Cuando el pecado se hacía ley: prostitución regulada en la Edad Media

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anna Peirats, IVEMIR-UCV, Universidad Católica de Valencia

_Burdel_, de Joachim Beuckelaer (siglo XVI). Walters Art Museum

En la Europa urbana del siglo XV, la prostitución no fue un vicio clandestino, sino una institución reconocida y gestionada por los propios concejos municipales. Lejos de limitarse a tolerarla, las ciudades la regularon, la fiscalizaron y la convirtieron en un instrumento de orden social. Esta política encontraba su legitimación en una doctrina teológica muy influyente: la del “mal menor”.

San Agustín lo expresó en De ordine (2, 4, 12):
“si suprimes a las meretrices, todo se llenará de pasiones desordenadas”. Tomás de Aquino convirtió este razonamiento en un principio de la teología moral, y predicadores como san Vicente Ferrer lo transformaron en una directriz práctica: segregar, vigilar y castigar para evitar el desorden.

La mancebía como instrumento de orden y fiscalidad

Miniatura en un documento medieval con hombres besando a mujeres.
Miniatura de ‘las prostitutas’, en el capítulo que Giovanni Boccaccio les dedica en De Claris mulieribus.
Bibliothèque nationale de France, CC BY

Desde finales del siglo XIII, muchas ciudades europeas establecieron burdeles públicos o mancebías. El objetivo era triple: concentrar la actividad en un espacio controlado, reducir los conflictos con los vecinos y garantizar una fuente estable de ingresos. Las ordenanzas detallaban horarios, cierres durante fiestas religiosas o epidemias, la designación de oficiales y un estricto régimen de sanciones.

El caso de Valencia es paradigmático. Su burdel municipal, conocido como Pobla de les fembres pecadrius, aparece documentado desde 1325. Estaba cercado por un muro con una sola puerta de acceso y, en su apogeo en el siglo XV, llegó a albergar a casi doscientas mujeres. Contaba con inspecciones médicas periódicas y una administración dual: un hostalero a cargo de la gestión diaria y un oficial público, el “rei dels arlots”, que actuaba como garante del orden. Se trataba de un negocio privado bajo estricta concesión pública.

Este modelo se repite en toda Europa. Florencia creó en 1403 la Onestà, una magistratura encargada del registro y la inspección. Venecia confinó el oficio en el barrio de las Carampane, imponiendo toques de queda. En Southwark (Londres), los stews funcionaron bajo jurisdicción episcopal hasta su clausura en 1546. En Núremberg, las Frauenhäuser fueron reguladas con ordenanzas que establecían deberes, turnos y sanciones.

Cambiaban los nombres, pero la lógica era común: concentración espacial, identificación visible y aprovechamiento fiscal.

Vestimenta, arquitectura y lenguaje

El control se extendía más allá de los muros del burdel. Varias ordenanzas municipales impusieron códigos de indumentaria para hacer reconocibles a las prostitutas en el espacio público.

En 1383, Valencia prohibió a las meretrices usar mantos, perlas o seda, obligándolas a cubrirse con una toalla. En Venecia, un pañuelo amarillo servía como señal obligatoria. En Florencia, mediante el decreto de 1388, se requería que llevaran una campana, para que resonara el símbolo de su vergüenza. En el ámbito germánico, las ordenanzas fijaban colores y peinados.

Una estatua de piedra de una mujer tocándose.
La gárgola de la Lonja de la Seda de Valencia que ‘señala’ el pecado.
Rafa Esteve/Wikimedia Commons, CC BY-SA

El maquillaje también fue objeto de censura. Predicadores como Bernardino de Siena denunciaron el uso de cosméticos y afeites como símbolo de vanidad y engaño, que reforzaban la idea de un “rostro falso” asociado al pecado.

La propia arquitectura urbana funcionaba como recordatorio moral. En la Lonja de la Seda de Valencia, una gárgola representa a una mujer que se toca los genitales mientras señala hacia el burdel de la calle de la Valldigna. La piedra convertía la geografía moral en un mensaje visible para comerciantes y vecinos.

El lenguaje acompañaba este régimen visual: términos como “bagasses”, “fembres vils” o “mulieres viles de corpore” no solo describían a las prostitutas, sino que las convertían en una categoría jurídica sometida a intervención coercitiva.
Algunas de ellas habían entrado en la prostitución buscando la libertad, pero acababan maltratadas a menudo por los rufianes o los hostaleros.

Las fronteras de la ley: clandestinidad y castigo diferencial

La prostitución legal convivía con un sector clandestino en tabernas, posadas o casas particulares. Quienes ejercían fuera del perímetro autorizado quedaban expuestas a multas severas o, en caso de no poder pagarlas, a azotes públicos.

El sistema se mostraba más duro con las minorías religiosas. A los hombres judíos y musulmanes se les prohibía entrar en la mancebía, y las prostitutas de estas confesiones eran castigadas con más severidad. Es decir, a las prostitutas musulmanas que ejercían ilegalmente se las sancionaba y condenaba. Pero además, y a modo de ejemplo, Mariem, una mora que ejercía de forma legal, fue procesada por adulterio, y otra mujer, Nuzeya, recibió pena de muerte por lapidación por trabajar sin licencia. No se castigaba el sexo pagado en sí, sino la transgresión de los límites sociales, religiosos y espaciales impuestos por la autoridad cristiana.

Pintura con una escena de burdel.
Escena de burdel pintada por el artista anónimo conocido como Monogramista de Brunswick en el siglo XVI.
Gemäldegalerie Berlin/Wikimedia Commons

Como contrapartida, se crearon instituciones de “reforma”. En 1345 se fundó en Valencia el monasterio de las Repenedides, por iniciativa de la monja Na Soriana, que acogía a mujeres dispuestas a abandonar la prostitución, bajo la advocación de María Magdalena como ejemplo de mujer arrepentida. La entrada en este monasterio suponía al menos un año de clausura, concebida como penitencia y reinserción. Y se ordenaba que en todas las parroquias y en el obispado de Valencia se pusieran cepillos en los que se recaudaban limosnas destinadas a la casa de las arrepentidas. Estas casas, junto a las dotes otorgadas a quienes contraían matrimonio, prolongaban la tutela social sobre los cuerpos femeninos incluso después de abandonar el oficio.

Un precedente incómodo

Una mujer sirviéndole bebida a un hombre en una pintura.
Escena de burdel de Frans van Mieris the Elder.
Mauritshuis/Wikimedia Commons

El sistema de prostitución reglada medieval fue mucho más que un arreglo de conveniencia. Constituyó un engranaje político que utilizaba la teología, la ley, la arquitectura y la fiscalidad para administrar el deseo y contener sus efectos. Su lógica de confinamiento, marcaje y explotación económica revela una de las primeras formas de regulación sistemática de los cuerpos en la Europa urbana.

Los principios que lo sustentaban –segregación espacial, estigma y tensión entre recaudación y salud pública, entre otros– resuenan en los debates actuales sobre trabajo sexual, derechos, explotación y políticas de control. La Europa del siglo XV no ofrece un modelo que imitar, sino un precedente incómodo. Nos recuerda que las políticas sobre el sexo nunca son neutrales: son formas de poder que dejan huellas profundas y duraderas en los cuerpos más vulnerables.

The Conversation

Anna Peirats no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando el pecado se hacía ley: prostitución regulada en la Edad Media – https://theconversation.com/cuando-el-pecado-se-hacia-ley-prostitucion-regulada-en-la-edad-media-263877

‘Una batalla tras otra’ ofrece un poderoso retrato del Estados Unidos actual en el cine

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ruth Barton, Professor in Film Studies, Trinity College Dublin

Imagen de Leonardo DiCaprio en _Una batalla tras otra_. FilmAffinity

La reciente muerte de Robert Redford nos recordó hasta qué punto la película Todos los hombres del presidente sacudió las viejas certezas que existían sobre la democracia estadounidense. Al revelar el escándalo Watergate de 1972 (cuando se descubrió que miembros de la campaña para la reelección de Richard Nixon habían colocado dispositivos de grabación secretos en el edificio Watergate del Comité Nacional Demócrata), el filme de Alan J. Pakula alimentó la creciente sensación de que las instituciones del gobierno estadounidense estaban plagadas de corrupción.

Quizás no todo el mundo estaba de acuerdo con la visión pesimista de Pakula. Pero tampoco estaba solo. A lo largo de los años, Oliver Stone también se ha caracterizado por hacer un cine que muestre la situación del país, al igual que Martin Scorsese, y antes que ellos, Frank Capra. Sus obras intentaban capturar, normalmente con ánimo de crítica, el estado de ánimo nacional en aquel momento.

La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, sugiere que todavía hay lugar para el cine provocador en la cultura actual. Junto con la recientemente estrenada Eddington, del director Ari Aster, explora un Estados Unidos en crisis y nos lo muestra en narrativas épicas y sobrecogedoras.

Ambos filmes hablan del caos de un orden social que se desmorona. Ambos, pero especialmente Eddington, también corren el riesgo de verse tan abrumados por este caos que acaban cayendo en la incoherencia.

El término “incoherencia” no se ha elegido al azar. Uno de los textos fundamentales para los estudiosos del cine de la década de 1980 fue The Incoherent Text, Narrative in the 70s, de Robin Wood. Al repasar una serie de películas de esta década, Wood argumentaba que “aquí, la incoherencia ya no es oculta y esotérica: las películas parecen abrirse ante nuestros ojos”. Estas dos hacen lo mismo, exponiendo a través del caos algo incomprensible sobre nuestra época y siendo incoherentes en el proceso.

Ambientada durante la pandemia en un pueblo desértico, Eddington salta de un punto álgido a otro. El sheriff Joe Cross (Joaquin Phoenix) se niega a llevar mascarilla y esta infracción aparentemente menor pronto lo enfrenta a su viejo enemigo y rival en el amor, el alcalde Ted García (Pedro Pascal). Inspirándose en una campaña al estilo MAGA (el eslogan de Trump, “Make America Great Again”), Cross se presenta a las elecciones a la alcaldía para competir con él.

En casa, Cross vive con su suegra Dawn (Deirdre O’Connell), amante de las teorías conspirativas, mientras su esposa Louise (Emma Stone) se sumerge cada vez más en la enfermedad mental y el aislamiento.

Al margen de todo esto, un misterioso conglomerado está construyendo un centro de datos a las afueras de la ciudad. También estallan disturbios raciales tras el asesinato de George Floyd. Y mucho más…

El director Ari Aster difícilmente podría haber imaginado más problemas que los que plantea aquí. Con tanto peso acumulado en la narrativa, Eddington concluye con un prolongado tiroteo que lleva a una película ya de por sí excesivamente extensa a un caos terminal.

Una batalla tras otra, al igual que Eddington, es un filme verdaderamente estadounidense. Mientras que Aster rodó su neo-western en el clásico Panavision, Anderson va un paso más allá y, siguiendo los pasos de El brutalista, crea una copia en VistaVision, un formato que se disfruta mejor en una pantalla de 70 mm. Estos formatos se remontan a las grandiosas epopeyas de Hollywood de la década de 1950, lo que se suma a la evocación histórica de las películas, tanto cinematográfica como social.

Otra capa que añade más historia es el material original en el que Anderson se basa para relatar Una batalla…: la novela de Thomas Pynchon Vineland.

Anderson actualiza la exhumación caleidoscópica de Vineland de los movimientos revolucionarios de los años 60 al presentar a su envejecido héroe hippie, ahora llamado Bob (Leonardo di Caprio), como una reliquia de una brigada ficticia de los años 2000, la French 75. Liderados por su amante Perfidia Beverley Hills (Teyana Taylor), robaron bancos, bombardearon edificios y liberaron centros de detención en nombre de su ideología de “fronteras libres, elecciones libres, libres del miedo”.

Ahora Bob, que acaba criando solo a su hija, Willa (Chase Infiniti), pasa sus días sin afeitarse, fumando marihuana y viendo el clásico drama político La batalla de Argel. Todo va (más o menos) bien hasta que el coronel Lockjaw (Sean Penn), brutal veterano del ejército que se cree el verdadero padre de Willa, irrumpe en sus vidas en busca de su “hija”.

Cartel al estilo de los años 50 de One Battle after another con Bob Ferguson y su hija.
Una batalla tras otra es un melodrama familiar que se remonta al gran cine clásico de Hollywood, que exploraba la idea misma de Estados Unidos.
FilmAffinity

Al igual que Eddington, Una batalla tras otra es, en el fondo, un melodrama familiar. Se basa en los tropos clásicos del padre malo contra el padre bueno y la madre en conflicto, cuestionando la legitimidad de la unidad familiar. Sobre estos huesos narrativos, Anderson injerta una visión de un Estados Unidos post-Obama esclavo de oscuros intereses corporativos, un legado de redadas y deportaciones de inmigrantes, y un viejo orden masculino blanco empeñado en su propia agenda de venganza personal.

Robin Wood concluyó sus reflexiones sobre el cine estadounidense de los años 70 con el pronóstico de que, en su incoherencia, apuntaban a una solución ineludible: la necesidad lógica del radicalismo.

Aster y Anderson han mirado al radicalismo a los ojos y lo han descartado como otra ideología fallida más. Ninguno de los dos nombra las fuerzas que hay detrás de su visión del fin de la democracia estadounidense y, para ser justos, la crisis política actual es posterior al estreno de ambas películas a principios de 2024.

Mientras Aster solo ve derramamiento de sangre e impotencia, Anderson se aferra a un frágil utopismo que, en la actualidad, es tan improbable como consolador. Una vez se encienden las luces, es muy posible que lo que quede de su película sea la aterradora imagen de los centros de detención y el horror de las redadas de inmigrantes. Sin duda, esto es lo que llevó a Steven Spielberg a aclamar “esta película demencial” como más relevante de lo que Anderson jamás podría haber imaginado.

The Conversation

Ruth Barton no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Una batalla tras otra’ ofrece un poderoso retrato del Estados Unidos actual en el cine – https://theconversation.com/una-batalla-tras-otra-ofrece-un-poderoso-retrato-del-estados-unidos-actual-en-el-cine-266114

¿Por qué las víctimas de acoso digital se convierten en acosadores?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joaquín Manuel González Cabrera, Docente e Investigador Principal del Grupo Ciberpsicología y del Área de Bienestar Emocional en el Instituto de Transferencia e Investigación (ITEI), UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Farknot Architect/Shutterstock

Clara, 13 años, recibió un mensaje ofensivo en el grupo de clase de WhatsApp. Al principio pensó que sería algo puntual, pero pronto empezaron a llegar burlas, montajes y comentarios cada vez más crueles y frecuentes. Días después, cansada y enfadada, decidió desquitarse publicando memes sobre otro compañero. Algunos se rieron, otros pusieron emojis de risas y otros muchos guardaron silencio. De todos lo que lo vieron, nadie intervino para mejorar la situación. En cuestión de semanas, Clara había pasado de ser víctima a convertirse también en agresora y observadora pasiva de lo que sucedía a su alrededor.

Esta historia, basada en casos observados en nuestras investigaciones, demuestra que el ciberacoso es mucho más que un suceso aislado entre un agresor y una víctima. Se trata de una dinámica social compleja, sorprendentemente cíclica. A los roles que tradicionalmente asociamos al acoso en la red –cibervíctima y ciberagresor– se le suma un tercero en discordia: el ciberosbservador. Este enfoque triangulado capta mejor la realidad en la que una persona puede ser simultáneamente las tres cosas: cibervíctima–ciberagresor–ciberobservador (así como presentar solo uno de los roles o combinaciones de dos).




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De hecho, ser cibervíctima hoy aumenta significativamente las probabilidades de convertirse en un ciberagresor o en un ciberobservador en el futuro. Este hallazgo subraya una realidad preocupante: la violencia engendra violencia, y para romper el círculo vicioso del ciberacoso, necesitamos entender cómo y por qué estos roles se intercambian.

Un estudio a lo largo de 18 meses

Para comprender mejor estas dinámicas, llevamos a cabo un estudio longitudinal durante 18 meses en el que participaron más de mil adolescentes españoles, con edades comprendidas entre los 11 y los 17 años. A través de un seguimiento en tres fases, con unos seis meses de diferencia entre cada una, analizamos cómo evolucionaban los tres roles principales del ciberacoso: la cibervíctima, el ciberagresor y el ciberobservador.

El primer resultado relevante fue la marcada tendencia a la “cronificación” de los roles. Es decir, ser cibervíctima, ciberagresor o ciberobservador en un momento determinado predice que se continuará siéndolo en el futuro. Esto sugiere que el ciberacoso no es un evento esporádico, sino que puede arraigarse profundamente en las interacciones sociales de los adolescentes, perpetuándose como una forma estable de violencia.




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Las razones de esta estabilidad son diversas. Para el ciberagresor, el entorno digital ofrece un falso manto de anonimato y un acceso constante a la víctima, lo que puede empoderarle y reforzar su conducta si busca ganar visibilidad o estatus. Por su parte, el ciberobservador, la figura más numerosa en estas dinámicas, tiende a mantener su inacción por miedo a convertirse en la próxima víctima o por fenómenos psicológicos como la “desconexión moral” o la “difusión de la responsabilidad”, que diluyen la culpa en el grupo.

La víctima, en el centro del ciclo de la violencia

Sin embargo, el hallazgo más revelador de nuestro estudio fue descubrir que la cibervictimización es un predictor crucial de la ciberagresión y la ciberobservación posteriores. Los adolescentes que sufren ciberacoso tienen una mayor probabilidad de convertirse en ciberagresores o ciberobservadores seis meses después.

¿A qué se debe este cambio de rol? Una de las hipótesis es que la víctima, sintiéndose impotente y frustrada, puede ver en la agresión una forma de venganza o un intento de recuperar el poder y el estatus que le fue arrebatado. El estrés y el dolor derivados de la victimización pueden llevar a una interpretación hostil de otras interacciones sociales, lo que a su vez puede desencadenar una conducta agresiva, incluso si no se dirige hacia el acosador original.

Del mismo modo, haber sido víctima puede hacer que un adolescente sea más consciente de las dinámicas del ciberacoso, pero el miedo a volver a sufrir puede llevarle a adoptar un rol de observador pasivo como mecanismo de autoprotección.

Curiosamente, esta relación predictiva parece ser unidireccional. Nuestro análisis no encontró que ser ciberagresor o ciberobservador prediga una futura cibervictimización. La experiencia de ser víctima es, por tanto, el verdadero trampolín desde el que se salta a otros roles. Esto es lo que debemos prevenir.

¿Cómo romper el ciclo? Implicaciones prácticas

Comprender que el ciberacoso es un problema cíclico y que los roles se cronifican tiene importantes implicaciones para la prevención. No basta con actuar de forma puntual, se necesitan estrategias sostenidas en el tiempo que aborden el problema desde varias perspectivas donde haya un trabajo desde los responsables educativos y las familias, principalmente.

  1. Alfabetización digital y prevención de riesgos. Es fundamental enseñar a los menores, desde edades tempranas, a usar internet de forma segura y responsable. Esto incluye proteger su información personal y saber cómo y a quién pedir ayuda. Reducir la cibervictimización es clave, ya que es el principal motor del ciclo. Es importante que los centros escolares tengan dentro de su plan de acción tutorial programas de prevención basados en la evidencia. Por ejemplo, nuestro equipo ha desarrollado el programa Safety.net con herramientas para docentes y para familias.

  2. Empoderar al observador. Los programas de prevención deben centrarse en los observadores para que no se mantengan pasivos (adopten un enfoque centrado en la víctima actuando como defensores). Es crucial fomentar la empatía y darles herramientas para que se sientan capaces de intervenir, ya sea defendiendo a la víctima o denunciando el acoso. Un observador que se convierte en defensor rompe el refuerzo social que recibe el agresor y con ello modifica la relación de fuerzas en las dinámicas de poder en el aula.

  3. Apoyar a la víctima para evitar la represalia. Es vital ofrecer a las víctimas apoyo psicológico y herramientas para gestionar su frustración y su ira de manera constructiva, ofreciendo alternativas saludables a la agresión para romper el ciclo de la violencia.

  4. Trabajar con el agresor. Los agresores son víctimas de su propio proceso, por lo que también se hace necesario profundizar en los motivos que les llevan a hacer uso de la violencia y darles herramientas para canalizar sus emociones de manera menos dañina.

Poner el foco en la víctima y en el observador en los casos de ciberacoso no solo es un acto de justicia, sino la estrategia más inteligente para desactivar el motor de la violencia en la red.

The Conversation

Joaquín Manuel González Cabrera ha recibido fondos de Programa Estatal de I+D+I Orientada a los retos de la Sociedad. Actualmente los recibe para proyectos de investigación en la Universidad Internacional de La Rioja, La Agencia de Desarrollo Económico de La Rioja (ADER), del Ministerio de Consumo y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa de Generación de Conocimiento. Además, ha prestado labores de consultoría para TICandBot, ISEI-IVEI, Confederación Don Bosco, entre otros.

Juan Manuel Machimbarrena ha recibido fondos de Programa Estatal de I+D+I Orientada a los retos de la Sociedad. Actualmente los recibe para proyectos de investigación del Gobierno Vasco y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa de Generación de Conocimiento. Además, ha prestado labores de consultoría para TICandBot, ISEI-IVEI, Confederación Don Bosco, entre otros.

Raquel Escortell Sánchez y Vanessa Caba Machado no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. ¿Por qué las víctimas de acoso digital se convierten en acosadores? – https://theconversation.com/por-que-las-victimas-de-acoso-digital-se-convierten-en-acosadores-260323

Colombia prohíbe los toros, pero la comunidad taurina se aferra al valor cultural de la lidia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Cavanzo, Antropología, Universidad de los Andes

Padre e hijo viendo una corrida en Puente de Piedra (Colombia). Francisco Cavanzo

La Corte Constitucional colombiana ha ratificado la Ley 2385 de 2024 en la que se prohíben las corridas de toros. Dicho fallo, y las celebraciones de movimientos sociales, expresan transformaciones institucionales. Las moralidades contemporáneas inciden en la configuración de los marcos normativos sobre la cultura.

Como muestran diferentes encuestas, la mayoría de las personas jóvenes se opone a estas prácticas. La tradición taurina difícilmente se articula con las visiones actuales, en las que la protección de la vida no humana ocupa un lugar central. Algo que recogen corrientes políticas, académicas y jurídicas.

Pese a esa hegemonía antitaurina, subsiste una comunidad consolidada que valora, protege y lucha por la supervivencia de la tauromaquia. La pregunta es entonces: ¿cómo esa comunidad le da sentido a la tradición en el mundo contemporáneo?

Dimensión ritual y tradición cultural

En Culture: A Critical Review of Concepts and Definitions (1952), Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn definían tradición cultural como el patrón de significados transmitidos históricamente y encarnados en símbolos. A través de ellos, las personas comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y actitudes hacia la vida. Desde esta perspectiva, la tauromaquia cumple cabalmente con la definición: es un entramado de símbolos, relatos y prácticas que atraviesan generaciones.

La tauromaquia, tal como hoy la conocemos, se consolida en el siglo XVIII. La obra de Goya representa la expresión de un tiempo en el que los toreros comienzan a ser retratados como héroes populares. Estos encarnaban la dualidad de la masculinidad hispana –fortaleza y sensualidad–, con un componente de tradición que se proyecta hacia un pasado más profundo.

El mundo del toreo ha tejido relatos que vinculan la práctica con cultos ibéricos del toro en Altamira, Osuna o Balazote. Estos enlazan también con la iconografía cretense y mediterránea, e incluso con interpretaciones sobre la violencia ritual, entendida como materialización del dominio humano sobre la naturaleza. Sea cierto o no este vínculo histórico, lo central es que la comunidad taurina reproduce un relato donde el toreo se significa como rito y representación del control sobre fuerzas naturales.

En este marco, la corrida de toros puede entenderse como un ritual que dramatiza el dominio del ser humano sobre la naturaleza, encarnada en la figura del toro bravo. Este enfrentamiento no es solo físico, sino profundamente simbólico: el matador representa una masculinidad hispánica forjada en la tensión entre el riesgo y el control, entre la violencia y la estética.

La lidia, en ese sentido, actualiza una narrativa donde el hombre se afirma frente a la fuerza indómita del animal. Al mismo tiempo, traduce esa confrontación en un espectáculo codificado que la comunidad reconoce como expresión de valor, honra y pertenencia cultural.

Perspectiva etnográfica

Más allá de estas narrativas históricas, un acercamiento etnográfico permite observar fracturas en las interpretaciones establecidas desde y hacia el toreo. En mi primera asistencia a una corrida esperaba encontrarme con una élite blanco-mestiza consumiendo este espectáculo como forma de capital simbólico y cultural.

Algo de ello estaba presente, pero el público revelaba una amplia diversidad social, etaria, cultural e incluso étnica.

El consumo taurino, entonces, no se explica de manera suficiente con un lente estrictamente bourdiano. En el libro La distinción (1979), Pierre Bourdieu mostró cómo los gustos y consumos culturales se organizan según jerarquías sociales y funcionan como capital simbólico para marcar distancias de clase. Sin embargo, al observar el público taurino y su variación, esa lógica resulta insuficiente: más que reproducir jerarquías sociales, la tauromaquia se sostiene en redes afectivas e intergeneracionales que exceden la explicación por capitales.

Aquí resulta pertinente la comparación con la obra El fanático de la ópera (2012), de Claudio Benzecry, quien muestra que limitar la comprensión del consumo cultural a los capitales invisibiliza otras dimensiones.

Los fanáticos de la ópera no actúan únicamente para marcar diferencias sociales, sino porque hay procesos de aprendizaje entre diferentes generaciones de consumidores que luego generan fuerzas afectivas.

En el caso taurino, la presencia de públicos heterogéneos y la participación activa de jóvenes en procesos de aprendizaje de códigos y prácticas sugieren una red socioafectiva intergeneracional. La tauromaquia se transmite y perdura no solo porque otorgue ventajas en jerarquías sociales, sino porque está articulada con afectos, aprendizajes y memorias compartidas.

Joven banderillero en corrida.
Francisco Cavanzo

Voces taurinas

El trabajo de campo también ha recogido testimonios de la comunidad taurina. Estas elecciones de voces cercanas al toreo responden al interés por comprender cómo los propios participantes otorgan sentido a la práctica en un contexto de creciente cuestionamiento social. No se trata entonces de legitimar sus posturas, sino de comprender cómo interpretan las transformaciones de la fiesta brava.

Dos ejemplos ilustran bien este punto:

— Entrevistador: ¿por qué cree que el toreo es tan perseguido hoy en día?

— Jaime (torero retirado): porque la gente no entiende el toreo, ven al matador como un bárbaro y no saben de nuestra preparación ni de lo que sabemos del toro. La gente se deja llevar por lo que dicen en las noticias, pero no saben, por ejemplo, que el toro bravo solo existe por las corridas, y si se acaban, el toro también desaparece.

— Esteban (joven aficionado): a la gente le molesta la libertad, quieren imponer su forma de ver sobre nuestra tradición. La cultura del toro bravo es cultura hispanoamericana.

Estos fragmentos revelan dos elementos clave. Por un lado, un marco cultural aprendido que estructura cómo se ordena el mundo: el toreo no es simple espectáculo, sino tradición que otorga sentido y continuidad. Por otro, muestran una subjetividad situada: Jaime interpreta la persecución como ignorancia sobre el toro y Esteban como atropello a la libertad. Ambos resignifican la tauromaquia como espacio de pertenencia, identidad y resistencia cultural.

La muerte de Teseo

La prohibición de la tauromaquia en Colombia cristaliza tensiones entre moralidades contemporáneas y tradiciones históricas. No obstante, los relatos históricos, las prácticas comunitarias y los testimonios etnográficos muestran que, para la comunidad taurina, el toreo sigue siendo más que un espectáculo: es un rito cultural donde se transmiten afectos, aprendizajes e identidades intergeneracionales.

Así, más allá de su aceptación o rechazo, la tauromaquia permite observar cómo las personas dotan de sentido a las prácticas culturales, cómo las defienden frente a discursos hegemónicos y cómo revelan, a través de sus testimonios, un orden simbólico que articula memoria, ritual y subjetividad.

The Conversation

Francisco Cavanzo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Colombia prohíbe los toros, pero la comunidad taurina se aferra al valor cultural de la lidia – https://theconversation.com/colombia-prohibe-los-toros-pero-la-comunidad-taurina-se-aferra-al-valor-cultural-de-la-lidia-264828

The 1970s inflation crisis shaped modern central bank independence. Now it’s under populist threat – podcast

Source: The Conversation – UK – By Gemma Ware, Host, The Conversation Weekly Podcast, The Conversation

For months, Donald Trump has badgered the US Federal Reserve and its chair, Jerome Powell, to lower interest rates. When the governors of the Fed did so by 0.25 percentage points in mid-September to a target of between 4% and 4.25%, it wasn’t big or fast enough for Trump.

The next day, the president asked the US Supreme Court to rule on whether he could fire Lisa Cook, a Fed governor. A federal appeals court had blocked Trump from doing so after he accused her of mortgage fraud, which she denies.

This isn’t the first time a US president has put pressure on the Fed. In the early 1970s, Fed chair Arthur Burns came under sustained pressure from Richard Nixon to lower interest rates ahead of the 1972 presidential election. The Fed did lower rates and high inflation followed, fuelled by the headwinds of high global oil prices.

In this episode of The Conversation Weekly podcast, Cristina Bodea, professor of political science at Michigan State University, explains how the inflation spike of the 1970s cemented the case for protecting central banks from day-to-day politics. “There’s not a lot that becomes a global norm for good economic governance,” says Bodea, “but central bank independence became one.”

From the 1990s onwards, countries around the world began to pass laws protecting the independence of their central banks. Bodea’s research measures the independence of central banks by tracking these laws. Today, she says that independence is now under sustained pressure from a generation of populist leaders, which could threaten the credibility of central banks.

Listen to the conversation with Cristina Bodea on The Conversation Weekly podcast.


This episode of The Conversation Weekly was written and produced by Katie Flood, Mend Mariwany and Gemma Ware. Mixing and sound design by Michelle Macklem and theme music by Neeta Sarl.

Newsclips in this episode from WAVY TV 10, Reagan Library, euronews, msnbc, CBS News and NBC News.

Listen to The Conversation Weekly via any of the apps listed above, download it directly via our RSS feed or find out how else to listen here. A transcript of this episode is available on Apple Podcasts or Spotify.

The Conversation

Cristina Bodea does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The 1970s inflation crisis shaped modern central bank independence. Now it’s under populist threat – podcast – https://theconversation.com/the-1970s-inflation-crisis-shaped-modern-central-bank-independence-now-its-under-populist-threat-podcast-265998

Avoir un chat a des bienfaits sur votre cerveau… et le sien

Source: The Conversation – in French – By Laura Elin Pigott, Senior Lecturer in Neurosciences and Neurorehabilitation, Course Leader in the College of Health and Life Sciences, London South Bank University

Le cerveau des félins sécrète-t-il de l’ocytocine ? (Shutterstock)

Si les chats ont parfois la réputation d’être indépendants, des recherches récentes montrent que, grâce à la chimie du cerveau, nous avons une relation particulière avec eux.

La principale substance chimique impliquée est l’ocytocine, souvent appelée « hormone de l’amour ». C’est la même substance qui est libérée lorsque l’on berce son bébé ou que l’on enlace un ami, et qui alimente la confiance et l’affection. Des études ont révélé que l’ocytocine jouait également un rôle important dans les rapports entre chats et humains.

L’ocytocine assure un rôle central dans les liens sociaux, la confiance et la régulation du stress chez de nombreux animaux, y compris chez l’être humain. Une expérience menée en 2005 a permis de voir que l’administration d’ocytocine rendait les participants nettement plus enclins à faire confiance aux autres dans des jeux financiers.

Elle a également des effets calmants chez les humains et les animaux, car elle réprime la sécrétion de cortisol, l’hormone du stress, et active le système nerveux parasympathique (le système du repos et de la digestion) pour aider le corps à se détendre.

Les scientifiques savent depuis longtemps que les échanges amicaux déclenchent la libération d’ocytocine chez les chiens et leur maître, créant ainsi une boucle de rétroaction mutuelle qui renforce les liens affectifs. Jusqu’à récemment, cependant, on connaissait peu de choses sur son incidence sur les chats.




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Les chats sont plus subtils dans leur manière d’exprimer leur affection. Pourtant, leurs propriétaires éprouvent souvent les mêmes sentiments de camaraderie et de calme que les personnes qui ont des chiens, et ces observations sont de plus en plus confirmées par des études. En 2021, des chercheurs japonais ont rapporté qu’il suffisait de brefs moments passés à flatter leur chat pour augmenter le taux d’ocytocine de nombreuses personnes.

Dans le cadre de cette étude, les chercheurs ont mesuré le taux d’hormones de femmes qui interagissait avec leur chat. Les résultats ont révélé qu’un contact amical avec un félin (le caresser, lui parler d’une voix douce) était associé à un taux plus élevé d’ocytocine dans la salive que pendant une période de détente en silence sans la présence d’un chat.

De nombreuses personnes trouvent apaisant de flatter un animal qui ronronne, et des études ont montré que ce n’est pas seulement grâce à la douceur de son pelage. Le fait de caresser un chat, mais aussi d’entendre son ronronnement, peut déclencher la libération d’ocytocine dans notre cerveau. Une étude réalisée en 2002 a révélé que cette décharge d’ocytocine engendrée par le contact avec un chat causait une diminution du cortisol, l’hormone du stress, et pouvait ainsi abaisser la tension artérielle et soulager la douleur.

Un homme tient un chat gris sur ses genoux
Se blottir contre un chat peut aider à réduire le taux de cortisol, l’hormone du stress.
Vershinin89/Shutterstock

Comment les relations avec un chat permettent-elles de libérer de l’ocytocine ?

La recherche met en évidence des moments précis qui provoquent la libération de cette hormone dans une amitié interespèces. Un contact physique doux semble être un déclencheur chez les chats.

Une étude publiée en février 2025 a révélé que lorsque des gens flattaient, berçaient ou câlinaient leur chat de manière détendue, leur taux d’ocytocine augmentait, tout comme celui de l’animal, à condition que le contact ne soit pas imposé.

Les chercheurs ont mesuré le taux d’ocytocine des chats pendant 15 minutes de jeu et de câlins avec leur maître. Chez les chats qui entretenaient un lien affectif fort avec celui-ci et qui prenaient l’initiative du contact, en s’installant par exemple sur ses genoux ou en donnant de petits coups de tête, on a remarqué une hausse du taux d’ocytocine. Plus ils passaient de temps avec leur humain, plus cette hausse était importante.

Qu’en est-il des félins moins affectueux ? La même étude a permis d’observer des réponses différentes chez les chats ayant un style d’attachement plus anxieux ou distant. Les chats évitants, qui gardaient leurs distances, ne présentaient aucun changement significatif de leur taux d’ocytocine, tandis que les chats anxieux, qui recherchaient constamment leur propriétaire, mais étaient facilement déconcertés par les manipulations, avaient un taux d’ocytocine élevé dès le départ.




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On a constaté que le taux d’ocytocine de ces deux types de chats baissait après un câlin forcé. Lorsque les interactions respectent le bien-être du chat, celui-ci sécrète de l’hormone de l’attachement, mais ce n’est plus le cas s’il se sent piégé.

Les humains pourraient peut-être apprendre quelque chose de leurs amis félins en matière de réponse aux différents styles d’attachement. La clé pour développer un lien avec un chat est de comprendre comment il communique.

À la différence des chiens, les chats ne créent pas de liens par des contacts visuels prolongés. Ils utilisent des signaux plus subtils. Le plus connu est le lent clignement des yeux, qu’on interprète comme un sourire félin exprimant la sécurité et la confiance.

Le ronronnement joue également un rôle dans la création de liens avec les humains. Outre son potentiel guérisseur pour le chat, ce son à basse fréquence a un effet apaisant sur les humains. Écouter le ronron d’un chat peut réduire le rythme cardiaque et la pression artérielle ; c’est l’ocytocine qui est à l’origine de ces bienfaits.


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La présence d’un chat, renforcée par toutes ces petites doses d’ocytocine libérées lors des interactions quotidiennes, peut protéger contre l’anxiété et la dépression et, dans certains cas, apporter un réconfort comparable à celui du soutien social humain.

Les chats sont-ils moins aimants que les chiens ?

Il est vrai que les études montrent généralement des taux d’ocytocine plus élevés lors d’interactions entre chiens et humains. En 2016, des scientifiques ont mené une expérience qui a fait grand bruit dans laquelle ils ont mesuré les taux d’ocytocine chez des animaux de compagnie et leur propriétaire avant et après dix minutes de jeu. Les chiens ont présenté une augmentation moyenne de 57 % de leur taux d’ocytocine après avoir joué, tandis que les chats ont affiché une hausse d’environ 12 %.

Chez les êtres humains, le taux d’ocytocine augmente lors d’interactions sociales significatives. Des études ont montré que le contact avec un être cher provoquait une augmentation plus importante du taux d’ocytocine que le contact avec des étrangers. Et l’accueil joyeux d’un chien engendre une réaction semblable à celle créée par la vue de son enfant ou de son conjoint.




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On pourrait dire que les chiens, qui sont des animaux de meute domestiqués pour accompagner les humains, sont programmés pour rechercher le contact visuel, les caresses et l’approbation de ces derniers, un comportement qui stimule la libération d’ocytocine chez les deux parties. Les chats, en revanche, descendent de chasseurs solitaires qui n’avaient pas besoin de gestes sociaux pour survivre. Ainsi, ils peuvent ne pas afficher un comportement alimenté par l’ocytocine aussi facilement ou régulièrement. Ils réservent plutôt ce type de comportement pour les moments où ils se sentent vraiment en sécurité.

Le chat ne donne pas automatiquement sa confiance, il faut la gagner. Mais une fois accordée, elle est renforcée par la même substance chimique qui lie les parents, les conjoints et les amis humains.

Ainsi, la prochaine fois que votre chat clignera lentement des yeux depuis l’autre bout du canapé ou se lovera sur vos genoux pour un câlin ronronnant, sachez qu’il se produit également quelque chose d’invisible : l’ocytocine augmente dans vos deux cerveaux, renforçant la confiance et apaisant le stress du quotidien. À leur manière, les chats répondent à l’éternelle biologie de l’amour.

La Conversation Canada

Laura Elin Pigott ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Avoir un chat a des bienfaits sur votre cerveau… et le sien – https://theconversation.com/avoir-un-chat-a-des-bienfaits-sur-votre-cerveau-et-le-sien-265913

Zelensky says a destructive drone arms race looms – but dystopia isn’t inevitable

Source: The Conversation – UK – By Mark Lacy, Senior Lecturer, School of Global Affairs, Lancaster University

In a speech at the UN headquarters in New York, where world leaders are currently gathered for the organisation’s 80th anniversary, Ukrainian president Volodymyr Zelensky warned: “We are now living through the most destructive arms race in human history.”

The proliferation of drone technology combined with the rapid development of AI, Zelensky remarked, could create “dead zones” in the near future. He defined these as areas “stretching for dozens of kilometres where nothing moves, no vehicles, no life. People used to imagine that [scenario] only after a nuclear strike – now it’s [a] drone reality.”

AI could soon enable “swarms” of drones that operate autonomously together in a coordinated manner. So far this has only been seen in sci-fi movies but we are now starting to see the beginnings of this technology in real life, including from the Ukrainian military.

For security scholars such as Audrey Kurth Cronin of Carnegie Mellon University in the US, we are now in a time of “open tech innovation”. This is a period where people – whether terrorists or criminal groups – do not need the expertise and resources of a state to be able to orchestrate nefarious acts of disruption and destruction.

Zelensky and Kurth Cronin believe this new age of military technology requires new rules and enhanced global collaboration if the worst-case scenarios are to be avoided. “We need to restore international cooperation – real, working cooperation – for peace and for security,” said Zelensky in his UN speech. “A few years from now might already be too late.”

Days before these remarks, drone activity caused multiple airports in Denmark to close. The country’s defence minister, Troels Lund Poulsen, told a news conference that the “attack” was part of a “systematic operation”. Some reports have suggested that Russia may have been behind these acts.

One of the major concerns among security experts worldwide in recent years has been on acts of sabotage that play out below the threshold that can lead to open war. In what is known as “hybrid warfare”, states and criminal groups can orchestrate a variety of tactics to generate fear and cause disruption.

These acts may be intended for political ends – for instance, by creating discontent with political leaders. They may also be intended to test the systems of security that are important for defending against military action. The incursion of Russian drones into Polish airspace in early September, for example, generated serious debate about how Nato should respond.

These recent events may signal that the world is now in a new age of military-technological insecurity that, as Zelensky warned the UN, is only going to get worse in the years ahead.




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Deterring futuristic war

Central to defence policy and strategic thinking is deterrence. Our world is built on strategies that are intended to deter countries or regimes from pursuing certain courses of action. The possession of nuclear weapons, for example, has prevented war between the world’s leading powers for decades.

Deterrence will continue to inform decisions and strategy, even as global events become increasingly chaotic. So much of the debate around what Nato countries should do about the war in Ukraine, for instance, has been informed by questions of deterrence and escalation. Ultimately, direct Nato action has been restricted by the fear that nuclear weapons could be used in a moment of strategic chaos.

Russian president Vladimir Putin has, in a similar way, been careful not to push above the threshold with actions that might lead to a direct confrontation with Nato. Acts that are hard to attribute – such as drone use over airports or cyber-espionage – are ideal for a regime that wants to create disruption but doesn’t want to escalate.

There are three elements that can be developed to prevent escalation and war. The first is deterrence by punishment. This is where an action will result in a response that will mean the risk outweighs the cost.

The second is deterrence by denial, when you make an action too difficult to orchestrate successfully and effectively. And third is deterrence by entanglement. This is when the interconnected nature of society means that an action may be counterproductive or even self-destructive.

All of these elements of deterrence will probably come into play in this new age of drones and AI. There might be technical solutions that limit the extent to which AI-enabled drone swarms become a decisive weapon in future wars. For example, a group of drones was successfully knocked out by a new radio wave weapon in an April 2025 trial by the British Army.

There may also be limits on the exploration of the destructive possibilities of drone swarms due to the concern with keeping events below the threshold that would lead to war between global powers. While Putin may authorise the use of drones in Ukraine, he may be deterred from risking the use of swarms across London. This is due to the possibility of escalation and perhaps even the threat to Russian-owned property and citizens there.

So, as terrifying as the new age of drone swarms and AI may be, there are good reasons for thinking the dystopian possibilities of future war will be controlled and contained. We should probably expect that the world will be characterised by more frequent disruptive events in the years ahead. Yet, hopefully the disruption will be limited to the nuisance caused by delayed flights.

What is more concerning is the possibility of an accident occurring that tips disruption over the threshold into an open war. The history of war and international politics is rife with accidents and miscalculations. The question now is what accidents will be generated in this new age of AI and drone swarms.

The Conversation

Mark Lacy does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Zelensky says a destructive drone arms race looms – but dystopia isn’t inevitable – https://theconversation.com/zelensky-says-a-destructive-drone-arms-race-looms-but-dystopia-isnt-inevitable-263644

From selling cars to selling handbags: with the arrival of Luca de Meo at Kering (Gucci, Balenciaga), is luxury becoming a sector like any other?

Source: The Conversation – France – By Ben Voyer, Cartier Chaired Professor of Behavioural Sciences, Full Professor, Department of Entrepreneurship, ESCP Business School

What do the luxury sector and the automotive sector have in common? Until recently, even asking the question would have seemed incongruous, given the apparent dissimilarity between brands engaged in mass production in search of economies of scale and those based on lavish spending and limited editions. The arrival of Luca de Meo (formerly of Renault) at the head of Kering signals a change for the group founded by French entrepreneur François-Henri Pinault, but also for the entire sector. Is playtime officially over?

During Kering’s general meeting earlier this month, de Meo officially took his place as head of the luxury group, the second-largest in France. The choice of the former Renault executive as the new CEO raises questions. Can luxury survive the logic of financial optimisation, such as that found in industry and FMCG (fast-moving consumer goods)?

Luxury in transformation

Since the 1990s, the rise of conglomerates like LVMH and Kering has fundamentally changed the luxury sector, creating an industrial rather than brand-driven logic. These conglomerates took advantage of the high profit margins in luxury and used financial leverage to expand rapidly and acquire brands. They benefitted from economies of scale, ranging from real estate to marketing budgets (which allowed them to negotiate with major media), and from bargaining power with subcontractors on production costs.

Today, however, this strategy is being called into question. Luxury brands are struggling with saturation, declining perceived quality, and loss of exclusivity, even as they continue pursuing growth through volume. A widening gap exists between consumers’ perception of luxury prices and product quality. Many brands are perceived – rightly or wrongly – as having cut corners on craftsmanship and materials while significantly increasing prices, relying mainly on marketing to justify costs. The industry is at a turning point, with many brands stating they will focus on “value rather than volume” in the future. Yet, it remains to be seen whether they can truly return to the fundamentals of luxury, namely craftsmanship and genuine (not orchestrated) rarity.

The new role of the CEO in luxury

Traditionally, luxury brands were family businesses, with leadership passed down from generation to generation. This preserved the brand’s heritage and artisanal dimension. Decisions were made with a long-term vision, in contrast to the dictates of the stock market and financial logic, which require regular reporting. Hermès still follows this model, with its CEO Axel Dumas belonging to the sixth generation of the Hermès-Dumas family.

A second model later emerged: hiring CEOs from within the luxury industry, aligned with the unique aspects of managing luxury brands. This vision dominated during the massive expansion of luxury brands, which went from being regional champions of European excellence and craftsmanship to global leaders in high-value-added premium goods. Today, for example, Nicolas Bos, the new CEO of Richemont – the Swiss luxury conglomerate – previously led Van Cleef & Arpels.

More recently, a new model seems to be emerging, where luxury brands are recruiting CEOs from other industries, especially consumer goods (FMCG) or industries that produce on a large scale. Such was the case with Leena Nair at Chanel, poached from Unilever, and now with de Meo at Kering. This brings new management approaches but also creates tensions with the sector’s traditional values.

Industrial production

Indeed, the FMCG approach has introduced stricter financial management, optimised segmentation and marketing, a growth strategy based on brand extensions, and large-scale production in luxury. However, this also undermines the focus on creativity, craftsmanship and exclusivity in the sector.

These appointments can certainly provide a fresh perspective: Nair’s appointment at Chanel, for example, brings human resources expertise into a sector where talent is scarce. Still, questions remain, especially concerning how excellence in service and customer experience, where luxury practices are far beyond those of consumer goods, can be integrated.

Kering faces specific challenges

There are many challenges for Kering and its new CEO. Gucci – the group’s flagship brand – has seen a 25% drop in sales, while other brands in its portfolio are underperforming. De Meo will need to tackle these issues.

The company expanded rapidly by using financial leverage, but this strategy may have reached its limits given Kering’s current debt. Many concerns remain about the dilution of the group’s brands and the loss of exclusivity.

The traditional luxury group strategy of acquiring trendy or declining brands and reviving them through marketing – boosting desirability and perceived value – and retail (via customer experience) may no longer be as effective in today’s market.

The appointment of a former Renault executive – accustomed to working in a mature industry where platform creation and margin preservation are key – signals that the luxury industry itself is reaching maturity. This strategy focuses marketing efforts on high-value-added flagship products, such as leather goods, beauty and accessories (eg sunglasses). For these products, a platform logic can be applied, where synergies between brands allow cheaper production and distribution, even at the cost of sacrificing brand individuality.

‘Platformisation’ of luxury

The new CEO will need to balance financial performance with preserving the brand’s capital and exclusivity. This may require tough decisions, such as scaling back certain operations or selling underperforming brands. A strategy of returning to exclusivity – by reducing the number of boutiques and focusing on high-value-added items – was successfully implemented by Chanel in the 1980s.

The new leader of Gucci, Balenciaga, and Bottega Veneta will have much to prove to show that a CEO coming from outside the luxury industry can successfully take on these challenges and restore Kering’s growth trajectory while maintaining its luxury positioning.

These difficulties reflect the broader challenges of a business model that has adopted mass‑market tactics, treating emotional and creative products as commodities. This “FMCG for the wealthy” approach poses a real risk of eroding the very essence of luxury.

Conflicting pressures

Luxury brands face conflicting pressures – maintaining exclusivity and craftsmanship while delivering the growth and profits expected by financial markets and conglomerate owners. The industry may have reached the limits of its expansion strategy. This is evidenced by the opening of stores in second‑ and third‑tier cities around the world and the constant launch of new product categories, which dilute brand equity.

Moreover, there is a growing tension between creative, artistic leadership and financial, operational management within luxury houses. The traditional “magic duo” of the creative director and the business leader is being disrupted. The aura of a luxury brand is built above all around a charismatic figure – at once creative and visionary – who is also committed to a brand over the long term.

Finally, there are increasing concerns about the long‑term sustainability of today’s luxury business models, particularly their reliance on marketing rather than genuine quality and authentic exclusivity to justify high prices.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


The Conversation

Ben Voyer received funding from the ESCP HEC Paris Cartier Turning Points Research Chair.

Perrine Desmichel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. From selling cars to selling handbags: with the arrival of Luca de Meo at Kering (Gucci, Balenciaga), is luxury becoming a sector like any other? – https://theconversation.com/from-selling-cars-to-selling-handbags-with-the-arrival-of-luca-de-meo-at-kering-gucci-balenciaga-is-luxury-becoming-a-sector-like-any-other-265911

États-Unis : les coupes envisagées dans la recherche médicale auraient des répercussions pendant des décennies

Source: The Conversation – in French – By Mohammad S. Jalali, Associate Professor, Systems Science and Policy, Harvard University

Aux États-Unis, les NIH sont l’un des nœuds du système interconnecté, qui produit des avancées dans les domaines de la santé et de la médecine. Anchalee Phanmaha/Moment/Getty Images

Aux États-Unis, les National Institutes of Health sont sous la menace d’une coupe drastique de leur budget. Les conséquences de ces économies de court terme voulues par l’administration Trump pourraient s’étendre bien au-delà du secteur public et, au final, coûter cher à l’ensemble du système de santé.


En mai 2025, la Maison Blanche a proposé de réduire d’environ 40 % le budget des National Institutes of Health (NIH) (les institutions gouvernementales chargées de la recherche médicale et biomédicale, ndlr). Concrètement, leur financement passerait de 48 milliards de dollars à environ 27 milliards, ce qui le ramènerait approximativement au niveau de l’année 2007.

L’étude des archives du budget des NIH nous apprend qu’une telle coupe à deux chiffres n’a été mise en œuvre qu’à une seule autre reprise depuis le début des enregistrements, en 1938. Une diminution de 12 % avait en effet été prononcée en 1952.

Le Congrès des États-Unis – composé de deux chambres, le Sénat et la Chambre des représentants – doit désormais finaliser le nouveau budget avant l’entrée en vigueur du prochain exercice fiscal, le 1er octobre. En juillet, le Sénat avait déjà rejeté les coupes budgétaires proposées par la Maison Blanche, proposant au contraire une modeste augmentation. Début septembre, la Chambre des représentants a également soutenu un budget prévoyant le maintien des financements actuels de l’agence.

L’idée de réduire les ressources des NIH n’est pas nouvelle, et de telles propositions refont régulièrement surface. Le débat actuel suscite cependant des incertitudes quant à la stabilité du secteur de la recherche dans son ensemble, et au sein des milieux scientifiques, les inquiétudes vont bon train.

Chercheurs nous-mêmes, nous étudions les complexes systèmes de politiques de santé mis en place. Nous nous intéressons plus précisément à la politique du financement de la recherche scientifique. À ce titre, nous considérons que les NIH sont l’un des maillons d’un système interconnecté destiné à favoriser la découverte de nouvelles connaissances, à former le personnel biomédical et à accomplir des avancées en matière de médecine et de santé publique, à l’échelle nationale.

Nos travaux démontrent que si la réduction des financements des NIH peut sembler générer des économies à court terme, elle déclenche une cascade d’effets qui, à long terme, augmentent les coûts des soins de santé et ralentissent le développement de nouveaux traitements et la mise en place de solutions aux problèmes de santé publique.

Privilégier la vision d’ensemble

Le financement des NIH ne permet pas seulement de soutenir les travaux de chercheurs ou de laboratoires. Il constitue aussi le socle sur lequel reposent le secteur de la recherche médicale et biomédicale des États-Unis, ainsi que le système de santé. En effet, c’est grâce à ce budget que sont formés les scientifiques, qu’est financée la recherche en prévention et que sont produites les connaissances qui seront ensuite utilisées par les entreprises pour mettre au point de nouveaux produits de santé.

Afin de comprendre comment de telles coupes budgétaires peuvent affecter ces différents domaines, nous avons entrepris de passer en revue les données existantes. Nous avons analysé les études (et les ensembles de données) qui ont porté sur les liens entre le financement des NIH (ou de la recherche biomédicale en général) et l’innovation, la main-d’œuvre et l’état de la santé publique.

Dans une étude publiée en juillet 2025, nous avons élaboré un cadre d’analyse simple, destiné à illustrer comment des changements effectués dans une partie du système – ici, les subventions à la recherche – peuvent produire des effets à d’autres niveaux, en grevant par exemple les opportunités de formation ou en ralentissant le développement de nouvelles thérapies.

Une fragilisation de la recherche fondamentale

Les NIH financent une recherche en amont qui n’a pas de valeur commerciale immédiate, mais qui fournit les éléments constitutifs des innovations futures. Cela inclut des projets destinés à cartographier les mécanismes à l’origine des maladies, à mettre au point de nouvelles techniques de laboratoire ou à constituer d’immenses bases de données, qui pourront être exploitées durant des décennies.

Ce sont par exemple les recherches financées par les NIH dans les années 1950 qui ont mené à l’identification du cholestérol et à établir son rôle dans les maladies cardiovasculaires, ce qui a ouvert la voie à la découverte ultérieure des statines. Ces molécules sont aujourd’hui prescrites à des millions de personnes dans le monde pour contrôler leur taux de cholestérol.

Dans les années 1960, les recherches en biologie du cancer ont conduit à la découverte du cisplatine. Utilisée en chimiothérapie, cette molécule est à l’heure actuelle administrée à 10 à 20 % des patients atteints de cancer.

Les recherches fondamentales menées dans les années 1980 pour comprendre le rôle joué par les reins dans le métabolisme du sucre ont de leur côté ouvert la voie à la découverte d’une nouvelle classe de médicaments contre le diabète de type 2. Certains d’entre eux sont également utilisés pour mieux prendre en charge les problèmes de poids. Le diabète touche près de 38 millions de personnes aux États-Unis, où plus de 40 % des adultes sont obèses.

Un patient atteint de cancer reçoit une chimiothérapie dans une clinique
Le cisplatine, largement utilisé en chimiothérapie, a été mis au point grâce aux recherches fondamentales menées pour comprendre la biologie du cancer, lesquelles ont été financées par les NIH.
FatCamera/E+ via Getty Images

Sans ce type d’investissement public financé par les contribuables, nombre de projets fondateurs ne verraient jamais le jour, les entreprises privées hésitant à s’engager dans des travaux aux horizons lointains ou aux profits incertains. Notre étude n’a pas chiffré ces effets, mais les données montrent que lorsque la recherche publique ralentit, l’innovation en aval et les bénéfices économiques sont également retardés. Cela peut se traduire par une diminution du nombre de nouveaux traitements, un déploiement plus lent de technologies permettant de réduire les coûts et une croissance moindre des industries qui dépendent des avancées scientifiques.

Une réduction de la main-d’œuvre scientifique

En octroyant des subventions pour financer les étudiants, les chercheurs postdoctoraux et les jeunes scientifiques, ainsi que les laboratoires et infrastructures où ils sont formés, les NIH jouent également un rôle central dans la préparation de la « relève » scientifique.

Lorsque les budgets diminuent, le nombre de postes disponibles se réduit et certains laboratoires sont contraints de fermer. Cette situation peut décourager les jeunes chercheurs d’entrer dans un domaine ou d’y rester. Ces conséquences dépassent le seul cadre académique. En effet, certains scientifiques formés par les NIH poursuivent ensuite leur carrière dans le secteur des biotechnologies, de l’industrie des dispositifs médicaux ou de la science des données. Un système de formation affaibli aujourd’hui signifie donc moins de professionnels hautement qualifiés dans l’ensemble de l’économie demain.

Les programmes des NIH ont, par exemple, permis de former non seulement des chercheurs universitaires, mais aussi des ingénieurs et analystes qui travaillent désormais sur les thérapies immunitaires, les interfaces cerveau-ordinateur, les outils de diagnostic ou encore les dispositifs pilotés par l’intelligence artificielle, ainsi que sur d’autres technologies utilisées tant par des start-up que par des entreprises biotechnologiques et pharmaceutiques établies.

Si ces opportunités de formation se raréfient, les industriels des biotechnologies et du médicament risquent de voir le vivier de talents dans lequel ils puisent se réduire. Un affaiblissement de la main-d’œuvre scientifique financée par les NIH pourrait également compromettre la compétitivité mondiale des États-Unis, y compris dans le secteur privé.

L’innovation se déplace vers des marchés plus limités

Les investissements publics et privés remplissent des fonctions différentes. Le financement des NIH réduit souvent le risque scientifique en menant les projets à un stade où les entreprises peuvent investir avec davantage de confiance. Des exemples passés incluent le soutien à la physique de l’imagerie ayant conduit à l’imagerie par résonance magnétique (IRM) et à la tomographie par émission de positons (TEP), ainsi que des recherches en science des matériaux qui ont permis la mise au point des prothèses modernes.

Nos recherches mettent en évidence le fait que lorsque l’investissement public recule, les entreprises tendent à se concentrer sur des produits présentant des retours financiers plus immédiats. L’innovation s’oriente alors vers des médicaments ou des technologies aux prix de lancement très élevés, délaissant des améliorations qui pouvant répondre à des besoins plus larges (optimisation de thérapies existantes ou développement de diagnostics largement accessibles). Or, lorsque le financement public se réduit et que les entreprises privilégient des produits onéreux plutôt que des améliorations accessibles à moindre coût, la dépense globale de santé peut croître.

Un chirurgien examine une IRM cérébrale
Les technologies d’imagerie, telles que l’IRM, ont été développées grâce au financement public de la recherche fondamentale par les NIH.
Tunvarat Pruksachat/Moment via Getty Images

Certains médicaments anticancéreux, par exemple, reposent fortement sur des découvertes fondamentales issues de la biologie cellulaire et de la méthodologie des essais cliniques, découlant de recherches financées par les NIH. Des études indépendantes révèlent que sans ce socle initial de recherche publique, les délais de développement s’allongent et les coûts augmentent – des effets qui se traduisent par des prix plus élevés pour les patients et les systèmes de santé.

Ce qui apparaît comme une économie budgétaire à court terme peut donc produire l’effet inverse, les programmes publics tels que Medicare (système d’assurance-santé destiné aux plus de 65 ans et aux personnes répondant à certains critères, ndlr) et Medicaid, qui procure une assurance maladie aux personnes à faibles ressources, devant finalement absorber des coûts supérieurs.

La prévention et la santé publique reléguées au second plan

Les NIH financent également une part importante de la recherche consacrée à la promotion de la santé et à la prévention des maladies. On peut par exemple citer les études sur la nutrition, les maladies chroniques, la santé maternelle ou encore les expositions environnementales telles que la pollution au plomb ou la pollution atmosphérique.

Ces projets contribuent souvent à améliorer la santé des individus avant que la maladie ne s’aggrave. Ils attirent cependant rarement des investissements privés, car leurs bénéfices, qui apparaissent progressivement, ne se traduisent pas en profits directs.

Repousser à plus tard ou annuler la recherche en prévention peut conduire à des coûts ultérieurs plus élevés, en raison de l’augmentation du nombre de patients dont l’état se sera dégradé et nécessitera des traitements lourds afin de soigner des affections qui auraient pu être évitées ou mieux prises en charge en amont.

Des décennies d’observation dans le cadre de la Framingham Heart Study (une étude épidémiologique au long cours, dont l’objet initial était l’étude des maladies cardiovasculaires, et qui se poursuit encore aujourd’hui) ont façonné les recommandations thérapeutiques sur des facteurs de risque tels que l’hypertension artérielle et les troubles du rythme cardiaque.

Aujourd’hui, les connaissances s’appuyant sur ce pilier de la prévention permettent de réduire les risques d’infarctus et les accidents vasculaires cérébraux (AVC), graves et coûteux à traiter lorsqu’ils surviennent.

Une réorientation plus large

Au-delà de ces domaines précis, la véritable question est de savoir comment les États-Unis choisiront à l’avenir de soutenir la recherche scientifique et médicale. Pendant des décennies, l’investissement public a permis aux chercheurs de s’attaquer à des problématiques difficiles et de mener des études s’étalant sur plusieurs décennies.

Ce soutien financier a contribué à produire des avancées allant des thérapies psychosociales pour lutter contre la dépression aux méthodes chirurgicales de transplantation hépatique. Autant de progrès qui ne s’intègrent pas aisément dans les logiques de marché, contrairement aux médicaments ou aux dispositifs médicaux.

Si le soutien du gouvernement s’affaiblit, la recherche médicale et la recherche en santé publique pourraient devenir plus dépendantes des marchés et de la philanthropie. Cette situation risquerait de réduire l’éventail des problématiques étudiées et de limiter la capacité de réaction face à des urgences telles que l’émergence de nouvelles infections ou la gestion des risques sanitaires liés au climat.

Les pays qui auront choisi de maintenir un investissement public soutenu dans la recherche pourraient aussi acquérir un avantage sur les États-Unis, en s’avérant capables d’attirer les meilleurs chercheurs, et en se trouvant en position d’établir les standards mondiaux sur lesquels se baseront les nouvelles technologies. Le corollaire étant qu’une fois que les opportunités auront été perdues et que les talents se seront dispersés, la reconstruction du système exigera bien plus de temps et de ressources que s’il avait été préservé.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. États-Unis : les coupes envisagées dans la recherche médicale auraient des répercussions pendant des décennies – https://theconversation.com/etats-unis-les-coupes-envisagees-dans-la-recherche-medicale-auraient-des-repercussions-pendant-des-decennies-265455

Geography and politics stand in the way of an independent Palestinian state

Source: The Conversation – UK – By Nils Mallock, PhD Candidate, Department of Psychological and Behavioural Science, London School of Economics and Political Science; King’s College London

There has been a recent rush of countries to formally recognise the state of Palestine. Affirming Palestinian sovereignty marks a historic diplomatic milestone, yet the exact layout of its territory, a central requirement under international law, remains fiercely contested from every hilltop in the West Bank to the ruins of Gaza.

To grasp what this moment means, we need to trace how borders have evolved – or dissolved – over Palestine’s tumultuous political history. The 1947 UN partition plan had envisioned two semi-contiguous territories for Jewish and Arab states, with Jerusalem as an international city.

But that vision quickly collapsed into the war that led to the establishment of Israel in 1948. Palestinians found themselves confined to the West Bank and Gaza Strip as fully separated territories, demarcated by the “green line” and placed under Jordanian and Egyptian control.

These initial contours remain the internationally recognised basis for Palestinian statehood until today – and are referred to as the “pre-1967 borders”. That year, the six-day war saw Israel effectively tripling its territory. It occupied all of the West Bank and Gaza Strip and annexed East Jerusalem.

Israeli settlements immediately began fragmenting Palestine’s geography, especially in the West Bank. These settlements are illegal under international law, and in many cases lacked even the government’s authorisation.

Yet they faced limited government pushback – and were often directly supported by Israeli authorities. The Oslo accords later carved the territory into Areas A, B, and C with varying degrees of Palestinian governance.

Following suicide bombings during the second intifada (2000-05), Israel built a separation barrier cutting deep inside the 1967 borders. Six decades on, the West bank resembles a fragmented archipelago more than a cohesive state territory.

Building insecurity

In a recent study, my colleagues and I used satellite imagery to show, for the first time, what exactly this does to the West Bank. We tracked all 360 settlements and outposts that existed in 2014 across the following decade.

During this time alone, the average settlement expanded by two-thirds in size. Collectively, they now occupy 151 sq km of built-up area – compared to 88 sq km ten years ago – a 72% increase. Adding to this are hundreds of new settlements, especially with a wave of approvals following October 7 2023.

Each of these settlements comes with extensive Israeli military presence and infrastructure. This has created a complicated system of roads and checkpoints that typically exclude Palestinians, severely restricting movement and economic activity.

What’s worse, violent attacks and harassment by extremist settlers are well documented in some locations. To say that building an independent state under these conditions is challenging would be a massive understatement.

A recently approved development project on the West Bank exemplifies this. On paper, the E1 project it will be yet another settlement. But if constructed, E1 – short for “East One” – will choke off the main road running north to south outside Jerusalem, effectively cutting the West Bank in half.

Israel’s far-right finance minister, Bezalel Smotrich, celebrated the move as “erasing” the idea of a Palestinian state while bolstering national security – the government’s official justification for settlement expansion.




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In reality, the settlements have the exact opposite effect. Our research, involving four months of fieldwork and surveying over 8,000 Palestinians, found an alarming dynamic. Living within a few kilometres of settlements almost doubled the likelihood of engagement in high-risk and violent action (more than 82%), while moderate protest dropped by 30-36%. Similarly, support collapsed for diplomatic initiatives, and surged for violent attacks.

Critically, this isn’t simply a reaction to settler violence. Beyond the effects of such exposure, settlement presence alone intensified collective moral outrage, a cognitive state known to drive violent conflict.

Studies demonstrate how this state primes people to think in terms of threat and punishment rather than the risks of taking action – particularly dangerous in the West Bank. And this factor is likely to persist: the settler community today counts upwards of half a million people, many of them armed, violence prone, and radically opposed to leaving.

What this implies for Israeli-Palestinian relations is that, as settlements expand, so will political violence and retaliation, fuelling further cycles of conflict. The recent attack in Jerusalem, in which Palestinian gunmen shot six people just weeks after E1’s approval, tragically shows this reality already.

Looking for leaders

Any viable Palestinian state must include a vision for Gaza’s reconstruction and integration once the horrific suffering and famine caused by Israel’s brutal attacks ends. Yet as I’ve reported based on data collected in January, Gaza’s largest political constituency (32%) now consists of those who feel represented by nobody.

Hamas is militarily decimated and has lost almost all remaining support among the public. The UK and other countries have also proscribed the terrorist group. Yet no viable alternative has emerged to represent Gazans’ interests.

Over in the West Bank, a Palestinian Authority (PA) dominated by elderly men offers little better. Three decades since its establishment as part of the Oslo peace process, it is widely seen as illegitimate, corrupt and incapable, as polls consistently show.

The most realistic governance scenario involves a restructured PA administering both territories. It’s likely this will still be dominated by Fatah but with fundamentally reformed structures and leaders.

If elections were held today, the 89-year-old president, Mahmoud Abbas, would almost certainly lose. One candidate with more prospects is the imprisoned Marwan Barghouti, complicating succession planning.

Whoever eventually leads a unified Palestine will inherit decades of failed self-governance, deep public scepticism, and Israel undoubtedly attempting to intervene in this process.

Making recognition matter

Despite massive challenges, building a functioning Palestinian state is not impossible. So recognition can be more than a symbolic act. Already, it’s reshaping in tangible ways how major powers engage with Palestinian representatives while applying meaningful pressure on Israel’s leaders.

But as nations line up to recognise Palestine, they must confront what they’re actually recognising. Given the vicious cycles of settlement expansion and violence that our research shows, recognition risks becoming an empty gesture unless this issue is addressed diplomatically head on. Without creating genuine conditions for statehood that uphold the interests of all parties, neither goal will be achieved.

The choice is no longer between one-state and two-state solutions. It’s between recognising borders that have long been rendered meaningless – or committing to build something viable. Both the future of Palestinian statehood and Israeli security may depend on that choice.

The Conversation

Nils Mallock receives funding from UK International Development, in the UK government, as part of his affiliation with the XCEPT research program at King’s College London. The views expressed do not necessarily reflect the UK government’s official policies. The author declares no conflict of interest.

ref. Geography and politics stand in the way of an independent Palestinian state – https://theconversation.com/geography-and-politics-stand-in-the-way-of-an-independent-palestinian-state-265114