Nuevo estudio con grandes simios: ¿es la risa el origen del lenguaje humano?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miquel Llorente Espino, Psicología comparada y comportamiento animal, Universitat de Girona

Gorila riendo en el juego. W Calvin / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Todos reconocemos ese sonido. El “ja, ja, ja” que se nos escapa con un chiste, con las cosquillas o cuando un bebé juega a esconderse tras las manos. Nos parece un gesto íntimamente humano, un código exclusivo de nuestra especie o nuestra cultura. Y, sin embargo, si nos topáramos en un bosque tropical con un grupo de crías de chimpancé o gorilas jugando, oiríamos algo inquietantemente familiar. La risa no es un invento humano.

Ratas, perros y delfines también

Incluso más allá de los primates, algo parecido a la risa asoma por medio reino animal, casi siempre con la misma intención: avisar de que lo que viene es juego, no pelea. Los etólogos lo llaman “metacomunicación”, que es una palabra aparatosa para una idea muy simple: comunicar sobre la propia comunicación, soltar un “tranquilo, que voy de broma”. Les ocurre hasta a las ratas, como descubrió el neurocientífico Jaak Panksepp: si se les hacen cosquillas, sueltan unos chisporroteos vocales a 50 kilohercios, tan agudos que nuestro oído ni los capta. Llamarlo “risa” quizá sea generoso, pero tiene exactamente la misma función: mantener el juego dentro de unos límites para que no acabe en mordisco.

Los perros tienen su propia versión, un jadeo entrecortado –el “jadeo de juego”– que hasta es usado para calmar a los animales en las protectoras. Y los delfines, mientras se persiguen jugando, emiten unos chasquidos a toda velocidad, un sonido que avisa de que la persecución no va en serio.

Golpes de voz acompasados

Pero para rastrear cómo un simple “voy de broma” pudo acabar moldeando algo tan nuestro como el habla, hay que mirar de cerca a nuestros primos evolutivos: los grandes simios. Y aquí no descubrimos nada nuevo. Ya el propio Darwin, observando a un chimpancé al que le hacían cosquillas, anotó que aquello se parecía sospechosamente a la risa humana. Chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes se ríen, y lo sabemos desde hace siglo y medio.

Un un estudio reciente publicado en Nature se ha planteado una pregunta distinta: en lugar de comprobar si los grandes simios se ríen, los autores se fijaron en cómo lo hacen. Es decir, en el ritmo de la risa y la cadencia del sonido: el tiempo exacto que tarda un “golpe de voz” en dar paso al siguiente. ¿El resultado? La risa de los grandes simios es “isócrona”: sus golpes caen a intervalos regulares, con un pulso constante. No es un jadeo caótico; tiene compás.

Aunque ojo, tampoco es que llevar el ritmo sea tan raro en la naturaleza. Hay muchos animales que emiten sonidos acompasados, y ese mismo pulso ya se conocía en los cantos de los lémures, los gibones o algunos monos. Por sí sola, la isocronía no distingue a los grandes simios de otros animales. Lo relevante de esta investigación es asumir que si orangutanes, gorilas, chimpancés, bonobos y nosotros nos reímos con el mismo compás, lo más probable es que ya lo hiciera el antepasado que todos compartimos, hace unos quince millones de años. Reíamos así mucho antes de ser humanos.

Fósiles sonoros

El sonido no deja fósiles. No hay forma de hacer arqueología de la risa de un antepasado que vivió hace millones de años, así que la única manera de asomarse a ese pasado es la etología comparada. Y ahí la risa se convierte en una especie de fósil sonoro: escuchándola en nuestros parientes evolutivos podemos inferir cómo aprendieron a controlar el aire y la voz nuestros ancestros, mucho antes de que existiera la primera palabra.

La citada investigación intenta descifrar cómo el contexto físico esculpe la fonación. En pleno juego de pelea y persecución, los sonidos que emiten los simios se fragmentan y se vuelven caóticos. Sin embargo, cuando el estímulo son las cosquillas, el ritmo se vuelve predecible. La razón es puramente mecánica: el ejercicio físico deforma la caja torácica y altera la respiración, mientras que las cosquillas, al recibirse en una postura pasiva, revela la estructura acústica pura del animal.

A partir de ahí, los autores proponen cuál pudo ser su historia evolutiva: generación tras generación, la risa de nuestros antepasados se fue haciendo más rápida y más flexible, hasta llegar a la nuestra. Y aquí está la pieza clave. Nosotros somos los únicos que cambiamos el ritmo de la risa a voluntad: no nos reímos igual ante un chiste que ante unas cosquillas. Los demás simios mantienen su compás pase lo que pase; nosotros lo estiramos, lo aceleramos, lo frenamos. Esa capacidad de gobernar el aire y afinar el sonido a nuestro antojo es justo la que hace falta para hablar.

¿La risa vino antes que el habla?

Los autores sitúan la risa y el lenguaje en una línea de continuidad casi directa, como si una fuera la madre del otro. Y es que el control vocal que desvela la risa es una pieza clave del puzle lingüístico, desde luego, pero es solo una pieza.

El lenguaje humano no es solo sonido articulado. Pensemos en cuánto comunicamos con las manos, con la postura o con la mirada. Buena parte de nuestras raíces comunicativas más profundas están firmemente ancladas en el gesto y el cuadro completo de la comunicación homínida es mucho más rico y polifónico.

Hoja de ruta para futuras investigaciones

Con todo, cualquier reconstrucción del pasado basada en unos pocos datos de unos pocos individuos requiere cierta cautela a la hora de generalizar los resultados. Estas limitaciones en los tamaños de las muestras, tristemente habitual en primatología, impiden trazar conclusiones categóricas que pretendan resumir quince millones de años de historia evolutiva.

En biología, factores como la mecánica respiratoria ligada al tamaño del cuerpo (alometría) o los cambios propios del crecimiento del individuo (ontogenia) pueden empañar los análisis e interactuar con las tendencias filogenéticas globales. Por eso, más que un mapa definitivo sobre la evolución de la voz (y del habla), este valioso estudio nos ofrece una sugerente y brillante hoja de ruta que futuras investigaciones deberán calibrar.

Eso sí, la próxima vez que sufra un ataque de risa incontrolable en mitad de una cena con amigos, recuerde que no está emitiendo un sonido cualquiera. Está haciendo sonar un instrumento biológico afinado nota a nota durante millones de años de historia evolutiva. El mismo instrumento que, con otra cadencia pero con la misma función social, hace vibrar el pecho de un gorila cuando le buscan las cosquillas. Al fin y al cabo, reímos en familia.

The Conversation

Miquel Llorente Espino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra

La bandera con un dragón devorando el Sol, también conocida como bandera del Dragón amarillo se convirtió en la primera bandera nacional de China. Wikimedia commons, CC BY

La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día. Este mito, que durante milenios explicó los eclipses solares en China, escondía una cruda realidad política y científica. Para los astrónomos de la corte imperial, un eclipse no era solo un espectáculo celeste, sino una cuestión de vida o muerte y de legitimidad dinástica.

En muchos textos de historia de la astronomía de los eclipses se recoge esta imagen del dragón que devora al Sol (que llegó a ser precisamente la bandera de la novena dinastía del imperio, la dinastía Qing –清朝– desde 1889 hasta su caída el 11 de octubre de 1911) como si fuera su principal contribución a este tema.

Pero resulta terriblemente injusto pensar que en un imperio milenario donde todo se registraba cuidadosamente –incluyendo, miles de años antes que en otros lugares, anotaciones sobre manchas en el Sol, estrellas nuevas y cometas– o donde la propia divinidad del emperador estaba asociada al cielo, lo único que hicieron con los eclipses fue tocar tambores.

El primer eclipse solar se registró en China

De hecho, el primer eclipse solar del que tenemos constancia ocurrió en China el 22 de octubre del año 2137 a. e. c., según aparece documentado en el Shujing o Clásico de Historia (書經) una de las fuentes históricas del Imperio chino, en compendios escritos en torno al siglo tercero antes de nuestra era, pero que recogen sucesos hasta del siglo XI a. e. c.

La leyenda cuenta que los astrónomos reales He y Hi, posiblemente distraídos o quizá ebrios e incapaces de predecirlo, fueron ajusticiados por su fracaso. Aunque debemos reconocer que toda esta historia es posiblemente apócrifa y que tanto el registro como su datación precisa de la mano de la astronomía son dudosos, como analiza el veterano comunicador científico Moncho Núñez en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol (Guadalmazán, 2026). Un castigo ejemplarizante que mostraba que la astronomía en China era una ciencia de Estado al servicio del poder. El emperador, como “Hijo del Cielo”, basaba su legitimidad en una armonía cósmica. Un eclipse imprevisto era una grieta en ese orden, un presagio potencial de desgracia que podía interpretarse como una pérdida del Mandato Celestial.

Calendario chino y burocracia

El corazón de este sistema era el calendario lunisolar, una monumental obra de ingeniería matemática que sincronizaba los ciclos de la Luna con el año solar. Este calendario no solo organizaba el tiempo: regulaba desde la siembra y la cosecha hasta los impuestos y los complejos rituales imperiales. Su correcto funcionamiento era el termómetro del buen gobierno. Para sostenerlo se desarrolló una astronomía basada en la observación meticulosa y el registro minucioso, casi obsesivo, generando series de datos que abarcaban siglos. De hecho, se consideraba un orgullo que a lo largo de una serie temporal de miles de años se pudiera mantener la coherencia de los diferentes calendarios que se superpusieron en cada dinastía.

La Oficina de Astronomía Imperial, el Qīntiānjiān (钦天监), era la encargada de esta tarea. Sus astrónomos trabajaban con un método sofisticado basado en ciclos empíricos, derivados de ese archivo histórico. Conocían y aplicaban, por ejemplo, el ciclo metónico (19 años solares casi iguales a 235 meses lunares), un patrón descubierto también en otras culturas antiguas que permitía predecir épocas propicias para eclipses.

El nombre de este ciclo recuerda al astrónomo griego Metón de Atenas, que lo anotó en 432 a. e. c. Sabemos que en Mesopotamia se conocía dos siglos antes, aunque estaba ya en la base aún anterior de los primeros calendarios lunisolares, al tener en cuenta las repeticiones de los plenilunios a lo largo de los años solares.

Fracasos en la predicción

En cualquier caso, este método aritmético tenía un margen de error considerable. Podía alertar de que en un mes dado era probable un eclipse, pero fallaba al predecir la hora exacta, la duración o, incluso, si sería visible desde la capital imperial. Un eclipse predicho que no se veía, o uno no anunciado que oscurecía el cielo de Pekín, eran fracasos igualmente graves. Lo malo es que si se introducían correcciones para mejorar estos pronósticos, la duración de los años y los calendarios empezaba a variar y se podría perder la serie consolidada del registro histórico.

El problema se agravó durante la dinastía Ming (1368-1644). El calendario oficial, el Datong li (Calendario del Gran Inicio), establecido en 1384, acumulaba errores que se magnificaban con el tiempo. Para finales del siglo XVI, sus predicciones fallaban con frecuencia y notoriedad. Este deterioro no pasó desapercibido para los eruditos. El destacado astrónomo Xing Yunlu ya había señalado graves inexactitudes y abogado por una reforma en las décadas de 1570 y 1580. Sin embargo, su propuesta chocó con la muralla de la burocracia del Imperio Ming.

Asunto de Estado

La Oficina de Astronomía se había convertido en una casta burocrática y hereditaria. Como señala el historiador de la ciencia Nathan Sivin en su libro Granting the Seasons (Springer, 2009), estas posiciones a menudo se transmitían dentro de las mismas familias, creando un sistema nepotista más preocupado por mantener privilegios y estabilidad que por innovar (y menos aún reconocer errores). Un cambio en el calendario no era una mera actualización técnica; era un asunto de estado de primer orden que implicaba admitir el fracaso de un sistema vinculado a la legitimidad cosmológica de la dinastía. Promover una reforma era un riesgo político enorme, pues un error podía ser castigado severamente, mientras que mantener el statu quo, aunque fuera defectuoso, era el camino más seguro.

Este rifirrafe político creó el caldo de cultivo perfecto para la intervención externa. Los fracasos predictivos se hicieron tan evidentes que, hacia 1590, incluso altos funcionarios como los del Ministro de Ritos (el Ministerio de los Ritos o Lǐbù ,礼部, era uno de los seis ministerios que formaban el núcleo de la administración civil) comenzaron a presionar para buscar soluciones fuera del sistema tradicional. Fue esta crisis de credibilidad interna, y no solo la curiosidad intelectual, la que provocó que la corte acabara abriendo sus puertas a unos visitantes occidentales.

La llegada de los “letrados del oeste” y su geometría celestial

En este contexto de crisis de precisión y credibilidad en 1601 se presenta en Pekín el italiano Matteo Ricci (1552-1610), normalmente considerado el introductor del cristianismo en China, acompañado por el español Diego de Pantoja (1571-1618). Eran jesuitas, pero su estrategia fue presentarse ante la corte como “letrados occidentales”, eruditos en ciencias y matemáticas. Entre sus regalos al emperador, los más apreciados fueron los relojes mecánicos, instrumentos de una precisión en la medición del tiempo entonces desconocida en China.

Pantoja, nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 y formado como cosmógrafo, desempeñó un papel clave. No solo dirigió la fabricación de relojes solares, sino que colaboró con el erudito y funcionario chino Sun Yuanhua (孫元化) en el Libro ilustrado sobre el reloj de sol, Rìguǐ Túfǎ (日晷圖法), introduciendo nuevas técnicas de medición.

Su mayor aportación, sin embargo, fue demostrar la superioridad práctica de los métodos astronómicos europeos contemporáneos. Mientras el Qīntiānjiān trabajaba con compleja aritmética cíclica, los jesuitas usaban la geometría esférica y los últimos modelos planetarios (como los de Tycho Brahe). Su enfoque no se limitaba a buscar patrones en registros antiguos; calculaban los movimientos reales del Sol y la Luna en el espacio tridimensional. Esto les permitía predecir no solo el día, sino la hora, la duración, la magnitud y la trayectoria de la sombra sobre la Tierra, con una exactitud que dejó pasmada a la corte.

Una revolución silenciosa desde dentro del palacio

La evidencia fue, con el tiempo, incontestable. En repetidas ocasiones, los jesuitas acertaron donde el Datong li fallaba. El poder de su cálculo era tan evidente que, tras la caída de los Ming, el nuevo gobierno de la dinastía Qing tomó una decisión radical: encargar al jesuita Johann Adam Schall von Bell la creación de un nuevo calendario oficial.

El resultado fue el calendario Shixian (Calendario de la Concesión del Tiempo, 時憲曆), promulgado en 1645. Fue un híbrido histórico: la primera vez que el Imperio Celestial adoptaba un sistema astronómico oficial diseñado y dirigido por extranjeros. Se trataba de una síntesis forzada por la necesidad: el marco institucional, la necesidad política y los datos históricos eran chinos, pero la metodología matemática y geométrica era europea. La resistencia burocrática continuó durante décadas, y los errores no desaparecieron por completo, pero se redujeron drásticamente. Para el siglo XVIII, las predicciones tenían márgenes de error de minutos, no de horas o días.

De los ciclos a la geometría pura de Bessel

Sin embargo, esta historia de precisión creciente no termina con los jesuitas. Tanto los ciclos metónicos chinos como las efemérides tabuladas europeas del siglo XVII aún arrastraban limitaciones. Eran herramientas potentes, pero basadas en aproximaciones y correcciones empíricas. El nacimiento de la astronomía moderna y del análisis matemático asociado a la mecánica de Newton permitieron mejorar las predicciones en las posiciones de los planetas, el Sol y la Luna y, con ello, mejorar la precisión en los pronósticos de un eclipse. Como todo problema de los tres cuerpos, incorporaba cálculos complejos y soluciones aproximadas.

Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el astrónomo Edmond Halley calculó un eclipse con los mejores métodos astronómicos disponibles para el 3 de mayo de 1715, la precisión en el tiempo es de 4 minutos y en la zona de totalidad de unas 20 millas (32,2 kilómetros), como describen los investigadores Aaaron Robotham y Sabine Bellstedt, de la Universidad de Australia Occidental.

La domesticación matemática de los eclipses

La auténtica domesticación matemática de los eclipses llegó en el siglo XIX con el astrónomo prusiano Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846).

En 1824, Bessel introdujo un método revolucionario que transformó el problema. En lugar de calcular laboriosamente las posiciones individuales del Sol y la Luna, expresó toda la geometría del eclipse en torno al cono de sombra de la segunda proyectado sobre la Tierra.

Al definir un plano fundamental perpendicular a este eje de sombra y usar un ingenioso sistema de coordenadas, redujo la complejidad del cálculo a unos pocos parámetros elegantes (los llamados “elementos beselianos”). Este método, que separaba claramente la geometría celeste de los movimientos orbitales, permitía una precisión analítica sin precedentes y es, en esencia, la base de los algoritmos que aún hoy se siguen usando para el cálculo de eclipses.

Así, el largo camino para “domar al dragón” pasó de los tambores rituales y la minuciosa observación y registro de los sucesos a la aritmética de ciclos a la geometría esférica de los jesuitas, y, finalmente, alcanzó la abstracción analítica de Bessel.

El encuentro entre China y Europa en el siglo XVII no fue una simple transferencia de conocimiento, sino el catalizador que resolvió una crisis interna de precisión. Demostró que incluso la tradición observacional más rica del mundo podía estancarse en la inercia burocrática, y que la innovación, a menudo, llega por caminos inesperados y forzados por la pura necesidad de tener razón. Y, por supuesto, tuvo consecuencias sociales, políticas y económicas que propiciaron toda la historia de relaciones entre oriente y occidente a partir de entonces.

The Conversation

Javier Armentia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses – https://theconversation.com/como-los-jesuitas-domaron-al-dragon-chino-de-los-eclipses-273477

Crianza respetuosa: la cuestión no es elegir entre afecto y autoridad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Merino, Universidad de Deusto

Prostock-studio/Shutterstock

En la película Padre no hay más que uno 4: Campanas de boda, una escena resume con humor buena parte del debate actual sobre la crianza. Milagros, la abuela interpretada por Loles León, intenta despertar a una de las niñas para ir al colegio. La pequeña se resiste, grita y se niega a levantarse.

La abuela prueba entonces a aplicar lo que entiende por crianza consciente: le dice con voz calmada que comprende su frustración, que a ella también le gustaría quedarse en la cama hasta las once y que ambas van a respirar profundamente. Pero la niña continúa chillando. Milagros pierde la paciencia y termina amenazándola a gritos con arrancarle las coletas. La rabieta cesa de inmediato. Al salir de la habitación, comenta satisfecha al padre: “Eso de la crianza consciente sí funciona”.

Todos nos podemos reconocer en los extremos que plantea la escena: por un lado, una educación basada en razonar, validar y acompañar cada emoción; por otro, una autoridad brusca sostenida en el miedo. Entre ambos polos se sitúa una pregunta importante: ¿la crianza respetuosa ofrece realmente una alternativa a los modelos tradicionales o, bien entendida, recupera algo que la psicología lleva décadas defendiendo: la combinación de afecto, sensibilidad y límites claros?

De dónde viene la crianza respetuosa

En los últimos años, la crianza respetuosa (conocida en inglés como gentle parenting) ha ganado gran visibilidad en redes sociales, blogs y libros para familias. La autora británica Sarah Ockwell-Smith contribuyó a popularizar esta denominación y a presentarla como una forma de educar basada en la empatía, el respeto, la comprensión y los límites. La propuesta resulta atractiva: escuchar al niño, comprender qué hay detrás de su conducta, evitar la humillación y ejercer la autoridad sin violencia.

Sin embargo, su difusión ha avanzado mucho más rápido que la investigación científica. La crianza respetuosa no nació de una teoría psicológica evaluada sistemáticamente, sino que se extendió mediante libros de divulgación y comunidades digitales.

Evidencias tras la moda

El primer estudio empírico que analizó qué entienden por crianza respetuosa quienes se identifican con ella no se publicó hasta 2024. En ese estudio, los padres y madres destacaban tres elementos: regular sus propias emociones, ayudar a sus hijos e hijas a gestionar las suyas y mostrarles afecto.

Sin embargo, también se observó una gran diversidad en su aplicación. Algunos progenitores combinaban la validación emocional con una dirección adulta clara; otros empleaban respuestas más centradas en las preferencias infantiles. Además, no se hallaron diferencias claras entre quienes se consideraban padres “respetuosos” y el resto en los estilos educativos clásicos.

¿Nuevo nombre para un modelo de crianza ya existente?

Esto plantea una pregunta fundamental: ¿estamos realmente ante un modelo nuevo? Si la crianza respetuosa incluye afecto, sensibilidad, explicación de las normas, límites consistentes y una autoridad no coercitiva, se aproxima mucho al estilo educativo autorizativo o democrático descrito desde hace décadas por la psicología del desarrollo.

Este estilo educativo combina calidez con expectativas claras y exigencias adecuadas a la edad. La evidencia lo relaciona con un mejor ajuste infantil, mientras que los estilos permisivos, caracterizados por mucha calidez, pero poca regulación, se asocian con más dificultades de conducta.

Respetar es solo una parte

La cuestión no consiste en elegir entre afecto y autoridad. Ambos son necesarios. Respetar a un niño no significa que pueda decidir siempre, que toda norma deba negociarse o que los adultos tengan que evitar cualquier frustración. Significa reconocer su dignidad, escuchar sus emociones y evitar respuestas violentas o humillantes. Pero también implica asumir una responsabilidad que el niño todavía no puede ejercer: proteger, orientar y establecer límites.

Pero comprender y validar las emociones infantiles solo representa una parte de la tarea educativa. Los niños también necesitan aprender a convivir con reglas externas, aceptar consecuencias y relacionarse con personas cuyos deseos no siempre coinciden con los suyos. Necesitan, en definitiva, amor y límites.




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Gestionar frustraciones y decir no

La frustración razonable forma parte de ese aprendizaje. Esperar un turno, aceptar un “no”, reparar un daño o cumplir una responsabilidad no perjudica el desarrollo dentro de una relación segura. Al contrario, contribuye al autocontrol, la flexibilidad y la tolerancia al malestar. Validar una emoción no implica aceptar cualquier conducta: se puede comprender el enfado y, al mismo tiempo, mantener la norma necesaria que ha desencadenado el enfado.

El problema aparece cuando la crianza respetuosa se simplifica en las redes sociales. Mensajes como “Toda conducta expresa una necesidad” o “Hay que respetar siempre los ritmos del niño” contienen una parte de verdad, pero pueden interpretarse de manera extrema.




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El resultado puede ser una parentalidad en la que se teme decir “no”, se negocia constantemente y se confunde el malestar infantil con un daño que debe evitarse. En ese punto, la propuesta deja de parecerse al estilo autorizativo y se aproxima a un funcionamiento permisivo.

Además, esta interpretación puede tener un coste emocional para los adultos. Algunos padres y madres se sienten agotados, inseguros y muy críticos consigo mismos cuando no consiguen mantener siempre la calma. La idea de que un buen progenitor debe ser permanentemente paciente y disponible puede convertirse en un ideal imposible y generar culpa.




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De la crianza respetuosa a la parentalidad consciente

Aquí resulta especialmente útil la parentalidad consciente o mindful parenting. Ambos enfoques comparten la escucha, la empatía y la regulación emocional, pero la parentalidad consciente también invita al adulto a observarse: ¿qué estoy sintiendo? ¿Estoy respondiendo a la situación o reaccionando desde el cansancio?

La parentalidad consciente incluye atención plena, conciencia de las emociones propias y ajenas, aceptación sin juicio, autorregulación y compasión hacia el hijo y hacia uno mismo.

En una investigación realizada por nuestro equipo con población española, estas capacidades se relacionaron con mayor afecto parental, más autocompasión y menos estrés.




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En otro estudio piloto, un programa breve de mindfulness o atención plena para padres y madres de adolescentes mejoró la atención consciente, la satisfacción con las propias capacidades parentales y la relación con los hijos.

Una crianza verdaderamente respetuosa no elimina la autoridad, la ejerce sin humillar. No evita toda frustración, ayuda a sobrellevarla. No coloca la gratificación inmediata o la eliminación del malestar en el centro, sino las necesidades infantiles. El reto es ofrecer afecto, seguridad y límites claros y protectores.

The Conversation

Laura Merino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Crianza respetuosa: la cuestión no es elegir entre afecto y autoridad – https://theconversation.com/crianza-respetuosa-la-cuestion-no-es-elegir-entre-afecto-y-autoridad-284001

Escrito por IA: el comienzo de una disrupción permanente para las empresas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco del Olmo García, Profesor Asociado de Economía Aplicada e Investigador del Instituto Universitario de Análisis Económico y Social (IAES) y de la Cátedra de Responsabilidad Social Corporativa, Universidad de Alcalá

TechSolution/shutterstock

Preguntamos a ChatGPT-4: “Si tuvieras que empezar un artículo con el siguiente título: ‘Escrito por IA – El comienzo de una disrupción permanente para las empresas’, ¿cómo lo harías?”. Y su respuesta fue:

“La inteligencia artificial ya ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad palpable que está transformando las empresas de manera irreversible. En un mundo donde los avances tecnológicos ocurren a un ritmo acelerado, la IA ha irrumpido en casi todos los sectores, desde la atención al cliente hasta la toma de decisiones estratégicas, alterando profundamente los modelos de negocio tradicionales. Lo que comenzó como una herramienta para optimizar tareas rutinarias hoy está impulsando una disrupción más amplia, que no solo mejora la eficiencia, sino que redefine por completo la relación entre las empresas, sus empleados y sus clientes. Con algoritmos capaces de analizar grandes volúmenes de datos en fracciones de segundo, las compañías se enfrentan a un panorama en el que adaptarse a la inteligencia artificial no es una opción, sino una necesidad para seguir siendo competitivas”.

Experimentar la IA

Un informe del Banco de España de mayo de 2025, señala que aproximadamente el 20 % de las empresas españolas analizadas ya emplean, aunque en su mayoría de manera experimental, sistemas de inteligencia artificial. Sobre todo en la optimización de procesos internos (búsqueda de información, análisis y gestión de datos, generación de informes) y en acciones de marketing (campañas publicitarias personalizadas a través del tratamiento de los datos generados por los clientes).

A pesar de la capacidad de la IA para mejorar la eficiencia y la creatividad, también genera preocupaciones sobre las desigualdades y la desestabilización del mercado laboral tradicional, la privacidad, la desinformación, los delitos asistidos por IA y su uso para vigilancia y control social.

Un claro ejemplo es el uso de la IA para realizar estafas, que en 10 años han aumentado un 513,4 %, o para generar imágenes falsas.

En el área empresarial, la IA está modificando la manera en que interactúan los clientes y las empresas: los chatbots ya no responden en función de reglas predefinidas, sino que la IA genera respuestas precisas a partir de la comprensión del contexto, el sentimiento y la intención del usuario. Por tanto, no queda más remedio que adaptar la gestión empresarial a esta nueva realidad.




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Las pymes y la IA

La mayor productividad relativa que genera su tamaño hace que sean las grandes empresas las que protagonicen la revolución tecnológica.

Destacan las innovaciones y mejoras de las grandes tecnológicas (Google, Apple, Meta, Amazon, Microsoft) por sus enormes economías de escala y la capacidad de trasladar a la sociedad estas automatizaciones.

De hecho, el tamaño de estas empresas es un factor clave para generar el capital necesario para invertir en I+D y desarrollar productos que les permitan beneficiarse de sus asisentes virtuales.

Amazon utiliza la IA para anticiparse a las necesidades de sus clientes. Meta lo hace en el marketing digital, aprovechando las interacciones de los usuarios con Meta AI para mostrarles anuncios relevantes.

La IA y los gobiernos

Una de las grandes amenazas para el empleo tiene que ver con la incorporación de la IA como eje primordial de la dirección empresarial futura, dada su agilidad, rapidez y concreción en la resolución de problemas, incluso con mayor eficiencia que los seres humanos. De ahí la importancia de la existencia de marcos normativos que regulen y a la vez sirvan de impulso para el desarrollo de la IA.

En este sentido, la Unión Europea aprobó en 2024 la Ley de Inteligencia Artificial y, para coordinar su aplicación, ha creado la Oficina Europea de IA. Además, ha redactado un Código de Buenas Prácticas que entrará en vigor a más tardar en 2027.

En otras regiones la regulación avanza a diferentes ritmos. En Latinoamérica no hay una coordinación entre países y se van dando pasos sin una coordinación conjunta. En los países árabes se están formulando estrategias enfocadas a diversificar las economías, aunque también en desarrollar regulaciones, como en Bahrein u Omán, aunque la orientación es a captar inversión.

En Estados Unidos, está sobre la mesa el dilema ético sobre el empleo de la IA para usos militares, a la vez que el gobierno busca establecer nuevas condiciones para las empresas proveedoras de modelos de IA, que tendrían que otorgarle una licencia irrevocable para usar sus sistemas con todos los fines legales.

En España, el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública presentó en mayo de 2024 la Estrategia de Inteligencia Artificial 2024, una extensión del programa presentado en 2020. Con el objetivo de “acelerar, facilitar, acompañar y promover el desarrollo y la expansión de la IA”, la estrategia define ocho palancas clave:

  1. Impulsar la inversión en supercomputación. Por ejemplo con la creación de factorías de IA, lo que podría generar un importante impulso para aplicaciones industriales.

  2. Generar capacidad sostenibles de almacenamiento de datos. Entrenar modelos avanzados exige gran capacidad de almacenamiento. El proyecto más relevante se desarrolla en la provincia de Badajoz.

  3. Diseñar una infraestructura pública de modelos de lenguaje.

  4. Fomentar el talento en IA.

  5. Impulsar la IA en el sector público.

  6. Ayudar a la expansión de la IA en el sector privado, especialmente en las pymes.

  7. Desarrollar un marco integral de ciberseguridad y ciberdefensa, con una inversión en 2025 de más de mil millones de euros. Además, se trabaja en la internacionalización del sector.

  8. Impulsar la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA). Su objetivo es garantizar el uso ético y seguro de la IA en España; para ello, supervisa que las entidades públicas y privadas cumplen con la normativa vigente y protegen la privacidad, igualdad de trato y derechos fundamentales de los usuarios.

Una nueva era

“La inteligencia artificial ya ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad palpable que está transformando las empresas de manera irreversible” decía ChatGPT-4 al inicio de este texto. Y tiene razón al decirlo.

La IA supone un cambio sin precedentes desde la creación de internet, un hito histórico que estamos viviendo en primera persona. Esta era podría bautizarse como la época escrita por la IA, o la época humano-IA-humano o H2AI2H (Human to AI to Human), por sus siglas en inglés.


Pablo Victoria Rivera (https://www.linkedin.com/in/pablo-victoria-rivera/) ha participado en la redacción de este artículo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Escrito por IA: el comienzo de una disrupción permanente para las empresas – https://theconversation.com/escrito-por-ia-el-comienzo-de-una-disrupcion-permanente-para-las-empresas-264637

Una catedral para un nuevo Año Santo: Santiago de Compostela en marzo de 1669

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel Taín Guzmán, Chair professor, Universidade de Santiago de Compostela

Durante el lluvioso anochecer del 3 de marzo de 1669 llega a Santiago de Compostela, tras recorrer el Camino Portugués, Cosimo III de Medici, Gran Príncipe de Toscana, famoso por su devoción y su gusto por peregrinar.

Viene acompañado por solo algunos miembros de confianza de su séquito, pues ha dejado al resto descansando en Padrón, a unos 20 km de distancia. Tales prisas por llegar a la ciudad se explican por su interés en pasar la noche en Compostela y acudir a la mañana siguiente, muy temprano, a la catedral que alberga las reliquias del apóstol Santiago el Mayor y escuchar la misa del peregrino en la capilla de El Salvador, donde además comulgará –y tal vez recibirá su compostela–.

A lo largo de ese mismo día, llega el resto de la comitiva. Entre ellos se encuentra el joven arquitecto y pintor florentino Pier Maria Baldi, con el encargo ex profeso de dibujar las localidades donde come o duerme el príncipe.

Así, mientras Cosimo recibe visitas de autoridades locales o descansa durante los días 4 y 5, el artista busca en el monte de Santa Susana una localización desde la que dibujar sus bocetos para realizar, ya en Florencia, la gran panorámica de Compostela. Se trata de la página 159 de la Relazione Ufficiale del Viaggio di Cosimo III, hoy en la Biblioteca Medicea Laurenziana, donde el protagonista principal es el Santuario del Apóstol.

Las ocho torres de la catedral dibujada

El edificio dibujado presenta una imagen acastillada, muy diferente de la vistosa catedral actual, tras las renovaciones del Barroco. En efecto, en 1669 todavía se conservaba la basílica medieval, con su techumbre de losas de cantería, sus tres fachadas y ocho torres. Lamentablemente, Baldi evita representar la fachada románica del Obradoiro y coloca delante un inoportuno árbol, dejando pasar la ocasión de crear un testimonio gráfico de inapreciable valor.

Sí figuran las dos torres que la flanquean, la Torre de la Carraca –que debe su nombre a la matraca que alberga y que suena durante la Semana Santa– y la Torre de las Campanas. En su interior se hallan las campanas a las debe su nombre, cuyos repiques avisan a vecinos y peregrinos de la celebración de oficios.

Detrás, se representaría la terminación de una altura, que correspondería a la enigmática Torre del Gallo, un campanario del siglo XV, demolido en 1759, que flanquea el lado este de la fachada de la Azabachería, donde se encuentra la puerta por la que entran los peregrinos.

A ella le sigue la Torre del Crucero, construida entre 1664 y 1665. Su linterna y aguja la convirtieron entonces en la mayor altura de la catedral y, en consecuencia, en el referente visual de los peregrinos del lugar donde se hallaba la tumba del Apóstol. Además, es posible que la linterna funcionase entonces a modo de farola jacobea en los Años Santos, igual que lo hace la actual linterna de la Torre del Reloj desde su construcción en 1680.

El enorme volumen del claustro catedralicio, construido entre 1520 y 1537, se identifica perfectamente gracias a la representación de los palacios y torres a él superpuestos. En el extremo suroccidental se eleva la Torre de la Vela, de cronología, autoría y finalidad controvertida, aunque, dado su nombre, es clara su vinculación a la vigilancia de ese flanco de la ciudad.

La Torre del Ángel se sitúa en el flanco oeste de la fachada de las Platerías y habría sido construida unos años antes de 1470, fruto de la remodelación de una torre anterior. De gran altura –posiblemente la mayor en el siglo XV– desde ella se podía controlar las calles del sur, particularmente la plaza de las Platerías, corazón económico de Compostela, con una azarosa historia de revueltas. Fue derribada a finales del siglo XVII, pocos años después de la visita de Cosimo.

La Torre del Rey de Francia, hoy conocida como la Berenguela, se representa en el lado este de la fachada de las Platerías. Se trata de un gran edificio gótico cuadrangular construido entre 1484 y 1494 para albergar las campanas donadas al Apóstol por el rey francés Luis XI. Hoy se conserva porque entre 1676 y 1680 fue reutilizado como primer cuerpo de la actual Torre del Reloj.

Sobre ella se asienta un chapitel de hierro con una campana perfectamente detallada, correspondiente a un reloj que se disponía hacía la Plaza de la Quintana. Así, mientras las campanas interiores de la torre se tocaban sólo con motivo de las grandes celebraciones catedralicias, la del chapitel metálico lo hacía de acuerdo con las horas marcadas por el reloj para regular los horarios de la vida social y económica de los vecinos de Compostela.

La Torre del Tesoro es lo único que se representa del Palacio del Tesoro. Fue construido entre 1543 y 1555 para guardar en su interior los objetos más valiosos de la catedral, tanto los adquiridos por el cabildo para solemnizar la liturgia como los regalados por reyes, nobles y peregrinos. Su famoso remate escalonado evocaría las representaciones imaginarias del Mausoleo de Halicarnaso y aludiría al destino de la catedral como panteón apostólico.

Los preparativos para el año santo de 1677

La Relazione Ufficiale del Viaggio describe con detalle la visita medicea en el interior de la basílica. Así, Cosimo, tras asistir a la misa del peregrino, siguiendo la tradición –y es de suponer que acompañado de otros peregrinos–, acudió al recinto de la capilla mayor. Allí contemplaría la imagen pétrea de Santiago que preside la catedral desde 1211. A ella accedían los peregrinos por unas escaleras, tal vez también el príncipe, para rendir homenaje a la imagen del santo con el rito del abrazo y el beso, meta de la peregrinación.

Significativamente, el diario también se muestra bien informado del proyecto barroco de construir un camarín para albergar la imagen –el actual– y un nuevo baldaquino con vistas al nuevo año santo de 1677, cuando se instala el Santiago Matamoros que lo corona.

Y ahí siguen todavía hoy, como podremos volver a disfrutar trescientos cincuenta años después, en este próximo año santo de 2027.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en iconografía urbana. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.


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ref. Una catedral para un nuevo Año Santo: Santiago de Compostela en marzo de 1669 – https://theconversation.com/una-catedral-para-un-nuevo-ano-santo-santiago-de-compostela-en-marzo-de-1669-284893

Décès de Rudolph Marcus : est-ce la fin des théories analytiques élégantes ?

Source: The Conversation – in French – By Olivier Fontaine, Professeur de Chimie, et de sciences physiques, Université de Montréal

La triste nouvelle du 16 juillet dernier du décès de Rudolph Arthur Marcus, lauréat du prix Nobel de chimie en 1992, invite à revenir sur son héritage scientifique.


Au-delà de l’équation qui porte son nom, Marcus incarne une époque où l’ambition des chercheurs était de décrire des phénomènes complexes à l’aide de quelques équations élégantes.

Aujourd’hui, le paysage scientifique a profondément évolué. Les modèles d’intelligence artificielle apprennent directement à partir des données, et les prédictions peuvent parfois être obtenues sans qu’une théorie analytique complète ne soit disponible.

La disparition de Marcus soulève alors une question plus large : assiste-t-on à la fin de l’ère des grandes théories analytiques, au seul profit d’études théoriques à base de l’intelligence artificielle ?

Professeur au département de chimie et membre de l’Institut Courtois, de l’Université de Montréal, je mène des recherches sur le stockage de l’énergie dans les batteries au lithium. Mes travaux m’ont naturellement conduit à m’intéresser à la théorie de Marcus et l’intelligence artificielle.

Un homme âgé enseigne devant une classe
Le professeur Rudolph Arthur Marcus enseigne à l’université.
(Caltech Division of Chemistry and Chemical Engineering | Facebook), CC BY

Bibliographie abrégée : la persévérance avant la consécration

Né le 21 juillet 1923 à Montréal, au Canada, Marcus entreprend des études de chimie à l’Université McGill, où il obtient son doctorat en 1946.

En 1978, Marcus rejoint le California Institute of Technology, où il poursuivra le reste de sa carrière. Plus tôt, c’est pourtant le hasard d’une rencontre lors d’un congrès de l’American Chemical Society qui lui avait ouvert les portes de son premier poste universitaire, à l’Institut polytechnique de Brooklyn. Une anecdote qui rappelle qu’avant la reconnaissance se cache souvent une longue succession d’échecs : Marcus avait essuyé près de trente-cinq refus avant d’obtenir ce poste !

En 1992, Marcus reçoit seul le prix Nobel de chimie, alors que cette distinction était déjà le plus souvent partagée entre plusieurs chercheurs. Si cette récompense consacre l’importance exceptionnelle de ses travaux, certains estiment que d’autres pionniers auraient également mérité une telle reconnaissance. Parmi eux figure Revaz Dogonadze, chef de file de l’école soviétique du transfert d’électron.




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Rudolph A. Marcus s’est éteint le 16 juillet 2026, à Pasadena aux États-Unis, en Californie, à l’âge de 102 ans, proche de son 103e anniversaire.

Impact de la théorie de Marcus, de la chimie à la biologie

L’une des plus grandes réussites de la théorie de Marcus est sans doute d’avoir dépassé le cadre de la chimie. Initialement développée pour expliquer les réactions rédox en solution, elle s’est progressivement élargie à d’autres types de transfert d’électrons. Aujourd’hui, elle est utilisée pour comprendre des phénomènes aussi variés que la biologie, la corrosion des métaux, les cellules solaires, les batteries, ou encore les matériaux moléculaires.

Une réaction rédox est une réaction chimique qui correspond au cas précis d’un échange d’électron entre des molécules. La théorie du transfert d’électron de Marcus décrit justement comment un électron saute d’une molécule qui le possède à une autre qui peut le recevoir.

La théorie de Marcus est indispensable à certaines découvertes en biologie. Elle permet de comprendre comment les électrons circulent entre les protéines au cours de la photosynthèse, comment les cellules produisent leur énergie grâce à la respiration cellulaire, mais aussi comment fonctionnent de nombreuses enzymes impliquées dans les réactions rédox.

Par exemple, elle éclaire également les mécanismes moléculaires à l’origine des cycles rédox responsables de la toxicité de nombreux composés chimiques et médicaments.

Au-delà du vivant, l’une des prédictions les plus surprenantes de la théorie de Marcus est l’existence de la région inversée, longtemps considérée comme contre-intuitive. Cette zone inverse est fort utile en physique. La zone inverse de Marcus révèle qu’une réaction chimique possède une vitesse optimale, au-delà, elle peut ralentir malgré que les conditions soient plus favorables.

Cette prédiction paraissait si étonnante que de nombreux chercheurs la jugeaient irréaliste, c’était un peu comme annoncer qu’une résistance électrique pouvait devenir négative.

Ce n’est que plusieurs décennies plus tard que des expériences confirmèrent l’existence de cette région inversée de Marcus

Démonstration grand public de la célèbre équation de l’énergie de réorganisation

Au-delà de la zone inverse, l’une des contributions majeures de Marcus est le concept d’énergie de réorganisation. Faisons une expérience de pensée. Imaginons que nous puissions saisir une charge électrique entre nos doigts, un électron ou un ion, puis la déplacer lentement du vide vers un liquide.

Dans le vide, la charge crée autour d’elle un champ électrique, mais aucun atome, aucune molécule ne se déplace pour l’accueillir, car nous sommes dans le vide.

Dès que la charge pénètre dans le liquide, tout change. Les molécules environnantes ressentent son champ électrique. Elles tournent, se déplacent et s’ordonnent autour d’elle. Mais cette réorganisation n’est pas gratuite : elle demande une énergie de réorganisation.


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C’est précisément cette énergie que Marcus est parvenu à démontrer, en combinant les grandes lois de l’électrostatique avec les principes de la thermodynamique.

À contre-courant de son époque, alors que la révolution de la mécanique quantique transformait déjà la chimie théorique, Marcus choisit d’aborder le transfert d’électron sous un angle essentiellement électrostatique.




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L’élégance analytique à l’ère de l’intelligence artificielle

L’énergie de réorganisation de Marcus est née à une époque où un chercheur disposait essentiellement d’un stylo, de quelques feuilles de papier et d’une remarquable maîtrise des outils mathématiques.

La beauté de cette démarche ne résidait pas seulement dans le résultat final, mais dans le chemin qui y conduisait : une démonstration où chaque ligne découlait naturellement de la précédente, selon la logique implacable du raisonnement scientifique. « Soit A ; alors B. Si B est vrai, alors C. » Une succession d’étapes où les équations racontaient une histoire et révélaient les mécanismes cachés de la nature, qui se finissait par le fameux CQFD (ce qui fallait démontrer).

Le parcours de Marcus illustre une approche de la recherche devenue plus rare. Avant de chercher à publier, il a d’abord cherché à comprendre. Pendant plusieurs années, il s’est immergé dans les mathématiques et l’électrostatique, n’hésitant pas à interrompre ses propres recherches pour acquérir les outils théoriques qui lui manquaient. C’est cette culture scientifique patiemment construite qui lui permettra ensuite de révolutionner la compréhension du transfert d’électron.

Aujourd’hui, le paysage scientifique a profondément changé. L’intelligence artificielle permet souvent de prédire le comportement d’un système sans qu’une démonstration analytique complète soit nécessaire. L’objectif n’est plus toujours de trouver une équation élégante, mais d’exploiter d’immenses volumes de données pour construire des modèles capables de prédire.

Le départ de Marcus marque aussi, symboliquement, la disparition d’une génération de chercheurs pour qui la démonstration analytique constituait le cœur de la découverte scientifique. Une époque où la rigueur du raisonnement suffisait parfois à faire émerger une théorie appelée à transformer durablement notre compréhension du monde.

Marcus nous laisse une démonstration, mais à nous de préserver l’esprit du CQFD.

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Olivier Fontaine ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Décès de Rudolph Marcus : est-ce la fin des théories analytiques élégantes ? – https://theconversation.com/deces-de-rudolph-marcus-est-ce-la-fin-des-theories-analytiques-elegantes-288251

Il n’y a pas si longtemps, les grillons chantaient dans le métro parisien

Source: The Conversation – France (in French) – By Christophe Bouget, Chercheur en écologie, spécialiste des insectes, Inrae

Grillon domestique _Acheta domesticus_. Mani_raab/iNaturalist, CC BY-NC

Saviez-vous que tous les grillons étaient gauchers ? Et que, jusqu’à il y a peu, on entendait leurs stridulations dans les couloirs du métro parisien, avant que les grèves et le béton les en fassent disparaître ? C’est ce que nous apprend l’entomologiste Christophe Bouget dans le chapitre qu’il consacre à Paris, dans son ouvrage À hauteur d’insectes. Un tour de France naturaliste, récemment publié aux éditions Quae. Nous en reproduisons un extrait ci-dessous.


Le déclin du grillon dans le métro s’expliquerait par le remplacement du ballast (en pierre volcanique) par des poutres en béton et par les grèves des conducteurs.

Ces deux facteurs auraient fait chuter la température ambiante, alors que le grillon tolère mal un séjour en dessous de 30 °C ! Les grèves et les confinements l’auraient également privé de détritus alimentaires.

L’étonnante histoire des grillons du métro parisien, vidéo du Parisien.

Un insecte devenu commensal de l’humain

Le grillon domestique (Acheta domesticus, ndlr), originaire des steppes d’Afghanistan, est arrivé dans le sud de la France au Moyen Âge comme passager clandestin avec le commerce des épices. Il aurait ensuite été apporté à Paris au début du XXe siècle, caché dans des cageots de légumes.

Un grillon domestique au chaud sur un mur de pierre.
otto_r/iNaturalist, CC BY-SA

Pour survivre aux hivers du nord de la France, il s’est réfugié dans les bâtiments, en particulier près des fours à bois des boulangeries. Les mesures d’hygiène et les fours électriques l’ont ensuite obligé à dénicher d’autres gites : dans les chaufferies des sous-sols, les brasseries, les serres et sur les décharges de déchets, où la fermentation produit de la chaleur.

Il a aussi colonisé le ballast du métro, où la température grimpe à plus de 30 °C en raison des frottements des wagons sur les rails. Dans les couloirs souterrains, ses œufs profitaient aussi de l’humidité des canalisations et des infiltrations.




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Un éboueur du métro

À l’état sauvage, A. domesticus est herbivore, comme la plupart des grillons, mais il est aussi détritivore et peut consommer toutes les matières organiques tendres : insectes morts ou vivants, fruits, céréales et graines, feuilles… Grâce à son régime alimentaire omnivore et généraliste, il est capable de prospérer dans des conditions changeantes.

Dans les galeries de métro, comme un véritable éboueur naturel, il se nourrissait de détritus organiques, de miettes, de papiers gras, de brins de laine… voire de mégots (alors que la nicotine est réputée répulsive pour les insectes).

Un animal de compagnie chanteur et combattant

En Europe, le grillon est un animal domestique familier depuis des siècles, et son personnage est présent dans de nombreux contes et fables.

En Chine et au Japon, les grillons enfermés dans de petites cages de bambou, sont depuis très longtemps appréciés pour leur chant à l’intérieur des habitations.

Alors qu’un grillon sauvage vit moins de trois mois, il peut survivre un an en tant qu’animal de compagnie.

En Chine, le combat de grillons par catégorie de poids dans des arènes miniatures fait l’objet de paris non clandestins et très populaires depuis 2 000 ans.

Déjà largement répandu à travers le monde, et doté d’une grande capacité d’adaptation, le grillon domestique pourrait passer des environnements urbains vers les zones rurales en profitant du réchauffement climatique, qui maintient des conditions extérieures favorables toute l’année. En tant que consommateur de graines, il y représenterait une sérieuse menace pour les stocks de denrées séchées.

Il vit principalement le jour, pour bénéficier de températures plus élevées, mais il peut être actif en début et en fin de nuit s’il fait suffisamment chaud. Il vole très rarement et creuse des galeries dans le sol pour se protéger des oiseaux et des grenouilles, ses principaux prédateurs naturels.

Tous les grillons sont gauchers

Seul le mâle stridule, pendant des heures, pour attirer les femelles. Toute la surface de ses deux ailes antérieures durcies en élytres est adaptée à la stridulation. Chaque élytre porte une bande de dents formant une râpe (l’archet), et un grattoir épaissi (le plectre) sur le bord extérieur.

Même si les deux élytres ont les mêmes structures, tous les grillons sont « gauchers » : c’est le frottement de l’archet de l’élytre droit sur le plectre gauche qui produit un son. Lorsque l’entomologiste Jean-Henri Fabre a tenté d’inverser le recouvrement des élytres, le grillon les remettait systématiquement dans la configuration du gaucher ! La vibration produite est amplifiée par résonance sur deux grandes plages membraneuses de l’aile, la harpe et le miroir.

Le son dépend de la vitesse de frottement et du volume de l’espace maintenu entre l’aile et l’abdomen. L’intensité et la fréquence des impulsions sonores augmentent avec la taille du mâle au sein d’une population. La femelle, qui perçoit les vibrations grâce à une membrane de la cuticule localisée sur les tibias des pattes antérieures (le tympan), sait reconnaître les sons caractéristiques des grands mâles.

Entre stridulations et combats

Les femelles choisissent également leur partenaire en fonction de sa capacité à se battre. Lorsqu’un mâle viole les frontières du territoire d’un autre, le mâle autochtone émet un sifflement court et agressif. Si l’adversaire s’attarde, les mâles s’affrontent pour régler le droit de propriété. Le combat se déroule selon une séquence stéréotypée : escrime avec les antennes, prise de mandibules, coups de tête et coups de patte, lutte au corps à corps et morsures, jusqu’à la fuite du perdant. À la fin du combat, le vainqueur stridule un chant d’appel pour attirer les femelles.

Combat entre deux grillons mâles.

Lorsqu’une femelle s’approche et lui touche l’antenne, le mâle émet un chant de parade nuptiale. L’accouplement n’implique pas d’insémination interne. Le mâle dépose une ampoule gélatineuse de sperme (le spermatophore) à la base de la tarière de la femelle, qui capte cette petite capsule à l’aide de ses valves génitales. Le transfert du sperme dans ses voies génitales se fait lentement par diffusion. Au moyen de son ovipositeur incurvé, long de 12 mm et rigide, la femelle pond ensuite 1 500 œufs, individuellement ou en groupe, dans un sol humide.

Les larves ressemblent à des adultes miniatures, mais leurs ailes antérieures ne deviennent rigides qu’après la dernière mue, après trois mois de développement.

Dans le monde entier, A. domesticus est l’un des insectes les plus fréquemment élevés, pour l’alimentation des animaux insectivores, mais aussi de l’être humain. En Asie, de nombreuses espèces locales de grillons garnissent les assiettes. En Europe, depuis 2023, il est autorisé sous forme de farine dans les plats de consommation humaine.




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The Conversation

Christophe Bouget ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Il n’y a pas si longtemps, les grillons chantaient dans le métro parisien – https://theconversation.com/il-ny-a-pas-si-longtemps-les-grillons-chantaient-dans-le-metro-parisien-288142

De 1940 à 1944, quel véhicule roulait en l’absence de pétrole ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Hervé Joly, Directeur de recherche en histoire contemporaine, Université Lumière Lyon 2; Centre national de la recherche scientifique (CNRS)

Garage de bicyclettes aux portes de l’hippodrome de Longchamp, à Paris en juillet 1941. Bibliothèque historique de la ville de Paris, NN-013-07906-F, André Zucca, Fourni par l’auteur

L’invasion de la France en 1940 par l’Allemagne nazie et la constitution du régime de Vichy donnent un coup de frein à l’essor de l’industrie automobile. Entre restriction de pétrole, création d’autorisations pour circuler ou limitation de véhicules habilités, comment les Français et les Françaises se déplaçaient-ils durant l’Occupation ?


La France de 1938 ne comptait que 1,8 million de voitures particulières en circulation, contre 39,5 millions aujourd’hui. Avoir une automobile est alors un privilège rare, sans qu’il ne soit réservé aux catégories les plus favorisées. Il y a des voitures dans les campagnes les plus reculées ; des commerçants, des artisans voire des agriculteurs en possèdent. Elles jouent déjà, au côté des trains locaux ou des autocars, un rôle important pour la desserte et l’approvisionnement des territoires.

L’entrée en guerre en septembre 1939 entraîne des restrictions à la consommation de carburants pétroliers. Elle donne la priorité aux besoins de l’armée, mais la circulation d’une automobile privée reste libre.

La défaite de juin 1940 change la donne. La France métropolitaine se retrouve sans autres ressources pétrolières que ses stocks stratégiques, qui représentaient à peu près deux mois de consommation habituelle de carburants autos, et des rares contingents que l’Allemagne nazie, elle-même en pénurie, veut bien lui acheminer pendant quatre ans – essentiellement depuis la Roumanie, soit 3 à 4 % des consommations de 1938.

Dans un livre récemment paru, je montre l’impact considérable que ces pénuries ont eu sur les différents modes de transport, tous plus ou moins dépendants des carburants pétroliers. Nous nous intéresserons ici au cas de l’automobile.

Semblant de souveraineté nationale

Des mesures drastiques sont prises pour réduire la circulation automobile. Les Allemands le font dès les premières semaines dans leur zone d’occupation. Les autorités de Vichy, selon ce qui devient leur pratique habituelle, s’empressent d’emboîter le pas pour garder un semblant de souveraineté nationale en étendant les restrictions à l’ensemble du territoire.

Une « loi » (avec des guillemets dans la mesure où, comme toutes les lois de Vichy, elle n’a jamais été votée par aucune assemblée démocratique…) du 27 août 1940 soumet la circulation automobile à l’obtention d’une autorisation spéciale. Les seuls bénéficiaires en sont :

« Les véhicules strictement indispensables au fonctionnement des services publics ou d’intérêt public, des services du ravitaillement et des exploitations présentant un intérêt essentiel pour la vie du pays. »

Un arrêté du 29 août précise que cette restriction s’applique immédiatement aux véhicules automobiles circulant à l’essence ou au gasoil. Pour les véhicules ne relevant pas des services publics, les autorisations ne peuvent être données qu’à titre temporaire.

Usages strictement professionnels

Autorisation temporaire de circuler, département de la Dordogne, 9 septembre 1940.
Archives départementales de la Dordogne, 14J56, fonds du comité d’histoire de la Seconde Guerre mondiale., Fourni par l’auteur

Reste à cerner les « besoins essentiels ». Une circulaire les définit plutôt par défaut, en précisant tout ce qui n’en est pas. L’usage d’une autorisation de circuler est expressément exclu pour « effectuer un voyage touristique ou une promenade familiale, aller à la chasse ou à la pêche, se rendre au restaurant, au café, au théâtre, au cinéma, au terrain de sport, à tout lieu de distraction et de plaisir, se rendre aux offices du culte », mais aussi « pour aller de son domicile à son lieu de travail (sauf cas spéciaux autorisés) ».

L’idée est de ne réserver la circulation qu’à des usages strictement professionnels. Cela justifie des restrictions de jours ou d’horaires. Les autorisations accordées ne sont généralement pas valables le dimanche ou en soirée. Elles sont souvent attribuées pour un périmètre restreint, un arrondissement ou un département.

Dans une société qui entend renvoyer les femmes à la maison, circuler accompagné est, pour un homme, d’emblée perçu comme suspect. Malheur à ce fonctionnaire de Vichy qui se fait arrêter un soir à circuler sur une route de l’Allier avec sa secrétaire. Des débats sans fin animent les autorités préfectorales chargées d’attribuer les autorisations sur les professions qui ont véritablement besoin d’une autorisation. Ce ne serait pas le cas pour l’épicier détaillant livré par des grossistes.

Lettre de Paul Claudel au préfet de l’Isère, 4 mai 1942.
Archives départementales de l’Isère, 3S2/28, Fourni par l’auteur

De même pour un agent d’assurances ou un expert-comptable. En revanche, un charcutier peut y avoir droit s’il fait des tournées. Pour les notaires, les avocats ou les médecins, tout dépend de leur activité.

La circulation des taxis, interdite à Paris, est très restreinte en province, avec des contingentements en carburant et des usages limités à des nécessités avérées, personnes malades ou femmes enceintes. On rétablit, avec un succès limité, les fiacres ou on développe des vélo-taxis.

Un ratio de 173 véhicules pour 100 000 habitants

Ces restrictions générales tendent à se durcir au fil de la période. En 1943, un département n’a, en principe, droit qu’à 173 véhicules pour 100 000 habitants. On s’efforce d’en laisser plus ou moins un par commune, au maire ou à un professionnel, à charge pour lui d’assurer le ravitaillement ou les transports sanitaires d’urgence. Les préfectures croulent sous les demandes d’autorisations exceptionnelles pour tel ou tel déplacement plus ou moins justifié. Les services de gendarmerie multiplient les contrôles d’autant plus faciles que les routes sont désertes.

Vélos-taxis à la gare de Lyon, Paris, 1941.
Bibliothèque historique de la Ville de Paris, NN-013-08536-F, André Zucca, Fourni par l’auteur

Une restriction supplémentaire porte sur les cylindrées. Seuls les véhicules de moins de 14, puis de 12 chevaux, moins gourmands en carburant, peuvent en principe bénéficier d’une autorisation. Là encore, prestige de la fonction oblige, les dérogations sont légion. Le secrétaire d’État à la présidence du Conseil Jacques Benoist-Méchin a le droit de circuler avec sa Cadillac 33 CV. Le savant lyonnais Auguste Lumière, choyé par le régime, peut encore en 1944 utiliser sa Hotchkiss 18 CV.

Pas d’exception pour les véhicules électriques

Les restrictions à la circulation ne sont prévues au départ que pour les véhicules circulant aux carburants pétroliers. Ceux utilisant des carburants alternatifs, gaz de ville, gazogène ou au charbon de bois, ne sont pas concernés. Dès décembre 1940, ils sont soumis aux mêmes restrictions, dans la mesure où ils sont affectés par d’autres pénuries, de lubrifiants et de pneumatiques.

En revanche, les véhicules électriques bénéficient d’un sursis. Le début de l’Occupation est marqué par un engouement pour cette motorisation qui avait, dans les premiers temps de l’automobile, rivalisé avec le moteur à combustion, avant d’être abandonnée, pénalisée par sa faible autonomie.

La voiture électrique conçue par Pierre Faure.
Magazine « Pour elle », 4 septembre 1940, Fourni par l’auteur

De nombreux constructeurs lancent des prototypes ; des garages proposent des conversions de véhicules. Dès mars 1941, la circulation des automobiles électriques est soumise aux mêmes restrictions. Elles souffrent des pénuries communes aux autres véhicules, d’autant que les pneumatiques s’usent plus vite avec le poids des batteries au plomb.

En juillet 1942, toute fabrication de véhicules électriques, trop gourmande en matières premières, est interdite. Seules 700 voitures de tourisme sont mises en circulation, alors qu’on en espérait des milliers. Leurs piètres performances affectent durablement l’image de cette motorisation, qui entre ensuite dans plusieurs décennies de sommeil.




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Parenthèse vers le tout-automobile

Les restrictions croissantes à la circulation automobile ont beaucoup affecté son usage bourgeois. Finis les trajets protégés dans un habitacle protégé pour se rendre au bureau, sortir le dimanche à la campagne ou aller en vacances à la montagne ou sur la côte.

Toutes les catégories sociales en sont réduites à pédaler sur des bicyclettes qui souffrent également des pénuries de pneumatiques, à s’entasser dans des tramways électriques dans les villes où ils existent encore ou dans des trains d’autant plus bondés qu’il n’y a jamais eu, comme ce sera le cas pendant la crise sanitaire de 2020, de restrictions ou de priorités à leur utilisation. On se déplace toujours beaucoup, mais dans des conditions de plus en plus dégradées.

Emploi de l’expression « vol de vélo/bicyclette » dans le quotidien la Dépêche du Berry, 1935-1944.
Retronews, Fourni par l’auteur

Les restrictions de circulation ont eu des bienfaits, comme la réduction de la pollution urbaine ou de la mortalité routière, qui n’ont guère été perçus par les contemporains. L’engouement pour la bicyclette ou les transports en commun n’ont pas eu de prolongements après le retour, dans l’après-guerre, de l’abondance pétrolière.

Les services des Ponts et Chaussées continuent de voir l’avenir avec des routes de plus en plus consacrées à l’automobile et de plus en plus larges. La période est propice, à défaut de beaucoup de travaux réalisés, à prévoir déviations, voies rapides ou autoroutes. L’Occupation n’a été qu’une parenthèse vers le tout-automobile des Trente Glorieuses.

The Conversation

Hervé Joly ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. De 1940 à 1944, quel véhicule roulait en l’absence de pétrole ? – https://theconversation.com/de-1940-a-1944-quel-vehicule-roulait-en-labsence-de-petrole-283801

Dans l’Antiquité, les Grecs n’étaient pas tous bodybuildés !

Source: The Conversation – France (in French) – By Lydie Bodiou, Maîtresse de conférence en histoire ancienne, Université de Poitiers

Héraclès et Géras (personnification de la vieillesse). Pelikè (amphore dont la panse s’évase vers le bas) attique à figures rouges provenant de la nécropole de la Banditaccia (Italie), tombe 432, vers 480 avant notre ère, inv. 48238, Musée de la Villa Giulia, Rome. Photo : Lydie Bodiou , Fourni par l’auteur

Le corps tendu par l’effort, les muscles saillants sous une tension presque palpable, les membres proportionnés d’une harmonie parfaite, la statue du Discobole s’offre à l’admiration du visiteur du Musée national romain. Symbole de l’idéal esthétique grec, cette représentation de l’athlète incarne la beauté physique et morale, une perfection masculine longtemps pensée comme constitutive de l’Antiquité grecque.


L’image de l’athlète peuple aujourd’hui nos musées et nos films, éduque les regards dans les jeux vidéo, inspire les designers et les publicistes et façonne un imaginaire contemporain. Mais celui-ci n’est pas né au XXIᵉ siècle, il a traversé les siècles depuis l’Antiquité, construit dès le VIᵉ siècle avant notre ère.

Les cités grecques produisent des modèles normatifs masculins, ceux de leurs citoyens. Ces corps d’hommes libres se déclinent à l’envi dans le paysage des villes, dans les nécropoles et sur les places publiques avec la statuaire, dans l’intimité des maisons avec la céramique peinte, dans les écoles comme modèles de force et de courage à atteindre, glorifiés par la poésie d’Homère ou les odes de Pindare au banquet… Les citoyens doivent être conformés, maîtrisant leurs pulsions grâce à la philosophie, sans failles et sans peur, hâlés et musclés par l’exercice physique au grand air dans les gymnases et les palestres.




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Les hommes doivent répondre à des modèles éducatifs qui accompagnent et déterminent leur place dans la cité : la guerre, la politique et une grande partie de l’économie sont des domaines du masculin. Le petit garçon, puis le jeune homme, l’imaginaire nourri par les récits homériques, façonné par l’effort physique, s’éduque sous le regard de la communauté, familiale et civique. Entre admiration et injonction, compétition acharnée et moqueries pour ceux qui défaillent, un idéal se construit, celui des élites. Dès le VIᵉ siècle, il est fondé sur la kalokagathia, la « beauté-bonté » qui lie une forme de supériorité corporelle et morale réservée à une minorité.

Les travaux récents en histoire ancienne interrogent ce modèle mais s’intéressent aussi aux autres : les citoyens ordinaires, ceux contraints au travail laborieux (paysans, artisans, marchands), ceux vieillissants, pauvres ou blessés que les performances du corps excluent, ceux qui statutairement (esclaves, métèques, étrangers, Barbares) ne possèdent pas de droits politiques… Les approches en étude de genre, qui jusqu’alors étaient surtout tournées vers les femmes, éclairent désormais les masculinités plurielles, considérant aussi les hommes comme des êtres sexués.

Quand le corps est empêché

Dans la Grèce des cités, la masculinité idéale repose sur un corps fort, beau, maîtrisé, utile. Pourtant cette norme esthétique, politique et symbolique est pour beaucoup inatteignable. Certains parce qu’ils sont malades (physiquement ou mentalement), handicapés de naissance ou invalides de guerre, etc., ou d’autres plus ordinaires, s’en écartent simplement : leur corps ou leur condition ne répond pas aux canons de la perfection. Un soldat estropié ne peut plus combattre, un pauvre use sa vie au labeur, un artisan aux mains déformées peine à travailler, un fou brise les liens familiaux et sociaux.

Mendiant assis sur un rocher, figurine en bronze, IIIᵉ siècle avant notre ère, Berlin, Antikensammlung Museum, inv. 30894.1.

Les déficiences, les défaillances, les fragilités physiques ou psychologiques empêchent de remplir parfois certains devoirs de citoyen, de père de famille ou simplement d’homme, de répondre à la totalité des attentes que la société impose : nourrir sa famille en travaillant ou en dirigeant ses esclaves, remplir son devoir militaire quand on est mobilisable de 20 à 60 ans et que les guerres sont communes, prendre la parole dans les assemblées politiques, les repas en commun ou les fêtes de la cité, ces temps marquant de la vie communautaire. Ces figures de la vulnérabilité peuvent être brocardées au théâtre ou lors de procès, mais aussi accompagnées, prises en charge par les familles qui les soutiennent, parfois même assistées par les cités, comme les invalides de guerre qui touchent une indemnité.

Le corps empêché ou entravé incarne les limites d’un modèle où la force physique et la maîtrise de soi induisent des qualités et des valeurs morales. Entre contrôle et soin, la cité et le groupe familial entourent les hommes de toutes les attentions car ces vulnérabilités affichent une vérité gênante, celle d’une masculinité précaire. Tous les Grecs n’étaient pas de vaillants Achilles ou des Ulysses rusés et tous ne possèdent pas l’andreia, « la virilité », le « courage », cette qualité attendue d’eux. Pourtant, leur statut n’est pas remis en cause, ils demeurent citoyens, quelles que soient leurs failles.

Il n’y a donc pas une façon d’être homme en Grèce ancienne, mais une pluralité de masculinités, selon les époques, les cités, les statuts, les richesses, mais aussi selon les moments ou les accidents de la vie.

Quand le corps trahit

Si l’histoire de l’art a popularisé une image lissée des corps grecs, jeunes, « bodybuildés », harmonieux, d’autres figures masculines existent. L’espérance de vie, relativement courte, n’est pas celle de nos sociétés contemporaines, la guerre et la maladie y font des ravages. Les cités grecques comptent pourtant des personnes âgées et parfois de grands vieillards.

Leur place est ambiguë, entre sagesse du vécu et dépérissement des forces physiques. Certaines cités, comme Sparte ou Cyrène, valorisent ces hommes d’expérience en leur confiant des fonctions politiques de premier plan. Mais, plus souvent, la vieillesse est mal aimée et redoutée. Ses caractérisations en témoignent : elle est « pénible », « cruelle », « haïssable », elle est « l’antichambre de la mort ».

Homme chauve tenant une bourse discutant avec un jeune homme, fragment de kylix attique à figures rouges, 490-480 avant notre ère, MET NY, inv. 2011.604.6801.
Source : L. Bodiou, Fourni par l’auteur

La littérature antique évoque moins le mauvais caractère ou l’esprit ralenti que les transformations physiologiques et physiques : la calvitie et la canitie effacent la belle chevelure signe de force et de puissance, les rides remplacent le beau hâle acquis par l’effort au grand air, l’embonpoint ou l’émaciation altèrent la stature, la surdité, la vue affaiblie ou la voix éraillée entravent le quotidien, les tremblements ou la faiblesse rendent dépendants en limitant la capacité de travail.

Deux traits stigmatisants sont fréquemment cités : la perte des dents et l’impuissance. Le nombre de dents servirait même à donner l’âge d’un individu. Surtout, la perte des capacités sexuelles ébranle la place des hommes dans la société. Alors que la sexualité des épouses et des filles est scrutée pour garantir la légitimité des lignées, celle des hommes affirme leur domination sur les autres groupes sociaux : les jeunes garçons, les prostitués des deux sexes, les esclaves. Ne plus participer aux plaisirs d’Aphrodite, les aphrodisia, c’est perdre un peu de sa masculinité.

Les vieillards ne sont pas les seuls à incarner la faillite de la virilité triomphante. La laideur souvent utilisée en contrepoint pour exalter les modèles héroïques apparaît déjà lors de la guerre de Troie opposant des héros, grands, beaux, forts et véloces. Thersite, un simple soldat en est l’exemple frappant : il n’hésite pas attaquer les décisions des rois et à les injurier. Homère en dresse un portrait physique et moral sans concession : « le plus laid qui soit venu sous Ilion » louche, boite, a les épaules voûtées, les cheveux rares, la voix aiguë.

Le sort qui lui est réservé montre le regard porté sur les laids dans les cités : la moquerie des héros dégénère en violence et en coups. Avec constance, au fil des siècles, les sources s’inspirent de cette description homérique. Si hommes et femmes sont également marqués par la laideur, celle-ci sert surtout à souligner des failles morales. Esthétique et éthique sont ici particulièrement liées. Une exception notable : le philosophe Socrate. Son physique reconnaissable (yeux obliques et globuleux, nez camus et narines retroussées, lèvres épaisses, « bouche plus vilaine que celle d’un âne », front dégarni), évoque celui d’un silène. Il invite alors à la réflexion : il ne faut pas s’attacher à ce que l’on perçoit en apparence, mais s’ouvrir à la philosophie.

En Grèce ancienne, le corps d’un homme est le baromètre de la vie sur lequel repose la destinée comme la réputation. Longtemps pensé au travers de quelques critères normatifs, il a forgé des modèles masculins dont nos sociétés seraient les héritières. Beau, jeune, fort, entraîné et performant, le corps du citoyen est avant tout utile : il combat, gère la politique et protège sa famille.

Cette masculinité s’affirme autant par sa domination sur les femmes que par son opposition à d’autres hommes : les pauvres, les vaincus, les malades, les vieillards, les laids, etc., tous les perdants de la cité, mais aussi les citoyens ordinaires, ceux qui ne font pas parler d’eux et échappent grandement aux approches historiennes.


Lydie Bodiou et Véronique Mehl ont dirigé le Dictionnaire des masculinités en Grèce ancienne, paru aux éditions PUR.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

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Les robots agricoles annoncent-ils vraiment une nouvelle révolution ?

Source: The Conversation – France in French (2) – By Mohammad Naim, Doctoral Researcher, Université de Technologie de Compiègne (UTC); UniLaSalle

Dans une parcelle de salades, un robot de désherbage autonome avance entre les rangs. Grâce à ses capteurs embarqués, il identifie les mauvaises herbes au plus près des cultures et les élimine, plante par plante. Là où les agriculteurs recourent traditionnellement aux herbicides ou à un désherbage manuel coûteux en main-d’œuvre, la machine intervient avec rapidité et précision. Cette technologie annonce-t-elle une nouvelle étape vers une agriculture plus agroécologique ? Voici quelques éléments de réponse.


Les robots attirent aujourd’hui tous les regards dans les salons agricoles. Ils incarnent une promesse séduisante : moins de pénibilité, moins d’intrants (herbicides, pesticides, engrais…), plus de précision, davantage de données et, peut-être, une agriculture agroécologique et plus durable.

Mais cette démonstration technologique laisse une question essentielle en suspens : qu’est-ce qui pousse réellement les agriculteurs à adopter ces machines et les déployer dans leurs exploitations agricoles ?

Des robots au service de l’agroécologie ?

Un robot agricole n’est pas une simple machine motorisée. Il « voit », se déplace, mesure et agit, souvent sans intervention humaine directe. Grâce à des capteurs et des algorithmes, il peut reconnaître des plantes, se repérer dans une parcelle et intervenir de façon ciblée.

Cette capacité à combiner perception, décision et action le distingue des machines agricoles classiques. Ce n’est plus seulement un outil exécutant une tâche, mais un système connecté qui alimente et mobilise des bases de données, souvent hébergées sur des plates-formes numériques ou dans le cloud, et qui s’insère ainsi dans l’organisation du travail agricole.

Par ailleurs la robotique agricole est régulièrement présentée comme un levier de transition agroécologique. En permettant des interventions plus précises, ces machines peuvent réduire l’usage des intrants, limiter les passages d’engins lourds et favoriser des pratiques agricoles plus fines. Elles sont ainsi susceptibles de contribuer à plusieurs principes de l’agroécologie, notamment la santé des sols, la biodiversité, les synergies entre opérations agricoles et, dans une moindre mesure, le recyclage (utilisation des ressources renouvelables).

Robot Orio de Naïo Technologies, équipé d’une bineuse pour le désherbage mécanique des cultures en rangs.
Mohammad Naim, Fourni par l’auteur

Le désherbage sélectif est l’exemple le plus visible. Plutôt que de traiter toute une surface, le robot intervient au plus près de chaque plante, soit mécaniquement, soit par pulvérisation ciblée, soit encore par traitement thermique de la mauvaise herbe. Cette précision permet de limiter les intrants chimiques ainsi que les risques de transfert vers l’environnement.

Les robots plus légers peuvent également limiter le tassement des sols, un problème majeur lié au passage répété d’engins lourds. Des machines de petite taille, comme certains robots semeurs, peuvent être déployées en flotte sur une même parcelle, répartissant ainsi les charges au lieu de les concentrer.

L’intérêt des robots agricoles ne se limite pas à l’automatisation des opérations culturales. En observant régulièrement les parcelles, les robots peuvent aider à mieux ajuster les interventions. Ils sont en mesure de repérer des zones de stress hydrique, de détecter certaines maladies, de suivre la croissance des cultures et de fournir des informations utiles à la décision. Déployés à grande échelle, ils pourraient ainsi contribuer à la mise en place de véritables réseaux de surveillance agronomique, capables de signaler rapidement certaines anomalies et d’améliorer le suivi des cultures.

Mais sur le terrain, la prudence s’impose. La plupart des robots actuels restent conçus pour des environnements relativement simples : rangs réguliers, cultures homogènes, parcelles bien structurées. Or l’agroécologie repose précisément sur la diversité : rotations longues, associations de cultures, agroforesterie, haies, couverts végétaux, paysages plus hétérogènes. Dans ces conditions, un robot performant en monoculture bien alignée peut rapidement montrer ses limites dans des systèmes plus complexes.

Ce que disent les enquêtes auprès des agriculteurs

Pour mieux comprendre ce qui pousse les agriculteurs à s’équiper en robots agricoles, notre unité de recherche InTerACT a mené une enquête auprès de 281 agriculteurs. Notre analyse, issue des sciences agronomiques et humaines, visait à évaluer le rôle des perceptions des agriculteurs et de leur environnement social dans la décision d’adopter, ou non, ces technologies.

Le principal enseignement est clair : les agriculteurs n’adoptent pas un robot parce qu’il est « futuriste », mais parce qu’ils le jugent utile. Cette utilité perçue repose sur des critères très concrets : la capacité du robot à réaliser correctement une tâche, la qualité du travail produit et la possibilité d’en observer les bénéfices dans la pratique.

Autrement dit, il ne s’agit pas de disposer d’une machine qui “incarne l’innovation”, mais d’un outil efficace. Les agriculteurs veulent savoir par exemple si le robot désherbe bien, s’il fait gagner du temps, s’il réduit les coûts, s’il est fiable et si l’investissement est rentable.

La facilité d’usage joue également un rôle, mais elle reste secondaire : une interface simple ne compense pas une machine mal adaptée aux réalités du terrain. L’influence sociale existe aussi, mais de façon limitée : l’intérêt des pairs ou des conseillers peut susciter de la curiosité, sans suffire à modifier l’évaluation de l’utilité. Donc moins d’importance de l’effet « tracteur neuf » (l’enthousiasme suscité par l’arrivée d’un nouvel équipement qui fait que les utilisateurs sont généralement plus enclins à l’utiliser, à s’y intéresser et à en valoriser les bénéfices).

Robot AIGRO UP de la marque Aigro, équipé d’un plateau de tonte pour l’entretien des interrangs viticoles.
Mohammad Naim, Fourni par l’auteur

Les enquêtes montrent également que l’adoption des robots ne se fait pas par hasard. Elle varie selon les systèmes de production, le niveau d’éducation et la structure des exploitations. Les grandes cultures et certaines productions spécialisées, plus mécanisables, se montrent plus favorables, tout comme les exploitations sociétaires ou collectives, souvent mieux dotées en capital. L’âge et l’expérience jouent, en revanche, un rôle plus limité.

Ce constat renvoie à un enjeu central : la robotique agricole n’est pas seulement une question technique, mais aussi une question d’accès. Si ces équipements restent principalement adoptés par les exploitations les mieux capitalisées, la « révolution agroécologique » annoncée risque surtout d’amplifier les écarts existants.

Des machines encore limitées

Les robots agricoles progressent rapidement, mais ils se heurtent encore à plusieurs limites. La première est technique : un champ est un environnement complexe et changeant. Il y a de la boue, des cailloux, des pentes, des plantes irrégulières et de nombreux imprévus. Dans ces conditions, faire fonctionner une machine autonome de façon fiable reste un défi.

La seconde limite est économique. Les robots sont encore coûteux, souvent entre 50 000 et 300 000 dollars (soit entre 43 300 et 260 000 euros), auxquels s’ajoutent la maintenance, la formation et les risques de panne. Même s’ils peuvent permettre des économies sur le long terme (diminution des besoins en travail manuel, d’une utilisation plus précise des ressources et d’une meilleure efficacité des opérations agricoles), l’investissement reste important et risqué pour de nombreuses exploitations. Le coût constitue actuellement un frein à l’adoption, mais son importance doit être relativisée, car les effets d’apprentissage et d’échelle liés à la diffusion de la technologie pourraient entraîner une diminution progressive des coûts unitaires.

La troisième limite concerne l’organisation du travail. Adopter un robot, ce n’est pas seulement acheter une machine : c’est aussi changer ses habitudes, ses calendriers et ses compétences. Cela pose aussi des questions nouvelles, notamment sur l’utilisation des données produites et sur la dépendance éventuelle à des fabricants ou à des logiciels propriétaires.

Enfin, il existe une dimension plus politique. Pour que la robotique s’insère réellement dans les systèmes agricoles, notamment les plus durables, elle doit s’accompagner de démonstrations en conditions réelles, de formations, de solutions collectives, de services de maintenance territorialisés et d’une implication des agriculteurs dans sa conception.

Vers une agriculture plus humaine ou plus automatisée ?

La question n’est pas tant de savoir si les robots remplaceront les agriculteurs, une idée qui relève davantage de la fiction que de la réalité, que de comprendre quel type d’agriculture ils contribuent à façonner.

Selon les conditions de leur développement, deux trajectoires se dessinent. Dans un premier scénario, les robots prolongent les logiques de l’agriculture industrielle : agrandissement des surfaces, standardisation des pratiques, captation des données et dépendance accrue à des systèmes techniques.

Dans un autre, ils peuvent devenir des outils au service de systèmes plus diversifiés, plus précis et moins pénibles, en accompagnant des pratiques plus fines et plus écologiques.

Des pistes alternatives émergent : robots partagés à plusieurs, flottes coopératives, outils open source ou dispositifs adaptés à des systèmes plus complexes. Mais ces trajectoires restent encore minoritaires.

Cette perspective reste toutefois conditionnelle. Le potentiel agroécologique des robots agricoles ne découle pas de la technologie elle-même, mais des modalités de son intégration dans les systèmes de production. Selon les contextes et les finalités poursuivies, ces technologies peuvent soutenir la réduction des intrants et une meilleure mobilisation des processus écologiques, ou répondre principalement à des objectifs d’efficacité technico-économique. Elles peuvent également transformer l’organisation du travail, redistribuer les compétences et générer de nouvelles dépendances aux infrastructures numériques et aux acteurs qui les contrôlent.

Une révolution, à condition de choisir son cap

Les robots agricoles annoncent peut-être une nouvelle révolution agricole. Mais une révolution ne se mesure pas au nombre de capteurs embarqués. Elle se mesure à ce qu’elle transforme réellement : le travail, les sols, les dépendances économiques, la biodiversité, l’autonomie des agriculteurs, et, avant tout, sa capacité à générer une agriculture durable.

Pour l’instant, les robots sont moins une rupture qu’un carrefour. Ils peuvent aider à construire une agriculture plus agroécologique et durable, mais seulement si leur diffusion est pensée avec les agriculteurs, et pas seulement pour eux. Le robot, c’est aussi du métal, du plastique, des métaux rares, etc. Comment intégrer cela, comment recycler, limiter l’obsolescence, si un jour ce modèle s’imposait pour toute l’agriculture ?

The Conversation

Mohammad Naim a reçu des financements de l’Agence nationale de la recherche (ANR) dans le cadre du projet NINSAR, au titre de France 2030 (subvention n° ANR-22-PEAE-0007). Une licence publique Creative Commons CC BY a été appliquée au présent document et le sera à toutes les versions ultérieures, conformément aux conditions de libre accès associées à cette subvention.

Loïc Sauvée et Quentin Bordier ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. Les robots agricoles annoncent-ils vraiment une nouvelle révolution ? – https://theconversation.com/les-robots-agricoles-annoncent-ils-vraiment-une-nouvelle-revolution-286606