Usar ‘walkie-talkies’ durante años tampoco aumenta el riesgo de cáncer

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Nájera López, Profesor de Radiología y Medicina Física en la Facultad de Medicina de Albacete. Coordinador de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (UCLMdivulga), Universidad de Castilla-La Mancha

Jota Buyinch Photo/Shutterstock

Las ondas electromagnéticas que emite cualquier dispositivo inalámbrico llevan años alimentando miedos por sus posibles efectos sobre la salud. Seguro que ha oído alguna vez que es mejor no dormir con el móvil en la mesilla, pero no son los únicos aparatos que emiten radiaciones. Las emisoras de servicios de emergencia como la policía y los bomberos también lo hacen. Son walkie-talkies que muchos agentes llevan en el chaleco durante horas. Como era de esperar, también han generado inquietud por el miedo a las radiaciones. ¿Acaso podrían aumentar el riesgo de cáncer?

En Europa los cuerpos de emergencias utilizan el sistema de comunicaciones TETRA (del inglés, Trans European Trunked Radio). Es una versión muy mejorada y profesional de los walkie-talkies de toda la vida. No está pensado para el gran público, como la telefonía móvil, sino para situaciones críticas. Esas en las que la fiabilidad, la robustez y la cobertura pueden ser cuestión de vida o muerte.

Cuando un agente habla, el dispositivo emite campos electromagnéticos de radiofrecuencia. Son los mismos que generan los móviles y el wifi, aunque a frecuencias más bajas (para cubrir grandes áreas con menos antenas). Además, lo hacen a ráfagas muy breves –en lugar de en conexiones continuas– y solo cuando el agente pulsa para hablar –no continuamente–. Esto hace que el patrón de exposición sea muy diferente al de otros dispositivos inalámbricos. Por lo tanto, la forma en la que se estudia también es diferente.

Esto plantea dudas lógicas. Si un policía usa este equipo a diario durante años, ¿podría aumentar su probabilidad de desarrollar cáncer, especialmente en zonas cercanas como la cabeza y el cuello? Si lo usa más minutos, ¿aumenta el riesgo?

Para responder estas preguntas hace falta un estudio grande, bien diseñado y basado en datos de uso reales. Fue lo que se hizo en un trabajo reciente que analizó a casi 50 000 policías británicos que habían utilizado las radios durante más de una década.

Un estudio con 50.000 agentes durante once años

Entre 2004 y 2015, investigadores del Imperial College London (Reino Unido) reclutaron a 53 245 participantes de cuerpos policiales del país. Estos fueron tomados de la cohorte Airwave, creada para analizar la salud de las fuerzas policiales británicas. La mayoría eran hombres, adultos y estaban en activo cuando se incorporaron al estudio.

Los investigadores combinaron cuestionarios sobre salud, hábitos y tipo de trabajo con registros del Ministerio del Interior del uso de la emisora de radio. Esto permitió determinar cuántos minutos al mes hablaba cada persona por su radio y durante cuántos años la había utilizado. Es decir, no dependían solo de la memoria de los participantes: recopilaron datos objetivos.

Esta información se cruzó con los registros nacionales de cáncer y mortalidad, en un seguimiento de unos 11 años. En ese tiempo se diagnosticaron 1 502 cánceres. De estos, 146 afectaban a la cabeza, el cuello o el sistema nervioso central, las zonas que más preocupaban. En el análisis final se incluyeron 48 547 participantes sin diagnóstico previo de cáncer. Dos tercios de ellos eran usuarios habituales de radio.

Ni más cáncer ni más riesgo

Los investigadores compararon grupos de personas similares –en edad, sexo, consumo de tabaco, alcohol, peso, educación, rango profesional– pero con diferente exposición a las radios.

Así encontraron que quienes usaban la radio no presentaron un riesgo mayor de cáncer que quienes no lo hacían. El riesgo relativo para cualquier cáncer no mostró diferencias relevantes. Lo mismo ocurrió al analizar por separado los cánceres de cabeza y cuello y los tumores cerebrales y meníngeos.

Tampoco apareció un patrón preocupante al estudiar la intensidad de uso. Doblar los minutos mensuales de conversación no se asoció a un aumento significativo del riesgo. Incluso entre los agentes con mayor exposición, que hablaban diez veces más de lo normal, no se detectó incremento.

Por si quedaba alguna duda, repitieron el análisis solo con policías operativos. El objetivo era excluir al personal administrativo, que usaba la radio poco o nada y podía diluir las diferencias. El resultado no cambió. Además, el estudio evaluó el uso del móvil personal. Si existiera algún efecto combinado entre móvil y radio, podría reflejarse ahí. Tampoco encontraron señales de un mayor riesgo.

Tranquilizador a pesar de la incertidumbre

En ciencia no existe el riesgo cero. Este estudio, como cualquiera, tiene márgenes de incertidumbre. Los tumores cerebrales y de determinadas zonas de la cabeza son poco frecuentes incluso en cohortes enormes. Esto deja cierto margen estadístico para la incertidumbre.

Aun así, los autores son claros. No han encontrado ninguna señal de que las radios TETRA aumenten el riesgo de cáncer. Los datos no permiten descartar del todo un hipotético efecto muy pequeño, pero sí los riesgos grandes o moderados. Si existieran, habrían aparecido con claridad en un seguimiento tan prolongado y con una exposición tan bien medida.

Quienes hacemos ciencia somos muy tiquismiquis: si no estamos seguros al cien por cien preferimos ser prudentes. Pero cuando varios análisis independientes coinciden, el mensaje a transmitir a la sociedad debe ser claro y contundente.

No existe una epidemia silenciosa entre profesionales

Para los policías el mensaje es tranquilizador: usar radios TETRA no se asocia a un mayor riesgo de cáncer. No aparece rastro alguno de una epidemia silenciosa entre los cuerpos de seguridad.

Para el resto, este estudio se suma a una lista creciente de evidencias que apuntan en la misma dirección. A los niveles habituales de exposición las radiofrecuencias de móviles, wifi, antenas y equipos profesionales no representan un riesgo relevante para la salud.

Esto no significa que haya que dejar de investigar. La tecnología evoluciona, las pautas de uso cambian y la vigilancia científica debe continuar. Sí ayuda a colocar el debate en un punto más razonable y menos dominado por el miedo y la desinformación.

Y no olvidemos que, lejos de causar un daño sobre la salud, estas radiaciones de las emisoras TETRA y los móviles, permiten salvar vidas.

The Conversation

Alberto Nájera López es Director Científico del Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS)

Jesús González Rubio forma parte, como vocal, del Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS)

ref. Usar ‘walkie-talkies’ durante años tampoco aumenta el riesgo de cáncer – https://theconversation.com/usar-walkie-talkies-durante-anos-tampoco-aumenta-el-riesgo-de-cancer-271815

Tratado de Alta Mar: una noticia esperanzadora para la salud de los océanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Villa Caro, Profesor de Ingeniería Naval y Oceánica, Universidade da Coruña

Prashanth Bala/Shutterstock

Más del 60% del océano corresponde a aguas de alta mar: aquellas que se encuentran fuera de las zonas jurisdiccionales de los países ribereños. El resto, las jurisdiccionales, que ocupan un tercio de los océanos, llevan bastante tiempo reguladas. Pero el ordenamiento de aquellas más alejadas de la costa se lleva discutiendo desde hace dos décadas y solo recientemente se ha firmado un Tratado de Alta Mar.

El Convenio del Derecho del Mar, firmado en Montego Bay (Jamaica) el 10 de diciembre de 1982, regula las aguas jurisdiccionales. Pero el nuevo Tratado de Alta Mar solo se aplica a partir de las zonas económicas exclusivas de los Estados. Es decir, en las aguas alejadas más de 200 millas de los territorios soberanos.

El tratado BBNJ (según sus siglas anglosajonas) es el tercer acuerdo de aplicación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. El pacto incluye la protección de la biodiversidad y el uso sostenible de los recursos marinos.

Ratificación y entrada en vigor

Fruto de las reuniones mantenidas previamente, el 17 de enero de 2026 entró en vigor el nuevo acuerdo, denominado Tratado sobre la Conservación y el Uso Sostenible de la Diversidad Biológica Marina fuera de las Jurisdicciones Nacionales.

Más conocido como el Tratado de Alta Mar, ha obtenido la ratificación 81 países. En febrero de 2025, España se convirtió en el primer país europeo en depositar su ratificación ante la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Marruecos y Sierra Leona se unieron recientemente (septiembre 2025) al total de Estados que lo han firmado. Se convirtieron en los países 60 y 61 en respaldar el tratado, permitiendo que entrara en vigor lo firmado en junio del año 2023.

El objetivo principal del acuerdo (dotado de 76 artículos repartidos en 12 partes) se centra en mejorar la coordinación entre los países y establecer un enfoque integral destinado a la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad en las aguas afectadas.

Por lo tanto, se busca garantizar el uso de los recursos del océano en alta mar a un ritmo y de una manera adecuados. Es decir, que su aprovechamiento no provoque una reducción (en el presente y a largo plazo) de las especies animales y vegetales. Adicionalmente, el reparto de los beneficios obtenidos del uso de los recursos genéticos marinos debe ser llevado a cabo de una manera equitativa. Y ello creando áreas protegidas y fortaleciendo la cooperación científica.




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Por qué necesitamos más y mejores áreas marinas protegidas antes de 2030


Preocupación en el sector pesquero

En referencia a la pesca, el artículo 10 del tratado refleja de manera clara lo que pretende en este aspecto. El acuerdo no busca invadir las competencias de otros organismos internacionales en referencia al reparto de los cupos de pesca. Se enfoca principalmente en el cambio climático, la acidificación de los mares, la contaminación y la explotación tecnológica.

No obstante, debido al fin ambientalista del pacto, es normal que se cree un posible foco de incertidumbre sobre sus posibles implicaciones para la pesca. Ello puede traer la consiguiente desconfianza por parte de los afectados.

El tratado permite el establecimiento de áreas marinas protegidas en alta mar. Asimismo, pretende que estén conectadas formando una red, una meta importante para poder alcanzar la protección del 30 % de los océanos (objetivo “30×30”) antes del año 2030. Actualmente, solo el 0,9 % de las aguas de alta mar está totalmente protegida.




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Proteger el 30 % de los océanos no es suficiente


Dos barcos pesqueros fondeados en la costa, con la orilla al fondo
Barcos pesqueros en Viveiro (Lugo).
Raúl Villa Caro, CC BY-SA

Implicaciones jurídicas

Desde una óptica estrictamente jurídica, las normas del Tratado de Alta Mar no van en contra del Convenio del Derecho del Mar de las Naciones Unidas, sino que lo complementan en las áreas fuera de las aguas jurisdiccionales de los países. Así, se presentan como las primeras normas que tendrán efectividad en alta mar.

Adicionalmente, el tratado crea un nuevo órgano para conservar y gestionar la biodiversidad: la Conferencia de las Partes, que será el foro especializado para ejecutarlo.

Este tratado, como cualquier otro instrumento de derecho internacional, contiene una lista de principios. Estos deben tenerse en cuenta para su aplicación. Entre ellos destacan los de “quien contamina, paga” y “distribución justa y equitativa de los beneficios”, es decir, se obliga a quien contamina a asumir la responsabilidad y se garantiza una distribución equitativa de los beneficios derivados de los recursos marinos.

81 países lo incorporarán a su legislación

Tras su reciente entrada en vigor, el tratado pasa a ser jurídicamente vinculante. Afectará a los más de 80 países que lo han ratificado hasta ahora. Esto significa que aceptan incorporarlo a su legislación nacional.

El éxito del acuerdo dependerá de su traducción en medidas operativas y de los países implicados. Todos los Estados de la Unión Europea lo han firmado y ratificado. También lo han hecho otros países de América Latina, África y pequeños Estados vulnerables a la degradación oceánica, como las islas Seychelles y Palaos. Incluso China se ha sumado al pacto.

Pero existen países que, a pesar de firmarlo, aún no lo han ratificado, como Estados Unidos, Reino Unido y Rusia. Esto genera un escenario de adhesión desigual que condiciona el alcance real del tratado. En cualquier caso, la eficacia en su aplicación dependerá de la capacidad de los órganos institucionales ya existentes. Además, la puerta sigue abierta para que más Estados lo ratifiquen.

The Conversation

Raúl Villa Caro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Tratado de Alta Mar: una noticia esperanzadora para la salud de los océanos – https://theconversation.com/tratado-de-alta-mar-una-noticia-esperanzadora-para-la-salud-de-los-oceanos-273834

Valentino entendió que la elegancia también cotizaba en bolsa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Mir, Profesor de la Facultad de Económicas y Director Académico de ISEM Fashion Business School, Universidad de Navarra, Universidad de Navarra

Valentino en una imagen promocional de _Valentino: el último emperador_, con modelos vistiendo diseños ‘rojo Valentino’. Valentino Movie

Roma despedirá el viernes 23 de enero a Valentino Garavani, el diseñador italiano que convirtió un matiz rojo en símbolo universal del glamour y transformó la alta costura en un negocio multimillonario. Su empresa sobrevivió cuatro cambios de dueño y sigue funcionando 17 años después del retiro de quien le dio su nombre.

Fallecido a los 93 años, en su residencia romana, Valentino deja un legado que va mucho más allá de las pasarelas. En 1959 fundó su casa de moda, cuando la industria italiana competía por dejar atrás la etiqueta de simple manufacturera de París. Y consiguió convertirla en una máquina de generar prestigio y beneficios que culminó con su adquisición, por parte del grupo italiano HdP, por 300 millones de dólares en 1998, una cifra que triplicaba sus ventas directas de entonces.

La operación con HdP marcó un hito en la profesionalización de las casas de moda familiares. Valentino y su socio Giancarlo Giammetti –quien tras conocer al diseñador, en 1960, abandonó su carrera en el mundo de la arquitectura para gestionar el negocio– demostraron que una marca podía cotizar por su valor simbólico, no solo por sus cuentas de resultados.

Cuatro años después, HdP vendió la empresa al grupo Marzotto por apenas 210 millones de euros, lo que dejó en evidencia los riesgos de comprar glamour sin infraestructura. En 2012, el fondo catarí Mayhoola pagó 700 millones de dólares por ella, consolidando su posición en el mercado del lujo global.

Exclusiva y popular

Pero la genialidad de Valentino no residió en las hojas de balance sino en haber entendido, antes que nadie, que la alta costura podía ser simultáneamente exclusiva y mediática.

Mientras sus competidores protegían celosamente sus talleres, él invitó a la prensa a documentar cada puntada, cada prueba, cada capricho. El documental de 2008 Valentino: el último emperador mostró sin filtros el ego, las manías y el perfeccionismo de un creador que exigía 30 pruebas para un solo vestido.

La construcción de su marca descansó sobre tres pilares que cualquier escuela de negocios reconocería hoy como fundamentales.

Una mujer con un vestido negro con pequeñas líneas blancas sujeta una estatuilla.
Julia Roberts recogió su Óscar a la mejor actriz por Erin Brokovich con un icónico vestido de Valentino.
Featureflash Photo Agency/Shutterstock

En primer lugar, la diferenciación extrema mediante el “rojo Valentino”, un tono con matices naranjas que supuestamente descubrió durante una visita a la ópera en Barcelona. En segundo lugar, su asociación con una clientela prescriptora, desde Jackie Kennedy –quien eligió vestir de Valentino para su boda con Aristóteles Onassis, en 1968– hasta Julia Roberts recogiendo su Óscar. Y en tercer lugar, la expansión estratégica desde la alta costura al prêt-à-porter, los accesorios y las licencias, sin diluir el prestigio de la marca madre.

A estos tres pilares se sumaba un cuarto, quizás el más determinante desde una perspectiva de marketing: Valentino se convirtió en la personificación de su propia marca. Este mecanismo –denominado founder-brand identity, es decir, “identidad del fundador de la firma”– se da cuando el creador deja de ser simplemente el diseñador para convertirse en el activo intangible más valioso de la empresa.

Su imagen impecablemente cuidada, su presencia mediática constante y su estilo de vida ostensiblemente refinado no eran vanidad sino estrategia: cada aparición pública reforzaba los valores de marca. No era Valentino quien vestía de Valentino: era Valentino quien era Valentino.

Este fenómeno tiene precedentes selectos en la industria: Coco Chanel encarnó la liberación femenina que vendían sus diseños, Giorgio Armani proyectó la sobriedad elegante de sus trajes y Ralph Lauren ha construido un universo aspiracional americano del que él mismo es protagonista. Pero pocos ejecutaron esta fusión con tanta coherencia durante seis décadas.

Un zapato de éxito

Paradójicamente, fue después de su retiro cuando la marca alcanzó uno de sus mayores éxitos comerciales en calzado. En 2010 lanzaron el Rockstud, un stiletto decorado con tachuelas piramidales inspiradas en el bugnato, un detalle arquitectónico romano que adornaba los palacios de la ciudad eterna.

Fotografía de unos pies con unos zapatos.
Fotografía de los ‘Rockstud’.
KKCreative/Shutterstock

El zapato no solo se convirtió en objeto de culto –ganó el premio del Council of Fashion Designers of America–, sino que demostró que Valentino había construido una plataforma de marca lo suficientemente sólida como para generar iconos sin su presencia física. Desde su debut, la línea Rockstud impulsó el crecimiento de ventas de la casa en un 36 %, con los accesorios representando la mitad del volumen de negocio. La colección se expandió a bolsos, bailarinas, sandalias e incluso líneas para mascotas, consolidando un código visual propio que compite en reconocimiento inmediato con cualquier monograma del lujo.

Con precios desde 720 euros, los Rockstud hicieron que Valentino fuese (un poco) más accesible sin traicionar su esencia: seguían siendo aspiracionales, impecablemente ejecutados y portadores de una narrativa de prestigio.

Una mujer rubia alta y un hombre de traje muy bronceado.
Gwyneth Paltrow y Valentino Garavani en el estreno del documental Valentino: el último emperador en Los Ángeles, en 2009.
s_bukley/Shutterstock

Su método de trabajo anticipó lo que décadas después se llamaría marketing de influencers. No esperaba a que las actrices llamaran: las vestía gratis para los Óscar, generaba imágenes icónicas y convertía cada alfombra roja en un escaparate valorado en millones. Jessica Lange, Julia Roberts, Anne Hathaway o Jennifer López entendieron que llevar un Valentino no era solo lucir un vestido. Era apropiarse de una narrativa de elegancia atemporal.

Un estilo de vida

El aspecto más fascinante de su trayectoria empresarial fue cómo monetizó su estilo de vida. Moviéndose entre residencias en Roma, Capri, Gstaad, Londres y Nueva York, con un yate de 46 metros y una colección de arte que incluía Picassos y Mirós, Valentino no solo vendía ropa: vendía aspiración. Sus clientes no compraban prendas sino el acceso simbólico a ese universo de belleza implacable.

La marca ha tenido directores creativos dispares y Alessandro Michele, fichado en 2024, es el encargado ahora de reinventarla. Todos trabajan bajo la tutela financiera de Mayhoola (70 %) y Kering (30 %). Este último grupo ejercerá el control total en 2028 o 2029, según opciones contractuales.

La lección de Valentino para la industria de la moda no fue solo estética sino estratégica: demostró que el lujo funciona como negocio cuando se construye sobre códigos visuales reconocibles, cuando se alimenta con disciplina narrativa y cuando se gestiona la escasez como recurso de posicionamiento. El “rojo Valentino” no era un color, era una patente emocional.

Sus últimos años los dedicó a la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti. En 2023 inauguró PM23, un espacio cultural en la Piazza Mignanelli de Roma donde se exhibe su archivo. Fue su forma de controlar el relato póstumo: convertir sus creaciones en patrimonio antes de que otros decidieran qué hacer con ellas.

El viernes 23 de enero desfilarán por su funeral en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri la aristocracia europea, la industria de la moda y las clientas que durante décadas confiaron en él para los momentos que requerían no solo belleza sino autoridad estética. Porque Valentino no solo hizo que las mujeres lucieran elegantes: construyó un sistema para que esa belleza cotizara en bolsa.

The Conversation

Pedro Mir no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Valentino entendió que la elegancia también cotizaba en bolsa – https://theconversation.com/valentino-entendio-que-la-elegancia-tambien-cotizaba-en-bolsa-273922

Trump: el orden y el caos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Luis Manfredi, Professor International Studies & Journalism, Universidad de Castilla-La Mancha

Trump ha firmado 225 órdenes ejecutivas durante el primer año de su segundo mandato. IAB Studio/Shutterstock

Estremece leer la Carta del Atlántico, firmada en agosto de 1941 por Franklin Delano Roosvelt y Winston Churchill. Los principios políticos compartidos, la solidaridad entre ambas potencias, la apuesta por mecanismos de seguridad colectiva y la libertad sin miedo asentaron las bases del sistema internacional de inspiración liberal.

Estados Unidos se ha independizado de dicho orden, ha renunciado a su rol como líder global y se ha retirado a su hemisferio.

El nuevo orden que viene se asemeja sobremanera a la primera globalización (1870-1914): una competición entre grandes potencias por el control de los recursos y la geografía, la debilidad de las instituciones multilaterales, un nacionalismo reaccionario y la coerción –y la guerra– como mecanismo de solución de controversias.

Asistimos al nacimiento de un mundo desglobalizado, menos seguro y más inestable. Tal es el legado del primer aniversario de la segunda presidencia de Donald Trump, una auténtica revolución cultural, política y filosófica.

225 órdenes ejecutivas y 13 países visitados

El presidente Trump ejerce el poder. Ha firmado 225 órdenes ejecutivas, más que en su primer mandato, y ha visitado 13 países. Toma decisiones y actúa rápido. Tiene prisa porque se le agota el tiempo, dada su edad y las elecciones de medio término.

La expansión del poder presidencial enrarece el ambiente de la política doméstica, donde los líderes políticos y sociales no aciertan a responder ante tanta iniciativa. En la producción de la agenda y de la realidad mediática, el presidente ha ganado la partida. En el plano jurídico, el presidente se asigna poderes de emergencia para casi todo: aranceles y tarifas, control de fronteras, lucha contra el narcotráfico, reformas energéticas o la Guardia Federal.

Su popularidad no despega, anclada en menos del 40 %. Los recortes en la administración, la subida de precios asociada a los aranceles o la falta de oportunidades en vivienda limitan el discurso de affordability –algo así como “asequibilidad”– que le llevó a la Casa Blanca.

Más aún, el ataque a la independencia de la Reserva Federal, las actuaciones violentas del ICE –Servicio de Control de Inmigración y Aduanas– y el despliegue de la Guardia Federal en distintas ciudades son decisiones desconcertantes. En su propio electorado, el movimiento MAGA se divide entre los partidarios del vicepresidente J. D. Vance y la agitación del secretario de Estado Marco Rubio.

En materia de política exterior, la Estrategia de Seguridad Nacional ha explicitado el Corolario Trump, una estrategia ofensiva de poder duro sin más límite que su propia moralidad. Ha bombardeado Yemen, Siria, Irán, Nigeria o Somalia, pero se resiste a poner botas sobre el terreno. La coerción es aérea y económica. La captura de Venezuela anticipa una era de intervencionismo regional y potestad sobre los recursos económicos.

El hemisferio occidental es un corredor geográfico, de Groenlandia a la Patagonia, que produce la seguridad material de los Estados Unidos: energía, cadenas de suministro y mercados de consumo. La verticalización del poder se construye sobre una mirada geográfica Norte-Sur y abandona el interés por las cuestiones del eje Este-Oeste, sea China-Taiwán, sea Rusia-Unión Europea. El futuro de Oriente Medio es una incógnita y la estabilidad regional aún espera el resultado de la revolución iraní.

Sin compromiso con la democracia

Trump argumenta una política exterior soberanista y sin compromiso con la democracia o los derechos humanos. Sin valores políticos compartidos, los países medianos y pequeños cambiarán de bando y alianzas con mayor frecuencia. Indonesia ha anunciado la adquisición de tecnología militar china, mientras los europeos se dejan seducir por la potencia asiática.

Las esferas de influencia benefician a China y Rusia, que apenas han manifestado interés público por los sucesos de Venezuela o Groenlandia. Solo me queda una duda, ¿dónde queda India en este reparto postcolonial? No es una estrategia para pensar la próxima década, sino una respuesta para adaptar Estados Unidos a un mundo que ha pasado de la globalización a la geoeconomía.

En economía se confirma la fusión entre política energética, tecnología, comercio y seguridad. Estados Unidos produce unos 14 millones de barriles de petróleo al día, más que Arabia Saudí y Rusia, y casi lo mismo que Rusia, Irán y China juntos. Además, se ha aprobado la construcción de nuevos minirreactores nucleares. No habrá descarbonización ni transición energética en una economía orientada hacia los servicios digitales y la inteligencia artificial.

El capitalismo patriótico recupera el mercantilismo industrial y funda unas viejas nuevas compañías de indias digitales. El modelo privatiza el futuro, la ciencia y el conocimiento, limitando la competencia. El Stargate Project, impulsado por la compañía OpenAI, cuenta con inversión privada, capital saudí y catarí. La desregulación de las criptomonedas va en la misma dirección.

Las guerras culturales, el ocaso de la cultura woke y el debilitamiento de las políticas de identidad han creado un marco propicio para revisar qué significa ser estadounidense.

Los museos del Smithsonian Institute tienen la orden de revisar sus narrativas para alienarse con el nuevo ideal. Las universidades renuncian a oficinas y programas DEI –Diversidad, Equidad e Inclusión– para no perder financiación federal.

Un Arco del Triunfo en Washington

Entretanto, se anuncia la construcción de un Arco del Triunfo en el Mall de Washington para conmemorar el 250 aniversario de la República. El cuadro se completa con una política semántica que renombra el Golfo de América, el Departamento de Guerra o el Trump Kennedy Center.

En suma, el presidente Trump ha acelerado el tiempo histórico y nos conduce de manera inexorable, como a Los sonámbulos del historiador Christopher Clark, a un mundo postliberal y postamericano.

The Conversation

Juan Luis Manfredi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Trump: el orden y el caos – https://theconversation.com/trump-el-orden-y-el-caos-273887

¿Trabajos bien escritos que no dicen nada? Qué es el ‘workslop’ de la IA y cómo evitarlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Isabel Labrado Antolin, Profesor Ayudante Doctor Organización de Empresas, Universidad Complutense de Madrid

Lucky Business/Shutterstock

Imagine un estudiante que se encuentra ante esta tarea: “Analizar la expansión internacional de Starbucks en mercados emergentes. Considere factores culturales, económicos y de gobernanza”. En lugar de investigar y reflexionar, el estudiante copia la instrucción completa y la pega en ChatGPT con un simple “desarrolla esto”.

Algunos minutos después recibe un texto perfectamente estructurado. Párrafos elaborados, vocabulario académico, referencias a teorías de gestión internacional y conclusiones que suenan profundas. Sin leerlo en profundidad, lo entrega.

El profesor lo lee y se encuentra con párrafos como estos:

“La expansión internacional de Starbucks en mercados emergentes representa un caso paradigmático de la tensión entre estandarización global y adaptación local. Desde la perspectiva del modelo CAGE de Pankaj Ghemawat, la compañía ha navegado exitosamente las distancias culturales, administrativas, geográficas y económicas. Su enfoque híbrido, que combina elementos universales de la marca con ajustes contextuales, ilustra la sofisticación necesaria para triunfar en
mercados heterogéneos.”

Suena impecable. Jerga académica correcta, teoría legítima citada, estructura impecable. Pero es completamente intercambiable: podría ser sobre Nike, Coca-Cola o Inditex sin cambiar una palabra. No menciona ningún mercado específico. No reflexiona sobre contradicciones reales. No muestra investigación personal.

Eso que acaba de leer es workslop: contenido que aparenta estar bien elaborado pero que carece completamente de sustancia.

Contenido ‘basura’ con buen aspecto

El término, que ha ganado tracción recientemente en los círculos académicos y empresariales, describe un fenómeno cada vez más común en la era de las herramientas de inteligencia artificial generativa. El sustantivo “slop” se refiere, en inglés, a una comida más líquida de lo que debería con un aspecto nada apetecible, o a un líquido sucio de desecho. Una posible traducción al castellano de este neologismo podría ser “contenido basura”, “palabrería vacía” o “relleno de baja calidad”…

No se trata simplemente de plagio o copia textual. El workslop es más insidioso: es contenido nuevo, que parece académicamente sólido, y supera una lectura superficial. En realidad, no aporta valor intelectual alguno porque nunca fue producto del pensamiento genuino. Es la basura con aspecto de joyería: algo perfecto en forma pero vacío en esencia.

La carga de procesar el ‘workslop’

El workslop no se detecta a simple vista porque cumple los estándares formales: jerga académica apropiada, estructura lógica, citas correctas. Pero le falta profundidad. Las conclusiones son genéricas, los argumentos superficiales, aplicables a múltiples contextos. Para el receptor, tramitar este contenido supone una pérdida de tiempo en decodificación, evaluación y retroalimentación. La experiencia es equivalente a la de un espejismo académico: promete conocimiento donde sólo hay vacío.

Este tipo de contenido basura con aspecto solvente crea una ilusión engañosa: la apariencia del progreso mientras que la realidad es que la carga cognitiva se transfiere del que crea al que recibe.




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En el entorno académico, además de la pérdida de productividad, este tipo de contenidos erosiona la confianza entre profesores y alumnos. Cuando alguien recibe workslop, no solo ha perdido tiempo decodificando el contenido; también ha formado juicios negativos sobre quien lo envió. Se pregunta: “¿Por qué enviaron esto? ¿No pueden hacer su trabajo? ¿No valoran mi tiempo?”.

La IA como problema y como solución

Pero la misma tecnología que genera workslop también puede ayudarnos a evitarlo. Todo depende de cómo usemos la inteligencia artificial.

Uno de nuestros estudios recientes revela patrones sorprendentes sobre los factores que influyen en que la IA devuelva contenido inane o vacío, o contenido de más calidad. Tras analizar conversaciones de estudiantes de educación superior con chatbots de IA durante tareas de análisis estratégico, descubrimos que la forma en que un estudiante se comunica con la IA determina la calidad del contenido obtenido.

Los estudiantes que adoptan un tono relacional con la IA demuestran pensamiento crítico más profundo, produciendo así respuestas académicas de más calidad. Por ejemplo, ante una respuesta del chatbot un estudiante prosige: “Interesante, puedes darme una explicación a ….?”. Este estilo y tono más “relacional” se consigue a través de preguntas de seguimiento y muestras de curiosidad cognitiva. Con ello, los alumnos logran indagar en mayor profundidad el caso que se les planteaba.




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Por el contrario, aquellos que empleaban un tono neutral y realizaban preguntas pasivas mostraban menor compromiso cognitivo con la tarea. En otras palabras, cuando los estudiantes interactúan con la IA confiando en el valor esperado, emulando una conversación genuina, el contenido resultante refleja ese pensamiento más sofisticado. Cuando simplemente envían instrucciones frías y esperan respuestas, obtenemos el workslop.

Tratar a la IA como a un colaborador

He aquí dos ejemplos de cómo utilizar una herramienta de inteligencia artificial para elaborar un trabajo académico:

Enfoque que genera workslop:

Copiar el enunciado de la tarea y pedir “desarrolla esto” (sin ninguna reflexión previa sobre qué es lo que realmente necesita analizar o entender).

Enfoque que evita el workslop:

“He leído que Starbucks enfatiza la adaptación local. ¿Eso contradice su posicionamiento global como marca “premium”? ¿Cómo lo resuelven en Asia? Y si lo resuelven así en Asia, ¿por qué no aplican la misma estrategia en América Latina?“

En el segundo caso, el estudiante está creando un diálogo real, está cuestionando, está buscando consistencia lógica. La IA, a su vez, proporciona respuestas más profundas porque se le está pidiendo que lo haga de manera reflexiva. El resultado es contenido académico que refleja genuina cognición crítica, no frases bien construidas sin una aportación de contenido útil o de calidad.

Pensamiento crítico imprescindible

La IA no genera necesariamente workslop. Lo hace cuando la usamos sin pensamiento crítico genuino. Cuando la usamos para profundizar razonamientos, manteniendo diálogo auténtico y buscando alineación real entre intenciones intelectuales y respuestas, la IA se convierte en amplificador de pensamiento, no sustituto.

Del resultado de nuestro estudio se destilan tres recomendaciones para estudiantes: usar la IA como compañero de pensamiento, no como sustituto, prestar atención al tono emocional utilizado en la comunicación, y validar el texto generado y su aportación de valor respondiendo a la pregunta: “¿el texto añade algo nuevo o reorganiza lo obvio?” Si es lo segundo, puede usted estar generando workslop.

El desafío no es la tecnología. Es nuestra disposición a usarla de manera genuinamente reflexiva. La verdadera pregunta que todo estudiante o investigador debe hacerse no es “¿Puede la herramienta hacer esto?”, sino “¿Estoy usando esto para mejorar realmente mi pensamiento?”. De nosotros depende la diferencia.

The Conversation

María Isabel Labrado Antolin no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Trabajos bien escritos que no dicen nada? Qué es el ‘workslop’ de la IA y cómo evitarlo – https://theconversation.com/trabajos-bien-escritos-que-no-dicen-nada-que-es-el-workslop-de-la-ia-y-como-evitarlo-273657

¿Es posible perder peso eliminando el gluten de la dieta, como afirma Matt Damon?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Guy Guppy, Lecturer in Performance Nutrition and Exercise Physiology, Kingston University

Cuando Matt Damon atribuyó recientemente su pérdida de peso a una dieta sin gluten, reavivó un debate familiar sobre este controvertido enfoque alimenticio. Pero aunque las afirmaciones de la estrella de la Odisea han suscitado debate, la ciencia que hay detrás de la pérdida de peso cuenta una historia mucho más matizada que la simple eliminación de una sola proteína.

El gluten es una proteína natural que se encuentra en cereales como el trigo, la cebada y el centeno, lo que significa que se consume habitualmente en alimentos cotidianos como el pan, la pasta y los cereales. Para la mayoría de las personas, el gluten no causa ningún problema de salud.

Sin embargo, para quienes padecen la enfermedad celíaca, que afecta a alrededor del 1 % de la población, es esencial evitarlo. Esta enfermedad autoinmune desencadena una respuesta al gluten, dañando el revestimiento del intestino delgado y dificultando la absorción de nutrientes.

También existe la intolerancia al gluten, o sensibilidad al gluten no celíaca, una afección asociada a síntomas como hinchazón y reflujo. Las personas con esta afección también suelen experimentar problemas más allá del sistema digestivo, como dolores de cabeza y erupciones cutáneas.

A pesar del creciente número de personas que refieren estos síntomas, la intolerancia al gluten sigue siendo objeto de acalorados debates en cuanto a sus causas y tratamiento. Actualmente, el único enfoque recomendado es adoptar una dieta sin gluten.

Para el resto de personas, aquellas que no padecen celiaquía ni intolerancia al gluten, evitar los alimentos ricos en gluten puede ser innecesario y potencialmente problemático.

Los alimentos ricos en gluten, como el pan, la pasta y los cereales, no solo aportan carbohidratos, sino que también son excelentes fuentes de fibra y vitaminas del grupo B.

Eliminar estos alimentos puede contribuir inadvertidamente a deficiencias nutricionales. Sin embargo, el mercado de productos sin gluten sigue creciendo, y las previsiones sugieren que alcanzará los 13 700 millones de dólares estadounidenses (casi 11 700 millones de euros) en 2030.

Dado que Damon no reveló ninguna afección médica al hablar de sus objetivos de pérdida de peso, la explicación más probable de sus resultados radica en su dieta y comportamiento generales, más que en el gluten en sí. Una investigación publicada en Nutrients no encontró diferencias significativas entre las dietas sin gluten y las ricas en gluten en cuanto a la grasa corporal o el peso corporal entre adultos sanos.

Mecánica, no magia

La pérdida de peso que muchas personas experimentan con las dietas sin gluten a menudo se debe a la mecánica y no a la magia. Dado que el gluten se encuentra en muchos alimentos ricos en energía y basados en carbohidratos, las personas que lo eliminan suelen suprimir alimentos como la pizza, la comida rápida y la pasta.

Esta restricción de carbohidratos conduce a una reducción del glucógeno, la forma almacenada de carbohidratos en el cuerpo humano. Cuando se almacena glucógeno, también se almacena agua junto con él.

Por lo tanto, cuando los niveles de glucógeno disminuyen, el peso del agua también lo hace, creando la ilusión de una rápida pérdida de grasa. Este fenómeno explica por qué las personas suelen ver resultados espectaculares en la primera o segunda semana de cualquier nueva dieta o programa de ejercicio.

Más allá de la reducción de la ingesta de carbohidratos, las personas que siguen dietas sin gluten suelen pasar a consumir más alimentos integrales naturalmente libres de gluten. Esta reestructuración de la dieta suele dar lugar a un menor consumo de calorías en general.

Un pequeño estudio preliminar, publicado en Frontiers of Sports and Active Living, descubrió que seguir una dieta sin gluten durante seis semanas provocaba una reducción significativa del peso corporal en comparación con una dieta de control. Pero estos cambios probablemente fueron el resultado de un déficit calórico y una pérdida de líquidos, más que de cualquier ventaja metabólica derivada de la eliminación del gluten.

Hay otro factor en juego. Los carbohidratos derivados del trigo contienen azúcares fermentables llamados fructanos, que son descompuestos por las bacterias del intestino grueso. Esta fermentación produce gases que pueden causar hinchazón, dolor y cambios en las deposiciones. Cuando se eliminan estos alimentos, los síntomas desaparecen y el estómago puede parecer más plano, un cambio estético que las personas pueden confundir con la pérdida de grasa.

El gluten puede tener beneficios para la salud

Adoptar una dieta sin gluten que no sea médicamente necesaria podría, en realidad, aumentar los riesgos para la salud. Un amplio estudio publicado en el BMJ encontró una asociación entre una mayor ingesta de gluten y un menor riesgo de enfermedades cardíacas.

Del mismo modo, las investigaciones han revelado una relación entre el bajo consumo de gluten y el aumento del riesgo de diabetes tipo 2.

El culpable de estas preocupantes relaciones podría ser los productos sin gluten que llenan las estanterías de los supermercados. Cuando se elimina el gluten de un producto, cambia la textura y la palatabilidad del alimento. Para compensarlo, los fabricantes añaden otros ingredientes para mejorar el sabor y la consistencia.

¿El resultado? Se ha demostrado que los productos sin gluten contienen significativamente menos proteínas, más grasas saturadas, menos fibra y más azúcar que sus homólogos convencionales. Con el tiempo, este perfil nutricional puede conducir a una dieta deficiente y, por lo tanto, a una mala salud.

Así que, aunque la gente pueda creer que dejar de consumir gluten provoca la pérdida de peso, la realidad suele ser diferente. Los cambios sutiles en la estructura y la composición de la dieta, junto con las modificaciones en el comportamiento, suelen ser la verdadera razón.

The Conversation

Guy Guppy no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es posible perder peso eliminando el gluten de la dieta, como afirma Matt Damon? – https://theconversation.com/es-posible-perder-peso-eliminando-el-gluten-de-la-dieta-como-afirma-matt-damon-273931

Comprender antes de juzgar: ¿qué enseñan los fallos ferroviarios del pasado sobre el accidente de Adamuz?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ygnacio Pastor Caño, Catedrático de Universidad en Ciencia e Ingeniería de los Materiales, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Los bomberos trabajan en la cabecera del tren Iryo siniestrado en Adamuz. Guardia Civil.

La primera vez que entendí de verdad la palabra fatiga no fue en un laboratorio, sino en el salón de casa: una silla aparentemente nueva decidió, sin aviso previo, convertirse en cuatro patas y en un argumento filosófico sobre la gravedad. Nadie la había maltratado. Nadie la había sobrecargado. Simplemente, tras miles de ciclos de carga, una microscópica grieta creció hasta alcanzar su tamaño crítico y se propagó, fracturando el material. Y ahí estaba yo: indignado, tentado de buscar culpables… y, al mismo tiempo, obligado a admitir lo obvio: los fallos complejos rara vez se explican con un dedo acusador.

Con el siniestro de tren en Adamuz ocurre algo parecido, solo que la silla pesa cientos de toneladas, se movía a 200 km/h y transportaba vidas. En este caso, lo mínimo exigible es no convertir la tragedia en una tertulia especulativa de barra de bar.

Búsqueda de evidencias para la identificación de víctimas e investigación del accidente ferroviario el 19 de enero de 2026. Guardia Civil de España.

En busca de un culpable

Lo demás –la causa raíz– es, por definición, una investigación en curso. Aun así, el ser humano necesita cerrar historias rápido: “fue el maquinista”, “fue la vía”, “fue el tren”, “fue algo con nombre propio”.

La información disponible apunta, precisamente, a que no estamos ante el relato fácil del culpable único: fuentes oficiales señalan que se exploran fallos de infraestructura o mecanismos como indicios de una posible anomalía (¿grieta?) en el carril o en elementos del tren. En cualquier caso, no hay que pensar en un sabotaje, ya que, en ese caso, hubiera descarrilado todo el tren.

Esquema simplificado de cómo se investiga un accidente ferroviario.
José Ygnacio Pastor, Universidad Politécnica de Madrid, CC BY-NC

Investigar lleva tiempo

Las investigaciones serias tienen un defecto insoportable: tardan lo que tardan y no entienden de prisas. La normativa europea exige publicar el informe final antes de doce meses; si no se llega a ese plazo, debe emitirse un avance intermedio. Es decir, incluso con presión pública, el sistema está diseñado para que la prisa no sea la autora intelectual del informe.

Accidente ferroviario en Angrois cerca de Santiago de Compostela, el 24 de julio de 2023.
Wikimedia Commons., CC BY

Para hacernos una idea, el accidente de Santiago de Compostela (24 de julio de 2013) obtuvo el informe final en mayo de 2014. En Hatfield (Reino Unido, 2000), la combinación de análisis técnico, responsabilidades y reformas operativas duró años, porque un fallo material puede ser solo el primer dominó de una cadena organizativa.

La seguridad se aprende a partir de los errores del pasado: análisis de las enseñanzas de tres accidentes europeos recientes.
José Ygnacio Pastor, Universidad Politécnica de Madrid, CC BY-NC

Tres lecciones del pasado (sin necesidad de adivinar el futuro)

–A veces, el material es el tren, no la vía.

El accidente de Eschede (Alemania, 1998) es el recordatorio más cruel de que una fisura por fatiga en un componente puede desencadenar una catástrofe, aunque el resto del sistema “parezca” correcto. El detalle relevante es la idea de iniciación y propagación de grietas bajo cargas no críticas repetidas y la importancia de su detección antes del umbral crítico.

–A veces el material es la vía, y el problema es invisible… hasta que deja de serlo.

La fatiga por contacto rodante es una especialidad de la física con mala educación: trabaja en silencio, en la interfaz rueda–carril, con tensiones que pueden alcanzar magnitudes enormes en la zona superficial, y va sembrando grietas. Es lo que pasó en Hatfield, en 2000.

–A veces la causa dominante no es materiales, sino operación y barreras.

El siniestro de 2013 en Santiago de Compostela muestra otra familia: velocidad, factores humanos, transición entre sistemas de protección… y, sobre todo, el debate sobre cuántas capas debe tener un sistema para que un solo error no sea fatal. No es el mismo patrón que el de un descarrilamiento en recta tras una renovación reciente, pero sí enseña el mismo método: no buscar una bala de plata, sino una cadena de eventos.

Esquema simplificado.
Árbol de familias causales del accidente y diferentes tipos de pruebas de peritaje científico que pueden usarse para discriminar entre ellas.
José Ygnacio Pastor, Universiad Politécncia de Madrid, CC BY-NC-ND

¿Y Adamuz? Hipótesis razonables

Si el foco mediático insiste en que la vía era moderna y renovada y el tren era reciente, lo técnico debe responder con humildad: precisamente, por eso, el abanico plausible incluye fallos súbitos o defectos que escaparon a las inspecciones rutinarias. Algunas hipótesis, o todas ellas, podrías responder a nuestra curiosidad:

-Posible problema de unión-soldadura-fatiga de carril: las pruebas habría que buscarlas desde la fractografía (análisis de las superficies de fractura): marcas de avance por fatiga frente a rotura bruca. También, en el historial de ensayos no destructivos en el punto y soldaduras cercanas, en la geometría de vía y asentamientos (registros de auscultación) y en evidencias de campo (fragmentos, deformaciones, “marca de inicio” del descarrilamiento…).

-Si fuera material rodante (rueda-eje-rodamiento/bogie), lo que suele delatarlo son señales previas en los registradores (vibraciones, alarmas, temperatura de los rodamientos), daño característico en la rueda o el eje y en su superficie de fractura y correlación con el mantenimiento real.

-Si no se tratara de un problema de materiales, seguirían siendo hipótesis plausibles —hasta ahora no descartables— la colisión con un obstáculo en la vía, una anomalía local de geometría, el fallo de sujeciones o de un aparato de vía cercano, así como efectos del viento o tensiones térmicas locales, menos habituales en enero, pero relevantes porque la vía responde a la variación cíclica de la temperatura del carril.

En la interacción constante entre las ruedas del ferrocarril, pueden formarse grietas debido al desgaste continuo, al incremento cíclico de las temperaturas y a las cargas repetitivas que provocan la fatiga de los materiales implicados.
José Ygnacio Pastor, Universidad Politécnica de Madrid, CC BY-NC

La seguridad del futuro: más velocidad, más sensores, más humildad

China ha presentado prototipos como el CR450, que operarán hasta 450 km/h. La promesa de seguridad no está en la magia del récord, sino en el ecosistema: instrumentación, mantenimiento predictivo, inspección automatizada, gemelos digitales y una cultura donde un aviso pequeño no se archiva como molestia.

Al final, vuelvo a mi silla rota. Si me hubiera fiado de la intuición, habría culpado a la carpintería, al destino o a esa pata coja. Pero cuando uno analiza, aparece la cadena: un diseño con sus compromisos, una unión que concentra tensiones, un microdefecto, miles de cargas repetidas… y, por fin, un último ciclo que no fue el más fuerte, sino el primero que alcanzó al umbral de rotura.

Comprender antes de juzgar

El análisis forense obliga a leer las huellas del fallo como si fueran un texto, desde la fractografía submicrométrica hasta el macrocosmos del sistema, donde cada decisión humana y técnica deja también su firma.

Con Adamuz, la única postura seria es comprender antes de juzgar. Porque si algo nos enseñan las grandes catástrofes ferroviarias del pasado es que el progreso en seguridad no nace del análisis más rápido, sino de las evidencias más pacientes. Y esas evidencias, como las grietas, no se aprecian fácilmente… pero inevitablemente existen.

Se inspeccionan cabeza y alma del carril, juntas y soldaduras para detectar defectos internos subcríticos invisibles a simple vista.
Comprobación de raíles con un equipo de ultrasonidos manual (Túnel de Base del Gotardo, Suiza).
Wikimedia Commons., CC BY

The Conversation

José Ygnacio Pastor Caño recibe fondos del proyecto PID2022-137274NB-C33, financiado por el Plan Estatal 2021–2023 de la
Agencia Española de Investigación del Gobierno de España.

ref. Comprender antes de juzgar: ¿qué enseñan los fallos ferroviarios del pasado sobre el accidente de Adamuz? – https://theconversation.com/comprender-antes-de-juzgar-que-ensenan-los-fallos-ferroviarios-del-pasado-sobre-el-accidente-de-adamuz-273879

Un año de Donald Trump: así ha reordenado el tablero global

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Aurken Sierra Iso, Ayudante Doctor, Departamento de Comunicación Pública, Universidad de Navarra

Donald Trump recibe a Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, en la Casa Blanca (7 de abril de 2025). noamgalai/Shutterstock

En su primer año de regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha dado un giro profundo en la política exterior de Estados Unidos. Su estilo –decisiones rápidas, mensajes contundentes y una ejecución que a menudo roza los límites institucionales– ha reordenado prioridades y ha devuelto al centro del debate ideas que parecían superadas. Entre ellas, la lógica de las esferas de influencia, un concepto propio del siglo XIX que reaparece bajo nuevas formas.

Trump ha reivindicado abiertamente la Doctrina Monroe, que en el siglo XIX defendía que el hemisferio occidental debía quedar libre de injerencias europeas. El presidente la ha rebautizado como “Donroe Doctrine”, una versión ampliada que presenta a Estados Unidos como garante exclusivo de la seguridad en América. La idea conecta con un marco más amplio: un mundo dividido en grandes espacios dominados por potencias regionales.

Sus decisiones y declaraciones no solo han modificado la acción exterior estadounidense sino que han obligado al resto de actores internacionales a reaccionar constantemente ante los cambios de rumbo de Washington. Según esta lógica, el mundo se organiza en áreas de influencia y Estados Unidos, como “hegemón” del hemisferio occidental, tendría legitimidad para actuar libremente dentro de su región.

Esferas de influencia: de Schmitt a China

Esta noción recuerda al concepto de “gran espacio” (Großraum) formulado por el filósofo alemán Carl Schmitt, quien defendía que el orden internacional se organiza en torno a potencias que ejercen influencia sobre regiones enteras.

Aunque Schmitt es una figura polémica por su vinculación con el nazismo, su teoría ha sido recuperada indirectamente por algunos intelectuales chinos para explicar el ascenso del país y su papel en Asia-Pacífico. Estudios recientes analizan cómo China articula su influencia mediante inversión, diplomacia y presencia militar en su entorno regional.

Este enfoque también sirve para cuestionar la tesis del politólogo Francis Fukuyama, quien en los años noventa afirmó que la caída de la URSS suponía el “fin de la historia” y la victoria definitiva del liberalismo. La evolución de China, Rusia y ahora Estados Unidos apunta más bien a un retorno de la competencia entre grandes potencias.

La visión estadounidense quedó plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que consolida un reparto del mundo en bloques: Estados Unidos en el hemisferio occidental, Rusia en su vecindad inmediata y China en Asia-Pacífico.

El documento supone una ruptura con el orden liberal de la posguerra, basado en reglas universales e instituciones multilaterales, y apuesta por una lógica más territorial y jerárquica.

De Monroe a “Donroe”: exclusividad hemisférica en clave siglo XXI

La política exterior de Trump se ha movido en coordenadas similares a las chinas, aunque con fundamentos distintos. Dos episodios recientes ilustran esta lógica: la intervención estadounidense en Venezuela y el interés por la posible compra o anexión de Groenlandia bajo el pretexto de la seguridad nacional. Ambos casos se basan en la idea de que Estados Unidos tiene derecho a actuar libremente dentro de su área de influencia.

Pero no solo tenemos esos dos ejemplos, en este último año ha habido más acciones, como los ataques contra presuntos barcos narcotraficantes en el Caribe, la presión sobre Panamá por la gestión del canal que Trump quiere recuperar, nuevas sanciones a Nicaragua y restricciones más estrictas a Cuba o el refuerzo de su relación con Nayib Bukele en El Salvador a cambio de cooperación en materia migratoria.

Todas estas acciones responden a una misma idea: Estados Unidos tiene derecho a actuar libremente dentro de su área de influencia y a impedir la presencia estratégica de potencias externas. La “Donroe Doctrine” formaliza esta visión y la convierte en eje de la política exterior estadounidense.

El choque entre la agenda internacional y las expectativas internas

Sin embargo, esta estrategia exterior no puede entenderse sin mirar hacia dentro. La dialéctica de la administración Trump contrasta con las prioridades de muchos de los votantes que lo llevaron a la Casa Blanca en 2024. Su apoyo se cimentó en un diagnóstico claro: las administraciones anteriores habían traicionado al estadounidense medio.

Según la retórica del presidente, la globalización desindustrializó el país, amplió las brechas sociales y fortaleció a rivales estratégicos. Las élites –tanto republicanas como demócratas– habrían ignorado estos problemas, provocando el empobrecimiento del ciudadano común.

Por eso, la viabilidad política de la “Doctrina Donroe” se medirá en las elecciones de medio mandato. Trump controla los tres poderes del Estado, pero su mayoría en la Cámara de Representantes es extraordinariamente estrecha –la más exigua en casi un siglo–. El éxito de su agenda internacional sólo será valorado positivamente si los votantes perciben mejoras en su calidad de vida. Si la economía se resiente o el poder adquisitivo cae, los frutos de este intento de reordenar el sistema internacional habrá que buscarlos en otro lugar.

Mientras tanto, conviene seguir a quienes han analizado conceptualmente este viraje –entre ellos, el escritor y economista estadounidense Benn Steil– para entender un cambio que, por primera vez en décadas, no se limita a la retórica, sino que reconfigura el reparto real de poder.

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Aurken Sierra Iso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un año de Donald Trump: así ha reordenado el tablero global – https://theconversation.com/un-ano-de-donald-trump-asi-ha-reordenado-el-tablero-global-273869

Personalismo a lo grande: claves para entender la presidencia de Donald Trump a lo largo de este primer año de mandato

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Sofía Cardenal Izquierdo, Profesora de Ciencia Política, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Un año después de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ya no se trata de especular sobre promesas de campaña ni de anticipar escenarios posibles. Su presidencia ofrece un primer balance tangible de decisiones, ritmos y efectos que permite separar con nitidez lo que era previsible de lo inesperado, y, sobre todo, evaluar qué implicaciones tiene este primer año de gobierno para la coalición política que lo sostiene.

Lo que podía esperarse

Desde el inicio era previsible una presidencia marcada por la confrontación directa con los principales contrapesos del sistema democrático estadounidense. Trump ha mantenido y profundizado una política de hostigamiento sistemático contra los medios críticos, la justicia y aquellas instituciones con capacidad contramayoritaria. El Congreso, especialmente, ha quedado relegado a un papel secundario, cuando no irrelevante, lo que algunos analistas han identificado como el principal problema de la extralimitación presidencial.

Esta dinámica no responde a episodios aislados ni a impulsos erráticos, sino a una lógica coherente de concentración de poder. La deslegitimación de los medios hostiles, la presión sobre jueces y fiscales y la normalización del ataque a organismos reguladores forman parte de una estrategia deliberada de debilitamiento de los contrapesos institucionales.

También era esperable la utilización patrimonialista del Estado. Trump no ha roto con su pasado empresarial, sino que lo ha integrado en el ejercicio de la presidencia, difuminando de forma sistemática la frontera entre interés público e interés privado y persiguiendo sin disimulo su enriquecimiento y el de su familia. La confusión entre gobierno y negocio no es un efecto colateral, sino un rasgo estructural de su forma de entender el poder.

Asimismo, Trump ha gobernado claramente para los grupos que lo llevaron al poder. Su agenda –económica, cultural y política– responde de manera directa a las demandas de su base electoral y de los actores organizados que la articulan: desregulación, recortes del Estado, políticas migratorias restrictivas y una concepción mayoritaria y plebiscitaria del mandato democrático. Todo ello encaja con su talante político y con las señales emitidas durante la campaña.

Por último, lejos de un discurso genuinamente antiélite, su presidencia ha consolidado una alianza pragmática con grandes corporaciones, en particular con el sector tecnológico. Más que regular su poder, el Ejecutivo ha optado por instrumentalizarlo.

Lo que no se esperaba (al menos no en esta magnitud)

Si algo ha sorprendido incluso a quienes anticipaban una presidencia disruptiva ha sido la velocidad y la intensidad del cambio. En apenas meses se han sucedido decisiones de enorme calado: el papel central de DOGE –el Departamento de Eficiencia Gubernamental–, el desmantelamiento de amplias capas de la administración pública, recortes masivos de empleo público, el debilitamiento de la cooperación internacional, la imposición de aranceles y el endurecimiento extremo de las deportaciones.

La rapidez no ha sido accidental. Ha funcionado como una estrategia política en sí misma, reduciendo la capacidad de reacción de actores institucionales, judiciales y sociales. Gobernar deprisa ha sido una forma de gobernar sin oposición efectiva y es también una estrategia típica de autócratas decididos a desarticular a la oposición y consolidar su poder.

También ha resultado inesperada la profundidad del giro en política exterior. El lema Make America Great Again –Hagamos América grande de nuevo– parecía apuntar a una retirada del escenario internacional y a una vuelta al aislacionismo. Las primeras decisiones –el distanciamiento de organismos multilaterales, el debilitamiento de la ONU, el desmantelamiento de USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional)…– reforzaron esa lectura. Sin embargo, el balance del primer año sugiere otra cosa.

No estamos ante una retirada del mundo, sino ante una redefinición del papel de Estados Unidos en términos más cercanos a una lógica imperial que a una potencia de poder blando.

Trump no renuncia a la proyección internacional; rechaza el multilateralismo y apuesta por relaciones bilaterales coercitivas, delimitación explícita de esferas de influencia y control de recursos estratégicos clave para la competición tecnológica global. La reactivación implícita de una doctrina tipo Monroe marca un cambio profundo y poco anticipado.

Especialmente inquietante ha sido, además, la centralidad de los aparatos coercitivos del Estado. El papel de ICE –el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos– como brazo ejecutor de la política migratoria, con amplios márgenes de discrecionalidad e impunidad, y el uso creciente de la Guardia Nacional apuntan a la conformación de cuerpos de fuerza altamente leales al Ejecutivo.

Y alarmante es también el potencial despliegue de soldados del ejército en Minneapolis, tras las protestas por el asesinato de Renee Good. La historia comparada muestra que muchos regímenes autoritarios consolidan su poder mediante fuerzas coercitivas personalistas; la analogía no es mecánica, pero el paralelismo resulta difícil de ignorar.

Quizá lo más inesperado por inquietante ha sido la debilidad de los contrapesos. El Congreso ha quedado prácticamente ausente, el Tribunal Supremo ha avalado mayoritariamente las decisiones presidenciales y los medios, aunque más resistentes, muestran una capacidad limitada de freno. Universidades, algunas voces aisladas en el Senado y, de forma creciente, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, aparecen como focos dispersos de resistencia institucional.

El impacto sobre su base de apoyo

El efecto de este primer año sobre la base de Trump es ambivalente. Su coalición es amplia, heterogénea y en buena medida instrumental, lo que hace improbable una reacción uniforme.

A corto plazo, su núcleo más leal sale reforzado. La confrontación constante y la narrativa de asedio alimentan un vínculo emocional que interpreta cada choque institucional como prueba de autenticidad. Para esta base dura, Trump no solo gobierna: combate. Aunque el núcleo duro de apoyo a Trump es altamente resistente incluso ante acusaciones graves, los sondeos muestran que su manejo del escándalo de Jeffrey Epstein es uno de los pocos temas en los que su aprobación entre republicanos se desploma por debajo de su respaldo habitual. Esta fractura –moderada pero real– sugiere que una serie de revelaciones más comprometedoras sobre su implicación en las redes de Epstein podría comenzar a erosionar, al menos parcialmente, la fidelidad de su base más leal.

Más ambiguo es el efecto sobre las élites económicas. Aunque muchas se han beneficiado de la desregulación y de un Estado menos intervencionista, la imprevisibilidad, el uso político de los aranceles y la inestabilidad internacional introducen costes crecientes. No se trata aún de una ruptura, pero sí de una relación más tensa.

Entre las clases medias y trabajadoras, el apoyo depende cada vez más del equilibrio entre incentivos simbólicos y efectos materiales. Los recortes en empleo público, la inflación o el deterioro de servicios pueden erosionar progresivamente ese respaldo, especialmente allí donde los costes se hacen visibles. Habrá que estar atentos a sus efectos en este sector menos leal a Trump del electorado.

Por último, sectores institucionales y tecnocráticos muestran una incomodidad creciente. El conflicto con la Reserva Federal, la politización de la administración y el uso discrecional del aparato coercitivo tensionan a actores que valoran la estabilidad por encima de la confrontación ideológica.

Qué conviene observar

Más que fijarse solo en índices de aprobación –que también–, conviene estar muy atentos a señales indirectas: cambios en el discurso de grandes donantes y empresas, silencios estratégicos y voces discordantes dentro del Partido Republicano, eventuales desacuerdos en el Tribunal Supremo, la actitud de la Reserva Federal y la evolución del encuadre mediático en medios tradicionalmente afines.

El primer año de Trump no habla solo de Trump. Habla de la capacidad –o incapacidad– del sistema político estadounidense para resistir una presidencia que tensiona deliberadamente sus límites formales e informales. Incluso si su apoyo electoral se erosionara, muchas de las transformaciones impulsadas podrían perdurar más allá de su figura. En ese sentido, este primer año no parece un paréntesis, sino el inicio de una reconfiguración más profunda del orden político estadounidense.

The Conversation

Ana Sofía Cardenal Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Personalismo a lo grande: claves para entender la presidencia de Donald Trump a lo largo de este primer año de mandato – https://theconversation.com/personalismo-a-lo-grande-claves-para-entender-la-presidencia-de-donald-trump-a-lo-largo-de-este-primer-ano-de-mandato-273873

¿Son las relaciones abiertas y el poliamor la ‘solución’ a la infidelidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Barraca, Profesor de Psicología, Universidad Camilo José Cela

Alena Lom/Shutterstock

La infidelidad ya no es solo aquello que ocurre a escondidas en sábanas ajenas. Aunque las definiciones científicas clásicas la asocian al sexo o al vínculo amoroso fuera de una relación comprometida y “exclusiva”, esa frontera empieza a difuminarse. Hoy, el propio concepto de exclusividad –durante décadas indiscutido– está en el centro del debate.

Las parejas abiertas, poliamorosas y, en general, las que mantienen relaciones no monogámicas consensuadas –estos términos no son realmente equivalentes y pueden indicar diferentes tipos de acuerdos en la relación, aunque aquí se tomarán indistintamente, pues se plantea una comparación entre formas convencionales de relación (monogamia) y el resto– harían saltar por los aires esta conceptualización. ¿Podríamos suponer entonces que no deberían sufrir nunca una infidelidad?

De acuerdo con la psicoterapeuta estadounidense experta en el campo de las relaciones sentimentales Esther Perel, las infidelidades siempre reúnen tres componentes: secretismo, alquimia sexual e implicación emocional.

Hay que tener presente que hablamos del sentimiento de infidelidad, más que de unos hechos objetivos que podrían concurrir en el caso. Si se aceptan estas premisas, es posible que los miembros de una pareja abierta sufran, igual que los de una monogámica, este tipo de sentimiento. Pues aunque admitirían el deseo sexual hacia otra persona –e incluso cierto grado de implicación afectiva en el poliamor–, si este se oculta o no se explicita estaría produciéndose un engaño equivalente al de la infidelidad convencional.

“Sexo sí, pero nada de quedar luego”

Y, muchas veces, esa es la cuestión: por una u otra razón no se cumplen las reglas o los acuerdos establecidos en una pareja poliamorosa y que podrían ir del “sexo sí, pero nada de quedar luego” al “tengo que saberlo primero”, el “tengo que conocerla/o antes”, el “solo teniendo un encuentro, no repetidos” o “sin intercambio de mensajes”.

Estas y tantas otras normas tratan de ayudar a controlar los celos, los sentimientos de distanciamiento, la pérdida de una relación privilegiada frente a otras personas. O sea que, frente al acuerdo, normalmente tácito, de la relación tradicional (no hay sexo fuera de la pareja), en la pareja abierta ese pacto sería siempre explícito y más detallado.

Sin embargo, aunque se hayan establecido unas normas, ¿resulta posible desprenderse de los sentimientos de posesividad cuando la pareja está manteniendo relaciones sexuales con otra persona? Esta cuestión reabre el viejo tema de si la monogamia es algo natural para la especie humana o, únicamente, producto de las estructuras sociales, de nuestra inculturación. Probablemente, este debate sea tan estéril como tantos otros en los que se contrapone el nuture-narture (lo innato frente a lo aprendido).

Como afirma el/la psicólogo/a y activista Meg-John Barker, “la manera en que conformamos una relación está influida por una compleja red de factores biológicos, psicológicos y sociales que resulta imposible de desenredar”.

La clave está en cómo manejar el deseo

Indudablemente, el deseo o impulso sexual es algo natural, pero cómo lo manejemos y hacia dónde lo dirijamos es algo que no puede desvincularse de nuestra educación. Ocurre lo mismo con el apetito y la necesidad de comer: lo innato es el impulso por nutrirnos, pero lo trascendemos y creamos el arte gastronómico. Plantear, por tanto, que somos polígamos por naturaleza, por razones evolutivas, por impulsos biológicos o por pulsiones primarias siempre va a ser objeto de un debate simplificador.

En el libro Infidelidad. Una mirada contextual he planteado que esta es multicausal y dependiente del contexto. Que es reduccionista achacarla tanto a la propia forma de ser del “infiel” (su personalidad, impulsividad, problemas psicológicos, autoestima, niveles hormonales, deseo y frustración sexual, mala gestión emocional…) como a su educación y aprendizajes, a la mala relación con la pareja actual o a las experiencias con las anteriores, a las oportunidades disponibles, al consumo de alcohol u otras sustancias, al atractivo de la tercera persona o al ambiente en el que se está.

El fenómeno tiene que ver con todos estos factores y también con muchos otros, en un marco vital determinado y en un momento dado. Solo ese amplio análisis puede darnos una pintura acabada y, naturalmente, nada de esto es exclusivo de las parejas monógamas.

Dado que en las parejas poliamorosas la infidelidad se entendería como la ruptura de los consensos y las reglas sobre cuándo o cómo mantener otras relaciones sexuales, es difícil compararlo con la de las tradicionales y no hay estudios propiamente dichos sobre el malestar que provoca.

Sin embargo, algunas investigaciones sobre satisfacción con la pareja apuntan a que las relaciones abiertas serían igual de gratificantes que las monogámicas. No obstante, hay una notable controversia sobre su continuidad o estabilidad, pues varios trabajos señalan que estas parejas se enfrentan a un mayor esfuerzo emocional, comunicativo y de gestión de tiempo; y también a dificultades externas (el estigma social y el rechazo en un contexto cultural mononormativo).

Con todo, la escasa bibliografía que existe al respecto no permite extraer conclusiones certeras. Por otro lado, siempre resultará cuestionable si el consenso es semejante para las dos personas o una se está plegando a los deseos de la otra en aras de perpetuar la relación.

Además, de acuerdo con las manifestaciones de los participantes en las encuestas, los practicantes de las relaciones poliamorosas se identifican predominantemente con un tipo muy determinado de perfil (jóvenes, bisexuales, votantes de izquierda y agnósticos o ateos).

Manejo de emociones e infidelidad

En suma, las parejas poliamorosas podrían tener tantas dificultades en el manejo de sus emociones sobre la infidelidad como el resto. Seguramente, no las mismas, pero de lo que se trata es de entender que no se puede escapar de la infidelidad sencillamente optando por una forma de relación de pareja. La atracción de la transgresión de las normas es universal y las habilidades comunicativas, la asertividad, la templanza, el coraje para decir la verdad de lo que se siente nunca puede garantizarse, por muy comprometido que se esté con un modelo relacional.

Al fin, parece que no deja de ser verdad el viejo adagio: cambiar de pareja (o, en este caso, de estilo de pareja) no supone dejar de tener problemas, solo supone cambiar de problemas.

The Conversation

Jorge Barraca no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Son las relaciones abiertas y el poliamor la ‘solución’ a la infidelidad? – https://theconversation.com/son-las-relaciones-abiertas-y-el-poliamor-la-solucion-a-la-infidelidad-266413