Los animales que nos comemos se alimentan con soja, pero hay alternativas más sostenibles

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Queralt Güell Bujons, Doctora en Microbiologia i especialista en transferència de coneixement, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

El pienso para gallinas actual está fabricado con un alto porcentaje de soja. Arisa Chattasa / Unsplash, CC BY-SA

España es el primer productor de piensos de Europa: 27 millones de toneladas anuales, con Cataluña como la principal región productora (16 % de la producción estatal). ¿Pero de dónde salen los ingredientes? Mientras que los cereales base de esos piensos –trigo y cebada– se cultivan mayoritariamente en España, su aporte de proteínas se soluciona con soja, importada principalmente de Brasil y Estados Unidos.

En este contexto, el sector de la alimentación animal tiene un peso económico importante, al conectar directamente la producción agrícola con el sistema ganadero y, en última instancia, con el consumo humano de proteína animal. Sin embargo, su impacto ambiental tampoco es desdeñable. Concentra cerca del 62 % de las emisiones de toda la cadena de valor de la producción cárnica y es el principal contribuyente a la huella de carbono del sector.

Impacto geopolítico y ambiental

Como apuntábamos, la soja se ha convertido en la principal fuente de proteína utilizada en piensos, gracias a su elevado contenido proteico, su perfil equilibrado de aminoácidos y su alta digestibilidad. Es extraordinariamente eficiente desde un punto de vista productivo, sin embargo, genera importantes retos desde una perspectiva ambiental y geopolítica.

Más allá de su cultivo, su mayor impacto comienza incluso antes de que germine la primera planta. Para satisfacer la demanda mundial, se producen cambios en el uso del suelo: ecosistemas con gran biodiversidad como selvas y bosques se transforman en grandes extensiones de monocultivo, a menudo, mediante procesos de deforestación en países del Sur Global.

Europa importa buena parte de su producción y, con ella, también desplaza fuera de sus fronteras parte de los impactos ambientales asociados a su consumo. Al mismo tiempo, esta dependencia de las importaciones ejemplifica los retos geopolíticos asociados, al incrementar la vulnerabilidad del sector ganadero europeo frente a la volatilidad de los mercados internacionales y las diferencias en los marcos reguladores entre los países productores y la Unión Europea.

Por otra parte, el monocultivo de soja genera impactos durante la fase de cultivo, asociados al uso de fertilizantes y al consumo de agua. También deben considerarse las emisiones derivadas del transporte internacional y de su procesamiento para obtener harina de soja y otros subproductos.

Soluciones más sostenibles

Una parte de la solución pasa por impulsar diferentes estrategias, como priorizar la importación de soja producida de forma más sostenible, de acuerdo con los requisitos de la nueva normativa europea contra la deforestación (EUDR).

Además, la inteligencia artificial permite optimizar las necesidades proteicas de los animales mediante estrategias de alimentación de precisión. Por supuesto, otra medida pasa por promocionar el cultivo local de soja, a pesar de los retos que esto conlleva.

Pero la gran pregunta es: ¿hay una alternativa a la soja? Desde otras leguminosas, subproductos agroalimentarios y nuevas fuentes vegetales, hasta insectos, microorganismos y algas, las opciones son muchas e interesantes.

Primeros sustitutos de la soja, en marcha

Los ecopiensos para animales probados en Japón están elaborados con subproductos de la industria agroalimentaria. Tras su tratamiento, se transforman en un alimento seguro y nutritivo, comercializado a mitad del precio de un pienso convencional.

Asimismo, entre las fuentes de proteína vegetal, existen otras leguminosas, como los guisantes, que combinan un buen contenido proteico con una buena adaptación al cultivo local, aunque actualmente su disponibilidad en los mercados es limitada.

También se estudian opciones más innovadoras, como la lenteja de agua (Lemna sp.); una pequeña planta acuática que puede cultivarse en aguas residuales ricas en nutrientes. Este enfoque permite depurar aguas y reducir al mismo tiempo la dependencia de proteínas importadas.

Insectos y microbios

Los insectos están ganando protagonismo como un ingrediente de alto valor añadido para piensos. En Cataluña, ya existe una decena de granjas dedicadas a la producción de mosca soldado negra, gusano de la harina y grillos; tres especies autorizadas para la alimentación animal.

Por último, destacan los microorganismos, un grupo que incluye bacterias, levaduras y microalgas. En Europa, su producción ya se está implementando a escala industrial, con diversas plantas que producen proteínas para la alimentación animal. Uno de sus principales atractivos es la diversidad de sustratos que estos microorganismos pueden aprovechar, incluidos gases como el dióxido de carbono, el metano, el hidrógeno o el amoníaco.

El interés por todas estas alternativas no es solo científico. Los estudios de mercado apuntan a que la mayoría de estos sectores productivos experimentarán un crecimiento económico muy superior al del conjunto de la economía durante la próxima década, impulsados por la demanda de sistemas alimentarios más sostenibles.

El freno regulador

Pese al potencial de todas estas fuentes de proteína como sustituto a la soja, su implantación todavía afronta importantes limitaciones. La principal barrera es la normativa, que acaba repercutiendo en la capacidad de escalado y, por tanto, en el precio de mercado.

El obstáculo más habitual se basa en una regulación basada en el origen o el sustrato de producción, en lugar de centrarse en las características y la seguridad del producto final. Ello limita el aprovechamiento de materia orgánica residual para obtener nuevos productos de valor añadido. Por ejemplo, los insectos pueden transformar una gran diversidad de sustratos orgánicos, como las deyecciones ganaderas, en productos de alta calidad, pero la normativa condiciona el posterior uso de esos insectos como alimento, si el sustrato es clasificado como residuo.

Un reto global

La transición hacia una alimentación animal más sostenible no pasa simplemente por sustituir la soja por otra materia prima. El reto es mucho más amplio: es necesario diversificar las fuentes de proteína disponibles, potenciar su producción sostenible e incorporar los impactos ambientales a los costes de producción –algo que hoy no se suele reflejar en los precios de mercado–.

Al mismo tiempo, la pregunta de fondo no es solo de dónde se obtiene la proteína, sino cuánta se necesita, tanto para cubrir las necesidades de los animales como para satisfacer los patrones de consumo humano. Esto implica repensar los modelos de producción y consumo que determinan su demanda.

The Conversation

Queralt Güell Bujons ha recibido fondos del Hub de la Bioeconomia de Catalunyarecibe (BIOHUBCAT) para la realización del estudio “Vigilància tecnològica sobre fonts alternatives de proteïna per a una alimentació animal més sostenible”, en cuyos resultados se basa el presente artículo.

Ricard Carreras Ubach recibe fondos de BioHubCat.

Paula Pérez González-Anguiano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Los animales que nos comemos se alimentan con soja, pero hay alternativas más sostenibles – https://theconversation.com/los-animales-que-nos-comemos-se-alimentan-con-soja-pero-hay-alternativas-mas-sostenibles-285087

Élfico, klingon, alto valyrio… ¿Por qué inventamos idiomas y qué nos enseñan sobre el cerebro?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Inka Romero-Ortells Labrada, Investigadora del Centro de Investigación Nebrija en Cognición, Universidad Nebrija

Un manuscrito en élfico escrito en pergamino de seda; el idioma élfico fue creado por Tolkien para _El señor de los anillos_. Luca Lorenzelli/Shutterstock

Cuando pensamos en lenguas inventadas, solemos imaginar mundos de fantasía o ciencia ficción. Pero… ¿alguna vez ha jugado a hablar en el llamado “idioma de la pe”?

Muchos niños han utilizado este código secreto en diferentes épocas. Se llama el jeringozo y consiste en añadir una nueva sílaba con el sonido /p/ y la primera vocal de la sílaba anterior. Por ejemplo, juego se convierte en jue-pu-go-po. Con un poco de práctica, se pueden mantener conversaciones completas.

Sin embargo, la creación de formas de comunicación va más allá de la infancia o el entretenimiento. A lo largo de la historia, hemos inventado o adaptado recursos lingüísticos por necesidad, creatividad o interés científico. Fabricar idiomas también puede ser una ventana para entender cómo funciona el cerebro. Desde los códigos de juego infantiles hasta las lenguas creadas en el laboratorio, todos revelan algo clave sobre nuestra capacidad para aprender nuevas reglas.

Cuando la necesidad obliga: los pidgins

En muchas ocasiones, estos códigos nacen de situaciones de contacto entre culturas, no de un despacho. Cuando dos comunidades que no comparten un idioma necesitan comunicarse para comerciar o convivir, surge una variedad lingüística simplificada llamada pidgin.

El origen del término pidgin suele atribuirse a la pronunciación en chino de la palabra business (negocio). Estas lenguas de contacto toman gran parte de su vocabulario de la lengua socioeconómicamente dominante, pero reducen y reorganizan su gramática para facilitar la comunicación. Por lo tanto, ante una necesidad comunicativa, encontramos reglas compartidas.

Lenguas planificadas: cuando la estructura importa

No todas las lenguas artificiales surgen de la improvisación. Algunas se diseñan con una arquitectura completa, como si fueran obras de ingeniería. Para funcionar como lengua no bastan palabras nuevas, hacen falta reglas para combinarlas y una comunidad de hablantes.

Un ejemplo es el de las lenguas élficas creadas por J. R. R. Tolkien. Antes de escribir sus novelas y poner a los personajes a hablar, Tolkien, que era filólogo, ya había desarrollado la gramática, la evolución histórica y los sonidos de los idiomas. Quería que estos fueran tan consistentes como las lenguas naturales.

Algo parecido ocurrió con el esperanto, creado en 1887 por L. L. Zamenhof. Su intención era diseñar una lengua auxiliar internacional fácil de aprender, con reglas claras y sin excepciones. Hoy en día cuenta con una comunidad de hablantes en todo el mundo.

Un caso distinto es el klingon, creado en los años 80 del siglo pasado para la serie de televisión Star Trek. El lingüista Marc Okrand diseñó sonidos inusuales y un orden de palabras poco común (objeto–verbo–sujeto) para que sonara como un idioma extraterrestre.

El klingon resulta interesante porque, a diferencia del esperanto, nació para una ficción concreta, y a partir de las necesidades del guion. Esto muestra que una lengua inventada puede tener objetivos muy distintos, desde facilitar la comunicación internacional hasta construir un mundo imaginario creíble.

¿Qué dice la neurociencia sobre las lenguas inventadas?

Durante años no estaba claro cómo reaccionaba el cerebro ante lenguas artificiales. Para contestar esta pregunta, un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts examinó, mediante resonancia magnética funcional, la actividad cerebral de personas que dominaban varias de ellas.

Los resultados fueron claros. Si las personas hablan con fluidez una lengua artificial (como el esperanto, el klingon, el na’vi de Avatar y el alto valyrio o el dothraki de Juego de tronos), el cerebro la procesa como una lengua natural. Es decir, activa con ella las mismas redes neuronales.

Pero para que el cerebro la considere lengua, esta debe permitir expresar significados sobre el mundo, sobre otras personas o sobre nuestros propios estados mentales. Por eso, los lenguajes de programación, aunque tienen reglas estrictas, activan redes neuronales distintas.

Lenguas artificiales en el laboratorio

Esta capacidad para aprender lenguas nuevas no es solo curiosidad. También es una herramienta científica muy útil. En psicolingüística, es relativamente habitual crear minilenguas artificiales para estudiar cómo aprende la mente humana.

Estas minilenguas tienen reglas simples y un vocabulario inventado. Gracias a ello, los investigadores pueden observar cómo las personas detectan patrones y aprenden estructuras nuevas sin la influencia ni el “ruido” de su lengua materna. Sorprendentemente, la facilidad con la que se aprenden estas lenguas artificiales predice con bastante exactitud la capacidad de aprender idiomas reales.

Un espejo de nuestra arquitectura mental

Todos estos escenarios revelan algo común: el cerebro busca constantemente patrones, significado e intención comunicativa.

La ciencia nos recuerda, así, un poderoso mensaje. Más allá de la diversidad de idiomas del mundo, compartimos una misma arquitectura mental para aprender y usar el lenguaje. Si una forma de comunicación tiene reglas y sirve para compartir ideas, nuestro cerebro puede adoptarla y convertirla en una herramienta para pensar, relacionarnos y construir conocimiento.


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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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¿Es verdad que beben menos alcohol los adolescentes de hoy?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joaquín Rodríguez-Ruiz, Profesor Ayudante Doctor en el Departamento de Psicología Social, Evolutiva y de la Educación, Universidad de Huelva

Sibrapid/Shutterstock

“¡Por el alcohol, causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida!” Esta frase, pronunciada por Homer Simpson para proponer un brindis, simboliza la cultura del alcohol en que viven muchas sociedades humanas.

El consumo de alcohol se ha asociado con rituales y celebraciones desde tiempos remotos, y sigue siendo así a día de hoy. Sirvan como ejemplo las reuniones masivas de personas para ver el reciente Mundial de fútbol masculino y las posteriores celebraciones, en las que rara vez ha faltado el alcohol.

De hecho, parece que el consumo de alcohol es una especie de hito evolutivo, tal y como puede deducirse de los datos sobre la edad de inicio en el consumo de alcohol. Desde finales del siglo XX, en que la edad media del primer contacto con el alcohol era de 13.8 años, hasta hoy en día en que se sitúa a los 13.9 años, la edad de inicio nunca ha sido inferior a 13.6 años ni superior a 14. ¿Por qué?

Adolescencia y alcohol

El inicio del consumo de alcohol a esta edad es un fenómeno multicausal, aunque hay dos factores que explican buena parte de este fenómeno. Por un lado, a nivel neuropsicológico, la adolescencia supone una época de profundos cambios y reestructuración que nos hace más propensos a la búsqueda de nuevas sensaciones y a la asunción de riesgos.

En el plano psicosocial, los adolescentes tienen una mayor tendencia a romper normas establecidas y son enormemente influenciables por sus grupos de iguales, contexto en el que se suele desarrollar el consumo de alcohol.

Jóvenes abstemios

Sin embargo, datos recientes indican que cada vez son menos los jóvenes que beben alcohol: tan solo una cuarta parte de la población adolescente se declaraba no bebedora en 2012, frente a prácticamente la mitad en la actualidad.

Además, este aumento de abstemios se ha dado de manera gradual y estable, lo cual hace presagiar que no se producirá un efecto pendular típico de los cambios de tendencia abruptos.

La otra cara de la estadística

Estas encuestas aportan otro dato mucho más preocupante: el porcentaje de adolescentes que bebe alcohol a diario se ha incrementado en más del doble desde 2019 hasta 2025. Es decir, se está ampliando la brecha entre quienes no beben (que cada vez son más) y quienes beben frecuentemente (que también son cada vez más).

Y esto tiene consecuencias graves porque, aunque la Organización Mundial de la Salud afirma que ninguna cantidad de alcohol es segura, no todos los tipos de consumo son igualmente perjudiciales. El abuso y consumo frecuente de alcohol es más nocivo y conlleva peores consecuencias a distintos niveles. Por un lado, debilita el sistema inmune y afecta al funcionamiento cerebral, hepático y cardíaco. Y simultáneamente, impacta negativamente en el plano emocional, aumentando la probabilidad de sufrir depresión o ansiedad, y en el funcionamiento social, incrementando los conflictos familiares y con las amistades, así como los problemas laborales. Por tanto, la prevención efectiva del consumo de alcohol debe seguir siendo una prioridad sanitaria y social.




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Prevención del abuso del alcohol

Frente a la intervención en problemas ya existentes, las estrategias de prevención primaria y universal tienen un papel clave. Teniendo en cuenta que los adolescentes pasan prácticamente una cuarta parte del tiempo en el instituto, los centros escolares son el contexto idóneo para desarrollar estrategias de prevención, pues pueden abarcar a una cantidad considerable de adolescentes sin coste alguno para los jóvenes.

¿Son útiles estas intervenciones? Numerosos estudios han identificado qué componentes hacen a los programas escolares de prevención realmente efectivos para reducir el consumo de sustancias. La educación para la salud parece ser un elemento clave para prevenir el consumo a todas las edades, especialmente si se hace desde edades tempranas. Específicamente, la promoción de alternativas saludables ha demostrado tener gran éxito en la reducción del consumo de alcohol, sobre todo en contextos que carecen de variedad de oportunidades de ocio.

La idea subyacente es lógica: si la juventud está ocupada en ciertas actividades, no podrá dedicar ese tiempo a consumir.

Entender las consecuencias

Por otro lado, existe cierto consenso en que las estrategias escolares de prevención basadas en la información (en forma, a menudo, de charlas) no ayudan a reducir el consumo. De hecho, cualquiera que haya tenido la oportunidad de hablar sobre alcohol u otras sustancias delante de un grupo de adolescentes habrá podido comprobar cierta tendencia a que banalicen el tema y consigamos el efecto contrario al esperado.

Pero cuando en estas charlas se ponen ejemplos concretos de los riesgos del consumo, la actitud de los adolescentes suele cambiar. A medida que comienzan a ser conscientes de las consecuencias reales, sobre todo los efectos que el alcohol tiene sobre el cerebro y sobre sus capacidades cognitivas a medio y largo plazo, el impacto es mayor.

De hecho, un estudio reciente ha demostrado que, efectivamente, las estrategias de prevención basadas en la información son útiles para reducir el consumo de alcohol siempre y cuando consigan aumentar la percepción de riesgo de los adolescentes.

En definitiva, la prevención efectiva del consumo de alcohol y sus consecuencias pasa por la democratización de las estrategias de prevención, es decir, que lleguen a todos los sectores de la población. Estas estrategias deben fomentar la concienciación real acerca de los riesgos del consumo de alcohol y promover alternativas saludables.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Es verdad que beben menos alcohol los adolescentes de hoy? – https://theconversation.com/es-verdad-que-beben-menos-alcohol-los-adolescentes-de-hoy-287336

Por qué la geopolítica decide hoy el futuro de las universidades

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Borja Santos Porras, Associate Dean and Professor – IE School of politics, economics and global affairs, IE University

La movilidad estudiantil se asocia cada vez más al poder de un país. Media_Photos/Shutterstock

Durante décadas, las instituciones educativas se beneficiaron de una idea que rara vez se cuestionaba: el mundo avanzaba hacia una mayor integración y cooperación. La movilidad estudiantil internacional crecía, la colaboración en investigación florecía a través de las fronteras y la academia operaba dentro de un mercado global de talento e ideas. Aunque los gobiernos competían por influencia económica y política, la educación superior era considerada un bien universal, impulsado por la apertura, el intercambio y la cooperación. Hoy, esa idea está siendo puesta a prueba.

La rivalidad entre grandes potencias, la fragmentación de la globalización, la creciente inflación y la inteligencia artificial están redefiniendo las condiciones bajo las que los centros educativos están acostumbrados a operar.

Lo que antes se consideraban factores externos como la geopolítica, la economía global o la tecnología se han convertido en piezas clave que transforman la educación desde dentro. Como resultado, las instituciones educativas están dejando de ser vistas únicamente como espacios de formación e investigación para convertirse en herramientas de competitividad e influencia geopolítica

Economía del talento y poder

La movilidad estudiantil, la atracción de talento y los avances científicos y tecnológicos se han convertido en elementos cada vez más asociados con el poder de un país. Por ello, naciones como Estados Unidos, China, Reino Unido o los Emiratos Árabes han dedicado enormes recursos para captar talento y liderar la carrera en innovación. A esto se le conoce como la economía del talento: un modelo basado en el capital humano, la innovación y el conocimiento como impulsores del desarrollo económico. Los países que atraigan, formen y retengan a las mentes más brillantes serán los que lideren la economía global.

Para las universidades, este cambio es relevante porque, si bien la misión central de la educación superior permanece inalterada, el entorno en el que la persiguen está cada vez más condicionado por la competencia geopolítica y la disrupción.

Políticas migratorias y estudiantes extranjeros

Los primeros indicios de ello ya son evidentes. Aunque el número de estudiantes internacionales en el mundo creció de 2,1 millones en 2000 a casi 6,9 millones en 2022, muchos de los principales países de destino han comenzado a endurecer sus políticas migratorias. En Estados Unidos, La tasa de rechazo del visado F-1 –para estudiantes– alcanzó el 35 % en 2025, lo que contribuyó a una caída del 17 % en el número de estudiantes internacionales entrantes.

Por su parte, países como Canadá y Australia también han introducido medidas orientadas a limitar la entrada de estudiantes extranjeros.

La contradicción en Estados Unidos y Canadá entre competir por el talento global y, al mismo tiempo, restringir la entrada de estudiantes internacionales responde a cuatro lógicas: selectividad, seguridad nacional (impedir fuga de conocimiento sensible), capacidad doméstica (el recorte canadiense responde a la presión sobre vivienda) y economía política interna. Aunque no buscan abandonar la carrera por el talento, su efecto conjunto puede lograrlo: mientras algunos países filtran, otros captan sin esas restricciones.

Colaboraciones en investigación bajo la lupa

En el ámbito de la investigación, las restricciones impuestas por Estados Unidos o la Unión Europea han convertido colaboraciones internacionales en investigación en cuestiones de seguridad nacional, lo que restringe las colaboraciones que se puedan llevar a cabo.

Estas medidas además están limitando el flujo de talento del que dependen los gobiernos para seguir siendo competitivos en áreas estratégicas como la IA, semiconductores y biotecnología.




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Cambios demográficos

Los cambios demográficos también están redibujando el mapa global del talento. África representará más de la mitad del crecimiento poblacional mundial para 2050, con su población en edad de trabajar representando el 85 % del incremento en la fuerza laboral global. Sin embargo, las universidades occidentales no están logrando captar este potencial.

Las barreras son estructurales: las elevadas tasas de matrícula, las becas limitadas, la inestabilidad y las restrictivas políticas de visados excluyen o disuaden a la mayoría de los estudiantes africanos. Las brechas en el reconocimiento de titulaciones filtran además a candidatos cualificados antes incluso de que presenten su solicitud. En Asia Oriental, la dinámica es diferente: las barreras son algo menos financieras que culturales y pedagógicas.




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Mientras tanto, las alternativas sur-sur crecen con rapidez: China, Turquía y diversos centros regionales compiten activamente por el talento africano mediante estrategias deliberadas de becas y poder blando.

Estas tendencias sugieren que las universidades occidentales corren el riesgo de perder la bolsa de talento más significativa de las próximas décadas.

Financiación universitaria

Varias fuerzas económicas están cambiando radicalmente la sostenibilidad y crecimiento del sector educativo, obligando a las instituciones a replantearse cómo financiarán su futuro.

La primera de ellas es la inflación. Las instituciones educativas se enfrentan a una creciente presión financiera: luchan por cubrir los costos adicionales con ingresos cada vez menores. La inflación global superó el 8 % en 2022, el nivel más elevado en décadas, encareciendo tanto la operación de los campus como la capacidad de las familias para financiar una educación internacional.

En Estados Unidos, el coste de la educación universitaria se ha triplicado desde 1980. Solo en 2022, los gastos institucionales aumentaron un 14.9 %, mientras que los ingresos disminuyeron un 5.4 %. En Reino Unido, casi la mitad de las universidades enfrentan déficits fiscales, derivados principalmente por la disminución de estudiantes internacionales y el aumento de costes.

Deuda pública y presupuestos

A esto se suma una creciente tendencia a la reducción de los presupuestos estatales en materia de educación pública. Muchos gobiernos, especialmente en el sur global, cuentan con recursos cada vez más limitados para salud, pensiones y educación. En 2023, más del 40 % de la población mundial vivía en países que destinaban más de sus presupuestos al pago de la deuda externa que a educación o salud.

El Banco Mundial ha demostrado que un aumento del 1 % en la deuda externa se asocia con una disminución del 2,9 % en la inversión por niño en edad escolar. Esto ha creado una paradoja en la financiación para la educación: cuanto mayor es la deuda, menor es la capacidad de invertir en las futuras generaciones.

El impacto del tipo de cambio

La volatilidad del tipo de cambio también está alterando quiénes pueden acceder a una educación internacional. Para miles de estudiantes procedentes de economías con monedas inestables, el contexto macroeconómico se ha vuelto parte de sus decisiones.

Un 51 % de los estudiantes internacionales reconsideraron sus estudios debido a fluctuaciones en los tipos de cambio, mientras que 4 de cada 10 manifestaron no tener suficientes recursos para afrontar el aumento del coste de vida en sus países de destino.

Crisis de modelo

Pero incluso si las instituciones logran adaptarse a las nuevas realidades geopolíticas y económicas, ahora nos enfrentamos a una cuestión más profunda: ¿el modelo educativo sigue siendo el adecuado para responder a las nuevas realidades?

La inteligencia artificial ahora está redefiniendo la relación entre educación y empleabilidad. Según el Foro Económico Mundial, el 39 % de las habilidades laborales se transformarán o quedarán obsoletas y el 59 % de la fuerza laboral necesitará recualificación de sus habilidades para 2030. Al mismo tiempo, la automatización está comenzando a afectar especialmente los empleos para recién graduados, los cuales se han reducido en un 29 % desde 2024.

Esta transformación también está cambiando la manera en que las empresas captan talento. En 2024, alrededor del 45 % de las compañías eliminaron requisitos de un título universitario para muchas de sus vacantes, poniendo en duda si un título universitario es ahora garantía suficiente para las nuevas realidades del mercado laboral. La cuestión, por lo tanto, ya no es qué enseñan las instituciones, sino qué valor añadido ofrecen en un mundo donde la tecnología está reemplazando cada vez más nuestras labores.

El papel de las universidades hoy

Las instituciones educativas han sobrevivido guerras, crisis económicas y revoluciones tecnológicas. Lo singular de este momento es que estas tres presiones han convergido y se están reforzando mutuamente. La geopolítica restringe la movilidad y fragmenta la colaboración científica. La economía erosiona la sostenibilidad financiera de las instituciones y el acceso de los estudiantes. La tecnología cuestiona la empleabilidad misma del título universitario. El desafío no es solo gestionar cada una de estas fuerzas por separado, sino entender que actúan de forma simultánea y sistémica.

Esta convergencia también plantea una pregunta más fundamental sobre el papel de las universidades en un mundo en el que el talento, el conocimiento y la innovación se han convertido en activos estratégicos nacionales. A medida que los gobiernos tratan cada vez más la educación superior como un instrumento de competencia geopolítica, las universidades se enfrentan a una elección: convertirse en instrumentos pasivos de la estrategia nacional o definir activamente los términos de su propia relevancia.

Las instituciones que más importarán en las próximas décadas no son necesariamente las que cuentan con los mayores fondos patrimoniales o las reputaciones más antiguas, sino aquellas que se posicionen como verdaderos intermediarios globales de talento y conocimiento, construyendo puentes donde la geopolítica levanta muros, ampliando el acceso donde la economía lo contrae y desarrollando capacidades humanas que la tecnología no puede reemplazar.

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Borja Santos Porras no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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El fuego de cada verano: impacto socioeconómico y medioambiental de los incendios forestales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julián Briz Escribano, Catedrático emérito, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Imagen del incendio en los alrededores de El Tiemblo (Ávila) el pasado 27 de julio. Victor Sanchez G/Shutterstock

Viene siendo habitual que los veranos se conviertan en crisoles activos de catástrofes naturales en las que intervienen las olas de calor, los incendios y las inundaciones. Centrándonos en los incendios forestales, como los que están afectando de forma virulenta a España y Francia en el verano de 2026, el aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas y las olas de calor asociadas al cambio climático están incrementando tanto su frecuencia como su intensidad.

A estos factores medioambientales se suman la despoblación de las zonas rurales, la acumulación de vegetación combustible y determinadas actividades humanas, ya sean accidentales o intencionadas, que hacen que cada año se registren en España miles de incendios forestales, cuyos efectos repercuten tanto en el medio natural como en la economía y la sociedad. No obstante, son muy pocos los que provocan los peores daños: según Greenpeace, el 0,77 % de los incendios de 2025 (65 de más de 8 000) fue responsable del 86 % de la superficie quemada.




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Impacto medioambiental

Los incendios forestales provocan una profunda alteración de los ecosistemas. En primer lugar, destruyen extensas superficies de vegetación, reduciendo la capacidad de los bosques para captar dióxido de carbono (CO₂) y contribuir a la regulación del clima. Además, la combustión libera grandes cantidades de gases de efecto invernadero, reforzando el proceso de cambio climático.

La biodiversidad también resulta gravemente afectada. Numerosas especies animales pierden sus hábitats, zonas de reproducción y fuentes de alimentación. Algunas poblaciones pueden tardar décadas en recuperarse, especialmente cuando los incendios afectan a espacios naturales protegidos o a especies amenazadas.

Otro impacto relevante es la degradación del suelo. Las elevadas temperaturas destruyen la materia orgánica y los microorganismos responsables de mantener la fertilidad del terreno. Posteriormente, la ausencia de cobertura vegetal incrementa el riesgo de erosión y desertificación, especialmente en las zonas mediterráneas, donde las lluvias torrenciales favorecen el arrastre de sedimentos.

La calidad del aire también se deteriora debido a la emisión de partículas en suspensión y gases contaminantes que afectan a la salud de la población, especialmente a personas mayores, niños y personas con enfermedades respiratorias. Asimismo, las cenizas pueden contaminar ríos, embalses y acuíferos, alterando la calidad del agua y los ecosistemas acuáticos.




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Impacto socioeconómico

La gestión de los incendios forestales cuesta dinero. Las administraciones públicas (nacional, autonómicas y locales) destinan cada año millones de euros a labores de prevención, vigilancia, extinción y restauración ambiental. Estos costes incluyen medios aéreos, brigadas forestales, reconstrucción de infraestructuras y recuperación de espacios naturales.




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El sector agrícola y ganadero también experimenta importantes perjuicios por la pérdida de cultivos, pastos, explotaciones e infraestructuras rurales. Se estima que los fuegos de 2025 quemaron en torno al 9 % de tierras de uso agrícola. Igualmente, la actividad forestal disminuye por la destrucción de recursos madereros y otros productos derivados del bosque.

El turismo es otro de los sectores afectados, especialmente en aquellas regiones donde los espacios naturales constituyen uno de los principales atractivos económicos. La destrucción del paisaje reduce la llegada de visitantes y repercute negativamente en hoteles, restaurantes y pequeños comercios. Solo un dato: los incendios forestales del verano pasado en Asturias hicieron perder cerca del 10 % de las reservas a los alojamientos rurales.

Desde el punto de vista social, los desastres naturales provocan evacuaciones, pérdida de viviendas, daños psicológicos y, en los casos más graves, víctimas mortales.

Y para cerrar el círculo, el abandono progresivo del medio rural favorece la acumulación de combustible vegetal, aumentando el riesgo de nuevos incendios y generando un círculo vicioso entre despoblación y degradación ambiental.




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Medidas para la recuperación

La recuperación de las zonas afectadas requiere actuaciones coordinadas entre las administraciones públicas, los expertos y la población local. En el ámbito socioeconómico, las administraciones deben ofrecer ayudas a las personas afectadas, impulsar la reconstrucción de infraestructuras y promover actividades económicas sostenibles que favorezcan el desarrollo rural.

Sin embargo, la mejor estrategia sigue siendo la prevención. La Ley de Montes establece la obligación de realizar una adecuada gestión forestal mediante la limpieza de montes, la creación de cortafuegos, la planificación del territorio y el desarrollo de campañas de sensibilización ciudadana.

La vigilancia permanente, el uso de tecnologías de detección temprana y la gestión sostenible de los ecosistemas forestales son herramientas fundamentales para reducir el riesgo de incendios forestales.

Mejorar la gestión

Los fuegos en los bosques representan un enorme reto medioambiental y socioeconómico con consecuencias directas en la biodiversidad, los recursos naturales, la economía rural y la calidad de vida de la población a largo plazo.




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En un contexto de cambio climático, resulta imprescindible fortalecer las políticas de prevención, mejorar la gestión forestal y desarrollar estrategias de restauración ecológica sostenibles.

Es un dicho popular que los incendios se empiezan a apagar en invierno. No hay que esperar a las olas de calor veraniegas.

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ref. El fuego de cada verano: impacto socioeconómico y medioambiental de los incendios forestales – https://theconversation.com/el-fuego-de-cada-verano-impacto-socioeconomico-y-medioambiental-de-los-incendios-forestales-288571

Les exploitations agricoles au pays doivent croître pour survivre, et ce n’est bon ni pour les agriculteurs ni pour l’environnement

Source: The Conversation – in French – By Henri Chevalier, PhD student at School of Environment, Resources and Sustainability, University of Waterloo

Avec des prix en hausse pour les semences, les engrais, la machinerie et les terres, les agriculteurs sont confrontés à de grands défis. Au Canada, la valeur de la machinerie par exploitation agricole est passée de 213 $ en 1901 (environ 8 000 $ en valeur actuelle) à plus de 278 000 $ en 2016, soit une multiplication par 35, en tenant compte de l’inflation.

Pour rester compétitifs et faire face à la hausse des coûts, les agriculteurs sont contraints d’augmenter leur production et de réinvestir dans les terres et les technologies, simplement pour se maintenir à flot. Dans un article récemment publié, je soutiens que de nombreuses exploitations agricoles doivent prendre continuellement de l’expansion pour survivre, ce qui est nocif à long terme, tant pour l’environnement que pour les agriculteurs.

Pour comprendre cette tendance, j’ai analysé les données financières à long terme d’exploitations agricoles canadiennes et j’ai pris l’exemple de la production de canneberges au Québec pour examiner les liens entre hausse des coûts, réinvestissement, expansion des exploitations agricoles et dommages environnementaux.

Deux facteurs expliquent cette situation

Deux facteurs structurels expliquent comment les agriculteurs en sont arrivés là.

Le premier est la concentration des entreprises. Le système alimentaire est aujourd’hui entre les mains d’un petit nombre d’acteurs puissants. Quatre sociétés contrôlent environ 60 % du marché mondial des semences, et cinq chaînes d’épiceries canadiennes se partagent près de 80 % des ventes au détail de produits alimentaires.

En raison de cette concentration, les agriculteurs se retrouvent coincés entre deux forces. D’un côté, les agrofournisseurs pratiquent des prix élevés, et de l’autre, les détaillants imposent une longue liste de frais de vente au détail. Les frais de listage des produits frais peuvent atteindre 6 000 dollars par article.

Le deuxième facteur est ce que les économistes appellent « l’engrenage technologique ». Une nouvelle technologie permet aux premiers qui l’adopte de diminuer leurs coûts, de décrocher des contrats avec des transformateurs et d’accroître leurs revenus. Mais dès que les agriculteurs sont nombreux à opter pour une technologie, la production totale augmente, les prix baissent et l’avantage initial disparaît.

La technologie devient alors un minimum vital. Les agriculteurs doivent continuer à investir et à s’endetter pour acheter de meilleures semences, des machines plus puissantes et des outils permettant de réduire la main-d’œuvre, ce qui ne fait que diminuer leurs marges de profits.

La pression sur les prix

En plus de devoir composer avec la hausse des coûts, les agriculteurs subissent une pression à la baisse sur les prix. Lorsque les exploitations agricoles adoptent de nouvelles technologies, la réduction des coûts unitaires se traduit souvent par une réduction des prix à la production, c’est-à-dire le montant réel que perçoit un agriculteur pour ses produits bruts.

En raison de la concentration des entreprises, les grands acteurs peuvent faire diminuer davantage ces prix, tout en conservant une plus grande part de ce que dépensent les consommateurs.

Au Canada, 83 cents de chaque dollar dépensé pour l’alimentation sont désormais consacrés au produit une fois qu’il a quitté la ferme (prix de production). Les prix du maïs illustrent bien le problème : les flocons de maïs se vendent environ 7,50 $ le kilogramme, tandis que les agriculteurs de l’Ontario ne reçoivent que 0,25 $ par kilogramme de maïs – un écart de plus de 30 pour 1.

Les politiques gouvernementales accentuent le resserrement des marges bénéficiaires par le biais des subventions et des mesures de croissance. Les subventions agricoles visent à aider les agriculteurs, mais elles peuvent renforcer la pression et amplifier l’engrenage. Elles peuvent faire grimper les prix des terrains et des baux, et encourager des mises à niveau technologiques coûteuses que les agriculteurs pourraient autrement reporter, comme c’est le cas avec le programme Agri-innover. Au Canada, chaque dollar supplémentaire de soutien par acre peut augmenter la valeur de l’acre de 8 à 72 dollars.

La politique d’exportation exerce également de la pression. Depuis les années 1990, le Canada s’est en effet fixé pour objectif de faire presque quadrupler ses exportations agroalimentaires de 2000 à 2025, ce qui incite les agriculteurs à produire et à investir davantage, mais les place en concurrence avec des prix plus bas sur le marché mondial.

Augmenter la production pour survivre

Le resserrement des marges et l’engrenage technologique créent deux forces qui contraignent les exploitations à prendre sans cesse de l’expansion. D’une part, elles sont confrontées à un seuil de rentabilité croissant : les prix à la production restent bas ou baissent, tandis que les coûts ne cessent d’augmenter, les obligeant à produire davantage simplement pour couvrir leurs dépenses.

D’autre part, atteindre la rentabilité ne suffit pas. Les agriculteurs doivent produire encore plus pour générer les profits nécessaires au réinvestissement dans les machines, les bâtiments et les technologies, et ainsi conserver leur compétitivité.

Au Canada, les fonds dont disposaient les exploitations agricoles pour le réinvestissement ont été multipliés par 2,4 de 1976 à 2021. Les dépenses en capital ont augmenté d’environ un tiers de 2009 à 2023, et le capital agricole total a été multiplié par cinq de 1976 à 2021.

Les exploitations agricoles se sont donc agrandies. Certaines ont procédé à des fusions pour survivre à la pression causée par le resserrement des marges et l’engrenage technologique. En effet, les grandes exploitations sont mieux à même d’absorber la hausse des coûts, d’utiliser efficacement des machines coûteuses et d’accéder au crédit, ce qui explique en partie pourquoi 12 % des exploitations agricoles canadiennes contrôlent près de 60 % des terres agricoles.

Les coûts environnementaux cachés

À mesure que les exploitations agricoles s’agrandissent, elles ont besoin de plus de carburant, d’engrais, de machinerie et de terres simplement pour rester viables. Ces besoins engendrent davantage d’émissions, de pollution, de dégradation des sols et de perte de biodiversité.

Prenons l’exemple du secteur de la canneberge au Québec. Pour survivre au resserrement des marges bénéficiaires, les exploitations agricoles doivent croître sans cesse, la récolte totale par exploitation ayant été multipliée par huit en moins de 30 ans.

Pour accroître la production et maintenir des prix bas pour les transformateurs, les cannebergières sont contraintes de prélever de grandes quantités d’eau, ce qui peut mettre les rivières en danger lorsque le niveau d’eau est bas, et d’altérer des milieux humides, car ils sont moins coûteux et plus faciles à aménager.

Cela permet de dégager des fonds supplémentaires pour le réinvestissement, mais la destruction des zones humides cause une perte de biodiversité, libère d’importantes quantités de carbone et aggrave les changements climatiques.

Par ailleurs, le recours à des pesticides, comme le dichlobénil, pour réduire les coûts de main-d’œuvre entraîne une pollution de l’eau.

Pour une transition durable

En plus d’engendrer des coûts écologiques, le resserrement des marges et l’engrenage technologique imposent un lourd fardeau psychologique aux agriculteurs. La pression financière qu’ils causent peut accroître la détresse et le risque de suicide chez ceux-ci.

Certaines solutions prétendument durables, comme l’agriculture intelligente, risquent de devenir une nouvelle roue dans l’engrenage. Une véritable transition vers la durabilité, prenant en compte la santé financière et mentale des agriculteurs ainsi que la santé environnementale, nécessite des politiques dissociant la viabilité des exploitations agricoles de la hausse constante de leur production.

Pour commencer, on devrait s’attaquer à la concentration des entreprises chez les fournisseurs et les détaillants avec qui les agriculteurs traitent. On pourrait ainsi réglementer les clauses contractuelles abusives et empêcher de nouvelles méga-fusions. Garantir des prix à la production plus équitables permettrait d’atténuer le resserrement des marges.


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Pour ce qui est des coûts, la réaffectation des subventions, la réorientation du crédit agricole et des assurances, ainsi que l’amélioration de l’accessibilité financière des terres agricoles grâce à la définanciarisation et à la mise en place de banques de crédit agricole servirait à soutenir les pratiques agroécologiques à faibles intrants et de réduire la pression en faveur de l’expansion.

Enfin, réorienter les investissements vers des technologies simples, réparables et contrôlées par les agriculteurs, garantir le droit à la réparation et récompenser les exploitations qui adoptent des approches moins technologiques permettrait de déconstruire l’engrenage.

Tous ces changements combinés favoriseraient la viabilité économique des exploitations agricoles en les dispensant de produire davantage pour simplement survivre.

La Conversation Canada

Henri Chevalier bénéficie d’un financement au titre de la bourse de recherche d’études supérieures du CRSH — doctorat (gouvernement fédéral) et de la bourse nationale OGS/QEII-GSST (gouvernement de l’Ontario).

ref. Les exploitations agricoles au pays doivent croître pour survivre, et ce n’est bon ni pour les agriculteurs ni pour l’environnement – https://theconversation.com/les-exploitations-agricoles-au-pays-doivent-croitre-pour-survivre-et-ce-nest-bon-ni-pour-les-agriculteurs-ni-pour-lenvironnement-287659

Accompagner la fin de vie et le deuil : ce que nous apprend « La vie devant soi »

Source: The Conversation – in French – By Geneviève Gauthier, Candidate au doctorat sur mesure en sciences sociales et travailleuse sociale, Université du Québec à Chicoutimi (UQAC)

Et si l’un des plus beaux récits sur l’accompagnement de fin de vie n’avait pas été écrit par un chercheur ou un professionnel du soin, mais par un romancier ?

Le deuil est une expérience que nous traverserons tous, un jour ou l’autre. Pourtant, il n’est jamais vécu deux fois de la même manière. Travailleuse sociale et doctorante en sciences sociales, j’étudie cette singularité : la façon dont chacun habite sa perte, et la manière dont on peut l’accompagner sans la réduire à ce que nous, de l’extérieur, croyons savoir.

Comment accueillir ce qui donne du sens à une personne endeuillée — ses croyances, ses rituels, sa spiritualité — quand cela nous est étranger ? Comment être aux côtés de quelqu’un sans présumer qu’il vit sa peine comme nous vivrions la nôtre ? Comment pouvons-nous, tel que proposé par l’anthropologue Eduardo Viveiros de Castro, penser avec « les autres » ? Cette question, empruntée à ce qu’on appelle le tournant ontologique en anthropologie, est au cœur de ma recherche.




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Interpellée par cette série sur les livres qui ont marqué nos parcours, je reviens à un roman lu à l’adolescence, en cinquième secondaire, dans la classe de M. Frank. Car la littérature, parfois mieux que les théories, nous ouvre à cette coexistence des mondes.

Cet article fait partie de notre série Des livres qui comptent, dans laquelle des experts de différents domaines abordent ou décortiquent les ouvrages qu’ils jugent pertinents. Ces livres sont ceux, parmi tous, qu’ils retiennent lorsque vient le temps de comprendre les transformations et les bouleversements de notre époque.


Un roman unique

Romain Gary, déjà lauréat du prix Goncourt, a utilisé un stratagème pour dissimuler son identité lors de la parution, en 1975, du roman La vie devant soi. Le roman paraît dans un « anonymat » étrange, qui sera révélé à la suite de son décès, sous le nom Émile Ajar. On vous lit dès lors pour ce que vous écrivez, pas pour qui vous êtes.

Au détour de la forme, il y a bien sûr le fond, où s’entremêlent pauvreté, blessures profondes de la Deuxième Guerre mondiale, identité, prostitution, amour, religions, absences, retours, rencontres et rues peuplées de gens dont la voix n’importe que très peu au reste de la société.

C’est à Paris, dans le quartier Belleville des années 1970, que se campe l’histoire d’un petit garçon arabe, Momo, et de son amour profond pour celle qui prend soin de lui, Madame Rosa, une ancienne prostituée juive qui s’occupe d’enfants dont les mères ne sont pas en mesure de s’occuper. Il y a cet escalier interminable que Madame Rosa doit monter — jusqu’au sixième — pour se rendre à son appartement.

Au fil du roman, la responsabilité de l’autre s’inverse : celle qui prenait soin est désormais celle de qui on prend soin.

Filiations multiples

C’est une réalité que connaissent plusieurs personnes proches aidantes. Le lien qui unit Madame Rosa et Momo est pour le moins peu conventionnel : elle est juive, il est musulman, elle est âgée, il est enfant. Sur papier, un regard externe et décontextualisé pourrait s’attendre à ce que ces deux personnes n’aient rien en commun, qu’elles ne puissent pas se rejoindre.

Et pourtant, leur lien, sans être conventionnel ou biologique, est la preuve qu’il nous faut le plus possible laisser de côté nos a priori comme professionnels et chercheurs lorsqu’on étudie le deuil et la mort. Le lien ne peut pas être réduit à une filiation normative.

Ce qui fait sens pour une personne ne peut être considéré comme universel. Chaque deuil est différent, influencé par une multitude de facteurs.

Être là jusqu’à la fin

À la fin du roman, l’état de Madame Rosa se décline rapidement, l’escalier ne peut plus être gravi, et on voudrait l’amener à l’hôpital. Mais elle refuse. Accompagnée de Momo, elle se cachera dans « son trou juif », terrassée par des épisodes de démence où elle revit des souvenirs douloureux.

Momo, du haut de ses quatorze ans (il croit qu’il en a 10), veillera sur elle jusqu’à sa mort, accomplissant avec fidélité et humanité cet ultime accompagnement. Elle choisit de mourir là où elle le veut. Momo respecte cette volonté : il est là, jusqu’à son décès, mais aussi au-delà.

Momo nous enseigne que l’accompagnement de fin de vie est, avant toute technicité, relationnel. L’anthropologue Luce Desaulniers a fait cette remarque lors d’une conférence en temps de pandémie : les choses qui nous aident ne sont pas forcément les choses qui sont destinées à nous aider.

Le roman est un rappel que la fin de vie et le deuil sont socialement et culturellement situés. La présence d’un proche peut faire toute la différence et de belles initiatives à l’international, comme les cuddle beds en Grande-Bretagne (un lit spécialement adapté qui permet aux conjoints et aux membres de la famille de s’allonger côte à côte) ou encore la place centrale accordée aux proches dans différents contextes de soins palliatifs au Québec continuent de nous inspirer.

Vers une littératie du deuil

Étudier le deuil renferme cette particularité d’aborder une réalité qui touche tout le monde.

L’expérience du deuil est singulière et multidimensionnelle : elle peut être vécue de manière incarnée, littéraire, psychologique, philosophique, sociale, et spirituelle.

Il est essentiel de cultiver une littéracie du deuil afin d’ouvrir des espaces d’échanges, d’éducation, d’accueil, de conversation.

Il me faut terminer avec les derniers mots du roman, pour qu’ils continuent de résonner, trois petits mots à partir desquels commencer : il faut aimer.

La Conversation Canada

Geneviève Gauthier est membre de l’Ordre des travailleurs sociaux et des thérapeutes conjugaux et familiaux du Québec (OTSTCFQ). Elle a reçu une bourse doctorale du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada (CRSH).

ref. Accompagner la fin de vie et le deuil : ce que nous apprend « La vie devant soi » – https://theconversation.com/accompagner-la-fin-de-vie-et-le-deuil-ce-que-nous-apprend-la-vie-devant-soi-283751

Ceuta: ¿qué derechos tienen los menores de edad extranjeros que llegaron?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Brey, Profesora en sociología y opinión pública, experta en migraciones y vida urbana, Universidad Complutense de Madrid

RTVE.es

La semana pasada entraron en Ceuta miles de personas procedentes de Marruecos. Las cifras más altas hablan de la entrada de 60 000 personas, lo que supone un aumento del 71,1 % de la población del enclave. Durante unos días, la ciudad pasó de 84 330 habitantes a albergar unas 144 330 personas. Digo durante unos días, porque el Ministerio del Interior de España informó, el viernes 31 de julio que al menos 48 300 personas habían regresado a Marruecos.

En cuanto al número de menores extranjeros no acompañados acogidos en Ceuta, habría pasado de 180 niños, antes de las llegadas, a 800. Aunque hay sospechas de que podrían llegar a 5 000 los menores extranjeros no acompañados.

¿Qué derechos tienen los niños, las niñas y los adolescentes que llegaron a Ceuta?

Pero ¿qué pasa con los niños, las niñas y los adolescentes que llegaron ahora de Marruecos a Ceuta? ¿Fueron repatriados a Marruecos, con sus familiares o solos? ¿Fueron respetados los derechos específicos de la infancia migrante? Según recuerda la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), “niños, niñas y adolescentes (…) requieren una protección y un trato específico, como dicta la Convención sobre los derechos de la infancia.”.

En el contexto de las llegadas recientes a Ceuta, también apoyan los derechos de la infancia migrante entidades especializadas como UNICEF, Save The Children, la Plataforma de Organizaciones por la Infancia y la Fundación Raíces. Las ONG dedicadas a la infancia han recordado algunos principios básicos. Como que en el caso de los menores de edad, no están autorizadas las repatriaciones colectivas, sino que se debe proceder a una evaluación individualizada de cada caso.

Además, cada menor de edad tiene derecho a protección, un alojamiento adecuado, una atención especializada, como sería un traductor o un apoyo psicosocial, si lo necesita. Ello es especialmente importante si son víctimas de trata, o si se encuentran separados de sus familiares, en contra de su voluntad. En estos casos, es importante velar por la reunificación familiar.

Merece la pena recordar otros aspectos de la normativa vigente. El 30 de julio de 2026, el Tribunal Supremo confirmaba la doctrina que establece que un menor extranjero documentado no puede ser sometido a pruebas médicas de determinación de la edad cuando dispone de un pasaporte válido, salvo que existan razones justificadas para cuestionar su autenticidad.

La importancia de administraciones coordinadas

Por otro lado, una adecuada acogida de los niños, las niñas y los adolescentes migrantes requiere la cooperación y la coordinación de distintas administraciones. Así, el Gobierno local ha solicitado la distribución de estos menores en distintas comunidades autónomas, de acuerdo con la normativa en la materia.

Se refiere al Real Decreto-ley 2/2025, de 18 de marzo, que modificó la Ley Orgánica 4/2000 para regular la derivación de menores extranjeros no acompañados entre comunidades y ciudades autónomas cuando haya una contingencia migratoria extraordinaria. En la práctica, ese sistema permite trasladar menores desde territorios saturados, como Ceuta o Canarias, hacia otras comunidades según criterios como población, renta, paro, esfuerzo previo, insularidad o condición de frontera.

La distribución territorial de estos menores de edad también se ve condicionada por el Real Decreto 743/2025, de 26 de agosto, por el que se aprueba la capacidad ordinaria del sistema de protección y tutela de personas menores de edad extranjeras no acompañadas. Mientras que varios Gobiernos Autonómicos recurrieron la norma, Ceuta se personó en recursos ya abiertos. Más allá de contiendas jurídicas, según este documento, España tendría la capacidad ordinaria de asumir la protección y tutela de 16 016 personas menores de edad extranjeras no acompañadas en el conjunto de su territorio. En el caso de Ceuta, esta cifra se elevaría a 27.

Evidentemente, esta capacidad establecida para la Ciudad de Ceuta se ha visto superada por las llegadas recientes. Por ello, es de esperar que pronto se ponga en marcha el procedimiento de reparto y distribución de los menores extranjeros no acompañados a otras comunidades autónomas. Ojalá la protección de los derechos de la infancia migrante prime sobre la disputa política y no volvamos a asistir a la ruptura de seis gobiernos autonómicos por la negativa de Vox a la acogida de 347 menores extranjeros llegados desde Ceuta y Canarias, como ocurrió en julio de 2024.

Niños repatriados

Los eventos recientes recuerdan lo ocurrido en mayo de 2021, cuando más de 8 000 personas cruzaron la frontera de Marruecos a Ceuta, después de que las autoridades marroquíes abrieran las puertas. Los adultos fueron devueltos enseguida a Marruecos, pero se quedaron unos 1 500 niños, niñas y adolescentes. Su repatriación a Marruecos, en agosto de 2021, supuso la denuncia de varias ONG contra España.

La historia no termina aquí. El 12 de marzo de 2024, España presentó el Informe del Estado parte ante el Comité de Derechos del Niño. El Estado reconoció entonces que las repatriaciones de niños marroquíes desde Ceuta, en agosto de 2021, no se ajustaron a la Ley de Extranjería, de acuerdo con dos sentencias del Tribunal Supremo (TS), la última de enero de 2024. Al mencionarlo en su informe, el Estado reconoció entonces las contradicciones entre la norma y su aplicación de la Ley.

Una mirada específica sobre la infancia migrante

La situación reciente ocurrida en Ceuta debería fomentar una mirada específica para proteger los derechos de la niñez migrante que traspasa sola las fronteras. Desde 2021, España ha acumulado varios instrumentos y avances en la materia. Entre ellos, las dos sentencias del TS que condenaron las repatriaciones colectivas de menores de edad extranjeros desde Ceuta (en agosto de 2021), el reconocimiento oficial de esta situación por España ante el Comité de Derechos del Niño (en marzo de 2024), el Real Decreto-ley 2/2025, el Real Decreto 743/2025 y las dos sentenciaa del TS sobre la prueba de la edad (en julio de 2026).

Estas herramientas legislativas deberían servir de garantes para proteger ahora los derechos propios de los menores extranjeros de edad que han llegado a Ceuta, más allá de consideraciones geopolíticas o miradas partidistas.

The Conversation

Elisa Brey no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ceuta: ¿qué derechos tienen los menores de edad extranjeros que llegaron? – https://theconversation.com/ceuta-que-derechos-tienen-los-menores-de-edad-extranjeros-que-llegaron-288847

Les IA génératives à la recherche d’un modèle d’affaires viable pourront-elles survivre sans publicité ?

Source: The Conversation – in French – By Paul Favier, Doctorant à la Chaire Gouvernance et Regulation, Université Paris Dauphine – PSL, Université Paris Dauphine – PSL

Certains les décrivent comme des psys ou des amis. C’est dire la place que les intelligences artficielles, ou IA, ont pris dans la vie des Français. La gratuité de ces services a probablement contribué à cette confusion. Mais combien de temps les entreprises du secteur pourront-elles continuer à offrir des services non payants ? La publicité pourrait-elle changer la donne ? Quel impact cela pourrait-il avoir ?


En janvier 2026, OpenAI a commencé à insérer les premières publicités dans les réponses de ChatGPT auprès de ses utilisateurs états-uniens non abonnés. Un geste longtemps repoussé et désormais assumé. Après trois années de croissance financée à perte, l’intelligence artificielle (IA) générative grand public amorce sa bascule vers un modèle publicitaire, faute d’avoir trouvé, ailleurs, de quoi financer durablement la gratuité de ses services.

Près d’un Français sur deux déclare avoir déjà utilisé un agent conversationnel, comme ChatGPT, Gemini ou Copilot. Cette proportion grimpe jusqu’à 82 % chez les 18-24 ans contre 20 % chez les plus de 65 ans, selon une enquête Ifop. Dans le monde, près de 20 % de la population dialoguerait régulièrement avec ces outils, selon le Microsoft AI Economy Institute. OpenAI, Google et Microsoft cumulent à eux seuls près de 90 % du marché, selon FirstPageSage.




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Cette domination est le fruit d’une stratégie assumée depuis le lancement de ChatGPT fin 2022 : offrir le service gratuitement pour capter le plus d’utilisateurs possible, avant même de songer à la rentabilité. ChatGPT a atteint 100 millions d’utilisateurs en soixante jours (il avait fallu trente mois à Instagram pour atteindre cette audience). Reste, désormais, à transformer cette audience en modèle d’affaires viable.

Une industrie qui carbure aux pertes

Le problème posé par cette gratuité est qu’elle est fondée sur une infrastructure qui coûte cher aux entreprises qui l’exploitent. Une requête adressée à un agent conversationnel consomme environ dix fois plus d’énergie de calcul qu’une recherche classique sur Google, selon des estimations relayées par Heise. Or, environ 85 % des utilisateurs de ces services restent sur la version gratuite, d’après CNBC. En 2025, OpenAI aurait dépensé près de 22,5 milliards de dollars pour un chiffre d’affaires de 13,5 milliards, soit une perte d’environ 9 milliards de dollars, rapporte Fortune. Même Anthropic, pourtant tourné vers les entreprises, ne vise la rentabilité qu’à l’horizon de 2028, en misant sur la demande professionnelle, selon TechCrunch.

Face à cette équation, les entreprises nées avec l’IA générative, comme Anthropic ou Mistral AI, se tournent prioritairement vers les entreprises, via des API facturées à l’usage et des licences professionnelles. Les grands groupes technologiques, Google, Meta ou Microsoft, disposent d’un atout supplémentaire : des centaines de millions d’utilisateurs grand public dont l’activité en ligne peut être monétisée autrement. Quant à OpenAI, parti du grand public sans écosystème préexistant, il tente aujourd’hui de rattraper les deux fronts.

L’abonnement ne suffira pas

La première option pour « monétiser » les utilisateurs grand public consiste, logiquement, à faire payer un abonnement. Une convergence tarifaire s’observe autour de 20 dollars (soit plus de 17 euros) par mois pour les offres premium de ChatGPT, Claude, Copilot ou Gemini. Mais cette formule se heurte à un plafond : seuls 4 à 5 % des utilisateurs auraient franchi le pas, selon la BBC. L’écrasante majorité reste gratuite, pesant sur les coûts sans générer de revenu direct.

Une deuxième piste, plus prospective, consiste à transformer l’agent conversationnel en intermédiaire commercial capable de réserver un vol ou de finaliser un achat, moyennant une commission. Mais les premiers résultats déçoivent : selon TechCrunch, les ambitions d’OpenAI de faire de ChatGPT un concurrent d’Amazon ou de Google « ne se déroulent pas très bien », le Web n’étant pas encore conçu pour être parcouru et actionné par des agents automatisés.

La publicité, solution de dernier recours ?

Reste alors la publicité, mécanisme le plus éprouvé pour monétiser une audience captive sans lui faire sortir la carte bancaire. C’est peu ou prou le modèle qui a fait la fortune de Google et de Meta depuis vingt ans. Perplexity AI a été la première à s’y risquer, dès novembre 2024, avec des questions de suivi sponsorisées insérées sous ses réponses. Le format a toutefois été abandonné en 2026 face aux résistances des utilisateurs, l’entreprise reconnaissant sur son blog que la faisabilité technique était acquise, mais que l’acceptabilité par les consommateurs restait un frein.

Microsoft Copilot a, de son côté, déployé des publicités générées dynamiquement par l’IA en fonction du contexte de la conversation, les Showroom Ads. Et depuis janvier 2026, OpenAI affiche à son tour des publicités contextuelles, clairement étiquetées, en bas des réponses fournies aux utilisateurs états-uniens non abonnés, selon CNBC. L’entreprise assure que ces publicités n’influencent pas le contenu des réponses elles-mêmes.

Vos prompts en disent plus que vous ne l’imaginez

Cette publicité contextuelle repose sur une matière première : les données que l’utilisateur confie à l’agent, sciemment ou non. Or, les prompts recèlent bien plus d’informations personnelles qu’il n’y paraît.

Des chercheurs ont montré qu’un modèle de langage peut inférer, avec une précision élevée, des attributs personnels sensibles (santé, revenus, opinions politiques) à partir de simples échanges, même sans divulgation explicite, selon une étude publiée dans les actes de la conférence ICLR. Décrire des symptômes pour un conseil médical revient ainsi à révéler son état de santé ; interroger sur un quartier précis, à dévoiler sa localisation.

Un risque inédit d’influence invisible

C’est précisément là que le bât blesse. Contrairement à une bannière publicitaire, aisément identifiable, un message commercial glissé dans le fil d’une conversation peut se fondre dans la réponse sans que l’utilisateur en ait conscience. Plusieurs travaux de recherche pointent la confiance quasi inconditionnelle accordée à ces agents, perçus comme des interlocuteurs à la fois compétents et complaisants. Un message commercial pourrait ainsi bénéficier d’une caution implicite supérieure à celle d’une publicité classique.

Une étude de la société SparkToro illustre par ailleurs la difficulté à objectiver ce risque. Les agents conversationnels produisent des recommandations de marques différentes dans plus de 99 % des cas, y compris pour des questions strictement identiques sans segmentation marketing différente. Cette instabilité rend une éventuelle influence commerciale particulièrement difficile à détecter, aussi bien pour les utilisateurs que pour les régulateurs.

Arte, « Le dessous des cartes », 2025.

Le partenariat noué entre OpenAI et Shopify, qui permet à ChatGPT de recommander des produits issus de millions de marchands et de finaliser directement l’achat, en offre une illustration concrète. OpenAI assure que ces recommandations restent organiques et non commercialement influencées, mais les marchands versent bien une commission sur chaque transaction réalisée via l’agent. L’utilisateur n’a aucun moyen de vérifier cette neutralité affichée ni de distinguer une recommandation indépendante d’une recommandation orientée par cet accord commercial.

Vers un encadrement spécifique ?

Ce basculement vers la publicité conversationnelle fait écho à des débats déjà anciens en économie des plateformes, où l’opacité des critères de classement des comparateurs en ligne (offres télécoms, assurances, voyages) a justifié des obligations de transparence renforcées à l’échelle européenne. La question posée aujourd’hui est de savoir si un encadrement comparable, obligeant les agents conversationnels à signaler tout contenu commercialement influencé, s’imposera avant que ces pratiques se généralisent.

L’enjeu dépasse la seule question publicitaire, puisque c’est la soutenabilité même du modèle économique de l’IA générative grand public qui reste, à ce stade, une question ouverte. Entre abonnements plafonnés à une minorité d’utilisateurs, commissions transactionnelles balbutiantes et publicité conversationnelle en plein tâtonnement, aucune piste ne semble, à elle seule, en mesure de financer durablement le coût de ces technologies. Pour les utilisateurs, l’enjeu est de taille : comprendre par qui et comment un service qu’ils croient gratuit est réellement financé.

The Conversation

Paul Favier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Les IA génératives à la recherche d’un modèle d’affaires viable pourront-elles survivre sans publicité ? – https://theconversation.com/les-ia-generatives-a-la-recherche-dun-modele-daffaires-viable-pourront-elles-survivre-sans-publicite-287241

Aux États-Unis, les universités peinent à enrayer le recul de la lecture

Source: The Conversation – France (in French) – By Austin Sarat, William Nelson Cromwell Professor of Jurisprudence and Political Science, Amherst College


L’ESSENTIEL

  • Aux États-Unis, les enseignants constatent une baisse des compétences en lecture de leurs étudiants.

  • Austin Sarat, professeur de sciences politiques au Amherst College, alerte sur les conséquences de ce recul pour l’enseignement supérieur.

  • Selon lui, les livres longs restent indispensables pour former l’esprit critique.


Quiconque a récemment passé un peu de temps sur un campus universitaire américain a probablement entendu des enseignants se lamenter sur les habitudes de lecture de leurs étudiants – ou plutôt sur le fait qu’ils ne lisent presque plus. Et ces plaintes ne relèvent pas d’une simple nostalgie d’un âge d’or révolu.

La lecture – pas n’importe quelle lecture, mais celle de livres longs, complexes et exigeants – est en train de disparaître rapidement du paysage américain. Comme l’a souligné en 2024 Sunil Iyengar, directeur du Bureau de la recherche et de l’analyse de la National Endowment for the Arts (une agence fédérale indépendante états-unienne chargée de soutenir les arts et la culture), environ 49 % des adultes déclaraient avoir lu au moins un livre au cours de l’année écoulée. Dix ans plus tôt, ils étaient près de 55 % à en dire autant.

Ce recul de la lecture s’observe également dans les lycées américains. Une enquête menée en 2024-2025 auprès de 1 250 professeurs d’anglais de lycée montre qu’ils donnaient en moyenne 2,81 livres à lire intégralement à leurs élèves chaque année. À titre de comparaison, une autre étude nationale réalisée en 2008-2009 auprès de 400 enseignants d’anglais de classes de seconde, première et terminale établissait qu’ils en faisaient lire en moyenne quatre par an.

Dans certains lycées américains, des élèves ne se voient plus demander de lire le moindre livre en entier. À la place, leurs enseignants leur donnent des extraits d’ouvrages ou de courts textes. La journaliste Sarah Schwartz, du magazine Education Week, écrivait en 2025 que de plus en plus de signes donnent à voir un recul de la lecture de textes longs dans les classes, bien avant le lycée. Dans certains cas, cette évolution commence dès l’école primaire.

En tant qu’enseignant en sciences humaines et sociales à l’université, ces chiffres me choquent, sans vraiment me surprendre. Mes cours reposent sur de nombreuses lectures, souvent longues et exigeantes, et j’ai toujours conçu mon enseignement en partant du principe que les étudiants s’y plieraient. Dans mon bureau, il m’arrive pourtant d’entendre des étudiants se plaindre de la quantité de lectures à effectuer et me demander des méthodes pour parcourir les textes plus rapidement sans les lire intégralement.

En général, je résiste à cette demande et je préfère leur apprendre à pratiquer la lecture attentive (ce que les Américains appellent close reading), plutôt que de leur donner des techniques pour survoler les textes.

Le recul de la lecture représente donc un véritable défi, tant pour mes étudiants et moi-même que, plus largement, pour l’enseignement supérieur américain. Les universités n’ont pas encore trouvé de réponse à ce phénomène, laissant des enseignants comme moi élaborer leurs propres stratégies.

L’histoire de la lecture aux États-Unis

La lecture occupe depuis longtemps une place centrale dans l’éducation américaine. Lorsque l’université Harvard ouvre ses portes en 1636 pour former des ministres du culte puritains, ses responsables partent du principe que les étudiants admis maîtrisent parfaitement la lecture, non seulement en anglais, mais aussi en grec et en latin.

Comme l’écrit Jack Lynch, professeur de littérature anglaise à l’université Rutgers :

« Les premiers Américains accordaient une importance exceptionnelle au pouvoir de l’écrit et, par conséquent, à la maîtrise de la lecture et de l’écriture. »

En 1647, le Massachusetts adopte une loi imposant à toute localité de plus de 50 foyers de veiller à ce que les enfants puissent « apprendre à lire et à écrire ». L’objectif est alors avant tout religieux : permettre aux enfants de lire et d’étudier la Bible.

Thomas Jefferson, comme d’autres Pères fondateurs, souhaitait faire des États-Unis un pays où la lecture serait largement répandue. En 1787, il loue les journaux et de la liberté de la presse. « Si je devais choisir entre un gouvernement sans journaux et des journaux sans gouvernement, je n’hésiterais pas un instant à préférer la seconde option », écrit-il. Dans une lettre adressée à John Adams en 1815, le même Jefferson écrit :

« Je ne peux pas vivre sans les livres. »

Au XIXe siècle, les écoles commencent à enseigner la lecture par la phonétique, en apprenant aux élèves à déchiffrer les mots à partir de leurs sons. À partir des années 1830, les écoles américaines utilisent les McGuffey Readers, une série de manuels de lecture pour l’école primaire fondés sur cette méthode phonétique. Entre 1836 et 1960, environ 120 millions d’exemplaires de ces ouvrages ont été vendus. Selon le Ping Institute for the Teaching of the Humanities de l’Université de l’Ohio, seuls la Bible et le Webster’s Dictionary ont connu une diffusion plus importante.

La première crise de la lecture dans l’enseignement supérieur

À mesure que les universités américaines cherchent à se développer et à accueillir davantage d’étudiants au XIXe siècle, elles sont confrontées à une première crise de la lecture. Les étudiants admis dans les nouvelles universités publiques ne possèdent pas toujours les compétences en lecture attendues par ces établissements. Ils savent suffisamment lire pour être admis, mais ne sont pas forcément habitués à affronter des textes longs et complexes.

Certaines universités, comme l’Université du Wisconsin, réagissent à cette difficulté en créant des programmes préparatoires destinés à s’assurer que les nouveaux étudiants disposent des bases nécessaires pour suivre des études supérieures.

En 1915, Ernest Moore, alors professeur de philosophie à Harvard, publie les résultats de ce que de nombreux chercheurs considèrent comme « la première tentative durable d’aider officiellement les étudiants à améliorer leur lecture ». Plutôt que de faire de l’apprentissage de la lecture une discipline à part, Moore l’intègre à un vaste programme consacré aux méthodes de travail universitaire, afin d’aider les étudiants à comprendre son importance dans l’ensemble de leur parcours académique.

L’université de Chicago, l’université de l’Illinois et l’université Columbia adoptent rapidement cette approche. Au cours du XXe siècle, les tests standardisés se généralisent dans l’enseignement supérieur afin d’« évaluer les compétences académiques, les aptitudes et même la condition physique des étudiants entrant à l’université ». Leurs résultats permettent ensuite aux établissements d’orienter les étudiants vers différents dispositifs de remise à niveau, expliquent les spécialistes en sciences de l’éducation Jennifer C. Theriault, Norman A. Stahl et Kelly J. Meyers.

Le défi actuel

En 2025, environ 32 % des élèves américains de terminale présentaient un niveau de lecture inférieur au seuil élémentaire, contre 24 % en 2002. En 2025 également, Martin West, doyen de faculté et professeur à la Harvard Graduate School of Education, soulignait que « les compétences en lecture des élèves américains ont atteint leur sommet vers le milieu de la décennie précédente, avant de reculer nettement depuis ».

Si la maîtrise de la lecture a été présenté comme l’un des fondements de l’histoire américaine, ce récit semble aujourd’hui commencer à se fissurer.

Je reste convaincu que la lecture de livres longs et exigeants demeure le meilleur moyen d’aider les étudiants à développer leur esprit critique et à réfléchir par eux-mêmes au monde dans lequel ils vivent ainsi qu’à l’histoire qui l’a façonné. Pourtant, certains enseignants du supérieur se sont adaptés en réduisant la quantité de lectures demandées et en revoyant leurs exigences à la baisse.

Pourquoi lire ?

Il existe peut-être une autre voie.

Cet été, j’ai proposé, avec quelques collègues, un cours intitulé « Pourquoi lire ? » à un petit groupe d’étudiants. Pendant trois semaines, nous nous sommes réunis deux fois par semaine pour discuter de textes consacrés à la valeur de la lecture, rédigés notamment par la philosophe de l’université de Chicago Martha Nussbaum et par le théoricien de la littérature de l’université Columbia Edward Said.

Il m’est rapidement apparu que les étudiants avaient des approches très différentes de la lecture de textes difficiles et n’étaient pas tous également à l’aise avec cet exercice. J’ai essayé de leur faire comprendre qu’en matière de lecture, comme pour l’exercice physique, c’est souvent l’effort qui procure le plus de bénéfices. Lire des textes longs exige de la patience et de l’attention, développe la capacité à suivre un raisonnement ou une intrigue, et demande un effort soutenu pour en saisir toutes les nuances.

Bien sûr, ce seul cours ne suffira pas à transformer des habitudes profondément ancrées ni à inverser le désengagement des étudiants vis-à-vis de la lecture. Mais avant de leur demander d’affronter des textes exigeants, nous, enseignants du supérieur, avons le devoir de leur expliquer pourquoi il est important de lire les livres dans leur intégralité. Si nous ne le faisons pas – ou si nous n’en sommes plus capables –, l’avenir de l’enseignement supérieur s’annonce bien sombre.

The Conversation

Austin Sarat ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Aux États-Unis, les universités peinent à enrayer le recul de la lecture – https://theconversation.com/aux-etats-unis-les-universites-peinent-a-enrayer-le-recul-de-la-lecture-288421