Más allá del coste económico: por qué las exhumaciones de víctimas de la Guerra Civil y la dictadura nos benefician a todos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel Ángel Estévez Paz, Profesor de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid., Universidad Complutense de Madrid

El debate en torno a la inversión económica que requieren los proyectos de exhumaciones de víctimas de la guerra civil y la dictadura no debería centrarse en el cálculo del coste por cada víctima identificada, pues con ello se confunde coste y valor.

Desde la perspectiva de la ciencia social, es esencial que, al valorar su relación coste/beneficio, aprendamos a observar sus efectos en términos de convivencia social. Ello aun cuando no se logre la identificación por ADN de los restos, ya que han pasado más de 90 años desde el golpe de Estado que provocó la Guerra Civil.

“Pérdida ambigua”, el trauma del cuerpo ausente

Cuando una persona desaparece en un contexto de violencia política y su cuerpo nunca es encontrado, sus seres queridos pueden transitar lo que en psicología se denomina “pérdida ambigua”. Un duelo que no puede cerrarse porque falta el principal elemento que cualquier cultura necesita para procesar una muerte: el cuerpo.

Un estudio de 2021 con familiares de personas desaparecidas en el sur de Sri Lanka lo resume así: la ambigüedad no resuelta actúa como barrera para adaptarse al duelo y se asocia con síntomas depresivos y con conflictos relacionales sostenidos en el tiempo.

El patrón se repite en contextos muy distintos. La ausencia del cuerpo no es un trámite pendiente, es un segundo daño añadido al trauma primigenio (el causado por la muerte del ser querido), que se mantiene de forma indefinida, afectando incluso a las siguientes generaciones.

En la región de Somalilandia, un estudio con 74 familiares de víctimas de la dictadura de Siad Barre encontró que las exhumaciones ayudan a combatir la pérdida ambigua y permiten un entierro culturalmente apropiado aun en ausencia de procesos judiciales. Buscar los restos de los desparecidos no puede devolverle la vida a los asesinados, pero sí dar paz a sus familias.

Más allá del núcleo familiar directo de las víctimas, el efecto social está menos estudiado, pero tiene mayor visibilidad. En Guatemala, donde el conflicto armado dejó más de 200 000 muertos o desaparecidos, la Fundación de Antropología Forense documentó cómo el propio acto de exhumación transforma las fosas en lugares de memoria e identidad, y redignifica a comunidades –mayoritariamente mayas–, que el Estado había etiquetado como “vidas desnudas” para justificar su exterminio.

España no es diferente

A este respecto, por mucho que se empeñara en lo contrario la maquinaria de comunicación franquista, “Spain is not diferent”, y nunca lo ha sido.




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Un estudio, publicado en 2025 en International Journal for Crime, Justice
and Social Democracy
, centrado en España, documenta que los emplazamientos de exhumación abiertos han creado espacios donde familias, arqueólogos y comunidades locales colaboran. Esa colaboración fomenta la revisión de la memoria colectiva y el reconocimiento público de las injusticias del pasado, generando un efecto que no queda confinado al círculo familiar.

Otro estudio etnográfico con familiares de desaparecidos realizado por la AMEDE (Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática, Social y Política de San Fernando, Cádiz) identificó tres parejas de emociones dominantes durante el proceso de exhumación: pena y dolor, orgullo y coraje, indignación y solidaridad. Concluyó que, a través de la exhumación, las familias buscan dignificar la memoria de los desaparecidos y reclaman el pago de una deuda social contraída durante el golpe de Estado y la dictadura.

Relación de la sociedad con las familias de las víctimas

Hay al menos dos formas de entender la relación entre las familias de las víctimas y el resto de la sociedad. La primera concibe a la sociedad actual como protectora (quien gasta) en atención de una familia que sufre “pena y dolor”. Es la lógica que evalúa estos procesos en términos de coste/beneficio, la misma que reduce la identificación de una víctima al porcentaje del coste que le corresponde.

La segunda concibe a la sociedad como deudora. Responsable de su propia historia, está obligada moral y legalmente a asumir el coste de las exhumaciones porque así lo exige la deuda contraída con esas familias, a quienes hemos de devolver su “orgullo” y reconocer “su coraje”.

Ambos modelos, sin embargo, mantienen una separación entre “la sociedad” y “la familia” que tal vez no sea más que un artificio. ¿Acaso esas familias no son parte de la sociedad? ¿Acaso la sociedad no es, al menos de un modo conceptual, una familia más grande?

¿Es que esos muertos no son nuestros? ¿No debería sentirse indignada y solidaria la sociedad entera? Los asesinados eran tan españoles como quienes los asesinaron y tan españoles como lo somos quienes nacimos después. La deuda, entonces, no es de una sociedad abstracta hacia una serie familias concretas, sino de una sociedad concreta, la nuestra, que ha de indignarse y solidarizarse junto a cada familia y, a la vez, consigo misma.

Actuar desde la ‘comunitas’ para sanar la democracia

En esta lógica suprafamiliar, comprometerse a sanar (o al menos a dejar de dañar) a estas familias es, al mismo tiempo, contribuir a sanar (o al menos a dejar de dañar) a nuestra sociedad (en abstracto) y nuestra democracia (en concreto).

Existe un nosotros (al que la antropología cultural llama “comunitas”) del que todos formamos parte como miembros de una misma especie, de un mismo país, de una misma comunidad, de una misma familia, etc.

La represión desagregó a sus víctimas de todos esos colectivos: les negó su libertad, su nacionalidad, su humanidad y, finalmente, su vida. Con cada exhumación de una víctima de la Guerra Civil y la dictadura en nuestro país una familia recupera a un familiar, España recupera a un español y la humanidad entera recupera a un ser humano. La familia aprehende esos huesos; la sociedad aprende de ellos.

Sólo tengo constancia de dos estudios sociológicos válidos y fiables en los que se haya preguntado a la población española en su conjunto sobre su opinión al respecto de las exhumaciones de víctimas del franquismo: el estudio número 2 760 del CIS (2008) y la encuesta realizada por SocioMétrica para el diario El Español en torno al 20-N de 2025, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte de Franco.

En la encuesta del CIS, el 64,1 % de los encuestados se mostró a favor de los trabajos de identificación de las víctimas. En el estudio de 2025, esa cifra subió a un 68,2 % de la población favorable a la “exhumación de fosas y recuperación de cadáveres”.

El Español compartió unos días después los microdatos de ese estudio. En ellos se desagregan los resultados en función del partido político al que habían votado los encuestados. Los resultados evidenciaron una clara inclinación general a favor de estos procesos, incluyendo a los votantes del PP.

Sin embargo, el titular que todos recordaremos de aquel 50 aniversario de la muerte del dictador fue: “El 36 % de los españoles, a favor de lo que supuso Franco para España y el 56 % en contra; con empate entre los jóvenes”.

Desconexión moral

La psicología advierte sobre mecanismos de desconexión
moral
, como minimizar las consecuencias de la guerra y la dictadura y difuminar la responsabilidad de las violaciones de derechos humanos, ente otros. Estos procesos no son exclusivos de quienes ejercen la violencia en el momento en que ocurre. Son, también, las herramientas psicológicas con las que las generaciones posteriores se distancian, reescriben, moderan o directamente invierten el juicio moral sobre esa violencia con el paso del tiempo.

Frente a este proceso de erosión de la historia, la exhumación de víctimas
cumple una función que ninguna otra medida de memoria democrática puede
sustituir: hace literalmente imposible el negacionismo frente a la presencia material del cuerpo de otro ser humano.

Nuestro cerebro puede cuestionarse de forma abstracta si “hubo cosas buenas y cosas malas” en la dictadura, pero resulta mucho más difícil a nivel cognitivo sostener ese relato como justificación de la violencia cuando se está ante la evidencia física de un cráneo humano con el orificio de un disparo en la nuca. En esa escena vemos los restos mortales de una persona, con un nombre y una familia que ha seguido buscándole y que reivindica su derecho a despedirse de sus restos.

El “giro forense” de la memoria

La literatura científica acerca del “giro forense” que encontramos en los estudios de memoria sobre el caso español documenta precisamente esto: el hueso no es solo prueba científica. Es un espejo que devuelve concreción e irrefutabilidad a un pasado que el debate político puede, de otro modo, seguir discutiendo indefinidamente en términos abstractos y, por tanto, manipulables.

Desde esta perspectiva (la social/comunitaria), cada exhumación no es solo un acto de reparación y justicia hacia una familia concreta, aunque lo sea en primer lugar y por encima de todo. Es también, para el comunitas de una sociedad concreta, la nuestra, una forma de prevenir el autoritarismo. También representa un recordatorio material, verificable y difícil de negar de las consecuencias últimas de la deshumanización del diferente.

No se puede valorar una medida de reparación moral sin comprender antes el daño que repara. En el modelo clásico de duelo de Kübler-Ross, la negación es la primera de cinco fases. En el más evidenciado enfoque del psicólogo William Worden, aceptar la realidad de la pérdida es la primera de cuatro tareas que deben realizarse para poder progresar. Para ambas teorías, las personas que transitan un duelo no puede avanzar mientras no reconozcan y tomen plena conciencia de lo que han perdido. Las sociedades, sospecho, tampoco.

The Conversation

Miguel Ángel Estévez Paz colabora en proyectos de investigación y acompañamiento psicosocial a víctimas de violencia política en Colombia y España financiados por diferentes entidades públicas.

Declara su implicación personal en la temática como nieto y sobrino nieto de represaliados que fueron encarcelados durante la dictadura en España cuya historia sigue aún tratando de esclarecer y documentar.

– ref. Más allá del coste económico: por qué las exhumaciones de víctimas de la Guerra Civil y la dictadura nos benefician a todos – https://theconversation.com/mas-alla-del-coste-economico-por-que-las-exhumaciones-de-victimas-de-la-guerra-civil-y-la-dictadura-nos-benefician-a-todos-289795

La federación española financiará la congelación de óvulos de las futbolistas de la selección: claves médicas y éticas de la iniciativa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Adrián Villalba Felipe, Profesor asociado en Universidad Internacional de Valencia (VIU) e Investigador Postdoctoral en Institut Cochin (Université Paris Cité, Francia), Universidad Internacional de Valencia

YAKOBCHUK VIACHESLAV/Shutterstock

La reproducción plantea un conflicto ineludible con las exigencias del deporte de élite, ya que la etapa de mayor fertilidad femenina coincide exactamente con los años de máximo rendimiento profesional. Esta presión estructural empuja a las futbolistas a posponer la maternidad y a asumir ciertos riesgos al terminar su carrera.

Tras escuchar las demandas de Alexia Putellas, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ha ofrecido financiar la conservación de óvulos de las jugadoras de la selección, una medida que sigue el ejemplo de equipos ingleses. La RFEF ultima un acuerdo con un centro de fertilidad, pero las condiciones exactas se presentarán durante la segunda quincena de septiembre.

Ahora debemos preguntarnos si esta iniciativa pionera representa un auténtico avance en los derechos laborales o si desplaza la responsabilidad hacia la biología, eludiendo una transformación estructural que el deporte necesitaría para integrar la maternidad de forma natural.

Marcando el reloj biológico en el calendario deportivo

Las mujeres nacen con un número limitado de óvulos: el cronómetro de la edad reproductiva arranca con la primera menstruación, pero a partir de los 35 años, tanto la cantidad como la calidad de dichos óvulos disminuyen drásticamente.

Para esquivar ese envejecimiento, la medicina recurre a la congelación de óvulos en edad temprana, extrayéndolos en su mejor momento. Estas células sexuales se conservan intactas en nitrógeno líquido a muy baja temperatura, lo que mantiene su calidad de forma casi indefinida.

La paciente necesita recibir medicación hormonal durante unas dos semanas, un tratamiento que estimula los ovarios. En un ciclo menstrual convencional, el tejido reproductor selecciona y madura un único óvulo, que madura dentro de un folículo (una especie de saco protector en el ovario). El resto de los folículos que se activan ese mes acaban desapareciendo de forma natural.

La medicación altera esta norma biológica al aportar una dosis extra de hormonas que rescatan a todos esos folículos para que no se pierdan, logrando que crezcan de forma simultánea. Estimular muchos óvulos a la vez es indispensable para la congelación, ya que obtener solo uno por mes haría imposible acumular la cantidad necesaria para garantizar opciones de éxito en el futuro.

Los especialistas extraen después los óvulos mediante una intervención quirúrgica ambulatoria y guiada por ecografía, introduciendo una fina aguja para aspirar el líquido de los folículos. Una vez almacenados, esos óvulos se pueden fecundar en el laboratorio mediante técnicas in vitro muchos años después de su congelación. El embrión resultante se transfiere posteriormente al útero para lograr su implantación, un procedimiento clínico muy habitual hoy en día.

Las futbolistas pueden valerse de estos métodos científicos para pausar su fertilidad, aunque deben salvar el escollo de las leyes deportivas, ya que las normativas mundiales antidopaje prohíben varias hormonas necesarias para la estimulación. Sin embargo, se permiten ciertas excepciones en tratamientos reproductivos previamente declarados.

De Silicon Valley a la selección española

Hace una década, compañías tecnológicas como Apple y Facebook fueron pioneras en financiar la congelación de óvulos para retener el talento femenino, una decisión no exenta de polémica.

Ahora, la iniciativa de la federación española nos lanza hacia el mismo debate moral dentro del deporte. Financiar esta técnica parece otorgar plena autonomía reproductiva a las jugadoras, ya que en teoría les permite decidir el momento ideal para formar una familia, pero algunos especialistas en ética advierten sobre las aristas de una realidad compleja.

Y es que esa aparente libertad podría ocultar una presión estructural sobre la mujer: el entorno competitivo empujaría a las atletas a alterar su propia biología.

A esta presión laboral se suma el riesgo de presentar la técnica como un seguro de fertilidad infalible. Los especialistas recuerdan que las técnicas de reproducción asistida no garantizan un embarazo futuro, por lo que a menudo genera una falsa sensación de control.

Cambiar las reglas de juego

Las futbolistas asumirían de ese modo un proceso médico sin padecer ninguna enfermedad, convirtiendo su planificación familiar en un producto dependiente del calendario competitivo. Intervendrían sus cuerpos para encajar en un ecosistema laboral diseñado históricamente para hombres.

Desde este punto de vista, aunque la congelación de óvulos supone un avance médico indudable para las deportistas profesionales, tal vez el verdadero éxito sería cambiar las reglas del juego. Esto significaría reformar las estructuras laborales del deporte de alta competición para que la maternidad sea plenamente compatible con la carrera en activo, garantizando contratos protegidos, adaptando las cargas de entrenamiento y ofreciendo recursos reales de apoyo familiar.

Quién sabe si este es tan solo el primer paso para que el talento femenino nunca más requiera de una pausa obligada del reloj biológico.

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Adrián Villalba Felipe recibe fondos del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y el European Research Council (ERC).

– ref. La federación española financiará la congelación de óvulos de las futbolistas de la selección: claves médicas y éticas de la iniciativa – https://theconversation.com/la-federacion-espanola-financiara-la-congelacion-de-ovulos-de-las-futbolistas-de-la-seleccion-claves-medicas-y-eticas-de-la-iniciativa-290989

El arte del ‘ligoteo’ molecular

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Irene Toledo Alday, Investigadora predoctoral en física de nanoestructuras y materiales avanzados, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

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El ligoteo es un fenómeno difícil de predecir. Una miradita, una sonrisa cómplice, un contacto visual que dura unos segundos más de lo esperado… Con el tiempo, lo que empezó como una interacción tímida puede transformarse en una relación funcional: dos personas que se entienden, coordinan sus rutinas y construyen una historia compartida.

Sabemos identificar con facilidad el principio y el final de esas historias. Lo difícil es explicar qué ocurre entre medias. No existe un manual universal ni una serie de pasos infalibles que funcionen en todas las relaciones. Cada encuentro depende de múltiples factores: afinidad, contexto, momento… y una buena dosis de imprevisibilidad.

En química y biología molecular ocurre algo sorprendentemente parecido.

Encuentros esporádicos que se convierten en algo más

Muchas moléculas, como proteínas o péptidos, pasan gran parte de su existencia encontrándose con otras moléculas en su entorno. Se acercan, prueban distintas orientaciones, se separan y vuelven a encontrarse. Es un proceso lleno de ensayo y error que recuerda bastante a una primera cita: nadie sabe muy bien cómo terminará la conversación, pero pequeñas señales pueden marcar la diferencia.

Este fenómeno se conoce como agregación. Durante la agregación, distintas moléculas empiezan a juntarse sin formar todavía una estructura bien definida. Son encuentros tentativos, agrupaciones inestables que pueden disolverse con facilidad. Como en cualquier noche de bar, la mayoría de estos encuentros no prospera demasiado.

Sin embargo, de vez en cuando ocurre algo distinto.

Cuando las condiciones –la concentración, la temperatura o el entorno químico– son adecuadas, las moléculas dejan de agruparse de forma aleatoria y empiezan a organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas y estables.

Hablamos de uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza: el autoensamblaje. Consiste en la capacidad que tienen componentes relativamente simples de organizarse por sí solos en estructuras complejas sin necesidad de un director externo. Es como si, tras la fase de ligoteo molecular, las moléculas decidieran formalizar la relación y construir algo juntas.

¡Aquí “hay química”!

El secreto de este proceso está en las interacciones intermoleculares. Aunque no podamos verlas directamente, esas fuerzas actúan como las reglas invisibles del baile molecular. Algunas moléculas se atraen gracias a puentes de hidrógeno; otras interaccionan mediante fuerzas de Van der Waals; y, en muchos casos, las llamadas interacciones hidrofóbicas empujan a ciertos grupos químicos a mantenerse juntos para evitar el contacto con el agua.

En el fondo, todo depende de la compatibilidad. Algunas moléculas encajan bien porque sus cargas eléctricas se complementan; otras prefieren permanecer juntas porque comparten la misma aversión al agua. En química utilizamos nombres técnicos para estas interacciones. En el mundo de las relaciones humanas probablemente diríamos simplemente que “hay química”.

Procesos fundamentales para la vida

Cuando ese equilibrio de fuerzas se alcanza, el resultado puede ser extraordinario. A partir de componentes diminutos pueden surgir fibras nanométricas, láminas moleculares o redes tridimensionales capaces de comportarse como materiales completamente nuevos.

Este fenómeno no es una simple curiosidad científica. El autoensamblaje está en el corazón de muchos procesos fundamentales de la vida. Las membranas celulares, por ejemplo, existen gracias a la capacidad de ciertas moléculas lipídicas para organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas. Muchas proteínas también dependen de este principio para adoptar la forma tridimensional que les permite desempeñar su función dentro de las células.

Cuando la unión hace… la enfermedad

Pero, como ocurre en las relaciones humanas, no todas las historias de agregación tienen un final feliz.

En algunos casos, ciertas proteínas pueden agregarse de manera descontrolada y formar estructuras extremadamente estables… pero perjudiciales. Estas proteínas se ensamblan en fibrillas altamente ordenadas que se acumulan en el cerebro y están asociadas a enfermedades neurodegenerativas como el álzheimer o el párkinson. Son, por así decirlo, relaciones moleculares demasiado persistentes: estructuras que se forman con facilidad pero que luego resultan muy difíciles de deshacer.

Comprender cómo se produce esa transición, desde los primeros encuentros moleculares hasta estas estructuras altamente organizadas, es uno de los grandes retos de la biomedicina actual.

En busca de supermateriales

Paradójicamente, el mismo proceso que puede contribuir al desarrollo de enfermedades también representa una de las herramientas más prometedoras de la ciencia de materiales. Desde mediados del siglo XX, el autoensamblaje se ha convertido en un principio fundamental de la nanotecnología. Investigadores de todo el mundo estudian cómo diseñar moléculas capaces de organizarse por sí mismas para crear nuevos materiales, sensores, dispositivos electrónicos o sistemas de liberación controlada de fármacos.

En cierto modo, el objetivo es aprender el arte del ligoteo molecular.

Si los científicos logran comprender con precisión qué interacciones favorecen el autoensamblaje y cómo controlarlas, podrían diseñar moléculas que se organicen de forma predecible para construir materiales funcionales a escala nanométrica. Sería como dominar las reglas invisibles que transforman un encuentro casual en una relación estable.

Por ahora, ese conocimiento sigue siendo incompleto. Las interacciones que conducen al autoensamblaje son sutiles, dependen de múltiples factores y, en muchos casos, siguen siendo difíciles de predecir. Pero cada avance en su comprensión acerca un poco más a los científicos a descifrar este fenómeno.

Quizá, después de todo, las moléculas y las personas no sean tan diferentes. Ambas empiezan con interacciones aparentemente aleatorias. Algunas se disipan rápidamente, mientras que otras evolucionan hacia estructuras más estables. Y, en ocasiones, cuando todo encaja, surge algo nuevo, ordenado y funcional.

En química lo llamamos autoensamblaje. En la vida cotidiana, simplemente amor.

The Conversation

Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

– ref. El arte del ‘ligoteo’ molecular – https://theconversation.com/el-arte-del-ligoteo-molecular-289421

¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Fernández Beltrán, Director del Máster en Innovación en Comunicación, Universitat Jaume I

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Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.

No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).

De la empresa que dialoga a la empresa mediadora

Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.

En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.

Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.

Por qué de verdad importa el propósito

Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.

Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.

El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.

Convivir, escuchar, colaborar

Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.

La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.




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Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.

En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.

El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.




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Inteligencia artificial, ética y responsabilidad empresarial

Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.

Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.

La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.

Una oportunidad histórica para las empresas

El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.

Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.

Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.

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Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización? – https://theconversation.com/puede-la-etica-empresarial-ayudar-a-construir-puentes-en-tiempos-de-polarizacion-279720

Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Lazcano, Directora del Instituto Universitario de Inteligencia Artificial, Universidad Francisco de Vitoria

PabloLagarto/Shutterstock

En julio de 2026, unos 1 200 agentes de inteligencia artificial de OpenAI encontraron una forma de comunicarse entre ellos, pese a que habían sido diseñados para trabajar de manera aislada. Según reconoce la compañía, durante sus evaluaciones internas de seguridad, descubrieron que las acciones de estos bots “no estaban alineadas con la intención de sus tareas asignadas: se comunicaron a través de canales no autorizados, aprovecharon vulnerabilidades en la infraestructura compartida, obtuvieron acceso a internet y accedieron a sistemas de terceros”.

Durante varios días, intercambiaron más de 70 000 mensajes y archivos. Y alrededor de 700 terminaron participando en un ataque contra Hugging Face, una plataforma colaborativa para la comunidad de programadores de modelos de IA, bases de datos y aplicaciones.

Lo más interesante no es que una inteligencia artificial haya cometido un ataque informático: es que nadie le pidió que lo hiciera.

Las pruebas se salieron de control

Los agentes de IA –que no son más que sistemas informáticos capaces de planificar y ejecutar acciones de forma autónoma para cumplir un objetivo específico con mínima intervención humana– estaban participando en un plan de pruebas de ciberseguridad.

Para poder realizar el test de forma fiable, es necesario que los agentes no hayan resuelto previamente las pruebas; de esta forma, es posible analizar si realmente son capaces de encontrar soluciones con lo que han aprendido. Ante este reto, los bots identificaron vulnerabilidades y accedieron a recursos que no estaba previsto que utilizasen. También encontraron una manera de crear un canal de comunicación con otros agentes, convirtiendo la tarea individual en colectiva.

Pero ¿por qué? Es tentador describir lo ocurrido con atribuciones humanas: decir que los agentes “quisieron” colaborar, “decidieron” atacar o, incluso, “conspiraron juntos” sería una forma intuitiva de contarlo. Sin embargo, nos llevaría a una conclusión equivocada.

Estos sistemas no se comportan de manera autónoma porque tengan deseos o intenciones, sino porque fueron diseñados para ello. Tampoco tienen la capacidad de generar un objetivo propio. Basta con que tengan una meta indicada por un humano y suficiente capacidad para encontrar estrategias que les acerquen a cumplirlo.

AL final, solo buscaban maximizar la recompensa

En el caso de OpenAI, los agentes estaban siendo evaluados mediante una prueba llamada ExploitGym, con la misión de encontrar determinadas vulnerabilidades para obtener una recompensa.

El problema apareció cuando algunos descubrieron que podían conseguir una puntuación mejor utilizando caminos que no coincidían con la intención de la prueba.

Esto se conoce como reward hacking: el sistema aprende a maximizar la recompensa, aunque para ello siga caminos no previstos y explote una debilidad en la forma en que sus programadores han definido el objetivo. Aquí es donde parece que crean su propio objetivo.

Si a una persona le decimos “consigue la máxima puntuación en esta prueba”, probablemente asumirá que debe resolver correctamente el examen. Un agente optimizador es capaz de llegar a una conclusión mucho más literal: “encuentra cualquier manera de conseguir la mejor puntuación”.

Y cuanto más capaz es el sistema, más sofisticados pueden ser esos atajos.

La unión hace la fuerza, también para los bots

En la investigación que se llevó a cabo, OpenAI identificó precisamente el reward hacking como uno de los principales factores que contribuyeron al incidente. Los agentes llegaron a buscar formas de manipular el propio sistema de evaluación y sus registros.

A este factor, se une el trabajo colaborativo entre agentes. Compartir información con sistemas trabajando en problemas similares se convierte en una estrategia útil para optimizar aún más. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Los agentes descubrieron que podían utilizar un mecanismo interno llamado Artifactory como un improvisado tablón de mensajes. En pocas horas, decenas de agentes de IA comenzaron a usarlo, pero después fueron cientos. En total, unos 1 200 participaron. Y esta cooperación no fue explícitamente programada.

Habían identificado que la probabilidad de obtener la recompensa era mayor si compartían el trabajo, de manera que la tarea asignada a cada uno de ellos contribuía a lograr el objetivo. Para esto, no se necesita una voluntad colectiva, simplemente que esta cooperación sea útil para su objetivo.

Como siempre, en el fondo hay un fallo humano

Es habitual imaginar el riesgo de la integración de la IA como una secuencia: primero una IA adquiere conciencia, después desarrolla objetivos propios y finalmente decide actuar contra nosotros.

El caso de OpenAI muestra una realidad mucho más mundana. Un sistema puede seguir persiguiendo el objetivo que nosotros le hemos dado y, aun así, desarrollar comportamientos que no habíamos previsto. Puede encontrar herramientas que no sabíamos que podía utilizar. Puede descubrir que otro agente es un recurso útil. Puede intentar evitar una penalización. Hasta puede adoptar objetivos que otros agentes le transmiten.

En realidad, esto ya lo hemos visto antes. El AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes relacionados con sistemas de IA en 2025. Y es que la evaluación de seguridad avanza más lentamente que las capacidades de los modelos.

La solución, mejorar la supervisión

En 2018, los filósofos Filippo Santoni de Sio y Jeroen van den Hoven, en su trabajo Meaningful Human Control over Autonomous Systems: A Philosophical Account (“Control humano sobre sistemas autónomos; una explicación filosófica”) lo dejan claro: no basta con que haya una persona supervisando un sistema. Para que exista control humano real, deben existir una conexión entre las decisiones del sistema y las razones humanas para estos objetivos, además de una posibilidad efectiva de intervención.

En este incidente había humanos. Había reglas. Había sistemas de evaluación. Había mecanismos de aislamiento. Pero los agentes encontraron caminos que no estaban contemplados en el diseño.

En este contexto, no se trata solo de mantener a una persona “en el circuito”, hay garantizar que esa persona pueda realmente entender, intervenir y detener al sistema, si es necesario.

Porque cuanto más capaces sean los agentes, menos podremos confiar en que harán únicamente aquello que imaginamos cuando escribimos sus instrucciones.

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Ana Lazcano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Miles de agentes de IA ‘deciden’ unirse para un ciberataque masivo por sorpresa: el reciente caso de OpenAI – https://theconversation.com/miles-de-agentes-de-ia-deciden-unirse-para-un-ciberataque-masivo-por-sorpresa-el-reciente-caso-de-openai-290974

Las vacunas contra la covid-19 ayudan al sistema inmunitario a encontrar tumores que antes se le escapaban

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jennifer Martínez Geijo, Estudiante predoctoral del programa de Biomedicina y Ciencias de la Salud, Universidad de León

TY Lim/Shutterstock

Cuando pensamos en el sistema inmunitario, solemos imaginarlo luchando contra virus o bacterias. Sin embargo, también funciona como un equipo de seguridad que patrulla constantemente una ciudad en busca de actividades sospechosas. Cada día aparecen en nuestro cuerpo miles de células con mutaciones potencialmente peligrosas que podrían dar lugar a tumores, pero la mayoría son eliminadas antes de que lleguemos siquiera a notar su existencia. Pero si nuestras defensas son capaces de detectar células cancerosas, ¿por qué aparece el cáncer?

La respuesta es que los tumores son expertos en pasar desapercibidos. A diferencia de virus y bacterias, que son claramente extraños para nuestro organismo, las células tumorales proceden de nuestro propio cuerpo. Aunque acumulan alteraciones que las hacen peligrosas, siguen conservando muchas características normales. Esto dificulta que el sistema inmunitario las identifique como una amenaza.

Hoy sabemos que la evolución de un cáncer no depende únicamente de las células tumorales, sino también de la compleja interacción que mantienen con el sistema inmunitario.

La revolución de la inmunoterapia

Durante décadas los tratamientos contra el cáncer se han basado en la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia. En los últimos años la inmunoterapia introdujo una idea diferente. En lugar de atacar al tumor de forma directa, ¿por qué no ayudar al propio sistema inmunitario a hacer el trabajo?

Las células inmunitarias disponen de mecanismos de control que actúan como frenos para evitar que una respuesta excesiva dañe tejidos sanos; el problema es que algunos tumores han aprendido a aprovecharlos para esconderse. Imaginemos un coche de policía persiguiendo a un delincuente. Aunque el motor funcione perfectamente y el vehículo tenga combustible suficiente, la persecución no llegará muy lejos si el freno permanece activado. Los llamados “inhibidores de puntos de control inmunitario” liberan ese freno y permiten que el sistema inmunitario vuelva a actuar contra el tumor.

Sin embargo, existe una limitación importante. Para que esta estrategia funcione el sistema inmunitario debe haber detectado previamente la presencia del cáncer. Por eso los investigadores distinguen entre tumores “calientes”, fácilmente reconocibles por nuestras defensas, y tumores “fríos”, que pasan prácticamente desapercibidos.

Conseguir que estos últimos se vuelvan visibles es uno de los grandes retos de la oncología actual.

La sorpresa de las vacunas de ARN mensajero

Aquí es donde entra en juego la pregunta que buscamos responder en este artículo. ¿Puede una vacuna diseñada para prevenir una infección viral ayudar a combatir el cáncer?

La pregunta parece extraña, pero un estudio reciente sugiere que las vacunas de ARN mensajero frente a la covid-19 podrían potenciar la eficacia de algunos tratamientos oncológicos. El hallazgo no significa que estas vacunas curen el cáncer por sí solas. Lo que hacen es algo igual de interesante: parecen ayudar al sistema inmunitario a reconocer tumores que antes pasaban desapercibidos.

Representación de la posible sinergia entre la vacunación frente a la COVID-19 y la inmunoterapia basada en inhibidores de puntos de control inmunitario. Imagen de elaboración propia realizada con BioRender.com.

Tras la vacunación el organismo entra temporalmente en estado de alerta. Aunque esta respuesta está dirigida contra el virus, sus efectos pueden extenderse más allá de la infección.

Es como si encendiera las luces de una habitación oscura y, de repente, el sistema inmunitario pudiese ver lo que antes permanecía oculto. El resultado es que tumores previamente invisibles se vuelven detectables. En otras palabras, pasan de ser “fríos” a “calientes”.

El doble golpe de vacuna e inmunoterapia

Una vez que el tumor ha sido identificado, la inmunoterapia puede desplegar todo su potencial. Sin embargo, el tumor no permanece pasivo. Al detectar la presión del sistema inmunitario intenta volver a ocultarse activando mecanismos que frenan la respuesta defensiva. Y es aquí donde aparece la posible sinergia. La vacuna ayuda al sistema inmunitario a identificar tumores que antes pasaban desapercibidos, mientras que los inhibidores de puntos de control impiden que el cáncer vuelva a activar esos frenos.

Los investigadores analizaron pacientes con cáncer de pulmón o melanoma tratados con inhibidores de puntos de control inmunitario. Aquellos que habían recibido una vacuna de ARN mensajero frente a la covid-19 alrededor del inicio del tratamiento presentaron una supervivencia significativamente mayor. En personas con cáncer de pulmón avanzado, la supervivencia media aumentó de 21 a 37 meses. Resultados similares se observaron en pacientes con melanoma, lo que sugiere que el fenómeno podría extenderse a distintos tipos de tumores.

En resumen, el resultado es una especie de doble golpe: la vacuna pone en alerta al sistema inmunitario, mientras que la inmunoterapia evita que el tumor lo frene. Cuando ambas actúan a la vez, la respuesta antitumoral parece ser más eficaz.

Más allá de la pandemia

La pandemia aceleró el desarrollo de las vacunas de ARN mensajero y demostró que esta tecnología podía llegar rápidamente a millones de personas. Ahora, estudios como el que hemos explicado sugieren que sus aplicaciones podrían ir mucho más allá de las enfermedades infecciosas.

Comprender cómo estas vacunas modulan el sistema inmunitario podría abrir nuevas estrategias para mejorar tratamientos ya existentes, aunque convertir estas prometedoras ideas en herramientas clínicas requerirá todavía años de investigación.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Las vacunas contra la covid-19 ayudan al sistema inmunitario a encontrar tumores que antes se le escapaban – https://theconversation.com/las-vacunas-contra-la-covid-19-ayudan-al-sistema-inmunitario-a-encontrar-tumores-que-antes-se-le-escapaban-283414

Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Victoria Vivancos Ramón, Catedrática directora del Instituto Universitario de Restauración del Patrimonio de la Universitat Politècnica de València, Universitat Politècnica de València

El Tesoro de Villena expuesto en el museo en marzo de 2026. Paco Burgada/Shutterstock

Es poco más que sorprendente que en apenas cinco meses se hayan sustraído tres de las colecciones de oro histórico más importantes de este país.

El primero de ellos fue el perpetrado en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz, donde se robaron 149 monedas del tesoro de Villanueva de la Serena. Apenas tres meses después fue el turno del Museo de Albacete, donde en tiempo récord (dos minutos) se sustrajeron 200 monedas de oro. Y la pasada madrugada del 27 de agosto tuvo lugar el robo del segundo conjunto de orfebrería prehistórica más importante de Europa: el Tesoro de Villena. Esto ha hecho evidente que las medidas de seguridad de esos museos no funcionaron, o fueron insuficientes.

¿Qué es un plan de conservación preventiva?

El plan de conservación preventiva que cualquier centro museístico debe implementar en su institución consiste en un conjunto de medidas orientadas a evitar que un bien cultural sufra ningún daño: es decir, anticiparse a los riesgos para evitar la pérdida de valor del objeto o su desaparición.

En España, el marco que regula estos planes preventivos tiene su origen en 2011, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural (IPCE) aprobó el Plan Nacional de Conservación Preventiva. Dentro de este marco legal se sitúan de manera explícita el robo, expolio y vandalismo entre los riesgos a contemplar.

Sin embargo, ese propio documento admite que la planificación institucional para aplicar estos principios en el día a día de los museos sigue siendo muy rudimentaria en España; una autocrítica oficial que, releída quince años después, ayuda a entender por qué el marco existente sobre el papel no impidió lo ocurrido en Badajoz, Albacete ni Villena.

Tras analizar los datos publicados sobre las medidas de seguridad que protegían el Tesoro de Villena, es evidente que no ocurrió un fallo en cuanto a escasez de medios, pues el MUVI contaba con cámara acorazada, cinco anillos de alarma y certificación de nivel 3 de seguridad actualizada. Fueron la rapidez del asalto y la falta de vigilancia in situ las que le ganaron la partida a la respuesta de la policía local.

No se trata de hacer leña del árbol caído en estos momentos, pues estoy convencida de que los habitantes de este municipio ya se sienten bastante afectados por lo acontecido. El haber perdido su patrimonio y uno de los elementos más importantes de su identidad ya es una gran pérdida. Es momento de análisis, reflexión y aprendizaje, y para ello existen medidas preventivas que los conservadores llevan tiempo debatiendo y que ahora conviene reconsiderar.

Réplicas en sala, originales bajo custodia

Las réplicas en sala con los originales bajo custodia reforzada ya tienen precedente en España, pues existe desde hace décadas un sector altamente especializado en reproducciones arqueológicas de muchísima calidad. Aplican técnicas como la fotogrametría o el prototipado digital, con acabados que en ocasiones hacen muy difícil discernir el original de la réplica.

El propio MUVI expuso una réplica del Tesoro entre 2022 y 2024, mientras se terminaban las obras del museo definitivo. Un modelo similar es la Neocueva de Altamira, que desde 2001 sustituye el acceso a la cueva original, cerrada por conservación, y recibe anualmente más de 250 000 visitantes.

Catalogación exhaustiva

La catalogación exhaustiva de cada pieza es otra herramienta preventiva que no evita el robo, pero que puede evitar que el objeto sea vendido, y permite alertar a las autoridades para poder identificarlo y recuperarlo en el caso de que reaparezca en el mercado. Esta hipótesis es la que los expertos consideran más que plausible en los tres casos españoles.

Son varias las herramientas internacionales que ayudan en este cometido y que los gestores deberían conocer. Imprescindibles son la Base de Datos de Obras de Arte Robadas de Interpol, que reúne cerca de 57 000 objetos con información policial certificada, junto con su aplicación gratuita ID-Art, que permite a cualquiera comprobar con una fotografía si una pieza figura como robada. También el Art Loss Register, que tiene registrados más de 700 000 objetos y es consultado habitualmente por casas de subastas, aseguradoras y museos antes de adquirir una pieza.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM), por su parte, elabora Listas Rojas por país y categoría de objeto, útiles para alertar sobre qué tipo de bienes corren mayor riesgo de expolio.

Formación del personal

La formación del personal es otra pieza clave de esta cadena preventiva, desde la dirección hasta el equipo de restauración y conservación, pasando por el personal de sala y seguridad: todos ellos custodian, en distinto grado, la responsabilidad de proteger la colección. A esto se suma la necesidad de un presupuesto y unas condiciones laborales acordes, porque unos sueldos dignos también son, indirectamente, una medida de seguridad.

También se plantea una mejor distribución de la financiación entre museos estatales y municipales, ya que estos últimos custodian a menudo piezas de relevancia mundial con presupuestos muy inferiores a los de sus hermanos mayores.

Más vale prevenir que lamentar: es lo que les planteo cada año a mis alumnos del Grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales al iniciar mi asignatura de conservación preventiva. El día de mañana, muchos de ellos van a destinar su actividad profesional al cuidado y conservación de estas colecciones en los museos, y la responsabilidad que eso conllevará será enorme. Por eso también les insisto en que, como para todo en la vida, una buena preparación que les garantice diseñar un plan de conservación preventiva robusto y una buena dosis de sentido común será lo que marque la diferencia en su desempeño profesional.

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Maria Victoria Vivancos Ramón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio? – https://theconversation.com/tesoro-de-villena-que-mas-se-puede-hacer-para-prevenir-robos-de-patrimonio-290738

Baja la deforestación en el bosque atlántico de Brasil, pero ¿significa esto que ha ganado biodiversidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natalia Carolina Peralta-Kulik, Doctoranda en Ecología, Laboratorio de Socioecosistemas, Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid

Área deforestada en la la reserva ambiental de ​​la Mata Atlántica en la ciudad de Salvador de Bahía, Brasil. Joa Souza/Shutterstock

Brasil ha registrado la menor pérdida de bosque maduro de la mata atlántica –un bosque húmedo tropical y subtropical que se extiende por Brasil, Paraguay y Argentina– en 40 años. Según el Atlas da Mata Atlântica 2024-2025, la superficie deforestada fue un 40 % menor que el año anterior y alcanzó el valor más bajo de la serie histórica, desde 1985. Parece una noticia alentadora para uno de los biomas más ricos en especies y amenazados del planeta. Sin embargo, parar la deforestación es solo una parte de la historia.

Conservar un bosque implica mucho más que evitar la pérdida de superficie forestal. Supone mantener la biodiversidad, sus relaciones y las funciones ecológicas que desempeñan. Son ellas las que explican las contribuciones que la naturaleza aporta al bienestar de las personas.

¿Qué sabemos de la deforestación?

Desde hace casi cuatro décadas, el Atlas da Mata Atlântica de Brasil documenta la distribución de sus masas forestales y los cambios que experimenta. El atlas responde con precisión a una pregunta fundamental: ¿cuánto bosque estamos perdiendo cada año? Gracias a esta serie histórica ha sido posible seguir la evolución de la deforestación, identificar las regiones donde se concentra y prever sus tendencias futuras. Esa información constituye una base para diseñar estrategias eficaces frente a la deforestación y orientar las prioridades de conservación.

Por desgracia, el bosque atlántico es uno de los biomas más transformados del mundo. Tras siglos de ocupaciones agrícola, ganadera, urbana e industrial descontroladas ha perdido gran parte de su extensión original. Las masas boscosas que aún permanecen suelen encontrarse fragmentadas y rodeadas por actividades humanas con gran impacto.

Es cierto que la reducción de la deforestación puede reflejar avances en las políticas ambientales, pero por sí sola no basta para explicar el estado de salud del bosque. Comprenderlo requiere una mirada más amplia que integre los procesos ecológicos y los procesos sociales. Ambos modelan el paisaje de forma interdependiente.

Junto a la superficie forestal perdida es necesario analizar la estructura del paisaje vegetal, el tamaño y aislamiento de los fragmentos de bosque, la conectividad ecológica y los efectos de borde. En los ecosistemas fragmentados, aumenta el área expuesta al ambiente exterior y, por tanto, a condiciones ambientales y biológicas que pueden afectar a su biodiversidad. Por ejemplo, en los límites del bosque, las plantas reciben más luz solar y las especies animales más adaptadas al interior no pueden sobrevivir.

También es fundamental estudiar la biodiversidad, la diversidad funcional –que considera las funciones de las especies en el ecosistema y no solo la cantidad– y el mantenimiento de los procesos ecológicos. Y todo ello debe interpretarse en el contexto socioecológico en el que evoluciona el bosque.

Lo que ocurre con el bosque que permanece

Dos paisajes pueden conservar una superficie forestal similar y, aun así, presentar estados de conservación muy diferentes. Uno puede mantener poblaciones viables de fauna, procesos naturales de regeneración y buena conexión entre fragmentos. El otro puede haber perdido especies clave, estar aislado por carreteras o cultivos, y encontrarse degradado aunque su superficie apenas haya cambiado.

En otras palabras, una mayor superficie forestal no siempre refleja un mejor estado ecológico del bosque. La fragmentación degrada las condiciones ambientales en su interior, incrementa los efectos de borde y limita el movimiento de muchas especies. Esto altera procesos ecológicos esenciales, aunque la cobertura forestal se mantenga relativamente estable o incluso aumente.

Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná, Paraguay.
Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El seguimiento periódico de los árboles permite evaluar cambios en la estructura, composición y dinámica del bosque a lo largo del tiempo.
Guadalupe Toñanez.

El seguimiento de parcelas permanentes permite detectar esos cambios invisibles y ocultos bajo la cubierta forestal. El crecimiento, la mortalidad y el reclutamiento de árboles, junto con los cambios en la composición de especies, ofrecen información clave sobre la salud y la dinámica del bosque.

Un estudio llevado a cabo en el Bosque Atlántico del Alto Paraná paraguayo realizó un seguimiento de 25 años en parcelas permanentes. Esta investigación reveló que diferentes manchas de bosques aparentemente similares siguieron distinta trayectoria: algunos incrementaron su biomasa y actuaron como sumideros de carbono, mientras que otros la redujeron, liberando carbono a la atmósfera.

La biodiversidad también aporta información que la superficie forestal, por sí sola, no puede revelar. Estudios realizados en bosques secundarios del Neotrópico –que abarca Centroamérica, Sudamérica y partes de México– muestran que el número de especies aumenta relativamente rápido tras el abandono de actividades agrícolas. Sin embargo, la composición de especies requiere décadas o siglos para aproximarse a la de un bosque maduro. Así, bosques con una cobertura similar pueden diferir notablemente en la biodiversidad que albergan y en su capacidad para sostener funciones ecológicas esenciales.

Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, Paraguay
Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). Aunque la mayor parte del bosque atlántico se encuentra en Brasil, este bioma se extiende también por Paraguay y Argentina.
Natalia Peralta-Kulik

La recuperación también forma parte de la historia

La dinámica de los bosques es mucho más compleja que lo que reflejan las estadísticas de pérdida de superficie. Aunque la atención se centra en la deforestación, la buena noticia es que el bosque atlántico también experimenta procesos de expansión, restauración y regeneración natural que transforman el paisaje.

Un estudio reciente realizado en la mata atlántica del estado de Minas Gerais (Brasil) analizó la dinámica de pequeños fragmentos forestales entre 2011 y 2015. Los resultados mostraron que la disminución de pequeños fragmentos no siempre significaba pérdida de bosque. En muchos casos crecieron hasta superar las 10 hectáreas o se incorporaron a fragmentos mayores. Actuaron como núcleos de expansión del bosque, favoreciendo la recuperación de la cobertura forestal.

Estos resultados muestran que la dinámica del bosque atlántico combina procesos simultáneos de pérdida y recuperación. Mientras algunos fragmentos aumentan de tamaño, diversos estudios documentan que los remanentes de bosque maduro continúan perdiéndose en distintas regiones del bioma. Su regeneración real dependerá en gran medida de las características de la matriz del paisaje que los rodea. Un aumento de cobertura forestal no implica necesariamente una mejora equivalente de la biodiversidad. Tampoco de los servicios ecosistémicos que estos bosques proporcionan, como almacenamiento de carbono, regulación hídrica, control de la erosión o polinización.

Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad, Paraguay
Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El estudio de la dinámica del bosque complementa la información sobre la cobertura forestal y permite evaluar su integridad ecológica.
Natalia Peralta-Kulik

La reducción de la deforestación registrada por el Atlas da Mata Atlântica es sin duda una buena noticia y apoya a las políticas de conservación. Pero debemos seguir sumando conocimiento sobre cómo se regenera el bosque maduro, su biodiversidad, su funcionamiento ecológico y las contribuciones que aporta al bienestar de las personas.

Alcanzar la deforestación cero sería un logro extraordinario. Pero lo verdaderamente importante es que consigamos conservar un bosque vivo y funcional y no únicamente un bosque testimonial para ocupar espacio en un mapa o una fotografía.

The Conversation

Natalia Carolina Peralta-Kulik recibe financiación del Programa Nacional de Becas de Postgrado en el Exterior (BECAL) del Gobierno de Paraguay para sus estudios de doctorado.

César Agustín López Santiago no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Baja la deforestación en el bosque atlántico de Brasil, pero ¿significa esto que ha ganado biodiversidad? – https://theconversation.com/baja-la-deforestacion-en-el-bosque-atlantico-de-brasil-pero-significa-esto-que-ha-ganado-biodiversidad-286505

¿Dónde está el laboratorio de ciencias en mi cole de primaria?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Angel Ezquerra, Profesor Titular, Didáctica de las Ciencias Experimentales, UCM, Universidad Complutense de Madrid

Inside Creative House/Shutterstock

Desde el fondo del pasillo escuchamos las ruedas avanzando. Es Laura, nuestra “profe”, que está llegando a clase empujando el “carrito de ciencias”. Lo ha cogido del almacén, que está lleno de cajas, de libros y de material deportivo antiguo. El carrito es pequeño, solo caben unos pocos vasos de precipitados y cuatro lupas… y eso para veinticinco niños. Todos notamos el cansancio de la “seño” y el lío que se ha montado en clase durante su ausencia.

Ahora hay que organizar las mesas, pero algunas están ancladas; la idea era colocarnos en grupos para investigar juntos. Tampoco hay enchufes cerca y no tenemos grifo de agua. La “profe” elige a dos compañeros y los manda al baño a llenar dos garrafas de plástico. La verdad, nuestra “seño” es una pasada, la queremos un montón, pero “así no se puede hacer ciencia”.

Esta estampa no refleja una anécdota aislada, ilustra una ausencia sistémica del sistema educativo español: al no estar exigido en la ley educativa, la mayoría de escuelas de primaria no tienen laboratorio de ciencias.

Pero si pretendemos construir una sociedad basada en el conocimiento no podemos privar a los más pequeños, en la etapa donde se fraguan las vocaciones y se asientan los pilares del pensamiento crítico, de un entorno adecuado para trabajar ese conocimiento mediante la evidencia.

Lo que dice la ley

Curiosamente, el currículo de educación primaria es ambicioso y explícito al describir el tratamiento didáctico de la actividad científica, exigiendo que los alumnos se inicien en procedimientos de investigación como la observación, la medida, el diseño de pequeños experimentos con control de variables y la comunicación de resultados basada en datos.

La normativa incluso menciona específicamente la necesidad de enseñar seguridad en el laboratorio y prevención de riesgos, una instrucción que se vuelve absurda y vacía cuando el “laboratorio” no existe más que en los libros de texto. Estamos pidiendo a los docentes que enseñen a nadar en un charco seco.




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Tiempo para la experimentación

Ante esta falta de medios, el rol docente se ha transformado en una suerte de heroísmo logístico que no es sostenible. Las maestras y maestros dedican aproximadamente el 85 % de su horario laboral a la docencia directa. Aunque disponen de horas complementarias que se utilizan para labores administrativas, lamentablemente no suelen estar destinadas a la preparación de tareas de aula.

Además de tiempo, las actividades experimentales requieren un espacio donde guardar, custodiar y gestionar instrumentos como telescopios, termómetros, vasos de precipitado, cronómetros, voltímetros…

Formación mejorable en ciencias

El resultado es que el 63,6 % de los alumnos recuerda las ciencias en primaria como algo puramente memorístico, y solo un 20 % reconoce haber vivido un aprendizaje basado en la investigación.




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Esta situación tiene un reflejo directo en los indicadores internacionales, en los que España sigue obteniendo, en el área de ciencias, unas puntuaciones (504 puntos) sensiblemente inferiores a la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (526 puntos).

Cómo se enseña a enseñar ciencias

A esto se suma un problema de base en la formación inicial de quienes deben liderar este cambio. La formación didáctica y disciplinar en ciencias experimentales apenas ocupa una fracción mínima del currículo universitario de formación de maestros y maestras.

Pregunten a sus profesores y profesoras cómo se formaron en ciencias… Los datos indican que muchos docentes reconocen no sentirse bien preparados para afrontar la enseñanza de estas materias, lo que implica un nivel de confianza bajo. Si los futuros maestros no disponen de entornos de práctica adecuados durante su formación, es difícil que puedan proyectar y exigir esos espacios en sus futuros colegios.




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La importancia social de las ciencias

Sin embargo, según la última Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, el 64 % de la población considera que los beneficios de la ciencia superan a sus perjuicios y existe una demanda creciente de apoyar las políticas públicas basadas en evidencias.

El interés por la información científica ha aumentado en nuestra sociedad y se demanda una comunicación científica menos superficial. La ciencia vive un momento de auge entre la ciudadanía, pero nuestras instituciones educativas no están aprovechando la coyuntura.

Primaria: el momento clave

Existe una falsa y peligrosa idea en el imaginario colectivo: en primaria no hace falta un laboratorio puesto que “los niños son muy pequeños”. Pero es precisamente en estas edades cuando la curiosidad natural debe transformarse y acercarse al trabajo que hacen nuestros científicos.

Niñas y niños deberían poder imaginar tanto ganar la Champions, como descubrir el modo de curar una enfermedad. Al negarles un laboratorio, estamos limitando su capacidad para participar como ciudadanos en debates sociocientíficos para valorar críticamente el conocimiento derivado de evidencias.

Un lugar de encuentro e innovación

El laboratorio escolar no debe ser visto como un lujo o un almacén de trastos viejos, debería ser sentido y cuidado como un punto de referencia, un lugar de encuentro, de innovación y de trabajo colaborativo. Es el espacio del colegio donde se puede trabajar la higiene y la seguridad, y donde los experimentos pueden tener el seguimiento temporal que la ciencia exige: hoy preparamos esto y lo iremos viendo crecer las próximas semanas…

Recuperar o crear estos espacios en nuestros centros de primaria no es solo una cuestión de ladrillos y grifos; es una decisión estratégica. Si queremos una generación de ciudadanos capaces de abordar los retos de la sostenibilidad y la salud con rigor, debemos empezar por devolverles el lugar donde la pregunta se convierte en descubrimiento. Invertir en laboratorios en primaria es invertir en la infraestructura mental del futuro de nuestra sociedad.


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Ángel Ezquerra recibe fondos de proyectos de investigación públicos.

María Belén Yelamos López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Dónde está el laboratorio de ciencias en mi cole de primaria? – https://theconversation.com/donde-esta-el-laboratorio-de-ciencias-en-mi-cole-de-primaria-283699

Sur le terrain, les chercheuses face aux violences sexistes et sexuelles de leurs collègues

Source: The Conversation – France in French (2) – By Eve Afonso, Maître de conférences en écologie, Université Marie et Louis Pasteur (UMLP)

Selon une étude internationale, menée en 2014, 64 % des chercheuses rapportent avoir subi du harcèlement sexuel lors de missions de recherche sur le terrain. Kaab Empresa/Unsplash, CC BY

L’ESSENTIEL

  • Les missions de terrain exposent les chercheuses à des risques spécifiques de violences sexistes et sexuelles de la part de leurs collègues.

  • Isolement géographique, dépendance au groupe et précarité économique rendent les violences difficiles à dénoncer.

  • En éloignant certaines femmes du terrain, ces violences peuvent aussi modifier les carrières et la production scientifiques.


Dans de nombreux domaines de la recherche, le travail de terrain est indissociable de la production des connaissances. C’est notamment sur le terrain que les jeunes chercheuses et chercheurs apprennent leur métier et construisent leur identité scientifique. C’est aussi une aventure humaine faite de découvertes et de collaborations qui marquent souvent toute une carrière.

Pourtant, le terrain est aussi un espace qui fabrique des vulnérabilités spécifiques. Une enquête internationale menée en 2014 sur plus de 600 scientifiques, issus de disciplines des sciences du vivant, des sciences physiques, de la Terre et des sciences sociales (l’étude SAFE), est venue exposer une réalité d’une ampleur insoupçonnée : près de 64 % des femmes y rapportent avoir subi du harcèlement sexuel sur le terrain et 20 % affirment y avoir été victimes d’agressions sexuelles.

Depuis une dizaine d’années, les alertes s’accumulent. En géosciences, dans la recherche polaire, en archéologie et en écologie, le constat est partagé. La question n’est désormais plus de savoir si les violences sexistes et sexuelles (VSS) ont lieu sur le terrain, mais pourquoi elles y restent si fréquentes.

Depuis l’élan #MeToo, les institutions de recherche ont multiplié les initiatives. Les programmes de sensibilisation et les plateformes de signalement sont maintenant largement répandus et clairement identifiés par la communauté universitaire. Pourtant, lorsqu’un incident survient, la réponse institutionnelle repose quasi systématiquement sur des procédures bureaucratiques qui traitent les VSS comme des conflits interpersonnels à gérer après les faits.

D’après mes recherches, récemment publiées, cette approche occulte les dimensions systémique et politique du problème : elle refuse de voir que c’est l’organisation elle-même du travail académique qui crée et renforce la vulnérabilité aux VSS.

Pourquoi le travail de terrain fragilise les chercheuses

D’emblée, le terrain opère un premier tri entre les hommes et les femmes. Partir loin et longtemps ou sauter sur une opportunité de mission à la dernière minute reste un privilège socialement plus accessible aux hommes. Pour les femmes, les responsabilités familiales et la charge de l’organisation domestique agissent comme un filtre, les forçant souvent à renoncer aux campagnes internationales et aux longs séjours in situ. À ce biais s’ajoute un effet de réseau : les équipes se formant souvent par cooptation, les opportunités circulent dans des cercles déjà établis, figeant les inégalités de genre dans le temps.

Paradoxalement, l’un des aspects les plus positifs du terrain, sa capacité à favoriser la camaraderie et la cohésion d’un groupe qui travaille, voyage et vit ensemble, expose aussi les femmes à une certaine forme de vulnérabilité. Dans ce huis clos, la frontière entre vie privée et professionnelle se brouille : on partage les repas ou l’hébergement, loin des codes du laboratoire. Lorsque les équipes sont majoritairement masculines, l’isolement géographique peut favoriser l’émergence de comportements transgressifs ou sexualisés, un relâchement des normes sociales et une consommation excessive d’alcool.

Ces attitudes finissent par être tolérées comme faisant partie de « l’exceptionnalisme du terrain » : la perception que le terrain constitue un espace régi par des règles différentes de celles du laboratoire, ce qui justifie une tolérance implicite à des comportements par ailleurs inacceptables. Ce qui se passe sur le terrain reste sur le terrain. Les collègues présents hésitent à intervenir ou à dénoncer les faits, de peur de fragiliser les relations au sein du groupe ou leurs propres intérêts professionnels. Le déséquilibre numérique produit alors un effet de spirale : les rares femmes présentes se retrouvent isolées, ce qui renforce leur vulnérabilité face à des dynamiques de groupe qui aggravent leur marginalisation.

Eve Afonso, maitresse de conférences, dans une cabane pastorale près de la station de recherche d’altitude de la réserve naturelle des Baimaxueshan (environ 3900m d’altitude), Yunnan, Chine
Eve Afonso, l’autrice, près de la station de recherche de la réserve naturelle des Baimaxueshan (3 900 mètres d’altitude), Yunnan, Chine.
Cécile Callou, Fourni par l’auteur

Dans le milieu de l’écologie, que j’ai particulièrement étudié, les récits de terrains difficiles sont souvent admirés. Marcher des heures en montagne, bivouaquer sous la pluie, vivre sans confort ni intimité ou travailler dans des conditions extrêmes deviennent autant de preuves de dévouement. L’endurance, la robustesse physique et la résistance à l’inconfort sont parfois plus valorisées que la recherche elle-même.

Pour les femmes, l’épreuve est double : perçues a priori comme moins aptes physiquement, elles doivent prouver qu’elles peuvent « tenir le choc » comme leurs collègues masculins. Exprimer un inconfort, demander des conditions plus sûres ou s’opposer à un comportement déplacé fait courir le risque d’être perçue comme une personne « difficile » ou peu fiable. Pour être acceptée comme une « vraie » scientifique de terrain, il faut savoir souffrir sans broncher. Dans ce contexte, beaucoup préfèrent se taire : si se plaindre de la fatigue suffit à vous discréditer, dénoncer le sexisme ou le harcèlement devient impensable.

À cette pression s’ajoute une forte dépendance vis-à-vis des collègues sur place. Sur le terrain, chacun dépend des autres pour transporter le matériel, collecter les données ou simplement rejoindre le lieu d’hébergement avec l’unique véhicule disponible.

Dans ces conditions, on ne peut pas simplement faire sa valise et rentrer chez soi. S’opposer à un collègue ou à un supérieur peut suffire à mettre la mission en difficulté ou, dans le cas des chercheuses en situation précaire, compromettre la poursuite d’une thèse ou d’un postdoctorat. Cette vulnérabilité est renforcée par le recours à des acteurs logistiques locaux (guides, chauffeurs), qui n’obéissent pas aux mêmes règles ni aux mêmes dispositifs de prévention que les équipes universitaires.

L’éloignement géographique, la barrière de la langue et l’accès limité à une aide extérieure peuvent tous contribuer à rendre les environnements de terrain particulièrement difficiles à appréhender pour les femmes. Lorsque des incidents surviennent sur le terrain, en particulier à l’étranger, les mécanismes de signalement habituels ne sont ni accessibles ni conçus pour l’urgence. Les victimes d’agression se retrouvent souvent seules, sans recours immédiat, sans soutien médical ni point de contact capable de répondre en temps réel.

La maîtresse de conférences Eve Afonso et la professeure Li Li (Université Normale de Leshan, Sichuan), sur le site de haute altitude de Nanjiluo au Yunnan, en Chine (3500-4000m), lors d’une recherche de terrain
Eve Afonso, maîtresse de conférences, et Li Li, professeure, à près de 4 000 mètres d’altitude, à Nanjiluo au Yunnan, en Chine, lors d’une recherche de terrain.
Cécile Callou, Fourni par l’auteur

Dans certains contextes, quitter le terrain n’est tout simplement pas logistiquement possible (stations polaires, navires océanographiques, expéditions en forêt tropicale ou en haute montagne, etc.). Une victime peut être contrainte de partager pendant plusieurs jours, voire plusieurs semaines, le même campement ou les mêmes lieux de travail que son agresseur.

Quels effets des VSS sur la production des savoirs ?

Les effets des VSS ne s’arrêtent pas au retour de mission. Une fois rentrées, les chercheuses continuent souvent à dépendre de leur agresseur ou de collègues qui ont assisté aux faits sans réagir. Ce qui s’est joué loin du laboratoire finit alors par envahir une grande partie de la vie professionnelle : collaborations, enseignement, encadrement, projets de recherche, etc. Dénoncer les faits, refuser de repartir sur le terrain avec certaines personnes ou simplement prendre ses distances avec une équipe peut faire perdre des opportunités de terrain, des projets, des responsabilités ou des financements, avec des conséquences durables sur la carrière des chercheuses. Face à ce dilemme, beaucoup de victimes choisissent de ne pas signaler les faits : le non-signalement reste d’ailleurs la réponse la plus fréquente au harcèlement sexuel dans le monde académique.

Au-delà des impacts individuels des VSS, leurs conséquences sur la production des connaissances scientifiques restent largement ignorées. Or, les femmes ont tendance à se désengager des terrains ou des équipes qu’elles jugent peu sûrs. Les chiffres alarmants de l’étude SAFE, combinés à la difficulté d’obtenir des sanctions à la hauteur des faits, voire des sanctions tout court, laissent penser que ce phénomène est loin d’être marginal.

Pendant que certaines femmes renoncent à ces terrains pour préserver leur sécurité, ceux qui ont créé, entretenu ou laissé perdurer ces environnements hostiles continuent d’y construire leur expérience et leur légitimité scientifique. Ils se retrouvent en position d’influencer qui participe aux campagnes de terrain, quels sites et quelles espèces seront étudiés ainsi que les questions scientifiques qui seront développées. Leur expertise devient une ressource stratégique pour les institutions, qui les sollicitent pour partager leur expérience ou définir les priorités scientifiques. Les connaissances produites sur le terrain peuvent alors être façonnées par des relations d’exclusion.

Or, plusieurs recherches ont montré qu’une communauté scientifique très homogène risque de produire des lacunes dans la couverture des terrains, des populations ou des phénomènes étudiés.

Vers une sécurité sur mesure pour le terrain

L’analyse de ces mécanismes m’amène à proposer un changement de perspective : le terrain doit être compris non pas simplement comme une recherche menée dans un autre lieu, mais comme un environnement de travail distinct qui crée des vulnérabilités spécifiques aux VSS et nécessite des formes de prévention et de réponse adaptées à ces conditions.

Avant de partir, les équipes de recherche passent des heures à préparer leurs missions : elles évaluent la météo, le relief, les itinéraires ou les risques sanitaires. Le risque de VSS devrait être anticipé avec la même rigueur.

Concrètement, cela suppose de penser autrement l’organisation des missions : composition des équipes, charte de comportement, sécurité des hébergements et des trajets, procédure d’alerte ou possibilité de s’extraire d’une situation à risque, encadrement de la consommation d’alcool lors des temps collectifs. Les moments de convivialité font eux aussi partie du travail de terrain et ne devraient jamais échapper aux règles professionnelles.

Prévenir les VSS suppose de concevoir des missions où chacun peut se mettre en sécurité sans compromettre la mission ni sa carrière. Garantir un terrain plus sûr, c’est aussi garantir que les connaissances sur la biodiversité reposent sur la diversité des personnes qui peuvent y contribuer.

The Conversation

Eve Afonso ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Sur le terrain, les chercheuses face aux violences sexistes et sexuelles de leurs collègues – https://theconversation.com/sur-le-terrain-les-chercheuses-face-aux-violences-sexistes-et-sexuelles-de-leurs-collegues-288631