It is the economics version of music’s “difficult second album”. When the UK chancellor, Rachel Reeves, steps up to deliver her follow-up budget on November 26, she faces some daunting choices.
Now that the Office for Budget Responsibility – the UK’s’s independent financial watchdog – is expected to downgrade its predictions for UK prosperity, Reeves is widely anticipated to put up taxes again (something she herself alluded to recently). But beyond that, few people agree on the best way for her to do it.
The British Chambers of Commerce is calling this a “make-or-break budget”, demanding a tax approach that incentivises growth after Reeves hit employers with a national insurance (NI) rise last year. Equally, no one expects the chancellor to break Labour’s manifesto pledge and raise one of the “big three”: income tax, VAT or employee NI contributions.
So where does that leave her? And what would be best for Britain’s (and Labour’s) prospects of revival – not just in the short term, but for the long-term prosperity of those people, young and old, who find themselves struggling with the cost of living, spiralling rents and precarious employment?
To help us understand the complexities of this key political and socioeconomic moment, The Conversation and the LSE International Inequalities Institute have teamed up for a special pre-budget, online event on Tuesday, November 18 from 5pm-6.30pm GMT – in which leading experts from the worlds of business, taxation and government policy will tackle all these questions and more.
The experts who will join us for this event, which I will be chairing, are:
★ Helen Miller (pictured), director of the Institute for Fiscal Studies (IFS), the leading UK thinktank whose pre-budget analyses always offer some important clues to the chancellor’s thinking.
★ Mike Savage, co-founder and former director of the International Inequalities Institute, and one of the UK’s leading voices on the relationship between wealth and inequality.
★ Emma Chamberlain, one of the UK’s leading tax experts working in London’s Pump Court Tax Chambers. She was a co-author of the Wealth Tax Commission’s 2020 final report on the pros and cons of an annual or one-off UK wealth tax.
★ Maha Rafi Atal, Adam Smith senior lecturer in political economy at the University of Glasgow and an award-winning business journalist.
Questions about wealth and inequality
One of the key aspects of our discussion will be how the chancellor could address the UK’s national and private wealth stores – not merely by changing tax rates, but by rethinking some antiquated taxes altogether. This could mean, for example, transforming Britain’s council tax system (as 13 of Reeves’ fellow MPs have called for), scrapping stamp duty in favour of a tax on some first-home sales, or releasing the triple lock on pensions.
Another option backed by many experts is a one-off windfall tax on existing wealth. In the UK, nearly 60% of total wealth is now held by the richest 10% of private individuals, whereas the bottom half of the UK population hold only around 5% of the total wealth between them. It is a startling rise in inequality which, according to our guest Mike Savage, means that:
The current debate about wealth taxation should not be framed purely in technical terms – whether it is an efficient way of raising funds for the public purse without damaging UK economic prosperity – but needs to be seen as a question of values and common purpose.
If you’d like to join us for our online expert discussion, please sign up for free here. And if you have a question you’d like our experts to answer, email it now to mybudgetquestion@theconversation.com.
The Conversation and LSE’s International Inequalities Institute have teamed up for a special pre-budget, online event on Tuesday, November 18 from 5pm-6.30pm. Join leading experts from the worlds of business, taxation and government policy as they discuss the difficult policy choices facing Chancellor Rachel Reeves in her upcoming budget.
El Louvre, el museo de arte más grande del mundo, cuenta con aproximadamente medio millón de objetos en su colección, de los cuales unos 30 000 están expuestos, y recibe una media de 8 millones de visitantes al año. Se trata de una cifra considerable a cualquier escala, con mucha gente y muchos objetos que vigilar. Y los domingos son especialmente ajetreados.
En una operación ingeniosamente concebida, cuatro hombres vestidos con chalecos fluorescentes llegaron al Louvre en un camión de plataforma plana a las nueve y media de la mañana del domingo. Rápidamente se pusieron manos a la obra y colocaron una escalera extensible hasta el segundo piso. Tras subirla, cortaron una ventana, entraron en la Galería Apolo y, blandiendo herramientas eléctricas, se llevaron nueve objetos exquisitos.
Los objetos sustraídos eran las joyas reales de Francia, que anteriormente pertenecieron a la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III y mecenas de las artes.
Aquí es donde la cosa se complica para los ladrones: ¿qué se puede hacer con estos objetos de valor incalculable? No pueden llevarlos puestos, ya que son demasiado grandes y llamativos como para pasar desapercibidos, y no pueden venderlos de forma legal, ya que hay imágenes de ellos por toda la red.
Joyas de la emperatriz Eugenia fotografiadas en 2020. La diadema, a la izquierda, y el broche de diamantes en forma de lazo, a la derecha, han sido robados. La corona, en el centro, también fue sustraída, pero ha sido recuperada. Stephanie de Sakutin/AFP via Getty Images
Lo mejor, desde el punto de vista de los ladrones, es desmontar las piezas, fundir los metales preciosos y vender las gemas por separado.
La corona de la emperatriz Eugenia, que los autores se llevaron y posteriormente dejaron caer mientras huían del lugar en motocicletas, contiene ocho águilas de oro, 1 354 diamantes de talla brillante, 1 136 diamantes de talla rosa y 56 esmeraldas. En resumen, se trata de una considerable cantidad de gemas individuales que hay que intentar vender.
El momento lo es todo
Para el Louvre, cualquier robo es un duro golpe. Pone en tela de juicio su seguridad, tanto electrónica como humana. Había cinco miembros del personal de seguridad cerca que actuaron para proteger a los visitantes y las alarmas sonaron, pero todo el robo se completó en siete minutos.
En 2019, un inodoro de oro de 18 quilates titulado America (2016), del artista Maurizio Cattelan, fue robado del palacio de Blenheim, en Inglaterra. Se lo llevaron en cinco minutos y medio. Pesaba 98 kilogramos y funcionaba perfectamente.
En otras palabras, los dos hombres que lo robaron (y que más tarde fueron detenidos y condenados a penas de prisión por sus delitos) trabajaron con rapidez y eficacia. En el momento del robo, se estimaba que el valor de los lingotes de oro ascendía a unos 4,5 millones de euros.
El cuadro de Van Gogh Jardín rectoral en Nuenen en primavera (1884) fue robado del Museo Singer Laren, en los Países Bajos, durante su cierre por la covid en 2020. Fue recuperado a finales de 2023 tras una investigación del detective de arte holandés Arthur Brand.
El robo en 2017 de dos pinturas de Gottfried Lindauer del Centro Internacional de Arte de Auckland (Nueva Zelanda) solo tardó unos minutos en culminar con éxito. Los ladrones irrumpieron en la ventana delantera de la casa de subastas donde se exhibían las pinturas, valoradas en medio millón de euros.
Los retratos fueron recuperados cinco años después a través de un intermediario, con daños menores.
Recuperación de los objetos robados
El cuadro de Picasso La mujer que llora (1937), propiedad de la Galería Nacional de Victoria, en Australia, fue robado de forma notoria por los llamados Terroristas Culturales Australianos en 1986, pero su desaparición no se notó hasta pasados dos días.
Recuperado poco más de dos semanas después, el cuadro fue dejado para que el personal de la galería lo recogiera en una taquilla de la estación de tren de Spencer Street. El motivo del robo era poner de relieve la falta de apoyo financiero a los artistas del Estado de Victoria, pero la verdadera identidad de los ladrones sigue siendo un misterio.
En 1986, 26 pinturas de temática religiosa fueron sustraídas de la galería del monasterio benedictino de New Norcia, en Australia Occidental.
Los ladrones no planificaron bien el robo: no tuvieron en cuenta que tres hombres y el alijo de cuadros no cabían en un Ford Falcon. Los cuadros fueron cortados de sus marcos, aparentemente destrozados. Uno quedó completamente destruido. Los ladrones fueron capturados y acusados.
¿Cuál será el próximo destino del ladrón?
Resulta imposible cuantificarlo, pero algunos dicen que las recuperaciones de obras de arte a nivel mundial son posiblemente tan bajas como el 10 %.
Las pinturas son más difíciles de vender, ya que no se puede cambiar su aspecto físico hasta el punto de que no se reconozcan.
Sin embargo, en el caso de objetos como el inodoro de oro o las joyas, los materiales preciosos y las gemas pueden reutilizarse. El tiempo dirá si se recuperarán las joyas napoleónicas.
Nunca digas nunca jamás. La Gioconda (1503), sin duda la principal atracción del Louvre, fue robada en 1911 y recuperada dos años más tarde. El ladrón, Vincenzo Peruggia, era un operario italiano que trabajaba en el Louvre y fue detenido cuando intentaba venderla.
Ceremonia de regreso a Francia de la Mona Lisa, Roma, 1913. Mondadori via Getty Images
Este último robo en el Louvre pone de relieve la vulnerabilidad de los objetos de las colecciones públicas. Lo irónico es que a menudo se donan a estas instituciones para su custodia.
Los ladrones del domingo sabían lo que buscaban y por qué. No conocemos sus motivos. Sabemos que las joyas robadas forman parte de la historia de Francia y son irreemplazables. Su robo priva a los visitantes de la posibilidad de apreciarlas individualmente por su belleza y manufactura.
Pero una parte de mí no puede evitar pensar en cómo los franceses eran parciales a la hora de apropiarse de obras de arte y objetos preciosos que pertenecían a otros. Así que tal vez este podría ser un caso de déjà vu.
Penelope Jackson no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
As a political scientist at Penn State who studies state politics and policy, I see how Pennsylvania’s budget impasse has ripple effects that are compounded by the current budget problems in Washington.
Let’s look at the present budget problems in Pennsylvania and what we can learn from past battles over the state budget.
A double crisis
Double government budget crises, like the one Pennsylvania faces now, are rare. One reason is that 46 states, including Pennsylvania, begin their new fiscal year on July 1. The federal government’s fiscal year begins on Oct. 1. Even a state like Pennsylvania, that has had late budgets for eight of the last 10 years, would have to be very late in passing a budget for it to potentially coincide with a federal budget impasse. And, of course, federal government shutdowns do not happen all the time.
A group of Republican senators talk at the U.S. Capitol Building on Oct. 15, 2025, during a government shutdown that began Oct. 1. Andrew Harnik via Getty Images
Pennsylvania’s Democratic Gov. Josh Shapiro faces a delicate political environment in Harrisburg – as he has since his first budget in 2023. The Democrats control the state House by a single seat, whereas the Republicans have a comfortable majority in the Senate.
The parties have been debating over the last several budget cycles how to handle funding surpluses – much of which came from Biden-era legislation like the Infrastructure Investment and Jobs Act – and when and how to deal with the inevitable end to those surpluses.
This year, the two sides are far apart on their views of the proper spending level.
As for the federal government, Republicans have a trifecta – control of the White House, Senate and House of Representatives – but do not have the 60 votes in the Senate required to overcome a filibuster. Democrats have dug in over reversing cuts to health care from the earlier passed “one big beautiful bill” and expiring Obamacare subsidies.
There is little sign of an immediate end to either impasse.
In Pennsylvania, there is growing frustration on both sides about an inability to compromise. Nationally, House Speaker Mike Johnson has speculated that this may end up being the longest federal government shutdown in history. In neither case, though, does there seem to be a great deal of urgency in coming to a compromise.
Effects on Pennsylvania
These dual crises are affecting Pennsylvanians in many ways. The state government continues to function even without a budget, but counties, school districts and nonprofit organizations that rely on state funding are being forced to make difficult operating choices.
Cozy Wilkins, 66, stocks the shelves at New Bethany, a nonprofit that provides food access, housing and social services, in Bethlehem, Pa., on July, 22, 2024. Ryan Collerd/AFP via Getty Images
Services like food banks are especially vulnerable in this situation, as they are seeing greater demand – which may increase due to federal workers going unpaid – but rely on both the state and federal governments for subsidies. Just this week, it was announced that Pennsylvanians buying health care through the state’s Affordable Care Act marketplace for 2026 should expect a 22% increase in premiums, on average. Part of that increase is due to expectations around the expiring Obamacare subsidies at the center of the Democrats’ demands in this shutdown.
All of these forces are coming together to pinch Pennsylvania residents.
Echoes of the past
While the compounding pain of the federal shutdown is unique, long budget delays in Pennsylvania are not.
The difference between then and now, however, is that back then the governor and General Assembly agreed on the overall budget, but typical bargaining was needed to get the votes needed to pass the spending bills after the voucher blow-up. This time, the parties are almost $3 billion apart in what should even be spent.
In the end, however, both Pennsylvania and the federal government will pass budgets, and I expect that each will be the result of protracted negotiations over multiple spending items, as Americans have seen in the past. The question is: How much pain will citizens, nonprofits and local governments face in the interim?
Daniel J. Mallinson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
The Great Wildebeest Migration is one of the most remarkable natural spectacles on Earth. Each year, immense herds of wildebeest, joined by zebras and gazelles, travel 800-1,000km between Tanzania and Kenya in search of fresh grazing after the rains.
This vast, circular journey is the engine of the Serengeti-Mara ecosystem. The migration feeds predators such as lions and crocodiles, fertilises the land and sustains the grasslands. Countless other species, and human livelihoods tied to rangelands and tourism, depend on it.
Because this migration underpins the entire ecosystem, it’s vital to know how many animals are involved. A change in numbers would not only affect wildebeest, but would ripple outward to predators, vegetation and the millions of people who rely on this landscape.
For decades, aerial surveys have been the main tool for estimating the size of east Africa’s wildebeest population. Aircraft fly in straight lines (transects) a few kilometres apart and use these strips to estimate the total population. This dedicated and arduous work, using a long-established method, has given us an estimate of about 1.3 million wildebeest.
In recent years, conservation scientists have begun testing whether satellites and artificial intelligence (identifying patterns in large datasets) can offer a new way to monitor wildlife. Earlier work showed that other species – Weddell seals, beluga whales and elephants – could be identified in satellite imagery using artificial intelligence.
In 2023, we showed that migratory wildebeest could be detected from satellite images using deep learning. That study proved it’s possible to monitor large gatherings of mammals from space. The next step has been to move from simply detecting animals to estimating their populations – using satellites not just to spot them, but to count them at scale.
Our recent study was carried out through collaboration between biologists, remote sensing specialists and machine-learning scientists. We analysed satellite imagery of the Serengeti-Mara ecosystem from 2022 and 2023, covering more than 4,000km².
Using deep learning models
The images were collected at very high spatial resolution (33-60cm per pixel), with each wildebeest represented by fewer than nine pixels. We analysed the imagery using two complementary deep learning models: a pixel-based U-Net and an object-based YOLO model. Both were trained to recognise wildebeest from above. Applying them together allowed us to cross-validate detections and reduce potential bias. The images were taken at the beginning and end of August, corresponding to different stages of the dry-season migration. Smaller herds were observed earlier in the month, as expected.
Across both years, the models detected fewer than 600,000 wildebeest within the dry-season range. While these numbers are lower than some previous aerial estimates, this should not necessarily be interpreted as evidence of a population decline, and we encourage more surveying effort to work out the relative error biases in each approach. While some animals are inevitably missed, under trees or outside the imaged area, it is unlikely that such factors could account for hundreds of thousands more. To confirm that the main herds were covered, we validated the survey extent using GPS tracking data from collared wildebeest and ground-based observations from organisations monitoring herd movements in the region.
These results provide the first satellite-based dry-season census of the Serengeti-Mara migration. Rather than replacing aerial surveys, they offer a complementary perspective on seasonal population dynamics. The next step is to coordinate aerial and satellite surveys in parallel. This way each method can help refine the other and build a more complete picture of this extraordinary migration.
Future directions
Satellite monitoring is not a panacea. Images are expensive, sometimes obscured by cloud cover. And they can never capture every individual on the ground (neither can aerial surveys). But the advantages are compelling. Satellites can capture a snapshot of vast landscapes at a single moment in time, removing much of the uncertainty that comes from extrapolating localised counts.
The approach is scalable to many other species and ecosystems. And as more high-resolution satellites (capable of imaging at less than 50cm) are launched, we can now revisit the same spot on Earth multiple times a day, bringing wildlife monitoring closer to real time than ever before.
Beyond population counts, satellites also open up a new scientific frontier: the study of collective movement at scale. The wildebeest migration is a classic case of emergent behaviour: there is no leader, yet order still arises. Each animal follows simple cues like where the grass is greener or where a neighbour is moving, and together thousands create a vast, coordinated journey.
With high-resolution satellite data, scientists can now explore the basic physics that shape how animals move together in large groups. But how do density waves of movement propagate across the landscape, what scaling rules might be governing patterns of spacing and alignment, and how do these collective patterns influence the functioning of ecosystems?
Our findings demonstrate how satellites and AI can be harnessed not only for wildlife population monitoring but also for applications that extend beyond population counts to uncovering the mechanisms of collective organisation in animal groups.
Isla C. Duporge received funding support from the National Academy of Sciences (NAS) while leading this research. The imagery used in the project was acquired via her fellowship with NAS.
Daniel Rubenstein, David Macdonald, and Tiejun Wang do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Ce devait être la vitrine de la modernisation de l’État. C’est devenu un avertissement pour tous ceux qui rêvent de transformation numérique express. En observant le naufrage du projet SAAQclic, les PME québécoises peuvent tirer trois leçons clés avant de se lancer dans leurs propres virages technologiques.
Lancée en 2023 par la Société de l’assurance automobile du Québec (SAAQ), la plate-forme SAAQclic promettait un accès simple et rapide aux démarches d’immatriculation et de permis des citoyens. Mais entre retards, bogues et frustration citoyenne, ce projet technologique (trop) ambitieux est devenu symbole de fiasco.
Alors que son coût pourrait atteindre 1,1 milliard de dollars, presque le double du budget initial, le gouvernement de François Legault a précipitamment mis en place en avril 2025 une commission d’enquête pour comprendre les causes de ce fiasco. Pour les petites et moyennes entreprises (PME), cet épisode rappelle qu’un projet technologique mal géré peut rapidement se transformer en gouffre financier et réputationnel.
Que ce soit pour des projets de refonte de leur site web, l’implantation d’un logiciel de gestion de la relation client (CRM) ou encore l’automatisation de la facturation à l’aide de l’intelligence artificielle, les PME font de plus en plus le choix d’adopter des solutions numériques avancées afin de s’adapter à un environnement mondialisé et concurrentiel.
Bien que les PME soient réputées pour leur agilité et leur capacité d’adaptation, elles ne sont pas à l’abri des mêmes risques que ceux observés dans le projet SAAQclic : sous-estimation de la complexité technique, dépendance excessive aux prestataires externes, communication tardive avec les employés ou les clients, dépassements budgétaires qui plombent la trésorerie. Ainsi, le fiasco SAAQclic rappelle que les projets numériques ne sont pas seulement une affaire de technologie, mais avant tout de gouvernance et d’organisation.
Par définition, les PME sont des organisations où la proximité règne. Les liens hiérarchiques y sont plus souples, ce qui favorise naturellement la confiance entre l’entrepreneur et ses équipes internes et/ou externes. Cependant, cette confiance ne devrait pas remplacer un certain niveau de rigueur. Comme les PME ne disposent pas toujours des ressources nécessaires pour mener à bien un projet technologique, confier un mandat à un prestataire externe ne dispense jamais de le suivre de près. Autrement dit, la confiance et le contrôle vont de pair. L’un ne fonctionne pas sans l’autre.
Typiquement, cela implique la nomination d’un référent ou coordonnateur (employé en interne) qui suit le projet au quotidien et s’assure de définir des jalons clairs (maquette, tests utilisateurs, mise en production). L’idéal serait de prévoir aussi des pénalités ou clauses de sortie si les engagements ne sont pas tenus par le prestataire externe.
2. Découper pour mieux maîtriser : avancer par petits pas
L’une des erreurs majeures du projet SAAQclic tient à la décision d’un déploiement intégral et simultané de la plate-forme, une approche connue sous le nom de « big bang ».
Cette stratégie, risquée même pour une grande organisation, laisse peu de place à l’ajustement et amplifie les risques. Dans une PME, mieux vaut fragmenter l’implémentation afin de limiter les risques d’échecs du projet technologique.
Avant de généraliser le projet à toute l’entreprise, il est préférable de lancer d’abord un test sur un module ou une équipe pilote. Par exemple, lors d’un projet de mise en place d’un progiciel de gestion intégré – ou ERP (Enterprise Resource Planning), un système qui centralise les principales fonctions d’une entreprise –, il est plus prudent d’automatiser d’abord la facturation avant d’intégrer le module logistique.
Du point de vue opérationnel, il est aussi essentiel d’adopter des méthodes de gestion de projet flexibles, appelées « méthodes agiles » : avancer par petites étapes (sprints), livrer régulièrement des fonctionnalités, et tester souvent avec les utilisateurs finaux. Ces étapes permettent de détecter et corriger les erreurs rapidement, à moindre coût.
3. Anticiper pour mieux rebondir
L’une des critiques qui ont été faites lors de la commission d’enquête chargée de comprendre les causes du fiasco du projet SAAQclic a été la sous-estimation des risques liés au déroulement du projet : dépassements, retards, résistances internes.
Une PME peut difficilement absorber un tel manque de proactivité. D’un point de vue financier, il est essentiel de prévoir un budget tampon de 10 à 20 % pour absorber les imprévus. Au niveau organisationnel, il est nécessaire d’envisager un plan B si le prestataire externe principal fait défaut.
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Enfin, un plan de communication devrait être établi afin de rester transparent avec les employés et les clients sur les échéances et les problèmes rencontrés. Ainsi, anticiper le pire n’est pas faire preuve de pessimisme, mais plutôt un gage de résilience.
La transformation numérique, un levier stratégique
La transformation numérique, qu’elle soit publique ou privée, n’est pas qu’une question de technologie. C’est avant tout un exercice de gouvernance, de discipline et de confiance bien placée. Bien menée, une transformation numérique est un formidable levier pour les PME : gain de temps, amélioration de la relation client, meilleure traçabilité et prise de décisions plus rapides. Mais mal préparée, elle peut aussi entraîner perte de crédibilité, stress organisationnel et perte financière lourde.
L’affaire SAAQclic rappelle que les projets numériques sont avant tout des projets humains et organisationnels. Alors qu’il restera sans doute dans les annales comme l’un des grands fiascos numériques publics du Québec, il offre aussi une leçon précieuse pour les PME. En effet, même les projets les mieux intentionnés peuvent échouer lorsque la gouvernance, la communication et la gestion des risques sont insuffisamment réfléchies. Bien que ces principes ne garantissent pas le succès absolu, elles réduisent considérablement le risque d’un fiasco coûteux.
Azouz Ali ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – France (in French) – By Samson JEAN MARIE, Doctorant en anthropologie et géographie, Ingénieur agronome, Institut de recherche pour le développement (IRD)
Originaire d’Afrique et du sud-ouest de l’Asie, le tilapia est aujourd’hui présent dans 135 pays. Rafael Medina/Flickr, CC BY
Entre promesse de résilience alimentaire et menaces écologiques silencieuses, le tilapia cristallise aujourd’hui les grands enjeux du développement de l’élevage de poissons dans les territoires insulaires. En Haïti par exemple, où il s’est largement développé, le tilapia est présenté comme une solution prometteuse pour renforcer la sécurité alimentaire. Toutefois, cette expansion, souvent promue sans garde-fous écologiques solides, soulève de vives préoccupations environnementales, notamment autour de la gestion de l’eau douce et des risques liés à la diffusion incontrôlée du tilapia dans les milieux naturels.
C’est un poisson que l’on retrouve aujourd’hui sur des îles du monde entier. On l’appelle tilapia, mais derrière ce nom vernaculaire se trouve en réalité un ensemble de cichlidés, des poissons tropicaux d’eau douce, principalement des genres Oreochromis, Tilapia et Sarotherodon, indigènes d’Afrique et du sud-ouest de l’Asie. L’élevage du tilapia est aujourd’hui pratiqué dans plus de 135 pays, de la Chine et de l’Indonésie, dans le Pacifique, au Brésil, au Mexique et à Haïti. Cet engouement s’explique par sa capacité à croître rapidement (atteignant 400 ou 500 grammes en cinq à huit mois en étang), à se nourrir de ressources variées et à s’adapter à des milieux divers, autant d’atouts qui facilitent son élevage par rapport à bien d’autres espèces de poissons d’eau douce.
Importé d’Afrique dans les années 1950, le tilapia (Oreochromis mossambicus) a été largement diffusé à travers Haïti, notamment à partir des années 1980, avec l’appui de la Organisation pour l’alimentation et l’agriculture (FAO) et du ministère de l’agriculture, des ressources naturelles et du développement rural, au point de devenir l’un des poissons d’élevage les plus utilisés dans les projets d’aquaculture rurale.
Aujourd’hui, Haïti dispose ainsi de plusieurs initiatives aquacoles d’envergure variable, allant des stations expérimentales aux exploitations privées commerciales comme Taïno Aqua Ferme sur le lac Azuéi. Toutefois, malgré ces efforts, la pisciculture demeure marginale : moins de 4 % des agriculteurs haïtiens y sont engagés, et la consommation annuelle de poisson (4,5 kg/an) reste inférieure à la moyenne caribéenne.
Parmi les freins récurrents figurent l’accès irrégulier aux jeunes poissons et aux aliments (coûts, importations), les contraintes d’eau et d’énergie, l’accompagnement technique limité, l’insécurité et des chaînes du froid et d’écoulement insuffisantes, soit autant d’obstacles qui fragilisent les modèles économiques des petites exploitations.
Malgré ce bilan pour le moins mitigé, certains, à l’instar de l’ancien ministre de l’agriculture Patrix Sévère, ont continué de nourrir l’ambition « de voir tous les plans d’eau du pays peuplés de tilapia ». En voulant « passer de la parole aux actes », l’actuel ministre de l’agriculture Vernet Joseph promettait en août 2024 d’introduire dans quatre plans d’eau du pays (le lac de Péligre, l’étang Bois Neuf, le lac Azuei et l’étang de Miragoâne), trois millions de jeunes tilapias ».
L’opération, selon lui, devait permettre, en deux mois, la production « de 25 tonnes de poissons ». Aujourd’hui, cependant, le projet est suspendu à la suite d’un avis consultatif initial de Caribaea Initiative (organisation consacrée à la recherche et la conservation de la biodiversité caribéenne) soulignant les risques écologiques, notamment pour les espèces de poissons endémiques de l’étang de Miragroâne. Aucune décision officielle n’a encore été actée quant à la poursuite ou non du projet, lequel resterait également conditionné à la mobilisation de financements, « selon un cadre du ministère de l’agriculture ».
Des expériences contrastées en contexte insulaire : l’exemple de Santo (Vanuatu)
À plus de 13 000 kilomètres de là, dans le sud de l’île de Santo au Vanuatu (archipel du Pacifique Sud), une expérience parallèle fortuite permet cependant de tirer des leçons précieuses. En avril 2020, le cyclone Harold a frappé de plein fouet cette île volcanique, provoquant le débordement de nombreux bassins piscicoles artisanaux. Des milliers de tilapias se sont ainsi échappés et ont colonisé les cours d’eau naturels, entraînant une transformation brutale des écosystèmes aquatiques. Les résultats préliminaires des enquêtes menées dans le cadre d’une thèse, conduite au sein du projet « Climat du Pacifique Sud, savoirs locaux et stratégies d’adaptation » (Clipssa), auprès d’une centaine d’usagers de cinq cours d’eau de l’île, révèlent que 87 % des personnes interrogées déclarent avoir constaté une diminution, voire une disparition, de nombreuses espèces de poissons et de crustacés autochtones depuis l’introduction involontaire du tilapia.
« Il y avait des crevettes, des poissons noirs [black fish], des anguilles […]. Maintenant, il n’y a presque plus que du tilapia », témoigne ainsi une habitante du sud-ouest de l’île.
« On ne pêche plus comme avant. Le tilapia est partout, il mange les œufs des autres poissons et tous ceux qu’ils trouvent », ajoute un pêcheur sur la côte est de l’île.
Les études menées par des chercheurs chinois et thaïlandais rapportent que l’introduction de deux espèces de tilapia dans leurs pays respectifs a également entraîné une réduction significative de la biodiversité des poissons natifs. Ces résultats sont corroborés par les données du Global Invasive Species Database, qui soulignent que le tilapia figure parmi les 100 espèces envahissantes les plus problématiques au monde.
Toutefois, il convient de nuancer ce constat. Une introduction maîtrisée de tilapia dans un écosystème ne conduit pas systématiquement à des effets négatifs. Les recherches du biologiste kenyan Edwine Yongo au sujet de la Chine et de Daykin Harohau aux îles Salomon montrent que, dans certaines conditions, l’élevage de cette espèce peut contribuer au contrôle des algues nuisibles, grâce à son régime alimentaire et à ses activités de fouissage des sédiments. Ce processus contrôlé peut ainsi améliorer la qualité de l’eau, tout en soutenant la sécurité alimentaire locale, notamment dans les contextes insulaires ou ruraux.
En somme, c’est donc moins l’espèce en elle-même que les modalités de son introduction et de son suivi qui déterminent si elle devient un facteur de dégradation écologique ou, au contraire, un levier de régulation et de sécurité alimentaire.
Quelles leçons pour Haïti ?
L’expérience de Vanuatu, tout comme les travaux menés en Chine et aux îles Salomon, offre ainsi à Haïti une précieuse grille de lecture pour penser l’avenir de l’élevage du tilapia sur son territoire. Si ce poisson peut devenir un levier de sécurité alimentaire, sa prolifération incontrôlée pourrait également menacer les écosystèmes aquatiques déjà fragiles et nuire à la biodiversité locale. Introduire massivement un poisson « pour nourrir la population locale » sans tenir compte de ces équilibres pourrait donc s’avérer contre-productif, en concurrençant les espèces locales, en perturbant les chaînes alimentaires et, in fine, en fragilisant les moyens d’existence de nombreux ménages. Son introduction dans le lac Miragoâne en Haïti pourrait par exemple entraîner un désastre écologique et conduire à l’extinction de tout un groupe d’espèces de petits poissons du genre Limia, endémiques de ce plan d’eau et que l’on ne trouve donc nulle part ailleurs en Haïti ou dans le monde.
Des exemples d’élevages circulaires ou multitrophiques, c’est-à-dire associant plusieurs niveaux de la chaîne alimentaire (poissons, mollusques filtreurs, algues) afin de recycler les nutriments, menés en Chine, au Sénégal ou d’autres types de projets pilotes en Haïti (comme Taïno Aqua Ferme, Caribean Harvest), montrent qu’il est possible de développer une aquaculture durable, à condition de :
maîtriser l’élevage en bassins clos ou cages flottantes sécurisées, de préférence dans des lacs artificiels, afin d’éviter tout risque pour les grands lacs naturels comme le lac Miragoâne, qui abrite une communauté de poissons endémiques ;
recourir à des espèces adaptées. Le rapport rédigé par Gilles, Celestin et Belot (2021) à la demande de l’Institut de recherche pour le développement (IRD) propose un modèle plus durable, adapté aux spécificités haïtiennes : l’élevage du tilapia ouest-africain Sarotherodon melanotheron, une espèce qui se nourrit surtout de débris organiques et d’algues en décomposition et qui tolère de fortes variations de salinité ;
valoriser les sous-produits agricoles (son de riz de l’Artibonite, pelures de banane-plantain, tourteaux d’arachide, drêche de sorgho séchée) et limiter la dépendance à des aliments importés ;
renforcer la formation technique des éleveurs pour garantir le bon fonctionnement des systèmes d’élevage ;
protéger les installations d’élevage contre les évènements météorologiques et climatiques extrêmes.
Poisson miracle pour certains, espèce à risque pour d’autres, le tilapia incarne à lui seul les dilemmes du développement aquacole en Haïti. Tirer les leçons des expériences internationales, notamment celles de Santo au Vanuatu, c’est comprendre qu’une expansion sans garde-fous écologiques pourrait transformer une solution alimentaire en problème écologique. L’avenir de la pisciculture haïtienne ne se jouerait pas seulement dans les bassins : il dépendra aussi de choix politiques éclairés, de modèles durables, et d’une écoute attentive des écosystèmes comme des communautés locales.
Samson JEAN MARIE ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
_Portrait de Mme ***, dite aussi Madame X_ (1884), pièce maîtresse des expositions londonienne et parisienne.Metropolitan Museum, CC BY
Avant que le musée d’Orsay (Paris) organise son exposition « John Singer Sargent. Éblouir Paris » (jusqu’au 11 janvier 2026), un autre événement avait mis le peintre américain à l’honneur. L’exposition « Sargent and Fashion », à Londres, avait permis en 2024 de redécouvrir le travail de cet amoureux des vêtements. L’historienne de la mode Serena Dyer l’avait alors chroniquée pour « The Conversation UK ». En voici une version traduite en français.
En tant qu’historienne de la mode, je repars toujours des musées avec l’appareil photo saturé d’images de vêtements plutôt que de visages. Je reste fascinée par la manière dont un peintre parvient à saisir les reflets changeants d’une soie bruissante ou la lumière dansante sur des bijoux étincelants.
Dans le monde de la critique d’art, la mode en peinture reste pourtant souvent méprisée. L’exposition « Sargent and Fashion » qui se tenait à la Tate Britain en 2024 a été critiquée pour ses « toiles encombrées de vieux habits » ou son « déferlement de mièvrerie ». Ces jugements révèlent des idées reçues persistantes : la mode serait frivole, secondaire, indigne d’un véritable sujet artistique.
Cette exposition, coproduite par la Tate et le Museum of Fine Arts de Boston, s’attache au contraire à corriger cette vision dépassée et réductrice. Sargent ne serait pas Sargent sans son rapport intime à la mode. Le parcours nous invite à considérer que sa virtuosité du pinceau allait de pair avec une véritable maîtrise des étoffes, des aiguilles et des épingles.
Les élégantes victoriennes qu’il peignait avaient d’ailleurs bien compris le pouvoir que leur donnaient leurs vêtements. En 1878, l’écrivaine Margaret Oliphant remarquait déjà :
« Il existe désormais une classe de femmes qui s’habillent d’après les tableaux, et qui, en achetant une robe, demandent : “Est-ce que ça se peindra bien ?” »
Art et mode étaient alors intimement liés, et la modernité, le dynamisme et la pertinence culturelle de la mode s’expriment dans chaque coup de pinceau de John Singer Sargent (1856-1925).
Sargent, styliste avant l’heure
Dès la première salle, on a l’impression d’entrer dans un salon mondain. Le visiteur est accueilli par le portrait d’Aline de Rothschild, Lady Sassoon (1907). Drapée dans une spectaculaire fantaisie de taffetas noir, son visage émerge d’un tourbillon d’ombre, irradiant sous le velours sombre de sa cape d’opéra. Même si, en tant qu’historienne de la mode, je choisis mes tenues avec soin, mais je n’ai pas pu m’empêcher de me sentir affreusement mal habillée face à tant d’éclat.
Mais sans doute est-ce parce que je ne dispose pas d’un John Singer Sargent comme directeur artistique. Car l’exposition le montre autant peintre que styliste. Il maniait les pinceaux, certes, mais aussi les épingles, modelant les tissus autour de ses modèles pour créer des formes vertigineuses. Les commissaires le comparent d’ailleurs à un directeur artistique de séance photo : ses portraits ne reproduisent pas la mode de son époque, ils construisent sa propre vision esthétique.
La cape de Lady Sassoon, exposée à proximité, en est la preuve. Datée de 1895, elle précède le tableau d’une décennie. Entre ses mains, ce vêtement ancien devient, par un savant jeu de drapés et d’épingles, une image saisissante de modernité.
Tout au long du parcours, les tableaux dialoguent avec des caricatures d’époque moquant la mode, des photographies des modèles dans leur vie quotidienne, ou encore des pièces textiles et accessoires ayant servi à la composition des œuvres.
Les femmes qu’on ne voit pas
Si le rôle de John Singer Sargent comme peintre et styliste est omniprésent, celui des créateurs et créatrices de ces vêtements – souvent des femmes modestes – reste dans l’ombre. À part un court panneau consacré à Charles Frederick Worth, figure surestimée de la couture du XIXe siècle, peu d’hommages sont rendus aux mains qui ont coupé, épinglé et cousu ces merveilles. La plupart des pièces exposées portent la mention « créateur inconnu ».
L’une de ces créatrices est cependant mise en avant : Adele Meyer, dont Sargent a peint le portrait en 1896. Femme élégante et militante, Meyer fut aussi une défenseure des droits des ouvrières du vêtement. Avec Clementina Black, elle publia en 1909 Makers of our Clothes : A Case for Trade Boards, enquête pionnière sur les conditions de travail dans les ateliers de couture.
Le livre est exposé à côté du tableau, quelque peu éclipsé par le rayonnement du portrait. Cette mise en scène rappelle – plus qu’elle ne dénonce – combien la beauté de la mode a souvent invisibilisé le labeur de celles qui la produisent.
Une exposition discrètement féministe
L’exposition interroge aussi, avec subtilité, les rapports de pouvoir. Dans les livres d’art et les catalogues d’exposition, les modèles de John Singer Sargent sont le plus souvent désignées par le nom de leur mari.
Mary Louisa Cushing devient « Mrs Edward Darley Boit », Mathilde Seligman « Mrs Leopold Hirsch ». Suivant l’étiquette victorienne, ces femmes perdent leur identité propre pour n’exister qu’à travers celle de leur époux.
Les commissaires ont pris le parti – subversif en apparence, mais en réalité légitime – d’associer à chaque titre officiel le nom de jeune fille du modèle. Un détail discret, sans doute imperceptible pour la majorité des visiteurs, mais essentiel pour redonner leur individualité à ces femmes.
Au final, cette exposition ne bouleverse pas l’histoire de la mode, mais elle avance dans la bonne direction. L’opportunité de voir ou revoir le célèbre portrait de Madame X, qui représente la mondaine Virginie Amélie Avegno Gautreau dans sa robe noire – un tableau qui a fait scandale à l’époque – a certainement attiré les foules. Mais l’exposition nous rappelle surtout une vérité subtile : si Sargent a su devenir un grand peintre, c’est parce qu’il fut d’abord un immense styliste.
Serena Dyer ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – France in French (2) – By Jean-Lou Justine, Professeur, UMR ISYEB (Institut de Systématique, Évolution, Biodiversité), Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)
Une des espèces de plathelminthes pour laquelle des parasites ont été identifés : _Austroplana sanguinea_.Gastineau et al., CC BY-SA
Les vers plats terrestres (ou, plathelminthes) causent d’importants dégâts écologiques en France, car ces espèces n’ont pas de prédateurs dans l’Hexagone. La découverte très récente de parasites va-t-elle permettre de lutter contre ces espèces ?
Depuis une dizaine d’années, nous étudions l’invasion de la France et de l’Europe par des vers plats terrestres (ou, plathelminthes). Ces animaux exotiques, généralement longs comme le doigt, sont arrivés en Europe par l’intermédiaire du transport des plantes en pots. Une dizaine d’espèces sont maintenant chez nous, venant principalement de l’hémisphère Sud (Argentine, Australie, Nouvelle-Guinée, Asie du Sud-Est). Elles se sont largement installées dans les jardins, en particulier Obama nungara, désormais présent dans plus de 70 départements. D’autres sont aussi connues du public, comme Bipalium kewense, qui peut atteindre une trentaine de centimètres, ou Vermiviatum covidum.
Quand une espèce envahit un écosystème, elle provoque souvent toute une série de problèmes écologiques. Les plathelminthes terrestres sont des prédateurs, et on sait qu’ils consomment (en particulier dans le cas d’Obama nungara) les vers de terre, ces précieux alliés du jardinier pour la fertilité des sols.
La fameuse théorie du « relâchement de la pression des ennemis »
Et là, se pose la question, comment lutter contre ces envahisseurs ? Aucun produit chimique n’étant homologué ni même testé, oublions immédiatement cette solution. Des prédateurs qui mangeraient ces vers ? On n’en connaît pas en Europe. Des parasites qui pourraient limiter leur prolifération ? Inconnus aussi.
Les scientifiques qui étudient les invasions considèrent généralement qu’une espèce envahissante abandonne derrière elle prédateurs et parasites en arrivant dans un nouveau territoire, ce qui supprime tout frein à sa prolifération : c’est la théorie du « relâchement de la pression des ennemis ». C’est bien le cas des plathelminthes terrestres en France et en Europe.
La découverte de parasites
Nous avons sursauté quand nous avons trouvé les premières traces de parasites dans des plathelminthes terrestres envahissants. Mais, comme vous allez le lire, cette découverte n’a pas été aussi facile qu’on pourrait l’imaginer.
Le génome mitochondrial, ou mitogénome, est celui qui permet aux mitochondries, ces petits éléments présents dans toutes les cellules, de fonctionner. Chez les plathelminthes, les organes sont noyés dans un tissu mou appelé parenchyme. Ainsi, lorsqu’on analyse un individu, on obtient non seulement son propre ADN, mais aussi celui de ses proies présentes dans l’intestin. Cela permet de mieux comprendre leur régime alimentaire en identifiant les espèces consommées.
Nous voilà donc faisant une analyse de routine sur deux espèces trouvées en Irlande du Nord, Kontikia andersoni et Australoplana sanguinea. Ces deux espèces viennent d’Australie et de Nouvelle-Zélande et ont envahi les îles Britanniques, mais pas (encore) l’Europe continentale. Les analyses ont rapidement permis de caractériser les mitogénomes des plathelminthes et de déterminer leurs proies, qui sont, dans les deux cas, des vers de terre. Mais une surprise nous attendait.
Des mitogénomes de parasites ?
Dans chacune des espèces de plathelminthes, nous avons trouvé un signal moléculaire d’une espèce du genre Mitosporidium. Jusqu’ici, le genre Mitosporidium ne contenait qu’une seule espèce, Mitosporidium daphniae, qui est un parasite des daphnies, des petits crustacés d’eau douce. Mitosporidium est très original : c’est une microsporidie « primitive ». Que sont les microsporidies ? Des parasites unicellulaires.
Une microsporidie est devenue tristement célèbre dans les années 1980, Enterocytozoon bieneusi, qui infectait les patients atteints du sida dont l’immunité était compromise. Avant la génétique moléculaire, on classait les microsporidies dans les « protozoaires » et on les reconnaissait par leurs spores très caractéristiques. On a depuis compris que ce sont des champignons très modifiés par le parasitisme, en particulier par la perte des mitochondries.
Comme mentionné plus haut, les mitochondries sont des organites présents dans toutes les cellules des eucaryotes, mais les microsporidies, qui vivent dans les cellules de leurs hôtes, n’en ont plus besoin et s’en sont débarrassées.
Mais la nature aime les exceptions, et les scientifiques aiment les exceptions quand elles permettent de mieux comprendre la nature… Mitosporidium daphniae a toutes les caractéristiques d’une microsporidie, sauf qu’elle a conservé un génome de mitochondrie. C’est pour cela que l’on considère cette espèce comme « basale » : elle représenterait une étape de l’évolution des champignons vers les microsporidies, en ayant déjà la morphologie et la vie intracellulaire d’une microsporidie, mais en ayant gardé le mitogénome.
Et donc, nous avons trouvé deux nouvelles espèces de Mitosporidium, une dans chaque espèce de ver plat. Rien que le fait de faire passer ce genre d’une seule espèce à trois était déjà une découverte significative ; la seule espèce connue avait été décrite en 2014, et aucune depuis.
Les génomes mitochondriaux des deux espèces de microsporidies découvertes. Gastineau et al, CC BY
Parasites de quoi ?
Un gros problème est apparu. Pour des raisons techniques, nous n’avons pas vu les microsporidies. On ne les reconnaît facilement que quand elles sont au stade de spores, et les autres stades, dans les tissus de l’hôte, sont difficiles à détecter. Et puis surtout, la question a été : de qui sont parasites ces microsporidies ? Rappelez-vous, notre analyse a été faite sur un mélange de tissus : tissus du plathelminthe prédateur et tissus du ver de terre dans son intestin. Ces Mitosporidium étaient-ils des parasites des plathelminthes eux-mêmes ou de leurs proies, les vers de terre ?
Pour l’instant, nous ne pouvons pas trancher définitivement, mais un principe biologique nous guide : la spécificité parasitaire. En effet, un parasite est souvent associé à une seule espèce d’hôte. Or, dans chaque plathelminthe terrestre étudié, nous avons trouvé une espèce unique de Mitosporidium.
Deux hypothèses sont possibles. Soit ces parasites viennent des vers de terre que les plathelminthes consomment – mais il faudrait alors admettre un hasard improbable : que chaque plathelminthe ait mangé une seule espèce de ver de terre, elle-même infectée par son parasite spécifique. Soit, plus simplement, chaque plathelminthe possède son propre Mitosporidium. C’est cette seconde hypothèse qui nous paraît la plus plausible, en attendant des analyses plus larges.
Un avenir pour la lutte contre les vers plats ?
Nous supposons, donc, maintenant avoir découvert des parasites de vers plats envahissants. Selon la théorie générale du « relâchement de la pression des ennemis », un moyen de se débarrasser d’une espèce envahissante est de l’infecter par un parasite ou par un pathogène qui va réduire ses populations. Un exemple classique est celui du lapin en Australie : libéré de ses prédateurs et parasites, il s’est multiplié de façon incontrôlable et seule l’introduction de la myxomatose a permis de réduire un peu sa population. Mais ce n’est pas toujours facile : pour le frelon asiatique, envahissant en Europe, plusieurs parasites ont été identifiés, sans qu’aucun ne puisse freiner réellement son expansion.
Introduire des microsporidies pour réduire les populations de plathelminthes terrestres envahissants ? Une idée séduisante, mais nous en sommes très loin.
D’abord, comme expliqué plus haut, nous ne sommes pas encore sûrs que les Mitosporidium soient des parasites de plathelminthes. Ensuite, on ne sait pas du tout s’ils sont pathogènes ! La seule espèce connue avant notre travail, Mitosporidium daphniae, n’a qu’une petite influence négative sur la fertilité des daphnies infectées. Des années de recherche sont encore nécessaires.
Jean-Lou Justine est Rédacteur-en-Chef de Parasite, la revue scientifique de la Société Française de Parasitologie, dans laquelle a été publiée cette étude. Toutes les précautions éthiques ont été prises, en suivant les recommandations de COPE https://publicationethics.org/ .
Archie K. Murchie a reçu des financements du Department of Agriculture, Environment & Rural Affairs, Northern Ireland
Romain Gastineau a reçu des financements du ministère de la recherche et de l’éducation de Pologne.
Leigh Winsor ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Two hundred years ago, on Oct. 26, 1825, New York Gov. DeWitt Clinton boarded a canal boat by the shores of Lake Erie. Amid boisterous festivities, his vessel, the Seneca Chief, embarked from Buffalo, the westernmost port of his brand-new Erie Canal.
Clinton and his flotilla made their way east to the canal’s terminus in Albany, then down the Hudson River to New York City. This maiden voyage culminated on Nov. 4 with a ceremonial disgorging of barrels full of Lake Erie water into the brine of the Atlantic: pure political theater he called “the Wedding of the Waters.”
The Erie Canal, whose bicentennial is being celebrated all month, is an engineering marvel – a National Historic Monument enshrined in folk song. Such was its legacy that as a young politician, Abraham Lincoln dreamed of becoming “the DeWitt Clinton of Illinois.”
As a historian of the 19th-century frontier, I’m fascinated by how civil engineering shaped America – especially given the country’s struggles to fix its aging infrastructure today. The opening of the Erie Canal reached beyond Clinton’s Empire State, cementing the Midwest into the prosperity of the growing nation. This human-made waterway transformed America’s economy and immigration while helping fuel a passionate religious revival.
But like most big achievements, getting there wasn’t easy. The nation’s first “superhighway” was almost dead on arrival.
Clinton’s folly
The idea of connecting New York City to the Great Lakes originated in the late 18th century. Yet when Clinton pushed to build a canal, the plan was controversial.
The governor and his supporters secured funding through Congress in 1817, but President James Madison vetoed the bill, considering federal support for a state project unconstitutional. New York turned to state bonds to finance the project, which Madison’s ally Thomas Jefferson had derided as “madness.”
Construction began on July 4, 1817. Completed eight years later, the canal stretched some 363 miles (584 kilometers), with 18 aqueducts and 83 locks to compensate for elevation changes en route. All this was built with only basic tools, pack animals and human muscle – the latter supplied by some 9,000 laborers, roughly one-quarter of whom were recent immigrants from Ireland.
Despite its naysayers, the Erie Canal paid off – literally. Within a few years, shipping rates from Lake Erie to New York City fell from US$100 per ton to under $9. Annual freight on the canal eclipsed trade along the Mississippi River within a few decades, amounting to $200 million – which would be more than $8 billion today.
Commerce drove industry and immigration, enriching the canal towns of New York – transforming villages like Syracuse and Utica into cities. From 1825-1835, Rochester was the fastest-growing urban center in America.
By the 1830s, politicians had stopped ridiculing America’s growing canal system. It was making too much money. The hefty $7 million investment in building the Erie Canal had been fully recouped in toll fees alone.
Religious revival
Nor was its legacy simply economic. Like many Americans during the Industrial Revolution, New Yorkers struggled to find stability, purpose and community. The Erie Canal channeled new ideas and religious movements, including the Second Great Awakening: a nationwide movement of Christian evangelism and social reform, partly in reaction to the upheavals of a changing economy.
Though the movement began at the turn of the century, it flourished in the hinterlands along the Erie Canal, which became known as the “Burned-Over District.” Revivalists like Charles Grandison Finney – America’s most famous preacher at the time – found a lively reception along this “psychic highway,” as one author later dubbed upstate New York.
Some denominations, like the Methodists, grew dramatically. But the “Burned-Over District” also gave birth to new churches after the canal’s creation. Joseph Smith founded the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, often known as Mormons, in Fayette, New York, in 1830. The teachings of William Miller, who lived near the Vermont border, spread west along the canal route – the roots of the Seventh-day Adventist Church.
As Clinton predicted, the Erie Canal was “a bond of union between the Atlantic and Western States,” uniting upstate New York and the agrarian frontier of the Midwest to the urban markets of the Eastern seaboard.
In the mid-1820s, Ohio Gov. Ethan Allen Brown praised America’s canals “as veins and arteries to the body politic” and commissioned two canals of his own: one to link the Ohio River to the Erie Canal, completed in 1832; and another to link the Miami River, completed in 1845. These canals in turn connected to numerous smaller waterways, creating an extensive network of trade and transportation.
While America’s canal boom brought prosperity, this wealth came at a cost to many Indigenous communities – a cost that is only slowly being acknowledged. The Haudenosaunee, often known by the name “Iroquois,” especially paid the price for the Erie Canal. The confederacy of tribes was pressured into ceding lands to the state of New York, and further displaced by ensuing frontier settlement.
Past and future
As the U.S. nears its 250th birthday on July 4, 2026, the official website of this commemoration urges Americans “to pause and reflect on our nation’s past … and look ahead toward the future we want to create for the next generation and beyond.”
Overcoming gridlock demands bipartisan consensus on basic concerns. Technology changes, but the demands of infrastructure – from rebuilding roads and bridges to expanding broadband and sustainable energy networks – and the will needed to address them, persist. As the Erie Canal reminds us, American democracy has always been built upon concrete foundations.
Matthew Smith does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Avec le développement des outils numériques, perdons-nous ce sens de l’orientation qui se forge durant les premières années de la vie ? Comprendre comment les enfants apprennent à élaborer ces cartes mentales nous éclaire sur ce qui se joue vraiment derrière ces mutations.
Vous avez prévu un séjour en famille et ça y est, tout est prêt pour le départ. Vous allumez alors le téléphone pour lancer votre application GPS préférée mais, stupeur, rien ne se passe… Vous réessayez alors en lançant une autre application ou en changeant de téléphone mais toujours rien. Il va falloir faire sans.
Après tout, cela ne devrait pas être si difficile, c’est la même route chaque année ; pour rejoindre l’autoroute, c’est sur la gauche en sortant du pâté de maisons. À moins qu’il faille plutôt prendre à droite pour d’abord rejoindre la nationale, et ensuite récupérer l’autoroute dans la bonne direction ?
Finalement, ce n’est pas gagné… et le départ devra attendre le retour du GPS ou que vous retrouviez cette ancienne carte format papier perdue (elle aussi) quelque part chez vous. En cherchant la carte routière, peut-être vous demanderez-vous comment on faisait pour se déplacer avant les GPS.
Cette technologie nous aurait-elle fait perdre le sens de l’orientation ?
Qu’est-ce que « la navigation spatiale » ?
Attention, nous n’allons pas parler de fusée ou d’astronautes en parlant de « navigation spatiale », l’expression désigne tout simplement l’ensemble des processus qui nous permettent de nous orienter et de nous déplacer dans notre environnement.
Les capacités de navigation reposent à la fois sur l’intégration de nos propres mouvements dans l’environnement via le calcul en continu de notre position. C’est cette capacité qui vous permet de vous orienter aisément dans le noir ou les yeux fermés, sans risquer de confondre la salle à manger avec les toilettes lors de vos trajets nocturnes par exemple.
Mais, avec la distance parcourue, la précision diminue et on est de plus en plus perdu. Afin de garder le cap, nous utilisons en complément des points de repère externes particuliers offerts par le monde qui nous entoure, comme un monument ou une montagne. Grâce à la combinaison de ces deux sources d’informations spatiales, nous sommes capables de créer une carte mentale détaillée de notre environnement.
La création de ce type de carte mentale, relativement complexe, n’est pas la seule stratégie possible et, dans certains cas, on préférera se souvenir d’une séquence d’actions simples à accomplir, par exemple « à gauche, en sortant » (direction l’autoroute), « puis tout droit » et « votre destination sera à 200m sur votre droite ». On est ici très proche des outils digitaux GPS… mais pas de risque de déconnexion… bien pratique, ce système de navigation embarqué !
S’orienter dans l’espace, un jeu d’enfant ?
Dès les premiers mois de vie, les nouveau-nés montrent des capacités étonnantes pour se repérer dans l’espace. Contrairement à ce qu’on pouvait penser il y a quelques décennies, ces tout petits êtres ne voient pas le monde uniquement depuis leur propre point de vue et, dès 6 à 9 mois, ils arrivent à utiliser des repères visuels familiers pour ajuster leur orientation, surtout dans des environnements familiers.
Entre 6 ans et 10 ans, les enfants deviennent capables de combiner différents types d’informations externes comme la distance et l’orientation de plusieurs repères pour se situer dans l’espace. À partir de 10 ans, leurs performances spatiales se rapprochent déjà de celle des adultes.
Le développement de ces capacités repose notamment sur la maturation d’une région cérébrale connue sous le nom du complexe retrosplénial (RSC). Cette zone est impliquée dans la distinction des endroits spécifiques (comme un magasin près d’un lac ou d’une montagne), ce qui constitue la base d’une navigation spatiale fondée sur les repères.
Une méta-analyse récente semble confirmer un lien négatif entre usage du GPS, connaissance de l’environnement et sens de l’orientation. Toutefois, certains des résultats nuancent ce constat : les effets délétères semblent surtout liés à un usage passif. Lorsque l’utilisateur reste actif cognitivement (en essayant de mémoriser ou d’anticiper les trajets) l’impact sur les compétences de navigation est moindre, voire nul.
Ainsi, le GPS ne serait pas en lui-même néfaste à nos capacités de navigation. Ce serait davantage la manière dont on l’utilise qui détermine son influence positive, négative ou neutre sur nos capacités de navigation spatiale.
Donc, bonne nouvelle, même si vous n’êtes pas parvenu à retrouver votre carte routière, vous avez remis la main sur votre ancien GPS autonome, celui qui n’a jamais quitté votre tête ! Et, même si désormais la destination est programmée et qu’il ne vous reste plus qu’à suivre le chemin tracé, songez parfois à lever les yeux pour contempler le paysage ; en gravant quelques repères à mémoriser, vous pourriez savourer le voyage et réapprendre à naviguer.
Clément Naveilhan a reçu des financements de l’Université Côté d’Azur.
Stephen Ramanoël a reçu des financements nationaux (ANR) et locaux (Université Côte d’Azur – IDEX)