¿Cómo compatibilizar un bachillerato que busca habilidades críticas con una PAU que todavía prima la memorización?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucía Sánchez-Tarazaga, Profesora Titular en Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación (MIDE), Universitat Jaume I

Sucede a menudo que un estudiante de instituto saca muy buena nota en Historia pero no recuerda casi nada de lo que había estudiado. O acude a un examen de Química sabiéndose las valencias de cada elemento y su número atómico, y a la semana siguiente, no es capaz de imaginar que las palabras “número” y “atómico” puedan ir seguidas.

Esta contradicción aparente entre resultados académicos y retención real de conocimiento no es excepcional, es un síntoma de un problema más amplio: cómo el objetivo del estudio influye en cuánto y cómo aprendemos. Si dicho objetivo es un examen que nos va a pedir reproducir algo aprendido de memoria, no estudiaremos de la misma manera que si se trata de una evaluación más práctica. Y tampoco se nos va a enseñar igual.

En el mundo educativo, esta influencia de los métodos de evaluación en las prácticas de enseñanza se conoce como washback o efecto retroactivo de la evaluación. Así, según sean los métodos usados para evaluar, estos pueden llevar a dinámicas en el aula más centradas en reproducir o, en cambio, a procesos más ricos en los que además de contenidos se movilicen y apliquen de forma crítica para resolver tareas, problemas o situaciones complejas (lo que persigue el enfoque denominado “por competencias” o “competencial”).

Brújula o balanza

Esta relación entre evaluación y método de enseñanza fue estudiada por el matemático y doctor en Filosofía Michael Scriven, quien distinguía entre evaluación formativa y sumativa; o lo que podríamos denominar como evaluación “brújula” y “balanza”. La primera orienta sobre el mejor camino a seguir mientras se está recorriendo, la segunda pesa el resultado final una vez que el trayecto ha terminado. Ambas son necesarias, pero no siempre ocupan el mismo espacio ni tienen el mismo impacto.

Esta dualidad entre orientar y certificar es especialmente visible en los dos cursos de bachillerato. Al terminar esta etapa, quienes quieran continuar con estudios universitarios deben realizar un examen de acceso. Esta prueba es tan determinante para el futuro de los adolescentes que el sistema se adapta para prepararles lo mejor posible.

La enseñanza por competencias

Y aquí es donde encontramos el difícil equilibrio con la enseñanza por competencias, que en España está establecida por ley como el marco de referencia para todas las etapas educativas.

Las pruebas de acceso a la universidad –conocidas por diferentes siglas como PAU (Prueba de Acceso a la Universidad), EBAU (Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad) o EvAU (Evaluación de Acceso a la Universidad)– deberían, en teoría, estar diseñadas para medir las competencias del alumnado, pero los cambios no han terminado de materializarse de forma efectiva todavía. Mientras los currículos actuales enfatizan aspectos como la aplicación de los saberes, su contextualización y la resolución de situaciones complejas, estas dimensiones con frecuencia reciben una atención limitada en los exámenes.

Esto crea una tensión estructural entre lo que el currículum de bachillerato establece como objetivos competenciales y lo que se prioriza en las aulas cuando el objetivo es conseguir el mejor resultado en la PAU.

El bachillerato: entre aprender y certificar

El segundo y último curso del bachillerato se configura, por lo tanto, con una fuerte orientación certificadora, pues la PAU ha sido históricamente una prueba con un gran componente memorístico y reproductivo. Y en este contexto, es comprensible que una parte importante de la práctica docente esté orientada a preparar a los estudiantes para una prueba de este tipo.

Ahora bien, ¿se puede compatibilizar esta función certificadora de la PAU con un modelo de enseñanza por competencias que desarrolle aprendizajes más profundos, más contextualizados y más transferibles?

Evaluar competencias para enseñar competencias

El enfoque de competencias entiende el aprendizaje como la capacidad de movilizar conocimientos, habilidades y actitudes. No se trata de saber, de acumular información, sino también de saber qué hacer o cómo actuar según cada contexto.

Es un enfoque que requiere metodologías activas, tareas contextualizadas y sistemas de evaluación diversos que permitan entender los procesos y no solo los resultados finales. Los expertos consideran una prueba “competencial” si está contextualizada, es productiva (es decir, el estudiante produce la respuesta, no la reproduce) y compleja, esto es, que le obliga a movilizar conocimientos distintos.

¿Es la PAU una prueba competencial?

Hemos analizado, en base a esos tres criterios, las pruebas de acceso a la universidad de los últimos diez años (2015-2025) en los sistemas educativos de seis comunidades autónomas: Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Madrid y País Vasco.




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Cómo diseñar la PAU para que los resultados de todas las comunidades sean comparables


Lo hemos hecho utilizando la inteligencia artificial para revisar los currículos de bachillerato y analizar las pruebas de acceso a la universidad en una escala del 0 al 100 según cómo de competenciales fueran. El modelo fue entrenado con los contenidos curriculares para identificar el grado de alineación entre las demandas de las pruebas y los aprendizajes prescritos en el currículo.

Los resultados muestran un mayor grado de orientación competencial en las pruebas de acceso a la universidad de Cataluña y el País Vasco, mientras que comunidades como Madrid presentan todavía un amplio margen de mejora. En la Comunidad Valenciana, aunque persisten importantes retos, se observa una evolución positiva hacia un modelo más competencial en los últimos años.

Diferencias por materias

Las diferencias entre materias son especialmente significativas y, además, se mantienen de forma bastante estable en todas las comunidades analizadas. De hecho, la asignatura es más determinante que la comunidad autónoma: hay materias cuyo examen de selectividad es más competencial en todas las comunidades, y otras que tienden a tener un diseño más tradicional, también en todos los casos analizados.

Inglés destaca como la materia cuyas pruebas presentan un mayor grado de orientación competencial, mientras que Matemáticas II se sitúa en el extremo opuesto. Sin embargo, es precisamente esta última asignatura la que registra una evolución más favorable a lo largo de los últimos años.

Química y Biología muestran un comportamiento similar, caracterizado por un nivel relativamente bajo de orientación competencial, aunque acompañado de una tendencia positiva que parece reflejar el trabajo continuado de equipos docentes comprometidos con la mejora de las pruebas en esta dirección. En términos generales, la evolución hacia modelos de evaluación más competenciales constituye una tendencia común a todas las materias analizadas, aunque con ritmos e intensidades diferentes.

La evaluación por competencias: un reto

Para que la educación en el bachillerato pueda enfocarse más hacia competencias que únicamente los contenidos, es importante que se incorpore este tipo de evaluación a la PAU.

Aun así, es posible preparar a los estudiantes para esta prueba de acceso y también ayudarles a desarrollar competencias, siempre que se diversifiquen las maneras de enseñar y evaluar. ¿Cómo podemos hacerlo? Además de las pruebas escritas, se pueden usar más instrumentos e incluir a más agentes en el proceso de recogida de evidencias del aprendizaje, dando la oportunidad a alumnos y alumnas de que demuestren lo que saben y de lo que son capaces de hacer a través de múltiples formas de expresión

De hecho, evaluar en el bachillerato de forma no competencial tiene consecuencias negativas. Limitarse a preparar respuestas para un examen repitiendo o basándose en modelos de años anteriores empobrece la tarea docente y reduce el aprendizaje a una mera preparación técnica. Cuando esto desaparece también aumenta el riesgo de una enseñanza más superficial en la que los aprendizajes fuera de la escuela consolidan diferencias socioeconómicas de partida.

Como apuntaba Scriven, la evaluación puede orientar el proceso o certificar los resultados; el reto es evitar que la balanza caiga siempre hacia uno de los dos lados.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Cómo compatibilizar un bachillerato que busca habilidades críticas con una PAU que todavía prima la memorización? – https://theconversation.com/como-compatibilizar-un-bachillerato-que-busca-habilidades-criticas-con-una-pau-que-todavia-prima-la-memorizacion-283606

La voz bajo juicio: la lingüística detrás del caso Amaia Montero

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela

Amaia Montero en una imagen de la nueva gira de La oreja de Van Gogh. La oreja de Van Gogh/Facebook

Sea por su color, su timbre o por algo que desconocemos, hay voces que se reconocen al instante y forman parte de nuestra memoria colectiva. Por eso, cuando esa voz cambia (o cuando lo percibimos así) la reacción suele ser inmediata.

La reciente reaparición pública de Amaia Montero en los conciertos de La Oreja de Van Gogh ha vuelto a situar su voz en la mirada pública. Como suele ocurrir cuando una cantante regresa a los escenarios, las reacciones se han polarizado. Algunos oyentes hablan de fragilidad, otros perciben cierto descontrol y otros señalan una pérdida de brillo respecto a etapas anteriores. Pero ¿somos realmente objetivos cuando escuchamos voces familiares? ¿Qué significa exactamente que digamos que una voz ha cambiado?

La respuesta no es tan sencilla como parece.

Desde la fonética, la ciencia que estudia la producción y percepción de los sonidos del habla, y desde la lingüística clínica, que analiza las alteraciones de la comunicación humana, sabemos que la percepción de una voz está influida por numerosos factores. Lo que el oyente interpreta como una mejora o un deterioro puede responder a cambios muy distintos entre sí.

Una voz nunca es exactamente la misma

Existe una tendencia a pensar que la voz es una característica fija, una especie de huella sonora inmutable. Sin embargo, se trata de un fenómeno extraordinariamente dinámico. La voz cambia a lo largo de la vida porque cambian también los órganos que la producen y las condiciones en las que se utiliza. La edad modifica progresivamente la musculatura laríngea, la elasticidad de los tejidos y la capacidad respiratoria. A ello se suman los efectos acumulados de décadas de uso profesional, especialmente en perfiles que emplean la voz en grandes audiencias.

En el caso de los cantantes, intervienen factores propios de la práctica vocal: la técnica de emisión, la gestión del esfuerzo, el descanso, el mantenimiento de la voz y la dosificación de su uso a lo largo de giras y grabaciones. A ello se suman las decisiones interpretativas y los distintos estilos que adopta el intérprete. Pequeñas variaciones en cualquiera de estos aspectos pueden traducirse en cambios perceptibles en la voz.

Lo que realmente percibe el oído

Cuando escuchamos una voz solemos describirla mediante términos cotidianos como áspera, apagada, potente o cansada. Aunque parezcan impresiones subjetivas, estos juicios están basados en parámetros acústicos concretos.

Uno de ellos es el timbre, la cualidad que permite distinguir dos voces incluso cuando emiten la misma nota. Pequeñas modificaciones en la configuración del tracto vocal o en la vibración de las cuerdas vocales pueden alterar significativamente esa sensación sonora.

También influye la estabilidad de la frecuencia fundamental, es decir, la regularidad con la que vibran las cuerdas vocales, relacionado con la percepción de control. Del mismo modo, las características del vibrato, como su amplitud o su velocidad, contribuyen a que una interpretación resulte más firme, más tensa o más relajada para quien la escucha.

Otro aspecto fundamental es la coordinación entre respiración y fonación. La voz depende del flujo de aire que asciende desde los pulmones. Cuando esta coordinación varía, pueden aparecer cambios en la intensidad, la duración de las emisiones o la sensación de esfuerzo vocal.

Por ello, cuando percibimos una voz como inestable, esa impresión puede deberse a distintos fenómenos fisiológicos que generan sensaciones auditivas similares.

La voz también se ‘construye’ en la mente

La lingüística perceptiva lleva décadas mostrando que escuchar no consiste únicamente en recibir información acústica. El oyente interpreta lo que oye a partir de expectativas, recuerdos y experiencias previas.

Cuando una voz forma parte de la memoria colectiva, como ocurre con la de Amaia Montero, la comparamos automáticamente con la imagen sonora que conservamos de ella (especialmente si está ligada a experiencias emocionales intensas). En este proceso interviene un fenómeno bien conocido en percepción: tendemos a considerar como referencia ideal la versión que hemos escuchado repetidamente durante años. Cualquier desviación respecto a ese modelo suele percibirse con especial intensidad.

‘Soñaré’, el primer éxito de La oreja de Van Gogh, tiene 28 años. La voz que recuerda la gente de hace más de veinte años ha cambiado, como han cambiado sus receptores.

Por eso, cuando se afirma que una voz ha perdido calidad, conviene preguntarse qué se está comparando exactamente. A menudo, la valoración mezcla cambios acústicos reales con expectativas construidas a partir de recuerdos.

Escuchar con prudencia

El caso de Amaia Montero ilustra hasta qué punto tendemos a interpretar los cambios vocales como signos evidentes de mejora o deterioro. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja. Como hemos señalado, una voz puede sonar diferente por razones muy diversas: el paso del tiempo, años de uso profesional, modificaciones técnicas, cambios en la respiración, nuevas formas de interpretar o la combinación de varios factores a la vez.

Quizás la principal lección sea que las voces, igual que las personas, se transforman. Esperar que una cantante conserve exactamente la misma sonoridad décadas después supone ignorar la naturaleza cambiante del propio instrumento vocal. Por tanto, la pregunta no es si Amaia Montero suena igual que hace veinte años. Lo que interesa es qué nos dice su voz actual sobre una trayectoria artística (y humana) atravesada por el tiempo y sobre cómo nosotros, como oyentes, la recordamos.

The Conversation

Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, Corpus y densidad de datos. Versión robusta del ‘corpus Koiné’ de habla infantil (PID2024-158897NB-100).

– ref. La voz bajo juicio: la lingüística detrás del caso Amaia Montero – https://theconversation.com/la-voz-bajo-juicio-la-linguistica-detras-del-caso-amaia-montero-283914

A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cláudia F. Lopes Gomes, Assistant Professor at Faculty of Medicine, Universidad Complutense de Madrid

En el mundo, hay una enorme variedad de quesos. Azzedine Rouichi / Unsplash., CC BY-SA

*FALTA AÑADIR A COAUTORA Eulàlia Subirà Y Gerard Remolins QUE SE TIENE QUE REGISTRAR TODAVÍA
*

Entrar hoy en un mercado de la cuenca mediterránea es observar una gran diversidad de quesos: desde el manchego curado, al limiano, el feta o el pecorino. Esta riqueza gastronómica es el resultado de una paradoja evolutiva fascinante. Si viajáramos al inicio del Neolítico, descubriríamos que aquellos primeros pastores que comenzaron a ordeñar cabras y ovejas podían haber sufrido fuertes dolores de estómago si bebían leche. Eran, genéticamente, intolerantes a la lactosa, un tipo de azúcar presente en la leche y otros productos lácteos.

Para desentrañar esta aparente contradicción, nuestro estudio multidisciplinar, una colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Peruana Cayetano Heredia, ha cruzado los datos de la arqueología tradicional con los últimos avances en genética de poblaciones antiguas.

Nos propusimos medir con precisión el mapa de la tolerancia a la lactosa en la prehistoria europea y entender qué impulsó a la humanidad a abrazar el pastoreo antes de que nuestros cuerpos estuvieran preparados para ello.

El archivo genético: ¿qué sabíamos hasta hoy?

La capacidad de digerir la leche depende de la enzima lactasa, cuya actividad prorrogada en la edad adulta –llamada “persistencia de la lactasa”– es regulada por una mutación en el gen LCT. En las últimas décadas, la ciencia ha analizado muestras de ADN antiguo de cientos de individuos repartidos por todo el continente y los datos acumulados hasta la fecha muestran un panorama muy claro.

Durante el Neolítico temprano y medio, la información genética que permite seguir procesando la lactosa tras el destete era prácticamente inexistente. En las grandes bases de datos arqueogenéticas, que abarcan desde el norte de Europa hasta el sur peninsular, la inmensa mayoría de los individuos analizados presentan el genotipo ancestral de intolerancia a la lactosa o hipolactasia.

La mutación genética que permitía que la lactasa degradara la lactosa era una rareza extrema. Se estimaba que la presión selectiva a favor de este gen no comenzó a generalizarse hasta la Edad del Bronce, miles de años después de que las vacas y las ovejas formaran parte de la vida cotidiana.

Entonces, ¿por qué insistir en una fuente de alimento que provocaba malestar? La respuesta no está en nuestros genes de entonces, sino en las vasijas de barro.

La tecnología prehistórica que salvó vidas

Las conclusiones de nuestro estudio refuerzan una hipótesis clave: la cultura y la tecnología avanzaron mucho más rápido que la evolución biológica. Mediante el análisis de residuos en fragmentos de cerámica prehistórica, se ha demostrado que estas comunidades procesaban la leche de forma sistemática.

Al transformar la leche cruda en queso o yogur a través de la fermentación, conseguían eliminar la mayor parte del suero, que es donde se concentra la lactosa.

El producto resultante no solo era perfectamente digerible para un individuo con hipolactasia, sino que además se convertía en un alimento imperecedero, rico en grasas y proteínas, que podía almacenarse para los meses de invierno. El pastoreo no se abandonó porque el queso funcionó como una barrera tecnológica que neutralizaba el problema digestivo.

Sin embargo, nuestra investigación en la región de los Pirineos aporta una pieza inesperada al puzle. Al estudiar los restos óseos de una necrópolis de montaña, detectamos la presencia de la información genética responsable por la persistencia de la lactasa en un individuo en una época mucho más temprana de lo habitual para estas latitudes.

Esto nos indica que la mutación ya circulaba de forma minoritaria por las rutas migratorias europeas, mucho antes de que se produjera el gran boom demográfico de la tolerancia.

Del Neolítico a la cultura del queso mediterránea

Todo este proceso evolutivo tiene un reflejo directo en la geografía médica y cultural de la Europa actual. La persistencia de la lactasa no se distribuye de forma homogénea: mientras que, en los países escandinavos, más del 90 % de la población adulta puede beber leche sin problemas, en la cuenca mediterránea los niveles de intolerancia son notablemente más altos, situándose en muchas zonas entre el 30 % y el 50 %.

Esta diferencia no es casual. En el norte de Europa, donde las condiciones climáticas dificultaban la agricultura estacional, la presión de la selección natural fue feroz: la leche cruda era un salvavidas líquido en periodos de hambruna, lo que puede haber acelerado la propagación del gen de la tolerancia.

En cambio, en el Mediterráneo, la abundancia de otros recursos alimentarios y, sobre todo, el desarrollo temprano de una maestría insuperable en la elaboración de quesos y derivados lácteos fermentados hicieron que tener el gen de la tolerancia no fuera una cuestión de “vida o muerte”.

Por eso, la fuerte tradición quesera del sur de Europa no es una simple preferencia culinaria moderna. Es la herencia directa de una estrategia de adaptación prehistórica, el testimonio vivo de cómo nuestros antepasados modificaron su entorno y sus recetas para sobrevivir cuando sus cuerpos aún no estaban listos para digerir la leche.

Eulàlia Subirà y Gerard Remolins han colaborado en la investigación y en la elaboración del presente artículo.

The Conversation

Cláudia Gomes recibió financiación para su actividad investigadora a través del proyecto de investigación G/6401400/8000 (Banco Santander-Universidad Complutense de Madrid). Asimismo, este trabajo fue respaldado por el proyecto HAR2015-67323-C2-2-P, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (MICINN), y por el proyecto de investigación SANTANDER-UCM 2017 (PR41/17-21018). No se declararon otros posibles conflictos de interés con entidades o empresas que pudieran beneficiarse de la publicación de este artículo.

César López Matayoshi, Juan F. Gibaja y Sara Palomo Díez no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

– ref. A nuestros antepasados neolíticos les encantaba el queso – https://theconversation.com/a-nuestros-antepasados-neoliticos-les-encantaba-el-queso-252545

A mi hijo le han diagnosticado a la vez autismo y epilepsia: ¿cómo gestionar el estrés que genera?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María J. García-Rubio, Profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia – Codirectora de la Cátedra VIU-NED de Neurociencia global y cambio social – Miembro del Grupo de Investigación Psicología y Calidad de vida (PsiCal), Universidad Internacional de Valencia

Zoteva/Shutterstock

Son las tres de la madrugada y el niño duerme a ratos. Su madre, no. No es insomnio, es anticipación: la posibilidad de una crisis epiléptica, la incertidumbre sobre cómo será el día siguiente en el colegio, la sensación constante de tener que estar disponible para lo que pueda pasar. Mientras tanto, intenta sostener algo que no aparece en ningún informe clínico: el equilibrio emocional de toda la familia.

Llevamos años hablando de diagnósticos, síntomas y la urgencia de una intervención temprana. Sin embargo, no suele contarse con la misma claridad qué ocurre cuando los diagnósticos no llegan solos. Porque a veces se acumulan, y cuando lo hacen, no solo cambia la vida del niño, cambia la de toda la familia.

Cuando los diagnósticos no llegan solos

El autismo y la epilepsia, por separado, ya implican retos importantes. El primero afecta a la comunicación social y a la forma de interactuar con el entorno, mientras que la epilepsia introduce la imprevisibilidad de las crisis y la necesidad de supervisión constante. Cuando ambas condiciones coinciden, la vida cotidiana deja de ser simplemente exigente y se vuelve incierta: hay que atender lo educativo, lo conductual y lo médico al mismo tiempo, en un equilibrio difícil de sostener.




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¿Qué es el ‘masking’ en el autismo?


Además, esta combinación no es excepcional. La evidencia muestra que autismo y epilepsia co-ocurren con más frecuencia de lo esperado, con estimaciones en torno al 9-12 %. Y cuando las demandas se superponen, el desgaste aparece. Las investigaciones llevan años señalando niveles elevados de estrés en las familias afectadas, en las que la incertidumbre es un facor clave de la carga emocional.

Esto se traduce en una sensación persistente de vivir en “modo alerta”. No se trata solo de estar ocupados, sino de mantenerse disponibles de forma continua, con un nivel de activación que rara vez desciende del todo. Con el tiempo, ese estado sostenido termina pasando factura, tanto en la salud mental de los cuidadores como en el propio funcionamiento familiar.

Más allá del diagnóstico: el impacto en el bienestar

El bienestar infantil tampoco queda al margen. En los trastornos del neurodesarrollo, la calidad de vida suele verse afectada en múltiples áreas, como el estado emocional, las relaciones sociales o la autonomía, algo que también se ha descrito en población con epilepsia. Estos datos indican que en contextos de mayor complejidad clínica, los efectos tienden a intensificarse.

Además, distintos estudios han encontrado que el estrés parental se relaciona con la adaptación del niño y su calidad de vida. En esta línea, una investigación reciente que hemos llevado a cabo aporta datos concretos a una realidad que muchas familias ya reconocen en su día a día.

Al comparar niños con autismo, con epilepsia y con ambos diagnósticos, observamos un patrón claro: cuando las dos condiciones coexisten, el estrés parental aumenta significativamente mayor y la calidad de vida infantil tiende a ser más baja en distintos ámbitos. Este resultado no solo refuerza lo que ya apuntaban estudios previos, sino que introduce un matiz relevante: no estamos ante la suma de dos dificultades independientes, sino ante un escenario en el que las demandas se intensifican y se retroalimentan dentro del sistema familiar.

Mirar más allá del niño

¿Y qué podemos hacer los investigadores y profesionales ante esta circunstancia? Ampliar el foco. Durante años, la intervención se ha centrado principalmente en el menor, pero actuar únicamente sobre el niño puede resultar insuficiente si el contexto familiar está desbordado.

Esto implica algo tan sencillo como poco habitual: incorporar de forma sistemática el bienestar de los cuidadores en la evaluación clínica. En las entrevistas debe preguntarse por el cansancio, la sobrecarga, la red de apoyo disponible. No como un añadido, sino como parte del propio proceso de atención. ¿Por qué? Pues porque está demostrado que lo que ocurre en el entorno inmediato del niño influye directamente en su día a día, aunque no siempre quede reflejado en los informes.

Estos hallazgos también suponen valorar cómo se organizan los servicios. Al menos en España, la fragmentación entre los ámbitos sanitario, educativo y social obliga a muchas familias a convertirse en coordinadoras improvisadas de su propia realidad. Y en contextos de comorbilidad, esta carga se multiplica. Por tanto, avanzar hacia modelos más integrados no solo facilitaría la intervención, sino que reduciría una parte importante del estrés que actualmente asumen las familias.

El reto no solo es mejorar las intervenciones clínicas o educativas, sino empezar a cuidar también –de forma sistemática– a quienes sostienen el día a día.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. A mi hijo le han diagnosticado a la vez autismo y epilepsia: ¿cómo gestionar el estrés que genera? – https://theconversation.com/a-mi-hijo-le-han-diagnosticado-a-la-vez-autismo-y-epilepsia-como-gestionar-el-estres-que-genera-280176

La conservación del 30% del planeta solo tendrá éxito si las personas forman parte del plan

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Chris Sandbrook, Professor of Conservation and Society, University of Cambridge

Pastores masái en Kenia. JWCohen/Shutterstock

¿Qué imagina cuando piensa en un espacio natural protegido? Quizá una selva tropical remota, una imponente cordillera o un arrecife de coral rebosante de vida. Pero además de plantas y animales, ¿incluye su visión alguna persona?

Sería comprensible que respondiera que no. La mayor parte de la cobertura mediática de la naturaleza ignora a las personas. De hecho, muchas áreas protegidas y conservadas hasta ahora, además de contar con una gran biodiversidad, están en lugares remotos y con poca población. Algunas de estas áreas incluso excluyen activamente la presencia humana.

Sin embargo, las personas son centrales para la conservación. Los seres humanos
conviven con la biodiversidad y la utilizan y manejan en casi todo el planeta. Y esta relación será cada vez más importante, como demostramos en un nuevo estudio.

Objetivo para 2030: conservar el 30 % del planeta

En 2022, 196 países acordaron bajo el paraguas de la Organización de las
Naciones Unidas la ambiciosa meta de conservar el 30 % del planeta antes de 2030. Conocida como “la meta 30×30”, su implementación supondrá casi duplicar la superficie mundial bajo áreas protegidas y conservadas. Y esto implica que la conservación se expandirá hacia zonas terrestres y marinas habitadas donde las personas utilizan la naturaleza.

Esto plantea cuestiones importantes sobre el contexto social de las futuras áreas de conservación: cuántas personas viven allí, cuál es su nivel de vida y cómo se ganan la vida gracias a la tierra. Esta información es crucial para comprender en qué medida esas personas podrían verse afectadas, sea para bien o para mal, por la expansión de la conservación asociada a la meta 30×30. También es clave para que la conservación funcione sobre el terreno. Y, sin embargo, hasta ahora sabíamos muy poco sobre estas dimensiones sociales de la meta 30×30.

En nuevo estudio, publicado en Nature Communications, analizamos tres formas diferentes de alcanzar la cobertura del 30 % a nivel mundial, reflejando distintas prioridades de conservación. Junto con un grupo internacional diverso de profesionales e investigadores de múltiples disciplinas (incluidas la ciencia de la conservación y la ecología política), encontramos grandes diferencias en las condiciones sociales entre los distintos escenarios de implementación de la meta 30×30.

Las personas en las nuevas áreas protegidas

En términos de población, un enfoque que priorice proteger las zonas con mayor
biodiversidad no protegida involucraría directamente a más de 3 500 millones de
personas que viven dentro de las nuevas áreas de conservación o a menos de 10
kilómetros de ellas. Esto representa el 46 % de la población mundial.

En contraste, un enfoque centrado en territorios biodiversos gestionados por pueblos indígenas y comunidades locales involucraría directamente a unos 300 millones de personas. Eso podría parecer preferible. Sin embargo, muchas de estas personas viven en zonas con menores niveles de desarrollo y dependen de la naturaleza para su subsistencia, lo que las hace especialmente vulnerables a los cambios en el acceso a los recursos de la naturaleza.




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La meta 30×30 también tiene implicaciones para la producción mundial de alimentos. En algunos de los escenarios que analizamos, alrededor de la mitad de las áreas identificadas para la conservación se superponen con tierras de cultivo utilizadas para la producción agrícola. En otros casos, las áreas coinciden con grandes extensiones usadas para el pastoreo, incluyendo zonas donde se practica el pastoreo tradicional. Esto plantea interrogantes sobre cómo equilibrar la conservación con la creciente demanda de alimentos.

Campos verdes y montañas con nubes
Agricultura a pequeña escala en el cráter del volcán Pululahua, en la reserva geobotánica de Pululahua, Ecuador.
Javier Fajardo, CC BY-NC-ND

Implicaciones sociales del objetivo 30×30

Nuestros resultados demuestran que, independientemente de dónde se aplique, la meta 30×30 tendrá profundas implicaciones tanto sociales como ecológicas. Por este
motivo, la forma en que se implemente será clave para determinar cuáles serán sus
efectos sobre las personas y la naturaleza.

Existe una amplia variedad de opciones de gestión y gobernanza de espacios naturales protegidos, desde parques nacionales estrictamente gestionados por el gobierno (como los emblemáticos Serengeti o Yellowstone) hasta áreas de propiedad y gestión local donde las personas viven y utilizan la naturaleza de forma sostenible. La meta 30×30 también incluye lugares que no son áreas protegidas formalmente, pero en los que las formas existentes de gestionar la tierra y el mar favorecen la conservación.

Las decisiones tomadas en cada lugar influirán en cómo la conservación afecta
a las personas
, de forma positiva, negativa o una mezcla de ambas. A nivel local, las áreas protegidas y conservadas proporcionan sustento, recursos y oportunidades económicas, mientras que entre sus beneficios globales están el apoyo a los sistemas alimentarios o la regulación del clima.

Pero a veces también pueden suponer costes sociales, como los derivados de
restricciones en el acceso a la tierra y los recursos, el aumento de los conflictos con fauna silvestre o, en casos extremos, la expulsión de comunidades de sus territorios ancestrales. Uno de los grandes desafíos de conservar el 30 % del planeta será asegurar que el modelo de conservación elegido para cada lugar sea adecuado para su contexto social. Los resultados de nuestro estudio pueden ayudar a orientar esas decisiones.

pequeña piragua tradicional en un lago en calma, cielo gris
Niños en canoa en la laguna de Limoncocha, Reserva Biológica de Limoncocha, Ecuador.
Javier Fajardo, CC BY-NC-ND

También una meta de desarrollo social

La redacción de la meta 30×30 no se centra únicamente en el porcentaje del planeta que debemos conservar. También incluye importantes elementos sociales. Establece que su implementación debe respetar los derechos y territorios de los pueblos indígenas y las comunidades locales, y apoya el uso sostenible de la biodiversidad cuando sea compatible con los objetivos de conservación. Así, si se implementa plenamente, la meta debería traducirse en beneficios tanto para las personas como para la naturaleza.

En definitiva, la meta 30×30 no se limita a la conservación de la biodiversidad. Nuestros resultados sugieren que también debería reconocerse como una meta de desarrollo social muy ambiciosa. Esto requiere un cambio de enfoque y nuevas e importantes inversiones en programas sociales junto a las tradicionales actividades de conservación.

Esta meta podría representar un gran avance tanto para la conservación como
para la sociedad, pero sólo si las personas forman parte del plan.

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Chris Sandbrook recibió financiación para la investigación en la que se basa este artículo por parte de la iniciativa Science for Nature and People Partnership.

Javier recibió financiación para la investigación en la que se basa este artículo a través de la iniciativa Science for Nature and People Partnership y del proyecto ERC CONDJUST.

– ref. La conservación del 30% del planeta solo tendrá éxito si las personas forman parte del plan – https://theconversation.com/la-conservacion-del-30-del-planeta-solo-tendra-exito-si-las-personas-forman-parte-del-plan-283900

La nube, nuevo objetivo de guerra

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro García López, Catedrático de Universidad, investigador principal del Grupo CloudLab. Experto en Computación en la nube., Universitat Rovira i Virgili

Computadores en un centro de datos Pxhere, CC BY

Durante décadas, cuando pensábamos en infraestructuras estratégicas en una guerra, imaginábamos aeropuertos, puertos, centrales eléctricas, refinerías, satélites, redes ferroviarias o cables de telecomunicaciones. Sin embargo, en una sociedad digitalizada hay otra infraestructura que se ha vuelto igual de crítica, aunque sea menos visible: los centros de datos.

Los ataques con drones contra tres centros de datos de Amazon Web Services (AWS) ubicados en los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, atribuidos a Irán, mostraron que la nube ha entrado en la lógica de la geopolítica. La nube es física. Tiene edificios, cables, energía y jurisdicción. Y, en tiempos de guerra, todo eso puede convertirse en objetivo.

Ataque con drones a centros de datos

Los ataques iraníes contra AWS muestran este cambio de época. Según Reuters, fueron una represalia iraní tras ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Los centros de datos en Emiratos Árabes Unidos y Baréin sufrieron daños físicos, problemas de energía y disrupciones de conectividad. Estos afectaron a servicios de computación en la nube (cloud) usados por bancos, empresas financieras y otros clientes de la zona. “Servicios cloud” se refiere a sistemas y datos alojados en servidores remotos, como los de Amazon Web Services.

Como consecuencia, AWS aconsejó a algunos clientes mover sus cargas de trabajo (aplicaciones, procesos o servicios) a otras regiones/centros de datos que no estuvieran afectados. O, en su defecto, hacer copias de seguridad (respaldar datos) en lugares seguros fuera de la zona.

El mensaje estratégico es claro: atacar un centro de datos no equivale solo a dañar un edificio tecnológico. Puede significar presionar a una empresa estadounidense y generar un dominó de daños que afecte a economías aliadas, interrumpa servicios civiles y cuestione la confianza en la infraestructura digital.

Centros de datos estratégicos en España

Los centros de datos son la columna vertebral de nuestra sociedad digitalizada, de la que dependen innumerables servicios online que necesitamos en nuestro día a día. Son infraestructuras sobre las que descansan bancos, hospitales, administraciones públicas, universidades, logística, comercio electrónico, medios de comunicación y servicios esenciales. Así, por ejemplo, en el gran apagón que vivimos en la península ibérica, la gente echaba más de menos no poder comunicarse o pagar con tarjeta que la luz en sí misma.

En España, las regiones con más centros de datos son Madrid, Aragón y Barcelona. Si Madrid y Aragón representan el músculo del procesamiento, Cataluña es el sistema circulatorio. Sant Adrià de Besòs alberga la Barcelona Cable Landing Station, (Barcelona CLS) , un puerto digital neutral que sirve de punto de amarre para cables submarinos de fibra óptica de última generación, como el sistema 2Africa (que circunnavega todo el continente africano conectándolo con Europa), o el cable Medusa, un sistema de cable submarino de fibra óptica que conecta Europa con el norte de África y Oriente Medio, abarcando más de 8700 kilómetros a lo largo de la región del Mediterráneo.

Estos cables discurren por el fondo del mar y transportan alrededor del 99% del tráfico intercontinental. La estación de Besòs y las infraestructuras de interconexión asociadas en el área metropolitana de Barcelona no son solo infraestructuras locales: son el cordón umbilical que une a la Unión Europea con el norte de África, Oriente Medio y Asia. Si este nodo se interrumpe, el impacto de conectividad reverbera en todo el continente. Por eso, la sociedad está empezando a plantearse la importancia estratégica de estas infraestructuras y a tomar medidas para protegerlas.

Duplicar para asegurar

Es importante distinguir claramente entre tolerancia a fallos y seguridad.

La tolerancia a fallos se resuelve principalmente con redundancia de servicios. Un centro de datos certificado de tipo Tier III o Tier IV (infraestructuras de misión crítica altamente confiable) puede tener redundancia eléctrica, refrigeración duplicada, generadores autónomos y varias rutas posibles en las vías de comunicación. Estas prevenciones lo hacen muy robusto frente a fallos técnicos. Pero no lo convierten automáticamente en una instalación preparada para guerra híbrida, sabotaje coordinado, ataques a la red eléctrica, cortes de fibra o crisis prolongadas de suministro.

Por eso, administraciones y empresas deberían conocer mejor sus dependencias digitales. ¿Dónde están sus datos? ¿En qué nube o región cloud? ¿Qué servicios son críticos? ¿Existen copias fuera de línea? ¿Se ha probado la recuperación? ¿Puede operar una administración si fallan durante horas su proveedor_ cloud_ o centro de proceso de datos, su sistema de identidad o su red corporativa?

Protección en España

España dispone de un marco legal de protección de infraestructuras críticas. La Ley 8/2011 y el Real Decreto 704/2011
regulan la protección de aquellas infraestructuras cuya interrupción tendría un impacto grave sobre servicios esenciales. El sistema está coordinado por el Centro Nacional de Protección de Infraestructuras Críticas, dependiente del Ministerio del Interior. La lista concreta de operadores e instalaciones críticas no es pública, precisamente por razones de seguridad.

Esto significa que no podemos afirmar alegremente que un determinado centro de datos esté protegido por defensa, policía o medidas especiales. Algunos podrían estar incluidos en planes de protección si soportan servicios esenciales; otros no. Además, proteger una infraestructura crítica no significa necesariamente poner soldados en la puerta. Puede implicar planes de seguridad, coordinación con autoridades, análisis de riesgos, protocolos de respuesta, ciberseguridad, control de accesos, redundancia y controles periódicos.

La defensa civil del siglo XXI no consiste solo en proteger carreteras, hospitales, puertos o centrales eléctricas. También requiere garantizar que los servicios digitales esenciales puedan seguir funcionando ante la amenaza posible a infraestructura que los sostienen. La nube también es un objetivo de guerra.

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Pedro García López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La nube, nuevo objetivo de guerra – https://theconversation.com/la-nube-nuevo-objetivo-de-guerra-283535

El valor de la amabilidad o por qué los lobos tienen problemas de extinción y los perros, no

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jonathan Benito Sipos, Profesor Titular Fisiología Animal. Neurociencia, Universidad Autónoma de Madrid

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¿Es la amabilidad una estrategia evolutiva? ¿Tiene ventajas tangibles ser amable en la sociedad en la que vivimos?

La primera respuesta nos la van a dar ni más ni menos que los perros y los lobos. Ambos comparten el 99,9 % de su genoma, pueden procrear entre ellos y obtener descendencia fértil. Desde el punto de vista de la biología, muchos los consideran la misma especie (Canis lupus).

Sin embargo, los lobos llevan miles de años jugando con la extinción, mientras que se estima que existen 900 millones de perros en el planeta. ¿Cómo es esto posible? ¿Cuál es esa pequeña y sutil diferencia entre ellos que es tan determinante?

Resulta que ambos provienen de un ancestro común, el lobo de la Edad de Hielo (Aenocyon dirus). Estos animales eran un tanto impredecibles, desconfiados y también agresivos cuando tenían hambre. Pero, entre esos lobos, surgían algunos individuos más sociales, más predecibles, más confiables y menos agresivos.

Ejemplar de lobo gris Canis lupus.
Wikimedia Commons., CC BY

Los primeros perros

Los primeros Homo sapiens dejaban que estos animales se acercasen a la periferia de los poblados a comer los restos de su comida, siempre y cuando no fueran una amenaza. Y claro, se veía venir lo que terminaría por ocurrir: los individuos más sociales comían más y mejor que los menos sociales.

Al reproducirse entre sí esos individuos más sociales, en unas pocas generaciones (no más de seis) surgieron animales ultrasociales, a los que hoy llamamos perros y de los que ya nunca se desprenderían los sapiens.

Por tanto, la diferencia entre el perro y el lobo es lo que llamamos en neurobiología la prosociabilidad, es decir, la amigabilidad o la amabilidad, que en este caso demostró ser una estrategia evolutiva ganadora. El proceso que experimentaron los perros se denomina autodomesticación.

Por qué los sapiens sobrevivieron a los neandertales

Y no es el único ejemplo, ni siquiera el más cercano a los humanos. Nosotros mismos también sufrimos un proceso de autodomesticación. Hace unos 46 000 años, el espíritu aventurero del sapiens nos trajo a Europa. Provenientes de África, aquellos primeros colonos se encontraron con varias adversidades con las que, probablemente, no contaban.

Por un lado, Europa les recibió con el frío gélido propio de un periodo glacial. Por otro, se toparon con que ya había otros humanos viviendo en esta latitudes. Que sepamos, como poco, ya estaban por aquí los neandertales.

Y los neandertales no eran poca cosa. Para empezar, eran insultantemente más fuertes que nosotros: en una lucha cuerpo a cuerpo nos podrían despedazar como a una muñeca de trapo. Para seguir, eran, al menos, igual de inteligentes que nosotros. Entonces, ¿por qué la historia la escribimos los sapiens y no los neandertales?

Inteligencia y fuerza no son suficientes

Llegó un momento en la evolución donde la fuerza bruta ya no era suficiente: los osos eran más fuertes que los humanos, pero no eran los osos los que se estaban disputando el mundo. También llegó un momento en que la inteligencia bruta no era suficiente. Hacía falta algo más. Y ese más era una diferencia sutil, como en el caso del perro y el lobo.

Los neandertales eran seres humanos en toda su expresión, con una cultura muchísimo mayor de lo que sospechábamos hace unas décadas, que cuidaban a sus enfermos y despedían con ritos funerarios a sus muertos.

Sin embargo, todos los indicios apuntan a que vivían en pequeños grupos de convivencia (de no más de una docena de individuos) y que las interacciones con otros grupos eran más limitadas que las que tenían los sapiens. Estos últimos vivían en grupos mayores y, además, estaban más conectados con los otros grupos.

Es decir, los neandertales eran prosociales, pero parece que los sapiens lo éramos más. Y esta sutil diferencia puede explicar que hubiera mayor intercambio de información entre los sapiens y que, por tanto, su tecnología se desarrollase a mayor velocidad.

Con toda probabilidad, la extinción de los neandertales fue multifactorial. Pero parece que la mayor prosociabilidad de los sapiens pudo jugar un papel fundamental en aquella batalla evolutiva.

Factor de protección de la salud

Lejos de ser un atributo “blando”, la amabilidad es una estrategia evolutiva de primera magnitud. Entre otras cosas porque las personas que la practican la generan muchas interacciones positivas a lo largo de su día a día. Y cada vez tenemos más evidencia científica de que estas interacciones positivas redundan en una mayor felicidad , tanto para el que las practica como para el que las recibe.

Conseguir ser más feliz ya es de por sí todo un logro. Pero es que, además, las personas felices tienen menor riesgo de sufrir enfermedades y viven más años.

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Jonathan Benito Sipos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El valor de la amabilidad o por qué los lobos tienen problemas de extinción y los perros, no – https://theconversation.com/el-valor-de-la-amabilidad-o-por-que-los-lobos-tienen-problemas-de-extincion-y-los-perros-no-283612

¿Sabe usted interpretar los datos que ve cada día? Si le abruman las estadísticas necesita alfabetización digital

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Manuel Cerdá Suárez, Profesor Titular de Universidad (UNIR). Investigador en Marketing e Investigación de Mercados, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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Desde el precio de la luz o los datos sobre sequía, hasta las alertas sanitarias, cada vez convivimos con más cifras y gráficos en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, tener acceso a los datos no significa necesariamente comprenderlos. La falta de alfabetización digital y estadística se ha convertido en un problema clave para interpretar la realidad y confiar en las instituciones.

Cuando las cifras generan desinformación y desconfianza

Los datos abiertos se conciben como la “materia prima” para una democracia de calidad. El propio portal datos.gob.es insiste en que el acceso a la información y su correcta comprensión son esenciales para tomar decisiones informadas y ejercer plenamente los derechos digitales.

El problema es que interpretar una tabla de datos o un gráfico no es trivial. La literatura sobre alfabetización estadística –statistical literacy, en inglés– señala que para participar en debates sobre empleo, salud o medioambiente, no basta con acceder a las cifras, hay que comprender cómo se construyen, qué comparan y qué límites tienen.

España ha avanzado en gobierno abierto y administración digital, pero la experiencia cotidiana de muchos ciudadanos es distinta: formularios complejos, paneles que presuponen conocimientos técnicos y gráficos pensados más para especialistas que para la ciudadanía. Resultado: más datos, pero no siempre más capacidad para entenderlos.

Además, distintos informes muestran importantes diferencias en competencias digitales y de alfabetización de datos según edad, nivel educativo y uso de internet. Esto genera una ciudadanía a dos velocidades: quienes dominan las herramientas estadísticas pueden aprovechar mejor los portales públicos; el resto queda, en la práctica, fuera de la conversación basada en cifras.

Muchos datos en un ecosistema saturado

Los datos públicos no circulan en el vacío, sino en un entorno saturado de titulares simplificados, mensajes interesados y desinformación. Parte de la población española percibe este fenómeno como un problema serio y, en consecuencia, aumenta su desconfianza hacia la política y hacia cualquier cifra “oficial”.

Un ejemplo muy cercano es el del precio de la electricidad: con frecuencia leemos que “baja el precio de la luz”, pero se trata del mercado mayorista. Mientras tanto, el consumidor paga una factura que incluye impuestos, peajes y distintos tipos de contrato.

Algo parecido ocurre con los embalses: escuchar que están “al 50 %” puede parecer alarmante o tranquilizador según el titular, aunque ese dato solo tenga sentido si se compara con la media histórica y con el mismo periodo de otros años.

También sucede así en el ámbito sanitario. Conceptos como “falso positivo”, “falso negativo” o “riesgo relativo” suelen aparecer en medios y redes sociales sin suficiente contexto estadístico, lo que puede generar percepciones distorsionadas del riesgo y aumentar la confusión pública.

A ello se suma la expansión de herramientas de inteligencia artificial capaces de generar gráficos, imágenes y estadísticas aparentemente verosímiles en pocos segundos, dificultando todavía más la identificación de información fiable.

En este contexto, muchas personas recurren a atajos: creer lo que dice su grupo de referencia ideológico, desconfiar sistemáticamente de cualquier dato oficial o, simplemente, desconectar. Abrimos los portales, sí, pero no siempre ofrecemos herramientas para leerlos.

Interpretar datos es una habilidad básica

La buena noticia es que esta brecha se puede reducir. Los documentos estratégicos sobre datos abiertos reconocen la necesidad de fomentar la alfabetización de datos y de implicar a la ciudadanía en el uso de la información pública. Investigaciones recientes subrayan que interpretar datos es ya una competencia básica del siglo XXI, tan esencial como la lectura de textos convencionales.

La investigación en este ámbito apunta varias líneas de acción. La primera consiste en diseñar gráficos y paneles pensando en las personas, no solo en especialistas: menos indicadores por pantalla, escalas claras y comparaciones sencillas (por hogar, por municipio, en el tiempo) facilitan la comprensión.

La segunda pasa por explicar los datos como historias. Acompañar las cifras con contexto, como en la Estadística Cívica –qué significan, de dónde proceden y qué nos pueden decir– favorece la lectura crítica y reduce el espacio para la manipulación.

Y la tercera tiene que ver con la educación y formación. La alfabetización de datos no puede limitarse a talleres puntuales: requiere trabajar de forma sistemática la interpretación de información cuantitativa en escuelas, universidades y programas de formación continua. También resulta importante involucrar a organizaciones sociales, periodistas de datos y colectivos ciudadanos para detectar dónde aparecen las principales dificultades de comprensión y qué tipo de capacitación resulta más necesaria.

Hacia una competencia democrática

Publicar datos es solo el primer paso para avanzar en participación y gobernanza. Si queremos que los indicadores sobre inflación, presupuestos, sanidad o medioambiente sirvan para algo más que adornar informes, necesitamos una ciudadanía capaz de leerlos, cuestionarlos y utilizarlos.

La alfabetización de datos ya no es un lujo técnico: se ha convertido en una competencia democrática esencial para desenvolverse en entornos digitales cada vez más complejos y saturados de información.

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Luis Manuel Cerdá Suárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Sabe usted interpretar los datos que ve cada día? Si le abruman las estadísticas necesita alfabetización digital – https://theconversation.com/sabe-usted-interpretar-los-datos-que-ve-cada-dia-si-le-abruman-las-estadisticas-necesita-alfabetizacion-digital-272550

¿Cómo ha cambiado la manera de estudiar de las generaciones hiperconectadas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laia Lluch Molins, Profesora e Investigadora en los Estudios de Educación, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

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Mientras debatimos sobre si la tecnología ayuda o entorpece el aprendizaje y la concentración, conviene constatar que la manera de estudiar ha cambiado profundamente, y la generación Z (nacida entre 1997 y 2012) ha incorporado prácticas que ninguna generación anterior tuvo a su alcance. Entenderlas es condición previa para juzgarlas.

Hoy se preparan los exámenes en un entorno en el que acceder al conocimiento está al alcance de todos y de manera inmediata. La lectura coexiste con vídeos, documentos colaborativos, grupos de mensajería e inteligencia artificial generativa. Esto no es necesariamente dispersión: puede ser aprendizaje multimodal. Por ejemplo, el informe PISA 2022 indicaba que el alumnado que utilizaba dispositivos digitales hasta una hora diaria con fines de aprendizaje obtenía hasta catorce puntos más en matemáticas que quienes no los usaban.

Cómo se aprende en red hoy

Los jóvenes se mueven con soltura entre formatos, plataformas y lenguajes: desde explicaciones en vídeos de quince minutos que localizan en YouTube a revisión de apuntes compartidos en un documento colaborativo, pasando por grupos de WhatsApp donde resolver dudas propias o de otros compañeros o mandarles explicaciones en un mensaje de audio. También usan la inteligencia artificial generativa, por ejemplo, para afianzar la comprensión de un concepto o para que reformular una idea de tres maneras distintas hasta encontrar la que mejor encaja. Estas prácticas son ya rutina.

Aprenden, como hemos aprendido siempre los humanos, también por imitación, viendo cómo otra persona resuelve algo en pantalla. Y probablemente distribuyen el estudio en sesiones más cortas e intercaladas.

¿Distraídos o asimilando de otra manera?

Enfrentarse de esta manera a los contenidos académicos tiene sus riesgos, pero también enormes ventajas.

Como explicaba Lev Vygotsky en los años treinta del siglo pasado, el desarrollo cognitivo se produce en la zona de desarrollo próximo, ese espacio en el que alguien más avanzado –o, simplemente, diferente– nos ayuda a llegar más lejos de lo que llegaríamos solos. El grupo de WhatsApp donde una compañera mejor preparada explica un ejercicio, el vídeo del youtuber especializado en química orgánica o la conversación con una herramienta de IA generativa que reformula un concepto desempeñan, en versiones distintas, esa función mediadora.

Los expertos Jean Lave y Etienne Wenger añadieron el concepto de comunidades de práctica: aprendemos participando, compartiendo, siendo reconocidas como miembros de un grupo que construye conocimiento. Y cuando cualquier estudiante le explica un concepto a otro, no solo le ayuda: reorganiza su propio conocimiento, detecta lo que no había entendido bien y lo verbaliza de una forma nueva.

La investigación lo llama efecto protégé: enseñar es una de las mejores maneras de aprender. El ecosistema digital ha multiplicado las oportunidades de hacerlo y ha bajado radicalmente sus barreras de entrada.

El matiz necesario: aprender sigue exigiendo esfuerzo

Esto no significa que todo lo que la tecnología facilita sea automáticamente aprendizaje. Aquí aparece la asimetría incómoda: el mismo recurso digital amplifica a la estudiante autorregulada y empobrece a la consumidora pasiva. La tecnología no es un objeto, es una relación cognitiva.

Dos hallazgos recientes lo confirman. En un estudio con 666 participantes se encontró una correlación negativa significativa entre uso frecuente de inteligencia artificial generativa y pensamiento crítico, especialmente en jóvenes, mediada por la delegación sistemática de tareas mentales en sistemas externos (cognitive offloading). En paralelo, otro estudio estadounidense midió mediante ondas eléctricas la actividad cerebral de estudiantado redactando ensayos con o sin asistencia de un modelo de lenguaje. Pues bien, quienes usaron IA mostraron menor conectividad neural, menor sentido de autoría y peor recuerdo posterior del propio texto. Los autores lo llamaron “deuda cognitiva”.




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La lectura útil –no apocalíptica, pero tampoco complaciente– es esta: cuando una herramienta elimina el esfuerzo, también elimina el aprendizaje. La psicología cognitiva lo formalizó con el concepto de “dificultades deseables”: las condiciones que ralentizan el rendimiento aparente son las que consolidan la memoria a largo plazo.

El aprendizaje profundo es incómodo por diseño. Por eso, las prácticas digitales que mejor funcionan son las que mantienen viva esa fricción productiva: explicar a otros, decidir, equivocarse, debatir, contrastar, reformular, comparar fuentes, crear, reflexionar, transferir y recibir feedback.




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Las condiciones que hacen que la red enseñe

Aquí entran en juego las otras dos variables: el papel de la familia y el del profesorado. La teoría de la autodeterminación muestra que un estudiante con motivación intrínseca usa la inteligencia artificial para preguntar mejor; uno con motivación extrínseca, para no pensar.

Las familias modulan a menudo sin saberlo ese tipo de motivación, fragilizándola cuando el mensaje gira exclusivamente en torno al resultado y sosteniéndola cuando validan el proceso.

El profesorado hace lo equivalente desde el aula: las estrategias y criterios con que se evalúa configuran la imagen que el estudiantado construye de sus propias capacidades, y una evaluación formativa –que ajusta la docencia y acompaña el proceso de aprendizaje– es la mejor preparación para cualquier prueba sumativa posterior.




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Estudiar diferente, no peor

Por eso, no debemos equiparar estudiar de manera diferente con estudiar peor. De hecho, podríamos decir que la generación Z estudia en muchos aspectos de forma más sofisticada. Donde antes había un libro de texto cerrado, hoy hay una conversación abierta en la que apuntes, vídeos, mensajes, documentos colaborativos e inteligencia artificial circulan entre iguales.

Esa diversidad de apoyos enriquece el aprendizaje, pero también introduce una exigencia mayor: saber discriminar, organizar y convertir todo ese caudal de información en comprensión real, en aprendizaje profundo. Ante este panorama, un punto de inflexión es claro: debemos empezar a evaluar de diferente manera.

Aprender en red no es un atajo, ni una versión empobrecida de aprender. Es una forma sofisticada de construir conocimiento que combina lo individual con lo colectivo, lo síncrono con lo asíncrono, lo textual con lo audiovisual. Y, bien acompañada, prepara para algo más exigente que un examen concreto: para una vida profesional en la que aprender, desaprender y volver a aprender con otros y con tecnologías cambiantes será, probablemente, la competencia más valiosa que esta generación habrá necesitado adquirir.

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Laia Lluch Molins no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo ha cambiado la manera de estudiar de las generaciones hiperconectadas? – https://theconversation.com/como-ha-cambiado-la-manera-de-estudiar-de-las-generaciones-hiperconectadas-283503

El ‘biohacking’ emocional y la trampa del perfeccionismo psicológico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jose Juan Rivero Pérez, Profesor universitario: Intervención psicología de la salud, habilidades del terapeuta en psicología de la salud, experto en psicología positiva, Universidad Europea

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Hoy podríamos afirmar que ya no vivimos, nos procesamos. En la era de la búsqueda de la perfección y el rendimiento óptimo se ha canjeado nuestra humanidad por la ilusión de ser sistemas operativos que no pueden permitirse un error. Si al hablar de la “psicología snack” hacemos referencia al consumo rápido y fragmentado de información, el “biohacking emocional” sería el brazo ejecutor. Este se centra en la creencia de que podemos y debemos intervenir en nuestra biología mediante pequeños atajos, denominados hacks. El objetivo: alcanzar un estado de rendimiento emocional perpetuo.

La idea parece atractiva por su promesa de control. Sin embargo, a la hora de implementarla dispara la ansiedad en una población que busca desesperadamente un estado de bienestar y rechaza que la vida es una sucesión de luces y sombras. Estas, además, no siempre se pueden controlar.

¿Qué es el biohacking emocional? Una visión mecanicista

El biohacking tradicional nació en Silicon Valley con el objetivo de optimizar el cuerpo (dieta, luz, suplementación). Sin embargo, se ha trasladado al terreno de la salud mental, lo que genera un híbrido que podría ser peligroso.

Su variante emocional trata las emociones no como señales adaptativas que nos informan sobre nuestra relación con el entorno, sino que los analiza como “errores de software” o “fluctuaciones químicas” que deben ser corregidas para poder plantear un rendimiento óptimo.

Por lo tanto, en su caso la tristeza no es una respuesta a una pérdida, sino una bajada de serotonina. El estrés no es una señal de que estamos sobrepasados, sino un pico de cortisol que hay que hackear.

Esta deshumanización del proceso interno elimina el significado de la experiencia y lo sustituye por una métrica de eficiencia que ignora la base de la regulación emocional.

La obsesión por el cortisol

Uno de los pilares fundamentales del biohacking emocional que inunda las redes sociales es el cortisol. Aquí nos encontramos con rutinas de 30 segundos para disminuir al máximo los niveles de esta hormona, que se trata como una toxina que debemos de eliminar.

Es crucial entender que el cortisol es importantísimo en nuestra respuesta de lucha o huida. Sin él no podríamos despertarnos por la mañana, ni reaccionar ante un peligro. La ciencia advierte que el problema no es el cortisol en sí, sino el desgaste que se ocasiona a través del estrés crónico.

Sin embargo, el biohacking emocional nos vende que sentir estrés es un fallo en la gestión personal que genera una metaansiedad: ansiedad por estar ansioso. Si la persona intenta el hack (respirar, suplementarse, usar la luz roja) y el malestar persiste, el sistema de alarma se dispara multiplicándose por dos. El cerebro interpreta que la máquina está fallando, lo que va a cronificar el estado de alerta que pretendíamos solucionar.

La tiranía de la dopamina

Otro elemento crucial es la obsesión por la gestión de la dopamina. La psicología snack ha popularizado términos como “el ayuno de dopamina”, que sugiere que podemos resetear nuestros receptores cerebrales como quien reinicia un teléfono móvil.

Esta simplificación es neurobiológicamente imprecisa, ya que la dopamina no solo es placer: también juega un papel importante en la predicción que hacemos de las recompensas y en la motivación. Intentar controlar cada pico de dopamina genera una vigilancia obsesiva sobre el propio placer. La persona deja de disfrutar de un café o de una charla con amigos porque está evaluando si eso le está quemando los receptores dopaminérgicos.

Según la teoría de la autodeterminación la salud mental florece cuando hay autonomía y espontaneidad. El biohacking, al convertir el disfrute en una tarea de laboratorio, aniquila la base misma del bienestar. Lo hace predecible y, así, pierde su valor.

¿Por qué el ‘biohacking’ emocional genera más ansiedad?

La ansiedad es una respuesta de adaptación ante la incertidumbre y la falta de control. El biohacking promete el control total, que es una falsa promesa imposible de cumplir. Esto generará una frustración que es devastadora.

El biohacking fomenta lo que en terapia de aceptación y compromiso se conoce como “evitación experiencial”. En lugar de aprender a sostener una emoción difícil y entender qué nos quiere decir, buscamos un parche químico para silenciarla. La evidencia demuestra que cuanto más luchamos contra un pensamiento o emoción, más fuerza cobra.

Por esa razón, la estetización del control aparece en un mundo dominado por un caos que no aceptamos. El biohacking da una falsa sensación de control por nuestra parte. No puedo controlar mi entorno, pero puedo controlar mis ondas cerebrales. Es como si nos retirásemos hacia el interior. Como si perteneciéramos a una sociedad agotada que prefiere optimizar a la persona ante todo lo demás.

Abocados al perfeccionismo psicológico

Bajo esta perspectiva el bienestar ya no es un estado de tranquilidad, sino que parece más bien un indicador de desempeño. Nos susurra al oído que si no estamos al cien por cien. Si la variabilidad en la frecuencia cardíaca no es la que indica el smartwatch tendremos la sensación de que estamos fallando.

Este perfeccionismo emocional es el caldo de cultivo para los trastornos de ansiedad generalizada. La salud mental no es ese estado estático de felicidad que anhelamos constantemente, va más allá. Es la capacidad de vivenciar todas las emociones humanas sin quedar atrapado en ninguna, un concepto conocido como flexibilidad psicológica.

Por esa razón debemos recuperar nuestro papel fundamental en todo nuestro proceso de construcción personal. Debemos asumir que cualquier emoción no es un error que hay que evitar y surfear, sino que son procesos adaptativos propios de nuestra naturaleza humana. Debemos ser conscientes de que no somos máquinas que tenemos que resetear constantemente, sino que nuestra concepción biológica está sujeta a ritmos cíclicos. La salud no es un proceso de optimización, sino un equilibrio que mejora nuestra capacidad de respuesta y adaptación a nuestra vida.

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Jose Juan Rivero Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El ‘biohacking’ emocional y la trampa del perfeccionismo psicológico – https://theconversation.com/el-biohacking-emocional-y-la-trampa-del-perfeccionismo-psicologico-280404