En las redes sociales, los bulos sobre salud corren mucho más rápido que los hechos

Source: The Conversation – France – By Ivan Herrera Peco, Profesor e Investigador en Salud., Universidad Camilo José Cela

Los profesionales de la salud pueden contrarrestar la desinformación lanzando mensajes claros y cercanos. Nattakorn_Maneerat/Shutterstock

El conocimiento de la salud ha sufrido grandes cambios, pasando de la visión del médico como única fuente de información a la inmediatez del acceso a internet. Confiamos en la red para buscar una respuesta acorde a nuestras expectativas, ya sea en un vídeo corto, un tuit viral o una historia de Instagram.

Sin embargo, esta inmediatez tiene su lado oscuro –y a veces siniestro– cuando ayuda a difundir información no contrastada, o directamente mal intencionada. Tengamos en cuenta que los bulos corren mucho más rápido que los hechos.

Al hablar de desinformación en temas de salud, nos referimos a esos mensajes falsos, incompletos o engañosos que circulan por internet. A veces son intencionados, por intereses políticos o económicos, y otras nacen de malentendidos o bien se aprovechan de la falta de cultura digital de su público.

Graves consecuencias

Pero, en cualquier caso, pueden tener consecuencias muy graves: hay personas que dejan tratamientos, retrasan ir al médico, se automedican o prueban cosas peligrosas por lo que han visto en un vídeo.

Por ejemplo, en agosto de 2021, las llamadas por intoxicación con ivermectina a los centros de toxicología de EE. UU. aumentaron más del 200 % en solo cuatro semanas, tras viralizarse vídeos que la presentaban como un tratamiento definitivo contra el coronavirus.

La vacunación es precisamente un blanco favorito de la desinformación. Durante la pandemia se observó que más del 25 % de los vídeos más vistos sobre covid en YouTube contenían información falsa.

Y otro exponente ilustrativo son los vídeos sobre la llamada real food (comida real), que, como revela un estudio, llegan a proponer la dieta como única “cura”. En este caso también, la desinformación se propaga más rápido que los desmentidos.

La salud mental, en el punto de mira

Un capítulo aparte merece la salud mental. Aunque las redes funcionen como espacios de apoyo que facilitan el acceso a herramientas que permiten mejorar el autocuidado y el contacto con otras personas en un entorno seguro, también son caldo de cultivo para ideas erróneas y estigmas.

Es algo muy tangible en temas como la esquizofrenia. YouTube está plagado de testimonios que suenan convincentes, pero cuidado: un análisis de 100 vídeos en español revela que solo el 39 % cita estudios de verdad, y la nota media de fiabilidad apenas pasa del aprobado.

Y si revisamos TikTok o X, veremos que la mitad de los posts asocia esquizofrenia con “peligro”, dramatiza voces homicidas o se burla de las personas diagnosticadas de esquizofrenia.

Los algoritmos alimentan los bulos

De hecho, lo que se hace viral rara vez es lo más fiable, y muchas veces es justo lo contrario. Además, hay que añadir que los algoritmos de búsqueda están diseñados para mostrar contenidos con los que estamos más de acuerdo, obviando otros más auténticos.

En nuestras observaciones hemos visto que lo que arrasa en redes no es lo más riguroso, sino lo que más emociona, impacta o genera polémica. Por ejemplo, quienes difunden “zumos milagro” suelen esgrimir estudios preliminares sacados de contexto.

Muy significativo es el caso de un ensayo publicado en 2018 que circula de modo recurrente. Según sus conclusiones, 20 personas con diabetes tipo 2 que tomaron dos miligramos de zumo de noni por kilo de peso corporal al día durante ocho semanas lograron reducciones modestas pero significativas de glucemia. El propio artículo remarca que fue un estudio piloto, sin grupo placebo y con seguimiento breve. Insuficiente, por lo tanto, para afirmar que un zumo cure la diabetes.

Resulta complicado que se difundan este tipo de matizaciones. Un estudio reciente analizó cómo se habla de las dietas detox en internet y encontró que menos del 10 % de los mensajes intentan desmentir sus supuestos beneficios.

Muchos de esos contenidos echan mano de palabras como “toxinas” sin explicar bien a qué se refieren, lo que genera confusión. Mientras que quienes defienden estas prácticas la usan para justificar tratamientos sin evidencia, los expertos en salud lo critican por no tener base científica.

Esta mezcla de conceptos hace que muchas personas no sepan diferenciar entre información fiable y pseudociencia. Y mientras tanto, los vídeos y mensajes confusos o falsos tienen millones de visitas antes de que nadie lo desmienta. Para cuando los profesionales intentan corregir el error, el bulo ya ha echado raíces y su propagación es enorme y casi imparable.

Supuestos expertos sin formación

Además, mucho de este contenido no viene de expertos, sino de personas sin formación en salud.
Algunos solo buscan fama, y otros, dinero. ¿El resultado? Gente que confía en consejos peligrosos porque suenan fáciles y están bien presentados.

Los números lo dejan claro. Un análisis de 676 publicaciones de las cuentas de nutrición más influyentes de Australia detectó que el 44,7 % contenía errores y que las procedentes de marcas o “gurús” del fitness –sin formación sanitaria– lograban un 70 % más de interacciones pese a ser mucho menos rigurosas que las gestionadas por nutricionistas.

También ayuda la irresponsabilidad de algunas celebridades. Un estudio del año 2024 se centró en valorar como ciertos famosos pueden ayudar a la difusión de la desinformación “reinterpretando” los términos médicos o, incluso, a través de la ideología política.

En definitiva, existe una primacía de la rentabilidad y el aumento del tráfico sobre el rigor. De acuerdo con un revelador trabajo que revisó 22 experimentos, basta un lenguaje coloquial y una foto cuidada para que la audiencia otorgue credibilidad, incluso si el autor no tiene ningún tipo de formación o titulación relacionada con la salud.

La ciencia, en un segundo plano

Los profesionales del ámbito sanitario también están en las redes sociales, pero su voz no llega tan lejos. ¿Por qué? Porque no tienen formación en comunicación digital, ni el apoyo que necesitan de sus instituciones. Muchos hospitales aún no entienden cómo funcionan las redes ni qué tipo de contenido conecta con la gente.

Y claro, los mensajes médicos suelen ser largos, fríos o muy técnicos, mientras que los bulos se transmiten con una frase pegadiza, música de fondo y testimonios emotivos. No hace falta que haya evidencia científica real detrás porque apelan a las emociones o a discursos que suenan científicos pero no lo son.

No es que falte la verdad, es que falta saber cómo contarla.

La importancia de la educación y el pensamiento crítico

No podemos dejar que los bulos ocupen el hueco que la ciencia no ha sabido llenar. No se trata de competir con la mentira, sino de ofrecer una información mejor: clara, cercana y humana.

Es básico aprender a detectar esa información perjudicial. La educación en salud y el pensamiento crítico tienen que empezar desde pequeños. Y los profesionales, además de curar, deben estar preparados para informar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. En las redes sociales, los bulos sobre salud corren mucho más rápido que los hechos – https://theconversation.com/en-las-redes-sociales-los-bulos-sobre-salud-corren-mucho-mas-rapido-que-los-hechos-255893

¿Es compatible la energía eólica marina con la protección del océano? El caso mediterráneo

Source: The Conversation – France – By Paul Wawrzynkowski, PhD candidate, Universitat de Barcelona

Bjoern Wylezich/Shutterstock

El océano, motor de vida y regulador climático, se enfrenta a una encrucijada. La urgencia por descarbonizar la economía nos lleva a desplegar masivamente energías renovables, entre las que se encuentran las marinas, como los parques eólicos fijos y flotantes. Simultáneamente, el Marco Mundial de la Diversidad Biológica Kunming-Montreal exige proteger al menos el 30 % del océano para 2030. Esta aparente colisión de objetivos plantea un desafío crítico: ¿podemos lograr la transición energética sin comprometer la ya vulnerable biodiversidad oceánica?

Auge de la energía marina

El cambio climático es uno de los mayores desafíos de nuestro siglo y la energía renovable es clave para mitigarlo al permitir la reducción de emisiones procedentes de fuentes fósiles. La energía marina, liderada por la eólica, desempeña un papel creciente en este sentido, con un potencial emergente en la obtención de energía a partir de olas (undimotriz) y mareas (mareomotriz).

La Unión Europea ha apostado por la energía eólica marina como uno de los pilares de su estrategia para la descarbonización de la economía. El Pacto Verde Europeo y la Estrategia de Energía Renovable Marina prevén una expansión espectacular de esta tecnología: de 29 gigavatios (GW) en 2019 a 300 GW en 2050.

Este crecimiento de diez veces en apenas tres décadas es esencial para alcanzar la neutralidad climática en 2050, impulsando además la innovación, el empleo y la seguridad energética en Europa.

Un escudo para el océano: el “30×30”

Pero esta carrera por la energía limpia coincide con otra emergencia global: la crisis de biodiversidad. Las actividades humanas ya han alterado el 66 % de la superficie oceánica, comprometiendo sus ecosistemas. La pérdida de especies y hábitats marinos se acelera por destrucción de entornos naturales, contaminación, sobreexplotación y los impactos del cambio climático.

En respuesta a esta problemática, el Marco Mundial de la Diversidad Biológica Kunming-Montreal (2022) es un acuerdo histórico. Uno de sus objetivos es el conocido como “30×30”: compromete a proteger al menos el 30 % de las áreas marinas para 2030. Una meta ambiciosa, dado que actualmente menos del 10 % del océano tiene protección formal.




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Proteger el 30 % de los océanos no es suficiente


La creación de áreas marinas protegidas es crucial no solo para salvaguardar la biodiversidad, sino también para asegurar los servicios ecosistémicos vitales que proporciona el océano: regulación climática, suministro de alimento o absorción de carbono.

Por ejemplo, proteger ecosistemas ricos en biodiversidad y carbono, como las praderas de Posidonia oceanica o los sedimentos marinos no alterados, ofrece beneficios conjuntos para la mitigación y adaptación al cambio climático al absorber y almacenar carbono de la atmósfera. Estas soluciones basadas en la naturaleza son algunas de las estrategias más inmediatamente aplicables para abordar ambas crisis.




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Conflictos y desafíos

El dilema surge al intentar alcanzar ambos objetivos. El despliegue masivo de energías renovables marinas genera impactos ambientales y conflictos espaciales que pueden chocar frontalmente con la conservación de la biodiversidad.

El mar Mediterráneo, con más de 17 000 especies (28 % endémicas), es uno de los más vulnerables y fragmentados, ya bajo presión por contaminación, sobrepesca, turismo y tráfico marítimo. Añadir miles de infraestructuras energéticas en un espacio tan sensible intensifica los problemas, generando en muchas zonas una industrialización del espacio marino y costero.

El choque se produce principalmente por la competencia por el espacio: zonas de alto potencial energético (con mucho viento u oleaje) a menudo coinciden con áreas de alto valor ecológico. Además, existen impactos directos en la fauna marina (ruido, colisiones, vibraciones, etc.) y alteración o destrucción de hábitats marinos.

Finalmente, aún persisten grandes incógnitas sobre el impacto real de los macroproyectos en los ecosistemas. Sus efectos acumulativos y a largo plazo en aspectos cruciales como las corrientes atmosféricas y oceánicas o la productividad básica de los mares, son en gran medida desconocidos o insuficientemente estudiados. Ante tal incertidumbre, la prudencia nos exige aplicar el principio de precaución.

De momento, en el Mediterráneo no existen instalaciones eólicas, solo hay una prueba piloto en Francia, que cuenta con tres turbinas, aunque hay distintos proyectos aún sobre el papel. En un mar que ya está al límite, estas nuevas presiones plantean serias dudas sobre la compatibilidad de objetivos sin una planificación cuidadosa.




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Los riesgos de la energía eólica para los ecosistemas marinos


Hacia la coexistencia sostenible

La buena noticia es que descarbonizar nuestra economía y proteger los océanos no tiene por qué ser incompatible; de hecho, son objetivos que se refuerzan. La clave reside en una planificación inteligente del espacio marino.

La herramienta fundamental para lograrlo es la planificación espacial marina (PEM). Este proceso organiza los usos del mar (energía, pesca y acuicultura, transporte, turismo, conservación) para identificar zonas de alto valor ecológico a proteger y áreas adecuadas para el desarrollo energético, minimizando conflictos. Es un mapa de ruta para una gestión integrada y multifuncional.

El objetivo debe ser un impacto neto positivo, de manera que los proyectos de energías renovables no solo minimicen el daño, sino que además contribuyan a la mejora ambiental de los ecosistemas. Esto se logra con mitigación efectiva de los efectos negativos, compensación y restauración ecológica.

Finalmente, la colaboración y el diálogo entre gobiernos, industria, pescadores, científicos y conservacionistas es indispensable. La consideración de las comunidades locales (pescadores, sector turístico, residentes costeros) es clave para una transición energética justa y equitativa. Solo trabajando juntos se encontrarán soluciones innovadoras que equilibren la energía renovable con la protección de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos oceánicos.


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Integrando descarbonización y conservación

La crisis climática y la pérdida de biodiversidad son dos caras de la misma moneda; abordarlas de forma aislada sería un error. La descarbonización de nuestra economía y la protección de la biodiversidad marina no solo deben coexistir, sino que deben reforzarse mutuamente.

Por eso, es crucial que la expansión de las energías renovables marinas se haga con una visión holística y proactiva, priorizando la salud de los ecosistemas e integrando soluciones basadas en la naturaleza desde el principio.

Podemos y debemos aprovechar el inmenso potencial energético del océano sin comprometer su salud y el bienestar de las comunidades locales. El futuro exige una simbiosis entre innovación tecnológica y ciencia, que aporta conocimientos sobre los impactos ecológicos y socioeconómicos locales.

Integrar la mitigación del cambio climático con la conservación de la biodiversidad en nuestras estrategias marinas es clave para lograr unas energías marinas sostenibles, es decir, para una verdadera economía azul.

The Conversation

Josep Lloret es Investigador Científico del CSIC. Este artículo ha sido realizado en el marco del proyecto BIOPAÍS, financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliència (PRTR), con el soporte de la Unión Europea – NextGenerationEU

Paul Wawrzynkowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es compatible la energía eólica marina con la protección del océano? El caso mediterráneo – https://theconversation.com/es-compatible-la-energia-eolica-marina-con-la-proteccion-del-oceano-el-caso-mediterraneo-258538

¿Es peligroso pillar una mojadura o acaso Jane Austen era demasiado dramática?

Source: The Conversation – France – By Ana Fernandez Mosquera, Doctora en Filología Inglesa. Oficina de Proyectos Internacionales de Investigación, Universidade de Vigo

La primera vez que Marianne Dashwood es sorprendida por un chaparrón Willoughby la rescata pronto y ella solo tiene que recuperarse de un esguince de tobillo. Captura de pantalla de la película ‘Sentido y sensibilidad’.

Han pasado más de 250 años desde su nacimiento y seguimos leyendo a Jane Austen. Sus novelas se reinventan con cada nueva mirada que las interroga desde el presente. Más allá del amor, los bailes y las herencias, esconden capas que solo el tiempo –y una lectura atenta– permite descubrir. Ahí es donde brilla la elegancia de su ironía.

Siempre me ha fascinado cómo representa el cuerpo y la salud de sus personajes. En todas sus novelas hay referencias al estado físico, a dolencias o a consejos sobre el bienestar. La palabra salud aparece más de cien veces en sus seis obras clásicas. No son descripciones médicas al uso, pero sí muestran una sorprendente precisión y coherencia narrativa.

¿Y si el verdadero dramatismo de Austen no estuviera en el romance… sino en el resfriado?

¿Por qué le interesa a Jane Austen la enfermedad?

Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la enfermedad formaba parte de la vida cotidiana. Sin antibióticos ni anestesia, cualquier dolencia podía volverse grave. La medicina se basaba en teorías como el desequilibrio de los humores, y los tratamientos incluían sangrías, tónicos y purgas. Los médicos, boticarios y curanderos existían y convivían, pero muchos cuidados –especialmente en el caso de las mujeres– se daban en casa. Las infecciones eran frecuentes y los hospitales, un último recurso.

La naturaleza, el aire fresco, el reposo y los baños eran centrales en las recomendaciones sanitarias. Jane Austen aconsejaba ejercicio diario, contacto con la naturaleza y una dieta moderada como claves para una buena salud. Apreciaba los paseos al aire libre y desconfiaba de los tratamientos médicos excesivos. Sus cartas reflejan un enfoque práctico y equilibrado del bienestar físico y mental.

Se cree que, en 1815, cuando fue a cuidar a su hermano, probablemente se infectó de tuberculosis. Eso degeneró en una infección renal y finalmente en la enfermedad de Addison, de la que en ese momento no se sabía nada. Todavía hay algún debate sobre la causa de su muerte: si fue esa enfermedad, un linfoma, un cáncer de estómago o incluso un envenenamiento… aunque eso lo dejamos para las teorías más conspiranoicas.

La amistad de Jane Austen con el médico de su hermano le dio buena base para hablar de dolencias con precisión: en sus novelas abundan los catarros, el reuma y, cómo no, las temidas mojaduras.

¿Pero qué hay del riesgo real de caminar bajo la lluvia inglesa? En Reddit no faltan debates sobre si la alta fiebre que sufrió Marianne Dashwood en Sentido y sensibilidad después de salir a pasear en pleno chaparrón fue mala suerte o puro dramatismo. Porque sí, tanto Jane Bennet –en Orgullo y prejuicio– como Marianne acaban enfermas tras mojarse… y esta última se queda a las puertas de la muerte. ¿Advertencia sanitaria o recurso narrativo made in Austen?

Una mujer estornuda en el marco de una puerta.
La señora Bennet envía a Jane a casa de su pretendiente en un día que amenaza lluvia calculando que tal vez su hija coja un catarro y tenga que quedarse allí unos días…
IMDB

En el contexto del siglo XIX, una mojadura no era un asunto menor. Hoy sabemos que no causa por sí misma un resfriado, pero en aquella época se creía que el enfriamiento del cuerpo podía desencadenar enfermedades graves. Esta preocupación tenía fundamento: sin acceso a antibióticos ni tratamientos eficaces, una infección respiratoria leve podía evolucionar fácilmente en una bronquitis o una neumonía potencialmente mortal. Por eso, las narraciones de la época solían tratar estas situaciones con una carga dramática que, lejos de ser exagerada, respondía al temor real a las consecuencias de una simple exposición al frío y la humedad.

William Buchan, en su célebre Domestic Medicine –un manual médico que empezó a circular en 1769 y que se reeditó durante todo el siglo XIX– lo tenía claro: el clima británico era un problema de salud pública. Según él, no había otro lugar donde el tiempo cambiara tanto y tan rápido como en Gran Bretaña. Y esas variaciones, decía, eran algunas de las principales causas de resfriados, porque interrumpían la transpiración del cuerpo.

Buchan insistía especialmente en el riesgo de quedarse con la ropa mojada. No solo por el frío, que ya era un problema en sí mismo, sino porque la humedad podía “penetrar” en el cuerpo y agravar la situación. Incluso las personas más fuertes podían enfermar: fiebres, reumatismos y dolencias graves se volvían algo común, también entre jóvenes sanos.

Claro que Buchan no pretendía que nadie dejara de salir de casa por miedo a mojarse. Pero sí recomendaba actuar con rapidez: cambiarse de ropa cuanto antes o, si no era posible, al menos mantenerse en movimiento hasta secarse. Lo que no se debía hacer nunca –y sin embargo mucha gente hacía– era sentarse en el campo o, peor aún, dormir con la ropa empapada. Para él, era una receta segura para enfermar.

Una mujer con el pelo mojado se lo seca con una toalla.
Elizabeth Bennet sabía que si la pillaba el agua era urgente secarse rápido.
IMDB

La enfermedad como recurso literario

Estas enfermedades también reflejan muchos condicionantes sociales y de género que afectan a las mujeres. En la literatura, la enfermedad se convierte en una herramienta para que los personajes femeninos llamen la atención, expresen vulnerabilidad o incluso resulten más atractivos en su fragilidad. Enfermedades y accidentes pueden irrumpir en sus vidas y cambiarlo todo, a veces para siempre.

En el siglo XIX, muchas mujeres fueron diagnosticadas con la llamada “enfermedad inglesa”, un término que englobaba síntomas vagos como fatiga, ansiedad, insomnio o melancolía. Servía sobre todo para reforzar los estereotipos de fragilidad femenina. Austen retrata distintos matices de este mal: los “nervios” teatrales de la señora Bennet –en Orgullo y prejuicio–, la pasión desbordada de Marianne Dashwood, la melancolía silenciosa de Anne Elliot –protagonista de Persuasión– o la palidez resignada de Jane Fairfax –en Emma–.


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Mary Elliot, en Persuasión, recurre a dolencias fingidas para llamar la atención o evitar responsabilidades como el cuidado de los niños. Sus quejas –dolores de cabeza, fatiga, indisposición– resultan poco creíbles tanto para los personajes como para el lector. Austen critica con ironía esta “enfermedad ficticia”, típica de ciertos sectores acomodados donde el aburrimiento y el egocentrismo se disfrazaban de malestar físico. Esta mirada ciertamente crítica nace también de su experiencia personal cuidando a su madre, cuya salud era frágil y variable.

¿Entonces Marianne Dashwood casi muere por un simple chaparrón… o Austen la pone al borde de la muerte para cambiarle el destino? En sus novelas, enfermedades y accidentes no solo generan drama: también alteran el rumbo de los personajes. Louisa Musgrove, en Persuasión, se golpea gravemente y eso abre paso a otro pretendiente. Jane Bennet se resfría tras cabalgar bajo la lluvia y su convalecencia acerca a Elizabeth, su hermana, al señor Darcy. En las tramas, la fiebre a menudo precede al giro romántico.

Un hombre entra en una casa con una mujer en brazos mientras otra mujer corre hacia ellos.
El segundo chaparrón que recibe Marianne Dashwood es mucho más grave y la coloca a las puertas de la muerte.
Prime Video

Una metáfora corpórea

En el mundo de Austen, el cuerpo no solo enferma: también habla.

A través de fiebres, desmayos o catarros, sus novelas dan forma a emociones reprimidas, tensiones de clase y desigualdades de género. La enfermedad funciona como metáfora de lo que cambia, duele o simplemente no puede decirse en voz alta. Austen no miraba el malestar desde fuera: lo conocía, lo vivía y lo convertía en literatura. Sus personajes sufren, pero también resisten.

Y siguen hablándonos hoy, con una lucidez que no caduca. Como escribió con su ironía intacta, en una carta de 1816: “Estoy razonablemente bien hoy… lo cual es más de lo que esperaba”. Quizá no se refería solo al cuerpo. En todo caso, cuidado con mojarse. O no; tal vez un buen chaparrón nos cambie la vida.

The Conversation

Ana Fernandez Mosquera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es peligroso pillar una mojadura o acaso Jane Austen era demasiado dramática? – https://theconversation.com/es-peligroso-pillar-una-mojadura-o-acaso-jane-austen-era-demasiado-dramatica-255252

Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad”

Source: The Conversation – France – By Elena Sanz, Directora

Asegura Carissa Véliz (Reino Unido) que aprende lo indecible en las conversaciones con sus estudiantes de la Universidad de Oxford, con los que habla del valor de lo analógico, de las relaciones personales, de qué hace que una vida sea buena… Está convencida de que solo protegiendo la privacidad podemos mantener a salvo la democracia. Y le preocupa que muchos jóvenes, acostumbrados a crecer sin ella, no se den cuenta de las implicaciones que su ausencia puede tener para su futuro.

En alguna ocasión ha comentado que la privacidad es un instinto animal que compartimos con todas las especies y, sin embargo, últimamente vivimos como si pudiéramos prescindir de ella. ¿Son conscientes las generaciones más jóvenes de su importancia?

Es difícil responder porque “los jóvenes” no son un grupo homogéneo: hay diferencias importantes en función de dónde nacen, dónde viven, incluso depende de si son hombres o son mujeres. Últimamente me ha sorprendido bastante que mis estudiantes son más conscientes de la importancia de la privacidad y están menos enganchados a la tecnología que muchos adultos. Aunque quizás mis estudiantes no sean lo suficientemente representativos de la población.

En general, me preocupa el hecho de que haya muchos chavales que no han crecido con privacidad, que ni siquiera alcanzan a imaginar lo que es vivir con privacidad y, sobre todo, que no se dan cuenta de las implicaciones que su ausencia tiene para su futuro.

La privacidad no es solo una cuestión de si permitimos o no que nos vean o sepan de nosotros. Cuando empresas y gobiernos tienen acceso a información acerca de quiénes somos, qué hacemos, si gozamos de buena o de mala salud, cuáles son nuestras tendencias políticas o religiosas o de quién nos enamoramos, eso tiene implicaciones.

Así es. Sobre todo porque cuando has vivido siempre en una democracia es difícil imaginar que es frágil, que es vulnerable, que puede tener un fin si no la cuidamos.

La pérdida de la privacidad puede coartar tu libertad, la libertad de poder decir lo que piensas, la libertad de juntarte con quien elijas, la libertad de poder protestar de manera pacífica. Cuando todo eso desaparece, uno empieza a tener miedo de lo que ha dicho, o de lo que puede decir, y acaba autocensurándose.

Ocurre ya que en Inglaterra y Estados Unidos se invade la privacidad de quienes tratan de alquilar un piso: los propietarios contratan compañías de datos para obtener información sobre el posible inquilino. Y si le rechazan, si le niegan el acceso a una vivienda, no tienen que justificar por qué, no necesitan dar un motivo.

Se vulneran, entonces, varios de los derechos que recoge el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama garantizar la protección de la vida privada, la familia, el domicilio, la reputación…

Claro. Y lo más preocupante es que los problemas no surgen en el momento en el que se recolectan los datos, sino que suelen aparecer mucho más tarde. Es más, ni siquiera cuando surgen es fácil hacer una conexión directa entre el momento en el que un dato deja de pertenecerte y el momento en que sufrimos discriminación o exclusión por ese dato perdido.

Los derechos son derechos justamente porque son un bien a proteger, imprescindible. Y, si la sociedad vive con una perspectiva demasiado individualista, nos arriesgamos a perder derechos y libertades.

A veces son los propios padres quienes empiezan a compartir los datos de los chavales antes de que ellos puedan decidir, sin darse cuenta de que, en el futuro, puede tener consecuencias negativas para sus hijos.

Sin duda. Y eso me hace pensar que todos tenemos que estar mejor informados, algo nada fácil porque muchas compañías y muchos gobiernos no tienen interés en que se conozca cómo tratan los datos.

Pero no debemos caer en el error de poner toda la responsabilidad sobre los hombros de los individuos, que estamos sobrepasados con el actual nivel de burocracia y de trabajo, y con la cantidad de exigencias que supone nuestro día a día. Lo ideal sería que pudiéramos disponer de mejores productos, poder tener todos acceso a correos electrónicos privados y móviles que respeten la privacidad.

La necesidad de probar cosas nuevas y la atracción por el riesgo es inherente a la adolescencia. Pero ¿qué pasa con los riesgos digitales? ¿Se asumen con la misma consciencia que, por ejemplo, un salto en paracaídas?

Indudablemente, no. Uno de los problemas con la vida digital es que es muy nueva. No tenemos experiencia suficiente para tener reacciones viscerales de miedo al riesgo al que nos exponemos. En parte por la novedad, en parte porque es muy abstracto, y en parte porque está diseñado para ser opaco.

Cuando escribo un mensaje que parece privado en una plataforma como X, pero en realidad está a la vista de todos, hay una incongruencia entre lo que realmente estoy haciendo y la sensación que experimento.

Por otra parte, somos seres biológicos y, si nos lanzamos desde un avión, la sensación física de riesgo es muy tangible. Pero, si alguien te empuja a la dark web o vende tus datos a un data broker particularmente irresponsable, no hay ninguna sensación física que te alerte.

¿Explicar a los más jóvenes esos riesgos invisibles puede ayudarles a poner límites?

Considero que sí. He conocido a muchos estudiantes que evitan compartir ciertas cosas porque se preocupan por el día de mañana, por si en el futuro, cuando vayan a pedir trabajo, tienen problemas porque alguien ve aquella foto en la que habían bebido más de la cuenta, o lee aquel comentario desafortunado.

Yo, sobre todo, animaría a los jóvenes a que participen en la construcción de su propio mundo. Es su mundo, el mundo que van a habitar, y tienen derecho a construirlo. Me gustaría ver jóvenes que programen, dedicados a crear aplicaciones mejores de las que hay, que no quieran trabajar para Google sino crear su propia compañía, con otra ética diferente y sin sesgos racistas o sexistas.

¿Digitalizar implica vigilar?

No necesariamente. Según hemos diseñado lo digital, ahora mismo ambas cosas están indisolublemente unidas. Por eso hay que reinventar lo digital.

Tal y como lo plantea, el debate no es tecnología sí o tecnología no, sino tecnología cómo y, sobre todo, con qué ética.

En efecto, la clave es quién tiene el poder sobre la tecnología, quién la controla y hasta qué punto nos da autonomía. Un adolescente que tiene 18 años vive en un mundo en el que siempre ha existido Google, pero lo cierto es que, si lo vemos en perspectiva, Google ha existido un microsegundo en la historia de la humanidad. Las nuevas generaciones deben darse cuenta de que todo es temporal, y de que tienen la oportunidad de cambiar lo que no les gusta.

Muchas redes sociales y apps nos ofrecen constantemente contenidos a medida, y eso nos encierra en una especie de pecera, una burbuja donde solo se muestran contenidos que coinciden con nuestra forma de pensar, mientras el resto de la realidad se diluye. Así, parece más fácil que triunfen los discursos de odio y la desinformación.

Sí, así es. Pero la tecnología no tiene por qué colocarnos necesariamente en estos guetos de información, de ahí mi insistencia en que los propios jóvenes inventen algo diferente, algo menos personalizado. Porque todo lo personalizado nos aísla de los otros.

Insisto en que estamos en un momento en que es necesario involucrarse en la sociedad que tenemos, hacernos responsables de ella, forjarla, cultivarla, cuidarla.

Y eso, entiendo, va más allá de crear nueva tecnología.

Sí. Y, aunque podemos caer en el error de pensar que en este momento, con el auge de la inteligencia artificial, lo más importante para construir el futuro son las ciencias experimentales, la realidad es que es el momento de las humanidades. Porque sin humanidades, sin un entendimiento de cómo gobernar la tecnología, podemos terminar peor que si no desarrollamos esa tecnología.

Hace un rato leí en un artículo del Financial Times que las empresas se quejan de que sus empleados no son capaces de pensar por sí mismos. Y las disciplinas que nos enseñan a pensar son, precisamente, las humanidades.

No sé si conoce el debate que ha habido en España hace poco, con la última reforma de la Ley de Educación, sobre si mantener o no como obligatoria la asignatura de Filosofía, si es lo bastante útil.

Que podamos tan siquiera insinuar que la Filosofía no es útil deja en evidencia que estamos manejando un concepto de utilidad increíblemente superficial, cortoplacista, centrado solo en producir y obtener resultados que podamos cuantificar, traducir a números. Cuando lo cierto es que todos nosotros tenemos una idea bastante intuitiva de que las cosas que más importan en la vida no se pueden medir.

¿Qué mensaje le mandaría a los jóvenes?

Mandaría dos. El primero, que es el momento perfecto para leer. Leer todo lo que puedas leer. Leer historia, leer filosofía, leer política, leer antropología, aprender de las generaciones pasadas, de cómo superaron los momentos más difíciles de sus vidas. Y leer en papel, porque el acto de leer es un acto de desafío a todo lo que está pasando. Es decir: no, no voy a estar en tu ordenador, ni voy a estar en tus redes sociales, voy a leer a los grandes pensadores de la historia.

El segundo: que la vida no es digital, sino analógica… La vida es la vida de las cosas, de la cafetería de la esquina, la vida de tus amigos, de las conversaciones en persona, de la naturaleza, de salir a correr. Y mientras menos dependamos de lo digital, más robusta y satisfactoria será esa vida. Lo digital es un fantasma de lo analógico, es un second best, lo que usamos cuando no tenemos la opción de hacer algo analógico. Hablamos por Zoom cuando no podemos vernos en persona.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la Generación Alfabeta.

The Conversation

ref. Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad” – https://theconversation.com/carissa-veliz-filosofa-muchos-adolescentes-ni-siquiera-alcanzan-a-imaginar-como-es-vivir-con-privacidad-259932

¿Quién enseña el uso de internet a los adolescentes tutelados?

Source: The Conversation – France – By Thomas André Prola, Profesor e investigador, Tecnologías en Educación – Universidad Europea del Atlántico, Universidad de Barcelona, Universitat de Barcelona

Zetaphotostudio/Shutterstock

Sara, de 17 años, tenía cuentas en Instagram y en Facebook desde muy joven. Un adulto la contactó por las redes sociales y le propuso pagarla a cambio de fotografías y vídeos eróticos. Con el tiempo comenzó a gestionar sus perfiles.

Ella “se sentía como una estrella”. Empezaron a reconocerla por la calle, y se sentía valorada, hasta que las demandas de sus “seguidores” le hicieron sentir violentada. Actualmente padece depresión y trastorno bipolar.

El caso de Sara nos lo contó una educadora del centro centro residencial de protección de niños y adolescentes donde vivía, gestionado por una Fundación en convenio con la Generalitat de Catalunya, en el contexto de una investigación reciente. No se trata de un caso único entre los jóvenes (y especialmente, las jóvenes) que viven bajo tutela del estado en centros residenciales, y a quienes nadie enseña o prepara para moverse en redes sociales.

El reciente escándalo que ha sacudido a la Dirección General de Infancia y Adolescencia (DGAIA) de la Generalitat de Catalunya (con la revelación de una red de pederastia que logró contactar con niños y adolescentes residentes en centros tutelados) ha puesto sobre la mesa un problema estructural: el límite de la protección institucional frente a los riesgos del mundo digital.

En respuesta, la Generalitat ha anunciado la creación de una nueva Dirección General de Prevención y Protección a la Infancia y la Adolescencia. Pero la pregunta persiste: ¿basta con reorganizar políticamente la estructura para resolver lo que es, en el fondo, una grieta educativa, tecnológica y ética?

Vulnerabilidad mediática y autoexposición

En esta investigación doctoral, concluida en 2024, trabajé sobre el concepto de la vulnerabilidad mediática. No se trata simplemente de la exposición a contenidos nocivos o del mal uso de las redes sociales, sino de algo más profundo. Es la transferencia de una situación de vulnerabilidad social –la que atraviesan niños y adolescentes institucionalizados– al espacio digital, bajo la forma de una autoexposición que puede resultar dañina, incluso peligrosa, para su salud psíquica y física.

En Cataluña, más de 5 000 niños y adolescentes viven actualmente en centros residenciales de protección (17 000 en España). Estos espacios, pensados para ofrecer una vida lo más parecida posible a la familiar, funcionan bajo un criterio educativo llamado “normalización”. Es decir: los adolescentes deben poder vivir, estudiar, comunicarse y socializar como cualquier otro joven de su edad. Y esto incluye, naturalmente, el uso de redes sociales digitales.

Territorios de riesgo digital

Pero en la práctica, el acceso a las redes no siempre va acompañado de un marco educativo sólido. En ausencia de criterios claros o compartidos entre centros, muchos equipos optan por dejar que las y los jóvenes usen las redes como parte de su “vida normal” pero también porque permite la ilusión de sentirse igual a los demás. Lo que ocurre entonces es que esos espacios digitales, pensados como formas de conexión o expresión, se convierten también en territorios de riesgo. Y en ocasiones, de violencia.

Los adolescentes recurren a las redes para “ver y dejarse ver”. Para construir una identidad, buscar aprobación, integrarse en comunidades que les den un sentido de pertenencia. Buscan una identidad con la que presentarse ante una audiencia. Las plataformas digitales aparecen como un nuevo espacio de posibilidades, para la autopromoción fuera de la espiral de vulnerabilidad social. Al hacerlo sin acompañamiento ni formación crítica, y sin el acompañamiento más directo y personalizado de un adulto de referencia, se exponen a más riesgos.

Fragilidad y ausencia de vínculos: factores de riesgo

Esta exposición responde a una combinación de factores: la fragilidad emocional, la carencia de vínculos seguros, la búsqueda desesperada de afecto, la presión estética, la precariedad. La vulnerabilidad mediática, así entendida, es más que un riesgo: es una consecuencia directa del desamparo estructural. Y afecta de forma desigual. Las chicas, en especial, se encuentran en una situación de mayor peligro: aparecen las relaciones con hombres adultos, la prostitución digitalizada, como en el caso de Sara, y la exposición del cuerpo como moneda simbólica de valor.

Cinco dimensiones se revelan centrales para entender esta forma de vulnerabilidad: el entorno familiar previo, la salud mental, el tipo de acceso a la tecnología, el nivel de alfabetización mediática, y la red de contactos que se construye o hereda. Cuando estas dimensiones no se abordan, las redes sociales se convierten en espejos deformantes de una adolescencia ya herida.

Desigualdad estructural

Lo paradójico es que la normalización —el principio educativo que debería proteger— acaba siendo parte del problema. Porque si se asume que todos los adolescentes deben tener acceso igualitario a las redes, sin tener en cuenta que no todos parten de la misma base, se reproduce la desigualdad en el entorno digital. Se ofrece igualdad formal donde hay desigualdad estructural.

La institucionalización es, de por sí, una experiencia que marca influyendo en la subjetividad. Los jóvenes que crecen fuera del entorno familiar no solo arrastran estigmas sociales, sino que tienen menos oportunidades, menos redes de apoyo y menos acceso real a una ciudadanía plena. Si las redes sociales funcionan como una vía de escape simbólica, sin una guía crítica ni educativa, no estamos garantizando un derecho: estamos abriendo una puerta más a la precariedad.

Criterios comunes y protocolos de protección

Si el uso de las redes sociales debe formar parte de la educación de los niños y adolescentes de hoy, en el caso de los jóvenes en situación de riesgo es todavía más importante.

Si no intervenimos con responsabilidad y visión crítica, la labor de protección quedará incompleta: más allá de una mejor gestión política y más medios económicos, incorporar el concepto de vulnerabilidad mediática a las políticas públicas podría permitir establecer criterios pedagógicos comunes, formar a los equipos educativos en alfabetización digital, y crear protocolos de intervención.

Si no lo hacemos, las redes –esas que conectan, pero también atrapan– seguirán siendo un campo de juego desigual para quienes más cuidado necesitan.

The Conversation

Thomas André Prola no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Quién enseña el uso de internet a los adolescentes tutelados? – https://theconversation.com/quien-ensena-el-uso-de-internet-a-los-adolescentes-tutelados-257935

Lenacapavir: la inyección semestral que puede cambiar la prevención del VIH

Source: The Conversation – France – By Pablo Ryan Murúa, Profesor de Medicina (Facultad de Medicina). Especialista en Medicina Interna (Hospital Infanta Leonor). Investigador (CIBERINFEC e IiSGM), Universidad Complutense de Madrid

La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos aprobó en junio de 2025 el primer tratamiento preventivo contra el VIH que se administra con una sola inyección semestral. El fármaco, llamado lenacapavir, demostró en ensayos clínicos una eficacia del 99,9 % para evitar la infección del VIH por vía sexual, lo que marca un hito en la lucha contra el virus causante del sida.

Una pastilla diaria para prevenir

La estrategia preventiva en la que personas sin VIH toman medicamentos antirretrovirales para evitar la infección si se exponen al virus recibe el nombre de PrEP (profilaxis preexposición). Está indicada para quienes tienen mayor riesgo, esto es, personas con múltiples parejas sexuales y que no utilizan el preservativo.

Desde 2019, se ha consolidado como una herramienta clave de salud pública en España, aunque su eficacia depende de la adherencia: hasta ahora, requería tomar una pastilla diaria. La llegada de nuevas opciones de larga duración podría cambiar este escenario.

¿Cómo funciona y qué tan eficaz es?

Lenacapavir pertenece a una nueva clase de antirretrovirales conocida como inhibidores de la cápside, diseñada para atacar la envoltura proteica que protege al VIH e impedir que el virus se replique en múltiples etapas de su ciclo vital. A diferencia de la PrEP basada en pastillas diarias, este medicamento se administra solo dos veces al año mediante una inyección subcutánea.

Los resultados de los ensayos clínicos han sido sumamente alentadores. En dos estudios con miles de participantes de diversos grupos, más del 99 % de quienes recibieron lenacapavir se mantuvieron libres del VIH. De hecho, uno de los estudios no registró ninguna infección entre los voluntarios, mientras que en el otro solo se detectaron dos casos de infección. En otras palabras, la inyección semestral logró una eficacia preventiva prácticamente del 100 %, superior incluso a la de la PrEP oral diaria estándar.

La magnitud de este avance ha sido tal que la prestigiosa revista Science destacó a lenacapavir como uno de los avances científicos del año 2024.




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Ventajas frente a la pastilla diaria

Aunque la PrEP diaria por vía oral está disponible desde 2019, muchas personas no pueden utilizarla: algunas por contraindicaciones médicas, otras porque no acceden fácilmente a los servicios, y otras porque les cuesta mantener la toma diaria. La ausencia de alternativas a la PrEP oral diaria implica que determinados colectivos (para quienes esta modalidad no es viable) están siendo dejados de lado en las estrategias de prevención del VIH.

Recibir solo dos inyecciones al año para prevenir el VIH ofrece ventajas claras frente a los métodos actuales. Mejora la adherencia, al evitar la rutina diaria de pastillas o las visitas frecuentes al centro de salud, algo especialmente útil para jóvenes o personas con barreras de acceso. También reduce el estigma: al no tener que llevar medicación visible, muchos valoran esta opción como más privada y discreta. Por otro lado, al liberar el fármaco de forma sostenida, garantiza una protección continua. Esta combinación de comodidad, eficacia y discreción puede aumentar la aceptación de la PrEP entre quienes hoy no la utilizan.

Eso sí, lenacapavir solo protege frente al VIH, por lo que debe combinarse con el uso del preservativo y otras medidas preventivas para evitar la transmisión de otras infecciones de transmision sexual.

Desafíos: acceso global y coste

Pese a su potencial, lenacapavir enfrenta barreras importantes para su implementación global. Su precio como herramienta preventiva lo hace inaccesible para muchos sistemas de salud, especialmente en países con menos recursos. Expertos señalan que podría producirse a un coste mucho menor, lo que ha generado preocupación en organismos como ONUSIDA, que advierte que una innovación solo es útil si puede llegar a quienes la necesitan.

A pesar del avance científico que supone lenacapavir, su acceso global está en riesgo por decisiones políticas y financieras. La interrupción de fondos del PEPFAR por parte del gobierno de EE. UU. y los recortes al Fondo Mundial han dejado sin respaldo económico a los principales mecanismos que podrían financiar esta innovación en países de ingresos bajos.

Gilead ha firmado acuerdos de licencia voluntaria con fabricantes genéricos para 120 países de renta baja y se ha comprometido a facilitar el acceso gratuito en EE. UU. para personas sin seguro, pero aún quedan fuera muchos países de ingresos medios. Además del coste, la implementación logística también será un reto: administrar una inyección cada seis meses exige sistemas de salud con capacidad de seguimiento, pruebas periódicas de VIH y personal formado.

El futuro: PrEP anual y autoadministrada

Gilead ya investiga una versión de lenacapavir intramuscular que se aplique una sola vez al año, y se exploran opciones de autoinyección, similares a la insulina, para facilitar su uso en zonas con menor acceso sanitario. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha anunciado que publicará directrices sobre su uso en julio de 2025, durante la Conferencia Internacional del Sida en Kigali. Si se superan las barreras actuales, lenacapavir podría ser el inicio de una nueva era en la prevención del VIH.

En definitiva, lenacapavir representa un paso adelante trascendental en la prevención del VIH. Con solo dos dosis al año y una eficacia sobresaliente, este nuevo fármaco tiene el potencial de cambiar las reglas del juego en la lucha contra la epidemia, facilitando la protección a poblaciones que hasta ahora enfrentaban barreras con las estrategias existentes.

El gran desafío a partir de ahora será lograr que sus beneficios alcancen a todas las comunidades afectadas mediante políticas de acceso equitativo y precios asequibles. Solo así este avance científico podrá traducirse en un impacto real y duradero, acercándonos un poco más al objetivo de frenar la transmisión del VIH en todo el mundo.

The Conversation

Pablo Ryan Murúa ha recibido becas para proyectos de investigación financiados por Gilead Sciences, así como ayudas para asistir a reuniones científicas por parte de Gilead, ViiV Healthcare, Janssen y MSD. Ha participado en actividades de consultoría para AbbVie y Gilead. Además, ejerce como presidente de SEISIDA (Sociedad Española Interdisciplinaria del Sida) y vicepresidente del Grupo Español de ITS de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC).

ref. Lenacapavir: la inyección semestral que puede cambiar la prevención del VIH – https://theconversation.com/lenacapavir-la-inyeccion-semestral-que-puede-cambiar-la-prevencion-del-vih-259556

Aumentar el gasto en defensa pone en riesgo la inversión pública en salud

Source: The Conversation – France – By Samuel López López, Profesor de Gestión de Servicios de Salud, Universidad de Castilla-La Mancha

Sala de espera de un hospital. DC Studio/Shutterstock

El contexto histórico influye en las prioridades de quienes toman las decisiones de políticas públicas, y una de las circunstancias que determinan la toma de este tipo de decisiones son las tensiones belicistas. Las contiendas armadas hacen cambiar las preferencias de quienes deciden a qué dedicar los recursos económicos de los países.

Estos cambios atienden al criterio, básico en la gestión pública, de coste-oportunidad: si un recurso se utiliza en una cuestión determinada no puede ser utilizado para resolver otra.

Antecedentes

Ya ha sido estudiada la relación entre el aumento del gasto militar en época de conflictos bélicos y el gasto público en salud. En 2023, los investigadores Masako Ikegami y Zijian Wang analizaron el “efecto desplazamiento” (crowding-out) del gasto público en salud en 116 países, con especial atención en países en desarrollo, debido al incremento en los gastos de defensa. Esta investigación muestra que el gasto militar tiene una relación negativa y significativa con el gasto sanitario público.

Asimismo, en 2024, los profesores Nikolaos Grigorakis y Giorgos Galyfianakis evaluaron cómo afectó, entre los años 2000 y 2021, el gasto militar a los llamados pagos de bolsillo (aquellos que el paciente realiza en el momento de la atención médica, incluyendo los copagos de los seguros) en los países de la OTAN.

Los autores –que investigan el efecto de la militarización en contextos de seguridad creciente sobre la equidad y accesibilidad de los sistemas de salud– determinaron que el gasto militar se asocia con un incremento en ese tipo de pagos. El rearme genera un desplazamiento financiero que repercute en mayor carga económica sobre los ciudadanos, lo que compromete la equidad del acceso sanitario.

Los resultados de otro estudio, este de 2017, muestran que, en términos de producto interior bruto (PIB), por cada punto porcentual que sube el gasto militar, el gasto en salud pública cae de media un 0,62 %, oscilando en una horquilla de entre el 0,96 % de descenso en países de renta media-baja y un 0,56 % en países de renta media-alta.

Los datos para España

Dado que España se encuentra en la encrucijada y el debate público de si alcanzar el 5 % del PIB en gasto militar que se le pide como miembro de la OTAN, sería interesante estimar qué consecuencias tendría dicho aumento para la salud de sus ciudadanos.

Según los últimos datos oficiales disponibles, en 2023 el gasto sanitario público ascendió a 94 694 millones de euros, suponiendo el 71,7 % del gasto sanitario total (131 984 millones de euros). Esta cifra representa el 7,8 % del PIB español.

Para tratar de medir las posibles consecuencias del desplazamiento financiero de salud a defensa hemos hecho un cálculo aproximado de la reducción de las capacidades de inversión del sistema público español de salud, a partir de la referencia previa de que los países de rentas medias y altas reducen su gasto en salud en un 0,56 % del PIB por cada 1 % de aumento del gasto militar.

Entre 2020 y 2024, el gasto español en defensa ha ido aumentando progresivamente, pasando de representar de menos del 1 % del PIB en 2020 a más del 2 % para 2025 (gasto pendiente de ejecutar y cuantificar en millones de euros).

Poniendo el foco ahora en el gasto público en salud, vemos que el máximo se alcanzó en 2020, año de inicio de la pandemia.

Desplazamiento del gasto: de sanidad a defensa

Teniendo en cuenta que España ya ha manifestado su voluntad de llevar su aportación al 2,1 % del PIB, si finalmente la incrementa hasta el 5 % que exige el gobierno estadounidense a sus compañeros de alianza, el porcentaje del PIB español dedicado a la atención sanitaria se vería reducido en un 1,61 %, pasando del 7,8 % –si tomamos como referencia 2023– al 6,18 %.

Estos son 1 527 millones de euros menos de inversión pública en sanidad se traducirían en una reducción de las prestaciones y servicios y un mayor gasto de bolsillo de los ciudadanos.

Otro escenario sería el aumento de los gastos de bolsillo de los ciudadanos para acceder a los servicios de salud. Según datos de 2023, los españoles destinaron una media de 499 euros anuales a dichos gastos. Si a esa suma se le agrega la caída de la inversión pública en salud (1 526,84 millones de euros) y ese monto total tuviera que ser asumido por los ciudadanos (a 1 de enero de 2024, la población española era de 48 619 695 habitantes), esto supondría una cantidad aproximada de 31,40 € por habitante de subida del gasto de bolsillo en salud, lo que representaría un incremento del 6,29 % respecto a 2023.

Garantizar derechos

Los recursos públicos son limitados y, por ello, un incremento en la inversión en un área determinada comporta una reducción posterior del gasto público en otras. De acuerdo a las investigaciones reseñadas en el texto, el incremento del gasto en defensa afecta a los gastos del área pública de salud.

¿Las consecuencias para los ciudadanos? Posiblemente un empeoramiento de la oferta sanitaria pública y la necesidad de afrontar de manera privada los gastos en salud, en forma de pagos de bolsillo.

El debate sobre inversión pública, contexto geopolítico y gasto en defensa debe contar con datos respaldados en la investigación y un análisis profundo de sus efectos en otras áreas del gasto público para garantizar el cumplimiento de los derechos constitucionales de los ciudadanos.

The Conversation

Samuel López López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Aumentar el gasto en defensa pone en riesgo la inversión pública en salud – https://theconversation.com/aumentar-el-gasto-en-defensa-pone-en-riesgo-la-inversion-publica-en-salud-259972

Hope for a ceasefire in Gaza (but not much)

Source: The Conversation – in French – By Jonathan Este, Senior International Affairs Editor, Associate Editor

This article was first published in The Conversation UK’s World Affairs Briefing email newsletter. Sign up to receive weekly analysis of the latest developments in international relations, direct to your inbox.


Each day that has passed recently has brought another report of mass killings in Gaza. Today’s headline was as grim as any: according to reports from Gaza’s Hamas-run health ministry, another 118 people were killed in the past 24 hours, including 12 people trying to get aid supplies. This is a particularly unpalatable feature of a wretched conflict: the number of people being killed as they queue for food.

A bulletin carried on the United Nations website bore the headline: “GAZA: Starvation or Gunfire – This is Not a Humanitarian Response.” It said that more than 500 Palestinians have been killed and almost 4,000 injured just trying to access or distribute food.

There are, however, hopes of a hiatus in the violence. Donald Trump announced on July 2 that Israel had accepted terms for a 60-day ceasefire and Hamas is reportedly reviewing the conditions. Donald Trump on his TruthSocial platform wrote: “I hope… that Hamas takes this Deal, because it will not get better – IT WILL ONLY GET WORSE.”


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For his part, the Israeli prime minister, Benjamin Netanyahu, said: “There will be no Hamas [in postwar Gaza]”. This doesn’t bode well for the longevity of any deal, writes Julie M. Norman.

Norman, an expert in international security at UCL who specialises in the Middle East, says we’ve been here before. The ceasefire deal negotiated with great fanfare as the Biden presidency passed over to Trump’s second term in January, fell to bits after phase one of a mooted three-phase deal, with accusations of bad faith on both sides.

Further talk of a new deal in May never got any further than the drawing board. And the two sides’ positions seem to remain utterly irreconcilable. Hamas wants the ceasefire to end in a permanent peace deal and the withdrawal of Israeli forces from Gaza. Israel wants Hamas dismantled, out of Gaza and out of the picture, full stop.

Netanyahu is due to visit Washington next week, for the third time in less than six months. Whether the US president can bring pressure to bear on Netanyahu to compromise remains to be seen.

As Norman points out after the 12-day war against Iran, which both Trump and Netanyahu have been trumpeting as a huge success, the Israeli prime minister may have the political clout to defy his more hardline colleagues in pursuit of a deal. Trump, meanwhile, having done everything he can to help Netanyahu, can call in some big favours in his quest to play dealmaker. Hamas is seriously weakened and its main ally in the region, Iran, seems unlikely to intervene after its recent conflict with Israel and the US.

So while recent history makes a cessation of violence in Gaza seem as far off as ever, there is at least some reason for hope.




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As noted higher up, one of the more terrible features of this wretched conflict of late has been the number of people being killed as they queue to get food. The death toll at aid distribution centres has mounted steadily since Israel, with US backing, introduced a new system run by an American company: Gaza Humanitarian Foundation (GHF). This organisation replaced more than 400 aid points (previously run by a UN agency) with just four, mainly in the south of the Gaza Strip.

This was always going to cause problems, writes Leonie Fleischmann of City St George’s, University of London, who specialises in the conflict between Israel and Palestine. While Israel says the new system is designed to prevent Hamas taking control of aid supplies, all reports are that the scenes around the four distribution centres are descending into anarchy. According to a UN report, “Thousands [of people] released into chaotic enclosures to fight for limited food supplies … These areas have become sites of repeated massacres in blatant disregard for international humanitarian law.”

“Arguably, this chaos and violence is inbuilt in the new aid delivery system,” writes Fleischmann, who concludes that the new system should be seen as a “a mechanism of forced displacement” which is part of a plan by the Netanyahu government “relocate Palestinians to a ‘sterile zone’ in Gaza’s far south” as it continues to clear the north of the Gaza strip.




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The 12-day war

But if Trump and Netanyahu think the recent short war will lead to a complete reset in the region, leaving a crippled Iran licking its wounds, they way well have miscalculated. That’s the assessment of the situation by Bamo Nouri, a Middle East specialist at City St George’s, University of London. He believes that the 12-day war may prove to have been a strategic blunder by Israel and the US.

For a start, he writes, one outcome of the conflict is that Iran suspended cooperation with the International Atomic Energy Agency (IAEA), ending inspections and giving Tehran the freedom to expand its nuclear programme with no oversight. And its response to Israel’s airstrikes, involving more than 1,000 missiles and drones, breached the country’s “iron dome” defensive system, causing considerable damage and inflicting a serious psychological blow against Israel.

Tehran has also deepened its relationships with both Moscow and Beijing. And far from prompting regime change, the war appears to have prompted an upsurge in nationalist sentiment in Iran.

Nouri concludes: “Israel emerges militarily capable but politically shaken and economically strained. Iran, though damaged, stands more unified, with fewer international constraints on its nuclear ambitions.”




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The US and Israel’s attack may have left Iran stronger


It’s hard to get a clear picture of what was achieved, which isn’t surprising when you consider that there remains considerable doubt, even in this information age, what was achieved by the US bombing raid against Iran’s heavily fortified nuclear installations.

First they were “completely obliterated”. Or at least that was what Donald Trump posted on the night of the raid. Then it seemed that they may not have been as obliterated as first thought. In fact an initial assessment prepared by the US Office of Defense Intelligence thought that the damage may only have hindered Iran’s nuclear programme by a few months.

Cue outrage from the US president and his senior colleagues, amplified by their friends in the US media. There followed some new intelligence which seemed to favour Trump’s position. Then the head of the IAEA, Rafael Grossi, weighed in, saying Iran could be enriching uranium again in a “matter of months”. The latest contribution was from the Pentagon which is saying that timescale is actually closer to “one to two years”. Clear as mud then.

But as Rob Dover reminds us, former US defense secretary Donald Rumsfeld once pronounced: “If it was a fact it wouldn’t be called intelligence.” Dover, who is an intelligence specialist at the University of Hull, explains that intelligence almost always has a political dimension and should be viewed through that prism.

“The assessment given to the public may well be different from the one held within the administration,” writes Dover. This is not necessarily a bad thing, he concludes as “security diplomacy is best done behind closed doors”. Or at least it used to be. Now the US president seems happy to discuss sensitive information in public.




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Row over damage to Iran’s nuclear programme raises questions about intelligence


The medium is the message

But then, as Sara Polak observes, Donald Trump’s use of social media is changing the way government is conducted in the US. Polak is a specialist in US politics at Leiden University with a particular interest in the way politics and media intersect.

As she writes, for more than a century since Teddy Roosevelt cultivated print journalists, through FDR’s adept use of radio and JFK’s mastery of television, each new media platform has its master. For Trump it is social media. And he is using it to remake politics.




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How Trump plays with new media says a lot about him – as it did with FDR, Kennedy and Obama


Nowhere has Trump’s mastery of art of issuing simple messages which make for effective soundbites been displayed so clearly than in the name of his landmark tax-cutting legislation still being wrangled over in the US Congress at the time of writing: the One Big Beautiful Bill Act.

While undoubtedly big – it runs to 940 pages – its beauty is what the US House of Representatives has been debating fiercely for 24 hours or more, after it passed the Senate with the help of a casting vote from US president J.D. Vance when three Republican senators voted against it.

Dafydd Townley from the University of Portsmouth, who writes regularly for The Conversation about US politics, has written this incisive analysis of the politics around the legislation which appears set to continue for some time to come.




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Trump wins again as ‘big beautiful bill’ passes the Senate. What are the lessons for the Democrats?


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The Conversation

ref. Hope for a ceasefire in Gaza (but not much) – https://theconversation.com/hope-for-a-ceasefire-in-gaza-but-not-much-260460

NHS ten-year plan for England: what’s in it and what’s needed to make it work

Source: The Conversation – in French – By Judith Smith, Professor of Health Policy and Management, University of Birmingham

The UK government has published its eagerly awaited ten-year health plan for England, setting out how billions of pounds in NHS funding will be used to transform healthcare delivery across the country.

As anticipated, the plan is framed around the government’s three missions for the NHS: shifting care from hospital into the community, moving from analogue to digital communication, and focusing on preventing ill health rather than treating illness.

The 168-page document responds to a stark warning that the NHS is “in serious trouble”. It is remarkable for the sheer number of ideas and proposals. As well as describing major new developments to improve people’s access to local in-person and virtual NHS care and disease prevention, it sets out a blizzard of other proposals.

These include abolishing Healthwatch (a national watchdog that listens to people’s views on health and social care services to improve them), and bringing back some of the reforms of the Tony Blair era such as “new foundation trusts” and using private funding for new buildings.

From hospital to community

The big idea in the ten-year plan is a neighbourhood health service: large local health centres where people can access GP, nursing, dental, pharmacy, diagnostic and other services six days a week, 12 hours a day. These are intended to relieve pressure on hospitals and emergency departments, eventually replacing many outpatient clinics.

The idea of shifting care into the community is not new. It has been advocated for over 30 years, including in the NHS white paper of 1997, the 2006 policy paper Our health, our care, our say, the NHS five-year forward view of 2014, and the NHS long-term plan of 2019.

Some progress has been made in this direction. For example, much of the care for people living with asthma and diabetes is now provided in local general practices. Many general practices already have large teams of doctors, nurses, pharmacists, physiotherapists and other staff who offer aspects of the wider “neighbourhood care” described in the new plan.

But what has not been achieved is having larger-scale primary care teams consistently available across the NHS. The new plan proposes new contracts and shifts of funding to enable wider change, and while welcome, these will be challenging to put into practice against a backdrop of major service pressures.

From analogue to digital

The plan emphasises strongly the need to extend the role of the NHS app, with it becoming the “doctor in your pocket” and the main route into NHS services. It proposes that the app holds your full patient record, enables you to book GP and hospital appointments and becomes a key source of healthcare advice.

This sounds very attractive. However, the devil will be in the detail. There are so many NHS IT systems to harmonise, and major data security and privacy issues to overcome.

Most critically, much attention must be given to sorting out basic NHS admin systems that are too often confusing and paper-based. This will entail lots of work with NHS clinical and administrative staff, changing long-standing ways of working, introducing new technology and adapting “the way we do things round here”.

Using AI to record doctor visits, understand test results and give health advice could really change how healthcare works. But this will take lots of time and money to train staff, try out new systems and put them in place. Also, people will need clear information about what to expect from their local health services in the future.

From sickness to prevention

England is getting sicker, and there are stark inequalities between the richest and the poorest.

To achieve the plan’s goal of empowering people to make healthier choices, robust cross-government action is essential across sectors, including housing, education and welfare. While some important measures such as the tobacco and vapes bill, plans to measure supermarkets’ sales of healthy foods, and the expansion of free school meals are included in the plan, others such as minimum alcohol pricing have been notably excluded.

Integrated care boards (ICBs), the regional bodies who plan and fund NHS services in England, and local councils will be vital in enabling these public health measures to be implemented. However, this will be difficult in the short to medium term as ICBs are being forced to merge, cut headcount and reorganise their work.

Making it work

For the ten-year plan to succeed, three key elements are essential.

First, there is an urgent need to set priorities. The public expects much swifter access to on-the-day GP appointments, an end to excessive waits in accident and emergency departments, and reductions in waiting lists for operations.

The Department of Health and Social Care must guide the NHS in which aspects of the plan are to be addressed first. If everything is a priority, nothing is a priority.

Second, implementation really matters. There is only so much management capacity, staff time, funding and goodwill to introduce new technologies and services. This government has already embarked on another “redisorganisation” of the oversight agency NHS England, and now plans to axe or merge a number of other national and local NHS bodies. NHS managers are vital to implementing the plan, but need to feel valued and supported, not denigrated as superfluous.

Finally, the plan is almost silent on the two most pressing needs for government health reform. Without a properly funded system of adult social care to support older people and those living with enduring mental health needs, it is hard to see how hospital care can be transformed.

And without an urgent and significant shift of resources to general practice and community services, neighbourhood health services will remain more of a dream than reality.




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NHS unveils ten-year plan to shift from treatment to prevention – here’s what needs to change to make that happen


The Conversation

Judith Smith receives funding from the National Institute for Health and Care Research for research and evaluation. Judith is Senior Visiting Fellow at the Health Foundation.

ref. NHS ten-year plan for England: what’s in it and what’s needed to make it work – https://theconversation.com/nhs-ten-year-plan-for-england-whats-in-it-and-whats-needed-to-make-it-work-260077

In search of Labour’s ‘working people’ – the paradox at the heart of Keir Starmer’s first year in power

Source: The Conversation – in French – By George Newth, Lecturer in Politics and member of Reactionary Politics Research Network, University of Bath

Number 10/Flickr, CC BY-NC-ND

It’s one year since Keir Starmer led the Labour party to a landslide victory. Starmer’s manifesto, “Change” had proposed “securonomics” as a solution to the UK’s many crises. This was sold as a way of ensuring “sustained economic growth as the only route to improving the prosperity of our country and the living standards of working people”.

The document mentioned “working people” a total of 21 times. It was clear this demographic had been identified as the key target beneficiary of “securonomics”, otherwise referred to as “the plan for change”.

But there is a paradox at the heart of the proposal to deliver “change” to “working people” – one that helps explain the chaos of Labour’s first year in government. By obsessively pitting this demographic against “non-working people”, Labour is in fact not promising any real change at all.


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One of the key premises of Labour’s securonomics is that growth must precede any significant investment. “Working people’s” priorities are therefore presented as being in line with that of a fiscally responsible state.

In the autumn budget, there was a pledge to “fix the foundations of the economy and deliver change by protecting working people”. To do this, the chancellor needed to fix a “black hole” of £22 billion in government finances.

The refusal to lift the two-child benefit cap, alongside “reforming the state to ensure […] welfare spending is targeted towards those that need it the most”, was framed as “putting more money in working people’s pockets”. There has, meanwhile, been a continued emphasis on encouraging those on benefits back to work.


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Besides the clear deepening of inequality wrought by similar reforms in the past, welfare cuts make no sense on an economic or societal level. They undermine the economy, and the consequences put additional pressure on already underfunded social services.

As highlighted by the Office of Budgetary Responsibility (OBR), such cuts fail to deliver the promised behavioural change to force people into work. People instead become more focused on day-to-day survival.

Despite the government’s last ditch climbdown to save its flagship welfare reform policy its cuts are still forecast to push more than 150,000 people into poverty

Such reforms carried out in the name of “working people” perpetuate a pernicious myth of us v them. Not only are people in work also affected by these cuts but people’s lives – including their jobs, income, family situations, and health – shift regularly, making the “strivers v skivers” divide both simplistic and inaccurate.

Even “secure borders” and “smashing the criminal gangs” were positioned as “grown up politics back in the service of working people”. This association of working people with anti-immigrant attitudes links to a broader homogenisation of “working people” as both “patriotic” and in search of “security”. “Fixing the foundations” has been depicted in several social media posts as a patriotic act via use of the Union Jack.

Keir Starmer with his hand on the shoulder of a man wearing a tshirt saying 'British steel'.
Starmer meets ‘working people: steel category’.
Number 10/Flickr, CC BY-NC-ND

Meanwhile, stage-managed photoshoots of Starmer in factories with people wearing hard hats and hi-visibility jackets give a clear impression of the types of manufacturing jobs the government believes “working people” carry out. This gives an impressions that belies the reality of modern Britain – and an economy that is dominated by the service sector,, not manufacturing or building.

Old wine in new bottles

While Starmer framed his “plan for change” as a break with previous administrations, his “working people” narrative betrays this claim as anything but.

The idea that the deserving “working people” are different and separate from people who don’t (or can’t) work has been deployed by government after government to justify austerity and cuts to services. It has always been useful to separate the “scroungers from the strivers” and there is no sign of Labour changing course.

Keir Starmer talking to a pilot sitting in a fighter jet.
Hello! Are you working people?
Number 10/Flickr, CC BY-NC-ND

The term “working people” also builds on a previous trope of the “hard-working family”.

While initially coined by New Labour, this term has roots in Margaret Thatcher’s idea of the family, rather than the state, as the locus of welfare. It was not for the state to take care of you but your own kin.

Like “working people” now, “hard-working families” were those who played by the rules and knuckled down to earn a living. Previous Conservative administrations have depicted “hard-working families” as burdened by the unemployed, the poor, the sick and disabled and immigrants.

Add to this, the signalling continues to imply that the “authentic” working class of Britain are solely white – sometimes also male – and typically older, manual labourers, who are assumed to hold socially conservative views. This is another divide-and-rule trope which neglects the reality of the multiracial and multiethnic composition of the working classes.

In light of all this, any real “change” promised in Labour’s manifesto has been betrayed by a continuity with tired and damaging tropes of deserving and undeserving people. This is contributing to the sense, a year in, that this Labour government is merely repeating past government failures rather than striking out in a new direction.

The Conversation

George Newth works for University of Bath and is a member of the Green Party

ref. In search of Labour’s ‘working people’ – the paradox at the heart of Keir Starmer’s first year in power – https://theconversation.com/in-search-of-labours-working-people-the-paradox-at-the-heart-of-keir-starmers-first-year-in-power-260230