Evaluar los conocimientos de los estudiantes no es el objetivo final de una asignatura, sino una parte fundamental del propio proceso de aprendizaje. Es la única manera de entender, tanto para aprendices como para enseñantes, cómo progresan, cuáles son las fortalezas y oportunidades de mejora que existen y cuál es el aporte práctico de lo que se está aprendiendo, entre otros aspectos.
Hoy que tenemos acceso a internet y a la inteligencia artificial, evaluar de manera oral es una alternativa interesante con múltiples beneficios.
Hablamos de pruebas habladas, que no se reducen únicamente al examen oral tradicional (el profesor o profesora pregunta y el estudiante responde), sino que incluyen el debate, las disertaciones individuales y grupales, los círculos de palabra y la creación de pódcasts o vídeos.
Las principales ventajas de estas pruebas orales son el intercambio de puntos de vista y comprensiones disciplinares, el fortalecimiento de la escucha, la familiarización con el trabajo colectivo y la posibilidad de retroalimentación constante sobre lo que cada quien está proponiendo.
Para ello, es importante plantear preguntas sin una única respuesta o una repuesta predeterminada. Este tipo de cuestiones invitan a estar atentos a los argumentos, para dialogar con ellos, más que a la aparición de conceptos preestablecidos en la mente del profesor.
Otra condición básica es la documentación previa por parte de los chicos y las chicas para ampliar sus comprensiones sobre los contenidos que están trabajando, de tal manera que al exponer sus puntos de vista se apoyen en las fuentes consultadas y las expliciten. En este caso, las tecnologías y la IA son utilizadas como recursos para ampliar las consultas e indagaciones, pues no es suficiente con replicar lo que estas arrojen.
Por supuesto, dar a conocer las propias conclusiones es imprescindible en un proceso de evaluación oral, pues es en ese acto de seleccionar los elementos centrales de los argumentos presentados que se reafirma lo que se aprendió.
Motivación y capacidad
El desafío que plantea una prueba hablada ayuda especialmente a los estudiantes a percibirse con mayor capacidad y motivación, en la medida que reconocen que consolidar argumentos propios es un proceso que requiere preparación, consulta de diversas fuentes, comparación de perspectivas y diálogo con otros.
En ese marco, generar rúbricas de evaluación, en las que los docentes expliciten anticipadamente cuáles son los criterios que van a tener en cuenta, es un buen recurso para disminuir la ansiedad ante la prueba oral y para ir estableciendo un hábito de preparación cuando se habla en un escenario académico.
Posible en todos los escenarios educativos
Evaluar de manera oral no tiene por qué ser convertir el examen escrito en una prueba hablada, ni consistir exclusivamente en dar cuenta de contenidos que fueron abordados en un determinado periodo de tiempo.
Se trata más bien de generar espacios para que los estudiantes justifiquen sus propuestas de trabajo, expliquen los procesos y procedimientos que les permitieron llegar a los resultados obtenidos, compartan sus inquietudes e identifiquen sus errores, al tiempo que proponen posibles soluciones para subsanarlos.
Por ejemplo, ante una cuestión teórica que se esté trabajando en una signatura, el docente puede proponer a sus estudiantes el desarrollo de un círculo de palabra, para que allí, de manera colectiva, cada uno presente a sus compañeros su propia perspectiva. Posteriormente, los alumnos se organizarán en subgrupos para plantear posibles soluciones, que deberán compartir y justificar nuevamente ante el colectivo.
En este círculo de palabra el docente está atento a lo que sus estudiantes exponen, hace preguntas para pedir aclaraciones o profundizaciones, solicita reelaborar una idea cuando no es clara y determina la transformación de pensamiento que se dio en los chicos y las chicas, junto con la adecuación de sus discursos a la rúbrica de evaluación ya establecida.
La educación de la pregunta
Con estudios de casos, talleres o dinámicas de juego en el aula se puede experimentar una manera de aprender que vaya más allá reiterar lo que se leyó en un texto o respondió un chatbot.
Las evaluaciones orales, de esta manera, permiten potenciar la educación de la pregunta, en lugar de la educación de la respuesta, y entender los espacios educativos como lugares no solo para la instrucción, sino para el estudio, el debate y la reflexión.
Angela Patricia Vargas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eloy García Pérez, Investigador postdoctoral en Ingeniería Electrónica Industrial, Universidad de Castilla-La Mancha
Identificar a los estudiantes con altas capacidades sigue siendo uno de los retos del sistema educativo. Aunque existen pruebas de inteligencia y evaluaciones del profesorado, muchos alumnos con gran potencial intelectual no son detectados o lo son demasiado tarde. Cuando esto ocurre, es frecuente que no reciban la adaptación educativa que necesitan.
Durante décadas la identificación se ha basado sobre todo en el rendimiento académico o en test psicométricos. Sin embargo, estas herramientas miden el resultado final del aprendizaje y no explican cómo funciona el cerebro mientras el estudiante piensa o presta atención. Además, la ausencia de protocolos claros y homogéneos hace que el proceso varíe mucho entre centros educativos.
En los últimos años, la neurociencia ha empezado a abordar esta cuestión desde otra perspectiva. En lugar de observar solo el rendimiento, analiza cómo se comporta el cerebro durante tareas cognitivas.
¿Qué mide realmente la electroencefalografía?
Una de las técnicas más utilizadas para estudiar la actividad cerebral es la electroencefalografía, conocida como EEG. Este método registra la actividad eléctrica del cerebro mediante sensores colocados sobre el cuero cabelludo. El cerebro está formado por miles de millones de neuronas. Cuando muchas de ellas se activan al mismo tiempo generan pequeñas corrientes eléctricas que pueden detectarse desde la superficie de la cabeza.
El EEG registra estas señales en tiempo real, lo que permite observar cómo cambia la actividad cerebral mientras una persona piensa, presta atención o realiza una tarea. A diferencia de otras técnicas de neuroimagen, el EEG es relativamente económico, es portátil y permite registrar procesos mentales muy rápidos. Por esta razón se utiliza con frecuencia para estudiar funciones como la atención o la memoria de trabajo.
Otra ventaja importante es que puede utilizarse fuera del laboratorio. Esto permite estudiar el cerebro en contextos educativos reales.
La actividad registrada por el EEG aparece en forma de oscilaciones eléctricas bautizadas como ondas cerebrales, que los neurocientíficos agrupan según su frecuencia. Cada grupo de ellas se ha relacionado con diferentes procesos mentales.
Por ejemplo, las ondas theta suelen asociarse con el esfuerzo mental y la memoria de trabajo. Las ondas alpha se vinculan con la regulación de la atención. En cuanto a las ondas beta, aparecen con frecuencia cuando el cerebro se prepara para actuar o resolver una tarea.
Estudiar estas señales permite analizar cómo el cerebro organiza sus recursos cuando realiza tareas cognitivas. Algunas investigaciones sugieren que las personas con mayor capacidad cognitiva podrían mostrar una organización cerebral más eficiente, una idea conocida como hipótesis de la eficiencia neural. Esta hipótesis sostiene que un cerebro muy eficiente podría necesitar menos activación para resolver determinadas tareas.
Del laboratorio al aula
Gran parte de la investigación en neurociencia se ha realizado en laboratorios controlados. Sin embargo, el aprendizaje ocurre en contextos mucho más complejos, como las aulas. En una investigación reciente que realizamos en centros educativos analizamos si era posible registrar actividad cerebral mediante EEG directamente en el entorno escolar.
Para ello diseñamos un protocolo breve que pudiera realizarse durante el horario escolar. Los estudiantes participaron en dos situaciones diferentes. En la primera se registró la actividad cerebral en reposo para observar los patrones básicos de funcionamiento del cerebro. En la segunda, realizaron una tarea de atención sostenida, en concreto una prueba de vigilancia psicomotora. En este tipo de ejercicios, los estudiantes deben esperar a que aparezca un estímulo en la pantalla y responder lo más rápido posible. Es una tarea sencilla pero enormemente útil para medir cómo se mantiene la atención durante varios minutos.
Trabajar con señales EEG requiere varios pasos de procesamiento, porque son muy sensibles al ruido. Movimientos, parpadeos o interferencias eléctricas pueden alterar el registro. Por esta razón, una parte importante del trabajo consiste en limpiar las señales y extraer la información relevante. A partir de ahí es posible aplicar métodos estadísticos y modelos de aprendizaje automático para analizar grandes cantidades de datos, que permiten detectar patrones en la actividad cerebral.
En nuestro estudio aplicamos modelos de machine learning, tanto a la actividad cerebral en reposo como a la registrada durante la tarea de atención. Los resultados revelarpn que es posible clasificar a los estudiantes a partir de su señal EEG en ambas condiciones.
En concreto, las diferencias más claras aparecieron en algunas bandas de frecuencia del EEG, especialmente en las ondas alpha y delta durante la tarea. Las ondas alpha suelen relacionarse con los mecanismos de atención e inhibición, mientras que las delta pueden reflejar cambios en el esfuerzo cognitivo durante la tarea. Este tipo de análisis puede aportar información útil como apoyo en los procesos de identificación.
La actividad cerebral permite observar aspectos del funcionamiento cognitivo que no siempre se reflejan en las pruebas académicas. Por eso, estas herramientas pueden complementar la información obtenida con los métodos educativos habituales.
La inteligencia y el talento dependen de muchos factores. El entorno educativo, las emociones y el contexto social influyen de forma importante en el desarrollo de cada estudiante. Estudiar la actividad cerebral permite observar cómo funcionan procesos como la atención o el esfuerzo mental durante el aprendizaje. Este conocimiento puede contribuir a mejorar los sistemas de identificación de altas capacidades.
Comprender mejor cómo aprende el cerebro permite aprovechar mejor el potencial intelectual presente en las aulas y diseñar estrategias educativas más adaptadas a la diversidad del alumnado.
Esta investigación pertenece al proyecto nacional PID2022-137397NB-I00. Financiado por MCIN/AEI/10.13039/ 501100011033/ y por FEDER, UE
Alejandro Lucas Borja y Juan Carlos Pastor Vicedo no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Rodríguez Martínez, Investigador y Profesor Beatriz Galindo, Laboratorio de Robótica Espacial, Universidad de Málaga
El astronauta Frank Rubio (izquierda) y la ingeniera de trajes espaciales Zach Tejral (derecha) en el vehículo lunar diseñado por la empresa Astrolab para el programa Artemis de la NASA.NASA/James Blair, CC BY-SA
Desde que el 14 de diciembre de 1972 el astronauta Eugene Cernan dejara la última huella humana en la Luna, esta ha permanecido en un silencio únicamente perturbado por la llegada puntual de naves no tripuladas. Hoy, sin embargo, nos encontramos a unos pocos días del lanzamiento de Artemis II, actualmente programado (después de varios retrasos) para el 1 de abril. Esta nueva misión de la NASA enviará por primera vez en más de medio siglo a un grupo de cuatro astronautas a orbitar nuestro satélite natural.
Más allá de la nostalgia que pueda producir el retorno del ser humano a la Luna, y a pesar de su naturaleza experimental, Artemis II no es una misión más. Con ella se inaugura una era sin precedentes: la de la convivencia entre humanos y robots en los entornos más hostiles de nuestro sistema solar.
El cohete Artemis II SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial) de la NASA y la nave espacial Orión, en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida, el domingo 1 de febrero de 2026. NASA/Ben Smegelsky
En busca de un nuevo récord
De la mano del comandante Reid Weisment, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Chirstina Koch y Jeremy Hansen, Artemis II realizará una trayectoria de retorno libre desde la Luna a bordo de la cápsula espacial Orión. Aunque no habrá alunizaje, la tripulación viajará más allá de la cara oculta de la Luna, en un viaje de ida y vuelta de diez días.
Durante ese tiempo se realizarán comprobaciones clave de los sistemas de soporte vital, de navegación autónoma y de gestión de recursos, poniendo a prueba a la Orión en un entorno característico del espacio profundo. Se prevé que Artemis II bata un nuevo récord: el de la misión que más lejos ha llevado a humanos de la historia, superando los 400 171 kilómetros del Apolo 13.
Aunque igualmente motivado por la amenaza de agentes externos, el programa Artemis, a diferencia de las misiones Apolo, nace con una vocación de permanencia. De materializarse, la hoja de ruta trazada por este y otros programas subyacentes de la NASA, como el Commercial Lunar Payload Services (Servicios Comerciales de Carga Útil Lunar), formará parte de uno de los experimentos más ambiciosos jamás emprendidos para comprobar si somos capaces de habitar de manera sostenible más allá de la órbita baja terrestre.
Desde que a comienzos del siglo 20 el autor de ciencia ficción polaco Jerzy Żuławski publicara su Trilogía Lunar, pasando por las propuestas de los científicos y escritores Arthur C. Clarke (autor de 2001: Una odisea del espacio) y Wernher von Braun, hemos fantaseado con la idea de establecer una presencia permanente en el objeto celeste más próximo a la Tierra. El verdadero salto cualitativo de Artemis II es que dará los primeros pasos para lograrlo: establecerá los primeros protocolos para una presencia humana continuada, comenzando por el trabajo en órbita.
Los que llevamos ya un tiempo siendo testigos de diversos planes para la explotación del espacio, la minería de asteroides o la fabricación a gran escala en órbita, sabemos que muchas hojas de ruta acaban siendo más aspiracionales que reales. Aun así, mantenemos la ilusión casi infantil por que Artemis no sea un programa más destinado (únicamente) a plantar una bandera.
Para llegar a tener esa base sostenible y permanente a casi 400 000 km de la Tierra, los humanos vamos a tener que depender de robots e inteligencias artificiales encargadas de todas aquellas tareas que serían ineficientes o extremadamente peligrosas para un ser humano.
Con Artemis II y, más significativamente, en las misiones subsiguientes, pasamos a un modelo de colaboración estrecha, en el que humanos y máquinas compartan responsabilidades críticas. Los robots deberán actuar, en muchos casos, como extensiones del cuerpo y mente de los astronautas.
Hablamos de robots capaces de excavar, transportar y transformar el regolito lunar, así como de construir y mantener infraestructuras vitales. Veremos flotas de vehículos autónomos explorar los cráteres en sombra permanente de los polos lunares en busca de compuestos volátiles y otros recursos, operando de forma independiente durante semanas.
Los robots dejarán de ser meros exploradores científicos para convertirse en operadores y compañeros de trabajo. La Luna se transforma así en un banco de pruebas para la logística autónoma a gran escala.
El astronauta Joe Acaba despliega el panel solar del vehículo lunar Eagle de Lunar Outpost, diseñado para el programa Artemis, durante las pruebas realizadas en el Centro Espacial Johnson de la NASA. NASA/Robert Markowitz, CC BY-SA
Un laboratorio espacial para aplicaciones terrestres
Pero quizás el impacto más profundo de esta alianza no se produzca en la Luna, sino en la Tierra. La automatización y la robótica ya forman parte de muchas tareas cotidianas, pero el programa Artemis llevará esta convivencia a un nivel de exigencia y dependencia sin precedentes. Si logramos que humanos y robots colaboren con éxito para reparar un sistema de producción eléctrica en la oscuridad lunar o para desplegar flotas de robots en una misión de rescate, habremos perfeccionado tecnologías que tienen una aplicación directa e inmediata en la Tierra, y cada vez más necesaria.
Este aprendizaje acelerará la integración de robots en entornos terrestres complejos: desde operaciones de rescate tras desastres naturales o conflictos armados hasta la gestión de infraestructuras críticas en entornos marinos, polares o desérticos. Además, las exigencias del espacio –eficiencia extrema, autonomía prolongada, capacidad de autodiagnóstico y autorreparación– impulsarán una robótica terrestre más sostenible y resiliente.
La Luna se revela así como el gran laboratorio natural para ensayar una cooperación humano-robot que será imprescindible no solo para la exploración espacial, sino también para un futuro terrestre cada vez más dependiente de sistemas autónomos capaces de operar en entornos complejos, remotos y hostiles. El futuro no es de los humanos contra las máquinas, ni de las máquinas sin los humanos, sino de una alianza que comenzará a forjarse con el lanzamiento de Artemis II, a miles de kilómetros de casa.
David Rodríguez Martínez recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y de la Agencia Espacial Europea.
Una noche, Tomás se dio cuenta que algo fallaba. Había salido incontables veces con sus amigos a dar una vuelta por los caminos fuera del pueblo, un pueblo demasiado pequeño como para que sus voces alegres pasaran desapercibidas en la quietud nocturna.
En aquellos caminos no había farolas: solo la luz de la luna les alumbraba. Hasta entonces esto no le había supuesto ningún problema. Pero de repente se dio cuenta de que no podía distinguir bien los bordes del camino. Se paró, dudando y tratando de encontrar referencias, pero eran borrosas en los lados de su visión. Sin saberlo, Tomás acababa de detectar los primeros síntomas de una retinosis pigmentaria: la pérdida de visión en luz tenue, también llamada ceguera nocturna.
Una de cada 4 000 personas en todo el mundo sufre retinosis pigmentaria. Y si añadimos el resto de enfermedades genéticas raras que afectan a la visión, la prevalencia puede llegar hasta 1 de cada 2 000 personas.
Cómo vemos colores y luces
La retina es el tejido neurosensorial que tapiza el fondo de nuestro ojo. Se forma durante el desarrollo como un saliente del sistema nervioso central, que se abre en forma de copa hacia el exterior para diferenciarse en distintas capas neuronales perfectamente distribuidas y conectadas entre ellas.
La capa neuronal retiniana más alejada de la entrada de luz es la capa de células fotorreceptoras, conos y bastones, que pueden excitarse con el impacto de un único fotón. Estas células son las encargadas de recibir el estímulo luminoso y transformarlo en estímulo químico, primero, y en eléctrico, después.
En total, la retina humana posee alrededor de 120 millones de bastones y unos 7 millones de conos.
Los bastones son las células fotorreceptoras encargadas de la visión en luz tenue, porque se estimulan con fotones (partículas) de luz de baja intensidad. Concretamente estos fotones excitan a la rodopsina, la molécula sensible a la luz.
Los bastones no pueden percibir el color: solo ven en blanco y negro. Todo lo contrario que los conos, que expresan opsinas que responden a fotones de alta intensidad. Eso los convierte en responsables de la visión en color.
Imagen de un ojo humano en tonos oscuros, como lo veríamos con poca luz ambiental y con una fuente de luz lejana reflejada en la pupila. En circunstancias de baja intensidad lumínica, solo los bastones –pero no los conos– pueden excitarse y por ello de noche, o a oscuras, solo podemos ver en blanco y negro. Sakurra/Shutterstock
Una distribución desigual
Los bastones están repartidos por toda la retina, mientras que los conos se acumulan sobre todo en la mácula, en la zona central de la retina (fóvea). Esa alta densidad de conos proporciona agudeza visual, o lo que es lo mismo, una extrema sensibilidad al contraste.
De noche, con luz tenue, solo pueden activarse los bastones. Por eso cuando oscurece vemos en blanco y negro y no podemos leer, aunque tenemos buena visión periférica.
Pero si en medio de la oscuridad encendemos una linterna, con un haz intenso de luz, o nos colocamos bajo una farola, los fotones de alta intensidad activan a los conos. Y empezamos a percibir colores y detalles como en pleno día.
Es el cerebro el que interpreta qué vemos
En la retinosis pigmentaria, debido a mutaciones en genes importantes para la función de los bastones, estas células se alteran, dejan de funcionar y acaban “suicidándose”: es lo que se conoce como muerte celular programada. Como consecuencia, se inicia y una pérdida de bastones que progresa paulatinamente, de fuera hacia dentro.
En la retina de Tomás, el protagonista de nuestra historia inicial, la enfermedad estaba avanzando sin que él lo supiera hasta que se traspasó un umbral en que la pérdida de bastones ya afectó a la percepción visual. La visión nocturna quedó afectada. Y empezó a experimentar lo que se conoce como visión en túnel: le costaba localizar los objetos circundantes pero aún podía leer y percibir detalles porque en la mácula los conos seguían siendo funcionales.
A largo plazo, la progresión de la enfermedad acaba afectando también a los conos, provocando una ceguera total.
Los primeros síntomas aparecen en la adolescencia tardía
Los pacientes con retinosis pigmentaria suelen empezar a notar los síntomas en la adolescencia tardía o en la etapa adulta. Pero cuando hay mutaciones que afectan a genes estructurales de los fotorreceptores o durante el desarrollo, la enfermedad puede aparecer durante la infancia, como sucede en la amaurosis congénita de Leber. Otra enfermedad congénita, la acromatopsia, se caracteriza porque los afectados solo pueden ver en blanco y negro. El mundo se percibe en tonos de gris, literalmente.
En otras patologías raras de la retina, como es el caso de la enfermedad de Stargardt, las mutaciones afectan genes relevantes para los conos o la mácula, que son los primeros que mueren. Eso permite que los pacientes vean con poca luz, pero sin embargo sean incapaces de leer los detalles de un rostro humano.
En busca de tratamientos
Actualmente, no existen tratamientos aprobados que detengan la degeneración de la retinosis por completo.
Para el diseño y aplicación de terapias avanzadas específicas, es imprescindible llevar a cabo investigación básica de los procesos genéticos, bioquímicos y celulares que se alteran cuando aparecen mutaciones en genes de la retina.
Partiendo de ahí podremos desarrollar tratamientos de medicina de precisión dirigida a enfermedades causadas por genes o mutaciones concretas –como Luxturna, para mutaciones del genRPE65–. Pero también terapias en las que el objetivo es la supervivencia de los fotorreceptores, sin focalizarse en un gen o mutaciones concretos: es lo que se conoce como terapias “agnósticas”.
Dos caminos para tratar y, quizás, incluso curar a Tomás y otros pacientes que, como él, tienen enfermedades raras hereditarias de la retina.
Gemma Marfany Nadal recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación para financiar investigación básica. Soy jefa de la unidad U-718 del CIBERER-ISCIII (Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras). Soy miembro de la Comissió Nacional de Bioètica d’Andorra.
Los economistas somos capaces de convertir en necesidad aquellos problemas que no somos capaces de solucionar. Por ello, durante muchos años compartía la idea, absurda, de que las crisis económicas eran necesarias e inevitables. Pero todo problema tiene solución, si bien exige un esfuerzo de entendimiento (no siempre fácil), una propuesta seria y una ejecución que normalmente deben llevar a cabo las personas implicadas o, en su caso, los responsables políticos.
Las crisis económicas nacionales pueden evitarse, pero, para acertar, lo primero que debemos mostrar es el origen de estas. Para ello nos centraremos en la autoridad monetaria de la zona euro, el Banco Central Europeo (BCE). Pero en otros países desarrollados o en desarrollo, la situación que vamos a explicar es similar, aunque con matices.
Para comenzar
Vamos a considerar el dinero como una herramienta esencial en la dinamización de los intercambios económicos (los facilita al servir como medio de pago). En el eurosistema hay un quebranto continuo de la cantidad de dinero existente, debido a tres factores:
La pérdida de poder adquisitivo por la subida de los precios.
La fuga de liquidez hacia otros países cuando la moneda es admitida como medio de pago internacional.
Los cambios en las preferencias de ahorro.
Estos factores obligan al BCE a fabricar dinero nuevo, adicional al existente. De este modo, además de mantener la capacidad de intercambio, potencia un mayor crecimiento de la renta. Así, semana a semana y de forma creciente, el BCE inyecta nueva liquidez al sistema. Debe hacerlo en el nivel adecuado para que se produzca el crecimiento económico de la eurozona, sin generar tensiones inflacionistas o desinflacionistas. El objetivo del BCE para la eurozona es mantener la tasa de inflación en torno al 2 %.
La política monetaria del Banco Central Europeo busca un crecimiento económico “necesario y suficiente”. Así, el BCE inyecta toda la liquidez capaz de ser absorbida al generarse mayores dinamismos económicos territoriales, sectoriales y personales gracias a ese mayor intercambio.
Es decir, inyecta dinero nuevo al sistema económico de forma creciente, y lo hace mediante préstamos a las entidades financieras. La institución trata de forma continua de generar liquidez suficiente para compensar la devolución de los anteriores préstamos, más la liquidez adicional necesaria para garantizar el crecimiento económico. Luego, el sistema financiero traslada al mercado ese dinero a través de préstamos a familias, empresas y administraciones que también son crecientes.
¡Más liquidez!
Este modelo de crecimiento económico se basa en una sucesiva y creciente creación de liquidez que provoca un incremento continuado del endeudamiento de las familias, las empresas o las administraciones con la intención de generar más renta, riqueza y empleo.
El elemento negativo es que un proceso de endeudamiento creciente de los agentes económicos y sociales del sistema (familias, empresas, administraciones) va debilitando poco a poco las expectativas de futuro. Con un alto nivel de deuda, cualquier hecho o fenómeno imprevisto puede hacer implosionar el modelo, haciendo que familias, empresas y sector público decidan dejar de endeudarse.
En el momento en que el endeudamiento se frena y disminuye, o al menos no crece lo suficiente, lo hace también la forma de hacer nuevo dinero, que deja de llegar al sistema. Mientras el endeudamiento crece también lo hacen la renta, la riqueza y el empleo, y cuando deja de hacerlo, la crisis económica está servida.
Juan Carlos Morán Álvarez es afiliado reciente en el PSOE, si bien no participo de forma activa en política ni colaboro con el partido.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sofía Blanco Moreno, Profesor ayudante doctor, Área de Comercialización e Investigación de Mercados, Universidad de León
Pasamos varias horas al día expuestos a contenido de marca: publicaciones en Instagram, historias, vídeos, blogs o newsletters que nos acompañan mientras descansamos, buscamos inspiración o simplemente hacemos scroll. Pero ¿qué efecto tiene realmente todo ese contenido en nuestro bienestar? ¿Nos hace sentir mejor o solo nos empuja a consumir más?
Un grupo de investigadoras de la Universidad de León nos planteamos una pregunta poco habitual en marketing: ¿puede el contenido que publican las marcas contribuir a la felicidad de las personas, en particular de las mujeres? La respuesta no es tan simple como un “Sí” o un “No”, pero los resultados muestran algo claro: el marketing no solo influye en lo que compramos, sino también en cómo nos sentimos y en cómo nos relacionamos con las marcas y con nuestro entorno.
Dos formas de felicidad: sentir placer y encontrar sentido
Cuando hablamos de felicidad solemos pensar en emociones positivas inmediatas: disfrutar, pasarlo bien, sentir alegría. Esta es la llamada felicidad hedónica, ligada al placer, al entretenimiento y a las emociones agradables del momento.
Pero existe otra forma de bienestar menos visible y más profunda: la felicidad eudaimónica, relacionada con el sentido de la vida, el crecimiento personal, los valores y la sensación de estar haciendo “lo correcto” o de pertenecer a algo significativo.
Ambas dimensiones forman parte del bienestar humano, pero no funcionan igual ni producen los mismos efectos. Y aquí es donde entra en juego el contenido que crean las marcas.
Qué tipo de contenido nos hace sentir bien y por qué
El estudio, basado en una encuesta a mujeres consumidoras, analiza cómo el contenido de marcas –especialmente marcas locales– influye en estas dos formas de felicidad.
Por un lado, el contenido hedónico es aquel que entretiene, emociona o genera disfrute: imágenes atractivas, historias cercanas, experiencias agradables de compra, mensajes que transmiten cercanía o diversión. Este tipo de contenido hace que “nos apetezca” una marca, que nos resulte atractiva, que nos genere deseo.
Por otro lado, el contenido eudaimónico apela a valores más profundos: apoyar el comercio local, sentirse orgullosa de consumir productos de proximidad, identificarse con la historia de una marca, percibir que ese consumo encaja con la propia identidad y forma de vivir. Este contenido no solo gusta sino que inspira, compromete y moviliza.
La clave está en que cada tipo de felicidad activa comportamientos distintos.
El contenido de marca no solo informa o entretiene: también influye en el bienestar emocional y en las acciones reales de consumo. Fuente: elaboración propia
Desear no es lo mismo que actuar
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es la diferencia entre desear una marca y actuar en consecuencia. Aunque solemos pensar que ambas cosas van de la mano, no siempre es así.
La felicidad hedónica –el disfrute, la emoción positiva– está más relacionada con el deseo: “Me gusta esta marca, me apetece, me atrae”. Es el tipo de bienestar que nos hace seguir una cuenta en redes sociales o sentir simpatía por una marca.
Sin embargo, la felicidad eudaimónica –el sentido, los valores compartidos– es la que impulsa a la acción: visitar una tienda, comprar de forma recurrente, recomendar el negocio, implicarse con la marca. Es lo que transforma el interés en compromiso.
Dicho de otro modo: el placer despierta el deseo, pero el sentido impulsa la acción.
El papel de las marcas locales y el orgullo de lo cercano
Este efecto es especialmente relevante en el caso de las marcas locales. Frente a las grandes marcas globales, los negocios de proximidad suelen conectar más fácilmente con valores como la identidad, la comunidad o el apoyo al entorno cercano.
Para muchas mujeres, consumir marcas locales no es solo una decisión económica, sino también emocional y ética: sentirse parte de una comunidad, apoyar el desarrollo local o reforzar un estilo de vida alineado con sus valores personales.
Cuando el contenido de estas marcas transmite inspiración, orgullo o sentido de pertenencia, no solo mejora la percepción de la marca, sino que también contribuye al bienestar de las consumidoras.
El consumo local no es solo una decisión económica: también tiene un impacto emocional y social en el bienestar de las consumidoras. Fuente: elaboración propia
‘Marketing’, bienestar y perspectiva de género
El estudio aporta además una perspectiva de género relevante. Las mujeres consumen más contenido de marketing digital, dedican más tiempo a informarse y comparar marcas, y muestran una mayor sensibilidad hacia los valores que estas transmiten.
En un contexto en el que la salud mental y el bienestar emocional son temas centrales del debate social, resulta especialmente importante analizar cómo el marketing afecta –positiva o negativamente– a estos aspectos. El contenido de marca no es neutro: puede generar presión, comparación constante o frustración, pero también puede fomentar emociones positivas, autoestima y conexión social.
¿Qué pueden aprender las marcas y los consumidores?
Los resultados invitan a repensar el papel del marketing. No todo el contenido tiene que centrarse en vender de forma directa. Las marcas que aspiran a generar relaciones duraderas deberían preguntarse:
¿Queremos despertar deseo o fomentar compromiso?
¿Estamos ofreciendo solo placer inmediato o también sentido y valores?
¿Nuestro contenido contribuye al bienestar o solo a la saturación informativa?
Para los consumidores, entender estos mecanismos también es clave. Nos ayuda a ser más conscientes de por qué nos atraen ciertas marcas y de cómo nuestras emociones influyen en nuestras decisiones diarias.
Más allá del consumo
En definitiva, el marketing puede hacer algo más que vender productos: puede influir en cómo nos sentimos, en cómo actuamos y en cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Cuando el contenido conecta con valores, identidad y propósito, puede convertirse en una fuente de bienestar, especialmente para las mujeres y en el contexto del consumo local.
La pregunta ya no es solo qué compramos, sino cómo y por qué lo hacemos. Y ahí, el contenido de marca tiene mucho que decir.
Sofía Blanco Moreno no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En una serie sobre hockey de élite se espera velocidad, golpes y épica de vestuario. Más que rivales tiene todo eso. Pero la escena que mejor explica por qué importa no ocurre durante un partido, sino en la intimidad: preguntas sencillas –“¿qué quieres hacer?”, “¿así está bien?”, “¿tienes miedo?”– dichas con naturalidad durante un encuentro sexual.
Este detalle abre un interrogante: ¿qué modelos de masculinidad produce el deporte profesional, también en la intimidad entre hombres? ¿Y qué cambia cuando el consentimiento deja de ser un supuesto y se convierte en conversación? Más allá de la trama, la serie permite observar tres cuestiones relevantes sobre consentimiento, masculinidad y cultura deportiva.
1. El consentimiento verbal cuestiona ciertas masculinidades
El deporte profesional sigue siendo, en muchos contextos, un espacio donde la masculinidad se organiza en torno a tres imperativos: resistir, rendir y no mostrar fisuras. Desde hace décadas, la sociología del deporte describe este entorno como un laboratorio de dureza, disciplina y control emocional. Los trabajos de Michael Messner muestran cómo estos espacios premian el dominio y la fortaleza, mientras que la vulnerabilidad a menudo se percibe como un riesgo para el prestigio.
En este marco cultural, preguntar o confirmar no es solo una práctica interpersonal de cuidado. También es un gesto que altera la lógica habitual de la masculinidad dominante. La pregunta “¿te va bien?” desplaza el centro de gravedad de la escena: el deseo ya no aparece como una conquista individual, sino como una coordinación entre dos personas.
Connor Storrie y Hudson Williams en una escena de Más que rivales. Warner Bros. Discovery
No es lo mismo entender el consentimiento como un momento puntual –un sí inicial– que concebirlo como un proceso que puede matizarse o interrumpirse. Esta segunda opción exige habilidades que muchas formas de socialización masculina han entrenado poco: nombrar lo que ocurre, escuchar o ajustarse al otro sin interpretarlo como un fracaso.
La serie sugiere así una idea a menudo ignorada: la masculinidad también se aprende en la intimidad. En contextos donde “no desentonar” sigue siendo una norma viril, formular una pregunta puede resultar culturalmente más disruptivo de lo que parece.
2. El armario no es solo privado
Una de las aportaciones clásicas de la teoría queer fue mostrar que el “armario” no es solo una experiencia psicológica individual. También es una estructura social que regula quién puede ser visible, cuándo y a qué precio. Esta idea quedó formulada en Epistemology of the Closet, de Eve Kosofsky Sedgwick.
En el deporte profesional, esta regulación tiene consecuencias concretas: puede afectar a la reputación, los patrocinios, la relación con el vestuario, el trato mediático o incluso la continuidad de una carrera deportiva.
Más que rivales sugiere que la aceptación simbólica no elimina necesariamente estos costes. La visibilidad sigue distribuida de manera desigual: hay trayectorias que pueden sostenerla con mayor facilidad que otras, y contextos en los que hablar todavía implica riesgos.
Esta estructura también influye en la cultura del consentimiento. No porque el armario lo sustituya, sino porque condiciona los marcos comunicativos en los que se produce. Si hablar abiertamente en la vida pública tiene costes, parte de esa economía del silencio puede trasladarse a la intimidad: evitar preguntas para no complicar la situación o recurrir a ambigüedades.
La serie muestra que incluso bajo esta presión se puede construir una intimidad que no dependa ni del control ni del silencio.
3. Entre hombres tampoco hay un único guión sexual
En el debate público, el consentimiento se presenta a menudo como una fórmula universal aplicable a cualquier encuentro sexual. Sin embargo, la investigación sobre relaciones entre hombres gais, bisexuales y queer muestra una realidad más compleja: existen códigos sexuales situados que varían según los espacios y las formas de socialización sexual.
Una revisión reciente de varios investigadores señala que entrar en determinados ambientes sin conocer estos códigos puede aumentar la vulnerabilidad y que normas asociadas a la masculinidad hegemónica –como el control o la evitación emocional– siguen operando en el sexo entre hombres.
Esto no implica que la comunicación no verbal sea problemática en sí misma. En muchos encuentros funciona perfectamente. El problema aparece cuando se da por supuesta en contextos marcados por el alcohol, la presión social, la desigualdad de poder o el miedo a perder estatus.
Por ello, algunos estudios han señalado que parte de las políticas de “consentimiento afirmativo” se diseñaron pensando sobre todo en un guion heterosexual predominante. Ya en un trabajo pionero, Melanie Beres mostraba que la comunicación del consentimiento en relaciones del mismo sexo puede adoptar formas diversas y contextuales.
Más allá de la pantalla
La serie sugiere también un límite importante. La impugnación de la masculinidad tradicional aparece mediada por el prestigio: cuerpos entrenados, fama y capital simbólico, que facilitan la aceptación social, pero también restringen qué vidas pueden ser visibles.
Si en un vestuario de élite una pregunta tan simple como “¿estás bien?” puede resultar extraña, el problema no es la pregunta, sino la cultura patriarcal que aún organiza qué se puede decir, sentir y ser.
Porque, al fin y al cabo, lo que está en juego no es solo quién puede aparecer representado en la pantalla, sino qué tipo de masculinidad seguimos considerando normal dentro –y fuera– del deporte profesional.
Antoni Aguiló Bonet es miembro de Homes Transitant, asociación sin ánimo de lucro dedicada a la reflexión sobre masculinidades.
Source: The Conversation – Canada – By Philip Mai, Co-director and Senior Researcher, Social Media Lab, Toronto Metropolitan University
The Canadian government has reached an agreement with the social media platform TikTok after years of debate over the app’s data practices, particularly those affecting young users. The deal allows TikTok to continue operating in Canada under tighter oversight rather than facing a shutdown.
As social media researchers at the Social Media Lab at Toronto Metropolitan University, we’ve always paid close attention to the state of social media in Canada. We have followed the TikTok ban saga closely since early 2020, when United States President Donald Trump first tried to ban the platform, long before he later came out in favour of keeping it.
While the new agreement does move towards greater oversight of TikTok, major concerns remain. TikTok’s parent company, ByteDance, is based in China and Chinese national security laws can compel companies to co-operate with state authorities. This underlying risk sits beyond the reach of Canada’s safeguards.
The agreement follows a new national security review that reversed an earlier conclusion pointing toward closure of TikTok’s Canadian operations. Instead of a ban, the federal government has chosen a regulatory approach, one that keeps the app available while imposing legally binding conditions. The deal reduces some risks, but it does not resolve deeper questions about ownership, data flows and national security.
So what has TikTok agreed to? And what will the millions of Canadian users, creators, advertisers and cultural groups that rely on the platform notice?
Stronger protections for youth and minors
Under the new rules, TikTok must strengthen its protection of Canadian user data. This includes creating a security “gateway” to control access to that data, adopting privacy-enhancing technologies and allowing independent third-party monitoring to verify how data is handled.
For everyday users, the focus on youth protection is likely to be the most visible change. Stricter age limits could affect livestreaming. Gift features may be more restricted for younger users. Content involving minors is likely to face stricter moderation.
Canadian creators will also feel the impact. Those with audiences largely made up of teenagers may face tighter moderation or additional eligibility checks for certain features and monetization tools. Sponsors may also ask more detailed questions about audience demographics as brands become more cautious about youth-focused content.
Many changes will happen behind the scenes. As TikTok Canada adjusts to the new requirements, its verification processes, advertising tools and moderation systems are expected to become more demanding.
As the government now requires stronger protection of Canadian user data, people who earn money on the platform may encounter extra steps. These may include stricter identity checks, added requirements for business accounts or ad payments and clearer information about where Canadian user data is stored.
Does this make TikTok safer? Compared to what existed before, the agreement does move toward greater oversight. Independent monitoring, if carried out properly, gives the government some visibility into TikTok’s data practices and the commitments are legally binding rather than voluntary.
Canadian data can still leave Canada
Enforcement details are still unclear. The government has said it will appoint an independent monitor, but has not named the monitor, explained how audits will work or detailed what penalties TikTok would face for failing to comply. Without clear consequences, oversight could prove weaker in practice than it appears on paper.
The agreement also stops short of requiring full data localization. Canadian user data does not have to stay entirely within the country. Although technical controls may limit access, data can still move through systems outside Canada. This leaves some exposure to unauthorized access or foreign influence.
Overall, the agreement reflects a compromise. Canada avoided a disruptive ban; TikTok accepted tighter rules to keep operating in a key market. The deal reduces some risks, but it does not resolve deeper questions about ownership, data flows and national security.
Those tensions are likely to resurface as Canada continues to grapple with how to regulate global platforms that play an outsized role in everyday life.
Anatoliy Gruzd receives funding from the Canada Research Chair program (SSHRC).
Philip Mai does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
*Furor teutonicus* représente la bataille de Teutobourg, en l’an 9 de notre ère. Dans une forêt de l’Allemagne actuelle, trois légions romaines tombent dans une embuscade mise en place par une coalition de tribus germaniques et sont massacrées. Paja Jovanović, 1888
La guerre asymétrique, formule devenue omniprésente depuis quelques décennies dans les analyses des conflits contemporains, est en réalité un phénomène aussi ancien que la guerre elle-même. Partout, toujours, des belligérants moins puissants que leurs adversaires ont cherché à employer les moyens les plus variés pour venir à bout de leurs ennemis plus nombreux et mieux équipés.
L’asymétrie fait désormais partie du vocabulaire des états-majors et des autorités politiques engagées sur des théâtres extérieurs. Les publications sur le sujet se sont également fortement multipliées depuis quelques années, et la guerre menée par les États-Unis et Israël contre l’Iran a confirmé, depuis février 2026, l’importance de ce phénomène.
Le terme est désormais tellement utilisé qu’on en oublierait presque qu’il était, il y a encore quelques années, totalement inconnu du grand public, et à peine mentionné dans les cercles d’experts. La situation a fortement changé avec ce que de nombreux observateurs qualifient de période post-guerre froide, née sur les ruines du World Trade Center en septembre 2001, et en marge de la guerre contre le terrorisme et des conflits de basse intensité opposant des puissances à des acteurs beaucoup plus faibles, qu’ils soient étatiques ou non.
Pourtant, ce type de conflit est bien plus ancien que les interventions des forces des États-Unis et de leurs alliés en Afghanistan en 2001 et en Irak en 2003.
Définition de la guerre asymétrique
Étymologiquement inscrite dans la négation, l’asymétrie est indissociable de la symétrie, mais aussi de la dissymétrie, moins souvent évoquée, dont elle se distingue cependant assez nettement. La symétrie caractérise la « juste proportion », notamment en matière d’architecture. Ainsi, la symétrie suppose au moins deux éléments pouvant être comparés. L’asymétrie est l’absence volontaire de symétrie, et la dissymétrie est un défaut de symétrie – généralement par erreur, mais cela peut être volontaire dans certains cas. Dans ces conditions, l’asymétrie semble plus catégorique que la dissymétrie, car la « juste proportion » y est absente et ne peut pas être corrigée.
Au niveau stratégique, la symétrie est perçue comme le combat à armes égales ; la dissymétrie est la recherche par l’un des combattants d’une supériorité qualitative et/ou quantitative (on parle ici de « stratégie du fort au faible ») ; et l’asymétrie correspond à la démarche inverse, qui consiste à exploiter toutes les faiblesses de l’adversaire pour être le plus nuisible possible.
En s’appuyant sur le constat d’un déséquilibre capacitaire, l’asymétrie est donc une stratégie du faible au fort qui consiste à refuser les règles du combat imposées par l’adversaire et à contourner ses forces, rendant ainsi toutes les opérations totalement imprévisibles.
Cela suppose à la fois l’utilisation de forces non prévues à cet effet et surtout insoupçonnables (comme les civils) ; d’armes contre lesquelles les moyens de défense ne sont pas toujours adaptés (dernièrement, les drones) ; de méthodes situées hors du cadre de la guerre conventionnelle (guérilla, terrorisme) ; de lieux d’affrontement imprévisibles (centres-villes, lieux publics) ; et de l’effet de surprise, cette dernière caractéristique étant sans doute la plus importante, car elle permet de réduire le déséquilibre entre les belligérants.
Employant des moyens techniquement simples, l’asymétrie peut ainsi être assimilée à l’« arme du pauvre », dans la mesure où elle permet à de multiples acteurs ne disposant que de moyens très limités d’avoir une capacité de nuisance totalement disproportionnée.
Il est également possible que des acteurs puissants optent délibérément pour une stratégie de guerre asymétrique, confondant même ce concept avec celui de « génie militaire », comme si celui-ci supposait finalement le triomphe au-delà de toutes les espérances, le niveau des forces engagées étant très faible en comparaison aux résultats obtenus. Dès lors qu’elle peut être privilégiée par le faible comme par le fort, la guerre asymétrique est ainsi une ruse déployée à une échelle pouvant varier.
Alternative par défaut ou par choix à une confrontation frontale dite traditionnelle, et réponse à la recherche de dissymétrie par les puissants, la guerre asymétrique se généralise. Compte tenu de l’improbabilité de guerres entre les grandes puissances et de l’implication quasi systématique de ces dernières dans des confrontations entre des acteurs plus faibles, la question de savoir si tous les conflits contemporains sont par nature des guerres asymétriques mérite a minima d’être posée.
La stratégie du faible au fort
La notion de guerre asymétrique trouve dans l’histoire de multiples exemples de sa mise en application, tant au niveau stratégique que tactique.
Sur tous les continents, de nombreux cas nous permettent de vérifier en grandeur nature les résultats obtenus par le choix de l’asymétrie dans des conflits armés. Détail important, il convient de noter que les moyens asymétriques ont été utilisés à la fois par des États et par des groupes non étatiques, quelle que soit leur importance. Mais une chose est certaine : l’asymétrie n’est pas un fait nouveau.
Les empires ne purent s’y soustraire – les barbares qui pillèrent Rome et les révoltés à plusieurs époques dans l’histoire de Chine disposaient de moyens nettement inférieurs à ceux de leurs adversaires – et certaines grandes batailles offrirent même l’occasion aux faibles de vaincre les forts là où les rapports de force ne leur laissaient a priori pas la moindre chance – la victoire écrasante des Anglais sur la chevalerie française à Azincourt en 1415 est sans doute l’exemple le plus significatif, mais il n’est pas isolé.
De manière répétitive et sur des théâtres très différents, on relève la même équation : là où les empires, les royaumes les plus riches et les plus puissants ont voulu exploiter leur supériorité pour s’imposer durablement, leurs adversaires ont développé par défaut des stratagèmes leur permettant de contourner les moyens de cette puissance. C’est ainsi que, tout au long de l’histoire, se sont mises en place des guerres asymétriques, les adversaires étant au final rarement au même niveau.
Seules les batailles du XIXᵉ siècle, inaugurées lors des campagnes napoléoniennes et organisées sur les bases définies par Carl von Clausewitz (introduisant le concept de victoire écrasante en opposition aux « guerres en dentelle » des XVIIᵉ et XVIIIᵉ siècles), et plus encore la Première Guerre mondiale ont été l’occasion d’assister à des guerres réellement symétriques, dans lesquelles les belligérants étaient de force presque égale et ne devaient leur victoire qu’à des circonstances particulières et/ou au génie tactique de leurs généraux. Parfois, ces batailles s’éternisaient, aucun des combattants n’étant en mesure de prendre le dessus, les tactiques et les moyens utilisés étant, approximativement, les mêmes de part et d’autre.
Les déséquilibres capacitaires hérités de la révolution industrielle, des guerres de colonisation et de la décolonisation marquèrent le retour de l’opposition du fort au faible (guerre dissymétrique), et l’utilisation par ce dernier de stratégies de contournement avec des résultats parfois surprenants pour y répondre (guerre asymétrique).
Les guerres d’Algérie et du Vietnam, la résistance à l’occupation soviétique de l’Afghanistan, l’opération en Somalie, la guerre de Tchétchénie ou encore la campagne menée au Kosovo – ou plus exactement les tactiques de camouflage et de leurres observées sur le terrain dans les rangs des forces serbes – sont des exemples plus récents de guerre asymétrique. Cette manière de faire la guerre est contraire aux règles chevaleresques au Moyen Âge, au respect des conventions sociales pendant les siècles modernes, et à une certaine idée de l’éthique et du droit de la guerre dans les périodes plus récentes. En clair, la guerre asymétrique fut longtemps diabolisée et assimilée en Occident à des pratiques indignes des États.
De la Bible aux Mongols, en passant par Sun Tzu
Dans la tradition occidentale, l’origine mythologique de l’asymétrie est cependant plus glorifiante, et peut être attribuée à l’épisode biblique du jeune David, triomphant du Philistin Goliath aux abords de Jérusalem. Face à un géant, disposant par ailleurs d’armes puissantes, le jeune berger s’est servi de son génie pour éviter le combat, utilisant une simple fronde et frappant mortellement son adversaire à la tête. Le rapport de force était totalement déséquilibré, et c’est pourtant le plus faible qui a triomphé. La Bible mentionne que, « ainsi, avec une fronde et une pierre, David fut plus fort que le Philistin ; il le terrassa et lui ôta la vie, sans avoir d’épée à la main ».
Ce combat symbolise la victoire de la bravoure face aux moyens, et de l’intelligence face à la force physique. Dès lors, les fidèles comprennent que, si la cause qu’ils défendent est juste, peu importe les moyens dont ils disposent, ils pourront parvenir à leurs fins pour vaincre leurs adversaires. Pour devenir roi, plus besoin d’être puissant, du moins au vu des critères traditionnels. Seuls comptent le génie et l’aptitude à vaincre n’importe quel type d’adversaire. L’asymétrie est ainsi perçue comme un moyen de récompenser les mérites quand la force brute ne le permet pas, mais elle n’est pas considérée comme un choix stratégique.
Tandis que l’asymétrie correspondait, dans la civilisation occidentale, à une intervention divine offrant la ruse au jeune David, s’est développée en Asie orientale une véritable pensée stratégique proposant l’asymétrie comme moyen de guerre. Au VIᵉ siècle avant notre ère, une époque où la Chine traversait la période chaotique dite des « royaumes combattants », Sun Tzu s’est penché sur les meilleurs stratagèmes permettant de limiter ses propres dégâts, tout en multipliant ceux de l’adversaire, même si celui-ci est plus fort. Sa pensée – dont l’objectif est de faire croire à l’adversaire qu’il maîtrise la situation de manière à pouvoir le duper plus facilement – s’est répandue en Asie orientale, puis progressivement dans le reste du monde.
Après l’œuvre de Sun Tzu, de nombreux autres théoriciens chinois se lancèrent dans la rédaction d’études sur la guerre. Shang Yang, contemporain de Sun Tzu, et sa guerre défensive, ou Sima Qian (fin du IIᵉ siècle avant notre ère) et ses biographies des généraux marquèrent ainsi l’histoire de la guerre dans la civilisation chinoise, avec la nécessité de miser sur les stratégies de contournement quand les conditions de la victoire ne sont pas remplies.
Pour les théoriciens chinois de la guerre, si la victoire reste l’objectif ultime, comme en Occident, les moyens pour y parvenir sont multiples, et passent notamment par la patience et l’analyse rigoureuse des forces et des faiblesses de l’adversaire. Dès lors, même le faible a ses chances contre le fort, à condition de savoir refuser le combat quand celui-ci est perdu d’avance, et de porter ses attaques au bon moment et au bon endroit.
Sun Tzu fut également l’un des premiers stratèges à s’interroger sur « ce qu’il faut avoir prévu avant le combat », faisant des préparatifs et du renseignement l’une des clés de la victoire. Pour lui, un général doit savoir cinq choses avant de s’engager dans la bataille : 1) savoir s’il peut combattre et quand il faut cesser ; 2) savoir s’il faut engager peu ou beaucoup ; 3) savoir gré aux simples soldats autant qu’aux officiers ; 4) savoir mettre à profit toutes les circonstances ; 5) savoir que le souverain approuve tout ce qui est fait pour son service et sa gloire.
Ces différentes recommandations sont particulièrement entendues des acteurs asymétriques, qui comprennent qu’elles doivent impérativement être remplies, d’abord dans un but de survie, et le cas échéant afin de remporter le combat.
L’islam des premiers temps fut de son côté également caractérisé par la stratégie indirecte d’un peuple disposant de moyens rudimentaires, mais parvenant rapidement à vaincre ses adversaires et à étendre son influence. Les Mongols, face à un empire chinois infiniment plus peuplé et nettement plus avancé, mais aussi les Ottomans et les peuples d’Afrique, notamment face aux conquérants occidentaux, développèrent également des stratégies asymétriques avec des résultats spectaculaires.
De la guérilla aux conflits contemporains
C’est avec la guérilla et les théories qui y sont associées puis, plus récemment, avec le terrorisme transnational dont les puissances firent les frais que la guerre asymétrique est progressivement revenue en vogue en Occident.
De l’Espagne dominée par l’empire napoléonien à Che Guevara, en passant par Lawrence d’Arabie ou Mao Zedong, les moyens de guerre proposés dans le cadre de la guérilla sont totalement asymétriques. C’est en s’infiltrant au sein même des territoires adverses qu’ils obtiennent des succès, pas en s’attaquant frontalement à des forces armées supérieures en nombre et en matériel.
La guérilla s’est immédiatement imposée comme l’arme du faible, voire de l’inculte en matière militaire, face au soldat professionnel bien armé, bien entraîné et mené par un général instruit. La guérilla fut aussi et surtout théorisée, sur la base des expériences et des testaments de ces acteurs. Le plus célèbre de ces « nouveaux testaments » de l’asymétrie est incontestablement la Guerre de guérilla, écrit par Che Guevara en 1959, dans lequel est démontré qu’une armée populaire peut battre une armée régulière, quels que soient les moyens dont les « combattants de la liberté » disposent. Guevara considérait qu’il n’est pas nécessaire de s’appuyer sur une large base, mais qu’un petit foyer ou un petit groupe d’idéalistes en armes, établi loin des villes, peut entraîner l’adhésion de tous les mécontents et des révolutionnaires.
Le terrorisme peut-il de son côté être considéré comme une manifestation de guerre asymétrique ? Indiscutablement, l’invisibilité et le caractère imprévisible des attaques terroristes sont asymétriques, car ils se caractérisent par la faiblesse des moyens engagés. Le terrorisme transnational apparaît ainsi comme le degré ultime de la guerre asymétrique, car il s’intègre à l’intérieur même des sociétés qu’il combat, ce qui le rend d’autant plus difficile à détecter et à prévenir.
Le terrorisme transnational et le risque qu’il fait peser sur la sécurité dans les sociétés contemporaines fut à l’origine du regain d’intérêt pour les guerres asymétriques, et c’est sans surprise que, après 2001, ce concept a fait une entrée fracassante dans les réflexions des états-majors, au point d’inspirer des innovations stratégiques, comme la contre-insurrection déployée en Irak, avec des résultats mitigés mais qui confirment une nécessaire adaptation du fort aux pratiques du faible.
Un type de guerre qui n’est pas près de disparaître
La fin de la bipolarité a ouvert le champ à des formes de conflits restées relativement silencieuses tout au long du XXᵉ siècle, dans sa deuxième partie surtout, opposant des adversaires aux moyens limités, soit des États faibles, soit des acteurs non étatiques, et consacrant ainsi ce que certains analystes qualifièrent de « retournement du monde ». Ce regain de violence a poussé Washington, seule superpuissance rescapée de la guerre froide, à s’interroger sur les menaces dont les États-Unis (et par extension le « monde » dans son ensemble) pourraient désormais faire l’objet.
Dans un contexte marqué par une remise en cause de plus en plus prononcée de la puissance américaine, tant dans ses aspects politico-diplomatiques que militaires (les expériences de l’Irak et de l’Afghanistan ont renforcé ce phénomène), la guerre asymétrique semble avoir de beaux jours devant elle et impacte ainsi considérablement les conflits contemporains. Le cas de l’opération menée par Israël et les États-Unis en Iran vient le confirmer.
Barthélémy Courmont ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
You’re scheduled for surgery next week. You’ve likely looked up your surgeon’s credentials, years of experience and perhaps even patient reviews. You want reassurance that your surgeon has steady hands, deep expertise and a thorough command of the procedure. Technical skills feels like the thing that matters most.
But there’s another question most patients never think to ask: How well does your surgeon lead a team?
It might sound like an odd thing to consider, but in the operating room, surgery is rarely a solo act. Surgeons work alongside anesthesiologists, nurses and medical residents who must co-ordinate closely, often under intense pressure, to deliver care.
When something unexpected happens and the team needs to pivot quickly, how a surgeon leads matters in ways most patients rarely see or even think about.
Despite decades of evidence showing the benefits of inspiring, people-focused leadership, those qualities alone were not enough in complex, high-stakes operations where conditions can change rapidly.
Two different leadership styles
Leadership researchers have long distinguished between two main approaches to leading teams: transformational and directive leadership.
Transformational leadership is people-focused, meaning it emphasizes inspiration, building trust, encouraging open communication and helping people feel valued and motivated.
Directive leadership is task-focused. It involves giving clear instructions, co-ordinating actions, enforcing procedures and ensuring everyone knows their role in real time.
Transformational leadership has been widely studied and positively linked with better team performance, stronger morale and improved outcomes across many workplace settings. As a result, it is often examined on its own as a driver of effective leadership.
But our research suggests the picture is more complicated in environments where the stakes are high.
Complexity changes everything
Not all surgeries are alike.
Some procedures are relatively routine and predictable. An appendectomy, for example, typically follows established protocols with predictable demands and roles. In these situations, everyone on the team knows what to do and when to do it.
But surgeries don’t always go according to plan.
A routine surgery can suddenly become complicated if a patient becomes unstable, while more complex procedures may involve unexpected challenges from the start.
In these moments, the usual script may no longer be enough to guide the team. This is when leadership becomes far more important.
Situational leadership
To make sense of this, we drew on a concept from psychology called situational strength — how much a situation provides information about appropriate or desirable behaviour.
Routine surgeries are considered “strong situations.” Protocols, prior training, roles and expectations are so clear that the situation itself largely guides behaviour with little-to-no leadership required.
More complex or unpredictable surgeries can create “weak situations.” Protocols may not fully cover what’s unfolding. Roles become ambiguous and prior training no longer suffices. The team needs real-time guidance on what to prioritize, who should act and how to co-ordinate under pressure.
In these moments, leadership becomes critical precisely because the situation no longer provides all the answers.
Our research found that during these high-complexity moments, the benefits of transformational leadership only emerged when it was combined with directive leadership.
When surgeons paired people-focused leadership with task-focused leadership, their teams reported feeling significantly safer about speaking up, raising concerns and flagging problems as they arose, otherwise known as psychological safety.
More reported errors can signal better care
One of the more counter-intuitive findings involved surgical errors. Teams that reported higher psychological safety actually had more observed errors during surgery, not fewer.
At first glance, that sounds like worse performance. In reality, it may signal the opposite.
And our data support this interpretation: teams with higher psychological safety had fewer severe complications after patients were discharged. More errors caught earlier and corrected in the operating room meant better outcomes beyond it.
But a closer look reveals that many programs focus on developing a single leadership style or approach rather than helping surgeons learn how to flexibly combine different leadership behaviours as situations change.
Our findings suggest this flexibility matters.
This has implications well beyond the operating room. Financial trading floors, emergency response teams, military units and any environment where conditions shift rapidly and errors carry serious consequences all share the same basic challenge for leaders.
The leaders who perform best in these environments don’t master one leadership style. Rather, they learn to combine and adapt approaches when it matters most.
Steve Granger receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Julian Barling receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada, and the Borden Chair of Leader at the Smith School of Business.
Michaela Scanlon receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Nick Turner receives research funding from Cenovus Energy Inc., Haskayne School of Business’s Future Fund, and the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada (SSHRC).