La salud mental no cabe en un vídeo de 60 segundos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jose Juan Rivero Pérez, Profesor universitario: Intervención psicología de la salud, habilidades del terapeuta en psicología de la salud, experto en psicología positiva, Universidad Europea

PRPicturesProduction/Shutterstock

¿Se puede abordar un problema psicológico en sesenta segundos? Si nos atenemos a algunos vídeos de Instagram y TikTok, podría parecer que sí. Es la trampa de la llamada “psicología de snack” en redes sociales y puede legar a pervertir la terapia real. Sobre todo porque lanza una idea peligrosa: la de que un malestar que lleva años echando raíces en nosotros puede desactivarse con un vídeo de un minuto.

Bajo la bandera de la democratización del bienestar, las redes sociales suelen vender poco más que un espejismo de alivio superficial. Pero la realidad, si miramos las evidencias científicas, no es tan simple. La mente no es una máquina que se repara con un par de instrucciones: es un sistema vivo que necesita tiempo, silencio y, por encima de todo, una mirada humana que nos mantenga vivos.

El fenómeno de la “psicología de snack”

Lo que hoy abunda en Instagram y TikTok es lo que podríamos denominar “comida basura emocional”. Hay profesionales, y lo que es más inquietante, simples creadores de contenido, que lanzan términos como “gaslighting”, “apego ansioso” o “responsabilidad afectiva” al espacio digital sin ningún filtro. Al despojarlas del contexto clínico y de la historia de vida de cada persona, estas palabras se quedan vacías.

Todo ello a carrera problemas nuestro cerebro, que en su intento de ahorrar energía cae rendido ante titulares del tipo: “Tres tips que te mostrarán que tienes un trauma no resuelto”. Lo que sucede es que, al vernos reflejados, liberamos un pico de dopamina. Y creemos que por fin hemos encontrado el nombre de nuestro problema.

Pero es un alivio con trampa. Sin un acompañamiento real, intentamos aplicar recetas genéricas a problemas y heridas muy específicas. El resultado es casi siempre el mismo: un aumento de la insatisfacción y síntomas de ansiedad derivados de un autodiagnóstico digital erróneo.

La trampa de la validación algorítmica

A diferencia de un terapeuta, al algoritmo no le importa la profundidad humana: solo intenta retenernos. Esto pervierte el mensaje: para ser viral hay que ser polarizante y excesivamente simple. Al final, toda la complejidad humana se reduce a una dicotomía infantil. O eres sano, o eres “tóxico”.

Muchos creadores usan este lenguaje para validar nuestras propias resistencias. Los sesgos algorítmicos a menudo refuerzan este tipo de pensamientos que nos impiden confrontar la propia realidad. Si un vídeo nos dice “no le debes nada a nadie” no nos está ayudando a crecer: está apelando a nuestro deseo de huir del conflicto.

En ocasiones, en una consulta real un terapeuta nos puede confrontar con lo que no quieres oír. En TikTok solo vemos lo que nos hace sentir bien a corto plazo para que no dejemos de deslizar el dedo.

Neuroplasticidad vs. ‘reels’

La transformación psíquica real requiere de algo que un reel no puede ofrecer: seguridad biológica y emocional. El cerebro no se reconfigura por leer una frase inspiradora con un fondo bonito. Lo hace a través de la experiencia repetida dentro de un contexto, donde las relaciones entre las personas son fundamentales. La influencia de la digitalización en la neuroplasticidad sugiere que el consumo rápido fragmenta nuestra atención y dificulta los procesos de cambio profundo.

La ciencia es clara: la alianza terapéutica, es decir, ese vínculo entre terapeuta y paciente, es el predictor más fiable del éxito. Es un proceso donde el profesional actúa como un espejo regulador. Así, permite que el paciente integre sus vivencias a través de flujos emocionales imposibles de replicar en una pantalla. En redes la comunicación es unidireccional: el influencer es un emisor que no puede recoger tu angustia, ni entender tus silencios.

Una funcion de psicoeducación primaria

No planteo que haya que borrar nuestras cuentas de redes sociales y volver a las cavernas analógicas. Las redes tienen una función de psicoeducación primaria muy válida y pueden ser la puerta de entrada para buscar ayuda. El error fatal es confundir el mapa (el contenido en redes), con el territorio (la terapia).

La verdadera innovación en salud mental nunca va a ser una nueva app con inteligencia artificial, sino la reivindicación de la pausa. De la posibilidad que genera la terapia en nuestra vida como un proceso vivo, frente al capitalismo digital que secciona esa posibilidad y asegura una rapidez engañosa.

El proceso terapéutico se adapta a nuestra velocidad y en ocasiones es lento, costoso emocionalmente y hasta lo podemos percibir como doloroso. No tiene música de fondo, ni transiciones rápidas. Pero ahí reside su valor: frente a la talla única de esos consejos que nos da Instagram, la terapia ofrece un traje a medida tejido con los hilos de las propias vivencias.

Si alguna vez se ha sentido más vacío tras consumir consejos de autoayuda no es porque usted sea un caso perdido. Es porque estaba intentando saciar una sed profunda con imágenes de agua. Su vida no pide ser clasificada o etiquetada: pide a gritos ser escuchada.

The Conversation

Jose Juan Rivero Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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La guerra contra Irán divide a Europa y deja a España en el extremo crítico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Salvador Sánchez Tapia, Profesor de Análisis de Conflictos y Seguridad Internacional, Universidad de Navarra

Declaración de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, sobre la situación internacional en La Moncloa. Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa. La Moncloa

A nadie se le escapa que los efectos de la operación combinada que Estados Unidos e Israel desencadenaron sobre Irán el pasado 28 de febrero se va a hacer sentir a nivel global de una manera que todavía no podemos vislumbrar. La ofensiva está produciendo una fuerte reacción negativa en los mercados financieros, mientras que el precio del petróleo Brent ha escalado un 25 % desde que comenzó el ataque.

Tras el anuncio iraní de cierre del Estrecho de Ormuz, no es difícil intuir que el mundo entero se va a tener que enfrentar a un entorno económico muy desfavorable en el futuro próximo si el bloqueo es efectivo y se prolonga. Europa no es una excepción.

Varios países de Oriente Medio han sido ya objeto de la represalia iraní. Además, una parte del territorio de la Unión Europea está dentro del alcance de los misiles de largo alcance de la República Islámica y, de hecho, algunas instalaciones militares británicas en Chipre han sido bombardeadas.

Dada la presencia en el sudeste de Europa de fuerzas militares norteamericanas desplegadas para disuadir a Rusia en el marco de la OTAN, la posibilidad de un nuevo ataque de Irán sobre territorio europeo no es, en absoluto, descartable, y podría resultar en una nueva invocación del Artículo 5 del Tratado de Washington –lo que aún no ha sucedido– y en la consecuente implicación de la Alianza Atlántica en la guerra.

Una actitud gris y desigual

Lo quiera o no, por tanto, Europa ya está implicada de alguna forma en este nuevo episodio de violencia. La actitud de la Unión Europea puede calificarse en su conjunto como gris y desigual. Carente de una posición común cohesionada, está manteniendo un perfil bajo, recurriendo a lugares comunes –llamadas a la contención, respeto al derecho internacional, uso de la diplomacia– para, realmente, mantener un equilibrio que satisfaga a todos y no comprometerse en nada.

El contraste de las posturas de los países europeos es muy elocuente y habla, por sí sola, del nivel de cohesión en esta materia del continente en general y de la Unión Europea en particular. Francia, Alemania y Gran Bretaña –país no comunitario–, Estados con una clara vocación de liderazgo regional y que fueron activos en 2015 en el momento de la forja del acuerdo nuclear con Irán, han mostrado su disposición a adoptar medidas defensivas contra la República Islámica. Esto es interpretable como un apoyo a las operaciones norteamericanas.

Grecia se ha unido a ellos, no declarativamente, pero sí despachando dos unidades de la Armada Helénica a las aguas de Chipre para apoyar la defensa del territorio.

Otros países de la Unión guardan un silencio ensordecedor y, en general, se mantienen al margen. Algunos, como las repúblicas bálticas o Polonia, se muestran más cercanos a Estados Unidos, pero sin romper la cautela; otros, como Irlanda o Austria, son más críticos, dentro de la misma línea; y el resto, el bloque mayoritario, prácticamente no se pronuncia. Ninguno de los que albergan bases norteamericanas ha puesto obstáculo alguno a que las fuerzas militares las empleen, o su espacio aéreo, en apoyo a las operaciones.

España aparece sola a un extremo del espectro. El gobierno de España no está de acuerdo con la operación, que considera una violación del derecho internacional. En esto Madrid no es una excepción, pues al menos Irlanda, Austria, y Malta le acompañan en tan categórica apreciación.

España dice en solitario “no a la guerra”

Aquí se acaban las similitudes pues, además de lo anterior, España, en solitario, se ha constituido en el paladín de la oposición a la acción norteamericana, recuperando el eslogan de “no a la guerra” que el Partido Socialista ya empleó en Irak en 2003. Ha pasado de la retórica a la acción, negando a su principal aliado militar el uso de las bases que ocupa en territorio español justo en el momento en que más lo necesita: cuando está librando una guerra para neutralizar una amenaza como la iraní.

La reacción de la administración norteamericana ha sido airada. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha sido especialmente duro al decir que la actitud de España “pone en riesgo las vidas de soldados norteamericanos”.

Lo visto en este caso presenta a España, a ojos de Estados Unidos, como un socio no fiable. Como consecuencia de ello habrá represalias, lo que no es bueno para los intereses nacionales. Para empezar, ya ha amenazado comercialmente a España.

En un escenario de escalada imprevisible, la falta de una posición europea cohesionada puede terminar agravando la vulnerabilidad del continente.
Más que nunca, la crisis pone a prueba la capacidad de Europa para actuar como actor estratégico y no solo como espectador de decisiones ajenas.

The Conversation

Salvador Sánchez Tapia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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La diferenciación planetaria es clave para que surja vida extraterrestre

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep M. Trigo Rodríguez, Investigador Principal del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

Representación artística Kepler-22b, una supertierra que se encuentra dentro la zona de habitabilidad de su estrella. NASA.

¿Cuáles son las claves para que se forme un planeta apto para la vida? Un nuevo trabajo de investigación liderado por el equipo del astrónomo Craig Walton, de la Universidad de Cambridge, intenta responder a esta pregunta.

Todo comienza con el crecimiento de los planetas metalorrocosos –como la Tierra–, un proceso conocido como diferenciación química planetaria. Los planetas crecen progresivamente a partir de la acreción –adición de materia– de asteroides con entre decenas y cientos de kilómetros de diámetro. El calor retenido tras los impactos, junto al que se produce como consecuencia de la desintegración de elementos radioactivos, participará en el calentamiento interno de los embriones planetarios.

Al final de esa fase, los cuerpos planetarios de alrededor de mil kilómetros de diámetro se funden y tiene lugar la segregación química de sus componentes. Así se forman el núcleo metálico, el manto y la corteza, un proceso de diferenciación en capas que ahora se revela como clave en la capacidad de que un planeta origine organismos vivos.

La tabla periódica de los elementos escalada para evidenciar la abundancia de los elementos en la superficie terrestre. Las casillas son mayores para aquellos más abundantes.
William F. Sheehan/Santa Clara University, CC BY

La diferenciación de los cuerpos planetarios

Esta dinámica conlleva la segregación interna de los elementos químicos en función de sus afinidades. Los metales crean aleaciones con el hierro y, con excepción del abundante níquel, pasan a formar parte de los núcleos planetarios.

El fósforo, un elemento ligero con carácter no metálico y con un papel esencial para la vida, es retenido en el fundido de esos metales. Hasta un 4 % en masa del fósforo es soluble en el sólido rico en hierro que coexiste con el líquido metálico a las altas presiones (del orden de decenas de gigapascales) que se registran en los interiores planetarios.

Sin embargo, pueden cambiar significativamente las temperaturas de fusión y las composiciones de los líquidos y sólidos coexistentes.

La proporción de elementos, un proceso complejo

El nuevo trabajo de Craig Walton nos revela que los elementos básicos para la vida que deben estar presentes en las superficies planetarias están directamente relacionados con una combinación de tres factores:

  • La herencia de la composición global del sistema en el que se formó.

  • La modificación parcial de dicha composición por el proceso de diferenciación del planeta.

  • La partición interna de los elementos entre el núcleo y el manto, en función de la llamada fugacidad del oxígeno. Este concepto se refiere a la cantidad de oxígeno disponible para reaccionar con otros elementos claves, como el hierro y el carbono, que pueden existir en la naturaleza con múltiples estados de valencia.

El azar también juega su papel, dado que los estudios astrofísicos sobre la composición de las estrellas sugieren que existen en la galaxia diferencias químicas significativas. Estas dan lugar a variaciones en las abundancias relativas de los elementos indispensables para la biología.

Dicha “dispersión cosmoquímica” está relacionada con esa variabilidad local en las abundancias galácticas de fósforo y nitrógeno. Hoy en día conocemos unos 6 000 exoplanetas alrededor de otras estrellas, aunque no deberíamos esperar que tuviesen una composición similar a la Tierra.

Para ejemplificarlo, los investigadores crearon una figura (abajo) que muestra la dispersión esperable en las proporciones de fósforo (P) y nitrógeno (N) que acaba estando disponible en el manto de los exoplanetas, porque no todos los sistemas estelares forman planetas con la misma composición.

En las galaxias, de manera natural, se dan variaciones significativas en las abundancias relativas de esos elementos claves para la vida, en relación con los elementos formadores de rocas, de ahí las diferentes posibilidades representadas en la gráfica.

Variaciones en el contenido de fósforo y nitrógeno en el manto de los planetas marcan el futuro astrobiológico de los planetas. Las regiones que representan planetas con escasez de fósforo en el manto en comparación con la Tierra se muestran con un superpuesto de sombreado negro, mientras que las que presentan escasez de nitrógeno se muestran con sombreado blanco. Aquellas que carecen de ambos elementos se muestran con ambos patrones en la esquina inferior izquierda.
Walton et al. (2026)

La receta química de la vida podría ser universal, pero no siempre reproducible

Así, que la vida no sea tan común en la galaxia podría explicarse por esos procesos previos de diferenciación química y por las propias carencias en elementos químicos que se pueden dar en otros entornos planetarios.

Para que surja la vida en otros mundos, los elementos esenciales deben estar allí en el momento justo de consolidación del manto y la corteza. Eso no parece trivial, debido a los procesos geofísicos que a la postre redistribuyen en el interior planetario elementos claves como el fósforo y el nitrógeno. Por tanto, tales procesos actuarían limitando las probabilidades de que la vida floreciese.

Es algo a tener muy en cuenta en la búsqueda de vida remota, cuando se analizan las características químicas de los exoplanetas que van descubriendo. El reto es de primerísima magnitud, por la dificultad de conseguir espectros que permitan inferir los elementos formativos de esas atmósferas durante los tránsitos que algunos planetas sufren al pasar por delante del disco de sus estrellas.

En cualquier caso, ahora que comenzamos a identificar las especies químicas presentes en sus atmósferas, habrá que desarrollar modelos para ver cómo se correlacionan con la composición química de las superficies. Sin perder de vista que el propio azar podría jugar un papel y poner barreras a la vida en otros mundos.

The Conversation

Josep M. Trigo Rodríguez recibe fondos del proyecto del Plan Nacional de Astronomía y Astrofísica PID2021-128062NB-I00 financiado por el MICINN y la Agencia Estatal de Investigación.

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Bailes, teatros y reglas: la Regencia más allá de ‘Los Bridgerton’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara López Millán, Docente Universitaria de Artes y Educación, Universidad Camilo José Cela

Fotograma de la última temporada de _Los Bridgerton_. Liam Daniel/Cortesía de Netflix

Desde su estreno en 2020, la serie Los Bridgerton no solo revitalizó el drama de época, sino que lo transformó en un espectáculo intenso y sensual. Lo que parecía otra historia más ambientada en la alta sociedad londinense pronto se convirtió en un fenómeno global gracias a su deslumbrante propuesta estética y a su forma de reimaginar el romance clásico. La serie presenta una Regencia vibrante, donde los bailes parecen preludios del deseo y los matrimonios, la culminación de pasiones largamente contenidas.

Vídeo sobre el rodaje de la cuarta temporada de Los Bridgerton, recientemente estrenada.

En este universo estilizado, los jóvenes de la alta sociedad desafían convenciones y el amor romántico se erige como principio rector de las decisiones vitales. Sin embargo, surge la pregunta: ¿hasta qué punto esta visión coincide con la realidad histórica de la Inglaterra de principios del siglo XIX?

¿Qué fue realmente la Regencia?

El periodo de la Regencia (1811–1820) comenzó cuando el príncipe de Gales asumió oficialmente las funciones reales debido a la incapacidad de su padre, Jorge III, convirtiéndose poco después en Jorge IV. Aunque hoy el término evoca elegancia y refinamiento, en realidad esta etapa estuvo marcada por tensiones políticas, guerras –como el tramo final de las napoleónicas– y profundas desigualdades sociales.

La sociedad británica de comienzos del siglo XIX giraba en torno a una élite aristocrática y terrateniente que concentraba las tierras y el poder político. El rango determinaba sus oportunidades matrimoniales y el acceso a recursos. La fortuna familiar era tan decisiva como el linaje, y la reputación funcionaba como un capital social indispensable.

Londres se transformaba cada año en el epicentro de la Season, la temporada social que reunía a la aristocracia y la gentry (clase de terratenientes) en bailes, recepciones, veladas teatrales y presentaciones en sociedad. En ellas, las jóvenes debutantes eran introducidas al mercado matrimonial y las familias consolidaban alianzas estratégicas.

Ilustración en blanco y negro de la presentación de unas jóvenes a la reina.
Ceremonia de presentación de las debutantes en sociedad a la reina en su baile anual. Ilustración para The Illustrated London News, 31 de marzo de 1860.
Wikimedia Commons

Los bailes: coreografías sociales sin espontaneidad romántica

En el imaginario contemporáneo, alimentado en gran medida por las adaptaciones audiovisuales, el baile aparece como el espacio privilegiado de la atracción. Sin embargo, en la Regencia histórica, la pista de baile era menos un territorio de desahogo emocional que una coreografía social estrictamente reglamentada. Las danzascountry dances, cuadrillas, reels– seguían secuencias fijas y no había improvisación ni contacto prolongado.

La interacción física estaba cuidadosamente codificada: las manos se tomaban solo en momentos precisos y las figuras coreográficas distribuían la atención entre varias parejas, diluyendo cualquier intimidad excesiva. Las jóvenes recién “salidas” a la sociedad no podían bailar indiscriminadamente. La etiqueta aconsejaba no conceder varias piezas al mismo caballero, y tanto aceptar como rechazar una invitación tenía implicaciones sociales.

Dibujo de un grupo de gente bailando en un salón.
‘The Ball Room’ (1813). Thomas Rowlandson and James Green. Publicado por Rudolph Ackermann en Londres.
Metropolitan Museum

A ello se sumaba la presencia constante de chaperonas, cuya función era supervisar interacciones y proteger la reputación de la joven. Bailar no era una declaración de deseo, sino un acto social vigilado cuyo exceso podía comprometer la reputación.

Teatros y salones: espacios públicos, reputaciones privadas

Los bailes no eran los únicos escenarios donde se representaba el orden social. Los teatros y salones privados desempeñaban un papel central en la vida de la élite durante la Regencia. Instituciones como el Theatre Royal Drury Lane funcionaban como mapas visibles de la jerarquía social, donde la disposición de los palcos reflejaba claramente las diferencias de rango, pues los mejores lugares ofrecían no solo visibilidad del escenario, sino también visibilidad social.

Dibujo del interior de un teatro.
Interior del Theatre Royal, Drury Lane, circa 1808. Lámina 32 de Microcosm of London.
Wikimedia Commons

En el teatro, la presencia de cada asistente era en sí misma una forma de mostrarse y reafirmar su posición social. Dicha dinámica continuaba en los salones privados, donde las invitaciones y las precedencias se calculaban cuidadosamente, reuniendo a determinadas familias para facilitar alianzas.

Desde una perspectiva sociológica, se puede hablar de una auténtica “teatralidad social”. La sociedad funcionaba como una performance reglada, en la que cada individuo desempeñaba un papel condicionado por su posición y las expectativas colectivas.

Matrimonio: alianza económica antes que romance

En todo este contexto, el matrimonio no era principalmente la culminación de una historia de amor. Para las familias con hijas en edad de casarse, la temporada londinense era una inversión social con objetivos claros. Encontrar un esposo adecuado significaba garantizar estabilidad económica y preservar el estatus, mientras que para los varones el matrimonio podía aportar liquidez o legitimidad social. La elección sentimental quedaba subordinada a criterios de conveniencia; el amor no era imposible, pero difícilmente bastaba por sí solo.

La literatura de la época refleja esta realidad. En las novelas de Jane Austen, el afecto y la compatibilidad emocional son centrales, pero nunca al margen de la posición económica. En Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, el desenlace feliz combina tanto atracción como el respeto mutuo con seguridad económica, mostrando que el amor solo podía prosperar dentro de los límites impuestos, lejos de la pasión desenfrenada idealizada en la ficción moderna.

Las adaptaciones literarias de las novelas de Jane Austen (como esta de Orgullo y prejuicio) han idealizado los bailes en sociedad.

¿Qué hacemos entonces con la imagen seductora que hoy asociamos a la Regencia? Parte de su atractivo reside precisamente en la distancia entre pasado y presente. Los Bridgerton no pretende ser un documental, sino una reinterpretación estilizada que toma elementos históricos y los reordena según sensibilidades contemporáneas.

Esa operación cultural no es ingenua. Al suavizar la rigidez de las jerarquías y convertir el matrimonio en triunfo del amor, la serie proyecta sobre el siglo XIX valores propios del XXI. Más que una ventana fiel a 1815, ofrece un espejo en el que reconocemos nuestras propias expectativas sobre la libertad y el romance.

Quizá ahí radique la clave de su persistente fascinación. Al contrastar la Regencia reglamentada con su versión romántica contemporánea, no solo aprendemos algo sobre el pasado, sino también sobre cómo entendemos el amor y por qué seguimos necesitando historias que transformen sistemas rígidos en escenarios de elección individual.


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The Conversation

Lara López Millán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Arrancan los Juegos Paralímpicos de Invierno con menos mujeres y sin discapacidad intelectual representada

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Sarah Einsle, Profesora ayudante doctora de Organización de Empresas, Universidad de Alicante

La esquiadora española Audrey Pascual, durante la concentración previa a los Juegos Paralímpicos de Milán-Cortina 2026 en los Alpes. Comité Paralímpico Español

Los Juegos Olímpicos y Paralímpicos son hoy el mayor escaparate del deporte internacional. Simbolizan la diversidad y del avance hacia competiciones igualitarias e inclusivas. En París 2024, por primera vez, los Juegos Olímpicos alcanzaron la paridad numérica entre atletas. Sin embargo, este tipo de igualdad no siempre se traduce en una representación equivalente, especialmente en la cobertura mediática del deporte femenino.

La verdadera equidad no se agota en el equilibrio de las cuotas. Requiere transformar una estructura deportiva diseñada históricamente por y para hombres, garantizando que las atletas cuenten con las mismas condiciones de profesionalización y visibilidad que sus compañeros.

En el ámbito paralímpico, el desafío es aún más complejo. Persisten brechas de género pronunciadas. Ciertos colectivos, como los deportistas con discapacidad intelectual, siguen teniendo un acceso muy limitado o inexistente a la competición de élite, especialmente en los Juegos de Invierno, que se celebran entre el 6 y el 15 de marzo.

Igualdad de género: avances que no llegan a todos los deportes

Como apuntábamos antes, la paridad alcanzada en París 2024 marcó un hito en el deporte olímpico. No obstante, al observar los Juegos Paralímpicos de Milán-Cortina 2026, la situación cambia. Las cuotas oficiales del Comité Paralímpico Internacional establecen 665 plazas: 323 para hombres, 176 para mujeres y 166 de sexo indistinto.

Aunque las categorías mixtas buscan ampliar la participación, la presencia femenina sigue siendo claramente inferior. Además, dichas pruebas mixtas a menudo reproducen dinámicas que terminan marginando a las mujeres o desincentivando su presencia.

El movimiento paralímpico también ha sido analizado desde perspectivas académicas que cuestionan la idea de que la paridad esté ya conseguida. Investigaciones recientes señalan que, aunque la participación femenina ha crecido, las desigualdades estructurales persisten, afectando no solo a la competición, sino también a las oportunidades de patrocinio y a los roles de liderazgo.

La exclusión menos visible

Existe otra brecha crítica y menos conocida: la de los deportistas con discapacidad intelectual. Su inclusión en el programa paralímpico se ve muy limitado. Tras su salida del programa oficial después de Sídney 2000 por cambios en los sistemas de clasificación, su regreso a partir de Londres 2012 ha sido, en el mejor de los casos, parcial.

En París 2024, solo 151 deportistas con discapacidad intelectual compitieron, apenas un 3 % del total de los atletas paralímpicos. Su presencia se limitó a tres deportes (atletismo, natación y tenis de mesa) de las 22 disciplinas existentes. La situación en invierno es aún más drástica: no pueden participar en unos Juegos de Invierno desde Nagano 1998.

Diversas organizaciones como Virtus ya reclaman su reincorporación para Francia 2030. Argumentan que la ausencia prolongada de este colectivo no refleja la diversidad real de las personas con discapacidad ni los principios inclusivos del movimiento paralímpico.

Participar no es lo mismo que estar incluido

El crecimiento de este movimiento es incuestionable en cifras y profesionalización. Sin embargo, el aumento del número total de participantes no garantiza la equidad.

La igualdad real exige analizar quién accede a programas de formación, quién dispone de recursos para competir y qué tipos de discapacidad encuentran espacio dentro del sistema competitivo. Si algunos grupos siguen quedando fuera o cuentan con menos opciones de participación, la inclusión continúa siendo parcial.

Una oportunidad para avanzar

Los datos de Milán-Cortina 2026 no deben verse como un fracaso, sino como una oportunidad para identificar los retos pendientes. El debate sobre la reincorporación de atletas con discapacidad intelectual para 2030 muestra que el sistema empieza a cuestionar sus propias exclusiones.

El auge del deporte paralímpico ofrece un buen momento para corregir desequilibrios históricos. No basta con aumentar el número de atletas: es necesario rediseñar las competiciones para que reflejen la diversidad real. Esto implica revisar tanto el diseño de las pruebas como el reparto de oportunidades, especialmente en disciplinas donde la presencia femenina es aún escasa.

Los Juegos Paralímpicos han transformado la percepción social del deporte adaptado, abriendo oportunidades impensables hace solo unas décadas. Sin embargo, los datos muestran que el progreso no ha beneficiado a todos por igual. Para que el movimiento sea plenamente inclusivo debe abordar dos frentes prioritarios: la igualdad de género efectiva y la representatividad total.

Esto requiere mejorar los programas de apoyo, potenciar la representación mediática y eliminar las barreras que aún dificultan las carreras deportivas de muchas mujeres. Además, se necesita incluir a los deportistas con discapacidad intelectual. Su actual ausencia desdibuja los principios de equidad del movimiento.

En definitiva, si el movimiento paralímpico aspira a representar a todo el colectivo, su próximo gran paso no debe ser solo crecer en tamaño, sino en justicia y equilibrio. Solo así pasaremos de una integración numérica a una inclusión auténtica.

The Conversation

Carmen Sarah Einsle no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Arrancan los Juegos Paralímpicos de Invierno con menos mujeres y sin discapacidad intelectual representada – https://theconversation.com/arrancan-los-juegos-paralimpicos-de-invierno-con-menos-mujeres-y-sin-discapacidad-intelectual-representada-275739

Agua de lastre: los peligrosos polizones que viajan en los barcos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Seoane Parra, Profesor Pleno de Ecología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Estudiando los contaminantes en el agua de lastre, en una investigación conjunta entre las Universidades del País Vasco, Cádiz y la Politécnica de Valencia. Jone Bilbao.

Cada día, miles de barcos atraviesan los océanos cargados de mercancías, llevando contenedores, petróleo o cereales de un lugar a otro del mundo. Aunque transportan algo más que eso. En el agua de lastre de los barcos, necesaria para mantener la estabilidad durante la navegación, viajan como polizones millones de microorganismos.

Anualmente, los barcos desplazan unos 10 000 millones de toneladas de agua de lastre en sus viajes. Tengamos en cuenta que el comercio marítimo mueve más del 80 % de las mercancías que se transportan en el planeta. Ese trasiego equivale a mover alrededor de 7 000 especies distintas cada hora y provocar una invasión biológica cada nueve semanas, según estimaciones de la Organización Marítima Internacional (OMI).

Pasajeros indeseados

Recientemente, en una investigación conjunta entre las Universidades del País Vasco, Cádiz y la Politécnica de Valencia, hemos abordado esta problemática. Para ello, hemos realizado una serie de trabajos en tres de los principales puertos de España: Algeciras, Valencia y Bilbao. El estudio, que forma parte del proyecto ECOTRANSEAS, destapa algunos puntos débiles de la normativa actual.

Desde septiembre de 2024, la OMI obliga a los buques a instalar sistemas de tratamiento para reducir el número de organismos vivos que descargan en los puertos. Sin embargo, el estándar conocido como ‘D-2’ solo contempla dos categorías de tamaño: organismos mayores de 50 micras y los que están entre 10 y 50 micras. Todo lo que queda por debajo, como el picoplancton y nanoplancton, se ignora, a excepción de tres bacterias indicadoras de contaminación fecal.

Los más pequeños evaden los filtros

Sin embargo, hemos observado que la mayoría del fitoplancton presente en el agua de esos puertos es menor de lo contemplado en esta normativa. El dato es contundente: en Algeciras, esos organismos menores de 10 micras representan de media el 86 % de la biomasa fitoplanctónica total; en Bilbao, el 78 %; y en Valencia, el 96 %.

La paradoja es que, a pesar de su dominio absoluto y de su potencial impacto, ese grupo no está regulado por la normativa internacional que controla las descargas de agua de lastre. La razón podría ser la dificultad de estudio de organismos de tan pequeño tamaño, pero esto no debería ser óbice para su inclusión en la regulación.

Ciencia al servicio de la bioseguridad marina

Nuestra investigación revela que, entre los organismos menores de 10 micras, se encuentran especies capaces de producir toxinas, formar proliferaciones nocivas o sobrevivir en condiciones extremas dentro de los tanques de los barcos. Una vez liberadas en nuevos ecosistemas, pueden expandirse rápidamente y generar impactos devastadores sobre la biodiversidad, la pesca y la salud humana.
Para llevar a cabo este estudio, combinamos tres metodologías: microscopía óptica, análisis de pigmentos por HPLC y secuenciación genética mediante eDNA metabarcoding. Esa estrategia multimétodo permitió detectar tanto la abundancia como la diversidad de especies presentes, incluidas muchas que pasarían desapercibidas con técnicas convencionales.

Así, hemos detectado, además, la presencia persistente de 55 especies de microalgas nocivas en los tres puertos, que pueden provocar desde mortandades masivas de peces hasta intoxicaciones en mariscos: afectan directamente a la salud pública y al sector pesquero. De ellas, 36 son productoras de toxinas y 19 tienen capacidad de generar grandes proliferaciones que alteran los ecosistemas. Algunas, como las pertenecientes a los géneros Alexandrium o Pseudo-nitzschia, son viejas conocidas de quienes vigilan las mareas rojas en diferentes partes del mundo.

Urgen controles más rigurosos

El estudio propone la revisión de la normativa, con la inclusión de una categoría regulatoria específica para organismos menores de 10 micras.

Por otro lado, reclamamos límites concretos para especies de algas nocivas, independientemente de su tamaño, del mismo modo que ya se hace con bacterias como Escherichia coli o Vibrio cholerae. Dar una mayor importancia a las especies que ya generan problemas en las regiones en las que se encuentran es un aspecto que debería ser tenido en cuenta.

Asimismo, otra debilidad del sistema actual son las pruebas de certificación de los equipos de tratamiento de agua de lastre, que se realizan en condiciones de laboratorio que distan de la realidad. En la mayoría de los puertos, las concentraciones de fitoplancton son muy inferiores a las que se usan en los ensayos, lo que genera una falsa sensación de seguridad sobre la eficacia de los sistemas.

En un contexto de cambio climático y aumento del comercio marítimo, el riesgo de dispersión de especies invasoras y algas nocivas a través del agua de lastre no hará más que crecer. Por eso, es necesario adaptar la normativa internacional a la realidad científica actual y desarrollar herramientas de detección rápida que permitan actuar a tiempo.

Adaptación de un artículo publicado en la revista Campusa de la Universidad del País Vasco (EHU).

The Conversation

Sergio Seoane Parra recibe fondos del Ministerio de Ciencia, innovación y universidades, y del Gobierno Vasco.

Jone Bilbao Antolin recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Investigación y Universidades y del Gobierno Vasco.

ref. Agua de lastre: los peligrosos polizones que viajan en los barcos – https://theconversation.com/agua-de-lastre-los-peligrosos-polizones-que-viajan-en-los-barcos-276081

El legado económico de los señoríos del Antiguo Régimen

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Oto-Peralías, Associate Professor of Economics, Profesor Titular de Economía, Universidad Pablo de Olavide

Castillo del señorío de Jadraque, concedido en 1434 a doña María de Castilla (nieta del rey Pedro I de Castilla) como dote por su boda con don Gómez Carrillo, en la actual provincia de Guadalajara (España). BearFotos/Shutterstock

En el imaginario colectivo español, los señoríos del Antiguo Régimen (XVI-XIX) gozan de mala fama. Se trataba de una forma de ordenación territorial de la península ibérica de origen medieval, por la cual las tierras y sus habitantes quedaban sometidos a un titular privado. Según quién ejerciera los derechos jurisdiccionales, estos podían ser nobiliarios, eclesiásticos o de órdenes militares, mientras que las tierras no sometidas a dicho régimen se consideraban de realengo.

Como escribía a principios del siglo XX el historiador Claudio Sánchez-Albornoz:

“al solo nombre oído se alzan en la mente castillos almenados con mazmorras sombrías y horcas sangrantes adornadas con despojos humanos…”.

El refranero castellano ofrece ejemplos (menos siniestros) de esta mala visión de los señoríos, como “en lugar de señorío no hagas tu nido” o “en tierra de señorío ni lo que piso es mío”.

Pero ¿eran tan temibles los señoríos? ¿Se vivía peor en los señoríos que en los lugares de realengo, pertenecientes a la Corona? Más importante aún: ¿han tenido un legado económico negativo los señoríos del Antiguo Régimen?

El legado económico del régimen señorial

La mitad de la población española en el Antiguo Régimen era vasalla de un señor, quien ejercía amplias competencias jurisdiccionales. Los señores nombraban a cargos y oficios concejiles, juzgaban en segunda instancia, establecían ordenanzas y podían disfrutar de ciertos monopolios sobre actividades económicas. Además, solían recaudar tributos cedidos por la Corona y eran, a veces, grandes propietarios.

En un trabajo reciente recopilo datos de los más de 20 000 pueblos recogidos en el Censo de Floridablanca de 1787 para responder a estas preguntas. Lo primero que hago es analizar si los municipios que fueron señoríos nobiliarios son en la actualidad más pobres que los de realengo. Encuentro que, efectivamente, los antiguos pueblos de señorío tienen un 4 % menos de renta per cápita, menos vehículos por persona y menor nivel educativo, y además experimentaron un menor crecimiento demográfico en el siglo XX.

¿Por qué los antiguos lugares de señorío son relativamente más pobres en la actualidad? Quizás simplemente se deba a que eran originariamente más pobres y menos poblados. Desafortunadamente, se presenta aquí un problema: es prácticamente imposible saber cómo eran inicialmente los lugares concedidos en señorío para el conjunto de España, ya que muchos de ellos se remontan a la Alta Edad Media.

Granada: último territorio repartido en señoríos

Para abordar este problema, me centro en los señoríos granadinos, creados por los Reyes Católicos tras la conquista de Granada. La concesión de estos señoríos fue precipitada y careció de sistematicidad, por varias razones: el apremio por recompensar a los nobles que habían prestado ayuda en la guerra, el desconocimiento del terreno y la confusión generada por los topónimos locales.

Escudo del señorío de Sanlúcar, concedido en 1295 por el rey Sancho IV a Guzmán el Bueno, y confirmado mediante privilegio de donación por Felipe IV en octubre de 1297.
Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-NC

El carácter improvisado y asistemático de la concesión de estos señoríos es fundamental, ya que permite compararlos de forma rigurosa con las tierras de realengo. Así, exceptuando los grandes núcleos urbanos reservados a la Corona, los señoríos granadinos fueron inicialmente equivalentes a las localidades de jurisdicción real.

Los hallazgos obtenidos resultan contraintuitivos: durante la segunda mitad del siglo XVIII, los pueblos de señorío presentaban niveles de población, desarrollo y condiciones de vida análogos a los de realengo.

Asimismo, no se observa en ellos una mayor desigualdad social, factor determinante para el desempeño económico de largo plazo. Es más, los lugares de señorío experimentaron un crecimiento demográfico similar a los de realengo durante el siglo XIX y la primera década del XX. No fue hasta la segunda década de dicho siglo cuando los antiguos señoríos iniciaron una senda de menor crecimiento, que se ha prolongado hasta la actualidad.

Menor presencia del Estado central en los señoríos

Surge entonces el interrogante de por qué el legado negativo de los señoríos se manifestó tan tardíamente, casi un siglo después de su abolición. La respuesta puede residir en el hallazgo principal del estudio: la escasa presencia de la administración regia en estos territorios. Estos contaban con menos empleados con sueldo real y menos establecimientos de la Corona y oficinas de Correos.

En la transición al Estado liberal en el siglo XIX, los antiguos lugares de señorío fueron con menor frecuencia elegidos sede de partido judicial y de casas cuartel de la recién creada Guardia Civil. Además, continuaron albergando menos oficinas de Correos durante todo el siglo XIX y también menos servicio telegráfico a comienzos del XX.

En suma, la infraestructura del Estado central fue menor en los señoríos, una característica que persistió durante todo el siglo XIX y hasta bien entrado el XX. Existe también evidencia de que la información y las reales órdenes fluían mejor en los lugares de realengo que en los de señorío y las actas de las Cortes de Castilla revelan quejas frecuentes de las poblaciones de realengo sobre la actitud laxa de los señores respecto al cumplimiento de las órdenes de la Corona.

El papel cambiante del Estado en el crecimiento económico

Esta menor presencia y capacidad del Estado no fue un problema para los lugares de señorío durante el Antiguo Régimen, cuando la Administración regia apenas prestaba servicios ni invertía en los municipios. En realidad, la autoridad señorial podía ser ventajosa al hacer de contrapeso frente a las excesivas demandas de la Corona.

En cambio, en el siglo XX, particularmente a partir de su segunda década, el Estado empezó a invertir mucho más para promover el desarrollo económico del país, principalmente en infraestructuras y educación. Los antiguos pueblos de señorío comenzaron a crecer menos justo cuando el Estado empezó a aumentar notablemente el gasto público. Ello sugiere que los pueblos de señorío quedaron rezagados porque se beneficiaron menos de dicha inversión pública al contar con lazos más débiles con el Estado.

Resulta un tanto paradójico que fueran los descendientes de los antiguos vasallos, en lugar de estos, quienes más sufrieran las consecuencias económicas de los señoríos, y ello debido a un rasgo institucional –la limitada capacidad del Estado para cubrir esos territorios– que cobró especial relevancia tardíamente, cuando el Estado empezó a desempeñar un papel desarrollista.

The Conversation

Daniel Oto-Peralías agradece el apoyo financiero del Carnegie Trust for the Universities of Scotland (subvención 70433), del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (subvenciones ECO2017-86780-R y PID2023-150985NB-I00) y de la Junta de Andalucía-FEDER (proyecto I+D+i P20_00808).

ref. El legado económico de los señoríos del Antiguo Régimen – https://theconversation.com/el-legado-economico-de-los-senorios-del-antiguo-regimen-271992

How would the Iran crisis play out in a world powered by renewables not fossil fuels?

Source: The Conversation – UK – By Katie Marie Manning, Lecturer in Climate Change, Business and Society, King’s College London

Imagine the escalating conflict between the US, Israel and Iran unfolding in a world powered mostly by wind, solar and batteries rather than oil and gas.

In today’s fossil-fuelled economy, markets react to Iran’s attacks on oil and gas facilities in the Gulf and the threat to close the strait of Hormuz. Oil prices jump. Governments brace for inflation. Around a fifth of the world’s traded oil passes through the narrow corridor, linking the Gulf states to the wider world. When tensions rise there, energy markets react instantly.

But in a world where most energy is generated domestically from renewables, would the same threat trigger the same global shock? Would instability in the Gulf still lead to more expensive food and fuel across the world? Or would the economic aftershocks look very different?

To understand what’s at stake, we need to first look at how today’s energy system is structured.

A system built on chokepoints

For about a century, the global economy has depended on fossil fuels produced by a few producers in the Middle East. Chokepoints like the strait of Hormuz carry enormous strategic weight.

That is why the current conflict between the US, Israel and Iran reverberates so quickly through global markets. Even before any sustained disruption to supply, oil and gas prices have surged on the possibility that a major proportion of global flows could be blocked. Because oil underpins transport, agriculture and manufacturing, price spikes ripple rapidly through commodity exchanges, supply chains and into household budgets. Regional conflict can magnify into global economic turmoil within days.

Now run the same crisis in a renewable world

Return to our thought experiment. Now, imagine the same crisis unfolding in a world where energy systems were powered by renewables and electricity rather than oil and gas.

It is the same week. Same military escalation. The same rhetoric about closing the strait of Hormuz. But this time the global energy system has already largely been decarbonised.

In this alternative world, most electricity globally would be produced within national borders from wind, solar and other low-carbon sources. Road transport would be predominantly electric. Heating would rely on locally available renewable sources, such as heat pumps, domestic biomass, geothermal systems or green hydrogen. These are all tried and tested solutions. They are not a thing of the future, and yet today our global economy still gets roughly 80% of its primary energy from fossil fuels.

In the alternative scenario, what changes?

The immediate macroeconomic shock would be weaker. A disruption at the strait would still matter. Oil would still be traded in some sectors, but it wouldn’t be as central to everyday energy use. Prices would be lower because demand was falling. The automatic link between Gulf instability and global inflation would loosen.

Electricity generation would continue, largely insulated from disruption of gas supply. People with electric cars would be less directly affected by a petrol price spike. Household bills would remain unchanged as energy price rates stay stable. Governments would be less exposed to sudden demands to subsidise fuels and an inflationary shock.

Energy security would become less about controlling distant shipping lanes, and more about building a distributed and resilient domestic electricity grid, more storage capacity and diversified supply chains.

Maritime chokepoints to mineral supply chains

This does not mean energy geopolitics would disappear. It would mutate.

Renewable systems depend on critical minerals such as lithium, cobalt and so-called rare earth elements, and involve advanced manufacturing supply chains to make solar panels, wind turbines and batteries. New chokepoints could emerge in mineral processing hubs or semiconductor plants. Already there is geopolitical competition over access to rare earths.

But there are important differences. Fossil fuel reserves are geographically concentrated, which is why global trade converges on a handful of maritime routes: Hormuz, Suez, Malacca (between the Indian and Pacific Oceans) and more. Markets for oil and gas are volatile.

Renewable resources such as sunlight and wind are more widely distributed. While mineral supply chains remain uneven, and still rely heavily on a handful of producers such as China for rare earths, the Democratic Republic of the Congo for cobalt and Indonesia for nickel, they do not converge on a single chokepoint. Price changes propagate through markets for technologies much more slowly. It is easier to built strategic reserves.

In our imagined Iran crisis, power would be more diffuse, with no single state able to threaten such disruption.

Minerals being more dispersed than oil and gas, and less concentrated in a few places, reduces the kind of centralisation and “resource capture” that has historically characterised the oil industry. Global standards on community consent, transparency and environmental protections are now much stronger in mineral supply chains than they ever were for fossil fuels.

This gives local actors more leverage in a renewable-powered world. Mineral-rich regions in Africa, Latin America and parts of Asia would gain new some power – not simply as resource suppliers, but through mechanisms of community consent social licence to operate and they are better able to influence whether projects proceed.

This marks a shift from the petroleum age, where power has largely been concentrated between states and multinational oil companies operating at a distance from affected communities.

The geopolitical dividend of decarbonisation

Decarbonisation is often framed as a climate necessity. It will also lead to a redistribution of geopolitical power, probably towards greater stability.

In today’s fossil fuelled system, the strait of Hormuz sits at the heart of a global economic system that ties global economic stability to the uninterrupted flow of oil – and to the military power that guards it. The current crisis exposes the fragility of that arrangement.

Running this thought experiment does not suggest that renewable energy dissolves geopolitics. In a post-oil world, the strait would still matter and resource conflicts would not vanish. But it does suggest that our fossil energy system is fragile and conflict can reverberate quickly around the world.

The Conversation

Katie Manning receives funding from UK Research and Innovation (UKRI) for a Maximising Adaptation for Climate Change research project that is looking at the adaptive capacity of Nature-based solutions in the UK. Katie also works as a consultant on the current Defra Research, Development and Evidence Framework.

Clement Sefa-Nyarko receives funding from UK Research and Innovation (UKRI) for a Future Leaders Fellowship that is researching justice in critical minerals governance and energy transitions. Clement also does occasional consultancy for Participatory Development Associates for research and evaluation in Africa, but not directly related to mining.

Frans Berkhout does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How would the Iran crisis play out in a world powered by renewables not fossil fuels? – https://theconversation.com/how-would-the-iran-crisis-play-out-in-a-world-powered-by-renewables-not-fossil-fuels-277537

The US is using repurposed Iranian drone technology to attack Iran – a military expert explains why

Source: The Conversation – UK – By Arun Dawson, PhD Candidate, Department of War Studies, King’s College London

Amid the biggest concentration of American military power in the Middle East in decades, the significance – and irony – of one aspect of the US war on Iran has gone largely unnoticed.

In the opening salvoes of the attack, the US quietly introduced its Low-Cost Uncrewed Combat Attack System (Lucas), a one-way attack drone modelled on the cheap technology that Iran itself has been developing since the 1980s. Those Shahed drones were said to have been inspired by technology developed by Israel, which has co-led the assault with the US.

Necessitated by sanctions, Shahed drones have become (along with ballistic missiles) Iran’s primary domestically produced air weapon – a relatively cheap system designed not so much as to outmatch western defences as exhaust them. The original model (Shahed-131) made its operational debut in September 2019, during an attack on a Saudi oil refinery.

But what began as a military workaround has become a global weapon – used first by Iran’s regional proxies such as the Houthis in Yemen, then by Russia in its war on Ukraine. This led Ukrainian president Volodymyr Zelensky to call Iran “Putin’s accomplice” for not only supplying Russia with Shahed drones but also the technology to build its own.

Struck by the battlefield success of large-scale, low-cost drone attacks, the US made covert efforts to capture Shahed-136s for technical analysis. It reverse-engineered these specimens to create replicas for counter-drone training, which in turn were adapted into the current Lucas drone fleet.

The rollout has been swift. Within five months of the programme’s launch, the Pentagon had equipped US forces in the Middle East with Lucas drones. Their ability to be sea-launched was tested using a warship in the Arabian Gulf.

Then on February 28, US Central Command confirmed that Lucas drones had been used in combat for the first time. They were launched from ground positions by Scorpion Strike, a US task force established in December 2025 to “flip the script on Iran” with drone technology, according to one US official.

Lucas drones are also believed to have been used in Venezuela’s capital Caracas on January 3 2026, as part of the US mission to capture the country’s president, Nicolás Maduro. But their official operational debut in Iran signals a shift in the economics, and perhaps even the philosophy, of American air power.

On hearing of the Lucas system in December 2025, a senior Iranian official is reported to have gloated: “There is no greater honour than seeing self-proclaimed superpowers kneel before an Iranian drone and copy it.”

Video: Monitor Pertahanan.

The arithmetic of modern warfare

For decades, western airpower has strived to build machines that go faster, higher and further. But as far back as 1979, Pentagon official Norm Augustine conducted a study of the spiralling costs of US fighter aircraft. This led him to conclude, with tongue firmly in cheek:

In the year 2054, the entire defense budget will purchase just one tactical aircraft. This aircraft will have to be shared by the Air Force and Navy 3½ days each per week except for leap years, when it will be made available to the Marines for the extra day.

But there was an important truth amid Augustine’s humour. These highly advanced war machines are formidable – but they are also scarce, slow to replace, and politically too sensitive to lose.

The answer to this conundrum is “affordable mass”. Military experience in Israel and in Ukraine – where around 75% of battlefield casualties have been attributed to small drones – points to the benefit of having cheap, expendable systems that are complementary to the US’s most advanced aircraft.

At a cost of roughly US$35,000 (£26,000) each, Lucas embodies this logic – and the Trump administration’s “drone dominance” programme aims to have a stock of 340,000 comparable drones by early 2028. This builds on the earlier Replicator Initiative which started under Trump’s predecessor, Joe Biden.

A Lucas drone at the Pentagon in a July 2025 event attended by defense secretary Pete Hegseth.
A Lucas drone at the Pentagon in a July 2025 event attended by defense secretary Pete Hegseth.
US Department of Defense

How Iranian and US drones compare

Iran’s Shahed family of drones are built for long-range, one-way attack. The most widely used and effective variant, the Shahed-136, is a 3.5-metre drone made of foam and plywood which carries a 40-50kg explosive warhead.

These “loitering munitions” can fly to a target area more than a thousand miles away at around 115mph, then circle for up to six hours before diving at their target. Propelled by a 50-horsepower piston engine with a distinctive moped-like buzz, these drones use satellite navigation and a pre-programmed route with high accuracy, assuming they can overcome attempts by the enemy to jam their guidance system.

At a cost of upwards of US$20,000 each, they occupy the warfare space between manually piloted quadcopter drones, which are cheaper but cannot carry a large warhead, and costly cruise missiles. The Russian-assembled version known as Geran-2 has extended the drone menace to key national infrastructure, cities and military assets throughout Ukraine.




Read more:
A visual guide to 14 of the drones wreaking havoc in Ukraine, Russia and beyond


Unlike Shahed-136s, the imitation model first used by the US military for counter-drone training codenamed FLM-136 – was lighter. This reduced its range to 400 miles as it could not carry as much fuel, and halved its weapon payload (though at 18kg, it’s still double that of a Hellfire, the US’s primary air-to-ground missile).

The Lucas drones have been observed to possess a nose-mounted gimballed camera system, and modules for satellite connectivity.

The story behind the Lucas drone’s development. Video: Arizona’s Family (3TV / CBS 5)

Compared with most pre-programmed Shahed systems, even intermittent connectivity would allow Lucas operators to re-task drones in flight, update target data or coordinate salvos more dynamically than earlier generations of one-way attack systems. Satellite links could also support AI-powered “swarm” tactics, when drones act as a coordinated attack team.

If used in numbers, Lucas drones could saturate Iran’s radar systems by presenting more objects than its operators can comfortably track. In doing so, they could create corridors through which more capable (but expensive) US and Israeli weapon systems can pass unharmed. These are needed to order to attack heavily protected targets such as strategic bunkers and nuclear facilities.

Low-cost, expendable drones work best in compact theatres such as the Middle East, where distances and logistics are manageable. But Lucas’s full potential in contested, jammed environments will depend on its ability to use AI-driven swarming techniques.

As yet, the US lacks the technology, public appetite and legal framework to introduce a true AI-powered air force. But it may be here before long.

The Conversation

Arun Dawson is affiliated with the Royal United Services Institute.

ref. The US is using repurposed Iranian drone technology to attack Iran – a military expert explains why – https://theconversation.com/the-us-is-using-repurposed-iranian-drone-technology-to-attack-iran-a-military-expert-explains-why-277397

How to understand the post-Gorton and Denton national poll that puts the Greens ahead of Labour

Source: The Conversation – UK – By Matthew Barnfield, Postdoctoral Research Fellow, Department of Politics and International Relations, Queen Mary University of London

Polling by YouGov suggests a surge in support for the Green party across the country following the Gorton and Denton byelection. According to the poll, Zack Polanski’s party now has a national vote share of 21%, leapfrogging the Labour party. The Greens now sit within the margin of error behind Reform’s 23%.

In light of this result, some have claimed that the Green party’s byelection victory has boosted its national polling by making it look like a party that can win in an election. This is a version of what is known among political scientists as the bandwagon effect. The idea is that voters jump on the bandwagon of parties that are very popular with other voters.

But it’s not necessarily the case that voters are now thinking of going Green just because the Greens won in the byelection. Coverage of byelection results has a longstanding tendency to focus too much on which party wins and not enough on trends in vote shares.

Hannah Spencer won the seat for the Greens on a share of the vote fully 28 percentage points higher than her predecessor managed in 2024. Changes in vote shares like this matter because they can give some insight into the scale and direction of shifts in the standing of parties across the country as a whole.

This is true regardless of whether such trends tip a party over the threshold required to win the seat. In other words, had the Greens won Gorton and Denton by a narrow margin, as constituency polling late in the campaign suggested they might, that would not have been quite so seismic a result. What has shaken British politics is that the Greens did so much better than they did in 2024, that they did so much better than Labour – and so much better than expected.

The effects of these two related factors – the victory and the swing – cannot be teased apart. The win itself is not necessarily what has motivated voters to jump on the bandwagon in subsequent polling. It could just as plausibly be the Greens’ improving electoral performance that is doing the important work.

The striking and substantial surge in support in the byelection may be inspiring voters across the country to go Green. That surge just happened to also propel them to victory in the byelection.

Indeed, decades of research on the bandwagon effect has struggled to find any consistent evidence that voters flock to the most popular party or the “winner”. But some evidence suggests that when parties become more popular, regardless of whether that growth propels them into first place, this growth can become self-perpetuating as more voters jump on the bandwagon.

Why this matters

This distinction matters because it can shape the story we tell about why the effect is happening. If we focus on the Greens’ victory as the most important factor driving their subsequent poll boost, we will tend to tell a story about viability: the Greens won this election, so they could win others, and that makes people want to back them.

If instead we focus on the Greens’ growth, we uncover a story about momentum: the Greens have gained ground, so they could gain more ground, and that makes people want to get involved.

Of course, viability and momentum are related. For one thing, we know from primary campaigns in the US that smaller election victories can be seen as generating a kind of momentum that boosts perceptions of viability in bigger elections. For another, my research has shown that when a party’s vote share increases, even if it doesn’t move into first place, this momentum raises expectations of its chances of winning a future election.

These findings suggest something important. Even if voters are now flocking to the Greens because they see the party as viable, that does not mean the byelection victory alone is driving them to jump on the bandwagon. The party’s growth, separate from the victory that growth brought about, also probably matters for these perceptions of viability – and, therefore, helps explain why people are now jumping on the bandwagon in subsequent polling.

What also matters is the way the Green party’s victory is being covered. Voters do not learn about the election result in a vacuum; it is always presented with interpretation. And many of those interpretations are focusing on what the victory means for the Greens’ viability. This understandably superlative coverage of the byelection result contributes significantly to the perception that the party is becoming a viable electoral force.

Indeed, it has long been argued that numerical data representing parties’ performance alone is probably insufficient to produce a bandwagon effect, and that any such effect probably relies on the interpretation of what the results mean. If perceived viability drives people to vote Green, then it is largely the media’s insistence on that viability that is causing this movement.

The Conversation

Matthew Barnfield receives funding from the British Academy.

ref. How to understand the post-Gorton and Denton national poll that puts the Greens ahead of Labour – https://theconversation.com/how-to-understand-the-post-gorton-and-denton-national-poll-that-puts-the-greens-ahead-of-labour-277519