Los microorganismos resistentes se propagan a través de los alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Botello Morte, Personal Docente e Investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad San Jorge

Tatevosian Yana/Shutterstock

En el llamado ciclo “de la granja a la mesa” –es decir, desde que se recolectan las materias primas hasta disfrutar del alimento cocinado en nuestro plato– tiene lugar un fenómeno a priori invisible: la resistencia a los antimicrobianos. Este problema surge cuando los microorganismos (bacterias, hongos, etcétera) dejan de responder a los antibióticos y/o los desinfectantes.

Descrito a menudo como una “pandemia silenciosa”, constituye actualmente un importante riesgo para la salud global.

Entornos ideales para su proliferación

En la ganadería y la acuicultura intensivas, los compuestos antimicrobianos se han utilizado de manera rutinaria no solo para prevenir enfermedades en animales hacinados, sino incluso para promover un crecimiento más rápido de los mismos. Aunque esta última práctica está disminuyendo gracias a la actual legislación en materia de higiene y seguridad de los alimentos, el uso masivo de antimicrobianos ha creado entornos ideales donde los microorganismos resistentes pueden emerger y proliferar.

Datos recientes de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) acerca de la resistencia desarrollada por bacterias zoonóticas –que pueden transmitirse de animales a humanos– y por bacterias indicadoras –las que se utilizan como centinelas para indicar, de manera indirecta, el estado de la higiene y seguridad de los alimentos– ponen el foco sobre esta tendencia en alza.

Por ejemplo, el informe destaca elevados niveles de inmunidad al ciprofloxacino –un antibiótico de uso común en medicina humana– en bacterias como Campylobacter coli, presente tanto en humanos como en animales destinados al consumo, especialmente pollos, pavos, cerdos de engorde y terneros. Dicha resistencia también se detecta en determinadas cepas de Salmonella, lo que subraya la necesidad de concienciar sobre el uso prudente de los antimicrobianos.

Los “superbichos” llegan al plato

Estos superbichos resistentes son capaces de dispersarse a través de las aguas de riego, el suelo, los productos agrícolas y las plantas de procesado para acabar, potencialmente, en nuestros platos. Ser conscientes de esta red de conexiones entre el ambiente, los animales de consumo y las personas es el primer paso para diseñar estrategias eficaces que garanticen la seguridad alimentaria y la salud global.

Un estudio europeo reciente, publicado en Nature Microbiology, analizó más de 2 000 muestras, incluyendo materias primas (como carne fresca), productos finales (como queso) y superficies de trabajo procedentes de varias industrias alimentarias.

En este viaje de la granja a la mesa, más del 70 % de las resistencias a antimicrobianos –incluyendo antibióticos relevantes en medicina humana y veterinaria como la penicilina o la estreptomicina– se intercambian entre las bacterias presentes.

Asimismo, se identificó al denominado grupo ESKAPE (Enterococcus faecium, Staphylococcus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumanii, Pseudomonas aeruginosa y Enterobacter spp.) como máximo responsable de ese intercambio. El principal vehículo de transmisión sería S. aureus, ya que está presente en piel y mucosas de aproximadamente un tercio de la población y es, por tanto, relevante en la manipulación de alimentos.

Intercambio de genes y biopelículas

¿Y cómo se comparten las “instrucciones” para sobrevivir al antibiótico o al desinfectante? La respuesta es sencilla: intercambiando genes como el que intercambia cromos. Es lo que se conoce como transferencia horizontal de genes.

Hay tres mecanismos diferentes. Mediante el primero, llamado transformación, la bacteria incorpora un gen directamente del ambiente, como el que coge una nota del suelo y se la mete en el bolsillo. A través del segundo, conocido como transducción, el gen se transporta a través de un bacteriófago, un virus de bacterias, que actúa como el mensajero que entrega una carta. Y por último, mediante la conjugación, dos bacterias entran en contacto físico, como dos ordenadores conectados por un cable, para pasarse la información directamente de una a la otra.




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Y por si fuera poco, la industria alimentaria también se enfrenta al problema de la formación de biopelículas polimicrobianas, es decir, conjuntos de microorganismos adheridos a superficies que son muy resistentes a los agentes externos y a los métodos de limpieza y desinfección convencionales. Esas biopelículas pueden albergar especies persistentes que no son capaces de multiplicarse, pero que perduran en el tiempo y constituyen verdaderos focos de contaminación. Además, favorecen la transferencia de genes de resistencia.

Las biopelículas suponen, por tanto, un gran desafío para los sistemas de control actuales. Las nuevas tecnologías en el procesado y conservación de alimentos se centran, en parte, en combatirlas mediante el uso de ozono, luz UV-C, nanopartículas metálicas, plasma frío o, incluso, virus específicos de bacterias.

Aliados de origen vegetal

Afortunadamente, la investigación que se centra en la búsqueda de antimicrobianos de origen vegetal, como los aceites esenciales, ofrece una estrategia complementaria para el control de biopelículas y la conservación de alimentos. Entre estos compuestos destacan el carvacrol (presente en orégano y tomillo), el aceite esencial de menta o el citral (procedente de cítricos), entre otros.

En general, se trata de agentes menos tóxicos que los antimicrobianos convencionales y con una tendencia menos acusada a generar resistencias. Al reducir eficazmente las biopelículas y eliminar las bacterias que las forman, podrían contribuir a frenar el uso de antimicrobianos y el incremento de la resistencia a estos compuestos. La lucha continúa.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los microorganismos resistentes se propagan a través de los alimentos – https://theconversation.com/los-microorganismos-resistentes-se-propagan-a-traves-de-los-alimentos-270322

La electrónica y el límite físico que ignoramos cuando hablamos de IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

La inteligencia artificial precisa, para funcionar, un sustrato físico electrónico que abastezca al sistema de electricidad. Igor Omilaev / Unsplash., CC BY

En los últimos meses se repite una escena llamativa en medios de comunicación especializados en el ecosistema tecnológico: anuncios espectaculares sobre nuevos modelos de inteligencia artificial (IA) que conviven con retrasos en centros de datos, proyectos de computación intensiva paralizados y advertencias crecientes sobre los límites físicos del despliegue de la inteligencia artificial (IA).

La conversación pública suele atribuir estos problemas al consumo energético o al impacto ambiental. Pero el origen del cuello de botella es más específico y menos conocido. Porque la cuestión no es solo cuánta electricidad necesita la inteligencia artificial, sino cómo se gestiona esa electricidad dentro de los propios sistemas de computación avanzada. Y, ahí, entra en juego una disciplina que rara vez aparece en los titulares, pero que condiciona el ritmo real de la IA: la electrónica de potencia.

Control de la potencia

A diferencia de la electrónica digital, que se encarga de procesar información, la electrónica de potencia se ocupa de convertir, regular y controlar la energía eléctrica que alimenta procesadores, aceleradores y sistemas de alto rendimiento. La encontramos en el interior de los equipos, donde la electricidad debe adaptarse de forma extremadamente rápida y precisa a cargas que cambian en microsegundos. Es la tecnología que decide si un sistema puede operar de forma estable o si se convierte en una fuente constante de pérdidas, calor y fallos.

Este aspecto se ha vuelto crítico con la actual carrera por aumentar la capacidad de cálculo. Los aceleradores utilizados para entrenar y ejecutar modelos de IA concentran hoy densidades de potencia inéditas. Alimentarlos ya no es un problema trivial: requiere sistemas capaces de conmutar a muy alta frecuencia, responder a transitorios –variaciones momentáneas de voltaje– bruscos y mantener la estabilidad eléctrica en condiciones límite. Cuando esa conversión falla o se vuelve ineficiente, el problema no se soluciona con más software.

Imprescindible para escalar infraestructuras

Buena parte de las noticias recientes sobre dificultades para escalar infraestructuras de IA apuntan indirectamente a este fenómeno. Se habla de falta de suministro, de saturación de centros de datos o de costes crecientes, pero detrás de muchos de estos titulares hay un reto técnico concreto: la conversión eléctrica interna se ha convertido en un factor limitante del diseño.

A medida que aumenta la potencia por unidad de volumen, la electrónica que alimenta los sistemas pasa de ser un componente más a condicionar toda la arquitectura.

Componente SMD con el que se construyen los circuitos empleados. Paula Lamo.
CC BY-NC-ND

Sin energía, no hay IA

Durante años, el progreso digital se benefició de mejoras continuas en la electrónica convencional que permitían aumentar prestaciones sin replantear el sistema. Sin embargo, este margen se ha reducido. Hoy, cada incremento de capacidad computacional exige rediseñar cómo se entrega la energía, cómo se controla y cómo se disipa el calor generado. En este contexto, la electrónica de potencia deja de ser una tecnología transversal o “de apoyo” y se convierte en una condición de posibilidad para las IAs más avanzadas.

Este giro explica el creciente interés que hay alrededor de los nuevos semiconductores de potencia, capaces de operar a mayores frecuencias, con menos pérdidas y mayor densidad.

No se trata de una mejora incremental, sino de una respuesta directa a los límites físicos que empiezan a aflorar en la computación intensiva. La capacidad de alimentar de forma fiable un sistema de IA determina hoy tanto su viabilidad como la sofisticación del modelo que ejecuta.

Hardware dedicado a Machine Learning, Data Science e IoT. Paula Lamo.
CC BY-NC-ND

Choque con los límites físicos

Desde hace décadas, comunidades técnicas internacionales como la IEEE Power Electronics Society y la IEEE Industrial Electronics Society trabajan, precisamente, en este punto de fricción entre computación avanzada y límites físicos. Su experiencia muestra que muchos de los desafíos actuales de la IA no se resolverán únicamente con mejores modelos, sino con avances en la ingeniería que hace posible su operación continua y segura.

A pesar de todo lo anterior, esta dimensión apenas aparece en el relato público sobre inteligencia artificial, que sigue centrado casi exclusivamente en datos, algoritmos y capacidades cognitivas. La IA se presenta como una tecnología abstracta, cuando, en realidad, depende de infraestructuras electrónicas extremadamente exigentes. Ignorar esta capa conduce a expectativas poco realistas sobre la velocidad a la que se puede escalar y desplegar en entornos reales.

Esto no significa que la inteligencia artificial esté “atascada” ni que su desarrollo vaya a detenerse. Significa que su ritmo real está cada vez más condicionado por factores materiales que rara vez se discuten fuera del ámbito especializado.

Una visión integral

La pregunta relevante ya no es solo qué puede hacer un algoritmo, sino qué puede sostener el hardware que lo alimenta durante años, sin fallar y sin disparar los costes.

Tal vez, por eso, el debate actual sobre la IA necesita ampliarse. No para restar importancia al software, sino para incorporar una visión más completa del sistema tecnológico en su conjunto. Porque el avance de la inteligencia artificial no depende únicamente de lo que somos capaces de imaginar en código, sino de lo que la electrónica puede soportar de forma estable, eficiente y fiable. Y, ese límite, hoy, empieza a hacerse visible.

The Conversation

Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, este trabajo fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”.
La autora es Presidenta del Capítulo conjunto español PELS-IES de IEEE, sociedades mencionadas en este trabajo (http://ieee-pels-ies.es/).

ref. La electrónica y el límite físico que ignoramos cuando hablamos de IA – https://theconversation.com/la-electronica-y-el-limite-fisico-que-ignoramos-cuando-hablamos-de-ia-272634

Why does this river slice straight through a mountain range? After 150 years, scientists finally know

Source: The Conversation – UK – By Adam Smith, Postdoctoral Research Associate, School of Geographical & Earth Sciences, University of Glasgow

The Gates of Lodore mark the beginning of the Green River’s path through the Uinta Mountains. Scott Alan Ritchie / shutterstock

The western US is a geologists’ dream, home to the Rocky Mountains, the Grand Canyon, active volcanoes and striking sandstone arches. But one landform simply doesn’t make sense.

Rivers normally flow around barriers. The Danube river, for example, flows between the Alps and the Carpathians, twisting and turning to avoid the mountains.

But in north-western Colorado, one river does the opposite.

The intimidatingly named Gates of Lodore marks the entrance to the 700-metre deep Canyon of Lodore that slices straight through the Uinta Mountains as if the range wasn’t there at all. It was created by the Green River, the largest tributary of the Colorado River (of Grand Canyon fame).

For more than 150 years, geologists have debated why the Green River chose such an unusual path, creating a spectacular canyon in the process.

Large canyon
The Green River carves its way through the Uintas in Dinosaur National Monument, on the border of Colorado and Utah.
Eric Poulin / shutterstock

In 1876, John Wesley Powell, a legendary explorer and geologist contemplated this question. Powell hypothesised that the river didn’t cut through the mountain, but instead flowed over this route before the range existed. The river must have simply maintained its course as the mountains grew, carving the canyon in the process.

Unfortunately, geological evidence shows this cannot be the case. The Uinta Mountains formed around 50 million years ago, but we know that the Green River has only been following this route for less than 8 million years. As a result, geologists have been forced to seek alternative explanations.

And it seems the answer lies far below the surface.

Drip drip

Colleagues and I have found evidence for a process in which part of the Earth’s crust becomes so dense that it begins to sink into the mantle beneath it. This phenomenon, known as a “lithospheric drip”, occurs deep in the Earth, but can have profound effects on the surface.

Drips often form beneath mountain ranges. The sheer weight of the mountains raise temperatures and pressures at the base of the crust, causing dense minerals to form. As these minerals accumulate, the lower crust can become heavier than the mantle it “floats” on. At this point, the crust begins to detach, or “drip”, into the mantle.

Diagram of lithospheric drip
Dripping (left) then rebounding (right).
Smith et al (2026)

At the surface, this causes two things. Initially as the drip forms, it pulls the crust down, lowering the height of the mountain range above. Then as the drip detaches, the crust springs or rebounds back. The whole process is like pulling a trampoline down and then letting it go again.

For the Green River, this temporary lowering of the Uinta Mountains appears to have removed a critical barrier. The river was able to cross the range during this low period, and then, as the range rebounded, it carved the Canyon of Lodore as it continued on its new course.

A geological bullseye

Our evidence for the lithospheric drip comes from the river networks around the Uinta Mountains. Rivers record a record of past changes to landscapes, which geomorphologists can use to assess how the elevation of a mountain range may have changed in the distant past. The rivers around the Uintas show that the range had recently (in geological terms) undergone a phase of renewed uplift.

By modelling these river networks, we were able to map out the uplift. The result was striking: a bullseye-shaped pattern, with the greatest uplift at the centre of the mountain range, with things decreasing further from the centre. Around the world, this same pattern represents the telltale sign of a lithospheric drip. Similar signals have been identified in places such as the Central Anatolian Plateau in Turkey, as well as closer to the Uinta Mountains on the Colorado Plateau or the Sierra Nevada of California.

To test whether such a process was occurring beneath the Uintas, we turned to seismic tomography. This technique is similar to a medical CT (computerised tomography) scan: instead of using X-rays, geophysicists analyse seismic waves from earthquakes to infer the structure of the deep earth.

Existing seismic imaging reveals a cold, round anomaly more than a hundred miles below the surface of the Uintas. We interpreted this huge feature, some 30-60 miles across, as our broken-off section of the drip.

By estimating the velocity of the sinking drip, we calculated it had detached between 2 and 5 million years ago. This timing matches the uplift inferred from nearby rivers and, crucially, perfectly matches separate geological estimates for when the Green River crossed the Uinta Mountains and joined the Colorado River.

Taken together, these different bits of evidence point towards a lithospheric drip being the trigger that allowed the Green River to flow over the Uintas, resolving a 150-year-old debate.

A pivotal moment in the history of North America

When the Green River carved through the Uinta Mountains, it fundamentally changed the landscape of North America. Rather than flowing eastwards into the Mississippi, it became a tributary of the Colorado River, and its waters were redirected to the Pacific.

This rerouting altered the continental divide, the line that divides North American river systems that flow into the Atlantic from those that flow into the Pacific. In doing so, it created new boundaries and connections for wildlife and ecosystems.

The story of the Green River shows that processes deep within the Earth can have profound impacts for life on the surface. Over geological timescales, movements of country-sized lumps of minerals many miles below the surface can reshape mountains, redirect rivers and ultimately influence life itself.

The Conversation

Adam Smith does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why does this river slice straight through a mountain range? After 150 years, scientists finally know – https://theconversation.com/why-does-this-river-slice-straight-through-a-mountain-range-after-150-years-scientists-finally-know-274888

Crime is no longer just a local issue – that’s why a national police force is needed

Source: The Conversation – UK – By Estelle Marks, Assistant Professor in Criminology, University of Sussex; King’s College London

Brian A Jackson/Shutterstock

Modern crime transcends place and space. From burglary to fraud, crime increasingly crosses local, national and digital borders. England and Wales’ geographically restricted police forces are not well equipped to respond.

This is why the home secretary, Shabana Mahmood, has announced a significant restructuring of the policing system. The proposals include establishing a National Police Service and merging existing local forces areas into larger regional ones.

Currently, England and Wales have 43 local police forces. Each has different organisational structures and levels of expertise in specific areas of crime. Police intelligence databases and digital capabilities vary, which can silo local forces and result in blind spots.

Most of the country’s specialist policing resources are situated in London’s Metropolitan police and the National Crime Agency. This uneven distribution of resources leaves local forces reliant on each other as specialist needs arise.

Even crime we think of as “local” can exploit force boundaries. Burglars and car thieves may cross local force borders to avoid multiple crimes being linked by police. This problem is more evident in serious crimes like weapons or drug trafficking and modern slavery. Organised crime groups move products and people around the country, and often across international borders.

Much modern crime is also placeless or transnational. Technology-enabled crime, phishing and other scams, and image-based abuse can involve victims and perpetrators in multiple locations, both in the UK and abroad. Fraud is currently the most prevalent crime affecting people in the UK.

The problem for British policing is therefore not simply a question of efficiency, but one of fit. The current structure of policing does not match the structure of crime.

The government’s proposals will centralise existing specialist policing capabilities into a single organisation, better equipped to respond to cross-border crime. This, the home secretary argues, will reduce intelligence blind spots, allow police to share data nationally, and save money.

A National Police Service will also provide stronger leadership and accountability. The NPS will be headed by a chief constable who will be Britain’s most senior officer. The proposals have been welcomed by current police leadership organisations including the National Police Chiefs’ Council, the College of Policing and the independent Police Foundation.

A national approach

To understand the benefits of this approach, we can look at another area where the UK has already nationalised its efforts – extradition policing.

A National Extradition Unit was established ahead of Brexit to bring frontline extradition policing into one team. Before this, responsibility was dispersed across all local forces, with the National Crime Agency coordinating and linking UK policing to partners overseas.

The UK receives more extradition requests – to send criminals to other countries – than it issues. The bulk of extradition work involves tracking down fugitives wanted by foreign states, bringing them before the courts and arranging for their removal from the UK. Although larger forces sometimes had dedicated teams, for many local forces this work competed with other duties and force priorities.

Digital illustration of hands typing on a keyboard in the dark, with a glowing lock emanating from the screen
Crime is crossing international and digital borders every day.
Pungu x/Shutterstock

If a fugitive could not be located in one local area, the warrant would be returned to the NCA to reallocate the case to another force, wasting time and money. Once a fugitive was arrested, local forces would need to transport them to London, where extradition courts are located.

Once extradition was agreed by the court, these forces would have to travel again to meet international police officers at airports (often in London) to hand the individual over into foreign custody. All of this cost significant officer time and resources, often at very short notice.

The National Extradition Unit now sits within the newly formed Joint International Crime Centre, which offers a one-stop-shop service to UK policing and international partners.

This centralisation has reduced inefficiency and strengthened international partnerships, which is crucial in the face of growing transnational crime. There is also potential to centralise more international capabilities, such as criminal evidence exchange.

The formation of a National Police Service aims to replicate these benefits across policing: driving down costs and inefficiency, increasing effectiveness and improving governance. If delivered, it should improve the UK response to national and international cross-border crime.

Unresolved issues

Reform of British policing is long overdue – the last structural reforms were in 1964. But the movement to a national structure naturally raises questions about the future of neighbourhood policing. The number of community support officers has fallen 40% since 2010, and the public is disappointed with police responses to crimes like shoplifting, which predominantly affect local areas.

There is also the question of the relationship between the national and regional levels, which is not clearly spelt out in the proposals. Another unresolved issue is the status of the National Crime Agency – currently the UK’s national law enforcement agency that investigates serious and organised crime – as it is absorbed into a future National Police Service.

Of more concern are proposals to expand the home secretary’s powers to dismiss chief constables and to set centralised performance targets. This centralisation of power into government potentially threatens operational independence, a foundational principle of British policing.




Read more:
Why the home secretary can’t fire a police chief who has done wrong – it’s key to the integrity of British policing


The imposition of performance targets under previous governments has tended to focus police on what is measured, not always on what matters most: maintaining public trust while effectively responding to serious crime. It is important that the implementation of these reforms guards against unintended consequences that undermine those capabilities.

A centralised system could better equip police to deal with modern, borderless crime. Yet this must be balanced against the need for local accountability and operational independence.

The success of a National Police Service will depend on how it is designed and governed. As the proposals move through consultation and scrutiny, the challenge for the government will be to modernise policing without undermining the principle of public trust on which it ultimately depends.

The Conversation

Estelle Marks does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Crime is no longer just a local issue – that’s why a national police force is needed – https://theconversation.com/crime-is-no-longer-just-a-local-issue-thats-why-a-national-police-force-is-needed-274543

Men rule the Grammys as women see hard drop in wins at 2026 awards

Source: The Conversation – UK – By Luba Kassova, PhD Candidate, Researcher and Journalist, University of Westminster

In her acceptance speech for best pop vocal album at the 68th Grammy Awards ceremony last night, Lady Gaga shone a light on the challenges that women face in studios. “It can be hard,” she said. “So, I urge you to always listen to yourself and … fight for your songs, fight for yourself as a producer. Make sure that you are heard, loudly,” she continued, placing the onus on women to take control of the fight for equality in music.

Many well-established and new female superstars were indeed heard loudly last night in the broadcast, which clearly made sure to display gender balance in front of the camera. However, when it comes to awards, nominations and the wider industry the picture is much different.

Working with my business partner, strategist Richard Addy, I looked at gender representation across all 95 of this year’s Grammy categories. Our analysis reveals that women and female bands sustained a dramatic fall in winners compared to last year. They received less than a quarter of all Grammys (23%), a 14 percentage point drop from last year’s high of 37% and the lowest level since 2022.

This fall has been partly a reflection of women’s declining recognition as Grammy nominees. Women’s representation peaked at under a third (28%) of all nominations last year, and this year just one in four nominations (24%) were given to women.

Despite Lady Gaga’s encouraging words for women to own their music as producers, their fight for a seat at the producers’ table is yet to yield results. Since its introduction 51 years ago, no woman has ever won the coveted Grammy for producer of the year, non-classical. Last year, Alissia became only the tenth woman to even earn a nomination in the category but lost out to Daniel Nigro. This year, all five nominees were male.

Addy and I have previously conducted a year-long data-led investigation of over 9,700 Grammy nominations and over 2,200 wins between 2017, revealing that it takes a village of men to raise a superstar, female or male. The winners of record, album and song of the year – three of the four most coveted Grammy awards – typically come on stage to collect their trophy alone.

In reality, however, they share their award with numerous producers, engineers and mixers, who are overwhelmingly male. So music icons like Beyoncé or Taylor Swift collecting their individual awards masks the male dominated structures behind these wins. For example, Bad Bunny, this year’s album of the year winner, has received it alongside 12 male producers, songwriters and technicians who were not on stage with him.

Despite women’s consistently high visibility at the Recording Academy nominee announcements and broadcasts over the year, their recognition across the Grammys has remained peripheral compared to men’s. Since 2017, 76% of nominations and wins across all categories have been awarded to men. By contrast, women have been nominated for and won only one in five Grammys in the same period.

Research consistently shows that the reasons women remain marginalised in the Grammys and in music more generally, are deeply structural and multifaceted.

Although the Recording Academy’s mission is to advance a strong culture of diversity, inclusion, belonging and respect in the music industry, women remain marginalised as Recording Academy members. The proportion of Grammy voting members who are women has grown from 21% (2018) to 28% (2024). But this growth rate will only deliver gender parity in 2051.

This slow growth is likely linked to 69% of voting members being songwriters, composers, producers and engineers, roles in which women’s marginalisation has repeatedly been reported to be highest. For example, the latest Inclusion In the Recording Studio report from the Recording Academy revealed the overall ratio of men to women songwriters in Billboard Hot 100 year-end charts across 13 years is 6.2 to 1.

Our assessment of 67 academic papers and reports in our report, The Missing Voices of Women in Music and Music News, revealed that gender discrimination, sexual harassment and sexual violence consistently hinder women’s success in music, as do pay gaps, women’s cultural exclusion from the “boys club” and limited discovery and promotional opportunities. According to Be The Change: Gender equity in music, a 2024 report from consultancy Midia based on research conducted across 133 countries 60% of women in the music industry have experienced sexual harassment while one in five women have survived sexual assault.

The evidence points to a reality in which no matter women’s talent or determination to succeed, they will only be able to do so if the music industry changes. Until then, we are unlikely to see women achieving recognition parity at the Grammys or any other music awards.


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The Conversation

Luba Kassova is a co-founder of AKAS, an audience strategy consultancy which works with primarily purpose led not-for-profit organisations. In the past AKAS has received funding from the Gates Foundation for researching the Missing Perspectives of Women reports published between 2020 and 2025. The research of 2026 Grammy nominations and winners, which will form the backbone of a forthcoming report, has not received any external funding.

ref. Men rule the Grammys as women see hard drop in wins at 2026 awards – https://theconversation.com/men-rule-the-grammys-as-women-see-hard-drop-in-wins-at-2026-awards-274884

Stroke survivors can counterintuitively improve recovery by strengthening their stronger arm – new research

Source: The Conversation – USA (3) – By Candice Maenza, Research Project Manager, Associate Director of the Center for Translational Neuromechanics in Rehabilitation, Penn State

Treating your ‘good’ arm after a stroke could help you better tackle everyday activities. MoMo Productions/DigitalVision via Getty Images

Stroke survivors often face substantial and long-lasting problems with their arms. Both arms often decline together: When one arm is more severely affected by the stroke, the other becomes more difficult to use as well. Compared with a healthy person’s dominant hand, a stroke survivor may take up to three times longer to complete everyday tasks using their less-impaired arm.

This creates a frustrating reality. People with severe impairment in one arm must rely almost entirely on their other arm for daily activities, such as eating, dressing and household tasks. When that “good” arm works slowly or awkwardly, even simple activities become tiring and discouraging, and some people may begin to avoid them altogether.

But that good arm can be strengthened. In our newly published research in the journal JAMA Neurology, we found that training the less-impaired arm in people living with chronic stroke can improve everyday hand function, in some cases even better than focusing only on the most impaired arm.

What is a stroke?

A stroke occurs when the flow of oxygen-carrying blood to part of the brain is interrupted by a blockage in a blood vessel or by bleeding. Without oxygen, brain cells begin to die.

Because each side of the brain mainly controls the opposite side of the body, a stroke often causes movement problems on the side of the body opposite the brain injury. For this reason, stroke rehabilitation has traditionally focused on restoring movement in the most impaired arm.

If someone’s face is drooping, their arm is weak or they’re having difficulty with speech, it’s time to call 911.

However, research over the past few decades has shown that both sides of the brain contribute to controlling movements for both arms, although they play different roles. As a result, damage to one side of the brain can affect movement on both sides of the body.

As expected, the arm opposite the brain injury often has major problems with weakness, stiffness and voluntary control, limiting its use for reaching, grasping and manipulating objects. But the other arm, usually thought to be unaffected from the stroke, is frequently not normal either. Many stroke survivors experience reduced strength, slower movements and poorer coordination in the less-impaired arm.

Training the less-impaired arm

As neuroscientists who study how the brain controls movement after stroke, these findings led us to a simple question: Could training the less-impaired arm help it work better?

In a clinical trial of over 50 patients, we studied people living with chronic stroke who had severe impairments in one arm, making it unusable for everyday tasks. These individuals depended almost entirely on their less-impaired arm to manage daily life.

Participants were randomly assigned to one of two rehabilitation groups: one that trained their most-impaired arm, and one that trained their less-impaired arm. Both received five weeks of therapy that involved challenging, goal-directed hand movements, including virtual reality tasks designed to improve coordination and timing.

Close-up of health care provider examining a patient's arm
Improving stroke rehabilitation strategies could improve patients’ everyday lives.
The Good Brigade/DigitalVision via Getty Images

Compared to those who trained their most-impaired arm, we found that participants who conditioned their less-impaired arm became faster and more efficient at everyday hand tasks, such as picking up small objects or lifting a cup. These improvements remained six months after training ended.

We believe the lasting benefit of training the less-impaired arm may come from a simple feedback loop: When their arm works better, people naturally use it more, and that extra practice in daily life helps lock in those gains.

Strengthening what remains

Stroke rehabilitation has long focused on the arm that is most visibly impaired. But for many people, full function in that arm never returns. They adapt and rely on their less-impaired arm to get through the day.

“Less-impaired,” however, does not mean unaffected. When this arm becomes the sole tool for daily activities, even mild problems can have major consequences for independence and quality of life. Improving how well this arm works could make everyday tasks faster, easier and less exhausting, even years after a stroke.

Future work will focus on how best to combine training of the less-impaired arm with standard therapy for the more-impaired arm, and how these approaches translate into everyday life at home.

For many survivors, recovery may not mean restoring what was lost but strengthening what remains.

The Conversation

Candice Maenza received salary support from a National Institutes of Health grant.

Robert Sainburg receives funding from the National Institutes of Health, National Institute of Child Health and Development, National Center for Medical Rehabilitation Research, the National Science Foundation, and the Department of Defense.

ref. Stroke survivors can counterintuitively improve recovery by strengthening their stronger arm – new research – https://theconversation.com/stroke-survivors-can-counterintuitively-improve-recovery-by-strengthening-their-stronger-arm-new-research-274404

La conversación docente: competencias digitales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

BongkarnGraphic/Shutterstock

Para quienes hemos crecido sin internet ni móviles, observar cómo un miembro de la generación Z se maneja digitalmente produce cierto vértigo. La cantidad de tareas, alertas y conversaciones que pueden estar gestionando al mismo tiempo en su móvil y la velocidad a la que lo hacen le dejan a uno sintiéndose como la versión sin actualizar de un software antiguo, de esos que se quedaban un rato “pensando” antes de dar el siguiente paso, con el icono del relojito de arena dando vueltas.

Pero esa habilidad digital tiene una cara oculta. Es posible que, precisamente por ir más despacio, y pararse entre tareas, al final del día un “boomer” esté menos agotado mentalmente que un “zeta”. En su artículo sobre el tecnoestrés en el ámbito académico, los investigadores de la Universidad de Murcia José Luis Serrano y Juan Antonio Gutiérrez Gómez explican cómo ser más “competentes” digitalmente y más capaces de gestionar multitud de tareas online no protege a los universitarios de sentirse sobrecargados, invadidos y abrumados al final del día.

Más bien al contrario: sus destrezas digitales no solo no los preparan sino que a menudo les impiden tener una relación más sostenible con la tecnología en el contexto tan saturado y altamente interdependiente en el que viven. Incluso el ámbito académico se convierte a menudo en un “no parar” de mensajes, alertas, plataformas y tareas digitales. Conclusión: no necesitan que les enseñemos a manejar la tecnología, sino a manejar el flujo constante de atención que requiere y saber ponerle freno.

Veamos otro ejemplo de destrezas técnicas: cuando ChatGPT aterrizó en las universidades hace un par de años, muchos profesores se sorprendían de lo “bien” que escribían de repente todos sus alumnos.

Hoy, el deslumbramiento ha dejado paso a la farragosa tarea de leer frases y más frases estupendamente estructuradas… que no dicen nada. Los angloparlantes ya le han puesto nombre: “workslop”, algo así como vacío academicista. Contenido con una falsa apariencia solvente, que nos sepulta en conceptos y frases huecas que no llevan a ningún lado. Ya existía antes, pero ahora está por todas partes gracias a la IA. María Isabel Labrado Antolín, de la Universidad Complutense, hizo un experimento entre sus estudiantes, y descubrió que los mejores trabajos provenían de los estudiantes que usaban la IA de manera verdaderamente inteligente. Una vez más, conocer la tecnología no es lo mismo que aprovecharla.

Y es que la “competencia digital”, sea de los docentes o de los estudiantes, necesita una reformulación. Aprender a usar programas y aparatos es una cosa, pero aprender a integrarlos en las tareas académicas y en la vida cotidiana otra muy distinta. Los programas y aparatos evolucionan a gran velocidad; por eso, una profesora puede obtener un certificado que avale que tiene unos conocimientos concretos sobre determinadas tecnologías, y al año siguiente sentirse frustrada y estresada con un problema técnico imposible de anticipar.

La verdadera competencia digital pasa por dar a los docentes tiempo, apoyo, redes de colaboración y libertad para equivocarse y experimentar. Solo así podrán ofrecer una visión equilibrada y crítica a esos estudiantes que creen, erróneamente, que la tecnología no tiene secretos para ellos.

Esta semana, además, hemos hablado de cómo mejorar el nivel de inglés de los futuros docentes y de los actuales estudiantes universitarios, de cómo evitar la ansiedad de los cambios de etapa y de lo importante que es la educación de los cero a los 3 años para el futuro académico y la equidad.

The Conversation

ref. La conversación docente: competencias digitales – https://theconversation.com/la-conversacion-docente-competencias-digitales-274801

Un robot, un cerveau, une découverte : démystifier l’équilibre debout

Source: The Conversation – in French – By Jean-Sébastien Blouin, Professor, School of Kinesiology, University of British Columbia

Imaginez-vous au volant d’une voiture dont la direction ne réagit pas instantanément et dont le GPS indique toujours où vous étiez une seconde plus tôt. Pour conduire un tel véhicule, vous devriez constamment déduire comment manœuvrer le volant à partir d’informations qui ne sont pas à jour.

C’est exactement ce que fait le cerveau chaque fois que l’on bouge : les signaux sensoriels atteignent le cerveau quelques dizaines de millisecondes après un événement, et les commandes motrices mettent un temps similaire pour arriver aux muscles, qui ont besoin de temps pour générer de la force. En d’autres termes, le cerveau travaille toujours avec des « informations anciennes » et doit prédire le résultat de chaque action.

Cette capacité prédictive est particulièrement impressionnante lorsque nous nous tenons debout, car elle permet de maintenir l’équilibre d’un corps grand et lourd sur deux petits pieds.

Les défis de l’équilibre

Les scientifiques savent depuis longtemps que le temps de réponse neuronale rend complexe le contrôle de l’équilibre. Même chez les jeunes adultes en bonne santé, il faut environ un sixième de seconde pour que les informations provenant des pieds, des muscles et des oreilles internes atteignent le cerveau, puis pour qu’un signal correctif soit envoyé aux muscles. Les modèles physiques simples considèrent le corps comme une masse qui s’équilibre autour des chevilles et prédisent qu’il devient impossible de rester debout si la transmission des informations neuronales et le temps de réponse sont trop longs.

Les propriétés physiques de notre corps influencent notre façon de bouger. Tout comme un gros camion se conduit plus lourdement qu’une petite voiture, une personne grande ou lourde qui se tient debout a une plus grande résistance au mouvement et ressent moins les poussées externes ou les secousses soudaines.

Pour vérifier si le cerveau traite les signaux décalés temporellement de la même manière qu’il traite les changements dans la mécanique corporelle, une équipe de l’Université de Colombie-Britannique et du Centre médical universitaire Erasmus, aux Pays-Bas, a construit un robot de simulation corporelle grandeur nature.

Un homme se tient debout dans une grande machine
Un participant dans le robot de simulation corporelle à l’Université de Colombie-Britannique.
(Sensorimotor Physiology Lab/UBC), CC BY-NC-SA

Les participants, debout sur deux plateformes de force, sont attachés à un cadre rembourré. Des moteurs déplacent le cadre en fonction des forces qu’ils génèrent, ce qui fait que l’ensemble du système se comporte comme leur vrai corps qui oscille sous l’effet de la gravité.

Le robot peut modifier la mécanique corporelle simulée en temps réel : il peut faire sentir la personne plus légère ou plus lourde, ajouter ou retirer de l’énergie à ses mouvements ou insérer un délai entre son effort et le mouvement ressenti, imitant ainsi le décalage sensorimoteur du cerveau.

Trois expériences

À l’aide de cet outil, les scientifiques ont voulu déterminer si le cerveau traitait le temps (le délai) et l’espace (la dynamique corporelle) de manière indépendante. Pour ce faire, ils ont mené trois expériences :

1. Les changements dans la dynamique corporelle et les délais modifient l’équilibre de manière similaire. Les participants étaient debout, et le robot insérait un décalage de 0,2 seconde entre leurs commandes et le mouvement résultant. Cette micropause provoquait une importante oscillation et a amené de nombreux participants à la limite virtuelle de la chute. De même, l’oscillation augmentait quand le robot changeait le corps pour le rendre plus léger ou ajoutait de l’énergie au mouvement, un peu comme lorsqu’un coup de vent pousse une personne.

2. Les délais temporels sont perçus comme une modification de la mécanique corporelle. Une fois le retard désactivé, les participants ajustaient les propriétés mécaniques de leur corps jusqu’à ce que leur sensation corresponde à la sensation de délai qu’ils venaient de ressentir. Ils optaient alors pour un corps plus léger ou un réglage qui ajoutait de l’énergie. Lorsqu’on leur demandait de rendre la condition d’équilibre en présence d’un délai « naturelle », ils choisissaient un corps plus lourd ou un réglage qui dispersait l’énergie. Ainsi, modifier les propriétés mécaniques du corps permet de recréer ou d’annuler la sensation de signaux différés dans le temps.

3. Améliorer l’équilibre en présence d’un délai. Des personnes qui n’avaient jamais utilisé le robot furent soumises à un retard de 0,2 seconde entre leurs commandes motrices et le mouvement résultant. Lorsque leur corps étaient plus lourd ou dissipait l’énergie du mouvement, leur équilibre s’améliorait instantanément – aucun entraînement ou adaptation requis. Les oscillations étaient réduites de 80 % et la plupart des participants n’atteignaient plus la limite virtuelle de chute.

Le temps et l’espace

Ces trois expériences permettent de tirer une conclusion : le cerveau ne stocke pas de solutions distinctes pour des « informations décalées » et un « corps instable ». Au contraire, il maintient un modèle interne unifié qui fusionne le temps et l’espace en une seule représentation du mouvement.

Lorsque le retour sensoriel a du retard et que le corps est instable, ajouter de la lourdeur ou dissiper l’énergie du mouvement rétablit l’équilibre. À l’inverse, alléger le corps ou ajouter de l’énergie reproduit l’instabilité causée par les retards neuronaux. Dans les deux cas, une représentation unifiée de l’équilibre permet de demeurer en équilibre debout.


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Ces découvertes sont plus que de simples curiosités scientifiques. Avec l’âge ou en cas de maladies endommageant les nerfs longs, les signaux voyagent plus lentement et sont davantage perturbés, ce qui provoque des troubles de l’équilibre et augmente le risque de chutes. Selon l’Organisation mondiale de la santé, une personne âgée sur trois fait une chute une fois par an, ce qui en fait la principale cause d’hospitalisation pour blessure et engendre un coût de plusieurs milliards de dollars pour les systèmes de santé.

Le robot de simulation corporelle offre une nouvelle perspective sur ce problème : des appareils fonctionnels et des exosquelettes portables qui fournissent juste assez de résistance au moment où une personne commence à vaciller peuvent contrebalancer les effets déstabilisants des ralentissements neuronaux.

Ils soulèvent également une question plus large : la taille des animaux et les mécanismes compensant les retards neuronaux ont-ils évolué pour améliorer leur survie ?

La prochaine fois que vous vous pencherez au-dessus d’un évier ou que vous aurez une discussion sur le pas de la porte, rappelez-vous que votre cerveau jongle discrètement avec le temps et les représentations corporelles en arrière-plan. Le plus étonnant est peut-être le fait que l’on ne remarque jamais ce travail.

La Conversation Canada

Jean-Sébastien Blouin bénéficie d’un financement du Conseil de recherches en sciences naturelles et en génie du Canada.

Patrick A. Forbes bénéficie d’un financement du Conseil néerlandais de la recherche (NWO).

ref. Un robot, un cerveau, une découverte : démystifier l’équilibre debout – https://theconversation.com/un-robot-un-cerveau-une-decouverte-demystifier-lequilibre-debout-271914

« Aime-moi ! » ou comment les entreprises peuvent générer de l’engagement entre elles

Source: The Conversation – in French – By Benoit Bourguignon, Professeur de marketing, Université du Québec à Montréal (UQAM)

Une publication de McDonald’s peut générer 17 000 réactions. Pour une entreprise qui vend à d’autres entreprises, en obtenir une trentaine relève déjà de la performance. Sur les réseaux sociaux, le marketing Business-to-Business (B2B) semble condamné à un faible engagement. Nos recherches montrent pourtant que ce désavantage n’est pas une fatalité.


Tout le monde veut être aimé ; les entreprises aussi. Et ce besoin d’amour se manifeste également sur les réseaux sociaux où chaque publication cherche à attirer un maximum de « J’aime ». Or, les publications B2B suscitent beaucoup moins d’engagements sur les réseaux sociaux que celles des marques destinées aux consommateurs individuels (B2C). Dans notre échantillon, une publication d’entreprise reçoit en moyenne 29 réactions, loin des milliers générées par certaines campagnes B2C.

Depuis deux ans, notre équipe de recherche s’est penchée sur ce qui favorise les réactions positives sur les publications des entreprises qui vendent à d’autres entreprises — par exemple, une société qui fournit de la farine à un boulanger, un logiciel de comptabilité à une PME, ou des composants électroniques à un fabricant.

Nous avons mené plusieurs études, dont deux se dégagent particulièrement : l’une sur le rôle de la narration, l’autre sur l’effet des émotions exprimées dans les publications diffusées sur les réseaux sociaux.




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Carburer aux histoires

« Laissez-moi vous raconter ce qui m’est arrivé hier ! »

Avez-vous déjà remarqué que cette simple phrase suscite immédiatement l’attention de vos interlocuteurs ? L’être humain carbure aux histoires, que ce soit dans les livres, les films ou les réseaux sociaux. Les organisations utilisent elles aussi la narration pour capter l’intérêt des consommateurs, mais aussi d’autres entreprises qui sont leurs clientes. Quand on raconte une histoire, on retrouve généralement des personnages, des séquences d’événements et un lieu où se déroulent ces actions.

Dans une étude, nous avons cherché à retrouver ces éléments de la narration dans 85 075 publications de 439 entreprises B2B afin de déterminer s’ils favorisaient l’engagement. Comme mesure de l’engagement, nous avons additionné le nombre de « J’aime », de commentaires et de partages. Nous avons utilisé le traitement automatique des langues pour analyser près de 4,3 millions de mots contenus dans ces publications.

Par exemple, une entreprise a publié ceci en anglais : « Chaque mois de juin, nous tenons le Mois du leadership en matière de sécurité afin de recentrer nos efforts et de nous réengager envers notre objectif de zéro incident de sécurité. Découvrez comment (noms des 4 employés) font de la sécurité une obligation ».

La publication se poursuit avec le témoignage de ces quatre employés. En présentant ces personnes racontant une histoire dans leur entreprise, on retrouvait des éléments de narration qui ont contribué à susciter 52 réactions, 2 commentaires et 3 republications, ce qui représente un niveau d’engagement important pour une entreprise qui ne vend pas aux consommateurs.

On sait depuis longtemps que la narration influence positivement l’image des marques auprès des consommateurs. Nos résultats démontrent que la narration peut aussi avoir une influence positive sur l’engagement envers des publications de compagnies de B2B. Pourtant, elle reste encore peu utilisée en B2B, notamment sur les médias sociaux, alors même qu’elle permet de rendre les communications plus authentiques, de mieux utiliser les ressources et de créer des relations plus fortes.

Générer une réaction

Une autre stratégie utilisée par les marketeurs pour susciter de l’intérêt, que ce soit sur TikTok, Instagram ou Facebook, est de créer du contenu qui génère une réaction émotionnelle. Parmi les 27 émotions que nous avons étudiées, 24 ont une influence significative sur l’engagement, dont la surprise, comme avec l’anecdote relatée par cette publication qui a reçu 33 réactions, soit plus que la moyenne : « Aujourd’hui, c’est la Journée mondiale des sols (#WorldSoilDay). Fait surprenant : une cuillère à soupe de sol contient plus d’organismes qu’il n’y a de personnes sur Terre ».

On connaît, depuis des décennies, l’importance de susciter des émotions chez les consommateurs pour qu’ils s’intéressent à un produit ou à un service, même s’ils refusent parfois de l’admettre. À l’inverse, les décisions d’achat en entreprise sont souvent perçues comme rationnelles et uniquement guidées par des chiffres.

Or, les acheteurs professionnels en B2B, comme les consommateurs, sont tout aussi influencés par leurs émotions lorsqu’ils sont soumis à des propositions commerciales, car derrière chaque organisation il y a des personnes. Et ces personnes, comme tout le monde, éprouvent des émotions vis-à-vis d’une marque ou d’une présentation d’un produit ou d’un service.

Les décisions B2B ne reposent donc pas seulement sur des chiffriers Excel et des critères techniques : elles sont aussi influencées par des émotions, des perceptions et des histoires qui rendent une option plus rassurante, plus crédible ou plus désirable que les autres.

L’impact concret de la narration et des émotions

Il fallait maintenant étudier si cela se traduisait par un plus grand engagement sur les réseaux sociaux. Pour mesurer l’effet des émotions sur l’engagement, nous avons analysé 65 027 publications sur Facebook de 439 entreprises canadiennes de B2B. Afin de classer les publications selon les émotions, nous avons appliqué des méthodes de traitement automatique des langues à l’aide d’un jeu de données public, et mesuré l’engagement de la même façon que dans l’étude précédente.


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Il en ressort que des émotions positives, comme la joie, la fierté et l’admiration ont un effet positif sur l’engagement. Une seule émotion négative, le chagrin, génère de l’engagement, probablement par empathie, comme ces nombreuses publications d’entreprise soulignant le décès de la reine Elizabeth, qui ont eu un niveau d’engagement supérieur.

Par exemple, une entreprise d’équipements en cuir pour chevaux a publié : « Aujourd’hui, le monde a perdu une véritable cavalière. Reposez en paix, reine Elizabeth II. » Cette publication a reçu 52 réactions, et 2 commentaires et a été partagée 13 fois. Les publications neutres, c’est-à-dire sans présence manifeste d’émotion, ont plutôt un effet négatif sur l’engagement.

On pense souvent que les algorithmes décident de tout, mais l’engagement naît souvent d’une émotion. Une histoire qui étonne, qui émeut ou qui fait rire peut suffire à susciter le désir de réagir. Et c’est sans doute la seule stratégie qui résiste au temps lorsqu’il s’agit de se faire aimer.

La Conversation Canada

L’étude citée dans l’article s’appuie sur des travaux de recherche financés par le Conseil de recherches en sciences humaines du Canada.

Harold Boeck, Maryam Bahra et Seyed Habib Hosseini Saravani ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. « Aime-moi ! » ou comment les entreprises peuvent générer de l’engagement entre elles – https://theconversation.com/aime-moi-ou-comment-les-entreprises-peuvent-generer-de-lengagement-entre-elles-268473

Prison : quel espoir pour les seniors condamnés à perpétuité ?

Source: The Conversation – in French – By Marion Vannier, Senior Lecturer in Criminology, University of Manchester

La jurisprudence de la Cour européenne des droits de l’homme a introduit la notion juridique de « droit à l’espoir » qui s’applique à tous les prisonniers, notamment ceux condamnés à perpétuité, quel que soit leur âge. Mais pour les seniors purgeant de lourdes peines, en quoi consiste l’espoir ? Des chercheurs ont enquêté en milieu carcéral au Royaume-Uni pour comprendre ce qui se joue, en pratique, autour de cette notion complexe.


Nous étions debout devant un grand tableau blanc, dans l’une des salles d’enseignement de la prison, en train de faire le bilan de notre étude sur l’espoir, lorsqu’un homme est entré sans un bruit. Comme les autres participants, il avait plus de 60 ans et purgeait une peine de prison à vie. Ses cheveux grisonnaient ; il était très grand et mince.

Il a saisi une chaise lentement, puis l’a fait retomber avec fracas. Je l’ai invité à se joindre à nous, mais il est resté immobile, sous le regard attentif des autres. Ensuite, il a traîné la chaise sur le sol, produisant un grincement strident. Je pouvais sentir mon propre cœur battre.

Alors que je commençais à parler, j’ai remarqué qu’il pleurait. Au début, cela ressemblait à un murmure, puis le son s’est amplifié. Il s’est levé brusquement et s’est avancé jusqu’à se tenir tout près de moi. J’ai noté ce jour-là dans mon carnet de terrain :

Mon cœur s’emballe. Il me demande, me dominant de toute sa hauteur : « Comment osez-vous nous interroger sur l’espoir ? » L’alarme retentit. Les surveillants l’escortent hors de la pièce. Les autres restent assis, stupéfaits, les yeux rivés sur nous, attendant une réaction.

Dans les mois qui ont suivi, j’ai rencontré bien d’autres hommes pour qui l’espoir n’était pas nécessairement une bouée de sauvetage qu’on imagine volontiers, mais plutôt un poids silencieux qu’ils portaient en eux, parfois douloureusement.

En prison, l’espoir n’est pas un mot anodin, une notion abstraite. Il façonne la manière dont les détenus vivent leur peine, influe sur la façon dont ils interagissent avec le personnel et les autres prisonniers, conditionne leur participation aux activités éducatives ou professionnelles, et soutient leurs liens avec l’extérieur.

Pour les hommes âgés condamnés à la perpétuité particulièrement, l’espoir se retrouve intimement lié au vieillissement accéléré, aux intimidations de prisonniers plus jeunes, et à la crainte d’une libération dans un monde inconnu.

Certains peuvent estimer que ces hommes ne méritent pas l’espoir — qu’en raison de leurs crimes, ils devraient en être privés. Si la prison se veut un lieu temporaire et réhabilitatif, si elle tire sa légitimité de ces principes, alors il faut rappeler que les lieux qui étouffent l’espoir ne produisent pas des établissements plus sûrs. Ils produisent, au contraire, des personnes abîmées, isolées, et moins capables de se réinsérer dans la société.

Le « Hope Project »

Le projet (In search of Hope: the case of elderly life-sentenced prisoners) a débuté en août 2022. Nous y examinions la manière dont le « droit à l’espoir » – tel que défini par la juge Ann Power-Forde dans son opinion concordante dans l’arrêt Vinter et al. c. Royaume-Uni (2013) de la Cour européenne des droits de l’homme (CEDH) – se traduit concrètement derrière les murs des prisons pour les personnes âgées condamnées à perpétuité, dont beaucoup n’entrevoient que de minces perspectives de libération en raison de leur âge avancé et de la longueur de leur peine.

La recherche a été menée pendant douze mois dans trois prisons anglaises, par moi-même et l’associée de recherche Helen Gair, avec l’appui d’une petite équipe d’assistants de recherche. Nous avons conduit un travail de terrain dans une prison de catégorie A (réservée aux personnes présentant les niveaux de dangerosité les plus élevés), une prison de catégorie C (niveau de sécurité intermédiaire, souvent orientée vers la formation et la réinsertion) et une prison de catégorie D (prison ouverte, ou dernière étape avant la libération).

Chaque établissement avait ses propres effluves, ses sons distinctifs. L’agencement des bâtiments et le rythme quotidien variaient sensiblement. La prison de haute sécurité, par exemple, occupait un ancien bâtiment victorien en briques rouges, dont les ailes formaient un demi-panoptique. À l’extérieur du bâtiment principal, les chiens de garde étaient promenés sur une bande de verdure longeant un mur de dix mètres de haut. À l’intérieur, le bruit était constant ; les confinements étaient fréquents, et l’air chargé de sueur et de moisissure.

Dans la prison ouverte, une vapeur de cannabis flottait dans l’air. Les hommes nous saluaient en survêtements gris, une tasse de thé jetable à la main. Il y avait des canards, un étang, et une maquette d’avion de la Royal Air Force exposée.

Dans la prison de catégorie C, nous nous perdions régulièrement. L’alignement alphabétique des bâtiments nous échappait. Nous disposions de notre propre jeu de clés, ce qui nous permettait de circuler de manière autonome, mais les serrures rouillées ne facilitaient pas nos déplacements, et chaque porte devait être ouverte puis refermée derrière nous.

Les hommes âgés de 50 ans et plus, condamnés à la perpétuité, étaient invités à participer. Nous avons recueilli des journaux personnels, mené des observations ethnographiques, et réalisé des entretiens individuels avec chaque participant.

Nous avons également interrogé des membres du personnel pénitentiaire, qu’ils travaillent en contact direct avec les détenus ou en postes administratifs, afin de comprendre comment ceux qui côtoient au quotidien des hommes vieillissants condamnés à vie percevaient l’espoir — et si les pratiques carcérales contribuaient à le préserver ou à l’étouffer. Plus largement, il s’agissait de saisir comment l’espoir était vécu par les détenus et comment il était façonné, encadré ou parfois entravé en tant que pratique institutionnelle.

L’espoir idéalisé face à la réalité carcérale

Dans les années 2010, une affaire a été portée devant la Cour européenne des droits de l’homme par Jeremy Bamber, Douglas Vinter et Peter Moor. Tous trois avaient été reconnus coupables de meurtre au Royaume-Uni et condamnés à des peines de perpétuité incompressible – la forme la plus sévère de réclusion à perpétuité.

Concrètement, cela signifie qu’en droit, ils étaient condamnés à passer le reste de leur vie en prison, sans qu’aucune période minimale ne soit fixée en vue d’une libération conditionnelle ou d’une révision de peine. Seule une très faible proportion de personnes se voient infliger des peines aussi lourdes : Myra Hindley, pour l’affaire dite des « meurtres de la lande », et « l’Éventreur du Yorkshire », Peter Sutcliffe, en sont deux exemples.

Le 9 juillet 2013, la juridiction européenne des droits de l’homme a jugé que les peines de perpétuité incompressible, dépourvues de toute perspective de libération ou de réexamen, constituaient un traitement inhumain ou dégradant, en violation de l’article 3 de la Convention européenne des droits de l’homme. La notion de « droit à l’espoir » a été clairement formulée pour la première fois dans l’avis concordant de la juge Ann Power-Forde.

Même ceux qui commettent les actes les plus odieux et les plus graves… conservent néanmoins leur humanité essentielle et portent en eux la capacité de changer. Aussi longues et méritées que puissent être leurs peines de prison, ils gardent le droit d’espérer que, un jour, ils auront expié les torts qu’ils ont causés. Ils ne devraient pas être totalement privés de cet espoir. Leur refuser toute expérience de l’espoir reviendrait à nier un aspect fondamental de leur humanité et constituerait, en soi, un traitement dégradant.

Le droit à l’espoir repose donc sur la possibilité de libération et de réexamen. Cela signifie qu’il doit exister une perspective réaliste selon laquelle tout détenu condamné à perpétuité puisse, à un moment donné, envisager une libération ou espérer que les justifications de sa détention continue soient réévaluées.

Mais ce droit tient-il compte du vieillissement en prison ?

Le vieillissement rapide et mondial de la population carcérale complique en effet l’interprétation jurisprudentielle européenne du droit à l’espoir. En mars 2025, 87 919 personnes étaient incarcérées en Angleterre et au Pays de Galles, dont près d’une sur cinq (18 %) avait 50 ans ou plus, selon le ministère de la justice.

Parallèlement, les personnes condamnées à perpétuité représentent désormais environ 10 % de la population carcérale, et ce groupe vieillit rapidement: près d’un tiers des détenus à perpétuité ont plus de 50 ans. Par conséquent, les détenus âgés condamnés à perpétuité constituent le sous-groupe à la croissance la plus rapide du système.

Ce phénomène, combiné à la surpopulation carcérale, soulève une série de défis managériaux et éthiques: les cellules restent occupées pendant des décennies, les besoins en soins médicaux et sociaux augmentent fortement, et les pressions pesant sur un personnel souvent insuffisamment formé s’intensifient.

Le mythe de la sortie de prison

Une découverte majeure de notre projet est que la possibilité de libération relève presque du mythe pour les prisonniers âgés. En général, les condamnés à perpétuité se voient attribuer une « période de sûreté » pendant laquelle ils ne peuvent pas solliciter de libération conditionnelle. Ce principe juridique ne tient cependant pas compte de l’âge.

Dean, 62 ans, détenu à perpétuité dans la prison de catégorie A et incarcéré depuis six ans, nous a expliqué à quel point la perspective d’une libération lui semblait irréaliste compte tenu de son âge :

Je n’aurai pas moins de 80 ans avant ma première audience de libération conditionnelle et, honnêtement, je ne sais pas si j’atteindrai cet âge. Même si ma santé est raisonnable, je prends toutes sortes de médicaments pour tenir le coup, et la détention finit par vous user. Je ne suis donc pas très optimiste.

Trevor avait 73 ans lorsque nous l’avons interviewé dans la prison de catégorie C et était incarcéré depuis vingt-sept ans. Assis dans un fauteuil roulant, un élastique autour du majeur et du pouce pour l’aider à tenir un stylo, il décrivait des années d’ajournements, de retards médicaux, et de refus de transfert vers un établissement de moindre sécurité — ses besoins de santé ne pouvant y être pris en charge. Il nous a simplement demandé:

Si vous étiez à ma place, vivriez-vous dans l’espoir, ou vous résigneriez-vous à votre avenir ?

Le découragement face à la perspective de libération est corroboré par les données officielles : très peu de détenus à perpétuité sortent de prison de leur vivant.

Au Royaume-Uni, un détenu à perpétuité sur cinq a désormais dépassé sa période de sûreté, souvent de plusieurs années, les obstacles liés à l’âge retardant l’accès à la libération conditionnelle. Sur le terrain, nous avons constaté que les hommes âgés avaient du mal à accéder aux programmes de réhabilitation, en raison de problèmes de mobilité, de troubles cognitifs, ou de priorités institutionnelles accordées aux plus jeunes ou aux détenus de courte peine.

La hausse des décès parmi les détenus âgés souligne renforce encore l’illusion d’une perspective de libération.

Près de neuf décès sur dix parmi les 192 décès d’origine naturelle survenus en prison en 2025 concernent des détenus âgés, et le nombre de prisonniers nécessitant des soins palliatifs continue d’augmenter.

Entre 2016 et 2020, 190 admissions hospitalières ont concerné des détenus âgés nécessitant des soins palliatifs, dont 40 % pour un diagnostic de cancer. L’organisation Inquest a rapporté en 2020 que nombre de ces décès n’étaient ni inévitables ni imprévisibles mais liés à des défaillances systémiques (soins, communication, intervention d’urgence, gestion des médicaments).

Les chercheuses Philippa Tomczak et Roisin Mulgrew ont montré que qualifier les décès de « naturels » dissimule la manière dont l’environnement y contribue.

Par ailleurs, de nombreuses études ont établi un lien entre automutilation, suicide, sentiment de désespoir et isolement social. Les participants à notre étude ont eux aussi associé la disparition de l’espoir à des suicides observés en prison.

Dans son journal, Ian, 65 ans, incarcéré depuis trente-trois ans dans une prison de catégorie C, écrivait:

En l’absence d’espoir, il ne reste que le désespoir. J’ai connu des détenus qui se sont suicidés : ils n’avaient ni espoir ni attentes, seulement misère et désespoir.

On observe donc une contradiction entre la possibilité juridique de libération censée préserver l’espoir, et son improbabilité pratique pour les détenus âgés et vieillissants condamnés à perpétuité.

La peur de la libération

Au-delà de l’improbabilité d’une libération, nombreux sont les participants qui ont décrit la peur éprouvée à l’idée de retrouver un jour le monde extérieur. Plusieurs détenus sexagénaires ou septuagénaires ont expliqué qu’ils ne reconnaissaient plus la société hors des murs.

Pour eux, le temps passé en détention, allié au déclin physique et cognitif, les a rendus entièrement dépendants des règles de la prison. Ils estimaient ne plus être capables de se débrouiller seuls à l’extérieur. Roy, qui avait passé plusieurs décennies dans différentes prisons de catégorie A, écrivait:

Je n’ai aucun espoir de quitter la prison, ni même de désir réel de le faire : je suis désormais totalement conditionné à la vie en institution. Je n’ai pour seule responsabilité que le respect des règles pénitentiaires, et très peu de dépenses.

Russell, 68 ans, détenu dans une prison de catégorie C, notait dans son journal à quel point l’idée même d’un avenir lui semblait vaine : « C’est difficile, vraiment, parce que, comme je le dis, je n’ai aucun espoir de sortir de prison, en ce qui me concerne. C’est tout. Je suis en prison et cela n’ira pas plus loin. »

Des préoccupations très concrètes – progrès technologiques, logement, formalités administratives – rendaient aussi l’idée d’une libération accablante. Gary, 63 ans, incarcéré depuis vingt-quatre ans, confiait : « La libération me fait peur à cause de l’étiquette que je porte, et des problèmes qu’elle entraîne. Où vais-je vivre ? Comment vais-je vivre ?»

Kevin, 73 ans, transféré d’une prison de catégorie C vers une prison ouverte pendant notre projet, expliquait qu’après vingt-et-un ans de détention, le monde extérieur avait trop changé pour qu’il puisse y faire face. Alors qu’il se tenait au seuil de la liberté, il redoutait de ne pas savoir utiliser les nouvelles technologies ou accéder à sa pension. Il disait : « La technologie a évolué à une vitesse phénoménale, cela me semble très effrayant… Je préférerais ici en prison, où tout est régulé et structuré, plutôt que de sortir dans quelque chose qui m’est complètement étranger. »

Ces peurs sont exacerbées par l’effritement des liens sociaux, la perte de proches. L’isolement rend le monde extérieur encore plus étranger, et la perspective de devoir s’y réinsérer, souvent seul, d’autant plus intimidante. Kevin ajoutait :

Les personnes que j’appelais autrefois des amis ne veulent plus me voir ou sont décédées. Une chose que je peux dire avec certitude : on découvre vraiment qui sont ses vrais amis… quand on entre en prison, et surtout quand on y reste longtemps.

Ce sentiment d’horizons détruits, où la libération ne promet rien et où le monde extérieur apparaît plus terrifiant encore que la cellule, a trouvé son expression dans la culture populaire.

Dans les Évadés (1994), le personnage de Brooks, libéré après cinquante ans de détention, est incapable de d’affronter la vie moderne. Son suicide devient une métaphore saisissante de l’effet écrasant du conditionnement à la vie en prison, qui dépouille l’individu de lui-même et réduit presque à néant ses chances de réinsertion.

Quand l’espoir devient nocif

D’autres détenus, comme Barry, en sont venus à se demander s’il ne serait pas finalement moins douloureux de renoncer à l’espoir.

Barry avait 65 ans lors de notre entretien et avait passé plus de quarante ans en prison à purger une peine à perpétuité. Il est grand et mince. Lorsqu’il est entré, nous avons remarqué qu’il boitait et s’appuyait sur une canne. La première fois que nous l’avons rencontré, il était assis, les mains jointes, parlant d’une voix mesurée qui se brisait parfois en un rire, non pas par humour mais plutôt, me semblait-il, par épuisement ou cynisme. Bien que sa libération conditionnelle lui soit théoriquement possible, il en est venu à considérer la poursuite de cette possibilité non comme source d’espoir, mais comme quelque chose de nocif.

Au fil d’années de déceptions, Barry s’est demandé si vivre sans espoir ne serait pas moins douloureux, estimant qu’il était devenu « vain » d’espérer. Il écrivait dans son journal :

L’espoir, c’est vouloir que quelque chose arrive ou que quelque chose soit vrai… Je me demande souvent s’il ne serait pas plus doux de vivre sans espoir et d’adopter simplement une attitude de « on verra bien ».

Chaque audience de libération conditionnelle reportée, chaque attente déçue, avait peu à peu sapé la valeur même de cet espoir. Finalement, y renoncer apparaissait comme une manière de préserver sa santé mentale. Comme Barry l’ajoutait :

Ne plus nourrir d’espoir est sain. Je dis cela à cause du nombre d’hommes que j’ai vus tomber malades ; la déception devient désespoir, devient dépression, devient souffrance psychique… Puis, quand on cesse d’espérer, on commence à se rétablir et on ne se sent plus désespéré, parce qu’on n’attend plus rien. L’espoir est donc un paradoxe : il peut décevoir, ou donner le sentiment qu’un véritable avenir est possible.

Il se souvenait avoir lu l’histoire d’une Américaine condamnée à perpétuité sans possibilité de libération conditionnelle, qui avait supplié pour la peine de mort à la place. Son explication (« Je ne veux pas seulement être en vie, je veux pouvoir vivre ») résonna en lui si fortement qu’il déclara que cela l’avait « presque fait tomber de [s]a chaise ». Il reconnut dans cet appel le même paradoxe cruel auquel il était confronté : prolonger son existence dans des conditions dénuées d’espoir n’était tout simplement pas vivre. Sa conclusion était irrévocable :

Je comprends mieux que beaucoup le besoin d’espoir, mais après toutes ces années passées en prison et toutes les espérances que j’ai vues brisées, je considère l’espoir comme un ennemi.

Pourtant, Barry admettait dans le même temps qu’il continuait à espérer, quoi qu’il arrive. Son espoir était comme un réflexe humain, sur lequel il n’avait aucun contrôle, il survenait simplement. Il disait : « Nous espérons tous… j’espère sortir à ma prochaine audience de libération conditionnelle. »

Alors, qu’est-ce que l’espoir en prison ? ? Est-il cruel et torturant, ou bien une caractéristique humaine qui, malgré tout, apporte soulagement, élan et envie de tenir ?

Recalibrer l’espoir

Nous avons constaté que l’espoir ne revêtait pas la même signification pour tous. Il ne se limite pas à la perspective de libération. Certains avaient besoin de projets précis, d’autres se concentraient sur le quotidien. Parfois, l’espoir se déplaçait vers des objectifs modestes, liés à des lieux imaginés en dehors de la prison : une retraite paisible, la possibilité d’étudier, de jardiner.

Terry avait 65 ans et avait passé trente-huit ans dans une prison de catégorie A. Il nous a expliqué que tout ce qu’il espérait, c’était « une retraite tranquille ». Russell, du même âge environ mais incarcéré depuis plus de douze ans et détenu en catégorie C lorsqu’il a rédigé son journal, écrivait quant à lui qu’il espérait « … être libéré un jour et vivre les années qu’il [lui] reste dans un petit bungalow avec un petit jardin, dans un village situé à des kilomètres de [son] ancien coin d’Angleterre. Avoir un chat aussi. »

D’autres projetaient leur espoir dans des plans plus détaillés et concrets sur l’avenir. Carl, 60 ans, passionné de cuisine et de musculation, expliquait par exemple qu’il espérait s’installer quelque temps chez sa fille et ses petits-enfants, dans une région où son ambition était de construire sa propre maison. Il ajoutait : « J’ai conçu et estimé de manière approximative le coût du projet de construction, ce qui m’a aidé à renforcer l’idée que ces projets étaient réalisables. »

Vivre l’instant présent

D’autres participants ont recalibré leur espoir vers des aspirations plus immédiates, ancrées dans le présent et les interactions quotidiennes. Barry expliquait ainsi : « Mon espoir, c’est de continuer à vivre l’instant présent… Vous savez, parce qu’en ce moment je suis dans ce bureau avec vous deux, c’est calme. C’est agréable. C’est paisible. C’est un bon moment. Mais je ne vais pas penser à ce que ça sera à 16 heures, parce que je pourrais sortir par cette porte et tomber en plein milieu d’une mutinerie. »

Russell acquiesçait : « Pour l’avenir, je vis un jour après l’autre. Ce n’est pas utile de planifier trop loin. »

Ce recentrage interroge la manière dont la prison et l’incarcération de longue durée façonnent, voire limitent, les façons dont les détenus peuvent imaginer et envisager leur futur.

Un autre participant, Craig, 66 ans et détenu depuis un peu plus de cinq ans dans la prison de catégorie A au moment de notre rencontre, écrivait : « … Chacun façonne son espoir en fonction des circonstances. »

Pour l’institution et le personnel pénitentiaire, ces attitudes pourraient paraître positives : les détenus condamnés aux peines les plus longues montrent une volonté de mener une vie sans crime, centrée sur l’instant présent et sur de petites tâches routinières qui ne génèrent aucun risque pour la gestion de la prison..

Mais lorsque l’espoir devient si court-termiste et limité aux petites choses du Il ne s’agit plus de favoriser une transformation en vue de la réinsertion, mais plutôt d’assurer la gestion à vie de corps vieillissants, affaiblis, parfois mourants.

L’importance de l’espoir

Cet article s’ouvrait sur un homme s’adressant à mes collègues et à moi: « Comment osez-vous nous parler d’espoir ? » Ce moment a résonné tout au long du projet, à la fois comme un rappel de la complexité de la recherche en milieu carcéral et comme un point de départ pour réfléchir plus profondément à des idéaux humanistes tels que l’espoir lorsqu’ils sont transposés à certains contextes.

Lorsque les détenus évoquent la cruauté et l’illusion que peut représenter l’espoir, on se demande quelle part de lumière et de promesse il peut réellement rester dans des lieux soumis à un contrôle aussi strict.

Transposé à l’univers carcéral, l’espoir ne semble plus lié à un horizon ouvert, évocateur de liberté retrouvée et de nouveaux départs. Pour les prisonniers âgés, il renvoie plutôt un isolement accru et une dissociation du monde extérieur, devenant source de frustration, de méfiance et de sentiment d’abandon.

En prison, l’espoir met en lumière le décalage entre certains idéaux humanistes et juridiques abstraits et la réalité concrète de l’expérience carcérale, en particulier lorsqu’elle s’étend sur des décennies. Cette observation pourrait d’ailleurs s’appliquer à d’autres lieux de forte contrainte, comme les centres de rétention pour migrants, les établissements pour mineurs ou même les maisons de retraite.

Pourtant, s’éloigner d’une conception idéalisée de l’espoir pour le recentrer sur les conditions quotidiennes révèle de nouvelles façons pour certains prisonniers âgés (ici condamnés à perpétuité, et pour d’autres vivant sous contrainte), de retrouver un certain pouvoir d’agir et de continuer à avancer. Cela permet aussi de dépasser une vision binaire espoir/désespoir pour reconnaître la diversité de ses formes.

Et il important de rappeler que l’espoir importe – non seulement pour les personnes en prison ou vivant dans d’autres lieux de confinement et de surveillance – mais aussi pour la société dans son ensemble.

Une incarcération vécue dans le désespoir s’accompagne d’une dégradation de la santé mentale et physique, augmentant la pression sur les services de santé en prison et, après la libération, sur les services de santé et d’accompagnement social de la communauté.

La situation est encore plus préoccupante pour les détenus âgés libérés après des décennies passées derrière les barreaux. L’espoir n’est pas une simple émotion : il conditionne la manière dont la prison prépare (ou non) les personnes à vivre après leur détention. Des régimes qui érodent l’espoir à une peau de chagrin risquent simplement de déplacer les problèmes sociaux plutôt que de les résoudre.

The Conversation

Marion Vannier bénéficie d’un financement dans le cadre de la Future Leader Fellowship de UK Research and Innovation.

ref. Prison : quel espoir pour les seniors condamnés à perpétuité ? – https://theconversation.com/prison-quel-espoir-pour-les-seniors-condamnes-a-perpetuite-273706