Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Olaya García Pérez, Profesor ayudante doctora, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Erupción del Tajogaite en 2021, La Palma. Olaya García Pérez.

Si preguntamos a nuestros padres o a nuestros abuelos, probablemente recordarán la explosión del Tajogaite en La Palma en 2021, los enjambres sísmicos que se están viviendo en la isla de Tenerife este año, o la erupción submarina de El Hierro en 2011. Es decir, cuando pensamos en volcanes, solemos recurrir a las experiencias vividas y a relatos transmitidos entre generaciones. Pero la memoria histórica no perdura para siempre.

Así, cuando desaparecen estos relatos también se esfuma una parte importante del pasado. Y resulta más difícil entender la huella que un evento volcánico dejó en el territorio.

Memorias guardadas en la geología

Mientras la memoria histórica apenas conserva unas pocas generaciones, el registro geológico funciona como un archivo natural, guardando información sobre procesos que se desarrollan durante cientos de miles o millones de años.

Cada colada, cada depósito y cada deslizamiento conservan información. Es una memoria diferente, pero extraordinariamente precisa.

La diferencia entre estas escalas condiciona nuestra forma de comprender la historia volcánica de cualquier lugar, el riesgo volcánico y la enorme diversidad de procesos que han intervenido en la construcción de las islas.

Lo que recuerda la memoria humana

Cuando hablamos de los volcanes de Canarias, solemos recordar las erupciones más recientes. La del Tajogaite (2021) permanece viva por las evacuaciones, la incertidumbre de sus 85 días de actividad volcánica y la enorme repercusión social y mediática. La del Teneguía (1971) se recuerda por ser la primera seguida por televisión, una erupción estromboliana –erupciones explosivas moderadas y rítmicas– que fascinó a la población por sus fuentes de lavas de varias decenas de metros y los ríos de lava, más que por sus efectos.

Del Chinyero (1909) perduran las fotografías y los relatos de la población de la época. De la erupción de Garachico (1706) sigue presente la destrucción del principal puerto comercial de Tenerife y sus consecuencias económicas.

Lanzarote se transformó radicalmente por la erupción del Timanfaya (1730-1736), la más prolongada del archipiélago. Sin embargo, el recuerdo que ha llegado hasta nosotros no se centra en el proceso eruptivo, sino en la capacidad de adaptación de la población a un territorio completamente transformado.

Timanfaya, en Lanzarote.
Wikimedia Commons., CC BY

Estos ejemplos muestran que la memoria humana rara vez conserva la duración de una erupción, su volumen de lava o cómo fue el evento geológico en sí. Lo que permanece son las historias humanas: las evacuaciones, las pérdidas y la reconstrucción posterior. Aunque, en algunos casos, como Timanfaya, las crónicas, mapas y dibujos permiten reconstruir con detalle el desarrollo de la erupción.

Calderas que hoy son parque natural

Algunos de los procesos que moldearon las islas más profundamente ocurrieron mucho antes de que existiera una memoria capaz de registrarlos, hace millones de años.

Al recorrer el archipiélago, observaremos grandes estructuras volcánicas que forman parte de un paisaje singular, en su mayoría un paisaje protegido y valorado por su patrimonio geológico. Esto nos permite reconstruir algunos de los episodios más importantes en la formación de las islas.

Parque Natural del Teide, en Tenerife.
Wikimedia Commons., CC BY

Las Cañadas del Teide, en Tenerife, son una de las mayores depresiones volcánicas o calderas del archipiélago. Se originaron hace entre 220 000 y 160 000 años como resultado de grandes colapsos del edificio volcánico, asociados a erupciones explosivas y grandes deslizamientos gravitacionales –derrumbes de material volcánico ladera abajo–. Sobre esa enorme depresión, creció posteriormente el complejo volcánico Teide-Pico Viejo.

Estos acontecimientos quedaron registrados en las rocas. Gracias a ello, el estudio y datación de los depósitos volcánicos permite reconstruir cuándo ocurrieron e interpretar cómo cambiaron las islas.

Una gran cicatriz en El Hierro

Otro de los ejemplos más espectaculares de proceso volcánico se encuentra en El Hierro. El gran deslizamiento de El Golfo ocurrió hace entre 87 000 y 39 000 años, movilizó entre 150 y 180 km³ de material y dejó una cicatriz de 150 k² que transformó por completo la isla.

Deslizamiento de El Golfo, El Hierro. Autor: Emilio Soler Onís.
Olaya García.

Procesos similares ocurrieron repetidamente en El Hierro y fueron responsables de la formación de Las Playas y El Julan. En Tenerife, dieron lugar al valle de La Orotava, uno de los mayores deslizamientos gravitacionales y mejor estudiados en islas oceánicas. Conocer estos procesos no solo permite reconstruir el pasado, también ayuda a comprender mejor el comportamiento futuro de los sistemas volcánicos.

Mirar hacia la geología para entender el futuro

Ningún habitante de Canarias recuerda la formación de Las Cañadas del Teide o el gran deslizamiento de El Golfo. Sin embargo, estos procesos transformaron el archipiélago mucho más que cualquiera de las erupciones conservadas en la memoria histórica. La diferencia entre la memoria humana y el registro geológico no solo es temporal, sino también de escala.

Comparación entre la memoria histórica de las erupciones y la historia geológica que ha modelado el paisaje de Canarias. Escala temporal logarítmica.
Olaya García.

Quizás el principal reto sea aceptar que nuestra experiencia apenas representa una pequeña parte de la historia volcánica del archipiélago. Solo el registro geológico nos permite reconstruir esa historia y comprender los procesos volcánicos que, durante millones de años, han construido y transformado las islas Canarias, que siguen siendo un lugar geológicamente muy activo.

The Conversation

Olaya García Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas – https://theconversation.com/canarias-una-historia-de-millones-de-anos-de-erupciones-volcanicas-287106

Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Bárbara Badanta Romero, PDI. Departamento de Enfermería, Universidad de Sevilla

Las pantallas han colonizado nuestra rutina y, con ellas, el sedentarismo, el estrés y la desconexión del entorno natural. A pesar de los enormes avances en salud, las enfermedades crónicas siguen afectando a una proporción significativa de la población mundial. Aunque disponemos de un amplio arsenal de fármacos y tratamientos, en las consultas médicas la misma recomendación se repite: “Hay que empezar cambiando el estilo de vida”.

Pero ¿cómo es posible lograrlo cuando el propio entorno lo dificulta? Una de las respuestas es sencilla: volver al verde, a la tierra, a la naturaleza. No como sustituto de nada, sino como punto de partida para cuidar nuestro bienestar.

En este contexto cobra sentido profundizar en prácticas pertenecientes a la llamada “medicina verde”. Esta consiste en el uso de entornos naturales de forma prescriptiva y basada en evidencia científica para mejorar y mantener la salud. No se trata de una moda: el periodista y escritor Richard Louv acuñó el concepto de “trastorno por déficit de naturaleza” en 2005 para describir cómo la vida exclusivamente urbana se asocia a un aumento de patologías crónicas y a una menor capacidad de recuperación mental.

¿Por qué nos hace bien la naturaleza? La ciencia lleva décadas intentando responder esta pregunta.

La hipótesis de la biofilia del entomólogo y biólogo estadounidense Edward O. Wilson plantea que los seres humanos tenemos una tendencia biológica innata a buscar vínculos con el mundo natural. A esta se suma la teoría de la restauración de la atención: la vida urbana nos exige una atención constante y dirigida que agota nuestros recursos cognitivos, mientras que la naturaleza activa lo que los investigadores llaman fascinación suave, ese estado en el que la mente descansa sin esfuerzo, simplemente observando.

Los beneficios de pasear por el bosque

Los “baños de bosque” (del japonés, shinrin-yoku), consisten en una inmersión sensorial profunda en el entorno forestal. Su práctica implica una desaceleración, y por ello no debe confundirse con el senderismo u otras actividades físicas de intensidad. Mientras que caminar a buen ritmo activa el sistema nervioso simpático por el esfuerzo físico, la lentitud del shinrin-yoku busca precisamente lo contrario: activar el sistema parasimpático, encargado de la restauración y el equilibrio del organismo.

No se trata de una estancia pasiva: una sesión estándar puede durar entre dos y tres horas sin superar los tres kilómetros de recorrido. Es justo lo necesario para que el cuerpo se relaje sin que la fatiga física interrumpa el proceso.

Los baños de bosque encuentran parte de su explicación en mecanismos psicológicos, pero los beneficios reportados son amplios. Estos van desde la mejora de nuestras defensas hasta la reducción del estrés y la ansiedad.

La efectividad depende en buena medida del entorno: los resultados son más evidentes en zonas de alta biodiversidad, donde la inhalación de fitoncidas –compuestos antimicrobianos emitidos por las plantas– y el silencio potencian el efecto. El uso de dispositivos electrónicos, la música o un ritmo de marcha competitivo pueden interferir con el proceso restaurador y restarle beneficio.

La primavera y el verano son las estaciones más favorables para estos paseos, ya que la actividad biológica de los árboles maximiza la emisión de fitoncidas, y las temperaturas permiten el contacto prolongado con la naturaleza. Sin embargo, puede practicarse durante todo el año adaptando la duración y el equipamiento.

La naturaleza no entiende de edades

Algunas de las virtudes más destacables de estas prácticas son que no requieren equipamiento, formación especializada ni una condición física determinada. Y, además, no entienden de edades.

En niños y adolescentes la ciencia ha demostrado que una mayor exposición a espacios verdes se asocia con menos síntomas de ansiedad, depresión e hiperactividad. Los beneficios parecen ser especialmente relevantes en edades tempranas y en niños con sintomatología previa más elevada.

Las personas mayores se benefician porque estas prácticas priorizan la inmersión sensorial –escuchar, observar, respirar– por encima de cualquier exigencia física.

Incluso en personas con problemas cardíacos graves, inmersiones forestales de apenas cuatro días han mostrado reducciones clínicamente relevantes en marcadores de estrés e inflamación miocárdica.

Además, como herramienta útil en el ámbito socioeconómico, se ha demostrado que incorporar pausas en espacios verdes durante la jornada laboral reduce el burnout y mejora el rendimiento cognitivo. Un parque, un jardín, incluso una franja de hierba: la naturaleza no exige grandes gestos para devolver algo a cambio.

Durante siglos la naturaleza formó parte de nuestra salud sin que nadie lo llamara terapia. La ciencia nos recuerda que nunca debimos alejarnos de ella. A veces, lo que puede parecer sencillo, como quitarse los zapatos y pisar la tierra, es también necesario.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dídac Jiménez Torras, Investigadore predoctoral en Sesgos y Videojuegos, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Cuando un chatbot no tiene la información suficiente sobre nuestra consulta, puede inventar la respuesta. Marcin Wilkowski / https://betterimagesofai.org, CC BY-NC-SA

Un 10 % de la población obtiene su información principalmente de chatbots –agentes conversacionales que funcionan con inteligencia artificial (IA)–, según una encuesta a 93 000 personas de todo el mundo para el Reuters Digital News Report 2026. Por otro lado, cuando se les preguntó a los participantes por sus preferencias, un 46 % afirmó buscar fuentes sin “un punto de vista” (es decir, percibidas como objetivas). En esta misma línea, un estudio publicado en Nature apunta que la IA es valorada por sus usuarios como más neutral –de media un 10 % más– que los expertos humanos en sus correspondientes ámbitos.

La presunción de que las personas expertas son objetivas –el llamado sesgo de autoridad– no es nada nuevo. Sin embargo, con la inteligencia artificial, una diferencia notable es la escala, ya que cualquier contenido difundido a través de plataformas de chatbots tiene un alcance significativamente mayor que el que pudiera tener un solo experto humano.

Además, con algunas excepciones como pueden ser Apertus u Olmo, la mayoría de los sistemas de IA son cajas negras donde no sabemos qué decisiones han tomado los algoritmos, ni por qué. Por otro lado, al estar centralizadas, sus empresas matrices pueden añadir cambios sutiles a millones de usuarios simultáneamente. Existen múltiples falsas creencias que nos hacen infravalorar el riesgo que esto supone, empezando por la que expone el mencionado artículo de Nature.

FALSO: “La máquina sabe más que la persona”

El sesgo de automatización es la percepción de que las máquinas y los algoritmos son más neutrales y eficientes que sus contrapartidas humanas. Esto explica, por ejemplo, que algoritmos de indexación como Google tengan un monopolio del 90 % de las búsquedas en línea.

También, este sesgo es culpable del discurso tecnosolucionista que erige la IA como árbitro objetivo del presente y el futuro. Esto supone un peligro sociocultural, cuando los algoritmos de determinadas plataformas priorizan discursos supremacistas o polarizantes. Por ejemplo, tenemos a TikTok, que promueve contenido de odio por su alta carga emocional, con el único objetivo de mantener a sus usuarios en la plataforma, mientras X favorece los mensajes de su propietario Elon Musk, sus empresas y sus aliados políticos, y Deepseek oculta información contraria a la República de China, como la relacionada con las protestas de Tiananmen.

FALSO: “¿Ves? Yo tenía razón”

Este sesgo de automatización suele ir acompañado por múltiples otros, entre los cuales hay tres que pueden amplificar dinámicas de colonización del conocimiento por parte de la IA.

En primer lugar, el sesgo de confirmación nos predispone a buscar información que valide lo que ya creemos, en lugar de cuestionarlo. Este atajo mental fue evolutivamente útil para la supervivencia: por ejemplo, si creemos haber contraído una enfermedad, se nos puede poner en cuarentena y hacer pruebas para buscar una cura y evitar más contagios, en lugar de tildarnos de hipocondriacos (desconfirmación).

En este sentido, los modelos conversacionales con IA están diseñados para seguirnos la corriente. Así, generan contenido alineado con las creencias de los usuarios, por ejemplo, material antisemítico, invención de datos y estudios para desinformación o imágenes falsas de todo tipo, con tal de no llevarnos la contraria.

FALSO: “Es mejor no cuestionar”

En segundo lugar, el sesgo de sobreconfianza evita que estemos dudando continuamente y nos predispone a sentirnos seguros con la información que se nos ofrece sobre determinados sucesos, aunque no sepamos explicarlos. Ello nos permite construir conocimiento de manera gradual, haciendo posible las multiplicaciones y las potencias, después de haber aprendido el funcionamiento de las sumas, en lugar de cuestionar su funcionamiento en bucle.

Sin embargo, la sobreconfianza también nos lleva a caer en la trampa de bulos que se nos presentan con la apariencia de evidencia científica.

Por otro lado, vuelve directamente invisibles cuestiones que ya creemos conocer y, por lo tanto, simplemente no se las preguntamos a la IA. Eso sí, aunque lo hiciéramos, no tendríamos garantizada la verdad, ya que los chatbots son propensos a caer en alucinaciones.

FALSO: “Solo el presente y el pasado cercano existen”

Por último, el sesgo de sucesos recientes nos predispone a dar prioridad a eventos que hace poco que han sucedido, por encima de eventos pasados o futuros. Este sesgo ayuda a que nos centremos en nuestras necesidades más inmediatas, como comer o entregar un trabajo.

En la otra cara de la moneda, favorece anécdotas recientes, en lugar de tendencias longitudinales –este es el truco que se usa para negar el cambio climático si hay un temporal frío (un argumento análogo a decir que el Sol no existe porque ahora es de noche)–. Los chatbots y los buscadores –basados en IA– tienden a multiplicar este sesgo, aportando principalmente resultados recientes, sin considerar referencias pasadas, más allá de aquellas populares.

¿Cómo responder?

De la misma manera que preguntaríamos a un investigador por su metodología y participantes, podemos personalizar la memoria de Mistral o Lumo (de Proton) –dos modelos de IA menos medioambientalmente dañinos–, para que diagnostiquen sus sesgos y los de nuestras preguntas, pasando de asumir que son neutrales a visibilizar sus limitaciones.

Si usamos otros sistemas conversacionales, tal vez podríamos darles instrucciones para combatir los tres sesgos mencionados, como:

-Para el sesgo de confirmación: “Cuando te pida que me ayudes con una tarea, incluye una pequeña sección (3 oraciones) a tu respuesta mencionando las posibles limitaciones y refinamientos que tiene mi enfoque”.

-Para el sesgo de sobreconfianza: “Para ayudarme a buscar información relacionada con búsquedas, añade al final de tu mensaje un apartado con palabras clave recomendadas. Busca fuentes con estadística de artículos que no sean exclusivamente anécdotas periodísticas y añade el enlace a las mismas”.

-Para el sesgo de sucesos recientes: “Ten cuidado de no proveer solo información reciente que no tenga en cuenta las tendencias longitudinales e históricas, y procura incluir perspectivas locales poco conocidas en lugar de únicamente artículos occidentales populares sobre el tema que seguramente encontrarás si haces búsquedas en línea con los buscadores más típicos o te remites a los datos con los que fuiste entrenado”.

Nadie está libre de sesgos, pero conocerlos puede ayudarnos a gestionarlos mejor. En cualquier caso, es esencial no confiar ciegamente en las producciones de una IA. Quizá, igual que cuando tenemos un coche viejo del que conocemos sus fallos, nuestros propios sesgos humanos y personales sean más fáciles de manejar que aventurarnos a comprar un coche usado que no sabemos quién condujo antes que nosotros, ni cómo lo hizo.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva – https://theconversation.com/la-informacion-que-nos-da-nuestro-chatbot-favorito-no-es-neutral-ni-objetiva-289527

¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio González-Liendo, PDI en Sostenibilidad, Comunicación y RSC, UNIE Universidad

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza estuvo entre los candidatos al Premio del Consejo Internacional de Museos (ICOM) a las buenas prácticas de desarrollo sostenible. Mundofoto/Shutterstock

Si intentamos buscar el momento en que la palabra “sostenibilidad” ingresó en el vocabulario común, debemos remontarnos unas décadas atrás. El término apareció por primera vez en 1987 en el informe Brundtland, elaborado por una comisión internacional para la ONU, donde se definió la sostenibilidad como la capacidad de aprovechamiento que garantice que las próximas generaciones también puedan disfrutar de los recursos naturales. Es decir, hacer un uso racional y consciente de ellos.

Es, pues, un compromiso a asumir por las personas, las instituciones, las empresas y la sociedad civil tanto para que haya un equilibrio medioambiental como para la optimización de los beneficios económicos y sociales.

Una visión corta de la sostenibilidad

Durante mucho tiempo, la sostenibilidad en los museos se asoció casi exclusivamente con el medioambiente. Las iniciativas se centraban en disminuir el consumo de energía, reducir los residuos o mejorar la eficiencia energética de los edificios.

Aunque estas acciones siguen siendo imprescindibles, la gestión de los museos es hoy más compleja porque se han ampliado sus funciones y las expectativas sociales asociadas a su actuación. El museo ya no solo debe conservar y transmitir el patrimonio, sino también contribuir a la educación, favorecer la participación ciudadana, promover la inclusión y la diversidad, generar actividad económica y relacionarse de manera transparente con sus públicos y su entorno.

Esta ampliación de funciones también amplía su impacto sobre la sociedad y, con ello, su responsabilidad en materia de sostenibilidad. Ser sostenible no implica únicamente reducir el consumo energético o gestionar adecuadamente los residuos, sino también garantizar que los recursos culturales, económicos y sociales que moviliza el museo contribuyan a generar valor a largo plazo y puedan seguir estando al servicio de las generaciones futuras. Por ello, la sostenibilidad museística exige analizar no solo cómo funciona el museo, sino también qué efectos produce en las comunidades a las que sirve.

De hecho, en 2022, el Consejo Internacional de los Museos (ICOM), la máxima autoridad del sector, emitió una nueva definición de museo que refuerza la conservación de la memoria colectiva, la educación, la inclusión y el bienestar de las comunidades:

“Un museo es una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos”.

Medir y certificar la sostenibilidad de los museos

La sostenibilidad museística necesita, pues, herramientas de medición que integren todas sus dimensiones (investigación, coleccionismo, conservación, interpretación, exhibición, difusión) en un único sistema de evaluación.

Aunque desde hace décadas existen distintos instrumentos para hacerlo, procedentes del ámbito empresarial, un museo no solo administra recursos, también custodia patrimonio, construye memoria colectiva, promueve el acceso a la cultura, educa, investiga y mantiene una relación permanente con una gran diversidad de públicos (instituciones, artistas, visitantes, investigadores, donantes). Esta diversidad requiere de sistemas específicos de medición.

La Estrella de la Sostenibilidad es un modelo propuesto por investigadores de la Universidad de Lausana (Suiza), basado en los indicadores ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza), que concibe la sostenibilidad como un sistema que conecta las dimensiones económica, social, cultural y medioambiental de los museos.

Un modelo dialogante

Por nuestra parte, diseñamos un modelo integral de medición, Huella M, que pretende diagnosticar, medir, gestionar y reportar la sostenibilidad de los museos. La propuesta se estructura en torno a cinco dimensiones: medioambiental, social, económica, cultural y comunicacional, y busca estandarizar el desempeño, identificar oportunidades de mejora, orientar la toma de decisiones y comunicar los resultados de forma objetiva y comparable.

En este modelo, la comunicación es estratégica, por la importancia de la calidad del diálogo entre el museo y sus públicos.

Huella M trabaja con indicadores cuantitativos y cualitativos. Los primeros permiten medir cuestiones económicas y medioambientales (desde ingresos y gastos hasta emisiones), mientras que para las dimensiones comunicacional, social y cultural se busca profundizar en la calidad de las intervenciones. De este modo, el museo puede conocer mejor qué está logrando como agente de cambio social.

Un ejemplo: ¿interesa saber cuántos visitantes recibe? Claro, pero también importa saber qué impacto en conocimiento, cultura y entretenimiento generó en su público, porque el número de visitantes por sí solo no permite conocer si la experiencia realmente produjo un cambio significativo.

Importancia de la transparencia y la comunicación

Imaginemos que aplicamos Huella M al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Podríamos empezar preguntándonos cuánta energía consume, qué emisiones genera o cuánto cuesta mantener sus instalaciones. Pero el análisis tendría que ir más allá:

  • ¿Cómo consigue que sus exposiciones sean accesibles y significativas para públicos diversos?

  • ¿Qué conocimientos y experiencias generan sus actividades educativas?

  • ¿Cómo contribuye a acercar el arte a quienes habitualmente no visitan un museo?

Incluso el número de visitantes adquiere otra dimensión: no se trata solo de saber cuántas personas entran, sino de conocer qué valor cultural, social y comunicacional genera su experiencia. Huella M permite así observar el museo desde diferentes perspectivas y comprender su sostenibilidad como la capacidad de generar valor de manera equilibrada y duradera.

Un ejemplo especialmente inspirador es el Genalguacil Pueblo Museo, situado en Genalguacil (Málaga), un municipio rural de 363 habitantes. Allí, el arte contemporáneo se ha convertido en una herramienta de transformación territorial. Desde 1994, más de 250 artistas han participado en sus Encuentros de Arte, dejando obras que forman parte del paisaje urbano y de la colección del Museo de Arte Contemporáneo Fernando Centeno.

El proyecto ha contribuido a situar internacionalmente a este pequeño pueblo y a generar actividad cultural, turística y económica en un territorio marcado por la despoblación. Su interés para Huella M reside precisamente en que permite observar cómo un proyecto museístico puede generar, de forma simultánea, valor cultural, social, económico y territorial.

Transformar, cohesionar, construir

La sostenibilidad exige una comunicación permanente, transparente y comprensible con todos los grupos de interés, desde las administraciones públicas hasta los investigadores, trabajadores, visitantes y la sociedad.

El verdadero impacto de un museo no siempre puede medirse con cifras económicas o ambientales, sino también por su capacidad para transformar comunidades, generar cohesión social y construir identidad.

The Conversation

Julio González-Liendo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible? – https://theconversation.com/basta-con-reducir-el-consumo-energetico-y-reciclar-para-que-un-museo-sea-sostenible-286974

De quelle liberté d’expression parle-t-on ? Trump et son omniprésence médiatique au Canada

Source: The Conversation – in French – By Régis Coursin, Chercheur, Université du Québec à Chicoutimi (UQAC)

En 2025, la couverture médiatique de la liberté d’expression au Canada a été largement dominée par la droite conservatrice. Plus de 70 % des dix personnalités les plus citées par les médias canadiens et québécois appartiennent à ce courant politique.


Cette omniprésence s’explique en grande partie par la centralité de Donald Trump. Il capte à lui seul plus de 41 % de l’attention médiatique accordée aux dix personnalités les plus citées (48 % avec Elon Musk). C’est 3,5 fois plus que le premier ministre du Canada Mark Carney, et 4,5 fois plus que le premier ministre du Québec François Legault.

Sociologue, chercheur et coordonnateur de l’Observatoire de la liberté d’expression (UQAC), je suis l’auteur du Portrait annuel sur la liberté d’expression dans les médias du Québec et du Canada, dont la première édition est parue cette année.




À lire aussi :
Une « hypermédiatisation » de Trump au Canada ?


Trump, pourfendeur des libertés académiques

Les médias francophones ont associé Trump à la liberté d’expression sous trois principaux angles.

Celui de la politique américaine tout d’abord. Il s’articule autour du bras de fer entre le président américain et certaines universités, Columbia et Harvard principalement. Le propos porte surtout sur les manifestations propalestiniennes sur les campus, les accusations d’antisémitisme, le gel du financement fédéral et le démantèlement des programmes de diversité.

Il a ensuite été question de la réception canadienne des enjeux américains. Trois principaux thèmes ont retenu l’attention des médias : la mobilisation étudiante propalestinienne, l’assassinat de Charlie Kirk et les manifestations contre les politiques de Donald Trump.

Les liens entre Trump et la liberté d’expression ont enfin été abordés quant à leurs impacts sur les médias traditionnels, numériques et sociaux. Les questions de censure relatives à la suspension de Jimmy Kimmel par ABC, de modération des contenus et de fact-checking sur les plates-formes X et Meta occupent ici une place centrale.

Deux grandes tendances se dégagent : la répression s’impose comme thème dominant, et les campus universitaires comme principal théâtre du discours médiatique autour de Trump et de la liberté d’expression.

Trump et ses libertés avec la liberté d’expression

Trump concentre en volume 10 et 16 fois plus d’articles que son prédécesseur Joe Biden (en 2024) et le premier ministre canadien Mark Carney (en 2025) dans lesquels la « liberté d’expression » est associée avec au moins une expression préjudiciable, c’est-à-dire une expression renvoyant à un usage abusif de la liberté d’expression (insulte, menace, harcèlement…).

Il les devance largement en proportion avec plus d’un article sur deux (53 %), contre 39 % pour Carney et 22 % pour Biden. En bref, la centralité de Trump dans le débat francophone sur la liberté d’expression s’accompagne d’une forte proportion d’expressions préjudiciables.

Nature des expressions préjudiciables relevées en 2025 dans les articles des médias francophones canadiens sur la liberté d’expression en lien avec Donald Trump.
CC BY

La différence ne porte pas uniquement en termes de volume. Elle se joue aussi en termes de contenu. Si les enjeux de liberté d’expression sont abordés dans une perspective institutionnelle pour Biden et Carney, et sont liés le plus souvent aux actualités du moment (mobilisations étudiantes et assassinat de Charlie Kirk) et aux débats réglementaires (vente de TikTok et fin de l’exemption religieuse), les co-occurrences textuelles indiquent pour Donald Trump qu’ils s’inscrivent dans des logiques de contrôle (censure) et de véracité (désinformation) de l’information.

Un traitement médiatique à charge ?

L’exposition médiatique des acteurs politiques façonne l’opinion publique.

Mais la tonalité, c’est-à-dire la manière dont ces acteurs sont couverts, exerce une plus grande influence. Elle oriente ce à quoi le public pense, et comment un acteur doit être pensé. De toutes les orientations, ce sont les cadres négatifs qui ont la capacité d’influencer le plus le soutien public à un enjeu. Elles exercent un effet plus fort et plus durable sur les attitudes.

Quel traitement les médias francophones canadiens ont-ils réservé à Donald Trump sur les enjeux de liberté d’expression en 2025 ?

Après une analyse sémantique, les conclusions sont sans équivoques : le tiers des articles présentent un cadrage négatif. En comparaison, Mark Carney a généré 9,8 % d’articles négatifs la même année, et Joe Biden 8,6 % en 2024.

Cadrage éditorial des articles francophones pour Biden, Carney et Trump.
CC BY

Le mois de mars 2025 est le plus significatif. Il cumule le deuxième plus grand volume du corpus et une proportion d’articles négatifs supérieure à la moyenne annuelle (34,3 %). La relation Canada-États-Unis est le thème dominant, abordé sous l’angle des tarifs douaniers et de la souveraineté canadienne menacée.

Sont aussi évoquées les questions de liberté académique et d’immigration autour de l’arrestation d’étudiants étrangers, des coupes dans le financement de la recherche, des opérations de l’Immigration and Customs Enforcement (ICE) et des manifestations qu’elles suscitent. Notons le recours au vocabulaire de la répression et les comparaisons avec les régimes autoritaires.

Les deux mois affichant les taux négatifs les plus élevés après mars marquent un durcissement progressif des thèmes : en août (34 %), Trump est associé à la désinformation, et en novembre (39 %) à l’intimidation, au clientélisme et à une érosion des libertés civiles et de l’état de droit.

Ce traitement revêt toute son importance puisque le « cadre médiatique » (news frame) façonne une trame narrative autour d’un sujet d’actualité et influence l’opinion des individus. Le cadrage répressif contribue à représenter la liberté d’expression comme un droit menacé (rights-violation frame) : le problème est défini, le responsable identifié.

Il est bien documenté que l’opinion publique manifeste un fort soutien envers un droit ou un principe constitutionnel dès lors qu’elle le perçoit comme étant menacé. Mais cette prise de conscience de la menace n’est pas univoque. Si des risques ou des coûts sont associés à l’exercice même de ce droit, elle devient moins encline à le défendre.

Parle-t-on trop de Trump ?

La visibilité d’une personnalité politique étrangère ne suffit pas à façonner l’opinion : c’est surtout ce qu’il porte comme agenda qui compte. Une étude récente a montré qu’un message attribué à Donald Trump a plus d’impact sur l’opinion publique lorsque son agenda est hostile.


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Les pratiques médiatiques traditionnelles, dont la neutralité non évaluative ou le traitement factuel et équilibré des sources, tendent paradoxalement à normaliser les discours de la droite radicale. Dans le cas inverse, une position plus réflexive et plus critique des journalistes envers ces discours réduit leurs effets sur l’opinion publique et atténue sa normalisation, sans toutefois la faire disparaître.

La question à se poser n’est donc pas tant s’il faut ou non parler de Trump, de sa rhétorique et de ses coups de semonce, mais de savoir comment en parler. Le fait de traiter négativement de Donald Trump porte également le flanc à la critique, parce qu’un tel cadrage peut aussi accentuer la polarisation.

Nous ne sommes pas face à un dilemme de visibilité ou de silence, mais devant un enjeu d’information sans normalisation. Cela suppose une prise de conscience de la responsabilité médiatique dans la manière de relayer un discours et de le traduire en information factuelle, responsabilité d’autant plus grande lorsque ce discours véhicule des valeurs illibérales et soulève des enjeux d’érosion démocratique.

La Conversation Canada

L’Observatoire de la liberté d’expression a reçu des financements du Gouvernement du Québec.

– ref. De quelle liberté d’expression parle-t-on ? Trump et son omniprésence médiatique au Canada – https://theconversation.com/de-quelle-liberte-dexpression-parle-t-on-trump-et-son-omnipresence-mediatique-au-canada-287430

Contre le stress chronique, le sommeil et l’alimentation feraient plus pour la santé que l’exercice

Source: The Conversation – in French – By Nick Turner, Professor and Croft Chair in Management, Haskayne School of Business, University of Calgary

Quand le travail devient une source de stress, les conseils habituels reviennent toujours : bouger plus, mieux manger, dormir davantage, réduire les mauvaises habitudes. Mais notre nouvelle étude suggère que ces bonnes habitudes ne se valent pas toutes quand vient le temps de nous protéger du stress chronique au travail.


En nous appuyant sur dix ans de données tirées d’une enquête nationale menée auprès de 2871 travailleurs canadiens, nous avons cherché à savoir si cinq comportements liés à la santé — en dehors du travail — aidaient, au fil du temps, à atténuer le lien entre le stress professionnel et la santé générale : l’alimentation, l’activité physique, le sommeil, la consommation d’alcool et le tabagisme.

Nos résultats se sont révélés plus nuancés, et plus intéressants, que ne le laissent croire les conseils de bien-être habituels. Certains comportements offraient une réelle protection contre le stress. D’autres étaient bons pour la santé en général, sans pour autant atténuer les effets du stress au travail en particulier.

Certaines habitudes protègent, d’autres non

La qualité du sommeil s’est démarquée le plus clairement. L’alimentation jouait également un rôle important. L’activité physique demeurait bénéfique pour la santé en général, mais n’atténuait pas les effets du stress au travail sur la santé de la même manière une fois que les autres comportements étaient pris en compte dans leur ensemble.

Pour bien des travailleurs, le stress au travail ne s’arrête jamais vraiment. Il s’accumule : charge de travail trop lourde, horaires imprévisibles, courriels et textos qui s’invitent en dehors des heures de bureau, sentiment que le travail gruge sans cesse les soirs, les fins de semaine, le temps en famille.

Au fil du temps, ce genre de stress peut épuiser les gens, physiquement et psychologiquement. Des recherches ont établi un lien entre le stress au travail et l’épuisement professionnel, la dépression, l’anxiété, la fatigue, les maladies cardiovasculaires, le diabète de type 2 et même un risque de mortalité accru.

Notre étude cherchait à répondre à une question simple : quand le stress au travail persiste, existe-t-il des activités pratiquées en dehors du travail qui protègent réellement la santé ? Nos résultats répondent oui, mais pas n’importe comment.




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Le sommeil pourrait être plus important qu’on ne le pense

La qualité du sommeil s’est imposée comme le facteur de protection le plus efficace contre les effets du stress au travail sur la santé. Un bon sommeil favorise l’attention, la régulation émotionnelle, la récupération et la maîtrise de soi nécessaires pour adopter d’autres comportements sains. En ce sens, dormir bien n’est pas un choix de vie parmi d’autres : c’est une ressource fondamentale.

L’alimentation, elle aussi, a montré un effet tampon significatif : elle contribuerait à maintenir les réserves physiques et psychologiques nécessaires pour tenir le coup face à un stress prolongé.

Les résultats sur l’exercice physique, eux, vont à contre-courant des idées reçues. Une pratique plus fréquente est certes associée à une meilleure santé générale, mais elle n’a pas affaibli de façon significative le lien entre le stress au travail et la santé. Deux explications sont possibles : soit la façon dont l’exercice a été mesuré dans le sondage a brouillé les résultats, soit l’exercice contribue bel et bien à la santé, mais sans agir spécifiquement comme tampon contre le stress.

Être en bonne santé et être protégé du stress, ce n’est pas toujours la même chose.

Les résultats concernant l’alcool ont été les plus surprenants, et méritent qu’on s’y attarde. Comme prévu, une consommation d’alcool plus faible était associée à une meilleure santé globale. Mais les données révèlent un paradoxe : un niveau de stress au travail élevé était plus fortement lié à une santé précaire chez les personnes buvant peu que chez celles qui buvaient plus fréquemment.

Il ne faut pas y voir pour autant une preuve que boire protège du stress au travail. Les personnes qui buvaient plus fréquemment rapportaient tout de même une moins bonne santé globale. Cette tendance reflète plus probablement un facteur que nos données n’ont pas su cerner entièrement — des problèmes de santé antérieurs, différents profils d’adaptation, ou des tendances non linéaires dans la relation entre alcool et santé.


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Les bonnes habitudes ne rachètent pas un mauvais emploi

Quand le travail est chroniquement stressant, certaines formes de soins personnels protègent mieux la santé que d’autres. Mais surtout, aucune initiative de bien-être ne peut compenser un emploi conçu pour épuiser les gens.

La responsabilité de bâtir des milieux de travail sains revient aux organisations. On ne peut pas s’attendre à ce que les employés rattrapent une charge de travail excessive, des attentes déraisonnables ou une mauvaise organisation du travail simplement en dormant plus ou en préparant leurs lunchs à l’avance.

Nos résultats ne suggèrent pas que les comportements individuels puissent se substituer à la responsabilité organisationnelle. Au contraire : certains comportements peuvent protéger les gens pendant que le travail reste stressant et que les changements structurels tardent, restent incomplets, ou ne viennent tout simplement pas.

Notre étude le montre clairement : ces comportements viennent compléter un changement organisationnel plus large : ils ne le remplacent pas.

Cela a des répercussions concrètes, tant pour les travailleurs que pour les employeurs. Pour les travailleurs, le message n’est pas de tout faire parfaitement, mais de retenir que certains comportements protègent mieux que d’autres quand le stress au travail grimpe, et que le sommeil mérite une attention particulière.

Pour les employeurs, la leçon n’est pas de faire la morale aux gens à propos du bien-être ou de rejeter la responsabilité sur les individus. Il s’agit plutôt de faciliter le maintien des comportements protecteurs en réduisant les communications en dehors des heures de travail, permettre de véritables pauses au travail, améliorer la planification des horaires et organiser le travail de manière à ne pas nuire à la récupération.

La Conversation Canada

Nick Turner reçoit des fonds de recherche de Cenovus Energy Inc., du Fonds d’avenir de l’École de commerce Haskayne et du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada (CRSH).

A. Wren Montgomery, Erica Carleton et Serra Al-Katib ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

– ref. Contre le stress chronique, le sommeil et l’alimentation feraient plus pour la santé que l’exercice – https://theconversation.com/contre-le-stress-chronique-le-sommeil-et-lalimentation-feraient-plus-pour-la-sante-que-lexercice-283423

Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ananda Pascual Ascaso, Doctora en Oceanografía Física e Investigadora Científica, Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA – CSIC – UIB)

forestpath/Shutterstock

Llegamos a la playa, extendemos la toalla y, casi sin darnos cuenta, apartamos un tapón, un envoltorio o un pequeño fragmento de plástico que encontramos en la arena. Es un gesto cotidiano que muchos repetimos cada verano. Tan cotidiano que quizá hemos terminado aceptando como normal algo que no debería serlo.
La contaminación por plásticos constituye uno de los principales desafíos ambientales para los océanos.

Se estima que, solo al mar Mediterráneo, llegan cada día alrededor de 730 toneladas de residuos plásticos, muchos de los cuales permanecen durante años desplazándose impulsados por las corrientes marinas, el viento y el oleaje antes de alcanzar la costa.

Reducir el consumo de plásticos, mejorar la gestión de los residuos y evitar que alcancen el mar siguen siendo las medidas más importantes. Pero incluso si avanzamos de forma decidida en esa dirección, durante años seguiremos conviviendo con una gran cantidad de desechos que ya circulan por nuestros mares.

Más allá de las medidas necesarias para reducir la contaminación en origen, quizá ha llegado el momento de plantearnos una pregunta distinta: ¿podemos transformar también nuestra manera de relacionarnos con las playas?




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Quizá ha llegado el momento de impulsar una nueva cultura de la playa

Durante las últimas décadas hemos incorporado a nuestra vida cotidiana hábitos que hace no tanto tiempo parecían excepcionales. Hoy reciclamos en casa, utilizamos bolsas reutilizables o procuramos reducir el consumo de plásticos de un solo uso. Estos cambios no surgieron de manera espontánea: han sido el resultado de políticas públicas, campañas de sensibilización y, sobre todo, de una transformación progresiva de nuestra conciencia colectiva.

¿Por qué no aspirar a una evolución similar en nuestra relación con las playas?
Disfrutar del litoral y contribuir a su conservación no deberían entenderse como acciones independientes. Del mismo modo que procuramos no dejar residuos tras un picnic en el campo, podría convertirse en un hábito natural dedicar unos minutos, al llegar, antes de marcharnos o durante un paseo por la orilla, a recoger algunos plásticos que encontremos en la arena y depositarlos en el contenedor correspondiente.

Muchas familias ya llevan pequeñas redes para que los niños exploren la orilla buscando peces, cangrejos o conchas. Ese mismo utensilio podría servir también para retirar pequeños fragmentos de plástico, residuos especialmente abundantes y que con frecuencia escapan a las labores habituales de limpieza. Más que una actividad de limpieza, podría convertirse en una forma sencilla de cuidar el entorno mientras disfrutamos de él.

El impacto de esta acción puede parecer insignificante cuando la realiza una sola persona. Sin embargo, deja de serlo cuando se multiplica por millones de visitantes. Las Islas Baleares reciben cada año millones de turistas, además de quienes vivimos aquí y disfrutamos del litoral durante todo el año. Si una parte significativa de todos ellos incorporara este gesto a su rutina, el efecto acumulado podría ser notable.

Esta forma de entender la relación con nuestras playas no pretende sustituir la responsabilidad de las administraciones públicas. La prevención de la contaminación, la mejora de la gestión de los residuos y la limpieza de las playas seguirán siendo responsabilidades esenciales de las instituciones. La implicación ciudadana debe entenderse como un complemento, no como una alternativa.




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Una oportunidad también para la ciencia

Comprender cómo se transportan los materiales flotantes en el océano constituye uno de los grandes retos de la oceanografía. Los mismos procesos que organizan la circulación superficial y redistribuyen calor, nutrientes, plancton o larvas marinas condicionan también el recorrido de los residuos plásticos y su acumulación en determinadas zonas de la costa.

En los últimos años hemos empezado a observar estos procesos con un nivel de detalle sin precedentes gracias a satélites, vehículos autónomos, boyas instrumentadas y modelos numéricos. Sin embargo, sigue siendo difícil disponer de observaciones continuas sobre lo que ocurre cuando esos materiales alcanzan la costa.

Aquí es donde una iniciativa ciudadana puede aportar un valor añadido. Si, de forma completamente voluntaria, algunas personas decidieran registrar dónde han recogido esos residuos, cuándo lo han hecho o qué tipo de plásticos predominaban, esa información podría complementar las observaciones científicas tradicionales. Experiencias recientes en el Mediterráneo han demostrado que la ciencia ciudadana puede aportar datos de gran utilidad para estudiar el transporte y la acumulación de residuos marinos cuando se combina con modelos numéricos y observaciones oceanográficas.

Combinada con datos de corrientes, viento, oleaje e imágenes de satélite, esta información ayudaría a comprender mejor las rutas de transporte, identificar zonas de acumulación de residuos marinos y analizar cómo estos patrones evolucionan en el tiempo. Es decir, el mismo gesto que contribuye a mantener una playa más limpia podría ayudar también a generar conocimiento científico útil para proteger mejor nuestras costas.

Una iniciativa de este tipo solo tendría sentido si fuera realmente colectiva. Administraciones públicas, universidades, centros de investigación, puertos deportivos, clubes náuticos, centros educativos, empresas, organizaciones ambientales y sector turístico podrían contribuir a convertir un pequeño gesto individual en un hábito social. No sería una campaña puntual de limpieza sino una nueva manera de disfrutar y cuidar el litoral.

The Conversation

Ananda Pascual Ascaso recibe fondos de los proyectos FaSt-SWOT (PID2021-122417NB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España, la Agencia Estatal de Investigación y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (MCIN/AEI/10.13039/501100011033/FUE); del “Sea Level Thematic Assembly Center” (SL-TAC), financiado por el Servicio Marino de Copernicus; y del proyecto europeo “Ocean observations and indicators for climate and assessments” (ObsSea4Clim), financiado por el Programa de Horizonte Europa de la Unión Europea, bajo el acuerdo de subvención nº 101136548. Este trabajo se desarrolla en el marco de las actividades del Centro de Excelencia María de Maeztu otorgado al IMEDEA (CSIC-UIB) (CEX2021-001198).

– ref. Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa – https://theconversation.com/cuidar-nuestros-bienes-comunes-hacia-una-nueva-cultura-medioambiental-y-cientifica-de-la-playa-289671

Langue populaire, langue savante : des différences à reconsidérer pour mieux lutter contre les inégalités scolaires

Source: The Conversation – in French – By Sarah Goutagny, Docteure de l’EHESS (thèse sur les inégalités scolaires) et professeure certifiée de lettres modernes, Université Jean Moulin Lyon 3


L’ESSENTIEL

  • La langue populaire n’est pas une version sommaire de la langue savante.

  • Tout aussi complexe, elle introduit un autre rapport à la parole. C’est ce que montrent les travaux d’anthropologues sur l’oralité et l’écriture.

  • Le comprendre ne permettrait-il pas de mieux accueillir les élèves dans leur diversité ?


La rentrée approche. Elle est l’occasion de s’interroger sur les défis du système scolaire français au XXIᵉ siècle. Depuis les travaux de Pierre Bourdieu et de Jean-Claude Passeron, on sait que l’école transforme les inégalités sociales en inégalités scolaires. Cette situation n’a guère évolué en dépit de décennies de politiques de démocratisation de l’école : la pauvreté demeure prédictive de l’échec scolaire.

Il est établi que les classes moyennes et supérieures, par leur capital culturel et leurs manières de parler, sont familières d’une langue proche de la langue savante qui caractérise les savoirs scolaires tandis que les milieux populaires sont éloignés de cet univers. Mais de quelle nature cette différence serait-elle ?

Un langage oral plus pratique, un écrit plus scolaire ?

En sciences de l’éducation, les recherches d’Élisabeth Bautier et Roland Goigoux ont montré notamment que la langue savante requiert une « attitude de secondarisation », c’est-à-dire un travail de réflexivité spécifique qui permet de « prendre la langue pour objet ».

Cette approche se nourrit des travaux du théoricien du langage Mikhail Bakhtine, du sociolinguiste Basil Bernstein ou encore du sociologue Bernard Lahire. Ce dernier distingue un langage oral-pratique (du côté des milieux populaires) et un langage scripturaire-scolaire (qualifiant le rapport au monde des classes moyennes et supérieures) : le premier implique que l’on ne parle que lorsque la situation le commande, par nécessité donc, et pour traduire une réalité pratique, alors que le second entretient un intérêt pour la langue elle-même, indépendamment de son utilité.

Cette thèse repose sur le postulat suivant : langue populaire et langue savante renvoient, pour partie au moins, à l’écart qui existe entre oralité et écriture. Un certain nombre de travaux accréditent ce point de départ : le sociologue Jean-Pierre Terrail rappelle que l’écrit a été, pendant des millénaires, d’un accès réservé, quand Shirley Brice Heath et Annette Lareau constatent que les pratiques linguistiques des milieux populaires (jusqu’à leur rapport à la lecture ou l’écriture) demeurent empreintes des codes de l’oralité.

Mais alors il faut rappeler, avec Terrail, le fait que la réflexivité est toujours déjà une ressource de l’oralité : dans les sociétés qui n’ont pas l’écriture, la langue est l’objet d’une attention spécifique, ne serait-ce que dans le chant ou les jeux de mots, qui n’ont pas qu’une fonction de socialisation.

L’écriture et la valeur de la parole

La thèse de la secondarisation de la langue propre aux savoirs scolaires implique qu’une seule et même langue (le français, en l’occurrence ici) se déploie en des manières de parler (des dispositions langagières) qui diffèrent selon leur degré de réflexivité : la langue populaire ne permettrait pas autant que la langue savante le travail de décontextualisation des tâches ou des discours.

On peut faire pourtant une autre hypothèse et considérer que l’on a affaire à deux langues étrangères l’une à l’autre, plutôt qu’à deux niveaux de langue dans un même univers symbolique (la langue française). Cette hypothèse a l’avantage d’éviter une hiérarchie a priori des dispositions langagières des élèves.

Si la langue savante et la langue populaire s’inscrivent, l’une dans l’oralité, l’autre dans l’écriture, alors il faut revenir sur cette différence.

L’anthropologue Jack Goody, dans ses travaux sur la raison graphique (qui désigne la façon dont l’écriture transforme notre rapport au monde), nous enseigne deux choses. D’abord, l’écriture permet l’autonomie du propos par rapport à son locuteur (le texte peut voyager indépendamment de celui qui le produit, et en cela on peut parler de décontextualisation par l’écriture). Mais elle transforme aussi la valeur de la parole. En effet, le texte va nous obliger à comparer ce qui est dit et ce qui est écrit ; avec l’oralité, on n’en a pas les moyens techniques.

Le Bagré est une prière chez les LoDagaa du nord du Ghana, qui n’ont pas d’écriture, et avec qui Jack Goody a vécu. Elle se transmet sans que l’on puisse comparer les versions de chacun avec un modèle de référence. Ainsi, dans la société de tradition orale, ce qui est dit est toujours considéré comme ce qu’il fallait dire ; surtout, la parole est considérée comme une production collective.

Évidemment, notre ethnocentrisme graphique (le fait de percevoir le monde en tant que lettrés) nous pousse immédiatement à considérer que le locuteur produit toujours le discours qu’il énonce. C’est négliger ici le poids de l’imaginaire social de l’oralité, bien différent du nôtre.

Quels liens entre oralité et individualité ?

Dans les sociétés sans écriture, le conteur transmet un récit qui n’est jamais le sien et dont il est le simple vecteur : il n’en est pas l’auteur. Il en va d’ailleurs du conteur comme du sorcier, qui n’exerce jamais une puissance personnelle quand il célèbre un rituel, mais qui dit ce qu’il faut dire.

Pierre Clastres signale aussi que le chef de la tribu, s’il prétend parler en son nom propre, risque le bannissement. Dans ce monde-là encore, lorsque le fou (qui n’est pas désigné comme tel mais vit en marge du groupe) parle, ce qu’il dit concerne tout le monde, parce que, précisément, la parole n’est jamais la sienne.

L’écriture, en revanche, nous permet de constater que ce qui est dit n’est jamais strictement ce qui est écrit ; elle nous oblige à considérer la parole comme une production intime et personnelle de la part de l’individu : le Notre père chrétien est récité à moitié en lisant, à moitié de mémoire, et toute modification du texte est interprétée « soit comme une erreur involontaire soit comme une tentative délibérée de modifier un modèle hautement ritualisé de discours ».

La raison graphique désigne de la sorte une rupture technique mais aussi ontologique : si la société de l’oralité est bel et bien composée d’individus, ceux-ci ne se singularisent pas par la parole mais par le ton de leur voix, leur comportement ou leur apparence. La distinction apparemment évidente et universelle que fait la linguistique entre la parole (qui serait le propre de l’individu) et la langue (qui désigne le code commun que nous partageons) n’est pas vérifiée partout et toujours : il y a des sociétés dans lesquelles les individus parlent une langue qui ne leur appartient pas.

L’écriture transforme donc les contours de l’individualité : être individu, désormais, c’est exprimer par la parole un quant-à-soi, une intention propre (nous connaissons des auteurs et ce n’est que chez nous que la parole du fou est tellement la sienne qu’elle le retranche de ses semblables – elle l’exclut de la communauté).

La langue scolaire est accessible à tous

En conséquence de quoi, la langue des milieux populaires, par sa proximité avec l’imaginaire de l’oralité, n’est pas plus spontanée ou plus liée à l’expérience personnelle des individus que la langue savante ; en réalité, elle n’est pas différenciante parce que la parole n’est pas la propriété des individus. La langue savante, quant à elle, grâce à la maîtrise technique de l’écriture, est le moyen d’exprimer par la parole une puissance personnelle.

Cette distinction, qui peut paraître bien manichéenne, appelle quelques remarques. D’abord, la rupture entre oralité et écriture, qui la sous-tend, n’est pas que technique. En d’autres aires culturelles, la diffusion de l’écriture s’accompagne d’une expression de la subjectivité très limitée par rapport à celle que connaît la modernité occidentale.

Par ailleurs, la diffusion de l’écriture, désormais massive dans notre société, recompose l’expression orale : il va de soi désormais que ce que l’on dit est intimement produit. L’écriture a bel et bien transformé ce que parler veut dire en faisant de nous des auteurs.

Enfin, les enfants, à présent, sont considérés comme des individus disposant dès leur naissance d’une parole propre alors même que cette transformation est le produit de l’apprentissage de l’écriture.

Par voie de conséquence, les inégalités scolaires doivent pour beaucoup à la fracture entre lettrés et non (ou moins) lettrés. On ne les résorbera pas sans se convaincre qu’il ne manque rien à l’enfant de milieu populaire pour réussir à l’école : s’il parle une autre langue, celle-ci n’est pas un obstacle aux apprentissages scolaires, à la condition que l’école se donne les moyens de le convertir à la langue savante.

Cela passe notamment par la reconnaissance du fait que la difficulté intellectuelle propre aux apprentissages scolaires est notre lot commun, et par la lutte contre l’assimilation systématique d’une difficulté dans les apprentissages à un trouble du développement.

The Conversation

Sarah Goutagny ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Langue populaire, langue savante : des différences à reconsidérer pour mieux lutter contre les inégalités scolaires – https://theconversation.com/langue-populaire-langue-savante-des-differences-a-reconsiderer-pour-mieux-lutter-contre-les-inegalites-scolaires-287822

Comment la pollution de l’eau peut modifier les maladies parasitaires qui nous affectent

Source: The Conversation – in French – By Bertrand de l’Isle, PhD Student, Molecular Biology, Parasitology, Epigenetics, Université de Perpignan Via Domitia

Dans une rivière, les polluants les plus préoccupants ne sont pas toujours visibles. Pesticides, résidus de médicaments, métaux et autres substances chimiques peuvent circuler à des concentrations trop faibles pour provoquer une mortalité immédiate des êtres vivants. Ils peuvent cependant modifier leur physiologie. Or, la « reprogrammation » de ceux qui nous rendent malades, comme certains parasites, pourrait avoir des conséquences inattendues.


Certains parasites passent une partie de leur vie dans les milieux aquatiques, qu’il s’agisse de rivières, de lacs ou de marais. Pendant cette période, ils sont exposés directement aux pollutions environnementales. Pourtant, nous savons encore très peu de choses sur la façon dont ces contaminants modifient leur fonctionnement.

Le ver Schistosoma constitue un modèle particulièrement intéressant pour étudier ces effets. Ce parasite est responsable d’une maladie dont les complications peuvent être graves, allant jusqu’au cancer de la vessie : la schistosomiase, aussi appelée bilharziose.

Les schistosomes infectent aujourd’hui plus de 230 millions de personnes dans le monde. Longtemps considérée comme une maladie exclusivement tropicale, la schistosomiase voit son aire de répartition se modifier. En 2013, plusieurs dizaines de personnes ont été contaminées après une baignade dans la rivière Cavu, en Corse, marquant les premiers cas de transmission locale en Europe depuis plusieurs décennies.

À mesure que le réchauffement climatique rend de nouveaux territoires favorables au parasite, la question est désormais de savoir jusqu’où le parasite pourra s’étendre.

Dans ce contexte, comprendre si la pollution est aussi capable de modifier son fonctionnement pourrait devenir un enjeu majeur de santé publique.

La pollution a un impact sur les hôtes des parasites

Après s’être développé dans le corps d’un escargot aquatique, le parasite responsable de la schistosomiase est libéré sous forme de larves microscopiques capables de pénétrer la peau humaine en quelques secondes. La contamination se fait par simple contact avec une eau infestée sans que la victime s’en aperçoive.

Le cycle des schistosomes, responsables de la schistosomiase ou bilharziose.
DPDx, Centers for Disease Control and Prevention

Une fois dans le corps, les larves se transforment en vers dans nos vaisseaux sanguins, où ils se nourrissent des globules rouges présents dans le sang. Devenus adultes, ces vers se reproduisent en pondant des milliers d’œufs. Ces derniers s’enkystent dans les organes du corps, notamment le foie, provoquant de graves complications hépatiques.

Or, on sait depuis plusieurs années que la pollution des milieux aquatiques peut influer sur la transmission de certaines maladies parasitaires.

Les polluants influent sur les parasites directement et indirectement

Certains contaminants, tels que les engrais agricoles, agissent sur le cycle de vie des parasites en favorisant la prolifération des algues et des plantes aquatiques dont se nourrissent les escargots qui servent d’hôtes intermédiaires. Cette augmentation du nombre d’hôtes potentiels peut conduire à une augmentation du nombre de parasites, qui trouvent plus facilement une proie à infecter.

D’autres polluants peuvent affaiblir les prédateurs ou les compétiteurs des parasites, créant ainsi des conditions favorables à leur multiplication.

Par ailleurs, les polluants peuvent aussi influer directement sur les parasites eux-mêmes.

Quand on pense « polluant », on pense souvent à leur toxicité à forte dose. À concentration élevée, les contaminants peuvent en effet finir par tuer les organismes. Cependant, certains d’entre eux peuvent aussi avoir des effets beaucoup plus subtils. À faible concentration, certaines substances peuvent agir comme des signaux biologiques : elles interagissent avec les cellules, perturbent des mécanismes internes, modifiant des équilibres, etc.

Les perturbateurs endocriniens en sont un bon exemple. Sous cette appellation sont regroupées des molécules parfois très différentes chimiquement les unes des autres, mais qui ont toute la particularité d’être capable d’interagir avec le système hormonal, et de le perturber.

Les perturbateurs endocriniens n’entraînent pas nécessairement la mort des organismes qui y sont exposés, mais peuvent altérer leur développement, leur reproduction ou leur physiologie.

Des données encore lacunaires

Nous sommes à même de penser que les parasites sont tout autant sensibles à ces contaminants que le reste des organismes biologiques. Cependant, l’étude des conséquences de leur exposition à ces substances est, pour l’instant, négligée.

Des travaux récents, dont une synthèse en cours de publication que nous avons menée, montrent que plusieurs contaminants largement répandus dans les eaux douces, notamment certains pesticides, métaux lourds et perturbateurs endocriniens, comme le bisphénol A, peuvent modifier des caractéristiques essentielles des parasites.

Il ne s’agit pas forcément d’effets spectaculaires. Les parasites ne meurent pas toujours. En revanche, certaines fonctions clés peuvent être altérées. Leur capacité à se déplacer, à trouver un hôte, à l’infecter ou encore leur développement une fois à l’intérieur de celui-ci. Dans certains cas, une exposition brève à un contaminant, à un stade précoce, suffit à produire des effets visibles bien plus tard.

Le bisphénol A peut, par exemple, modifier le développement du parasite dans l’escargot ainsi que la production des larves infectieuses. Ces effets sont souvent discrets, parfois différés, et peuvent facilement passer inaperçus si l’on ne regarde que la survie immédiate.

Autre exemple : une exposition au cadmium peut diminuer la capacité des larves à établir une infection chez leur hôte.

Il serait toutefois simpliste de conclure que la pollution rend systématiquement les parasites moins – ou plus – dangereux. En effet, les effets observés varient fortement selon le contaminant, la dose, le stade de développement du parasite et les conditions d’exposition.

Un couple de vers parasites appartenant à l’espèce Schistosoma mansoni. La femelle, plus petite, est enfermée dans le canal gynécophore du mâle
Un couple de vers parasites appartenant à l’espèce Schistosoma mansoni. La femelle, plus petite, est enfermée dans le canal gynécophore du mâle.
Wikimedia

Parfois, les parasites semblent même relativement résistants. Les schistosomes présentent ainsi une tolérance aux insecticides diazinon et imidaclopride. Tout dépend des doses, des substances et des conditions d’exposition.

Une chose est certaine : la pollution introduit une variabilité supplémentaire dans des systèmes biologiques déjà très complexes. Cette diversité de réponses complique notre capacité à prédire le risque de transmission. Un constat qui implique que les modèles actuels gagneraient à intégrer davantage la qualité chimique des milieux aquatiques.

Un facteur de risque à ne pas négliger

Ces observations amènent à reconsidérer la manière dont on évalue les risques sanitaires. On a habituellement tendance à penser que le danger dépend du nombre de parasites présents et du niveau d’exposition. Mais ces seuls paramètres ne sont peut-être pas suffisants pour rendre compte de la réalité.

Deux environnements à première vue similaires du point de vue écologique qui contiendraient le même parasite pourraient ne pas présenter le même niveau de risque si leur contamination chimique s’avérait différente. On peut imaginer voir émerger une souche plus infectante dans l’un de ces deux milieux, avec des effets sur les organismes infectés qui seraient d’autant plus délétères.

Une autre question reste aujourd’hui en suspens : celle des effets à long terme. Certains résultats suggèrent que des modifications induites par l’environnement pourraient persister très longtemps après le moment de l’exposition, voire être transmises aux générations suivantes par des mécanismes épigénétiques.

L’épigénétique, qu’est-ce que c’est ?
Contrairement aux mutations, qui altèrent la séquence de la molécule d’ADN, les modifications dites « épigénétiques » ne la modifient pas en tant que telles. Elles modifient plutôt l’accessibilité de certaines portions du génome et donc sur la capacité des gènes qu’elles contiennent à être exprimés. On sait aujourd’hui que de telles modifications, résultant parfois de facteurs environnementaux (polluants, médicaments, sources de stresses intenses…), peuvent se transmettre à la descendance et persister sur plusieurs générations.

Ce mécanisme a notamment été décrit chez le nématode Caenorhabditis elegans, où certains contaminants induisent des modifications de l’expression des gènes qui sont héritables d’une génération à l’autre. Chez les parasites aquatiques, tels que les schistosomes, les données concernant l’existence de telles « signatures épigénétiques » manquent encore.

Cependant, les mécanismes épigénétiques existent chez eux comme chez tout être vivant, les schistosomes sont sensibles à l’épigénétique. De ce fait, on peut imaginer que deux parasites aquatiques possédant le même génome fonctionnent différemment selon les conditions de pollution auxquelles ils ont été exposés.

Des villes plus vertes, des interfaces à surveiller

Mieux comprendre ces mécanismes devient essentiel dans un contexte où les environnements aquatiques sont de plus en plus exposés aux activités humaines.

Cette question n’est pas cantonnée aux milieux aquatiques. Nos villes sont, elles aussi, concernées. En ces périodes de changement climatique, elles ont tendance à verdir de plus en plus : la végétalisation urbaine et les espaces verts sont désormais vus comme des espaces bénéfiques, capables non seulement d’atténuer les îlots de chaleur, mais aussi de favoriser la biodiversité et d’améliorer la santé physique et mentale des habitants.

Ils constituent toutefois aussi des zones de rencontre entre la faune sauvage, les vecteurs et les humains. Les agents pathogènes (parasites, virus ou bactéries) y trouvent des opportunités accrues de circuler entre ces différents acteurs.

Parce qu’ils évoluent au cœur des villes, ces agents biologiques peuvent également être exposés à des polluants urbains présents dans l’eau, les sols ou la végétation. Nous ne savons pas encore dans quelle mesure ces expositions modifient leur capacité à se transmettre ou à infecter un hôte. Mais elles pourraient transformer certaines caractéristiques biologiques qui conditionnent le risque sanitaire.

L’enjeu n’est pas d’opposer la nature en ville et la santé publique, mais d’intégrer la qualité environnementale aux politiques de végétalisation et de surveillance sanitaire.

La pollution de l’eau ne détermine pas, à elle seule, l’apparition ou l’extension d’une maladie parasitaire. Elle agit en interaction avec le climat, les hôtes, les usages de l’eau et l’accès à l’assainissement. Mais elle pourrait modifier des maillons du cycle parasitaire que l’on mesure encore rarement.

Mieux protéger les écosystèmes d’eau douce et intégrer la qualité chimique de l’eau à la surveillance des maladies parasitaires permettront de mieux anticiper les risques sanitaires dans un environnement soumis à des pressions croissantes.

The Conversation

Bertrand de l’Isle a reçu des financements de Agence nationale de la recherche (ANR) et Région Occitanie.

Christoph Grunau a reçu des financements de l’ANR, de Wellcome Trust, de la Région Occitanie, et de l’UPVD.

Ronaldo Augusto a reçu des financements de l’ANR, de la Région Occitanie, et de l’UPVD.

– ref. Comment la pollution de l’eau peut modifier les maladies parasitaires qui nous affectent – https://theconversation.com/comment-la-pollution-de-leau-peut-modifier-les-maladies-parasitaires-qui-nous-affectent-286409

Entre conflits armés et El Niño, la dangereuse convergence des crises en mer Rouge

Source: The Conversation – in French – By Abdek Mahamoud Abdi, Doctorant EDBA, Université de Montpellier


L’ESSENTIEL

  • La guerre perturbe les routes commerciales de la mer Rouge, renchérissant les importations de céréales, de carburant et d’engrais et menaçant l’approvisionnement régional.

  • El Niño aggrave la situation climatique, avec une sécheresse et des chaleurs extrêmes suivies de possibles inondations, mettant à mal récoltes et élevages.

  • La combinaison des deux crises pourrait amplifier leurs effets respectifs, à un moment où le Soudan, la Somalie et le Yémen disposent de très faibles marges de manœuvre pour absorber un nouveau choc.


Actuellement, deux crises indépendantes se conjuguent dans la région de la mer Rouge : le conflit qui perturbe la navigation dans les deux principaux détroits stratégiques de la région, Ormuz et Bab el-Mandeb, et un épisode El Niño intense confirmé par l’Organisation météorologique mondiale (OMM) en juin 2026.

Chacune de ces crises, prise isolément, exercerait une pression considérable sur une région parmi les plus vulnérables au monde sur le plan alimentaire (la zone de la mer Rouge comprend des pays particulièrement fragiles tels que la Somalie, le Yémen et le Soudan). Leur combinaison exacerbe encore les risques.

La crise des attaques des houthistes en mer Rouge

La région a déjà été confrontée aux répercussions qu’une crise en mer Rouge pourrait avoir sur la sécurité alimentaire régionale.

Lors de l’attaque des navires commerciaux par les rebelles houthistes en novembre 2023, le trafic quotidien moyen dans le canal de Suez (Égypte) a diminué d’environ 57 % en quelques mois, passant de 4 millions à 1,7 million de tonnes par jour. Près de 15 % du commerce maritime mondial transitent par la mer Rouge, dont environ 8 % du commerce de céréales. Les navires ayant poursuivi leur navigation ont principalement contourné le Cap de Bonne-Espérance (Afrique du Sud), prolongeant ainsi leur trajet de dix à quatorze jours et entraînant un coût supplémentaire de carburant estimé à environ un million de dollars par voyage.

Cette situation a provoqué une hausse des prix du blé, du carburant et des engrais dans l’ensemble de l’Afrique de l’Est. Au Yémen, cela s’est traduit par une aggravation de la faim, le pays important environ 90 % de ses céréales de base. En décembre 2023, faute de financement, le Programme alimentaire mondial avait suspendu la distribution alimentaire générale dans les zones sous contrôle des autorités de Sanaa, après l’échec des négociations visant à réduire le nombre de bénéficiaires de 9,5 à 6,5 millions de personnes.

De plus, en mars 2024, un missile houthiste a détruit le cargo Rubymar, qui transportait 21 000 tonnes d’engrais, ce qui a mis en danger les récifs coralliens ainsi que les usines de dessalement dans la région. Cet incident a rappelé les risques liés à la conjonction du transport maritime, des intrants agricoles et d’un conflit armé le long de la même route maritime.

Depuis l’escalade militaire impliquant l’Iran, Israël et les États-Unis en février 2026, la marine iranienne a fermé à plusieurs reprises le détroit d’Ormuz, ce qui a entraîné une baisse du trafic pétrolier, tombé bien en deçà des niveaux d’avant-guerre. Le 20 juillet, les houthistes ont instauré un nouveau blocus contre l’Arabie saoudite, et deux jours plus tard, ils ont revendiqué des attaques visant deux autres pétroliers dans la mer Rouge.

Ces points de passage, essentiels au transport d’énergie et d’engrais, subissent une pression accrue, et les assureurs maritimes commencent déjà à facturer ce risque qui renchérit les coûts de transport et peut, à terme, se répercuter sur les prix à la consommation.

Le nouvel épisode du phénomène El Niño

De plus, l’Organisation météorologique mondiale (OMM) a confirmé le développement d’un nouvel épisode d’El Niño depuis juin 2026 et prévoit son intensification marquée tout au long de l’automne.

Pour la Corne de l’Afrique et le sud de la péninsule Arabique, l’Éthiopie, le Soudan du Sud, l’Ouganda ainsi que le Yémen font face à un grave déficit de précipitations et à des chaleurs extrêmes de juin à septembre 2026. Les prévisionnistes régionaux du Centre de prévision et d’application climatiques de l’IGAD (ICPAC) comparent déjà cette sécheresse anormale à celles de 1997 et de 2023, deux années particulièrement destructrices pour les récoltes locales et la sécurité alimentaire de populations déjà fragilisées par les conflits, l’instabilité politique, les déplacements forcés et les chocs climatiques successifs.

Les prévisions saisonnières indiquent un risque accru de précipitations supérieures à la normale entre octobre et décembre dans plusieurs régions de l’Afrique de l’Est, faisant craindre des épisodes de pluies intenses et d’inondations. Ce qui pourrait initialement sembler apporter un soulagement risque plutôt de rappeler, dans certaines zones, les épisodes de pluies extrêmes et d’inondations observés lors du puissant épisode El Niño de 1997-1998. Ce dernier était caractérisé par des inondations dévastatrices en Afrique de l’Est et des crues meurtrières dans les oueds yéménites.

Face à la succession de ces deux extrêmes climatiques (sécheresse puis inondations), les agriculteurs, les éleveurs et les communautés côtières de la région se trouvent privés d’une période de stabilité pour reconstruire et reconstituer leurs moyens de subsistance, ce qui les maintient dans une situation de vulnérabilité chronique.

La convergence de ces deux crises en mer Rouge

Pris isolément, la guerre et El Niño représenteraient déjà des défis importants pour la région. Combinés, ces deux phénomènes ne se contentent pas de s’additionner ; chacun vient amplifier les effets de l’autre.

Une hausse des prix à l’importation, due à la guerre, affecte davantage les populations dont les récoltes ou le bétail ont récemment été touchés par la sécheresse. De plus, une région dont une grande partie de la réponse humanitaire dépend d’un seul corridor maritime dispose d’une marge de manœuvre limitée si ce corridor est perturbé au moment où les besoins explosent en raison de facteurs climatiques.

Les premières victimes de l’impact sont déjà au bord de l’épuisement.

Au Soudan, selon les dernières données conjointes de l’Organisation des Nations unies pour l’alimentation et l’agriculture (FAO) et du Programme alimentaire mondial (PAM), en juin 2026, environ 19,5 millions de personnes, soit 41 % de la population, souffrent d’une faim aiguë ; une famine a été confirmée dans le camp de Zamzam ainsi qu’à El Fasher et à Kadugli, et 14 autres zones sont considérées à risque jusqu’en septembre.

En Somalie, environ 6 millions de personnes sont confrontées à des niveaux élevés d’insécurité alimentaire aiguë cette année, dont près de 1,9 million au niveau « urgence », avec un risque de famine signalé dans le district de Burhakaba.

Au Yémen, environ 18,3 millions de personnes vivent dans l’insécurité alimentaire aiguë, et l’appel humanitaire de l’ONU pour le pays n’était financé qu’à hauteur de 19 % au 21 juillet 2026. Aucun de ces pays ne dispose de la marge de manœuvre nécessaire pour absorber un choc supplémentaire sur ses importations, en plus de celles déjà en cours.

Djibouti occupe une position centrale dans cette dynamique. Plus de 90 % du commerce éthiopien, y compris les céréales et les pesticides, transitent par les ports djiboutiens. Le Programme alimentaire mondial y exploite par ailleurs sa base logistique humanitaire régionale, comprenant des silos à grains d’une capacité de 40 000 tonnes (pour une capacité globale de stockage de 65 000 tonnes), servant de point d’approvisionnement et de transbordement pour la Somalie, le Yémen, le Soudan, le Soudan du Sud et l’Éthiopie.

L’agriculture éthiopienne, déjà fragilisée par des années de conflits interne et des précipitations irrégulières, ne peut se permettre un nouvel épisode de retards ou de coûts logistiques élevés (comme en 2024). Si le trafic à Bab el-Mandeb (au sud de la mer Rouge) venait à se détériorer comme en 2024, voire davantage, cela ne représenterait pas seulement un inconvénient pour les infrastructures portuaires de Djibouti, mais serait une atteinte directe au corridor approvisionnant un pays comptant plus de 136 millions d’habitants et alimentant une grande partie de l’aide humanitaire dans la région.

Cinq mesures concrètes

La crise de 2023-2024 a constitué un prélude et, surtout, une leçon largement sous-exploitée. Cinq mesures concrètes pourraient contribuer à une meilleure résilience face à ces chocs sans précédent et à améliorer la situation cette fois-ci.

Premièrement, il conviendrait de traiter différemment les cargaisons de nourriture et d’engrais par rapport au fret ordinaire, en leur accordant la priorité pour les escortes navales et le soutien aux assurances, afin qu’elles ne soient pas considérées comme des marchandises ordinaires soumises aux mêmes calculs de risque commercial. Aussi, les donateurs internationaux (Banque mondiale et autres organisations de développement) peuvent cofinancer un mécanisme de réassurance étatique pour prendre en charge les coûts supplémentaires.

Deuxièmement, l’ouverture de négociations diplomatiques indirectes (à travers des médiateurs régionaux) avec les houthistes permettrait de sanctuariser et sécuriser les trajets des navires humanitaires ou jugés vulnérables, sur le modèle de l’initiative céréalière de la mer Noire en 2022.

Troisièmement, il est crucial de mobiliser le financement humanitaire avant que les récoltes ne soient mauvaises, et non après. Les mécanismes d’action anticipative, tels que les transferts de financement, le soutien au déstockage du bétail et le prépositionnement de stocks dès qu’un seuil météorologique est franchi ; ont déjà démontré leur efficacité dans la région de la Corne de l’Afrique. Avec un phénomène d’El Niño annoncé plusieurs mois à l’avance, la fenêtre pour intervenir de cette manière est désormais ouverte.

Quatrièmement, il serait pertinent de s’appuyer sur les infrastructures d’urgence climatiques déjà en place à Djibouti et de les optimiser pour une meilleure performance au cours de cette crise. La base logistique humanitaire du PAM à Djibouti a été conçue précisément pour résister à ce type de choc régional et climatique.

Cinquièmement, il serait souhaitable que l’Éthiopie et Djibouti poursuivent leurs efforts pour optimiser et connecter les différents terminaux portuaires existants, non seulement comme un projet de développement à long terme, mais également comme une mesure concrète pour se protéger contre le risque d’immobilisation d’un seul point de passage. Surtout, l’harmonisation transfrontalière des barrières douanières le long des corridors peut permettre de réduire le coût final des produits de base.

The Conversation

Abdek Mahamoud Abdi est titulaire d’un doctorat en ingénierie du développement de l’Institut de technologie de Tokyo (TokyoTech). Il conseille des organisations publiques et privées sur les questions de sauvegardes environnementales et sociales, de finance climatique, d’économie bleue et de sécurité énergétique en Afrique de l’Est et au Moyen-Orient. Il intervient actuellement comme coordinateur de projets pour l’Organisation des Nations Unies pour le développement industriel (ONUDI), parallèlement à ses travaux de recherche dans le cadre d’un second doctorat en Executive DBA à l’Université de Montpellier.

– ref. Entre conflits armés et El Niño, la dangereuse convergence des crises en mer Rouge – https://theconversation.com/entre-conflits-armes-et-el-nino-la-dangereuse-convergence-des-crises-en-mer-rouge-290123