Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Martínez Sanz, Profesor Titular. Dpto de Enfermería. Grupo de Investigación en Dietética Aplicada, Nutrición y Composición Corporal (DANuC)., Universidad de Alicante
Haciendo ejercicio físico, es inevitable echarse a sudar. Se debe a que el 80 % de la energía producida para la contracción muscular se libera en forma de calor. Y claro, conviene eliminar ese calor a toda prisa antes de que provoque un aumento de la temperatura corporal que impida a nuestro organismo funcionar correctamente.
Sudar supone una pérdida de líquido interno que puede llegar a un ritmo de 3 litros/hora. Hablamos de un líquido que, lejos de ser agua pura, lleva diluidos electrolitos, esto es, minerales necesarios para nuestras funciones vitales. De ahí la importancia de reponerlos tanto durante como después de estar físicamente activos.
Una bebida deportiva está formulada, precisamente, para cubrir tres necesidades fundamentales: aportar hidratos de carbono que mantengan una concentración adecuada de glucosa en sangre y retrasen el vaciado de los depósitos de glucógeno; reponer electrolitos, principalmente sodio; y evitar la deshidratación, proporcionando agua.
Las bebidas deportivas disponibles en el mercado se presentan listas para consumir o en polvo, con una amplia gama de sabores que mejoran su palatabilidad. Generalmente, la concentración recomendable de hidratos de carbono es del 6-8 % (6-8 g por cada 100 ml) y la concentración de sodio debe estar dentro del rango 20-40 mmol/L (46-92 mg/100 ml).
¿Glucosa, fructosa o edulcorantes?
Las bebidas deportivas bajas en calorías o sin azúcar pueden ser útiles cuando se busca ingerir líquidos sin consumir carbohidratos. Concretamente, en protocolos de entrenamiento con baja disponibilidad de hidratos de carbono o train low, usando la terminología anglosajona.
En una actividad física más intensa, es preferible optar por las que contienen carbohidratos de transporte múltiple (por ejemplo, glucosa y fructosa), en lugar de las que solo incorporan glucosa. De este modo reducimos las molestias gastrointestinales a la vez que contribuimos a que los hidratos de carbono se oxiden.
Por otra parte, existen variedades que pueden contener hasta un 14 % de hidratos de carbono. Están diseñadas para suplir las elevadas necesidades energéticas durante el ejercicio de ultrarresistencia, es decir, el que dura más de 6 horas.
Si se consume inmediatamente antes de comenzar la práctica deportiva, puede mejorar el estado de hidratación previo. Además, pueden ayudar a cumplir con las recomendaciones generales de 500 ml de líquido en las 2 horas previas a la práctica físico-deportiva. Durante el ejercicio, promueve tanto la hidratación como el aporte energético, ayudando a prolongar el esfuerzo. Y si se consume después del ejercicio, es ideal para reponer líquidos y glucógeno.
La cantidad de bebida deportiva a ingerir depende de los objetivos y las necesidades individuales de cada deportista, la intensidad y duración del ejercicio, y las oportunidades para beber, que vienen determinadas por el tipo de práctica deportiva.
Malas para la salud dental
Las bebidas deportivas no son necesarias en todas las sesiones de entrenamiento, por lo que resulta fundamental ajustar su uso a situaciones en las que realmente puedan ser de utilidad.
Una botella exprimible resulta una buena opción, ya que dirige el líquido hacia la parte posterior de la boca. Otra opción es enjuagarse la boca con agua inmediatamente después de consumir la bebida deportiva.
Cuando las bebidas deportivas producen dolor de tripa
Algunos deportistas sufren molestias gastrointestinales al ingerir bebidas deportivas. Este malestar se puede prevenir con un “entrenamiento del intestino”, que consiste en consumir un volumen y una concentración progresivamente mayores durante los entrenamientos. De este modo, el intestino desarrolla una mayor capacidad para absorber hidratos de carbono sin molestias.
También suele funcionar optar por bebidas deportivas con mezclas de carbohidratos de transporte múltiple (glucosa, fructosa, maltodextrinas, entre otros), especialmente si se consumen hidratos de carbono a un ritmo elevado (más de 60 gramos por hora).
En cuanto al volumen de bebida a ingerir, depende de las necesidades individuales, la intensidad y duración del ejercicio, así como las oportunidades para pararse a beber durante la práctica deportiva. Si es posible espaciar la frecuencia de las tomas cada 15 a 20 minutos, se recomienda dar sorbos de 150-250 ml.
¿Y a qué temperatura? Lo ideal es que esté fresca, en un rango de entre 10 ºC y 20 ºC, que es óptimo para favorecer el vaciado gástrico.
Temperaturas muy frías podrían ralentizar la absorción, mientras que temperaturas por encima de 20 ºC no son apetecibles y podrían provocar un menor consumo. En ambientes muy calurosos, puede resultar interesante agregar cúbitos de hielo a la bebida, para mantenerla fresca y mejorar su palatabilidad.
José Miguel Martínez Sanz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Subieron el primer vídeo a su canal de YouTube hace casi diez años y, desde entonces, el dúo Pantomima Full se ha granjeado un éxito más que considerable. Lo integran los cómicos Rober Bodegas y Alberto Casado, quienes, aunque recientemente han desarrollado espectáculos en directo o la serie Entrepreneurs (2025), se hicieron muy populares por sus sketches humorísticos.
Aseguran en su propia web que en esos breves vídeos retratan “perfiles, costumbres y modas de la sociedad actual y de la gente que habita las ciudades y te viene a dar la chapa con mierdas a las que se han enganchado”. Bodegas y Casado se autodefinen bien y con gracia, pero la realidad es más profunda.
Suelen construir personajes muy definidos por una combinación de vestuario, gestos, muletillas y forma de hablar, de modo que cada vídeo funciona casi como una miniatura social, lo que en literatura llamamos “cuadro de costumbres”. Y ellos lo hacen con un humor tan satírico como certero.
Reírse del vecino (y también de uno mismo)
Una de las razones del éxito de estos sketches está en las dianas a las que apuntan. En sus cuadros de costumbres introducen tipos urbanos reconocidos por todos: el opositor, el que juega al pádel, el crossfitero, el tiktoker, el ofendidito, el divorciado, etc. Y consiguen que nos riamos de ellos, aunque también nos identifiquemos dolorosamente con los personajes que representan.
Ese blanco al que apuntan es casi siempre un estereotipo; es decir, un personaje predecible, marcado por una serie de rasgos repetidos y conocidos. Como el opositor que vive encerrado, el aficionado al pádel que se hace el entendido o el divorciado que trata de vivir una nueva juventud.
Una vez elegido el estereotipo, los Pantomima exageran esos rasgos que lo identifican, por lo que a menudo queda al descubierto una actitud impostada, que es la que genera risa. Así, para retratar a un outsider medio bohemio y cultureta, le hacen decir que no tiene televisión ni redes sociales, que no sabe a qué se dedica Rosalía ni quién es Messi, o que prefiere ir a la filmoteca antes que ver las películas actuales.
Vídeo “Outsider”. YouTube (30/11/2018)
Sin embargo, su humor no debe solo verse y escucharse en estos personajes estereotipados; también debe leerse. La parte más original de su propuesta, y la otra razón de su éxito humorístico, son los comentarios que acompañan a las imágenes.
Un recurso paratextual
El teórico francés Gérard Genette planteó en Palimpsestos (1982) y Umbrales (1987) el concepto de la “paratextualidad”. Como parte de una teoría mayor sobre las relaciones entre los textos, Genette concibió el paratexto para designar todo aquello que forma parte de un texto y lo “rodea”, pero que no es el texto en sí. Es decir, elementos como el título de un libro, un prólogo, las notas al pie, las ilustraciones, la portada, etc.
Genette no contempló el uso del paratexto como un recurso humorístico. Y es muy probable que la mayoría de quienes ven los sketches de Pantomima Full no sepan que existe ni a qué se refiere. Pero es también indiscutible que el dúo cómico ha hecho de este recurso una firma, y que la gente se ríe con él.
En sus vídeos hay dos niveles textuales básicos: lo que los personajes dicen y lo que, de tanto en tanto, aparece escrito en un letrero de unas pocas palabras. Esos rótulos no siguen el discurso del personaje, sino que lo comentan. Y la información que añaden es siempre sarcástica.
Por ejemplo, cuando parodian al estereotipo del “hombre performativo”, el personaje dice en tono serio y reflexivo “me he dado cuenta de que solo había leído a hombres y estoy intentando cambiarlo”. Inmediatamente después se le puede ver leyendo a Gloria Fuertes, junto con un texto sobreimpresionado en la pantalla que da a entender que todo es una pose para ligar.
Fotograma del vídeo ‘Hombre performativo’ de Pantomima Full. YouTube
Además, con frecuencia esos letreros hacen humor por duplicado. Primero, comentando con malicia la actitud del personaje. Y segundo, incorporando algún juego de palabras. Es más sencillo comprenderlos que explicarlos, y más teniendo en cuenta que diseccionar un chiste le hace a menudo perder la gracia.
Pero valga como rápido ejemplo el vídeo “Famoso con novela”. En él, un escritor sin aparente calidad literaria “da la turra” con la manida metáfora de que cada libro es una puerta que lleva a un sitio diferente. El rótulo posterior desacredita a este escritor, y no puede tener más mordiente: “artura pereza verte”, en clara reminiscencia sonora y escrita del nombre de Arturo Pérez-Reverte, conocido “aleccionador”.
Estos ejemplos y otros cientos que podrían haberse puesto revelan que, en efecto, los Pantomima Full hacen humor a través del paratexto de sus sketches. No se trata solo de lo que el personaje dice o hace, sino también de lo que aparece escrito y lo comenta desde fuera: un letrero breve que remata, corrige o desmiente la escena y obliga a leerla con otra capa de sentido.
En su sketch sobre cocineros, el protagonista dice ‘¿Sabes cuál es el plato que más me emociona? Las lentejas de mi abuela’. Pantomima Full/YouTube
Ahí está la gracia: la imagen y el texto no coinciden del todo, y de esa disonancia nace buena parte del efecto cómico.
Una teoría literaria para todos
Analizar los usos humorísticos del paratexto en Pantomima Full no sirve solo para comprender mejor sus sketches; también permite una reflexión más general. Este caso ejemplifica muy bien cómo la Teoría de la Literatura no es una disciplina extraña encerrada en las universidades y destinada solo a sesudas y complicadas reflexiones literarias. Es también un instrumento útil para comprender los productos culturales con los que convivimos a diario.
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Javier Soto Zaragoza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El filósofo Ricardo Piñero y el cráneo de René Descartes que se exhibe en el Museo del Hombre en París (Musée de l’Homme),Manuel Castell, CC BY
“A veces pongo en clase de Antropología, a los alumnos de ciencias, la fotografía del cráneo de Descartes”. Así comienza Ricardo Piñero (Pamplona, 1961) a pensar en voz alta sobre una pregunta que de antemano sabemos no va a tener respuesta: ¿qué es un ser humano?
Piñero es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Navarra, y una rara avis en múltiples dimensiones; por ejemplo, es un filósofo optimista en tiempos apocalípticos. Parece pertenecer a una tradición intelectual en vías de extinción: la del humanista que cree que la belleza, la conversación y la duda pueden ordenar la experiencia humana sin cinismo. Caballero de inevitable pajarita de lazo y habitante de un pequeño pueblo de Navarra con 50 vecinos y un bosque, donde, dice, “he vuelto a recordar lo que es el ser humano, se me había olvidado”.
¿Por qué enseña el cráneo de Descartes a sus alumnos?
Mi interés es mostrar a los de ciencias que ese cráneo no es especialmente extraordinario. Visto así, Descartes era un tío normal. A partir de ahí podemos estar de acuerdo en que el ser humano es algo más que su cerebro.
Un tío normal, Descartes. ¿Podría estar de acuerdo también en que lo normal es lo raro?
Esta frase es muy auténtica. A veces somos yonquis de lo extraordinario, pensando que lo atractivo son los rayos y las centellas. Pero si te das cuenta, cada día pasan cosas extremadamente relevantes y muy atractivas en lo cotidiano. La normalidad es realmente lo extraordinario, porque tiene una fecundidad cotidiana que te sobrepasa.
En estos días de tormentas, yo voy fotografiando charcos, me parece alucinante la diversidad biológica e iconográfica que tienen. Los charcos son una metáfora de mi vida, de la vida de las personas.
No sé si me gusta que elija un charco como metáfora de mi vida…
Lo elijo porque la vida, como un charco, es algo que tú no manejas, no es muy controlable. Además, son algo que despreciamos y, sin embargo, reflejan cosas chulísimas: los edificios, los árboles, las hojas… sin olvidar la abundante vida que se genera. Sobre nosotros mismos, tendemos a juzgarnos con mucha severidad por las cosas que no hemos logrado. Sin embargo, en perspectiva, tu vida es mucho más interesante que eso, mucho más fecunda.
Llevamos esta pregunta a rastras desde que se fundó la filosofía.
La primera preocupación no fue el ser humano, sino el mundo. Y esa primera filosofía era más abierta que la que luego se hizo. Pero inmediatamente después, a propósito del saber sobre el mundo, comenzó un saber sobre el ser humano. Entonces, las formulaciones empezaron a tener calado con Platón, que lo definía como “un alma caída en un cuerpo”. Luego, Aristóteles tira por tierra a su maestro, nos despoja del alma y dice: “El ser humano es un animal más”. Esto que dice Aristóteles nos sitúa muy bien en el hecho de reconocer nuestra animalidad.
Animales… pero racionales, ¿no?
Sí, pero no solo racionales, somos otras muchas cosas. Como prueba práctica, si examinamos lo que hemos hecho al cabo del día, el 90 % de las decisiones tomadas no son racionales, ni siquiera comportamientos mínimamente razonables.
¿Qué puede haber más que la razón para diferenciarnos de la IA?
Hay otras dimensiones humanas más constitutivas que la mera racionalidad. En primer lugar, me interesa mucho destacar que somos cuerpo, y conocer cómo funciona, pero también me interesa mucho que veamos en nosotros algo que no es bioquímica. Me interesa la capacidad simbólica y la libertad, dimensiones que son tremendamente constitutivas y que se nos escapan entre las manos cuando hablamos de mera racionalidad o mera biología. No es posible, por ejemplo, explicar la libertad desde el punto de vista biológico, ni siquiera desde el punto de vista racional, ni desde la filosofía. Somos mucho, muchísimo más que razón.
¿Qué significa exactamente ese “más”? ¿Es compatible con una visión materialista del ser humano? ¿Está defendiendo una noción espiritual? ¿Cómo dialoga eso con las neurociencias contemporáneas?
Cuando surgió la neuroestética, como posibilidad de ver en el cerebro qué es la belleza, parecía una panacea. Por fin íbamos a saber qué es lo bello. Pero precisamente nos ha enseñado que tú no controlas nada, sino que milisegundos antes de que tomes decisiones más o menos conscientes, en tu cuerpo y en tu alma ya están pasando cosas. Lo mismo ocurrió cuando desciframos el código genético humano. En los años 90 aparecía en los titulares de las revistas científicas con la promesa de haber desentrañado el código de la humanidad. Para mí, esa fotografía de nuestro ADN me parece un cuadro de Mondrian. Vemos el genoma perfectamente dibujado, con sus colorines, pero el ser humano no es solo eso, es mucho más. Con las herramientas que tenemos, cada vez más finas, vamos abriendo más puertas. Y a mí me parece una cosa muy interesante considerar que el ser humano es un ser abierto. Igual que me parece muy interesante que no cerremos los discursos bajo ninguna “línea roja”.
Lo sagrado. Usted señala que Cuadrado negro sobre fondo blanco, de Malévich, es lo mejor que ha hecho el ser humano. ¿Ve lo sagrado dentro de la abstracción en arte?
El Cuadrado negro es una pintura icónica del pintor ucraniano Kazimir Malévich. Hizo al menos cinco versiones. La que se cree última está en el Museo del Hermitage, en San Petersburgo. La de está imagen se encuentra en la Galería Tretiakov, en Moscú. Wikimedia commons, CC BY
Sí, ese cuadro es para mí de lo mejor que ha hecho el ser humano. Hay un gran parecido de esta obra con uno de esos mapamundis del siglo XVI, en los que ponía: “A partir de este límite hay dragones” (hic sunt dracones). Este cuadro es la vida, la muerte, la luz, la oscuridad, pero también más cosas: es un icono, y un icono no es solo algo que te enseña algo sagrado, es en sí algo sagrado. Yo, que soy un señor medievalista dedicado a bestiarios del siglo XI, puedo decir que fui abducido por Cuadrado negro sobre fondo blanco en el Hermitage como si cayera en un agujero negro.
Malévich quiere recuperar en lo profano un escenario sagrado. Y a mí eso me parece impresionante porque lo hace de una manera simple. Hasta aquí lo profano y aquí lo sagrado.
Yo vivo en ese gozne, en esa intersección, entre lo sagrado y lo profano.
La IA no duda nunca
La incertidumbre es una gran amiga de la filosofía. Nos vacuna constantemente contra la soberbia intelectual. Cuando uno piensa en dudas a lo mejor llega a su cabeza Descartes, ya que hemos comenzado con su cráneo. Pero claro, Descartes duda para dejar de dudar; sin embargo, los escépticos dudan para seguir dudando.
Hay una cita muy filosófica, aunque poco académica, en la canción “El cromosoma” de Javier Krahe: “Es preferible vivir con una duda que con un mal axioma”.
Pero, ¿cuál es el propósito de la duda, para qué nos sirve?
La duda sirve para intentar arañar alguna evidencia. Y digo arañar, no ya siquiera acariciar, que sería fantástico.
A mí no me importa vivir patinando, por dos razones: una, porque de salida creo que efectivamente eso del conocimiento de la verdad es posible.
¿En serio? Tengo que pararle aquí: ¿esto no es nostalgia metafísica? ¿Es posible encontrar la verdad?
Sí, lo que no hay es prisa. No hay un plazo para establecer: “esto a lo que hemos llegado es la verdad”. Pero yo creo que los humanos sí tenemos capacidad para descubrir la verdad.
¿Necesitamos a otros para entender quiénes somos?
Ser corregidos por otros es una clave antropológica de primera necesidad. A veces uno piensa que lo primordial para el ser humano es la nutrición y la reproducción, pero ser corregido por otro está al mismo nivel de necesidad básica.
Yo hago una tríada muy sencilla: somos por otros, somos con otros y somos para otros. Aprendes a ser persona con otros. Y no terminas de ser quien eres si no eres para otros. En la soledad, no eres nadie.
¿Ahí entra la generosidad como un rasgo inequívoco de nuestra especie?
Claro. No vivimos en la cresta de una ola que nos lleva a la hecatombe, no, no. Tenemos una gran capacidad de disfrutar de aquello que conocemos, de aplicarlo, compartirlo, y eso es también desde el punto de vista antropológico, una suerte. Los humanos tenemos algo que, entre comillas, va contra nuestra propia seguridad, que es compartir, la generosidad, la magnanimidad. Y eso nos hace una especie muy valiosa y exitosa.
Es incorregiblemente optimista
Sí. Creo en la potencialidad del ser humano y eso me convierte un poco en optimista. Somos seres muy, muy jugosos.
¿Qué amenaza hoy esa idea magnánima de lo humano?
Una de las cosas que están destruyendo al ser humano es pensar que no tiene límite. Algo que nos perfila de verdad es la conciencia de que somos finitos, limitados, muy limitaditos. No sé si lo humano debe estar lo primero, como propone The Conversation en el curso de la UIMP, pero sí en el centro. A nadie le parece extraño hoy querer recuperar el valor de la naturaleza. Uno se plantea el valor de algo cuando nota riesgo de debilidades o de enfermedades o de carencias severas. Y efectivamente, yo creo que el ser humano tiene que estar en el centro porque, en el momento actual, determinadas cosas que son estructurales están siendo aniquiladas. Debemos recuperar de alguna manera el valor que tiene lo humano.
Hasta aquí, parecemos una especie adorable. Sin embargo: brutalidad, asesinato, conspiraciones, guerra, celos… La lista negra no tiene fin.
Cuando uno entiende antropológicamente la relevancia que tiene el ser humano, se da cuenta de que somos muchas cosas en uno. Incluso aquello que te hace ser peor, eres tú. Y casi todo depende de la medida. La racionalidad en su medida es algo excelentemente valioso; fuera de su medida puede ser patológico. Nuestra capacidad sensorial y nuestra capacidad de tener sentimientos han hecho de nosotros lo que somos. Sin embargo, si tú te pones en modo meramente emotivista, tu vida se convierte en un desastre. Es decir, todo aquello que nos constituye tiene una medida, y el problema es perderla.
¿Los humanos mentimos más que ChatGPT?
La mentira es un temazo, siempre lo fue. La mentira es algo que alguien sabe que es falso y lo quiere colar como verdadero. Es querer dar gato por liebre intencionalmente.
A día de hoy vivimos un mal que vio venir perfectamente Nietzsche, y es confundir los hechos con las interpretaciones. Los humanos no siempre somos buscadores de la verdad, ni vírgenes vestales ni ángeles alados. La desinformación es una herramienta que siempre se ha empleado desde el punto de vista social, político y económico, en la Edad Antigua, en la Edad Media, siempre.
Ahora hay una diferencia de grado. Cuando el sheriff de Nottingham ponía un bando en el bosque tildando a Robin Hood de malhechor, llegaba a muy poca gente; primero, porque muchos no sabían leer. A día de hoy tenemos la tecnología. Esto es lo que ha cambiado básicamente. No los problemas, sino la dimensión de los problemas. La diferencia entre un bando puesto por el sheriff de Nottingham en una plaza y un tuit es numéricamente grande, pero sustancialmente es muy poca.
¿El ser humano sigue siendo entonces una pregunta abierta?
Y me interesa muchísimo que sea así.
Permítame terminar con una pregunta un tanto privada: ¿por qué lleva pajarita?
Porque las corbatas me quedan larguísimas (ríe). Pero además me gustan las pajaritas de lazo por una razón muy sencilla: nunca salen igual y tienen un punto de imperfección, como el moño que lleva mi mujer, o la coleta que usted lleva puesta. Nunca son iguales. Un síntoma de la irrepetibilidad de la vida humana.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ulf Thoene, PhD, Profesor Asociado de Ética Empresarial y Organizacional, Negocios Internacionales y Geopolítica, Universidad de La Sabana
Por primera vez en más de una década, los mercados energéticos mundiales atraviesan un período sostenido de alza de los precios del petróleo, impulsado por el estallido de la guerra entre Estados Unidos-Israel e Irán.
Tras el inicio de las hostilidades, a finales de febrero de 2026, el crudo de referencia internacional Brent subió drásticamente, superando brevemente el umbral de 120 dólares por barril, para entrar luego en un período de retrocesos y volatilidad.
Si bien durante la recuperación pospandémica de 2022 el mundo experimentó un breve repunte de los precios del petróleo, la crisis actual se hace eco de un momento más alejado en el tiempo, pero también marcado por problemas estructurales de suministro.
Revueltas en el mundo árabe
Entre 2011 y 2014, la Primavera Árabe desató disturbios civiles localizados e interrupciones en la producción en países como Libia y Siria, mientras que las sanciones internacionales limitaron la producción de Irán. Estas dinámicas mantuvieron los precios del petróleo por encima de los 100 dólares por barril durante períodos prolongados.
Las implicaciones macroeconómicas fueron severas: los elevados costes de los combustibles actuaron como un impuesto regresivo sobre el consumo que redujo significativamente los márgenes de beneficio de las empresas –particularmente en los sectores de transporte y manufactura– y, finalmente, desaceleraron el crecimiento económico global.
Sin embargo, estas similitudes superficiales en los precios ocultan profundas diferencias en la mecánica de la crisis de entonces y la de ahora. La distinción más crítica radica en el estado de la infraestructura global y el comercio marítimo. Durante el choque de 2011-2014, las rutas marítimas mundiales permanecieron completamente operativas. En cambio, en la crisis de 2026 el estrecho de Ormuz ha estado cerrado desde finales de febrero.
Ataque a las instalaciones petroleras
El uso de la fuerza militar ha provocado la destrucción física de instalaciones de petróleo y gas altamente complejas, incluidas refinerías de gas natural y plantas de producción de gas natural licuado (GNL). Esta destrucción altera profundamente el panorama de la oferta, transformando un riesgo geopolítico temporal en una escasez física real a largo plazo. Además, en esta nueva era de guerra con drones, controlar los mares y los puntos de estrangulamiento del comercio global se ha vuelto prácticamente imposible.
Otra característica definitoria del episodio actual es la desconexión sin precedentes entre el petróleo físico y la especulación financiera. El mercado global de futuros está cada vez más dominado por los barriles de papel, cuya oferta es perfectamente elástica y altamente sensible al sentimiento de los mercados.
En la era moderna, las redes ejercen un impacto en la información y de ello no escapan los precios del petróleo y la volatilidad del mercado. Las publicaciones no verificadas y los rumores políticos que se propagan rápidamente amplifican las oscilaciones del mercado.
Así, los operadores de futuros pueden estar negociando con escaso conocimiento de los suministros físicos reales de hidrocarburos. Por ejemplo, una reciente y fuerte caída intradiaria en los precios de los futuros parecía completamente injustificada por los fundamentos físicos y, en cambio, se explicaba como pura manipulación del mercado, desencadenada por anuncios en redes sociales.
Crisis de suministros
Las implicaciones económicas secundarias de la crisis de 2026 son mucho más amplias que las de 15 años atrás. Hace más de una década, los elevados precios de la energía, básicamente, alimentaban la inflación general y provocaban un crecimiento más lento. Aunque los costes de los fertilizantes aumentaron (de forma gradual), la siembra de cultivos no enfrentó una amenaza estructural. Hoy, el bloqueo de Ormuz está paralizando a nivel mundial tanto las cadenas de suministro de hidrocarburos como las agrícolas y las tecnológicas.
Esta crisis está afectando a la producción de fertilizantes a base de nitrógeno justo cuando comienza la temporada de cultivos, y el aumento en los precios amenaza directamente al suministro mundial de alimentos. Simultáneamente, se ha visto restringido el abastecimiento mundial de helio, del cual la región del Golfo es un productor importante, un elemento crítico para enfriar los equipos utilizados en la industria global de semiconductores.
¿Preparados para la crisis?
En algunos aspectos, los países están ahora mejor preparados que 15 años atrás para afrontar precios energéticos de tres dígitos. La capacidad institucional de respuesta ha mejorado, las reservas estratégicas de petróleo son significativamente mayores y están mejor coordinadas que décadas atrás. De hecho, para inyectar liquidez al mercado petrolero, la Agencia Internacional de la Energía llevó a cabo recientemente la mayor liberación coordinada de emergencia en la historia. Es difícil imaginar que, pasada esta crisis, las naciones importadoras de petróleo no se vuelvan mucho más proactivas en la planificación y gestión de sus reservas estratégicas nacionales.
Sin embargo, persisten profundos límites a esta preparación. Las reservas estratégicas nacionales son finitas y las vulnerabilidades en las cadenas de suministro de alimentos y tecnología revelan brechas críticas en la preparación mundial para situaciones de crisis.
La guerra en curso está siendo extremadamente costosa, tanto en términos monetarios como de reputación, y amenaza con alterar permanentemente el equilibrio de poder en Oriente Medio. Esta dinámica crea un piso estructural para la subida de los precios de los hidrocarburos.
La era de la energía barata y de fácil acceso probablemente esté llegando a su fin y tratar la seguridad energética como una prioridad estratégica permanente, en lugar de un problema cíclico, resultará esencial en los próximos meses y años.
Ulf Thoene, PhD no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alonso Sánchez-Migallón Naranjo, Responsable del Sistema de Vigilancia de Enfermedades Transmisibles de la Región de Murcia (SIVIET-RM), Consejería de Salud de Murcia
Un grupo de expertos en epidemiología y salud pública despejan las dudas sobre el patógeno que ha sembrado la inquietud en todo el mundo a la luz de las evidencias disponibles.
1. ¿En qué se diferencia de otros hantavirus?
Los hantavirus son virus conocidos que se transmiten desde animales a personas (zoonosis), alojados de forma natural y asintomática en roedores, insectívoros y murciélagos (reservorios).
En Europa y Asia pueden causar fiebre hemorrágica con afectación renal y tienen una letalidad moderada. En América, sin embargo, pueden afectar a los pulmones y el corazón: es lo que se conoce como síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH), con una mortalidad que oscila entre el 35 y el 50 %, aunque las cifras dependen de los programas de vigilancia y acceso a atención médica temprana.
Entre los distintos hantavirus de América, la variedad Andes –endémica de la región patagónico-andina de Argentina y Chile– es un excepción: se trata del único para el que se ha demostrado la transmisión de persona a persona, aunque es poco frecuente. Su reservorio principal es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), un roedor que no existe fuera de Sudamérica.
2. ¿Cómo se transmite?
La forma más común de infección tiene lugar por inhalación de aerosoles procedentes de las heces, orina o saliva secas de roedores infectados. Esto sucede, normalmente, al limpiar espacios cerrados sin ventilar, realizar actividades agrícolas o forestales o acampar en zonas endémicas de la Patagonia. No se transmite por picaduras de insectos.
Como decíamos, el virus Andes puede contagiarse de persona a persona, y lo hace a través del contacto directo y prolongado con las secreciones de un individuo enfermo: saliva, líquido gingival o semen. El ARN viral se ha detectado en estas secreciones hasta meses después de la recuperación clínica.
Aunque no se propaga por el aire, como el sarampión o el SARS-CoV-2, se han descrito casos en los que la transmisión se produjo, probablemente, mediante inhalación de gotículas o aerosoles provenientes de personas enfermas. La transmisión nosocomial –entre personal sanitario y paciente– está documentada, lo que hace imprescindible el uso de equipos de protección individual (EPI) en el entorno clínico.
El brote de Epuyén (Patagonia argentina) de 2018 ilustra este riesgo con precisión: 34 casos confirmados, 11 fallecidos (mortalidad del 32 %) y un análisis genético que mostró una identidad viral del 99,9 % entre todos los afectados, lo que descartó múltiples exposiciones ambientales independientes y confirmó la transmisión interhumana en eventos sociales de alta densidad.
3. ¿Cuáles son los síntomas y qué tratamiento tiene?
Los síntomas suelen comenzar con fiebre, dolor muscular, escalofríos y dolores de cabeza, similares a los de un cuadro de gripe. Las personas infectadas también pueden sufrir náuseas, vómitos, dolor abdominal o diarrea. Esta fase, llamada prodrómica, se prolonga normalmente entre 3 y 6 días.
Posteriormente, los pacientes pueden presentar una dificultad respiratoria que es susceptible de empeorar, produciendo el SCPH.
A día de hoy no existe una terapia antiviral específica ni una vacuna autorizada. El abordaje clínico se basa fundamentalmente en el tratamiento de soporte (enfocado a aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida), clave para aumentar las posibilidades de supervivencia de los enfermos. Por otra parte, estos deben ser atendidos en hospitales especialmente preparados para atender patologías infecciosas de alto riesgo.
Finalmente, el periodo de incubación varía entre 4 días y 42 días, con una mediana de 18 días. Esto explica por qué los casos del MV Hondius emergieron de forma escalonada, lo que complicó la identificación inicial del brote.
4. ¿Qué riesgo real supone este brote para la población general?
Las medidas de contención ya están activas: aislamiento de casos, vigilancia de contactos y uso de EPI por el personal sanitario.
La transmisión interhumana del virus Andes no es autosostenida fuera de núcleos de contacto muy estrecho: no se han observado brotes comunitarios amplios sin fuente ambiental persistente.
El ratón colilargo, el reservorio natural del patógeno, no existe en Europa. Sin ese huésped, no puede establecerse ni volverse endémico en el continente.
5. ¿Qué medidas hay que tomar desde el punto de vista de salud pública?
La coordinación internacional es especialmente relevante cuando hay varios países implicados, como ocurre en este evento.
Si bien el aislamiento se debe reservar para las personas enfermas, en las primeras fases del brote resulta prudente recomendar cuarentena estricta a las personas que han sido contacto de un caso de hantavirus. Debe realizarse bajo un protocolo coordinado por la Organización Mundial de la Salud, dado que se trata de personas originarias de 23 países diferentes. El periodo de vigilancia de los contactos debería ser de 42 días desde su última exposición (máximo periodo de incubación descrito para esta enfermedad).
Por otra parte, y dado que los síntomas pueden evolucionar de forma rápida a una enfermedad grave, se recomienda una monitorización estrecha de la aparición de esas manifestaciones.
6. ¿Cómo se pueden evitar situaciones similares en el futuro?
Es importante mejorar la investigación y el conocimiento de los problemas de salud que afectan a regiones remotas. El virus Andes, que se conoce desde 1996, ocasiona infecciones y muertes en las regiones endémicas, y el aumento de casos ha sido vinculado al cambio climático. De hecho, antes del brote actual ya se habían diagnosticado casos importados en Europa.
El problema reside en que es un virus relativamente desconocido fuera de la región endémica y que la transmisión interhumana puede verse facilitada en circunstancias especiales, como la de un crucero, que potencian el contacto y retrasan el diagnóstico. El virus Andes merece atención científica y sanitaria sostenida, pero no pánico. Comprender exactamente qué lo hace singular –y qué no– es el primer paso para comunicarlo con responsabilidad.
Ante la aparición de síntomas compatibles (fiebre y/o dolor muscular) tras visitar una zona con riesgo de transmisión, es importante comunicar al personal sanitario que se ha viajado, para facilitar una detección y atención precoz de la enfermedad. Pero la respuesta no puede limitarse a las fronteras del país afectado: organismos como la OMS, el ECDC, el NICD y las autoridades sanitarias nacionales deben actuar de forma coordinada, siguiendo los acuerdos del Reglamento Sanitario Internacional. Esta coordinación es imprescindible tanto para conocer el alcance real de un brote como para evitar su propagación.
Además, la respuesta inmediata no es suficiente si no va acompañada de un fortalecimiento sostenido de los sistemas de salud a nivel global. La cooperación técnica y el apoyo a proyectos de desarrollo internacional son inversiones que refuerzan la capacidad de las comunidades más vulnerables para detectar y afrontar estos problemas antes de que escapen al control local.
Alonso Sánchez-Migallón Naranjo es coordinador del GT de Vigilancia en Salud Pública de la SEE. Posee participaciones en fondos indexados (Americanos, Globales,…)
Ángela Domínguez García es investigadora del proyecto financiado PI24/00692 del Instituto de Salud Carlos III e investigadora col·laboradora de proyectos europeos: Grant Agreement 101233259-SHIELD y 101233394-HEP-HOP. Es miembro del Consell Assessor de Salut Pública de l’Agència de Salut Pública de Catalunya y miembro del Consell Assessor en Vacunacions de l’Agència de Salut Pública de Catalunya. Es Coordinadora del Grupo de Trabajo de Vacunas e Inmunización de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) y miembro de la Comisión Asesora de Comunicación de la SEE.
Federico Eduardo Arribas Monzón es miembro de la Sociedad Española de Epidemiologia (SEE). Formo parte del Grupo de trabajo de formacion y empleabilidad de la SEE y miembro de la Comision asesora de comunicación de la SEE. Formo parte del grupo de investigación de Servicios Sanitarios (GRISSA) de Aragón.
Isabel Aguilar Palacio recibe fondos del Instituto de Salud Carlos III y del Gobierno de Aragón para proyectos de investigación y de la Comisión Europea y de la Innovative Health Initiative como experta. Miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE).
María Isabel Portillo es Investigadora Senior del Instituto de Investigación Sanitaria BioBilzkaia y Secretaria de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Epidemiologia
Maria João Forjaz recibe fondos de investigación del Instituto de Salud Carlos III, en el que es investigadora, através de convocatoria competitivas. Es presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología.
Pello Latasa es vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología.
Pere Godoy es investigador del CIBERESP y IRBLleida, actualmente IP de los Proyectos PI21/01883 y Project PI18/01751 del Instituto de Salud Carlos III. Es miembro del Consell Assessor en Vacunacions de l’Agència de Salut Pública de Catalunya. Es miembro del Grupo de Trabajo de Vigilancia de la Salud Pública y de Vacunaciones de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) y miembro de la Comisión Asesora de Comunicación de la SEE.
Health disparities across racial and ethnic groups persist in Canada. But how the country can effectively address them hinges upon how it can better study these differences.
In a recent paper I co-authored, we examine how researchers study racial and ethnic inequalities in health. We identify four persistent problems: unclear categories of race and ethnicity, a white-centred lens, heavy reliance on majority-defined health outcomes and limited explanation of why these disparities arise.
We discuss these issues drawing heavily on evidence from the United States. This reflects the state of the field: Much of the research and many of the frameworks used to study racial and ethnic health inequality come from the U.S. and have been widely applied in Canadian research.
Canada and the U.S. share a history of colonialism, structural racism and white dominance that continues to shape persistent health inequalities across racial and ethnic groups.
But Canada is also different in several important ways. It has a larger immigrant population shaped by selective immigration policies, wider variation in social and economic conditions across regions and communities and a higher proportion of Indigenous Peoples. Data are often more limited, and policies such as universal health care shape how inequality is experienced and addressed.
To better understand and address health inequalities in Canada, Canadians must rethink how race and ethnicity are studied and ground approaches in the Canadian context.
Canada is not the U.S.
Canada’s social policies are distinct from American policies. To begin with, the racial and ethnic makeup of the populations differ. Canada, for example, has a smaller Black population and a larger Asian population than the U.S.. These differences reflect broader historical and institutional contexts that shape how racial and ethnic inequalities are structured in each country.
But this coverage is partial. Services such as prescription drugs, dental care and mental-health support are not fully covered and often depend on employment benefits or where people live. Since health care is organized at the provincial level, access and quality also vary across regions. These gaps shape who gets timely care and who falls through the cracks.
The problem with ‘visible minority’
The term “visible minority” is prevalent in research on racial and ethnic health disparities in Canada. But it often does more harm than good.
At its core, it lumps all non-white, non-Indigenous people into one group. That means populations with vastly different histories, migration paths and socioeconomic status are treated homogeneously. The ability to see meaningful differences in health across groups like Chinese, South Asian and Black communities is diminished.
It also mixes up race and immigration. Many studies don’t separate immigrants from Canadian-born racialized populations. This matters because of the healthy immigrant effect. If newer immigrants are healthier on average, combining them with long-settled groups can make inequalities look smaller than they really are.
The term itself is also ambiguous. People do not always understand or interpret it in the same way, and it’s often taken literally to include anyone visibly different, such as those with disabilities or who are transgender, which complicates its use in health research.
In many ways, the problem stems from data. Canada has limited, inconsistent race-based data. Racial categories are not standardized, and detailed race-based data are often hard to access. Due to limited data availability, researchers could only rely on broad racial terms. This aggravates the problem: instead of revealing inequality, it hides it.
We measure health too narrowly
Another issue is how health is defined in the first place. Most studies rely on standard measures such as life expectancy, chronic illness or mortality. These measures are important, but they only tell part of the story. They reflect a narrow, biomedical view, often omitting how diverse racial and ethnic groups actually experience health and well-being.
Considering Indigenous communities as an example, health is not solely about the absence of disease. It includes connections to land, culture, community and spirituality, alongside physical and mental well-being. Defining health narrowly can marginalize groups by neglecting how different groups understand and experience health.
A narrow focus also makes inequality harder to see. Different groups face distinct health risks and barriers. When we rely on only a few measures, important health problems and inequalities can be overlooked.
A Canadian approach
Studying racial and ethnic health inequality in Canada requires a distinctly Canadian approach. The population, data and policy context differ from those in the U.S., and these differences shape both how inequalities emerge and how they should be studied.
This means moving beyond broad categories, improving race-based data, and using more meaningful and diverse measures of health. It also requires closer attention to context, including Indigenous and rural settings, as well as Canada’s social, immigration and health policy landscape.
To effectively address health disparities, research needs to be grounded in Canada’s realities, not simply adapted from models developed elsewhere.
Chloe Sher previously received funding from the Social Sciences and Humanities Research Council (SSHRC).
Source: The Conversation – Canada – By Paul Calluzzo, Associate Professor and Toller Family Fellow of Finance, Queen’s University, Ontario
Prime Minister Mark Carney recently announced Canada’s first national sovereign wealth fund, the Canada Strong Fund. It’s aimed at investing $25 billion in domestic projects while offering Canadians a chance to invest alongside the government.
But these goals can conflict, and the fund’s current design raises questions the government has not yet fully answered.
What is a sovereign wealth fund?
A sovereign wealth fund is a pot of money owned and invested by a government to generate returns and build national wealth over time.
More than 100 exist globally, collectively managing more than US$10 trillion in assets. Most are funded from commodity surpluses or foreign-exchange reserves.
They differ from other public funds in important ways. Public pension funds manage money on behalf of retirees. Public banks and development funds lend or invest at below-market rates to achieve policy goals. Central bank reserves are held as a financial buffer, not invested for return.
Sovereign wealth funds are explicitly in the business of growing state capital. Governments can also use them to achieve geopolitical and economic goals.
Norway’s Government Pension Fund Global, valued at approximately US$2.2 trillion, is the best-known example. It invests oil revenue in a globally diversified portfolio to preserve the country’s resource wealth for future generations.
The Santiago Principles — a set of voluntary governance standards adopted by the international sovereign wealth fund community in 2008 — outline what responsible management looks like.
How does Canada Strong compare?
Canada’s new sovereign wealth fund fits the criteria of being government-owned and seeking market-rate returns. However, it diverges from standard practice in three notable ways.
First, it will be funded from a budget that is already in deficit. Canada’s projected deficit for 2025-26 is $66.9 billion. The $25 billion for the fund will be drawn from the federal budget over three years, meaning the fund is being prioritized over debt reduction and other spending commitments.
Second, the fund will focus on domestic investment. Most sovereign wealth funds invest globally, following best practices from the Santiago Principles to diversify risk.
A fund concentrated in one country’s economy heightens financial risk and is more exposed to political pressure. This concern is serious enough that some sovereign wealth funds have banned domestic investments completly.
Third, it will include an option for retail investors to directly invest in the fund. No existing sovereign wealth fund offers this.
Asset recycling and its risks
To grow the fund over time, the government is also considering raising funds through what it calls “asset recycling” or “asset optimization.”
Early reporting suggests the federal government is considering selling or leasing airports and reinvesting those funds into the Canada Strong Fund.
When asset managers take over public infrastructure, it introduces an additional dimension of risk. The Thames Water company’s record of sewage dumping, crumbling infrastructure and high levels of debt in the United Kingdom offers one cautionary case study.
Research on the privatization of both the Heathrow and Brussels airports highlights increased costs for airlines and passengers, with poorer levels of service.
A dual mandate and its trade-offs
In addition to higher risk, the Canada Strong Fund’s dual mandate may also lead to lower returns. If the fund invests on fully commercial terms alongside private investors, it risks crowding out private capital in projects that would have been funded anyway.
If, instead, it accepts lower returns when supporting strategic projects, it quietly abandons the market-rate mandate and the promise of creating wealth for Canadians.
Where the government identifies infrastructure priorities without a clear business case, it could consider direct public ownership rather than routing investment through the Canada Strong Fund.
When mixing priorities, the trade-off against financial performance is unavoidable. To have a genuine impact, the Canada Strong Fund will need to behave less like a sovereign wealth fund and more like the Canada Infrastructure Bank or the Canada Growth Fund.
Unlike the Canada Strong Fund, however, those two vehicles are upfront about accepting below-market returns to advance their priorities.
What about retail investors?
The most novel feature of the Canada Strong Fund is the retail investment product. The government has said the product will be broadly accessible to Canadians, simple to purchase and structured so investors share in any upside while their initial capital is protected.
According to a 2024 survey conducted for the Financial Consumer Agency of Canada, there has been a significant drop in the retirement readiness of Canadians since 2019. A retail product tied to Canadian nation-building could, in principle, help address that gap.
Yet challenges remain. The promise of shared upside with limited downside risk introduces complexity to the product. The performance of complex instruments is lower than the performance of simpler instruments. Retail investors may also struggle to gauge the risk-reward trade-offs associated with the Canada Strong Fund’s dual mandate.
There is also the question of what happens if the fund loses money. The government has stated they will protect the initially invested capital of retail investors, but it is not clear where this money will come from.
If retail investors effectively pay an embedded insurance premium, that premium reduces their return. If the government subsidizes the cost of that protection, it amounts to a cross-subsidy from Canadians who do not participate in the fund to those who do — an outcome that could be regressive, depending on who invests.
What would make it work?
A well-designed Canadian sovereign wealth fund has genuine potential to grow our nation’s generational wealth and financial resilience.
Other sovereign wealth funds have achieved these ends through a focused mandate to invest for financial objectives, as outlined in the Santiago Principles. The odds of Canada Strong Fund succeeding would be improved by pivoting towards these principles.
Canada could follow Norway’s model of running two separate funds. It could leave the existing Canada Growth Fund to pursue domestic strategic investments, and have the Canada Strong Fund invest abroad with the sole goal of building national wealth.
That separation would reduce internal conflict, clarify accountability and give the retail product a cleaner return profile.
Paul Calluzzo receives funding from Social Sciences and Humanities Research Council.
Dan Cohen receives grants from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada: one on monetary policy (grant number 435-2022-0069) and one on social finance (grant number 4030-2020-00085). He is also a member of the New Democratic Party.
Evan Jo does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
We know that university students are at risk of mental-health struggles, particularly depression and anxiety. If writing can help instead of stress them out, it could be a refreshing change for English studies — and a new way for teachers to introduce essay writing.
Students first need to find out that writing can actually support well-being.
In the course, they took up a journalling habit, but it wasn’t just about venting their feelings or writing whatever came to mind. We looked at studies on how writing can reshape your thinking and boost positivity.
Three methods stood out:
Write down “three good things” about each day and, importantly, your own role in bringing them about. This technique was pioneered in a study led by psychologist Martin Seligman. Participants who adopted the approach reported feeling happier and less depressed at the one-month, three-month and six-month points. It’s now been widely shared, and it’s a great way to start a new journalling habit because it’s straightforward and effective.
Look to the future and write about your best possible self. When you imagine a fulfilled version of yourself, it will motivate you to do the hard work to get there. According to psychologist Laura A. King, when you imagine a fulfilled version of yourself, you can experience the health benefits of writing without revisiting negatives from the past.
Add creativity to your journalling. Turn a moment from your day into a comic; narrate your day as if it were happening in Middle Earth; write a haiku about your toothpaste. A diary-based study of more than 600 young adults led by psychologist Tamlin Conner showed a straightforward effect where being creative one day boosted well-being the next.
Case study on the self
Where journalling provides a space to play around with techniques, essays give students a place to reflect on their efforts, report on the results and hypothesize about positive effects of the experience.
One of the fascinating things about writing for well-being is that no one knows for certain why it works. Across studies it shows reliable, modest benefits, but the underlying mechanism for its effects hasn’t been pinned down — so students’ own theories could contribute to solving a real mystery.
Writers feed off inspiration. Showing students that authors have been using writing for well-being — and making great art in the process — gives them that extra push to keep writing and go deeper.
Inspiration from literature
Among Canadian authors, L. M. Montgomery’s story is especially compelling. Her famous books like Anne of Green Gables and Emily of New Moon have made a utopia of Prince Edward Island; but inwardly, Montgomery experienced deep mental anguish, leading to addiction in her later life.
Her journals detail this other side to her life and show how she used writing to ease her mental suffering. As she memorably notes in an entry from 1904:
“I feel better for writing it out. It is almost as efficacious as swearing would be and much more respectable.”
Looking to Montgomery as a mentor helped students realize how creative and immersive personal writing can be, in turn motivating them to push forward with their own journalling.
Discussing Montgomery’s life writing in their essays made sense because they could see how her efforts to find solace through writing were relatable to their own.
Easing back on literary jargon
Poetry can beautifully map a state of mind. But traditional approaches to teaching it have a tendency to suck the life out of literature that should be a joy and a delight.
Instead of taking what some teachers call a “technique spotting” approach where you count up the metaphors, teaching English from a well-being perspective taps into poetry’s healing qualities.
His curated poetry collections pair thoughtfully selected poems with one-page prescriptions, highlighting each work’s curative potential for conditions like insecurity, regret, loneliness and more. Both the poem itself and the interpretation serve to advance self-knowledge and alleviate mental suffering.
‘The Healing Power of Poetry’ TEDxOxford talk with William Sieghart.
Students easily ran with this idea. They found joy in poems that spoke to their lived experience, used empathy to recommend poems to others in need and wrote movingly in essays about the mental-health issues they face most often — like academic pressure, fear of failure, homesickness, social anxiety, perfectionism, procrastination and more.
The poetry-remedy concept also lent itself to experiential approaches where students could tape a chosen poem on their mirror, make it the lock screen on their phone, share it with a loved one, create a painting or visual, text it to a distant friend — and ultimately share the story of what happened in essay form or classroom discussion.
Essays are a notoriously difficult part of academic life, which is why generative AI presents such an irresistible pull to the stressed-out student. If essay writing is no more than a tedious recital, it’s no wonder they would gladly pass along what AI spews out on such topics.
Writing instead about your own interior world, finding evidence in your own experience and using literature to light a personalized path to growth are tasks that cannot be easily farmed out to a text-generator — because they speak directly to your own humanity.
The idea that writing can offer fresh avenues for growth and betterment is a welcome reminder of what genuine human writing is truly for.
In teaching a course on it, I found writing for well-being to be an exciting expansion of English studies broadly and essay writing in particular. It can support students’ writing and communication skills while genuinely enriching their lives, and it can help us inspire students with what’s most important in the study of literature: a lifetime love of reading and a willingness to take up the pen.
Lindsey McMaster does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
As a professor of finance, I see these phenomena as different expressions of the same underlying bias: we apply too high a discount rate to the future.
The idea of a discount rate is straightforward. A dollar today is worth more than a dollar tomorrow. The discount rate tells us by how much. Set that rate too high, and you systematically undervalue what lies ahead. Set it too low, and you over-invest in distant outcomes.
Psychologist Hal Hershfield’s research on the future self helps explain why. People often perceive their future selves more as another person than as a continuation of who they are now. This makes it easier for the self that benefits today to shift costs onto the self that must bear them tomorrow.
Looking at this through a finance lens, it resembles a “principal-agent problem,” where managers may prioritize short-term incentives over the long-term interests of shareholders.
In both cases, the person making the decision does not fully bear the long-term cost. But the future does not disappear. It simply becomes easier to ignore.
Investment in relationships
This logic becomes easier to see if we look at how we build relationships. Strong relationships require time and a willingness to tolerate discomfort.
Trust and intimacy involve immediate effort but the benefits accumulate gradually. By contrast, autonomy and flexibility offer immediate rewards. They preserve options and reduce constraints, making it easy to defer relational investment.
But relationships, like other forms of capital, depend on sustained investment, and delayed investment is often hard to recover later.
The same logic can also be seen in family structures and broader social connections. Strong ties in families, friendships and communities depend on time and repeated interaction. Without it, those ties weaken.
How loneliness is killing us, according to Harvard professor Robert Waldinger.
These patterns are not only individual. They also reflect the way modern life is increasingly organized around immediacy and convenience. Technology makes interaction faster, easier and more responsive, but many of the things that matter most in the long run still require time, patience and discomfort. The result is a social environment that increasingly rewards responsiveness over endurance.
Immediate benefits
Seen in this light, AI companions are not an anomaly. They are emerging in an era of widespread loneliness, where many people are seeking connection that feels reliable and low in emotional cost.
The concern is not that AI companionship fails. It’s that it succeeds too well in the present. By reducing effort, uncertainty and emotional risk, AI companions make connection easier to access but may also shift expectations in ways that are harder to sustain over time in human relationships. In that sense, they reflect the same trade-off: immediate comfort at the expense of longer-term relational depth.
The same logic extends beyond individual life and helps explain how societies respond to long-term problems.
Climate change is perhaps the clearest example. The impacts of our warming planet are already very evident and yet we’re slow to act. This is, in part, because the economic benefits of extraction and consumption are immediate, while many of the costs are delayed and dispersed across time.
A voiceless future
Across many human domains, from AI and personal relationships to climate change, the structure is the same: The present is immediate and rewarded; the future is abstract, distant and silent. So, decisions skew toward today.
This is not simply a matter of awareness or intention. It is structural. The future has no meaningful representation in present decision-making. It has no voice, no urgency and no direct claim. And so it’s discounted.
This is what Canadian Prime Minister Mark Carney called the “tragedy of the horizon.” Whether in the climate crisis or the loneliness epidemic, the catastrophic impacts will be felt beyond the traditional horizons of investment cycles and political terms.
Until we find ways to give the future a real stake in present decisions, we will continue to choose what is easier now and pay for it later.
The tendency to discount the future is deeply human. But in a world increasingly shaped by AI systems, weakening social ties and accelerating climate risk, the costs of doing so are becoming harder to ignore.
Rahul Ravi does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
La nouveau grand acte de décentralisation promis par Sébastien Lecornu n’aura pas lieu. Au contraire, une « recentralisation » en direction des préfets est à l’ordre du jour. Pourquoi la décentralisation, tant de fois annoncée, est-elle sans cesse ajournée ?
En octobre dernier, le premier ministre Sébastien Lecornu affichait une franche ambition : mettre en place un « grand acte de décentralisation » censé régler les problèmes liés à l’organisation territoriale de la République. Après quelques mois de réflexion, de concertation et une fois les élections municipales passées, le gouvernement a largement revu à la baisse cette ambition. Quelles sont les raisons de ce recul stratégique ?
Pourtant, parmi les différents scénarios analysés par le gouvernement, une option – moins ambitieuse qu’une véritable décentralisation (impliquant un transfert de pouvoir aux collectivités territoriales et à leurs élus) – consistait à miser sur une « déconcentration », désignant une réorganisation de l’action de l’État dans les territoires, sous l’égide du préfet.
Des ambitieuses promesses initiales, il semblerait que le gouvernement se cantonne à une réforme essentiellement technique. Le texte se concentre en effet sur la consolidation du pouvoir des préfets. À travers le renforcement du pouvoir de substitution du préfet (si des carences sont « dûment constatées », le préfet peut se substituer à toute autorité locale temporairement), la réactivité de l’action publique semble l’axe privilégié. Cela s’inscrit dans l’anticipation de potentielles crises où une décision rapide s’impose, (domaine agricole, eau, énergie ou sécurité).
Sous couvert de décentralisation, l’exécutif opère donc une recentralisation discrète, transformant les collectivités en relais d’exécution. Ainsi, l’État pourra sélectionner et accélérer les projets jugés « utiles » – notamment industriels – par le biais d’un relais plus fort sur les opérateurs de service public et notamment sur les maires. Le droit de dérogation aux normes par les préfets, mis en place depuis quelques années, sortirait renforcé de la promulgation de ce texte. Certains chercheurs estiment d’ailleurs que ce droit de dérogation est constitutif d’une légalité néolibérale où la hiérarchie des normes est remise en question. En effet, le droit préfectoral permet de ne pas appliquer certaines normes, notamment environnementales. Introduire un système « à la carte », par la montée de ces mécanismes permettrait « de neutraliser la volonté législative sous couvert du discours managérial de la simplification ».
Temps politique, crise budgétaire et art français de gouverner
Pourquoi le grand projet de décentralisation annoncé en octobre a-t-il abouti à ce résultat ?
La première raison du revirement du gouvernement tient au temps politique. La réforme devait initialement intervenir avant les élections municipales et métropolitaines de mars 2026, ce qui s’est révélé irréaliste. Or, désormais, l’agenda politique, parlementaire et médiatique est structuré par l’élection présidentielle. Dans ce cadre contraint, avec un gouvernement technique dédié à stabiliser la vie publique, une réforme d’ampleur sur la décentralisation est quasiment impossible.
Au-delà de ce facteur politique et institutionnel, le revirement actuel peut s’expliquer par une situation territoriale et structurelle impossible à transformer en profondeur dans un cadre budgétaire si contraint. En effet, les finances publiques nationales justifient de nombreuses baisses de budgets, politiquement périlleuses, et ne permettent pas d’ouvrir les vannes financières pour permettre une véritable décentralisation.
Selon la ministre de l’Aménagement du territoire et de la décentralisation, Françoise Gatel, les élus locaux « ne veulent pas de décentralisation, ils veulent avant tout de la simplification ». Pour le gouvernement, les élus locaux attendent principalement l’allègement des normes, la simplification des différentes procédures administratives.
Cette demande de simplification est sans doute réelle et semble largement partagée parmi les acteurs publics et privés. Toutefois, les élus locaux continuent, dans leur majorité, de réclamer plus de décentralisation et d’autonomie financière : la simplification ne fait pas tout, c’est l’autonomie locale qui est le nerf de la guerre. In fine, le gouvernement semble donc vouloir faire porter aux élus la responsabilité du recul sur la réforme en les accusant implicitement de « défiance ».
En prenant du recul, cette réforme s’inscrit dans une tendance à l’œuvre depuis de nombreuses années : les gouvernements successifs font la promotion « d’actes » de décentralisation, livrent des annonces ambitieuses où l’élu local et les collectivités seraient placés au centre du système décisionnel et où le millefeuille territorial, complexe et coûteux, serait enfin rationalisé. Or, par le mécanisme de la négociation avec les associations d’élus locaux, qui fait apparaître une demande de décentralisation hétérogène et qui requiert un fort engagement budgétaire, ces annonces aboutissent souvent à un renoncement. Cela avait été le cas après les gilets jaunes avec la réforme de l’organisation territoriale de l’État. Cela avait été le cas en 2022 avec la loi 3DS qui était aussi un texte technique et de simplification, avec une décentralisation très accessoire.
En définitive, et en attendant un hypothétique texte supplémentaire, le paradoxe français n’en finit plus de se répéter : la « décentralisation » annoncée avec éloquence aboutit à une « recentralisation » stratégique.
Tommaso Germain ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.