Marga Sánchez Romero, arqueóloga: “Hemos sublimado la guerra y blanqueado la violencia para alcanzar objetivos geopolíticos”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorena Sánchez, Responsable de Eventos. Editora de Ciencia y Tecnología, The Conversation

Marga Sánchez Romero ​es catedrática de prehistoria y vicerrectora de Extensión Universitaria, Patrimonio y Relaciones Institucionales de la Universidad de Granada.

“Si todos los conflictos se hubieran resuelto con guerras, ya nos habríamos extinguido”, advierte Marga Sánchez Romero, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Granada y una de las voces más lúcidas del revisionismo arqueológico actual.

Para la investigadora, la tesis de que los seres humanos somos violentos por naturaleza —la violencia inherente— no es más que una “metanarrativa”: un sesgo probélico que los medios de comunicación alimentan desde el siglo XIX y la academia contribuyó a popularizar.

“Nos exhiben la guerra como un videojuego”, afirma la experta ante los vídeos de ataques con drones que acumulan millones de visitas en internet.

Frente a la espectacularización de la masacre, Sánchez Romero reivindica el dato:“Las poblaciones pacíficas e igualitarias ganan por goleada abrumadora en la historia de la humanidad. Asumimos la idea de que la guerra es un motor de la historia, se blanquea desde quienes vencen porque se consiguen objetivos, aunque si hablamos de violencia deberíamos entender que una de las principales causas del sufrimiento humano es la lenta y silenciosa implantación de la desigualdad social, una forma de violencia estructural que hoy seguimos replicando y aceptando”.

Guerra. La historia de la humanidad la contamos de guerra en guerra. ¿De verdad no es algo innato?

Así es, los libros de historia se escriben de guerra en guerra, como si no hubiera otra cosa. Hay que empezar preguntándonos a qué llamamos guerra; ya no solo porque el uso histórico de lo que significa en cada periodo es francamente diferente, sino porque las definiciones pareciera que igualan a los grupos o naciones contrincantes. Pero, ¿se le puede llamar guerra a lo que pasa en Irán o a lo que sigue sufriendo Palestina? Hemos globalizado demasiado el término. Yo no sé si lo que ocurre en Palestina es una guerra o, más bien, una confrontación asimétrica de unos que pueden y que pretenden aniquilar a otros que, simplemente, no tienen capacidad de defenderse.

Cuando hablamos de relaciones humanas, deberíamos hablar de conflicto. El conflicto sí es inherente a nuestra especie: tú tienes unos intereses, yo tengo otros y chocamos. Ese conflicto se puede resolver de forma violenta, pacífica o a través de una violencia que no es física, sino estructural. La guerra es solo una estrategia entre otras para solventar un elemento, pero no es un rasgo innato, ni desde luego la única alternativa.

¿La mayor parte de los conflictos de la historia se han resuelto por vías ajenas a la guerra?

Sí, rotundamente. Ojo, esto no significa que sean soluciones perfectas. Resolver un conflicto de forma pacífica puede ser complejísimo: a veces funciona la diplomacia que usa el diálogo y la negociación, y otras veces simplemente alguien termina cediendo. Una parte acepta ciertas condiciones abusivas porque sabe que está en una posición de debilidad, lo cual sigue siendo violencia estructural. Pero la historia demuestra que ha habido infinidad de conflictos resueltos por la vía pacífica o con niveles de violencia física ínfimos.

¿No arrastramos guerras desde el origen de los tiempos?

Las guerras comienzan cuando aparece la desigualdad y existe competencia por los recursos. Durante mucho tiempo se ha situado este momento en Europa en la Edad del Bronce, cuando empiezan a aparecer evidencias arqueológicas relacionadas con prácticas violentas: las primeras armas y estructuras defensivas y la aparición de guerreros. Pero también aquí tenemos que acabar con mitos. ¿Cuándo surgen los ejércitos reales? Hay sociedades de las que se ha hablado muy alegremente como “sociedades Estado”, con ejércitos permanentes, y no lo son.

¿Como las de El Argar?

Las sociedades argáricas (Edad del Bronce en el sudeste de la península ibérica, entre el 2200 y el 1550 a e c) se han categorizado muchas veces como sociedades Estado entre otras razones porque parecía que tenían un cuerpo de guerreros. Sin embargo, analizas la cultura material y los datos no cuadran. Se han excavado miles de sepulturas en El Argar y solo tenemos 76 alabardas y 14 espadas en 700 años de historia. ¿Se puede considerar eso un cuerpo militar institucionalizado? Yo creo que no. Y además, solo en unos pocos casos se han documentado muescas o roturas compatibles con su utilización en enfrentamientos. Tampoco vemos las huellas de esa violencia en huesos humanos encontrados en las sepulturas. En este caso, las armas son objetos de representación, símbolos de estatus. Lo que había allí era violencia estructural.

¿Al hablar de violencia estructural está hablando de clases sociales?

Es el ejercicio de la desigualdad por parte de los que ostentan el poder frente a los que no. Las clases sociales son una forma de violencia estructural que perpetuamos hasta la actualidad. Vivimos en un mundo donde las desigualdades se manifiestan en la diferencia en los derechos y en el acceso a los recursos. Esta violencia no es física, y en muchas ocasiones sustituye a la agresión directa para evitar la extinción mutua.

En arqueología, una de las pruebas de la violencia estructural son los ajuares funerarios. Ver que alguien se entierra con una diadema de oro y otra persona lo hace con el cuerpo completamente desgastado por la artrosis y el trabajo duro, sin ningún tipo de ofrenda, es violencia estructural.

El establecimiento de clases sociales es una manera de solucionar el conflicto sin violencia física: “no te mato (porque además necesito tu fuerza de trabajo o tus habilidades para seguir manteniendo mi posición), pero no tienes los mismos derechos que yo”.

Cuando eres capaz de controlar el discurso de la desigualdad, algo que pasa mucho ahora, es porque en muchas ocasiones quienes se encuentran en posiciones más vulnerables han asimilado esa subordinación, han entendido que la desigualdad es la buena solución.

Las armas monopolizan la atención. En los museos y en los medios, encontrar una espada antigua parece el mayor trofeo arqueológico.

Porque la historia y la arqueología que heredamos del siglo XIX se construyeron erigiendo a la guerra como el único motor del cambio histórico. Hemos sublimado la guerra y blanqueado la violencia porque nos sirve para justificar objetivos geopolíticos, también actuales. Además, las armas tienen una ventaja museográfica: son atractivas y perfectamente identificables. En un museo te exponen quince espadas porque resultan espectaculares, pero a lo mejor te ocultan miles de vasijas cerámicas que explicarían muchísimo mejor la vida cotidiana de esa sociedad. Verás una punta de flecha y sabrás lo que es; al lado verás una piedra tosca etiquetada como “raedera” y pasarás de largo, sin saber que era un útil fundamental para preparar las pieles de animales y fabricar útiles, por ejemplo, para combatir el frío. Priorizamos lo bélico sobre lo cotidiano.

Si encuentras un enterramiento del Paleolítico de hace 15 000 años con diez individuos que muestran traumatismos craneales o cortes, eso será portada en todo el mundo. En cambio, una necrópolis con 500 personas donde ninguna presente pruebas de violencia física, jamás será noticia. Elevamos la excepción a la norma.

¿Es lo que ocurrió, por ejemplo, con los hallazgos de canibalismo en Atapuerca?

Incluso fenómenos como el canibalismo se han interpretado de forma sesgada. ¿Es siempre una forma de violencia física? No lo podemos asegurar; podría ser un ritual de reconocimiento o una forma de asumir a los ancestros, una cuestión gastronómica o de supervivencia y también, sí, una estrategia violenta. En Atapuerca se explica que no contamos con todas las evidencias necesarias para vincularlo con un contexto conductual específico, y es razonable: como científica quiero tener pruebas arqueológicas fehacientes antes de crear metanarrativas que normalmente coincidirán con prejuicios actuales de nuestra sociedad.

En su libro Lo que el cuerpo nos cuenta (Ed. Destino) narra dos episodios extremadamente violentos, uno en la Cueva del Trocs (Pirineo oscense) y otra en La Hoya (Laguardia, Álava).

Por supuesto que hay episodios violentos indiscutibles en la prehistoria, en la Cueva del Trocs, en el Neolítico (con restos de personas ejecutadas con flechas hace unos 7 300 años) o los yacimientos de la Edad del Hierro en el norte de España como La La Hoya, un poblado de la Edad del Hierro que llegó a acoger en algún momento hasta a 1 500 personas. Se han encontrado restos de 9 personas con amputaciones brutales. Yo no niego la violencia, sería absurdo hacerlo, pero la clave está en el porcentaje: la excepción no hace la norma.

En los años 90 hubo un boom de publicaciones académicas sobre la guerra en la prehistoria. ¿A qué respondió esa tendencia?

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió un periodo de paz idílica y las guerras se veían como algo exótico y lejano. Pero en los 90 estalló la guerra de los Balcanes, en pleno corazón europeo. Fue un conflicto cruento, televisado y doloroso. Ante el trauma de ver que la barbarie regresaba a casa, la reacción colectiva fue exculpatoria: “Es que somos violentos por naturaleza”. Se acudió a la prehistoria a buscar esos signos para justificar que no es culpa nuestra, que estamos programados así desde los orígenes y que tenemos que aceptarlo.

Pero eso es científicamente falso. Si comparamos cuantitativamente el número de fosas con heridas de lucha cuerpo a cuerpo frente a la inmensa cantidad de personas enterradas sin ningún tipo de violencia física, esta última gana por una goleada abrumadora. Que no haya marcas de guerra no significa que fuesen sociedades idílicas, sino que resolvían sus tensiones mediante mecanismos estructurales o de negociación.

En ese largo periodo que es el Paleolítico, ¿las poblaciones eran realmente igualitarias?

Sí, lo eran. Hay que entender que la diferencia no es lo mismo que la desigualdad. Se podía tener mayor habilidad para cazar, pintar o curar, pero eso no creaba sociedades jerárquicas ni coercitivas. La desigualdad comenzó más tarde, cuando la acumulación y el control de los recursos empezaron a generar competencia y exclusión.

Otra idea firmemente asentada es que la guerra es un asunto exclusivamente masculino. ¿Qué dice la arqueología de género al respecto?

Se ha negado sistemáticamente la presencia de las mujeres en la guerra, y es una falacia histórica. No solo sostuvieron la economía en la retaguardia, sino que estuvieron en primera línea de combate.

Un buen ejemplos son los enterramientos (kurganes) de hace unos 2500 años en el territorio de la actual Ucrania, donde se han encontrado tumbas de adolescentes de unos 13 años enterradas con todo el pertrecho militar y con traumatismos óseos que demuestran que murieron combatiendo. Al analizar las sepulturas de guerreros de esa zona ¡hasta el 20 % son mujeres! No es un caso aislado, es un porcentaje altísimo. Lo que ocurre es que en las narraciones épicas hay mucha propaganda. Así, nadie que gane una batalla dice que derrotó a 17 personas: dirá que derrotó a 1 500.

La guerra real no es la épica del combate, sino las poblaciones refugiadas, desplazadas, gentes despojadas de todo. Tras la victoria romana en la batalla de Baecula, a principios del año 208 a. e. c. la realidad no fue el triunfo glorioso de los generales, sino cientos de civiles huyendo desterrados de sus casas.

Llevando esto al presente: hoy los telediarios nos muestran ataques de drones masivos que casi parecen fuegos artificiales, pero se evita enseñar la crudeza de los cadáveres. ¿Nos hace esto percibir la guerra casi como un videojuego?

Totalmente, nos muestran la guerra como un videojuego. Romantizamos la guerra porque nos la muestran limpia. Censurar las imágenes de los cadáveres en televisión no se hace por respeto a los muertos; se hace para protegernos a nosotros, para evitar que suframos un desasosiego tremendo en la comodidad de nuestro sofá mientras cenamos. Si hay una guerra, deberíamos ver toda su crudeza, porque a los que ya están muertos les da igual si los miras o no; ellos lo que querían era seguir vivos. Ver la realidad nos obligaría a asumir las consecuencias de un conflicto. Al ocultarlo, protegemos nuestro propio bienestar psicológico y convertimos la tragedia humana en una feria tecnológica.

Lo que más me cabrea es que, para justificar el uso de la guerra hoy en día por puros intereses económicos, volvamos a mirar a la prehistoria para repetir falsamente: “No se preocupen, la violencia es inherente a la especie humana”. Y eso es mentira.

The Conversation

ref. Marga Sánchez Romero, arqueóloga: “Hemos sublimado la guerra y blanqueado la violencia para alcanzar objetivos geopolíticos” – https://theconversation.com/marga-sanchez-romero-arqueologa-hemos-sublimado-la-guerra-y-blanqueado-la-violencia-para-alcanzar-objetivos-geopoliticos-286292

¿Tienen micotoxinas mis macarrones?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natalia Martínez Reyes, Colaborador honorífico del Departamento de Biología Molecular, Universidad de León

La pasta, el pan, los cereales y la cerveza podrían albergar cantidades peligrosas de micotoxinas de hongos, si no fuera por los controles de calidad en el mercado de la alimentación. Kikofotografia/Pixabay

Si se va a hacer unos macarrones y resulta que le ha salido moho al queso que iba a usar, seguramente piense en cambiar de receta. Haría bien. Algunos mohos pueden producir micotoxinas. Pero ¿y si estas sustancias nocivas para la salud estuvieran en los macarrones?

Las micotoxinas son comunes en cereales y otros alimentos, como los frutos secos, especias y café. Pueden originarse mientras crece la planta y durante su almacenamiento, si hay humedad y calor. Por suerte, los controles sanitarios a los que se someten estos cultivos antes de llegar a nuestra mesa nos protegen de este problema, marcando límites máximos de micotoxinas en los alimentos.

Un enemigo invisible

El daño puede ser doble. Hay hongos, como algunas especies de Fusarium, que, además de hacer enfermar a las plantas, reduciendo su producción, pueden contaminarlas con diferentes tipos de micotoxinas que se ingieren con su consumo posterior.

Por desgracia, no podemos detectarlas por el aspecto ni el olor o sabor del alimento. Se necesitan análisis químicos muy sofisticados. Además, muchas son muy resistentes y no desaparecen al cocinar.

En total, se conocen más de 300 micotoxinas, aunque las más peligrosas pueden acotarse a doce. Sus efectos tóxicos son muy variados.

Algunas, como el desoxinivalenol, pueden causar daños gastrointestinales muy graves y alterar el sistema inmunológico. Otras, pueden inducir cáncer, como las aflatoxinas. Otro ejemplo son los alcaloides del ergot o cornezuelo del centeno, que pueden ser alucinógenos y causar gangrena.

¿Cómo evitamos estas peligrosas sustancias?

Dada su importancia, la prevención de la contaminación por micotoxinas ha sido ampliamente estudiada y regulada. Empieza mucho antes de que el alimento llegue al consumidor: en el cultivo, el almacenamiento y la transformación industrial.

En España, la legislación europea establece límites máximos seguros: si alguna toxina sobrepasa ese límite, el alimento no puede venderse.

Como prevención, es importante controlar la salud de los cultivos, con prácticas como labrar el suelo, usar semillas certificadas y emplear adecuadamente los fitosanitarios, productos químicos usados para proteger los cultivos de plagas y enfermedades.

Infografía sobre la contaminación por micotoxinas. En la parte superior, se muestran dos fuentes de contaminación:
Infografía sobre la contaminación por micotoxinas en cereales y las principales medidas de protección: buenas prácticas agrícolas, control de temperatura y humedad durante el almacenamiento, muestreo y análisis, y regulación alimentaria.
Natalia Martínez Reyes, CC BY-SA

Estos se emplean de forma habitual en sistemas agrícolas intensivos con condiciones climáticas favorables para los hongos, para reducir pérdidas de cosecha y proteger la cadena alimentaria.

En términos de salud pública, esta función es muy relevante. Si los hongos no pueden infectar la planta, no producirán micotoxinas.

Riesgos de los pesticidas

Sin embargo, el uso de fitosanitarios puede crear riesgos para el suelo, la calidad de las aguas, la biodiversidad e, incluso, la salud humana.

Por ello, la Unión Europea fomenta el uso de métodos naturales y no químicos, mediante la Política Agraria Común (la PAC).

Uno de estos métodos es el empleo de agentes de control biológico: consiste en usar a los enemigos naturales de los organismos perjudiciales a nuestro favor.

Una batalla microscópica

Un gran ejemplo es el uso de Trichoderma, un hongo con un característico color verde que puede mejorar la salud de las plantas y frenar a los productores de micotoxinas.

Puede parecer paradójico que un hongo nos ayude a controlar a otro, pero esa idea resume muy bien uno de los principios más fascinantes de la ecología microbiana: en la naturaleza, los microorganismos compiten, se inhiben y se equilibran entre sí.

Microbioma del suelo, un equilibrio beneficioso

En el suelo y sobre la planta, conviven bacterias, hongos beneficiosos y hongos patógenos. Algunos hongos y bacterias se entremezclan con las células de las raíces de las plantas en una relación simbiótica, beneficiosa para ambos. Otros atacan a las plantas y también pueden atacarse entre sí.

Estos microorganismos ocupan espacio y consumen nutrientes, pero pueden producir sustancias que les dan ventaja frente a los demás, como ocurre con los antibióticos y los compuestos antifúngicos que usamos en medicina.

En un gramo de suelo, hay millones de microorganismos diferentes. Si eliminamos a una gran parte, dejarán de cumplir su función. Dejarán un espacio que puede ser ocupado por un hongo productor de micotoxinas.

Hacia una agricultura más sostenible

En este escenario, el campo no es una simple fábrica donde entran semillas, fertilizante y agua y sale un producto. Se trata de un ecosistema complejo del que cada día aprendemos más.

Hay que comprender el microbioma del suelo y de la planta. Es decir, la comunidad de microorganismos que interactúa con los cultivos en cada momento. Un suelo vivo y diverso puede ofrecer más resistencia frente a la invasión de hongos problemáticos.

En este escenario, el control biológico es prometedor, pero no sustituye a las demás medidas. Requiere investigación, selección de cepas eficaces, evaluación de su seguridad, adaptación a cada cultivo y a cada región. Es una herramienta más dentro de la gestión integrada de los cultivos.

Por eso, la discusión sobre los pesticidas no debería plantearse en términos de todo o nada. La clave es combinar las herramientas que tenemos para garantizar alimentos seguros y minimizar el impacto ambiental. Se debe reducir la dependencia de los fitosanitarios de síntesis cuando existan alternativas eficaces, sin olvidar que la protección del alimento es prioritaria.

Como apuntábamos al principio del artículo, la buena noticia es que las micotoxinas en los macarrones no son un problema que tengamos que resolver solos en nuestra casa. Para eso existen controles, legislación y mucha investigación detrás de cada cereal que llega al supermercado.

La mala noticia es que el queso con moho de la nevera sigue siendo cosa de cada uno.

The Conversation

Natalia Martínez Reyes ha recibido fondos de la Junta de Castilla y León y el Fondo Social Europeo para realizar investigaciones sobre el uso de agentes de biocontrol en cultivos, y del Ministerio de Ciencia e Innovación y la Agencia Estatal de Investigación para investigar sobre el uso de bacterias para degradar micotoxinas.

Rosa Elena Cardoza Silva recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación. Miembro del equipo investigador del Proyecto “Aislamiento de cepas bacterianas capaces de de-epoxidar trichotecenos a partir de cultivos de judía y lúpulo colonizados por cepas de Trichoderma productora de estas micotoxinas”, TRICHODETOX. 2022-2025

This work was supported in a part of the Spanish I + D + i Grant PID2021-123874O-I00, financed by the MCIN/AEI/https:// doi.org/https://doi.org/10.13039/501100011033, for Santiago Gutiérrez, Natalia Martínez and Rosa E. Cardoza

ref. ¿Tienen micotoxinas mis macarrones? – https://theconversation.com/tienen-micotoxinas-mis-macarrones-283705

¿Podrían ayudar las estatinas a mantener a raya el alzhéimer?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucrecia Moreno Royo, Catedrática de Universidad, Universidad CEU Cardenal Herrera

pimpampix/Shutterstock

Aunque la causa de la enfermedad de Alzheimer aún se ignora, existen varios factores de riesgo conocidos. Uno de ellos es tener niveles elevados de colesterol LDL (el llamado “colesterol malo”) durante la mediana edad, un factor modificable que se ha asociado a mayores posibilidades de desarrollar una demencia.

Las estatinas constituyen uno de los tratamientos más prescritos en todo el mundo para reducir el colesterol-LDL, y lo consiguen bloqueando la enzima responsable de su síntesis en el hígado (HMG-CoA reductasa). Numerosos ensayos clínicos han evidenciado que estos fármacos reducen de forma significativa el riesgo de infarto de miocardio, ictus y muerte de origen cardiovascular, tanto en personas con enfermedad cardiovascular previa como en aquellas con un riesgo elevado de desarrollarla.

Sin embargo, cuando trasladamos la cuestión al cerebro, la respuesta deja de ser tan sencilla. El metabolismo del colesterol cerebral es muy diferente al del resto del organismo, lo que ha generado un intenso debate sobre si este medicamento puede influir, de forma beneficiosa o perjudicial, en dolencias neurodegenerativas como el alzhéimer.

El imprescindible papel del colesterol en el cerebro

El cerebro representa solo el 2 % del peso de nuestro cuerpo, pero contiene la cuarta parte del colesterol total del organismo. La mayor parte se sintetiza localmente en el propio sistema nervioso y está protegido por la llamada barrera hematoencefálica. Ese lípido es esencial para la formación y mantenimiento de las membranas neuronales, la sinapsis (el punto de conexión que permite que las neuronas se comuniquen entre sí), la mielinización de los axones (la capa protectora que protege la prolongación de las neuronas) y, en general, para el desarrollo y funcionamiento normal del sistema nervioso. Sin el colesterol, el cerebro no podría funcionar correctamente.

Por eso, la relación entre colesterol sanguíneo, salud cerebral y deterioro cognitivo es mucho más compleja de lo que solemos pensar. Como apuntábamos más arriba, diversos estudios indican que niveles elevados durante la mediana edad están asociados con mayores posibilidades de padecer demencia décadas después. De hecho, la Comisión Lancet sobre prevención de la demencia incorporó recientemente el colesterol LDL elevado como uno de los 14 factores de riesgo modificables sobre los que merece la pena actuar. Según esta comisión de expertos, el 45 % de los casos de demencia podrían evitarse o retrasarse si se controlaran esos condicionantes.

Y aquí entrarían en escena las estatinas. Porque además de reducir el colesterol, poseen efectos antiinflamatorios y antioxidantes que podrían tener interés en enfermedades neurodegenerativas. Sin embargo, los resultados de las investigaciones realizadas hasta la fecha han sido contradictorios.

Teniendo todo esto en cuenta, nuestro equipo de investigación se preguntó: ¿qué ocurriría si inhibimos la síntesis de colesterol en el cerebro?

Lo que observamos en miles de pacientes

Con el objetivo de explorar la cuestión analizamos datos de más de 47 000 pacientes mayores con factores de riesgo cardiovascular. Nuestros resultados sugieren que las estatinas hidrofílicas (aquellas que por su naturaleza no pueden atravesar la barrera hematoencefálica y llegar al cerebro) podrían asociarse con una menor utilización de medicamentos para el alzhéimer que las estatinas lipofílicas (que sí atraviesan dicha barrera), lo cual sugiere que las primeras podrían tener un efecto protector.




Leer más:
Reparar la barrera cerebral: ¿una nueva vía para frenar el alzhéimer?


Asimismo, observamos diferencias entre los diferentes principios activos concretos: la rosuvastatina (estatina hidrofílicas de potencia alta) y pitavastatina (estatina lipofílica de potencia baja) mostraron asociaciones más favorables en comparación con atorvastatina (estatina lipofílica de alta potencia).

Modalidades de estatinas.

¿Qué significan estos resultados?

Es importante subrayar que nuestros hallazgos no demuestran que una estatina prevenga el alzhéimer ni que otra lo favorezca. Los estudios observacionales permiten detectar asociaciones, pero no establecer relaciones de causa y efecto. Además, las personas que reciben distintos tratamientos pueden diferir en edad, factores de riesgo cardiovascular, comorbilidades o gravedad de la enfermedad.

Por ello, estos resultados deben interpretarse como una nueva hipótesis de investigación. Aunque mantener el colesterol LDL dentro de los niveles recomendados sigue siendo fundamental, nuestro trabajo sugiere que las características farmacológicas de las estatinas, especialmente su capacidad para atravesar la barrera hematoencefálica, podrían influir en la salud cerebral.

El objetivo no es solo proteger el corazón, sino hacerlo sin comprometer los mecanismos que permiten mantener un cerebro sano durante el envejecimiento.

The Conversation

Lucrecia Moreno Royo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Podrían ayudar las estatinas a mantener a raya el alzhéimer? – https://theconversation.com/podrian-ayudar-las-estatinas-a-mantener-a-raya-el-alzheimer-286168

Neurociencia de los medios de comunicación: ¿cómo nos impactan sus mensajes?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Óscar Díaz Chica, Profesor del Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Europea Miguel de Cervantes

StunningArt/Shutterstock

A mediados del siglo XX se comenzó a abordar con un enfoque científico la forma en que la comunicación mediática afecta a las personas. El impacto que esta genera en los receptores de los mensajes se ha medido y evaluado desde diversas escuelas, corrientes y disciplinas a lo largo de las últimas décadas.

A través de un revisión sistemática, una nueva investigación analiza múltiples estudios neurocientíficos para definir si existe un marco homogéneo que permita interpretar los efectos de los medios de masas en las audiencias. O si, por el contrario, la aplicación de la neurociencia a esta área de estudio únicamente representa otro enfoque más: una vía de conocimiento que enriquece la rica propuesta existente de paradigmas, escuelas, modelos y teorías en las ciencias sociales sobre el influjo de los medios de comunicación en sus receptores.

La retórica como punto de partida

Pensar primero y hablar después. Directrices como esta ya se planteaban en la antigua Grecia cuando una persona quería convencer a otras a través de la comunicación. Desde entonces, la retórica, que la RAE define como “arte de bien decir” para deleitar, persuadir o conmover, ha tenido mucho desarrollo.

Con el paso del tiempo, la influencia se ha trasladado del “qué decimos” al “dónde lo decimos”, es decir, a la forma en que nos afectan los canales que utiliza la comunicación. Es el espacio de los propios medios de comunicación (televisión, redes sociales, plataformas, industrias culturales, etc.).

¿Está claro cómo nos influyen los medios de comunicación?

La influencia de los medios resulta innegable, pero la valoración del alcance de su impacto varía. Algunos estudios presentan a los medios como todopoderosos, mientras que otras propuestas defienden que tienen una influencia limitada. Y también hay planteamientos a medio camino, que sostienen que los medios de comunicación nos impactan de manera lenta y a largo plazo.

En función del marco teórico desde el que se origina cada estudio, surgen diferentes interpretaciones acerca del efecto que los medios producen en las personas.

Autores como el sociólogo Pierre Bordieu o el politólogo Harold Lasswell aportan argumentos para una visión totalizadora. El primero cuestiona el monopolio hegemónico de los medios y su capacidad de anular el sentido crítico. El segundo instauró el modelo lineal de la comunicación: ¿quién dice qué, en qué canal, a quién y con qué efecto?. Sus teorías atribuían un poder todopoderoso a la propaganda para manipular a las masas pasivas. Stuart Hall, desde los estudios culturales, pone el acento en la recepción. Para este autor, el impacto depende de la posición del espectador en un “área de lucha cultural”.

Son solo algunos ejemplos sobre la diversidad de teorías existentes y la dificultad que encuentran los expertos para ponerse de acuerdo sobre cómo los mass media nos afectan.

Las herramientas que utiliza la neurociencia en sus estudios (tomografía axial computarizada, resonancia magnética, electroencefalograma, etc.) permiten obtener datos objetivos. Por este motivo, podemos preguntarnos: ¿es posible un acuerdo a partir de la medición de las respuestas fisiológicas que se producen en el cuerpo y en el cerebro cuando vemos una noticia o un anuncio?

Para resolver esta cuestión, mi estudio ha revisado investigaciones de referencia escritas en español que aplican la neurociencia para estudiar cómo los medios nos influyen.

Hallazgos desde la neurociencia

  • En uno de los trabajos analizados, se evalúa la respuesta emocional al ver publicidad de entidades públicas y su relación con el recuerdo. Según sus resultados, una realización atractiva de la publicidad puede ser favorable para generar emociones. Los anuncios que más se recuerdan están asociados con una emoción negativa (asco) y con una neutra (sorpresa). Estos hallazgos quizá expliquen por qué algunos anuncios de salud desagradables no se olvidan. Además, la reacción emocional varía según el sexo biológico.

  • Otra investigación sobre las respuestas emocionales y el cambio de intención de comportamiento tras ver un anuncio de concienciación social sanitaria también ofrece resultados diferentes según el sexo biológico. La campaña parece impactar afectivamente más en los hombres, mientras genera una mayor respuesta cognitiva en las mujeres en aspectos como la atención o la memorización.

  • Un tercer estudio analiza si existe un patrón de respuesta en la comunicación persuasiva de salud, cuando el mensaje se encuadra más en la ganancia o en la pérdida. Si se utiliza un marco de ganancia, los anuncios generan un mayor nivel de atención visual, requieren un menor tiempo de lectura y provocan una respuesta emocional superior. Además, la respuesta suele ser más positiva y motivacional. En sintonía con estos resultados, una campaña que afirmara “No fumar mejora tu salud” funcionaría mejor que “Si fumas, puedes enfermar”.

  • La neurociencia también se aplica en el estudio sobre cómo los contenidos audiovisuales modulan la percepción del tiempo en el espectador. Según los resultados de un trabajo, un montaje rápido está relacionado con una mayor percepción de la duración un vídeo.
    Ese montaje rápido provoca una actividad de los ojos más intensa, con menos fijaciones visuales y un mayor número de movimientos sacádicos (pequeños saltos rápidos que hacen nuestros ojos cuando miran algo). Y la mayor amplitud de los movimientos sacádicos, más frecuente en vídeos relacionados con una acción no intencional y no lineal, también produce una sensación de que el contenido audiovisual dura más. Por ejemplo, al ver un vídeo muy rápido en TikTok, tenemos la percepción de que su duración es mayor de la real.

  • Otra investigación analiza la relación entre el enfoque de los anuncios sobre cuestiones medioambientales (positivo, neutro o negativo) y la preocupación por el medioambiente en los receptores. Los resultados señalan qué zonas del cerebro se activan en cada caso. Cuando el mensaje remite a estímulos negativos de pérdida, se produce una activación asociada de la amígdala (núcleo de control de las emociones) y la corteza media prefrontal, especialmente en personas ya preocupadas por el medioambiente. Por ello, los hallazgos de este trabajo explican, entre otros aspectos, que nuestras ideas previas también influyen en cómo reaccionamos.

  • Y, por último, otro estudio revisado evalúa la atención y emoción de los espectadores audiovisuales durante los discursos políticos. De acuerdo con los resultados, tanto la atención como la emoción aumentan cuando se producen cambios sonoros o visuales respecto a los registros precedentes (por ejemplo, los aplausos). También se pudieron advertir dos estructuras exitosas de discurso: una en crecimiento “atencio-emocional continuo y sostenido”, y otro con un comienzo explosivo y sostenimiento en atención y emoción posterior.

Resultados heterogéneos

¿Permite la neurociencia entonces construir un mapa del impacto de los medios? Todavía no. Los resultados alcanzados hacen referencia a cuestiones muy concretas y no comparables, que solo coinciden en dos estudios de manera marginal (importancia de la emoción para recordar la información publicitaria).

La aplicación de la neurociencia al estudio de los efectos de los medios de comunicación constituye un campo emergente. En este momento histórico, ese tipo de estudios parecen constituir otra vía más para comprender cómo los medios de comunicación nos afectan. Quizá en un futuro cercano sus resultados se vayan complementando con los ofrecidos por el resto de enfoques y sean más generalizables.

En resumen, la neurociencia nos da pistas interesantes pero todavía no puede dar una respuesta definitiva. Entender cómo nos influyen los medios sigue siendo un rompecabezas sin armar del todo.

The Conversation

Óscar Díaz Chica no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Neurociencia de los medios de comunicación: ¿cómo nos impactan sus mensajes? – https://theconversation.com/neurociencia-de-los-medios-de-comunicacion-como-nos-impactan-sus-mensajes-284812

Qué leer este verano: recomendaciones para niños y adolescentes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cláudia Maria Costa Dias, Docente e Investigadora. Prof. en el Grado de Educación Infantil y Máster en Psicopedagogía de la Universidad Internacional de la Rioja., UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

NadyaEugene/Shutterstock

En ninguna maleta debería faltar un libro, en las infantiles y adolescentes tampoco. Aquí algunas recomendaciones de ocho expertos, para todas las edades y gustos, para llevarse de viaje o evadirse del calor.


Tengo un volcán, Miriam Tirado y Joan Turu

Miriam Tirado y Joan Turu.
Carambuco Ediciones

Ofrece recursos simbólicos para nombrar y comprender una emoción que, a los 5, 6 años, resulta especialmente difícil de gestionar: la ira. El libro recurre a la metáfora del volcán que entra en erupción para representar de forma visual y muy intuitiva lo que sucede en el cuerpo y en la mente cuando el enfado crece sin control, lo que permite a los niños identificar esa sensación interna –el calor, la presión, el deseo de explotar– con una imagen concreta y fácil de recordar. Contar con metáforas claras ayuda a poner nombre a los sentimientos y, con ello, a la regulación emocional. Entendemos que sentir rabia o enfado es normal y legítimo, pero que existen formas de gestionar esa energía sin que termine dañando la relación con los demás.


Andy Griffiths y Terry Denton. Traducción de Rita da Costa García.
Penguin Radom House

La casa en el árbol de 13 pisos, Andy Griffiths y Terry Denton

Ideal como puente entre la lectura autónoma y la lectura compartida en familia. Se trata del primer volumen de una serie de trece títulos, estructurada en capítulos breves que se corresponden con cada uno de los pisos de la casa-árbol protagonista. Esta arquitectura narrativa, sencilla pero ingeniosa, permite que el lector vaya avanzando “piso a piso”, lo que ofrece pequeñas metas de lectura muy adecuadas para niños que empiezan a ganar confianza con los textos extensos.

Aunque algunas guías de lectura sitúan la edad recomendada a partir de los 10 años, la experiencia indica que puede introducirse ya a los 7 u 8 años si se acompaña desde el entorno familiar, lo que convierte al libro en una herramienta idónea para la lectura compartida entre adultos y niños.

Estimula de forma muy directa la curiosidad, la imaginación y la creatividad. Situaciones disparatadas y humorísticas invitan al niño a interpretar, anticipar y dar sentido a lo que ocurre, favoreciendo así la comprensión lectora. Los propios autores son personajes dentro de la historia lo que genera un efecto de cercanía y complicidad.

Aunque su extensión y su densidad textual puedan suponer un reto mayor que el de otros álbumes ilustrados más breves, precisamente ese desafío es parte de su valor pedagógico: enseña a los niños a sostener la atención durante relatos más largos, a tolerar cierta incertidumbre narrativa y a disfrutar del proceso de “subir” de capítulo en capítulo, ganando autonomía lectora progresivamente. Leer juntos estas páginas permite conversar sobre el humor, las situaciones absurdas y los pequeños conflictos que surgen entre los personajes, convirtiendo la lectura en un espacio de vínculo afectivo además de un ejercicio de desarrollo lingüístico y cognitivo.


Raquel Díaz Reguera.
NubeOcho

Yo voy conmigo, Raquel Díaz Reguera

Un conjunto de relatos que ayudan a partir de los 7 años a construir una imagen sana y segura de sí mismos en una etapa en la que empiezan a compararse con los demás y a ser más sensibles a la mirada externa. El libro aborda de manera directa y accesible los temas de la autoestima y la identidad, cuestiones que a esta edad cobran especial relevancia porque coinciden con el momento en que los niños comienzan a definirse fuera del núcleo familiar, en la escuela y en el grupo de iguales, y en el que las primeras inseguridades sobre el propio cuerpo, las capacidades o la forma de ser pueden empezar a aparecer.

A los 7-9 años, los niños están desarrollando su capacidad de pensamiento crítico y de autorreflexión, por lo que una historia que pone el foco en “ir con uno mismo” –es decir, en sostenerse desde la propia identidad y no desde la validación externa– les proporciona un marco de referencia valioso para enfrentar situaciones cotidianas como la presión de grupo, la comparación o el miedo al rechazo.

Recomendados por Claudia Maria Costa Dias, profesora grado Educación Infantil y Psicopedagogía


El hombre palo, Julia Donaldson

Julia Donaldson. Ilustrador/a Axel Scheffler. Traductor Roberto Vivero Rodríguez.
Bruño

Pensados para el pequeño lector acompañado desde los 3 o 4 años y para la lectura autónoma a partir de los 6 o 7, los libros del tándem Julia Donaldson y Axel Scheffler, autores del afamado libro El Gruffalo, son indispensables en cualquier lista de obras de literatura infantil. En el caso de El Hombre Palo, nos encontramos con un personaje (un pequeño palo humanizado) que se pierde en el bosque e inicia un viaje en el que animales, niños y adultos lo encuentran y lo utilizan en sus juegos o quehaceres diarios, mientras que él defiende una y otra vez que él es el Hombre Palo y solo desea volver a su hogar.

Mediante la identificación con el pequeño hombre palo, los más pequeños aprenden modelos de actuación y contexto que les permiten entender temas tan complejos como el miedo a la separación y la soledad, la construcción de una identidad propia, el abuso de autoridad y, sobre todo, la familia como el lugar en el que se puede ser uno mismo.

Como puede apreciarse, la obra, al igual que la mayoría de las realizadas por esta pareja de escritora e ilustrador, desafía el prejuicio de que la literatura infantil no aborda temáticas complejas. Por otro lado, la riqueza visual del libro y la muy pensada relación complementaria entre imagen y palabra al construir la historia refuerzan los procesos de inmersión lectora y de construcción del mundo ficcional del texto, lo que estimula el aprendizaje y los procesos cognitivos en este nivel inicial.

Recomendado por Sara Molpeceres Arnaiz, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada


El verdadero final de La Bella Durmiente, Ana María Matute

Ana María Matute.
Planeta de Libros

“Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, éste es el verdadero final de aquella historia”.

Así comienza El verdadero final de La Bella Durmiente, obra en la que Ana María Matute, escritora de cuya muerte el pasado 25 de junio se cumplieron doce años, narra qué sucedió con el personaje de la Bella Durmiente, y con su príncipe salvador, después de su matrimonio. No es, sin embargo, una continuación ficticia, sino una recreación de una segunda parte verdaderamente existente de la historia, que se encuentra en las versiones de Giambattista Basile y Charles Perrault, pero que los hermanos Grimm, así como luego Disney en su versión cinematográfica de 1959, eliminaron, condenándola en cierto modo al olvido.

Es una obra valiosísima para lectores jóvenes, no solo por su evidente calidad literaria, sino también porque desplaza la atención hacia lo que suele quedar oculto, aquella otra historia que acontece después del supuesto final feliz. Esta decisión hace que el texto siga siendo hoy actual, porque conecta con una idea muy contemporánea, y es que detrás de las apariencias hay contradicciones, “zonas oscuras” que también forman parte de crecer.

Matute muestra que releer no es repetir, sino mirar de nuevo y, por ello, este cuento sigue siendo una muy buena puerta de entrada a la literatura, para disfrutarla y también para reflexionar y aprender con ella.

Recomendado por Claudio Moyano, Didáctica de la Lengua y la Literatura


Ronia. La hija del bandolero, Astrid Lindgren

Astrid Lindgren. Ilustraciones de Katsuya Kondo. Traducción de Ulla Ljungström y Esther Rubio.
Editorial Kókinos

Astrid Lindgren fue una escritora valiente y extremadamente respetuosa con la infancia, se tomaba muy en serio a los niños y niñas que leerían sus obras y les hablaba con honestidad y sin ñoñerías injustificadas ni moralinas. Uno de sus personajes más conocidos, Pippi Långstrump, ha hecho las delicias de varias generaciones, ya sea en formato libro o en formato audiovisual.

Toda la obra de Lindgren es un disfrute asegurado. Pero en este caso, por ampliar la mirada más allá de Pippi, recomiendo dos obras recientemente reeditadas por Kókinos: Ronia. La hija del bandolero y Los hermanos Corazón de León. Ambas están protagonizadas por niños que tienen vidas muy fuera de lo común, llenas de aventuras y fantasía, en las que deben afrontar dificultades y peligros que no son ya tan comunes entre las páginas que ofrecemos al público infantil. En estas obras hay espacio para el miedo y el desengaño, pero también para el amor, la ternura y el cuidado.


Astrid Lindgren. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Traducción de Kókinos.
Editorial Kókinos

Los hermanos Corazón de León, Astrid Lindgren

Ronia ofrece una ventana a una naturaleza cargada de magia, al despertar adolescente con todos sus miedos y dudas, al descubrimiento autónomo de los propios límites y la propia identidad. Los hermanos Corazón de León nos brindan una bellísima representación del amor fraternal, del cuidado entre amigos y vecinos, de la fuerza que tiene la comunidad en tiempos oscuros y de los límites que somos capaces de superar cuando nuestras inseguridades no nos dejan inmóviles.

El mundo de Astrid Lindgren es un excelente destino para estos días de verano si el lector busca aventura, emoción y disfrute, aderezados con un toque de optimismo.

Recomendados por Marta Larragueta Arribas, Didáctica de la Lengua y la Literatura


Matilda, Roald Dahl

Roald Dahl. Traducción de Pedro Barbadillo Gómez. Ilustraciones de Quentin Blake.
Alfaguara

Matilda, de Roald Dahl, cumplirá pronto 40 años. Pero está aún lejos de quedar marginada en el rincón de los “clásicos”. No acabará como lectura que se aprende de memoria sin abrir sus páginas; no se lo merece. Matilda es mucho más que un libro “de paso” por la infancia, o un recuerdo nostálgico de la generación milenial. Ahí continúa, leyéndose en colegios e institutos de todo el mundo. Muchos la recomendarán, y con razón, por su corazón “metaliterario”: un libro que trata sobre libros, sobre los clásicos que definen nuestra cultura, y una defensa firme de la lectura como súperpoder.

Pero, como toda buena literatura que no se queda en su argumento, Matilda guarda mucho más. Conecta a adultos, adolescentes y niños en torno a una pequeña cría que nos demuestra que la literatura consiste, sobre todo, en la aventura de vivir. Matilda lee (mucho), y luego piensa, y razona, y opina. Construye su experiencia de la realidad, y por tanto su identidad, sobre lo que los libros le enseñan. Y esa es una fuente infinita de relecturas. Más allá de sus trepidantes y sorprendentes aventuras contra adultos tiranos, nos enseña que la literatura no es comprender un texto, sino imaginar qué hacer con él. Y en sus páginas, abiertas a todo el mundo, seguiremos leyendo, pensando, opinando y descubriendo, con Matilda, que los libros pueden transformar nuestra realidad.

Recomendado por Alberto Escalante Varona, Didáctica de la Lengua y la Literatura


Un conjuro, Paula Melchor

Paula Melchor.
Letraversal

Si fuese adolescente y nunca hubiera leído poesía desearía que los primeros versos que llegasen a mí fueran los de Paula: sencillos, perspicaces, comestibles. En una pulsión por subvertir el canon curricular y sus constricciones, el presente parece un buen punto de partida. No obstante, el presente no nace del vacío, sino que emana de una tradición a la que debería ser accesible aproximarse. En este caso, la autora lo consigue regalándonos destellos de ideas de místicas como Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús, o conceptos tan valiosos como los claros del bosque de María Zambrano. Quizá sea esta una manera más amable de ofrecer a las personas jóvenes el trabajo de pensadoras como ellas, con las que tenemos una deuda cultural inmensa.

A través de la historia de la juglarilla, en una especie de poemario de formación, se despliegan ante nuestros ojos las potencias de lo natural: el río, las bellotas, las piedras o los animales que habitan el paisaje.

La voz poética cristaliza una ternura fractal, interdependiente hacia todos ellos. Aprende la soledad sin su cervatillo, señala la importancia de nombrar las cosas, experimenta las alegrías de la amistad, se pregunta por la escritura y por el impacto que tiene aquello que creamos. Reflexiona con franqueza y miedo sobre las expectativas, la vergüenza, la frustración y la autoexigencia. Aun así, más allá del desasosiego, un puñado de palabras luminosas, un consuelo, casi un antídoto. El alivio de los amores que nos permiten descansar de nosotras mismas: “Me senté con mis criaturas silenciosas en el patio de la casa. Las únicas que nunca me pidieron nada. Ninguna canción, ningún parlamento brillante … Ellas nunca me exigieron ningún deslumbramiento. Me permitían estar callada. Callada y quieta en el patio de la casa”.

Recomendado por Celia Torrejón Tobío, Narrativa Contemporánea Femenina


La cuarta vida de Blanca Cuervo, Alba Quintas Garciandia

Alba Quintás Garciandia.
SM

El Premio Gran Angular 2026 es una historia dura y oscura. Se centra en un tema que preocupa a los adolescentes o que forma parte de algunas de sus conversaciones: el dinero fácil, la necesidad de copiar las “vidas” de las redes sociales, la falsa confianza del yo puedo con eso…

La forma de narrarlo, la manera de dar protagonismo a cada una de las voces o de diferenciar los puntos de vista de personajes tan diferentes, nos lleva a subrayar diferentes frases que muestran maneras de ver el mundo.

Es un libro para leer conjuntamente, en familia o en un club de lectura de la biblioteca escolar o pública. Porque es un libro valiente y sin complejos que merece unas hora de nuestro tiempo y de nuestras conversaciones.


Maite Carranza.
Edebé

La guerra de las brujas, Maite Carranza

La saga La guerra de las brujas está formada por tres libros: El clan de la Loba, El desierto de hielo y La Maldición de Odi, a los que en 2023 se sumó la precuela La loba gris. La historia de Deméter.

Carranza ha construido un mundo mágico más allá de la ficción que crea la industria del entretenimiento. Un universo de calidad que, a lo largo de cuatro libros, narra la historia de mujeres con poderes, ligadas a la cultura mediterránea y atlántica. Un mundo propio que ha llegado a más de 30 lenguas y ha merecido diferentes premios.

La loba gris cuenta los inicios de los clanes de las brujas Omar, que han vivido ocultas de las brujas Odish, y se centra en la historia de Deméter, la abuela de Anaíd. El siguiente libro de la saga, El clan de la Loba, ya se centra en la elegida, Anaíd, que ha pasado su infancia resguardada en un pueblo del Pirineo, ignorando los secretos de las mujeres de su familia pero que deberá asumir su destino para salvar a su clan.

Más allá de los mundos mágicos de las sagas más globales, La Guerra de las brujas construye un mundo fantástico desde nuestras raíces, actualizando la figura de las brujas, rompiendo moldes y ofreciendo una aventura que demuestra como desde lo local se llega a todos los públicos.

Recomendados por Gemma Lluch, catedrática de Literatura Catalana


Barbecho, David Sancho

David Sancho.
Salamandra

Esta novela gráfica nos transporta al mundo rural de la España del último siglo, desde los años treinta hasta una actualidad marcada por la despoblación y el abandono progresivo de muchos pueblos. A través de la vida de Emilio, el libro recorre una forma de habitar la tierra que ha ido cambiando con el tiempo, entre la dureza del campo, la memoria familiar, la emigración hacia la ciudad y la desaparición lenta de una comunidad.

Emilio, el último habitante de un pequeño pueblo turolense, vive casi al margen de todo. A su alrededor, las casas empiezan a desaparecer y solo él parece advertirlo. Esa premisa, cercana por momentos a lo fantástico, permite vislumbrar el concepto de la España vaciada sin necesidad de convertir la historia en un documental. Al final, llega a transmitir una sensación de pérdida ligada a los lugares, a las rutinas y a la relación con el mundo.

Su formato de cómic permite que esa desaparición del lugar en el tiempo pueda vivenciarse no solamente en el texto, sino principalmente en la imagen. Los espacios vacíos, los interiores de las casas, los caminos y los silencios tienen tanto peso como lo que se dice. Barbecho abre una conversación sobre qué significa marcharse, qué significa quedarse y qué ocurre cuando un territorio deja de estar habitado, pero no del todo recordado.


Hayao Miyazaki.
Salamandra

El viaje de Shuna, Hayao Miyazaki

Publicado originalmente en 1983, fue durante años una obra menos accesible dentro de la trayectoria del creador de Studio Ghibli. Es un relato ilustrado que puede leerse como una pieza muy especial dentro de su universo creativo. Quien haya disfrutado con El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o cualquiera de sus grandes relatos cinematográficos reconocerá aquí algunas de sus preocupaciones habituales, como la aventura, la naturaleza, la supervivencia y la relación entre el individuo y la comunidad.

Shuna es el joven heredero de una tierra pobre, donde la cosecha apenas permite sobrevivir. Cuando oye hablar de unas semillas doradas que podrían devolver la abundancia a su pueblo, emprende un viaje hacia un lugar del que nadie regresa. A partir de ahí, el libro despliega un mundo duro y hermoso, con pueblos sometidos, comercio de esclavos, criaturas extrañas y paisajes que parecen venir de una mitología propia. Con Miyazaki, lo importante no es solo llegar al final del viaje sino todo lo que ocurre durante el camino, porque ahí se ponen a prueba el miedo, el cuidado, la responsabilidad y la manera de mirar el mundo.


Ellen Duthie y Anna Juan Cantavella. Ilustraciones de Andrea Antinori.
Wonder Ponder

¿Así es la muerte?, Ellen Duthie y Anna Juan Cantavella

La muerte sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad, especialmente cuando hablamos de edades tempranas y de jóvenes. Se evita, se intenta delegar en otras personas o se suaviza tanto que a veces acaba siendo más difícil preguntar por ella. ¿Así es la muerte? parte de 38 preguntas reales formuladas por niños y niñas de entre 5 y 15 años. Su estructura, cercana a una conversación abierta, permite encontrar cuestiones como “¿Yo me moriré?”, “¿Adónde vamos cuando morimos?”, “Si se muere alguien a quien quieres, ¿cuánto tiempo estás triste?” o “¿Por qué se dice descanse en paz, y no descanse divertido?”.

Gracias a estas cuestiones, el libro permite acercarse a la muerte desde la curiosidad, la lógica cotidiana, el humor y la observación de lo que ocurre alrededor. En sus páginas aparecen asuntos muy concretos, como el cuerpo, el pensamiento, las creencias, el duelo, el recuerdo o el cuidado de quienes se quedan. También aparece la muerte como finitud, como conciencia de que la vida tiene un límite y de que los vínculos, los recuerdos y el tiempo compartido importan precisamente por eso. Las ilustraciones de Andrea Antinori no rebajan el tema, pero sí lo vuelven más accesible y permiten tratarlo con respeto, distancia y naturalidad.

Recomendados por Kevin Baldrich, Didáctica de la Lengua y la Literatura

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Qué leer este verano: recomendaciones para niños y adolescentes – https://theconversation.com/que-leer-este-verano-recomendaciones-para-ninos-y-adolescentes-285837

Avec cette peine prononcée contre Marine Le Pen, « l’institution judiciaire transfère la décision politique aux citoyens »

Source: The Conversation – France in French (3) – By Luc Rouban, Directeur de recherches (CNRS) au Cevipof, Sciences Po

La dirigeante du Rassemblement national, Marine Le Pen, a été condamnée en appel, mardi 7 juillet 2026, à trois ans de prison, dont un an ferme sous bracelet électronique et 100 000 euros d’amende dans l’affaire des assistants parlementaires du Front national.

La présidente du groupe RN à l’Assemblée nationale écope également de 45 mois d’inéligibilité, dont 30 avec sursis. Ayant déjà effectué les quinze mois depuis le jugement en première instance, elle peut être candidate et a confirmé, le soir même, sur TF1, qu’elle se présentait à la présidentielle. Marine Le Pen a également annoncé qu’elle allait se pourvoir en cassation « pour aller au bout des voies de recours ». Luc Rouban, directeur de recherche émérite au Centre de recherches politiques de Sciences Po (Cevipof), analyse pour nous cette décision.


The Conversation : Dans un communiqué, la cour d’appel de Paris a expliqué sa décision en précisant que doit être rattachée à la peine d’inéligibilité, qui a été prononcée, « la liberté de choix de l’électeur, condition d’expression du suffrage démocratique ». Cela revient-il à reconnaître que le jugement des urnes est supérieur à celui des tribunaux ?

Luc Rouban : Non, je ne crois pas, car on voit bien dans cette affaire que les magistrats ont entendu séparer deux registres bien différents : le juridique et le politique. Le registre juridique, renforcé récemment par toutes sortes de dispositifs sur la transparence de la vie publique – la Haute Autorité pour la transparence de la vie publique notamment –, exerce maintenant un contrôle resserré sur le personnel politique et sur le financement des partis politiques. Et parallèlement, vous avez le registre politique, qui a évolué lui aussi vers une plus grande attente de moralité de la part des citoyens, autour de ce que les Romains appelaient l’auctoritas, c’est-à-dire la capacité d’être un exemple, doté d’une certaine force morale.

Finalement, vous avez des dispositions, dans le prononcé de la peine, qui permettent certes de stigmatiser la faute, mais sans avoir de conséquences politiques directes et en transférant la décision politique aux citoyens. Et c’est une marque d’intelligence de l’institution judiciaire que d’avoir séparé ces deux registres, surtout à un moment où elle très critiquée pour ses propres défaillances, notamment à travers l’affaire Lyhanna.

Marine Le Pen a annoncé sur le plateau de TF1 qu’elle allait se pourvoir en cassation, affirmant que cette procédure suspendait la peine prononcée. En quoi cette décision complique-t-elle l’affaire ?

L. R. : La question qui reste en suspens, c’est la date de la décision de la Cour de cassation. Plus cette décision interviendra tard dans la campagne, plus ce sera délicat de rendre une décision qui invaliderait la candidature de Marine Le Pen. Et le cas échéant, la campagne aura été lancée et Jordan Bardella n’aura plus, alors, qu’à la terminer.

On peut également penser que la décision de la Cour de cassation n’interviendra pas avant le 2 mai 2027, date du second tour. Si Marine Le Pen est élue, elle bénéficiera de l’immunité présidentielle. Si elle échoue, la décision n’aura plus de portée.

Peut-on être candidate d’un parti qui a fait de la probité l’un de ses chevaux de bataille tout en étant condamnée pour détournement de fonds publics ? Cette décision de la cour d’appel peut-elle lui coûter beaucoup de voix ?

L. R. : C’est un argument qui va être utilisé contre elle, bien sûr, mais en matière de probité, les électeurs appliquent une forme de gradation. En l’espèce, il n’y a pas eu d’enrichissement personnel, à la différence, par exemple, de l’affaire Fillon. Là, c’est une question d’utilisation frauduleuse de l’argent du Parlement européen pour financer des assistants. Moralement répréhensible, mais moins choquante que d’autres affaires. Marine Le Pen sort finalement gagnante de cette séquence judiciaire, car elle peut montrer qu’elle poursuit son objectif malgré toutes les difficultés et les épreuves. Comme elle l’a dit sur le plateau de TF1, elle se sent investie d’une mission et elle adopte une posture sacrificielle. Mais cette stratégie est le signe d’un sens politique certain que redoutent ses adversaires politiques.

Ce qu’il faut comprendre, c’est que cette élection de 2027 est particulière et ne ressemble pas à celles qui l’ont précédée : elle se situe à un moment très critique où les Français vont devoir faire un choix entre des visions sociopolitiques très différentes. La vision du RN, souverainiste, nationaliste, mémorielle, identitaire… Celle de La France insoumise (LFI) et sa nouvelle France de la diversité, la démocratie directe, le social. Le post-macronisme, assumé aujourd’hui par Édouard Philippe depuis son meeting de dimanche, qui s’articule autour de l’adaptation à la mondialisation. Et d’une certaine manière, peu importe qui porte ces visions. C’est dans cette perspective que Marine Le Pen se positionne.

Marine Le Pen a expliqué qu’elle n’aurait pas été candidate si elle avait dû porter un bracelet électronique. Était-ce un vrai frein dans cette campagne ?

L. R. : Évidemment, c’est difficile de faire campagne dans ces conditions et le juge d’application des peines, en décidant des conditions concrètes de cette peine, aurait eu un rôle important. Le bracelet aurait été le rappel de sa condamnation, mais elle aurait aussi pu en jouer, en faire le symbole de la « résistante enchaînée », qui, du fond de sa geôle, crie « justice pour le peuple ». Même contrainte dans ses déplacements, elle aurait pu se présenter comme une victime qui, entravée, appelle le peuple à un bouleversement du système sociopolitique. Dans le contexte actuel, marqué par de nombreuses condamnations de responsables politiques, notamment au niveau municipal, ça paraît de toute façon moins choquant que si c’était arrivé il y a vingt ou trente ans.

Présenté, pendant ces derniers mois d’incertitude, comme le probable candidat du RN à la présidentielle 2026, Jordan Bardella peut-il reprendre un rôle de numéro deux dans cette campagne ?

L. R. : Peut-être plus facilement que le rôle de numéro un, finalement. Selon moi, le véritable concurrent du RN aujourd’hui, sera Édouard Philippe, qui se positionne comme un post-macroniste à l’orientation droitière assumée. C’est en quelque sorte le candidat d’une droite libérale un peu autoritaire. Or, Jordan Bardella, dans une forme de trumpisme à la française, se positionne lui aussi sur un terrain libéral autoritaire, mais avec moins d’expérience qu’Édouard Philippe. Il n’a pas été premier ministre, il n’est pas maire d’une grande ville, il ne connaît pas l’appareil d’État… Tandis que Marine Le Pen, qui ne se dit ni de droite ni de gauche mais « d’en bas », dans une sorte de macronisme renversé, peut, elle, attirer une partie de l’électorat de gauche et des abstentionnistes. Elle est beaucoup plus dangereuse pour Édouard Philippe que Jordan Bardella. Nous aurons, dans ce cas de figure, une opposition qui sera quasiment un conflit de classes…


Propos recueillis par Laurent Bainier.

The Conversation

Luc Rouban ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Avec cette peine prononcée contre Marine Le Pen, « l’institution judiciaire transfère la décision politique aux citoyens » – https://theconversation.com/avec-cette-peine-prononcee-contre-marine-le-pen-linstitution-judiciaire-transfere-la-decision-politique-aux-citoyens-287005

La série « Empathie » explore la zone trouble du lien aux autres

Source: The Conversation – in French – By Joëlle Rouleau, Département d’histoire de l’art, de cinéma et des médias audiovisuels, Université de Montréal

L’actrice, autrice et productrice québécoise Florence Longpré a créé la série Empathie, dans laquelle elle tient également un rôle principal. (CANAL+ Original Creation/Youtube)

Cet article contient des spoilers sur la série « Empathie ».

L’empathie est menacée. Comme à leur habitude, les conservateurs n’ont pas tardé à la qualifier de « woke », comme si elle était devenue suspecte. Exagérée. Dangereuse, même.


Mais l’empathie n’est pas morte. Et, même si cela dérange, elle reste nécessaire, non seulement pour se comprendre les uns les autres, mais aussi pour surmonter nos différences, pour aller à la rencontre de personnes que nous ne sommes pas censés considérer comme nos semblables.




À lire aussi :
MAGA’s ‘war on empathy’ might not be original, but it is dangerous


La série télévisée Empathie, créée par l’actrice, scénariste et productrice québécoise Florence Longpré — qui joue également dans la série — a reçu un accueil enthousiaste à l’échelle mondiale.

La plate-forme de streaming canadienne Crave indique qu’Empathie est la série originale en langue française la plus regardée de la plate-forme. Près de 23 % des visionnages se font avec des sous-titres en anglais, et la série a reçu des critiques élogieuses tant dans la presse anglophone que dans la presse francophone.

Les raisons de ce succès sont nombreuses, tout comme celles qui expliquent pourquoi les téléspectateurs ont si vivement réagi à la série.

La série suit Suzanne, une psychiatre, dans son travail auprès de patients atteints de troubles mentaux dans un hôpital psychiatrique de haute sécurité. Elle dépeint le quotidien de l’établissement tout en montrant comment certaines personnes en viennent à y être internées. En donnant un contexte à des gestes souvent désespérés, elle suscite de l’empathie pour des personnes qui, avant tout, ont besoin d’aide.

Mais je crois que la véritable force de la série tient à l’empathie qu’elle suscite. C’est à partir de là que je souhaite réfléchir à sa dimension queer.

Sensibilités queer et empathie

Dans mon essai Télévision Queer, qui présente un recueil d’analyses sur les représentations de la culture queer à la télévision, j’ai soutenu que les émotions sont le moteur de l’engagement social et culturel. Autrement dit, ce qui compte n’est pas seulement ce qui apparaît à l’écran, mais la manière dont la télévision nous amène à ressentir, à comprendre et à nous attacher à ces personnages.

La sensibilité queer ne se réduit pas à une question d’identité. Le « queer » est souvent perçu comme désordonné : il échappe aux catégories établies et se laisse difficilement représenter. J’aime l’imaginer comme quelque chose de collant, presque comme de la glu : étrange, un peu inconfortable, mais aussi ludique, parfois même agréable.

Comment décrire autrement Empathie de Florence Longpré ? Collante, maladroite, décalée et étonnamment drôle. Une série qui peut vous faire pleurer et rire en l’espace d’une minute, parfois dans le même souffle.

Et pourtant, malgré la présence de Claude, une infirmière non binaire considérée comme une représentation progressiste, la frustration de certains spectateurs et spectatrices queer est palpable, comme en témoignent des anecdotes partagées sur les réseaux sociaux et sur Reddit.

Cette réaction s’explique en grande partie par la manière dont plusieurs ont interprété l’évolution du personnage de Suzanne : celui d’une « lesbienne qui devient hétéro » — un scénario malheureusement familier.

Je veux nuancer cette lecture. Et si, plutôt que de figer l’identité, on laissait place à quelque chose de moins rigide, moins soumis aux attentes liées à la représentation ? En passant d’une identité pensée comme une catégorie à une identité pensée comme un mouvement, quelque chose de plus discret commence alors à émerger.

Le visage d’une femme est empreint d’émotion
Comment décrire autrement Empathie de Longpré ? Collante, maladroite, décalée et étonnamment drôle.
(Création originale CANAL+)

Réapprendre à vivre avec les autres

La série s’ouvre sur une scène de lendemain de veille d’une maladresse douloureuse. Steve prépare des œufs. Suzanne lui demande avec un tact remarquable de partir. La conversation glisse, sans surprise, vers le sexe, puis vers une discussion sur le consentement sous l’emprise de l’alcool. Cinq minutes après le début de l’épisode, ces scènes incitent à percevoir Suzanne comme une femme fin-trentaine, cis-hétérosexuelle presque archétypale.

Le premier épisode ne vient pas vraiment contredire cette lecture. On perçoit plutôt Suzanne comme une femme distante, acerbe, mal à l’aise avec les autres, dotée d’un humour caustique, presque défensif. Elle boit trop et ne parvient à créer de liens avec personne.

Puis, dans l’épisode 5 (à mi-parcours de la première saison), tout bascule au cours d’un flash-back.

La femme de Suzanne, sur le point d’accoucher, meurt dans un accident évitable dont Suzanne se tient responsable. Deux ans plus tard, elle reste enfermée dans son chagrin, incapable de s’ancrer dans le présent ou de se projeter dans l’avenir.

Toute la série repose sur la fracture qui traverse le personnage de Suzanne : la médecin y fait preuve d’une profonde empathie, capable de rejoindre ses patients — dont on découvre progressivement les histoires — dans leurs moments les plus vulnérables ; Suzanne, elle, est brisée, isolée, presque inaccessible.

La série suit son retour au travail, sa réouverture progressive aux autres. C’est là qu’elle rencontre Mortimer (Thomas Ngijol), un intervenant social dont l’humour noir fait écho au sien, et dont le passé porte son propre fardeau de souffrances.

Un premier lien lourd de sens

C’est là que la déception queer affleure. Pourquoi faut-il nécessairement que cela devienne une histoire d’amour ? Pourquoi ne peuvent-ils pas simplement être amis ? Pourquoi l’intimité profonde est-elle si souvent ramenée au modèle du couple hétérosexuel ?

Mais peut-être est-ce là une fausse piste.

Nous vivons dans un monde où le « couple » reste l’infrastructure fondamentale de la vie sociale. Tout converge vers lui, s’organise autour de lui, le reproduit. À ce stade, l’orientation sexuelle passe au second plan devant une autre réalité : nous devons composer avec les normes sociales pour être reconnus, compris et perçus comme des êtres pleinement légitimes.

L’intrigue traite de la complexité des relations humaines. Je soutiens qu’Empathie met en scène autre chose au sein de l’arc narratif de Suzanne : une perte catastrophique, un isolement radical et un effondrement quasi total de la capacité relationnelle. Dans ce contexte, il n’est guère surprenant que la première rencontre porteuse d’espoir prenne une dimension chargée. Non pas parce qu’il doit devenir « hétérosexuel », mais parce qu’il tente de devenir viable.

Guérison et désir

Ce vers quoi la série tend, je pense, n’est pas une trahison de la « queeritude », mais l’émergence d’une autre forme d’amour : non pas romantique au sens conventionnel, mais guérissante. Un amour qui ne naît pas de la cohérence, mais de la fracture. Puis, dans les dernières minutes de la saison, quelque chose bascule à nouveau.


Déjà des milliers d’abonnés à l’infolettre de La Conversation. Et vous ? Abonnez-vous gratuitement à notre infolettre pour mieux comprendre les grands enjeux contemporains.


Suzanne rencontre Laure (Charlotte Aubin), qui s’apprête à prendre ses fonctions de psychologue à son hôpital. Face à elle, Suzanne n’arrive même pas à former une phrase et se contente d’un « bonjour » maladroit. La scène se déroule en une succession de gros plans serrés, alternant entre Suzanne, Laure et Mortimer. Un triangle amoureux, certes. Mais plus que cela : une réorientation du désir.

Ce moment marque à mes yeux un tournant dans la série. À mesure que Suzanne commence à aller mieux, son désir des femmes ne disparaît pas : il revient avec force, presque malgré elle. Non pas comme une correction identitaire, mais comme le retour d’un élan affectif longtemps mis en suspens.

Ma propre sensibilité queer ne s’est pas construite dans Empathie à travers le simple réconfort de la représentation. Ni par la présence non binaire de Claude, ni par une lecture figée de la sexualité de Suzanne, mais par autre chose : le refus de la série de fixer le désir, de le moraliser, et son insistance sur le fait que l’amour peut prendre des formes multiples, instables, parfois contradictoires. Comment pourrait-on y voir une déception ?

La Conversation Canada

Les recherches de Joëlle Rouleau ont été en partie financées par le CRSH (Conseil de recherches en sciences humaines du Canada) de 2019 à 2022.

ref. La série « Empathie » explore la zone trouble du lien aux autres – https://theconversation.com/la-serie-empathie-explore-la-zone-trouble-du-lien-aux-autres-286789

Des phares aux autoroutes : pourquoi nos infrastructures ont souvent un double usage

Source: The Conversation – in French – By Bryn Williams-Jones, Professor of Bioethics and Director of the Department of Social and Preventive Medicine, École de santé publique, Université de Montréal

La plupart des infrastructures et des technologies peuvent remplir plusieurs fonctions à la fois. Certains usages sont prévus dès la conception, d’autres émergent plus tard lorsque des outils conçus pour aider sont réutilisés, adaptés ou détournés dans d’autres contextes. La notion de « double usage » sert précisément à penser cette coexistence entre usages bénéfiques, usages stratégiques et usages potentiellement nuisibles.


Le double usage désigne le fait que des technologies, des connaissances ou des infrastructures puissent avoir plusieurs usages simultanés – parfois prévus dès l’origine, parfois détournés de leur fonction initiale. Pour les personnes chercheuses qui travaillent sur le double usage, une question revient sans cesse : comment des technologies ou des infrastructures conçues pour aider peuvent-elles aussi servir à surveiller, contrôler, protéger ou nuire ?

Cette question a pris une tournure inattendue lors d’une discussion entre pairs autour du phare et d’une « métaphore » (ou plutôt « méta-phare ») du double usage. Le jeu de mots nous a fait sourire, mais il pointe vers quelque chose de plus profond : bien avant que le concept n’existe, les sociétés y étaient déjà confrontées.

Quand la sécurité devient un piège

Depuis des siècles, les phares font partie des infrastructures publiques essentielles. Ils ont été conçus pour guider les navires vers les côtes, prévenir les naufrages et soutenir le commerce et le développement économique. Avant le GPS, ils représentaient un repère vital, un signal de sécurité dans des conditions incertaines.

Mais les infrastructures maritimes ont aussi toujours eu une dimension stratégique : contrôler les routes commerciales, sécuriser des territoires côtiers ou protéger certaines populations. Cette dimension stratégique rendait aussi ces infrastructures particulièrement vulnérables aux usages détournés.

Des récits historiques évoquent l’usage de feux trompeurs pour induire des navires en erreur – même si l’ampleur réelle de ces pratiques fait encore débat. Certains décrivent des communautés côtières qui éteignaient des balises officielles ou allumaient de faux feux le long de caps dangereux afin de détourner les navires, provoquer leur échouement et récupérer leur cargaison. Une technologie conçue pour éviter les catastrophes pouvait ainsi en provoquer.

La situation n’est toutefois pas si simple. Pour les riverains sur le point d’être attaqués, le détournement de l’utilisation des phares est bénéfique, alors qu’il est nuisible du point de vue des marins.

Pour déterminer si un usage est bénéfique ou nuisible, il est impératif de prendre en compte l’ensemble du contexte. Dans le cas qui nous occupe, qualifier le détournement du phare de « nuisible » revient nécessairement à prendre position dans un conflit. Or une telle prise de position est délicate, d’autant que les conflits sont rarement unilatéraux : pour les résidents attaqués, c’est l’usage « normal » du phare qui apparait comme nuisible.




À lire aussi :
La multiplication des satellites pose des risques de sécurité. Voici comment mieux gérer le « far west » spatial


Une infrastructure n’est jamais « juste » une infrastructure

Aujourd’hui, le terme « double usage » désigne des technologies, des données ou des recherches susceptibles de produire à la fois des effets bénéfiques et des usages potentiellement nuisibles. Mais le double usage n’est pas nouveau. Il constitue une caractéristique structurelle des systèmes humains.

Les phares en offrent une illustration claire. Ils n’ont jamais été des infrastructures neutres. Leur signification dépendait de qui les utilisait, comment et dans quelles conditions – comme c’est encore le cas aujourd’hui.

Les sociétés contemporaines reposent sur des systèmes interconnectés : réseaux de transport, infrastructures énergétiques, systèmes de données, écosystèmes de recherche. Ces systèmes sont conçus pour favoriser l’ouverture, l’efficacité et la croissance – des qualités qui les rendent aussi adaptables et susceptibles d’être détournés.

  • Une route relie des communautés et soutient le développement économique, mais elle peut aussi faciliter une mobilisation militaire rapide.

  • Un port permet le commerce, mais constitue également un point d’accès stratégique pouvant générer des tensions géopolitiques.

  • Un système de données favorise la collaboration scientifique, mais peut être exploité à des fins de surveillance ou de perturbation.

La frontière entre usage bénéfique et usage nuisible n’est pas fixe. Elle dépend du contexte.

Le Nord canadien : entre opportunités et vulnérabilités

Cette tension est particulièrement visible dans le Nord canadien. À mesure que les changements climatiques transforment l’arctique, de nouvelles routes maritimes, des projets d’exploitation des ressources et des infrastructures émergent. Les gouvernements investissent dans des routes, des ports et des systèmes de données pour soutenir la croissance économique et affirmer la souveraineté.

Ces investissements comportent des implications en matière de double usage.

Aujourd’hui encore, certaines infrastructures sont pensées dès l’origine pour remplir plusieurs fonctions. Dans plusieurs pays nordiques, par exemple, des autoroutes sont aménagées pour pouvoir servir de pistes d’atterrissage pour des avions militaires en cas de conflit. Le double usage n’y est pas un détournement imprévu, mais une dimension intégrée à la conception des infrastructures.




À lire aussi :
La multiplication des satellites pose des risques de sécurité. Voici comment mieux gérer le « far west » spatial


Les ports et les systèmes de télédétection soutiennent le commerce et la surveillance environnementale, mais s’inscrivent aussi dans un contexte géopolitique sensible où interviennent des acteurs aux intérêts divergents.

Dans ces conditions, l’infrastructure ne peut être comprise selon une seule logique.


Déjà des milliers d’abonnés à l’infolettre de La Conversation. Et vous ? Abonnez-vous gratuitement à notre infolettre pour mieux comprendre les grands enjeux contemporains.


Les limites d’une approche étroite

Depuis longtemps, les États encadrent les technologies à potentiel de double usage au moyen de contrôles à l’exportation, de politiques de sécurité de la recherche ou de cadres de biosécurité. Ces outils demeurent essentiels, mais ils ciblent généralement des domaines précis, comme les matériaux nucléaires ou les systèmes informatiques avancés.

L’exemple du phare met en lumière un défi plus large.

Que se passe-t-il lorsque le double usage est intégré aux infrastructures ordinaires, non pas comme une exception mais comme une condition des systèmes économiques et sociaux ?

Dans ces cas, la gouvernance ne peut pas se limiter à identifier des technologies « à risque ». Elle doit aussi s’intéresser à la manière dont les systèmes sont conçus, gérés et utilisés dans le temps.




À lire aussi :
Trois conditions pour des outils numériques plus responsables en contexte d’urgence sanitaire


Gouverner les usages, pas seulement les objets

Penser en termes de double usage devrait déplacer l’attention des objets vers leurs trajectoires. Les questions clés deviennent alors : comment un système pourrait-il être utilisé, par qui, et dans quelles conditions ? Où se situent les vulnérabilités ?

Ces questions ne sont pas uniquement techniques. Elles impliquent des intérêts, des valeurs et des arbitrages.

  • L’ouverture favorise l’innovation, mais peut accroître l’exposition aux risques.

  • La sécurité réduit les vulnérabilités, mais peut limiter la collaboration et freiner l’innovation.

  • Le développement économique crée des opportunités, mais aussi de nouvelles dépendances.

Ces tensions ne peuvent être éliminées.

Prenons un corridor de transport dans le Nord. Conçu pour relier des communautés et soutenir le développement économique, il peut aussi acquérir une importance stratégique imprévue au moment de sa conception. La question n’est pas de savoir si la route est « bonne » ou « mauvaise », mais comment ses usages évoluent – et si ces transformations sont anticipées et encadrées.

Une responsabilité partagée

La gestion des risques liés au double usage ne relève pas d’un seul acteur. Elle concerne les personnes chercheuses, les ingénieurs, les responsables politiques, les milieux industriels et, de plus en plus, le public.

L’objectif n’est pas d’éliminer tout risque. Ce serait renoncer aux systèmes mêmes qui rendent possibles les sociétés contemporaines. Il s’agit plutôt d’anticiper, de délibérer et de faire des choix éclairés quant à la manière dont ces systèmes sont conçus et utilisés.

Il est également important, pour appréhender les usages détournés possibles, de déterminer notre seuil de tolérance au risque, afin de se doter de balises entre lesquelles il est acceptable de naviguer.

Le phare, revisité

Le phare est souvent perçu comme un symbole de sécurité, un point fixe dans l’incertitude.

Mais il n’a jamais été seulement cela. Dès l’origine, il portait aussi la possibilité de tromperie. Son signal pouvait guider – ou induire en erreur – selon qui en avait le contrôle et comment il était utilisé.

Les infrastructures contemporaines ne sont pas différentes, si ce n’est par leur ampleur. Elles sont plus complexes, plus interconnectées et plus déterminantes. Leur potentiel de double usage n’est pas une anomalie – il est constitutif.

La question n’est plus de savoir si ces infrastructures peuvent être détournées.

Elle est de savoir si nous sommes prêts à les gouverner comme si cela allait se produire – et qui en assume la responsabilité.

La Conversation Canada

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Des phares aux autoroutes : pourquoi nos infrastructures ont souvent un double usage – https://theconversation.com/des-phares-aux-autoroutes-pourquoi-nos-infrastructures-ont-souvent-un-double-usage-282341

Comment les constellations de satellites pourraient transformer la surveillance climatique

Source: The Conversation – in French – By Mustapha Meftah, Chercheur au LATMOS/CNRS/UVSQ/SU et professeur à l’UVSQ, spécialisé en physique solaire, sciences de l’atmosphère, instrumentation spatiale et missions satellitaires, Sorbonne Université

Les émissions de méthane peuvent varier rapidement (ici, une simulation qui montre des modifications sur douze heures), mais la fréquence de passage des satellites actuels ne permet pas encore de capturer ces évolutions. Mustapha Meftah, Fourni par l’auteur

Pour détecter et réguler les émissions responsables du changement climatique, certains phénomènes doivent désormais être suivis en temps réel, ou presque. Une solution consiste à démultiplier les instruments d’observation grâce à des constellations de satellites. Mais comment faire en sorte que ces constellations à but scientifique ne provoquent pas plus de problèmes qu’elles ne contribuent à en résoudre ?


Les satellites sont devenus indispensables pour observer le changement climatique. Ils mesurent les gaz à effet de serre, surveillent les incendies, observent les nuages et suivent l’évolution des océans.

Mais certains phénomènes évoluent plus vite que le rythme des observations spatiales, ce qui rend leur observation plus difficile. Ainsi, un incendie, un épisode de pollution ou une fuite de méthane d’origine anthropique (provenant par exemple d’infrastructures pétrolières et gazières, de mines de charbon ou de centres d’enfouissement) peuvent évoluer plus rapidement que le temps nécessaire à un satellite pour observer à nouveau une même région. Des étapes clés de leur évolution peuvent alors être manquées, retardant leur détection, leur localisation et les interventions visant à en limiter les impacts.

C’est pour cela que la fréquence des observations satellitaires devient désormais presque aussi importante que leur précision. Une des pistes explorées consiste à déployer des constellations de satellites afin d’augmenter fortement la fréquence des mesures depuis l’espace. Dans cette approche, l’objectif n’est plus seulement d’utiliser quelques satellites très performants, mais également d’observer la Terre beaucoup plus fréquemment grâce à des constellations composées de dizaines, voire de centaines de satellites.

Être précis ou être rapide : le compromis des observations satellitaires actuelles

Ces nouvelles approches s’inscrivent dans la continuité des grandes missions spatiales d’observation du climat, telles que OCO-2, GOSAT ou la famille des satellites Sentinel du programme Copernicus, qui fournissent déjà des données essentielles pour suivre l’évolution de l’atmosphère et du cycle du carbone. La plupart de ces missions reposent sur un nombre limité de satellites.

schéma représentant de nombreux satellites
Plan de travail.
Fourni par l’auteur
schéma représentant de nombreux satellites
Panorama de plusieurs missions spatiales consacrées à l’observation du dioxyde de carbone atmosphérique depuis l’espace. Certaines privilégient la couverture globale, d’autres la résolution spatiale ou la fréquence des observations.
Adapté de CEOS et acp.copernicus.org, Source : GeoSapient, Fourni par l’auteur

La mesure des gaz à effet de serre depuis l’espace est aujourd’hui considérée comme un enjeu majeur par les grandes organisations internationales de surveillance de la Terre, comme le Groupe d’observations de la Terre (en anglais, Group on Earth Observations, GEO) ou le Comité d’observation satellite de la Terre (Committee on Earth Observation Satellites, CEOS).

Pour répondre à ce besoin, plusieurs missions spatiales sont aujourd’hui en opération, telles que OCO-2, GOSAT ou Sentinel-5P, tandis que d’autres, comme CO2M, sont en préparation. Elles visent à mesurer les concentrations de gaz à effet de serre avec une précision toujours plus élevée. Certaines missions atteignent une précision de l’ordre de 1 partie par million (1 ppm) sur la concentration atmosphérique de CO₂, une performance nécessaire pour estimer les sources et les puits de carbone et mieux quantifier les échanges de CO₂ entre l’atmosphère, les océans et les continents.

Mais cette précision s’accompagne d’un compromis : pour obtenir des mesures très précises et une résolution spatiale élevée, les satellites observent généralement une bande de terrain de largeur limitée, ce qui augmente le temps nécessaire pour observer à nouveau une même région. C’est précisément cette limite que les constellations cherchent à dépasser en multipliant le nombre de satellites en orbite.

Le méthane réchauffe l’atmosphère bien plus rapidement que le CO₂, mais ses émissions évoluent trop vite pour les observations actuelles

Le méthane illustre particulièrement cette difficulté. Selon le Groupe d’experts intergouvernemental sur l’évolution du climat (Giec), le méthane réchauffe l’atmosphère environ 80 fois plus que le CO₂ sur une période de vingt ans. Réduire rapidement les émissions de méthane constitue donc un levier important pour limiter le réchauffement climatique à court terme. Le suivi du méthane repose sur la combinaison des observations satellitaires et des modèles de transport atmosphérique, qui permettent d’estimer la dispersion du méthane et l’évolution de ses émissions à l’échelle globale.

Simulation de la distribution atmosphérique du méthane à l’échelle globale à douze heures d’intervalle. Certaines émissions peuvent apparaître puis disparaître entre deux observations satellitaires, ce qui souligne l’importance d’une surveillance plus fréquente.
Mustapha Meftah, Fourni par l’auteur

Les satellites permettent déjà de détecter certaines émissions depuis l’espace. Sentinel-5P/TROPOMI fournit par exemple une couverture quotidienne globale permettant d’identifier de grands « super-émetteurs » régionaux. D’autres instruments, comme Sentinel-2 ou certains imageurs hyperspectraux, permettent d’observer des émissions beaucoup plus localisées.

Mais certaines émissions restent intermittentes. Une fuite de méthane peut apparaître puis disparaître entre deux observations. Pour les agences environnementales comme pour les industriels, disposer de mesures plus fréquentes devient essentiel afin de localiser rapidement ces émissions et de répondre aux nouvelles exigences de surveillance et de déclaration des émissions de gaz à effet de serre (GES), dans le cadre notamment du CBAM européen.

La fréquence d’observation, grand intérêt scientifique des constellations de satellites

C’est précisément l’intérêt des constellations de satellites. Contrairement aux missions spatiales traditionnelles, qui reposent sur quelques plates-formes complexes, ces architectures utilisent plusieurs dizaines de satellites plus petits répartis sur plusieurs plans orbitaux, généralement à des altitudes comparables. L’objectif est moins de maximiser la performance de chaque satellite que de multiplier les observations au cours d’une même journée. Selon les caractéristiques des instruments embarqués, une constellation d’une vingtaine à quelques dizaines de satellites peut ainsi réduire le temps de revisite de plusieurs jours à quelques heures.

Les avancées dans la miniaturisation des satellites et des instruments rendent désormais possibles des capteurs scientifiques plus petits, plus légers et moins coûteux. Cette miniaturisation permet de développer des capteurs adaptés à des besoins d’observation ciblés, sans chercher systématiquement à maximiser les performances ni la complexité des instruments.

S’intégrer dans des constellations de télécommunications

Une autre évolution pourrait également transformer l’observation du climat : l’intégration de capteurs scientifiques miniaturisés à bord des satellites appartenant à des constellations de télécommunications. Cette approche est notamment étudiée dans le cadre des futures générations de satellites d’Eutelsat-OneWeb, qui pourraient accueillir des charges utiles auxiliaires.

Plutôt que de lancer une constellation scientifique entièrement dédiée, avec les enjeux associés en termes de débris spatiaux, d’occupation des orbites et de pollution lumineuse, il deviendrait possible d’embarquer de tels instruments à bord de ces satellites.

Ces infrastructures pourraient ainsi servir à la fois aux télécommunications et à l’observation du climat, en mutualisant les plates-formes et les lancements, ce qui pourrait réduire significativement les coûts par rapport à une constellation scientifique entièrement dédiée, tout en augmentant la fréquence des observations.

Ces nouvelles approches ne remplaceraient pas les grandes missions climatiques institutionnelles, indispensables pour garantir la stabilité et la qualité scientifique des mesures de référence. Elles pourraient en revanche compléter les infrastructures existantes grâce à des observations beaucoup plus fréquentes de la Terre.

Préparation du nanosatellite UVSQ-SAT NG avant son lancement en mars 2025. Ces satellites miniaturisés ouvrent la voie à des observations climatiques plus fréquentes depuis l’espace.
Mustapha Meftah, Fourni par l’auteur

La mission française UVSQ-SAT NG, développée par le laboratoire Atmosphères, observations spatiales (LATMOS), s’inscrit dans la continuité des missions UVSQ-SAT et INSPIRE-SAT 7, deux nanosatellites démonstrateurs dédiés à l’observation du bilan radiatif de la Terre.

UVSQ-SAT NG teste de nouvelles approches de miniaturisation pour l’observation du bilan radiatif terrestre et de certains gaz à effet de serre depuis une plateforme nanosatellite. Cette mission n’est pas intégrée à une constellation de télécommunications ; elle constitue un démonstrateur technologique destiné à préparer de futures architectures de constellations scientifiques. Les données de ces missions sont accessibles librement à la communauté scientifique et au public sur la plateforme NAHLA.

The Conversation

Mustapha Meftah a reçu des financements de l’Agence nationale de la recherche (ANR).

Alain Sarkissian a reçu des financements de l’Agence nationale de la recherche (ANR).

Philippe Keckhut a reçu des financements de l’ANR pour le projet Compétences et Métiers d’Avenir France2030; Académie Spatiale

ref. Comment les constellations de satellites pourraient transformer la surveillance climatique – https://theconversation.com/comment-les-constellations-de-satellites-pourraient-transformer-la-surveillance-climatique-286385

La financiarisation est-elle le « remède » qui rend l’hôpital plus malade ?

Source: The Conversation – in French – By Ana Carolina Cordilha, Maîtresse de conférences, Université Rennes 2


L’ESSENTIELCliquez pour lire les trois points à retenir
Une étude, fondée sur vingt ans de données des comptes des hôpitaux, souligne que près de 20 milliards d’euros ont quitté les hôpitaux entre 2005 et 2024 pour rémunérer des institutions financières.
La santé est devenue un placement attractif à la fois peu risqué et rentable avec des revenus davantage prévisibles pour les investisseurs.
La nouvelle charge des hôpitaux devient, comme les États et les entreprises privés, les intérêts à rembourser aux institutions financières.
Replier


Les hôpitaux publics français affichent un déficit record de près de 3 milliards d’euros en 2024, une situation d’une « gravité inédite » selon l’Inspection générale des finances. Les conséquences sont concrètes : lits supprimés, services fermés, investissements retardés, alors même que les passages aux urgences et les séjours hospitaliers continuent d’augmenter.

Près de deux services d’urgence sur trois ont dû cesser complètement d’accueillir des patients au moins une fois durant l’été 2024. En parallèle, la Direction de la recherche, des études, de l’évaluation et des statistiques (Drees) montre que les passages de patients aux urgences ont plus que doublé en vingt ans, passant d’environ 10 millions en 1996 à 21 millions en 2024.

Ces mêmes hôpitaux empruntent chaque année des centaines de millions d’euros auprès de banques et de fonds d’investissement. Rien que l’Assistance publique-Hôpitaux de Paris (AP-HP), principal groupe hospitalier de la région parisienne, a contracté l’année dernière plus de 500 millions d’euros en nouveaux emprunts, notamment auprès de banques et d’investisseurs.

Depuis vingt ans, ce recours à la dette n’a pas résolu les difficultés des hôpitaux, il les a aggravées. Près de 20 milliards d’euros ont quitté les hôpitaux entre 2005 et 2024, non pas pour financer les soins, mais pour rémunérer des institutions financières. Ce chiffre, que j’ai établi dans le cadre de mes recherches en consolidant vingt ans de données des comptes des hôpitaux, à partir des données officielles de la Drees, illustre l’ampleur du phénomène.

Retour sur la financiarisation de l’hôpital public en France, qui ronge en permanence des ressources publiques et qui reste pourtant largement méconnue.

La maladie : la crise d’investissement des hôpitaux

Jusqu’à la fin du XXe siècle, les investissements hospitaliers reposent surtout sur des ressources publiques, comme montré par le Haut Conseil pour l’avenir de l’assurance maladie (HCAAM) : subventions de l’État et des collectivités, emprunts publics à des conditions favorables et ressources propres des hôpitaux. Ce modèle est encore plus favorable dans un contexte où les recettes sont directement proportionnelles, ou du moins largement liées, aux dépenses engagées par les hôpitaux.

L’endettement reste limité et maîtrisé. Ce modèle commence à se fragiliser dans les années 1970, puis plus nettement dans les années 1990. D’un côté, la hausse des déficits pousse l’État à limiter ses propres dépenses, y compris les subventions aux hôpitaux. En 1993, le traité de Maastricht accentue la pression en faveur d’une réduction des dépenses, en fixant des limites aux déficits des États membres de l’Union européenne.

De l’autre côté, l’État encadre plus fortement le budget de la Sécurité sociale, dont provient l’essentiel des recettes des hôpitaux. Il fixe des objectifs de dépenses hospitalières et modifie progressivement la manière dont les établissements sont rémunérés, jusqu’au passage à la « tarification à l’activité » en 2004. Les recettes des hôpitaux deviennent de plus en plus insuffisantes pour couvrir leurs coûts.

Cette évolution s’accompagne d’un fort recul de l’investissement hospitalier, atteignant son point le plus bas en 1999. Entre 1994 et 1999, le taux d’investissement des hôpitaux publics – le montant investi chaque année par rapport à la valeur de leur patrimoine – passe de presque 6 % à 4,3 %. Concrètement, le rythme auquel les établissements investissent pour renouveler leurs bâtiments et leurs équipements diminue de plus d’un quart en cinq ans.

La finance comme remède

Les hôpitaux arrivent au XXIe siècle dans une position intenable. Ils doivent continuer à investir pour maintenir l’offre de soins, mais n’ont plus les moyens de le faire par les voies traditionnelles. L’État choisit une nouvelle stratégie : pousser les hôpitaux à chercher eux-mêmes des financements auprès du secteur financier. Plusieurs plans sont lancés, à commencer par le plan Hôpital 2007 en 2003.




À lire aussi :
Le paradoxe de la Sécurité sociale : et si, pour faire des économies, il fallait l’étendre ?


Ces derniers facilitent l’obtention de prêts par les hôpitaux et prévoient des subventions pour aider les établissements à les rembourser, tout en maintenant des contraintes budgétaires qui leur laissent peu d’autres options. Le texte officiel du plan Hôpital 2007 prévoit que l’emprunt finance en moyenne 70 % des investissements. L’aide de l’État sert notamment à couvrir les « surcoûts des emprunts », c’est-à-dire les intérêts et les amortissements dus aux banques.

C’est un changement décisif, car les deux modèles de financement n’obéissent pas à la même logique. Le financement public, qu’il prenne la forme de subventions ou de recettes de la Sécurité sociale, n’a pas à être remboursé. Une fois reçu, il appartient aux hôpitaux. Le financement privé, apporté par des banques et des investisseurs, doit être remboursé avec des intérêts. Autrement dit, l’argent entre, mais il doit ressortir – et davantage que ce qui est entré.

La santé est très rentable

Comme le souligne le directeur de l’Assurance maladie pendant une audition au Sénat en 2024, les institutions financières sont particulièrement intéressées par la santé :

« L’émergence de ce phénomène [de financiarisation] est liée à plusieurs facteurs, dont (…) l’existence de marges et de niveaux de rémunération pouvant intéresser des acteurs financiers [et] la prévisibilité des revenus, qui, dans le cadre d’un système de financement largement public, laisse entrevoir des perspectives financières pluriannuelles stables », souligne Thomas Fatôme, directeur de l’Assurance maladie.

Autrement dit, les financements publics rendent les revenus du secteur plus réguliers et plus prévisibles pour les investisseurs.

La financiarisation s’est diffusée dans l’ensemble du système de protection sociale en France, en se développant particulièrement au sein des hôpitaux publics. La première voie de financiarisation : l’emprunt bancaire classique à partir des années 2000, sous l’impulsion des plans de l’État, dans une période où l’argent privé devient plus facile à obtenir.

Une arrivée d’investisseurs étrangers

La seconde voie, moins connue, passe par l’émission de titres sur les marchés financiers. Concrètement, un hôpital émet un titre et reçoit de l’argent en retour, tout en devant rembourser cette somme plus tard majorée d’intérêts.

Cette pratique devient courante après la crise de 2008, quand le crédit bancaire se raréfie. Au moins 24 hôpitaux publics français, comme les centres hospitaliers de Besançon, de Bordeaux, de Clermont-Ferrand ou de Toulouse, ont déjà émis des titres, individuellement ou par le biais d’émissions groupées.

Ces titres servent surtout à financer des investissements, mais aussi parfois à financer des dépenses courantes ou même à générer des gains financiers. L’argent est apporté par différents types d’investisseurs, notamment des banques et des investisseurs institutionnels comme des fonds d’investissement, qui placent de l’argent au nom de leurs clients.

Ils sont majoritairement européens, mais pas toujours français. À l’Assistance publique-Hôpitaux de Paris, en tête de cette pratique, près de la moitié des fonds levés par l’intermédiaire de titres provient d’investisseurs étrangers, avec une forte présence d’investisseurs allemands, norvégiens et sud-coréens – d’après la répartition géographique de la dette sous forme de titres en 2023.

C’est donc aussi vers l’étranger que repart une grande partie de l’argent au moment des remboursements.

Le poids des intérêts à rembourser

Faute de ressources suffisantes et compte tenu d’aides de l’État bien en deçà des besoins, les établissements se sont retrouvés dans une spirale d’endettement, contraints d’emprunter non seulement pour investir, mais aussi pour rembourser des dettes passées.

Comme le montre le graphique ci-dessous, la dette des hôpitaux est passée de moins de 15 milliards d’euros au début des années 2000 à environ 30 milliards d’euros en 2024-2025, soit plus du double.

Entre 2005 et 2024, ils ont versé près d’un milliard d’euros par an en intérêts, soit environ 20 milliards d’euros sur la période (en euros constants de 2024). Autant de ressources qui ne financent ni les soins ni l’investissement, mais les revenus d’acteurs financiers.

Dettes financière des hôpitaux publics et coûts du financement de 2023-22024 en milliards d’euros à prix constant de 2024.
Fourni par l’auteur

Cet argent est prélevé sur les recettes des hôpitaux, largement issues de l’Assurance maladie, elle-même financée par les cotisations et les contributions sociales. Au bout de la chaîne, c’est la population qui finance ces intérêts, et par là même, des profits financiers.

Le poids des intérêts dans le déficit hospitalier reste pourtant sous-estimé. En 2024, près d’un tiers du déficit ne venait pas des soins, mais du paiement des intérêts. En même temps, l’effort d’investissement est en recul, signe de projets reportés face à la dégradation des comptes, avec des effets qu’on connaît sur l’offre de soins et les conditions de travail.

Problèmes structurels

Face à la crise de l’endettement hospitalier, l’État a présenté plusieurs dispositifs censés atténuer la situation. En réalité, ils ont créé de nouvelles formes d’endettement.

C’est notamment ce qui s’est passé en 2020 : dans le cadre du Ségur de la santé, l’État a annoncé la reprise d’un tiers de la dette hospitalière.

Ce que l’on ignore souvent, c’est que cette dette n’a pas été reprise par l’État, mais transférée à la Caisse d’amortissement de la dette sociale (Cades). Celle-ci emprunte sur les marchés financiers pour la financer, puis rembourse les investisseurs qui lui ont prêté de l’argent grâce à des recettes de contributions sociales.

Cet épisode montre que la finance est devenue une solution structurelle au financement des hôpitaux, mobilisée aussi bien en temps normal qu’en temps de crise. On entend dire que la finance aide les hôpitaux à survivre. Mais on pourrait soutenir l’inverse : ce sont aussi les hôpitaux qui financent le secteur financier. Et si le problème ne venait pas seulement du manque d’argent, mais aussi de la manière dont on cherche à y répondre ?

The Conversation

Ana Carolina Cordilha ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. La financiarisation est-elle le « remède » qui rend l’hôpital plus malade ? – https://theconversation.com/la-financiarisation-est-elle-le-remede-qui-rend-lhopital-plus-malade-278336