La diferencia entre llegar a la universidad y conseguir el título: ¿estamos logrando la equidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Tulio Ramírez, Chair professor, Universidad Católica Andrés Bello

Recientemente se ha hecho público el informe mundial sobre tendencias de la educación superior elaborado por la Unesco, con datos de 2023 y 2024. El objetivo de este documento es brindar a los líderes del mundo, cito textualmente, “una herramienta práctica para orientar las políticas, fomentar el diálogo y apoyar sistemas de educación superior más inclusivos, equitativos, resilientes y preparados para el futuro”. Todo con miras a lograr el objetivo de desarrollo sostenible número 4, referido a una educación inclusiva y de calidad para todos.

En el informe abundan datos interesantes sobre aspectos cruciales de la educación superior en el mundo. Se abordan temas como la inclusión, el financiamiento, la gobernanza, la incorporación de la IA, la calidad, el personal docente, la movilidad estudiantil y la atención a la población vulnerable.

Aquí me limitaré a analizar uno de los aspectos que, a mi juicio, ha ocupado un segundo plano a la hora de hacer diagnósticos en educación: las cifras de egreso de nuevos profesionales. Su importancia radica en que ese indicador refleja el impacto en la sociedad del esfuerzo de equidad en educación superior.

Más estudiantes, menos profesionales

Lo primero que resalta el informe es el aumento mundial de las matrículas en educación superior. Para 2024, 269 millones de estudiantes en el mundo estaban incorporados formalmente a la educación universitaria en los niveles de pregrado y posgrado, incluyendo especializaciones, maestrías y doctorados. En comparación con el año 2000, cuando se contabilizaron 100 millones de estudiantes, para 2024 esa cifra prácticamente se ha triplicado.

Pero ese ritmo de crecimiento en la incorporación de alumnos no va acompasado con el ritmo de salida de graduados. La brecha porcentual entre ingresos y egresos se amplía dependiendo del lugar. ¿Qué ocurre con esos estudiantes que se matriculan pero no logran terminar los estudios? Esta diferencia es una manera de medir hasta qué punto está funcionando la equidad educativa y todos los estudiantes que acceden a la educación superior pueden realmente beneficiarse de ella.

Cómo se obtienen los datos

El porcentaje de jóvenes matriculados en educación superior se realiza con respecto al sector de la población con edad para ser estudiante universitario (18-24 años). De igual manera, cuando se calcula el porcentaje de egresados o titulados, se hace con respecto al total del mismo segmento poblacional, y no al número de inscritos en instituciones de educación superior, como usualmente contabilizan estas instituciones.

El informe señala que, en 2023, el 37 % de la población en edad de asistir a programas de formación universitaria eran, efectivamente, estudiantes de educación superior. En cambio, quienes se gradúan representaron apenas el 27 % de la misma población.

Brecha por regiones

Esta brecha adquiere características diferentes según la región del mundo. Por ejemplo, en aquellas donde la tasa bruta de matriculación promedio es particularmente alta, como es el caso de Europa central y oriental (67 %) y América del Norte y Europa occidental (65 %), la tasa bruta de graduación resultó sustancialmente menor (45 % y 44 % respectivamente).

Este contraste es mayor en América Latina y el Caribe. En esta región, la tasa bruta de matriculación alcanzó el 53 % en 2023 mientras que la tasa bruta de
graduación fue de apenas 24 %. Un 20 % menor que en los países del primer mundo.

Las políticas de equidad educativa, que propician el crecimiento de la matrícula universitaria (a pasos distintos y desiguales según la región), son una muestra del esfuerzo de los estados por igualar las oportunidades de acceso en su población. Sin embargo, la fase final del proceso, es decir, que logren culminar los estudios superiores, no ha ido al mismo ritmo, con variaciones significativas dependiendo de la región.

El caso venezolano

Según el Observatorio de Universidades (OBU) de Venezuela, en 2024 la tasa bruta de matrícula en educación superior para la población con edades entre 18 y 24 años era de un 17 %, una de las más bajas de la región. Este dato ha quedado corroborado en la encuesta de calidad de vida (ENCOVI) 2025, presentados en abril de 2026.

Con respecto a los egresos, las estimaciones los sitúan en cerca del 30 % de la población que logra ingresar en la universidad, lo que equivale a apenas un 6 % de todo el grupo poblacional. Un ejemplo: en 2025, la tasa de egresos en el área de formación docente ha disminuido casi un 80 % con respecto a la de 2008. En comparación con el resto de la región, son tasas muy bajas que no se pueden atribuir exclusivamente a la diáspora.

Sin recursos para garantizar la inclusión

El gran reto no es garantizar la accesibilidad a la educación superior de todos los jóvenes de cualquier entorno socioeconómico, sino brindar condiciones para la permanencia y culminación de los estudios, verdadero y eficiente indicador de impacto en la calidad de vida de las personas. Para aumentar las cifras de egresos, se necesitan mecanismos eficientes de equidad que igualen oportunidades a los estudiantes de bajos recursos o en situación vulnerable.

La progresiva reducción presupuestaria en las universidades venezolanas, con un déficit presupuestario de al menos 85 %, ha ido desmantelando los mecanismos de igualdad existentes: becas estudiantiles, transporte universitario, residencias a bajo costo, servicio de comedor, atención odontológica, mentorías y acompañamiento a estudiantes con déficits acumulados desde la formación preuniversitaria, poniendo en peligro el éxito educativo, entendido como la consecución del título universitario, de los más vulnerables.

Las diferencias que se observan en las tasas de matriculación y graduación reflejan la existencia de barreras que impiden la progresión estudiantil y subrayan la necesidad de que los sistemas de educación superior apoyen a los alumnos no solo al momento del abordaje, sino también a lo largo del camino hacia su graduación.

The Conversation

Tulio Ramírez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La diferencia entre llegar a la universidad y conseguir el título: ¿estamos logrando la equidad? – https://theconversation.com/la-diferencia-entre-llegar-a-la-universidad-y-conseguir-el-titulo-estamos-logrando-la-equidad-285785

El motor oculto de la evolución: cómo las inversiones en el genoma aceleran la formación de nuevas especies

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcial Escudero, Catedrático del Departamento de Biología Vegetal y Ecología, Universidad de Sevilla

Cuadro geogenómico de la isla de La Reunión para mostrar la especiación a través de un gradiente volcánico. Laura Fraile, a partir de conversación con Marcial Escudero.

Viajar a la isla de La Reunión es adentrarse en un mundo de contrastes geográficos y biológicos. Aunque se encuentra en pleno océano Índico, es un departamento francés de ultramar, por lo que forma parte del espacio Schengen y, en sus calles, se paga con euros. Antiguamente conocida como Bourbon, esta joven isla volcánica forma, junto a Mauricio y otras islas menores, el archipiélago de las Mascareñas.

Ilustración del pájaro dodo, del siglo XVII.
Anónimo / Wikimedia Commons.

Y si las islas Galápagos sirvieron a Charles Darwin como un gran laboratorio natural para asentar las bases biológicas de la evolución, las Mascareñas han sido históricamente el escenario fundacional para entender la extinción, por haber sido el hogar del célebre pájaro dodo, que desapareció a finales del siglo XVII.

Por otro lado, debido a su enorme dinamismo geológico y a la disponibilidad de nichos ecológicos vacantes, las islas oceánicas jóvenes como La Reunión son también lugares privilegiados para estudiar la especiación –proceso mediante el cual una población de una determinada especie da lugar a otra u otras especies– y la evolución en tiempo real.

La evolución a zancadas

Solemos imaginar la evolución biológica como un proceso meticuloso y extraordinariamente lento, impulsado por la acumulación constante de pequeñas mutaciones a lo largo de millones de años. Sin embargo, como bien argumentó el paleontólogo Stephen Jay Gould con su teoría del equilibrio puntuado, la evolución no siempre es un proceso rítmico y gradual. A menudo, ocurre a saltos. Es así, especialmente, en entornos insulares donde surgen drásticamente nuevos nichos ecológicos. Cuando la vida no tiene millones de años para adaptarse, encuentra vías rápidas para transformarse.

Planta de la especie Carex boryana en Les Makes-La Fenêtre (La Reunión).
Modesto Luceño.

Esta urgencia evolutiva es exactamente lo que observamos en la isla de La Reunión con dos plantas cercanamente emparentadas: Carex boryana y Carex borbonica. A pesar de haberse separado hace apenas medio millón de años –poco tiempo, desde el punto de vista evolutivo–, coincidiendo con el surgimiento de las zonas de alta montaña de la isla, ambas especies muestran morfologías y ecologías radicalmente distintas.

Carex borbonica en Plaine de Remparts, cerca del cráter Commerson.
Modesto Luceño.

Tal y como el naturalista Alexander von Humboldt ilustró en sus pioneros estudios sobre los pisos de vegetación en los Andes, los gradientes altitudinales de las montañas –cambios en las condiciones ambientales, el clima y los seres vivos que ocurre a medida que ascendemos o bajamos por una zona de gran altura– son laboratorios vivos. En ellos, los biomas o ecosistemas característicos de una zona biogeográfica cambian drásticamente en distancias muy cortas.

En La Reunión, Carex boryana prospera en los húmedos bosques nubosos y selvas de elevación media. Por el contrario, Carex borbonica ha conquistado un piso ecológico extremo y superior: sobrevive en praderas muy secas. Incluso, ha llegado a colonizar auténticos desiertos de cenizas a gran altura bajo el imponente volcán activo del Pitón de la Fournaise.

Habitat de Carex boryana en la Plaine des Palmistes-Bois de Bébour.
Modesto Luceño.
Hábitat de Carex borbonica en Plaine de Remparts, cerca del cráter Commerson.
Modesto Luceño.

Los “candados” del ADN: cuando el genoma se da la vuelta

¿Cómo han podido estas dos plantas diferenciarse tanto en tan poco tiempo evolutivo a lo largo de las distintas altitudes? La respuesta no reside únicamente en la lenta acumulación de mutaciones, sino en alteraciones a gran escala en la estructura de su genoma.

Al secuenciar y ensamblar sus genomas en un estudio recientemente publicado, hemos descubierto que la divergencia entre ambas especies se concentra de manera desproporcionada en regiones específicas que han sufrido inversiones cromosómicas. Estas ocurren cuando un segmento masivo de ADN literalmente “se da la vuelta”; es decir, se rompe y se vuelve a insertar en su cromosoma, pero en sentido inverso. Estas regiones invertidas suprimen la recombinación genética local y actúan como un compartimento cerrado, un auténtico “candado” o bloqueo que protege a combinaciones enteras de genes adaptativos para que no se mezclen en caso de que se produzca flujo génico (cruzamientos) entre las dos especies incipientes.

Al suprimir la mezcla genética local, dichas inversiones relajan la llamada selección purificadora, lo que paradójicamente actúa como un acelerador evolutivo en esas zonas concretas.

Este mecanismo permite a los linajes vegetales saltarse las limitaciones evolutivas típicas y adaptarse rápidamente a nuevos entornos. Por ejemplo, algunas de las grandes inversiones detectadas en el genoma de Carex borbonica contienen genes fuertemente relacionados con la supervivencia a la extrema aridez y a las cenizas de las cumbres volcánicas.

El orden subyacente bajo el aparente desorden

Podemos visualizar la complejidad de este proceso observando la estructura del genoma durante la división celular. En la formación de los gametos reproductivos (la meiosis), para que los cromosomas con segmentos de ADN invertidos puedan alinearse correctamente con sus homólogos no invertidos, la estructura física se ve obligada a retorcerse formando intrincados bucles de inversión, lo que genera complejos nudos estructurales en el genoma.

Leonardo da Vinci utilizaba los nudos en sus dibujos para explicar cómo existe un orden profundo bajo un caos aparente. De forma análoga, estos nudos biológicos generados por las secuencias de ADN dadas la vuelta pueden parecer a simple vista un accidente genético o un aparatoso desorden estructural. Sin embargo, en realidad, son los arquitectos de un orden evolutivo superior: bloquean y estructuran la variación genética necesaria para que la vida prospere y se diversifique en las condiciones más adversas.

Nuestro estudio de la evolución biológica en islas como La Reunión contiene una lección fundamental, al mostrar que, para entender cómo se forma la biodiversidad y cómo las especies se adaptan a entornos cambiantes, no basta con leer la secuencia de letras individuales de los genes: la propia arquitectura física del genoma es el motor principal de la divergencia evolutiva. Es decir, en el gran manual de la evolución, la forma en la que se empaqueta y protege la información es tan decisiva como la información misma.

Cuadro geogenómico de la isla de La Reunión para mostrar la especiación a través de un gradiente volcánico.
Laura Fraile, a partir de conversación con Marcial Escudero.

The Conversation

Marcial Escudero recibe fondos de la Red Leonardo de la Fundación BBVA (fBBVA LEO23-2-9663-CMT-CMA-11).

– ref. El motor oculto de la evolución: cómo las inversiones en el genoma aceleran la formación de nuevas especies – https://theconversation.com/el-motor-oculto-de-la-evolucion-como-las-inversiones-en-el-genoma-aceleran-la-formacion-de-nuevas-especies-289996

¿Por qué las empresas de inteligencia artificial están comprando millones de libros?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paloma González Díaz, Assistant lecturer, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Los libros de segunda mano están siendo un filón para las empresas de inteligencia artificial. Tom Hermans / Unsplash

Durante años, buena parte de la inteligencia artificial actual se entrenó con contenidos disponibles en internet. Páginas web, foros, artículos, enciclopedias y repositorios digitales proporcionaron enormes cantidades de texto para enseñar a los grandes modelos de lenguaje. Pero la red empieza a mostrar sus límites. Algunas empresas tecnológicas han buscado otra fuente de conocimiento y han encontrado en los libros la solución.

A principios de 2026, The Washington Post reveló una de estas estrategias a partir de documentos judiciales relacionados con Anthropic, la empresa responsable del asistente de IA Claude. La investigación sacó a la luz “Project Panama”, un proyecto secreto iniciado en 2024 para adquirir libros impresos a gran escala. Los ejemplares se escaneaban y sus textos se incorporaban a los procesos de desarrollo de modelos de IA. Para acelerar el proceso, millones de libros fueron cortados, digitalizados y después enviados a reciclar.

El procedimiento muestra un cambio importante en la forma de valorar el libro. El objeto físico pierde importancia frente a su contenido. El texto puede extraerse, convertirse en datos y utilizarse para alimentar modelos de inteligencia artificial.

Anthropic no es la única compañía interesada en acceder a grandes colecciones de libros. En mayo de 2026, cinco grandes editoriales estadounidenses y el escritor Scott Turow demandaron a Meta y Mark Zuckerberg. Los acusaron de utilizar millones de libros y artículos procedentes de repositorios piratas para entrenar a su modelo Llama. Otros litigios contra empresas de IA apuntan en la misma dirección.

Los libros han adquirido así un nuevo valor estratégico. Ya no son solo objetos que contienen y transmiten conocimiento. También son grandes conjuntos de datos en la competición por desarrollar mejores modelos de inteligencia artificial.

¿Qué tienen los libros que no tenga internet?

Los grandes modelos de lenguaje necesitan enormes cantidades de texto. Sin embargo, cantidad y calidad no son necesariamente lo mismo.

Internet ofrece una diversidad difícil de encontrar en otro lugar. Pero también contiene textos breves, repetidos o poco revisados.

Además, desde 2022, cada vez hay más contenidos creados con IA en internet. Un estudio publicado en 2026 analizó páginas web aparecidas entre 2022 y 2025. A mediados de 2025, alrededor del 35 % de las nuevas páginas estudiadas incluían textos generados o modificados con IA. Esto no significa que el 35 % de internet haya sido creado por máquinas, pero sí muestra que estos contenidos tienen cada vez más presencia en la red.

El problema no es solo distinguir quién ha escrito qué. Una investigación publicada en Nature ya mostró en 2024 que entrenar sucesivas nuevas generaciones de modelos con contenidos producidos por modelos anteriores puede provocar una degradación progresiva de los resultados.

En este contexto, los libros anteriores a la expansión de la IA generativa adquieren un nuevo valor. Ofrecen a las empresas tecnológicas contenidos extensos y estructurados que, en muchos casos, han pasado por procesos profesionales de edición y corrección. Además, han sido escritos por personas.

Cuando el patrimonio se convierte en datos

Durante siglos hemos creado bibliotecas, archivos y universidades para conservar una parte de nuestra memoria colectiva. Estas instituciones no se limitan a almacenar sus fondos, también los catalogan, los preservan y los hacen accesibles.

La inteligencia artificial está dando un nuevo valor a ese patrimonio. No interesa el ejemplar físico; importa la información que contiene. Al digitalizarlo, el texto puede convertirse en datos y utilizarse para entrenar modelos de IA.

Desde la pasada primavera, libreros de España, Alemania, Australia y Nueva Zelanda han alertado de pedidos masivos y poco habituales realizados por la empresa canadiense Zoom Books. Esta compañía se dedica a la venta de libros de segunda mano por internet. Sus compras suelen realizarse a través de grandes plataformas como AbeBooks o Biblio. En ellas se pueden encontrar desde títulos baratos hasta ediciones raras y difíciles de conseguir.

Estos patrones de compra –y el precedente de Anthropic– han despertado sospechas. Sobre todo, por su volumen y por el interés en obras antiguas, descatalogadas o que no están disponibles en formato digital. Zoom Books niega que sea para alimentar a la IA y, por el momento, no existen pruebas concluyentes que permitan atribuirle ese fin.

Libros amontonados en columnas.
Las librerías de segunda mano son un filón de ejemplares descatalogados, exóticos o raros.
Rhamely / Unsplash

Pero el fenómeno muestra hasta qué punto el contenido de los libros ha adquirido un nuevo valor. La información puede extraerse del objeto, convertirse en datos y circular de forma independiente. Muchos de estos textos nunca se han digitalizado, y algunos contienen conocimientos locales, especializados o publicados en lenguas con poca presencia en internet. Ofrecen información que todavía no está disponible en grandes bases de datos digitales.

Una nueva carrera por el conocimiento

Durante los últimos años hemos hablado de la carrera de la IA en términos de procesadores, energía, centros de datos y algoritmos. Pero la compra masiva de libros pone sobre la mesa otro recurso estratégico, mucho menos visible: el conocimiento humano.

Destruir un ejemplar puede parecer poco relevante cuando existen miles de copias. Pero no todos los libros están en esa situación. Muchos están descatalogados, tuvieron tiradas pequeñas o pertenecen a editoriales y ámbitos locales. Otros son difíciles de encontrar. En estos casos, cada ejemplar que desaparece dificulta el acceso a su contenido.

También importa qué libros se eligen. No todos los conocimientos están igual de representados en los datos que utilizan los modelos de IA. La selección puede reforzar desequilibrios que ya existen en internet.

La lengua es un buen ejemplo. También lo son el origen geográfico, la época o el tipo de conocimiento. Algunas culturas, perspectivas y formas de entender el mundo pueden estar muy presentes. Otras, mucho menos. Y otras pueden quedar al margen.

A esto se suma el debate sobre los derechos de autor. Escritores, editoriales y otros creadores cuestionan que sus obras puedan utilizarse para entrenar sistemas comerciales de IA sin permiso ni compensación. En Europa, la normativa sobre inteligencia artificial intenta aportar algo más de transparencia. Entre otras medidas, exige a las empresas responsables de los grandes modelos informar sobre los contenidos utilizados para entrenarlos y adoptar medidas para respetar la legislación europea sobre derechos de autor.

La cuestión, en todo caso, no es solo qué pueden aprender las nuevas herramientas tecnológicas de nuestros libros. Debemos preguntarnos qué ocurre con ellos tras su digitalización y procesamiento masivo, qué se conserva, qué puede llegar a desaparecer y qué conocimientos quedan fuera. Porque seleccionar los contenidos con los que aprende una IA también significa decidir qué voces estarán más presentes en sus respuestas y qué sesgos puede reproducir.


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The Conversation

Paloma González Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Por qué las empresas de inteligencia artificial están comprando millones de libros? – https://theconversation.com/por-que-las-empresas-de-inteligencia-artificial-estan-comprando-millones-de-libros-289431

La incógnita del virus del Nilo Occidental: ¿por qué puede convertirse en una amenaza mortal para algunas personas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Narcisa Martínez Quiles, Catedrática de Inmunología (UCM) y Especialista en Inmunología (Ministerio de Sanidad), Universidad Complutense de Madrid

frank60/Shutterstock

El virus del Nilo Occidental (VNO) ha dejado de ser una enfermedad exótica en España. Desde el importante brote registrado en Andalucía en 2020, los casos en humanos se repiten cada verano y el virus se ha consolidado como un problema de salud pública en varias regiones del país. Así, esta temporada se han notificado 46 diagnósticos en el territorio andaluz hasta el 18 de agosto, uno de ellos con resultado de muerte.

Su ciclo de transmisión, que involucra aves silvestres y mosquitos del género Culex, está bien descrito. También conocemos los factores ambientales que favorecen su expansión, como el aumento de las temperaturas, las lluvias y la abundancia de humedales donde proliferan los vectores.

Aunque los casos parecen haber disminuido con las medidas de control, las preguntas más importantes han dejado de ser ecológicas. Hoy, el mayor desafío consiste en comprender cómo interacciona el virus con las personas. Siete años de transmisión sostenida plantean un nuevo reto científico: entender por qué la infección pasa completamente desapercibida en la mayoría de los casos, mientras que en unos pocos provoca una encefalitis potencialmente mortal.

¿Cuántas personas se infectan realmente?

Debido a que aproximadamente el 80 % de las infecciones por el VNO son asintomáticas, desconocemos cuántas personas se infectan realmente. Alrededor del 20 % de los casos experimenta un cuadro febril inespecífico y menos del 1 % evoluciona hacia una enfermedad neuroinvasiva, como meningitis, encefalitis o parálisis. Aproximadamente un 10 % de los pacientes que desarrollan enfermedad grave mueren.

Al conocerse solamente cuántos casos graves se notifican cada verano, los pacientes que llegan a los hospitales representan la punta del iceberg.


Elaborado por la autora.

En España se ha desarrollado una excelente red de vigilancia en mosquitos, aves y caballos bajo el enfoque One Health (Una Sola Salud). Sin embargo, apenas existen estudios de seroprevalencia en población general que permitan estimar cuántas personas han desarrollado anticuerpos tras una infección inadvertida.

Sin esa información resulta difícil conocer la verdadera magnitud del problema, identificar las zonas de mayor transmisión o evaluar cómo evoluciona la inmunidad de la población con el paso de los años.

¿Por qué unas personas enferman y otras no?

Desde el punto de vista de la inmunología, el tipo de virus (variante concreta) y la reacción de las defensas del hospedador o individuo infectado marcan la diferencia.

Durante los primeros días de la infección, la respuesta inmunitaria innata establece una barrera frente a la replicación y diseminación del VNO. Tras la picadura de un mosquito, el virus infecta inicialmente queratinocitos (las células más abundantes de la epidermis), células dendríticas de la piel, macrófagos (dos tipos de células imunitarias) y, en menor medida, fibroblastos (células del tejido conectivo), donde comienza a replicarse. Desde allí alcanza los ganglios linfáticos regionales y puede pasar al torrente sanguíneo.

Las primeras horas tras la infección son decisivas. Las células infectadas detectan la presencia del virus y producen interferones de tipo I, unas proteínas que actúan como la primera línea de defensa frente a numerosos virus. Activan cientos de genes antivirales capaces de limitar rápidamente la replicación del patógeno.

Si esta respuesta es rápida y eficaz, la infección suele quedar controlada antes incluso de producir síntomas. Si, por el contrario, el VNO consigue escapar a esa primera barrera, especialmente a los interferones tipo I, aumentará la carga viral y, con ello, la probabilidad de que alcance el sistema nervioso central.

Posteriormente entran en acción los anticuerpos neutralizantes y los linfocitos T, que eliminan las células infectadas y contribuyen a erradicar el virus. En la mayoría de las personas esta respuesta adaptativa completa el trabajo iniciado por la inmunidad innata.

¿Qué pasa cuando el virus alcanza el sistema nervioso central?

Cuando el patógeno consigue alcanzar una carga viral suficiente, puede acceder al sistema nervioso central mediante diferentes mecanismos. Dos de ellos son la alteración de la barrera hematoencefálica (la estructura celular que protege el cerebro) inducida por el propio virus y el transporte por parte de células inmunitarias infectadas, que actuarían como “caballos de Troya”.

Tras atravesar la barrera hematoencefálica, el virus infecta distintos tipos de células. En ese momento, el sistema inmunológico actúa adoptando un delicado equilibrio para eliminar esas células infectadas y, al mismo tiempo, evitar un exceso de inflamación en órganos especialmente vulnerables como el cerebro.

¿Hay variantes del virus más neuroinvasivas?

La respuesta es sí: la capacidad neuroinvasiva puede estar condicionada por características diferenciales entre las distintas variantes procedentes de los diferentes linajes del virus, de los que se han descrito siete.

Como se ha mencionado, en la mayoría de los casos, la gravedad parece surgir de la interacción entre la virulencia de la cepa y la capacidad del sistema inmunitario del hospedador para contener la infección durante los primeros días.

¿Influyen nuestros genes?

Aunque la edad avanzada, la inmunosupresión o enfermedades como la diabetes o hipertensión aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad neuroinvasiva, también se han identificado variantes genéticas que podrían modificar la susceptibilidad de cada individuo. Entre ellas destaca una mutación rara del gen CCR5, denominada CCR5-Δ32 (Δ32 equivale a pérdida o deleción de 32 aminoácidos, los componentes básicos de las proteínas), cuya historia ilustra hasta qué punto la relación entre genética e inmunidad puede resultar paradójica.

CCR5 tiene una doble cara: codifica para un receptor de quimiocinas, sustancias atrayentes de los leucocitos que dirigen el tráfico de estas células defensivas (como su migración hacia los tejidos infectados); y, a la vez, es un receptor del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). También sabemos que las personas portadoras de dos copias u homocigotas de la mutación CCR5-Δ32 son altamente resistentes a la infección por la mayoría de las variantes del VIH. Esta observación hizo posibles las escasas curaciones de la infección mediante trasplante de médula ósea procedentes de donantes portadores de dicha variante. La primera curación fue la del denominado paciente de Berlín.

Sin embargo, esa misma mutación podría aumentar la susceptibilidad frente al virus del Nilo Occidental. Diversos estudios experimentales han demostrado que, en ausencia de un receptor CCR5 funcional, los linfocitos migran con menor eficacia hacia el sistema nervioso central. Como consecuencia, el patógeno puede persistir durante más tiempo en el cerebro y aumentar el riesgo de desarrollar encefalitis.

Esto es un recordatorio de que la evolución rara vez genera soluciones universales. Una variante genética puede resultar beneficiosa frente a un patógeno y perjudicial frente a otro completamente distinto.

¿Ha llegado el momento de replantearse la investigación?

En mi opinión, necesitamos saber cuántas personas se infectan realmente cada verano. Se precisa conocer a fondo los factores inmunológicos que confieren protección y cómo evoluciona la inmunidad de la población tras exposiciones repetidas. Responder a estas preguntas requerirá estudios de seroprevalencia en la población general en las zonas afectadas y cohortes clínicas bien caracterizadas.

El virus del Nilo Occidental ya no representa únicamente un desafío para la vigilancia epidemiológica: se ha convertido también en una oportunidad científica para comprender por qué, frente a un mismo virus, el sistema inmunitario puede escribir historias completamente diferentes.

The Conversation

Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La incógnita del virus del Nilo Occidental: ¿por qué puede convertirse en una amenaza mortal para algunas personas? – https://theconversation.com/la-incognita-del-virus-del-nilo-occidental-por-que-puede-convertirse-en-una-amenaza-mortal-para-algunas-personas-289416

Qué son los ‘thanabots’: el duelo, convertido en un servicio de suscripción

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vitor Lima, Associate Professor of Marketing, ESCP Business School

PerfectWave/Shutterstock

Nos suena el teléfono, y cuando respondemos, la voz al otro lado es la de un amigo fallecido. Recibimos un mensaje de felicitación de cumpleaños de un hijo difunto. Esto es hoy posible y está pasando.

Los thanabots o robots de duelo son programas de inteligencia artificial que se entrenan con información sobre una persona fallecida, información que obtienen de sus perfiles e interacciones en redes sociales y otros datos personales. Estos rastros de la vida de un ser humano se transforman en una inquietante identidad parlante moldeada por familias, algoritmos y empresas.

Lo que antes pertenecía al ámbito de las sesiones de espiritismo, la religiosidad personal o la ciencia ficción se está convirtiendo poco a poco en un servicio de consumo habitual.

En 2013, un episodio de la serie de ciencia ficción Black Mirror titulado “Ahora mismo vuelvo” planteaba la siguiente situación: la protagonista, Martha, pierde a su pareja, Ash, en un accidente automovilístico. El dolor es tan grande que recurre a un servicio que reconstruye a Ash partir de su “huella” digital. Empieza con mensajes, luego pasa a una voz familiar y termina con un cuerpo sintético. Esta réplica conoce las frases típicas y los chistes de Ash. Aunque puede reproducir lo que él dejó atrás, no puede recuperar lo que significaba ser él.

Los servicios de suscripción a Griefbot actúan de forma muy similar a los objetos transicionales, ya que permiten a las personas en duelo seguir conectadas virtualmente con el difunto. (Shutterstock AI)
Shutterstock AI, CC BY

No tardó en aparecer un caso similar (sin la parte del cuerpo sintético) en el mundo real. La cofundadora del chatbot Replika, Eugenia Kuyda, utilizó mensajes de su amigo fallecido, Roman Mazurenko, para crear un bot conversacional al estilo de este.

Hoy en día, los thanabots o robots de duelo emplean mensajes, fotografías, vídeos, grabaciones de voz y publicaciones en redes sociales para simular el discurso y el comportamiento de una persona fallecida. Forman parte de una creciente “industria del más allá” digital que convierte los rastros de una vida en recreaciones interactivas.

Más allá de la experimentación

El concepto ha ido mucho más allá de la experimentación marginal. Microsoft posee una patente, concedida en 2020, para “crear un chatbot conversacional de una persona concreta” utilizando datos sociales como mensajes, datos de voz, imágenes y otro material personal. La patente indica explícitamente que la “persona concreta” puede ser alguien que ya haya fallecido, ya sea un amigo, un familiar, una celebridad o una figura histórica.

Los precios dejan clara la lógica comercial. Un informe reciente describía que la app HereAfter AI (que anunció su cierre a en el verano de 2026) ofrecía planes por unos 199 dólares estadounidenses, mientras que se decía que la empresa surcoreana DeepBrain AI ofrecía recreaciones de avatares 3D de alta gama por hasta 50 000 dólares estadounidenses (sin contar las cuotas de mantenimiento).

De recuerdo a identidad parlante

La gente siempre ha recurrido a objetos para mantener el vínculo con los difuntos. Un abrigo puede conservar un olor. Una receta puede evocar la voz de alguien cercano. Un mensaje de voz guardado puede condensar años en segundos. Pero los objetos conmemorativos más antiguos transmiten algo de la persona sin pretender ser ella misma.

Un thanabot cambia ese esquema. Habla en primera persona: “Recuerdo”, “Te echo de menos”, “Sigo creyendo”, aunque se trate de frases nuevas generadas tras la muerte. Una fotografía dice: “Esta persona estuvo aquí”. Un thanabot dice: “Sigo aquí”.

Ese cambio en el pronombre puede plantear problemas. El sistema se construye a partir de lo que otros pueden recopilar, como mensajes, hábitos registrados, fotografías, chistes y acciones recordadas. A continuación, representa un punto de vista, como si estos fragmentos hubieran recuperado la vida interior que en su día les dio sentido.

Lo que parece conservación es, en realidad, creación. Cada respuesta combina los datos de la persona fallecida con las selecciones de la familia, las indicaciones de quien está de luto, las predicciones de un modelo y las decisiones de diseño de una empresa. La respuesta suena como si proviniera de una sola persona, pero su autoría puede estar repartida entre muchas.

¿Qué se está manteniendo vivo?

¿Es saludable seguir hablando con los fallecidos? El duelo nunca ha exigido silencio. La gente habla ante las tumbas, escribe cartas a los difuntos, repite rituales compartidos e imagina lo que diría un ser querido. Mantener un vínculo puede formar parte del duelo.

La pregunta más difícil no es si las personas deberían mantener una relación con los difuntos. Es precisamente qué es lo que ese acto mantiene “vivo”.

Las relaciones contribuyen a hacernos quienes somos. Nos convertimos en parejas, padres, hijos y amigos a través de la forma en que otras personas nos reconocen y se dirigen a nosotros. La muerte nos arrebata a una persona, pero también trastorna parte de la propia identidad del superviviente. Un padre o una madre que pierden a un hijo también pierden la voz que convertía su labor parental en un intercambio vivo.

Imposibilidad de ‘pasar página’

Un thanabot puede recuperar parte de ese reconocimiento. Puede recordar el aniversario, repetir la broma familiar o volver a llamar a alguien “mamá”. Pero el servicio no se limita a recrear una versión del difunto: también puede preservar una versión de la persona viva que existía dentro de esa relación. Esto, por supuesto, puede ofrecer consuelo al principio.

Sin embargo, es posible que mantenga a la persona en duelo anclada en una versión anterior de sí misma, organizada en torno a una relación que la muerte ha transformado. Las empresas podrían estar vendiendo acceso a los difuntos y, con ello, acceso a una versión anterior del cliente.

¿Quién decide en quién se convierten los fallecidos?

Un thanabot puede decir cosas que la persona fallecida nunca dijo. Esto puede resultar atractivo, pero las dificultades éticas pueden surgir precisamente ahí. En 2025, el padre de Joaquín Oliver, un joven de 17 años asesinado en el tiroteo escolar de Parkland de 2018, creó una versión de su hijo basada en la inteligencia artificial y permitió que un periodista lo entrevistara. El avatar respondió a nuevas preguntas utilizando la voz de Joaquín y defendió públicamente su activismo contra las armas.

La misma cuestión se plantea en el ámbito privado, dentro de las familias. ¿Quién tiene derecho a autorizar una recreación: el cónyuge, un progenitor, todos los hermanos o solo la propia persona antes de su muerte? El amor puede motivar la reconstrucción, pero no otorga autoridad ilimitada sobre la identidad de otra persona. Y el consentimiento es solo el principio.

Un thanabot puede cambiar con el tiempo. Una actualización de software puede alterar su vocabulario, su sentido del humor, sus “recuerdos” o su tono político. Los familiares pueden subir nuevo material, lo que le permite evolucionar más allá de la vida con la que se le entrenó. En algún momento, la conservación da paso a la interpretación.

De la interpretación a la invención

La interpretación se convierte entonces en invención. La propiedad, por tanto, está dividida desde el principio. La familia puede aportar el archivo. La empresa controla el modelo, la interfaz y los servidores. La persona fallecida aporta la identidad que confiere al producto su valor emocional y comercial, pero ya no puede renegociar el acuerdo. Las empresas pueden decidir qué versión aparece, qué recuerda y cuánto tiempo permanece disponible. Es posible que una memoria de mayor calidad esté reservada a un nivel premium. Una voz familiar puede cambiar tras una actualización. El clon puede desaparecer cuando la empresa cierre.

El psicoanalista Jacques Lacan distinguía entre la muerte biológica y la muerte simbólica, que se produce cuando una persona desaparece de la memoria colectiva. La resurrección por suscripción, como sugerimos en otro estudio, introduce una tercera posibilidad: la muerte digital se produce cuando cesa el pago, el proveedor cierra o se retira el modelo.

El poder de la empresa tras una imagen querida

En este caso, la ética no es abstracta. Está integrada en el propio servicio: qué consentimiento cuenta, quién responde por las distorsiones, cómo se valora el duelo y si una familia puede pausar, exportar o eliminar definitivamente una recreación sin verse obligada a alquilarla para siempre.

Los difuntos siempre han hablado a través de sus pertenencias, los rituales y las personas que los recuerdan. Lo nuevo es la respuesta animada generada, junto con el poder de una empresa para editarla, interrumpirla y facturarla. En cuanto el duelo depende del tiempo de actividad del servidor, alguien se adueña de la siguiente frase.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Qué son los ‘thanabots’: el duelo, convertido en un servicio de suscripción – https://theconversation.com/que-son-los-thanabots-el-duelo-convertido-en-un-servicio-de-suscripcion-289324

El calor extremo lleva al límite a la fauna silvestre

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maider Iglesias-Carrasco, Investigadora postdoctoral, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

El pasado mes de julio fue, empatado con el de 2022, el mes más cálido en España de toda la serie histórica. El cambio climático causado por el ser humano está provocando un aumento de las temperaturas globales, y a ello se suma el arranque del fenómeno de El Niño, caracterizado por el calentamiento del agua superficial en el océano Pacífico y que afecta a los patrones climáticos globales.

Aunque muchos de nosotros podemos evadir el calor refugiándonos en algún lugar fresco o, simplemente, encendiendo el aire acondicionado, otros seres vivos con los que compartimos el planeta se enfrentan a un escenario del que no tienen escapatoria.

Estudios recientes indican que solo en 2024 más de 5 000 especies animales, muchas de ellas amenazadas, estuvieron expuestas a temperaturas nunca antes registradas para ellas, lo que sin duda añade obstáculos para su supervivencia. Por desgracia, estas cifras aumentarán en 2026 y 2027, y los años por venir.

Cientos de crías de vencejo asfixiadas

Quizás la consecuencia más evidente y dramática del cambio climático en la vida silvestre es la muerte de animales y plantas. Esta puede deberse a causas directas asociadas al calor como la deshidratación y el colapso metabólico (que pueden observarse en aves, murciélagos y humanos, entre otros), o indirectas, como la inanición por falta de alimento.

En ciertos casos, este fenómeno es fácilmente cuantificable y visible. Por ejemplo, en Australia, las olas de calor matan a miles de zorros voladores cada año. En España, provocan la muerte de cientos de crías de vencejo por asfixia.

También en Australia, se estima que los incendios de 2019 provocados por las altas
temperaturas y la sequía acabaron con la vida o provocaron el desplazamiento de unos 3 000 millones de animales.

Asimismo, la ola de calor registrada entre 2013 y 2016 en el Pacífico norte, llamada blob, provocó la muerte directa de unos 4 millones de araos comunes –un ave marina del norte de Europa y América emparentado con los carismáticos frailecillos–, en lo que los investigadores han denominado “la mortandad masiva más devastadora de una única población de aves marinas registrada en la historia moderna”. Esto supuso la pérdida de entre el 50 % y el 75 % de la población. Una década más tarde, en 2024, aún no se había recuperado.

Un ave blanca y negra sobre una roca con el mar de fondo
Un arao, ave marina afectada por las altas temperaturas del océano, cerca de su nido.
Maider Iglesias-Carrasco

Cangrejos muertos de hambre y estrellas de mar cocidas

Los efectos en la vida marina son más difíciles de cuantificar, aunque igual o más devastadores. En 2018, durante una ola de calor oceánica, más de 10 000 millones de cangrejos de las nieves desaparecieron del mar de Bering (en el Pacífico norte) debido a una hambruna masiva provocada por la densidad de individuos y el calor. Se considera una de las mayores pérdidas de macrofauna marina no sésil (animales no fijos a un sustrato) del mundo.




Leer más:
Olas de calor marinas: el océano a punto de ebullición


Los animales marinos con poca o nula capacidad de movimiento pueden ser aún más sensibles a las olas de calor, ya que no pueden migrar o moverse a zonas más frescas. En 2021, solo en la costa de Vancouver (Canadá) murieron de forma repentina más de mil millones de estos animales marinos, incluyendo mejillones, almejas, estrellas de mar y bálanos, literalmente cocidos en las zonas intermareales, donde el calor y la marea baja provocaron que las temperaturas alcanzaran los 50 °C. Otro ejemplo más conocido es el del blanqueo de los corales, uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta, que se prevé que desaparezca antes del 2050.

En España, el calor está provocando un impacto similar en la Costa Brava. Allí entre el 50 % y el 70 % de las colonias de gorgonias (una especie de coral presente en el Mediterráneo) se vieron afectadas drásticamente o murieron en la ola de calor de 2022. Estas tasas de mortalidad son insostenibles ya que muchas de estas especies tienen ciclos de vida largos y reproducción lenta. Por ello, la pérdida de tantos individuos puede resultar catastrófica y ser irreversible, dando lugar a la total desaparición de las poblaciones y especies.

Un coral blanqueado en el fondo del mar con peces y otros corales alrededor
Gorgonia que ha sufrido blanqueamiento por el calor.
Universidad de Barcelona

Esto es solo la punta del iceberg. Son meros ejemplos que hemos podido documentar y cuantificar, mientras que sin duda innumerables mortalidades masivas suceden de manera silenciosa.

Efectos menos evidentes

Existen muchos otros ejemplos del impacto del cambio climático y las olas de calor sobre la fauna y flora más sutiles e imperceptibles. Si bien podemos cuantificar el número de muertes de algunas especies, la falta de agua y los efectos de las temperaturas elevadas sobre la reproducción, la fenología, la demografía o la fisiología suelen pasar inadvertidos.

Volviendo al caso del arao, tras la mortalidad en masa anteriormente mencionada, se observó un fracaso en la cría entre 2015 y 2017 en gran parte de las colonias objeto de seguimiento. Fue también consecuencia del aumento de la temperatura del mar, que derivó en una reducción drástica de la disponibilidad de alimento. Esto imposibilitó que los adultos pusieran huevos o sacaran adelante a los polluelos.

Un abejorro sobre unas flores de color morado
Las olas de calor afectan de manera difícil de cuantificar a muchos organismos, como los abejorros.
Maider Iglesias-Carrasco

En el caso de los abejorros, polinizadores fundamentales para la producción de alimentos y el funcionamiento de muchos ecosistemas, la exposición al calor durante las fases larvarias repercute en la supervivencia, el forrajeo y la reproducción en la etapa adulta.

Las condiciones ambientales modulan de forma compleja y sutil la reproducción y la supervivencia de la fauna. Ciertos casos son más patentes. Por ejemplo, en algunos reptiles como las tortugas marinas, la determinación del sexo, y por tanto la proporción de machos y hembras en la descendencia, depende de la temperatura de incubación.

Así, en algunas zonas del planeta, todos los individuos de algunas especies están naciendo hembras, ya que este es el sexo que normalmente se desarrolla con temperaturas de incubación más elevadas. Este cambio demográfico (la falta de machos) puede tener consecuencias nefastas para el futuro de estas especies.

Una pequeña tortuga oscura nada en la superficie del agua cristalina
Una cría de tortuga verde entrando en el mar en las islas del noroeste de Hawái.
Mark Sullivan, permiso de la NOAA n.º 10137-07

Los cambios en una especie afectan a otras

Los efectos que observamos en una especie rara vez son aislados. Cuando desaparece un elemento de la cadena trófica o de las relaciones mutualistas que entretejen la biodiversidad, el desequilibrio se extiende por todo el ecosistema.

En el mar, los cambios en la abundancia de especies fundamentales como el plancton, el kril o los peces pequeños como las anchoas, que son la dieta de numerosos animales, reducen la productividad del océano y desencadenan episodios de mortalidad masiva en aves y mamíferos marinos que dependen de ellos para alimentarse.

Con frecuencia estos efectos terminan impactando con gran fuerza en los humanos, causando pérdidas millonarias en pesquerías y la agricultura, problemas para la salud e inestabilidad alimentaria.

Fitoplacton visto al microscopio
Las olas de calor alteran los ciclos estacionales de fitoplancton, pequeños organismos fotosintéticos marinos, lo que afecta a la abundancia de zooplancton y con ello, a otros seres vivos como los peces.
ESA



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Cómo proteger las sardinas y anchoas mediterráneas de la sobrepesca y el cambio climático


Hacia un futuro insoportablemente caluroso

Contamos con las herramientas y el conocimiento científico que revelan las consecuencias de nuestras actividades para la vida silvestre. Sin embargo, seguimos contaminando, deforestando y alterando el equilibrio del mundo que nos mantiene.

Pero no somos invulnerables. Como señala el investigador Justin Gregg en su libro Si Nietzsche fuera un narval, “un niño que nace ahora tiene cinco veces más probabilidades de morir en una extinción global que en un accidente de tráfico”.

Sin poner en marcha cambios importantes, nos precipitamos, arrastrando con nosotros a muchos de los organismos que nos rodean, a un futuro que, por desgracia, no es incierto, sino ciertamente oscuro e insoportablemente caluroso.

The Conversation

Paco Garcia-Gonzalez recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades)

Maider Iglesias-Carrasco no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El calor extremo lleva al límite a la fauna silvestre – https://theconversation.com/el-calor-extremo-lleva-al-limite-a-la-fauna-silvestre-289922

Conflictos lejanos que afectan al consumo cercano y hacen que suba la cesta de la compra

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Ángeles Fernández-Zamudio, Profesora Titular en el Departamento de Economía y Ciencias Sociales, Universitat Politècnica de València

Pierre Desrosiers/Shutterstock

Cuando sube el precio de los alimentos se piensa en las decisiones de negocio de los supermercados, o en malas cosechas, sequías o subidas de los costes de producción en el campo. Pero detrás del encarecimiento muchas veces hay factores menos previsibles y más lejanos como son las guerras, las crisis energéticas, los problemas logísticos o las tensiones comerciales internacionales.

La reciente subida del precio de los alimentos no es un fenómeno exclusivamente español. Los mercados internacionales también han experimentado fuertes incrementos, hasta alcanzar, en 2022, los niveles más elevados observados por el Índice de Precios de los Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Este índice, con datos mensuales desde 1961, permite visualizar la tendencia de encarecimiento o abaratamiento de la cesta alimentaria. Lo que se observa es que, entre 2019 y 2024, los precios de los alimentos en España aumentaron más que el resto de elementos que componen el consumo de las familias.

Una cadena alimentaria compleja en su dimensión e interrelaciones

Para completar el circuito de producción, distribución y comercio de alimentos se requieren abundantes insumos (agua, energía, fertilizantes, tecnología, etc.) y procesos (manipulación, almacenamiento, transporte, etc.), que son asumidos por los distintos eslabones que conectan la producción en origen con el consumidor final.

A los insumos que se necesitan para la producción agrícola se añaden los usados para la transformación, preparación o envasado en las industrias alimentarias, y los requeridos en la logística y distribución entre agentes mayoristas y minoristas. Finalmente, los productos se reciben en los establecimientos de venta final y llegan a los hogares o locales (restaurantes, comedores escolares, cantinas, etc.) donde se consumen.

Insumos críticos

La Comisión Europea ha reconocido que la guerra de Ucrania puso de manifiesto la vulnerabilidad del sistema alimentario europeo, debido a la dependencia de energía, fertilizantes y cereales importados. Al mismo tiempo, la FAO ha señalado que, desde antes de la invasión de Ucrania, los precios alimentarios a nivel global han estado presionados por el aumento de los costes energéticos y de los fertilizantes.

España es un ejemplo de país que, aunque produce gran cantidad y diversidad de alimentos, no por ello es autosuficiente. También depende del comercio internacional para el abastecimiento de numerosos productos; entre ellos, café, cacao, especias o diversas frutas tropicales que forman parte de los hábitos de consumo actuales.

Pero lo más importante es que no tiene autonomía para disponer de los insumos críticos para la producción de alimentos: el petróleo (como elemento clave de toda la logística y movimiento de maquinarias), los fertilizantes (muchos de ellos se fabrican usando gas natural), los cereales (base de la producción de piensos para el ganado) o la tecnología empleada en el riego o en dispositivos electrónicos que en muchas ocasiones tampoco se fabrican en España ni en el resto de Europa.

Por lo tanto, la vulnerabilidad de un territorio no está tanto en su capacidad para producir alimentos, sino en la dependencia externa de los recursos imprescindibles para seguir produciéndolos.

Cuando las crisis globales llegan al supermercado del barrio

Cuando a las crisis naturales (por sequías, danas o incrementos de temperatura) se suman otros conflictos globales, queda de manifiesto la fragilidad que tienen las sociedades en su soberanía alimentaria. Un ejemplo muy conocido: hace cinco años, la pandemia de covid-19 paralizó todas las cadenas logísticas y la economía mundial. Después le han seguido otros conflictos geopolíticos (la guerra de Ucrania, la guerra comercial impulsada por Trump, el conflicto en Oriente Medio) que siguen generando importantes impactos en el comercio de alimentos.

En 2021 hubo una crisis energética global y el Banco Mundial señaló al incremento del precio del gas natural como la causa del encarecimiento de los fertilizantes nitrogenados. A principios de 2022 se inició la guerra de Ucrania, que aún perdura, y la FAO ha señalado que Rusia y Ucrania ocupan posiciones estratégicas en el comercio mundial de cereales, y que Rusia es uno de los principales exportadores de fertilizantes. Así, el índice mundial de precios alimentarios alcanzó máximos históricos en 2022.

Posteriormente se han sucedido otros conflictos, como los de Oriente Medio o el cierre del estrecho de Ormuz. El Banco Mundial ha advertido que las crisis en zonas donde se concentra el petróleo pueden generar nuevas perturbaciones en los mercados energéticos y de fertilizantes, causando un impacto directo sobre los costes de producción agraria y de transporte y distribución de alimentos.

Comprender la cadena para fortalecer la soberanía alimentaria

Solemos asociar la soberanía alimentaria con producir alimentos dentro de las propias fronteras. Sin embargo, producir no basta si se depende del exterior para obtener energía, fertilizantes, materias primas o tecnologías esenciales. Comprender cómo funciona la cadena alimentaria es el primer paso para hacerla más sostenible, y esta es una labor que no solo deben hacer los agentes que operan en la agrocadena.

Para ayudar a mitigar los efectos negativos de los factores externos, se debe apoyar a los tipos de agricultura más resilientes y adaptadas al cambio climático. Un ejemplo: no se les puede exigir cosechas máximas a quienes producen si solamente se comercializan las frutas y verduras estéticamente perfectas, ya que se están desaprovechando todas aquellas que no alcanzan los actuales estándares comerciales, además de todos los insumos utilizados para obtenerlas: agua de riego, fertilizantes, fitosanitarios, mano de obra, etc.

Consumo informado y consciente

El poder del consumo puede ser inmenso, sobre todo si las personas lo hacen de manera consciente e informada, optando por el producto local y de temporada, diversificando los proveedores, fomentando que haya menos intermediarios y reconociendo el papel del trabajo agrario en la sociedad. Las decisiones meditadas de la ciudadanía acaban fortaleciendo la seguridad alimentaria de los países, y preparan y protegen a los países para las futuras crisis.

Los conflictos recientes recuerdan una realidad que a menudo pasa desapercibida: la seguridad alimentaria no depende únicamente de producir alimentos. También depende de la capacidad para mantener funcionando una compleja red de energía, transporte, fertilizantes, tecnología o comercio. Entender cómo funciona esa cadena es el primer paso para hacerla más resiliente. Porque, en un mundo globalizado, lo que ocurre lejos se acaba reflejando en lo cotidiano y local.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Conflictos lejanos que afectan al consumo cercano y hacen que suba la cesta de la compra – https://theconversation.com/conflictos-lejanos-que-afectan-al-consumo-cercano-y-hacen-que-suba-la-cesta-de-la-compra-282101

J’ai déjà vu les talibans fermer les écoles aux filles. Les revoir le faire est déchirant

Source: The Conversation – in French – By Ghazaal Habibyar, PhD Candidate, Faculty of Social Sciences, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

En août 2021, les talibans ont repris Kaboul et, en l’espace de quelques semaines, interdit aux filles de fréquenter l’école au-delà de la 6e année. Cette interdiction est toujours en vigueur.


L’Afghanistan demeure le seul pays au monde à interdire officiellement aux filles et aux femmes l’accès à l’enseignement secondaire et supérieur. Les femmes afghanes se sont aussi vu interdire de travailler dans la plupart des secteurs où elles étaient auparavant présentes, que ce soit dans la fonction publique ou au sein d’organismes d’aide nationaux et internationaux.

Environ 2,2 millions d’adolescentes se sont vu refuser l’accès à l’école secondaire pendant près de 1800 jours. Une analyse de l’UNICEF datant de 2026 prévoit que l’Afghanistan perdra jusqu’à 20 000 enseignantes et 5400 travailleuses de la santé d’ici 2030, alors que ces restrictions coûtent déjà environ 84 millions de dollars américains par année.

Depuis septembre 2025, les forces talibanes interdisent également aux femmes afghanes, y compris au personnel des Nations unies d’accéder aux bureaux de l’ONU. En janvier 2026, les femmes fonctionnaires ont même perdu le salaire réduit qu’elles recevaient depuis 2021 pour rester à la maison.

J’ai déjà vu une version de cette situation se produire, alors que j’étais une jeune fille en 1996, la dernière fois que les talibans ont pris Kaboul.

Ce qui me frappe le plus dans cette seconde interdiction, ce n’est pas qu’elle se soit reproduite. C’est que l’inaction du monde, cette fois, ne tient pas à un manque de sensibilisation. Tout le monde sait ce qui arrive aux filles afghanes. L’échec, c’est que cette prise de conscience n’a eu aucun coût réel pour les talibans.




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Quatre ans de règne taliban : les Afghans souffrent en silence. Le monde regarde-t-il encore ?


Ce que les femmes afghanes ont bâti

Quelques jours après la prise de pouvoir, les femmes afghanes étaient dans les rues de Kaboul scandant « Du pain, du travail, la liberté », une revendication qu’elles n’ont cessé de formuler depuis, au péril de leur vie. Ce cri de ralliement emblématique réclame des droits fondamentaux – l’éducation et l’emploi – face à leur exclusion systématique de la vie publique.

Des groupes de femmes afghanes ont organisé des manifestations tout au long de cette période, malgré des arrestations, des actes de torture et des meurtres exercés en représailles, une répression si violente qu’elle a forcé une grande partie de la résistance à passer dans la clandestinité.

En février 2026 encore, des filles étaient de retour dans les rues de Kaboul, réclamant toujours leur droit à l’éducation. Là où manifester est devenu trop dangereux, les femmes afghanes ont mis en place une alternative plus discrète : des réseaux informels d’écoles clandestines, gérées à domicile, pour enseigner aux filles qui, autrement, n’auraient absolument aucun accès à une salle de classe.

Cette résistance n’a rien de facile ni de sans risque. Elle existe parce que personne d’autre ne l’a fait à leur place, et parce qu’il fallait bien que quelqu’un le fasse.

Parallèlement aux manifestations et à l’enseignement clandestin, les organisations de femmes afghanes se sont également attelées à documenter ces violations. En juin 2026, des chercheurs de l’Institut pour les femmes, la paix et la sécurité de l’Université de Georgetown ont recensé 264 décrets des talibans portant atteinte aux droits de la personne depuis 2021, dont 166 visent spécifiquement les femmes et les filles.

Une réponse internationale insuffisante

La principale voie de dialogue international avec les talibans est le processus de Doha, mené par l’ONU. Depuis 2023, plusieurs cycles de pourparlers ont eu lieu avec des représentants talibans en vue d’une éventuelle réintégration de l’Afghanistan au sein de la communauté internationale : normalisation des relations diplomatiques, reconnaissance officielle du gouvernement taliban, retour du pays à une participation normale aux institutions internationales et au commerce mondial.

Sur l’insistance des talibans, les femmes et les groupes de la société civile afghane ont été exclus des pourparlers principaux, tenus à l’écart pour se réunir séparément, en marge du processus.

Sima Samar, ancienne présidente de la Commission indépendante afghane des droits de la personne, a fait valoir qu’en acceptant les conditions de participation imposées par les talibans, l’ONU risque de légitimer indirectement les politiques mêmes auxquelles elle dit s’opposer.

Ce risque fait l’objet d’une controverse au sein même de l’ONU. Georgette Gagnon, représentante spéciale adjointe de l’ONU et responsable par intérim de la Mission d’assistance des Nations unies en Afghanistan, a défendu le point de vue opposé lors de cette même séance : un engagement continu, fondé sur des principes, mais pragmatique, resterait nécessaire même lorsque les progrès sont graduels.

Ce désaccord, exprimé sur la tribune même de l’ONU, illustre le piège que dénoncent les femmes afghanes depuis des années : des déclarations d’inquiétude se succèdent, sans jamais rien coûter aux talibans.

Les efforts canadiens

Le bilan du Canada lui-même suit le même schéma, dans un registre plus optimiste, mais avec le même caractère inachevé.

En septembre 2024, le Canada s’est joint à l’Australie, à l’Allemagne et aux Pays-Bas pour invoquer officiellement les obligations de l’Afghanistan au titre de la CEDAW, la Convention des Nations unies sur l’élimination de toutes les formes de discrimination à l’égard des femmes que l’Afghanistan a ratifiée en 2003. Il s’agit d’une initiative véritablement importante, car c’est la première fois qu’un État tente de faire répondre un autre État de discrimination fondée sur le sexe devant la plus haute cour du monde.

Mais deux ans plus tard, l’affaire n’a toujours pas été portée devant la Cour internationale de justice (CIJ). Ottawa présente les étapes de négociation et d’arbitrage requises comme des conditions préalables à remplir. Et la déclaration de la société civile marquant le premier anniversaire de l’initiative ne pouvait encore que la décrire comme un effort qui pourrait éventuellement déboucher sur une affaire devant la CIJ, et non comme une affaire ayant déjà été portée devant celle-ci.

Le Canada vient également d’obtenir un siège à ce même comité. Amanda Dale, une experte canadienne en droits de la personne désignée par Ottawa, a été élue au comité de la CEDAW pour le mandat 2027-2030. Compte tenu de cette nomination canadienne, les défenseurs des droits demandent au Canada de faire de cette étape un levier pour faire avancer, avec la même urgence, sa propre affaire concernant l’Afghanistan.


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Lorsque le Canada et les Pays-Bas ont intenté une action similaire contre la Syrie pour torture, ils ont franchi chaque étape sans délai. Une fois les négociations dans l’impasse en 2022, ils ont rapidement demandé l’arbitrage. La Syrie n’ayant pas donné suite dans le délai requis de six mois, ils ont saisi la CIJ en 2023 et ont obtenu une ordonnance exécutoire.

Après avoir invoqué le même mécanisme contre l’Afghanistan, le Canada n’a franchi aucune étape comparable. Si les négociations ont échoué, elles n’ont visiblement pas cédé la place à une demande d’arbitrage. L’affaire en est toujours au point de départ.

Les femmes afghanes, ainsi que les États qui ont pris cet engagement en leur nom, méritent la même urgence procédurale qui a permis de mener l’affaire contre la Syrie jusqu’à sa résolution.

L’ampleur des conséquences de cette inaction est bien documentée.

Réflexions personnelles

Je reconnais tout cela, car j’en ai déjà vécu une version autrefois.

En 1996, j’étais une jeune fille à quelques semaines de mes examens finaux lorsque les talibans ont pris le contrôle de Kaboul. Cette nuit-là, sans électricité, nous nous sommes rassemblées autour d’une radio et avons appris que nous étions passées dans la classe supérieure, mais que les écoles fermaient leurs portes aux filles jusqu’à nouvel ordre.

Au début, je ne comprenais pas ce que cela signifiait. En tant que jeune élève, j’étais ravie que les examens finaux soient annulés, alors j’ai couru le dire à ma grand-mère. À mi-chemin dans un couloir sombre, j’ai pris conscience de ce que cela signifiait réellement : il n’y aurait pas d’école l’année suivante. Je me suis assise et j’ai pleuré.

Mais j’ai eu de la chance.

Mes parents nous ont emmenées, ma sœur et moi, au Pakistan pour que nous puissions continuer nos études, une décision que de nombreuses familles afghanes ne pouvaient pas se permettre. Nous non plus, d’ailleurs. Ce sont mes tantes et mes oncles vivant à l’étranger qui ont financé nos études.

Certaines de mes amies n’ont pas pu terminer leurs études et, pour autant que je sache, ont plutôt été mariées. J’ai ensuite été la première femme à occuper le poste de directrice, puis de sous-ministre, puis de ministre par intérim des Mines et du Pétrole au sein du cabinet afghan.

Ces conditions ont changé pour ma génération. Rien ne garantit qu’elles changeront pour la génération actuelle, la sensibilisation à elle seule n’y suffira pas.

Les femmes afghanes ont passé les cinq dernières années à prouver qu’elles n’avaient pas accepté cette interdiction comme un fait accompli. Il convient de se demander pourquoi le reste du monde s’est satisfait d’un engagement si limité.

La Conversation Canada

Ghazaal Habibyar ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. J’ai déjà vu les talibans fermer les écoles aux filles. Les revoir le faire est déchirant – https://theconversation.com/jai-deja-vu-les-talibans-fermer-les-ecoles-aux-filles-les-revoir-le-faire-est-dechirant-289930

Patrimoine : faut-il faire contribuer ceux qui exploitent son image ?

Source: The Conversation – in French – By Cécile Anger, Docteur en droit des marques culturelles, Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne

Façade du Palais Garnier, à Paris, revêtue d’une publicité de la marque Chanel, dont les recettes ont financé la restauration de l’édifice. ATHEM

Alors que la Cour des comptes alerte sur l’ampleur des besoins en matière de financement du patrimoine, l’image des biens culturels pourrait-elle devenir une ressource économique au service de leur conservation ?


Dans un rapport publié le 16 juin dernier, la Cour des comptes se penche sur les grands chantiers patrimoniaux du ministère de la culture conduits ces dix dernières années. Elle souligne le coût élevé de ces opérations, souvent revu à la hausse, et le nombre croissant de rénovations à conduire d’ici à 2035, qu’il s’agisse de restaurations ou de mises aux normes environnementales et sécuritaires.

Mais le constat ne s’arrête pas là : les magistrats de la rue Cambon alertent sur le financement de ces chantiers. Cette hausse des besoins de rénovation du patrimoine soulève « des inquiétudes sérieuses quant à sa soutenabilité financière ». La Cour mentionne un « effet de ciseau » entre, d’une part, l’augmentation des chantiers et, d’autre part, « des financements publics en attrition ».

Des recettes issues de partenariats avec des acteurs privés

Face à la contraction des financements publics, les opérateurs culturels diversifient leurs ressources : billetterie, mécénat, locations d’espaces, partenariats internationaux ou encore recettes publicitaires liées aux chantiers de restauration. Le partenariat avec le Louvre Abou Dhabi en constitue un exemple emblématique, ayant permis de « financer pour plus d’un milliard d’euros d’investissements au profit du patrimoine français », même si la Cour rappelle que cet accord arrive à échéance.

Les publicités apposées sur les bâches de chantier constituent également une source de financement, comme l’ont illustré les travaux de l’Opéra national de Paris.

Le droit sur l’image des domaines nationaux : un nouvel outil de financement du patrimoine

Moins connu, un autre mécanisme visant lui aussi des recettes de nature publicitaire a vu le jour il y a quelques années.

Il y a dix ans, la loi relative à la liberté de la création, à l’architecture et au patrimoine (loi LCAP) a instauré une disposition venant encadrer les conditions d’utilisation commerciale de l’image de certains biens culturels. Dans ce cadre, le monument ne sert pas de support à la publicité, il en devient le sujet.

L’article L. 621-42 du Code du patrimoine prévoit que l’utilisation à des fins commerciales de l’image des domaines nationaux est soumise à autorisation préalable du gestionnaire, cette dernière pouvant être assortie de conditions financières. L’objectif était à la fois de protéger l’image de ces domaines et de la valoriser sur le plan économique.

Quels sont ces domaines nationaux ? Il s’agit d’ensembles immobiliers appartenant, au moins en partie, à l’État et présentant « un lien exceptionnel avec l’histoire de la nation ». Sont donc exclus les biens mobiliers (peintures, sculptures, dessins…) ainsi que les biens n’appartenant pas, même partiellement, à l’État, qu’ils relèvent de propriétaires privés (comme le château de Chenonceau) ou d’autres personnes publiques (comme la tour Eiffel ou le Palais des papes).

Un cadre limité aux seuls domaines nationaux

Il s’agit d’un cercle restreint de bénéficiaires. Aujourd’hui, 21 monuments disposent de ce statut à part, dont la liste comprend notamment le palais de l’Élysée, les châteaux de Versailles et de Chambord et le musée du Louvre. D’autres acteurs culturels pourraient, eux aussi, souhaiter rejoindre ce cercle.

Les usages commerciaux de l’image du patrimoine sont nombreux et la possibilité d’associer les utilisateurs à son entretien séduirait assurément un nombre important de gestionnaires culturels, en charge de mettre en œuvre l’obligation de conservation des biens dont ils ont la garde.

Le Palais des papes à Avignon, dans le Vaucluse, n’appartenant pas au moins en partie à l’État, ne peut disposer du statut de domaine national.
Avignon Tourisme

Une extension au profit d’autres biens culturels ?

Le périmètre des bénéficiaires fait débat depuis l’adoption de la loi LCAP. Dès les discussions parlementaires de 2016, puis dans une question au gouvernement, le sénateur Les Républicains (LR) Louis-Jean de Nicolaÿ proposait d’étendre le dispositif à l’ensemble des monuments historiques, estimant légitime que les propriétaires qui investissent dans leur restauration puissent bénéficier des recettes commerciales générées par leur image.

En 2019, la Cour des comptes relevait déjà cette limite dans un rapport consacré à la valorisation des marques culturelles . Prenant l’exemple du musée d’Orsay, elle suggérait d’étudier « la création d’un régime juridique ad hoc pour les musées les plus importants », notamment les 41 musées nationaux, dont seuls certains bénéficient aujourd’hui du statut de domaine national.

Tout comme le Palais des papes à Avignon, le château de Chenonceau (Indre-et-Loire) ne peut disposer du statut de domaine national.
Château de Chenonceau

Une approche plus large en Grèce et en Italie

La France n’est pas isolée dans ces réflexions. D’autres États européens – en particulier ceux disposant d’un riche patrimoine culturel et d’une économie en grande partie fondée sur le tourisme – ont adopté des mesures similaires. Certains ont choisi de retenir un périmètre plus large. La Grèce et l’Italie ont visé les biens culturels dans leur ensemble, comprenant ainsi les biens mobiliers et immobiliers.

L’Italie en offre une illustration avec le contentieux ayant opposé la Galleria dell’Accademia de Venise à l’entreprise Ravensburger à propos de l’utilisation commerciale de l’Homme de Vitruve.

Puzzles composés de l’image de l’Homme de Vitruve (Léonard de Vinci, vers 1490, dessin à la plume, encre et lavis), Ravensburger.
Ravensburger

Une atteinte acceptable au domaine public ?

Que signifierait une telle extension si elle devait advenir en France ? Elle permettrait à davantage de gestionnaires de transformer les utilisateurs commerciaux de l’image du patrimoine en contributeurs à sa conservation. La philosophie derrière cette logique est louable, mais il convient de tenir compte des conséquences éventuelles d’une telle ouverture.

En principe, lorsqu’une œuvre de l’esprit entre dans le domaine public, chacun peut librement la reproduire, y compris à des fins commerciales. Soumettre certains usages à une approbation préalable et au versement d’une redevance vient en quelque sorte faire renaître un droit sur le bien, au bénéfice des gestionnaires culturels.

Cette restriction ne viserait toutefois que les usages commerciaux. Les utilisations à des fins d’information, d’enseignement, de création artistique ou de recherche demeureraient libres, conformément aux exceptions prévues à l’alinéa 3 de l’article L. 621-42 du Code du patrimoine. Le débat se concentre ainsi sur les acteurs économiques qui retirent un bénéfice commercial de l’image du patrimoine sans participer directement à son financement, situation que les économistes qualifient de « passager clandestin ».

La figure du « passager clandestin »

Cette notion, développée par les économistes, désigne la situation dans laquelle un acteur bénéficie d’une ressource sans en supporter le coût, ou du moins sans en payer le juste prix.

Dans le secteur culturel, le « passager clandestin » (free rider) peut être l’entreprise qui exploite commercialement l’image d’un monument sans contribuer à sa conservation, alors même que celle-ci repose principalement sur des financements publics correspondant in fine à l’impôt collecté auprès des contribuables.

La question est alors la suivante : peut-on faire partager la charge de conservation du patrimoine avec ceux qui tirent profit de son image ?

Dans un rapport du Conseil d’analyse économique de 2011 consacré à la valorisation du patrimoine culturel français, Françoise Benhamou et David Thesmar identifiaient déjà une forme de « passager clandestin » : les acteurs du tourisme – hôtels, restaurants ou boutiques de souvenirs – qui bénéficient de la présence de sites patrimoniaux et des retombées économiques qu’ils génèrent, sans toujours contribuer à leur entretien. Ils soulignaient ainsi que « l’investissement dans l’entretien du patrimoine est insuffisant ou laissé à la charge du contribuable » et proposaient de « faire payer le patrimoine au juste prix par ceux qui en bénéficient financièrement ».

Si la « cible » n’est pas la même, la logique du droit sur l’image est similaire : inviter les acteurs économiques utilisant l’image du patrimoine à des fins commerciales à soutenir la préservation de ce dernier.

Plus qu’un nouvel impôt, ce mécanisme poursuivrait une autre ambition : transformer et convertir les utilisateurs commerciaux du patrimoine en contributeurs de ce dernier. À l’heure où les besoins de financement ne cessent de croître, cette idée mérite peut-être d’être reposée.

The Conversation

Cécile Anger ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Patrimoine : faut-il faire contribuer ceux qui exploitent son image ? – https://theconversation.com/patrimoine-faut-il-faire-contribuer-ceux-qui-exploitent-son-image-286911

Réseaux sociaux, algorithmes, prison : vers l’hypersurveillance ?

Source: The Conversation – in French – By Tony Ferri, Enseignant en criminologie et philosophie pénale, Institut catholique de Lille (ICL)

La loi Ripost prolonge jusqu’en 2030 le dispositif de vidéosurveillance algorithmique, initialement conçu pour la stricte durée des Jeux olympiques de Paris 2024. HJBC/Shutterstock (no reuse)

L’ESSENTIEL

  • La loi interdisant l’accès aux réseaux sociaux aux moins de 15 ans ( finalement censurée par le Conseil constitutionnel ) aurait imposé une vérification d’âge à tous les utilisateurs.

  • La loi Ripost prolonge jusqu’en 2030 un dispositif de vidéosurveillance algorithmique initialement limité aux Jeux olympiques de Paris 2024.

  • D’autres exemples (bracelet électronique, monétisation des données) illustrent les risques d’extension des outils de surveillance.


Le 21 et le 22 juillet 2026, le Parlement a adopté une loi interdisant l’accès aux réseaux sociaux aux mineurs de moins de 15 ans, imposant de fait une vérification d’âge à l’ensemble des utilisateurs. Le même mois, une seconde loi passée avec beaucoup moins d’écho médiatique, la loi de « Réponses immédiates aux phénomènes troublant l’ordre public, la sécurité et la tranquillité de nos concitoyens » (loi Ripost) prolongeait jusqu’en 2030, et étendait à l’intérieur des bâtiments, un dispositif de vidéosurveillance algorithmique conçu à l’origine comme strictement temporaire, pour la durée des Jeux olympiques de Paris 2024.

Deux lois, deux publics visés (les mineurs d’un côté, les foules dans l’espace public de l’autre), mais un même mécanisme : un dispositif de contrôle pensé pour une population ou une occasion restreinte qui finit par s’étendre bien au-delà de sa cible initiale.

C’est cette hypothèse, celle de ce que j’appelle l’hypersurveillance, qu’il s’agit de mettre à l’épreuve à travers quatre terrains très différents.

La prison, laboratoire historique du contrôle généralisé

Le premier terrain n’est pas le numérique, mais la prison. La surveillance électronique (au moyen d’un bracelet) a été introduite en France dans les années 1990 pour une population très circonscrite : des condamnés en fin de peine, jugés peu dangereux, à qui l’on épargnait l’incarcération. Trente ans plus tard, le dispositif s’est banalisé : longtemps stable autour de 10 000 bracelets actifs depuis 2013, leur nombre a bondi de 47 % en deux ans pour atteindre 16 200, selon les données de l’Observatoire international des prisons, sans que cette hausse s’accompagne d’une baisse équivalente de la population carcérale. Une tendance que confirment les statistiques officielles les plus récentes du ministère de la justice, qui recensent 17 600 personnes condamnées exécutant leur peine hors détention au 1er janvier 2026, en hausse de 9,8 % sur un an.

Le président de l’Association nationale des juges de l’application des peines observe lui-même un phénomène de banalisation de la surveillance électronique à tous les stades de l’exécution des peines. La criminologie anglo-saxonne nomme ce phénomène le net widening, l’extension du filet pénal : plutôt que de se substituer à l’emprisonnement, le bracelet est venu s’y ajouter, élargissant la population sous main de justice plutôt que de la restreindre.

Ce cheminement n’est pas propre à la prison. C’est l’hypothèse que je voudrais vérifier ici, sur trois autres terrains : celle d’une infrastructure technique qui, une fois posée pour un motif précis et consensuel, ne reste presque jamais cantonnée à cet objet.

Le numérique comme nouveau relais : vérifier l’âge de tous

La loi sur l’accès des mineurs aux réseaux sociaux en offre une première illustration. Pour interdire l’accès aux seuls moins de 15 ans, il faut nécessairement vérifier l’âge de l’ensemble des utilisateurs : on ne peut isoler une sous-population sans faire passer, par le même sas, la totalité de la population.

Le mécanisme retenu, recommandé par la Commission nationale de l’informatique et des libertés (Cnil) et repris dans le référentiel de l’Autorité de régulation de la communication audiovisuelle et numérique (Arcom), repose sur un « tiers de confiance » : une entité extérieure à la plateforme vérifie l’âge (par le biais d’une pièce d’identité, d’une estimation faciale ou d’un autre moyen) et ne transmet au service qu’une confirmation binaire, sans révéler l’identité, un principe que les pouvoirs publics ont nommé « double anonymat ».

L’association La Quadrature du Net a toutefois montré que ce terme est trompeur : le dispositif n’offre pas d’anonymat à proprement parler, seulement un cloisonnement des données entre la plateforme et le vérificateur. Ce cloisonnement suppose une architecture technique parfaitement conçue, déployée et auditée pour tenir sa promesse.

Le Conseil constitutionnel vient toutefois de censurer, le 14 août 2026, l’interdiction des réseaux sociaux aux moins de 15 ans, en relevant notamment que le dispositif ne comportait pas les garanties propres à assurer le respect de la vie privée. Cette censure ne signifie pas pour autant que la question de la protection des mineurs ou celle de la vérification de leur âge soit abandonnée : elle souligne au contraire la tension que soulève la mise en place d’un tel mécanisme à l’échelle de l’ensemble des utilisateurs.

Ce que révèle cette analyse, au fond, c’est la généralisation d’un contrôle d’identité en ligne qui concernera des dizaines de millions d’utilisateurs majeurs que la loi ne visait pourtant pas. On ne punit personne, on protège ; mais on ne protège qu’en identifiant, et la littérature en Surveillance Studies a un nom pour ce que devient une infrastructure d’identification une fois posée : le function creep, ou dérive de finalité, à savoir la tendance, documentée notamment dans le cas du fichier européen Eurodac, d’un dispositif à s’étendre progressivement à des usages que sa justification initiale ne prévoyait pas.

Nos données, nouvelle matière première

Ce mouvement ne concerne pas seulement les lois. Il est aussi, plus silencieusement, à l’œuvre dans le modèle économique des grandes platesformes elles-mêmes, ce que la sociologue Shoshana Zuboff a nommé le « capitalisme de surveillance » : nos comportements en ligne, nos déplacements, nos émotions y sont traduits en données, puis en prédictions vendues sur un marché des comportements futurs.

Je ne prétends pas que la comparaison avec le geste législatif soit d’une intention identique : que des entreprises cherchent structurellement à tout monétiser relève d’un modèle d’affaires assumé, tandis que des parlementaires, aux sensibilités politiques diverses, ne votent évidemment pas une loi de protection des mineurs dans l’intention de contrôler la population entière. Mais structurellement, au niveau de l’effet plutôt que de l’intention, les deux dynamiques se rejoignent : dans un cas comme dans l’autre, une infrastructure conçue pour un motif circonscrit (protéger, améliorer un service) en vient à faire de la population entière la matière d’un contrôle qu’aucun acteur n’avait besoin de vouloir dès l’origine pour qu’il advienne.

La rue sous algorithme : la loi Ripost

Le troisième terrain, plus feutré encore, se joue dans la rue. La vidéosurveillance algorithmique – des caméras couplées à des logiciels d’intelligence artificielle capables de détecter des mouvements de foule ou des comportements jugés suspects – avait été autorisée par la loi du 19 mai 2023 comme une expérimentation strictement temporaire, cantonnée aux grands rassemblements des Jeux olympiques de Paris 2024, et censée s’achever le 31 mars 2025.

Le bilan de cette expérimentation, dressé par un rapport du Sénat, est resté modeste au regard de l’ambition affichée : le dispositif n’a été mis en œuvre, tous utilisateurs confondus, qu’à 47 reprises, pour une trentaine de manifestations couvertes et dans une soixantaine de lieux, pour un coût budgétaire global d’environ 0,9 million d’euros. Le Conseil constitutionnel a d’ailleurs censuré, le 24 avril 2025, une première tentative de prolongation du dispositif jusqu’en 2027 : les « sages » ont jugé que cette disposition, glissée dans une loi sur la sûreté dans les transports, constituait un « cavalier législatif » sans lien avec l’objet du texte – une censure de procédure, non un jugement sur le fond du dispositif lui-même.

Cela n’a pas empêché la relance du texte, sous un autre véhicule législatif : la loi Ripost, adoptée le 21 juillet 2026, prolonge désormais l’expérimentation jusqu’en 2030 et l’étend, pour la première fois, à l’intérieur des bâtiments accueillant du public, ouvrant du même coup, pour le secteur privé de la sécurité, un marché estimé à 6 milliards d’euros – un secteur déjà en forte croissance : le chiffre d’affaires des entreprises françaises de vidéosurveillance a progressé de 7,8 % en 2024.

D’un cadre pensé pour un événement sportif fini et un périmètre restreint, on est ainsi passé, en trois ans et malgré un bilan mitigé, à un dispositif permanent, élargi, et désormais porteur d’intérêts économiques qui rendent son retrait politiquement improbable.

Une même architecture, quatre visages

Prison, réseaux sociaux, plateformes numériques, espace urbain : quatre terrains qui n’ont, en apparence, rien en commun. Mais, dans chaque cas, une séquence comparable se dessine. Un dispositif de contrôle naît pour une cible précise, dans un contexte qui rend son acceptation facile : la réinsertion des condamnés, la protection des enfants, l’amélioration d’un service, la sécurité d’un grand événement. Puis, par la force de son infrastructure technique désormais disponible, il s’étend, se prolonge, se banalise, bien au-delà de sa justification initiale. Dès lors, la question n’est plus seulement : qui surveille ? Elle est devenue : que reste-t-il d’une liberté qui exige, pour s’exercer, d’être d’abord rendue visible (un bracelet pour sortir, une pièce d’identité pour se connecter, une caméra pour circuler) ?

L’hypersurveillance désigne précisément ce processus : le moment où l’exception du contrôle devient la condition ordinaire de la liberté.

Je ne conteste aucun de ces objectifs pris isolément : protéger des mineurs ou sécuriser des rassemblements sont des préoccupations légitimes. Ce que je crois utile de nommer, c’est ce qu’ils installent ensemble et durablement. La Cnil elle-même, dans un avis de 2022, mettait en relief que ces outils ne constituent pas une simple évolution technologique, mais une modification de la nature des dispositifs, un changement de nature, donc, et pas seulement de degré, dans le rapport qu’une société entretient avec ceux qu’elle observe. C’est cette normalisation silencieuse, plus que chacune de ces lois prises séparément, qu’il convient de continuer à interroger.

The Conversation

Tony Ferri ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Réseaux sociaux, algorithmes, prison : vers l’hypersurveillance ? – https://theconversation.com/reseaux-sociaux-algorithmes-prison-vers-lhypersurveillance-289317