‘Aro Berria’, la memoria cinematográfica de las comunas que cuestionaron la familia y sembraron la utopía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Toledo Machado, Investigador postdoctoral en Historia Contemporánea, Universidade de Santiago de Compostela

Desde finales de los años 60, España vio florecer numerosas comunas contraculturales más allá de las grandes ciudades o la meca hippie de Ibiza. La película Aro Berria, primer largometraje de Irati Gorostidi –que obtuvo una mención especial en el Festival de San Sebastián–, retrata la expresión de este movimiento en el valle de Ulzama (Pirineo navarro) durante la Transición.

Pese a su diversidad –rurales, urbanas, anarquistas o místicas–, todas estas comunas compartían un objetivo: construir una alternativa a la familia y anticipar la creación de un mundo utópico.

Irati Gorostidi no eligió una comunidad cualquiera. Arco Iris, por la que pasaron sus padres, fue una de las más controvertidas. Denostada por una parte de la prensa alternativa y repudiada por sus propios exmiembros, sus métodos no dejaron indiferente a nadie. Tras un extenso trabajo documental, la cineasta revisita aquellos experimentos desde un presente carente de utopías.

Cuando la lucha obrera fue insuficiente

La cinta presenta la vida cotidiana como un campo de batalla fundamental de la Transición. La primera parte muestra la derrota política de unos jóvenes obreros, desencantados con la izquierda tradicional y los sindicatos de clase, incapaces de entenderse con los más veteranos de la fábrica. Influenciados por el feminismo, el psicoanálisis y la contracultura, para ellos no bastaba acabar con el patrón: querían matar al padre.

Estos jóvenes consideraban a la familia nuclear como la piedra angular del sistema social. Inculcaba, desde el nacimiento, comportamientos egoístas y competitivos en los individuos, perpetuando la desigualdad y abocando a la humanidad al colapso. Así, no bastaba con tomar el poder, sino que veían necesario cambiar las relaciones humanas.

Laboratorios utópicos

Las comunas aparecieron como la solución natural al problema de la familia. La segunda parte del largometraje ilustra este tránsito. En Arco Iris, los colores grises de la fábrica se sustituyen por los de una comunidad habitada por jóvenes sonrientes que visten ropas de colores y comparten habitación.

Los mantras, meditaciones y expiaciones públicas de este grupo protagonizan una gran parte de la película. Gorostidi reunió a actores y actrices no profesionales y los sometió a algunas de estas terapias. ¿Por qué practicaban rituales tan extraños? ¿Por qué la directora le dedica tanta atención a estas escenas?

No se retrata la comuna como simple grupo de jóvenes hedonistas en busca de sexo y drogas, sino como un ambicioso proyecto de revolución vital –Aro Berria significa “nueva era” en euskera– a la altura de los falansterios fourieristas, las colonias anarquistas o los sanatorios naturistas. Al igual que estos, las comunas se basaron en la creencia rousseauniana de que, al cambiar las reglas de socialización, emergería el “buen salvaje” que el sistema social se había encargado de reprimir y enajenar.

Las comunas optaron por diversos métodos para anticipar la nueva vida. Algunas crearon arte y otras experimentaron con psicodélicos o iniciaron la vuelta al campo. Arco Iris, en cambio, optó por las terapias más extremas de la época, combinando el esoterismo –al estilo de la Rajneeshpuram de Osho, popularizada por la serie Wild wild country–, con una interpretación radical del psicoanálisis que recuerda a la actitud irreverente de la Kommune 1 de Berlín o, en su deriva más sectaria, la Friedrichshof de Otto Muehl.

Por tanto, las largas sesiones que aparecen en la película no son decorativas. Permiten entender el extenuante camino que algunos emprendieron para poder vivir en armonía.

La comuna, ¿utopía o distopía?

Irati Gorostidi no cae en la idealización. Históricamente, estas comunidades arrojaron resultados inesperados y no lograron erradicar de un plumazo los comportamientos que pretendían deconstruir. El hombre y la mujer nuevos no aparecieron por arte de magia al sustituir la familia por la comuna. Persistieron las desigualdades de género, algunas personas vieron amenazada su autonomía individual y surgieron hiperliderazgos. Resulta sorprendente que Gorostidi haya preferido no tratar esta cuestión, pues Arco Iris contó con la figura carismática de Emilio Fiel, también conocido como “Miyo”.

A pesar de sus problemas, sería un error calificar estos experimentos de fracaso total. Si bien no culminaron su utopía, la realidad social no volvió a interpretarse en los mismos términos. Donde más evidente se hizo esta ruptura fue en la concepción de la familia y la sexualidad. En sintonía con el feminismo y los movimientos LGTB+, las comunas erosionaron la rígida autoridad patriarcal, impulsaron la autonomía de los hijos y allanaron el terreno cultural para la normalización del divorcio o el derecho al aborto. Además, sin aquella ruptura, hoy carecerían de su significado actual conceptos como “neorrural”, “cohousing” o “poliamor”. Cambiaron el mundo, aunque no siempre en la dirección esperada.

El estreno de la película abre, pues, un debate necesario. Medio siglo después, todavía experimentamos paradojas similares. Seguimos buscando esa misma autenticidad y conexión con los demás y la naturaleza, pero lo hacemos a través de un prisma individualista y mercantilizado: retiros de yoga de fin de semana, “colivings” de diseño y filtros de Instagram. También padecemos una importante crisis existencial –que ilustran el predominio de las distopías y los augurios catastrofistas–, pero carecemos de la capacidad de imaginar utopías igualitarias, justas y resilientes.

En definitiva, Aro Berria, devolviéndonos la mirada al pasado, nos permite evaluar con empatía y cierta distancia crítica los intentos recientes más radicales de hacer la utopía realidad. Que active (o no) la imaginación de otros mundos posibles ya es responsabilidad del público.

The Conversation

Luis Toledo Machado recibe fondos de la Consellería de Educación, Ciencias, Universidades e Formación Profesional de la Xunta de Galicia (Axudas de apoio á etapa de formación posdoutoral 2024) y es miembro de los proyectos de investigación PID2024-155185NB-I00 y PID2024-157039NB-I00, financiados por la Agencia Estatal de Investigación.

ref. ‘Aro Berria’, la memoria cinematográfica de las comunas que cuestionaron la familia y sembraron la utopía – https://theconversation.com/aro-berria-la-memoria-cinematografica-de-las-comunas-que-cuestionaron-la-familia-y-sembraron-la-utopia-272208

¿Por qué hablamos con los ‘chatbots’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Matosas López, Profesor e Investigador Tecnología Aplicada a la Empresa, Universidad Rey Juan Carlos

Hasta hace poco, la idea de mantener una conversación con una máquina sonaba a ciencia ficción. Hoy, sin embargo, es algo cotidiano. En los últimos años, los chatbots o asistentes de IA se han integrado en nuestras rutinas diarias. Están en sitios web para la atención al cliente, en aplicaciones de servicios bancarios, en plataformas de comercio electrónico o en portales de reservas turísticas.

Incluso, para consultas médicas u orientación psicológica, muchas personas recurren a estos asistentes antes que a un ser humano. Esto les permite mantener un aparente anonimato y les genera una sensación de control y alivio.




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Pero los chatbots también están omnipresentes en tareas triviales, como cuando preguntamos al asistente del móvil si va a llover, al de la TV por una película o al de nuestro portátil sobre cómo podemos escribir un correo más formal.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones en las que diariamente recurrimos a estas tecnologías. Pero, más allá de la novedad, ¿por qué las personas usamos chatbots? ¿Qué nos lleva a interactuar con un asistente de IA como si fuera una persona?

Las respuestas revelan tanto cómo es nuestra relación con la tecnología como cuáles son nuestras necesidades humanas. Aunque cada usuario tiene sus motivos, los expertos agrupan las razones en tres grandes categorías: utilitarias, hedónicas y sociales. Y, si lo pensamos bien, todas están presentes en nuestro día a día.

Factores utilitarios: cuando buscamos eficiencia y resultados

La primera razón –y más evidente– es la utilidad. Hablamos con chatbots porque nos facilitan la vida. Son rápidos, resuelven tareas sin demora y lo hacen 24 horas al día. Sea lo que sea, siempre están ahí. Incluso cuando el problema surge fuera del horario laboral.

Si queremos saber el estado de un pedido, pedir una cita en la peluquería o redactar un texto, un chatbot puede hacerlo en segundos. Esa eficiencia encaja perfectamente con el estilo de vida actual. Queremos soluciones inmediatas y sin complicaciones.

Además, los avances en el procesamiento de lenguaje natural o NLP han hecho que escribir “como hablamos” sea suficiente para obtener buenos resultados. Ya no necesitamos buscar menús, aprender comandos ni seguir pasos engorrosos. Basta con preguntar al asistente de IA. Así, el chatbot satisface una necesidad práctica, ahorra tiempo y reduce esfuerzos. En un mundo donde el tiempo es oro, eso ya es una gran razón.

Factores hedónicos: cuando buscamos satisfacer nuestra curiosidad

Más allá de la utilidad, hay un componente que no siempre reconocemos: el entretenimiento o la satisfacción de la curiosidad humana. A muchos usuarios les atrae el simple hecho de probar cómo responde un asistente de IA. Queremos ver hasta dónde llega, si entiende el humor, si puede escribir, o incluso debatir sobre cine, fútbol, o literatura.

Esa curiosidad natural convierte la interacción con el chatbot en algo lúdico. No solo trabajamos con ellos, también jugamos, exploramos y aprendemos. En ese proceso descubrimos que estas tecnologías no son tan impersonales como pensábamos. Los asistentes de IA nos sorprenden, hacen reír e inspiran nuevas ideas.

En ese sentido, funcionan como otras tecnologías con un componente lúdico asociado. Caso, por ejemplo, de los videojuegos o las redes sociales. Así, en muchos casos, los chatbots nos entretienen y estimulan mentalmente.

Factores sociales: cuando buscamos conexión

Y luego está el tercer motivo, quizás el más humano: la necesidad de conexión con otro ente. Aunque, en este caso, sea virtual. Aun sabiendo que estamos hablando con una máquina, muchas personas encuentran en estos asistentes de IA una forma de compañía o de desahogo. No juzgan, no se impacientan y siempre están disponibles para escuchar (o, en este caso, leer). En muchos casos, un chatbot representa una voz cercana, una oportunidad de practicar un idioma, mejorar la comunicación, o simplemente “conversar con alguien”.

En este plano, estas tecnologías han evolucionado enormemente. En la actualidad los chatbots son capaces de mantener interacciones fluidas empleando un tono cercano, e incluso familiar. Este aspecto social se ha vuelto especialmente relevante en entornos donde la soledad o la falta de interacción son frecuentes.




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Por consiguiente, en estos asistentes de IA, no solo buscamos respuestas, también buscamos cercanía. Una cercanía que, por las dinámicas del estilo de vida moderno es, en ocasiones, poco frecuente.

No hay que olvidar los riesgos

Cuando hablamos con un chatbot estamos expresando tres facetas de lo que somos. Somos seres prácticos que buscan soluciones, seres curiosos que disfrutan explorando, pero también seres sociales que necesitan conexión.

A pesar de todo no hay que perder la perspectiva de que los chatbots tienen importantes limitaciones que pueden proyectarse en los tres planos señalados:

  1. En el plano utilitario, pueden facilitar información inexacta o deficiente.

  2. Cuando se abusa de su uso con fines lúdicos, puede generar situaciones de adicción.

  3. En el plano social, y si el usuario no termina de entender la dinámica de su funcionamiento, existe el riesgo de que transmita una falsa sensación de apoyo y acompañamiento.




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En los próximos años el debate no estará en si usamos o no estas tecnologías. La cuestión será cómo convivimos con ellas y qué tipo de experiencias se quieren construir en ese diálogo entre humanos y máquinas.

The Conversation

Luis Matosas López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué hablamos con los ‘chatbots’? – https://theconversation.com/por-que-hablamos-con-los-chatbots-269132

Cómo mejorar la orientación académica para limitar el abandono universitario y el paro juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier M. Valle, Director del Grupo de Investigación sobre Políticas Educativas Supranacionales, Universidad Autónoma de Madrid

Mladen Mitrinovic/Shutterstock

Imaginemos un estudiante español, Carlos: desde la educación primaria, tiene un tutor o tutora por curso que le acompaña y ayuda a resolver diferentes conflictos en el aula. También gestionan juntos alguna situación emocional complicada para él.

Pero a medida que se acerca el final de la educación secundaria obligatoria y el momento de decidir sobre su futuro, Carlos no ha podido explorar con ninguno de sus tutores de manera individual distintos sectores laborales, ni valorar sus aptitudes profesionales o tantear sus intereses vocacionales.

En cuarto curso de la ESO, el último año de la educación obligatoria en España, Carlos puede elegir la materia de Formación y Orientación Personal y Profesional, pero como es optativa, él no la escoge porque otras materias, como robótica o francés, capturan más su atención. De esta manera, es muy probable que Carlos llegue al término de su escolaridad obligatoria sin haber tenido contacto con un orientador que le guíe en sus decisiones posteriores en cuanto a los itinerarios académicos más óptimos para él o en los caminos de formación profesional que mejor se adapten sus aptitudes en su contexto sociolaboral. Le toca decidir, pero le falta orientación.

Descartando carreras de letras, pues se le dieron mal las asignaturas de Lengua y literatura e Historia, y habiendo optado en bachillerato por la rama tecnológica porque en casa le han dicho que tiene “más futuro”, Carlos acabó solicitando plaza en un grado de Informática. El primer año es un choque: la mayoría de las asignaturas no son lo que espera y, con malos resultados y muchas dudas, no sabe si cambiar de opción.

Elegir itinerario en Canadá

Bien distinta es la situación de John. Vive en la región de la British Columbia en Canadá. Desde el jardín de infancia hasta el grado 9 (equivalente a tercero de la ESO) cursó el área Career Education (que podríamos traducir como “educación profesional”) de manera trasversal y obligatoria. Posteriormente, en los grados 10 al 12 completó con éxito las áreas (también obligatorias y evaluables) Career-Life Education y Career-Life Connections. Se trata de asignaturas en las que se desarrollan habilidades de planificación profesional y vital, como el equilibrio entre el trabajo y la vida personal, la reducción del estrés, la alfabetización financiera, la redacción de currículums y la capacidad de establecer redes profesionales y comunitarias.

Con la asesoría de su mentor, concluyó con su Capstone Project o proyecto final, elegido por él: diseñó y desarrolló una página web para una empresa local. El proyecto fue presentado ante su mentor, un profesor de Informática y un representante de la comunidad. En la presentación, John habló sobre el impacto del proyecto para las pequeñas empresas. También entregó un informe final y actualizó su portafolio digital con la evaluación de su proyecto y cartas de referencia. Con el Capstone superado, su portafolio y referencia en mano, John solicitó un Diploma en Diseño Interactivo.

Estas dos historias revelan una inmensa diferencia entre modelos de orientación: España delimita dicha orientación básicamente al acompañamiento tutorial y solo aparece como materia optativa en el último año de la ESO, mientras que en Canadá se ofrece la orientación como un proceso progresivo y continuo a lo largo de toda la escolarización infantil y juvenil. John ha podido pensar en la utilidad y sentido de lo que aprende mucho antes de tener que enfrentarse a la decisión de qué camino profesional tomar.




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Orientación académica en distintos países

Ante un mundo en constante cambio, hiperconectado y donde las posibilidades de elección se multiplican, elegir qué camino seguir tras la educación básica se ha vuelto un desafío que los distintos sistemas educativos responden de modo muy diferente. Una buena orientación académica es clave en el éxtio del sistema educativo.

En nuestro estudio reciente hemos investigado el papel de la orientación académica en España y otros nueve países de nuestro entorno –Alemania, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal y Reino Unido– con la intención de entender en qué aspectos sus sistemas aplican mejor las recomendaciones internacionales y cómo puede hacerse mejor.

Los países con sistemas de orientación académica y profesional más robusto presentan mejores resultados de inserción laboral. Por ejemplo, en el caso de los titulados en Bachillerato o FP de grado medio, España registra un 12.3 % de desempleo, muy por encima de Alemania (2.8 %), Países bajos (3.3 %), Reino Unido (5.4 %) y demás países de nuestro estudio en un nivel similar de estudios.




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Además, los países con modelos de orientación más integrados y personalizados, como Canadá, Finlandia, Francia y Países Bajos, suelen tener mejor rendimiento educativo en las evaluaciones internacionales como PISA.

Curiosamente, los modelos de orientación más exitosos no solo dependen del nivel de inversión (que en el caso de España es similar a la media de la OCDE), sino en cómo esa inversión se distribuye en políticas de orientación más estructuradas y tempranas.

Modelos de orientación que inspiran

Los países estudiados combinan modelos de orientación que se mueven entre:

  1. Enfoques de carácter más educativo, como el sistema portugués, que brinda apoyo a la orientación académica y profesional a través de los Servicios de Psicología y Orientación (de manera similar a España).

  2. Enfoques más profesionales como los adoptados en Reino Unido, que priorizan la conexión entre las escuelas y el entorno laboral a través del modelo The Eight Gatsby Benchmarks.

El modelo inglés fomenta la interacción más allá de la secundaria, con encuentros con empleadores y experiencias introductorias en entornos laborales reales (job shadowing). A este enfoque, donde la orientación se dirige más hacia el mundo profesional, se suman países como Alemania, Dinamarca e Italia (con módulos de orientación de 30 horas).

Por su parte, Canadá, Finlandia, Francia y Países Bajos ofrecen modelos que combinan ambos enfoques, tanto el educativo como el profesional, lo que resulta en sistemas de orientación más flexibles y más personalizados.

En Finlandia, por ejemplo, los estudiantes reciben orientación personal, académica y vocacional, que tiene también conexión con la sociedad y la vida laboral. Durante la educación básica (grado 1 al 9), trabajan esa orientación como contenido transversal. Además, en los grados 7, 8 y 9, puede ser implementada como asignatura independiente.

La implicación de las familias

Otro elemento de comparación es cómo se involucra a las familias en la orientación. En el caso finlandés se propician actividades con ellas: reuniones informativas, ferias educativas o sesiones de orientación compartidas que suponen un alto grado de trabajo conjunto entre la escuela y la familia a la hora de construir un andamiaje orientador para los niños y jóvenes envueltos en procesos educativos.

El último elemento que compara el estudio es la evaluación sistemática de los procesos de orientación como elemento importante para su mejora. España y Portugal no cuentan con una evaluación nacional global, ni instrumentos sistematizados de seguimiento, en comparación con los demás países analizados.

Los puntos claves de una buena orientación

La orientación académica debería ocuparse tanto del rendimiento académico como de la orientación vocacional y profesional, y acompañar al estudiante en las elecciones de itinerarios en educación superior.

En el caso de España, esto supondría añadirla como un área o asignatura transversal y obligatoria desde Educación infantil hasta mediados de la ESO. A partir de ese momento, podría ser una materia específica obligatoria y evaluable hasta finales del bachillerato, concluyendo con un proyecto real de proyección futura académica y profesional.

Además, cada centro podría elaborar un plan de orientación con actividades, en colaboración con estudiantes, tutores o padres de familia, así como con protagonistas del tejido socioeconómico y laboral del contexto. También debería hacer un seguimiento del éxito de las decisiones de los estudiantes que ya han acabado sus estudios en el centro.

Cada centro escolar debería darle a la orientación un espacio protagonista en el proyecto educativo y trabajarla en el marco de las “competencias clave”, especialmente en la competencia personal, social y de aprender a aprender. Sería muy recomendable establecer redes de centros que permitan compartir experiencias de buenas prácticas. Y también, por supuesto, conectar más el centro con el entorno social en el que se encuentra; por ejemplo, con proyectos de aprendizaje-servicio.

Estudios como éste permiten una reflexión sobre una pieza crucial de los sistemas educativos, tan complejos en la sociedad contemporánea. Aunque no hay modelos de orientación perfectos, la mejora de los aspectos que hemos desgranado sería un buen punto de partida para una orientación más eficiente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cómo mejorar la orientación académica para limitar el abandono universitario y el paro juvenil – https://theconversation.com/como-mejorar-la-orientacion-academica-para-limitar-el-abandono-universitario-y-el-paro-juvenil-267453

Bacterias golosas, sal y bambú: prometedoras soluciones al problema de los plásticos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel Torralba, Catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, IMDEA MATERIALES

Los plásticos suponen un daño para los ecosistemas de todo el planeta. Sin embargo, la ciencia va encontrando interesantes alternativas. Naja Bertolt Jensen / Unsplash., CC BY

Nos rodean en ordenadores, botellas, embalajes, muebles, coches, aviones e, incluso, en la mayoría de la ropa que usamos. Su bajo coste y aparente reciclabilidad han hecho que los polímeros –o plásticos– sean omnipresentes. Pero presentan dos grandes problemas.

El primero, que solo los termoplásticos son reciclables y, aun así, menos del 10 % se recicla. Además, después de cada ciclo de reciclado, se degradan sus cadenas, o que limita su reutilización. El resto acaba en vertederos, ríos y mares.

El segundo es que los plásticos son blandos y se degradan con facilidad, formando microplásticos y nanopartículas que acaban en el agua, el aire y los suelos. También llegan a nuestro organismo y al de otros seres vivos. Incluso, son transportados por las abejas junto al polen.

Apuesta biodegradable

Los materiales que fueron protagonistas del siglo XX ahora resulta que no son “sostenibles”, están generando un problema medioambiental importante y, además, pueden dañar nuestra salud. La buena noticia es que tiene solución.

Para lograrlo, hace falta combinar dos cosas: una legislación que premie la utilización de materiales alternativos y una gran inversión en I+D que permita desarrollar plásticos más reciclables y, sobre todo, biodegradables.

En esta última dirección hay muchas posibilidades. Por ejemplo, buscar polímeros alternativos a los que utilizan derivados del petróleo (que hoy son la mayoría).

Desintegrados en sal

En el RIKEN Center for Emergent Matter Science, en colaboración con la Universidad de Tokio, en Japón, han desarrollado un polímero (aun en fase de investigación) que se desintegra al entrar en contacto con la sal.

Esto permite que, en el agua de mar, el material se disuelva en unas pocas horas. Además de ser no tóxico y resistente al fuego, no libera dióxido de carbono durante su degradación. Aún no ha sido comercializado, pero numerosas empresas, especialmente del sector del empaquetado, se han interesado por él.

Estos nuevos polímeros son tan resistentes como los habitualmente utilizados en el sector. La diferencia es que, al descomponerse de forma natural, sus componentes son biodegradados por bacterias que existen en su entorno y, por tanto, no se acumulan ni forman microplásticos. De igual manera, existen sales en los suelos, donde también se pueden descomponer.

Bacterias golosas

Por otro lado, un grupo de investigación de la Universidad de Kobe (Japón) ha desarrollado el ácido piridindicarboxílico (PDCA), un polímero biológico que puede alcanzar las prestaciones de algunos plásticos como el PET, el más utilizado para embotellar agua y refrescos.

Sin embargo, a diferencia del PET, el PDCA es totalmente biodegradable y su origen es la síntesis a partir de bacterias y enzimas. Entre ellas, la bacteria Escherichia coli, alimentada con glucosa para acelerar la producción.

Micrografía electrónica, de baja temperatura, de un cúmulo de bacterias E. coli ampliado cien mil veces. Cada cilindro redondeado es un individuo.
Wikimedia Commons., CC BY

Esta bacteria y su afición por la glucosa protagonizaron otro estudio reciente –publicado en Nature Chemistry– sobre cómo generar biocombustibles de manera natural.

Materiales competitivos

En China, están desarrollando plásticos a partir de la celulosa del bambú. Según un estudio publicado en Nature Communications, mediante el empleo de disolventes se deshace la red de enlaces de hidrógeno de la celulosa del bambú. A continuación, mediante estimulación molecular ayudada por etanol, se reconstruyen los enlaces de hidrógeno y se consigue un bioplástico con una resistencia mecánica excepcional que, además, se puede fabricar mediante tecnologías convencionales de moldeo por inyección.

Este material supera a la mayoría de los plásticos y bioplásticos comerciales en propiedades mecánicas y termomecánicas. Además, es totalmente biodegradable en el suelo en 50 días. En el estudio también se presenta un análisis técnico y económico que demuestra la competitividad del material en cuanto a costes, lo que permite salvar la brecha entre la sostenibilidad y la escalabilidad industrial.

Microplásticos convertidos en grafeno

Al mismo tiempo, empiezan a aparecer soluciones para los microplásticos. En la universidad James Cook, de Australia, han hecho un estudio donde tratan los microplásicos con una técnica llamada síntesis por plasma en un horno de microondas a presión atmosférica –atmospheric pressure microwave plasma (APMP)–, para transformarlos en grafeno, un material de alto valor añadido.

Los investigadores de este trabajo aseguran que pueden convertir 30 mg de microplásticos en 5 mg de grafeno en 1 minuto. Esta tecnología es mucho más rápida, funciona a temperaturas mucho más bajas y presenta un consumo de energía menor que tecnologías más tradicionales, como la pirólisis o la carbonización catalítica.

Así, la transformación eficaz de microplásticos de polietileno procedentes de botellas desechadas en grafeno es una realidad.

Hace falta voluntad política e inversión

Como vemos, existe en el ámbito científico la madurez suficiente para abordar estos problemas con soluciones viables.

Eso sí, es necesaria la voluntad política para poner en marcha programas de I+D que orienten a los grupos de investigación, mediante financiación suficiente, para que se haga realidad el sueño de tener polímeros totalmente reciclables, biodegradables y no contaminantes.

The Conversation

José Manuel Torralba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Bacterias golosas, sal y bambú: prometedoras soluciones al problema de los plásticos – https://theconversation.com/bacterias-golosas-sal-y-bambu-prometedoras-soluciones-al-problema-de-los-plasticos-269826

El patinete eléctrico: una trampa silenciosa para el futuro de la movilidad juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Brazo-Sayavera, Profesor del área de Educación Física y Deportiva, Universidad Pablo de Olavide

Wpadington/Shutterstock

El patinete eléctrico es ya una presencia habitual en nuestras ciudades. Se ha vendido como el símbolo de la micromovilidad moderna. Como una solución que promete desatascar las ciudades, realizar desplazamientos en menos tiempo y reducir las emisiones. Sin embargo, detrás de su estilo moderno se esconde una trampa silenciosa: estos vehículos podrían amenazar la salud y la seguridad de la juventud.

Cuando la movilidad asistida roba la salud

La Organización Mundial de la Salud destaca a la inactividad física como una de las pandemias silenciosas del siglo XXI. Para combatirla, el transporte activo –caminar o ir en bicicleta – es la herramienta más eficaz. Esto es así porque integra el ejercicio en el día a día, especialmente en trayectos habituales como ir y venir del centro educativo.

¿Roban los patinetes eléctricos esta oportunidad a los más jóvenes? Algunos estudios actuales han evaluado esta preocupación.

Un trabajo reciente demuestra que su uso supone un gasto energético menor que caminar. Es lógico: no es un medio de transporte activo, sino pasivo y asistido. Al reemplazar la caminata o la bicicleta, favorece la pérdida de actividad física diaria, como señala otro estudio. Además, como permiten llegar hasta la puerta del destino, hace menos atractiva la movilidad híbrida con transporte público.

Si un joven sustituye un trayecto de 15 minutos a pie por uno de 5 minutos en patinete eléctrico pierde una parte crucial de su actividad física diaria e interacción con el entorno. El impacto en la salud pública es demoledor si multiplicamos por millones de jóvenes. En última instancia, también aumenta el riesgo de enfermedades no transmisibles a largo plazo.

En un futuro se deberían analizar los posibles efectos negativos del uso del patinete eléctrico en la salud psicosocial. Por ejemplo, este vehículo podría estar transformando la experiencia social del desplazamiento al centro educativo. Esto es así porque reduce las oportunidades de interacción social que ofrece el transporte activo, disminuye las conversaciones y el intercambio de experiencias.

El riesgo oculto: el aumento de lesiones graves

Además, el auge de la micromovilidad asistida ha traído consigo un incremento preocupante en el número de accidentes. Los datos son claros: según la Dirección General de Tráfico, 459 personas fueron hospitalizadas en España durante 2024 por accidentes con vehículos de movilidad personal (principalmente patinetes eléctricos). Esto supone un 34 % más que en el año anterior. La cifra de fallecidos casi se duplica, con un aumento de 10 a 19.

Los datos de otras ciudades europeas confirman esta tendencia. En Alemania, por ejemplo, los fallecidos aumentaron en un 27 %. La mitad de los heridos fueron menores de 25 años.

Otros estudios también revelan que, en jóvenes, los patinetes eléctricos causan más accidentes en comparación con las bicicletas. Las lesiones que producen incluyen fracturas complejas, lesiones cerebrales traumáticas y lesiones de la médula espinal. La velocidad que alcanzan, en combinación con la inestabilidad de sus pequeñas ruedas y la falta de infraestructuras específicas para ellos, convierte el desplazamiento en un riesgo.

Diversos factores se combinan para crear este cóctel peligroso. Entre ellos, la falsa sensación de seguridad, el bajo uso del casco, la falta de educación vial y la inexperiencia de los jóvenes al maniobrar a altas velocidades en entornos urbanos, congestionados y carentes de infraestructuras adecuadas.

La bicicleta: el verdadero transporte del futuro

La solución a esta encrucijada no es prohibir, sino promover alternativas saludables y sostenibles. La bicicleta, no necesariamente eléctrica, es la clave para la movilidad en los trayectos urbanos de corta y media distancia.

La bicicleta ofrece una triple ventaja que el patinete eléctrico no puede igualar. Este es el “modelo de la triple S”:

  1. Salud. Proporciona un gasto energético, por lo que contribuye a la actividad física diaria y a la mejora de aspectos psicosociales.

  2. Sostenibilidad. Es un medio de cero emisiones, alineado perfectamente con la lucha contra el cambio climático.

  3. Seguridad. Aunque el riesgo existe, el diseño de la bicicleta, su estabilidad y la infraestructura ciclista mejoran la seguridad percibida y real.

Desde la Red Española por una Infancia Activa y Saludable insistimos en que el futuro de la movilidad juvenil debe ser activo, no asistido. Es fundamental que las políticas urbanas, los educadores y las familias prioricen la creación de entornos seguros y atractivos para que los jóvenes puedan caminar y pedalear.

Algunas pautas para mejorar la salud pública y la del planeta suponen invertir en:

  • Carriles bici seguros y segregados.

  • Acciones de peatonalización y pacificación del tráfico.

  • Facilitar que se puedan compartir calzadas con vehículos motorizados.

  • Programas de educación vial activa dentro y fuera de los contextos escolares.

  • Campañas que destaquen los beneficios físicos y mentales del pedaleo.

El patinete eléctrico es una herramienta de movilidad, pero no de salud. Debemos asegurar que la próxima generación no cambie la oportunidad de ser activa por la comodidad de ser asistida. El camino hacia una juventud más sana y un planeta más verde pasa por volver a poner la energía en las piernas de los jóvenes.

The Conversation

Javier Brazo-Sayavera es miembro de la Alianza Global por una Infancia Activa y Saludable. Además, coordina la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.

Javier Molina García es miembro de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable, y además, de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad.

Mario Jordi Sánchez es director del Grupo de Investigación Social aplicada al Deporte.

Palma Chillón Garzón es miembro de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad, y además, de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.

ref. El patinete eléctrico: una trampa silenciosa para el futuro de la movilidad juvenil – https://theconversation.com/el-patinete-electrico-una-trampa-silenciosa-para-el-futuro-de-la-movilidad-juvenil-271918

¿Cómo puede existir algo infinito?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Antonio Prado Bassas, Profesor Titular de Universidad en el Dpto. Análisis Matemático de la Universidad de Sevilla, Universidad de Sevilla

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por Javier, de 14 años, del IES Giner de los Ríos (Motril, Granada)


La idea de infinito ronda por nuestras cabezas desde que somos muy pequeños. Algo a lo que quizás haya contribuido nuestro gran amigo Buzz Lightyear con su famosa frase “Hasta el infinito… y más allá”. Es normal asociarlo a algo misterioso, difícil o incluso imposible de entender. Por eso la pregunta “¿Cómo puede existir algo infinito?” es, probablemente, una de las más interesantes y controvertidas que se le puede hacer a un matemático.

Para comenzar a responderla, primero hay que saber qué significa exactamente infinito. En matemáticas, no representa un número ni algo que está muy lejos. No. Es un concepto que asociamos a lo que podemos hacer tan grande como queramos o a lo que nunca se acaba.

Siempre hay un número mayor

Pensemos en los números naturales, los que usamos para contar. ¿Cual es el más grande que conoces? Realmente esta sí que es una pregunta absurda. En cuanto imagines cualquier número, le sumas 1, y ya tienes otro mayor. Es decir, podemos pensar en números tan grandes como queramos: no existe el último número.

Pero cuidado. El infinito no es un número desorbitadamente grande. Si vamos a la playa y cogemos un puñado de arena, en realidad tendremos una cierta cantidad (enorme) de granos de arena. ¿Un millón? ¿Un billón? Por muy grande que sea, será una cantidad concreta. Si a mi puñado de arena le agrego 10 granos –y aunque el resultado siga siendo un puñado de arena–, habrá 10 granos más que antes. Como decíamos con el número más grande, siempre podremos poner un grano más para aumentar la suma.

En matemáticas decimos que los números naturales son infinitos en el sentido de que siempre podemos encontrar un número mayor que cualquiera que nos podamos imaginar. Pero no existe un número como tal que sea infinito.

Rectas sin principio ni fin

Veamos un ejemplo más geométrico: la recta, una línea que nunca cambia de dirección y que se extiende indefinidamente. Pero si queremos dibujar una, tendremos que empezar en un punto concreto del papel y acabar en otro. En realidad, lo que plasmamos es un segmento tan largo como necesitemos. Sin embargo, la recta sigue antes y después más allá de nuestro papel. A veces, hacemos patente esta idea poniendo una punta de flecha en el extremo.

Con la llegada de los dispositivos digitales, si tenemos una recta dibujada y hacemos zum hacia fuera, la recta seguirá allí, por mucho que nos alejemos. No podremos encontrar ni su principio ni su final porque, en realidad, una recta es infinita.

Infinitamente pequeño

Pero la idea de infinito no es exclusiva de lo grande. En lo pequeño también podemos encontrarla. Todos sabemos calcular la velocidad media de un móvil (o sea, un objeto que se mueve): basta dividir el espacio recorrido entre el tiempo transcurrido. Pero si quisiéramos calcular la velocidad en un solo instante determinado, ¿cómo lo haríamos? ¿Cuánta distancia habrá recorrido el objeto? O peor aún… ¿cuánto tiempo habrá transcurrido?

Para resolver este entuerto, recurrimos, de nuevo, al infinito. Imaginemos que un coche se mueve a lo largo de una recta durante 10 segundos y queremos calcular la velocidad en el segundo 2 exactamente.

Lo primero que hacemos es calcular la velocidad en el intervalo de tiempo de entre 2 y 3 segundos: espacio recorrido dividido entre 1 segundo. A continuación, reducimos el intervalo a la mitad y calculamos la velocidad entre 2 y 2,5 segundos: espacio recorrido entre medio segundo. De nuevo, volvemos a reducir el intervalo a la mitad y calculamos la velocidad entre 2 y 2,25 segundos. Y así sucesivamente. Mediante este método iterativo y sin fin (infinito) obtendríamos la velocidad justo a los dos segundos.

Este proceso es lo que conocemos como derivada y su hallazgo (bueno, el del cálculo infinitesimal) supuso uno de los momentos más brillantes (y también más controvertidos) de la ciencia y las matemáticas. Con las derivadas podemos calcular tasas de variación instantáneas. En cierto sentido, nos da el superpoder de dividir entre cero, al estilo Marvel (o DC, si eres uno de esos). Y con las derivadas –y sus primas hermanas, las integrales– llegó el boom de la ciencia a través de las ecuaciones diferenciales. Pero esa es otra historia…

Matemáticas sin límites

Aún podemos hacernos más preguntas al hilo del concepto del que nos ocupa. La primera: ¿es el universo infinito? La física moderna no puede responderlo. Sin embargo, el universo observable (aquel cuya luz ha tenido tiempo de llegar hasta nosotros) sabemos que tiene límites: es inmenso, pero no infinito.

¿Y es posible dividir la materia todo lo que queramos? Tampoco: llega un momento que nos topamos con partículas elementales como bosones, quarks o leptones, que, a día de hoy, no se pueden dividir más.

Entonces, ¿existen o no cosas infinitas? En la realidad física, no podemos encontrar entes verdaderamente infinitos, pero las matemáticas no tienen límites (chiste malo). El límite está en nuestra imaginación y podemos pensar en rectas o planos sin fin, en números que nunca acaban o en dividir el tiempo tanto como queramos. O sea, es la idea que nos permite razonar matemáticamente cuando nos encontramos con ese tipo de situaciones.

El infinito no es misterioso… Es el lugar donde dos rectas paralelas acaban por encontrarse.

Rectas de farolillos paralelas que se cortan.
Imagen del autor

El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.


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José Antonio Prado Bassas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cómo puede existir algo infinito? – https://theconversation.com/como-puede-existir-algo-infinito-265400

Cómo enseñar a los futuros profesionales de la salud a comunicarse eficazmente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Unai Adrián Pérez de Arrilucea Le Floc’h, Profesor de Anatomía y Fisiología en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, Fisioterapia, Enfermería y Psicología, Universidad Europea

fizkes/Shutterstock

Luis tiene 55 años y desde hace unos meses siente una fuerte acidez de estómago cuando se acuesta por las noches. Tras una consulta con su médica de cabecera, solicita cita con el especialista. La doctora le recibe con una sonrisa, presentándose y mirándole a los ojos mientras Luis explica lo que le ocurre. Le hace una serie de preguntas concretas e interpreta sus síntomas. Finalmente, le explica qué ha podido causar el problema, qué pruebas serán necesarias o cómo modificar determinados hábitos (hora de la cena, tipo de alimentos) en busca de la solución. Luis sale de la consulta sintiéndose más tranquilo. Entiende qué puede estar pasando y los tratamientos que existen.

En cambio, Lucía, con síntomas parecidos, se ha encontrado con un especialista que se limitaba a escribir el informe al ordenador mientras ella hablaba, le hacía las preguntas de forma mecánica y le ofrecía una información muy limitada sobre el tipo de pruebas a las que debía someterse. Tras la consulta, la preocupación de Lucía ha aumentado, pues no le queda claro si puede tratarse de un síntoma preocupante o de una anomalía sin gravedad. Queda a la espera de las pruebas con la ansiedad de confirmar que no tiene nada grave.

Estas escenas son reales y muestran que la capacidad de comunicación en salud tiene consecuencias importantes. Porque entender lo que nos pasa y sentirnos acompañados cambia completamente cómo vivimos una enfermedad o malestar.

En un mundo saturado de información, en el que es difícil resistir la tentación de investigar por cuenta propia a qué puede deberse determinado síntoma, es más imprescindible que nunca que los profesionales de la salud sepan comunicar de una manera eficaz y cercana.

Pero la formación universitaria en Ciencias de la Salud sigue centrada en los contenidos teóricos y deja en segundo plano habilidades esenciales como la expresión oral, la empatía o la regulación emocional. Estas competencias son clave para ofrecer una atención sanitaria de calidad y un trato más humano.

La brecha formativa en comunicación

Esta falta de formación específica en comunicación oral y emocional genera una distancia entre lo que se enseña en las aulas y lo que se necesita en la práctica clínica. La relación con pacientes, equipos de trabajo y la sociedad requiere habilidades que van más allá del conocimiento técnico.




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El papel de la inteligencia emocional, un concepto descubierto en los 90, se sigue investigando en el contexto sanitario debido a su gran implicación en la comunicación hacia los pacientes. Ya se ha demostrado que dicha inteligencia está asociada con una mayor calidad de atención y satisfacción del paciente.

Comunicar bien ayuda a salvar vidas

Una comunicación clara mejora la adherencia al tratamiento, reduce errores clínicos y fortalece la relación entre el médico o enfermero y el paciente. La regulación emocional del sanitario ayuda a manejar mejor las situaciones críticas, disminuir el estrés y prevenir el síndrome de estar quemado, tan frecuente en estas profesiones.

Además, en una sociedad que exige transparencia, los sanitarios deberían ser capaces de explicar la ciencia con rigor y empatía. Por eso, fomentar estas habilidades desde la formación inicial es tan importante y debería integrase en el plan de estudios.

‘La Voz de la Ciencia’: una experiencia innovadora

Recientemente hemos puesto en marcha el proyecto La Voz de la Ciencia para mejorar las habilidades comunicativas y emocionales del alumnado de Ciencias de la Salud a través de monólogos científicos. Los estudiantes aprendieron a contar historias científicas en primera persona, con claridad, emoción y rigor.




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La intervención incluyó talleres de expresión oral, tutorías personalizadas y sesiones de ensayo. El proceso culminó en un evento final abierto al público donde presentaron sus monólogos ante una audiencia diversa.

Los resultados fueron medidos antes y después de la experiencia. Se observaron mejoras significativas en la claridad expositiva, la expresividad verbal y no verbal y el uso de recursos como metáforas y humor.

Una de las participantes los resumió así:

“Nunca pensé que podría hablar en público con tanta seguridad. Me he sentido escuchada y valorada.”

Sin embargo, no todo cambió. El nerviosismo y el estrés al hablar en público no disminuyeron de forma significativa. Esto sugiere que es necesario complementar estas intervenciones con estrategias específicas de regulación emocional.

¿Qué otras alternativas existen?

Además de los monólogos científicos, existen otras metodologías activas que también han demostrado ser eficaces.

Así, el aprendizaje experiencial permite aprender a través de la práctica y la reflexión, mientras que la gamificación introduce dinámicas de juego para aumentar la motivación y el compromiso del alumnado.

También hay iniciativas internacionales como FameLab o 3 Minute Thesis que promueven la comunicación científica en formatos breves y accesibles. Los talleres de teatro científico son otra opción para entrenar la expresión oral y la conexión emocional con el público.

Una formación más humana

Todas estas iniciativas demuestran que la comunicación es una herramienta esencial y que puede entrenarse desde la universidad. El impacto en la autoconfianza y la capacidad expresiva del alumnado es real y medible.

Formar profesionales capaces de comunicar con claridad, emoción y rigor mejora la atención sanitaria y fortalece el vínculo entre ciencia y sociedad.

Mientras un paciente como Luis se siente seguro en la atención recibida, y mantiene con mayor compromiso las recomendaciones, Lucía, una vez despejadas las dudas pues las pruebas resultaron negativas, se queda con un mal sabor de boca y no sigue las recomendaciones sanitarias pertinentes.

Por eso proyectos como La Voz de la Ciencia son importantes. Trabajar por una comunicación en salud más humana, favoreciendo consultas donde la escucha activa, la empatía y la claridad sean protagonistas, nos ayudará a mejorar la atención sanitaria. Porque detrás de cada dato y cada tratamiento hay personas que necesitan comprender y sentirse acompañadas.

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Unai Adrián Pérez de Arrilucea Le Floc’h no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo enseñar a los futuros profesionales de la salud a comunicarse eficazmente – https://theconversation.com/como-ensenar-a-los-futuros-profesionales-de-la-salud-a-comunicarse-eficazmente-266932

Vuelven los griegos: la sisifemia explica la falta de sentido del esfuerzo laboral

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Universidad de Deusto

Hay días en los que trabajamos sin parar y, aún así, al final de la jornada tenemos la sensación de no haber avanzado. Correos respondidos, reuniones encadenadas, informes enviados, formularios cumplimentados. Mucho movimiento, poca transformación.

No es cansancio físico. Tampoco falta de compromiso. Es algo más difícil de nombrar: la percepción persistente de que el esfuerzo no conduce a ninguna parte.

A esa experiencia la podemos llamar sisifemia.

El mito que vuelve una y otra vez

Según la mitología griega, Sísifo, rey de Corinto, fue condenado a empujar eternamente una enorme piedra hacia arriba, sólo para verla caer justo antes de alcanzar la cima. El castigo no consistía únicamente en el esfuerzo físico, sino en la inutilidad repetida del esfuerzo. Nada se acumulaba, nada se consolidaba, nada cambiaba.

El Nobel francés Albert Camus interpretó el mito desde una clave existencial, proponiendo imaginar a un Sísifo feliz en su rebelión frente al absurdo. Sin embargo, la sisifemia contemporánea no tiene mucho de heroica. Es más silenciosa, más cotidiana y, precisamente por eso, más desgastante. No se vive como una rebelión, sino como una normalización del sinsentido.

¿Qué es la sisifemia?

La sisifemia puede describirse como un estado psicológico y organizacional caracterizado por la vivencia de esfuerzo constante sin progreso significativo ni sentido percibido. No se trata de no hacer nada, sino de hacer mucho sin que ese hacer se traduzca en aprendizaje, mejora o impacto real.

Algunos rasgos característicos son:

  • Alta actividad con baja percepción de utilidad.

  • Repetición de tareas que no generan cierre ni resultados visibles.

  • Cumplimiento formal acompañado de desgaste emocional.

  • Sensación de estar siempre “empezando de nuevo”.

Sisifemia, burnout y workaholic no son la misma cosa

La sisifemia aparece con frecuencia en personas responsables, vocacionales y comprometidas, precisamente porque siguen empujando la piedra, incluso cuando intuyen que volverá a caer. A veces, se puede confundir la sisifemia con otros términos que conviene diferenciar: el burnout y el workaholism.

La sisifemia no es burnout, aunque puede conducir a él. El burnout es un síndrome de desgaste psicológico provocado por sobrecarga emocional y laboral sostenida, que desemboca en agotamiento, cinismo y sensación de ineficacia. La sisifemia, en cambio, no surge necesariamente del exceso de trabajo sino de la percepción de inutilidad del esfuerzo, incluso cuando la carga de trabajo es razonable.




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Por otro lado, la sisifemia se diferencia del workaholism en que el adicto al trabajo trabaja en exceso porque necesita hacerlo. Hay compulsión, dificultad para desconectar y, en muchos casos, una búsqueda constante de rendimiento y reconocimiento. La sisifemia, en cambio, no nace de la adicción al trabajo, sino de su vaciamiento de significado. La persona sisifémica no trabaja más porque quiere sino porque debe. No encuentra placer ni orgullo en lo que hace, pero continúa por responsabilidad, por lealtad o por inercia. No hay euforia productiva, sino resignación activa.

En definitiva:

  • La persona que sufre burnout está exhausta porque ha dado más de lo que podía durante demasiado tiempo.

  • El workaholic se sobreimplica porque el trabajo lo absorbe.

  • Quien sufre sisifemia se desgasta porque el trabajo no le devuelve sentido.

Un mal muy actual

La sisifemia se manifiesta con especial intensidad en contextos como:

Vivimos en una cultura que valora el estar ocupado más que el avanzar, el cumplir más que el comprender, el medir más que el transformar. La sisifemia es, en gran medida, el resultado de esa lógica.

Consecuencias psicológicas

Cuando el esfuerzo deja de tener sentido, las consecuencias no tardan en aparecer:

Cuando hay sisifemia no hay gritos ni quejas. Simplemente erosiona el ánimo de quien la sufre.

¿Qué hacer frente a la sisifemia?

No existen soluciones mágicas, pero sí algunas orientaciones claras:

  1. Ir más allá de los objetivos y volver a dar sentido al trabajo. Los objetivos se cumplen o no. El sentido se construye a través de la reflexión personal. Sin una narrativa que explique el “para qué”, cualquier tarea acaba volviéndose pesada.

  2. Cerrar ciclos. Ver resultados, aunque sean modestos, es fundamental. La sisifemia prospera en entornos donde todo queda abierto, provisional o pendiente de la siguiente evaluación.

  3. Reducir tareas simbólicamente inútiles. No todo lo que se hace aporta valor. Aprender a eliminar lo superfluo es una forma de cuidado organizacional y personal.

  4. Dar voz a la experiencia. La sisifemia disminuye cuando las personas pueden nombrar lo que viven y participar en la redefinicion de los procesos.

Un cierre necesario

No siempre podemos dejar de empujar la piedra. La vida, el trabajo y las organizaciones implican esfuerzo. Pero sí podemos, y debemos, preguntarnos por qué, para qué y hasta cuándo.

La sisifemia no es un fallo individual sino una señal que merece ser escuchada. Porque cuando el esfuerzo recupera el sentido, la piedra pesa menos. Y a veces, incluso deja de caer.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Vuelven los griegos: la sisifemia explica la falta de sentido del esfuerzo laboral – https://theconversation.com/vuelven-los-griegos-la-sisifemia-explica-la-falta-de-sentido-del-esfuerzo-laboral-272222

Los secretos del turrón y el mazapán que la impresión 3D está sacando a la luz

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ekaitz Esteban Echeverria, Coordinador de Ciencia y Tecnología en Basque Culinary Center, especializado en análisis de datos, Mondragon Unibertsitatea

Figuritas de mazapán en forma de fruta. CMG_IG/Shuttesrtock

En muchas casas, el turrón y el mazapán aparecen cada año como si fueran siempre los mismos. Sin embargo, estos dulces tradicionales esconden mucho más de lo que parece. Y, curiosamente, una tecnología muy futurista está ayudando a entenderlos mejor: la impresión 3D de alimentos.

Cuando se habla de impresión 3D aplicada a la comida, solemos imaginar una máquina que “fabrica” platos con solo pulsar un botón. Pero los estudios más recientes muestran algo distinto. Su mayor valor no está en producir comida nueva, sino en ayudarnos a comprender mejor la que ya conocemos.

Al intentar imprimir chocolate, dulce de leche, queso untable o masas parecidas al turrón o al mazapán, surge una pregunta clave: ¿cómo se comporta un alimento cuando lo obligamos a fluir y a mantener una forma?

Alimentos que no son ni sólidos ni líquidos

El turrón y el mazapán no son materiales simples: no son sólidos rígidos, pero tampoco líquidos. Se sitúan en un punto intermedio.

Están formados por grasas, azúcares y pequeñas partículas sólidas, componentes que interactúan entre sí. Estudios recientes muestran que se comportan como materiales complejos cuando se someten a esfuerzos mecánicos. No pasa solo con el turrón o del mazapán. También ocurre con cremas, purés o masas dulces. A simple vista parecen estables, pero cambian por completo cuando se los aprieta, se los estira o se los empuja.

En la cocina tradicional, estos comportamientos se ajustan gracias a la experiencia de los reposteros. Se amasa, se compacta o se deja reposar. Estas técnicas funcionan porque no se exige demasiado a la masa.

Pero, al usar una impresora 3D, las cosas cambian y las propiedades internas del alimento se vuelven visibles. Esta tecnología las deja en evidencia al someter al producto a situaciones poco habituales en la cocina doméstica.

La reología estudia cómo fluyen y se deforman los alimentos cuando se les aplica una fuerza. Productos como el turrón o el mazapán cambian su comportamiento según cómo se los manipule.
Ekaitz Esteban.

Qué ocurre cuando intentamos “imprimir” un dulce tradicional

La impresión 3D de alimentos funciona empujando una pasta por una boquilla estrecha. El material se deposita capa a capa. Eso sí, para que el proceso funcione, el alimento debe cumplir dos condiciones: debe fluir para salir por la boquilla y ser estable para no deformarse después.

Investigaciones recientes muestran que este equilibrio depende del propio alimento y no solo de la máquina utilizada. Al imprimir productos ricos en azúcar y grasa, aparecen grandes diferencias.

Algunos fluyen bien, pero se deshacen. Otros mantienen la forma, pero apenas se mueven. Estos límites se describen en revisiones recientes sobre los retos técnicos de la impresión 3D de alimentos.

Una impresora 3D de alimentos deposita pastas como chocolate o dulce de leche capa a capa. El alimento debe fluir y mantener su forma al mismo tiempo.
Ekaitz Esteban.

En el proceso, la forma también importa. No es lo mismo imprimir una línea fina que una estructura alta o con huecos. Algunas mezclas aguantan unos segundos, pero fallan al acumular capas. Muchas se deforman con el tiempo.

Lo que esta tecnología nos está enseñando

Observar estos comportamientos aporta conocimiento valioso. Permite entender por qué una receta funciona y otra no. Por eso, la impresión 3D se está usando como una herramienta para analizar los alimentos desde el diseño y no solo desde la receta.

En productos tradicionales como el turrón o el mazapán, esto permite ajustar su estructura con más precisión, para mejorar texturas, reformular recetas o adaptar alimentos a personas con necesidades específicas.

Es, por otra parte, un puente que une ciencia y cocina. Muchos procesos que antes se basaban solo en la intuición ahora pueden observarse mejor. La creatividad no desaparece, pero se refuerza con conocimiento.

Además, este tipo de aproximación permite entender por qué no todos los alimentos responden igual a los mismos cambios. Dos recetas muy parecidas pueden comportarse de forma distinta si se modifica ligeramente su composición o su procesado.

Estudios recientes destacan que observar estos comportamientos bajo condiciones controladas ayuda a anticipar cómo un alimento cambiará durante su manipulación, su almacenamiento o su consumo. En este sentido, la impresión 3D actúa como una herramienta de aprendizaje que hace visibles decisiones que, en la cocina tradicional, suelen pasar desapercibidas.

Turrón de Alicante, en la Casa Mira.
Wikimedia Commons., CC BY

Tradición y tecnología no son opuestas

Existe la idea de que la impresión 3D amenaza la cocina tradicional. Sin embargo, los estudios más recientes muestran lo contrario. Su mayor potencial es complementar el conocimiento culinario existente

Entender cómo fluye la masa o cómo mantiene su forma no le quita valor cultural al turrón o al mazapán. Al contrario, ayuda a explicar por qué sus recetas han perdurado durante siglos.

Mirarlas desde la ciencia permite unir tradición e innovación: la cocina también es física y química, aunque no siempre lo notemos.

El futuro de la tecnología en gastronomía

No parece que vayamos a imprimir turrón en casa pronto. Pero sí es evidente que la impresión 3D está ayudando a comprender mejor los alimentos.

Ese conocimiento puede dar lugar a productos con texturas más agradables, o más adecuados para distintas personas y contextos.

El verdadero avance no está en la máquina. Está en lo que nos obliga a aprender. Al tratar los alimentos como materiales complejos, la impresión 3D está cambiando cómo pensamos la gastronomía. Y en ese proceso, el turrón y el mazapán vuelven a sorprendernos.

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Ekaitz Esteban Echeverria no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Los secretos del turrón y el mazapán que la impresión 3D está sacando a la luz – https://theconversation.com/los-secretos-del-turron-y-el-mazapan-que-la-impresion-3d-esta-sacando-a-la-luz-271860

Los jóvenes españoles cuestionan la meritocracia: “El ascensor social se ha roto”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mercedes Herrero de la Fuente, Profesora e investigadora en la Universidad Nebrija. Directora del programa de doctorado Innovación en Comunicación Digital y Medios. Investigadora principal Cátedra EGEDA-Platino EDUCA Cine, Mujer y Educación, Universidad Nebrija

Answer 7/Shutterstock

“Precariedad” e “incertidumbre”. Estos son los dos términos más usados cuando pedimos a distintos grupos de jóvenes definir en una palabra qué es ser joven hoy en España. Las opiniones proceden de 16 grupos focales, con un total de 75 integrantes de entre 18 y 29 años, estudiantes o antiguos alumnos de cinco universidades de la Comunidad de Madrid.

Nos acercamos a ellos después de explorar las bases de datos del Centro de Estudios Sociológicos (CIS), que desde 1968 hasta la actualidad recogen 58 estudios dedicados total o parcialmente a la situación de la juventud en España.

¿Qué asuntos afloran? ¿Cuáles son los principales problemas en la actualidad de los jóvenes españoles? ¿Cómo afrontan su futuro?

Según el último Barómetro del CIS, publicado en octubre pasado, la vivienda destaca como la principal preocupación para el 26,9 % de los consultados. Le siguen la situación política (6,2 %) y la crisis económica (5,6 %).

En el desarrollo de los grupos de foco, el precio del alquiler se manifiesta, igualmente, como el principal obstáculo para emanciparse. Los participantes abundan en comentarios como “el alquiler se come nuestra nómina” o “buscar piso es para echarse a llorar”. Inciden en cómo este problema se agrava en Madrid y apuntan, con humor: “Trae cuenta aquí echarse novio/a para poder compartir el alquiler”.

La opción de compra apenas es considerada, en un contexto donde predominan la inestabilidad laboral y los bajos salarios. Incluso aquellos que han conseguido un puesto de trabajo acorde a sus intereses lamentan que “la vocación no paga el alquiler”, y los más jóvenes, que acaban de finalizar sus estudios de grado o máster (22-23), se quejan de su condición de “perfectos becarios”.

Si nos remitimos a un análisis de los datos del CIS, la vivienda ya figuraba en los últimos años entre las inquietudes de la juventud, pero muy por detrás de otras como el empleo, señalada por el 60,5 % en 2021.

La familia como “bien de lujo”

Cuando se les pregunta por el significado de la familia, los jóvenes destacan el gran apoyo recibido de sus padres, tanto en el plano afectivo como en el económico. Son mayoría los que siguen viviendo en el hogar familiar y afirman no encontrar sentido a gastar gran parte de sus ingresos en un piso compartido: “¿Voy a emplear mi sueldo en vivir en unas condiciones peores que en casa de mis padres?”

La perspectiva de formar su propia familia se contempla, pero sólo a largo plazo, y se encuentra fuertemente condicionada por la precariedad económica. Se referían a ello como “bien de lujo” y consideraban esencial a la hora de tener hijos “darles la vida que se merecen”.

Además de los motivos económicos, intervienen otros factores, como el hecho de que las relaciones no sean duraderas o la preocupación por conciliar el trabajo con la vida familiar, mencionado especialmente entre las mujeres. También se manifiesta abiertamente, en algunos casos, el deseo de no ser padres.

Estos datos cualitativos encajan con las cifras arrojadas por el último Barómetro del CIS: un 56 % de los jóvenes entre 18 y 29 años quieren tener hijos, frente a un 34 % que no lo desea. Además, un 7 % señala que ya está en el proceso de formar una familia, porcentaje que asciende al 15 % en el tramo de 27 a 29 años. No obstante, el hecho de que cerca de un tercio rechace esta idea apunta a un cambio en los valores y prioridades de las nuevas generaciones.

Giro a la extrema derecha

En cuanto a las preferencias políticas de la juventud española, los datos más recientes del CIS revelan en términos globales un cierto predominio de la izquierda, con una intención de voto al PSOE del 22,29 %. En segundo lugar, se sitúa VOX, con un 17,47 %, mientras que el grupo de indecisos (“no sabe/no contesta) representa un 15,46 %.

También se observa una inversión de esta tendencia en la franja más joven (18-21 años), donde la derecha (VOX y PP) gana protagonismo, alcanzando un 31,73 % de intención de voto, frente al 24,04 % del partido socialista. La indecisión vuelve a ocupar el tercer lugar (13,46 %).

En los grupos de foco se muestra gran desencanto frente a la política y se percibe el viraje ideológico hacia la extrema derecha. Los jóvenes critican que “ya no se hace política para la ciudadanía” y afirman: “La gente de derechas cada vez lleva a mayor gala ser de derechas y hasta son quizás más reivindicativos”. Algunas opiniones se refieren a que el concepto de rebeldía se ha transformado: “Antes era ser anarquista, ahora es ser un fascista otra vez”.

Hay dos motores para esta polarización. El primero es la frustración y el descontento; el segundo, la dinámica de las redes sociales. Los jóvenes se referían a ellas como foco de extremismo ideológico, porque priorizan lo provocador y agresivo:

“Se oye lo que más ruido hace, que son los furiosos, los más polarizados (…) y yo me pregunto, ¿dónde está la gente razonable, la gente llegando a lo hondo de los temas y a las cosas importantes?”

Futuro y brecha generacional

Al hablar sobre su futuro, siguen revelando cierta frustración, recogida en frases como: “Teníamos una creencia sobre lo que sería nuestra vida (…), que hoy día es totalmente errónea…”. A pesar de haber realizado un gran esfuerzo para formarse, la promesa de estabilidad laboral y económica no se ha cumplido.

La meritocracia es cuestionada a medida que avanza la edad, de forma que los que ya han adquirido cierta experiencia profesional sostienen que la universidad no garantiza un futuro mejor. Algunos expresan su desencanto con frases como: “el ascensor social se ha roto”.

Al compararse con la generación de sus padres, perciben que conseguirán una estabilidad económica y laboral mucho después que ellos. Esta opinión ya se detectó en anteriores estudios del CIS, como el de 2021, cuando esta tendencia se intensificó por la pandemia.

A pesar de estas valoraciones pesimistas, la juventud afronta su porvenir también con esperanza, especialmente en cuestiones relacionadas con el potencial de la tecnología o el ejercicio de sus libertades, dentro de una sociedad más diversa.

Apelan a su capacidad de adaptación y a los pequeños acontecimientos felices que, a pequeña escala, suceden cada día. Una joven que acaba de terminar su grado afirma:

“Yo creo en los pequeños actos, porque hay grandes dinámicas globales en las que no podemos influir, pero hay cuestiones a pequeña escala que podemos cambiar”.

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Este estudio se ha llevado a cabo con una iniciativa del CIS destinada a la explotación de su Banco de Datos. Las investigadoras implicadas en este trabajo son: Carmen Llovet Rodríguez (IP del proyecto), Universidad Nebrija; Mercedes Herrero de la Fuente, Universidad Nebrija; Sandra Benítez Peña, Universidad Carlos III de Madrid; Cristina Gallego Gómez, Universidad Rey Juan Carlos; Gema López Sánchez, Universidad Europea de Madrid.

ref. Los jóvenes españoles cuestionan la meritocracia: “El ascensor social se ha roto” – https://theconversation.com/los-jovenes-espanoles-cuestionan-la-meritocracia-el-ascensor-social-se-ha-roto-268414