El mundo no siempre fue así: por qué se cuenta la historia desde la guerra y se invisibiliza la paz

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mario López Martínez, Catedrático de Historia contemporánea, Universidad de Granada

Hay algo profundamente errado en la manera en que contamos la historia. No porque falten datos, archivos o interpretaciones, sino porque hemos aceptado sin demasiadas preguntas una premisa tan antigua como cómoda: que la violencia es el principio organizador del pasado humano. Las guerras, los imperios y las conquistas ocupan el centro del relato; la paz aparece, cuando aparece, como un vacío entre catástrofes o como una aspiración moral sin densidad histórica.

Este hábito intelectual no es inocente. Al convertir la violencia en norma y la paz en excepción, la historiografía ha contribuido a naturalizar el mundo tal como es: armado, jerárquico y profundamente desigual. Hemos aprendido a pensar que la historia avanza a golpe de cañón y que todo lo demás -la convivencia, la negociación, la resistencia civil, la noviolencia- pertenece al reino de lo secundario, lo ingenuo o lo utópico. El resultado es una narrativa tan poderosa como empobrecedora.

Paz en positivo

¿Y si el problema no fuera que la paz ha sido rara, sino que no hemos sabido verla?

La paz no es la ausencia de guerra. Esa definición negativa ha sido uno de los mayores fracasos conceptuales de las ciencias sociales. La paz es una realidad histórica positiva: se construye, se disputa, se impone y se defiende. Tiene actores, prácticas, conflictos internos y costes materiales. Ha sido, de hecho, una de las tareas más complejas y persistentes de las sociedades humanas. Pero como no produce desfiles militares ni monumentos ecuestres, rara vez se la considera digna de ser narrada.

La historia tradicional se ha contado desde el punto de vista de quienes tenían ejércitos, Estados y archivos. No es extraño, entonces, que la guerra domine el relato. La violencia deja huellas visibles, documentos oficiales, fechas memorables. La paz social, en cambio, suele dejar rastros dispersos: acuerdos informales, normas compartidas, resistencias silenciosas, prácticas de cuidado, conflictos contenidos. Para verlos, hay que cambiar de lente. Y ese cambio implica una decisión epistemológica.

Conflicto sin exterminio

Pensar la historia desde la paz significa, ante todo, abandonar la idea de que el conflicto solo es inteligible cuando se convierte en violencia. Las sociedades han vivido siempre atravesadas por antagonismos -de clase, de género, de raza, de religión-, pero no siempre los han resuelto mediante la destrucción. La paz histórica no es consenso ni armonía: es conflicto gestionado sin exterminio. Es tensión sostenida sin colapso. Es lucha sin aniquilación del otro.

Aquí entra en juego un concepto sistemáticamente despreciado por la historiografía dominante: la noviolencia o la paz por medios pacíficos. No como moralina, no como gesto piadoso, sino como práctica histórica concreta. La noviolencia ha sido una herramienta recurrente de los débiles frente a los fuertes, de los subalternos frente a los poderosos (y sus imperios), de quienes no podían permitirse el lujo de una guerra total. Ha sido una tecnología social del conflicto, a menudo más eficaz que la violencia armada, precisamente porque desestabiliza sus lógicas.

Sin embargo, la noviolencia ha sido tratada como anomalía o excepción, cuando en realidad forma parte estructural de la historia social. Desde las resistencias campesinas hasta los movimientos obreros, desde las luchas anticoloniales hasta los derechos civiles, desde el feminismo hasta las movilizaciones contemporáneas contra el autoritarismo, la noviolencia ha permitido ampliar derechos, transformar Estados y erosionar sistemas de dominación. Que no siempre haya triunfado no la hace menos histórica. La guerra tampoco triunfa siempre y nadie la expulsa del canon.

Una historia social de la paz obliga también a replantear quiénes son los sujetos históricos relevantes. No son, principalmente, los Estados ni las élites militares. Son las comunidades, los movimientos sociales, las redes transnacionales, los sindicatos, las iglesias disidentes, los estudiantes, las mujeres, los pueblos neocolonizados. Son actores que rara vez aparecen en los manuales como productores de orden, pero que han sido fundamentales para sostener formas de convivencia en contextos de violencia estructural.

Muchas paces

Además, no existe una sola paz. La historia muestra una pluralidad incómoda. Hay paces idealizadas, que funcionan como horizonte crítico frente a la barbarie. Hay paces institucionales, encarnadas en Estados, leyes y acuerdos internacionales, en muchas ocasiones, orquestadas por los “poderosos” o los “señores de la guerra”. Y hay paces precarias, ambiguas, sostenidas por equilibrios de fuerza y amenazas latentes. Estas formas no se suceden limpiamente ni se excluyen entre sí: coexisten, se superponen y se contradicen. Reducir la paz a una sola definición es una forma de negarla.

Todo esto tiene consecuencias políticas. Escribir la historia desde la paz implica cuestionar el imperialismo, el militarismo y el capitalismo autoritario como estructuras históricas productoras de violencia. La guerra no es un accidente del sistema, no es natural: es uno de sus mecanismos de funcionamiento de un sistema. Por eso, las luchas por la paz han estado casi siempre ligadas a luchas contra la explotación, el colonialismo y la desigualdad. Separar la paz de estas dimensiones es vaciarla de contenido.

No es casual que las prácticas de paz hayan sido invisibilizadas. Reconocerlas supone admitir que la violencia no es inevitable, que no siempre ha sido necesaria, que no es el único camino posible. Supone, en definitiva, desmontar el fatalismo histórico que nos dice que “el mundo siempre ha sido así” y que, por tanto, no puede ser de otro modo. Ese fatalismo ha sido uno de los mayores aliados del poder.

Escribir la historia desde la paz no significa negar la violencia ni idealizar el pasado. Significa ampliar el campo de lo pensable. Significa aceptar que la humanidad no solo ha sabido organizar la destrucción, sino también -y con enorme esfuerzo- limitarla, contenerla y, a veces, superarla. Recuperar esa historia no garantiza un futuro distinto. Pero sin ella, el futuro queda condenado a repetir, una y otra vez, la misma vieja narrativa de guerra.

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Mario López Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Cómo almacenar agua para cuando falte con la ayuda de los agricultores

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Martos-Rosillo, Científico Titular del CSIC, Instituto Geológico y Minero de España (IGME – CSIC)

Riego de invierno para recargar los acuíferos en una chopera de la Vega de Granada. Sergio Martos, CC BY-SA

Tras cada periodo de sequía, suelen llegar años con lluvias por encima de la media. En cuestión de semanas pasamos de ver embalses secos, con suelos agrietados y restos de pueblos emergiendo, a observar espectaculares chorros de agua a presión liberados por los aliviaderos de las presas. Esta alternancia tan extrema demuestra que los embalses, aunque importantes y esenciales para frenar las avenidas, no bastan por sí solos para afrontar ni las sequías ni los periodos de lluvias intensas.

Almacenes subterráneos de agua

España es uno de los países con mayor número de grandes presas por habitante. Muchas están muy bien construidas y en los lugares adecuados, pero una parte considerable ha superado ya su vida útil o ha perdido capacidad de almacenamiento debido a la colmatación por los sedimentos que van arrastrando los ríos. Por ello es necesario plantear soluciones complementarias que permitan gestionar mejor tanto los episodios de exceso como los de escasez de agua.




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Mucha gente desconoce que el 99 % del agua dulce de nuestro planeta, que no está congelada, es agua subterránea. Así, son los acuíferos (extensas formaciones geológicas compuestas por sedimentos y rocas porosas y permeables), y no las presas, los que almacenan la mayor parte de agua.

Estos acuíferos son los que nos han permitido superar las sequías que se han producido en España desde la década de los ochenta del siglo anterior. Lo saben bien los agricultores, que han salvado sus cosechas regando con aguas de pozo. Y muchos municipios recurren a los llamados “pozos de emergencia” cuando el abastecimiento con agua superficial falla.

Sin embargo, tras cada sequía, los acuíferos quedan más deteriorados, porque extraemos más agua de la que se recarga de forma natural, porque no los protegemos lo suficiente frente a la contaminación y porque su gran capacidad de almacenamiento no se considera en la planificación hidrológica.




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Los agricultores ayudan a recargar los acuíferos

En algunos lugares del mundo ya se está actuando para revertir esta tendencia. En California y Nevada, en Estados Unidos, desde hace unos veinte años hacen recarga gestionada de acuíferos con técnicas agrícolas. Se establecieron acuerdos con agricultores para inundar de forma controlada campos en barbecho o cultivos tolerantes –como almendros, viñedos, pastos o arrozales – durante los años húmedos o cuando hay exceso de agua en invierno.

Estas inundaciones controladas se realizan sobre acuíferos, lo que permite que el agua se infiltre en el medio subterráneo mientras se reducen los riesgos de inundación en superficie. El éxito de estas prácticas ha sido posible gracias a la colaboración entre centros de investigación públicos y privados, universidades punteras, como Davis o Stanford, las autoridades del agua, del medio ambiente y la agricultura y los usuarios.

Lo interesante es que, mirándolo con perspectiva histórica, prácticas similares se realizan en España desde hace siglos. Proyectos como WaSHa, del Instituto Geológico y Minero, han documentado cómo nuestros antepasados ya gestionaban los excedentes hídricos mediante acequias de infiltración en zonas de montaña –como Sierra Nevada, Gredos y Guadarrama– y acequias sin revestir en las vegas agrícolas, como las de la Valduerna (León) y Granada.




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El agua infiltrada se almacena en los acuíferos y más tarde se extrae mediante pozos o galerías durante los meses secos. Es una forma ingeniosa de equilibrar los ciclos de lluvia y sequía. Es una forma de sembrar y cosechar el agua.

Siembra y cosecha de agua en España. Instituto Geológico y Minero de España (IGME)

Una estrategia para gestionar mejor el agua

Recuperar esta lógica sería clave hoy: aprovechar los años de exceso de agua para recargar los acuíferos, utilizando los campos de cultivo y las infraestructuras agrarias que ya existen. Esto permitiría restaurar parte del agua subterránea que se extrae de más en los años secos.

Para hacerlo realidad se necesitan investigación, planificación y una gestión del agua que combine infraestructura gris –presas, canales, tuberías– con infraestructura verde, basada en procesos naturales que favorecen la infiltración y la recarga.

Integrar ambos enfoques permitiría almacenar parte del agua que ahora se descarga rápidamente desde los embalses. Y decimos solo una parte, porque los ríos, los deltas y los estuarios también necesitan de estas crecidas para mantener sus ecosistemas. Pero aprovechar parte de esos excedentes para “sembrar agua en los acuíferos” sería un paso decisivo hacia una gestión más resiliente del agua en nuestro país.




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Ojalá estemos preparados en el próximo año húmedo. En este, el agua liberada ya no podremos sembrarla. Pero sí podemos cambiar la forma de gestionar nuestros ciclos hídricos para que, la próxima vez, no se nos escape otra oportunidad.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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¿Por qué recordamos las cosas cada vez de un modo diferente? De Rosalía a la neurociencia cognitiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Reyes Sánchez, Profesora de Psicología de la Memoria y de Aprendizaje y Condicionamiento. Área de especialización: estrategias de metamemoria en contextos bilingües., Universidad Loyola Andalucía

ra2 studio/Shutterstock

“Siempre que me acuerdo de algo, siempre lo recuerdo un poco diferente”. Así canta Rosalía en Memória, uno de los temas de su último disco, Lux (2025). La letra de este fado, escrito, compuesto e interpretado junto a la portuguesa Carminho, muestra un acertado análisis de una característica de la memoria humana que la psicología y la neurociencia cognitiva llevan años estudiando.

Nuestra memoria no accede a los recuerdos como a un archivo que se abre intacto cada vez que lo consultamos. Recordar es un proceso activo y dinámico, que implica reconstruir y transformar los recuerdos.

Recordar no es reproducir, es reconstruir

Cada vez que evocamos un recuerdo, este entra en un estado temporalmente inestable, durante el que es susceptible de modificarse antes de “guardarse” de nuevo. Este proceso se conoce como “reconsolidación”. Cuando recordamos, el recuerdo se vuelve vulnerable: puede incorporar nueva información, cambiar algunos detalles o reinterpretarse emocionalmente.

Por ejemplo, no es raro que, cuando reproducimos una conversación que tuvimos con otra persona, con el tiempo incluyamos palabras o gestos que realmente nadie dijo. O que algo que en su momento nos pareció, vergonzoso, luego lo recordemos como divertido.

De este modo, el acto de recordar no supone acceder a una copia exacta del pasado, sino a una versión ligeramente actualizada, que seguirá modificándose en futuras evocaciones.




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Este proceso no ocurre siempre, ni de la misma manera. Los recuerdos más antiguos o más fuertes suelen ser más resistentes a esta inestabilidad y requieren períodos de recuperación más largos para entrar en reconsolidación. Por ejemplo, en un estudio se observó que, mientras que los recuerdos recientes o débiles solo necesitaban evocarse durante 3 minutos para volverse vulnerables, los más robustos requerían 10 minutos para llegar al estado de reconsolidación. Eso sí, una vez que alcanzaban este estado, podían igualmente debilitarse, fortalecerse o modificarse.

Proteger a través del cambio

Desde el punto de vista neurobiológico, cada vez que evocamos un recuerdo, el cerebro vuelve a activar las redes de neuronas que lo almacenan. Durante un breve intervalo, las conexiones entre esas neuronas (sinapsis) se vuelven más flexibles, lo que permite que el recuerdo pueda modificarse antes de estabilizarse otra vez. Así, la reconsolidación implica cambios sinápticos específicos, es decir, este proceso implica un fortalecimiento pero también un reajuste de las conexiones entre las neuronas, que son la base física de nuestros recuerdos.

Esto explica por qué nuestro propio recuerdo de un evento cambia a medida que lo recordamos de forma repetida. No es que nuestra memoria falle ni se deteriore; es que cada vez que rememoramos algo, evitamos que caiga en el olvido pero, a la vez, ese acto hace el recuerdo vulnerable. Es decir, el acto de recordar mantiene los recuerdos a costa de permitir cierta distorsión.

Ventajas de la reconsolidación

Que los recuerdos no se mantengan intactos toda la vida también tiene ventajas. Por ejemplo, en el ámbito psicoterapéutico puede aprovecharse el proceso de reconsolidación para intervenir en trastornos en los que aparecen recuerdos dolorosos o intrusivos, como el estrés postraumático, la ansiedad o la depresión.

Cuando un recuerdo se evoca en un entorno terapéutico seguro, la persona puede reinterpretarlo, reducir su carga emocional y aprender a gestionarlo de forma más adaptativa. Así que, aunque las distorsiones de la memoria a veces resulten molestas también ofrecen la oportunidad de aliviar el malestar asociado a experiencias pasadas.

¿Sigue siendo un recuerdo real?

En Memória, Rosalía continúa cantando “…y sea como sea ese recuerdo, siempre es verdad en mi mente”. Este verso coincide con una idea muy interesante que también revela la investigación: la confianza que sentimos en nuestros recuerdos no siempre refleja su precisión real.

En un estudio se analizaron los “recuerdos destello”, que son recuerdos muy vívidos y emocionalmente intensos, como saber dónde estábamos el fin de semana del 13-14 de marzo de 2020 cuando se decretó el estado de alarma por la covid-19. Estas memorias suelen sentirse especialmente nítidas y seguras.




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Los autores del trabajo compararon lo que las personas decían recordar inmediatamente después de un acontecimiento impactante con lo que rememoraban meses o años más tarde. Observaron que, con el paso del tiempo, la consistencia de estos recuerdos disminuía: los detalles cambiaban, se perdían o se reorganizaban. Sin embargo, la confianza subjetiva de las personas en sus recuerdos permanecía alta. Creían recordar con la misma precisión, aunque objetivamente el recuerdo ya no fuera el mismo. Es decir, aunque lo que evocamos se haya transformado varias veces respecto al evento original, puede sentirse real.

Estudios como este demuestran que sentir un recuerdo como “muy real” o “muy nítido” no garantiza su veracidad.

Pero, si nuestros recuerdos cambian, ¿por qué no lo notamos? En parte, porque el propio proceso de reconsolidación refuerza la sensación de autenticidad. Tras recordar, el cerebro vuelve a estabilizar el recuerdo, y esa versión actualizada se siente tan sólida como la anterior. Además, con el tiempo, lo que evocamos es la última versión reconsolidada, no la experiencia inicial. Esto hace que el cambio sea gradual, acumulativo, y difícil de detectar.

La memoria y la identidad

Entendida así, la memoria no es solo un sistema para registrar el pasado, sino una herramienta para reconstruirlo y, con ello, construir nuestra identidad. Recordamos quiénes fuimos en función de quiénes somos ahora: nuestros objetivos, emociones y necesidades actuales. Por eso la memoria es flexible y adaptativa.

Cada recuperación de un recuerdo abre una oportunidad para integrar el pasado con el presente. Gracias a este proceso, mantenemos una sensación de coherencia personal, aunque se pierda exactitud en los detalles. La reconsolidación no solo estabiliza los recuerdos, sino que contribuye activamente a su mantenimiento a largo plazo, reforzándolos y actualizándolos con el paso del tiempo.

En una reciente entrevista, Carminho contaba que esta era precisamente su motivación al escribir el tema Memória. La importancia de “tener conciencia de mí misma, acordarme de quién soy, de donde vengo y cómo voy decidiendo el futuro”. En la canción, la protagonista le pregunta a su propio corazón (“recordar” viene del latín “recordāri”, “re-” de nuevo, “cordis”, corazón, que significa literalmente volver a pasar por el corazón) si aún sigue siendo la misma después de todo lo vivido:

“¿Será que tú me conoces / Que el tiempo pasa y no olvidas / Quién fui y quién soy al fin? / Oh, mi dulce corazón / Dime si sabes o no / ¿aún te acuerdas de mí?”

(En el portugués original: “Será que tu me conheces? /Que o tempo passa e não esqueces/ Quem eu fui e sou em fim? / Ó, meu doce coração / Diz-me se sabes ou não / Ainda te lembras de mim?”)

La memoria como proceso vivo

Lejos de ser un defecto, esta naturaleza cambiante de la memoria es una de sus mayores fortalezas. Nos permite aprender, adaptarnos y resignificar experiencias pasadas. Recordar es transformar.

Así que la próxima vez que un recuerdo vuelva a nuestra mente, sabremos que probablemente estemos accediendo a la última versión de un recuerdo vivo, moldeado cada vez que lo traemos al presente y que, aun siendo ligeramente distinto, se sentirá igual de convincente. Lo dicen la neurociencia cognitiva… y también Rosalía.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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¿Podría el arresto del expríncipe Andrés acabar con la monarquía británica?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jo Coghlan, Associate Professor, Humanities, Arts and Social Sciences, University of New England

Cuando un miembro de la realeza es objeto de escrutinio, puede parecer una ruptura con la tradición. Sin embargo, a lo largo de los siglos, los miembros de la realeza británica han sido objeto de sospechas en repetidas ocasiones. Lo que hace que la detención de Andrew Mountbatten-Windsor sea tan llamativa es que hay que remontarse al siglo XVII para encontrar algo comparable.

La realeza no es ajena a los escándalos, pero las acusaciones de infringir la ley son otra cosa muy distinta. La caída en desgracia del expríncipe Andrés tendrá enormes repercusiones para la realeza británica y también nos da una idea de cómo ha cambiado el trato a la realeza desde la muerte de la reina Isabel.

Cuando cayó la corona

Esta no es la primera vez que la realeza británica se ha visto envuelta en problemas legales. En 1483, Ricardo III se vio involucrado en la desaparición de sus dos sobrinos, los llamados príncipes de la Torre. Ambos príncipes eran herederos legítimos y, por lo tanto, una amenaza directa para el derecho de Ricardo al trono. Nunca fue juzgado en un tribunal, y los historiadores aún debaten las pruebas.

El enfrentamiento más dramático entre la monarquía y la ley se produjo con Carlos I, acusado de traición durante la guerra civil inglesa. Fue arrestado en 1649, juzgado y ejecutado públicamente. Este acto conmocionó a Europa y destrozó la creencia de que la realeza estaba por encima de la ley.

Como consecuencia, Inglaterra abolió la monarquía y se convirtió en una república bajo el mandato de Oliver Cromwell. Así pues, la última vez que un miembro de la familia real fue arrestado y juzgado, la propia corona cayó.

Ese precedente es importante porque subraya lo poco frecuentes que son los arrestos de miembros de la realeza. Durante más de tres siglos, la monarquía ha evitado ese espectáculo. El hecho de que la detención de Andrew obligue a compararlo con Carlos I revela lo excepcional que es este momento.

La reputación como estrategia real

En el siglo XIX, la monarquía sobrevivió menos por la fuerza y más por su reputación. Bajo el reinado de la reina Victoria (1837-1901), la corona cultivó la virtud doméstica y la seriedad moral como escudo contra la inestabilidad. La respetabilidad se convirtió en una defensa estratégica contra el escándalo.

Sin embargo, la fama y el poder conducen inevitablemente a un gran interés público, y los escándalos se abrieron paso en la cultura impresa y, más tarde, en los medios de comunicación de masas. El príncipe Alberto Víctor, nieto de la reina Victoria, fue acusado de ser Jack el Destripador. Es una afirmación que los historiadores han rechazado en gran medida como teoría conspirativa, pero que persiste porque refleja los temores sobre los encubrimientos de la monarquía.

Jacobo II fue destronado en 1688 durante la Revolución Gloriosa en medio de acusaciones de que socavaba las leyes protestantes y promovía a funcionarios católicos. Su aparente abuso de poder, más que un único delito perseguible, le costó el trono.

En el siglo XX, Eduardo VIII generó un tipo diferente de inquietud. Tras su abdicación en 1936, surgieron pruebas de su simpatía hacia la Alemania nazi, seguidas de una reunión con Adolf Hitler en Alemania en 1937. Aunque no hubo ningún proceso judicial, esto causó un grave daño a la reputación y la confianza pública de Eduardo.

El colapso de la deferencia

Durante gran parte del siglo XX, la monarquía funcionó dentro de una cultura de respeto. La prensa se abstuvo de informar sobre la vida privada de la realeza y las indiscreciones se gestionaban discretamente. Ese acuerdo aislaba a la familia real de una exposición mediática continuada. Sin embargo, el panorama comenzó a cambiar tras una serie de escándalos en la década de 1990. Esto llevó finalmente a Isabel II a calificar 1992 como su annus horribilis.

El auge del periodismo sensacionalista erosionó las antiguas fronteras, y los medios digitales las disolvieron por completo. El silencio ahora intensifica las sospechas en lugar de calmarlas, como fue el caso del silencio real sobre la salud de la Princesa de Gales a principios de 2024, lo que obligó a que hiciera pública su lucha contra el cáncer.

Influencia, acceso y percepción

Incluso antes de su detención, la percepción sobre el expríncipe Andrés era negativa.

El arresto se produce en este cambio de opinión. Durante su mandato como representante especial del Reino Unido para el comercio y la inversión internacionales, cultivó relaciones con líderes políticos y figuras empresariales adineradas de todo Oriente Medio y Asia Central. Los críticos cuestionaron si había difuminado la línea entre la promoción comercial oficial y las redes privadas.

El episodio de 2010 “cash for access” (dinero por acceso) en el que se vio involucrada la esposa de Andrew Mountbatten-Windsor, Sarah Ferguson, profundizó esa percepción. Sarah fue filmada ofreciendo acceso a Andrés a cambio de un pago sustancial. Aunque ella se disculpó y el expríncipe negó su participación, la imagen de manejos monetarios en el entorno de la corona fue corrosiva.

En 2021, una investigación encubierta sugirió que el príncipe Michael de Kent, primo de la reina, estaba dispuesto a utilizar su estatus real para ayudar a una empresa ficticia a cambio de una remuneración. Él negó haber actuado mal, pero el daño ya estaba hecho.

Una marca sin aislamiento

Bajo el reinado de Isabel II, la longevidad confería autoridad y estabilidad, lo que a menudo suavizaba los escándalos. Bajo el reinado de Carlos II, la institución parece más expuesta. La detención del expríncipe perturba y expone a la familia real a un daño reputacional. Aunque posteriormente fue puesto en libertad, el escándalo aún tiene un largo recorrido.

Carlos es un monarca constitucional. No puede interferir en las investigaciones policiales ni en las decisiones de la fiscalía sin provocar una crisis constitucional. Su autoridad es simbólica más que ejecutiva.

Pero puede alejar aún más de la vida pública al círculo íntimo de Andrés, incluidas sus hijas. Ya le ha despojado de sus títulos reales y le ha dicho que abandone su hogar, Royal Lodge.

Sin embargo, incluso eso tiene sus límites. El poder de Carlos ahora se basa menos en el control que en la credibilidad. En una sociedad permanentemente vigilante, los juicios no se dictan en privado, sino a la vista de todos.

El precedente que perdura

La última vez que se detuvo a un monarca reinante, Inglaterra abolió la monarquía y se convirtió en una república. El eco histórico es imposible de ignorar: nos recuerda que cuando la corona se ve envuelta en un proceso penal, las consecuencias trascienden al individuo.

El arresto de Andrew Mountbatten-Windsor subraya lo frágil que puede ser esa confianza y lo decisivamente que la moldea el tribunal que realmente importa, el de la opinión pública. Aunque el expríncipe no es el rey, el escándalo podría haberse suavizado si su hermano Carlos hubiera actuado con más decisión y rapidez para apartarlo de los círculos más cercanos a la monarquía.

Los escándalos reales merman el sentido de misterio que durante mucho tiempo ha protegido a la corona. La monarquía sobrevive no porque tenga poder político real, sino porque representa estabilidad, dignidad y algo ligeramente alejado de la vida cotidiana.

Cuando los miembros de la realeza se ven envueltos en un escándalo, esa sensación de distancia se desvanece y la institución puede empezar a parecer más frágil que intocable.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Podría el arresto del expríncipe Andrés acabar con la monarquía británica? – https://theconversation.com/podria-el-arresto-del-exprincipe-andres-acabar-con-la-monarquia-britanica-276536

El culo nos hizo humanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Pocas partes de nuestra anatomía recaban más atención que nuestro trasero.

Foco de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio de la naturaleza.

_Venus del espejo_, de Diego Velázquez.
Venus del espejo, de Diego Velázquez.
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diego_Vel%C3%A1zquez_-_Rokeby_Venus.jpg, CC BY

Pero no se confundan, mi veneración no va solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.

Monos culones

El diseño del trasero humano es bastante peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal, los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más musculosos y más proyectados dorsalmente.

Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.

Un culo nuevo que revolucionó nuestra historia

La bipedestación supuso una remodelación total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le vino encima del tronco y la cabeza.

Además de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto, lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y mejoró nuestra estabilidad.

Pero en anatomía, los cambios nunca son aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos, piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.

Para empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra, algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.

Sí, tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.

Por su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.

Estables sobre dos patas

El tercer glúteo, el menor, pasa de tener una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos. Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso del cuerpo la presiona.

Los glúteos medio y menor consiguieron estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente, facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que tienen para trepar.

En esta auténtica revolución arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.

La guinda del pastel

Pero no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.

De eso se encarga el elemento remodelador por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera “grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion, fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.

Por si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas tiene propiedades protectoras frente a la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades cardiovasculares. La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un “invento” redondo.

Ya sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.

The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El culo nos hizo humanos – https://theconversation.com/el-culo-nos-hizo-humanos-276003

Cuando el virreinato del Perú inventó la ingeniería costera americana

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan J. Muñoz, Profesor de Ingeniería Costera, Universidad de Cádiz

Muelle del Callao, según mapa del siglo XVII. Archivo General de Indias.

A comienzos del siglo XVIII, el puerto del Callao –la puerta marítima del virreinato del Perú– vivía sitiado por el mar. Las tormentas, los terremotos y los tsunamis golpeaban sin descanso las murallas que protegían el principal punto de salida del oro y la plata rumbo a España.

Lo que pocos saben es que allí, hace 300 años, se ensayó por primera vez en América una regeneración de playas, una idea que hoy sigue siendo una herramienta fundamental de la ingeniería costera moderna.

El virreinato del Perú en el mapa de la América del Sur hecho por el teniente coronel del ejército español, capitán primero del cuerpo de Ingenieros y geógrafo, Agustín Ibáñez y Bojons en 1800.
Biblioteca Nacional de España

Un puerto vital y vulnerable

El Callao no era un puerto cualquiera: de él dependía buena parte del comercio entre Sudamérica y Europa. Los metales preciosos que llegaban desde Potosí y el Alto Perú se almacenaban en sus depósitos antes de embarcar hacia Panamá y, luego, a La Habana, donde se organizaba la travesía final hacia la península ibérica. La seguridad de estas operaciones era una prioridad estratégica para la Corona española.

En este contexto, hacia finales del siglo XVII, la construcción de un muelle para facilitar el embarque alteró el equilibrio natural de las corrientes y del transporte de arena. Las arenas se acumulaban en un lado del muelle, pero el otro comenzó a erosionarse con rapidez. En pocas décadas, el mar había socavado los cimientos de las murallas y provocado el derrumbe de parte de la fortificación.

Ingenieros del imperio frente al mar

La respuesta llegó de la mano de los ingenieros militares del virreinato. Como recuerda el ingeniero e historiador Ignacio González Tascón (1947–2006) en su libro Ingeniería española en ultramar (CEHOPU, 1992), aquellos técnicos eran auténticos pioneros: dominaban la geometría, la hidráulica y la construcción de obras marítimas con un nivel de precisión asombroso para su época. González Tascón dedicó su vida a rescatar el legado de la ingeniería española en ultramar y su trabajo sigue siendo una referencia esencial para comprender aquel conocimiento técnico adelantado a su tiempo.

Plano una parte del Callao: espigones.
Archivo General de Indias.

El primer intento de reconstrucción lo dirigió el capitán Nicolás Rodríguez, que, para aislar la zona de trabajo del mar, propuso una obra de tablestacado –estructura de contención de suelos y defensa de costas formada por la unión continua de elementos prefabricados (tablestacas), hincados verticalmente en el terreno–. Pero el fondo arenoso filtraba el agua con rapidez y la solución resultaba costosa y poco fiable.

Entonces, intervino el cosmógrafo real Pedro de Peralta Barnuevo (1663-1743), una de las mentes científicas más brillantes del Perú colonial y rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, la más antigua de América.

De Peralta planteó una idea radical: construir diques perpendiculares a la costa –lo que hoy llamamos espigones o “groins”– que interrumpieran la corriente litoral y provocaran la acumulación de arena. Así, se formaría una playa artificial frente a la muralla, creando una base seca y estable sobre la que trabajar. Fue, en esencia, la primera regeneración de playas documentada del continente americano.

La playa que salvó una muralla

El proyecto comenzó en 1724. Los ingenieros levantaron una serie de espigones de madera y piedra, dispuestos a intervalos regulares, con una proporción entre longitud y separación similar a la de los campos de espigones modernos. Entre ellos, colocaron hileras de gaviones –caja de forma prismática rectangular, rellena de piedra o tierra– para retener el sedimento. En pocos años, las arenas se acumularon en el lado occidental, formando una franja de playa que amortiguaba el impacto de las olas.

Los planos conservados en el Archivo General de Indias muestran con detalle la obra terminada: ocho estructuras alineadas frente a la muralla marítima y una nueva línea de costa protegida. El sistema funcionó. Por primera vez, los ingenieros del virreinato habían conseguido modificar la dinámica litoral para defender una infraestructura clave.

Décadas más tarde, un estudio científico publicado en la revista Water ) corroboraría que aquellas defensas pueden considerarse el primer campo de espigones de Sudamérica, además de una demostración temprana del conocimiento empírico sobre el transporte litoral de sedimentos.

Ciencia, desastres y una lección olvidada

La historia tuvo, sin embargo, un desenlace trágico. El 28 de octubre de 1746, un gran terremoto y un tsunami arrasaron el Callao. La ola, estimada en más de 15 metros, destruyó completamente la ciudad y se llevó consigo las defensas costeras. Murieron casi todos sus habitantes. El virreinato comprendió entonces que el mar podía vencer a la mejor ingeniería de su tiempo.

Plano de la Plaza y Puerto del Callao que muestra la Fortaleza del Real Felipe a la llegada del Virrey Amat.
Anónimo / Biblioteca de Cataluña.

En las décadas siguientes, los virreyes decidieron reconstruir el puerto tierra adentro, junto a la fortaleza del Real Felipe, sobre un terreno más elevado y protegido. Sin saberlo, estaban aplicando un principio que hoy consideramos una de las estrategias más sostenibles frente al cambio climático: el retroceso planificado.

Tres siglos de vigencia

El caso del Callao demuestra que los ingenieros del siglo XVIII ya comprendían la relación entre erosión, corrientes y transporte de arena, y que buscaban soluciones basadas en la observación y el ensayo. No trabajaban con modelos numéricos ni imágenes satelitales, pero su comprensión del litoral era notablemente precisa.

Hoy, cuando la subida del nivel del mar y la pérdida de playas amenazan ciudades costeras de todo el mundo, aquella experiencia del virreinato del Perú cobra un nuevo sentido. En cierto modo, los ingenieros coloniales fueron precursores de las actuales políticas de adaptación costera: supieron leer la dinámica del mar y actuar con ingenio, aun en un contexto tecnológico rudimentario.

Como señaló González Tascón, la ingeniería en ultramar fue también “una ciencia de frontera”. Sus autores trabajaban en el límite entre el conocimiento técnico y la supervivencia cotidiana frente a la naturaleza. Y, como demuestra este episodio, su legado sigue inspirando soluciones tres siglos después.

Un puente entre historia y futuro

El valor del caso del Callao –y del virreinato del Perú, en general– va más allá de la historia de una obra singular. Es el testimonio de un modo de pensar la costa, de entender que la ingeniería no puede imponerse al mar. Se trata, más bien, de dialogar con él.

Recordar esas primeras regeneraciones de playa no solo rescata un fragmento de patrimonio técnico e histórico; también nos recuerda que, ante la amenaza global de la erosión costera, las mejores ideas del futuro pueden tener raíces muy antiguas.

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– ref. Cuando el virreinato del Perú inventó la ingeniería costera americana – https://theconversation.com/cuando-el-virreinato-del-peru-invento-la-ingenieria-costera-americana-268583

Todo el universo habla, según las enseñanzas del maestro sufí Ibn Arabi de Murcia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Aladro Vico, Catedrática de Teoría de la Información, Universidad Complutense de Madrid

Manuscrito de Konya de las _Revelaciones de La Meca_ de Ibn Arabi, escrito a mano por el gran maestro sufí. Wikimedia Commons

El sufismo es una corriente espiritual y mística de enorme valor e importancia en el islam. Recientemente se ha colado en nuestra cultura de masas ya que Rosalía cita, en su último álbum Lux, a una gran maestra sufí: Rabia al Adawiyya.

España ha sido cuna del sufismo más profundo a través de Ibn Arabi de Murcia, nacido en Al Ándalus en 1165. Poeta, místico, filósofo, psicólogo y teólogo andalusí del siglo XII-XIII, Ibn Arabi escribió 400 obras y tratados y es considerado en el mundo árabe islámico el más grande de los maestros (en árabe الشيخ الأكبر, Sheij al-Akbar).

La modernidad, apertura y amplitud del pensamiento sufí es única en el mundo. Ibn Arabi fue un vivificador de la religión (محيي الدين,) y un polímata, que difundió conocimientos en múltiples saberes. Actualmente en España, la Sociedad Ibn Arabi Latina MIAS, que realiza espléndidas revistas, congresos y publicaciones, traduce, interpreta y difunde la obra del murciano.

Un hombre interesado en todo

Ibn Arabi y Al Ándalus son elementos esenciales en la historia de la cultura y ciencia europeas. Y lo son porque los árabes no fueron simples transmisores de ciencia y cultura clásicas, sino verdaderos desarrolladores de las mismas que mejoraron los conocimientos recibidos.

Listado medieval de las obras de Ibn Arabi.
Listado medieval de las obras de Ibn Arabi.
Wikimedia Commons

Ibn Arabi avanzó sobre la filosofía platónica con su concepto del mundo imaginal, es decir, la dimensión cognitiva y sagrada de la imaginación creadora. También desarrolló los principios del pitagorismo explorando la armonía y geometría sagradas y ofreció visiones místico-poéticas que inspiraron a Dante Alighieri, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

La mística religiosa de Ibn Arabí y del sufismo es, además de profundamente islámica, continuadora del gnosticismo (una filosofía intuitiva profunda que desarrollaron los griegos sobre la idea de una divinidad inalcanzable y una creación separada de ella); del simbolismo alfabético egipcio (el conocimiento de las formas de vida, la muerte y su interdependencia, que los egipcios dejaron en su escritura jeroglífica, y que además de en sentido abstracto habla en forma de imágenes); y del cristianismo originario (que se centraba en el mensaje de amor, paz, libertad y armonía cristianos). A su vez, los sufíes apelan al mundo moderno porque su visión es animalista, feminista, cosmopolita, panteísta y pacifista.

El universo habla

Como expresan dos intérpretes de la obra del Gran Maestro murciano en España, Fernando Mora y Pablo Beneito, el universo según Ibn Arabi es esencialmente un cosmos dotado de inteligencia y lenguaje. Entiende que todos los seres tienen una esfera específica de conocimiento, y la palabra no pertenece solamente a los humanos.

Estamos en un universo que habla. En el mundo de Ibn Arabi, el lenguaje y la comunicación no solo sirven al pensamiento y a la relación: para los sufíes, no existe la fe, sino el conocimiento presente en los signos.

Para comprender su idea de cosmos, tenemos que repasar los tres tipos de signos que existen en semiótica (el estudio de los símbolos y signos): los iconos (que se parecen al objeto que representan, como las imágenes), los índices (que nos conducen a lo que representan, como las huellas y los rastros) y los símbolos (que contienen múltiples sentidos, y son refractarios al concepto, como una cruz de madera).

Imagen de un escriba.
El escriba.
Wikimedia Commons

El murciano profesa gran atención a lo icónico, ya que lo considera una emanación divina, en cuyas formas podemos ver al creador: las imágenes son potentes misterios que nos hablan con racionalidad, imaginación y armonía. Un ejemplo de esto es la geometría sagrada del arte andalusí que contiene la expresión de la Unidad del mundo.

Los signos índices también son poderosísimos para el gran maestro. En su mundo, el saber es un sabor. Rastros, residuos y huellas forman una semiótica sensorial que domina el conocimiento porque desde las referencias nos lleva de vuelta a lo físico. Así, es posible aprender un modo de adoración espiritual prestando la debida atención a un tubo de cañería y entender el sentido de la existencia atendiendo a la comunicación de las abejas o de un caballo.

Los símbolos son, a su vez, el lenguaje de la existencia en el mundo sufí: describen acertadamente la realidad y amplían nuestra comprensión, absorbiendo los contextos y trascendiendo el tiempo. Por ejemplo, el símbolo del corazón sufí representa no solamente el amor, sino el cambio constante, lo multifacético, el centro o la gracia. Las derivaciones de los símbolos permiten unir realidades y objetos opuestos o contradictorios.

En la teoría de Ibn Arabi las letras son, igualmente, seres vivos. Esto se entiende de forma especial en la lengua árabe, muy derivativa, lo que hace que sus palabras sean muy ricas en asociaciones mentales, como lo fueron los ideogramas egipcios en su día. Los mismos seres vivos, afirma Ibn Arabi, son letras de un gran escrito: podemos imaginarlos así para comprenderlos mejor. El lenguaje y los nombres son puertas que nos conducen directamente a ver la acción del espíritu divino dentro y fuera de nosotros.

Trascendencia en los signos

En lingüística, una deixis es un proceso por el que un signo índice rellena su significado con el aquí y ahora. Así, el significado de pronombres personales como “yo”, “tú”, demostrativos como “esto” o “esta” y adverbios como “aquí” o “ahora” cambia según el presente espacio-temporal, según las realidades a las que se refieran.

Dibujo de seis maestros sufíes.
Seis maestros sufíes.
Wikimedia Commons

En el sufismo tiene lugar lo que llamaríamos una deíxis trascendental: los signos muestran una presencia viva. Por ello, para los sufíes actuales, Ibn Arabi está vivo: su verdad, su expresión y su sabiduría se incorporan hoy en día a través de sus palabras. El fenómeno deíctico significa que la comunicación crea vida.

El último de los metafísicos occidentales, René Guénon, recordaba que, según Ibn Arabi, el mundo es la escritura que una “ciencia de las letras” o “Sîmîa” debe estudiar. Guenon pedía que existiese, como después pasó, un estudio del mundo desde la semiótica, que él comenzó con profundos estudios del simbolismo.

El sufismo está efectivamente vivo en nuestros días, y continuará estándolo en el futuro gracias a su inmenso poder comunicativo.


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Eva Aladro Vico no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Todo el universo habla, según las enseñanzas del maestro sufí Ibn Arabi de Murcia – https://theconversation.com/todo-el-universo-habla-segun-las-ensenanzas-del-maestro-sufi-ibn-arabi-de-murcia-268255

Zygmunt Bauman lo vio venir: el trabajo ya no garantiza una vida a salvo de la pobreza y la exclusión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alexis Cloquell Lozano, Profesor Sociología. Cátedra Caixa Popular para el estudio de los desafíos sociales y la vulnerabilidad., Universidad Católica de Valencia

photobeps/Shutterstock

En España, los últimos datos sobre pobreza y exclusión social confirman una paradoja inquietante: la economía crece, el empleo aumenta y algunos indicadores mejoran levemente. Sin embargo, millones de personas continúan atrapadas en situaciones de precariedad estructural.

El XV Informe sobre el estado de la pobreza de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES) muestra que la relación entre empleo y pobreza es más frágil de lo que suele asumirse. El 11,7 % de las personas ocupadas se encuentra en situación de pobreza y, al mismo tiempo, el 32,9 % de la población pobre tiene un empleo, frente a un 20,6 % que está en paro.

El pensador Zygmunt Bauman en 2013.
El pensador Zygmunt Bauman en 2013.
Wikimedia Commons, CC BY

Estos datos indican que el empleo reduce la probabilidad de pobreza, pero no garantiza por sí solo unas condiciones de vida suficientes. Cuando el mercado laboral genera trabajos mal remunerados, inestables o a tiempo parcial involuntario, una parte significativa de la población ocupada permanece en situación de pobreza. Por ello, el debate sobre la reducción de la pobreza no puede centrarse únicamente en el acceso al empleo, sino que debe incorporar la calidad del trabajo y el marco normativo que lo regula.

Lejos de tratarse de una disfunción coyuntural, esta realidad encaja con notable precisión en el diagnóstico que Zygmunt Bauman formuló hace más de dos décadas en su obra Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias.

Las sociedades contemporáneas, en su afán por el progreso, el orden y la eficiencia, producen de forma sistemática “residuos humanos”. Se trata de personas que son excluidas sistemáticamente y que no encajan en los modelos dominantes de productividad, consumo y movilidad.

La exclusión como subproducto normalizado

El IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, elaborado por la Fundación FOESSA, describe una sociedad española profundamente transformada, marcada por la fragmentación de las clases medias, la normalización de la precariedad laboral y la pérdida del empleo, factores que dificultan la integración social.

En la modernidad líquida, como apunta Bauman, el trabajo deja de ser un eje estable de la vida social y una fuente segura de identidad para convertirse en una actividad precaria, fragmentada e incierta. A diferencia de la sociedad industrial, donde el empleo ofrecía continuidad, reconocimiento y pertenencia, el trabajo contemporáneo se caracteriza por la flexibilidad extrema, la temporalidad y la ausencia de garantías a largo plazo.

El mercado ya no necesita integrar a toda la población como fuerza productiva, lo que provoca que amplios sectores queden excluidos de forma permanente y sean considerados superfluos. Así, el trabajo pierde su función integradora y deja de ser un camino seguro para escapar de la pobreza.

Vidas líquidas, protecciones frágiles

El citado XV Informe sobre el Estado de la Pobreza confirma esta dinámica. La tasa AROPE (At Risk Of Poverty and/or Exclusion), un indicador que combina elementos de renta, posibilidades de consumo y empleo, desciende levemente, pero la pobreza severa permanece estable y su brecha aumenta. Esto indica que quienes están peor no mejoran.

Bauman describía en su obra Vida líquida este escenario como un mundo donde la propia existencia se caracteriza por la inestabilidad, la incertidumbre y la ausencia de referencias duraderas. Las condiciones de vida cambian más rápido de lo que pueden consolidarse los hábitos y los proyectos personales.

La dificultad de acceso a la vivienda, los empleos inestables y la debilidad de las redes comunitarias generan trayectorias vitales sin anclajes. El resultado no es solo pobreza material, sino desarraigo social y político, un malestar difuso que erosiona la confianza en las instituciones, en el estado de bienestar y en el funcionamiento y calidad del sistema democrático.

De la gestión del descarte al derecho a pertenecer

Ambos informes coinciden en un punto crucial: no fallan las personas, falla el sistema. La mayoría de quienes viven en exclusión realizan enormes esfuerzos por integrarse, pero se enfrentan a dispositivos fragmentados, mal dimensionados y pensados más para administrar la pobreza que para erradicarla.

Bauman fue claro al respecto: mientras la exclusión se aborde como un problema de individuos “inadaptados”, la sociedad seguirá produciendo “residuos humanos”. El reto no es perfeccionar los mecanismos de asistencia, sino reconstruir un pacto social que reconozca la interdependencia, refuerce los derechos sociales y devuelva estabilidad a vidas hoy sometidas a la lógica del descarte.

¿Una sociedad que protege e integra o que descarta?

España, al igual que ocurre en buena parte de los países occidentales, se encuentra ante una encrucijada. Puede seguir gestionando la exclusión como un daño colateral inevitable de la modernidad líquida o apostar, como reclaman los informes, por políticas audaces que sitúen la vivienda, el empleo digno, los cuidados y la redistribución en el centro de dichas políticas públicas.

Bauman, con una lucidez que hoy solo puede calificarse de visionaria y brillante, nos dejó una advertencia que el tiempo no ha hecho sino confirmar: una sociedad que normaliza la producción de personas sobrantes acaba socavando los fundamentos éticos que la sostienen. Lo que en su momento pudo parecer una reflexión teórica o incluso exagerada se revela ahora como una anticipación precisa de nuestro presente. Los datos ya no dejan margen para la indiferencia. La cuestión no es si podemos permitirnos un cambio de rumbo, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

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Alexis Cloquell Lozano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Zygmunt Bauman lo vio venir: el trabajo ya no garantiza una vida a salvo de la pobreza y la exclusión – https://theconversation.com/zygmunt-bauman-lo-vio-venir-el-trabajo-ya-no-garantiza-una-vida-a-salvo-de-la-pobreza-y-la-exclusion-272636

Impactos extraterrestres y nenúfares en el Ártico… qué podemos aprender de los eventos globales del pasado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laia Alegret, Professor in Paleontology, Universidad de Zaragoza

En los fondos oceánicos, desde la costa hasta medios abisales a miles de metros de profundidad, se encuentran unos organismos microscópicos que protegen su única célula con un minúsculo caparazón. Esa concha mineralizada puede estar formada por una única cámara o por varias que se conectan entre sí a través de un orificio interno llamado foramen, que da nombre al grupo: foraminíferos.

Ammonia tepida, un foraminífero bentónico.
Scott Fay / Wikimedia Commons., CC BY

A diferencia del plancton, que flota en la columna de agua, los que habitan en los fondos oceánicos se llaman foraminíferos bentónicos. Tienen formas muy variadas: esféricas, ovaladas, alargadas, cilíndricas, espiraladas, seriadas, irregulares… un sinfín de morfologías que caracterizan a las más de 50 000 especies descritas.

Entre los fósiles más estudiados

Al morir, sus conchas se acumulan en el sedimento y fosilizan. Son tan pequeños y tan abundantes, que una cantidad de sedimento marino equivalente al volumen de un bombón de chocolate puede contener varios miles de ejemplares.

En los fondos oceánicos batiales y abisales, a miles de metros de profundidad, apenas llega alimento desde la superficie. Hay completa oscuridad y la temperatura media es de 1-2 ºC. Habitan, por tanto, un ambiente muy hostil, pero también muy estable. Por eso, los cambios que se observan en sus comunidades suelen reflejar importantes cambios ambientales a escala global.

Un grupo de foraminíferos bentónicos.
Wikimedia Commons., CC BY

El estudio de sus poblaciones y de la composición isotópica de sus conchas permite reconstruir los ambientes y el clima del pasado, conocer la edad de las rocas o estudiar en detalle fenómenos globales.

Sus numerosas aplicaciones y la facilidad de encontrarlos en abundancia explican por qué es uno de los grupos fósiles más estudiados.

El asteroide que acabó con los dinosaurios

¿Y qué hacían los foraminíferos cuando, hace 66 millones de años, a finales del Cretácico, un asteroide de unos 10 km de diámetro provocó una de las cinco mayores extinciones en masa conocidas? Dicho impacto desencadenó un golpe de calor casi instantáneo, incendios en todo el planeta, oscurecimiento por la emisión de polvo, cenizas y gases, un enfriamiento asociado a este ocultamiento del sol, destrucción de la capa de ozono o lluvia ácida.

Las consecuencias han quedado plasmadas en las rocas en forma de anomalías geoquímicas, gotas petrificadas que resultaron de la condensación del material fundido, plantas carbonizadas por los incendios y depósitos asociados a terremotos y tsunamis. Incluso se ha identificado el cráter de impacto en la península de Yucatán, en México.

En medios terrestres se extinguieron grupos como los dinosaurios no avianos o los reptiles voladores, mientras que en medios marinos desaparecieron, entre otros muchos grupos, los ammonites, los grandes reptiles marinos y más del 90 % del plancton de caparazones calcáreos.

Imagen tridimensional que muestra las anomalías gravitatorias provocadas por el meteoroide en Chicxulub hace 66 millones de años. En la actualidad, la mitad norte del cráter se encuentra cubierta por el mar y la mitad sur está enterrada en la península de Yucatán.
NASA.

El impacto en Yucatán, sobre rocas anhidritas ricas en sulfatos, y la fricción del asteroide al atravesar la atmósfera liberaron gases que provocaron lluvia ácida. Las aguas superficiales de los océanos se volvieron ácidas, disolviendo los caparazones calcáreos de los organismos que vivían cerca de la superficie.

La acidificación duraría de meses a años, un fenómeno que puede considerarse “instantáneo” en términos geológicos. Sin embargo, al ser rápidamente neutralizada en la columna de agua, no afectó a organismos de conchas calcáreas que vivían a mayor profundidad, como los foraminíferos bentónicos.

Cocodrilos en el Ártico

Una vez superada la crisis de finales del Cretácico, el mayor calentamiento global de los últimos 90 millones de años se registró en el tránsito Paleoceno-Eoceno, hace 56 millones de años.

La temperatura terrestre aumentó de 4 a 8 ºC, en todas las latitudes y profundidades, incluidos los fondos abisales. Este evento se ha asociado a la emisión de grandes cantidades de carbono C¹² al océano y a la atmósfera, en forma de metano o dióxido de carbono, por ejemplo. La cantidad de carbono que se liberó entonces es comparable a las emisiones de gases de efecto invernadero previstas para finales del siglo XXI como consecuencia de las actividades humanas.

Además de provocar fenómenos meteorológicos muy intensos, durante los 200 000 años que duró el calentamiento, numerosas especies terrestres y marinas evolucionaron y migraron a altas latitudes. Por eso, se han hallado flora y fauna típicamente tropicales, como cocodrilos, palmeras o nenúfares, en el Ártico.

Sin embargo, los foraminíferos bentónicos profundos, que habían sobrevivido al impacto de finales del Cretácico, sufrieron su mayor extinción en los últimos 90 millones de años.

Las extinciones en las profundidades oceánicas son poco frecuentes; indican crisis globales y ausencia de refugios donde protegerse. Entre algunos mecanismos que pudieron contribuir a esta desaparición masiva, se ha propuesto la escasa oxigenación de las aguas, cambios en la productividad o acidificación oceánica, aunque ninguno de ellos se ha registrado a escala global.

El calentamiento tiene más probabilidades de ser el culpable: fue el único parámetro documentado en todas las latitudes, ambientes y profundidades. Pudo acelerar las tasas metabólicas de los foraminíferos bentónicos, lo que, unido al transporte menos eficiente de nutrientes desde la superficie hasta el fondo oceánico por las altas temperaturas, pudo generar un déficit de alimento que llevó a la extinción a casi la mitad de sus especies. En concreto, los estudios indican que esto ocurrió al traspasar un punto de inflexión en el calentamiento.

Eventos menores de calentamiento global

Aparte de la crisis del Paleoceno-Eoceno, hace entre 41 y 61 millones de años, se observan numerosos eventos rápidos de calentamiento, de menor magnitud pero de características similares que hoy se estudian como análogos del actual cambio climático, y permiten calibrarlo.

Sus efectos sobre los ecosistemas marinos varían en función de la temperatura, la velocidad y duración del calentamiento, la profundidad o el área geográfica, entre otros factores. Sabemos que no causaron extinciones entre los foraminíferos bentónicos, pero sí un descenso en su diversidad.

Entendiendo cómo funciona el planeta

La rápida liberación de gases por el impacto de un asteroide provocó acidificación en la superficie de los océanos y extinciones del plancton marino calcáreo, pero apenas afectó a los foraminíferos bentónicos de los fondos oceánicos.

Por el contrario, las emisiones asociadas a un evento más lento, como el calentamiento del Paleoceno-Eoceno –que duró 200 000 años–, causaron extinciones en los fondos oceánicos, pero no en la superficie.

Por su parte, los eventos de calentamiento menores generaron distintos grados de acidificación y de cambios bióticos, pero no alcanzaron una temperatura crítica que causara extinciones en los fondos marinos.

Y es que, como hemos visto, los foraminíferos están íntimamente ligados al clima del planeta: su estudio nos permite aprender cómo responden los ecosistemas marinos a perturbaciones globales como la que hoy puede suponer la emisión de gases de efecto invernadero.

The Conversation

Laia Alegret recibe fondos de MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y FEDER, UE (proyecto PID2023-149894OB-I00). Laia Alegret es Académica Numeraria de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

Gabriela J. Arreguín-Rodríguez recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE.

Guido Ernesto Mantilla Lucero recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE bajo el contrato de Formación de Personal Investigador (FPI) PRE2024-UZ-01

Irene Peñalver Clavel recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE bajo el contrato de Formación de Personal Investigador (FPI) PRE2020-092638.

Martina Caratelli recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE; y ayuda JDC2023-051289-I financiada por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por el FSE+

– ref. Impactos extraterrestres y nenúfares en el Ártico… qué podemos aprender de los eventos globales del pasado – https://theconversation.com/impactos-extraterrestres-y-nenufares-en-el-artico-que-podemos-aprender-de-los-eventos-globales-del-pasado-272599

En defensa de las clases ‘incómodas’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

Lucas, universitario de segundo curso, entra al aula con el gesto tranquilo de quien espera una clase sin sobresaltos. Se sienta, abre el portátil y aguarda a que la profesora inicie la presentación. Las diapositivas avanzan, la explicación fluye, él toma apuntes, mira el móvil de vez en cuando, mientras alterna la mirada entre el móvil y una pestaña del navegador que no tiene nada que ver con la asignatura. Sale con la sensación de que “así da gusto estudiar”: todo claro, ordenado, sin preguntas incómodas ni necesidad de debatir o resolver problemas.

Días después, en otra asignatura, el escenario cambia. La profesora reparte un caso real, pero esta vez sin solución incluida. “Trabajad en grupos, analizad el problema y proponed una estrategia”, les dice. Lucas frunce el ceño. No hay una única respuesta correcta, hay que leer, discutir, tomar decisiones. El ritmo es más lento y más incómodo. “Esto debería explicarlo la profesora”, piensa. Le cuesta arrancar porque no está acostumbrado a ser quien construye el camino.

Esa incomodidad es, justamente, el punto de partida del verdadero aprendizaje. Aprender no es recibir, es transformar, no es consumir respuestas, sino formular preguntas y justificar decisiones. Las investigaciones en educación superior muestran que, aunque el alumnado siente que aprende más con clases magistrales fluidas, obtiene mejores resultados y retiene mejor cuando participa en actividades dinámicas y exigentes.

Comodidad no es aprendizaje

Como director de un máster de formación del profesorado, año tras año observo que muchos futuros docentes siguen prefiriendo la clase transmisiva de toda la vida. Suelen decir que se sienten “más seguros” cuando el profesor explica y ellos escuchan en silencio, aun cuando reconocen que olvidan gran parte de lo visto poco después del examen. Esa preferencia no es casual: es el reflejo de su propia biografía académica, construida durante años en aulas donde casi nunca se les pidió decidir, debatir o equivocarse en público.

Aquí aparece una confusión peligrosa: se confunde sentirse cómodo con estar aprendiendo. Si la explicación fluye, parece que el conocimiento entra sin esfuerzo; si la dinámica exige pensar, discutir o defender argumentos, aparece la sensación de “no me entero”.

Sin embargo, los estudios que comparan clases tradicionales y metodologías activas muestran que esa sensación engaña: los estudiantes suelen creer que aprenden más con la lección clásica, pero rinden mejor y recuerdan durante más tiempo cuando se les hace trabajar de forma activa con los contenidos.

Es decir, la sensación subjetiva de aprender no siempre coincide con el aprendizaje real. Y si como docentes nos guiamos únicamente por la comodidad del aula, podemos estar reforzando prácticas que tranquilizan, pero no transforman.

Superar la inmediatez

A la resistencia al esfuerzo se suma un factor cultural y tecnológico. Vivimos rodeados de pantallas que ofrecen respuestas inmediatas, contenidos resumidos en segundos y soluciones preelaboradas para casi cualquier duda. El uso cotidiano del móvil, de buscadores o de redes como TikTok ha modelado el hábito de obtener información rápida, fragmentada y sin fricción.

Cuando ese hábito entra en el aula, algunos estudiantes esperan que la experiencia educativa funcione igual: una explicación clara, breve, fácilmente consumible y, a ser posible, sin incertidumbre. Si se les propone leer un caso largo, analizar datos ambiguos o sostener un debate sin una respuesta única, aparece la frustración. Sin embargo, el aprendizaje profundo es, por naturaleza, más lento, más activo y más incómodo que deslizar el dedo por una pantalla. Enseñar hoy también implica ayudar a desaprender esa urgencia por la gratificación inmediata y recuperar el valor de la paciencia intelectual: dedicar tiempo a comprender, no solo a pasar de actividad en actividad.




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Mayor exigencia docente

A veces, cuando se introduce una dinámica participativa, se escucha en los pasillos frases como “la clase la damos nosotros” o “el profesor ya no explica”. Se da a entender que, si el alumnado trabaja más, el docente trabaja menos. Ocurre justo lo contrario.

Diseñar actividades retadoras, acompañar procesos, ofrecer retroalimentación útil y evaluar con criterios competenciales requiere más preparación, más pensamiento estratégico y más implicación profesional que repetir una lección ya conocida.

Metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, las simulaciones, las prácticas guiadas o la clase invertida no son atajos ni juegos para “entretener” al alumnado. Son formas de que el estudiante se vea obligado a aplicar, argumentar, decidir y revisar lo que hace. La evidencia disponible indica que, cuando estas estrategias se implementan con rigor, aumentan la motivación, el compromiso y el rendimiento académico, precisamente porque devuelven al estudiante un papel activo en su propio aprendizaje.

Un reto compartido

Nada de esto significa que la exposición clara deje de ser necesaria. Una buena explicación sigue siendo una herramienta valiosa, pero no puede ser la única. Si se quiere formar profesionales capaces de actuar en contextos reales y complejos, no basta con que “se lo sepan”, hace falta que sean capaces de analizar, decidir, cooperar y aprender de sus errores.

El reto es compartido. El profesorado ha de asumir que su tarea es provocar pensamiento con sentido pedagógico. El alumnado, por su parte, ha de aceptar que aprender implica esfuerzo, asumir incertidumbre y tolerar la incomodidad de no tener la respuesta desde el primer minuto. Cuando ambos lo entienden, se abre espacio para una relación educativa más honesta y para resultados más profundos: mayor autonomía, pensamiento crítico y una preparación más realista para el mundo profesional.




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Pequeños cambios

Para el profesorado, esto puede empezar con cambios pequeños: pedir al estudiantado que explique un concepto con sus propias palabras, que resuelva un problema en grupo antes de ver la solución o que conecte la teoría con un caso real antes de presentarles el “modelo correcto”. Para el alumnado, el cambio pasa por interpretar la incomodidad no como un fallo del docente, sino como una señal de que se le está sacando de la zona de confort.

Intentar que existan menos brazos cruzados y más cerebros en marcha es asumir que comprender de verdad casi nunca es algo pasivo. Y que el oficio docente, lejos de buscar la comodidad constante, tiene como misión acompañar ese esfuerzo y darle sentido.

The Conversation

Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. En defensa de las clases ‘incómodas’ – https://theconversation.com/en-defensa-de-las-clases-incomodas-271862