‘Aro Berria’, la memoria cinematográfica de las comunas que cuestionaron la familia y sembraron la utopía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Toledo Machado, Investigador postdoctoral en Historia Contemporánea, Universidade de Santiago de Compostela

Desde finales de los años 60, España vio florecer numerosas comunas contraculturales más allá de las grandes ciudades o la meca hippie de Ibiza. La película Aro Berria, primer largometraje de Irati Gorostidi –que obtuvo una mención especial en el Festival de San Sebastián–, retrata la expresión de este movimiento en el valle de Ulzama (Pirineo navarro) durante la Transición.

Pese a su diversidad –rurales, urbanas, anarquistas o místicas–, todas estas comunas compartían un objetivo: construir una alternativa a la familia y anticipar la creación de un mundo utópico.

Irati Gorostidi no eligió una comunidad cualquiera. Arco Iris, por la que pasaron sus padres, fue una de las más controvertidas. Denostada por una parte de la prensa alternativa y repudiada por sus propios exmiembros, sus métodos no dejaron indiferente a nadie. Tras un extenso trabajo documental, la cineasta revisita aquellos experimentos desde un presente carente de utopías.

Cuando la lucha obrera fue insuficiente

La cinta presenta la vida cotidiana como un campo de batalla fundamental de la Transición. La primera parte muestra la derrota política de unos jóvenes obreros, desencantados con la izquierda tradicional y los sindicatos de clase, incapaces de entenderse con los más veteranos de la fábrica. Influenciados por el feminismo, el psicoanálisis y la contracultura, para ellos no bastaba acabar con el patrón: querían matar al padre.

Estos jóvenes consideraban a la familia nuclear como la piedra angular del sistema social. Inculcaba, desde el nacimiento, comportamientos egoístas y competitivos en los individuos, perpetuando la desigualdad y abocando a la humanidad al colapso. Así, no bastaba con tomar el poder, sino que veían necesario cambiar las relaciones humanas.

Laboratorios utópicos

Las comunas aparecieron como la solución natural al problema de la familia. La segunda parte del largometraje ilustra este tránsito. En Arco Iris, los colores grises de la fábrica se sustituyen por los de una comunidad habitada por jóvenes sonrientes que visten ropas de colores y comparten habitación.

Los mantras, meditaciones y expiaciones públicas de este grupo protagonizan una gran parte de la película. Gorostidi reunió a actores y actrices no profesionales y los sometió a algunas de estas terapias. ¿Por qué practicaban rituales tan extraños? ¿Por qué la directora le dedica tanta atención a estas escenas?

No se retrata la comuna como simple grupo de jóvenes hedonistas en busca de sexo y drogas, sino como un ambicioso proyecto de revolución vital –Aro Berria significa “nueva era” en euskera– a la altura de los falansterios fourieristas, las colonias anarquistas o los sanatorios naturistas. Al igual que estos, las comunas se basaron en la creencia rousseauniana de que, al cambiar las reglas de socialización, emergería el “buen salvaje” que el sistema social se había encargado de reprimir y enajenar.

Las comunas optaron por diversos métodos para anticipar la nueva vida. Algunas crearon arte y otras experimentaron con psicodélicos o iniciaron la vuelta al campo. Arco Iris, en cambio, optó por las terapias más extremas de la época, combinando el esoterismo –al estilo de la Rajneeshpuram de Osho, popularizada por la serie Wild wild country–, con una interpretación radical del psicoanálisis que recuerda a la actitud irreverente de la Kommune 1 de Berlín o, en su deriva más sectaria, la Friedrichshof de Otto Muehl.

Por tanto, las largas sesiones que aparecen en la película no son decorativas. Permiten entender el extenuante camino que algunos emprendieron para poder vivir en armonía.

La comuna, ¿utopía o distopía?

Irati Gorostidi no cae en la idealización. Históricamente, estas comunidades arrojaron resultados inesperados y no lograron erradicar de un plumazo los comportamientos que pretendían deconstruir. El hombre y la mujer nuevos no aparecieron por arte de magia al sustituir la familia por la comuna. Persistieron las desigualdades de género, algunas personas vieron amenazada su autonomía individual y surgieron hiperliderazgos. Resulta sorprendente que Gorostidi haya preferido no tratar esta cuestión, pues Arco Iris contó con la figura carismática de Emilio Fiel, también conocido como “Miyo”.

A pesar de sus problemas, sería un error calificar estos experimentos de fracaso total. Si bien no culminaron su utopía, la realidad social no volvió a interpretarse en los mismos términos. Donde más evidente se hizo esta ruptura fue en la concepción de la familia y la sexualidad. En sintonía con el feminismo y los movimientos LGTB+, las comunas erosionaron la rígida autoridad patriarcal, impulsaron la autonomía de los hijos y allanaron el terreno cultural para la normalización del divorcio o el derecho al aborto. Además, sin aquella ruptura, hoy carecerían de su significado actual conceptos como “neorrural”, “cohousing” o “poliamor”. Cambiaron el mundo, aunque no siempre en la dirección esperada.

El estreno de la película abre, pues, un debate necesario. Medio siglo después, todavía experimentamos paradojas similares. Seguimos buscando esa misma autenticidad y conexión con los demás y la naturaleza, pero lo hacemos a través de un prisma individualista y mercantilizado: retiros de yoga de fin de semana, “colivings” de diseño y filtros de Instagram. También padecemos una importante crisis existencial –que ilustran el predominio de las distopías y los augurios catastrofistas–, pero carecemos de la capacidad de imaginar utopías igualitarias, justas y resilientes.

En definitiva, Aro Berria, devolviéndonos la mirada al pasado, nos permite evaluar con empatía y cierta distancia crítica los intentos recientes más radicales de hacer la utopía realidad. Que active (o no) la imaginación de otros mundos posibles ya es responsabilidad del público.

The Conversation

Luis Toledo Machado recibe fondos de la Consellería de Educación, Ciencias, Universidades e Formación Profesional de la Xunta de Galicia (Axudas de apoio á etapa de formación posdoutoral 2024) y es miembro de los proyectos de investigación PID2024-155185NB-I00 y PID2024-157039NB-I00, financiados por la Agencia Estatal de Investigación.

ref. ‘Aro Berria’, la memoria cinematográfica de las comunas que cuestionaron la familia y sembraron la utopía – https://theconversation.com/aro-berria-la-memoria-cinematografica-de-las-comunas-que-cuestionaron-la-familia-y-sembraron-la-utopia-272208

¿Por qué hablamos con los ‘chatbots’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Matosas López, Profesor e Investigador Tecnología Aplicada a la Empresa, Universidad Rey Juan Carlos

Hasta hace poco, la idea de mantener una conversación con una máquina sonaba a ciencia ficción. Hoy, sin embargo, es algo cotidiano. En los últimos años, los chatbots o asistentes de IA se han integrado en nuestras rutinas diarias. Están en sitios web para la atención al cliente, en aplicaciones de servicios bancarios, en plataformas de comercio electrónico o en portales de reservas turísticas.

Incluso, para consultas médicas u orientación psicológica, muchas personas recurren a estos asistentes antes que a un ser humano. Esto les permite mantener un aparente anonimato y les genera una sensación de control y alivio.




Leer más:
¿Podemos usar los ‘chatbots’ como un amigo o un psicólogo?


Pero los chatbots también están omnipresentes en tareas triviales, como cuando preguntamos al asistente del móvil si va a llover, al de la TV por una película o al de nuestro portátil sobre cómo podemos escribir un correo más formal.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones en las que diariamente recurrimos a estas tecnologías. Pero, más allá de la novedad, ¿por qué las personas usamos chatbots? ¿Qué nos lleva a interactuar con un asistente de IA como si fuera una persona?

Las respuestas revelan tanto cómo es nuestra relación con la tecnología como cuáles son nuestras necesidades humanas. Aunque cada usuario tiene sus motivos, los expertos agrupan las razones en tres grandes categorías: utilitarias, hedónicas y sociales. Y, si lo pensamos bien, todas están presentes en nuestro día a día.

Factores utilitarios: cuando buscamos eficiencia y resultados

La primera razón –y más evidente– es la utilidad. Hablamos con chatbots porque nos facilitan la vida. Son rápidos, resuelven tareas sin demora y lo hacen 24 horas al día. Sea lo que sea, siempre están ahí. Incluso cuando el problema surge fuera del horario laboral.

Si queremos saber el estado de un pedido, pedir una cita en la peluquería o redactar un texto, un chatbot puede hacerlo en segundos. Esa eficiencia encaja perfectamente con el estilo de vida actual. Queremos soluciones inmediatas y sin complicaciones.

Además, los avances en el procesamiento de lenguaje natural o NLP han hecho que escribir “como hablamos” sea suficiente para obtener buenos resultados. Ya no necesitamos buscar menús, aprender comandos ni seguir pasos engorrosos. Basta con preguntar al asistente de IA. Así, el chatbot satisface una necesidad práctica, ahorra tiempo y reduce esfuerzos. En un mundo donde el tiempo es oro, eso ya es una gran razón.

Factores hedónicos: cuando buscamos satisfacer nuestra curiosidad

Más allá de la utilidad, hay un componente que no siempre reconocemos: el entretenimiento o la satisfacción de la curiosidad humana. A muchos usuarios les atrae el simple hecho de probar cómo responde un asistente de IA. Queremos ver hasta dónde llega, si entiende el humor, si puede escribir, o incluso debatir sobre cine, fútbol, o literatura.

Esa curiosidad natural convierte la interacción con el chatbot en algo lúdico. No solo trabajamos con ellos, también jugamos, exploramos y aprendemos. En ese proceso descubrimos que estas tecnologías no son tan impersonales como pensábamos. Los asistentes de IA nos sorprenden, hacen reír e inspiran nuevas ideas.

En ese sentido, funcionan como otras tecnologías con un componente lúdico asociado. Caso, por ejemplo, de los videojuegos o las redes sociales. Así, en muchos casos, los chatbots nos entretienen y estimulan mentalmente.

Factores sociales: cuando buscamos conexión

Y luego está el tercer motivo, quizás el más humano: la necesidad de conexión con otro ente. Aunque, en este caso, sea virtual. Aun sabiendo que estamos hablando con una máquina, muchas personas encuentran en estos asistentes de IA una forma de compañía o de desahogo. No juzgan, no se impacientan y siempre están disponibles para escuchar (o, en este caso, leer). En muchos casos, un chatbot representa una voz cercana, una oportunidad de practicar un idioma, mejorar la comunicación, o simplemente “conversar con alguien”.

En este plano, estas tecnologías han evolucionado enormemente. En la actualidad los chatbots son capaces de mantener interacciones fluidas empleando un tono cercano, e incluso familiar. Este aspecto social se ha vuelto especialmente relevante en entornos donde la soledad o la falta de interacción son frecuentes.




Leer más:
‘Chatbots’: ¿compañeros del alma o lobos con piel digital?


Por consiguiente, en estos asistentes de IA, no solo buscamos respuestas, también buscamos cercanía. Una cercanía que, por las dinámicas del estilo de vida moderno es, en ocasiones, poco frecuente.

No hay que olvidar los riesgos

Cuando hablamos con un chatbot estamos expresando tres facetas de lo que somos. Somos seres prácticos que buscan soluciones, seres curiosos que disfrutan explorando, pero también seres sociales que necesitan conexión.

A pesar de todo no hay que perder la perspectiva de que los chatbots tienen importantes limitaciones que pueden proyectarse en los tres planos señalados:

  1. En el plano utilitario, pueden facilitar información inexacta o deficiente.

  2. Cuando se abusa de su uso con fines lúdicos, puede generar situaciones de adicción.

  3. En el plano social, y si el usuario no termina de entender la dinámica de su funcionamiento, existe el riesgo de que transmita una falsa sensación de apoyo y acompañamiento.




Leer más:
¿Es buena idea recurrir a ChatGPT cuando estamos deprimidos o ansiosos?


En los próximos años el debate no estará en si usamos o no estas tecnologías. La cuestión será cómo convivimos con ellas y qué tipo de experiencias se quieren construir en ese diálogo entre humanos y máquinas.

The Conversation

Luis Matosas López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué hablamos con los ‘chatbots’? – https://theconversation.com/por-que-hablamos-con-los-chatbots-269132

Cómo mejorar la orientación académica para limitar el abandono universitario y el paro juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier M. Valle, Director del Grupo de Investigación sobre Políticas Educativas Supranacionales, Universidad Autónoma de Madrid

Mladen Mitrinovic/Shutterstock

Imaginemos un estudiante español, Carlos: desde la educación primaria, tiene un tutor o tutora por curso que le acompaña y ayuda a resolver diferentes conflictos en el aula. También gestionan juntos alguna situación emocional complicada para él.

Pero a medida que se acerca el final de la educación secundaria obligatoria y el momento de decidir sobre su futuro, Carlos no ha podido explorar con ninguno de sus tutores de manera individual distintos sectores laborales, ni valorar sus aptitudes profesionales o tantear sus intereses vocacionales.

En cuarto curso de la ESO, el último año de la educación obligatoria en España, Carlos puede elegir la materia de Formación y Orientación Personal y Profesional, pero como es optativa, él no la escoge porque otras materias, como robótica o francés, capturan más su atención. De esta manera, es muy probable que Carlos llegue al término de su escolaridad obligatoria sin haber tenido contacto con un orientador que le guíe en sus decisiones posteriores en cuanto a los itinerarios académicos más óptimos para él o en los caminos de formación profesional que mejor se adapten sus aptitudes en su contexto sociolaboral. Le toca decidir, pero le falta orientación.

Descartando carreras de letras, pues se le dieron mal las asignaturas de Lengua y literatura e Historia, y habiendo optado en bachillerato por la rama tecnológica porque en casa le han dicho que tiene “más futuro”, Carlos acabó solicitando plaza en un grado de Informática. El primer año es un choque: la mayoría de las asignaturas no son lo que espera y, con malos resultados y muchas dudas, no sabe si cambiar de opción.

Elegir itinerario en Canadá

Bien distinta es la situación de John. Vive en la región de la British Columbia en Canadá. Desde el jardín de infancia hasta el grado 9 (equivalente a tercero de la ESO) cursó el área Career Education (que podríamos traducir como “educación profesional”) de manera trasversal y obligatoria. Posteriormente, en los grados 10 al 12 completó con éxito las áreas (también obligatorias y evaluables) Career-Life Education y Career-Life Connections. Se trata de asignaturas en las que se desarrollan habilidades de planificación profesional y vital, como el equilibrio entre el trabajo y la vida personal, la reducción del estrés, la alfabetización financiera, la redacción de currículums y la capacidad de establecer redes profesionales y comunitarias.

Con la asesoría de su mentor, concluyó con su Capstone Project o proyecto final, elegido por él: diseñó y desarrolló una página web para una empresa local. El proyecto fue presentado ante su mentor, un profesor de Informática y un representante de la comunidad. En la presentación, John habló sobre el impacto del proyecto para las pequeñas empresas. También entregó un informe final y actualizó su portafolio digital con la evaluación de su proyecto y cartas de referencia. Con el Capstone superado, su portafolio y referencia en mano, John solicitó un Diploma en Diseño Interactivo.

Estas dos historias revelan una inmensa diferencia entre modelos de orientación: España delimita dicha orientación básicamente al acompañamiento tutorial y solo aparece como materia optativa en el último año de la ESO, mientras que en Canadá se ofrece la orientación como un proceso progresivo y continuo a lo largo de toda la escolarización infantil y juvenil. John ha podido pensar en la utilidad y sentido de lo que aprende mucho antes de tener que enfrentarse a la decisión de qué camino profesional tomar.




Leer más:
¡Ayuda! ¿Qué carrera elijo?


Orientación académica en distintos países

Ante un mundo en constante cambio, hiperconectado y donde las posibilidades de elección se multiplican, elegir qué camino seguir tras la educación básica se ha vuelto un desafío que los distintos sistemas educativos responden de modo muy diferente. Una buena orientación académica es clave en el éxtio del sistema educativo.

En nuestro estudio reciente hemos investigado el papel de la orientación académica en España y otros nueve países de nuestro entorno –Alemania, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal y Reino Unido– con la intención de entender en qué aspectos sus sistemas aplican mejor las recomendaciones internacionales y cómo puede hacerse mejor.

Los países con sistemas de orientación académica y profesional más robusto presentan mejores resultados de inserción laboral. Por ejemplo, en el caso de los titulados en Bachillerato o FP de grado medio, España registra un 12.3 % de desempleo, muy por encima de Alemania (2.8 %), Países bajos (3.3 %), Reino Unido (5.4 %) y demás países de nuestro estudio en un nivel similar de estudios.




Leer más:
Por qué ya no deberíamos pensar en una carrera para toda la vida


Además, los países con modelos de orientación más integrados y personalizados, como Canadá, Finlandia, Francia y Países Bajos, suelen tener mejor rendimiento educativo en las evaluaciones internacionales como PISA.

Curiosamente, los modelos de orientación más exitosos no solo dependen del nivel de inversión (que en el caso de España es similar a la media de la OCDE), sino en cómo esa inversión se distribuye en políticas de orientación más estructuradas y tempranas.

Modelos de orientación que inspiran

Los países estudiados combinan modelos de orientación que se mueven entre:

  1. Enfoques de carácter más educativo, como el sistema portugués, que brinda apoyo a la orientación académica y profesional a través de los Servicios de Psicología y Orientación (de manera similar a España).

  2. Enfoques más profesionales como los adoptados en Reino Unido, que priorizan la conexión entre las escuelas y el entorno laboral a través del modelo The Eight Gatsby Benchmarks.

El modelo inglés fomenta la interacción más allá de la secundaria, con encuentros con empleadores y experiencias introductorias en entornos laborales reales (job shadowing). A este enfoque, donde la orientación se dirige más hacia el mundo profesional, se suman países como Alemania, Dinamarca e Italia (con módulos de orientación de 30 horas).

Por su parte, Canadá, Finlandia, Francia y Países Bajos ofrecen modelos que combinan ambos enfoques, tanto el educativo como el profesional, lo que resulta en sistemas de orientación más flexibles y más personalizados.

En Finlandia, por ejemplo, los estudiantes reciben orientación personal, académica y vocacional, que tiene también conexión con la sociedad y la vida laboral. Durante la educación básica (grado 1 al 9), trabajan esa orientación como contenido transversal. Además, en los grados 7, 8 y 9, puede ser implementada como asignatura independiente.

La implicación de las familias

Otro elemento de comparación es cómo se involucra a las familias en la orientación. En el caso finlandés se propician actividades con ellas: reuniones informativas, ferias educativas o sesiones de orientación compartidas que suponen un alto grado de trabajo conjunto entre la escuela y la familia a la hora de construir un andamiaje orientador para los niños y jóvenes envueltos en procesos educativos.

El último elemento que compara el estudio es la evaluación sistemática de los procesos de orientación como elemento importante para su mejora. España y Portugal no cuentan con una evaluación nacional global, ni instrumentos sistematizados de seguimiento, en comparación con los demás países analizados.

Los puntos claves de una buena orientación

La orientación académica debería ocuparse tanto del rendimiento académico como de la orientación vocacional y profesional, y acompañar al estudiante en las elecciones de itinerarios en educación superior.

En el caso de España, esto supondría añadirla como un área o asignatura transversal y obligatoria desde Educación infantil hasta mediados de la ESO. A partir de ese momento, podría ser una materia específica obligatoria y evaluable hasta finales del bachillerato, concluyendo con un proyecto real de proyección futura académica y profesional.

Además, cada centro podría elaborar un plan de orientación con actividades, en colaboración con estudiantes, tutores o padres de familia, así como con protagonistas del tejido socioeconómico y laboral del contexto. También debería hacer un seguimiento del éxito de las decisiones de los estudiantes que ya han acabado sus estudios en el centro.

Cada centro escolar debería darle a la orientación un espacio protagonista en el proyecto educativo y trabajarla en el marco de las “competencias clave”, especialmente en la competencia personal, social y de aprender a aprender. Sería muy recomendable establecer redes de centros que permitan compartir experiencias de buenas prácticas. Y también, por supuesto, conectar más el centro con el entorno social en el que se encuentra; por ejemplo, con proyectos de aprendizaje-servicio.

Estudios como éste permiten una reflexión sobre una pieza crucial de los sistemas educativos, tan complejos en la sociedad contemporánea. Aunque no hay modelos de orientación perfectos, la mejora de los aspectos que hemos desgranado sería un buen punto de partida para una orientación más eficiente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cómo mejorar la orientación académica para limitar el abandono universitario y el paro juvenil – https://theconversation.com/como-mejorar-la-orientacion-academica-para-limitar-el-abandono-universitario-y-el-paro-juvenil-267453

Bacterias golosas, sal y bambú: prometedoras soluciones al problema de los plásticos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel Torralba, Catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, IMDEA MATERIALES

Los plásticos suponen un daño para los ecosistemas de todo el planeta. Sin embargo, la ciencia va encontrando interesantes alternativas. Naja Bertolt Jensen / Unsplash., CC BY

Nos rodean en ordenadores, botellas, embalajes, muebles, coches, aviones e, incluso, en la mayoría de la ropa que usamos. Su bajo coste y aparente reciclabilidad han hecho que los polímeros –o plásticos– sean omnipresentes. Pero presentan dos grandes problemas.

El primero, que solo los termoplásticos son reciclables y, aun así, menos del 10 % se recicla. Además, después de cada ciclo de reciclado, se degradan sus cadenas, o que limita su reutilización. El resto acaba en vertederos, ríos y mares.

El segundo es que los plásticos son blandos y se degradan con facilidad, formando microplásticos y nanopartículas que acaban en el agua, el aire y los suelos. También llegan a nuestro organismo y al de otros seres vivos. Incluso, son transportados por las abejas junto al polen.

Apuesta biodegradable

Los materiales que fueron protagonistas del siglo XX ahora resulta que no son “sostenibles”, están generando un problema medioambiental importante y, además, pueden dañar nuestra salud. La buena noticia es que tiene solución.

Para lograrlo, hace falta combinar dos cosas: una legislación que premie la utilización de materiales alternativos y una gran inversión en I+D que permita desarrollar plásticos más reciclables y, sobre todo, biodegradables.

En esta última dirección hay muchas posibilidades. Por ejemplo, buscar polímeros alternativos a los que utilizan derivados del petróleo (que hoy son la mayoría).

Desintegrados en sal

En el RIKEN Center for Emergent Matter Science, en colaboración con la Universidad de Tokio, en Japón, han desarrollado un polímero (aun en fase de investigación) que se desintegra al entrar en contacto con la sal.

Esto permite que, en el agua de mar, el material se disuelva en unas pocas horas. Además de ser no tóxico y resistente al fuego, no libera dióxido de carbono durante su degradación. Aún no ha sido comercializado, pero numerosas empresas, especialmente del sector del empaquetado, se han interesado por él.

Estos nuevos polímeros son tan resistentes como los habitualmente utilizados en el sector. La diferencia es que, al descomponerse de forma natural, sus componentes son biodegradados por bacterias que existen en su entorno y, por tanto, no se acumulan ni forman microplásticos. De igual manera, existen sales en los suelos, donde también se pueden descomponer.

Bacterias golosas

Por otro lado, un grupo de investigación de la Universidad de Kobe (Japón) ha desarrollado el ácido piridindicarboxílico (PDCA), un polímero biológico que puede alcanzar las prestaciones de algunos plásticos como el PET, el más utilizado para embotellar agua y refrescos.

Sin embargo, a diferencia del PET, el PDCA es totalmente biodegradable y su origen es la síntesis a partir de bacterias y enzimas. Entre ellas, la bacteria Escherichia coli, alimentada con glucosa para acelerar la producción.

Micrografía electrónica, de baja temperatura, de un cúmulo de bacterias E. coli ampliado cien mil veces. Cada cilindro redondeado es un individuo.
Wikimedia Commons., CC BY

Esta bacteria y su afición por la glucosa protagonizaron otro estudio reciente –publicado en Nature Chemistry– sobre cómo generar biocombustibles de manera natural.

Materiales competitivos

En China, están desarrollando plásticos a partir de la celulosa del bambú. Según un estudio publicado en Nature Communications, mediante el empleo de disolventes se deshace la red de enlaces de hidrógeno de la celulosa del bambú. A continuación, mediante estimulación molecular ayudada por etanol, se reconstruyen los enlaces de hidrógeno y se consigue un bioplástico con una resistencia mecánica excepcional que, además, se puede fabricar mediante tecnologías convencionales de moldeo por inyección.

Este material supera a la mayoría de los plásticos y bioplásticos comerciales en propiedades mecánicas y termomecánicas. Además, es totalmente biodegradable en el suelo en 50 días. En el estudio también se presenta un análisis técnico y económico que demuestra la competitividad del material en cuanto a costes, lo que permite salvar la brecha entre la sostenibilidad y la escalabilidad industrial.

Microplásticos convertidos en grafeno

Al mismo tiempo, empiezan a aparecer soluciones para los microplásticos. En la universidad James Cook, de Australia, han hecho un estudio donde tratan los microplásicos con una técnica llamada síntesis por plasma en un horno de microondas a presión atmosférica –atmospheric pressure microwave plasma (APMP)–, para transformarlos en grafeno, un material de alto valor añadido.

Los investigadores de este trabajo aseguran que pueden convertir 30 mg de microplásticos en 5 mg de grafeno en 1 minuto. Esta tecnología es mucho más rápida, funciona a temperaturas mucho más bajas y presenta un consumo de energía menor que tecnologías más tradicionales, como la pirólisis o la carbonización catalítica.

Así, la transformación eficaz de microplásticos de polietileno procedentes de botellas desechadas en grafeno es una realidad.

Hace falta voluntad política e inversión

Como vemos, existe en el ámbito científico la madurez suficiente para abordar estos problemas con soluciones viables.

Eso sí, es necesaria la voluntad política para poner en marcha programas de I+D que orienten a los grupos de investigación, mediante financiación suficiente, para que se haga realidad el sueño de tener polímeros totalmente reciclables, biodegradables y no contaminantes.

The Conversation

José Manuel Torralba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Bacterias golosas, sal y bambú: prometedoras soluciones al problema de los plásticos – https://theconversation.com/bacterias-golosas-sal-y-bambu-prometedoras-soluciones-al-problema-de-los-plasticos-269826

Publication de documents dans l’affaire Epstein : pourquoi les victimes méritent plus d’attention que la « liste » des hommes puissants

Source: The Conversation – in French – By Stephanie A. (Sam) Martin, Frank and Bethine Church Endowed Chair of Public Affairs, Boise State University

L’adoption de la loi sur la transparence des dossiers Epstein, soutenue par de nombreuses victimes présumées et membres de la famille d’Epstein, a conduit le ministère de la Justice états-unien à commencer à divulguer certains des dossiers Epstein. AP Photo/J. Scott Applewhite

**Contrainte par la loi, l’administration Trump a rendu publics, vendredi 19 décembre, plusieurs milliers de documents relatifs au criminel sexuel Jeffrey Epstein, décédé en 2019. Mais, alors que les hommes puissants associés à l’affaire sont nommés, analysés et disséqués en détail, les survivantes, en revanche, restent dans l’ensemble une entité floue, reléguée à l’arrière-plan.

Le ministère de la Justice états-unien a procédé à la divulgation partielle de documents issus de ce que l’on appelle désormais couramment les « dossiers Jeffrey Epstein ». D’autres publications sont attendues, à une date qui n’a pas encore été précisée. Sur une page dédiée de son site Internet, intitulée « Epstein Library », le ministère met à disposition divers documents, notamment des pièces judiciaires et d’autres archives rendues publiques en réponse à des demandes fondées sur la loi sur la liberté de l’information.

Leur publication a été ordonnée par le Congrès dans le cadre d’une loi bipartisane adoptée en novembre 2025. La date butoir fixée au 19 décembre 2025 a été respectée : le ministère de la Justice a rendu publics une partie des documents en sa possession environ huit heures avant l’expiration du délai.

Ces dossiers seront désormais scrutés, commentés et débattus par les responsables politiques comme par le grand public, avant d’être largement relayés dans les médias. Il s’agit du dernier épisode d’une affaire qui fait les gros titres depuis des années, mais selon un cadrage bien particulier. Une question domine en effet la couverture médiatique : « Quels hommes riches et puissants pourraient figurer sur la fameuse “liste” associée à ces dossiers ? » Les journalistes comme le public attendent de voir ce que ces documents révéleront au-delà des noms déjà connus, et si la supposée liste des clients” dont la rumeur fait état depuis déjà longtemps finira par se matérialiser.

Jusqu’à présent, les titres se sont surtout concentrés sur des élites anonymes et sur les personnalités susceptibles d’être compromises ou mises en cause, reléguant au second plan celles dont la souffrance a pourtant rendu cette affaire digne de l’attention médiatique : les jeunes filles et les jeunes femmes victimes d’abus et de trafic sexuels de la part de Jeffrey Epstein.

capture d’écran d’un site web intitulé « epstein library »
Le ministère de la Justice états-unien a commencé à publier les dossiers Epstein vendredi en fin d’après-midi.
Capture d’écran du site web du ministère de la Justice états-unien

Parallèlement, de nombreux sujets ont été consacrés aux victimes dans les médias. Certains d’entre eux, notamment sur CNN, ont régulièrement donné la parole aux victimes d’Epstein et à leurs avocats pour qu’ils puissent réagir aux derniers développements de l’affaire. Ces articles, émissions et reportages rappellent qu’il existe une autre version des faits, centrée sur les jeunes femmes au cœur de cette affaire, pour essayer de comprendre ce qu’elles ont vécu. Cette approche traite les victimes comme de véritables sources d’information, et non comme de simples preuves de la chute ou de la disgrâce d’autrui.

La coexistence de ces deux récits met en lumière un problème plus profond. Après l’apogée du mouvement #MeToo, le traitement médiatique des violences sexuelles et le débat public à leur sujet ont clairement évolué. Davantage de victimes prennent aujourd’hui la parole publiquement sous leur propre nom, et certains médias ont su s’adapter à cette évolution.

Pourtant, des conventions solidement ancrées quant à ce qui est considéré comme une information journalistique — conflits, scandales, figures influentes et rebondissements dramatiques — continuent de déterminer quels aspects de la violence sexuelle accèdent à la une des journaux et lesquels demeurent relégués en marge de l’actualité.

Cette tension soulève une question essentielle : alors même que la loi autorise largement la divulgation de l’identité des victimes de violences sexuelles, et que certaines survivantes demandent explicitement à témoigner à visage découvert, pourquoi les pratiques journalistiques continuent-elles si souvent à taire leurs noms et à reléguer ces victimes au second plan dans le traitement de l’information ?

Un sujet de « CBS Evening News » du 12 décembre 2025 dévoile plusieurs photos révélées par les démocrates de la Chambre des représentants, montrant des hommes célèbres en compagnie de Jeffrey Epstein.

Ce que la loi autorise aux États-Unis — et pourquoi les rédactions s’en abstiennent le plus souvent

La Cour suprême des États-Unis a, à de nombreuses reprises, jugé que le gouvernement ne peut généralement pas sanctionner les organes de presse pour avoir publié des informations véridiques issues de documents publics, y compris lorsque ces informations révèlent l’identité d’une victime de viol.

Lorsque, dans les années 1970 et 1980, certains États ont tenté de punir les médias qui identifiaient des victimes à partir de noms déjà mentionnés dans des documents judiciaires ou des rapports de police, la Cour suprême a estimé que ces sanctions violaient le premier amendement.

La réaction des rédactions a toutefois été paradoxale : plutôt que d’assouplir leurs pratiques, elles ont renforcé les limites qu’elles s’imposaient. Sous la pression des militantes féministes, des associations de défense des victimes et parfois de leurs propres journalistes, de nombreux médias ont adopté des politiques interdisant purement et simplement l’identification des victimes d’agressions sexuelles, en particulier sans leur consentement explicite.

Les codes de déontologie journalistique encouragent désormais les journalistes à « minimiser les dommages », à faire preuve d’une extrême prudence lorsqu’ils nomment des victimes de crimes sexuels et à tenir compte des risques de retraumatisation ou de stigmatisation.

Autrement dit, ce que la loi américaine autorise est précisément ce que les règles éthiques des rédactions déconseillent.

Comment l’anonymat est devenu la norme et comment le mouvement #MeToo a rebattu les cartes

Des manifestants contre la culture du viol rassemblés en foule
Le mouvement anti-viol aux États-Unis a contraint les rédactions à revoir leurs idées reçues sur les personnes dont les témoignages doivent être mis en avant dans le cadre d’un article.
Cory Clark/NurPhoto via Getty Images

Pendant une grande partie du XXe siècle, les victimes de viol étaient systématiquement nommées dans les médias américains — une pratique qui reflétait profondément les inégalités de genre de l’époque. La réputation des victimes était perçue comme un bien public, tandis que les hommes accusés de violences sexuelles faisaient souvent l’objet de portraits empathiques et détaillés.

À partir des années 1970 et 1980, les mouvements féministes ont mis en lumière le sous-signalement massif des agressions sexuelles et la stigmatisation des victimes. Les militantes ont fondé des centres d’aide et des lignes d’assistance, documenté la rareté des poursuites judiciaires et souligné qu’une femme craignant de voir son nom publié dans la presse pouvait renoncer à porter plainte.

Les législateurs ont adopté des « lois sur la protection des victimes de viol » qui limitaient l’utilisation des antécédents sexuels des victimes devant les tribunaux. Certains États sont allés jusqu’à interdire explicitement la publication de leur identité.

Dans ce contexte, et sous l’effet conjugué de ces réformes et de la pression féministe, la plupart des rédactions ont adopté, dans les années 1980, une règle par défaut consistant à ne pas nommer les victimes.

Plus récemment, le mouvement #MeToo a marqué un nouveau tournant. Des victimes issues du monde professionnel, politique ou du divertissement ont choisi de témoigner publiquement, souvent sous leur propre nom, pour dénoncer des abus systémiques et des stratégies de dissimulation institutionnelle. Ces prises de parole ont contraint les rédactions à reconsidérer les voix qu’elles mettaient en avant dans leurs enquêtes.

Pourtant, #MeToo s’est aussi inscrit dans des conventions journalistiques préexistantes, où l’attention reste largement focalisée sur des hommes puissants et médiatisés, leurs chutes spectaculaires et des « moments de révélation ». Ce cadrage laisse peu de place aux réalités moins sensationnelles, mais essentielles, du processus de reconstruction, des incertitudes juridiques et des réponses communautaires.

Les effets involontaires du maintien de l’anonymat des survivantes

Il existe de bonnes raisons de préserver l’anonymat des victimes.

Les survivantes peuvent être exposées au harcèlement, à des discriminations professionnelles ou à des représailles de la part de leurs agresseurs si leur identité est révélée. Pour les mineures, se posent en outre des enjeux liés à la persistance des traces numériques. Dans certaines communautés où la violence sexuelle est fortement stigmatisée, l’anonymat peut littéralement constituer une protection vitale.

Mais des recherches sur le cadrage médiatique montrent que la manière dont les noms — ou leur absence — sont mobilisés n’est pas neutre.

Lorsque la couverture médiatique s’attache à décrire l’auteur présumé comme une figure complexe — dotée d’un nom, d’une carrière et d’une trajectoire — tout en reléguant la personne agressée au statut abstrait de « victime » ou « d’accusatrice », le public tend davantage à éprouver de l’empathie pour le suspect et à scruter le comportement de la victime.

Dans des affaires très médiatisées comme celle de Jeffrey Epstein, cette dynamique est exacerbée. Les hommes puissants qui lui sont associés sont nommés, analysés et disséqués. Les survivantes, sauf lorsqu’elles parviennent elles-mêmes à se faire entendre, demeurent une entité indistincte, reléguée à l’arrière-plan. L’anonymat censé les protéger tend alors à lisser leurs expériences, réduisant des récits singuliers de manipulation, de coercition et de survie à une catégorie sans visage.

Ce que cela révèle de notre conception de « l’actualité »

Cet effacement contribue à éclairer ce qui se joue aujourd’hui dans l’affaire Epstein. Le suspense médiatique ne réside pas tant dans la possibilité que d’autres victimes prennent la parole que dans les répercussions que ces témoignages pourraient avoir sur les hommes influents dont les noms seraient cités. Le cœur du récit s’est déplacé vers une question implicite : quels noms sont jugés dignes d’entrer dans l’espace médiatique — et lesquels restent en marge de l’histoire.

En anonymisant systématiquement les survivantes tout en traquant sans relâche une supposée liste de clients d’hommes puissants, les médias envoient, souvent malgré eux, un message clair sur les personnes qui comptent le plus.

Dans ce cadre, le scandale Epstein ne se concentre plus d’abord sur ce qui a été infligé pendant des années aux jeunes filles et aux jeunes femmes concernées, mais sur les membres de l’élite susceptibles d’être embarrassés, impliqués ou exposés publiquement.

Une approche journalistique véritablement centrée sur les survivantes partirait d’un autre ensemble de questions : quelles survivantes ont choisi de témoigner officiellement, et pour quelles raisons ? Comment les médias peuvent-ils respecter l’anonymat lorsqu’il est demandé, tout en continuant à restituer l’identité, la trajectoire et l’humanité des victimes ?

Il ne s’agit pas seulement d’un enjeu éthique, mais aussi d’un choix éditorial. Il revient aux rédacteurs et aux journalistes de s’interroger sur ce qui fait réellement l’importance d’un article comme celui sur Jeffrey Epstein : la révélation du prochain nom célèbre sur une liste, ou le récit de la vie des personnes dont les abus ont précisément conféré à ces noms leur valeur médiatique.

The Conversation

Stephanie A. (Sam) Martin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Publication de documents dans l’affaire Epstein : pourquoi les victimes méritent plus d’attention que la « liste » des hommes puissants – https://theconversation.com/publication-de-documents-dans-laffaire-epstein-pourquoi-les-victimes-meritent-plus-dattention-que-la-liste-des-hommes-puissants-272504

Sexe, jazz, alcool et jeux : comment Montréal vivait la nuit au XXᵉ siècle

Source: The Conversation – in French – By Matthieu Caron, Postdoctoral Fellow, Department of History, Simon Fraser University

La vie nocturne montréalaise entre 1963 et 1967. (BiblioArchives /LibraryArchives/4943640/Flickr), CC BY

L’histoire de la réglementation nocturne à Montréal montre comment la gestion de la vie nocturne a accru les pouvoirs et les budgets de la police, tout en frappant de manière disproportionnée les travailleuses et travailleurs du sexe, la communauté queer et les employés de l’hôtellerie et de la restauration.

Pendant la majeure partie de la première moitié du XXe siècle, Montréal s’est forgé une réputation de capitale nord-américaine de la vie nocturne. Les touristes fréquentaient les cabarets, les clubs de jazz et les bars ouverts après les heures légales, et déambulaient dans le quartier du Red Light, où le sexe, les jeux de hasard et l’alcool étaient librement accessibles à toute heure.

Cette permissivité reposait sur un arrangement tacite, mais illégal : policiers, politiciens, tenancières de maisons closes, membres de la pègre, chauffeurs de taxi, artistes et propriétaires d’établissements participaient tous à une économie nocturne protégée.

Au milieu des années 1950, cette tolérance est devenue le point de départ de l’une des plus grandes expansions de l’autorité policière dans l’histoire urbaine canadienne.

Comme je l’examine dans mon livre Montreal After Dark : Nighttime Regulation and the Pursuit of a Global City (pour l’instant disponible en anglais uniquement), les dirigeants politiques de Montréal ont commencé à considérer le contrôle de la vie nocturne non pas comme une question marginale, mais comme un élément central de l’ordre civique et de la modernité. Ce changement a profondément transformé la police, et en retour la société montréalaise et québécoise.

Quand la nuit devient un enjeu de maintien de l’ordre

Dans les années 1940, le service de police de Montréal était déjà surchargé. Les agents faisaient respecter le couvre-feu en temps de guerre, protégeaient les sites industriels et luttaient contre les infections sexuellement transmissibles parmi les soldats et la population civile. La surcharge du service, combinée à de faibles salaires et à un contrôle constant des économies clandestines, créait un terrain propice à la corruption et aux pots-de-vin.

Une brigade de policiers (« l’escouade de la moralité ») — renforcée pendant la guerre en raison des inquiétudes liées à la délinquance — patrouillait dans les théâtres, les bars, les parcs et les lieux fréquentés par les personnes queers ou les jeunes.

Les jeunes femmes étaient fréquemment arrêtées pour comportement « immoral », tandis que les hommes homosexuels étaient piégés et harcelés. La brigade de Montréal ressemblait à ses homologues nord-américaines, notamment à Toronto où le département de la moralité avait été dissous dans les années 1930.

À la recherche d’un nouvel ordre urbain

Pacifique « Pax » Plante, procureur municipal, a alors pris la tête de la brigade. Il a exigé que les agents appliquent des lois longtemps ignorées, en procédant à des descentes dans les maisons closes, les maisons de jeux et les boîtes de nuit longtemps protégées par la police. Sa croisade a mis en péril les partenariats qui soutenaient l’économie nocturne, ce qui a conduit à son licenciement en 1948.




À lire aussi :
Vie nocturne : pourquoi l’étau se resserre autour de la fête à Montréal


Mais la situation était déjà scellée : sa campagne a déclenché l’enquête Caron (1950-1953), qui a révélé l’implication profonde de la police dans la vie nocturne qu’elle devait réglementer.

Pour « assainir » la ville, il fallait plus que du zèle moral. Les réformateurs ont cherché à instaurer un nouvel ordre urbain, centralisant l’autorité, augmentant les budgets et renforçant la formation policière. La surveillance de la vie nocturne est devenue l’une des principales justifications de cette expansion.

Construire une force de police moderne

Deux hommes en robe noire et cravate blanche sur une photo en noir et blanc. » zoomable=
Pacifique Plante, à droite, avec Jean Drapeau, à gauche, qui a été maire de Montréal de 1954 à 1957 et de 1960 à 1986.
(WikiMedia/Le Mémorial du Québec)

Après l’enquête, la Ligue d’action civique de Jean Drapeau a remporté les élections municipales de 1954 avec sa devise, « servir et non se servir », c’est-à-dire rétablir l’honnêteté et l’intégrité à Montréal. Mais pour cela, il fallait reconstruire le Département de police. À cette époque, le Département était important, mais démoralisé, discrédité par des scandales et méprisé par les Montréalais·e·s.

Tout au long des années 1950 et 1960, la Ville a investi massivement dans la professionnalisation de la police. Des consultants européens venus de Londres et de Paris ont réorganisé le service, rationalisé les structures de commandement et introduit de nouvelles normes de formation et de discipline, à l’image de réformes similaires à Chicago et Los Angeles. Des centaines de nouveaux agents ont été recrutés, et les patrouilles de nuit renforcées. Les descentes dans les cabarets, clubs et petits bars sont devenues monnaie courante.

À la fin des années 1960, le budget de la police avait fortement augmenté. Le climat politique à Montréal, marqué par des activités nocturne telles que des manifestations, des marches, des conflits sociaux, des dissensions et la crainte d’activités radicales, a encouragé les élus à poursuivre cette expansion.

La grève des policiers et des pompiers de 1969 a plongé la ville dans une nuit de chaos : pillages, incendies et émeutes. L’administration municipale en a profité pour demander de nouveaux investissements policiers, alimentant ainsi une spirale de croissance budgétaire et d’autorité.




À lire aussi :
Projet Montréal continue d’augmenter le budget de son service de police. Voici pourquoi


Augmentation du budget de la police

Les épisodes de désordre n’étaient pas quotidiens, mais ils créaient un climat où des hausses budgétaires paraissaient indispensables.

Entre le milieu des années 1950 et 1970, le budget de la police de Montréal est passé de 9,6 millions à 49,7 millions de dollars, soit une hausse de plus de 400 %, bien au-delà de l’évolution des dépenses municipales globales.

Pourtant, ce n’est pas l’exceptionnel, mais le quotidien qui occupait la police. Les agents passaient leurs nuits à patrouiller les rues, les parcs, les clubs et les cabarets, appliquant les lois sur la moralité et les règlements municipaux.

Ils ciblaient les travailleurs du sexe, les hommes et les femmes homosexuels et les artistes de scène travaillant après la tombée de la nuit. Les contrôles dans la rue, comme les arrestations pour prostitution, ont façonné le travail quotidien de la police, reliant directement la croissance du service à la gestion de l’espace public nocturne.

La surveillance nocturne — qu’il s’agisse de faire respecter les heures d’ouverture des bars ou de contrôler le travail du sexe dans la rue — s’inscrit dans un projet municipal plus large, qui associe ordre, propreté et sécurité à des ambitions mondiales.

Expo 67, Jeux olympiques de 1976

Femmes vêtues de vestes et de jupes assorties aux couleurs pastel, inspirées du style mod des années 60
Uniformes des hôtesses de l’Expo 67.
(Bibliothèque et Archives Canada), CC BY

Alors que Montréal officialisait sa place sur la scène mondiale, d’abord lors de l’Expo 67 puis lors des Jeux olympiques de 1976, la surveillance de la vie nocturne s’est intensifiée.

Craignant que l’Expo n’attire des travailleuses et travailleurs du sexe ou de petits délinquants, la Ville adopte alors le règlement 3416 interdisant toute fraternisation entre les employés d’établissements servant l’alcool de s’asseoir, de boire ou même de parler avec les clients. La police l’appliquait de manière particulièrement sévère envers les femmes. Des danseuses, chanteuses, serveuses et hôtesses dans des cabarets et clubs de nuit ont été arrêtées pour des interactions mondaines sur leur lieu de travail. Dès lors, ce règlement brouillait la frontière entre le milieu du spectacle et travail du sexe, criminalisant de fait la participation des femmes à l’économie nocturne.

Règlements anti-prostitution

Au début des années 1980, comme d’autres grandes villes canadiennes, Montréal a introduit des règlements dit « anti-prostitution » pour élargir les pouvoirs de la police malgré les limites imposées par la Cour suprême du Canada. Cette politique a conduit à un examen pancanadien du travail du sexe.

Ces mesures ciblaient de manière disproportionnée les femmes, les personnes transgenres et les travailleuses et travailleurs du sexe racisés, qui étaient de plus en plus souvent arrêtés simplement pour se trouver dans des espaces publics la nuit.

À qui appartient la nuit ?

Dans les années 1980, Montréal se présentait comme un centre culturel mondial, avec de grands festivals, des théâtres et une vie nocturne florissante et « respectable ». Cette transformation reposait cependant sur la surveillance policière continue de nombreuses personnes qui avaient historiquement soutenu l’économie nocturne.

Le service de police était devenu l’une des dépenses les plus importantes de la ville, et les interventions nocturnes constituaient l’une de ses activités les plus visibles.

Les conséquences sont encore perceptibles aujourd’hui : les salles indépendantes font face à des plaintes pour nuisance sonore et à des coûts réglementaires accrus, avec la menace de fermeture.

Le récent fonds de soutien aux petites salles mis en place par la Ville apporte un certain soulagement, mais il ne répond pas à la question centrale : qui peut façonner Montréal et ses nuits, et qui est exclu au nom de l’ordre ?


Déjà des milliers d’abonnés à l’infolettre de La Conversation. Et vous ? Abonnez-vous gratuitement à notre infolettre pour mieux comprendre les grands enjeux contemporains.


D’un point de vue nocturne, l’histoire de Montréal — comme celle de nombreuses villes — montre que la « sécurité » n’est jamais neutre. Dès les années 1950, l’augmentation des budgets alloués à la police reposait sur l’idée que la nuit était intrinsèquement indisciplinée et nécessitait un contrôle constant.

Débats sur les droits

Plutôt que d’allouer des ressources aux préoccupations soulevées par le mouvement féministe La rue, la nuit, femmes sans peur ou par les nouvelles organisations queers, la Ville s’est concentrée sur la réglementation morale, un modèle qui visait systématiquement les personnes vivant et travaillant après la tombée de la nuit.

Un groupe de femmes marchant dans les rues, certaines brandissant des pancartes de protestation telles que « no rape » (non au viol) et « a nous la nuit » (la nuit est à nous)
Le mouvement « La rue, la nuit, femmes sans peur » lutte contre les violences sexuelles et revendique le droit des femmes et des personnes de genre divers à se déplacer librement et à profiter de la nuit.
(Howl Arts Collective/Flickr), CC BY

Alors que les villes débattent de la manière de soutenir leur économie nocturne tout en assurant la sécurité de leurs habitants, l’histoire de Montréal rappelle que la façon dont la nuit est gérée détermine qui a le droit d’y appartenir.

Pour les décideurs et les habitants d’aujourd’hui, la leçon est simple : les débats sur la vie nocturne sont aussi des débats sur les droits, l’inclusion et l’utilisation équitable de l’espace public. Des nuits plus sûres ne se construisent pas seulement grâce à la police, mais aussi grâce à l’investissement, à la participation et à la reconnaissance des communautés qui font vivre la ville une fois la tombée de la nuit.

La Conversation Canada

Matthieu Caron ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Sexe, jazz, alcool et jeux : comment Montréal vivait la nuit au XXᵉ siècle – https://theconversation.com/sexe-jazz-alcool-et-jeux-comment-montreal-vivait-la-nuit-au-xx-siecle-272393

It’s a Wonderful Life: A Christmas classic that reflects bigoted ideas about ‘proper’ music in the 1940s

Source: The Conversation – Canada – By James Deaville, Professor of Music, Carleton University

The most memorable musical moments in the film are not by film composer Dimitri Tomkin. (Wikimedia)

Hailed by many critics and movie lovers as a “timeless classic” — and ranking first on the American Film Institute’s list of the 100 most inspiring films of all timeIt’s a Wonderful Life (1946) has found a secure place in the hearts of audiences.

Film poster with illustration of man in a suit lifting a woman in a dress in the air.
1946 poster for ‘It’s a Wonderful Life.’
(Wikimedia Commons)

The story revolves around George Bailey, who sacrifices his personal dreams to support the small community of Bedford Falls. When a financial crisis pushes him to the brink of despair, an angel intervenes and reveals what the town’s life would look like had George never been born.

George is confronted with an alternative reality in what the film frames as a foil city, Pottersville. There, he rediscovers the value of his contributions and returns to Bedford Falls renewed, to what some viewers regard as an outpouring of communal generosity and small-town virtue.

Yet part of the film’s appeal can be attributed to its existential themes about the meaning of life.

The movie’s soundtrack — including contributions by Hollywood composer Dimitri Tiomkin — plays a central role in It’s a Wonderful Life, underscoring problems and tensions beneath the surface. Some depictions of music and sound beg analysis around how these reflect racist ideas about “proper” musical, social and community norms.

Film origins

The film began its life as a short story called The Greatest Gift (1939). Film studio RKO bought the story in 1944 and sold it to director Frank Capra’s new company, Liberty Films, in 1945.

Portrait black and white photo of man in shirt and tie.
Director and producer Frank Capra.
(Wikimedia Commons)

A team of writers — including Capra himself — rewrote the script and set to work on getting Jimmy Stewart, earlier cast in two of Capra’s pre-war films, to star.

Just back from serving in the Second World War, Stewart was reluctant, not least because of what was then known as shellshock and is now called post-traumatic stress disorder from his wartime experiences. Capra successfully coaxed Stewart into taking the role.

It’s a Wonderful Life was intended for release in January 1947, but the studio moved up the premiere to Dec. 20 in order to qualify for the 1946 Academy Awards.

The film’s success came after early scrutiny. An FBI agent attended an early screening and found the film undermined the institution of banking and advanced notions of a demoralized public, but the bureau decided not to pursue prosecution.

The fact that the film was neither a financial nor a critical success upon release is well known.

Less often acknowledged is that, owing to a clerical failure to file the necessary copyright renewal, the film slipped into the public domain, ensuring decades of holiday broadcasts that ultimately recast it as a Christmas icon.

Musical score

Black and white photo of man in shirt and tie.
Film composer Dimitri Tiomkin.
(Wikimedia Commons)

Tiomkin had already worked with Capra on several film projects, including Lost Horizon (1937) and Mr. Smith Goes to Washington (1939), as well as providing music for the director’s Why We Fight series (1942-1945).

Capra’s selection of Tiomkin for It’s a Wonderful Life is not surprising, yet little of his score remains in the final film.

Tiomkin had composed a full set of cues, which the movie condenses to about 25-30 minutes in a 130-minute run time. Tiomkin’s original cues bear such titles as “Death Telegram” and “George Is Unborn,” and are available on a 2014 recording consisting of 28 tracks.

Memorable musical moments

However, the most memorable musical moments in the film aren’t Tiomkin’s. Instead, they involve citations of well-known traditional and holiday favourites including Twinkle, Twinkle, Little Star, Auld Lang Syne, Silent Night, Adeste Fidelis as well as the folk song Buffalo Gals,“ arranged by Tiomkin, and the popular jazz composition, The Charleston by James P. Johnson.

The film score emerges as choppy and highly varied, not only because of Capra’s cuts, but also by his tracking in cues from other movies. Alfred Newman’s Hallelujah from the Hunchback of Notre Dame (1939) is heard as George jubilantly runs down the main street of Bedford Falls.

‘It’s a Wonderful Life’ trailer.

The Gregorian chant “Dies Irae” from the 13th century Mass for the Dead is heard when George — on the bridge — changes his mind about dying.

Tiomkin never worked with Capra again.

Race, music and community

A key concerning aspect to the music heard in It’s a Wonderful Life revolves around the portrayal of Black musical forms and practitioners.

Capra’s known racism against Blacks, consistent with racist discourses and practices of the era, is reflected in how jazz and other Black musical forms appear and are framed.

In the iconic Bedford falls dance, the band plays three songs, including
African American pianist and composer Johnson’s “Charleston,” which is performed by a white band.

As American journalism professor Sam Freedman notes in a podcast on whiteness and racism in America, the town features predominantly white citizens apart from a stereotypical depiction of a Black housekeeper in the Bailey family.




Read more:
I am not your nice ‘Mammy’: How racist stereotypes still impact women


The sounds of Pottersville

Music is essential to how the dystopian town, Pottersville, is imagined during George’s manic episode.

There, Black jazz reigns supreme, symbolized by the onscreen performance of unrecognizable music by Meade Lux Lewis, a pioneering and acclaimed composer and boogie woogie pianist.

In the uncredited performance, Lewis is at the keyboard wearing a derby and smoking a stogie. He appears in Nick’s Bar, which the screenwriters describe as “a hard-drinking joint, a honky-tonk … People are lower down and tougher.”

Outside the bar, we hear the fragmented strains of jazz from the dive bar pouring into the town’s main street.

Outside the bar, George bumps into Bedford Falls characters who are, in this alternate setting, destitute and desperate. The quaint main street is overrun by nightclubs and full of bright lights. Through Pottersville, the film projects a sense of moral degradation.

While negatively portraying jazz practised by Black artists, the film simultaneously draws upon and appropriates Black musical forms as necessary and key to popular American life but in a white-controlled version.

Not-so-idyllic Bedford Falls

Despite Capra’s attempt at a happy ending, in the not-so-idyllic Bedford Falls, George is not fully aware of the malicious meddling of a rich, white citizen of Bedford — Henry F. Potter — which catalyzed his financial problems.




Read more:
The dystopian Pottersville in ‘It’s a Wonderful Life’ is starting to feel less like fiction


George awakens from his Pottersville reverie to re-commit to small-town life. While some viewers see the ending as affirming community, the film also keeps George partly ignorant of how the forces of inequity are actually operating in his largely white community.

Maybe we can appreciate the film on a deeper level, when we consider its varied and competing narratives around music, race, class and belonging.

The Conversation

James Deaville receives funding from SSHRC.

ref. It’s a Wonderful Life: A Christmas classic that reflects bigoted ideas about ‘proper’ music in the 1940s – https://theconversation.com/its-a-wonderful-life-a-christmas-classic-that-reflects-bigoted-ideas-about-proper-music-in-the-1940s-270740

The climate insurance gap is widening, and it’s leaving marginalized Canadians behind

Source: The Conversation – Canada – By Anne E. Kleffner, Professor, Risk Management and Insurance, University of Calgary

Every year, extreme weather events wreak havoc across Canada, disrupting the lives of tens of thousands. Financial losses from these events have surged, surpassing $7 billion in 2024, due in part to climate change, asset accumulation and more people living in high-risk areas.

Evidence from Canada, the United States and Europe shows that weather-related disasters aren’t experienced equally. The people hardest hit are often those with the fewest resources to cope.

Lower-income and marginalized populations face greater exposure, have fewer resources to prepare or recover and incur a higher proportion of losses not covered by insurance.

Even if they are insured, many people have difficulty covering the deductible because they lack emergency savings. This means damage is not repaired, people live in unsafe or unhealthy conditions and the financial and personal risk of future events is increased.

Insurance helps households recover and can prevent them from falling — or falling deeper — into poverty after a disaster. But across Canada, insurance is becoming costlier and, in some places, harder to get. Between 2019 and 2023, average home insurance premiums rose by 21 per cent overall. For lower-income Canadians, that increase was 40 per cent.

A widening protection gap

Canada’s growing insurance protection gap is a serious concern, and it’s widening at a time when weather-related disasters are becoming more frequent and more severe.

When households are uninsured, losses can strain household budgets and leave people unable to meet their basic needs. As extreme weather escalates, so does the likelihood that more families will find themselves unable to recover.

Affordability is the primary driver of the protection gap, but it is not the only one. Many Canadians do not understand the benefits of insurance, or underestimate the probability and cost of suffering a loss.

Accessibility to insurance is also a challenge, especially in remote areas where it is usually purchased in person. While the growth of digital purchasing channels helps, it is not a solution for those without reliable internet or sufficient digital skills.

Finally, the market itself does not always meet the needs of low-income or otherwise marginalized groups. There is a lack of insurance products designed for these groups, leaving many without the protection they need.

Strengthening community resilience

Better insurance options, stronger investments in mitigation and better support for consumers can help reduce inequities and strengthen resilience.

Community-level mitigation is a good starting point. Land-use planning that steers development away from high-risk areas can prevent future losses. Programs like FireSmart, which reduces wildfire losses, and infrastructure designed for a changing climate also help limit damage as severe weather becomes more frequent.




Read more:
Too little, too late? The devastating consequences of natural disasters must inform building codes


National assessments show that making housing more resilient reduces exposure for lower-income and marginalized households that are more likely to live in older or poorly maintained homes, putting them at greater risk.

While major retrofits can be costly, even small upgrades such as improving drainage, installing backwater valves or fire-resistant materials can help prevent damage. Many municipalities provide targeted subsidies and incentive programs that support these upgrades, particularly for households facing greater financial constraints.

Making hazard information easier to find and understand can also help ensure no one is left behind when disasters strike. Many Canadians lack clear information about the hazards they face and how to prepare for them. Some residents, including newcomers and seniors, may face barriers in accessing or acting upon available information.

Finally, community supports can further strengthen resilience. People with strong social ties and access to community organizations recover more quickly after disasters. Programs that build local networks and support neighbourhood groups can help accomplish this at a relatively low cost.

Closing the protection gap

A critical step in reducing the unequal impacts of weather-related hazards is closing Canada’s insurance protection gap. Microinsurance is one promising solution, and these simplified, low-cost policies can provide basic protection at a fraction of the cost for households that cannot afford traditional coverage.

Embedded tenant insurance — automatically included when renters sign a lease — is another approach that ensures basic coverage.

Digital tools, such as mobile-friendly sign-up platforms and plain-language policy explanations, can reduce barriers for those who struggle with technology.

Public support for income-tested premium subsidies or credits can bring essential coverage within reach for low-income households, while community-based catastrophe insurance — where local governments or community groups arrange coverage on behalf of residents — offers another option.

While Canadians can’t stop extreme weather, we can work together to prevent it from worsening inequality. Increasing awareness, reducing losses, closing insurance gaps and building resilience are key to protecting those at greatest risk.

The Conversation

Derek Cook is the Director of the Canadian Poverty Institute that receives funding from The Co-operators Insurance Company. The Canadian Poverty Institute is also a partner with The Resilience Institute on a collaborative project that is funded by the Canada Mortgage and Housing Company (CMHC).

Mary Kelly has received funding from Finance Canada and the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada. She is also on the board of directors of Heartland Mutual Insurance Company.

Anne E. Kleffner does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The climate insurance gap is widening, and it’s leaving marginalized Canadians behind – https://theconversation.com/the-climate-insurance-gap-is-widening-and-its-leaving-marginalized-canadians-behind-270417

How to protect your well-being, survive the stress of the holiday season and still keep your cheer

Source: The Conversation – Canada – By Joanna Pozzulo, Chancellor’s Professor, Psychology, Carleton University

The holidays can be filled with joy and positive emotion, but they can also be a time when stress is in overdrive. To-do lists can be long, with little time for personal well-being.

Approximately 50 per cent of Canadians report December as being the most stressful month of the year, with women 40 per cent more likely to experience holiday stress due to pressure to manage holiday preparations. Over the holiday season, women report changes in sleep quality, dietary choices and mental health.

Although financial concerns are common over the holiday season, this year a significant number of Canadians are feeling an even greater strain with rising costs and job insecurity. Two-thirds of Canadian parents are concerned about managing costs over the holidays.

People may also experience family strain and conflict over the holidays, giving rise to feelings of loneliness and sadness. Past family dynamics may be triggering and open up old wounds. Changes in family composition may be felt more during the holidays. Grief over loss can also be intensified.

Identifying evidence-based strategies and using them to support your well-being is critical to experiencing the holiday season at its best. For example, writing a to-do list before bed can reduce worry and increase the speed of falling asleep.

Learning to regulate emotional stress

Holidays can increase the intensity of emotions, both positive and negative. Learning about emotional regulation, which involves being able to respond to experiences in adaptive ways, is important.

Cognitive reframing, where you consider the alternative perspectives of a situation, can be a helpful method for reducing the impact of negative emotions.

It requires considering whether there are alternative explanations for a seemingly negative or ambiguous situation. Less offensive interpretations can help regulate negative emotions. In this way, cognitive reframing can reduce stress, improve emotional resilience and help manage anxiety by shifting negative thought patterns into more positive ones.

Sleep matters more during holidays

Approximately 25 per cent of Canadian workers engage in some form of shift work, making healthy sleep habits particularly difficult. With ever-growing to-do lists during the holidays, cutting back on sleep to fit everything in can seem like a good idea.

However, getting sufficient, quality sleep can promote heart health and help with memory and cognitive functioning. It can also lower cortisol levels (a key stress hormone).

Practise good sleep hygiene, defined as a set of habits that promote sound sleep, such as maintaining a consistent sleep schedule and an environment free of distractions.

It can be challenging, but it’s essential to reducing irritability and helping you remember the items on your to-do list.

Eating mindfully amid indulgence

Decadent desserts and specialty treats are usually found in abundance during family gatherings and holiday work parties. Although it may be difficult to always make healthier choices during the holidays, try engaging in mindful eating.

Mindful eating can decrease stress hormones as well as promote self-compassion by reducing the negative judgment around food choices.

Be aware of what you are consuming (and how much) to help you make decisions that are consistent with your longer-term goals.

Disrupted routines and staying active

Physical activity can improve mood, decrease stress and increase energy levels. Engaging in some activity most days can support mental health.

Exercise can have a significant impact on your well-being by increasing serotonin and dopamine, two neurotransmitters that are important for a positive mood. Physical exercise can also improve self-esteem, helping you tackle stressful situations as well as lowering your anxiety levels.

The holidays can disrupt exercise routines, with fewer opportunities for longer workouts. Opt for brief (10-minute) and more frequent workouts (twice a day) to maintain the benefits that physical activity can have on your well-being.

The restorative effect of solitude

Burnout from childcare and eldercare is reported by almost 50 per cent of working mothers.

Finding some time for yourself can seem impossible, even though research demonstrates that spending some time on your own can help recharge your emotional and cognitive batteries. When preparing for busy holiday gatherings, spend some time away from everyone to feel calmer, refreshed and revitalized.

This can help calm your nervous system and recharge your mental capacity for challenges ahead.

Although the optimal amount of alone time each person needs will vary, 15 minutes a day can be restorative. During this “me time,” choose activities that you look forward to, find meaning in and find satisfying (such as reading, knitting or going on a walk.)

Strengthening family and social ties

Approximately two million Canadian seniors aged 65 and older live alone, with almost 20 per cent experiencing loneliness. Good relationships can increase our happiness, health and longevity, which makes the holidays a great opportunity to reconnect with loved ones.

Spending time with others can foster belonging and purpose, which in turn can reduce the body’s inflammation and illness risk.

Family dynamics, however, can be complex. Approximately 34 per cent of Canadians report some sort of family dispute. If relationships are strained, consider keeping the interactions brief.

If connecting with others isn’t possible, short conversations with strangers also can improve well-being. Striking up a conversation while waiting for your coffee order can be help decrease loneliness and improve mood.

Be flexible and manage expectations

Holiday traditions and rituals can be important for our happiness and well-being. They provide a sense of belonging, comfort and joy.

Rituals can also provide a sense of control through predictable actions and behaviour which in turn can help strengthen social bonds.

Consider creating new traditions that are consistent with your current situation to increase wellness. Be sure to manage your expectations for the holidays, however, as others may have different priorities.

By having a flexible mindset — the ability to adapt thinking and behaviour to new information or circumstances — you can reduce stress and decrease disappointment, allowing you to maintain a positive outlook for the holidays.

For more evidence-based books and strategies for the new year, join my Reading for Well-Being Community Book Club. Have a happy and healthy holiday!

The Conversation

Joanna Pozzulo receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council.

ref. How to protect your well-being, survive the stress of the holiday season and still keep your cheer – https://theconversation.com/how-to-protect-your-well-being-survive-the-stress-of-the-holiday-season-and-still-keep-your-cheer-270765

Climate misinformation is becoming a national security threat. Canada isn’t ready for it.

Source: The Conversation – Canada – By Sadaf Mehrabi, Postdoctoral Research Associate, Environmental Engineering, Iowa State University

When a crisis strikes, rumours and conspiracy theories often spread faster than emergency officials can respond and issue corrections.

In Canada, social media posts have falsely claimed wildfires were intentionally set, that evacuation orders were government overreach or that smoke maps were being manipulated. In several communities, people delayed leaving because they were unsure which information to trust.

This wasn’t just online noise. It directly shaped how Canadians responded to real danger. When misinformation delays evacuations, fragments compliance or undermines confidence in official warnings, it reduces the state’s ability to protect lives and critical infrastructure.

At that point, misinformation is no longer merely a communications problem, but a national security risk. Emergency response systems depend on public trust to function. When that trust erodes, response capacity weakens and preventable harm increases.

Canada is entering an era where climate misinformation is becoming a public-safety threat. As wildfires, floods and droughts grow more frequent, emergency systems rely on one fragile assumption: that people believe the information they receive. When that assumption fails, the entire chain of crisis communication begins to break down. We are already seeing early signs of that failure.

This dynamic extends far beyond acute disasters. It also affects long-running climate policy and adaptation efforts. When trust in institutions erodes and misinformation becomes easier to absorb than scientific evidence, public support for proactive climate action collapses.

Recent research by colleagues and me on how people perceive droughts shows that members of the public often rely on lived experiences, memories, identity and social and institutional cues — such as environmental concerns, perceived familiarity and trust — to decide whether they are experiencing a drought, even when official information suggests otherwise.

These complex cognitive dynamics create predictable vulnerabilities. Evidence from Canada and abroad documents how false narratives during climate emergencies reduce protective behaviour, amplify confusion and weaken institutional authority.

Tackling misinformation

Canada has invested billions of dollars in physical resiliency, firefighting capacity, flood resiliency and energy reliability. In addition, the Canadian government also recently joined the Global Initiative for Information Integrity on Climate Change to investigate false narratives and strengthen response capacity.

These are much needed steps in the right direction. But Canada still approaches misinformation as secondary rather than a key component of climate-risk management.

That leaves responsibility for effective messaging fragmented across public safety, environment, emergency management and digital policy, with no single entity accountable for monitoring, anticipating or responding to information threats during crises. The cost of this fragmentation is slower response, weaker co-ordination and greater risk to public safety.

Canada also continues to rely heavily on outdated communication mediums like radio, TV and static government websites, while climate misinformation is optimized for the social-media environment. False content often circulates quickly online digitally, with emotional resonance and repetition giving it an advantage over verified information.

Research on misinformation dynamics shows how platforms systematically amplify sensational claims and how false claims travel farther and faster than verified updates.

Governments typically attempt to correct misinformation during emergencies when emotions are high, timelines are compressed and false narratives are already circulating. By then, correction is reactive and often ineffective.

Trust cannot be built in the middle of a crisis. It is long-term public infrastructure that must be maintained through transparency, consistency and modern communication systems before disasters occur.

Proactive preparedness

Canada needs to shift from reactive correction to proactive preparedness. With wildfire season only months ahead, this is the window when preparation matters most. Waiting for the next crisis to expose the same weaknesses is not resilience, but repetition.

We cannot afford another round of reacting under pressure and then reflecting afterwards on steps that should have been taken earlier. That shift requires systemic planning:

  • Proactive public preparedness: Federal and provincial emergency agencies should treat public understanding of alerts, evacuation systems and climate risks as a standing responsibility, not an emergency add-on. This information must be communicated well before disaster strikes, through the platforms people actually use, with clear expectations about where authoritative information will come from.

  • Institutional co-ordination: Responsiblity for tackling climate misinformation currently falls between departments. A federal-provincial co-ordination mechanism, linked to emergency management rather than political communications, would allow early detection of misinformation patterns and faster response, just as meteorological or hydrological risks are monitored today.

  • Partnerships with trusted messengers: Community leaders, educators, health professionals and local organizations often have more credibility than institutions during crises. These relationships should be formalized in emergency planning, not improvised under pressure. During recent wildfires, community-run pages and volunteers were among the most effective at countering false claims.

We cannot eliminate every rumour or every bit of misinformation. But without strengthening public trust and information integrity as core components of climate infrastructure, emergencies will become harder to manage and more dangerous.

Climate resilience is not only about physical systems. It is also about whether people believe the warnings meant to protect them. Canada’s long-term security depends on taking that reality seriously.

The Conversation

Sadaf Mehrabi does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Climate misinformation is becoming a national security threat. Canada isn’t ready for it. – https://theconversation.com/climate-misinformation-is-becoming-a-national-security-threat-canada-isnt-ready-for-it-271588