Cómo era el universo antes del universo: del vacío cuántico a las galaxias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Hay una pregunta incómoda para la que podemos aventurar una explicación: ¿qué había antes del Big Bang? Aquí emprendemos el camino más largo posible, de las fluctuaciones cuánticas hasta las galaxias.

Algo ocurrió antes, preparando el escenario de esa fase caliente que conocemos como el Big Bang. Los albores del cosmos, antes de que surgiera el universo conocido, pueden parecer poco interesantes: todas las regiones eran extraordinariamente similares, lo que llamamos homogeneidad. No había diferencias apreciables entre puntos cercanos o lejanos. Desde un punto de vista estadístico, las variaciones eran mínimas. Una serenidad aparentemente absoluta. Pero ese comienzo estaba lejos de ser trivial. De aquella uniformidad casi perfecta, surgieron cambios profundos.

Antes de la etapa caliente (que llamamos Big Bang) debió ocurrir algo que preparó el terreno y dejó al universo listo para evolucionar de la manera en que lo hizo después. Una distribución de materia inmensamente rica que dio lugar a estrellas, galaxias, cúmulos, filamentos y vacíos. La pregunta central de la cosmología moderna puede formularse así: ¿por qué ese inicio aparentemente simple contenía ya las semillas de toda la estructura posterior del universo?

El invierno cósmico

En el plasma primordial, la serenidad no era como se cuenta. Por eso, si preguntamos a la cuántica si el vacío está vacío, responderá que no es así. Ese plasma estaba formado por partículas que chocaban entre sí e interactuaban. Una nada llena de acción. En ese plasma eran frecuentes las transformaciones entre partículas, algo de lo que se encarga la interacción débil, una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza, la que cambia el sabor de las cosas.

Y el universo se expandía. Cuanto más lo hacía, esas partículas tenían menos oportunidad de interaccionar entre ellas y, aceleradamente, bajaba el ritmo de las colisiones. Apenas un segundo después de que se iniciara la expansión del universo, quedaron congeladas. La feliz consecuencia de aquel invierno cósmico fue que los neutrinos se desacoplaron del plasma y comenzaron a propagarse libremente. Estos neutrinos son, a día de hoy, candidatos a encerrar el secreto de por qué el universo está hecho principalmente de materia y no de antimateria.

Mucho más tarde, unos 380 000 años después, se desacoplaron los fotones y el plasma se volvió transparente. Los fotones comenzaron a viajar casi sin obstáculos. Son los que hoy observamos como radiación de fondo de microondas, el remanente del principio del universo visible. Así fue como se hizo la luz en el cosmos.

El Big Bang caliente describe con gran precisión esta etapa en la que el universo ya era lo bastante frío y diluido como para estar gobernado por una física bien conocida. Pero, como hemos visto, antes ocurrieron pequeñas grandes cosas.

La inflación

Esa etapa previa fue un periodo de expansión del espacio-tiempo acelerada, que duró una fracción de segundo, y que llamamos inflación. No es un añadido que cumpla una función de adorno, sino el marco que hace comprensible el propio Big Bang caliente. La inflación explica no solo la homogeneidad que hoy se observa en el universo, sino también la geometría espacial casi plana y la existencia de pequeñas perturbaciones capaces de crecer por efecto de la gravedad.

Podemos imaginar la inflación como el efecto de un campo que llena todo el espacio, que evoluciona lentamente y que va perdiendo energía. La intensidad de su energía determina el ritmo de expansión del universo, más o menos acelerada. Pero hay más. La energía no solo estira la lámina; también la deforma, como si creara ondulaciones suaves e imperceptibles. Esa curvatura guía cómo se mueve y se agrupa la materia. La inflación no solo hace crecer el universo, también prepara el relieve que más tarde permitirá formar galaxias y estructuras cósmicas.

Lo hermoso de la inflación, o al menos lo llamativo, es que estira, por así decirlo, las perturbaciones primordiales que surgen en ese plasma energético primordial, estira las fluctuaciones cuánticas ineludibles de los campos que gobiernan el universo. ¿Qué quiere decir esto?

La gravedad y lo que ya existe

Según la física cuántica, en un campo (como lo fue ese plasma primordial) hay variaciones mínimas, aleatorias, en la densidad de energía en puntos específicos. En el universo primitivo, estas fluctuaciones eran minúsculas y ocurrían a una escala subatómica.

Durante la fase de inflación cósmica, el universo experimentó una expansión exponencial extremadamente rápida. Esto estiró las fluctuaciones cuánticas que pasaron de ser de escalas microscópicas a escalas mucho mayores, incluso tan grandes como el propio universo. Las sacó del mundo de lo microscópico y las convirtió en variaciones de densidad a gran escala.

Una vez que estas fluctuaciones se hicieron macroscópicas, se convirtieron en pequeñas variaciones de densidad en la materia. Y cuando la materia entró en juego, el terreno estaba listo para que actuara la gravedad.

Bajo la influencia de la gravedad, estas variaciones de densidad crecieron y formaron las estructuras cósmicas que vemos hoy, como galaxias y cúmulos de galaxias. El hecho de que la materia se organizara de esta manera permitió que existieran regiones con la densidad suficiente para formar estrellas y sistemas planetarios, en lugar de ser un espacio vacío y uniforme.

La existencia de fluctuaciones surgidas del azar cuántico representa la condición mínima para que exista cualquier estructura a escalas mayores, la que permite que haya historias que contar.

Sabemos que existieron esas perturbaciones primordiales porque, afortunadamente, dejaron trazas distintivas en la radiación cósmica de fondo, fósiles de las pequeñas irregularidades de origen cuántico que surgieron cuando el universo era todavía casi homogéneo.

La huella cuántica del universo primitivo

Tradicionalmente, el estudio del universo se centraba en cómo la gravedad atrae a la materia para formar estructuras. Sin embargo, hoy buscamos algo más profundo: la osadía de detectar, de forma indirecta pero rigurosa, la huella cuántica del universo primitivo, el origen de las fluctuaciones primordiales. La gravedad solo actúa sobre lo que ya existe. Pero la idea no es solo poder aseverar la existencia de un pasado cuántico, sino predecir sus consecuencias. La naturaleza probabilística de esa etapa cuántica fue responsable de que la materia se organizara, y de que lo hiciese de maneras concretas.

Mientras esperamos la consecución del reto intelectual de unir la gravedad con el resto de interacciones de la naturaleza, al menos avanzamos en comprender de qué manera cooperaron para crear un universo, un lugar donde pudieran surgir entes capaces de abordar esa búsqueda.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


The Conversation

Ruth Lazkoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Cómo era el universo antes del universo: del vacío cuántico a las galaxias – https://theconversation.com/como-era-el-universo-antes-del-universo-del-vacio-cuantico-a-las-galaxias-283310

“Ver” con la piel: el enigma visual de pulpos, sepias y calamares

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

Un gran pulpo azul o pulpo del día (_Octopus cyanea_) camuflado en el fondo marino del litoral de Bali. Stergios Vasilis/Shutterstock

Un pulpo cambia de color en milisegundos y se mimetiza con el fondo rocoso. Una sepia despliega franjas iridescentes durante el cortejo. Un calamar transmite señales a sus congéneres, mientras permanece invisible para el pez que lo acecha a dos metros. Todo esto ocurre en animales que, según la evidencia acumulada durante décadas, solo son técnicamente capaces de ver en blanco y negro. El problema no es menor: si no distinguen los colores, ¿para qué los producen con tanta precisión?

Esta paradoja intriga a los biólogos desde los años setenta. Las respuestas que se van acumulando son más extrañas que la pregunta original.

Lo que sabemos con certeza: un solo pigmento

La base del asunto es simple y está bien establecida. Los ojos de los cefalópodos –pulpos, calamares y sepias– contienen un único tipo de proteína fotosensible, lo que, en términos clásicos, equivale a ver en blanco y negro. No hay debate sobre este punto. La retina de un pulpo tiene fotorreceptores con un solo pigmento visual, cuya sensibilidad máxima se sitúa en torno a los 490 nanómetros –el azul-verde– y nada más.

Los vertebrados percibimos el color porque tenemos tres tipos de conos, cada uno sensible a una longitud de onda distinta; la comparación simultánea de sus señales genera la percepción cromática. Los cefalópodos no disponen de ese mecanismo.

Los experimentos conductuales lo confirman: cuando se presentan a la sepia común (Sepia officinalis) objetos de distintos colores pero del mismo nivel de gris, los animales son incapaces de distinguirlos. Si pudieran ver el color, discriminarían. No lo hacen.

La sepia común es una de las especies de sepia más grandes y conocidas.
Parque Natural de la Arrábida (Portugal)., CC BY-SA

La paradoja: el camuflaje que no debería funcionar

Entonces surge lo inexplicable. ¿Por qué exhiben colores tan elaborados si no pueden verlos? ¿Por qué se arriesga un macho a mostrar su coloración brillante en un despliegue de cortejo si la hembra no puede apreciarla y, en cambio, sí puede verla el pez que lo acecharía?

El camuflaje es aún más perturbador. Estos animales consiguen igualar el color del fondo con una precisión que deja perplejos a los ópticos. En teoría, lo hacen sin poder ver el color de aquello que imitan. Algo no cuadra.

Primera hipótesis: aberración cromática y pupilas extravagantes

En 2016, Alexander Stubbs, estudiante de posgrado en Berkeley, y su padre Christopher Stubbs, astrofísico en Harvard, publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences una hipótesis que reencuadró el debate.

El mecanismo propuesto se basa en una propiedad óptica que los fotógrafos consideran un defecto: cuando la luz atraviesa una lente, los distintos colores no se enfocan exactamente en el mismo punto. El azul se enfoca un poco antes que el rojo. En las cámaras, esto produce halos indeseables. En el ojo de un cefalópodo, podría estar la clave de todo.

La pupila de estos animales –en forma de W en las sepias, de mancuerna en los pulpos, de U en los calamares– permite que la luz entre al ojo desde múltiples ángulos simultáneamente. Combinado con la ausencia de corrección de la aberración cromática, que sí existe en los ojos de los vertebrados, haría que el desenfoque varíe según el color del objeto observado: al desplazar el foco, el animal podría deducir el color a partir de cuándo y cómo se desenfoca la imagen.

Los autores construyeron un modelo computacional del ojo del pulpo Octopus australis y demostraron que el sistema funciona sobre el papel. El diseño pupilar de los cefalópodos parece optimizado casi exclusivamente para maximizar este efecto de franjeado cromático.

El problema es que solo sigue siendo una hipótesis. Ningún experimento con animales vivos ha demostrado aún que el cerebro del cefalópodo procesa esas señales de aberración cromática –distorsión óptica provocada por la imposibilidad de una lente para enfocar todos los colores en un único punto de convergencia– como información de color.

Segunda hipótesis: ver con la piel

Aquí es donde la biología de los cefalópodos abandona definitivamente el territorio de lo ordinario.

La piel de la sepia Sepia officinalis contiene transcritos de opsinas, las proteínas fotosensibles que normalmente están confinadas a los ojos, con expresión génica detectada en aleta y piel ventral.

En el calamar Doryteuthis pealeii, un estudio del Marine Biological Laboratory de Woods Hole (Estados Unidos) demostró la presencia en la piel de rodopsina, retinocromo y otros componentes completos de la cadena de fototransducción, localizados específicamente en los cromatóforos, los órganos pigmentarios responsables del cambio de color.

En el pulpo Octopus bimaculoides se ha documentado una vía de activación de cromatóforos por la luz, mediada por opsinas en la piel y funcional con independencia del cerebro.

¿Qué significa esto? Que la piel de estos animales podría detectar directamente la longitud de onda dominante del entorno y ajustar el patrón de coloración sin necesidad de procesar esa información a través de los ojos. No es que el pulpo vea con la piel en el sentido en que nosotros vemos: los fotorreceptores cutáneos solo detectan la presencia o ausencia de luz, pero, como responden a longitudes de onda específicas, podrían proporcionar información espectral local que complementa la visión central.

Otro trabajo reciente con Octopus vulgaris ha extendido estos hallazgos a lóbulos ópticos, ventosas y piel. La evidencia molecular se acumula; la demostración funcional directa, todavía no.

El problema central sin resolver

Los cefalópodos son técnicamente incapaces de ver el color por los mecanismos que conocemos. Al poseer un solo fotopigmento retinal, son incapaces de discriminar colores cuando tienen el mismo brillo. Pero, probablemente, obtienen información espectral del ambiente por vías que aún no comprendemos del todo. La paradoja sigue en pie, aunque sus contornos se han vuelto mucho más interesantes.

Que un animal produzca camuflajes cromáticos precisos sin disponer, en principio, de los mecanismos para percibir el color no es una curiosidad menor. Es el problema central sin resolver de la biología visual marina.

Un animal con un solo pigmento visual, una piel que quizás detecta el color por sí misma y una capacidad de camuflaje que los ingenieros llevan décadas intentando imitar: la pregunta de si ven o no el color empieza a parecer demasiado simple para la respuesta que merece.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. “Ver” con la piel: el enigma visual de pulpos, sepias y calamares – https://theconversation.com/ver-con-la-piel-el-enigma-visual-de-pulpos-sepias-y-calamares-284568

Un retrato de Granada de hace cuatro siglos: ¿realidad o invención?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Pita Galán, Científico Titular, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

El 16 de diciembre de 1668 Cosme de Médici, príncipe de la Toscana, y su séquito llegaban a Granada. Llevaban meses viajando por España, en un periplo donde el futuro gran duque pretendía conocer los países de su entorno. Su intención: establecer estrategias de futuro en sus relaciones diplomáticas y comerciales.

En este itinerario por la península ibérica, Granada constituía una parada obligada. Su pasado islámico y la gestión política, cultural y religiosa iniciada por los Reyes Católicos tras la conquista de la ciudad la hacían muy atractiva a ojos de los extranjeros.

Portada de la edición del Viaje de Cosme III de Médici por España y Portugal

Miraguano Ediciones

La estancia del príncipe y sus hombres quedó registrada en la crónica oficial del viaje, escrita por el diplomático Lorenzo Magalotti, un magnífico documento histórico y artístico conservado en la Biblioteca Laurenciana de Florencia.

Gracias a ella sabemos que la llegada a la ciudad se produjo de noche y con discreción. Su alojamiento granadino fue el convento de San Francisco y durante su estancia visitaron los principales edificios de la ciudad: la Alhambra, la Catedral y la Capilla Real, los monasterios de la Cartuja, San Jerónimo y del Sacromonte, los conventos de los jesuitas y de los dominicos y la basílica de las Angustias.

También recorrieron espacios todavía hoy emblemáticos como la calle Zacatín, la alcaicería, la plaza de la Bib-rambla, la Carrera de la Virgen y Plaza Nueva. Y mencionan edificios vistos desde el exterior como el palacio de la Chancillería, las Torres Bermejas o el desaparecido Castillo de Bibataubín.

Una mirada italiana

Según el texto, Granada les provocó sensaciones desiguales. Alabaron su ubicación y paisajes, describiendo la ciudad y su entorno como el lugar más bello, delicioso, encantador y poblado de España. Desde el punto de vista económico destacaron su industria textil y la fertilidad de la vega granadina. De su patrimonio señalaron la presencia de dos colegiatas, las iglesias y conventos de las órdenes mendicantes, además de la Alhambra y la Catedral.

Sin embargo, consideraron que la pobreza de los materiales de construcción y la estrechez y suciedad de las calles le restaban belleza.

Las impresiones sobre los monumentos granadinos reflejan el sesgo cultural de los italianos. Alaban edificios clasicistas como la Catedral, de la cual dicen que será uno de los edificios más bellos y nobles de España una vez que esté terminada; o el convento dominico de Santa Cruz, cuyo claustro es de las pocas que califican de bellísimas.

Pero la arquitectura “a la morisca” de la Alhambra no sólo no parece impactarles, sino que desprecian la abstracción de sus formas y proporciones anticlásicas. Describen la combinación de azulejos de colores a modo de zócalo, el uso de estucos con decoración de “arabescos” mezclados con caracteres árabes en los muros, y las techumbres de madera de formas diversas.

De lugares emblemáticos como el Patio de los arrayanes sólo mencionan el estanque y el mirto, cuya especie (el arrayán) es diferente a la conocida en Italia. De la sala de los Abencerrajes, la cúpula de mocárabes, la fuente central y su leyenda. Y del Patio de los leones, que se cierra mediante columnas “de imperfecta arquitectura” y que la fuente central está sostenida por leones “mal formados”.

Ante esta percepción no es de extrañar que lo más alabado del palacio fuera la decoración de las estancias construidas por Carlos V, especialmente la Sala de las frutas.

La vista de Granada

La crónica oficial del viaje se complementa con un conjunto de vistas panorámicas de los lugares transitados por los toscanos que salieron de los pinceles de Pier María Baldi.

El pintor viajó junto al príncipe tomando bocetos preparatorios que completaría meses más tarde en Florencia. Se trataba de un trabajo veloz en el que el artista debía capturar la esencia del lugar reflejando su entorno geográfico, perfil (lo que hoy llamamos skyline) y las características esenciales de sus principales edificios.

Baldi dispuso de dos jornadas para tomar los apuntes que le permitieron componer una de las vistas modernas más hermosas de Granada. Siguiendo el patrón marcado para unificar estos paisajes, la vista se realiza, aparentemente, desde un punto alejado de la localidad, pero situando en las inmediaciones del camino seguido por los italianos en su llegada a la ciudad.

En ella se pueden distinguir 23 edificios significativos, muchos de los cuales se conservan en la actualidad. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, el monasterio de la Cartuja, el Hospital Real, el convento de Santa Paula, Puerta Monaita, la Alhambra, las Torres Bermejas, la Catedral o el monasterio de San Jerónimo.

Sin embargo, las panorámicas de Baldi nunca responden a un único punto de vista. Se elegía un lugar desde el que se recomponían los elementos principales de la geografía de la ciudad –en este caso las colinas sobre las que se desarrolla la ciudad, los montes que rodean Granada y las cumbres de Sierra Nevada–. Posteriormente, se movía por el entorno para tratar de captar la mayor información posible sobre los edificios destacados.

En la vista granadina se detectan al menos dos puntos de vista principales desde el cual se construye la panorámica. Uno de ellos se encuentra en las inmediaciones del parque de Fuentenueva, y desde él se construye la mitad izquierda del dibujo. La derecha se realizó desde un punto no muy lejano del primero. Y en primer término sitúa el arranque de la vega representada como un vergel rico en árboles e instalaciones agrícolas como la granja.

¿Realidad o ficción?

A pesar de parecer una vista sólida que refleja la realidad arquitectónica de Granada en 1668, una mirada cuidadosa descubre incoherencias en la disposición de edificios e, incluso, invenciones mediante las cuales el artista resuelve la falta de información.

Entre las primeras una de las más evidentes corresponde a la orientación de la iglesia de San Ildefonso que se representa desde un punto mucho más desplazado hacia el sur. A la derecha de ella se aprecia un gran arco oscuro que podría corresponderse con el convento de la Merced. Sin embargo, el edificio no es en absoluto realista y no refleja la arquitectura del convento.

Dado el tiempo transcurrido entre la toma de los apuntes y la elaboración de las acuarelas, es muy posible que el pintor olvidase algunos de los detalles de los edificios representados, resolviéndolos de una manera visualmente solvente pero arquitectónicamente inadecuada.

En estudios sobre otras vistas de Baldi hemos demostrado que el artista completaba con su imaginación y conocimientos algunos elementos arquitectónicos de los cuales carecía de datos precisos, en ocasiones buscando completar una imagen más o menos elegante o grandiosa de la ciudad.

La vista de Granada está, entonces, parcialmente inventada pero resulta efectiva. O, como dirían los italianos, “se non è vera è ben trovata”.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en coreografías urbanas. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.


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The Conversation

Paula Pita Galán recibe fondos del proyecto de investigación PID2023-147647NB-I00 financiado por MCIU /AEI /10.13039/501100011033 / FEDER, UE, concedido para el período 2024-2027.

– ref. Un retrato de Granada de hace cuatro siglos: ¿realidad o invención? – https://theconversation.com/un-retrato-de-granada-de-hace-cuatro-siglos-realidad-o-invencion-280822

Les chocs climatiques peuvent-ils modifier l’attitude des citoyens vis-à-vis du paiement des impôts ?

Source: The Conversation – in French – By Enrico Nichelatti, Postdoctoral researcher, University of Luxembourg

Les catastrophes climatiques deviennent de plus en plus fréquentes et intenses dans toute l’Afrique subsaharienne. Les inondations, les sécheresses, les vagues de chaleur et les tempêtes ne sont plus de simples phénomènes environnementaux isolés. Elles influent sur les moyens de subsistance, les inégalités, la confiance du public ainsi que les relations entre les citoyens et l’État.

Les gouvernements comptent sur les impôts pour financer les écoles, les soins de santé, les infrastructures et les politiques d’adaptation au changement climatique. Cependant, la fiscalité ne repose pas uniquement sur l’application de la loi : elle dépend aussi de la confiance que les citoyens accordent à la capacité de l’État à agir efficacement, équitablement et avec réactivité en temps de crise.

Nos recherches portent sur la fiscalité, les inégalités, les finances publiques et les effets des chocs climatiques en Afrique subsaharienne. Dans une étude récente, nous avons examiné une conséquence encore peu étudiée des catastrophes climatiques en Afrique : leur impact sur la morale fiscale, c’est-à-dire la volonté des citoyens de s’acquitter volontairement de leurs impôts.

Le civisme fiscal est important, car de nombreux pays africains peinent à mobiliser suffisamment de recettes fiscales nationales. Or, les citoyens sont plus enclins à payer leurs impôts lorsqu’ils ont confiance à leurs autorités perçues comme justes, efficaces et réactives.

Nous avons analysé des données portant sur 25 pays d’Afrique subsaharienne entre 2011 et 2021. Nous avons croisé les données d’enquête d’Afrobarometer avec les registres de catastrophes climatiques issus de la Base de données internationale sur les catastrophes (EM-DAT), qui recense les événements d’urgence à travers le monde. Notre étude a porté sur cinq types de catastrophes : les sécheresses, les inondations, les températures extrêmes, les tempêtes et les feux de forêt.

Nous avons associé les catastrophes avec les personnes les personnes interrogées en fonction de leur lieu de résidence et de la date de l’entretien. Nous avons ensuite utilisé des modèles statistiques pour examiner le lien entre l’exposition aux catastrophes et la morale fiscale. L’analyse s’est également penchée sur le rôle des inégalités et de la confiance dans les institutions publiques.

Les résultats révèlent une situation complexe. Ils montrent que les catastrophes n’affectent pas toutes la morale fiscale de la même manière. Les sécheresses et les températures extrêmes sont associées à une baisse du civisme fiscal. Les inondations, en revanche, s’accompagnent d’un civisme fiscal légèrement plus élevé. Une exposition répétée à de multiples catastrophes liées au climat est associée à un déclin global de la morale fiscale.

Nous avons également constaté que les catastrophes sont associées à une augmentation des inégalités économiques. Lorsque les inégalités augmentent, la confiance dans les institutions publiques diminue. Le respect des obligations fiscales s’affaiblit aussi. Les résultats de notre analyse viennent étayer cet argument en intégrant la dimension des catastrophes climatiques. Les catastrophes liées au climat exacerbent les inégalités. Cela réduit, à son tour, la confiance dans les institutions publiques et, en fin de compte, le respect des obligations fiscales.

Bien que les catastrophes climatiques aient tendance à réduire le respect des obligations fiscales, notre analyse montre que l’environnement institutionnel peut en atténuer les effets. Nous nous sommes penchés plus particulièrement sur le Kenya, le Bénin et l’Afrique du Sud. Ces trois pays sont très vulnérables aux catastrophes liées au climat et ont adopté, au cours des dernières décennies, une législation en matière de gestion des catastrophes et de lutte contre le changement climatique.

Cette analyse complémentaire nous a permis d’examiner si les cadres institutionnels de gestion des catastrophes peuvent atténuer les effets de celles-ci sur les attitudes fiscales des citoyens. Les résultats indiquent que ces dispositifs institutionnels ont considérablement réduit, voire, dans certains cas, complètement neutralisé les effets négatifs des catastrophes naturelles sur la morale fiscale.

Ces conclusions suggèrent que les citoyens réagissent à la manière dont les gouvernements gèrent les catastrophes et y répondent. Lorsque les pouvoirs publics apportent une réponse efficace, les effets négatifs des catastrophes sur la morale fiscale sont nettement atténués.

Pourquoi les catastrophes climatiques influencent les attitudes à l’égard de la fiscalité

La fiscalité n’est pas seulement une question économique. C’est aussi un contrat social. Les citoyens sont plus disposés à s’acquitter de leurs impôts lorsqu’ils estiment que les gouvernements utilisent les ressources publiques de manière équitable et assurent leur protection en cas de crise.

Des données provenant de pays africains suggèrent que la confiance joue un rôle déterminant dans le civisme fiscal. Plus les citoyens ont confiance dans les institutions publiques, plus ils ont la volonté de payer leurs impôts. Cela vaut particulièrement pour les collectivités locales et les organismes publics.

La qualité de la prestation des services publics semble également avoir son importance. Une prestation de services efficace tend à renforcer le civisme fiscal.

Des études antérieures démontrent que les catastrophes climatiques peuvent effriter cette relation de plusieurs façons.

Premièrement, les catastrophes détruisent les moyens de subsistance et réduisent les revenus. Ce qui rend plus difficile pour les ménages de subvenir à leurs besoins fondamentaux. Lorsque les familles peinent à subvenir à leurs besoins essentiels, la survie passe avant tout et le paiement des impôts devient moins important.

Deuxièmement, les catastrophes peuvent réduire la confiance dans les pouvoirs publics lorsque les interventions sont perçues comme lentes, inégales ou politisées. La volonté de s’acquitter de ses impôts diminue — même chez les contribuables aux revenus les plus élevés — si les citoyens estiment que l’aide d’urgence ne profite qu’à certains groupes, ou si la corruption affecte la distribution de l’aide.

Troisièmement, les chocs climatiques exercent une pression supplémentaire sur les finances publiques. Les gouvernements peuvent voir leurs recettes diminuer tout en devant faire face à une hausse des dépenses consacrées à la reconstruction et à l’aide d’urgence.

Ce qui influe sur la volonté de payer

Notre étude a montré que les effets négatifs les plus marqués sur le civisme fiscal provenaient des sécheresses et des températures extrêmes. Cela n’a rien de surprenant. Les sécheresses affectent directement la production agricole, la sécurité alimentaire et les moyens de subsistance en milieu rural. Les vagues de chaleur réduisent également la productivité du travail et augmentent les coûts de santé, en particulier pour les populations vulnérables.

Les inondations ont donné des résultats différents. Dans certains cas, elles ont été associées à un civisme fiscal légèrement plus élevé. Une explication possible est que les interventions visibles et efficaces des pouvoirs publics lors des inondations, telles que l’aide d’urgence et la remise en état des infrastructures, peuvent renforcer la perception d’un État réactif.

Nos recherches suggèrent également que les effets des catastrophes climatiques varient selon les pays et les communautés. L’effet négatif sur le civisme fiscal est plus marqué dans les pays les plus pauvres et dans les zones rurales. Dans ces régions, les moyens de subsistance dépendent davantage d’activités sensibles au climat, telles que l’agriculture. De plus, les ménages ruraux sont souvent plus exposés aux inondations et aux sécheresses. Ils ont également un accès plus limité aux services publics, à la protection financière et au soutien de l’État.

Dans ces contextes, des chocs climatiques répétés peuvent renforcer l’impression que les gouvernements sont incapables ou peu disposés à protéger les populations vulnérables.

Le rôle de la politique climatique

Les politiques d’adaptation au changement climatique doivent s’attaquer aux inégalités et renforcer la confiance des citoyens dans les institutions publiques. À défaut, la répétition des chocs climatiques risque d’effriter leur volonté de contribuer aux finances publiques.

Une protection sociale ciblée, une aide d’urgence équitable en cas de catastrophe et des dépenses publiques transparentes sont essentielles. Il en va de même pour les investissements dans la résilience climatique des communautés vulnérables.

Nos conclusions suggèrent que les catastrophes climatiques ne menacent pas seulement les économies et les moyens de subsistance. Elles peuvent également nuire à la relation fiscale entre les gouvernements et les citoyens là où les inégalités sont fortes et la confiance institutionnelle faible.

Abrams Tagem, spécialiste de la recherche fiscale, a contribué à cet article.

The Conversation

Enrico Nichelatti does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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Cinq failles dans le mythe du travail « augmenté » par l’IA. Résultats d’un grand sondage québécois

Source: The Conversation – in French – By Xavier Parent-Rocheleau, Professor, HEC Montréal

On nous promet une révolution. L’intelligence artificielle rendrait le travail à la fois plus productif et plus agréable en nous libérant des tâches pénibles et en nous permettant d’investir plus de temps dans ce qui compte vraiment. C’est le récit du « travail augmenté ». Mais que vivent réellement les personnes qui travaillent déjà avec l’IA ?


Pour le savoir, notre équipe de recherche chapeautée par l’Observatoire international sur les impacts sociaux de l’IA et du numérique (Obvia), en partenariat avec onze organisations syndicales représentant plus de 1,4 million de membres, a interrogé 4 595 personnes syndiquées au Québec en 2025. Nos résultats invitent à revisiter sérieusement le mythe d’un travail universellement amélioré par la machine.

Des gains de productivité moins évidents qu’annoncé

Commençons par la promesse-phare : la productivité. Si l’IA tient ses promesses, ses utilisateurs et utilisatrices devraient travailler plus efficacement. Or, parmi les personnes qui s’en servent quotidiennement, seulement 44 % rapportent un réel gain de productivité. Plus surprenant encore, 26 % déclarent au contraire une perte d’efficacité à cause de la technologie.

Ces pertes de productivité découleraient notamment de la prolifération de travail « vite fait mal fait » avec l’IA (‘AI slope’ en anglais) dont la piètre qualité entraîne des pertes de temps parfois significatives. Ce peut être un rapport qu’il faut reprendre, car il ne répond pas aux normes de qualité, des informations qu’il faut vérifier, car jugées peu viables, une chaîne de courriels devenue incompréhensible et qui nécessite d’être clarifiée entre collègues, etc.

Adopter l’IA ne garantit donc pas de bénéfices concrets. Tout dépend des tâches, des contextes et du profil des personnes. D’ailleurs, l’IA reste pour l’instant cantonnée à des tâches jugées mineures : 75 % des utilisateurs et utilisatrices l’emploient pour un soutien ou un rôle accessoire, et seulement 3 % en font un élément central de leur travail.

Charge de travail et stress : autant de gagnants que de perdants

L’allègement de la charge constitue la deuxième promesse du « travail augmenté » par l’IA. Là encore, le portrait est en demi-teinte. L’IA allège effectivement le fardeau de 46 % des personnes répondantes. Mais elle l’alourdit pour près d’une personne sur cinq (17 %), et ne change rien pour le tiers restant. Par exemple, une parajuriste peut gagner en efficacité grâce à l’IA, mais au final se voir confier davantage de dossiers ou de tâches, ce qui se solde par un alourdissement de sa charge de travail.

Nos données montrent la même ambivalence quant au stress au travail. Dans une proportion égale, l’IA peut soit réduire le stress (28 % des répondants) ou l’augmenter (28 %). Une enseignante du collégial résume cette tension : « Les outils évoluent tellement vite que nous n’avons pas le temps de suivre les changements. Cela est anxiogène et décourageant. »

Autrement dit, l’IA n’améliore pas le travail de façon uniforme : elle le reconfigure. Et selon le secteur, le métier ou l’âge, cette reconfiguration penche vers le mieux… ou vers le pire.


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Travail augmenté, ça dépend pour qui

C’est sans doute le constat le plus important de notre étude : les bénéfices de l’IA ne sont pas distribués au hasard, ils suivent les lignes de fracture déjà existantes du marché du travail.

Les professionnels et les personnes diplômées de l’université figurent parmi les principaux gagnants. Ils disent utiliser l’IA de façon autonome, gagnent en productivité et participer pleinement aux décisions. À l’autre bout, le personnel technique, industriel ou des services se fait plus souvent imposer l’IA. Il rapporte subir davantage la surveillance algorithmique et moins profiter de ses avantages.

La perception de gagner en productivité illustre bien ce clivage : 55 % des personnes diplômées des cycles supérieurs s’estiment plus productives grâce à l’IA, contre seulement 22 % des personnes diplômées du secondaire.

Déficit d’encadrement et de communication

Là où tous, ou presque, s’entendent, c’est pour déplorer deux choses.

D’abord, un manque d’encadrement dans les organisations, alors que seulement 24 % des personnes interrogées observent la présence de politique relative à l’usage de l’IA ou d’un autre mécanisme de régulation.




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Ensuite, le déploiement est tout sauf transparent et démocratique : à peine 12 % disent avoir été consultés avant le déploiement, et seuls 26 % estiment que leur organisation est transparente en matière d’IA.

Résultat, seulement 35 % ont confiance en leur employeur concernant ses projets d’IA.

Une peur du remplacement à contre-courant des prédictions

Près d’une personne sur cinq (18 %) craint pour son emploi à cause de l’IA. Cette inquiétude grimpe avec l’âge, et elle est nettement plus marquée chez les personnes travaillant dans l’industrie et les services, et chez les moins diplômées.

Ces résultats contrastent avec la plupart des grandes études prospectives, qui prédisent au contraire que ce sont les emplois de bureau qualifiés qui sont les plus menacés par l’IA.

Ce décalage entre les prédictions des modèles et les craintes vécues sur le terrain mérite qu’on s’y attarde : il rappelle que l’angoisse technologique se loge souvent là où les personnes se sentent déjà les plus vulnérables.




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Sortir du récit pour regarder les faits

Que retenir ? Que le « travail augmenté » n’est pas un mensonge, mais un récit incomplet.

Pour une partie des travailleurs et travailleuses, souvent les plus qualifiés, l’IA est effectivement un outil de soutien bienvenu et utilisé de leur propre chef. Pour beaucoup d’autres, elle est source de pression, de baisse d’autonomie, de surveillance ou d’insécurité.

À l’heure où les organisations doivent faire face à des enjeux de compétences, de qualification, de pénurie de personnel et d’innovation, les questions soulevées par l’IA au travail doivent être remises au cœur des décisions : l’IA seule ne peut être la solution.

Prendre le temps de discuter de l’IA avec l’ensemble du personnel concerné peut mener beaucoup plus loin : plus les personnes sont formées, impliquées et réellement parties prenantes, plus les bénéfices deviennent concrets et plus on évite que l’IA, faute de réflexion collective, ne finisse par détériorer le travail qu’elle prétend améliorer.

La Conversation Canada

Xavier Parent-Rocheleau a reçu des financements de l’Obvia.

Julie (M.É) Garneau est membre du Centre de recherche interuniversitaire sur la mondialisation du travail (CRIMT) et de l’Observatoire international sur les impacts sociétaux du numérique et de l’IA (Obvia). Elle a reçu des financements du FQRSC, du CRIMT et de l’Obvia.

Vincent Pasquier a reçu des financements de l’Obvia et du FRQ.

– ref. Cinq failles dans le mythe du travail « augmenté » par l’IA. Résultats d’un grand sondage québécois – https://theconversation.com/cinq-failles-dans-le-mythe-du-travail-augmente-par-lia-resultats-dun-grand-sondage-quebecois-284406

De nouvelles technologies pour aider les aînés devenus moins autonomes en raison de pertes cognitives

Source: The Conversation – in French – By Amel Yaddaden, Candidate au Ph.D. en sciences de la réadaptation, Université de Montréal

Les maladies neurodégénératives liées au vieillissement, telles que la maladie d’Alzheimer ou le Parkinson, posent des défis majeurs dans le contexte de nos sociétés vieillissantes. Pour les personnes âgées aux prises avec des troubles cognitifs, les outils technologiques de soutien mental constituent une piste encourageante pour préserver leur autonomie au quotidien.


Selon les données les plus récentes, environ 8,7 % des personnes de 65 ans et plus sont atteintes de démence, et ce chiffre pourrait atteindre les 131,5 millions d’individus d’ici 2050. Cette progression rapide accentue la vulnérabilité des personnes concernées, augmentant les risques de perte d’autonomie, d’isolement social et de déclin fonctionnel, ce qui représente de véritables défis qui affectent leur quotidien.

Dès les premiers stades de la maladie, les personnes atteintes éprouvent des difficultés cognitives affectant la mémoire, la planification et la résolution de problèmes. Ces difficultés se manifestent surtout dans les activités complexes, c’est-à-dire celles qui requièrent la gestion simultanée de plusieurs étapes ou l’adaptation à des situations imprévues. Par exemple, préparer un repas nécessite de planifier les ingrédients, de gérer le temps de cuisson et de réaliser plusieurs tâches en parallèle, ce qui peut devenir un véritable défi pour ces personnes.

Face à ces enjeux, le développement de solutions innovantes est essentiel pour préserver leur dignité, leur sécurité et leur inclusion sociale.

Candidates au doctorat en sciences de la réadaptation à l’Université de Montréal, nos recherches portent respectivement sur l’utilisation des technologies d’assistance à la cognition pour soutenir l’autonomie et la sécurité à domicile, ainsi que sur l’implantation des technologies pouvant venir soutenir le système de santé dans l’offre de service à domicile pour les personnes âgées.


Cet article fait partie de notre série La Révolution grise. La Conversation vous propose d’analyser sous toutes ses facettes l’impact du vieillissement de l’imposante cohorte des boomers sur notre société, qu’ils transforment depuis leur venue au monde. Manières de se loger, de travailler, de consommer la culture, de s’alimenter, de voyager, de se soigner, de vivre… découvrez avec nous les bouleversements en cours, et à venir.


Une solution innovante

Les technologies d’assistance à la cognition constituent une réponse prometteuse pour soutenir l’autonomie des aînés vivant avec des troubles cognitifs.

Ces outils technologiques, conçus pour compenser les difficultés cognitives et favoriser l’autonomie fonctionnelle, incluent par exemple les applications de gestion des médicaments, comme les piluliers intelligents qui envoient des rappels automatisés, les systèmes d’alerte permettant de prévenir les oublis et d’assurer la sécurité, les agendas électroniques facilitant l’organisation des activités quotidiennes, ainsi que les objets connectés.




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Au-delà de l’autonomie fonctionnelle, ces technologies jouent un rôle essentiel dans la lutte contre l’isolement social. Des applications de communication adaptées sur tablette électronique permettent par exemple aux aînés de rester connectés à leurs proches, même lorsqu’ils éprouvent des difficultés avec les outils numériques classiques. Des dispositifs favorisant l’engagement communautaire, comme les plates-formes numériques de participation à des événements virtuels, renforcent pour leur part le sentiment d’appartenance et contribuent à prévenir la dépression.

Malgré leur potentiel, ces technologies font face à plusieurs obstacles importants. Outre les enjeux liés à l’accessibilité financière, l’utilisabilité et l’acceptabilité représentent également des défis majeurs. Pour être réellement bénéfiques, ces technologies doivent être faciles à utiliser, intuitives et surtout adaptées aux besoins réels des aînés, notamment ceux vivant avec des troubles cognitifs.

Des méthodes d’apprentissage adaptées

Contrairement à certaines croyances répandues selon lesquelles les personnes âgées atteintes de troubles cognitifs seraient incapables d’apprendre à se servir de nouvelles technologies, les données scientifiques démontrent qu’un apprentissage demeure tout à fait possible, particulièrement dans les stades précoces de la maladie.

La clé réside dans l’adaptation des méthodes d’apprentissage aux capacités résiduelles de la personne. Une approche bien établie en sciences de la réadaptation cognitive est celle de l’apprentissage sans-erreur (errorless learning). Cette méthode consiste à minimiser, voire éliminer, les occasions d’erreurs pendant l’apprentissage, en guidant la personne étape par étape vers la bonne réponse.




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L’apprentissage sans-erreur est particulièrement efficace pour permettre aux personnes âgées d’apprendre à utiliser une technologie, car il utilise les capacités préservées, comme les automatismes de la personne – dite mémoire procédurale. Cette méthode ne requiert donc pas de mobiliser les capacités d’encodage classiques liées à la concentration, souvent atteintes dans la maladie d’Alzheimer.

Les études démontrent que cette méthode favorise la rétention des apprentissages de tâches simples, augmente la confiance des utilisateurs et peut améliorer leur autonomie dans l’utilisation de nouvelles technologies.


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Un domaine en pleine explosion

Le domaine du développement technologique pour soutenir le vieillissement est en pleine explosion.

Un répertoire de technologies disponibles au Québec donne un aperçu de la situation et de leurs utilités pour venir en support aux différentes activités de la vie quotidienne.

Toutefois, il est important de rappeler que les technologies d’assistance à la cognition demeurent des outils et ne remplacent pas les interactions humaines et l’accompagnement professionnel. En soutenant l’autonomie et en facilitant l’inclusion sociale, elles répondent aux besoins des aînés vivant avec des troubles cognitifs lorsqu’elles sont enseignées adéquatement. Néanmoins, pour maximiser leur impact, des investissements dans la recherche et le déploiement de ces technologies sont indispensables.

Heureusement, beaucoup de chercheurs travaillent activement sur les problématiques entourant l’évaluation rigoureuse de ces technologies, pour évaluer leurs efficacités, leur adoption, leur utilisabilité et leur acceptabilité en vue d’optimiser leur déploiement et leur pérennisation.

Bien que le Ministère de la Santé et des Services sociaux (MSSS) et le gouvernement fédéral soutiennent des initiatives pour le vieillissement en santé dans la communauté (Le plan d’action gouvernemental 2024-2029 « La fierté de vieillir » du MSSS : et l’intiative fédérale de subvention « Bien vieillir chez soi », il reste beaucoup des politiques publiques a approfondir pour une utilisation éthique et équitable de ces solutions. Ces efforts permettront de lever les barrières actuelles et de faire des technologies d’assistance à la cognition un levier pour un vieillissement sain et digne.

Dans un monde en constante évolution, ces technologies représentent une véritable promesse : celle d’un avenir où les aînés peuvent continuer à vivre de manière autonome, malgré les défis posés par le vieillissement et les troubles cognitifs.

La Conversation Canada

Amel Yaddaden a reçu des financements des Fonds de recherche du Québec et de AGE-WELL

Aline Aboujaoude est membre de la coopérative de solidarité IXIA. Elle a reçu des financements des Fonds de Recherche du Québec et de AGE-WELL.

– ref. De nouvelles technologies pour aider les aînés devenus moins autonomes en raison de pertes cognitives – https://theconversation.com/de-nouvelles-technologies-pour-aider-les-aines-devenus-moins-autonomes-en-raison-de-pertes-cognitives-246952

Au-delà du projet immobilier Kushner-Trump, les racines de la contestation politique en Albanie

Source: The Conversation – in French – By Altin Gjeta, PhD Candidate in Political Science and International Studies, University of Birmingham

Née de l’opposition au projet immobilier de Jared Kushner et d’Ivanka Trump sur le littoral albanais, la mobilisation, qui se déroule depuis le début du mois de juin, révèle des tensions politiques plus profondes. Elle met en lumière le rejet de la corruption et du mode de gouvernance du premier ministre Edi Rama.


Depuis plusieurs semaines, des milliers d’Albanais descendent dans les rues de leur capitale, Tirana, pour s’opposer au projet de luxueux complexe touristique porté par le gendre de Donald Trump, Jared Kushner. Celui-ci prévoit d’investir près de 4 milliards d’euros dans la construction d’infrastructures immobilières sur le littoral préservé de Zvërnec (sud de l’Albanie) et dans les zones humides environnantes.

À la tête de l’Albanie depuis 2013, le premier ministre Edi Rama vante ce projet qu’il présente comme un levier de transformation de l’économie albanaise et spécialement de son secteur touristique. Mais les riverains et les organisations environnementales y voient au contraire une menace pour des écosystèmes fragiles et dénoncent des litiges fonciers jamais résolus.

La contestation a pris de l’ampleur à la fin du mois de mai, après la diffusion d’une vidéo montrant un manifestant traîné au bord d’une falaise par des agents de sécurité sur le site du projet. Devenue virale, elle a déclenché les plus importantes manifestations qu’ait connues l’Albanie depuis plusieurs décennies — des manifestations qui ont rassemblé une société longtemps divisée autour de clivages partisans et de visions divergentes de l’héritage du communisme.

Les mobilisations se sont progressivement muées en un vaste mouvement antigouvernemental désormais connu sous le nom de « révolution des flamants roses », en référence aux oiseaux emblématiques des zones humides menacées à Zvërnec. À Tirana comme dans plusieurs villes européennes où la diaspora se mobilise, les contestataires appellent à la démission d’Edi Rama.

Une contestation qui dépasse le projet de Kushner

La colère exprimée aujourd’hui traduit un rejet de la corruption systémique qui gangrène le pays. Elle est alimentée par une succession d’affaires ayant conduit à l’incarcération de plusieurs ministres pour abus de pouvoir et faits de corruption.

Alors que la lutte contre la corruption et le crime organisé constitue l’une des principales conditions de l’adhésion du pays à l’Union européenne – les négociations ont officiellement débuté en 2024 –, Rama est accusé d’affaiblir sans cesse les mécanismes de transparence et de contrôle.

Malaise économique au cœur de la crise

Ces dernières années, le coût de la vie s’est envolé. Les prix des carburants figuraient déjà parmi les plus élevés des Balkans avant même les chocs énergétiques provoqués par les guerres en Ukraine et en Iran. Les critiques pointent la concentration du marché énergétique entre les mains de personnalités proches du pouvoir, au détriment de la concurrence. Les investisseurs étrangers peinent depuis longtemps à s’implanter en Albanie, freinés par une concurrence faussée, un système d’attribution des marchés publics empreint de corruption et une application défaillante des contrats.

Dans le même temps, la flambée des prix de l’immobilier a aggravé les difficultés d’accès au logement. Le contrôle insuffisant des transactions a favorisé l’expansion rapide du secteur immobilier. Un rapport de l’ONU suggère que la hausse des prix est alimentée par le blanchiment d’argent illégal, notamment à Tirana et sur le littoral.

Le tourisme, qui attire chaque année plusieurs millions de visiteurs, demeure l’un des principaux moteurs de la croissance du pays. Toutefois, le sous-développement de l’industrie agroalimentaire, conjugué aux défaillances des réseaux routiers et ferroviaires, prive une grande partie de la population des retombées de cette réussite.

Les jeunes se sentent particulièrement touchés par ce décalage. Ils dénoncent leur mise à l’écart des processus politiques et des opportunités économiques, dans un contexte de gouvernance jugée opaque. Plus d’un demi-million d’Albanais ont émigré vers l’Union européenne au cours de la dernière décennie, en quête de meilleures opportunités.

Quelle issue politique ?

Alors que les mobilisations se poursuivent, l’issue de la crise demeure incertaine. Les manifestants réclament non seulement la démission du gouvernement, mais aussi des réformes institutionnelles, à commencer par une refonte du système électoral. Certains demandent la mise en place d’un gouvernement de transition chargé d’engager des réformes constitutionnelles et de relancer la lutte contre la corruption et le crime organisé.

Mais le Parti socialiste dispose d’une confortable majorité parlementaire et Rama a jusqu’à présent rejeté l’éventualité d’une démission. Il a également accusé les manifestants d’agir sous l’influence de puissances étrangères, notamment de l’Iran, sans présenter d’éléments à l’appui de cette affirmation.

Pourtant, la pression sur son gouvernement s’intensifie. Le 17 juin, le Parlement européen a appelé les autorités albanaises à suspendre les travaux dans les zones protégées. Le parquet, quant à lui, a engagé de nouvelles poursuites visant des personnes soupçonnées de blanchiment d’argent dans le secteur de la construction, longtemps considéré comme un pilier du pouvoir du gouvernement.

Des signes de dissidence apparaissent parallèlement au sein du parti au pouvoir. La députée Marjana Koçeku a récemment quitté le Parti socialiste pour siéger comme indépendante, tandis que plusieurs anciens ministres ont publiquement dénoncé la gouvernance de Rama, jugée de plus en plus autoritaire.

Le mouvement de protestation, idéologiquement hétérogène, peine à trouver une traduction électorale. Il n’en constitue pas moins un défi pour l’autorité de Rama. Par son ampleur, la mobilisation populaire révèle une profonde crise de légitimité du pouvoir et une aspiration à un renouvellement de la classe dirigeante.

Le premier ministre, qui refuse de démissionner, mise sur l’essoufflement du mouvement. Mais les manifestations ont renforcé le sentiment dans la population qu’un changement politique d’envergure était désormais envisageable.

The Conversation

Altin Gjeta ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Au-delà du projet immobilier Kushner-Trump, les racines de la contestation politique en Albanie – https://theconversation.com/au-dela-du-projet-immobilier-kushner-trump-les-racines-de-la-contestation-politique-en-albanie-286681

Médias : qui décide de ce que vous lisez ? Dans les coulisses de la « mécanique de la donnée »

Source: The Conversation – in French – By Cassandre Burnier, Lecturer in Communication, Université Libre de Bruxelles (ULB)

Aujourd’hui, les médias en ligne peuvent suivre en temps réel les audiences de leurs articles et les réseaux sociaux analysent ce que vous lisez pour vous proposer d’autres contenus censés être plus en phase avec vos centres d’intérêt. Regard sur cette « mécanique de la donnée », à travers une enquête ethnographique au sein de deux groupes de presse belges.


Chaque matin, vous ouvrez l’infolettre de votre journal. Souvent, elle est la même pour tous les abonnés : une sélection et une hiérarchie d’articles décidées par la rédaction. Mais de plus en plus de journaux proposent des infolettres personnalisées, dont les articles semblent avoir été choisis à votre attention, en fonction de vos goûts et de vos habitudes.

Ce second type de sélection repose sur un algorithme qui analyse vos clics, votre temps de lecture et vos centres d’intérêt pour vous proposer les contenus jugés les plus « pertinents ».

Mais attention, cette personnalisation n’en est pas vraiment une. Un système de recommandation ne part pas de vous : il vous représente à travers des lecteurs jugés « similaires ». Vos clics et votre temps de lecture sont comparés à ceux d’autres milliers d’abonnés, puis l’algorithme vous range parmi des profils aux comportements proches.

Ce qu’il produit n’est pas le reflet de vos préférences singulières, mais une projection construite à partir de ces régularités collectives : ce que des lecteurs « comme vous » ont tendance à lire. Autrement dit, l’algorithme ne vous connaît pas : il vous classe.

C’est ce que j’appelle la « mécanique de la donnée ». Il ne s’agit pas seulement de la présence de chiffres dans les rédactions, déjà bien étudiée par des chercheuses comme Angèle Christin ou Caitlin Petre. Il s’agit de la manière dont la donnée se met à agir comme si elle parlait d’elle-même, telle une mécanique : elle automatise des tâches, quantifie ce qui ne l’était pas et fait converger des métiers longtemps tenus séparés : le marketing, la rédaction et la technique. Ce faisant, elle circule dans toute l’organisation et façonne, de proche en proche, l’information que vous recevez.

Mesurer l’audience n’est pas nouveau : la presse certifie sa diffusion depuis des décennies. Mais ses instruments restaient cantonnés à une opération bien délimitée : segmenter des profils de lecteurs pour vendre l’audience aux annonceurs.

La mécanique de la donnée, elle, ne procède plus par sondage : elle enregistre en continu le comportement de chaque lecteur et, surtout, elle change de place. La donnée circule. Elle ne se contente plus de compter les lecteurs une fois l’article publié, elle entre dans les réunions, les tableaux de bord, les décisions, et se met à peser sur ce qui sera produit, sur ce qui compte et ne compte pas. Mesure et production, longtemps distinctes, tendent à converger.

Pendant trois ans, j’ai mené une enquête ethnographique au sein de deux grands groupes de presse belges francophones. J’ai observé les réunions, suivi les professionnels de la donnée dans leur quotidien et écouté les tensions entre ceux qui fabriquent l’information et ceux qui la mettent en chiffres.

Ce que j’ai découvert, ce n’est ni le remplacement du journaliste par la machine ni un statu quo rassurant. C’est une redistribution des rôles, notamment en matière d’éditorial.

Quand un article reçoit une « note »

Lors de mon terrain, ces dispositifs n’étaient pas tous déployés : j’ai observé des mécanismes en train de s’installer. Et c’est précisément à ce stade qu’on voit affleurer les choix qui, plus tard, deviendront invisibles.

Dans l’un des groupes de presse que j’ai étudiés, un projet visait à attribuer un score à chaque article publié en ligne. Le principe (croiser la durée de consultation avec la taille de l’article) part de l’idée qu’un lecteur qui va au bout d’un long format est un lecteur engagé, donc plus susceptible de s’abonner et de rester exposé aux publicités. De cet engagement présumé, on tire une « valeur » chiffrée par article. Présenté comme un outil objectif, ce score devient un instrument de gestion.

Mais ce calcul repose sur des choix. Quelles variables retenir pour mesurer « l’engagement » ? L’équipe data et le marketing les définissent ensemble, au fil de réunions où l’on ajuste les « paramètres » : les mots du titre, sa longueur, la présence de chiffres, certains « mots forts ». Par exemple, le mot « coulisses » dans un titre appelle à cliquer ; celui-là même, vous l’aurez noté, qui ouvre cet article.

Le directeur du département data insiste pour que la rédaction soit, elle aussi, de la partie. Mais dans les faits, elle n’est représentée que par une personne, et de son propre aveu, ce qu’on lui présente reste trop abstrait pour qu’elle sache « quelles cartes [elle aurait] en main pour discuter avec les équipes ».

Reste l’usage qu’on en projette. Lors d’une réunion que j’ai observée, le directeur général reformule l’objectif : il ne s’agit plus seulement de mesurer, mais de pouvoir tenir aux rédactions un discours du type « Vous êtes censés faire autant d’articles engageants ; ce mois-ci vous en avez fait 35, vous deviez en faire 50, merci de rectifier le tir ». La donnée, censée décrire le réel, se met à prescrire ce que les journalistes doivent produire.

Au moment de mon enquête, le modèle n’était pas encore déployé : ce dialogue mensuel avec les chefs d’édition restait un horizon. Mais la mécanique était déjà inscrite dans les mots : c’est désormais au modèle de « déterminer les critères » d’un bon article, et aux rédactions de les valider.

L’infolettre de la machine et du journaliste

Un second projet, observé sur plusieurs années, portait sur l’automatisation d’une infolettre quotidienne. L’idée : remplacer la sélection manuelle des articles par un algorithme de recommandation, nourri par les traces de lecture de chaque abonné.

L’enjeu est considérable. Sélectionner et hiérarchiser l’information constitue historiquement le cœur du métier de journaliste. Confier cette tâche, ne serait-ce que partiellement, à une machine, c’est toucher à ce cœur de métier. Une analyste de la donnée résume la tension avec lucidité : « On automatise des choses qui normalement devraient être dans la main, dans le pouvoir des journalistes. Ça touche un peu à leur ligne éditoriale ».

Face à cette tension, les équipes cherchent des compromis. Le rédacteur en chef adjoint accepte l’algorithme, mais à une condition claire : la rédaction garde la main sur la hiérarchie de l’information. L’algorithme peut suggérer (« ceci devrait aussi vous intéresser »), mais ne décide pas de la structure d’ensemble. Le journaliste reste l’expert de l’actualité ; la machine gère le trafic.

Ce partage des rôles dessine deux registres de personnalisation : l’un « curatorial », fondé sur le jugement humain et la signature éditoriale ; l’autre « prédictif », fondé sur les données comportementales. Les deux coexistent, mais leur frontière est constamment négociée.

Dépossession ou redéfinition des rôles ?

Ce qui change en profondeur, c’est la nature de l’autorité éditoriale. Celle-ci ne réside plus seulement dans la personne du rédacteur en chef, mais se distribue entre des acteurs humains et des dispositifs techniques (algorithmes, métriques, tableaux de bord) qui participent tous, à leur manière, à décider de ce que vous lirez demain.

Il serait tentant de raconter cette histoire comme celle d’une dépossession, où les algorithmes remplaceraient les journalistes. La réalité est plus nuancée, sans être pour autant symétrique. Les journalistes ne disparaissent pas, mais ils négocient depuis une position de faiblesse : dans les dispositifs que j’ai observés, l’éditorial n’était souvent représenté que par une voix, face à des équipes de la donnée et marketing qui maîtrisent, elles, les paramètres du calcul.

Les professionnels de la donnée, de leur côté, ne sont pas des envahisseurs : ils se retrouvent dans un rôle de médiateur entre la rédaction et la machine, cherchant les bons réglages pour que le système fonctionne sans trahir l’esprit du journal.

Pour les travailleurs dont on automatise les tâches, l’enjeu dépasse la technique. L’un des scientifiques de la donnée que j’ai interrogés observe deux réactions chez ses collègues :

« Il y en a qui veulent se défaire des tâches monotones. Et il y en a d’autres qui avaient un peu leur fierté d’avoir ça à faire. Genre “C’est moi qui gère ça”. »

Perdre la tâche, c’est parfois perdre une part de soi dans l’organisation.

Ces transformations ne concernent pas que les rédactions. Elles touchent directement la qualité et la diversité de l’information que nous recevons. Si les algorithmes optimisent l’engagement (le clic, le temps passé), ils ne sont pas conçus pour garantir le pluralisme. Or certains sujets performent mal par construction : l’enquête locale au long cours, les matières arides mais nécessaires (un budget communal, une réforme administrative), certaines formes d’art, tout ce qui demande au lecteur un effort avant la récompense. Ce sont précisément ces angles-là qui risquent de glisser hors des radars dès lors qu’on hiérarchise l’information sur ce qui retient l’attention.

La question n’est donc pas tant de savoir si les données ont leur place dans les médias mais plutôt qui décide de ce qu’elles mesurent, valorisent et laissent dans l’ombre.

The Conversation

Cassandre Burnier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Médias : qui décide de ce que vous lisez ? Dans les coulisses de la « mécanique de la donnée » – https://theconversation.com/medias-qui-decide-de-ce-que-vous-lisez-dans-les-coulisses-de-la-mecanique-de-la-donnee-284348

Football : les Bleus représentent-ils la France ?

Source: The Conversation – in French – By Tapiwa Seremani, Associate Professor in Business Ethics, IÉSEG School of Management

À chaque Coupe du monde, ce ne sont pas seulement les performances des Bleus qui sont scrutées, mais l’identité des joueurs et leurs origines. Leur présence sur le terrain ravive un débat ancien sur l’immigration, l’identité nationale et la manière dont la France se pense elle-même. Derrière la composition de l’équipe se rejoue, à chaque tournoi, la question inachevée de l’identité postcoloniale du pays et de ce que signifie être français au XXIᵉ siècle.


Lorsque le sélectionneur Didier Deschamps a dévoilé la liste des joueurs retenus pour représenter la France lors de la Coupe du monde 2026, l’une des premières questions qui lui a été posée portait sur la présence de joueurs originaires des outre-mer au sein de l’équipe. En réponse, Deschamps a souligné que la sélection nationale reflétait à la fois la société française et son histoire.

Cette déclaration a rapidement suscité de nombreux débats, notamment sur les réseaux sociaux, où il est apparu que la composition de l’équipe ne correspondait pas, pour beaucoup, à leur vision de la France. Comme nombres de ses prédécesseurs, Didier Deschamps venait en effet de constituer une sélection majoritairement composée de joueurs issus de l’immigration. Et, comme eux, il s’est retrouvé confronté à une question qui accompagne depuis longtemps l’équipe de France : les Bleus représentent-ils réellement la France et la société française ?

Lorsque la France remporte sa première Coupe du monde en 1998, les célébrations sont largement interprétées à travers le prisme de l’identité nationale. Le slogan « Black-Blanc-Beur » s’impose alors comme symbole d’une France multiculturelle. À l’inverse, lorsque les choses tournent mal pour les Bleus, comme lors du scandale de la Coupe du monde 2010 en Afrique du Sud, marqué par la grève des joueurs, les critiques sont également formulées en termes d’identité, de valeurs françaises et de ce qui constitue une représentation authentique de la nation.

Si cette question revient à chaque Coupe du monde, c’est qu’elle dépasse largement le football. Pourquoi une équipe dont la plupart des joueurs sont nés en France continue-t-elle d’être interrogée sur sa capacité à représenter la nation ? Pour répondre à cette question, il faut revenir à l’histoire longue de la France, de son empire colonial à son modèle de formation sportive.

Une équipe façonnée par l’histoire

Pourquoi les Bleus comptent-ils autant de joueurs issus de l’immigration ? La réponse réside notamment dans la rencontre entre plusieurs dynamiques historiques.

Les vagues migratoires en provenance des anciennes colonies françaises se sont souvent concentrées dans des quartiers défavorisés.

Parallèlement, l’État et la Fédération française de football ont développé, notamment à partir des années 1980 et 1990, des infrastructures sportives dans ces territoires afin d’offrir aux jeunes des activités structurantes et de lutter contre une marginalisation qui prenait parfois la forme de la délinquance chez les jeunes de ces quartiers. Le football est alors devenu un loisir accessible pour les enfants des quartiers populaires, dont beaucoup étaient originaires de familles immigrées venues des anciennes colonies.

Plus qu’un simple loisir, il est devenu pour beaucoup une voie d’émancipation, offrant une possibilité d’échapper à la pauvreté, à l’exclusion sociale et à la marginalisation. Pour de nombreux jeunes, il a constitué un espace d’intégration sociale, mais également une opportunité de mobilité économique et de sortie de la pauvreté. Il n’est donc pas surprenant que le principal vivier du football français soit aujourd’hui largement concentré dans ces territoires.

Cette réalité se reflète dans la composition de l’équipe nationale et dans de nombreux autres pays européens au passé colonial, tels que l’Angleterre et les Pays-Bas. Cependant, au sein de l’équipe de France, des questions liées à l’identité et à la représentation semblent demeurer irrésolues. La France produit aujourd’hui un nombre exceptionnel de joueurs de classe mondiale dans les banlieues françaises.

Avec 99 joueurs nés et formés sur son sol parmi les 1 248 participants à la Coupe du monde 2026, la France est le premier pays exportateur de talents du tournoi. Si 23 d’entre eux portent le maillot des Bleus, les 76 autres représentent d’autres sélections, parmi lesquelles Haïti, le Sénégal, le Maroc ou encore l’Algérie.

Le poids de l’imaginaire national

Ensemble, l’héritage colonial français, les dynamiques migratoires et les politiques de formation mises en œuvre par la Fédération française de football depuis les années 1990 ont contribué à créer l’un des systèmes de production de talents footballistiques les plus performants du monde.

Ces facteurs permettent d’expliquer pourquoi l’équipe de France présente aujourd’hui ce visage. Ils n’expliquent pas, en revanche, pourquoi cette composition continue d’être contestée. Pour répondre à cette question, il faut déplacer le regard du terrain vers les représentations de la nation.

La colonisation n’a pas seulement transformé l’identité des peuples colonisés, elle a aussi profondément remodelé celle des sociétés colonisatrices, qui continuent aujourd’hui d’en gérer les héritages et les contradictions. Dans le cas français, une tension demeure quant à ce qui représente véritablement la France.

D’un côté subsiste une vision précoloniale ou nostalgique de la nation, selon laquelle une représentation symboliquement « correcte » de la France serait celle d’une France essentiellement blanche sur le plan ethnique. De l’autre, une vision qui considère que l’histoire impériale de la France a contribué à façonner une nation multiculturelle et pluralisée par les migrations, tout en restant fondée sur les principes universalistes de la République. Ces deux visions continuent de coexister et parfois de s’opposer. Cette tension, restée largement irrésolue, resurgit à l’occasion d’événements comme la Coupe du monde, lorsque revient la question sensible de savoir qui peut véritablement prétendre représenter la France.

La compréhension des identités contemporaines nécessite de reconnaître les formes d’hybridité culturelle produites par l’expérience coloniale. La France est une société hybride : une nation façonnée par son histoire coloniale, mais qui demeure parfois mal à l’aise avec des représentations de la nation qui s’éloignent d’une image traditionnellement blanche de la France.

Ainsi, le problème semble moins résider dans l’équipe de France que dans l’imaginaire national. Celui-ci paraît parfois figé dans une représentation d’une « France blanche » précoloniale, sans pleinement reconnaître que la France contemporaine est le produit d’une histoire complexe et métissée.

Les Bleus sont-ils français ? Sans aucun doute. Représentent-ils une France marquée par son histoire coloniale ? Oui. Représentent-ils, en revanche, l’image idéalisée que certains continuent d’associer à la nation française ? Sans doute pas.

En définitive, le débat récurrent sur la représentativité des Bleus en dit peut-être moins sur ceux qui portent le maillot de l’équipe de France que sur les tensions persistantes qui opposent l’héritage colonial de la France à la persistance d’un imaginaire national fondé sur une identité blanche.

The Conversation

Tapiwa Seremani ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Football : les Bleus représentent-ils la France ? – https://theconversation.com/football-les-bleus-representent-ils-la-france-285756

Peut-on apprendre la géographie française grâce aux jeux « Pokémon » ?

Source: The Conversation – in French – By Amélie Soubie, Doctorante en géographie, Université Bordeaux Montaigne

Concept art pour *Pokémon X et Y*, présenté lors du Pokemon Center Paris, 2014. Pokémon

Qu’ont en commun les menhirs bretons, les mosaïques de Barcelone et le château de la famille royale britannique ? Tous ont été adaptés en pixels dans la série de jeux vidéos Pokémon. Les jeux vidéo, souvent dénigrés pour leur tendance à « couper les jeunes du monde réel », transforment ici les joueuses et les joueurs du monde entier en touristes numériques, et leur font découvrir de nouveaux lieux.


Depuis sa sortie en 2016, l’application mobile Pokémon Go a été amplement étudiée pour sa capacité à faire découvrir ou redécouvrir des lieux réels. À l’inverse, les jeux vidéo Pokémon se déroulent dans des régions fictionnelles, et leur plus-value géographique a été peu explorée.

Or, ces régions nommées « Hoenn », « Galar » ou « Johto », s’inspirent de territoires qui existent vraiment. Le tout premier jeu vidéo Pokémon, sorti en 1996, se déroule dans la région de « Kanto », nommée d’après la région de l’aire métropolitaine de Tokyo (Kantō). Il faut attendre 2010 pour voir apparaître la première région inspirée d’un pays occidental, les États-Unis, et 2013 pour un pays européen : la France.

Kalos, une région inspirée par la géographie française

Les jeux Pokémon mobilisent en toile de fond la géographie, l’histoire et la culture des lieux dont ils sont inspirés. Ainsi, Pokémon X et Y (2013) et Légendes Pokémon : Z-A (2025) diffusent auprès d’un public international, souvent jeune, des connaissances géographiques sur la France, même si elles sont incomplètes et parfois approximatives.

Voici la carte officielle de la région de Kalos, inspirée de la France. On constate qu’elle ne représente en réalité qu’une partie du pays : le sud est remplacé par une chaîne de montagnes et les territoires ultramarins sont absents.

Au milieu, la carte officielle de Kalos présentée par la franchise Pokémon. Autour de la carte, six captures d’écran extraites du jeu Pokémon X et Y et représentant des infrastructures, des architectures ou des lieux français reconnaissables. Entre guillemets, le nom de la ville dans Kalos.
Pokémon

La France hexagonale reste pourtant reconnaissable par les contours de ses littoraux, le tracé de ses fleuves (la Loire coupe la carte en deux, la Seine traverse Paris) ou certains reliefs, comme les Alpes à l’est. La joueuse ou le joueur, en parcourant Kalos, voit également l’architecture se modifier selon les villes traversées : bâtiments haussmanniens, maisons à colombages, briques rouges, etc.

Design d’une usine dans le nord de Kalos dans le jeu, et usine reconvertie proche de Lille.
Agence Nathalie Tkint/Pokémon

Tout en complétant les quêtes propres au jeu vidéo (attraper des Pokémon, gagner des combats, etc.), les joueuses et les joueurs sont immergés dans un univers qu’ils apprennent à connaître. Par exemple, on trouve à l’ouest de Kalos une péninsule sur laquelle se trouvent des alignements de rochers, faisant référence aux mégalithes de Bretagne. Les joueurs internationaux peuvent donc associer ces paysages à cette partie de la France.

Les noms de lieux participent également à la meilleure connaissance du pays. Ainsi, la route nommée « Route Menhir » débouche sur une ville dont le nom français (« Cromlac’h ») s’inspire à la fois de la ville de Carnac et de la disposition rocheuse nommée cromlec’h, tandis que le nom anglais (« Geosenge ») fait référence au site anglais de Stonehenge.

Justement, la disposition de cailloux en rond sur la carte évoque en réalité davantage Stonehenge que Carnac, dont les menhirs sont plutôt alignés. C’est là que l’on atteint la limite de la comparaison. La région de Kalos reste, avant tout, fictionnelle. La volonté de ressemblance avec la réalité est limitée par un ensemble de facteurs : les spécificités de l’univers fictionnel (rajout de statues représentant des Pokémon), le respect d’exigences propres à la franchise (création d’un désert près de Paris pour y faire vivre certains Pokémon), voire même la méconnaissance de la région d’origine.

Le directeur des jeux, Junichi Masuda, le formule ainsi dans le Point :

« Dans le jeu, on peut visiter des endroits typiquement français et ressentir une ambiance générale qui rappelle la France. Mais ce n’est pas la France, c’est un lieu imaginaire qui s’appelle la région de Kalos. »

Cela conduit, par exemple, des fans à ne pas pouvoir s’accorder sur les lieux réels qui inspirent certaines des villes fictionnelles : Lille ou Amiens, Lyon ou Arles, etc.

Une abondance de clichés…

Cette « ambiance générale qui rappelle la France » est grandement alimentée de clichés. Pour Masuda, la France est un pays où « la beauté et l’élégance régentent la vie de tous les jours » et le nom de la région, Kalos, signifie « beauté » en grec. Kalos est une région créée par une équipe japonaise, à destination d’un public international, pas nécessairement familier de la France et de sa culture. Le jeu ne présente pas la France telle qu’elle est réellement, mais telle qu’elle est imaginée, comme souvent dans les œuvres de fictions.

Des personnages portent des bérets dans la rue, et certains combats dans un château permettent d’obtenir des titres de noblesse. Les noms de lieux sont tous liés aux parfums dans les versions anglaises et japonaises du jeu et à l’art dans la traduction française. Ainsi, le bâtiment évoquant le château de Versailles s’appelle le palais « Parfum » en anglais, et le palais « Chaydeuvre » en français.

Mais un certain réalisme

Malgré ces clichés, le jeu s’avère réaliste sur certaines représentations. Entre les deux jeux Pokémon sur Kalos, conçus à douze ans d’écart, les panneaux d’affichage des gares s’adaptent et les composteurs sont remplacés par des bornes tactiles.

Pokémon X et Y (2013) et Légendes Pokémon : Z-A (2025).
Pokémon

L’attention aux détails est parfois tellement poussée qu’elle peut favoriser l’apprentissage géographique. C’est ce que l’on constate, par exemple, avec la ville de Port Tempères, au nord-ouest de la carte. La ville est qualifiée par le jeu de « station balnéaire chic, réputée pour son paysage enchanteur et son climat fort doux ». Port Tempères est une ville à deux niveaux reliés par un funiculaire : une partie basse, comprenant un port de plaisance, et une partie haute plus résidentielle. Elle est directement inspirée de la ville portuaire du Havre, en Normandie. Les maisons de Port Tempères représentent une version simplifiée de certains bâtiments du centre du Havre.

Port Tempères dans le jeu Pokémon et le centre-ville du Havre (Seine-Maritime, vue 3D de Google Maps).
Pokémon/Google maps

L’équipe du jeu, avant de créer Port Tempères en pixels, réalise un « concept art » à la main, soit ici une illustration d’ensemble destinée à évoquer l’ambiance et illustrer les environs de la ville.

Le funiculaire est en bleu sur l’image. Les visuels à l’arrière de l’illustration évoquent le phare de la Hève (à Sainte-Adresse, Seine-Maritime) et son chapeau rouge ainsi que les célèbres falaises d’Étretat (Seine-Maritime).

Les jeux Pokémon ont donc une capacité à nous faire davantage connaître les lieux réels, qui résulte d’une volonté claire des créateurs. Masuda lui-même le présente comme un des objectifs du jeu «Pokémon X et Y :

« Lorsque nous avons créé cette région, je l’ai fait en ayant à l’esprit que si les enfants et les étudiants du monde entier pouvaient, en jouant à ce jeu, avoir l’envie de visiter la France, c’était gagné. »

The Conversation

Amélie Soubie ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Peut-on apprendre la géographie française grâce aux jeux « Pokémon » ? – https://theconversation.com/peut-on-apprendre-la-geographie-francaise-grace-aux-jeux-pokemon-286912