Protestas educativas: un análisis experto de problemas y soluciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Marhuenda Fluixá, Catedrático de Didáctica y Organización Escolar, Universitat de València

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Los docentes han salido a la calle tanto en la Comunidad Valenciana como en Cataluña. Reclaman más personal, aumento de sueldos, menos burocracia… Más allá de las peticiones concretas, ¿qué diagnóstico hace la investigación reciente de la situación real del día a día de profesores y profesoras y de su repercusión sobre el aprendizaje del alumnado? ¿Y qué soluciones puede proponer la academia, con los datos en la mano resultantes de la investigación?


Fernando Marhuenda

Didáctica y Organización Escolar, Universitat de València

Ya en 2010 señalaba el sociólogo francés Françóis Dubet que la institución escolar, como otras instituciones propias de la modernidad, hijas de la Ilustración, se encuentra en declive: ha dejado de ser un espacio admirado o sagrado (las películas sobre maestros de la República son un claro testimonio de lo que significaba la escuela y la figura del maestro entonces). También ha dejado de ser un espacio uniforme. Hoy en día se le exige atender a la diversidad de manera inclusiva y no segregadora. Además, ha perdido el monopolio de la transmisión cultural que una vez tuvo.

Durante la pandemia de covid-19 se vio que la institución escolar era prescindible. El oficio de enseñar no era una de las ocupaciones consideradas como esenciales. Quedaba así demostrado que la función tradicional de custodia tenía un peso tan importante como el de la transmisión de conocimiento. Y el debate más importante para familias y administraciones fue, en cualquier caso, ajustar y adaptar los sistemas de evaluación más que empeñarse en mantener los estándares de aprendizaje.

Al profesorado se le exige hoy en día trabajar en unas condiciones para las que no basta la vocación. La organización escolar apenas se ha modificado en las últimas décadas, pero se le reclama desempeñar funciones que parecen desplazar a la principal. El aparente bienestar del alumnado parece ser más importante que el valor del saber.

Una institución cuestionada y una profesión desprestigiada no se solucionan solo con cambios en la formación del profesorado (ni en primaria, donde llegó a haber dos propuestas muy distintas y divergentes), ni en secundaria, cuyo máster tiene una oferta deficiente en muchas universidades públicas, y supone una oportunidad de negocio para las privadas).

No es fácil el trabajo docente en la actualidad, y el margen de mejora es amplio, tanto en la formación inicial como en la organización escolar. En esta última, urge incorporar nuevas figuras a los centros escolares para acometer funciones propias de la educación social, el trabajo social o la enfermería, por mencionar tres cada vez más evidentes.


Òscar Flores i Alarcia

Didáctica y Organización Escolar, Universitat de Lleida

El malestar docente que hoy se expresa en forma de protestas no puede reducirse a una reivindicación salarial. Responde a una tensión más profunda: la sociedad pide a la escuela que sea más inclusiva, personalice el aprendizaje, acompañe emocionalmente al alumnado y responda a realidades sociales cada vez más complejas. Pero estas exigencias no siempre han ido acompañadas de las condiciones necesarias, especialmente de más recursos humanos en los centros.

La investigación ayuda a entenderlo. Los estudios muestran que la sociedad valora positivamente a los docentes, pero este reconocimiento no siempre se traduce en prestigio, salario, autonomía o un apoyo efectivo. Según el informe más reciente sobre el bienestar y situación de los docentes, TALIS 2024, el estrés docente deriva de la combinación de una elevada carga de trabajo, una gestión compleja del aula, condiciones laborales desajustadas y cambios constantes.

Por ello, para lograr una inclusión efectiva, esta debe dejar de depender del esfuerzo individual y convertirse en una responsabilidad compartida del sistema. Hace falta formación específica en diversidad, sí, pero también más maestros, especialistas, profesionales de apoyo y tiempo de coordinación en las aulas.

En este sentido, la codocencia puede ser una buena solución: permite compartir la responsabilidad educativa, atender mejor a la diversidad, reducir el aislamiento docente y generar respuestas más ajustadas a las necesidades del alumnado.


Jessica Cabezas

Educación y Societat, Universitat de Barcelona

En educación llevamos años pidiendo a los docentes que hagan más cosas y, además, que las hagan mejor: que personalicen el aprendizaje, que atiendan a la diversidad, que integren la tecnología, que mejoren la convivencia, que den respuesta al malestar emocional del alumnado, sin olvidar coordinarse con las familias. El problema es que la investigación lleva tiempo señalando que no se puede ampliar indefinidamente la misión de la escuela sin revisar las condiciones reales del trabajo docente.

En España, el problema se agrava por un desajuste concreto entre lo que se pide a la escuela y la preparación con la que termina una parte del profesorado. Según los últimos informes, solo el 35 % de los docentes en España se considera formado para enseñar en aulas con distintos niveles de capacidad durante su formación inicial. Y aún menos, el 28 % se consideraba preparado para hacerlo al finalizar sus estudios.

En el uso pedagógico de las tecnologías de la información y la comunicación, solo el 36 % se sentía preparado. En primaria, un 23 % de las direcciones informaba de que la calidad de la enseñanza se veía obstaculizada por la falta de profesorado con competencias para enseñar a estudiantes con necesidades específicas. Esto nos indica que estamos exigiendo inclusión, atención a la diversidad y adaptación curricular sin haber reforzado suficientemente la formación profesional para sostener estas competencias que se demandan.

Si, además, la investigación nos dice que el profesorado llega poco preparado para enseñar en contextos heterogéneos, la formación inicial no puede seguir organizándose como si la diversidad fuera un tema lateral.

La atención a la diversidad, el trabajo con grupos de distinta composición, la evaluación formativa, la enseñanza colaborativa y la toma de decisiones pedagógicas en contextos complejos deberían formar parte del núcleo de la formación docente. En este sentido, la universidad no solo puede diagnosticar el problema: también tiene la responsabilidad de revisar qué tipo de profesional está contribuyendo a formar.


Gerard Ferrer-Esteban

Psicología y Ciencias de la Educación, Universitat Oberta de Catalunya

La burocracia es una de las causas del malestar docente que atraviesa todas las movilizaciones del personal en Cataluña y la Comunidad Valenciana. El exceso de trámites afecta al tiempo, a las prioridades y al propio sentido de la tarea educativa. Pero el problema no es tanto la existencia de procedimientos administrativos, que son necesarios para garantizar derechos, transparencia y equidad, sino su acumulación, fragmentación y escasa utilidad pedagógica.

A lo largo del tiempo se acumulan formularios, planes, memorias, solicitudes e informes que eclipsan las tareas que dan sentido al oficio docente: preparar las clases, coordinarse pedagógicamente y acompañar al alumnado. Esto es también lo que denuncian muchas direcciones cuando señalan que esta carga les impide dedicar suficiente tiempo al liderazgo pedagógico, al apoyo al profesorado y a la mejora de los aprendizajes.

Esta tensión se hace todavía más evidente en los centros que se encuentran en entornos de mayor vulnerabilidad social. Los centros de elevada complejidad afrontan una mayor rotación docente, más dificultades para consolidar proyectos pedagógicos y una mayor necesidad de apoyo y coordinación.

En estos contextos de claustros inestables y necesidades del alumnado más exigentes, la burocracia no es solo una carga añadida, sino un factor que debilita aún más la capacidad del centro para dar respuesta a la complejidad. Los trámites para justificar, registrar o rellenar solicitudes no solo consumen tiempo, sino que compiten con tareas de atención a la diversidad, seguimiento del alumnado más vulnerable, coordinación con servicios externos y comunicación con las familias.

Esta es, sin duda, una de las claves para entender las movilizaciones del profesorado. Cuando los docentes reclaman menos burocracia, no piden una escuela sin planificación o sin evaluación. Piden que los instrumentos tengan un sentido profesional.

Lo que se cuestiona en estas movilizaciones es la confusión entre mejora y registro, entre acompañamiento y control, o entre evidencia y acumulación documental. El riesgo es precisamente que se produzca este desacoplamiento: instrumentos pensados para mejorar el sistema pueden acabar alimentando prácticas burocráticas si no se diseñan con tiempo, apoyo y sentido profesional.

En este contexto, el Plan de desburocratización de los centros educativos 2026-2028 del gobierno catalán podría ser una oportunidad. Pero solo si se entiende como una política de cambio organizativo y no únicamente como una apuesta por la digitalización. Centralizar aplicaciones, automatizar trámites, mejorar la interoperabilidad de datos, simplificar documentos y ordenar la comunicación con los centros son medidas necesarias.

Ahora bien, su eficacia dependerá de que liberen tiempo real para la docencia, la coordinación y el liderazgo pedagógico. Esto implica medir el impacto del plan en horas de trabajo recuperadas, reforzar el apoyo administrativo a los centros, evitar que cada nueva herramienta digital añada una nueva capa de trabajo y orientar la inspección hacia el acompañamiento y la reflexión pedagógica, más que hacia el control documental.


Aleix Olondriz

Ciencias de la Educación, Universitat de Lleida

El malestar docente también tiene que ver con una sensación creciente de desorientación pedagógica. En los últimos años, la escuela ha acumulado reformas, cambios curriculares y nuevas metodologías que, a menudo, se han implementado con prisas, con poco debate profesional y sin las condiciones necesarias para que el profesorado pueda incorporarlas con sentido. Esto ha generado la percepción de que muchas decisiones educativas llegan más desde la lógica política o administrativa que desde la evidencia pedagógica o la realidad de los centros.

La investigación hace tiempo que alerta de este riesgo. Los estudios sobre cambio educativo muestran que las reformas solo tienen impacto cuando el profesorado participa activamente en su construcción y dispone de tiempo, estabilidad y apoyo para desarrollarlas. Cuando los cambios se encadenan sin consolidarse, el resultado suele ser cansancio, fragmentación y una sensación de inseguridad profesional. Cabe decir que esta “fatiga” no es exclusiva de nuestro país. Otros estudios han evidenciado este cansancio ante el cambio continuo y la necesidad de “innovar por innovar”.

En este contexto, muchas de las movilizaciones actuales expresan también la necesidad de recuperar espacios de confianza y autonomía docente. No se trata de rechazar la innovación o la transformación educativa, sino de evitar que estas se conviertan en una sucesión de consignas poco conectadas con las necesidades reales de las aulas.

Por ello, cualquier mejora del sistema educativo debería pasar por reforzar las condiciones que permiten construir proyectos pedagógicos sólidos y estables: equipos docentes cohesionados, tiempo para la reflexión compartida, liderazgos pedagógicos estables y una relación más estrecha entre investigación, administración y práctica educativa. Todo ello, sumado a solucionar la falta sistémica de reconocimiento de la tarea docente.

The Conversation

Las investigaciones de Gerard Ferrer-Esteban se desarrollaron durante su etapa como investigador postdoctoral Marie Skłodowska-Curie en el proyecto Reformed, en la UAB, financiado por el European Research Council (ERC), y en el marco de un contrato financiado por la Fundación Bofill.

Aleix Olondriz Valverde, Fernando Marhuenda Fluixá, Jessica Cabezas Alarcón y Oscar Flores i Alarcia no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Protestas educativas: un análisis experto de problemas y soluciones – https://theconversation.com/protestas-educativas-un-analisis-experto-de-problemas-y-soluciones-283013

Au Danemark, les enfants prennent davantage de risques et ça pourrait contribuer à leur bien-être

Source: The Conversation – in French – By Marie Helweg-Larsen, Professor of Psychology, Dickinson College

Des enfants jouent dans le parc Superkilen à Copenhague. Au Danemark, les parents laissent généralement à leurs enfants une grande liberté pour explorer, utiliser des outils et tester leurs limites. Lorie Shaull/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Loin de la surveillance constante qui domine dans de nombreux pays, les parents danois laissent davantage leurs enfants expérimenter, se tromper et prendre des risques mesurés. Une philosophie éducative qui pourrait favoriser la confiance en soi et l’autonomie.


On a beaucoup écrit sur les scores élevés et constants du Danemark dans les classements mondiaux du bonheur, si bien qu’il n’est peut-être pas surprenant que le Danemark soit également considéré comme le meilleur pays pour élever des enfants, selon U.S. News and World Report. Le petit pays scandinave figure aussi parmi les mieux classés en matière de bien-être des enfants, un indicateur qui prend en compte la santé physique, la santé mentale, l’éducation et les relations sociales.

Des politiques publiques comme un congé parental généreux, de solides investissements publics dans l’éducation et un système de santé universel ont évidemment joué un rôle dans ces résultats. Les Danois affichent également un niveau élevé de confiance sociale : 74 % d’entre eux estiment que l’on peut faire confiance à la plupart des gens, contre seulement 37 % des Américains.

Mais un autre facteur pourrait contribuer au bien-être des enfants danois : ils sont souvent encouragés à participer à des jeux risqués et peu encadrés.

Cela peut sembler contradictoire avec le désir des parents de tout faire pour assurer la sécurité de leurs enfants. Pourtant, en tant que Danoise d’origine et psychologue, j’ai étudié la manière dont le style parental plus détaché pratiqué au Danemark pourrait être l’une des clés pour élever des enfants plus résilients et autonomes.

Les bienfaits du jeu libre

Les Danois utilisent deux mots distincts pour traduire le mot « jouer ». Le terme « leg » désigne le jeu libre et non structuré ; « spille », lui, renvoie aux jeux ou activités régis par des règles préétablies, comme jouer au football, aux échecs ou du violon.

Chaque forme de jeu a ses bénéfices. Mais des études ont montré que le jeu libre et spontané exige davantage de compromis et de créativité, car les enfants ont la liberté de modifier ou d’inventer les règles. Les enfants apprennent à attendre leur tour et à résoudre des problèmes – des compétences plus difficiles à développer lorsque les adultes interviennent ou lorsque les règles sont fixées à l’avance.

Il existe également ce qu’on appelle le jeu à risque, une forme de jeu non structuré fondée sur des activités excitantes pouvant entraîner des blessures physiques. Sur une aire de jeux, cela peut signifier grimper sur de hautes structures, descendre un toboggan la tête la première ou se bagarrer. En dehors des aires de jeux, cela peut consister à faire un feu, nager, faire du vélo ou utiliser des outils comme des scies, des marteaux ou des couteaux.

La chercheuse norvégienne en éducation de la petite enfance Ellen Beate Hansen Sandseter a été pionnière dans l’étude du jeu à risque. Elle s’est intéressée à ses fonctions évolutives, notamment à la manière dont il aide les enfants à devenir des adultes compétents et autonomes. D’autres chercheurs ont montré que le jeu à risque favorise la santé mentale en apprenant aux enfants à devenir plus résilients et à mieux gérer leurs émotions.

Risques positifs et risques négatifs

Lorsqu’il est question de jeu à risque, il est utile de distinguer les risques positifs des risques négatifs.

Sur une aire de jeux, un risque positif correspond à un défi qu’un enfant est capable d’identifier et qu’il choisit de relever. Il peut évaluer s’il veut essayer une tyrolienne, ou décider lui-même du moment où il atteint sa limite en grimpant pour la première fois sur un filet d’escalade. L’objectif est que l’enfant explore ses propres limites et apprenne à gérer des émotions comme la peur ou l’anxiété. Bien sûr, il existe un risque d’éraflures ou de bosses. Mais la réussite peut renforcer la confiance en soi.

À l’inverse, un risque négatif correspond à un danger que l’enfant n’a ni l’expérience ni les connaissances nécessaires pour anticiper. Utiliser des équipements de jeu dont le bois est pourri, manier un outil comme une perceuse sans instruction adaptée ou nager dans des rapides peut entraîner des accidents graves sans apporter de bénéfice en matière d’apprentissage.

De nombreuses aires de jeux au Danemark sont conçues pour encourager les risques positifs. Le pays est notamment connu pour ses « junk playgrounds », ou terrains d’aventure, dont le premier a été créé pendant la Seconde Guerre mondiale. Ces espaces de jeu sont aménagés avec des pneus usagés, des planches et des cordes plutôt qu’avec des équipements fixes. Les enfants ont souvent accès à des outils afin de construire des structures et transformer eux-mêmes l’espace selon leurs envies.

L’objectif n’est évidemment pas de mettre les enfants en danger. Il s’agit plutôt de leur permettre d’explorer par eux-mêmes, de tester leurs limites et d’essayer de nouvelles choses.

L’enfant naturellement compétent

Bien sûr, aucun parent n’a envie de voir son enfant se blesser. Mais les recherches suggèrent que les parents danois et les parents américains ont des perceptions du risque différentes – ainsi que des seuils distincts pour déterminer ce qu’ils considèrent comme dangereux.

Une étude a ainsi comparé les réactions de mères américaines et danoises face à des images montrant un enfant engagé dans 30 types de jeux différents : faire de la luge, du vélo, utiliser une scie pour couper du bois ou grimper dans un grand arbre, par exemple. Elle a montré que les mères danoises étaient, en moyenne, plus nombreuses à se dire à l’aise avec l’idée que leur propre enfant se trouve dans ces situations. Lors des entretiens menés par la suite, les mères danoises étaient également plus enclines à expliquer qu’elles initiaient leurs enfants à certaines activités à risque, par exemple en leur apprenant à utiliser des outils. L’une d’elles racontait ainsi avoir montré à son enfant de 5 ans comment manier une hache pour couper du bois.

Au Danemark, les crèches et jardins d’enfants apprennent même souvent aux enfants à utiliser un couteau aiguisé, certains remettant un « diplôme du couteau » une fois cette compétence acquise. L’apprentissage du vélo, lui, peut se faire dans ce qu’on appelle des « aires de circulation », équipées de rues à taille d’enfant, de pistes cyclables, de feux de signalisation et de panneaux.

Cette différence dans la tolérance au risque pourrait s’expliquer par des approches éducatives distinctes. Les parents danois considèrent leurs enfants comme naturellement compétents, ce qui signifie qu’ils leur font confiance pour affronter les risques et les difficultés. Les adultes cherchent alors à créer des environnements permettant à ces compétences naturelles de s’épanouir ; ils privilégient l’encouragement à la coopération plutôt que le contrôle.

À l’inverse, les parents américains ont davantage tendance à considérer les enfants comme vulnérables et ayant besoin d’être protégés. La santé mentale constitue une préoccupation majeure : selon une enquête du Pew Research Center menée en 2023, 40 % des parents américains se disent extrêmement ou très inquiets à l’idée que leur enfant souffre un jour d’anxiété ou de dépression. Ironiquement, les enfants qui disposent de moins d’autonomie sont aussi davantage susceptibles de rencontrer des difficultés psychologiques.

Un jardin d’enfants danois où les journées se passent à explorer la forêt.

Quand la permissivité va trop loin

Laisser les enfants prendre l’initiative peut très bien fonctionner, mais il arrive aussi qu’ils ne soient pas capables de percevoir ou d’anticiper certains risques.

Les jeunes Danois, par exemple, consomment davantage d’alcool que leurs homologues européens. Une enquête récente a montré que près de sept élèves danois de troisième sur dix avaient bu de l’alcool au cours du dernier mois, et qu’un sur trois avait été ivre durant cette même période. Une étude a révélé que les parents danois plus stricts concernant la consommation d’alcool étaient moins susceptibles d’avoir des adolescents buvant fréquemment. Mais, dans l’ensemble, la culture danoise entretient un rapport très permissif à l’alcool, si bien que ces parents restent rares.

Par ailleurs, les enfants danois de 10 ans figurent parmi ceux qui possèdent le plus souvent un smartphone dans le monde, alors même que des études ont montré que la possession d’un smartphone chez les enfants est associée à des niveaux plus élevés de dépression, de stress et d’anxiété, ainsi qu’à un sommeil de moins bonne qualité.

Mais ces statistiques ne concernent pas le jeu à risque, que même des médecins et infirmiers urgentistes défendent. Elles montrent plutôt que les styles parentaux permissifs peuvent également avoir des effets négatifs.

Les bénéfices du jeu à risque – apprendre à tolérer l’échec, la détresse et l’incertitude – ne sont pas seulement importants dans l’enfance. Ils sont au cœur de ce qui fait de nous des êtres humains.

The Conversation

Marie Helweg-Larsen a reçu des financements des National Institutes of Health.

ref. Au Danemark, les enfants prennent davantage de risques et ça pourrait contribuer à leur bien-être – https://theconversation.com/au-danemark-les-enfants-prennent-davantage-de-risques-et-ca-pourrait-contribuer-a-leur-bien-etre-282759

Aux États-Unis, le harcèlement est plus fréquent dans les classes agitées et peu structurées

Source: The Conversation – in French – By Qingqing Yang, Research Scientist of Education, University at Albany, State University of New York

Pourquoi certaines classes connaissent-elles davantage de harcèlement que d’autres ? Selon une étude américaine, les environnements scolaires les plus agités augmentent légèrement mais durablement le risque de violences entre élèves.


Aux États-Unis, environ un élève du primaire sur quatre déclare avoir été victime de harcèlement au moins une fois au cours d’une année scolaire.

Les enfants fréquemment harcelés ont davantage de risques de rencontrer des difficultés scolaires, de souffrir d’une moins bonne santé physique et de développer, en grandissant, des troubles comme la dépression, l’anxiété ou des addictions. Ces conséquences peuvent persister à l’âge adulte et contribuer à des situations de chômage et de précarité financière.

La plupart des recherches sur le harcèlement se concentrent sur les caractéristiques individuelles des enfants, par exemple le fait qu’ils présentent des signes d’agressivité ou que leurs parents aient recours à des punitions physiques à la maison. Les enfants exposés à une éducation sévère ou punitive, même sans violences physiques, peuvent eux aussi être davantage susceptibles d’adopter des comportements de harcèlement.

Mais de manière générale, les taux de harcèlement varient fortement d’une classe à l’autre.

De nouvelles recherches que j’ai menées avec des collègues de l’Université d’Albany aux États-Unis et d’autres établissements montrent que l’environnement de la classe joue un rôle important dans le harcèlement scolaire. Les enfants présentent un risque légèrement plus élevé d’être harcelés lorsqu’ils évoluent dans des classes fréquemment perturbées par des problèmes de comportement ou marquées par un climat chaotique — même en tenant compte de facteurs individuels comme leur personnalité ou leur environnement familial.

Nos résultats montrent ainsi que le harcèlement ne dépend pas seulement de ce que sont les enfants, mais aussi des environnements auxquels ils sont exposés à l’école.

Évaluer le climat des classes

Nous avons analysé des enquêtes menées auprès d’enseignants et d’élèves par le National Center for Education Statistics du département américain de l’Éducation entre 2014 et 2016. Ces données, recueillies à l’échelle nationale, concernaient des enseignants et des enfants de 3e, 4e et 5e année (CE2, CM1 et CM2).

Les enseignants devaient évaluer le caractère perturbé ou non de leur classe en indiquant combien d’élèves avaient des difficultés à rester attentifs, à se comporter correctement ou à suivre les consignes. Ils attribuaient également une note globale au niveau de perturbation dans leur classe.

De leur côté, les élèves indiquaient à quelle fréquence ils étaient victimes de harcèlement, qu’il s’agisse de moqueries, d’insultes, d’exclusion volontaire des jeux ou encore de violences physiques comme des bousculades ou des coups.

Pour s’assurer que ces résultats reflétaient une véritable tendance et non une simple coïncidence, nous avons utilisé une méthode statistique permettant de vérifier si les mêmes élèves déclaraient davantage — ou au contraire moins — de situation de harcèlement selon qu’ils se trouvaient dans des classes plus ou moins perturbées ou chaotiques au fil des années scolaires.

Autrement dit, nous avons étudié la manière dont les changements dans l’environnement scolaire d’un enfant étaient associés à des variations dans sa propre expérience du harcèlement. Cette approche permet de distinguer l’effet du climat de la classe des différences liées aux caractéristiques personnelles des enfants ou à leur environnement familial.

Réduire le chahut dans les classes

Traditionnellement, les dispositifs de lutte contre le harcèlement se concentrent sur les comportements individuels des élèves ou sur les dynamiques familiales. Les interventions peuvent par exemple consister à enseigner des compétences sociales aux enfants ou à proposer davantage de soutien et de formation aux parents pour les aider à réagir aux comportements de leurs enfants.

Cependant, les programmes ciblant uniquement les harceleurs ou les victimes ne sont pas toujours efficaces pour prévenir le harcèlement.

Nos résultats suggèrent qu’agir sur le désordre et les perturbations en classe constitue une piste crédible pour réduire le harcèlement. Les effets observés sont modestes mais constants, ce qui signifie que cette tendance demeure visible même lorsqu’on applique des tests statistiques rigoureux. Selon nous, une meilleure prise de conscience de ce lien pourrait avoir un impact significatif à l’échelle de toute une classe.

Lorsque les enseignants décrivent une classe comme perturbée, cela reflète à la fois le comportement des élèves et les difficultés rencontrées pour encadrer une salle de classe remplie d’enfants. Ces difficultés incluent le fait de maintenir l’attention des élèves, d’encourager des comportements appropriés et de s’assurer qu’ils suivent les consignes.

Dans les classes les plus chaotiques, les élèves peuvent parler en même temps, se lever sans arrêt ou avoir du mal à rester concentrés sur leur travail. Cela crée un environnement où il devient plus difficile de maintenir l’ordre et peut provoquer un « effet de contagion » des comportements négatifs. L’agressivité peut alors devenir plus fréquente et même être renforcée au sein du groupe, augmentant le risque de harcèlement.

Gérer une classe chaotique peut également être particulièrement éprouvant émotionnellement pour les enseignants. Ceux-ci doivent consacrer davantage de temps à gérer les perturbations et à recentrer les élèves sur leur travail. Cela réduit non seulement le temps et l’énergie dont ils disposent pour prévenir ou traiter les situations de harcèlement, mais aussi leur capacité à les repérer dès le départ.

Dans le même temps, il est important de rappeler que les classes fortement perturbées reflètent souvent des problèmes plus larges, comme des effectifs trop élevés, un manque de financement des établissements ou encore des difficultés rencontrées par les élèves en dehors de l’école — pauvreté, instabilité du logement ou traumatismes.

Mieux accompagner les enseignants, notamment grâce à des formations professionnelles portant sur le soutien émotionnel aux élèves ou sur l’association entre règles et conséquences positives ou négatives, peut contribuer à réduire les comportements perturbateurs en classe.

L’impact du chahut en classe s’inscrit également dans un contexte plus large d’inégalités sociales.

De précédentes recherches montrent que les élèves issus de familles modestes, appartenant à des minorités raciales ou ethniques, ainsi que les élèves en situation de handicap courent davantage de risques d’être victimes de harcèlement. Notre étude aide à comprendre pourquoi : ces élèves sont plus souvent scolarisés dans des classes chaotiques.

Cela ne signifie pas qu’ils sont volontairement placés dans ce type d’environnement, mais plutôt qu’ils fréquentent davantage des établissements disposant de faibles moyens financiers, avec des classes plus chargées, moins d’enseignants expérimentés et moins de dispositifs spécialisés pour accompagner les élèves qui en ont besoin.

Les prochaines étapes

Le harcèlement est un problème grave, fréquent dès l’école primaire, ce qui fait de sa prévention une priorité. Nos résultats déplacent le regard des seules caractéristiques individuelles et familiales des élèves vers l’environnement plus global de la classe.

Nos travaux suggèrent également que réduire le chaos et les perturbations en classe pourrait constituer une piste prometteuse pour lutter contre le harcèlement. D’autres recherches seront toutefois nécessaires afin d’identifier d’autres facteurs liés au fonctionnement des classes et de mieux comprendre comment ces dynamiques contribuent au harcèlement.

The Conversation

Qingqing Yang a reçu des financements de la fondation Spencer.

ref. Aux États-Unis, le harcèlement est plus fréquent dans les classes agitées et peu structurées – https://theconversation.com/aux-etats-unis-le-harcelement-est-plus-frequent-dans-les-classes-agitees-et-peu-structurees-283086

À quoi a ressemblé la fin du monde provoquée par l’astéroïde qui a tué les dinosaures : le récit minute par minute

Source: The Conversation – in French – By Michael J. Benton, Professor of Vertebrate Palaeontology, University of Bristol

Il y a 66 millions d’années, un astéroïde de 10 kilomètres de diamètre frappait la Terre et provoquait l’extinction des dinosaures. serpeblu/Shutterstock

Que se serait-il passé si vous aviez assisté à l’impact de l’astéroïde qui a provoqué l’extinction des dinosaures ? En s’appuyant sur des décennies de recherches, deux scientifiques reconstituent minute par minute les heures qui ont suivi la collision ayant bouleversé la Terre il y a 66 millions d’années.


Une grande femelle Tyrannosaurus rex avance à travers les conifères de son territoire, humant l’air. Elle reconnaît l’odeur de la carcasse d’un dinosaure à cornes, un Triceratops, dont elle se nourrissait la veille. Elle s’approche et arrache encore quelques lambeaux de chair, mais l’odeur est infecte, même pour elle. Elle descend ensuite jusqu’au lac pour boire. De petits crocodiles et des tortues se précipitent dans l’eau à son approche, mais elle leur prête à peine attention. Ce qui l’intéresse davantage, c’est un dinosaure cuirassé, un Ankylosaurus, tapi non loin de là. Elle sait toutefois que cette proie ne se laissera pas abattre facilement et qu’elle n’a pas assez faim pour risquer un combat.

Ce qu’elle ignore, c’est qu’un danger bien plus grand approche. Elle lève la tête et aperçoit une lumière éclatante fonçant vers le sol, accompagnée de faibles crépitements et sifflements.

Notre T. rex possède une excellente audition pour les sons de basse fréquence et les vibrations qu’elle ressent l’inquiètent. Mais son trouble ne dure qu’un instant. En une fraction de seconde, elle est réduite en cendres et son monde bascule à jamais.

Tout cela se déroule il y a 66 millions d’années, lorsqu’un gigantesque astéroïde frappe la Terre dans la région de l’actuelle mer des Caraïbes. À la fin du Crétacé, le niveau des mers était alors de 100 à 200 mètres plus élevé qu’aujourd’hui, si bien que les rivages de la mer des Caraïbes s’étendaient loin à l’intérieur du continent américain, sur l’est du Mexique et le sud des États-Unis. L’impact s’est produit dans ces eaux.

L’événement provoqua des bouleversements immédiats de la planète et de son atmosphère, entraînant l’extinction des dinosaures ainsi que d’environ la moitié des autres espèces vivant sur Terre. Mais qu’aurait-on ressenti face à un impact d’une telle ampleur ? Qu’aurait-on vu, entendu ou senti ? Et comment serait-on mort — ou aurait-on survécu ? En tant que spécialistes, respectivement, des météorites et de la paléontologie, nous avons reconstitué une chronologie détaillée de cet événement à partir de décennies de recherches. Alors, remontons le temps jusqu’au tout dernier jour du Crétacé.

J-1 avant l’impact

Tout est calme et cette journée du Crétacé se déroule comme les autres. Dans ce qui deviendra bientôt le point d’impact, le climat est agréablement chaud, autour de 26 °C, et humide. Une situation fréquente à cette époque.

Depuis environ une semaine, l’astéroïde n’est visible que la nuit. Comme l’immense roche fonce droit vers la Terre, elle apparaît comme une étoile immobile dans le ciel. Pas de spectaculaire traînée lumineuse : il s’agit d’un astéroïde rocheux, et non d’une comète.

Illustration de dinosaures marchant dans une vallée.
La veille, rien ne laissait présager la catastrophe.
Orla/Shutterstock

Au cours des dernières 24 heures, le point lumineux devient visible en plein jour. Mais il ressemble toujours à une étoile ou à une planète, devenant simplement de plus en plus brillant dans les dernières heures précédant l’impact.

Le jour J : l’impact

Si vous vous étiez trouvé à proximité, vous auriez d’abord assisté à un bref spectacle de lumière et de bruit. Quelques minutes, voire quelques secondes avant l’impact, vous auriez aperçu l’immense boule de feu, accompagnée de crépitements ou de sifflements. Ce bruit caractéristique résulte d’un effet photoacoustique : la lumière extrêmement intense de la boule de feu chauffe le sol, qui réchauffe ensuite l’air situé juste au-dessus, provoquant des ondes de pression — autrement dit, du son.

Vient ensuite un bang supersonique assourdissant, produit parce que l’astéroïde se déplace plus vite que la vitesse du son. Mais l’astéroïde est si gigantesque — probablement près de 10 kilomètres de diamètre — qu’il frappe la surface avant même que les êtres vivants proches de la zone d’impact aient le temps de chercher un abri.

L’énergie colossale de l’astéroïde creuse un cratère au terme d’une série de phénomènes qui, ensemble, ne durent que quelques secondes. Lorsque l’astéroïde percute la surface, son énergie cinétique — liée à sa vitesse — est instantanément transmise au sol sous forme d’énergie cinétique, thermique et sismique. Cela déclenche une série d’ondes de choc qui chauffent et compriment à la fois l’astéroïde et la zone frappée.

À mesure que ces ondes se propagent, les roches se fissurent, se fragmentent puis sont projetées dans les airs, formant une vaste dépression en forme de bol — appelée cavité transitoire — environ dix secondes après l’impact. Sous l’effet de la chaleur et de la compression, d’immenses quantités de matière fondent puis se vaporisent, y compris l’astéroïde lui-même, libérant une gigantesque colonne de vapeur incandescente atteignant plus de 10 000 kelvins (soit environ 9 727 °C).

Au cours des secondes suivantes, la cavité continue de s’agrandir jusqu’à atteindre plusieurs fois le diamètre initial de l’astéroïde. Des simulations suggèrent qu’environ 20 secondes après l’impact, cette cavité transitoire atteint au moins 30 kilomètres de profondeur — bien davantage que le point le plus profond actuellement connu sur Terre, le Challenger Deep, situé dans la fosse des Mariannes dans l’océan Pacifique, qui descend à environ 11 kilomètres. Les bords du cratère culminent alors à plus de 20 kilomètres de hauteur, soit plus du double des 8 900 mètres du mont Everest.

Mais cette structure gigantesque ne subsiste même pas une minute avant de commencer à s’effondrer. Moins de trois minutes après l’impact, le centre du cratère rebondit pour former un pic de plusieurs kilomètres de haut. Ce sommet éphémère ne dure qu’environ deux minutes avant de s’effondrer à son tour dans le cratère.

Que vous soyez un dinosaure ou un scarabée bousier, si vous vous étiez trouvé près de la cavité transitoire, vous auriez été instantanément incinéré par l’explosion. Mais même à une distance pouvant atteindre 2 000 kilomètres de l’épicentre, vous auriez probablement été rapidement tué par le rayonnement thermique et les vents supersoniques qui se propagent désormais depuis le site d’impact.

Instant t + 5 minutes

Cinq minutes après l’impact, les vents se sont « calmés » pour atteindre la puissance d’un ouragan de catégorie 5, rasant tout sur environ 1 500 kilomètres autour du site d’impact. Enfin, tout ce qui n’a pas déjà été consumé par les flammes.

Dans cette région, la température de l’atmosphère dépasse désormais les 500 kelvins (environ 227 °C). L’impression serait celle d’être enfermé dans un four, provoquant brûlures, coups de chaleur et mort rapide. Le bois et la végétation s’embrasent, déclenchant des incendies partout.

Comme l’astéroïde a frappé la mer, l’atmosphère est également saturée de vapeur d’eau surchauffée, rendant ces vents d’une violence extrême encore plus meurtriers.

Puis viennent les vagues géantes, provoquées par les quantités colossales de roche et d’eau déplacées par l’impact. Ces mégatsunamis de plus de 100 mètres de hauteur frappent d’abord les côtes de l’actuel golfe du Mexique, submergeant les terres avant de se retirer en laissant derrière eux d’immenses quantités de débris.

Les vagues du tsunami dépassaient les 100 mètres de hauteur.
FOTOKITA/Shutterstock

À ce stade, le cratère a presque atteint ses dimensions définitives : environ 180 kilomètres de diamètre et 20 kilomètres de profondeur. Mais l’impact n’a pas seulement creusé un trou gigantesque dans la croûte terrestre. Toute la roche et la vapeur déplacées lors de la collision doivent retomber quelque part. Plusieurs sites en Amérique du Nord montrent ainsi que des blocs de débris issus de l’impact, parfois de la taille d’un mètre, ont été projetés à des centaines de kilomètres.

Ainsi, si vous vous étiez trouvé entre 2 000 et 3 000 kilomètres de l’épicentre et aviez survécu aux premières secondes, vous seriez probablement mort ensuite de la chaleur extrême, des séismes, des ouragans, des incendies, des inondations provoquées par les tsunamis ou encore des retombées de matière en fusion.

Mais que se passe-t-il beaucoup plus loin du site d’impact ? Durant les cinq premières minutes suivant la collision, les dinosaures parcourant les forêts du Crétacé dans ce qui correspond aujourd’hui à la Chine ou à la Nouvelle-Zélande ne remarquent encore rien d’anormal.

Mais cela ne va pas durer.

Instant t + 1 heure

À ce stade, les ondes de choc sur terre comme en mer ne sont plus qu’un désagrément mineur comparé à l’incendie qui continue de pleuvoir depuis le ciel. Une partie de l’énergie de l’impact a été transférée dans l’atmosphère, chauffant l’air et les poussières jusqu’à les rendre incandescents.

Texture d’un gigantesque brasier en arrière-plan, au format HD.
Des incendies gigantesques partout.
fluke samed/Shutterstock

Une heure après l’impact, une ceinture de poussières a déjà fait le tour du globe. Des dépôts de gouttelettes de roche fondue solidifiées — appelées sphérules d’impact — ainsi que des grains minéraux ont été retrouvés dans de nombreux sites, de la Nouvelle-Zélande au sud jusqu’au Danemark au nord.

Dans ces régions éloignées, vous n’auriez pas eu conscience des tsunamis ravageant les Amériques ni des gigantesques incendies, mais le ciel aurait déjà commencé à s’assombrir.

Jour J+1

À présent, d’immenses tsunamis se déplacent vers l’est à travers l’Atlantique et vers l’ouest à travers le Pacifique, pénétrant dans l’océan Indien par les deux côtés.

Leurs vagues atteignent encore environ 50 mètres de hauteur, provoquant morts et destructions sur de nombreuses côtes du globe. À titre de comparaison, le tsunami du 26 décembre 2004 avait atteint jusqu’à 30 mètres de haut.

Ces tsunamis tuent poissons et animaux marins, projetés loin sur les rivages avant d’y être abandonnés, tout comme ils détruisent les forêts côtières et noient les animaux terrestres. Mais peu à peu, les vagues perdent de leur puissance et n’entraînent probablement pas, à elles seules, l’extinction complète d’espèces entières.

Les ouragans se sont eux aussi affaiblis, mais des vents comparables à ceux d’une tempête tropicale continuent de soulever des débris et d’alimenter le chaos dans les régions touchées par les tsunamis. Le ciel en feu déclenche également des incendies à travers toute la planète, lesquels projettent à leur tour toujours plus de suie dans l’atmosphère. La trace de ces gigantesques feux a été retrouvée sous forme de particules de carbone dans les sédiments de la limite K-Pg — cette fine couche d’argile vieille de 66 millions d’années marquant la séparation entre le Crétacé et le Paléogène.

Plus loin encore, dans ce qui correspond aujourd’hui à l’Europe et à l’Asie, le ciel continue de se charger de poussières et de suie, comme partout ailleurs sur Terre. Les températures commencent à chuter à mesure que la lumière du Soleil est bloquée. Les arbres et les plantes en général, y compris le phytoplancton, cessent progressivement leur activité comme en hiver, incapables de réaliser la photosynthèse. Quant aux animaux dépendant de températures chaudes, ils finissent par se terrer avant de mourir.

Jour J+1 semaine

Le monde devient de plus en plus sombre. Des simulations du rayonnement solaire atteignant la surface terrestre après l’impact montrent qu’au bout d’environ une semaine, le flux solaire — c’est-à-dire la quantité de chaleur et de lumière reçue sur une surface donnée — ne représente plus qu’un millième de son niveau d’avant la collision. Cette obscurité est provoquée par les immenses quantités de poussières et de suie présentes dans l’atmosphère.

Cette diminution continue de la lumière s’accompagne d’une baisse globale des températures d’au moins 5 °C à la surface de la Terre. La plupart des dinosaures ainsi que les grands reptiles volants et marins meurent probablement de froid au cours de cette première semaine. Les reptiles plus petits, dotés d’un métabolisme plus lent ou d’un régime alimentaire plus adaptable, peuvent toutefois survivre un peu plus longtemps.

Le refroidissement de l’atmosphère et l’épais couvert nuageux provoquent également des pluies. Mais pas des pluies ordinaires : des pluies acides s’abattent sur l’ensemble de la planète.

Deux mécanismes distincts sont à l’origine de ces pluies acides. Le premier est lié à la géologie de la région de l’impact. L’astéroïde a frappé une zone riche en sédiments contenant du soufre, lequel s’est vaporisé et a libéré des oxydes de soufre — des composés gazeux acides et irritants formés de soufre et d’oxygène — dans l’immense panache de plasma projeté dans l’atmosphère.

Le second mécanisme provient de l’énergie même de la collision, suffisamment puissante pour transformer l’azote et l’oxygène de l’air en oxydes d’azote, des gaz extrêmement réactifs qui peuvent former du smog.

Avec la baisse des températures, la vapeur d’eau finit par se condenser en gouttes, tandis que les oxydes de soufre et d’azote se dissolvent dans l’eau pour former de l’acide sulfurique et de l’acide nitrique. Ce phénomène suffit à provoquer une chute rapide du pH. Selon les premiers modèles, le pH de ces pluies aurait pu descendre jusqu’à 1 – une acidité comparable à celle de l’acide des batteries.

À ce stade, la Terre est devenue un endroit particulièrement hostile. La végétation en décomposition, la fumée étouffante et les aérosols soufrés se combinent pour donner à la planète une odeur pestilentielle. Les plantes et les animaux terrestres ou vivant dans les mers peu profondes qui avaient survécu à l’obscurité et au froid succombent désormais aux pluies acides corrosives et à l’acidification des océans.

Les pluies acides détruisent également les forêts en lessivant les sols de nutriments essentiels comme le calcium, le magnésium et le potassium. Dans les mers peu profondes, coquillages, crustacés et coraux meurent eux aussi, l’eau acide dissolvant progressivement leurs structures calcaires.

Jour J+1 an

Les vents se sont calmés, les incendies se sont éteints et les océans ont retrouvé leur tranquillité. À première vue, la collision avec l’astéroïde pourrait ne sembler être qu’une immense cicatrice au fond de l’océan. Pourtant, ses effets continuent de ravager la planète.

L’atmosphère reste saturée de poussières et le Soleil n’a plus brillé depuis un an. Les températures ont continué à chuter : la température moyenne à la surface du globe est désormais inférieure d’environ 15 °C à celle d’avant l’impact. L’hiver s’est installé sur Terre.

Les dinosaures et reptiles marins qui auraient survécu à la première semaine de froid extrême meurent rapidement ensuite. Un an après l’impact, il ne reste plus de ces géants que des squelettes en décomposition. Çà et là, de petits animaux — comme des mammifères de la taille de rats ou des insectes — se cachent dans des fissures et des terriers, survivant péniblement grâce à leurs réserves et à quelques végétaux en décomposition.

En réalité, cette année a été catastrophique pour la vie sur Terre : plus de 50 % des plantes ont disparu, victimes du froid et du manque de lumière solaire. Des pertes comparables ont touché les animaux terrestres ainsi que les espèces vivant dans les eaux peu profondes acidifiées.

Vue d’un fossile d’ammonite pyritisé, révélant ses reflets métalliques et la structure complexe de cette coquille préhistorique.
Les ammonites disparaissent rapidement.
Domenichini Giuliano/Shutterstock

Si la plupart des groupes de plantes ainsi que de nombreux groupes modernes d’insectes, de poissons, de reptiles, d’oiseaux et de mammifères se rétablissent relativement rapidement, la situation est bien plus sombre pour d’autres espèces.

Les dinosaures et les ptérosaures terrestres ont disparu, tout comme de nombreux reptiles marins, les ammonites, les bélemnites et les rudistes dans les océans. Les ammonites et les bélemnites occupaient des positions élevées dans la chaîne alimentaire : elles souffrent donc non seulement du froid et de l’acidification des océans, mais aussi de l’effondrement de leurs ressources alimentaires, notamment des petits organismes marins dont elles dépendaient.

J+10 ans

La Terre reste prisonnière d’un hiver implacable. Même si la majeure partie du soufre est retombée de l’atmosphère sous forme de pluies acides, les poussières et les particules de suie persistent encore dans le ciel. La température moyenne à la surface du globe demeure environ 5 °C plus basse qu’avant l’impact.

Les grands océans ne sont pas gelés, mais les lacs et les rivières à l’intérieur des terres sont recouverts de glace partout dans le monde. Bien sûr, aucun être humain n’existait encore à cette époque — il n’y avait même pas de grands mammifères. Mais puisque seules les espèces capables de s’enfouir sous terre ou de vivre sous l’eau ont survécu, il est peu probable que vous auriez pu tenir jusque-là.

Les groupes de plantes et d’animaux ayant survécu — comme les tortues, les petits crocodiles, les lézards, les serpents, certains oiseaux vivant au sol et de petits mammifères — recommencent alors à coloniser la Terre. Mais ils restent confinés à quelques zones relativement préservées, très éloignées du site d’impact.

Dans ces régions, la lumière solaire redevient enfin suffisante pour permettre aux plantes et au phytoplancton de reprendre la photosynthèse. Comme les feuilles, graines et végétaux constituent la base des chaînes alimentaires terrestres et marines, la vie commence lentement à se reconstruire. Peu à peu, la vie réinvestit les paysages dévastés. Mais les écosystèmes ont profondément changé, et les dinosaures ont définitivement disparu.

J+66 millions d’années

Aujourd’hui, 66 millions d’années après l’impact, les cicatrices de la collision sont enfouies dans les couches géologiques — et les scientifiques commencent peu à peu à les déchiffrer. C’est en 1980 que des chercheurs ont ainsi, pour la première fois, mis au jour des preuves de cet impact. Dans leur article devenu classique, le physicien prix Nobel Luis Alvarez et ses coauteurs décrivent un enrichissement soudain en iridium dans une fine couche d’argile observée au Danemark et en Italie.

L’iridium est très rare dans les roches présentes à la surface de la Terre, car la majeure partie de cet élément a été piégée dans le noyau terrestre lors de la formation de la planète. En revanche, il est fréquent dans les météorites. Alvarez et ses collègues en ont conclu que la quantité d’iridium accumulée dans ces sédiments était si élevée qu’elle ne pouvait s’expliquer que par l’impact d’une météorite gigantesque.

Comme les scientifiques n’avaient observé ce pic d’iridium que dans deux sites, l’hypothèse de l’impact fut alors rejetée par de nombreux chercheurs. Mais au cours des années 1980, des pics d’iridium furent identifiés dans des couches d’argile sur un nombre croissant de sites — dans des sédiments déposés sur les continents, dans des lacs ou encore dans les océans.

L’hypothèse de l’impact gagna véritablement en crédibilité lorsqu’un cratère datant de la bonne période fut découvert en 1991. Ce cratère, enfoui sous des couches rocheuses plus récentes mais clairement visible grâce aux relevés géophysiques, se situe pour moitié sur la péninsule du Yucatán, au Mexique, et pour moitié sous la mer. Depuis les années 1990, les preuves de l’impact n’ont cessé de s’accumuler, notamment lorsque des chercheurs ont confirmé qu’un épisode brutal de refroidissement climatique s’était bien produit à la fin du Crétacé.

Possible empreinte de *T. rex* près d’Anasazi, à Philmont, en 2022.
Possible empreinte de T. rex près d’Anasazi, à Philmont, en 2022.
Wikipedia, CC BY-SA

Au total, on estime qu’environ la moitié des espèces végétales et animales vivant à la fin du Crétacé ont disparu.

On a longtemps pensé que certains groupes survivants — comme de nombreuses plantes, insectes, mollusques, lézards, oiseaux ou mammifères — avaient traversé la catastrophe sans trop de dommages. Mais des études détaillées montrent que ce n’est pas le cas : tous ont été durement touchés.

Par hasard ou par chance, suffisamment d’individus et d’espèces ont néanmoins réussi à survivre au froid et à la disparition des ressources alimentaires, ou se trouvaient dans des régions du monde moins sévèrement affectées. Lorsque les conditions sont redevenues plus favorables, ces survivants ont pu recoloniser rapidement leurs anciens milieux, mais aussi occuper les espaces laissés vacants par les groupes disparus.

L’une des conséquences majeures de l’extinction des dinosaures – qui dominaient alors les écosystèmes en tant que superprédateurs – fut ainsi l’essor et la diversification des mammifères.

Lorsque Luis Alvarez et ses collègues ont décrit pour la première fois la chute des températures provoquée par l’impact, ils ont parlé d’un « hiver nucléaire », reflet du contexte politique du début des années 1980. Aujourd’hui, nous serions sans doute davantage enclins à décrire ces effets comme une forme de dérèglement climatique mondial — des phénomènes comparables étant actuellement provoqués par l’augmentation du dioxyde de carbone dans l’atmosphère, avec son cortège d’inondations et de variations extrêmes des températures.

Il est frappant de penser que sans cette collision avec un astéroïde, les primates n’auraient peut-être jamais atteint le niveau d’évolution qui est le nôtre aujourd’hui. Mais il est tout aussi frappant de constater que les humains modernes provoquent désormais certaines des mêmes modifications atmosphériques que celles ayant conduit à la disparition de nos lointains ancêtres reptiles — et qui pourraient, un jour, entraîner notre propre perte.

The Conversation

Monica Grady a reçu des financements du Leverhulme Trust dans le cadre d’une Emeritus Fellowship ainsi que du STFC. Elle est affiliée à The Open University, à Liverpool Hope University et au Natural History Museum.

Michael J. Benton ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. À quoi a ressemblé la fin du monde provoquée par l’astéroïde qui a tué les dinosaures : le récit minute par minute – https://theconversation.com/a-quoi-a-ressemble-la-fin-du-monde-provoquee-par-lastero-de-qui-a-tue-les-dinosaures-le-recit-minute-par-minute-282791

La découverte d’une liste de survivants de la peste noire éclaire la façon dont on guérissait de la maladie au Moyen-Âge

Source: The Conversation – in French – By Alex Brown, Associate Professor of Medieval History, Durham University

« La Danse macabre » de Jean de Kastav (1490). National Gallery of Slovenia

Qui survivait à la peste noire, et combien de temps fallait-il pour guérir ? Un document exceptionnel retrouvé dans les archives d’une abbaye anglaise révèle les noms de paysans touchés par la maladie, la durée de leur absence et l’ampleur du choc provoqué par l’épidémie dans les campagnes médiévales.


Dans le cadre de nos recherches dans les collections médiévales de la British Library, nous avons identifié un document jusqu’ici passé inaperçu, qui apporte un éclairage inédit sur les survivants de l’épidémie de peste noire (1346-1353).

Ce document — un fragment de parchemin inséré dans un registre comptable de l’abbaye de Ramsey concernant le manoir de Warboys, dans le Huntingdonshire au centre-est de l’Angleterre — indique combien de temps des paysans étaient absents de leur travail lorsqu’ils étaient frappés par la peste. Il révèle également les noms de ceux qui ont survécu ainsi que la durée de convalescence estimée par leurs employeurs.

Dans notre récent article écrit avec Barney Sloane, nous apportons un nouvel éclairage sur un groupe de 22 paysans du domaine qui ont probablement contracté la peste, sont restés alités pendant plusieurs semaines, avant de finalement guérir.

Considérée comme l’une des pandémies les plus meurtrières de l’histoire, la peste noire aurait provoqué la mort d’entre un tiers et deux tiers de la population de l’Europe médiévale.

Le tableau « Le Triomphe de la mort » de Pieter Bruegel l’Ancien (1562).
« Le Triomphe de la mort » de Pieter Bruegel l’Ancien (1562) illustre les bouleversements sociaux provoqués par la peste.
Museo del Prado

Face à l’ampleur de la catastrophe, les historiens se sont surtout attachés à retrouver des traces des victimes. Mais cette approche a largement laissé dans l’ombre l’histoire de ceux qui ont contracté la maladie puis en ont réchappé.

Malgré la mortalité extrêmement élevée de l’épidémie, il était possible de survivre à la peste, et les chroniqueurs médiévaux évoquent cette éventualité — aussi improbable soit-elle. Ainsi, Geoffrey le Baker, clerc de Swinbrook dans l’Oxfordshire au centre de l’Angleterre, écrivait dans la décennie suivante que les chances de guérison dépendaient, selon lui, des symptômes présentés par les malades :

« Des personnes qui, un jour, étaient pleines de joie étaient retrouvées mortes le lendemain. Certaines étaient tourmentées par des bubons apparaissant soudainement sur différentes parties du corps, si durs et secs que lorsqu’on les perçait, presque aucun liquide n’en sortait. Beaucoup de ces personnes survécurent, soit grâce à l’incision des bubons, soit après de longues souffrances. D’autres victimes présentaient de petites pustules noires disséminées sur toute la peau du corps. Parmi elles, très peu – pour ainsi dire aucune – retrouvèrent la vie et la santé. »

Mais qui survivait réellement ? Pourquoi tant de personnes succombaient-elles à la maladie alors que d’autres y réchappaient ? Et combien de temps duraient exactement ces « longues souffrances » ? Malheureusement, les preuves documentaires sont extrêmement rares, car la plupart des sources médiévales consignent des informations sur la mortalité plutôt que sur la maladie elle-même.

Une liste unique de survivants de la peste

Un élément inédit figurant dans les comptes du manoir de Warboys détaille le cas d’un groupe de personnes tombées malades entre la fin du mois d’avril et le début du mois d’août 1349. Les moines de l’abbaye de Ramsey y ont dressé une liste de leurs paysans suffisamment malades pour ne plus pouvoir travailler sur les terres du seigneur, en précisant la durée de leur absence.

L’expérience de la peste variait manifestement fortement d’une personne à l’autre.

Le rétablissement le plus rapide fut celui d’Henry Broun, qui ne manqua qu’une seule semaine de travail. À l’inverse, John Derworth et Agnes Mold souffrirent de formes bien plus longues de la maladie et furent absents pendant neuf semaines.

En moyenne, la maladie durait entre trois et quatre semaines, les trois quarts des personnes reprenant le travail en moins d’un mois. La rapidité de ces guérisons est d’autant plus surprenante que ces travailleurs avaient droit à jusqu’à un an et un jour d’arrêt maladie.

Cette liste de survivants comprend une proportion importante de paysans qui bénéficiaient des tenures les plus importantes du domaine. Les historiens et les archéologues débattent depuis longtemps de la question de savoir si la peste frappait indistinctement, sans considération de statut social, de sexe ou d’âge, ou si les populations les plus pauvres et les plus âgées étaient davantage vulnérables.

Le fait qu’un si grand nombre de paysans relativement aisés aient survécu pourrait indiquer que leurs meilleures conditions de vie facilitaient leur rétablissement par rapport à leurs voisins plus pauvres, peut-être parce qu’ils résistaient mieux aux infections secondaires et aux complications.

Il ne faut par ailleurs pas accorder trop d’importance au fait que 19 des 22 survivants étaient des hommes : cela reflète le biais de genre propre à la répartition des terres dans les seigneuries médiévales plutôt qu’une quelconque différence de vulnérabilité à la peste selon le sexe.

Ce chiffre de 22 personnes peut sembler peu élevé mais, en temps normal, au cours des années 1340, seules deux ou trois absences étaient enregistrées pendant les mois d’été. Cela représente donc une multiplication par dix du nombre habituel de maladies sur le domaine.

Autrement dit, ces paysans malades ont cumulé à eux seuls 91 semaines de travail perdues sur une période de seulement 13 semaines.

Des paysans récoltant du blé
Des paysans récoltant du blé (vers 1310).
Le Psautier de la reine Marie (Ms. Royal 2. B. VII).

Notre compréhension des conséquences de la peste noire a longtemps été façonnée par l’ampleur effroyable de la mortalité. Pourtant, ce n’est qu’en réintégrant dans le tableau ceux qui sont tombés malades puis ont survécu que l’on peut réellement mesurer le choc colossal que la pandémie a provoqué dans la société. Dans les villages comme dans les villes d’Europe, les morts, les mourants et les malades devaient largement dépasser en nombre les personnes encore en bonne santé.

Les conséquences apparaissent clairement dans les récits et chroniques médiévaux. L’un d’eux rapporte qu’« il y avait une telle pénurie de serviteurs et de travailleurs que plus personne ne savait ce qu’il fallait faire ». Sous l’effet combiné de cette mortalité massive, d’une vague de maladies sans précédent et de conditions météorologiques désastreuses, les récoltes de 1349 et 1350 ont été décrites comme les pires qu’ait connues l’Angleterre médiévale, pires encore que celles ayant provoqué la grande famine de 1315-1317.

Ce document exhumé des archives permet de réintégrer l’histoire de la maladie et de la guérison dans celle de la peste noire, en montrant qu’il était possible de survivre à l’une des pires pandémies de l’histoire.

Ces nouvelles preuves révèlent aussi l’extraordinaire résilience des paysans médiévaux. Beaucoup sont restés alités pendant des semaines, couverts de bubons — ces ganglions enflammés, gonflés et douloureux au niveau de l’aine ou du cou, caractéristiques de la peste noire —, vomissant du sang et ravagés par la fièvre. Pourtant, nombre d’entre eux ont survécu et repris le travail après seulement quelques semaines.

The Conversation

Les recherches ayant permis la rédaction de cet article ont été menées grâce au financement d’un projet de recherche soutenu par le Leverhulme Trust, intitulé « Modelling the Black Death and Social Connectivity in Medieval England ».

Grace Owen est chercheuse postdoctorale associée au projet « Modelling the Black Death and Social Connectivity in Medieval England », financé par le Leverhulme Trust.

ref. La découverte d’une liste de survivants de la peste noire éclaire la façon dont on guérissait de la maladie au Moyen-Âge – https://theconversation.com/la-decouverte-dune-liste-de-survivants-de-la-peste-noire-eclaire-la-facon-dont-on-guerissait-de-la-maladie-au-moyen-age-283077

What the 2026 World Cup means for measles risk in Vancouver

Source: The Conversation – Canada – By Jamie Voyles, Professor of Biology, University of Nevada, Reno

With less than five weeks until kickoff, and hundreds of thousands of visitors expected, Vancouver is preparing for the FIFA World Cup 2026 following British Columbia’s worst measles outbreak in years. Unlike Ontario, where public health officials released a detailed Hazard Identification and Risk Assessment flagging measles and other infectious diseases as risks at mass gatherings, B.C. has not yet provided comparable guidance.

Public health experts say preparation is critical for mass gatherings, particularly for contagious diseases such as measles. Vaccination rates in many parts of B.C. have fallen below the approximately 95 per cent coverage needed to prevent sustained transmission of measles, and last year’s outbreaks have exposed pockets of vulnerability.

In crowded settings such as FIFA World Cup venues, where visitors arrive from other provinces and countries with varying vaccination coverage, even a single imported case can spread rapidly beyond stadiums. That risk is not theoretical; past sporting events in Vancouver have shown how quickly measles can take hold.

Lessons from past international sporting events

The 2010 Winter Olympics in B.C. provides precedent. Following the Games, imported measles cases spread after the crowds dispersed.

In preparation, public health surveillance systems were in place, including daily health watch reports.

“At the time, what seemed like the biggest potential threat was actually the pandemic influenza H1N1 virus,” said Jennifer Gardy, PhD, deputy director of disease modelling at the Gates Foundation, who was a lead investigator at the B.C. Centre for Disease Control in 2010, by email.

But measles proved difficult to track, with officials relying largely on clinical case detection. “You had tens of thousands of people congregating indoors at event venues and then mixing with each other out in the community,” Gardy said.

The outbreak was not confirmed until the virus had spread beyond Olympic venues, infecting 82 people across Greater Vancouver as well as in the interior and northern regions of B.C.

Measles is uniquely risky at mass gatherings

Mass gatherings act as biological mixing bowls. The measles virus, one of the most contagious human viruses, can easily spread among unvaccinated individuals. When infected individuals return to schools, day cares and offices, transmission can amplify.

An illustration showing spread of measles from an individual to large number of affected people
The exponential growth potential of measles based on its Basic Reproduction Number (R_0).
(Qurrat Ul Ain), CC BY

The measles virus survives in airborne droplets and only a tiny trace of the virus can start an infection. These characteristics give it a high basic reproduction number (R₀, or “R naught”), referring to the number of people infected after exposure.




Read more:
Measles is highly contagious, but vaccine-preventable: A primer on recent outbreaks, transmission, symptoms and complications, including ‘immune amnesia’


For measles, the R₀ ranges from 12 to 18 (whereas the common cold ranges from two to three). So even modest dips in vaccination rates for measles, mumps and rubella (MMR) — or uneven coverage across communities — means a single case can spread rapidly.

graph with red circles illustrating measles vaccine coverage and cases
MMR vaccine coverage and reported measles cases in British Columbia (2009–2026).
(Qurrat Ul Ain), CC BY

Outbreaks require both an introduction and low vaccination coverage, said Caroline Colijn, PhD, by email. Colijn is chair in mathematics for evolution, infection and public health at Simon Fraser University. She noted that some communities remain vulnerable even when overall coverage is high: “We may, in some communities, have low enough vaccination rates that there could be outbreaks.”

Is Vancouver prepared this time?

Sixteen years after the Winter Olympics, as the province prepares to welcome sports fans again, public health conditions have changed.

Immunization rates among B.C. school-age children have steadily fallen since at least 2016 and B.C. reported more than 400 measles cases in the past year, reflecting uneven vaccination coverage.

Yet the level of preparedness for the World Cup remains unclear.

The B.C. Centre for Disease Control has completed a provincial public health risk assessment with Vancouver Coastal Health and shared it with the host city, according to Dr. Mark Lysyshyn, deputy chief medical health officer for Vancouver Coastal Health, in email correspondence.

A spokesperson for the City of Vancouver Host Committee said a “Know Before You Go” campaign is planned, but the website does not currently include guidance on measles or other infectious diseases.

According to Dr. Lysyshyn, Vancouver Coastal Health will rely on current monitoring systems. It is unclear whether existing systems can detect threats quickly enough, and a recent assessment warns that Canada’s health-care system may lack the capacity to manage a surge in demand during the World Cup.

What ideal preparation looks like

Effective preparation embeds public health into event planning well before visitors arrive. The 2024 Paris Olympics reinforced medical networks, expanded multi-source surveillance and improved diagnostic testing capacity.

Preparation should also involve transparent risk communication and community engagement. Equally important is ongoing public communication and co-ordination to respond to emerging threats quickly and continuously after the event.

“Because measles can take from one to three weeks for symptoms to appear, the critical thing will be to continue monitoring cases well after the final Vancouver match,” said Gardy. “If an outbreak does occur, we might expect transmission to continue for weeks or even months after.”

The experience of the Vancouver 2010 Olympics suggests that even well-planned systems can miss early transmission, reminding us that pathogens do not respect closing ceremonies.

The Conversation

Jamie Voyles receives funding from U.S. National Science Foundation and National Institutes of Health.

Qurrat Ul Ain does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. What the 2026 World Cup means for measles risk in Vancouver – https://theconversation.com/what-the-2026-world-cup-means-for-measles-risk-in-vancouver-280806

Hantavirus: A cruise ship, a deer mouse, and the fictional line between human and animal health

Source: The Conversation – Canada – By Prativa Baral, Deputy Director, Pandemic and Emergency Readiness Lab, McGill University

In February 2025, the classical pianist Betsy Arakawa died in her New Mexico home from a virus most people had never heard of. Her husband, the actor Gene Hackman, died a week later of heart disease. The pathogen that killed her was hantavirus, almost certainly picked up from deer mouse droppings on the property.

Fourteen months later, 11 people on the Dutch cruise ship Hondius have been infected with a different hantavirus strain. Three have died, and passengers from more than 20 countries, including several Canadians, are being monitored across four continents.

This is not the next pandemic. But it is a stress test, and a reminder of something we keep relearning the hard way. When humans push into ecosystems they don’t normally inhabit, they are exposed to viruses. Ebola in West Africa in 2014 followed deforestation and closer contact with bats; by the time the outbreak began, more than 80 per cent of the surrounding forest had been cleared.

This hantavirus outbreak is a smaller, slower-moving version of the same lesson: the line between human health, animal health and the places we travel for pleasure is much smaller than we like to think.

A family of related viruses

Hantaviruses are not one virus but a family of related viruses, carried by different rodent species in different parts of the world. The strain found in Canada carried by deer mice, Sin Nombre virus, is the same one that killed Betsy Arakawa, and is behind the 168 Canadian cases of hantavirus pulmonary syndrome documented since 1994.

The strain on the Hondius is different. Andes virus, found in South America, is the only hantavirus known to spread between people, and through close, interpersonal contact. A New England Journal of Medicine study of a 2018 Andes outbreak reconstructed how a single zoonotic spillover from a rodent reservoir in Argentina produced 34 human cases and 11 deaths over three months, driven by three symptomatic super-spreaders at crowded social events.

A cruise ship, with confined cabins, shared dining rooms and recirculated air (“a floating petri dish”), is exactly the setting where a virus with limited contagion can find unexpected runway. The first confirmed case on board, likely the index case though not lab-confirmed, had spent four months on a birdwatching trip through South America before boarding, with possible exposure to rodents.

A small brown rodent on tree bark
The strain of hantavirus found in Canada, Sin Nombre virus, is carried by deer mice.
(Nick Green USGS/CERC)

Humans, animals and One Health

Though much of the focus has been to reassure people that this is not the next COVID-19, what this outbreak points to is a real-time One Health story, a framework that recognizes human, animal and environmental health as a single, interconnected system. Hantaviruses do not begin in hospitals or airports. They circulate in animal reservoirs whose ranges are shaped by climate, land use and human encroachment.

Deer mouse populations in North America boomed roughly tenfold following the wet, warm El Niño winter of 1991–1992, triggering the 1993 hantavirus outbreak. The ecology of Andes virus in Patagonia is itself shifting: modelling work suggests the long-tailed rodent that carries the virus may see its range contract and move eastward under continued warming and drying, redistributing rather than eliminating spillover risk.

The same dynamic plays out elsewhere: in Southeast Asia for example, rodent trade networks, deforestation and intensifying agriculture continually create new interfaces between people and pathogens. And these same forces are reshaping disease risk closer to home: Lyme disease has been creeping steadily north into Ontario and Québec as warming winters expand the range of the black-legged tick. The mosquitoes that carry dengue, Zika and chikungunya are doing the same across Europe and North America. Old pathogens now have more opportunities to expand, and interact with humankind.

All of this is being amplified by how we now travel. Antarctic and expedition bookings are up 34 per cent year-on-year. Last-chance tourism into fragile and isolated ecosystems, wildlife photography in remote habitats, cruises that promise experiences into uninhabited shores: this is a growing category of travel despite being potential One Health exposures.

Response in a post-COVID world

The response to this outbreak also revealed how brittle our systems remain. A passenger died on April 11. Hantavirus was not identified until May 2, three weeks during which the ship continued its route, calling at multiple ports.

The World Health Organization’s (WHO) own 2016 handbook for managing public health events on board ships calls for an “all-hazards” precautionary approach when a cause cannot be identified. It was not applied. When the ship later approached land, Cape Verde was deemed unable to handle the emergency, and Spain ultimately accepted it citing a moral obligation.

The International Health Regulations, the legal scaffolding for events like this, give the WHO almost no authority to enforce them. Co-operation runs on goodwill, which is quite thin when an infected vessel needs a port. Meanwhile, social media filled gaps with conspiracy theories about engineered pathogens and “scripted pandemics,” a familiar pattern in which public anxiety fuelled by uncertainty becomes a vector of its own.

What it means for Canadians

For Canadians, the practical message is unchanged. Ventilate closed spaces before entering. Wet contaminated surfaces before cleaning. Never dry-sweep rodent droppings.

But there is a deeper lesson here. Betsy Arakawa died from a deer mouse in her own home. Passengers on the Hondius may have been infected by rodents in a Patagonian dump (investigators are still working it out). But what connects these stories is a world where the boundaries between human health, animal health, climate and travel are largely fictional, and shrinking further every year.

Ultimately, this is a stress-test for us. We have learned from past crises, and our response is faster and more co-ordinated than it would have been a decade ago. But the Hondius shows us how much further we have to go: for stronger international agreements that share information in real time, for the 2025 WHO Pandemic Agreement to actually function, and for better spillover monitoring that catches the “big one” early.

The Conversation

Dr. Prativa Baral is the Deputy Director of the Pandemic and Emergency Readiness Lab, which has received funding from the John Arsenault Trust. She has previously received funding from the Canadian Institutes of Health Research.

Dr. Joanne Liu is the director of Pandemic and Emergency readiness lab which have received funds from John Arsenault Trust.

Dr. Veasna Duong is affiliated with McGill University, Canada and Institut Pasteur du Cambodge, Cambodia.

ref. Hantavirus: A cruise ship, a deer mouse, and the fictional line between human and animal health – https://theconversation.com/hantavirus-a-cruise-ship-a-deer-mouse-and-the-fictional-line-between-human-and-animal-health-282958

Who shops at farmers markets in the US?

Source: The Conversation – USA (2) – By Bret R. Shaw, Professor of Life Sciences Communication, University of Wisconsin-Madison

People who shop at the more than 8,700 farmers markets operating in the U.S. either year-round or seasonally generally fall into six distinct groups. Three of them are more interested in farmers markets than the others. I study local food systems as a strategic communications scholar, and that’s the main takeaway from a study that I conducted with several colleagues.

As we explained in the March 2026 edition of British Food Journal, people who fall into those groups have different levels of interest in farmers markets but also have some things in common. Most people who shop at them are motivated to go because they want healthy, fresh food, they support local farmers and they think going to the farmers market is fun.

This is not a niche activity. An earlier study I worked on found that 81% of U.S. adults said that they shop at a farmers market at least once a year.

For both studies, we pulled survey data from a nationally representative sample of 5,141 U.S. consumers that was conducted Aug. 2-11, 2023. It had a margin of error of plus or minus 1.8 percentage points.

Researchers define farmers markets and local food in different ways. So we asked respondents to simply think of farmers markets as places where they can buy food directly from more than one vendor and where all or most of the items are locally grown, raised or made. We defined local food as being grown in their state or 250 miles or less from their homes.

Highly engaged, health-focused and emerging interest

We determined that about 18% of those surveyed are “highly engaged” farmers market shoppers. They care a lot about food and enjoy buying, preparing and eating fresh food. They are excited about many aspects of farmers markets, which are places where this group shops for a variety of reasons, such as supporting local farmers, buying nutritious, delicious food and connecting with community.

Nearly 65% of these shoppers were women. This group was the most diverse, with 27% of respondents identifying as Hispanic, 20% Black and 4% multiracial. They also had significantly lower average annual household incomes than other groups, averaging US$40,000-$50,000.

We found that another 18% of the people surveyed were “health-focused.” Like the highly engaged shoppers, they make buying and eating healthy food a high priority. However, this group doesn’t enjoy cooking as much. The health-focused group tends to avoid genetically modified foods, as well as convenient options like takeout food, frozen dinners and microwave-ready meals.

About 58% of them were women and their average age was 57, making them the oldest of the groups. Roughly 70% of the health-focused group was white, making it less diverse than the highly engaged group but more diverse than some of the other groups.

Finally, about 19% of the respondents were what we called “emerging interest” farmers market shoppers. They value convenience and learning about food. This group was the most likely to see going to the farmers market as a fun activity.

Emerging interest shoppers were nearly evenly split by gender, with 52% women. Their average age was 44 years old, making them the youngest of the groups.

People buy vegetables from a farmers market vendor
It’s not always a love of radishes that draws shoppers to these stalls.
Lev Radin/Pacific Press/LightRocket via Getty Images

Convenience, practicality and happenstance

We also identified three groups of consumers who were less interested in farmers markets than the highly engaged, health-focused and emerging interest shoppers, even if some of them do occasionally shop at the markets anyway.

About 16% of farmers market shoppers are people we identified as “convenience” shoppers. They are more likely to eat frozen dinners and buy takeout. They rarely cook meals from scratch using produce and other fresh ingredients.

About 43% of them say they never or rarely shop at a farmers market. Around 59% of them are men and 37% are people of color.

A vendor sells prepared foods at a market stall.
Tashana Small sells mac and cheese ‘cupcakes’ topped with pulled pork, Buffalo chicken tenders and Cajun shrimp at a farmers market on Long Island in 2023.
Erica Marcus/Newsday RM via Getty Images

Roughly 17% of these shoppers fall into a “practical” category. They methodically plan their grocery shopping and are among the least interested in farmers markets, with more than half saying that they either rarely or never shop at them.

Practical consumers were close to evenly split by gender; 53% were women. Their income tended to be the highest of the groups, typically in the $60,000-$75,000 range.

We called the 12% of the shoppers in the final group we surveyed “uninvolved.” This group showed very little interest in farmers markets or any other food-related activities. About 3 in 4 rarely or never go to farmers markets. Nearly 70% of uninvolved farmers market shoppers were men and 76% were white.

When someone in the uninvolved group goes to a farmers market, they may be going out of happenstance or because someone in their life wants them to go – not due to any personal interest.

If you forget, you’ll miss it

We believe this information could help farmers markets better serve their customers and perhaps attract more shoppers.

People can, of course, go to farmers markets for more than one reason, and not everybody fits neatly into one of these categories. And everyone we surveyed had something in common: Forgetting to go was the biggest reason shoppers of all kinds didn’t make a trip to the farmers market in a given week.

The Conversation

Bret Shaw’s work tied to this article was supported by the U.S. Department of Agriculture National Institute of Food and Agriculture (USDA NIFA, award no. 2023-68006-38984).

ref. Who shops at farmers markets in the US? – https://theconversation.com/who-shops-at-farmers-markets-in-the-us-279922

Des choix aux lourdes conséquences : la face cachée des technologies vertes

Source: The Conversation – in French – By Rachida Bouhid, Ph.D Scholar, Université du Québec à Montréal (UQAM)

Nucléaire, hydrogène, électrification, capture du carbone : la transition énergétique semble offrir une pluralité de solutions pour décarboner nos économies. Mais derrière cette diversité apparente, un phénomène plus discret est à l’œuvre. Chaque choix technologique oriente durablement les trajectoires possibles, en renforçant certaines options et en en marginalisant d’autres. Loin d’être strictement une affaire d’innovation, la transition énergétique est un processus de sélection et de verrouillage des futurs.


Une transition réduite à un problème technique

Dans les discours politiques et économiques dominants, la transition énergétique est fréquemment pensée comme un problème d’optimisation technologique. Les scénarios de décarbonisation produits par des institutions comme l’Agence internationale de l’énergie ou le Groupe d’experts intergouvernemental sur l’évolution du climat identifient des combinaisons de technologies permettant d’atteindre la neutralité carbone, en fonction de leur coût, leur maturité et leur potentiel de réduction des émissions.

Ainsi, cette approche instrumentale tend à présenter les technologies comme un ensemble de variables ajustables au service d’un objectif global. Il s’agirait d’identifier les solutions jugées les plus performantes pour orienter la transition vers une réduction des émissions de gaz à effet de serre, puis d’en assurer le déploiement à grande échelle.

Or, comme l’ont montré les travaux en études sociales des sciences et des politiques, et comme le soulignent plusieurs rapports de la Banque mondiale et de l’OCDE, les technologies énergétiques ne s’insèrent pas dans des systèmes neutres. Au contraire, elles s’intègrent aux infrastructures existantes, et contribuent à les formuler, à en définir les contours et à structurer les réponses possibles.

Dans le domaine énergétique, cette dimension est particulièrement décisive dans la mesure où les systèmes techniques sont étroitement imbriqués aux institutions en place, aux modèles économiques et aux univers sociaux complexes. Dès lors, la transition énergétique ne se résume pas à une substitution de technologies « brunes » par des technologies « vertes ». Elle constitue plutôt un processus de conditionnement et de développement structurel des systèmes sociotechniques au sein duquel les choix technologiques jouent un rôle structurant.




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Les technologies comme dispositifs d’orientation des trajectoires

La littérature sur les transitions sociotechniques souligne que les systèmes énergétiques évoluent à l’intérieur de cadres tracés par les modèles antérieurs. Cette dépendance résulte partiellement de contraintes techniques, puisque chaque technologie mobilise des infrastructures spécifiques, des chaînes d’approvisionnement distinctes et des acteurs différents.

Par exemple, le développement de filières hydrogène à grande échelle, fortement promu dans les stratégies canadiennes et européennes, suppose des investissements importants dans les réseaux de transport et de stockage et la mise en place d’infrastructures spécifiques adossées aux réseaux gaziers existants. Ce choix tend à favoriser la continuité avec certains modèles industriels et énergétiques, notamment dans les secteurs difficiles à électrifier. À l’inverse, une stratégie axée sur l’électrification directe des usages implique une transformation plus profonde des infrastructures et des modes de consommation, mais offre des gains d’efficacité énergétique significatifs.


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Ces choix, bien qu’ils s’apparentent à de simples décisions techniques, recèlent une orientation précise des flux financiers et façonnent les compétences industrielles disponibles. Progressivement, chaque nouvelle infrastructure, chaque investissement, chaque standard technique contribue à réduire les alternatives envisageables.

Les trajectoires alternatives sont de moins en moins nombreuses et difficilement réversibles même à court terme. Plus déterminant encore, et comme le souligne le rapport du Programme des Nations unies pour l’environnement, les décisions d’investissement actuelles auront des effets décisifs sur le portrait énergétique des décennies à venir.

La construction du « réalisme technologique »

L’un des effets les plus subtils de ces dynamiques réside dans la manière dont elles redéfinissent ce qui est perçu comme « réaliste » ou « crédible » dans le débat public. À mesure qu’une technologie gagne en visibilité et en soutien institutionnel, elle s’impose comme une évidence, reléguant d’autres options au second plan.

Ce phénomène peut être analysé à travers la notion de « construction sociale des attentes » (sociotechnical expectations). Selon cette notion, les promesses associées à certaines technologiques jouent un rôle central dans l’orientation des investissements et des politiques publiques. Les technologies ne sont donc pas seulement évaluées en fonction de leurs performances actuelles, mais aussi des futurs qu’elles promettent.




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Dans ce contexte, certaines solutions, comme la capture du carbone ou l’hydrogène, bénéficient d’une forte visibilité, en partie parce qu’elles s’inscrivent dans des cadres industriels et institutionnels existants. À l’inverse, des approches telles que la sobriété énergétique ou la réduction structurelle de la demande restent marginalisées, non pas en raison de leur inefficacité, mais parce qu’elles ne correspondent pas aux logiques dominantes d’innovation et de croissance.

Pourtant, le rapport Net Zero Lifestyle souligne que les changements de comportement des ménages et, plus largement, des pratiques d’usage de l’énergie pourraient contribuer à près de 40 % des réductions d’émissions nécessaires dans les scénarios compatibles avec 1,5 oC.

Cette asymétrie traduit une hiérarchie implicite entre les solutions, dans laquelle les technologies participant au maintien des structures économiques existantes sont privilégiées. Ainsi, le « réalisme » technologique est construit et contribue à orienter la transition vers certaines trajectoires au détriment d’autres et ainsi réduire progressivement les futurs possibles.

La neutralité technologique et la sélection implicite des futurs

Pris dans leur ensemble, ces mécanismes montrent que chaque choix technologique engage implicitement la configuration du système énergétique correspondant (centralisé ou décentralisé, intensif ou sobre, continu ou transformatif). Une fois ces décisions prises, elles tendent à renforcer et à limiter la capacité à envisager des alternatives.

Dans les sphères politiques publiques, l’idée de neutralité technologique est invoquée comme ne privilégiant aucune technologie particulière et laissant le marché déterminer les solutions les plus efficaces. Dans les faits, cette neutralité est en grande partie illusoire. Les choix technologiques sont toujours orientés, que ce soit par des investissements publics, des incitatifs fiscaux ou des cadres réglementaires. Et ces choix ont des effets durables sur les trajectoires de transition.

Reconnaitre cette dimension n’est pas synonyme d’un abandon de l’innovation, mais nous engage plutôt à rendre explicites les arbitrages qui sous-tendent les politiques énergétiques et à ouvrir le débat sur les futurs que les technologies contribuent à construire ou à exclure. Chaque technologie porte en elle une certaine vision du futur. Nous ne sommes plus face à la question de savoir quelles technologies sont « vertes », mais de comprendre ce qu’elles rendent possible, car la transition énergétique n’est pas une voie vers la transformation de nos sources d’énergie, mais constitue, plus fondamentalement, une occasion d’orienter les futurs accessibles à nos sociétés.

La Conversation Canada

Rachida Bouhid ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Des choix aux lourdes conséquences : la face cachée des technologies vertes – https://theconversation.com/des-choix-aux-lourdes-consequences-la-face-cachee-des-technologies-vertes-281210

Evolución de la visión humana: ver menos para entender más

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángela Jimeno Martín, Profesora de Bioinformática y Biomedicina, Universidad San Jorge

Ojos compuestos con 30 000 facetas, retinas con 16 tipos de fotorreceptores, pupilas que detectan luz polarizada… Ante la deslumbrante diversidad de sistemas visuales del reino animal, ¿cómo acabamos nosotros con lo que tenemos? La respuesta está en una historia evolutiva larga y accidentada, en la que ganamos y perdimos capacidades según las presiones de cada época.

Nuestra visión no es el resultado de una carrera hacia la perfección, sino el rastro de una serie de compromisos adaptativos. Entender esos compromisos dice tanto sobre nuestra biología como sobre quiénes somos.

Una herencia empobrecida

El punto de partida es sorprendente: los ancestros de todos los vertebrados poseían seis tipos de genes de opsinas –proteínas de membrana sensibles a la luz que forman pigmentos visuales esenciales para la visión en conos y bastones de la retina–, lo que probablemente les confería una visión tetracromática. Este tipo de visión se caracteriza por percibir mayor número de colores (longitudes de onda) gracias a la presencia de cuatro conos en la retina.

Muchos peces, reptiles y aves conservan hoy esa dotación. Los mamíferos placentarios, en cambio, la redujeron a dos: la opsina de onda corta, sensible al azul, y la de onda media-larga, sensible al rojo-verde, quedando así como dicromáticos; esto es, capaces de percibir los colores utilizando solamente dos tipos de conos.

La razón exacta de esa pérdida no se conoce con certeza molecular, pero la hipótesis más aceptada apunta a decenas de millones de años de actividad nocturna: en la oscuridad, los conos aportan poco y la presión selectiva dejó de mantener ese repertorio cromático.

La recuperación: varias soluciones independientes

Como apuntábamos, los conos son los fotorreceptores que detectan los colores (captan longitudes de onda pertenecientes al rango de la luz visible). Pero en condiciones de oscuridad, los fotorreceptores que aportan más señal son los bastones, aquellos que permiten detectar la diferencia entre luz y oscuridad. Funcionan de forma distinta a los conos, que solo se activan cuando incide sobre ellos la luz de determinada frecuencia. Los bastones se inactivan cuando llega cualquier radiación del espectro visible, y eso genera la “señal de visión” en nuestro cerebro.

Al aparecer los primates, estaban dotados con una visión del color comparable a la de un perro. Pero la historia no terminó ahí. Cuando algunos linajes de primates volvieron a la actividad diurna en los bosques tropicales, la selección natural encontró de nuevo razones para invertir en color. Distinguir frutos rojos maduros entre el follaje verde supone una ventaja considerable para la supervivencia.

La solución fue recuperar un tercer tipo de cono, pero lo notable es que esto ocurrió varias veces y por vías distintas en diferentes linajes de primates. En los primates del Viejo Mundo (simios y monos como los macacos, los chimpancés y nosotros mismos) se produjo mediante la duplicación de un gen de opsina en el cromosoma X: una copia del gen original se duplicó y, con el tiempo, cada copia se especializó en detectar longitudes de onda ligeramente diferentes, lo que permitió distinguir el rojo del verde.

En muchas especies de monos del Nuevo Mundo (como los monos ardilla o los titíes) el mecanismo fue distinto: no hubo duplicación del gen, sino que un mismo gen existe en varias versiones o variantes dentro de la población, de forma que distintos individuos tienen distintos tipos de cono según qué variante heredaron.

Que la visión tricromática –capacidad para percibir colores basada en tres tipos de conos en la retina, sensibles a ondas largas (rojo), medias (verde) y cortas (azul)– emergiera de forma independiente en linajes separados, por mecanismos diferentes, es una señal elocuente de cuán fuerte fue la presión selectiva del bosque tropical diurno: la ventaja para la supervivencia de distinguir frutos maduros entre el follaje era tan grande que la evolución encontró más de un camino para conseguirlo.

En definitiva, cuando la evolución tropieza con el mismo problema en contextos similares, suele conducir a soluciones parecidas.

La apuesta por el cerebro

Aquí es donde la historia humana toma su giro más característico. Lo verdaderamente distintivo de nuestra línea evolutiva no está en los ojos, sino en lo que viene después. Mientras otros grupos resolvieron el problema de ver multiplicando tipos de fotorreceptores y procesando la información directamente en la retina, los vertebrados tomaron otro camino: pocos receptores, pero un sistema nervioso central capaz de hacer el trabajo pesado.

Los primates y, especialmente, los humanos, llevamos esa estrategia al extremo. Nuestra corteza visual ocupa una proporción del cerebro sin parangón entre los mamíferos. Construimos representaciones del mundo extraordinariamente detalladas, estables e interpretadas: no vemos luz, vemos objetos, rostros, expresiones, profundidad, movimiento. El ojo recoge, el cerebro elabora.

El precio de la especialización

Sin embargo, toda apuesta evolutiva tiene sus costes. La dependencia de solo tres tipos de conos (más de los que tienen la mayoría de mamíferos, pero menos de lo que tuvieron nuestros ancestros vertebrados) hace que entre un 3 % y un 8 % de los varones humanos presenten alguna forma de daltonismo, que es la dificultad para distinguir ciertos colores, habitualmente el rojo y el verde. Lo llamativo no es solo el porcentaje en sí, sino el contraste con el resto de primates del Viejo Mundo.

En monos cercopitécinos y colobinos, la tricromacia –capacidad de ver el mundo en tres dimensiones de color, como hacemos la mayoría de los humanos– es prácticamente universal, con casos de daltonismo tan infrecuentes que resultan casi anecdóticos, frente a la llamativa prevalencia que encontramos en nuestra especie.

Los humanos constituimos, dentro de los catarrinos, una excepción, probablemente, porque al abandonar el entorno forestal hace millones de años se relajó la presión selectiva que mantenía la tricromacia bien afinada.

A eso se suman otras limitaciones: no vemos luz ultravioleta, que sí perciben abejas, aves y algunos mamíferos; y nuestro campo visual es estrecho y frontal, óptimo para la visión estereoscópica, pero pobre en periferia. Estos no son defectos de diseño, sino el precio visible de haber apostado por la profundidad de procesamiento sobre la amplitud sensorial.

La paradoja final

Es curioso que el animal que ha desarrollado la ciencia de la óptica, que ha construido telescopios y microscopios, que ha descifrado cómo ven una mantis o un águila, es también uno de los vertebrados con un sistema visual más limitado en términos comparativos.

Lo que nos permitió comprender la visión ajena no fue tener mejores ojos, sino tener un cerebro capaz de trascender lo que los ojos nos dan. Nuestra debilidad sensorial y nuestra grandeza cognitiva son dos caras de la misma moneda evolutiva. Ver menos, para entender más.

The Conversation

Ángela Jimeno Martín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Evolución de la visión humana: ver menos para entender más – https://theconversation.com/evolucion-de-la-vision-humana-ver-menos-para-entender-mas-280997