¿La ‘viuda de’ y nada más? La ‘viuda de’ y mucho más: la labor de las impresoras de obras lingüísticas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Martín Cuadrado, Profesora e investigadora del departamento de Lengua Española y Teoría de la Literatura, Universidad Complutense de Madrid

Mujeres empleadas en la Oficina de Prensa Victoria en Londres, Inglaterra. Grabado en color, 1861. The International Printing Museum

¿Cuántas veces en la actualidad los titulares subordinan la identidad de una mujer a la de un hombre?: la expareja de Piqué, la mujer de Nadal, la esposa de Pedro Sánchez… ¿Por qué se esconden los nombres femeninos aun siendo sus contribuciones, al menos, equivalentes a los de su pareja?

Dibujo en color de dos mujeres en una imprenta.
Dos chicas en la imprenta por Paul Louis Joseph Berthon.
Royal Albert Memorial Museum and Art Gallery

A lo largo del tiempo, la sociedad patriarcal ha seguido esta tónica y las mujeres han quedado silenciadas y relegadas al hogar y la educación de los hijos, excluidas mayoritariamente de los círculos del conocimiento.

La historia de la imprenta, por ejemplo, siempre se ha escrito sobre nombres masculinos (Gutenberg, Aldo Manucio, Christophe Plantin, etc.). Sin embargo, en las sombras de los talleres también trabajaban mujeres, mujeres que no solo encuadernaban, corregían o ayudaban, sino que firmaban, dirigían y publicaban libros.

Viudas e hijas al mando

En el ámbito de la lingüística, las mujeres se encargaron de imprimir, entre otras obras, repertorios de gran valor para entender la historia, la producción y el contexto de los textos que se han ocupado de la descripción del español.

En una época en la que la educación femenina era un privilegio, muchas de ellas accedieron al oficio por herencia: al morir sus maridos –impresores reconocidos– tuvieron que asumir el control de los talleres.

Así, sus nombres comenzaron a aparecer en los colofones de los libros. A veces lo hacían precedidos de una expresión reveladora: “viuda de” –viuda de Escribano, viuda de Roca, viuda de Joaquín Ibarra, etc–. Otras veces la herencia era filial –hija de Ibarra, hijas de J. Colomar, hijas de J.F.Gens, etc.–. Y, en muy pocas ocasiones, firmaban con su nombre completo –doña Rosa Sanz, María de Quiñones, Juana Millán, entre otras–. Detrás de esta aparente subordinación se escondía un conocimiento profundo acerca del tipo de prensa, el proceso de impresión, las negociaciones con autores y libreros, la tipología textual editada, etc.

Los best-sellers lingüísticos de la época

En el siglo XVI, por ejemplo, impresoras como Antonia Ramírez, Isabel Ana Sebastiá y la viuda de Bernardo Noguès decidieron llevar a la imprenta la obra de Antonio de Nebrija, el máximo representante del humanismo lingüístico español.

Tanto su obra gramatical para enseñar latín (las Introductiones latinae) como sus repertorios léxicos (el Diccionario latino-español, 1492, y el Vocabulario español-latín, ¿1495?) se publicaron una y otra vez en España, Europa, América y Asia. Se convirtieron entonces en el manual oficial de las universidades españolas, el referente para la descripción gramatical de las lenguas autóctonas de Asia y América y el modelo lexicográfico para los diccionarios posteriores, respectivamente.

Las obras de Nebrija se tradujeron, actualizaron, modificaron y versionaron abundantemente. Y en esta tarea estuvieron implicadas las mujeres impresoras, demostrando que estaban actualizadas y que apostaban por aumentar y engrandecer sus talleres tipográficos.

_Arte de la lengua maya_, de Gabriel de San Bonaventura impreso por la viuda de Bernardo Calderon.
Arte de la lengua maya, de Gabriel de San Bonaventura impreso por la viuda de Bernardo Calderon.
Internet Archive

En el siglo XVII, pero en suelo americano, Paula de Benavides heredó el taller de su marido. Allí se hizo cargo de la primera impresión del Arte mexicano de Diego de Galdo Guzmán (1642), del Arte de la lengua maya de Gabriel de San Buenaventura (1684) y también de una nueva edición del Vocabulario manual de las lenguas castellana y mexicana de Pedro de Arenas (1683).

Estos textos fueron redactados en el Nuevo Mundo y ejemplifican lo que se conoce como lingüística misionera. En ellos, los misioneros describían las lenguas indígenas para aprenderlas con el objetivo de llevar la palabra de Dios a los habitantes de esas nuevas tierras en su propio idioma. Aunque muchos fueron manuscritos, otros salieron de imprentas dirigidas por mujeres.

Grandes gramáticas europeas

En la misma época, pero en territorio peninsular, diversas causas modificaron considerablemente el objetivo de los textos lingüísticos. Entre ellas podemos encontrar la apertura de España a Europa, el crecimiento del comercio y el afianzamiento de las relaciones mercantiles, los matrimonios entre miembros de las monarquías de diferentes países y el auge de las universidades europeas. Así, los textos pasaron de ser un instrumento de acercamiento a una lengua muerta a reflejar las necesidades sociales, económicas y políticas de una sociedad que había cambiado.

En este nuevo contexto europeo se enmarca la publicación de numerosos textos lexicográficos y gramaticales en las más importantes ciudades europeas que nos permiten conocer la historia de la lingüística en este periodo. Al frente de algunos de los talleres que lanzaron estas obras se encontraban mujeres como la viuda de Marc Orry, quien en 1616 publicó la segunda edición del Tesoro de las dos lenguas francesa y española de César Oudin, uno de los diccionarios hispanofranceses más importantes del XVII.

Con la llegada de los Borbones se unificó la legislación en torno al libro y se crearon compañías de impresores y libreros. En estas nuevas circunstancias, las impresoras siguieron haciéndose cargo de los talleres familiares. También se responsabilizaron de la publicación de gramáticas de diferente tipología, textos sobre lenguas no europeas, diccionarios, producción académica y otras obras importantes para la historia del español.

Ilustración de mujeres introduciendo papel en imprentas del libro.
Ilustración de mujeres introduciendo papel en imprentas.
Libro ‘J. C. F. Pickenhahn & Sohn Buchdruckerei’.

Las grandes imprentas

Sin duda alguna, uno de los talleres más importantes del siglo XVIII en España fue el de Francisco del Hierro, su viuda y sus herederos. De sus prensas salió, por ejemplo, el Diccionario de autoridades de la Academia Española (1726-1739), el primer lexicón de la Academia.

La otra gran imprenta del siglo la regentó hasta su muerte Joaquín Ibarra. Después, su viuda Manuela Contera fue la responsable de la publicación del Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana de Esteban Terreros y Pando (1786, 1787, 1888), el gran diccionario monolingüe no académico del siglo XVIII. También estuvo detrás del Arte de escribir por reglas y con muestras según la doctrina (1798, 1802) y la Ortología y diálogos de caligrafía (1804) de Torcuato Torío de la Riva. Estas obras se convirtieron, por su sencillez y originalidad, en manuales de referencia para las escuelas de primera enseñanza desde comienzos del siglo XIX.

Durante el siglo XIX, las editoriales se dieron cuenta de que los textos lingüísticos daban beneficios económicos. Por ello, las mujeres se esforzaron en publicar obras “rentables”.

La _Nueva gramatica latina escrita con sencillez filosófica_ de Luis de Mata y Araujo, impresa por Rosa Sanz.
La Nueva gramatica latina escrita con sencillez filosófica de Luis de Mata y Araujo, impresa por Rosa Sanz.
Internet Archive

Destacaron en aquel momento las contribuciones de la imprenta de la viuda de Hernando (heredera de una de las imprentas y librerías más importantes del XIX), encargada de numerosas ediciones de la Gramática y la Ortografía la Real Academia Española. También sobresalieron los papeles de doña Rosa Sanz, quien imprimió Nueva gramática latina, escrita con sencillez filosófica (1821 y 1825), y la viuda de Ramón Joaquín Domínguez, a cargo de varios diccionarios generales y de especialidad entre 1849 y 1857.

Estas son solo algunas de las 172 impresoras que hemos identificado en nuestra investigación. Su labor y su esfuerzo demuestran que la imprenta no era solo un oficio manual, sino un acto intelectual, pues eran muy conscientes de las obras que querían publicar y de las razones que las llevaban a hacerlo. Mientras el mundo dudaba de la capacidad femenina para pensar o crear, ellas imprimían tratados gramaticales, diccionarios, manuales escolares, diálogos y ortografías, y lo hacían con conocimiento y valentía.

Recuperarlas hoy no es solo un acto de justicia; es una forma de comprender que la cultura, la educación, la lingüística y la palabra escrita también se sostuvieron sobre manos femeninas.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.


The Conversation

Formo parte del proyecto de I+D+i “Biblioteca Virtual de la Filología Española. Fase V: renovación y actualizaciones. Nuevos recursos y aplicaciones. PID2024-155270NB-I00”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Agencia Estatal de Investigación, 10.13039/501100011033, Fondo Europeo de Desarrollo Regional.

Formo parte del proyecto de I+D+i “Biblioteca Virtual de la Filología Española. Fase V: renovación y actualizaciones. Nuevos recursos y aplicaciones. PID2024-155270NB-I00”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Agencia Estatal de Investigación, 10.13039/501100011033, Fondo Europeo de Desarrollo Regional.

ref. ¿La ‘viuda de’ y nada más? La ‘viuda de’ y mucho más: la labor de las impresoras de obras lingüísticas – https://theconversation.com/la-viuda-de-y-nada-mas-la-viuda-de-y-mucho-mas-la-labor-de-las-impresoras-de-obras-linguisticas-270029

Ontario’s proposed nuclear waste repository poses millennia-long ethical questions

Source: The Conversation – Canada – By Maxime Polleri, Assistant Professor, Université Laval

The heat produced by the radioactive waste strikes you when you enter the storage site of Ontario Power Generation at the Bruce Nuclear Generating Station, near the shore of Lake Huron in Ontario.

Massive white containers encase spent nuclear fuel, protecting me from the deadly radiation that emanates from them. The number of containers is impressive, and my guide explained this waste is stored on an interim basis, as they wait for a more permanent solution.

I visited the site in August 2023 as part of my research into the social acceptability of nuclear waste disposal and governance. The situation in Ontario is not unique, as radioactive waste from nuclear power plants poses management problems worldwide. It’s too dangerous to dispose of spent nuclear fuel in traditional landfills, as its radioactive emissions remain lethal for thousands of years.

To get rid of this waste, organizations like the International Atomic Energy Agency believe that spent fuel could be buried in deep geological repositories. The Canadian government has plans for such a repository, and has delegated the task of building one to the Nuclear Waste Management Organization (NWMO) that’s funded by Canadian nuclear energy producers.

In 2024, NWMO selected an area in northwestern Ontario near the Township of Ignace and the Wabigoon Lake Ojibway Nation as a potential site for a deep geological repository. Now, a federal review has begun bringing the project closer to potential reality.

Such repositories raise complex ethical questions around public safety, particularly given the millennia-long timescales of nuclear waste: How to address intergenerational issues for citizens who did not produce this waste but will inherit it? How to manage the potential dangers of these facilities amid short-term political cycles and changing public expectations?

Rethinking the cost-benefit calculus

While NWMO describes the deep geological repository as the safest way to protect the population and the environment, its current management plan does not extend beyond 160 years, a relatively short time frame in comparison with the lifespan of nuclear waste. This gap creates long-term public safety challenges, particularly regarding intergenerational ethics. There are specific issues that should be considered during the federal review.

NWMO argues that the deep geological repository will bring a wide range of benefits to Canadians through job creation and local investment. Based on this narrative, risk is assessed through a cost-benefit calculus that evaluates benefits over potential costs.

Academics working in nuclear contexts have, however, criticized the imbalance of this calculus, as it prioritizes semi-immediate economic benefits, like job creation, over the long-term potential impacts to future generations.

In many official documents, a disproportionate emphasis on short-term economic benefits is present over the potential dangers of long-term burial. When risks are discussed, they’re framed in optimistic language and argue that nuclear waste burial is safe, low risk, technically sound and consistent with best practices accepted around the world.

This doesn’t take into account the fact that the feasibility of a deep geological repository has not been proven empirically. For the federal review, discussions surrounding risks should receive an equal amount of independent coverage as those pertaining to benefits.

Intergenerational responsibilities and risks

After 160 years, the deep geological repository will be decommissioned and NWMO will submit an Abandonment License application, meaning the site will cease being looked after.

Yet nuclear waste can remain dangerous for thousands of years. The long lifespan of nuclear waste complicates social, economic and legal responsibility. While the communities of Ignace and Wabigoon Lake Ojibway Nation have accepted the potential risks associated with a repository, future generations will not be able to decide what constitutes an acceptable risk.

Social scientists argue that an “acceptable” risk is not something universally shared, but a political process that evolves over time. The reasons communities cite to decide what risks are acceptable will change dramatically as they face new challenges. The same goes for the legal or financial responsibility surrounding the project over the centuries.

In the space of a few decades, northwestern Ontario has undergone significant municipal mergers that altered its governance. Present municipal boundaries might not be guarantees of accountability when millennia-old nuclear waste is buried underground. The very meaning of “responsibility” may also undergo significant changes.

NWMO is highly confident about the technical isolation of nuclear waste, while also stating that there’s a low risk for human intrusion. Scientists that I’ve spoken with supported this point, stating that a deep geological repository should not be located in an area where people might want to dig.

The area proposed for the Ontario repository was considered suitable because it does not contain significant raw materials, such as diamonds or oil. Still, there are many uncertainties regarding the types of resources people will seek in the future. It’s difficult to make plausible assumptions about what people might do centuries from now.

Communicating long-term hazards

a yellow triangular sign with a nuclear symbol.
Current governing plans around nuclear waste disposal have limited time frames which do not fully consider intergenerational public safety.
(Unsplash)



Read more:
100,000 years and counting: how do we tell future generations about highly radioactive nuclear waste repositories?


When the repository is completed, NWMO anticipates a prolonged monitoring phase and decades of surveillance. But in the post-operation phase, there is no plan for communicating risks to generations of people centuries into the future. The long time frame of nuclear materials complicates the challenges of communicating hazards. To date, several attempts have surrounded the semiotics of nuclear risk; that is, the use of symbols and modes of communication to inform future generations.

For example, the Waste Isolation Pilot Plan in New Mexico tried to use various messages to communicate the risk of burying nuclear waste. However, the lifespan of nuclear waste vastly exceeds the typical lifespan of any known human languages.

Some scientists even proposed a “ray cat solution.” The project proposed genetically engineering cats that could change color near radiation sources, and creating a culture that taught people to move away from an area if their cat changed colour. Such projects may seem outlandish, but they demonstrate the difficulties of developing pragmatic long-term ways of communicating risk.

Current governing plans around nuclear waste disposal have limited time frames that don’t fully consider intergenerational public safety. As the Canadian federal review for a repository goes forward, we should seriously consider these shortcomings and their potential impacts on our society. It is crucial to foster thinking about the long-term issues posed by highly toxic waste and the way it is stored, be it nuclear or not.

The Conversation

Maxime Polleri has received funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Ontario’s proposed nuclear waste repository poses millennia-long ethical questions – https://theconversation.com/ontarios-proposed-nuclear-waste-repository-poses-millennia-long-ethical-questions-273181

AI disruptions reveal the folly of clinging to an idealized modern university

Source: The Conversation – Canada – By Dani Dilkes, PhD student, Digital Learning, Ontario Institute for Studies in Education, University of Toronto

In the past five years, higher education has been in a seemingly endless state of disruption.

In early 2020, the COVID-19 pandemic resulted in a mass rapid pivot to emergency remote teaching. In shifting to unfamiliar digital learning environments, instructors scrambled to replicate classroom learning online. When restrictions lifted, many institutions pushed for a “return to normal,” as though the pre-pandemic educational standard was ideal.

Now, with generative AI disruptions, we are seeing a similar desire to cling to an idealized vision of the modern university. AI has unsettled long-established forms of assessment, simultaneously instigating a return to older assessment models in the interest of “academic integrity.”

If students navigating higher education believe the goal is to pass rather than to learn, then student misuse of generative AI technologies is nothing more than a rational action by a rational agent.

For meaningful university education, we need to shift to a process of building relations and knowledge with others through dialogue and critical inquiry. Part of this means taking lessons from pre-industrial forms of learning and contemporary educational movements.

We also need to shift from compliance-based assessments and grading to meaningful and supportive feedback and opportunities for growth, rooted in teaching and learning with care.

‘Knowledge factory’ invites generative AI misuse

Modern higher education systems in North America often function as a “production enterprise” or a “knowledge factory” focused on research outputs and producing skilled graduates.

Philosopher Jean-François Lyotard described how contemporary education is designed to manufacture educated individuals whose primary role is to contribute to the optimal functioning of society — a class of people he refers to as “intelligentsia.”

He argued that education produces two categories of intelligentsia: “professional intelligentsia” capable of fulfilling pre-existing social roles, and “technical intelligentsia” capable of learning new techniques and technologies to contribute to social progress and advancement.

These roles align with some actions being taken in higher education institutions to respond to generative AI interruptions. For example, institutions are:

If we concede that the primary purpose of higher education is to feed the workforce and enable social and economic progress — a “knowledge factory” or “production enterprise” — then ensuring graduates are authentically skilled at AI or enabling them to develop AI literacy can be seen as rational responses to generative AI disruption.

Misalignment with meaningful learning

Mirroring the observations of Lyotard, cultural critic Henry Giroux argues that when shaped by market-driven forces, the purpose of higher education shifts from democratic learning and critical citizenship to producing “robots, technocrats and compliant workers.”

This infusion of corporate culture in higher education has created the conditions that make it particularly vulnerable to generative AI.

Some key characteristics of the knowledge factory model of education include standardized tests and assignments, large class sizes, an emphasis on productivity over process and the use of grades to indicate performance. Many of these existing practices are outdated and often misaligned with meaningful learning.

For example, traditional exams shift learners’ focus from learning to performing, often amplifying existing inequities. Debates around the efficacy of lectures have been raging for years.

Grading practices are inconsistent and have a detrimental effect on learners’ desire to learn and willingness to take risks. When students feel a lack of autonomy, they tend towards avoiding failing rather than learning. This is another compelling reason for students to adopt technologies that remove any friction or discomfort caused by learning.

Importantly, these conditions pre-date the arrival of generative AI. Generative AI simply highlights how instrumental logic — the factory model of university — can hinder learning.

Alternative ways to imagine education

In a time of information abundance and overlapping crises of deepening social divides, climate breakdown and rising authoritarianism, those with the agency to shape higher education (including educators, policymakers, staff and students) can draw on alternative visions of higher education to create meaningful places of learning.

Pre-industrial education served markedly different purposes than the current model of education, creating environments that would likely have been much more resistant to generative AI disruption.

In the ancient world, Plato’s Academy was a place of educational inquiry fostered through discussion, a multiplicity of perspectives and a focus on student well-being.

Access to the academy was exclusive, with the majority of students being wealthy enough to cover their own expenses — and only two documented female students. However, in spite of this elitism, the absence of standardized curricula, exams and formal grading allowed learning to be built on relationships and dialogue.

Contemporary educational movements

Higher education can, and historically has, offered more than a pathway to economic advancement. Multiple emerging ways of teaching and engaging learners also offer alternative visions of higher education that recentre learning and the learner.

The ungrading movement refocuses education on learning by emphasizing meaningful feedback and curiosity and moving away from compliance-motivated grading practices.

The open education movement resists the transactional nature of industrial education. It empowers learners to become producers of knowledge and reimagines the boundaries of education to expand beyond the classroom walls.

Other modern educational movements, commonly associated with the work of philosopher Nel Noddings in the 1980s, place an ethic of care at the centre of teaching and learning. Teaching with care focuses on creating learning climates that holistically support learners and educators. It also recognizes and embraces diversity, and acknowledges the need to repair educational systems.

Each of these approaches offer alternative visions of higher education, which may be less susceptible to AI automation — and more aligned with higher education as places of democratic learning and connection.

The university of the future

The knowledge factory model is outdated and ill-suited to meaningful
learning. In this form of education, generative AI technologies will increasingly outperform students.

Reimagining higher education today is neither nostalgic nor Utopian. The students of today come to post-secondary institutions needing, above all, hope; we owe it to them to help them find meaningful purpose while learning to navigate an increasingly complex world.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. AI disruptions reveal the folly of clinging to an idealized modern university – https://theconversation.com/ai-disruptions-reveal-the-folly-of-clinging-to-an-idealized-modern-university-266720

‘Heated Rivalry’ : quand la joie queer perturbe la culture masculine du hockey

Source: The Conversation – in French – By JJ Wright, Assistant Professor, Sociology and Gender Studies, MacEwan University

La fascination pour Heated Rivalry, la nouvelle romance de Crave adaptée du roman populaire de Rachel Reid, ne tient pas seulement à l’originalité de l’intrigue, mais aussi au fait que les deux personnages principaux s’épanouissent dans « une joie queer » malgré des circonstances difficiles.

Ainsi, la série ouvre de nouvelles perspectives sur les relations, la masculinité et la société.

La série est centrée sur une romance entre deux joueurs de hockey professionnels, Ilya Rozanov (Connor Storrie) et Shane Hollander (Hudson Williams), qui sont rivaux dans une ligue de hockey fictive.

La joie queer dans Heated Rivalry bouscule l’ordre de la masculinité traditionnelle dans le hockey et rend possibles de nouvelles façons de se connecter aux autres. Comme l’explique ma recherche sur la joie queer, cette forme de joie possède un pouvoir transformateur et collectif, capable de réinventer le monde au-delà des normes oppressives.

Il n’est donc pas surprenant que, loin de se limiter à sa large base de fans queer, les femmes hétérosexuelles soient également accros. Les hommes attentifs à leurs émotions et capables de montrer leur vulnérabilité restent rares dans un monde dominé par la manosphère et sa misogynie violente.


25-35 ans : vos enjeux, est une série produite par La Conversation/The Conversation.

Chacun vit sa vingtaine et sa trentaine à sa façon. Certains économisent pour contracter un prêt hypothécaire quand d’autres se démènent pour payer leur loyer. Certains passent tout leur temps sur les applications de rencontres quand d’autres essaient de comprendre comment élever un enfant. Notre série sur les 25-35 ans aborde vos défis et enjeux de tous les jours.


Culture du hockey et masculinité

Dans l’univers de Heated Rivalry, Ilya et Shane sont constamment confrontés à la dure réalité de la culture du hockey et à ses attentes envers les hommes. Ces attentes reflètent fidèlement la réalité du hockey professionnel.

Comme le dit le joueur vétéran Scott Hunter (joué par François Arnaud) aux médias après avoir révélé publiquement son homosexualité : « Je ne voulais pas être cette chose que les joueurs de hockey utilisent comme une insulte. » Sa déclaration montre clairement que la masculinité dans le hockey repose sur la nécessité de prouver que l’on n’est ni faible, ni efféminé, ni homosexuel.

Scott et Kip s’embrassent dans « Heated Rivalry ». (Crave).

Dans cette culture, le stoïcisme émotionnel, la domination physique et l’objectivation systématique des femmes sont utilisés pour affirmer son pouvoir sur les autres.

Ce contexte explique l’absence actuelle de joueurs ouvertement gais dans la Ligue nationale de hockey (LNH).

Répression émotionnelle

La colère est la seule émotion que les hommes sont autorisés à exprimer dans le hockey. Les bagarres alimentées par la rage et le jeu physique punitif sont récompensées par des acclamations et des gestes érigés en spectacle. Cette restriction émotionnelle a des conséquences au-delà de la patinoire.

Elle contribue à normaliser une culture où la misogynie, le racisme, l’homophobie, la transphobie et le capacitisme sont souvent rejetés comme des « propos de vestiaire ».

Un rapport publié en 2022 par Hockey Canada a révélé que sur les 512 pénalités infligées pour harcèlement sur la glace, 61 % visaient l’orientation sexuelle ou l’identité de genre, devant celles liées à la race (18 %) et au handicap (11 %).

Ce n’est pas un environnement où les joueurs homosexuels, en particulier ceux qui sont racisés ou handicapés, peuvent se sentir en sécurité, et encore moins s’épanouir dans leur homosexualité.

Pourtant, Heated Rivalry met l’accent sur la joie, ce qui rend la série particulièrement captivante. Voir Ilya et Shane tisser une connexion profonde et passionnée dans un sport conçu pour maintenir les hommes émotionnellement fermés est particulièrement marquant. La joie queer émerge malgré la dureté de la culture du hockey et se forge dans un milieu hostile.

Visibilité et résistance

Heated Rivalry a suscité un véritable engouement sur Internet qui a donné lieu à des soirées de visionnage publiques, des discussions de groupe et des conversations en ligne sur les types d’hommes — et de relations sexuelles — que nous pouvons imaginer. Cette excitation partagée reflète le plaisir de voir quelque chose qui était longtemps tabou devenir visible et célébré.

La représentation queer reste largement axée sur la douleur et la souffrance, mais Heated Rivalry ne se limite pas à un scénario queer tragique et insiste sur la joie, bouleversant l’ordre social qui cherchait historiquement à priver les personnes queers de plaisir et d’épanouissement.

Cette perturbation est particulièrement puissante lorsqu’elle est mise en parallèle avec les réalités du hockey contemporain. En 2024, la LNH a brièvement interdit le ruban arc-en-ciel, confirmant ainsi que le hockey n’est pas accessible à tous.

À peu près à la même époque, certains joueurs ont refusé de porter les maillots Pride lors de matchs spéciaux, invoquant principalement leurs convictions religieuses ou les lois anti-LGBT du Kremlin. La LNH a réagi en interdisant complètement ces maillots.

L’interdiction du ruban Pride a été levée après un tollé général, mais celle des maillots spéciaux reste en vigueur. Ces réalités expliquent pourquoi les joueurs homosexuels continuent de se cacher et pourquoi l’histoire d’un joueur russe contraint au secret résonne autant.

Il en va de même pour le choix de Hudson Williams, qui est à moitié coréen, pour incarner Shane Hollander dans un sport encore largement dominé par les Blancs.


Déjà des milliers d’abonnés à l’infolettre de La Conversation. Et vous ? Abonnez-vous gratuitement à notre infolettre pour mieux comprendre les grands enjeux contemporains.


Consentement et intimité

L’hypermasculinité du hockey a des conséquences réelles. En 2022, il a été révélé que Hockey Canada avait versé 8,9 millions de dollars depuis 1989 dans le cadre d’accords à l’amiable pour des affaires d’abus sexuels, mettant au jour une culture du droit acquis, du silence et de l’impunité.




À lire aussi :
Acquittement des hockeyeurs : le système judiciaire est inhospitalier aux victimes d’agression sexuelle. Il faut trouver d’autres façons de les soutenir


La joie queer dans Heated Rivalry se révèle transformatrice grâce à son érotisme éthique. Dans mes recherches, j’ai montré que la joie sexuelle queer peut détourner les cultures sexuelles de celle du viol, favorisant la réciprocité, l’authenticité et un plaisir pleinement vécu.

C’est pourquoi les moments où Ilya demande le consentement à Shane avant l’acte sexuel sont si importants : ils démantèlent l’idée selon laquelle les hommes ont droit au corps des autres et que les processus de consentement gâchent le moment.

Ce qui rend les scènes de sexe de Heated Rivalry différentes, c’est qu’elles ne reposent pas sur le cliché familier des hommes gais qui se battent pendant les rapports sexuels alors qu’ils luttent contre leur homophobie intériorisée. Au contraire, elles montrent de la tendresse, de la curiosité érotique et un engagement affectif.

Même les podcasts populaires de type « hockey bros » Empty Netters et What Chaos ont abordé la série avec sérieux, commentant ouvertement son impact émotionnel et son érotisme.

De telles conversations commencent à assouplir les normes rigides autour de la masculinité, du désir et du plaisir accepté. Une fois la joie queer rendue visible, il devient plus difficile d’accepter une culture sportive — et une société — qui insiste pour la rendre impossible.

La Conversation Canada

JJ Wright reçoit des financements du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada et de Sécurité publique Canada. 

ref. ‘Heated Rivalry’ : quand la joie queer perturbe la culture masculine du hockey – https://theconversation.com/heated-rivalry-quand-la-joie-queer-perturbe-la-culture-masculine-du-hockey-273300

Comme aux mondiaux junior ou aux JO de Milan-Cortina, les hockeyeurs québécois sont plus absents que jamais dans la LNH

Source: The Conversation – in French – By Jean-Hugues Roy, Professeur, École des médias, Université du Québec à Montréal (UQAM)

Ils fondent comme glace au soleil. Aux Jeux olympiques de Milan-Cortina, en février, aucun joueur québécois ne portera l’uniforme de l’équipe nationale canadienne. Un fait inédit, qui s’inscrit dans un déclin beaucoup plus large : jamais, en plus de cent ans d’histoire, les joueurs du Québec n’ont été aussi peu nombreux, et aussi peu dominants, dans la Ligue nationale de hockey (LNH) que ces dernières années.

C’est ce qui ressort d’une analyse de la totalité de la base de données de la LNH qui couvre ses 108 années d’histoire. Cette analyse fait écho aux inquiétudes, relayées récemment dans plusieurs médias, sur la raréfaction des joueurs québécois dans le hockey masculin. Le déclin est multi-factoriel : popularité d’autres sports chez les jeunes et coût de plus en plus important pour progresser font partie des causes probables rapportées.

Quatre « équipes »

Pour mesurer l’évolution de la place des joueurs québécois, je les ai regroupés selon leur lieu de naissance en quatre ensembles : Québec, reste du Canada, États-Unis et reste du monde.

Sur les 7826 patineurs ayant disputé au moins un match dans l’histoire de la LNH, moins d’un sur dix est né au Québec. Un simple décompte sous-estime toutefois leur contribution réelle : des légendes comme Ray Bourque, qui a joué 1612 matches en saison régulière pendant 23 saisons, ou Luc Robitaille, qui a participé à 1431 parties en 19 saisons, valent autant que George McNaughton, Stéphane Brochu ou les 26 autres n’ayant joué qu’une seule partie en carrière. Ce n’est pas juste.

C’est pour cela que j’ai compté le nombre de fois que chaque joueur apparaît dans l’alignement de chacune des parties de l’histoire de la ligue. Cela permet de pondérer les données en calculant presque le temps de glace de tout le monde.

Les Québécois jouent plus et « scorent » plus

En faisant ce calcul, on obtient un total de 2,2 millions de « présences par parties ». Plus de 223 000 l’ont été par des joueurs québécois, une proportion de 10 %. Cela signifie que les attaquants et défenseurs du Québec ont été mis sur la glace relativement souvent par rapport aux autres.

Autrement dit, chaque Québécois a joué plus souvent que la moyenne : près de 299 matches en carrière. Le joueur moyen de la LNH en a joué 15 de moins, comme le montre le tableau ci-dessous.

Non seulement les joueurs du Québec ont-ils davantage joué, mais ils ont aussi marqué un plus grand nombre de points chacun. Un peu plus d’un million de points ont été enregistrés dans l’histoire de la LNH (buts et assistances). Plus de 115 000 l’ont été par des attaquants ou des défenseurs du Québec. C’est 11,1 % de l’ensemble, ce qui signifie que les Québécois ont été les hockeyeurs les plus productifs de l’histoire de la ligue avec 154 points en carrière chacun, en moyenne, contre 132 pour le joueur lambda.

Un lent déclin

Mais ce portrait flatteur appartient de plus en plus au passé. Saison après saison, la proportion de joueurs québécois, leur temps de jeu et leur contribution offensive déclinent.

En un coup d’œil, que la nostalgie peut rendre humide, on voit que les saisons 1955-56 à 1975-76 ont été l’âge d’or du hockey québécois. Grâce aux Maurice Richard, Guy Lafleur et autres compatriotes, la Sainte-Flanelle a gagné 12 des 20 coupes Stanley en jeu dans cette période.

En 1957-58, des joueurs du Québec ont marqué près de 29 % de tous les points dans la Ligue nationale, alors qu’ils ne représentaient que 18 % des troupes.

Depuis cette glorieuse époque, cependant, la proportion québécoise pour le nombre de joueurs, de parties auxquelles ils participent, de points qu’ils marquent ou de temps qu’ils passent sur la glace diminue inexorablement.

La débandade depuis la pandémie

Examinons de plus près les 20 dernières années, après le lockout de 2004-05.

Si on se concentre sur la ligne rouge (nombre de points), on s’aperçoit que jusqu’en 2012, les hockeyeurs d’ici ont tout de même continué de s’inscrire souvent au pointage par rapport à leur nombre sur la patinoire. La proportion de points marqués par des Québécois (entre 7 % et 9 % de tous les points marqués dans la LNH) est supérieure à la proportion de joueurs québécois dans les alignements et sur la glace (autour de 6 %).

En d’autres mots, ils étaient peut-être peu présents, mais ils étaient bons !

À partir de la pandémie, par contre, c’est la débandade. Les joueurs du Québec ne marquent plus que 4 % à 5 % des points dans la ligue, un pourcentage inférieur à leur place dans les alignements et sur la glace.

Dans la première moitié de la saison actuelle, seulement 3,8 % des points marqués dans le circuit Bettman l’ont été par des hockeyeurs québécois. Jamais leur productivité n’a été aussi faible de toute l’histoire de la LNH.

Productivité anémique

À partir de la décennie 1980, la LNH a accueilli de plus en plus de joueurs européens. Il est donc normal que la place des joueurs du Québec ait diminué à partir de cette époque. Mais la productivité des hockeyeurs québécois a-t-elle baissé pour autant ?

Pour le mesurer, j’ai utilisé le nombre de points comptés par partie. L’ensemble des joueurs depuis 1917 a compté en moyenne 0,46 point à chaque partie. On trouve 75 joueurs qui ont même enregistré plus d’un point dans chacune des parties auxquelles ils ont participé. Wayne Gretzy est le champion, à ce chapitre, avec 2857 points en 1487 matches, ou 1,92 point par match en moyenne !

Le Québec (ligne en bleu) est souvent le groupe le plus productif. C’est le cas, et de loin, au cours des années 1950. Ce l’est également à quelques reprises dans les années 1970 et 1980.

Mais le graphique ci-dessous, qui se concentre sur les 20 dernières années, montre que les joueurs québécois dans la LNH ont été les plus productifs entre 2010-11 et 2012-13, ainsi qu’au cours des saisons 2015-16 et 2018-19.

Il montre aussi que la dernière saison et l’actuelle sont les moins productives de l’histoire de la LNH pour les hockeyeurs du Québec.

Et les gardiens ?

Le constat est similaire chez les gardiens. Bien que le Québec ait fourni une proportion élevée de gardiens à la LNH, leur efficacité moyenne est désormais inférieure à celle de leurs homologues américains et européens. Et ils sont passablement utilisés. Dans près d’une partie sur cinq, de toute l’histoire de la Ligue nationale de hockey, il y avait un Québécois dans les buts.

Chez un gardien, une mesure de l’efficacité est la proportion de tirs au buts qu’il parvient à arrêter. Feu Ken Dryden, n’a accordé que 1230 buts, ce qui signifie qu’il a arrêté plus de 92,2 % des lancers dirigés contre lui, un des meilleurs taux de l’histoire. La moyenne de tous les gardiens ayant joué dans la LNH est de 89,1 %.

Les gardiens québécois ont une efficacité à peine supérieure. Qui plus est, ils se font dépasser par les gardiens américains et par les gardiens du reste du monde.

Le pays qui a fourni les meilleurs gardiens ? Le Kazakhstan ! Ses cinq cerbères ont eu un taux d’efficacité de 91,2 % dans les 972 parties au cours lesquelles ils ont été placés devant les filets.

Conclusion : les joueurs québécois qui évoluent dans la LNH, qu’ils soient attaquants, défenseurs ou gardiens de but, n’ont jamais été aussi mauvais qu’en cette première moitié de la saison 2025-2026.

La Conversation Canada

Jean-Hugues Roy ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comme aux mondiaux junior ou aux JO de Milan-Cortina, les hockeyeurs québécois sont plus absents que jamais dans la LNH – https://theconversation.com/comme-aux-mondiaux-junior-ou-aux-jo-de-milan-cortina-les-hockeyeurs-quebecois-sont-plus-absents-que-jamais-dans-la-lnh-273063

En 2026, à quoi vont ressembler les nouveaux deepfakes qui vont déferler sur nos écrans

Source: The Conversation – France in French (2) – By Siwei Lyu, Professor of Computer Science and Engineering; Director, UB Media Forensic Lab, University at Buffalo

La barrière technologique à l’entrée a sauté : générer des deepfakes est désormais plus accessible _via_ les outils IA grand public. Image générée par Siwei Lyu/IA Google Gemini 3

En 2025, la génération de deepfakes a explosé : visages, voix et mouvements du corps créés par des systèmes d’intelligence artificielle deviennent presque indiscernables des humains, bouleversant la perception et la sécurité des contenus en ligne.


Au cours de l’année 2025, les techniques de génération de deepfakes ont connu une évolution spectaculaire. Les visuels de visages, de voix et de corps entiers générés des systèmes d’IA ont gagné en qualité – bien au-delà de ce que beaucoup d’experts imaginaient encore il y a quelques années. Ces vidéos sont aussi davantage utilisées pour tromper ceux qui les regardent.

Dans de nombreuses situations du quotidien – en particulier les appels vidéo de faible résolution et les contenus diffusés sur les réseaux sociaux –, leur réalisme est désormais suffisant pour berner à coup sûr des publics non spécialistes. Concrètement, les médias synthétiques sont devenus indiscernables d’enregistrements authentiques pour le grand public et, dans certains cas, même pour des institutions.

Et cette flambée ne se limite pas à la qualité. Le volume de deepfakes générés a lui aussi explosé : l’entreprise de cybersécurité DeepStrike estime qu’on est passé d’environ 500 000 vidéos de ce type présentes en ligne en 2023 à près de 8 millions en 2025, avec une croissance annuelle proche de 900 %.

Je suis informaticien et je mène des recherches sur les deepfakes et d’autres médias synthétiques. De mon point de vue, la situation risque encore de s’aggraver en 2026, à mesure que les deepfakes évolueront vers des entités synthétiques capables d’interagir en temps réel avec des humains.

Des améliorations spectaculaires

Plusieurs évolutions techniques expliquent cette escalade. Tout d’abord, le réalisme a franchi un cap grâce à des modèles de génération de vidéos conçus spécifiquement pour maintenir la cohérence temporelle. Ces modèles produisent des vidéos aux mouvements cohérents, avec des identités stables pour les personnes représentées et un contenu logique d’une image à l’autre. Ils dissocient les informations liées à la représentation de l’identité d’une personne de celles relatives au mouvement, ce qui permet d’appliquer un même mouvement à différentes identités ou, inversement, d’associer une même identité à plusieurs types de mouvements.

Ces modèles génèrent des visages stables et cohérents, sans les scintillements, déformations ou anomalies structurelles autour des yeux et de la mâchoire qui constituaient des signes techniques fiables de deepfakes auparavant.

Deuxièmement, le clonage vocal a franchi ce que j’appellerais le « seuil d’indiscernabilité ». Quelques secondes d’audio suffisent désormais pour générer un clone convaincant – avec une intonation, un rythme, des accents, des émotions, des pauses et même des bruits de respiration naturels. Cette capacité alimente déjà des fraudes à grande échelle. De grands distributeurs indiquent recevoir plus de 1 000 appels frauduleux générés par l’IA chaque jour. Les indices perceptifs qui permettaient autrefois d’identifier des voix synthétiques ont en grande partie disparu.

Troisièmement, les outils grand public ont fait chuter la barrière technique à un niveau proche de zéro. Les évolutions d’OpenAI avec Sora 2, de Google avec Veo 3 et l’émergence d’une vague de start-up font qu’il suffit aujourd’hui de décrire une idée et de laisser un grand modèle de langage comme ChatGPT d’OpenAI ou Gemini de Google rédiger un script, pour générer en quelques minutes des contenus audiovisuels aboutis. Des agents d’IA peuvent automatiser l’ensemble du processus. La capacité à produire à grande échelle des deepfakes cohérents et construits autour d’un récit s’est ainsi largement démocratisée.

Cette combinaison d’une explosion des volumes et de figures synthétiques devenues presque indiscernables d’êtres humains réels pose de sérieux défis pour la détection des deepfakes, en particulier dans un environnement médiatique où l’attention est fragmentée et où les contenus circulent plus vite qu’ils ne peuvent être vérifiés. Des dommages bien réels ont déjà été constatés – de la désinformation au harcèlement ciblé et aux arnaques financières – facilités par des deepfakes qui se propagent avant que le public n’ait le temps de comprendre ce qui se passe.

Le temps réel, nouvelle frontière

Pour l’année à venir, la trajectoire est claire : les deepfakes se dirigent vers une synthèse en temps réel capable de produire des vidéos reproduisant fidèlement les subtilités de l’apparence humaine, ce qui facilitera le contournement des systèmes de détection. La frontière évolue du réalisme visuel statique vers la cohérence temporelle et comportementale : des modèles qui génèrent du contenu en direct ou quasi direct plutôt que des séquences préenregistrées.

La modélisation de l’identité converge vers des systèmes unifiés qui capturent non seulement l’apparence d’une personne, mais aussi sa façon de bouger et de parler selon les contextes. Le résultat dépasse le simple « cela ressemble à la personne X » pour devenir « cela se comporte comme la personne X sur la durée ». Je m’attends à ce que des participants à des appels vidéo soient synthétisés en temps réel ; à voir des acteurs de synthèse pilotés par l’IA dont le visage, la voix et les gestes s’adaptent instantanément à une consigne ; et à ce que des arnaqueurs déploient des avatars réactifs plutôt que des vidéos fixes.

À mesure que ces capacités se développent, l’écart perceptuel entre humains authentiques et synthétiques continuera de se réduire. La véritable ligne de défense ne reposera plus sur le jugement humain, mais sur des protections au niveau des infrastructures. Cela inclut des mécanismes de traçabilité sécurisée, comme la signature cryptographique des médias et l’adoption par les outils de génération IA des spécifications de la Coalition for Content Provenance and Authenticity. Cela dépendra également d’outils d’analyse multimodaux, comme le Deepfake-o-Meter que je développe avec mes équipes dans mon laboratoire.

Se contenter d’examiner les pixels attentivement ne suffira plus.

The Conversation

Siwei Lyu ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. En 2026, à quoi vont ressembler les nouveaux deepfakes qui vont déferler sur nos écrans – https://theconversation.com/en-2026-a-quoi-vont-ressembler-les-nouveaux-deepfakes-qui-vont-deferler-sur-nos-ecrans-273595

Streaming de jeux vidéo : femmes, LGBTQIA+ et personnes racisées face à la cyberviolence

Source: The Conversation – France in French (3) – By Thomas Jammet, Professeur associé, Haute école spécialisée de Suisse occidentale (HES-SO)

Maghla, une des streameuses les plus connues en francophonie, a dénoncé publiquement le cyberharcèlement sexiste dont elle était victime. Maghla, CC BY

La cyberviolence est omniprésente dans le domaine du streaming – en particulier de jeux vidéo – et touche particulièrement les personnes minorisées, au point d’infléchir carrières et pratiques. Quels mécanismes sont à l’œuvre ? À l’heure où la visibilité se paie cher, comment rendre ces espaces numériques plus vivables ?


Depuis le milieu des années 2010, l’intérêt porté par la recherche et par le grand public s’est progressivement déplacé des « effets des jeux vidéo violents » ou des jeux vidéo « qui rendent violents » à la place de la violence ordinaire dans les interactions entre membres d’une situation de jeu. Parmi les terrains de la cyberviolence, la diffusion en direct de sessions de jeux vidéo (streaming) est fortement concernée.

Cette violence s’observe entre les joueurs et joueuses, au cours des parties en ligne, mais également de la part du public qui peut participer activement à travers l’interface de discussion (chat). Selon une récente étude de l’ADL Center for Technology and Society, plus du trois quarts des joueurs adultes aux États-Unis ont subi une forme de cyberviolence, allant de l’insulte en ligne au harcèlement.

Le streaming prend aujourd’hui des formes variées et se déploie sur une pluralité de plateformes, dont Twitch, YouTube ou Kick. Twitch demeure la plus utilisée : en 2024, elle représentait environ 61 % du total des heures de visionnage live dans le secteur de la webdiffusion.

Dans nos travaux, nous nous intéressons aux violences que subissent les streameurs et streameuses de jeux vidéo, un phénomène encore largement sous-estimé malgré ses effets concrets sur les pratiques et la carrière des vidéastes.

Les personnes minorisées tenues à l’écart

La cyberviolence touche durement Twitch, un « environnement communicationnel » où la personne qui diffuse est placée dans une « position exposée », livrée aux regards et aux prises de parole – parfois peu amènes – d’un large public. Le streaming fonctionne comme un régime de visibilité qui valorise l’« authenticité », la « proximité », l’humour et la « spontanéité ». Il se caractérise par une forte dimension spectatorielle et spectaculaire, qui cristallise la cyberviolence.

D’une part, les comportements violents surgissent de manière cyclique dans les environnements multijoueurs et les chats : les provocations et la toxicité entre les joueurs et joueuses sont monnaie courante, la violence peut même être encouragée par les streameurs et streameuses. D’autre part, le public peut se comporter en perturbateur intentionnel et faire dérailler la performance de la webdiffusion par des propos inappropriés, voire violents, publiés dans le chat, surtout quand ces propos deviennent collectifs et prennent la forme de « raids haineux ».

Comme en témoignait, en 2023, une vidéaste de Suisse romande déplorant la banalité et la violence de ces actes de harcèlement :

« On reçoit des compliments, des propositions sexuelles, mais aussi des menaces de mort. »

Ces agressions semblent même encouragées par le modèle économique des plateformes, dans la mesure où elles suscitent des controverses qui permettent d’augmenter le nombre de vues, mais aussi d’abonnés (followers) et de dons monétaires de leur part.

Les micro-agressions s’y accumulent de telle sorte qu’elles peuvent créer un environnement hostile et excluant pour les personnes minorisées qui s’adonnent à l’activité de webdiffusion. Par « groupes minorisés », on désigne notamment les femmes, les personnes racisées ou encore les personnes LGBTQIA+, qui sont statistiquement très exposées aux attaques : 49 % des femmes, 42 % des personnes noires et 39 % des personnes LGBTQIA+ déclarent avoir été harcelées en ligne sur la base de leur identité, tandis que 82 % des victimes de violences sexistes ou sexuelles sont des femmes ou des filles.

Une brutalisation croissante

Dans le contexte de la culture vidéoludique, historiquement façonnée par la masculinité hégémonique toxique et geek, la position exposée des streameurs et streameuses est loin de garantir aux personnes minorisées la légitimité accrue qu’elle confère aux joueurs (blancs et) masculins.

Cette visibilité fonctionne de manière différenciée : si elle tend à renforcer la crédibilité des hommes, elle offre en revanche davantage de prises aux critiques et aux attaques visant celles et ceux qui n’appartiennent pas à cette catégorie, les exposant à la surveillance de leurs comportements en jeu, à la mise en cause de leur légitimité et à du cyberharcèlement, ce qui rend leur maintien dans les environnements en ligne comparable à une course d’obstacles.

Participant à part entière à la dynamique de la webdiffusion, que ce soit par le soutien ou la moquerie, mais aussi l’insulte, le public contribue à la présence systémique de comportements sexistes, racistes, et parfois à l’humiliation constante de streameurs et streameuses. Ce dernier point s’est tristement et fatalement illustré avec le décès en direct du streameur Jean Pormanove en août 2025 sur Kick, une plateforme critiquée pour la faiblesse de son système de modération. Ici, les encouragements du public ont conduit au pire, poussant les personnes humiliant Jean Pormanove à poursuivre leurs sévices des jours durant.

Les recherches les plus récentes semblent indiquer ainsi une brutalisation croissante dans les usages quotidiens du Web, caractérisée par un double processus de banalisation et de légitimation de la violence dans les espaces (publics) numériques.

Une régulation déficiente, des stratégies d’adaptation épuisantes

Les règles de modération sur les plateformes de streaming oscillent entre approches réactives punitives – fondées sur la sanction a posteriori et, dans les cas les plus extrêmes, le bannissement définitif – et approches proactives, qui visent à prévenir les comportements offensants.

Sur Twitch, la régulation consiste essentiellement à punir les fauteurs de troubles. Elle s’exerce, d’une part, de manière centralisée, via des algorithmes et des lignes de conduite générales. Ces règles peuvent mener à la suppression de contenus, une suspension temporaire ou un bannissement, mais leur application dépend largement des signalements et du travail de modérateurs et modératrices bénévoles. D’autre part, la régulation s’opère de manière décentralisée par l’entremise des streameurs et streameuses (qui disposent d’un pouvoir discrétionnaire sur leur chaîne) et de leurs équipes. Son efficacité est limitée puisqu’elle repose aussi en grande partie sur le travail gratuit des modérateurs et modératrices qui font face à des offenses massives et continues.

Dans ce contexte, les streameurs et streameuses subissant des agressions entreprennent de nombreux efforts pour se préserver en essayant de « recadrer » les membres de leur audience qui les agressent. Nous avons étudié à ce propos le cas de l’expulsion d’un spectateur sexiste par une streameuse amatrice, et celui d’un streameur à succès qui, confronté à des sous-entendus racistes et par ailleurs harcelé en dehors de la plateforme, a fini par renoncer à son activité. D’autres travaux montrent que, face à l’absence de communication et de soutien technique de Twitch, certains streameurs et streameuses s’organisent en réseau pour partager des outils et des stratégies permettant de gérer le public pendant les attaques et d’apporter un soutien émotionnel à leurs pairs.

Ces exemples témoignent d’un important travail de sensibilisation du public, souvent épuisant, entrepris par les streameurs et streameuses_minorisés pour pallier le manque de régulation offert par les plateformes qui hébergent leur activité. Ce travail, destiné à rendre moins acceptables les actes de cyberviolence, est encore insuffisamment étudié à ce jour.

Accompagner les streameurs et streameuses dans leur travail de régulation

La recherche pourrait venir prêter main-forte aux acteurs et actrices du streaming dans leur effort crucial pour favoriser une dynamique saine des interactions avec le public. Mobiliser le savoir expérientiel des joueurs et des joueuses, des modérateurs et des modératrices est essentiel pour comprendre comment les streameurs et streameuses peuvent transformer, au quotidien, un environnement parfois hostile en espace viable.

Dans cette optique, une démarche participative associant chercheurs et communautés vidéoludiques permettrait d’identifier des moyens de réparer l’offense et de formaliser des dispositifs de régulation plus inclusifs que les outils techniques existants. À l’heure où la cyberviolence pousse nombre de personnes minorisées à abandonner leur activité de streaming, il est urgent de débrutaliser les pratiques vidéoludiques.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Streaming de jeux vidéo : femmes, LGBTQIA+ et personnes racisées face à la cyberviolence – https://theconversation.com/streaming-de-jeux-video-femmes-lgbtqia-et-personnes-racisees-face-a-la-cyberviolence-271563

Comment les États-Unis pourraient-ils contribuer à achever le régime des mollahs ?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Pierre Firode, Professeur agrégé de géographie, membre du Laboratoire interdisciplinaire sur les mutations des espaces économiques et politiques Paris-Saclay (LIMEEP-PS) et du laboratoire Médiations (Sorbonne Université), Sorbonne Université

Des frappes états-uniennes sur des cibles en Iran semblent possibles à ce stade, mais, en tout état de cause, une simple série de bombardements ne suffira pas à faire chuter le régime. L’option la plus efficace consisterait, pour Washington, à approvisionner en armes des groupes locaux, à commencer par ceux des Kurdes, et à les appuyer par une campagne aérienne. C’est ainsi que, il y a près de vingt-cinq ans, en Afghanistan, les Américains avaient soutenu leurs alliés locaux, qui avaient chassé les talibans et pris Kaboul. Il reste que plusieurs puissances régionales ne verraient pas d’un très bon œil une issue qui aboutirait à un net renforcement des Kurdes…


Alors que le régime des mollahs s’engage dans un massacre à huis clos de son propre peuple afin d’étouffer la révolution commencée dans le bazar de Téhéran le 28 décembre 2025, tous les observateurs guettent l’annonce d’une campagne de bombardements américains. La réussite spectaculaire de l’enlèvement de Nicolas Maduro au Venezuela le 3 janvier et les déclarations récentes de Donald Trump – le régime iranien sera « frappé très durement, là où ça fait mal » – semblent en effet plaider en ce sens. Trump pourrait profiter de l’extrême fragilité de la République islamique d’Iran pour lui porter le coup de grâce à en frappant les lieux de pouvoir, décapitant ainsi le régime.

Toutefois, cette perspective abondamment relayée dans la presse présente plusieurs écueils évidents : même si une campagne de bombardement pourrait « décapiter » le régime, on voit mal comment des frappes aériennes pourraient permettre au peuple désarmé de tenir tête aux milliers de pasdaran, la milice des Gardiens de la révolution, bras armé du régime, et des bassidji, forces paramilitaires estimées à 600 000 ou 700 000 combattants, qui massacrent aujourd’hui les manifestants pour écraser la révolution.

Seule une campagne de frappes très longue et massive, mobilisant sur la durée plusieurs centaines d’appareils, pourrait vraiment fragiliser ces milices au point de permettre aux civils, désarmés pour la majorité, de renverser un régime qui s’apparente de plus en plus à une dictature militaire. Or, les déclarations de Trump suggèrent pour l’instant une opération courte et spectaculaire et rien n’indique que les États-Unis veuillent s’impliquer dans une campagne de longue durée comme celles menées contre la Serbie lors de la guerre du Kosovo en 1999 ou contre les armées de Saddam Hussein au Koweït lors de la phase initiale de l’opération Tempête du désert en 1991. Un autre indice semble aller en ce sens : pour l’heure, la Maison Blanche n’a déployé aucun porte-avions au large du Golfe persique, ce qui réduit la masse d’appareils disponibles et semble confirmer l’hypothèse d’une offensive aérienne éclair sur le modèle de la guerre des douze jours de l’été dernier.

Dans ce contexte, on pourrait se demander si le type d’opération apparemment choisi par la Maison-Blanche est réellement de nature à renverser le régime. Quelles sont les autres options dont dispose Washington pour parvenir à cette fin ?

Armer les minorités en lutte contre le régime

Les rares vidéos qui nous parviennent de la répression menée par les pasdaran et leurs auxiliaires bassidji montrent à quel point le peuple iranien manque d’armes pour se défendre et pour renverser le régime aux abois.

Équiper matériellement la résistance iranienne semble donc davantage répondre aux demandes immédiates des manifestants qu’une campagne de bombardements qui détruirait certes les centres du pouvoir mais pas l’appareil sécuritaire et répressif qui maille tout le territoire iranien. Dans cette optique, les Américains pourraient décider d’équiper des groupes armés déjà existants et opérationnels en Iran parmi les minorités iraniennes : les Baloutches, les Azéris et les Kurdes sont en lutte pour l’autonomie contre Téhéran depuis des décennies et disposent de milices comme le PJAK kurde ou Jaish al-Adl baloutche qui, si elles étaient correctement équipées, pourraient tenir tête aux pasdaran.

Les Kurdes seraient, dans l’optique américaine, la minorité la plus intéressante, puisque les Kurdes iraniens pourraient s’appuyer sur les bases arrière que leur fournit le Kurdistan irakien – et ce, d’autant plus facilement que les Américains sont très présents dans cette région frontalière.

La base américaine d’Erbil pourrait servir de hub logistique pour équiper la résistance kurde iranienne depuis les provinces kurdes de l’Irak.

Situation de la ville d’Erbil, dans le nord de l’Irak, au Kurdistan irakien.
Google Maps

Washington a récemment renforcé cette base pour lutter contre l’État islamique et y a déployé des unités d’élite, particulièrement la Delta Force et la 101e division aéroportée. Cette dernière unité possède une importante flotte d’hélicoptères CH-47 Chinook et UH-60 Blackhawk qui pourraient acheminer les armes depuis le carrefour d’Erbil jusqu’au Kurdistan iranien.

Sachant que les Kurdes ont joué un rôle très actif dans tous les mouvements de révolte contre le pouvoir des mollahs et notamment dans le mouvement « Femme, Vie, Liberté » en 2022, et que les Kurdes irakiens ont, ces derniers jours, largement fait part de leur soutien à leurs compatriotes iraniens, ce pari d’armer la minorité kurde pourrait s’avérer gagnant pour Washington.

Une guerre sur le modèle afghan ?

Dès lors, les Américains pourraient mener une guerre par proxy sur le sol de la République islamique, sans envoyer d’importants contingents au sol, conformément aux promesses électorales faites par Trump à sa base MAGA.

Les États-Unis pourraient effectuer une campagne de bombardements en soutien à leurs alliés locaux comme ils l’avaient fait contre le régime des talibans en Afghanistan après les attentats du 11 Septembre. Pendant les mois d’octobre et de novembre 2001, les Américains avaient soutenu la minorité tadjique, organisée autour de la milice rebelle l’Alliance du Nord, formée en 1992 par le commandant Massoud, par une campagne de bombardements ciblés et par l’envoi de forces spéciales capables de coordonner les bombardements et de coordonner les rebelles sur le terrain.

Il semble probable que les succès américains obtenus lors de cette première phase de la guerre d’Afghanistan constituent un modèle pour Trump : rappelons que Kaboul a été prise le 13 novembre 2001 par l’Alliance du Nord sans que les Américains ne déploient des contingents massifs au sol.

C’est bien l’occupation de l’Afghanistan dans un deuxième temps qui mobilisera beaucoup de troupes américaines, entraînera d’importantes pertes parmi ces militaires et se soldera par un échec cuisant. Fort de ce double enseignement, Trump pourrait soutenir les rebelles via des bombardements et l’envoi de forces spéciales, sans chercher à occuper l’Iran.

Une politique risquée… mais inévitable ?

Il reste que la mise en œuvre d’une telle stratégie expose à plusieurs risques de déstabilisation régionale, ce qui pourrait dissuader Washington d’armer massivement les minorités iraniennes.

Trump pourrait se montrer réceptif aux craintes des puissances régionales comme la Turquie ou la Syrie, qui ne veulent surtout pas voir une contagion sécessionniste se diffuser au Moyen-Orient. Il est probable d’Ankara ou Damas considéreraient le développement d’une guérilla kurde iranienne comme un danger nourrissant les velléités de leurs propres communautés kurdes.

De plus, les régimes autoritaires du Golfe comme l’Arabie saoudite ou le Qatar pourraient percevoir le succès de la révolution iranienne comme une menace pour le maintien de leurs propres systèmes, sachant notamment que l’Arabie est confrontée au mécontentement de la minorité chiite à l’est du pays, spécialement depuis le Printemps arabe et la révolte de Qatif en 2011.

Ces facteurs expliquent sans doute les hésitations de Trump ces jours derniers et le temps que prend Washington pour lancer ses frappes contre l’Iran. Cela dit, l’ampleur de la répression perpétrée par le régime de Téhéran est telle qu’un point de non-retour a sans doute été franchi et que la perspective d’une guerre civile entre les milices du régime et les franges les plus déterminées et les mieux équipés des révolutionnaires iraniens soit devenue presque inévitable. Fort ce constat, Washington pourrait accepter les risques qu’implique l’envoi d’armes en Iran et consentir à une opération armée plus longue que prévu, mais dont la perspective de gain reste énorme pour le président américain, lequel pourrait ainsi se prévaloir d’avoir apporté un appui décisif à une révolte populaire contre un ennemi déterminé des États-Unis et, aussi, de leur allié le plus proche dans la région, à savoir Israël.

The Conversation

Pierre Firode ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comment les États-Unis pourraient-ils contribuer à achever le régime des mollahs ? – https://theconversation.com/comment-les-etats-unis-pourraient-ils-contribuer-a-achever-le-regime-des-mollahs-273596

Student teachers in South Africa choose comfort over challenge in practical placements: but there’s a hidden cost

Source: The Conversation – Africa – By Clive Jimmy William Brown, Teaching Practice Coordinator, Lecturer & Faculty of Education Transformation Chairperson , Cape Peninsula University of Technology

South Africa’s schools still carry the imprint of apartheid, where resources, language and geography were deliberately divided according to “race”. Many communities today remain deeply unequal in terms of school infrastructure and resources.

For student teachers, this means that placement for practical experience in one school can feel worlds apart from a placement just a few kilometres away.

One school may offer smaller classes and well-resourced classrooms with access to textbooks and digital tools. Another contends with overcrowded classes, limited teaching materials and little to no digital infrastructure.

These disparities are not abstract. They shape daily teaching decisions, classroom management strategies and professional confidence. This makes one placement feel like a supported apprenticeship, and another an exercise in endurance and improvisation.

My doctoral research in education studies shows that many final-year student teachers actively avoid schools that differ from their own schooling backgrounds. Instead, they select placements that feel comfortable and familiar, even if this limits their professional growth and reinforces historical divides in education.

My research, drawing on in-depth interviews and institutional documents, reveals why this happens, and why it matters for equity, learning and justice in education.

Understanding student teachers’ choices matters for any country grappling with inequality and diversity in teacher preparation. Countries need teachers who can work confidently across different school contexts.




Read more:
Elite schools in South Africa: how quiet gatekeeping keeps racial patterns in place


The quiet pull of comfort

In the programmes I oversee as a teacher educator, student teachers are placed in schools twice a year for teaching practice blocks of four weeks at a time. This amounts to about 32 weeks over a four-year degree. Placements are formally coordinated by universities. However, operational pressures and the growing number of student teachers mean that, in practice, many students find the placements themselves. The options are often shaped, too, by whether schools are willing to host students from particular universities.

A policy framework that took effect in 2016 sought to standardise teacher qualifications nationally and provide learning across diverse schooling contexts. But when student teachers select schools for their compulsory teaching practice, they are able to fine-tune the placement programme to suit their own needs rather than its broader transformative purpose.

Their choice appears simple: go where you feel you will “fit in”, be supported and pass.

The students I followed over several years consistently chose schools that:

  • resembled their former schools

  • matched their language and cultural norms

  • felt socially “safe”, meaning that these environments aligned closely with their own ethnic, class and racial backgrounds, and offered predictability, familiarity and reduced emotional risk during an already demanding practicum period

  • promised minimum disruption to completing the four-year degree quickly.

Many framed their decisions in terms of pragmatism:

I just want to finish and qualify.

Others spoke honestly about their fears, including fear of failing, not belonging or being judged in communities unlike their own. As one student confessed,

Teaching is already stressful. Why add discomfort?

A sense of comfort reduced anxiety and helped them “get through” their degrees. But it also meant that many avoided the kinds of classrooms where they might have learned how to work across differences, the very classrooms they might encounter later in their careers.

My future research aims to examine how early teaching practice placements shape graduates’ later career choices.

Expedience over authenticity

Many students themselves came from historically marginalised and economically impoverished communities. But they still worried that more challenging placements might expose them to failure, conflict or unsupportive mentors. Some feared that schools with limited resources would make it harder for them to demonstrate their teaching competence, manage classrooms effectively and access the kinds of support needed to learn how to teach well.

Only two chose placements in unfamiliar contexts. For most others, the comfort of familiarity mattered more than challenge.

In effect, the practicum became a credential-seeking exercise rather than a transformative professional learning experience.

This is not a moral failing on the part of the students. It reflects:

  • pressure to complete degrees quickly

  • fears about employability

  • uneven support systems across schools

  • deeply embedded memories of their own unequal schooling experiences.




Read more:
Why do South African teachers still threaten children with a beating? A psychologist explains


Why this matters beyond the university

If teaching practice reinforces comfort rather than courage, it might narrow, rather than widen, what education can do.

My research and that of others suggests there could be three consequences.

  1. Persistent inequity in teacher confidence: in “unfamiliar” kinds of schools, teachers may feel unprepared, anxious and sometimes resistant.

  2. Reproduction of historical divides: placements could signal that some teachers “belong” in certain communities and not in others.

  3. Lost opportunities for professional growth: discomfort can encourage reflective learning.




Read more:
What student teachers learn when putting theory into classroom practice


But discomfort must not become harm

My findings also caution against romanticising discomfort.

A small minority of students chose unfamiliar placements in poorer, more diverse or conflict-affected school contexts. This was driven by personal convictions and a desire to challenge themselves. In interviews, reflective journals and post-placement discussions, they reported feeling more confident and adaptable as teachers and classroom managers. They had a deeper sense of professional purpose.

These positive outcomes were closely tied to strong mentoring and consistent university support. Without that, they reported feelings of panic, isolation and emotional exhaustion.

Exposure to diversity must be intentional, scaffolded and humane. When unsupported student teachers are faced with large class sizes, multilingual classrooms, limited resources, long and costly commutes, or concerns about personal safety, it could be a risk rather than a growth opportunity.

What universities and policymakers can change

The research suggests several levers for re-designing teaching practice.

  1. Structured placement pathways: ensure that every student rotates through at least one context that differs meaningfully from their own, with a clear rationale and adequate preparation.

  2. Mentor development: invest in mentor-teachers who understand how to support novices across cultural and socioeconomic divides.

  3. Shared responsibility for placements: universities, schools and education departments must collaborate to distribute opportunities equitably.

  4. Reflective supervision: create guided reflective spaces where students make sense of discomfort rather than flee from it.

  5. Transparent expectations: frame teaching practice not as a hurdle to clear, but as an ethical apprenticeship into public-serving professionalism.

South Africa’s education system still reflects deep structural inequality. If future teachers primarily work in schools that resemble their own histories, those divides could be cemented into the next generation.

The Conversation

Clive Jimmy William Brown does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Student teachers in South Africa choose comfort over challenge in practical placements: but there’s a hidden cost – https://theconversation.com/student-teachers-in-south-africa-choose-comfort-over-challenge-in-practical-placements-but-theres-a-hidden-cost-272938

Israel’s recognition of Somaliland is about political alliances, not legal principles

Source: The Conversation – Africa (2) – By Alemayehu Weldemariam, Ph.D. Fellow, Center for Constitutional Democracy, Indiana University

Israel’s decision to recognise Somaliland as an independent nation has been described as historic by Somaliland’s president, Abdirahman Mohamed Abdullahi. He framed the December 2025 declaration as the first decisive breach in the wall of diplomatic isolation that has surrounded Somaliland for more than three decades.

Somaliland has operated as a fully functional de facto state with defined territory, population and government since declaring independence from Somalia in 1991. But it lacks international recognition. This would allow it full participation in the global community, such as membership in the United Nations, as well as boosting its economic opportunities.

I am a scholar of peace and conflict resolution, constitutional design and constitutional law, with a regional focus on the Horn of Africa. My work includes examining regional peace and security.

Based on this deep knowledge of the region, I would argue that Tel Aviv’s decision is indeed consequential. But not because it resolves anything.

Its significance lies in the fact that it has elevated a question of legal status into a strategic contest unfolding within the world’s most volatile geopolitical corridor.

Over the last decade the Red Sea – which links the Mediterranean to the Indian Ocean – has become the frontline of a new multipolar order. The region has been transformed into a dense arena of overlapping crises. These include state collapses in Sudan, Yemen and Somalia, and Ethiopia’s destabilising quest for maritime access. There is also the intensification of Gulf rivalry and great power competition, which includes China’s consolidation of a coastal arc of influence.

The Red Sea region now hosts the highest concentration of foreign military bases on earth. It also sits astride critical global trade routes.




Read more:
Ethiopia’s deal with Somaliland upends regional dynamics, risking strife across the Horn of Africa


Against this backdrop, Israel’s recognition unsettles an already fragile equilibrium. While the decision alters the board, it doesn’t end the game. It increases Somaliland’s strategic value while increasing its geopolitical toxicity in a region already under strain.

The African Union and the fear of precedent

The African Union viewed the Somaliland question as a dangerous exception that must not be entertained. Its position rests on a single overriding fear: that recognition would weaken the postcolonial settlement built on inherited borders.

Somaliland’s claim is that it merely reasserts the boundaries of the former British protectorate. But the AU’s doctrine is rigid by design. It does not distinguish between border revisionism and constitutional secession within colonial lines. For the AU, the precedent is intolerable.

If African politics were governed by doctrine alone, the matter would end there. But it doesn’t.

For Ethiopia, the Somaliland question is inseparable from the Red Sea itself. Landlocked, populous and strategically exposed, Ethiopia treats maritime access as a condition of state survival. Recognising Somaliland would not automatically grant Ethiopia access to the sea. But it would fundamentally change the bargaining structure through which such access could be secured. Recognition would convert what is currently an informal, reversible commercial arrangement into a sovereignty-linked exchange.

With nearly all its trade flowing through Djibouti at enormous cost, Addis Ababa’s anxiety is real – and destabilising.

Here the wider Red Sea crisis intrudes directly. Ethiopia’s quest for access unfolds amid collapsing neighbours, proliferating militias, drone warfare supplied by Gulf states and external powers, and an increasingly militarised coastline.

It is not yet clear which direction Ethiopia has decided to take in its relations with Somaliland. Last year, prime minister Abiy Ahmed quietly retreated from the memorandum of understanding signed in 2024 with Somaliland. This was after it became clear that the move would provoke severe African Union repercussions.




Read more:
Somaliland-Ethiopia port deal: international opposition flags complex Red Sea politics


For the present, therefore, any meaningful external support for Somaliland recognition comes only from Israel and the United Arab Emirates (UAE).

What is emerging in the region is an increasingly polarised alignment. On one side are Egypt, the Sudanese Armed Forces, Turkey, Qatar, Saudi Arabia, Eritrea, Djibouti and Somalia. On the other are the UAE, the Rapid Support Forces in Sudan, Libya, Somaliland, Israel – and Ethiopia, despite its efforts to conceal the extent of its involvement.

Some states continue to hedge. South Sudan, Uganda and Kenya have sought to avoid choosing sides.

Israel, the United Arab Emirates and Saudi Arabia

In Israel’s recognition announcement, the country’s prime minister, Benjamin Netanyahu, explicitly situated Somaliland within the logic of the Abraham Accords. Signed in 2020, the accords are a set of US-brokered agreements that normalised relations between Israel and several Arab states. They link diplomatic recognition to security cooperation, economic integration and regional realignment.

By invoking the accords, Netanyahu is seeking to pull Somaliland into the gravitational field of the Gulf. And, above all, to signal the influence of the United Arab Emirates. The UAE’s imprint in the Horn of Africa in recent years is evident in ports, bases, logistics corridors, and paramilitary finance across the region.

Israel’s recognition of Somaliland, therefore, is a strategic move that aligns it with the UAE’s economic and security architecture in the Red Sea. It is not that Israel has suddenly developed an interest in Somaliland’s legal merits, nor that it is simply acting at the UAE’s behest. Rather, recognition makes sense because Israel is choosing to embed itself within an Emirati-centred political economy of the Red Sea.

Saudi Arabia, on the other hand, condemned Israel’s decision on the grounds that it entrenched unilateral secession and violates international law. In doing so, it aligned itself with the African Union’s position while asserting independent leadership in the Red Sea arena.

China

Beijing’s resistance to Somaliland’s recognition is not about Africa alone. It is about precedent in a maritime corridor central to China’s global strategy to develop an unbroken arc of influence from the Horn to the Suez. It already has a military base in Djibouti and is expanding naval diplomacy along the African coast.

Recognition of Somaliland by major powers would validate a dangerous idea from Beijing’s perspective: that durable quasi-states can eventually overcome diplomatic isolation through persistence.

The outcome is ambiguity, but not necessarily failure

Seen whole, the Somaliland question is not a recognition cascade but a coordination failure unfolding in the world’s most dangerous maritime corridor. Multiple enforcers – the African Union, China, Saudi Arabia and others in the Middle East – raise the cost of recognition. Multiple bargainers – Ethiopia above all – demand compensation commensurate with those costs.

As a consequence, recognition has developed into a scarce and risky currency, spent only when the return justifies the danger.

History suggests that unresolved questions of sovereignty rarely disappear. They linger, reshaped by power and circumstance, until either violence settles them or institutions adapt. In the Red Sea today, institutions lag behind reality. What emerges is not resolution, but managed contradiction.

This may disappoint advocates of clarity. It should not surprise students of history. International order has never been sustained by justice alone. It endures through arrangements that most actors find tolerable and none find ideal. In the Red Sea – now the frontline of a new global order – ambiguity is not failure. It is the price paid for avoiding something worse.

In the absence of a power willing to bear the full costs of finality, ambiguity will persist – not as a failure of will, but as the international system’s preferred substitute for resolution.

The Conversation

Alemayehu Weldemariam does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Israel’s recognition of Somaliland is about political alliances, not legal principles – https://theconversation.com/israels-recognition-of-somaliland-is-about-political-alliances-not-legal-principles-273488