El espejismo del hidrógeno verde: por qué la obsesión por el color oculta una transición injusta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia María Puerta Moreno, Profesora Sustituta en Ingeniería Química y Ambiental, Universidad de Sevilla

Piyaset/Shutterstock

En la actual carrera global hacia la descarbonización, el hidrógeno se ha posicionado para muchos como el “santo grial” energético, capaz de “limpiar” industrias pesadas y sectores difíciles de electrificar. Sin embargo, bajo este entusiasmo tecnológico, subyace un problema de decisión crítico: la simplificación del debate mediante una paleta de colores. Mientras gobiernos y empresas se obsesionan con el “hidrógeno verde” (producido a partir de energía renovable) o el “azul” (obtenido a partir de combustibles fósiles, pero cuyas emisiones de CO₂ se almacenan), ignoramos una realidad técnica y social mucho más profunda.

Esta clasificación cromática es eficaz como herramienta de marketing. Pero resulta insuficiente para reflejar lo que realmente implica la sostenibilidad. Alcanzar la “descarbonización total” exige ir más allá de la narrativa del color y adoptar marcos de evaluación que integren dimensiones económicas, ambientales y, de manera urgente, sociales.

La etiqueta “verde” no garantiza que un proyecto sea justo, viable localmente o eficiente en términos de recursos. Sin un acuerdo sobre los criterios de evaluación, la política energética corre el riesgo de construir infraestructuras sobre bases metodológicas frágiles, donde un análisis incompleto oculte consecuencias inaceptables para las comunidades.

Más allá de la eficiencia técnica en la producción

La magnitud del reto es considerable. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), para cumplir los objetivos climáticos en 2050, la demanda de hidrógeno de bajas emisiones deberá cuadruplicar la demanda de hidrógeno fósil registrada en 2022. Esta transición no es solo un ajuste técnico. Es también un motor fundamental para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente para la innovación en infraestructuras (ODS 9) y la generación de empleo digno (ODS 8).

Sin embargo, la solución óptima no es universal. Elegir una vía de producción que reduzca las emisiones es un problema complejo en el que la geografía condiciona la viabilidad. Cada país considera en sus estrategias diferentes rutas de generación, tanto con fuentes renovables como usando fuentes fósiles con captura de carbono.

Existen diferencias estratégicas entre regiones. La Unión Europea apuesta por el hidrógeno renovable. En Canadá, tienen la red eléctrica relativamente descarbonizada, por lo que proponen usarla como fuente de electricidad para la electrolisis (ruptura de la molécula de agua para producir hidrógeno). En Australia, apuestan por aprovechar su potencial solar, de forma que dan prioridad a producir el hidrógeno con electrolisis usando electricidad procedente de energía solar. En Japón, se plantean la importación de hidrógeno bajo en carbono, debido a sus limitaciones en cuanto a recursos para producirlo.

Esta diversidad demuestra que elegir una ruta no depende solo de la eficiencia técnica de cada proceso. Entran en juego otros factores como el impacto sobre el agua potable (ODS 6) en zonas de escasez hídrica o el acceso asequible a la energía (ODS 7).




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El factor humano

La solidez de un marco de decisión no reside solo en el resultado, sino en su capacidad de valorar de forma equilibrada todas las dimensiones de la sostenibilidad. Aquí aparece un fallo estructural: la dimensión social está muy poco representada.

Mientras que indicadores como el coste nivelado del hidrógeno (LCOH, el coste de producción de 1 kg de hidrógeno, considerando los costes de inversión y de operación de las tecnologías empleadas) o el potencial de calentamiento global (GWP, que mide el impacto de un producto sobre el efecto invernadero) disponen de métricas consolidadas, los factores sociales se tratan como elementos secundarios y cualitativos.

Esta carencia genera un desequilibrio en el análisis. Factores críticos como la pobreza energética, los derechos humanos y laborales en la cadena de suministro y la participación económica de los actores locales, suelen quedar en segundo plano.

Además, la propia forma de elegir los indicadores condiciona el resultado. Si a un único indicador económico se le da mucho peso frente a varios indicadores sociales, pequeñas variaciones en costes pueden eclipsar un desempeño social sobresaliente.

El sesgo hacia la dimensión económica acaba siendo estructural. Esto explica por qué proyectos técnicamente sólidos encuentran un fuerte rechazo social: se diseñaron sin tener en cuenta adecuadamente la salud de las personas, el impacto en el territorio o la participación de la comunidad desde el principio.




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Hacia una transparencia total

La ciencia aplicada a la toma de decisiones reconoce hoy sus propios límites. Muchos estudios actuales dependen en exceso de la opinión de expertos, lo que introduce una subjetividad inevitable. Para manejar esta incertidumbre, se emplean herramientas matemáticas que permiten reflejar la ambigüedad y la falta de consenso en las opiniones humanas. Algunas de estas herramientas son la “lógica difusa” (fuzzy logic) o los “conjuntos neutrosóficos”.

Sin embargo, el futuro exige mayor rigor y estandarización. Indicadores como el consumo de agua en zonas de escasez o el riesgo para la salud humana deben calcularse con metodologías transparentes y verificables. La falta de detalle en los datos dificulta las comparaciones globales. Una transición justa requiere una ciencia que la sociedad pueda auditar y comprender.

El hidrógeno como motor de una transición justa

El éxito de la economía del hidrógeno no se medirá por la capacidad instalada. Se medirá por nuestra capacidad para implementar marcos de decisión transparentes, inclusivos y metodológicamente honestos. Este éxito, en última instancia, no será tecnológico, sino metodológico.

Para los responsables de políticas, la recomendación es clara: deben abandonar la visión de “solución única para todos” y exigir marcos de evaluación que equilibren las dimensiones económicas, ambientales, técnicas y sociales. Armonizar los criterios es el único camino para asegurar que el hidrógeno sea, verdaderamente, un pilar de la sostenibilidad global. Solo con un marco de decisión robusto que incluya al factor humano podremos garantizar que esta revolución energética sea, además de limpia, justa.

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Silvia María Puerta Moreno ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades con el proyecto GH2T (PID2020-114725RA-I00 MCIN /AEI/ 10.13039/50110 0 011033). Además, ha recibido una ayuda FPU del Gobierno de España (FPU22/00366).

– ref. El espejismo del hidrógeno verde: por qué la obsesión por el color oculta una transición injusta – https://theconversation.com/el-espejismo-del-hidrogeno-verde-por-que-la-obsesion-por-el-color-oculta-una-transicion-injusta-284519

Los eclipses de la Edad Media: entre la observación y las interpretaciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Eugenia Alguacil Martín, Técnico de archivo, Archivo Histórico Provincial de Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

Acontecimientos tan relevantes como un eclipse total suelen venir acompañados de noticias sobre cómo se vivían episodios similares en las sociedades históricas. Pero a menudo se recuperan datos circunstanciales e inconexos, que sin quererlo acentúan el progreso del conocimiento actual mientras enfatizan la ignorancia de las sociedades pasadas.

Sin embargo, el análisis de los textos medievales permite ofrecer una imagen más matizada. Así ocurre con algunos testimonios relativos al eclipse del 7 de junio de 1415.

Crónicas y textos científicos

Dentro de los textos medievales podemos encontrar las crónicas, que narraban historias dinásticas, celebraban la guerra y apelaban a lo emocional. No es raro, por tanto, que interpretasen los eclipses como augurios de acontecimientos relevantes explicados con la voluntad divina.

Así se observa en la Crónica da tomada de Ceuta que escribió Gomes Eanes de Zurara. En ella contaba la conquista de esta plaza por el rey Juan I de Portugal y recordaba que el paso del eclipse de 1415 por Lisboa fue una de las señales que se incluyeron en los vaticinios del conocido como Yuda Negro, astrólogo de la corte de origen judío. Al rodear los hechos regios con circunstancias excepcionales interpretadas como augurios, se ensalzaba un poder al que se quería atribuir una base sobrenatural.

Pero la Edad Media también es la época en la que la herencia de la astronomía griega se transmitió a través de la cultura andalusí, incluyendo el propio vocablo eclipse.

En la segunda mitad del siglo XIII, el rey castellano Alfonso X promovió observaciones astronómicas para determinar la posición de los astros. Las tablas alfonsíes que reconocían el movimiento de los cuerpos celestes se difundieron por las élites cultas de su tiempo, y su saber llegó también a algunas capas de la sociedad castellana. A principios del siglo XIV, el literato don Juan Manuel ya sabía explicar en su Libro de los estados que, en ocasiones, “la luna faze eclipsi al sol”.

Imagen de un rey, en el centro, dictando a un escribano que está inmediatamente a la derecha.
El rey Alfonso X de Castilla representado en el Códice rico de las Cantigas. Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, manuscrito T-I-1, fol. 5r.
RB. Patrimonio Nacional, CC BY

¿Qué nivel de difusión social alcanzaron aquellas interpretaciones más ajustadas a la realidad? Los documentos escritos por los notarios públicos ofrecen una respuesta a este interrogante.

Los registros notariales

Más allá de las crónicas regias de audiencia cortesana y de las traducciones de textos astronómicos que circulaban por grupos muy concretos, los siglos finales de la Edad Media son también los de la extensión del notariado público por las ciudades y villas de la Europa latina.

Los notarios eran personas letradas a las que se reconocía fe pública. Sus escrituras tenían valor probatorio y protegían los derechos de instituciones y personas. Y además de los documentos que sus clientes se llevaban como garantía de sus derechos, los propios notarios redactaban sistemáticamente registros de todos los asuntos que escrituraban.

En ellos se recogía el día a día de las sociedades a las que pertenecían: los derechos de propiedad, la transmisión de las herencias, los tratos y contratos cotidianos, y también –de forma excepcional– las ocasiones y acontecimientos memorables en la vida de la comunidad. Los cuadernos donde los notarios medievales registraban su actividad se han conservado de forma desigual. Pero, a principios del siglo XV, ya son lo suficientemente numerosos para que podamos leer, desde Montpellier hasta Toledo, pasando por Toulouse, algunos de sus testimonios sobre el eclipse del 7 de junio de 1415.

Textos sobre ocasiones memorables

Ningún contrato pasó aquel día ante Juan Alfonso, notario al servicio de la Iglesia de Toledo. Pero en su registro tuvo a bien anotar con gran naturalidad un episodio fuera de lo común:

“fasta una ora, fizo eclibsi el sol muy fuerte, atanto que paresçieron las estrellas del çielo, e duró quarto de ora la tiniebra del dicho eclipsi”.

En los Anales occitanos de Montpellier, redactados en lengua vernácula en el ámbito de las élites concejiles, ya se entiende bien que aquello había sido “eclipsi del solhelh et de la luna”. Sin embargo, también se indica que no había sido demasiado intenso, “ni pas trop lonc ni trop escur” (‘ni muy largo ni muy oscuro’), aunque llegaron a verse claramente “las estelas en lo cel”.

Más técnico, el notario Georges Arnaud de la misma ciudad también lo describió en sus minutas de aquella fecha: “fuit eclipsa”, escribía en latín, para indicar luego su duración –“quasi per mediam horam”– y terminar diciendo que había sido “multum obscurum”, en una valoración distinta a la del texto anterior.

En fin, en Toulouse se conservan los registros de Bernard de Cuguron, que no dejó de referirse a la ocasión al final de sus páginas. También en latín, recordó que aquel viernes 7 de junio había ocurrido un eclipsis a la sexta o séptima hora del día, que las calles se quedaron sin luz. Según los cálculos actuales, Toulouse estaba en la zona de mayor visibilidad de aquel eclipse.

De todos estos textos, es el único que asocia un fenómeno astronómico excepcional con un contexto humano, pues indica que en aquel año también había tenido lugar la guerra entre los dos grandes poderes rivales del suroeste francés, los condes de Foix y los de Armagnac. Pero debe subrayarse que no llega a establecer una relación de causalidad entre ambos sucesos.

Todo esto permite pensar que algunos sectores de las sociedades medievales aprendieron a reconocer en el eclipse un fenómeno natural, por más que fuese excepcional. Estaban por llegar observaciones más precisas y cálculos más ajustados, como los que hoy permiten anticipar los eclipses futuros y fechar con precisión los del pasado. Pero la capacidad para observar y describir, que está en la base del conocimiento científico, también se encuentra en las sociedades pretéritas y nos advierte sobre los prejuicios con los que a veces pensamos sobre ellas.


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The Conversation

María Eugenia Alguacil Martín recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, PID2023-146105NB-I00.

Miguel Calleja-Puerta recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, PID2023-146105NB-I00.

Néstor Vigil Montes recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, PID2023-146105NB-I00.

Véronique Lamazou-Duplan recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, PID2023-146105NB-I00.

– ref. Los eclipses de la Edad Media: entre la observación y las interpretaciones – https://theconversation.com/los-eclipses-de-la-edad-media-entre-la-observacion-y-las-interpretaciones-287811

La paradoja de las vacaciones: cuanto más necesitamos descansar, más nos cuesta conseguirlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid

Olezzo/Shutterstock

Todos los años nos hacemos la misma promesa: “Ya descansaré en vacaciones”. Confiamos en que dos o tres semanas sin reuniones, correos ni despertadores compensen meses de cansancio acumulado. Las vacaciones no son un taller de reparación: pueden aliviar el desgaste, pero difícilmente transformarán en unos días una forma de vida que nos agota durante todo el año.

Llegamos a ellas con una enorme necesidad de recuperación, pero también con expectativas difíciles de cumplir. Tenemos que desconectar, dormir bien, aprovechar cada día y regresar renovados. Cuando descansar se convierte en otra obligación aparece una nueva forma de presión.

Las vacaciones ayudan, pero no hacen milagros. La investigación muestra que mejoran el bienestar y reducen temporalmente el agotamiento. Sin embargo, sus efectos positivos se desvanecen a la semana de regresar al trabajo. Podemos pasar once meses acumulando cansancio y esperar que agosto lo resuelva todo, pero la recuperación no entiende de calendarios laborales. Necesita producirse a lo largo de todo el año.

El cuerpo se va de vacaciones antes que la mente

Para nuestra mente las vacaciones pueden empezar bastante después de lo que marca el calendario. Cerramos el ordenador y viajamos a otro lugar, pero continuamos repasando tareas pendientes, anticipando problemas o pensando en la bandeja de entrada que encontraremos al regresar. El cuerpo puede estar de vacaciones mientras la mente continúa en la oficina.

Este desfase explica por qué no siempre empezamos a descansar nada más llegar. En un estudio con trabajadores cuyas vacaciones duraron una media de 23 días, el bienestar aumentó durante los primeros días y alcanzó su punto máximo alrededor del octavo. Esto no significa que todos necesitemos una semana para desconectar, pero sí que la recuperación es gradual.

La investigación distingue cuatro experiencias que favorecen la recuperación del estrés laboral:

  1. Desconectar mentalmente del trabajo.

  2. Relajarse.

  3. Realizar actividades que nos permitan aprender o sentirnos competentes.

  4. Disponer de autonomía sobre nuestro tiempo.

Las vacaciones facilitan estas experiencias, pero no las garantizan. Podemos estar tumbados en una playa y continuar trabajando mentalmente. También podemos llenar cada día de planes, desplazamientos y compromisos hasta convertir el descanso en otra agenda que debemos completar. La recuperación no depende solo de dónde está nuestro cuerpo, sino de dónde sigue atrapada nuestra atención.

La expectativa de recuperarnos también puede volverse contra nosotros. Llegamos pensando que debemos dormir ocho horas, olvidarnos inmediatamente del trabajo y levantarnos cada mañana llenos de energía, pero el sueño es un proceso involuntario. No podemos dormir del mismo modo que apagamos una luz.

Cuanto más vigilamos si estamos descansando más difícil puede resultar abandonar el estado de alerta. Hemos llevado tan lejos la cultura del rendimiento que incluso descansar parece algo que debemos hacer perfectamente.

Dormir más durante las vacaciones puede hacer que nos sintamos menos cansados. Sin embargo, eso no significa que el organismo revierta de golpe todos los efectos de meses durmiendo poco. La recuperación ayuda, pero no siempre neutraliza todas las consecuencias de haber dormido poco. Un experimento mostró que dormir más durante el fin de semana producía algunas mejoras transitorias, pero no evitó las alteraciones metabólicas cuando los participantes volvieron a reducir sus horas de sueño.

Cambiar todas las rutinas tampoco ayuda

Las vacaciones no solo eliminan las obligaciones laborales. También modifican muchas de las señales que regulan nuestro sueño. Nos acostamos y levantamos más tarde, hacemos siestas prolongadas, cenamos a otra hora y pasamos más tiempo expuestos a luz artificial durante la noche. Esta flexibilidad puede ser beneficiosa, especialmente para quienes llegan con una necesidad importante de sueño. El problema aparece cuando cada día seguimos un horario distinto.

Nuestro sistema circadiano utiliza la luz, la actividad, las comidas y los horarios para organizar el ciclo de sueño y vigilia. Alterarlos bruscamente puede provocar una especie de jet lag social: un desajuste entre nuestro reloj biológico y los horarios que seguimos.

A ello se suman el calor, las cenas tardías y un mayor consumo de alcohol. Este último puede facilitar inicialmente la somnolencia, pero tiende a fragmentar el sueño conforme se metaboliza.

Estos cambios no convierten las vacaciones en una amenaza para el sueño, solo muestran que disponer de más tiempo para dormir no garantiza automáticamente que durmamos mejor.

La recuperación no debería esperar hasta agosto

El error de fondo consiste en tratar la recuperación como un acontecimiento anual. Nuestro organismo necesita alternar periodos de esfuerzo y descanso. Nadie pensaría que dormir bien durante quince noches permite dormir mal el resto del año. Sin embargo, aplicamos una lógica parecida a la recuperación del estrés.

Esta debe producirse en diferentes escalas: mediante pausas durante la jornada, desconexión al terminar de trabajar, sueño suficiente cada noche, tiempo libre semanal y vacaciones periódicas. Cada una cumple una función y ninguna sustituye a las demás.

Las vacaciones son fantásticas: nos devuelven autonomía, reducen las demandas laborales y nos permiten dormir más. Pero no deberían funcionar como el servicio de urgencias de nuestra vida laboral.

Si necesitamos escapar de nuestra vida para poder descansar, quizá el problema no sea cuánto duran las vacaciones, sino cómo vivimos el resto del año.

El descanso no comienza cuando hacemos la maleta. Se construye cada día, mucho antes de las vacaciones. Y si en septiembre sentimos que ya necesitamos las siguientes para recuperarnos, tal vez el problema nunca fue agosto.

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Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La paradoja de las vacaciones: cuanto más necesitamos descansar, más nos cuesta conseguirlo – https://theconversation.com/la-paradoja-de-las-vacaciones-cuanto-mas-necesitamos-descansar-mas-nos-cuesta-conseguirlo-288303

La empresa líquida: cuando la flexibilidad en las organizaciones se convierte en incertidumbre para sus trabajadores

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Pellejero, Profesor investigador en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Un lunes cualquiera, una persona abre su ordenador y descubre que el equipo en el que trabajaba ya no existe como tal. El proyecto ha cambiado de prioridad, la herramienta de gestión se ha sustituido por otra, su responsable directo ha pasado a otra área y parte de sus compañeros son ahora colaboradores externos. No ha ocurrido una crisis visible. Simplemente, la organización se ha reorganizado. Otra vez.

Durante décadas, muchas empresas se construyeron sobre una promesa relativamente estable: seguridad, pertenencia y trayectorias profesionales previsibles a cambio de compromiso y lealtad. El trabajo no era solo una fuente de ingresos. También ordenaba el tiempo, definía una identidad social y ofrecía cierta sensación de futuro compartido.

Esa lógica está cambiando. Trabajo híbrido, digitalización, equipos por proyectos, metodologías ágiles, subcontratación, inteligencia artificial y plataformas bajo demanda han convertido la adaptación permanente en una condición básica de la vida laboral. La empresa ya no se presenta tanto como una estructura sólida sino como un organismo que se reconfigura continuamente.

La imagen recuerda a la modernidad líquida propuesta por el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman en el año 2000: un mundo en el que las instituciones, las relaciones y las identidades pierden estabilidad y se vuelven más frágiles, móviles y temporales. Esta lectura se ha llevado también al terreno organizativo para explicar cómo la liquidez contemporánea modifica el liderazgo, las carreras profesionales y las formas de control dentro del trabajo.

La agilidad como promesa

Conviene evitar una lectura nostálgica. La flexibilidad no es, en sí misma, un problema. En entornos tecnológicos y económicos muy cambiantes, las organizaciones excesivamente rígidas reaccionan tarde, innovan peor y arrastran inercias burocráticas.

Las investigaciones sobre agilidad organizativa muestran que la capacidad de detectar cambios, responder con rapidez y reorganizar recursos puede mejorar el rendimiento de las empresas. Una revisión sistemática basada en 249 estudios empíricos publicados entre 1998 y 2024 encontró una relación consistente entre distintas formas de agilidad empresarial y resultados organizativos.

Las prácticas ágiles de trabajo, con una red de equipos que funcionan en ciclos rápidos de aprendizaje y toma de decisiones, pueden favorecer el bienestar cuando aumentan la autonomía, el apoyo social, la retroalimentación y la claridad de objetivos. La empresa líquida puede ofrecer oportunidades reales. El problema aparece cuando la flexibilidad deja de ser una herramienta y se convierte en un estado permanente de inestabilidad: esas mismas prácticas pueden aumentar demandas, presión comunicativa o sensación de sobreexposición si no se gestionan bien.

Equipos que se forman y se disuelven

Muchas organizaciones funcionan cada vez más mediante proyectos: equipos temporales, alianzas externas, colaboradores independientes y redes que se activan y se desactivan según la necesidad. Los estudios sobre organizaciones basadas en proyectos explican esta transformación hacia estructuras con núcleos estables y bolsas flexibles de socios o profesionales que se incorporan proyecto a proyecto.

La ventaja es evidente: se gana especialización y velocidad. La pérdida es menos visible: cuesta más construir memoria compartida, confianza y sentido de pertenencia. No basta con juntar talento para que exista cooperación. Las relaciones laborales necesitan tiempo, normas implícitas, experiencias comunes y una mínima continuidad.

Aquí aparece una de las paradojas del trabajo contemporáneo. La empresa gana flexibilidad, pero parte de la incertidumbre se desplaza al individuo. Ya no se espera solo que una persona haga bien su trabajo, sino que se actualice constantemente, cambie de equipo, redefina su rol y mantenga su empleabilidad en un mercado incierto.

El coste psicológico de no tener suelo

La investigación en salud laboral lleva años mostrando que la inseguridad en el empleo no es un asunto menor. Una revisión de 56 muestras independientes y más de 53 000 participantes encontró una relación significativa entre la inseguridad laboral y los problemas de salud mental, incluyendo ansiedad, depresión, agotamiento emocional y menor satisfacción vital.

Algo similar ocurre con la ambigüedad de rol. Cuando las personas no saben bien qué se espera de ellas, cuáles son sus límites de responsabilidad o cómo se evaluará su rendimiento, aumenta la tensión psicológica. Estudios sobre burnout o síndrome de estar quemado han encontrado que la ambigüedad y el conflicto de rol se asocian con mayor desgaste emocional.

Esto no significa que toda reorganización sea dañina. Significa que la adaptación permanente necesita estructura. Cambiar puede ser estimulante cuando existen recursos, apoyo y claridad. Pero se vuelve agotador cuando todo parece provisional: el equipo, el liderazgo, las prioridades, las herramientas e incluso los valores corporativos.

Pertenecer a una empresa que cambia sin parar

El trabajo híbrido añade otra capa. La distancia física no elimina necesariamente el vínculo con la organización, pero lo vuelve más dependiente de factores psicológicos: comunicación, apoyo social, identificación y sensación de formar parte de algo. La investigación sobre trabajadores virtuales ya señaló que, cuando desaparecen los elementos tangibles de la organización, la identificación organizativa se vuelve crucial.

Estudios recientes sobre el trabajo desde casa muestran que la intensidad del teletrabajo puede relacionarse con trayectorias distintas de aislamiento laboral, dependiendo de cuestiones como el apoyo entre compañeros o las dificultades de comunicación. Por eso, el debate no debería reducirse a “oficina sí vs. oficina no”. La cuestión relevante es cómo se construye pertenencia cuando el trabajo se distribuye en pantallas, plataformas y equipos cambiantes.

La seguridad psicológica ofrece una pista importante. La experta en liderazgo organizacional Amy Edmondson la definió como la creencia compartida de que un equipo es seguro para asumir riesgos interpersonales: preguntar, discrepar, reconocer errores o proponer ideas incompletas. Sin ese suelo relacional, la innovación se convierte fácilmente en presión.

Agilidad con anclajes

La empresa líquida no es necesariamente una mala empresa. Puede ser innovadora, rápida y abierta. Pero necesita anclajes. Las personas pueden adaptarse a entornos cambiantes si cuentan con reglas comprensibles, liderazgos confiables, espacios de participación, apoyo social y trayectorias mínimamente legibles.

La identificación con equipos y organizaciones se ha relacionado con menos estrés y mayor bienestar, y las iniciativas de cambio funcionan mejor cuando tienen en cuenta cómo afectan a la identidad de las personas implicadas.

El desafío no consiste en volver, sin más, a la empresa rígida del pasado, ni en celebrar acríticamente la flexibilidad como si siempre fuera sinónimo de libertad. La cuestión es cómo diseñar organizaciones capaces de moverse sin convertir la vida laboral en una sucesión interminable de reajustes.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. La empresa líquida: cuando la flexibilidad en las organizaciones se convierte en incertidumbre para sus trabajadores – https://theconversation.com/la-empresa-liquida-cuando-la-flexibilidad-en-las-organizaciones-se-convierte-en-incertidumbre-para-sus-trabajadores-285669

La selección: a la sombra de la Luna

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorena Sánchez, Responsable de Eventos. Editora de Ciencia y Tecnología, The Conversation

Donatas Dabravolskas/Shutterstock

La astronomía tiene algo de efecto ansiolítico. El cielo por encima de las nubes reconforta. Uno mira las estrellas y el alma viaja ligera, años luz. Los astros lejanos se adivinan mires desde donde mires, desde hogares en duelo, desde pastos quemados, desde fronteras infames. La Luna y el Sol son gratis. El cielo se rige por leyes anteriores al comercio, y no hay mercader que pueda vender un eclipse.

A partir de las 19:00 horas del próximo 12 de agosto vamos a vivir en España una experiencia para la que basta con unas gafas seguras y mirar hacia donde atardece. Durante algo más de dos horas, estaremos a la sombra de la Luna. Viviremos una falsa noche de acontecimientos afortunados: bajará la temperatura, cambiará el viento, los animales se inquietarán como lo hicieron sociedades que aún no habían domado las matemáticas para predecir danzas cósmicas.

Un suceso así afecta al conjunto de la sociedad. Interpela al cine, a la historia, a la literatura, a la política, y por supuesto, a la ciencia.

El cine recogió el impacto de los eclipses desde sus orígenes. Georges Méliès lo contó como un romance en blanco y negro en El eclipse: el cortejo entre el Sol y la Luna (1907). En literatura, viajan de Homero a Virginia Woolf casi siempre acarreando malos presagios. Lo babilonios ya sabían predecir eclipses, pero ni griegos ni romanos soltaron del todo la mano de los dioses para mover la Luna. En China, el mito de un dragón celestial explicó los eclipses durante milenios. “La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día”, escribe el astrónomo Javier Armentia, autor del artículo.

También es un fenómeno político. Organizar un país para un acontecimiento multitudinario implica, como explica en esta entrevista el secretario de Estado de Ciencia Juan Cruz Cigudosa, a “13 ministerios y todas las comunidades autónomas”. Y trae dinero: “Cerca de seis millones de personas pernoctarán en la franja de totalidad, casi medio millón más que el año pasado. Supondrá un impacto económico adicional cercano a los 348 millones de euros”, explica Cigudosa.

En cuanto a la salud, están activas todas las alarmas para informar del alto riesgo ocular de observar el eclipse sin las gafas adecuadas, 30 000 veces más oscuras que unas gafas de sol normales.

Pero es la ciencia la que se frota las manos ante un eclipse. Es la que puede explicar con milimétrico detalle qué ocurrirá el día 12 de agosto en el cielo.

Algún día no habrá eclipses totales. La Luna se aleja de la Tierra con lentitud de película francesa. Dentro de mil millones de años será ya demasiado remota para cubrir el disco solar. Ahora, todavía, el Sol y la Luna comparten en el cielo el mismo tamaño ilusorio –la estrella unas cuatrocientas veces mayor, la Luna cuatrocientas veces más cercana–. Esa coincidencia geométrica hace posible este instante. Convengamos en llamarla fortuna.

Segundos antes del eclipse total, lo que queda de Sol son las perlas de Baily, puntos de luz en el borde de la Luna. Ocurren porque la superficie de nuestro satélite tiene la belleza de lo impuro, no es lisa. Tiene montañas, cráteres y valles profundos. La luz del Sol se cuela a través de estos huecos del relieve lunar y así aparece un collar de cuentas de luz.

Entonces es el momento de observar la corona del Sol. Un espectacular halo de luz blanca. Es la atmósfera que envuelve al Sol. El campo magnético da forma y guía el plasma de la corona, creando arcos, plumas y estructuras filamentosas visibles a simple vista solo durante un eclipse total. Parecerá un girasol de luz blanca.

Sin darnos cuenta, también seremos testigos de cómo el Sol, un peso pesado en el tejido del espacio-tiempo, curva la luz de los astros.

Otra feliz coincidencia es que el eclipse se producirá en el punto de máxima actividad de las Perseidas (las “lágrimas de San Lorenzo”). La nave Tierra andará cruzando el campo sembrado de escombros y polvo cósmico que desprende el cometa 109P/Swift-Tuttle, un gigantesco cuerpo de hielo y roca que orbita alrededor del Sol cada 133 años. Nos deja 100 meteoros por hora cruzando el cielo nocturno.

¡Tanta fortuna junta! Habría que estar a la altura y pedir a los astros deseos que merezcan la pena.

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– ref. La selección: a la sombra de la Luna – https://theconversation.com/la-seleccion-a-la-sombra-de-la-luna-289258

La Ruta 66 cumple 100 años: ¿qué estamos celebrando realmente?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Milowski, Adjunct Professor of History, Arizona State University

Un tramo de la Ruta 66 en Albuquerque, Nuevo México, fotografiado el 7 de junio de 2026. Los pueblos y ciudades situados a lo largo de la carretera se están preparando para celebrar el centenario de esta emblemática vía. Heather Diehl/Getty Images

Hace casi un siglo, el 11 de noviembre de 1926, la Asociación Americana de Funcionarios Estatales de Carreteras y la Oficina de Carreteras Públicas adoptaron un sistema uniforme de numeración de carreteras estadounidense junto al mapa correspondiente. Este sistema sustituía un confuso entramado de carreteras y caminos por una red oficial aprobada por las autoridades viarias federales y estatales.

Desde entonces, un pequeño grupo de estas carreteras ha alcanzado el estatus de icono cultural. Están la Ruta 1, que serpentea desde Maine hasta Florida, y la Ruta 101, famosa por sus majestuosas vistas del océano Pacífico. También la Ruta 6, que quedó inmortalizada en En el camino, la novela clásica de Jack Kerouac.

Sin embargo, la más famosa es, sin duda, la Ruta 66, apodada la “calle principal de Estados Unidos” y la “carretera madre”.

No obstante, ahora que se acerca su centenario, me pregunto qué es, exactamente, lo que se va a celebrar.

Como historiador de la Ruta 66, he escrito sobre cómo, en realidad, existen dos versiones de este tramo de carretera de 2 448 millas (3 940 kilómetros).

Está la carretera real, que reflejó la expansión de las infraestructuras del país en el siglo XX. Y está la carretera mítica: un icono cultural impregnado de nostalgia por una idea específica del siglo XX de romanticismo, aventura, libertad y el Oeste americano.

La 66 estuvo a punto de no existir

Mientras los comisarios de carreteras estatales de la década de 1920 discutían sobre los detalles del nuevo sistema de autopistas del país, daban prioridad a los números de carretera que terminaban en cero, ya que indicaban una ruta que atravesaba todo el país. La idea era que estas rutas atraerían la mayor parte del tráfico y, con ello, el mayor volumen de negocio.

El comisario de Carreteras del Estado de Oklahoma, Cyrus Avery, había impulsado la idea de una carretera entre Chicago y Los Ángeles con el fin de dinamizar el tráfico por el Medio Oeste. Sugirió llamarla Ruta 60, reclamando así un codiciado número que atravesara el país de costa a costa.

Pero los comisionados de Kentucky y Virginia se opusieron, señalando que la carretera propuesta por Avery no iba de costa a costa. Como alternativa, sugirieron el 62. Avery respondió con un número que, en su opinión, sonaba mejor: el 66.

Una vez zanjada la controversia sobre la numeración, se aprobó el mapa del primer sistema de autopistas de Estados Unidos. Pero pasarían otros 12 años antes de que la Ruta 66 estuviera completamente construida, convirtiéndose así en la primera autopista estadounidense en estar asfaltada de extremo a extremo.

Aventura, redención y reinvención

Aunque se tardó más de una década en completar todo su tramo físico, la creación del mito de la Ruta 66 comenzó casi de inmediato.

La construcción de la carretera apenas había comenzado cuando Avery, John T. Woodruff y otros destacados líderes cívicos a lo largo del trazado de la autopista se reunieron en enero de 1927 para fundar la Asociación de la Autopista 66 de EE. UU. con el fin de promover los viajes a lo largo de la ruta.

La asociación comenzó a promocionar la Ruta 66 como la mejor forma de viajar por la costa oeste e incluso registró como marca un eslogan para la carretera: “La calle principal de Estados Unidos”. La asociación también patrocinó eventos como la carrera Trans-American Footrace para ayudar a dar a conocer la Ruta 66.

La competición, que comenzó el 4 de marzo de 1928 en Los Ángeles, recibió una amplia cobertura mediática. Los periodistas describieron de forma apasionante las épicas luchas de los corredores, acompañadas de vívidas descripciones del paisaje del suroeste. El resultado fue que la Ruta 66 quedó indisolublemente ligada a las ideas de aventura y romanticismo en el subconsciente colectivo de Estados Unidos.

Durante la Gran Depresión y los años del Dust Bowl, miles de migrantes procedentes de las Grandes Llanuras y del Medio Oeste viajaron hacia el oeste por la Ruta 66, con la esperanza de reconstruir sus vidas en California.

El autor John Steinbeck bautizó a la Ruta 66 como la “Carretera Madre” en Las uvas de la ira, comparándola con un cordón umbilical que llevaba a los refugiados de Oklahoma que huían del Dust Bowl hacia una nueva vida en California. Trabajando para la Administración de Seguridad Agrícola, la fotógrafa Dorothea Lange documentó a los mismos “Okies” que Steinbeck había novelado.

Su fotografía de 1938, Familia en la carretera, captaba a un matrimonio y a sus dos hijos pequeños haciendo autostop en la Ruta 66, cerca de Weatherford (Oklahoma), tras haber perdido su granja.

Fotografía en blanco y negro de un coche antiguo que arrastra un remolque con sus pertenencias por un tramo polvoriento de la carretera.
Para las familias devastadas por la Gran Depresión y el Dust Bowl, la Ruta 66 sirvió como vía hacia la redención y la reinvención, lo que inspiró al escritor John Steinbeck a llamarla ‘La Carretera Madre’.
Bettmann/Getty Images

Juntos, Steinbeck y Lange contribuyeron a dotar a la Ruta 66 de nuevos significados vinculados a la pérdida y la redención. Posteriormente, tras la Segunda Guerra Mundial, la Ruta 66 pasó a simbolizar el auge de la posguerra.

La canción de Bobby Troup de 1946 “(Get Your Kicks) on Route 66”, grabada por primera vez por el Nat King Cole Trio, convirtió la carretera en un rito de iniciación de la posguerra. Millones de estadounidenses se lanzaron a pasar sus vacaciones familiares en el suroeste de Estados Unidos por la Ruta 66, alojándose en moteles familiares de carretera, comiendo hamburguesas en cafeterías iluminadas con neones y posando junto a enormes monumentos situados al borde de la carretera.

Mito frente a realidad

Pero las imágenes icónicas y los mitos de la Ruta 66 suelen estar en contradicción con la realidad de la carretera.

He llegado a considerar que la canción de Troup resume la tensión entre estas dos versiones de la Ruta 66.

En 1946, cuando Nat King Cole grabó “(Get Your Kicks on) Route 66”, ni él ni su banda pudieron “divertirse” en la Ruta 66. Esto se debió a que pocos establecimientos situados a lo largo de la carretera estaban dispuestos a atenderles. Las copias del Green Book de la época de Jim Crow –un directorio de establecimientos que acogían a los viajeros negros– muestran lo escasas que eran las opciones.

Cartel descolorido con el logotipo de la Ruta 66 y el texto «Get Your Kicks».
La canción ‘(Get Your Kicks on) Route 66’ contribuyó a inmortalizar la carretera en la cultura estadounidense.
Al Drago/Getty Images

No fue hasta la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 –y los posteriores esfuerzos del Departamento de Justicia para garantizar su cumplimiento– cuando las instalaciones y los servicios turísticos a lo largo de la Ruta 66 pasaron a estar disponibles por igual para todos los estadounidenses, independientemente de su raza.

Sin embargo, para cuando los moteles, restaurantes, talleres mecánicos y gasolineras de la carretera se abrieron a todos los viajeros, el declive de la Ruta 66 ya había comenzado.

La Ley Federal de Ayudas a las Carreteras de 1956 impulsó la construcción de nuevas autopistas interestatales de acceso limitado. Estas nuevas autopistas de la posguerra daban prioridad a los desplazamientos rápidos entre las grandes ciudades y sus suburbios, a donde los estadounidenses acudían en masa.

Sin embargo, la rapidez en los desplazamientos se produjo a costa de los pequeños pueblos que quedaban al margen de las nuevas autopistas, privando a muchos negocios de la Ruta 66 de los clientes que necesitaban para sobrevivir.

Un motel de carretera al atardecer con un coche clásico aparcado en el aparcamiento y un gran letrero de neón azul y rosa que reza
Los letreros de neón de gran tamaño, como el de este motel de la Ruta 66, animaban a los conductores cansados a parar y alojarse, pero estos establecimientos no estaban al alcance de todos los viajeros.
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En contraste con los antiguos negocios familiares, las cadenas nacionales de moteles, restaurantes y gasolineras dominaban las nuevas salidas de las autopistas interestatales. En lugar de arriesgarse a exponerse al escrutinio del Departamento de Justicia en materia de derechos civiles, dejaron claro que daban la bienvenida a todos los viajeros, lo que alejó aún más a los conductores de los establecimientos más antiguos.

Ahora, cuando la Ruta 66 cumple 100 años, existe una brecha entre cómo la recuerdan algunos y cómo funcionaba para la mayoría. Viajar libremente por la carretera y “disfrutar de la aventura” era un privilegio reservado a los estadounidenses blancos. Gran parte de la iconografía de la Ruta 66 surgió de las primeras campañas de marketing de la Asociación de Carreteras dirigidas a los estadounidenses blancos. Es probable que pocos afroamericanos o viajeros latinos sientan la misma nostalgia.

Hoy en día, gran parte de la nostalgia por la Ruta 66 tiene un aire de “vuelta a los años 50” que ensalza la América anterior a los derechos civiles como una época más pura, más sencilla y más auténtica. Esta América de falsa autenticidad refleja mejor el lugar en el que algunos estadounidenses desearían vivir hoy en día: una tierra menos complicada y menos diversa, llena de aventuras, romance y oportunidades, en lugar de la América matizada y compleja en la que realmente viven.


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Daniel Milowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La Ruta 66 cumple 100 años: ¿qué estamos celebrando realmente? – https://theconversation.com/la-ruta-66-cumple-100-anos-que-estamos-celebrando-realmente-288113

La huelga de los ribosomas: por qué el cuerpo enferma por piezas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Núria Corbella Rius, Doctoranda en Genética, Universitat de Barcelona

Representación de un ribosoma, estructura de la célula que se encarga de fabricar las proteínas a partir de las intrucciones que le llegan del ADN a través del ARN mensajero (ARNm). Steven McDowell/Shutterstock

Imagine que un componente esencial deja de funcionar en cada célula de su cuerpo al mismo tiempo. Lo lógico sería que todo el organismo fallara, pero a veces ocurre algo más desconcertante: solo ciertos tejidos enferman, mientras el resto continúa funcionando con normalidad.

Esta es la paradoja de las ribosomopatías, un grupo de enfermedades raras que plantea una de las preguntas más intrigantes de la biología: ¿cómo puede un defecto presente en todo el cuerpo provocar efectos tan específicos?

Para entenderlo, debemos fijarnos en una pieza fundamental de la vida: los ribosomas.

Las fábricas de proteínas de la célula

Cada célula contiene miles de ribosomas. Son estructuras formadas por ARN ribosomal (ARNr) y proteínas que funcionan como auténticas fábricas: sintetizan proteínas a partir de la información contenida en el ARN mensajero (ARNm).

Una forma sencilla de entenderlo es imaginar el ADN como un libro de recetas. El ARNm sería la copia de una receta concreta, y el ribosoma, el cocinero que sigue esas instrucciones para preparar el plato final: la proteína.

Este proceso, llamado traducción, es extremadamente preciso y, sin él, la vida no sería posible. Su importancia es tal que los ribosomas apenas han cambiado a lo largo de la evolución: desde las bacterias hasta los humanos, son sorprendentemente similares.

Su fabricación supone un enorme esfuerzo para la célula. En células en crecimiento se generan miles de subunidades ribosómicas por minuto, implicando un proceso muy costoso desde el punto de vista energético. Y, aun así, a veces fallan.

Cuando los ribosomas fallan

Cuando esto ocurre, aparecen las ribosomopatías: enfermedades raras causadas por defectos en la formación o el funcionamiento de los ribosomas. Aunque afectan a un proceso común en todas las células, sus consecuencias son muy diversas. Algunas se manifiestan desde el nacimiento y afectan al desarrollo del rostro o a la audición, como ocurre en el síndrome de Treacher Collins.

También son frecuentes las alteraciones en la sangre y los huesos, los retrasos en el crecimiento o las dificultades en el desarrollo del cerebro. Además, algunos pacientes presentan un mayor riesgo de desarrollar cáncer.

Actualmente no existen tratamientos que corrijan el origen del problema. Las terapias disponibles se centran en aliviar los síntomas, lo que a menudo implica tratamientos prolongados, con efectos secundarios, y años de seguimiento médico desde la infancia.

Un mismo error, efectos distintos

Aquí aparece la gran pregunta: si todas las células necesitan ribosomas, ¿por qué no todas enferman? Podemos imaginar las células como una cocina con varios fogones: todas usan la misma receta (el ARNm) y los mismos utensilios defectuosos, pero algunas consiguen cocinar bien, otras queman el plato y otras ni siquiera logran prepararlo.

Una posible explicación es que no todos los tejidos tienen las mismas exigencias. Algunas células, como las de la médula ósea, se dividen rápidamente y necesitan producir proteínas de forma masiva, lo que las hace más vulnerables ante cualquier fallo en la maquinaria.

Otra posibilidad es que no todas las instrucciones genéticas se utilicen con la misma facilidad: algunas son más difíciles de “leer” y, cuando los ribosomas escasean o funcionan mal, son las primeras en fallar, afectando especialmente a los tejidos que dependen de ellas.

Además, cada vez hay más evidencias que sugieren que los ribosomas no son idénticos: pequeñas diferencias en su composición podrían hacer que algunos estén especializados en producir proteínas concretas. Así, un error específico afectaría solo a los ribosomas de ciertos tejidos.

Probablemente, la respuesta sea una combinación de todos estos factores.

Exceso de protección

Por otra parte, los problemas en los ribosomas no solo afectan a la producción de proteínas: también activan mecanismos de defensa celular, como la proteína p53, conocida como el “guardián del genoma”.

Esta proteína puede frenar la división celular o inducir la muerte de la célula para evitar daños mayores. Tal protección, sin embargo, tiene un coste: la pérdida de células en tejidos sensibles, lo que contribuye a muchos de los síntomas de las ribosomopatías.

Curiosamente, aunque las ribosomopatías se asocian a una menor multiplicación celular, muchas de ellas presentan con el tiempo un mayor riesgo de cáncer. Este fenómeno, conocido como la paradoja de Dameshek, sugiere que la activación prolongada de medidas de defensa como p53 favorece la aparición de células capaces de escapar a estos controles y crecer sin freno.

Así, lo que empieza como un mecanismo de protección puede convertirse, con el tiempo, en una vía de escape.

Lo que estas enfermedades nos enseñan

Las ribosomopatías nos obligan a replantearnos una idea que parecía evidente: que todas las células responden igual ante un mismo problema. Y no es así. Entender por qué algunas fallan mientras otras resisten no solo es clave para desarrollar mejores tratamientos, sino también para comprender procesos fundamentales como el desarrollo del cáncer.

Porque entender lo más básico puede ser, precisamente, lo que nos permita explicar, y algún día tratar, lo más complejo. Incluso cuando ese problema empieza en algo tan pequeño como un ribosoma.

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Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

– ref. La huelga de los ribosomas: por qué el cuerpo enferma por piezas – https://theconversation.com/la-huelga-de-los-ribosomas-por-que-el-cuerpo-enferma-por-piezas-288833

¿Cómo pueden los audiolibros ayudar a los niños y niñas con dislexia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nadina Gómez Merino, Profesora Ayudante Doctor. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Miembro de ERI-Lectura, Universitat de València, Universitat de València

Pixel-Shot/Shutterstock

“No lo entiendo”. “No lo pillo”. “Estoy cansado”. Son frases que suelen escucharse a niños y niñas con dislexia, un trastorno del desarrollo que afecta a la capacidad de leer.

Estos niños necesitan más tiempo y más oportunidades de formación (practicar más la lectura) para alcanzar un nivel de lectura similar al de sus compañeros sin dislexia y, por esta razón, pueden verse atrapados en un círculo vicioso: les cuesta leer, esto les angustia y, como resultado, evitan la lectura y se pierden los beneficios que un libro puede aportarles.

Letras, sonido y cerebro

La dislexia puede manifestarse de diversas formas. A veces consiste en una dificultad para reconocer palabras familiares, ya almacenadas en el cerebro: es el caso de la dislexia superficial. En este caso, lo más característico es que quien la padece lea a una velocidad más lenta.

Cuando el síntoma más destacable es leer más despacio palabras desconocidas o confundirlas con otras, se denomina dislexia fonológica. Afecta al proceso de reconocer cada letra y relacionarla con el sonido que representa, algo que se conoce como “decodificación”. Quienes padecen este tipo de dislexia tienen muchas dificultades para ampliar su vocabulario a través de la lectura.

Dislexia y comprensión lectora

Cuando leemos para comprender un texto ponemos en marcha varios mecanismos. Por ejemplo, activamos herramientas de control que nos llevan a releer una frase que no hemos entendido o a deducir por contexto palabras que no conocíamos. Pero estos mecanismos y muchos otros más no pueden funcionar de manera eficiente si el cerebro está saturado con otros mecanismos como la decodificación, en el caso de las personas con dislexia.

Podríamos comparar esta situación con hacer malabares: cuando tenemos buena habilidad podemos jugar con muchas pelotas sin que ninguna caiga, pero en cuanto nos pasan una de mayor tamaño que no controlamos puede que tengamos que jugar con menos pelotas para mantener esa al vuelo.

Si quitamos la decodificación de la ecuación, quitamos esa pelota grande a la persona con dislexia y le permitimos disfrutar de otros beneficios que generalmente suelen acompañar más a los textos escritos que al habla. Por ejemplo, escuchar oraciones más complejas o vocabulario nuevo.

Una mejor comprensión de lo que ‘entra’ por el oído

Cuando escuchamos un audiolibro, ponemos en práctica la comprensión auditiva sin necesidad de decodificación. El esfuerzo mental se enfoca en la comprensión del lenguaje.

Sin la presión de decodificar símbolos escritos, la persona con dislexia puede disfrutar más escuchando el texto y centrarse en el contenido, lo que le ayudará a mejorar su vocabulario. Por tanto, la llegada de los audiolibros podría representar un nuevo paradigma de intervención para las personas con dislexia fonológica, ya que podrían ofrecer una nueva forma de experimentar la lectura a través de la comprensión auditiva.

Los audiolibros: aliados de la comprensión lectora

Los estudiantes con dislexia comprenden mejor cuando el contenido se presenta mediante audio o mediante sistemas de texto a voz, especialmente cuando el objetivo es aprender una materia y no evaluar la capacidad de leer.

Además, implicarse en la escucha puede ayudar a mejorar su confianza y motivación para leer. Si se combina la lectura con la escucha, es decir, se lee el mismo texto que se está escuchando, podemos facilitar la comprensión y la memorización del material de estudio.

Romper el círculo vicioso

Dado que los audiolibros ya forman parte de nuestra vida cotidiana, tiene sentido aprovechar sus ventajas. La ventaja más importante que ofrecen es su potencial para romper el círculo vicioso que experimentan las personas con dislexia fonológica, reduciendo la angustia asociada a la lectura. Además, ayudan a mejorar la atención y la capacidad de escucha.

Otras estrategias pueden ser la lectura en voz alta: para un niño o niña con dislexia, escuchar a un adulto o compañero leer en voz alta le permite atender al contenido y modelar la lectura.




Leer más:
¿Es beneficioso leer en voz alta en clase?


Diferencias con la lectura

Conviene especificar aquí que, aunque tanto leyendo como escuchando utilizamos la memoria y la atención, no podemos decir que escuchar un libro sea equiparable a leerlo. El lector puede retroceder, releer y repasar si no ha entendido una frase o una palabra; es decir, mantiene una actitud activa hacia la comprensión. En cambio, cuando escuchamos un texto la actitud que adoptamos es más pasiva. Para el aprendizaje, es preferible una actitud activa.

Pero sin ser exactamente lo mismo que leer, escuchar historias puede ser una manera de disfrutar de muchos beneficios sin asociar los libros a un esfuerzo excesivo o una sensación de fracaso. Los audiolibros ofrecen una puerta de entrada más accesible a la literatura para los niños y niñas con dislexia, permitiéndoles disfrutar sin las barreras que el texto escrito puede imponer.

En definitiva, el consenso actual es que los audiolibros son una herramienta de accesibilidad muy valiosa para las personas con dislexia. Facilitan el aprendizaje, la comprensión y el gusto por la lectura, pero no sustituyen la intervención dirigida a desarrollar las habilidades lectoras. La combinación de enseñanza especializada, práctica de lectura y apoyo mediante audiolibros podría ofrecer buenos resultados.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. ¿Cómo pueden los audiolibros ayudar a los niños y niñas con dislexia? – https://theconversation.com/como-pueden-los-audiolibros-ayudar-a-los-ninos-y-ninas-con-dislexia-285452

Cuando el miedo decide: creencias políticas y giro conservador en América Latina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Álvaro Ledesma de la Fuente, Profesor de Filosofía, Universidad de La Rioja

Keiko Fujimori votaba el pasado 7 de junio en la segunda vuelta de las elecciones que le darían la presidencia de Perú. mbzfotos/Shutterstock

En las últimas citas electorales de América Latina se constata un giro conservador entre una parte del electorado. La victoria de José Antonio Kast en Chile y las ajustadas victorias de Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia confirman el fortalecimiento de fuerzas que prometen restaurar el orden mediante el endurecimiento de las penas y el aumento del poder policial y militar.

Los reiterados mensajes populistas y referentes a la seguridad parecen configurar un nuevo sentido común de época. Según este, el acercamiento a Estados Unidos ofrece un rumbo adecuado para sus sociedades, cuando lo cierto es que ese país constituye el mayor polo de inestabilidad del mundo actual.

¿Es posible justificar esta creencia? ¿Existe alguna responsabilidad social por mantener convicciones políticas que no se encuentran asentadas en datos empíricos suficientes? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esas creencias se convierten en decisiones cuyas consecuencias recaen sobre otras personas?

El barco que no debió zarpar

En 1877, el filósofo británico William Kingdon Clifford planteó un problema semejante mediante la historia de un armador. El propietario dudaba del estado del barco que estaba a punto de zarpar: era antiguo, había recorrido muchas millas y quizá no resistiría otro embate con el mar. Una inspección a fondo, sin embargo, habría supuesto retrasar el viaje y asumir un coste considerable. En lugar de investigar, el armador prefirió silenciar sus dudas. Se convenció de que el barco ya había superado otras travesías y de que sus constructores eran competentes. Finalmente, permitió que partiese. La embarcación naufragó y no hubo supervivientes.

Para Clifford, el armador no era responsable simplemente por haber sostenido una creencia falsa, sino por haberla aceptado sin examinar las evidencias que tenía a su alcance. Tampoco era el resultado final lo que determinaba la moralidad de su conducta. Aunque el barco hubiese llegado a puerto, habría seguido actuando de forma irresponsable, ya que sustituyó la investigación por una convicción tranquilizadora y obligó a los pasajeros a soportar las consecuencias de su posible error. Como escribe el filósofo en La ética de la creencia: “creer algo basándose en una evidencia insuficiente es malo siempre, en cualquier lugar y para todo el mundo”.

La responsabilidad política de creer

La dimensión política de esta tesis resulta evidente. Las decisiones electorales no se limitan a expresar una identidad privada, pues contribuyen a determinar las condiciones bajo las cuales vivirán otras personas.

Quien apoya una política punitiva participa en una decisión que puede ampliar la violencia estatal, reducir garantías jurídicas o concentrar sus efectos sobre grupos sociales a los que, en muchas ocasiones, no pertenece. La pregunta de Clifford no sería si el electorado tenía derecho a votar por una determinada opción, sino si poseía razones suficientes para aceptar las premisas sobre las que descansaba su decisión.

¿Existen pruebas de que el aumento de las penas reduce por sí mismo la violencia? ¿Se han considerado los efectos sociales de la militarización? Cuando estas preguntas son sustituidas por apelaciones genéricas al miedo, al orden o a la autoridad, la creencia política comienza a parecerse a la del armador: ofrece tranquilidad inmediata a costa de trasladar el riesgo a otros.

La responsabilidad de esta situación no se puede distribuir por igual, pues son los dirigentes quienes explotan el miedo y los medios los que convierten la inseguridad en espectáculo. Pero el ciudadano que asiste a ello no es un sujeto pasivo ni está eximido de revisar las razones que orientan su voto.

James: el riesgo de esperar

Casi veinte años después, William James respondió a Clifford en La voluntad de creer. Aunque el ensayo fue formulado originalmente en relación con la creencia religiosa, su argumento posee un alcance mayor. James no sostiene que podamos creer cualquier cosa ni que la convicción personal deba imponerse sobre las evidencias. Su objeción es más precisa: existen situaciones en las que la razón no dispone de pruebas concluyentes y, sin embargo, la decisión no puede aplazarse.

James denomina “opción genuina” a aquella que reúne tres condiciones: debe ser viva, porque las alternativas han de presentarse como posibilidades reales para quien decide; obligada, porque abstenerse equivale en la práctica a escoger una de ellas; e importante, porque está en juego algo decisivo y quizá irreversible. En estas circunstancias, esperar una evidencia definitiva no siempre constituye una posición neutral.

Una elección política puede reunir esas condiciones. Las candidaturas son opciones efectivas, la votación tiene una fecha y sus resultados condicionarán la vida común. Se puede votar, abstenerse o mantener una posición escéptica, pero ninguna actitud permite situarse fuera de la decisión.

James distingue así dos exigencias que no necesariamente coinciden: debemos evitar aceptar una falsedad, pero también debemos intentar reconocer la verdad. Hay situaciones en las que esperar todos los datos disponibles significa permitir que continúe una injusticia o dejar que otros decidan.

Entre la credulidad y la inacción

El desacuerdo entre Clifford y James no enfrenta a un defensor de la razón con un apologista de la irracionalidad. Ambos se preguntan cómo debemos decidir cuando nuestro conocimiento es limitado, pero conceden prioridad a peligros distintos. Clifford teme que una creencia insuficientemente examinada provoque daños irreparables; James teme que el deseo de no equivocarnos nos impida actuar o transformar una situación.

El primero representa un imperativo crítico: evitar el error y exigir evidencias antes de aceptar una afirmación. El segundo acentúa un imperativo noético: asumir el riesgo de una decisión cuando esta puede permitirnos alcanzar una verdad o producir una realidad que de otro modo permanecería clausurada.

Retomando la cuestión inicial, parece que una convicción política no queda justificada por el hecho de ser mayoritaria o emocionalmente comprensible. La incertidumbre global actual empuja a muchos gobiernos a una hoja de ruta conservadora donde las políticas reaccionarias de construcción de un enemigo exterior o interior pueden suponer un poderoso reclamo electoral.

También sucede en España, aunque el peligro invocado no se corresponda con los datos disponibles ni con la situación real de la sociedad. Cuando el miedo sustituye al examen y los costes del error recaen sobre quienes no han elegido asumirlos, creer deja de ser un asunto privado y se convierte en una forma de ejercer poder sobre los demás.

El avance conservador en América Latina no solo enfrenta diferentes programas de gobierno, sino también distintas formas de interpretar la inseguridad, la autoridad y el papel de Estados Unidos en la región. Disputar ese nuevo sentido común exige someter las creencias a examen y hacer visibles las vidas sobre las que recaerán los posibles errores.

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Álvaro Ledesma de la Fuente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Cuando el miedo decide: creencias políticas y giro conservador en América Latina – https://theconversation.com/cuando-el-miedo-decide-creencias-politicas-y-giro-conservador-en-america-latina-288584

¿Quién decide? Lo que creen padres e hijos sobre la compra y consumo de productos de cuidado corporal de los adolescentes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Irarrázaval, Doctorando en Comunicación, Universidad de Navarra. Académico Facultad de Comunicación Universidad de los Andes, Chile., Universidad de Navarra

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Una chica pide a sus padres una crema facial porque la ha visto en un Get Ready With Me de TikTok (un vídeo en el que, mientras la persona se prepara para salir, muestra su rutina de maquillaje, peinado o elección de ropa). Un chico quiere empezar a tomar proteína tras apuntarse al gimnasio. Otra adolescente compara precios de maquillaje mientras enseña a sus padres dónde es más barato. Escenas como estas son cada vez más habituales en muchos hogares. El consumo adolescente no se limita a pedir cosas: implica negociar, opinar, decidir y, muchas veces, trasladar al entorno familiar tendencias y productos descubiertos en redes sociales.

Las rutinas de autocuidado como objeto de consumo

Antes, cuando se hablaba de consumo adolescente, solía ponerse el foco en la ropa, la tecnología, la comida rápida o los videojuegos. Pero algo ha cambiado: el cuerpo se ha convertido en uno de los grandes territorios de consumo juvenil. Ya no hablamos solo de higiene o salud, sino también de imagen, identidad, aceptación social o rendimiento físico.

Cremas faciales, maquillaje, suplementos, rutinas de skincare o productos fitness forman parte de un ecosistema atravesado por redes sociales, influencers y tendencias digitales que marcan qué cuerpos se valoran, qué hábitos se consideran deseables y qué productos parecen necesarios para encajar.

En un estudio de la Universidad Villanueva en el que también trabajamos investigadores de la Universidad de Navarra, analizamos el consumo adolescente de productos de cuidado del cuerpo en 1 088 familias en España. Participaron adolescentes de 12 a 17 años junto a uno de sus padres, madres o tutores. El objetivo era comparar cómo ambas generaciones perciben la compra de maquillaje y cosméticos, productos y servicios de gimnasio o fitness, y suplementos nutricionales como proteínas o vitaminas.

En otras palabras, queríamos contrastar lo que dicen los hijos con lo que creen sus padres.

Los hijos dicen que compran más de lo que sus padres creen

La primera diferencia aparece al preguntar por las compras. El 39,2 % de los adolescentes afirma comprar maquillaje o cosméticos, frente al 26,4 % de padres que reconoce esa práctica en su hijo o hija. En el caso de productos y servicios vinculados al gimnasio y el fitness, el 18 % de los menores dice comprarlos, mientras que solo el 10,1 % de los padres cree que sus hijos lo hacen. La distancia también aparece en los suplementos nutricionales: el 7,4 % de los adolescentes declara comprarlos, frente al 2,5 % de los padres.

Estos datos no significan que los adolescentes oculten sus compras. La vida cotidiana es un poco más compleja. A veces una crema, una app de entrenamiento o un producto recomendado por un amigo no se perciben como una “gran decisión de consumo”. Para el menor puede ser una compra pequeña. Para los padres, en cambio, puede activar preocupaciones más amplias: salud, imagen corporal, presión social, gasto o influencia que llega desde los pares (otros menores) o de creadores de contenido.

La pregunta no es solo quién paga. También importa quién decide, quién se entera y quién interpreta esa compra como algo relevante.

Supervisar no es lo mismo para unos y otros

El dato más llamativo del estudio aparece cuando se pregunta por la supervisión familiar. El 57,4 % de los adolescentes afirma que sus padres supervisan estas compras “a menudo” o “muy a menudo”. Sin embargo, solo el 36 % de los padres dice ejercer ese nivel de supervisión.

Esta diferencia ayuda a entender muchas conversaciones familiares. Para un adulto, supervisar puede significar poner una norma clara como “esto no lo compras”, “hasta los 16 años no”, “primero lo hablamos” o “yo te acompaño”. Para un adolescente, en cambio, una simple pregunta puede sentirse como control: “¿Cuánto cuesta?”, “¿para qué lo quieres?”, “¿dónde lo viste?”, “¿quién te lo recomendó?”.

Ahí está el punto en discordia. El hijo siente que lo supervisan, el padre o la madre cree que apenas interviene. Ambos pueden estar diciendo la verdad, porque cada uno entiende la supervisión de manera distinta.

La supervisión familiar no siempre se expresa en grandes prohibiciones. A menudo aparece en preguntas, comentarios o advertencias cotidianas que los adultos consideran normales, pero que los hijos pueden interpretar como control.

La edad marca la frontera del desacuerdo

La brecha se vuelve más visible cuando se pregunta a qué edad deberían poder comprar estos productos. El 23,5 % de los adolescentes cree que deberían estar disponibles a cualquier edad. Solo el 4 % de los padres piensa lo mismo. Además, el 19,1 % de los menores permitiría comprarlos desde los 12 años. Los padres, en cambio, tienden a establecer límites más altos: el 42,5 % fija la edad mínima en los 16 años y el 41,2 % en los 18.

Esta diferencia no es menor. Para los adolescentes, acceder antes a estos productos puede expresar autonomía, madurez o pertenencia al grupo. Para los adultos, retrasar el acceso puede ser una forma de protección.

En el fondo, la discusión no trata solo de maquillaje, gimnasio o suplementos. Trata de confianza: “¿Está preparado mi hijo para decidir?”, “¿Conoce los riesgos?”, “¿Compra por interés propio o por presión externa?”, “¿Entiende lo que consume o solo sigue una tendencia?”.

Más que prohibir, hablar mejor

Los progenitores perciben muchos más riesgos que sus hijos. El 86,5 % cree que algunos de estos productos pueden dañar la salud física, frente al 33,5 % de los adolescentes. La diferencia es aún mayor respecto a la salud mental: el 65,6 % de los adultos ve riesgos, frente al 10,7 % de los menores. Además, el 77 % de los padres considera que los adolescentes no tienen suficiente criterio para comprar o consumir estos productos de forma responsable, mientras que el 42,6 % de los menores comparte esa visión.

Estos datos no invitan a demonizar el consumo adolescente. Tampoco a presentar a padres y madres como exagerados. Más bien muestran que muchas familias necesitan entablar conversaciones más concretas sobre la autopercepción y el consumo de productos para el cuidado del cuerpo.

No basta con preguntar “¿te lo compras o no?”. Conviene hablar de qué producto es, quién lo recomienda, qué promesa hay detrás y qué riesgos tiene para la salud. También importa distinguir entre categorías. No es lo mismo una crema hidratante que un suplemento nutricional, ni una app de entrenamiento que un producto asociado a ideales corporales.

La nueva negociación familiar sobre el consumo adolescente no pasa solo por decir sí o no. Pasa por entender qué significa para un menor comprar productos para su cuerpo y qué temores despierta esa decisión en los adultos.

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Estudio realizado con la Beca Leonardo de Investigación Científica y Creación Cultural 2024 de la Fundación BBVA. La Fundación BBVA no se responsabiliza de las opiniones, comentarios y contenidos incluidos en el proyecto y/o los resultados obtenidos del mismo, los cuales son total y absoluta responsabilidad de sus autores.

José Irarrázaval y Samuel Negredo no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

– ref. ¿Quién decide? Lo que creen padres e hijos sobre la compra y consumo de productos de cuidado corporal de los adolescentes – https://theconversation.com/quien-decide-lo-que-creen-padres-e-hijos-sobre-la-compra-y-consumo-de-productos-de-cuidado-corporal-de-los-adolescentes-283828