Nos gusta que nos cuenten historias, lo llevamos en los genes. Son adaptativas, porque gracias a ellas el ser humano podía aprender en pescuezo ajeno a prevenir riesgos, a aspirar a éxitos, a soñar. Por eso, cuando ciencia y narrativa se dan la mano, nuestra imaginación alza el vuelo y conectamos con el corazón de esos investigadores, exploradores, aventureros que saben llevarnos bajo el ala.
Por eso, nos entusiasman relatos con tintes míticos como el del Paleodyction, un misterioso organismo que dibuja patrones en el mar profundo desde hace millones de años y del que, por el momento, solo tenemos sus huellas y sus fósiles. Leyendo sobre esta misteriosa criatura que persiguen los biólogos casi podemos sentir que vamos en esa expedición a la zona Clarion Clippertone, perdida en medio del océano Pacífico, de la que volvían los autores de este artículo justo cuando este se publicaba.
Lo mismo nos pasa cuando nos hablan de las posibilidades de encontrar vida extraterrestre: durante los minutos que dura la lectura, podemos fantasear con que atravesamos la zona habitable de la galaxia Andrómeda siguiendo señales enviadas a la Tierra por una civilización desconocida. O quizá nos guste más imaginar que trabajamos con esos grandes telescopios que ven cómo el Sol engulle un cometa viajero cuya órbita se originó en la Nube de Oort –que existe, aunque parezca un nombre de ciencia ficción–, descubren la posible primera luna fuera del sistema solar o sorprenden in fraganti una estrella masiva que desaparece de golpe.
Como hay gustos para todo, otros querrán intuir la sensación de triunfo que experimentó ese científico consagrado a su laboratorio con olor a plátano fermentado cuando por primera vez dio con una mosca mutante, gracias a la cual se lograron explicar las bases de la herencia genética ligada al sexo.
En el universo de la película de ciencia ficción Dune, quien controla la única fuente de la vital sustancia, conocida como “especia”, gobierna el imperio. Esto no se debe a que sea el único recurso importante. Pero sin él, no funciona nada: ni la navegación interestelar ni el comercio entre planetas. En la película, la “especia” no es el objetivo final, pero sí el elemento que hace posible todo lo demás.
La red de transporte es la estructura básica del sistema eléctrico. Se encarga de conectar las zonas de generación de energía con los grandes centros de consumo. Es decir, alimenta ciudades, industrias y todo tipo de servicios. Para conseguirlo, está formada por más de 45 000 kilómetros de líneas de alta tensión que trabajan, principalmente, a 220 y 400 kilovoltios.
Desde el punto de vista de la generación, el sistema eléctrico español tiene más de 129 gigavatios de potencia instalada (dato publicado por red eléctrica el 31 de diciembre de 2024). Y de esta cantidad, el 66 % corresponde la energía renovable. La capacidad de generación, por tanto, no es el principal límite del sistema.
El desafío aparece en otro punto: la capacidad de conexión a la red. Las redes eléctricas tienen límites físicos asociados a la capacidad de las líneas, los transformadores y los criterios de seguridad que garantizan la estabilidad del sistema. Cuando esos límites se alcanzan en un nodo, no es posible conectar nuevas instalaciones sin reforzar previamente la infraestructura existente.
¿Qué significa que la red esté “llena”?
El funcionamiento del sistema eléctrico se basa en un mecanismo administrativo conocido como acceso y conexión. Cualquier instalación que quiera conectarse a la red (para generar electricidad o para consumir grandes cantidades de energía) debe solicitar un permiso en un punto concreto del sistema. Si existe capacidad disponible en ese nodo, el operador del sistema puede conceder el acceso. Ese permiso reserva capacidad en la red mientras el proyecto avanza en sus distintas fases administrativas y de construcción.
De esta forma, se garantiza que el funcionamiento del sistema eléctrico sea seguro y estable. Sin embargo, también implica que la capacidad disponible puede quedar comprometida durante varios años mientras los proyectos se desarrollan. Actualmente, existen decenas de gigavatios de potencia con permisos de acceso concedidos, asociados a proyectos industriales, energéticos o tecnológicos que todavía no se han construido.
Si estos proyectos no alcanzan determinados hitos administrativos dentro de los plazos establecidos por la regulación, los permisos caducan y la capacidad reservada vuelve a liberarse. Por lo que, en los próximos años, cuando venzan muchos de esos plazos asociados a permisos concedidos desde 2020, parte de esta capacidad podría volver a estar disponible.
La cuestión no es trivial. Adquiere especial relevancia en el contexto europeo. Las políticas climáticas impulsan la sustitución progresiva de combustibles fósiles por electricidad en sectores como el transporte, la climatización de edificios o numerosos procesos industriales. Obviamente, este cambio aumenta la demanda eléctrica a medio y largo plazo.
Al mismo tiempo, están surgiendo nuevas actividades intensivas en consumo eléctrico, como los centros de datos o la producción de hidrógeno renovable. Estas requieren grandes cantidades de energía y acceso estable a la red. Y no es algo que ocurra en “un lugar muy muy lejano”, como en los cuentos infantiles: España aspira a atraer parte de estas inversiones gracias a su abundancia de recursos renovables y a la posibilidad de producir electricidad con bajas emisiones.
¿Y podemos atraerlos y mantenerlos solo con renovables en cualquier lugar geográfico del país? No. Para que estos proyectos se materialicen es imprescindible que exista capacidad de conexión en la red eléctrica. Si esa capacidad no está disponible en determinados territorios, las inversiones pueden retrasarse o desplazarse hacia otras regiones con infraestructuras más accesibles. Esto supone que la red eléctrica se está convirtiendo en un factor cada vez más relevante en la competitividad industrial.
Un problema que se repite en muchos países
La congestión de redes eléctricas no es un fenómeno exclusivo de España. En numerosos países están apareciendo problemas similares. Por ejemplo, en Estados Unidos, la cola de proyectos energéticos que esperan conexión a la red supera ampliamente la capacidad eléctrica actualmente instalada.
En Europa, la expansión de las energías renovables y la electrificación de la economía están obligando a replantear sistemas eléctricos diseñados en gran medida para el modelo energético del siglo XX. Durante décadas, el sistema eléctrico se organizó alrededor de un número relativamente reducido de grandes centrales térmicas o nucleares. La electricidad se generaba en unos pocos puntos y se distribuía hacia los centros de consumo. Ahora, las energías renovables han cambiado esa lógica. Los parques eólicos y solares se instalan donde existen recursos naturales adecuados, lo que produce un sistema mucho más distribuido y con flujos eléctricos más variables.
El reto de ampliar la red
Las redes existentes no siempre están dimensionadas para este nuevo patrón de generación y consumo. Así, en España, el desarrollo de la red de transporte se planifica mediante ciclos regulatorios plurianuales. El Plan de Desarrollo de la Red de Transporte de Electricidad 2021-2026 contempla inversiones superiores a 7 000 millones de euros destinadas a reforzar la infraestructura eléctrica, integrar energías renovables y mejorar la seguridad del sistema. Estas actuaciones incluyen nuevas líneas de alta tensión, ampliaciones de subestaciones y refuerzos de las interconexiones internacionales con Francia y Portugal.
Sin embargo, el desarrollo de infraestructuras eléctricas es un proceso complejo. Requiere planificación a largo plazo, autorizaciones administrativas y, en muchos casos, la construcción de infraestructuras lineales que atraviesan grandes extensiones de territorio. Esto significa que ampliar la red eléctrica suele llevar años.
Para el común de los mortales, sin conocimientos profundos del funcionamiento de la red, la transición energética suele imaginarse como un despliegue de tecnologías visibles: parques solares, aerogeneradores o vehículos eléctricos. Pero detrás de esa transformación existe una infraestructura mucho menos visible que es imprescindible para que todo el sistema funcione.
Si volvemos al símil con el universo presentado en la película de Dune, donde la especia sostiene todo el sistema político y económico, la capacidad de la red eléctrica puede convertirse en el recurso crítico que determine la velocidad real de la transición energética. Porque en una economía cada vez más electrificada, producir electricidad limpia es solo una parte del desafío. La otra consiste en construir las infraestructuras necesarias para que esa electricidad pueda llegar allí donde se necesita.
Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, este trabajo fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”. Además, fue financiado parcialmente por la Consejería de Educación, Formación y Universidades del Gobierno de Cantabria a través del Contrato Programa del Gobierno de Cantabria y la Universidad de Cantabria a través del proyecto 04.50.00.VQ25.541A.646.62, “Habilitando entornos residenciales más sostenibles mediante la transformación inteligente y activa de la energía eléctrica”.
Las lluvias abundantes de los últimos meses han transformado amplias zonas de España. El agua ha recargado los suelos, reverdecido los paisajes y ha dejado una sensación general de alivio tras periodos prolongados de sequía. A primera vista, podría parecer lógico anticipar una primavera especialmente florida. Sin embargo, desde la perspectiva de las plantas, la relación entre lluvia y floración es bastante más compleja.
Florecer no es simplemente “tener agua suficiente”. Es el resultado de un delicado ajuste entre múltiples señales ambientales que las plantas han afinado a lo largo de su historia evolutiva.
Crecer no es lo mismo que florecer
El efecto de las lluvias varía según la región. En la Iberia mediterránea, donde la disponibilidad hídrica suele ser el principal factor limitante, episodios húmedos tras periodos secos pueden tener efectos especialmente visibles. En cambio, en la Iberia atlántica, donde el agua rara vez es el recurso limitante, la respuesta suele ser más amortiguada.
No obstante, crecer no es lo mismo que florecer. Cuando aumenta la disponibilidad de agua en invierno, muchas plantas responden incrementando su crecimiento vegetativo. Los tejidos se desarrollan con mayor rapidez, las raíces exploran mejor el suelo y el conjunto de la planta entra en primavera con mayor “capacidad” fisiológica.
Pero ese vigor no se traduce automáticamente en más flores.
La transición a la floración no depende simplemente de que haya agua disponible. En la mayoría de las plantas, este cambio está regulado sobre todo por señales bastante más predecibles, como la temperatura acumulada a lo largo de las semanas o la duración del día, que actúan como un calendario extremadamente fiable año tras año.
El agua, en este contexto, no suele ser el desencadenante directo, sino más bien un modulador: facilita que la planta alcance el estado fisiológico necesario para florecer o, por el contrario, puede limitarlo si las condiciones no son adecuadas.
Esto no significa que la lluvia sea irrelevante, ni mucho menos. En sistemas mediterráneos, por ejemplo, muchas especies anuales dependen de las precipitaciones para germinar, lo que condiciona todo su ciclo vital posterior.
De hecho, en condiciones de exceso hídrico, algunas especies pueden priorizar el crecimiento frente a la reproducción, especialmente si las condiciones de luz o temperatura no son óptimas. Por eso, un invierno muy lluvioso puede derivar tanto en una primavera adelantada como en una ligeramente retrasada, dependiendo de cómo hayan evolucionado otros factores ambientales en paralelo.
Cuando llueve en el desierto
Las diferencias entre regiones se hacen especialmente evidentes al comparar el dominio atlántico y el mediterráneo. En ambientes mediterráneos, muchas especies, en particular las anuales, están adaptadas a aprovechar ventanas breves de disponibilidad de agua. Cuando esas ventanas se amplían, la respuesta puede ser intensa: germinaciones masivas, desarrollo rápido y, en algunos casos, floraciones particularmente llamativas.
En cambio, en ambientes atlánticos, donde la humedad es más constante, las plantas suelen estar menos condicionadas por pulsos puntuales de precipitación. Aquí, el calendario fenológico depende en mayor medida de la temperatura y de la luz, lo que tiende a suavizar las respuestas frente a episodios húmedos excepcionales.
Es en los desiertos donde la relación entre lluvia y floración se vuelve más evidente (y más espectacular). En regiones como el norte de África, donde venimos trabajando en los últimos años, o el desierto de Atacama, lluvias inusuales pueden activar bancos de semillas que han permanecido latentes durante años. El resultado son las conocidas “explosiones de floración” o desiertos floridos: eventos efímeros en los que el paisaje se transforma radicalmente en cuestión de semanas.
Pero incluso en esos casos, la floración como tal sigue dependiendo de cómo interactúan esa disponibilidad de agua con la temperatura y la luz.
Estos fenómenos de floración también ponen de manifiesto una cuestión menos visible, pero ecológicamente crucial: la sincronización entre plantas y polinizadores.
Para muchas especies de plantas, producir flores no es suficiente. Su reproducción depende de que los polinizadores estén activos en el momento adecuado. En condiciones climáticas relativamente estables, esta sincronía suele mantenerse. Pero cuando las precipitaciones alteran el calendario, por ejemplo, adelantando o intensificando la floración, puede producirse un desfase fenológico. Las plantas florecen, pero los polinizadores aún no han emergido en número suficiente o no están en su pico de actividad.
Este tipo de desajuste ya ha sido documentado en distintos sistemas ecológicos y actualmente se considera una de las consecuencias potenciales del cambio climático sobre las interacciones biológicas. No implica necesariamente un colapso inmediato, pero sí puede reducir el éxito reproductivo de las plantas y afectar a las poblaciones de polinizadores a medio plazo.
En el caso concreto de las floraciones masivas en desiertos, la evidencia disponible sugiere que muchos polinizadores pueden ajustar rápidamente su actividad a la aparición de recursos florales tras los episodios de lluvia, lo que ayuda a restablecer la sincronía. Sin embargo, no siempre lo hacen con la misma intensidad ni en los mismos tiempos, especialmente cuando los eventos de precipitación son anómalos en frecuencia o magnitud. Es decir, incluso en estos sistemas aparentemente “explosivos”, el equilibrio sigue siendo delicado.
Animales como las abejas y las mariposas transportan el polen entre flores, permitiendo su reproducción. Thomas Bresson/Flickr, CC BY
Un sistema que empieza a desajustarse
Aunque las lluvias recientes puedan interpretarse como un episodio aislado, los datos de organismos como la Agencia Estatal de Meteorología y la European Environment Agency apuntan a una tendencia más amplia: una creciente irregularidad en el régimen de precipitaciones. No se trata solo de cuánto llueve, sino de cómo se reparte esa lluvia.
Periodos prolongados de sequía seguidos de episodios intensos de precipitación pueden alterar profundamente los ciclos biológicos de las plantas. Y en este contexto, las floraciones pueden volverse más variables, menos predecibles y, en algunos casos, menos sincronizadas con los organismos de los que dependen. Es algo que no está pasando desapercibido a los que nos dedicamos a observar la naturaleza con detalle.
La imagen de una primavera exuberante tras un invierno lluvioso resulta intuitiva, pero simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. Las plantas no responden únicamente a la abundancia de agua, sino a la combinación precisa de señales que indican cuándo es el momento óptimo para reproducirse. Cuando esas señales cambian, ya sea por exceso de lluvia, por su distribución irregular o por su interacción con la temperatura, el resultado no siempre es más flores. A veces, es simplemente un sistema que empieza a desajustarse.
Luis Navarro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Piensen lo que significa educar a los niños en un mundo donde, desde el primer día, la mayoría de sus interacciones son con un sistema de inteligencia artificial (IA) y no con un ser humano. Es el mayor y más aterrador experimento psicológico de la historia, y nosotros lo estamos llevando a cabo.
Así terminó el historiador Yuval Noah Harari su intervención en el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos el pasado mes de febrero.
Este mensaje advierte de las capacidad que sistemas autónomos tienen para definir y alterar marcos sociales y en cómo se transmiten los rasgos culturales a las siguientes generaciones. Precisamente, en su último libro, Nexus, destaca la importancia de los relatos en el proceso de transmisión de valores y tradiciones culturales y, por tanto, en la propia construcción de la sociedad.
Por lo tanto, si el lenguaje y la creación de historias y relatos son tan determinantes en el desarrollo social, ¿a qué riesgos nos estamos enfrentando ahora que los sistemas de IA pueden crear nuevos contenidos sin ningún tipo de supervisión humana? ¿Podrán definir cómo serán en el futuro los valores humanos?
Tecnología que crea narrativas
Actualmente, millones de personas utilizamos la IA para infinidad de tareas. En concreto, los últimos datos publicados por Eurostat señalan que tres de cada cuatro jóvenes españoles entre 16 y 24 años –en pleno proceso de desarrollo personal– han usado la IA generativa en los últimos meses.
Desde su irrupción, se ha hablado mucho de sus implicaciones éticas y económicas. Sin embargo, menos conocidos son sus potenciales efectos en el proceso de formación cultural de los más jóvenes.
Para comprender mejor la influencia que pueden llegar a tener, podemos definir evolución cultural como el proceso por el cual transmitimos información relacionada con los conocimientos, creencias, valores, costumbres o cualesquiera otros hábitos adquiridos por una persona como miembro de la sociedad.
Este proceso tiene tres propiedades fundamentales: la aparición de nuevos rasgos culturales, la selección y adaptación de las costumbres más compatibles con la situación social existente y, finalmente, la transmisión a las siguientes generaciones.
Hasta la fecha, estas tres características habían sido controladas por seres humanos. Sin embargo, esto está cambiando. No es que la tecnología sea solo una mera intermediaria de la información y el conocimiento, como ha sucedido a lo largo de la historia con los libros, la radio y televisión o, más recientemente, con las redes sociales: ahora actúa como una entidad totalmente independiente, capaz de distorsionar la información y, sobre todo, de crear nuevos contenidos.
Sustitución de valores existentes
En particular, las herramientas de IA generativa están demostrando ser muy efectivas a la hora de crear textos o imágenes. Lo hacen recombinando información, integrando y mezclando datos disponibles.
Un sencillo experimento, para entender mejor este riesgo, consiste en pedirle a una IA generativa: “cuéntame un cuento y explícame su moraleja”.
Los resultados de este ejercicio son realmente interesantes, cuando se analizan desde una visión crítica. No es difícil encontrar rastros de relatos clásicos que la IA integra al generar su respuesta. Lo que hace es seleccionar ciertos contenidos existentes, ajustar los mensajes y amplificar o silenciar aquellos que el algoritmo considera más o menos relevantes.
El resultado es un relato original que puede ser transmitido a las nuevas generaciones. De este modo, influiría en el proceso de desarrollo social y en los valores aceptados socialmente en cada momento.
¿Máquina constructora de cultura?
La aparición de sistemas inteligentes con capacidad de generar nuevos relatos a una escala y velocidad sin precedentes rompe drásticamente con los marcos tradicionales de evolución cultural. El principal impacto lo encontramos en los más jóvenes, que se encuentran en una etapa vital en la que se definen cuáles serán sus pilares morales y rasgos culturales.
El experimento global que implica el uso de inteligencia artificial por la población a gran escala, tal y como lo señalaba Harari, nos obliga a replantearnos seriamente la manera en la que debemos gestionar y supervisar estas incipientes tecnologías. Es necesario ir más allá de los parámetros éticos para identificar los riesgos que conlleva su uso. Lo que está en juego es la definición de los marcos y valores culturales que sustentarán a las futuras generaciones.
Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación e Universidades, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).
José María Bolufer Francia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas
El ataque de Israel y EE. UU. sobre Irán está teniendo consecuencias más allá del Golfo Pérsico. El precio del petróleo se ha disparado, Oriente Medio está en llamas y la UE ha firmado el divorcio con Washington.
Al tratarse de una guerra con consecuencias globales, no nos debe sorprender que las fantasías bélicas de Benjamin Netanyahu y Donald Trump también tengan consecuencias decisivas en el devenir de la guerra en Ucrania.
Podemos dividir esta repercusión en Ucrania en tres frentes claramente diferenciados: el tecnológico-militar, el económico y el político.
Efectos en el campo tecnológico-militar
El campo en el que más cooperación existe entre Teherán y Moscú es el tecnológico-militar. En el año 2025, Rusia lanzó contra Ucrania 54 000 drones Sahed o Gerán (derivado del Sahed), lo que supone un 94,73 % del total usado sobre Ucrania.
Aunque es cierto que Rusia fabrica su propio modelo –el Gerán– en una planta industrial propia en Alabuga (Tartaristán), Moscú sigue dependiendo de la tecnología iraní. De hecho, cuando se han intentado usar motores y componentes rusos, el resultado ha sido negativo: menor velocidad, peor rendimiento y menor eficiencia.
Aunque los componentes mecánicos rusos son peores que los iraníes, la mayor preocupación rusa no es esta, sino la guerra electrónica. Los drones rusos necesitan tecnología iraní para hacer frente a la guerra electrónica que llevan a cabo los ucranianos. Ucrania es muy competitiva en jamming (interfaz) –interferencia intencional de las señales de radiofrecuencia– y en otros tipos de guerra electrónica.
Los Gerán solo pueden sortear los ataques contra sus sistemas de navegación mediante sistemas INS o de navegación inercial de fabricación iraní. Sin esta tecnología, Rusia no podría mantener su estrategia en Ucrania.
En cierta medida, Rusia ha cedido a Irán su estrategia de castigo aéreo, ya que la saturación de los cielos ucranianos puede llevarse a cabo gracias a los métodos de producción de bajo coste importados de Irán.
Esta dependencia no solo se circunscribe a los drones, sino que también se extiende a los misiles de corto alcance. Rusia está usando misiles Fateh-110 y Zolfaghar, que son más baratos que los de fabricación rusa y que también le permiten saturar el espacio aéreo y “entretener” a las defensas antiaéreas ucranianas para que sus misiles (Oréshnik, Iskender, etc.) alcancen sus objetivos.
Gracias a los misiles iraníes, Rusia puede mantener llena su maltrecha reserva armamentística.
Tampoco podemos dejar de mencionar la cooperación iraní en “inteligencia operativa”, una labor que ha desarrollado directamente la Guardia Revolucionaria en la península de Crimea. Las bases rusas han sido escenario de entrenamiento de drones dotados de IA y de pilotos adiestrados para derribar las defensas antiaéreas ucranianas. Sin este entrenamiento, los drones rusos nunca hubieran podido alcanzar sus objetivos.
Por todos estos motivos, una guerra prolongada en Irán supondría una merma significativa para Rusia en Ucrania.
La economía tampoco se libra
Desde el punto de vista económico, la guerra en Irán puede afectar a todas las partes en conflicto en Ucrania. Por un lado, Rusia puede perder un aliado fundamental en su estrategia para sortear las sanciones internacionales. Irán lleva años desarrollando habilidades que le permiten sortear las sanciones impuestas por Estados Unidos y, por ello, Rusia está usando estos recursos y estas prácticas para hacer lo mismo.
Irán ha desarrollado redes paralelas e informales de comercio, así como el acceso a componentes de doble origen que se venden en mercados occidentales o a métodos virtuales (criptomonedas) para evitar controles financieros. Si Irán pierde esta capacidad, Rusia vería mermada su proyección internacional en los ámbitos comercial y financiero.
Sin embargo, no todo son malas noticias para el Kremlin. Hace unos días, Trump anunció que levantaba la limitación del precio del barril de petróleo ruso y que, por lo tanto, podía volver a venderse por encima de los 40 dólares. Esta medida puede dar aire a Moscú y dotarle de recursos para buscar otros proveedores tecnológicos para su guerra, aunque las cadenas de suministro están afectadas por la guerra en Irán.
En lo que respecta a Ucrania, un enfriamiento de la economía global puede suponer una reducción de la ayuda que Europa le brinda para sostener la guerra. En el año 2025, Ucrania recibió 70 000 millones de euros procedentes de la UE, lo que supuso el 70 % del total. Si se produjera una crisis económica, la capacidad asistencial de Europa se vería seriamente mermada.
¿Una guerra usada como pantalla?
Uno de los principales problemas que ha tenido Ucrania desde el comienzo de la guerra ha sido la ostentación de la asistencia. Cuando los medios internacionales se han hecho eco de la transferencia de armas a Ucrania, Rusia ha usado sus canales internacionales para asustar a los donantes con posibles represalias nucleares. La guerra de Irán puede desviar la atención del envío de tecnologías críticas a Ucrania, limitando la capacidad de protesta rusa HE CAMBIADO ESTA FRASE, REVISA.
Un ejemplo de esto lo encontramos en el momento en que se transfirieron los Patriots: diciembre de 2022 y enero de 2023. En estos dos meses se produjeron varios acontecimientos internacionales (revueltas en Irán o maniobras militares chinas tras la visita de Nancy Pelosi) que distrajeron a la opinión pública internacional, lo que favoreció una cesión de tecnología militar sin sobresaltos.
Lo mismo ocurrió con la transferencia de los Storm Shadow (mayo de 2023), un hecho que se hizo coincidir con el acuerdo entre Irán y Arabia Saudí. También hay que destacar el envío de los famosos ATAMAC, cuya transferencia se hizo coincidir con las semanas posteriores al ataque del 7 de octubre.
Con esta tendencia, la guerra en Irán podría servir de escudo mediático para realizar envíos de armas a Ucrania, envíos que Moscú podría calificar como líneas rojas.
Los costes para EE. UU.
Otro aspecto que puede favorecer a Ucrania es su capacidad para desarrollar tecnología antiaérea. EE. UU. no puede aguantar durante mucho tiempo una guerra con Irán. La economía americana comienza a resentirse por el alto coste de la guerra, en especial por los sistemas antiaéreos destinados a proteger a sus aliados. Concretamente, me refiero a las baterías Patriots, cuyo coste es de 1 000 millones de dólares. Cada disparo les cuesta entre 4 y 7 millones, y en estas primeras semanas se han utilizado unos 2 000 misiles, lo que eleva la factura de la guerra a entre 8 000 y 14 000 millones de dólares.
En este punto, la clave parece tenerla Ucrania, que ha sido capaz de desarrollar drones interceptadores a un precio que va desde los 2 100 de euros hasta los 15 000. Zelenski ya ha ofrecido su producción a EE. UU. pero, evidentemente, a cambio es muy posible que pida algo.
A pesar de que la guerra en Irán parece no tener nada que ver con lo que ocurre en Ucrania, el alto grado de dependencia tecnológica rusa, los efectos que esta tiene en la economía global y la capacidad de Bladimir Zelenski para hacerse fuerte en situaciones complicadas pueden provocar que lo que ocurra en Oriente Medio tenga efectos decisivos en Ucrania.
Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrés Ráfales Perucha, Fisioterapeuta y Personal Docente e Investigador de la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación UNLOC., Universidad San Jorge
Pocas palabras en medicina generan tanta inquietud como “hernia discal”. Para muchas personas, escuchar este diagnóstico es casi sinónimo de “espalda dañada”, reposo absoluto e incluso el temor a una cirugía inevitable.
Este miedo no surge de la nada. Durante años, el lenguaje utilizado en informes médicos, junto con mensajes alarmistas del tipo “tienes la espalda dañada”, “detente si sientes cualquier tipo de dolor”, “todo el dolor se debe a la hernia” o “tienes la espalda débil”, han contribuido a asociar automáticamente diagnóstico de hernia discal con gravedad. El problema es que ese temor puede acabar siendo más incapacitante que la propia lesión.
Lo paradójico es que afrontar una hernia discal con miedo y evitando la actividad física se ha relacionado con mayor dolor, peor recuperación y más discapacidad, independientemente del daño real en la columna. Por eso, entender qué significa realmente tener una hernia discal es el primer paso para dejar de verla como una sentencia y empezar a abordarla desde el conocimiento.
¿Qué es realmente una hernia discal y por qué no siempre duele?
Llamamos disco a una estructura que se encuentra entre dos vértebras. Está formado por una parte externa más resistente (el anillo fibroso) y una parte interna más gelatinosa (el núcleo pulposo). Estos discos intervertebrales permiten la flexibilidad de la columna y actúan como amortiguadores durante actividades diarias como caminar, correr y saltar. Con el paso del tiempo y la influencia del estilo de vida, estos discos pueden cambiar de forma.
Una hernia discal ocurre cuando parte del contenido interno del disco sobresale más allá de sus límites habituales. Pero esto no significa siempre que la columna esté dañada. En muchos casos, simplemente es una variación estructural, comparable a las arrugas de la piel: una señal de adaptación o envejecimiento.
Un estudio ampliamente citado publicado en The American Journal of Neuroradiology analizó miles de resonancias en personas sin dolor lumbar y encontró que muchas presentaban protrusiones o hernias discales sin ningún síntoma, lo que sugiere que estos cambios son procesos normales del paso del tiempo y no una patología. De hecho, a los 50 años, más del 30 % de personas asintomáticas ya muestran protrusiones discales en pruebas de imagen.
Esto nos obliga a cambiar la pregunta de “¿hay una hernia?” por “¿esa hernia te está generando problemas?”. Cuando aparecen síntomas como dolor irradiado, comúnmente llamado “ciática”, no siempre se deben únicamente a que el disco comprime el nervio. También interviene un proceso inflamatorio alrededor de la raíz nerviosa que puede aumentar la sensibilidad y generar dolor. Por eso, en algunos casos agudos se utilizan tratamientos dirigidos a reducir esa inflamación.
Además, otros factores psicosociales como el nivel de actividad, el estrés, la calidad del sueño e incluso las expectativas de la persona afectada pueden influir en la recuperación. Por tanto, basar todo el tratamiento en lo que muestra una resonancia puede llevar a interpretaciones erróneas y a generar más miedo que soluciones.
Un diagnóstico de hernia discal no significa que el siguiente paso sea pasar por quirófano. De hecho, la evidencia científica muestra algo distinto: el tratamiento conservador es la primera opción recomendada en la mayoría de los casos. Estudios comparativos han observado que, aunque la cirugía puede aliviar los síntomas más rápidamente en algunas personas, a medio y largo plazo los resultados en dolor y función son similares a los del tratamiento no quirúrgico.
Por eso, las guías clínicas internacionales recomiendan iniciar el tratamiento con ejercicio terapéutico, educación y manejo activo durante varias semanas antes de plantear una operación. Eso sí, si aparecen síntomas como pérdida progresiva de fuerza en la pierna, alteraciones en el control de esfínteres o dolor que no permite realizar ninguna actividad básica, es importante consultar un profesional sanitario para obtener una valoración adecuada.
¿Qué ejercicios hacer y cómo iniciarlos?
Antes de empezar, es importante dejar algo claro: cada caso es distinto y requiere una valoración individualizada por parte de un profesional sanitario. Aclarado esto, el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) de Gran Bretaña recomienda las siguientes medidas:
Mantenerse activo. En la mayoría de casos, la recomendación no es parar, sino mantenerse lo más activo posible dentro de lo tolerable. Caminar, moverse por casa y realizar ejercicio adaptado favorece la recuperación.
Elegir movimientos tolerables. En fases iniciales, pueden ser útiles ejercicios suaves como movilizaciones de columna y cadera, ejercicios de control lumbopélvico, respiraciones profundas o contracciones isométricas. La clave no es hacer mucho, sino hacerlo de forma constante y progresiva.
Progresión a fuerza y función. A medida que los síntomas mejoran, el objetivo principal es recuperar capacidad. Esto puede implicar fortalecer piernas, glúteos y tronco, mejorar la tolerancia a la carga y volver gradualmente a actividades cotidianas o deportivas.
En definitiva, hay varios puntos clave que debemos tener en cuenta. El primero es considerar la columna como una estructura fuerte que se adapta cuando se le expone a carga de forma progresiva. Además, una hernia discal no es sinónimo de gravedad: a menudo no causa dolor y muchas personas mejoran sin cirugía. Teniendo esto en consideración, una resonancia no determina nuestra capacidad. Las imágenes muestran estructuras, pero el dolor y la función dependen de muchos más factores.
Con respecto al tratamiento, la cirugía no suele ser la primera opción. En ausencia de signos neurológicos graves, el tratamiento conservador es el enfoque recomendado.
Es imprescindible entender que el movimiento es parte del tratamiento: mantenerse activo, progresar hacia el fortalecimiento y recuperar la función es más eficaz que el reposo prolongado. Asimismo, la educación cambia el pronóstico. Entender lo que ocurre reduce el miedo y mejora la recuperación. Y por último, es necesario subrayar que la valoración profesional es fundamental: cada caso debe evaluarse de forma individual para ajustar el tratamiento y descartar complicaciones.
Tener una hernia discal no significa que nuestra espalda esté “rota”. En la mayoría de los casos, el cuerpo tiene capacidad de adaptación y recuperación si se le da el estímulo adecuado. Así que, más que centrarnos en lo que muestra una resonancia, conviene centrarnos en lo que somos capaces de hacer. El objetivo no es “arreglar un disco”, sino recuperar movimiento, confianza y calidad de vida.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Taida García Ascaso, Responsable de la Sección de Enfermedades Infecciosas Pediátricas Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)
Los antibióticos están entre los medicamentos más utilizados en niños, tanto en el hospital como en los hogares. Junto con las vacunas, la mejora de la nutrición y las medidas de higiene y prevención, han contribuido decisivamente a reducir la mortalidad infantil en las últimas décadas. Pero que sean muy útiles no significa que sean inocuos.
Desde el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, los antibióticos han transformado la medicina. También desde muy pronto quedó claro que las bacterias podían desarrollar resistencia a ellos. Hoy, el abuso y el mal uso de estos fármacos –en medicina humana y veterinaria, así como por la automedicación o la presión asistencial– han favorecido la expansión de bacterias resistentes, hasta convertir infecciones que antes eran fáciles de tratar en problemas cada vez más complicados de resolver.
Impacto en la microbiota
Sin embargo, el problema no se limita a las resistencias. En los últimos años, el avance en el conocimiento de la microbiota humana ha abierto otra línea de preocupación.
La microbiota es el conjunto de microorganismos que habitan nuestro cuerpo, especialmente el intestino, y participa en funciones clave como la digestión, la regulación inmunológica y la señalización neuroendocrina (comunicación entre hormonas y neuronas para controlar las funciones del cuerpo). Cuando administramos antibióticos, no solo eliminamos bacterias patógenas: también alteramos esas comunidades microbianas beneficiosas y el equilibrio natural.
Dicho desequilibrio preocupa especialmente en la infancia, ya que es una etapa crítica para la colonización bacteriana normal. Cuanto más pequeño es el niño, mayor puede ser el impacto de los antibióticos sobre la microbiota. Por eso, en neonatología y pediatría, la prescripción de estos tratamientos debe valorarse con especial cuidado: no se trata de negar un antibiótico necesario, sino de usarlo solo cuando esté indicado, con el fármaco más adecuado y durante el menor tiempo que sea eficaz.
Efectos más allá de la infección
La evidencia reciente sugiere, de hecho, que los efectos de los antibióticos pueden ir más allá del episodio infeccioso agudo. Un estudio publicado en Nature Communications observó que la exposición neonatal a estos medicamentos se asociaba con alteraciones persistentes de la microbiota intestinal y con un crecimiento más desfavorable en peso y talla durante los seis primeros años de vida en algunos grupos de niños. Es un hallazgo especialmente relevante porque apunta a que intervenir sobre la comunidad microbiana intestinal en etapas muy tempranas podría tener consecuencias prolongadas.
Otros trabajos han relacionado la exposición precoz con un mayor riesgo posterior de sobrepeso u obesidad. Por ejemplo, uno de ellos descubrió una asociación entre antibióticos en el primer año de vida, cambios en la microbiota y más riesgo de exceso de peso. No todos los estudios encuentran la misma magnitud del efecto, pero la hipótesis de que el uso temprano de antibióticos pueda influir en el metabolismo infantil está cada vez más presente en la investigación.
También han aparecido asociaciones con enfermedades inmunológicas e inflamatorias. Una revisión sistemática concluyó que el uso de antibióticos en los dos primeros años de vida se relacionaba con un mayor riesgo de trastornos gastrointestinales crónicos, sobre todo enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celíaca.
En paralelo, otro trabajo poblacional halló una vinculación entre exposición antibiótica temprana y algunas trayectorias de asma infantil persistente. Eso sí, conviene interpretar tales resultados con prudencia: en ese tipo de estudios no siempre es fácil distinguir cuánto corresponde al antibiótico y cuánto a la propia infección que motivó su uso.
Además, pueden producir los efectos nocivos “clásicos” de cualquier fármaco: diarrea, exantemas, anemia, alteraciones hepáticas o renales y, en algunos casos, reacciones alérgicas graves. Una investigación en niños hospitalizados encontró que más de uno de cada cinco tratamientos antibióticos se asociaba a algún de esos acontecimientos adversos.
¿Y qué ocurre con el neurodesarrollo? Es un terreno de gran interés, pero también uno de los más delicados. Están apareciendo estudios que relacionan la exposición muy precoz a antibióticos con síntomas emocionales o conductuales posteriores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea y todavía no permite extraer conclusiones firmes sobre trastornos concretos.
El mensaje final, por tanto, debe ser de responsabilidad y equilibrio. Los antibióticos siguen salvando vidas y ningún niño con una infección bacteriana importante debe quedarse sin tratamiento por miedo a sus efectos adversos. Pero precisamente porque son fármacos valiosos, deben utilizarse bien: solo cuando están indicados, con la molécula adecuada, la dosis correcta y la duración mínima eficaz.
Prescribir menos antibióticos cuando no hacen falta no es tratar peor, sino todo lo contrario.
Marta Taida García Ascaso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Marcos tiene 16 años y estudia formación profesional básica. No pudo terminar la secundaria obligatoria: se perdía en las clases del instituto y sentía que no valía para estudiar. Hoy, ya no piensa lo mismo. “Aquí las cosas se explican más claras, hacemos prácticas y siento que lo que aprendo sirve para algo. Los profes me escuchan y me ayudan cuando me atasco. Veo que puedo seguir adelante”. En mi investigación he hablado con Marcos (nombre ficticio) y decenas de sus compañeros y compañeras para entender cómo conseguir que esta opción formativa ofrezca una auténtica vía de reenganche con la formación académica.
En España, cuando un estudiante no puede terminar la educación secundaria obligatoria (ESO), tiene una última oportunidad: matricularse en formación profesional básica. Es una etapa pensada para jóvenes que necesitan una vía más práctica y adaptada. Se estudia normalmente entre los 15 y los 17 años y combina clases teóricas sencillas con mucha práctica. Al terminar, el alumno consigue un título profesional básico (oficial y válido en todo el país) así como el título de graduado en secundaria obligatoria (superando determinadas materias).
Pero vista como “última oportunidad” o única posibilidad para aquellos adolescentes que no han podido terminar la ESO, la FP básica está marcada por estigmas y percepciones erróneas. Recientemente, he hablado con 352 jóvenes que la cursan en distintos centros de la provincia de Córdoba, en Andalucía, para entender mejor sus motivaciones y cómo viven su trayectoria educativa.
La repetición escolar es una experiencia común entre quienes llegan a la FP básica: la mitad de los estudiantes con los que hablé había repetido en la etapa primaria y más del 90 % en secundaria, muchos de ellos más de una vez. Pero lo relevante no es solo cuántas veces repiten, sino cómo explican ellos mismos esas repeticiones.
Falta de integración y no superación: algunos estudiantes relatan rechazo, discriminación o sensación de no pertenencia al grupo.
Externalización del fracaso: otros atribuyen sus dificultades a factores externos, como la falta de utilidad de los contenidos o la desconexión con el profesorado.
Aun así, la mayoría del alumnado no se siente especialmente discriminado respecto a estudios lineales tradicionales (paso por la ESO, bachillerato, acceso a la universidad) ni cree que el profesorado de FP les “regale” aprobados.
En lugar de pensar que sus dificultades vienen de ser conflictivos o no estar interesados en aprender, sus dificultades se explican por una combinación de factores personales, escolares y contextuales.
Quieren aprender, no solo trabajar
Los estudiantes de formación profesional básica no están en estas aulas por pasar el tiempo o porque no tengan otro sitio al que ir: tienen intereses formativos claros y combinan motivaciones académicas y profesionales. “No estoy aquí por hacer tiempo ni porque no tuviera otro sitio. Estoy aquí porque quiero aprender algo que me guste y que me sirva, y seguir tirando”, me decía uno de estos estudiantes, un chico de 16 años.
El 41,8 % valora tanto la formación académica como la profesional: la formación profesional se percibe como útil y orientada al empleo, pero no excluye el deseo de seguir estudiando.
“Yo entré pensando que era solo para aprender un oficio y ya, pero la verdad es que me ha cambiado la idea. Sí, quiero trabajar cuando acabe, claro, pero también me he dado cuenta de que me gusta aprender cosas nuevas. No es solo sacar un título para tener un empleo: ahora me planteo seguir estudiando un grado medio (la siguiente etapa de formación profesional), me ha abierto ganas de seguir”, nos explica una chica de 16 años.
Esto contradice la idea de que la FP básica es una vía “terminal”. Para muchos jóvenes, es un punto de partida, no un destino final. La investigación muestra que no renuncian a continuar formándose; simplemente necesitan un entorno más ajustado a sus necesidades y ritmos.
El estudio también revela que quienes se sienten acompañados y reconocidos por el profesorado se plantean continuar sus estudios, tienen objetivos profesionales más definidos y mayor confianza en sus capacidades.
La tutoría, la orientación y el acompañamiento emocional –a menudo infravalorados– son absolutamente claves para que esta etapa educativa verdaderamente cumpla su función inclusiva. Cuando el alumnado percibe interés y apoyo por parte del profesorado, sus expectativas cambian.
“En mi clase somos todos muy distintos: cada uno va a su ritmo y tiene sus cosas. Por eso los profesores tienen que explicarnos de forma diferente a cada uno, porque no aprendemos igual”, explica una chica. “Cuando ves que de verdad se preocupan por ti, te lo tomas distinto. Te anima y te hace pensar que puedes llegar más lejos de lo que creías”, añade un estudiante de 16 años.
Un espacio de reconstrucción
En mis conversaciones con estos jóvenes he podido observar cómo, con el apoyo de los docentes, muchos reconstruyen su “identidad académica”. Dejan de pensar en sí mismos como estudiantes fracasados o no capaces. Es así como la FP básica puede ofrecer una vía para reconectar con el aprendizaje y recuperar expectativas.
“Muchos pensamos en esto como la última opción, pero no es así. Aquí varios compañeros hablan de seguir con un grado medio, incluso alguno quiere volver a Bachillerato. Cuando ves que puedes con esto, te cambia la cabeza y empiezas a plantearte cosas que antes ni imaginabas”, afirmaba un chico de 17 años.
Escuchar la voz de estos estudiantes –sus percepciones, sus motivaciones, sus dificultades– nos ayuda a redefinir el objetivo de esta etapa: incluir, orientar y abrir caminos.
Además de reforzar la orientación desde etapas tempranas para evitar que sea percibida como un destino inevitable, sino como una opción informada, explicada y elegida con sentido, es fundamental que desde los institutos se pueda atender la diversidad y se ofrezcan apoyos diferenciados sin separar, etiquetar o encasillar al alumnado en itinerarios rígidos que limiten sus posibilidades futuras.
María José Martínez Carmona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Vicent Juan, Profesora titular del departamento Psicología Evolutiva y Didáctica, Universidad de Alicante
Los errores son parte inherente de todo proceso de aprendizaje. El propio desarrollo humano, de hecho, es una continua muestra de resiliencia ante nuestros fracasos. Cuando un bebé balbucea su primera palabra, da sus primeros pasos o nombra erróneamente un objeto, no desiste por no haber conseguido realizarlo a la perfección, sino que lo intenta de nuevo, una y otra vez.
Con el tiempo, ese esfuerzo y práctica continuados darán sus frutos, mostrando una conducta cada vez más capaz y compleja. Y, aun así, se equivocará infinidad de veces a lo largo de su vida. La búsqueda de la perfección, por tanto, entendida como un enfoque vital que no deja margen para el error, es ir contra natura.
Niños que quieren ser perfectos
El término perfeccionismo se usa en psicología para hacer referencia a un rasgo de la personalidad caracterizado por la tendencia a imponerse (a uno mismo y a los demás) objetivos tan elevados que resultan imposibles de alcanzar.
Rasgos típicos de la personalidad del niño perfeccionista son la insatisfacción constante, incluso cuando se obtienen resultados excelentes; un terrible miedo a fracasar y a cometer errores, por insignificantes sean; y una feroz autocrítica que no da lugar a la autocompasión.
Paralelamente, el perfeccionismo también implica una serie de creencias sobre los demás, especialmente sobre las personas importantes para cada uno (familia, amigos, profesores…), a quienes se atribuye un listón altísimo y una mirada especialmente crítica.
Lejos de tratarse de un fenómeno que afecta solo a la población adulta, el perfeccionismo se forja durante la infancia y puede generar un gran malestar desde edades tempranas. Según datos de nuestros estudios en población española, uno de cada cuatro niños presenta niveles de perfeccionismo lo suficientemente altos como para considerarlos en riesgo. Estos niños altamente perfeccionistas manifiestan mayores problemas de adaptación en comparación con sus compañeros con niveles de perfeccionismo bajo o moderado.
Una exigencia que aumenta la vulnerabilidad
Hablamos del perfeccionismo en términos de riesgo porque se trata de un factor “transdiagnóstico”. Es decir, un rasgo que está vinculado a múltiples trastornos mentales como la ansiedad, la depresión, la bulimia o la anorexia nerviosa, el trastorno obsesivo compulsivo, entre muchas otras enfermedades mentales. Aunque, afortunadamente, no todos los niños perfeccionistas tienen por qué desarrollar estos problemas (ya sea durante su infancia o en etapas posteriores), sí que son mucho más vulnerables.
Así, la evidencia científica contrasta con la creencia común de que el perfeccionismo es una faceta positiva y deseable. Quizás, esto se deba a que tendemos a confundirlo con la búsqueda de lo excelente, es decir, apuntar y esforzarse por alcanzar metas muy altas, pero asequibles, sin miedo a equivocarse. Sin embargo, la línea que separa el perfeccionismo de la búsqueda de la excelencia, aunque delgada, existe y, de hecho, puede medirse objetivamente.
¿Cuándo debemos preocuparnos?
Cuando tengamos sospecha de que un niño puede ser perfeccionista, debemos prestar especial atención a sus reacciones cuando se equivoca: cuando el maestro le ha preguntado en clase y él no ha sabido responder, cuándo no ha sacado la máxima nota o ha quedado segundo en alguna competición, etc.
Reacciones frecuentes y claramente desproporcionadas, como llorar desconsoladamente, enfadarse muchísimo o algún otro comportamiento fuera de lo común, debería ponernos sobre alerta. Así pues, es el miedo a los errores, a la imperfección un punto de inflexión importante entre buscar la excelencia y ser perfeccionista. Mientras los niños que buscan la excelencia pueden sentirse decepcionados o heridos ante los fracasos, los perfeccionistas se sienten potencialmente devastados por sus propios errores.
¿Qué empuja a un niño a ser perfeccionista?
La mayoría de las investigaciones en busca de respuestas acerca de las causas del perfeccionismo han puesto el foco en factores que tienen que ver con la familia. Pueden contribuir estilos de crianza autoritarios altamente críticos con los errores de los hijos o que proyectan unas expectativas extremadamente altas, padres que también son perfeccionistas y transmiten esas tendencias a sus hijos por imitación o familias muy sobreprotectoras que se preocupan excesivamente por el bienestar y la seguridad.
Sin embargo, existen muchos otros factores que también podrían explicar por qué un niño es perfeccionista, como, por ejemplo, comportamientos genéticamente heredados, incluyendo el propio temperamento del niño.
El resto de los entornos en los que participan los menores también tienen mucho que decir al respecto (la escuela, las actividades extraescolares, su círculo de amistades…), así como las propias dinámicas sociales, cada vez más marcadas por la hipercompetitividad y una delirante necesidad de éxito.
Un rayo de esperanza
En una investigación reciente hemos analizado la eficacia de los tratamientos sobre el perfeccionismo en niños o adolescentes. La mayoría de estas intervenciones se basaban en los principios de la terapia cognitivo–conductual que trata de hacer entender a las personas cómo sus pensamientos influyen en sus emociones y en su manera de actuar, ofreciéndoles recursos para modificar su sistema de creencias y su repertorio de conductas.
Nuestros resultados evidenciaron que estas intervenciones sí funcionan, pero su impacto es pequeño. El perfeccionismo es un rasgo de la personalidad terriblemente persistente, como hemos podido comprobar en nuestro estudio, incluso durante la infancia y la adolescencia. Por eso, es necesario prevenir, desde la niñez temprana, que estos deseos de perfección arraiguen.
Un esfuerzo total es una victoria completa
Con frecuencia, los padres solemos transmitir a nuestros hijos que todo esfuerzo tiene su resultado. Pero, tarde o temprano, las vicisitudes de la vida les demostrarán que esto no es cierto, puesto que los resultados de nuestros esfuerzos no siempre dependen de nosotros. Máximas como “El que la sigue, la consigue” hacen referencia al esfuerzo como un medio para alcanzar un determinado objetivo, pero no como el fin en sí mismo.
Pero si los niños asimilan desde el principio que lo verdaderamente importante es intentarlo, que esforzarse tiene valor por sí solo, independientemente de que logremos o no nuestro objetivo, será más posible para ellos entender la excelencia no como la ausencia de errores, sino como la capacidad de aprender y mejorar con cada uno de ellos.
Maria Vicent Juan es Investigadora Principal del Proyecto “Evaluación y análisis del perfeccionismo académico y su impacto en el desarrollo educativo, psicológico y social del alumnado de Educación Primaria y Secundaria” (Referencia: PID2023-152358NA-I00) financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro César Martínez Morán, Director del Master in Talent Management de Advantere School of Management / Profesor asociado de la Facultad de Ciencias Economicas y Empresariales, Universidad Pontificia Comillas
La conciliación es un determinante clave en el desarrollo personal, social, profesional y económico de las personas que sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres.
En España, cada 23 de marzo se celebra el Día Nacional de la Conciliación y la Corresponsabilidad. Es un buen momento para hacer balance sobre la paridad de género. Para ello, analizamos los resultados del índice Closingap, que mide anualmente el impacto de las brechas de género en el PIB del país y analiza cinco ámbitos clave: empleo, educación, salud y bienestar, conciliación y digitalización.
Los costes de la conciliación para el empleo femenino
Al limitar la plena participación femenina en el mercado laboral, asumir las funciones de cuidado genera un coste de oportunidad anual superior a los 95 000 millones de euros en PIB perdido. Si en el mercado laboral no hubiera brecha de género (en participación, duración de la jornada y productividad), el PIB se incrementaría un 17 % (con datos de 2024).
Su edición 2026 muestra una paridad global del 65,7 % y hace una estimación de que serían necesarios 36 años para cerrar dicha brecha. La conciliación, con solo un 44,2 % de paridad, muestra un retroceso de 0,2 puntos respecto a 2025.
Razones del trabajo a tiempo parcial (2024). Fuente: INE
Tiempos de trabajo y conciliación
El tiempo parcial de trabajo destinado a los cuidados y la conciliación es asumido mayoritariamente por las mujeres, frenando la progresión profesional y económica femenina, y tiene implicaciones en su salud y bienestar de las mujeres.
Desplegar planes de igualdad para evitar que se queden en documentos formales con poca traducción en prácticas concretas.
Garantizar que la conciliación no penalice la carrera. Si las medidas de adaptación de jornada, permisos o teletrabajo son utilizadas sobre todo por las mujeres se cronifica su impacto negativo en promociones, salarios y pensiones.
Poner la corresponsabilidad en el centro. Hay que conseguir que los hombres se incorporen masivamente al cuidado, que las empresas ajusten expectativas y que los poderes públicos asuman su parte en la provisión de servicios.
Homogeneizar los recursos de conciliación con escuelas infantiles, servicios de dependencia, actividades extraescolares y apoyos domiciliarios, sin que haya diferencias de renta ni territoriales.
De fondo sigue existiendo un desafío cultural: hay que abandonar la idea de que conciliar es organizarse mejor individualmente. Se impone entenderlo como un asunto de derechos, de tiempo socialmente distribuido y de corresponsabilidad colectiva.
La conciliación y corresponsabilidad pueden mejorarse si se acompañan de otro tipo de medidas. En primer lugar, la reforma de los tiempos de ciudad haría más eficaz el uso del tiempo personal y disminuiría los niveles de estrés. En segundo término, la inversión en la infraestructura de cuidados generaría mayor calidad de vida y un aumento en el bienestar y autonomía de niños y adultos mayores. Y en tercer lugar, el diseño de incentivos y obligaciones para las empresas potenciaría la integración de estas políticas en su estrategia, no solo en su reputación.
También la negociación colectiva debería enfocarse en hacer de la conciliación un eje central de la discusión de los derechos laborales, con especial énfasis en la participación de los hombres en permisos, reducciones de jornada y uso de medidas flexibles.
Conciliación y corresponsabilidad exigen un cambio en el relato. De la conciliación entendida como concesión al trabajador a la corresponsabilidad como palanca de una sociedad más justa, más igualitaria y más sostenible, demográfica y económicamente.
Pedro César Martínez Morán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.