Mi ‘crush’ me ha dejado ‘en visto’: ¿cuándo un neologismo deja de serlo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Oliva Sanz, Contratada predoctoral FPU23, Universidad de Córdoba

Si nuestro crush nos ha dejado “en visto” y nuestros compañeros son unos NPCs 24/7, tenemos que “abrir un melón”. Nuestra lengua no es la misma que era el día que aprendimos a decir “mamá”. De hecho, si fuera igual tendríamos un problema. Porque una lengua que no evoluciona es una lengua muerta. Incluso el latín clásico, que suele considerarse una lengua muerta, sigue creando palabras nuevas.

A nadie le sorprende que no hablemos como en la Edad Media, pero tampoco hablamos como nuestras bisabuelas. Las lenguas están en constante evolución y el nivel léxico (es decir, el vocabulario, las palabras que usamos) es uno de los principales ejes del cambio lingüístico. Los neologismos son, precisamente, las palabras nuevas que surgen en un momento determinado.

¿Hay neologismos “de primera” y neologismos “de segunda”?

Los neologismos son imprescindibles porque la realidad cambia y tenemos que nombrarla. Hace 28 años no podíamos buscar en Google y hace 6 años no sabíamos lo que era una mascarilla FFP2. Lo mismo nos pasará cuando se comercialicen los CMCSP y tengamos que hablar de estos plásticos que se degradan en el agua sin dejar microplásticos, o cuando podamos ir al zoo a ver una nueva especie “desextinta”. Tendremos que nombrar nuevas realidades.

Cuando los neologismos son necesarios parece que los asumimos con total tranquilidad. Sin embargo, parece que molestan cuando son más bien expresivos. Es decir, cuando escuchamos “estoy en mi prime” en lugar de “estoy en mi mejor momento”.

La realidad es que esta distinción no es útil ni en la investigación ni en nuestro día a día. Todos los elementos lingüísticos cumplen una función comunicativa. No deberíamos considerar que los neologismos que no crean realidades (porque las realidades a la que se refieren ya tienen una palabra o expresión en nuestra lengua) son “neologismos de segunda”. De hecho, poner en segundo plano estos neologismos “expresivos” nos abriría las puertas de otro debate lingüístico en torno a los prejuicios entre lenguas.

¿Dónde nacen los neologismos?

Cómo surgen los neologismos es una pregunta controvertida. Lo mismo ocurre con quién los crea o cuándo aparecen. Pueden surgir por moda, por la necesidad de nombrar una nueva realidad o por mera casualidad. Solo a veces es posible encontrar a la primera persona que utilizó un neologismo. Aunque claro, ¿quién fue el primero en hacerse un selfie o, más bien, una autofoto (palabra que nadie usa pero que la Fundéu propone como sustituta de selfie)?

Desde la investigación en este campo optamos por analizar cómo se forman. Es decir, podemos analizar que las protes que nos recomienda tomar el nutricionista son un acortamiento de proteínas. También podemos analizar que los gym bros que nos encontramos entrenando son un préstamo del inglés, o lo que es lo mismo: un anglicismo.

No obstante, hay que recordar que no solo surgen neologismos del inglés o de otras lenguas, sino que nuestra lengua tiene toda una serie de procedimientos para la creación de nuevas palabras. Entre otros, la derivación (“covidiano”), la composición (“teledermatología”) o la acronimia, la formación de palabras a partir de fragmentos de otras, como ocurre en “restobar” (establecimiento que ofrece tanto platos preparados como bebidas y cócteles).

El DNI de un neologismo

Por otro lado, no es neologismo todo lo que reluce y no todas las expresiones nuevas han venido para quedarse. Los centros especializados en neología usan una serie de criterios para determinar si una palabra nueva es realmente un neologismo. Se trata de una serie de pruebas que llamamos “criterios de neologicidad”. Aunque se han hecho distintas propuestas, nos vamos a centrar en los tres criterios más habituales.




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El primer criterio para que una palabra novedosa pueda ser un neologismo es que no esté recogida en un diccionario general como el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. Lo denominamos criterio lexicográfico y nos permite comprobar, por ejemplo, que los seguidores del Real Betis Balompié, los verdiblancos, son un neologismo.

En segundo lugar, un neologismo debe ser actual: tiene que haber aparecido recientemente en la lengua. Nos basamos, por tanto, en un criterio temporal o diacrónico. Así, no podríamos considerar neológico el ratón del ordenador porque lleva mucho tiempo en la lengua, pero sí podemos considerar que woke, tal y como se emplea actualmente, es un neologismo.

Llamar la atención

La unidad no solo tiene que ser nueva, sino que nos debe parecer nueva: se debe cumplir el criterio psicológico porque la palabra nos tiene que llamar la atención. Por eso la publicidad usa tantos neologismos.

Por ejemplo, si nos presentan un yogur en un anuncio probablemente no le prestemos atención. Sin embargo, si nos venden un lateado, habrán captado nuestro interés porque no tenemos almacenado en nuestro cerebro a qué se refiere esa palabra.

En cambio, si alguien “cuelga” una foto en Instagram, no nos vamos a sorprender de que no utilice una cuerda. Aunque el verbo “colgar” no tuviera originalmente el significado actual relacionado con la informática, no nos sorprende ni nos llama la atención. Ha dejado de ser un neologismo.




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Aunque solo hemos presentado tres criterios, conviene apuntar que por sí solos no determinan si una palabra es un neologismo, sino que deben darse combinados al menos dos de ellos. Es decir, que un neologismo aparezca en el diccionario no le quita automáticamente la etiqueta de novedoso (como la palabra “COVID”, que se incorporó durante la pandemia al diccionario de la Lengua Española pero seguía siendo una unidad nueva porque era actual y seguía llamando la atención).

Lo mismo ocurre con random. Es tan frecuente que no nos sorprende al escucharla. Sin embargo, no aparece en el diccionario y es relativamente reciente, así que cumple con el criterio temporal y lexicográfico y sigue siendo un neologismo.




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¿Cuándo se deja de ser neologismo?

Uno de los aspectos más curiosos de los neologismos es que, en el momento en el que se reconocen, comienzan a desvanecerse. Son como pequeños gusanos de seda: cuando crean su crisálida y comienzan a cristalizarse en la lengua, se convierten en mariposas, palabras reconocidas y aceptadas, y ya no pueden volver a ser novedosos.

Es lo que le ocurrió, por ejemplo, a los “virus informáticos” que surgieron en los años 70 y hoy no sorprenden a nadie. Quizá dentro de unos años a nadie le sorprenda que su crush le deje “en visto”.

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Carmen Oliva Sanz recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades al ser contratada FPU23/01543

Sergio Rodríguez-Tapia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Mi ‘crush’ me ha dejado ‘en visto’: ¿cuándo un neologismo deja de serlo? – https://theconversation.com/mi-crush-me-ha-dejado-en-visto-cuando-un-neologismo-deja-de-serlo-278755

¿Podría un cantautor ganar el Premio Cervantes?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Soto Zaragoza, Profesor de Literatura Española, Universidad de Almería

El Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes (popularmente, el “Premio Cervantes”) es el galardón literario más prestigioso que se entrega a escritores en lengua española. Concedido por primera vez en 1976, podría decirse que desde hace ya tiempo es el equivalente en español al Premio Nobel de Literatura.

Aunque plumas muy notables de nuestra lengua nunca lo recibieron, ganarlo conlleva un prestigio mayúsculo. Es a menudo percibido como un premio capaz de consagrar definitivamente a un escritor. Y sin duda emparenta a quienes lo reciben con un conjunto de autores ilustres, con todas las implicaciones que esta asociación comporta.

La trascendencia del premio explica la resonancia que suelen tener las propuestas públicas de candidatos, sobre todo cuando esos candidatos son, por así decirlo, poco ortodoxos. Este fenómeno se volvió a producir cuando el periodista Jon Sistiaga propuso que se concediera el Cervantes a Joaquín Sabina, que poco antes había ofrecido el último concierto de su carrera.

Con su propuesta, Sistiaga dejó servido un interesante debate: ¿podría Sabina –u otro cantautor– hacerse con el máximo reconocimiento de las letras españolas?

Cómo se concede el Premio

El Ministerio de Cultura de España convoca anualmente el Premio Cervantes para reconocer “la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos cuya obra haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española”. En sus bases reguladoras se especifica que no puede concederse a título póstumo y que no se otorga “por una obra específica”, sino “por la totalidad de la obra literaria de una autora o de un autor”, que deberá estar escrita, “totalmente o en su parte esencial”, en lengua española.

El rey Felipe y la reina Letizia durante la entrega del Premio Miguel de Cervantes a Álvaro Pombo en la Universidad de Alcalá.
El rey Felipe y la reina Letizia durante la entrega del Premio Miguel de Cervantes a Álvaro Pombo en la Universidad de Alcalá, el 23 de abril de 2025 en Madrid, España.
Oscar Fuentes/Shutterstock

En esas bases se indica también quiénes pueden proponer candidatos: los autores que hayan recibido anteriormente el premio, las Academias de la Lengua Española, “las instituciones que, por su naturaleza, fines o contenidos, estén vinculadas a la literatura en lengua castellana” (por ejemplo, universidades o fundaciones) y los miembros del Jurado. Y no basta con sugerir candidaturas a través de los medios de comunicación, como un brindis al sol; si se cumplen los requisitos para presentarlas, debe hacerse a través de la sede electrónica del Ministerio.

Una vez seleccionados los candidatos, el jurado se encarga de fallar el premio. Su composición es distinta cada año, y está integrado por los dos últimos ganadores del Cervantes, un miembro de la RAE, un miembro de una de las Academias Iberoamericanas de la lengua española, siete personalidades del mundo académico, universitario y literario de reconocido prestigio (propuestas respectivamente por siete instituciones distintas), dos representantes de suplementos culturales de periódicos, y un vocal de nacionalidad no española ni iberoamericana propuesto por la Asociación Internacional de Hispanistas.

Los letristas, ¿candidatos al Cervantes?

La posibilidad de que un cantautor reciba el Premio Cervantes es, en esencia, la de que lo haga un letrista. Dicho de otro modo, se premiaría una forma de escritura literaria, la letra de canción, diferente de la que suele ser habitual en este tipo de premios.

Frente a posibles escepticismos, existe un precedente imposible de ignorar: Bob Dylan fue galardonado con el Nobel de Literatura de 2016. Pero casi medio siglo antes, en 1967, otro cantautor, Georges Brassens, ya recibió por sus letras el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa, uno de los reconocimientos más prestigiosos para un poeta en la lengua de Molière. Y no han sido casos únicos, el Nobel de Literatura es un buen ejemplo de aceptación de formas menos convencionales de escritura literaria, como Theodor Mommsen y su obra historiográfica o Churchill y sus discursos.

Cuestionar, a estas alturas, que las letras de canción puedan considerarse literatura no parece tener demasiado sentido. La literatura no es otra cosa que el arte de la expresión verbal. Y la letra de una canción solo es otro vehículo más para elaborar esa expresión.

En un mundo donde incluso desde la academia se reclama ya la inclusión de la canción de autor en la historia literaria, donde los letristas están cada vez más dentro del canon y de las aulas de literatura, y, en definitiva, donde la literatura parece estar recordando su milenaria y germinal relación con la música, ¿con que lógica podría negarse que un buen escritor de letras de canción ganase el Premio Cervantes?

Dos nombres propios: Serrat y Sabina

La escritura de canciones ha contado a lo largo de su historia con autores de gran talento procedentes de numerosas latitudes del mundo hispanohablante. Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Alfredo Le Pera, José Alfredo Jiménez, Chabuca Granda o Luis Eduardo Aute, entre otros muchos, habrían sido dignos candidatos para el Premio Cervantes. Pero la condición de no otorgarlo a título póstumo reduce cada vez más las opciones.

Así las cosas, aunque entre los autores vivos hay candidatos de mucho mérito en diversos géneros, la sensación es que actualmente los dos que más posibilidades tienen de ser propuestos para el galardón son Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

El cantautor Joan Manuel Serrat durante un homenaje de la Caja de las Letras en el Instituto Cervantes.
El cantautor Joan Manuel Serrat durante un homenaje de la Caja de las Letras en el Instituto Cervantes, el 10 de abril de 2025 en Madrid, España.
Óscar González Fuentes/Shutterstock

Ambos son letristas excelsos y su capacidad literaria está fuera de toda duda. Sus cancioneros cumplen sobradamente con el requisito de enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española. Y tanto uno como otro cuentan con el reconocimiento y la admiración de varias generaciones a uno y otro lado del Atlántico.

Junto con su habilidad poética, a favor de Serrat juega también su extraordinaria trascendencia, su condición de símbolo. Decano oficioso de la canción de autor española, acumula distinciones de enorme peso, que incluyen el Premio Princesa de Asturias de las Artes o casi una veintena de doctorados honoris causa.

La importancia de su obra (escrita también en catalán) la resumió bien el jurado del Princesa de Asturias: “aúna el arte de la poesía y la música al servicio de la tolerancia, los valores compartidos, la riqueza de la diversidad de lenguas y culturas, así como un necesario afán de libertad”. No sorprenderá, por tanto, que los periodistas Santi Carrillo y Ulises Fuente, el escritor y periodista Gastón García Marinozzi o hasta el propio Sabina hayan pedido o sugerido alguna vez el Cervantes para él.

Por su parte, Sabina es creador prolífico de una obra notablemente variada. En palabras de la Academia Latina de la Grabación, “elevó el arte de escribir canciones en español a alturas inesperadas” gracias a “su poesía excéntrica pero sencilla”, “sus agudas observaciones sociopolíticas”, “su complejo sentido del humor” y “una habilidad asombrosa para expresar sentimientos complejos en sus letras”.

Benjamín Prado, Luis García Montero y Joaquín Sabina sobre un escenario.
El día que Joaquín Sabina dejó su legado en el Instituto Cervantes, en 2021, la jornada se cerró con un acto con Benjamín Prado, Luis García Montero y el propio Sabina donde estos dos últimos leyeron el discurso que compusieron en 2019.
Instituto Cervantes / Víctor Rabanillo

El andaluz, que se ha confesado “alérgico a sermones y laureles”, ha obtenido menos distinciones que Serrat (no sería de extrañar que haya rechazado bastantes), aunque cuenta con varias en su haber. Por el contrario, ha recibido mucha más atención académica, y se trata en la actualidad del letrista en español más estudiado desde el punto de vista literario. Además de Sistiaga, a Sabina lo han postulado para el Cervantes el periodista y crítico musical Javier Menéndez Flores, el también periodista Bieito Rubido, o los escritores Benjamín Prado y Manuel Vilas.

Proponer oficialmente a uno u otro como candidato, e incluso acabar concediéndole el galardón, son decisiones reservadas para quienes pueden tomarlas. Lo que en cualquier caso debe quedar claro es que sí, un cantautor podría ganar el Premio Cervantes. ¿Debería? Seguramente también.


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The Conversation

Este artículo es resultado de M+PoeMAS, “Mucho más que poemas. Poesía para más gente y poéticas de la canción”, un Proyecto I+D de generación de conocimiento financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (PID2024-158927NB-I00) y dirigido por Clara I. Martínez Cantón y Rocío Badía Fumaz en la UNED entre 2025 y 2028.

ref. ¿Podría un cantautor ganar el Premio Cervantes? – https://theconversation.com/podria-un-cantautor-ganar-el-premio-cervantes-272543

La pérdida auditiva, una condición común presente en muchas enfermedades raras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia Murillo Cuesta, Investigadora, Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols (IIBM – UAM – CSIC)

La hipoacusia (del griego hypo- (ὑπο‑), deficiencia; y akousis (ἀκοῦσις), que significa oír, escuchar) se define como la disminución de la sensibilidad auditiva y dificultad para detectar el sonido. La pérdida de nuestra capacidad para oír tiene un gran impacto en la calidad de vida. Y dependiendo de la edad de aparición y de su gravedad, puede dificultar la adquisición del lenguaje y la comunicación oral, el aprendizaje, el desarrollo profesional y las relaciones sociales.

Películas como The Silent Child o Sound of metal, reflejan con crudeza el aislamiento que experimentan las personas cuando pierden la capacidad auditiva y la posibilidad de comunicarse. Además de visibilizar esta condición, estas obras nos permiten ponernos en la piel de una persona con pérdida auditiva.

Según la Organización Mundial de la Salud, el 6 % de la población mundial (unos 480 millones de personas) tiene discapacidad auditiva cifra que aumentará al 10 % en 2050. Paradójicamente, muchas formas de hipoacusia hereditaria son consideradas enfermedades raras debido su baja frecuencia en la población. ¿Cómo es esto posible?

Un mismo problema, diferentes orígenes

La razón es que la pérdida auditiva es una condición de origen multifactorial, incluyendo causas genéticas (mutaciones en genes relevantes para la audición) y una gran variedad de factores ambientales (exposición a ruido, tóxicos, agentes infecciosos…), así como de estilo de vida (deficiencias nutricionales, tabaquismo), que pueden dañar el oído. Es esta interacción entre nuestro genoma y el ambiente al que estamos expuestos (llamado exposoma) la que determina el deterioro de la función auditiva, como demuestran estudios realizados en gemelos homocigóticos.




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Cada día nace en España un niño con pérdida auditiva y en el 6 0% de los casos, la hipoacusia es de origen genético. Generalmente suelen ser sorderas aisladas, sin otros síntomas (no sindrómica) y están producidas por mutaciones en un solo gen (monogénicas), con herencia autosómica recesiva. Es decir, que los padres son portadores no sordos y los hijos que reciben la mutación de ambos progenitores son los que manifestarán la hipoacusia.

A día de hoy se conocen numerosas mutaciones en unos 120 genes distintos causantes de hipoacusias no sindrómicas. A excepción de la producida por mutaciones en el gen GJB2 (que codifica la conexina 26), la prevalencia de cada una de ellas en la población es muy baja y, por ello, se consideran enfermedades raras.

En ocasiones, la hipoacusia congénita va acompañada de otros síntomas como déficit visual, insuficiencia renal o alteraciones en la pigmentación. Estas hipoacusias sindrómicas son generalmente también monogénicas y, aunque no existen datos precisos, se sabe que existen varios centenares de síndromes raros con pérdida auditiva, destacando los síndromes de Usher, Waanderburg, Alport, Pendred y Branquio-Oto-Renal (BOR), entre otros.

En estos casos, la sordera puede pasar desapercibida o estar desatendida en favor de otros síntomas más graves que ponen en riesgo la vida de la persona. Por eso el diagnóstico genético resulta crucial para determinar la causa de la pérdida auditiva y poder proporcionar el adecuado asesoramiento a las familias. Además, es importante instaurar un tratamiento precoz con el objetivo facilitar la adquisición del lenguaje durante los primeros dos años de vida.

¿Existe un tratamiento para la hipoacusia?

Por desgracia, a día de hoy no contamos con terapias curativas que restauren la estructura y la función normal del oído. La razón fundamental es que las células ciliadas –esto es, las encargadas de transformar el sonido en una señal nerviosa– no tienen capacidad regenerativa y se pierden de manera irreversible tras el daño.

Las terapias en investigación incluyen pequeñas moléculas para bloquear los procesos que conducen a la pérdida de las células ciliadas, como el estrés oxidativo, la inflamación o la muerte celular programada. También se exploran terapias regenerativas y con células madre que tratan de renovar las células ciliadas perdidas estimulando procesos similares a los que se producen durante el desarrollo embrionario. La terapia génica, dirigida a silenciar genes con mutaciones para que no den lugar a una proteína errónea, así como a corregir dichas mutaciones causantes de hipoacusia, han experimentado un auge en la última década gracias al desarrollo de la tecnología del ARN de interferencia y de edición CRISPR, y ya se han conseguido algunos éxitos. El más reciente se produjo 2024, en niños con hipoacusia profunda por mutaciones en el gen de la Otoferlina.

Aunque algunos de estos tratamientos están siendo evaluados en ensayos clínicos, todavía no han sido autorizados para su uso extendido. La única opción disponible actualmente para las personas con pérdida auditiva moderada o grave pasa por el uso de dispositivos electrónicos como las prótesis auditivas (audífonos) y los implantes cocleares. De ahí la importancia del cuidado de la audición a lo largo de toda la vida, desde el periodo prenatal hasta la edad avanzada.

Implementar medidas de salud pública como la inmunización y las buenas prácticas de atención materno-infantil, el cribado universal de hipoacusias, el diagnóstico y asesoramiento genético, los programas de protección frente al ruido en el ámbito laboral y en entornos recreativos o el uso racional de medicamentos para prevenir la ototoxicidad son imprescindibles para reducir el impacto de la pérdida auditiva.

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Los contenidos de esta publicación y las opiniones expresadas son exclusivamente las del autor.
Silvia Murillo es investigadora contratada del CIBER de enfermedades raras (CIBERER-ISCIII) y recibe fondos del CIBERER y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades que ayudan a financiar sus investigaciones sobre este tema.

ref. La pérdida auditiva, una condición común presente en muchas enfermedades raras – https://theconversation.com/la-perdida-auditiva-una-condicion-comun-presente-en-muchas-enfermedades-raras-277164

Primeros auxilios dentales: cómo salvar un diente tras un golpe

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Olga Cortés Lillo, Profesor Contratada Doctor Odontopediatría., Universidad de Murcia

EkaterinaSklyarova/Shutterstock

Un golpe en los dientes no es solo un problema estético: puede tener consecuencias funcionales, emocionales y económicas a largo plazo. De hecho, los traumatismos dentales son una de las causas más frecuentes de visita al dentista, sobre todo en niños y adolescentes. Saber cómo actuar en los primeros minutos puede marcar la diferencia entre salvar o perder un diente.

¿Quiénes tienen más riesgo?

Las lesiones dentales son especialmente frecuentes entre los 6 y los 12 años, con un pico alrededor de los 9. En esta etapa, los juegos y los deportes de contacto explican buena parte de los accidentes. Algunos niños presentan además un mayor riesgo, como aquellos con los dientes superiores muy adelantados o con hábitos como chuparse el dedo, que dejan los incisivos más expuestos a los golpes.

En los más pequeños, la mayoría de los golpes en los dientes de leche ocurren entre los 2 y los 4 años. La razón es muy sencilla: es la etapa en la que pasan de estar siempre en brazos o en el carrito a querer explorar el mundo por su cuenta.

En los dientes de leche suelen producirse desplazamientos –se aflojan y se mueven–, mientras que en los definitivos resultan más frecuentes las fracturas de la coronas. En ambos casos, las piezas dentales más afectadas son los incisivos centrales.




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Mucho más que un problema dental

La boca y la sonrisa tienen un papel clave en la imagen personal y en las relaciones sociales. Por eso, un traumatismo dental puede afectar de forma importante a la autoestima del niño o del adolescente. Evitar sonreír, tener dificultades para comer o hablar o sentir vergüenza al relacionarse con los demás son consecuencias habituales.

A este impacto emocional se suma la preocupación de las familias, que a menudo deben afrontar tratamientos largos y costosos. Un trauma dental no es solo una herida física; es una experiencia que puede aislar al niño socialmente si no se trata con empatía y rapidez.

Qué hay que tener en cuenta

Tras un traumatismo en la boca conviene hacerse tres preguntas básicas: cuándo, cómo y dónde sucedió.

En primer lugar, un golpe en la cara no solo puede dañar los dientes y los labios: en algunos casos también puede afectar al cerebro. Si el niño ha perdido el conocimiento, vomita o presenta síntomas neurológicos, es imprescindible acudir de inmediato a un centro médico.

También es importante saber si el golpe se produjo con un objeto o superficie sucia, ya que podría ser necesario revisar la protección frente al tétanos.

Si lo que se fractura es un trozo de la corona de un diente definitivo, conviene buscar el fragmento y conservarlo en un medio húmedo (leche, suero o saliva), ya que en muchos casos el dentista puede volver a colocarlo. Si sólo se ha desplazado, mantener una buena higiene oral y seguir las indicaciones profesionales resulta clave para evitar complicaciones.

En el caso de los dientes de leche, la prudencia es fundamental y el control y seguimiento del dentista es necesario: un tratamiento inadecuado puede dañar a la pieza definitiva que se está formando debajo. Por eso, las familias deben recibir información clara sobre la evolución del traumatismo y sobre las posibles señales de alarma.

En cualquier caso, nunca se debe reimplantar un diente de leche, ya que puede dañar al definitivo.

La avulsión dental: una auténtica urgencia

La situación más grave se produce cuando un diente permanente sale completamente de su sitio tras un golpe.

Esto se llama avulsión y constituye una verdadera emergencia. El pronóstico depende casi por completo de lo que se haga en los primeros minutos. Estos son los siguientes pasos a seguir en caso de que ocurra:

  1. Mantener la calma.

  2. Localizar el diente y cogerlo solo por la corona, nunca por la raíz.

  3. Si está sucio, enjuagarlo suavemente con leche, suero o saliva.

  4. Intentar recolocarlo (familiar o persona responsable) inmediatamente en su sitio, si es posible.

  5. Si no se puede reimplantar, colocarlo cuanto antes en un recipiente con leche, suero o saliva en un bote (nunca en la propia boca).

  6. Acudir de inmediato al dentista o a un servicio de urgencias.

Y aunque no todos los dientes reimplantados sobreviven a largo plazo, siempre es mejor intentarlo, ya que no hacerlo es una decisión irreversible.

No obstante, existen situaciones en las que la reimplantación no está indicada, como infecciones en la boca, cuando no hay cooperación de un paciente o si este presenta enfermedades médicas graves, entre otras que deben valorarse profesionalmente.




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El seguimiento también importa

Después de un traumatismo dental, los problemas no siempre aparecen de inmediato. Por eso, el seguimiento por parte del dentista es fundamental. Cambios de color, movilidad, dolor o signos de infección deben revisarse cuanto antes.

Durante la recuperación conviene seguir una dieta blanda durante varios días para evitar fuerzas intensas, y así conseguir la estabilización del diente. También se recomienda evitar deportes de contacto y extremar la higiene oral. Es aconsejable el uso de antisépticos como enjuagues de clorhexidina al 0.2 %. Como el niño preescolar podría ingerir el colutorio, se recomienda su aplicación tópica con ayuda de un bastoncillo de algodón, después de cada comida y durante 7 días.

En cuanto a la prevención, el uso de protectores bucales en deportes de contacto reduce de forma significativa el riesgo de traumatismos dentales. Sin embargo, su utilización sigue siendo baja.

Informar a familias, entrenadores y profesores es una medida sencilla y eficaz para evitar lesiones que pueden acompañar al niño durante toda su vida.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Primeros auxilios dentales: cómo salvar un diente tras un golpe – https://theconversation.com/primeros-auxilios-dentales-como-salvar-un-diente-tras-un-golpe-275354

La proteína del guisante y el último misterio de Mendel: ciencia para comer mejor

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

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En algún momento de la década de 1860, en el huerto de un monasterio, un fraile agustino llamado Gregor Mendel se dedicó a hacer algo que hoy suena casi imposible: cruzar plantas una y otra vez, anotar resultados y contar. No buscaba el “ADN” (ese concepto ni existía), pero sí intentaba encontrar la respuesta a un interrogante enorme: ¿cómo se transmiten los rasgos de una generación a la siguiente?

Su modelo de trabajo fue el guisante de jardín. Observó siete rasgos (como son la forma y color de semillas y vainas) y, tras cruzar unas 28 000 plantas, propuso que las características heredadas dependían de factores discretos que se combinaban de manera predecible. Aquella idea, que hoy resumimos como herencia mendeliana (dominante/recesiva), se convirtió en uno de los relatos fundacionales de la biología moderna.

Lo curioso es que, pese a que la genética ha avanzado a pasos agigantados, la historia de Mendel guardaba una ironía: durante más de 160 años, la ciencia seguía sin poder señalar con total precisión qué genes explicaban tres de esos siete rasgos clásicos en el guisante.

Un alimento humilde que se volvió estratégico

¿Por qué debería importarnos hoy un “misterio” de guisantes? Porque este vegetal no vive solo en los libros de texto. Vive, sobre todo, en la despensa.

En términos de nutrición, las legumbres (incluido el guisante) tienen una presencia estable en muchas culturas por una razón sencilla: aportan proteína vegetal y suelen acompañarse de fibra, lo que las vuelve útiles en dietas que buscan saciedad, variedad y un perfil más equilibrado. Además, en un mundo que intenta reducir el impacto ambiental de lo que come, las proteínas vegetales han ganado protagonismo como complemento –no necesariamente sustituto total– de la proteína animal.

El guisante ha pasado de ser “actor secundario” a ocupar un lugar central. Su proteína se ha convertido en un ingrediente habitual en productos enriquecidos y en alternativas vegetales.

Cuando un cultivo se vuelve estratégico para la alimentación, una pregunta se vuelve inevitable: ¿podemos perfeccionarlo más rápido y mejor? Mejorarlo, aquí, significa aumentar rendimiento, resistir enfermedades, adaptarse a climas cambiantes, mantener calidad… y, potencialmente, optimizar características relacionadas con su valor alimentario.

Y es precisamente ahí donde la historia de Mendel vuelve a entrar por la puerta grande.

El salto del siglo XXI: de contar vainas a leer genomas

El “cierre” del misterio no llegó con más cruces a mano alzada, sino con una revolución tecnológica: la genómica. Un hito clave fue la publicación, en 2019, de un genoma de referencia del guisante, es decir, una especie de “texto base” del ADN contra el que se comparan otros genomas. Con ese mapa, un equipo de investigadores decidió en 2025 retomar la pregunta que llevaba más de un siglo y medio sin respuesta completa.

La investigación plantea, explícitamente, que puede abrir una “nueva era” en los estudios genómicos del guisante. El equipo pensó que la secuenciación y las herramientas computacionales habían avanzado lo suficiente como para abordar “los tres genes finales”.




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Los científicos apostaron por lo que define a la ciencia actual: muchos datos y mucha diversidad. Usando una colección que alberga más de 3 500 variantes de guisante, el grupo secuenció en profundidad casi 700 genomas. En genética, cuantas más variantes comparas, más fácil es encontrar patrones sólidos.

155 millones de “letras” distintas como pistas

Para entender por qué este enfoque funciona, basta una idea sencilla. Entre un guisante y otro puede cambiar una letra del ADN. A esos cambios mínimos se les llama SNP (variantes de una sola letra). En el estudio aparecieron alrededor de 155 millones de SNP al comparar los genomas con el de referencia.

Teniendo esa cantidad de diferencias, se puede aplicar una estrategia estadística muy útil: los estudios de asociación del genoma completo (GWAS). Es como pasar un “escáner” por el ADN para ver qué cambios aparecen una y otra vez en plantas que comparten un mismo rasgo. El equipo combinó GWAS con métodos de mejora selectiva para llegar a los genes responsables.

Y ahí llegó el momento que conecta el huerto de Mendel con el laboratorio moderno: por fin se identificaron los genes detrás de los tres rasgos que faltaban.

Los tres rasgos “perdidos” de Mendel, por fin explicados

Los resultados son un ejemplo perfecto de cómo una característica visible puede explicarse con un mecanismo biológico concreto:

  • Color de la vaina (verde o amarilla). Se relaciona con un gen que interrumpe la biosíntesis de clorofila, lo que conduce a vainas verdes o amarillas.

  • Forma de la vaina. Identificaron dos genes que probablemente influyen en la forma al alterar el engrosamiento de la pared celular de la planta.

  • Disposición de las flores (ramificadas o en racimos). Detectaron una deleción (un fragmento ausente) en otro gen, capaz de cambiar la ramificación o el agrupamiento floral mediante un proceso llamado fasciación.

Son detalles botánicos, sí, pero tienen una lectura más amplia, ya que cuando entiendes el mecanismo, no solo “nombras” un gen: también ganas una herramienta para la mejora vegetal.

¿Qué tiene que ver esto con la nutrición del futuro?

El estudio no se limita a resolver una curiosidad histórica. Además de los tres rasgos de Mendel, el equipo analizó 72 rasgos agrícolas y dejó los datos disponibles públicamente, con la idea de que otros investigadores los usen para crear guisantes más productivos y útiles. Los expertos tienen interés por genes asociados con el tamaño de vaina, el rendimiento de la planta y el contenido proteico de la semilla, además de genes vinculados con resistencia a enfermedades, algo crucial para la estabilidad de cualquier cultivo.

Entender el contenido proteico ayuda a seleccionar variedades mejor adaptadas a usos alimentarios, ya que una mayor resistencia reduce pérdidas y vulnerabilidad del sistema que nos abastece. Y cuando un ingrediente como la proteína de guisante está creciendo tan rápido, ese conocimiento deja de ser académico para convertirse en infraestructura: la que sostiene, por ejemplo, nuevos productos, cambios de hábitos y estrategias de salud pública.

El detalle humano: seis años para cerrar un capítulo de 160 años

Por último, hay que recordar que este tipo de avances no suelen ser un “golpe de suerte”. Integrar métodos, datos y confirmaciones llevó seis años, y el equipo subraya que solo fue posible por su carácter interdisciplinar y colaborativo.

Al final, la escena es bonita por contraste: Mendel, con su cuaderno y su huerto; y, 160 años después, un grupo que cruza botánica, estadística y computación para poner nombre a los genes que faltaban.

A veces, los alimentos más modestos, como el guisante, son los que mejor conectan historia, salud y futuro. Y nos recuerdan que la innovación, muchas veces, consiste en mirar con herramientas nuevas aquello que creíamos ya conocido.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La proteína del guisante y el último misterio de Mendel: ciencia para comer mejor – https://theconversation.com/la-proteina-del-guisante-y-el-ultimo-misterio-de-mendel-ciencia-para-comer-mejor-280605

Eight wonders of the world

Source: The Conversation – UK – By Anna Turns, Senior Environment Editor, The Conversation

This roundup of The Conversation’s environment coverage was first published in our award-winning weekly climate action newsletter, Imagine.

Every scalable solution has to start somewhere small. With a spark of an idea, an anomaly during an experiment or, perhaps, an empty seashell on an Irish beach.

Juan Diego Rodriguez-Blanco at Trinity College Dublin has found a clever use for discarded oyster shells – a byproduct of the shellfish industry. Remarkably, these shells can capture rare earth elements from water and lock them into new minerals. Rare earth elements are an essential ingredient for the green transition – they are used to make high-performance magnets used in wind turbines and electric cars, for example. So capturing these “vitamins of modern industry” by crystallising them into the calcium carbonate of the shell (rather than just sticking or adsorbing to it) is a reliable way to recover these valuable resources for future use.

Of course, this tech is in its infancy but it just goes to show, there are so many hidden surprises within nature that might, on the surface, look like worthless waste.

The Conversation is made up of a dozen English-speaking editions plus various non-English ones, including French, Spanish and Indonesian. One of the most joyful parts of my job is coordinating regular meetings for the environment editors at each edition to share ideas, develop collaborations and support each other.

Together, we cover the planet’s biggest story – the climate crisis. This beat can sometimes feel relentless. But uncovering scientific discoveries, breakthroughs and insights from academics all over the world gives me hope. Here, my global colleagues share some of their favourite – and most promising – stories from recent weeks.

Knowing what actually works

Some climate policies really do make a difference. Now, we know which ones says Lucía Caballero, Environment and Energy Editor at The Conversation Spain.

Governments deploy dozens of different policies simultaneously, such as carbon taxes, renewable energy subsidies and emissions standards, but which ones are the most effective? Evaluating and comparing the results of climate strategies actually presents a major challenge for researchers and policymakers.

After analysing 1,737 climate policies across 40 countries over 32 years, scientists at the universities of Barcelona, Ludwig Maximilian of Munich, Lausanne and Oslo, have identified 28 measures that consistently reduce emissions. Their discovery will enable governments to focus on really effective strategies and avoid wasting resources, making climate action more successful.




Read more:
Which climate policies actually make a difference? Our new analysis has the answer


Securing water supplies

In the western US, seven states rely on water from the mighty Colorado River, but a long-running drought and rising water demand have left reservoirs near record lows and cities’ water supplies at risk. Cities have been scrambling to lower their water use and finding creative solutions to encourage residents to make cuts, from low-flow shower heads to tearing out lawns and replacing them with xeriscaping (an approach to gardening and landscaping that reduces the need for irrigation). Las Vegas, a fast-growing city in the desert, has cut its per-capita water use by nearly 60% in the past two decades with steps like those. But as temperatures rise and the snowpack that feeds the river diminishes, we’ve wondered, can conservation alone be enough?

Environmental scientists Renee Obringer of Penn State and Dave White of Arizona State University recently ran computer models to understand what three cities – Las Vegas, Phoenix and Denver – will face in the future and how each city’s climate solutions for a dwindling water supply will hold up.

Stacy Morford, Senior Environment, Climate and Energy Editor at The Conversation US, says these results are eye-opening. This research suggests the region needs to start thinking beyond just conservation to much bigger solutions, the kind that Obringer and White describe that take years to build.

Anna Weekes, Environment and Energy Editor at The Conversation Africa, particularly loved a story highlighting another innovative way to tackle drying up water supplies. This time in South Africa’s dry Karoo desert.

Groundwater pumped from boreholes is the only water supply for many small towns. But as the climate warms and rain falls later in the year, aquifers aren’t replenishing enough to meet the demand for water. Surina Esterhuyse, Fanus Fourie and Danita Hohne are hydrologists and groundwater scientists who’ve designed and built low-cost aquifer recharge systems, drilling infiltration boreholes through hardened clay in dry river beds so that when it finally rains, the war goes straight into the aquifer instead of flowing away across the surface.

In the rural Karoo towns of Carnarvon, Vanwyksvlei, Williston, Sutherland and Calvinia, these recharge systems have been a huge success. They’re affordable and easy to implement at a small scale and offer a practical, scalable way to strengthen drought resilience and secure water supplies for vulnerable communities.

Buds, butterflies and bees

Gabrielle Maréchaux, Environment and Energy Journalist at The Conversation France loves a story about a free smartphone app called PlantNet. This “shazam” for plants, which is available on both iOS and Android, covers 85,000 species out of an estimated 400,000.

It’s popular among hikers and botanical enthusiasts. But what’s less well known is that it was developed by scientists and also helps with research by tracking abundance and locations of particular flowers, fruit, twigs and bark. It’s also a vital tool for monitoring the spread of invasive or “alien” non-native species that can disrupt ecosystems.

Meanwhile, butterflies, with their captivating patterns and colours, don’t always receive the attention they deserve, according to Ibrahim Daair, Environment and Energy Editor at The Conversation Canada. They are a fundamental part of global ecosystems, but insects have been declining at alarming rates in many places. Now, a group of researchers is working on developing a global butterfly index to track how environmental changes are affecting butterflies worldwide. They assembled a dataset of 45,000 population trends for over 1,000 butterfly species to help guide conservation and better understand the scale of the biodiversity crisis.


Don’t have time to read about climate change as much as you’d like?

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In 2015, a mining dam in Mariana, in Minas Gerais state, collapsed and released about 55 million cubic meters of toxic waste – crushed rock, water and chemicals left after extracting iron – sending a massive, polluted mudflow downstream. At the time, it was the largest human-made environmental disaster in Brazil. After observing the devastated landscape, Sandra Moura, a professor at the Federal University of Ouro Preto, discovered a plant capable of accelerating the recovery process in the areas affected by the disaster.

But simply recovering the landscapes was not enough, and the professor decided to create a project to assist the affected communities by using beekeeping as a reforestation and income-generating strategy.

This story is featured in one of the episodes of the podcast Voices from the South produced by The Conversation Brazil, about solutions to the environmental problems facing Brazil and Australia.

While visiting the project’s apiary, Luciana Julião, Journalist and Audiovisual Producer at The Conversation Brazil, met incredible people, all with very diverse specialisms, who are working together in the search for possible ways to save the planet.

The coolest library on Earth

And finally, Sarah Sermondadaz, Head of Environment and Energy at The Conversation France, loved learning about first ice core library in Antarctica, designed to preserve humanity’s “climate memory”. With an average temperature of -50°C, Antarctica’s first-ever 100% natural sanctuary protects endangered ice cores from global warming. On January 14 2026, the coolest library on Earth was inaugurated at the Concordia station, Antarctica. Samples from glaciers rescued worldwide are now beginning to be stored there for safekeeping.

The Conversation

ref. Eight wonders of the world – https://theconversation.com/eight-wonders-of-the-world-279159

Electric vehicles pass tipping point, breaking the link with oil prices

Source: The Conversation – UK – By Viet Nguyen-Tien, Research Economist, London School of Economics and Political Science

When the Strait of Hormuz first closed in March and oil hit US$120 a barrel, a very old question came back: is this finally the moment electric vehicles take off for good – or just another false start?

EVs have been here before. They surged after the 1973 oil embargo, collapsed when oil fell, and surged again. Each wave died when the external pressure eased.

We think this time is different. In a new discussion paper, we argue that the economic case for electric vehicles is now improving on its own terms. This is because of what has happened to batteries, not because of the oil price. The same evidence, though, shows the transition creates new problems as serious as the ones it solves.

Why this time is different

Battery costs have fallen 93% since 2010. That is the number that changes everything. A pack that cost more than US$1,000 per kilowatt-hour in 2010 cost US$108 by late 2025, driven down by a decade of learning, investment and policy support.

Research on the global battery industry finds that every time cumulative production doubles, costs fall by around 9%. More buyers, more production, lower costs, more buyers.

Unlike the 1970s, this loop does not need an oil crisis to keep spinning. Electric cars have crossed lifetime cost parity with petrol vehicles across much of Europe; in the used-car market they now have the lowest total cost of ownership. Newer models even match petrol cars in estimated lifespan – something early EVs could not claim.

Global sales surpassed 17 million in 2024, one of the fastest technology diffusion processes in the history of transport. Norway is near-fully electrified. And Ethiopia reached around 60% EV sales share in 2024, powered by cheap hydroelectricity – some way ahead of the US, for instance, which sits at around 8%.

An economic platform, not just a better engine

The deeper reason this wave will not fade is not technical – it is economic. An EV is a platform. Its value grows as the network around it grows, just as smartphones became indispensable not because of the hardware but because of everything connected to it.

Every charger built makes the next EV more attractive. Every software update raises the value of every car already on the road. Every recycled battery feeds back into the supply chain that makes the next one cheaper. It’s part of the reason some other technologies like hydrogen fuel cell vehicles have struggled to get off the ground in numbers – the tech exists, but all the other elements aren’t quite there.

One study of 8,000 drivers in Shanghai found that range anxiety – the fear of running out of charge – has a real economic cost due to unnecessarily avoided trips. But that cost is falling sharply, not because batteries improved, but because charging networks expanded.

Making real-time charger availability visible could add 6–8 percentage points to market share by 2030. And because EV charging is far more flexible than other household electricity demand, drivers can shift away from peak hours remarkably easily when the price is right – turning the car into a grid asset, able to store and release electricity when needed. These are economic network effects, not engineering features.

Swapping one dependency for another

Ending oil dependence does not end geopolitical exposure. It relocates it.

In late 2025, China introduced rules requiring government approval for exports containing more than 0.1% rare earths. The leverage that once came from control of oil flows now comes from control of processing capacity and component supply chains.

The minerals at stake – lithium, cobalt, nickel, graphite and neodymium to name but a handful – carry their own geopolitical risks and, as we have written elsewhere, serious human costs in the communities that mine them. This creates a predictable cycle of social contestation that threatens to stall the transition unless the industry commits to responsible, sustainable innovation.

The metal cobalt traditionally helped EVs travel further on the same charge. And when prices spiked, so did research into making batteries with less or even no cobalt. Today, more than half of all EV batteries sold globally are cobalt free.

Four decades of patent data show the same pattern: higher mineral prices consistently redirect research and development toward mineral-saving technologies.

Recovering lithium and cobalt from used batteries is becoming economically viable too, shifting part of the supply chain away from geopolitically exposed extraction sites. In addition, Norway and other countries are looking to exploit new critical mineral resources to diversify supplies.

The transition is real – but not risk-free

The Hormuz crisis is a reminder of what concentrated energy dependence costs. The EV transition does not need it. The learning curve keeps falling, the platform keeps compounding, the economics keep improving. That is what makes this wave different.

What it does not do is eliminate geopolitical risk. Unlike oil, where leverage comes from energy flows, EV supply chains concentrate power at materials, processing capacity, and technological bottlenecks – supply chains that are highly concentrated and carry their own serious risks. Fuel dependence becomes mineral dependence. That dependence is highly concentrated.

Traditional carmaking regions are already absorbing concentrated job losses, and history shows such disruptions leave persistent scars even if the long-term aggregate effects are positive. Yet electric vehicle assembly is proving more labour-intensive in western countries than expected – requiring more workers on the shopfloor, not fewer, at least in the ramp-up phase. Contrast this with China, where massive automation has led to the creation of “dark factories” where there are so few humans, internal lighting isn’t required.

The same regions facing losses could benefit. But the gains and losses do not fall on the same people. That is where the work remains.

The Conversation

Viet Nguyen-Tien receives funding from the ESRC through the Centre for Economic Performance (ES/T014431/1) and the Programme on Innovation and Diffusion (ES/V009478/1), and previously from the Faraday Institution through the ReLiB Project (grant numbers FIRG005 and FIRG006).

Gavin D. J. Harper receives funding from the Faraday Institution (award numbers FIRG027, FIRG057 & FIRG085) ReLiB project website: https://relib.org.uk/

Robert Elliott does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Electric vehicles pass tipping point, breaking the link with oil prices – https://theconversation.com/electric-vehicles-pass-tipping-point-breaking-the-link-with-oil-prices-280655

The V&A catalogue row shows China’s censorship now travels through cultural supply chains

Source: The Conversation – UK – By Ge Chen, Associate Professor in Global Media & Information Law, Durham University

The V&A in Kensington. Yau Ming Low/Shutterstock

When people think about censorship, they often imagine an obvious ban: a book prohibited, an exhibition closed, or a speaker silenced.

But the recent revelation that London’s Victoria and Albert Museum changed exhibition catalogues at the request of its Chinese printer points to something subtler. It suggests that Chinese censorship is increasingly capable of shaping cultural production beyond China’s borders through reliance on foreign companies.

The V&A agreed to remove or replace images from at least two exhibition catalogues after objections from its Chinese printer. This included a historical map in a new exhibition, The Music Is Black, and an image of Lenin in a publication linked to the 2021 exhibition Fabergé: Romance to Revolution.

A V&A spokesperson told The Conversation: “We carefully consider, on a case-by-case basis, where we print all of our books. We sometimes print in China but maintain close editorial oversight. We were comfortable making these minor edits, as they did not affect the narrative, and would obviously pull production if we felt any requested change was problematic.”

The museum may see the changes as minor, but their significance lies less in the scale of the edits than in the mechanism through which they occurred.

Nothing in British law required these changes. No UK official ordered them. Yet the content of a British museum publication was altered because parts of its production process took place within a system governed by Chinese state censorship rules. That is why this matters. It reveals a form of externalised censorship that does not need to arrive as a direct prohibition. It can operate instead through contracts, deadlines, cost pressures and infrastructural dependence.


This article is part of our State of the Arts series. These articles tackle the challenges of the arts and heritage industry – and celebrate the wins, too.


This controversy tells a wider story about the heritage sector. Museums, galleries, libraries and publishers are all under pressure to control costs. If Chinese printers can produce catalogues at roughly half the price of British or European firms, the economic logic is obvious. Once an institution becomes reliant on a supply chain situated within an authoritarian censorship system, the practical conditions of cultural expression begin to change, even if the legal environment at home remains formally free.

In countries such as the UK, free speech is often understood in legal terms: are people formally allowed to publish, speak or exhibit? But the V&A case is a reminder that formal freedom is not the same as institutional resilience. A society may remain free on the surface while its institutions become increasingly susceptible to outside pressure.

Why the censorship matters

Museums matter especially because they are not ordinary commercial actors. They are memory institutions. They help shape public understanding of history, culture and identity. Their catalogues are not mere retail products but part of how knowledge is framed, archived and circulated. A “minor” change to an image in this context is therefore not politically neutral.

The deeper issue is that this is not only about suppressing taboo topics such as Tibet, Taiwan or Tiananmen. It is also about controlling the positive narrative.

Chinese information governance has long worked through both prohibition and projection. The 2020 Provisions on the Governance of the Online Information Content Ecosystem, issued by China’s internet regulator, encourage the production and dissemination of material that helps increase “the international influence of Chinese culture” and presents to the world a “true, three-dimensional and comprehensive China”. This forms part of a broader Party-state project, repeatedly articulated by Xi Jinping, of “telling China’s story well”.

The V&A museum
The V&A is one of London’s most popular museums.
cowardlion/Shutterstock

That phrase may sound benign. But in practice it is tied to a political and legal project in which China is not merely defended from criticism, but represented abroad under conditions increasingly shaped by party-state priorities. Seen in that light, the V&A controversy is not just a matter of avoiding sensitive content. It sits within a broader effort to structure the terms under which China may be portrayed at all.

Recent developments in the digital sphere show the same broader pattern in a more aggressive form. In February 2026, OpenAI reported that it had disrupted an operation linked to a Chinese law-enforcement official who allegedly used ChatGPT to document efforts aimed at intimidating dissidents abroad. This included fake official communications and forged documents. That is different from the V&A catalogue dispute. But both illustrate a new stage of transnational control in which the Chinese party state and its affiliated actors can use a range of mechanisms at once: political security logic, economic leverage, platform manipulation, bureaucratic pressure and technological tools.

These cases should not be collapsed into one another. A museum changing an image under pressure from a company in China is not the same as a dissident being targeted through deceptive digital operations. But they belong to the same ecology. One is the hard edge of transnational repression. The other is its quieter institutional face. Together, they show that the challenge is no longer confined to dramatic diplomatic incidents or overt bans.

That has implications far beyond museums. Universities, publishers and now cultural organisations in the UK increasingly operate in environments where external authoritarian influence may be felt not through formal legal obligation, but through partnership structures, procurement decisions, market access, technological dependency and reputational caution.

Liberal institutions are often poorly equipped to recognise these pressures because they expect censorship to appear as a clear legal command. Increasingly, it appears instead as a request to make one small change, to avoid delay, to save money, to keep things moving.

The lesson of the V&A controversy, then, is not simply that one museum made a questionable decision. It is that Britain needs a more serious conversation about cultural sovereignty under conditions of asymmetric interdependence.

If institutions rely on companies governed elsewhere by censorship, then freedom of expression at home becomes more fragile. The real question is not whether British museums are free in theory. It is whether they are independent enough in practice to prevent authoritarian preferences from quietly entering the production of public culture.

The Conversation

Ge Chen is Associate Professor in Global Media & Information Law at Durham Law School and Affiliated Fellow of the Information Society Project at Yale Law School.

ref. The V&A catalogue row shows China’s censorship now travels through cultural supply chains – https://theconversation.com/the-vanda-catalogue-row-shows-chinas-censorship-now-travels-through-cultural-supply-chains-280788

Limited scrutiny of party claims in early Welsh election coverage – new analysis

Source: The Conversation – UK – By Stephen Cushion, Professor, Cardiff School of Journalism, Media and Culture, Cardiff University

With the Senedd (Welsh parliament) election campaign now under way, voters in Wales are beginning to see more political coverage across television, online and social media. Broadcasters have reported on manifesto launches and party messaging.

But how far is this coverage helping voters understand what the parties are actually proposing? And how much of it is being properly scrutinised?

After the first official week of the campaign, our new analysis suggests that while broadcasters are reporting party activity, they are offering limited scrutiny of the pledges and promises being made. That matters because news media play a central role in holding politicians to account and helping voters judge the credibility of competing claims.

We analysed all election news items across major broadcasters’ TV, online and social media output between April 8 and 14. This included Welsh coverage from the BBC and ITV, alongside their UK-wide output, as well as Channel 4 and Sky News.

Broadcasters have also produced special election programming in English and Welsh, from the public asking politicians questions in live TV debates, to exploring issues in depth through podcasts, or party leaders being interrogated at length.

Our focus, however, was on day-to-day news reporting, including UK-wide media, which most people rely on in Wales to understand what is happening in the world.

Covering policies not scrutinising them

Of the 60 news items examined across TV, online and social media posts so far, just over three-quarters covered party policy or claims. Of these policy items, nearly half featured no scrutiny. A quarter featured substantial scrutiny. And a further third featured brief scrutiny.

Broadcasters are committed to holding parties to account. As the BBC stated at the start of the elections across the UK: “It is an important part of our role during elections to check and challenge where the parties are making claims that don’t stand up to scrutiny.”

The BBC’s fact-checking service, Verify, could play a greater role in testing party claims, but it has yet to feature prominently in coverage of the Senedd campaign. Channel 4, by contrast, has stood out for going beyond reporting campaign activity to interrogate the credibility of what parties are saying.

More commonly, news items present parties arguing with one another, without independent assessment of their competing claims. In some cases, broadcasters simply set out multiple positions side by side, leaving viewers to make sense of them without any journalistic scrutiny.

This might be explained by rules on impartiality. These require broadcasters to reflect up to six parties vying for power at the Senedd and perhaps limit space for further questioning. But in covering so many parties within a single news item, the breadth of perspectives can undermine the depth of analysis.

Informing voters or amplifying noise?

Broadcasters have also sought to engage voters through vox pops, which are brief interviews with members of the public. So far, members of the public (25) have appeared two and a half times more often than politicians (10) in election coverage.

Vox pops can provide more colour and human-interest than just listening to party politicians. They can also offer revealing insights into people’s real life concerns and anxieties. But the focus of people’s opinions have largely centred on the campaign, the personalities involved, or about apathy and cynicism towards the Senedd and politics more generally.

At times, vox pops have also reinforced a “horse race” narrative, asking people how they intend to vote rather than what they think about specific issues. While this may appear engaging, it offers limited insight and risks misrepresenting wider public opinion.

As Welsh politics expert, Laura McAllister, argued: “At best, [vox pops are] pointlessly reductionist and a waste of limited political air time; at worst… misleading and potentially distorting”.




Read more:
Voters in Wales face Senedd election amid confusion over who holds power over what


Although such interviews with the public often suggest disengagement, they should not be taken as representative. With the possibility of political change, turnout in this election could in fact be higher than at any point since devolution began 27 years ago.

Rather than emphasising perceived disengagement, news coverage could do more to focus on the issues facing the next Welsh government and to scrutinise party policy positions. This would help improve public understanding of what is at stake.

Our pre-election survey of people in Wales found widespread confusion about the responsibilities of the Welsh and Westminster governments, alongside low awareness of party leaders. Recent focus groups conducted in south Wales by More in Common, a thinktank focused on public opinion and social divisions, found that many voters lacked detailed knowledge of party policies. They often expressed only a general sense that Wales needs political change.

Our own focus groups, conducted in February with people in Wales, showed a clear appetite for more policy-focused reporting over campaign coverage.

The lack of policy scrutiny in the first week of the campaign is perhaps understandable. After all, manifestos have just been published leaving journalists limited time to analyse them. But as clearer campaign narratives emerge and more political promises are made, journalists will have time to question parties and, where necessary, challenge any false, misleading or dubious claims.

With several weeks left of the campaign, broadcasters still have plenty of opportunities to hold parties to account and help people make an informed decision at the ballot box.

The Conversation

Stephen Cushion has received funding from the BBC Trust, Ofcom, AHRC, BA, ESRC and Welsh Government.

Keighley Perkins receives funding from the AHRC for research into broadcasters’ impartiality.

Maxwell Modell receives funding from the AHRC for research into broadcasters’ impartiality.

ref. Limited scrutiny of party claims in early Welsh election coverage – new analysis – https://theconversation.com/limited-scrutiny-of-party-claims-in-early-welsh-election-coverage-new-analysis-280650

Loneliness can affect your memory – but that doesn’t mean it leads to dementia

Source: The Conversation – UK – By Ivana Babicova, Senior Lecturer, Psychology, Birmingham City University

Jelena Stanojkovic/Shutterstock.com

Loneliness is something most of us will experience at some point. It is a normal emotion, not a character flaw. But it is also something that can quietly affect how we think and remember, and researchers have long debated whether it might even raise the risk of dementia.

A new study, published in Aging and Mental Health, suggests the picture is more complicated than either side of that debate has allowed for.

First, it is worth being clear about what dementia actually is. It is not a single diagnosis but an umbrella term covering a range of conditions – the most familiar being Alzheimer’s disease – that cause memory loss, confusion, difficulties with language and a gradual loss of independence.

Cognitive decline, meaning a general slowing or weakening of mental function, is not the same thing. The two terms are often used interchangeably, but they should not be: you can experience cognitive decline without ever developing dementia.

We do not fully understand what causes Alzheimer’s. We know that a healthy lifestyle lowers the risk, but it is no guarantee. Plenty of people who have done everything right still develop it. The disease is shaped by genetics, ageing and biological factors we are still working to understand.

The new study followed just over 10,000 adults aged between 65 and 94 over six years. All were in good health at the outset, fully independent and free of dementia. Researchers tracked their memory over that period and asked whether loneliness played a role in how it changed.

The answer was nuanced. Loneliness did appear to contribute to memory difficulties – but there was no evidence that it led to dementia itself. That is an important distinction. Memory problems and dementia are not the same thing, and conflating them causes unnecessary alarm. This distinction is crucial, and while the researchers did not conflate the two, this nuance is often lost in interpretation.

Not the whole story

It is also worth noting that loneliness rarely travels alone. Many participants in the study also had diabetes, high blood pressure, depression or low levels of physical activity – all of which affect the brain independently. Diabetes, for instance, can interfere with how the brain processes glucose, the fuel it runs on, which in turn affects memory. Depression has a similar effect. Unpicking loneliness from these other factors is genuinely difficult, and the study does not fully resolve that problem.

One finding that stood out was the high rate of loneliness reported in southern Europe – a region often assumed to have strong social networks. It is a reminder that loneliness is subjective. Feeling lonely is not simply about how many people surround you – it is about how connected you feel to them.

Group of people chatting.
You can still be lonely in a group.
Adamov_d/Shutterstock.com

There is also a methodological limitation worth noting. The study treated loneliness as a fixed state, when in reality it shifts – sometimes day to day – across the whole of a life. A single snapshot cannot capture that.

The broader research on loneliness and cognitive decline remains genuinely mixed, and this study does not settle it. What it does suggest, usefully, is that health services might benefit from screening for loneliness alongside routine cognitive testing: treating social connection as part of preventative medicine rather than a soft concern left to one side.

And there is reason for optimism. The brain is resilient. Research suggests that memory difficulties linked to loneliness can improve once that loneliness lifts and that staying socially active may boost cognitive performance more broadly. Loneliness, on its own, is unlikely to be the deciding factor in whether someone develops dementia.

The Conversation

Ivana Babicova does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Loneliness can affect your memory – but that doesn’t mean it leads to dementia – https://theconversation.com/loneliness-can-affect-your-memory-but-that-doesnt-mean-it-leads-to-dementia-280533