Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Pilar Pecci Lloret, Profesora Ayudante Doctor en Clínica Odontológica Integrada Infantil, Universidad de Murcia
Estos últimos días han sido raros para quienes trabajamos en el mundo de la odontología. El pasado 21 de noviembre saltó a las noticias el caso de una niña que falleció tras una sedación profunda en una clínica dental de Algemesí (Valencia). Este tristísimo suceso ha dejado a muchas familias con miedo y un montón de dudas sobre lo que pasa cuando vamos al dentista y nos “duermen” o nos “sedan”. Resulta totalmente comprensible la preocupación, pero también es importante arrojar un poco de luz sobre el asunto, porque no todas las técnicas de anestesia o sedación son iguales, ni implican un riesgo elevado.
Veamos caso por caso.
1. Anestesia local: la que aplica casi siempre el dentista en la clínica dental
Se trata, con diferencia, de la técnica más utilizada y segura. No “duerme” al paciente, no afecta a la respiración, no produce pérdida de memoria ni nada parecido. Sirve para empastes, extracciones sencillas, limpiezas profundas y prácticamente cualquier tratamiento habitual. Y como cualquier procedimiento de este tipo, puede acarrear ciertas complicaciones locales (dolor, hematomas, adormecimientos prolongados, mordeduras involuntarias…) o sistémicas (toxicidad del anestésico, reacciones alérgicas…), aunque estas últimas ocurren muy raramente.
2. Sedación mínima: un empujoncito para quien lo pasa mal
Aquí entramos en otro terreno: la sedación mínima no duerme, simplemente relaja. Es ideal para personas muy nerviosas o niños que tienen auténtico pánico al sillón dental.
Dentro de esta categoría habría dos opciones:
a) Premedicación oral
Medicamentos como diazepam o midazolam, administrados según el peso y la edad del paciente, ayudan a reducir la ansiedad. De efecto suave, puede aplicarlos un odontólogo. El paciente sigue consciente, responde cuando se le habla y mantiene todas sus funciones con normalidad.
b) Óxido nitroso
Probablemente lo conozca como “el gas de la risa”. Este gas sedante se respira por una mascarilla nasal y hace que estemos más tranquilos, pero sin que perdamos en ningún momento la consciencia. Lo notamos como una sensación agradable y sus efectos duran mientras lo estamos respirando.
Hablamos de una técnica muy segura, con complicaciones poco frecuentes. Si estas aparecen, casi siempre son leves: algo de temblor, sudoración o náuseas. Cuando se retira la mascarilla, el efecto desaparece en cuestión de minutos.
Y sí, el óxido nitroso también puede administrarlo un odontólogo debidamente formado.
3. Sedación profunda: la administra un anestesista en una clínica dental
En este caso, el paciente puede llegar a dormirse, no recuerda casi nada de lo que ocurrió durante el procedimiento y responde poco o nada a estímulos. Para lograr el nivel de sedación profunda hace falta una vía intravenosa, fármacos administrados por un anestesista y monitorización continua (oxígeno, ritmo cardíaco, tensión, etcétera).
4. Anestesia general: la aplica un anestesista en el hospital
El paciente es intubado, se encuentra bajo control anestésico total y no se mueve ni responde de ninguna manera (está completamente “dormido”). Es el método elegido para tratamientos muy largos, pacientes con discapacidades severas o situaciones donde es imposible trabajar en el sillón dental, y solo se lleva a cabo en hospitales.
No. Hay que tener información. La sedación y la anestesia son herramientas necesarias que permiten tratar a miles de personas cada día sin dolor y sin sufrimiento. Lo ocurrido hace unas semanas es una tragedia aislada, no la norma.
La clave está en:
-Usar la técnica adecuada para cada caso.
-Informar bien a las familias.
-Contar con profesionales cualificados.
-Trabajar en entornos seguros.
Un buen dentista explicará siempre qué se va a hacer, qué nivel de sedación se usará y quién estará encargado de ella. Y, ante cualquier duda, no debemos tener miedo a preguntarle.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
El mapa de la Vía Láctea, y sus más de mil millones de estrellas, creado por la misión GAIA de la ESAESA/Gaia/DPAC, CC BY
No importa de dónde venga la afirmación de que se ha detectado la materia oscura por primera vez. En cualquier caso, hay que cogerla con pinzas. Todo proceso de observación científica requiere prudencia, y para la astrofísica actual es un problema de una complejidad prácticamente inabordable. Se hace necesaria otra rama de la ciencia para resolver el misterio: la física de partículas.
Vamos a plantear el dilema desde esa óptica: ¿cómo se puede afirmar haber podido detectar algo invisible, es decir, que no interactúa de forma electromagnética?
El lenguaje de la luz
La materia oscura no emite ni absorbe fotones, ni cambia su trayectoria cuando se encuentra con ellos. O sea, no habla el lenguaje de la luz. Y eso es porque carece del aparato fonador necesario: no tiene carga eléctrica, el cuanto del campo electromagnético.
Pero este problemita no es exclusivo de la materia oscura, y por ahí podemos ir desentrañando la maraña. Los neutrinos tampoco interactúan con la luz. Sin embargo, al chocar con neutrones producen partículas cargadas: electrones y protones. Los electrones son los más ágiles y versátiles para interactuar con la luz.
Resumiendo, la física de los neutrinos es un generador de electromagnetismo y, por supuesto, de sus cuantos: los fotones. ¿Podría ser aplicable la física de esas partículas a la física de la materia oscura?
La materia oscura y los rayos gamma
¿Y si la materia oscura fuera algún WIMP (siglas en inglés de Partículas Masivas de Interacción Débil), es decir, otro tipo de partícula poco dada a la interacción, como ocurre con los neutrinos? El estudio del astrofísico japonés Tomonori Totani se basa en esa propuesta: en la detección de rayos gamma en el halo de la Vía Láctea como evidencia de haber observado materia oscura.
Pongámonos en el caso de que estuviera, efectivamente, hecha de algún WIMP. En ese caso, quizá sus colisiones con hadrones producirían cascadas de partículas cargadas y rastros de luz asociados. Y podría ser detectada.
Entre los posibles productos de esos choques destacan los quarks, que al no poder vagar libres, se asociarían formando piones neutros. Seguimos el proceso y esos piones neutros decaen en rayos gamma. Y ya tenemos justo lo que queríamos: un canal de producción de la radiación electromagnética más energética imaginable: los rayos gamma que ha detectado el laboratorio Fermi en el halo de la Vía Láctea, y sirven al investigador nipón como señal de materia oscura.
Con los rayos gamma por fin contamos con algo que podemos detectar preservando además la esencia de su origen físico. Estos fotones con frecuencia tan alta que caen en la ventana de los rayos gamma tienen una tremenda facilidad para atravesar la materia ordinaria de la galaxia. Solo los frenan procesos muy energéticos y estadísticamente desfavorecidos. No solo eso: atraviesan el halo de materia oscura como un cuchillo a la mantequilla, y podemos rastrear su fuente.
El halo de la Vía Láctea
Hasta aquí la explicación desde la cuántica. Ahora es el turno del otro socio mayoritario en busca de respuestas: la astrofísica. Esta va a ser la encargada de contarnos qué es eso del halo que acabamos de deslizar con un cuchillo de rayos gamma, fingiendo inocencia. Recurro a una metáfora añeja.
La parte brillante de la galaxia, el disco, es como el filamento de una bombilla incandescente real, de las que han caído en desuso. Es donde están las estrellas. Ahora, tal y como se estila en física, imaginemos que el vidrio de la bombilla es esférico, ¿cómo si no? Esta sería la frontera del halo. Del mismo modo que la bombilla está llena de argón, el halo está lleno de materia oscura. Los tamaños relativos también encajan en el relato: el disco galáctico para nuestra galaxia es de 50 000 millones de años luz de radio, y el halo, unas 5 veces mayor.
El halo de materia oscura tiene un impacto astrofísico incontestable. Contiene la mayoría de la masa de la galaxia y sus aledaños, muchísima más que toda la que suman las estrellas del disco. Por ejemplo, en la Vía Láctea por cada kilogramo de materia ordinaria hay entre 5 y 9 kilos de materia oscura. Así que, lógicamente, es la que domina los procesos gravitatorios a escalas galácticas. Pero la supuesta evidencia de materia oscura detectada por los investigadores japoneses no tiene que ver con la gravedad, sino con la luz.
Evidencia luminosa
Usando datos del telescopio Fermi-LAT, Totani afirma haber encontrado un exceso difuso de rayos gamma, es decir, “más rayos gamma de lo esperado”. Además, ese exceso tiene una “energía típica” –un valor que se repite mucho– de alrededor de 20 gigaelectronvoltios (GeV), que es simplemente una forma de medir cuán energéticos son esos rayos gamma. Este valor podría correspondería a un WIMP de unos pocos GeV. Es decir, partículas de materia oscura.
La suave geometría
Se entiende que ese extra de radiación es difuso porque no aparece concentrado en un punto ni procede de una fuente identificable. Al contrario, se extiende suavemente por una región amplia del cielo. Además, la distribución de ese exceso de fotones energéticos es casi esférica y decae en la misma manera que perfiles muy populares para construir modelos de materia oscura.
El autor del trabajo argumenta que no se conoce ningún tipo de fuente astrofísica que produzca una señal con esas dos características concretas. Por un lado, está la presencia de ese pico de radiación, y por el otro, esa geometría tan suave y extendida. Por todo esto, con prudencia, señala que podría ser candidata a la primera evidencia de materia oscura.
Comparando con galaxias enanas
Para comprobar si esta posible señal tiene sentido contamos con un recurso clave: las galaxias enanas. Son sistemas con muy pocas estrellas, casi sin gas, sin apenas formación estelar y sin agujeros negros activos. En resumen, tienen una actividad astrofísica prácticamente nula. A cambio, están dominadas por la materia oscura; de hecho, puede suponer hasta el 90 % de su masa. Esas características las convierte en laboratorios ideales para buscar materia oscura. Si existiese, detectar la señal en el centro de la Vía Láctea sería pan comido.
Pero Fermi-LAT no ha encontrado nada de ese tipo, algo que el propio Totani reconoce. Más aún, el trabajo no ofrece ningún mecanismo que explique esa discrepancia.
Avanzando en el conocimiento
Las gigantescas burbujas emisoras de rayos gamma fueron descubiertas por el Telescopio Espacial de Rayos Gamma Fermi de la NASA. Son como un reloj de arena, con una extensión de unos 50 000 años luz de extremo a extremo, comparable al tamaño de la parte central y más densa del disco estelar de la Vía Láctea. ESA/XMM-Newton/G. Ponti et al. 2019; ESA/Gaia/DPAC (Milky Way map), CC BY
La extracción de la señal limpia obtenida por los investigadores japoneses requiere un proceso de limpieza exquisita. Procesos astrofísicos de tan alta complejidad podrían inducir notables irregularidades en un halo pretendidamente esférico.
Por ejemplo, hay que restar el efecto de las burbujas de Fermi, dos gigantescas nubes de rayos gamma que salen del centro de la galaxia. Probablemente son restos de un episodio violento del pasado y su presencia dificulta la detección de una señal tenue como el exceso de luz supuestamente detectado y que se ha relacionado con materia oscura.
Ahora solo nos queda esperar a ver si se pincha la burbuja del sueño de la detección de la materia oscura. Pero incluso cuando eso suceda, todo el proceso para dar o quitar la razón al audaz proponente tiene valor. El mérito radica en una sucesión de vueltas y vueltas a un mismo circuito. En cada trazado vamos conociendo mejor las curvas y las rectas. Hasta que llegue un día que un gran descubrimiento nos saque por la tangente, abriendo una infinita autopista de conocimiento.
Ruth Lazkoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía moral y política, es una de las mentes más lúcidas de la filosofía en España. Fue senadora y se desempeñó como presidenta de la Sección Séptima del Consejo de Estado y consejera permanente de este órgano. Haber vivido la política desde dentro le otorga la facultad de analizar con rigor crítico sus limitaciones, contradicciones y retos. Con esta doble mirada habla con nosotros y se pasea por las grandes inquietudes de nuestro tiempo: la conquista de las libertades, el papel de la tecnología, los deseos, la soledad o el individualismo de algunos jóvenes. En su último libro, La sociedad de la desconfianza (Arpa Editores, 2025) analiza por qué hemos dejado de confiar en muchas de las cosas que nos rodean como la política o las instituciones y nos hemos refugiado en círculos íntimos. Entre algoritmos que condicionan nuestras decisiones y vínculos humanos que se debilitan, emergen muchas preguntas urgentes.
¿En qué momento hemos perdido la confianza como sociedad? ¿Es que no confiamos ya en nada?
En casi nada. Confiamos en núcleos pequeños, en el núcleo familiar, en el núcleo de amigos. En la política es evidente que cada vez confiamos menos. Confiamos poco en las instituciones porque no cumplen las expectativas que ponemos en ellas. Confiamos poco en las grandes corporaciones y en esas empresas que deberían darnos servicios. Cuesta mucho entender que las eléctricas o los bancos, es decir, las grandes compañías, no nos ayuden. La inteligencia artificial lo hace, y eso es un progreso, pero también nos complica la vida. En muchas ocasiones, las relaciones personales han ido decreciendo porque todo lo hacemos a través de pantallas, a través de máquinas, a través de robots que nos contestan. Vivimos en un mundo que se nos hace bastante hostil, todo ha empeorado por ese clima de polarización, de confrontación, de guerras que parecen cotidianas y con las que no hay manera de acabar. En fin, necesitamos dar un salto hacia adelante que resulte realmente prometedor. La sociedad está cambiando mucho, hay necesidades muy nuevas.
Gran parte de la sociedad tiene la impresión de que todo es caótico a su alrededor: guerras, migrantes perseguidos, odio, cambio climático, nacionalismos, líderes extremistas…
¿Estamos en un periodo histórico especialmente pesimista?
El siglo pasado fue un siglo malo, un siglo de dos grandes guerras en las que murió mucha gente, donde se perdieron muchas cosas. Pero luego hubo un rebrote que permitió hacer la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, por ejemplo,
crear el estado de bienestar en Europa. Ahora tenemos más conciencia que antes de los peligros del fascismo. Los Estados están más estructurados democráticamente, con poderes separados (aunque a veces no lo parezca) que intentan, en definitiva, frenar los despropósitos. Pero ha habido, por supuesto, épocas socialmente malas. Ha habido épocas de grandes retrocesos. Ahora sería el momento de dar un salto hacia un mundo distinto, hacer un cambio, una revolución. Si miramos atrás en la historia, vemos un cierto progreso. El propio liberalismo fue un progreso al considerar que el sujeto, el ser humano, debía ser considerado un sujeto libre, un sujeto de libertades básicas. Luego eso ha evolucionado de una forma indebida, porque ese sujeto libre no ha sabido autolimitarse. Por eso hay que esperar. A pesar de la desconfianza, hay que tener esperanza en que, si algo puede mejorar, dependerá de nosotros.
Ha mencionado la inteligencia artificial como un progreso dentro del mundo de la desconfianza, pero también como algo que nos puede complicar las cosas. ¿Qué riesgos éticos observa en ella y cómo debería regularse su uso?
La inteligencia artificial es un progreso para la humanidad. Es decir, nos puede ayudar mucho y nos ayuda ya en muchos aspectos. Por ejemplo, a calcular porque lo hace mucho más rápido que la inteligencia humana. También puede ser muy beneficiosa
aplicada a diagnósticos médicos, a tratamientos, etcétera. Sin duda es un gran avance. Pero también limita en parte nuestra libertad. Nos impone una manera de hacer las cosas. Lo vemos continuamente cuando queremos buscar algo, pero la web quiere que lo hagamos de una manera determinada, lo cual repercute en el aprendizaje. Hace falta que los gobiernos y los supragobiernos regulen la IA.
Pero tenemos también que insistir en autorregularnos con respecto al uso que hagamos de todas las ventajas que ofrece.
Las redes sociales hoy en día fomentan una comunicación inmediata, a menudo agresiva. ¿Qué virtudes cívicas deberíamos recuperar para humanizar el impacto digital?
Quizá lo mejor sería no usar las redes sociales, que es lo que hago yo. No participar de ellas también es una opción. No tenemos por qué estar en todos lados. Se nos ofrecen muchas cosas y parece que hay que estar en todas. Si supiéramos discernir más… Yo conozco a gente que no ha tenido móvil nunca, que son profesionales pero no quieren ser dependientes de un móvil. Creo que uno mismo tendría que ser capaz de decir no a las cosas, aunque los demás las tengan; así, tomas decisiones más individuales. Vivimos en un mundo muy individualizado, pero en realidad el ser humano como tal toma pocas decisiones y se mete en todo aquello que le ofrecen como una necesidad nueva.
Usted ha reflexionado profundamente sobre la tolerancia: ¿cómo se traza la línea entre la libertad de expresión y el discurso del odio que se palpa en las redes?
Es difícil, pero sobre todo hay que fomentar la autorregulación. No podemos
decir que unos insultos son odio y otros no. Tenemos que conocer siempre el contexto y autorregularnos. No hay autocontrol porque solo acepto los límites que me imponen desde fuera, que son los de la ley. Pero si la ley no me dice, por ejemplo, que no puedo decir tacos en el Parlamento, pues ahí hacemos
lo que nos da la gana. La ley es el límite en un estado de derecho. Un mundo liberal tiende a disminuir las prohibiciones, a poner menos límites, porque da más libertad al individuo, sobre todo esa libertad que es tan difícil de delimitar: la libertad de expresión. Hay que poner más límites desde fuera y no celebrar el insulto público.
Diferencia en su último libro dos tipos de libertad, la positiva y la negativa. ¿Cuál es el concepto que tiene ahora mismo nuestra sociedad?
Los filósofos llamamos libertad negativa a esa libertad de hacer todo lo que
me apetece, todo lo que me interesa y me conviene con el único límite que
ponen el derecho y la ley. No es una libertad que lleve al progreso, a la mejora
del mundo o de uno mismo. No es una libertad que se pregunte qué debo hacer en el sentido moral del concepto, sino que se deja llevar. La libertad positiva es la que tiene en cuenta la propia mejora de uno mismo y la de la sociedad en la toma de decisiones.
¿Cree que nos estamos convirtiendo en una sociedad sin valores?
Yo no diría eso, porque tenemos muchos más valores hoy que hace cien años. Por ejemplo, contamos con unos derechos humanos consensuados. El valor de la libertad y el valor de la igualdad se han desarrollado mucho, y eso es nuevo, tiene pocos
siglos de existencia. Por lo tanto, esos valores existen; lo que ocurre es que
son abstractos, teóricos. La dificultad es llevarlos a la práctica y hacerlo
de la mejor manera, porque a veces en torno a, por ejemplo, lo que debe ser la igualdad de oportunidades, cada persona opina algo distinto y no se llega a un acuerdo. Tener un código ético no resuelve nada. Lo que lo resuelve es la práctica del código, que es más complicado que elaborarlo.
Usted ha defendido la ética como una guía para la vida democrática. ¿Qué principios considera más urgentes en una sociedad marcada por la polarización?
El valor que deberíamos intentar practicar más es el respeto mutuo. Etimológicamente, la palabra viene del latín respicere, que significa “mirar dos veces”. Pues eso: hay que mirar dos veces a una persona, detenernos en sus rasgos
para respetarla. De todas las virtudes cívicas que deberíamos recuperar en momentos de polarización, la más importante sería ese respeto mutuo que significa escuchar, que significa reflexionar otra vez.
Ese es quizá otro de los retos de nuestra sociedad: saber reflexionar, tener un espíritu crítico ante lo que nos rodea… Pero ¿cómo podemos enseñar a los más jóvenes a hacerlo?
La idea de que hay que transmitir un espíritu crítico está en todas las leyes
de educación de la democracia; otra cosa es que se sepa poner en práctica.
Entendemos el espíritu crítico como algo que parece que tiene que salir espontáneamente. Como si la cosa fuera tan fácil como poner a un joven ante un
problema y preguntarle: “¿Y tú, qué opinas?”. Eso no es espíritu crítico. Formar el carácter es inculcarlo también. Es decir, establecer la relación entre lo que está bien y lo que está mal. En términos generales, es algo que se aprende con el ambiente. Se aprende creando lo que algunos llaman círculos virtuosos, donde cada cual piensa por sí mismo.
¿Qué papel cree que debería desempeñar la filosofía en la formación ciudadana
de las nuevas generaciones?
El objetivo de la filosofía es intentar comprender mejor el mundo y comprenderse
uno a sí mismo. Y hacerlo desde una perspectiva global, intentando ver qué es aquello que nos satisface, cómo debería ser y aportar algo que sirva para mejorar.
La filosofía sirve para razonar mejor, hacer las preguntas adecuadas, tener hábitos de pensamiento, conceptualizar mejor las situaciones para hacer las preguntas más adecuadas. Es un trabajo de hábitos de pensamiento. Hoy se da mucho pábulo a las emociones. Las emociones son importantes porque motivan el comportamiento. El odio es una pasión, un sentimiento que hay que descartar siempre. Pero la indignación es buena. La indignación ante las injusticias, ante lo que está ocurriendo en Gaza. Aristóteles decía que es muy fácil enfadarse. Todo el mundo sabe hacerlo, pero hay que enfadarse bien, por la causa adecuada.
Dedica mucho espacio al deseo en su último libro. ¿De dónde nace el deseo de muchos jóvenes de tenerlo todo, aquí y ahora?
Nace de una economía de consumo que llega por todas partes. Siempre digo que a los niños no hay que enseñarles a consumir, que ellos lo hacen en cuanto entienden el valor del dinero. Pero eso no tiene límites. Porque han ido desapareciendo casi todas las normas y el esfuerzo de autodominio es, para mí, comparable al que existía cuando la religión tenía más peso y era más potente en la vida de las personas. Antes, la fuerza de la religión y del pecado era muy grande, separar entre lo que se debía desear y lo que no. El simple deseo ya estaba condenado. La
religión cumplía esa función de enseñarle a la persona a autodominarse. En cuanto nos hemos secularizado, lo que antes hacía la religión ahora no lo hace nadie. Y claro que la autolimitación impuesta por la doctrina religiosa no era la adecuada, pero deberíamos tener una autolimitación que no sea impuesta desde fuera.
Asegura que el individualismo moderno ha ido deshaciendo todos los lazos, salvo los familiares. Sin embargo, hay miles de personas mayores que viven solas, que no tienen apoyo familiar…
La soledad no deseada es una expresión que aparece mucho actualmente y que se asocia, sobre todo, a la soledad de los mayores porque es algo intrínseco a la mayor esperanza de vida. Quienes viven más van perdiendo la pareja, los amigos, las posibilidades de relacionarse y las capacidades físicas, lo que distancia a estas personas del mundo. Tienen una especie de cansancio de vivir y, ante las novedades como la inteligencia artificial, se sienten aún más distantes. Dicen eso de que “Bueno, es que ya no tengo ganas de meterme y aprender otra cosa…”. Claro, eso es algo que deberíamos aprender a corregir, porque la esperanza de vida debería ir acompañada también de una reflexión sobre cómo hacer para que las ganas de vivir no se pierdan.
Decía Nietzsche que la grandeza de un hombre se mide por la soledad que es
capaz de soportar… ¿Será que los humanos no somos grandes entonces? Hay miles de personas que no son capaces de vivir con ella, e incluso es la causa de muchos suicidios. ¿Cree que no nos han enseñado desde pequeños a valorar y disfrutar de la soledad?
Seguramente es verdad que no hemos aprendido. No me gusta decir que no nos han enseñado, porque lo que hacemos es culpar a los demás de algo que uno debe ir aprendiendo sin que se lo enseñen explícitamente. Vivimos en un mundo donde se valora mucho la independencia y existen modos de vida distintos. Por ejemplo, parejas que prefieren vivir separadas, pero seguir siendo pareja. Si realmente
valoramos la independencia, la autonomía de la persona, deberíamos ser más capaces de disfrutar la soledad, pero también hay que tener recursos para llevar bien el estar solos. La bióloga italiana y premio nobel Rita Levi-Montalcini, en su libro El as en la manga. Los dones reservados a la vejez, decía que las personas deben, precisamente, tener alguna baza para hacer frente a la vejez con ganas, gozando
de la vida. Ese as en la manga pueden ser muchas cosas: la música, el arte, la
lectura… Pero lo que más nos ayuda son las relaciones de amistad.
¿Por qué a pesar de ser unos privilegiados vivimos en la era del pesimismo y
de las contradicciones? ¿A lo mejor es que no lo somos tanto?
Sí, somos privilegiados. Somos privilegiados porque vivimos en un mundo desarrollado y teóricamente civilizado, aunque esta última sea una palabra que podríamos discutir mucho si la aplicamos a nosotros mismos. Pero si nos comparamos,
por ejemplo, con los migrantes que llegan cada día en esas embarcaciones
que muchas veces se quedan a medio camino, pues realmente somos privilegiados. El mundo, en general, está viviendo su mejor época: las mujeres disfrutan hoy de una vida mucho mejor que hace cien años, no hay esclavos, existen unos derechos
fundamentales reconocidos… Es decir, se han ido consiguiendo muchas cosas y hemos progresado moralmente. Pero estamos enfadados, estamos hartos de un mundo
que no nos acaba de gustar. Hemos llegado a unos extremos de libertad individualista egoísta, de entender la libertad como satisfacer solo los propios deseos, hacer lo que uno quiere mientras la ley se lo permita, es decir, no pensar en el otro.
¿Por qué desconfiamos tanto de la política?
Porque es lo que tenemos más presente y vemos más a menudo. Yo no creo que la política vaya mucho peor que otras cosas. Es cierto que el Parlamento siempre ha sido un poco una olla de grillos, pero yo creo que ahora hemos llegado a unos extremos tremendos, por el ascenso de los partidos de extrema derecha, y a veces de extrema izquierda también. Todo está muy distorsionado, se ha pervertido mucho
y se desvirtúa el sentido que debería tener la democracia. No se puede insultar,
ni lanzar determinadas expresiones racistas. No se llegan a discutir los temas porque nos perdemos en tonterías y en debates ridículos.
Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a los derechos digitales.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Verónica Jimeno Jiménez, Profesora Titular Victimología, área Psicología Social, Universidad de Castilla-La Mancha
¿En qué nos fijamos al seleccionar un videojuego para nuestros hijos, sobrinos o nietos? Probablemente, en que no sea violento, que esté adaptado a su edad y que fomente la creatividad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en una cuestión clave: ¿con quién pueden interactuar los más pequeños mientras juegan? Muchos videojuegos permiten la comunicación directa con otros jugadores, y esa conexión puede incluir tanto a menores como a adultos desconocidos.
Videojuegos como Roblox, Minecraft, Fortnite, Among Us o Call of Duty se han convertido en referentes del ocio digital entre niños y adolescentes. Más allá de su atractivo visual o de sus dinámicas de juego, todos ellos comparten una característica que suele pasar desapercibida para muchas familias: permiten la comunicación directa entre jugadores, a través de chats de texto o voz.
Esta funcionalidad, diseñada para fomentar la interacción y el trabajo en equipo, también abre la puerta a que menores se relacionen con personas desconocidas, sin filtros ni supervisión. Lo que comienza como una partida aparentemente inofensiva puede derivar en situaciones de riesgo, especialmente cuando los adultos responsables no conocen el alcance de estas herramientas de comunicación.
Accesibles por defecto
En los chats de los videojuegos cualquier usuario puede enviar mensajes o iniciar conversaciones privadas, ya que muchos juegos permiten la comunicación libre por defecto. Este acceso sin filtros facilita que adultos desconocidos puedan contactar con menores.
Este tipo de contacto puede dar lugar a lo que se conoce como grooming, un delito que consiste en que una persona adulta contacte con un menor por medios electrónicos “con el fin de hacerle participar en cualquier actividad sexual”. Los chats de videojuegos se han convertido en una vía particularmente sensible para este fenómeno, porque los menores suelen bajar la guardia pensando que “solo están jugando” y no imaginan que podrían estar en contacto con alguien con intenciones peligrosas.
A diferencia de otros abusos sexuales en línea, que pueden ocurrir de forma más directa –como el envío de pornografía infantil, sextorsión o contactos sexuales explícitos inmediatos–, el grooming es un proceso gradual de manipulación. En España, Save the Children realizó en 2023 un análisis sobre grooming en línea dentro del informe titulado Por una justicia a la altura de la infancia, en el que se revisaron cerca de 400 sentencias judiciales, de las cuales 33 correspondían específicamente a casos de grooming o abuso sexual a través de internet.
Dicho informe reveló que las víctimas habían sido mayoritariamente niñas (57,4 %), con una edad media de 13 años, mientras que los agresores eran en su mayoría varones jóvenes sin antecedentes penales. El modus operandi incluye engaño, coacción y corrupción, y en el 90 % de los casos se propone un encuentro físico.
En Europa, el European Online Grooming Project identificó patrones similares en Bélgica, Italia, Noruega y Reino Unido. Además, se observó que entre el 19 % y el 23 % de adolescentes habían recibido solicitudes sexuales de adultos por internet, con mayor prevalencia en Reino Unido y países nórdicos, seguidos por España e Italia.
Factores de riesgo comunes incluyen el uso intensivo de redes sociales y videojuegos, perfiles con connotaciones sexuales y baja percepción del riesgo en varones.
La tendencia es creciente y los expertos insisten en la importancia de la prevención y la educación digital para las familias. De hecho, el Comité de Promoción de la Salud de la Asociación Española de Pediatría ha emitido una alerta específica sobre los riesgos asociados a los chats en la plataforma Roblox. Los pediatras advierten que, en algunos casos, esta exposición ha estado vinculada a fenómenos de autolesión, acceso a material sexual explícito, ansiedad, alteraciones del estado de ánimo y cambios significativos en la conducta de los menores.
¿Qué podemos hacer las familias?
La prevención comienza por la información. Es fundamental que los padres y adultos responsables conozcan las funciones de los juegos que utilizan los menores. Antes de dar acceso a videojuegos online es fundamental que nos informemos sobre los videojuegos que más les interesan, especialmente si incluyen chats y cómo se gestionan.
Debemos configurar adecuadamente los controles parentales. Supervisar tanto el tiempo de juego como las partidas ayuda a detectar posibles riesgos y a compartir la experiencia. Fomentar la comunicación y la confianza en casa es clave para que niños y niñas se sientan cómodos contando cualquier situación incómoda o sospechosa. Finalmente, debemos educarles en el uso responsable de internet, recordándoles la importancia de no compartir información personal ni aceptar invitaciones de desconocidos, refuerza su seguridad y autonomía en el entorno digital.
Los videojuegos pueden ser una fuente de diversión, aprendizaje y socialización, pero también esconden riesgos que no debemos subestimar. Los chats integrados, presentes en la mayoría de los juegos online, son un canal de comunicación directo y sin filtros entre la habitación de nuestros hijos y cualquier persona en el mundo. Como adultos, nuestra responsabilidad es informarnos, supervisar y educar para que el juego siga siendo seguro. Evitemos que este canal de comunicación se convierta en un canal de victimización.
La versión original de este artículo se ha publicado en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.
María Verónica Jimeno Jiménez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
¿Qué fue primero, Barcelona o el Mediterráneo? La relación de la ciudad catalana con el mar es tan antigua como el remoto descubrimiento de la navegación. Es muy probable que cuando varios cientos de laietanos (pueblo íbero) se asentaron en la ladera de la montaña de Montjuïc en el siglo VI a. e. c., no se plantearan que el poblado generaría, al cabo del tiempo, la ciudad actual.
En cualquier caso, si por algo es conocida Barcelona es por su origen romano. La Colonia Julia Augusta Faventia Paterna Barcino se supone que se fundó entre el 15 y el 10 a. e. c. Los romanos se centraron en su alto nivel estratégico, porque su situación en la costa del Mediterráneo occidental les era de gran utilidad. Ellos fueron quienes crearon un puerto que servía de punto de conexión con el resto de los enclaves mediterráneos, ya que el Mare Nostrum era uno de los ejes vertebradores del Imperio.
Por supuesto, durante este tiempo a Barcino llegaron aceite, vino y cereales, pero también personas con su propio credo religioso. De hecho, fue una de las primeras ciudades de la Hispania Citerior en recibir el cristianismo.
Un mármol romano con texto en latín (‘COL IVL AVG FAV PAT BARCIN’, abreviatura de ‘Colonia Julia Augusta Faventia Paterna Barcino’) que describe Barcino. jaycross/Flickr, CC BY
En el siglo II contaba con unos 3 500 habitantes, que tenían que protegerse de las invasiones germánicas. La ruralización generó una nueva ciudad, más pequeña y frágil, y tras la ocupación musulmana en 718, estuvo durante ocho décadas bajo tutela islámica. Pero el apoyo de los francos de Carlomagno ayudó a conquistarla de nuevo. Nacía la Marca Hispánica.
Barcelona se abre al Mediterráneo: la Baja Edad Media
Bajo el reinado de Jaime I de Aragón, la Corona de Aragón impulsó con decisión la política marítima y apostó por llevar a cabo la conquista de las Baleares en 1229. En ello pesó mucho la motivación religiosa, ya que el monarca se sentía llamado a expandir la fe católica. En ese momento, Barcelona ya tenía unos 45 000 habitantes.
Debemos imaginar entonces un barrio marítimo con una actividad desbordante y, sobre todo, con una nueva clase social: mercaderes y comerciantes que organizaron gremios que velaban por sus intereses. La creación en 1262 del Consulado de Mar (Consolat de Mar) –institución jurídica imprescindible para regular el comercio marítimo de la Corona de Aragón– ejemplifica a la perfección este crecimiento. El periodo también generó una nueva arquitectura y en el siglo XIV se creó la Llotja de Mar para facilitar las operaciones comerciales.
Sin embargo, si el mar había traído prosperidad, así mismo trajo desolación, crisis y muerte: la peste negra de 1348. Superada la epidemia, el desarrollo económico y comercial se trasladó a Valencia, que vivió su momento de mayor prosperidad en el siglo XV.
La Edad Moderna: ¿decadente?
Tres acontecimientos marcaron ese siglo XV, y sus consecuencias se dejaron sentir durante varios siglos. En primer lugar, la unión dinástica entre Fernando de Aragón e Isabel la Católica implicó un traslado de poder a Castilla: había nacido la Monarquía Hispánica. El establecimiento de la capitalidad en Madrid hizo que Barcelona se viera más alejada de la corte de los Habsburgo.
Sin embargo, por la ciudad pasaron personajes célebres como san Ignacio de Loyola o Miguel de Cervantes, quien elogió a la Ciudad Condal definiéndola en el Quijote como “archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única”.
En segundo lugar, la conquista de Constantinopla por parte de los turcos en 1453 provocó que el Mediterráneo dejase de ser un espacio seguro para la navegación. La noticia causó, además, un gran impacto en la cristiandad.
Y el tercer cambio que se produjo fue el descubrimiento de América en 1492. A partir de ese momento, el comercio internacional se desplazó al Atlántico.
Este panorama nos puede hacer pensar en un declive general de la ciudad. Pero si bien es cierto e indiscutible en líneas generales, los negocios marítimos no desaparecieron totalmente.
Dibujo de Barcelona realizado en 1563 por el artista flamenco Antony van den Wyngaerde. Wikimedia Commons
Los siglos XVII y XVIII tampoco fueron boyantes para Barcelona. La Guerra de los Segadores (1640-1652) y la Guerra de Sucesión (1701-1715) la debilitaron, mientras que el establecimiento de la dinastía de los Borbones implicó un proceso de centralización del reino, aunque la ciudad se mantuvo como núcleo comercial marítimo. La Real Junta Particular de Comercio de Barcelona (1758), bajo el reinado de Fernando VI, contribuyó a dinamizar el comercio interior y exterior, a lo que se unió la decisión posterior de Carlos III de reactivar, una vez más, la actividad marítima y decretar el libre comercio.
En esta Barcelona ilustrada sobresalió la figura del historiador Antoni de Capmany, quien escribió la primera crónica marítima de la ciudad. Es la época en la que se consolidaron las llamadas fábricas de indianas, que tanto progreso y riqueza generarían en Barcelona. El puerto se convirtió entonces en un elemento clave para impulsar la industrialización del país.
Una ciudad que se reinventa
Tras el freno a la actividad local que supuso la Guerra de Independencia (1808-1814), a partir de 1850 la aparición del ferrocarril, la industria y el proteccionismo inauguraron un periodo de brutales desigualdades entre las clases sociales. El mismo Friedrich Engels afirmó que Barcelona era “el centro fabril más importante de España, que tiene en su haber histórico más combates de barricadas que ninguna otra ciudad del mundo”.
Foto de la fábrica ‘Juan Batlló’ en Barcelona en 1890. Wikimedia Commons
La ciudad creció a un ritmo vertiginoso y los barceloneses demandaron el derribo de las murallas, un proceso que se inició en 1854. Posteriormente comenzó a prepararse la Exposición Universal de 1888. Barcelona se presentaba ante el mundo como una capital moderna, abierta al Mediterráneo y al resto de Europa; la Ciudad Condal se había convertido en una urbe seductora que lideraba la actividad económica y mercantil en España. Esto comportó la llegada masiva de población del sur del país, configurando una urbe heterogénea y diversa.
Por otra parte, muchos ciudadanos emigraron a Cuba para desarrollar allí sus actividades económicas. No podemos ningunear en este punto el peso del comercio de esclavos, en el que participaron (y con el que se enriquecieron) algunos barceloneses. Es, también, el momento del Modernismo, que tanta impronta ha dejado en la arquitectura de la ciudad.
Un siglo XX complejo y esperanzador
A principios del siglo XX, barrios como la Barceloneta reflejaron la dimensión marítima de la ciudad. Apareció el interés por el baño y en 1912 se inauguraron los baños de la Mar Bella, activos hasta la década de 1940.
Por un lado, la zona marítima reflejaba un modo de vida marinero y obrero que a menudo estaba marcado por la pobreza y la escasez de sus trabajadores. Y a la vez, Barcelona seguía siendo una ciudad de contrastes y las clases más adineradas centraban su interés en el deporte del remo.
La ciudad volvió a cobrar importancia con la Exposición Internacional de 1929, cuando superó el millón de habitantes. Este desarrollo se vio truncado súbitamente con el estallido de la Guerra Civil. Barcelona vivió con dramatismo los bombardeos, la falta de abastecimiento y los caminos del exilio (que se llevó a cabo también por mar). Igualmente, la posguerra fue funesta para un lugar que había apoyado a la República y se identificaba por su catalanidad. Es la Barcelona sórdida narrada por Carmen Laforet en Nada.
Con los años del desarrollismo franquista (a partir de 1959), la urbe se abrió al turismo y a una nueva globalización. Esto generó, por fin, un desarrollo económico sostenido en el tiempo. Una nueva oleada migratoria procedente de las zonas más deprimidas de España hizo crecer la ciudad y su área metropolitana. Pero las aberraciones urbanísticas, sobre todo en la periferia, reflejaron las incoherencias de un régimen inmóvil en lo político pero liberal en términos económicos. Tras la muerte de Franco en 1975 Barcelona abrazó con ilusión el inicio de las reformas democráticas.
Su última gran transformación (decididamente marítima) tuvo lugar a raíz de los Juegos Olímpicos de 1992. Se impulsó la apertura hacia el mar, modificando profundamente el litoral y dignificando un espacio marítimo prácticamente olvidado. Desde entonces, el puerto se ha consolidado como hub logístico y de cruceros.
Esto también ha abierto el necesario debate sobre el control del turismo masivo, que puede generar, entre otras cosas, procesos de gentrificación en los barrios de la ciudad. Y todo eso sin olvidar la masiva llegada de migrantes de los cinco continentes.
Actualmente, Barcelona se muestra como una capital mediterránea de primer orden, una ciudad con una historia larga y dilatada y con una relación perenne con el mar.
Xavier Baró Queralt no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Cada día dedicamos una parte importante de nuestro tiempo a las redes sociales. Deslizamos el dedo, vemos fotos y vídeos, seguimos historias y comentamos publicaciones. Y, entre toda esa actividad, aparecen contenidos de marcas. En 2025, los usuarios pasan de media 2,5 horas al día en esas plataformas, lo que explica por qué los contenidos de marca forman parte de nuestra rutina digital.
Si algunas marcas pasan desapercibidas, otras despiertan sensaciones de confianza, cercanía o familiaridad. A veces, incluso, nos llevan a repetir compra o a recomendarlas casi sin darnos cuenta. ¿Por qué ocurre eso?, ¿qué tienen esas marcas que otras no transmiten?
En una investigación reciente abordamos esta cuestión desde una perspectiva poco explorada: no solo analizamos lo que publican las marcas, sino también cómo vivimos las redes sociales. Revisamos más de dos décadas de investigaciones sobre redes y lealtad, y estudiamos la rutina digital de 455 usuarios pertenecientes a la generación X y a los millenials: su tiempo diario de uso, los contenidos que consumían y su relación con las marcas.
Esta combinación permitió construir un modelo que integra tiempo de uso, diferencias generacionales y características del contenido para explicar cómo se forma la fidelidad en entornos digitales. El hallazgo fue claro: existe un factor decisivo en la lealtad hacia las marcas que casi siempre se había ignorado. Ese factor es el tiempo diario que pasamos conectados.
El tiempo en redes: un predictor silencioso
En marketing digital suele asumirse que el contenido determina la reacción del usuario: un vídeo llamativo, una imagen cuidada o un mensaje emocional deberían generar respuestas positivas. Sin embargo, nuestros datos muestran que, antes de analizar qué se publica, debemos entender en qué contexto se recibe. Y ese contexto empieza con una pregunta clave: ¿cuánto tiempo pasamos cada día en las redes sociales?
Quienes pasan más tiempo conectados muestran niveles más altos de lealtad hacia las marcas que siguen: confían más en ellas, las recomiendan más y tienen mayor intención de repetir compra. No porque las marcas sean mejores, sino porque están más presentes en su vida digital. Se integran en momentos cotidianos y esa familiaridad silenciosa crea cercanía y fortalece el vínculo.
Dos generaciones, dos formas de vivir las redes
Esto nos llevó a preguntarnos quiénes son los usuarios que más tiempo dedican a las redes. Los millenials, que han crecido junto a estas plataformas, siguen siendo quienes los que se llevan la palma. Las redes son para ellos un espacio de relación, inspiración y socialización cotidiana. La generación X también las usa, pero de forma más instrumental. Dedica menos tiempo y las emplea, sobre todo, para informarse o mantenerse en contacto.
En promedio, los millenials pasan tres horas al día en redes sociales frente a la hora y media de la generación X, lo que puede explicar las diferencias en exposición y compromiso (engagement) con las marcas.
Estas diferencias importan porque condicionan la posibilidad de que una marca construya una relación duradera. Como en las relaciones personales, la frecuencia de contacto es determinante.
No todo lo que se publica genera lealtad
Pasar más tiempo en redes no basta para generar fidelidad. Lo que convierte esa exposición en una relación sólida es el tipo de contenido que el usuario encuentra. Identificamos tres categorías con impacto claro en la lealtad:
El contenido relevante: información útil, ideas inspiradoras o mensajes significativos. Cuando una marca aporta valor, genera más confianza.
Las promociones y ventajas reales. Descuentos, sorteos o concursos crean reciprocidad y fortalecen la relación, sobre todo entre usuarios activos.
El contenido que llega a través del entorno social. Las recomendaciones de amigos o contactos influyen más que los mensajes corporativos, y quienes pasan más tiempo en redes están más expuestos a esta circulación.
Sin embargo, uno de los resultados más llamativos es que, cuando se analiza junto al tiempo de uso, la calidad estética del contenido no predice la lealtad del usuario. Un vídeo impecable o una fotografía muy cuidada pueden captar su atención, pero no generan necesariamente un vínculo sostenido. La fidelidad se construye a partir de la utilidad, la cercanía y la conexión social.
La lealtad se construye con tiempo
Más que centrándose únicamente en qué publicar, las marcas conseguirán el compromiso si son capaces de entender cómo viven los usuarios las redes y cuánto tiempo pasan en ellas. Conocer su rutina digital les permitirá adaptar sus contenidos de manera más eficaz. No es tan necesario alcanzar la perfección estética como aportarles valor y formar parte de sus conversaciones digitales.
En un entorno digital cada vez más saturado, las marcas que consiguen fidelizar son aquellas que entienden cómo viven los usuarios las redes y qué esperan de ellas. Cuanto mayor es nuestra presencia en estas plataformas, mayor es la probabilidad de que ciertas marcas se integren en nuestra rutina y generen un vínculo basado en la familiaridad y la confianza.
Ahora bien, el tiempo por sí solo no garantiza esa relación. Se trata de estar presentes y aportando contenido que realmente encaje con la experiencia digital del usuario.
El tiempo que pasamos conectados, a veces casi sin darnos cuenta, moldea más de lo que imaginamos nuestras decisiones, nuestras preferencias y las marcas que dejamos entrar en nuestro día a día.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
La presencia de mujeres en la investigación ha crecido de forma constante en todas las disciplinas. Este avance numérico convive, sin embargo, con un fenómeno menos visible que ayuda a explicar por qué la desigualdad sigue presente en el mundo académico: la homofilia de género, es decir, la tendencia a colaborar con personas del mismo sexo. Lejos de desaparecer, esta dinámica ha ganado fuerza con el tiempo, y lo hace de manera desigual para hombres y mujeres.
En un estudio reciente, analizamos más de 28 millones de artículos publicados entre 1980 y 2019 en todas las áreas del conocimiento, para entender cómo la presencia de mujeres y hombres transforma las redes de colaboración científica.
Colaboración entre géneros, patrón asimétrico
En 1980, la investigación estaba fuertemente marcada por la brecha de género. En áreas como Mecánica o Electroquímica las mujeres apenas firmaban un 8 % de los artículos publicados. Resulta aún más llamativo que, incluso en áreas que hoy solemos considerar “tradicionalmente femeninas” –como estudios de familia–, ellas apenas alcanzaban el 25 % de las autorías.
Al igual que sucede en el mercado laboral, la presencia de mujeres en la ciencia ha crecido de forma sostenida durante las últimas cuatro décadas. Con la incorporación progresiva de mujeres a campos tradicionalmente masculinizados, cabría esperar que aumentaran las publicaciones firmadas por equipos mixtos.
Pero los datos muestran algo muy distinto: la colaboración entre mujeres y hombres toca valores mínimos cuando ellas alcanzan entre un 35 % y un 40 % de representación en un área, es decir, en el punto en que el campo deja de estar claramente dominado por hombres.
¿Por qué justo ahí? Una explicación posible es el desequilibrio histórico de poder en la academia: los hombres han ocupado durante décadas la mayoría de las posiciones de influencia y pueden percibir que una presencia femenina creciente amenaza ese privilegio. Como reacción, tienden a reforzar el statu quo, colaborando preferentemente entre ellos y dejando fuera a las mujeres.
Las mujeres, más proclives a alianzas mixtas
Podríamos pensar que las mujeres reaccionan igual, pero los datos muestran lo contrario. En las áreas donde ellas son mayoría –por encima del 55 %–, la homofilia de género cae a mínimos. Una posible explicación es que los hombres siguen ocupando, incluso en esos campos, la mayoría de los puestos de mayor poder, prestigio y acceso a recursos. Colaborar con ellos puede abrir puertas a más visibilidad, financiación y oportunidades.
En otras palabras, mientras los hombres tienden a reforzar alianzas para mantener su posición, las mujeres suelen mostrarse más abiertas a las colaboraciones mixtas, porque estas les permiten avanzar en un sistema donde el prestigio académico continúa inclinado a favor de los hombres.
Por qué importa con quién se publica
En la academia, publicar es sinónimo de progresar laboralmente. Las colaboraciones abren la puerta a nuevos proyectos, financiación y oportunidades de promoción. Cuando esas redes se concentran en grupos mayoritariamente masculinos, son los varones quienes mantienen un acceso preferente a los recursos que impulsan una carrera científica.
Este desequilibrio tiene efectos duraderos. Aunque aumente la participación de mujeres en un campo, las dinámicas de colaboración no siempre cambian al mismo ritmo. Ellas siguen encontrando más obstáculos para firmar como primeras autoras, reciben menos citas y tienen más difícil acceder a los círculos de influencia que marcan el paso dentro de la academia.
Además, numerosos estudios muestran que la colaboración entre géneros es beneficiosa para todos. Los entornos diversos reducen el estrés, distribuyen mejor la carga de trabajo y mejoran el rendimiento.
Sobre todo, los equipos mixtos producen resultados más innovadores e influyentes que los formados por personas muy similares. En consecuencia, reducir la homofilia es clave para mejorar tanto la eficiencia de las organizaciones como la experiencia profesional de cada persona.
Paridad numérica no significa integración
Que la homofilia aumente justo cuando un campo avanza hacia la paridad plantea una paradoja: lograr equilibrio numérico no es suficiente para garantizar la igualdad. En las últimas décadas se han desplegado numerosas iniciativas –como, por ejemplo, programas para atraer a más mujeres a las carreras STEM, medidas de conciliación o sistemas de cuotas– que han conseguido el objetivo más tangible: hoy hay más mujeres investigando en todos los campos.
Pero tener más mujeres no implica necesariamente más colaboración entre géneros. La distribución desigual de recursos, la existencia de redes ya consolidadas y los incentivos ligados a posiciones históricamente dominantes hacen que las formas de trabajar sigan favoreciendo a quienes han ocupado el poder durante décadas. Por ello, el avance hacia una ciencia más equitativa no se mide solo en porcentajes: también requiere actuar sobre las formas de relación y colaboración.
La igualdad no termina en la puerta del laboratorio, se construye dentro de él: en qué correos se envían para proponer coautorías, a quién se invita a un proyecto y quién aparece en la firma final.
Por el momento, la homofilia funciona como un mecanismo silencioso que mantiene desigualdades incluso cuando las cifras parecen equilibradas. Reconocerlo es un paso imprescindible para que la ciencia sea no solo diversa, sino realmente inclusiva.
Iñaki Úcar ha recibido financiación del Gobierno de Madrid (Comunidad de Madrid) a través del Acuerdo Plurianual con la UC3M en la iniciativa Fostering Young Doctors Research (CONCIERGE-CM-UC3M), en el marco del V PRICIT. Asimismo, ha recibido fondos para el APC de la Universidad Carlos III de Madrid (Acuerdo CRUE-Madroño 2025).
Margarita Torre ha recibido financiación del Gobierno de Madrid (Comunidad de Madrid) a través del Acuerdo Plurianual con la UC3M en la iniciativa Fostering Young Doctors Research (CONCIERGE-CM-UC3M), en el marco del V PRICIT. Asimismo, ha recibido fondos para el APC de la Universidad Carlos III de Madrid (Acuerdo CRUE-Madroño 2025). Además, cuenta con financiación de la Fundación Española para la Ciencia, MCIN/AEI /10.13039/501100011033, mediante el proyecto PID2022-142457OB-I00.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Giulia Gionchetta, Postdoc Junior Leader Fellow La Caixa, Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA – CSIC)
Cada respiración es una mezcla compleja de vida y química. En cada metro cúbico de aire, especialmente en las ciudades, flotan millones de partículas diminutas conocidas como material particulado (PM, por sus siglas en inglés).
El tamaño de estas partículas es esencial, ya que no todas afectan por igual a la salud humana. Aquellas que miden 2,5 μm (PM₂.₅) –es decir, 0,0025 mm– y las que miden 10 μm (PM₁₀) son las que más se han asociado con enfermedades cardiovasculares, cáncer de pulmón o asma. Pero una nueva línea de investigación sugiere un riesgo adicional y silencioso: su papel como vehículo de la resistencia antimicrobiana.
La resistencia a los antibióticos, una amenaza global reconocida por la OMS, causo más de 1,2 millones de muertes en 2019. Las proyecciones sugieren que podría convertirse en la primera causa de mortalidad a nivel global para 2050. Tradicionalmente, se ha estudiado en hospitales, aguas residuales o alimentos, pero la atmósfera empieza a considerarse como un “nuevo” escenario donde los microorganismos pueden intercambiar genes de resistencia y sobrevivir más tiempo gracias a las partículas que los transportan.
Filtrador de bioaerosol SASS3100 (Research International) utilizado para capturar la componente microbiologica presente en el aire durante el proyecto ARISE.
“Autobús” de resistencia genética
Estudios recientes demuestran que las partículas finas de PM₂.₅ pueden transportar bacterias vivas, fragmentos de ADN y genes de resistencia a través del aire urbano. Una investigación global publicada en The Lancet Planetary Health mostró una correlación directa entre los niveles de contaminación por PM₂.₅ y la prevalencia de infecciones resistentes en más de 100 países.
Pero la historia no acaba ahí. Investigadores del Tianjin Institute of Environmental and Operational Medicine demostraron en el laboratorio que el material particulado no solo transporta bacterias: también favorece la transferencia horizontal de genes, es decir, el intercambio de ADN resistente entre microorganismos.
Esto ocurre porque las partículas ricas en carbono orgánico, metales pesados y contaminantes generan estrés oxidativo, una condición que estimula los mecanismos bacterianos de defensa y mutación. En otras palabras, la contaminación del aire podría estar acelerando la evolución microbiana.
Hospitales, escuelas y residencias, más vulnerables
El hallazgo es particularmente preocupante en entornos cerrados donde la ventilación es limitada, como hospitales, escuelas o residencias. En estos espacios, las partículas finas pueden acumular microorganismos resistentes procedentes de pacientes, polvo, productos de limpieza o tráfico exterior.
Un estudio publicado en Microbiome analizó el aire de un hospital de Guangzhou (China) y detectó genes de resistencia de origen clínico flotando en el PM₂.₅, algunos asociados con infecciones graves.
Los autores advirtieron que el “resistoma aéreo” –genes de resistencia a los antibióticos que viajan por el aire, principalmente a través de aerosoles y partículas en la atmósfera– hospitalario podría representar un riesgo ocupacional para el personal sanitario y un vector subestimado para la comunidad.
En paralelo, una revisión reciente afirma que tanto el PM₂.₅ como el PM₁₀ actúan como reservorios de bacterias resistentes en entornos urbanos e industriales. Por ello, subraya la necesidad de incluir la calidad del aire en las estrategias de control de resistencia.
El tráfico y los compuestos orgánicos volátiles
Dentro de ese mismo aire contaminado, también encontramos los compuestos orgánicos volátiles (VOC, por sus siglas en inglés), emitidos por el tráfico, productos de limpieza o plásticos. Estos compuestos, además de irritar las vías respiratorias, pueden interactuar con los microorganismos del aire y alterar su comportamiento.
Investigacionesrecientes sugieren que los VOC también afectan a la estructura de comunidades microbianas en aerosoles. Aunque todavía se estudia su papel exacto, parece claro que la combinación de partículas, química orgánica y microbiota aérea genera un escenario propicio para la persistencia y transmisión de genes resistentes a antibióticos.
La calidad del aire, protagonista
Reconocer el papel del aire supone un cambio de paradigma. Si los genes de resistencia a antibióticos pueden viajar con el polvo, combatir este problema ya no es solo cuestión restringida a los hospitales o la administración de antibióticos.
Es necesario revisar y actualizar las políticas de calidad del aire interior, urbanismo y energía. Asimismo, reducir la contaminación no solo salvaría vidas por enfermedades respiratorias: también podría frenar la expansión global de las bacterias resistentes.
Giulia Gionchetta recibe fondos de La Caixa Foundation (Postdoc la Caixa Junior Leader Fellow)
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cefe López Fernández, Profesor de Investigación (materiales fotónicos), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad. mim.girl/Shutterstock
Mientras le pedimos a la inteligencia artificial (IA) que nos eche una mano para resolver el cambio climático, su propia huella de carbono se está disparando. Y es que, aunque nos ayuda a diseñar fármacos, optimizar las redes eléctricas y predecir desastres naturales, esta tecnología tiene un coste oculto y desmesurado.
El problema es su apetito. El entrenamiento de un modelo como GPT-3, hoy ya superado, requirió unos 1300 MWh, la energía equivalente al consumo de más de 120 hogares en un año. Y eso es solo el entrenamiento: su uso diario es aún más demandante. Se estima que las consultas a ChatGPT pueden requerir diez veces más energía que una simple búsqueda en Google y ascienden a 1 000 MWh cada día en el mundo.
Este consumo es tan colosal que los gigantes tecnológicos están tomando medidas drásticas. Microsoft, Alphabet (Google) y Amazon han firmado acuerdos para comprar energía de plantas nucleares, asegurando el flujo de vatios para sus centros de datos. La IA está sedienta de energía, y esto es solo el principio.
Atasco en la computación moderna
¿Por qué la IA consume tanto? La respuesta está en la arquitectura de nuestros ordenadores, diseñada hace décadas. El problema se conoce como el cuello de botella de von Neumann: el incesante tráfico de datos entre la memoria (donde esperan los datos) y el procesador (donde son procesados). Es como si un cocinero solo pudiera agarrar un ingrediente de la nevera cada vez: pasaría más tiempo yendo y viniendo que cocinando. Este “atasco” genera latencia y, sobre todo, un calor inmenso por la disipación de energía.
Durante décadas, la Ley de Moore nos salvó: la tecnología pudo duplicar el número de transistores en un chip cada dos años y, con ello, acercar los componentes –los ingredientes de esa cocina–. Pero estamos llegando al límite físico. Apilar más y más componentes en un chip 3D reduce la superficie disponible para refrigerarlo.
La computación electrónica se está “cociendo” en su propio éxito. La diferencia con el cerebro humano es abrumadora: con el consumo de energía equivalente a lo que gasta una bombilla pequeña puede superar a computadoras poderosas que derrochan ingentes cantidades de potencia.
Más agua y más residuos
Y no es solo energía. La refrigeración de estos centros de datos devora millones de litros de agua. Un centro de datos promedio puede usar 9 litros de agua limpia por cada kW h de energía.
A esto se suma el ciclo de vida del hardware: la rápida obsolescencia de los chips y servidores genera una montaña creciente de residuos electrónicos. Por si fuera poco, su fabricación depende de la extracción de minerales escasos, a menudo, en condiciones de dudoso respeto a los derechos humanos.
Entre el fin y los medios
Entonces, la IA ¿es el problema o solución? Aquí reside la gran paradoja. A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad.
La misma tecnología que consume energía de forma voraz es la que usamos para optimizar las redes eléctricas, gestionando la intermitencia de las renovables, y para crear una “agricultura de precisión” que reduce drásticamente el uso de agua y fertilizantes. Además, nos permite predecir desastres naturales con mayor antelación y diseñar medicinas o nuevos materiales sostenibles, al tiempo que optimiza las rutas de transporte para reducir emisiones.
Aunque ya se avanza en modelos más “ligeros” (mediante técnicas como la “poda” o el “destilado”) la solución no vendrá solo de optimizar el software. La verdadera revolución debe ocurrir en el hardware.
Aquí es donde entran en juego la nanotecnología y nuevos paradigmas de computación, como la computación en memoria, que busca vencer el cuello de botella de von Neumann diseñando chips que unen procesamiento y memoria en el mismo dispositivo; los “memristores” son un ejemplo de esta tecnología.
Otra idea aún más radical es la revolución fotónica, que propone dejar de usar electrones y empezar a usar fotones (partículas de luz). Al no tener masa ni generar calor por fricción, un procesador fotónico podría ser miles de veces más eficiente.
Finalmente, se explora la computación analógica: a diferencia de los chips digitales (que operan con 0 y 1), estos sistemas se inspiran en la física de los sistemas naturales para procesar información de forma más fluida, similar a nuestro cerebro.
Retos por recorrer
El camino hacia una IA sostenible no es solo un desafío técnico: es una cuestión de gobernanza. Iniciativas como el Programa Nacional de Algoritmos Verdes en España son un primer paso. Necesitamos una visión holística que combine innovación tecnológica, regulación proactiva y una profunda conciencia social y política.
Hablamos de una tecnología que tiene el potencial de transformar nuestro mundo, pero solo si lo hace sin consumir el planeta en el proceso.
En España, el 6,5 % del alumnado sufre acoso con frecuencia y el 15,8 % lo padece varias veces al mes, un porcentaje que escala al 21 % si hablamos de estudiantes de origen migrante. Cuando el problema se cuenta en cifras, solemos percibirlo como una estadística más. Pero todo cambia si hablamos de las historias de Sandra Peña, Dani Quintana, Kira López, Lucía, Jesús Alejandro, Daniela… Entonces dejan de ser números y se convierten en una herida colectiva, en el reflejo de un fallo, en una decepción como sociedad.
Cada uno de estos nombres representa, desgraciadamente, el desenlace catastrófico de una experiencia de sufrimiento emocional ligada al acoso escolar. Aunque no todas terminan en tragedia, todas dejan una huella profunda. En cada caso aparecen las tres figuras clásicas del acoso –víctima, agresor y observador–, diferentes en su papel, pero unidas por una misma necesidad: aprender a regular lo que sienten.
La capacidad que marca la diferencia
La autorregulación emocional es una capacidad a menudo invisible que puede marcar la diferencia entre el daño y la resiliencia en la víctima, entre la impulsividad y la empatía en el agresor, y entre la pasividad y la implicación en el observador.
Entender las emociones que subyacen a ciertos comportamientos –como la ira, la inseguridad, el miedo o la culpa– no implica justificarlos. Sin embargo, identificarlas nos permite comprender que todos, sin excepción, necesitamos aprender a regular lo que sentimos. Solo desde esa conciencia es posible intervenir de manera preventiva y con un enfoque centrado en el cuidado.
Una gestión emocional adecuada se asocia con un mayor bienestar, mejor rendimiento y relaciones más saludables; por el contrario, una deficiente está vinculada con estrés, ansiedad y problemas de salud mental.
Los compañeros que presencian una situación de acoso y presentan una buena autorregulación emocional –es decir, que emplean estrategias adaptativas para manejar sus propias emociones– tienden a intervenir de forma prosocial y a reducir la incidencia del acoso.
¿Cómo podemos fortalecer y desarrollarla?
La autorregulación emocional es una habilidad transversal que puede y debe ser entrenada y desarrollada a lo largo de la vida. Su fortalecimiento no depende únicamente del esfuerzo individual, sino del compromiso conjunto de la escuela, la familia y la sociedad.
La escuela debe convertirse en un espacio donde los estudiantes aprendan a reconocer, comprender y gestionar sus emociones en un entorno de apoyo y confianza. Para lograrlo, la evidencia sugiere fomentar la educación emocional explícita desde edades tempranas, integrando estrategias de regulación en las rutinas escolares y promoviendo espacios de práctica segura, con diarios emocionales o tutorías socioemocionales. Estos procesos se deben acompañar con apoyo social y relaciones de confianza.
¿Cómo se logra este ajuste? Entre las estrategias más efectivas destacan el despliegue atencional (distraerse o concentrarse deliberadamente), la reestructuración cognitiva (reinterpretar una situación buscando significados más constructivos) y la aceptación emocional.
También resultan muy útiles prácticas como la respiración consciente, el escaneo corporal —una técnica de atención plena que invita al alumnado a recorrer mentalmente las sensaciones físicas para detectar tensiones o señales internas— y la autoobservación sin juicio —una forma de monitorización emocional que enseña a reconocer pensamientos y estados internos sin valorarlos como “buenos” o “malos”—. Estas estrategias ayudan a los estudiantes a identificar y regular sus estados internos, especialmente cuando se combinan con un entrenamiento temprano en afrontamiento positivo.
Apoyo familiar y autonomía
La familia y la sociedad también desempeñan un papel clave en el desarrollo emocional. La calidez parental, el apoyo afectivo y las relaciones de confianza ofrecen un marco donde niños y adolescentes aprenden a manejar lo que sienten. Los hogares que validan las emociones y modelan el autocontrol fomentan un mayor equilibrio y reducen la probabilidad de conductas agresivas o de victimización.
A su vez, la sociedad influye a través de sus mensajes culturales, el clima social y las redes de apoyo, que pueden actuar como factores protectores o de riesgo. Los entornos que promueven la empatía y la cooperación fortalecen la resiliencia y la capacidad de regular emociones.
Cambiar la manera de afrontar el acoso
Si bien regular las emociones no evita las situaciones de acoso, sí puede cambiar la forma en que los jóvenes las experimentan y afrontan, así como su capacidad para prevenirlas o resolverlas. Es necesario apelar a la corresponsabilidad de la escuela, la familia, la comunidad y demás estructuras políticas y sociales para la prevención, contención, control y resolución de estos casos.
Enseñar a regular las emociones no es un lujo pedagógico, es una forma de cuidado de los jóvenes. Cuando niños y niñas aprenden a reconocer su miedo o su tristeza, saben gestionarla, buscan ayuda y la reciben, dejan de estar solos frente a ese dolor. Y esa diferencia puede salvar más de una vida.
La Dra. Rocío González Suárez cuenta con financiación para su formación posdoctoral a través del Sistema Universitario Gallego, mediante una beca concedida por el Departamento de Economía, Industria e Innovación de la Xunta de Galicia (España), así como del programa posdoctoral Fulbright (Ref.: ED481B-2023-134).