Montar en bici, nadar, tocar la guitarra… Cómo recuperamos habilidades que parecían olvidadas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

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La primera vez que volví a coger una guitarra después de varios años sin tocar sentí que mis manos ya no me pertenecían. La izquierda temblaba al intentar formar acordes sencillos, mientras que la derecha había perdido precisión. Canciones que antes salían automáticamente exigían ahora una atención agotadora.

Sin embargo, la torpeza duró poco. Tras una semana de práctica, muchos movimientos comenzaron a regresar. Los dedos encontraban posiciones conocidas, las transiciones se aceleraban y reaparecía esa peculiar sensación de actuar sin pensar cada gesto.

Algo parecido sucede cuando alguien vuelve a montar en bicicleta, esquiar, nadar o escribir con diez dedos después de un largo paréntesis. Al principio parece que la habilidad ha desaparecido. Después, el progreso se produce a una velocidad imposible para un principiante.

¿Dónde estuvo guardada durante todo ese tiempo?

Recordar cómo se hace

Cuando hablamos de memoria solemos pensar en nombres, fechas o acontecimientos. Pero recordar quién fue nuestro primer profesor no es lo mismo que saber mantener el equilibrio sobre una bicicleta. Las habilidades dependen en gran medida de la memoria procedimental: un sistema que permite adquirir y automatizar secuencias de acciones mediante la práctica.

Esta memoria no reside en un único “archivo”. El aprendizaje motor implica una red distribuida en la que participan la corteza motora, los ganglios basales y el cerebelo. Su contribución cambia a medida que avanzamos desde los primeros intentos conscientes hasta la ejecución fluida y automatizada, como describen los modelos sobre plasticidad durante el aprendizaje motor.

Aprender una canción lo ilustra bien. Al principio hay que pensar dónde colocar cada dedo, anticipar el siguiente acorde y vigilar el ritmo. Con la práctica, varios movimientos se agrupan en unidades mayores. El cerebro deja de gestionar cada gesto por separado y empieza a ejecutar secuencias completas.

Practicar transforma el cerebro

Tocar un instrumento resulta especialmente exigente porque obliga a coordinar información auditiva, visual, táctil y motora. Como ya se explicaba en un artículo de The Conversation, el entrenamiento musical prolongado puede modificar capacidades y redes cerebrales.

Los estudios con neuroimagen han encontrado diferencias estructurales entre músicos y no músicos en regiones relacionadas con el movimiento, la audición y la integración visuoespacial. Conviene ser prudentes: algunas diferencias pueden preceder al aprendizaje y favorecer que determinadas personas perseveren en la música. Pero también existen investigaciones longitudinales (a lo largo del tiempo) que muestran que el entrenamiento musical puede moldear el desarrollo cerebral.

Lo importante para entender la recuperación de una habilidad es que la práctica no solo mejora el rendimiento visible: también reorganiza los circuitos que lo producen. Un estudio clásico con resonancia magnética funcional mostró que aprender una secuencia de movimientos con los dedos modificaba la representación de esa tarea en la corteza motora adulta. El cerebro entrenado no queda igual que antes.

Dejar de rendir no equivale a olvidar

Cuando abandonamos una habilidad, se deterioran la velocidad, la precisión, la resistencia y la coordinación fina. Pero ese descenso no significa necesariamente que se haya borrado todo lo aprendido.

La memoria motora atraviesa procesos de consolidación que estabilizan progresivamente lo adquirido. En experimentos clásicos sobre memoria motora, una nueva tarea se volvía menos vulnerable a las interferencias después de varias horas, señal de que el recuerdo estaba pasando de un estado frágil a otro más estable.




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Con los años pueden perderse componentes específicos y no todas las destrezas resisten igual. Influyen la cantidad y calidad de la práctica previa, el grado de automatización, la edad, las condiciones físicas y cuánto se parece la situación actual a aquella en la que aprendimos.

Aun así, algunos estudios han encontrado rastros de habilidades motoras después de ocho años sin practicar, aunque unas dimensiones del movimiento se conservaron mejor que otras. Por eso podemos sentirnos torpes y, al mismo tiempo, conservar parte de la arquitectura necesaria para recuperar el nivel.

El ahorro del reaprendizaje

La prueba más clara de que no empezamos de cero es la rapidez de la recuperación. En investigación se utiliza el término inglés savings, que podría traducirse como “ahorro”: cuando volvemos a una tarea aprendida, solemos progresar más deprisa que la primera vez.

El fenómeno se ha observado en numerosos experimentos de aprendizaje motor. Las personas que se enfrentan de nuevo a un patrón previamente aprendido suelen mostrar un reaprendizaje más rápido que durante el entrenamiento inicial.

Este ahorro no implica necesariamente que permanezca intacta una copia completa del movimiento. El cerebro puede conservar asociaciones entre errores y correcciones, estrategias conscientes, secuencias de acciones o una mayor facilidad para reconstruir el patrón. Las investigaciones actuales distinguen, de hecho, entre retener directamente una memoria y conservar la capacidad de reaprenderla.

Eso explica por qué alguien que tocó durante años puede recuperar en días lo que a un principiante le exigiría meses. Las primeras sesiones no construyen una habilidad nueva desde sus cimientos: reactivan y ajustan elementos que ya habían sido entrenados.

Las huellas que deja una habilidad

Parte de esa persistencia podría apoyarse en cambios físicos microscópicos. En estudios con animales, aprender movimientos nuevos favoreció la rápida formación y estabilización selectiva de espinas dendríticas, pequeñas estructuras mediante las cuales las neuronas establecen conexiones.

Otros trabajos han relacionado la existencia de espinas dendríticas mantenidas de forma estable con recuerdos motores duraderos. Algunas conexiones se modifican o desaparecen, pero otras podrían permanecer como parte de la huella estructural dejada por el aprendizaje.

Esto no significa que cada acorde tenga una conexión individual esperando intacta durante décadas, ya que las habilidades complejas son patrones distribuidos y dinámicos. Pero sí respalda una idea central: aprender deja cambios físicos que pueden sobrevivir a la inactividad y facilitar una recuperación posterior.

Volver no es retroceder al primer día

Retomar una habilidad puede resultar incómodo. Comparamos la ejecución presente con nuestro mejor momento pasado y confundimos la torpeza inicial con una pérdida definitiva. Sin embargo, la comparación justa no es con la persona que éramos al dejarlo, sino con quien nunca lo aprendió.

La plasticidad cerebral no solo permite adquirir habilidades nuevas. También ayuda a rescatar y actualizar las antiguas. La recuperación requerirá práctica y quizá no devuelva exactamente el mismo nivel, pero el camino suele estar parcialmente construido.

Por eso, cuando los dedos vuelven a desplazarse por el mástil o la bicicleta recupera el equilibrio, no estamos ante una memoria alojada literalmente en los músculos. Es el cerebro reconociendo una vieja tarea y demostrando que años de aprendizaje no desaparecen sin dejar rastro.

A veces, volver a empezar no significa empezar de nuevo.

The Conversation

Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Montar en bici, nadar, tocar la guitarra… Cómo recuperamos habilidades que parecían olvidadas – https://theconversation.com/montar-en-bici-nadar-tocar-la-guitarra-como-recuperamos-habilidades-que-parecian-olvidadas-289413

No son sólo negocios: experiencias emocionales en el trabajo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Navarro, Catedrático de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones, Universitat de Barcelona

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“No es nada personal, son sólo negocios”. Esta frase, recurrente en la película El Padrino, enfatiza un clásico estereotipo de la gestión: hacer negocios consiste, sobretodo, en hacer dinero y conviene olvidar otros aspectos más sociales.

Escena de “El Padrino” (1972). Fuente: MovieClips, YouTube.

Sin embargo, y debido en parte a la actual crisis de salud mental en el trabajo, el bienestar emocional del trabajador ha ganado importancia en la gestión de las empresas.

Entender las emociones

Para entender el bienestar emocional primero debemos entender qué son las emociones: respuestas breves e intensas ante eventos específicos que nos importan y alteran nuestra conducta.

Estudiarlas es vital porque no se quedan solo en una vivencia subjetiva, sino que dirigen nuestras acciones. Sentir tristeza reduce el rendimiento, mientras que sentir enfado empuja al conflicto. Limitarse a decir que alguien “se siente mal” no basta: comprender sus emociones específicas es un primer paso para entender su comportamiento laboral.

¿Qué emociones sentimos en el trabajo?

Para desentrañar la vida emocional de las personas en su lugar de trabajo, realizamos un estudio con 102 trabajadores de diversos sectores. El objetivo era conocer cómo y con qué intensidad surgen seis emociones básicas –alegría, sorpresa, tristeza, asco, miedo y enfado– en el día a día laboral. Los trabajadores reconstruyeron su jornada laboral durante 15 días, prestando atención a aquellos eventos laborales que consideraban particularmente importantes. Recopilamos 1 499 historias de dichos eventos laborales, evaluando si eran positivos o negativos (su valor) y qué tan novedosos o disruptivos resultaban (su fuerza).

Los resultados mostraron varios aspectos importantes:

  1. El trabajo es un lugar mayoritariamente feliz. La alegría fue la emoción más frecuente –presente en el 67 % de los eventos reseñados– e intensa, seguida de la sorpresa (54 %). Esto puede deberse a un sesgo de supervivencia: quienes sienten emociones negativas de manera constante tienden a abandonar sus empleos.

  2. Lo negativo es menos frecuente, pero contundente. El enfado (casi 40 %) y la tristeza (32 %) superaron al miedo (26 %) y al asco (20 %). Además, las emociones negativas rara vez vienen solas, suelen presentarse de manera combinada, en especial en los casos de enfado, tristeza y asco.

  3. El efecto multiplicador de la “fuerza”. No basta con que un evento laboral sea valorado como bueno o malo. Para que una emoción emerja con intensidad, el evento debe ser fuerte, es decir, disruptor o innovador. La interacción entre el valor y la fuerza del evento predice casi todas las emociones.

  4. El miedo presenta un patrón anómalo. El miedo fue la única emoción que dependió puramente de la fuerza y capacidad de disrupción del evento, sin importar tanto su valencia. Además, presentó un claro componente disposicional: hay trabajadores que, por su forma de ser (altas puntuaciones en neuroticismo y pesimismo) o por sus puestos de trabajo, están más expuestos a dicha emoción.

  5. Apenas hay diferencias de género. Rompiendo estereotipos clásicos, encontramos que el género influye poco en la intensidad con la que los trabajadores sienten las emociones. El género afectó únicamente a la frecuencia de aparición de algunas de ellas: la alegría fué más frecuente en los hombres y el asco en las mujeres.

Y, ¿qué desencadena cada emoción?

La lectura de los 1 499 diarios nos permitió establecer qué situaciones actúan como desencadenantes de cada emoción. Puesto que el trabajo es una red social, la mayoría de estas situaciones involucraban a los jefes, compañeros o clientes:

  • Alegría: se alimenta del logro y la conexión humana. Surge intensamente al completar tareas con éxito, disfrutar de un entorno de colaboración o recibir aprecio sincero, como una nota de agradecimiento de un jefe.

  • Sorpresa: nace de la ruptura de expectativas. Sus detonantes incluyen decisiones organizacionales imprevistas, como un contrato no renovado por un cliente, o noticias de apoyo inesperadas, como una comida de equipo pagada por la empresa.

  • Enfado: surge cuando percibimos situaciones injustas, faltas de respeto públicas, humillaciones o el bloqueo arbitrario de nuestros objetivos.

  • Tristeza: es la emoción de la pérdida y las expectativas rotas. Aflora ante decepciones y fracasos profesionales, o al perder a un compañero valioso que abandona el equipo.

  • Asco: en el trabajo, el asco suele ser moral. Aparece ante los comportamientos éticamente repugnantes o tóxicos, el acoso o la hipocresía corporativa.

  • Miedo: se despierta ante la amenaza y la preocupación por la seguridad. Los jefes impredecibles y la inestabilidad estructural de la empresa son algunos de los factores que encienden esta potente señal de alerta.

El bienestar laboral empieza por escuchar las emociones

Esta investigación muestra de forma clara que el trabajo es un entorno rico en experiencias que generan emociones. Cada decisión gerencial, cambio de turno o retroalimentación es un evento capaz de desencadenar una cascada emocional.

Aunque no pueden evitarse todos los contratiempos, las organizaciones sí pueden moldear activamente su clima emocional, potenciando intencionalmente las experiencias positivas e intentando atenuar la fuerza de los sucesos negativos.

Cuidar de los equipos exige ir más allá de entender el trabajo como meramente un lugar para hacer negocios. Nuestras organizaciones son comunidades ricas en afectos, a los que conviene prestar atención.

The Conversation

José Navarro recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España.

– ref. No son sólo negocios: experiencias emocionales en el trabajo – https://theconversation.com/no-son-solo-negocios-experiencias-emocionales-en-el-trabajo-278618

¿Funciona expulsar de clase? Alternativas más eficaces a medio y largo plazo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Magdalena Holgado Herrero, Psicología Social, del Trabajo y de las Organizaciones, Universidad de Cádiz

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El aula de secundaria no es solo ese lugar donde se va a aprender historia o matemáticas. Es, al mismo tiempo, un laboratorio de convivencia donde treinta adolescentes intentan encajar, gestionar su frustración y salir airosos del día a día. Y en ese laboratorio, los conflictos son inevitables: lo importante es cómo los gestionamos y qué efectos tienen las respuestas disciplinarias que aplicamos.

¿Qué hacemos cuando surgen gritos, malas contestaciones, discusiones o peleas que interrumpen el ritmo de la clase? Para los docentes, este es uno de sus principales retos.

Cuando la tensión aumenta, la respuesta casi automática del sistema educativo –y de las personas que trabajan en este marco organizativo– suele ser la de siempre: el “parte” (una sanción administrativa con o sin impacto en el expediente), la bronca disciplinaria o mandar al alumnado unos días a casa.

Pero ¿qué efecto tienen estas medidas disciplinarias? ¿Son eficaces? Aunque en ese instante eliminen la fricción puntual, la investigación muestra que las medidas de exclusión escolar, como las suspensiones y expulsiones, no necesariamente reducen los problemas de conducta. Es más, incluso pueden asociarse con un aumento posterior de las conductas problemáticas.

¿Por qué surge la mala conducta?

Para entender por qué un chico o una chica decide interrumpir la clase o no seguir las normas, hay que analizar lo que pasa en su mente en esos instantes. La adolescencia es una etapa de “obras” en el cerebro, en la que siguen madurando los sistemas implicados en el control de los impulsos y la regulación de las emociones.




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Los estudios muestran que la corteza prefrontal, clave para la planificación y la inhibición, continúa desarrollándose hasta bien entrada la adultez temprana, mientras que los sistemas emocionales subcorticales presentan una mayor reactividad. Este desfase entre emoción y control es característico de la adolescencia y ayuda a comprender por qué determinadas conductas emergen precisamente en el aula.

En una investigación reciente con 382 estudiantes de secundaria en Algeciras observamos que los problemas son más frecuentes dentro de la propia clase, con el profesorado delante, que en el patio. Lo que predomina no son las peleas a puñetazos, sino agresiones mucho más cotidianas de tipo verbal o relacional, los insultos, las burlas, los vacíos sociales y la desobediencia directa al docente.

No hay un perfil fijo

¿Existe un “perfil” de estudiante problemático definido o invariable? Pese a que en cada grupo los estudiantes que plantean problemas suelen ser los mismos, al medir su inteligencia emocional y sus mecanismos de respuesta ante el estrés descubrimos que el alumnado que acumula partes no presenta diferencias significativas respecto a quien jamás ha pisado la jefatura de estudios.

Nuestros resultados sugieren que un comportamiento disruptivo no responde a una falta de capacidad emocional de base ni a un problema de carácter intrínseco. La clave no está en sus competencias globales, sino en su ejecución en el momento crítico: en situaciones puntuales de alta intensidad, pueden faltarles o no saber aplicar las estrategias concretas de autorregulación necesarias para gestionar un enfado, la presión del grupo o la frustración en el aula.




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Penalizar sin enseñar

Cuando el centro recurre al castigo, al parte o a la expulsión, estamos apagando el fuego un par de horas y dando un respiro a la clase, pero no enseñando al alumnado implicado qué podría haber hecho en lugar de gritar o insultar.

En el caso de la expulsión, además, existe el riesgo de alimentar un círculo vicioso: para estudiantes que ya se sienten desconectados de los estudios, la expulsión temporal puede no funcionar como un escarmiento y, en algunos casos, aumentar todavía más su distancia respecto a la escuela.

El problema es que la sanción, por sí sola, no garantiza un cambio de conducta y puede dejar intactas las causas que originaron el conflicto. La sanción tradicional aísla, pero no necesariamente educa, sobre todo cuando se aplica sin un acompañamiento posterior.

Los programas de mediación y prácticas restaurativas

Si nos fijamos en lo frecuente que es la reincidencia en determinados casos, la evidencia disponible cuestiona que las expulsiones, los partes y otras medidas de disciplina punitiva sean suficientes para mejorar la conducta a largo plazo y señala, además, sus posibles consecuencias negativas para el alumnado. Investigaciones recientes muestran que las sanciones excluyentes tienen una eficacia limitada y pueden deteriorar las relaciones educativas y la equidad en la disciplina, sin reducir la reincidencia.

Los programas de mediación escolar y las prácticas restaurativas buscan precisamente eso, indagar en el origen de los problemas e intentar modificarlos a largo plazo. La mediación no consiste en “dejar pasar la falta” ni en ser ingenuos. Se trata de sentar a las partes implicadas a hablar, guiadas por un mediador, para que entiendan qué ha pasado, se pongan en el lugar del otro y acuerden juntos cómo reparar el daño.




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Asumir consecuencias y mejorar la vinculación

La investigación apunta a que los enfoques restaurativos y de mediación pueden mejorar la convivencia y favorecer determinados comportamientos del alumnado. Primero, porque invita al alumnado a asumir las consecuencias de sus actos, ejercitando la empatía y la autorregulación en lugar de limitarse a recibir un castigo.

Segundo, porque no rompe el puente entre el estudiante y el instituto; al contrario, puede reforzar su vinculación con la comunidad educativa y favorecer relaciones más positivas entre iguales. Y tercero, porque puede ayudarle a desarrollar estrategias alternativas para gestionar los conflictos y la frustración en lugar de recurrir a la agresión o la conducta disruptiva.

Las prácticas de justicia restaurativa en el ámbito escolar se asocian con mejoras en la disciplina, la comunicación, el respeto y la confianza entre estudiantes y docentes. No obstante, los autores advierten que la evidencia disponible sigue siendo limitada y subrayan la necesidad de realizar nuevos estudios.

No se trata, por tanto, de elegir entre disciplina o permisividad. Se trata de preguntarnos qué queremos conseguir después de un conflicto: ¿que quien ha cometido la falta cumpla la sanción o que aprenda qué hacer la próxima vez que vuelva a sentirse frustrado, presionado o enfadado? Si el objetivo último de la escuela es educar, quizá la respuesta no pueda limitarse a castigar la conducta. También debe enseñar a gestionarla.

Más inversión inicial, mejores resultados a largo plazo

Pese a estos datos, la mediación sigue teniendo un papel limitado en muchos institutos. A menudo se la deja de lado por la prisa del día a día, por falta de tiempo o por el viejo prejuicio de pensar que sentarse a dialogar es una muestra de debilidad frente al alumnado.

El reto está precisamente ahí: la mediación requiere una inversión inicial de tiempo y recursos que el castigo aparentemente no necesita. Un parte puede redactarse en unos minutos y una expulsión puede sacar el conflicto del aula de forma inmediata. Sentar a las personas implicadas, escuchar qué ha ocurrido, identificar el daño y buscar una solución compartida exige mucho más. Pero esa diferencia de tiempo puede ser también la diferencia entre apagar un conflicto y aprender a resolverlo.

Para conseguir aulas donde se pueda enseñar y aprender en paz, necesitamos dedicar más tiempo a hablar. Expulsar a un estudiante puede resolver la urgencia del momento; enseñarle a resolver un conflicto le da herramientas para la vida. Sin embargo, esta transición no puede sostenerse únicamente sobre el esfuerzo y la buena voluntad del profesorado. Si la escuela tiene la responsabilidad de preparar a la juventud para convivir en sociedad, las Administraciones deben dotar a los centros de recursos estructurales, formación y horas dedicadas explícitamente a la mediación. Invertir tiempo en enseñar a gestionar los conflictos no es un coste ni una sobrecarga voluntaria: es la mejor inversión educativa.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Funciona expulsar de clase? Alternativas más eficaces a medio y largo plazo – https://theconversation.com/funciona-expulsar-de-clase-alternativas-mas-eficaces-a-medio-y-largo-plazo-287982

Les oubliés du soin d’urgence : quand le déni de reconnaissance met le secteur ambulancier en danger

Source: The Conversation – in French – By Nathalie Lugand, Docteure en psychologie sociale, Université Lumière Lyon 2


L’ESSENTIEL

  • Incendies de l’été 2026, Covid-19… le personnel ambulancier joue un rôle clé dans le soin et les situations d’urgence.

  • Mais ce secteur ne fait jamais la une des médias et pâtit d’un manque de reconnaissance.

  • Le flou de son statut fait courir des risques sur le terrain à cette profession de plus en plus féminisée.


Cet été, la « guerre » contre le feu menée par les sapeurs-pompiers a été suivie par des millions de personnes tandis qu’à l’ombre des projecteurs, des milliers d’ambulanciers et ambulancières se mobilisaient pour évacuer des milliers de personnes âgées de leur Ehpad.

De la même façon, durant l’année 2020, en dépit du rôle clé qu’ils ont assuré durant la « guerre sanitaire » menée contre le Covid-19, leur travail fut passé sous silence, comme le résume Patrick Youx, gérant d’une entreprise d’ambulances à Nantes, dans son témoignage :

« On nous a dit, à tout le personnel soignant : “On vous oubliera pas, vous étiez essentiels”… Moi aussi, j’ai eu l’ordre national du Mérite, ça me fait une belle jambe. »

Des travailleuses et travailleurs du « care » invisibilisés par les médias

Alors que les métiers du « care » ont été mis sous les projecteurs, puis au cœur des débats sur la reconnaissance des métiers dits « essentiels », le secteur ambulancier est resté le grand oublié du débat public. Cette invisibilisation médiatique, qui s’accompagne d’une littérature scientifique limitée sur le secteur, contribue à la méconnaissance de ces « travailleurs et travailleuses de l’ombre ».

Bien plus encore, dans l’imaginaire social, l’ambulancier français reste davantage associé à la figure du « chauffeur » ou encore du « taxi » qu’à celle du soignant. Peu (re)connus de la population et même des autres professions soignantes, ils assurent pourtant un rôle important dans la « prise en soin » des malades, que ce soit dans le cadre de transports sanitaires urgents ou non.

La profession a par ailleurs connu depuis quelques années une évolution significative des contours de sa formation, parallèlement à une féminisation de ses membres. Le nouveau référentiel de formation de 2022 s’est enrichi de modules en communication, psychologie et relation d’aide, et les gestes cliniques se sont diversifiés et renforcés. Toutefois, cette exigence croissante de savoirs et savoir-faire dans le domaine du soin n’a pas été accompagnée d’une reconnaissance institutionnelle et tarifaire à la hauteur de cette évolution.

Un paradoxe leur posant problème au quotidien est en effet souvent souligné : il leur est demandé d’agir en soignants et soignantes dans un système qui persiste à les rémunérer et à les traiter comme de simples « transporteurs » leur ministère de tutelle restant, pour les relations de travail, le ministère des transports. Alors qu’ils et elles dispensent des soins cliniques et un accompagnement relationnel essentiels, leur convention collective, rattachée aux transports routiers, continue de les inscrire dans un cadre professionnel principalement pensé autour de l’activité de transport et de conduite.

Une mise en danger sur le terrain, en particulier pour les femmes

Ce déni de statut se traduit par des freins majeurs dans le travail quotidien. Des données de la recherche indiquent qu’à l’accueil des urgences, les ambulanciers et ambulancières peuvent se heurter au mépris ou à l’indifférence d’équipes soignantes, qui négligent de leur transmettre les éléments cliniques nécessaires à la bonne « prise en soin » des patient·e·s. Cette exclusion des circuits d’information les prive de la validation de leurs pairs, ce que Christophe Dejours nomme le « jugement de beauté » sur les règles de l’art et peut les exposer à des risques infectieux concrets : tuberculose, méningite, Covid-19, etc.

Si le manque de reconnaissance et la pénibilité physique fragilisent l’ensemble du corps professionnel, la profession d’ambulancier, qui est de plus en plus mixte, doit aussi tenir compte non seulement des expositions différenciées mais aussi des impacts différenciés des risques professionnels selon les sexes. On peut prendre pour exemple le port des personnes, quand on sait que les limites du Code du travail sont de 25 kg pour les femmes et 55 kg pour les hommes.

Dans un secteur marqué par une histoire et une culture d’entreprise historiquement masculines, structurées autour de la force physique, pour une ambulancière, l’invisibilisation du métier s’ajoute à celle de son genre : c’est une véritable « double peine ».

Là où un ambulancier souffre de ne pas être perçu comme un soignant, une ambulancière doit en plus se battre au quotidien pour prouver sa légitimité technique, ses compétences et sa capacité physique.

Mais cette inégalité ne s’arrête pas à une question de légitimité : elle s’incarne matériellement dans le travail quotidien. Qu’il s’agisse de la taille des équipements calibrés sur des gabarits masculins, de l’organisation des plannings ou de l’exposition aux violences sexistes, les contraintes physiques et organisationnelles n’ont pas les mêmes conséquences sur les ambulanciers et les ambulancières.

Par ailleurs, en observant ce qui se passe réellement à l’arrière de l’ambulance ou lors d’un brancardage, on constate que les activités ou tâches réalisées par les femmes ou les hommes ne sont pas exactement les mêmes. Ainsi l’exposition aux risques n’est pas la même pour les femmes que pour les hommes.

En effet, s’intéresser au travail réel des ambulanciers et ambulancières et pas seulement à leur fiche de poste théorique, c’est faire apparaître les expositions différenciées des femmes et des hommes dans des situations de travail similaires.

Faire de la prévention des risques un outil vivant

Pour supprimer voire réduire les risques professionnels, ajouter des formations ou multiplier les procédures ne suffit plus. Aujourd’hui, des outils réglementaires comme le Document unique d’évaluation des risques professionnels (Duerp), outil central de prévention de la santé au travail, peuvent être vécus comme de la simple paperasse. On les remplit par obligation légale sous la menace de sanctions renforcées sans que cela ne change quoi que ce soit au quotidien du terrain.

Pourtant, réinvesti par le terrain, le DUERP pourrait être le premier levier de cette reconnaissance tant attendue. En évaluant le travail réel et la pénibilité qui en découle, avec ses expositions et ses impacts différenciés selon les sexes : charge émotionnelle, violences sexistes et sexuelles, postures pénibles, etc., ce document cesse d’être une contrainte administrative pour devenir le miroir officiel du travail soignant invisible.

Pour que la prévention fonctionne, elle doit devenir un outil vivant de réflexion collective et l’évaluation différenciée des risques une opportunité pour débriefer, analyser les difficultés et faire reconnaître les mille astuces inventées par ces professionnels pour faire face à l’imprévu. Ces espaces de discussion permettent aussi d’ouvrir les yeux sur les règles non écrites et d’enrichir la prévention des risques.

Or, comme le souligne Florence Chappert, responsable de la Mission Égalité intégrée à l’Anact, l’agence publique dédiée à l’amélioration des conditions de travail, les démarches de prévention restent trop souvent pensées au masculin sous couvert d’une neutralité de façade. Pourtant, les statistiques sont sans appel : si les accidents du travail baissent globalement, ils ont grimpé de 41,6 % chez les femmes entre 2001 et 2019, en particulier dans les secteurs à prédominance féminine comme la santé.

Repenser les normes ou cadences, adapter le matériel aux corps féminins et mieux soutenir le travail émotionnel n’est pas une faveur qu’on accorderait aux femmes : c’est une mesure globale qui permettrait aussi de préserver les hommes les plus exposés ou vieillissants, et de faire baisser l’absentéisme global qui est dû, en premier lieu, au cumul des contraintes de travail.

Une expérimentation nationale pour analyser le travail de terrain

C’est précisément dans ce contexte que la Fédération nationale des ambulanciers privés (FNAP), dirigée par Bruno Basset, a engagé une démarche d’expérimentation sur le terrain, dans le cadre d’un financement obtenu auprès du Fonds pour l’amélioration des conditions de travail (Fact), géré par l’Anact, à la suite de l’appel à projets Améliorer la santé des femmes au travail.

Ce projet d’expérimentation vise notamment à identifier les risques spécifiques auxquels font face les femmes et les hommes du secteur, à évaluer les impacts différenciés du travail sur leur santé et à faire évoluer concrètement l’organisation du travail ainsi que la prévention dans les entreprises d’ambulance.

Depuis novembre 2025, la démarche est entrée dans sa phase opérationnelle : 10 entreprises pilotes volontaires, réparties sur l’ensemble du territoire national, se sont lancées dans l’aventure aux côtés de deux instituts de formation et du syndicat CFDT.

Si cette expérimentation nationale constitue un premier pas pour sortir les ambulanciers et ambulancières de l’ombre, elle ne saurait suffire. Pour reprendre la formule de la philosophe et féministe étatsunienne Nancy Fraser, la reconnaissance culturelle ne vaut rien sans « redistribution » : des moyens, du temps et de certains équipements adaptés. La question n’est plus de savoir si ce secteur mérite d’être reconnu, mais si notre système de santé peut encore se permettre de l’ignorer.

The Conversation

Nathalie a reçu des financements du Fonds pour l’amélioration des conditions de travail (Fact), géré par l’Agence nationale pour l’amélioration des conditions de travail (Anact), dans le cadre de l’expérimentation nationale menée par la Fédération Nationale des Ambulanciers Privés (FNAP).

Sylvie Morel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Les oubliés du soin d’urgence : quand le déni de reconnaissance met le secteur ambulancier en danger – https://theconversation.com/les-oublies-du-soin-durgence-quand-le-deni-de-reconnaissance-met-le-secteur-ambulancier-en-danger-289567

États-Unis : tout comprendre aux midterms

Source: The Conversation – in French – By Frédérique Sandretto, Adjunct assistant professor, Sciences Po


L’ESSENTIEL

  • Le 3 novembre prochain, soit deux ans après la seconde élection de Donald Trump, auront lieu les midterms, les élections de mi-mandat aux États-Unis.

  • La totalité des 435 sièges de la Chambre des représentants et 35 des 100 sièges du Sénat seront renouvelés à cette occasion. Pour l’heure, les républicains disposent d’une courte majorité dans chacune des deux assemblées.

  • Traditionnellement défavorables au parti du président en exercice, ces élections revêtent un enjeu majeur pour la fin du second mandat de Donald Trump.


Communément appelées « midterms », les élections de mi-mandat constituent un moment déterminant de la vie politique états-unienne. D’un point de vue constitutionnel, elles s’inscrivent dans l’architecture définie par la Constitution de 1787 qui organise un renouvellement partiel et régulier des institutions fédérales pour respecter le principe démocratique et éventuellement mettre en place une alternance.

Les midterms illustrent concrètement le principe américain des « checks and balances » (« équilibre des pouvoirs »). Le président ne gouverne pas seul : le Congrès peut bloquer, modifier ou contrôler certaines de ses politiques. Elles ont lieu tous les deux ans à mi-parcours du mandat présidentiel, lequel est fixé à quatre ans. Leur fonction première est donc d’introduire un mécanisme de rééquilibrage institutionnel entre l’exécutif et le législatif dans une logique de séparation des pouvoirs.

Concrètement, l’intégralité de la Chambre des représentants (435 sièges) est renouvelée lors de chaque scrutin de mi-mandat. Les représentants sont élus pour deux ans au suffrage universel direct dans des circonscriptions uninominales, ce qui les rend particulièrement sensibles aux fluctuations de l’opinion publique.

Le Sénat, quant à lui, obéit à une logique de renouvellement partiel : un tiers de ses 100 sièges est remis en jeu tous les deux ans, chaque sénateur disposant d’un mandat de six ans. Ce système de rotation conçu selon un principe de stabilité vise à assurer la continuité institutionnelle tout en permettant une adaptation progressive aux évolutions politiques. À ces élections fédérales s’ajoutent fréquemment des scrutins locaux et à l’échelle des États qui renforcent encore la portée politique de ce moment électoral.

Historiquement, les midterms servent de mécanisme de régulation politique. Souvent, le parti du président en exercice subit des pertes au Congrès, ce qui traduit de fait une forme de sanction électorale ou de rééquilibrage. Ce phénomène participe pleinement du système de checks and balances en limitant la capacité d’un exécutif à exercer un pouvoir sans contrepoids.

Devenu président pour la deuxième fois en janvier 2025, Donald Trump verra son mandat marqué par les midterms, le 3 novembre 2026, qui revêtiront une importance stratégique majeure. Elles détermineront la capacité de l’exécutif à gouverner efficacement et à imposer son agenda politique.

L’enjeu des midterms pour Donald Trump

Pour Donald Trump, les élections de 2026 dépassent largement la dimension habituelle des scrutins intermédiaires. Elles constituent un test grandeur nature de sa capacité à transformer une victoire présidentielle en domination politique durable – son mandat étant marqué par une profonde polarisation de la société américaine.

Depuis son émergence sur la scène politique nationale en 2015, Trump a aussi complètement remodelé le Parti républicain en le faisant passer d’un conservatisme traditionnel à un mouvement populiste et nationaliste. Il a rompu avec le libre-échange et le mondialisme en privilégiant les droits de douane, la protection de l’industrie américaine et la politique « America First ». Il a également durci le discours sur l’immigration et adopté une politique étrangère plus isolationniste et transactionnelle. Enfin, il a personnalisé le parti autour de sa propre personne.

Les midterms permettront ainsi d’évaluer le degré d’institutionnalisation du trumpisme. La question centrale n’est plus seulement de savoir si Trump demeure populaire auprès de sa base électorale, mais si cette popularité peut se traduire par des succès électoraux à tous les niveaux du système politique américain. Les candidats soutenus par l’ancien président seront observés avec une attention particulière, car leurs performances fourniront un indicateur de l’emprise réelle du mouvement Make America Great Again (MAGA) sur le Parti républicain.

Actuellement, les républicains disposent de 218 sièges à la Chambre contre 214 pour les démocrates, deux sièges vacants et un représentant classé indépendant ; au Sénat, ils possèdent 53 sièges, contre 45 pour les démocrates et deux indépendants. Pour Trump, la conservation d’une majorité au Congrès constitue un objectif stratégique essentiel.

Une Chambre des représentants et un Sénat favorables lui permettraient d’accélérer son programme législatif, de poursuivre la réorganisation de l’administration fédérale, de renforcer sa politique migratoire et de continuer de nommer des juges conservateurs dans les juridictions fédérales. À l’inverse, une perte de contrôle d’une ou des deux chambres ouvrirait la voie à une multiplication des enquêtes parlementaires, à un ralentissement des réformes et à une réduction significative de sa capacité d’action.

Au-delà des considérations institutionnelles, ces élections serviront également à mesurer la capacité de Trump à élargir sa coalition électorale. La base MAGA demeure extrêmement mobilisée, mais les victoires nationales nécessitent également le soutien d’électeurs indépendants, de classes moyennes suburbaines et d’une partie des électorats modérés. Les résultats de 2026 fourniront des indications précieuses sur l’évolution de ces catégories électorales.

Les enjeux pour la base MAGA

Pour les militants du mouvement MAGA, les élections de 2026 représentent une étape décisive dans la consolidation d’une nouvelle identité politique conservatrice. Depuis près d’une décennie, et sous l’égide de Donald Trump, ce courant défend une vision fondée sur le nationalisme économique, le contrôle des frontières, la critique de la mondialisation, la valorisation de la souveraineté nationale et la remise en cause des élites politiques traditionnelles.

Les primaires républicaines constituent le premier terrain d’affrontement. Dans de nombreux États, les candidats soutenus par les militants MAGA affrontent encore des représentants de l’establishment républicain traditionnel. Les résultats de ces compétitions internes permettront de mesurer la profondeur de la transformation idéologique du parti.

Les premiers résultats des primaires des midterms 2026 montrent une volonté de renouvellement dans les deux partis. Chez les démocrates, des représentants de l’aile gauche se sont imposés dans le Michigan (Abdul El-Sayed) et dans le Minnesota (Peggy Flanagan) face à des adversaires modérés. Côté républicain, Trump conserve une forte influence, mais certains de ses candidats ont été battus, notamment Mike Lindell dans le Minnesota.

L’enjeu est également générationnel. Une nouvelle génération d’élus républicains cherche à s’imposer en reprenant les principaux marqueurs idéologiques du trumpisme. Les midterms permettront d’observer si le mouvement est capable de produire de nouveaux leaders susceptibles d’assurer sa continuité au-delà de Donald Trump lui-même.

Cette question est fondamentale, car l’avenir du mouvement dépend de sa capacité à dépasser la personnalisation extrême qui a caractérisé son développement depuis 2016. Toute force politique durable doit être en mesure de former des cadres, de renouveler ses élites et de transmettre ses idées à de nouveaux responsables politiques.

Un scrutin déjà tourné vers 2028

L’un des aspects les plus importants des élections de 2026 réside dans leur impact potentiel sur la présidentielle de 2028. Même si cette échéance paraît encore éloignée, les midterms constituent traditionnellement le point de départ officieux de la campagne présidentielle suivante.

Dans le cas du Parti républicain, les résultats de 2026 permettront d’identifier les personnalités susceptibles d’incarner « l’après-Trump ». Plusieurs gouverneurs, sénateurs et élus fédéraux seront observés comme de potentiels candidats à l’investiture républicaine. Une victoire importante des candidats soutenus par Trump renforcerait considérablement l’influence du trumpisme dans la préparation de l’élection présidentielle suivante. À l’inverse, des résultats décevants pourraient encourager l’émergence de courants alternatifs cherchant à réorienter le parti.

L’avenir du Parti démocrate pourrait se jouer entre une aile progressiste incarnée par Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders et Abdul El-Sayed, et une aile plus modérée représentée par Chris Pappas ou Jon Ossoff. Le gouverneur de Californie Gavin Newsom apparaît déjà comme l’un des principaux prétendants à la présidentielle de 2028 et cherche à s’imposer comme le principal adversaire démocrate de Donald Trump. Mais le parti devra surtout résoudre son dilemme central : conserver son électorat progressiste tout en reconquérant les classes populaires, les indépendants et les électeurs des États clés.

Les midterms joueront également un rôle déterminant dans la collecte de fonds, la structuration des réseaux militants et l’identification des territoires stratégiques pour 2028. Les États clés, comme la Pennsylvanie, le Michigan, le Wisconsin, l’Arizona, la Géorgie ou le Nevada, constitueront autant de laboratoires électoraux permettant d’anticiper les dynamiques futures.

En définitive, les élections de mi-mandat de 2026 constituent bien davantage qu’un simple rendez-vous électoral intermédiaire. Elles représentent un test de gouvernabilité pour Donald Trump, un examen de maturité pour le mouvement MAGA et une répétition générale pour l’élection présidentielle de 2028.

The Conversation

Frédérique Sandretto ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. États-Unis : tout comprendre aux midterms – https://theconversation.com/etats-unis-tout-comprendre-aux-midterms-284686

Rassemblement national/Reform UK : mêmes combats ?

Source: The Conversation – in French – By Alma-Pierre Bonnet, Senior Lecturer in British Studies, Université Jean Moulin Lyon 3


L’ESSENTIEL

  • Présent lors du dernier congrès de Reform UK, parti donné gagnant aux prochaines législatives au Royaume-Uni, le président du RN Jordan Bardella a souligné les nombreux points d’accord entre les deux formations.

  • Toutes deux dénoncent une immigration assimilée à une invasion, se posent en protectrices de la culture et des valeurs de leurs pays respectifs, et se montrent très critiques vis-à-vis des mesures environnementales, dans lesquelles elles voient des manifestations d’« écologie punitive ».

  • Leurs registres lexicaux et rhétoriques, souvent proches, ne sont cependant pas identiques, comme le montre l’analyse linguistique de leurs documents programmatiques.


Les rapports entre le Rassemblement national (RN) et Reform UK n’ont pas toujours été cordiaux. En 2014, alors à la tête du parti UKIP, Nigel Farage avait refusé de former une alliance avec le RN, dénonçant son ADN antisémite et son approche économique qu’il jugeait incompatible avec ses velléités libérales. Mais de l’eau a coulé sous les ponts depuis et même si la méfiance reste de mise, on observe un rapprochement entre les deux formations, qui s’est matérialisé avec le discours de Jordan Bardella au congrès annuel de Reform UK, ce 4 septembre, durant lequel un « protocole d’accord » symbolique a été signé par les deux dirigeants.

Le RN et Reform UK (successeur du Brexit Party et dont les racines idéologiques proviennent d’UKIP, avec Nigel Farage comme dénominateur commun) sont généralement classés dans la catégorie des partis populistes de droite radicale, car ils s’inspirent du même courant idéologique, le national-populisme, qui entend prioriser la culture et les intérêts de la nation tout en promettant de redonner une voix à un peuple qui se sent négligé par des élites distantes.

Dès lors, l’opposition à l’immigration de masse est leur fonds de commerce. Toutefois, Tim Bale, de l’Université Queen Mary de Londres, explique qu’aujourd’hui leurs points d’accord ne se réduisent pas à la question migratoire. Ils s’étendent notamment au rejet viscéral du « wokisme » et à la résistance aux politiques environnementales visant la neutralité carbone.

Mais comment cela se traduit-il dans leurs programmes respectifs ? Utilisent-ils les mêmes arguments ? L’étude de leurs manifestes politiques grâce à la linguistique de corpus et sous l’angle de la prosodie sémantique – c’est-à-dire des associations positives, négatives ou émotionnelles que les mots prennent selon leur contexte – révèle de nombreuses similarités sur le fond, tout en mettant en lumière deux approches rhétoriques différentes.

Combattre la « vague migratoire »

La métaphore de l’eau est une constante du discours populiste pour désigner la difficulté à endiguer l’immigration de masse.

Reform UK l’insère dans le roman national britannique en utilisant l’imagerie rassurante des falaises de Douvres qui protègent le pays contre la « menace » provenant du continent depuis près de mille ans. Dans le manifeste de 2024, l’immigration est le premier sujet abordé, avec le titre « Uncontrolled Immigration has Pushed Britain to Breaking Point » (« L’immigration incontrôlée a poussé la Grande-Bretagne au point de rupture ») et l’image des falaises (photo 1).

On voit un lien direct avec la rhétorique du Brexit grâce au terme « Breaking Point » qui fait référence à une affiche utilisée par Farage lors de la campagne référendaire en 2016, montrant un flot de migrants supposément sur le point d’entrer au Royaume-Uni (photo 2).

Photo 2.

En lien aussi avec le Brexit, Reform UK martèle le néologisme Boriswave (la vague de Boris). Ce terme fait référence à la forte augmentation de l’immigration (hors UE) post-Brexit observée après la mise en place, sous Boris Johnson (premier ministre de 2019 à 2022) d’un système d’immigration par points (sur le modèle australien) qui allonge la durée de séjour des étudiants et facilite l’accès du pays aux travailleurs de santé.

Visuel « Stop the Boriswave ».
Site de Reform UK

Concernant l’immigration, Reform UK_base donc l’impact de sa communication sur la puissance des images et la peur qu’elles inspirent.

En France, le RN utilise également la métaphore de l’eau, mais différemment. Lors de la présidentielle de 2022, pour « contrôler l’immigration », le vocabulaire du RN repose moins sur des images spectaculaires que sur une mécanique rhétorique reposant sur le débordement. Les « flux » doivent être maîtrisés, car une « pression migratoire » se dirige vers un « niveau jamais atteint ». Le parti parle aussi d’une immigration « hors de contrôle », qu’il faudrait « endiguer ».

Cette logique se retrouve dans le projet politique du RN présenté lors de la campagne européenne de 2022 menée par Jordan Bardella, où la terminologie de l’« Europe passoire » laisse place à celle de la « submersion du continent » ; puis dans son projet pour les élections législatives de 2024, qui veut « préserver le peuple français de la submersion migratoire ». Le champ lexical de l’eau sert donc à construire une menace qui déborde les frontières, et l’immigration est apparentée à une catastrophe naturelle.

La différence avec Reform UK tient alors à la perspective et au support rhétorique. Le parti de Farage dramatise par l’image des falaises et de la vague pour faire appel à la mémoire collective, tandis que le RN exprime la peur du débordement en langage plus institutionnel, autour de la maîtrise des flux et du contrôle des frontières.

Gagner la guerre culturelle

Dans son ouvrage de référence sur les guerres culturelles, publié en 1991, James D. Hunter définit la culture comme un système de valeurs qui structure notre expérience au monde et donne un sens à notre vie. Gage d’autorité morale sur un groupe, elle est source d’identité, de sens et de cohésion. Le rejet de l’immigration de masse est directement corrélé à la peur de voir la culture nationale disparaître. Il s’agit d’un postulat pour les deux partis, mais là encore, cela s’exprime différemment.

Reform UK voit l’immigration de masse non seulement comme un flux de personnes mais, aussi, comme un phénomène lié à la promotion, au Royaume-Uni, du multiculturalisme, du communautarisme et de l’idéologie « woke ». Le logiciel d’analyse du discours Sketch Engine montre que, dans les documents publiés par le parti, le terme le plus souvent utilisé pour qualifier « culture » est « British » et celui qui lui est le plus souvent associé est « values » (valeurs), notamment chrétiennes : « Our culture is built upon Christian values » (Notre culture repose sur des valeurs chrétiennes). La conception de la culture de Reform UK semble donc s’insérer dans un contexte de crise identitaire outre-Manche.

Le RN occupe un terrain proche, mais avec un vocabulaire plus républicain. Les « dérives wokes » sont associées à Bruxelles, à la « réécriture de notre histoire » et au « rejet de nos valeurs ». Cette inquiétude se prolonge par la défense de « l’identité et le patrimoine de la France » contre le « communautarisme » et le « séparatisme ». En 2023, Bardella résume cette logique lors du colloque « contre le péril woke » en disant vouloir « déconstruire la déconstruction ».

Là où Reform UK insiste sur les valeurs chrétiennes et la culture britannique, le RN ne parle pas, ou peu, de « valeurs chrétiennes » ; il met l’accent sur le déclin de la civilisation française, qu’il juge menacée par l’immigration, l’idéologie islamiste et la baisse de la natalité.

S’opposer à « l’écologie punitive »

Reform UK a abandonné son climatoscepticisme originel. Il n’en utilise pas moins certains arguments, notamment ce qu’Hirschman appelle l’« effet pervers », qui tend à présenter les politiques environnementales comme néfastes du point de vue économique, et la « mise en péril » (l’écologie imposerait des restrictions aléatoires qui seraient en contradiction avec les valeurs de liberté des sociétés démocratiques), de façon à assimiler l’écologie au totalitarisme.

Le parti parle ainsi de « punitive taxation » et de « Whitehall diktats » (Whitehall est une référence métonymique au gouvernement britannique). Son but, face à « l’idéologie verte », est de protéger les consommateurs mais aussi les agriculteurs, qui constituent « le poumon de notre pays et la colonne vertébrale de notre sécurité alimentaire ». Une fois de plus, Reform UK a recours aux métaphores pour narrativiser son propos et dépeindre une situation de crise existentielle pour le pays.

Le RN reprend cette logique, mais son approche se concentre sur le coût social de l’écologie. Le « Pacte vert » est vu comme une « écologie punitive », accusée de peser sur le pouvoir d’achat et sur l’activité économique. Le parti lui oppose une « écologie raisonnable », qui refuse la « décroissance » et les « normes européennes abusives ». Dans son programme législatif de 2024, cette ligne épouse les codes du discours populiste – fondés sur le principe de bon sens du peuple, de protection contre les menaces externes et la défense de la souveraineté – et devient une « écologie de bon sens », « protectrice du niveau de vie des français » et « garante de notre indépendance nationale ».

Comme Reform UK, le RN dénonce les effets qu’il juge pervers. L’écologie institutionnelle est décrite comme une politique qui, au lieu de protéger, pénalise. Alors que le monde scientifique tire la sonnette d’alarme depuis des décennies sur les conséquences humaines du réchauffement climatique, l’expression « écologie punitive » sert moins à proposer une alternative écologique qu’à délégitimer l’écologie elle-même, en présentant les mesures visant à endiguer le changement climatique d’abord comme des contraintes pour notre société.

Si le message national-populiste reste peu ou prou le même, les deux partis l’abordent différemment. La rhétorique de Reform UK repose sur une image idéalisée et nostalgique du pays (ce que Taggart appelle le Heartland) alors que le RN ne s’appuie pas tant sur le passé et se concentre plutôt sur une approche à court terme.

La rhétorique de Reform UK repose sur une image idéalisée et nostalgique du pays (ce que Taggart appelle le Heartland) alors que le RN ne s’appuie pas tant sur le passé et se concentre plutôt sur une approche à court terme. Cela peut être le reflet d’une stratégie d’ancrage et de légitimation de la part de Reform UK, alors que le RN voit la prochaine grande échéance de 2027 se rapprocher.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Rassemblement national/Reform UK : mêmes combats ? – https://theconversation.com/rassemblement-national-reform-uk-memes-combats-291386

Les démocraties directes existent-elles vraiment ?

Source: The Conversation – in French – By Raul Magni-Berton, Professeur de sciences politiques, AnthropoLab – Ethics, Institut catholique de Lille (ICL)


L’ESSENTIEL

  • Il existe bien des formes de démocraties directes dans le monde – en Suisse, en Uruguay, dans une douzaine d’États américains ou encore dans le Land de Bavière en Allemagne, par exemple.

  • Les citoyens n’y prennent pas toutes les décisions politiques, mais aucune institution ne peut disposer d’un pouvoir qui leur échappe.

  • Pétitions et référendums sont les outils permettant l’expression directe du peuple dans le démocraties modernes.


Au moment où la démocratie directe suscite un intérêt croissant, le terme produit autant d’espérances que de confusions.

Pour certains, la démocratie directe renvoie à un régime qui n’aurait existé qu’à l’époque de Socrate et de Démosthène et qui serait devenu impossible dans les sociétés contemporaines.

Pour d’autres, les procédures référendaires sont en elles-mêmes des outils de démocratie directe, même si, partout où elles existent, elles sont généralement associées à des institutions représentatives. C’est pourquoi des régimes, comme la Suisse, qui recourent abondamment aux référendums, sont parfois qualifiés de « démocraties semi-directes » : les initiatives populaires et les référendums y coexistent avec un Parlement, un gouvernement et d’autres institutions représentatives.

Enfin, la démocratie directe est souvent confondue avec la démocratie participative, qui s’incarne dans des dispositifs tels que les assemblées citoyennes ou les budgets participatifs.

Nous souhaitons ici définir ce qu’est une démocratie directe et montrer quels régimes politiques actuels peuvent être classés dans cette catégorie. Il s’agit également de distinguer la démocratie directe de ses instruments – référendums, pétitions, assemblées, etc. – et de présenter les principaux cas existants.

Démocratie directe : définition

Une démocratie directe est un système dans lequel l’ensemble des citoyens prend les décisions politiques. Il s’agit, d’une certaine manière, d’un pléonasme : la définition étymologique de la démocratie – le pouvoir du peuple – correspond à l’idée d’un système dans lequel les citoyens se gouvernent eux-mêmes, directement.

À la fin du XVIIIᵉ siècle, pendant les révolutions américaine et française, le terme « démocratie » était d’ailleurs utilisé pour désigner ce système dans lequel les citoyens se gouvernaient eux-mêmes. Avec le temps, les régimes représentatifs ayant été désignés comme des « démocraties représentatives », l’attribut « directe » a dû être ajouté au mot « démocratie », pour ne pas les confondre.

Cette définition est parfois interprétée, à tort, comme signifiant qu’une démocratie directe ne peut comporter ni Parlement, ni gouvernement, ni, plus généralement, de représentants.

Ce n’est pourtant pas ce qu’implique l’idée selon laquelle les citoyens prennent ensemble les décisions politiques. Cela ne signifie pas que les citoyens doivent prendre eux-mêmes toutes les décisions. Cela signifie qu’aucune institution ne peut disposer, en dernier ressort, d’un pouvoir qui échappe au contrôle des citoyens.

Nos systèmes représentatifs, par exemple, font du Parlement le lieu ultime où les décisions législatives sont prises. Mais beaucoup de décisions sont prises sans que le Parlement intervienne directement : le gouvernement, les administrations et les juges prennent chaque jour des décisions au nom de la collectivité. Ils exercent ainsi eux aussi des fonctions de représentation. Toutefois, ces décisions restent soumises à l’autorité du Parlement : les actes du gouvernement peuvent être annulés par une loi, et les décisions administratives ou judiciaires peuvent être modifiées par le législateur. Notre système politique est donc un ensemble complexe d’institutions dans lequel le Parlement a, en dernier ressort, le dernier mot.

De même, une démocratie directe est un ensemble complexe d’institutions dans lequel les citoyens, par leur expression directe, ont le dernier mot. Elle est par conséquent parfaitement compatible avec un Parlement, un gouvernement et d’autres institutions représentatives. Ce qui change, c’est l’institution qui se trouve au sommet de cet ensemble : dans une démocratie représentative, ce sont les institutions représentatives ; dans une démocratie directe, ce sont les citoyens eux-mêmes.

Pétition et référendum : les instruments modernes de la démocratie directe

En quoi consiste, concrètement, une décision prise directement par le peuple ?

Deux éléments sont nécessaires. Tout d’abord, un droit d’initiative : les citoyens doivent pouvoir proposer eux-mêmes une modification des règles politiques. Ensuite, un droit de veto : ils doivent pouvoir accepter ou rejeter les décisions prises par les institutions représentatives.

Dès lors que les citoyens disposent de ces deux droits, et quelles que soient les institutions qui existent par ailleurs, le système politique peut être qualifié de démocratie directe. Cette définition, que j’ai défendu dans plusieurs textes académiques, permet de distinguer des régimes qui sont à proprement parler des démocraties directes de régimes représentatifs qui accordent une place de choix aux citoyens.

Ce qui demeure imprécis dans une telle définition, ce sont les institutions concrètes qui permettent aux citoyens d’exercer ces droits.

On peut, par exemple, penser à l’Ecclésia athénienne, où tous les citoyens athéniens se réunissaient et disposaient à la fois du droit de proposer des lois et de voter sur celles-ci. Bien que la Pnyx – l’esplanade où se tenaient ces grandes assemblées – fût vaste, il est difficile d’imaginer des pays densément peuplés fonctionner de cette manière. C’est à ce type de fonctionnement que pensent ceux qui considèrent que la démocratie directe n’est possible que dans les petits pays.

Pourtant, dès le XVIIIᵉ siècle, une méthode simple fut trouvée pour rendre la démocratie directe compatible avec les États fortement peuplés. Tout citoyen peut prendre l’initiative d’une procédure législative au moyen d’une pétition recueillant le nombre requis de soutiens. Une fois ce seuil atteint, l’ensemble des citoyens peut accepter ou rejeter la proposition par référendum.

Les pétitions et les référendums constituent donc les instruments modernes qui permettent à la démocratie directe de fonctionner dans les États vastes et peuplés.

Grâce à ce mécanisme, la démocratie directe fonctionne aujourd’hui aussi bien dans les grandes collectivités que dans les petites, au niveau local comme au niveau national. Il est vrai que les très petites collectivités peuvent encore recourir aux assemblées. Le canton suisse de Glaris, par exemple – dont la population citoyenne est à peu près comparable à celle de l’Athènes antique – pratique encore la démocratie directe sous sa forme traditionnelle.

Mais il est tout aussi vrai que la plupart des collectivités qui pratiquent la démocratie directe, y compris celles qui sont moins peuplées qu’Athènes, préfèrent recourir aux pétitions et aux référendums plutôt que de réunir tous les citoyens en un même lieu.

En réalité, c’est précisément ce modèle fondé sur les pétitions et les référendums qui s’est largement diffusé et qui est devenu l’institution caractéristique de la démocratie directe moderne.

Mais si les pétitions et les référendums sont bien des instruments utilisés par les démocraties directes, ils peuvent également être utilisés en dehors de la démocratie directe.

En France, par exemple, le président peut convoquer des référendums, mais cela ne donne aux citoyens ni un droit d’initiative – puisque c’est le président qui décide de soumettre une question au vote – ni un droit de veto – aucune loi ne doit obligatoirement être soumise aux citoyens. De même, il existe un droit de pétition consacré par la Constitution et régulé par la loi, mais celui-ci ne donne pas aux citoyens le pouvoir de soumettre une proposition de loi au vote de l’ensemble de l’électorat.

En fait, le référendum n’est un instrument de démocratie directe que s’il donne aux citoyens la possibilité de rejeter les lois qu’ils souhaitent contester. La pétition n’est un instrument de démocratie directe que si elle permet de soumettre à l’ensemble de l’électorat une proposition de loi.

Autrement dit, les référendums et les pétitions ne suffisent pas en eux-mêmes : c’est la manière dont ils sont organisés qui détermine s’ils donnent réellement aux citoyens un pouvoir de décision directe.

Ceci est vrai aussi pour les Parlements. Beaucoup de dictatures ont des Parlements et organisent des référendums. Mais elles ne sont ni des régimes représentatifs ni des démocraties directes.

Les exemples de démocraties directes dans le monde

Les régimes politiques qui correspondent à la définition ci-dessus sont rares, mais ils existent.

L’exemple le plus connu est la Suisse : les citoyens disposent d’un droit de veto sur toutes les lois – notamment à travers les référendums obligatoire et facultatif – et d’un droit d’initiative populaire. Si le nombre requis de citoyens soutient une proposition, celle-ci est soumise au vote populaire et, lorsqu’elle est acceptée, elle est inscrite directement dans la Constitution.

Naturellement, comme dans tous les systèmes politiques, la Suisse possède de nombreuses autres institutions et règles, ainsi qu’un Parlement et un gouvernement. Mais ce qui est important à retenir est que le dernier mot revient toujours aux citoyens suisses.

L’Uruguay partage aussi cette propriété. Les seuils de signatures sont plus élevés, les règles sont un peu différentes et, surtout, les institutions représentatives sont très différentes, puisqu’il s’agit d’un système présidentiel. Pourtant, dans ce pays, les citoyens ont le dernier mot sur toutes les décisions et peuvent prendre l’initiative des lois. Souvent appelé « la Suisse de l’Amérique latine », le plus souvent en raison de sa stabilité économique, l’Uruguay l’est surtout pour ses institutions politiques.

Plusieurs petits États sont également des démocraties directes. Les îles Palaos, la Micronésie et les îles Marshall en font partie. Le Liechtenstein s’en rapproche fortement, malgré l’existence d’un veto du prince, qui s’applique à tous les référendums sauf à celui portant sur sa destitution.

Taïwan est en transition vers une démocratie directe, tandis que les Philippines constituent un exemple particulièrement intéressant de démocratie directe avortée : les citoyens y disposent de droits d’initiative et de veto, mais les conditions nécessaires à leur exercice sont si difficiles à remplir qu’ils ne permettent pas au peuple d’exercer ces droits.

À ce jour, aucun autre État souverain ne remplit les conditions permettant de le classer dans cette catégorie, même si de nombreux États utilisent les pétitions et les référendums de différentes manières.

En dehors des États souverains, la démocratie directe est également très active dans certains États américains où les citoyens disposent de mécanismes leur permettant d’avoir le dessus sur les institutions représentatives. Il s’agit notamment de la Californie, du Colorado, de l’Oregon, de l’Arizona et de 12 autres États. Ce fonctionnement, qui existe depuis plus de cent ans, a largement contribué à structurer la vie politique de ces États.

En Allemagne, la Bavière peut également être qualifiée de démocratie directe. Les citoyens y contrôlent toutes les modifications constitutionnelles. Certaines décisions sont exclues du référendum, comme le budget de l’État, mais ces limitations sont elles-mêmes inscrites dans la Constitution et peuvent être modifiées selon les procédures de révision constitutionnelle.

C’est un point essentiel : une démocratie directe ne signifie pas que les citoyens doivent décider directement de toutes les affaires publiques. Elle signifie que les citoyens restent, en dernier ressort, maîtres de l’étendue des pouvoirs qu’ils exercent eux-mêmes et de ceux qu’ils confient aux institutions représentatives.

La démocratie directe n’est donc ni une utopie ni un fantasme. C’est un régime politique complexe et stable, certes rare, mais bien réel et bien étudié. Il fonctionne différemment de la démocratie représentative et ne produit pas les mêmes effets qu’elle. Ces effets, que nous avons étudiés dans un ouvrage collectif, incluent une réduction de la dette publique et de la taille de l’État, une plus grande compétences des citoyens, une plus grande confiance dans les institutions, ou une réduction des conflits.


Raul Magni-Berton est le coauteur de Direct Democracy Institutions in a Globalized World, (Taylor and Francis, London, 2026).

The Conversation

Raul Magni-Berton est titulaire de la chaire Démocratie Directe Comparée. Il a co-fondé les mouvements Solution démocratique et Espoir-RIC. Il a conseillé certaines villes comme Poitiers et Grenoble, ainsi que des députés sur la façon d’introduire la démocratie directe dans la Constitution. Il a reçu des financements de la Commission européenne, en tant que membre de l’Horizon Europe Twin4dem, pour étudier les phénomènes de recul démocratique. Il est membre de l’ANR Plutobias, qui étudie l’influence de l’argent en politique.

– ref. Les démocraties directes existent-elles vraiment ? – https://theconversation.com/les-democraties-directes-existent-elles-vraiment-289660

Les victimes de discrimination choisissent les recommandations basées sur l’IA plutôt que les conseils humains

Source: The Conversation – in French – By Arash Talebi, Professeur assistant, EDHEC Business School


L’ESSENTIEL

  • Une étude souligne que les consommateurs discriminés sont plus enclins à se tourner vers des recommandations basées sur l’IA plutôt que vers des conseils humains.

  • La peur d’être jugé ou de vivre un sentiment de gêne peut conduire à utiliser l’IA.

  • Si les systèmes d’IA sont eux-mêmes biaisés, ils risquent d’amplifier la discrimination à laquelle les consommateurs tentaient d’échapper.


Que préparer pour le dîner avec un budget de 20 euros et un invité intolérant au gluten ? Un consommateur peut demander conseil à un employé de magasin ou interroger, par exemple, Hopla, l’assistant d’achat basé sur l’intelligence artificielle lancé par Carrefour. Derrière ce choix très quotidien se pose une question plus large : face à une recommandation, faisons-nous davantage confiance à un être humain ou à une IA ?

Des travaux récents – sur les processus de décision, l’impact des erreurs, etc. – ont mis en évidence une tendance claire et bien établie : les individus ont tendance à préférer les êtres humains. Ce phénomène, connu sous le nom d’« aversion pour les algorithmes », a été largement documenté, même lorsque les algorithmes affichent objectivement de meilleures performances.

Cependant, cette préférence n’est pas universelle. Nos recherches soulignent qu’elle peut s’inverser dans un contexte répandu : la discrimination sur les plateformes et marchés, c’est-à-dire lors d’un acte de consommation d’un produit ou d’un service. Plus précisément, les consommateurs victimes de discrimination – en particulier dans des lieux publics – sont nettement plus enclins à se tourner vers des recommandations basées sur l’IA plutôt que vers des conseils humains.

Le mécanisme émotionnel à l’origine de ce changement ? La gêne. Lorsque les personnes se sentent jugées socialement ou traitées injustement en raison d’un attribut personnel non pertinent, elles cherchent refuge dans des systèmes perçus comme neutres et exempts de préjugés.

Comment ce mécanisme fonctionne-t-il ? Qu’est-ce que cela signifie pour les organisations concernées ? Et que révèle-t-il sur les moteurs cachés de l’adoption de l’IA ?

La discrimination implicite

La discrimination dans les contextes de consommation est loin d’être rare. Des études montrent que certains groupes bénéficient de conditions moins favorables que d’autres pour des services similaires, par exemple en matière d’accès au crédit ou à l’assurance. Au-delà de leurs conséquences économiques, ces expériences ont de fortes répercussions psychologiques. Elles augmentent le stress, sapent le sentiment d’équité et influencent les comportements futurs.

Il est important de clarifier ce que signifie la discrimination dans un contexte de marché. Un marché, au sens large, désigne tout espace où les consommateurs interagissent avec des prestataires de services, qu’il s’agisse d’un concessionnaire automobile, d’un restaurant, d’une banque ou d’une plateforme de santé. Au sein de ces espaces, un traitement différencié n’est pas intrinsèquement discriminatoire. Par exemple, un client VIP bénéficiant d’un service haut de gamme est traité différemment sur la base d’un critère commercial pertinent.

La discrimination survient lorsque le facteur de différenciation est non pertinent et illégitime, comme la couleur de peau, l’origine ethnique ou le genre. Ce qui la rend particulièrement insidieuse, c’est qu’elle peut être cachée, implicite, voire involontaire, tout en causant un préjudice psychologique réel à ceux qui en sont victimes.

Un système d’IA dépourvu d’émotions

Dans le cadre d’une étude de terrain que nous avons menée en conditions réelles, des « agents » – en réalité des personnes impliquées dans le dispositif de recherche – ont évalué des demandes de prêt sur un campus universitaire à l’aide de questionnaires quasi identiques, dont l’un comportait une question supplémentaire sur l’auto-évaluation de la couleur de peau.

Tous les candidats ont ensuite été refusés ; ceux qui avaient été confrontés à la question sur la couleur de peau ont déclaré s’être sentis victimes de discrimination (phase 1). Lors de la collecte de données de suivi, réalisée ultérieurement, tous les participants se sont vu proposer le choix entre un évaluateur humain et un évaluateur IA (phase 2).

Une proportion significativement plus élevée de ceux ayant eu l’impression d’avoir subi une discrimination lors de la première phase (par rapport à ceux n’ayant pas eu l’impression d’avoir subi de discrimination lors de cette même phase) a choisi, lors de la deuxième phase, d’être évaluée par le système d’IA décrit comme « dépourvu d’émotions ».

Sentiment de gêne

Les consommateurs discriminés semblent nettement plus enclins à se fier à des recommandations basées sur l’IA plutôt qu’à des conseils humains. En d’autres termes, l’aversion pour les algorithmes peut se transformer en préférence pour les algorithmes, également appelée « appréciation des algorithmes ».




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Ce revirement s’explique par un mécanisme psychologique spécifique : la gêne. Cette émotion sociale survient lorsque les individus se sentent jugés négativement par les autres. Dans nos expériences, les participants exposés à des situations discriminatoires font état de niveaux de gêne plus élevés, et cette émotion influence directement leurs choix ultérieurs. Plus ils se sentent gênés, plus ils cherchent à limiter les interactions humaines.

Dans ce contexte, l’IA apparaît comme une alternative plus sûre.

L’IA perçue comme plus neutre

Par rapport aux êtres humains, les systèmes algorithmiques sont perçus comme plus neutres, plus objectifs et moins enclins aux biais ou aux préjugés.

La réalité est plus complexe. Les algorithmes peuvent être biaisés, en fonction des données et de l’entraînement dont ils bénéficient. Pourtant, nombreux sont ceux qui continuent à les considérer comme neutres et objectifs. Dans ce contexte, ce sont ces perceptions qui importent le plus. Opter pour l’IA permet aux consommateurs de réduire le risque d’avoir l’impression d’être à nouveau jugés ou traités de manière injuste.

Cet effet dépend du contexte dans lequel les décisions sont prises. Nous constatons qu’il est particulièrement marqué dans les situations publiques, lorsque les choix sont visibles par les autres. En revanche, lorsque les décisions sont privées, cet effet s’affaiblit considérablement.

Les expériences sociales antérieures

Ces résultats apportent un nouvel éclairage sur l’adoption de l’IA. Ils suggèrent que l’utilisation de systèmes automatisés n’est pas uniquement motivée par des considérations d’efficacité ou de performance, mais également par des besoins psychologiques façonnés par des expériences sociales antérieures.

Pour les entreprises, les implications sont considérables. Dans les secteurs où les interactions peuvent être perçues comme sensibles, telles que la banque, la santé ou les services client en général, proposer des alternatives basées sur l’IA peut aider certains consommateurs à se sentir plus à l’aise. Pour ces personnes, l’IA n’est pas seulement un outil technologique ; elle devient un moyen d’échapper au jugement social et de reprendre le contrôle après des expériences négatives.

Dans le même temps, ces résultats s’accompagnent d’une mise en garde importante : si les systèmes d’IA sont eux-mêmes biaisés – entraînés sur des données biaisées ou conçus sans tenir compte de l’équité –, ils risquent de reproduire, voire d’amplifier, la discrimination même à laquelle les consommateurs tentaient d’échapper. Plus grave encore, ce type de discrimination passe souvent inaperçu car il est caché et difficile à détecter. Le déploiement de l’IA en tant qu’alternative « sûre » n’a de sens que si cette sécurité est réelle, et non simplement perçue.

À mesure que l’IA s’intègre de plus en plus dans la vie quotidienne, la compréhension de ces mécanismes sera essentielle pour concevoir des expériences client plus inclusives et adaptatives.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Les victimes de discrimination choisissent les recommandations basées sur l’IA plutôt que les conseils humains – https://theconversation.com/les-victimes-de-discrimination-choisissent-les-recommandations-basees-sur-lia-plutot-que-les-conseils-humains-278338

Apprendre à lire : ce que les données de 9 000 enseignants et 130 000 élèves révèlent des méthodes et de leur efficacité

Source: The Conversation – in French – By Jérôme Deauvieau, Professeur de sociologie, École normale supérieure (ENS) – PSL


L’ESSENTIEL

  • Apprendre les correspondances entre les lettres et les sons, c’est le meilleur point de départ vers la lecture.

  • Si la recherche valide cette méthode phonique, comment la mettre en œuvre efficacement dans les classes ?

  • Alors que le niveau des élèves se dégrade, des études ouvrent des pistes pour améliorer l’enseignement de la lecture


Le débat sur les méthodes d’enseignement de la lecture est vif depuis plus d’un demi-siècle. Il a été nourri par une accumulation sans précédent de données et d’analyses, qui ont donné naissance à un champ de recherche spécifique : la science de la lecture.

Ces recherches ont produit des résultats très solides, sans pour autant avoir conduit à une amélioration sensible de l’efficacité de l’enseignement dans de nombreux pays… dont la France. À l’entrée au CE1, plus d’un élève sur deux n’atteint pas le niveau de lecture attendu, et plus d’un sur cinq rencontre déjà des difficultés importantes.

Que peut-on dire aujourd’hui des différences d’efficacité entre les méthodes d’enseignement de la lecture ? Et peut-on dégager des voies susceptibles d’améliorer la situation ?

Des études récentes, appuyées sur les données des évaluations nationales exhaustives conduites par la direction de l’évaluation, de la prospective et de la performance (DEPP) du ministère de l’éducation nationale, permettent d’apporter des réponses précises à ces deux questions, alors que les résultats de l’enquête internationale PISA rappellent les difficultés persistantes des jeunes Français en lecture.

Méthodes d’enseignement : ce que l’on sait de leur efficacité

Le débat scientifique sur les méthodes d’enseignement de la lecture émerge dans plusieurs pays à partir des années 1960. La question posée est alors la suivante : faut-il faire entrer les élèves dans la lecture par l’enseignement des correspondances entre les lettres et les sons, selon une approche dite « phonique », ou commencer par faire mémoriser et reconnaître visuellement des mots entiers, selon une approche désignée en France sous le nom de « méthode globale » ou « idéovisuelle » ?

Les résultats des recherches conduites depuis un demi-siècle sont sans équivoque : les méthodes phoniques sont plus efficaces que les méthodes à départ global. Ce constat constitue aujourd’hui l’un des résultats les plus solidement établis par la science de la lecture.

Pour apprendre à lire dans un système alphabétique, les élèves doivent bénéficier d’un enseignement systématique du code qui relie les graphèmes, lettres ou groupes de lettres, aux phonèmes, les plus petites unités sonores de la langue. L’automatisation progressive du décodage leur permet ensuite d’identifier seuls des mots nouveaux, de reconnaître de plus en plus rapidement les mots écrits et d’accéder à la compréhension des textes.




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La question porte désormais sur la manière de mettre en œuvre cette approche phonique. Faut-il, pendant les premiers mois d’apprentissage, s’en tenir strictement à l’apprentissage du décodage et ne proposer aux élèves que des textes entièrement décodables construits à partir des correspondances entre lettres et sons déjà étudiées ? Ou peut-on y associer d’emblée la mémorisation visuelle de mots non décodables et l’identification de mots à partir du contexte ou des illustrations ? La première approche sera qualifiée de « phonique stricte », la seconde de « phonique mixte ».

Cette distinction est particulièrement importante dans le cas français. La méthode globale au sens strict a pratiquement disparu des classes depuis longtemps, mais les approches mixtes restent très présentes. Elles ont profondément marqué la formation des enseignants et continuent d’occuper une place centrale dans la culture professionnelle.

Jusqu’à une période récente, nous ne disposions toutefois que de peu de données permettant de mesurer rigoureusement leur diffusion et de comparer leurs effets à ceux d’un enseignement phonique strict. Une vaste enquête statistique, réalisée en 2021, permet désormais d’apporter des éléments de réponse solides à ces deux questions.

Décodage et mémorisation visuelle : sur le terrain, la prédominance des approches mixtes

L’enquête Formalect repose sur un dispositif inédit par son ampleur. Ses principaux résultats ont été présentés dans une note du Conseil scientifique de l’éducation nationale et sont à paraître prochainement dans la revue internationale Learning and Instruction. Au total, 9 340 enseignants de CP, soit près d’un enseignant sur cinq en France, ont répondu à un questionnaire détaillé sur leurs pratiques d’enseignement de la lecture durant les premiers mois de l’année. Leurs réponses ont été appariées, de façon entièrement anonymisée, aux résultats obtenus aux évaluations nationales par leurs 139 288 élèves. La production régulière de données exhaustives sur les acquis des élèves rend ainsi possible en France l’étude à très grande échelle des effets des pratiques d’enseignement.

L’enquête permet d’abord de mesurer la diffusion des différentes méthodes. Les manuels phoniques stricts ne sont utilisés que dans 5 % des classes équipées d’un manuel. Dans les 95 % restants, les manuels associent, à des degrés divers, l’apprentissage du décodage à la mémorisation visuelle de mots non décodables.

Les pratiques déclarées par les enseignants confirment la prédominance de cette approche mixte : l’enseignement des correspondances entre lettres et sons est très largement présent, mais plus de neuf enseignants sur dix déclarent parallèlement faire mémoriser globalement des mots entiers dès le début de l’année ou faire lire des textes qui ne sont pas entièrement décodables. L’approche mixte reste donc très largement dominante dans les classes au début des années 2020.

L’enquête permet également de comparer l’efficacité de ces méthodes. À niveau initial des élèves, recrutement social des écoles et expérience des enseignants comparables, les élèves bénéficiant d’un enseignement phonique strict obtiennent de meilleurs résultats que ceux qui apprennent avec les différentes variantes de la méthode mixte. Cet avantage concerne aussi bien la vitesse de lecture des mots (la « fluence ») que la compréhension des textes écrits. Il apparaît dès janvier de l’année de CP et demeure visible au début de l’année de CE1.

L’écart entre les méthodes n’est cependant pas identique pour tous les élèves. Il est plus important pour les élèves dont les compétences sont les plus faibles à l’entrée au CP et pour ceux qui sont scolarisés dans des écoles au recrutement social populaire.

Pour les élèves qui cumulent ces deux caractéristiques, les modèles estiment une vitesse moyenne de lecture de 12 mots par minute en janvier de l’année de CP avec une méthode mixte, contre 18 avec une méthode phonique stricte, alors que la DEPP fixe à 14 mots par minute le seuil en dessous duquel les élèves sont considérés comme fragiles à cette période de l’année. Les élèves les plus fragiles en début d’année sont donc aussi ceux dont les apprentissages dépendent le plus étroitement de la méthode mise en œuvre en classe.

Transformer les pratiques d’enseignement

Ces résultats livrent une autre indication essentielle : les pratiques ne varient pas seulement d’une classe à l’autre, elles présentent aussi de fortes variations territoriales.

Au moment de l’enquête Formalect, l’usage d’une méthode phonique stricte, très minoritaire en moyenne, est fortement concentré dans certaines circonscriptions scolaires. Dans 304 des 369 circonscriptions étudiées, aucun enseignant ne déclare utiliser une telle méthode. Sa diffusion reste inférieure à 10 % dans 47 autres circonscriptions et ne dépasse ce seuil que dans 18 d’entre elles. De tels écarts suggèrent que l’encadrement pédagogique de proximité joue un rôle décisif dans la diffusion des méthodes d’enseignement de la lecture.

Cette hypothèse est actuellement mise à l’épreuve dans le cadre d’une expérimentation conduite dans l’académie d’Aix-Marseille. Celle-ci vise à déterminer si un dispositif associant un accompagnement pédagogique de proximité et l’usage d’un manuel phonique strict peut modifier les pratiques des enseignants et améliorer les résultats de leurs élèves.

Deux conseillers pédagogiques de circonscription (CPC), expérimentés dans l’accompagnement de l’enseignement de la lecture, ont été mobilisés. Ils travaillent depuis plusieurs années avec le même manuel phonique strict et son guide pédagogique. Parmi les 47 enseignants volontaires, la moitié a été affectée par tirage au sort au groupe traité. Pendant l’année 2025-2026, ces enseignants ont été accompagnés par les deux CPC et l’équipe de recherche, dans le seul cadre des 18 heures annuelles de formation obligatoire. L’autre moitié constitue le groupe témoin et bénéficiera du même accompagnement en 2026-2027.

Les enseignants accompagnés ont effectivement modifié leurs pratiques en adoptant une méthode phonique stricte. Les effets mesurés sur les résultats des élèves sont importants. Quatre mois après la rentrée, la proportion d’élèves considérés comme fragiles aux évaluations nationales de janvier est presque divisée par deux dans le groupe traité (25 %, contre 45 % dans le groupe témoin). En fin d’année, l’élève médian lit 34 mots par minute dans le groupe traité, contre 25 dans le groupe témoin. Surtout, le bas de la distribution des résultats est nettement relevé : trois élèves sur quatre lisent au moins 19 mots par minute dans le groupe traité, contre seulement 12 mots par minute dans le groupe témoin.

Ces premiers résultats indiquent qu’un accompagnement assuré par des conseillers pédagogiques maîtrisant les enjeux de l’enseignement de la lecture, associé à un manuel de qualité, peut transformer sensiblement les pratiques et améliorer les apprentissages, tout particulièrement pour les élèves les plus fragiles.

Les nouveaux programmes insistent désormais sur la mise en œuvre d’une approche phonique plus stricte pendant les premiers mois d’apprentissage. Cette orientation constitue une première étape, mais elle ne suffira pas à elle seule. Le passage à grande échelle suppose également d’agir sur la qualité des manuels et sur la formation de l’encadrement pédagogique de proximité.


Jérôme Deauvieau interviendra sur cette thématique durant la Nuit des données de l’ENS, festival de sciences et lettres de l’École normale supérieure, le vendredi 25 septembre 2026.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Apprendre à lire : ce que les données de 9 000 enseignants et 130 000 élèves révèlent des méthodes et de leur efficacité – https://theconversation.com/apprendre-a-lire-ce-que-les-donnees-de-9-000-enseignants-et-130-000-eleves-revelent-des-methodes-et-de-leur-efficacite-291310

Citoyens, experts et décideurs : qui croit encore aux objectifs climatiques de l’UE pour 2030 ?

Source: The Conversation – in French – By Loïc Berger, Chercheur CNRS, LEM (UMR 9221), IÉSEG School of Management


L’ESSENTIEL

  • L’Union européenne vise une réduction d’au moins 55 % des émissions nettes de gaz à effet de serre d’ici à 2030 par rapport à 1990.

  • Mais qui croit vraiment que la cible sera atteinte ? Ni les citoyens, ni les experts, ni même les responsables politiques qui l’ont inscrite dans la loi.

  • Ce décalage en dit long et a des effets très concrets.


Aux yeux de la plupart des Européens, l’objectif climatique fixé pour 2030 dans la loi européenne sur le climat ne sera pas atteint : c’est le constat, sans détour, de notre enquête publiée dans la revue Environmental Research Letters et menée auprès de plus de 2 600 citoyens issus de 12 États membres et de 76 responsables politiques et scientifiques spécialistes du climat.

L’objectif n’a pourtant rien d’anecdotique : réduire les émissions nettes de gaz à effet de serre d’au moins 55 % d’ici à 2030 par rapport à 1990 est juridiquement contraignant, et se trouve au cœur du paquet « Ajustement à l’objectif 55 » (Fit-for-55) et de la loi européenne sur le climat. Sa faisabilité technique, économique et politique a été abondamment étudiée. Pourtant, un ingrédient reste dans l’ombre : ceux qui doivent soutenir, mettre en œuvre et vivre avec les conséquences de ces politiques y croient-ils vraiment ?

La question n’est pas anodine, car les croyances façonnent les comportements, le soutien aux politiques publiques et, à terme, leur pérennité.

Plutôt que de demander aux répondants s’ils étaient « d’accord » ou « pas d’accord », nous leur avons proposé d’estimer, sous forme de probabilités, l’ampleur de la baisse des émissions qu’ils anticipent pour 2030 : chacun répartissait 100 « chances » entre quatre scénarios, du plus sombre (aucun progrès au-delà du niveau de 2022) au plus ambitieux (la cible de 55 % atteinte ou dépassée).

Un répondant convaincu que rien ne bougera placera ainsi ses 100 chances sur le scénario le plus pessimiste ; un autre, plus incertain, les répartira entre plusieurs scénarios.




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Des progrès attendus

Premier enseignement : les trois groupes s’accordent sur l’essentiel. Tous anticipent une baisse substantielle des émissions d’ici à 2030, mais aucun ne s’attend à ce que la cible de 55 % soit pleinement atteinte. En moyenne, les citoyens anticipent une réduction de 43 %, les experts de 46 % et les décideurs de 50 %. Autrement dit, même les acteurs les plus optimistes voient l’Union manquer son objectif de cinq points de pourcentage.

Trajectoire des émissions de gaz à effet de serre de l’UE (données historiques et cibles) et croyances des trois groupes sur la réduction attendue en 2030 : 43 % pour les citoyens, 46 % pour les experts, 50 % pour les décideurs, contre une cible officielle d’au moins 55 %.
Berger et coll., Environmental Research Letters, 2026, Fourni par l’auteur

Ces chiffres traduisent une crédibilité partielle : l’objectif n’est pas jugé fantaisiste, mais il n’est pas perçu comme pleinement atteignable. Vu sous l’angle du chemin qu’il reste à parcourir, l’écart est plus frappant encore. Les citoyens estiment que l’UE n’accomplira qu’environ 44 % de la distance qui la sépare encore du but de 55 %, contre 60 % selon les experts et 77 % selon les décideurs. Même les mieux informés doutent d’ailleurs d’un plein succès : les experts n’accordent que 14 % de chances à l’atteinte de la cible, les décideurs 29 %.

Mais la différence la plus nette entre les groupes ne tient pas tant au niveau attendu qu’au degré de certitude. Les citoyens ne sont pas seulement un peu plus prudents que les élites : ils sont aussi, et surtout, beaucoup plus incertains. Plus que les experts ou les décideurs, ils hésitent entre les scénarios possibles, répartissant largement leurs chances plutôt que de trancher.

Ce doute diffus est une information en soi. Il révèle une part importante des citoyens encore indécis, ni convaincus ni résignés.

Des élites mal informées sur l’opinion publique

Ces décalages posent une question cruciale : ceux qui conçoivent et défendent les politiques climatiques perçoivent-ils correctement ce que pense la population ? Nous avons donc demandé aux experts et aux décideurs d’estimer, à leur tour, les réponses des citoyens.

S’ils ressentent bien que le public est plus pessimiste qu’eux, ils sous-estiment systématiquement ce pessimisme. Ils imaginent que les citoyens anticipent en moyenne une baisse de 45 %, quand l’estimation observée est de 43 %. Surtout, ils sous-évaluent nettement la proportion de citoyens qui redoutent une quasi-absence de progrès (16 % contre 29 % en réalité).

Ce phénomène est bien connu des psychologues sous le nom de « biais égocentrique » : nous surestimons à quel point les autres partagent nos vues. Chez les élites climatiques, ce biais produit une image de l’opinion trop optimiste et trop confiante. Or, on ne répond pas efficacement à des inquiétudes dont on ne mesure pas l’ampleur.




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Entre les pays, des perceptions homogènes

On aurait pu s’attendre à de forts contrastes nationaux. Il n’en est rien. Les anticipations sont remarquablement homogènes d’un bout à l’autre de l’Union : partout, les citoyens attendent des progrès réels mais insuffisants, et partout l’incertitude est élevée. La France fait à peine exception, avec une confiance légèrement supérieure. Cette uniformité est frappante : sur la plupart des autres sujets climatiques, les pays européens sont pourtant loin de partager les mêmes vues.

Qu’est-ce qui rend alors un citoyen plus ou moins optimiste ? Étonnamment, ce ne sont pas les caractéristiques attendues – âge, revenu, genre, orientation politique – qui font la différence. Ce qui prédit l’optimisme, c’est bien plutôt la confiance envers le Parlement européen et la préoccupation pour le climat. L’incertitude, elle, est plus marquée chez les plus jeunes et chez les moins diplômés.

Ces croyances peuvent avoir des conséquences concrètes : plus un citoyen est optimiste quant à l’atteinte des objectifs, plus il soutient les politiques du paquet Fit-for-55. Scepticisme et retrait du soutien vont de pair.

Le poids des croyances

Ces résultats dépassent et complètent le simple sondage d’opinion. Les croyances sur l’avenir du climat ne portent pas sur des phénomènes naturels mais sur des décisions politiques, sur leur mise en œuvre et sur les réactions de la société. En ce sens, elles peuvent s’autoréaliser en partie. Un public convaincu qu’un objectif est hors d’atteinte est un public moins enclin à le soutenir, et un objectif moins soutenu devient effectivement plus difficile à tenir.

Le pessimisme des citoyens n’a rien d’irrationnel : il est même lucide. Selon l’Agence européenne pour l’environnement, les émissions nettes de l’UE ont déjà reculé d’environ 37 % en 2024 par rapport à 1990 (contre 32,5 % en 2022), et les projections à politiques inchangées ne dépassent pas 47 % en 2030, de quoi douter, à juste titre, d’un plein succès. Mais avec les mesures déjà planifiées, elles atteindraient 54 %, à un point de pourcentage de la cible : celle-ci reste donc à portée, pourvu que ces mesures soient effectivement mises en œuvre.

Le véritable enjeu est celui de la communication et de la confiance. Lorsque les responsables sous-estiment le scepticisme du public, ils manquent l’occasion de répondre à ses inquiétudes réelles sur la crédibilité et la faisabilité des politiques et risquent d’alimenter involontairement le doute. L’histoire récente, des gilets jaunes aux résistances contre certaines mesures écologiques, rappelle qu’une politique climatique perçue comme irréaliste ou injuste peut vite perdre son assise sociale.

Alors que l’Union se dote d’un nouvel objectif climatique pour 2040 et vise la neutralité carbone d’ici 2050, l’enseignement est clair. Citoyens, experts et décideurs partagent déjà l’essentiel : la conviction que l’Europe est sur la bonne trajectoire. Il est nécessaire de prendre leurs croyances au sérieux, et de les traiter comme des signaux à la fois de soutien et d’inquiétude. C’est l’une des conditions pour renforcer la crédibilité et la durabilité des engagements climatiques européens, et pour que l’ambition affichée se traduise par des réductions effectives des émissions.

The Conversation

Loïc Berger a bénéficié de financements de la part du programme de recherche et d’innovation Horizon Europe de l’Union européenne (convention n° 101056891 CAPABLE) et de l’Initiative d’Excellence de l’Université de Lille (projet R-CDP-24-006-DePERU).

Thibault Richard a bénéficié de financements de la part du programme de recherche et d’innovation Horizon Europe de l’Union européenne (convention n° 101056891 CAPABLE).

Thomas F. Epper a bénéficié de financements de la part du programme de recherche et d’innovation Horizon Europe de l’Union européenne (convention n° 101056891 CAPABLE) et de l’Initiative d’Excellence de l’Université de Lille (projet R-CDP-24-006-DePERU).

Uyanga Turmunkh a reçu des financements de la part du programme de recherche et d’innovation Horizon Europe de l’Union européenne (convention n° 101056891 CAPABLE) et de l’Agence Nationale de la Recherche (subvention ANR-21-CE03-0018, projet ENDURA).

– ref. Citoyens, experts et décideurs : qui croit encore aux objectifs climatiques de l’UE pour 2030 ? – https://theconversation.com/citoyens-experts-et-decideurs-qui-croit-encore-aux-objectifs-climatiques-de-lue-pour-2030-289517