La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra

La astronauta de la NASA Christina Koch, fotografiada el pasado 3 de abril en la nave Orión. NASA

Durante el histórico viaje de Artemis II, que el pasado lunes sobrevoló la Luna y regresará a la Tierra el viernes 10 de abril, se están llevando a cabo varios experimentos científicos que tienen como protagonistas a los propios astronautas.

Monitorizados en el espacio

Uno de los más importantes, denominado ARCHeR (arquero), consiste en analizar cómo afecta el viaje espacial a los patrones de sueño, la actividad y el estrés. Para monitorizarlo, los tripulantes llevan una pulsera (actígrafo) que registrará los movimientos, actividad y patrones sueño-vigilia durante toda la travesía.

Además, se recopilarán datos y encuestas de desempeño conductual antes y después de la misión. Los resultados serán utilizados para comprender cómo afectan el aislamiento y el estrés de un viaje espacial en la mente, el sueño y la tensión emocional de los astronautas.

Otro tipo de experimentos tienen que ver con biomarcadores inmunitarios, es decir, el estudio de cómo el espacio puede afectar a nuestro sistema de defensa. Para ello, los tripulantes han tomado muestras de su saliva y sangre antes de subirse a la nave Orión y lo harán después. Durante el viaje, también recogerán saliva seca que se depositará en un papel especial en pequeños cuadernillos de bolsillo, ya que el equipo necesario para conservar muestras húmedas en el espacio –incluida la refrigeración– no estará disponible debido a las limitaciones de volumen.

El astronauta de la NASA Randy Bresnik se prepara para recoger una muestra de saliva seca a bordo de la Estación Espacial Internacional.
NASA

Con estos datos se espera comprender mejor cómo las hormonas del estrés, los virus y las células pueden verse afectados por las condiciones de vuelo. Se quiere estudiar, por ejemplo, cómo se reactivan los virus latentes en el cuerpo de los astronautas en el espacio (algo que ya se había comprobado en vuelos anteriores, pero aún no se conocen los detalles de este fenómeno).

Órganos en chips

También se quiere estudiar cómo afecta la radiación cósmica y la microgravedad a la salud de los astronautas. Para ello se realizará un experimento denominado AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response, “Respuesta de Tejidos Análogos de un Astronauta Virtual”), cuyos resultados podrían tener beneficios de gran alcance y contribuir al avance de la medicina personalizada del futuro.




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Para ello, se han recogido muestras de células de la médula ósea cada tripulante y se han cultivado en un chip del tamaño de una memoria USB (llamado organ-on-a-chip, “órgano en un chip”). Así ha podido obtrenerse una pequeña médula ósea artificial con las características de cada uno de ellos, a modo de réplicas o avatares. Estos dispositivos se expondrán a la radiación durante el vuelo y los resultados se compararán con réplicas similares una vez que vuelvan de la misión. Mediante técnicas de secuenciación de ARN compararán cómo ha influido el viaje espacial en la expresión de los genes de dichas células.

El chip que se está usando en el experimento AVATAR.
Emulate/NASA

Al ser la médula ósea responsable de producir glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas, constituye una muestra ideal para diagnosticar enfermedades y evaluar la respuesta del sistema inmunitario a los tratamientos. Esta es la primera vez que estos chips de órganos personalizados, adaptados a la tripulación de astronautas, viajan más allá de la órbita terrestre. Un objetivo clave de esta investigación es validar si dichos dispositivos pueden servir como herramientas precisas para medir y predecir las respuestas humanas al estrés de manera personalizada.

Adicionalmente, la tripulación ha proporcionado muestras biológicas, incluyendo sangre, orina y saliva, para evaluar su estado nutricional, salud cardiovascular y función inmunológica desde aproximadamente seis meses antes del viaje hasta un mes después de su regreso. También participarán en pruebas y estudios para evaluar el equilibrio, la función vestibular, el rendimiento muscular y los cambios en su microbioma, así como la salud ocular y cerebral.

Durante su estancia en el espacio, la recopilación de datos incluye una evaluación de los síntomas del mareo, y tras el aterrizaje, se realizarán pruebas adicionales de movimientos de cabeza, ojos y cuerpo, entre otras tareas de rendimiento funcional.

Experimentos del tamaño de una caja de zapatos

Además de todo esto, a bordo de Artemis II viajan al espacio cinco experimentos en forma de CubeSats de varias agencias internacionales (Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudita y Argentina): demostraciones tecnológicas y experimentos científicos del tamaño de una caja de zapatos. Son los siguientes:

  • ATENEA recopila datos sobre las dosis de radiación en función de diversos métodos de blindaje, mide el espectro de radiación alrededor de la Tierra, obtiene datos GPS para ayudar a optimizar el diseño de futuras misiones y validará un enlace de comunicaciones de largo alcance.

  • TACHELES recoge mediciones sobre los efectos del entorno espacial en los componentes eléctricos de los vehículos lunares.

  • K-RadCube utiliza un dosímetro con material similar a un tejido humano, con el fin de medir la radiación espacial y evaluar los efectos biológicos a diversas altitudes.

  • SHMS mide aspectos del clima espacial a diversas distancias de la Tierra.

Todos estos experimentos servirán para proteger mucho mejor a los astronautas que viajen a la Luna en el futuro. Por ejemplo, se podrían buscar medidas para atajar sus problemas de sueño o trajes que protejan mejor de la radiación.

En definitiva, los resultados servirán para futuras intervenciones, tecnologías y estudios que ayuden a predecir la adaptabilidad de las tripulaciones en una misión a la Luna o incluso a Marte.


Una versión de este articulo ha sido publicada en el blog microBIO del autor.


The Conversation

Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo – https://theconversation.com/la-ciencia-de-artemis-ii-experimentos-a-bordo-280063

También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Brey, Profesora en sociología y opinión pública, experta en migraciones y vida urbana, Universidad Complutense de Madrid

New Africa/Shutterstock

La brecha digital se une a las dinámicas excluyentes del mercado de la vivienda (proliferación de alquileres de corta estancia, retirada de viviendas del mercado alquiler) y a la escasez de iniciativas públicas. Como resultado, se refuerzan las dificultades de acceso a la vivienda, especialmente para las personas más vulnerables.

Así lo hemos comprobado en un estudio reciente, realizado en tres ciudades del sur de Europa: Madrid, Bolonia y Atenas.

Esta digitalización coloca a algunos grupos sociales en una situación de especial ventaja (nativos digitales, turistas o nómadas digitales) mientras otros (personas mayores o en situación de pobreza, por ejemplo) se ven especialmente excluidos.

Qué entendemos por digitalización en el sector vivienda

La digitalización se observa en tres niveles. El primero opera en el mercado inmobiliario en su conjunto, y está vinculado al auge del capitalismo digital. Un indicador es el aumento de los propietarios corporativos que gestionan el alquiler de sus propiedades anónimamente, con datos, y a través de intermediarios.

La lógica de datos rompe el vínculo entre propietarios e inquilinos, centrándose en maximizar beneficios y minimizar riesgos. Esto permite una gestión impersonal de los desahucios y discrimina a los inquilinos más vulnerables. Además, las plataformas digitales fomentan los aumentos en los precios de compra y alquiler.

El segundo nivel se refiere al uso de las redes por parte de movimientos sociales para dar visibilidad a las necesidades de vivienda. En España, ha sido relevante la acción en plataformas digitales de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y, más recientemente, de los Sindicatos de inquilinas e inquilinos.

El tercer nivel se refiere a la promoción de plataformas digitales por las autoridades públicas. El objetivo es ampliar el acceso a la información y la transparencia de las iniciativas públicas.

La digitalización beneficia a unos, no a todos

Según las entrevistas hechas en Madrid, Bolonia y Atenas, la brecha digital modula el impacto de la digitalización en el derecho a la vivienda. Este impacto depende de los grupos de población y el tipo de plataforma digital.

Las personas mayores, los migrantes, las personas sin hogar, los refugiados y los inquilinos se encuentran en una situación más vulnerable en la era digital. Por el contrario, propietarios e inquilinos a corto plazo (como los turistas o los nómadas digitales) pueden estar más protegidos.

La situación de los jóvenes es ambigua. En general, se ven menos afectados por la brecha digital, pero se encuentran en una situación vulnerable para acceder a una vivienda asequible y digna.

La generación de alquiler (generation rent), menores de 40 años que no pueden permitirse comprar una vivienda, que emergió como consecuencia a largo plazo de la crisis de 2008, agravado por la pandemia de covid-19, se ha consolidado como una generación de inquilinos. Para ellos, el régimen de tenencia tiene consecuencias vitales más allá de la vivienda: se retrasa la salida del hogar familiar y se pospone la formación de una familia propia, lo que a su vez provoca un desplome de la natalidad.

En los tres países que estudiamos es clara la posición de fuerza de las personas con mayores conocimientos digitales en el acceso a la vivienda. Tienen más poder para acceder a la información y negociar las condiciones del alojamiento. Un posible factor de protección ante la brecha digital sería unirse a movimientos sociales y organizaciones de defensa a través de la participación digital y analógica, dadas las consecuencias reales que tiene la brecha digital en el derecho a la vivienda.

En cuanto al tipo de plataformas digitales utilizadas por los ciudadanos, las plataformas austeras –que funcionan como intermediarias entre quien ofrece y quien recibe el servicio (por ejemplo, Idealista o Airbnb)–, benefician a los propietarios, especialmente si se trata de fondos de inversión transnacionales. Las redes sociales pueden convertirse en plataformas digitales de networking, defensa y diálogo. Ofrecen así mayor visibilidad al derecho a una vivienda digna.

Familiaridad versus brecha digital

En España, la digitalización puede facilitar el acceso a la vivienda a determinados grupos de población. Por ejemplo, los jóvenes, gracias a su familiaridad con el mundo digital y los anuncios en línea pueden encontrar compañeros de piso más rápidamente.

Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería (WhatsApp, Telegram y similares) son otros canales informales de acceso a la vivienda para jóvenes y otros grupos vulnerables. Allí pueden encontrar y compartir recursos de forma pública, o con un grupo limitado de personas de su confianza.

La brecha digital afecta al acceso a la vivienda de distintos modos. Interfiere al solicitar vivienda pública y ayudas económicas o al registrarse en el censo. Incide en otros procesos del ámbito privado, como el pago del alquiler y los servicios a través de oficinas electrónicas.

Más allá de la disponibilidad de dispositivos electrónicos, también el acceso a una conexión a internet adecuada es parte fundamental de la integración en la sociedad actual, junto con tener competencias digitales básicas.

Son notables los problemas que enfrentan las personas vulnerables cuando realizan tareas burocráticas complejas en los sitios web del gobierno. El acceso se ve agravado por la falta de conocimiento sobre dónde buscar la información. La brecha digital aumenta las dificultades para acceder a la información sobre la oferta de vivienda, ya que gran parte de ella se publica en listados en línea.

Retos de futuro

En materia de digitalización y vivienda, algunos temas merecen mayor atención. Es el caso de la gobernanza democrática (en el plano digital) de los sistemas de vivienda: la igualdad de acceso a la información digital sobre los programas de vivienda pública, el papel del Estado en la alfabetización digital, la política de vivienda asequible y la regulación de los mercados inmobiliarios, incluidos los alquileres a corto y medio plazo.

Estos nuevos conocimientos permitirán a las sociedades estar mejor preparadas para prevenir las crisis de vivienda y reconocer, proteger y cumplir el derecho a la vivienda para todos y por todos en la era digital.

The Conversation

Elisa Brey recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como investigadora principal del proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia (Giulia Ganugi & Sara Chinaglia) y KU Leuven (Angeliki Paidakaki & Maria Geldimi).

Ainhoa Ezquiaga Bravo recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como colaboradora externa en el proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia y KU Leuven.

ref. También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda – https://theconversation.com/tambien-la-digitalizacion-y-la-brecha-digital-influyen-en-el-derecho-a-la-vivienda-274488

¿Puede una bebida deportiva casera ser tan efectiva como una comercial?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Pérez-López, Profesor Titular de Universidad. Ejercicio físico, Nutrición y Metabolismo, Universidad de Alcalá

PeopleImages/Shutterstock

En carreras populares, entrenamientos de ciclismo y partidos de cualquier deporte bajo el sol, puede observarse una escena habitual. Alguien abre una botella fluorescente y bebe de ella para hidratarse mientras se recupera del esfuerzo. Sin embargo, cada vez son más las personas que plantean una alternativa a estas bebidas deportivas comerciales: prepararla en casa con agua, zumo de fruta y una pizca de sal.

Ante esta situación, la pregunta surge: ¿realmente necesitamos una bebida deportiva comercial para rendir mejor o es posible obtener beneficios similares con una preparación casera? Ni la primera es mágica, ni el zumo con sal que preparamos nosotros es siempre suficiente. La clave está en un pequeño transportador que trabaja en nuestro intestino.

La ciencia de la hidratación deportiva muestra que lo importante no es tanto la marca, sino la fisiología que hay detrás de la formulación.

Qué hace realmente una bebida deportiva

Una bebida deportiva no es simplemente agua con sabor. Está diseñada para cumplir tres funciones clave durante el ejercicio prolongado o intenso:

  1. Rehidratar, compensando la pérdida de líquidos por el sudor.

  2. Reponer electrolitos, especialmente sodio.

  3. Aportar energía, principalmente en forma de carbohidratos.

Las recomendaciones fisiológicas más citadas para actividades prolongadas sugieren que una bebida eficaz debería contener aproximadamente:

• Entre 5 y 10 % de carbohidratos.

• Entre 20 y 30 mmol/L de sodio.

• Entre 2 y 5 mmol/L de potasio.

Estas proporciones no son arbitrarias. Están pensadas para favorecer la absorción intestinal de agua y nutrientes y evitar tanto la deshidratación como la saturación digestiva.

Qué ocurre en el cuerpo durante el ejercicio

Cuando realizamos ejercicio físico intenso o prolongado ocurren tres procesos importantes. Por un lado, perdemos agua a través del sudor, pero también perdemos electrolitos, sobre todo sodio. Además consumimos glucógeno muscular, una de las principales reservas de energía rápida.

Si estas pérdidas no se compensan puede aparecer la fatiga de manera prematura, disminuir el rendimiento, experimentar calambres o mayor estrés cardiovascular.

Por ello, las bebidas deportivas combinan líquidos, electrolitos y carbohidratos. De este modo intentan restaurar simultáneamente estos tres componentes.

El secreto está en el intestino

Parte clave de la eficacia de estas bebidas tiene que ver con algo que ocurre en el intestino delgado. Allí existe un mecanismo llamado cotransportador sodio-glucosa (SGLT1), que transporta al mismo tiempo sodio y glucosa hacia el interior del organismo. Al hacerlo, arrastra agua con ellos. En otras palabras, la presencia conjunta de sodio y glucosa facilita una absorción de líquidos más rápida y eficiente.

Este principio fisiológico explica por qué muchas bebidas deportivas contienen simultáneamente carbohidratos y sodio. La combinación favorece la rehidratación y ayuda a mantener el equilibrio de líquidos durante el ejercicio físico intenso o prolongado.

Sin embargo, la absorción intestinal de carbohidratos no depende únicamente de este mecanismo. En el intestino también existen otros transportadores, como GLUT5, que permiten absorber fructosa, y GLUT2, implicado en el transporte de distintos azúcares hacia la sangre.

Gracias a la participación de varios transportadores, el intestino puede absorber cantidades relativamente elevadas de carbohidratos cuando se combinan diferentes tipos de azúcares. Por esta razón muchas bebidas deportivas modernas utilizan mezclas de glucosa, fructosa o maltodextrina.

Gran parte de las bebidas comerciales están formuladas según este principio fisiológico. En la práctica las bebidas diseñadas para ejercicio físico intenso o prolongado suelen contener entre 30 y 80 g de carbohidratos por litro (entre un 3 y un 8 %) y alrededor de entre 0,5 y 0,7 g de sodio por litro. Se trata de concentraciones que favorecen la absorción intestinal sin provocar molestias digestivas.

¿Qué dice la evidencia sobre las bebidas caseras?

Durante décadas, atletas, entrenadores y dietistas-nutricionistas han preparado bebidas caseras para intentar aproximarse a estas recomendaciones. Una receta típica es la que incluye 1 litro de agua, 60 gramos de azúcar o miel, ¼ de cucharadita de sal y zumo de fruta, para mejorar el sabor. Es decir, una combinación de agua, carbohidratos y sodio.

Sin embargo, algunos estudios sugieren que la precisión de la fórmula importa. En una investigación en la que se comparó una bebida deportiva comercial y una bebida popular y casera alemana llamada Apfelschorle (compuesta por agua con gas mezclada con zumo de manzana), la bebida casera se comportó de forma similar al agua en términos de rehidratación. Pero fue menos eficaz que la bebida deportiva comercial.

Esto se explica porque la Apfelschorle contiene principalmente fructosa –un azúcar que no activa el cotransportador SGLT1– y muy poco sodio. Esto demuestra que no basta con añadir zumo: la proporción exacta de carbohidratos y sodio influye en la absorción y en el rendimiento.

Más allá de la fórmula básica

Las bebidas comerciales modernas suelen incorporar elementos adicionales que pueden influir en su eficacia como aminóacidos y electrolitos, cafeína y otros estimulantes que mejoran el rendimiento. Ademas, su eficacia depende del tipo de carbohidratos (glucosa, fructosa, maltodextrina) y de su sabor y palatabilidad, ya que estos determinan cuánto se bebe voluntariamente.

Además, hay que tener en cuenta que las bebidas industriales se producen bajo estándares de seguridad alimentaria. En cambio, las bebidas caseras con azúcar pueden favorecer el crecimiento microbiano si se almacenan durante horas en ambientes calurosos o sin refrigeración.

El contexto lo cambia todo

No todos los tipos de ejercicio y entrenamiento requieren la misma estrategia de hidratación. De manera muy resumida y centrados en la duración de la actividad, podríamos establecer lo siguiente:

• Para menos de 60 minutos, el agua suele ser suficiente.

• Entre 60 y 120 minutos, los carbohidratos empiezan a ser útiles.

• Si se superan las 2 horas, la reposición precisa de carbohidratos y sodio se vuelve crítica.

También influyen otros factores como la temperatura ambiental, la tasa individual de sudoración, la adaptación al calor o el estado de hidratación previo.

De ahí la importancia de personalizar la hidratación deportiva.

Entonces, ¿merece la pena preparar una bebida casera o utilizo una bebida comercial?

La evidencia sugiere que una bebida casera bien formulada puede ofrecer beneficios similares a los de una comercial, siempre que contenga proporciones adecuadas de agua, carbohidratos y sodio.

Sin embargo, las bebidas comerciales presentan algunas ventajas: mayor precisión en la composición, pruebas experimentales más extensas y mayor estabilidad microbiológica.

Cómo hacer una bebida casera efectiva (si decide optar por ella)

Para que nuestra preparación casera sea realmente útil hay que tener en cuenta estos puntos:

  1. Las proporciones importan. Una fórmula de partida probada es: 1 litro de agua, entre 30 y 60 g de azúcar (según la duración del ejercicio) y entre 1 y 2 g de sal (aproximadamente ⅓ de cucharadita de postre). Esto da una concentración de carbohidratos de entre el 3 y el 6 % y unos entre 400 y 800 mg de sodio por litro. Es un rango similar al de muchas bebidas comerciales.

  2. Ojo con el zumo. Añadir zumo de fruta mejora el sabor, pero también aporta azúcares adicionales (principalmente fructosa). Si lo usamos hay que ajustar la cantidad de azúcar añadido para no superar el 8 % de carbohidratos totales. Concentraciones más altas pueden ralentizar la absorción de agua.

  3. La seguridad también cuenta. Las bebidas con azúcar son un medio de cultivo para bacterias. Es importante consumirlas en las 2 o 3 horas posteriores a su preparación o mantenlas refrigeradas. En competiciones largas con temperaturas elevadas hay que valorar si la comodidad y seguridad de una bebida comercial pueden ser una ventaja.

  4. Debemos entrenar también la hidratación. Igual que preparamos el cuerpo para la competición, pruebe la bebida casera en entrenamientos previos. El intestino también necesita adaptarse, y lo que funciona en reposo puede no sentar bien durante el ejercicio intenso o prolongado.

Cuando comprendemos cómo funciona el cuerpo podemos diseñar estrategias inteligentes, ya sea con una bebida comercial o con una mezcla casera bien calculada.

La fisiología no entiende de marcas. Una bebida casera bien formulada puede ser tan efectiva como una comercial. Pero mientras que la comercial ofrece precisión y comodidad, la casera exige entender nuestro cuerpo, medir los ingredientes y, sobre todo, entrenar también la estrategia de hidratación.

The Conversation

Alberto Pérez-López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Puede una bebida deportiva casera ser tan efectiva como una comercial? – https://theconversation.com/puede-una-bebida-deportiva-casera-ser-tan-efectiva-como-una-comercial-278638

Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Hoyas Calvo, Catedrático de Ingeniería Aeroespacial, Universitat Politècnica de València

PeopleImages.com/Shutterstock

Casi todos hemos visto alguna vez una cometa volar, ya sea en una playa, en un parque o en una tarde de viento. Parece un simple juguete, pero detrás de esa imagen familiar hay una historia mucho más larga de lo que podría parecer.

Las cometas surgieron en China hace más de dos mil años, donde se utilizaron con fines militares y científicos antes de convertirse también en una forma de entretenimiento. Siglos después, figuras como Benjamin Franklin las emplearon para estudiar la electricidad y los fenómenos atmosféricos, en uno de los experimentos más conocidos de la historia.

Cometas para generar electricidad, impulsar barcos… y jugar

Hoy, lejos de haber quedado como una curiosidad del pasado, están encontrando nuevas aplicaciones. Se investiga cómo utilizar grandes cometas que vuelan a cientos de metros de altura para generar electricidad, y también cómo pueden ayudar a impulsar barcos aprovechando vientos más intensos y constantes en capas altas de la atmósfera.

Y, por supuesto, seguimos utilizándolas para algo mucho más simple: jugar. Basta acercarse a una playa en un día de viento para ver esta evolución en acción: niños corriendo con pequeñas cometas, deportistas deslizándose sobre el agua en kitesurf y, en ocasiones, grandes estructuras de tela que parecen criaturas suspendidas en el cielo durante exhibiciones.

El equilibrio de las fuerzas

Pero, más allá de su historia, hay una pregunta que sigue despertando curiosidad: ¿por qué vuela una cometa?

Una cometa se suspende en el aire gracias a un equilibrio de fuerzas. Por un lado, su peso tira hacia abajo. Por otro, el aire, al chocar con su superficie, genera una fuerza que no actúa en una única dirección, sino que puede descomponerse en dos: una componente vertical, la sustentación, que empuja hacia arriba, y otra horizontal, que tiende a arrastrar la cometa en la dirección del viento.

La cuerda que sujetamos juega un papel fundamental, ya que compensa esa fuerza horizontal y transmite parte de las fuerzas hacia nosotros, fijando la posición de la cometa en el aire. Cuando todo está bien ajustado, estas fuerzas se equilibran y la cometa se mantiene volando. No está completamente quieta, pero tampoco cae: se encuentra en un equilibrio dinámico que depende del viento y de cómo la controlamos.

El verdadero reto: estabilizarla en el aire

Sin embargo, que una cometa suba no es lo más difícil. El verdadero reto es que sea estable.

Si alguna vez ha sacado la mano por la ventanilla de un coche, habrá notado algo curioso: según cómo la incline, el aire puede empujarla hacia arriba, hacia abajo o hacer que gire. Además, seguro que nota que esa corriente no es estable, sino que cambia: aparecen las temidas turbulencias. Con las cometas ocurre exactamente lo mismo. No es solo cuestión de que el viento empuje, sino de cómo lo hace.

Para que una cometa vuele bien, todas las fuerzas tienen que estar en equilibrio: el viento empuja, el peso tira hacia abajo y la cuerda mantiene todo “conectado” con nosotros. Cuando ese equilibrio es correcto, la cometa se queda tranquila en el cielo. Pero si algo se desajusta, empieza a girar, a perder estabilidad… o simplemente cae.

El papel de la cola de la cometa

Aquí entra en juego un elemento que todos hemos visto, pero pocas veces nos preguntamos para qué sirve: la cola. Esa tira de tela que cuelga por detrás no está ahí solo para decorar. Su función es ayudar a que la cometa se mantenga correctamente orientada frente al viento, actuando como un pequeño estabilizador.

También es clave el punto donde se ata la cuerda. Un pequeño cambio en esa posición modifica el ángulo con el que la cometa recibe el viento. Si el ángulo es el adecuado, sube con facilidad; si no lo es, puede volverse inestable o perder la capacidad de volar.

Los modelos con dos cuerdas permiten un grado de control mucho mayor. Al manejar cada lado por separado, es posible modificar las fuerzas que actúan en la cometa, haciendo que gire, se incline o cambie de dirección.

Este desequilibrio controlado entre ambos lados es lo que permite realizar acrobacias, desde giros suaves hasta maniobras rápidas, de forma similar a cómo un avión utiliza sus superficies de control.

La ciencia de las cometas gigantes

En el caso de las cometas de gran tamaño, el desafío es distinto. No se trata solo de generar fuerza, sino de hacerlo de manera estable y predecible. Para ello, su diseño requiere un estudio cuidadoso de la aerodinámica, buscando que el aire fluya de forma ordenada y que la cometa mantenga su forma y orientación incluso en condiciones de viento cambiantes.

Sin embargo, el aire rara vez es completamente dócil. La turbulencia, los remolinos y los pequeños vórtices que se forman a su alrededor hacen que la cometa vibre, se tense y se relaje en un movimiento continuo.

Hay algo casi hipnótico en observar estas grandes superficies ondular en el cielo, como si el viento dibujara sobre ellas. Detrás de esa belleza hay una interacción compleja que todavía no comprendemos del todo, y que sigue desafiando a la física y a la ingeniería.

Muy cerca de los aviones

Y aquí aparece una conexión fascinante. El problema que resuelve una cometa, cómo mantenerse en el aire de forma estable, es exactamente el mismo que tuvieron que afrontar los pioneros de la aviación. Los primeros planeadores de los hermanos Wright pueden entenderse, en cierto modo, como cometas sofisticadas que, en lugar de estar atadas al suelo, eran controladas directamente por el piloto. Añadir un motor fue solo el siguiente paso.

Quizá por eso las cometas siguen llamándonos la atención: por la forma en que se mueven y parecen cobrar vida en el aire, como si el viento se hiciera visible. Al fin y al cabo, es el mismo juego de fuerzas que, de forma menos evidente, mantiene en vuelo a un avión.

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Sergio Hoyas Calvo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones) – https://theconversation.com/como-conseguimos-volar-una-cometa-y-que-tiene-eso-que-ver-con-los-aviones-279794

¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

rafa jodar/Shutterstock

En los últimos años, la criminalidad ha mostrado una evolución desigual en España. Según el último balance del Ministerio del Interior, en 2025 se registraron más de 2,47 millones de infracciones penales con variaciones importantes según el territorio. Mientras algunas comunidades experimentaron aumentos –por ejemplo, Castilla y León, donde la criminalidad creció cerca de un 5,8 %– otras como Cataluña o Madrid mostraron descensos en torno al 2,9 % y al 1,7 %, respectivamente.

La evolución tampoco es homogénea entre tipos de delitos. Algunos, como los patrimoniales, se han estabilizado e incluso descendido en algunas zonas. Otros, como las agresiones sexuales o los intentos de homicidio, han aumentado. En otras palabras, la evolución de la delincuencia es compleja y difícil de resumir en una única tendencia.

Sin embargo, más allá de estas cifras hay un fenómeno que cada vez ocupa más espacio en el debate público: la preocupación por la inseguridad percibida por la ciudadanía. Y esta sensación no siempre evoluciona al mismo ritmo que la criminalidad registrada.

En la literatura científica especializada, esta percepción de inseguridad se conoce como “miedo al delito”. No se refiere únicamente a la reacción emocional ante un peligro inmediato (como un intento de robo), sino también a la percepción de riesgo que las personas construyen sobre la posibilidad de ser víctimas de un crimen.

¿Qué es el miedo anticipado?

En este sentido, hablamos de un miedo anticipado. Ese temor puede surgir ante señales cotidianas del entorno: caminar por una calle mal iluminada, atravesar un parque vacío por la noche o percibir signos de deterioro urbano en un barrio.

Desde el punto de vista psicológico, es un fenómeno que combina tres dimensiones: una emocional (sentir miedo), una cognitiva (evaluar el riesgo) y una conductual (modificar comportamientos, por ejemplo, evitando determinados lugares o situaciones). Las personas no evaluamos el riesgo de ser víctimas de un delito solo a partir de estadísticas oficiales. También influyen nuestras experiencias personales, los cambios que percibimos en el entorno y la información que recibimos sobre los hechos delictivos.

Los medios de comunicación han sido tradicionalmente uno de los principales canales a través de los cuales la ciudadanía conoce la criminalidad. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 30 % de las noticias en los medios tratan sobre delitos.

Además, la cobertura mediática suele prestar mayor atención a los actos delictivos violentos que a los más comunes. Este sesgo puede generar una imagen distorsionada de la criminalidad, ya que los sucesos que más aparecen en las noticias no coinciden con los que ocurren con mayor frecuencia.

Los medios de comunicación no ayudan

La investigación en comunicación también muestra que la exposición prolongada a contenidos mediáticos puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad social. Según la teoría del cultivo de George Gerbner (1969), cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos mediáticos, más probable es que interprete la realidad a través de esas representaciones.

La forma en que los medios presentan los delitos también puede reforzar determinados estereotipos sociales sobre quién los comete o dónde ocurren. Cuando ciertos grupos sociales o barrios aparecen de forma recurrente asociados a la criminalidad en las noticias, estas representaciones pueden influir en cómo el público percibe la inseguridad y en a quién identifica como una posible amenaza.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 72,1 % de los españoles asegura estar informado sobre la actualidad. La televisión sigue siendo el medio preferido (69,8 %), seguida de la radio (55 %), considerada además la fuente más fiable. Sin embargo, más de la mitad de la población (54,9 %) también utiliza habitualmente redes sociales para informarse.

En este contexto de exposición constante a contenidos informativos, los relatos sobre sucesos –detenciones, desapariciones, agresiones o juicios mediáticos– circulan con gran rapidez y pueden amplificar la percepción de inseguridad. No es que los delitos no existan, pero su presencia constante en el ecosistema mediático puede hacer que parezcan más frecuentes y cercanos de lo que indican las estadísticas oficiales.

Las redes sociales han transformado especialmente la forma en que circula la información sobre el crimen. Las plataformas digitales favorecen contenidos breves, visuales y emocionalmente intensos, lo que puede impulsar narrativas simplificadas o alarmistas. Investigaciones recientes sugieren que la lógica de viralidad propia de estas plataformas puede contribuir a nuevas formas de pánicos morales en torno al delito, en las que la percepción de amenaza se construye a partir de narrativas que circulan y se refuerzan digitalmente más que de la experiencia directa de la criminalidad.

La distancia entre criminalidad real y percepción de inseguridad se ha hecho visible en debates recientes sobre seguridad urbana. Un ejemplo es el caso de Bilbao. Durante la presentación del diagnóstico técnico del Plan Municipal de Seguridad, investigadores de la Universidad del País Vasco señalaron que los indicadores delictivos no mostraban un incremento estructural comparable con la percepción de inseguridad entre la ciudadanía.

La controversia que generó esta conclusión refleja una cuestión incómoda: ¿qué pesa más en la percepción ciudadana, las estadísticas sobre criminalidad o las narrativas que se construyen sobre ellas a través de los medios?

Criminalidad registrada vs percepción

Aunque no siempre coincida con la probabilidad objetiva de victimización, el miedo al delito tiene efectos en la vida cotidiana. Puede modificar rutinas, limitar actividades nocturnas y reducir el uso de determinados espacios públicos. En definitiva, puede alterar la forma en que las personas se relacionan con su entorno.

Además, este miedo no se distribuye de forma homogénea. Las investigaciones muestran que las mujeres suelen reportar niveles más elevados de temor al delito que los hombres, incluso cuando las tasas de victimización para algunos delitos violentos son menores.

Comprender estas diferencias entre criminalidad registrada y percepción de inseguridad es fundamental para diseñar políticas públicas eficaces. La seguridad de una sociedad no depende únicamente de reducir los delitos, sino también de entender cómo las personas perciben el riesgo y cómo se construyen socialmente esas percepciones.

En una sociedad hiperconectada, el miedo puede difundirse mucho más rápido que los propios delitos. Quizá la pregunta más importante no sea si vivimos en una sociedad cada vez más peligrosa, sino por qué cada vez resulta más fácil sentir que lo es.

The Conversation

Dolores Fernández Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos – https://theconversation.com/vivimos-en-una-sociedad-mas-insegura-o-solo-lo-parece-las-estadisticas-se-alejan-de-lo-que-percibimos-277430

Ampersand: dos mil años de historia en un solo trazo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maximiliano Pascual Gómez Rodríguez, Profesor asociado de Diseño, Universidad de Murcia

Pelikanz/Shutterstock

Lo encontramos encima de la tecla del número 6, en un gran número de logotipos –desde firmas de abogados hasta marcas de ropa– y lo garabateamos en muchas ocasiones sin pensar –y como podemos– cuando tomamos notas.

El símbolo & nos resulta tan familiar que casi nunca nos preguntamos qué es exactamente. Pero no es un signo arbitrario ni una invención moderna, sino una ligadura tipográfica con casi dos mil años de historia documentada. En su forma actual todavía guarda los trazos de las dos letras latinas que le dieron origen.

Cuando la velocidad crea un símbolo

Para entender el origen del ampersand hay que situarse en la Roma del siglo I y recordar un dato básico de latín: que la conjunción “y” se escribía et. Los escribas romanos, y más tarde los copistas medievales, trabajaban con materiales costosos y lentos. El pergamino requería un proceso laborioso de preparación y el trabajo manuscrito consumía horas. Para ganar tiempo y espacio, desarrollaron las ligaduras, es decir, la fusión gráfica de dos o más letras en un solo trazo.

Cuando se escribía et con rapidez, la curva inferior de la “e” tendía a conectarse de forma natural con el trazo vertical de la “t”. El resultado era un signo nuevo que representaba las dos letras juntas. El ejemplo más antiguo conocido de esta ligadura procede de Pompeya y es anterior al año 79, fecha en que la erupción del Vesubio sepultó la ciudad. Si se observa una tipografía clásica como Garamond o Baskerville en su versión cursiva, la “e” y la “t” todavía son reconocibles a simple vista dentro del símbolo.

Evolución del símbolo &. De izquierda a derecha: antigua cursiva romana, del año 131; dos cursivas romana nueva, mediados del siglo IV; uncial, de un manuscrito, antes del 509; uncial, de un manuscrito, siglo VII; y minúscula carolingia, 810.
Evolución del símbolo &. De izquierda a derecha: antigua cursiva romana, del año 131; dos cursivas romana nueva, mediados del siglo IV; uncial, de un manuscrito, antes del 509; uncial, de un manuscrito, siglo VII; y minúscula carolingia, 810.
Wikimedia Commons, CC BY-SA

Jan Tschichold, uno de los tipógrafos más influyentes del siglo XX, documentó en su obra The Ampersand: its origin and development (1957) la evolución del símbolo a lo largo de los siglos, desde esa primera forma pompeyana hasta las variantes en uso a finales del XIX. Su catálogo muestra que, aunque la ligadura básica se mantuvo reconocible, cada período histórico y cada tradición caligráfica produjo versiones propias, algunas muy alejadas formalmente de las dos letras originales.

Del abecedario a la lengua cotidiana

Si el símbolo tiene origen latino, ¿por qué su nombre es tan marcadamente anglosajón? La respuesta está en las aulas británicas del siglo XIX.

Hasta mediados de ese siglo, el símbolo & se consideraba la letra número 27 del alfabeto inglés y se recitaba al final del abecedario junto a la “z”. El problema era que nombrar el símbolo resultaba confuso, porque decir “and” para referirse al signo significaba pronunciar “and and”, que sonaba redundante y cacofónico.

Para aclarar que se hablaba del símbolo en sí mismo y no de la conjunción, se recurría a la fórmula latina per se, que significa “por sí mismo”. La recitación completa sonaba así: “X, Y, Z, and per se and”. Pronunciada con rapidez y de corrido, esa cadena de sílabas fue contrayéndose por el uso hasta producir una nueva palabra: ampersand.

De la escritura carolingia a la pantalla

A lo largo de los siglos, el diseño del ampersand fue cambiando al ritmo de las transformaciones en los sistemas de escritura. En el período carolingio adoptó formas más redondeadas, acordes con la caligrafía minúscula que se estandarizaba en los scriptoriums de la época. Durante el Renacimiento, los maestros tipógrafos lo refinaron hasta las versiones que hoy asociamos con las fuentes clásicas. Cada período dejó su impronta en el símbolo sin borrar del todo la anterior.

La transición al entorno digital no fue del todo sencilla para el ampersand. Los lenguajes de programación web asignaron al carácter “&” una función técnica dentro de su propia sintaxis, lo que durante años provocó que el símbolo apareciera mal representado en páginas web cuando los programadores no lo trataban de forma especial. Resultaba curioso que un signo nacido para agilizar la escritura se convirtiera, en determinados contextos informáticos, en una fuente de errores.

Con el tiempo, las herramientas de edición digital aprendieron a gestionarlo de forma automática y el problema desapareció para la mayoría de los usuarios.


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Por qué el ampersand nunca ha quedado obsoleto

El ampersand pertenece a una categoría escasa de signos que los lingüistas llaman logogramas, símbolos que representan directamente una palabra o concepto en lugar de un sonido. En ese sentido se comporta de forma distinta a las letras del alfabeto, pues no se pronuncia deletreando, sino que se lee directamente como “y” en español, “and” en inglés o “et” en francés o italiano, según el idioma del texto al que aparezca.

Lo que hace singular al ampersand no es solo su antigüedad, sino su continuidad. A diferencia de otros signos medievales que cayeron en desuso, nunca dejó de emplearse. Sobrevivió a la imprenta de tipos móviles, a la máquina de escribir y a los primeros teclados digitales. Hoy aparece en nombres de empresa, en titulares de prensa o en el código de programación. En ese recorrido de dos mil años hay algo que va más allá de la utilidad, y es la capacidad de un trazo sencillo para condensar, en cada época, una forma de entender la escritura como gesto vivo.

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Maximiliano Pascual Gómez Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ampersand: dos mil años de historia en un solo trazo – https://theconversation.com/ampersand-dos-mil-anos-de-historia-en-un-solo-trazo-277700

Volver a pisar la Luna: Artemis III y la promesa del primer gran salto

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola Andalucía

Representación artística del sistema de aterrizaje tripulado (HLS) de la nave Starship de SpaceX en la Luna. La NASA está colaborando con SpaceX en el desarrollo del HLS de la nave Starship para transportar a los astronautas desde la órbita lunar hasta la superficie lunar y de vuelta, en el marco de las misiones Artemis III y Artemis IV.
Space X., CC BY

La vuelta a la Luna ya no se parece al relato lineal de las misiones Apolo. Hoy es un problema de sistema, de arquitectura y de permanencia.

En febrero de 2026, NASA actualizó su programa Artemis con una idea clave: aumentar la cadencia de misiones (incluyendo una adicional en 2027) y aspirar más adelante a, por lo menos, un alunizaje por año. En ese rediseño, la segunda misión tripulada, Artemis III, prevista para mediados de 2027, dejará de ser el primer aterrizaje –como se había previsto en un principio– y pasará a convertirse en una misión de demostración en órbita terrestre. Mientras, Artemis IV asumirá el regreso humano a la superficie lunar, previsto para finales de la década.

Este cambio no es un retroceso, sino una señal de madurez. Explorar la Luna hoy no consiste en repetir un hito, sino en construir una capacidad sostenida.

La misión invisible que lo hace posible

A primera vista, Artemis III puede parecer menos espectacular que un alunizaje. Sin embargo, es una de las misiones más críticas del programa. Su objetivo es validar el funcionamiento conjunto de todos los elementos clave: el lanzamiento con el cohete SLS, el viaje en la nave Orión y, sobre todo, el encuentro y acoplamiento con naves comerciales en órbita.

Ese “ensayo general” es fundamental. Las futuras misiones dependerán de una coreografía precisa entre vehículos desarrollados por distintos actores. Si algo falla en esa cadena (acoplamientos, transferencias de tripulación, comunicaciones…), el sistema completo se resiente. Artemis III sirve, por tanto, para probar que esa arquitectura compleja funciona antes de arriesgar un descenso a la superficie lunar.

Tecnologías que cambian las reglas del juego

El programa Artemis introduce una diferencia esencial respecto a Apolo: ya no depende de un único sistema cerrado, sino de una red de tecnologías interconectadas.

El cohete SLS proporciona la potencia necesaria para salir de la órbita terrestre con tripulación. La nave Orión permite transportar astronautas en el espacio profundo con sistemas avanzados de soporte vital. A esto se suman los sistemas de tierra y control de misión, diseñados para hacer que cada vuelo sea repetible y escalable.

Nave Orión.
NASA., CC BY

Pero el cambio más profundo está en la integración con la industria privada. Los sistemas de aterrizaje humano (aún en desarrollo) serán construidos por empresas, no directamente por la NASA. Esto marca una transición hacia un modelo híbrido: la agencia define los objetivos científicos y de seguridad, mientras que el sector privado aporta flexibilidad e innovación tecnológica.

El polo sur lunar: ciencia y estrategia

El destino elegido para las futuras misiones no es casual. El polo sur lunar concentra algunos de los lugares más interesantes del satélite: regiones en sombra permanente que podrían albergar hielo de agua, materiales extremadamente antiguos y registros de la historia temprana del sistema solar.

Polo sur de la Luna y los cráteres de su entorno.
NASA.

El interés es doble. Por un lado, científico: estudiar la evolución de la Luna, los impactos y la actividad solar primitiva. Por otro, estratégico: si existe agua utilizable, podría convertirse en recurso clave para sostener misiones humanas, produciendo oxígeno o, incluso, combustible.

Artemis no solo pretende llegar allí, sino que hace posible trabajar sobre el terreno: desplegar instrumentos, utilizar rovers y operar con trajes diseñados para largas actividades extravehiculares.

Gateway y la Luna como infraestructura

Otro de los pilares del programa es Gateway, una pequeña estación espacial en órbita lunar. Su función no será únicamente servir como punto de paso, sino como nodo logístico y científico.

Elementos de Gateway.
NASA.

Gateway permitirá coordinar misiones, almacenar suministros y facilitar operaciones más complejas. En lugar de misiones aisladas, la exploración se convierte en una red de tránsito: una infraestructura que conecta la Tierra, la órbita lunar y la superficie.

Este enfoque marca un cambio conceptual profundo. La Luna deja de ser un destino puntual para convertirse en un entorno operativo.

Más allá de la Luna: el camino hacia Marte

El verdadero objetivo de Artemis no termina en la Luna. NASA lo enmarca dentro de su estrategia “Moon to Mars: utilizar el entorno lunar como banco de pruebas para misiones aún más ambiciosas.

Vivir y trabajar en la Luna implica resolver problemas que también aparecerán en Marte: radiación, aislamiento, autonomía operativa, uso de recursos locales y fiabilidad de sistemas a largo plazo. Cada misión Artemis aporta datos y experiencia en estos ámbitos.

El primer gran salto… antes de darlo

Artemis III, en su nueva definición, puede parecer una etapa intermedia. Pero es, en realidad, el punto en el que la exploración espacial cambia de naturaleza. Ya no se trata de demostrar que podemos llegar, sino de demostrar que podemos volver, repetir y mantenernos.

Si tiene éxito, la humanidad estará más cerca de convertir la presencia en la Luna en algo habitual. Y ese será, quizás, el verdadero gran salto: no volver a pisarla una vez más, sino aprender a no dejar de hacerlo.

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Carlos Vázquez Monzón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Volver a pisar la Luna: Artemis III y la promesa del primer gran salto – https://theconversation.com/volver-a-pisar-la-luna-artemis-iii-y-la-promesa-del-primer-gran-salto-279877

Menores ‘googelizados’ desde la escuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Rodriguez Prieto, Catedrático de Universidad. Filosofía del Derecho y Política., Universidad Pablo de Olavide

“Datafication”, una ilustración de K. Conrad. Kathryn Conrad / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

Recientemente, el Consejo de Transparencia y Protección de Datos de Andalucía abrió un procedimiento sancionador por infracción de la normativa de protección de datos personales contra la Junta de Andalucía, por vulneración de varios artículos del Reglamento de Protección de Datos en su acuerdo con Google Irlanda. Este convenio facilitó el uso de la plataforma educativa Google workplace for Education en los colegios. En el posterior informe sobre el estado de cumplimiento de la resolución, el Consejo señaló que la propia evaluación de impacto relativa a la protección de datos reconocía un riesgo “muy alto”.

Datos de estudiantes, en riesgo

Tras las medidas correctoras propuestas por el Consejo, el riesgo se rebajó a “aceptable”. No obstante, este organismo advirtió que dicha transformación del riesgo, aunque plausible, no quedaba suficientemente documentada.

El Consejo afirmó que el riesgo intrínseco del tratamiento de estos datos es muy alto por “la naturaleza del tratamiento, el volumen de interesados y la especial protección debida a los menores”.

Plataformas educativas de gigantes tecnológicos

Este tipo de acuerdos no son exclusivos de Andalucía. Desde la pandemia, se extendieron por otras comunidades autónomas. ¿Qué implican para los menores y la propia idea de educación?

En primer lugar, convendría resaltar que Google es una empresa que se debe a sus accionistas y opera desde el extranjero, con una infraestructura repartida por el mundo. Su negocio son los datos. Según Randall Stross, autor de Planet Google, lleva años recolectando diferentes categorías de información de forma masiva. En ocasiones, sin relación directa con su negocio.

Se trata de una compañía que ha sido condenada por prácticas monopolísticas en EE.UU. y multada repetidamente por la Unión Europea. La última vez fue hace tan solo seis meses por abuso de posición dominante.

La importancia del principio de precaución

Vivimos en un contexto global marcado por la conflictividad en las relaciones transatlánticas y el cuestionamiento activo por parte de destacados actores estadounidenses de los reglamentos europeos que regulan internet. Esta legislación, sin ser una panacea, establece algunos límites a estas grandes corporaciones y garantiza algunos derechos a los usuarios.

Todo ello debería bastar para observar una cierta cautela o la aplicación de un principio de precaución tecnológico, especialmente, en este caso donde están en juego bienes jurídicos básicos. Este principio sería similar al que se aplica a riesgos medioambientales o sanitarios.

Por otro lado, no existen soluciones aisladas a problemas estructurales. Y menos en internet, donde se despliegan relaciones de dominio. La opinión pública comienza a atisbar la complejidad del desafío tecnológico cuando las consecuencias del acceso de menores a redes sociales, la difusión del odio o de noticias falsas y el uso cuestionable, cuando no delictivo, de la IA generan alarma social.

La educación es uno de los pilares de nuestras sociedades y cobra todo el sentido permanecer vigilantes, cuando se trata de desmentir ficciones –como, por ejemplo, la inocuidad en términos medioambientales de internet– o reducir el halo mítico que aun conserva esta tecnología.

Los cambios que se realicen deben estar bien pensados y tendrían que estar sujetos a procesos de reflexión y deliberación colectiva serios y rigurosos.

Educación, un bien colectivo

La educación debería considerarse prioritariamente una necesidad social, sujeta al bien común, donde entes privados pueden tomar decisiones, pero sometidas siempre a la estricta garantía de los derechos fundamentales.

Educar es guiar. En una época de demasiados automatismos y escasas referencias al arte y el pensamiento que nos ha construido como personas, es necesario potenciar una inteligencia crítica. Nuestros estudiantes deberían tener un mayor conocimiento de las posibilidades que ofrece internet. Quizá debiera existir una asignatura en la que aprendieran sobre sus posibilidades y riesgos.

En este escenario, puede tener consecuencias no deseables normalizar en nuestros alumnos el ecosistema tecnológico de una gran corporación cuyo fin es ganar dinero. Ya lo decían nuestras abuelas: nadie da duros a 4 pesetas.

Existen alternativas transparentes, auditables y modificables de acuerdo con las necesidades de los centros. No se debieran descartar vías abiertas, colectivas y creativas, vinculadas al software libre y la transparencia, como ocurre con la plataforma educativa de código abierto Moodle.

Nadie nos preguntó qué internet queríamos. Ahora tampoco se plantea un debate serio sobre el uso de la inteligencia artificial, relativo a sus objetivos y sectores en que se aplica.

En la práctica, los valores que constituyen las democracias están crecientemente condicionados por decisiones tomadas por entes principalmente privados y con ánimo de lucro. ¿Deben los Estados sociales y democráticos de derecho “adaptarse” al cambio tecnológico? ¿O, más bien, debería ser al contrario?

*PENDIENTE DE QUE EL ARTÍCULO AL QUE ENLAZA EL ÚLTIMO LINK SE PUBLIQUE, PUES COMPLEMENTA MUY BIEN ESTE ARTÍCULO
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The Conversation

Rafael Rodriguez Prieto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Menores ‘googelizados’ desde la escuela – https://theconversation.com/menores-googelizados-desde-la-escuela-276704

How the Artemis II crew trained to observe and photograph the moon: A NASA science team geologist explains

Source: The Conversation – Canada – By Gordon Osinski, Professor in Earth and Planetary Science, Western University

The Artemis II crew has now broken the record — previously held by Apollo 13 — for the farthest distance any humans have ever travelled from Earth. The crew also completed a flyby of the moon’s far side and sent back some amazing images of the lunar surface.

I am a professor, an explorer and a planetary geologist, specializing in the study of meteorite impact structures. I am also a member of the First Artemis Lunar Surface Science Team and have been supporting NASA in developing the geology training for Artemis astronauts.

The flyby was particularly exciting as it offered a stunning new perspective of the lunar surface. It also provided the first operational test of a new science team and evaluation room at Mission Control in NASA’s Johnson Space Center in Houston, Texas.

And it was fantastic to see the Artemis II crew conduct observations and take photographs of geological landforms on the moon’s surface — putting their training with me at the Kamestastin Lake impact structure, on the territory of the Mushuau Innu First Nation in northern Labrador, into practice.

A new view of the moon

Unlike the Apollo missions, that orbited at approximately 110 kilometres above the surface of the moon, Artemis II was at a much higher altitude — around 6,545 kilometres above the lunar surface.

This greater distance allowed the crew to view the moon as a full disk, including regions near both the North Pole and South Pole.

Two images of the moon, from different angles.
The moon, viewed from Earth and by Artemis II crew. T marks the Tycho crater; O marks the Orientale crater.
(G. R. Osinski using NASA images)

The crew was also able to take targeted photographs of various geological landforms on the lunar surface as part of the Artemis II science program. One of the primary goals of these investigations is to inform future missions, including the planned first journey back to the lunar surface with Artemis IV as soon as 2028.

Close-up, grey-coloured, image of the moon's cratered surface.
A close-up view taken by the Artemis II crew of Vavilov Crater on the rim of the older and larger Hertzsprung basin. The right portion of the image shows the transition from smooth material within an inner ring of mountains to more rugged terrain around the rim. The image was captured with a handheld camera at a focal length of 400 millimetres, around the far side of the moon.
(NASA)

A new science team

One of the highlights of NASA’s livestream during the mission has been the direct conversations between two good friends: Canadian astronaut Jeremy Hansen and science officer Kelsey Young.

Science officers are the senior flight controllers responsible for lunar science and geology objectives during Artemis missions.

They act as the main interface between the wider Mission Control team and the Artemis II science team, which is located in a totally separate room called the Science Evaluation Room (SER).

Both science officers and the evaluation room are brand new for NASA’s Artemis program; they did not exist during the Apollo program.

We have been developing the structure and defining roles in the SER for the first Artemis mission to the moon’s surface. But there is nothing like a real mission to test and refine how the science team should work.

Artemis science officers, from left, Kelsey Young, Trevor Graff, and Angela Garcia stand at the new SCIENCE console in the Mission Control Center at NASA’s Johnson Space Center in Houston.
(NASA/Josh Valcarcel)

A crash course in lunar geology

If you listened in to NASA’s livestream and heard any of the geological descriptions the astronauts were giving, I hope you were impressed — I certainly was!

Their knowledge is a testament to the geology training that NASA has provided the crew in the months and years since they were selected for the Artemis program.

Artemis II Pilot Victor Glover, Commander Reid Wiseman, and Mission Specialist Jeremy Hansen huddle around a camera in the Orion spacecraft.
Artemis II Pilot Victor Glover, Commander Reid Wiseman, and Mission Specialist Jeremy Hansen configure their camera equipment shortly before beginning their lunar flyby observations.
(NASA)

First, the crew participated in a crash course in lunar geology called “Lunar Fundamentals.” This weeklong, classroom-based training offered them the basics to understand lunar geology and the processes that shape the moon’s surface — primarily impact cratering and volcanism.

However, as somebody who has been teaching for more than 20 years, I know the best place to learn about geology is in the field. That’s why NASA also took the Artemis astronauts to a series of field sites in the United States, Iceland and Canada.

Early in their training, in September 2023, three of the crew members — Hansen, Christina Koch and back-up crew Jenni Gibbons — undertook geology training at the Kamestastin Lake impact structure in northern Labrador. Then the entire crew travelled to Iceland in August 2024.

Kamestastin Lake training expedition

I was honoured to play a leading role in the Kamestastin Lake training. This location was chosen because it offers a similar landscape to the surface of the moon.

Gordon Osinski is in the centre holding a piece of rock and explaining to astronauts Jeremy Hansen (left) and Jenni Gibbons (right), with a rock structure on the right and blue sky behind.
Gordon Osinski (centre) explains the processes that formed the 28-kilometre diameter Kamestastin Lake impact structure to Canadian Space Agency astronauts Jeremy Hansen (left) and Jenni Gibbons (right).
(Canadian Space Agency)

The Kamestastin Lake crater was formed approximately 35 million years ago by the impact of an asteroid between one and two kilometres in diameter. Not only are rocks like breccias and impact melt rocks produced by the asteroid’s impact well preserved here, but the crater also formed in a rock called anorthosite — the exact same rock that makes up the lunar highlands.

In addition to participating in the geology training itself, I was largely responsible for the logistics for this expedition.

Kamestastin is in a remote part of northern Labrador, so we flew in via Twin Otter aircraft and established a temporary base camp. From tents to pots and pans and food for 16 people, there was a lot to take care of. We then used zodiac boats to travel around the crater.

The team wearing red jackets in a zodiac boat on the ocean.
Heading back to basecamp after a wet day in the field at Kamestastin Lake. Clockwise from left: Gordon Osinski (Western University), André Gariepy (CSA), Christina Koch (NASA), Jenni Gibbons (CSA), Raja Chari (NASA), and Jeremy Hansen (CSA).
(G. Osinski.)

Sacred Innu stories of the moon

Kamestastin Lake and the surrounding region are on the territory of the Mushuau Innu First Nation. A key part of my role in the training was liaising with the First Nation, which has been following Hansen on this historic mission.

A highlight for me was sitting around the fire on one of our last nights with Innu Guardians from Natuashish and hearing about how sacred the moon is to them — as it is to many Indigenous Peoples around the world.

They also told us the story of Tshakepesh, an Innu hero who teaches that with courage, hard work and perseverance, one can always overcome difficulties.

As the Artemis II crew return from its journey, I am struck by the parallels. The crew has shown the world what can happen if we work together towards a common goal with courage, hard work, perseverance and humility.

The Conversation

Gordon Osinski founded the company Interplanetary Exploration Odyssey Inc. He receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada and the Canadian Space Agency.

ref. How the Artemis II crew trained to observe and photograph the moon: A NASA science team geologist explains – https://theconversation.com/how-the-artemis-ii-crew-trained-to-observe-and-photograph-the-moon-a-nasa-science-team-geologist-explains-279829

From ‘sustainable’ to ‘regenerative’ agriculture: What’s in a name?

Source: The Conversation – Canada – By Kate Congreves, Associate Professor, Jarislowsky & BMO Research Chair in Regenerative Agriculture, University of Saskatchewan

Sustainability has become something of a buzzword over the years. From the clothes we wear and the energy that powers our homes to the way we live our lives, the idea of sustainable production and consumption has become commonplace.

That is also true about the way we grow and consume food. Recently, however, another term has come to the fore: regenerative agriculture. It sounds attractive, somehow better than sustainable, but what does it really mean?

Regenerative agriculture began as a grassroots approach to farming led by farmers. It has been described in many different ways, but a common thread is a set of values.

People might be drawn to the word “regenerative” because it evokes a sense of improvement rather than just maintaining the status quo — for example, efforts to rebuild a system and our values. That last bit — rebuilding not only the system but our values — is really important.

Values often include care for the environment, a responsibility to nature and cultivation of good food. Just like there are many ways to grow food, there are also many languages, voices and histories that express the ways that food can be cultivated in alignment with values.




Read more:
‘Regenerative agriculture’ is all the rage – but it’s not going to fix our food system


The need for an agricultural ethic

It easier to standardize and market a simple list of practices than a philosophically sound ethical framework, but that doesn’t mean ethical frameworks are irrelevant. Ethics is a branch of philosophy that examines concepts of good and bad, right and wrong and our values.

Ethics might be the one thing that agricultural science has been missing but needs the most. Agriculture has been rudderless when it comes to collectively deciding what is or isn’t good for humans and the environment.

Cornerstone ethical frameworks have provided reasons for taking care of the environment, such as the land ethic and deep ecology.

These laid the foundation for important movements supporting nature preservation and conservation, and the United Nations 30 by 30 goal to set aside 30 per cent of the planet for conservation areas by 2030.

These frameworks, however, are easier to apply outside of agriculture rather than to inform agricultural practice within environments. They might often involve protecting land from agricultural use.

Yet agriculture is a part of the environment, not separate from it. We need an environmental ethic that works for agriculture, one that centrally grounds it as part of the environment. This is where regenerative agriculture might help.

A better approach

In my work, I define regenerative agriculture as an ecological approach and ethic for our agricultural system that involves reciprocity with the land, to support ecosystems with the goal of nurturing the environment.

Ecosystem processes and environmental components such as land, soil, water, air, flora and fauna are all viewed as morally worthy of consideration due to their roles in giving life.

A regenerative agriculture ethic would allow for natural shifts in ecological stability due to cultivation, but would draw the line when the ecosystem processes are damaged, degraded or severed. In this approach, regeneration is valued.

Regenerative agriculture can help other movements like agroecology, as opposed to threatening them. Agroecology is a larger science, practice and social movement to build an inclusive food system with political, social, environmental aspects of sustainability. Bringing in an agricultural environmental ethic will help advance this goal.

However, focusing on a “one-size-fits-all” standard for regenerative agriculture and marketing it for profits has left the concept a hollowed version of itself. It has been reduced to a simple list of agricultural practices or outcomes, like ticking off a grocery list.

Generic practices like diversification and soil health management are frequently cited, without specifying the degree of diversification or whether soil health indicators actually improve.

This oversimplification, and convenient marketing use by agrifood corporations, has caused expert panels and researchers to warn the concept has been co-opted. In its narrowed version, the underlying values have been left out.

If regenerative agriculture becomes just another marketable list of practices, then its potential for real transformation evaporates. However, if we pause and prioritize a truly regenerative agriculture ethic, it may lead us to a prosperous and healthy environment and society.

The Conversation

Kate Congreves receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada, the Jarislowsky Foundation and the Bank of Montreal.

ref. From ‘sustainable’ to ‘regenerative’ agriculture: What’s in a name? – https://theconversation.com/from-sustainable-to-regenerative-agriculture-whats-in-a-name-275209