En la tuberculosis, no todo contagio es un contagio reciente (y por qué importa)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Darío García de Viedma, Responsable del laboratorio de Genómica Microbiana del Servicio de Microbiología Clínica y Enfermedades Infecciosas del Hospital Gregorio Marañón. Facultativo especialista en Microbiología. Doctor en CC Biológicas, Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón IiSGM

Representación de la bacteria _Mycobacterium tuberculosis_, causante de la tuberculosis. Kateryna Kon/Shutterstock

Cuando pensamos en una enfermedad infecciosa, tendemos a imaginar que alguien se contagia hoy, desarrolla síntomas mañana y transmite la infección a otros en los días siguientes. Esta intuición funciona bien para muchas enfermedades respiratorias, pero puede ser una imagen profundamente engañosa con la tuberculosis. De hecho, una parte importante de los casos que etiquetamos como “nuevos” no lo son tanto.

La tuberculosis sigue siendo un problema relevante de salud. En Europa se notifican decenas de miles de casos cada año, con una incidencia aún lejos de los objetivos globales de eliminación. Y entender cómo y cuándo se producen esos casos es mucho más complejo de lo que parece a simple vista.

Agazapada en el organismo

La clave está en una característica fundamental de la bacteria causante: su capacidad para, tras infectar a un individuo, permanecer en el organismo sin generar enfermedad. Cuando alguien se infecta con Mycobacterium tuberculosis, el sistema inmunitario puede contenerla. En esta situación, aunque el microorganismo no se elimina completamente, no se genera enfermedad. Sin embargo, años –o incluso décadas– después, la infección puede reactivarse.

Esto significa que un caso diagnosticado hoy no necesariamente corresponde a un contagio reciente. Puede ser la consecuencia de una infección adquirida mucho tiempo atrás, incluso en otra circunstancia. Y es aquí donde surge el problema: desde el punto de vista de la vigilancia epidemiológica, distinguir entre transmisión reciente y reactivación es esencial. No es lo mismo un brote activo que requiere intervención urgente para controlar otros casos implicados que la reaparición aislada de infecciones antiguas.

Tradicionalmente, los sistemas de vigilancia han utilizado información como contactos conocidos, lugar de residencia o grupos de riesgo para inferir cómo se transmite la enfermedad. Pero estos métodos tienen limitaciones evidentes. Por ejemplo, dos personas pueden vivir en el mismo entorno y desarrollar tuberculosis al mismo tiempo sin haberse contagiado entre sí. O, en un caso opuesto, pueden formar parte de una cadena de transmisión que pasa desapercibida, porque ocurre en entornos de exposición diferentes a los convencionales. En otras palabras: la intuición –incluso la intuición experta– no siempre basta.

Lo que revela la “lupa genómica”

En los últimos años, la genómica ha revolucionado nuestra capacidad para reconstruir la historia de las infecciones. Gracias a la secuenciación del ADN completo de la bacteria, podemos obtener una “fotografía genómica” propia de cada cepa. Como ocurre con los humanos, la imagen de esa fotografía cambia ligeramente con el tiempo: a medida que una cepa circula en una población, acumula mutaciones que actúan como un “reloj molecular”. Esto permite estimar la “edad” de cada cepa y determinar si un nuevo caso de tuberculosis es el resultado de una transmisión reciente o si corresponde a una reactivación de una variante con la que el paciente se infectó hace años.

Diversos estudios han demostrado que esa aproximación mejora la vigilancia epidemiológica, al identificar cadenas de transmisión reales y distinguirlas de coincidencias sin repercusión desde el punto de vista de la transmisión. Cuando se aplica la “lupa genómica”, el panorama cambia: muchos casos que parecían formar parte de transmisión reciente se revelan como reactivaciones de infecciones latentes adquiridas años atrás. En otras palabras, no todo lo que parece un contagio reciente lo es.

Este hallazgo no solo corrige una percepción errónea, sino que tiene implicaciones prácticas muy importantes: si somos capaces de diferenciar reactivaciones de transmisiones activas recientes podemos adaptar convenientemente las estrategias de control. De esa manera es posible dirigir los recursos hacia los entornos donde realmente hay transmisión activa, sin desplegar intervenciones tan intensivas cuando se trata de reactivaciones.

Implicaciones más allá de la tuberculosis

Al margen de las ventajas que esto supone en la lucha contra la tuberculosis, la lección va más allá de esta enfermedad concreta. La genómica está transformando la epidemiología al añadir una dimensión temporal que antes era inaccesible, ya que nos permite no solo saber quién está relacionado con quién, sino también en qué momento tuvo lugar esa relación. Es, en cierto modo, como pasar de ver una fotografía o un fotograma concreto a ver una película entera.

No obstante, proyectando hacia el futuro, el mayor reto al que nos enfrentamos quizá no sea tecnológico, sino conceptual. Estamos acostumbrados a pensar en las enfermedades infecciosas como eventos inmediatos, casi instantáneos. Pero la tuberculosis nos obliga a adoptar una visión más extendida en la que el pasado sigue influyendo en el presente. Y donde la genómica, siempre combinada con datos epidemiológicos y clínicos, nos aporta una imagen más próxima a la realidad de la dolencia para dar una respuesta adaptada a cada infección.

Aceptar que muchos casos “nuevos” no lo son realmente cambia cómo interpretamos los datos, cómo diseñamos intervenciones y, en última instancia, cómo entendemos la dinámica de las enfermedades. Porque en epidemiología, como en la vida, no todo lo que ocurre ahora empezó ayer.

The Conversation

Darío García de Viedma recibe fondos de ISCIII.

Cristina Rodríguez Grande fue beneficiaria de un contrato predoctoral PFIS (ISCIII – FI20/00129, 2021-2024)

Laura Pérez García recibe fondos de ISCIII (PI19/00331).

Sheri M. Saleeb receives a predoctoral contract through CIBERES

Silvia Vallejo Godoy es beneficiaria de las Acciones para el refuerzo con recursos humanos de la actividad investigadora en las Unidades Clínicas del Servicio Andaluz de Salud 2025.Expediente. A3-0006-2025. Recibe fondos FPS 2020 – Proyectos de I+i en Atención Primaria, Hospitales Comarcales y CHARES. AP-0627-2024-C5-F2

José Antonio Garrido Cárdenas, Miguel José Martínez Lirola y Sergio Buenestado Serrano no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. En la tuberculosis, no todo contagio es un contagio reciente (y por qué importa) – https://theconversation.com/en-la-tuberculosis-no-todo-contagio-es-un-contagio-reciente-y-por-que-importa-280105

Afrodita, ‘Euphoria’ y la mirada masculina: ¿quién decide qué mujer es bella?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Martínez Rodríguez, Profesora de Historia del Arte, Universidad de La Rioja

La actriz Sidney Sweeney en una imagen de la tercera temporada de _Euphoria_. HBO

Para los antiguos griegos, Afrodita era la diosa del amor y la belleza, y fue proclamada como la más bella del Olimpo por el mortal Paris en el juicio de la manzana.

El origen de este pasaje mitológico, tal y como lo relata el poeta romano Ovidio en las Heroidas (XVI, 65-68), se sitúa en las bodas de Tetis y Peleo, cuando la diosa de la Discordia lanzó una manzana dorada y retó a la diosa más bella a recogerla. Hera, Atenea y Afrodita se sintieron con derecho a este reconocimiento, y la responsabilidad de la decisión final recayó en Paris. Cada diosa ofreció al mortal una jugosa recompensa, y este eligió a esa última –que le prometió el amor de Helena, en lo que sería el desencadenante de la Guerra de Troya–.

La diosa griega Afrodita está representada semidesnuda de pie sobre su pierna derecha, con el pie izquierdo apoyado en un casco.
Venus de Capua, copia romana basada en un original de principios de la época helenística de Afrodita.
Marie-Lan Nguyen /Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, CC BY

Si algo ha traslucido de este concurso de belleza fundacional es que las representaciones artísticas de la diosa Afrodita que han llegado hasta nuestros días pueden considerarse como el ideal estético del clasicismo. Una belleza idealizada, sublimada, depurada de cualquier imperfección –como corresponde, por otro lado, a la divinidad–, es la que encontramos en las esculturas helénicas que, copiadas después por los romanos, sirvieron siglos más tarde para marcar el canon estético del Renacimiento y, posteriormente, del Neoclasicismo.

Porque aunque se dice que sobre gustos no hay nada escrito, lo cierto es que el gusto ha sido un tema ampliamente trabajado por la filosofía y la estética.

Quién dice qué es bello

Aunque la reflexión sobre la belleza está presente –y de manera destacada– desde la Antigüedad, la estética como disciplina filosófica surge en la modernidad; concretamente en el siglo XVIII, de la mano de A. G. Baumgarten. Este autor ofrece su primera definición como la ciencia que se ocupa de los objetos sensibles, es decir, de las “cosas percibidas”. A diferencia de las cosas conocidas (noetá), propias de la lógica, las cosas percibidas (aisthetá) proceden de los sentidos.

El filósofo alemán Immanuel Kant, siguiendo, entre otros, los planteamientos de Baumgarten, sostiene que lo bello –categoría fundamental de la estética– es aquello que da lugar a un juicio desinteresado y con pretensión de universalidad, sin que en su contemplación intervenga un fin práctico. El sentimiento de lo bello agrada porque no está vinculado al deseo ni a la utilidad para el sujeto, sino que se presenta como una finalidad en sí misma.

Para el empirista inglés David Hume, en cambio, “la belleza no es una cualidad de las cosas mismas; existe solo en la mente que las contempla, y cada mente percibe una belleza diferente”. Por ello, la belleza depende de la sensibilidad y de la experiencia.

Pero algo en común comparten estas valoraciones: a pesar de sus diferencias –y de las muchas otras definiciones que podrían recogerse a lo largo de la historia de la filosofía–, la mayor parte de ellas son formuladas por hombres, a cuya mirada se le atribuye una pretensión de universalidad.

Igualmente, la belleza de la diosa Afrodita es innegable, irrefutable, repetida a lo largo de la historia del arte y premiada con la manzana dorada y con ella certificada. Pero, según el mito, ¿quién fue juez y jurado de este primitivo juicio estético? Paris, un hombre, un mortal.

La mirada de un hombre

El término male gaze (traducido habitualmente al castellano como “mirada masculina”) ha ido ganando presencia en los últimos años, especialmente a través de las redes sociales, muy vinculado al mundo del audiovisual. En este contexto, alude a la construcción de personajes de ficción desde el punto de vista de los hombres –implícitamente heterosexuales– a fin de satisfacer a sus homólogos espectadores. Los personajes femeninos así creados aparecen con frecuencia hipersexualizados y reducidos a objetos de contemplación, un proceso que autoras como Martha Nussbaum y Sandra Bartky han denominado cosificación.

El término male gaze fue acuñado originalmente por la feminista Laura Mulvey en su ensayo Visual Pleasure and Narrative Cinema. Allí analiza cómo el lenguaje cinematográfico clásico reproduce relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres. Aunque ese texto es de 1975, lo que plantea es de gran actualidad.

Esta mirada masculina parece estar más presente que nunca en la nueva temporada de la serie de televisión Euphoria. En ella, el personaje de Cassie (interpretado por Sydney Sweeney) comienza a crear contenido erótico para las redes sociales, introduciendo la “monetización” de la mirada masculina en el argumento. Al ver un anticipo de esta trama en el tráiler, las redes sociales se llenaron de comentarios criticando la exagerada sexualización de su personaje a lo largo de las temporadas y combinando las críticas hacia el personaje y hacia la propia actriz.

Segundo tráiler de la tercera temporada de Euphoria.

Persona y personaje

En los nuevos capítulos, Cassie vive en su “burbuja residencial republicana”. Solo la primera imagen –en la que se la ve vestida de perrito con el culo en pompa sobre una caseta de mascotas– sería suficiente para que las autoras mencionadas corroborasen todas sus teorías sobre cosificación y mirada masculina. Cuando su prometido le recrimina que se venda por dinero, como una prostituta, ella se defiende diciendo que solo quiere contribuir a la economía familiar.

El atractivo erótico de la joven es innegable. Sweeney es la encarnación de la mujer despampanante, siguiendo la estela de Marilyn Monroe o Dolly Parton. Entonces… ¿qué pasa con la persona real? ¿Es ella la nueva Afrodita? ¿Y quién lo ha decidido?

Euphoria es una serie creada, escrita y dirigida casi exclusivamente por un hombre: Sam Levinson. La mirada inicial que se ha presentado sobre la actriz –que alcanzó la fama con esta serie– ha sido, por tanto, moldeada por el ojo de un creador masculino, que entrelaza el valor que el personaje –Cassie– y su entorno le dan a su físico con la forma en la que la serie la observa. ¿Ha sido esa mirada consciente –luego crítica– o inconsciente? Independientemente de la intención, ha llegado a un público concreto.

Tras despuntar en Euphoria, Sydney Sweeney ha protagonizado numerosas películas y ha sido imagen de varias marcas de moda. Quizá la más sonada sea su colaboración con American Eagle, que la erigió como icono femenino del estadounidense medio, como si de una divinidad griega se tratara.

Esto enlaza con la aprobación que el público masculino realiza –de forma vocal– del cuerpo de la actriz. Bajo su mirada, Sweeney representa esa voluptuosidad afrodisiaca que lleva siglos siendo objeto de deseo e inspiración. Como dijo un usuario en la plataforma X: “Sydney Sweeney puede quedarse quieta como una estatua, y aun así los hombres pagarían por verla”. Esto sucede, por supuesto, independientemente de que ella lo apruebe, lo busque o lo quiera. Es la mirada externa –considerada mayoritaria– la que la ha erigido en un icono sexual, sin que le hayan preguntado.

La belleza de Afrodita

Los estándares de belleza han ido cambiando a lo largo de la historia, desde Las tres Gracias de Rubens, hasta las Kardashian. Pero en cada década podemos establecer con cierta uniformidad un ideal estético que determina la belleza femenina, sin tener en cuenta gustos personales. En lo que respecta al cuerpo de las mujeres, lo bello adquiere esa categoría bajo la mirada masculina, que se arroga la pretensión de la universalidad. Y es que, como apuntaba el novelista y teórico del arte francés André Malraux:

“Hay gustos así como hay colores; pero los hombres se ponen de acuerdo más fácilmente sobre la belleza de las mujeres que sobre la de los cuadros, porque casi todos han estado enamorados y no todos han sido ‘amateurs’ de la pintura”.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Afrodita, ‘Euphoria’ y la mirada masculina: ¿quién decide qué mujer es bella? – https://theconversation.com/afrodita-euphoria-y-la-mirada-masculina-quien-decide-que-mujer-es-bella-278859

¿Qué supone el ascenso al poder de un milenial en Hungría para élites y votantes jóvenes europeos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José-Francisco Jiménez-Díaz, Profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración, Universidad Pablo de Olavide

Péter Magyar, vencedor de las últimas elecciones legislativas de Hungría, se hace un selfie con una seguidora en junio de 2024. Sarkadi Roland/Shutterstock

Líderes como Péter Magyar en Hungría o Zohran Mamdani en la alcaldía de Nueva York
reabren un debate recurrente en la política: ¿hasta qué punto importan la edad y generación de los dirigentes?

El enfoque social de las generaciones es muy adecuado para contextualizar los procesos de cambio sociopolítico. Generación alude a un grupo social, nacido en un intervalo temporal y socializado bajo la influencia de ciertos acontecimientos históricos en sus “años impresionables” (entre 15 y 25 años de edad).

Ese grupo sostiene relaciones sociales concretas con sus contemporáneos (todas las generaciones vivas) y sus coetáneos (las personas de su misma generación) en un momento histórico.

Pertenecer a una generación no determina el carácter, sino que apunta a ciertos acontecimientos que forjan las formas de relacionarse de un grupo social.

Marcados por la Guerra Fría

La hegemonía política europea y mundial está representada por presidentes y primeros ministros nacidos a mediados del siglo XX, entre 1940 y 1950. Es decir, los años impresionables de dichos dirigentes transcurrieron en plena Guerra Fría. Por ende, líderes mundiales relevantes son septuagenarios u octogenarios. Pero su relevo puede estar cerca.

Ante la hegemonía de líderes políticos más mayores, la llegada de un milenial a la política europea en 2026 rompe la tendencia gerontocrática de la escena mundial.
El ascenso al poder de Péter Magyar (1981) puede interpretarse como una señal de cambio en un contexto de desgaste político y fatiga de las democracias liberales, prolongado, al menos, desde 2010.

En buena medida, el movimiento de los indignados en España respondió a dicho desgaste en 2011, y estuvo liderado por las generaciones más jóvenes.

Hungría se ha tornado en un laboratorio para observar hasta qué punto el relevo generacional puede traducirse en cambio político real. Tras más de una década de dominio de Viktor Orbán, nacido en 1963, la aparición de un perfil más joven no solo introduce una alternativa electoral, sino también una narrativa de renovación.

La victoria de Magyar se vincula a su percepción como líder político menos ideologizado y “capaz de entender y reformar el sistema”. Los procesos de relevo generacional suelen ser graduales y coinciden con momentos de descontento social, en los que la ciudadanía busca figuras que encarnen ruptura más que continuidad.

De la hegemonía de los boomers a la llegada de los milenials.

Varias publicaciones recientes muestran que políticos nacidos en la posguerra civil española, como Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy, dominaron el campo político hasta la segunda década del siglo XXI.

En España, la generación de dicha posguerra ha dominado la política durante casi cuatro décadas.
En Estados Unidos, Biden y Trump, nacidos en la década de 1940, han dirigido la política en el pasado decenio. En Israel, Benjamín Netanyahu (1949) ejerce como primer ministro, después de dos mandatos previos. Los presidentes de Portugal (Rebelo de Sousa, hasta marzo de 2026) e Italia (Mattarella, en el cargo desde 2015) también nacieron en los años 40. Los presidentes de China, India, Rusia y Turquía lo hicieron en los 50, al inicio de la Guerra Fría. Por último, el canciller alemán Friedrich Merz (1955) y el presidente Frank-Walter Steinmeier (1956) son coetáneos de los líderes anteriores.

Desde una mirada global, la política todavía sigue dominada, tras varias décadas, por la generación del baby boom.

Una nueva forma de conectar con los votantes jóvenes

Aunque ser líder de la generación milenial (que abarca a las personas nacidas en el periodo 1980-1995) no implica impulsar políticas distintas a las aplicadas por los líderes más mayores, sí parece representar ciertas posibilidades de cambio en sistemas políticos percibidos como anquilosados y desgastados.

El factor generacional marca diferencias claras en la relación con el electorado más joven.
Estudios del Eurobarómetro, del Pew Research Center y del Centro de Investigaciones Sociológicas apuntan a que las generaciones más jóvenes participan menos en la política convencional (menor afiliación a partidos, mayor abstención electoral) y están más descontentos con la democracia, pero no son apáticas. Es decir, la juventud se relaciona políticamente de otras maneras.

En ese escenario, los líderes más jóvenes parten con ventaja. Comparten códigos culturales, manejan con naturalidad las redes sociales y adoptan un lenguaje y estilo comunicativo más directo con el electorado joven. Esto facilita una conexión que desborda los canales institucionales clásicos.

Sin embargo, esta afinidad generacional tiene límites. Los votantes jóvenes son también los más volátiles y más críticos: cambian de preferencia con mayor rapidez y exigen coherencia entre discurso y resultados.

Como señalan diversos investigadores, se trata de una ciudadanía menos leal, pero más exigente y crítica. La afinidad generacional abre la puerta, pero no garantiza la fidelidad política. A medio plazo, la ciudadanía más joven tiende a cambiar sus preferencias en función de nuevas expectativas que ofrezcan otras opciones políticas.

¿Puede extenderse este relevo generacional en Europa?

En España, hay diversos ejemplos de liderazgos de la generación milenial: Pere Aragonès (1982), Gabriel Rufián (1982), Marga Prohens (1983), Fernando López Miras (1983), Irene Montero (1988), Ione Belarra (1987), Alvise Pérez (1990), etc.

Europa no es ajena a liderazgos jóvenes. Casos como el francés Emmanuel Macron (1977), el británico Rishi Sunak (1980), la finlandesa Sanna Marin (1985) o el ucraniano Volodímir Zelenski (1978) muestran que la edad puede convertirse en un activo político. Pero el posible “efecto contagio” del caso húngaro dependerá de varios factores.

Por un lado, existe un incentivo claro: muchos partidos europeos tienen dificultades para movilizar a los jóvenes y podrían apostar por perfiles generacionalmente más cercanos. Por otro, persisten los límites estructurales. Los partidos son organizaciones jerárquicas, burocratizadas y con líderes de recorrido dilatado, donde el acceso al liderazgo presidencial requiere trayectorias largas.

Esto significa que el relevo generacional no es automático ni uniforme. Más bien, aparece de forma gradual y desigual, especialmente en contextos de profunda crisis política.

Lo inevitable

Quienes ostentan el poder político tienden a perpetuarse en el mismo. Pero la vida está limitada temporalmente y el relevo político generacional termina por suceder.

Dicho relevo suele acontecer enmarcado en crisis políticas. En la próxima década, los milenials, hijos de los boomers, ascenderán al liderazgo y ello implicará cambios sociopolíticos notables.

La edad y generación de los liderazgos políticos importan, pero no por lo que son dichos liderazgos sino por lo que simbolizan y por las relaciones trabadas con el electorado. La llegada de la generación milenial no implica por sí misma una mutación de la política. Su importancia es simbólica y relacional: representa una demanda social de renovación, nuevas formas de comunicación y otras interacciones entre ciudadanía y
poder
.

En síntesis, la victoria electoral de Magyar en Hungría se enmarca en una tendencia más amplia. En un contexto de incertidumbre y de desgaste institucional, la llegada de líderes más jóvenes no implica tanto una nueva política como narrativas y promesas de cambio.

The Conversation

José-Francisco Jiménez-Díaz es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA). Recientemente ha recibido financiación, como investigador principal, para el Proyecto “Análisis generacional del liderazgo político presidencial en España: estudio del Gobierno central y del Gobierno andaluz”. Ayudas para el desarrollo de Líneas de Investigación Propias, VI Plan Propio de Investigación y Transferencia (2023-2026), Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. Referencia: PPI2404. En el marco de dicho proyecto ha coordinado el libro titulado: Generaciones y liderazgos políticos en España y Europa. Tirant lo Blanch, Valencia, 2026. Colección: Ciencia Política, número 107. Páginas: 440. ISBN: 979-13-7021-823-2.

ref. ¿Qué supone el ascenso al poder de un milenial en Hungría para élites y votantes jóvenes europeos? – https://theconversation.com/que-supone-el-ascenso-al-poder-de-un-milenial-en-hungria-para-elites-y-votantes-jovenes-europeos-281397

Latest attack threatening President Trump reflects rising political violence in US

Source: The Conversation – USA – By James Piazza, Liberal Arts Professor of Political Science, Penn State

President Donald Trump speaks at the White House on April 25, 2026, after the cancellation of the annual White House Correspondents Association Dinner. Andrew Leyden/Getty Images)

For the third time in three years, Donald Trump has come under threat by an attacker. Many facts remain unclear after a gunman stormed the Washington Hilton on April 25, 2026, during the White House Correspondents’ Association dinner.

As the investigation into the shooting continues, Alfonso Serrano, The Conversation’s politics and society editor, spoke with James Piazza, a political violence scholar at Penn State, about what is driving the rise of political violence in the U.S. and what can be done about it.

This is not the first time Trump has faced political violence. What stands out after the latest attack?

I think the events of April 25 underscore how dangerous this political moment is in the United States. For the past several years – certainly since Jan. 6, 2021 – the U.S. has been experiencing a period of increased political violence, which is generally defined as violence that is motivated by politics or is intended to communicate a political message or achieve a political objective.

Researchers at the Polarization & Extremism Research & Innovation Lab have documented that political violence has increased in the U.S. in recent years. Several recent examples come to mind: the Jan. 6, 2021, insurrection at the U.S. Capitol building; multiple assassination attempts on President Trump; the deadly attacks on Minnesota lawmakers Melissa Hortman and John Hoffman that left Hortman and her husband dead; the attempted murder of Paul Pelosi; the assassination of Charlie Kirk. In my home state of Pennsylvania, Gov. Josh Shapiro was targeted in an attack on the governor’s mansion.

Dozens of police cars line a street.
Law enforcement responds to an incident at the Washington Hilton during the White House Correspondents Dinner on April 25, 2026, in Washington.
AP Photo/Allison Robbert

What’s driving that apparent plague of political violence afflicting the country?

There are several important drivers of political violence at work in the U.S. today, according to my own research and research by other scholars. The United States is currently very politically polarized, meaning that Americans are sharply divided against one another along partisan lines. They are suspicious and hostile toward one another, and this produces a tense and volatile environment for politics and public life. This has produced a “zero-sum” environment in which every election and political contest is a “do or die” moment.

What stands out to me is the moral dimension of polarization in the U.S. Each side views members of the other party not as merely having a different view on politics but rather as evil or immoral. The polarized environment has made political violence more normalized. It has also dampened public backlash against political violence when it occurs. This makes political violence more likely.

Political rhetoric has become much more divisive and violent in nature. This works hand in hand with polarization and helps to further normalize political violence. In particular, when politicians use demonizing or dehumanizing rhetoric to attack their opponents – for example, using words that depict their opponents as subhumanthis fosters extremism and helps motivate extremists to hurt their opponents physically.

Disinformation is also an important driver of political violence. A number of people who have engaged in recent acts of political violence seem to have been motivated by conspiracy theories and other forms of disinformation, often gleaned from social media. Disinformation plays a particularly important role in the context of social media communities, where people are exposed to large amounts of disinformation and are hermetically sealed off from other sources that might challenge their worldview. This facilitates radicalization and has been shown to fuel political violence in some cases.

Finally, I think an important factor is also the current assault on democratic norms and democratic institutions in the United States. U.S. democracy is experiencing pressures that are unprecedented in the modern era. This has had a very damaging effect on Americans’ trust in government, confidence in democratic institutions and value for democratic rule itself.

My work shows that individuals who are skeptical about democracy are much more likely to express support or tolerance for political violence.

A man in front of a podium stands in front of dozens of seated people.
President Donald Trump takes questions at the White House on April 25, 2026, after a shooting incident at the White House Correspondents’ Dinner.
Mandel Ngan/AFP via Getty Images

How does this moment of political violence stand out from other violent periods in U.S. history – are we in uncharted waters?

While the U.S. is currently experiencing an uptick in political violence, unfortunately it is not unprecedented. One example would be the highly polarized period in the 1850s in the run-up to the Civil War. In this era, there was a sharp division between abolitionists and advocates of slavery. This culminated in political assassinations, an assault on an abolitionist member of Congress by a pro-slavery member of Congress, and a bloody civil conflict in Kansas between pro- and anti-slavery armed groups.

The early 1900s, right after World War I, saw another increase in political violence due to labor issues and violence by the second generation of the Ku Klux Klan.

Finally, the 1960s also saw a period of intense political violence surrounding opposition to the Vietnam War and backlash to the Civil Rights Movement.

Though there are some unique features about political violence today – namely the influence of social media – I think we can look for some parallels in these early periods of political violence.

Any last thoughts?

I believe it is absolutely critical that both Democratic and Republican politicians – politicians from all sides – unite to condemn this attack and all political violence. Political commentators and influencers can also condemn this and all use of political violence.

Research amply shows that what political elites – politicians, political leaders, media commentators, online influencers – say in the wake of these sorts of events has a huge effect on citizens’ attitudes. Political elites can adopt rhetoric that does not normalize this sort of behavior.

If the message comes from across the political spectrum, it will be that much more effective at reducing the public attitudes that nurture political violence.

The Conversation

James Piazza has received grants from the McCourtney Institute for Democracy at Penn State, a non-partisan research and public events center that sponsors research on democracy.

ref. Latest attack threatening President Trump reflects rising political violence in US – https://theconversation.com/latest-attack-threatening-president-trump-reflects-rising-political-violence-in-us-281513

Enfermedades del pasado: trilobites heridos, dinosaurios cojos y otros males prehistóricos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Blanca Moncunill Solé, Investigadora posdoctoral, Universidade da Coruña

Restos de fósiles marinos (Marruecos, Ordovícico), incluyendo trilobites, estrellas de mar, ofiuras, entre otros. Roman Deckert, CC BY-SA

En ocasiones, los paleontólogos descubren tejidos o estructuras extrañas en los restos fósiles que les hacen sospechar que estuvieron enfermos. La paleopatología es la disciplina científica que analiza estas alteraciones y nos permite conocer qué dolencias padecieron los organismos que habitaron la Tierra en épocas pasadas.

Se han identificado procesos patológicos en una gran diversidad de organismos extintos, desde protozoos hasta vertebrados. No obstante, son más frecuentes en aquellos grupos que poseen partes duras (más fáciles de fosilizar), como huesos o conchas.

Además de aportar datos sobre la biología y ecología de esos organismos, su estudio también es relevante para entender el origen, la distribución y la evolución de las enfermedades a lo largo del tiempo.

¿Cómo funciona la paleopatología?

La comparativa entre presente y pasado es clave para entender los males que afectaron a los seres prehistóricos. Para lograr un diagnóstico, la paleopatología se apoya en una premisa fundamental: las enfermedades se desarrollan de forma comparable en especies actuales y extintas.

Los avances tecnológicos han permitido un importante salto cualitativo en esta disciplina. Al igual que en medicina, los fósiles con anomalías se escanean a alta resolución, usando lo que conocemos como TAC. Con los resultados, es posible observar estructuras y tejidos internos y profundizar en el diagnóstico de la dolencia sin dañar el resto fósil.

Distintos huesos patológicos, incluyendo un fémur de mamut del Pleistoceno con enfermedad infecciosa, hoja de sasafrás eocénica con daños causados por insecto, fémures humanos de edad romana con malformaciones, y un húmero de dinosaurio con marcas de depr
A. Hueso de elefante, posiblemente mamut, del Pleistoceno. Se observan unos enormes agujeros relacionados con alguna probable dolencia infecciosa. B. Hoja de sasafrás, datada de aproximadamente el Eoceno. Las zonas ausentes del interior fueron causadas por daños de insectos. C. Fémures de humanos de la edad romana, con malformaciones consecuencia de fracturas u otras lesiones. D. Húmero de Saurolophus, del Cretácico Superior de Mongolia, en distintas vistas. Las flechas señalan marcas de mordedura hechas por un dinosaurio carnívoro.
A. Wellcome Library, London; CC BY 4.0.; B. Kevmin, CC BY-SA 3.0.; C. Wellcome Library, London; CC BY 4.0; D. David W.E. Hone & Mahito Watabe, CC BY 4.0, CC BY-SA



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A la caza del trilobites!

Los trilobites, con más de 22 000 especies descritas, son el emblema del Paleozoico (539-251 millones de años). Estos artrópodos extintos, provistos de un caparazón duro, habitaron ambientes marinos de prácticamente todo el mundo. Además, fueron algunos de los primeros organismos en experimentar la depredación en sus propias carnes.

En algunos restos de trilobites se han podido observar partes truncadas o melladas. Científicamente estas lesiones se ha interpretado como posibles mordeduras de depredadores. En algunos casos, los bordes de estos bocados muestran signos de remodelación, sugiriendo que fueron ataques de depredación infructuosos. Por esa vez, el trilobites se salvó.

Espécimen de trilobites con marcas relacionadas con depredación. La remodelación sugiere que el animal sobrevivió al ataque.
Espécimen TMP.1983.021.0034 de trilobites Gabriellus kierorum (Cámbrico). En la figura A se observa el espécimen completo, y en B un aumento de la anomalía. Con flechas blancas se señala ese truncamiento, con cierto grado de remodelación. Se interpreta como un evento de depredación infructuoso.
Bicknell y Holland, 2020, CC BY-NC-SA

Pero ¿quién se comía a estos animales? Se cree que lo más probable es que sus depredadores fueran otros invertebrados durófagos, como cefalópodos, asteroideos, artrópodos, etc. Algunos tenían conos orales y otros estaban provistos de espinas en las patas, similares a las de los actuales cangrejos de herradura. También los había que presentaban apéndices frontales que funcionarían como martillos. Fuera la herramienta que fuera, les permitía romper su caparazón biomineralizado.

Históricamente, se había pensado que los principales depredadores eran los anomalocáridos. No obstante, hoy en día existen dudas al respecto. Se sugiere que sólo los depredaban justo después del proceso de muda, cuando el caparazón del trilobites no estaba endurecido.

Además de lesiones relacionadas con la depredación, en los trilobites también se han identificado anomalías asociadas a otros procesos. Por ejemplo, alteraciones del desarrollo, complicaciones durante la muda o enfermedades causadas por parásitos.

Renqueando en el Jurásico

En los restos óseos y dentales de dinosaurios mesozoicos se han identificado un sinfín de alteraciones patológicas. Algunas se interpretan como traumatismos (fracturas, amputaciones, etc), otras como infecciones, y también se han documentado enfermedades degenerativas o alteraciones del desarrollo.

Pero los dinosaurios no sólo nos han dejado restos esqueléticos, sino también evidencias de su actividad. Estas huellas o rastros (conocidas como icnitas) pueden aportar información sobre su locomoción como, por ejemplo, la velocidad a la que se desplazaban, o de comportamiento, si se movían en manada o en solitario.

Además, algunas icnitas sugieren que ciertos dinosaurios presentaban problemas en la marcha. En estos rastros se observa una asimetría en la longitud de los pasos. Es decir, alternaban zancadas largas con otras más cortas. Una hipótesis sugiere que este patrón podría indicar una marcha irregular, posiblemente para evitar cargar una de las extremidades. El origen, entre otras causas, podría ser una herida o una artritis. Aunque no son tan habituales como las patologías en hueso y dientes, se han identificado marchas irregulares en distintos tipos de dinosaurios.

Fragmento del rastro de huellas de dinosaurio saurópodo en Colorado del Jurásico Superior, con posibles problemas en la marcha, y parámetros de estudio.
Fragmento del rastro de huellas de dinosaurio saurópodo en Colorado (EE. UU.), yacimiento West Gold Hill del Jurásico Superior, con posibles problemas en la marcha. En C se muestran los parámetros que se miden para estudiar el rastro.
Romilio et al. (2025), CC BY

Por otra parte, en el estudio de las huellas también pueden observarse malformaciones en los dedos y en las palmas. Se han identificado icnitas de dinosaurios con dedos ausentes, fracturados o deformados, así como extremidades curvadas o irregulares. También algunos con excrecencias anómalas, e incluso huellas completamente torcidas. Estas formas aberrantes probablemente reflejan lesiones del animal (fracturas, infecciones, etc.) o alteraciones durante su desarrollo.




Leer más:
¿Cómo se puede saber la apariencia de los dinosaurios si solo tenemos sus huesos?


Evidencias que el tiempo borró

No todas las enfermedades que afectaron a los organismos del pasado pueden detectarse en el registro fósil. La escasa preservación de tejidos blandos genera un importante sesgo, ya que la mayoría de lesiones y dolencias no dejan huella en las estructuras duras ni en los restos de su actividad. Además, las respuestas del tejido óseo suelen ser lentas y, en algunos casos, pueden tardar años o incluso décadas en desarrollarse. Por ello, muchas enfermedades, especialmente las de carácter letal, no dejan rastro alguno en los fósiles y permanecen fuera de nuestro conocimiento en el tiempo profundo.

Otro problema es el mimetismo tafonómico. Durante el enterramiento y otros procesos tafonómicos pueden generarse alteraciones similares a las lesiones patológicas, como abrasiones o fracturas. Por ello, el equipo investigador a cargo del estudio debe ser cauteloso y prestar especial atención a los detalles para evitar identificar enfermedades donde no las hay.

La paleopatología nos enseña que la enfermedad ha existido desde que la propia vida se inició. Aunque rara vez deja huella en el registro fósil, cuando lo hace nos permite asomarnos a las historias de los organismos de una manera completamente inusual: no solo cómo vivían, sino también cómo enfermaban, resistían o no lograban sobrevivir. Incluso en el pasado más remoto, la vida nunca estuvo libre de sus propias fragilidades.

The Conversation

Blanca Moncunill Solé recibe financiación de la Agencia Estatal de Investigación y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través de un contrato Ramón y Cajal (RYC2023-045129-I), así como de la Xunta de Galicia, en el marco del programa “Axudas para a consolidación e estruturación de unidades de investigación competitivas e outras accións de fomento nas universidades do Sistema universitario de Galicia (SUG)” (ED431B 2024/03).

ref. Enfermedades del pasado: trilobites heridos, dinosaurios cojos y otros males prehistóricos – https://theconversation.com/enfermedades-del-pasado-trilobites-heridos-dinosaurios-cojos-y-otros-males-prehistoricos-280438

Le paradoxe des jeux vidéo : entre glorification de la violence et émergence d’une conscience morale

Source: The Conversation – France (in French) – By Emmanuel Petit, Professeur de sciences économiques, Université de Bordeaux

Capture d’écran du jeu *Fortnite*, produit par Epic Games. Whelsko/Flickr

Depuis les premiers jeux violents des années 1970, le débat sur l’impact des jeux vidéo divise : corrompent-ils ou éduquent-ils ? Notre recherche montre que la clé réside moins dans la violence elle-même que dans la manière dont les jeux, par leur design et leur narration, suscitent des émotions chez les joueurs – entre indifférence et prise de conscience morale.


Le 5 février 2026, lors d’une interview, le président de la République, Emmanuel Macron, a exprimé le fait que

« [l]a violence qui s’installe dans la société chez les plus jeunes […] est aussi liée au fait que les enfants, les adolescents, sont beaucoup plus exposés à la violence dans des vidéos ».

Les jeux vidéo, a-t-il poursuivi, « où on descend tout le monde, dont Fortnite, c’est pas ça la vie, parce que ça déréalise le rapport à la violence ».

Pourtant, l’engouement récent autour de Clair Obscur : Expedition 33 – jeu acclamé par la critique et primé aux Game Awards 2025 et aux Pégases 2025 pour son approche narrative et son exploration des dilemmes moraux – rappelle que le jeu vidéo peut aussi être un vecteur de réflexion profonde. Clair Obscur illustre la capacité d’un jeu à susciter des émotions complexes, interrogeant le joueur bien au-delà du simple divertissement.

Suscitant l’indignation des gamers, la remarque présidentielle a relancé le débat sur les effets de la violence inhérente à de nombreux jeux sur les comportements des jeunes dans le monde réel. Certes, le chef de l’État a reconnu qu’il ne fallait pas mettre « tout dans le même sac » et que certains usages des jeux vidéo étaient « bons », comme l’atteste en effet toute une littérature en game studies autour des jeux historiques, persuasifs, pédagogiques ou encore ce qu’on appelle les jeux sérieux.

Cependant, comme l’a montré l’économiste Agne Suziedelyte, il est difficile de trouver des preuves empiriques que les actes de violence déclarés par les enfants envers autrui augmentent après la sortie d’un nouveau jeu vidéo violent. Ainsi, les politiques qui restreignent la vente de jeux vidéo aux mineurs auraient, selon l’autrice, peu de chances de réduire la violence.

La question de la violence et de ses effets reste cependant en suspens lorsque l’on regarde de plus près la façon dont sont conçus les jeux de guerre. Notre hypothèse est que certains jeux peuvent générer de le violence, ou rendre indifférents à la violence, parce qu’ils mobilisent la figure du héros et qu’ils donnent la priorité à la dynamique ludique du jeu.

D’autres jeux, au contraire, sont capables de créer un design et un narratif qui incitent les joueurs à une véritable réflexion morale. Dans les deux cas, comme nous le suggérons dans notre ouvrage, Émotions et Jeux vidéo. Une approche comportementale et institutionnelle (Garnier Flammarion, 2026), ce sont les émotions ressenties et exprimées par les joueurs qui sont au cœur de la dynamique vidéoludique et de l’apprentissage moral.

Quand le divertissement efface l’éthique

Un jeu vidéo, c’est avant tout un savant mélange entre la définition de règles plus ou moins rigides (ce que l’on appelle le game) et une mécanique de jeu qui donne au joueur le plaisir (le fun) qu’il est venu y chercher (ce qu’on appelle le play). Dans tous les jeux, les concepteurs cherchent à maintenir un équilibre attractif entre les contraintes (induites par les règles) et la liberté d’action du joueur.

De la même façon, les concepteurs sont soucieux de trouver un équilibre entre l’expérience hédonique du joueur et ce qu’il apprend ou saisit au cours de cette expérience. L’« économie rétentionnelle » du jeu vidéo implique en particulier la mise en œuvre d’une interface vidéoludique (design, narration, cinématiques, etc.) qui suscite en permanence l’attention des joueurs, par l’intermédiaire notamment des mécanismes d’« amplification affective ». C’est ainsi, selon James Ash, chercheur en games studies, que lorsque « les variables [à saisir dans le jeu] sont trop nombreuses, le joueur est débordé et perd le sentiment de maîtrise ; à l’inverse, s’il n’y en a pas assez, il peut s’ennuyer faute de défis. »

En étudiant les jeux de guerre, qu’on appelle aussi des jeux de tir à la première personne – comme, par exemple, Call of Duty, Counter-Strike, Battlefield, Overwatch, Halo, Rainbow Six – les chercheurs en études vidéoludiques ont montré que ces jeux violents déforment la réalité de la guerre en recourant à des mécanismes de désengagement moral : justification et incitation systématique de la violence, mise en avant de la figure du héros, occultation des conséquences de la guerre, déshumanisation des ennemis, invisibilisation des victimes et des populations vulnérables (comme les femmes et les enfants).

Ces procédés – narratifs et ludiques – transforment la guerre en un divertissement sans ambiguïté morale. En évitant toute confrontation avec la complexité éthique des conflits réels (traumas, deuils, dilemmes), ces jeux banalisent la violence et réduisent l’empathie, tout en renforçant une vision simpliste du bien contre le mal. Le joueur ne tire aucune intuition morale de son expérience dans le jeu et passe à côté de la représentation de ce que serait une « guerre juste » dans laquelle les protagonistes respecteraient les normes humanitaires fixées par la Convention de Genève.

Jeux vidéo et responsabilité morale : l’exemple du phosphore blanc dans Spec Ops: The Line

Dans les jeux, la morale a tout d’abord été introduite en opposition à l’intérêt personnel du joueur. Par exemple, Papers, Please met les joueurs dans l’embarras en les confrontant à leur désir de poursuivre la progression dans le jeu qui s’oppose à la possibilité de venir en aide à l’un des personnages virtuels du jeu. Le dilemme moral est dit « impur », puisque le joueur a intérêt à ne pas secourir le personnage. Plus intéressante est la situation où l’intérêt ne rentre pas en ligne de compte comme c’est le cas dans l’effrayant Until Dawn où le joueur doit décider quel personnage virtuel il doit sacrifier, sans que cela ait une incidence sur sa progression dans le jeu.

Dans ces cas, le joueur fait face à un véritable dilemme moral. Apprend-il cependant quelque chose de son choix ?

Dans une version plus récente de Call of Duty: Modern Warfare, le joueur ne contrôle pas un soldat surentraîné (un héros) mais une enfant blessée, traumatisée, piégée dans un espace ravagé. En jouant notamment sur la mécanique du jeu (vitesse de déplacement réduite, absence d’armement, etc.) et sur l’impuissance de son personnage-joueur, cet épisode propose une expérience immersive qui favorise une prise de conscience empathique vis-à-vis des civils, réels ou fictionnels, dans les zones de conflits. Ces mises en situation peuvent ainsi faire naître chez le joueur une réflexion morale plus élaborée.

On peut cependant aller plus loin en évoquant le rôle central des jeux – comme Spec Ops: The Line ou This War of Mine – que l’on qualifie d’« anti-guerres », car ils cherchent à déconstruire la figure du héros et l’esthétisation de la guerre en mettant en scène la souffrance humaine, en provoquant un inconfort volontaire chez le joueur et en refusant de récompenser la violence dans le jeu.

This War of Mine a connu un succès commercial incontestable (plus de 4,5 millions d’exemplaires vendus dans le monde) tandis que Spec Ops: The Line est devenu un jeu culte pour son approche narrative audacieuse et sa critique de la guerre. Une scène en particulier a attiré l’attention des chercheurs : celle du « phosphore blanc ». Conçu pour produire de la fumée ou créer un camouflage, le phosphore blanc est avant tout reconnu et dénoncé par la Convention de Genève pour son utilisation en tant qu’arme chimique. Le 3 mars 2026, une ONG a notamment accusé l’État d’Israël, d’avoir eu recours « illégalement » à du phosphore blanc à proximité de zones habitées au sud du Liban.

Dans Spec Ops: The Line, la mécanique du jeu oblige le personnage-joueur à commettre une atrocité (lorsqu’il utilise le phosphore pour vaincre des ennemis et qu’il tue, par ricochet, des civils innocents) puis l’accuse par l’intermédiaire d’un personnage non joueur (ou PNJ) lorsque ce dernier le met face aux conséquences de son action et de sa responsabilité :

« [T]u aurais pu arrêter. »

Le joueur est incité à désapprouver sa conduite immorale à travers la culpabilité qu’il ressent. En verrouillant les actions possibles du joueur, le récit et le gameplay soulignent ensemble une vérité brutale : en situation de guerre, les « choix » ne sont qu’une fausse liberté, masquant l’absence réelle d’issues morales.

Violence et jeux vidéo : le design comme levier de la sensibilité morale

Résumons. D’un côté, on trouve des joueurs incités à mimer la violence ou a minima rendus indifférents à la violence dans des jeux de guerre standards. De l’autre, des participants qui font une expérience sensible de la guerre et qui peuvent en retirer une portée morale. L’hypothèse que nous développons de façon extensive dans notre ouvrage est que l’expression de la sensibilité du joueur dépend de façon cruciale du contexte dans lequel il est plongé. Les effets de la violence dans le jeu dépendent en conséquence principalement du design imaginé et produit pas les concepteurs et les développeurs.

Le travail effectué par la chercheuse en études vidéoludiques Stéphanie de Smale et ses collègues vient interroger la logique morale et émotionnelle du jeu du point de vue des concepteurs de This War of Mine. Pour ces derniers, « humaniser l’expérience de la guerre » implique que les joueurs ne perçoivent plus les personnages non joueurs comme de simples ressources, mais bien comme des êtres humains. Le design doit aussi intégrer délibérément des moments d’inconfort (et donc des émotions à valence négative comme le dégoût, la tristesse, la peur, la culpabilité ou la colère). La présence d’enfants sur le champ de bataille, par exemple, vise à susciter de la confusion, voire de l’indignation (« Ils ne devraient pas être là ! »).

Le récit, les potentialités offertes par le jeu (mécaniques, interactions) ainsi que le langage et les expressions corporelles des personnages non joueurs doivent conjuguer leurs effets pour éveiller la sensibilité morale des joueurs. En dehors des nombreux témoignages des joueurs et des développeurs, il est difficile d’établir un lien empirique entre inconfort et moralité. On peut cependant mesurer le fait que des situations stressantes dans un jeu comme Nevermind activent sur le plan physiologique des émotions à valence négative. Dès lors, ces émotions peuvent inciter à des actions morales.

Par ailleurs, la création d’un monde adverse, même virtuel, est susceptible d’exposer les concepteurs du jeu eux-mêmes à une forme d’apathie structurelle ou « d’engourdissement émotionnel ». Pour s’en protéger, ceux-ci font appel à des joueurs pour tester le jeu à différentes étapes du processus créatif, évitant ainsi une forme de désensibilisation face à un gameplay émotionnellement éprouvant. Face à une situation répétée de violence, même virtuelle, les individus peuvent chercher à se protéger en adoptant une forme de déni, comme le font par exemple, les modérateurs sur les réseaux sociaux.

On peut ainsi conclure que l’impact réel de la violence dans les jeux vidéo n’est nullement le fruit du hasard. Il dépend, comme le souligne Holger Pötzsch, chercheur en game studies, de la façon dont sont représentées, cachées ou filtrées les formes (réalistes ou non) de la violence, de la manière dont le personnage-joueur incarne (ou non) une idéologie masculiniste héroïcisée, des conséquences tangibles des actions qu’il est amené à poursuive et, enfin, de l’acuité et de la véracité des dilemmes moraux auxquels il est soumis. Ces différents filtres interrogent en ce sens directement la responsabilité des concepteurs au travers de ce qu’ils proposent dans les jeux mis sur le marché.

The Conversation

Emmanuel Petit ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Le paradoxe des jeux vidéo : entre glorification de la violence et émergence d’une conscience morale – https://theconversation.com/le-paradoxe-des-jeux-video-entre-glorification-de-la-violence-et-emergence-dune-conscience-morale-278551

How principles of self-compassion help fight loneliness in the age of AI

Source: The Conversation – Canada – By Li-elle Rapaport, Doctoral Student and Private Practice Therapist, Department of Psychology, University of Manitoba

Amid a rapid, AI-driven technology boom and all the changes it’s entailed, mental health issues due to social isolation have been on the rise. Researchers in social and clinical psychology have documented this shift and coined it the “loneliness epidemic.”

Human connection is imperative to psychological well-being but the world is increasingly disconnected. With technology streamlining our lives, many report growing levels of depression, anxiety and existential dread brought on by the physical and emotional distance it creates between us.

And so psychologists have begun asking: “How do we stay connected to the here and now, and to each other?”

One facet of self-compassion theory — a concept developed by psychologist Kristin Neff that dictates treating ourselves with the same care and understanding as we would our friends — may hold the answer. “Common humanity” promotes the recognition that we are, in fact, not alone since all humans share the same fundamental experiences, emotions and struggles.

The loneliness epidemic

To begin finding a solution to social disconnectedness, it’s important to understand the vehicles that drive it. A 2024 Statistics Canada survey found more than one in 10 Canadians report often or always feeling lonely, a finding that aligns with psychological research on rising social isolation.

At the same time, studies indicate that heavy reliance on digital technologies can both reflect and reinforce this isolation.

Technology, AI and algorithms divide and capture human attention, often limiting exposure to interactions or varied points of view and perspectives. A study by clinical and social psychologists suggests that the motivation to escape everyday life and experience social gratification reinforces the relationship between mental health and AI dependence, especially for people with mental illness.

The more attention spent in the digital world, the less is available to spend with one another.

It’s easy to fall into a pattern of pessimism as we observe technology shifts toward automated entry-level jobs, addictive doomscrolling and students submitting AI-generated homework. These negative emotions, the attention we spend on them and the frustration we feel with ourselves for having these emotions can perpetuate a cycle of self-isolation.

Self-compassion and common humanity are evidence-based tools that can help stop this cycle by shifting attention back to what is important: each other.

Self-compassion and common humanity

According to Kristin Neff, an American education psychology scholar, self-compassion functions on three key tenets: self-kindness versus self-judgment, common humanity versus self-isolation and mindfulness versus over-identification.

Each facet emphasizes intentionality in our actions, both toward ourselves and others.

At its core, mindful self-compassion’s concept of common humanity is the belief that we are connected by familiar human experiences. Personal suffering is part of a shared human condition, for example, and in accepting this truth, we reduce self-judgment and weaken the tendency toward social withdrawal.

Research shows that self-compassion can be exercised like a muscle through interventions that shift awareness of our personal experiences to how these experiences connect us with others.

Appealing to the humanness of our present experiences reduces feelings of isolation and self-judgment and increases life satisfaction. Common humanity addresses our basic human need to belong.

Feeling down about not having plans with others this weekend? You’re not alone in this struggle. It is uniquely human to feel alone and want to self-soothe with a scroll on TikTok. Knowing this, it might be time to take the first step and reach out to that friend and invite them over.

From theory to practice

Demonstrating the principles of self-compassion and common humanity in the presence of others can create a positive feedback cycle. Three action-based practices help exercise control over our attention, centre community, empathize and attend to our “why.”

Invest in community. Allowing technology to seep into all corners of life is not inevitable. Self-compassion teaches that while this is human, we have the power to change our actions as an act of compassion. It is our choice to bring our attention back to the present.

This may mean making an explicit choice to unplug instead of following the urge to respond; leaning into sharing imperfect experiences and mutual not-knowing; talking something through instead of Googling it immediately; practising collaboration over outsourcing thinking.

Practise empathy. Excessive tech or AI use can leave us feeling depleted and disconnected. In order to interrupt the cycle of overusing technology, notice these emotions without judgment rather than feeling guilt and avoiding the guilt through more tech use.

To ground yourself, ask: “What do I need right now?” You may find your response involves uniquely human experiences: food, a cup of tea, calling a parent, fresh air or a walk.

Centre your ‘why.’ Think about why you choose to connect with others. Centre this “why” in your day-to-day life.

If you notice yourself opting for AI to write an email, pause for a moment and notice this reflex. It is human to seek shortcuts to preserve energy. Consider what you might gain from writing that email yourself. Notice any discomfort. Know that it’s human to feel it, and choose to write it yourself anyway. Theory suggests you might feel more connected to your people and to your own humanness in the process.

In this context, self-compassion functions as a psychological counterweight to the isolating tendencies of digital life. It helps reorient attention away from performance and productivity and back toward shared human experiences.

The Conversation

Li-elle Rapaport does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How principles of self-compassion help fight loneliness in the age of AI – https://theconversation.com/how-principles-of-self-compassion-help-fight-loneliness-in-the-age-of-ai-276574

Hurdles to a hobby: How climate change and ‘runfluencer’ culture impact our daily jog

Source: The Conversation – Canada – By Madeleine Orr, Assistant Professor, Sport Ecology, University of Toronto

Rising global temperatures and air pollution are making it physically harder and unsafe to run outdoors, and some of the digital tools that many runners rely on carry their own environmental costs. (Unsplash/Fellipe Ditadi)

If it feels like everyone around you (physically and digitally) has taken up an affair with running in the past few years, you’re not imagining it. Since 2023, running has been the most uploaded activity on the exercise app Strava, according to their annual Year in Sport reports from 2023, 2024 and 2025.

For many of us, running is one of the most accessible forms of physical activity. It is something we can do on our own or with friends. It requires minimal gear and does not rely on a specialized training facility. All we have to do is lace up and go.

However, the seemingly simple practice of running is entangled with complex environmental dynamics. Rising global temperatures and air pollution are making it physically harder and unsafe to run outdoors, and some of the digital tools that many runners rely on carry their own environmental costs.

Strava’s 2023 Trend Report noted that: 75 per cent of athletes said extreme heat affected their exercise plans, while poor air quality affected 27 per cent. We now have to reckon with the reality that, due to warming temperatures, running will become less accessible and safe.

Add to that the rise of “runfluencers,” running fashion trends and a new market of consumer products designed to help runners cope with heat, and it becomes increasingly clear that the relationship between running, climate change and consumption is wickedly ironic.


Hobbies can bring joy, well-being and focus to our busy lives, but so many of us don’t have one. If you’re ready to replace scrolling with stitching, or hustle with horticulture, The Hobby Starter Kit (a new series from Quarter Life) will help you get going.


The dangers of heat

Running in the heat increases the risk of exertional heat illness and heat stroke. Additionally, running in the heat can increase the risk of acute kidney disease due to insufficient cooling and dehydration during exercise-related heat stress.

For those keen to hit new personal bests, running in hotter conditions can impair performance. For example, an analysis of race data uploaded to Strava identified the average finishing time of the New York City Marathon was approximately 12 minutes slower in 2022 — when the temperature was 23C (plus humidity) — compared to 2021, when temperatures were around 13C.

And that’s just a few of the temperature-related risks associated with summer running. In addition to extreme heat exposure, the safety of summer running is also compromised by smoke and poor air quality.

Runfluencer culture

In addition to the climate-driven shifts affecting our daily jogs, the recent running boom and surrounding culture is also shifting how we run.

As runners adapt to rising heat, poor air quality and smoke-filled summers, the pressure to buy, track and optimize intensifies, further entangling running with the very environmental forces that threaten it.

If your social media algorithm is anything like ours, you might have noticed some targeted ads and sponsored content from “runfluencers” highlighting their new favourite running-related products and apps, such as Runna, a British-based coaching app known for its personalized training plans and AI-assisted pacing.

Runna was first launched in 2022, and its online presence jumped significantly after the app was acquired by Strava in April 2025.

Apps like these can help provide structure and prepare for races. However, they have also faced criticism, with experts noting concerns about the intensity of the AI-assisted training plans in regard to training spikes and risk of overuse injuries. Runna has said they “don’t use AI to generate training plans” but to “monitor a runner’s progress throughout their plan.”

While these apps promise efficiency and personalization, they are part of a wider digital infrastructure with their own environmental footprint. GPS tracking, constant data uploads, cloud storage and AI-assisted analysis all rely on energy-intensive data centres.

As running culture becomes more data-driven and automated, even a traditionally low-impact activity becomes entangled with the emissions and the energy demands of digital technology.

Beyond apps, runfluencers are also using their platforms to share their running esthetic — trying out new shoes, participating in the latest running fashion trends and showing off race day outfits.

That, in turn, promotes a culture that normalizes over-consumption under the guise of self-improvement and dramatically increases the environmental cost of what should be a low-impact activity. Such a focus can make running feel less appealing and appear less accessible.

Staying safe on a run

If you are someone with the flexibility to choose when you participate in races, consider pivoting to springtime training rather than slogging through increasingly risky summer training blocks. Not only will your training runs leading up to the race be cooler, but you can also expect more optimal marathon temperatures (2 to 13C) on race day.

For example, in the Canadian province of Ontario, races like the Mississauga Marathon in April and Toronto’s Sporting Life 10K in May offer runners safer racing temperatures and, potentially, improved performance compared to summer training and fall races.

Think about how you engage with running culture and be a smart consumer. Avoid over-consuming products and programs that you don’t need. Remember, running is one of the most accessible forms of exercise we have. You don’t need a bunch of gear and apps to participate.

As climate change intensifies and summer temperatures continue to rise, running will become less safe on hot days. Runfluencer culture and over-consumption in running fashion are dramatically increasing the environmental cost of what should be a low-impact activity.

To counter these trends, opt for spring races, listen to your body, seek advice from human coaches and pick durable gear over following the latest fashions.

These choices matter not because individual runners are to blame, but because they push back against a running culture that increasingly equates health with optimization, constant consumption and digital surveillance, even as climate change makes the sport itself more precarious.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Hurdles to a hobby: How climate change and ‘runfluencer’ culture impact our daily jog – https://theconversation.com/hurdles-to-a-hobby-how-climate-change-and-runfluencer-culture-impact-our-daily-jog-279537

Coercion isn’t care, and new laws that enforce treatment and confinement are dangerous

Source: The Conversation – Canada – By Jean-Laurent Domingue, Associate Professor, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

The Supreme Court of Canada has described the right to refuse unwanted medical treatment as “fundamental to a person’s dignity and autonomy, [including] in the context of treatment for mental illness.”

Nonetheless, legislative and policy shift in multiple provinces in the past year threaten this principle — with little meaningful political resistance. It is important to closely examine the conditions and public narratives that have made this renewed use of psychiatric coercion possible.

A legislative and policy shift

In 2025, in an explicit repudiation of harm-reduction principles, Alberta passed legislation enabling the forced treatment of people with addiction disorders on the basis that they are “likely to cause harm.”

Manitoba now allows authorities to detain people for up to 72 hours if, due to intoxication, they are considered a danger or are causing a disturbance.. In British Columbia, the government has opened involuntary care beds inside prisons for mental health and substance use purposes. The province has also expanded its Mental Health Act to allow longer involuntary hospitalization and compulsory treatment for people with substance use issues.

In March 2026, Québec introduced a bill allowing health data sharing and closer co-ordination between police and health services, with provisions to bypass consent for people deemed mentally “altered” or “distrustful” of institutions.

In all four provinces, professionals operating within these coercive frameworks are afforded immunity from legal proceedings.

‘Compassionate intervention’

These examples highlight an acceleration in overt coercive intervention provisions being added to provincial mental health and addictions legislation.

This acceleration, however, is simply a continuation of mental health and addictions legislation across Canada that makes it easier for citizens to be detained, treated and controlled without their consent (for example, Brian’s Law in Ontario, the Nunavut Mental Health Act and the Maureen Breau Act in Québec).

Across Alberta, Manitoba, British Columbia and Québec, parliamentary debates and media coverage consistently portray coercive intervention for addiction and mental health as an act of compassionate intervention.

Even governments with differing ideological orientations — like the NDP versus the Conservatives — converge around the argument that the state has a moral obligation to “protect the most vulnerable.”

This is especially true for people deemed incapable of making rational decisions due to severe addiction or mental health. In legislative debates, the notion of compassion is reinforced through narratives of urgency and failure. Existing harm-reduction strategies are described as insufficient or outdated, necessitating a decisive shift toward more interventionist models.

A disregard for science and ethics

Media coverage amplifies this messaging, emphasizing crisis conditions, public disorder and the visible consequences of addiction or mental health. This coverage legitimizes the need for new legal tools.

Coercion is articulated as care and involuntary treatment is presented not as a restriction of liberty but as a necessary response to incapacity and risk.

This appeal to compassion functions as a unifying political language, enabling cross-partisan support despite differing ideological stances.

By portraying these policies as pragmatic, humane and long overdue, policymakers limit opposition. They also reconfigure the boundaries of acceptable state intervention, illustrating how compassion can be mobilized to normalize coercion. After all, who could be against compassion?

This rhetorical focus on compassion allows governments to sidestep deeper ethical and empirical critiques, including the limited scientific evidence supporting forced treatment and the potential harms associated with it.

In fact, whether administered in closed settings or in the community, there is a striking lack of robust evidence, including an absence of Canadian research, that demonstrates clinical benefits. Instead, research points to significant adverse effects, including deaths due to forced treatments for opiate use, raising serious ethical concerns.

Police-medicine hybridization

Furthermore, this compassion-focused public discourse — and the legislation flowing from it — greatly expands the role of policing in medical matters, often with few limits. At the same time, it extends the reach of medicine and social services into policing.

This growing police–medicine hybridization is concerning for everyone, but especially for groups that have long faced disproportionate psychiatric coercion, including women and Black, Indigenous and other racialized communities.

It also signals a modern return of the asylum — not as a single institution, but as a system of confinement, surveillance and control spread across multiple sectors. Indeed, despite being presented as new, recent and proposed legislative changes are anything but. Forced detention, incarceration and treatment reflect older, deeply rooted correctional approaches with origins dating back at least to the 17th century.

These legislative developments do not suggest a novel policy response. Instead, they reconfigure longstanding patterns of confinement and control under the guise of compassion. If left unchallenged, they will normalize coercion as care and erode fundamental rights in the name of protection.

Canadian legislators should resist responding to complex social and health crises with coercive measures that lack a sound scientific basis and risk doing more harm than good.

The Conversation

Jean-Laurent Domingue is a Registered Nurse in Ontario, and receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council and the Law Commission of Canada.

Axel Ounis is affiliated with the federal liberal party.

Emmanuelle Bernheim receives funding from the Canada Research Chair program, the Social Sciences and Humanities Research Council and the Law Commission of Canada.

ref. Coercion isn’t care, and new laws that enforce treatment and confinement are dangerous – https://theconversation.com/coercion-isnt-care-and-new-laws-that-enforce-treatment-and-confinement-are-dangerous-280193

Here’s how Canadian households can recession-proof finances as economic uncertainty climbs

Source: The Conversation – Canada – By Chetan Dave, Professor of Economics, University of Alberta

Canada’s economic policy uncertainty index has climbed back to levels not seen since the COVID-19 pandemic, a sign that a more volatile period may be taking hold. Income inequality hit a record high last year, and youth unemployment reached 14.6 per cent in September 2025, its highest point since 2010, excluding the pandemic.

Most Canadians have had relatively little experience with major economic downturns. Since the early 1990s, Canada has largely been spared the boom-and-bust cycles common in the United States. The country avoided the worst of the 2008 global financial crisis, and until COVID-19, had not experienced a major economic shock in a generation.

In that long stretch of time, Canadians have grown accustomed to relative stability, which makes the current moment feel especially disorienting. We are, as the saying goes, living in “interesting times,” and that is rarely good news for prices, employment prospects, government budgets, business investment or productivity.

Many Canadian households are carrying a fair amount of debt while facing inflation and rapid changes in job markets. What is a typical Canadian household to do? As an economist, I have some practical advice to offer.

Why uncertainty is rising

This ongoing economic angst has several overlapping sources that are both global and domestic in nature.

Geopolitical conflicts, including the ongoing war involving the United States, Israel and Iran, are increasing the costs of everyday items like food and gas. These disruptions ripple through global supply chains, feeding into higher input costs for Canadian businesses and, ultimately, higher prices for consumers.

At the same time, tariff disputes led by the U.S. are causing inflationary pressure and discouraging long-term business investment. This, in turn, weighs on productivity and wage growth.




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Some governments have responded to these shocks with industrial policies, attempting to support or protect specific sectors such as clean energy, manufacturing or technology. However, some economists warn against this approach, arguing that governments cannot reliably “pick winners” better than markets can.

Political fault lines are also contributing to uncertainty at home. Rising anti-immigration sentiment and the separatist rhetoric in Alberta are adding another layer of social turbulence. Without a social consensus, economic planning becomes more difficult and volatility often follows.

Canada’s safety net has limits

Canada does retain an important advantage: its social safety net. Canada spends roughly 18 to 20 per cent of GDP on public social programs — around the the Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD) average. That’s below the levels of France, Germany and most Scandinavian countries, but meaningfully above the United States.

Canadians have access to relatively accessible employment insurance by North American standards. The country’s combination of publicly funded health care and income support programs provides important protection during periods of disruption that American households do not have.

But there are limits to that protection. While Canada’s federal net debt-to-GDP ratio stands at 13.3 per cent — the lowest in the G7 according to the International Monetary Fund — the same cannot be said about provincial governments. Large-scale bailouts of households or provinces are not guaranteed because there is no constitutional or statutory requirement for them.

Three things households can do now

Economic theory identifies three ways households can build resilience against a negative income or wealth shock. The first is cutting back spending. This includes spending on both durable goods (such as vehicles or appliances) and non-durable goods (anything with a short lifespan). This can involve delaying large purchases or scaling back discretionary expenses like dining out, travel or subscription services.

The second is shifting spending to lower-cost alternatives, even within the “needs” category. Households rarely have complete flexibility to cut essentials, but they can often substitute within them. This can involve switching to lower-cost brands, using public transit more frequently or seeking more affordable housing options where feasible.

The third — the toughest one of all — is aggressively reducing unsecured debt. Canadian households owe roughly $1.77 for every dollar of disposable income, the highest household debt burden in the G7. Much of that is mortgage debt, which at least builds equity. But revolving debt — credit cards, lines of credit, car loans and the like — carries higher interest rates and greater risk.

Households can do this by paying down the highest-interest balances first, consolidating debts into lower-interest products where possible or redirecting windfalls such as tax refunds toward repayment. Avoiding the accumulation of new high-interest debt is equally important.

Building a buffer

Once those balances are under control, households should build a financial buffer and maintain it even if the economic outlook improves.

A common guideline is saving three to six months of household expenses in case of an emergency. This typically requires setting aside 20 per cent or more of take-home income, depending on household circumstances and obligations.

Canadians have access to several tax-advantaged tools to support this process. The Tax-free Savings Account allows tax-free growth with no restrictions on withdrawals, while the First Home Savings Account offers first-time homebuyers an annual contribution room of $8,000 and a lifetime cap of $40,000. The Registered Education Savings Plan helps families save for post-secondary education.

If you are able to consistently put away funds and invest them based on your risk tolerance, these accounts can significantly improve long-term financial resilience.

Income risk in a changing economy

The harder challenge, of course, is income stability in an age of uncertainty. Canada is primarily a natural resources exporter, and rapid technological change — particularly the rise of artificial intelligence — is reshaping labour markets across other sectors.

Workers face growing uncertainty about which skills will remain valuable and how stable their employment will be.

Because of this, households may need to get creative about diversifying their income sources. This can include investing in additional training or certification programs, developing side income through freelance or contract work, monetizing existing skills through consulting, or building small entrepreneurial ventures.

The current period is unsettling. But households that reduce their debt exposure, build savings and treat the safety net as the partial buffer it actually is will be in a better position to absorb whatever comes next.

The Conversation

Chetan Dave does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Here’s how Canadian households can recession-proof finances as economic uncertainty climbs – https://theconversation.com/heres-how-canadian-households-can-recession-proof-finances-as-economic-uncertainty-climbs-281113