Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga
Nuestras narices no nos gustan. O eso es lo que parece desprenderse del informe de la SECPRE (Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética), según la cual la rinoplastia es la quinta intervención quirúrgica más realizada en el planeta, y no precisamente por motivos de salud. De hecho, llega a representar hasta el 10 % de las cirugías estéticas practicadas en Europa y EE. UU., ocupando España uno de los primeros puestos en este ranquin. Los más de 1,08 millones de remodelados nasales practicados en 2024 nos dicen, claramente, que las naricillas pequeñas y respingonas parecen constituir un bien estético de lo más codiciado.
Sin embargo, si supiéramos la cantidad de funciones que desempeña una buena y prominente nariz, muy posiblemente contemplaríamos nuestro apéndice nasal con unos ojos más benevolentes. Especialmente si conociésemos su importancia en la revolución cultural que conllevó la aparición de los humanos.
Para qué sirve la nariz
A priori, podríamos pensar que respirar debería ser perfectamente viable, simplemente, teniendo un orificio de contacto de las vías respiratorias con el exterior. Así, en principio, podríamos tanto oxigenarnos como oler, las dos funciones básicas en las que interviene la nariz. Sin embargo, este vistoso apéndice hace algo importantísimo con el aire: lo acondiciona en temperatura y humedad, antes de que llegue a la nasofaringe.
Si no fuese así, se nos podrían desecar las vías respiratorias en ambientes muy áridos o congelar los epitelios que revisten tráquea, bronquios y pulmones en lugares polares. En ambas circunstancias, moriríamos por imposibilidad de difusión del oxígeno en los epitelios alveolares hacia nuestra sangre. Sin llegar a situaciones tan drásticas, las vías respiratorias resecas disminuyen la función mucociliar, lo que aumenta el riesgo de infecciones respiratorias.
Pero la evolución de la nariz humana consiguió cosas mucho más sorprendentes.
Los primates tienen una nariz plana
¿Se ha preguntado alguna vez por qué nuestros “primos simiescos” lucen unas narices bastante chatas mientras nosotros paseamos en mitad de nuestros rostro un más que destacado promontorio nasal? En general, todos los primates suelen tener unas narices bastante planas y parece que les basta para realizar las funciones nasales. ¿No podríamos sobrevivir nosotros igualmente con narices más pequeñas?
En realidad, se trata de un trampantojo arquitectónico. No es que bonobos, chimpancés y gorilas apenas tengan nariz sino que su hocico prognato hace que ésta apenas sobresalga del plano. En otras palabras, gran parte de la nariz esta incluida en el morro.
La línea evolutiva que llevó a los humanos, que ya sabemos que revolucionó muchos aspectos anatómicos, también afectó a la forma de la nariz. Lo que en realidad ocurrió fue una revolución en la integración morfológica existente entre diferentes regiones del cráneo de nuestros ancestros (región nasal, maxilar, premaxilar, base del cráneo y mandíbula inferior). De hecho, esta integración desapareció y el maxilar se retrajo.
Como consecuencia de la drástica reducción del prognatismo, la apertura nasal quedó situada en un plano muy anterior de la cara. Los cartílagos laterales y el tabique nasal dejaron de estar embebidos en el perfil del tercio medio facial y terminaron quedándose “al aire”. Así, la nariz dejó de estar “escondida” y pasó a ocupar un indiscutible protagonismo en nuestra fisonomía facial.
Gracias a la nariz, nuestra voz es clara y profunda
Pero la aparición de una nariz novedosa como la nuestra supuso algo más que una cara nueva. Además de calentar, humidificar y filtrar el aire o servir de soporte al epitelio olfativo, aparecieron novedades funcionales inviables en nuestros antepasados “morrudos”.
Un artículo muy reciente revela que, en la cara de un Homo, se genera una interesantísima separación funcional entre la nariz y la laringe como consecuencia de un doble cambio anatómico. Por una parte, al quedar la cavidad nasal más verticalizada (más alta y estrecha), se establece una complejidad mayor en la vía aérea superior. Por otra, la nasofaringe se amplía y se acorta, lo que supone una separación entre la vía aérea y la oral no factible, por ejemplo, en chimpancés o gorilas.
Nuestro nuevo tracto, así configurado, es más “doble” que el rectilíneo de los simios. Esto no solo permite un flujo de aire más turbulento y eficiente para filtración y acondicionamiento, sino que posibilita más control de resonancias y mayor estabilidad acústica en la emisión de aire. En otras palabras, con esta carambola evolutiva se consiguió un sistema óptimo para modular sonidos complejos y contrastivos, entre ellos, el desarrollo de vocales claramente diferenciadas.
Pero la cosa no quedó aquí. La “independización” de nuestra nariz no solo contribuyó a resonar y modular elevando extraordinariamente nuestra potencialidad de generar sonidos variados, sino que el tracto nasal y los senos paranasales ayudaron a que nuestra voz fuese más clara y más profunda.
Hablamos por narices
Visto lo visto, El planeta de los simios es inviable. Por más que nos guste esta obra fantástica de la ciencia ficción (mucho mejor en su extraordinaria versión de Charlton Heston), la realidad es que orangutanes, chimpancés, gorilas y bonobos, por mucho que un supuesto desarrollo cerebral lo posibilitara, no podrían llegar a articular nunca los sonidos implicados en un lenguaje complejo como el nuestro.
Su nariz está integrada en un sistema facial adaptado a la masticación, no a la optimización acústica. Lo que se suponía antes algo anatómicamente monofactorial (que el habla humana fue resultado de la bajada evolutiva de la laringe), ha resultado ser una consecuencia de muchos elementos implicados. En realidad, fue una reorganización completa del cráneo que cambió las relaciones anatómicas entre tracto nasal, boca y faringe para crear un sistema acústico altamente modulable.
Nuestra protagonista, esta novedosa y protruyente nariz que tenemos, fue claramente trascendental en la adquisición de una fisiología vocal excepcionalmente flexible y acústicamente revolucionaria.
Recuérdelo antes de minusvalorar la estética de su apéndice nasal.
A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El domingo 26 de julio de 2026 se celebró en la ciudad de Palma, capital de las Islas Baleares una protesta no contra los turistas, sino contra un modelo económico que ha empezado a tratar a sus habitantes como un obstáculo.
La manifestación, convocada por la plataforma Menys Turisme, Més Vida, reunió a unas 25 000 personas según la Policía, y a 70 000, según la organización. Pueden discutirse las cifras de asistencia a la protesta, pero resulta más difícil poner en entredicho la escena: salieron a la calle decenas de miles de personas reclamando el derecho a seguir viviendo en uno de los destinos más celebrados del planeta. No pedían que Mallorca dejara de recibir visitantes, no. Pedían que no haya que expulsar a su población para alojarlos.
Participaron vecinos, ecologistas, agricultores y numerosos trabajadores del propio sector turístico. Sus demandas no dejan mucho espacio para la interpretación: limitar las viviendas vacacionales, reducir las plazas de avión y los vuelos disponibles a las islas, y abandonar un monocultivo económico que consume territorio, vivienda y vida cotidiana.
Hubo cargas policiales y heridos, pero reducir la manifestación a esos incidentes sería una manera bastante eficaz de no escucharla. El conflicto de fondo no es entre residentes educados y turistas inocentes. Es entre dos derechos que han dejado de pesar lo mismo: el derecho temporal a disfrutar de un lugar y el derecho permanente a habitarlo.
Una destino turístico puede triunfar y desaparecer
Durante décadas, el éxito de los lugares turísticos se ha medido en términos de llegadas, pernoctaciones, ocupación y gasto. Cuando esas cifras aumentan se habla de una buena temporada. Pero una economía puede crecer mientras desmantela las condiciones que permiten vivir en ella.
Puede aumentar la rentabilidad de cada metro cuadrado y reducir simultáneamente su utilidad social. Puede producir más riqueza y hacer que una enfermera, un policía, un profesor o un camarero no encuentren vivienda. Puede ofrecer al visitante una libertad extraordinaria de movimiento mientras obliga al residente a marcharse. Ese es el dato que rara vez aparece en las estadísticas: un destino puede prosperar como producto y fracasar como sociedad.
El alquiler vacacional no explica por sí solo la crisis de vivienda. Influyen también la inversión internacional, la escasez de suelo, la compra especulativa, la falta de vivienda pública y unas políticas largamente insuficientes. Pero sería intelectualmente tramposo minimizar su papel.
Agustín Cócola-Gant ha descrito las viviendas turísticas como un nuevo frente de la gentrificación. Su investigación muestra que la llamada economía colaborativa encubre con frecuencia una oportunidad de acumulación para inversores y propietarios. En ese proceso, el residente de larga duración deja de ser el destinatario de la vivienda y pasa a convertirse en un impedimento para extraer de ella mayor rentabilidad.
La expulsión, además, no siempre tiene forma de desahucio. Puede ocurrir piso a piso. Una vivienda queda libre y no vuelve al mercado residencial. Desaparece una tienda cotidiana y aparece otra orientada al consumo fugaz. Se marchan los vecinos, cambia el idioma económico del barrio y quien permanece descubre que sigue teniendo domicilio, pero ya no un lugar.
Llamarlo ‘turismofobia’ no fomenta el debate
Mallorca forma parte de una revuelta territorial más amplia.
En Venecia, el movimiento contra los grandes cruceros convirtió aquellos barcos desproporcionados cruzando la laguna en la imagen de una industria cuya escala ya no guardaba relación con la ciudad.
En Canarias, decenas de miles de personas han marchado bajo una frase difícil de mejorar: “Aquí vive gente”.
En Barcelona, las pistolas de agua dirigidas contra algunas terrazas turísticas ocuparon más espacio informativo que los alquileres que motivaban la protesta.
La palabra turismofobia completa la operación. Convierte un conflicto sobre vivienda, salarios, movilidad, agua, suelo y democracia en una reacción emocional contra los extranjeros. Despolitiza el problema y, de paso, infantiliza a quien protesta.
Los expertos en sobreturismo Claudio Milano, Marina Novelli y Joseph Cheer han mostrado que la saturación no consiste solo en la presencia de demasiados visitantes. Aparece cuando el crecimiento altera de manera permanente la vida de los residentes, limita su acceso a servicios y espacios y deteriora su bienestar. Sus trabajos también relacionan las movilizaciones sociales con la impugnación de economías basadas en el monocultivo turístico y en la obligación aparentemente indiscutible de seguir creciendo.
Por tanto, la pregunta no es cuántas personas caben físicamente en una isla. La pregunta es qué debe sacrificar la población para que sigan cabiendo.
Del turismo responsable al turista situado
La academia ha construido conceptos útiles para comprender esta transformación.
El decrecimiento turístico, defendido por los profesores Robert Fletcher, Ivan Murray, Asunción Blanco-Romero y Macià Blázquez-Salom, plantea que algunos territorios no necesitan gestionar mejor el crecimiento, sino reducir materialmente la presión: menos plazas, menos vuelos, menos consumo de suelo y menor dependencia económica del turismo.
No debe confundirse con la fórmula “menos turistas que gasten más”. Puede que esa propuesta reduzca ciertas aglomeraciones, pero también convierte el territorio en un club para rentas altas. Aunque llegue con equipaje discreto, el turismo de lujo ocupa espacio, consume recursos y eleva precios.
La investigadora Freya Higgins-Desbiolles ha desplazado la atención desde la cantidad de riqueza producida hacia su distribución: quién recibe los beneficios, quién soporta los costes y qué derechos deben prevalecer cuando entran en conflicto el negocio turístico y la vida de las comunidades.
La justicia de la movilidad, formulada por Mimi Sheller, permite observar otra desigualdad: no todos los movimientos tienen el mismo poder. El visitante cruza Europa durante un fin de semana pero la camarera de piso debe recorrer cada día decenas de kilómetros porque ya no puede vivir cerca de su empleo. La movilidad fácil de unos puede producir la movilidad forzada de otros.
Y la soberanía turística, vinculada por Carter Hunt, María José Barragán-Paladines, Juan Carlos Izurieta y Andrés Ordóñez a las luchas comunitarias por el control de sus medios de vida, formula la pregunta decisiva: ¿quién tiene autoridad para determinar el futuro de un destino?
A partir de estas aportaciones propongo una figura adicional: el turista situado.
El turista situado reconoce que no llega a un decorado disponible, sino a un territorio ya habitado, atravesado por relaciones de poder y conflictos concretos. Entiende que su libertad de movimiento sucede dentro de la vida menos móvil de otros. Y acepta algo que el turismo responsable suele evitar: hay alojamientos, actividades e incluso destinos que pueden dejar de estar moralmente disponibles.
No se limita a reducir su huella. Está dispuesto a renunciar.
La conciencia empieza con un ‘no’
Un turista situado dejaría de elegir Mallorca para hacer cicloturismo. No porque pedalear sea inmoral ni porque cada ciclista constituya un problema. Lo haría porque una actividad deja de ser inocente cuando su concentración deteriora la movilidad cotidiana de quienes usan esas carreteras para trabajar, estudiar, cuidar o regresar a casa. Elegiría otro territorio menos saturado. Otra época. Otra actividad.
Y no usaría Airbnb –ni cualquier otra plataforma equivalente– en zonas gentrificadas, donde la vivienda turística contribuye a que los jóvenes nacidos allí deban marcharse porque no pueden pagarse una casa.
Podemos discutir la intensidad concreta de cada efecto, la regulación más eficaz o el peso relativo de las distintas causas. Pero cuando existe un proceso visible de expulsión residencial, utilizar una vivienda como alojamiento vacacional deja de ser una elección privada sin consecuencias.
La conciencia turística consiste en viajar sabiendo cuándo uno debe escoger otro destino.
El turista situado se hace una pregunta previa a todas las recomendaciones, certificaciones y listas de buenas prácticas:
“¿Debo estar aquí, haciendo esto?”.
A veces la respuesta será sí. Otras exigirá cambiar de temporada, alojamiento o actividad. En determinados lugares y momentos será sencillamente no.
El derecho a retirar un territorio del mercado
La soberanía turística significa que una comunidad puede decidir cuánto turismo quiere, dónde, cuándo y bajo qué condiciones.
Puede determinar que determinadas viviendas deben servir para vivir. Puede limitar cruceros, vehículos, plazas turísticas o vuelos. Puede cerrar un espacio saturado, retirar licencias y anteponer la continuidad de una comunidad al rendimiento máximo de sus activos.
No equivale a cerrar fronteras. La soberanía turística no es pureza identitaria sino capacidad democrática.
Venecia pertenece prioritariamente a su población, no a las navieras. Barcelona, a quienes la habitan, no a las plataformas turísticas. Mallorca, a quienes sostienen aquí una vida, no a una industria que comercializa su disponibilidad.
El visitante merece hospitalidad, no soberanía. Una población debe poder conservar el derecho a retirar partes de su territorio del mercado turístico, aunque exista demanda y aunque alguien esté dispuesto a pagar.
Turismo, un poder no elegido
El turismo no es ya únicamente una actividad económica. Ha adquirido capacidad para organizar el territorio, el empleo, la vivienda, las infraestructuras y el calendario político. Ha empezado a actuar como un poder constituyente sin haber sido elegido.
La cuestión no es ya si el turismo genera riqueza. La genera. La cuestión es qué clase de pobreza puede producir al hacerlo: pobreza de vivienda, de tiempo, de espacio público, de expectativas y de futuro.
Se empiezan a ver pintadas y carteles en los coches de los habitantes locales. Incluso yo he usado uno –una vez–, que escribí en alemán, harto ya de carreteras terciarias colapsadas por cicloturistas:
Es patético, sí. Es cutre, también. Y es delicado. Pero los turistas, e incluso los residentes extranjeros de los lugares que se han gentrificado, necesitan recibir urgentemente ciertos mensajes, respetuosos pero claros.
Julio Batle Lorente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – in French – By Myriam Amari, Doctorante sur le bien-être et la cognition des rapaces, Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)
Cyrano, pygargue de Steller de la Forêt des Aigles (Espace Rambouillet).Audrey COSTES – tous droits réservés seules les republications intégrales de l’article sont autorisées., CC BY-NC-ND
L’ESSENTIEL
Une nouvelle étude a permis de classer les rapaces selon leurs techniques de chasse.
Observer les phalanges des rapaces permet de distinguer les oiseaux qui vont attraper leurs proies en vol de ceux qui vont les restreindre au sol ou des charognards.
Faire le lien entre les os et les techniques de chasse pourrait permettre de déduire les comportements d’oiseaux disparus, et même de certains dinosaures.
Comment les droméosaures, ces dinosaures « raptors », utilisaient leurs griffes en faux pour chasser ? Cette énigme anime les paléontologues depuis des années. Pendant longtemps, on les imaginait lacérer leurs proies en leur donnant un coup de pied, jambe tendue. Mais des modèles plus récents basés sur l’observation de rapaces comme l’aigle royal, et soutenus par des modélisations biomécaniques soutiennent une méthode de prédation au cours de laquelle Deinonychus, membre de la famille des droméosaures, se tenait accroupi au-dessus de sa proie, utilisant sa masse corporelle et tout son corps pour la restreindre au sol. Sa griffe en forme de faux aurait servi à hameçonner la chair qu’il déchirait alors avec sa mâchoire. C’est effectivement ce que l’on observe chez des oiseaux comme l’aigle royal quand il chasse le chevreuil. Les rapaces semblent ainsi s’avérer de bons modèles des « raptors » du passé.
La recherche en morphologie fonctionnelle vise à comprendre le lien entre comportements, morphologie et adaptation. L’idée est que les adaptations morphologiques présentes répondent à des contraintes données, et que des espèces disparues les possédant répondaient peut-être aux mêmes contraintes, et avaient donc des comportements similaires. Mais comprendre les liens comportement-morphologie-contraintes fonctionnelles a également un intérêt pour mieux comprendre le rôle actuel des rapaces dans les écosystèmes, et donc pour favoriser leur conservation et leur protection.
Les rapaces sont des oiseaux impressionnants au régime carnivore, au bec crochu et aux griffes recourbées. Ces griffes dangereuses s’appellent des serres. Aussi impressionnantes soient-elles, les serres ne font pas tout chez un rapace. De même qu’un coup de poing ne vient pas du poing, mais de la hanche, ou qu’un coup de pied engage aussi la hanche et le haut du corps, les rapaces n’utilisent pas seulement leurs serres pour mettre à mort leur proie : ils utilisent l’intégralité de leurs membres inférieurs ainsi que leur bec.
Les secrets de la chasse se cachaient dans les phalanges
Leurs membres inférieurs sont impliqués dans la locomotion, le transport de matériaux ou de nourriture, les conflits et, bien sûr, la capture et la mise à mort de leurs proies. Mais le secret de leurs stratégies de chasse réside davantage dans leurs phalanges que dans leurs serres. C’est ce que nous avons montré dans une récente étude publiée dans The Zoological Journal of the Linnean Society. Nous avons défini 11 catégories d’interactions entre prédateurs et proies, depuis la capture jusqu’à la consommation, et avons mesuré 148 paramètres sur les os du membre postérieur, du fémur jusqu’à la pointe des griffes. Nous avons mis en évidence que l’ensemble de ces paramètres permettait de bien distinguer ces catégories chez les rapaces. En particulier, les phalanges jouent un rôle clé, notamment celles du troisième et du quatrième doigt. Elles permettent de distinguer les oiseaux qui attrapent leurs proies en vol de ceux qui les restreignent au sol, ou encore de les distinguer des charognards.
Les différentes techniques de chasse de rapaces en fonction de leur anatomie (½). Myriam Amari — Licence CC BY-NC-ND, Fourni par l’auteur Les différentes techniques de chasse de rapaces en fonction de leur anatomie (2/2). Myriam Amari — Licence CC BY-NC-ND, Fourni par l’auteur
Jusqu’à présent, la plupart des études s’étaient concentrées sur la morphologie et la courbure des serres, sur quelques doigts, ou sur les os longs des jambes. Mais aucune n’avait pris en compte l’intégralité du membre. Or, en fouillant dans les collections du Muséum national d’histoire naturelle de Paris à la recherche de spécimens exploitables pour notre étude, il était clair que les phalanges jouaient un rôle sous-estimé. La science, c’est d’abord l’observation, comme le disait l’un de mes professeurs de classe préparatoire. Une grande variabilité dans la morphologie des phalanges (en particulier des troisième et quatrième doigts) était visible entre les espèces. Certaines espèces possédaient de toutes petites phalanges sur le quatrième doigt, toutes frêles par rapport à celles des deux premiers doigts, énormes. C’est le cas de la harpie féroce ou de l’aigle couronné d’Afrique, deux aigles massifs capables de s’attaquer à des proies conséquentes dans la canopée ou au sol. La harpie féroce peut, par exemple, prendre des paresseux, et l’aigle couronné d’Afrique des antilopes de 20 kg, voire exceptionnellement de 30 à 50 kg. D’autres possédaient des phalanges très allongées aux extrémités des doigts, comme les faucons, les autours des palombes ou les éperviers, ou encore un troisième doigt long et large comme chez certains vautours.
Relier la variabilité des phalanges aux différentes catégories d’interactions entre proies et prédateurs
Nous avons donc étudié la morphologie des os du fémur jusqu’au bout des doigts. Mais, nuance, nous n’avons pas étudié l’enveloppe kératineuse, c’est-à-dire l’ongle de la griffe. En effet, celle-ci a une forme différente de celle de l’os qui se trouve en dessous et témoigne davantage des contraintes liées aux surfaces : le sol ou même la proie. Par exemple, la forme des os des serres d’un aigle royal et d’un pygargue à tête blanche est similaire, mais l’enveloppe kératineuse d’un pygargue est beaucoup plus recourbée, lui permettant d’agripper des proies glissantes comme les poissons. On retrouve cette propriété chez le balbuzard pêcheur.
Paco, pygargue à tête blanche de la Forêt des Aigles (Espace Rambouillet), en pêche. Audrey COSTES — tous droits réservés seules les republications intégrales de l’article sont autorisées, CC BY-NC-ND
Un petit détail technique avant de poursuivre, mais pas des moindres : il fallait identifier et ordonner ces phalanges, sans guide… et c’était un vrai défi. Ensuite, nous avons mesuré de nombreux paramètres pour caractériser la forme des os et des griffes et la force exercée par les doigts et les griffes. Nous avons découvert que la deuxième phalange du quatrième doigt variait le moins en proportion chez les rapaces. Elle pouvait donc servir d’échelle de comparaison.
Pour poursuivre, nous avons analysé et visualisé la répartition de chaque espèce dans un espace morphologique obtenu à partir des mesures des os. Les différentes familles de rapaces se distinguaient selon les 11 catégories innovantes d’interactions avec les proies que nous avions définies. Ainsi, nous avons montré que des espèces phylogénétiquement éloignées comme les membres du genre Accipiter (autour des palombes, épervier) et les faucons (faucon pèlerin, faucon sacre, faucon lannier) se retrouvaient dans un même espace morphologique. Ceci traduit leurs adaptations communes à une technique de capture de proies en vol, dans laquelle leurs longs doigts viennent englober la proie (voire la frapper). Des doigts allongés et, en particulier, les dernières phalanges de chaque doigt permettent une fermeture rapide (au prix d’une force moindre) sur un oiseau ou un insecte dans le cas de la bondrée apivore. Les faucons et les membres du genre Accipiter, diffèrent entre eux par le fait que ceux-ci restreignent la proie au sol pour la déchirer, alors que les faucons endommagent le système nerveux de leur proie en sectionnant la nuque à l’aide de leur dent tomiale.
Sky, faucon lannier de la Forêt des Aigles (Espace Rambouillet). Audrey COSTES — tous droits réservés seules les republications intégrales de l’article sont autorisées, CC BY-NC-ND
Les aigles, les buses et autres rapaces tirant profit de leur masse pour restreindre leur proie au sol depuis une position à l’affût ou en vol (l’aigle royal, la buse variable, l’aigle couronné d’Afrique ou la harpie féroce. Ces oiseaux possèdent les deux premiers doigts massifs avec de très grandes premières et deuxièmes serres, et des phalanges larges et robustes. En comparaison, les deux autres doigts paraissent tout petits.
Les rapaces nocturnes, eux, se tenaient à part. Adaptés à la capture de proies souvent assez petites pour les tenir dans leurs serres, ils les suffoquent à l’aide de phalanges et de serres de longueurs à peu près homogènes, offrant une bonne force de levier, ainsi que la capacité à opposer le premier et le quatrième doigt aux deux autres (zygodactylie), ce qui facilite la préhension de la proie. Cette adaptation est pertinente quand on pense qu’ils chassent souvent dans le noir, avec une faible vision de près. Il faut s’assurer que les proies ne leur échappent pas !
Les vautours du Nouveau Monde et de l’Ancien Monde sont également réunis, en lien avec leur comportement de charognage et de marche. Leur troisième doigt, supportant leur poids, est souvent très allongé et large. Leurs capacités de préhension peuvent toutefois varier, comme chez le gypaète barbu capable de transporter des os pour les lâcher en vol, les briser et se repaître de leur moelle. Le condor des Andes, avec ses jambes très allongées et adepte de la marche, se retrouve proche des autres vautours. Cas particulier, le caracara huppé, se trouve à mi-chemin entre les rapaces qui attrapent leurs proies en vol et les rapaces charognards. Et en effet, cela correspond bien à son mode de prédation puisque c’est un grand marcheur capable de retourner des objets et des proies sur son chemin, mais aussi capable de les attraper, de les restreindre et de les déchiqueter.
Ruru, vautour de Rüppel de la Forêt des Aigles (Espace Rambouillet). Audrey COSTES — tous droits réservés seules les republications intégrales de l’article sont autorisées, CC BY-NC-ND
Le messager sagittaire, lui, demeure seul dans sa famille et dans l’espace morphologique défini par nos données. Il se caractérise par un fémur extrêmement court et des métatarses très allongés lui permettant de développer une force de frappe impressionnante pour mettre à mort des serpents, tels que les cobras. On parle, par exemple, de 195 N en 15 ms de contact ! Cela correspond à 5 à 6 fois son propre poids, concentré dans une patte à une vitesse fulgurante.
Swahili, messager sagittaire de la Forêt des Aigles (Espace Rambouillet). Audrey COSTES. Tous droits réservés seules les republications intégrales de l’article sont autorisées, CC BY-NC-ND
Une fenêtre ouverte sur le passé
Cette étude nous permet donc de mieux comprendre le lien entre la morphologie des membres des rapaces et leur mode de chasse, et d’appréhender leurs rôles complémentaires dans les écosystèmes. Cette étude pourrait également ouvrir une fenêtre sur le passé en permettant d’émettre des hypothèses sur les comportements de dinosaures non aviens ou d’oiseaux disparus, notamment en choisissant les os et paramètres essentiels mis en évidence par notre étude. En effet, si l’on retrouvait demain un fossile avec quelques phalanges du pied, peut-être pourrions-nous essayer de le réintroduire dans l’espace morphologique de notre étude afin de le comparer aux catégories que nous avons caractérisées ici.
Pour gagner en puissance, il faudrait inclure d’autres spécimens qui enrichissent la diversité de fonctions des membres, comme le vautour palmiste, un vautour capable de pêcher, de chasser et consommer des fruits du palmier – ou encore augmenter le nombre de spécimens dans certaines catégories, et surtout inclure le cariama huppé, un oiseau coureur qui porte une griffe suspendue aux allures de celles des droméosaures mais à l’orientation plus proche de celle des troodons. Et effectivement, des découvertes ont montré que des microraptors possédaient des coussinets proches de ceux des rapaces actuels, ou encore des capacités probables de planer et de s’attaquer à des oiseaux.
Notre étude ouvre donc la voie à de nouvelles approches pour mieux connaître notre passé sans perdre de vue les merveilles du présent.
Myriam Amari ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Dylan BERNARD, Doctorant en feux de forêt et risques industriels, IMT Mines Alès – Institut Mines-Télécom
L’essentiel
Sous l’effet du changement climatique, de l’évolution de l’occupation des sols et des activités humaines, les incendies deviennent de plus en plus intenses et difficiles à maîtriser.
Les incendies de végétation ne menacent pas seulement les forêts et les habitations. Ils peuvent mettre également en danger des infrastructures, comme les établissements Seveso ou les infrastructures gazières, qui peuvent comporter des risques supplémentaires.
Pour mieux les protéger, le débroussaillage reste la première des solutions. Les chercheurs, pompiers et industriels explorent également d’autres stratégies pour les installations en surface, directement exposées aux flammes.
Si, à ce jour, en France, les établissements Seveso ou les installations gazières n’ont subi aucun dommage majeur lié à un incendie de végétation, les conséquences d’une perte d’intégrité restent préoccupantes. L’accident survenu en 2025 à Saint-Martin-de-Crau, dans les Bouches-du-Rhône, a rappelé qu’une rupture de canalisation souterraine de gaz naturel peut conduire à une explosion de faible intensité mais une flamme de plus de 150 m de hauteur générant des effets thermiques importants.
Aujourd’hui, la première ligne de défense consiste à limiter la quantité de combustible végétal au voisinage de toute installation. Cette stratégie repose sur la prévention, avec notamment le respect des obligations légales de débroussaillement (OLD), imposées dans les zones les plus exposées au risque incendie, parmi lesquelles figurent les infrastructures à risques.
Le risque d’incendie en France métropolitaine évolue
La surface brûlée en France depuis 1976, en distinguant les régions méditerranéennes et le reste de la France. Dylan Bernard, avec les données de, Fourni par l’auteur
Toutefois, cette amélioration ne signifie pas que le risque d’incendie diminue.
Aujourd’hui, la combinaison entre les effets du changement climatique, l’augmentation de la biomasse et l’urbanisation dans un milieu arboré pourrait progressivement remettre en cause cette tendance en favorisant le développement des incendies extrêmes. Cette évolution s’illustre notamment avec le troisième plus vaste incendie enregistré en France depuis 1973 qui a eu lieu en août 2025 dans le massif des Corbières, dans l’Aude. Il a parcouru plus de 11 000 hectares, causant un décès, vingt-cinq blessés et la destruction de nombreuses habitations.
À l’horizon 2050, les projections prévoient une extension géographique et temporelle de l’aléa d’incendie de forêt, exposant progressivement de nouveaux territoires et des infrastructures jusqu’alors épargnées par ce risque. Les conditions exceptionnelles observées en 2022 illustraient déjà cette évolution.
Le réseau de gaz en France et les points faibles face aux incendies
Le réseau français de transport et de stockage de gaz naturel, constitué de plus de 36 000 km de canalisations souterraines et de milliers d’installations en surface, traverse de nombreuses zones boisées et est donc directement exposé à ce risque.
La carte du réseau gazier et des stations de stockage en France métropolitaine. Dylan Bernard, avec les données IGN et ODRÉ, Fourni par l’auteur
La question est alors de savoir comment évaluer ce risque, qualifié de « NaTech », c’est-à-dire un accident technologique déclenché par un aléa naturel.
Les premiers travaux montrent que les canalisations enterrées sont naturellement bien protégées par le sol, qui constitue un excellent isolant thermique.
Les principales interrogations concernent désormais les équipements en surface, directement exposés aux flammes et au rayonnement thermique.
Mécanismes de propagation des flammes et identification des vulnérabilités
Les études post-incendie dans ces zones ont notamment permis de définir trois mécanismes de propagation des flammes dans ces zones : le contact direct des flammes, le rayonnement thermique des flammes et le contact avec les brandons (débris enflammés) transportés par le vent.
Parmi ces études, l’identification des éléments constructifs vulnérables a permis de mettre en évidence des points critiques comme la toiture (tuiles cassées, accumulation de végétaux dans les gouttières), des ouvrants (entrée des brandons, flammes) ou encore les éléments extérieurs (mobilier de jardin, tas de bois, terrasse en bois, etc.).
De plus, la végétation ornementale (arbres, haies, plantes de jardin) sert de continuité horizontale pour la propagation des flammes et constitue une source importante d’exposition thermique. Une classification des espèces selon leur combustibilité permet de choisir judicieusement quelle espèce implanter à proximité de son habitation pour diminuer la propagation de l’incendie. Cette classification est basée sur les proportions des parties les plus fines des espèces végétales, comme les feuilles et les petites tiges qui brûlent plus facilement que les parties plus épaisses, ainsi que sur la proportion d’éléments morts et leur teneur en eau.
La spécificité des installations gazières
Les structures énergétiques constituent toutefois des enjeux spécifiques. Pour évaluer leur exposition, on estime la quantité de chaleur reçue par les équipements gaziers, qu’ils soient enterrés ou présents sur les installations en surface.
Celle-ci dépend de la végétation, de la puissance de l’incendie et de la distance qui les sépare du front de flamme représentant la zone où les flammes progressent dans la végétation.
Les approches classiques reposent sur la méthode de la flamme solide permettant de représenter un front de flamme par un objet rayonnant de manière uniforme sur l’ensemble de sa surface. Cette méthode ne permet cependant pas de prendre en compte la chaleur liée aux mouvements des gaz chauds (les effets convectifs), ni la conduction thermique en cas de contact direct avec un combustible tel qu’un tronc d’arbre ou un brandon.
Une fois cette exposition à la chaleur connue, il devient possible d’évaluer la vulnérabilité des équipements essentiels au fonctionnement du réseau, comme les canalisations, les vannes ou les brides (dispositif de raccordement entre deux sections de canalisation), susceptibles d’être à l’origine d’une fuite de gaz en cas de défaillance causée par un incendie.
À l’échelle du laboratoire, des panneaux radiants électriques composés de lampes halogènes émettant dans l’infrarouge, reproduisent les flux thermiques générés par un incendie afin d’étudier le comportement des canalisations souterraines et des équipements aériens soumis à de telles expositions.
Les premières mesures effectuées sur différents types de sols composant le territoire confirment que les canalisations souterraines bénéficient, grâce à leur profondeur d’enfouissement et à l’isolation assurée par le sol, d’une protection thermique efficace, y compris lors de scénarios sévères définis par un flux thermique incident et un temps d’exposition important. Les bandes de servitude, maintenues sans végétation au-dessus des ouvrages, renforcent encore cette protection.
Les équipements en surface restent en revanche plus sensibles. Leur comportement dépend non seulement de l’intensité de l’incendie et des conditions météorologiques mais aussi de la circulation du gaz dans les canalisations. En effet, un gaz en circulation emporte une partie de la chaleur vers l’aval, ce qui peut limiter l’échauffement des parois. À l’inverse, interrompre l’écoulement diminue les conséquences en cas de fuite mais prive la canalisation de ce refroidissement.
Faut-il interrompre l’écoulement par mesure de sécurité ou, au contraire, le maintenir afin d’évacuer une partie de la chaleur ? Cette question, déjà soulevée lors des incendies de Gironde en 2022, fait aujourd’hui l’objet de débats entre les pompiers et les industriels, afin de mieux protéger ces infrastructures face à des incendies appelés à devenir plus impactants.
Comme pour les habitations, la réduction de la végétation constitue la première ligne de défense des installations gazières face aux incendies. L’enjeu est de définir des distances de débroussaillement conciliant sécurité des infrastructures et préservation des nombreux milieux naturels traversés par le réseau. À mesure que les incendies deviennent plus intenses, ces travaux contribueront à adapter les méthodes d’évaluation des réseaux énergétiques face à ce risque appelé à croître dans les prochaines décennies.
Dylan BERNARD a reçu des financements de NaTran, Storengy et Téréga.
Les mégafeux observés actuellement en Gironde ne mettent pas seulement les services d’incendie et de secours à l’épreuve.
La lutte contre l’incendie passe aussi par la mise au point d’une logistique efficiente pour évacuer un vaste territoire sans le paralyser.
De précédentes catastrophes ont montré le rôle central joué par la logistique qui, plus qu’un simple soutien aux secours, se présente comme un élément clé de leur efficacité.
Tandis qu’un incendie parcourait fin juillet 2026 plus de 42 000 hectares en Gironde, en menaçant les abords de la métropole bordelaise, l’histoire retiendra sans doute des évacuations massives de populations diffusées en boucle par les chaînes télévisées d’information continue. Des dizaines de communes vidées de leurs habitants, des files d’automobiles et de camping-cars sans fin, des norias de bateaux rejoignant Arcachon… et un parc des expositions à Bordeaux de 8 000 places transformé en immense hub d’accueil… Cette réalité vertigineuse traduit un changement d’échelle : les incendies ne menacent plus seulement des massifs forestiers mais le fonctionnement même de territoires, ses infrastructures de transport, ses équipements publics et la continuité de ses services essentiels.
Derrière l’ampleur du sinistre aquitain, quasi comparable à celui de l’été 1949 (52 000 hectares brûlés), se dessine une matérialité moins visible. Les images spectaculaires des flammes masquent une autre bataille, celle de l’organisation des flux. En parallèle de la lutte menée par les secours, il faut évacuer des centaines de milliers de personnes, maintenir les axes ouverts aux colonnes d’intervention, approvisionner les centres d’accueil et coordonner une multitude d’acteurs publics et privés. Les points de situation publiés quotidiennement par la préfecture de la Gironde ont d’ailleurs mis en lumière que les opérations mobilisent autant les capacités de coordination que les moyens de lutte contre l’incendie. À partir d’un certain seuil, largement franchi fin juillet 2026, la lutte contre tout mégafeu ne devient-elle pas d’abord un problème de logistique ?
Un changement de nature
En quelques heures, face à un incendie devenu incontrôlable, plus de 220 000 personnes ont été appelées à quitter leur domicile ou leur lieu de vacances en Gironde, des dizaines de communes ont été évacuées, des infrastructures routières, autoroutières et ferroviaires ont été fermées, tandis que des milliers de pompiers continuaient de combattre un incendie hors norme, qualifié lors d’une conférence de presse de véritable orage de feu par le directeur départemental des Services d’incendie et de secours (SDIS) de la Gironde, dont la progression dépendait du vent, de la sécheresse et de la topographie. Dans ce contexte, la lutte contre l’incendie pose une problématique majeure de circulation.
Si le changement d’échelle est significatif, il reste encore méconnu. Tant que les flammes menacent quelques habitations, la priorité consiste à protéger les personnes et les biens, mais lorsque les évacuations concernent des dizaines de milliers d’individus, il faut piloter et coordonner simultanément des flux de véhicules, de personnes, d’informations, de secours, de carburant, de nourriture et de matériel. La crise change alors de nature. Elle ressemble moins à une opération de secours qu’à une immense chaîne logistique constituée dans l’urgence, et dont un large espace plus ou moins aisément accessible devient le « siège ».
L’incendie de Fort McMurray, dans l’Alberta (Canada), constitue l’un des exemples les plus spectaculaires du changement d’échelle. En mai 2016, près de 90 000 habitants quittent la ville en quelques heures. Le feu progresse si rapidement qu’une partie de la population doit d’abord être évacuée vers le nord, c’est-à-dire en direction des flammes (!), avant de pouvoir redescendre plus tard sous escorte. Les autorités ne gèrent plus seulement un incendie mais une réorganisation complète des flux sur plusieurs centaines de kilomètres. Les travaux consacrés à cette évacuation erratique indiquent que l’enjeu majeur résida alors dans le maintien de la fonctionnalité du réseau de transport, malgré l’évolution rapide du gigantesque front de feu.
Une chaîne logistique… inversée
Habituellement conçue pour acheminer des produits vers les consommateurs, une chaîne logistique suit un mouvement exactement inverse lors d’une évacuation, comme en Gironde. Il faut extraire une population d’un territoire qui devient progressivement inhabitable, tout en faisant converger vers ledit territoire les ressources destinées aux secours. Deux flux antagonistes coexistent donc. D’un côté, les habitants doivent impérativement sortir, et d’un autre côté, les pompiers, les véhicules, les citernes, les équipes médicales et les ravitaillements doivent entrer. Les deux utilisent les mêmes routes, les mêmes carrefours, en bref des structures logistiques communes.
Une telle situation explique pourquoi la décision d’évacuer ne peut être prise au dernier moment, lorsque les infrastructures de transport sont compromises par la progression du feu. Chaque véhicule qui quitte rapidement la zone menacée libère autant d’emprise spatiale pour les combattants du feu. L’évacuation ne constitue donc pas seulement une mesure de protection des populations ; elle devient une condition du déploiement efficace des secours. Aux États-Unis, le plan d’action de la Federal Emergency Management Agency préconise ainsi, selon une feuille de route précise, des évacuations planifiées afin de préserver simultanément les itinéraires de sortie et les voies d’accès des services d’urgence.
Une question de circulation des ressources plus que de quantité ?
Une telle logique ne concerne d’ailleurs pas uniquement les incendies de forêt. Après le passage de l’ouragan Katrina à La Nouvelle-Orléans, en août 2005, les travaux consacrés à la gestion de crise ont indiqué que la catastrophe avait surtout révélé une difficulté de synchronisation entre les différentes opérations : évacuation des habitants, acheminement des secours et rétablissement des services essentiels. L’enjeu n’était donc pas seulement de disposer de moyens supplémentaires, mais d’éviter que les infrastructures disponibles deviennent un facteur de blocage. Katrina a ainsi contribué à imposer une idée centrale en logistique humanitaire, à savoir que lors d’une catastrophe majeure, la performance dépend autant de la circulation des ressources que de leur quantité.
Un principe classique de la gestion des systèmes complexes est que leur fonctionnement dépend moins d’une capacité globale que de la robustesse des éléments les plus contraints. Une infrastructure peut disposer de nombreux moyens tout en restant vulnérable si un point critique atteint sa limite. Une évacuation de grande ampleur obéit à ce principe : peu importe le nombre de gymnases disponibles si les routes qui y conduisent sont saturées… Les crises révèlent en fait les fragilités cachées des systèmes, en particulier leurs dépendances et leurs points de rupture, comme le note l’OCDE.
Identification des points critiques
Il est par conséquent naturel que les gestionnaires de crise raisonnent en permanence en référence à la présence de potentielles vulnérabilités : un échangeur autoroutier, un pont, une voie ferrée ou une commune dont toutes les routes convergent vers un même axe. Dans une situation d’évacuation massive, la robustesse d’un territoire dépend donc moins du nombre total d’infrastructures disponibles que de la capacité de quelques réseaux essentiels à rester fonctionnels et assurer la continuité des mobilités. Quelques points critiques deviennent dès l’instant des éléments déterminants à identifier dans le cadre de la préparation des territoires aux événements extrêmes.
Début novembre 2018, lors de l’incendie de Camp Fire qui ravagea la ville de Paradise, en Californie, plus de 50 000 habitants durent être évacués par un réseau routier particulièrement contraint. Les analyses conduites postérieurement par le National Institute of Standards & Technology démontrent que l’enjeu n’était pas seulement de faire sortir rapidement la population, mais d’adapter en temps réel l’organisation de la circulation à l’évolution du front de feu. Les autorités ont ainsi ouvert des contresens, modifié les itinéraires au coup par coup et créé des zones de refuge temporaires lorsque certaines routes devenaient impraticables. L’incendie de Paradise est aujourd’hui devenu un cas d’école d’une planification réussie des évacuations face aux mégafeux.
Des scènes de panique qui restent toutefois exceptionnelles
La comparaison avec une chaîne logistique traditionnelle trouve toutefois rapidement ses limites. Une population n’est pas un flux de marchandises car les habitants interprètent les consignes, hésitent, désobéissent parfois, s’entraident ou adaptent leur comportement à partir des informations dont ils disposent. Loin des représentations médiatiques, les recherches en psychologie des catastrophes soulignent que les scènes de panique généralisée demeurent exceptionnelles et que les solidarités spontanées jouent souvent un rôle déterminant dans la réussite d’une évacuation. John Drury et ses collègues invitent même à considérer que le véritable risque réside davantage dans les mythes entourant les comportements collectifs que dans les comportements eux-mêmes.
Sud-Ouest – Juillet 2026
Depuis l’accident nucléaire de Fukushima, en mars 2011, il est apparu que l’évacuation de certains groupes de personnes peut devenir un fort facteur de risque. Des enquêtes menées après la catastrophe ont montré que les évacuations précipitées de résidents d’hôpitaux et d’établissements pour personnes âgées avaient parfois entraîné des conséquences sanitaires graves. Depuis, les plans d’évacuation distinguent plus clairement les populations autonomes des populations dépendantes afin d’adapter les modalités de leur prise en charge. La protection des populations ne se résume donc jamais à déplacer le plus vite possible une masse indistincte d’individus.
Un enjeu majeur de sécurité civile
La protection civile s’est longtemps construite autour de la capacité à intervenir sur le sinistre. Avec la multiplication des événements climatiques extrêmes, déplacer au mieux une population tout en maintenant les fonctions essentielles du territoire concerné devient un enjeu tout aussi stratégique, imposant une planification préventive (long terme) associée à une agilité organisationnelle renforcée (très court terme). Une telle évolution rapproche les services de sécurité civile d’un domaine longtemps associé à l’industrie et au commerce, à savoir le management performant des chaînes logistiques complexes.
En bref, culture de la résilience, gestion capacitaire, redondance assumée et prise en compte des contraintes deviennent désormais des outils indispensables pour anticiper les évacuations de grande ampleur. Les incendies girondins de 2026 illustrent ainsi une réelle disruption révélant combien l’anticipation, la coordination interservices, et l’adaptation permanente des acteurs de terrain conditionnent la réussite des opérations de protection des populations confrontées à des phénomènes toujours plus imprévisibles. Face aux mégafeux, la logistique ne doit plus être réduite à un simple soutien aux secours, elle devient au contraire l’une des clés de leur efficacité.
Gilles Paché ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Léo-Paul Barthélémy, Doctorant en sciences de l’information et de la communication, Université de Lorraine
Dans le cadre de la guerre à haute intensité en Ukraine, le rôle du réseau X (anciennement Twitter) a évolué : il est devenu un terrain privilégié à la fois pour les analystes, les journalistes et les chercheurs, ainsi qu’un espace d’expression pour les diplomates et les responsables politiques.
Dès les premières heures du 24 février 2022, alors que Vladimir Poutine venait d’annoncer, dans un discours prononcé à l’aube, le lancement de ce qu’il qualifie d’« opération militaire spéciale », des milliers de publications pullulaient déjà sur Twitter. Réactions diplomatiques, images prises sur le terrain — souvent filmées par des habitants ou enregistrées par des caméras de surveillance —, témoignages, premières enquêtes en sources ouvertes dites d’Open Source Intelligence (OSINT), analyses et campagnes informationnelles s’y entremêlaient en temps réel.
Twitter s’est imposé comme une source et un agrégateur d’informations, un espace de confrontation des récits, un laboratoire d’enquêtes ainsi qu’un outil de diplomatie numérique et une salle de rédaction internationale. Les journalistes n’étaient plus les seuls à informer : gouvernements, ONG, témoins, civils, militaires, analystes ou encore chercheurs y prélèvent et diffusent leurs informations.
Un terrain numérique riche en données
Rappelons que Twitter a été fondé en 2006 par Jack Dorsey, Evan Williams, Biz Stone et Noah Glass, avant d’être racheté par Elon Musk en octobre 2022 qui l’a renommée X en juillet 2023. Ce dernier a engagé des remaniements internes concernant aussi bien le fonctionnement du réseau social que l’organisation de ses équipes, suscitant des controverses, notamment autour de la modération des contenus. La littérature scientifique consacrée à la plate-forme est conséquente et les chercheurs en sciences humaines et sociales investissent ce réseau social pour y analyser différentes dynamiques.
Ce « terrain numérique » offre aux chercheurs et journalistes un moyen d’observer un conflit en temps réel et de décrypter des dynamiques politiques, sociales et informationnelles. Dès 2009, la notion de « Twitter Revolutions » apparaît dans l’analyse de la circulation des informations lors des contestations en Iran. Cette même formule a été reprise ultérieurement, lors du Printemps arabe, pour décrire les mobilisations collectives.
La révolution de Maïdan a aussi fait l’objet de plusieurs études sur Twitter, tant linguistiques que sociologiques. Ces travaux se sont multipliés dès 2014 avec l’annexion de la Crimée et les combats dans le Donbass. Ainsi, une étude publiée en 2015 a montré que le hashtag #SaveDonbassPeople, lancé par des militants pro-russes dans le cadre d’une campagne reposant notamment sur la mise en scène d’enfants et la création de faux profils, est ensuite devenu un instrument de confrontation informationnelle entre les deux camps. Plus récemment, en 2022, des chercheurs ont mis en évidence, à partir d’un corpus de tweets, une progression marquée de l’usage de la langue ukrainienne parmi les utilisateurs ukrainiens étudiés, parallèlement à un recul de l’usage du russe.
Diplomaties en miroir
L’allocution télévisée de Vladimir Poutine annonçant le lancement de l’« opération militaire spéciale » a été diffusée le jour même sur le compte officiel du ministère russe des Affaires étrangères, quelques heures après sa diffusion sur les chaînes de télévision russes.
Un compte gouvernemental, @Ukraine, avait demandé aux internautes : « Mentionnez @Russia et dites-leur ce que vous pensez d’eux », dans le but de sensibiliser à la situation en cours. En écho au concept de Netizen, désignant un citoyen actif sur Internet, l’expression « Netizen Battalion » a été employée par un chercheur pour qualifier l’audience internationale impliquée dans le suivi de cette guerre.
Les réactions des partenaires de l’Ukraine se sont succédé en cascade. Les publications de ces acteurs coexistent, se répondent et s’influencent mutuellement. Chaque publication apporte une bribe d’information : une heure, un message, une image, une vidéo, un hashtag, une réaction. Ensemble, ces fragments composent progressivement une archive numérique de la guerre.
Une bataille narrative dans le cyberespace
La guerre se joue aussi dans les fils d’actualité et de discussions (ou threads), où chaque publication peut être interprétée différemment. Le bombardement de la maternité de Marioupol, le 9 mars 2022, l’illustre : les photos d’Associated Press, montrant des femmes enceintes évacuées des décombres, ont circulé dans le monde entier et alimenté une bataille diplomatique sur Twitter, plusieurs diplomates russes dénonçant une mise en scène. Une image peut ainsi être à la fois un élément de preuve, l’objet d’une controverse et un instrument diplomatique, façonnant une « grammaire visuelle de la véridiction ».
La même mécanique s’est reproduite à Kramatorsk, le 8 avril 2022, qui a fait plusieurs dizaines de morts. Dmytro Kuleba affirmait que les Russes savaient la présence de civils dans la gare, qualifiant l’attaque de « massacre délibéré ».
Les autorités russes ont rejeté toute responsabilité, accusant l’Ukraine en retour.
Publication de l’ambassade de Russie au Royaume-Uni contestant les images du bombardement de la maternité de Marioupol (version archivée). The Guardian
Avant même que les enquêteurs puissent accéder au site, deux versions opposées circulaient déjà. Cette fois encore, les « OSINTers » ont confronté ces récits aux données disponibles. Bellingcat a relevé les incohérences des affirmations russes, tandis qu’une enquête de Human Rights Watch a conclu que l’attaque avait été menée par la Russie au moyen d’un missile Tochka-U, équipé d’une ogive à sous-munitions.
Dès 2022 et au-delà du théâtre ukrainien, l’opération d’influence russe Doppelgänger a diffusé sur X de faux contenus renvoyant vers des copies de médias européens, notamment Le Monde et Der Spiegel. L’objectif était d’installer durablement des récits destinés à fragiliser le soutien occidental à l’Ukraine tout en jouant avec le brouillard informationnel.
Une seconde opération, Matriochka, visait quant à elle à perturber le travail des vérificateurs de faits et des médias en les saturant de demandes, sur X ou par e-mail, pour enquêter sur de faux contenus. Le service français VIGINUM a documenté l’ampleur de ces « modes opératoires informationnels ».
Schéma du mode opératoire informationnel Overload, auquel est associé Matriochka. VIGINUM
La rapidité devient une arme à part entière. Une image peut devenir virale avant d’être vérifiée ; un récit peut s’imposer avant même que les faits ne soient établis.
Ces mêmes messages s’imprègnent des codes de la culture web. Par exemple, les mèmes ont pris une place de premier plan dans la communication de comptes gouvernementaux officiels.
L’année 2022 a également coïncidé avec l’arrivée des outils d’intelligence artificielle générative. Par conséquent, de nombreux deepfakes ont proliféré, jouant très souvent sur les registres émotionnels pour susciter la compassion et l’empathie ou bien pour discréditer l’adversaire. De plus en plus sophistiqués à mesure que les outils s’améliorent, ils sont désormais au cœur des enjeux informationnels.
Des tweets aux enquêtes OSINT
Une question est alors centrale : comment distinguer une preuve d’une mise en scène, un fait d’une interprétation, une information d’une manipulation ? Pour répondre à ce défi, les enquêtes en sources ouvertes occupent une place décisive.
L’OSINT a également permis de documenter les exercices militaires russes menés aux frontières en 2021, puis l’invasion de 2022, grâce à l’exploitation de sources ouvertes par des analystes aux niveaux d’expertise variés. Leurs productions, associées à l’instantanéité des messages, ont fourni à la presse internationale des pistes d’analyse pour couvrir en continu le conflit, alors que la rapidité de l’invasion avait pris de court les rédactions.
Les informations, disséminées principalement dans le cyberespace mais pas seulement, s’appuient sur les témoignages oculaires, écrits ou filmés, ainsi que des données cartographiques ou encore satellites, sans nécessiter une présence sur place.
La veille de l’invasion, un embouteillage inhabituel est apparu près de la frontière russo-ukrainienne. Jeffrey Lewis, chercheur au Middlebury Institute, y a vu un possible signe du début de l’offensive russe, confirmé par des véhicules militaires repérés au même endroit. Google a ensuite désactivé l’affichage du trafic en Ukraine pour des raisons de sécurité.
Un hangar, un panneau, un parking ou même une ombre deviennent autant d’indices permettant de recouper les faits. Autre exemple, une vidéo montrant l’assaut contre l’aéroport de Hostomel a beaucoup circulé avant d’être géolocalisée grâce aux bâtiments visibles et aux images satellites.
Les organisations et groupes OSINT, souvent composés de bénévoles, comme Bellingcat, GeoConfirmed, InformNapalm, Molfar ou DeepStateUA, pour n’en citer que quelques-uns, publient leurs analyses sur X tout en se servant du même réseau pour nourrir leurs recherches.
Les méthodes d’analyse et de collecte des données sont par ailleurs régulièrement publiées dans une logique de rigueur et de transparence et les corrections discutées publiquement, à l’exemple du fil ci-dessous.
La plate-forme devient un espace où les informations sont confrontées et vérifiées. Le lecteur ne découvre plus seulement le résultat d’une enquête : il peut la suivre, voire y participer. Ces preuves peuvent, parfois, contribuer aux enquêtes judiciaires relatives aux crimes de guerre, dans une logique de « web of accountability ».
Une attention particulière doit aussi être portée aux diverses manipulations algorithmiques. Les comportements automatisés se matérialisent de différentes manières : de faux comptes (« fake followers ») créés en masse pour conférer une fausse légitimer à un compte fallacieux, d’autres créés expressément avec pour but de diffuser de faux narratifs, ou encore certains qui inondent de messages sur des hashtags précis (« spammers »). À ce titre, une étude portant sur la perception mondiale du début de la guerre a identifié une présence significative de tweets « pro-guerre » partagés par des comptes non associés à de véritables utilisateurs, dont plus de 10 000 bots.
Le rachat du réseau social par Elon Musk en 2022 a poussé certains utilisateurs vers d’autres plates-formes, comme Bluesky, sans empêcher la plupart des analystes de continuer à documenter la guerre malgré l’évolution des règles et des algorithmes. Par ailleurs, nombre de ces analystes publient simultanément sur d’autres médiums, notamment Telegram qui occupe une place importante en Ukraine.
Quand la diplomatie sort des chancelleries
Longtemps, la diplomatie s’exerçait largement à huis clos, à travers des notes verbales, des télégrammes et des négociations privées, tandis que sa dimension publique passait notamment par les conférences de presse.
Pour certains, à l’instar de l’ambassadeur de France en Ukraine en poste en 2022, le réseau était devenu un journal de bord suivi bien au-delà du seul cercle des diplomates. Il avait, entre autres, publié des consignes de sécurité destinées aux ressortissants français. Les comptes diplomatiques ne diffusent plus seulement des communiqués : ils réagissent en direct, interpellent d’autres acteurs internationaux, répondent aux accusations et influencent les débats.
Cette diplomatie publique peut également devenir conflictuelle. Elon Musk a tweeté en octobre 2022 une proposition de paix en suggérant notamment que la Crimée demeure sous giron russe. Andrij Melnyk, alors ambassadeur d’Ukraine en Allemagne, lui avait répondu publiquement : « Allez vous faire voir, telle est ma réponse très diplomatique. » Peu après cet échange houleux, SpaceX avait affirmé ne plus pouvoir financer Starlink, dont dépend en partie l’armée ukrainienne, avant un revirement ultérieur d’Elon Musk.
Ces séquences montrent l’imbrication de la diplomatie, du numérique et des entreprises privées dans les conflits. La communication diplomatique quitte en partie les canaux institutionnels pour devenir directe et personnalisée. L’ambassadeur n’est plus seulement le porte-parole de son État : il devient un acteur identifiable de l’espace numérique. Ses publications peuvent rassurer, signaler la continuité de son action, mobiliser des soutiens ou provoquer une controverse. La diplomatie reste dans les chancelleries, mais se joue aussi en public. Télégrammes et négociations confidentielles coexistent avec d’innombrables publications, devenues un relais de la diplomatie contemporaine.
De multiples acteurs mobilisent X pour toucher leurs audiences, mais aussi pour interagir directement avec des personnes qui seraient autrement difficilement accessibles, en court-circuitant les canaux traditionnels.
Les transformations liées à l’usage de la plate-forme, tant pour les « enquêteurs » que pour les « décideurs », s’expliquent à la fois par les possibilités offertes par X et par la manière dont les acteurs se l’approprient en situation de guerre. En ce sens, les publications qui y sont diffusées constituent une archive pour comprendre une guerre qui continue de s’écrire, année après année.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Les développeurs les plus en pointe avec l’intelligence artificielle générative décrivent une fatigue d’un genre nouveau, la vibecoding fatigue ou l’AI brain fry.
Des parades sont inventées pour ne pas se laisser soumettre par l’IA.
Cette fatigue pourrait gagner tous les métiers du langage, des journalistes aux juristes en passant par les traducteurs.
Sur un forum de développeurs, un ingénieur raconte sa fatigue après deux mois à coder sept heures par jour, quasiment sans week-ends. Il décrit une lassitude d’un genre particulier, née de ces outils qui produisent beaucoup, très vite, et qu’il faut valider sans relâche. Il en donne une image frappante :
« C’est comme mettre ta bougie de productivité sur un lance-flammes ; tu vas plus vite, mais tu brûles beaucoup plus d’énergie. »
Cette tendance, c’est la vibecoding fatigue, une lassitude de valider sans arrêt le travail d’une machine qui ne s’arrête jamais. Le mot est né sous la plume d’un ingénieur passé chez Google, Jorge Raad, qui décrit dès août 2025 le malaise né d’une délégation cognitive excessive aux outils d’IA. Les fils de discussion de praticiens s’en emparent dans les mois qui suivent, bien avant la première étude savante, publiée en mars 2026, sur laquelle je reviendrai.
Ce que disent les forums rejoint les enquêtes. Dès 2024, l’Upwork Research Institute interroge 2 500 professionnels ; 77 % de ceux qui utilisent l’IA jugent qu’elle a alourdi leur charge. Un an plus tard, la même équipe va plus loin ; parmi les salariés les plus productifs grâce à l’IA, 88 % se disent en burn-out.
C’est un basculement que je documente aussi sur mon terrain, une enquête menée depuis 2023 auprès d’une dizaine d’entreprises du numérique françaises, dont les résultats paraîtront prochainement. Une tendance liée à l’objet de ma thèse, à savoir l’adaptation des entreprises du numérique à l’IA générative.
Utilisateurs et constructeurs de l’IA
Les grands modèles d’IA, ceux d’OpenAI, d’Anthropic, de Google ou de Microsoft, ont tous misé sur le code, pour deux raisons. Le code agit directement sur le monde puisqu’une seule ligne peut lancer un calcul à l’autre bout de la planète. Et surtout, il se vérifie. Quand un modèle se trompe dans une phrase, l’erreur reste floue.
Quand il se trompe dans un programme, le bug se voit, se compte et se corrige. Les concepteurs de ces modèles en ont fait leur mesure de progrès. Le principal test du secteur, SWE-bench, soumet les modèles à des centaines de bugs réels relevés dans des logiciels publics. Un classement en ligne affiche pour chaque modèle la part de ces bugs qu’il parvient à corriger seul, et chaque laboratoire y suit la progression de ses concurrents.
Les développeurs sont équipés plus tôt et plus intensément que les autres. Ils s’en servent même pour fabriquer les outils d’IA eux-mêmes ; ils sont à la fois utilisateurs et constructeurs. Traducteurs, comptables, juristes, tous les métiers du langage suivent, avec un temps de retard.
Canari dans la mine
En mars 2026, une étude, menée sur 1 488 personnes, le baptise l’AI brain fry. Les coûts sont conséquents avec un tiers de fatigue de décision en plus, 39 % d’erreurs graves en plus, et une envie de démissionner qui passe de 25 % à 34 %. Un des auteurs, Matthew Kropp, désigne les premiers concernés, les ingénieurs qui pilotent déjà plusieurs systèmes d’IA à la fois. Il les appelle « le canari dans la mine », des sentinelles dont la fatigue annonce celle des autres métiers.
L’explication précède l’IA générative de quarante ans. Dès 1983, l’ergonome Lisanne Bainbridge décrivait les « ironies de l’automatisation ». Quand on confie les tâches faciles à la machine, il ne reste à l’humain que les plus difficiles, plus la surveillance de l’ensemble.
Les chercheurs Marie-Laure Cahier et Pierre Quesson le retrouvent dans le conseil. Une médecin du travail qu’ils citent l’explique simplement. Les tâches simples étaient des moments de repos pour le cerveau. Quand ces outils s’en chargent, il ne reste que l’effort, sans répit. Un consultant parle d’un « exosquelette mental » qui décuple les forces tant qu’on le porte. Reste à savoir ce qu’il en demeure quand on l’enlève.
La chercheuse en data marketing & IA Kathleen Desveaud décrit un risque voisin ; à force de déléguer, certains perdent leurs compétences. Les forums décrivent le phénomène symétrique. Chez ceux qui gardent les commandes, les compétences s’usent d’être sollicitées en continu ; le geste technique passe à la machine, et l’arbitrage comme la coordination occupent désormais tout le terrain.
Trois garde-fous
Face à ces tensions, les développeurs les plus en pointe inventent des parades, dont trois reviennent avec insistance.
Faire un brouillon
Avant de lancer l’outil d’IA, ils écrivent en mots simples ce qu’ils veulent obtenir. Un développeur le résume ainsi :
« Tu installes l’IA en face de toi. Tu lui dis : on va travailler cette spécification fonctionnelle. Je donne l’idée, tu poses les questions, et tu rédiges. »
Ce détour répond à un trait de ces systèmes, qui produisent d’abord ce qui sonne bien. Sans cadre fixé à l’avance, on prend le plausible pour du juste. Un journaliste peut faire de même avant de commander une synthèse ; un juriste, avant un projet de contrat.
Se réapproprier le travail
Une fois la production faite, ils ne se contentent pas d’un « ça marche ». Ils vérifient qu’ils sauraient la défendre devant un collègue, sans notes. Un développeur de vingt ans d’expérience explique :
« Je relis et je comprends chaque ligne produite. Pas pour vérifier que ça marche, pour comprendre ce qui a changé ».
L’exigence est ancienne, mais elle oblige désormais à ralentir contre la cadence de la machine, et ce ralentissement a un coût.
Refuser certaines tâches
Les développeurs tracent des lignes rouges. Ils gardent trois domaines pour eux : les choix d’architecture qui engagent l’avenir d’un système, les zones à risque (paiements, données médicales, fichiers clients), et les tâches qui donnent du sens à leur métier. L’un d’eux le dit crûment :
« Je passe la moitié de mon temps à dire à l’IA ce qu’elle ne doit pas faire. Ne lis pas ce fichier. Ne refactorise pas. Reste à ta place. »
Ces refus relèvent du jugement professionnel, et les entreprises qui voudront les codifier se heurteront à une règle bien connue : plus une contrainte est rigide, plus elle se contourne.
Observer les professionnels chevronnés
Le sociologue Hartmut Rosa l’avait pressenti. Chaque technique qui accélère remplit davantage les minutes qu’elle promettait de libérer. Cette pression s’exerce d’abord sur les métiers du langage, à commencer par celui où l’IA a envahi le quotidien.
Les trois parades ont un point commun ; elles réinstallent après coup les freins que la machine a supprimés d’entrée.
Ces réflexes demandent ensuite à être transmis. Un repère pour qui débute pourrait être d’observer où les professionnels chevronnés refusent d’utiliser l’IA. Leurs refus indiquent, mieux que tout référentiel, ce qu’il faut encore apprendre à faire soi-même.
Morgan Blangeois ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
L’IA pourrait transformer la manière de concevoir et d’analyser les sondages, sans nécessairement remplacer les personnes interrogées.pics five
Les instituts de sondage explorent de plus en plus l’idée de remplacer une partie de leurs répondants par des intelligences artificielles capables de simuler des profils humains. Moins coûteuse et plus rapide, cette approche soulève toutefois une question fondamentale : une opinion générée par un modèle est-elle vraiment comparable à celle d’un citoyen ?
Les enquêtes et les sondages permettent aux sociétés de mieux comprendre ce que pensent les citoyens sur des sujets aussi variés que la politique, la santé ou l’éducation. Mais de moins en moins de personnes acceptent d’y répondre, ce qui oblige les instituts à solliciter davantage de participants et fait fortement grimper les coûts. Aux États-Unis, un prestataire de sondages facture ainsi une enquête de dix minutes auprès de 1 000 personnes plusieurs dizaines de milliers de dollars.
Les modèles d’intelligence artificielle pourraient-ils remplacer à terme des centaines, voire des milliers de répondants en reproduisant la diversité des réponses qu’apporteraient de vrais êtres humains ? Cette pratique, appelée « enquêtes synthétiques » ou « échantillon silicium » (« silicon sampling »), est déjà utilisée et coûte bien moins cher. Mais les résultats sont-ils fiables ?
Je suis un chercheur en apprentissage automatique. J’étudie les grands modèles de langage et leurs usages en médecine et dans la recherche scientifique. Ces systèmes évoluent en permanence à mesure que les entreprises les mettent à jour. Selon les consignes fournies, les paramètres utilisés ou la version du modèle, les réponses à une même question peuvent varier considérablement.
Cette caractéristique peut rendre ces modèles difficiles à utiliser de manière fiable dans les recherches en sciences sociales. Mais elle peut aussi être mise à profit pour simuler les réponses d’un grand nombre de personnes, ce que les chercheurs appellent des « répondants synthétiques ».
Pour générer, par exemple, 10 000 réponses avec ChatGPT, un institut de sondage peut fournir au modèle quelques informations démographiques de base ainsi qu’un contexte, par exemple : « Vous êtes un jeune électeur urbain, étudiant à l’université et de sensibilité politique conservatrice. Répondez aux questions suivantes. » Les chercheurs peuvent ensuite faire varier ces caractéristiques démographiques afin d’obtenir, pour une même question, une grande diversité de réponses produites par ChatGPT.
Le modèle possède également sa propre part d’aléa interne, ce qui l’amène naturellement à produire des réponses différentes lorsqu’une même question lui est posée à plusieurs reprises. Les chercheurs peuvent ainsi combiner les consignes fournies au modèle et cette part de hasard pour générer 10 000 réponses synthétiques différentes.
Les simulations ne sont pas des opinions
Les sondeurs utilisent depuis longtemps des modèles statistiques pour généraliser les résultats obtenus à partir d’un nombre limité de réponses. Et différents analystes peuvent tirer des conclusions différentes à partir des mêmes données d’enquête. Les études portant sur les répondants synthétiques suggèrent qu’ils pourraient être encore plus sensibles que les humains à de légères modifications des consignes ou des paramètres produisant des résultats très différents.
Mais l’utilisation de répondants synthétiques soulève une question plus fondamentale. Les sondages ne sont pas seulement des outils de prédiction. Ce sont aussi des instruments de mesure destinés à saisir ce que les gens pensent réellement. Un thermomètre mesure directement votre température. Vous ne feriez sans doute pas confiance à un appareil qui se contenterait d’estimer votre température en consultant un modèle d’intelligence artificielle.
Les grands modèles de langage et les autres outils d’IA héritent des biais et des angles morts présents dans les données sur lesquelles ils ont été entraînés. Par exemple, l’IA peut simplifier à l’excès ou déformer les opinions de groupes de population sous-représentés en ligne. Les sondages traditionnels comportent eux aussi des biais, mais nombre de ceux qui affectent les systèmes d’IA modernes restent invisibles au public, enfermés dans des modèles propriétaires dont le fonctionnement n’est pas transparent. Plus problématiques encore, certains instituts pourraient présenter au public des résultats issus de répondants synthétiques comme s’ils provenaient d’enquêtes réalisées auprès de personnes réelles.
Ces limites risquent d’éroder la confiance dans les sondages et, plus largement, dans la recherche par enquête. Elles soulèvent également un paradoxe intéressant. Les données synthétiques, créées par ordinateur ou par simulation, sont largement utilisées dans l’IA moderne. Elles servent à entraîner des systèmes d’intelligence artificielle dans des domaines aussi variés que la médecine, la finance, la robotique, les véhicules autonomes et bien d’autres. Pourquoi, dès lors, les réponses synthétiques à des sondages semblent-elles poser davantage de problèmes ?
La différence essentielle est que les données synthétiques sont vérifiées à l’aune du réel. Une voiture autonome peut être entraînée à partir d’images et de vidéos synthétiques représentant différentes conditions de circulation, mais aucun constructeur ne la mettrait en circulation sur la voie publique sans de vastes tests en conditions réelles. Si les données synthétiques dégradent les performances du système, les ingénieurs peuvent le corriger, le réentraîner ou le remplacer.
Les chercheurs peuvent être tentés de considérer les réponses synthétiques à des enquêtes comme une représentation de l’opinion publique. Pourtant, le système ne mesure pas réellement cette opinion. Il exécute une simulation de l’opinion publique fondée sur les données sur lesquelles il a été entraîné. Si ces opinions simulées s’éloignent de la réalité, les chercheurs risquent de ne s’en apercevoir qu’une fois que des conclusions erronées auront déjà influencé des politiques publiques, des décisions d’entreprise ou des travaux de recherche scientifique.
Des enquêtes mieux conçues et mieux analysées
Cela ne signifie pas pour autant que l’IA n’a aucun rôle à jouer dans la recherche par sondage. Elle peut au contraire aider les chercheurs à améliorer la conception des enquêtes sans affaiblir la mesure de l’opinion publique. Les outils d’IA peuvent contribuer à formuler des questions plus claires en simplifiant leur rédaction, en réduisant les ambiguïtés et en éliminant les répétitions. Ils peuvent aussi aider à supprimer les questions inutiles, ce qui facilite la participation des répondants. Ces outils sont également capables d’adapter les questionnaires à différentes langues.
Une fois l’enquête terminée, l’IA peut aider les chercheurs à organiser de grands volumes de réponses ouvertes, à résumer les thèmes récurrents et à traiter les questionnaires incomplets plus efficacement que des analystes humains. Certains chercheurs explorent ainsi des approches hybrides, combinant des enquêtes réalisées auprès d’échantillons humains plus restreints avec des outils d’analyse assistés par l’intelligence artificielle.
Les décideurs s’appuient sur les enquêtes et les sondages pour écouter et comprendre la voix des personnes affectées par leurs décisions. Remplacer les répondants humains par des répondants synthétiques risque d’affaiblir ce lien. Dans le même temps, la baisse des taux de réponse et l’augmentation des coûts constituent de véritables défis pour la recherche par sondage.
Je suis convaincu que de futurs travaux permettront de trouver des moyens d’utiliser l’intelligence artificielle de façon transparente, efficace et scientifiquement rigoureuse, sans pour autant remplacer les personnes elles-mêmes.
Ambuj Tewari a reçu des financements de la National Science Foundation et des NIH.
– L’été est une période où les enfants et les adolescents participent à de nouvelles activités et rencontrent de nouveaux groupes. Ils vont y nouer des amitiés mais parfois aussi se confronter au rejet.
– Les parents peuvent aider leurs enfants à surmonter cette mauvaise expérience en leur apprenant à gérer leurs émotions.
– Comme une blessure physique, la souffrance émotionnelle a besoin de temps pour guérir.
Le fait d’être rejeté peut parfois être si intense que cela s’apparente à une douleur physique : un coup de poing dans le ventre ou une douleur au cœur. Il s’accompagne souvent du sentiment d’être exclus et de ne pas être le bienvenu. Et cela peut nous amener à remettre en question notre propre valeur.
À l’école, les élèves peuvent être candidats à divers postes à responsabilité et à des activités extrascolaires. Ils peuvent passer une audition pour décrocher le rôle principal dans une pièce de théâtre, tenter leur chance pour intégrer l’équipe des sportifs de haut niveau ou obtenir un solo dans l’orchestre de l’établissement. Ce sont d’excellentes occasions de s’épanouir personnellement, mais tous les élèves ne peuvent pas être retenus.
Même en dehors de l’école, les enfants et les adolescents peuvent se voir refuser une invitation à une fête, ne pas être retenus pour un job à temps partiel ou ne pas être admis à l’université.
En tant que parent, il peut être douloureux d’assister aux difficultés que traverse notre enfant après un refus. Nous ressentons sa peine, mais nous ne savons pas toujours comment l’aider.
Comment les enfants affrontent un rejet
Le rejet revêt souvent un caractère personnel, mais il peut également avoir des répercussions sur les relations proches, les groupes de pairs et le statut social ou la réussite. Par exemple, un adolescent qui n’a pas été admis dans une équipe sportive risque d’avoir moins d’occasions de passer du temps avec ses amis qui, eux, y ont été admis.
Pour les enfants qui font l’expérience du rejet pour la première fois, il peut être difficile d’identifier et de gérer les émotions négatives. Les réactions des enfants, telles que la colère ou l’inquiétude, peuvent les surprendre eux-mêmes autant que leurs proches.
Des études suggèrent que les adolescents sont hypersensibles au rejet, en partie en raison des changements neurophysiologiques qui surviennent pendant la puberté et qui orientent leur attention vers le développement de relations en dehors du cercle familial.
L’utilisation des réseaux sociaux par les adolescents peut également accentuer leur sentiment de rejet s’ils sont exposés à des images de la vie « parfaite » et des réussites « impressionnantes » des autres.
Même une fois la vingtaine atteinte, les jeunes restent très sensibles aux signes d’acceptation ou de rejet, ce qui les rend d’autant plus vulnérables aux émotions négatives intenses lorsqu’ils sont rejetés.
Se relever
Mais le rejet n’est pas qu’une mauvaise nouvelle. Il peut être l’occasion de mettre en pratique des stratégies d’adaptation telles que l’acceptation, l’auto-compassion, la définition d’objectifs et le compromis. À de nombreux moments de la vie, ce sont ces compétences qui renforcent la résilience et nous protègent contre les effets négatifs du stress.
Il existe des moyens d’aider un enfant ou un adolescent à développer ces capacités d’adaptation et à rebondir après un rejet.
Reconnaître les émotions et les pensées négatives
Les préadolescents qui ont peu l’habitude du rejet peuvent d’abord avoir besoin d’un peu de temps pour se calmer. Même si certains peuvent souhaiter rester seuls un moment, ce qui est tout à fait normal, il est important de leur tendre la main pour les aider à mettre des mots sur leurs pensées et leurs émotions.
Les adolescents ou les jeunes ayant davantage d’expérience ont peut-être développé certaines stratégies positives pour gérer les émotions négatives liées au rejet. Ils ont peut-être trouvé des moyens d’y faire face, par exemple en identifiant ce qu’ils ont appris de cette expérience ou en s’adonnant à des activités permettant de mettre fin aux pensées négatives. Cependant, écouter et reconnaître leurs sentiments pessimistes, en particulier avant d’envisager d’autres options, est tout aussi important.
Façonner un récit
Les parents peuvent également aider les enfants et les adolescents à aborder sous un autre point de vue le rejet en leur partageant des histoires.
Ces histoires peuvent être les propres expériences de rejet vécues par l’adulte. Elles peuvent aussi s’inspirer d’anecdotes concernant des personnalités célèbres, de livres ou de films que l’enfant adore. Les histoires peuvent servir de repères pour aider à rebondir après un revers important.
Ne pas s’appesantir
Lorsqu’on essuie un refus, il est normal de se demander pourquoi. Même les parents peuvent essayer de trouver des raisons au rejet de leurs enfants, en incriminant un professeur injuste, ou en se demandant si leur enfant aurait pu travailler davantage. Certaines personnes peuvent rapidement tomber dans le piège de l’auto-accusation, ce qui peut entraîner de la tristesse, de la colère, du ressentiment et une baisse de l’estime de soi.
Au lieu de vous laisser entraîner dans un jeu de reproches, concentrez-vous plutôt sur la manière d’aider votre enfant à se tourner vers l’avenir. Encouragez-le à réfléchir aux opportunités à venir, à de nouveaux objectifs et aux leçons qu’il a tirées de cette expérience.
Favoriser les liens sociaux
Après une déception, il est normal d’avoir envie de se replier sur soi-même pendant un certain temps. Encouragez votre enfant à continuer à rester en contact avec sa famille et ses amis. Passer du temps avec d’autres personnes l’aidera à retrouver confiance en lui et à se sentir à sa place.
Il est également utile de garder à l’esprit que le rejet peut être ressenti comme une véritable douleur physique. Expliquer cela à votre enfant peut l’aider à mieux comprendre ce qu’il ressent. Comme une blessure physique, cette souffrance émotionnelle a besoin de temps pour guérir.
Avec un accompagnement adapté, les déceptions des enfants peuvent n’être que des contretemps temporaires. Ils peuvent apprendre à construire un réseau de soutien et à développer les ressources personnelles nécessaires pour faire face plus facilement aux prochaines difficultés.
Melanie J. Zimmer-Gembeck bénéficie d’un financement de l’Australian Research Council.
Source: The Conversation – in French – By Fabrice Raffin, Maître de Conférence à l’Université de Picardie Jules Verne et chercheur au laboratoire Habiter le Monde, Université de Picardie Jules Verne (UPJV)
En France, il n’existe pas une seule réalité culturelle mais une multitude d’expériences de la culture, qui se vivent de façon très différentes.
Certaines expériences reposent sur une forme de distance avec le public, quand d’autres l’impliquent pleinement ; la culture peut également jouer le rôle de simple médiateur dans des expériences de sociabilité.
Reconnaître cette réalité plurielle permet de relativiser l’importance d’une démocratisation culturelle qui se concentre presque exclusivement sur la culture « légitime ».
Cette confusion tient d’abord au fait que des pratiques et des logiques très différentes sont traitées comme une seule et même réalité. Que l’on considère un public recueilli, un soir d’été dans le silence de la cour d’honneur du Palais des papes ; des metalleux qui sautent et chantent en cœur devant une scène du Hellfest ; des spectateurs qui déambulent en famille une glace à la main au festival Chalon dans la rue ; ou encore un adolescent dans un train qui, sur son téléphone, revoit la story d’un ami filmée la veille aux Eurockéennes de Belfort, il s’agit de situations difficilement comparables. Pourtant, nous ne disposons que d’un seul mot pour les nommer : culture.
À bien observer ces situations, pourtant, à scruter les publics, ce qu’ils font, ce qu’ils attendent, on voit se dessiner des régimes d’expérience culturelle spécifiques, c’est-à-dire des manières différenciées de vivre ce que la culture procure. Dans certains cas, l’expérience repose sur la distance, la retenue, l’interprétation. Dans d’autres, intense, elle engage le corps, la participation collective. Ailleurs encore, elle tient d’abord à la circulation, à la rencontre, à la sociabilité. Enfin, elle se prolonge désormais dans les flux numériques, où l’événement persistant sur les réseaux, se détache de son lieu d’origine pour être commenté, partagé, repris dans le monde entier.
C’est à partir de ces différences que l’on peut distinguer quatre régimes culturels : le régime apollinien, le régime dionysiaque, le régime hermésien et le régime numérique. Une grille de lecture qui a moins pour but de ranger les pratiques dans des cases, que de comprendre les logiques qui les organisent, les valeurs qu’elles mobilisent et les attentes qu’elles suscitent, manière de parler de la culture au pluriel.
Le régime apollinien, ou la culture comme élévation
C’est le régime que l’on associe le plus spontanément à l’idée de « grande culture ». Celui du Festival d’Avignon, de certaines pièces de Wajdi Mouawad ou de Julie Deliquet, du Festival d’art lyrique d’Aix-en-Provence ou des Chorégies d’Orange. On s’y installe en silence. On regarde, on écoute, on contemple, on vient aussi pour réfléchir.
La bonne conduite consiste à contenir son corps pour mieux concentrer son attention sur l’œuvre. Ce régime valorise la distance et la réflexion plutôt que la participation immédiate. Le spectateur reçoit, interprète, plutôt qu’il ne se mêle. Une représentation, un livre, une œuvre plastique, ne vaut pas seulement pour le plaisir du moment mais parce qu’elle dit quelque chose du monde, engage une réflexion, permet de comprendre. La culture, ici, n’est pas un loisir comme un autre : elle doit élever, instruire, émanciper.
Le régime dionysiaque, ou la culture hédoniste
Bien différent, le régime dionysiaque relève d’un plaisir participatif. Hellfest, Vieilles Charrues, grands concerts : on n’y vient pas seulement écouter des groupes, mais aussi pour être emporté par la foule, crier son émotion, vibrer collectivement. Quand des milliers de personnes reprennent un refrain, ce n’est plus seulement un public qui assiste à un concert : c’est une masse d’expression émotionnelle qui devient le concert lui-même. Le corps n’est pas tenu à distance. Il devient la condition de l’expérience esthétique. La valeur culturelle tient moins à une interprétation savante qu’à l’intensité vécue. Hédoniste, ce régime n’est pas nécessairement dénué de sens : un concert de rap engagé peut porter des messages politiques. Mais ce qui compte d’abord, c’est le plaisir, que l’énergie circule, que les corps s’expriment, que l’on en ressorte les jambes tremblantes et les oreilles sifflantes.
Quelque part entre deux pôles existe le régime hermésien où la culture, les œuvres sont surtout un prétexte relationnel. C’est le régime de Chalon dans la rue, des fanfares, des fêtes de quartier où une compagnie de théâtre de rue plante son décor entre deux immeubles.
On y vient autant pour voir quelque chose que pour être là, avec d’autres, avec des amis, en famille. L’attention y est plus souple : on regarde, on discute, on s’arrête, on repart. Cette intermittence n’est pas un défaut, elle fait partie du dispositif. La performance, le spectacle, l’artefact, jouent alors un rôle de médiateur plus que de centre. La réussite de ces événements se dit souvent en termes modestes : « il y avait du monde », « c’était vivant », « ça faisait du bien au quartier ».
Ces jugements ne sont pas anecdotiques. Ils traduisent une valeur culturelle à part entière : rendre un lieu habitable et faire tenir ensemble, le temps d’une soirée, des publics qui ne se croisent parfois jamais autrement. La musique, le spectacle, les artefacts y sont nécessaires, mais secondaires.
Le régime numérique, ou la culture envahissante en flux
Le quatrième régime ne désigne pas seulement les œuvres conçues pour les écrans et le monde digital, mais une transformation plus profonde de l’expérience culturelle elle-même. Ce régime récent est partout, de tous les instants : entre deux messages, dans le métro, chez soi, au réveil. Il bouleverse les situations culturelles en désancrant l’expérience d’un lieu et d’un moment précis et extraordinaire, point commun aux autres régimes. Médié par un écran, il permet de suivre un concert sans y être, de revoir un extrait, de commenter une œuvre à distance. Il produit aussi ses propres artefacts digitaux, Tik Tok, des formats de fictions qui ne fonctionnent qu’en ligne.
L’expérience devient potentiellement continue, persistante et fragmentée, prise dans les flux numériques. Le public n’est plus seulement celui qui assiste : il diffuse, commente, classe, détourne. La scène ne s’arrête plus à la scène.
Ce que cette grille change au regard
L’intérêt de cette typologie n’est pas de ranger chaque événement dans une case. Un même festival peut combiner plusieurs régimes : apollinien par sa réflexion sur le monde, dionysiaque devant ses scènes, hermésien dans ses circulations, numérique dans les images et commentaires qu’il prolonge. Son intérêt est plutôt de rendre visibles des attentes différentes, incomparables. Certains publics viennent chercher une œuvre, une exigence, une interprétation du monde. D’autres une intensité, une vibration collective, un relâchement. D’autres encore une occasion d’être ensemble, de circuler, de faire vivre un lieu.
Cette grille invite surtout à ne plus parler de la culture comme d’un bloc. Elle oblige à regarder les situations : ce qu’elles demandent, les postures et les attentes, les liens qu’elles fabriquent, les valeurs qu’elles mettent en jeu. Ici, la question des politiques publiques se déplace : il s’agit moins de démocratiser l’accès à l’offre culturelle (presque toujours apollinienne) que de reconnaître la pluralité des expériences et leurs logiques propres ?
Fabrice Raffin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.