Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara López Millán, Docente Universitaria de Artes y Educación, Universidad Camilo José Cela

Oscar Isaac en una imagen del último _Frankenstein_ dirigido por Guillermo del Toro. Netflix

El miedo siempre estuvo ahí, pero el cine lo convirtió en espectáculo. Desde las primeras proyecciones, el público acudió a las salas para sentir esa descarga controlada de adrenalina.

Cuando Nosferatu (1922) extendió su sombra, no fue sólo un vampiro lo que hizo que la audiencia se estremeciese: era la Europa de entreguerras viéndose reflejada en una criatura enfermiza y extranjera, una amenaza que llegaba de fuera para romper un orden social que ya tambaleaba. Desde entonces, cada generación ha encontrado su propio engendro en la pantalla.

Sombras y mutaciones

El terror funciona como un espejo. Los castillos en ruinas y las nieblas góticas de los años treinta no eran simples decorados: representaban un mundo que parecía haberse detenido, que miraba con nostalgia y temor al pasado.

Los monstruos de Universal –Drácula (1931), Frankenstein (1931), El hombre lobo (1941)– eran a la vez temibles y fascinantes, porque encarnaban miedos muy contemporáneos: la ciencia que se descontrola, el cuerpo que enferma, lo diferente que amenaza lo familiar. La gente entraba en el cine buscando escalofríos, pero salía habiéndose enfrentado, de forma simbólica, a sus propias ansiedades.

Un hombre deforme yace en el suelo y otro con joroba lo observa iluminándose con una antorcha.
Fotograma de Frankenstein (James Whale, 1931).
Universal Pictures

Con el tiempo, las nieblas se despejaron y el terror empezó a mirar hacia el futuro. Las décadas de posguerra trajeron un pánico nuevo, más tecnológico, más científico. De pronto, las amenazas venían del espacio exterior o de laboratorios secretos: alienígenas, mutantes, experimentos que se salían de control.

Películas como Ultimátum a la Tierra (1951) y El enigma de otro mundo (1951) capturaban la paranoia de un planeta dividido en bloques, mientras que La humanidad en peligro (1954) y Godzilla (1954) daban forma grotesca a la amenaza nuclear con hormigas gigantes y criaturas surgidas de la radiación. La bomba atómica estaba en la mente de todos, y el cine lo canalizó en forma de invasiones, mutaciones y sospechas colectivas.

El enemigo está en casa

El susto más inquietante todavía estaba por llegar: el que no depende de criaturas sobrenaturales.

Cuando Alfred Hitchcock estrenó Psicosis (1960), el público descubrió que el peligro podía estar en la puerta de al lado. Norman Bates era un hombre normal, tímido, amable. No necesitaba colmillos ni garras para matar. Se plasmaba así la incertidumbre de una época marcada por cambios sociales y la erosión de la confianza en las instituciones: los años sesenta traían consigo tensiones urbanas, movimientos sociales y la sensación de que la amenaza podía venir del vecino o el propio núcleo familiar.

Un hombre mira a cámara con la cabeza baja y sonríe.
Anthony Perkins interpretando a Norman Bates, un hombre… ¿normal?
Paramount Pictures

A partir de ese momento, el horror se volvió más íntimo: el motel de carretera, la casa suburbana y la niñez misma podían convertirse en escenarios de pesadilla. Películas como La matanza de Texas (1974) o Halloween (1978) consolidaron esa sensación. Su violencia evidenciaba la desconfianza y el malestar de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam y la crisis económica de los setenta: lo que parecía seguro –el hogar, la comunidad– podía volverse mortal.

Esa invasión de lo cotidiano continuó durante los ochenta, una década de consumismo, cultura pop y miedo al crimen urbano, donde el género se llenó de ruido, sangre y espectáculo. Freddy Krueger, Jason Voorhees o el muñeco Chucky se convirtieron en iconos de la cultura pop, con máscaras y frases ingeniosas incluidas.

Pero en medio del exceso, hubo cineastas que exploraron terrores más psicológicos: El resplandor (1980) convirtió a un padre en monstruo, miesntras que La cosa (1982) reflejó la paranoia y el aislamiento propios de la Guerra Fría, donde el enemigo podía estar más cerca de lo que pensábamos. Lo verdaderamente espeluznante no era la criatura, sino la posibilidad de que estuviera dentro de nosotros.

A finales de los noventa, este cine se tornó autorreflexivo. Scream (1996) jugaba con los clichés y los convertía en parte de la diversión; el espectador ya era un cómplice. Este conocimiento de las reglas del juego preparó el terreno para un nuevo tipo de terror: el que utilizaba la cámara y la estructura narrativa para hacer que el miedo pareciera más real y cercano al espectador.

En el nuevo milenio el género empezó a experimentar con nuevas formas de asustar. Surgió el found footage (metraje encontrado) con El proyecto de la bruja de Blair (1999) y después Paranormal Activity (2007), que hicieron que el espanto fuese casi documental, revelando la ansiedad de una sociedad cada vez más vigilada, hiperconectada y acostumbrada a consumir imágenes de lo real a través de cámaras y móviles.

También hubo un auge de remakes estadounidenses de clásicos japoneses como The Ring (2002) o El grito (2004), que introdujeron a Occidente en un miedo atmosférico, más basado en el silencio y la sugerencia que en el susto fácil. Esto coincidió con la apertura cultural global y el interés por historias que venían de fuera, mostrando un mundo interconectado donde lo desconocido podía llegar de cualquier parte.

El arte de atemorizar hoy

Así, tras la experimentación formal de los primeros años del milenio, el género se abrió a propuestas en las que no solo se sobresaltaba al espectador, sino que también se comentaba la sociedad y se exploraba la psicología humana.

La década de 2010 supuso un punto de inflexión. Productoras como A24 y Blumhouse apostaron por un terror más ambicioso y autoral. Por ejemplo, Déjame salir (2017) convirtió el miedo en un comentario social directo sobre los conflictos raciales y la polarización política.

Hereditary (2018) y Midsommar (2019), por el contrario, llevaron el género a un horror casi operístico, en el que la fractura familiar y las dinámicas comunitarias provocan espanto, un espejo de sociedades contemporáneas cada vez más fragmentadas e impacientes. The Babadook (2014) e It Follows (2014) se encargaron de explorar el trauma, la ansiedad y la transmisión del pavor como si fueran enfermedades. Incluso el slasher regresó en versiones más sofisticadas como X (2022) y Pearl (2022), que mezclan nostalgia y reflexión metacinematográfica.

En los años 2020, el género sigue expandiéndose en todas direcciones. Películas como Barbarian (2022) o Háblame (2023) juegan con las expectativas del espectador, construyendo giros radicales en un contexto de incertidumbre global: pandemias, crisis climáticas y cambios tecnológicos acelerados. También vemos un resurgir del folk horror en propuestas como Men (2022) o The Witch (2015), donde lo rural y lo ancestral vuelven a ser fuente de amenaza, recordando cómo la modernidad puede despertar miedos arcaicos.

En los tres últimos años el género ha seguido explorando nuevas formas de provocar escalofríos: It Lives Inside (2023) combina terror sobrenatural y exploración cultural, mientras que La sustancia (2024) ofrece una sátira que critica la industria del bienestar. Incluso Robert Eggers presentó su reinterpretación gótica del clásico Nosferatu (2024) y, en 2025, Weapons introdujo una narrativa fragmentada sobre la desaparición de niños, mezclando horror psicológico y social mientras hablaba de la infancia, la vigilancia y la seguridad en la vida cotidiana.

Un niño con una sonrisa pintada mira a cámara mientras sus compañeros duermen sobre los pupitres.
Imagen de Weapons, de Zach Cregger (2025).
Warner Bros.

Estas producciones demuestran que el cine de terror continúa adaptándose, mostrando ansiedades contemporáneas y ofreciendo nuevas perspectivas al público. Lo que se mantiene constante es nuestra necesidad de mirar, tal vez porque lo consideramos un laboratorio emocional. Nos permite ensayar el miedo sin consecuencias, sentirlo de manera segura y controlada. Cuando las luces se apagan, podemos enfrentarnos a aquello que más nos perturba –la muerte, el caos, la desintegración de la familia, el fin del mundo– y salir ilesos.

En un presente lleno de amenazas difusas, desde pandemias hasta crisis climáticas, el género sigue evolucionando para darles forma. Así, cada Halloween volvemos a las salas buscando ese escalofrío. Puede que ya no haya vampiros con capa ni lobos aullando a la luna, pero el vecino inquietante, el monstruo invisible o el silencio en una casa demasiado tranquila siguen funcionando. Y quizás por eso el terror nunca muere: porque siempre encuentra un nuevo rostro para nuestros miedos.

The Conversation

Lara López Millán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine – https://theconversation.com/del-vampiro-al-vecino-inquietante-como-ha-cambiado-nuestra-forma-de-asustarnos-en-el-cine-265552

Después de la dana: cuando el agua se retira, el daño psicológico permanece

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Collazo Castiñeira, Personal Docente Investigador, Universidad Pontificia Comillas

CMG_IG/Shutterstock

En octubre de 2024, hace hoy un año, una dana golpeó con fuerza la Comunidad Valenciana. La tragedia dejó numerosas víctimas mortales y cientos de heridos, pero hubo un aspecto menos evidente e igualmente devastador: el impacto psicológico en las personas afectadas. Multitud de ciudadanos vieron sus hogares y barrios inundados y cubiertos de barro mientras eran testigos de cómo sus vecinos y familiares sufrían, sin poder hacer nada por ayudarles. En muchos casos no podían regresar a sus casas, ni contactar con sus familiares o con los servicios de emergencia.

Esa desconexión, impotencia y desamparo marcaron profundamente la vivencia de muchas víctimas, a lo que se sumó la percepción de abandono: no hubo un aviso temprano del riesgo extremo, y la gestión inmediata de la tragedia fue percibida por los afectados como lenta y claramente insuficiente.

Semanas después, investigadoras de la Universidad Pontificia Comillas y la Universidad de Zaragoza realizamos un estudio en el que se evaluó a 72 víctimas y 69 voluntarios. Se analizaron síntomas de ansiedad, depresión y estrés postraumático, así como el grado de satisfacción con distintas fuentes de apoyo. También se les dio la opción de compartir sus experiencias.

Aunque el artículo científico todavía no está publicado, sus respuestas han permitido poner cifras y palabras a algo que suele quedar oculto: la huella emocional de los desastres naturales.

Víctimas: el peso de lo perdido

Según el estudio, el 82 % de las víctimas presentaban síntomas moderados o graves de estrés postraumático. Es la huella psicológica que deja vivir o presenciar un evento extremadamente impactante o amenazante para la vida. No se trata solo de recuerdos desagradables: implica revivir mentalmente la experiencia mediante flashbacks o pesadillas, mantenerse en constante alerta, sufrir sobresaltos ante estímulos que recuerdan al suceso y sentir que el peligro sigue presente.

En este sentido, muchas víctimas confiesan que no lo van a olvidar nunca. Algunos tienen pesadillas y recuerdos que, refieren, se repiten en su cabeza sin que puedan evitarlo. Otros narran los acontecimientos con tal nivel de detalle que parece que los estuviesen reviviendo. Por ejemplo, relataron el recuerdo vívido del ruido ensordecedor del agua y de las imágenes de la tragedia, como el abundante barro o ver a otras personas sufriendo. También evocan el miedo que sienten cada vez que vuelve a llover.

A esto se suman altos niveles de ansiedad y depresión: entre un 40 % y un 46 % de los encuestados presentaron estos síntomas. El impacto fue más severo en quienes padecieron daños físicos, tuvieron desperfectos en su domicilio o lo perdieron, o presenciaron cómo otras personas sufrían. También influyeron experiencias emocionales como el miedo a sufrir daños ellos mismos o sus familiares, el temor a fallecer, la sensación de abandono y la indefensión, que agravaron las secuelas psicológicas de la tragedia.

Estos resultados ponen de manifiesto la necesidad de que las víctimas reciban atención psicológica adecuada y sostenida en el tiempo, y de que se visibilice su sufrimiento como parte esencial de la recuperación tras una catástrofe.




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Voluntarios: el impacto psicológico de ayudar

Durante los primeros días tras la catástrofe, los voluntarios fueron esenciales: rescataron, asistieron y acompañaron a numerosas personas afectadas sin medios ni formación para intervenir en una emergencia de tal magnitud. Por ello también se evaluó cómo les había afectado psicológicamente haber sido testigos directos del desastre.

Los resultados muestran que la exposición a escenas de destrucción y sufrimiento, el esfuerzo físico y la tensión dejaron huella: el 68 % presentó sintomatología significativa de estrés postraumático. Entre los factores más asociados al malestar destacaron participar en rescates, ver fallecidos, presenciar saqueos o tener seres queridos afectados o en paradero desconocido.

Personas limpiando el barro en una calle inundada
Voluntarios y vecinos ayudando a limpiar el barro de las aceras en Valencia.
Pacopac/Wikimedia Commons, CC BY-SA

La respuesta solidaria de la ciudadanía fue admirable y las víctimas la recuerdan con profundo agradecimiento, tal y como reflejan nuestros resultados. Sin embargo, cuando la primera reacción ante una emergencia depende de civiles sin entrenamiento ni apoyo psicológico, es esperable que su salud mental se vea afectada. Por ello, resulta fundamental ofrecer atención y acompañamiento especializado también a quienes, con la mejor de las intenciones, se convirtieron en los primeros en ayudar.

La otra inundación: la gestión institucional

Otro hallazgo clave, en línea con las numerosas protestas y reclamos de las víctimas, fue la baja satisfacción con la respuesta institucional: apenas 1,7 en una escala de 1 a 5, frente a los altos niveles de apoyo percibido de familia, amigos, vecinos y voluntarios (entre 4,2 y 4,7). Tampoco sorprende el extremo descontento sobre el aviso de la tragedia (1,2 sobre 5), que llegó cuando el nivel del agua había alcanzado niveles catastróficos.

La insatisfacción con el apoyo institucional y la percepción de lentitud en la implementación de las medidas posteriores se relacionaron con peor salud mental en las víctimas. Sentirse abandonadas por las instituciones ante la tragedia no solo debilita la confianza en las autoridades, sino que les hizo sentir desprotegidas ante futuras emergencias, poniendo en serio peligro la salud psicológica a medio y largo plazo.

Qué podemos aprender

En ocho de cada diez víctimas, la dana ha dejado una huella emocional clara: miedo, dificultad para seguir con la vida cotidiana, ansiedad y tristeza. Si no se atienden, estos síntomas pueden cronificarse y afectar gravemente a la calidad de vida.

Aunque se han puesto en marcha iniciativas de apoyo psicológico, la magnitud del impacto hace necesario reforzarlas y avanzar hacia un sistema de cuidado en salud mental que sea accesible, gratuito y sostenido en el tiempo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Después de la dana: cuando el agua se retira, el daño psicológico permanece – https://theconversation.com/despues-de-la-dana-cuando-el-agua-se-retira-el-dano-psicologico-permanece-268611

La huella de las inundaciones en la salud mental: cómo atenuar el impacto

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Padrón-Monedero, Directora de Programa en la Escuela Nacional de Salud Pública, Instituto de Salud Carlos III

Detalle del manto floral de Nuestra Señora de los Desamparados en las Fallas de Valencia, donde se rendía homenaje a los voluntarios y las víctimas de la dana. Maria Albi/Shutterstock

Hace un año, el 29 de octubre de 2024, una dana arrasó la costa mediterránea española y diversas áreas del interior. Las inundaciones por el desbordamiento de cauces afectaron a 78 municipios en tres comunidades autónomas (Castilla-La Mancha, Andalucía y, sobre todo, la Comunidad Valenciana), causando la muerte de 236 personas y dejando numerosos heridos y daños materiales.

Dada la magnitud de la tragedia, y con el objetivo de obtener información reciente y contrastada que pudiese mejorar la asistencia a los supervivientes, hemos realizado una revisión sistemática de más de 800 trabajos publicados en prestigiosas revistas de investigación. Toda la información se presentará al detalle en una monografía que será publicada en abierto durante el mes de noviembre.

Efectos duraderos

Los estudios revisados evidencian que este tipo de inundaciones repentinas tienen efectivamente un gran impacto en la salud mental de los afectados y que los problemas pueden persistir al menos tres años. Aunque su prevalencia disminuye con el tiempo, en algunos casos se cronifican.

Los problemas más estudiados han sido el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la ansiedad y la depresión. Una interesante investigación de Public Health England evidenció que, después de un año, el porcentaje de casos de TEPT era del 36,2 % en las personas cuyo hogar había sido inundado respecto al 7,9 % en aquellos cuya vida no había sido alterada. En el caso de la ansiedad fue del 28,3 % respecto del 6,5 %, y en el de la depresión, del 20,1% respecto al 5,8%.

La práctica totalidad de los artículos revisados reflejan el incremento de estos tres problemas de salud mental, pero la magnitud del aumento varía mucho según las investigaciones.

Los más vulnerables

Adicionalmente, algunos grupos sociodemográficos son más sensibles al impacto de las inundaciones. Entre ellos se encuentran las mujeres, los niños, los adolescentes, los colectivos con menor nivel socioeconómico y con menor educación y las personas desempleadas. La información sobre las consecuencias en algunos grupos específicos, como las personas mayores, es limitada.

También son más vulnerables aquellas personas con problemas de salud mental y otros trastornos de salud previos. Es interesante señalar que el apoyo familiar y social puede mitigar los efectos.

Por otro lado, los factores estresantes secundarios derivados de las inundaciones –dificultades financieras, daños en el hogar, percances con seguros (incluyendo problemas administrativos y burocráticos), preocupación por la salud de miembros de la familia, interrupción de vida cotidiana, pérdida de servicios…– ejercen también un gran impacto en la salud mental, por lo que resulta necesario evitar que se prolonguen en el tiempo.

¿Cómo hay que actuar?

Los trabajos revisados recomiendan las siguientes medidas para minimizar el daño en la salud mental de los afectados:

  • Los departamentos encargados del manejo del medio natural (responsables de la prevención) deben trabajar con todos los organismos encargados de la respuesta ante inundaciones. Las medidas preventivas no sólo tienen una importancia crucial en sí mismas por causas obvias, sino que, además, los estudios sugieren que la adecuada preparación ante inundaciones futuras reduce los síntomas de estrés postraumático en los supervivientes.

  • La coordinación entre los diversos departamentos intra e inter gubernamentales, las empresas de gestión de seguros y de reconstrucción y los servicios sociosanitarios deben estar perfectamente detallados en las políticas, planes y programas contra las inundaciones. El objetivo será que el proceso de actuación inmediata y de reconstrucción se desarrolle de la forma más precoz posible. Así se conseguiría una pronta intervención, además de atenuar o erradicar los estresores secundarios que hemos visto antes.

  • Los comités que planifican la intervención ante emergencias deben incluir entre sus asesores a representantes de las sociedades de epidemiología y psiquiatría y salud mental.

  • Se debe contar con una dotación de profesionales especializados en salud mental suficiente para el manejo de una potencial catástrofe y seguirse un modelo de atención sociosanitaria escalonada e integrada: fuentes de apoyo, atención sociosanitaria, atención primaria, recursos especializados de salud mental…

  • Los sistemas de vigilancia de salud pública deben incluir los trastornos mentales y del comportamiento. Esto podría ayudar a que se planificaran correctamente los recursos y a que se realizara una adecuada investigación del impacto en salud mental y los factores asociados.

  • Las medidas de reconstrucción y asistencia tienen que combinarse y mantenerse a medio y largo plazo, además de ir adaptándose al contexto.

En resumen, la evidencia científica disponible revela una gran carga de problemas de salud mental en relación con las inundaciones súbitas, y que puede persistir al menos tres años. Adicionalmente, los problemas secundarios asociados al desastre generan un considerable estrés y también tienen un impacto importante a medio y largo plazo. Por eso es fundamental prepararse adecuadamente ante futuros eventos como el que estamos rememorando estos días.

The Conversation

Cristina Linares Gil recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III (ENPY 204/25)

Julio Díaz recibe fondos del ISCIII. Proyecto ENPY 436/21

Alicia Padrón-Monedero, Daniel Cuesta Lozano, Isabel Noguer Zambrano, José Antonio López Bueno y Miguel Ángel Navas Martín no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. La huella de las inundaciones en la salud mental: cómo atenuar el impacto – https://theconversation.com/la-huella-de-las-inundaciones-en-la-salud-mental-como-atenuar-el-impacto-268506

Un año después de la dana: lecciones aprendidas y tareas pendientes para evitar una catástrofe similar en el futuro

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José María Bodoque, Investigador en modelización hidrológica e hidráulica, hidromorfología y evaluación del riesgo por inundación, Universidad de Castilla-La Mancha

La rambla o barranco del Poyo a su paso por el municipio de Chiva (Valencia) tras el paso de la dana en octubre de 2024. BlackFarm/Shutterstock

La dana que el 29 de octubre de 2024 afectó a varias regiones del este de la península ibérica constituyó el episodio de precipitación más extremo del siglo XXI en España. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), este fenómeno se formó porque una bolsa de aire frío en altura se situó entre el golfo de Cádiz y el estrecho de Gibraltar, empujando aire muy húmedo desde el Mediterráneo hacia la costa. Las tormentas se organizaron en cadenas que durante horas se reactivaron repetidamente sobre las mismas localizaciones.

La AEMET registró en Turís (Valencia) 185 litros por metro cuadrado (l/m²) en una hora y 772 l/m² en 24 horas. La combinación de intensidades extremas y persistencia espaciotemporal desencadenó crecidas relámpago en pocas horas.

La Confederación Hidrográfica del Júcar estimó caudales máximos de 3 500 metros cúbicos por segundo (m³/s) en el cruce de la rambla del Poyo con la A-3 y 2 400 m³/s en el río Magro, a la entrada de la presa de Forata.

Imagen de satélite en la que se ve una acumulación de nubes sobre el este de España
Vista de satélite de la dana sobre Valencia y su entorno el 29 de octubre de 2024 a las 6:30 horas.
EUMETSAT, CC BY-NC-SA

Además de los 229 fallecidos en la Comunidad Valenciana, se registraron víctimas en Castilla-La Mancha (una en Mira, Cuenca, y seis en Letur, Albacete) y en Andalucía (una en Alhaurín de la Torre, Málaga). Del total, 68 fueron hallados en las plantas bajas de viviendas y 35 en aparcamientos y sótanos. Según el Centro de Integración de Datos (CID), más de la mitad de las víctimas tenía 70 años o más, con 15 personas de 90 años o más. El mayor porcentaje de fallecidos (24 %) se encontraba en la franja de 80 a 89 años.

¿Qué factores contribuyeron a la tragedia?

La urbanización de espacios fluviales se intensificó durante el desarrollismo español (décadas de 1960 y 1970 del siglo pasado) y, más tarde, durante la burbuja inmobiliaria (1997-2008). De las 75 000 viviendas afectadas por las inundaciones, el 31 % se construyeron en este segundo período. Además, la vulnerabilidad física de las edificaciones agravó la tragedia, pues muchas plantas bajas, situadas a pie de calle, se convirtieron en trampas mortales al quedar inundadas.

A las 7:36 horas del 29 de octubre, la AEMET activó una alerta roja por lluvias extremas. Según la Generalitat Valenciana, la Confederación Hidrográfica del Júcar informó que a las 12:07 horas la rambla del Poyo había superado el umbral de prealerta. El caudal alcanzó los 1 686 m³/s a las 18:43 horas.

La Generalitat Valenciana no activó el Centro de Coordinación Operativa Integrada (CECOPI) hasta las 17:00 horas, y la alerta del sistema ES_Alert no se difundió hasta las 20:28 horas, cuando muchas zonas ya se encontraban inundadas.




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Aunque el Gobierno central ofreció apoyo desde las primeras horas, hubo controversia sobre el nivel de su implicación al no asumir la dirección plena mediante la declaración de emergencia de interés nacional (nivel de situación 3 de protección civil).

La baja percepción del riesgo de la población, junto con el retraso de la alerta ES_Alert, fueron determinantes. Un factor clave fue que no estaba lloviendo en muchos de los municipios afectados, lo que generó una falsa percepción de seguridad entre los vecinos. Esta confianza llevó a la adopción de comportamientos de riesgo, como bajar a los garajes para rescatar vehículos, y a circular en tramos anegados de la red de carreteras.




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¿Cómo podemos mitigar el impacto de futuras danas?

Para evitar que futuros fenómenos meteorológicos similares tengan unas consecuencias tan trágicas, podemos llevar a cabo diferentes acciones.

  • Caracterizar la incertidumbre del análisis de riesgos: hay que elaborar mapas probabilísticos que incorporen rangos de incertidumbre, que permitan cuantificar la probabilidad de inundación en diferentes zonas (por ejemplo, 70 % frente a 30 %). Esta aproximación permite una ordenación del territorio más efectiva, en la que las áreas con mayor probabilidad de inundación tengan mayores restricciones, mientras que las zonas con menor probabilidad se pueden destinar a usos compatibles con cierto nivel de riesgo.
Mapa de riesgo por inundaciones basado en probabilidades. De mayor a menor riesgo: rojo, naranja y verde.
Bodoque et al., 2023, CC BY-SA
  • Integrar la vulnerabilidad y resiliencia en la gestión del riesgo: conviene desarrollar índices de vulnerabilidad y resiliencia para identificar las áreas donde reside la población con menor capacidad adaptativa, condiciones habitacionales inadecuadas (plantas bajas, sótanos), limitaciones de movilidad o aislamiento social. Con esta información, las autoridades pueden diseñar planes de evacuación específicos para la población vulnerable, establecer redes de apoyo vecinal y priorizar mejoras en las viviendas más vulnerables.
Un mapa de Castillo y León con algunos municipios coloreados de verde, azul y rosa
Los municipios de Castilla y León que aparecen coloreadas en el mapa presentan una problemática de vulnerabilidad por crecidas súbitas. Los clusters representan grupos de municipios con características de vulnerabilidad similares.
Aroca-Jiménez et al., 2022, CC BY-NC-SA
Concurso de fotografías y videos sobre inundaciones como parte del plan de comunicación del riesgo de Navaluenga, Ávila.
Bodoque et al., 2019, CC BY-NC-SA
  • Hacia una gobernanza participativa: el fortalecimiento del capital social es una estrategia eficaz para mejorar la resiliencia comunitaria, actuando como facilitador de la gobernanza participativa al crear espacios de diálogo donde las partes interesadas (sociedad civil, autoridades, expertos) pueden involucrarse en la toma de decisiones sobre la gestión del riesgo.

  • Implantación de un sistema de ayuda a la decisión (SAD): hay que implantar un (SAD) que conecte en tiempo real los datos de la AEMET con los registros de la Conferencia Hidrográfica del Júcar. El SAD ofrece información de actualización continua sobre la intensidad de la lluvia o la profundidad del agua, facilitando la toma de decisiones y acortando las consultas entre administraciones.

La gestión exitosa del riesgo de inundación exige una transformación profunda que combine el conocimiento científico, la participación ciudadana y la voluntad política. La experiencia acumulada debe traducirse en sociedades mejor informadas y preparadas, capaces de anticiparse y adaptarse a un contexto climático cada vez más desafiante.

The Conversation

José María Bodoque no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un año después de la dana: lecciones aprendidas y tareas pendientes para evitar una catástrofe similar en el futuro – https://theconversation.com/un-ano-despues-de-la-dana-lecciones-aprendidas-y-tareas-pendientes-para-evitar-una-catastrofe-similar-en-el-futuro-267366

¿Cuánto más ejercicio, más sanos? Los adolescentes inactivos muestran peor calidad de vida

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandro Legaz Arrese, Catedrático Área de Educación Física y Deporte, Universidad de Zaragoza

Monkey Business Images/Shutterstock

Cuando pensamos en deporte y salud, solemos imaginar fuerza física y buena condición. Pero el ejercicio también influye en cómo dormimos, nuestro estado de ánimo y nuestras relaciones.

En la adolescencia, una etapa de cambios físicos y emocionales, la práctica deportiva cobra un papel central. Surge la pregunta: ¿es siempre positiva? ¿Qué ocurre cuando pasa de ser ocio a competición? Analizamos a más de 10 000 adolescentes españoles (de entre 11 y 19 años) para encontrar respuestas.

Bienestar psicosocial y deporte

Exploramos cómo el deporte influye en variables clave del bienestar psicosocial. Entre ellas: sueño, ansiedad, depresión, calidad de vida, trastornos alimentarios y riesgo de adicción al ejercicio.

Dividimos a los participantes en cuatro grupos: inactivos, activos sin práctica deportiva, deportistas no competitivos y deportistas competitivos. Dentro de los competitivos distinguimos tres niveles: local o regional, nacional e internacional. Consideramos todas las disciplinas olímpicas de verano.

Dormir mejor gracias al deporte

En este aspecto, el deporte tiene en general un efecto muy beneficioso, sin diferencias significativas entre el tipo de deporte, aunque sí hemos percibido que si se trata de deporte de competición, a mayor nivel mejor calidad del sueño. En cambio, el efecto beneficioso en las chicas es algo menor.

Ansiedad y deporte: una brecha de género

La ansiedad es más elevada en las chicas que en los chicos en general, independientemente de la actividad física, pero la práctica competitiva y altos niveles de actividad se asocian a menos ansiedad independiente también del tipo de deporte. Los mejores valores aparecen en quienes compiten a nivel nacional o internacional.




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Depresión: la actividad física como protección

En este terreno volvemos a comprobar que la práctica deportiva, especialmente la competitiva, se asocia con menos síntomas. Los deportes de combate y de resistencia muestran valores ligeramente peores, mientras que los deportes al aire libre se relacionan con menos síntomas.

Aun así, lo que más influye no es el tipo de deporte, sino practicarlo o no. En este aspecto, de nuevo, las chicas son más vulnerables y sus síntomas aumentan con la edad.




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Calidad de vida: luces y sombras

Los adolescentes inactivos muestran peor calidad de vida relacionada con la salud. Los deportistas presentan mejores valores, y los competitivos aún más. En general, las chicas presentan valores menos favorables que los chicos, especialmente en la adolescencia tardía.

Entre los atletas que compiten, el nivel de competición afecta de manera distinta según el aspecto de la calidad de vida. A mayor nivel, se sienten más seguros de sí mismos y comparan menos su imagen con la de los demás. También reciben menos burlas o acoso, lo que mejora su aceptación social.

También existe una correlación positiva entre el nivel de competición y el bienestar físico. Incluso las relaciones con los padres son mejores a medida que aumenta el nivel competitivo. Sin embargo, la dedicación intensa tiene un coste: la autonomía y el apoyo entre amigos disminuyen, porque el entrenamiento deja menos tiempo para la vida personal y social.

Trastornos alimentarios: un riesgo no uniforme

Los adolescentes inactivos presentan mayor riesgo de trastornos alimentarios, mientras que los competitivos, en general, menos.

En las chicas, los efectos de la competición son más complejos. Las que compiten a nivel internacional no siempre obtienen beneficios claros y, en algunos casos, muestran un mayor riesgo. Esto puede deberse a la presión y a los estándares exigentes de ciertas disciplinas en las que el peso corporal es un factor clave para el rendimiento.

Otros estudios también señalan que las adolescentes deportistas de élite constituyen un grupo especialmente sensible.




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Los jóvenes que practican deportes de equipo suelen presentar un riesgo más alto que quienes realizan modalidades individuales. Aun así, el tipo de disciplina influye menos que el nivel de competición.

Las chicas, sobre todo en la adolescencia tardía, presentan valores menos favorables que los chicos.

Riesgo de adicción al ejercicio

Un 6 % de los deportistas no competitivos muestra riesgo de adicción al ejercicio, mientras que en los competitivos, el porcentaje sube a 16 %. Estos datos coinciden con los observados en otros estudios internacionales.

El riesgo se concentra sobre todo en deportes individuales y en adolescentes de mayor edad. Quienes presentan riesgo suelen tener buen estado físico, pero muestran indicadores de bienestar psicosocial más bajos.

Estos hallazgos subrayan la importancia de prevenir la adicción al ejercicio. Para ello, se recomienda una planificación profesional del entrenamiento que incluya descansos adecuados. También es fundamental el apoyo psicológico especializado. Además, se debe promover un equilibrio saludable entre deporte, ocio y vida personal.

Más allá del deporte: una cuestión de equilibrio

En conjunto, hacer deporte se asocia a mejor salud psicosocial y la competición aporta beneficios adicionales respecto a la práctica recreativa. Aunque las chicas parten de valores menos favorables, el patrón es consistente en ambos sexos.

Los mejores indicadores se observan en quienes compiten en niveles más altos, salvo algunas chicas de nivel internacional. El tipo de disciplina importa menos de lo que solemos pensar: lo esencial es participar y mantener la práctica regular.

El equilibrio consiste en disfrutar de los beneficios del deporte mientras se mantiene un estilo de vida saludable, combinando entrenamiento, ocio y vida personal.

Practicar deporte y vigilar los riesgos

Los hallazgos muestran que los adolescentes se benefician del deporte, especialmente del competitivo. La salud psicosocial mejora cuanto mayor es la participación.

No obstante, es importante vigilar riesgos como la adicción al ejercicio o la presión por rendimiento, acompañando la práctica con un entorno saludable y un seguimiento adecuado.

Nuestro estudio, que incluye desde inactivos hasta deportistas de élite, refuerza lo observado en revisiones recientes sobre los beneficios del deporte organizado.

The Conversation

Alejandro Legaz Arrese recibe fondos de financiación asociados al Grupo de Investigación Movimiento Humano por parte del Gobierno de Aragón.

Carmen Mayolas-Pi recibe fondos financiación asociados al Grupo de Investigación Movimiento Humano por parte del Gobierno de Aragón.

Isaac López Laval recibe fondos de financiación asociados al Grupo de Investigación Movimiento Humano por parte del Gobierno de Aragón.

Joaquin Reverter Masia recibe fondos de asociados al Grupo de Investigación Movimiento Humano por parte de La Generalitat de Catalunya. Asi como del Plan Nacional de Investigación.

Sebastian Jan Sitko Sarna no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cuánto más ejercicio, más sanos? Los adolescentes inactivos muestran peor calidad de vida – https://theconversation.com/cuanto-mas-ejercicio-mas-sanos-los-adolescentes-inactivos-muestran-peor-calidad-de-vida-266323

Los numerosos beneficios para la salud que nos ofrece el pescado a un bajo coste climático

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gumersindo Feijoo Costa, Catedrático de Ingeniería Química. Centro de Excelencia CRETUS de la Red CiGUS, Universidade de Santiago de Compostela

New Africa/Shutterstock

El aumento de la población mundial, que superará los 11 000 millones a finales de este siglo, supone un enorme desafío que implica un reenfoque completo del modelo de producción y consumo alimentario. De seguir con el actual, la intensidad de material y de energía requerida será superior a la capacidad que ofrece nuestro planeta.

Para lograr la sostenibilidad, los consumidores debemos adoptar dietas nutritivas y seguras con un menor impacto, en las que el pescado tiene un papel fundamental.

Composición nutricional del pescado

El pescado es una excelente fuente de energía, proteínas de alta calidad, minerales, vitaminas y, especialmente, ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, denominados usualmente omega-3, principalmente el eicosapentaenoico (EPA) y el docosahexaenoico (DHA).

Es además uno de los principales componentes en varios patrones dietéticos saludables recomendados internacionalmente, como la dieta mediterránea, la dieta atlántica, la dieta nórdica o la dieta japonesa. Todas ellas se caracterizan por ser uno de los parámetros clave de la elevada esperanza de vida de los países que las siguen.

Un esquema con los valores nutricionales del pescado
Valor nutricional del pescado.
Los autores, CC BY-SA

No obstante, los efectos beneficiosos para la salud del consumo de pescado en la dieta se han puesto en entredicho por la presencia de metilmercurio en especies de gran tamaño. En un estudio realizado en España, se evaluaron los contenidos de metales pesados en varios pescados frescos, enlatados y congelados. El 98,8 % de las muestras analizadas se situaron por debajo del límite máximo tolerable y un 26,6 % de las muestras estaban por debajo del límite de detección analítico (esto es, presencia nula o insignificante).

Las concentraciones más altas de mercurio se encontraron en especies depredadoras como el tiburón gato fresco (0,698 mg/kg) y el pez espada (0,540 mg/kg). Según la ingesta semanal tolerable (IST) definida por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, el consumo de pescado puede considerarse seguro, aunque se podría superar la IST en el caso de consumo excesivo (diario) de especies de peces de gran tamaño

La presencia de selenio –el pescado es la segunda fuente dietética de este mineral después del pan en la población española– ejerce adicionalmente una acción de protección frente a los efectos potencialmente tóxicos del mercurio.




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Selenio: ¿un antídoto contra el mercurio del atún?


Presencia de mercurio en el pescado para una ración de 120 g.
Los autores, con datos de F. Gil et al. 2013, CC BY-SA

Beneficios para madres y lactantes

El desarrollo cerebral está estrechamente condicionado por la alimentación, de forma especialmente crítica durante los 1 000 primeros días de vida, que abarcan el embarazo, el nacimiento y hasta el final del segundo año. En este periodo, los ácidos grasos omega-3 desempeñan un papel crucial

Durante la gestación, la placenta facilita el paso preferente de DHA al feto, produciéndose la mayor concentración en el cerebro y retina durante el tercer trimestre de embarazo. Tras el parto, la lactancia materna continúa aportando cantidades relevantes de estos lípidos estructurales.

Un reciente estudio con 771 mujeres embarazadas en España observó que sólo un 25 % de ellas cumplía las recomendaciones sobre la ingesta de pescado. Estos datos confirman análisis previos donde más del 50 % de las mujeres tenían ingestas deficientes de ácidos grasos omega-3.

En la práctica clínica, la ingesta materna de pescado dentro de un patrón dietético saludable se ha asociado con beneficios perinatales. Aporta DHA, vitamina A, selenio, y yodo, cuyo contenido en la leche materna DHA, selenio, y yodo depende del aporte dietético de estos compuestos en la madre. Las mujeres vegetarianas y veganas deben ingerir suplementos con todos estos compuestos tanto en el embarazo como en la lactancia.

La infancia y adolescencia

El patrón alimentario de los niños y adolescentes españoles ha evolucionado hacia una menor adherencia a las dietas tradicionales. El estudio ALADINO 2023 de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, realizado en una muestra de 12 678 escolares de 6 a 9 años, muestra un elevado número de escolares con exceso de peso (36,1 %), lo que se asocia a un consumo insuficiente de alimentos saludables como el pescado y a un incremento de productos que deberían consumirse de forma ocasional.

El consumo regular de pescado y mariscos protege e inhibe procesos inflamatorios, claves en la progresión hacia obesidad, diabetes tipo 2, dislipidemia, enfermedad cardiovascular y otros trastornos metabólicos.

El estudio GALIAT, el primer ensayo clínico llevado a cabo con dieta atlántica en una población de Galicia (250 familias: 720 adultos y niños), concluye que la intervención nutricional a nivel familiar muestra efectos beneficiosos en la mejora del perfil lipídico y disminuye la adiposidad.

Otro factor importante es el destacado papel de los ácidos omega-3 en el desarrollo de una microbiota intestinal equilibrada. Más de 300 patologías parecen asociarse a un desequilibrio en la misma (disbiosis).




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Un estudio de la microbiota de tres generaciones confirma cuánto cambia y cómo afecta a la salud


Riesgo cardiovascular

La evidencia científica acumulada durante las últimas décadas ha establecido de manera consistente una asociación inversa entre el consumo de pescado y el riesgo de desarrollar patología cardiovascular. Un metaanálisis del 2021, que incluyó datos de 58 países, demostró que un consumo mínimo de 175 gramos de pescado semanalmente se asocia con menor riesgo de eventos cardiovasculares y mortalidad.

La protección cerebrovascular también en un elemento beneficioso derivado del consumo de pescado. Un metaanálisis del 2024, que recogió datos de 35 estudios y casi 900 000 pacientes, concluyó que el consumo de pescado es capaz de reducir el riesgo de desarrollo de enfermedad de Alzheimer y demencia en un 20 y 18 %, respectivamente.

La protección cerebrovascular también se extiende a la prevención del ictus (primera causa de muerte en mujeres españolas).

Gráfico que muestra que a mayor consumo de pescado, menor riesgo de sufrir enfermedad coronaria
Relación dosis-respuesta entre el incremento del consumo de pescado y riesgo de sufrir enfermedad coronaria.
Adaptado de J. Godos et al., 2024, CC BY-SA

Envejecimiento saludable

En general, un envejecimiento saludable se relaciona, desde un punto de vista nutricional, con dietas bajas en grasas saturadas y carbohidratos, ricas en verduras, frutas, frutos secos, cereales y pescado.

Uno de los apartados básicos de un envejecimiento saludable es la autonomía. La evidencia muestra que factores como la dieta y la actividad física pueden reducir de manera sustancial el riesgo de presentar fragilidad –disminución de las reservas funcionales y de la resistencia del organismo a factores estresantes– en ancianos.

Además, un consumo de 175 gramos semanales de pescado suponen una reducción de mortalidad cardiovascular (entre un 15 % y un 27 %). También se ha constatado la asociación entre un consumo frecuente de pescado (especialmente azul) y una menor incidencia de ciertos tumores (especialmente digestivos) en ancianos .

Y además, sostenible

El pescado que procede de la flota europea, especialmente de la flota artesanal, y que cumple con los parámetros ambientales estipulados por la legislación puede considerarse sostenible: aporta valor económico, permite la soberanía alimentaria basada en la tradición cultural y respeta el medio ambiente.

Consumir pescado tres veces por semana permite mantener la huella de carbono de nuestra alimentación en torno a 3 kilogramos de dióxido de carbono (CO₂) por persona y día, considerando una ingesta media de 2 100 kilocalorías diarias en una dieta atlántica o mediterránea. Así, la dieta atlántica y mediterránea se encuentran entre las dietas mundiales con mejor perfil ambiental, considerando como indicador tanto la huella de carbono como la huella hídrica.

El pescado azul tiene una huella de carbono que oscila entre 500-850 gramos de CO₂ por cada 100 gramos de proteína: 550 para la caballa, 646 para la sardina y 790 para el bonito




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Cuidar la salud y el medio ambiente: dos razones para incluir pescado azul en nuestra dieta


El pescado blanco (por ejemplo, la merluza) también posee un valor de 880 gramos de CO₂ por cada 100 gramos de proteína al considerar el palangre como técnica de pesca.

Considerando el aporte de proteína, los valores son del orden de magnitud de los productos lácteos, las verduras y legumbres, e inferior a la mayoría de las frutas y la carne. Los valores de la huella hídrica del pescado fresco son prácticamente nulos, son los más bajos en comparación con cualquier tipo de alimento.

Hay aspectos de las dietas tradicionales que se deben conservar y potenciar, comer pescado es uno de ellos: es bueno para la salud de las personas y para la salud del planeta en todas las etapas del ciclo de vida.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los numerosos beneficios para la salud que nos ofrece el pescado a un bajo coste climático – https://theconversation.com/los-numerosos-beneficios-para-la-salud-que-nos-ofrece-el-pescado-a-un-bajo-coste-climatico-268116

Robots asistentes: beneficios para el aprendizaje de otro idioma en educación infantil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Dolón Poza, Doctoranda en Ingeniería de Sistemas y Servicios para la Sociedad de la Información (DISSSI) y Profesora Ayudante en Ingeniería Telemática, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Robot asistente para el aprendizaje de vocabulario creado para la investigación en la que se basa este artículo. María Dolón Poza y Santiago Berrezueta.

Las tecnologías digitales han revolucionado los métodos de enseñanza, las dinámicas de comunicación entre estudiantes y maestros, y el acceso a la información. Enseñar a los nativos digitales presenta una serie de retos, especialmente en lo que al alcance y presencia que dicha tecnología debe tener en las escuelas.

Aunque algunos estudios alertan de que la exposición a las pantallas antes de los dos años puede afectar al desarrollo cognitivo y lingüístico, lo cierto es que falta determinar si este se debe al uso de las pantallas (o a cómo y cuáles se usan) o a otros factores como por ejemplo el nivel socioeconómico. Parece claro que el impacto de las pantallas en los pequeños es complejo y transversal a otros factores de su vida.




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¿Afectan las pantallas al desarrollo del lenguaje infantil?


Diversos estudios apoyan la integración de algunas herramientas tecnológicas en el aula, argumentando que fomentan un aprendizaje más interactivo e impulsan el desarrollo de competencias digitales. Además, sostienen que estas ofrecen a los padres y, sobre todo, a los educadores nuevas forma para obtener información sobre el progreso de sus estudiantes y así adaptar mejor sus estrategias de enseñanza.

Entender bien cómo influye el uso de tecnologías emergentes en el aprendizaje, para maximizar sus beneficios y minimizar sus posibles efectos adversos, es lo que hemos intentado con nuestra reciente investigación sobre el uso de robots asistentes para el aprendizaje de vocabulario en otro idioma en la etapa de 4 a 6 años.




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Aprender inglés en infantil

Sabemos que aprender una lengua extranjera no solo abre oportunidades académicas y laborales, sino que también estimula el desarrollo cognitivo, fortalece la memoria y mejora las habilidades de comunicación. En el caso de los más pequeños, el desafío es captar su atención, despertar su curiosidad y mantener el interés.

Para ello, los maestros deben desarrollar métodos creativos y recursos innovadores. Aquí es donde los robots asistentes toman protagonismo para convertirse en aliados de los maestros en sus estrategias de docencia.

Los robots asistentes en educación se presentan como soluciones prometedoras. Estos ingenios no buscan reemplazar la labor de los maestros, sino complementarla, integrándose en las aulas con los métodos educativos tradicionales.

Competencias lingüísticas

Los robots asistentes pueden favorecer las competencias lingüísticas de los niños, como la comprensión verbal y la comunicación a través de gestos.

La etapa de 4 a 6 años es clave en el desarrollo del lenguaje, ya que durante este período los niños consolidan la base lingüística que les permitirá un desarrollo adecuado en los ámbitos educativo, social y, posteriormente, laboral. La exposición a entornos bilingües durante esta etapa ha demostrado mejorar la adquisición de una segunda lengua.

Una de las áreas en las que los robots asistentes pueden contribuir más es en la adquisición de vocabulario, al crear distintos contextos de comunicación, haciendo el aprendizaje más dinámico y atractivo para los niños.




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Cómo mejorar la enseñanza del inglés: ¿y si copiamos a Suecia?


Robots asistentes de vocabulario en inglés

Hemos explorado cómo un asistente robot puede mejorar el aprendizaje de vocabulario en inglés de niños de estas edades cuyo idioma nativo era el español. La investigación se llevó a cabo en dos escuelas infantiles con un total de 40 niños, divididos en dos grupos. Evaluamos tanto la adquisición de nuevas palabras como la capacidad de los niños para formar oraciones.

El robot desarrollado en nuestro equipo cuenta con micrófono, altavoces y una interfaz amigable, que simula expresiones faciales, con el fin de facilitar la comunicación con los pequeños.

Un 23 % más de vocabulario

Los resultados señalan que el robot crea un entorno de aprendizaje más interactivo y motivador, lo que facilita la adquisición de nuevo vocabulario. Los niños que interactuaban con el robot aprendieron un 23 % más de palabras que aquellos que seguían métodos tradicionales, sobre todo durante los primeros meses de exposición. Además, no solo aprenden palabras, sino que también se implican más activamente en las actividades.

El estudio también puso en evidencia algunos retos. Muchos niños se distraían fácilmente con el robot, lo que implicaba una supervisión constante por parte del maestro. Aún así, padres y docentes coincidieron en las encuestas indicando que gracias a la presencia del robot asistente, los pequeños se integran con mayor facilidad en la rutina escolar, aumenta su interés y su motivación por aprender. Concretamente para los docentes, supone una herramienta de apoyo, fácil de utilizar e integrar en el aula como una herramienta más de enseñanza.

La clave está en integrar la innovación como una ayuda en la educación, capaz de acompañar tanto a los niños en su aprendizaje como a los docentes en su trabajo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Robots asistentes: beneficios para el aprendizaje de otro idioma en educación infantil – https://theconversation.com/robots-asistentes-beneficios-para-el-aprendizaje-de-otro-idioma-en-educacion-infantil-265206

Vocación, no desesperación: ¿cuál es el perfil de los jóvenes que eligen el ejército en España?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ramón Rueda-López, Profesor en el Dpto. de Organización de Empresas, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

shutterstock

¿Qué lleva a un joven a plantearse ser militar profesional? En plena era de job hopping o cambio de trabajo cada poco tiempo y empleos flexibles, podría esperarse que la respuesta a esta pregunta estuviera relacionada con factores como un sueldo estable o ventajas laborales. Pero un análisis de dos décadas de encuestas en España (1997-2017) muestra una realidad más compleja.

Las personas jóvenes se sienten atraídas por el ejército principalmente por valores altruistas, identificación con la profesión y prestigio institucional, no por razones económicas. Ni siquiera las crisis financieras aumentaron significativamente el interés por motivos materiales.

El gran giro silencioso de las Fuerzas Armadas

Para entender este fenómeno, primero debemos contextualizar la transformación del Ejército español. Tras la dictadura, la profesionalización del ejército (1996-2008) implicó cambios profundos que podrían evidenciarse a través de los siguientes aspectos:

  • El tránsito del soldado “héroe” al soldado gestor de la paz. Así, las misiones bélicas dieron paso a operaciones humanitarias y seguridad internacional.

  • La revolución de género. España superó la media de la OTAN en cuanto a la incorporación de las mujeres a las Fuerzas Armadas, aunque persistan desafíos en cuanto a la de igualdad de género.

  • La modernización chocó con las limitaciones presupuestarias que afectaron condiciones laborales.

Pese a estos cambios, el estudio mencionado demuestra que la imagen social de las Fuerzas Armadas apenas ha actualizado sus motivos de reclutamiento. Los jóvenes aún perciben la profesión con lentes más tradicionales de lo que podría esperarse.

Analizando las encuestas sobre Defensa Nacional y las Fuerzas Armadas realizadas en España por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) entre 1997 y 2017, esta investigación ha observado algunos patrones curiosos:

  • Altruismo activo: la voluntad de defender España voluntariamente es el factor más determinante. Las personas jóvenes que considerarían ser soldados profesionales muestran un 40 % más de predisposición a servir a España que el resto.

  • Fascinación por lo castrense: el interés por temas militares (conversaciones, seguimiento informativo) es el segundo motor. Quienes muestran esta curiosidad tienen 2,5 veces más probabilidad de plantearse la carrera militar. No obstante, cuestiones relacionadas con la vida castrense, como la disciplina o el uso de uniforme, no tienen relevancia en cuanto al interés por lo militar.

  • Prestigio institucional: la valoración positiva del ejército como institución triplica su influencia respecto a factores como salario o estabilidad. Aquí hay un matiz clave: no es admiración por símbolos (bandera o himno), sino confianza en su función social.

Los mitos, derribados por los datos

Lo anterior refuerza el hecho de desterrar alguno mitos previos.

  • Mito 1. “En crisis, el ejército atrae por seguridad laboral”: falso. Los incentivos económicos como, por ejemplo, el sueldo digno o la posibilidad de promocionar son valorados genéricamente, pero no diferencian a quienes realmente consideran la carrera. Incluso en el periodo entre 2009 y 2013, cuando la crisis económica era más acuciante, estos factores no ganaron peso.

  • Mito 2. “Las personas jóvenes buscan aventuras”: parcialmente falso. Viajar o practicar deporte extremo apenas influyen. Solo el 15 % de quienes son aspirantes potenciales menciona estos aspectos. Lo que importa es el trabajo en sí, no sus “beneficios colaterales”.

  • Mito 3. “La familia militar es decisiva”: verdad a medias. Tener un familiar en las Fuerzas Armadas aumenta la predisposición, pero su influencia es menor que el altruismo o la valoración institucional. Además, este factor se mantiene estable desde 1997.

Entender estas motivaciones tiene implicaciones prácticas en lo que respecta, por ejemplo, al reclutamiento inteligente, es decir, abordar campañas centradas en el salario o las ventajas es poco efectivo. Funcionan mejor mensajes sobre servicio a la sociedad y profesionalismo. También a la gestión de talento –retener efectivos requiere potenciar camaradería y sentido de misión, no solo mejoras salariales– y al diálogo civil-militar –la ciudadanía valora más al ejército como garante de paz (66 % en 2017) que como fuerza bélica–. Reflejar esto mejora la imagen de las Fuerzas Armadas.

¿Soldados del futuro?

Los datos hasta 2017 no capturan impactos recientes (pandemia, guerra en Ucrania), pero dan pistas clave como la resistencia de los valores –pese a los cambios sociales, el núcleo duro de la vocación militar persiste–; la brecha generacional –las personas jóvenes privilegian servicio concreto sobre símbolos abstractos– y la visión de un futuro prometedor.

En tiempos de empleo volátil, la paradoja militar española ofrece una lección: cuando el trabajo tiene sentido trascendente, los incentivos económicos pasan a segundo plano. Quizás por eso, mientras otros sectores luchan por retener talento, el ejército sigue encontrando jóvenes dispuestos a servir.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Vocación, no desesperación: ¿cuál es el perfil de los jóvenes que eligen el ejército en España? – https://theconversation.com/vocacion-no-desesperacion-cual-es-el-perfil-de-los-jovenes-que-eligen-el-ejercito-en-espana-261498

Del brote a la vigilancia: así se han logrado reducir los casos de virus del Nilo Occidental en España

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Sepúlveda Crespo, Investigador Miguel Servet, Instituto de Salud Carlos III

El virus del Nilo Occidental se transmite a través de la picadura de los mosquitos del género _Culex_. Jens Goepfert/Shutterstock

Durante las últimas semanas, el virus del Nilo Occidental ha vuelto a ocupar titulares en España. Andalucía y Extremadura han notificado nuevos casos humanos, varios municipios están en alerta y cuatro personas han fallecido.

No obstante, aunque el patógeno sigue circulando, la situación es muy distinta a la de 2024, cuando España registró 158 infecciones, la cifra más alta desde que se detectó por primera vez en el país. Este año, los casos apenas superan la veintena. ¿Qué ha cambiado? La respuesta está en la vigilancia y la prevención.

¿Qué sabemos del virus del Nilo Occidental?

El virus se transmite a través de la picadura de mosquitos del género Culex, que transportan el patógeno entre aves, su principal reservorio, y otras especies. Basta una picadura “equivocada” para que salte a caballos o humanos

Ciclo de transmisión del Virus del Nilo Occidental.

La mayoría de las personas infectadas no presenta síntomas o sufren un cuadro leve similar a la gripe. Sin embargo, en menos del 1 % de los casos puede afectar al sistema nervioso, causando meningitis, encefalitis o incluso la muerte.

En los últimos años, se ha consolidado como un virus endémico en Europa, especialmente en la cuenca mediterránea. El aumento de las temperaturas, los inviernos suaves y los veranos más largos han creado el entorno ideal para los mosquitos Culex. España, con amplias zonas húmedas y un clima cálido, reúne las condiciones perfectas para su expansión.

De brote local a problema nacional

Los primeros casos humanos se notificaron en 2010, en la provincia de Cádiz. Durante casi una década, la enfermedad permaneció en niveles bajos. Pero en 2020 se produjo un brote sin precedentes: 77 casos, sobre todo en Andalucía y Extremadura. Desde entonces, el virus no ha desaparecido.

En los años siguientes, la circulación se mantuvo con altibajos. Como apuntábamos antes, en 2024 fueron notificadas 158 infecciones humanas, junto con casos en aves y caballos en distintas provincias. Este año, sin embargo, el panorama ha cambiado: a 27 de octubre de 2025 se han confirmado unos 27 casos humanos, concentrados en Extremadura, y un caso leve en Andalucía, detectado gracias a vigilancia activa. Además en esta última comunidad se ha constatado circulación del virus en mosquitos del valle del Guadalquivir, como en Coria del Río, Gerena o Villamanrique de la Condesa.

El descenso de casos refleja una vigilancia constante y una mejor coordinación entre autoridades sanitarias, veterinarias y ambientales.

La vigilancia ha cambiado el rumbo

Tras los brotes de 2020, Andalucía puso en marcha el Programa de Vigilancia del Virus del Nilo Occidental, un plan pionero que combina control entomológico, seguimiento veterinario y vigilancia epidemiológica para detectar el virus antes de que llegue a las personas.

El programa emplea trampas para capturar mosquitos, analiza aves silvestres y caballos, y activa alertas cuando se detecta circulación viral. Así, las autoridades pueden intervenir con fumigaciones selectivas, eliminación de criaderos y campañas informativas.

El modelo andaluz ha sido tan eficaz, que en 2025 se ha extendido a todo el país mediante el Programa Nacional de Vigilancia de la Fiebre del Nilo Occidental, coordinado por los ministerios de Agricultura y Sanidad. Extremadura, por ejemplo, ha reforzado la instalación de trampas en humedales del río Guadiana, lo que ha permitido detectar mosquitos portadores y limitar el riesgo de transmisión.

El resultado es claro: menos contagios, menos muertes y una respuesta más rápida ante los primeros signos del virus.

El papel de la ciudadanía

La vigilancia institucional no funciona sin la colaboración ciudadana. Las comunidades afectadas han lanzado campañas con medidas sencillas: eliminar el agua estancada, mantener limpios los bebederos, usar repelentes y colocar mosquiteras.

Aunque parezcan gestos menores, su impacto es enorme. Reducir los puntos de cría de mosquitos limita su población y, con ello, la posibilidad de transmisión. En Andalucía, la mayor sensibilización de la población ha sido clave para consolidar los buenos resultados de 2025.

Porque la prevención empieza en casa. Los mosquitos Culex no viajan lejos: suelen reproducirse a menos de dos kilómetros del lugar donde nacen. Cada acción local tiene un efecto directo en la protección de toda la comunidad.

Más allá del Nilo Occidental

El caso del virus del Nilo Occidental es también una advertencia sobre los desafíos del cambio climático. Las alteraciones en temperatura y lluvias están ampliando la distribución de mosquitos vectores en Europa, favoreciendo la aparición de otros virus como el dengue o el chikungunya.

La experiencia española ofrece una lección valiosa: la detección temprana y la coordinación entre administraciones son la mejor defensa frente a estas amenazas emergentes. Pero la vigilancia no puede relajarse. El virus del Nilo no se ha ido, simplemente está mejor controlado.

España ha pasado del brote a la vigilancia, y eso marca la diferencia entre reaccionar tarde o prevenir a tiempo. Mantener ese equilibrio dependerá de que ciencia, autoridades y ciudadanía sigan trabajando juntas para contener un virus que, aunque estacional, ha venido para quedarse.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Del brote a la vigilancia: así se han logrado reducir los casos de virus del Nilo Occidental en España – https://theconversation.com/del-brote-a-la-vigilancia-asi-se-han-logrado-reducir-los-casos-de-virus-del-nilo-occidental-en-espana-267801

Los memes y el patrimonio popular en internet

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nuria Rey Somoza, Docente investigadora en la Facultad de Artes y Humanidades URJC, Universidad Rey Juan Carlos

En nuestro imaginario existe una idea más o menos clara de lo que es un meme. Lo asociamos al tipo de imágenes estáticas que, acompañadas por texto, circulan por foros y redes sociales con una intención humorística. Fue en esa forma cuando se popularizó el término, coincidiendo con el clímax de la vida online 2.0: pasamos de una interacción unidireccional con los entornos digitales a una expansión de las posibilidades comunicativas en internet. Esta es su era de asentamiento, que fundamenta las bases narrativas y comunicativas de las que vendrán.

Memes: objetos y procesos culturales

En su sentido originario, el meme es una unidad o conjunto de elementos culturales que da lugar a los comportamientos, gestos y costumbres. Es decir, puede ser un objeto independiente, pero también una suma que construya, de forma orgánica, interacciones socioculturales. Por ejemplo, un sticker o clip divertido de mascotas sería un meme-objeto, pero que exista todo un afán colectivo por reproducir y compartir diariamente este tipo de contenidos sería un meme-procesual.

El meme de Julio Iglesias señalando a cámara, acompañado del texto “Y lo sabes”, es un meme-objeto, mientras que el envío masivo por WhatsApp de imágenes alteradas de Julio Iglesias describiendo que llega el mes de julio sería un meme-procesual. El emoticono con pulgar hacia arriba, indicando “ok”, “me gusta” o “de acuerdo”, es un meme-objeto que forma parte de una interacción, pero su significado es un meme-procesual, pues ese sentido es aceptado por las generaciones boomers y millennials, pero las generaciones Z y alpha emplean otros iconos para expresar lo mismo.

En su devenir digital, el meme ha ido adaptándose a todos los espacios disponibles, aumentando su sentido del humor hasta el absurdo y sus nociones básicas hacia artefactos más complejos, donde la ironía queda en un segundo plano y predomina lo autorreferencial y local. Desplazando, así, su intención original de socializar experiencias universales para, ahora, interpelar a comunidades más pequeñas que articulan sus propias jergas desde lo memético viral.

Por ello, entendido como unidad o como engranaje de sentidos, el meme digital funciona como dispositivo clave de la comunicación digital, y es fundamental también para comprender el mundo actual que habitamos: un mundo-imagen, hipervisual e hiperconectado. Se cuela y configura las relaciones sociales, tecnológicas, culturales, icónicas y subjetivas que se activan en los espacios online de conexión continua.

Memes y folclore digital

En este punto, se pueden destacar algunas características principales de los memes contemporáneos. Los memes de internet son dispositivos culturales creativos y comunicativos, dinámicos y maleables, que interpretan la realidad y, al mismo tiempo, se versionan entre ellos. Su esencia, pues, se localiza en un movimiento constante, impregnando con su dinamismo cada proceso online. Si se detiene o se rechaza por parte de la comunidad, ese meme dejará de funcionar.

Son, además, artefactos intangibles, inmediatos y efímeros, pues solo “suceden” mientras se están reproduciendo. Se propagan por un mecanismo similar al boca a boca, y cuando ya están instalados en las prácticas comunicativas, se convierten en un recurso fluido y natural para la cotidianidad. Con ello, son capaces de determinar los modelos para la conversación, no solo digital, sino también de las interacciones offline. De esta manera, van combinando actos digitales, físicos, analógicos, tecnológicos, culturales y políticos en las rutinas de las comunidades.

Por ello, estos memes son parte de un patrimonio digital que ha ido creciendo según han avanzado las posibilidades tecnológicas, técnicas y artísticas entre personas y dispositivos. Existe, de este modo, un folclore digital que representa el conjunto de nuevas tradiciones, actitudes y códigos culturales que se desarrollan a través de las vidas conectadas en red.

Junto con lo anterior, el meme digital se caracteriza por su plasticidad y flexibilidad a la hora de cambiar: para adaptarse, un meme debe permitir ser recontextualizado, expandido, reinterpretado. Todo esto multiplica sus opciones para ser reconvertido en otros formatos por los usuarios, de manera orgánica y colaborativa, conscientemente o no.

Sobre todo cuando es un acto intencionado, se ponen en juego diferentes capacidades creativas que tienen que ver con las narrativas digitales, los procesos mediáticos y las interacciones lúdicas. Expresiones visuales como el collage, el pastiche o el fotomontaje (y ahora, las imágenes generadas con IA) son fórmulas que se basan en la creatividad distribuida y el remix. La creatividad distribuida se refiere a la creación colectiva o colaborativa, la cocreación, pero también a la creación desde la acumulación o fragmentación por la intervención de distintos usuarios. Es decir, modificar elementos de un meme al añadir, quitar o desplazar alguno de sus componentes para incorporar capas de significado o nuevas lecturas. Estas reconfiguraciones fomentan habilidades para la transformación y la reconstrucción de sentidos: implica experimentar con el remix de las imágenes y otras formas de expresión de los nuevos medios.

Estas prácticas de remix y versionado en red se articulan desde diferentes opciones de autoría, que se alejan de la tradicional concepción y uso de la propiedad intelectual y el reconocimiento. Lo genuino y único no existe en internet tal como lo entendíamos en épocas anteriores: ahora, el bagaje previo de un material no es solo intelectual, sino que sigue existiendo visualmente o, por lo menos, en su huella digital. La mayoría de materiales son, pues, de autoría compartida o fluida, en la que acciones como el reciclaje de elementos (copiando, pegando, ensamblando, replicando) son ya habilidades asimiladas por la sociedad actual.

El acceso y disponibilidad de herramientas creativas prometía un escenario de mayor democratización en el internet global, aunque es cierto que se ha demostrado una cultura condicionada en nuestros días. Sin embargo, sí existe cierta fusión entre alta y baja cultura cuando pueden convivir en situaciones de igualdad.

Así, las instituciones y circuitos oficiales de la cultura comparten espacios mediáticos con prácticas de arte electrónico (netart), fenómenos como los NFTs, expresiones de activismo digital, cultura visual trash (imágenes pobres, deterioradas o molestas según los cánones comunes) y aplicaciones de creación audiovisual (apps de plantillas o filtros de imagen preconfigurados, de IA o de diseño gráfico, por ejemplo).

Conflictos de hoy, propuestas de futuro

En primer lugar, cabe señalar la consolidación del meme digital hoy desde el audiovisual. De esta manera, va abandonando sus formas clásicas estáticas para manifestarse en distintos formatos de vídeo, gracias al auge y predominio de plataformas como YouTube, TikTok y sitios de streaming. Y, por ser materiales más complejos, el meme contemporáneo tiende a ser un meme-procesual, siempre a favor de la máxima viralización, abandonando también poco a poco la conexión emocional con los memes-objeto. Hay por ello una brecha entre generaciones al visualizar, interpretar y socializar estos materiales (puede verse en vídeos de creadores más jóvenes cuando revisan y señalan que los “memes antiguos” dan cringe, vergüenza ajena).

En épocas previas, el sentido de una red hiperconectada como internet se entendía desde la democratización y colaboración social. Sin embargo, algunas de las tendencias y contenidos del presente nos alertan que esto ha cambiado: la posibilidad (y el deseo) de monetizar cualquier contenido online prioriza escenarios individualistas y de jerarquización, también en las redes sociales de comunicación. Pretender convertir todo en un producto rentable o publicitario deviene en que los memes estén al servicio del algoritmo.

De esta manera, fórmulas que antes se entendían como populares han sido manipuladas por las corporaciones y la tecno-élite: lo vemos en hilos de comentarios llenos de bots, en la repetición de anuncios en bucle, en el embarramiento de la experiencia del usuario en redes o en el uso de bulos e imágenes IA con fines de espectacularización ideológica. Por ello, los componentes del patrimonio digital se van convirtiendo en objetos y procesos más homogéneos y previsibles.

En contraposición, tanto los memes como otros recursos para la comunicación digital nos pueden servir en la ideación y construcción de nuevas tendencias comunitarias online. Como tareas para ello, debemos experimentar modos de acompañamiento y cuestionamiento de las imágenes autogeneradas, de nuestra dependencia de ciertos espacios corporativos y de los usos de nuestros datos. Un ejemplo de este tipo sería el Fediverso, que se propone como un conjunto de redes sociales descentralizadas e interconectadas, externas a la dirección de las grandes empresas tecnológicas actuales. Este tipo de iniciativas se presentan como espacios de reconquista para volver a conectar con valores populares en un internet para todas las personas.


La versión original de este artículo ha sido publicada en la revista Telos, de Fundación Telefónica.


The Conversation

Nuria Rey Somoza trabaja para la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid, España)

ref. Los memes y el patrimonio popular en internet – https://theconversation.com/los-memes-y-el-patrimonio-popular-en-internet-266437