Sensores basados en bacterias, los nuevos guardianes invisibles del agua

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anna Salvian, Investigadora posdoctoral del Grupo BioE, IMDEA AGUA

“El agua es la fuerza motriz de toda la naturaleza”, escribió Leonardo Da Vinci. Abrir el grifo y que salga agua limpia parece sencillo, pero detrás hay un sistema complejo que va desde la captación y distribución hasta la depuración y, cada vez más, la reutilización.

Hoy ese equilibrio se complica: el cambio climático, la escasez de recursos, la contaminación y el elevado consumo energético del tratamiento hacen cada vez más difícil garantizar un suministro seguro y sostenible. Afrontar estas amenazas exige avanzar hacia una economía circular del agua, con decisiones estratégicas basadas en datos y más orientadas a la eficiencia y la resiliencia.

La revolución de los biosensores bioelectroquímicos

Hasta ahora, controlar la calidad del agua en cada etapa de su ciclo significaba recoger muestras y analizarlas en el laboratorio. El método es fiable, pero lento y costoso, y no siempre refleja lo que ocurre en tiempo real. Por eso, disponer de tecnologías que permitan controlar al instante y con fiabilidad la calidad del agua es esencial para optimizar su gestión a lo largo de todo el ciclo, desde la captación hasta su uso, tratamiento y reutilización.

En este contexto, los biosensores bioelectroquímicos destacan por su versatilidad y capacidad de adaptación a las distintas fases del ciclo del agua. Estos dispositivos emplean microorganismos capaces de “alimentarse” de los contaminantes presentes en el agua, utilizando esas sustancias como fuente de energía.

Durante este proceso metabólico, las bacterias liberan electrones –partículas atómicas cargadas negativamente–, que son captados por el sensor y transformados en una señal eléctrica medible. De esta manera, el nivel de corriente generado refleja directamente la actividad biológica y el grado de contaminación del agua en tiempo real.

Colocados en diferentes puntos del ciclo del agua, estos dispositivos permiten:

  • Detectar la contaminación en origen, antes de que llegue al consumidor.

  • Optimizar el tratamiento en las depuradoras.

  • Garantizar la seguridad de la reutilización.

Antes de la depuración: función preventiva

El ciclo comienza en manantiales, ríos y acuíferos, fuentes cada vez más expuestas a contaminantes químicos, vertidos ilegales o infiltraciones de aguas residuales.

Aquí, los biosensores instalados en aguas subterráneas o superficiales permiten detectar en continuo la presencia de contaminantes. Su función es preventiva: ayudan a evitar intoxicaciones y a garantizar que el agua llegue en condiciones seguras a las plantas de potabilización.

Por ejemplo, se ha demostrado que los biosensores bioelectroquímicos pueden detectar la presencia de hidrocarburos derivados del petróleo, un avance fundamental, ya que estos compuestos se encuentran entre los contaminantes más comunes de las aguas subterráneas.

Durante: tratamientos más eficientes

Tras su uso, el agua llega a las estaciones depuradoras, donde se eliminan los contaminantes antes de devolverla al medio natural. En esta fase, los biosensores bioelectroquímicos desempeñan un doble papel.

Por un lado, permiten monitorizar la carga total de contaminantes orgánicos de entrada: cuanto mayor es la carga orgánica, más electricidad generan las bacterias del sensor, y esa corriente eléctrica puede medirse para estimar la cantidad de materia que debe ser tratada.

En un estudio desarrollado por científicos de España y Reino Unido, demostramos que las comunidades bacterianas que crecen en el ánodo (uno de los electrodos) de estos sensores son muy resistentes, lo que les permite funcionar incluso en aguas sucias o entornos adversos sin perder eficacia.

Esta información es especialmente útil porque las depuradoras, aunque son instalaciones esenciales, tienen un alto consumo energético: gran parte de la electricidad se destina a la aireación de los reactores biológicos necesaria para que los microorganismos degraden los contaminantes orgánicos.

Al medir en tiempo real la demanda de oxígeno de los microorganismos para la degradación o la carga contaminante, los operadores pueden ajustar la aireación de forma dinámica. De esta forma, reducen el consumo eléctrico, disminuyen las emisiones de gases de efecto invernadero y mantienen la calidad del agua tratada. Una ventaja doble: económica y ambiental.

Por otro lado, estos sensores también pueden detectar la presencia de sustancias tóxicas que alteran la actividad de las bacterias encargadas de depurar el agua. Dado que el tratamiento biológico depende de la salud de estos microorganismos, es crucial asegurarse de que no estén expuestos a compuestos que los dañen.

En este contexto, se han desarrollado biosensores bioelectroquímicos capaces de identificar cambios en la actividad metabólica microbiana provocados por floculantes –sustancias empleadas en procesos industriales o en las depuradoras para aglomerar partículas– o sus residuos tóxicos, metales pesados y biocidas, como los pesticidas. Este sistema ofrece una señal temprana de toxicidad, permitiendo actuar de inmediato y proteger el equilibrio biológico del proceso de depuración.

Después: agua segura para su reutilización

Cada vez más, el ciclo del agua se cierra con la reutilización. En un contexto de sequías, el agua regenerada se destina al riego agrícola, la limpieza urbana o incluso a procesos industriales.




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Pero para reutilizar el agua se necesita garantizar su buena calidad. Los biosensores permiten vigilar en tiempo real el agua depurada, asegurando que cumple los estándares de seguridad antes de darle un nuevo uso. Gracias a ello, se fortalece la confianza en la reutilización y se avanza hacia un modelo de economía circular.

Además, este tipo de sensores no se limita al agua. También pueden aplicarse al estudio del suelo, especialmente en terrenos regados con agua depurada. Es posible monitorizar cómo evoluciona la actividad microbiana y las condiciones del suelo para garantizar que la reutilización del agua no altere su equilibrio biológico.

Esa información es muy valiosa porque la vida microbiana del suelo está directamente ligada a su fertilidad: un suelo con un microbioma equilibrado y activo favorece una mejor disponibilidad de nutrientes y, en consecuencia, una mayor productividad de los cultivos.




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Del control al futuro predictivo

La gran ventaja de los biosensores es que permiten pasar de un sistema reactivo a un sistema predictivo. Ya no se trata solo de comprobar la calidad del agua cuando el problema ya ha ocurrido, sino de anticiparse, gestionar mejor los recursos y responder en tiempo real.

Estos modelos predictivos son posibles gracias a la recopilación de grandes volúmenes de datos (big data) y al uso de herramientas de aprendizaje automático (machine learning) y aprendizaje profundo (deep learning). Todo ello permite analizar patrones y predecir el comportamiento futuro con gran precisión.

Un grupo de investigación en Estados Unidos ya ha aplicado estas técnicas a biosensores bioelectroquímicos, logrando identificar las variables que influyen en la generación de corriente eléctrica del sensor y predecir la eliminación de carbono y nitrógeno durante el proceso de depuración.

Integrados en la digitalización del ciclo del agua, estos avances abren la puerta a un modelo de gestión más transparente, eficiente y respetuoso con el medio ambiente, que protege la salud pública, mejora la eficiencia energética y reduce la huella de carbono de las infraestructuras hídricas.

Un futuro más seguro y sostenible

En un mundo donde la demanda de agua podría superar en un 40 % a los recursos disponibles en 2030, apostar por la innovación tecnológica es imprescindible. Los biosensores se perfilan como aliados clave para garantizar un agua limpia, segura y gestionada con criterios de sostenibilidad.

El agua, como decía Da Vinci, es la fuerza que mueve la naturaleza. Hoy, gracias a la ciencia, tenemos nuevos guardianes invisibles para protegerla: biosensores que la vigilan gota a gota, en tiempo real.

The Conversation

Anna Salvian recibe financiación del Programa de Investigación e Innovación Horizonte Europa de la Unión Europea (proyecto n.º 101058174 “TrineFlex”).

ref. Sensores basados en bacterias, los nuevos guardianes invisibles del agua – https://theconversation.com/sensores-basados-en-bacterias-los-nuevos-guardianes-invisibles-del-agua-268042

Dormir bien y moverse más: las 24 horas mágicas para niños sanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Mª Alonso Martínez, Vicedecana Grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte / Profesora Titular área de Educación Física y Deportiva Facultad Ciencias de la Salud, Universidad Pública de Navarra

alexkoral/Shutterstock

Si alguna vez han visto a una niña de cinco años lanzar un balón con la intensidad de una final del Mundial, ya conocen la magia de las habilidades motrices básicas. Correr, saltar, lanzar o atrapar objetos no son simples juegos, sino los cimientos de la confianza en el parque, del gusto por el movimiento y la actividad física y uno de los factores más decisivos para mantenerse activos al crecer.

Estos cimientos en ocasiones no se establecen con la solidez necesaria, por causas diversas, como demasiado sedentarismo en la escuela, poco tiempo para jugar al aire libre, dificultades de acceso a zonas adecuadas… Por eso es tan importante pensar de manera global en las 24 horas de un día de un niño o niña: cuánto se mueve, cuánto está sentado o cómo duerme, tanto en casa como en la escuela.

Recientemente hemos investigado cómo es posible mejorar las destrezas motrices en conjunción con buenas rutinas de sueño y hábitos que combaten el sedentarismo. Nuestras conclusiones apuntan a beneficios consistentes en las funciones ejecutivas y en la regulación emocional. Es decir, con este enfoque global los niños y las niñas se desarrollan con mayores habilidades físicas, pero también intelectuales y emocionales.

¿Qué nos dice la evidencia?

El análisis de doce estudios con casi 5 000 niños y niñas de entre 4 y 6 años en entornos de educación infantil muestra que los programas que combinan juegos motrices, retos cognitivos sencillos y mensajes para organizar las 24 horas –es decir, más movimiento, menos sedentarismo y sueño de calidad–, producen mejoras sólidas en competencia motriz, especialmente en las destrezas de control de objetos, como lanzar y atrapar una pelota o botar un balón sin que se escape.

En cambio, los avances en resistencia, fuerza o velocidad son más discretos, porque para mejorar la condición física se necesita repetición y progresión a lo largo del tiempo.

Nuestros resultados muestran que para favorecer el desarrollo infantil es clave variar los juegos y actividades, evitando la rutina. Por ejemplo, alternar juegos de cooperación, equilibrio y lanzamiento con nuevas consignas o materiales mantiene la motivación. En cambio, repetir los mismos ejercicios o circuitos durante meses limita el interés y el progreso. Por eso, no es la duración, sino la variedad y calidad de las experiencias lo que impulsa un desarrollo motor y cognitivo real.




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De la habilidad a la confianza y la participación

Las habilidades con objetos son mucho más que simples ejercicios. Abren la puerta a juegos con pelota como “balón prisionero” o “bomba” y también a la participación en deportes de equipo como el balonmano o el waterpolo. Son clave en espacios donde niños y niñas aprenden no sólo a moverse sino también a compartir, cooperar, competir y disfrutar de la actividad física en grupo.

Cuando un niño se siente motrizmente competente, ocurre algo especial: participa más, se divierte más y busca nuevas oportunidades para repetir esa experiencia positiva. Se crea así un pequeño círculo virtuoso que refuerza la confianza y la motivación: “Sé hacerlo, me gusta, lo repito”. Y lo más importante es que este ciclo puede mantenerse en el tiempo, siempre que la escuela y la familia ofrezcan espacios adecuados para la práctica y el juego.

Movimiento, cognición y las emociones

Desarrollar la competencia motriz va mucho más allá del simple movimiento: implica pensar. No es casualidad que actividades como coordinar el cuerpo, ajustar la fuerza necesaria, esperar turnos o seguir las reglas de un juego requieren discurrir, decidir y autocontrolarse y se vinculan con la mejora de funciones ejecutivas fundamentales como la atención, la memoria de trabajo y el control inhibitorio. Los programas con reglas variables o consignas que obligan a replantear decisiones muestran mejoras visibles en el procesamiento ejecutivo y en el comportamiento en el aula.

En el ámbito emocional sucede algo similar. El juego activo con reglas claras, tiempos de espera y retroalimentación inmediata favorece la autorregulación tanto en la conducta, como en las emociones. Por ejemplo, un niño que aprende a “parar, mirar y tirar” en un juego suele también aprender a “parar, pensar y actuar” en otras situaciones de su vida diaria.

Este vínculo entre desarrollo motriz, cognición y emoción refuerza la importancia de programas integrales que estimulen no solo el movimiento físico, sino también el desarrollo cognitivo y el control emocional desde edades tempranas.




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Sueño, movimiento y alimentación: pilares del desarrollo

Las guías de comportamiento que abarcan las 24 horas del día insisten en abordar la actividad física, el sedentarismo y el sueño como un sistema integrado. ¿Por qué el sueño, con horarios regulares y de calidad, resulta clave para un desarrollo físico, cognitivo y socioemocional óptimo en niños y niñas de 4 a 6 años?

Un descanso adecuado y reparador mejora el rendimiento ejecutivo, mientras que el sueño corto o irregular dificulta la concentración y la regulación emocional, afectando el desarrollo infantil. Y, en general, las intervenciones que combinan actividad física con desafío mental reducen el sedentarismo y regulan los tiempos de sueño favoreciendo la atención, la memoria y la gestión emocional durante la infancia.

El camino hacia la mejora

Las siguientes pautas nos servirán para aplicar en casa este enfoque:

• Permitir a los niños correr, saltar, lanzar, girar… Dejar que la condición física emerja de forma natural con la práctica continua.

• Integrar retos mentales sencillos durante el juego (cambiar reglas, contar, nombrar, enumerar).

• Multiplicar los momentos activos durante el día. Todo movimiento suma.

• Promover que jueguen sin pantallas. El juego es el momento de conectar de verdad.

• Fomentar rutinas de sueño. A los 3-4 años se necesitan 10-13 horas diarias, incluyendo siestas, con horarios fijos.

• Ser ejemplo: los niños imitan lo que ven. Si los adultos evitamos pantallas y nos movemos, harán lo mismo.

Familias, docentes y comunidades deberían implicarse en promover hábitos saludables con este enfoque global, en especial mejorando espacios en el entorno urbano para que los niños tengan lugares protegidos de juego.

Para crear un cambio sostenible, será fundamental que la opción saludable, como moverse más, dormir bien y reducir el sedentarismo, sea la más accesible, sencilla y natural para todos los niños y niñas y sus familias.

The Conversation

Alicia Mª Alonso Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Dormir bien y moverse más: las 24 horas mágicas para niños sanos – https://theconversation.com/dormir-bien-y-moverse-mas-las-24-horas-magicas-para-ninos-sanos-268111

¿Cómo podemos conocer la historia de la Tierra?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Damas Mollá, Investigadora en Geología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Formaciones con estratos bien visibles en Zumaia (Gipuzkoa, España). Guillermo Guerao Serra/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 2º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, en Gasteiz (Álava)


Nuestro planeta es mucho, muchísimo más antiguo que cualquier civilización humana. Sus 4 500 millones de años de historia han dejado numerosas huellas en las rocas, y la geología es la ciencia que se encarga de descifrarlas para que podamos leer los diferentes capítulos del “libro de la Tierra”, con tramas que se entrelazan.

Hablan los sedimentos

Antes que nada, recordemos que las rocas tienen varios orígenes: a través de magma o lava se forman las ígneas y por transformación de otras rocas, las metamórficas. Pero aquí las que más nos interesan, de momento, son las del tercer grupo: las sedimentarias.

Las rocas sedimentarias nacen al acumularse partículas, más o menos finas, generadas por la descomposición y erosión de rocas que afloran en relieves elevados como montañas. Estas partículas son transportadas por distintas vías (ríos, viento, glaciares…) hacia las zonas de acumulación. Así, los sedimentos se van depositando, capa a capa, en niveles más o menos horizontales: los estratos.

Estratos de roca en Muskiz (Bizkaia, España).
Laura Damas Mollá

Según la llamada ley de horizontalidad de los estratos, establecida por el científico danés Nicolás Steno en el siglo XVII, el estrato inferior es el más antiguo. El problema es que no nos los encontramos siempre así.

Acantilados del Eoceno (hace entre 56 y 33,9 millones de años) formados por una alternancia de dos tipos de rocas: areniscas y lutitas. Aquí, los estratos se disponen verticalmente. San Sebastián, Gipuzkoa.
Laura Damas Mollá

Al estudiar las rocas sedimentarias, el primer dato que debemos deducir es dónde se depositaron sus materiales, o sea, saber si se formaron en mares, ríos, lagos…. Los restos fósiles de seres vivos nos pueden proporcionar la solución del problema. Así, una roca caliza con fósiles de organismos marinos, como moluscos o corales, surgió en un ambiente tropical de aguas poco profundas, porque la fauna es similar a la actual. Si esos fósiles se encuentran enteros podemos incluso llegar a reconstruir los arrecifes.

Por otro lado, si nos encontramos los fósiles rotos y mezclados, supondremos que algún tipo de corriente los ha removido y desplazado de su hábitat. En otras ocasiones, como ocurre con las areniscas, presentan finas líneas o lineaciones que marcan la dirección e incluso el sentido de las corrientes que transportaban los sedimentos, igual que pasa actualmente en la playa.

Estas piezas del puzle de la historia terrestre se interpretan según el principio del “actualismo”. Acuñado por el geólogo británico Charles Lyell en 1830, indica que “el presente es la clave para entender el pasado”.

Sección longitudinal de molusco bivalvo (rudista) del Cretácico, hace entre 143 millones y 66 millones de años. Cantera de Andrabide (Gautegiz Arteaga, Bizkaia).
Laura Damas Mollá

Detalles que delatan la edad

Con estas pistas es posible interpretar el ambiente donde se depositaron las rocas sedimentarias, pero aún no sabemos su edad. Para averiguarla también existen varias técnicas.

En primer lugar, los minerales que forman esas rocas contienen isótopos radioactivos, componentes químicos cuyo análisis nos permite saber cuánto tiempo llevan en la Tierra. Este método se basa en la desintegración de un isótopo “padre” que se va transformando de forma progresiva a lo largo del tiempo en su “hijo”. Al conocer la proporción existente entre ellos en la muestra se puede obtener su edad.

En el caso de la célebre técnica del carbono-14 se necesitan muestras con un origen orgánico, por lo que no se puede aplicar en muchas rocas y minerales. Además, la “vida” de ese isótopo es de poco más de 60 000 años. Para rocas, minerales y fósiles utilizamos otras relaciones de isótopos radioactivos, como el uranio/torio o el uranio/plomo, que permiten dataciones de entre 500 000 años y varios miles de millones de años, más adecuadas para conocer la larga historia de la Tierra.

Y una curiosidad: ¿sabías que existe también una técnica para saber la edad de la última vez que ha visto la luz del sol un grano de cuarzo? Se llama luminiscencia ópticamente estimulada y se utiliza para estimar la antigüedad de muestras de entre 1 000 y 500 000 años.

Pero estas herramientas no sirven para todo tipo de rocas, así que también usamos otros métodos de datación. El más conocido consiste en examinar la variación del contenido fósil a lo largo del tiempo; es decir, la evolución. La vida de la Tierra se transforma a lo largo del tiempo, y encontrar determinadas asociaciones de fósiles nos permite establecer un rango de edad para los estratos. Aunque los más famosos son los grandes fósiles, como los dinosaurios, normalmente utilizamos microfósiles que se estudian con lupas.

Rocas sometidas a “torturas” geológicas

Pero la historia de las rocas está incompleta si solo averiguamos el ambiente donde se forjaron y su edad. Diferentes procesos geológicos hacen que rocas nacidas en fondos marinos, por ejemplo, formen parte de las montañas actuales. Porque desde que se produce el depósito de los materiales hasta la actualidad, las rocas sedimentarias sufren un proceso que se llama diagénesis: se calientan, se aplastan por enterramiento y experimentan diversos cambios en sus componentes (algunos se disuelven, otros se transforman, otros se fracturan…).

La mayor parte del tiempo, una roca sedimentaria está sometida a esas “torturas”, que podemos entender y ordenar cronológicamente. Para ello utilizados unos microscopios especiales, llamados petrográficos, y láminas de rocas de 0,3 mm de espesor.

Y por si esto fuera poco, los estratos no siempre se encuentran en posición horizontal, como las capas de una tarta. Igual que cuando empujamos un mantel con la mano, las fuerzas de las placas tectónicas pliegan los estratos rocosos. Los geólogos tenemos que “leer” también los capítulos protagonizados por las rocas ígneas, que nos cuentan la historia de las erupciones volcánicas del pasado, y las metamórficas, que nos hablan de transformaciones de unas rocas en otras.

Así, poco a poco, reconstruimos la biografía del planeta, desde las variaciones ambientales a la evolución de la vida. Comprender esa historia nos permite entender los cambios que están ocurriendo hoy en día y reflexionar sobre nuestro breve capítulo como homínidos, ya que la Tierra seguirá transformándose más allá de nuestra presencia en ella.

Si miras a tu alrededor y te pones las gafas de geólogo o geóloga, descubrirás qué historias conservan las rocas para saber hacia dónde vamos.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Laura Damas Mollá no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cómo podemos conocer la historia de la Tierra? – https://theconversation.com/como-podemos-conocer-la-historia-de-la-tierra-266404

Pautas para seguir una verdadera dieta mediterránea

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Belén Ropero Lara, Profesora Titular de Nutrición y Bromatología – Directora del proyecto BADALI, web de Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández

El pescado, las frutas y las hortalizas constituyen una parte esencial de la dieta mediterránea. monticello/Shutterstock

Inscrita en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO desde 2013, la dieta mediterránea es una parte esencial de nuestra cultura que, además, produce efectos beneficiosos en la salud. Pero su poder protector no reside en los hábitos alimentarios actuales o en los productos manufacturados en la región mediterránea. En realidad, proviene del patrón dietético clásico cuyos efectos han sido validados por decenas de estudios científicos con la participación de miles de personas.

Entonces, ¿a qué podemos llamar dieta mediterránea?

Según la definición de la UNESCO, “comprende un conjunto de conocimientos, competencias prácticas, rituales, tradiciones y símbolos relacionados con los cultivos y cosechas agrícolas, la pesca y la cría de animales, y también con la forma de conservar, transformar, cocinar, compartir y consumir los alimentos”. Por lo tanto, constituye también un patrón social.

De todos modos, el componente fundamental de este patrimonio cultural es, como su nombre indica, la dieta propiamente dicha. Para saber cómo de mediterránea es nuestra alimentación, debemos tener en cuenta 14 puntos. A mayor puntuación, más se le parece.

En primer lugar, los alimentos recomendados que suman puntos son:

  • El aceite de oliva.

  • Las verduras y hortalizas.

  • Las frutas.

  • Las legumbres.

  • El pescado y el marisco.

  • Los frutos secos.

  • La carne blanca (pollo, pavo, conejo).

  • El tradicional sofrito para acompañar platos principales.

Y los productos a evitar, los que nos alejan de la dieta mediterránea, son:

  • Las carnes rojas y procesadas.

  • La mantequilla, margarina o nata.

  • Las bebidas carbonatadas, ya sean azucaradas o no.

  • La repostería comercial.

Beneficios probados para la salud

El primer estudio sobre la dieta mediterránea se publicó en 1970, pero tuvieron que pasar aún más de 20 años para que volviera a despertar interés. Desde entonces ha sido foco de intensa investigación en nutrición.

Uno de los principales trabajos es español y en él participaron más de 90 investigadores. Se trata del estudio PREDIMED, diseñado para evaluar los efectos de este patrón alimentario en personas mayores con alto riesgo de enfermedad cardiovascular. Las conclusiones fueron inapelables: la incidencia de eventos cardiovasculares era claramente menor en los grupos de dieta mediterránea.

Ahora, después de décadas de investigaciones, los resultados no dejan lugar a dudas: la dieta mediterránea es una firme aliada para nuestra salud. Seguirla reduce el riesgo de mortalidad y de sufrir tres de las enfermedades más frecuentes de nuestro tiempo: las dolencias cardiovasculares, el cáncer y la diabetes tipo 2. Además, también protege contra el deterioro cognitivo, la demencia y el alzhéimer.

Menús poco mediterráneos

A pesar de todas estas evidencias, la realidad es que nuestra alimentación actual se parece poco o nada a la dieta mediterránea. Además, solemos creer erróneamente que alimentos muy consumidos, como el cerdo, el jamón o el queso, forman parte de ella.

Si echamos un vistazo a los 14 puntos mencionados en el estudio PREDIMED, leemos que uno de ellos es: “¿consume usted preferentemente carne de pollo, pavo o conejo en vez de ternera, cerdo, hamburguesas o salchichas?”. Para obtener un punto, la respuesta debe ser sí. Además, una de las recomendaciones adicionales es no tomar más de una ración de jamón curado o de carne roja a la semana.

La principal razón para esta restricción es que tanto el jamón curado como cualquier otro embutido son carnes procesadas, y estas aumentan las probabilidades de sufrir cáncer colorrectal, el segundo cáncer más mortal del mundo. Otra razón es su alto contenido de sal, que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales.

Además, en términos de salud, el cerdo se clasifica como carne roja, un riesgo adicional para contraer el citado cáncer colorrectal. Por si fuera poco, tomar mucha carne roja y procesada también aumenta las posibilidades de morir por problemas cardiovasculares.

En lo que se refiere a los quesos, los bajos en grasa no tienen límites estrictos en la dieta mediterránea, mientras que los curados o grasos (la gran mayoría) están restringidos a un máximo de una ración semanal. Esto se debe a su elevado contenido de sal y a que predominan las grasas saturadas, dos riesgos considerables para la salud.

¿Vino sí o vino no?

Uno de los aspectos más controvertidos de la dieta mediterránea es el vino. Aunque puntúa positivamente en el estudio PREDIMED, no se fomenta su consumo, sino que se limita la cantidad a quienes ya son consumidores habituales.

El vino, particularmente el tinto, goza de buena fama por la presencia de polifenoles procedentes de la uva. De hecho, en el propio estudio PREDIMED se observó que tomar más polifenoles puede disminuir el riesgo de mortalidad. Sin embargo, estos compuestos naturales también se encuentran en alimentos muy consumidos, como el aceite de oliva virgen, los frutos secos, las frutas y las verduras.

Además, el vino no deja de ser una bebida alcohólica y la conclusión de la Organización Mundial de la Salud al respecto es que beber alcohol puede causar más de 200 problemas de salud. De hecho, esta institución considera que no hay un nivel que no suponga un riesgo, por bajo que sea.




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Lo positivo es que siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra salud. No importa la edad a la que lo hagamos: cualquier momento es bueno para acercar nuestra alimentación a los 14 puntos de la dieta mediterránea. Cada paso que demos hacia un mayor cumplimiento de este patrón alimentario, por pequeño que sea, supone un beneficio en la prevención de enfermedades.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Pautas para seguir una verdadera dieta mediterránea – https://theconversation.com/pautas-para-seguir-una-verdadera-dieta-mediterranea-266678

Así son las auroras rojas que han iluminado (y pueden volver a iluminar) los cielos de España y toda Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep M. Trigo Rodríguez, Investigador Principal del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)

La pasada noche del 11 noviembre fue posible disfrutar desde toda Europa, Norteamérica y Centroamérica del espectáculo de las auroras. Desde España se han visto y fotografiado las llamadas auroras SAR (acrónimo de Arcos Rojos Estables o Stable Aurora Red arch), una especie de reflejo lejano de las que se dan a gran altura en latitudes boreales. Se aprecian como una luminosidad rojiza cercana al horizonte norte que se aprecia a simple vista, aunque las cámaras la captan maravillosamente dada su mayor sensibilidad.

Que veamos auroras SAR es normal, incluso que cambien de intensidad según el devenir de la actividad geomagnética. También se produjeron en mayo del año pasado, en un momento álgido (como ahora) de la actividad solar.

En estos momentos, el Sol se encuentra en una fase especialmente activa en la que sufre grandes erupciones, acompañadas de la emisión masiva de protones y partículas alfa (núcleos de helio) a grandes velocidades (algunas del orden de 1 800 km/s).

Muchos astrofotógrafos aprovechan estos días para tomar imágenes increíbles de la fotosfera solar que muestran la gran actividad del astro rey.

El origen de las auroras y sus preciosos colores

Tras la emisión de masa coronal del Sol, las partículas atómicas, en buena parte cargadas eléctricamente, pasan a formar parte del llamado viento solar y se difunden por el medio interplanetario. Esa gigantesca ola de átomos e iones tardará entre 1,5 y 4 días en llegar a la Tierra, en función de la velocidad de la ráfaga de masa coronal eyectada.

Los cinturones de Van Allen nos protegen de la radiación llegada del Sol.
Nasa Space Place

Las energéticas partículas quedan retenidas en el campo magnético de nuestro planeta. Posteriormente, viajan por las líneas de dicho campo hasta golpear la atmósfera superior de la Tierra, cerca de los polos Norte y Sur. Cuando estos átomos interactúan con los gases de nuestra atmósfera, producen las auroras boreales y australes, respectivamente.

Y, aunque en latitudes medias como las de España se suelan ver únicamente las auroras SAR rojas, desde latitudes más boreales o australes es posible contemplar hermosas cortinas de colores. El cromatismo de los hermosos arcos de la luz que se mueven por el cielo dependen de las moléculas ionizadas que emiten esa luz. Por ejemplo, el oxígeno emite luz verde y roja, mientras que el nitrógeno molecular brilla intensamente en colores azules y púrpuras.

El Sol dispara y los planetas reciben

Precisamente, el 11 de noviembre hubo una enorme emisión de masa coronal desde la región solar activa catalogada AR14274. Debido a la magnitud de esa erupción, esperamos que haya actividad geomagnética extraordinaria también en las próximas noches.

Precisamente las regiones más activas están asociadas a los grupos de manchas solares, a veces vinculados a brillantes segmentos llamados fáculas. Desde esas regiones suelen producirse las erupciones solares, desencadenadas por los cambios magnéticos que tienen lugar en la fotosfera solar.

El grupo activo 14274 fotografiado el 11 de noviembre desde el Observatori de Gualba, Barcelona, una hora después de la erupción que protagonizó y que ahora está produciendo auroras. Podemos apreciar una brillante fácula debajo de las manchas principales.
Albert Sànchez Caso/MPC442-Gualba Obs./AstroMontseny

Muy atentos a las próximas noches

Es una gran oportunidad para los astrofotógrafos, pero cualquiera que disponga de un teléfono móvil también puede capturar alguna imagen nocturna de pocos segundos si se apoya en algún objeto o tiene un buen pulso. Precisamente esta misma tarde, la del 12 de noviembre, ya desde el crepúsculo tendremos muchas posibilidades de volver a ver auroras SAR desde la península ibérica.

De hecho, podremos seguir en tiempo real la actividad geomagnética en esta página de la Universidad de Kioto (Japón). Una web muy útil para comprobar el grado de actividad geomagnética es Heliomon, creada por Josep Maria Llenas, director del Observatori Astronòmic i Meteorològic de Pujalt, en Barcelona.

En particular existe un índice representativo de las condiciones geomagnéticas globales, conocido como Kp. Estos valores indican la actividad geomagnética esperada para cualquier período de tres horas durante los próximos tres días, como refleja la gráfica que sigue a este párrafo.

El índice Kp da cuenta de la actividad geomagnética global en períodos de tres horas durante los próximos tres días. Las horas son en tiempo universal coordinado (súmese una hora para la hora local peninsular, CET).
NOAA/SWPC Boulder, Col, EUA

Un buen ejemplo de las sesiones fotográficas que espero incentivar fue la realizada anoche por el astrofotógrafo Joan Manuel Bullón desde el pico de la Travina, en el municipio valenciano de Aras de Alpuente. Imágenes como esta precisamente me han animado a escribir el presente artículo para enfatizar que la próxima noche podría también ser histórica, una gran oportunidad para los amantes del tiempo (espacial).

Aurora captada la pasada noche desde Aras de Alpuente, Valencia.
Joan Manuel Bullón i Lahuerta

The Conversation

Josep M. Trigo Rodríguez recibe fondos del proyecto del Plan Nacional de Astronomía y Astrofísica PID2021-128062NB-I00 financiado por el MICINN y la Agencia Estatal de Investigación.

ref. Así son las auroras rojas que han iluminado (y pueden volver a iluminar) los cielos de España y toda Europa – https://theconversation.com/asi-son-las-auroras-rojas-que-han-iluminado-y-pueden-volver-a-iluminar-los-cielos-de-espana-y-toda-europa-269614

¿Podemos aprender igual de bien en un segundo idioma?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Reyes Sánchez, Profesora de Psicología de la Memoria y de Aprendizaje y Condicionamiento. Área de especialización: estrategias de metamemoria en contextos bilingües., Universidad Loyola Andalucía

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Hoy en día, el uso de un segundo idioma se ha vuelto casi imprescindible y el inglés a menudo se utiliza como lengua vehicular (o lengua franca) en la educación superior. Esta tendencia no es casual: los programas de inglés como medio de instrucción (EMI) se han multiplicado en las últimas décadas, incluso en países no anglófonos. Para quienes no somos personas nativas, trabajar en esa lengua puede suponer un reto que exige un esfuerzo extra.

¿Afecta esta “carga adicional” al modo en que aprendemos? ¿Somos capaces de estudiar y recordar información en inglés igual que en nuestra lengua materna? ¿O estudiar en inglés nos obliga a invertir recursos cognitivos que podrían limitar nuestras estrategias de aprendizaje y penalizar el resultado final?

La respuesta a estas preguntas es, para muchas personas, que leer y estudiar en inglés cuesta más, resulta más difícil y deja la sensación de que el aprendizaje no es tan exitoso.

Pero estudios recientes muestran que la cuestión es más compleja: depende de qué tipo de prueba usemos para evaluar el aprendizaje, del nivel en inglés y de las estrategias cognitivas y metacognitivas que se pongan en marcha.

Recordar no siempre significa lo mismo

Para evaluar el aprendizaje es habitual utilizar pruebas directas de memoria en las que se solicita abiertamente que se recupere la información. Pueden ser de dos tipos: recuerdo libre (recordar lo estudiado sin apoyos) y reconocimiento (identificar de entre varias opciones la correcta).

Por ejemplo, tras haber estudiado definiciones de conceptos, una prueba de recuerdo libre implicaría generar las definiciones libremente como cuando se pregunta “¿Qué entendemos por bilingüismo?” y se evalúa nuestra producción escrita.




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Este tipo de pruebas requieren que la información se organice adecuadamente en el momento de estudio y que se seleccionen estrategias de recuperación adecuadas. Eso implica que, si la tarea se hace en inglés, parte de los recursos cognitivos se destinan a procesar aspectos lingüísticos –vocabulario y gramática–, lo que deja menos recursos disponibles para organizar la información y seleccionar estrategias adecuadas de recuperación.

En cambio, una prueba de reconocimiento podría ser simplemente decidir si cada definición es verdadera/falsa. Siguiendo con nuestro ejemplo, “Las personas bilingües lo son porque hablan dos idiomas desde la infancia. ¿Verdadero o falso?”. (Esta definición de bilingüismo, por cierto, es falsa). En este sentido, las pruebas de reconocimiento suelen ser más fáciles de superar.




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Al comparar el recuerdo inmediato de estudiantes en lengua nativa e inglés (o segunda lengua) en una tarea de lectura comprensiva de textos, se observa una desventaja en el segundo idioma en tareas de recuerdo libre. En cambio, el rendimiento es similar en ambas lenguas cuando se utilizan pruebas de reconocimiento con respuestas de verdadero/falso. Además, recordamos lo estudiado en un segundo idioma igual de bien a lo largo del tiempo.

Reproducir frente a reconocer

Esto significa que no podemos hablar de un “déficit general” del aprendizaje en inglés, sino que hay que matizar: el coste se observa cuando necesitamos recuperar la información de manera activa (prueba de recuerdo libre), no tanto cuando debemos reconocerla entre opciones (prueba de reconocimiento).

Es posible que esto se vea modulado por el nivel de inglés que muestre la persona, siendo especialmente vulnerables a este efecto aquellas personas con bajo dominio (pues esto conlleva dificultades para construir oraciones complejas gramaticalmente, poco vocabulario, etc.)

¿Qué pasa mientras estudiamos?

Ahora bien, ¿qué ocurre durante el propio proceso de estudio? ¿Cómo afecta el inglés a la forma en que nos enfrentamos a un texto? Estudios con seguimiento del movimiento ocular durante la lectura muestran que al leer en inglés se producen más fijaciones (es decir, más paradas ante palabra/idea concreta), más regresiones (volver atrás en el texto) y tiempos de lectura más largos.

En otras palabras, los estudiantes leen más despacio y dedican más recursos atencionales en inglés o una segunda lengua. Esto no significa que no aprendan, sino que el proceso requiere más control cognitivo.

¿Y nuestras estrategias de aprendizaje?

Podríamos ir un paso más allá y preguntarnos si estudiar en inglés afecta también a la capacidad de evaluar y regular el propio aprendizaje. Para ello, se utilizan “juicios de aprendizaje” (JOLs, por las siglas en inglés de judgments of learning). En ellos, los estudiantes valoran con un porcentaje hasta qué punto creen haber aprendido el material que acaban de estudiar.

Lo que sabemos es que, aunque los estudiantes suelen percibir el material en inglés como más difícil, su capacidad para evaluar el aprendizaje en base a características intrínsecas del material (por ejemplo, el nivel de cohesión del texto) es igual de buena que en su lengua nativa. Es decir, las autoevaluaciones les permiten anticipar qué fragmentos se recordarán mejor y cuáles peor, ajustándose correctamente en ambos idiomas.

Las estrategias que ponemos en marcha son distintas según la lengua en la que estemos estudiando. Incluso con baja competencia lingüística, aunque el aprendizaje en inglés se vuelve más costoso debido al control atencional y cognitivo, esto no implica necesariamente que sea ineficaz.

En ambos idiomas, los estudiantes son capaces de detectar párrafos que tienen baja cohesión, están peor estructurados o abusan de sinónimos y no conectan las ideas de forma clara, y los juzgan como más difíciles de comprender. Esta correcta monitorización (evaluación), es necesaria para poner en marcha mecanismos compensatorios –por ejemplo, de relectura– para lograr una buena comprensión del texto.

Cuesta más pero se aprende igual

La evidencia disponible nos dice que estudiar en un segundo idioma no condena el éxito del aprendizaje. Es cierto que percibimos más dificultad, que leemos más despacio y que el recuerdo libre puede verse penalizado (especialmente para aquellas personas que dominan menos el segundo idioma). Sin embargo, también sabemos que la memoria de reconocimiento no se ve afectada (tampoco a largo plazo), y que las personas son capaces de evaluar su propio aprendizaje en ambos idiomas.

Por tanto, como estudiantes no debemos desanimarnos por la sensación de que “en inglés nos cuesta más”. Esa dificultad percibida no implica que el aprendizaje vaya a ser peor. Podemos entrenar nuestra conciencia metacognitiva (para ser capaces de detectar cuándo la atención decae o cuándo una parte del texto no se ha comprendido bien) con el fin de reajustar el estudio; incorporar descansos periódicos para evitar la fatiga cognitiva; aplicar estrategias activas como elaborar mapas conceptuales, y realizar autoevaluaciones o pruebas intermedias. Todas estas estrategias nos ayudarán más que releer o subrayar el material.

Por otra parte, como docentes, ya sabemos que conviene diversificar los tipos de evaluación: si solo medimos recuerdo libre, quizá estemos exagerando la desventaja del inglés; incluir pruebas de reconocimiento puede dar una imagen más justa del aprendizaje real.

Estudiar en una segunda lengua supone un reto que no siempre conecta con peores resultados. En muchos casos, el aprendizaje, la memoria y las estrategias de regulación del estudio siguen desplegándose de forma tan eficiente como en el idioma nativo.

El bilingüismo no solo abre puertas a nivel cultural y profesional, sino que también nos reta como estudiantes a perfeccionar nuestras estrategias de aprendizaje.

The Conversation

Marta Reyes Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Podemos aprender igual de bien en un segundo idioma? – https://theconversation.com/podemos-aprender-igual-de-bien-en-un-segundo-idioma-266743

Nuevo estudio: muchas mujeres podrían vivir con toxinas de hongos procedentes de alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manuel Lozano Relaño, Profesor Titular del Área de Nutrición y Bromatología, Universitat de València

Cultivo de hongos en un laboratorio. Pattar.w092/Shutterstock

¿Es posible seguir una dieta “saludable” y, aun así, estar expuestos a sustancias tóxicas sin saberlo? La respuesta, según nuestro último estudio, es afirmativa. Y no por aditivos artificiales ni de pesticidas, sino por compuestos naturales producidos por hongos: las llamadas micotoxinas.

En nuestro laboratorio de la Universitat de València y de la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica de la Comunidad Valenciana (FISABIO) llevamos años investigando contaminantes invisibles en los alimentos.

No obstante, incluso nosotros nos sorprendimos con este hallazgo: el 81 % de las mujeres analizadas presentaba micotoxinas en su organismo.

¿Qué son las micotoxinas y dónde se encuentran?

Los hongos están presentes de forma natural en el ambiente. Cuando encuentran condiciones de temperatura y humedad adecuadas, especialmente durante la cosecha o el almacenamiento, producen micotoxinas.

Estas sustancias, que llevamos décadas ingiriendo en pequeñas cantidades sin darnos cuenta, no se eliminan completamente con el cocinado ni con los procesos industriales. Por eso pueden aparecer en productos cotidianos como cereales, pan, pasta, galletas, frutas, zumos, frutos secos, cerveza, vino y otras bebidas fermentadas e incluso en comida “saludable” como alimentos integrales o ecológicos.

Algunas micotoxinas están reguladas porque se sabe que pueden causar cáncer, como las aflatoxinas, capaces de contaminar alimentos como cereales, cacahuates, semillas y frutos secos. Pero existe otro grupo menos conocido: las micotoxinas emergentes. Y aquí empieza la preocupación.




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¿Qué analizamos en nuestro estudio?

Nuestro equipo de investigación forma parte del Proyecto INMA (Infancia y Medio Ambiente), una gran cohorte española que sigue a madres e hijos desde el embarazo para entender cómo el entorno influye en la salud infantil.

Lo que hicimos fue analizar 524 muestras de orina de mujeres de la Comunitat Valenciana cuando sus hijos tenían 4 años. Para ello, utilizamos una técnica altamente sensible (HPLC-Q-TOF-MS) capaz de detectar múltiples micotoxinas y sus metabolitos (sustancias generadas por el metabolismo). Nuestro objetivo era saber cuántas mujeres están expuestas a estos agentes y qué factores (dieta, entorno, nivel socioeconómico) influyen en esa exposición.

¿Y qué encontramos?

Lo primero que arrojó la investigación es que la exposición de estos tóxicos provenientes de la dieta es muy alta en las mujeres: hasta el 81 % de ellas presentaba al menos una micotoxina detectable y el 29 % niveles cuantificables. Muchas de ellas estaban expuestas a varias al mismo tiempo.

También descubrimos que las micotoxinas emergentes son las más frecuentes, y entre ellas destacaba la enniatina B, no regulada por la legislación europea. En estudios celulares y animales, se ha asociado con efectos neurotóxicos, genotóxicos (capaces de ocasionar daño en los genes) y alteraciones en las mitocondrias.

Estos agentes pueden además atravesar barreras biológicas, lo que significa que si una mujer embarazada está expuesta, el feto también podría estarlo, lo que debería preocuparnos. El cerebro en desarrollo es extremadamente sensible a sustancias tóxicas y algunas micotoxinas emergentes pueden alterar la comunicación neuronal, inducir inflamación, dañar el ADN e interferir en la producción de energía celular.

Todavía no tenemos pruebas concluyentes en humanos, pero la señal de alerta es evidente. Si se combinan con factores como dieta, contaminación o estrés, podrían contribuir al desarrollo de problemas del neurodesarrollo infantil, como dificultades cognitivas o de conducta. Por eso necesitamos investigar más, y rápido.




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¿Quién está más expuesto a estas toxinas?

Los [datos de nuestro estudio] revelaron tres patrones clave. Por un lado, vivir en zonas rurales implica una mayor exposición a micotoxinas emergentes. Y entre las posibles causas destaca el almacenamiento tradicional de alimentos, las condiciones agrícolas o el menor control industrial.

La investigación también concluyó que el nivel socioeconómico bajo es un factor determinante. De acuerdo con los resultados, las mujeres con menos recursos presentaban niveles más altos de estas sustancias. Lo que sugiere desigualdad ambiental y alimentaria, es decir, no todas las personas pueden acceder a alimentos igual de seguros.

Por otro lado, la dieta importa (y sorprende). Encontramos que alimentos como productos derivados de cereales y frutas y bebidas como cerveza, zumos y refrescos light aumentan la exposición a las toxinas emergentes. Y, que por el contrario, las carnes procesadas como salchichas o embutidos otros la disminuyen.

¿La razón? Estos productos se someten a secado, salado o tecnologías que reducen la humedad y frenan el crecimiento de hongos. No obstante, no se trata de recomendar comer más embutidos, sino de entender que la tecnología alimentaria influye en la seguridad.

¿Y qué hay de los alimentos “saludables”?

Frutas, verduras o productos integrales pueden contener trazas de micotoxinas, pero también antioxidantes y compuestos protectores. De hecho, algunos estudios sugieren que estos nutrientes podrían reducir el daño causado por micotoxinas.

Por tanto, la solución no es dejar de comer sano, sino mejorar los controles de calidad y diversificar la dieta para evitar exposiciones repetidas.




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Implicaciones para la salud pública

Nuestro estudio pone sobre la mesa varias cuestiones urgentes. La población general está expuesta a estos agentes tóxicos sin saberlo y las micotoxinas emergentes, no reguladas, son muy frecuentes. Lo más grave es que éstas podrían
afectar al neurodesarrollo infantil. Además, como evidencia nuestro trabajo, existen desigualdades sociales en la exposición a estos tóxicos y algunos alimentos concretos merecen vigilancia especial.

¿Y qué se puede hacer? Lo primero sería incluir las micotoxinas emergentes en la legislación alimentaria y mejorar el almacenamiento agrícola y la vigilancia. Se debe, además, estudiar la exposición combinada a varias micotoxinas e incorporar el embarazo y la infancia en la evaluación de riesgos. Por último, hay que reducir las desigualdades: entender que la seguridad alimentaria es igual a justicia social.

Los ciudadanos también podemos jugar un papel clave como consumidores. No se trata de alarmarse, sino de actuar con conciencia. ¿Cómo? Variando nuestra dieta, almacenando bien los alimentos, priorizando productos de origen fiable y exigiendo transparencia a la industria.

Un mensaje final

Cuando iniciamos este estudio esperábamos encontrar cierta exposición en nuestra muestra. Lo que no imaginábamos era descubrir que hasta 8 de cada 10 mujeres presentaban micotoxinas, que las no reguladas eran las más frecuentes y que las clases sociales más vulnerables están más expuestas.

Nuestro trabajo es solo el principio para acabar con un gran problema de salud pública. Para ello necesitamos más investigación, más regulación y más conciencia social. La seguridad alimentaria no solo consiste en asegurar que un alimento no nos haga daño hoy, sino en que no comprometa la salud de las próximas generaciones.

The Conversation

El proyecto INMA del que Manuel Lozano Relaño forma parte, recibe fondos de la Generalitat Valenciana, el Ministerio de Universidades, el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y el Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER).

ref. Nuevo estudio: muchas mujeres podrían vivir con toxinas de hongos procedentes de alimentos – https://theconversation.com/nuevo-estudio-muchas-mujeres-podrian-vivir-con-toxinas-de-hongos-procedentes-de-alimentos-267806

Hacia un olivar más sostenible: cómo convertir los residuos de la fabricación del aceite en un fertilizante natural

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María de los Ángeles Martín Santos, Catedrática de Ingeniería Química, Universidad de Córdoba

Residuos de la producción de aceite de oliva. Marco Ossino/Shutterstock

Cada campaña olivarera deja tras de sí un desafío que, aunque huele a aceite fresco, es un residuo que hay que gestionar: el alperujo.

Tras la extracción del aceite de oliva, miles de toneladas de esta mezcla pastosa, compuesta por agua, hueso triturado y restos orgánicos, se acumulan en las almazaras andaluzas. A simple vista puede parecer un residuo sin valor, pero en realidad encierra una paradoja ambiental: puede contaminar si se gestiona mal, o convertirse en un recurso agrícola y energético de gran valor si se aprovecha correctamente.

El alperujo supone alrededor del 80 % del peso total de la aceituna molturada y contiene un alto porcentaje de humedad (60–70 %), compuestos fenólicos tóxicos y materia orgánica. Durante décadas, su gestión se ha centrado en cómo evitar su potencial contaminante. Sin embargo, la transición hacia una economía circular y los objetivos de descarbonización están impulsando su valorización como fertilizante natural mediante un proceso de compostaje.

Un ecosistema vivo

El compostaje no es una simple reacción química: es un ecosistema vivo. Millones de bacterias y hongos cooperan para transformar los residuos en un recurso fértil.

Investigadores de la Universidad de Córdoba, en colaboración con empresas del sector, hemos analizado en qué medida el tiempo de almacenamiento del alperujo afecta a su compostaje y a las emisiones de gases de efecto invernadero. En el estudio, publicado recientemente, comparamos alperujo fresco con alperujos almacenados durante tres y seis meses antes del compostaje.

El rendimiento del compost (medido en materia estabilizada para uso agrícola) fue mejor con un almacenamiento corto que con alperujo fresco sin almacenar o con alperujo de largo tiempo de almacenamiento. Esta información tiene una aplicación directa en la gestión del residuo almacenado en balsas.

Cómo reducir los gases emitidos

Además, los lotes con alperujos más frescos generaron menores emisiones de metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O), dos gases con un impacto climático decenas o cientos de veces mayor que el CO₂.




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Los compuestos carbonosos más sencillos se degradan hacia moléculas gaseosas en los primeros estadios de la fermentación, ya sea en la balsa o en el proceso de compostaje. Así, los alperujos sin almacenar emitieron más compuestos denominados cetonas, mientras que aquellos almacenados durante tres meses emitieron más ésteres, moléculas con mayor potencial de calentamiento global.

En resumen, almacenar menos tiempo es sinónimo de conservar más materia útil y emitir menos gases.

En todos los casos, los compuestos fenólicos –responsables de la fitotoxicidad o efecto nocivo sobre las plantas– se redujeron casi por completo al final del proceso. Esto se debe a que, durante el proceso de compostaje, se alcanzan temperaturas en torno a 45 °C en toda la masa, gracias a los volteos realizados y al tiempo empleado, lo que propicia la degradación de estos compuestos. Por ello, compostar correctamente genera un fertilizante orgánico seguro.

Aliados invisibles con resultados visibles

Además, identificamos los microorganismos presentes en el alperujo analizando el ADN de las comunidades microbianas presentes en el proceso. Descubrimos que los alperujos más frescos albergan una diversidad microbiana más rica y activa, lo que acelera la degradación de materia orgánica compleja. En cambio, los alperujos almacenados durante más tiempo pierden biodiversidad y favorecen la proliferación de microorganismos termorresistentes.

Durante el proceso de compostaje, la temperatura es un factor clave que determina la dinámica y actividad de las bacterias responsables de la descomposición de la materia orgánica. En las primeras etapas, cuando la temperatura se mantiene entre 20 y 35° C, predominan bacterias como Pseudomonas, Enterobacter, Lactobacillus y Bacillus. Estas especies son altamente activas en la degradación de compuestos fácilmente biodegradables, como azúcares, proteínas y almidones, generando calor a través de la respiración microbiana.

Debido a la intensa actividad de los microorganismos, la temperatura se eleva y puede alcanzar unos 45 °C. En este rango prosperan bacterias termófilas como Bacillus stearothermophilus, Geobacillus, Thermus y Clostridium thermocellum. Estos microorganismos poseen enzimas termoestables capaces de degradar materiales más complejos y resistentes, como la celulosa, la hemicelulosa y la lignina, acelerando la descomposición y contribuyendo a la eliminación de patógenos y semillas de malezas debido al calor generado.

Con el tiempo, la actividad microbiana disminuye y la temperatura empieza a descender, dando paso a la fase de enfriamiento y maduración, donde se restablece la población de bacterias mesófilas y actinobacterias como Streptomyces, Nocardia y Micromonospora. Estas bacterias continúan descomponiendo los compuestos orgánicos más estables, favoreciendo la formación de humus y la estabilización del compost. En esta etapa también se desarrollan bacterias nitrificantes y fijadoras de nitrógeno, como Azotobacter, que enriquecen el producto final en nutrientes esenciales.

En conjunto, la variación térmica del compostaje regula las bacterias presentes y determina el ritmo y la eficiencia de la transformación de los residuos orgánicos en un material maduro, estable y fértil. Esta observación abre una vía clara: mantener la microbiota natural del alperujo mediante un almacenamiento corto puede mejorar el compostaje y reducir la necesidad de añadir inoculantes externos, práctica que se está postulando con cada vez más frecuencia entre la comunidad científica.




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Combinar para reducir emisiones

El compostaje del alperujo junto con otros residuos agrícolas como restos de poda, estiércoles o subproductos hortícolas supone una solución local para residuos orgánicos de un mismo entorno.

La mezcla con materiales estructurantes, como la poda triturada, mejora la aireación y reduce las emisiones de metano hasta un 50 %. Un equilibrio adecuado entre carbono y nitrógeno, que se favorece con la adecuada mezcla de residuos, disminuye la formación de óxido nitroso. Además, los compost obtenidos son más estables, homogéneos y ricos en nutrientes, ideales para regenerar suelos agrícolas.

Además, este enfoque tiene una virtud añadida: favorece la economía local, ya que se pueden utilizar residuos orgánicos disponibles en la misma localización, reduciendo costes y emisiones por transporte.

De residuo a recurso: hacia un olivar sostenible

El alperujo, asociado a los olivares, puede dejar de ser un problema para convertirse en una pieza clave de la sostenibilidad agrícola. Nuestros estudios muestran que un almacenamiento corto preserva el valor orgánico del alperujo y un compostaje bien gestionado reduce las emisiones de gases de efecto invernadero. Adicionalmente, el compostaje con otros residuos agrícolas cierra el ciclo de la materia y la energía.

En definitiva, transformar el alperujo en compost no es una utopía, sino una oportunidad real para avanzar hacia un olivar más productivo, sostenible y resiliente frente al cambio climático.

The Conversation

Los grupos de investigación RNM217 y BIO187 han recibido fondos a través de los proyectos GOPO-CO-23-0006 (Junta de Andalucía) y TED2021-130668B-I00 (Ministerio de Ciencia e Innovación), así como a las Ayudas para la Recualificación del Sistema Universitario Español a través de Francisco J. Ruiz-Castilla (contrato Margarita Salas) y M. Barbudo-Lunar (becaria predoctoral de la universidad de Córdoba (“Plan Propio”), respectivamente.

José Alhama Carmona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Hacia un olivar más sostenible: cómo convertir los residuos de la fabricación del aceite en un fertilizante natural – https://theconversation.com/hacia-un-olivar-mas-sostenible-como-convertir-los-residuos-de-la-fabricacion-del-aceite-en-un-fertilizante-natural-268829

Las motos son la columna vertebral de la economía urbana en América Latina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Herrera, Directora Centro de Investigación y Desarrollo de Ingeniería, Universidad Católica Andrés Bello

Mototaxi en Cartagena, Colombia Anze Furlan/Shutterstock

En las ciudades latinoamericanas, las motocicletas se han convertido en protagonistas silenciosas de la vida urbana. Más que una solución de movilidad personal, hoy son un instrumento de desarrollo económico-laboral y una pieza primordial de la cadena de suministro.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (2022), su presencia se consolidó inicialmente como respuesta a la falta de transporte colectivo confiable. Desde Ciudad de México hasta Lima, de São Paulo a Caracas, las motos transportan personas, medicinas, alimentos y documentos, y cumplen un papel preponderante en la eficiencia de la economía urbana sin depender del transporte público.

Un fenómeno regional con impacto económico

América Latina registra un crecimiento notable del parque de motocicletas. En Colombia se duplicó en menos de una década. En Perú, las ventas crecieron más del 60 % tras la pandemia. Y en Venezuela, los registros oficiales señalan que, en 2025, hay más de un millón circulando por las calles de sus ciudades.

Este aumento no solo refleja un cambio en la movilidad personal, sino también la expansión de la economía digital y del delivery urbano, que conecta consumidores y negocios con una eficiencia inédita.

El auge del reparto urbano ha redefinido por completo el rol de las motos. En Brasil, iFood emplea a más de 200 000 repartidores. En Colombia, Rappi se ha consolidado como una de las principales plataformas de trabajo y de ingresos independientes, y en Venezuela, cadenas como Farmatodo desarrollan redes propias de entregas en moto.

En este contexto, la motocicleta se ha vuelto un instrumento de desarrollo económico y laboral que facilita el comercio y la distribución de bienes esenciales en entornos urbanos.

Empleo motorizado y formalización parcial

El impacto laboral del fenómeno es innegable. Hay estimaciones de que, en 2024, más de 200 000 motorizados se habrían incorporado al sector del delivery en Venezuela y serían ya más de 300 000 trabajando como repartidores.

Estas cifras reflejan la capacidad del comercio electrónico para generar empleos con ingresos que superan el salario mínimo, incluso en medio de la crisis económica.

Sin embargo, el crecimiento del empleo motorizado también pone en evidencia las tensiones entre formalidad e informalidad laboral en Venezuela. Los repartidores operan bajo contratos de prestación de servicios, sin derechos plenos, lo que crea una formalización híbrida: van uniformados, tienen seguros (parciales) y rutinas fijas, pero no estabilidad ni prestaciones completas.

Un fenómeno similar se observa en otros países de la región. En Perú, el Ministerio de Trabajo evalúa normativas para trabajadores digitales dependientes de plataformas de delivery; en Brasil, el debate sobre los motoboys de plataformas como iFood llegó al Congreso, y en Colombia, asociaciones de motorizados exigen su inclusión en la seguridad social.

En Venezuela, el fracasado intento de regular el sector ilustra la complejidad del tema y muestra la urgencia de que haya políticas coherentes que reconozcan el valor económico y social del trabajo motorizado.

Motos: la infraestructura invisible de las ciudades

Más allá del reparto, las motocicletas se han convertido en una infraestructura invisible que mantiene a las ciudades en movimiento. Conectan negocios y clientes, sostienen el comercio electrónico y facilitan la circulación de bienes primordiales en zonas congestionadas o con transporte público limitado.

Gracias a ellas, miles de familias logran ingresos y las urbes mantienen su ritmo económico diario. Este papel, a menudo ignorado por la planificación urbana, ha permitido la continuidad de servicios críticos en contextos de crisis o congestión.

Al mismo tiempo, las motos han permitido la inclusión de sectores tradicionalmente vulnerables en la economía, ofreciendo opciones de empleo flexible y adaptable. Sin embargo, este modelo plantea nuevos desafíos para la seguridad vial, la planificación urbana y la sostenibilidad ambiental.

Hacia una movilidad productiva y sostenible

El gran reto regional consiste en reconocer a los motorizados como una parte importante de la economía y la movilidad urbana. Integrarlos en las políticas de seguridad vial, transición energética y protección social es necesario para avanzar hacia un modelo de movilidad productiva y sostenible.

La Organización Internacional del Trabajo (2021) ha señalado que los países que han logrado regular con éxito este tipo de empleo no lo han hecho restringiendo las motos, sino garantizando que tengan condiciones seguras, eficientes y sostenibles.

La electrificación de flotas y la creación de infraestructuras seguras para las motocicletas podrían reducir los siniestros viales y las emisiones, consolidando un modelo más responsable de transporte urbano.

Medidas como incentivos a la electrificación, educación vial específica, seguros adecuados y la generación de datos abiertos sobre el empleo motorizado son pasos trascendentales para transformar la movilidad productiva en una movilidad digna.

Al cierre

En América Latina, las motocicletas han pasado de ser un recurso individual de movilidad a convertirse en un componente estructural de la economía urbana. Su combinación de eficiencia logística y flexibilidad laboral redefine la movilidad, el trabajo y la planificación de las ciudades.

Reconocerlas como parte de la infraestructura económica es fundamental para diseñar políticas de transporte, seguridad y sostenibilidad que respondan a las verdaderas dinámicas de la vida urbana contemporánea porque, al final, buena parte de la economía latinoamericana sigue moviéndose –literalmente– sobre dos ruedas.

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Celia Herrera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las motos son la columna vertebral de la economía urbana en América Latina – https://theconversation.com/las-motos-son-la-columna-vertebral-de-la-economia-urbana-en-america-latina-267941

¿Qué sabemos sobre el impacto de los programas bilingües?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Uxue Pérez Litago, Docente en el Grado en Logopedia, Universidad de Oviedo

Gorodenkoff/Shutterstock

En la actualidad, el 42,1 % del alumnado de educación primaria y el 31,4 % del de educación secundaria en España cursa programas en los que una parte de las asignaturas se imparten en inglés.

La puesta en marcha de estos programas (en el curso académico 2004-2005) se realizó sin que existieran estudios que analizaran las posibles implicaciones que dicha medida pudiera llegar tener para el estudiantado, lo que explica que aún hoy siga siendo motivo de debate. Ante la duda sobre si son beneficiosos o no, entender qué dice la investigación y ser conscientes de sus limitaciones puede ser clave para la toma de decisiones.

El debate entorno al AICLE

Lo que coloquialmente conocemos como “programas bilingües” en realidad se llaman programas de aprendizaje integrado de contenidos y lengua extranjera (AICLE o CLIL por sus siglas en inglés) y consisten en impartir en inglés entre un 30 y un 50 % de las asignaturas del currículum.

Quienes apoyan estas medidas argumentan que, hoy en día, saber inglés es una necesidad y que su uso como lengua vehicular no produce un detrimento de la lengua materna ni de los contenidos curriculares.

Quienes se oponen a esta metodología se preguntan a costa de qué debe priorizarse el aprendizaje del inglés y consideran que hacer entender conceptos complejos en una lengua extranjera resulta más difícil, lo que se traduce en una reducción y simplificación de las materias impartidas.

Este debate es tan antiguo como vigente dado que tanto su implantación como su desaceleración (desde 2023) se han llevado a cabo sin evidencias los que justifiquen.

¿Qué dice la ciencia?

Una de las grandes críticas al programa bilingüe es que, a pesar de ser un proyecto piloto prácticamente sin antedecentes y del profundo cambio que supondría para el sistema educativo, este se implementó sin contar con mecanismos de control que permitieran evaluar su desempeño.

Como consecuencia, ahora resulta difícil extraer conclusiones sobre los efectos que ha tenido a lo largo de estos años. Aunque sin duda se trata de un tema que requiere mucha más investigación, algunos estudios lo han analizado; sobre todo, en la Comunidad de Madrid, donde estos programas llevan más tiempo en funcionamiento.

Los resultados se igualan en secundaria

Diversas investigaciones concluyen de forma clara y sistemática que el alumnado de los programas bilingües obtiene mejores resultados en todas las competencias evaluadas (tanto en inglés como en el resto de las asignaturas). Pero ¡cuidado! Esto no necesariamente tiene que ver con el impacto del bilingüismo, porque los estudiantes que optan por estos programas suelen pertenecer a familias con mayor nivel económico y cultural, mientras que el alumnado con menor desempeño académico (por ejemplo, quienes presentan dificultades de aprendizaje) suelen evitarlos. Es decir, no estamos comparando alumnado con perfiles similares.

Por ello, los estudios que abordan este tema desde una perspectiva científica deben aplicar métodos estadísticos que garanticen que los grupos comparados sean equivalentes en todos los aspectos que podrían influir en los resultados. Cuando estos se controlan, observamos que, en educación primaria, los programas bilingües mejoran la competencia lingüística en inglés. Sin embargo, su impacto en la adquisición del resto de habilidades no está de todo claro.

Algunos estudios señalan que los programas bilingües reducen el nivel de conocimientos curriculares, mientras que otros afirman que no tienen ningún efecto, ni positivo ni negativo, sobre la adquisición de contenidos. De todas formas, llama la atención que todas estas diferencias entre los programas bilingües y “monolingües” podrían desaparecer al final de la ESO, dado que tanto el nivel de conocimientos como el dominio del inglés tiende a igualarse en esta etapa.

Ámame en lengua materna, ódiame en lengua extranjera

Limitarse a comparar los resultados lingüísticos y curriculares puede no ser suficiente para valorar el impacto de los programas bilingües. Por ejemplo, está ampliamente demostrado que pensar, leer o conversar en la lengua materna genera emociones más intensas que hacerlo en un idioma extranjero.

No obstante, resulta difícil que las investigaciones logren cuantificar cómo influye esto en el aula. Educar, especialmente a lo largo de la educación obligatoria, no consiste solo en transmitir contenidos, sino que también se espera fomentar la reflexión, despertar la curiosidad, generar conciencia crítica y hacer del aprendizaje un momento de disfrute.

Por ello, aunque consigamos transmitir una idea, ¿qué capacidad tiene el alumnado de transformarla, razonar, debatir o sorprenderse con ella en inglés? ¿Podemos los docentes ilusionar en esta legua?

Las evidencias tanto a favor como en contra de los programas bilingües son limitadas, y es posible que, al final de la ESO, dichas diferencias sean mínimas en cuanto al nivel de inglés y de contenidos aprendidos. Mientras tanto, convendría analizar si en estos programas se transmiten eficazmente otro tipo de saberes esenciales.

The Conversation

Uxue Pérez Litago no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué sabemos sobre el impacto de los programas bilingües? – https://theconversation.com/que-sabemos-sobre-el-impacto-de-los-programas-bilingues-267397