La presencia de mujeres en la investigación ha crecido de forma constante en todas las disciplinas. Este avance numérico convive, sin embargo, con un fenómeno menos visible que ayuda a explicar por qué la desigualdad sigue presente en el mundo académico: la homofilia de género, es decir, la tendencia a colaborar con personas del mismo sexo. Lejos de desaparecer, esta dinámica ha ganado fuerza con el tiempo, y lo hace de manera desigual para hombres y mujeres.
En un estudio reciente, analizamos más de 28 millones de artículos publicados entre 1980 y 2019 en todas las áreas del conocimiento, para entender cómo la presencia de mujeres y hombres transforma las redes de colaboración científica.
Colaboración entre géneros, patrón asimétrico
En 1980, la investigación estaba fuertemente marcada por la brecha de género. En áreas como Mecánica o Electroquímica las mujeres apenas firmaban un 8 % de los artículos publicados. Resulta aún más llamativo que, incluso en áreas que hoy solemos considerar “tradicionalmente femeninas” –como estudios de familia–, ellas apenas alcanzaban el 25 % de las autorías.
Al igual que sucede en el mercado laboral, la presencia de mujeres en la ciencia ha crecido de forma sostenida durante las últimas cuatro décadas. Con la incorporación progresiva de mujeres a campos tradicionalmente masculinizados, cabría esperar que aumentaran las publicaciones firmadas por equipos mixtos.
Pero los datos muestran algo muy distinto: la colaboración entre mujeres y hombres toca valores mínimos cuando ellas alcanzan entre un 35 % y un 40 % de representación en un área, es decir, en el punto en que el campo deja de estar claramente dominado por hombres.
¿Por qué justo ahí? Una explicación posible es el desequilibrio histórico de poder en la academia: los hombres han ocupado durante décadas la mayoría de las posiciones de influencia y pueden percibir que una presencia femenina creciente amenaza ese privilegio. Como reacción, tienden a reforzar el statu quo, colaborando preferentemente entre ellos y dejando fuera a las mujeres.
Las mujeres, más proclives a alianzas mixtas
Podríamos pensar que las mujeres reaccionan igual, pero los datos muestran lo contrario. En las áreas donde ellas son mayoría –por encima del 55 %–, la homofilia de género cae a mínimos. Una posible explicación es que los hombres siguen ocupando, incluso en esos campos, la mayoría de los puestos de mayor poder, prestigio y acceso a recursos. Colaborar con ellos puede abrir puertas a más visibilidad, financiación y oportunidades.
En otras palabras, mientras los hombres tienden a reforzar alianzas para mantener su posición, las mujeres suelen mostrarse más abiertas a las colaboraciones mixtas, porque estas les permiten avanzar en un sistema donde el prestigio académico continúa inclinado a favor de los hombres.
Por qué importa con quién se publica
En la academia, publicar es sinónimo de progresar laboralmente. Las colaboraciones abren la puerta a nuevos proyectos, financiación y oportunidades de promoción. Cuando esas redes se concentran en grupos mayoritariamente masculinos, son los varones quienes mantienen un acceso preferente a los recursos que impulsan una carrera científica.
Este desequilibrio tiene efectos duraderos. Aunque aumente la participación de mujeres en un campo, las dinámicas de colaboración no siempre cambian al mismo ritmo. Ellas siguen encontrando más obstáculos para firmar como primeras autoras, reciben menos citas y tienen más difícil acceder a los círculos de influencia que marcan el paso dentro de la academia.
Además, numerosos estudios muestran que la colaboración entre géneros es beneficiosa para todos. Los entornos diversos reducen el estrés, distribuyen mejor la carga de trabajo y mejoran el rendimiento.
Sobre todo, los equipos mixtos producen resultados más innovadores e influyentes que los formados por personas muy similares. En consecuencia, reducir la homofilia es clave para mejorar tanto la eficiencia de las organizaciones como la experiencia profesional de cada persona.
Paridad numérica no significa integración
Que la homofilia aumente justo cuando un campo avanza hacia la paridad plantea una paradoja: lograr equilibrio numérico no es suficiente para garantizar la igualdad. En las últimas décadas se han desplegado numerosas iniciativas –como, por ejemplo, programas para atraer a más mujeres a las carreras STEM, medidas de conciliación o sistemas de cuotas– que han conseguido el objetivo más tangible: hoy hay más mujeres investigando en todos los campos.
Pero tener más mujeres no implica necesariamente más colaboración entre géneros. La distribución desigual de recursos, la existencia de redes ya consolidadas y los incentivos ligados a posiciones históricamente dominantes hacen que las formas de trabajar sigan favoreciendo a quienes han ocupado el poder durante décadas. Por ello, el avance hacia una ciencia más equitativa no se mide solo en porcentajes: también requiere actuar sobre las formas de relación y colaboración.
La igualdad no termina en la puerta del laboratorio, se construye dentro de él: en qué correos se envían para proponer coautorías, a quién se invita a un proyecto y quién aparece en la firma final.
Por el momento, la homofilia funciona como un mecanismo silencioso que mantiene desigualdades incluso cuando las cifras parecen equilibradas. Reconocerlo es un paso imprescindible para que la ciencia sea no solo diversa, sino realmente inclusiva.
Iñaki Úcar ha recibido financiación del Gobierno de Madrid (Comunidad de Madrid) a través del Acuerdo Plurianual con la UC3M en la iniciativa Fostering Young Doctors Research (CONCIERGE-CM-UC3M), en el marco del V PRICIT. Asimismo, ha recibido fondos para el APC de la Universidad Carlos III de Madrid (Acuerdo CRUE-Madroño 2025).
Margarita Torre ha recibido financiación del Gobierno de Madrid (Comunidad de Madrid) a través del Acuerdo Plurianual con la UC3M en la iniciativa Fostering Young Doctors Research (CONCIERGE-CM-UC3M), en el marco del V PRICIT. Asimismo, ha recibido fondos para el APC de la Universidad Carlos III de Madrid (Acuerdo CRUE-Madroño 2025). Además, cuenta con financiación de la Fundación Española para la Ciencia, MCIN/AEI /10.13039/501100011033, mediante el proyecto PID2022-142457OB-I00.
Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía moral y política, es una de las mentes más lúcidas de la filosofía en España. Fue senadora y se desempeñó como presidenta de la Sección Séptima del Consejo de Estado y consejera permanente de este órgano. Haber vivido la política desde dentro le otorga la facultad de analizar con rigor crítico sus limitaciones, contradicciones y retos. Con esta doble mirada habla con nosotros y se pasea por las grandes inquietudes de nuestro tiempo: la conquista de las libertades, el papel de la tecnología, los deseos, la soledad o el individualismo de algunos jóvenes. En su último libro, La sociedad de la desconfianza (Arpa Editores, 2025) analiza por qué hemos dejado de confiar en muchas de las cosas que nos rodean como la política o las instituciones y nos hemos refugiado en círculos íntimos. Entre algoritmos que condicionan nuestras decisiones y vínculos humanos que se debilitan, emergen muchas preguntas urgentes.
¿En qué momento hemos perdido la confianza como sociedad? ¿Es que no confiamos ya en nada?
En casi nada. Confiamos en núcleos pequeños, en el núcleo familiar, en el núcleo de amigos. En la política es evidente que cada vez confiamos menos. Confiamos poco en las instituciones porque no cumplen las expectativas que ponemos en ellas. Confiamos poco en las grandes corporaciones y en esas empresas que deberían darnos servicios. Cuesta mucho entender que las eléctricas o los bancos, es decir, las grandes compañías, no nos ayuden. La inteligencia artificial lo hace, y eso es un progreso, pero también nos complica la vida. En muchas ocasiones, las relaciones personales han ido decreciendo porque todo lo hacemos a través de pantallas, a través de máquinas, a través de robots que nos contestan. Vivimos en un mundo que se nos hace bastante hostil, todo ha empeorado por ese clima de polarización, de confrontación, de guerras que parecen cotidianas y con las que no hay manera de acabar. En fin, necesitamos dar un salto hacia adelante que resulte realmente prometedor. La sociedad está cambiando mucho, hay necesidades muy nuevas.
Gran parte de la sociedad tiene la impresión de que todo es caótico a su alrededor: guerras, migrantes perseguidos, odio, cambio climático, nacionalismos, líderes extremistas…
¿Estamos en un periodo histórico especialmente pesimista?
El siglo pasado fue un siglo malo, un siglo de dos grandes guerras en las que murió mucha gente, donde se perdieron muchas cosas. Pero luego hubo un rebrote que permitió hacer la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, por ejemplo,
crear el estado de bienestar en Europa. Ahora tenemos más conciencia que antes de los peligros del fascismo. Los Estados están más estructurados democráticamente, con poderes separados (aunque a veces no lo parezca) que intentan, en definitiva, frenar los despropósitos. Pero ha habido, por supuesto, épocas socialmente malas. Ha habido épocas de grandes retrocesos. Ahora sería el momento de dar un salto hacia un mundo distinto, hacer un cambio, una revolución. Si miramos atrás en la historia, vemos un cierto progreso. El propio liberalismo fue un progreso al considerar que el sujeto, el ser humano, debía ser considerado un sujeto libre, un sujeto de libertades básicas. Luego eso ha evolucionado de una forma indebida, porque ese sujeto libre no ha sabido autolimitarse. Por eso hay que esperar. A pesar de la desconfianza, hay que tener esperanza en que, si algo puede mejorar, dependerá de nosotros.
Ha mencionado la inteligencia artificial como un progreso dentro del mundo de la desconfianza, pero también como algo que nos puede complicar las cosas. ¿Qué riesgos éticos observa en ella y cómo debería regularse su uso?
La inteligencia artificial es un progreso para la humanidad. Es decir, nos puede ayudar mucho y nos ayuda ya en muchos aspectos. Por ejemplo, a calcular porque lo hace mucho más rápido que la inteligencia humana. También puede ser muy beneficiosa
aplicada a diagnósticos médicos, a tratamientos, etcétera. Sin duda es un gran avance. Pero también limita en parte nuestra libertad. Nos impone una manera de hacer las cosas. Lo vemos continuamente cuando queremos buscar algo, pero la web quiere que lo hagamos de una manera determinada, lo cual repercute en el aprendizaje. Hace falta que los gobiernos y los supragobiernos regulen la IA.
Pero tenemos también que insistir en autorregularnos con respecto al uso que hagamos de todas las ventajas que ofrece.
Las redes sociales hoy en día fomentan una comunicación inmediata, a menudo agresiva. ¿Qué virtudes cívicas deberíamos recuperar para humanizar el impacto digital?
Quizá lo mejor sería no usar las redes sociales, que es lo que hago yo. No participar de ellas también es una opción. No tenemos por qué estar en todos lados. Se nos ofrecen muchas cosas y parece que hay que estar en todas. Si supiéramos discernir más… Yo conozco a gente que no ha tenido móvil nunca, que son profesionales pero no quieren ser dependientes de un móvil. Creo que uno mismo tendría que ser capaz de decir no a las cosas, aunque los demás las tengan; así, tomas decisiones más individuales. Vivimos en un mundo muy individualizado, pero en realidad el ser humano como tal toma pocas decisiones y se mete en todo aquello que le ofrecen como una necesidad nueva.
Usted ha reflexionado profundamente sobre la tolerancia: ¿cómo se traza la línea entre la libertad de expresión y el discurso del odio que se palpa en las redes?
Es difícil, pero sobre todo hay que fomentar la autorregulación. No podemos
decir que unos insultos son odio y otros no. Tenemos que conocer siempre el contexto y autorregularnos. No hay autocontrol porque solo acepto los límites que me imponen desde fuera, que son los de la ley. Pero si la ley no me dice, por ejemplo, que no puedo decir tacos en el Parlamento, pues ahí hacemos
lo que nos da la gana. La ley es el límite en un estado de derecho. Un mundo liberal tiende a disminuir las prohibiciones, a poner menos límites, porque da más libertad al individuo, sobre todo esa libertad que es tan difícil de delimitar: la libertad de expresión. Hay que poner más límites desde fuera y no celebrar el insulto público.
Diferencia en su último libro dos tipos de libertad, la positiva y la negativa. ¿Cuál es el concepto que tiene ahora mismo nuestra sociedad?
Los filósofos llamamos libertad negativa a esa libertad de hacer todo lo que
me apetece, todo lo que me interesa y me conviene con el único límite que
ponen el derecho y la ley. No es una libertad que lleve al progreso, a la mejora
del mundo o de uno mismo. No es una libertad que se pregunte qué debo hacer en el sentido moral del concepto, sino que se deja llevar. La libertad positiva es la que tiene en cuenta la propia mejora de uno mismo y la de la sociedad en la toma de decisiones.
¿Cree que nos estamos convirtiendo en una sociedad sin valores?
Yo no diría eso, porque tenemos muchos más valores hoy que hace cien años. Por ejemplo, contamos con unos derechos humanos consensuados. El valor de la libertad y el valor de la igualdad se han desarrollado mucho, y eso es nuevo, tiene pocos
siglos de existencia. Por lo tanto, esos valores existen; lo que ocurre es que
son abstractos, teóricos. La dificultad es llevarlos a la práctica y hacerlo
de la mejor manera, porque a veces en torno a, por ejemplo, lo que debe ser la igualdad de oportunidades, cada persona opina algo distinto y no se llega a un acuerdo. Tener un código ético no resuelve nada. Lo que lo resuelve es la práctica del código, que es más complicado que elaborarlo.
Usted ha defendido la ética como una guía para la vida democrática. ¿Qué principios considera más urgentes en una sociedad marcada por la polarización?
El valor que deberíamos intentar practicar más es el respeto mutuo. Etimológicamente, la palabra viene del latín respicere, que significa “mirar dos veces”. Pues eso: hay que mirar dos veces a una persona, detenernos en sus rasgos
para respetarla. De todas las virtudes cívicas que deberíamos recuperar en momentos de polarización, la más importante sería ese respeto mutuo que significa escuchar, que significa reflexionar otra vez.
Ese es quizá otro de los retos de nuestra sociedad: saber reflexionar, tener un espíritu crítico ante lo que nos rodea… Pero ¿cómo podemos enseñar a los más jóvenes a hacerlo?
La idea de que hay que transmitir un espíritu crítico está en todas las leyes
de educación de la democracia; otra cosa es que se sepa poner en práctica.
Entendemos el espíritu crítico como algo que parece que tiene que salir espontáneamente. Como si la cosa fuera tan fácil como poner a un joven ante un
problema y preguntarle: “¿Y tú, qué opinas?”. Eso no es espíritu crítico. Formar el carácter es inculcarlo también. Es decir, establecer la relación entre lo que está bien y lo que está mal. En términos generales, es algo que se aprende con el ambiente. Se aprende creando lo que algunos llaman círculos virtuosos, donde cada cual piensa por sí mismo.
¿Qué papel cree que debería desempeñar la filosofía en la formación ciudadana
de las nuevas generaciones?
El objetivo de la filosofía es intentar comprender mejor el mundo y comprenderse
uno a sí mismo. Y hacerlo desde una perspectiva global, intentando ver qué es aquello que nos satisface, cómo debería ser y aportar algo que sirva para mejorar.
La filosofía sirve para razonar mejor, hacer las preguntas adecuadas, tener hábitos de pensamiento, conceptualizar mejor las situaciones para hacer las preguntas más adecuadas. Es un trabajo de hábitos de pensamiento. Hoy se da mucho pábulo a las emociones. Las emociones son importantes porque motivan el comportamiento. El odio es una pasión, un sentimiento que hay que descartar siempre. Pero la indignación es buena. La indignación ante las injusticias, ante lo que está ocurriendo en Gaza. Aristóteles decía que es muy fácil enfadarse. Todo el mundo sabe hacerlo, pero hay que enfadarse bien, por la causa adecuada.
Dedica mucho espacio al deseo en su último libro. ¿De dónde nace el deseo de muchos jóvenes de tenerlo todo, aquí y ahora?
Nace de una economía de consumo que llega por todas partes. Siempre digo que a los niños no hay que enseñarles a consumir, que ellos lo hacen en cuanto entienden el valor del dinero. Pero eso no tiene límites. Porque han ido desapareciendo casi todas las normas y el esfuerzo de autodominio es, para mí, comparable al que existía cuando la religión tenía más peso y era más potente en la vida de las personas. Antes, la fuerza de la religión y del pecado era muy grande, separar entre lo que se debía desear y lo que no. El simple deseo ya estaba condenado. La
religión cumplía esa función de enseñarle a la persona a autodominarse. En cuanto nos hemos secularizado, lo que antes hacía la religión ahora no lo hace nadie. Y claro que la autolimitación impuesta por la doctrina religiosa no era la adecuada, pero deberíamos tener una autolimitación que no sea impuesta desde fuera.
Asegura que el individualismo moderno ha ido deshaciendo todos los lazos, salvo los familiares. Sin embargo, hay miles de personas mayores que viven solas, que no tienen apoyo familiar…
La soledad no deseada es una expresión que aparece mucho actualmente y que se asocia, sobre todo, a la soledad de los mayores porque es algo intrínseco a la mayor esperanza de vida. Quienes viven más van perdiendo la pareja, los amigos, las posibilidades de relacionarse y las capacidades físicas, lo que distancia a estas personas del mundo. Tienen una especie de cansancio de vivir y, ante las novedades como la inteligencia artificial, se sienten aún más distantes. Dicen eso de que “Bueno, es que ya no tengo ganas de meterme y aprender otra cosa…”. Claro, eso es algo que deberíamos aprender a corregir, porque la esperanza de vida debería ir acompañada también de una reflexión sobre cómo hacer para que las ganas de vivir no se pierdan.
Decía Nietzsche que la grandeza de un hombre se mide por la soledad que es
capaz de soportar… ¿Será que los humanos no somos grandes entonces? Hay miles de personas que no son capaces de vivir con ella, e incluso es la causa de muchos suicidios. ¿Cree que no nos han enseñado desde pequeños a valorar y disfrutar de la soledad?
Seguramente es verdad que no hemos aprendido. No me gusta decir que no nos han enseñado, porque lo que hacemos es culpar a los demás de algo que uno debe ir aprendiendo sin que se lo enseñen explícitamente. Vivimos en un mundo donde se valora mucho la independencia y existen modos de vida distintos. Por ejemplo, parejas que prefieren vivir separadas, pero seguir siendo pareja. Si realmente
valoramos la independencia, la autonomía de la persona, deberíamos ser más capaces de disfrutar la soledad, pero también hay que tener recursos para llevar bien el estar solos. La bióloga italiana y premio nobel Rita Levi-Montalcini, en su libro El as en la manga. Los dones reservados a la vejez, decía que las personas deben, precisamente, tener alguna baza para hacer frente a la vejez con ganas, gozando
de la vida. Ese as en la manga pueden ser muchas cosas: la música, el arte, la
lectura… Pero lo que más nos ayuda son las relaciones de amistad.
¿Por qué a pesar de ser unos privilegiados vivimos en la era del pesimismo y
de las contradicciones? ¿A lo mejor es que no lo somos tanto?
Sí, somos privilegiados. Somos privilegiados porque vivimos en un mundo desarrollado y teóricamente civilizado, aunque esta última sea una palabra que podríamos discutir mucho si la aplicamos a nosotros mismos. Pero si nos comparamos,
por ejemplo, con los migrantes que llegan cada día en esas embarcaciones
que muchas veces se quedan a medio camino, pues realmente somos privilegiados. El mundo, en general, está viviendo su mejor época: las mujeres disfrutan hoy de una vida mucho mejor que hace cien años, no hay esclavos, existen unos derechos
fundamentales reconocidos… Es decir, se han ido consiguiendo muchas cosas y hemos progresado moralmente. Pero estamos enfadados, estamos hartos de un mundo
que no nos acaba de gustar. Hemos llegado a unos extremos de libertad individualista egoísta, de entender la libertad como satisfacer solo los propios deseos, hacer lo que uno quiere mientras la ley se lo permita, es decir, no pensar en el otro.
¿Por qué desconfiamos tanto de la política?
Porque es lo que tenemos más presente y vemos más a menudo. Yo no creo que la política vaya mucho peor que otras cosas. Es cierto que el Parlamento siempre ha sido un poco una olla de grillos, pero yo creo que ahora hemos llegado a unos extremos tremendos, por el ascenso de los partidos de extrema derecha, y a veces de extrema izquierda también. Todo está muy distorsionado, se ha pervertido mucho
y se desvirtúa el sentido que debería tener la democracia. No se puede insultar,
ni lanzar determinadas expresiones racistas. No se llegan a discutir los temas porque nos perdemos en tonterías y en debates ridículos.
Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a los derechos digitales.
Los grandes carnívoros siempre han tenido un fuerte valor simbólico en las sociedades humanas. Desde los lobos, retratados como astutos o malvados en cuentos como Caperucita Roja, hasta los osos, que adornan los escudos de ciudades como Berlín, Berna o Madrid, estos animales han formado parte de nuestra cultura durante siglos. Hoy, en Europa, se han convertido además en piezas del tablero político, utilizadas como armas simbólicas y como chivos expiatorios en un contexto cada vez más polarizado.
Durante muchos siglos, los grandes carnívoros europeos estuvieron en declive debido a la persecución y destrucción de sus hábitats, sobreviviendo solo en refugios remotos. En las últimas décadas, especies como el lobo, el oso pardo y los linces –ibérico y euroasiático– están regresando gracias a la protección legal y el abandono rural, que favorece la recuperación de hábitats y de presas naturales.
Este resurgimiento ha despertado entusiasmo, pero también críticas, sobre todo relacionadas con la seguridad de las personas y las pérdidas económicas causadas por sus ataques en comunidades rurales.
Un debate que ignora las evidencias científicas
El debate público, sin embargo, cada vez más sensacionalista y más dominado por el miedo, se está radicalizando y dejando de lado la evidencia científica.
Algunos partidos y grupos de presión han utilizado la conservación de estas especies para impulsar agendas contrarias a las políticas ambientales, presentando el conflicto como un enfrentamiento entre “élites urbanas” y comunidades rurales. Una narrativa simplista que poco ayuda a encontrar soluciones reales.
Los osos pardos también generan controversia. Un ejemplo emblemático es el de los Alpes italianos, donde los crecientes conflictos con los humanos amenazan la conservación a largo plazo de la población local de osos, aún pequeña y genéticamente aislada. En 2023, un ataque mortal en Italia protagonizado por una osa con crías volvió a encender el debate sobre la gestión y la coexistencia con los osos y, más en general, sobre los compromisos que conlleva la reintroducción de grandes carnívoros en zonas altamente frecuentadas por el ser humano.
Pancarta que dice ‘el lobo está subvencionado, el granjero está arruinado’ en una protesta de agricultores en Alemania. Conceptphoto.info/Flickr, CC BY
Medidas no letales para evitar daños
No obstante, la ciencia es clara: la coexistencia entre humanos y grandes carnívoros es posible y necesaria. Así como las comunidades rurales tienen derecho a mantener su medio de vida, todos tenemos la responsabilidad de conservar los ecosistemas que nos sostienen. Ecosistemas que también dependen de los grandes carnívoros para mantenerse sanos y resilientes.
Las estrategias no letales para controlar las posibles acciones negativas de estas especies son eficaces y, en muchos casos, más efectivas que las letales. Estudios sobre lobos muestran que las eliminaciones generalizadas o aleatorias, cuando no se dirigen a individuos conflictivos, no reducen la depredación y, a veces, incluso la aumentan.
Medidas como cercados eléctricos, presencia humana en los pastos, perros guardianes y resguardo nocturno del ganado han demostrado reducir los ataques y favorecer la convivencia. Su implementación puede ser costosa o poco conocida, por lo que los gobiernos deberían promoverla mediante ayudas económicas, apoyo técnico y participación comunitaria.
En casos específicos, la eliminación selectiva de individuos conflictivos puede ser necesaria y compatible con la conservación a largo plazo, restaurando la confianza de las comunidades locales.
Los ataques son raros, pero hay que proteger a las personas
Otro mito común es que los grandes carnívoros representan una amenaza grave para los humanos. Los ataques son muy raros en Europa y suelen derivarse de conductas humanas de alto riesgo. Campañas de información dirigidas a turistas y a quienes viven en zonas con grandes carnívoros pueden enseñar conductas más seguras y ayudar a prevenir accidentes.
No obstante, en los casos de individuos que repetidamente generan conflictos que pueden poner en riesgo vidas humanas, las decisiones sobre gestión no pueden basarse prioritariamente en buscar compromisos con las opiniones de grupos o activistas que, sin conocimientos técnicos, tienden a priorizar al animal de manera estricta. Proteger a un oso que ha causado un ataque mortal sin considerar la seguridad de las personas puede generar rechazo en las comunidades locales y, a la larga, poner en riesgo a más osos si las autoridades no actúan de manera adecuada.
De cara al futuro, la conversación sobre grandes carnívoros debe guiarse por la ciencia y la empatía. La gestión basada en evidencia solo funciona si reconoce a quienes se ven más afectados. Construir confianza requiere políticas transparentes, compensaciones adecuadas y herramientas no letales accesibles.
Los grandes carnívoros no deberían ser tratados como marionetas políticas entre lo urbano y lo rural o entre la Europa de izquierdas y la de derechas. La verdadera amenaza al medio de vida rural suele encontrarse en la marginación económica y la presión de la agricultura industrial. Sin embargo, los grandes carnívoros se convierten en chivos expiatorios. Si basamos nuestras decisiones en ciencia, equidad y empatía, es posible imaginar una Europa donde humanos y grandes carnívoros coexistan de manera sostenible.
Vincenzo Penteriani es miembro de IBA (International Association for the Bear Conservation and Management, EEUU).
Giulia Bombieri, Marco Salvatori y Martín Boer-Cueva no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Palacios González, Personal Docente e Investigador, Historia del Arte, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia
El 11 de noviembre se hizo público el resultado del concurso de proyectos convocado por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana español el pasado mes de abril para la “resignificación” del Valle de los Caídos, antiguo mausoleo de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera, que también acoge los cuerpos de otras 33 000 personas llevadas durante la dictadura y la Transición, hasta 1983.
Resultó ganadora la propuesta “La base y la cruz”, de los estudios Pereda Pérez Arquitectos y Lignum S. L., que recibirán 4 millones de euros como honorarios para realizar una intervención que costará otros 26 millones de euros.
Detalle del proyecto ‘La base y la cruz’ para el Valle de los Caídos.
Se propone así una “gran grieta” que, según el secretario general de Agenda Urbana, Iñaqui Carnicero, transformará el Valle y se enfrentará “a la monumentalidad del conjunto existente”. Se eliminará la escalinata vertical que da acceso a la basílica y en su lugar se construirá un nuevo soportal a los pies del templo. Se argumenta desde el Gobierno que dará “más protagonismo a la naturaleza”, así como que “invita al diálogo y a una visión más plural, más democrática, donde se incluyan muchas perspectivas”.
Normalmente las políticas públicas están respaldadas por evidencias científicas, ya sea para la planificación de un nuevo viaducto o la próxima campaña de vacunación antigripal. No obstante, esta decisión parece estar basada más en creencias que en datos empíricos.
Políticas públicas y convicciones
La socióloga Sarah Gensburger y la politóloga Sandrine Lefranc, ambas investigadoras del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), han señalado en su trabajo que las políticas de memoria siguen siendo políticas.
Lo que entendemos como políticas de memoria han tendido a ser estrategias que pretenden debilitar la legitimidad de regímenes anteriores y buscan disuadir a quienes apoyan sus ideas. Se sustentan sobre la convicción de que conocer las violencias y tragedias del pasado permitirá construir en el presente sociedades pacíficas y tolerantes, evitando así que conflictos similares vuelvan a producirse.
Sin embargo, esas evocaciones de carácter pedagógico y reconciliador, basadas en la hipótesis de que “el que olvida, repite”, utilizan un argumento político que no es una evidencia psicológica. Los estudios de las últimas décadas han demostrado, de hecho, lo contrario.
Gensburger y Lefranc han trabajado sobre el caso francés y han resuelto que la multiplicación de políticas de memoria discurrió en paralelo al aumento de los votantes de extrema derecha. Ponen ejemplos anteriores que han determinado que las actividades pedagógicas en lugares como Auschwitz-Birkenau en lugar de favorecer el diálogo han dado pie a ideas chovinistas y de aislamiento, especialmente en el caso de jóvenes israelíes. O en Bélgica, donde algunos programas didácticos sobre la Primera Guerra Mundial generaron deseos de venganza y no de pacifismo.
El discurso autorizado del patrimonio
Al mismo tiempo que las decisiones sobre la resignificación del Valle se basan en creencias en lugar de hechos científicos, también se ven mediadas por lo que puede denominarse la ideología del patrimonio.
La historiadora francesa Françoise Choay, especialista en urbanismo y arquitectura, señalaba que la invención del monumento histórico está basada en la oportuna confusión que genera que tanto construcciones conmemorativas como restos antiguos se etiqueten como monumentos, aunque sean figuras opuestas.
Esto tiene que ver con el hecho de que el origen de los monumentos modernos está en la Italia del siglo XV. En aquel momento se vio en los símbolos de la Roma imperial un medio para legitimar la dominación económica y política por parte de las élites económicas, militares y religiosas.
Estas ideas se extendieron durante la construcción de los estados-nación con lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó “tradiciones inventadas”. Así se denominan los artefactos y prácticas que se presentan o perciben como históricos pero que son recientes y están conscientemente “disfrazados” de antiguos para parecer legítimos (como es el mismo Valle de los Caídos con su arquitectura historicista de los años 50).
Todas iban a la zaga de Alois Riegl, historiador del arte al servicio del Imperio Austrohúngaro. Riegl teorizó los “hechos” y “valores objetivos” por los cuales se determina un monumento como “documento original” a conservar. Al definirlo como “antiguo”, “conmemorativo” o “histórico”, se ocultaba la agenda política detrás de la decisión de conservarlo.
La investigadora australiana Laurajane Smith advierte sin embargo de que la forma dominante y legitimada de pensar, escribir y hablar sobre las prácticas de gestión del patrimonio es solo una: el llamado “discurso autorizado”. Esto imposibilita un debate real que conduzca a cambios en las prácticas de gestión y planificación: puede discutirse la resignificación del monumento pero no el derecho mismo a la existencia.
En este sentido vemos que la existencia del Valle de los Caídos no ha sido discutida. Al contrario, se le han añadido más capas de valor. Alfredo González-Ruibal, arqueólogo español, afirma que la decisión incluso trata con más “tacto” al monumento que a otro patrimonio de mayor valor. A él no le “apetece dialogar en el Valle de los Caídos”, porque “el Valle es la dictadura. No hay ambigüedad ni matiz. Es un monólogo en el que no cabe diálogo alguno”. En este sentido, lo que la resignificación demuestra es la continuidad en el culto al monumento pero con una nueva capa de aparente “dialogismo”.
La trampa de la resignificación
Monumentos como el dedicado a los “judíos asesinados de Europa” en Berlín, el Museo Sitio de la Memoria ESMA en Buenos Aires o el contra-monumento “Fragmentos” en el Museo Nacional de Colombia comparten esa apuesta por hacer de memorias negativas espacios de diálogo y confrontación con el pasado. Al hacerlo asumen que estos monumentos tienen la cualidad dialógica per se, una creencia atribuida a artefactos que acumulan una larga historia cultural.
Esa idea no solo reproduce una relación imaginaria con aquello que etiquetamos como “monumento”, sino que además, como demuestran mis trabajos junto a José María Durán Medraño, ignora que no todas las personas tienen el mismo derecho al espacio público ni lo ocupan de la misma manera. El espacio viene con unas condiciones materiales previas.
Las del Valle de los Caídos, por ejemplo, son las de una dictadura que impuso la desposesión y explotación de millones de personas. Estas personas no van a dialogar con una estructura de estas características porque su memoria –generalmente oral y precaria– no tiene unas dimensiones materiales equiparables a las del Valle para disputar el relato. Por tanto, pensar que un monumento construido por el franquismo puede tener un uso “dialógico” es una ilusión que va más allá de toda fundamentación empírica.
Solo hay que observar el agravio comparativo que surge al ver cómo la memoria de las mujeres que sobrevivieron a la represión estuvo basada en la precariedad. Durante décadas debieron esquivar a los agentes del Estado para poder dejar ofrendas florales clandestinas sobre las fosas comunes donde se habían abandonado los cadáveres de sus compañeros, hijos, maridos, padres. Solo la financiación fruto de la autoorganización familiar, vecinal, militante o la suscripción popular permitió que esos lugares contasen con humildes jardines, placas y monolitos que cambiaran su significado.
Daniel Palacios González es investigador en la Universidad Nacional de Educación a Distancia como parte del contrato JDC2023-052126-I, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades / Agencia Estatal de Investigación y por el Fondo Social Europeo Plus.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Giulia Gionchetta, Postdoc Junior Leader Fellow La Caixa, Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA – CSIC)
Cada respiración es una mezcla compleja de vida y química. En cada metro cúbico de aire, especialmente en las ciudades, flotan millones de partículas diminutas conocidas como material particulado (PM, por sus siglas en inglés).
El tamaño de estas partículas es esencial, ya que no todas afectan por igual a la salud humana. Aquellas que miden 2,5 μm (PM₂.₅) –es decir, 0,0025 mm– y las que miden 10 μm (PM₁₀) son las que más se han asociado con enfermedades cardiovasculares, cáncer de pulmón o asma. Pero una nueva línea de investigación sugiere un riesgo adicional y silencioso: su papel como vehículo de la resistencia antimicrobiana.
La resistencia a los antibióticos, una amenaza global reconocida por la OMS, causo más de 1,2 millones de muertes en 2019. Las proyecciones sugieren que podría convertirse en la primera causa de mortalidad a nivel global para 2050. Tradicionalmente, se ha estudiado en hospitales, aguas residuales o alimentos, pero la atmósfera empieza a considerarse como un “nuevo” escenario donde los microorganismos pueden intercambiar genes de resistencia y sobrevivir más tiempo gracias a las partículas que los transportan.
Filtrador de bioaerosol SASS3100 (Research International) utilizado para capturar la componente microbiologica presente en el aire durante el proyecto ARISE.
“Autobús” de resistencia genética
Estudios recientes demuestran que las partículas finas de PM₂.₅ pueden transportar bacterias vivas, fragmentos de ADN y genes de resistencia a través del aire urbano. Una investigación global publicada en The Lancet Planetary Health mostró una correlación directa entre los niveles de contaminación por PM₂.₅ y la prevalencia de infecciones resistentes en más de 100 países.
Pero la historia no acaba ahí. Investigadores del Tianjin Institute of Environmental and Operational Medicine demostraron en el laboratorio que el material particulado no solo transporta bacterias: también favorece la transferencia horizontal de genes, es decir, el intercambio de ADN resistente entre microorganismos.
Esto ocurre porque las partículas ricas en carbono orgánico, metales pesados y contaminantes generan estrés oxidativo, una condición que estimula los mecanismos bacterianos de defensa y mutación. En otras palabras, la contaminación del aire podría estar acelerando la evolución microbiana.
Hospitales, escuelas y residencias, más vulnerables
El hallazgo es particularmente preocupante en entornos cerrados donde la ventilación es limitada, como hospitales, escuelas o residencias. En estos espacios, las partículas finas pueden acumular microorganismos resistentes procedentes de pacientes, polvo, productos de limpieza o tráfico exterior.
Un estudio publicado en Microbiome analizó el aire de un hospital de Guangzhou (China) y detectó genes de resistencia de origen clínico flotando en el PM₂.₅, algunos asociados con infecciones graves.
Los autores advirtieron que el “resistoma aéreo” –genes de resistencia a los antibióticos que viajan por el aire, principalmente a través de aerosoles y partículas en la atmósfera– hospitalario podría representar un riesgo ocupacional para el personal sanitario y un vector subestimado para la comunidad.
En paralelo, una revisión reciente afirma que tanto el PM₂.₅ como el PM₁₀ actúan como reservorios de bacterias resistentes en entornos urbanos e industriales. Por ello, subraya la necesidad de incluir la calidad del aire en las estrategias de control de resistencia.
El tráfico y los compuestos orgánicos volátiles
Dentro de ese mismo aire contaminado, también encontramos los compuestos orgánicos volátiles (VOC, por sus siglas en inglés), emitidos por el tráfico, productos de limpieza o plásticos. Estos compuestos, además de irritar las vías respiratorias, pueden interactuar con los microorganismos del aire y alterar su comportamiento.
Investigacionesrecientes sugieren que los VOC también afectan a la estructura de comunidades microbianas en aerosoles. Aunque todavía se estudia su papel exacto, parece claro que la combinación de partículas, química orgánica y microbiota aérea genera un escenario propicio para la persistencia y transmisión de genes resistentes a antibióticos.
La calidad del aire, protagonista
Reconocer el papel del aire supone un cambio de paradigma. Si los genes de resistencia a antibióticos pueden viajar con el polvo, combatir este problema ya no es solo cuestión restringida a los hospitales o la administración de antibióticos.
Es necesario revisar y actualizar las políticas de calidad del aire interior, urbanismo y energía. Asimismo, reducir la contaminación no solo salvaría vidas por enfermedades respiratorias: también podría frenar la expansión global de las bacterias resistentes.
Giulia Gionchetta recibe fondos de La Caixa Foundation (Postdoc la Caixa Junior Leader Fellow)
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cefe López Fernández, Profesor de Investigación (materiales fotónicos), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad. mim.girl/Shutterstock
Mientras le pedimos a la inteligencia artificial (IA) que nos eche una mano para resolver el cambio climático, su propia huella de carbono se está disparando. Y es que, aunque nos ayuda a diseñar fármacos, optimizar las redes eléctricas y predecir desastres naturales, esta tecnología tiene un coste oculto y desmesurado.
El problema es su apetito. El entrenamiento de un modelo como GPT-3, hoy ya superado, requirió unos 1300 MWh, la energía equivalente al consumo de más de 120 hogares en un año. Y eso es solo el entrenamiento: su uso diario es aún más demandante. Se estima que las consultas a ChatGPT pueden requerir diez veces más energía que una simple búsqueda en Google y ascienden a 1 000 MWh cada día en el mundo.
Este consumo es tan colosal que los gigantes tecnológicos están tomando medidas drásticas. Microsoft, Alphabet (Google) y Amazon han firmado acuerdos para comprar energía de plantas nucleares, asegurando el flujo de vatios para sus centros de datos. La IA está sedienta de energía, y esto es solo el principio.
Atasco en la computación moderna
¿Por qué la IA consume tanto? La respuesta está en la arquitectura de nuestros ordenadores, diseñada hace décadas. El problema se conoce como el cuello de botella de von Neumann: el incesante tráfico de datos entre la memoria (donde esperan los datos) y el procesador (donde son procesados). Es como si un cocinero solo pudiera agarrar un ingrediente de la nevera cada vez: pasaría más tiempo yendo y viniendo que cocinando. Este “atasco” genera latencia y, sobre todo, un calor inmenso por la disipación de energía.
Durante décadas, la Ley de Moore nos salvó: la tecnología pudo duplicar el número de transistores en un chip cada dos años y, con ello, acercar los componentes –los ingredientes de esa cocina–. Pero estamos llegando al límite físico. Apilar más y más componentes en un chip 3D reduce la superficie disponible para refrigerarlo.
La computación electrónica se está “cociendo” en su propio éxito. La diferencia con el cerebro humano es abrumadora: con el consumo de energía equivalente a lo que gasta una bombilla pequeña puede superar a computadoras poderosas que derrochan ingentes cantidades de potencia.
Más agua y más residuos
Y no es solo energía. La refrigeración de estos centros de datos devora millones de litros de agua. Un centro de datos promedio puede usar 9 litros de agua limpia por cada kW h de energía.
A esto se suma el ciclo de vida del hardware: la rápida obsolescencia de los chips y servidores genera una montaña creciente de residuos electrónicos. Por si fuera poco, su fabricación depende de la extracción de minerales escasos, a menudo, en condiciones de dudoso respeto a los derechos humanos.
Entre el fin y los medios
Entonces, la IA ¿es el problema o solución? Aquí reside la gran paradoja. A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad.
La misma tecnología que consume energía de forma voraz es la que usamos para optimizar las redes eléctricas, gestionando la intermitencia de las renovables, y para crear una “agricultura de precisión” que reduce drásticamente el uso de agua y fertilizantes. Además, nos permite predecir desastres naturales con mayor antelación y diseñar medicinas o nuevos materiales sostenibles, al tiempo que optimiza las rutas de transporte para reducir emisiones.
Aunque ya se avanza en modelos más “ligeros” (mediante técnicas como la “poda” o el “destilado”) la solución no vendrá solo de optimizar el software. La verdadera revolución debe ocurrir en el hardware.
Aquí es donde entran en juego la nanotecnología y nuevos paradigmas de computación, como la computación en memoria, que busca vencer el cuello de botella de von Neumann diseñando chips que unen procesamiento y memoria en el mismo dispositivo; los “memristores” son un ejemplo de esta tecnología.
Otra idea aún más radical es la revolución fotónica, que propone dejar de usar electrones y empezar a usar fotones (partículas de luz). Al no tener masa ni generar calor por fricción, un procesador fotónico podría ser miles de veces más eficiente.
Finalmente, se explora la computación analógica: a diferencia de los chips digitales (que operan con 0 y 1), estos sistemas se inspiran en la física de los sistemas naturales para procesar información de forma más fluida, similar a nuestro cerebro.
Retos por recorrer
El camino hacia una IA sostenible no es solo un desafío técnico: es una cuestión de gobernanza. Iniciativas como el Programa Nacional de Algoritmos Verdes en España son un primer paso. Necesitamos una visión holística que combine innovación tecnológica, regulación proactiva y una profunda conciencia social y política.
Hablamos de una tecnología que tiene el potencial de transformar nuestro mundo, pero solo si lo hace sin consumir el planeta en el proceso.
En España, el 6,5 % del alumnado sufre acoso con frecuencia y el 15,8 % lo padece varias veces al mes, un porcentaje que escala al 21 % si hablamos de estudiantes de origen migrante. Cuando el problema se cuenta en cifras, solemos percibirlo como una estadística más. Pero todo cambia si hablamos de las historias de Sandra Peña, Dani Quintana, Kira López, Lucía, Jesús Alejandro, Daniela… Entonces dejan de ser números y se convierten en una herida colectiva, en el reflejo de un fallo, en una decepción como sociedad.
Cada uno de estos nombres representa, desgraciadamente, el desenlace catastrófico de una experiencia de sufrimiento emocional ligada al acoso escolar. Aunque no todas terminan en tragedia, todas dejan una huella profunda. En cada caso aparecen las tres figuras clásicas del acoso –víctima, agresor y observador–, diferentes en su papel, pero unidas por una misma necesidad: aprender a regular lo que sienten.
La capacidad que marca la diferencia
La autorregulación emocional es una capacidad a menudo invisible que puede marcar la diferencia entre el daño y la resiliencia en la víctima, entre la impulsividad y la empatía en el agresor, y entre la pasividad y la implicación en el observador.
Entender las emociones que subyacen a ciertos comportamientos –como la ira, la inseguridad, el miedo o la culpa– no implica justificarlos. Sin embargo, identificarlas nos permite comprender que todos, sin excepción, necesitamos aprender a regular lo que sentimos. Solo desde esa conciencia es posible intervenir de manera preventiva y con un enfoque centrado en el cuidado.
Una gestión emocional adecuada se asocia con un mayor bienestar, mejor rendimiento y relaciones más saludables; por el contrario, una deficiente está vinculada con estrés, ansiedad y problemas de salud mental.
Los compañeros que presencian una situación de acoso y presentan una buena autorregulación emocional –es decir, que emplean estrategias adaptativas para manejar sus propias emociones– tienden a intervenir de forma prosocial y a reducir la incidencia del acoso.
¿Cómo podemos fortalecer y desarrollarla?
La autorregulación emocional es una habilidad transversal que puede y debe ser entrenada y desarrollada a lo largo de la vida. Su fortalecimiento no depende únicamente del esfuerzo individual, sino del compromiso conjunto de la escuela, la familia y la sociedad.
La escuela debe convertirse en un espacio donde los estudiantes aprendan a reconocer, comprender y gestionar sus emociones en un entorno de apoyo y confianza. Para lograrlo, la evidencia sugiere fomentar la educación emocional explícita desde edades tempranas, integrando estrategias de regulación en las rutinas escolares y promoviendo espacios de práctica segura, con diarios emocionales o tutorías socioemocionales. Estos procesos se deben acompañar con apoyo social y relaciones de confianza.
¿Cómo se logra este ajuste? Entre las estrategias más efectivas destacan el despliegue atencional (distraerse o concentrarse deliberadamente), la reestructuración cognitiva (reinterpretar una situación buscando significados más constructivos) y la aceptación emocional.
También resultan muy útiles prácticas como la respiración consciente, el escaneo corporal —una técnica de atención plena que invita al alumnado a recorrer mentalmente las sensaciones físicas para detectar tensiones o señales internas— y la autoobservación sin juicio —una forma de monitorización emocional que enseña a reconocer pensamientos y estados internos sin valorarlos como “buenos” o “malos”—. Estas estrategias ayudan a los estudiantes a identificar y regular sus estados internos, especialmente cuando se combinan con un entrenamiento temprano en afrontamiento positivo.
Apoyo familiar y autonomía
La familia y la sociedad también desempeñan un papel clave en el desarrollo emocional. La calidez parental, el apoyo afectivo y las relaciones de confianza ofrecen un marco donde niños y adolescentes aprenden a manejar lo que sienten. Los hogares que validan las emociones y modelan el autocontrol fomentan un mayor equilibrio y reducen la probabilidad de conductas agresivas o de victimización.
A su vez, la sociedad influye a través de sus mensajes culturales, el clima social y las redes de apoyo, que pueden actuar como factores protectores o de riesgo. Los entornos que promueven la empatía y la cooperación fortalecen la resiliencia y la capacidad de regular emociones.
Cambiar la manera de afrontar el acoso
Si bien regular las emociones no evita las situaciones de acoso, sí puede cambiar la forma en que los jóvenes las experimentan y afrontan, así como su capacidad para prevenirlas o resolverlas. Es necesario apelar a la corresponsabilidad de la escuela, la familia, la comunidad y demás estructuras políticas y sociales para la prevención, contención, control y resolución de estos casos.
Enseñar a regular las emociones no es un lujo pedagógico, es una forma de cuidado de los jóvenes. Cuando niños y niñas aprenden a reconocer su miedo o su tristeza, saben gestionarla, buscan ayuda y la reciben, dejan de estar solos frente a ese dolor. Y esa diferencia puede salvar más de una vida.
La Dra. Rocío González Suárez cuenta con financiación para su formación posdoctoral a través del Sistema Universitario Gallego, mediante una beca concedida por el Departamento de Economía, Industria e Innovación de la Xunta de Galicia (España), así como del programa posdoctoral Fulbright (Ref.: ED481B-2023-134).
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carme Frau, Profesora Ayudante Doctora (UIB, Facultad de Economía y Empresa, Área de Finanzas), Universitat de les Illes Balears
Hace apenas una década, el futuro de la energía nuclear parecía escrito. Países como Alemania, Bélgica o España habían anunciado planes de cierre gradual de sus centrales. El argumento era claro: riesgo elevado, residuos complejos y un horizonte dominado por las energías renovables, que ya en 2024 representaban el 29,7 % de la producción eléctrica mundial.
Sin embargo, el guion ha cambiado. Hoy, varios gobiernos reconsideran esos cierres, y empresas tecnológicas observan con interés una fuente de energía que muchos daban por amortizada. ¿Qué ha pasado? La respuesta puede resumirse en dos letras: IA.
El auge de la inteligencia artificial generativa ha multiplicado las necesidades de cómputo de los grandes centros de datos. Entrenar modelos de lenguaje o sistemas de visión artificial requiere cantidades ingentes de electricidad.
Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el consumo eléctrico global de los centros de datos podría más que duplicarse hacia 2030, alcanzando unos 945 teravatios-hora (TWh) anuales cuando en 2024 la demanda fue de 415 TWh. Este aumento estaría justo por debajo del 3 % del consumo mundial de electricidad.
Esta explosión de consumo llega en un momento en que la disponibilidad continua y estable de electricidad es más crucial que nunca. Las renovables (solar y eólica, principalmente) son esenciales, pero su producción intermitente requiere sistemas de respaldo. Este hecho quedó en evidencia durante el gran apagón del 28 de abril de 2025 en la península ibérica, cuando una caída súbita del sistema eléctrico dejó sin suministro a millones de personas.
Por ello, la energía nuclear ha encontrado una inesperada segunda oportunidad: ofrece estabilidad, cero emisiones directas y capacidad de operación continua. Pero recordemos también que no es una fuente renovable ni libre de impacto ambiental a largo plazo.
En España, el Congreso de los Diputados aprobó el 12 de febrero de 2025 una moción impulsada por el PP (con el apoyo de Vox y otros partidos) exigiendo al Gobierno prolongar la operación de las centrales nucleares y facilitar su sostenibilidad económica, censurando el cierre escalonado de centrales previsto entre 2027 y 2035.
El argumento central es el mismo: sin energía firme y baja en carbono la transición energética se tambalea. La energía nuclear, vista hasta ahora como parte del pasado, se presenta como un puente hacia un futuro descarbonizado, especialmente ante el aumento de demanda impulsado por la economía digital y la IA.
Este cambio de rumbo no es solo técnico, sino también económico y político. La industria nuclear (con grandes empresas en Francia, Estados Unidos y Corea del Sur) ve una oportunidad para resurgir con nuevas tecnologías, como los reactores modulares pequeños (SMR), más flexibles y con menores costes iniciales. Por otro lado, las grandes tecnológicas (Microsoft, Google, Amazon) buscan asegurar su propio suministro eléctrico mediante acuerdos directos con operadores nucleares o incluso inversiones en proyectos de nueva generación. La fiabilidad energética se ha convertido en una ventaja competitiva clave en la carrera por la IA.
No faltan, sin embargo, sectores críticos. Organizaciones ecologistas alertan de que prolongar la vida de las centrales nucleares desvía recursos que podrían destinarse a priorizar las renovables y acelerar el almacenamiento energético o la eficiencia, manteniendo abierto un debate sobre los riesgos reales y la percepción pública. Además, continúan sin resolverse del todo los dos grandes desafíos de la energía nuclear:
La seguridad en su operación ante el riesgo de fallos humanos, ciberataques o el envejecimiento de los reactores, como ya evidenciaron las catástrofes de Chernóbil y Fukushima.
El tratamiento de residuos, que exigen repositorios geológicos seguros por milenios, con elevados costes y riesgos de filtración.
¿Una vuelta al pasado o solo un ajuste pragmático?
Desde la economía de la energía, la respuesta puede ser intermedia. La IA no ha resucitado la energía nuclear, pero sí ha acelerado el reconocimiento de una realidad: la descarbonización total exige una combinación diversa de fuentes, donde la estabilidad del suministro importa tanto como la limpieza.
El reto, una vez más, no es tecnológico, sino político y social: cómo equilibrar los riesgos y los beneficios de una energía que nunca se fue del todo, pero que ahora regresa con nuevo impulso. La IA promete transformar la economía. Lo que pocos previeron es que, en el proceso, también podría transformar el mapa energético mundial.
Carme Frau no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Almudena Recio Román, Miembro del grupo de investigación SEJ324 “Nuevas Tendencias en Marketing”, Universidad de Almería
¿Cómo pueden sobrevivir estos espacios tradicionales en la era del comercio digital? La respuesta no está en la nostalgia, sino en su capacidad de reinventarse sin perder su esencia.
Mercados: un espacio comunitario
Los mercados, más que simples lugares de compra, son espacios donde la vida del barrio cobra sentido. Un mercado es un punto de encuentro comunitario, el corazón económico del vecindario.
En el caso del Mercado de la Plana, en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en el mismo edificio del mercado se instaló un supermercado, que ocupa toda la planta baja de acceso desde la calle. El resultado fue devastador: solo 2 de los 16 puestos tradicionales sobrevivieron (una ocupación del 12 %).
Esto demuestra algo crucial: mezclar grandes superficies con comercio tradicional sin una estrategia clara no revitaliza, canibaliza. La lección es clara: en un entorno competitivo, la ausencia de un plan activo conduce a la desaparición. Pero algunos mercados han encontrado la fórmula del éxito.
Pertenencia comunitaria: los mercados exitosos funcionan como espacios de encuentro donde persiste la relación personal. El vendedor conoce a sus clientes, da consejos gastronómicos, crea vínculos emocionales. Esto hace que ir al mercado apetezca. Barcelona gestiona 39 mercados desde 1991 con estrategia coordinada. Madrid mantiene 46 que fomentan el empleo territorial. Ambas ciudades han invertido de forma decidida en este formato comercial.
Experiencia gastronómica complementaria: los mercados han añadido zonas de degustación sin abandonar la venta tradicional. Por ejemplo, el de la Ribera, en Bilbao, combina puestos tradicionales en la planta baja con gastrobares arriba. Sin desplazar a comerciantes históricos.
Digitalización inteligente: no se trata de copiar a Amazon, sino de humanizar la teconología. Mercados como el Central de Valencia o el de La Paz, en Madrid, han desarrollado plataformas que permiten comprar en diferentes puestos y recibir todo en un solo pedido. Barcelona creó “Mercats a un clic”, que combina la compra online con la recogida presencial.
Innovación regulatoria: Sevilla simplificó su ordenanza de gestión de mercados. Redujo barreras administrativas y facilitó las alianzas público-privadas. Estas reformas silenciosas aceleran la modernización.
Sostenibilidad económica: los mercados no pueden sobrevivir indefinidamente con subvenciones públicas. Necesitan diversificar las fuentes de ingresos y aprovechar ventajas competitivas únicas. Por ejemplo, los productos de kilómetro cero generan mayores márgenes al eliminar intermediarios. Además, los mercados tradicionales producen menos desperdicios que los supermercados gracias a la venta directa.
Los cinco pilares de revitalización de los mercados municipales.
Modelos que funcionan
El Mercado de Vallehermoso, en Madrid, representa la “tercera vía”. No busca turismo masivo sino autenticidad local. Muchos puestos los gestionan directamente agricultores y artesanos. Su apuesta por productos ecológicos y de kilómetro cero ha creado una comunidad de clientes fieles.
El Mercado de Benalúa, en Alicante, ha optado por otra estrategia exitosa: la calidad de su oferta gastronómica ha hecho que conseguir mesa sin reserva sea casi imposible. Una buena experiencia culinaria convierte la compra en un plan familiar.
Lo que hace inteligente a un mercado es el uso que le da la gente: la creatividad, las capacidades adicionales, el poder estar en contacto permanente con productores locales.
El riesgo de la ‘parquetematización’
Pero la transformación excesiva puede ser peligrosa. El barcelonés Mercado de La Boquería es, según rankings internacionales, “el mejor mercado del mundo”. Pero su masificación turística lo ha llevado a un punto crítico. Ya en 2015 el Ayuntamiento reguló el acceso a los grupos turísticos durante los fines de semana para proteger su función de abasto local.
Esta es la parquetematización del mercado: cuando se convierte en una especie de parque temático gastronómico y pierde su alma comunitaria. El equilibrio entre atracción turística y función local es delicado pero indispensable.
Lecciones internacionales
El Borough Market, en Londres, tiene sus orígenes en el siglo XI. Su estrategia no se basa en la diversificación gastronómica, sino en profundizar su esencia como mercado de productos frescos. Su programa “Meet-the-producer” (“Conoce al productor”) demuestra que reforzar y no sustituir la función tradicional del mercado puede ser también una estrategia de éxito.
Time Out Market, en Lisboa, adoptó otra estrategia. El Ayuntamiento cedió la gestión a una marca privada que actúa como director de selección de la oferta de servicios. Elige los mejores chefs y crea un destino gastronómico coherente.
En Róterdam, el Markthal, inaugurado en 2014, es la máxima expresión de integración urbana. Su arco arquitectónico alberga un mercado cubierto y 228 apartamentos. La gente vive, literalmente, sobre el mercado. Combina alimentación, ocio, vivienda y parking en una simbiosis perfecta.
El futuro que se construye ahora
Los mercados municipales españoles tienen una ventana de oportunidad histórica. Hay políticas públicas de financiación para modernizarlos y ciudades pioneras con marcos regulatorios más flexibles. Y hemos visto que hay modelos híbridos (venta de producto-restauración) que funcionan.
Lo que está en juego trasciende la economía comercial. Es el tipo de ciudad que queremos construir: una donde los barrios tengan vida propia, comprar sea un acto social y no solo una transacción, y el comercio de proximidad sea viable y deseable.
Que haya mercados municipales no es, en sí, ni bueno ni malo: todo depende del uso que se haga de ellos. Pero solo prosperarán si evitan dos trampas mortales: la inacción, que condenó al de Torrijos, y la canibalización, que destruyó el de Esplugues.
Más que demonizar los supermercados o el comercio electrónico, o idealizar el pasado, es necesario comprender cómo estos espacios pueden evolucionar manteniendo su función social. La pregunta no es si los mercados sobrevivirán, sino si sabremos convertirlos en protagonistas de la transformación urbana y económica del siglo XXI.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Los estudios ecológicos a largo plazo son esenciales para comprender los efectos del cambio climático global sobre los ecosistemas: además de detectar las transformaciones que se producen lentamente o los desfases entre cambios ambientales y respuestas biológicas, sirven para evaluar el impacto de eventos extremos (sequías repentinas, olas de frío o de calor, decaimiento forestal, entradas de polvo sahariano, presencia de turismo masivo y ganadería en zonas sensibles…) que actúan como “experimentos naturales”.
Un buen exponente de este tipo de enfoques científicos es el que posibilita el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada (OBSNEV), en Granada (España), cuyas actividades, si no se pone remedio, podrían tener los días contados.
La importancia del seguimiento ecológico
Como apuntábamos más arriba, las evaluaciones ambientales necesitan una memoria extensa para distinguir las tendencias reales del ruido o las meras fluctuaciones temporales. Conocer el pasado es clave para entender el presente y anticipar el futuro. Estos procesos exigen continuidad institucional y científica, así como la colaboración entre investigadores, técnicos y gestores para decidir qué monitorizar, especialmente en áreas protegidas.
En este marco de lo que se conoce como gestión adaptativa, el conocimiento científico –tanto el básico como el aplicado– proporciona herramientas que permiten diseñar, analizar e interpretar la información que deben cumplir los estándares internacionales FAIR (localizables, accesibles, interoperables y reutilizables). Eso garantiza su valor a largo plazo.
En definitiva, los programas de seguimiento ecológico no solo generan conocimiento, sino que conectan ciencia, gestión y sociedad, lo que facilita la toma de decisiones informadas frente a los retos del cambio global. Este tipo de investigaciones y los observatorios que las sostienen permiten:
Realizar el seguimiento continuado de los ecosistemas, caracterizando su variabilidad natural y las tendencias frente al cambio ambiental.
Identificar y estudiar perturbaciones de origen natural o humano que alteran su funcionamiento.
Proporcionar una infraestructura duradera para la investigación científica, especialmente en el ámbito del cambio global.
Generar y gestionar series temporales de datos para llevar a cabo la modelización de ecosistemas.
Ofrecer herramientas que sustenten una gestión de los ecosistemas basada en evidencia científica.
Fomentar redes de usuarios finales: administraciones, investigadores, empresas y agentes sociales.
Promover acciones estratégicas de investigación sobre el funcionamiento de los ecosistemas en escenarios de cambio global.
Integrarse con otras redes internacionales de observación y seguimiento ambiental a largo plazo.
Fomentar la participación de la ciudadanía y de organizaciones ambientalistas.
Desarrollar marcos integrados de gestión, y contribuir a establecer directrices y normativas más eficaces.
Diez principios para un seguimiento a largo plazo
Basándonos en nuestra experiencia, proponemos diez principios fundamentales donde se resume la esencia que todo seguimiento ecológico duradero debería considerar para cumplir su objetivo principal: generar conocimiento útil en la gestión del cambio global.
Definir objetivos claros, basados en preguntas científicas sólidas.
Mantener protocolos coherentes y comparables a lo largo del tiempo.
Asegurar la calidad y continuidad de los datos, evitando que se vean afectados por la rotación de personal.
Adaptarse a nuevas preguntas e imprevistos, incorporando protocolos que respondan a desafíos emergentes como especies invasoras o eventos extremos.
Documentar rigurosamente los métodos de muestreo, calibración y validación para garantizar interpretaciones fiables.
Desarrollar un sistema de gestión y difusión de datos robusto y flexible, que facilite el acceso y el uso de la información.
Fomentar la participación inclusiva de la comunidad científica, los gestores y la ciudadanía.
Implantar una gobernanza capaz de coordinar la investigación, la gestión y la transferencia de conocimiento.
Asegurar financiación estable y a largo plazo, base indispensable de cualquier programa de seguimiento.
Impulsar la educación ambiental, formando a las generaciones futuras en la comprensión y conservación de los ecosistemas.
La continuidad del Observatorio de Sierra Nevada, en peligro
Tales iniciativas de colaboración entre instituciones y ciudadanía requieren años de esfuerzo, pero pueden desmoronarse rápidamente si falta alguno de sus pilares. El Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada (OBSNEV), creado en 2008 por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada, corre hoy el riesgo de desaparecer por falta de apoyo institucional y económico. Esto inclumpiría el principio 9 de nuestro decálogo, tras casi dos décadas de trabajo continuo.
Pero, además, OBSNEV también ha creado un sistema de información ambiental integrado (mediante herramientas como Biblionevada, Climanevada, Histonevada o MonitorEO); ha implementado una gestión adaptativa susceptible de ser replicada Life Adaptamed; y ha promovido la participación ciudadana (por ejemplo, en lagunas y ríos de Sierra Nevada).
A pesar de su reconocimiento científico e internacional, la finalización del convenio deja al OBSNEV sin respaldo institucional en plena crisis climática, cuando evaluar la adaptación de los ecosistemas y aplicar el conocimiento científico a la gestión ambiental es más urgente que nunca. De nada han servido de momento las más de 600 firmas de apoyo enviadas por la comunidad científico-técnica, ni las más de una veintena de cartas de respaldo de instituciones científicas a nivel nacional e internacional.
Con su desaparición perderíamos una herramienta clave en la gestión de los ecosistemas de montaña frente al cambio global, un error histórico que supondría renunciar al conocimiento esencial para afrontar los desafíos ambientales del siglo XXI.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.