Trump impone aranceles también a los envíos desde el extranjero: ¿seguirá siendo rentable vender por Amazon?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Armando Alvares Garcia Júnior, Professor de Direito Internacional, Relações Internacionais e Geopolítica/Geoeconomia, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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Hasta ahora, uno de los mayores atractivos del comercio electrónico era la facilidad con la que los vendedores extranjeros podían introducirse en el mercado de Estados Unidos. La llamada cláusula de minimis, vigente durante décadas, eximía de pagar aranceles a los paquetes de menos de 800 dólares.

Esta era una vía abierta para millones de pequeños emprendedores de todo el mundo que –a través de plataformas como Amazon– lograban posicionarse en el codiciado mercado online estadounidense sin enfrentarse a su pesada burocracia aduanera. No obstante, esa etapa acaba de llegar a su fin.

¿En pro de la seguridad o de la economía nacional?

El gobierno de Donald Trump eliminó esta exención para China continental y Hong Kong en mayo pasado, pero este 29 de agosto de 2025 ha entrado en vigor para el resto del mundo. Ahora, todos los envíos deberán abonar tasas aduaneras, aunque se ha establecido una transición de seis meses. Mientras dure, se podrá optar por una tarifa plana que –dependiendo del país de origen– oscilará entre 80 y 200 dólares por paquete. Después, no habrá escapatoria: todo producto proveniente de otros países pagará aranceles en EE. UU., sin importar su valor.

Aunque la medida se presenta en clave de seguridad nacional –la Casa Blanca asegura que servirá para frenar el flujo de narcóticos y otros productos ilícitos–, el objetivo económico es evidente. Según el asesor presidencial Peter Navarro, eliminar la exención de minimis añadirá hasta 10 000 millones de dólares en ingresos arancelarios al Tesoro estadounidense.

El impacto no se limitará a gigantes chinos como Shein o Temu, que basaban buena parte de su modelo en el envío directo de miles de pequeños paquetes diarios. También alcanzará a los pequeños exportadores europeos y latinoamericanos que enviaban artículos de bajo valor, desde ropa hasta productos gourmet. Según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU., en 2024 llegaron al país 1 360 millones de paquetes bajo esta exención, con un valor total de 64 600 millones de dólares.

Cambio de reglas, pérdida de competitividad

Para los emprendedores que utilizan plataformas digitales como Amazon para vender sus productos en Estados Unidos esta medida supone un cambio de reglas radical.

El mercado estadounidense es el mayor del mundo en comercio electrónico y Amazon su escaparate principal. Muchos emprendedores han logrado vender sus productos desde productos gastronómicos hasta cosmética natural, pasando por libros, textiles o gadgets tecnológicos, aprovechando la posibilidad de enviarlos sin que el cliente tuviera que pagar impuestos adicionales.

A partir de ahora, quedan sujetos a aranceles que van a encarecer significativamente su precio final. La consecuencia inmediata será una pérdida de competitividad frente a los productores locales estadounidenses, que no cargan con este sobrecoste.

Un ejemplo sencillo: un paquete de 50 euros enviado desde España, que antes llegaba sin coste arancelario, ahora deberá asumir una tarifa mínima de 80 dólares. Para el cliente estadounidense el precio percibido puede duplicarse, desincentivando así la compra. Para el emprendedor, absorber parte de ese coste reducirá sus márgenes a niveles insostenibles.

Recalcular la estrategia

La primera reacción de los vendedores será recalcular precios y márgenes. Muchos, que ya operaban con beneficios ajustados, se verán obligados a replantear su estrategia. Una alternativa será recurrir al envío de grandes lotes de productos directamente a los almacenes de las plataformas digitales (fulfillment) dentro de Estados Unidos para luego distribuir desde allí. Esta vía sortea el problema de los aranceles individuales, aunque implica asumir mayores costes iniciales de envío, almacenaje y logística.

Otra opción posible es diversificar mercados. Si Estados Unidos se encarece, la Unión Europea sigue siendo un espacio atractivo, con un mercado único y regulaciones comunes. América Latina también aparece como un destino natural, aunque con desafíos propios en materia de infraestructura y barreras normativas.

Sin embargo, el atractivo del mercado estadounidense es difícil de sustituir. Su tamaño y capacidad de consumo lo convierten en un objetivo irrenunciable para muchas pymes. La clave será profesionalizar la estrategia de entrada, planificar costes logísticos y fiscales con más detalle y asumir que el modelo de enviar un paquete barato directamente al cliente ha quedado atrás.

Más allá de los emprendedores individuales, la medida forma parte de la escalada comercial de Washington contra el resto del mundo. Al eliminar excepciones, incluso para socios cercanos, Estados Unidos refuerza su tendencia proteccionista y obliga a otros países a replantearse su relación comercial. La Unión Europea ya ha mostrado preocupación y estudia cómo responder, aunque Bruselas es reacia a entrar en una espiral arancelaria que perjudique todavía más a sus exportadores.

Adaptarse para mantenerse en el mercado

El creciente ecosistema de pymes digitales que exportan a Estados Unidos a través de Amazon y otras plataformas se juega mucho con esta nueva medida. Pero deberán ser los países de origen los que negocien con EE. UU. algún tipo de flexibilidad o mecanismo bilateral. De lo contrario, los emprendedores tendrán que asumir que vender en EE. UU. será a partir de ahora más caro y complejo.

La pregunta que muchos vendedores se hacen es si merece la pena seguir apostando por Amazon en Estados Unidos. La respuesta no es sencilla. A corto plazo, habrá un claro encarecimiento que afectará tanto a consumidores como a vendedores. Pero a medio plazo, quienes logren adaptarse y profesionalizar sus operaciones podrían encontrar menos competencia de pequeños actores internacionales, lo que abriría espacio para empresas mejor preparadas.

En definitiva, no es el final del negocio, pero sí el final de la improvisación. Vender en EE. UU. desde otros países exigirá más inversión, más planificación y más capacidad de adaptación a un sistema que ya no será tan sencillo ni barato como hasta ahora.

The Conversation

Armando Alvares Garcia Júnior no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Trump impone aranceles también a los envíos desde el extranjero: ¿seguirá siendo rentable vender por Amazon? – https://theconversation.com/trump-impone-aranceles-tambien-a-los-envios-desde-el-extranjero-seguira-siendo-rentable-vender-por-amazon-264231

La conversación docente: La paradoja del descanso y el olvido

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

¿Qué le pasa al cerebro en vacaciones? Raushan_films/Shutterstock

¿Alguna vez se ha adentrado por un sendero de un bosque muy poco transitado, en el que zarzas, helechos y piedras cubren gran parte del camino, y a menudo no está uno seguro de cuál era la ruta original? Pues una sensación parecida tenemos muchos cuando volvemos de vacaciones, si el descanso ha sido lo suficientemente duradero y lo suficientemente profundo. Las redes neuronales que se habían establecido durante el curso (los senderos cotidianamente transitados) facilitando rutinas y conocimientos, de pronto están menos claras (se han llenado de maleza), y nos cuesta más acordarnos de cosas que hacíamos casi sin pensar antes del verano.

El símil del sendero en el bosque lo utiliza Raquel García-Gómez, experta en neuroeducación, para explicar por qué es tan frecuente que niños y niñas se olviden durante el verano de cosas que aprendieron el curso anterior, y que maestros y profesores se encuentren con que tienen que dedicar las primeras semanas del curso a repasar lo que parecía ya consolidado. Los aprendizajes recientes, si no se practican lo suficiente a lo largo del tiempo, pueden llegar a “disolverse” en la memoria. La buena noticia es que no cuesta tanto recuperarlos como aprenderlos de cero. Aún quedan señales de que por ahí había un sendero.

¿Se podría evitar este olvido veraniego? Sí. Con un repaso espaciado en el tiempo, durante las vacaciones. O con vacaciones más breves y repartidas a lo largo del año. Una posibilidad es el calendario académico continuo, que propone 45 días lectivos seguidos de 15 días de descanso.

La paradoja es que al cerebro también le hace falta descansar, y por eso es tan importante encontrar un equilibrio. Además de a este asunto, en los últimos meses hemos revisado las últimas evidencias sobre el papel de la ratio en el aprendizaje. Y más específicamente, las investigadoras Marta Casla y Ana Moreno, de la Universidad Autónoma de Madrid, han comprobado que, cuando hablamos de desarrollo del lenguaje en la etapa infantil, lo verdaderamente importante no es tanto la ratio como el tamaño total del grupo. Es decir, que los pequeños tienen más oportunidades de practicar expresión y escucha en grupos de menos de 10 estudiantes con un solo docente que en grupos de 16 estudiantes con dos docentes.

Nuestros expertos han propuesto maneras de usar la inteligencia artificial en el aula de manera útil y crítica; analizado por qué los niños suecos aprenden inglés mejor que los españoles; o cómo se puede aprender historia a los 3 años visitando museos. También hemos publicado artículos sobre lo que es la pedagogía sensible y lo que puede aportar a la educación física, y sobre la necesidad de enseñar programación “desenchufada”.

Sirva esta selección de temas para desbrozar un poquito ese sendero olvidado, y comenzar el curso con inspiración y evidencias científicas.

The Conversation

ref. La conversación docente: La paradoja del descanso y el olvido – https://theconversation.com/la-conversacion-docente-la-paradoja-del-descanso-y-el-olvido-264314

En Colombia no solo se hereda la guerra, también la paz

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Andrés Morales-Barreto, Coordinador académico y profesor del Departamento de Teoría Jurídica y de la Constitución de la Facultad de Estudios jurídicos, políticos e internacionales, Universidad de La Sabana

Centro histórico de Salento, en Colombia. mehdi33300/Shutterstock

Cuando se habla de violencia política, el mundo piensa en los Balcanes, Irlanda del Norte o Sudáfrica. Colombia comparte ese mismo destino: un país atravesado por guerras internas que se prolongaron durante más de medio siglo y que aún hoy continúan en formas distintas. El país ha sufrido distintas formas de violencia que se superponen, se transforman y resurgen.

Sin embargo, a pesar de tanta sangre derramada, Colombia permanece unida, aferrada a su democracia y a la idea de que siempre hay un mañana.

De La Violencia a las guerrillas

El primer gran ciclo comenzó en los años cuarenta y cincuenta, con la violencia bipartidista entre liberales y conservadores, conocida como La Violencia. Lo que empezó como rivalidad política se transformó en una guerra civil no declarada que dejó más de 200 000 muertos. Familias enteras fueron arrasadas por identificarse con el color del partido que para otro era el equivocado. En ese contexto, nació una memoria de odio cruzado, en la que ser de izquierda o de derecha podía costar la vida.

De esos escombros surgieron guerrillas marxistas en los años sesenta como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), que se proclamaban herederas de las luchas campesinas y de la Revolución cubana. Durante décadas, controlaron territorios enteros, impusieron su ley en regiones olvidadas por el Estado y financiaron su lucha a través del secuestro, la extorsión y, más tarde, el narcotráfico.

Paramilitares y narcotráfico

La otra cara del espejo llegó en los ochenta con el auge del narcotráfico y los grupos paramilitares. Mientras las guerrillas decían luchar por un cambio social, los paramilitares se presentaban como defensores del orden frente a la “amenaza comunista”. En la práctica, ambos bandos terminaron reproduciendo lógicas similares, controlando territorios, reprimiendo a civiles y aliándose con economías ilegales. La violencia contra líderes sociales, sindicalistas y campesinos se volvió cotidiana y, hasta nuestros días, parte de los titulares.

Tristemente, Colombia se convirtió en un laboratorio de horrores: bombas en ciudades, masacres rurales, magnicidios de candidatos presidenciales, persecuciones a periodistas… El dramaturgo griego Esquilo escribió que “la verdad es la primera víctima”, y en Colombia la verdad fue mutilada tantas veces como las comunidades que quedaron en silencio.

Las disidencias y el posacuerdo

En 2016, el Acuerdo de Paz con las FARC fue leído de maneras opuestas. Para algunos significó la firma de un verdadero pacto de paz, mientras que para otros apenas un armisticio frágil que no resolvía las raíces del conflicto. Lo cierto es que, más allá de esas posturas, el país vivió la ilusión de cerrar un ciclo para concentrarse en otros problemas urgentes, como la desigualdad, la reconstrucción de comunidades golpeadas por la violencia y la tarea pendiente de reconectar con los pueblos que durante décadas sintieron la ausencia del Estado.

Hombres y mujeres vestidos de blanco en un escenario firman un acuerdo ante gente que les observa desde el público.
Firma de la Paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC.
Gobierno de Chile/Flickr, CC BY

Sin embargo, como nos ha mostrado la historia universal de las guerras –desde la Rusia postsoviética hasta el posconflicto de los Balcanes, pasando por Irlanda del Norte y el Proceso de Paz de Viernes Santo o los intentos de reconciliación en España tras la violencia de ETA–, los acuerdos no borran las lógicas de violencia de un día a otro.

Hoy, en Colombia persisten disidencias de las FARC, el Clan del Golfo, el ELN aún activo y múltiples grupos locales que se disputan rentas ilegales. Son, en muchos sentidos, hijos de un conflicto que muta pero nunca desaparece del todo.

Violencias cruzadas: derecha e izquierda

La historia colombiana también enseña que la violencia no es patrimonio exclusivo de un sector ideológico. La izquierda armada justificó décadas de secuestros y atentados en nombre de la revolución. La derecha armada organizó masacres y desplazamientos bajo la bandera del anticomunismo. Y el narcotráfico, que no tiene color político, corrompió a unos y a otros.




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Estas violencias cruzadas no son ajenas al mundo. En la Europa del siglo XX, la derecha fascista y la izquierda estalinista practicaron sus propios regímenes del terror. En América Latina, dictaduras militares y guerrillas urbanas reprodujeron ciclos similares. George Orwell, en Homenaje a Cataluña, ya había descrito que las luchas fratricidas terminan devorando a quienes dicen combatir por un ideal.

La memoria y la unidad

Frente a tanto dolor, surge una pregunta inevitable: ¿qué mantiene unida a Colombia? La respuesta está en la vida cotidiana.

A pesar de la guerra, las elecciones nunca dejaron de celebrarse. De hecho, en 2026 tendrán lugar las presidenciales y, en caso de presentarse una segunda vuelta electoral, esta se cruzará con el mundial de fútbol que tendrá lugar en Estados Unidos, Canadá y México. Ese deporte, que para muchos es casi una religión civil, se convierte en un recordatorio de que hay símbolos compartidos capaces de superar las divisiones.

Pero no es solo el fútbol. La música, la gastronomía y la literatura colombiana han convertido la tragedia en relato universal. La cultura sigue floreciendo y el país resiste en medio de la adversidad. Gabriel García Márquez, narrador de estas tragedias, decía que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

La Comisión de la Verdad establecida para investigar el conflicto armado tras el acuerdo de paz recogió miles de testimonios que muestran cómo, en medio de la barbarie, los colombianos nunca dejaron de reinventar formas de solidaridad y convivencia.

Los herederos de la paz

Colombia no es un mapa de disidencias, organizaciones armadas y conflictos; es un país que insiste en seguir siendo una democracia en medio de la tormenta. La guerra ha dejado cicatrices pero no ha logrado borrar la idea de comunidad. Esa resiliencia coloca a Colombia en un lugar singular en el mundo, el de un pueblo que ha sufrido la violencia de derechas e izquierdas, de guerrillas, paramilitares y represión estatal, y que aún así se reconoce bajo una misma bandera.

Los herederos de la guerra existen, pero también las generaciones que apostamos por no repetir la historia. Al final, lo que define a Colombia no es la guerra que heredamos, sino la paz que decidimos construir.

The Conversation

Sergio Andrés Morales-Barreto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En Colombia no solo se hereda la guerra, también la paz – https://theconversation.com/en-colombia-no-solo-se-hereda-la-guerra-tambien-la-paz-264187

¿Qué pantallas usar en la escuela?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María del Mar Sánchez Vera, Profesora Titular del Departamento de Didáctica y Organización Escolar. Miembro del Grupo de Investigación de Tecnología Educativa, Universidad de Murcia

Carmen Conde, primera mujer en ingresar en la RAE, fue una de las grandes pedagogas –y, sin embargo, también una de las grandes olvidadas– en la historia de la educación. En los años 30 del pasado siglo escribió un ensayo sobre educación que la Universidad de Murcia rescató con la llegada de la democracia. En él, defendía de manera específica (y dedicándole un capítulo completo) el uso del cine en las aulas.

El cine era la nueva tecnología del momento, y las Misiones Pedagógicas lo utilizaban para acercar la cultura al pueblo. Entre los argumentos que planteaba Carmen Conde para fomentar su introducción en las aulas, indicaba que “las escuelas del Estado no pueden prescindir más tiempo del cinematógrafo entre el material de enseñanza que se les asigna”.

Resulta curioso comprobar que, en ese mismo espacio temporal, encontramos algunos artículos de prensa que alertaban de los riesgos que el uso del cine podía tener. El diario The New York Times, por ejemplo, alertaba en 1933 del efecto negativo que podían llegar a tener las películas en los menores, a partir de un estudio realizado con niños y niñas de cuatro años.

Con esto no se pretende ridiculizar la lícita preocupación de muchas familias y docentes sobre el uso de la tecnología en las aulas (el cine no se parece en nada al maremágnum de redes y aplicaciones que tenemos hoy en día), pero sí evidenciar que la relación entre la tecnología y la educación siempre ha sido compleja, y que toda la vida han existido temores sobre los problemas que podrían causar a los menores.

Además, la integración de las herramientas no siempre se ha realizado de manera adecuada. Un error frecuente que hemos experimentado con la digitalización educativa es asumir que, por el mero hecho de incorporar herramientas tecnológicas, se garantizaba la innovación pedagógica.

Un ejemplo paradigmático de este fenómeno son las pizarras digitales interactivas (PDI). Durante años, la presencia de este dispositivo en los centros se percibió como un indicador de innovación y calidad educativa; sin embargo, algunos estudios revelan que su uso suele limitarse a la presentación de contenidos, con un rol predominantemente pasivo por parte del alumnado y manteniendo el control de la herramienta por parte del docente, sin aprovechar realmente el potencial interactivo que ofrece la herramienta.

Si reflexionamos sobre ello, utilizar estas pizarras para explicar contenidos implicaría que no estamos haciendo nada diferente a lo que haríamos con una pizarra tradicional o un proyector de diapositivas. Es un ejemplo de innovación técnica que no implica una mejora educativa.

Un enfoque superficial, centrado más en la dotación tecnológica

Podemos decir que, salvo honrosas excepciones, la digitalización educativa en España ha seguido un enfoque superficial, centrado más en la dotación tecnológica que en la transformación pedagógica. Esto implica que, en muchos casos, la tecnología se ha limitado a sustituir formatos tradicionales, como libros impresos por sus versiones digitales pero para hacer las mismas tareas de siempre.

Sin embargo, el marco normativo actual indica que la “competencia digital” debería ir mucho más allá del manejo técnico de dispositivos: implica el pensamiento crítico, la gestión de la información, la creación de contenido digital y la comunicación responsable.

Curricularmente, la competencia digital está incorporada en el sistema educativo en todas las etapas. En Educación Infantil (hasta los 6 años) se deben sentar las bases de la alfabetización digital según establece la propia ley de educación, promoviendo el acceso a información digital, la comunicación tecnológica básica y la creación de contenidos sencillos, junto con hábitos de uso responsable.

Sin embargo, hay estudios que indican que en esta etapa no se suele trabajar ninguna competencia de ciudadanía digital, dejando a muchos niños y niñas sin educación formal sobre estos temas importantes.

Como se ha señalado, el elemento determinante es el diseño de tareas significativas que trasciendan el uso pasivo de la tecnología (como la mera visualización de vídeos) para fomentar experiencias activas y creativas. Esto implica plantear actividades donde los niños y niñas asuman un rol activo (grabaciones de audio, fotografías creativas, secuencias programables con robots…), con tareas adaptadas a su desarrollo.

La tecnología no debería reemplazar otros recursos, sino coexistir con otro tipo de materiales y formar parte de proyectos más amplios. Hay estudios muy interesantes que muestran el potencial que tiene para la etapa de Educación Infantil iniciarse en el pensamiento computacional.




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Etapas educativas

En Educación Primaria (6 a 12 años), la competencia digital se define de manera más específica y se indican descriptores operativos que deben alcanzar los estudiantes al terminar la etapa educativa. Se mencionan habilidades básicas como búsquedas guiadas y creación de contenidos sencillos, mencionando de forma concreta qué se ha de trabajar para tomar conciencia de los riesgos y aprender a evitarlos.

También se aborda de manera más específica el pensamiento computacional en el marco de las asignaturas de Matemáticas y Ciencias de la Naturaleza, aunque hay enfoques que plantean que el pensamiento computacional puede trabajarse de forma transversal desde cualquier materia.

En Educación Secundaria (12 a 16 años) se profundiza más en los indicadores de logro. La propuesta amplía algunos aspectos relacionados con la programación y la robótica educativa, que se deben utilizar para resolver problemas de manera creativa, así como la gestión de la información digital y el uso de herramientas y plataformas virtuales para construir nuevo conocimiento y aprender comunicarse en red. También para esta etapa se plantea la necesidad de trabajar aspectos sobre el uso crítico y seguro de la tecnología.

Como vemos, la presencia que tiene que tener la tecnología en las distintas etapas educativas viene definida por la ley, y parece bastante razonable. La Ley Orgánica 3/2020 –conocida como LOMLOE– y sus desarrollos curriculares establecen con claridad tanto los marcos de competencia digital aplicables a docentes, a estudiantes y a instituciones, así como los contenidos específicos que deben trabajarse en cada etapa educativa.

Además, como hemos visto, se ha incorporado el “pensamiento computacional”, que implica que los jóvenes no solo sean usuarios receptores de tecnología, sino que les enseñemos a crear y a entender cómo funciona. Por lo tanto, quizás estamos errando en las preguntas que nos hacemos, y lo que deberíamos analizar es cómo se ha digitalizado el sistema educativo y qué errores hemos cometido que no nos dejan abordar la competencia digital de manera completa y adecuada.

Poner el foco en lo que hacemos con la tecnología

Entonces, más que revisar qué tecnologías incorporamos en cada etapa y seguir planteando medidas que nos ofrecen solo números (número de niños y niñas por portátil, número de horas de uso…), deberíamos reflexionar sobre qué tipo de actividades realizamos en cada etapa y sobre cómo se está formando a los centros y al profesorado.

Es frecuente encontrar que son las consejerías de educación las que deciden qué tecnología (robot, ordenador, tableta, impresora 3D) adquieren, y por supuesto esa perspectiva es importante. Pero no se suele preguntar a los docentes y a los centros qué tecnología necesitan, y esto es fundamental, porque dependiendo de lo que quieran hacer, de la tecnología de la que ya dispongan, de sus necesidades y de su formación, se podrían plantear dotaciones mucho más efectivas que podrían ser un mecanismo interesante que asegure que la tecnología no se infrautilice en el futuro.

Además, la formación continua debe garantizar apoyo y acompañamiento al docente, sin limitarse al uso técnico de las herramientas, sino enfocándose en su aplicación didáctica.

Diferenciar entre tipos de pantallas

También resultaría bueno para el debate educativo no hablar de “pantallas” de forma general. Las pantallas son muy diversas, y no es lo mismo disponer de un móvil personal que de un portátil en el aula, del mismo modo que no es lo mismo estar realizando apuestas online que estar aprendiendo la impresión 3D en un proyecto de aprendizaje-servicio (ApS).

Tenemos que empezar a superar los argumentos que plantean dicotomías. En ninguna etapa tenemos que sustituir el papel por un ordenador, sino que el enfoque debe estar en el diseño de tareas que integren todo tipo de recursos, entre ellos también los digitales. No consiste en debatir si hay que escribir a mano o con el ordenador, sino en que tenemos que combinar tareas en las que escribamos con ambos.

Docentes y formación

Como vemos, en la normativa está todo bien definido. Por lo tanto, la clave es preguntarnos por qué no aterriza del todo bien en la realidad de las aulas. En este sentido, sabemos que las creencias y actitudes de los docentes son clave en el desarrollo profesional y la práctica didáctica, y que el profesorado es el elemento más significativo en la integración curricular de los medios digitales.

También sabemos que la formación inicial en Tecnología Educativa es insuficiente en Magisterio, e incluso puede llegar a ser inexistente, como sucede en algunos casos, en el Máster de Formación en Educación Secundaria. Y que cuando se abordan enfoques de investigación más amplios, que tienen en cuenta el contexto y el aprendizaje, se encuentra que los jóvenes que reciben una adecuada educación digital están mejor preparados para afrontar sus riesgos, incluso en la etapa de Educación Infantil.

Sin embargo, estos temas rara vez aparecen en el debate público sobre tecnología y educación. Es necesaria una formación docente centrada en la pedagogía, y no solo en el manejo instrumental de herramientas, que priorice el diseño de proyectos didácticos, la multiplicidad de los medios en el aula, la participación activa del profesorado en las decisiones tecnológicas y la asignación de recursos para experiencias educativas realmente integradas. La digitalización debe construirse de abajo arriba, en diálogo constante con la investigación en tecnología educativa.


Este artículo se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la Generación Alfabeta.


The Conversation

María del Mar Sánchez Vera colabora en TELOS, la revista que edita Fundación Telefónica.

ref. ¿Qué pantallas usar en la escuela? – https://theconversation.com/que-pantallas-usar-en-la-escuela-264278

Nuevo estudio: las victorias de guerra en el Neolítico se celebraban con sacrificios y trofeos humanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Teresa Fernández Crespo, Investigadora Distinguida en Prehistoria, Universidad de Valladolid

Fosa con restos de humanos torturados, posiblemente cautivos de guerra, hallada en Achenheim (Alsacia) y datada entre 4300 y 4100 a. C. P Lefranc.

Durante siglos, el triunfo romano ha sido el modelo a seguir en toda celebración marcial. En la antigua Roma, cada gran éxito militar acababa en un fastuoso desfile encabezado por senadores y magistrados que recorría las calles de la ciudad. A estos les seguían los enemigos cautivos (la mayoría, individuos de alto rango), carros cargados con el botín y demás trofeos de guerra.

La fastuosidad de los expolios se entremezclaba con artistas, como acróbatas, músicos y cantantes, que aumentaban la espectacularidad de la procesión. A continuación, marchaba el general vencedor, montado en un carro. Cerraban el cortejo su familia y soldados.

Festejo y humillación, todo en uno

El desfile, que marchaba por la vía Sacra, cruzaba en su último tramo el foro, donde tenía lugar el encarcelamiento o la ejecución de los prisioneros. Finalmente, la procesión avanzaba hacia el templo de Júpiter, en la cima de la colina Capitolina, donde el general ofrecía un sacrificio al dios, generalmente bueyes blancos, como clausura del recorrido triunfal. La guinda era la celebración de banquetes y espectáculos en lugares públicos para deleite de los congregados.

El triunfo romano, una fiesta que humillaba a los vencidos. Mira la Historia.

Se trataba de un ritual destinado a festejar el poderío marcial y la humillación del conquistado. Todo esto lo sabemos esencialmente por las fuentes literarias y algunas representaciones artísticas. ¿Pero cuál es el origen y la historia primitiva de los triunfos marciales?

Sacrificios y torturas neolíticas

Los yacimientos neolíticos de Achenheim y Bergheim, en la región francesa de Alsacia, datados entre 4300 y 4100 a.e.c., ofrecen algunas pistas al respecto. En ambos casos, en una fosa circular, posiblemente ubicada en una plaza central del poblado, se arrojó un grupo de individuos brutalmente asesinados (seis y ocho, respectivamente), junto a una serie de brazos izquierdos cercenados que no correspondía a ninguno de ellos (cuatro y siete, respectivamente).

El ensañamiento con el que se había tratado a las víctimas, que mostraban multitud de fracturas en todo su esqueleto ocurridas alrededor del momento de su muerte, y la evidencia tafonómica de que los brazos cercenados pudieron estar a la intemperie un tiempo antes de su depósito en las fosas, no encajaban bien con lo esperable en masacres o ejecuciones documentadas en la prehistoria reciente.

Fosa con restos de humanos, posiblemente cautivos de guerra, hallada en Bergheim (Alsacia) y datada entre 4300 y 4100 a.e.c.
F Chennal.

En busca de una explicación

Esencialmente, este inusual contexto, que además se repetía con gran similitud en ambos yacimientos, sugiere tres posibles escenarios interpretativos. El primero sería la celebración de un triunfo marcial que combinara el sacrificio de cautivos enemigos con una violencia excesiva y la exposición de trofeos humanos recolectados en batalla, cuyo depósito conjunto en fosas clausurase el ritual.

El segundo consistiría en la repatriación y el enterramiento de miembros del grupo caídos en batalla (en forma de cuerpos completos o de brazos izquierdos).

Y el tercero comprendería el castigo de parias o delincuentes comunitarios, donde la tortura –incluyendo la mutilación– y la pena capital formaran parte del proceso.

Las víctimas, enemigos extranjeros

A fin de dirimir entre estas posibilidades, un equipo de especialistas de diferentes centros de investigación europeos, como las universidades de Valladolid, Aix-Marsella, Oxford, Bruselas y Estrasburgo, y empresas de arqueología como Arkikus y Antea, ideamos y realizamos un estudio multiisotópico completo de las biografías de estas víctimas y de una población de control del mismo contexto crono-geográfico.

La metodología multiisotópica se basa en la premisa de que somos lo que comemos y que esta información queda almacenada a nivel molecular en nuestro organismo y produce una firma isotópica distintiva, similar a una huella dactilar, que permite reconstruir la dieta y la procedencia de los individuos. Y como lo que comemos (alimentación), de dónde obtenemos los alimentos (origen) y con quién comemos (grupo social) está íntimamente relacionado con quiénes somos, con este enfoque también puede abordarse la identidad.

Nuestro objetivo era comparar ambos grupos y definir la identidad social de las víctimas. Los resultados, publicados esta semana en Science Advances, sugieren claramente que las víctimas no pasaron su infancia en la región y tuvieron una vida mucho más móvil, con una alimentación más cambiante y una mayor exposición al estrés fisiológico que la población de control. Todo ello es plenamente compatible con una forma de vida migrante.

Brazos y cuerpos enteros, de distinta procedencia

Además, el estudio ha permitido descubrir que aquellas víctimas representadas por esqueletos completos y aquellas representadas por brazos cercenados muestran señales isotópicas distintas, lo que sugiere un tratamiento diferencial vinculado con su origen geográfico.

Es posible que los brazos procedieran de grupos asentados en el norte de Alsacia, mientras que los cuerpos completos hubieran llegado del sur de la región, como origen más próximo. No obstante, es también posible que ambos grupos provinieran de regiones más distantes, como la zona más occidental de la cuenca parisina o la zona más oriental del valle alto del Danubio.

La evidencia de enemigos de distinta procedencia en las fosas es coherente con una guerra de conquista, en que los grupos foráneos llegarían en diferentes oleadas y se enfrentarían con la población local en distintos asaltos.

No es esta la única evidencia de conflicto que poseemos, ya que es en este momento cuando empiezan a documentarse en la región los primeros poblados rodeados por fosos y empalizadas. Asimismo, se observa en el registro arqueológico una rápida sustitución de tradiciones culturales locales por otras venidas de regiones adyacentes.

Violencia como espectáculo

La inusitada violencia-espectáculo ejercida en estas celebraciones hacia los enemigos cautivos, la “caza” y exposición de trofeos humanos y su depósito conjunto en lugares comunitarios difícilmente pueden entenderse fuera del marco de un teatro político que pretende la exaltación del poder y del triunfo y la deshumanización del enemigo.

En ese caso, solo tenemos la evidencia material más brutal de la victoria y su celebración, pero es muy posible que estos rituales del triunfo se acompañaran también de un componente festivo, incluyendo desfiles, música, bailes o banquetes, como hicieron más de tres milenios después los romanos. Al fin y al cabo, eran celebraciones que esencialmente buscaban la ostentación del éxito y la legitimación del poder a través de un pacto político-religioso.

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El proyecto del que se deriva esta investigación ha sido financiado por una ayuda del programa Marie-Slodowska Curie Actions (MSCA-IF-790491) de la Comisión Europea, concedida a Teresa Fernández-Crespo.

ref. Nuevo estudio: las victorias de guerra en el Neolítico se celebraban con sacrificios y trofeos humanos – https://theconversation.com/nuevo-estudio-las-victorias-de-guerra-en-el-neolitico-se-celebraban-con-sacrificios-y-trofeos-humanos-263356

What does it mean to become an adult? In Namibia, it’s caring for others

Source: The Conversation – Africa – By Selma Uugwanga, Clinical Psychologist (Namibia) and PhD Researcher on Emerging Adulthood in sub-Saharan Africa, University of Zurich

Olufuko initiation festival for Ovawambo girls. Pemba.mpimaji/Wikimedia Commons, CC BY

Around the world, people become adults in different ways. In some places, it’s when you get a job, get married, or move out of your parents’ house. In others it might include an initiation ritual, or taking leadership in your family or community.

These milestones may differ, but they all point to the same question: what does it mean to “become an adult”? Understanding this matters – not only for psychologists who study human development and behaviour, but also for society, because adulthood is more than just getting older. It shapes our motivations and identity, how we relate to others, and our mental health and well-being.

Local views on adulthood set the stage for how young people learn to take responsibility and find their place in the world.

We are cross-cultural personality and developmental psychology researchers who study emerging adulthood, identity development, personality, and mental health. We were interested in what the transition to adulthood looks like in sub-Saharan Africa – specifically, among the Ovawambo people of Namibia. One of us (Selma Uugwanga) is Omuwambo, offering an important insider perspective.

We interviewed 50 young Ovawambo adults, aged 18 to 25, living in both rural and urban areas of Namibia. We wanted to understand how they defined adulthood: what signals its beginning? What responsibilities and challenges come with it?

Our goal was to centre African perspectives, which are underrepresented in global psychology, and to understand how traditional values and modern realities shape the experience of growing up.

We identified five key themes, relating to gender roles, birth order, becoming a parent, community responsibility, and psychological maturity. A common thread was how participants connected personal aims and achievements with the capacity and duty to help others. An adult is someone who can care for both themself and for others.

Our findings are a reminder that there is no single pathway to adulthood. Recognising cultural differences is essential if we want to build a truly inclusive understanding of human development across the globe.

Why Namibia and the Ovawambo?

Namibia, a country in the south-western part of Africa with a population of about 3 million, is home to many ethnic groups. Nearly half of the population are Ovawambo. Traditionally, Ovawambo communities included formal rites of passage to adulthood, such as ceremonies and new roles in the household or community. For example, the Olufuko ceremony prepared girls around age 14 for womanhood, allowing them to become sexually active, have children and marry. These practices changed during colonialism and later with the rise of Christianity.

Today, things are shifting even more with globalisation. Many young Namibians now stay in school longer, with higher education enrolment rising from just 3% in the 1990s to nearly 29% in 2022. Young people also often wait longer to marry or have children. Yet, unlike their peers in many western countries, daily life is still strongly shaped by family obligations and community ties. For example, one young participant explained that he supported his grandmother and took on responsibilities for other relatives because his parents had limited resources.

Since Namibia’s independence in 1990, rural-to-urban migration has surged. The country’s urban population has risen from about 28% in 1990 to approximately 54% by 2025. Young people are often navigating between rural traditions and urban change.

While our focus was on Ovawambo youth, this group shares many cultural and social dynamics with other young people in sub-Saharan Africa, and we believe the patterns we observe here may reflect broader regional trends.

Perceptions of adulthood

We collected in-depth interviews, then generated overarching themes from close attention to meaning in participants’ stories.

We spoke with 50 young adults – half of them women – equally split between urban and rural areas in Windhoek and northern Namibia. Participants ranged in age from 18 to 25 years; most had finished secondary school and were enrolled in higher education, with only a few in steady jobs. Almost half lived with parents, and others with siblings, cousins, or extended relatives, showing how family households remain central at this stage of life.

We asked open-ended questions like:

  • Do you feel like you’re an adult?

  • What are the most important signs of adulthood?

  • Is adulthood different for men and women?

  • Do your parents consider you as an adult?

These conversations gave us deep insights into how young Namibians view themselves and their roles in society.

From the interviews, we identified five key themes:

1. Gender shapes the path to adulthood

Almost all participants said adulthood looks different for men and women. Ovawambo women are often seen as becoming adults earlier in their teenage years than men, because they take on caregiving roles like cooking and caring for siblings. Men are expected to be independent and financially responsible earlier, but often face more pressure. Both currently contend with high youth unemployment and carry different but significant burdens.

2. Birth order matters

Your position in the family shapes your adult responsibilities. Firstborns, especially in large families, are often expected to help care for siblings or even support the household. This can lead to earlier maturity. By contrast, youngest children are often protected longer, even if they are legally adults.




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3. Parenthood signals change, but not always adulthood

Having a child, especially for women, is often a major turning point. Yet, because parenting is commonly supported by extended family, being a parent doesn’t automatically mean being seen as an adult. Maturity and independence remain essential markers.

4. Family and community responsibility is central

Adulthood in Namibia does not primarily centre on personal independence, but instead on caring for the wider community. An adult is someone who can support family members, neighbours, and others in need – emotionally, financially and socially.

5. Maturity means more than age

Participants emphasised that true adulthood is about behaviour and mindset – thinking carefully, learning from mistakes, showing resilience, and knowing when to seek advice from elders.

Difference in emphasis

Most psychological research on young adulthood focuses on the US and Europe, where this life stage is often framed as a time of freedom, self-focus and exploration. But our study shows a different picture: in Namibia, young adults are embedded in strong social networks and often assume serious responsibilities early in life, with their independence serving as a key resource for doing so.

Despite facing challenges like high unemployment and limited resources, many participants expressed pride in their ability to care for others. They saw responsibility as a source of meaning.




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Some findings mirror patterns seen in other contexts. For example, in East Asia or among immigrant youth in North America, researchers have also found that adulthood is closely linked to family responsibility.

What seems more distinct in Namibia is the emphasis on “agentic communalism”: the idea that personal agency (making your own decisions) and communal values (helping others) are not in conflict. Instead, they are interwoven. Being an adult means both acting independently and contributing to others’ well-being.




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Becoming an adult in Namibia isn’t just about age or personal milestones. It’s about growing into a role that combines independence with care for others. It means taking responsibility – not only for yourself, but for your family and community – and earning respect through your actions.

The Conversation

Selma Uugwanga is supported by the Swiss National Science Foundation through an Eccellenza Grant as a PhD student on the Africa Long Life Study at the University of Zurich. She also serves as an Emerging Scholar Representative for the Society for the Study of Emerging Adulthood; this is an academic service role with no political or financial interests.

Amber Gayle Thalmayer is supported by Eccellenza Fellowship 10001C_179458 from the Swiss National Science Foundation. She is an Assistant Professor at the University of Zurich, Switzerland and a Research Fellow at the University of the Free State, South Africa.

Luzelle Naude receives funding from the South African National Research Foundation (SRUG220318204).  

ref. What does it mean to become an adult? In Namibia, it’s caring for others – https://theconversation.com/what-does-it-mean-to-become-an-adult-in-namibia-its-caring-for-others-263223

États-Unis : comment le nationalisme blanc cherche à imposer ses idées à travers la Cour suprême

Source: The Conversation – in French – By Anne E. Deysine, Professeur émérite juriste et américaniste, spécialiste des États-Unis, questions politiques, sociales et juridiques (Cour suprême), Université Paris Nanterre – Université Paris Lumières

Le trumpisme n’est pas monolithique. En son sein, diverses mouvances s’affrontent. La plus extrémiste, celle du nationalisme blanc, aspire à faire inscrire sa vision ouvertement raciste dans la jurisprudence par la Cour suprême.


Porté par l’essor du trumpisme, le nationalisme blanc (qui englobe le suprémacisme et le séparatisme) cherche à capitaliser sur la radicalisation du Parti républicain (Grand Old Party, GOP) pour éroder les fondements de la tradition démocratique aux États-Unis.

L’objectif est, à travers la mise en œuvre d’une stratégie d’influence, de guider pas à pas une droite devenue illibérale vers un ordre autoritaire explicitement racial. Pour y parvenir, les leaders revendiqués de la mouvance, tels que les auteurs et éditeurs Jared Taylor et Greg Johnson, cherchent à pénétrer plus avant l’administration Trump. À travers leur présence en ligne, ils commentent l’actualité et les actes officiels, et déterminent les attentes d’une audience, comprise entre 100 000 et 500 000 internautes, qui s’affirme de plus en plus au sein du GOP. La ligne de mire est qu’à l’horizon 2026-2028 un républicain de premier plan puisse affirmer sans états d’âme que les races sont une « réalité biologique » qui nécessite le rejet de la démocratie pour sauver « la civilisation blanche » – et qu’il soit porté non pas malgré, mais grâce à ces idées.

Cet effort de long terme s’appuie notamment sur la Cour suprême qui, pour les tenants de l’extrémisme blanc, constitue à la fois un outil de calibration, permettant d’évaluer jusqu’où il est possible de pousser les revendications sans provoquer de rejet massif, et un verrou institutionnel destiné à pérenniser d’éventuels acquis politiques.

Les nominations effectuées par Donald Trump entre 2017 et 2020 ont fait basculer la Cour dans une majorité de conservateurs radicaux. Pourtant, les auteurs de premier plan du camp nationaliste blanc estiment que les décisions prises par la Cour depuis 2020 sont « largement inefficaces et sans avenir » : elles ne leur auraient pas fourni le levier tactique escompté et révéleraient que la trajectoire idéologique de la droite reste inaboutie.

Or dans le même temps, d’autres composantes de la droite trumpiste, à commencer par le nationalisme chrétien, se félicitent de l’action de la Cour. Les neuf juges de la juridiction suprême se retrouvent sous l’effet des influences croisées et souvent opposées de ces deux groupes, qui sont loin d’être d’accord sur tout…

L’ambiguïté tactique du conservatisme chrétien

Durant son premier mandat, en nommant successivement Neil Gorsuch (2017), Brett Kavanaugh (2018) puis Amy Coney Barrett (2020), Donald Trump concrétise l’un des engagements phares de sa campagne présidentielle de 2016 : ancrer une majorité conservatrice durable au sein de la Cour suprême.




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Ce basculement (six juges conservateurs contre trois progressistes) est immédiatement salué par les organisations évangéliques et catholiques comme l’aboutissement d’un combat entamé dans les années 1980. Le renversement de la jurisprudence, ancrée depuis 1973 dans l’arrêt Roe v. Wade, par la décision Dobbs v. Jackson, du 24 juin 2022, consacre la victoire d’une droite chrétienne qui prétend que remettre aux législatures d’État la responsabilité de décider du caractère légal ou non de l’avortement marque l’avènement d’une « culture de la vie ».




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En revanche, dans la sphère nationaliste blanche, la décision Dobbs v. Jackson suscite des réactions teintées de réserve, voire de défiance. Pour des figures influentes comme Greg Johnson et Gregory Hood l’avortement constituerait un instrument eugéniste dont l’accès ne devrait pas être entravé. Les données statistiques confortent leur argumentation : en 2022, le taux d’avortement chez les femmes afro-américaines était 4,3 fois supérieur à celui des femmes blanches. Dès lors, pour les adeptes de la théorie du « grand remplacement », la légalité de l’avortement apparaît comme un moyen de régulation démographique des minorités raciales.

Si le christianisme politique et l’ethnonationalisme partagent une généalogie commune, documentée notamment par l’historien Leonard Zeskind, leur proximité s’est longtemps cantonnée aux marges paléoconservatrices de la droite américaine, notamment autour de la revue Chronicles et de l’héritage de Pat Buchanan.

Aujourd’hui, les groupes nationalistes blancs tendent à se distancier d’une religion chrétienne perçue comme sémitique et imprégnée d’un universalisme jugé incompatible avec le racialisme. Certains segments suprémacistes réinvestissent un paganisme identitaire pour élaborer des mythes européens de filiation et de pureté, voire explorent des références à l’ésotérisme nazi.

À rebours, le conservatisme chrétien, lui, poursuit une entreprise de moralisation des enjeux sociétaux, tout en cherchant à élargir sa base électorale, y compris auprès de certaines minorités, sous la bannière de la coalition MAGA.




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Au-delà de ces divergences idéologiques, une convergence tactique émerge dans un contexte de polarisation structurelle. Ce qui fédère ces courants ne relève pas d’une vision du monde partagée, mais d’une opposition commune aux libertés individuelles et au progressisme sociétal, caricaturé sous le terme péjoratif de « wokisme ».

Dans cette « guerre culturelle » portée par la droite radicale, le conservatisme juridique de la Cour suprême constitue une ressource permettant de légitimer une conception de la société fondée sur des identités fixes, hiérarchisées et essentialisées. La décision Dobbs v. Jackson ne représente donc pas une décision isolée, mais bien une étape métapolitique, un précédent mobilisable perçu par les nationalistes blancs comme un modèle d’activisme institutionnel reproductible.

L’opposition au nationalisme « color-blind »

À mesure que s’effritent les garde-fous libéraux aux États-Unis, les courants de la droite pro-Trump apparaissent de plus en plus fragmentés sur la question du sens même de leur projet national. Cette fracture s’est cristallisée à la suite de l’arrêt Students for Fair Admissions v. Harvard, du 29 juin 2023, par lequel la Cour suprême a déclaré inconstitutionnelles les politiques d’admission dans les universités explicitement fondées sur la race.

L’arrêt consacre une lecture dite « color blind » de l’égalité, souvent associée à la maxime formulée par John Roberts en 2007 : « Éliminer la discrimination raciale signifie l’éliminer dans son intégralité. » Or, ainsi que l’a montré le sociologue Eduardo Bonilla-Silva, les approches qui prétendent ignorer les origines ethniques ne font souvent que perpétuer des inégalités structurelles héritées.

Les nationalistes blancs retournent cet argument et, dans un commentaire immédiat de l’arrêt, le site Counter-Currents affirme que « le nationalisme civique n’a pas d’avenir » et qu’« aucune somme d’argent versée à la Federalist Society n’y changera rien ». Autrement dit, la Federalist Society, créée en 1982 pour contrer la « domination libérale », devenue aujourd’hui un puissant réseau de juristes conservateurs (incluant les six membres « conservateurs » de la Cour suprême) serait dans l’erreur : la seule adhésion à des principes constitutionnels abstraits ne permettrait pas de fédérer une nation que les nationalistes blancs perçoivent comme un agrégat instable de tribus rivales. De fait, les racialistes anticipent qu’un marché scolaire prétendument neutre renforcerait surtout l’avance des candidats d’origine asiatique, plus performants sur les Scholastic Assessment Tests (SAT) que leurs « concurrents ».

Cette opposition interne s’intensifie encore davantage lorsqu’on passe du débat universitaire aux enjeux économiques. Fin 2024, Elon Musk plaide pour un système méritocratique permettant de relancer l’innovation américaine. Il défend nommément l’augmentation significative des quotas de visas H-1B, permettant l’arrivée massive de talents indiens et chinois dans le secteur technologique.

Face au technocrate, l’aile nativiste America First, de Steve Bannon à Nick Fuentes, dénonce un levier de substitution de main-d’œuvre et un risque de déplacement démographique.

Sur les réseaux sociaux, la polémique prend une dimension plus théorique. Elle expose deux visions concurrentes au sein même de la droite dure américaine : d’un côté, un paradigme économique axé sur la compétitivité entrepreneuriale et la performance technologique ; de l’autre, un paradigme identitaire fondé sur une définition essentialiste des États-Unis.

L’objectif des nationalistes blancs est clair : il s’agit d’imposer, dans la définition même de l’intérêt national, la question du « qui » avant celle du « quoi ». Pour ce faire, ses acteurs cherchent à discréditer les branches civiques et économiques de la droite, accusées d’être implicitement « anti-blanches », afin de se présenter comme les uniques gardiens de la nation.

Pour que la rhétorique devienne une réalité politique, depuis le printemps 2025, les références à l’affaire Trump v. CASA se multiplient. En effet, l’arrêt rendu par la Cour suprême dans cette affaire, le 27 juin 2025, semble accréditer l’idée d’une remise en cause du droit du sol (jus soli), prélude à une citoyenneté définie par le droit du sang (jus sanguinis).

Le peuple dans le texte

La lutte contre l’immigration demeure la pierre angulaire du mouvement MAGA. Avec sa promesse de réduire drastiquement les arrivées et de réaliser des expulsions massives, Donald Trump répond à des inquiétudes économiques et sécuritaires. Sous ces arguments transparaît une crainte profonde de dépossession, qui se décline en deux registres indissociables : un registre raciste qui désigne comme menaçantes des populations perçues comme étrangères ; et un registre populiste, qui accuse une élite cosmopolite d’orchestrer le « grand remplacement » du « vrai peuple ».

C’est précisément cette notion de « vrai peuple » que le nationalisme blanc s’efforce de redéfinir, cherchant à faire glisser l’identité MAGA, d’abord « américaine », vers une identité avant tout (ou exclusivement) « blanche ».

Plutôt que d’attaquer frontalement, ses idéologues investissent un symbole fondateur : la Constitution et son célèbre « We the People ». En s’appuyant sur des références historiques comme le Naturalization Act de 1790, ils soutiennent que les Pères fondateurs avaient réservé la citoyenneté aux seuls hommes blancs libres, et rejettent les amendements constitutionnels qui ont suivi la guerre de Sécession et accordent aux anciens esclaves le même droit à une procédure juste qu’aux Blancs. Que la naissance des États-Unis ait reposé sur des hiérarchies raciales est un constat partagé par de nombreux historiens ; mais les nationalistes blancs, eux, s’appuient sur ce constat pour indiquer que la Cour suprême doit prendre ses décisions à cette aune et ne pas tenir compte des évolutions civiques ultérieures.

Ce discours, porté notamment par des groupes comme American Renaissance et son think tank, la New Century Foundation, ne relève pas seulement de la provocation argumentaire, mais bien de l’hypothèse tactique d’une implantation durable dans les institutions judiciaires. En occupant les prétoires plutôt qu’en manifestant dans la rue, l’orientation de long terme consiste à former un réseau influent de juges, avocats et procureurs acquis à une vision raciale de la société. Ce militantisme judiciaire vise, paradoxalement, à affaiblir la branche judiciaire au profit d’un exécutif tout-puissant.

En définitive, le nationalisme blanc ne se contente pas d’un rôle de commentateur. L’enjeu consiste à influencer les décisions de la Cour suprême afin de devenir le centre de gravité de la droite pro-Trump et de remodeler le visage des États-Unis, sans compromis.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. États-Unis : comment le nationalisme blanc cherche à imposer ses idées à travers la Cour suprême – https://theconversation.com/etats-unis-comment-le-nationalisme-blanc-cherche-a-imposer-ses-idees-a-travers-la-cour-supreme-264167

« Le fact-checking » suffit-il à garantir une objectivité journalistique ?

Source: The Conversation – in French – By Fabrice Flipo, Professeur en philosophie sociale et politique, épistémologie et histoire des sciences et techniques, Institut Mines-Télécom Business School

Vérifier les faits est essentiel, car certaines informations sont tout simplement fausses. Mais la manière dont les faits sont sélectionnés et racontés implique un tri, et aucun choix n’est jamais neutre. beast01/Shutterstock

Les médias mettent en avant la vérification des faits (« fact checking ») face aux fausses informations (« fake news »). Ils questionnent moins souvent la façon dont les récits sont élaborés (« storytelling »). Quelle pourrait-être la méthode pour construire un discours journalistique objectif et impartial ?


Chacun a entendu parler des fake news, qui seraient supposément propagées par les réseaux sociaux. Nombreux sont les médias qui s’équipent de cellules de « fact checking » censées les contrer. Mais sont-elles efficaces ? Leur critère est souvent de « revenir aux faits ». Pourtant, c’est loin d’être suffisant.

Trois normes sont centrales, en réalité : l’objectivité, la neutralité et l’impartialité. Or, elles sont largement méconnues.

Comment dire le vrai ? Le problème traverse déjà les écrits de Platon, quand il dénonce la rhétorique des sophistes, qu’il juge manipulatrice. C’est encore le cas quand Socrate pointe les limites de l’écrit, qui coupe le lecteur de la réponse possible du rédacteur. L’intelligence artificielle et les réseaux sociaux reconfigurent les enjeux, étant de nouvelles manières d’écrire et d’échanger. Ils ne les inventent pas. La présence de cellules de « fact checking » est à double tranchant, dans la mesure où elles jettent aussi un doute sur la production médiatique restante. Leurs méthodes doivent-elles en effet être réservées à une émission parmi des dizaines d’autres ? Produire le vrai n’est-il pas la raison d’être du journaliste, de tous les instants ? Et les réseaux sociaux ne sont-ils pas aussi une manière d’informer sur ce que les médias dominants négligent ? A qui faire confiance, alors ? Sur quels critères ? Le problème est pratique et concret.

Vérifier les faits, oui mais lesquels ?

Face aux « fake news », la réponse la plus courante consiste à « vérifier les faits ». On parle alors de « fact checking », à l’exemple des « Vérificateurs » sur TF1. Vérifier les faits est essentiel, en effet, car certaines informations sont tout simplement fausses. Les conséquences peuvent être immenses, à l’exemple des « armes irakiennes de destruction massives », qui n’existaient pas, mais ont servi à justifier l’entrée en guerre des États-Unis face à l’Irak, en 2003. Mais ce n’est pas le seul problème. La manière dont les faits sont sélectionnés et racontés est une difficulté distincte. La sélection est inévitable, du fait des formats, et aucun choix n’est neutre.

Ne montrer que les points de deal, dans une cité, n’est pas plus neutre que de ne montrer que le chômage massif qui pousse les jeunes vers l’argent facile. La manière d’enchaîner les faits est également déterminante.

Par exemple, enchaîner les faits divers dramatiques à l’exclusion de toute autre considération enferme le public dans une histoire : celle de l’insécurité. Le besoin de sécurité peut ainsi être fabriqué, sans que l’insécurité objective n’ait changé. L’histoire ainsi construite est-elle vraie, est-elle fictive ? Il n’y a souvent pas très loin de la narration des faits au storytelling ou art de raconter à un public les histoires qu’il a envie d’entendre.

Une autre réponse est possible. Elle prend appui sur un fait saillant caractéristique des questions qui sont abordées dans les médias : leur caractère controversé. Un fait divers, tel qu’une attaque au couteau de la part d’un jeune, est diversement interprétable : insécurité ou résultat inévitable de suppression des budgets de l’éducation populaire ? Les explications sont diverses et ont généralement un lien avec les intérêts de celles et ceux qui les formulent – femmes, jeunes, commerçants, associations, etc. Comprendre le fait et pouvoir l’expliquer implique de faire une place à l’interprétation, laquelle procède de la confrontation de points de vue antagoniques. Les faits ne parlent pas d’eux-mêmes de manière univoque.

La méthode des juges

Comparons avec ce qui se passe dans un tribunal. Aucun juge ne se prononce sur le simple établissement des faits. Qui serait capable de les présenter de manière neutre ? Personne.

Le juge écoute donc, tour à tour, la défense, l’accusation et les témoins. Chacun d’entre eux produit les faits qui leur paraissent pertinents et significatifs. Un arbitre procède de la même manière, quand il doit rendre une décision. Il ne se contente pas de constater. Il écoute un point de vue, un autre, fait appel éventuellement au replay, etc. et finit par trancher.

L’interprétation prend du temps, et c’est elle qui passe à la trappe avec la prétention de « s’en tenir aux faits » ou, pis, avec la tentation de verser dans la chasse au scoop et le souci de « faire de l’audience ».
Tout fait un peu complexe implique qu’une enquête soit menée pour pouvoir être compris. C’est la règle. Sans cela, ce n’est pas le tribunal de la vérité qui est dressé, mais la conclusion hâtive, voire le procès stalinien.

La question de la formation du jugement en situation controversée se pose aussi pour les enseignants. La question a donc fait l’objet d’un travail de deux ans impliquant une vingtaine d’enseignants de l’Institut Mines-Télécom, enquêtant, par exemple, sur les normes sur lesquelles s’appuient les juges, les arbitres, ou encore les enseignants confrontés à des controverses.

Trois normes procédurales se dégagent de l’analyse. La première est la neutralité. Un bon jugement ne doit pas chercher à changer les faits ni même les interprétations que les diverses parties en donnent. Il s’interdit d’interagir avec eux. La seconde est l’impartialité. À la manière d’un juge ou d’un arbitre, elle enjoint d’écouter tous les points de vue afin de construire une vision partagée de la situation. Ce résultat ne se trouvait dans aucun d’entre eux, pris de manière isolée. C’est pourquoi l’impartialité ne se confond pas avec la neutralité. Le troisième critère est l’objectivité. Les faits sur lesquels les points de vue raisonnent doivent tous être solides, à la manière des preuves jugées recevables dans un tribunal. Et leur solidité dépend de la manière dont le sujet et l’objet ont interagi.

Quelle est la méthode, alors ? Tout d’abord, ne pas confondre l’information avec le militantisme, le fait d’informer avec le fait de vouloir changer la situation. C’est la neutralité.

Ensuite, confronter les principaux points de vue, sans négliger les « signaux faibles ». Quand un point n’est traité qu’avec un seul expert, et plus encore si cet expert est toujours le même, ou quand des faits similaires sont abordés en donnant toujours la parole aux mêmes, alors nous sortons des critères d’un bon jugement. Par exemple, ne s’intéresser à une grève qu’en donnant la parole aux usagers mécontents revient à dresser un argumentaire à charge contre les grévistes, dont la parole n’est pas relayée. Et cela vaut aussi pour les scientifiques. L’océan du climatologue est bien différent de celui du spécialiste des requins.

Enfin, s’assurer de la solidité des faits, de leur résistance, en ayant en tête que les scientifiques sont bien souvent en désaccord entre eux. Ces trois normes sont ce que Kant appelait des « idées régulatrices », c’est-à-dire des idéaux qui indiquent des directions mais ne peuvent jamais être parfaitement réalisés.

Les médias classiques assurent-ils une information de meilleure qualité que les réseaux sociaux ?

Chacun pourra constater à l’aune de ces trois normes que les médias classiques (télévision, presse) ne sont pas forcément de meilleure qualité que les réseaux sociaux. Ils ont une ligne éditoriale, c’est-à-dire une manière générale d’interpréter la réalité, qui diffère d’un média à un autre. Ils vont donc avoir tendance à inviter les experts qui la confortent, à accumuler les faits qui vont dans leur sens et à mettre en doute ceux qui la remettent en cause.

Le gendarme de l’information veille, certes, aux abus les plus évidents. Ainsi, c’est pour avoir trop réduit la diversité de ses sources que la chaîne C8 a été interdite d’antenne.

En réalité, il est rare que les médias mentent ouvertement. La ficelle est trop grosse, et nuirait très fortement au média dès lors qu’elle serait dévoilée. C’est par le manque de neutralité et d’impartialité que passe la plus grosse des fake news. Les règles du storytelling le savent bien, d’ailleurs. Une bonne histoire doit être crédible, du point de vue du public récepteur. Et une belle histoire est bien plus difficile à remettre en cause qu’un fait qui se révélerait erroné.

Le raisonnement qui vaut pour les médias vaut aussi pour l’expertise, puisque celle-ci a pour but d’éclairer la décision. Si l’information apportée n’est ni neutre, ni impartiale, ni objective, alors la décision ne le sera pas non plus. Les mêmes règles doivent donc procéder au choix des experts dans une prise de décision.

The Conversation

Fabrice Flipo ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. « Le fact-checking » suffit-il à garantir une objectivité journalistique ? – https://theconversation.com/le-fact-checking-suffit-il-a-garantir-une-objectivite-journalistique-258998

Alsace, Vosges, Alpes-Maritimes : ces campagnes françaises qui innovent

Source: The Conversation – in French – By Federico Diodato, Architecte-urbaniste, PhD en Architecture, Maître de conférences à l’Ensa Nancy, École nationale supérieure d’architecture de Nancy

L’éco-hameau la Vigotte Lab, dans les Vosges, lieu d’expérimentation en pleine nature. La Vigote Lab, CC BY-NC

Longtemps perçues comme périphériques, les campagnes françaises s’affirment aujourd’hui comme des laboratoires d’innovation écologique, sociale et culturelle. Entre initiatives locales, coopératives et expérimentations territoriales, elles révèlent des récits alternatifs capables de transformer notre rapport à l’écologie et au développement.


« Comment retourner à la vie rurale après avoir goûté à l’effervescence culturelle de la Ville Lumière ? », chantait Nora Bayes, à la fin de la Première Guerre mondiale (How Ya Gonna Keep ‘em Down on the Farm (After They’ve Seen Paree ?).

Ce titre évoque un contexte très spécifique – celui des États-Unis d’après-guerre, et une population bien ciblée – les soldats revenus d’Europe. Cependant, il met en évidence une opposition de représentations encore aujourd’hui profondément ancrée&. D’un côté, la ville, lieu qui relie une communauté sociale (civitas) avec un espace bâti (urbs) ; de l’autre, ce qui est présenté comme son opposé, la ruralité, souvent reléguée à une position périphérique, voire marginalisée, caractérisée par sa rusticité, sa grossièreté et considérée comme un réservoir de ressources pour la ville.

Tournant rural

Le « tournant rural » que nous vivons en France depuis quelques années signale un changement de regard porté sur ces territoires. Ce changement est culturel, car il implique un changement de perspective collectif qui transforme profondément notre façon, en tant que société, de percevoir, comprendre et se rapporter à ces territoires. Dernière preuve de ce tournant, le rapport « Des campagnes aux ruralités », rédigé par le conseil scientifique de France ruralités, qui retrace l’évolution de ce regard et la reconnaissance de la multiplicité des ruralités. Longtemps associées au déclin et à l’abandon, les « ruralités plurielles » font aujourd’hui l’objet d’une perception plus nuancée qui reconnaît leur potentiel d’innovation, de résilience et d’attractivité.

La difficulté reste, toutefois, de dépasser une vision aménagiste des territoires ruraux, qui les considère avant tout comme des réservoirs de ressources sur lesquels appliquer de nouveaux modèles de développement, même lorsqu’ils sont qualifiés de « durables ». Comme remarque le philosophe Pierre Caye, le terme « durable » pose question et, associé au développement, il semble aujourd’hui être de plus en plus vidé de sens – un concept qui est, d’un côté, « partout dans les discours, et nulle part dans les faits » et, de l’autre, un mot d’ordre « dont on a peine de saisir les principes et à mesurer les effets ».

Le concept de transition écologique ne se porte pas mieux, considéré par certains collectifs comme une impasse, dont les fonctions principales semblent être de « différer indéfiniment toute véritable transformation écologique » et de fournir un nouveau marché lucratif aux entreprises.

Et si c’était précisément dans les territoires ruraux que nous pouvions puiser pour concevoir collectivement une nouvelle forme d’écologie, porteuse d’un récit territorial renouvelé ?

Les ruralités, laboratoires d’innovation

En s’immergeant dans ces territoires, on y découvre des ruralités créatives et apprenantes, de véritables laboratoires d’innovation et d’expérimentation.

On y trouve des coopératives mettant en œuvre des systèmes productifs multisectoriels (comme la coopérative Ardelaine, en Ardèche), des villages en transition vers des systèmes énergétiques à zéro émission de CO2 (Muttersholtz, en Alsace), des éco-hameaux devenus de véritables laboratoires de recherche (la Vigotte Lab, dans les Vosges), ou encore des hameaux fondant leur développement sur l’autonomie alimentaire (Mouans-Sartoux, dans les Alpes-Maritimes)… Ces expériences illustrent une résistance aux systèmes de production homogénéisants et extractifs – des systèmes qui, par essence, négligent la complexité des interdépendances socio-écologiques.

Elles révèlent les ruralités comme des socio-écosystèmes composés de filières multisectorielles capables d’intégrer agriculture et artisanat avec événements culturels et tourisme. Si elles relèvent souvent de l’« extraordinaire » – car rendues possibles grâce aux efforts considérables de collectifs locaux et d’élus engagés –, elles ne sont jamais reproductibles comme des modèles. Leur force réside ailleurs : dans les méthodologies qu’elles esquissent, toujours imaginables en regard des contextes spécifiques locaux, de leurs richesses, de leurs imaginaires et de leurs besoins.

De l’expérimentation dans le quotidien

Au-delà de ces expériences « extraordinaires », certaines recherches sur les territoires ruraux nous indiquent qu’on peut aussi retrouver dans les modes de vie « ordinaires » l’émergence de nouvelles formes d’écologie, indépendantes du discours écologique dominant encore trop attaché à l’urbain. À ce propos, la chercheuse Fanny Hugues aperçoit dans les « débrouilles » quotidiennes des habitants de ces territoires des styles de vie qui « font avec ce que l’on a » et des gestes d’attention qui tendent à « faire durer les choses ». Récupérer, réparer, autoproduire, tant d’actions qui pourraient nous montrer un chemin pour retourner à un rapport aux richesses territoriales plus sobre.

En reprenant la devise de la Fédération des parcs on pourrait affirmer qu’« une autre vie s’invente » dans les territoires ruraux. C’est particulièrement vrai dans les 59 parcs naturels régionaux (PNR), qui couvrent 18 % du territoire national et constituent des laboratoires privilégiés d’innovation. Trente disciplines se croisent au sein de leurs conseils scientifiques, contribuant activement à une inversion des valeurs et des référentiels.

Parmi les actions qu’ils portent, le dispositif des ateliers « hors les murs » – programme national mené en partenariat avec le ministère de la culture depuis 2018 – occupe une place centrale. Il permet à deux établissements d’enseignement supérieur, issus de disciplines différentes, d’organiser des ateliers territoriaux en immersion dans les PNR. Dans ce cadre, les territoires ruraux deviennent des lieux de formation ainsi que d’expérimentation pour un projet local renouvelé. Ce dispositif, en dépassant la seule dimension pédagogique, assume une portée politique et offre un terreau fertile pour imaginer des dynamiques territoriales porteuses d’avenir : initiatives locales, solidarités de proximité, innovations sociales et écologiques… autant de manifestations concrètes d’une créativité enracinée dans les spécificités des territoires ruraux.

Architectes, paysagistes, urbanistes, designers spécialistes du projet de territoire, le projet de territoire ne peut plus ignorer la dépendance des métropoles envers les ruralités, faisant de ces arrière-pays urbains non pas seulement territoires porteurs de richesses vitales (sols, biodiversité, biomasse, alimentation, énergie…), mais des véritables laboratoires d’innovation. Ces récits ne pourront devenir effectifs que si les services d’ingénierie territoriale arrivent à traduire ces apprentissages dans une commande publique à la hauteur des enjeux actuels : une commande publique qui promeut la réhabilitation de l’existant, qui valorise les formes d’habitat vernaculaires, qui maintient (ou crée) des services de proximité, qui soutient des formes d’habitat alternatives fondées sur le réemploi et l’autoconstruction et qui développe des réseaux de mobilités douces, pensés aussi comme des corridors de biodiversité.

Et même si, au bout du compte, nous choisissons de rentrer à Paris, ce sera avec un regard profondément transformé.


Cet article est publié dans le cadre de la série « Regards croisés : culture, recherche et société », publiée avec le soutien de la Délégation générale à la transmission, aux territoires et à la démocratie culturelle du ministère de la culture.

The Conversation

La Chaire Nouvelles Ruralités de l’ENSA Nancy, dirigée par Marc Verdier, a reçu des financements du Ministère de la Culture dans le cadre du Plan culture et ruralité.

Federico Diodato ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Alsace, Vosges, Alpes-Maritimes : ces campagnes françaises qui innovent – https://theconversation.com/alsace-vosges-alpes-maritimes-ces-campagnes-francaises-qui-innovent-261290

Changer l’enseignement des maths : Peut-on s’inspirer de l’école allemande ?

Source: The Conversation – in French – By Florence Soriano-Gafiuk, Professeure des Universités, Université de Lorraine

Les mathématiques sont censées donner aux jeunes des clés pour résoudre les problèmes qu’ils vont rencontrer au quotidien. Pourtant, dans leurs copies, les élèves français semblent souvent jongler avec les nombres sans conscience de leur signification concrète. Pour y remédier, peut-on s’inspirer du modèle scolaire allemand qui met plus l’accent sur la culture arithmétique ?


En mathématiques, lorsqu’on leur demande de résoudre des problèmes arithmétiques concrets, nombre d’élèves n’hésitent pas à proposer des réponses déconnectées de la réalité dans laquelle ils vivent.

« La cour de récréation mesure 13 mètres »,
« Il y a 102,7 personnes dans le bus »,
« La baignoire a une contenance de 35 centilitres »,

peut-on lire dans des cahiers de primaire.

Le fait que des enfants n’hésitent pas à rendre des copies comportant ce type de résultats interroge.

Quels sont les moyens mis en œuvre à l’école élémentaire pour amener les élèves à faire le lien entre la numérosité (c’est-à-dire ce qui peut y être appréhendé par comptage, mesurage, estimation…) du monde et les données numériques présentes dans les énoncés arithmétiques ? Poser cette question conduit à placer le sens au cœur de la réflexion.

Cette préoccupation se retrouve dans les évaluations internationales PISA, attachées à apprécier la capacité des jeunes à « utiliser et interpréter les mathématiques pour résoudre des problèmes dans une variété de contextes du monde réel ».

Si cet enjeu émerge, au moins à première vue, dans les programmes et dans les manuels de mathématiques, qu’en est-il sur le terrain ?

Réaliser la valeur signifiante des nombres

Revenons aux réponses fantaisistes des exercices de maths évoquées en début d’article. Comment expliquer que des élèves puissent, sans ciller, écrire sur leur cahier qu’une baignoire a une contenance de « 35 centilitres » ?

D’une part, les élèves semblent penser qu’en cours de mathématiques, les nombres perdent leur valeur signifiante, et qu’il devient alors possible d’affirmer ce que leur sens commun réfuterait immédiatement. Pour eux, tout se passe comme s’il n’était plus nécessaire de confronter les résultats à la réalité du monde.

L’exactitude numérique primerait sur la plausibilité des réponses, et l’exécution de calculs suffirait à valider les réponses.

D’autre part, les élèves semblent disposer d’une culture arithmétique insuffisante. En effet, quiconque sait qu’une canette de soda contient 33 centilitres perçoit aisément l’absurdité d’une réponse selon laquelle une baignoire domestique aurait une contenance de 35 centilitres.

L’excès de précision est également très révélateur : donner la masse d’un chien au gramme près n’a guère de sens. Le célèbre mathématicien allemand Carl Friedrich Gauss (1777-1855) disait d’ailleurs :

« Rien ne montre plus le manque d’éducation mathématique qu’un calcul exagérément précis. »

Des problèmes de maths ancrés dans le quotidien

Il est cependant parfois utile de s’ouvrir à d’autres cultures, pour apercevoir certains aspects restés invisibilisés à l’intérieur d’un même système éducatif.

Parce que l’Allemagne est un pays voisin, notre attention s’est portée sur la manière dont les mathématiques y sont enseignées au niveau de l’école élémentaire. Ce choix est d’autant plus intéressant que la Lebenswelt (le monde de la vie) est profondément ancrée dans la tradition intellectuelle allemande, modelant les apprentissages autour de situations issues du quotidien des élèves et en phase avec la réalité du monde extérieur.

Or, dans la vie courante, la quantification du « monde de la vie » s’effectue le plus souvent de manière approximative, par le biais de notre perception visuelle (par exemple, à vue d’œil, la nuée d’oiseaux qui traverse le ciel compte environ une cinquantaine d’individus) ou en s’appuyant sur nos expériences de vie (par exemple, l’enjambée d’un enfant de 10-12 ans marchant au pas mesure environ 60 centimètres).




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Les élèves allemands sont formés à saisir les nombres par des modes naturels, grâce à la pratique de problèmes d’estimation de grandeurs ou de quantités. De telles activités ne contiennent aucune donnée numérique et se présentent comme des questions ouvertes : combien de personnes se trouvent en ce moment même dans ton école ? Quelle quantité d’eau est consommée quotidiennement par ta famille ?

Certes, les manuels de mathématiques allemands proposent aussi de nombreux problèmes concrets avec toutes les données numériques utiles, mais, une fois encore, la Lebenswelt agit. Les unités de mesure, comme le décamètre (dam) ou l’hectogramme (hg), ne sont pas des savoirs à enseigner ou à apprendre, tout simplement parce que ces unités ne sont pas couramment utilisées dans la vie (par exemple, on ne dit pas que « la largeur d’une main est de 1 dam », mais plutôt « de 10 cm » ; on ne dit pas qu’« une tablette de chocolat pèse 2 hg » mais « 200 g »).

Ces propos pourraient être illustrés de bien d’autres manières, mais s’achèveront par une dernière remarque. Un problème concret met en scène un contexte, autrement dit une situation narrative (par exemple, celle d’une maman qui fait ses courses). En Allemagne, le choix est fait d’opter pour des contextes familiers liés au vécu des élèves : les loisirs, le sport, les animaux, la vie à l’école ou à la maison… soit des domaines qui font sens aux enfants, mais aussi qui suscitent leur intérêt et leur engagement.

Savoir estimer des distances et des quantités

En France, l’école élémentaire est pensée autrement. Il s’agit d’abord de préparer les élèves à s’approprier les savoirs du cycle 3 (élèves de 9 ans à 11 ans), pour être prêts à recevoir ceux du cycle 4 (élèves de 12 ans à 14 ans). La Lebenswelt n’est pas totalement écartée, mais elle occupe une place bien moins centrale : les activités proposées priorisent les concepts mathématiques et la valeur didactique des données numériques.

Dans un tel système, les élèves sont rarement confrontés aux tâches d’estimation, alors que ces dernières sont pourtant sans cesse mobilisées dans la vie courante. Les données peuvent être déconnectées de la réalité du monde (par exemple, des marées noires sont mesurées en mètres carrés ou mètres cubes, et non en tonnes ; des durées sont représentées sous la forme de fractions).

« France : baisse “historique” du niveau en maths selon le classement international des élèves » (France 24, décembre 2023).

Les élèves découvrent des unités comme le décamètre, l’hectogramme ou le kilomètre cube, autant d’unités jamais utilisées dans la vie quotidienne. Quant aux contextes des problèmes concrets, ils peuvent concerner des thématiques très variées, y compris très éloignées des préoccupations des élèves, comme les acariens d’une salle de cinéma ou la composition précise des gaz à effet de serre.

Développer une culture arithmétique

Alors, l’école élémentaire allemande nous donne-t-elle une leçon ? La question est un peu provocatrice, d’autant que l’Allemagne effectue une importante sélection à l’issue du CM 1 (élèves de 9 ans), ce qui induit des logiques d’apprentissage différentes.

Il serait toutefois dommage de balayer d’un revers de main la question, au motif que les objectifs pédagogiques ne sont pas les mêmes.

Offrir aux élèves la possibilité de construire un catalogue de données numériques de référence, afin qu’ils puissent porter un regard critique sur les résultats obtenus dans le cadre de problèmes concrets, ne peut être que bénéfique.

La question du choix des contextes n’est pas non plus anodine. Le groupe de recherche GREFEM le confirme : « L’histoire à laquelle on se réfère a une influence sur le taux de réussite des élèves » ; en outre, « un problème mettant en scène des poissons dans des aquariums, par exemple, est plus familier aux élèves qu’un problème de même structure impliquant plutôt le taux de glucose chez les êtres humains ».

Or, en France, les enseignants sont d’abord formés à choisir des exercices pour leur intérêt didactique, beaucoup plus rarement pour leur pertinence en termes de construction d’une culture arithmétique en lien avec la Lebenswelt. Les énoncés abordent en effet une grande variété de thématiques (par exemple, l’histoire du train, les effets de la déforestation…). Dans une telle perspective, les contextes apparaissent comme de simples habillages d’exercices : il n’est pas attendu des élèves qu’ils mémorisent les données numériques pour une exploitation ultérieure.

Certainement, l’école élémentaire française pourrait-elle, tout en conservant ses objectifs, accorder une plus grande place au « monde de la vie » pour permettre aux élèves de prendre conscience qu’ils sont porteurs d’une culture arithmétique propre, qui ne demande qu’à être développée et activée en cours de mathématiques.

Une telle orientation contribuerait, au moins aux yeux des publics scolaires les plus fragiles, à transformer l’image des mathématiques : celles-ci cesseraient de prendre les traits d’un être abstrait et étranger à la vie pour devenir une compagne du quotidien, à la fois familière et stimulante.

The Conversation

Florence Soriano-Gafiuk a reçu des financements du CIERA (Centre International d’Études et de Recherche sur l’Allemagne).

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