No todas las muertes causadas por las olas de calor se deben a las altas temperaturas: el efecto de la contaminación

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio Díaz, Codirector de la Unidad de Referencia de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano. Profesor de Investigación. ISCIII, Instituto de Salud Carlos III

Vista de Barcelona en agosto. Rai Kirti/Shutterstock

Estamos a las puertas del verano en España y ya hemos experimentado los primeros coletazos de calor intenso. No sabemos qué nos depararán los meses próximos, pero el año pasado desde el punto de vista meteorológico
se registraron tres olas de calor estivales, con un total de 33 días.

Las altas temperaturas afectan negativamente a nuestra salud. En general, incrementan la mortalidad al producir un empeoramiento de patologías previas: personas con enfermedades respiratorias, cardiovasculares, renales, neurológicas y endocrinas crónicas ven agravados sus síntomas y esto hace que ingresen en un hospital o que fallezcan. Sin embargo, el impacto en la salud de las olas de calor no se debe únicamente a la temperatura. También tiene que ver con la contaminación.

Cómo se generan las olas de calor

Las situaciones meteorológicas que producen las olas de calor en la península ibérica suelen ser de dos tipos:

  • Un anticiclón que se sitúa sobre la Península que dificulta tanto los movimientos verticales del aire (convección) como los movimientos horizontales (advección). Esta ausencia de viento, junto con la fuerte insolación, hace que las temperaturas vayan aumentando día a día hasta que el anticiclón se desplace o se debilite.

  • La otra situación meteorológica que se relaciona con la ocurrencia de olas de calor es la existencia de patrones atmosféricos que impulsan hacia la Península aire muy cálido y seco procedente de África.

Altas temperaturas y contaminación

Las situaciones anticiclónicas impiden la dispersión de contaminantes, con lo que se produce un incremento en las concentraciones de los contaminantes primarios –aquellos emitidos directamente a la atmósfera–, como el dióxido de nitrógeno (NO₂). La existencia de dióxido de nitrógeno y las condiciones de estabilidad atmosférica, alta insolación y temperaturas elevadas son además propicias para la formación de un contaminante secundario como es el ozono troposférico (O₃).

En las olas de calor por entrada de aire sahariano lo que se favorece es un mayor transporte de material particulado (PM) de origen desértico a la atmósfera local. Las condiciones atmosféricas en estas situaciones también propician el incremento de concentraciones de dióxido de nitrógeno y ozono en el aire.

Por otro lado, las condiciones de sequedad extrema pueden provocar incendios que también liberan partículas tóxicas y compuestos orgánicos volátiles que pueden producir picos de ozono troposférico.

Todo esto significa que los días de ola de calor en la Península también suelen estar acompañados de altos niveles de contaminación atmosférica que afectan a la calidad del aire que respiramos.




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Efectos en la mortalidad diaria

Tanto la contaminación atmosférica como la temperatura durante las olas de calor actúan sobre la salud de grupos de vulnerabilidad similar, agravando el mismo tipo de enfermedades de carácter respiratorio y cardiovascular fundamentalmente. Por lo tanto, durante una ola de calor habrá un exceso de mortalidad atribuible a la temperatura, pero también a las mayores concentraciones de contaminación atmosférica.

La Oficina Española de Cambio Climático en su Evaluación de Riesgos e Impactos derivados del Cambio Climático de 2025 (ERICC-2025) menciona la necesidad de integrar el efecto de la contaminación junto con el impacto de la propia temperatura en la temperatura de definición de ola de calor.

En relación con la activación de los planes de prevención en salud pública ante olas de calor en Europa, la Organización Mundial de la Salud establece que la temperatura de definición de ola de calor debe basarse en criterios epidemiológicos y no exclusivamente meteorológicos. Es decir, se debe determinar la temperatura a partir de la cual aumenta la mortalidad de forma estadísticamente significativa. Este nivel debe ser la temperatura umbral de definición de ola de calor que se debe utilizar para prevenir los efectos de las altas temperaturas sobre la salud.




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Actualmente las temperaturas umbrales que utiliza el Ministerio de Sanidad en su “Plan Nacional de actuaciones preventivas de los efectos del exceso de temperaturas sobre la salud” no tiene en cuenta el posible efecto de la contaminación atribuyendo todo el exceso de mortalidad a la temperatura. Sin embargo, existen métodos estadísticos que permiten identificar separadamente qué mortalidad es atribuible a la temperatura y cuál a la contaminación.

En un estudio pendiente de publicación hemos comprobado que al aplicar este enfoque a todas las provincias españolas, las temperaturas de definición de ola de calor resultantes, una vez considerado el efecto de la contaminación, aumentan en promedio de 0,5 °C para el conjunto de España, con variaciones geográficas a nivel provincial que oscilan entre 0,1 °C y 2,9 °C.

Mapa que muestra las diferencias en ºC entre las temperaturas de definición de ola de calor teniendo en cuenta el efecto de la contaminación y sin considerarlo para las provincias españolas
Diferencias en ºC entre las temperaturas de definición de ola de calor (OC) teniendo en cuenta el efecto de la contaminación y sin considerarlo para las provincias españolas. Las zonas en blanco sin número indican que una de las dos temperaturas de definición de ola de calor no se ha podido calcular.
Los autores

Implicaciones en salud pública

Aunque 0,5 °C pueda parecer un incremento marginal, en términos epidemiológicos puede desplazar de forma relevante los umbrales de riesgo poblacional. Esto implica modificar la temperatura a partir de la cual se activan las alertas sanitarias, se movilizan recursos preventivos y se considera que la exposición al calor supone un riesgo significativo para la salud. Supondría también emitir menos alertas por calor y que estas fuesen más precisas y efectivas.

Por otro lado, hay un exceso de mortalidad durante las olas de calor que se está atribuyendo a la temperatura, pero que en realidad se debe a la contaminación. Según nuestras estimaciones, de media para toda España esta mortalidad atribuida inadecuadamente a la temperatura en olas de calor es del 18,7 %, pero sube hasta un 22,5 % en los días de ola de calor que se originan por la entrada de polvo del Sahara.

Pero quizá lo más relevante es que en la actualidad solo se estarían generando medidas preventivas para evitar ese exceso de mortalidad basadas en los efectos de la temperatura en la salud: mayor hidratación, no exponerse al sol, utilizar aire acondicionado. Pero no actuaciones dirigidas a la protección de la ciudadanía frente a la contaminación (utilización de mascarillas, no realizar ejercicio al aire libre) ni medidas por parte de las Administraciones encaminadas a disminuir esta contaminación atmosférica. Estas últimas incluirían, por ejemplo, la limitación del tráfico y de las actividades industriales y de producción de energía que supongan un incremento aún mayor de las concentraciones de los contaminantes atmosféricos, sobre todo en las zonas urbanas.


En la elaboración de este artículo ha colaborado Gerardo Sánchez Martínez, experto en Salud y Medio Ambiente de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA).


The Conversation

Julio Díaz recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III.

Cristina Linares Gil recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III y FECYT (FC-24-20138)

Pedro Salvador Martínez recibe fondos de MITECO.

José Antonio López Bueno y Miguel Ángel Navas Martín no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. No todas las muertes causadas por las olas de calor se deben a las altas temperaturas: el efecto de la contaminación – https://theconversation.com/no-todas-las-muertes-causadas-por-las-olas-de-calor-se-deben-a-las-altas-temperaturas-el-efecto-de-la-contaminacion-284198

La generación que nunca desconecta tampoco duerme

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid

Pressmaster/Shutterstock

Son las doce y media de la noche y un adolescente está tumbado en la cama. La luz de la habitación está apagada, pero el día todavía no ha terminado. El grupo de WhatsApp sigue activo. Llegan vídeos de TikTok, alguien comenta una foto en Instagram y otro propone una partida online. Técnicamente está solo en su habitación. Socialmente, sigue rodeado de gente.

Durante siglos acostarse significaba desaparecer unas horas del mundo. La noche imponía una desconexión natural. Los amigos dejaban de estar disponibles, las conversaciones terminaban y el descanso encontraba un espacio protegido. Hoy esa frontera ha desaparecido.

Cuando hablamos del deterioro del sueño adolescente solemos señalar a las pantallas y, especialmente, a la luz azul que emiten los dispositivos electrónicos. No es una preocupación infundada. Sabemos que la exposición nocturna a este tipo de luz puede alterar la producción de melatonina y dificultar el inicio del sueño.

Sin embargo, la luz azul es solo una parte de la historia. La estimulación cognitiva, la interacción social permanente y la dificultad para desconectar parecen desempeñar también un papel fundamental en la forma en que la tecnología está transformando el descanso de los adolescentes.

El problema no está solo en las pantallas

La gran transformación no es solo tecnológica, sino social. Por primera vez en la historia, los adolescentes pueden permanecer conectados a su grupo de iguales prácticamente las veinticuatro horas del día. La tecnología ha eliminado los límites temporales de la vida social. Antes existía una separación relativamente clara entre el día y la noche; hoy el grupo “entra en la cama”.

Lo hace con una intensidad difícil de ignorar. Un estudio reciente que monitorizó objetivamente el uso del smartphone en más de seiscientos adolescentes estadounidenses encontró que los jóvenes pasaban, de media, más de 50 minutos utilizando el teléfono entre las diez de la noche y las seis de la mañana durante los días lectivos. Más llamativo aún: el 52 % utilizaba el móvil entre medianoche y las cuatro de la madrugada, una franja horaria que debería estar dedicada casi exclusivamente al sueño.

La evidencia científica reciente sugiere precisamente que el principal problema no es el uso general del móvil, sino su utilización durante la noche. En un estudio con seguimiento diario de adolescentes estadounidenses, los días en los que los jóvenes utilizaban más de lo habitual el teléfono durante la noche, se asociaban con una peor calidad de sueño y con una hora de conciliación más tardía.

No estamos simplemente ante un problema de pantallas, sino de noches invadidas. La luz de las pantallas forma parte de esa transformación, pero también las notificaciones, los mensajes, las redes sociales y la sensación de que siempre ocurre algo de lo que no conviene perderse.

Miedo a perderse cosas

A ello se suma el miedo a quedarse fuera; la sensación de que, mientras uno duerme, los demás siguen participando en conversaciones, experiencias y acontecimientos importantes. Este fenómeno es conocido en la literatura científica como FOMO (del inglés fear of missing out, “temor a perderse algo”). Y resulta especialmente relevante en una etapa de la vida en la que pertenecer al grupo ocupa un lugar central.

Las investigaciones sugieren, además, que muchos adolescentes utilizan el móvil en la cama no solo para entretenerse, sino también para gestionar emociones, combatir el aburrimiento y mantener el contacto con los demás. Aquellos que presentan patrones de uso más emocionales o compulsivos suelen mostrar también peores indicadores de sueño y bienestar psicológico.

Las consecuencias van mucho más allá del cansancio. El sueño desempeña un papel fundamental en el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional y la salud mental. Además de afectar al rendimiento académico, dormir poco incrementa la irritabilidad, dificulta la gestión emocional y aumenta el riesgo de ansiedad y otros problemas psicológicos.

La punta del iceberg de una situación que se normaliza

Lo preocupante es que esta situación se está normalizando. Cada vez resulta más habitual encontrar adolescentes que duermen menos de lo recomendable y consideran ese agotamiento como una parte inevitable de la vida cotidiana.

Pero los adolescentes son, en realidad, la punta del iceberg. Vivimos en una cultura que ha convertido la disponibilidad permanente en una norma. Contestamos correos por la noche, revisamos mensajes al despertar y llevamos el trabajo y las redes sociales en el bolsillo a todas horas. Los jóvenes, simplemente, representan la versión más visible de un problema que afecta al conjunto de la sociedad.

Por eso, quizá ,la pregunta ya no sea solo cómo reducir el tiempo de pantalla antes de dormir. La cuestión de fondo es cómo proteger espacios reales de desconexión en un mundo diseñado para captar nuestra atención de forma permanente. Tal vez el desafío no consista únicamente en aprender a convivir con la tecnología, sino en recuperar la capacidad de desaparecer durante unas horas del mundo.

En otras palabras, descolonizar la noche y devolver al descanso un espacio propio. Porque dormir no es desconectarse de la vida, sino una condición para vivirla mejor.

The Conversation

Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Impuestos y tasas para contener el turismo masivo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Concepción Foronda Robles, Catedrática de Geografía Humana. Instituto Andaluz de Investigación e Innovación en Turismo (IATUR), Universidad de Sevilla

Los turistas inundan la Riva degli Schiavoni, en Venecia, incluido el famoso Puente de la Paja. Jaroslav Moravcik

En los últimos tiempos, diversos destinos turísticos han ido aplicando nuevas tarifas de entrada ante el aumento del número de visitantes. La más reciente fue Roma, que cobra por el acceso a las escalinatas de la Fontana di Trevi desde febrero de este año.

Dolce Vita (1960): en una Roma desierta, Anita Ekberg baila, maravillada, en la Fontana di Trevi. Fuente: FlixOlé, YouTube.

Turismo y precios tributarios

El sector turístico engloba el transporte, el alojamiento, el ocio y la restauración, que pagan los mismos impuestos que el resto de la economía: impuesto de sociedades, IRPF e IVA. Estos son impuestos generales del sistema tributario.

Pero también existen otros tributos creados para el turismo como la tasa de ocupación en alojamientos, la tasa de pasajeros de transporte o las cuotas de acceso en algunas actividades. Cada uno adopta una forma jurídica distinta, como impuesto, tarifa o precio público, según lo defina la ley.

Para regular el acceso a determinados espacios públicos (plazas, calles o parques) en momentos de saturación, algunas ciudades han empezado a cobrar por la entrada a lugares específicos. Este modelo recaudatorio, que surge para controlar la presión de los visitantes, genera polémica. Algunas personas temen que favorezca la privatización del espacio público, mientras que otras critican que pueda limitar la libertad de movimiento o generar discriminación económica.

Venecia, laboratorio urbano

Venecia, Patrimonio de la Humanidad desde 1987, estableció en 2024 un modelo de pago para entrar en su centro. La medida nació ante el riesgo de que la UNESCO la incorporase en su lista de lugares patrimoniales en peligro por su sobreexplotación turística. Se fijó una tarifa de cinco euros para reservas anticipadas y 10 para las de última hora en días de gran afluencia. Ese mismo año, casi medio millón de personas pagaron la tasa y se recaudaron 2,24 millones de euros.

Sin datos suficientes para valorarla con rigor, algunos expertos dudan de la capacidad de esta medida para reducir la presión turística sobre la ciudad. El gobierno local no busca frenar las llegadas sino redistribuirlas, evitar decisiones improvisadas y mejorar la habitabilidad de esta frágil ciudad. A ello se suma la campaña “Enjoy Respect Venice”, que retoma normas del reglamento de policía y seguridad urbana y las dirige a los visitantes.

Esta política se desarrolla dentro de espacios de prueba, llamados entornos regulatorios controlados (sandbox), que se inspiran en la legislación europea de inteligencia artificial (Reglamento 2024/1689). Permiten ensayar nuevas herramientas de gestión urbana antes de convertirlas en reglas permanente.

Roma, acceso simbólico a la Fontana de Trevi

En febrero de 2026 se implantó un pago de dos euros para acceder al área inmediata de la Fontana de Trevi, donde los visitantes suelen fotografiarse y lanzar monedas. Ese mes se registraron 229 896 visitantes y la recaudación ascendió a 435 194 euros. Los fondos se destinarán a financiar la entrada gratuita a los museos de Roma para sus residentes.

La plaza continúa siendo de acceso libre; únicamente el entorno más cercano a la fuente exige este pago simbólico. Su objetivo es ordenar las visitas y reducir la masificación, ya que, en temporada alta, la Fontana recibe 70 000 visitantes diarios y supera los 10 millones al año.

Las autoridades aplican medidas excepcionales cuando la presión pone en riesgo la conservación del espacio y la calidad de vida de los vecinos.

Microdesconcentración en el parque Güell

El Park Güell es un parque público barcelonés, obra del arquitecto Antonio Gaudí. Desde 2013, su zona monumental (famosa por su mirador con trencadís, la sala de columnas y la salamandra) tiene entrada y control de visitas. En 2024, el Ayuntamiento de Barcelona adoptó medidas para reducir la presión turística sobre los barrios colindantes (como La Salut, Carmel, Can Baró y Vallcarca). La más llamativa fue retirar la línea de autobús 116 de Google Maps y Apple Maps. Esta decisión redujo su uso por los turistas y permitió a los residentes recuperar este servicio público.

A esta acción se sumaron controles de tráfico, con cambios en las paradas de taxis. Además, la compra de entradas pasó a ser online. Las paradas de transporte mostraron avisos de “Todo vendido”. Acciones como éstas crean un modelo que actúa sobre el monumento, la movilidad y la experiencia del visitante.

Kioto, protegiendo sus barrios históricos

Otro caso es el barrio de Gion, en Kioto. Desde 2023 aplica medidas para proteger sus calles tradicionales, donde trabajan y viven las geishas y maikos. Algunas de estas medidas fueron restringir el acceso a los callejones residenciales y multar a los turistas por conductas inapropiadas.

Además, se limitaron algunas líneas de autobuses urbanos. En horas punta, varias de ellas se señalan como “sólo para residentes”. Con esta decisión se asegura la movilidad del vecindario y se reduce la presión del turismo sobre el transporte local.

La famosa tasa turística de pernoctación

La tasa turística suele referirse al impuesto que se aplica a las estancias. Este impuesto se cobra en hoteles, apartamentos, campings y casas rurales, y suele calcularse como una cantidad fija por persona y noche o como un porcentaje del precio del alojamiento. Su valor cambia según la categoría del hospedaje, su ubicación o la temporada.

A pesar de su popularidad, su implementación genera debate, pues puede afectar a la competitividad del destino al aumentar el coste del viaje. También plantea dudas sobre la equidad, porque suele aplicarse al alojamiento regulado. El no reglado o ilegal queda al margen.

En España, Cataluña fue la primera región en aplicarla, en 2012. Barcelona, además, destaca por su recargo municipal, el más alto del país. Baleares la aplica desde 2016 y Galicia desde 2025. La Coruña y Santiago también se han sumado. El País Vasco la activará en el transcurso de 2026 y el debate continúa en otras comunidades.

El impuesto invisible del transporte

Por último, la tasa de transporte o impuesto de salida afecta a quienes llegan o salen por un aeropuerto o puerto. Esta es prácticamente invisible para el turista porque está integrada en el precio del billete. Por este motivo, el viajero asume el coste antes de llegar al destino.

En algunos países, esta tasa se destina a fines sociales o de solidaridad. Su efecto es reducido porque factores como rutas, conectividad o atractivo pesan más en la decisión del viajero. Las aerolíneas, además, ajustan sus precios para mantener sus aviones llenos.

Varios Estados europeos la aplican, con precios muy variados según países y distancias. Entre ellos están Francia, Alemania, Italia, Dinamarca, Reino Unido, Países Bajos, Portugal y Suiza, integrada en el precio del billete.

Respecto a América Latina, en su reunión anual de 2026, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA por sus siglas en inglés) ha señalado que, aunque la región tiene potencial de crecimiento, también aplica una importante carga de tasas e impuestos: su peso sobre los precios de los billetes puede llegar a alcanzar el 29 % del total de su coste.

Medidas de choque

Estamos ante un amplio repertorio de medidas para afrontar la saturación urbana. Estas actuaciones abarcan desde códigos de conducta, campañas de sensibilización y reordenación de flujos, hasta reservas obligatorias, límites de aforo o pagos por acceso.

Las tarifas deben ser el último recurso y reservarse para situaciones excepcionales y de alta presión. El objetivo es evitar medidas duras cuando el problema aún admite soluciones suaves.

Para valorar estas políticas, es esencial entender la finalidad de cada modalidad fiscal, sea recaudatoria, reguladora o de prestacional. También es esencial reforzar la transparencia en la comunicación con residentes, visitantes y empresas turísticas.

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Concepción Foronda Robles recibe fondos del proyecto de investigación e innovación aplicada “Turismo para los ciudadanos: Inteligencia para un turismo sostenible y participativo” (PPIT – FEDER- SOL2024-31731), cofinanciado por UE – Ministerio de Hacienda y Función Pública – Fondos Europeos – Junta de Andalucía – Consejería de Universidad, Investigación e Innovación.

ref. Impuestos y tasas para contener el turismo masivo – https://theconversation.com/impuestos-y-tasas-para-contener-el-turismo-masivo-277776

Mismo potencial, distinto reconocimiento: por qué algunas mujeres directivas tienen que demostrar más

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

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Para que una mujer obtenga la misma percepción de éxito profesional que un hombre con su mismo perfil de personalidad, suele necesitar puntuaciones más altas en los rasgos típicamente asociados al liderazgo. Es lo que nos muestra un estudio que acabamos de publicar en la revista Evidence-Based HRM, en el que analizamos los datos de 630 directivos en activo en India.
En concreto se evaluaron seis rasgos de personalidad vinculados al alto potencial para relacionarlos con la percepción que estas personas tenían de su propio éxito profesional.

Los resultados apuntan a una conclusión relevante para la gestión del talento: los mismos rasgos no siempre producen el mismo retorno profesional percibido en hombres y mujeres. Dicho de forma sencilla, una misma puntuación en un rasgo asociado al liderazgo no parece interpretarse ni traducirse del mismo modo según quién la tenga.

Cuando los datos no bastan por sí solos

En los últimos años, muchas organizaciones han incorporado cuestionarios de personalidad, pruebas psicométricas y sistemas de evaluación para identificar a sus empleados con mayor potencial. La promesa implícita es atractiva: sustituir la intuición por datos, reducir la arbitrariedad y tomar decisiones más objetivas sobre promociones, desarrollo directivo o planes de sucesión.

El problema es que la objetividad del instrumento no garantiza, por sí sola, la neutralidad de la decisión. Un test puede medir del mismo modo a dos personas, pero sus resultados se interpretan dentro de culturas organizativas donde todavía operan expectativas distintas sobre cómo deben comportarse un hombre o una mujer en posiciones de liderazgo.

La cuestión, por tanto, no es solo si una persona posee determinados rasgos, sino si esos rasgos son reconocidos y recompensados de la misma manera.

Un problema que también interesa en España

Aunque los datos del estudio proceden de profesionales directivos en India, el mecanismo estudiado conecta con una preocupación muy presente en España: la persistente menor presencia femenina en la alta dirección.

Los avances son visibles, especialmente en los consejos de administración. El informe de Atrevia e IESE sobre mujeres en los consejos del IBEX 35 muestra que la representación femenina en los consejos ha superado el umbral del 40 % en el selectivo español. Sin embargo, la presencia de mujeres en los comités de dirección sigue muy lejos de la paridad. Según ese mismo informe, en el IBEX 35 la presencia femenina en los comités de dirección se sitúa en torno al 23,5 %.

Los datos del INE también muestran que las mujeres siguen siendo minoría en los cargos directivos y en la alta dirección en España. Esto sugiere que el problema no está solo en llegar a los órganos visibles de gobierno corporativo, sino también en cómo se construyen las trayectorias profesionales que permiten acceder al poder ejecutivo real.

Lo que encontramos

El patrón más claro apareció en los rasgos tradicionalmente asociados al liderazgo más duro: competitividad, coraje y responsabilidad. En nuestro estudio, estos rasgos se asociaban positivamente con el éxito profesional percibido. Pero esa relación no era idéntica para hombres y mujeres.

En las mujeres, la pendiente que conectaba estos rasgos con el éxito profesional percibido era más pronunciada. Esto puede interpretarse como una señal de umbrales asimétricos de reconocimiento: para que una mujer obtenga el mismo nivel de reconocimiento subjetivo asociado a determinados rasgos de liderazgo, puede necesitar mostrarlos con más intensidad o de forma más visible que un hombre.

La idea no es que las mujeres carezcan de esos rasgos. Tampoco que los hombres sean evaluados siempre de forma favorable. La idea es más sutil: en contextos directivos, donde el liderazgo todavía se asocia con atributos tradicionalmente masculinizados –decisión, competitividad, ambición, seguridad–, el mismo rasgo puede tener un significado social distinto según quién lo expresa.

Esta lectura encaja con la teoría de la congruencia de rol según la cual, las mujeres líderes se enfrentan a una tensión persistente: si muestran rasgos comunales (empatía, colaboración, apoyo) pueden ser vistas como menos directivas, y si muestran rasgos muy asertivos pueden ser percibidas como menos congruentes con las expectativas tradicionales asociadas a la feminidad.

El caso más llamativo: la curiosidad

Uno de los resultados más interesantes apareció en un rasgo aparentemente neutro: la curiosidad intelectual. En nuestro estudio, la curiosidad mostró un patrón diferente según el género. Para los hombres, una mayor curiosidad tendía a asociarse con más éxito profesional percibido. Para las mujeres, la relación era negativa.

La interpretación que proponemos es prudente, pero relevante: en entornos directivos muy orientados al rendimiento, la curiosidad de un hombre puede leerse como innovación, visión estratégica o inquietud intelectual. En cambio, esa misma curiosidad en una mujer puede ser interpretada de forma menos favorable, como dispersión, falta de foco o alejamiento de lo que se espera de ella.

No es que la curiosidad cambie. Cambia la lectura social del comportamiento.
Este resultado conecta con la literatura sobre discriminación de género y falta de ajuste entre las características de una persona y las expectativas asociadas a un puesto o rol. En otras palabras, no se evalúa solo lo que alguien hace o cómo es, sino también si eso encaja con la imagen previa que otros tienen de cómo debería ser un líder.

Por qué esto importa al departamento de RR. HH.

Las implicaciones para las empresas son directas. Primero, las pruebas de personalidad y los sistemas de identificación de talento no deberían tratarse como oráculos neutrales. Son herramientas útiles, pero sus resultados deben interpretarse dentro de procesos humanos de evaluación.

Segundo, las organizaciones deberían revisar cómo definen alto potencial. Si los criterios no están claramente formulados, los evaluadores pueden terminar premiando estilos de liderazgo más familiares, más visibles o más alineados con estereotipos tradicionales.

Tercero, conviene estructurar mejor las decisiones de talento: paneles diversos, criterios definidos antes de evaluar, y revisión periódica de los resultados. La formación en sesgos también puede ayudar, pero no basta con cursos genéricos sobre sesgos inconscientes. La evidencia acumulada sobre formación en diversidad muestra efectos variables y a menudo limitados si no se acompaña de cambios en los sistemas de decisión.

Por último, las empresas pueden auditar sus propios datos. Si hombres y mujeres con perfiles equivalentes tienen probabilidades distintas de entrar en programas de alto potencial, recibir proyectos visibles o acceder a promociones, entonces el problema ya no es una impresión: es un patrón medible.

El detalle invisible que se acumula

Los efectos observados en este tipo de estudios no suelen ser enormes. Pero las carreras profesionales no se construyen en una sola decisión. Se construyen en muchas: una promoción, una recomendación, una invitación a un comité, una asignación internacional, una exposición ante la alta dirección, una conversación informal en la que alguien dice “esta persona tiene potencial”.

Cuando pequeñas diferencias se repiten durante años, acaban produciendo grandes desigualdades.

Por eso conviene desplazar la pregunta. No basta con preguntar si las mujeres tienen talento, ambición, curiosidad o coraje. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: cuando los tienen, ¿los reconocemos igual?

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Mismo potencial, distinto reconocimiento: por qué algunas mujeres directivas tienen que demostrar más – https://theconversation.com/mismo-potencial-distinto-reconocimiento-por-que-algunas-mujeres-directivas-tienen-que-demostrar-mas-282782

¿Quién decide cómo enseñar cuando la inteligencia artificial entra en el aula?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mari Mar Boillos Pereira, Profesora contratada doctora de la Facultad de Educación de Bilbao, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

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Imaginemos a una profesora de periodismo. Lleva años enseñando a sus estudiantes a escribir reportajes: a buscar la fuente, a estructurar el relato, a encontrar el tono. Ahora, en su facultad, le recomiendan que incorpore chatbots a sus clases. Le ofrecen un taller de dos horas sobre cómo construir prompts eficaces. Sale del taller con una lista de instrucciones. ¿Eso le ha ayudado a ser mejor docente? ¿O simplemente le han enseñado a manejar una herramienta sin preguntarle si esa herramienta tiene sentido en su asignatura?

Esta escena, que se repite con variaciones en universidades de todo el mundo, resume el problema que más preocupa a quienes investigamos la docencia universitaria en la era de la inteligencia artificial generativa: la tentación de reducir una cuestión pedagógica a una cuestión técnica.

Una tecnología cualitativamente distinta a las anteriores

Durante décadas, la tecnología educativa llegó a las aulas en forma de recursos inertes: un proyector, un ordenador, una plataforma de gestión de contenidos. El profesorado los usaba o no los usaba. Los adaptaba a su estilo. Mantenía el control de lo que ocurría en el aula.

La IA es diferente. Un modelo generativo no espera instrucciones pasivamente: identifica patrones, elabora argumentos, sintetiza información, evalúa respuestas, simula conversaciones. No son intermediarios pasivos entre docentes y estudiantes, sino que pueden desempeñar un papel activo en la configuración de los procesos educativos. En cierto sentido, actúan como interlocutores dentro del aula, lo que cambia radicalmente la naturaleza de su integración en la enseñanza.

El agente de IA interviene en procesos que hasta ahora pertenecían exclusivamente al juicio del profesorado: diseñar actividades, interpretar el progreso del alumnado, generar explicaciones, evaluar trabajos. Esto supone que puede ampliar las capacidades del docente o puede erosionar su papel.

La agencia docente: algo que se logra

En la investigación educativa, la agencia docente es la facultad de actuar de manera reflexiva e intencional dentro de las condiciones que ofrece el entorno. No es una habilidad que se pueda adquirir en un curso, sino que se desarrolla en determinadas condiciones.

Estas condiciones tienen que ver con tres aspectos:

  1. La mochila que cada docente trae consigo: su trayectoria formativa, sus experiencias como estudiante y como profesora, sus creencias sobre qué significa aprender. Nuestra profesora de periodismo, por ejemplo, ¿cómo aprendió ella a escribir un reportaje? ¿Considera la escritura como un proceso de pensamiento o como una técnica que se ejecuta? Esas respuestas condicionarán profundamente cómo interpreta la llegada de un chatbot a su asignatura.

  2. El contexto y las decisiones que le permite tomar. ¿Tiene acceso a las versiones completas de las herramientas o solo a las gratuitas con sus limitaciones? ¿Dispone de tiempo real para revisar críticamente lo que genera la inteligencia artificial o la carga docente hace esa revisión imposible? ¿Las normativas de su universidad le dan margen para experimentar con los sistemas de evaluación?

  3. El objetivo docente: si su objetivo es que el alumnado desarrolle la capacidad de escribir un reportaje –con todo lo que eso implica: investigar, estructurar, empatizar, revisar– quizás vea en el chatbot un atajo peligroso. Si, en cambio, interpreta la herramienta como un primer lector que ayuda al estudiante a identificar debilidades en un borrador antes de la revisión del profesor, puede ser un recurso que enriquezca el proceso sin sustituirlo.




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Cuatro condiciones que marcan la diferencia

La experiencia acumulada es un factor determinante a la hora de alcanzar la agencia docente. Disponer de referentes pedagógicos consolidados facilita que las tecnologías se integren de forma más reflexiva.

Además, es imprescindible una alfabetización crítica en inteligencia artificial. Entender cómo funcionan estos sistemas –cómo producen sus respuestas, qué sesgos pueden introducir, cuáles son sus límites– permite tomar decisiones pedagógicas informadas sobre su uso. La profesora de periodismo que sabe que el chatbot no “entiende” lo que escribe, sino que predice combinaciones probables de palabras, tiene una perspectiva muy diferente sobre qué puede y qué no puede pedirle a esa herramienta.




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No debe olvidarse tampoco el apoyo institucional. Cuando las instituciones ofrecen orientaciones claras, tiempo para la reflexión pedagógica y formación centrada en preguntas didácticas –y no solo en funcionalidades–, el profesorado dispone de más oportunidades para experimentar e integrar críticamente la tecnología.

Por último, las comunidades de práctica son fundamentales cuando los docentes se enfrentan a innovación pedagógica. Estos espacios de aprendizaje compartido permiten intercambiar experiencias, analizar dificultades y construir interpretaciones comunes sobre los cambios educativos. Los departamentos funcionan como comunidades profesionales donde se definen –muchas veces de forma implícita– qué formas de enseñanza se consideran legítimas y qué lugar ocupa la innovación docente. Cuando esa cultura penaliza la experimentación, el espacio para ejercer la agencia se estrecha considerablemente.

Quitarle el protagonismo a la IA

El debate sobre la inteligencia artificial en la universidad suele oscilar entre quienes ven una oportunidad transformadora y quienes ven una amenaza a la integridad académica. Pero ambas posturas comparten un punto ciego: asumen que la tecnología es el protagonista de la historia. El tecnodeterminismo, en sus distintas versiones, lleva décadas operando con esa lógica.

El enfoque ecológico propone otro protagonista: el profesorado. No como víctima pasiva de una irrupción tecnológica inevitable, ni como héroe solitario que resiste o abraza la novedad, sino como profesional situado en un contexto concreto, con una historia, con condiciones institucionales reales y con objetivos educativos que le dan sentido a su trabajo.

Por eso la amenaza mayor es acabar delegando de forma acrítica en estos sistemas procesos que son el núcleo de la función de quien enseña: interpretar el contexto del aula, tomar decisiones pedagógicas informadas, orientar el aprendizaje con criterio. Los sistemas basados en esta tecnología no deben entenderse como soluciones automáticas a los problemas educativos: siempre requieren el juicio pedagógico del profesorado, la reflexión ética y la supervisión humana.

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Mari Mar Boillos Pereira recibe fondos de REDU.

María Ripollés Meliá, profesora titular de la Universitat Jaume I, recibe financiación de la Red de Docencia Universitaria (REDU) para la creación de la Red de Inteligencia Artificial y Educación Superior, en el marco de un proyecto de transferencia del cual es Investigadora Principal (IP).

ref. ¿Quién decide cómo enseñar cuando la inteligencia artificial entra en el aula? – https://theconversation.com/quien-decide-como-ensenar-cuando-la-inteligencia-artificial-entra-en-el-aula-282987

Linfedema y lipedema: en qué se diferencian de la celulitis y cómo pueden ser tratados

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Beatriz Carpallo Porcar, Fisioterapeuta. Personal docente e investigador en el grado de Fisioterapia en la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación iPhysio., Universidad San Jorge

Se estima que entre el 80 % y el 98 % de la población femenina presenta algún grado de celulitis, una alteración básicamente estética, a lo largo de su vida. Sin embargo, el 40 % de las mujeres padecen patologías que pueden atribuir por error a la famosa “piel de naranja”: el linfedema y el lipedema. Conocerlas bien, y saber distinguirlas, permite identificar señales de alerta y buscar ayuda profesional cuando sea preciso.

1. Celulitis

La celulitis (también llamada lipodistrofia ginecoide) surge a partir de la menstruación y se caracteriza por un cambio en la estructura del tejido graso. Desencadenada por factores hormonales, vasculares, metabólicos y mecánicos, la causa principal suele ser el aumento de los estrógenos, que influye en la organización del tejido adiposo y genera nódulos grasos (adipocitos) más grandes.

El aumento de los adipocitos produce una ralentización de la microcirculación de la sangre, ya que los nódulos comprimen pequeños vasos sanguíneos. Y este problema hace a su vez que se incremente el líquido acumulado en las zonas afectadas por la celulitis. Por esa razón, las zonas más grasas, como las caderas o el abdomen, se notan más frías al tacto.

¿Y por qué aparece la “piel de naranja” con mucha más frecuencia en las mujeres? La respuesta está en cómo se estructura el tejido bajo la piel. Unas bandas de tejido fibroso llamadas septos conectan la piel superficial –como si fueran cuerdas– con estructuras más profundas del cuerpo. En las mujeres están colocados de forma vertical, mientras que en los hombres se disponen de forma oblicua o cruzada. Cuando los adipocitos aumentan de tamaño y esos tabiques fibrosos se vuelven más rígidos o pierden elasticidad con el paso del tiempo, tiran de la piel hacia abajo, mientras que la grasa empuja hacia arriba.

Esta fuerza combinada genera el aspecto irregular de la celulitis, con sus característicos “hoyuelos”. En el caso de los hombres, al estar los septos orientados en diferentes direcciones, la tracción se distribuye mejor y la superficie de la piel se mantiene más uniforme.

El estrés, el sedentarismo, el tabaco o tomar anticonceptivos son factores que afectan a la severidad de la celulitis. Sin embargo, a pesar de sus efectos visibles, no produce hinchazón progresiva de las piernas, ni afecta al sistema linfático, ni genera complicaciones clínicas relevantes, más allá del impacto estético o emocional. En suma, no es una enfermedad.

2. Linfedema

Por contra, el linfedema es una dolencia crónica del sistema linfático que puede afectar a la movilidad y la calidad de vida. Se caracteriza por la acumulación de líquido –generalmente en las piernas–, debido a un fallo del sistema corporal de drenaje.

Algunos linfedemas aparecen por alteraciones en el desarrollo del sistema linfático (linfedema primario), aunque son los menos frecuentes. Lo más habitual es que surjan a consecuencia de otros procesos, como la extirpación de ganglios linfáticos en cirugías oncológicas –por ejemplo, en pacientes de cáncer de mama– o tras recibir radioterapia. La obesidad y algunas infecciones también pueden desencadenarlo.

El linfedema, que suele ser progresivo, produce sensación de pesadez, tirantez y, en ocasiones, dolor. Es frecuente notar un aumento del volumen de la extremidad, que puede manifestarse de forma visible al final del día. Un signo típico es la marca profunda que dejan los calcetines o ciertas prendas en la piel, indicando que hay acumulación de líquido.

He aquí otras diferencias con la “piel de naranja”:

  • Mientras que la piel celulítica puede pellizcarse con facilidad, con linfedema se vuelve tensa y cuesta coger un pliegue (el llamado signo de Stemmer).

  • La celulitis rara vez provoca dolor o pesadez, mientras que el linfedema suele acompañarse de tensión, pesadez y molestias.

  • En la celulitis no hay edema, mientras que el linfedema sí provoca una acumulación de líquido que empeora con el tiempo.

  • La celulitis suele afectar a ambas piernas, mientras que el linfedema a menudo solo se manifiesta en uno de los miembros.

3. Lipedema

El lipedema es una condición que muchas mujeres –prácticamente solo afecta a la población femenina– sufren sin saberlo. A simple vista puede parecer “celulitis fuerte”, “piernas anchas” o “retención de líquidos”, pero en realidad se trata de un trastorno del tejido graso que hace que las piernas (y a veces los brazos) acumulen grasa de forma simétrica, dolorosa y desproporcionada, incluso manteniendo una vida activa y una alimentación cuidada.

Su causa exacta no se conoce por completo, pero sabemos que intervienen factores hormonales, genéticos e inflamatorios. Suele aparecer o empeorar en momentos de cambios hormonales, como la pubertad, el embarazo o la menopausia.

En cuanto a los síntomas, las afectadas describen una sensación muy reconocible: dolor en las piernas al tocarlas, moretones que “aparecen porque sí” y persistencia en el incremento de volumen de las piernas aunque el resto del cuerpo adelgace.

Muchas mujeres lo confunden con la celulitis, pero “la piel de naranja” no duele, no genera hematomas y no hace que las piernas engrosen de forma llamativa. Con el linfedema las diferencias son aún más claras: este suele afectar solo a una pierna, progresa con los años y la piel se vuelve tensa y dura.

En manos de la fisioterapia

La fisioterapia juega un papel esencial para tratar tanto el linfedema como el lipedema, ya que trabaja directamente sobre el tejido, la circulación y el movimiento, tres pilares que ambas condiciones alteran con el tiempo.

Para manejar el linfedema se aplica la llamada terapia descongestiva compleja, que combina drenaje linfático manual, vendajes multicapa, prendas de compresión, ejercicios específicos y cuidados de la piel.

Esta estrategia reduce el volumen del edema, mejora la función de los vasos linfáticos y disminuye la fibrosis del tejido. El drenaje manual es especialmente útil porque estimula las zonas sanas del sistema linfático para que “recojan el trabajo” de las áreas dañadas. Por su parte, los ejercicios suaves favorecen la acción de la llamada “bomba muscular”, que es el motor natural del retorno linfático.

En el lipedema, el objetivo es diferente: aquí se busca disminuir el dolor, mejorar la movilidad, reducir la sensación de pesadez y frenar la progresión del edema secundario, que puede aparecer en fases avanzadas. Como esta afección presenta cambios en la grasa, el agua extracelular y los vasos sanguíneos pequeños, técnicas como el drenaje linfático, la compresión adaptada y el ejercicio de baja carga contribuyen a controlar los síntomas. Los profesionales también enseñan a las pacientes estrategias de autocuidado, como ejercicios diarios, pautas de movimiento y recomendaciones para disminuir la inflamación.

En ambos trastornos, la fisioterapia ofrece algo que ningún otro tratamiento puede proporcionar: herramientas para recuperar autonomía, reducir molestias y sentir de nuevo que el cuerpo responde. Y, sobre todo, ayuda a que las mujeres entiendan que no están “hinchadas” porque sí, sino que su tejido necesita cuidados que realmente pueden marcar la diferencia.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Linfedema y lipedema: en qué se diferencian de la celulitis y cómo pueden ser tratados – https://theconversation.com/linfedema-y-lipedema-en-que-se-diferencian-de-la-celulitis-y-como-pueden-ser-tratados-277571

David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Simon Mckeown, Professor of Art, School of Arts & Creative Industries, Teesside University, Teesside University

Nacido en Bradford y moldeado por la disciplina de las escuelas de arte del norte, David Hockney aportó al arte británico una actitud de clase trabajadora, casi punk: “haz el trabajo, confía en tu ojo, no busques la aprobación de nadie”. Hockney conseguía que el éxito pareciera algo natural: todo color, buen humor, gafas geniales, cigarrillos y un encanto un tanto bohemio. Pero para un joven artista gay procedente de una ciudad industrial del norte, el camino no había sido fácil.

Hockney sabía lo que era ser juzgado antes de que se le viera como se merecía. En Gran Bretaña, los prejuicios de clase se detectan a través del acento. Su acento de Bradford transmitía historia, poesía y garra, pero en el Royal College of Art de Londres se burlaban de él. Al ver los dibujos de aquellos compañeros que se reían, decidió superarlos con sus trazos.

Bradford había educado a Hockney. El norte no era un desierto cultural a la espera de ser rescatado por Londres, sino un lugar de escuelas de arte serias, profesores, creadores y tradiciones visuales. Lo que le faltaba no era talento ni disciplina, sino la autoridad automática concedida a quienes se formaban gracias al privilegio.

Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Stephen Armstrong / David Hockney Collage, CC BY-SA

Hockney rechazó el destino que le habían asignado. Abrió las puertas para quienes le siguieron, demostrando que la escuela de arte, el éxito y la autoridad cultural no estaban reservados a quienes nacían dentro de las viejas redes que querían definir el gusto y la confianza. Su respuesta al prejuicio de clase, al esnobismo regional, a la homofobia y al control estético no fue adaptarse al punto de vista dominante. Se embarcó en una carrera artística de por vida, trabajando más duro, observando con mayor atención y creando más, hasta que los guardianes de la cultura no tuvieron más remedio que reorganizarse a su alrededor.

Creó innovadoras obras sobre el placer, el color y la amistad. Retrató la vida gay, no a través de la lucha, sino a través de la domesticidad, la ternura y el deseo, un enfoque valiente y agudamente inteligente antes de la despenalización parcial de las relaciones sexuales entre hombres en Inglaterra y Gales en 1967.

Como Boy George en el pop, Hockney hizo visible la diferencia a través del color, el humor y el estilo, de una forma que el gran público pudiera disfrutar antes de comprender necesariamente su trasfondo político. Frente al peso gris de los prejuicios heredados, ofreció algo brillante, accesible y discretamente radical. Mostró la felicidad cotidiana y así contribuyó a que los prejuicios contra ella resultasen ridículos, haciendo que la aceptación pareciera algo que ya se debería haber producido hace tiempo.

La última etapa de la carrera de Hockney también desafió la discriminación por edad y por discapacidad. Al usar una silla de ruedas, rechazó la suposición de que los cuerpos mayores o discapacitados implican una aptitud cultural mermada. Igual que un enfermo Henri Matisse haciendo recortes en su última década, Hockney hizo de la vejez algo activo, inventivo y de relevancia pública.

El arte de ver

Más allá de las piscinas y la luz de California, Hockney insistía en que el arte es un experimento sobre el acto de ver. Nunca consideró la mirada como algo pasivo. Adoptó la Polaroid, el fotocollage, el iPad, la proyección y la exposición inmersiva. Vivió el presente asimilando continuamente todo aquello que le ayudara a ver.

Su trabajo con el físico Charles Falco sobre el uso histórico de lentes, espejos y dispositivos ópticos en la pintura no fue una actividad secundaria, sino parte de una investigación de toda una vida sobre las tecnologías de la visión.

En Pearblossom Hwy (1986), Hockney utilizó cientos de copias fotográficas para fracturar el espacio y poner a prueba la percepción, al tiempo que se negaba a aceptar la cámara como autoridad definitiva. Se podría construir una montaña con todas las fotografías que no han logrado capturar la majestuosidad de un arbusto, un roble, una colina ondulada o, precisamente, una montaña. Para Hockney, ver no era lo mismo que registrar: la cámara podía atrapar un instante, pero el paisaje requería tiempo, atención, el clima y la experiencia corporal de estar allí.

Su obra posterior hizo explícita esa lucha por capturar el tiempo. Una y otra vez, Hockney se preguntaba cómo una imagen plana podía contener el color, la luz y el paso de las estaciones. Esto alcanzó una forma monumental en A Year in Normandie (2020), un friso hecho en iPad de más de 90 metros de largo.

Aquí, el tiempo se hace espacio. Recorremos su longitud, pasando por el invierno, la primavera, el verano y el otoño como si atravesáramos la vida misma. La obra captura el tiempo, pero también lo deja escapar, enseñándonos la fragilidad y la humildad humanas a través de las cosas más sencillas: un camino, un árbol, un campo, una explosión de flores de espino.

Vistos junto a los de otro artista del norte de Inglaterra, LS Lowry, los paisajes de Hockney cobran aún más fuerza. Los mundos industriales de Lowry, sociales, corporales, humeantes y abarrotados, son ahora –en gran parte del Reino Unido– un recuerdo pictórico. Las carreteras, los árboles, los campos y las flores de Hockney pueden llegar a tener algún día una carga similar. No solo registran un lugar, sino una frágil idea de la tierra, la estación y el sentido de pertenencia.

En una era medioambiental, detenerse a ver con atención las flores al borde de la carretera, los árboles, las estaciones y la luz cambiante no es una huida de la política. Es un acto radical y una forma de cuidado. La insistencia de Hockney en la observación pausada parece más una advertencia que una nostalgia.

Hockney no intentó escapar del norte ni de sus orígenes; al contrario, hizo que el norte fuera imposible de ignorar. Utilizando las herramientas digitales actuales, nos pidió que estudiásemos lentamente los espacios locales en su totalidad. Su legado no es solo que entrara en el canon artístico. Es que hizo que el canon fuera más cálido: más nórdico, más queer, más popular, más colorido, más curioso desde el punto de vista tecnológico y más abierto a la alegría y el placer.

Hockney convirtió el humor, la amistad y el goce en formas serias de intercambio. En un momento en el que algunas voces se benefician de la división, y en el que la crisis medioambiental y la guerra pesan de lleno sobre la vida cotidiana, el mensaje de despedida de Hockney, “ama la vida”, resulta más impactante que nunca.

The Conversation

Simon Mckeown recibe una subvención del Consejo de Investigación en Artes y Humanidades.

ref. David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’ – https://theconversation.com/david-hockney-el-artista-que-obligo-a-gran-bretana-a-hacer-sitio-al-color-la-alegria-y-la-identidad-queer-285405

Más grande, más caro y más excluyente: las contradicciones sociales del Mundial 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

El pasado 11 de junio, el silbato inicial en el Estadio Azteca de Ciudad de México inauguró el mayor torneo de la historia. La competición albergará a 48 selecciones nacionales de fútbol. Sin embargo, el evento también arranca como un complejo laboratorio social.

Bajo la promesa de una “fiesta continental” de unidad, la coorganización entre México, Estados Unidos y Canadá prometía diluir fronteras mediante el fútbol. Pero los hechos recientes muestran una realidad muy diferente. El torneo exhibe profundas asimetrías y políticas de exclusión hacia las masas populares.

Un arranque sin presidentes ni pueblo

El inicio del torneo pasó a la historia por sus grandes ausencias políticas. Las máximas autoridades de los tres países evitaron la fotografía oficial de inauguración. Este vacío gubernamental delataba la incomodidad ante las tensiones migratorias bilaterales.

La Copa Mundial de la FIFA 2026 introdujo un formato de tres ceremonias de apertura distintas en lugar de una sola, lo que generó un aluvión de críticas divididas en los países anfitriones. Los fanáticos cuestionaron el uso de playback, el desinflado de una réplica inflable de la copa en Canadá y la división del show, que fue considerado de baja intensidad en comparación con torneos anteriores.

Las ceremonias aparecieron entre claroscuros y contradicciones, ya que su formato fue más de un evento de inauguración cualquiera que de mostrar el musculo cultural de los anfitriones al mundo.

Los mandatarios optaron por el mutismo absoluto durante los actos de apertura. Ninguno quiso asumir los costes políticos de un evento cruzado por la discordia fronteriza.

La verdadera fractura social se vivió en las calles adyacentes al Estadio Azteca. Un estricto blindaje de seguridad asfixió el histórico fervor de la afición local; la fiesta popular quedó desplazada hacia las periferias urbanas.

El dinero desplazó el alma del torneo. La afición mexicana siempre puso el canto, el color y la pasión colectiva. Hoy, ese fervor popular fue sustituido por un frío silencio de corporaciones.

Dentro del estadio, el ambiente vibró bajo la lógica del negocio digital. Las tribunas preferentes recibieron a creadores de contenido y élites corporativas, pero el público tradicional quedó fuera del gran espectáculo .

Este bautismo de la era hiperdigital consagra una paradoja inquietante que abre el debate desde el primer minuto: ¿fue ese el inicio de la Copa del Mundo o el funeral de su dimensión social)?

El espejo de las disparidades económicas

El diseño original de la candidatura United 2017 proyectaba una Norteamérica integrada. Pero la distribución de los partidos delata una enorme desigualdad territorial. La gran mayoría de los juegos ocurrirá en suelo estadounidense, mientras que México y Canadá ocupan un rol de socios secundarios en la logística.

Esta disparidad se traduce en beneficios económicos muy desiguales. Las ciudades de Estados Unidos esperan derramas financieras multimillonarias. En contraste, las sedes mexicanas sufren el encarecimiento de la vivienda: los recursos públicos locales terminaron invertidos en los estadios, y esto profundiza las desigualdades sociales de la región.

Fronteras duras y control migratorio

El ideal de unión choca contra los controles fronterizos actuales, ya que el torneo coincide con un endurecimiento migratorio en Estados Unidos. Las restricciones de viaje afectan a los aficionados de diversas naciones clasificadas.

Los futbolistas profesionales viajan protegidos por visados especiales. En cambio, los hinchas comunes sufren exclusión y trabas burocráticas. Incluso algunas delegaciones oficiales han enfrentado duros interrogatorios en las aduanas.

Varios periodistas y árbitros africanos sufrieron retenciones aeroportuarias molestas. Por este motivo, muchos fanáticos prefirieron viajar solo a México o Canadá. El deporte opera hoy bajo lógicas de seguridad nacional.

Mientras los organizadores celebran ingresos comerciales históricos, las comunidades vecinas sufren persecución. Ciudades como Dallas y Miami colaboran activamente con el servicio de inmigración.

Un negocio exclusivo para élites

El modelo de negocio consolida un proceso de elitización inédito. A diferencia de torneos pasados, Norteamérica carece de una ventanilla única de visado. Los seguidores internacionales enfrentan un laberinto de tasas costosas y retrasos consulares.

Viajar requiere un gasto promedio de 4 000 dólares por visitante, y los precios elevados convierten las entradas en artículos de lujo prohibitivos. El ciudadano común queda confinado a mirar pantallas gigantes en el exterior, en las llamadas Fan Zones –zonas de fans–, estrategia que la FIFA presenta como el premio de consolación para las masas.

Por otro laso, los palcos VIP de los estadios multimillonarios albergan a las élites corporativas mundiales.

De la fiesta comunitaria al cliente deportivo

Las ediciones de México 1970 y 1986 fueron auténticas celebraciones populares en las que la sociedad civil desbordó las previsiones oficiales y construyó lazos solidarios. El juego funcionaba como un espacio de hospitalidad barrial.

El torneo de Estados Unidos 1994 sepultó esa mística comunitaria, instaurando un modelo puramente comercial y de mercadotecnia. Se inventó un cliente deportivo de clase alta para consumir el espectáculo.

La edición actual representa el triunfo definitivo de este esquema corporativo. El fútbol deja de ser un patrimonio cultural de la gente. Ahora es una mercancía reservada para las minorías ricas del mundo.

El Mundial de 2026 representa, pues, un punto de inflexión en la sociología del deporte. Cumple las expectativas de expansión de mercado y maximización de audiencias televisivas deseadas por las multinacionales, pero incumple flagrantemente la promesa de inclusión e integración humana que justifica la concesión de estos torneos a las sociedades civiles.

El torneo expone un diagnóstico incómodo para las ciencias sociales: el deporte rey ya no genera diplomacia cultural ni integración humana, sino que funciona como un catalizador que potencia las desigualdades globales.

Ante este escenario, surge una pregunta inevitable para cada aficionado: ¿debemos aceptar la muerte definitiva de la fiesta popular comunitaria? ¿Es posible rescatar el fútbol de las manos del corporativismo transnacional?

La pelota rueda en la cancha, pero el verdadero partido se juega afuera; la respuesta final queda en manos de una sociedad civil que hoy mira desde las periferias. El debate está abierto.

Este artículo ha sido elaborado con la colaboración de Iván Esaú Flores Romo, estudiante de la licenciatura en Negocios Internacionales de la Universidad de Guadalajara (México).

The Conversation

Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Más grande, más caro y más excluyente: las contradicciones sociales del Mundial 2026 – https://theconversation.com/mas-grande-mas-caro-y-mas-excluyente-las-contradicciones-sociales-del-mundial-2026-285118

Del Doctor Octopus a la rehabilitación: cómo funcionan las interfaces cerebro-máquina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucas Sebastián Peris, Investigador en Neurotecnologías, Universidad Miguel Hernández

Gorodenkoff/Shutterstock

Cuatro brazos mecánicos salen de la espalda de un científico mientras manipula material radioactivo con una precisión imposible. No utiliza mandos, joysticks ni botones. Controla su tecnología con la mente.

Cuando apareció por primera vez el Doctor Octopus en los cómics de Spider-Man y, más tarde, en el cine, aquello parecía pura fantasía tecnológica. La idea de fusionar mente y máquina se convirtió en un personaje de Marvel, capaz de transformar pensamientos en movimiento.

Lo más sorprendente es que esta tecnología existe hoy en día, pero tiene un uso muy diferente. En la actualidad, se desarrollan exoesqueletos que, como los brazos del doctor Otto Octavius, usan señales neurales para transformar la intención de movimiento del usuario en instrucciones para la máquina. Gracias a los interfaces mente-máquina (o BMI, siglas de Brain-Machine Interfaces).

Interfaces cerebro-máquina: invasivos o no invasivos

Las BMI utilizadas en muchos laboratorios son completamente no invasivas. La actividad cerebral se registra colocando electrodos sobre el cuero cabelludo mediante una gorra de electroencefalograma (EEG), sin necesidad de cirugía. Otro caso muy distinto son los interfaces invasivos, como el neurochip NEO recientemente aprobado en China o el implante Neuralink en cuyo desarrollo lleva décadas invirtiendo Elon Musk.

Los sistemas invasivos permiten registrar señales mucho más precisas directamente desde el cerebro. Gracias a ello, algunos pacientes con parálisis ya han logrado controlar cursores, escribir texto o manejar dispositivos digitales únicamente mediante la actividad neuronal. Sin embargo, requieren intervención quirúrgica y presentan retos clínicos y éticos adicionales.

Pero no son solo los productos que quedan implantados bajo la piel los que están ampliando los horizontes de la neurotecnología: muchos investigadores siguen apostando por métodos no invasivos.

Objetivo: devolver funciones perdidas

Aunque la idea de controlar máquinas con el pensamiento suene futurista, estas tecnologías no buscan crear superhumanos ni fusionarnos con la máquina al estilo Marvel. El objetivo es mucho más humano: devolver funciones perdidas.

Primero, el EEG mide la actividad eléctrica del cerebro. Luego, esta información se procesa mediante algoritmos de inteligencia artificial. Finalmente, la robótica transforma la señal en acciones mecánicas para interactuar con el entorno.

Entre sus usuarios, están pacientes con lesiones medulares, enfermedades neurodegenerativas o amputaciones que conservan la capacidad de generar intención de movimiento, pero la señal no llega a los músculos.

Y no solo sirven para sustituir funciones, sino también para ayudar a reparar funciones dañadas.

Cuando pensar vuelve a ser actuar

En los últimos años, distintos grupos de investigación han desarrollado BMI basadas en la “imaginación motora”. Este paradigma consiste en imaginar movimientos musculares de forma visual y kinestésica. La neurociencia ha demostrado que imaginar un movimiento activa parte de los mismos circuitos cerebrales implicados en ejecutarlo. El cerebro ensaya la acción incluso sin movimiento real.

Durante ese proceso, regiones cerebrales implicadas en la planificación y control del movimiento, como la corteza premotora, el área motora suplementaria y parte de la corteza motora primaria, muestran patrones de actividad similares a los que aparecen durante la ejecución real del movimiento. En concreto, aparecen modulaciones en determinados ritmos cerebrales, especialmente en las bandas de frecuencias alpha y beta, que también se observan durante la preparación y ejecución del movimiento.

En el deporte, es habitual. Algunos jugadores de baloncesto practican mentalmente tiros libres antes de dormir. Imaginan la posición de las manos, la trayectoria del balón o el sonido de la red.

Y, si funciona para mejorar el rendimiento en personas sanas, ¿por qué no en pacientes? Esta intención de movimiento activa mecanismos de neuroplasticidad que pueden ralentizar la degeneración neuromuscular y favorecer la rehabilitación. Pensar en moverse también deja huella en nuestras neuronas.

Del laboratorio a la rehabilitación

En el Brain-Machine Interface Lab de la Universidad Miguel Hernández, una de las líneas de investigación más activas se centra en la conexión entre imaginación motora y movimiento asistido. Algunos sistemas combinan señales EEG con exoesqueletos robóticos de miembro inferior capaces de asistir la marcha.

Los investigadores entrenan modelos de inteligencia artificial capaces de identificar patrones cerebrales asociados a la intención de movimiento, lo que permite a la máquina anticiparse al movimiento.

Así, nuestros trabajos demuestran que es posible detectar la imaginación motora durante el uso de estos dispositivos. Estos sistemas no buscan únicamente mover un robot: también pretenden reforzar la conexión entre intención cerebral y movimiento real, algo fundamental en rehabilitación.

Mucho menos Marvel de lo que parece

A pesar de cómo se representan en películas y cómics, las interfaces cerebro-máquina actuales todavía están lejos de permitir un control perfecto e instantáneo. Analizar señales cerebrales mientras una persona camina dentro de un exoesqueleto supone un gran desafío técnico.

Las señales EEG son débiles y ruidosas. Parpadear, mover la mandíbula o caminar pueden dificultar el análisis cerebral. Además, no existen dos cerebros iguales: incluso una misma persona puede mostrar grandes diferencias a lo largo del tiempo.

Por ejemplo, un mismo usuario puede producir patrones claramente distinguibles cuando está descansado, pero generar señales mucho más inestables si está fatigado, distraído o, incluso, ¡si ha tomado café!

Debido a estas diferencias, nace la principal dificultad de las BMI: la capacidad de generalizar. El cerebro es un órgano variable y cambiante, aunque muchos estudios centran sus esfuerzos en encontrar patrones comunes y adaptables que puedan hacer funcionar a las BMI independientemente de quién las opere.

En este sentido, no hay duda de que las tecnologías basadas en inteligencia artificial y deep learning son y serán de gran ayuda para desarrollar estos sistemas.

Durante décadas, las interfaces neuronales fueron territorio exclusivo de la ciencia ficción, como los tentáculos controlados con la mente del Doctor Octopus. Su futuro quizá no tenga tanto que ver con dejar de ser humanos, sino precisamente con poder seguir siéndolo.

The Conversation

Lucas Sebastián Peris ha participado / participa en proyectos de investigación competitivos de I+D financiados por el Ministerio de ciencia, Innovación y Universidades y la Unión Europea

Mario Ortiz García ha participado/participa en proyectos de investigación competitivos de I+D financiados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Generalitat Valenciana y la Unión Europea.

ref. Del Doctor Octopus a la rehabilitación: cómo funcionan las interfaces cerebro-máquina – https://theconversation.com/del-doctor-octopus-a-la-rehabilitacion-como-funcionan-las-interfaces-cerebro-maquina-284107

¿Nos definen los libros que leemos?: la identidad lectora y la identidad personal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Escalante Varona, Profesor Permanente Laboral. Departamento de Filologías Hispánica y Clásicas. Área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidad de La Rioja

Leer al sol en París, uno de tantos placeres. Oliverouge 3/Shutterstock

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?

Dos identidades

Entonces, ¿”somos lo que leemos”? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Un hombre en el metro de Londres lee Chavs, la demonización de la clase obrera.
¿Leer Chavs: la demonización de la clase obrera significa algo más que el hecho de que el lector tiene curiosidad por leerlo?
starlings_images/Shutterstock

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?

El autor no es nadie sin el receptor

A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Un hombre con americana firma un libro sentado frente a una mesa.
Umberto Eco firma un ejemplar de El cementerio de Praga… ¿tal vez a su lector ideal?
Tatjana Todorovic/Wikimedia Commons, CC BY

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora

Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto.
Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.


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The Conversation

Alberto Escalante Varona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Nos definen los libros que leemos?: la identidad lectora y la identidad personal – https://theconversation.com/nos-definen-los-libros-que-leemos-la-identidad-lectora-y-la-identidad-personal-278171