Taiwán no es Venezuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Félix Valdivieso, Chairman of IE China Observatory, IE University

hyotographics/shutterstock

El mundo está en shock. El 3 de enero se desayunó con la noticia de que, aunque uno esté rodeado de infinitas medidas de seguridad, a lo mejor ya no es posible dormir plácidamente. Que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.




Leer más:
Lo que era una operación contra el narcotráfico en el Caribe acaba con la captura de Maduro


Es así como Maduro y su mujer aterrizaron en Nueva York la tarde del sábado, acusados por el Gobierno de los Estados Unidos de ser, entre otras cosas, los cabecillas del Cártel de los Soles, aunque esta acusación ya parece retirada.

Es así también como todo el mundo empezó a preguntarse qué es lo que ocurrirá ahora con Taiwán.

Anarquía hegemónica

Bajo estas condiciones, parece lógico pensar que si una de las grandes potencias no es seguidora del derecho, las otras tampoco lo serán. Lo que, básicamente, viene a significar que cada uno puede hacer lo que le plazca, si tiene el poder para ello.




Leer más:
El nuevo orden mundial trumpista comienza a tomar forma en Venezuela


De manera que si China quiere otro estatus para Taiwán, lo normal es que se lo cambie. No hace falta decir que cualquier politólogo recomendaría mantener el poder limitado legalmente, para que no haya abusos del mismo. Sin embargo, es esta perspectiva, precisamente, la que está en quiebra.

La ley de la jungla

Wang Qiang, académico chino especialista en seguridad nacional, comentaba el pasado 6 de enero en el periódico oficialista chino The Global Times que se ha puesto en boga el realismo legal de la jungla, en el que el poder hace el derecho (might makes right), y no a la inversa. Añadía, ademas, que puede que la Doctrina Donroecomo se conoce ahora a la Doctrina Monroe, la de “América para los americanos”– circule por un tiempo sin ser cuestionada en el patio trasero de los Estados Unidos, pero que no resistirá el imparable auge de un mundo multipolar. Este quizás sea el quid de la cuestión.




Leer más:
El ‘sueño chino’ de Xi Jinping: cómo Pekín aspira a disputar el liderazgo global a Estados Unidos


La comunicación se encuentra completamente pervertida. Se alegan valores para disfrazar intereses. De manera que, simplificando, Venezuela es petróleo y Taiwan son chips. En esta línea, se podría decir que la diferencia entre chinos y americanos es la que va de hipócritas a cínicos. Esto es, el diferente manejo que unos y otros hacen de la virtud.

Hipócritas y cínicos

Para los hipócritas, la virtud es algo a imitar. Consideran la virtud tan loable, que, si no la pueden alcanzar, por lo menos han de imitarla. El fin del hipócrita es, como mínimo, parecer virtuoso. Por ejemplo, se condena el rapto de Maduro y el desmantelamiento por la fuerza de su gobierno, pero se hacen todo tipo de equilibrismos para no condenar la invasión de Ucrania.

Y en cuanto a relegar el tema de Taiwán a un asunto de política interna para justificar la no injerencia de terceros países, ello difícilmente justifica que sometan a la isla a unos ejercicios militares con fuego real, como hizo China el 30 de diciembre pasado, poco antes del mal despertar de Maduro del día 3 de enero.

Para los cínicos, la virtud es algo a usar, se pasa por encima de ella o se cambia a voluntad, sin distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Lo que el cínico busca es conseguir su fin. Y para ello se reviste de virtud e invoca lo que haya que invocar.

Es en esta última postura en la que tienen cabida las políticas más radicalmente realistas y acciones como las de Trump en Venezuela.

Los estadounidenses eran definidos antes como los perfectos hipócritas. Pero han dejado de serlo y han pasado a engrosar las filas de los cínicos.

El pronóstico

El orden mundial ha cambiado. Los cambios cuestan. Y, si son bruscos, cuestan más. Esto es una verdad de perogrullo, pero lo cierto es que la brusquedad produce cierta parálisis por incredulidad, la misma que sufre el mundo, que se frota los ojos porque no se cree lo que está pasando.

Las posturas parecen muy enconadas. Y las acciones de unos y otros muy drásticas. No obstante, ambas potencias se miran por el rabillo del ojo y dan pasos sumamente calculados pero muy arriesgados.

Veremos adonde lleva el país del Orinoco a la Administración Trump. Taiwán de momento no es Venezuela, pero todo apunta a que China seguirá con la política que viene manteniendo hasta ahora de intentar absorber a la isla.

Probablemente, se puede aplicar tanto al águila (EE. UU.) como al dragón (China) lo que se ha dicho de la reciente aprobación de la mayor venta de armas a Taiwán por parte de EE. UU. (más de 11 000 millones de dólares en un solo pedido): que América dice una cosa pero luego hace otra (“说一套,做一套”).

The Conversation

Félix Valdivieso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Taiwán no es Venezuela – https://theconversation.com/taiwan-no-es-venezuela-273040

4 pivotal elections around the world that will pose a test to democracy in 2026

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Jean-Nicolas Bordeleau, Research Fellow, Jeff Bleich Centre for Democracy and Disruptive Technologies, Flinders University

Amid increasing polarisation, disinformation and economic anxieties, the health of representative democracies will be tested in elections across all continents in 2026.

There are four pivotal elections that will either reinforce democratic norms or risk further eroding confidence in free and fair processes.

1. US midterms: a referendum on Trump

Scheduled for November 3, the US midterm elections will see all 435 seats in the House of Representatives up for grabs, as well as a third of the 100 Senate seats.

Historically, the party controlling the White House tends to lose ground in the midterms. This makes the 2026 elections a high-stakes moment for President Donald Trump. Current polling indicates the Republicans could lose control of the House and see their Senate majority winnowed down to two or three seats.

Trump has taken advantage of a pliant Congress to pass his legislation (such as the “big, beautiful bill”), get his judicial appointments approved and escape the usual oversight of his executive branch.

So, if Trump loses one or both chambers, it will likely lead to legislative gridlock. And, if the first Trump administration serves as an example, a Democrat-controlled House could mean trouble for the president.

More crucially, the 2026 midterms will be a test of the US democratic spirit two years into Trump’s second term. With persistent concerns over electoral integrity and democratic backsliding, the midterms will determine whether the Democrats in Congress have the ability to finally hold Trump to account.

2. Brazil: a return to normalcy?

Brazilians will go to the polls on October 4 to elect a new president, the National Congress, and state governors and legislators. The 79-year-old incumbent president, Luis Inácio Lula da Silva, is seeking an unprecedented fourth term.

Lula has had a topsy-turvy political career thus far. In 2017, he was convicted of corruption and money laundering and began serving a 12-year sentence. This disqualified him from running in the 2018 general election.

Lula was freed in 2019 and his conviction was nullified two years later, paving the way for him to return to office in a narrow win over then-incumbent Jair Bolsonaro.

Lula’s third term in office started with a failed coup in early 2023 orchestrated by Bolsonaro and his allies. Bolsonaro has now been sentenced to 27 years in jail for his role in the attempted coup.

Meanwhile, Lula has had mixed reviews from voters, with recent polling showing just a third of Brazilians think he has done an excellent job and a third believe he’s been poor. The rest are in the middle.

With Jair Bolsonaro’s eldest son, Flavio, confirming his intention to run, the election will be a test of whether Bolsonarismo – Jair’s right-wing political movement – can survive under a new leader.

The election will also determine if Brazil can move beyond its recent history of polarisation and instability and safeguard its democracy.

3. Bangladesh: a major opportunity for Gen Z

Bangladesh’s February general election offers something the country has not seen in more than 15 years: a genuine opportunity for citizens – especially young people – to participate in a free, fair and competitive vote.

For the Gen Z activists who helped oust Prime Minister Sheikh Hasina’s autocratic government in 2024, this moment is consequential.

After the student uprising toppled Hasina, the power vacuum was filled with an interim government led by Nobel Peace Prizer winner Muhammad Yunus. It was tasked with repairing the institutions that had been hollowed out by one-party rule.

More than a year on, the administration has tried to restore the independence of the judiciary, election commission and media – essential foundations for any credible transition of power.

Youth leaders are now trying to use this momentum to enter the political system through their new National Citizens Party (NCP). However, they remain wary of reforms without firm legal guarantees.

Their emergence on the political scene signals a remarkable bottom-up transition in a country where nearly 40% of the population is under 18.

What happens in February will reverberate beyond Dhaka. A credible vote could anchor democratic norms and regional stability in South Asia. A compromised one risks squandering the youth-driven revival that made this election possible.

4. Quebec: renewed push for independence?

The Quebec general election, scheduled for October 5, presents a different kind of democratic challenge. This election will be rooted in identity and the ongoing question of national belonging within the Canadian federation.

This contest comes on the heels of the incumbent government’s controversial new laws mandating the use of the French language and expanding state secularism.

These issues will inevitably dominate the campaign and bring with it existential questions related to Quebec’s sovereignty.

The 2026 election is poised to be a battle for the hearts of Francophone voters, particularly between the governing centre-right Coalition Avenir Québec, the Liberal Party of Quebec and the resurgent Parti Québécois (PQ).

The PQ, which is currently leading in opinion polls, is openly committed to holding a third independence referendum.

While support for independence may not yet be at a majority level, a strong mandate for the PQ could reignite the sovereignty debate. This would bring significant constitutional tensions within Canada – and could very well shape the future of the country.

The Conversation

Rodrigo Praino receives funding from the Department of Defence, the Australian Research Council, and Defence Innovation Partnership.

Intifar Chowdhury and Jean-Nicolas Bordeleau do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. 4 pivotal elections around the world that will pose a test to democracy in 2026 – https://theconversation.com/4-pivotal-elections-around-the-world-that-will-pose-a-test-to-democracy-in-2026-270882

Dry January, T-breaks and the myth of willpower: An alternative reset in the New Year

Source: The Conversation – Canada – By Eric Andrew Collins, Assistant Professor in the School of Health Studies, Western University

Many Canadians start the new year with attempts to abstain from alcohol and cannabis for the month of January. However, this all-or-nothing approach to a healthier lifestyle may be unsustainable for many due to complex biological and psychosocial drivers that trigger substance use in the first place. Fear not, abstinence isn’t the only option.

Moderation-management techniques such as alternating alcoholic drinks with mocktails and harm-reduction strategies, such as opting for light beers, light seltzers and cannabis strains with a higher CBD-to-THC ratio, are evidence-based options.

Please note, this article is intended for individuals who use substances regularly or heavily on special occasions and not for individuals who meet the criteria for a substance use disorder.

As a health and rehabilitation scientist and assistant professor, I have spent 15 years researching the complexities of substance use and recovery. But my insights aren’t just academic. I have lived this reality for over two decades.

My career and auto-ethnographic research, including Cocaine Confessions, have taught me that transforming one’s relationship with substances is not a matter of character, morality or willpower. It requires a precise, deep understanding of the biological, psychosocial and environmental factors that influence this behaviour.

Chronic substance use and the brain

According to a recent report, more than half of Canadians exceed Canada’s Low-Risk Alcohol Drinking Guidelines of no more than two standard drinks per week. Another government report revealed that six per cent of Canadians exceed Canada’s Lower-Risk Cannabis Use Guidelines, which recommend occasional use of no more than one to two puffs of 10 per cent THC or lower.

For many Canadians who exceed low-risk use guidelines, New Year’s Day marks an opportunity for self-improvement through initiatives like “Dry January” or embarking on a cannabis tolerance break or “T-break.” Though well-intentioned, abstinence-based resolutions often lead to higher rates of relapse because these approaches reduce complex human behaviour to an on-off switch that can presumably be controlled with the power of choice, discipline or selecting a safe environment.

Heavy or chronic substance use disrupts the prefrontal cortex, which is the part of the brain responsible for exercising willpower and impulse control. Think of this part of the brain as the brakes of a car; if someone consumes substances in a way that exceeds Canada’s guidelines, these brakes begin to wear out. At the same time, this type of use hyperactivates the brain’s reward system, which is like keeping the gas pedal pressed to the floor.

As a result, attempting abstinence is essentially asking the driver to stop their speeding car with worn-out brakes. In other words, quitting substances “cold turkey,” even for a month, requires a compromised brain to work perfectly, which is an enormous task.

Transforming the relationship with alcohol or cannabis

The sociocultural environment is responsible for shaping social norms and individual behaviour. It affects behaviour change by strongly influencing an individual’s values, beliefs, attitudes and access to resources. While Dry January and T-breaks normalize abstinence, they create a pass-fail binary for those struggling to quit “cold turkey.”

Alcohol and cannabis are deeply woven into the fabric of Canadian culture, frequently appearing at social gatherings such as first dates, sporting events, concerts and birthdays. The presence and consumption of these substances in these settings can create social pressure and triggers for those attempting to abstain. Abstinence-based initiatives can inadvertently stigmatize individuals who “relapse” or “slip up,” fostering feelings of shame and failure for these people.

Consequently, these individuals may resort to social isolation, a response that often unintentionally reinforces the desire to consume substances. While abstinence is a worthy long-term goal for many, starting with evidence-based moderation-management techniques and harm-reduction strategies offers practical and sustainable approaches for individuals to begin transforming their relationship with alcohol or cannabis.

Effective behaviour change

Effective and sustainable behaviour change strategies are backed by rigorous scientific research, which means they have a proven track record of producing lasting, positive results in real-world settings. Moderation-management techniques focus on when you use and how much you use. For both alcohol and cannabis, some of these strategies include limiting frequency of use to occasional consumption (for example, weekends only) and logging the time, place and amount of substance consumed.

Harm-reduction strategies focus on how you use to minimize damage. For both alcohol and cannabis, some of these strategies include avoiding mixing substances and consuming smaller quantities of lower potency products (for example, beer and lemonade cocktail, and cannabis strains with a CBD:THC ratio of 20:1, 10:1 or 5:1).

Initiatives like Dry January and T-breaks have good intentions, but these all-or-nothing approaches are oversimplified and can inadvertently result in overconsuming at the end of the month or triggering a cycle of shame if someone “relapses” or “slips up.” Instead, making incremental changes and practical shifts in when and how you consume alcohol or cannabis offers a sustainable alternative and can help you create a healthier relationship with these substances.

The Conversation

Eric Andrew Collins does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Dry January, T-breaks and the myth of willpower: An alternative reset in the New Year – https://theconversation.com/dry-january-t-breaks-and-the-myth-of-willpower-an-alternative-reset-in-the-new-year-272612

New US dietary guidelines recommend more protein and whole milk, less ultraprocessed foods

Source: The Conversation – USA (3) – By Cristina Palacios, Professor and Chair of Dietetics and Nutrition, Florida International University

The Dietary Guidelines for Americans shape nutrition policy in the U.S. and abroad. Liudmila Chernetska/iStock via Getty Images Plus

Every five years, the U.S. government releases an updated set of recommendations on healthy eating. This document, called the Dietary Guidelines for Americans, has served as the cornerstone of nutrition policy for almost half a century.

On Jan. 7, 2026, the Department of Health and Human Services and the Department of Agriculture released the 2025-2030 edition of the guidelines. The updated guidelines recommend that people consume more protein and fat, and less ultraprocessed foods.

These guidelines are the foundation for governmental nutritional programs – for example, they are used to determine which foods are covered by the Supplemental Nutrition Assistance Program, or SNAP, as well as how school lunches are prepared. Eldercare centers and child care centers use them when providing meals, as do clinical nutritionists working with patients to help them achieve a healthy diet. And because the guidelines are so scientifically rigorous, many countries around the world base their own nutritional guidelines on them.

I’m a nutrition scientist specializing in developing interventions for preventing obesity. Between 2022 and 2024 I served on the scientific advisory committee tasked with assessing the best available evidence on a wide range of topics in nutrition in order to inform federal officials in updating the guidelines.

But most of the committee’s recommendations were ignored in developing the latest dietary guidelines.

On the surface, these guidelines share a lot of similarities with the previous version, published in 2020, but they also have a few important differences. In my view, the process followed was different from the norm.

Grocery store shelves laden with packaged foods
Previous versions of the Dietary Guidelines for Americans have not referred to ultraprocessed foods by name, but mounting evidence links consuming such foods with chronic diseases.
Noel Hendrickson/Stone via Getty Images

How are the Dietary Guidelines for Americans developed?

For each update, HHS and USDA establish a scientific advisory committee like the one I served on. Members with expertise in different aspects of nutrition are carefully selected and vetted. They then spend two years reviewing the latest scientific studies to assess evidence about specific nutrition-related questions – such as the relationship between saturated fats in foods and cardiovascular disease and what strategies are most effective for weight management.

For each question, the committee first prepares a protocol to answer it, identifies the most rigorous studies and synthesizes its findings, discussing the evidence extensively. It then produces specific recommendations about the topic for the HHS and USDA. At each step, the public and the scientific community are invited to provide comments, which the committee considers.

All this scientific information is put together in a massive report, which the federal agencies then use to create the updated guidelines, translating the expert recommendations for the public and health professionals.

A departure from the norm

The advisory committee I served on functioned as usual – our report was published in December 2024.

But the dietary guidelines released on Jan. 7 were mainly not based on that report. Instead, they were based on a different scientific report that was also published on Jan. 7. That report drew some material from ours but went through a completely different process.

It was created by a group of people who were not vetted in the usual way, and although they repeated some of the same questions we did, they also explored other topics that were chosen with no input from the wider community of nutrition researchers or from the public. It was not based on a publicly available protocol, with no input from the scientific community, and it’s unclear how and to what degree it was peer-reviewed.

The updated dietary guidelines were developed through a different process compared with the established methodology that’s been used to assess nutrition science behind the guidelines for many years.

What’s new in the 2025-2030 guidelines

Many of the recommendations in the 2020 guidelines and the ones released on Jan. 7 are broadly the same: that Americans should consume three servings of vegetables, two servings of fruits and three servings of dairy products per day, as well as replacing refined grains with whole grains, and limiting intake of sugar and sodium.

The main differences relate to recommendations about protein and dairy products.

The 2020 guidelines recommended that Americans focus on protein such as poultry and other lean meats, seafood, eggs, legumes, nuts and seeds. The updated version instead emphasizes eating protein at every meal from different protein sources – not specifically lean ones.

The most recent guidelines also recommend a higher amount of protein – specifically 1.2 to 1.6 grams of protein per kilogram of body weight per day, up from 0.8 grams per kilogram of body weight recommended in the Dietary Reference Intakes for the U.S, the official guidelines for nutrient recommendations. Recommending a higher protein intake goes beyond the mission of the dietary guidelines.

Also, the updated dietary guidelines now recommend full-fat dairy products, rather than low-fat ones as they did previously. But in my view, this recommendation isn’t practical, because it doesn’t raise the level of recommended saturated fat, which remains at 10%. To understand how this would work in practice, I roughly translated these recommendations into a typical menu based on my weight and calorie requirements. These changes would raise my saturated fat consumption well above this limit, so the messages are inconsistent.

The 2025-2030 Dietary Guidelines for Americans recommend more protein and suggest consuming full-fat rather than low-fat dairy – a departure from previous versions.

Naming ultraprocessed foods

Another difference is that the new recommendations specifically call out avoiding ultraprocessed foods. The previous guidelines did not explicitly name ultraprocessed foods but instead recommended consuming nutrient-dense foods, which means foods that have a lot of nutrients while also having relatively few calories. That is, in essence, less processed or whole foods.

Food scientists still lack a solid definition of ultraprocessed foods. Our committee actually spent a long time discussing this, and the Food and Drug Administration is currently working on creating a clear definition of the term that can guide research and policy.

Also, solid research on ultraprocessed foods has been limited. Most studies available for our review took a snapshot of people’s eating habits but didn’t track their effects over a long time or compare groups in randomized controlled trials, the gold-standard research method.

That’s changing, however. The committee did its assessment two years ago, but evidence linking ultraprocessed foods to chronic diseases is getting stronger.

Can Americans trust the science behind the 2025-2030 guidelines?

In my view, some of the changes in the 2025-2030 guidelines, such as limiting ultraprocessed foods, are beneficial. But the problem is that it’s not possible to determine whether the necessary scientific rigor was applied in developing them.

Much of the research on saturated fat consumption is still unsettled and controversial. That’s why it’s important to have a systematic and transparent process for evaluating the research, with input from experts with multiple perspectives who review the entire body of research published about a particular topic.

If you don’t do it properly, you can select the evidence that you prefer. That makes it easy for bias to creep in.

This article was updated to more accurately reflect the author’s views.

The Conversation

Cristina Palacios has received funding from NIH, USDA, RCMI and RTRN, the Robert Wood Johnson Foundation, the Children’s Trust, Caplan Foundation, and National Dairy Council for various research projects. She was part of the 2025 Dietary Guidelines Advisory Committee from 2022-2024. She has also been a consultant for the World Health Organization in several of their guidelines. Currently, she is part of the Scientific Advisory Committee for the Latin American Dairy Nutrition Congress.

ref. New US dietary guidelines recommend more protein and whole milk, less ultraprocessed foods – https://theconversation.com/new-us-dietary-guidelines-recommend-more-protein-and-whole-milk-less-ultraprocessed-foods-272990

Cómo reducir la burocracia docente: digitalización, personal de apoyo y evaluación formativa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia Conde-Izquierdo, Investigadora. Especialización en Metodologías Activas, Universidad Camilo José Cela

David Gyung/Shutterstock

La sobrecarga administrativa constituye uno de los principales obstáculos para el trabajo docente. Los datos más recientes confirman que a un 64 % de los profesores españoles “tener demasiado trabajo administrativo” les genera estrés.

Las encuestas nacionales y autonómicas de 2025 confirman esta tendencia: el 85.8 % del profesorado está muy insatisfecho con la burocracia y que el 72.4 % reporta estrés laboral por estas tareas administrativas; el 96 % considera que las gestiones burocráticas interfieren en su trabajo docente y un 91 % señala que afectan significativamente a su satisfacción profesional.

La investigación académica también evidencia el impacto de la burocracia. Estudios internacionales muestran que la administración escolar reduce la planificación pedagógica. El efecto no es solo organizativo, sino también emocional: la burocracia desplaza la atención de los docentes hacia la gestión administrativa, haciéndoles percibir menos control sobre su tiempo, afectando negativamente a la calidad de la interacción educativa y a la autonomía profesional.

¿Es posible mejorar esta situación? A continuación, se presentan tres medidas como soluciones claras que han demostrado su impacto positivo en la reducción de tareas burocráticas docentes en España:

1. Una digitalización eficiente

La digitalización de procesos administrativos tiene un potencial considerable para liberar tiempo docente, siempre que las herramientas estén bien diseñadas. La automatización de tareas rutinarias, como registros de asistencia o informes básicos, permite dedicar más tiempo a la enseñanza.

Estudios españoles recientes muestran su eficacia y señalan que la digitalización bien implementada reduce la carga burocrática y mejora la calidad educativa al facilitar planificación, seguimiento y retroalimentación.

En cuanto a las tareas vinculadas al control y rendición de cuentas, que los docentes han visto incrementadas en los últimos años, existe margen de mejora. Pueden implementarse automatizaciones que ya han funcionado en algunos territorios, como la generación automática de actas en ITACA (Comunidad Valeciana), la integración de datos administrativos y pedagógicos en Séneca (Andalucía), o la centralización de evaluaciones y rúbricas en Ágora-Moodle (Cataluña). Todas ellas evitan el “doble registro” y permiten que un mismo dato se introduzca una sola vez.




Leer más:
¿Qué hay que tener en cuenta para la digitalización de centros educativos?


Pero la digitalización no solo debe centrarse en la automatización de tareas, sino también en ofrecer flexibilidad pedagógica y minimizar las demandas burocráticas innecesarias.
El uso de rúbricas electrónicas, portafolios digitales y anotaciones en vídeo permite ofrecer retroalimentación formativa continua.

Un ejemplo lo ilustra bien: cuando un docente evalúa a sus estudiantes suele tener una lista de objetivos, que llamamos “rúbricas”. Para hacerlo en papel, suele imprimirlas, rellenarlas durante la clase, trasladar manualmente las puntuaciones al cuaderno digital y archivarlas. Con una rúbrica digital –por ejemplo IDoceo, Additio o Moodle– el docente evalúa todos los niveles de desempeño una sola vez. La plataforma genera automáticamente la nota, produce un comentario coherente con los criterios y archiva la evidencia sin trabajo añadido. Lo que antes llevaba una tarde puede resolverse en minutos.

2. Refuerzo del personal de apoyo administrativo

Una demanda frecuente es la contratación de más personal administrativo. Por ejemplo, en determinados centros de Andalucía (el 10-15 % que tenía necesidades organizativas específicas) se incrementó el número de administrativos para ocuparse de tareas que normalmente recaen sobre el profesorado: gestión de expedientes, archivo documentar o soporte en programas educativos. Esto liberó tiempo a los docentes para labores estrictamente pedagógicas.

La necesidad de este personal se hace aún más evidente cuando los centros adoptan prácticas que mejoran el aprendizaje, como la evaluación continua o la retroalimentación frecuente. Estas metodologías requieren seguimiento, registro ágil de evidencias y coordinación entre docentes, tareas que pueden multiplicar la carga si no existe apoyo administrativo.

3. Evaluación formativa sin burocracia

La evaluación formativa es un enfoque clave para reducir la carga burocrática. Implica que el docente observe el aprendizaje mientras ocurre y se diferencia de la evaluación tradicional porque no depende de exámenes acumulativos ni informes extensos, sino de evidencias breves, comentarios orientados a metas y actividades en las que el propio alumnado participa evaluando su progreso.

Por ejemplo, en un proyecto de Ciencias, en lugar de corregir treinta informes finales, el docente puede trabajar con actividades de revisión entre iguales, minirúbricas digitales y comentarios rápidos que se registran automáticamente. Se obtiene más información relevante con menos carga administrativa y se fomenta la implicación activa del estudiante.

La evidencia concluye que los docentes valoran este modelo de retroalimentación, que reduce la documentación excesiva.

Pero aunque la evaluación formativa aporta claros beneficios pedagógicos, también implica demandas organizativas que los docentes no pueden asumir en solitario. Contar con personal administrativo libera este tiempo, permite que la documentación y la logística recaigan en perfiles especializados y garantiza que las mejoras pedagógicas no se traduzcan en más burocracia para el profesorado.

En conjunto, la evaluación formativa mejora el aprendizaje, optimiza la organización escolar y reduce la burocracia, sin comprometer la calidad del feedback. Las experiencias en centros españoles muestran que la combinación de digitalización eficiente, personal de apoyo administrativo y evaluación formativa no burocrática aumenta la eficiencia organizativa y la satisfacción docente. Aunque estas prácticas aún no están generalizadas, la evidencia sugiere que liberar a los docentes de la burocracia les permite centrarse en lo esencial: enseñar.

The Conversation

Silvia Conde-Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo reducir la burocracia docente: digitalización, personal de apoyo y evaluación formativa – https://theconversation.com/como-reducir-la-burocracia-docente-digitalizacion-personal-de-apoyo-y-evaluacion-formativa-269873

¿A qué edad empezamos a ser personas maduras? Cómo la longevidad está cambiando el mapa vital

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Universidad de Deusto

Roman Samborskyi/Shutterstock

La vida, entendida como reparto de tiempos, decisiones y expectativas, ya no se parece a lo que fue. Durante décadas dimos por sentado que la vida avanzaba siguiendo un mapa fijo: estudiar, formarse, trabajar, formar una familia, jubilarse. Una secuencia lineal, ordenada y relativamente predecible. Sin embargo, en los últimos años ese mapa ha empezado a desdibujarse. La longevidad crece, la natalidad cae, el trabajo se transforma, las familias se retrasan y la neurociencia revela que maduramos más tarde de lo que creíamos. Con ello, la etapas de la vida ya no duran lo mismo ni significan lo mismo.

Hoy vivimos más y también vivimos distinto. Durante toda nuestra vida el cerebro humano pasa por fases diferentes. Estos ciclos se dan gracias a los hitos conseguidos durante los años y que se acompañan de unas experiencias concretas. Cada hito y etapa se puede identificar por conocimientos específicos adquiridos a través de vivencias determinadas. Así, podemos ver que estos cambios no responden a patrones unifomes, se dan cuando la persona experimenta acontecimientos específicos que son significativos. Ejemplos de estos hitos pueden ser: terminar los estudios, independizarse, formar una familia, la compra de la casa o el coche, entre otros.

Hasta hace unas décadas se podía observar que el paso por estas etapas se daba de manera generalizada en rangos específicos de edad. Hoy en día, la situación socioecónomica y demográfica no es la misma y esto ha cambiado. Pero ¿cómo influye esta realidad en nuestra biología?

Más vida, menos prisa

Gracias a los avances médicos, nutricionales y tecnológicos, las personas no solo vivimos más, sino mejor. La esperanza de vida supera en muchos países los 85 años y la llamada “vida útil” se estira: seguimos física y cognitivamente activos mucho más tiempo que generaciones anteriores. Este fenómeno, que algunos expertos denominan paso de una sociedad envejecida a una sociedad de longevidad, implica que las fronteras entre juventud, madurez y vejez se vuelven más difusas.

La ciencia del cerebro refuerza este cambio. Investigaciones recientes muestran que la corteza prefrontal, responsable del juicio y de la planificación, termina de madurar entre los 25 y los 30 años, mucho después de lo que se pensaba. Por eso algunos estudios hablan ya de una “adolescencia extendida”, que no terminaría a los 18, sino más cerca de los 30. En otras palabras: no solo vivimos más años, sino más etapas dentro de esos años.

Menos nacimientos, más decisiones aplazadas

A este alargamiento vital se suma otra tendencia: la natalidad desciende en casi todos los países desarrollados. Las familias se forman más tarde, si es que se forman. La edad media del primer hijo no deja de aumentar. El resultado es una pirámide poblacional transformada: menos niños, más adultos mayores, y una población con más longevidad que juventud.

Este aplazamiento generalizado de decisiones (tener hijos, emanciparse, estabilizarse laboralmente), alarga la juventud, complica la entrada en la adultez y hace que las transiciones vitales ya no ocurran al mismo tiempo para todas las personas. La norma hoy es la diversidad de ritmos.

Trabajo, reinvención y trayectorias no lineales

La prolongación de la vida activa también está redibujando el mercado laboral. La fórmula clásica (estudiar 20 años, trabajar 40 y jubilarse a los 65) se ha roto. Ya no encaja en un mundo en el que la longevidad aumenta, la tecnología desplaza empleos y la reinvención profesional se vuelve imprescindeble.

Cada vez más personas cambian de ocupación a los 40 o 50 años, continúan formándose, emprenden, se reinventan. Para muchos, la llamada “segunda juventud profesional” es una realidad: un tramo vital de descubrimiento y oportunidad que antes no existía.

En paralelo, la jubilación deja de ser un punto final. Se convierte en una transición flexible: algunas personas trabajan más allá de los 67, otras emprenden proyectos, otras alternan descanso y actividad. Donde antes había un cierre definitivo, hoy hay múltiples caminos.

La unidad tradicional de etapas (infancia, juventud, adultez y vejez) ha dado paso a una constelación de microfases:

  • Infancia más estimulada, pero no necesariamente más larga.

  • Juventud extendida casi hasta los 30.

  • Adultez que empieza más tarde y se vuelve más diversa.

  • Envejecimiento dividido entre una vejez activa (65-80) y una vejez avanzada (80+).

Las decisiones vitales ya no están ordenadas cronológicamente. Algunas personas estudian con 50, otras emprenden con 60, otras se reinventan con 35 y otras deciden no seguir un camino convencional. La flexibilidad amplía las oportunidades, pero también multiplica las dudas.

El desafío social: adaptar las instituciones a vidas más largas

¿Cuando empieza la edad adulta? ¿En qué momento se espera estabilizarse? ¿Qué significa “envejecer” cuando a los 70 se sigue activo? Si la vida cambia, también deben cambiar nuestras instituciones. La escuela, la universidad, las empresas, el sistema de pensiones, la sanidad, la vivienda… todos fueron diseñados para una vida más corta y lineal. Hoy deben enfrentarse a nuevas preguntas:

  • ¿Cómo organizar el trabajo cuando tres generaciones conviven en el mismo equipo?

  • ¿Cómo sostener un sistema de pensiones en sociedades con menos nacimientos?

  • ¿Cómo adaptar la educación para que forme a personas que necesitan reciclarse cada 10 años?

  • ¿Cómo garantizar un envejecimiento activo y digno en poblaciones cada vez más longevas?

El futuro no será de quién viva más, sino de quienes sepan rediseñar la vida en función de estos cambios.

El alargamiento de la vida no es solo un dato demográfico: es un cambio en la civilización. Nos obliga a reconsiderar qué significa ser joven, adulto o mayor. A entender que la vida ya no es una línea recta, sino un viaje flexible, con etapas reversibles, decisiones aplazadas y oportunidades múltiples.

Vivir más debería ser sinónimo de vivir mejor: con más aprendizaje, más relaciones, más proyectos y más libertad para elegir. Y para que eso sea posible, nuestras instituciones, nuestra cultura y nuestras propias expectativas deben actualizarse.

Porque vivir más años no es el reto. El reto es reimaginar la vida que queremos vivir dentro de esos años.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿A qué edad empezamos a ser personas maduras? Cómo la longevidad está cambiando el mapa vital – https://theconversation.com/a-que-edad-empezamos-a-ser-personas-maduras-como-la-longevidad-esta-cambiando-el-mapa-vital-271169

Moverse sí ayuda a adelgazar: la ciencia reabre el debate sobre cómo usamos la energía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Pérez-López, Profesor Permanente Laboral. Ejercicio físico, Nutrición y Metabolismo., Universidad de Alcalá

Durante años se pensó que el cuerpo se adapta y compensa el esfuerzo físico reduciendo otros gastos. Como consecuencia, el ejercicio tendría un efecto limitado a la hora de adelgazar porque por eficiencia aumentaría el gasto energético menos de lo esperado. Sin embargo, nuevas evidencias sugieren lo contrario: movernos más sí aumenta el gasto total de energía.

¿Más ejercicio o más ahorro?

Hay una idea que siempre nos ha intrigado: si hacemos más ejercicio, ¿el cuerpo gasta más energía o solo se ajusta para mantener el mismo total diario, como un contable que equilibra las cuentas? ¿El gasto energético es una balanza que siempre busca el equilibrio?

Esta cuestión divide a los investigadores en dos grandes teorías enfrentadas.

Por un lado, está el modelo aditivo, el que aprendimos desde pequeños. Es decir: cuanto más nos movemos, más calorías gastamos.

Por otro lado, existe una hipótesis más reciente y provocadora. Se trata del modelo de gasto energético constreñido, que sugiere que el cuerpo humano tiene un presupuesto fijo de energía. Si gasta más moviéndose, recorta en otras funciones –como el metabolismo, las hormonas o el sistema inmune– para mantener el total estable.

Aquí es donde entra en juego un nuevo estudio publicado en la revista PNAS, que ha vuelto a agitar el debate. Los datos parecen inclinar la balanza en favor del modelo aditivo.

El estudio que desafía la teoría del tope energético

Los investigadores analizaron a personas con niveles de actividad muy distintos, desde quienes pasan la mayor parte del día sentados hasta corredores de ultramaratón.

Usando mediciones precisas del gasto energético total y la actividad física, observaron algo claro. A mayor movimiento, mayor gasto energético. Esto era así incluso al ajustar por masa corporal magra, es decir, la suma de músculos, huesos, órganos y agua corporal.

No solo eso: no encontraron señales de compensación.
Los biomarcadores de función inmunitaria, tiroidea y reproductiva se mantuvieron estables incluso en los participantes más activos.

Los resultados sugieren que el cuerpo no ahorra energía por otro lado. La actividad física se suma directamente al gasto total.

¿Cómo funciona el gasto energético diario?

Para entender por qué este hallazgo es importante vale la pena repasar cómo se distribuye nuestra energía a lo largo del día:

  1. Metabolismo basal (entre un 60 y un 70 %). Esto es lo que el cuerpo gasta solo por existir: respirar, bombear sangre, mantener la temperatura corporal y pensar.

  2. Efecto térmico de los alimentos (entre un 5 y un 10 %). La energía necesaria para digerir y procesar lo que comemos.

  3. Actividad física (alrededor de un 15 y un 25%). Todo movimiento cuenta, desde caminar y limpiar hasta entrenar y bailar.

El modelo aditivo propone que si aumentamos la actividad física, el gasto energético total también aumenta. Mientras que por contra, el modelo de gasto constreñido sostiene que el cuerpo lo compensa reduciendo los otros dos.

El nuevo estudio sugiere que esa compensación no ocurre, al menos en la mayoría de los niveles de actividad humana. Así, cuando personas activas o atletas incrementan su gasto asociado a la actividad física (que puede llegar a representar hasta el 50 % del gasto energético total), lo que disminuye es el peso porcentual del metabolismo basal. Esta reducción es solo relativa, el cuerpo no gasta menos energía en reposo, sino que el gasto energético total aumenta.

Otras evidencias

No se trata de un único estudio aislado. Cada vez más investigaciones apuntan en la misma dirección. Todo indica que cuando nos movemos más, realmente gastamos más energía. El cuerpo no roba de otro lado para compensar.

Por ejemplo, un estudio en adultos mayores mostró que cada minuto extra de actividad moderada o intensa, como caminar rápido, subir escaleras o pedalear, se traduce en unas 16 kilocalorías adicionales gastadas al día. Puede parecer poco, pero si se hace diariamente, en una semana equivale a casi una comida completa.

En otro estudio se siguió a cientos de personas durante años. Esto mostró que las diferencias en el gasto energético entre individuos se explican, sobre todo, por cuánto se mueven y no por su metabolismo natural, ni por la energía que gastan en reposo.

En otras palabras, el estilo de vida pesa más que la genética en esta ecuación. Esto elimina cualquier excusa: cualquier mínimo de actividad será mejor que el sedentarismo, con independencia de la capacidad de hacer ejercicio o la edad.

Puede haber cierta adaptación en atletas de élite o en condiciones extremas, como corredores de ultradistancia y expediciones prolongadas. Sin embargo, en la vida cotidiana la respuesta del cuerpo es aditiva: moverse más implica gastar más.

Dicho más simple: el “tope energético” podría existir, pero solo en situaciones muy concretas o extremas, no en la vida real. Para la mayoría de nosotros cada paseo, cada entrenamiento y cada pequeña decisión de movimiento cuenta. No hay un presupuesto fijo que se agote, sino un cuerpo que responde y suma.

¿Y qué significa esto para nosotros?

Si creía que su cuerpo se acostumbra y deja de gastar energía cuando hace ejercicio, puede relajarse. Su organismo no le está saboteando.

Cada paseo, cada escalera, cada entrenamiento cuenta. Por lo tanto, podemos dar unos pocos consejos basados en la evidencia:

  • Camine más. Esos diez minutos extra al día suman al gasto total.

  • Rompa el sedentarismo. Levantarse cada hora también gasta energía.

  • Muévase en sus desplazamientos. Use la bici, desplácese andando o baje una parada antes.

  • Lo cotidiano también cuenta. Limpiar, cocinar o cuidar a los hijos son así mismo formas de movimiento.

No hace falta correr una maratón. Incluso pequeñas dosis de actividad física aumentan de forma medible el gasto energético total.

¿Por qué esta discusión importa?

Porque cambia la forma en que entendemos nuestro cuerpo.

Si creemos en la teoría del tope energético, hacer más ejercicio resultaría inútil. El cuerpo, simplemente, se adaptaría.

Si la realidad es aditiva, entonces cada pequeño movimiento tiene un impacto real en nuestra energía, metabolismo y salud.

Más aún: esto refuerza políticas de salud pública basadas en el movimiento cotidiano, dirigidas a reducir el sedentarismo, como herramientas efectivas, no simbólicas.

Conclusión: el cuerpo no es una calculadora cerrada

La nueva evidencia vuelve a poner las cosas en su sitio. El cuerpo humano no es un sistema cerrado que compensa hasta el último movimiento. No somos máquinas que ahorran energía automáticamente, sino organismos adaptables que responden al entorno con más gasto cuando nos movemos más.

Así que la próxima vez que escuche que hacer más ejercicio no sirve, porque el cuerpo se acostumbra y gasta menos energía, recuerde: la ciencia actual demuestra que no hay trampa ni ahorro. Cada paso, cada gesto y cada minuto de movimiento suman energía gastada, salud y bienestar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Moverse sí ayuda a adelgazar: la ciencia reabre el debate sobre cómo usamos la energía – https://theconversation.com/moverse-si-ayuda-a-adelgazar-la-ciencia-reabre-el-debate-sobre-como-usamos-la-energia-271693

Engaños de la IA: cuando aporta fuentes reales pero inventa su contenido

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis González-Geraldo, Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Coordinador del Grupo de aprendizaje en Inteligencia Artificial (GaIA). Departamento de Pedagogía. Teoría e Historia de la Educación. UCLM., Universidad de Castilla-La Mancha

“Alucinar” no es un concepto muy exacto cuando se aplica a la inteligencia artificial; puede provocar controversias, tanto por su innecesaria antropomorfización como por su engañosa concreción. Por eso, quizá sería más correcto llamarlas “falsificaciones de información” o simples “confabulaciones”. Sin embargo, esta terminología ha calado para identificar aquellas generaciones de texto que, tras comprobarse, se demuestran erróneas.

Asumiendo una postura ecléctica en la que es más adecuado adoptar las tecnologías que adaptar(se) a ellas, desde el Grupo de aprendizaje en Inteligencia Artificial de la Universidad de Castilla-La Mancha (GaIA), hemos supervisado desde hace años lo que la inteligencia artificial generativa nos ofrece, sobre todo, dentro del ámbito educativo. Y, en especial, en el universitario.

Dentro de este terreno, nos encontramos con el problema de las citadas “alucinaciones” de la IA. Y un claro ejemplo que aterra al profesorado es la invención de fuentes bibliográficas, muy pertinentes y ciertamente bien referenciadas, pero completamente inexistentes.

¿Fraude involuntario?

Vaya por delante que el fraude por alucinación de IA no cae dentro de la categoría de plagio tradicional, sin entrar a debatir que, en efecto, el plagio engloba prácticas más complejas que el rudimentario corta-pega. El punto central de este asunto radica en admitir que la persona que usa la IA y comete fraude por alucinación no solo no es responsable de la autoría del texto generado, sino que ni siquiera ha supervisado y verificado su contenido.

Por desidia o inexperiencia, la IA ha pasado su filtro. Un filtro que, de haber sido constante y competente, no habría tenido problemas para detectar estas “alucinaciones”, pues son fácilmente identificables por un humano atento y experto.

Alucinaciones de segundo orden

Sin embargo, la cosa se complica cuando uno de esos chatbots no se inventa la fuente, sino que la usa de manera inadecuada. Es decir, cuando argumenta que en ella se afirma algo que no es cierto, el problema pasa a mayores. En este caso, las hemos bautizado como “alucinaciones de segundo orden”.

Así, nos encontramos con argumentos verosímiles que se encuentran respaldados por fuentes existentes –clásicas o recientes– perfectamente bien referenciadas. Nada, sobre todo desde el punto de vista estructural, nos hará dudar de ellas, a no ser que seamos verdaderos expertos en el tema en cuestión y, por supuesto, prestemos atención.

Este suceso no solo ha sido constatado en nuestros cursos de formación en IA, sino también experimentado en primera persona. No hace mucho recibí un artículo para revisar sobre IA en educación. Durante la revisión comprobé que la literatura utilizada era existente y relevante. Incluso me agradó encontrar un párrafo donde se citaba uno de nuestros trabajos.

Malos tiempos para revisores

Sin embargo, la alegría se tornó amarga sorpresa cuando señalaban aspectos específicos que no recordaba haber incluido. Confieso que, confuso, revisité nuestro propio artículo para confirmar lo que ya era más que una intuición: en efecto, estaba viviendo en primera persona las consecuencias de una de esas curiosas alucinaciones de segundo orden.

Llegados a ese punto, ¿quién me aseguraba que esto mismo no había pasado con otras referencias utilizadas? Huelga comentar el rechazo que emití en mi condición de revisor, evidentemente por fraude.

La conclusión es meridianamente clara, y también extrapolable: corren malos tiempos para los revisores –lo que incluye profesores, maestros y educadores de cualquier nivel y categoría– que no sean expertos en todas y cada una de las referencias de los artículos o de los trabajos que revisen y evalúen. Malos tiempos, en definitiva, para todas las personas, colectivos e instituciones que nos dedicamos a supervisar procesos académicos y de aprendizaje.

Nada nuevo bajo el sol, pues el fraude académico siempre ha existido, pero quizá nunca ha sido tan fácil y, hasta cierto, punto involuntario cometerlo. En manos de los autores queda hacer un uso responsable, humano y experto, siempre supervisado, de las herramientas que la tecnología –y la IA en especial– ponen a nuestro alcance. Nuestro progreso y nuestra credibilidad están en juego.

The Conversation

Coordinador principal del Grupo de Innovación Docente GaIA.

ref. Engaños de la IA: cuando aporta fuentes reales pero inventa su contenido – https://theconversation.com/enganos-de-la-ia-cuando-aporta-fuentes-reales-pero-inventa-su-contenido-268507

Cuando la inteligencia artificial se convierte en confidente: riesgos y oportunidades para la salud mental

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pere Castellvi Obiols, Profesor lector del Área de salud pública del Departamento de Medicina, Universitat Internacional de Catalunya

Visual Generation/Shutterstock

Un informe de la ONG Plan Internacional revela que una de cada cuatro jóvenes españolas entre 17 y 21 años utiliza un sistema de inteligencia artificial (IA) como confidente. Las razones son comprensibles: la IA siempre responde, no juzga y ofrece un tipo de atención que muchas personas no encuentran en su entorno inmediato.

Este fenómeno, que de entrada podría parecer inofensivo o incluso positivo, abre interrogantes profundos sobre el futuro de la salud mental y la ética tecnológica. Los sistemas conversacionales actuales, como ChatGPT o Replika, son capaces de reconocer patrones de lenguaje asociados a estados emocionales. Por ejemplo, si detectan tristeza, ansiedad o desesperanza, responden con mensajes de consuelo o apoyo.

En términos técnicos, estos modelos aprenden a predecir la siguiente palabra en función del contexto, pero su efecto psicológico es muy real. Nuestro cerebro responde a las interacciones con una IA de forma parecida a como lo haría ante otro ser humano: la voz digital o el texto empático activan los mismos circuitos neuronales de apego y recompensa.

Pero lo cierto es que estos sistemas no sienten: solo simulan sentir, y esa simulación puede provocar una ilusión de comprensión que confunde. En contextos de especial vulnerabilidad como la soledad no deseada o el sufrimiento emocional, esa ilusión puede aliviar… o crear dependencia.

Los nuevos riesgos de una mente digital

La IA aplicada a la salud mental encierra una paradoja: cuanto más humana parece, más fácil es que olvidemos que no lo es. De esa confusión derivan tres grandes riesgos.

El primero de ellos es la dependencia emocional. Algunos usuarios establecen vínculos afectivos con máquinas que de ningún modo pueden corresponder. La interacción habitual con una IA puede sustituir gradualmente el contacto humano y empobrecer la capacidad de empatía y autorregulación emocional.

Además, es posible desarrollar ansiedad tecnológica https://doi.org/10.2147/PRBM.S440889. Vivir bajo la influencia constante de sistemas que nos recomiendan cómo sentir o qué pensar puede generar una pérdida de autonomía y una sensación de control disminuido sobre la propia vida emocional.

Finalmente, corremos el riesgo de deuda cognitiva DOI:10.48550/arXiv.2506.08872. Al delegar el pensamiento o la introspección a la máquina, perdemos el hábito de reflexionar y elaborar nuestras emociones. Del mismo modo que el GPS debilita nuestra memoria espacial, la IA puede debilitar nuestra memoria emocional.

A todo ello se suman los sesgos algorítmicos. Las IA aprenden de datos reales, pero estas bases de datos reproducen a menudo las mismas desigualdades de género, raza y cultura. Sin un mecanismo correctivo, esto puede provocar que una respuesta aparentemente neutral refuerce estereotipos o trivialice experiencias de dolor psicológico.




Leer más:
La inteligencia artificial refleja los prejuicios y desigualdades sociales: así podemos mejorarla


El espejo emocional de la IA

Recientemente, el Instituto para la Ética en Inteligencia Artificial de la Universidad Técnica de Múnich publicó un artículo informando de que los chatbots de IA necesitan salvaguardas emocionales. En él, los autores advierten que las interacciones prolongadas con IA pueden alterar la regulación emocional de los usuarios, e incluso inducir estados de dependencia o idealización del sistema.

Proponen introducir “salvaguardas emocionales obligatorias”, como la identificación clara de la IA como no humana, la inclusión automática de recursos de ayuda psicológica en situaciones de riesgo o la auditoría ética de los datos emocionales que estos sistemas recopilan.

El mensaje es claro: la inteligencia artificial no es neutral. Refleja las intenciones, valores y sesgos de quienes la diseñan. En el ámbito de la salud mental, donde las emociones son frágiles y el sufrimiento real, esto adquiere una relevancia ética decisiva.

De la amenaza al potencial

Pese a estos riesgos, la IA puede ser una gran aliada si se usa bien. Puede detectar precozmente signos de depresión o ansiedad analizando el lenguaje natural gracias a análisis de datos de una magnitud que va mucho más allá del alcance de la mente humana. También puede facilitar el acceso a atención psicológica en zonas rurales o con pocos recursos; además de servir como herramienta educativa para mejorar la metacognición, es decir, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento y gestionar mejor las emociones.

Paralelamente puede liberar a los profesionales de tareas repetitivas, ayudándolos a concentrarse en la relación terapéutica. No se trata de sustituir la empatía humana, sino de potenciarla mediante datos y análisis. Cuando la IA está al servicio del juicio clínico y no al revés, puede contribuir a un modelo de atención más humano, no menos.

Pero para ello necesitamos un marco regulatorio ético y científico sólido. La nueva Ley de IA europea, que entrará en vigor en febrero de 2026, es un paso adelante: exige transparencia, trazabilidad y supervisión humana en los sistemas de alto impacto.

En el ámbito de la salud mental, considerado de alto riesgo, esto debe traducirse en protocolos de seguridad emocional para estos sistemas, auditorías de sesgos y formación ética para los desarrolladores y clínicos.

En conclusión, la inteligencia artificial se han convertido en un espejo emocional de nuestra sociedad. Refleja nuestras fortalezas, pero también nuestras soledades. Puede acompañarnos, pero nunca reemplazarnos.

El desafío no es hacer que las máquinas sean más humanas, sino asegurar que los humanos no perdamos nuestra humanidad al hablar con ellas.

The Conversation

Pere Castellvi Obiols recibe fondos de Fundació La Caixa.

ref. Cuando la inteligencia artificial se convierte en confidente: riesgos y oportunidades para la salud mental – https://theconversation.com/cuando-la-inteligencia-artificial-se-convierte-en-confidente-riesgos-y-oportunidades-para-la-salud-mental-268495

¿Por qué el universo no deja de crecer?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jon Urrestilla Urizabal, Catedrático de Universidad, Departamento de Física, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

3d_kot/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 2º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, en Gasteiz (Álava)


Esta pregunta ha fascinado a físicos y astrónomos durante décadas. Pero al intentar responderla, el universo nos tenía preparada una sorpresa inesperada: cuando estudiamos su crecimiento con más detalle, descubrimos un misterio aún más profundo. Uno que nos ha obligado a admitir que sabemos mucho menos sobre el cosmos de lo que creíamos.

El espacio se estira

Las galaxias se alejan de nosotros.
YouTube/Eleboración del autor

Desde hace más de un siglo, los astrónomos observan que casi todas las galaxias se alejan de nosotros. Además, cuanto más lejos está una galaxia, más rápido se aleja. Esta relación se conoce como ley de Hubble y nos dice que el propio espacio se está estirando.

Esta expansión se entiende bastante bien si miramos al pasado: el universo comenzó con el Big Bang, una enorme expansión inicial. Desde entonces, el espacio ha seguido creciendo, como un globo que empezó a inflarse hace miles de millones de años y nunca ha dejado de hacerlo.

El universo está lleno de materia: estrellas, planetas, gas, polvo… y la fuerza de la gravedad atrae entre sí a toda esa materia. Por eso, durante mucho tiempo, los cosmólogos pensaron que la expansión del universo debía ir frenándose poco a poco.

Dependiendo de cuánta materia hubiera, el cosmos podría acabar colapsando, expandiéndose para siempre pero cada vez más lentamente, o situarse justo en el límite entre ambos casos. Durante décadas, no sabíamos cuál de estas posibilidades era la correcta.

Una gran sorpresa

Ilustración de una supernova.
NASA / CXC / M. Weiss

Todo cambió a finales de los años noventa, cuando los astrónomos empezaron a estudiar con gran precisión ciertas explosiones estelares llamadas supernovas de tipo Ia. Estas supernovas son especialmente útiles porque todas brillan casi igual, lo que permite usarlas como “faros” para medir distancias en el cosmos.

Al observar supernovas muy lejanas, los científicos descubrieron algo totalmente inesperado: estaban más lejos de lo que deberían estar si la expansión se estuviera frenando. La única explicación posible era sorprendente: el universo no solo se expande, sino que lo hace cada vez más rápido. Fue un descubrimiento tan revolucionario que sus autores recibieron el Premio Nobel de Física en 2011.

El universo se expande cada vez más rápido, lo que contradice la ley de gravedad postulada por Newton.
Elaboración del autor

Este resultado tan extraño puede explicarse con una imagen casi absurda: es como si la gravedad, a escalas enormes, funcionara al revés. O sea, como si la manzana de Newton, en lugar de caer del árbol, saliera impulsada hacia arriba. Algo en el universo está empujando el espacio, no frenándolo.

No significa que la gravedad haya cambiado de signo, sino que existe un efecto que, a gran escala, vence a la atracción gravitatoria de toda la materia.

Pero ¿qué está pasando?

Para entender esta aceleración, la física se enfrenta a dos posibilidades profundas: o bien la teoría de la gravedad de Einstein –que ha funcionado de manera extraordinaria en todos los contextos en los que ha sido puesta a prueba– falla a distancias enormes (cosmológicas); o bien el universo contiene un tipo de energía o materia que no se parece a nada de lo que conocemos.

La opción más aceptada hoy es la segunda. Para explicar la aceleración, los científicos han introducido la idea de la energía oscura, una forma de energía misteriosa que llena todo el espacio y actúa como una especie de antigravedad cósmica.

Una de las posibles explicaciones es la llamada constante cosmológica, término que aparece de forma natural en las ecuaciones de Einstein y que estas permiten –e incluso predicen–. Pero, aunque encaje bien con las observaciones, tampoco sabemos realmente qué es ni por qué existe.

No tenemos ni idea

En resumidas cuentas, ignoramos qué es la energía oscura; tener un nombre no significa entenderla. Sabemos algunas de las propiedades que debería presentar, pero estamos muy lejos de saber de qué está hecha o cuál es su origen.

La pregunta realmente interesante ya no es “¿por qué el universo se expande?”, sino “¿por qué su expansión se acelera?”. Resolver este enigma podría obligarnos a cambiar nuestra comprensión de la gravedad, del espacio y del contenido del universo.

El cosmos sigue creciendo, cada vez más rápido, y no sabemos exactamente por qué. Pero esa ignorancia no es un fracaso: es una invitación a seguir investigando. Esperemos que en el futuro, quizá alguien que es un adolescente ahora mismo descubra la respuesta… o abra la puerta a otro enigma aún mayor.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Jon Urrestilla Urizabal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué el universo no deja de crecer? – https://theconversation.com/por-que-el-universo-no-deja-de-crecer-271648