Dormir vigilados: cuando la tecnología que mide el sueño acaba empeorándolo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid

Antonov Maxim/Shutterstock

Durante siglos, dormir fue un acto privado y bastaba con despertar descansado. Hoy, en cambio, la noche se ha llenado de sensores. Pulseras, anillos y relojes inteligentes registran nuestros movimientos, nuestro pulso y hasta nuestra respiración. El sueño ha pasado de ser una experiencia a convertirse en un dato: lo convertimos en gráficas, lo comparamos y lo evaluamos. Y, cuanto más lo medimos, más parece escaparse.

La popularización de dispositivos como Fitbit, Apple Watch y Oura ha llevado esta transformación a la vida cotidiana. Cada mañana millones de personas consultan una aplicación que les asigna una puntuación. Así, en teoría, pueden saber cuántas horas han dormido, cuánto tiempo han pasado en sueño profundo o en fase REM y cuántas veces se han despertado.

El mensaje implícito es claro: si medimos el sueño podremos optimizarlo.

Esa aparente precisión es, en gran medida, una ilusión. Estos dispositivos no leen el cerebro: infieren el sueño a partir de señales indirectas como el movimiento o el pulso. En noches tranquilas pueden estimar razonablemente cuánto hemos dormido, pero su precisión cae cuando intentan identificar las fases del sueño. En especial les cuesta distinguir entre estados como el sueño profundo y el REM, que solo pueden medirse mediante pruebas que registran directamente la actividad cerebral, como la polisomnografía.

Además, los márgenes de error no son menores. Estudios científicos muestran desviaciones que pueden superar la hora en la estimación del tiempo total de sueño. Al analizar las distintas fases las variaciones son aún mayores.

Dormir no es un examen

Sin embargo, cada vez más personas toman decisiones basándose en estos datos. Ajustan horarios, modifican rutinas y se preocupan por indicadores cuya fiabilidad es limitada. El problema no es solo técnico, sino también psicológico. Cuando el dispositivo se convierte en referencia, la experiencia subjetiva pierde peso.

Aquí entra en juego un fenómeno cada vez más frecuente: la “ortosomnia”, el insomnio nacido del intento obsesivo de dormir bien. Se trata de personas que se acuestan intentando hacerlo bien y que, al despertar, revisan compulsivamente las métricas en busca de confirmación. La ironía es evidente: el sueño no se lleva bien con el control. Dormir con un dispositivo que evalúa tu noche es, en cierto modo, como hacerlo con un supervisor en la mesilla.

Los datos pueden convertirse en una profecía autocumplida. Creer que hemos dormido bien puede mejorar nuestra percepción de energía. Creer que pasamos una mala noche puede hacernos sentir peor, incluso cuando el descanso ha sido suficiente. Es el efecto placebo y su reverso, el nocebo. La expectativa acaba moldeando la experiencia.

El auge de esta tecnología refleja una tendencia más amplia: la cuantificación de la vida cotidiana. En un mundo obsesionado con el rendimiento, el descanso ha pasado de ser una necesidad biológica a convertirse en una variable que optimizar. Pero el sueño no funciona como un indicador de productividad y no mejora cuanto más lo vigilamos.

Dormir exige condiciones relativamente simples como regularidad, tiempo suficiente y un entorno adecuado, pero también algo menos tangible. Nos referimos a la capacidad de soltar el control. Es precisamente eso lo que la monitorización constante dificulta. Convertir el descanso en un objeto de evaluación introduce atención, expectativa y juicio en un proceso que, por definición, requiere lo contrario.

Sobran pantallas y falta confianza

Por todo esto, el problema no es solo que los dispositivos se equivoquen (que lo hacen, incluso los más sofisticados), sino que transforman la relación que mantenemos con nuestro propio descanso. Antes uno se despertaba y sabía cómo estaba. Hoy cada vez más personas miran primero la pantalla y, a partir de ahí, deciden cómo se sienten.

Cuando el dato contradice al cuerpo casi siempre gana el dato. Utilizada con criterio, la tecnología puede ser útil para identificar patrones o mejorar hábitos generales. Pero sus datos no deben interpretarse como medidas precisas ni sustituir la percepción subjetiva o la evaluación clínica. Ante todo, conviene evitar una dependencia excesiva de estas métricas.

En ese sentido, quizá la recomendación más sensata en la era de los dispositivos no sea medir más el sueño, sino recuperar algo que hemos ido perdiendo. Es decir, la confianza en nuestra propia capacidad de dormir.

Porque el mayor riesgo no es dormir mal una noche, sino empezar a dudar de que sabemos hacerlo. Como resultado, podríamos acabar durmiendo para un dispositivo en lugar de para nosotros mismos.

(Una versión de este artículo fue publicada originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica).

The Conversation

Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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50 años después, ¿qué queda del espíritu de ‘Todos los hombres del presidente’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Castrillo Maortua, Profesor del Departamento de Cultura y Comunicación Audiovisual, Universidad de Navarra

Desde la izquierda, Dustin Hoffman, Robert Redford, Jason Robards, Jack Warden y Martin Balsahm en un fotograma de _Todos los hombres del presidente_. Warner Bros.

A mediados de los setenta, el cine de Hollywood había adquirido tintes nuevos. En su paleta habían hecho acto de aparición el cinismo, la ambigüedad y la autocrítica. La fe en el poder del individuo para cambiar el mundo, que había sido uno de sus pilares narrativos –por no decir míticos– se resquebrajaba en relatos trágicos y dramas existencialistas. También en géneros novedosos como el thriller político, que despuntaba gracias a películas desafiantes como La Conversación de Francis Ford Coppola (1974), El último testigo de Alan J. Pakula (1974), Los tres días del cóndor de Sidney Pollack (1975) y otras que la historia no ha recordado con tanto aprecio pero que abanderaron cambios profundos en el cine estadounidense.

Además de grandes cineastas y estrellas emblemáticas, estas películas tenían en común la impugnación de un sistema político que operaba en contra del individuo y la verdad. El contexto ciertamente lo propiciaba: eran los años de escalada bélica en Vietnam y el escándalo de los Papeles del Pentágono. Eran tiempos de conflicto social en torno a los derechos civiles; del movimiento estudiantil y la contracultura; de los asesinatos de Martin Luther King Jr. y Bobby Kennedy. También de los disturbios en las calles de Chicago al grito de “The world is watching!”.

Y eran los años de la Administración Nixon, que protagonizó el escándalo político por excelencia: el caso Watergate.

Portada de Todos los hombres del presidente, el libro, en inglés.
Portada de la primera edición del libro de Bernstein y Woodward de 1974.
Wikimedia Commons

Aquella trama de juego sucio electoral y su posterior encubrimiento se convirtió en el arquetipo de la corrupción política en el imaginario popular. Pero su investigación y revelación también demostraron el servicio insustituible que un periodismo riguroso y libre podía prestar a la sociedad. Ese ejemplar trabajo de reporterismo fue recogido por sus autores Bob Woodward y Carl Bernstein en el libro Todos los hombres del presidente, cuya adaptación cinematográfica cumple ahora 50 años.

Menos oscuridad y más heroicidad

Robert Redford, ya establecido en su estrellato, compró los derechos del libro por casi medio millón de dólares antes de su publicación. El director elegido para rodarla fue Alan J. Pakula, quien había demostrado un estilo paranoide y psicológicamente retorcido en el neo-noir Klute (1971) y en la citada El último testigo. En esta, Warren Beatty interpretaba a un periodista obsesionado con la investigación de un magnicidio en el que reverberaba el asesinato de JFK. Pakula completaba así lo que después se llamó “la trilogía de la paranoia”.

Aparte de su perenne actualidad, lo que hace a Todos los hombres del presidente tan especial es que, sin dejar de abrazar el tono oscuro y estilo desafiante de los thrillers políticos de su tiempo, se desvía de ellos de un modo inesperado al afirmar la validez y la eficacia de la acción heroica.

Como en tantas otras obras del género, la película enfrenta al individuo –en este caso, dos periodistas jóvenes y no exentos de defectos personales– con un poder político fuera de control y decidido a sofocar la verdad. Y como en tantas películas de detectives, estos héroes ordinarios emprenden una búsqueda de información: sus únicas armas frente al poder son el conocimiento y la evidencia.

Así, una vez detectada la noticia, Woodward y Bernstein se afanan por encontrar rastros y pistas a pesar del silencio de testigos atemorizados, del escepticismo de algunos de sus editores, y de una sensación tenue pero persistente de que sus vidas corren peligro.

Y es que en Todos los hombres del presidente los antagonistas son prácticamente invisibles: el punto de vista narrativo de la película se mantiene invariablemente centrado en los reporteros, sin concesiones a la omnisciencia, transmitiendo al espectador la desorientación que ellos mismos padecen.

Pero esto también hace que gran parte del suspense de la película esté empíricamente injustificado. El fuera de campo, los planos subjetivos sin sujeto, las composiciones desequilibradas y los juegos entre música y silencio sugieren la proximidad de un peligro no inverosímil pero sí nebuloso. O sea, propio de la paranoia.

Aun así, los reporteros del Washington Post logran algo que sus colegas del género rara vez disfrutan: un efecto en el mundo, un cambio real. Aquí la historia viene en auxilio del relato: los reportajes de Woodward y Bernstein suscitaron una serie de investigaciones que abocaron al presidente Nixon a la dimisión (la única renuncia presidencial hasta la fecha en los EE. UU.) en 1974, dos años después de la publicación de las primeras informaciones.

Periodistas por encima de la noticia

Este desenlace, inusual final feliz para un thriller político minuciosamente realista, tuvo además el efecto secundario de elevar al reportero al Olimpo de los héroes. Cabe imaginar que esto se debió, en buena medida, al carisma actoral de Redford y su coprotagonista (y contrapunto), Dustin Hoffman. Es significativo que aquí pareció nacer un pequeño pero fértil subgénero de thrillers periodísticos: El síndrome de China (1979), Bajo el fuego (1983), Salvador (1986), El informe pelícano (1993), del propio Pakula; El dilema (1999), La sombra del poder (2009), Spotlight (2015) y Los archivos del Pentágono (2017), película que abandona su trama justo donde comienza la de Todos los hombres del presidente.

Un columnista del momento escribió que “por primera vez, los periodistas se están haciendo más famosos que la gente sobre la que escriben”. En el caso Watergate, ese reconocimiento al reportero-estrella fue con toda seguridad merecido (siempre y cuando no se olvide al editor Ben Bradlee, memorablemente interpretado en la película por Jason Robards).

Una televisión muestra a Richard Nixon en medio de una redacción periodística mientras dos hombres trabajan al fondo.
Captura de la última escena en Todos los hombres del presidente.
Warner Bros.

Pero tal vez, para algunos de aquellos jóvenes que empezaron a soñar con convertirse en periodistas alentados por los héroes de la pantalla, esa aspiración pudo ser la semilla de una cierta desnaturalización profesional. Puede que parte de la desconfianza actual hacia el periodismo, que se ha ido asentando por muchas razones en estos cincuenta años, también tenga algo que ver con la subordinación del deber de informar a la necesidad de relevancia pública del periodista.

Por eso el plano final de Todos los hombres del presidente es tan significativo: mientras la redacción del Washington Post se arremolina excitada en torno a los televisores que emiten la segunda inauguración presidencial de Nixon, los esforzados Woodward y Bernstein permanecen sentados ante sus máquinas de escribir, tecleando con una concentración espartana. Pakula elige esa última imagen para sus protagonistas como si quisiera insinuar que, lejos de ceder a la tentación de interponerse entre la verdad y el público a quien es debida, estos héroes urbanos vuelven al trabajo. Porque cuando se trata de decir la verdad sobre las mentiras del poder, lo que hay en juego es demasiado importante.


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Pablo Castrillo Maortua no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Alto el fuego en Irán: por qué los precios de la energía no volverán al 28 de febrero

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

Miha Creative/Shutterstock

El 8 de abril de 2026, Estados Unidos e Irán aceptaron un alto el fuego de dos semanas mediado por Pakistán. La pausa llegó a apenas dos horas de que expirara el ultimátum de Trump para destruir centrales eléctricas y puentes iraníes. Es una buena noticia, pero conviene no engañarse: aunque los combates cesen, sus consecuencias no van a deshacerse.

Tras cinco semanas de guerra, el mundo energético, militar y geopolítico que existía antes del 28 de febrero ya no existe. Y no va a volver.

40 instalaciones energéticas dañadas en nueve países

La dimensión de los daños físicos es el primer motivo para el pesimismo. El director de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, calificó la situación como la mayor crisis de seguridad energética de la historia, equiparando su impacto al de las dos crisis petroleras de los años 70 y la crisis del gas de 2022 juntas. Al menos 40 activos energéticos en nueve países han sufrido daños graves.

La lista es demoledora. En Irán, las instalaciones de South Pars y la isla de Jarg han sido bombardeadas. En Arabia Saudí, la planta de Ras Tanura –con 550 000 barriles diarios de capacidad– fue alcanzada por drones. En los Emiratos Árabes Unidos, la refinería de Ruwais (una de las mayores del mundo), el campo de gas de Shah y el puerto de Fujairah han sufrido daños. En Catar, el complejo de Ras Laffan, responsable de aproximadamente el 20 % del gas natural licuado (GNL) mundial, fue atacado con misiles en varias oleadas. Y en Kuwait, las refinerías de Mina Al Ahmadi y Mina Abdullah fueron golpeadas, junto con plantas de desalinización y electricidad. De hecho, Kuwait declaró “fuerza mayor” (exime de responsabilidad por incumplimiento, cubriendo eventos como desastres naturales, guerras o actos gubernamentales) y redujo su producción a consumo doméstico.

Y aquí viene el punto clave: estas instalaciones no se reparan pulsando un botón. Los cierres forzados de producción provocan corrosión y daños estructurales que requieren reparaciones previas al reinicio. Como señaló un investigador de la Universidad de Columbia, el proceso puede ser lento y costoso. El centro de investigación Brookings fue más directo: los ataques iraníes a Ras Laffan, Yanbu y Fujairah estaban diseñados precisamente para prolongar la escasez más allá de la reapertura del estrecho de Ormuz. Las instalaciones dañadas tardarán meses o años en repararse.

El petróleo: de 65 a 128 dólares y sin vuelta rápida

Antes de la guerra, el barril de Brent cotizaba entre 64 y 70 dólares. El 2 de abril alcanzó los 128 dólares, un alza del 93 %. Tras el anuncio del alto el fuego, está bajando un 15 %. Los 90 dólares por barril suponen un alza del 30 % con respecto al nivel previo a la guerra.

La Administración de Información Energética de EE. UU. (EIA) publicó el 7 de abril su previsión actualizada: no espera una normalización por debajo de 76 dólares el barril hasta 2027. La guerra ha provocado que Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y Bahréin redujeran de forma conjunta alrededor de 7,5 millones de barriles diarios de producción de crudo en marzo, según la EIA. Se espera que esta histórica interrupción del suministro empeore antes de mejorar, aumentando a 9,1 millones de barriles diarios en abril.

Es la mayor interrupción de suministro en la historia del mercado petrolero, según la AIE. Esa reducción equivale a la producción combinada de Kuwait, Catar, Emiratos y Bahréin desapareciendo del mercado de un día para otro.

Sin vuelta atrás

¿Por qué no volverán los precios al nivel anterior? Por cinco razones estructurales:

  1. La AIE liberó 400 millones de barriles de reservas estratégicas; rellenarlos absorberá producción durante meses.

  2. El mercado ha visto que Ormuz puede cerrarse, una percepción que se traduce en una prima de riesgo permanente.

  3. Los seguros marítimos para cruzar el estrecho se multiplicaron por 50 o más, y según los aseguradores no bajarán hasta que haya una suspensión verificada de hostilidades.

  4. Con más de 40 instalaciones dañadas, la oferta física tardará en recuperarse.

  5. La inversión en rutas alternativas (oleoductos terrestres, terminales fuera de Ormuz) costará un dinero que repercutirá en el precio del barril.

Ormuz: de canal rutinario a punto de riesgo permanente

El estrecho de Ormuz transportaba el 20 % del petróleo mundial. Desde el 2 de marzo, los tránsitos diarios cayeron de 138 buques a cifras de un solo dígito. Unos 2 000 buques y más de 20 000 marineros quedaron varados. Irán creó un canal alternativo al norte de la isla de Larak, cobrando dos millones de dólares por tránsito en yuanes.

El coste de asegurar un petrolero para cruzar el estrecho pasó de una fracción de porcentaje del valor del buque a entre el 3,5 % y el 10 %. Para un superpetrolero de 100 millones de dólares, eso significa entre 3,5 y 10 millones por viaje, frente a unos 200 000 dólares antes de la guerra.

¿Se fiarán los países de que no vuelva a ocurrir? Difícilmente. La consecuencia será una reestructuración permanente: más oleoductos terrestres, más reservas estratégicas regionales, más inversión en defensa aérea propia por parte de los estados del Golfo. Todo eso cuesta dinero. Y ese dinero acabará en el precio de la energía.

Arsenales agotados: años para recuperarse

El coste militar directo de la guerra para Estados Unidos se estima en unos 28 000 millones de dólares en 39 días. El Pentágono ha solicitado 200 000 millones adicionales al Congreso. Pero el problema no es solo el dinero: es el agotamiento de las reservas de armamento.

En los primeros días se consumió aproximadamente el 10 % del inventario de misiles de crucero y el 25 % de los interceptores THAAD (siglas en inglés de Defensa de Área de Gran Altitud Terminal). La producción anual de misiles Patriot PAC-3 es de solo 172 unidades. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), la producción de 2026 no cubrirá el consumo, y las municiones desviadas al teatro iraní crean riesgos en otros frentes como Ucrania y el Pacífico occidental. Reponer inventarios llevará años, no meses.

Un dato revela la asimetría del conflicto: el coste de interceptar un dron iraní con un misil estadounidense es 106 veces mayor que el coste del propio dron.

Más allá de la energía: fertilizantes, alimentos y la señal a China

El impacto no se limita al petróleo. El Golfo produce alrededor del 12 % de los fertilizantes nitrogenados mundiales. Con las plantas de gas paradas, esa producción está interrumpida. El impacto en la cosecha 2026-2027 y en los precios de alimentos podría ser severo, especialmente para países importadores netos.

Y hay una dimensión estratégica que no debería pasar desapercibida: si Estados Unidos ha agotado arsenales críticos en Irán, ¿qué señal envía eso a Pekín respecto al estrecho de Taiwán? El CSIS lo advirtió explícitamente.

Para Europa, y para España en particular, la vulnerabilidad es clara. La dependencia del GNL catarí (con Ras Laffan dañado), la subida del precio del gas en el mercado TTF (mercado de referencia del gas en Europa) y la inflación energética importada golpean a una economía que apostó por el gas como energía de transición. Esa transición se ha encarecido dramáticamente.

Y para Irán (90 millones de personas), la inflación alimentaria interanual alcanzó el 112,5 % en marzo de 2026. La reconstrucción con sanciones, industria destruida y liderazgo decapitado será un factor geoeconómico durante décadas.

El mundo del 27 de febrero ya no existe

Este alto el fuego –si se consolida– pondrá fin a los combates. Pero no deshará sus consecuencias. El estrecho de Ormuz ha dejado de ser un canal rutinario para convertirse en un punto de riesgo permanente. Los arsenales occidentales necesitarán años para reponerse. Los estados del Golfo invertirán masivamente en defensa y rutas alternativas. Y países como China, India y los europeos acelerarán su búsqueda de independencia energética, no por idealismo verde, sino porque han visto lo que puede pasar cuando no la tienes.

El 28 de febrero de 2026 no fue solo el día en que comenzó una guerra. Fue el día en que acabó la ilusión de que el petróleo siempre fluye.

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Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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El petróleo sigue mandando: la guerra en Irán y la vulnerabilidad energética de España

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrique Parra Iglesias, Profesor Titular de Universidad, Universidad de Alcalá

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Que el precio del petróleo se dispare no es solo una noticia económica. Es un recordatorio de que, en pleno siglo XXI, el mundo sigue funcionando con combustibles del siglo pasado. La guerra entre Estados Unidos-Israel e Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, no ha creado esta dependencia, pero la ha puesto al descubierto de manera brutal. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz –por donde transita aproximadamente el 20 % del crudo mundial– ha provocado la mayor interrupción del suministro petrolero de la historia, según la Agencia Internacional de la Energía.

En cuestión de semanas, el Brent se disparó desde los 73 dólares el barril hasta superar los 112 dólares, reavivando la inflación, encareciendo los vuelos y recordando que el modelo energético español sigue profundamente ligado a los fósiles.

El acuerdo de alto el fuego anunciado hoy, 8 de abril, ha provocado una reducción del precio del petróleo del orden del 10 % cuando escribo esto, pero las consecuencias de la guerra van a permanecer durante mucho tiempo.

Más renovables… pero todavía un mundo fósil

Durante la última década, España ha invertido con fuerza en energías renovables. Según Red Eléctrica, las fuentes renovables generaron el 55,5 % de la electricidad en 2025, con la eólica liderando (21,6 %), seguida de la nuclear (19,1 %) y la solar fotovoltaica (18,4 %).

Los fósiles representaron apenas una quinta parte de la generación eléctrica. Son cifras impresionantes: España supera ampliamente la media europea y el Gobierno apunta a un 81 % renovable en 2030.

Sin embargo, esta revolución eléctrica convive con una realidad muy distinta: a nivel mundial, los combustibles fósiles aún representan aproximadamente el 80 % del consumo energético total. Y España no es excepción cuando se mira más allá del enchufe.

Éxito eléctrico, vulnerabilidad estructural

La paradoja española se entiende con un dato clave: la electricidad supone apenas un 22 y un 26 % del consumo energético final del país. El 75 % restante corresponde al transporte, la industria y la calefacción, sectores donde el petróleo y el gas siguen siendo predominantes. En el consumo primario de energía, el petróleo representa el 42 % y el gas natural el 20 %, según datos del INE.

Además, España importa prácticamente el 100 % del petróleo que consume: 1,3 millones de barriles diarios en 2024, según la OPEC, lo que la convierte en uno de los países europeos más expuestos a shocks de suministro.

Turismo y aviación: el eslabón oculto

La vulnerabilidad de España se amplifica por su principal motor económico: el turismo. En 2025, España recibió 96,8 millones de turistas internacionales –un récord histórico– que generaron 134 700 millones de euros en gasto, según el INE. El sector representó el 12,6 % del PIB y el 12,3 % del empleo.

El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC por sus siglas en inglés) estima que el impacto total (directo, indirecto e inducido) alcanzó los 260 000 millones de euros, equivalente al 16 % de la economía.

Más del 80 % de esos turistas llegan en avión, y cada vuelo requiere queroseno, cuyo precio se liga directamente al crudo. El combustible supone entre el 25 y el 35 % de los costes operativos de una aerolínea.

Por otra parte, la Asociación Mundial de Transporte por Carretera (IRU) señala que, desde el inicio del conflicto, el precio del diésel ha subido en España un 27 % y el queroseno que compran las aerolíneas casi se ha duplicado. Además, el cierre de espacios aéreos sobre Oriente Medio obliga a las compañías a desviar rutas, añadiendo horas de vuelo y gasto extra de combustible.

Cómo se transmite el shock: el efecto cascada

El mecanismo de transmisión es directo y medible. Primero, sube el precio del crudo y del queroseno. Luego, las aerolíneas trasladan el incremento a los billetes y la demanda reacciona, especialmente los viajeros sensibles al precio: familias, jubilados y turistas de mercados con monedas débiles. Finalmente, el shock energético se traduce en menos noches en el lugar de destino, menos gasto en hostelería y menos actividad económica.

En otras palabras, España no solo importa energía: importa turistas que dependen de esa energía. El petróleo se convierte así en un riesgo macroeconómico concreto y tangible, que conecta la geopolítica del Golfo Pérsico con los bares de la costa mediterránea.

La paradoja de la transición energética

La guerra en Irán demuestra una realidad incómoda: aunque España lidere la transición eléctrica europea, todavía no ha logrado reducir significativamente su exposición a los combustibles fósiles en sectores estratégicos. El país ha conseguido avances extraordinarios en electricidad renovable, pero sigue siendo vulnerable en transporte, logística y turismo, los sectores donde el petróleo sigue siendo irremplazable a corto plazo.

Esta paradoja explica por qué un país con alta penetración de renovables puede sentir de manera intensa los efectos de un shock petrolero. La electrificación del parque automovilístico apenas alcanza el 5 % y la aviación comercial con combustibles sintéticos o hidrógeno está todavía en fase experimental. El objetivo del Gobierno para 2050 –97 % de renovables en el mix total– exige transformar sectores que hoy consumen el grueso de los hidrocarburos.

Conclusión: la prueba de estrés

La transición energética no consiste únicamente en generar electricidad limpia. Para que España reduzca su exposición a los shocks internacionales es necesario transformar los sectores donde el petróleo sigue siendo crucial: transporte, aviación, logística y turismo.

El conflicto en Irán no es un shock aislado: es una prueba de estrés que revela que el turismo, principal motor económico de España, sigue funcionando en gran medida con queroseno. Mientras el estrecho de Ormuz permanezca cerrado y el Brent por encima de los 100 dólares, la factura la pagará una economía cuyo talón de Aquiles sigue siendo, paradójicamente, invisible desde el enchufe de casa.

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Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El petróleo sigue mandando: la guerra en Irán y la vulnerabilidad energética de España – https://theconversation.com/el-petroleo-sigue-mandando-la-guerra-en-iran-y-la-vulnerabilidad-energetica-de-espana-280119

El alto el fuego acordado por Estados Unidos e Israel con Irán pone fin temporalmente a una guerra costosa, pero ¿podrá durar la paz?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Amin Saikal, Emeritus Professor of Middle Eastern Studies, Australian National University; The University of Western Australia; Victoria University

La aceptación por parte del presidente Donald Trump de una propuesta pakistaní para un alto el fuego de dos semanas en la guerra con Irán ha supuesto un suspiro de alivio para la comunidad internacional.

Apenas unas horas antes, muchos se habían alarmado ante las amenazas de Trump de bombardear a Irán hasta devolverlo a “la edad de piedra” y destruir su “civilización”.

El alto el fuego ofrece un respiro para negociar un “acuerdo definitivo sobre la paz a largo plazo con Irán y la paz en Oriente Medio”, según Trump. Sin embargo, el camino hacia un acuerdo definitivo será complejo y accidentado, aunque no insuperable.

Subestimar al enemigo

Tras seis semanas de escalada bélica y retórica, que comenzaron con los ataques conjuntos de EE. UU. e Israel contra Irán y la contundente respuesta de este último, los tres combatientes no solo se han infligido graves golpes mutuamente. La región y el mundo también han sufrido una crisis masiva del petróleo, el gas licuado y la inflación, ya que Teherán cerró el estrecho de Ormuz.

Esto no entraba en las previsiones de Trump. Inicialmente, anticipó que el poderío militar combinado de EE. UU. e Israel se impondría rápidamente. Esto obligaría a Teherán, que había reprimido las protestas públicas generalizadas a principios de año, a capitular y, de este modo, abriría el camino a un cambio de régimen favorable.

Pero el Gobierno iraní demostró ser más resistente y capaz de lo previsto. Actuó de forma estratégica al atacar activos estadounidenses en todo el golfo Pérsico e Israel, además de cerrar el estrecho.

Mientras tanto, Trump no pudo solicitar el apoyo activo de los aliados de EE. UU. para sus esfuerzos bélicos conjuntos con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Netanyahu está acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de guerra en Gaza.

No se consultó a los aliados, y estos no consideraron que participar en una guerra contraria al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas redundara en beneficio de sus intereses nacionales.

Un coste de miles de millones

Además, los adversarios globales de Estados Unidos, Rusia y China –ambos con acuerdos de cooperación estratégica con Irán–, se opusieron vehementemente a la guerra. Se unieron a decenas de otros países de todo el mundo para pedir una desescalada y medidas para evitar más repercusiones económicas.

El conflicto se amplió. Israel desató una campaña para ocupar el sur del Líbano en respuesta a los ataques del grupo paramilitar libanés Hezbolá, alineado con Irán.

Los costes de la guerra se dispararon entonces para todas las partes. Solo para EE.  UU., ascendió a al menos 1 000 millones de dólares cada día. Esto aumentó sustancialmente la deuda federal, que se acercaba a los 40 billones de dólares.

La situación se convirtió en una carrera entre misiles ofensivos y misiles interceptores; solo sería cuestión de quién se quedara sin munición primero.

Recientemente, los medios informaron de que a Israel se le estaban agotando los interceptores y que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) se enfrentaban a una escasez de efectivos.

Impopular en EE. UU.

Por otro lado, a pesar de la decapitación de su liderazgo por parte de EE. UU. e Israel, la supremacía aérea y el bombardeo de miles de objetivos militares y no militares, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantuvo una capacidad de represalia sostenida. Consiguió lanzar docenas de misiles y drones a diario contra objetivos en el Golfo e Israel.

Y lo que es más importante, la guerra resultó cada vez más impopular en Estados Unidos. A medida que la población sentía sus efectos en el aumento del coste de la vida y en las gasolineras, alrededor del 61 % de los ciudadanos se opuso al conflicto. La popularidad de Trump se desplomó en las encuestas de opinión.

En vista de estas variables, Trump no podía cumplir su promesa de intensificar la Operación Furia Épica hasta el punto de borrar del mapa un país tan grande como Irán.

Las características culturales y patrióticas iraníes, así como la devoción de muchos ciudadanos del país por el rama chií del islam, actuaron como un freno frente a la agresión exterior, al igual que en ocasiones anteriores de su historia.

Un largo camino por delante

Esto no quiere decir que negociar y alcanzar un acuerdo integral para una paz duradera entre EE. UU. e Irán vaya a ser fácil.

Pero una parte crucial de la aceptación del alto el fuego por parte de Trump, que nos da una idea de su forma de pensar, es la siguiente:

Hemos recibido una propuesta de 10 puntos de Irán (en respuesta a la propuesta de 15 puntos de EE. UU.), y creemos que es una base viable sobre la que negociar. Casi todos los diversos puntos de desacuerdo del pasado han sido acordados entre Estados Unidos e Irán, pero un periodo de dos semanas permitirá que el acuerdo se finalice y se consuma.

Los diez puntos incluyen el cese de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, si bien Israel ha afirmado desde entonces que el Líbano no está incluido en el alto el fuego.

Algunos de los otros elementos clave son:

  • Estados Unidos debe comprometerse fundamentalmente a garantizar la no agresión.

  • Irán seguirá controlando el estrecho de Ormuz.

  • Se retirarán las sanciones primarias y secundarias contra Irán.

  • Y se aceptará derecho de Irán a enriquecer uranio para su programa nuclear (con fines pacíficos).

Ahora le corresponde a Trump meter en vereda a Netanyahu, quien ha trabajado arduamente durante mucho tiempo no solo para destruir al Gobierno iraní, sino también para reducir el papel del Teherán como actor regional.

Si esto ocurre y todas las partes negocian de buena fe, hay motivos para el optimismo. Podríamos asistir al amanecer de un orden regional de posguerra basado más en un acuerdo de seguridad colectiva que en la supremacía regional de un actor sobre otro.

The Conversation

Amin Saikal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El alto el fuego acordado por Estados Unidos e Israel con Irán pone fin temporalmente a una guerra costosa, pero ¿podrá durar la paz? – https://theconversation.com/el-alto-el-fuego-acordado-por-estados-unidos-e-israel-con-iran-pone-fin-temporalmente-a-una-guerra-costosa-pero-podra-durar-la-paz-280168

Los olivares guardan el secreto para fabricar envases biodegradables activos que mantienen frescos los alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lourdes Casas Cardoso, Catedrática de Universidad, Universidad de Cádiz

Nito/Shutterstock

¿Sabía que casi un tercio de la comida termina en la basura? Muchos productos se estropean antes de llegar a nuestras manos. Este desperdicio impacta gravemente al planeta y a la economía por la pérdida de recursos que conlleva.

No basta con cultivar más frutas y verduras cada año. Debemos aprender a utilizar mejor los recursos que ya tenemos. Una solución innovadora consiste en utilizar los desechos del campo para crear envases activos. Estos ayudan a que los alimentos duren más tiempo, reduciendo así el desperdicio de comida.

El gran reto de conservar los recursos

El plástico derivado del petróleo todavía domina el mercado del envasado. Entre sus ventajas destaca que es un material muy barato y fácil de fabricar en masa. Sin embargo, da lugar a gran cantidad de residuos que dañan la naturaleza.

Tirar comida también supone desperdiciar el agua usada en el riego, la energía empleada en el transporte y el esfuerzo de los agricultores. El coste ambiental de producir alimentos que nadie consume es altísimo y reducir estas pérdidas es ahora una prioridad mundial. Además, necesitamos alternativas al plástico que no contaminen los océanos ni los suelos. Ante este gran reto, los materiales naturales aparecen como la mejor respuesta.




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Ley de desperdicio alimentario: avanza por el buen camino, pero es poco concreta


De las hojas del olivo al hogar

Los restos de la poda del olivo suelen considerarse simples desechos. Tras la cosecha, miles de toneladas de hojas quedan sin reutilizar. En una investigación reciente hemos propuesto dar una segunda vida a este material vegetal.

Las hojas del olivo albergan sustancias antioxidantes y antimicrobianas que evitan que los alimentos se alteren. Es por ello que estos componentes son ideales para proteger la carne, las frutas y las verduras. Mediante técnicas específicas, es posible extraerlos e incluirlos en los materiales de envasado, dotando al nuevo material de sus beneficios.

Un escudo activo y natural

Una vez obtenidos, los extractos se incorporan a una película biodegradable hecha con fuentes naturales, como el almidón de maíz o ácido poliláctico, para dar lugar a un envase. La lámina libera gradualmente los compuestos activos, que retrasan los cambios que dañan los alimentos y prolongan su frescura.

Así, los envases activos no solo protegen físicamente los alimentos sino que, además, los mantienen en buen estado mientras permanecen envasados.

Al ser biodegradable, el material se descompone de forma natural una vez lo desechamos. Así se reduce el impacto ambiental y se aprovechan mejor los residuos agrícolas.

Un método seguro y sin necesidad de disolventes

Para introducir los extractos en el envase se usa una técnica limpia: dióxido de carbono sometido a una presión muy alta. En este estado especial, el fluido se comporta como si fuera un líquido y un gas a la vez.

Este fluido penetra en el material natural y lo impregna de los compuestos activos. No hace falta usar disolventes químicos que puedan ser peligrosos o tóxicos, por lo que es un método muy seguro para la salud de las personas.

Al terminar el proceso, el gas recupera su forma original sin dejar ningún tipo de residuo extraño en el envase final. Esta tecnología permite controlar con exactitud la calidad de cada pieza fabricada.

Una tecnología viable para producción industrial

Demostrar que el envase funciona en laboratorio no basta. Por eso utilizamos una planta piloto para fabricar láminas más grandes, similares a las que requiere la industria para producir envases a gran escala. Esto permite comprobar que la distribución del extracto es uniforme y que la calidad se mantiene.

El color verde del extracto sirve como indicador visual. Así, podemos detectar zonas con menor concentración y ajustamos el proceso, logrando una distribución homogénea de las sustancias activas. Esto asegura que cada parte del envase cumpla su función protectora.

De esta forma, la tecnología pasa de ser experimental a viable para producción industrial.

El camino hacia la economía circular

Este avance impulsa un modelo de economía circular donde nada se pierde y todo se transforma: los restos de una cosecha ayudan a proteger la cosecha siguiente. Así se cierra un ciclo que imita a la propia naturaleza.

De esta forma, se reduce la necesidad de utilizar nuevas materias primas y se genera menos basura en las ciudades y en los campos. Es un ejemplo claro de cómo la ciencia mejora nuestra vida diaria.

Las empresas que adopten estos envases serán mucho más competitivas y modernas. Estas generarán menos impactos negativos en el medio ambiente y responderán a clientes que valoran cada vez más los productos sostenibles. Es una inversión con beneficios para la sociedad y para el futuro.




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El envase alimentario ideal no es una utopía


Beneficios para todos

El consumidor final es el gran beneficiado de esta tecnología verde. Al comprar los productos en envases activos, los alimentos durarán mucho más tiempo frescos. Esto ayuda a organizar mejor las compras y a ahorrar dinero.

También ganamos en salud al consumir alimentos con menos aditivos químicos. La protección viene de la propia naturaleza, en este caso de las hojas de olivo.




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Sustancias contaminantes en los envases de alimentos: ¿cuáles son y cómo se controlan?


El futuro de la alimentación empieza con estos pequeños cambios en el campo. Cada envase biodegradable es un paso hacia un mundo mucho más limpio y que genera menos basura.

The Conversation

Lourdes Casas Cardoso recibe fondos de MCIN/AEI/10.13039/501100011033 and European Union NextGenerationEU/PRTR, Proyecto: “TED2021–131822B-I00”; Los resultados también forman parte del PROYEX CEL_00920 (Convocatoria 2021) financiado por el Programa de Ayudas a Proyectos de Investigación de Excelencia, en régimen de concurrencia competitiva, dirigido a Entidades Calificadas como Agentes del Sistema Andaluz del Conocimiento, en el ámbito del Plan Andaluz de Investigación, Desarrollo e Innovación (PAIDI, 2020).

Cristina Cejudo Bastante recibe fondos del Programa Operativo del FEDER para Andalucía 2021-2027 y la Consejería de Universidades, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía (FEDER-UCA-2024-A1-07).

Lidia Verano Naranjo y Noelia Daiana Machado no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Los olivares guardan el secreto para fabricar envases biodegradables activos que mantienen frescos los alimentos – https://theconversation.com/los-olivares-guardan-el-secreto-para-fabricar-envases-biodegradables-activos-que-mantienen-frescos-los-alimentos-278920

La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra

La astronauta de la NASA Christina Koch, fotografiada el pasado 3 de abril en la nave Orión. NASA

Durante el histórico viaje de Artemis II, que el pasado lunes sobrevoló la Luna y regresará a la Tierra el viernes 10 de abril, se están llevando a cabo varios experimentos científicos que tienen como protagonistas a los propios astronautas.

Monitorizados en el espacio

Uno de los más importantes, denominado ARCHeR (arquero), consiste en analizar cómo afecta el viaje espacial a los patrones de sueño, la actividad y el estrés. Para monitorizarlo, los tripulantes llevan una pulsera (actígrafo) que registrará los movimientos, actividad y patrones sueño-vigilia durante toda la travesía.

Además, se recopilarán datos y encuestas de desempeño conductual antes y después de la misión. Los resultados serán utilizados para comprender cómo afectan el aislamiento y el estrés de un viaje espacial en la mente, el sueño y la tensión emocional de los astronautas.

Otro tipo de experimentos tienen que ver con biomarcadores inmunitarios, es decir, el estudio de cómo el espacio puede afectar a nuestro sistema de defensa. Para ello, los tripulantes han tomado muestras de su saliva y sangre antes de subirse a la nave Orión y lo harán después. Durante el viaje, también recogerán saliva seca que se depositará en un papel especial en pequeños cuadernillos de bolsillo, ya que el equipo necesario para conservar muestras húmedas en el espacio –incluida la refrigeración– no estará disponible debido a las limitaciones de volumen.

El astronauta de la NASA Randy Bresnik se prepara para recoger una muestra de saliva seca a bordo de la Estación Espacial Internacional.
NASA

Con estos datos se espera comprender mejor cómo las hormonas del estrés, los virus y las células pueden verse afectados por las condiciones de vuelo. Se quiere estudiar, por ejemplo, cómo se reactivan los virus latentes en el cuerpo de los astronautas en el espacio (algo que ya se había comprobado en vuelos anteriores, pero aún no se conocen los detalles de este fenómeno).

Órganos en chips

También se quiere estudiar cómo afecta la radiación cósmica y la microgravedad a la salud de los astronautas. Para ello se realizará un experimento denominado AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response, “Respuesta de Tejidos Análogos de un Astronauta Virtual”), cuyos resultados podrían tener beneficios de gran alcance y contribuir al avance de la medicina personalizada del futuro.




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Cuando los astronautas regresen de Marte, probablemente se romperán la cadera


Para ello, se han recogido muestras de células de la médula ósea cada tripulante y se han cultivado en un chip del tamaño de una memoria USB (llamado organ-on-a-chip, “órgano en un chip”). Así ha podido obtrenerse una pequeña médula ósea artificial con las características de cada uno de ellos, a modo de réplicas o avatares. Estos dispositivos se expondrán a la radiación durante el vuelo y los resultados se compararán con réplicas similares una vez que vuelvan de la misión. Mediante técnicas de secuenciación de ARN compararán cómo ha influido el viaje espacial en la expresión de los genes de dichas células.

El chip que se está usando en el experimento AVATAR.
Emulate/NASA

Al ser la médula ósea responsable de producir glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas, constituye una muestra ideal para diagnosticar enfermedades y evaluar la respuesta del sistema inmunitario a los tratamientos. Esta es la primera vez que estos chips de órganos personalizados, adaptados a la tripulación de astronautas, viajan más allá de la órbita terrestre. Un objetivo clave de esta investigación es validar si dichos dispositivos pueden servir como herramientas precisas para medir y predecir las respuestas humanas al estrés de manera personalizada.

Adicionalmente, la tripulación ha proporcionado muestras biológicas, incluyendo sangre, orina y saliva, para evaluar su estado nutricional, salud cardiovascular y función inmunológica desde aproximadamente seis meses antes del viaje hasta un mes después de su regreso. También participarán en pruebas y estudios para evaluar el equilibrio, la función vestibular, el rendimiento muscular y los cambios en su microbioma, así como la salud ocular y cerebral.

Durante su estancia en el espacio, la recopilación de datos incluye una evaluación de los síntomas del mareo, y tras el aterrizaje, se realizarán pruebas adicionales de movimientos de cabeza, ojos y cuerpo, entre otras tareas de rendimiento funcional.

Experimentos del tamaño de una caja de zapatos

Además de todo esto, a bordo de Artemis II viajan al espacio cinco experimentos en forma de CubeSats de varias agencias internacionales (Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudita y Argentina): demostraciones tecnológicas y experimentos científicos del tamaño de una caja de zapatos. Son los siguientes:

  • ATENEA recopila datos sobre las dosis de radiación en función de diversos métodos de blindaje, mide el espectro de radiación alrededor de la Tierra, obtiene datos GPS para ayudar a optimizar el diseño de futuras misiones y validará un enlace de comunicaciones de largo alcance.

  • TACHELES recoge mediciones sobre los efectos del entorno espacial en los componentes eléctricos de los vehículos lunares.

  • K-RadCube utiliza un dosímetro con material similar a un tejido humano, con el fin de medir la radiación espacial y evaluar los efectos biológicos a diversas altitudes.

  • SHMS mide aspectos del clima espacial a diversas distancias de la Tierra.

Todos estos experimentos servirán para proteger mucho mejor a los astronautas que viajen a la Luna en el futuro. Por ejemplo, se podrían buscar medidas para atajar sus problemas de sueño o trajes que protejan mejor de la radiación.

En definitiva, los resultados servirán para futuras intervenciones, tecnologías y estudios que ayuden a predecir la adaptabilidad de las tripulaciones en una misión a la Luna o incluso a Marte.


Una versión de este articulo ha sido publicada en el blog microBIO del autor.


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Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo – https://theconversation.com/la-ciencia-de-artemis-ii-experimentos-a-bordo-280063

También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Brey, Profesora en sociología y opinión pública, experta en migraciones y vida urbana, Universidad Complutense de Madrid

New Africa/Shutterstock

La brecha digital se une a las dinámicas excluyentes del mercado de la vivienda (proliferación de alquileres de corta estancia, retirada de viviendas del mercado alquiler) y a la escasez de iniciativas públicas. Como resultado, se refuerzan las dificultades de acceso a la vivienda, especialmente para las personas más vulnerables.

Así lo hemos comprobado en un estudio reciente, realizado en tres ciudades del sur de Europa: Madrid, Bolonia y Atenas.

Esta digitalización coloca a algunos grupos sociales en una situación de especial ventaja (nativos digitales, turistas o nómadas digitales) mientras otros (personas mayores o en situación de pobreza, por ejemplo) se ven especialmente excluidos.

Qué entendemos por digitalización en el sector vivienda

La digitalización se observa en tres niveles. El primero opera en el mercado inmobiliario en su conjunto, y está vinculado al auge del capitalismo digital. Un indicador es el aumento de los propietarios corporativos que gestionan el alquiler de sus propiedades anónimamente, con datos, y a través de intermediarios.

La lógica de datos rompe el vínculo entre propietarios e inquilinos, centrándose en maximizar beneficios y minimizar riesgos. Esto permite una gestión impersonal de los desahucios y discrimina a los inquilinos más vulnerables. Además, las plataformas digitales fomentan los aumentos en los precios de compra y alquiler.

El segundo nivel se refiere al uso de las redes por parte de movimientos sociales para dar visibilidad a las necesidades de vivienda. En España, ha sido relevante la acción en plataformas digitales de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y, más recientemente, de los Sindicatos de inquilinas e inquilinos.

El tercer nivel se refiere a la promoción de plataformas digitales por las autoridades públicas. El objetivo es ampliar el acceso a la información y la transparencia de las iniciativas públicas.

La digitalización beneficia a unos, no a todos

Según las entrevistas hechas en Madrid, Bolonia y Atenas, la brecha digital modula el impacto de la digitalización en el derecho a la vivienda. Este impacto depende de los grupos de población y el tipo de plataforma digital.

Las personas mayores, los migrantes, las personas sin hogar, los refugiados y los inquilinos se encuentran en una situación más vulnerable en la era digital. Por el contrario, propietarios e inquilinos a corto plazo (como los turistas o los nómadas digitales) pueden estar más protegidos.

La situación de los jóvenes es ambigua. En general, se ven menos afectados por la brecha digital, pero se encuentran en una situación vulnerable para acceder a una vivienda asequible y digna.

La generación de alquiler (generation rent), menores de 40 años que no pueden permitirse comprar una vivienda, que emergió como consecuencia a largo plazo de la crisis de 2008, agravado por la pandemia de covid-19, se ha consolidado como una generación de inquilinos. Para ellos, el régimen de tenencia tiene consecuencias vitales más allá de la vivienda: se retrasa la salida del hogar familiar y se pospone la formación de una familia propia, lo que a su vez provoca un desplome de la natalidad.

En los tres países que estudiamos es clara la posición de fuerza de las personas con mayores conocimientos digitales en el acceso a la vivienda. Tienen más poder para acceder a la información y negociar las condiciones del alojamiento. Un posible factor de protección ante la brecha digital sería unirse a movimientos sociales y organizaciones de defensa a través de la participación digital y analógica, dadas las consecuencias reales que tiene la brecha digital en el derecho a la vivienda.

En cuanto al tipo de plataformas digitales utilizadas por los ciudadanos, las plataformas austeras –que funcionan como intermediarias entre quien ofrece y quien recibe el servicio (por ejemplo, Idealista o Airbnb)–, benefician a los propietarios, especialmente si se trata de fondos de inversión transnacionales. Las redes sociales pueden convertirse en plataformas digitales de networking, defensa y diálogo. Ofrecen así mayor visibilidad al derecho a una vivienda digna.

Familiaridad versus brecha digital

En España, la digitalización puede facilitar el acceso a la vivienda a determinados grupos de población. Por ejemplo, los jóvenes, gracias a su familiaridad con el mundo digital y los anuncios en línea pueden encontrar compañeros de piso más rápidamente.

Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería (WhatsApp, Telegram y similares) son otros canales informales de acceso a la vivienda para jóvenes y otros grupos vulnerables. Allí pueden encontrar y compartir recursos de forma pública, o con un grupo limitado de personas de su confianza.

La brecha digital afecta al acceso a la vivienda de distintos modos. Interfiere al solicitar vivienda pública y ayudas económicas o al registrarse en el censo. Incide en otros procesos del ámbito privado, como el pago del alquiler y los servicios a través de oficinas electrónicas.

Más allá de la disponibilidad de dispositivos electrónicos, también el acceso a una conexión a internet adecuada es parte fundamental de la integración en la sociedad actual, junto con tener competencias digitales básicas.

Son notables los problemas que enfrentan las personas vulnerables cuando realizan tareas burocráticas complejas en los sitios web del gobierno. El acceso se ve agravado por la falta de conocimiento sobre dónde buscar la información. La brecha digital aumenta las dificultades para acceder a la información sobre la oferta de vivienda, ya que gran parte de ella se publica en listados en línea.

Retos de futuro

En materia de digitalización y vivienda, algunos temas merecen mayor atención. Es el caso de la gobernanza democrática (en el plano digital) de los sistemas de vivienda: la igualdad de acceso a la información digital sobre los programas de vivienda pública, el papel del Estado en la alfabetización digital, la política de vivienda asequible y la regulación de los mercados inmobiliarios, incluidos los alquileres a corto y medio plazo.

Estos nuevos conocimientos permitirán a las sociedades estar mejor preparadas para prevenir las crisis de vivienda y reconocer, proteger y cumplir el derecho a la vivienda para todos y por todos en la era digital.

The Conversation

Elisa Brey recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como investigadora principal del proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia (Giulia Ganugi & Sara Chinaglia) y KU Leuven (Angeliki Paidakaki & Maria Geldimi).

Ainhoa Ezquiaga Bravo recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como colaboradora externa en el proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia y KU Leuven.

ref. También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda – https://theconversation.com/tambien-la-digitalizacion-y-la-brecha-digital-influyen-en-el-derecho-a-la-vivienda-274488

Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Hoyas Calvo, Catedrático de Ingeniería Aeroespacial, Universitat Politècnica de València

PeopleImages.com/Shutterstock

Casi todos hemos visto alguna vez una cometa volar, ya sea en una playa, en un parque o en una tarde de viento. Parece un simple juguete, pero detrás de esa imagen familiar hay una historia mucho más larga de lo que podría parecer.

Las cometas surgieron en China hace más de dos mil años, donde se utilizaron con fines militares y científicos antes de convertirse también en una forma de entretenimiento. Siglos después, figuras como Benjamin Franklin las emplearon para estudiar la electricidad y los fenómenos atmosféricos, en uno de los experimentos más conocidos de la historia.

Cometas para generar electricidad, impulsar barcos… y jugar

Hoy, lejos de haber quedado como una curiosidad del pasado, están encontrando nuevas aplicaciones. Se investiga cómo utilizar grandes cometas que vuelan a cientos de metros de altura para generar electricidad, y también cómo pueden ayudar a impulsar barcos aprovechando vientos más intensos y constantes en capas altas de la atmósfera.

Y, por supuesto, seguimos utilizándolas para algo mucho más simple: jugar. Basta acercarse a una playa en un día de viento para ver esta evolución en acción: niños corriendo con pequeñas cometas, deportistas deslizándose sobre el agua en kitesurf y, en ocasiones, grandes estructuras de tela que parecen criaturas suspendidas en el cielo durante exhibiciones.

El equilibrio de las fuerzas

Pero, más allá de su historia, hay una pregunta que sigue despertando curiosidad: ¿por qué vuela una cometa?

Una cometa se suspende en el aire gracias a un equilibrio de fuerzas. Por un lado, su peso tira hacia abajo. Por otro, el aire, al chocar con su superficie, genera una fuerza que no actúa en una única dirección, sino que puede descomponerse en dos: una componente vertical, la sustentación, que empuja hacia arriba, y otra horizontal, que tiende a arrastrar la cometa en la dirección del viento.

La cuerda que sujetamos juega un papel fundamental, ya que compensa esa fuerza horizontal y transmite parte de las fuerzas hacia nosotros, fijando la posición de la cometa en el aire. Cuando todo está bien ajustado, estas fuerzas se equilibran y la cometa se mantiene volando. No está completamente quieta, pero tampoco cae: se encuentra en un equilibrio dinámico que depende del viento y de cómo la controlamos.

El verdadero reto: estabilizarla en el aire

Sin embargo, que una cometa suba no es lo más difícil. El verdadero reto es que sea estable.

Si alguna vez ha sacado la mano por la ventanilla de un coche, habrá notado algo curioso: según cómo la incline, el aire puede empujarla hacia arriba, hacia abajo o hacer que gire. Además, seguro que nota que esa corriente no es estable, sino que cambia: aparecen las temidas turbulencias. Con las cometas ocurre exactamente lo mismo. No es solo cuestión de que el viento empuje, sino de cómo lo hace.

Para que una cometa vuele bien, todas las fuerzas tienen que estar en equilibrio: el viento empuja, el peso tira hacia abajo y la cuerda mantiene todo “conectado” con nosotros. Cuando ese equilibrio es correcto, la cometa se queda tranquila en el cielo. Pero si algo se desajusta, empieza a girar, a perder estabilidad… o simplemente cae.

El papel de la cola de la cometa

Aquí entra en juego un elemento que todos hemos visto, pero pocas veces nos preguntamos para qué sirve: la cola. Esa tira de tela que cuelga por detrás no está ahí solo para decorar. Su función es ayudar a que la cometa se mantenga correctamente orientada frente al viento, actuando como un pequeño estabilizador.

También es clave el punto donde se ata la cuerda. Un pequeño cambio en esa posición modifica el ángulo con el que la cometa recibe el viento. Si el ángulo es el adecuado, sube con facilidad; si no lo es, puede volverse inestable o perder la capacidad de volar.

Los modelos con dos cuerdas permiten un grado de control mucho mayor. Al manejar cada lado por separado, es posible modificar las fuerzas que actúan en la cometa, haciendo que gire, se incline o cambie de dirección.

Este desequilibrio controlado entre ambos lados es lo que permite realizar acrobacias, desde giros suaves hasta maniobras rápidas, de forma similar a cómo un avión utiliza sus superficies de control.

La ciencia de las cometas gigantes

En el caso de las cometas de gran tamaño, el desafío es distinto. No se trata solo de generar fuerza, sino de hacerlo de manera estable y predecible. Para ello, su diseño requiere un estudio cuidadoso de la aerodinámica, buscando que el aire fluya de forma ordenada y que la cometa mantenga su forma y orientación incluso en condiciones de viento cambiantes.

Sin embargo, el aire rara vez es completamente dócil. La turbulencia, los remolinos y los pequeños vórtices que se forman a su alrededor hacen que la cometa vibre, se tense y se relaje en un movimiento continuo.

Hay algo casi hipnótico en observar estas grandes superficies ondular en el cielo, como si el viento dibujara sobre ellas. Detrás de esa belleza hay una interacción compleja que todavía no comprendemos del todo, y que sigue desafiando a la física y a la ingeniería.

Muy cerca de los aviones

Y aquí aparece una conexión fascinante. El problema que resuelve una cometa, cómo mantenerse en el aire de forma estable, es exactamente el mismo que tuvieron que afrontar los pioneros de la aviación. Los primeros planeadores de los hermanos Wright pueden entenderse, en cierto modo, como cometas sofisticadas que, en lugar de estar atadas al suelo, eran controladas directamente por el piloto. Añadir un motor fue solo el siguiente paso.

Quizá por eso las cometas siguen llamándonos la atención: por la forma en que se mueven y parecen cobrar vida en el aire, como si el viento se hiciera visible. Al fin y al cabo, es el mismo juego de fuerzas que, de forma menos evidente, mantiene en vuelo a un avión.

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Sergio Hoyas Calvo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones) – https://theconversation.com/como-conseguimos-volar-una-cometa-y-que-tiene-eso-que-ver-con-los-aviones-279794

¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

rafa jodar/Shutterstock

En los últimos años, la criminalidad ha mostrado una evolución desigual en España. Según el último balance del Ministerio del Interior, en 2025 se registraron más de 2,47 millones de infracciones penales con variaciones importantes según el territorio. Mientras algunas comunidades experimentaron aumentos –por ejemplo, Castilla y León, donde la criminalidad creció cerca de un 5,8 %– otras como Cataluña o Madrid mostraron descensos en torno al 2,9 % y al 1,7 %, respectivamente.

La evolución tampoco es homogénea entre tipos de delitos. Algunos, como los patrimoniales, se han estabilizado e incluso descendido en algunas zonas. Otros, como las agresiones sexuales o los intentos de homicidio, han aumentado. En otras palabras, la evolución de la delincuencia es compleja y difícil de resumir en una única tendencia.

Sin embargo, más allá de estas cifras hay un fenómeno que cada vez ocupa más espacio en el debate público: la preocupación por la inseguridad percibida por la ciudadanía. Y esta sensación no siempre evoluciona al mismo ritmo que la criminalidad registrada.

En la literatura científica especializada, esta percepción de inseguridad se conoce como “miedo al delito”. No se refiere únicamente a la reacción emocional ante un peligro inmediato (como un intento de robo), sino también a la percepción de riesgo que las personas construyen sobre la posibilidad de ser víctimas de un crimen.

¿Qué es el miedo anticipado?

En este sentido, hablamos de un miedo anticipado. Ese temor puede surgir ante señales cotidianas del entorno: caminar por una calle mal iluminada, atravesar un parque vacío por la noche o percibir signos de deterioro urbano en un barrio.

Desde el punto de vista psicológico, es un fenómeno que combina tres dimensiones: una emocional (sentir miedo), una cognitiva (evaluar el riesgo) y una conductual (modificar comportamientos, por ejemplo, evitando determinados lugares o situaciones). Las personas no evaluamos el riesgo de ser víctimas de un delito solo a partir de estadísticas oficiales. También influyen nuestras experiencias personales, los cambios que percibimos en el entorno y la información que recibimos sobre los hechos delictivos.

Los medios de comunicación han sido tradicionalmente uno de los principales canales a través de los cuales la ciudadanía conoce la criminalidad. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 30 % de las noticias en los medios tratan sobre delitos.

Además, la cobertura mediática suele prestar mayor atención a los actos delictivos violentos que a los más comunes. Este sesgo puede generar una imagen distorsionada de la criminalidad, ya que los sucesos que más aparecen en las noticias no coinciden con los que ocurren con mayor frecuencia.

Los medios de comunicación no ayudan

La investigación en comunicación también muestra que la exposición prolongada a contenidos mediáticos puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad social. Según la teoría del cultivo de George Gerbner (1969), cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos mediáticos, más probable es que interprete la realidad a través de esas representaciones.

La forma en que los medios presentan los delitos también puede reforzar determinados estereotipos sociales sobre quién los comete o dónde ocurren. Cuando ciertos grupos sociales o barrios aparecen de forma recurrente asociados a la criminalidad en las noticias, estas representaciones pueden influir en cómo el público percibe la inseguridad y en a quién identifica como una posible amenaza.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 72,1 % de los españoles asegura estar informado sobre la actualidad. La televisión sigue siendo el medio preferido (69,8 %), seguida de la radio (55 %), considerada además la fuente más fiable. Sin embargo, más de la mitad de la población (54,9 %) también utiliza habitualmente redes sociales para informarse.

En este contexto de exposición constante a contenidos informativos, los relatos sobre sucesos –detenciones, desapariciones, agresiones o juicios mediáticos– circulan con gran rapidez y pueden amplificar la percepción de inseguridad. No es que los delitos no existan, pero su presencia constante en el ecosistema mediático puede hacer que parezcan más frecuentes y cercanos de lo que indican las estadísticas oficiales.

Las redes sociales han transformado especialmente la forma en que circula la información sobre el crimen. Las plataformas digitales favorecen contenidos breves, visuales y emocionalmente intensos, lo que puede impulsar narrativas simplificadas o alarmistas. Investigaciones recientes sugieren que la lógica de viralidad propia de estas plataformas puede contribuir a nuevas formas de pánicos morales en torno al delito, en las que la percepción de amenaza se construye a partir de narrativas que circulan y se refuerzan digitalmente más que de la experiencia directa de la criminalidad.

La distancia entre criminalidad real y percepción de inseguridad se ha hecho visible en debates recientes sobre seguridad urbana. Un ejemplo es el caso de Bilbao. Durante la presentación del diagnóstico técnico del Plan Municipal de Seguridad, investigadores de la Universidad del País Vasco señalaron que los indicadores delictivos no mostraban un incremento estructural comparable con la percepción de inseguridad entre la ciudadanía.

La controversia que generó esta conclusión refleja una cuestión incómoda: ¿qué pesa más en la percepción ciudadana, las estadísticas sobre criminalidad o las narrativas que se construyen sobre ellas a través de los medios?

Criminalidad registrada vs percepción

Aunque no siempre coincida con la probabilidad objetiva de victimización, el miedo al delito tiene efectos en la vida cotidiana. Puede modificar rutinas, limitar actividades nocturnas y reducir el uso de determinados espacios públicos. En definitiva, puede alterar la forma en que las personas se relacionan con su entorno.

Además, este miedo no se distribuye de forma homogénea. Las investigaciones muestran que las mujeres suelen reportar niveles más elevados de temor al delito que los hombres, incluso cuando las tasas de victimización para algunos delitos violentos son menores.

Comprender estas diferencias entre criminalidad registrada y percepción de inseguridad es fundamental para diseñar políticas públicas eficaces. La seguridad de una sociedad no depende únicamente de reducir los delitos, sino también de entender cómo las personas perciben el riesgo y cómo se construyen socialmente esas percepciones.

En una sociedad hiperconectada, el miedo puede difundirse mucho más rápido que los propios delitos. Quizá la pregunta más importante no sea si vivimos en una sociedad cada vez más peligrosa, sino por qué cada vez resulta más fácil sentir que lo es.

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Dolores Fernández Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos – https://theconversation.com/vivimos-en-una-sociedad-mas-insegura-o-solo-lo-parece-las-estadisticas-se-alejan-de-lo-que-percibimos-277430