El virus de la peste porcina africana no se ‘escapó’ del laboratorio

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra

Alfredo Maiquez/Shutterstock

El pasado 28 de noviembre de 2025 se confirmó la detección de un brote de peste porcina africana en Cataluña, lo que supuso la primera notificación del virus en España desde noviembre de 1994. Como consecuencia, España ha perdido temporalmente el estatus de país libre de la enfermedad que mantenía desde hace treinta años.

Acaba de publicarse el informe inicial sobre los pormenores del brote, realizado por el Comité Científico Asesor del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. En él se analizan las posibles causas de la entrada del virus, su evolución y las medidas a adoptar para su contención.

Dicho informe es preliminar y no permite conocer con certeza el origen del patógeno, pero sí documenta la caracterización molecular y sugiere algunas conclusiones que permiten responder a preguntas tan interesantes como si el virus de la peste porcina africana (VPPA) detectado en noviembre se originó por una liberación accidental desde un centro de investigación.

Caracterización genética del virus

En el informe se describe la caracterización genética del virus detectado en jabalíes en Cataluña en noviembre 2025. Como su genoma es de gran tamaño (alrededor de 170 genes) y presenta una alta homogeneidad, se aplicó el esquema de caracterización de la Unión Europea. Este consiste en un análisis escalonado (distintos niveles) que permite aumentar progresivamente la resolución genética para responder a preguntas epidemiológicas complejas.

La primera pregunta es a qué genotipo corresponde el virus (nivel 1). La clasificación global se basa en el análisis parcial de un gen concreto: el B646L, que codifica para la proteína p72. Con esta técnica se han descrito hasta 24 genotipos distintos del VPPA.

Pues bien, el virus que ha llegado a España fue clasificado dentro del genotipo II, el mismo que lleva años circulando por Europa desde que salió de Georgia en 2007. Esto no sorprendió a los investigadores porque es el único presente en la actualidad en el continente. Pero ese dato no es suficiente para dilucidar si procede de Italia, Europa del Este o de otro lugar. Es como saber que alguien pertenece a una familia muy grande, pero ignorar exactamente de qué rama familiar es.

Para afinar más, se realizó un segundo análisis de seis pequeñas regiones genéticas distintas (nivel 2) buscando pequeñas diferencias (mutaciones). Esto permite distinguir hasta 28 subgrupos dentro del genotipo II. El virus español tenía casi el mismo perfil que la cepa de referencia Georgia 2007/1 salvo por una pequeña mutación nunca antes descrita en la región intergénica 9R/10R. Por eso, el aislamiento español corresponde a un nuevo subgrupo genético del genotipo II: el grupo 29.

Para alcanzar la máxima resolución genética, el siguiente paso (nivel 3) supone ya la secuenciación completa del genoma del virus, como si se leyera el libro completo y no solo algunos capítulos. Al compararlo con la cepa de referencia, el genoma del virus español era más corto, presentaba una gran deleción (de unos 10 000 nucleótidos, las “letras” del código genético) en la región izquierda del genoma, entre las posiciones 10 264–20 087.

En otras palabras, el genoma del virus español ha perdido un fragmento grande de su ADN que implica la supresión de al menos 21 genes. Esos genes no son imprescindibles para que el virus se multiplique, pero sí podrían influir en cómo interactúa con el sistema inmune y en su comportamiento biológico.

Además, se identificaron 18 mutaciones puntuales o SNP (siglas de Single Nucleotide Polymorphism) y 13 inserciones y deleciones cortas distribuidas a lo largo de todo el genoma. Esto sugiere que este virus presenta una firma genómica propia y es una variante genéticamente diferenciada del resto de VPPA conocidos hasta ahora.

Comparación con las cepas de laboratorio

Por último, se comparó la secuencia del genoma del virus español con 81 muestras (12 aislados virales históricos de las cepas Georgia 2007 y Armenia 2007 y 69 muestras clínicas procedentes de infecciones experimentales) del laboratorio de investigación IRTA-CREsA, cercano al lugar donde se detectó el brote de la enfermedad en jabalíes en noviembre de 2025.

Los análisis realizados por organismos independientes y mediante metodologías complementarias demostraron que ninguna de las muestras analizadas presentaba la gran deleción de unos 10 000 nucleótidos observada en el virus de campo. Además, tampoco compartían el conjunto de mutaciones distintivas del aislado español.

En todas las muestras, las secuencias obtenidas eran iguales a las cepas de referencia (Georgia 2007 o Armenia 2007) y no presentaban evidencia de haber adquirido ninguna de las deleciones o mutaciones encontradas en la firma genómica del virus detectado en Cataluña en noviembre de 2025.

Según el informe, estos resultados demuestran que el virus causante del brote de peste porcina africana en Cataluña es genéticamente diferente de los virus en el laboratorio del IRTA-CREsA y, por tanto, no se originó por una liberación accidental desde el centro de investigación.

No toda Europa está igual de bien vigilada genéticamente

Hasta 2025 se ha notificado la presencia del VPPA en 25 países europeos y solo Bélgica y Suecia han conseguido erradicar el virus de su territorio. Uno de los mayores problemas que existe para los estudios epidemiológicos es que en muchos países del continente no constan datos de la caracterización genética del VPPA, lo que limita mucho la interpretación de su distribución real.

Por ejemplo, en países como Hungría, Serbia, Ucrania, Rusia, Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Lituania o Polonia no hay datos relevantes o son muy limitados de la circulación, dispersión y caracterización el VPPA. Por tanto, el patógeno aislado en Cataluña en noviembre de 2025 podría ser realmente nuevo… o podría existir en algún país donde no se hayan secuenciado suficientes virus.

Entonces, ¿cuál es su origen?

En pocas palabras: no se sabe. Aunque en el informe se discuten varias posibilidades (introducción deliberada del virus desde focos activos europeos o que fuera transportado por actividades humanas), la hipótesis más probable sigue siendo la llegada accidental mediante residuos o restos de alimentos contaminados, la llamada “hipótesis del bocadillo”. El virus es muy resistente en materia orgánica y a bajas temperaturas, y así ha entrado en Europa en otras ocasiones.

El informe es preliminar y demuestra que es necesario continuar con la vigilancia epidemiológica, la caracterización molecular y la gestión integrada de la fauna silvestre para proteger las explotaciones porcinas y minimizar el impacto sanitario y socioeconómico.


La versión original de este artículo fue publicada en el blog del autor, microBIO.


The Conversation

Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El virus de la peste porcina africana no se ‘escapó’ del laboratorio – https://theconversation.com/el-virus-de-la-peste-porcina-africana-no-se-escapo-del-laboratorio-275838

Las doce razones por las que no funciona el reciclaje de plástico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Diaz Marcos, Profesor departamento materiales y microscopista , Universitat de Barcelona

PhotoByToR/Shutterstock

Como buenos ciudadanos, vamos llenando con disciplina el recipiente amarillo que nos proporciona nuestra ciudad con envases, bandejas, botellas, films… Cada semana parece llenarse más rápido. Y, tarde o temprano, aparece la duda incómoda: ¿sirve realmente de algo todo este esfuerzo?

Seguramente hasta muchos nos hayamos respondido con una mezcla de escepticismo y resignación “que seguramente no”. Esta sensación es cada vez más común, y los datos no ayudan a disiparla. En Europa apenas se recicla alrededor del 15 % de los plásticos, y en Estados Unidos la cifra cae hasta el 9 %. El resto acaba incinerado, enterrado o, en el peor de los casos, disperso en el medio ambiente.

La pregunta, por tanto, no es si el reciclaje del plástico tiene problemas sino por qué está fallando un sistema en el que llevamos décadas confiando.

El problema empieza antes de tirar el envase

Para entender qué falla, conviene retroceder un paso y observar cómo usamos el plástico. Aproximadamente la mitad de todos los plásticos se destina a productos de un solo uso: envases, embalajes, bolsas o películas agrícolas. Entre un 20 % y un 25 % se emplea en aplicaciones de larga duración —tuberías, cables, materiales de construcción—, y el resto corresponde a bienes de consumo con una vida útil intermedia, como vehículos, muebles o aparatos electrónicos.

En la Unión Europea, los residuos plásticos posconsumo alcanzaron ya 24,6 millones de toneladas en 2007, y la cifra no ha dejado de crecer. El embalaje sigue siendo la principal fuente, pero otras corrientes —como los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos o los vehículos fuera de uso— ganan peso a gran velocidad.

Con este contexto, el reciclaje no falla por una única razón. Falla por muchas. Y casi todas están conectadas.




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¿Qué hacemos con los plásticos?


Doce razones por las que el reciclaje del plástico falla

1. Plantas de reciclaje poco eficientes

Durante procesos clave, como el lavado, se pierden fragmentos de plástico en forma de microplásticos. El propio sistema genera residuos. Repensar el diseño y funcionamiento de estas plantas es urgente.

2. El plástico reciclado es caro
Actualmente, producir plástico virgen suele ser más barato que reciclarlo. Sin incentivos fiscales, impuestos al material virgen o compras públicas verdes, el mercado seguirá eligiendo la opción más barata.

3. Calidad insuficiente del material reciclado
La degradación del polímero limita su reutilización. Invertir en nuevas tecnologías de clasificación, lavado y regranulado es clave para cerrar el círculo.

4. Sistemas de recogida ineficientes
Las pérdidas y la contaminación comienzan en el origen. Optimizar la recogida —contenedores, logística, incentivos— es tan importante como la tecnología industrial.

5. Falta de profesionalización del sector
La recogida y clasificación de residuos sigue siendo, en muchos lugares, un trabajo precario e invisible. Formación, estabilidad laboral y reconocimiento no son solo una cuestión social, sino también de eficiencia.

6. Exposición de los trabajadores a contaminantes
Quienes trabajan con residuos plásticos están demasiado expuestos a sustancias nocivas. Resolverlo no es opcional: es una cuestión de salud pública.

7. Exportar el problema no lo hace desaparecer
Durante años, los países ricos han enviado residuos a países con menor capacidad de gestión ambiental. Además de injusto, es miope: los impactos ambientales no conocen fronteras.

8. Mala gestión de los distintos tipos de plástico
Mezclar polímeros incompatibles reduce drásticamente la calidad del reciclado. La separación precisa es un cuello de botella crítico.

9. Políticas demasiado genéricas
No existen soluciones universales. Las políticas de reciclaje deben adaptarse a contextos locales, infraestructuras y hábitos de consumo.

10. Productos diseñados para no reciclarse
Las multicapas, mezclas de polímeros, adhesivos complejos o el plástico negro son algunos ejemplos. Aunque existen siete grandes familias de plásticos, en la práctica solo el PET y el HDPE se reciclan de forma habitual. El resto acaba, en su mayoría, incinerado o en vertedero.

11. El papel del ciudadano importa, pero no basta
Separar bien, limpiar envases y entender los símbolos de reciclaje ayuda, pero no puede ser la única estrategia. Cargar toda la responsabilidad sobre el consumidor es injusto e ineficaz.

12. No todo lo que entra en la planta puede reciclarse
Impurezas como restos de comida, humedad, papel, textiles, metales o mezclas de polímeros reducen drásticamente el rendimiento. La cantidad que entra siempre supera a la que sale convertida en nuevo material. Un símil doméstico lo explica bien: hacer una tortilla de patatas implica residuos inevitables, como pieles o cáscaras. En el reciclaje ocurre lo mismo, solo que a escala industrial.




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¿Por qué no se reciclan más plásticos? Una cuestión de rentabilidad


Un reto colectivo, no una solución mágica

No existe una varita mágica para eliminar todo el plástico del planeta. Pero sí existe conocimiento suficiente para hacerlo mucho mejor de lo que lo hacemos hoy. El reciclaje no es una panacea. Es una pieza —importante, pero incompleta— dentro de un enfoque más amplio que incluye reducción, reutilización, ecodiseño y economía circular. La pregunta ya no es si sabemos qué hacer sino por qué seguimos sin hacerlo.

La tecnología avanza. Los diagnósticos están claros. Lo que falta, quizá, no es innovación, sino decisión colectiva para pasar de las palabras a la acción.

The Conversation

Jordi Diaz Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las doce razones por las que no funciona el reciclaje de plástico – https://theconversation.com/las-doce-razones-por-las-que-no-funciona-el-reciclaje-de-plastico-274730

Neurocosas: por qué el prefijo ‘neuro’ no convierte cualquier idea en ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ingrid Mosquera Gende, Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Investigadora Principal del Grupo TEKINDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

En las últimas décadas, el prefijo neuro- se ha convertido en una suerte de sello de calidad intelectual y científico. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales, canales de divulgación, y lo que es peor, por artículos académicos, para encontrarse con términos como neuromarketing, neuroderecho, neuroliderazgo o neurocoaching. Basta con añadir cinco letras a una palabra para que parezca mas profunda, innovadora y, sobre todo, más científica.

El prefijo neuro- proviene del griego neûron (νεῦρον) y significa “nervio” o, por extensión, “sistema nervioso”. Se comenzó empleando para la formación de términos científicos y médicos relacionados con este órgano pero se ha extendido a otros ámbitos, no siempre con acierto. Y es que no es neuro todo lo que reluce.

Uso legítimo frente a abuso terminológico

El prefijo neuro- debería reservarse para aquello que tiene una relación demostrable con el sistema nervioso; no basta con mencionar el cerebro. Hablar con propiedad de neurociencia implica apoyarse en datos obtenidos mediante técnicas propias de esta disciplina, como la neuroimagen, la electrofisiología o el estudio molecular, celular y tisular del tejido nervioso.

Sin embargo, en los últimos años el término se ha popularizado en ámbitos como el marketing, la gestión empresarial o el coaching, a menudo sin que exista una conexión real con mecanismos cerebrales medibles. Esta expansión no es irrelevante desde el punto de vista cognitivo: numerosos estudios muestran que las explicaciones que incluyen referencias al cerebro resultan más persuasivas, incluso cuando esa información es irrelevante o superficial.

Este fenómeno, conocido como neurohype o “neuroesencialismo”, ha sido ampliamente criticado por inflar el valor explicativo de lo “neural” y por contribuir a una comprensión simplificada –y a veces errónea– de cómo funciona realmente el sistema nervioso. Desde esta perspectiva, el problema no es que otras disciplinas estudien el comportamiento humano –algo perfectamente legítimo–, sino que adopten el prefijo neuro- sin aportar evidencia neurobiológica directa.

Esto no significa que el diálogo entre neurociencia y otras áreas del conocimiento sea ilegítimo. Al contrario: es deseable y necesario. Pero la conversación interdisciplinar no se logra añadiendo un prefijo, sino integrando datos, teorías y métodos de forma rigurosa. Cuando términos como neuromarketing, neurocoaching o neuroliderazgo, entre otros muchos, se aplican a intervenciones que no generan ni utilizan datos neurobiológicos, el prefijo neuro- funciona, principalmente, como un reclamo publicitario.

Como advierten Sally Satel y Scott Lilienfeld, este uso indebido del lenguaje neurocientífico puede desplazar la atención desde preguntas realmente importantes –qué funciona, para quién y en qué contexto– hacia una explicación reduccionista centrada en el cerebro. No todo estudio sobre la mente necesita ser neuro para ser riguroso, y forzar ese lenguaje puede crear más confusión que conocimiento.

Neurosíntomas que nos pueden hacer desconfiar

En redes sociales, tanto influencers como empresas se apoyan en este prefijo para captar la atención y dotar de una aparente rigurosidad científica a un producto, un curso o una idea.

Acciones como acudir al perfil de la red social de la persona que publica, revisar qué formación tiene, observar si tiene aportaciones del mismo tema o si comenta temáticas muy diversas y sin relación aparente, nos pueden ayudar a averiguar con qué nivel de especialización cuenta.

En este mismo sentido, aunque ponga “experto” en su perfil o tenga una foto con una bata blanca, investiguemos un poco más. Si es necesario, puede resultar conveniente salir de la red social y buscar en otras fuentes.

Por otro lado, la mayoría de perfiles científicos y académicos que se dedican a la divulgación lo intentan hacer de un modo cercano y con un lenguaje que pueda resultar mínimamente comprensible para el público no especializado. Así que, si nos encontramos un reel o una publicación con un lenguaje excesivamente técnico, no demos por hecho que estamos ante una persona experta.

Y, si no lo tenemos claro, no compartamos, ni comentemos, ni citemos. No demos protagonismo a este tipo de cuentas porque, sin darnos cuenta, estaremos contribuyendo a su viralización, que no deja de ser lo que buscan.

Ser conscientes de estas técnicas podrá hacernos usuarios y usuarias de redes sociales más neurocríticos y menos neuroinfluenciables, sin caer en el clickbait que busca que pinchemos en determinadas publicaciones con títulos y neuropalabras sin sentido, como las que estamos empleando en este párrafo.

Propuestas para mejorar el rigor en la comunicación científica

Desde la perspectiva de la práctica investigadora, distintos trabajos en comunicación científica y neuroética sugieren que una forma eficaz de mejorar el rigor –y evitar el abuso del término neuro– es aplicar criterios más estrictos de precisión conceptual. El prefijo debería usarse únicamente cuando el estudio incorpora datos, métodos o medidas directamente relacionadas con la actividad del sistema nervioso, y no como un recurso retórico destinado a reforzar explicaciones psicológicas o conductuales ya bien establecidas por otras vías.

En el ámbito editorial, diversos análisis recomiendan evaluar de forma crítica si la referencia al sistema nervioso aporta un valor explicativo real o si, por el contrario, introduce ambigüedad conceptual (el citado neuroesencialismo) sin mejorar la inferencia científica.

Finalmente, los estudios experimentales en psicología cognitiva muestran que el uso de lenguaje neurocientífico puede aumentar la percepción de credibilidad de una explicación sin mejorar su calidad ni su comprensión. Este efecto refuerza la necesidad de que divulgadores y comunicadores científicos prioricen la claridad, el contexto y los límites interpretativos por encima del atractivo del discurso “neuro”.

En conjunto, estas prácticas reducen el riesgo de neurohype y favorecen una comunicación científica más precisa y honesta. Como recordaba Santiago Ramón y Cajal, “todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”; pero ninguna palabra, por muy neuro que suene, puede esculpir por sí sola conocimiento donde no hay rigor.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Plantas amantes del yeso: una posible clave para la agricultura en Marte

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel de Luis López, Honorary Research Professor. Department of Life Sciences, Universidad de Alcalá

Alones/Shutterstock

Marte ha despertado la curiosidad humana desde hace siglos. Esa fascinación creció cuando descubrimos que es un mundo que guarda cierto parecido con el nuestro. Desde la década de 1960 lo exploramos mediante sondas automáticas y robots; ya hemos cartografiado su superficie y analizado su atmósfera. Y ahora, las principales agencias espaciales se preparan para dar el siguiente gran paso: enviar misiones tripuladas al planeta rojo.

Sin embargo, Marte es extremadamente hostil. Las temperaturas medias rondan los –60 °C, la atmósfera es irrespirable —muy enrarecida y formada mayoritariamente por dióxido de carbono—, la radiación, intensa y el agua líquida, casi inexistente. No es un Edén a la espera de ser habitado. Si se decide enviar astronautas, habrá que valorar los costes y los beneficios de esta empresa. Y deberemos considerar seriamente si merece la pena asumir ese riesgo.

Producir alimentos y oxígeno en el propio planeta mejoraría significativamente la vida y la autonomía de las tripulaciones. Las plantas pueden hacer ambas cosas, por lo que diversas líneas de investigación se centran en el desarrollo de sistemas agrícolas adaptados a Marte. Si lo lográramos, contaríamos con comida, oxígeno, compuestos útiles —incluso fármacos— y beneficios psicológicos para quienes pasarían meses lejos de la Tierra. La idea es sencilla; llevarla a la práctica, no tanto.




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El problema de los percloratos

Novelas y películas han imaginado la agricultura en Marte como algo trivial: basta con mezclar suelo marciano con materia orgánica —no entraremos en detalles— y sembrar en ese sustrato las hortalizas que deseemos. La realidad es más complicada. El suelo del planeta es, a escala global, químicamente hostil tanto para las plantas como para los humanos.

Diversas misiones espaciales —desde Viking hasta Phoenix, Curiosity o Perseverance— han detectado percloratos en gran parte del regolito, material que recubre el lecho rocoso sólido de planetas, satélites y asteroides

Los percloratos son sales incoloras y altamente solubles en agua cuya presencia parece ser global y su dispersión está favorecida por las inmensas tempestades de polvo de Marte. Y tienen diversos efectos: dificultan la germinación, alteran el metabolismo vegetal y pueden afectar seriamente la salud humana.

En experimentos con suelos simulados que contienen percloratos, muchas plantas ni siquiera brotan. Eliminar estas sales sería posible, pero costoso: probablemente requeriría agua, tratamientos químicos o microorganismos, recursos limitados en otro planeta. Aun así, la geología de Marte podría ser nuestro as en la manga y ofrecer una alternativa inesperada.

Un misterioso campo de dunas

La superficie marciana es rica en sulfatos, especialmente en yeso (sulfato de calcio dihidratado), identificado por sondas orbitales y rovers, vehículos robóticos diseñados para la exploración espacial.

El mayor afloramiento de yesos en territorio marciano, las dunas de Olympia Undae, se encuentra cerca del Polo Norte. Los vientos polares podrían haberlo mantenido relativamente aislado del transporte global de polvo. Las crestas de estas dunas presentan un alto contenido de yeso, posiblemente porque el viento selecciona los granos según su tamaño y densidad. Esto abre la posibilidad de que, localmente, existan áreas de terreno con yeso y con pocas o ninguna traza de percloratos. Si se confirmara, esos materiales podrían proporcionar un sustrato más seguro para ensayar cultivos. Pero surge una pregunta: ¿qué tienen que ver las plantas con el yeso?

Plantas especialistas en sobrevivir

En la Tierra existen especies que no solo toleran estos suelos, sino que dependen de ellos. Son las plantas gipsófilas, adaptadas a terrenos ricos en sulfato cálcico, pobres en nutrientes y con escasez de agua.

Para sobrevivir, almacenan iones tóxicos en compartimentos celulares, optimizan el uso del agua y resisten altas concentraciones salinas y el estrés térmico. Algunas incluso aprovechan el agua contenida en los cristales de yeso. En cierto modo, están preadaptadas a suelos como los marcianos, aunque no al clima extremo.

Su historia evolutiva podría haber constituido una especie de “entrenamiento” que las preparara para sobrevivir en otro planeta; en un invernadero con temperatura y atmósfera controladas podrían cultivarse con éxito.




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Gipsófilas intrépidas

La flora de los yesos presenta un notable interés ecológico y evolutivo. Entre estas plantas destaca Gypsophila struthium, la auténtica campeona de los yesos de la península ibérica. Tolera sequías prolongadas, germina rápidamente con humedad y coloniza suelos desnudos con facilidad. Además, sus semillas mantienen su viabilidad durante el tiempo suficiente para soportar el viaje a Marte. Otra planta de interés es Ononis tridentata, una leguminosa capaz de fijar nitrógeno atmosférico gracias a su simbiosis con bacterias, lo que podría enriquecer nuestro sustrato.

Ejemplar florecido de Gypsophila struthium.
Ejemplar florecido de Gypsophila struthium.
Wikimedia Commons, CC BY

Estas plantas no serían cultivos alimentarios directos, pero sí producen algunas sustancias de interés farmacológico como las saponinas y los flavonoides. Además, podrían actuar como pioneras y preparar el camino para las especies comestibles. Sus adaptaciones podrían transferirse a cultivos mediante herramientas de edición genética como CRISPR, incorporando tolerancia a sales o mayor eficiencia hídrica en tomates, cereales u hortalizas.

¿Un huerto en el planeta rojo?

Aún quedan incógnitas sobre cuán posible es hacer crecer plantas en Marte. Será necesario analizar muestras reales de yeso marciano para confirmar la ausencia de percloratos y conocer sus propiedades físicas y químicas. También habrá que estudiar cómo influyen la menor gravedad y la radiación en la germinación, el crecimiento y la floración.

En un estudio reciente publicado en Life Sciences in Space Research proponemos esta estrategia: evaluar depósitos de yeso marciano como sustrato y usar plantas gipsófilas terrestres como modelo para diseñar sistemas agrícolas adaptados al planeta rojo. Además, consideramos que lograr un sistema agrícola en Marte debería ser un paso previo a la exploración humana. Esto reduciría los riesgos y mejoraría la calidad de vida de los primeros exploradores de aquel planeta.

Los primeros terrícolas en Marte podríamos no ser nosotros, sino estas intrépidas plantas que sobreviven donde casi nada más podría hacerlo.

The Conversation

Miguel de Luis López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Plantas amantes del yeso: una posible clave para la agricultura en Marte – https://theconversation.com/plantas-amantes-del-yeso-una-posible-clave-para-la-agricultura-en-marte-274822

Pensar en la tecnología para que no nos domine en la calle… ni en la oficina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ismael Sánchez-Herrera Bautista-Cámara, Profesor de Universidad Nebrija, Consultor de Cultura Preventiva en Vítaly, Universidad Nebrija

Pasajeros en el metro de Barcelona. Yevheniia Kozhenkova/Shutterstock

El sol de verano en Viena iluminaba el reloj Anker mientras una multitud, absorta, levantaba sus móviles. La obsesión no era vivir el instante, sino fotografiarlo, capturarlo en un gesto digital que prometía inmortalizar un presente fugaz.

Un reloj y muchas personas con los móviles en alto mirando para él.
Los turistas a punto de grabar el reloj Anker.
Alexey Smyshlyaev

Aquella escena, repetida en cada rincón de mi viaje por Austria, fue el inicio de una reflexión. Los veranos, como decía el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, despiertan al etnólogo que todos llevamos dentro. Pero en un mundo atravesado por la digitalización, el etnólogo ya no solo observa tribus lejanas: observa la nuestra, en la calle y, por extensión, en la oficina.

Aquel viaje se convirtió en un laboratorio social a cielo abierto. Empecé a ver las dinámicas que moldean nuestras organizaciones en los gestos más cotidianos: en la forma en que consultamos el móvil, en las modas que seguimos, en nuestros rituales urbanos. Comprendí que para entender la cultura de una empresa hoy, primero hay que entender la cultura de la calle.

El mapa roto de Geertz

Nuestra primera brújula en este viaje es el también antropólogo estadounidense Clifford Geertz. En su obra magna, La interpretación de las culturas, nos enseñó que la cultura es el mapa colectivo que nos permite orientarnos en el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando el territorio cambia más rápido que el mapa? La tecnología digital ha creado un nuevo continente para el que nuestras viejas cartas de navegación cultural no siempre sirven.

Las plataformas digitales, con sus diseños persuasivos, explotan nuestro sistema de recompensas cerebrales. Cada notificación es un estímulo dopaminérgico; cada scroll infinito, un hábito compulsivo. Nuestra capacidad de concentración se deteriora. La cultura, ese gran mecanismo de adaptación colectiva, parece desbordada por artefactos diseñados para capturar nuestra atención. Lo vemos en la calle, con gente absorta en sus pantallas, y lo vemos en la oficina, con profesionales incapaces de realizar una tarea profunda sin ser interrumpidos por un torrente de alertas.

El ‘habitus’ digital de Bourdieu en el metro

El viaje termina, pero la reflexión no. De vuelta a casa, un email me invita a un focus group sobre cómo la digitalización laboral afecta a nuestra salud. Mientras viajo en el metro hacia la reunión, la imagen de la multitud de Viena se superpone a la de los pasajeros a mi alrededor, cada uno en su propia burbuja digital. Es aquí donde la figura del sociólogo francés Pierre Bourdieu se me aparece con una claridad meridiana.

Bourdieu nos habló del habitus: ese sistema de disposiciones, gestos y hábitos aprendidos, que moldea nuestra forma de actuar sin que seamos conscientes de ello. La digitalización ha creado un nuevo habitus organizacional. Contestar un email al instante, reaccionar con un emoji no son solo acciones; son gestos que configuran nuestra identidad profesional. Quien domina este nuevo lenguaje corporal digital acumula capital simbólico e influencia.

Este habitus reconfigura el poder. En empresas digitales, un ingeniero joven que documenta su trabajo con precisión en un repositorio público puede ganar más prestigio que un directivo veterano menos hábil en la comunicación asíncrona. La autoridad ya no emana solo del cargo, sino de la capacidad de generar valor en los nuevos “campos” digitales.

Las nuevas tribus de Lévi-Strauss

Si Bourdieu nos ayuda a entender los gestos, Lévi-Strauss nos permite descifrar la gramática subyacente. Él nos recordó que las culturas se estructuran en oposiciones binarias. La era digital ha creado las suyas propias: síncrono frente a asíncrono, canal público frente a mensaje privado, cámara encendida frente a apagada.

De estas tensiones nacen los nuevos rituales que dan cohesión a las tribus organizacionales. Revisión matutina de redes, y sus correspondientes me gusta, rondas virtuales de estado de ánimo o las celebraciones con GIFs son los tótems y ceremonias de nuestro tiempo. Son gestos mínimos que, en un entorno de trabajo distribuido, refuerzan la pertenencia colectiva y nos recuerdan que, a pesar de la distancia, formamos parte de algo compartido.

La disonancia de Schein y el fantasma de Han

El relato podría terminar aquí, en una visión optimista de la adaptación cultural. Pero entonces al escribir el artículo se me aparece el psicólogo estadounidense Edgar Schein, quien nos advierte que la cultura opera en tres niveles: los artefactos (lo que vemos), los valores (lo que decimos) y los supuestos básicos (lo que realmente creemos). Y es aquí donde surge el conflicto.

Nuestros artefactos son las plataformas colaborativas y las métricas de rendimiento. Nuestros valores declarados hablan de agilidad, bienestar y desconexión digital. Sin embargo, el supuesto básico no ha cambiado: seguimos premiando la disponibilidad constante y la hiperconexión. Esta disonancia es la receta para el cinismo y el agotamiento.

Y es entonces cuando el fantasma de Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, recorre las oficinas. En La sociedad del cansancio, el filósofo coreano-alemán lanza una advertencia brutal: el sujeto de rendimiento del siglo XXI ya no necesita un jefe que lo explote; se explota a sí mismo. La digitalización es el amplificador perfecto de esta dinámica. Cada notificación nos recuerda que siempre podríamos –y deberíamos– estar haciendo más. Lo que se nos vende como autonomía se convierte en una jaula de autoexigencia que conduce a la fatiga, la ansiedad y la pérdida de sentido.

Liderar es diseñar la cultura

El viaje que empezó en Austria termina con una revelación. La transformación digital no es un proyecto tecnológico; es un profundo desafío cultural. La ansiedad de los turistas por capturar un instante es la misma que la del empleado por responder un email fuera de horario.

Liderar hoy ya no consiste solo en gestionar recursos o implantar herramientas. La verdadera tarea del liderazgo es convertirse en un diseñador de cultura. Significa leer los símbolos que emergen, cuidar los rituales que unen y, sobre todo, proteger el tiempo y la salud de las personas. Implica alinear los artefactos, los valores y los supuestos para que la tecnología se convierta en un lenguaje de confianza y pertenencia, y no en un dispositivo de cansancio permanente. Porque, como nos recuerdan los filósofos, solo tenemos salud y tiempo. Olvidarlo es el verdadero riesgo en la actualidad.


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The Conversation

Ismael Sánchez-Herrera Bautista-Cámara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Pensar en la tecnología para que no nos domine en la calle… ni en la oficina – https://theconversation.com/pensar-en-la-tecnologia-para-que-no-nos-domine-en-la-calle-ni-en-la-oficina-265925

No es amor, es emprendimiento

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pau Sendra Pons, Profesor de Contabilidad, Universitat de València

Emprender despierta a menudo emociones intensas, similares a las del enamoramiento: ilusión desbordante, futuro idealizado y sensación de que todo es posible. Pero, como en el amor, dejarse llevar solo por la pasión puede nublar la visión: no todos los proyectos están destinados a despegar y no todo éxito depende únicamente del entusiasmo.

En ocasiones, el proyecto fracasa y, sin serlo, asociamos ese fracaso profesional a un fracaso personal, del mismo modo que interpretamos una ruptura amorosa como algo que pone en duda nuestra valía personal. Ni el amor todo lo puede ni, por mucho que uno se esfuerce, un proyecto emprendedor tiene garantizado su éxito.

A medida que la sociedad reconoce la importancia de la inteligencia emocional y de la construcción de relaciones verdaderamente sanas, nuestra relación con el emprendimiento también debería serlo.




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Por qué algunos proyectos de emprendimiento no prosperan y cómo evitarlo


La ‘química’ importa, pero no lo es todo

En el emprendimiento, la química importa, pero no es un flechazo instantáneo. Aunque en ocasiones existan factores difícilmente explicables que hacen que un proyecto funcione mejor que otros, la preparación previa sigue siendo la mejor garantía de éxito.

Tomar la iniciativa, hacer frente a la incertidumbre, detectar oportunidades, emplear la creatividad, perseverar o movilizar recursos son competencias necesarias para emprender.

También lo son el autoconocimiento y la autoeficacia, que implican detenerse a analizar qué se quiere lograr con el proyecto y hasta dónde se pretende llegar, identificar con claridad sus fortalezas y debilidades y mantener la convicción de que, incluso en contextos inciertos, es posible influir en el rumbo de los acontecimientos. Por ejemplo, aprendiendo de los errores.




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Ni amar ni emprender entienden de edad

Si bien el emprendimiento entre los jóvenes de 18 a 24 años registró un notable crecimiento en 2024, pasando del 4 % al 9 %, en España, el perfil es de mayor edad que en otros países de referencia: el 40 % de los emprendedores emergentes tiene 45 años o más. Esta proporción se eleva al 63 % en el caso de los proyectos de emprendimiento ya consolidados (aquellos que han pagado salarios durante un periodo superior a los 3,5 años). Así lo constata el informe Global Entrepreneurship Monitor España de 2024-2025.

En cuanto a la relación entre edad y abandono de iniciativas emprendedoras, el mayor número de cierres y traspasos –casi 4 de cada 10– se produce entre los 45 y 54 años. Esta cifra contrasta con el abandono entre los emprendedores de 18 a 24, que apenas alcanza a 1 de cada 10.

Personas emprendedoras por edad y abandono del emprendimiento.
Fuente: Global Entrepreneurship Monitor (GEM) España 2024-2025.



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¿Qué nos enamora de emprender?

Existen diversas motivaciones que impulsan a las personas a emprender. En España, la principal sigue siendo la necesidad de ganarse la vida ante la inestabilidad en el empleo, aunque ha descendido notablemente: pasó de ser la opción elegida por el 72 % de los emprendedores emergentes en 2021 al 52 % en 2024.

La motivación de contribuir a un cambio positivo en el mundo se mantiene en torno al 40 % entre los emprendedores emergentes y al 32 % entre los consolidados. Mantener una tradición familiar impulsa al 18 % de los primeros y al 26 % de los segundos, mientras que generar riqueza o una renta elevada motiva al 39 % de los emergentes y al 32 % de los consolidados.

Motivaciones para los emprendedores emergentes (2021-2024).
Fuente: Global Entrepreneurship Monitor (GEM) España 2024-2025.

A escala mundial, las motivaciones más frecuentes son de carácter material: ganarse la vida cuando el trabajo escasea y generar riqueza o rentas elevadas. Esto es especialmente visible en países como Tailandia o Jordania, donde los ingresos son más bajos y el nivel de desarrollo más limitado.

No obstante, los emprendedores rara vez se mueven por una sola motivación. A pesar de que la intención de generar un impacto positivo en el mundo cuenta con menos consenso y varía mucho entre países, en lugares como Guatemala o India constituye una de las principales motivaciones para cerca del 80 % de los emprendedores emergentes.




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El duelo ante el fracaso emprendedor

Alejarse de un proyecto al que se han dedicado tantos recursos, tal como hacemos al romper una relación amorosa, exige elaborar un duelo que no siempre se reconoce ni se acompaña socialmente. Surgen pensamientos como “sin este proyecto no soy nadie”, “no me esforcé lo suficiente” o “nadie me apoyó”, y emociones como la tristeza, el miedo, la vergüenza, la culpa o la ira.

No sorprende que el miedo al fracaso sea uno de los grandes obstáculos para los emprendedores. En 2022, este temor afectaba al 43 % de ellos. Dos años después, en 2024, solo un 33 % afirmaba que el miedo a fracasar le impedía lanzarse a emprender, un porcentaje notablemente mayor que entre las personas no emprendedoras, donde alcanzaba el 55 %.

Entre hombres y mujeres, estas últimas percibían el miedo al fracaso con algo más de intensidad (un 4 % más que los hombres). Ahora bien, aunque cada vez menos personas perciben ese temor como un obstáculo, sigue siendo necesario un cambio social capaz de abrazar el error como una oportunidad de aprendizaje.




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No es amor, es emprendimiento

Poner en marcha una idea de negocio tiene algunas similitudes con iniciar una relación sentimental. Pero no se trata de amor, es emprendimiento. Reconocerlo nos ayuda a mantener cierta distancia emocional respecto a la idea, gestionar el miedo al fracaso y conservar la perspectiva necesaria para aprender de los errores sin perder la motivación ni poner en riesgo nuestro bienestar.

The Conversation

Pau Sendra Pons no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. No es amor, es emprendimiento – https://theconversation.com/no-es-amor-es-emprendimiento-275466

FDA rejects Moderna’s mRNA flu vaccine application – for reasons with no basis in the law

Source: The Conversation – USA (3) – By Ana Santos Rutschman, Professor of Law, Villanova University

In December 2025, Moderna submitted an application to the FDA to approve the first mRNA-based flu vaccine. Catherine Falls Commercial/Moment via Getty Images

The Food and Drug Administration has refused to review an application from the biotech company Moderna to approve its mRNA-based flu vaccine.

The agency’s decision, which Moderna announced in a press release on Feb. 10, 2026, is the latest step in efforts by federal health officials under Health and Human Services Secretary Robert F. Kennedy Jr. to disrupt longstanding public health practices relating to vaccine access and approval, as well as to reshape the public’s perception of vaccine safety.

Vaccines based on mRNA came to the forefront in the early days of the COVID-19 pandemic, but researchers are now using the technology to create other vaccines, as well as treatments for diseases such as cancer and autoimmune disorders. The Nobel Prize-winning technology may be especially promising for flu because vaccines can be developed rapidly each season to match mutating influenza strains.

However, Kennedy and other federal health officials, including at the FDA, have expressed particular skepticism toward mRNA-based vaccines, raising safety concerns while providing no credible data on their health risks, and defunding research on their development.

The Conversation asked Ana Santos Rutschman, a Villanova University law professor and vaccine policy expert, to explain the significance of the FDA’s decision and how it fits into the rapidly changing landscape of public health policy.

What exactly did the FDA do, and why is it unusual?

In December 2025, Moderna submitted an application to the FDA to approve an mRNA flu vaccine for adults age 50 and older. The vaccine had been tested in clinical trials including more than 40,000 people. In response to the application, the agency sent Moderna a “refusal-to-file” letter, dated Feb. 3, 2026. This is a type of notice the regulator sends to companies when it deems a new drug or vaccine’s application to be incomplete.

Because companies developing new products meet with the FDA early in the process to agree on requirements for approval, it’s rare for the agency to take this action. What’s more, there have been very few occasions in which the FDA has diverged significantly from other major drug regulators around the world. But in this case, drug regulators in Canada, Europe and Australia accepted Moderna’s application for review.

Especially concerning is that several FDA scientists and other staff have confirmed that they expected to review Moderna’s application. The director of the FDA’s Office of Vaccines Research and Review, David Kaslow, wrote a memo recommending it be reviewed. But Vinay Prasad, who directs the center that oversees the vaccine research office, overruled the decision.

Directors rarely overrule agency scientists, especially regarding vaccines. But this is at least the fourth time Prasad has done so since being appointed to the FDA in 2025.

What reasons did the FDA give for its decision?

Moderna took the unusual step of announcing the FDA’s refusal and releasing the agency’s letter. The letter states that Moderna did not conduct an “adequate and well-controlled” study because it had not compared patients receiving its vaccine to patients receiving what the agency claimed to be “the best-available standard of care.”

An older woman sneezing into a tissue
Moderna’s flu vaccine would be the first one using mRNA technology, but Robert F. Kennedy Jr. and other federal health officials have been skeptical about the safety of mRNA based vaccines.
PixelVista/E+ via Getty Images

In the U.S., standard-dose flu vaccines are approved for everyone over 6 months of age, but health authorities recommend that adults over 65 receive a more potent dose. Moderna’s announcement quoted the language the FDA used when approving the company’s clinical trial protocol in 2024. The agency had originally suggested that for people age 65 and older, the company compare the efficacy of its vaccine to the more potent dose. But after reviewing Moderna’s protocol, the FDA deemed the standard vaccine “acceptable.”

Besides the fact that the FDA agreed to the trials Moderna conducted, I believe the agency’s claim that the company didn’t use “the best-available standard of care” is problematic because it does not reflect the legal requirements for vaccine approval. Although this phrase sounds official, it is nowhere to be found in FDA law or guidance for companies developing vaccines.

Instead, FDA law requires a company to provide data from “adequate and well controlled studies” and using standard dose flu vaccines aligns with the requirement because they are widely used across age groups.

Shortly after Moderna announced the refusal, the health news outlet STAT quoted an unnamed FDA official stating that if Moderna were to “show some humility,” the agency might still review the application, but only for people under 65. Imposing this restriction after refusing to review the application has no basis in the law because FDA approves clinical trial parameters early on, in consultation with companies.

From a legal perspective, the FDA’s decision could potentially meet what’s called the “arbitrary and capricious” standard, because the agency seems to have altered its position without a valid reason for that change. If a court makes such a determination, it could invalidate the FDA’s decision. That process, however, would take time.

Does the FDA’s decision reflect a change in vaccine policy?

This is the first time that the FDA has tried to preclude the review of a vaccine for reasons that do not have to do with safety or efficacy. The move, which ties into a broader strategy by federal health officials under Kennedy, signals an escalation in the agency’s efforts to intervene in established procedures for testing vaccines.

In April 2025, Kennedy announced that new vaccines would require additional clinical trials. In November 2025, Prasad released an internal FDA memo claiming that mRNA-based COVID-19 vaccines had killed children. Although he provided no evidence, he said that in response to the alleged deaths, large-scale changes to requirements for vaccine approval were coming.

The FDA’s refusal of Moderna’s application appears to be Prasad’s policy in action.

What might this mean for vaccines going forward?

On a practical level, the fact that the FDA is now articulating requirements that are nowhere to be found in the law creates major uncertainty for companies with pending or upcoming vaccine applications. That’s because manufacturers now have reason to worry that they might invest resources in the lengthy process of developing a vaccine, only to receive similarly unpredictable refusals.

More broadly, with so many areas in vaccine law and policy in turmoil, incentives for vaccine manufacturers to bring vaccines to market are shrinking. In January 2026, even before the flu vaccine refusal, Moderna’s chief executive officer said the company was scaling back on vaccine development .

Finally, the FDA’s move risks fueling further mistrust in vaccines, aligning with a wider push from federal health officials to question long-settled science.

The Conversation

Ana Santos Rutschman does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. FDA rejects Moderna’s mRNA flu vaccine application – for reasons with no basis in the law – https://theconversation.com/fda-rejects-modernas-mrna-flu-vaccine-application-for-reasons-with-no-basis-in-the-law-275771

How Indigenous athletes challenge simple ideas of national unity at the Olympics

Source: The Conversation – Canada – By Taylor McKee, Assistant Professor, Sport Management, Brock University

As the 2026 Winter Olympics in Milan Cortina unfold, the world is once again turning its gaze to the podium. But for most nations, the importance of the Olympics extends well beyond medals.

The Games are a place where nations tell stories about themselves: who belongs, who represents them and how secure that nation feels in the world. National sporting events offer a way to make abstract ideas like sovereignty and belonging visible.

As humanities scholar Homi K. Bhabha argues in his book on nationhood, nations are not fixed entities, but are continually retold, like stories. The Olympics provide one of the most visible stages for nations to shape narratives about themselves.

At a time when Canada and other countries are feeling pressure about their sovereignty, the Olympic Games are taking on heightened symbolic meaning.

But Indigenous athletes, in particular, reveal the limits of using sport to perform national unity, and show how multiple sovereignties continue to exist within “Team Canada.”

Forging a nation through sport

One of the earliest Canadian sports stories ever told was explicitly about forging something new under the weight of empire. In 1867, days after Confederation, a working-class crew from Saint John, New Brunswick, competed in rowing at the Paris Exhibition, a world’s fair held in France.

Black and white photo of four men rowing in a row boat across a body of water
An 1871 photo of the Paris Crew.
(National Archives of Canada)

The “Paris Crew” quickly became a national symbol, not just because they won, but because the victory felt like a young country holding its own against an older imperial world. It became a story of Canadians carving out space on an international stage that was not designed with them in mind.

Over time, what it meant to see Canada represented in sport started to change. By the early 2000s, a familiar insecurity lingered.

This sentiment did not survive Canada’s exceptional performance at Vancouver 2010 when the country won a historic 14 gold medals.

In the lead-up to those Olympics, the federal government invested heavily in a high-performance system built to deliver medals. Even the name of the initiative — Own the Podium — put it plainly. Excellence was no longer a wish for Canada, but the standard, and the resources followed.

When sovereignty feels unsettled again

Today, the ground feels less stable again. Canada’s relationship with its closest ally, the United States, is under intense strain due to ongoing tariff disputes and repeated threats to Canadian sovereignty from the American president.

Canadians are testing their mettle by discerning whether they have the skills and endurance to publicly defend and perform sovereignty on the national stage.

Sport is an ideal forum for this because it’s already built as a competition among national units, even when lived reality is far more regional and local.

This renewed attention to sovereignty can feel like a throwback to the Paris Crew moment, when defeating bigger powers looked like a form of self-determination.

Dual narratives

The effort to balance the complexities of national pride and sovereignty under a colonial shadow takes on even more complexity through the participation of Indigenous athletes.

Following Alwyn Morris and Hugh Fisher’s 1000-metre sprint kayak gold medal at the 1984 Summer Olympics, Morris gave an eagle feather salute to his grandfather. This moment is widely remembered as a positive example of Indigenous resurgence through sport, and a reclaiming of cultural space.

At the same time, as Morris himself has explained, the gesture was a reminder that Indigenous identity does not dissolve into “Team Canada,” even during moments many Canadians want to read as uncomplicated unity.

That is why Morris’s salute still matters. It shows how representation can hold two truths at once. Morris was awarded gold while wearing red and white, but he claimed his win as one for “the other part of who [he] is,” showing how Indigenous sport stories cannot be reduced to a single national storyline.

Indigenous resistance through sport

Perhaps the longest-running example of Indigenous resistance through sport is the Haudenosaunee Nationals lacrosse team, which competes internationally as a sovereign nation.

Contemporary lacrosse reflects a version of the sport that is much different than what Haudenosaunee People have traditionally revered as a “medicine game.” In the late 1800s, when “The Creator’s Game” was colonized and rebranded as “Canada’s National Game,” Indigenous peoples were barred from competition.

Today, the Haudenosaunee Nationals are the only sports organization in the world to compete in international competitions while representing an Indigenous confederacy as a sovereign nation.

Representing the Haudenosaunee, the Nationals embody Indigenous reclamation and resurgence. With lacrosse returning to the 2028 Summer Olympics, the Haudenosaunee’s claim for sovereignty is once again on the line.

Canada’s national story

For most Canadians, international sport is the easiest place to feel the nation in real time. A flag goes up. An anthem plays. A medal table is refreshed. In a few minutes of speed, grace and accuracy, complicated questions about history, economy and belonging collapse into a simple narrative.

Through these articulations of Indigenous sovereignty, representation and resurgence, Indigenous athletes have reminded “Team Canada” why this narrative isn’t as simple as it feels. For Indigenous Canadian athletes, participation is about representing the communities that came together to believe in them.

It’s about celebrating family strength, healing inter-generational trauma and leading a new path. It’s about resisting threats to sovereignty and reclaiming what was taken away.

That is exactly why sport becomes so charged when Canadians feel our sovereignty is under pressure, whether that pressure is literal, symbolic or both. In sport, athletes are asked to do more than win medals — they are asked to stand in for Canada itself and to reassure audiences that the country is coherent, respected and capable of protecting what is considered ours.

The Conversation

Taylor McKee receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada

Janelle Joseph receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council.

Lucas Rotondo does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How Indigenous athletes challenge simple ideas of national unity at the Olympics – https://theconversation.com/how-indigenous-athletes-challenge-simple-ideas-of-national-unity-at-the-olympics-274408

How children’s play with everyday objects can encourage skills needed for STEM success

Source: The Conversation – Canada – By Ozlem Cankaya, Associate Professor, Early Childhood Curriculum Studies, MacEwan University

Parents looking to support their children’s learning in science, technology, engineering and mathematics (STEM) will find no shortage of branded STEM sets, subscription science boxes, private coding programs or educational toys for kids.

If the idea of STEM in early childhood is associated with these products and experiences — in conjunction with public discussion and media coverage around the need to amplify STEM learning — it could be easy to absorb a misleading message that children need these purchased items and paid programs to develop STEM competence.

Contrary to this assumption, our research has examined how some of the most foundational elements of STEM learning, related to behaviours like explaining how things are built or work and exploring mathematical ideas, may begin far more organically.

Such learning emerges, for example, when children stack cardboard tubes, balance objects, test what fits where or redesign a structure that collapses moments after it is built.

Why are children drawn to everyday objects

Researchers have found that certain toys or play materials (like LEGO, wooden blocks or sand) can support STEM learning and cognitive development. For instance, playing with blocks can increase mathematical knowledge and engineering behaviours.

However, some STEM-marketed toys are designed to function in specific ways. Instructions prescribe how to assemble the pieces step by step. While these toys can be enjoyable and engaging, they often limit how much children need to figure out for themselves. When a toy already demonstrates its purpose, there is less opportunity for problem-solving, experimentation or sustained exploration.

On the other hand, children constantly scan their environment to see what they can use in their play and how. Some objects they find in their environment may not have been designed as toys but can be repurposed during play.

Items like cardboard, buttons, fabric scraps, tubes, containers or pieces of wood do not dictate to children what to do with them — as some toys do. Instead, children must decide how to use them, what they might represent and how they can be combined. This versatility is important because it requires children to actively think, plan, test ideas, evaluate the results and revise their actions.

Time and space to explore

Our research team examined how children use everyday objects in their play when they are given time and space to explore independently. We focused on children’s free play with materials drawn from their immediate environment that could be used in multiple ways, such as string, rocks, fabric, spools and cork coasters.

We observed 60 pre-school-aged children engaged in solitary play in two sessions: one with everyday objects and another with toys designed for a single, specific use — toy percussion instruments, which we called limited-purpose toys. This approach allowed us to directly compare how the same child engaged with different types of play materials.

The differences were striking. Children played significantly longer with everyday objects. They also engaged in more STEM-related behaviours — frequently constructing structures, explaining how things were built or worked, exploring mathematical ideas and communicating their goals frequently — than when they played with limited-purpose toys.

Children in the study were more likely to engage in STEM thinking during play with everyday materials if their parents valued play and regularly engaged in playful activities. We asked parents of children who participated to fill out a detailed survey about their home learning environment, and to what extent they thought certain activities and their frequency was important, including play.

Ambiguity invites curiosity

When other researchers explored how children’s causal thinking is affected by toys they found that even very young children collect data by observing, and were more likely to explore toys that offered ambiguous causal relationships than the ones that provided expected results. They concluded that this ambiguity creates motivation in children for thoughtful and targeted exploration.

From a young age, children observe and interact with their surroundings that leads to testing ideas, learning from outcomes, and refining their understanding of how the world works through everyday experience.

When play is treated as meaningful rather than as a break from learning, children may be more comfortable exploring, persisting through challenges and taking ownership of their ideas.

These attitudes align closely with dispositions that support STEM learning, such as curiosity, persistence and willingness to revise one’s thinking.

How adults respond to children’s play

A key insight from our work is that children do not need explicit instruction to engage in meaningful STEM thinking and learning.

Preparing children for STEM success begins when children are trusted to explore, experiment and construct meaning from the materials around them. Encouraging STEM success does not require expensive materials or highly structured activities.

Providing children with time, space and access to everyday objects that can be used in many ways creates opportunities for rich experiences.

Equally important is how adults respond to children’s play. Children’s time spent playing with adults such as grandparents, parents and teachers, can be a time to learn new skills, practice existing abilities and build interests.




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Building blocks of STEM

Children who are better able to hold ideas in mind, plan steps and adjust strategies are more likely to engage deeply in activities. Asking children to explain what they are building, inviting them to think about why something worked or did not work, or simply allowing them time to explore without interruption can deepen the STEM learning embedded in play.

The building blocks of STEM are in recycling bins, kitchen drawers, backyards and classrooms, waiting to be noticed. When we shift our focus from buying the right materials to creating the right conditions for play, we move STEM learning out of the marketplace and back into children’s lives.

If we want children who are curious, resilient problem-solvers, the answer may be simpler than we think. Trust their play. Make room for it. And recognize that long before children ever write code or build robots, they are already doing STEM, one cardboard tube, loose part and bold idea at a time.

The Conversation

Ozlem Cankaya receives funding from MacEwan University (grant number RES0000756) and the Social Sciences and Humanities Research Council (grant number 430-2023-00267). She is affiliated with the Council for Early Learning and Care, Terra Centre, and the International Toy Research Association.

Natalia Rohatyn-Martin receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council (grant numbers 430-2023-00267 and 435-2025-1131).

ref. How children’s play with everyday objects can encourage skills needed for STEM success – https://theconversation.com/how-childrens-play-with-everyday-objects-can-encourage-skills-needed-for-stem-success-274274

The war after the war: How violence is passed down through generations

Source: The Conversation – Canada – By Myriam Denov, Professor and Canada Research Chair in Children, Families and Armed Conflict, McGill University

Editor’s note: This story is the first in a series of articles from Canada’s top social sciences and humanities academics. Click here to register for In Conversation with Myriam Denov, Feb. 25 at 1 p.m. ET. This is a virtual event co-hosted by The Conversation Canada and the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

From Gaza to Ukraine and from Sudan to Myanmar, war rages across the globe, exacting its gravest toll on those least implicated in the violence: children. Today, an estimated 520 million children worldwide — or one in six — live in conflict zones. Yet even when fighting subsides and peace agreements are signed, violence doesn’t always end. War’s impact endures.

Northern Uganda provides a case in point. During the decades-long conflict from 1987 to 2006, the Lord’s Resistance Army (LRA), led by Joseph Kony, was formed to overthrow the Ugandan government and became well-known for the atrocities and war crimes it committed against civilians. The LRA abducted an estimated 80,000 children into armed conflict — a tactic meant to terrorize communities and swell the LRA’s ranks.

“Rose,” for example, was just 14 years old when the LRA abducted her from school in the mid-1990s. For eight years, she was held captive, forced to fight, coerced into a so-called “marriage” with an LRA commander and subjected to relentless abuse, including sexual violence. Her daughter, Grace, was born of that violence. Grace spent her early childhood in LRA captivity amid brutality, hunger, bombardment and displacement.

When Rose courageously escaped the LRA with Grace after eight years in captivity, they returned not to support but to rejection. Their community viewed them with fear and suspicion. Grace was stigmatized at school, within her extended family and in the wider community, branded “Kony’s child” after the rebel leader. Without stable housing and repeatedly displaced, Grace was forced to leave school and sell goods in the marketplace to support her family.

One day on her long rural walk to the market, the unimaginable happened. Grace was raped, later learning that she was pregnant as the result of the rape. In 2018, and still a teenager, Grace gave birth to Alice, a third-generation child whose life has already been shaped by a war that officially ended years earlier.

War does not end with ceasefires, but is transmitted across generations through stigma, violence, poverty and social exclusion. And despite their inherent connection to conflict, children born of war remain largely invisible in post-conflict discussion and justice efforts.

The war after the war

Sexual violence has long been used as a weapon of war. In recent years, the world has begun to acknowledge its devastating consequences for survivors, including physical injury, psychological trauma, economic marginalization and social exclusion. What remains far less visible are the intergenerational legacies of these crimes, particularly for children born of wartime sexual violence.

My ongoing research with children and youth like Grace shows they often face challenges strikingly similar to those of their mothers.

Many struggle to feel they belong, either within their families or their communities. They are frequently subjected to stigma and rejection. This stigma takes the form of being labelled “violent,” “dangerous” or “rebel children,” who are said to be cursed with “bad spirits” within their families, communities, schools and peer groups. This makes it difficult to develop a secure belonging and identity.

These children are also more likely to experience family and community violence and to encounter barriers to education, health care, land, inheritance, employment and legal rights.

Grace described the hostility she continues to face — and how the violence does not necessarily stop with the second generation — in stark terms:

“Life is hard here because people stigmatize us … they have turned their hate against us. In my family, they hate those of us who were born in captivity. My uncle beats us and said he would kill us. He doesn’t want rebel children, Kony children, at home … I know my child will face stigma. As long as my family is not willing to accept me, I believe they will reject my child as well.”

Rose also fears that Alice will one day inherit the same stigma, echoing Grace’s concerns:

“I feel it is possible my grandchild may be stigmatized because of my daughter’s past. They will say, ‘You see this beautiful child? Her mother was born in the bush.’”

For these families, war has not ended, it has simply changed shape. As one young man in my research who was born of sexual violence during wartime put it: “The war that we are now faced with is stigma.”

How resilience is passed down

And yet violence and devastation are not the whole story. Recognizing intergenerational harm does not mean reducing these families and their lineage to trauma alone.

Across generations and alongside profound loss, there is also resilience, resolve and an unyielding determination to build a different life.

Children born of war in northern Uganda are acutely aware of the sacrifices their mothers made to keep them alive. One young man recalled his mother’s escape from the LRA, carrying him through the bush while evading armed fighters, surviving on stolen cassava and refusing to leave his side even when confronted by death. “She held my hand,” he said. “She never left me.”

These memories of protection and survival are not just recollections of pain, they are sources of strength. Many children draw on them to imagine a future not defined solely by violence. Despite poverty, ostracism and ongoing marginalization, Grace spoke with clarity about what she wants for Alice:

“I want my child to be a doctor. I will support my child in every way possible to achieve this dream.”

This capacity to endure, adapt and hope is not accidental. It reflects what I have described as intergenerational resilience — the ways families transmit strength, meaning and survival strategies across generations, even in the aftermath of extreme violence.

Like a family heirloom, this resilience is forged through collective experience and memory. It equips young people with tools to confront adversity and reframes resilience not as an individual trait, but as a relational and intergenerational process rooted in family bonds and care.

What recognition makes possible

Too often, children born of war are reduced to dehumanizing labels in the countries where the war/genocide has occurred, often referring to them as “children of hate” or “bastards.” Such portrayals obscure both the violence that produced their marginalization and the extraordinary capacities they demonstrate to survive it.

If we continue to treat war as something that ends when peace agreements are signed, we will fail generations of children like Grace and Alice. Post-conflict recovery efforts, transitional justice processes and humanitarian responses must reckon with the fact that war’s harms are cumulative and intergenerational. This requires the meaningful inclusion of children born of war in reconciliation processes, reparations, community sensitization efforts and formal recognition in inheritance and citizenship law.




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This also means addressing stigma as a form of ongoing violence, ensuring access to education, employment and legal rights for children born of war and recognizing them not as symbols of past atrocities, but as rights-bearing individuals with futures worth investing in.

As one young participant who is part of my ongoing research in northern Uganda declared, reclaiming a narrative so often denied to them: “We are the light that came out of darkness.”

Intergenerational harms are not unique to northern Uganda, they are unfolding wherever war engulfs children today. And if we are serious about ending war’s toll on children, we must listen — and act accordingly.

The Conversation

Myriam Denov receives funding from the Social Science and Humanities Research Council of Canada, and the Canada Research Chair Program.

ref. The war after the war: How violence is passed down through generations – https://theconversation.com/the-war-after-the-war-how-violence-is-passed-down-through-generations-273669