Las desigualdades agravan las pandemias y viceversa: ¿cómo podemos romper este círculo vicioso?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nísia Trindade Lima, Ministra da Saúde, de janeiro de 2023 a fevereiro de 2025; presidente da Fiocruz, de 2017 a 2022, e pesquisadora titular da Casa de Oswaldo Cruz, Fundação Oswaldo Cruz (Fiocruz)

Las pandemias agravan las desigualdades y las desigualdades hacen que las sociedades sean más vulnerables a las pandemias. Esta es la conclusión principal del informe publicado en noviembre por el Consejo Global sobre Desigualdades, Sida y Pandemias, vinculado al Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida (ONUSIDA).

El documento muestra que las desigualdades no solo son el resultado de las crisis sanitarias, sino que contribuyen a que estas sean más frecuentes, letales y prolongadas. Las pruebas recopiladas revelan un círculo vicioso: las desigualdades internas y globales aumentan la vulnerabilidad de las sociedades. Y las pandemias refuerzan esas mismas desigualdades, una dinámica que se observa en emergencias como las de la covid-19, el VIH/sida, el ébola, la influenza y el mpox.

Mi participación en este foro, coordinado por Joseph Stiglitz, Monica Geingos, Michael Marmot y Winnie Byanyima, contribuyó a expresar la visión de Brasil y a reflexionar con otros países sobre los retos que tenemos por delante.

Los datos del informe señalan que, en el caso de la covid-19, alrededor de 165 millones de personas se vieron empujadas a la pobreza entre 2020 y 2023, mientras que la fortuna de los más ricos creció un 27,5 % en los primeros meses de la pandemia. Con contribuciones de diversos especialistas, el documento refuerza la urgencia de abordar las raíces sociales de las crisis sanitarias.

Menos recursos, más probabilidades de morir

Los determinantes sociales de la salud son uno de los ejes principales del informe. La educación, los ingresos, la vivienda y las condiciones ambientales definen los grupos más afectados por las emergencias.

En Brasil, según el informe de ONUSIDA, las personas sin educación básica tenían hasta tres veces más probabilidades de morir por covid-19 que aquellas con educación superior. Las poblaciones negras, indígenas y residentes en favelas y periferias también registraron tasas más altas de infección y mortalidad. Casos similares se repitieron en otros países. Según los datos, la densificación urbana y las viviendas superpobladas aumentaron las muertes en Inglaterra.

Acceso a las vacunas

Las desigualdades entre países también aumentan las vulnerabilidades. Cuando los países de bajos ingresos no tienen acceso a vacunas, diagnósticos o recursos fiscales, todo el planeta se expone a riesgos. En 2021, solo diez países concentraban el 75 % de las dosis administradas contra la covid-19, lo que dejó al mundo entero susceptible al surgimiento de variantes.

Seis meses después de la aprobación de las vacunas, los países de ingresos altos tenían dosis suficientes para cubrir al 90 % de sus poblaciones prioritarias, mientras que los países de bajos ingresos solo tenían suficientes para inmunizar al 12 % de esos grupos.

El informe de ONUSIDA estima que esta desigualdad puede haber causado 1,3 millones de muertes evitables. En contraste con la práctica del llamado nacionalismo vacunal, el concepto de seguridad sanitaria se redefine a partir de una interdependencia radical, que debe reflejar una coordinación de la preparación para ampliar el acceso. La descentralización de la investigación y el desarrollo y de la producción e innovación de productos sanitarios son partes esenciales de este proceso.

Gestión desastrosa

Brasil fue uno de los países más afectados por la covid-19. En marzo de 2022, concentraba el 10,7 % de las muertes, a pesar de representar el 2,7 % de la población mundial. Una proporción cuatro veces superior a la media mundial.

Esto no se debió solo al virus, sino a la desastrosa gestión de la pandemia, que desalentó las medidas preventivas, retrasó acciones como la compra de vacunas, difundió desinformación y negacionismo científico, y aún debe ser profundamente revisada para pensar en la rendición de cuentas.

Si una región no está segura frente a una amenaza sanitaria, ninguna lo estará. Ante estas constataciones, el informe de ONUSIDA enfatiza que las respuestas sensibles a la desigualdad, con acciones intersectoriales y comunitarias, son más eficaces que las estrategias exclusivamente biomédicas para romper el ciclo.

Recomendaciones

Prepararnos para futuras emergencias requiere sistemas de salud resilientes, una gestión cualificada e inversiones continuas en políticas sociales, ciencia, tecnología e innovación. Hoy en día se reconoce que fortalecer la producción local y regional de vacunas, pruebas diagnósticas, medicamentos y otros suministros es una vía esencial para garantizar el acceso a los recursos sanitarios.

El informe de ONUSIDA plantea algunas recomendaciones en este sentido. La primera es hacer frente a las barreras financieras globales, con propuestas como la renegociación de la deuda de los países vulnerables y mecanismos automáticos de financiación de emergencias, evitando políticas de austeridad que reduzcan el gasto social.

La segunda es invertir en los determinantes sociales: protección social, educación, vivienda, trabajo decente y reducción de las desigualdades regionales. Fortalecer la producción local de tecnologías sanitarias, tratando los conocimientos esenciales como bienes públicos y, de acuerdo con lo establecido en la Declaración de Doha de 2001, entendiendo que el derecho a la propiedad intelectual no puede prevalecer sobre el derecho a la salud y a la vida, es la tercera recomendación.

Y por último, pero no menos importante, es necesario construir una gobernanza multisectorial que integre al Estado, la ciencia, las comunidades y las organizaciones de la sociedad civil.

A partir de 2023, la reanudación de las políticas sociales permitió a Brasil participar en la construcción de este entendimiento expresado en el informe. El fortalecimiento del Sistema Único de Salud, con la recuperación de la cobertura vacunal, el fortalecimiento del Complejo Económico-Industrial de la Salud, la Atención Primaria y la Atención Especializada, junto con el fortalecimiento de programas sociales, entre otras acciones, reducen las vulnerabilidades.

Solidaridad global para romper el ciclo de desigualdad-pandemia

La política exterior brasileña actúa en el mismo sentido: en el G20, en el BRICS y en la COP30. El país defendió acciones integradas entre el clima, la salud y las desigualdades, además de iniciativas como la Alianza Global contra el Hambre y la Coalición Global para la Producción Local y Regional, la Innovación y el Acceso Equitativo, así como el fortalecimiento del Acuerdo sobre Pandemias de la OMS.

Los debates recientes del G20, incluidos los cumbre de noviembre en Sudáfrica, muestran avances en el reconocimiento de temas centrales del informe, especialmente en lo que respecta a la deuda, la producción regional y las desigualdades.

Pasos como estos son importantes para avanzar en las recomendaciones estructurales del documento, poniendo en la agenda la deuda de los países y su canje por inversiones en salud, la protección social y la revisión del actual sistema de propiedad intelectual, entre otros temas. Hay dificultades en este camino, como la ausencia de Estados Unidos en el Acuerdo sobre Pandemias y la persistencia del negacionismo científico, que está presente no solo en sectores de la población, sino también en las políticas públicas de algunos países.

Romper el ciclo de desigualdad-pandemia es un imperativo ético y práctico para garantizar la seguridad sanitaria mundial. La dimensión biológica de las pandemias es evidente, pero las dimensiones social, política y fiscal siguen siendo subestimadas. Ignorar las desigualdades es perpetuar los riesgos de futuras emergencias sanitarias e impedir que enfermedades como el sida y la tuberculosis sean finalmente superadas.

El mundo tiene una oportunidad decisiva, con los resultados de la COP30 y las agendas en curso en el G20 y la OMS. El informe pone de manifiesto que invertir en equidad genera resiliencia y que la omisión tiene un alto precio, tanto en la economía como, sobre todo, en vidas humanas.

Necesitamos solidaridad global y compromiso con los avances sociales, a fin de transformar las economías y hacer efectiva la salud para todos, antes de que una nueva pandemia nos recuerde, una vez más, los costes de la inacción.

The Conversation

Nísia Trindade Lima no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las desigualdades agravan las pandemias y viceversa: ¿cómo podemos romper este círculo vicioso? – https://theconversation.com/las-desigualdades-agravan-las-pandemias-y-viceversa-como-podemos-romper-este-circulo-vicioso-272143

Bioenergética, dianética, reiki… la lista de pseudoterapias psicológicas más perjudiciales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Romero-Castillo, Profesor de Psicobiología e investigador en Neurociencia Cognitiva, Universidad de Málaga

El reiki se basa en canalizar algo que llaman _qi_ (una supuesta “energía vital”, carente de respaldo científico) mediante la imposición de manos a escasos centímetros de la persona. Andrey_Popov/Shutterstock

La Asociación Médica Mundial (WMA) definió en 2020 la pseudoterapia como:

Una sustancia, producto, técnica o procedimiento con un supuesto propósito para la salud que carece de respaldo científico o evidencia que garantice su eficacia y seguridad.

Estos “inventos” explotan la vulnerabilidad y el desconocimiento para vender falsas esperanzas. El precio a pagar es alto, y no solo económico: retrasan la llegada de tratamientos eficaces, producen nuevos daños y pueden provocar la muerte.

Desgraciadamente, prosperan muchas pseudoterapias en salud mental: angeloterapia, bioneuroemoción, reparentalización, suplemento mineral milagroso, tapping, terapia de polaridad, zero balancing, etcétera. Pero aquí nos limitaremos a los ejemplos más extendidos y, por consiguiente, más perjudiciales.

Acupuntura

La acupuntura puede acompañarse con ‘moxibustión’, que consiste en aplicar calor sobre la piel quemando hierbas, normalmente Artemisia vulgaris, para estimular los puntos en los que clavar las agujas. Los efectos secundarios reportados incluyen mareos, nauseas, quemaduras, alergias e infecciones (Park et al., 2010).
Wikipedia, CC BY

Derivada de la medicina tradicional china, se basa en la existencia de una supuesta “energía vital” (qi) que fluiría por el cuerpo a través de canales llamados “meridianos”. Los problemas de salud surgirían del desequilibrio energético (provocado por distintos factores) y se solucionarían insertando agujas en puntos específicos.

Para los trastornos psicológicos, la acupuntura establece 16 áreas donde colocar las agujas y, supuestamente, tratar la depresión y otros trastornos. Pero no se ha descubierto evidencia de la “energía vital” ni de los “meridianos”. Por tanto, no existe apoyo científicamente demostrable que respalde su eficacia.




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Bioenergética

Su inventor, Alexander Lowen (1910-2008), también recurre a la metafísica de la “energía vital”, pero la llama “orgón”, siguiendo al controvertido Wilhelm Reich. Para Lowen, la “energía” estaría fluyendo entre polos del cuerpo, como la cabeza y los genitales. Y, si se obstaculiza, provocaría alteraciones en la personalidad.

Por tanto, el objetivo sería ayudar a liberar las tensiones acumuladas para restaurar dicha “energía” y recuperar una “salud vibrante”.

Herencia del psicoanálisis (otro intento de terapia creado por Sigmund Freud y alejado de la ciencia), esta “psicoterapia corporal” es también fácilmente criticable por su dependencia de argumentos indemostrables. Aunque carezca de respaldo científico, hay quien evita mencionarlo y la aplica en contextos deportivos.

Constelaciones familiares

Se inspiran en el psicodrama, el pensamiento sistémico transgeneracional, el psicoanálisis y el misticismo cuántico. También incluyen algo llamado “campos morfogenéticos”, a través de los cuales estarían conectados todos los individuos de una misma especie para transmitirse conocimientos y comportamientos.

Con esos ingredientes, justifican que los problemas psicológicos de una persona radican en conflictos que alguien de su árbol genealógico no resolvió. Y “constelando” –o sea, haciendo una representación teatral en grupo– se superarán los problemas en una única sesión. Así, todas las personas de la familia, vivas o muertas, quedarán en paz.

Al margen de la carencia, no solo de pruebas que avalen sus principios, sino de reflexiones serias, el mayor peligro son los efectos iatrogénicos (nuevos daños añadidos). Entre otros, hay riesgo de sufrir mayor psicopatología, emocionalidad negativa, confusión y culpabilidad. Por todo, las constelaciones familiares bien podrían definirse como una peligrosa farsa.




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Protesta de Anonymous en Texas (2008) contra las prácticas de la Iglesia de la Cienciología y la Dianética. Ron Hubbard (1911-1986) defendió que, hace 75 millones de años, vinieron miles de millones de extraterrestres a la tierra desde la ‘Confederación Galáctica’. Xenu, su dictador, los aniquiló con bombas de hidrógeno y ahora sus espíritus inmortales (thetanes) se están adheriendo a los humanos, causando dolencias mentales y físicas. Desde la Iglesia de la Cienciología se advierte que conocer la historia de Xenu sin la preparación adecuada (pagando los cursos que ofrecen) provocaría, literalmente, que te explote la cabeza ante tal saber.
Wikipedia, CC BY-SA

Dianética

Presume de revelarse al mundo como la panacea, o sea, la cura universal. Según prometió literalmente su autor, el escritor de ciencia-ficción L. Ron Hubbard: “sirve para tratar todos los trastornos mentales y todas las enfermedades psicosomáticas con garantía de curación completa”. Para glorificar sus fantasías, Hubbard posteriormente fundó la secta llamada Iglesia de la Cienciología.

La dianética funcionaría simplemente localizando lo que su creador llama “engranamas”, momentos de profundo dolor recluidos por la persona en un “inconsciente celular” (también con influencias del psicoanálisis), para hacer que los reviva en detalle (proceso llamado “auditación”) hasta alcanzar el estado Clear. Y, milagrosamente, la persona recuperaría la salud.

Obviamente, toda promesa de cura universal es un bulo y creer en ella es una forma moderna de superstición. En psicología, las terapias eficaces se personalizan, es decir, solo sirven para una persona concreta en su momento vital específico, no se personifican en un “sanador” al que rendir culto por su carisma.

Flores de Bach

Son cremas o gotas elaboradas a partir de 38 esencias florales que se presentan como remedios naturales capaces de equilibrar las emociones o tratar la ansiedad.

Lo más sorprendente es que las esencias fueron obtenidas a través de un “diálogo vibracional” que mantuvo el gurú de la pseudoterapia (Edward Bach) con cada una de las 38 plantas. Esta debe ser la razón por la que las investigaciones rigurosas demuestran que no tienen efecto alguno.

Homeopatía

Para Samuel Hahnemann, el impulsor de la homeopatía, el Aconitum napellus (una planta capaz de matar con solo 2 mg) solucionaría el trastorno de pánico. Según aseguran sus incondicionales, cuantas más veces se diluye una sustancia, más potente se vuelve. Si esto fuera cierto, cada frasquito homeopático de Aconitum debería ser letal. Pero no lo es.
Wikipedia, CC BY-SA

Se basa en administrar diluciones: productos de origen vegetal, animal o mineral mezclados de forma repetida con algún líquido hasta su práctica desaparición. A pesar de la ausencia de principio activo, intentan convencer de que “el agua tiene memoria” y que, de alguna forma, “recuerda” que estuvo en contacto con la sustancia inicial.

Sus caros productos son usados para tratar fobias, trastornos alimentarios, depresión y trastorno obsesivo compulsivo, entre otros. Se basan en el principio de que estas alteraciones serían consecuencia de desarreglos en lo que llaman “fuerza vital”, una entidad no física que sería la esencia de la vida.

Sin embargo, es imposible verificar formalmente, ni entender racionalmente, los fundamentos teóricos fraudulentos a los que recurren (“memoria del agua” o “fuerza vital”). Como es esperable, los metanálisis señalan que la eficacia de la homeopatía es nula para cualquier trastorno. Y aquellas publicaciones que la avalan son metodológicamente deficientes.




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Programación Neurolingüística (PNL)

Sus autores, Richard Bandler y John Grinder, no resuelven si inventaron un intento de psicoterapia o un modelo de comunicación, lo que proporciona una pista sobre su credibilidad. Según el planteamiento general, es un entrenamiento en habilidades interpersonales.

Transitan por un terreno teórico confuso, una mezcla no conseguida de conductismo, constructivismo y psicología cognitiva. Sostienen que hay “esquemas mentales” que pueden “reprogramarse” mediante el uso consciente del lenguaje. Además, para optimizar los cambios, alegan que existen distintas modalidades sensoriales de aprendizaje (visual, auditivo o kinestésico, VAK), un modelo carente de base real pero todavía presente en educación.

La PNL reduce la complejidad de los procesos psicológicos a una analogía informática simplista. Es un ejemplo paradigmático de intento de cientificismo: utiliza terminología llamativa (el prefijo “neuro” es exclusivamente una técnica de marketing, dado que no aluden al sistema nervioso en sus explicaciones) y lenguaje técnico para legitimar ideas incoherentes y vacías.




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Reiki

Esta práctica espiritual de origen japonés (la versión occidental se denomina “toque terapéutico”) consiste en colocar las manos a escasos centímetros del cuerpo de una persona. El objetivo sería canalizar el qi (la “energía vital” que simulan restaurar otras pseudoterapias) para resolver alteraciones mentales, emocionales y físicas. Pero se fundamenta en la fe ya que, como ya se ha podido deducir, la “energía vital” no tiene ninguna correspondencia con la realidad.

A sus 9 años, Emily Rosa demostró con un experimento que esta práctica es un timo. Gracias a ello, se convirtió en la persona más joven en publicar en una revista científica de alto impacto.




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Contra la desinformación, la divulgación

Se puede afirmar con rotundidad que ninguna de estas pseudoterapias sirve para mejorar la salud mental. Solo son defendidas por quienes se lucran con ellas o por personas que cometen, entre otras, la falacia ad populum (son buenas porque hay gente que lo dice) y la falacia ad verecundiam (son buenas porque alguien con autoridad lo dice), sin proporcionar argumentos lógicos.

Aunque alguien pueda expresar “a mí me funciona”, no es más que una ilusión. Una confusión entre correlación y causalidad que recibe el nombre de falacia post hoc, ergo propter hoc. Es decir, un problema puede desaparecer por la modificación de factores de mantenimiento (son elementos que refuerzan y perpetúan un problema psicológico) ajenos a la pseudoterapia (por ejemplo, un aumento del apoyo social), pero la persona cree que la causa de la mejora han sido los efectos directos de la pseudoterapia.

También puede producirse el efecto placebo: la expectativa de mejora y el contexto de cuidado pueden generar alivios subjetivos que enmascaran la falta de eficacia real de estas “técnicas”. Es más, tener la posibilidad de elegirlas potencia que aparezca este efecto.

Junto a las casualidades y el placebo, recurrir a ellas respondería a comportamientos supersticiosos, la confirmación de sesgos o, sencillamente, la búsqueda de compañía y atención. Aunque las pseudoterapias puedan consolar (siendo, a la vez, perjudiciales), solo el pensamiento crítico puede curar.




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El Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y el Ministerio de Sanidad lanzaron esta campaña en febrero de 2019 para promover el pensamiento crítico frente a las pseudoterapias.

The Conversation

Jorge Romero-Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Bioenergética, dianética, reiki… la lista de pseudoterapias psicológicas más perjudiciales – https://theconversation.com/bioenergetica-dianetica-reiki-la-lista-de-pseudoterapias-psicologicas-mas-perjudiciales-268546

The dangers of blurring fact and fiction in Holocaust TV narratives

Source: The Conversation – Canada – By Regan Lipes, Assistant Professor of Comparative Literature and English, MacEwan University

In 2020, streaming platform Amazon Prime released Hunters, a thriller mystery about apprehending and eliminating Nazi war criminals living incognito in the United States.

The 18-episode, two-season series, starring Hollywood legend Al Pacino, depicts one particularly haunting scene where a concentration camp guard plays a game of deadly human chess with prisoners used as the pieces.

As pieces are captured, the terrified people are shot. What unfolds on screen is ghastly, but completely fictional. Amazon Prime Video used its X-Ray feature — an interactive overlay that allows viewers on a computer to pause and hover over a scene and access explanatory or historical annotations — to explain the scene fabrication.

As a scholar of Holocaust literary and film narratives, I have been increasingly troubled by the presentation of fictionalized Holocaust atrocities since first watching this show.

Were there not enough real acts of unimaginable violence? Why is there a need to make things up? This excess of creative licence for the sake of drawing in audiences can be desensitizing or can even fuel a fetish for Holocaust horror.

Perhaps, as journalist Tanya Gold wrote regarding John Boyne’s Holocaust novels instrumentalizing Jewish suffering to serve non-Jewish stories, audiences “are greedy for our tragedy.”

When storytelling becomes sensationalism

More recently, after watching the 2025 Netflix limited series, Monster: The Ed Gein Story, I am again exceptionally troubled by how the Holocaust is being portrayed with the integration of convicted war criminal Ilse Koch as a gruesome role model for the title character.

The series has received criticism for portraying Gein, a murderer and ghoulish pilferer of human remains, in a sympathetic light. But instances of fictionalized Holocaust portrayals have a larger potential impact.

For audiences, this can lead to misinformation, misrepresentation or, more dangerously, the questioning of how much content they consume is real or worse, distortion and denial.

Koch appears as a character in the series, portrayed by Vicky Krieps, an actress originally from Luxembourg. The title character, Ed Gein, portrayed by Charlie Hunnam, is obsessed with the Nazi concentration camps in a way that can only be interpreted as fetishism.

In modern Poland, this phenomenon of fetishized consumption of Holocaust content is referred to as “holo polo,” defined by cultural anthropologist Sylwia Chutnik as:

“A way of dealing with the ‘discomfort’ of the horrors of war and violence, by creating a more comfortable version of it. Instead of describing the horrors of the Holocaust, Holo-polo trivializes and misrepresents its significance, depicting melancholy, sentiment, and nostalgia in the light of a pop-cultural emotional trap. Kitschy clichés are misused and certainly do not serve memory, literature or respect for Holocaust victims and survivors.”

Repackaging Koch as seductive, sympathetic

Ilse Koch was the inspiration for the 1975 Canadian exploitation film Ilse She Wolf of the SS, rooted in the countless reports of the historical figure’s cruelty, sadism and twisted sexual appetites.

There has been debate over the extent of Koch’s sadism and sexual deviancy, but the “Witch of Buchenwald,” as she was known, was certainly guilty of war crimes regardless of possible media embellishment.

This newest dramatization portrays Koch as an attractive sexual temptress with dark impulses, but as the title protagonist idolizes her, her abuses fail to appear as sinister, but rather as fetishism. The series takes documented events and creatively amplifies them.

Koch and her husband, Karl Otto Koch — who served as commandant of Buchenwald and Majdanek — did build a massive indoor equestrian riding facility but the series portrays this as a gruesome circus where a scantily clad Krieps wearing an SS hat chases an almost nude female concentration camp prisoner while whipping her inside the backroom of a lavish party. Koch was known to ride on horseback whipping prisoners, but the farcical mockery and dramatization could leave viewers pondering what is fact.

At times, the fictionalization of the story goes as far as to depict a transatlantic ham radio conversation between Gein and Koch. The clandestine friendship is purely a fabrication of Gein’s troubled mind, but nevertheless allows Koch to passionately plead her innocence through Krieps’ performance.

Artistic licence: Real consequences

While artistic licence in historical dramatization is part of the process of storytelling, it must be undertaken responsibly to preserve the authenticity of true events.

Fictionalization is the fabrication of events that never took place for the sake of manufacturing a more compelling narrative. But fictional content can quickly morph into fetishization where the invented portion of story is packaged in a way that intends to exploit history to satisfy audience fascination with the macabre.




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In Monster: The Ed Gein Story, Koch emotionally chastises authorities for taking her fourth child, born during her incarceration, from her arms, illustrating maternal tenderness and evoking compassion and sympathy from viewers. Before hanging herself, as the real Koch did on Sept. 1, 1967, Krieps’ character is driven mad by an unseen golem that has been dispatched to exact vengeance for the countless Jewish deaths she was responsible for.

Koch was a woman who used tattooed human skin to make artifacts such as a lampshade, and despite this too being chronicled in the miniseries, the crimes come off as eccentricities rather than heinous acts of barbarity.

Leah Abrahamsson, an influencer from the Orthodox Jewish community, writes on her blog, Jew in the City in response to watching Hunters:

“Creating a fake situation located in a real spot of historical significance lessens the impact and knowledge of the real events that unfolded. By fictionalizing the past, future generations are more susceptible to false information and denying the Holocaust completely.”

Could society be feeding diluted history to a new generation that won’t heed the lessons learned from the Holocaust?

A 2025 report from the International Holocaust Remembrance Alliance corroborates that denial, distortion and revisionism are on the rise in Europe.

The study offers a stark assessment of this in Austria, Germany, the Czech Republic, Italy and Poland. It shows “how antisemitic narratives adapt to societal crises, are exploited for political gain, often evade legal accountability, and erode historical truth with harmful consequences for Jewish communities, Holocaust survivors and their descendants.”

With Holocaust denial posing a very real threat globally it becomes increasingly vital that storytellers be more responsible with their fictionalizations and use of artistic liberties.

The Conversation

Regan Lipes does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The dangers of blurring fact and fiction in Holocaust TV narratives – https://theconversation.com/the-dangers-of-blurring-fact-and-fiction-in-holocaust-tv-narratives-270768

Everyday chemicals, global consequences: How disinfectants contribute to antimicrobial resistance

Source: The Conversation – Canada – By Milena Esser, Postdoctoral Researcher, Department of Biology, McMaster University

During the COVID-19 pandemic, disinfectants became our shield. Hand sanitizers, disinfectant wipes and antimicrobial sprays became part of daily life. They made us feel safe. Today, they are still everywhere: in homes, hospitals and public spaces.

But there’s a hidden cost. The chemicals we trust to protect us may also inadvertently help microbes evolve resistance and protect themselves against antibiotics.

QACs: The chemicals in most disinfectants

Among the most common active ingredients in disinfectants are quaternary ammonium compounds (QACs). They are found not only in the wipes, sprays and liquids we use to clean surfaces at home and in hospitals, but also in everyday products like fabric softeners and personal care products.

Roughly half of the products on the U.S. Environmental Protection Agency’s (EPA) List N of disinfectants effective against SARS-CoV-2 and List Q for emerging viral pathogens contain QACs.

Due to their widespread use, QACs enter wastewater treatment plants in substantial amounts, with effluents and sewage sludge being the main pathways through which QACs are released into the environment.

Within wastewater treatment plants, more than 90 per cent of QACs are typically removed, but small amounts remain in the effluents and reach rivers and lakes, where they accumulate.

Once QACs enter the environment, they meet microbial communities, networks of bacteria, archaea and fungi that recycle nutrients, purify water and support food webs.

Given that QACs are designed to kill microbes, it is no surprise that they can affect environmental ones. Yet microbial communities are remarkably adaptable; some die, but others survive and evolve resistance.

The paradox of protection

Unlike antibiotics, which target specific cellular processes, QACs attack microbes and viruses in many ways, damaging cell walls, proteins and lipids. This broad attack makes QACs powerful disinfectants.

However, microbes are resourceful. Faced with these chemicals, some strengthen their cell membranes, pump toxins out or form protective biofilms. These adaptations don’t just help them survive QACs, but increasing evidence shows they can also boost antibiotic resistance.

At the genetic level, QAC resistance genes are often carried on mobile DNA, segments of genetic material that can move between different bacteria. When these elements carry both QAC and antibiotic resistance genes, the resistances travel together and can spread across bacterial communities, a phenomenon called co-resistance.

In other cases, a single defence mechanism protects against both QACs and antibiotics, a process known as cross-resistance. The widespread and increasing use of QACs amplifies these mechanisms, creating more opportunities for resistance to spread. This, in turn, establishes pathways through which antimicrobial resistance can reach human pathogens, contributing to the global rise of antibiotic-resistant infections.

According to a new World Health Organization (WHO) report, antimicrobial resistance is “critically high and rising” globally: In 2023, one in six laboratory-confirmed bacterial infections responsible for common illnesses worldwide were resistant to antibiotic treatment. Between 2018 and 2023, resistance increased in more than 40 per cent of the pathogen-antibiotic combinations that are monitored, with an average annual rise of five to 15 per cent.

The WHO estimates that in 2019, bacterial antimicrobial resistance directly caused 1.27 million deaths and contributed to nearly five million more worldwide. What begins as a household cleaning choice can ripple outward, connecting our everyday habits to one of the most pressing public health challenges of our time.

Antimicrobial resistance is often seen as a clinical problem caused by antibiotic misuse, but it begins much earlier, in households, wastewater, rivers, lakes and soils. These are battlegrounds where microbes share resistance traits and adapt to human-made chemical pressures. Once resistance arises, it can make its way back to us.

At its core, the disinfectant dilemma is a feedback loop: we disinfect to prevent disease, but the chemicals we rely on may quietly make microbes harder to control.

Rethinking clean

This doesn’t mean we should stop disinfecting. Disinfectants play an essential role in infection control, especially in hospitals and high-risk settings where their benefits far outweigh their risks. The issue lies in their overuse in everyday life, where “clean” is often equated with “microbe-free”, regardless of necessity or consequence.

What we rarely consider is that cleaning doesn’t end when the surface looks hygienic. Some disinfectants remain active long after use, continuing to shape microbial communities well beyond their intended moment of control. QACs are a clear example: they persist in the environment, exposing microbes to low, chronic selective pressures that can favour the development of resistance.

Other disinfectants, such as alcohol and bleach, may carry different, but still meaningful environmental risks, underscoring the need for risk assessments that more explicitly integrate long-term ecological consequences.

Ultimately, the disinfectant dilemma reminds us that managing microbes is as much about ecology as it is about chemistry. To clean responsibly, we need to think beyond what kills microbes today and consider how our choices shape the microbial world we will face tomorrow.

The Conversation

Milena Esser does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Everyday chemicals, global consequences: How disinfectants contribute to antimicrobial resistance – https://theconversation.com/everyday-chemicals-global-consequences-how-disinfectants-contribute-to-antimicrobial-resistance-270936

From stadium to the wild: Sports clubs as new champions of biodiversity

Source: The Conversation – France – By Ugo Arbieu, Chercheur postdoctoral, Université Paris-Saclay

When you walk around the Groupama Stadium in Lyon (France), you can’t miss them. Four majestic lions in the colours of Olympique Lyonnais stand proudly in front of the stadium, symbols of the influence of a club that dominated French football in the early 2000s. The lion is everywhere in the club’s branding: on the logo, on social media, and even on the chests of some fans who live and breathe for their team. These are the ones who rise as one when Lyou, the mascot, runs through the stands every time the team scores a goal. Yet while it roars in the Lyon stadium, in the savannah, the lion is dying out.

On the ninth day of Ligue 1 (whose matches took place from October 24 to 26, 2025), there were twice as many people in the stadium for the Lyon-Strasbourg match (just over 49,000 spectators) as there are lions in the wild on the planet (around 25,000). Lion populations in Africa and India fell by 25% between 2006 and 2018, like many other species on the planet, according to the International Union for Conservation of Nature (IUCN).

One of the lions that stand guard in front of the Groupama Stadium in Lyon (France).
Zakarie Faibis, CC BY-SA

This is a striking paradox: while the sports sector is booming – often capitalising on animal imagery to develop brands and logos and unite crowds around shared values – those same species face numerous threats in the wild, weakening ecosystems without fans or clubs being truly aware of it.

This paradox between the omnipresence of animal representations in sport and the global biodiversity crisis was the starting point of a study published in BioScience. The study quantified the diversity of species represented in the largest team sports clubs in each region of the world, on the one hand, and assessed their conservation status, on the other. This made it possible to identify trends between regions of the world and team sports (both women’s and men’s).

The goal was to explore possible links between professional sport and biodiversity conservation. Sport brings together millions of enthusiasts, while clubs’ identities are based on species that are both charismatic and, in most cases, endangered. The result is a unique opportunity to promote biodiversity conservation in a positive, unifying, and rewarding context.

Nature on jerseys: The diversity of species represented in team sports

This research, based on 43 countries across five continents, reveals several key insights – chief among them, the importance and sheer scale of wildlife represented in sports emblems. A full 25% of professional sports organisations use a wild animal in their name, logo, or nickname. This amounts to more than 700 men’s and women’s teams across ten major team sports: football (soccer), basketball, American football, baseball, rugby union and league, volleyball, handball, cricket, and ice hockey.

Bears (here, a polar bear for the Orlando hockey team in the United States) are among the animals most commonly used as mascots by the team sports listed in the study.
Vector Portal/Creative Commons, CC BY

Unsurprisingly, the most represented species are, in order: lions (Panthera leo), tigers (Panthera tigris), wolves (Canis lupus), leopards (Panthera pardus), and brown bears (Ursus arctos).

While large mammals dominate this ranking, there is in fact remarkable taxonomic diversity overall: more than 160 different types of animals. Squid, crabs, frogs, and hornets sit alongside crocodiles, cobras, and pelicans – a rich sporting bestiary reflecting very specific socio-ecological contexts. We have listed them on an interactive map interactive map available online.

Animal imagery is often associated with major US leagues, such as the NFL, NBA, or NHL, featuring clubs like the Miami Dolphins (NFL), the Memphis Grizzlies (NBA), or the Pittsburgh Penguins (NHL). Yet other countries also display diverse fauna, with over 20 species represented across more than 45 professional clubs in France for instance.

Cultural, aesthetic, or identity-based motivations behind animal emblems

Club emblems often echo the cultural heritage of a region, as in the Quetzales Sajoma basketball club in Mexico that uses the quetzal (Tragonidaespp.), an emblematic bird from the Maya and Aztec cultures. Animal symbols also communicate club values such as unity or solidarity – for example, the supporter group of LOU Rugby is called “La Meute” (“The Pack”). Nicknames can also highlight a club’s colours, as with the “Zebras,” nickname of Juventus FC, whose jerseys are famously black and white.

Logo of the Lyon Olympique Universitaire rugby team.
LOU Rugby

Finally, many emblems directly reference the local environment – such as the Parramatta Eels, named after the Sydney suburb, whose Aboriginal name means “place where eels live”.

The Wild League: Sports clubs as allies to wildlife

The sports sector has grown increasingly aware of climate-related issues, both those related to sports practice and sporting events. Biodiversity has not yet received the same attention. The study also shows that 27% of the animal species used in sports identities face risks of extinction in the near or medium term. This concerns 59% of professional teams. Six species are endangered or critically endangered, according to the IUCN: the black rhinoceros (Diceros bicornis), blue whale (Balaenoptera musculus), African elephant (Loxodonta africana), Asian elephant (Elephas maximus), tiger, and Puerto Rican blackbird (Agelaius xanthomus). Lions and leopards – two of the most represented species – are classified as vulnerable.

Moreover, 64% of teams have an emblem featuring a species whose wild population is declining, and 18 teams use species for which no population trend is known. If this seems surprising, think again: the polar bear (Ursus maritimus), orca (Orcinus orca), and European wildcat (Felis silvestris) are among these poorly understood species.

Under these circumstances, can sport help promote biodiversity conservation in an inspiring way? Indeed, iconic clubs and athletes, whose identities are based on often charismatic but endangered species, bring together millions of enthusiasts.

Another study by the same research team presents a model aligning the interests of clubs, commercial partners, supporter communities, and biodiversity advocates around the central figure of animal sports emblems.

Playing as a team for a common goal: Protecting biodiversity

The Wild League project, which builds upon these recent scientific publications, aims to implement this model with the support of clubs (professional and amateur) and their communities, in order to involve as many stakeholders as possible (teams, partners, supporters) in supporting ecological research and biodiversity conservation.

These commitments are win-win: for clubs, it is an opportunity to reach new audiences and mobilise supporters around strong values. Sponsors, for their part, can associate their brands with a universal cause. By scaling up, a professional league, if it mobilised all its teams, could play a key role in raising awareness of biodiversity.

Almost all of the emblems of the German ice hockey league DEL refer to animals.
Deutsche Eishockey Liga/X.com

Many mechanisms could help implement such a model, involving teams, partners, and supporters in changes to individual and institutional behaviour. Teams from different sports that share the same emblem could pool resources to create coalitions for the protection of the species and its ecosystem.

Conversely, an entire professional league with numerous teams represented by different animals could raise awareness by embracing biodiversity as a collective theme. For example, Germany’s top ice hockey league (DEL) includes 15 teams, 13 of which feature highly charismatic animals: every week, panthers face polar bears, penguins battle tigers, and sharks challenge grizzlies! These emblems provide a unique opportunity to raise awareness of the Earth’s biological diversity.

Some well known but taxonomically vague nicknames – such as “Crabs,” “Bats,” or “Bees” – conceal immense species diversity: more than 1,400 species of freshwater crabs, as many bat species (representing one in five mammal species), and over 20,000 species of bees exist worldwide.

Finally, more than 80 professional teams have a unique one-to-one association with a species. The Auckland Tuatara basketball team, for instance, is the only one to feature the Tuatara (Sphenodon punctatus), a reptile found only in New Zealand. These exclusive connections create ideal opportunities to foster a sense of responsibility between a species and its team.

Sport is above all an entertainment industry, offering powerful emotional experiences rooted in strong values. The animal emblems of sports clubs can help reignite a passion for the natural world and engage sporting communities in its protection and in broader biodiversity conservation – so that the roar of lions does not become a distant memory, and so that the statues proudly standing before our stadiums regain their colour and meaning.

The Conversation

Ugo Arbieu is the founder of The Wild League, an international project aimed at promoting the integration of biodiversity protection issues into professional sports organisations.

Franck Courchamp ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. From stadium to the wild: Sports clubs as new champions of biodiversity – https://theconversation.com/from-stadium-to-the-wild-sports-clubs-as-new-champions-of-biodiversity-272300

Comment naît l’esprit de compétition ?

Source: The Conversation – in French – By Inge Gnatt, Psychologist, Lecturer in Psychology, Swinburne University of Technology

En fonction de notre personnalité, nous sommes plus ou moins enclins à avoir l’esprit de compétition, mais l’influence de l’environnement est décisive.


Si vous avez déjà assisté à une rencontre sportive chez les moins de 12 ans, vous savez que certains enfants ont un esprit de compétition très fort, tandis que d’autres sont juste là pour créer des liens. Au travail, deux collègues peuvent réagir différemment à une critique : l’un va se donner à fond pour prouver sa valeur, tandis que l’autre va facilement passer à autre chose.

Et nous savons tous ce qui se passe lors des soirées Monopoly en famille, qui nous rappellent définitivement que le goût de la compétition peut mettre à rude épreuve même les relations les plus proches. Être plus ou moins compétitif présente des avantages et des inconvénients, qui dépendent entièrement du contexte.

Mais qu’est-ce qui détermine réellement ces différences, et pouvons-nous les modifier ?

Comment définir l’esprit de compétition ?

L’esprit de compétition ne se résume pas à vouloir gagner. Il s’agit d’une tendance complexe à vouloir surpasser les autres et à évaluer ses succès en se comparant à son entourage. Certains de ses aspects sont appréciables, la satisfaction provenant à la fois de l’effort fourni et des bons résultats obtenus.

Un comportement compétitif peut être lié à la motivation de s’améliorer soi-même et de réussir. Si nous sommes très motivés pour gagner, améliorer nos résultats et nous évaluer par rapport aux autres, nous sommes alors plus enclins à être très compétitifs.

D’un point de vue évolutif, cela nous a également aidés à survivre. En tant qu’espèce sociale, notre sens de la compétition nous permet d’acquérir des ressources, un statut et, surtout, des relations.

L’extraversion et le fait d’être consciencieux sont des traits de personnalité plus marqués chez les personnes qui ont un esprit de compétition plus développé. Ces traits sont liés à la volonté d’atteindre un objectif, à la persévérance et à la détermination, autant de qualités indispensables à la compétitivité.

Nous pouvons donc être prédisposés à avoir plus ou moins l’esprit de compétition selon nos traits de personnalité qui, dans une certaine mesure, sont déterminés par la génétique.

Cependant, le sens de la compétition ne dépend pas uniquement de la biologie. Son intensité est également liée à notre environnement.

Votre culture a un impact sur votre sens de la compétition

Les familles, les salles de classe ou les lieux de travail compétitifs peuvent intensifier les sentiments de rivalité tandis que les environnements plus coopératifs peuvent les réduire.

Par exemple, des recherches ont montré qu’une implication et des attentes parentales plus élevées peuvent avoir une influence positive sur les résultats scolaires, mais peuvent également rendre les enfants plus enclins à la compétition.

La compétitivité s’interprète et s’exprime différemment aussi selon les cultures. Les cultures traditionnellement individualistes peuvent être plus compétitives en apparence, tandis que les cultures collectivistes peuvent être plus indirectement compétitives dans le but de préserver la cohésion du groupe.

Si vous êtes indirectement compétitif, cela peut se traduire par le fait de cacher des informations utiles aux autres, de vous comparer souvent à eux ou de surveiller de près la réussite de vos pairs.

Pouvons-nous mesurer l’esprit de compétition ?

Les recherches suggèrent que la compétitivité est multiforme et que différentes évaluations mettent l’accent sur différents processus psychologiques.

Bien qu’il existe plusieurs questionnaires permettant de mesurer l’esprit de compétition d’une personne, le débat reste ouvert quant aux dimensions sous-jacentes à prendre en compte.

Par exemple, une étude réalisée en 2014 a mis au point une mesure comportant quatre dimensions : l’esprit de compétition en général, la dominance, les affects liés à la compétition (le plaisir que la personne éprouve à entrer en compétition) et le développement personnel.

En outre, une autre tentative publiée en 2018 a révélé que le plaisir de la compétition (motivation et valeur perçue) et la rigueur professionnelle (être assertif) étaient les dimensions les plus importantes à mesurer.

Tout cela montre que l’esprit de compétition ne tient pas à un trait de personnalité unique. Il s’agit plutôt d’un ensemble de motivations et de comportements associés.

Quels sont les avantages et les inconvénients d’avoir un fort esprit de compétition ?

Avoir l’esprit de compétition est associé à des avantages tels qu’une haute performance, de la motivation et des réussites. Mais cela a aussi un coût.

Des études suggèrent que les personnes qui accordent davantage d’importance à leur rang social et qui s’évaluent défavorablement sont plus susceptibles de présenter des symptômes de dépression et d’anxiété. En fait, une dynamique de compétition et de comparaison sociale est systématiquement associée à une mauvaise santé mentale.

Il a également été démontré que la compétitivité à l’école était liée à une augmentation du stress et de l’anxiété.




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Dans un contexte de performance individuelle, rivaliser avec une personne plus performante peut faire progresser, selon une étude dans laquelle les participants ont été invités à passer un test neurocognitif. Cependant, la coopération, même avec un partenaire moins performant, était associée à des niveaux de réussite équivalents.

De plus, cette étude a révélé que la compétition était associée à une augmentation de la stimulation physiologique et du stress, contrairement à la coopération.

Peut-on agir sur l’esprit de compétition ?

Bien que nous n’ayons aucun contrôle sur certains traits de personnalité, nous pouvons agir d’une certaine manière sur notre esprit de compétition. Adopter un comportement plus prosocial en coopérant davantage, en partageant et en aidant les autres, peut le réduire.

De plus, revoir la manière dont nous nous évaluons et dont nous nous percevons peut contribuer à développer un rapport plus équilibré et plus flexible à la compétition. Une thérapie d’acceptation et d’engagement ou une thérapie centrée sur la compassion peut être utile pour accompagner ces changements.

En fin de compte, la recherche dans ce domaine est complexe, et il reste encore beaucoup à apprendre. Si un niveau raisonnable de compétition peut être bénéfique, il est important d’en évaluer le coût.

Réfléchissez à vos objectifs : êtes-vous prêt à tout pour gagner ? ou préférez-vous faire de votre mieux et vous faire des amis ?

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Comment naît l’esprit de compétition ? – https://theconversation.com/comment-nait-lesprit-de-competition-272190

L’Afrique subsaharienne, nouvel eldorado pour l’État islamique ?

Source: The Conversation – in French – By Pierre Firode, Professeur agrégé de géographie, membre du Laboratoire interdisciplinaire sur les mutations des espaces économiques et politiques Paris-Saclay (LIMEEP-PS) et du laboratoire Médiations (Sorbonne Université), Sorbonne Université

Vidéo publiée par des djihadistes, au Burkina Faso, en 2019, pour affirmer leur allégeance à l’organisation État islamique. Longwarjournal.org

Le djihadisme international, en recul au Moyen-Orient, est revitalisé depuis plusieurs années dans plusieurs régions d’Afrique – essentiellement dans les zones frontalières entre États affaiblis où vivent des populations marginalisées. De la région des trois frontières entre le Burkina Faso, le Niger et le Mali à l’est de la République démocratique du Congo, en passant par le lac Tchad, des dynamiques similaires sont à l’œuvre.


Le djihad global incarné par le groupe État islamique (EI) est incontestablement en recul au Moyen-Orient. L’EI a perdu la grande majorité de son éphémère califat et les pertes que lui a infligées la coalition internationale s’avèrent difficilement remplaçables. L’enracinement du groupe dans les sociétés moyen-orientales a lui aussi décliné significativement au cours de ces dernières années : l’EI se retrouve éclipsé par des groupes qui prônent un djihad d’abord régional voire national et qui, bien que salafistes, renoncent au terrorisme international, à l’image du groupe Hayat Tahrir Al-Cham (HTC) en Syrie ou des talibans en Afghanistan.

À l’inverse, l’EI semble particulièrement gagner du terrain sur le continent africain : au Nigeria, Boko Haram connaît une spectaculaire ascension depuis son allégeance à l’EI en 2015 tandis que les Forces démocratiques alliées (ADF), groupe djihadiste d’Afrique centrale rallié en 2017 à l’EI, s’implantent durablement au nord de la RDC dans la région du Nord-Kivu.

Le Sahel s’inscrit lui aussi dans cette dynamique globale puisque le Groupe de soutien à l’islam et aux musulmans (Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin, JNIM), affilié à Al-Qaida, ne parvient pas à supplanter totalement la filiale de l’EI dans la région, l’État islamique dans le Grand Sahara, qui gagne du terrain au Mali, au Niger comme au Burkina Faso.

Au vu de cette régression de l’EI au Levant et de son ascension en Afrique, il serait pertinent de repenser la relation centre/périphérie dans le monde du djihad global. Le continent africain devient peu à peu l’épicentre de l’EI, qui pourrait renoncer aux rêves de réaliser le Sham (un État regroupant les sunnites de la région) en Orient au profit d’un califat en terre africaine.

Quelles opportunités stratégiques le continent africain offre-t-il à l’EI ? Le groupe pourrait-il installer son sanctuaire en Afrique, inaugurant ainsi un nouvel âge dans l’histoire du djihad ?

L’émergence de sanctuaires transfrontaliers propices au djihad

L’implantation de l’EI en Afrique répond à une logique géographique récurrente : le groupe s’enracine dans des espaces transfrontaliers où les djihadistes utilisent les frontières internationales comme un refuge leur permettant d’échapper aux offensives des armées conventionnelles qu’ils affrontent. Le cas de la zone dite des « trois frontières » entre le Mali, le Burkina Faso et le Niger est de ce point de vue emblématique.

Prévention et réduction de la conflictualité dans les régions frontalières du Mali, du Burkina Faso et du Niger (zone des trois frontières/Liptako Gourma).
aha-international.org

Dans cette zone transfrontalière à cheval sur les trois pays, les djihadistes de l’État islamique dans le Grand Sahara peuvent échapper aux offensives de l’armée nigérienne en se réfugiant au Mali ou au Burkina Faso, les armées conventionnelles étant, à l’inverse des groupes terroristes, contraintes de respecter les frontières internationales et la souveraineté des pays voisins. D’autant que les trois pays ne parviennent plus à coordonner leurs efforts militaires contre les djihadistes, comme le montre l’échec cuisant du G5 Sahel.

Créé à l’initiative de la France et des pays du Sahel dans le contexte de l’opération Barkhane, le G5 Sahel se voulait une réponse au djihad transnational régional. L’organisation devait permettre la coopération des armées burkinabée, nigérienne et malienne, censées agir de façon concertée des trois côtés de la zone de frontière afin d’acculer les djihadistes et de les priver d’opportunités de replis. Le départ, en 2022, de la France, qui était à l’origine de cette initiative militaire, suivie par le retrait du Mali et du Burkina Faso la même année puis du Niger en 2023, a mis fin à toute forme de coordination transnationale efficace dans la région.

L’Alliance des États du Sahel (AES), créée en 2023 pour remplacer le G5 Sahel, n’a pas débouché sur des actions militaires transfrontalières concrètes tandis que les miliciens russes de l’Africa Corps, certes implantés au Mali, au Niger comme au Burkina Faso, enchaînent les revers militaires notamment depuis leur défaite face aux Touaregs à l’été 2025 dans la région de Kidal et n’ont jamais repris le contrôle de la zone des trois frontières.

Cette situation n’est pas sans rappeler le rôle qu’a joué la frontière entre l’Afghanistan et le Pakistan pendant l’occupation américaine de l’Afghanistan : comme les terroristes au Sahel, le réseau Al-Qaida avait pu survivre à l’incroyable effort des États-Unis et de leurs alliés en se réfugiant au Pakistan en 2005, dans les zones tribales, là où l’armée américaine ne pouvait pas se déployer sans risquer de déstabiliser complètement son allié pakistanais.

L’« effet refuge » de la frontière entre l’Ouganda et la République démocratique du Congo (Source : Screenshot at PM).
Fourni par l’auteur

Cette configuration géographique « à l’afghane » concerne aussi les deux autres foyers du djihad en Afrique : la région du lac Tchad et le Nord-Kivu en République démocratique du Congo (RDC).

Dans cette dernière région, les djihadistes des ADF exploitent particulièrement l’« effet refuge » de la frontière entre l’Ouganda et la RDC. À l’origine, les ADF constituent un groupe djihadiste purement ougandais en lutte contre le gouvernement du pays. Mais à la fin des années 1990, les offensives répétées de l’armée ougandaise ont obligé le mouvement terroriste à migrer en direction de la RDC, où se situe désormais son sanctuaire, depuis lequel les djihadistes déstabilisent non seulement le Kivu mais aussi l’Ouganda, tout en échappant autant à l’armée congolaise qu’aux forces ougandaises.

Comme dans la zone des trois frontières, la frontière entre l’Ouganda et la RDC restreint les manœuvres des troupes conventionnelles, mais reste complètement ouverte aux groupes terroristes puisqu’elle sépare des États faillis qui n’ont pas les moyens d’assurer un véritable contrôle frontalier. D’autant que le Kivu comme la zone des trois frontières constituent de véritables zones grises, périphériques, où la présence de milices, la faiblesse des infrastructures, la distance par rapport aux centres du pouvoir rendent la présence de l’autorité régalienne pour le moins superficielle.

Des périphéries marginalisées en voie de devenir des terres de djihad

Screenshot at PM.
Fourni par l’auteur

En plus d’être des espaces transfrontaliers, les nouveaux sanctuaires de l’EI en Afrique s’apparentent à des territoires marginalisés politiquement, économiquement et, parfois, culturellement. Éloignés des métropoles qui polarisent l’activité économique, peuplés d’ethnies minoritaires, ces territoires sont touchés par un rejet de l’État central, un régionalisme voire un sécessionnisme que l’EI exploite pour grossir ses rangs.

Le cas du Lac Tchad, territoire à cheval sur le Nigeria, le Niger, le Tchad et le Cameroun, est emblématique de ce lien entre marginalisation des territoires et développement de l’EI. Le groupe Boko Haram, affilié à l’EI depuis 2015, s’y appuie sur le sentiment d’abandon que nourrissent les ethnies musulmanes Haoussa et Kanouri peuplant le nord du pays, à l’encontre d’un État nigérian dominé par les ethnies chrétiennes du sud, comme les Yorubas.

D’autant que Boko Haram peut élargir son recrutement aux populations précarisées par l’assèchement du lac Tchad, qui basculent dans une économie de prédation à défaut de pouvoir produire de quoi se nourrir. Dans son ouvrage L’Afrique sera-t-elle la catastrophe du XXIe siècle ?, Serge Eric Menye avait déjà bien montré le lien entre marginalisation économique de certains territoires ruraux africains privés de débouchés économiques d’une part et développement du djihadisme d’autre part. Dans ces territoires, des activités criminelles, à l’image des « coupeurs de routes » autour du Lac Tchad, s’installent afin de pallier le recul de l’économie productive et créent un terreau particulièrement fertile pour le développement des groupes djihadistes.

Ces territoires offrent aux djihadistes la possibilité de développer leur classique discours de propagande appelant au djihad dit « défensif ». Au Kivu comme au nord du Nigeria, les musulmans constituent une minorité nationale, dominée par des pouvoirs exercés par (ou assimilés à) des populations chrétiennes. Cette réalité culturelle et politique sert le narratif de l’EI qui consiste souvent à mobiliser les musulmans pour protéger un « Dar al-Islam » menacé par un État « mécréant ». L’objectif proclamé – défendre des musulmans « opprimés » par un État « infidèle » – pourrait drainer des combattants de l’ensemble de l’Oumma, et il ne fait aucun doute que l’EI tentera de jouer cette carte à mesure que les marges musulmanes du Nigeria ou du Congo s’enfonceront dans la violence ou subiront les représailles des armées conventionnelles ou des milices locales non musulmanes comme les Maï-Maï au Kivu.

De ce point de vue, les territoires les plus prometteurs dans l’optique djihadiste sont ceux qui se trouvent à la frontière de l’Afrique chrétienne et de l’Afrique musulmane, comme la RDC ou le Nigeria.

Les freins à l’explosion du djihad africain

Même si le Kivu, le lac Tchad ou la zone des trois frontières tendent à devenir des sanctuaires de l’EI, l’analyse de ces territoires laisse apparaître plusieurs obstacles à l’implantation des djihadistes en Afrique.

Les mouvements djihadistes, tels qu’Al-Qaida en Irak puis son successeur l’EI, devaient leur succès au rejet par les populations locales d’une occupation étrangère : la filiale irakienne d’Al-Qaida s’était d’abord construite comme un mouvement de résistance à l’occupation américaine dans les villes du triangle sunnite au printemps 2003. Or, depuis le départ des Français du Mali, aucune puissance internationale (hormis la Russie) n’est présente dans les territoires touchés par le djihadisme, ce qui empêche les mouvements djihadistes africains de se présenter en force de résistance luttant contre une occupation étrangère.

Au lieu de s’opposer à des forces d’occupation, les djihadistes maliens, nigérians ou congolais se retrouvent souvent face à des milices locales comme les Maï-Maï au Congo ou les dozos au Mali : en Afrique, contrairement au Moyen-Orient, l’esprit local de résistance, bien loin de profiter aux djihadistes, joue clairement contre eux.

D’autant que la guerre contre les « musulmans déviants », autre moteur du djihad tel que le conçoit l’EI, ne semble pas trouver en Afrique un terreau favorable. En effet, quel que soit le pays considéré, la grande majorité des musulmans africains demeurent sunnites, malgré un essor récent du chiisme en Afrique de l’Ouest, si bien que les djihadistes de l’EI ne pourront pas transformer leur combat en une fitna (révolte) tournée contre les chiites, contrairement à leurs prédécesseurs irakiens ou syriens.

Privés du ressentiment antichiite ainsi que de l’esprit de résistance qui ont poussé tant d’Irakiens à rejoindre Al-Qaida en Irak puis l’État islamique, les djihadistes africains ne peuvent pas non plus s’appuyer sur la radicalité des populations locales. Majoritairement malikite, l’islam subsaharien reste moins exposé aux progrès de l’intégrisme que les territoires du Moyen-Orient dans lesquels l’approche hanbalite de l’islam permet des transferts plus faciles vers l’extrémisme.

Ainsi, le lac Tchad, la zone des trois frontières ou le Nord-Kivu pourraient, en théorie, devenir un « nouvel Afghanistan » pour reprendre les termes de Seidik Abba dans son ouvrage Mali-Sahel, notre Afghanistan à nous. Ces territoires présentent des caractéristiques géopolitiques communes : constitution d’un sanctuaire transfrontalier autour de périphéries marginalisées politiquement, culturellement et économiquement.

L’État islamique semble parfaitement conscient des opportunités que lui offre le continent africain, comme le montre l’essor de Boko Haram au Nigeria ou celui des ADF au Congo. Pour autant, aucune des trois provinces africaines de l’EI ne s’est pour l’instant substituée au berceau irako-syrien, malgré les défaites militaires de l’organisation au Levant.

Sans doute faut-il voir ici, entre autres facteurs explicatifs, l’effet des réticences des djihadistes à l’idée de déplacer l’épicentre du djihad du monde arabe vers les périphéries du monde musulman. Néanmoins, cet univers mental djihadiste où le monde arabe constitue encore le centre semble de plus en plus en décalage avec la réalité géographique du djihad dont l’Afrique subsaharienne tend à devenir l’épicentre.

The Conversation

Pierre Firode ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. L’Afrique subsaharienne, nouvel eldorado pour l’État islamique ? – https://theconversation.com/lafrique-subsaharienne-nouvel-eldorado-pour-letat-islamique-271040

Dermatose nodulaire : comprendre les raisons de la mobilisation agricole

Source: The Conversation – in French – By Frédéric Keck, Anthropologie, EHESS, CNRS, Laboratoire d’anthropologie sociale, Collège de France, Auteurs historiques The Conversation France

La dermatose nodulaire, rarement mortelle mais très contagieuse, flambe depuis quelques semaines dans les élevages bovins français. Face à sa diffusion rapide, les autorités ont recours à l’abattage et à la vaccination. La contestation de l’abattage systématique par les éleveurs révèle des tensions profondes dans un monde agricole déjà en crise.


La dermatose nodulaire contagieuse (DNC), maladie infectieuse qui touche les bovins, a beaucoup fait parler d’elle au cours des dernières semaines. Le virus qui la cause, Capripoxvirus lumpyskinpox, se diffuse dans le sang des animaux et provoque de fortes fièvres et des nodules douloureux pour les animaux. La mortalité est faible, de 1 à 5 % environ des animaux infectés, mais le problème principal tient à sa contagiosité. Les insectes piqueurs (mouches stomoxes, moustiques, taons…) et les tiques transmettent ce virus d’un troupeau à un autre. Le virus peut également survivre plusieurs mois dans les croûtes des animaux, qui se conservent dans les environnements peu éclairés.

Historiquement présente en Afrique, la DNC a été observée en Afrique du Nord dès juin 2024, puis s’est propagée en Europe. La DNC a été détectée en France pour la première fois le 29 juin 2025 en Savoie. Pour contrôler la propagation de la maladie, les autorités se sont à la fois appuyées* sur une politique d’abattage (environ 1 000 bovins) et de vaccination (environ 300 000 doses).

Mais la colère gronde chez les agriculteurs, qui s’opposent désormais aux abattages massifs. Le 10 décembre 2025, des éleveurs dans l’Ariège se sont opposés à l’abattage de 200 bovins touchés par la DNC et ont lancé un mouvement social d’occupation des autoroutes qui a gagné une large part du sud-ouest de la France. Pour limiter ce mouvement, la ministre de l’agriculture Annie Genevard a engagé le financement de la vaccination d’un million de bovins.




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L’enjeu : limiter le risque de transmission à l’humain

Pour comprendre cette mobilisation, il faut d’abord rappeler la distinction entre les zoonoses et les épizooties.

Les zoonoses, tout d’abord, sont des maladies infectieuses qui se transmettent des animaux sauvages aux animaux domestiques, puis aux humains. Elles font l’objet de mesures sanitaires sévères pour éviter la transmission aux humains de pathogènes dont les conséquences immunitaires sont inconnues.

Le chien viverrin aurait été l’un des vecteurs du SARS-CoV-2 vers l’espèces humaine.
Animalia.bio, CC BY-SA

La grippe aviaire, hautement pathogène, et le Covid-19 sont deux exemples de zoonoses. La première a été transmise par les oiseaux sauvages aux volailles domestiques, avec une mortalité de 60 % lorsqu’elle se transmet aux humains. Le second l’aurait été par l’intermédiaire des chauves-souris et notamment les chiens viverrins, avec une mortalité de 0,5 % lorsqu’elle se transmet aux humains.

Dans ce contexte, l’abattage préventif peut faire partie de l’arsenal déployé par les autorités sanitaires :

On peut noter que ces deux virus zoonotiques (H5N1 et SARS-CoV-2) sont venus de Chine, dont les fortes populations animale et humaine connectées par les marchés aux animaux vivants sont favorables à l’émergence de nouveaux virus depuis une trentaine d’années.




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De l’autre côté, les épizooties sont des maladies infectieuses transmises par les animaux sauvages aux animaux domestiques, mais sans se transmettre aux humains.

Ces deux maladies infectieuses ont été découvertes dans les années 1930 en Afrique de l’Est. En effet, les colonisateurs anglais ont implanté dans cette partie du continent les techniques d’élevage industriel qui avaient été développées en Europe au cours du siècle précédent. Or, pour des petits élevages pastoraux de cochons ou de vaches, les épizooties ont peu de conséquences. Mais dans les élevages industriels, elles causent des ravages.

Ainsi, la première grande épizootie dans l’histoire de la médecine vétérinaire est la peste bovine, qui a ravagé l’Europe au XIXᵉ siècle du fait du commerce international du bétail, en commençant par l’Angleterre puis l’Afrique de l’Est au début du XXᵉ siècle. Elle est aujourd’hui considérée comme la maladie du bétail la plus meurtrière de l’histoire.

C’est pour contrôler la peste bovine qu’a été crée l’Office international des épizooties (OIE) à Paris en 1920. La maladie a été maîtrisée grâce à des politiques d’abattage et de vaccination qui ont conduit à son éradication en 2001. En 2003, l’organisation intergouvernementale a été renommée Organisation mondiale de la santé animale.




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Les virus ignorent la distinction faite par les humains entre épizootie et zoonose. Un virus comme celui de la grippe peut devenir épizootique ou zoonotique selon les circonstances, en fonction de ses mutations. Or, une épizootie est gérée comme un problème économique, par le ministère de l’agriculture, alors qu’une zoonose est gérée comme un problème sanitaire par le ministère de la santé.

Pourquoi les politiques d’hier sont inacceptables aujourd’hui

Le contrôle des épizooties est essentiel pour garantir les prix sur le marché international de la viande. En effet, un État indemne d’une épizootie qui circule dans d’autres pays peut vendre ses animaux (vivants ou morts) à un prix plus élevé que ses concurrents s’ils sont infectés.

Mais reste la question de fond : pourquoi cette politique, qui a fonctionné pour d’autres épizooties passées, ne semble-t-elle plus acceptable aujourd’hui ? La mobilisation des éleveurs du sud-ouest de la France s’inscrit dans un triple contexte politique.

  • D’une part, les négociations entre l’Union européenne et le Mercosur concernant les produits agricoles sont perçues par les éleveurs français comme préjudiciables à leurs intérêts. Autrement dit, la DNC survient dans un contexte déjà tendu et a, en quelque sorte, constitué « la goutte d’eau qui fait déborder le vase ».

  • D’autre part, les dernières élections syndicales dans le milieu agricole ont été favorables à la Confédération paysanne et à la Coordination rurale et défavorables au syndicat majoritaire, la Fédération nationale des syndicats d’exploitants agricoles (FNSEA). Or, le protocole sanitaire actuel a été négocié par le gouvernement avec ce syndicat majoritaire, ce qui a conduit à une alliance inédite entre les deux syndicats minoritaires, situés respectivement à la gauche et à la droite de l’échiquier politique.

  • Enfin, la période des vacances de Noël est favorable à une démonstration de force de la part du monde agricole afin d’obtenir rapidement la fin des abattages et la vaccination de tous les bovins de la part d’un gouvernement fragilisé par l’absence de budget national.

« Dermatose nodulaire des bovins : les agriculteurs basques en colère », France 3, Le 19-20, 12 décembre 2025.

Depuis début décembre 2025, les médias français se sont emparés de ce sujet en diffusant des images spectaculaires d’occupations d’espaces publics et de blocages de routes et de voies ferrées notamment par des agriculteurs venus avec leurs tracteurs et leurs vaches.




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Des vaches abattues ramenées à un statut de marchandises

Résultat : le débat politique sur les modes d’élevage des animaux, entre un modèle industriel tourné vers l’exportation et un modèle de plus petite taille tourné vers la consommation locale, se tient désormais dans l’urgence. Il aurait pourtant pu avoir lieu lors des Assises du sanitaire animal qui se sont tenues au niveau national en septembre 2025.

Le nœud du problème ? Le gouvernement demande aux éleveurs de respecter « la science » sans établir les conditions pour une démocratie sanitaire et technique des maladies animales. Il s’agirait de mettre tous les acteurs de l’élevage autour de la table pour évaluer les différentes méthodes scientifiques garantissant la santé de leurs élevages.

Les maladies animales, qu’elles soient épizootiques (comme la DNC) ou zoonotiques, montrent que les animaux ne sont pas seulement des marchandises que les humains peuvent détruire lorsqu’elles ne satisfont plus aux conditions du marché. Ce sont des êtres vivants avec lesquels se sont constitués des savoirs (notamment génétiques) et des affects.

Cet écart entre l’animal-marchandise et l’animal-être vivant s’exprime de diverses façons :

  • Pour les zoonoses, les consommateurs ont peur d’être tués par la viande qu’ils mangent : on a pu parler ainsi de « vache folle » dans les années 1990 ou de « poulets terroristes ».

  • En cas d’épizootie, lorsqu’un éleveur doit faire abattre pour des raisons sanitaires un troupeau qui n’a pas atteint la maturité : on parle alors de « dépeuplement », comme si le « repeuplement » n’était qu’une mesure technique.

  • Le traitement médiatique de la crise de la « vache folle » a ainsi donné lieu à des images bien plus spectaculaires que lors de la crise de la fièvre aphteuse, médiatisée au début des années 2000. La différence tient au fait que l’encéphalopathie spongiforme bovine passe aux humains en causant la maladie de Creutzfeldt-Jakob, alors que la fièvre aphteuse ne se transmet pas aux humains. Les abattages massifs réalisés pour contenir la fièvre aphteuse, elle aussi très contagieuse mais peu létale, semblent inacceptables aujourd’hui.

Les gouvernements savent s’appuyer sur des savoirs virologiques et épidémiologiques pour anticiper les déplacements des populations d’humains, d’animaux et de vecteurs qui vont causer les maladies infectieuses actuelles et à venir. Le réchauffement climatique favorise ainsi la persistance en décembre des mouches porteuses de la DNC.

Mais les autorités ne peuvent pas prédire les réactions des éleveurs et de ceux qui les regardent sur les réseaux sociaux pleurer la mort de leurs vaches. C’est bien ce rapport à l’animal qui se joue dans la crise agricole déclenchée par la dermatose nodulaire contagieuse.

The Conversation

Frédéric Keck ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Dermatose nodulaire : comprendre les raisons de la mobilisation agricole – https://theconversation.com/dermatose-nodulaire-comprendre-les-raisons-de-la-mobilisation-agricole-272363

Au-delà du QI et de la stigmatisation des personnes avec déficience intellectuelle, repensons l’intelligence

Source: The Conversation – in French – By Quesne Julien, Chercheur post-doctorant en sociologie, Université Paul Valéry – Montpellier III

Réduire l’intelligence au QI se révèle stigmatisant pour les personnes qui vivent avec une déficience intellectuelle. Cela ne rend pas compte de la diversité de l’intelligence qui reste façonnée par le contexte social, éducatif, culturel et politique.


Dans le débat public comme en psychologie, le quotient intellectuel (QI) tient une place particulière. On l’interprète souvent comme une mesure neutre, scientifique, objective – un outil honnête d’évaluation cognitive des capacités humaines. Mais derrière les nombres qu’il distribue, le QI produit une véritable charge sociale : celui d’une classification, d’une hiérarchisation, d’une normalisation.

Pour les personnes chez qui a été diagnostiquée une déficience intellectuelle
– entre 2 et 3 % de la population générale – le QI peut devenir un outil d’assignation, de stigmatisation ou encore d’exclusion qui produit socialement du handicap. Si le DSM-5 (manuel diagnostique de référence en santé mentale) marque un progrès en rappelant que l’intelligence ne se réduit pas à un score et doit être appréciée à partir des capacités d’adaptation dans la vie quotidienne, son évaluation par la mesure est très loin de disparaître.

La récente affaire Jean Pormanove a tristement permis de mettre en lumière la permanence et l’intensité des maltraitances handiphobes en France. Le décès en direct, en août dernier, du streamer Raphaël Graven (alias Jean Pormanove) faisait suite à des mois d’humiliation à l’écran de plusieurs personnes en situation de handicap invitées à l’émission « Questions pour un golmon » sur la plateforme Kick et moquées pour leur supposée faiblesse d’esprit.




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Ce drame fait directement écho à nos imaginaires collectifs où l’intelligence est encore considérée comme un attribut fixe, voire naturel, mais surtout mesurable. Ainsi, ceux et celles possédant un « bon » QI sont valorisés ; ceux et celles qui sont en dessous d’un seuil arbitraire – souvent autour de 70 – sont pathologisés, médicalisés, étiquetés et stigmatisés par la société.

Cette logique ne date pas d’hier : elle puise notamment ses racines dans l’histoire de la psychométrie, portant l’empreinte d’idéologies plus anciennes, coloniales et modernes, qui ont entériné de nouvelles hiérarchies de la vie humaine.

L’héritage d’une science pas si neutre

L’histoire du QI ne peut pas être racontée sans évoquer son lien avec les idées eugénistes ou coloniales de la modernité occidentale. Les premiers travaux européens sur le crâne datant du XIXe siècle, cherchaient à établir des différences « naturelles » d’intelligence entre les groupes (notamment pour justifier l’invention de la race) en se fondant sur des mesures du crâne ou du cerveau. Ces croyances pseudoscientifiques ont servi à légitimer des politiques de domination, d’exclusion et de violence envers les esclaves, les femmes, les enfants ainsi que les personnes en prise avec une déficience intellectuelle.

Au début du XXe siècle, les psychologues français Alfred Binet et Théodore Simon voulaient, avec la création du QI, repérer et aider les enfants ayant besoin d’un accompagnement scolaire spécifique. Le QI se résume alors à un score obtenu à des tests qui mesurent certaines capacités mentales et cognitives, comme la mémoire, le raisonnement ou la compréhension des mots.

Son score moyen est fixé à 100, là où une part importante de la population mondiale possède aujourd’hui un score généralement compris entre 85 et 115.

Plus tard, la psychométrie moderne – avec des psychologues comme Charles Spearman (1904) ou plus tard Anne Anastasi (1954) – développe des tests psychomoteurs très sophistiqués, dont certains visent à capturer et naturaliser ce que Spearman désignera comme le « facteur g », c’est-à-dire une intelligence générale censée être universelle. Mais cette universalité masque l’influence prépondérante de valeurs très contextuelles et politiques dans l’évaluation de l’intelligence : des cultures, des langages, des environnements éducatifs et des positions sociales et historiques qui n’ont rien de fixe.

Le piège de la mesure et de son seuil

Le diagnostic de déficience intellectuelle repose encore largement sur un seuil de QI (par exemple, ≈ 70). Lorsqu’une personne passe en dessous, elle peut être considérée comme ayant un déficit cognitif, même si sa vie quotidienne, son autonomie, ses compétences sociales ou émotionnelles ne peuvent pas être résumées à un simple nombre.

Or, ce seuil arbitraire ne tient pas suffisamment compte de la diversité des expériences humaines : certaines personnes avec un QI faible sont très autonomes dans certains aspects de la vie, d’autres ont des compétences très différentes (mémoire visuelle, créativité artistique, etc.). Réduire les personnes vivant avec une déficience intellectuelle à un score, c’est invisibiliser leur singularité, leur histoire, mais c’est surtout les délier de leur humanité en les ramenant à de simples fonctions productives et économiques.

Cette catégorisation peut conduire à ce que la société attende moins de ces individus – ou pire, les considère comme moins dignes d’autonomie et de participation pleine à la vie sociale. Cette idée d’absence ou de perte constante d’autonomie suggère aussi celle d’un stade de développement inachevé des personnes vivant avec une déficience intellectuelle.

On tombe alors dans un piège : la mesure prétendue objective devient un outil de marginalisation voire de stigmatisation qui enferme souvent ces personnes dans une sorte d’enfance chronique.

L’intelligence, un bien collectif

Pour changer cette dynamique, il est urgent de repenser l’intelligence non pas comme un bien individuel (à maximiser, à hiérarchiser), mais comme un bien collectif et pluriel en rupture avec sa logique productiviste actuelle. Plusieurs chercheur·es, dans des domaines variés tels que la psychologie critique, les études sur le handicap, la philosophie, suggèrent que l’intelligence se joue dans les échanges, les relations, les environnements. Elle ne se limite pas aux tâches abstraites définies par les tests.

L’intelligence existe dans les gestes, dans la créativité, dans la façon d’apprendre autrement et est, à ce titre, plurielle tant elle est influencée et façonnée par le contexte social, éducatif, culturel et politique.

Reconnaître cela, c’est admettre qu’un QI ne peut pas tout dire, qu’il ne définit pas la richesse d’une personne. Au contraire, il s’agit pour nous de comprendre la fonction politique et sociale d’un tel outil pour l’organisation de la société. Pourquoi a-t-on besoin de mesurer l’intelligence ? Et dans quel but ?

Changer les normes sociales

Il faut repenser les valeurs que nous associons à l’intelligence : performance, productivité, rentabilité. Il est important de défendre une vision de la dignité qui ne passe pas par la mesure, mais par la reconnaissance de chaque être humain dans sa singularité, et dans une démarche critique de retournement voire de destruction des valeurs imposées par l’idéologie capitaliste.

Ainsi, c’est une démarche populaire autour de la dignité politique qu’il faut bâtir, avec, par et pour les personnes concernées, et qui dépasserait les stratégies trop souvent inefficaces de visibilité, de reconnaissances ou d’inclusion.

Quelques idées reçues à déconstruire




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En finir avec un modèle limité de l’intelligence

Parce que repenser l’intelligence est plus qu’un enjeu académique : c’est une urgence sociale. À l’heure où les inégalités cognitives – et la neurodiversité – deviennent de plus en plus visibles (mais encore trop incomprises), maintenir un modèle limité de l’intelligence revient à reproduire les exclusions et l’infantilisation des personnes vivant avec une déficience intellectuelle.

Nous devons contraindre les institutions (école, travail, santé, services sociaux, etc.) à évoluer et rompre avec ces pratiques discriminantes de classement de la vie humaine. La dignité des personnes concernées par une déficience intellectuelle ne peut pas être subordonnée à un score obtenu à un test : elle réside dans leur capacité à être reconnues, entendues et soutenues depuis leur humanité tout en luttant contre leur invisibilisation.


Cet article est publié dans le cadre de la Fête de la science (qui a eu lieu du 3 au 13 octobre 2025), dont The Conversation France est partenaire. Cette nouvelle édition porte sur la thématique « Intelligence(s) ». Retrouvez tous les événements de votre région sur le site Fetedelascience.fr.

The Conversation

Quesne Julien ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Au-delà du QI et de la stigmatisation des personnes avec déficience intellectuelle, repensons l’intelligence – https://theconversation.com/au-dela-du-qi-et-de-la-stigmatisation-des-personnes-avec-deficience-intellectuelle-repensons-lintelligence-271910

Comment rendre nos discussions politiques en famille moins conflictuelles ?

Source: The Conversation – in French – By Antoine Marie, Chercheur post-doctorant, École normale supérieure (ENS) – PSL

Les recherches sur les processus de résolution de conflits signalent que, pour susciter la confiance, il est utile de paraître rationnel et autonome par rapport à son « camp » politique. Gorodenkoff

Pendant les fêtes de fin d’année, les échanges se crispent souvent sur des questions politiques. Des recherches en psychologie et en sciences politiques éclairent les mécanismes qui alimentent ces conflits et ceux qui permettent de les désamorcer.


Nombreux sont ceux qui redoutent les discussions de famille sur les sujets politiques : écologie, immigration, conflit israélo-palestinien, relations entre les sexes et les générations… Celles-ci sont souvent tendues, et peuvent créer de l’autocensure ou du ressentiment.

Des recherches en psychologie et en sciences politiques, de nature aussi bien qualitative qu’expérimentale, offrent un éclairage sur les mécanismes qui causent ces tensions. Elles identifient également de bonnes pratiques susceptibles de faire de nos discussions politiques des lieux d’apprentissage et d’échange plus cordiaux et respectueux, tout en permettant l’influence idéologique et sans nier la légitimité des désaccords politiques.

La tendance à présumer de mauvaises intentions

Notre esprit est configuré pour surdétecter l’hostilité chez autrui – un mécanisme qui a vraisemblablement protégé nos ancêtres dans leurs environnements évolutionnaires, mais qui nous induit souvent en erreur aujourd’hui. En surdétectant l’hostilité, nous nous prémunissons du risque de maltraitance, mais nous risquons de présupposer de l’agressivité quand elle est absente.

Or, dans nos sociétés modernes et démocratiques, riches et condamnant largement la violence verbale et physique, la plupart de nos concitoyens n’ont qu’exceptionnellement des intentions négatives. L’un des effets psychologiques majeurs d’un environnement social plus riche et moins violent est en effet la diminution de l’impulsivité et de l’agressivité individuelle.

Les citoyens peuvent, bien sûr, être en désaccord politique vivace, et légitime, sur ce qu’il convient de faire pour rendre la société meilleure. Et la société est indéniablement parcourue de rapports de pouvoir et d’inégalités entre groupes. Mais la plupart des citoyens souhaitent des changements qu’ils pensent sincèrement susceptibles d’améliorer la société. L’impression qu’un interlocuteur est hostile ou stupide provient souvent de la distance entre ses croyances et les nôtres, acquise auprès de sources médiatiques et de fréquentations sociales très différentes, plutôt que de défaillances morales fondamentales.

Les pièges rhétoriques qui empoisonnent les échanges

Les travaux philosophiques sur l’argumentation ont identifié de longue date plusieurs procédés rhétoriques, souvent inconscients, qui empoisonnent facilement nos échanges. Comme mettent en garde les chercheurs Peter Boghossian et James Lindsay dans leur livre How to Have Impossible Conversations (2019), deux d’entre eux apparaissent particulièrement souvent dans les discussions politiques.

L’« homme de paille » (ou strawman) consiste à caricaturer la position de l’autre pour la rendre facile à contrer. Les recherches montrent que ce procédé est un produit naturel de notre esprit en contexte de désaccords moraux et qu’il empêche d’entrer réellement en dialogue.

L’interlocuteur perçoit, à raison, une absence d’effort pour comprendre ce qu’il dit dans toute sa finesse, ce qui génère une impression d’être pris pour un idiot. Il en résulte une impression de fermeture à son point de vue, de mépris pour son intelligence, qui retire toute marge de manœuvre pour la persuader.

À l’inverse, la pratique de « l’homme d’acier » ou steel man
– reformuler la position de l’interlocuteur de la manière la plus charitable possible, dans des termes dans lesquels la personne se reconnaît – permet de signaler son respect. Il est très rare que le discours idéologique soit en déconnexion totale avec les faits (fake news mises à part). La construction d’un steel man force chaque interlocuteur à adopter un minimum la perspective de l’autre, ce qui enrichit la compréhension mutuelle et produit une impression de bienveillance.

De même, notre tendance à poser de « faux dilemmes » apparaît souvent contre-productive. Ces derniers réduisent des questions nécessairement complexes à deux alternatives simplistes, mutuellement exclusives : soit nous acceptons une immigration incontrôlée, soit nous vivons dans une république raciste ; soit c’est la culture, soit c’est la biologie qui explique les différences psychologiques entre les sexes, etc.

La tendance à réduire une question sociale complexe à un faux dilemme constitue presque un réflexe lorsqu’on possède de fortes convictions morales sur le sujet. Cela amène les personnes à se comporter comme si elles avaient un message à délivrer, qu’elles affirmeront avec rigidité jusqu’à ce qu’elles aient le sentiment d’avoir été « entendues » – quitte à dénier toute nuance et toute validité aux observations pertinentes du point de vue opposé.

L’importance de reconnaître les extrémistes dans son propre camp

Les recherches qualitatives et expérimentales sur la négotiation et la résolution de conflit – dialogues intercommunautaires entre Israéliens et Palestiniens – suggèrent qu’un enjeu important pour susciter la confiance dans les situations conflictuelles est de paraître rationnel et autonome par rapport à son « camp » politique.

La reconnaissance du fait que dans son propre camp aussi, certaines personnes défendent des positions excessives, commettent des violences verbales ou physiques, ou nient certains faits scientifiques, constitue un signal d’autonomie. Cette attitude démontre qu’on n’est pas totalement aveuglé par la loyauté partisane, établit plus de confiance et peut ouvrir des voies d’influence.

Les bénéfices d’une posture d’apprentissage

La pratique de l’enquête de terrain ethnographique montre que même face à quelqu’un dont les idées nous indignent ou nous inspirent l’incrédulité (croyants en la théorie de la Terre plate), il est possible d’apprendre, avec empathie, sur sa vision du monde.

De même, il est utile d’envisager son partenaire de discussion politique comme le membre intéressant d’une tribu lointaine, qui mérite le respect, plutôt que comme le soutien d’un parti politique que l’on est tenté de mépriser.

Garder ses inférences sous contrôle

Les travaux sur la pragmatique linguistique montrent que les discussions politiques sont faites d’échanges de répliques au sujet desquelles les participants font des inférences (tirent des conclusions à partir de ce qu’ils entendent) qui vont souvent au-delà du sens que les locuteurs ont réellement voulu donner à leurs phrases. Cette pratique consistant à inférer ce que la personne serait en train de dire à partir de ce qu’elle a littéralement dit nous sert à compenser le caractère inévitablement vague de la parole.

Le problème est que ces inférences sont souvent biaisées par des stéréotypes qui négligent les subtilités des opinions individuelles, et par la peur d’entendre quelqu’un dire des choses dont on craint qu’elles aient des conséquences « dangereuses ».

Ces inférences peuvent alors conduire à « accuser » nos interlocuteurs de défendre des positions qu’ils n’ont jamais défendues ni même pensées, simplement parce que leurs phrases ressemblent à des opinions qui nous effraient. Par exemple :

« Les discriminations systémiques sont partout » : cet énoncé peut être perçu comme relevant d’une idéologie de gauche radicale, ce qui irritera nombre de personnes de droite. Mais il peut aussi simplement constater que certaines inégalités persistent au-delà des intentions individuelles, sans imputer de culpabilité collective ni nier les progrès réalisés.

« La sécurité doit redevenir une priorité » : ce type d’énoncé peut être associé, à gauche, à des positions sécuritaires, autoritaires ou à une stigmatisation des minorités. Mais il peut aussi exprimer une préoccupation légitime pour les victimes de criminalité dans certains quartiers, sans impliquer de solutions répressives disproportionnées.

Les motivations sociales au-delà de la recherche de vérité

Il importe aussi de garder en tête que nos discussions politiques sont influencées par des motivations sociales, souvent inconscientes, comme paraître moral et bien informé pour se donner une bonne image, et mobiliser les autres autour de nos causes.

Le problème est que ces préoccupations, bien qu’adaptatives dans nos cercles sociaux, nous poussent souvent vers l’exagération et la mauvaise foi. Par exemple, l’exagération d’une menace sociale – impact de l’immigration, imminence du changement climatique – ou le déni d’un progrès – déclin du sexisme, de la pauvreté – peuvent permettre de signaler sa loyauté envers un « camp » politique et de mobiliser l’engagement autour de soi.

Mais lorsque notre audience n’est pas politiquement alignée, exagération et mauvaise foi peuvent faire passer les membres de son propre camp politique comme refusant la nuance sur des sujets complexes. Cela peut endommager le lien de confiance avec ses interlocuteurs, et retire alors toute perspective d’influence.

Ces principes de base qui, lorsqu’ils sont appliqués, peuvent permettre aux discussions politiques de devenir des lieux d’influence et d’apprentissage plutôt que de confrontation stérile entre des thèses caricaturales. Sans non plus nier la légitimité de nos différences d’opinions.

The Conversation

Antoine Marie ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comment rendre nos discussions politiques en famille moins conflictuelles ? – https://theconversation.com/comment-rendre-nos-discussions-politiques-en-famille-moins-conflictuelles-271662