Materials Project: el reto de crear el ‘genoma’ de todos los materiales del mundo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Alvaredo Olmos, Profesora Titular en Ciencia e Ingeniería de Materiales, Universidad Carlos III

nevodka/Shutterstock

Hace poco más de dos décadas, en 2003, el Proyecto Genoma Humano descifró por primera vez el mapa completo del ADN. Quizás, la mayor aportación de este enorme logro para la ciencia no fue el descubrimiento en sí, sino la decisión de poner ese conocimiento en abierto, como si de una biblioteca universal se tratara. Cualquier persona podía consultarlo y, gracias a ello, hoy la medicina personalizada, la biotecnología o la farmacología avanzan a un ritmo impensable entonces.

Algo parecido ocurrió en el 2013 con el Human Brain Project, cuyo objetivo era cartografiar el cerebro humano e integrar datos y modelos computacionales para comprender uno de los sistemas más complejos de la naturaleza. Más allá de los resultados concretos, lo más valioso de este proyecto ha sido la creación de plataformas abiertas donde investigadores de todo el mundo pueden trabajar sobre una base común.

Ambas iniciativas nacen de una sencilla pero poderosa idea: la ciencia avanza más rápido cuando los datos son abiertos y compartidos. No se trata solo de resolver un problema puntual, sino de construir infraestructuras de conocimiento que transformen la investigación en su conjunto.

Un mundo por descubrir

En la misma línea de esta filosofía, en 2011 se lanzó el Materials Project, desarrollado en el Lawrence Berkeley National Laboratory con financiación del Departamento de Energía de Estados Unidos. Su ambición era equiparable a la del genoma: levantar un mapa universal de los materiales, conocido como el “genoma de la materia”.

Pero ¿acaso no conocemos ya todos los materiales importantes? La respuesta es sorprendente: no, ni de lejos. Hoy dependemos de unos pocos miles de materiales, como el acero de los edificios, el aluminio de los aviones, el silicio de los ordenadores o el plástico de los envases. Pero las combinaciones posibles entre los elementos de la tabla periódica se cuentan por millones. Y la gran mayoría jamás se han sintetizado ni estudiado. Entre ellos podrían esconderse superconductores a temperatura ambiente, compuestos ultraligeros o aleaciones (mezcla de dos o más elementos de los cuales al menos uno es un metal) prácticamente indestructibles.

Durante décadas, esa información estuvo dispersa en artículos científicos, bases privadas o cuadernos de laboratorio. Obtener datos fiables sobre la estabilidad de un compuesto o sus propiedades electrónicas, magnéticas o mecánicas podía suponer años de trabajo experimental y enormes costes. Para cambiar esa dinámica, nació la plataforma del Lawrence Berkeley National Laboratory de Berkeley, cuyo fin es crear una biblioteca abierta y accesible de los materiales.




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Ejemplos de compuestos con propiedades sorprendentes

Gracias al Materials Project ya se han identificado materiales con el potencial de transformar tecnologías clave de nuestro día a día. Por ejemplo, se han propuesto electrolitos sólidos, que podrían dar lugar a baterías más seguras y duraderas al evitar riesgos de incendio y aumentar la autonomía de los vehículos eléctricos. Con el objetivo de reducir la dependencia del cobalto y avanzar hacia alternativas más sostenibles, también se han diseñado nuevos compuestos para cátodos (eléctrodos).

En el ámbito de la energía solar, esta base de datos ha permitido descubrir semiconductores abundantes y no tóxicos que podrían abaratar la fabricación de paneles fotovoltaicos, mientras que en la transición hacia el hidrógeno verde ha facilitado la selección de catalizadores más eficientes para la electrólisis del agua, el proceso por el que se crea esta energía.

Asimismo se han propuesto superconductores y otros materiales exóticos con propiedades singulares que podrían incorporarse en futuros ordenadores cuánticos, capaces de resolver problemas complejos que están fuera del alcance de las computadoras clásicas.

Y más recientemente, una colaboración con la inteligencia artificial de la empresa DeepMind predijo más de 380 000 materiales nuevos, varios de los cuales ya han sido sintetizados en laboratorio en cuestión de semanas, demostrando cómo la combinación de datos abiertos y algoritmos acelera el descubrimiento científico.




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Las estructuras del futuro

El “Genoma de la Materia” recopila información sobre estructuras cristalinas, energías de formación, diagramas de fase y propiedades electrónicas, magnéticas y mecánicas. Estos datos se usan para diseñar experimentos, alimentar simulaciones, entrenar algoritmos de predicción o detectar tendencias en el comportamiento de la materia.

Gracias a esta plataforma, hoy es posible orientar la búsqueda de nuevos materiales en lugar de depender solo del ensayo y error. Aun así, los cálculos computacionales tienen límites: no cubren todos los compuestos posibles y necesitan complementarse con más datos experimentales. Ese será el siguiente paso: integrar más resultados de laboratorio y seguir ampliando el mapa.

El valor de este proyecto va más allá de la ciencia de materiales. Representa una forma diferente de hacer ciencia: abierta, colaborativa y accesible. Su mensaje es claro: sin datos abiertos y de calidad, la inteligencia artificial no puede aprender; con ellos, puede revolucionar la manera en que descubrimos y usamos la materia.

En un mundo donde el conocimiento a menudo se convierte en negocio privado, optar por plataformas abiertas como Materials Project significa apostar por una ciencia más rápida y más justa.

The Conversation

Paula Alvaredo Olmos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Materials Project: el reto de crear el ‘genoma’ de todos los materiales del mundo – https://theconversation.com/materials-project-el-reto-de-crear-el-genoma-de-todos-los-materiales-del-mundo-264296

Así son las aulas de infantil, primaria y secundaria donde se aplica el pensamiento crítico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Rodríguez Pérez, Estudiante de Doctorado, Universidad de Huelva

Diferentes experiencias observadas por la autora del artículo en su investigación sobre pensamiento crítico en las aulas. Marta Rodríguez Pérez.

Estamos en una clase de Biología y Geología, en 4º de la ESO. El alumnado se encuentra inmerso en una lección relativa al corte geológico. La profesora explica la diferencia entre una falla normal y una falla inversa, y les comparte un truco que cree que les va a ayudar a diferenciarlas:

“Si al darle el sol hiciese sombra, estaríamos hablando de una falla normal. Si no, sería una falla inversa”, explica la profesora. Entonces, una niña alza la voz y comenta: “Pero está al revés”. “No, está bien. Cuando da la sombra, es normal”, responde la profesora, señalando el dibujo de la pizarra. “Pero depende de dónde esté el Sol”, insiste la estudiante. Risas. La chica se ruboriza.

Diferenciación entre falla normal e inversa.
Marta Rodríguez Pérez.

Esta escena aparentemente sin importancia ilustra varias cosas: a una chica que, tras haber reflexionado, siente que ha hecho el ridículo. Compañeros que ríen ante lo diferente, lo inesperado. ¿Cuál es la respuesta de la profesora ante esto? “La verdad es que tiene razón”.

¿Qué tiene de importante esta respuesta? Si esta docente hubiera hecho caso omiso, tal vez la habría desmotivado. Si hubiera dado su ejemplo como irrefutable, la habría silenciado. Sin embargo, esta profesora decidió contemplar el razonamiento de la chica, darle la razón y aceptar que se estaba equivocando. Volvió a hacer el dibujo, pero con el sol en una ubicación determinada.

Ante la saturación de contenidos: reflexión

Vivimos en tiempos frenéticos. Tiempos en los que la reflexión se arrincona y prima lo inmediato. El gesto de esta profesora, el de pararse, escuchar, validar la duda y autocorregirse en público, está fomentando algo muy valioso. La necesidad de pensamiento crítico.

Como parte de mi investigación de doctorado, he querido comprobar en la vida real cómo es posible aplicar el pensamiento crítico y potenciarlo en las aulas, observando métodos y actitudes en dos centros educativos pertenecientes a una localidad de Huelva: un colegio de infantil y primaria y un instituto de secundaria. El objetivo era entender las posibilidades y dificultades que supone adherirse a este modo de educar.

La habilidad que aglomera todos los saberes

¿Qué queremos decir cuando hablamos de un método de enseñanza que pone el pensamiento crítico en el centro? Significa entender al alumnado como personas capaces de pensar por sí mismas, de orientar las tareas a analizar y cuestionar la información, no sólo a almacenarla. También darles voz y abrir espacios de diálogo y expresión, debatir e investigar.

Como dice el experto Robert Ennis, pensar críticamente es, en esencia, “pensar de forma razonada y reflexiva para decidir qué creer o hacer”. Aglomera los tres tipos de saberes que anhelamos potenciar en nuestro alumnado: “saber”, “saber hacer” y “saber ser”. Es una manera de desarrollarse emocional, ética y actitudinalmente.

En todas las etapas educativas, los docentes dan un papel central a la mayéutica; es decir, ese método socrático que trata de conducir el pensamiento del alumnado a descubrir “la verdad” a partir de la formulación de preguntas. No se trata de ofrecerle respuestas fáciles, sino de ayudarlo a buscarlas. Las buenas preguntas inducen a la reflexión de los estudiantes.




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¿De qué manera concreta podemos fomentar esta habilidad desde las escuelas? Estas son las conclusiones, a partir de las buenas prácticas observadas.

El cuento y el pensamiento creativo en infantil

En la etapa de Infantil (entre los 3 y los 6 años), el cuento se convierte en la herramienta estrella para suscitar la reflexión filosófica desde edades tempranas; cuestión que concuerda con los principios de la Filosofía para niños y niñas del experto estadounidense Matthew Lipman.

A diferencia de la lectura tradicional (centrada en la comprensión), aquí el cuento se pausa y se usa como incentivo para el diálogo filosófico en asamblea. Por ejemplo, en el cuento de La caricia de la mariposa, se aprovechó el tema central de la historia (la muerte) para que el grupo compartiera no sólo experiencias cercanas a ella, sino sus creencias en torno al paradero de estos seres ya fallecidos.

Dibujos infantiles.
Recreación de mejores momentos tras la lectura de La caricia de la mariposa
Marta Rodríguez Pérez.

Las docentes, así, aprovechan el espacio de las asambleas para ejercitar la escucha y el diálogo. En ellas, el alumnado interpreta, valora las decisiones tomadas por los personajes e imagina finales alternativos. A menudo, las docentes utilizan preguntas para inspirarlo: “¿Qué habría ocurrido si el protagonista no hubiera tomado esa decisión?”, por ejemplo.

Pensamiento crítico en primaria

Atendamos al ejemplo de una maestra de ciencias participante:

“Voy a estudiar la flotabilidad. A mí me gusta coger un tarrito con agua. Hago una bolita de plata y, por otro lado, envuelvo una bola de plastilina en papel de plata. Entonces, las pongo en el tarro, pero una cae al fondo y la otra no. Pues tú les preguntas: ¿qué está pasando?, ¿por qué una flota y la otra no? Entonces los niños lanzan hipótesis, expresan qué piensan y por qué. Sólo entonces nos vamos al libro y comprobamos qué es lo que está ocurriendo, qué teoría es la que explica esa experiencia.”

Con experiencias como estas, los niños y niñas ponen en funcionamiento las seis habilidades cognitivas esenciales del pensamiento crítico:

  1. Interpretación: ¿Qué acaba de pasar? La profesora ha echado dos bolas que por fuera parecen iguales, y una se ha ido al fondo mientras la otra se queda en la superficie.

  2. Análisis: ¿En qué se diferencian? Tienen el mismo tamaño. Ambas tienen papel de plata. ¿Pesarán lo mismo?

  3. Evaluación: Aquí es cuando “lanzan hipótesis”, como decía la maestra, y las valoran. ¿Puede que una de ellas pese más? ¿El agua empujará a la bola?

  4. Inferencia: Con lo que he visto y escuchado de mis compañeros y compañeras, ¿qué conclusión saco?

  5. Explicación: Voy a explicarle al resto cuáles son mis conclusiones y por qué las defiendo. De igual modo, escucharé lo que los demás tienen que decir.

  6. Autorregulación: Es el “pensar sobre cómo pensamos”. Es cierto lo que decían otros compañeros. ¿Tiene sentido lo que yo he dicho? Tal vez me estoy equivocando. Vamos a comprobarlo en el libro.

Análisis de noticias: ¿reales o falsas?

En primaria también observamos una dinámica cuyo objetivo era distinguir entre hechos y opiniones. La maestra repartió a cada grupo una misma noticia publicada en diferentes medios de comunicación.

Grupo analizando la veracidad de una noticia.
Marta Rodríguez Pérez.

Cada estudiante, entonces, leía en voz alta la noticia que le había tocado y determinaban, en conjunto, la objetividad de la misma; prestando atención al tono o a la presencia de datos erróneos. Su fin era determinar si la información que estaban transmitiendo estaba o no sesgada.




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Imaginación y creatividad

Propuesta de pódcast sobre el tema religión vs. ciencia.
Marta Rodríguez Pérez.

El pensamiento crítico también es creativo. Los proyectos creativos y colaborativos como la elaboración de un pódcast también entra dentro de sus planes.

En este caso, una maestra de primaria aprovechó el asombro de su alumnado ante una noticia: la teoría del Big Bang fue propuesta por un sacerdote. Así, vio una oportunidad para debatir en torno a la compatibilidad entre la ciencia y la religión.

Experimentación y desafíos

El área de ciencias se convierte en un espacio privilegiado para trabajar el pensamiento crítico.

Una maestra de ese ámbito planteó la siguiente actividad: enseñó a sus estudiantes seis cajas de metal en las que había escondido previamente un objeto diferente. El cometido del alumnado era descifrar que había en ellas sin poder abrirlas.

Podían coger las cajas, agitarlas para escuchar el sonido del objeto de dentro, compararlas en peso. Sus observaciones individuales luego las compartían con el grupo, las consensuaban y proponían una hipótesis, proponiendo métodos para averiguar qué había dentro. Alguien, por ejemplo, dijo que sería interesante tener rayos X.

La maestra les explicó que así era la ciencia: nunca se sabe la absoluta verdad de las cosas. Muchos estudios parten de no saber nada, de lanzar hipótesis y estudiar la posibilidad de que estas sean ciertas, llegando a refutarlas e incluso a reformular hipótesis nuevas. Es un proceso lento que requiere de grandes investigaciones.

A día de hoy, el grupo sigue preguntándose qué habría en esas cajas.

El poder de la dramatización en Secundaria

Abrir espacios de debate con libertad de posicionamiento es otro método que fomenta el pensamiento crítico. En Secundaria, es importante adjudicar roles definidos para facilitar la participación de quienes no se atreven a intervenir con regularidad.

De esta manera, surgen propuestas como los debates estructurados, o la recreación de un juicio con roles preestablecidos (juez, defensa, persona acusada…). En la dinámica del llamado “teatro foro”, por ejemplo, el alumnado crea y representa conflictos reales surgidos de sus propias inquietudes, invitando al público a intervenir y proponer soluciones alternativas.

El propio profesorado recurre a dramatizaciones con las que simulan posturas contrarias a las ideas del alumnado, para que desarrollen sus habilidades de argumentación y evaluación.

Preguntas estimulantes, respuestas críticas

Pese a sus diferencias, todas estas propuestas tratan de buscar preguntas estimulantes ante hechos polémicos que necesitan de argumentos fundamentados para su tratamiento ético y abierto al diálogo constructivo.

Las experiencias observadas en estas escuelas demuestran la posibilidad de una educación más crítica y un modelo educativo más democrático, más responsable y más consciente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Así son las aulas de infantil, primaria y secundaria donde se aplica el pensamiento crítico – https://theconversation.com/asi-son-las-aulas-de-infantil-primaria-y-secundaria-donde-se-aplica-el-pensamiento-critico-267805

Tuneladoras, esos gusanos que horadan la Tierra para unir mundos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Tarancón Román, Profesora e Investigadora Postdoctoral en Ciencia e Ingeniería de los Materiales, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Una de las tuneladoras usadas para excavar el Eurotúnel, que conecta Francia e Inglaterra. Wikimedia Commons., CC BY

Bajo las ciudades, invisibles para quienes caminan sobre ellas, avanzan criaturas colosales. Son las tuneladoras, máquinas gigantes que perforan la Tierra con una mezcla de paciencia y poder. No corren: se arrastran lentamente, empujadas por motores hidráulicos y coronadas por una rueda de dientes metálicos que gira sin descanso contra la roca virgen.

Su misión es unir mundos que antes estaban separados: los barrios divididos por ríos o montañas, las orillas de una bahía, los extremos de una cuidad congestionada… Allí donde la superficie no ofrece espacio, las tuneladoras construyen el subsuelo del futuro: metros, conducciones, autopistas subterráneas que conectan lo que parecía inconexo.

Vista frontal del cabezal de una tuneladora funcionando, en este caso, para abrir un túnel bajo las cataratas del Niágara.
Vista frontal del cabezal de una tuneladora en operación.
Robbins.

Una carrera de obstáculos

Pero su viaje no es sencillo. Cada pieza libra una batalla microscópica contra lo imposible: cortar sin agrietarse, resistir al calentamiento por fricción, aguantar más que la propia piedra.

Las rocas (granito, cuarcita, basaltos) no se rinden fácilmente: la fricción entre el diente excavador y la roca genera temperaturas de varios centenares de grados. Es un infierno contenido bajo el suelo. Y, como siempre que dos cuerpos se rozan con violencia, el calor aparece.

A escala microscópica, ni la herramienta ni la roca son lisas: son paisajes de montañas y valles que chocan, se muerden y se deforman. Cada contacto libera energía en forma de calor. Hay que disiparlo con rapidez, porque si no el filo se recalienta, se ablanda, pierde resistencia. Nuestro héroe se descompone.

El material perfecto debería ser duro para no desgastarse, tenaz para no quebrarse y buen conductor térmico para mantener la cabeza fría. Pero lograr estas tres virtudes a la vez es extremadamente difícil: cada mejora en una propiedad suele deteriorar otra. Maximizar dureza, tenacidad, baja fricción, conductividad y baja oxidación simultáneamente, sobre todo a alta temperatura, es un auténtico oxímoron. La ciencia, como la vida, es contradictoria en una impotencia trágica: la suma de propiedades debe mantener el sistema en equilibrio.

Animación donde se muestra el proceso de avance de una tuneladora.
EXPERIENCE Acciona

Fricción, calor y microgrietas: el triángulo de la ruina

Cuando una tuneladora avanza, sus discos de corte no solo muerden roca: soportan presiones titánicas y vibraciones que provocarían jaquecas a cualquier ingeniero. En cada vuelta del cabezal, los contactos entre materiales generan pequeñas fracturas, microgrietas que crecen con el uso, como arrugas con la edad, en la superficie metálica de los discos de ataque.

Esas grietas, si no se controlan, se propagan sutilmente a lo largo del material y destruyen la herramienta. El calor agrava el problema: la dilatación térmica abre fisuras, la fricción acelera el desgaste y el ciclo se retroalimenta. Más fricción, más calor; más calor, más desgaste.

Este fenómeno no es exclusivo de las tuneladoras. Está presente en todas las actividades donde se corta o se perfora: desde el mecanizado de un cuchillo hasta el fresado de una prótesis dental. O, simplemente, al masticar. Cada vez que dos materiales se enfrentan, se libra una batalla entre energía y materia. Y cada derrota se traduce en deterioro, energía y tiempo desperdiciados, y toneladas de CO₂ arrojadas a la atmósfera.

Cortar consume… y mucho

El corte de materiales duros es uno de los procesos industriales más voraces en energía. Si la herramienta no es eficiente, el sistema necesita más potencia para mantener el rendimiento. En términos ambientales, eso significa más combustibles, más materiales, más electricidad, más emisiones.

A ello se suman los residuos de los fluidos refrigerantes, esas mezclas de agua, aceites y aditivos que enfrían y lubrican durante el mecanizado. Reducen la fricción y refrigeran el sistema, sí, pero generan desechos difíciles de reciclar y dañinos para la salud. Por esto la industria busca procesos más limpios –en seco o con mínima lubricación–, que exigen materiales capaces de resistir el calor sin perder la compostura.

Pero ¿cómo lograr materiales que soporten temperaturas extremas, disipen el calor y mantengan la dureza necesaria para horadar la Tierra sin devorarla?

Dimensiones de referencia de una tuneladora.
EXPERIENCE Acciona.

En busca del material perfecto

Esa pregunta inspiró la investigación de una tesis doctoral de la Universidad Politécnica de Madrid que ha explorado el corazón mismo del desgaste. En ella, tres candidatos se enfrentaron en duelo a 800 °C:

  • WC-12Co, el veterano carburo de volframio con cobalto: curtido, duro y resistente a la oxidación a altas temperaturas. El problema es que el cobalto es escaso y contaminante.

  • WC-FeNi, un carburo de volframio rejuvenecido con hierro y níquel, ecológico, de baja fricción, alta tenacidad y gran conductividad térmica.

  • Ti(C,N)-FeNi, el maestro zen de la templanza, compuesto de cinco elementos: titanio, carbono, nitrógeno, hierro y níquel. Es el único que permanece estable y sin degradación estructural.

El experimento fue tan literal como implacable: una bola de alúmina frotándose contra los tres materiales –junto a ensayos de resistencia mecánica, tenacidad de fractura y conductividad térmica– en condiciones extremas. Hasta temperaturas moderadas, el WC-FeNi destacó por su elegancia y eficiencia: menos fricción, menos calor, menor consumo energético. Pero al superar los 400 °C, el veterano WC-12Co mostró su astucia intacta: nadie resiste la oxidación como él. Mientras tanto, el sereno Ti(C,N)-FeNi, sin alardes, se mantuvo inalterable incluso más allá de los 600 °C.

Resumen comparativo del comportamiento de los tres materiales en procesos de corte y desgaste bajo diferentes condiciones térmicas.
Sandra Tarancón et al.

La conclusión no es definitiva: no hay un único héroe. Cada material tiene su papel según el contexto térmico. La respuesta no reside en encontrar “el mejor”, sino saber elegir “el adecuado”: el que mantenga el equilibrio entre dureza, tenacidad, fricción y conductividad térmica. Esa tétrada es la brújula hacia herramientas más duraderas, procesos más eficientes y menos contaminantes.

Los gusanos del progreso

Bajo nuestros pies, los gusanos mecánicos seguirán horadando la Tierra, cosiendo ciudades, países y continentes mediante túneles. Gracias a investigaciones como esta, en la que se desarrollan y caracterizan nuevos e innovadores materiales, lo harán con dientes más sabios: materiales capaces de cortar sin agotar el planeta.

Quizá, algún día, cuando una tuneladora horade rauda, sin apenas contaminar, recordemos que todo empezó con una bola de alúmina frotando un trozo de carburo bajo la atenta mirada de un microscopio. Porque, en la ciencia e ingeniería de los materiales –como en la vida–, lo pequeño también abre grandes caminos.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Tuneladoras, esos gusanos que horadan la Tierra para unir mundos – https://theconversation.com/tuneladoras-esos-gusanos-que-horadan-la-tierra-para-unir-mundos-267303

¿Investigamos lo que realmente importa? Una brecha incómoda en la ciencia médica del envejecimiento

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Palacios Fernández, Facultativo Especialista de Área de Medicina Interna, Universitat de València

Últimamente los hospitales están repletos de pacientes que superan los 85 años de edad. Sus ingresos han estado aumentando a un ritmo del 6 % al año en España. Tiene sentido si consideramos que la esperanza de vida sigue aumentando y, aunque vivimos más años, eso no necesariamente implica mejor salud.

Gran parte de esos años adicionales los afrontamos acompañados de enfermedades crónicas, lo que llamamos “expansión de la morbilidad”. Paradójicamente, muchas dolencias que afectan más a los mayores reciben poca atención científica.

¿Qué enfermedades suponen más ingresos hospitalarios en mayores?

Hay tres problemas que destacan claramente como principales causas de ingreso en mayores de 85 años, según sacaba a la luz en mi reciente tesis doctoral: insuficiencia cardíaca, infecciones respiratorias e infecciones urinarias. Si se mantienen las tendencias actuales, en 2030 estos tres diagnósticos provocarán casi un tercio de las hospitalizaciones en personas mayores

Por otro lado, problemas tradicionalmente vinculados al envejecimiento, como las fracturas de cadera o los ictus, están estabilizándose o disminuyendo. Probablemente se debe a la mejora de las medidas preventivas y a la implantación de hábitos más saludables. Sin embargo, reducir esos problemas no significa menos ingresos hospitalarios, sino únicamente cambios en los motivos de hospitalización.

Cuando una persona mayor es hospitalizada, esto suele marcar un punto crítico en su vida. Frecuentemente implica pérdida de autonomía y una rápida disminución de su calidad de vida. Por esta razón, estudiar las citadas enfermedades frecuentes es esencial para mejorar el cuidado en la edad avanzada.

El desfase entre hospitales y laboratorios

La investigación médica no siempre coincide con las necesidades clínicas más urgentes. Sorprendentemente, algunas enfermedades comunes en personas mayores tienen poca presencia en la literatura científica dedicada a este grupo de población. En concreto, las infecciones respiratorias pronto causarán casi el 13 % de los ingresos hospitalarios, pero solo representan el 0,5 % de los estudios en personas mayores de 80 años.

Algo parecido he observado que ocurre con las infecciones urinarias, que solo aparecen en el 4 % de las publicaciones. La neumonía apenas alcanza el 0,4 %. En cambio, los tumores, que solo motivan el 5 % de los ingresos, ocupan más del 30 % de la investigación científica en mayores.

Aunque en parte se deba a que muchos tumores se tratan fuera del hospital, también es posible que el prestigio, la financiación y la solidez de líneas de investigación ya establecidas sobre el cáncer acaban dejando fuera de la investigación otras enfermedades menos visibles pero más comunes

Consecuencias prácticas de esta brecha investigadora

La falta de investigación específica sobre esas enfermedades comunes afecta directamente a las personas mayores. Los profesionales médicos deben basarse en guías clínicas elaboradas para adultos más jóvenes, lo que provoca decisiones menos precisas, tratamientos menos efectivos y, en ocasiones, incluso inapropiados para pacientes mayores y frágiles.

Además, los temas que dominan la investigación determinan cómo se distribuyen los recursos económicos, los ensayos clínicos y la innovación tecnológica. Sin suficiente investigación es difícil mejorar el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de estas enfermedades.

¿Cómo corregir este rumbo?

No se trata de abandonar las investigaciones actuales sobre cáncer u otras enfermedades relevantes. El reto está en ampliar el enfoque y dar más atención científica a patologías menos visibles pero muy frecuentes y limitantes.

Es fundamental diseñar estudios clínicos adaptados específicamente a personas mayores. Estos trabajos deben medir aspectos relevantes en esta etapa: autonomía, calidad de vida y tiempo sin enfermedad o ingresos hospitalarios

También es importante mejorar los registros y diagnósticos para identificar claramente las enfermedades más comunes en las personas de edad avanzada. Así se podrán orientar mejor los recursos y esfuerzos científicos.

Finalmente, utilizar datos masivos hospitalarios aplicados a la geriatría, podría ofrecer información precisa para actuar eficazmente. La investigación debe conectarse estrechamente con las necesidades clínicas reales, no solo con intereses académicos o editoriales.

Una ciencia médica verdaderamente al servicio de los mayores

La población de edad muy avanzada no es una excepción, sino una realidad creciente. Estas personas merecen vivir más tiempo con salud y calidad de vida, no acumulando días en el hospital.

La brecha entre investigación y necesidades clínicas es evitable. Podemos y debemos corregirla mediante una decisión colectiva. Investigar adecuadamente las enfermedades que afectan a los pacientes mayores es una decisión sensata, ética y socialmente necesaria para construir un sistema sanitario humano, justo y eficaz.


Artículo ganador del I Premio de Comunicación Científica de la Universitat de València en la modalidad de Ciencias de la Salud


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Sergio Palacios Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Investigamos lo que realmente importa? Una brecha incómoda en la ciencia médica del envejecimiento – https://theconversation.com/investigamos-lo-que-realmente-importa-una-brecha-incomoda-en-la-ciencia-medica-del-envejecimiento-260360

El estrés de los padres puede afectar al desarrollo intelectual y emocional de sus hijos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María J. García-Rubio, Profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia – Codirectora de la Cátedra VIU-NED de Neurociencia global y cambio social – Miembro del Grupo de Investigación Psicología y Calidad de vida (PsiCal), Universidad Internacional de Valencia

Harbucks/Shutterstock

Sofía está en el parque con su hija de cinco años. Tiene el móvil en una mano y con la otra busca papeles del trabajo en el bolso. Está tensa. Su voz suena entrecortada cuando responde a su pequeña, que corre a enseñarle algo del arenero. “No puedo ahora, Emma”, le dice sin mirarla. Minutos después, la niña se frustra, tira la pala y empieza a gritar. La tensión de una contagia a la otra, en un bucle silencioso.

Escenas como esta son más comunes de lo que parece. Y no resultan inocuas, precisamente. Numerosas investigaciones destacan que en estos primeros años el cerebro infantil es altamente susceptible a factores biológicos, psicológicos y ambientales. Y entre ellos, el estrés de los padres ha emergido como un importante riesgo para que el desarrollo temprano se produzca adecuadamente.

La ventana de vulnerabilidad

Durante los dos primeros años de vida, el cerebro crece y se organiza a una velocidad sin precedentes, a través de procesos como la sinaptogénesis (formación de nuevas conexiones neuronales), la mielinización (recubrimiento de los axones de las células nerviosas para acelerar impulsos) y la formación de redes neuronales funcionales. Por eso se considera esta etapa como un periodo crucial para el establecimiento de las capacidades cognitivas y comportamentales que perdurarán a lo largo de la vida.

En consecuencia, las condiciones ambientales –como la presencia de estrés crónico en el hogar– pueden alterar las trayectorias de maduración cerebral. De hecho, diversas investigaciones han mostrado que bebés nacidos de madres con altos niveles de estrés fisiológico presentan patrones de actividad cerebral atípicos para su edad.

En particular, el estrés crónico materno (medido a través de cortisol en el cabello) se asocia con una maduración cerebral más lenta. Esta se manifiesta en el electroencefalograma por una menor actividad en rangos de frecuencia altos (ondas alfa y gamma) y mayor actividad en rangos bajos (theta). Son alteraciones que pueden generar consecuencias cognitivas duraderas.

De hecho, sin un adulto que ofrezca contención y apoyo, el estrés agudo (por ejemplo, el derivado de pobreza extrema, maltrato o depresión materna severa) puede debilitar la arquitectura del cerebro en desarrollo, con consecuencias negativas a largo plazo en el aprendizaje y otras funciones cognitivas.

No es sorprendente, entonces, que el desempeño cognitivo infantil se resienta cuando el ambiente familiar está muy tensionado. Los niños en edad preescolar con mayores dificultades en sus funciones ejecutivas (como la memoria de trabajo, el control de impulsos o la flexibilidad cognitiva) tienden a presentar niveles elevados de cortisol, al igual que sus padres.

En este círculo vicioso, el estrés de los cuidadores eleva el de los pequeños, lo que a su vez puede mermar su capacidad de autorregulación cognitiva.

Impacto emocional

El estrés de mamá o papá no solo afecta al intelecto infantil: también moldea profundamente su mundo emocional y social. Criarse en un hogar con niveles altos de tensión se ha vinculado con todo tipo de problemas emocionales y de comportamiento en los niños, como agresividad, ansiedad y síntomas depresivos. Los investigadores incluso han observado que los hijos de padres que reportan elevados niveles de estrés durante el primer año de crianza tienen el doble de probabilidades de presentar problemas de salud mental hacia los tres años de edad.

Una razón es el deterioro de las interacciones afectivas. Padres crónicamente estresados se muestran con frecuencia más irritables, menos pacientes y menos sensibles a las señales emocionales de sus hijos. La ciencia del apego nos dice que cuando un progenitor está sobrepasado, le cuesta más ofrecer el cuidado sensible y responsivo que un bebé o un niño pequeño necesita.




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Esto puede derivar en un apego inseguro del menor hacia sus padres; es decir, no siente plena seguridad o confianza en la disponibilidad emocional del adulto. Esto se ha relacionado estrechamente con problemas conductuales en la etapa preescolar y un peor ajuste emocional.

También se ha demostrado que los niños pueden “contagiarse” del estado emocional de sus cuidadores. La tensión constante en el rostro, la voz o las acciones bruscas de mamá o papá actúan como un mensaje no verbal que el niño interioriza, generándole a menudo inestabilidad emocional.

El poder de la resiliencia

Resulta evidente que las dimensiones cognitiva y emocional del desarrollo infantil están íntimamente entrelazadas con el bienestar de sus cuidadores. Cuando los padres se sienten abrumados, los niños lo sienten y lo reflejan en su desarrollo: puede verse en conexiones neuronales que maduran más lentamente, en palabras que tardan en llegar, en rabietas que se vuelven frecuentes o en miedos difíciles de calmar.

La buena noticia es que este impacto no tiene por qué ser permanente. Las investigaciones sugieren que diversos factores pueden moderar o amortiguar los efectos del estrés parental. Por ejemplo, contando con redes de apoyo familiar y social, recibiendo ayuda en la crianza o aprendiendo técnicas de manejo de estrés. Así, un estudio reciente reveló que la resiliencia familiar –la capacidad de la familia para adaptarse positivamente a la adversidad– atenuaba significativamente el impacto negativo del estrés materno en el desarrollo del niño.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. El estrés de los padres puede afectar al desarrollo intelectual y emocional de sus hijos – https://theconversation.com/el-estres-de-los-padres-puede-afectar-al-desarrollo-intelectual-y-emocional-de-sus-hijos-267773

El agua que nos une

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida

Río Guadalquivir a su paso por Sevilla, cerca del puente de Triana. JWCohen/Shutterstock

En España, la sequía condiciona la vida de más de 700 000 personas. Mientras en algunas ciudades el agua sale con naturalidad en las fuentes públicas, en otros territorios el caudal se ve a veces restringido por la escasez. Estas cifras no solo hablan de una crisis hídrica, sino también de una crisis social: el agua se ha convertido en un recurso en disputa y en un indicador de desigualdad.

El agua ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes. No solo es indispensable para la vida, también ha sido y (sigue siendo) una fuente de significados culturales, espirituales y emocionales. A lo largo de la historia y en diversas culturas, el agua se ha vinculado con la fertilidad, la calma, la renovación o la trascendencia. Muchos mitos de creación sitúan el agua como el principio del mundo, del mismo modo que numerosos rituales de purificación la emplean como medio para recomenzar y limpiar.

Ríos, lagos, mares y manantiales han sido a lo largo de la historia escenarios privilegiados de contemplación y recogimiento. Espacios para tomar distancia del ruido cotidiano y reencontrarse con lo esencial.

Hoy, en pleno contexto de crisis climática, con sequías prolongadas, olas de calor extremo y episodios de contaminación que afectan directamente a ríos y costas, esta relación con el agua adquiere una relevancia nueva y urgente. El agua es un recurso en disputa y un reflejo de nuestra vulnerabilidad como sociedad.

El agua en la vida contemporánea

En pleno siglo XXI, esa relación persiste, aunque bajo nuevas formas. El agua aparece en la vida urbana y cotidiana de maneras diversas: quien corre junto a un río busca tanto ejercicio como introspección. Haruki Murakami dice literalmente en su libro De qué hablo cuando hablo de correr, en referencia al río Charles (Boston, Estados Unidos): “La gente se reúne en la ribera de este río como atraída por un imán”. Quien se sienta frente al mar encuentra un espacio para meditar; incluso el sonido de una fuente en la ciudad ofrece un respiro, una pausa en medio de la prisa.

Estudios recientes sobre “blue spaces” (espacios azules) han mostrado que el contacto regular con entornos relacionados con el agua (incluso en ciudades) reduce el estrés, mejora el ánimo e incluso contribuye a la recuperación psicológica tras periodos de enfermedad, estrés, soledad, duelo… El agua proporciona descanso, bienestar y una manera de reconectar con uno mismo y con el entorno.

Lugar de encuentro y socialización

La relación del ser humano con el agua va mucho más allá de lo material. Además de sostener la vida, el agua organiza la convivencia: genera vínculos, articula encuentros y ofrece marcos comunes para celebrar, recordar o simplemente estar juntos.

Las orillas de ríos, lagos y mares han sido, históricamente, espacios donde las comunidades se reconocen y socializan. En las ciudades, el agua conserva ese papel de articuladora social: una fuente invita a detenerse, un estanque en el parque se convierte en escenario de juegos infantiles, y las riberas de un río urbano atraen tanto a quienes buscan calma como a quienes practican deporte. En los entornos rurales, lagos, embalses y manantiales mantienen la vida comunitaria, acogen fiestas, reuniones vecinales y refuerzan la identidad local.

Las playas, por su parte, representan el ejemplo más universal de este carácter compartido: millones de personas coinciden cada verano en torno al mismo escenario, compartiendo experiencias. Allí, lo privado y lo público se entrelazan en un mismo espacio, lo que convierte al litoral en un punto de encuentro masivo.

Así, el agua no es solo parte del paisaje: es un elemento social clave. Marca ritmos (temporadas, horarios y usos), multiplica las oportunidades de encuentro y aporta identidad cultural. Del ocio al deporte, de la contemplación a las celebraciones multitudinarias; el agua sigue siendo un bien común donde se construyen las comunidades y se transmiten experiencias.




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Agua y sociedad en el siglo XXI

En un mundo acelerado, hiperconectado y dominado por pantallas, el agua ofrece lo contrario: invita a la pausa, al ritmo lento, a la contemplación y al encuentro. Nos recuerda tanto nuestra vulnerabilidad frente a la escasez como nuestra capacidad de resiliencia y de hallar un equilibrio.

Cada vez más se habla de una “nueva cultura del agua”, un cambio de paradigma: del agua entendida como un recurso meramente productivo a un bien común, cuya gestión requiere enfoques ecosistémicos, participación ciudadana y principios de equidad social.

Este enfoque amplía la mirada con las siguientes perspectivas:

  • Acceso justo y seguro a espacios acuáticos de calidad. No se trata solo de regular consumos o caudales: el acceso cotidiano a riberas, playas, canales y fuentes actúa como determinante social de la salud.

  • Protección ecológica con reconocimiento del valor cultural y social de las orillas. Salvaguardar ríos, lagos y costas no es solo conservación biológica; es también salud pública, cohesión e identidad.

  • Del recurso al derecho. El agua no es únicamente naturaleza: estructura la vida comunitaria y está reconocida como derecho humano (agua potable y saneamiento), lo que implica obligaciones de no discriminación, asequibilidad y accesibilidad.

Desde esta perspectiva, diseñar ciudades con riberas accesibles, fuentes habitables o playas urbanas seguras deja de ser un lujo para convertirse en una política pública de salud y bienestar.

Este debate también plantea una pregunta clave sobre planificación urbana y justicia ambiental: ¿quién tiene acceso a los espacios acuáticos y quién queda excluido? En muchas ciudades, las zonas ribereñas se privatizan o transforman en espacios de consumo, limitando su función como bienes comunes. Incorporar esta dimensión permite entender el agua no solo como recurso natural, sino como derecho colectivo.




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Preservar un bien común

Cerca del agua se desarrollan nuestras experiencias colectivas: descansar, encontrarnos, estar con nosotros mismos y con los demás…

En tiempos de incertidumbre, el agua nos devuelve a lo esencial: el bienestar no se construye de manera aislada, sino en espacios compartidos. Por eso, cuidar las orillas (urbanas o rurales, marinas o fluviales) no es solo un gesto medioambiental: es preservar uno de los últimos bienes comunes capaces de sostener nuestra vida social, cultural y emocional.

El futuro de nuestra relación con el agua no está solo en las políticas de gestión o en las infraestructuras hidráulicas, sino en la capacidad de reconocerla como un bien común y como un vínculo social, cultural y emocional que nos une. En su cuidado está no solo la salud de los ecosistemas, sino también el bienestar y la cohesión de nuestras sociedades.

The Conversation

Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El agua que nos une – https://theconversation.com/el-agua-que-nos-une-264850

How Taiwan is leading the way in the fight against disinformation

Source: Radio New Zealand

NEW YORK, NEW YORK - SEPTEMBER 24: Audrey Tang speaks onstage during the Clinton Global Initiative 2025 Annual Meeting at New York Hilton Midtown on September 24, 2025 in New York City. JP Yim/Getty Images for Clinton Global Initiative/AFP (Photo by JP Yim / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP)

Audrey Tang, Taiwan’s first ever digital minister, told those attending the Munich Cyber Security Conference that Taiwan is using AI to fight disinformation. Photo: JP YIM

For Taiwan, the threat of Chinese military invasion is less pressing than an invasion many see as ongoing – an onslaught of disinformation.

As the world grapples with ways to tackle waves of disinformation and fake news, one country is taking the battle to every level of society, from temples and community halls to a dedicated government ministry.

In Taiwan where there are fears that the growing online onslaught could undermine the treasured democratic system, Taiwanese citizens are taking matters into their own hands.

“Taiwan has gone through so much change,” Mark Hanson said, a Taiwan-based New Zealand journalist.

“From a country that was under martial law right into the late 1980s, Taiwan has developed into a thriving economy, a leader and innovator in technology, an open democratic society, the first place in Asia with gay marriage.

“There have just been so many improvements made here and it’s scary that all of that could be washed away.

“The information war has already started, a long time ago,” Hanson’s friend Nelly said, who is an English teacher in Taichung.

“There’s some invisible threats everywhere, like the cyber attacks and [fake] news. It happens to us everywhere.”

In the final of three reports from Taiwan, The Detail looks at the claims that mainland China uses influencers, television stars, offshore “content farms” and generative artificial intelligence to swamp the island state with disinformation, and talks to two young people about their groundbreaking projects that others want to copy.

As China pursues sovereignty claims over Taiwan under the One China Principle, the online war is seen by many Taiwanese as a much greater threat than China’s military build up and trade sanctions.

‘They don’t hide any more’

Investigative journalist and podcaster Jason Liu is now dedicated to tackling disinformation at community level.

Jason Liu is an investigative journalist.

Jason Liu is an investigative journalist. Photo: Sharon Brettkelly

He’s spent five years across eight countries, including Ukraine, looking at how disinformation affects societies and has written about the so-called “content mill empire behind online disinformation”.

He said the Chinese propaganda messages were easy to spot and blatant, and sometimes came from within Taiwan.

“You have different ways to identify if they are pro-China or coordinated with pro-China actors. If they are repeating the propaganda from state-sponsored media from mainland China then they are part of the coordinated behaviour.

“Secondly, they don’t hide any more right now, they share the same picture, they use the state press release or they are making money out of this news cycle.”

Liu said people in the “online army” or public relations companies making money from Chinese state-sponsored propaganda have told him that AI had made it easy.

“Everyone can do it, everyone can repost hundreds of messages every day. If you want to earn some money from the Chinese government you just have to have the contacts to understand who would be willing to pay for it.

“It’s now easy to buy the applications to buy bots, to buy accounts to spread information.”

Liu said he had interviewed people in Mandarin-speaking countries like Malaysia and Singapore who made money from pushing disinformation into Taiwan.

His solution was simple, a programme that went into temples, schools and community halls, getting people offline and meeting face-to-face, where he talked about his international work, showed documentaries and talked about his articles.

“We are hosting more and more in-person events with children with students.

Billion Lee and Johnson Liang, co-founders of CoFact fact-checking collaboration

Billion Lee and Johnson Liang, co-founders of CoFact fact-checking collaboration Photo: Sharon Brettkelly

“That’s what people in my generation, the activists, media literacy petitioners, we are trying to bring people offline to meet each other. Then you don’t only read [about] Taiwan from the bots, from the fake accounts, from the social media.”

‘I believe in freedom, democracy’

Billion Lee took a different approach with a programme that had gained international attention.

She is the co-founder of CoFact, an NGO that built a chatbot to fact-check and fight disinformation, where the editorial team works with volunteers in verifying news or content.

The Detail met her off the plane from Portugal where she had attended a conference on fake information, before she headed to a hackathon weekend where like-minded engineers, designers and tech experts shared new ways of recognising and tackling disinformation.

The CoFact website also runs tutorials in several languages, explaining how users can filter news topics and sift out fake stories.

“What CoFact tries to do is provide strategies, provide solutions. We don’t want to just blame government or blame China. As individuals here we need to do something ourselves, be activists, rather than just being the taker and blaming it on everyone else,” she said.

Lee said she was not daunted by the scale of the problem.

“I am doing what I can do. That is the thing I believe in, freedom, democracy… that’s the value I want to leave for the future.”

The Detail emailed the Chinese Embassy in Wellington with questions but got no response.

The trip to Taiwan was hosted and funded by its Ministry of Foreign Affairs.

Check out how to listen to and follow The Detail here.

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– Published by EveningReport.nz and AsiaPacificReport.nz, see: MIL OSI in partnership with Radio New Zealand

Is it healthier to stop eating when you’re 80 percent full?

Source: Radio New Zealand

Hara hachi bu has been gaining attention recently as a strategy for weight loss.

But while the practice might emphasise eating in moderation, it shouldn’t really be seen as a method of dietary restriction.

Rather, it represents a way of eating that can help us learn to have awareness and gratitude while slowing down at mealtimes.

A bearded man in a white shirt smiles as he eats a burger.

Hara hachi bu might help you improve your relationship with eating and your body.

Unsplash+

What does the research say?

Research on hara hachi bu is limited. Previous studies have evaluated the overall dietary patterns of those living in regions where this eating philosophy is more commonplace, not the “80 percent rule” in isolation.

However, the available evidence does suggest hara hachi bu can reduce total daily calorie intake. It’s also associated with lower long-term weight gain and lower average body mass index (BMI). The practice also aligns with healthier meal-pattern choices in men, with participants choosing to eat more vegetables at mealtimes and fewer grains when following hara hachi bu.

Hara hachi bu also shares many similar principles with the concepts of mindful eating or intuitive eating. These non-diet, awareness-based approaches encourage a stronger connection with internal hunger and satiety cues. Research shows both approaches can also help reduce emotional eating and enhance overall diet quality.

Hara hachi bu may also have many advantages that go beyond losing weight.

For instance, hara hachi bu‘s focus on awareness and eating intuitively may offer a gentle and sustainable way of supporting long-term health changes.

Sustainable health changes are far easier to maintain in the long term. This may improve health and prevent weight regain, which can be a risk for those who lose weight through traditional diet approaches.

The ethos of hara hachi bu also makes perfect sense in the context of modern life and may help us develop a better relationship with the food we eat.

Evidence suggests that about 70 percent of adults and children use digital devices while eating. This behaviour has been linked to higher calorie intake, lower fruit and vegetable intake and a greater incidence of disordered eating behaviours, including restriction, binge eating and overeating.

As a dietitian, I see it all the time. We put food on a pedestal, obsess over it, talk about it, post about it – but so often, we don’t actually enjoy it. We’ve lost that sense of connection and appreciation.

Being more aware of the food we eat and taking time to taste, enjoy and truly experience it, as hara hachi bu emphasises, can allow us to reconnect with our bodies, support digestion and make more nourishing food choices.

Trying hara hachi bu

For those who might want to give hara hachi bu or take a more mindful and intuitive approach to improve their relationship with food, here are a few tips to try:

1. Check in with your body before eating

Ask yourself: Am I truly hungry? And if so, what kind of hunger is it — physical, emotional, or just habitual? If you’re physically hungry, denying yourself may only lead to stronger cravings or overeating later. But if you’re feeling bored, tired, or stressed, take a moment to pause. Giving yourself space to reflect can help prevent food from becoming a default coping mechanism.

2. Eat without distractions

Step away from screens and give your meal your full attention. Screens often serve as a distraction from our fullness cues, which can contribute to overeating.

3. Slow down and savour each bite

Eating should be a sensory and satisfying experience. Slowing down allows us to know when we’re satiated and should stop eating.

4. Aim to feel comfortably full, not stuffed

If we think of being hungry as a one and being so full you need to lie down as a ten, then eating until you’re around “80% full” means you should feel comfortably satisfied rather than stuffed. Eating slowly and being attuned to your body’s signals will help you achieve this.

5. Share meals when you can

Connection and conversation are part of what makes food meaningful. Connection at meal times is uniquely human and a key to longevity.

6. Aim for nourishment

Ensure your meals are rich in vitamins, minerals, fibre and energy.

7. Practice self-compassion

There’s no need to eat “perfectly”. The point of hara hachi bu is about being aware of your body – not about feeling guilty over what you’re eating.

Read more: People in the world’s ‘blue zones’ live longer – their diet could hold the key to why

Importantly, hara hachi bu is not meant to be a restrictive eating approach. It promotes moderation and eating in tune with your body – not “eating less”.

When viewed as a means of losing weight, it risks triggering a harmful cycle of restriction, dysregulation and overeating – the very opposite of the balanced, intuitive ethos it’s meant to embody. Focusing solely on eating less also distracts from more important aspects of nutrition – such as dietary quality and eating essential nutrients.

This practice also may not suit everyone. Athletes, children, older adults and those living with illness often have higher or more specific nutritional needs, so this eating pattern may not be suitable for these groups.

While often reduced to a simple “80 percent full” guideline, hara hachi bu reflects a much broader principle of mindful moderation. At its core, it’s about tuning into the body, honouring hunger without overindulgence and appreciating food as fuel — a timeless habit worth adopting.

Aisling Pigott is a Lecturer in Dietetics at Cardiff Metropolitan University. and a Non-Executive Director of the British Dietetic Association, the professional body and trade union representing dietitians in the UK. She receives funding from the Research Capacity Building Collaborative (RCBC) and Health and Care Research Wales.

– Published by EveningReport.nz and AsiaPacificReport.nz, see: MIL OSI in partnership with Radio New Zealand

New global research shows eye movements reveal how native languages shape reading

Source: The Conversation – Canada – By Victor Kuperman, Professor, Department of Linguistics and Languages, McMaster University

Reading is a complex cognitive skill that predicts career prospects and social mobility throughout our lifetimes. For newcomers to a country, success often depends on learning to read fluently in a new language.

In fact, language proficiency, including reading fluency, has been found to be the most important factor for successful employment and social participation.

With record numbers of immigrants settling in Canada and migrating globally, understanding how to support reading skill development in a second language is essential.

Writing systems across the world

The foundation of our scientific understanding of the reading process has been narrow, with a majority of studies focusing on reading in English.

But languages are not all written the same way. Some writing systems use letters (like English, Turkish), others use logographs (Chinese, Japanese), syllable characters (Hindi), and more. Some languages are read left to right (Russian, Spanish), and some right to left (Arabic, Hebrew).

Considering how diverse languages are, an interesting question is whether we develop strategies to understand text in our native language and transfer these strategies to additional languages. These are just two of the many research questions that the Multilingual Eye-Movement Corpus (MECO) aims to answer.

What is MECO?

MECO connects researchers from more than 40 countries — including the three of us, the authors of this analysis — to collect eye-tracking data on reading. Eye-tracking uses a camera set-up to record eye movements during reading. It shows where the eyes are fixating, rereading or skipping words, and reveals how the brain processes text in real time.

Participating labs use an identical procedure so that results can be compared across languages. Participants read the same English texts, but each lab then also tests readers in their native language using translated texts, allowing for the data to be compared.

A woman reads text on a screen while placing her chin on a headrest, with a small camera in front of her below the screen.
An eye-tracking set-up at a participating lab at McMaster University, Canada.
(McMaster University, Humanities), CC BY

One key finding has been that the way someone reads in their first language leaves traces on their second language. In fact, the study reports that approximately half of the variance in eye movement measures in the second language is explained by respective measures in the first language.

For example, writing systems like Korean pack a lot of information into smaller units, and eye-tracking data reflect this: Korean readers skip many words and have shorter eye movements, but make a lot more of them. In a language like Finnish, where words are much longer, information is more distributed and readers tend to spend more time on words and don’t skip them often.

These are strategies that they carry over to their second language, even when the writing system is different.

Image of a world map shows green, blue and yellow markers at the locations of participating labs.
With 30 languages represented so far (including Korean, Finnish, Greek, Chinese, Dutch, Turkish and Hindi), MECO is the world’s most comprehensive dataset of cross-linguistic eye-tracking data on reading.
(MECO), CC BY

MECO has also reported a dissociation between comprehension and eye-movement behaviour. In their second language, readers often achieved similar comprehension scores to native speakers of English, but their eye movements showed more effortful reading (longer fixations, less skipping and more re-readings).

This strategy, the authors note, could be due to the benefits of understanding written materials in an educational or workplace setting outweighing the benefits of speed.

MECO, applied

Language researcher Yaqian Borogjoon Bao joined the network of MECO researchers while studying the cognitive aspects of her native script, traditional Mongolian, at the Chinese Academy of Sciences.

She had this to report in an interview with our team:

“MECO gave me the framework and support to conduct rigorous research. I hope it will inspire others to explore understudied languages and scripts.”

A sign hung on a door written in the Traditional Mongolian script.
Traditional Mongolian is one of the only writing systems in the world that is read vertically, from top to bottom, instead of horizontally.
(Yaqian Borogjoon Bao), CC BY

At the Federal University of Minas Gerais in Brazil, Marina Leite joined MECO as a collaborator while pursuing a degree in Teaching and Education. She told us:

“I hope the MECO data can be used to enlarge the amount of available data about reading in Brazilian Portuguese. The findings could improve education strategies to boost reading comprehension and literacy skills in my country.”

In classrooms where students are balancing multiple languages, research on how native languages affect additional ones can help researchers, educators and policymakers design better strategies for teaching.

MECO aims to fill this gap. All collected data is open access, allowing other researchers to use the data pursue their own research questions about reading.

The Conversation

Victor Kuperman receives funding from NSERC, as Canada Research Chair in Psycholinguistics (Tier 2).

Nadia Lana receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council.

Olga Parshina does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

– ref. New global research shows eye movements reveal how native languages shape reading – https://theconversation.com/new-global-research-shows-eye-movements-reveal-how-native-languages-shape-reading-268698

How two Canadian war amputees hiked 2,000 kilometres and shaped disability rights activism

Source: The Conversation – Canada – By Eric Story, Postdoctoral researcher, Department of History, Western University

After the First World War, veterans who had lost limbs formed fraternal associations such as the Amputation Club in Vancouver, B.C., seen here in 1918, to advocate for disabled veterans. (Stuart Thomson Fonds/ City of Vancouver Archives)

Perhaps you’ve heard the name John McCrae, the famous poet who wrote “In Flanders Fields.”

But have you heard of George Hincks and Marshall McDougall?

While conducting research on disabled veterans, I came across their names in an old veterans’ magazine that briefly mentioned their plan to hike from Calgary to Ottawa in 1923. Curious, I searched the microfilmed newspapers to find out what became of their journey.

As it turned out, these two ex-servicemen of the the First World War (1914–18) hiked more than 2,000 kilometres to raise awareness of the issues facing disabled veterans after the war.

Historians have typically identified the birth of the disability rights movement in the post-1945 period.

But the forgotten hike of Hincks and McDougall and the related advocacy efforts of the Amputations Association of the Great War — a predecessor organization of today’s War Amps — speaks to an earlier generation of activism that remains largely untold.

The journey begins

Calgary’s Daily Herald was the first to report on Hincks and McDougall. It published a striking photograph of the two men before their hike, smiling and standing shoulder to shoulder. What draws the reader’s attention, however, is the lower half of the picture. Both men are amputees, each having lost a leg on the First World War battlefields.

Two men in white shirts and ties and trousers, each having one amputated leg, holding a crutch.
Marshall McDougall and George Hincks in 1923 before their hike.
(Calgary Daily Herald)

To understand what drove these two disabled men to embark on such an arduous journey, we must turn to the 19th century, when Canada began to transition its economy away from rural agricultural production towards urban industrial capitalism.

As cities industrialized in the second half of the 19th century, the nexus of the Canadian economy shifted from the home to the factory floor. Historian Sarah Rose has examined how this shift impacted disabled peoples’ ability to work in a newly industralized economy.

Employers began to prioritize able-bodied labourers for their strength, skill and what Rose calls “interchangeable” bodies, which alienated many disabled people from the workforce.

By the eve of the First World War, Canada’s economic transformation had cast people with disabilities as inefficient workers and, ultimately, unproductive members of society.

Challenging notion of being ‘unproductive’

At a time of rigid social and identity roles, if men could not independently earn a wage and support their families, they risked being labelled as unproductive.

When a reporter asked why Hincks and McDougall were making their trek, Hincks answered: “Primarily, it is to prove that an amputation case has as much stamina as the average citizen who has not lost a faculty.”

Despite being unemployed, he saw their journey as a direct challenge to the notion that he and McDougall were somehow unproductive members of society.




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Trek after surviving Western Front

Two weeks after the men’s departure from Calgary, a Medicine Hat News reporter observed their blistered hands and feet, aching muscles and sore armpits rubbed raw from the padding of their crutches when they arrived in Medicine Hat, Alta.

But Hincks and McDougall were no strangers to pain.

Hincks lost his left leg in 1915 after a German machine gunner pumped 36 bullets into it at the Second Battle of Ypres. His bullet-riddled leg was amputated at a prisoner of war camp later that spring.




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At the Battle of Cambrai in 1918, a spinning piece of shrapnel lodged deep into McDougall’s right leg. His doctor immediately opted for surgery, amputating his leg the same day.

Despite their aches and pains at Medicine Hat, Hincks and McDougall carried on.

Camaraderie among amputees

Nearly three weeks later, the Morning Leader reported their arrival in Regina, Sask., where they were greeted by fellow veteran P.J. Brotheridge. Having lost his arm in the war, he invited Hincks and McDougall to stay with him before their departure the following day.

These interpersonal connections suggest a certain camaraderie among war amputees, finding commonality in the shared experience of living without a limb.

These shared experiences of disability led to the formation of the Amputations Association of the Great War in 1920. Brotheridge, Hincks and McDougall were all members when the hikers passed through Regina.

Rows of men standing in suits on steps, many holding one crutch, who have one leg.
Delegates and members of Vancouver Branch Amputations Association, Annual Convention, 1922.
(Stuart Thomson Fonds/City of Vancouver Archives)

Speech about disabled veterans

On the hottest day of the summer, the exhausted duo arrived at their final destination on the Prairies — Winnipeg.

According to a story in the Winnipeg Evening Tribune, Hincks’ gave a bold and impassioned speech about the struggles of disabled veterans to a crowd at the Fort Garry Hotel. He said:

“The veteran with an amputated limb is unable to compete in the employment market … He is under the handicap of visibility of disability.”

Instead of instructing his fellow disabled veterans to overcome the barriers they faced in Canadian society, he asked able-bodied Canadians to confront their own ableist prejudices that kept war amputees like him from attaining gainful employment in post-war Canada.

In testimony before the House of Commons in the 1920s, the Amputations Association had already voiced these concerns. They argued that the visibility of their members’ disabilities made it easier for prospective employers to discriminate against them and refuse their employment.

These prejudicial attitudes were the same ones that disability rights advocates confronted 50 years later.

The end of the road

The Globe reported that Hincks and McDougall reached the Manitoba-Ontario border in mid-June, heading east towards Kenora, Ont. for the last leg of their hike.

But Kenora would actually mark the beginning of the end of their journey across Canada.

Plagued with worsening pain in his leg, McDougall decided then that his part in the hike was finished.

But Hincks pressed on. He walked several hundred kilometres more to the western shores of Lake Superior. Nearly 60 days after he and McDougall departed from Calgary, The Globe printed a front-page story from present-day Thunder Bay headlined: “One Legged Hikers Forced to Quit.”

The 1923 protest hike was over.

Even though they never reached their desired destination, Hincks and McDougall’s journey across Canada more than 100 years ago is a testament to the determination of two war amputees to bring awareness to the challenges disabled veterans faced in post-war life.

On this Remembrance Day, let’s remember not only Hincks’ and McDougall’s wartime service, but also their early contributions to disability rights activism in Canadian history.

The Conversation

Eric Story receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council.

– ref. How two Canadian war amputees hiked 2,000 kilometres and shaped disability rights activism – https://theconversation.com/how-two-canadian-war-amputees-hiked-2-000-kilometres-and-shaped-disability-rights-activism-269135