Los vinilos han vuelto. No es un gesto nostálgico aislado. Podemos considerarlo un objeto cultural que hoy convive sin complejos con Spotify, TikTok y algoritmos que recomiendan música mejor que cualquiera de nuestros amigos más culturetas.
El ritual para utilizarlo es sencillo: sacar el disco de la funda, colocarlo con cuidado en el tocadiscos, bajar la aguja y… aceptar algo que hemos dejado de asumir en la era digital, que la música tiene límites físicos.
La pregunta es tan sencilla que casi parece ingenua: ¿por qué en un vinilo solo caben un número determinado de canciones? ¿Por qué no podemos grabar horas y horas de música, como hacemos en una memoria USB?
La música escrita en surcos
Un disco de vinilo no “almacena” música como lo hace un archivo digital. No hay bits, ni ceros y unos, ni compresión MP3. La información sonora está grabada físicamente en forma de surco en espiral que va desde el borde exterior hasta el centro del disco.
Ese surco no es decorativo. Sus variaciones microscópicas reproducen directamente las vibraciones del sonido original de forma que, cuando la aguja del tocadiscos recorre el surco, esas irregularidades se transforman en movimiento mecánico, luego en señal eléctrica y finalmente en sonido. Es un proceso elegantemente simple y brutalmente dependiente de las leyes de la física.
¿Sencillo de entender cómo funciona? Pues aquí aparece la primera limitación fundamental: el espacio. Un vinilo tiene un diámetro finito y, por tanto, una longitud máxima de surco. Para meter más música solo hay tres opciones posibles:
● Hacer el surco más largo (imposible sin aumentar el tamaño del disco).
● Hacer que el surco sea más estrecho y esté más cerca del anterior.
● Reducir la información que se graba en cada instante.
Las dos últimas opciones tienen consecuencias.
Más minutos, menos calidad
Si los surcos se colocan más juntos, la aguja tiene menos margen para moverse sin interferir con el surco vecino. Eso obliga a reducir la amplitud de las variaciones (o dicho de otra manera, a grabar un sonido más “plano”). Menos volumen, menos rango dinámico, menos graves. El resultado son más minutos por cara, sí, pero a costa de perder calidad sonora.
Por eso los discos de 12 pulgadas suelen girar a 33 revoluciones por minuto y ofrecen unos 18–22 minutos por cara con buena calidad, mientras que los singles de 7 pulgadas a 45 rpm apenas duran unos minutos, pero suenan más “potentes”. No es una decisión estética. Es ingeniería pura.
¿Por qué? Porque, en el fondo, cada vinilo es un compromiso entre duración y fidelidad.
Estas limitaciones no son arbitrarias ni fruto de una mala decisión de diseño. No es que alguien decidiera fastidiarnos y limitar el número de canciones por disco. Es que la materia, la energía y el espacio imponen reglas.
Son las mismas reglas que impiden que cualquier dispositivo pueda, por ejemplo, soportar la inteligencia artificial. Aunque la idea de que todo proceso industrial deba incorporar IA sea seductora, hay una realidad física y computacional que no se puede ignorar.
¿Quiere recibir más artículos como este?Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.
Lo que los vinilos nos siguen enseñando
El regreso del vinilo no es solo una moda hipster ni una nostalgia romántica. Es, también, un recordatorio físico de algo que a veces olvidamos en la era digital: la tecnología siempre está limitada por el soporte.
El vinilo nos obliga a ver el límite. A aceptar que no todo cabe. A elegir. Y esa es, quizá, la lección más interesante para la tecnología actual: no todo dispositivo necesita IA, no todo proceso debe ser inteligente, y no todo sistema mejora por añadir complejidad.
A veces, como en un buen disco, menos es más.
Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, este trabajo fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”.
Imaginemos que un libro infantil es una casa. Dentro, hay espejos donde niños y niñas se reconocen, ventanas que muestran otras vidas y puertas que invitan a mundos distintos. Pero no todas las habitaciones son cómodas. Hay espejos que devuelven imágenes distorsionadas, ventanas que muestran situaciones injustas y puertas que conducen a realidades difíciles.
¿Qué hacemos cuando la lectura incomoda? ¿Apartamos a la infancia de esas historias, o la acompañamos a leerlas con mirada crítica?
Estas son algunas de las preguntas que plantea Zoom Out, un proyecto Erasmus+ que aborda desigualdades en las escuelas mediante la literatura infantil.
En el trabajo con las escuelas hemos observado que, al igual que en algunos libros, en las aulas existen desigualdades. Retirar esos libros no hace que desaparezcan. En cambio, conversar alrededor de ellos y crear espacios donde el alumnado pueda pensar, nombrar y cuestionar puede servir para hacer visibles desigualdades presentes y pensarlas colectivamente.
Lo que no se puede decir en clase
Muchos niños y niñas no tienen el lenguaje ni el espacio para hablar de las desigualdades que les atraviesan. Esto se hizo evidente durante uno de los talleres.
Al pedir al alumnado que se dibujara durante una adaptación de la actividad El mapa de quién soy, un niño empezó a decir “Soy negro…” y se tapó la boca. Miró a la tallerista y corrigió: “Perdón, no se puede decir negro; cogeré el color marrón”.
En la escuela había aprendido que “negro” era un insulto. Su incomodidad surgía de la dificultad para nombrar parte de su experiencia sin miedo a usar una palabra incorrecta y racista. Lo que estaba en juego no era el dibujo, sino los límites del lenguaje socialmente aceptado en la escuela para nombrarse.
¿Cerrar el libro o abrir el debate?
Situaciones como esta plantean una cuestión recurrente en las aulas: ¿qué hacemos con libros que muestran racismo, como Tintín en el Congo, sexismo, como La Cenicienta, o colonialismo, como Robinson Crusoe? En muchos casos, estos textos se dejan de lado por considerarse problemáticos, desactualizados o difíciles de trabajar en clase.
En ese marco aparece con frecuencia la idea de “protección”, entendida como la necesidad de evitar determinados contenidos o conversaciones. Pero, como se pregunta la escritora Laure Murat: ¿qué sabemos realmente sobre la fragilidad de los niños?
Espacios seguros, ¿espacios limitantes?
Estas reflexiones han aparecido en las escuelas que han participado en Zoom Out. El concepto de “espacio seguro” nos ayuda a situar estas tensiones. Este nació en movimientos sociales que buscaban lugares libres de hostilidad para poder hablar, “autodefinirse” y trabajar por la justicia social. En educación se utiliza para describir entornos donde el alumnado se siente aceptado y emocionalmente protegido.
Estos espacios son imprescindibles, pero pueden resultar limitantes si la seguridad se entiende como ausencia de conflicto. En la práctica educativa, todo aprendizaje requiere riesgo: hacer preguntas difíciles, descubrir algo incómodo o confrontar sesgos propios. Cuando evitar ese riesgo se convierte en norma, puede generarse un falso sentido de seguridad que impida abordar temas complejos o cuestionar sistemas de poder.
De espacios seguros a espacios “valientes”
Frente a estos límites, desde la pedagogía, Brian Arao y Kristi Clemens proponen el concepto de “espacios valientes”. Es decir, entornos donde el conflicto es generativo, el error no se penaliza y la incomodidad es una condición necesaria para aprender.
Desde las reflexiones en el marco de Zoom Out, entendemos un espacio valiente como aquel donde niños y niñas pueden nombrarse sin miedo, preguntar sin que se les juzgue, señalar una injusticia aunque no sepan resolverla, o cambiar de opinión.
Buscando estrategias
A partir del trabajo con escuelas, el proyecto ha permitido identificar prácticas sencillas (complementadas por una guía y un banco de recursos) que favorecen estos espacios de lectura valientes:
Utilizar espacios flexibles, que fomenten dinámicas no jerárquicas. Los círculos literarios son una gran fuente de inspiración.
Establecer reglas, enfatizar la responsabilidad en los diálogos, moldear las expectativas y usar técnicas de mediación para acompañar emociones. Permitir que algo moleste, sorprenda o enfade también forma parte de leer.
Contextualizar antes de leer, explicando el momento histórico y la autoría. Saber el conocimiento previo del alumnado es esencial para entender desde qué lente interpretarán el texto.
Crear oportunidades para el diálogo con preguntas abiertas. Por ejemplo, “¿Qué voces faltan? ¿Qué pasaría si lo contáramos diferente?”.
Identificar y llenar vacíos de representación con una colección de libros que refleje la diversidad del aula en cuanto a género, origen, etnia, etc.
En los talleres de Zoom Out hemos observado pequeños gestos. Entre ellos, alumnado que cuestiona estereotipos, relaciona historias con su entorno y formula preguntas. El objetivo no es dar respuestas cerradas, sino acompañar el desarrollo de una mirada propia, atenta y crítica a la desigualdad.
La valentía de no cerrar el libro
Abrir espacios valientes no garantiza conversaciones amables. En otro taller, un niño explicó por qué no le gustaban las personas sin hogar. Comentarios racistas, sexistas o excluyentes surgen cuando se crean espacios donde el alumnado puede hablar libremente. Aun así, la experiencia de los talleres apunta a que es preferible que estos comentarios aparezcan a que queden tapados pero latentes.
La casa de la literatura infantil debería ser un lugar donde sus lectores se reconozcan, pero también donde puedan ver las grietas de sus paredes. Desde Zoom Out argumentamos que no se trata de cerrar las puertas que llevan a habitaciones incómodas, sino de acompañarles cuando decidan abrirlas.
Marina Garcia-Castillo recibe fondos del programa predoctoral AGAUR-FI ajuts (2025 FI-3 00065) Joan Oró del Departament de Recerca i Universitats de la Generalitat de Catalunya y la cofinanciación del Fondo Europeo Social Plus.
Zoom Out (2023-1-ES01-KA220-SCH-) es un proyecto cofinanciado por Erasmus+.
Gerard Coll-Planas recibe fondos de la convocatoria Erasmus+ para el proyecto Zoom Out 2023-1-ES01-KA220-SCH-000155210
Ejemplar de boga (_Boops boops_), una de las especies halladas en los censos realizados en este estudio en Ibiza. Wikimedia Commons., CC BY
Las praderas de Posidonia oceanica son una de las comunidades biológicas de mayor importancia en el Mediterráneo. En algunos puntos del litoral de Ibiza, siguen siendo extensas y estructuralmente bien conservadas, gracias en gran parte a la intensa labor de divulgación durante las últimas décadas.
La mala noticia es que ese estado de buena conservación identificado en algunos puntos de la isla no siempre es un indicador de buen estado ecológico. Cuando se analizan las comunidades de peces asociadas a estas praderas, la realidad resulta más compleja y preocupante.
Los censos visuales de peces que realizamos en el marco del proyecto MarPitius25 del Aula Ibiza Preservation de Criminología Azul de la Universitat Jaume I muestran que, incluso sobre praderas bien desarrolladas, las comunidades acuáticas pueden presentar una riqueza específica baja –número total de especies en un hábitat–. Además, su abundancia –número total de individuos de una especie particular presente en un área, comunidad o ecosistema determinado– y su biomasa –cantidad total de materia orgánica viva en un área– son inferiores a la esperable para este tipo de hábitat.
Este contraste entre la buena apariencia del hábitat y la respuesta biológica plantea interrogantes relevantes sobre el funcionamiento real de los ecosistemas costeros en Ibiza.
Los peces tienen mucho que decir
Nuestro proyecto de investigación partió de la realización de un censo de peces para el diagnóstico científico del impacto acumulativo sobre las aguas costeras de Ibiza.
Las praderas de Posidonia oceanica son hábitats prioritarios y especialmente sensibles a presiones antrópicas, como la salinidad, la turbidez, los efluentes urbanos y otras alteraciones asociadas al uso intensivo del litoral. Por ello, la fauna que puede albergar este hábitat prioritario constituye un indicador biológico directo del estado del ecosistema.
El trabajo de campo se llevó a cabo en junio de 2025, coincidiendo con un periodo de elevada presión sobre el litoral ibicenco. Seleccionamos tres zonas de estudio –Santa Eulària, Cala Sol d’en Serra y Talamanca–, por su relevancia ecológica y social, así como por su proximidad a emisarios –conducciones para el transporte de aguas residuales parcialmente tratadas hasta la zona de vertido, generalmente localizada mar adentro– y áreas que acumulan diferentes impactos antrópicos.
Los investigadores César Bordehore (izquierda) y John Dobson, durante la realización del proyecto en aguas de Ibiza. Eva Fonfría y Esteban Morelle-Hungría
Baja riqueza y biomasa
En total, se estimaron 3 243 individuos pertenecientes a 15 especies, además de una categoría registrada como “juveniles no identificados”. Por localidades, se detectaron 12 especies en Cala Sol d’en Serra, 12 en Talamanca y 11 en Santa Eulària.
Las comunidades estuvieron dominadas numéricamente por un grupo reducido de cinco especies, entre las que destacaron Chromis chromis, Oblada melanura, Sarpa salpa, Coris julis y Boops boops. Mientras, el resto de especies apareció con abundancias mucho menores.
A escala local, los valores medios estandarizados muestran diferencias espaciales, pero un patrón común de biomasa relativamente baja para praderas de Posidonia oceanica bien conservadas.
El propio informe subraya que algunas especies gregarias pueden aportar abundancia y biomasa, sin reflejar necesariamente una comunidad estructuralmente compleja, por lo que resulta imprescindible analizar el conjunto de su ensamblaje –subconjunto de especies taxonómicamente relacionadas que coexisten en un lugar y tiempo específicos–.
Predominio de tamaños pequeños
En todas las estaciones muestreadas, se observa un claro predominio de individuos de pequeño tamaño, acompañado de una presencia extremadamente reducida de ejemplares adultos.
Este patrón, que se repite de forma consistente en las tres zonas estudiadas, resulta especialmente llamativo por haberse registrado sobre praderas estructuralmente bien conservadas.
Desde el punto de vista ecológico, esta combinación puede sugerir que, aunque el hábitat mantiene su integridad física, no está funcionando como un espacio capaz de sostener poblaciones de peces con una estructura completa.
El informe de resultados plantea que la escasa presencia de ejemplares de mayor tamaño podría deberse a que estos individuos viajan a otras áreas o sobreviven fuera de las zonas muestreadas, en lugar de permanecer en ellas. En cualquier caso, la consecuencia observable es una comunidad dominada por tamaños pequeños y con una biomasa global reducida.
Contraste con otras zonas del Mediterráneo
Para contextualizar estos resultados, el estudio los compara con un muestreo equivalente realizado en el litoral de Dénia (Alicante). Aunque el propio informe advierte de que allí se realizaron más transectos y que las comparaciones directas deben interpretarse con cautela, el contraste general es claro.
En Dénia se registró un mayor número de especies, una mayor presencia de especies de interés comercial y una estructura de tamaños más equilibrada. Mientras que, en Ibiza, el 97,6 % de los individuos correspondieron a la categoría de tamaño pequeño, en Dénia este porcentaje fue notablemente menor. La biomasa y la diversidad fueron también superiores en el litoral continental.
Este contraste refuerza la interpretación de que el litoral ibicenco puede encontrarse en una situación más comprometida, coherente con la mayor intensidad y acumulación de presiones descritas en el marco de MarPitius25. Esta iniciativa interdisciplinar busca diagnosticar el impacto acumulativo de los vertidos de desaladoras, estaciones depuradoras de aguas residuales y otros contaminantes sobre las aguas costeras de Ibiza, desde una perspectiva científica, jurídica y ecológica.
Las conclusiones de este estudio no se limitan a describir un estado puntual, sino que apuntan a la necesidad de implantar una red de monitorización. El informe subraya que es necesario repetir los censos en diferentes estaciones y a lo largo de varios años para determinar la variabilidad temporal. De esta forma, permitirá confirmar si los patrones observados se mantienen y ayudará a comprender cómo evoluciona la estructura de las comunidades de peces.
Solo mediante un seguimiento continuado es posible identificar con precisión las zonas más adecuadas para la creación o delimitación de áreas marinas protegidas y, así, evaluar si las medidas de protección que se están implantando contribuyen eficazmente su recuperación.
Más allá de las apariencias
Los resultados ahora publicados muestran que la conservación estructural de las praderas de Posidonia oceanica no garantiza por sí sola el buen funcionamiento ecológico del sistema analizado.
Comunidades con baja riqueza, biomasa contenida y una presencia reducida de peces, en comparación con otras zonas, pueden representar una señal de alerta que no siempre es visible a simple vista.
En este escenario, incorporar indicadores biológicos como la composición, la estructura de tamaños y la biomasa de las comunidades de peces en la gestión del litoral nos permitirá detectar efectos antrópicos acumulativos antes de que el daño pueda llegar a ser irreversible.
Y es que conservar el mar no es solo mantener su apariencia: se debe asegurar que los ecosistemas funcionen de forma completa y sostenible a largo plazo.
Esteban Morelle-Hungría ha recibido financiación para el desarrollo de actividades de investigación a través de proyectos competitivos y contratos de transferencia, de ámbito nacional e internacional. En particular, ha sido investigador principal del proyecto CRIMICLIMA – Análisis criminológico de la eficacia de la política criminal medioambiental ante la emergencia climática (Universitat Jaume I, 2024–2026), y ha participado en el proyecto Ocean Crime Narratives: A polyhedral assessment of hegemonic discourse on environmental crime and harm at sea (ERC, 2022–2027), financiado por el European Research Council (ERC). Asimismo, ha recibido financiación institucional de la Universitat Jaume I, y financiación específica para actividades de investigación y transferencia a través del Aula de Criminalidad Azul – IbizaPreservation, financiada mediante la aportación de la Fundación IbizaPreservation. Ha participado en proyectos de ámbito nacional e internacional con financiación pública. También dentro de las funciones establecidas en la LOSU ha participado y realizado acciones incluidas dentro de artículo 60, de consultoría, formación para administraciones públicas, entidades privadas y fundaciones.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Helena Rodríguez Somolinos, Investigadora Científica del Dpto. de Estudios Griegos y Latinos, Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (ILC – CSIC)
Visita a Christ Church de los Príncipes de Gales, futuros reyes Eduardo VII y Alexandra (1863). El decano Liddell esta sentado a la derecha. Lorina Liddell está sentada con su hija Rhoda en brazos.National Portrait Gallery x4336, licence 77103-2026, CC BY-NC-ND
El 9 de febrero se celebra el Día Mundial de la Lengua Griega. Es una fecha oportuna para recordar a una de las personas que más ha hecho por su conservación y estudio, y más ha ayudado a los estudiantes de griego desde 1843: Henry George Liddell. Infinitamente más conocida es su hija Alice Liddell, la niña que inspiró a Lewis Carroll la fantástica historia que su autor tituló Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas.
Retrato de Henry George Liddell hecho por George Richmond en 1858. Wikimedia Commons
Pero la gran hazaña de Henry George Liddell es mucho más desconocida. Años antes de convertirse en el padre de Alice, siendo un joven y brillante licenciado de Oxford, se comprometió a llevar a cabo una gigantesca empresa: la redacción del Greek English Lexicon de Oxford, cuya primera edición en la Oxford University Press es de 1843. Lo hizo junto a su compañero Robert Scott, los dos de 23 años, y sus nombres quedaron para siempre unidos a ese volumen.
Un arduo trabajo
Cuando recibieron el encargo en 1834, era un clamor en Oxford la necesidad de disponer de un diccionario de griego equivalente al Handwörterbuch der griechischen Sprache de Passow (Leipzig 1831). Este era el primero que utilizaba como lengua de salida una lengua moderna –el alemán– en vez del latín. También era el primer diccionario de autoridades que podríamos llamar “moderno”, por la voluntad de organizar las entradas más allá del orden cronológico.
Liddell y Scott se encerraron a trabajar, y pronto vieron que era necesario superar el modelo. En sólo nueve años consiguieron que viera la luz la primera edición, lo que, contemplado desde la perspectiva actual, supone una labor hercúlea. Además, cuando una lo conoce a fondo, no puede sino admirar el profundo conocimiento del griego que poseían, su intuición y madurez para establecer y definir los significados y la voluntad de ofrecer artículos estructurados, mucho antes de los inicios de la lingüística moderna.
Sección del diccionario que incluye la palabra más larga del griego, inventada por el cómico Aristófanes. H.R.
En algunas cartas Liddell deja traslucir el enorme esfuerzo y la dedicación constante que durante años le supuso la confección del diccionario. Desde las cinco de la mañana hasta las nueve y media de la noche, cuando se acostaba, sólo paraba para desayunar, comer, dar un pequeño paseo y cenar. A mediados de 1842 escribía a Scott: “Te alegrará saber que casi he terminado con Π (pi), ese monstruo de dos piernas, (…) que se ha estado burlando de mis visiones despierto y dormido durante muchos meses”.
El escritor inglés Thomas Hardy compuso un poema, en el que Liddell y Scott dialogan al terminar el diccionario en 1843 y que refleja en tono amable ese esfuerzo. Al parecer, el peso de las decisiones y del trabajo fue del primero, aunque se cuenta que una vez publicado, cuando alguien le señalaba un error o inexactitud en alguna entrada del diccionario, él continuaba caminando impertérrito mientras decía: “ese parágrafo lo escribió Scott”.
Puntos fuertes y puntos débiles
El diccionario presenta una maravillosa concisión en definiciones, traducciones y ejemplos, y ofrece un intento de clasificación semántica. Incluso contiene algunas discretas notas de fino humor británico, al parecer no siempre conscientes.
Pero, como diccionario que se sigue usando porque no hay ningún sustituto completo, adolece de enormes defectos para los usuarios actuales. Algunos se deben a sus planteamientos y otros a que, por su antigüedad, no registra muchos avances posteriores, decisivos en el conocimiento de la lengua griega. Tampoco abarca, lógicamente, el enorme volumen de textos que han aparecido, y siguen apareciendo, desde finales del XIX.
Porque esta es una de las más sorprendentes características del vocabulario griego: su carácter abierto e infinito, ya que los textos en ese idioma no constituyen un corpus cerrado. Se publican continuamente nuevos hallazgos, que con frecuencia transmiten palabras no documentadas antes u otro tipo de información léxica relevante. Ejemplos recientes son los 100 versos recuperados en un papiro con restos de dos tragedias perdidas de Eurípides o un escrito completo del médico Galeno que se sabía perdido, hallado hace unos años en una biblioteca de Tesalónica.
Una vida en Oxford
Liddell no se casó hasta 1846, una vez terminado su opus magnum, con Lorina Reeve, con quien tuvo 10 hijos. Alice, nacida en 1852, fue la cuarta. Su vida estuvo siempre ligada a Oxford, primero en la Westminster School, y desde 1855 como decano del Christ Church College, cargo que conservó durante treinta y seis años. Él mismo se convirtió en una verdadera institución, y acometió una serie de reformas liberales para hacer el College más abierto y moderno, por las que es justamente reconocido.
No sólo trabajó incansablemente para la primera edición; pasó su vida entera recogiendo documentación para las posteriores. Vivió hasta los 87 años y murió meses antes de que apareciera la octava, en 1898, once años después de Scott.
La novena y última (1941) se sigue utilizando en la enseñanza universitaria y la investigación en todo el mundo, en papel o en sus versiones electrónicas. Aunque se intentó corregir sus errores y añadir materiales en dos suplementos (1968 y 1996), el mundo académico británico es consciente de que habría que rehacerlo por completo. Pero no es fácil decidirse a emprender semejante tarea, como sabemos muy bien los redactores del Diccionario Griego-Español en curso de elaboración en el CSIC, que mejora y amplía el diccionario inglés, y es a día de hoy su único sustituto para las partes publicadas.
Para entender en qué consiste esta tarea, incluso disponiendo de financiación estable, basta con releer el prólogo a la primera edición de 1843. Allí Liddell y Scott se permitieron un pequeño desahogo para reivindicar la labor del lexicógrafo, citando unas célebres palabras de Samuel Johnson, autor del diccionario de inglés más utilizado hasta finales del siglo XIX:
“Entre estos desdichados mortales (los que se afanan en los oficios más humildes, que no reciben aplausos por sus aciertos, pero sí deshonra y castigo por sus errores), se encuentra el escritor de diccionarios; a quien la humanidad ha considerado, no como el alumno, sino como el esclavo de la ciencia, el pionero de la literatura, condenado únicamente a eliminar los desperdicios y despejar los obstáculos de los caminos por los que el saber y el genio avanzan hacia la conquista y la gloria, sin dedicar una sonrisa al humilde trabajador que facilita su progreso. (…) el lexicógrafo solo puede esperar escapar del reproche, e incluso esta negativa recompensa se ha concedido hasta ahora a muy pocos”.
El Liddell-Scott es más que un mero diccionario, es un monumento cultural. Sirvió de modelo a otros diccionarios posteriores de lenguas antiguas y modernas, y muy en particular al Oxford English Dicionary. Así se ve en la película Entre la razón y la locura, sobre la creación de este último, donde el personaje del decano Liddell interviene brevemente.
Tras su muerte, Henry George Liddell recibió merecidos homenajes por sus grandes contribuciones a la universidad de Oxford y por su incansable labor lexicográfica. Su cuerpo descansa, junto a los de Lorina y su hija Edith, en la Christ Church Cathedral, cuya restauración él mismo impulsó. Y su estatua preside una de las entradas al gran patio del Christ Church College.
¿Quiere recibir más artículos como este?Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.
Helena Rodríguez Somolinos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Cuatrecasas Estévez, Profesor universitario y divulgador científico, histórico y cultural en Caixaforum, Universitat de Girona
Valentina Kruchinina/istock
Imagine poder corregir un error en el ADN como quien pasa el corrector automático de un texto. Ahora, piensa en aplicar ese mismo principio para tratar enfermedades, mejorar cultivos o estudiar cómo funciona la vida. Esa es la promesa de CRISPR, una técnica reciente que ha transformado la forma en que comprendemos y manipulamos el material genético.
Descubierta en bacterias casi por casualidad –una de esas afortunadas coincidencias a las que los científicos llaman serendipias–, la técnica conocida como CRISPR-Cas9 utiliza una proteína llamada Cas9 para localizar y cortar fragmentos del ADN.
Su sencillez y eficacia la han convertido en una de las revoluciones biotecnológicas más importantes de las últimas décadas. Para muchos investigadores, es un logro comparable a la secuenciación del genoma humano, la creación de la reacción en cadena de la polimerasa y el desarrollo de la terapia génica.
Pero más allá de su éxito científico, CRISPR nos recuerda que todo avance conlleva una gran responsabilidad. La posibilidad de mejorar la genética plantea preguntas sobre sus límites y consecuencias, y revive antiguos fantasmas, como el de la eugenesia. Entre la esperanza de curar enfermedades y el miedo a manipular la naturaleza, la edición genética afronta uno de los mayores dilemas éticos y sociales de nuestro tiempo.
Un mecanismo ancestral al servicio de nuestras necesidades
Para comprender el interés que ha despertado esta herramienta, conviene detenerse brevemente en su funcionamiento. Su primera descripción se atribuye al investigador español Francisco Martínez-Mojica, quien, al estudiar bacterias halófilas, descubrió que el sistema CRISPR constituye un mecanismo natural de defensa empleado por algunos microorganismos frente a los virus. En esencia, actúa como una forma de memoria genética capaz de reconocer y neutralizar amenazas previamente encontradas.
Cuando una bacteria sobrevive a una infección viral, incorpora un fragmento del ADN del virus en su propio genoma. Esta información, que será heredada por su descendencia, constituye una memoria inmunológica. De este modo, si el virus vuelve a atacar, la bacteria puede reconocerlo y eliminarlo de forma específica.
Los científicos comprendieron que este mecanismo ancestral podía ponerse al servicio de nuestras propias necesidades. Aprendieron a programar el sistema CRISPR para actuar sobre cualquier fragmento de ADN que quisieran modificar. En esta herramienta, el elemento clave es una proteína llamada Cas9, que actúa como una tijera molecular capaz de cortar el ADN en el punto exacto indicado por una guía de ARN. Esa guía funciona como un GPS genético que conduce a Cas9 hasta su destino, como demostró el equipo de Jennifer A. Doudna y Emmanuelle Charpentier.
Una vez realizado el corte, la célula intenta reparar el ADN de manera natural. En ese proceso, a veces introduce pequeños cambios que pueden desactivar el gen afectado. Los científicos aprovechan este mecanismo para dirigir la reparación según su propósito: inactivar un gen, corregirlo, eliminar un inhibidor para que el gen se exprese más o incluso añadir nuevo material genético con características específicas.
Un bajo coste y precisión que parecían inalcanzables
La elegancia de este proceso radica en su sencillez. Frente a métodos anteriores, lentos y costosos, CRISPR no solo ofrece rapidez, sino también un bajo coste y una precisión que hasta la fecha parecía inalcanzable. En este sentido, no es de extrañar que sus descubridoras, Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, recibieran el Premio Nobel de Química en 2020 por desarrollar —como ellas mismas indican— una herramienta que ha cambiado la forma en que la ciencia puede modificar la vida (NobelPrize.org).
Ese reconocimiento no solo celebró una hazaña científica, sino que abrió la puerta a una nueva etapa: la de aplicar esta herramienta a campos cada vez más diversos. Comprender cómo funciona CRISPR permite apreciar la magnitud de este avance biotecnológico. Sin embargo, su verdadero impacto se revela en sus múltiples líneas de investigación:
Sin embargo, la promesa de CRISPR no está exenta de controversias. Modificar el código genético, especialmente en humanos, plantea preguntas profundas sobre los límites de la ciencia. ¿Hasta dónde deberíamos intervenir? ¿Quién decide dónde está la frontera ética? ¿Podemos garantizar que esta tecnología se use en beneficio de todos y no solo de unos pocos?
En 2018, el anuncio del nacimiento de dos gemelas chinas editadas genéticamente con CRISPR marcó un punto de inflexión. Por primera vez, la ciencia había cruzado un límite que hasta entonces parecía intocable, como relató la revista Nature. Este episodio puso de relieve la urgencia de establecer una regulación clara y estricta para la aplicación de esta técnica.
En Europa, la regulación del uso de esta tecnología en alimentos ha sido un proceso largo y complejo. Durante años, el debate se ha desarrollado en el ámbito de la Unión Europea —que tiene la competencia regulatoria— con la participación de científicos y representantes políticos. A finales de 2025, las instituciones europeas alcanzaron un acuerdo provisional, todavía restrictivo, que abre la puerta a un marco regulatorio para la aplicación de esta tecnología. Este paso podría acercar a Europa a otros países donde ya existen alimentos desarrollados mediante CRISPR y autorizados para el consumo humano.
Pese a los dilemas que plantea, CRISPR representa una de las mayores hazañas científicas de nuestro tiempo. Ahora la responsabilidad está en nuestras manos: la sociedad, la comunidad científica, los educadores y los responsables políticos. Todos debemos asegurar que su uso se guíe por la ética, la prudencia y la humanidad. Solo así esta revolución podrá traducirse en un verdadero progreso y contribuir a hacer del nuestro un lugar más justo y mejor.
La versión original de este artículo se ha publicado en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.
José Miguel Mulet recibe fondos de la agencia española de investigación, la Generalitat Valenciana y la UPV.
Jordi Cuatrecasas Estévez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En 2024, nueve países recibieron remesas que superaban el 20 % de su Producto Interior Bruto (PIB). El Salvador fue uno de ellos: recibió 8 480 millones de dólares, una cifra que equivale al 24 % de su producción nacional. Estos recursos son esenciales para millones de familias pues les permiten cubrir gastos básicos, pagar educación y mantener pequeños negocios.
Pero ¿todas las familias en situación de recibir remesas pueden acceder a ellas en igualdad de condiciones? Analizamos el tema y los resultados indican que no: la digitalización del hogar aumenta la probabilidad de recibirlas, aunque no eleva la cantidad que le llega. Es decir, más familias obtienen ayuda, pero eso no implica que los envíos sean más cuantiosos.
Este estudio se centra en El Salvador por tres motivos:
El país depende en gran medida de las remesas.
La digitalización es desigual, depende de la zona del país en que se encuentra la familia.
Existe una base de datos con información detallada sobre hogares y tecnología.
Los resultados, no obstante, pueden servir para países con características similares, como Nicaragua u Honduras.
Nuestro estudio muestra cómo mejorar la infraestructura digital y el acceso a los servicios financieros digitales podría reducir las desigualdades entre las familias a través de las remesas recibidas. También podría ampliar los beneficios que generan las remesas y apoyar el desarrollo económico local.
Las características del hogar importan
No todos los hogares tienen la misma situación respecto a las remesas. En 2016, el 24,5 % de los hogares salvadoreños recibió dinero del exterior. Aun así, las diferencias entre ellos eran notables.
Las necesidades del hogar influyen. Una renta baja aumentaba en 8 % la probabilidad de recibir remesas. Vivir en una vivienda alquilada, que genera pagos mensuales, aumentaba dicha probabilidad en un 3 %. Además, la edad del jefe de hogar también importaba, cada año adicional incrementaba en 0,1 % por ciento la posibilidad de percibir estos ingresos.
El vínculo familiar con los emigrantes es otro factor relevante. Cuantos más miembros de la familia vivían fuera, mayor era la probabilidad de que enviaran dinero. Si quienes emigraban eran los padres, la probabilidad aumentaba un 13 %. En estos casos, la cantidad recibida también crecía de forma notable, lo que demuestra la fuerza de los lazos familiares.
¿Más dinero o más acceso?
Las familias rurales han sido, históricamente, las que hacen frente a más barreras. Aunque la digitalización les ha permitido mejorar el acceso a las remesas, recibían un 20,26 % menos dinero que los hogares urbanos.
El acceso a la tecnología también ha cambiado la forma en que estas familias operan. Las plataformas digitales, las transferencias a través del teléfono móvil y el acceso a internet permiten enviar y recibir dinero sin trasladarse a bancos o agencias. En El Salvador, un aumento del 1 % en el uso de internet elevaba en un 0,13 % la probabilidad de recibir remesas.
La formación del jefe de hogar no parece influir. Aunque un mayor nivel educativo podría reducir la recepción de remesas, en línea con el efecto asociado al ingreso, este efecto se compensaba porque la educación ayuda al hogar a aprovechar mejor las oportunidades que ofrece la digitalización.
Si bien la digitalización facilita que más familias reciban remesas, no aumenta la cantidad recibida. Su principal contribución está en ampliar el acceso. En países con alta dependencia de estos ingresos, este efecto es relevante: más hogares pueden mejorar su bienestar, aunque no reciban más dinero por envío.
La cantidad de dinero recibida depende, además de las propias limitaciones económicas de los inmigrantes, de las todavía elevadas comisiones por el envío de remesas. Los objetivos de desarrollo sostenible contemplan la reducción de esos gastos al 3 % antes de 2030. Lograr este objetivo permitiría que una mayor parte del esfuerzo de los emigrantes llegue a los hogares. La digitalización también ayuda a abaratar estas comisiones y hacer el proceso más accesible.
Conclusiones
Aunque la digitalización no incrementa la cantidad enviada a través de remesas, sí incrementa el número de hogares que las reciben. Este hallazgo sugiere que los países en desarrollo deberían invertir en conectividad y formación digital, mejoras que facilitan la inclusión financiera y social. La tecnología impulsa la eficiencia, pero también la equidad. Invertir en infraestructura digital es invertir en bienestar, igualdad y resiliencia para millones de familias.
Gemma Larramona recibe fondos de gobierno de Aragón
Manuel Salvador Figueras y Patricia Gascón Salillas no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
Durante generaciones, aprender matemáticas ha significado seguir reglas estrictas, memorizar fórmulas y buscar la única respuesta correcta. Esta forma de enseñanza, aunque útil para ciertos contextos, puede hacer que las matemáticas resulten poco accesibles e incluso intimidantes para muchas personas.
Pero existe otra manera de mirar las matemáticas: como un espacio de exploración, donde se pueden probar caminos distintos, hacer suposiciones, estimar y pensar de forma flexible. Esta forma de abordar los problemas es la base de la “flexibilidad matemática”.
¿Qué es la flexibilidad matemática?
La flexibilidad matemática es, pues, la habilidad de conocer diferentes maneras de resolver un mismo problema y de elegir la más adecuada según el contexto. Más allá de si una respuesta es correcta o incorrecta, lo fundamental es comprender el proceso que lleva a la solución final.
No se trata solo de saber muchos métodos, sino de saber cuándo, cómo y por qué aplicar uno u otro. Esto permite un aprendizaje más profundo y reconoce las múltiples formas de pensar que existen en matemáticas.
Una forma eficaz de desarrollar la flexibilidad matemática es incentivando la estimación y el cálculo mental. Estas prácticas invitan a los estudiantes a pensar con agilidad, tomar decisiones rápidas, razonar con cantidades aproximadas y encontrar soluciones prácticas sin depender siempre de algoritmos o fórmulas conocidas.
También es esencial enseñar a cambiar de estrategia cuando la primera no funciona. Imaginemos que estamos tratando de resolver un rompecabezas, y empezamos por armar los bordes. Si vemos que no avanzamos, podemos cambiar de método y agrupar piezas del mismo color para formar una parte concreta del dibujo.
Lo mismo ocurre en matemáticas. Si un alumno intenta resolver un problema aplicando una fórmula y el resultado que obtiene no tiene sentido o no se ajusta al contexto del problema, puede probar otras vías. Por ejemplo, representar el problema gráficamente, buscar un caso más simple, usar el ensayo y error, o descomponerlo en partes más manejables.
Esta capacidad de adaptarse permite a los estudiantes ver los errores como una oportunidad para fortalecer su comprensión matemática.
Por supuesto, conectar las matemáticas con situaciones reales del día a día es también especialmente valioso. Cuando los estudiantes pueden modelar problemas reales, comprenden mejor para qué sirve pensar con flexibilidad y perciben las matemáticas como algo útil y cercano. Esto hace que el aprendizaje sea más significativo, duradero y motivador.
Promover la flexibilidad matemática en el aula no solo mejora el rendimiento académico, sino que también profundiza en la comprensión de los conceptos y desarrolla la capacidad de transferir ese conocimiento a contextos diversos.
Este enfoque rompe con la creencia de que solo hay una manera correcta de resolver un ejercicio, lo que reduce la frustración y la ansiedad asociadas a las matemáticas. También favorece que más personas se sientan capaces de participar, experimentar y aprender.
Desde una perspectiva más amplia, enseñar flexibilidad también contribuye a formar personas con capacidad para adaptarse a los cambios, evaluar situaciones con criterio y resolver problemas complejos.
¿Cómo podemos enseñar a los futuros docentes a aprovechar esta flexibilidad de las matemáticas? Durante el curso académico 2024-2025, se propuso el siguiente ejercicio a estudiantes de la asignatura Matemáticas y su Didáctica III del Grado en Educación Primaria:
La zona pavimentada de la imagen 1 está formada por nueve losas, cada una de las cuales tiene en el centro una rejilla metálica. ¿Qué porcentaje del área total corresponde a rejillas?
Imagen 1: zona pavimentada compuesta por siete losas que contienen una rejilla metálica. Campus de Fuenlabrada de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC).
Al enfrentarse al problema, algunos estudiantes optaron por calcular el porcentaje utilizando únicamente las áreas de una sola losa y su correspondiente rejilla. Este enfoque se basa en una observación clave: todas las losas son idénticas en forma y tamaño, al igual que sus rejillas. Por tanto, calcular el porcentaje que ocupa la rejilla en una losa individual permite obtener directamente el porcentaje de área cubierta por rejillas en todo el conjunto. Se trata de una repetición exacta del mismo patrón.
Por ejemplo, si una rejilla mide 0,5 m × 0,5 m y la losa mide 1 m × 1 m, entonces la rejilla ocupa 0,25 m² y la losa 1 m², lo que implica que cada rejilla representa un 25 % del área de su losa. Como todas son iguales, ese mismo 25 % se mantiene constante en las nueve losas. Así, el porcentaje de área ocupada por las rejillas en todo el conjunto también será del 25 %.
Otros estudiantes, sin embargo, prefirieron calcular el porcentaje considerando el área total pavimentada y la suma del área de todas las rejillas. Esta estrategia es más laboriosa, ya que requiere sumar todas las áreas una a una, pero también aporta un mayor nivel de rigurosidad y verificación, al calcular el área total del conjunto de losas y compararla con el área total ocupada por las rejillas. Este método es especialmente útil en contextos en los que las piezas no son todas iguales o hay pequeñas variaciones.
Suponer que todas las losas son iguales y hacer los cálculos con una sola de ellas es, en este caso, la mejor estrategia para una estimación rápida: reduce significativamente el número de cálculos necesarios sin comprometer la precisión del resultado. Sin embargo, utilizar las áreas totales permite comprobar y justificar con mayor rigor los cálculos. Ambos enfoques son válidos, pero responden a distintas necesidades: uno prioriza la eficiencia y el otro la precisión del resultado.
Imagen 2: estudiantes midiendo el lado de una de las rejillas con una cinta métrica.
Se puede observar en las imágenes 2 y 3 cómo los estudiantes están midiendo los lados desde el interior en vez de hacerlo entre vértices contiguos. Este es un error común al tomar medidas en geometría, ya que puede dar como resultado una medida mayor a la real si la cinta métrica no se coloca completamente paralela al lado que se desea medir.
Este detalle no tiene por qué ser un problema si el objetivo es hacer una estimación, pero sí afecta cuando se busca un cálculo exacto. Reflexionar sobre este tipo de errores y sus consecuencias constituye una oportunidad didáctica para trabajar la flexibilidad matemática, adaptando las estrategias de medición al propósito concreto: estimar, comparar o calcular con rigor.
El poder de los problemas abiertos
Una de las formas más efectivas de enseñar flexibilidad matemática es a través de los llamados problemas abiertos. A diferencia de los problemas tradicionales, estos no tienen una única solución exacta ni un único procedimiento para resolverlos.
Dentro de esta categoría se encuentran los conocidos problemas de Fermi. Estos retos, inspirados en el físico italiano Enrico Fermi, invitan a estimar, asumir datos razonables y diseñar estrategias creativas para llegar a una solución aproximada.
Por ejemplo:
¿Cuántas pelotas de tenis caben en un aula?
Resolverlo implica estimar el volumen del aula, calcular el volumen de una pelota y suponer cómo se distribuirían dentro del espacio. Incluso hay que tomar decisiones: ¿rellenamos todo como si fuera un bloque sólido o consideramos los huecos entre pelotas? No importa tanto el resultado exacto como el razonamiento y las suposiciones que se hagan.
Otros ejemplos de este tipo pueden ser:
¿Cuántos granos de arroz caben en una taza?
¿Cuántos pasos das para ir de casa al colegio?
¿Cuántas personas cabrían en el patio del colegio si todos se colocaran de pie, uno al lado del otro?
Todos estos problemas obligan a estimar, justificar y simplificar. Por eso, tienen tanto valor en la enseñanza: ofrecen al alumnado un contexto en el que pueden comparar estrategias, explorar distintos caminos y descubrir que pensar de una forma diferente también es una forma válida y valiosa de hacer matemáticas.
Promover la flexibilidad matemática no es únicamente una estrategia educativa: es una apuesta por formar personas más creativas, analíticas y adaptables. Personas que no se bloquean ante lo desconocido, que se atreven a probar diferentes caminos y que saben que equivocarse también es parte del proceso de aprender.
Cuando enseñamos a pensar en matemáticas y no solo a calcular, les damos a los estudiantes una herramienta poderosa para enfrentarse, además de a los ejercicios escolares, a los problemas del mundo real.
Daniel Martín-Cudero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Isabel Arellano García, Investigadora predoctoral del Grupo Nutrición y Obesidad del Centro de Investigación Biomédica en Red de la Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CiberObn), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
En los últimos años, los alimentos fermentados han ganado una gran popularidad, en especial el kéfir. Pero ¿sabemos realmente qué es y qué lo distingue del yogur tradicional?
Qué es un alimento fermentado y por qué es beneficioso
Empecemos por entender bien qué es un alimento fermentado. Los alimentos fermentados son aquellos que se obtienen por medio del crecimiento de microorganismos beneficiosos. Estos microorganismos se incluyen en una matriz alimentaria y utilizan distintos componentes de la misma para crecer. Por ejemplo, en el caso del yogur, la matriz sería la leche, y el azúcar (lactosa) constituiría uno de los componentes que utilizan los microorganismos para crecer.
Lejos de ser un “invento” de la industria actual, llevan con nosotros miles de años. Entre ellos se incluyen algunos alimentos en los que los microorganismos siguen vivos cuando son ingeridos (como yogur, kéfir o tempeh), y otros en los que han sido inactivados o retirados (pan, vegetales fermentados o salsa de soja).
Su ingesta ha demostrado tener numerosos beneficios para la salud: reducen los niveles de colesterol en sangre, aumentan la capacidad de respuesta inmune, protegen contra patógenos y reducen el riesgo de padecer obesidad, entre otros.
Estos beneficios parecen derivar de moléculas bioactivas secretadas por los microorganismos fermentadores en el proceso de producción. Además, dado que algunos de estos alimentos contienen microorganismos vivos, también poseen propiedades probióticas.
Kéfir y yogur: dos fermentados parecidos, pero no iguales
El kéfir y el yogur suelen agruparse bajo la misma etiqueta de “lácteos fermentados”, y no es raro pensar que el kéfir es simplemente un yogur más líquido. Sin embargo, aunque comparten ciertas características, son productos distintos, tanto en su composición microbiana como en sus efectos sobre la salud.
La principal diferencia entre el yogur y el kéfir está en cómo se fermentan. El yogur es un producto obtenido mediante la fermentación láctica, llevada a cabo por las bacterias Lactobacillus delbrueckii subsp. bulgaricus y Streptococcus thermophilus. Estos microorganismos transforman la lactosa de la leche en ácido láctico, lo que da lugar a su textura espesa y a su sabor suave y ligeramente ácido.
El kéfir, en cambio, se produce mediante una fermentación mucho más compleja, conocida como lacto-alcohólica. En ella participan no solo bacterias lácticas, sino también levaduras. Por eso, además de ácido láctico, se generan pequeñas cantidades de dióxido de carbono y etanol, responsables de la presencia de burbujas y de un contenido alcohólico mínimo, normalmente inferior al 0,5 %.
Más diversidad de bacterias en el kéfir
Otra de las diferencias básicas es la diversidad de microorganismos que contiene cada producto. El yogur alberga un número reducido de cepas bacterianas, lo que lo convierten en producto muy estable y estandarizable, ideal para la producción industrial. La regulación legal del yogur exige que haya, al menos, 10⁷ unidades formadoras de colonias bacterianas viables por gramo o mililitro en el producto final.
Sin embargo, los gránulos de kéfir (producto de partida en la fermentación) presentan una comunidad microbiana más diversa y compleja, que varía entre 30 y 50 especies dependiendo del origen. Esto hace del kéfir un alimento más diverso microbiológicamente y menos uniforme.
En estudios recientes, se ha comprobado que la ingesta diaria tanto de yogur como de kéfir favorece un aumento en la abundancia relativa de bacterias de los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium, reconocidos como beneficiosos para la salud intestinal.
Sin embargo, es importante destacar que las modificaciones en la abundancia de bacterias beneficiosas son transitorias y dependen del consumo continuado y de que éste se acompañe de una dieta variada y rica en prebióticos.
Finalmente, y, en relación con la composición en micronutrientes, no existen diferencias significativas en el contenido de calcio del yogur frente al del kéfir. Curiosamente, el contenido en vitaminas sí que puede variar, tanto en el yogur como en el kéfir, durante el proceso de fermentación. Por ejemplo, la cantidad de folato (vitamina B9) aumenta en el yogur debido a la síntesis bacteriana, mientras que la de cobalamina (vitamina B12) no varía.
Kéfir vs yogur: ¿es uno realmente mejor que el otro?
No se puede decir que uno sea mejor que el otro de forma tajante. Mientras que el yogur destaca por la estabilidad de su composición, suavidad y textura, el kéfir sobresale por su diversidad microbiana. Sin embargo, ambos aportan microorganismos beneficiosos que pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal y a una buena salud digestiva.
Dado que los alimentos fermentados ofrecen una opción muy interesante a nivel nutricional, en lugar de elegir, quizás lo más recomendable sea consumir más variedad, lo que enriquecerá la composición de nuestra microbiota a la vez que disfrutamos de una dieta equilibrada y diversa.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Une adresse publique sur la blockchain se crée en quelques secondes, sans pièce d’identité, avec une clé privée connue uniquement du propriétaire des cryptoactifs.Max Acronym/Shutterstock
Une affirmation revient souvent : les criminels du monde entier utilisent les cryptomonnaies pour blanchir l’argent, en toute impunité. En effet, s’il est facile de tracer les échanges financiers via les blockchains, impossible d’identifier les personnes sans la coopération des acteurs comme Binance, Tether ou les prestataires de paiements. Car sur la blockchain, on peut tout voir sans savoir qui agit.
La promesse des blockchains publiques, comme Bitcoin ou Ethereum, est aussi simple qu’audacieuse : chaque transaction y est enregistrée, horodatée et visible par tous. À première vue, c’est un avantage décisif pour les enquêteurs financiers. À première vue seulement, car cette transparence se révèle souvent trompeuse. Si le registre décentralisé est public, les identités derrière les adresses restent inaccessibles sans intermédiaire.
Publiée en novembre 2025, l’enquête internationale The Coin Laundry (ICIJ) montre comment ce « paradoxe crypto » alimente une économie criminelle mondialisée, et comment l’identification des personnes dépend, en pratique, du bon vouloir d’intermédiaires privés, comme les plateformes (Binance) ou les guichets de conversion crypto-to-cash desks. Ces guichets sont des opérateurs, tels que Huione Guarantee ou Tether Operations Limited, souvent localisés dans des paradis fiscaux. Ces derniers convertissent des cryptoactifs en monnaie fiduciaire – euros, dollars – ou en actifs tangibles – or, immobilier – sans vérification systématique d’identité.
On peut tout voir sans savoir qui agit. Car la blockchain affiche seulement des transferts de crypto, pas des identités. Cet écart entre la traçabilité technique et la responsabilité juridique permet aux réseaux criminels de prospérer ; la transparence des flux ne garantit ni l’identification des acteurs, ni l’effectivité des contrôles.
Alors, comment concrètement ces transactions fonctionnent-elles ?
Piège de la pseudonymie
Sur une blockchain publique, l’unité de base n’est pas l’individu, mais l’adresse publique, c’est-à-dire une suite de caractères. Par exemple, 1A1zP1eP5QGefi2DMPTfTL5SLmv**** sur la blockchain Bitcoin. Cette adresse publique se crée en quelques secondes, sans pièce d’identité, en quantité illimitée. Elle est associée à une clé privée, par exemple L5oLkpXH3Z55rVgQv8gQJQ5v9X8fLpW7tQeNqW3TbKbYsZ1P**** qui elle, n’est connue que du propriétaire des cryptoactifs.
Les réseaux criminels exploitent cette pseudonymie en multipliant les adresses, en fragmentant les montants et en automatisant les transferts via des « services » variés – mixing, swaps décentralisés ou bridges. Le plus connu est le mixing, utilisé pour brouiller les traces des transactions en crypto.
Le mixing, une technique utilisée pour brouiller les traces des transactions sur une blockchain, suit un process complexe :
1. Le dépôt des fonds : un utilisateur envoie ses crypto à une adresse pool gérée par un service de mixing, comme Tornado Cash.
2. Le mélange des fonds : le service mélange ces crypto avec celles d’autres utilisateurs.
3. La redistribution des fonds : après un délai aléatoire, le service renvoie les fonds, mais provenant d’autres adresses, vers une nouvelle adresse désignée par l’utilisateur, ce qui rend impossible le suivi des fonds originaux.
Le mixeur Tornado Cash a permis le blanchiment de plusieurs milliards de dollars en 2022 et 2023, dont certains directement liés à des cyberattaques et des ransomwares. En 2022, le groupe Lazarus, lié à la Corée du Nord, a utilisé un mixeur pour blanchir 615 millions de dollars (plus de 520 millions d’euros) volés lors du piratage du jeu Axie Infinity. Les hackers ont subtilisé des Ethereum (ETH) et les ont envoyés à Tornado Cash qui a fragmenté puis redistribué ces ETH vers des centaines d’adresses différentes, rendant le suivi impossible. Les fonds ont ensuite été convertis en monnaie fiduciaire via des guichets asiatiques ou réinvestis dans des casinos en ligne.
Relier une adresse à une identité
Les cellules de renseignements publiques comme Tracfin en France, Europol dans l’Union européenne, ou privées telles que Chainanalysis utilisée par le FBI ou Interpol peuvent identifier des schémas de blanchiment sur la blockchain. Mais relier une adresse à une identité relève de la seule volonté de l’intermédiaire.
Un exemple rapporté par l’ICIJ illustre ce piège. Entre juillet 2024 et juillet 2025, des adresses associées au groupe cambodgien Huione ont transféré au moins 408 millions de dollars (345,8 millions d’euros) en stablecoins USDT vers des comptes clients sur Binance. Ces transactions se sont poursuivies malgré le classement d’Huione en tant qu’entité majeure de blanchiment d’argent, ou primary money laundering concern, dès le 1er mai 2025, par le Financial Crimes Enforcement Network, un département du Trésor américain.
La visibilité des transactions n’est pas en cause. Ce qui l’est, c’est la difficulté à convertir cette visibilité en attribution fiable et en action rapide, comme le gel, la saisie ou les poursuites.
Les intermédiaires, le talon d’Achille de la traçabilité
Tant que les fonds en cryptomonnaie restent dans la blockchain (« on-chain »), leur traçabilité est totale. En revanche, dès que les fonds sortent de la blockchain (« off-chain ») par une conversion en monnaie légale ou l’achat d’actifs financiers… tout dépend des intermédiaires (plateformes, prestataires de paiement…). Ces derniers jouent un rôle comparable à celui de douaniers. Eux seuls peuvent relier une adresse à une identité, condition indispensable pour déclencher une action judiciaire.
L’enquête de l’ICIJ insiste sur une réalité moins technologique qu’institutionnelle. Même lorsque des signaux d’alerte existent, la réaction des intermédiaires peut être tardive, incomplète ou absente. Leur activité demeure structurée par un modèle économique fondé sur les volumes et les frais.
Binance, la principale plateforme, a généré plus de 17 milliards de dollars (14,4 milliards d’euros) de commissions sur les transactions en 2023. Cela crée une tension durable entre la croissance des flux, génératrice de revenus, et la traque des flux illicites. Comme le secret bancaire suisse dans les années 1990, les intermédiaires crypto aujourd’hui privilégient la rentabilité à court terme au détriment de la lutte contre la criminalité financière.
La différence ? Leur modèle est encore plus difficile à réguler, car il repose sur une technologie conçue pour contourner les contrôles.
Trois obstacles se cumulent.
Complexité technique
Les fonds peuvent changer de libellé, circuler via des services de swaps qui permettent d’échanger instantanément une cryptomonnaie contre une autre, franchir des ponts entre blockchains, ou emprunter des infrastructures décentralisées. Chaque étape n’efface pas la trace, mais multiplie les embranchements, donc les hypothèses, et accroît la difficulté probatoire.
Fragmentation juridique
Les plateformes, les prestataires et les serveurs sont dispersés géographiquement. L’entraide judiciaire internationale est lente. Et certaines juridictions sont peu coopératives, notamment dans les paradis fiscaux.
Asymétries économique et temporelle
Un criminel peut créer une nouvelle adresse en quelques clics alors qu’un enquêteur doit engager des procédures multiples dont l’issue est incertaine. L’ICIJ souligne l’émergence de crypto-to-cash desks qui permettent de convertir de grosses sommes de crypto en cash, avec des contrôles variables.
L’Union européenne a créé deux instruments majeurs pour renforcent la traçabilité aux points d’entrée et de sortie du système régulé.
Le règlement européen Markets in Crypto-Assets, dit MiCA encadre les prestataires de services sur crypto-actifs via un régime d’autorisation depuis le 30 décembre 2024. Il crée de fait des exigences de gouvernance et des obligations de conformité.
Leurs limites sont intrinsèques. Ils ne couvrent ni les échanges de pair à pair qui se réalisent sans intermédiaire (via des groupes Telegram), ni les plateformes offshore, localisées dans des paradis fiscaux, ni les portefeuilles auto-hébergés (MetaMask, Ledger…) où l’utilisateur contrôle seul ses clés.
En clair, la réglementation sécurise le pont sans combler les fossés.
La transparence ne suffit pas
Affirmer que « la blockchain est transparente » est un leurre. Cette transparence ne porte que sur les mouvements de fonds, jamais sur les acteurs et sur leur identité. La lutte contre le blanchiment se joue aux marges du système, c’est-à-dire dans la rigueur des contrôles Know Your Customer, la réactivité des plateformes, et la coopération internationale.
Trois priorités semblent aujourd’hui s’imposer :
harmoniser les règles pour éviter l’arbitrage entre des juridictions permissives et d’autres, strictes ;
doter les enquêteurs de moyens techniques et juridiques adaptés ;
sanctionner réellement les intermédiaires défaillants, afin de transformer la transparence en responsabilité.
Au vu de l’expérience de la coopération internationale pour lutter contre les paradis fiscaux, on peut supposer que le chemin sera, sans nul doute, périlleux pour atteindre ces priorités. Sans elles, la blockchain restera un registre ouvert où les criminels savent tourner les pages sans y laisser leur nom.
Jean-Marc Figuet ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
AI-generated images, in response to the prompt: “Draw me a skyscraper and a sliding trombone side-by-side so that I can appreciate their respective sizes” (left by ChatGPT, right by Gemini)CC BY
Artificial Intelligence (AI) is now part of our everyday life. It is perceived as “intelligence” and yet relies fundamentally on statistics. Its results are based on previously learned patterns in data. As soon as we move away from the subject matter it has learned, we’re faced with the fact that there isn’t much that is intelligent about it. A simple question, such as “Draw me a skyscraper and a sliding trombone side-by-side so that I can appreciate their respective sizes” will give you something like this (this image has been generated by Gemini):
This example was generated by Google’s model, Gemini, but generative AI dates back to the launch of ChatGPT in November 2022 and is in fact only three years old. The technology has changed the world and is unprecedented in its adoption rate. Currently, 800 million users rely on ChatGPT every week to complete various tasks, according to OpenAI. Note that the number of requests tanks during the school holidays. Even though it’s hard to get hold of precise figures, this goes to show how widespread AI usage has become. Around one in two students regularly uses AI.
AI: essential technology or a gimmick?
Three years is both long and short. It’s long in a field where technology is constantly changing, and short when it comes to social impacts. And while we’re only just starting to understand how to use AI, its place in society has yet to be defined – just as AI’s image in popular culture has yet to be established. We’re still wavering between extreme positions: AI is going to outsmart human beings or, on the contrary, it’s merely a useless piece of shiny technology.
Indeed, a new call to pause AI-related research has been issued amid fears of a superintelligent AI. Others promise the earth, with a recent piece calling on younger generations to drop higher education altogether, on the grounds that AI would obliterate university degrees.
AI’s learning limitations amount to a lack of common sense
Ever since generative AI became available, I have been conducting an experiment consisting of asking it to draw two very different objects and then checking out the result. The goal behind these prompts of mine has been to see how the model behaves once it departs from its learning zone. Typically, this looks like a prompt such as ‘Draw me a banana and an aircraft carrier side by side so that we can see the difference in size between the two objects’. This prompt using Mistral gives the following result:
Screenshot of a prompt and the image generated by Mistral AI. Author provided
I have yet to find a model that produces a result that makes sense. The illustration at the start of the article perfectly captures how this type of AI works and its limitations. The fact that we are dealing with an image makes the system’s limits more tangible than if it were to generate a long text.
What is striking is the outcome’s lack of credibility. Even a 5-year-old toddler would be able to tell that it’s nonsense. It’s all the more shocking that it’s possible to have long complex conversations with the same AIs without the impression of dealing with a stupid machine. Incidentally, such AIs can pass the bar examination or interpret medical results (for example, identifying tumours on a scan) with greater precision than professionals.
Where does the mistake lie?
The first thing to note is that it’s tricky to know exactly what’s in front of us. Although AIs’ theoretical components are well known, a project such as Gemini – much like models such as ChatGPT, Grok, Mistral, Claude, etc. – is a lot more complicated than a simple Machine Learning Lifecycle (MLL) coupled with a diffusion model.
MML are AIs that have been trained on enormous amounts of text and generate a statistical representation of it. In short, the machine is trained to guess the word that will make the most sense from a statistical viewpoint, in response to other words (your prompt).
Diffusion models that are used to generate images work according to a different process. The process of diffusion is based on notions from thermodynamics: you take an image (or a soundtrack) and you add random noise (snow on a screen) until the image disappears. You then teach a neuronal network to reverse that process by presenting these images in the opposite order to the noise addition. This random aspect explains why the same prompt generates different images.
Another point to consider is that these prompts are constantly evolving, which explains why the same prompt will not produce the same results from one day to the next. Changes might be brought manually to singular cases in order to respond to user feedback, for example.
As a physician, I will thus simplify the problem and consider we’re dealing with a diffusion model. These models are trained on image-text pairs. It is therefore safe to assume that Gemini and Mistral models have been trained on dozens (or possibly hundreds) of thousands and images of skyscrapers (or aircraft carriers) on the one hand, and on a large mass of slide trombones on the other – typically, close-ups of slide trombones. It is very unlikely that these two objects are represented together in the learning material. Hence, the model doesn’t have a clue about these objects’ relative dimensions.
Models lack ‘understanding’
Such examples go to show how models have no internal representation or understanding of the world. The sentence ‘to compare their sizes’ proves that there is no understanding of what is written by machines. In fact, models have no internal representation of what “compare” means other than the texts in which the term has been used. Thus, any comparison between concepts that do not feature in the learning material will produce the same kinds of results as the illustrations given in the examples above. It will be less visible but just as ridiculous. For example, this interaction with Gemini: ‘Consider this simple question: “Was the day the United States was established a leap year or a normal year?”‘
When consulted with the prefix CoT (Chain of Thought, a recent development in LLMs whose purpose is to break down a complex question into a series of simpler sub-questions), the modern Gemini language model responded: “The United States was established in 1776. 1776 is divisible by 4, but it is not a century year (100 years), so it is a leap year. Therefore, the day the United States was established was in a normal year. ”
It is clear that the model applies the leap year rule correctly, thereby offering a good illustration of the CoT technique, but it draws the wrong conclusion in the final step. These models do not have a logical representation of the world, but only a statistical approach that constantly creates these types of glitches that may seem ‘off the mark’.
This realisation is all the more beneficial given that today, AI writes almost as many articles published on the Internet as humans. So don’t be surprised if you find yourself surprised when reading certain articles.
A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!
Frédéric Prost ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.