¿Qué pasaría si la Tierra dejara de girar?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio Ballesta Claver, Profesor Titular de didáctica de las ciencias experimentales, Universidad de Granada

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Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por Ella, de 15 años, del IES Miguel de Cervantes (Granada)


Te subes en un autobús y notas cómo te balanceas cuando el conductor acelera, frena o toma una curva… y dices en voz alta: “¿No hay forma de estar aquí quieto?”. ¿Y es que acaso crees que vives en un planeta que no se mueve?

Parece mentira, pero vivimos sobre un auténtico bólido. Los días y las noches se suceden no porque el Sol se mueva alrededor de la Tierra, sino porque nuestro planeta gira sobre sí mismo a una velocidad de hasta 1600 km/h.

Es cierto que no notamos que nuestro planeta gira. Eso ocurre porque siempre viajamos a la misma velocidad. Es como estar dentro de un tren con raíles nuevos: si las ventanillas estuvieran tapadas, podrías caminar por él sin dificultad y apenas notarías que se está moviendo, salvo por el sonido del traqueteo del tren. Solo percibimos el movimiento cuando cambia. ¿Increíble, no?

¿Y si la Tierra se detuviera de golpe?

Imaginémonos que ese tren parara en seco. Sin quererlo, haríamos una visita forzosa al conductor desde nuestro asiento, ya que seguiríamos avanzando a la velocidad del tren. Este fenómeno fue descrito por el científico italiano del siglo XVII Galileo Galilei y, más tarde, formulado por Isaac Newton en su primera ley: la inercia, o sea, la tendencia de los cuerpos a mantener su estado de movimiento si nada los frena o acelera.

Ley de inercia en acción.
Casilda Pardo / Wikimedia Commons., CC BY

Si la rotación terrestre se detuviera de golpe, las personas, árboles, edificios y océanos que hay sobre ella seguirían moviéndose por inercia hacia la orientación del sentido de giro, hacia el este, a más de mil kilómetros por hora. A esa velocidad, podrías recorrer la distancia entre Huelva y Sevilla, por ejemplo, ¡en apenas tres minutos!

¿Cómo quedarían el día y la noche?

El planeta quedaría dividido en dos hemisferios, no existiendo alternancia entre el día y la noche. Mientras un hemisferio quedaría permanentemente iluminado por un Sol inmóvil, dando con ello un día eterno y abrasador, el otro estaría sumido en una noche perpetua, extremadamente fría. No habría amaneceres ni atardeceres, solo una franja estrecha de transición entre ambos.

Una región de formación estelar en la Gran Nube de Magallanes.
ESA / Hubble., CC BY

El cielo nocturno también cambiaría y sería mucho más aburrido. Normalmente, las estrellas parecen moverse por el cielo porque la Tierra gira sobre sí misma. Sin ese movimiento, las estrellas quedarían fijas en el firmamento. En el hemisferio nocturno –el único desde el que podrían observarse–, el calendario del zodíaco perdería su sentido, ya que siempre veríamos las mismas constelaciones, como si todos fuéramos Libra o Acuario, según el momento en que la Tierra se detuviera.

Los planetas tampoco cruzarían el cielo cada noche. Sin embargo, sí se percibiría un lento desplazamiento de un día para otro sobre un fondo de estrellas inmóviles, mostrando por fin la Tierra su movimiento real alrededor del Sol.

¿Qué ocurriría con la atmósfera y los océanos?

Mientras el aire seguiría moviéndose como hace hoy, hacia el este y a más de mil kilómetros por hora (formando un muro de viento devastador a su paso), los océanos generarían olas gigantescas a escala planetaria, similares a las que aparecen en el planeta Miller de la película Interstellar (2014). Avanzarían sobre los continentes como tsunamis.

Incluso, la gravedad cambiaría ligeramente: al dejar de girar, pesaríamos un poco más que ahora.

¿Cómo mediríamos el tiempo en una Tierra inmóvil?

Sin amaneceres ni atardeceres, el día de 24 horas dejaría de tener sentido y el tiempo tendría que medirse con relojes artificiales.

Quedarían alterados, de paso, nuestros ritmos biológicos. En un mundo sin rotación, el sueño, la atención y el estado de ánimo se desajustarían profundamente. Solo podríamos adaptarnos creando entornos artificiales de luz y oscuridad para seguir adelante.

¿Podríamos vivir en una Tierra que no gira?

A más largo plazo, a lo largo de millones de años, el campo magnético del planeta se debilitaría. Este campo nos protege del viento solar o radiaciones dañinas del espacio gracias al movimiento del hierro líquido existente en el núcleo terrestre. Sin rotación, ese escudo perdería eficacia y la radiación del Sol y del espacio afectarían a todo el planeta, especialmente a los seres vivos. Dañarían nuestro ADN y aumentaría el riesgo de enfermedades.

Por si fuera poco, en el hemisferio iluminado, las temperaturas extremas y la radiación constante del Sol harían muy difícil la vida, al evaporar el agua y alterar gravemente la atmósfera.

En el hemisferio nocturno, esa radiación podría manifestarse en auroras mucho más frecuentes y visibles fuera de las regiones polares. Como indica Cixin Liu en su cuento La Tierra errante, este hemisferio sería muy frío, tanto que el oxígeno y el nitrógeno se solidificarían en la superficie.

Así que ya sabes: la próxima vez que veas un amanecer, recuerda lo importante del movimiento invisible de nuestra Tierra. Gracias a él son posibles el día y la noche continuos, el clima, el tiempo y toda la vida que conocemos.


El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Julio Ballesta Claver no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué pasaría si la Tierra dejara de girar? – https://theconversation.com/que-pasaria-si-la-tierra-dejara-de-girar-275135

‘El Mencho’ y la cortina de humo que oculta el norte: tráfico de armas, lavado de dinero y caso Epstein

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Karina G. García Reyes, Profesora Investigadora del departamento de Criminología de la UWE Bristol, University of the West of England

Me sumo a los análisis críticos de colegas mexicanos que nos recuerdan que la ola de violencia que se vivió en México el 22 de febrero 2026 en la captura de El Mencho no es novedad. Situaciones similares se han vivido recientemente en el país. En 2024, con El Mayo Zambada y, en 2016, con Joaquín el Chapo Guzmán. Y si nos vamos más atrás encontraríamos al menos tres casos más desde los 2000.

Desde la academia hemos repetido hasta el cansancio que la estrategia de “descabezar los cárteles” no sólo no funciona para detener el tráfico de drogas ilegales, sino que genera a corto y largo plazo consecuencias negativas para la sociedad. Especialmente para los grupos más vulnerables: los negocios y emprendedores locales, niños y jóvenes de escasos recursos en los estados más afectados por el narcotráfico.

La narrativa falaz de Estados Unidos de que unos cuantos narcos “poderosos” en México son los responsables y mentes maestras de negocios multimillonarios de alcances internacionales, sigue marcando el rumbo de la estrategia de seguridad en países como México.

El refrito de una película ya vista

El resultado es consistentemente negativo. Lo único que cambian son los nombres de los narcos caídos o encarcelados, los estados donde se dan los enfrentamientos y los nombres de quienes gobiernan el país. Fuera de estas variables, el arresto de El Mencho pareciera un refrito de una película ya muy vista.

El paso lógico para quienes nos ocupamos de temas de seguridad y violencia de narcotráfico en México es preguntarnos los posibles escenarios después del “triunfo”, al menos simbólico, del Gobierno de México al detener, aunque sin vida, a uno de los narcotraficantes más peligrosos en el país.

A pocos días de este evento repentino, la oferta de análisis crítico y sobre las consecuencias de la caída de El Mencho es abundante, precisamente porque lamentablemente es un patrón recurrente.

A través de mi investigación intento identificar la lógica de la violencia del narcotráfico desde diferentes ángulos, incluyendo diferentes voces. Desde esta trinchera analítica, he podido también identificar los mitos de la guerra contra el narcotráfico producidos en Estados Unidos, y reproducidos en México, que desde mi punto de vista son los que impiden que este país realmente avance en temas de seguridad.

Tres claves para el análisis crítico

En esta ocasión me gustaría reflexionar en tres temas que no podemos dejar fuera de un análisis crítico.

1. En México tenemos que dejar de reproducir el discurso del narco todopoderoso creado en Estados Unidos. Este mito tiene una función importante en nuestro país vecino. El narco mexicano, o colombiano o de cualquier país menos de Estados Unidos, es el “enemigo” necesario para justificar la guerra contra el narcotráfico.

Si bien es cierto que el crimen organizado en México, el cual sin duda incluye empresarios y figuras políticas, tiene un gran poder el país, también es cierto que su influencia termina en la frontera norte.

Los verdaderos líderes del narcotráfico no están en México o en países del Sur Global, están en el norte, en países como Estados Unidos y Reino Unido donde las ganancias del crimen organizado se pueden lavar y administrar fácilmente porque justo son estos países quienes ponen las reglas del juego. Y evidentemente las reglas están a su favor.

2. Ligado al punto anterior, hay que recordar que la guerra contra las drogas tiene objetivos económicos y políticos para Estados Unidos como gobierno, pero también para sus empresarios. Este es el caso de la industria armamentística. Desde la academia no podemos dejar de señalar la hipocresía y las contradicciones del Gobierno estadounidense. Por un lado, nos exigen controlar el crimen organizado, pero por el otro lado se niegan a legislar para que las armas que son producidas y vendidas de manera legal en su país no lleguen a manos de criminales en México.

La violencia de la lucha contra las drogas y los muertos los pone México, mientras que las armas las pone Estados Unidos. Frente a la constante negativa de Estados Unidos de diseñar leyes y políticas para combatir el lavado de dinero, y su negativa a implementar estrategias que prevengan el tráfico de armas hacia México, resulta problemático que desde la academia sigamos reproduciendo el discurso de que Estados Unidos realmente busca combatir el crimen organizado. Si hay algo que ha dejado bien en claro Estados Unidos en los últimos años es que su única prioridad es proteger los intereses del país y en particular el de sus ciudadanos más poderosos.

3. No podemos dejar de resaltar el hecho de que esta detención se da justo después de una noticia que sí podemos calificar como sin precedentes en la historia contemporánea: la detención del expríncipe Andrés bajo sospecha de mala conducta en un cargo público en Inglaterra. Los cuestionamientos hacia el Gobierno de Trump sobre la poca o nula rendición de cuentas por parte de los implicados en el caso de red de tráfico de menores de Jeffrey Epstein en Estados Unidos ponen de manifiesto, una vez más, la hipocresía y la falta de transparencia de la administración Trump.

¿Qué conexión tiene este tema con la detención de El Mencho en México? En apariencia ninguna, pero desde la reflexión académica sirve para cuestionar si esto fue orquestado como una cortina de humo para distraer la atención internacional del caso Epstein y su conexión con Trump y otros líderes políticos y empresariales en Estados Unidos.

Eduardo Guerrero, uno de los analistas más importantes en temas de seguridad en México, comentó que la detención de El Mencho le tomó por sorpresa. Y si tomamos en cuenta que la inteligencia necesaria para el operativo del fin de semana vino de Estados Unidos, no resulta descabellado hacer la correlación de eventos.

Más de lo mismo

Los siguientes meses se encargarán de confirmar las predicciones de mis colegas. Habrá enfrentamientos en algunas zonas del país. Lamentablemente, habrá más homicidios y violencia ligada al reajuste de poderes regionales. Sin embargo, como ya se ha visto, las drogas seguirán cruzando la frontera, El Mencho será sustituido, algunos grupos y células del crimen organizado desaparecerán y otros surgirán, pero al final, es más de lo mismo.

Termino con la reflexión con la que empiezo mi libro Morir es un alivio. ¿Cómo es posible que a nivel internacional tengamos una guerra contra las drogas? Ello cuando la evidencia científica y académica es apabullante en señalar que es una estrategia fallida y que genera mucha más violencia del potencial daño que nos busca proteger. ¿Cómo permitimos que una política fallida eclipse los titulares, mientras vemos en tiempo real como el Gobierno de Estados Unidos protege a pedófilos, verdaderos señores y amos del crimen organizado?

The Conversation

Karina G. García Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘El Mencho’ y la cortina de humo que oculta el norte: tráfico de armas, lavado de dinero y caso Epstein – https://theconversation.com/el-mencho-y-la-cortina-de-humo-que-oculta-el-norte-trafico-de-armas-lavado-de-dinero-y-caso-epstein-276889

De Caracas a Teherán: la diplomacia de Trump y su impacto en los mercados de hidrocarburos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eszter Wirth, Profesora de Economía Internacional (ICADE), Universidad Pontificia Comillas

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A principios de 2026 el petróleo cotizaba a 60 dólares por barril, su nivel más bajo en los últimos cuatro años, en medio de expectativas de precios a la baja y un aparente exceso de oferta mundial. Las expectativas de que la intervención estadounidense en Venezuela impulsara la extracción contuvieron los precios, que ni siquiera los esfuerzos de la OPEP+ lograron elevar. Sin embargo, en las últimas semanas el barril ha alcanzado los 70 dólares, reflejando las nuevas tensiones en Oriente Medio.

¿’Déjà vu’ de enero?

La amenaza de Donald Trump de escalar el conflicto militar con Irán ha adquirido en las últimas semanas un tono cada vez más agresivo. Los despliegues navales y aéreos en Oriente Medio recuerdan a las movilizaciones de Washington en Venezuela del pasado enero y al despliegue ruso en la frontera ucraniana hace cuatro años. Una vez que están movilizados equipos y buques, retirarlos sin entrar en combate resulta políticamente costoso, con el riesgo de que la amenaza pierda credibilidad si no desemboca en acciones.

Mientras tanto, las negociaciones entre las autoridades estadounidenses e iraníes en Ginebra sobre el enriquecimiento de uranio siguen estancadas. Los dirigentes iraníes se mantienen firmes y rechazan concesiones significativas, posponiendo cualquier avance.

Queda la incógnita de cómo se desarrollaría una posible intervención estadounidense. La retórica de Trump y el intenso despliegue militar sugieren que su estrategia sería derrocar al régimen de Teherán y ejercer una presión máxima similar a la observada en Venezuela, sustituyendo al líder supremo Ali Khamenei por una figura que esté dispuesta a seguir las órdenes de la Casa Blanca.

El estrecho de Ormuz, epicentro del riesgo… otra vez

Las tensiones entre Trump e Irán se han trasladado inmediatamente a los mercados energéticos a través de la “prima de riesgo geopolítico”, el sobrecoste financiero generado por la inestabilidad y las tensiones.

Un elemento clave es el estrecho de Ormuz: cualquier riesgo de conflicto en la región genera una prima de riesgo porque por ese paso transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial, proveniente de los grandes exportadores del Golfo –Arabia Saudí, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos– y una cuarta parte del gas natural licuado (GNL), mayormente procedente de Catar.

Aunque un conflicto armado podría interrumpir el comercio en el estrecho de forma parcial –de hecho, Irán anunció la semana pasada su cierre temporal para la realización de ejercicios militares–, un cierre total y prolongado de Ormuz es poco probable, tanto por razones militares como económicas. Geográficamente, el estrecho es relativamente ancho y sus rutas de navegación se encuentran en aguas de Irán y Omán, no es un cuello de botella estrechísimo que se pueda bloquear con un par de barcos.

Además, el bloqueo prolongado significaría un suicidio económico para Irán. Su economía depende en gran medida del tránsito libre de mercancías, hidrocarburíferas y no hidrocarburíferas, a través del estrecho. Aunque el país envía al exterior cerca de 23 millones de toneladas de trigo al año, también necesita importar grandes volúmenes de productos agrícolas para abastecer su mercado interno. En caso de cierre, se dispararía el precio del petróleo, pero también devastaría sus ingresos y podría arrastrar a más países vecinos.

En el mercado de gas natural el impacto es más indirecto, pero igualmente relevante. Irán es un productor importante y comparte con Catar el mayor yacimiento del mundo. Las sanciones o posibles daños en sus infraestructuras podrían tensionar el mercado regional y reducir la oferta de GNL, afectando a Europa y Asia. Además, al ser el petróleo y el gas bienes sustitutivos, un repunte del petróleo suele incrementar también la cotización del gas.

El precio del gas natural de referencia en Estados Unidos (Henry Hub) ha registrado gran volatilidad en 2026, en parte debido a la ola de frío que azota al país. En el TTF neerlandés, el mercado gasista de referencia para Europa, el gas subió esta semana de los 29 € por megavatio hora a 33,5 €.

¿Estará Trump tensando la cuerda más de lo que le conviene?

Un bloqueo del estrecho, aunque fuera breve, encarecería el petróleo y crearía una espiral inflacionista global, incluida la de EE. UU. Dicho escenario sería incompatible con la prioridad de Trump de aliviar el alza de precios antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato para retener el máximo de escaños para los republicanos.

Sin embargo, la lógica política puede ser más compleja: la Casa Blanca podría confiar en que el shock fuese breve, liberando reservas estratégicas o pidiendo aumentos de producción a países aliados. Trump incluso podría confiar en que el coste económico fuese compensado por una política exterior exitosa. El problema es que los mercados hidrocarburíferos tienden a reaccionar con rapidez y a corregirse con lentitud, de modo que incluso una interrupción corta puede dejar efectos persistentes en las expectativas y precios.

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Eszter Wirth no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Caracas a Teherán: la diplomacia de Trump y su impacto en los mercados de hidrocarburos – https://theconversation.com/de-caracas-a-teheran-la-diplomacia-de-trump-y-su-impacto-en-los-mercados-de-hidrocarburos-276683

De licántropos y nahuales a ‘furros’ y ‘therians’: la identidad humana siempre fue un poco animal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fabian Acosta Rico, Doctor en Antropología Social , Universidad de Guadalajara

El término completo en inglés para therians es therianthropic, que en su desglose etimológico significa animal salvaje (therion) y hombre (anthrōpos). El hombre animal o bestial, así sería su definición literal.

No es tan nuevo. Nos recuerda a Mowgli, el niño lobezno de El libro de la selva, o a Tarzán, el hombre mono. Personajes de la literatura, las historietas anglosajonas y el cine. Y he aquí, en los therians, a sus nuevos y contemporáneos reinventores.

Esta idea persistió en el mito de los licántropos u hombres lobos. Más que seres malignos, estos fungían como guardianes de los bosques.

En tiempos más arcaicos y culturas animistas se creía en la igualdad espiritual entre bestias, plantas, hombres y cualquier otra manifestación de la naturaleza. El nahual, conectado con el animal totémico de la tribu, podía, simbólicamente, romper su forma humana y transformarse chamánicamente en el oso, el cuervo, el lobo o el ciervo. Todo ello envuelto en la sacralidad.

Sobre el tema se puede revisar la obra clásica de Mircea Eliade: El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis.

Mito y envidia del animal

El movimiento therian no se remonta directamente a estas épocas. Pero si es una reminiscencia de esa ancestral conexión, mezclada con algo de la envidia que ha sentido el hombre por el animal.

Lo vemos en el mito de Epimeteo, el titán que, por encomienda de Zeus, repartió todos los dones a los animales de la creación. El último en la fila, el hombre, no recibió nada. Ni garras afiladas, ni alas, ni colmillos. Un ser indefenso al que rescata otro titán, Prometeo, con el fuego y la razón robados a los dioses.

Esta envida ancestral es superada gracias al imperio de la fe cristiana y sus dos caras. Por un lado, la teocéntrica: Dios, el dispensador de vida, el referente y dador de sentido. Y, por otro, la antropocéntrica, con el hombre Dios encarnado en el Cristo Jesús.

Antes de los therians fue el carnaval

Como dato curioso, cabe recordar que en el Medievo existían precedentes de therians, con permisos acotados para ejercer su vinculación con las bestias. Con la máscara de la bestia que mejor simbolizaba su proclividad pecadora, desfilaban en el carnaval hombres y mujeres disfrazados de cabras lujuriosas, cerdos glotones o urracas chismosas. Se puede consultar el capítulo sobre el significado de las fiestas carnavalescas del libro Símbolos fundamentales de las ciencias sagradas, de René Guénon.

Tuvo que morir Dios, por el imperio de la razón, la ciencia y la tecnología, para que el ser humano, ahora hijo de “natura” y esculpido por la evolución, fuera plenamente libre. Libre moral y ontológicamente. Libre de todo esencialismo creacionista, dispuesto a soñar con toda licencia en ser, deconstruidamente, lo que le viniera en gana.

Soy lo que dicta mi autopercepción. ¿Y si me percibo como un animal desafiando todo humanismo antropocéntrico? ¿Qué me lo impide? Es así como surge, en plena modernidad, allá por los años 90 del siglo pasado, el movimiento therian, en el marco del temprano internet.

La postmodernidad arrastra cierto pesimismo a manera de desencanto de las promesas de la modernidad. El hombre, emancipado de Dios, tomó posesión de “natura” cual tierra de conquista. La misma que, fiel al credo del progreso, expolió hasta el límite. En el afán de crear su propio paraíso terrenal empleando el musculo tecno-científico, conjuró la distopía del cambio climático, del desastre ecológico. Es el antropocentrismo de la modernidad, depredando el mundo sin conciencia.

Generaciones como los milenial y los centenial han reaccionado avergonzándose de su humanidad. Renegaron del piramidal especismo, que colocaba al ser humano en la cumbre de la cadena alimenticia.

Esta misantropía con causa animó al movimiento therian, todavía marginal. Abjurar de mi propia humanidad, comprendiendo que podemos aprender de la sencillez instintiva del animal. En esa admiración moral, algunos vieron viable mimetizarse con las bestias.

Hijos del poshumanismo

Aunque los therians no tienen de momento un credo oficial, podemos atribuirles, uno por uno, los rasgos antropológicos y culturales de su movimiento, que sería el poshumanismo.

Carente de una esencia o forma arquetípica, el poshumanismo dice que el ser humano es un ser arrojado, por naturaleza, al mundo sin un plan o destino. Inexorablemente, está en constante transformación evolutiva. Carente de definición, puede convertirse en cualquier cosa, accidental o deliberadamente.

El therian decide parcialmente identificarse con un animal y las circunstancias culturales lo facultan para hacerlo. Le dan la justificación para montar su postmoderno carnaval, pero no como oda al pecado. Su mascarada es más un juego de niños menores que aman y admiran, no chamánicamente, un animal.

Antes que los therians, los furros, quienes muy probablemente sean sus antecesores en el mundo friki, surgido en este caso entre la comunidad otaku (seguidores y admiradores de la cultura pop japonesa), figuraban en ese mundo cultural como los más repudiados.

“El “furro”, más estético y lúdico

El “furro”, por un asunto estético y lúdico, gusta de disfrazarse de personajes de animales antropomórficos de anime o manga, como los populares Beastar o Retsuko.

Rechazados dentro de la subcultura del cosplay (afición por disfrazarse de personajes de ficción), el furro no lanza manifiestos ni desnuda su alma hablando de su identidad animal. Gusta de ir a convenciones de cómic, vistiendo sus botargas de tiernos personajes de animación.

En contraste con la discrecionalidad del furro, el therian busca escaparate y micrófono sobre todo en las redes sociales e intenta formar manada con otros iguales, que portan máscaras de zorro, perro, gato, etc.

El repudio a los therians los ha puesto en el disparadero como parte del catálogo de neurodivergentes de esta postmodernidad. Pero, sin exageraciones ni alarmismos, no pasan de ser una tribu urbana. Una de muchas, generada por las condiciones culturales, sociales, antropológicas y hasta religiosas de esta modernidad liquida.

No son la joven vanguardia del galopante transhumanismo. Lo suyo no pasa de ser un pasatiempo pueril que hace reminiscencia con el ancestral animismo. Una fusión del primitivo chamanismo con el moderno poshumanismo.

Dando un vaticinio, es muy probable que los therians, igual que ocurrió con los emos, sean sólo una moda pasajera que se magnificó como movimiento de tribu urbana gracias a las redes sociales y a internet. La red siempre esta ávida de sensacionalismo y exotismo y los therians calificaron para ser la noticia del momento, hasta que otra excentricidad de la postmodernidad los destrone.

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Fabian Acosta Rico no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De licántropos y nahuales a ‘furros’ y ‘therians’: la identidad humana siempre fue un poco animal – https://theconversation.com/de-licantropos-y-nahuales-a-furros-y-therians-la-identidad-humana-siempre-fue-un-poco-animal-276608

Más allá de la mirada: ‘Sorda’, ‘Sirāt’ y el poder del sonido cinematográfico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manuel Nicolás Meseguer, Profesor titular del Departamento de Comunicación y Director del Aula de Cine, Universidad de Murcia

Imagen de la película _Sorda_. Distinto Films

Dos de las películas españolas más relevantes de 2025, Sorda, de Eva Libertad, y Sirāt, de Oliver Laxe, han situado el sonido en el centro de su desarrollo, hasta el punto de que esta última también ha sido nominada al Óscar a Mejor Sonido. Son obras muy distintas, pero en ambas el tratamiento sonoro ocupa un lugar estructural.

La dimensión sonora es consustancial al lenguaje cinematográfico y su relevancia narrativa, expresiva y sensorial resulta incuestionable. Cuanto más sólido es un proyecto y más riguroso es el trabajo de puesta en escena, mayor atención se concede al diseño sonoro y a su potencial expresivo.

Sin embargo, la atención consciente del espectador al plano sonoro sigue siendo menor que la que presta al plano visual. Se suele decir que la audiencia solo se da cuenta del sonido cuando es malo. Conviene recordar también que solo en una sala de cine, con las condiciones acústicas y técnicas para las que fue concebida la película, puede apreciarse plenamente su experiencia sonora. El minucioso y costoso trabajo de diseño, edición y mezcla está pensado para ese entorno. En el ámbito doméstico, lo que escuchamos es necesariamente una versión reducida de ese trabajo.

¿Seguro que una imagen vale más que mil palabras?

Pocas frases están tan gastadas como esa que asegura que “una imagen vale más que mil palabras”. Una palabra, un silencio, una melodía o una atmósfera sonora pueden poseer la misma potencia estética que cualquier imagen. El valor narrativo o expresivo de un elemento visual o sonoro no depende de la cantidad de estímulos ni de su espectacularidad, sino de su pertinencia dentro del proceso comunicativo.

Nuestra experiencia cotidiana lo confirma: el oído es esencial en la percepción del mundo. El oído construye espacio, anticipa presencias, genera memoria y activa emociones.

Cuando el sonido tomó la palabra

La irrupción del sonido sincronizado en 1927 transformó radicalmente la historia del cine. El cambio afectó a las profesiones creativas –guionistas, intérpretes, directores, músicos– y a los oficios técnicos y de producción. A partir de entonces no bastaba con controlar la luz: también había que dominar el registro y el montaje del sonido. Cambiaron las infraestructuras y se transformó la experiencia del espectador.

Con la banda sonora –conformada por palabras, efectos, atmósferas, música y silencio– el control emocional adquirió una precisión inédita. El montaje incorporó un nuevo instrumental expresivo que ampliaba las posibilidades de significación. No hubo vuelta atrás. Incluso cineastas que han optado por películas prácticamente “no habladas”, como Jacques Tati, Michel Hazanavicius o Pablo Berger, han hecho un uso extraordinariamente creativo del sonido.

Desde entonces, la cuestión no ha sido si el sonido es importante, sino cómo se integra en la construcción del sentido.

‘Sorda’ y la quiebra del punto de escucha

Sorda, escrita y dirigida por Eva Libertad y protagonizada por Miriam Garlo y Álvaro Cervantes, se estrenó en la sección Panorama de la Berlinale en febrero de 2025. La protagonista del film es Ángela, una mujer sorda que afronta la conmoción vital de la maternidad junto a su pareja oyente, Héctor. Con este punto de partida, la percepción sonora se sitúa en el centro de la experiencia.

Ángela nos coloca en la posición de quien debe “escuchar con la mirada”. En su rostro percibimos la dificultad de seguir el ritmo comunicativo de las personas oyentes. La secuencia del parto, con mucha gente hablando a la vez incluso con mascarilla, adquiere una intensidad particular. Igualmente, la de la sobremesa con los compañeros de trabajo de Héctor resulta exasperante. La lectura labial no basta; los audífonos le generan malestar. En los entornos oyentes, el personaje encarna una fricción constante, bien por sobreprotección o bien por una inconsciente falta de consideración.

A lo largo de la primera mitad, la película apela a la empatía del espectador, dirigiendo su mirada hacia situaciones que evidencian la entrañable complicidad de los protagonistas y las actitudes de empoderamiento de Ángela.

Sin embargo, las sensaciones de seguridad de la protagonista se van deteriorando y en el tramo final se produce una ruptura decisiva: se quiebra el “punto de escucha”, utilizando el término del teórico Michel Chion. El espectador es situado abruptamente en la perspectiva auditiva de Ángela. La operación desestabiliza la narración y convierte el silencio en experiencia física. No se trata de una mera ausencia de sonido, sino de un desplazamiento perceptivo que conduce al espectador oyente a una experiencia sensorial que lo vuelve a conectar con Ángela.

La decisión es arriesgada porque altera la comodidad del relato y expone al espectador a una percepción que le es extraña. El sonido –o su supresión– se convierte así en herramienta ética además de estética.

‘Sirāt’: un (alta)voz clama en el desierto

Sirāt, dirigida por Oliver Laxe a partir de un guion coescrito con Santiago Fillol, se estrenó en la Selección Oficial del Festival de Cannes en mayo de 2025. En su recorrido por el desierto, la película reúne a un grupo de raveros y a un padre que, acompañado por su hijo pequeño, busca a su hija. El destino común es una rave perdida entre Marruecos y Argelia. A medida que avanzan, los vehículos, con sus pasajeros, van quedando a la deriva.

En este trayecto exterior e interior, el sonido construye el espacio y la historia tanto como la imagen. En puntos decisivos de la trama, como el momento en el que un grupo de vehículos decide escapar de la escolta militar, la realidad suena en su crudeza y simplicidad. Los ruidos de motores, las bocinas y la fricción de los neumáticos sobre los caminos pedregosos ofrecen un espectáculo épico junto a las imágenes de los camiones a la carrera envueltos por una nube de arena.

Además, el minucioso diseño de sonido de la película entrelaza de forma orgánica esos sonidos ásperos de un entorno hostil con la música trance y drone creada por Kangding Ray. En el inicio del film, los altavoces abren la puerta a la música techno y nos hacen compartir de forma explícita el trance de los que participan en la rave. Desde ese momento, los altavoces acompañan a los protagonistas en su viaje y contribuyen a que la presencia de la música fluya entre lo diegético (que sucede dentro de la película) y lo extradiegético (que solo ocurre para los espectadores) hasta el desenlace.

Es lo que sucede en momentos tan fascinantes como el que nos hace transitar entre las sensaciones místicas de los fieles musulmanes que giran alrededor de la Kaaba (en La Meca) y los camiones rodando por el desierto mientras aparece sobreimpreso el título de la película alrededor del minuto 29.

La experiencia sonora de Sirat, por tanto, articula intensas sensaciones físicas, con emociones viscerales y momentos de conmoción, contribuyendo decisivamente a convertir el viaje en experiencia mística y trascendental.

El cine desde la escucha

Sorda y Sirāt colocan la sensibilidad auditiva en el centro de la experiencia cinematográfica. En ambos casos, el dispositivo sonoro forma parte del relato y se manifiesta de manera explícita, convirtiéndose en una herramienta esencial para que cada película alcance sus objetivos.

En Sorda, se trata de que el espectador reconozca otras formas de conocer el mundo y contribuya a ampliar –y hacer más inclusivo– nuestro ecosistema comunicativo.

En Sirāt, el sonido nos hace participar sensorial y espiritualmente del viaje de los personajes. Los ritmos repetitivos de la música se funden con la realidad y generan una atmósfera envolvente que, como respuesta al impacto emocional de los sucesos, invita a una calmada introspección.


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The Conversation

Manuel Nicolás Meseguer no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Más allá de la mirada: ‘Sorda’, ‘Sirāt’ y el poder del sonido cinematográfico – https://theconversation.com/mas-alla-de-la-mirada-sorda-sirat-y-el-poder-del-sonido-cinematografico-275985

Self-control is a strength, but being too good at discipline can backfire

Source: The Conversation – Canada – By Christy Zhou Koval, Professor, Smith School of Business, Queen’s University, Ontario

Self-control has long been regarded as one of the strongest predictors of success. Most of us can picture that colleague who never misses a deadline, volunteers for extra projects and keeps everything running smoothly.

Research shows individuals who can resist short-term temptations in pursuit of long-term goals tend to fare better across nearly every aspect of life.

As a researcher who has spent years studying workplace dynamics, I set out to examine what happens to these highly disciplined individuals. What I found was surprising: the very trait that makes them valuable — their high levels of self-control — can also come with hidden costs.

Self-control as a social signal

My colleagues and I conducted six studies examining how people treat others based on their perceived self-control. We defined perceived self-control as a person’s beliefs about someone else’s level of self-control, such as resisting temptations, staying focused and persisting in the pursuit of goals.

Across our studies, self-control functioned as a powerful social signal.

In one study, participants read about a student who either resisted the temptation to purchase music online (demonstrating self-control) or gave in to it, then imagined working with this student on a group project. Participants expected substantially higher performance from the student who had demonstrated self-control, even though resisting an impulse to buy music had nothing to do with academic ability.

We replicated this pattern in a workplace context. Participants read about an employee who either stuck to a savings goal or struggled with it. Even though saving money has nothing to do with job performance, participants expected the self-controlled employee to have an accuracy rate roughly 15 per cent higher than the employee who showed less self-control.

In another experiment, we asked people to delegate proofreading work among student volunteers. Participants consistently assigned about 30 per cent more essays to volunteers they believed had high self-control, compared to those with moderate or low self-control, even when all volunteers were described as academically qualified.

The hidden costs of high self-control

A particularly revealing set of findings suggests that observers typically underestimate the cost of self-control.

In one study, we asked participants to complete a demanding typing task requiring a high degree of self-control. Observers who were told that someone had high self-control estimated the task required less effort. But those actually doing the work found it equally draining regardless of their self-control levels. This perceptual gap is problematic because it demonstrates that exerting self-control is physically costly.

Recent research shows people will pay money to avoid having to exercise self-control. In experiments where dieters could pay to remove tempting food from their presence, most did; and they paid more when stressed or when temptation was stronger.

High self-control individuals are doing more cognitively demanding work than their peers. They are exercising self-control more frequently. And because they do it well, observers don’t see the effort required. Research suggests that people with high self-control are perceived as more robot-like, as if their discipline means they don’t struggle like everyone else.

In one of our studies using 360-degree feedback data, we analyzed archival survey data collected from MBA students and their coworkers and supervisors.

Employees who were higher in self-control reported making more personal sacrifices and feeling more burdened by coworkers’ reliance. Their colleagues, however, did not recognize this burden. While they acknowledged the sacrifices these individuals made, they did not perceive the strain they were under.

The spillover into home life

The more capable you seem, the more you’re asked to carry. For high self-control individuals, that reputation can become a fast track to burnout in the office and at home.

In an experiment with romantic couples, participants with high self-control reported feeling more burdened by their partners’ reliance on them. This sense of burden reduced their overall relationship satisfaction.

When people high in self-control are overwhelmed at home because partners assume they can handle everything, that exhaustion can carry over into work. Similarly, when high self-control individuals are overburdened at work, it can diminish their energy and presence in their personal relationships.

This creates a vicious cycle in which highly self-controlled individuals are asked to do more at both work and at home, and the cumulative demands can result in burnout.

Burnout is a widespread issue in the workplace. A Deloitte survey found that 77 per cent of professionals have experienced burnout at their current job.

Breaking the cycle

Our findings revealed a problematic cycle: the more self-control individuals were perceived to have, the more others expected of them and the more responsibility they were assigned.

For people with high self-control, our findings underscore the importance of setting boundaries in the workplace. Saying yes to everything is unsustainable. Because disciplined employees often make demanding tasks appear effortless, colleagues and loved ones may underestimate how much they are asking of them.

For managers, our findings suggest the importance of distributing responsibilities fairly and checking in with employees about workload. Managers should ask explicitly about their employees’ capacity rather than inferring it from past performance.

Self-control remains one of the most valuable traits a person can have. But when we assume it comes effortlessly to those who demonstrate it, we risk burning out the people we depend on most. Acknowledging the hidden burden is necessary if we want capable people to thrive.

The Conversation

Christy Zhou Koval does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Self-control is a strength, but being too good at discipline can backfire – https://theconversation.com/self-control-is-a-strength-but-being-too-good-at-discipline-can-backfire-275634

How Canada-Cuba relations must navigate the dangers of the U.S. embargo

Source: The Conversation – Canada – By Luiz Leomil, PhD candidate, Political Science, Carleton University

The United States government recently announced it will allow companies to resell Venezuelan oil to Cuba amid a severe fuel shortage on the island. Earlier this year, the U.S. cut off oil shipments to Cuba from its main supplier, Venezuela, after American forces abducted that country’s president.

Cuba’s ambassador to Canada, Rodrigo Malmierca Diaz, recently told Canadian MPs on the House foreign affairs committee that the U.S. was “suffocating an entire people.” He was referring to the decades-long American embargo against Cuba, which has become even more severe in recent weeks.

In his remarks, Diaz also urged Canada to follow through on a promised aid package to Cuba. Canadian officials have committed to sending an additional $8 million, which will be channelled through international aid organizations operating in Cuba.

This represents a modest and indirect commitment, especially in comparison with the initiatives undertaken by other countries. Mexico has sent more than 2,000 tons of direct humanitarian aid while continuing diplomatic talks on resuming oil supplies, and other countries in the Global South are reportedly preparing similar, more tangible responses.

In January, Canadian Prime Minister Mark Carney delivered a widely praised address in Davos, Switzerland, that many saw as an apt diagnosis of the failings of the U.S.-led “rules-based international order.” In it, he urged middle powers such as Canada to act with greater honesty and consistency, applying the same standards to allies and rivals so that states can co-exist in an international order that actually functions as advertised.

The Davos speech set high expectations. These are now, however, fading as Carney’s government wavers in sending robust aid to the people of Cuba and in denouncing the most recent unlawful coercive measures imposed by the U.S.

Explaining restraint

Canada has crafted a longstanding image as one of the largest humanitarian contributors in the world. It also has historical and economic ties with Cuba. Canada was one of the few American allies to maintain diplomatic relations with Cuba following the 1959 revolution that overthrew the U.S.-backed regime.

Cuba is Canada’s top market in the Caribbean, and Canada is the Cuba’s largest source of tourists as well as its second-largest source of direct investment. Canada is also among the overwhelming majority of United Nations member states that regularly vote in support of resolutions condemning the U.S. blockade.

However, three factors help explain the gap between the Canadian government’s rhetoric and its actions.

First, geopolitical constraints are significant. Like other middle powers, Canada’s freedom to act in open defiance of the U.S. is tightly limited. Canada’s fundamental economic and security interests are reliant on the U.S., and this is unlikely to change anytime soon.

Canada is open to a high risk of American retaliation if it chooses to aid Cuba. Such risk is even more heightened under the Trump government, which has demonstrated a willingness to use coercive measures against Canada.




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Second, domestic politics shape foreign-policy choices. Contrary to simplified assumptions in classical international relations theory, state behaviour is not determined only by systemic incentives but also by domestic constituencies and how important particular issues are to segments of the population.

In Canada today, there is no broad public movement demanding robust government aid to Cuba. By contrast, there are vocal constituencies mobilized in support of Ukraine that keep assistance to that country politically salient and prioritized.

Third, officials in Global Affairs Canada have long favoured taking what they regard as a pragmatic approach toward Cuba. That posture helps explain Canada’s reluctance to provide direct, high-profile assistance during acute shortages or crises.

Canada did not intervene during Cuba’s 2024 blackout crisis, for example. On the other hand, the same approach has also led Canada to be less critical of political issues in Cuba, unlike its firmer stance toward the Venezuelan or Nicaraguan governments.

This approach has generally allowed Canada to preserve a baseline level of diplomatic engagement and safeguard economic and strategic interests. In recent years, this posture has become partly institutionalized within Global Affairs Canada and is regarded as the most workable and sustainable policy line.

Aid by proxy, unfulfilled commitments

In recent years, Canada has preferred to send assistance to Cuba through international aid organizations, but these efforts are unlikely to be sustainable given the scale of the humanitarian needs the country may face.

It remains unclear whether Canada will adopt a more robust strategy, departing from this established approach, to support Cubans. While facing their own constraints, it’s more likely that leadership in countries from the Global South, including Mexico, China and Brazil, will take action.

The outcome is twofold. Not only is the Canadian government failing to live up to a humanitarian image it has promoted on the world stage, but the international community also applauded a Davos speech that was both conflicting and somewhat disingenuous.

At times in his speech, Carney was realistic and incisive, exposing the weaknesses in the United States-led rules-based order. At key moments, however, Carney suggested that Canada still supported those rules and was willing to defend them through a more honest and equitable approach. Here, the tension between diagnosis and prescription was never resolved.

When it comes to the U.S. blockade of Cuba, Canada’s options are widely perceived as limited, and the country is seen as being forced to “go along to get along,” as Carney said in Davos. However, the blockade also presents Canada with an opportunity to showcase how middle powers can chart their own course.

Carney also said middle powers have the “the capacity to stop pretending, to name reality, to build our strength at home and to act together.” If Canada continues to equivocate on Cuba, Carney’s speech will come to reflect a familiar pattern in Canadian foreign policy: rhetorical candour about global inequities combined with reluctance to challenge them.

The Conversation

Luiz Leomil does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How Canada-Cuba relations must navigate the dangers of the U.S. embargo – https://theconversation.com/how-canada-cuba-relations-must-navigate-the-dangers-of-the-u-s-embargo-276875

What the Jeffrey Epstein files reveal about how elites trade toxic gifts and favours

Source: The Conversation – Canada – By Hugh Gusterson, Professor of Anthropology & Public Policy, University of British Columbia

Following horrifying revelations about Jeffrey Epstein’s systematic sexual assaults and trafficking of underage girls, the United States Department of Justice has been forced to publicly release millions of the late sex offender’s emails and texts.

I am an anthropologist of elites who conducted field work among the secretive community of nuclear weapons scientists. The Epstein files opens a window into the even more closely guarded world of capitalism’s 0.1 per cent.

Anthropologists study people through what renowned American anthropologist Clifford Geertz called “deep hanging out” — mingling informally and taking notes on what we see. We call this “participant observation.”

People like Bill Gates and Elon Musk do not welcome anthropologists bearing notebooks. But the Epstein files, where the global elite are talking to each other in private — or so they thought — open a peephole into their world.




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And what do we find there?

On a mundane level, we can see how they spend sums of money most of us can only dream about.

For example, we learn that in 2011, billionaire Mortimer Zuckerman, owner of the New York Post and U.S. News and World Report, spent US$219,000 on his collection of horses, $50,000 on skiing and $86,000 to insure his private art collection.

But the Epstein files are most interesting for what they reveal about a web of gifts, favours and financial transactions that knit together what would otherwise be a disparate sprawl of bankers, developers, tech bros, media personalities and high-profile academics.

A web of gifts and favours

A century ago, French anthropologist Marcel Mauss argued in The Gift that, across cultures, gifts are a way to create relationships of solidarity and obligation.

“No gift is given but in the expectation of a return,” he wrote.

This is evident in Epstein’s relationship with Leon Black, at the time the billionaire CEO of Apollo Global Management and chairman of the Museum of Modern Art in New York.

Epstein claimed his advice on Black’s finances saved the billionaire as much as $2 billion. In exchange, Black steered at least $158 million to Epstein and gave $10 million to one of Epstein’s charities, Gratitude America.

Black then made Epstein a trustee of the Debra and Leon Black Foundation, and Epstein invested in a startup where two of Black’s sons were on the board.

Epstein also helped Black manage his $2.8 billion art collection. He advised on selling individual works at a profit, getting paid by museums for loaning artworks and using art as collateral for bank loans.

Incidentally, one of the lessons I take from this is that billionaires do not look at art the way I do. I may buy (modestly priced) artworks because I like to look at them. Billionaires like Black and Zuckerman see them as investments.

Favours could also be exchanged, zig-zag style, among several people to create network solidarity. Epstein asked Leon Botstein, president of Bard College, to make sure Woody Allen’s daughter was admitted, while also gifting Allen $10,000 worth of shirts and luxury underwear.

Brad Karp, head of the Paul Weiss law firm, asked Epstein if he could intercede with Allen to get a job on his movie set for his son. In turn, Epstein asked Karp for help with a woman’s visa, and Karp steered $158 million from his client, the aforementioned Leon Black, to Epstein.

Collecting academics

When there is an asymmetry among the resources of two people, gifts lead to subordination, not reciprocity. Mauss referred to this as the “poison in the gift.”

We see this in Epstein’s transactions with academics whose research he bankrolled. He collected academics the way his billionaire friends collected artwork — Botstein, president of Bard; Larry Summers, president of Harvard; Lawrence Krauss, celebrity physicist; Dan Ariely, organizational psychologist; and the evolutionary psychologists and biologists Steven Pinker, Robert Trivers, Stephen Kosslyn, Martin Nowak, Joscha Bach and Nathan Wolfe to name a few.

Epstein was drawn to these academics because of his interest in eugenics, which he needed them to legitimize. He thought Black people were intellectually inferior and wondered if they could be improved through genetic modification. In a typo-ridden message, he texted German cognitive scientist Bach:

“Maybe climate change is a good way of dealing with overpopulation.. The earths forest fire… too many people, so many mass executions of the elderly and infirm make sense… if the brain discards unused neurons, why shold society keep their equivalent.”

And he talked about creating new superhumans by seeding batches of women with his own sperm.

After spending days reading Epstein’s messages to his associates, it reveals something essential about the contemptuous way they view the rest of the world.

One of them, lawyer Kathryn Ruemmler, texted Epstein that she would “get gas at a rest stop on the New Jersey Turnpike, will observe all of the people there who are at least 100 pounds overweight … and will then decide that I am not eating another bite of food for the rest of my life out of fear that I will end up like one of these people.”

Hopefully, most of the world is not like them.

The Conversation

Hugh Gusterson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. What the Jeffrey Epstein files reveal about how elites trade toxic gifts and favours – https://theconversation.com/what-the-jeffrey-epstein-files-reveal-about-how-elites-trade-toxic-gifts-and-favours-275727

Why media were able to report the identities of Andrew Mountbatten-Windsor and Peter Mandelson as they were arrested

Source: The Conversation – UK – By Polly Rippon, University Teacher in Journalism, University of Sheffield

When someone is arrested and under police investigation, we usually don’t know their names. Police reveal only their gender, age and the crime for which they are under suspicion, and the media reports it.

The arrests of Andrew Mountbatten-Windsor and Peter Mandelson were a striking exception to this practice. When the police said they had “arrested a man in his sixties from Norfolk” on February 19, newspapers widely reported that it was the former prince. The image of him in the back of a car after questioning featured on nearly every front page the following day.

Days later, Mandelson was arrested at his London home. Again, police said simply they “arrested a 72-year-old man”, and the media confirmed it was the former US ambassador.

The police investigations into both men, on suspicion of misconduct in public office, were prompted by US officials’ release of a tranche of emails from the Epstein files. Both men are suspected to have passed sensitive information to the paedophile financier while serving in official positions. Both deny any wrongdoing.

Why was the media allowed to report their names?

Privacy law in the UK is enshrined in the European convention on human rights. The ECHR bans intrusion into a person’s private life, which means citizens under investigation, or arrested by the police, have “a reasonable expectation of privacy”. This is to protect those who are arrested or investigated but never charged with a criminal offence.

Legally and ethically, journalists shouldn’t breach the privacy of people under investigation. However, the public interest exceptions in the Independent Press Standards Organisation editor’s code and the Ofcom code for broadcasting allow for breaches when reporting on matters of public interest – this includes detecting and exposing crime or wrongdoing, particularly when the suspect in question is someone in a position of power. Your average theft by an unknown civilian doesn’t count.

In the cases of Mountbatten-Windsor and Mandelson, there is clearly a strong public interest. One is a member of the royal family, the other a senior politician. Both held positions of power and influence, and were longtime friends of one of the most notorious convicted sex offenders in history.

In such a case, a media organisation being sued for breach of privacy may have a defence if it can demonstrate there was a strong public interest, and it reported the information because it was deemed to be of high value to society. The ECHR also protects public interest journalism.

Other high profile people named by the media at the point of arrest due to exceptional public interest include BBC newsreader Huw Edwards, who pleaded guilty to possessing indecent images of children. Also named by the media on arrest was presenter Russell Brand. He is currently awaiting trial on sexual offence charges, which he denies.

Once charged with criminal offences, suspects become defendants, appear in court and can be officially named.

The College of Policing has just released new guidelines around police communications with the media. The guidance in relation to naming of suspects at arrest protects their right to privacy.

It says the names of those arrested or suspected of a crime should only be released “in exceptional circumstances, where there is a legitimate policing purpose to do so”, for example when a dangerous suspect is on the run.

How Cliff Richard shaped today’s privacy laws

Prior to 2013, police did release the names of those being investigated, or would at least confirm names to the media if asked. But a change in privacy law came after the police investigation into singer Cliff Richard, which toughened up the legislation.

In 2014, South Yorkshire Police raided Richard’s Berkshire home while he was out of the country. The star was unaware he was being investigated on suspicion of historical sexual assault allegations (dropped in 2016 due to lack of evidence). Richard only discovered the police probe because the raid was broadcast live on BBC News, with helicopter shots and a running commentary.

He successfully sued the BBC for £2 million for breach of privacy, telling a judge that the BBC identifying him had smeared his name and reputation around the world.

This case marked a major shift, establishing that suspects have a “reasonable expectation of privacy” before being charged with a criminal offence.

This was reinforced in the case of Alaedeen Sicri a 26-year-old Libyan arrested by police after the Manchester Arena bombings in 2017. He was later released without charge following the attack, which killed 22 people.

Sicri was not identified by Greater Manchester Police, but MailOnline published his name, images and other details after his arrest. He successfully sued Associated Newspapers Ltd and was awarded £83,000 in damages.

In the 2016 case of ZXC v Bloomberg, a businessman successfully sued Bloomberg for breach of privacy because it reported he was under investigation by a UK law enforcement agency. This was something the financial news organisation discovered by reading a confidential letter sent to him. The judge ordered his identity should not be published and awarded him £25,000 in damages. The ruling was upheld by the Court of Appeal and the Supreme Court.

These cases all demonstrate the delicate balancing exercise between the rights of the media to report on an ongoing police investigation and an individual’s right to privacy.

A democracy needs both privacy and public interest reporting. Privacy is the shield that allows people to lead their lives without unwanted interference. But public interest journalism is the spotlight that prevents the rich and famous from abusing their power and holds them to account.

The Conversation

Polly Rippon does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why media were able to report the identities of Andrew Mountbatten-Windsor and Peter Mandelson as they were arrested – https://theconversation.com/why-media-were-able-to-report-the-identities-of-andrew-mountbatten-windsor-and-peter-mandelson-as-they-were-arrested-276916

Reporting the names of arrested people is against the law – why the Andrew and Mandelson cases were exceptions

Source: The Conversation – UK – By Polly Rippon, University Teacher in Journalism, University of Sheffield

When someone is arrested and under police investigation, we usually don’t know their names. Police reveal only their gender, age and the crime for which they are under suspicion, and the media reports it.

The arrests of Andrew Mountbatten-Windsor and Peter Mandelson were a striking exception to this practice. When the police said they had “arrested a man in his sixties from Norfolk” on February 19, newspapers widely reported that it was the former prince. The image of him in the back of a car after questioning featured on nearly every front page the following day.

Days later, Mandelson was arrested at his London home. Again, police said simply they “arrested a 72-year-old man”, and the media confirmed it was the former US ambassador.

The police investigations into both men, on suspicion of misconduct in public office, were prompted by US officials’ release of a tranche of emails from the Epstein files. Both men are suspected to have passed sensitive information to the paedophile financier while serving in official positions. Both deny any wrongdoing.

Why was the media allowed to report their names?

Privacy law in the UK is enshrined in the European convention on human rights. The ECHR bans intrusion into a person’s private life, which means citizens under investigation, or arrested by the police, have “a reasonable expectation of privacy”. This is to protect those who are arrested or investigated but never charged with a criminal offence.

Legally and ethically, journalists shouldn’t breach the privacy of people under investigation. However, the public interest exceptions in the Independent Press Standards Organisation editor’s code and the Ofcom code for broadcasting allow for breaches when reporting on matters of public interest – this includes detecting and exposing crime or wrongdoing, particularly when the suspect in question is someone in a position of power. Your average theft by an unknown civilian doesn’t count.

In the cases of Mountbatten-Windsor and Mandelson, there is clearly a strong public interest. One is a member of the royal family, the other a senior politician. Both held positions of power and influence, and were longtime friends of one of the most notorious convicted sex offenders in history.

In such a case, a media organisation being sued for breach of privacy may have a defence if it can demonstrate there was a strong public interest, and it reported the information because it was deemed to be of high value to society. The ECHR also protects public interest journalism.

Other high profile people named by the media at the point of arrest due to exceptional public interest include BBC newsreader Huw Edwards, who pleaded guilty to possessing indecent images of children. Also named by the media on arrest was presenter Russell Brand. He is currently awaiting trial on sexual offence charges, which he denies.

Once charged with criminal offences, suspects become defendants, appear in court and can be officially named.

The College of Policing has just released new guidelines around police communications with the media. The guidance in relation to naming of suspects at arrest protects their right to privacy.

It says the names of those arrested or suspected of a crime should only be released “in exceptional circumstances, where there is a legitimate policing purpose to do so”, for example when a dangerous suspect is on the run.

How Cliff Richard shaped today’s privacy laws

Prior to 2013, police did release the names of those being investigated, or would at least confirm names to the media if asked. But a change in privacy law came after the police investigation into singer Cliff Richard, which toughened up the legislation.

In 2014, South Yorkshire Police raided Richard’s Berkshire home while he was out of the country. The star was unaware he was being investigated on suspicion of historical sexual assault allegations (dropped in 2016 due to lack of evidence). Richard only discovered the police probe because the raid was broadcast live on BBC News, with helicopter shots and a running commentary.

He successfully sued the BBC for £2 million for breach of privacy, telling a judge that the BBC identifying him had smeared his name and reputation around the world.

This case marked a major shift, establishing that suspects have a “reasonable expectation of privacy” before being charged with a criminal offence.

This was reinforced in the case of Alaedeen Sicri a 26-year-old Libyan arrested by police after the Manchester Arena bombings in 2017. He was later released without charge following the attack, which killed 22 people.

Sicri was not identified by Greater Manchester Police, but MailOnline published his name, images and other details after his arrest. He successfully sued Associated Newspapers Ltd and was awarded £83,000 in damages.

In the 2016 case of ZXC v Bloomberg, a businessman successfully sued Bloomberg for breach of privacy because it reported he was under investigation by a UK law enforcement agency. This was something the financial news organisation discovered by reading a confidential letter sent to him. The judge ordered his identity should not be published and awarded him £25,000 in damages. The ruling was upheld by the Court of Appeal and the Supreme Court.

These cases all demonstrate the delicate balancing exercise between the rights of the media to report on an ongoing police investigation and an individual’s right to privacy.

A democracy needs both privacy and public interest reporting. Privacy is the shield that allows people to lead their lives without unwanted interference. But public interest journalism is the spotlight that prevents the rich and famous from abusing their power and holds them to account.

The Conversation

Polly Rippon does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Reporting the names of arrested people is against the law – why the Andrew and Mandelson cases were exceptions – https://theconversation.com/reporting-the-names-of-arrested-people-is-against-the-law-why-the-andrew-and-mandelson-cases-were-exceptions-276916