarla sin apoyo profesional o del entorno cercano (familia, amigos…). Sentirse triste forma parte de la experiencia humana; en cambio, vivir ese bloqueo emocional de manera constante es una señal de que podemos sufrir una depresión.

Y es importante darnos cuenta de que lo que estamos experimentando va más allá de un simple bajón, porque entonces necesitamos ayuda. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que uno de cada siete adolescentes entre 10 a 19 años presenta algún problema de salud mental, y son justamente la depresión y los trastornos de ansiedad los más comunes.

Salir del pozo en buena compañía

Como decíamos antes, para gestionar la tristeza o evitar que derive en algo más serio, suele ser útil compartir lo que sentimos con personas de confianza, que puedan brindar comprensión y apoyo. Mantener una rutina diaria y cuidar el sueño, la alimentación y la actividad física también nos protegen. Además, dedicar tiempo a hobbies, a oír o interpretar música, a disfrutar del arte o hacer deporte ayuda a aliviar ese malestar y a mantener la conexión con los demás.

En algunos países incluso se han creado espacios donde es posible juntarse con otras personas para crear “un escudo” contra la depresión. Por ejemplo, el proyecto Area Abierta, en Montreal (Canadá), propone lugares de encuentro en los que los jóvenes pueden compartir experiencias, recibir acompañamiento emocional y participar en talleres creativos.

En Almería, la Fundación Pública Andaluza para la Integración Social de Personas con Enfermedad Mental (FAISEM) impulsa SM_Escucha, un espacio público para jóvenes menores de 25 años que buscan alivio a sus dificultades psicológicas en momentos difíciles. Apoyado por la Cátedra Universitaria Ciudadanía y Salud Mental FAISEM-UAL, esta iniciativa promueve la escucha activa desde el diálogo abierto: ofrece un lugar seguro para expresarse y poder conectar con otras personas. No hace falta pedir cita y cuenta con un equipo de “facilitadores” que organiza reuniones donde participa el joven que lo solicita junto a quienes este decida invitar.

Disponer de estas opciones no solo nos ayuda a cuidarnos a nosotros mismos, sino que también permite acompañar mejor a quienes nos rodean. Si notas que tú o alguien cercano experimenta un malestar que no desaparece, buscar ayuda a tiempo puede marcar la diferencia.


El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Adolfo J. Cangas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Es lo mismo estar triste que tener depresión? – https://theconversation.com/es-lo-mismo-estar-triste-que-tener-depresion-270201

Las heridas invisibles de la dana: los mayores sufren estrés postraumático y ansiedad climática

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sacramento Pinazo-Hernandis, Profesora titular de Psicología Social en Universidad de Valencia, Universitat de València

Dimitrina Lavchieva/Shutterstock

El 29 de octubre de 2024, Valencia sufrió la mayor catástrofe climática de la historia de España. Fallecieron 238 personas y las cifras de daños materiales a causa del agua alcanzaron aproximadamente 17 000 millones de euros. Nosotros queremos poner el foco en algo devastador, pero que resulta menos visible. Nos referimos al impacto que todavía tiene la riada en la salud mental de las personas mayores.

Los datos sugieren que no solo se enfrentaron a un riesgo físico desproporcionado (representan casi dos de cada tres fallecimientos), sino que ahora lidian con secuelas psicológicas profundas. Por ejemplo, el conocido como “trastorno de estrés postraumático”.

El Colegio Oficial de Psicología de la Comunidad Valenciana ha ofrecido ayuda psicológica gratuita a 5 500 personas para aliviar el impacto emocional y prevenir que este y otros problemas mentales se cronifiquen.

Anatomía de un instante

La inundación fue un evento traumático colectivo. Interrumpió abruptamente la seguridad de muchos hogares sin que nadie lo esperara. Para centenares de personas el trauma se manifiesta meses después a través de recuerdos intrusivos o flashbacks, donde escenas de la inundación se reexperimentan con viveza aterradora al cerrar los ojos. Esto se ve alimentado por un entorno social y mediático que, debido a la magnitud de la tragedia, actúa como un recordatorio constante.

Desde una perspectiva clínica, la evidencia es reveladora. Los estudios indican que las personas mayores tienen más del doble de probabilidades de desarrollar síntomas de trastorno de estrés postraumático que los jóvenes tras desastres naturales de inicio repentino.

Esta vulnerabilidad no se refiere solo a la que pueda provocar la edad y la pérdida de funcionalidad y movilidad. También se relaciona con la intensidad de la exposición y la falta de avisos tempranos que impidió una evacuación efectiva.

Somatización: el cuerpo relata el desastre

A lo largo de nuestra investigación hemos realizado entrevistas a treinta personas de entre 60 y 84 años. De estas, el 80 % eran mujeres y el 40 % vivían solas. Uno de los hallazgos más significativos de nuestro trabajo (todavía pendiente de publicación) es la somatización del malestar emocional. En otras palabras, el trauma no solo reside en la mente: los testimonios recogidos tres y once meses después del desastre describen síntomas físicos claros: “Dolores punzantes en el pecho, tensión muscular extrema y fatiga crónica que no remite con el descanso”.

La ciencia explica que este estrés prolongado y no tratado se manifiesta con “una sensación de bloqueo físico y emocional que impide retomar las actividades cotidianas”. También con un patrón de insomnio reactivo, donde el miedo a que el desastre se repita durante la noche impide un sueño reparador. Algunos afectados “han optado por dormir en el sofá o permanecer vestidos durante la noche para estar listos ante una posible huida”, lo que evidencia un estado de alerta patológico.

Hipervigilancia y ansiedad climática

El trastorno de estrés postraumático tras la DANA ha generado un fenómeno de hipervigilancia ambiental. Para una persona mayor que vive en la zona cero el clima ha dejado de ser una conversación trivial para convertirse en fuente de pánico. Según nuestro trabajo, “el simple hecho de que el cielo se nuble desencadena respuestas de ansiedad climática y necesidad compulsiva de consultar las previsiones meteorológicas”.

La ansiedad anticipatoria es un síntoma clave del trastorno de estrés postraumático. El análisis de las fuentes bibliográficas destaca que esta ansiedad es particularmente aguda en mujeres que viven solas y personas con movilidad reducida, en viviendas en plantas bajas o atrapadas durante meses en pisos altos por [la avería de ascensores]. Un año después de la catástrofe, unos mil aún estaban fuera de servicio o con las obras paralizadas

La falta de confianza en las instituciones, debida a que la alerta oficial llegó cuando ya era tarde y el agua inundaba las viviendas, ha exacerbado este sentimiento de inseguridad. Al no sentirse protegidos por quien debería proteger se produce un estado de estrés permanente.

El sentimiento de haber sido olvidados por la Administración profundiza la herida traumática y dificulta la recuperación, ya que el apoyo social es el principal factor protector contra el trastorno de estrés postraumático.

El impacto psicológico del momento catastrófico se ve agravado por la pérdida de objetos con una carga emocional insustituible. Para una persona mayor la destrucción de fotografías y objetos personales “no es solo una pérdida material, es una erosión de su propia identidad e historia de vida”.

Una necesaria intervención psicológica

La comunidad científica advierte de que el trauma en las personas mayores tras una catástrofe climática suele ser silencioso. Esto sucede porque existe una tendencia (por su parte y por la de la sociedad) a normalizar el sufrimiento y a minimizar el dolor en comparación con el de otros grupos de edad. Como resultado, esto lleva a una autoexclusión de los servicios de salud mental.

Nuestros datos lo muestran con claridad. Ninguno de los participantes en nuestra investigación buscó apoyo psicológico formal de un modo proactivo, a pesar de presentar síntomas evidentes de trastorno de estrés postraumático.

Es imperativo que las políticas de recuperación tras el desastre vayan más allá de reconstruir infraestructuras. Urge un apoyo psicológico realizado por profesionales especializados para que las personas mayores puedan reconocer sus necesidades y recuperar el bienestar.

Solo a través de una intervención que sane la herida invisible del estrés postraumático se podrá garantizar que las personas mayores no solo sobrevivan a la catástrofe, sino que recuperen la capacidad de vivir sin miedo cuando el cielo se pone gris.

The Conversation

Sacramento Pinazo-Hernandis no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las heridas invisibles de la dana: los mayores sufren estrés postraumático y ansiedad climática – https://theconversation.com/las-heridas-invisibles-de-la-dana-los-mayores-sufren-estres-postraumatico-y-ansiedad-climatica-275187

¿Y no podemos aprovechar el agua de tanta lluvia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Lillo Ramos, Colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental, Universidad Rey Juan Carlos

Inundaciones causadas por las lluvias de las últimas semanas en España. RTVE

En estas últimas semanas, debido a una sucesión de borrascas, muchas regiones de España están sufriendo inundaciones extremas. Algunas de ellas se han producido en cuencas afectadas por una escasez crónica de agua durante gran parte del año, como ha ocurrido en Andalucía.

Viendo tal cantidad de agua inundando poblaciones y campos y desbordando ríos en esas áreas, podríamos preguntamos si además de mitigar esas crecidas, no sería posible aprovechar parte de esa agua excedentaria que finalmente vierte al mar.

Gráfico de barras que muestra el volumen de agua acumulado en los embalses de la España peninsular
Estado actual (al 10/02/2026) de los embalses en las demarcaciones hidrográficas de la España peninsular.
Javier Lillo a partir de datos del Boletín Hidrológico, MITECO, CC BY-SA

Un anómalo tren de intensas borrascas

Desde la borrasca Benjamín –precedida por la dana Alice– y hasta la última, Oriana, de la tercera semana de febrero, en España se han sucedido 14 borrascas concatenadas desde principios de 2026.

Este tren de intensas y prolongadas precipitaciones parece estar provocado por anomalías en la dinámica de la circulación atmosférica que podrían estar asociadas al acusado calentamiento en el Ártico.

Así, el desplazamiento hacia el sur del chorro polar pone en contacto masas de aire frío con masas de aire subtropical muy húmedas provocando la sucesión de intensas borrascas. Como resultado, la media de precipitaciones peninsulares del mes de enero ha superado notablemente las medias de los últimos cinco años.




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Gráfico de barras que muestra que el volumen de lluvias de enero de 2026 ha sido mayor que en años anteriores
Evolución de las precipitaciones en los últimos cinco años hidrológicos y tendencia del año actual.
Javier Lillo a partir de datos del Boletín Hidrológico, MITECO, CC BY-SA

Crecidas, escorrentía e infiltración

Las crecidas están causadas por un exceso de escorrentía, que depende fundamentalmente de dos factores: la infiltración del agua en el suelo y la intensidad de la lluvia. Cuando esta última supera a la primera, se produce la escorrentía: el agua empieza a correr por la superficie del terreno.

Pero la infiltración varía con la cantidad de agua en el suelo: es mayor cuando el suelo está seco y se estabiliza en los valores más bajos cuando el suelo está saturado, por lo que cuando llueve sobre un suelo ya saturado hay mayor escorrentía que cuando no lo está.

Gráfico que muestra cómo la escorrentía aumenta con la saturación del suelo por infiltración
Relación entre la infiltración (curva de infiltración) y la intensidad de precipitación (hietograma) en un evento de precipitación (aguacero). La escorrentía (exceso de lluvia) tiene lugar cuando la intensidad de precipitación supera la infiltración, que va siendo menor según se va saturando el suelo hasta estabilizarse cuando este alcanza su saturación.
Javier Lillo, CC BY-SA

En zonas urbanizadas donde la mayor parte del terreno está sellado, no hay infiltración y prácticamente toda la lluvia pasa a ser escorrentía. Si la precipitación se alarga en el tiempo y los sistemas de drenaje –sean cauces naturales o sean sistemas de alcantarillado– son insuficientes para la evacuar dicha escorrentía, entonces ocurre la inundación.

Si se quiere intervenir sobre los eventos de gran precipitación, tanto para la mitigación de crecidas como para el aprovechamiento del agua excedentaria, hay que actuar sobre la escorrentía (aguas superficiales) y sobre la infiltración (aguas subterráneas).

Ilustración que muestra que se produce mayor infiltración de agua en entornos naturales no urbanizados
Diferencias de escorrentía e infiltración entre entornos no urbanizados (rurales/naturales) y entornos urbanizados (urbanos/industriales).
Javier Lillo, CC BY-SA

Soluciones para aprovechar el agua en las ciudades

Dado que ambos procesos ocurren de manera diferente en entornos urbanos o industriales y en aquellos naturales o rurales, la gestión del agua excedentaria para su aprovechamiento será diferente.

En entornos urbanos e industriales, las soluciones hidropluviales consideran dos enfoques distintos. Uno se basa en la implantación de infraestructuras de captación y almacenamiento. El otro enfoque se centra en facilitar la infiltración natural en un conjunto de soluciones basadas en la naturaleza.

Como soluciones hidropluviales urbanas o industriales están los sistemas de drenaje urbano o SUDS –siglas de Sustainable Urban Drainage Systems–, que incluyen:

  • Pavimentos permeables, que pueden ser de infiltración directa o con sistema drenante.

  • Tejados ecológicos, de recogida de lluvia.

  • Áreas verdes y jardines de lluvia (parques inundables), en los que se facilita la infiltración directa.

  • Humedales artificiales, donde se facilita la infiltración directa.

  • Zanjas, túneles y pozos drenantes, que pueden ser de infiltración directa o con sistema drenante.

  • Tanques de tormenta, que almacenan las aguas pluviales recogidas en sistemas drenantes.




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Ilustración que muestra diferentes técnicas para aprovechar y almacenar el agua de lluvia
Soluciones hidropluviales en entornos urbanizados: (1) pavimento permeable con infiltración directa al terreno, (2) pavimento permeable con sistema drenante de captación, (3) área verde con infiltración directa, (4) humedal artificial con infiltración directa, (5) zanja de captación con sistema drenante y (6) tanque de tormenta.
Javier Lillo, CC BY-SA

Acciones en entornos naturales: cuidar ríos y vegetación

En los aguaceros en entornos naturales o rurales, el objetivo fundamental también es la regulación de cauces para mitigar desbordamientos e inundaciones, además del aprovechamiento del agua excedentaria, siendo ineludible el mantenimiento de los ecosistemas de los cauces.




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Así, sobre las infraestructuras de captación y regulación hidráulicas convencionales, como presas y embalses –que pueden provocar, entre otros impactos, la fragmentación de cauces–, adquieren relevancia las soluciones basadas en la naturaleza.

De esta forma, se pretende mejorar la infiltración con un doble objetivo: reducir la escorrentía y aumentar la recarga de los acuíferos, es decir, el almacenamiento como aguas subterráneas. La vegetación va a tener una gran importancia en la interceptación de la lluvia y la mejora de la infiltración. Las soluciones incluyen:

  • Remodelado y restauración geomorfológica (recuperación y creación de zonas de recarga: depresiones, cauces, lagunas, terrazas, etc.).

  • Revegetación, recuperación y mantenimiento de bosques (aforestación y reforestación) y de la cubierta vegetal autóctona.

  • Renaturalización de riberas.

  • Construcción, restauración y conservación de humedales.




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Ilustración que muestra las soluciones para aprovechar y controlar el agua de escorrentía en el campo
Soluciones basadas en la naturaleza para el control y aprovechamiento de la escorrentía: (1) remodelado y restauración geomorfológica de cauces; (2) revegetación, recuperación y mantenimiento de bosques; (3) renaturalización de riberas; (4) creación y conservación de humedales y (5) creación y conservación de lagunas y lagos.
Javier Lillo, CC BY-SA

Evaluación de los impactos

Como ocurre con los sistemas de captación y almacenamiento convencionales, estas soluciones basadas en la naturaleza han de ser implementadas atendiendo a todos los posibles impactos en los diferentes procesos hidrológicos.

Respondiendo a la pregunta inicial, existen estrategias y herramientas que permiten el aprovechamiento del agua excedentaria en eventos de intensa precipitación, tanto convencionales –basadas en la construcción de infraestructuras hidráulicas– como no convencionales –soluciones basadas en la naturaleza–. Pero en ambos casos es imprescindible la evaluación de los impactos hidrológicos y ambientales que puede generar su implementación.

The Conversation

Javier Lillo Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Y no podemos aprovechar el agua de tanta lluvia? – https://theconversation.com/y-no-podemos-aprovechar-el-agua-de-tanta-lluvia-274892

‘Streaming’, ‘selfie’ o ‘look’: ¿es correcto emplear extranjerismos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Amalia Pedrero González, Profesora Titular de Lengua Española, Universidad CEU San Pablo

En medio de un buen _brunch_ es necesario hacerle una _update_ a las amigas. Roman Samborskyi/Shutterstock

Es común hoy en día estar rodeados de fake news, asistir a una conferencia en streaming o ver una sitcom en prime time. Si hablamos de moda, son continuas las referencias al look (incluso al lookazo), el outfit, el animal print y el dress code. En cuanto a la alimentación, ya sabemos que es mejor para la salud todo lo healthy, y que debemos evitar consumir demasiada fast food, como pueden ser los hot dogs.

Los extranjerismos están en todos lados de la conversación popular. Pero ¿está bien emplearlos? ¿Es cool o da cringe?

Préstamos entre idiomas

Para establecer la corrección o no de estos, en primer lugar, es necesario precisar qué entendemos por extranjerismo.

En sentido estricto, y referido al español, por extranjerismo se entiende toda aquella voz que no procede de la evolución directa del latín, origen de la lengua actual.

Desde este punto de vista, son extranjerismos palabras como guerra y yelmo (germanismos), almohada y alfiler (arabismos), crema y servilleta (galicismos), acuarela y ópera (italianismos) o líder y túnel (anglicismos).

Todos estos términos se perciben hoy día como propios del español. Y es lógico, porque la incorporación de voces de otras lenguas no es un fenómeno característico de los últimos tiempos: desde el origen de nuestro idioma se han ido integrando en él palabras de muy distinta procedencia.

No obstante, la aportación de unas lenguas u otras varía a lo largo de los siglos. La llegada de arabismos fue más frecuente en la Edad Media (naranja, azúcar); los italianismos, en el Renacimiento (novela, soneto) y los galicismos, especialmente en los siglos XVIII y XIX (botella, blusa). Actualmente, los anglicismos (tique, vip) son los que reciben el mayor protagonismo.

A lo largo del tiempo

Ya que no es un fenómeno reciente, ¿cuál es la postura académica con respecto al uso de palabras de origen extranjero?

Pues se ha producido una evolución en este sentido a lo largo del tiempo. Para conocer cuál ha sido este cambio, son muy esclarecedores los prólogos de las distintas ediciones del Diccionario, como el de 1843, donde se recoge lo siguiente:

“Este es el objetivo primordial del Diccionario, dar á conocer las palabras propias y adoptivas de la lengua castellana, sancionadas por el uso de los buenos escritores; pero muchos no lo entienden así; y cuando no encuentran en el Diccionario una voz que les es desconocida, en vez de inferir que no es legítima y de buena ley, lo que infieren es que el Diccionario está diminuto. Así hemos visto lamentarse algunos de no hallar en él las palabras comité (por comisión) o secundar (por cooperar), y otras muchas extranjeras que están infestando la mayor parte de los escritos que diariamente circulan”.

En este texto se aprecia claramente aversión hacia este tipo de voces. En los prólogos de los Diccionarios Manuales de la Real Academia, que intentan ser diccionarios de uso, también se percibe la misma idea de rechazo hacia la voz de origen foráneo, como se lee en el prólogo del Diccionario manual de 1927:

“Incluye [el Diccionario] también los vocablos incorrectos y los extranjerismos que con más frecuencia se usan (…), poniendo en su lugar la expresión propiamente española que debe sustituirlos”.

Si bien es verdad que se han ido aceptando voces cuyo uso ya era generalizado, a veces se ha mostrado excesiva reticencia a adoptar estos términos. Así sucedió con la voz sándwich, documentada desde 1881 en español, aunque su incorporación al Diccionario se produjo en la edición de 1992, ciento once años después.


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En la actualidad

Esta postura de oposición se ha modificado en los últimos tiempos. Por ello, en el actual Diccionario panhispánico de dudas se aclara que:

“Todos los idiomas se han enriquecido a lo largo de su historia con aportaciones léxicas procedentes de lenguas diversas. Los extranjerismos no son, pues, rechazables en sí mismos. Es importante, sin embargo, que su incorporación responda en lo posible a nuevas necesidades expresivas y, sobre todo, que se haga de forma ordenada y unitaria, acomodándolos al máximo a los rasgos gráficos y morfológicos propios del español”.

Al leerlo, se aprecia un aperturismo hacia el uso de voces de procedencia extranjera. Pero con matices: si existe una voz española para designar la realidad, es preferible usar esa (contraseña en vez de password; correo electrónico por e-mail; silenciar por mutear). En el caso de que no exista o no esté muy extendida, es admisible la voz extranjera (emoji, software), pero intentando adaptarla a la lengua (pódcast, selfi, tuit).

Así, podemos concluir que los extranjerismos empobrecen el lenguaje cuando la lengua receptora posee una voz para designar esa misma realidad. Por el contrario, la enriquecen cuando no existe el término para denominar la nueva entidad.

De todas formas, con el paso del tiempo, estas incluso pueden desplazar a la voz patrimonial: la palabra “calzón” fue sustituida por el galicismo pantalón, o “millo”, a su vez, reemplazada por el término de origen taíno maíz. En el caso del fútbol, donde la terminología procede del inglés, dependiendo del lugar se hablará de árbitro o de réferi, de penaltis o penales…

En conclusión, no somos más elegantes al emplear extranjerismos. Pero tenemos que tener presente que la sociedad evoluciona y la lengua lo hace con ella, por lo que llegarán nuevas voces procedentes de distintos sitios: unas se consolidarán; otras, con el tiempo, desaparecerán.

The Conversation

Amalia Pedrero González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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