Si la mayoría de los adolescentes rechazan el acoso, ¿por qué les cuesta defender a la víctima?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Bravo, Investigadora predoctoral Psicología, Universidad de Córdoba

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Cuando un grupo de escolares llaman a una estudiante “la empollona rarita” en el pasillo, decenas de compañeros y compañeras observan la escena. Algunos bajan la mirada para no meterse en problemas. Otros ríen para disimular y no perder su estatus en el grupo. Aunque la mayoría sabe que lo que sucede no está bien, pocos darán el paso de salir en defensa de la ofendida.

La investigación muestra que la mayoría de los adolescentes rechazan actos de acoso escolar como el descrito, y afirman que intentarían detenerlo. Sin embargo, una cosa es lo que uno piensa y sabe que es correcto, y otra muy distinta es actuar contra la violencia llegado el momento.

Defender a una víctima de acoso escolar supone un acto moralmente valiente que requiere de un proceso de toma de decisiones complejo. Y hay ciertos perfiles que tienden a defender a la víctima más que otros.

Dispuestos a intervenir

Lo hemos comprobado tras analizar durante dos años a más de 3 000 estudiantes españoles de entre 9 y 17 años. A diferencia de la mayoría de estudios, que ofrecen una fotografía fija sobre la implicación en el comportamiento, investigamos cómo evoluciona la implicación en defensa de la víctima a lo largo del tiempo.

La principal conclusión es que esta implicación es, de hecho, bastante estable: ocho de cada diez adolescentes se percibieron como defensores de forma continuada. Es decir, para la mayoría ayudar a quien sufre no es una reacción puntual, sino una disposición relativamente consolidada.




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En el extremo opuesto, un 7 % de los escolares mantuvieron de forma sostenida una actitud pasiva ante la situación, mostrándose indiferentes ante el sufrimiento de la víctima.

Identificamos además dos grupos más pequeños, pero especialmente reveladores, cuya actitud cambió con el tiempo. En torno a un 5 % redujeron su conducta de defensa, mientras que el 4 % aumentó su implicación.

Si la defensa de la víctima es una conducta que puede fortalecerse o debilitarse durante la adolescencia, ¿en función de qué factores lo hace? ¿Se trata de características personales o tienen que ver con el contexto?

La pasividad frente al acoso indica aislamiento

Quienes defienden de forma estable suelen sentirse más integrados en el grupo de iguales. También se perciben como más populares y muestran un mayor respeto por las normas de convivencia. En otras palabras, ayudar a quien sufre no parece aislar socialmente, sino todo lo contrario. Y eso podría generar una dinámica de retroalimentación que permite mantener el comportamiento.

Quienes no suelen salir a defender a sus compañeros, por el contrario, tienden a sentirse peor integrados en el grupo, menos populares y más desconectados de lo normativo. Esto sugiere que la pasividad frente al acoso no es simplemente “no meterse en problemas”, sino que puede ser, además, una señal de aislamiento y desconexión social y moral.




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Quienes aumentan su implicación en la defensa tienden a sentirse cada vez más aceptados y populares dentro del grupo de iguales. Estos resultados cuestionan una idea muy extendida: la de que intervenir en situaciones de acoso supone arriesgar el propio estatus social. Nuestros datos sugieren que, lejos de eso, defendiendo defender a un compañero puede ir de la mano de la cohesión grupal y la popularidad.

Por último, quienes dejan de defender muestran un progresivo distanciamiento de lo normativo. Por lo tanto, los adolescentes saben que defender a la víctima es lo esperable y que no hacerlo genera una falta de implicación con las normas que rigen la convivencia y la dinámica social del grupo de iguales.

En conjunto, los resultados dibujan una idea clara: el clima del aula importa. Cuando los estudiantes se sienten parte del grupo y se identifican con las normas que guían una convivencia sana y segura, aumenta la probabilidad de que ayuden a quien lo necesita. Cuando esa conexión falla, el silencio se vuelve más probable.

Complejidad en el pasillo del instituto

El pasillo del instituto no es un lugar neutro: se desarrolla en él una dinámica compleja de roles, interacción social, criterio moral y manejo de la popularidad. Por eso, no se trata de convencer a los adolescentes de que defender a la víctima es lo correcto. Esto ya lo saben. El reto está en crear un entorno que facilite actuar: que en ese pasillo, en esa aula, haya unas normas no escritas pero con las que todos se identifiquen.

Esto implica crear un contexto donde el ambiente del centro sea participativo, donde las reglas se acuerden de forma consensuadas y sean claras. También supone generar espacios de diálogo y reflexión compartidos a todos los niveles (docentes, estudiantes, familias) desde los que analizar cuáles son las implicaciones de su comportamiento.

Cuando las normas son compartidas y el grupo transmite apoyo y seguridad, la defensa se percibe como una responsabilidad, que les motivará y les dará el coraje de pasar de la intención a la acción real.

The Conversation

Christian Berger recibe fondos de ANID BAND CIN250046

Eva M. Romera Félix recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Agencia Estatal de Investigación (PID2020-113911RB-I00)

Ana Bravo y Rosario Ortega Ruiz no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Si la mayoría de los adolescentes rechazan el acoso, ¿por qué les cuesta defender a la víctima? – https://theconversation.com/si-la-mayoria-de-los-adolescentes-rechazan-el-acoso-por-que-les-cuesta-defender-a-la-victima-270098

La audiencia de los ‘youtubers’ puede tener la palabra sobre su tributación

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antoni Bergas Forteza, Profesor de Derecho Financiero y Tributario, Universitat de les Illes Balears

Sopotnicki/Shutterstock

En los últimos años, el traslado de youtubers e influencers españoles al Principado de Andorra ha generado un debate tan intenso como polarizado. A menudo presentado como una “fuga fiscal”, este fenómeno ha puesto sobre la mesa cuestiones mucho más profundas que la simple comparación entre tipos impositivos.

En realidad, el caso de los creadores de contenido digital evidencia los límites de un sistema fiscal construido sobre categorías del siglo XX y aplicado a profesiones que operan en un entorno global, digitalizado y radicalmente diferente.

¿Hasta qué punto la fiscalidad tradicional es capaz de dar respuesta a estos nuevos modelos de negocio? El convenio para evitar la doble imposición entre España y Andorra introduce matices que a menudo pasan desapercibidos en el debate público.

La idea central es clara: la residencia fiscal es un elemento necesario, pero no suficiente. Para entender dónde deben tributar realmente los youtubers, hay que preguntarse dónde se realiza la actividad artística y dónde se encuentra la audiencia que genera valor económico.

Andorra no es un paraíso fiscal

Aunque en el relato mediático Andorra aparece a menudo como un paraíso fiscal, jurídicamente no lo es. Desde 2011, cuando entró en vigor el acuerdo de intercambio de información fiscal con España, el Principado dejó de ser considerado una jurisdicción no cooperativa, es decir, un país que no comparte información de carácter tributario o que no colabora con otros Estados. En 2015, con la firma del Convenio para evitar la doble imposición, esta integración se hizo aún más profunda.

Esto implica que España y Andorra intercambian información fiscal de manera regular Por tanto, el simple hecho de trasladarse allí no garantiza inmunidad tributaria y la clave pasa a ser determinar dónde se genera realmente la renta.

Aquí el análisis legal se complica y el caso de los creadores de contenido digital se convierte en un auténtico laboratorio para repensar la fiscalidad internacional.




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¿Qué son, fiscalmente hablando, los ‘youtubers’?

El punto de partida es determinar la naturaleza jurídica de su actividad. Tanto la normativa española como la andorrana coinciden en considerar que los creadores de contenido generan rendimientos de actividades económicas, ya que movilizan medios propios –equipo, tiempo, habilidades y, sobre todo, imagen personal– para producir un servicio. Ahora bien, ¿pueden considerarse artistas?

Según el modelo de convenio de la OCDE, la categoría “artista” incluye actores, músicos, deportistas y cualquier profesional que participe en espectáculos que generen entretenimiento. También pueden incluirse perfiles que actúan en anuncios o programas televisivos.

De acuerdo con esta interpretación amplia, los youtubers e influencers pueden perfectamente encajar dentro del concepto de artista. ¿Por qué? Porque basan su actividad en su propia imagen; generan espectáculo, entretenimiento o narrativa personal. Además, monetizan su notoriedad de manera directa o indirecta. Y, por último, obtienen publicidad y contratos derivados de su popularidad.

Si se admite esta consideración, las consecuencias fiscales son muy significativas, como demuestran estudios recientes.

El artículo que lo cambia todo

El convenio entre España y Andorra establece, en su artículo 16, que los artistas y deportistas pueden ser gravados por el país donde ejercen su actividad, aunque sean residentes fiscales en otro Estado. Eso significa que si un creador de contenido es residente en Andorra pero ejerce su actividad artística en España, España puede gravar las rentas generadas en este territorio.

Este punto desmonta parcialmente la percepción de que trasladarse a Andorra implica automáticamente “dejar de tener que pagar impuestos en España”.

La variable decisiva: la audiencia

En la economía digital, el creador de contenidos no actúa en un escenario físico. El escenario es la pantalla del consumidor. Por eso, el lugar donde se realiza la actividad no puede identificarse únicamente con la ubicación física del youtuber, sino con la localización del público que da sentido y valor económico al contenido.

Esto implica que, si se da alguna de las siguientes condiciones, existe un argumento sólido para concluir que la actividad artística se está ejerciendo principalmente en España, aunque la persona viva físicamente en Andorra:

  • Si la mayoría de las visualizaciones proceden de España.

  • Si las marcas contratan al creador porque es relevante en España.

  • Si el contenido se produce en castellano y con referentes culturales españoles.

  • Si los vídeos se graban a menudo en ciudades o entornos españoles.

Residencia fiscal vs realidad económica

Incluso si un creador de contenido cumple formalmente los requisitos para ser residente fiscal en Andorra (183 días, centro de intereses económicos, etc.), eso no tiene por qué impedir que España pueda exigir impuestos sobre las rentas generadas en su territorio, según el Convenio suscrito entre ambos Estados.

La clave está en distinguir que la residencia fiscal determina qué país grava la renta mundial. Pero también que el lugar de realización de la actividad artística determina qué país puede establecer una imposición sobre esas rentas concretas.

En un entorno digital, el segundo criterio gana protagonismo y obliga a reinterpretar conceptos clásicos como “territorialidad” o “fuente de la renta”.

En el caso de los youtubers e influencers, plataformas como YouTube o Twitch facilitan datos detallados sobre la procedencia geográfica de las visualizaciones, lo que permitiría a la Administración acreditar el origen territorial del valor generado.

Profesiones ‘nuevas’ con una fiscalidad ‘antigua’

El caso de los creadores de contenido digital revela que la fiscalidad del siglo XX no puede gestionar de manera eficiente las profesiones del siglo XXI, siendo necesario entender mejor el contexto y las características de la actividad digital.

Los youtubers pueden ser considerados artistas, con consecuencias fiscales específicas. Además, la residencia en Andorra no tiene por qué impedir que España grave rentas generadas por actividades ejercidas (material o virtualmente) en su territorio.

La audiencia, como hemos visto, es un indicador central para determinar dónde se realiza la actividad artística: la lengua, los referentes culturales, la localización percibida del contenido y la notoriedad mediática en un país refuerzan este criterio. Todos ellos son elementos clave en la determinación de la soberanía fiscal de un Estado concreto. De hecho, las plataformas proporcionan datos empíricos que pueden fundamentar esta atribución territorial.

Adoptar una interpretación funcional del convenio de tributación entre Andorra y España evita la desconexión entre la realidad económica y la realidad fiscal.

En definitiva, la fiscalidad de los creadores de contenido digital no es solo un debate sobre dónde tributan los youtubers, sino sobre cómo los Estados pueden adaptarse a una economía sin fronteras físicas pero con impactos económicos territorializados. El criterio de la audiencia puede convertirse en el puente conceptual necesario entre estos dos mundos.

The Conversation

Antoni Bergas Forteza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La audiencia de los ‘youtubers’ puede tener la palabra sobre su tributación – https://theconversation.com/la-audiencia-de-los-youtubers-puede-tener-la-palabra-sobre-su-tributacion-277679

Punch, el apego y nuestra relación de pareja

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jesús Rodríguez de Guzmán, Profesor de Psicología del desarrollo y de la educación, Universidad de Cantabria

Punch y su inseparable peluche. Ichikawa City Zoo

Punch es una encantadora cría de macaco nacida en un zoológico, cerca de Tokio. Los vídeos que se han difundido aferrándose a un oso de peluche, editados e incluso adulterados mediante IA, no permiten completar el contexto real de la historia.

Sabemos que el mono nació en cautividad. Por algún motivo que desconocemos no pudo criarse con la madre y fueron separados tras el parto. También ignoramos cuánto tiempo transcurre entre la separación y el intento de vuelta al grupo que pretenden los cuidadores.

Parece evidente que nuestro protagonista tiene conciencia de especie, no necesariamente de parentesco, y se acerca a sus congéneres. Entre ellos puede, o no, estar la madre. Punch reconoce a los otros macacos, pero no sabe si entre ellos están sus hermanos o su madre; la cual, por otra parte, no tiene por qué recordar al vástago que le fue retirado poco después de nacer.

En ese contexto, hipotético, no es raro que Punch sea rechazado: no deja de ser un desconocido que se acerca al grupo. Una posible amenaza o, cuando menos, un competidor, una boca más que alimentar.

Cierto que la psicología es deudora de la etología. O sea, que la investigación con animales nos permite conocer y entender mejor nuestro comportamiento, pero no siempre es acertado interpretar la conducta animal desde parámetros de la conducta de las personas.

Qué es el apego

Hace más de 60 años se identificaron en humanos, y otros mamíferos, comportamientos de aproximación, representaciones mentales, recuerdos y sentimientos de seguridad (o ansiedad ante la separación) establecidos entre el bebé y quien lo atiende. Diferentes corrientes de la psicología identifican el apego como el principio del desarrollo afectivo y emocional.

Por eso, los cuidadores de Punch, ante el rechazo del grupo, le facilitan un peluche. Los sentidos y la percepción del pequeño macaco le informan: vista, tacto y, quizás, olfato indican que ese prototipo tiene mucho en común con un miembro de su especie.

Si, además, el peluche estuviera calefactado hasta la temperatura corporal de la madre, tuviera un reloj que hiciera tic-tac –imitando el latido que Punch percibía antes del parto– y un pezón artificial que le suministrara alimento, el vínculo maternofilial estaría consolidado.

El psicólogo británico John Bowlby (1907-1990), de orientación psicoanalista, defendió la importancia del vínculo afectivo que el bebé establece durante los primeros meses de vida, sobre todo, con la madre. Analiza los problemas psicosociales y de adaptación que surgen cuando se rompe o no se establece el apego, como puede ocurrir, por ejemplo, con menores institucionalizados.

El dilema entre la madre de alambre y la de felpa

En los años 50, el psicólogo estadounidense Harry Harlow diseñó un experimento con macacos rhesus que hoy bordearía los límites éticos de la investigación con animales.

Separados de la madre al nacer, los monos eran enjaulados en un espacio en el que tenían a su alcance dos prototipos “maternos”. La primera madre era de alambre, fría y llena de aristas, pero tenía una tetina que le suministraba alimento. La textura de la segunda era más acogedora: el armazón estaba recubierto de felpa acolchada y la expresión de la cara era más similar a la de un mono. La diferencia es que no tenía pezón.

El pequeño rhesus aprendió pronto a alimentarse de la progenitora de alambre, pero, después, ya saciado, prefería el contacto de la felpa. Para complicar más la situación, y el trauma del bebé macaco, Harlow introdujo en la jaula un terrible artefacto, de aspecto amenazador y ruidoso, provocando el pánico del mono.

Vídeo del experimento de Harlow.

Si la madre de felpa estaba disponible era en ella donde el mono se cobijaba, y si no lo estaba optaba por acurrucarse, pasivo y asustado, en un rincón.

En tiempos de disputa entre psicoanalistas y conductistas, Harlow parecía dar la razón a Bowlby: el contacto con la figura materna es más importante, incluso, que la necesidad primaria de alimentarse y, en situación de peligro, se busca el cobijo materno, aun siendo ineficaz.

La evolución y el conductismo interpretarían los resultados de otra manera: el condicionamiento operante explica la rapidez con la que el mono aprende a alimentarse de una madre de alambre. Saciado el hambre, el estímulo pierde eficacia y entra en juego la impronta evolutiva, que supone una ventaja adaptativa para los mamíferos: se orienta hacia algo parecido a una madre rhesus, un torso mullido, casi peludo, en el que buscar un nutritivo pezón que ponga en marcha el reflejo de succión del bebé, clave para su supervivencia. Obviamente, no lo consigue, por eso volverá a la mamá de alambre al sentir hambre.

El monstruo que entra en la jaula es automáticamente evaluado como una amenaza ante la que tendría dos opciones, luchar o huir, ambas imposibles en ese contexto. Así entraría en juego el paradigma de la indefensión aprendida, muy relacionada con la depresión: lo que ocurra en esta situación no depende de mi respuesta, no puedo hacer nada para evitar sus consecuencias, por tanto, no tengo más opción que la pasividad.

El apego en una “situación extraña”

Más tarde, la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth diseñó a finales de la década de 1960 un elegante experimento con el que aplicó la teoría del apego a los humanos.

En la “situación extraña”, Ainsworth ubicó a los bebés en un espacio en el que ejercen su influencia dos fuerzas contrapuestas. Por una parte, la figura de apego –no necesariamente la madre– cercana, hace que el pequeño se sienta seguro a la vez que puede gatear y moverse libremente por la habitación. Por otra, juguetes de formas y colores atractivos llaman la atención del bebé, incitándolo a explorar el entorno. Se añade a la escena una persona desconocida cuya actitud no es ni amenazante ni reconfortante para el niño.

La investigación analiza la respuesta del pequeño ante la tensión que ejerce el impulso de acercarse a explorar los juguetes, a la vez que necesita certificar la seguridad que le da la presencia cercana de la figura de apego. En el siguiente paso, la mamá se marcha sin avisar y se registran las distintas respuestas que dan los pequeños ante el abandono. Poco después la figura de apego regresa a la habitación y se vuelve a analizar el comportamiento del bebé.

Las respuestas de los pequeños ante las distintas situaciones dan lugar a distintos tipos de apego. La investigadora describió en primer lugar el apego seguro, presente en más del 60 % de la muestra estudiada. Se caracteriza por interés por explorar con confianza el entorno mientras la madre está presente, sabiendo que puede volver, cuando necesite, a su “base segura”. También interactúan con el extraño cuando está presente la figura de apego, pero no le servirá de consuelo cuando la madre se marche.

El abandono provocará enfado, aflicción, llanto y una respuesta manifiesta de malestar que cederá poco después del regreso de la madre. El pequeño “perdonará el abandono” cuando, de nuevo, empiece a dejarse llevar por el impulso de explorar el entorno; comprobando periódicamente, eso sí, que la madre no vuelve a marcharse.

Cualquier otra reacción, de acuerdo con la investigadora, sería una muestra de un apego inseguro, ansioso, evitador, desorganizado o desorientado. Son manifestados por bebés que no se interesan por explorar el entorno, no son capaces de separarse mínimamente de la figura de apego, o, por el contrario, no se inmutan ante su marcha, aceptan igualmente a la persona extraña, o responden de forma indiferente, ambigua o desproporcionada cuando la madre regresa.

Después de la infancia

Una psicóloga contemporánea, Begoña Delgado, profesora de la UNED, ha estudiado cómo se trasvasa la relación de apego de los padres a los iguales, y de estos a la pareja.

Al finalizar la infancia, el vínculo se desplaza de la familia hacia la pandilla.
Las amigas y amigos son refugios a los que regresar tras incursiones, a veces arriesgadas, en un entorno que supone, a la vez, un reto, una oportunidad y una necesidad para el desarrollo adolescente, de acuerdo con el clásico trabajo del profesor Oliva.

Al final de la adolescencia los componentes del apego se traspasan a la relación de pareja, sin que la familia haya dejado de ser la base segura desde la que explorar el mundo. La relación de pareja estará influida por el modelo afectivo desarrollado con la figura de apego, ya que es en la relación familiar donde se aprendió, o no, la cercanía emocional y los intercambios físicos que se darán, con otro significado, en la pareja.

La calidad del apego, primero en familia y después en la relación de amistad, predice las características de la relación de pareja.

Así las cosas ¿de quién somos y a quién necesitamos en la etapa adulta como figura de apego? Será la persona que anime a desenvolvernos con confianza ante los nuevos retos y riesgos, con la garantía de que siempre estará disponible como base segura a la que volver.

Esa figura que Punch anda buscando.

The Conversation

Jesús Rodríguez de Guzmán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Punch, el apego y nuestra relación de pareja – https://theconversation.com/punch-el-apego-y-nuestra-relacion-de-pareja-276901

La narrativa que ha imperado sobre el cambio climático es la occidental

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Zarina Kulaeva, Postdoctoral research fellow, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Manifestación de indígenas mundurukú durante la celebración de la cumbre climática COP30, celebrada en noviembre de 2025. Antonio Scorza/Shutterstock

La historia del cambio climático comenzó a tomar forma a finales de la década de 1960, en un contexto marcado por la creciente preocupación científica y social por los efectos de la actividad humana sobre el medio ambiente.

Un hito clave en este proceso fue la publicación de Primavera silenciosa en 1962, de Rachel Carson, uno de los libros más influyentes sobre el uso indiscriminado de productos químicos agrícolas, pesticidas y otras sustancias sintéticas (DDT) que contaminaban las aguas, afectando gravemente a las poblaciones de aves y fauna silvestre e infligiendo riesgos significativos para la salud humana.

El impacto de esta obra fue tal que, solo tres años después, en 1965, la Comisión de Contaminación Ambiental de Estados Unidos elaboró un informe exhaustivo sobre la «calidad de nuestro medio ambiente». En él alertaba sobre la contaminación, la gestión del agua y la salud pública, para presentarlo al entonces presidente Lyndon B. Johnson.

Un año más tarde, en 1966, Johnson promulgó la National Traffic and Motor Vehicle Safety Act, legislación que sentó las bases para una regulación más estricta de la industria automotriz en materia de seguridad y control de emisiones. Como resultado de este nuevo marco normativo, y del creciente escrutinio público sobre el impacto ambiental del transporte, la empresa General Motors publicó en 1970 el folleto titulado Progress toward Pollution-Free Cars, en el que reconocía la necesidad de avanzar hacia vehículos menos contaminantes.

Ese mismo año, el 22 de abril de 1970, se instauró oficialmente la celebración del Día de la Tierra, que marcó un punto de inflexión en la articulación de políticas, movimientos sociales y compromisos institucionales en favor de la protección del medio ambiente.




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Dos visiones contrapuestas sobre el clima

La historia del cambio climático tiene, no obstante, precedentes aún más influyentes. Robin Lybbi profesora emérita de la Universidad Nacional de Australia, relata en su último libro The Environment. A History of the Idea que en 1949 se celebraron dos conferencias muy relevantes en el ámbito del medio ambiente y la conservación de los recursos. Por un lado, tuvo lugar la Conferencia Científica de las Naciones Unidas sobre la Conservación y Utilización de los Recursos (UNSCCUR) y por el otro, la Conferencia Técnica Internacional sobre la Protección de la Naturaleza (ITCPN). Ambas se celebraron en Lake Success, Nueva York.

Como describe Lybbi en su libro:

«Más de 500 delegados de unos cincuenta países asistieron a la UNSCCUR. El desarrollo económico fue una de las principales preocupaciones […] Por el contrario, la reunión de la International Technical Conference on the Protection of Nature (ITCPN) fue más pequeña, con representación de más continentes pero con menos delegados de cada uno de ellos, y se centró directamente en la protección de la naturaleza. Las mujeres representaron hasta una décima parte de los asistentes a la ITCPN, mientras que, significativamente, en la U.N. Scientific Conference on Conservation and Utilization of Resources (UNSCCUR) las mujeres fueron casi inexistentes, lo que subraya aún más los vínculos de esta última con la seguridad, la economía y la alta política».

Así, comenzaron a consolidarse dos enfoques diferenciados frente al cambio climático y la gestión ambiental. Por un lado, la UNSCCUR promovía la resolución de los problemas ecológicos mediante la innovación tecnológica y la modernización, mientras que el ITCPN defendía la prevención, subrayando la necesidad de minimizar el impacto de la actividad humana sobre los ecosistemas. Con el paso del tiempo, y con la llegada del siglo XXI, estas perspectivas se reflejaron en las estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. Inicialmente concebida como un complemento de la mitigación, la adaptación ha adquirido creciente relevancia, consolidándose como una estrategia indispensable para enfrentar los impactos inevitables del cambio climático.

De hecho, como evidencia el nuevo mapa de las narrativas climáticas presentado en recientes estudios, tanto la mitigación como la adaptación encuentran su origen en compromisos internacionales como el Protocolo de Kioto de 1997. Este, a su vez, incorpora gran parte de la conceptualización del desarrollo sostenible propuesta por el Informe Brundtland en 1987.

No sorprende, por tanto, que estas narrativas estén estrechamente interconectadas, dada la complejidad del fenómeno climático y la persistencia de la idea de progreso. Durante estas décadas, la fe ciega en el desarrollo tecnológico sirvió como fuerza unificadora para grandes inversiones en la promoción de nuevas infraestructuras; mientras que el acceso sin restricciones a los recursos naturales facilitó su mercantilización, comodificación y la generación de beneficios a expensas del agotamiento de los mismos.

«Oportunidad de inversión»

En este sentido, el cambio climático se ha convertido en una importante «demanda de innovación mucho más generalizada y poderosa que cualquier programa medioambiental», según Robert W. Fri, subdirector de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos entre 1971 y 1973. Tampoco nos ha de extrañar que la promulgación de la modernización por medio de la conferencia de UNSCCUR se haya materializado años más tarde en las ideas de eco-modernización, estrechamente vinculadas con la idea del desarrollo sostenible.

Por el contrario, los paradigmas centrados en el decrecimiento que orientan hacia la reducción de «la producción y el consumo en el Norte Global, a una construcción autodeterminada de la sociedad en el Sur Global y a desarrollar procesos de decisión democráticos más participativos para solucionar problemas ecológicos, han permanecido más marginales. Y se debe no únicamente a la primacía de la idea de progreso, el desarrollo tecnológico y la maximización de la eficiencia, sino también al uso insaciable de los recursos naturales. Tampoco es nada nuevo. En un diálogo de hace más de 2000 años, Hipócrates conversa con Demócrito sobre este ávido impulso del ser humano que: «por deseos insaciables» llega «hasta los confines de la tierra y sus abismos infinitos, fundiendo plata y oro, sin dejar nunca de adquirir más, y siempre preocupado por tener más, para no caer en la ruina» (Hippocrates, 1839, carta 17).

No resulta sorprendente que el decrecimiento se plantee en abierta contraposición a la apuesta exclusiva por el desarrollo tecnológico y la maximización de la eficiencia como ejes rectores del progreso. Tal como se expone en Degrowth.info—plataforma mediática independiente impulsada por un colectivo político internacional orientado a difundir y articular las perspectivas del decrecimiento—, esta perspectiva pone de relieve hasta qué punto las posturas críticas frente a la concepción lineal del progreso han ocupado históricamente un lugar marginal en el debate público.

En este sentido, Diana M. Liverman, profesora emérita de Geografía en la Universidad de Arizona, ha señalado cómo el cambio climático ha sido conceptualizado en términos económicos como «una oportunidad de inversión». Esta capitalización del cambio climático y de los gases de efecto invernadero se evidencia mediante instrumentos como los mercados de carbono y la influencia del orden neoliberal en la «comodificación» de la naturaleza. Llamamos «comodificación» al fenómeno mediante el cual bienes, servicios, ideas o recursos naturales, anteriormente no comerciales, se transforman en productos básicos intercambiables en el mercado, valorados principalmente por su precio.

Este enfoque revela la tensión persistente entre la gestión ambiental basada en la prevención y la explotación de oportunidades económicas derivadas del cambio climático, un dilema que sigue configurando las políticas climáticas contemporáneas.




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Las consecuencias de una visión occidental imperante

Por último, y no menos relevante, el denominado mapa de las narrativas propuesto en el artículo Climate Change–”The Measure of All Things”: The Missing Map of Climate Narratives, ofrece evidencias del carácter predominantemente occidental y etnocéntrico de la construcción discursiva hegemónica sobre el cambio climático. En particular, pone de manifiesto cómo dicha perspectiva no solo se origina en marcos epistemológicos occidentales, sino que además tiende a proyectarse de manera universalizante sobre territorios y contextos cuyas lógicas y racionalidades socioculturales difieren sustancialmente.

En consecuencia, múltiples narrativas no occidentales —vinculadas a topografías, cosmologías y marcos relacionales alternativos— no se encuentran representadas ni disponen de un lugar claramente identificable dentro de dicho esquema analítico. En contraste, las contribuciones emanadas del Informe Brundtland y del Protocolo de Kioto sí aparecen incorporadas, lo que evidencia un sesgo hacia los marcos institucionales y normativos dominantes y, a su vez, limita la capacidad del mapa para entablar un diálogo verdaderamente plural con narrativas alternativas.

Los hallazgos concuerdan con otros estudios, cuyos principales resultados identifican «factores institucionales y estructurales» que limitan a los autores del Sur Global o de los territorios no occidentales en su capacidad de contribuir en la misma medida que el Norte Global. Es más, existe un riesgo significativo de subestimar o ignorar formas de conocimiento local y enfoques comunitarios, incluyendo los saberes tradicionales de los pueblos indígenas de la Amazonía (por ejemplo, los yanomami y los kayapó en Brasil), de los sami en Finlandia y Noruega, o de los aborígenes australianos, como los yolngu y los noongar, que consagran conocimientos ancestrales sobre la naturaleza y la interdependencia entre los seres humanos y los ecosistemas.

Reconocer y valorar estas perspectivas resulta fundamental para diseñar estrategias climáticas más inclusivas, efectivas y culturalmente pertinentes.

The Conversation

Zarina Kulaeva no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La narrativa que ha imperado sobre el cambio climático es la occidental – https://theconversation.com/la-narrativa-que-ha-imperado-sobre-el-cambio-climatico-es-la-occidental-275171

¿Qué es la terapia del movimiento rítmico y cuáles son sus beneficios en primaria?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Naroa Uria-Olaizola, Personal Docente Investigador en la Facultad de Educación y Deporte, Universidad de Deusto

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Estamos en un aula de primero de primaria, con escolares de 6 y 7 años. Al poco tiempo de comenzar a explicar la maestra, a Marcos se le cae el lápiz por tercera vez.

No es torpeza. Su cuerpo no termina de “colocarse” en la silla. Se mueve y cambia de postura. Apoya medio cuerpo en la mesa y vuelve a enderezarse. Cuando por fin se decide a escribir, aprieta tanto que rompe la punta del lapicero.

A su lado, Paula tarda mucho en empezar con la tarea. Mira alternativamente al cuaderno, a la pizarra y otra vez al cuaderno. En cada cambio de mirada parpadea y frunce el ceño como si le molestara la luz. Copia despacio y se equivoca. Cuando se le corrige, se encoge como si el cuerpo respondiera antes que la cabeza.

En la fila de atrás, Hugo está siempre en alerta. Si alguien arrastra una silla, gira la cabeza de golpe. Si se le habla un poco más alto que de costumbre, se sobresalta. A veces ríe de manera nerviosa e incluso responde antes de tiempo. No es falta de interés. Es dificultad para controlar sus impulsos cuando el entorno cambia.

A las familias de Marcos, Paula y Hugo la maestra les dice que “se distraen”, que “interrumpen” y que “se enfadan fácilmente”. Desde fuera, estas situaciones pueden parecer falta de voluntad o incluso mala conducta.

El sistema nervioso en desarrollo

Pero desde el punto de vista de las investigaciones en desarrollo cerebral, las reacciones y actitudes de los tres niños pueden considerarse reflejos primitivos no integrados. Cuando el sistema nervioso mantiene respuestas muy básicas y no deliberadas, sentarse, atender o incluso gestionar sus impulsos se vuelven tareas agotadoras.

En palabras del neurocientífico portugués Antonio Damásio: “Cualquier teoría que deje de lado el sistema nervioso a la hora de explicar la existencia de la mente y la consciencia está destinada al fracaso”.




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Esta idea resume por qué no es posible comprender el desarrollo humano sin atender a su base biológica y corporal. A través del movimiento, el cuerpo se convierte en el primer mediador entre el niño y su entorno y establece las bases sobre las que se construyen el pensamiento, la emoción y la relación con los demás entre otros.

El desarrollo infantil consiste en una maduración biológica (crecimiento y desarrollo físico que lleva a un organismo de la infancia a la edad adulta) y en una maduración del sistema nervioso central. En él intervienen tres dimensiones: la física, la cognitiva y la emocional.

Los reflejos primitivos en el bebé

En los primeros meses de vida, el bebé realiza movimientos espontáneos. Son los llamados reflejos primitivos. No son gestos al azar, sino señales de un correcto desarrollo neurológico y de la progresiva organización del sistema nervioso. Su aparición, integración y posterior desaparición responden a un orden determinado. Son indicadores esenciales del desarrollo neuromotor y de la organización progresiva del sistema nervioso.

Cada reflejo está vinculado a uno o más de los sistemas de procesamiento sensorial: el gusto, el tacto, el olfato, la visión, la audición, la capacidad de percibir la posición, el movimiento, el estado de nuestro cuerpo en el espacio (propiocepción) y la capacidad de percibir e interpretar las señales internas del propio cuerpo (interocepción).




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Cuando los reflejos primitivos se mantienen más allá de los doce meses de edad el sistema nervioso central no está madurando correctamente: el niño o la niña puede experimentar una disfunción en uno o varios de los sistemas de procesamiento sensorial motora (oculo–manual) y esto puede desembocar en dificultades en el aprendizaje, la socialización, el rendimiento escolar, el equilibrio hormonal y el control motor, etc.

Integración neurológica

La terapia del movimiento rítmico busca favorecer la integración neurológica y la maduración de aquellos procesos que no se consolidaron adecuadamente. Para ello se repiten patrones de movimiento propios de las primeras etapas del desarrollo que actúan como “organizadores” y favorecen la regulación motora, emocional y atencional, contribuyendo así al desarrollo integral de la persona.

Durante la intervención, expertos con formación en terapia del movimiento rítmico observan cómo se mueve, respira y organiza su cuerpo el niño o niña. Realizan rutinas sencillas pero constantes: movimientos rítmicos y ejercicios de coordinación, de equilibrio y de respiración para ayudarle a regularse.




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La terapia puede ponerse en práctica en los propios centros educativos. Un ejemplo real es el de la Ikastola Andra Mari de Etxarri Aranatz (País Vasco), que ha puesto en marcha en la etapa de Educación Infantil un proyecto basado en la citada terapia del movimiento rítmico. El proyecto parte de una valoración de todo el alumnado de infantil para detectar la presencia de reflejos primitivos activados, y posteriormente, inhibirlos.

El equipo ha observado que además de propiciar beneficios en el alumnado con mayores dificultades, la implementación de la terapia del movimiento rítmico favorece un cambio de mirada: de un enfoque centrado en la carencia a otro centrado en el desarrollo integral del niño.

Precauciones y sentido común

El cuerpo y el sistema nervioso sostienen la atención, la emoción y el aprendizaje. Conocer sus procesos de desarrollo y maduración permite identificar señales tempranas y ajustar la respuesta educativa antes de que las dificultades se consoliden.

Comprender cómo madura el cuerpo ayuda a comprender cómo aprenden los niños. Los conocimientos sobre el desarrollo neuromotor y nervioso y las estrategias para mejorarlo debería formar parte de la formación de los futuros maestros.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Qué es la terapia del movimiento rítmico y cuáles son sus beneficios en primaria? – https://theconversation.com/que-es-la-terapia-del-movimiento-ritmico-y-cuales-son-sus-beneficios-en-primaria-272370

En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Herrera, Directora Centro de Investigación y Desarrollo de Ingeniería, Universidad Católica Andrés Bello

Calle del centro de Medellín (Colombia). DawgTraveler/Shutterstock

En muchas ciudades latinoamericanas, buena parte de los viajes urbanos no son trayectos laborales tradicionales (a una oficina, a una fábrica o una tienda), sino que se hacen para ir a cuidar a otros. Acompañar a niños, asistir a personas mayores, comprar alimentos o ir a un centro de salud forma parte de una movilidad cotidiana que sostiene la vida.

Estos recorridos recaen mayoritariamente en las mujeres y presentan patrones específicos: trayectos encadenados, múltiples paradas, horarios fragmentados y cargas físicas adicionales. Este tipo de movilidad rara vez se incorpora en las estadísticas oficiales. Y como no se mide, tampoco se diseña para ella.

Un nuevo marco: ciudades cuidadoras

En los últimos años, el concepto de ciudad cuidadora ha ganado presencia en la investigación urbanística y en el diseño de políticas públicas. El artículo Caring Cities: Towards a Public Urban Culture of Care?” (2025) analiza cómo distintas ciudades del mundo están incorporando el cuidado en la organización del espacio público, los servicios y la planificación urbana.

En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(CEPAL) ha subrayado que la autonomía económica de las mujeres depende directamente de que haya unas infraestructuras de cuidados suficientes y accesibles. Y es que el cuidado no es solo un asunto doméstico: también es un problema urbano de accesibilidad y de tiempo.

Este enfoque implica un cambio de escala. Se pasa de pensar en viajes individuales a comprender la trama de desplazamientos cotidianos necesarios para sostener la vida. No se trata solo de transporte, sino de equidad urbana.

Qué dice la evidencia

La movilidad del cuidado tiene patrones propios que no encajan bien en el clásico viaje pendular hogar–trabajo–hogar. Un estudio a escala regional publicado en 2021 comparó datos de Bogotá, Medellín y São Paulo. Encontró que las mujeres realizan más viajes encadenados, visitan más destinos y registran trayectorias distintas, muchas vinculadas al cuidado. Esto se traduce en mayor exposición a la inseguridad, más tiempo perdido y menor acceso a oportunidades. Además, la dispersión urbana y la falta de infraestructuras peatonales hacen que cuidar sea más costoso –en tiempo y energía– para quienes ya parten con menos margen.

Durante la pandemia, las mujeres de barrios con ingresos bajos extendieron sus caminatas y reorganizaron sus rutas ante la falta de transporte y de servicios cercanos.

La caminabilidad “promedio”

El índice de caminabilidad impulsado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mide, con una perspectiva de género, la calidad del entorno construido para desplazarse a pie. La metodología permite la evaluación de las rutas y calles, a través del análisis de 23 variables estructuradas en seis categorías: aceras, conectividad, seguridad vial, fachadas y edificaciones, confort y mobiliario, y señalización.

Aunque este índice es un avance en la evaluación del espacio peatonal, se sigue partiendo del peatón estándar: alguien que se desplaza sin cargas, con plena autonomía física y en un recorrido simple de un punto A a un punto B.

Para los trayectos del cuidado, eso rara vez ocurre. Quien empuja un coche de bebé o acompaña a un adulto mayor necesita aceras continuas y anchas, rampas bien resueltas, cruces seguros y sombra. Quien camina encadenando actividades necesita buena conectividad, proximidad a los servicios y sensación de seguridad en horarios diversos. En muchos barrios latinoamericanos, esas condiciones no están garantizadas.

Si estas realidades no se miden, permanecen invisibles. Y lo que no se ve, no se planifica.

Nuevas metodologías

A nivel internacional están surgiendo herramientas para integrar el cuidado en la medición urbana e identificar brechas entre servicios, movilidad y disponibilidad de tiempo de quienes cuidan.

Este tipo de modelos puede dialogar con métricas ya existentes, como las del BID, y ampliarlas para capturar mejor las desigualdades territoriales.
Incorporar estas variables no es sumar indicadores por sumar, sino reformular la pregunta sobre qué significa “una ciudad caminable” y para quién.

Hacia una medición que cuide

Medir la caminabilidad con enfoque de cuidados permitiría identificar distancias excesivas andando para ir a escuelas y centros de salud, aceras discontinuas que impiden empujar un coche de bebé, cruces peligrosos en rutas escolares, falta de iluminación o barreras para personas con movilidad reducida. Estos obstáculos pequeños en el mapa son, en la práctica, grandes barreras para la igualdad.

Esto mejoraría la vida de mujeres, personas mayores, niños, personas con discapacidad y hogares de bajos ingresos. Además, permitiría diseñar políticas más eficientes, porque atender el cuidado reduce desigualdades desde su raíz temporal y territorial.

La infraestructura del cuidado ya está en la ciudad, pero a menudo es precaria e invisible. Medir accesibilidad y caminabilidad sin cuestionar la ficción del peatón estándar equivale a seguir planificando para una minoría. Cuando una ciudad decide qué mide, también decide a quién prioriza.

The Conversation

Celia Herrera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras – https://theconversation.com/en-latinoamerica-las-ciudades-no-estan-disenadas-para-las-mujeres-cuidadoras-271926

Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Martínez Sánchez, Biomedicine and Molecular Oncology Researcher, Universidad de Oviedo

Durante décadas, hemos centrado todos nuestros esfuerzos en tratar el cáncer atacando directamente a las células tumorales. Hoy sabemos que una de las herramientas más valiosas y potentes para combatirlo estaba ya en nuestro propio cuerpo: el sistema inmunitario. Convertirlo en nuestro aliado es una interesante opción en la lucha contra el cáncer.

¿Qué es la inmunoterapia?

A diferencia de los tratamientos como la quimioterapia o las terapias dirigidas, la inmunoterapia no ataca directamente al tumor. Su objetivo es otro: reactivar el sistema inmunitario del paciente para que “haga el trabajo” y elimine las células tumorales.

Nuestro sistema inmunitario está diseñado para detectar y eliminar amenazas, como bacterias, virus o células dañadas. Y en teoría, también debería ser capaz de reconocer y eliminar las células tumorales. El problema es que el cáncer aprende a frenar, engañar o desactivar estas defensas, logrando pasar desapercibido y progresar.

Ahí es donde entra en juego la inmunoterapia: en lugar de actuar directamente sobre el tumor, retira esos frenos y refuerza la respuesta inmunitaria. Esto permite que el propio organismo recupere su capacidad natural para combatir la enfermedad.

Una idea antigua, una revolución reciente

La idea de utilizar el sistema inmunitario para combatir el cáncer no es nueva. A finales del siglo XIX, el médico estadounidense William Coley observó que algunos pacientes oncológicos mejoraban tras sufrir infecciones graves. A partir de esa observación, intentó provocar respuestas inmunes intensas mediante la inyección de bacterias inactivadas, conocidas como las toxinas de Coley.

Los resultados fueron variables y la técnica acabó abandonándose, pero dejó una idea fundamental: activar el sistema inmunitario podía convertirse en una estrategia antitumoral muy eficaz.

Con el tiempo, y gracias a los avances en biología e inmunología, ya no fue necesario recurrir a bacterias para activar las defensas. La investigación permitió identificar formas mucho más precisas y eficaces de activar el sistema inmunitario, y fue entonces cuando la inmunoterapia empezó a mostrar todo su potencial clínico.

No existe una sola inmunoterapia

Solemos hablar de la inmunoterapia como si fuera un único tratamiento, pero en realidad engloba estrategias muy diferentes.

Entre las más utilizadas se encuentran los inhibidores de puntos de control inmunitario, que quitan los “frenos” que impiden al sistema inmunitario atacar a las células tumorales. También están los anticuerpos monoclonales, que reconocen específicamente esas células y permiten su eliminación. En cuanto a las terapias celulares adoptivas, como las CAR-T y TCR-T, se basan en modificar los propios linfocitos T del paciente para que reconozcan y destruyan las células malignas.

A ello se suman las vacunas terapéuticas y otros fármacos en desarrollo cuyo objetivo es estimular la respuesta inmunitaria.

Los grandes éxitos: por qué la inmunoterapia fue una revolución

El impacto de la inmunoterapia se hizo especialmente evidente en tumores como el melanoma metastásico o el cáncer de pulmón. En algunos pacientes, tratamientos que antes apenas lograban ganar unos meses de vida, dieron paso a algo inesperado: respuestas que se mantienen en el tiempo.

Este concepto de “respuesta duradera” es la clave de la revolución. No se trata solo de que el tumor disminuya de tamaño, sino de que permanezca controlado a largo plazo, algo poco habitual con las terapias clásicas. Por eso, con la inmunoterapia en nuestro arsenal, se puede hablar de un cambio de paradigma en oncología.

Entonces, ¿por qué no todos los cánceres se tratan con inmunoterapia?

Aquí surge la gran pregunta. Si funciona tan bien en algunos casos, ¿por qué no tratar con inmunoterapia a todos los pacientes?

Para entenderlo es necesario distinguir entre tumores “calientes” y tumores “fríos”. Los tumores calientes tienen el sistema inmune “despierto”: presentan infiltración de linfocitos T e inflamación. En estos casos, la inmunoterapia tiene más posibilidades de funcionar. Los tumores fríos, en cambio, carecen de actividad inmune y no responden a estos tratamientos.

A esto se suma la enorme capacidad de adaptación que presentan algunos tumores. Las células tumorales pueden “esconderse” del sistema inmunitario, y hacerse menos visibles. Otras impiden la entrada de células inmunes en el tumor o bloquean su actividad.

Además, algunos tumores “modifican” su entorno para crear un ambiente hostil a la respuesta inmune. En estos casos, la inmunoterapia tiene poco margen de actuación, porque no hay una respuesta inmunitaria eficaz sobre la que actuar.

¿Y si el sistema inmunitario se activa en exceso?

Activar el sistema inmunitario tiene un precio. En algunos pacientes, la respuesta inmune puede dirigirse también contra tejidos sanos, provocando efectos secundarios como inflamación de la piel, el intestino o la glándula tiroides.

En algunos casos, estos efectos secundarios pueden ser graves y aparecer incluso meses después de finalizar el tratamiento. Por eso, la inmunoterapia requiere un seguimiento médico estrecho y una vigilancia continua.

No es una cura universal, pero sí un cambio profundo

La inmunoterapia no ha sustituido a los tratamientos oncológicos clásicos ni funciona en todos los pacientes. Pero ha demostrado algo clave: el cáncer puede tratarse de otra manera.

Hoy sabemos que su éxito no es casual y depende de varios factores. Primero, investigación continua para entender por qué funciona en algunos tumores y falla en otros, y cómo las células cancerosas logran escapar del sistema inmunitario. Segundo, una mejor selección de pacientes, basada en biomarcadores que ayuden a predecir quién puede beneficiarse del tratamiento.

En tercer lugar, resulta esencial el seguimiento a largo plazo, necesario tanto para controlar la enfermedad como para vigilar posibles efectos secundarios.

Mirando al futuro de la investigación oncológica

La inmunoterapia no es una solución “mágica”, pero sí ha supuesto una auténtica revolución en oncología. Ha demostrado que el sistema inmunitario puede convertirse en un aliado terapéutico muy poderoso.

Su futuro no está en aplicarla de manera indiscriminada, sino en entender mejor en qué pacientes funciona, por qué y en combinación con qué tratamientos. De esta forma, la oncología se dirige hacia una medicina de precisión. Porque el verdadero progreso no está en tratar más, sino en tratar mejor.

The Conversation

Claudia Martínez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos – https://theconversation.com/inmunoterapia-en-oncologia-grandes-exitos-grandes-retos-274320

Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea J. Arratibel, Editor, The Conversation

Impulsor del nature writting o de la “liternatura” en México y autor de cinco libros, Andrés Cota Hiriart condensa en su perfil (escritor, zoólogo, naturalista, ensayista, divulgador, documentalista) una versatilidad que le corona como una de las referencias mexicanas más jóvenes de las letras, pero también del panorama científico.

El suyo se considera un perfil híbrido poco común; una rara avis que, sin embargo, él no considera que sea “nada novedoso”. “Así era cualquier naturalista del siglo XIX y del XX”, subraya, y pone como ejemplo a algunos de sus referentes: Oliver Sacks, Frans de Waal, Donna Haraway.

Profesor de literatura en la Escuela Superior de Cine y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su frenética actividad se reparte entre las clases en la universidad, charlas, ferias, presentaciones de libros, festivales culturales, la dirección del pódcast Masaje cerebral y el programa de televisión de la Revista de la Universidad de México.

Es, además, fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que saca la ciencia de su entorno habitual y la pone en contacto con un público general y diverso. “Una especie de terapia para cerebros hambrientos”, la describe él. Inspirada en el concepto de los “cafés filosóficos” de Inglaterra, la idea nació del intento de sacar adelante El Idiografo, una revista científico-cultural que, tras fracasar en ese formato, acabó convirtiéndose en un exitoso “café de ciencia tropicalizado” en la Ciudad de México. Este foro se ha extendido ya a más de 20 ciudades del país.

En una sociedad dividida entre las letras o las ciencias, ¿dónde se origina tu pasión por disciplinas aparentemente tan dispares?

Desde niño era consciente de que en la mayoría de perfiles somos muy híbridos, que lo normal es que todas las personas tengamos diferentes intereses. A lo mejor fue porque a mí nunca se me censuró una u otra vocación. En casa, mi papá y mamá eran científicos. Y buena parte de la labor de alguien que piensa científicamente consiste en contarle a otras personas por qué piensan esas cosas. Tanto ellos como mis abuelos eran muy lectores. Mi abuelo de Sinaloa, un hombre de campo, leía todo lo que podía en el rancho como compulsión lectora, hasta periódicos antiguos de más de un mes.

Cuando uno crece en una casa rodeado de mucha mezcla de perfiles que al sentarse a comer hablan de libros, deduce que en ellos hay algo importante, puntos comunes, coincidencias, discordancias… Creo que leer, supongo que como cualquier otro consumo cultural, se aprende por copiar al otro. Se va pegando por imitación, por emular lo que hacen los primates adultos que te educan.

Te has posicionado como la referencia de la “liternatura” de tu país, aquella que relata la naturaleza y las relaciones humanas con ella. ¿Por qué no es fácil encontrar ese tipo de obras en español?

No entiendo por qué aquí todavía seguimos cultivando a esa idea de que la literatura de naturaleza o de ciencia es de nicho. Aunque cada vez se publica más sobre el tema, en México hay una idea muy arraigada de que la ciencia ocupa un espacio que no necesariamente se trasvasa hacia otras áreas sociales; que no le va a interesar a nadie. Y es una pena, porque luego hay libros de autores como Donna Haraway, Anna King o Robert McFarlane que son superventas. O de Oliver Sacks, que lo conoce mucha gente. Deberíamos asumir la ciencia como parte de la cultura, deberíamos tener una cultura mucho más “cientificada” y una ciencia mucho más humanista.

¿Es una tradición anglosajona que nos falta en el mundo hispanohablante?

Que le pongan un nombre a una corriente de obras dice mucho. Y, como género, el nature writing tiene siglos. Al inglés se traduce todo, y al español, en cambio, muy poquito. De hecho, algunos de mis libros favoritos de literatura de naturaleza, de los que más aprecio y que me encantaría compartir con mis estudiantes y mucha gente, están descatalogados en la versión en español, como Last Chance to See, de Douglas Adams y Mark Carwardine. Se trata de un viaje alrededor del mundo para buscar especies en peligro de extinción. Creo que fue el primer libro o el primer producto cultural (porque también es una serie de radio y televisión) que convirtió el tema de la extinción biológica en superventas.

La desaparición de la biodiversidad es una de tus grandes temáticas. México ocupa uno de los primeros lugares del mundo en cantidad de especies en peligro de extinción. ¿Cómo podemos contribuir a frenar esta crisis?

Una forma de darle la vuelta a la extinción masiva es no ignorarla. En este caso la ignorancia no exime de responsabilidad. Estamos “ahorita” viviendo una crisis de 46 000 especies en peligro de extinción. Pero también hay que darse cuenta que quedan muchas otras por descubrir. Actualmente hay dos millones de especies descritas y potencialmente podrían existir otros ocho millones por describirse. Por eso hay mucho que hacer para conservar, para salvar lo que queda. Y también hay que cambiar la narrativa actual.

¿Hacia dónde enfocarla?

Creo que la narrativa que tiene sentido es la narrativa de la naturaleza local. La mayoría de los niños y niñas no conocen las especies que les rodean, por eso luego no las ubicamos ni valoramos. Entiendo que hay que usar las especies icónicas como un gancho para su conservación, pero habrá que hacer un esfuerzo por todas las demás. No nos preocupan porque ni las conocemos. Para darle la vuelta al barco es importante fomentar la narrativa local y, en este caso, la narrativa del Sur Global. Por otro lado, hay que contar la vida de las plantas, los hongos o las bacterias por su propio valor, por lo que nos puedan decir del mundo.

¿Debe la comunicación sobre la biodiversidad escapar del antropocentrismo?

Hay que quitar al humano del centro y que tenga como protagonistas a otros organismos, pero también a los ambientes. Vamos por el mundo asumiendo que las plantas están ahí como un decorado, dándolas por sentado, sin tener idea de si ese árbol que vemos es nativo, sin saber de dónde viene: no conocemos su historia. En cuanto se entiende que “comen atmósfera” y controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma. ¡Te vuela la cabeza!

¿Por eso escribiste El ajolote?

Hay toda una escuela de escritores y escritoras, que inició Cortázar, que le buscan rasgos humanoides al ajolote porque quieren reflejarse en él. Para mí es posiblemente el vertebrado terrestre con la vida más diferente a un humano, y creo que eso es justo lo valioso, lo que puede contarnos sobre el mundo, no sobre uno mismo.

La paradoja es que, a pesar de que el ajolote de Xochimilco aparece representado en todos lados, no han encontrado ninguno en el último censo. Esta especie, uno de los animales más simbólicos y queridos de México, es un gran ejemplo de lo que pasa con tantos programas de conservación, como el del cóndor mexicano, que salen adelante por unas pocas personas interesadas haciendo todo el trabajo y que logran cerrar la voluntad política.

¿Falta más compromiso gubernamental?

A nivel gobierno existe completa indiferencia. Yo siempre digo, ¿cómo puede ser que si hay dos o tres personas que pueden cambiar la historia de una especie, los gobiernos no lo vean? Por eso a veces pienso que, más que hacer divulgación de la ciencia para la gran sociedad, debemos pensar en hacerla específicamente para los que gobiernan.

¿Hay entonces esperanza para el ajolote?

Existe el conocimiento científico para su conservación. Está la iniciativa, incluso la prueba experimental de la recuperación de sus poblaciones con la chinampa refugio, que yo creo que es la última trinchera realista, la última oportunidad para que esté en vida libre. Si se mitigan las causas que derivaron en su colapso poblacional, a lo mejor en 10 años tenemos una población enorme de ajolotes. Pero hay que mitigar esas causas, que en este caso están muy bien identificadas. Así que sí, todavía habría chance de darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la conservación en vez de en uno de la extinción.

Necesitamos crear más símbolos esperanzadores. Si no, nuestras nuevas generaciones van a crecer con la idea de que si ni siquiera podemos salvar de nuestros propios tropiezos a una criatura como el ajolote. Y si es así, ¿qué esperanza tiene el resto?

De adolescente compartiste habitación con una boa de tres metros de largo y criaste a Lupe, una cocodrila. Vivencias de tener un zoológico en tu propia casa que cuentas en tu libro Fieras familiares. ¿Cómo fue la experiencia de llegar a crear una Unidad de Conservación de Vida Silvestre (UMA) para la reproducción de reptiles?

Como a muchas otras cosas en mi vida llegué por accidente, igual que terminar escribiendo. ¡Un accidente que agradezco! Fue el resultado de una pasión infantil y juvenil que se fue profesionalizando, que se convirtió en una especie de museo o colección viviente. De manera improvisada, aquella pasión se fue volviendo cada vez más seria hasta volverse una UMA. Mi primera aventura laboral: me autoempleaba, pero no ganaba dinero.

Entre los temas sobre los que divulgas destacan las cuestiones neurológicas y las patologías mentales. En el 2025 lanzaste Fieras Interiores, un libro que desvela la relación entre organismos y patologías, ¿de qué tratará tu próxima obra?

En algún momento me gustaría publicar algo de insectos y estoy en un proyecto sobre cómo alimentar a 8 000 millones de personas sin extinguirnos en el intento. La idea es empezar a buscar soluciones y no solo pintar problemáticas. Pero mi gran interés ahora es el mar, las profundidades marinas.

¿Por qué el mar?

Creo que ahí hay más de una saga de descubrimiento humano para con la naturaleza, y desde una visión no colonialista. Porque, lo que es seguro, es que las especies que se encuentren bajo los 2 000 metros de profundidad sí son nuevas para la humanidad, no sólo para la gente occidental que las describe. Además, hay mejores mapas de la Luna que del fondo marino, del que sólo el 5 % está explorado.

¿Qué puede desvelarnos del mundo?

Todos los descubrimientos que se están haciendo sobre las profundidades van rompiendo paradigmas. Antes se pensaba que el agua profunda del mar estaba prácticamente deshabitada. Ahora se sabe que la mayor parte de la biodiversidad marina se encuentra oculta por debajo de los 800 metros de profundidad, o sea, en la oscuridad. ¡Eso es una locura!

The Conversation

ref. Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma” – https://theconversation.com/andres-cota-biologo-y-escritor-en-cuanto-se-entiende-que-controlan-el-clima-no-se-vuelven-a-ver-los-arboles-de-la-misma-forma-273979

Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jannette Rodríguez Pallares, Profesora Titular de Anatomía y Embriología Humana, Universidade de Santiago de Compostela

wavebreakmedia/Shutterstock

Mi abuela Leontina, con 100 años recién cumplidos, mantiene su autonomía y recuerda todos los cumpleaños de los vecinos de la aldea. Posee una salud envidiable y, sobre todo, una memoria increíble. Ella podría ser un ejemplo de lo que los científicos llaman superancianos: personas mayores de 80 años que conservan una memoria como la de alguien de 50.

Pero ¿cuál es su secreto? Un reciente descubrimiento ha añadido nuevos detalles sobre la naturaleza excepcional de los cerebros de estos superdotados sénior, cuyas características han atraído la atención de los científicos desde hace décadas.

Personas mayores con mentes lozanas

Con la edad, el cerebro va mostrando signos de desgaste. Las primeras señales pueden asomar a los 30 años y entre los 40 y los 50 se hacen evidentes. A esas alturas, nuestra corteza cerebral suele haberse reducido hasta un 5 %. Aunque el deterioro avanza de manera gradual, a partir de los 70 se acelera, acentuándose en las regiones implicadas en la memoria. Sin embargo, algunas personas desafían todas las estadísticas del envejecimiento y parecen inmunes a ese proceso.

El término “superanciano” fue acuñado en los años 90. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de revelarse cuando en la Universidad de Northwestern, en Chicago, realizaron pruebas de memoria a decenas de voluntarios. Un porcentaje muy reducido de personas era capaz de recordar listas de palabras, fechas y detalles de historias con la precisión de personas 30 o 40 años más jóvenes.

Más tarde, en 2013, las imágenes de sus cerebros mostraron algo inesperado: la corteza cerebral estaba increíblemente conservada y parecía resistente al daño. Además, una zona específica con forma de cinturón –la corteza cingulada, que participa en la memoria, la atención y la motivación– era mucho más gruesa que la de los adultos jóvenes. Su cerebro tenía, sin duda, una anatomía excepcional.

Los superancianos no son más inteligentes ni destacan en sus estudios. Lo que sí parece claro es que son personas enérgicas, con una mente curiosa que disfruta de los retos y un propósito de vida definido. Así mismo, comparten otras características singulares: son activos y se mueven con rapidez, gozan de buena salud mental y, sobre todo, mantienen relaciones sociales sólidas que los conectan con su entorno y les brindan apoyo y bienestar.

Pero todos conocemos a un abuelo que no perdona un cigarrillo, pasa los días en el sofá viendo el fútbol y, aun así, tiene una memoria envidiable. Y es que el estilo de vida no lo es todo: la genética también cuenta.

Superancianos y la clave contra el alzhéimer

Con el paso del tiempo, y de forma natural, algunas proteínas se enredan dentro de las neuronas, formando ovillos que las dañan y pueden provocar su muerte. Por eso lo que descubrieron los investigadores del Programa Superagers (Superancianos, en inglés) en el primer cerebro que examinaron en 2017 les dejó atónitos. Hallaron un solo ovillo en la corteza entorrinal, una zona esencial para la memoria. Además, sus neuronas eran más grandes y sanas. ¿Podría ser esa la clave? ¿El secreto de los superancianos consistiría, simplemente, en no formar ovillos?

La alegría duró poco. Al analizar más cerebros, descubrieron que algunos contenían tantos ovillos como los de las personas con alzhéimer, en los que su número se dispara. Sin embargo, su memoria estaba en plena forma. Entonces, ¿qué los estaba protegiendo?

Buscando más allá, pusieron el foco en la genética. En concreto, en el gen APOE, famoso por su relación con la enfermedad de Alzheimer. Y encontraron datos reveladores: los superancianos rara vez portan la variante APOE4, la misma que tiene el actor Chris Hemsworth, que eleva el riesgo de desarrollar la dolencia. En cambio, son muy propensos a portar APOE2, una variante asociada con la longevidad y que ofrece una protección natural frente al alzhéimer.

Si logramos comprender el secreto genético de los superancianos, quizás descubramos nuevas formas de cuidar el cerebro y mantener nuestra memoria joven por más tiempo.

El cerebro se renueva

Y solo hace unos días conocimos otro dato increíble: el cerebro de los superancianos no solo continúa generando neuronas, sino que produce más que el de otros de su edad y casi el doble que el de adultos mucho más jóvenes.

De acuerdo con esta nueva investigación, su hipocampo –una estructura con forma de caballito de mar esencial para la memoria y el aprendizaje– además de ser más grande cuenta con una red de conexiones más amplia y eficiente. Y es que en el cerebro el tamaño, por sí solo, no lo explica todo: lo verdaderamente determinante es la calidad y la organización de sus conexiones.

Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna, afirmaba que el cerebro dejaba de formar neuronas después de la infancia. Nadie lo puso en duda hasta los años 90, cuando se descubrió que este órgano contiene células madre capaces de generar nuevas neuronas. Hoy, gracias a los análisis genéticos y de inteligencia artificial, contamos con datos concluyentes y los superancianos son prueba de ello.

También sabemos que las neuronas que nacen no son todas iguales. Cada una lleva marcas epigenéticas que funcionan como un manual de instrucciones para adaptarse a los cambios del entorno. En los superancianos, estas etiquetas son únicas y confieren a las células nerviosas una resistencia especial al paso del tiempo. El ejercicio, la dieta y la actividad mental influyen directamente sobre dichas señales, por lo que el estilo de vida puede ayudarnos a mantener el cerebro ágil, fuerte y sano.

Descubrir los secretos de los cerebros que parecen resistir el paso del tiempo podría ayudarnos a proteger nuestra memoria y con ayuda de la ciencia, disfrutar de la agudeza mental y la vitalidad de mi abuela Leontina cuando nos hagamos mayores.

The Conversation

Jannette Rodríguez Pallares es miembro de la Sociedad Española de Neurociencia y recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. El grupo de investigación del que forma parte recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Xunta de Galicia y FEDER.

ref. Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen – https://theconversation.com/nuevas-claves-para-entender-por-que-los-cerebros-de-los-superancianos-no-envejecen-277108

What pet cats can tell us about human cancer

Source: The Conversation – Canada – By Geoffrey Wood, Professor, Co-Director, Institute for Comparative Cancer Investigation, University of Guelph

Pet cats get cancer at a rate similar to humans and often develop the same types of cancer. (Unsplash/Andy Quezada)

They live in our houses, drink our water and even sleep in our beds. Cats have become an integral part of many households and share much of our lives.

They also share much of their biology with humans. Pet cats get cancer at a rate similar to humans and often develop the same types of cancer. Just like in humans, as health care and diets have improved, cats are living longer, which puts them at a higher lifetime risk of cancer.

a dark grey cat in a garden
Cats have become an integral part of many households and share much of our lives. They also share much of their biology with humans.
(Geoff Wood)

But how similar are cat cancers to human cancers at the genetic level? Research colleagues and I have conducted the largest-ever cancer DNA sequencing study of cat tumours. Our research reveals striking similarities between feline and human cancers, and the results reveal benefits for cats as well as humans.

Newly published work from our international collaboration studied the tumours of 500 cats, including 13 different tumour types. We isolated DNA from these tumours, and mapped the sequence of 1,000 genes that are often found mutated in human cancers.

Cat and human cancers

Overall, the most commonly mutated gene was a cancer protective gene called TP53, which is also the most commonly mutated gene in human cancers. Another example is the gene PIK3CA, which is mutated in about 40 per cent of human breast cancers and was found to be altered in about 50 per cent of cat mammary cancers.

There are drugs that have been specifically developed to work on human cancers with certain mutations like those in PIK3CA. Now that we know what mutations are common in cat cancers, there is an opportunity to test these drugs for treating cats.

How do we study cancer in cats? Since 2009, the Ontario Veterinary College’s Veterinary Biobank, part of the Institute for Comparative Cancer Investigation at the University of Guelph, has been banking samples of tumours from cats treated at the Animal Cancer Centre.

With owner consent, part of a cat’s tumour that is already being removed during surgery is saved and frozen for future studies. Also banked are blood samples, which serve as a resource for developing more non-invasive cancer tests using cancer-associated molecules found in blood.

Recently, the Veterinary Biobank has joined the Ontario Biobanks consortium of human biobanks to help facilitate more cross-species cancer studies. In addition, cancer clinical trials are being conducted in cat and dog patients to help translate research findings into better outcomes for pets with cancer, and to better inform us about human cancers as well.




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Cats can potentially teach us quite a lot about human cancer. There are several cancers or cancer subtypes that are common in cats but rare in humans. “Triple negative” breast cancer — which lacks estrogen receptors, progesterone receptors and a growth factor receptor called HER2 — is by far the most common subtype in cats. However, it accounts for only 15 per cent of human breast cancers.

This subtype tends to occur in younger women, Black women and women with an inherited genetic predisposition (BRCA1 gene mutation) and is particularly aggressive and hard to treat.

Another example is pancreatic cancer. The acinar subtype that cats get most commonly is relatively rare in humans. Studying these rare human subtypes is potentially easier to do in cats as there are more cases.

Our cat sequencing study also found a few differences in mutation patterns between cat and human cancers. About 25 per cent of human cancers have mutations in RAS genes, whereas RAS mutations are rare in cat cancers. Studying these cancers in cats can help us to understand the biology of RAS genes in cancer.

Cat and mouse genomes

Cancer charities and agencies that provide grants to study human health routinely support studies that use rodent models of human cancer, but studying cancer in other species has been a harder sell.

Rodent models are either genetically engineered to develop cancer or are engineered to have a severely deficient immune system so that they can host human cancer cells.

These models are very powerful for examining the molecular mechanisms of cancer but have a poor track record for developing cancer drugs. More than 90 per cent of new cancer treatments developed using mouse models fail in human cancer trials and are never approved for clinical use.

In stark contrast, cat cancers frequently develop spontaneously in the same environment as humans. They also often have many of the same underlying or co-occurring medical conditions as humans, such as obesity, autoimmune diseases, kidney disease, diabetes and various other endocrine disorders.

Cat and human genomes are much more similar than mouse and human genomes, and the organization of cat genomes (the order of genes on the chromosomes) is much closer between cats and humans than between dogs and humans.

The (human) Cancer Genome Atlas is a massive open-access resource of mutations found in different types of cancer. Until now, no such resource existed for cats.

The data from our recent publication is available through the Wellcome Sanger Institute and will serve as a fundamental — and free — resource for researchers studying cancer in cats and humans for the benefit of both species.

The Conversation

Geoffrey Wood receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada, Pet Trust, and the Ontario Institute for Cancer Research.

ref. What pet cats can tell us about human cancer – https://theconversation.com/what-pet-cats-can-tell-us-about-human-cancer-276620