Vuelve Jon Fosse y, con él, la literatura de lo rural

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Nila Martínez Díaz, Profesor Acreditado Contratado Doctor Filología Hispánica, Universidad Villanueva

Jon Fosse en la Feria del Libro de Frankfurt en 2019. Markus Wissmann/Shutterstock

El 9 de octubre se publica en español Vaim, la última novela del noruego Jon Fosse y primera que escribe desde que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura en 2023. Su publicación sitúa en primer plano las “literaturas de la ruralidad”, historias en las que los entornos rurales reflejan las tensiones y preguntas de la existencia contemporánea.

Desde el poeta romano Horacio hasta Fosse, pasando por Henry David Thoreau, William Wordsworth o el también noruego Knut Hamsun, la literatura ha hecho del mundo rural un espejo desde el que repensar la vida humana.

Muchos escritores reavivan hoy esta rica tradición literaria para afrontar un desafío esencial: ¿es momento de regresar a la tierra?

Lejos, muy lejos del mundanal ruido

Portada de la edición en español de Vaim, de Jon Fosse.

Penguin Libros

En Vaim se despliega la historia de Jatgeir, un hombre solitario instalado en la aldea pesquera cuyo nombre da título al libro. Un viaje a Bergen lo enfrentará al pasado: allí se reencuentra con Eline, ese amor de juventud que nunca se extinguió. Recién separada de Frank, ella le propondrá regresar juntos a Vaim.

Desde ese instante, la narración se adentra en la frágil arquitectura de un triángulo amoroso. La cotidianidad y la fuerza del paisaje pesquero noruego se convierten en catalizadores de las pasiones y dilemas que atraviesan toda existencia humana.

No obstante, la predilección de Fosse por el ámbito rural no constituye una sorpresa. Tanto en Vaim como en sus obras anteriores la vida de los personajes se enraíza en aldeas diminutas, granjas solitarias o apartados pueblos pesqueros, donde el paisaje marca el pulso narrativo de la historia.

Una narrativa que brota de la tierra

Fosse insiste en volver la mirada hacia esos territorios remotos que condensan intimidad, memoria y vulnerabilidad. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿de dónde nace esta atracción por narrar historias ancladas en parajes rurales?

Quizá la clave resida en la centralidad del espacio en la obra de Fosse. Más que escenario, el paisaje se convierte en protagonista silencioso, cargado de símbolos y resonancias. En Trilogía, Asle y Alida vagan por aldeas pesqueras que reflejan su desamparo; en Vaim, el pueblo concentra tanto la melancolía del amor perdido como la certeza de que toda vida oscila entre permanencia y exilio.

El espacio deja así de ser territorio para transformarse en experiencia interior: un mapa íntimo, tejido de memoria y fragilidad, donde –como recordó el jurado de la Academia sueca– se alcanza a “dar voz a lo indescriptible”.

Los recuerdos de infancia del escritor ocupan un lugar decisivo en su obra. Fosse ha contado que pasó parte de su niñez junto al fiordo Hardanger, un entorno cuya cadencia natural dejaría una huella imborrable en su sensibilidad.

“Ese sonido, ese ritmo de la naturaleza lo encarno de alguna manera en todo lo que escribo. La música de mi prosa y mis poemas está conectada con ese paisaje”, confesaba en una entrevista.

Imagen de un fiordo con nubes que se meten casi en el agua.
El fiordo de Hardanger a primera hora de la mañana.
Holger Uwe Schmitt/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Una mirada planetaria para un escritor de pueblo

Al igual que el irlandés Samuel Beckett o el estadounidense William Faulkner, la mirada de Fosse conjuga lo local y lo universal en los elementos del paisaje de su Noruega natal. Objetos cotidianos –una barca, un haz de leña– se cargan de significado y revelan una dimensión trascendente que recorre toda su obra.

Como él mismo señala en Mañana y tarde, “las cosas más simples son las que llevan más peso”, una declaración que funciona casi como poética de su obra: lo cotidiano nunca se agota en su materialidad, sino que se convierte en símbolo y reflejo de lo primordial.

“Para ser universal habla de tu pueblo”, dice el viejo adagio, y acaso en esa premisa resida la fuerza de la literatura de Fosse, capaz de encontrar resonancia en lectores de cualquier latitud.

Escribe desde su Noruega natal y, sin embargo, lo que emerge de sus páginas nos concierne a todos. En su literatura lo íntimo acaba revelándose como verdad compartida y perdurable.

El retorno a la tierra

Mucho ha llovido desde el clásico beatus ille –con su invitación a la vida retirada en la naturaleza– hasta los los villorrios destartalados del viejo Sur que Faulkner transformó en literatura. Sin embargo, la fascinación por la cabaña de Walden en la que se instalaba Thoreau, la primavera de Wordsworth o la “vida retirada” de fray Luis de León continúa intacta.

Más allá de modas pasajeras o ideales estéticos, la literatura ha demostrado que la naturaleza abre al hombre dimensiones insospechadas de su existencia. La obra de Fosse se suma a este movimiento contemporáneo que devuelve a la tierra su fuerza simbólica dentro del relato.

Retrato en blanco y negro de un hombre de barba y pelo blanco.
Retrato de Jon Fosse en 2020.
Tom A. Kolstad/Det norske samlaget., CC BY-SA

Este giro literario se enmarca en lo que algunos críticos han llamado “neorruralismo”, la corriente de la narrativa contemporánea que mira hacia lo rural como metáfora donde se libran luchas éticas, se despliega la introspección o se buscan formas de resistencia.

En el ámbito español, voces como las de José Jiménez Lozano y Jesús Carrasco ilustran bien esta renovada sensibilidad hacia la vida en contacto con la tierra.

Más allá de nuestras fronteras, otros escritores también han vuelto su mirada hacia los entornos rurales como fuente de de inspiración y reflexión sobre la vida humana.

En las páginas de Peter Handke, en la memoria de Annie Ernaux o en las crónicas de Karl Ove Knausgård, la naturaleza y las aldeas perdidas son fuerzas que modelan la vida de los personajes, obligándoles a confrontar sus destinos.

Todos ellos toman ahora el testigo y se lanzan a reflejar una necesidad constante. Regresar a la tierra, sí, pero sin nostalgia. Volver para reflexionar y afrontar con sosiego las tensiones que desgarran nuestro presente.

El mundo rural se presenta como espacio privilegiado donde reencontrarse con lo esencial y aprender a diferenciar lo importante de lo superfluo.

Mares o fiordos, picos o valles, poco importa el enclave. Se han convertido en coordenadas esenciales desde las que buscar, explorar y redefinir nuestro propio lugar en el mundo.

The Conversation

Alicia Nila Martínez Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Vuelve Jon Fosse y, con él, la literatura de lo rural – https://theconversation.com/vuelve-jon-fosse-y-con-el-la-literatura-de-lo-rural-264603

Jane Goodall cambió el paradigma de la evolución humana y el lugar que ocupamos en la naturaleza

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paul Palmqvist Barrena, Catedrático de Paleontología, Universidad de Málaga

Jane Goodall (1934-2025). vitrolphoto/Shutterstock

Parque Nacional de Gombe Stream, Tanzania, finales de noviembre del año 1960. Jane Goodall, una londinense de 26 años, amante de los animales, lleva desde julio viviendo en una choza rodeada por la densa vegetacion selvática, acompañada tan solo por su madre y un cocinero. Durante los meses transcurridos, ha documentado cómo se desplazan los chimpancés, de qué se alimentan y cómo fabrican los nidos de hojarasca donde pasan la noche. Pero estos simios son solo sombras fugaces y esquivas que se mueven entre la densa vegetación, evitando el contacto con ella.

La financiación se acaba y teme defraudar a Louis S.B. Leakey, el gran paleoantropólogo a quien había conocido tres años antes y que confió en ella para encomendarle tamaño trabajo pionero de campo, pese a carecer de formación académica.

Es precisamente en este momento de dudas cuando, por sorpresa, un chimpancé macho a quien bautizará como David Greybeard (“barba gris”) se acerca confiado a ella, sin mostrar una actitud agresiva, sentándose junto a un montículo que alberga un nido de termitas. Toma una ramita, la manipula y la rompe hasta dar con las dimensiones adecuadas, introduciéndola repetidamente en el nido para sacar a las termitas, que se aprestan a defenderlo, y se las come con delectación. Al ser informado por Jane sobre el hallazgo, Leakey respondió entusiasmado con un telegrama que ha pasado a los anales de la evolución humana:

“Ahora debemos redefinir el concepto de herramienta, redefinir el concepto de humano o aceptar también a los chimpancés como seres humanos”.

Cambio de paradigma

Una abrumadora mayoría de las personas pasan por este mundo sin dejar una huella duradera. Muy pocas hacen aportaciones significativas al acervo general de conocimiento de la humanidad, y aún menos aportan una visión que se traduce en un cambio de paradigma. Jane Goodall, quien falleció por causas naturales el pasado 1 de octubre a los 91 años de edad, fue sin duda una de estas personas singulares.

Su legado es inmenso, no solo en los campos científicos de la etología (el análisis del comportamiento animal) y la primatología (el estudio de los primates, el orden de mamíferos al que pertenecemos los seres humanos y nuestros parientes vivos más próximos, los chimpancés), sino también en la concienciación social sobre la necesidad de conservar la biodiversidad y los espacios naturales que la albergan.

Hay múltiples razones para poner en valor el legado excepcional de Jane Goodall, pues antes de que se desplazase a Gombe sabíamos muy poco sobre la conducta de los chimpancés en su medio natural. Sin verse condicionada por los sesgos inherentes a una formación académica reglada, Jane adoptó una metodología heterodoxa.

Entre otras cosas, rehusó seguir la práctica habitual de numerar a los objetos de estudio, justificada por la supuesta pérdida de objetividad que implica el apego emocional al individuo estudiado. En cambio, procedió a darles nombres a los chimpancés, eligiendo los apodos en función de los rasgos observados de su carácter o los parecidos físicos que creía ver con personas conocidas.

Gracias a esta proximidad emocional, y a su inmensa paciencia, documentó aspectos inquietantemente humanos en su comportamiento, como el hecho de que cada uno de los individuos tenía una personalidad única, siendo capaz de desarrollar pensamientos racionales, experimentar emociones –como alegría y tristeza– o desarrollar alianzas complejas –y mudables en el tiempo– con otros congéneres. Algo que por aquella época no resultaba nada convencional.

En sus estudios de campo, cuyos primeros resultados relató magistralmente en su libro En la senda del hombre, publicado en 1971, Jane documentó que, pese a que los chimpancés se habían considerado como estrictamente vegetarianos, consumían carne siempre que les era posible, cazando monos colobos con regularidad. De hecho, se ha estimado que hasta un tercio de la población de estos monos en el parque es devorada cada año por los chimpancés.

En las partidas de caza, cuyo éxito depende en gran medida del número de ejemplares que colaboran para aislar al mono en la copa de un árbol, bloqueando las posibles salidas, el reparto de la carne una vez cobrada la pieza adquiere especial relevancia. Los machos la comparten preferentemente con aquellos otros de quienes depende asegurar su posición en la jerarquía, pero atienden también las solicitudes de las hembras sexualmente receptivas (esto es, pagan a cambio de tener sexo).

Los chimpancés también se enfrascan en guerras

Otro hallazgo inquietante fue que las hembras dominantes del grupo matan ocasionalmente a otras más jóvenes para mantener su posición en la jerarquía, practicando el infanticidio e incluso, a veces, el canibalismo. Pero quizás la mayor conmoción ocasionada por sus estudios fue la de que los chimpancés se enfrascan en conflictos territoriales duraderos con los grupos vecinos, a cuyos miembros matan sistemática y deliberadamente en lo que se pueden denominar con propiedad como auténticas guerras entre clanes. Así lo relató en su libro de 1989, titulado A través de una ventana: treinta años estudiando a los chimpancés.

Transmisión cultural de las madres a sus crías

En definitiva, los estudios pioneros de Jane Goodall han cambiado nuestra percepción sobre la evolución humana y el lugar que ocupamos en la naturaleza. Sus observaciones inspiraron los trabajos de nuevas generaciones de primatólogos, quienes crecieron con el estímulo de sus escritos. Por ejemplo, los relativos al aspecto no trivial de si podemos considerar que los chimpancés tienen una cultura propia, lo que siempre se consideró como algo exclusivamente humano.

Así, en dos trabajos posteriores, en los que también participó Jane, se estudió la distribución de más de seis decenas de rasgos de comportamiento en ocho poblaciones de chimpancés diferentes de África central, detectando en dos tercios de ellos variantes culturales según la aparición o no de tales rasgos en esas poblaciones. Son este tipo de diferencias las que precisamente nos permiten hablar de culturas humanas. No obstante, conviene indicar que las poblaciones estudiadas pertenecen a las tres subespecies de chimpancé, Pan troglodytes troglodytes, P. t. schweinfurthii y P. t. verus, la última de las cuales divergió evolutivamente de las otras dos hace casi 1,6 millones de años según indican los datos genéticos.

Por otra parte, en los chimpancés se produce exogamia femenina (esto es, son las hembras las que se dispersan, cambiando de grupo familiar al alcanzar la edad reproductiva). Esto significa que la diseminación de las variables culturales depende del sexo femenino, como también lo sugiere el hecho de que la transmisión cultural por aprendizaje se da preferentemente desde las madres hacia sus crías. Ello parece venir apoyado por el hecho de que es el número de chimpancés hembras el que se correlaciona con la variedad de hábitos culturales en el grupo, no el de los machos.

En definitiva, resulta difícil calibrar el legado científico y cultural de Jane Goodall sin disponer de la perspectiva temporal adecuada. Este legado se ha materializado, por el momento, en el Instituto Jane Goodall, con treinta oficinas alrededor del mundo, cuyo objetivo es proteger los hábitats de los animales salvajes, realizar investigaciones y promover la educación ambiental. Pero también en el programa mundial para jóvenes “Roots & Shoots” (raíces y brotes), que patrocina unos 10 000 proyectos de impacto local en más de sesenta países, impulsando iniciativas de reciclaje, reforestación y defensa del bienestar animal.

Aunque es mucho lo conseguido en su larga vida, las generaciones venideras, inspiradas por su memoria, tienen todavía bastante por hacer.

The Conversation

Paul Palmqvist Barrena no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Jane Goodall cambió el paradigma de la evolución humana y el lugar que ocupamos en la naturaleza – https://theconversation.com/jane-goodall-cambio-el-paradigma-de-la-evolucion-humana-y-el-lugar-que-ocupamos-en-la-naturaleza-266606

¿Se le puede llamar a una hamburguesa sin carne ‘hamburguesa’? El debate legal sobre los productos vegetales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina Blanco Llamero, Profesora en el Grado de Nutrición Humana y Dietética y Doctora en Ciencias de la Alimentación, Universidad Francisco de Vitoria

Sundry Photography/Shutterstock

En los últimos años hemos visto cómo los supermercados se van llenando de productos elaborados solo con materias primas de origen vegetal, también conocidos como plant-based: “filetes” de soja, “salchichas” veganas, “hamburguesas” vegetales…

No obstante, en el etiquetado de este último producto podemos ver variaciones terminológicas como veg burger, veg-hamburguesa, burger vegetal, o incluso nombres más discretos que evitan por completo la denominación tradicional. ¿Casualidad? ¿Estrategia de marketing? ¿Reflejo de la situación legal?

Lo cierto es que muchas definiciones, regulaciones y normativas se quedan por detrás de la realidad del consumidor, del mercado y de la innovación alimentaria, lo que alimenta la polémica. Veamos cuál es la situación actual.

Hamburguesa vegetal.
Pexels

Legislación y lagunas

En Europa, es la UE quien se encarga de legislar en materia de alimentación, pero si hay vacío legal, cada país puede establecer sus normas (siempre y cuando no contradigan otra regulación europea). Este es el motivo por el que a veces encontramos discrepancias entre países en ciertas materias mientras que en otras existe uniformidad. Todo depende de lo que marque o no Europa.

Si indagamos un poco en la nomenclatura de los productos elaborados con plantas, encontramos el Reglamento (UE) nº 1169/2011 sobre la información alimentaria al consumidor. Aquí se establece que la denominación de un alimento debe ser clara, no inducir a engaño, y reflejar su naturaleza.

A esta normativa se agarran quienes defienden no llamar a las cosas por el nombre de otras, ya que podemos llevarnos un disgusto cuando descubrimos al preparar la barbacoa del sábado que hemos comprado “hamburguesas” de berenjena sin querer.

Ante la ausencia de normas europeas más concretas, ahora examinaremos la legislación española, que incluye definiciones oficiales de lo que constituye una “hamburguesa”, una “salchicha”, un “embutido”, etc. Por ejemplo, solo se puede llamar hamburguesa a un producto en el que participe carne, en ciertas proporciones y condiciones de elaboración, sin añadir ingredientes que desvirtúen esa categoría legal. Por eso, nos encontramos las etiquetas que nos encontramos en el supermercado.

Pero entonces, ¿existe en España otro término legal llamado “hamburguesa vegetal”? ¿O al menos uno que nos diga cómo llamar a estos productos al igual que ocurre con los animales? La respuesta es no.

Por contra, el uso de términos de la industria láctea (“leche”, “queso”, etc.) sí está regulado desde hace años: la normativa y la jusrisprudencia de la UE han dejado claro que los productos vegetales no pueden usar los términos reservados para productos hechos con leche animal, y obliga a usar el término “bebida vegetal” en vez de “leche vegetal”. Esa regulación es bastante antigua y está establecida sin suscitar demasiada polémica.

Sin embargo, el creciente auge de productos vegetales exige ponernos al día e introducir nuevos términos.

¿Le apetece un ‘disco vegetal’ a la parrilla?

En el caso de los análogos de los productos cárnicos, algunos países sí han legislado. Así, Francia fue pionera en prohibir tajantemente el uso de términos como “hamburguesa” o “salchicha” para productos vegetales, aun cuando estos iban acompañados de la aclaración “vegano” o “vegetal”. El objetivo declarado era “proteger al consumidor” frente a la supuesta confusión que podría generar encontrarse un “steak végétal” en la estantería.

El resultado fue, cuando menos, surrealista: el legislador francés llegó a proponer que se sustituyera el término “hamburguesa vegetal” por el mucho menos apetecible “disco vegetal”. Difícil imaginar a alguien invitando a sus amigos con la promesa de preparar unos “discos vegetales a la parrilla”. Quien acuñó ese término, probablemente, no era consumidor habitual de este tipo de productos.

La Unión Europea zanja el debate… ¿o no?

Durante años, la Unión Europea permaneció en silencio. Eso provocó un mosaico normativo en el que un mismo producto podía llamarse “burger vegana” en Alemania, pero estaba prohibido bajo amenaza de multa en Francia.

Ese vacío legal, lejos de proteger al consumidor, creaba más confusión: un ciudadano que viajaba dentro del propio mercado común podía encontrarse con etiquetas distintas para el mismo producto. Y si algo debería garantizar la Unión Europea es precisamente la coherencia del mercado único.




Leer más:
Alternativas vegetales a los alimentos de origen animal: ¿de verdad son más saludables?


Tras años de presión por parte de asociaciones de consumidores, productores y defensores de la alimentación sostenible, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) puso fin a la controversia en octubre de 2024.

En su sentencia, declaró que los Estados no pueden prohibir de forma general el uso de denominaciones como “hamburguesa” o “salchicha” en productos vegetales sin ser considerados publicidad engañosa, un fallo que permite a estos productos utilizar términos asociados tradicionalmente a la carne y les protege de restricciones nacionales, siempre que quede claro en el etiquetado que no contienen carne. Es decir, el consumidor tiene derecho a comprar una “hamburguesa vegetal” sin que la etiqueta deba disfrazarla de “disco vegetal”.

Esto está muy bien, pero aún tenemos el citado Reglamento (UE) nº 1169/2011 sobre la información alimentaria al consumidor establece que la denominación de un alimento debe ser clara, no inducir a engaño. Y esto deja espacio, en muchos casos, a la subjetividad de cada uno.

En cualquier caso, la resolución supuso un golpe duro para Francia, que tuvo que derogar su normativa nacional, pero fue celebrada por la industria plant-based en toda Europa. Después de años de incertidumbre, por fin se reconocía algo obvio: la palabra “hamburguesa” ya no pertenece en exclusiva a la carne, sino al formato culinario y a la cultura alimentaria compartida. El lenguaje evoluciona con la sociedad, y pretender lo contrario es quedarse anclado en un pasado que ya no responde a las necesidades del presente.

En definitiva, la demanda de productos vegetales no es algo marginal: va en aumento. El consumidor está cambiando sus hábitos, motivado por la salud, la sostenibilidad o la ética. No adaptar la ley es ignorar una realidad de mercado. De hecho, las leyes antiguas o las definiciones técnicas rígidas funcionan peor en tiempos de innovación alimentaria como la que vivimos. Productos que antes no existían (proteína vegetal procesada, fermentada, cultivada…) desafían las clasificaciones antiguas de “carne”, “preparado de carne”, etcétera.

The Conversation

Cristina Blanco Llamero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Se le puede llamar a una hamburguesa sin carne ‘hamburguesa’? El debate legal sobre los productos vegetales – https://theconversation.com/se-le-puede-llamar-a-una-hamburguesa-sin-carne-hamburguesa-el-debate-legal-sobre-los-productos-vegetales-264799

Gracias, Jane Goodall, por recordarnos el poder de la inspiración

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sara Alvarez Solas, Directora de Desarrollo Académico Internacional, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Jane Goodall, en un encuentro con niños en Budapest (Hungría) en 2023. vitrolphoto/Shutterstock

Jane Goodall es y será siempre una inspiración para muchos de nosotros. Como científica, descubrió la cercanía de los chimpancés a nuestra especie: estudiando su comportamiento en Gombe (Tanzania) durante décadas, observó cómo usaban herramientas –hasta entonces una capacidad atribuida solo a los seres humanos– y sintió muchas emociones a través de los ojos de estos maravillosos animales.

Tráiler de documental sobre las investigaciones de Jane Goodall en Tanzania.

Historias que llaman a la acción

Goodall fue una de las primeras científicas reconocidas a nivel mundial. Recorrió un largo camino, dejando una profunda huella en el mundo de la ciencia. Pero, para mí y muchos de sus seguidores, su gran papel vino después, cuando a través de sus historias convenció a tantos jóvenes –y no tan jóvenes– sobre su papel en la educación ambiental, la clave del cambio.

Su manera de transmitir a través de los millones de anécdotas que contaba en sus conferencias –empezando con esas vocalizaciones de chimpancés que todos recordaremos siempre– conmovió a millones de personas y las animó a pasar a la acción. Porque cada granito suma, decía ella.

Tuve la oportunidad de verla en varias ocasiones, pero sin duda la más especial fue el verano pasado en Colombia, cuando nos demostró a todos su gran fortaleza y ánimo. Recuerdo que en cada conferencia hablaba del apoyo de su madre, algo en lo que me siento identificada. Ese apoyo le ayudó a cumplir su sueño de viajar a África, que luego se convirtió en una misión de vida. Porque el camino que eligió, sin recursos, no era fácil.

Un hermoso viaje con Goodall

Su pasión por los animales y la confianza del antropólogo Louis Leaky (1903-1972) fueron los acicates para hacer el doctorado en la Universidad de Cambridge y convertirse en una eminente científica. Pero su talento como divulgadora sin duda superó los reconocimientos y premios académicos que recibió.

Con mis compañeras, estudiantes y amigas Camila, Renata, Karlita y Sofia, miembros del Grupo de Estudio de Primates del Ecuador (GEPE) y parte de la red Roots & Shoots (Raíces y Brotes) del Instituto Jane Goodall, compartimos con ella ese hermoso viaje desde Ecuador. Nos acompañaba un grupo de representantes de Latinoamérica, fieles seguidoras de sus pasos (la mayoría mujeres), junto con Fernando Turmo y Andrés Lemoine, importantes compañeros de viaje de Jane.

El grupo que acompañó a Jane Goodall en el viaje a Colombia.

En ese evento, pudimos comprobar cómo Goodall, a sus 90 años entonces, seguía llenando auditorios y emocionando a la gente, que hacía largas colas solo para escucharle una vez más. Sus palabras todavía me tocan el corazón.

Misión cumplida

Ahora recuerdo especialmente cuando le pregunté cómo era capaz de seguir cada día con una sonrisa de esperanza, viendo tantas injusticias. Ella, contestó, tenía una misión en la vida que le hacía viajar por todo el mundo para pasar su mensaje, pero esa misión estaba cumplida porque veía en nosotros, en los jóvenes y no tan jóvenes, el potencial para la acción.

La autora, con Jane Goodall.

Nos hablaba de la importancia de dialogar. Pero no solo con los que buscan el cambio, sino también con aquellos que contribuyen a degradar el medio ambiente. Porque para proteger las especies que queremos conservar, los bosques que queremos mantener, tenemos que llegar a acuerdos que nos permitan seguir sumando.

El programa de Educación Ambiental Roots & Shoots que Jane creó, con miles de jóvenes que se incorporan cada día por todo el mundo para continuar su legado, hoy cobra más importancia todavía. Representa su misión cumplida. Ahora Jane nos deja para recorrer esa última aventura, como ella misma decía, que es la muerte. Se puede ir tranquila: el Instituto Jane Goodall, junto con su programa Roots & Shoots, la mantendrá viva –a ella y a su legado– eternamente.

Hace apenas un mes, nuestro equipo de trabajo quería celebrar con Goodall el nacimiento del Jane Goodall Institute Ecuador, uno de los grupos Roots & Shoots que creció y se consolidó como oficina propia. Así lo haremos en su honor, haciendo un llamado a la paz y al diálogo en un país que tanto lo necesita en estos momentos.

La semilla sigue dando frutos

Porque su partida no es una despedida, sino un empujón para seguir cumpliendo esa misión que nos transmitió por tantos años. Su semilla sigue dando frutos, con nuevos grupos que se unen a la acción, como nuestra reciente creación del grupo de investigación Educación Ambiental, Comportamiento Sostenible e Innovación para el Cambio Social (EDUCAMB) de la Universidad Internacional de la Rioja. Y con la convicción compartida de que, como decía Jane, unidos podemos marcar la diferencia. Porque su voz llega a todos los rincones del planeta, por muchas vías, por muchos grupos de trabajo, que hoy cuidan su legado.

Gracias, Jane, por ser una gran inspiración para todos y darnos fuerzas para continuar tu misión.

The Conversation

Sara Alvarez Solas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Gracias, Jane Goodall, por recordarnos el poder de la inspiración – https://theconversation.com/gracias-jane-goodall-por-recordarnos-el-poder-de-la-inspiracion-266627

La selección: refugiados ucranianos en Polonia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation

Refugiados ucranianos esperan en Shehyni, Ucrania, para cruzar a Medyka, Polonia, el 14 de marzo de 2022. DBrownPhotos/Shutterstock

El testimonio de Theodor, un joven ucraniano que recalca haber cruzado la frontera “legalmente” desde Ucrania a Polonia, condensa una de las tensiones que atraviesan la experiencia del exilio: la necesidad de justificarse, de probar constantemente la legitimidad de la propia presencia.

La frase no es casual ni aislada; responde a un clima enrarecido en Polonia, donde la solidaridad inicial hacia los refugiados ucranianos ha ido dejando paso a la sospecha y al cansancio de muchos polacos.

Léna Georgeault, directora del Grado en Relaciones Internacionales de la Universidad Villanueva, pudo tomarle el pulso a muchos ucranianos que viven en Polonia y que sienten que la solidaridad del principio ha ido dando paso a un cierto recelo en el país de acogida.

La profesora reconstruyó con detalle algunas trayectorias. Theodor, Natalia u Oksana son rostros concretos de un fenómeno masivo: más de un millón de ucranianos en Polonia, según cifras oficiales, aunque probablemente sean más.

Huir con lo puesto

Sus historias no son homogéneas. Mientras algunos llegaron con becas y redes de apoyo institucional, otros huyeron con lo puesto, cargando el trauma de la guerra y enfrentándose a una burocracia incierta. Ese contraste revela la fractura entre quienes viven el exilio como oportunidad y quienes lo sufren como condena.

El telón de fondo es una guerra que, tras más de tres años, ha dejado de percibirse como temporal. La idea inicial de un conflicto breve se ha desvanecido, y con ella el optimismo de muchos refugiados. Para algunos, como Natalia, el deseo de volver a Ucrania se mantiene intacto; para otros, como Ivan, la certeza de que su hija, que estudia en la Universidad de Breslavia, no quiera volver erosiona los lazos con el país de origen. Esta tensión entre retorno e integración es uno de los dilemas centrales de toda diáspora.

Pero la dificultad no proviene solo de Ucrania. Polonia, país de acogida, atraviesa sus propios límites. Algunas organizaciones civiles intentan cubrir vacíos básicos –alojamiento, asesoría legal, espacios comunitarios–, mientras la política oficial oscila entre el humanitarismo y la instrumentalización.

El viraje es evidente: la llegada al poder del nacionalista Karol Nawrocki ha reconfigurado el relato, transformando la acogida de refugiados de gesto solidario en respuesta demográfica. En este marco, los ucranianos son bienvenidos si producen, si estudian, si trabajan; quienes no encajan en esa lógica quedan relegados.

La sospecha hacia los ucranianos rusoparlantes, vistos como una “quinta columna”, refleja hasta qué punto la guerra ha reconfigurado identidades y desatado nuevas exclusiones. Aquí la paradoja es evidente: mientras en el frente combaten miles de ucranianos cuya lengua materna es el ruso, en el exilio esa misma característica se vuelve motivo de sospecha.

La solidaridad parece haber pasado de largo

Las olas de solidaridad de los primeros meses de la invasión de Ucrania por parte de Rusia han pasado de largo mientras continuaban los ataques armados y los verbales entre mandatarios.

Los refugiados saben que el destino de Ucrania depende en buena medida de la ayuda occidental. Sin embargo, expresan frustración ante la lentitud y tibieza de Europa y Estados Unidos. Trump acaba de dar un giro enorme en su política y le ha mostrado a Zelensky su apoyo para que recupere los territorios ocupados por Rusia. Esto, cuando hace unos meses dio la vuelta al mundo el choque entre ambos mandatarios.

Para jóvenes como Theodor, estudiante, la realidad de las negociaciones, presupuestos y cálculos políticos resulta insoportable. La exigencia es clara: frente a Rusia, cualquier ambigüedad equivale a ceder terreno.

Lo que emerge del reportaje es un mosaico de incertidumbre. La solidaridad espontánea del inicio ha dado paso a la incomodidad y la fatiga; el sueño del retorno convive con la integración irreversible; la identidad ucraniana se afirma, pero a costa de fracturas internas. Y, sobre todo, se impone la sensación de estar en suspenso, atrapados entre un pasado perdido y un futuro que no llega.

En medio de esa incertidumbre, y como nos recuerda la profesora Léna Georgeault, los ucranianos siguen pagando en exilio y en sangre el precio de sostener a un país en guerra.

The Conversation

ref. La selección: refugiados ucranianos en Polonia – https://theconversation.com/la-seleccion-refugiados-ucranianos-en-polonia-266015

Suplemento cultural: tal como fuiste, Robert

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Robert Redford y Barbra Streisand en _Tal como éramos_. FilMAffinity

Escribo esto mientras de fondo Barbra Streisand entona “The Way We Were”, canción de Tal como éramos, probablemente la película de Robert Redford que más me haya atravesado el corazón. Y es curioso que alguien con una personalidad tan comprometida y fuerte permanezca en mi memoria como el guapo y talentoso, pero pusilánime, Hubbell Gardiner.

No obstante, y alejándonos de mi recuerdo, es obvio que su muerte ha causado un gran impacto dentro y fuera del mundo del cine porque… bueno, porque todos tenemos “un Redford” que nos cambió la vida. Algunos lo encuentran en sus filmes mano a mano con Paul Newman, otros en sus retratos –e hizo varios– de periodista aguerrido y muchos cineastas lo reconocen en el ser humano real que inició una revolución en el mundo audiovisual: el Instituto y el Festival de Cine que llevan el nombre de su personaje en Dos hombres y un destino, Sundance.

Por si no saben por dónde empezar a recordar a una estrella de las que –ya casi– no quedan, esta es una semana perfecta para abrazar el suspense y la conspiración de Los tres días del cóndor que, como recuerda Pablo Castrillo Maortua, cumple 50 años. Porque si antes hablaba de su dúo dinámico con Newman, no es menor reflexionar sobre la espectacular pareja que formó el actor durante tantas películas con el director Sydney Pollack: Cóndor, Las aventuras de Jeremiah Johnson, Memorias de África o, efectivamente, Tal como éramos.

¿Qué está pasando en los States?

Precisamente de Robert Redford se acuerda también la autora de otro de los artículos de esta semana, uno que analiza el retrato que hacen dos filmes recientes de la situación actual en los Estados Unidos.

Uno de ellos se estrena hoy en España: Una batalla tras otra, la nueva película de Paul Thomas Anderson. En ella se alía con Leonardo DiCaprio para revisitar la novela de Thomas Pynchon Vineland. Si todo lo que acaban de leer les lleva a pensar que puede ser un proyecto demencial, creo que Steven Spielberg, que la vio tres veces, comparte esa opinión.

Una melodía en bucle

Hay canciones que, por alguna razón, se nos clavan en el cerebro. Tal vez forman parte de nuestra historia y las hemos escuchado y cantado tantísimas veces que son un resorte automático en nuestra mente. No sabemos por qué, pero salen solas.

Otras están “programadas” para causar ese efecto, aunque no lo busquemos. Y ahí estamos, a las ocho de la mañana, desayunando y cantando sin darnos cuenta una melodía que no tararearíamos voluntariamente si nuestras neuronas hubiesen tenido la deferencia de preguntarnos. Qué se le va a hacer. Es inevitable que, si Sonia y Selena nos taladraron los tímpanos con su canción, el cerebro vaya solo cuando alguien dice la frase “es que yo quiero bailar…”.

Hay formas de acallar estas “voces”, como explica Jorge Romero-Castillo. Personalmente, una de las que más me funcionan es pararme a mitad de canción, soltar una carcajada, y seguir con ella en voz alta hasta el final, para entretener a los presentes. Después de todo, las desdichas compartidas son menos desdichas.

Controlar el placer medieval

Ahora que se debate, en España pero también en muchos otros países, cómo regular la prostitución, merece la pena detenerse en las medidas que se tomaron en la Edad Media para controlarla y fiscalizarla pero no prohibirla. Después de todo, alegaban algunos, mejor que se dé rienda suelta a los deseos más oscuros en un espacio “seguro” y acotado que en todas partes… y sin poder cobrarlo.

Como bien explica Anna Peirats, el empeño por controlar los cuerpos ha estado presente en la historia de los seres humanos casi desde el inicio, y suele cebarse con los más vulnerables.

El ocio tranquilo

No seré yo la primera ni la última en observar que la marcada productividad de nuestra época ha infectado el tiempo libre. Ahora el ocio no consiste en no hacer, sino en hacer mucho.

Decía Aristóteles que para ser felices teníamos que desarrollar hábitos que nos hiciesen virtuosos. Con el tiempo estos hábitos se convertirían en rasgos de nuestro carácter y nos harían disfrutar de una “buena vida”. Para cultivar estos hábitos tenemos el ocio, el tiempo libre, un número de horas y días que nos permiten dejar de correr para poder pensar.

Es útil conocer las teorías del filósofo para intentar aplicarlas en el siglo XXI. Es más fácil hacerlo si estamos aislados en un lugar de recogimiento y reflexión, como por ejemplo un monasterio. Y si les suena extraño el concepto, sepan que creadores y artistas de todo tipo ya frecuentan estos espacios para buscar en ellos el silencio que, de momento, no podemos encontrar en nuestro día a día.

The Conversation

ref. Suplemento cultural: tal como fuiste, Robert – https://theconversation.com/suplemento-cultural-tal-como-fuiste-robert-266111

Razones para estudiar humanidades en la era de la inteligencia artificial

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Zamora-Polo, Profesor Contratado Doctor del Área de Proyectos de Ingeniería. Departamento de Ingeniería del Diseño, Universidad de Sevilla

“Qué pena que te metas en Filología (o Historia, o Filosofía), con las notas tan altas que tienes podrías estudiar lo que quisieras”. Esta frase o alguna variación sobre la misma idea la han escuchado, probablemente, en algún momento de sus carreras muchos estudiantes e investigadores de disciplinas humanísticas. Es una expresión que indica un menor valor social o laboral de las humanidades, y que se refleja en el porcentaje tan pequeño de estudiantes que acaban eligiendo una carrera humanística en la universidad.

Según los datos oficiales de las estadísticas universitarias en España, tan sólo un 10 % de los estudiantes de grado se matriculan en estudios de Artes y Humanidades. Estas titulaciones son además las menos elegidas como primera opción.

Existe una percepción social y económica de que las humanidades no “son útiles” para el mundo, o para ganar dinero. Y lo cierto es que esa creencia de que los egresados en disciplinas de Artes y Humanidades tienen mayor índice de desempleo, salarios bajos y un mayor desajuste de éstos con el nivel de formación ha sido respaldada por algunos estudios.




Leer más:
Por qué necesitamos las ciencias sociales en un mundo cada vez más complejo


Algunas universidades están relegando estos grados universitarios a puestos de menor atención, o incluso sustituyéndolos progresivamente por otras propuestas formativas. Detrás de estas acciones está el bajo número de estudiantes que eligen estas carreras. Este bajo interés es algo que tiene repercusiones incluso en los planes de estudio de secundaria y primaria. Es una tendencia general en todo el mundo. Como señala la filósofa estadounidense Martha Nussbaum (Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2012) en su obra Sin fines de lucro:

“En casi todas las naciones del mundo se está erradicando las materias relacionadas con las artes y las humanidades, tanto a nivel primario, como secundario y en las universidades. Concebidas como ornamentos inútiles por quienes definen las políticas estatales, en un momento en el que las naciones deben eliminar todo lo que no tenga ninguna utilidad para ser competitiva en el mercado global, estas carreras y materias pierden terreno, a gran velocidad, tanto en los programas curriculares como en la mente y el corazón de padres a hijos.”

Vocación de impacto en la sociedad

Sin embargo, no han desaparecido esos estudiantes que, con un expediente excelente, optan por las humanidades. ¿Por qué lo hacen? Hemos analizado recientemente historias personales de esos estudiantes “atípicos” para entender sus motivaciones.

Al ser entrevistados, estos informantes privilegiados expusieron un predominio claro de motivaciones internas (vocación, capacidad de servicio e interés personal) sobre las externas (empleo, estatus, influencia familiar) en la selección de la titulación. Es el caso de esta persona, que con una nota elevada, se decantó finalmente por uno de esos “saberes inútiles”:

“Mis notas de acceso a la universidad fueron buenas, saqué un 8,75 (sobre 10) y eso me dio la posibilidad de acceder a cualquier carrera de artes e incluso a algunas de ciencias. Tanto mi familia como mis compañeros querían que estudiara una carrera en la que me resultara fácil encontrar trabajo y que me proporcionara un buen estatus social y buenas condiciones de vida.”

Más que un trabajo

Los estudiantes con los que hablamos valoraban el impacto que su formación tenía sobre la sociedad. Para ellos, la elección de carrera no era simplemente un modo de procurarse un trabajo en el futuro, sino que percibían que con ellas podrían tener un protagonismo especial en la construcción de la sociedad, pues sus aspiraciones no eran tan solo laborales, sino vocacionales.

Entendían que la aportación a la sociedad a que estaban llamados desde sus estudios se realizaba en el cultivo de los valores humanísticos asociados a “las letras”: la reflexión filosófica, la belleza artística o la dimensión poética y lírica de la literatura, por poner solo algunos ejemplos.

Motivaciones internas

En una reciente tesis doctoral hemos evaluado el tipo de motivación que prevalecía cuando los estudiantes elegían modalidad de bachillerato (momento en el que, de manera tradicional, una persona se decanta por “ciencias” o “letras”).

Observamos que, aunque en general predominan las motivaciones externas (asociadas al salario o la empleabilidad), el alumnado con calificaciones altas que se decanta por humanidades y ciencias sociales valora más las motivaciones internas (el gusto por la disciplina, la capacidad de ser útil o la vocación).

No obstante, los estudiantes que tienen calificaciones altas eligen mayoritariamente la modalidad de ciencias y valoran motivaciones como la salida profesional o el estatus económico.

Dicho de otro modo, la tendencia general del alumnado con buenas notas, movido por motivaciones externas, es la de buscar una profesión rentable, mientras que el alumnado de calificaciones altas que se decanta por humanidades refiere motivaciones más vocacionales.

Saberes útiles

Esta motivación intrínseca tiene que ver con una concepción de las humanidades como un factor clave en la configuración de la sociedad, tal como proponía el pensador italiano Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil.

“Existen saberes que son fines en sí mismos, y que, precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial, pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad”.

¿Se puede poner de manifiesto la utilidad de estos saberes? En otro estudio que hemos hecho recientemente sobre el interés de las humanidades y las ciencias sociales para la construcción de la sociedad, proponíamos a un grupo de estudiantes de educación secundaria configurar su ciudad ideal tomando diez decisiones, vinculadas a las diversas modalidades de estudio que cursan.




Leer más:
Por qué las Humanidades nos ayudan a entender lo que ocurre en Ucrania


Durante el proceso se dieron cuenta de lo siguiente: para que en su ciudad hubiese un modelo de gobierno, sistema de justicia, educación, cultura o arte, era necesaria la presencia de saberes humanísticos y sociales con los que no contaban al principio de la intervención.

Aprender es necesario, por sí mismo

De manera popular, o incluso tradicionalmente, las humanidades se han percibido como el estudio o análisis de lo que otros hicieron (sea arte, literatura, filosofía, etc.), con poca aplicación práctica. Por eso, en un escenario cultural, social y tecnológico como el que vivimos, donde el acceso a los datos es inmediato y constante, estas disciplinas se consideran de poco valor.

El antiguo debate sobre la necesidad de exigir aprendizaje de contenidos y habilidades cuando estos estaban en los libros o en los ordenadores parece afectar especialmente a este tipo de saberes, los humanísticos. ¿Es preciso potenciar la adquisición y dominio de esta cultura general cuando todo se puede encontrar en la red?




Leer más:
La filosofía no es útil ni inútil: es inevitable


Evidentemente, sí. Una afirmación rotunda porque el objetivo no son los contenidos, sino el propio proceso de aprendizaje. Estas competencias “duras” son precisamente las que permiten el desarrollo de otras “blandas”, como son el pensamiento crítico, la autorregulación de aprendizajes o la actitud de curiosidad.

Estudiar a los grandes pensadores de la historia nos puede llevar a identificar el valor de la verdad en un contexto de noticias falsas y manipulación. Y conocer el devenir histórico de los conflictos del siglo pasado será un elemento clave para comprender cuán frágil es la paz en la que algunos vivimos, por poner solo algunos ejemplos.

El papel de las humanidades

En un contexto de menoscabo sistemático de las ciencias sociales y las humanidades en el currículo académico y en el interés general, la alfabetización científica es algo fuera de discusión. Pero las humanidades, como bien defendía el filósofo español José Ortega y Gasset, tienen una misión en la universidad: son el tronco principal de la cultura.

Avances tecnológicos como los algoritmos de inteligencia artificial generativa (IAG) nos obligan a hacernos preguntas que solamente las humanidades pueden ayudarnos a responder. Por esa razón, los estudios y disciplinas humanísticas deberían tener un carácter transversal para otros ámbitos de conocimiento (científicos, ciencias de la salud o tecnológicos).

En cuanto a las etapas de primaria y secundaria, dar mayor visibilidad a lo que los profesionales del ámbito humanístico aportan al bien común conduciría a potenciar las vocaciones humanísticas.

El escritor Isaac Asimov adivinó en su obra Yo, Robot que la tecnocracia era insuficiente y que siempre necesitaría del saber humano, ese que hizo cristalizar en sus Tres Leyes de la Robótica. Leyes que, más de dos mil años después, nos remiten inequívocamente al adagio latino de Terencio: “Nada humano me es ajeno”.

The Conversation

Francisco Zamora-Polo es socio de la Aosciación Española de Ingeniería y Dirección de Proyectos (AEIPRO, de la Red de Estudios para el Desarrollo y de Ongawa. Colabora en la Cátedra de patrocinio “Ingeniería en la Industria Agroalimentaria – GOYA – Antonio Unanue” financiada por Goya Spain. Recibe financiación del programa propio de investigación de la Universidad de Sevilla.

Jesús Sánchez Martín y Mario Corrales Serrano no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Razones para estudiar humanidades en la era de la inteligencia artificial – https://theconversation.com/razones-para-estudiar-humanidades-en-la-era-de-la-inteligencia-artificial-260211

La ‘variante Frankenstein’ del covid: ¿amenaza real o exageración mediática?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Sepúlveda Crespo, Investigador Miguel Servet, Instituto de Salud Carlos III

Desde hace unas semanas, la llamada “variante Frankenstein” del SARS-CoV-2 ocupa titulares en periódicos y televisiones. La imagen es potente: un virus que mezcla fragmentos de otros para escapar a nuestro sistema inmunitario. ¿Hay razones para la alarma? Desde la investigación, lo esencial es separar la evidencia de la especulación. A continuación, aclararemos qué sabemos y qué dudas persisten.

¿Qué es la variante XFG?

El nombre científico de la llamada variante Frankenstein es XFG, también conocida como Stratus. Es un linaje recombinante: surge cuando dos variantes coinciden en un mismo huésped y combinan parte de su material genético.

En este caso, XFG proviene de la mezcla de dos sublinajes de ómicron: LF.7 y LP.8.1.2. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la incorporó como variante bajo monitoreo el 25 de junio de 2025, tras detectarse la primera muestra en enero de 2025. Esto significa que requiere vigilancia, pero no hay pruebas concluyentes de que represente un mayor riesgo.

Lo que sabemos hasta ahora

  1. Presencia global, impacto desigual. Según la OMS, XFG se ha identificado en más de 35 países. No obstante, su distribución es desigual: en muchos lugares sigue siendo minoritaria. En España, Andalucía confirmó sus primeros casos en julio, y en Madrid continúa la vigilancia activa en hospitales y laboratorios.

  2. Ventaja de crecimiento moderada. La OMS estima que XFG podría transmitirse algo más rápido que otras variantes, pero esto no implica automáticamente más gravedad o ingresos hospitalarios. Una publicación reciente apoya esta observación con matices: aunque sus mutaciones le dan cierta ventaja frente al sistema inmunitario, su unión al receptor ACE2 (la “puerta de entrada” a nuestras células) parece menos eficiente.

  3. Síntomas. Algunos medios han destacado un posible signo diferencial: la ronquera o voz áspera. No obstante, esta observación procede de reportes clínicos aislados. Los estudios publicados en The Lancet Infectious Diseases e Infectious diseases, así como un estudio en fase de prepublicación, coinciden en que no se han identificado síntomas diferentes a los de variantes recientes. De momento, no hay evidencia científica robusta que respalde un patrón clínico característico.

  4. Vacunas y protección. Los datos preliminares indican que las vacunas actuales, especialmente las basadas en JN.1 (la subvariante de ómicron dominante en 2024), siguen protegiendo frente a XFG: aunque muestran que la neutralización por anticuerpos se reduce moderadamente (aproximadamente a la mitad), esta no desaparece. Incluso en vacunados recientes con preparados de ARN mensajero, el riesgo de hospitalización continúa siendo bajo.

Lo que todavía no sabemos

La variante Frankenstein plantea varias preguntas que guiarán la investigación en los próximos meses:

  1. ¿Qué ventaja real de transmisión tiene frente a otras variantes?

  2. ¿Hasta qué punto escapa a la inmunidad previa por vacunas o infecciones?

  3. ¿Provoca más complicaciones en grupos de riesgo?

  4. ¿Es la ronquera un síntoma fiable o solo una coincidencia?

  5. ¿Seguirá predominando o será reemplazada por nuevas variantes?

  6. ¿Podría originar linajes aún más complejos?

Responder a estas preguntas requiere más secuenciación genómica, estudios de neutralización y registros clínicos. Sin embargo, la vigilancia ha disminuido en muchos países, lo que genera “puntos ciegos” justo cuando más datos necesitamos.

Más ciencia, menos Frankenstein

El apodo “Frankenstein” cumple su función de atraer atención, pero también puede inducir miedo innecesario. Los coronavirus llevan millones de años recombinando su genoma; lo que ocurre con XFG no es tan excepcional.

La diferencia es que hoy podemos detectar esas recombinaciones casi en tiempo real gracias a la secuenciación masiva y compartirlas en bases de datos globales. Eso permite vigilar, comparar y anticipar.




Leer más:
Cinco años después, ¿estamos mejor preparados para una pandemia?


De hecho, XFG no es el primer recombinante observado. Variantes como XE, XD o XF aparecieron en años anteriores y no llegaron a ser dominantes globalmente. La historia sugiere prudencia: no todas las recombinaciones generan amenazas mayores.

Por qué sí importa investigarla

Aunque no debamos alarmarnos en exceso, hay razones de peso para estudiar a XFG: no solo refuerza la vigilancia internacional y la capacidad de reaccionar ante cambios potencialmente críticos, sino que también ayuda a validar la eficacia de las vacunas actuales y a decidir si conviene actualizarlas. Además, mejora la comunicación pública, distinguiendo entre variantes con impacto real y aquellas que solo generan titulares inquietantes.

En otras palabras, XFG recuerda que el virus sigue evolucionando y que nuestra mejor defensa no es el miedo, sino la ciencia.

Aunque la llamada “variante Frankenstein” es real, no es un monstruo. Hasta ahora no hay evidencias de que cause enfermedad más grave ni de que supere la inmunidad de forma preocupante. Lo que sí ofrece es una oportunidad para aprender: mejorar la vigilancia, compartir datos y reforzar la investigación.

La mejor forma de convivir con titulares llamativos no es dejarnos arrastrar por ellos, sino transformarlos en conocimiento útil que nos prepare para lo que pueda venir.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. La ‘variante Frankenstein’ del covid: ¿amenaza real o exageración mediática? – https://theconversation.com/la-variante-frankenstein-del-covid-amenaza-real-o-exageracion-mediatica-266390

La neurociencia revela que los músicos sienten el dolor de forma diferente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anna M. Zamorano, Assistant Professor, Aarhus University

Irek Pod/Shutterstock.com

Es bien sabido que aprender a tocar un instrumento puede reportar beneficios que van más allá de la simple habilidad musical. De hecho, las investigaciones demuestran que es una actividad excelente para el cerebro y que puede mejorar nuestras habilidades motoras finas, la adquisición del lenguaje, el habla y la memoria. Incluso puede ayudar a mantener nuestro cerebro más joven.

Después de trabajar durante años con músicos y ser testigo de cómo siguen ensayando a pesar del dolor que les causa realizar miles de movimientos repetitivos, empecé a preguntarme: si la formación musical puede remodelar el cerebro de tantas maneras, ¿también puede cambiar la forma en que los músicos sienten el dolor? Para responder la pregunta, mis colegas y yo hemos realizado un estudio.

Así nos cambia el dolor

Los científicos sabemos que el dolor activa varias reacciones en el cuerpo y el cerebro, modificando nuestra capacidad de atención y los pensamientos, así como nuestra forma de movernos y comportarnos. Si tocamos una sartén caliente, por ejemplo, el dolor nos hace retirar la mano antes de que nos quememos gravemente.

También cambia nuestra actividad cerebral. De hecho, suele reducir la actividad en la corteza motora, el área que controla los movimientos, lo que ayuda a evitar que utilicemos en exceso una parte del cuerpo lesionada.

Estas reacciones contribuyen a prevenir daños mayores si sufrimos una lesión. Pero si la molestia continúa durante más tiempo y el cerebro sigue enviando las señales de “no te muevas” durante demasiado tiempo, las cosas pueden salir mal.

Por ejemplo, si nos torcemos el tobillo y dejamos de usarlo durante semanas, eso puede disminuir nuestra movilidad y alterar la actividad cerebral en las regiones relacionadas con el control del dolor, lo cual puede aumentar el sufrimiento a largo plazo.

Las investigaciones también han descubierto que el dolor persistente puede reducir lo que se conoce como el “mapa corporal”, que es desde donde el cerebro envía órdenes sobre qué músculos mover y cuándo. Y esta merma, a su vez, está relacionada con un aumento del dolor.

Pero, aunque está claro que algunas personas experimentan más dolor cuando se reduce su mapa corporal, no todo el mundo se ve afectado de la misma manera. Algunas personas soportan mejor el dolor y sus cerebros son menos sensibles a él. Los científicos aún no comprenden del todo por qué ocurre esto.

Los músicos y el dolor

En nuestro estudio, queríamos analizar si la formación musical y todos los cambios cerebrales que provoca podrían influir en cómo los músicos sienten y afrontan el dolor. Para ello, se lo provocamos deliberadamente en las manos durante varios días tanto a músicos como a no músicos para ver si había alguna diferencia en cómo respondían.

Para imitar de forma segura las molestias musculares, utilizamos un compuesto llamado factor de crecimiento nervioso. Se trata de una proteína que normalmente mantiene los nervios sanos, pero cuando se inyecta en los músculos de la mano, provoca dolor durante varios días, especialmente al moverla. Es segura, temporal y no causa ningún daño.

Luego utilizamos una técnica llamada estimulación magnética transcraneal (EMT) para medir la actividad cerebral. La EMT envía pequeños pulsos magnéticos al cerebro que utilizamos para crear el mapa cerebral de la mano en cada participante del estudio.

Creamos estos mapas antes de la inyección y luego los medimos de nuevo dos días después y ocho días después, para ver si el dolor cambiaba el funcionamiento del cerebro.

Un hombre recibiendo terapia de estimulación magnética transcraneal.
La estimulación magnética transcraneal consiste en enviar pequeños pulsos eléctricos al cerebro.
Yiistocking/Shutterstock.com

Una diferencia sorprendente

Cuando comparamos los cerebros de los músicos y los no músicos, las diferencias fueron sorprendentes. Incluso antes de inducir el dolor, los primeros mostraban un mapa de la mano más preciso en el cerebro. Cuanto más tiempo habían dedicado a practicar, más refinado resultaba ese mapa.

Después de inducir el dolor, los músicos informaron de que sentían menos molestias que los no músicos. Y mientras que el mapa de la mano en los cerebros de los no músicos se redujo dos días después de sufrir el dolor, los de los músicos permanecieron sin cambios; sorprendentemente, cuantas más horas habían entrenado, menos dolor sentían.

Aunque en el estudio participaron solo 40 personas, los resultados mostraron claramente que los cerebros de los músicos respondían de forma diferente al dolor. Su entrenamiento parece haberles proporcionado una especie de amortiguador contra los efectos negativos habituales, tanto en la intensidad de las molestias que sentían como en la reacción de las áreas motoras de su cerebro.

Por supuesto, no implica que la música sea una cura para el dolor crónico, pero sí nos muestra que el entrenamiento y la experiencia a largo plazo pueden moldear la forma en que percibimos el dolor. Esto podría ayudarnos a comprender por qué algunas personas son más resistentes al dolor que otras, además de cómo podemos diseñar nuevos tratamientos para quienes viven con él.

Nuestro equipo está llevando a cabo más investigaciones para determinar si el entrenamiento musical también puede protegernos de la alteración de la atención y la cognición durante el dolor crónico. A partir de ahí, esperamos poder diseñar nuevas terapias que “reentrenen” el cerebro de las personas que sufren ese dolor persistente.

Para mí, esta es la parte más emocionante: la idea de que, como músico, lo que aprendes y practicas cada día no solo hace mejorar una habilidad, sino que puede, literalmente, reconfigurar nuestro cerebro de manera que cambie nuestra forma de experimentar el mundo, incluso algo tan fundamental como el dolor.

The Conversation

Anna M. Zamorano ha recibido financiación de la Fundación Lundbeck y de la Fundación Nacional Danesa para la Investigación a través del Centro para la Neuroplasticidad y el Dolor (CNAP).

ref. La neurociencia revela que los músicos sienten el dolor de forma diferente – https://theconversation.com/la-neurociencia-revela-que-los-musicos-sienten-el-dolor-de-forma-diferente-266495

¿Es posible convivir con las lluvias torrenciales en el Mediterráneo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Jato Espino, Investigador Sénior / Profesor en Ingeniería y Gestión Ambiental, Universidad Internacional de Valencia

Carretera inundada por las recientes lluvias en la Comunidad Valenciana. RTVE

Las lluvias torrenciales han vuelto a golpear el litoral mediterráneo. En solo unas horas, se han registrado hasta 246 l/m² en Amposta y 356,8 l/m² en Gandía. En Cullera, las precipitaciones alcanzaron “cifras históricas”, provocando desprendimientos y cortes de carreteras.

Estos episodios de intensas precipitaciones propios del principio del final del verano y principios del otoño no son nuevos. Sin embargo, su frecuencia e intensidad han aumentado en las últimas décadas debido al cambio climático. A pesar de ello, las lluvias no deberían considerarse el problema principal.

El verdadero desafío radica en cómo se ha construido y gestionado el territorio en estas zonas, que lo hace vulnerable a los efectos de las precipitaciones.

¿Se pueden evitar todos los daños?

El riesgo cero no existe. No obstante, sí es posible reducir significativamente las consecuencias si se adoptan medidas adecuadas.

Algunos daños son inevitables, especialmente cuando la lluvia supera cualquier capacidad de absorción o evacuación estimada. Muchos otros son recurrentes, pero evitables, ya que se deben a la construcción en zonas inundables, la falta de mantenimiento de infraestructuras o la urbanización sin drenaje adecuado. En estos casos, existen estrategias eficaces para reducir los daños provocados por las lluvias intensas.

1. Más infraestructura verde

Una de las medidas más relevantes es el fomento de la infraestructura verde. Elementos como parques inundables, jardines de lluvia o cubiertas vegetales permiten absorber el agua y disminuir la escorrentía. Estas soluciones también mejoran la calidad ambiental y social de los espacios públicos.

La renaturalización de espacios urbanos favorece la infiltración del agua en el suelo. En ciudades como Alcoy, se están restaurado barrancos como corredores ecológicos. Estas intervenciones conectan espacios naturales y reducen el riesgo de inundación, además de aportar valor paisajístico y ecológico.

2. Planificación territorial

La planificación territorial resulta clave. Evitar nuevas construcciones en zonas de riesgo es esencial para prevenir desperfectos y peligros para la población.

Asimismo, revisar los planes urbanísticos existentes e incorporar criterios de resiliencia (por ejemplo, prohibir nuevas construcciones en zonas inundables o exigir superficies permeables en nuevos desarrollos) permite anticiparse a futuros episodios extremos. Esta planificación debe ir acompañada de una gestión adecuada del drenaje urbano.

3. Sistemas de drenaje

Los sistemas de drenaje sostenible ofrecen una alternativa eficaz a los modelos convencionales. En lugar de canalizar el agua rápidamente hacia el alcantarillado, estos sistemas la retienen, filtran y liberan de forma controlada. Se trata de soluciones que imitan el ciclo natural del agua, como zanjas de infiltración, pavimentos permeables o depósitos de retención temporales.

Estos sistemas no vienen a sustituir a las redes convencionales de drenaje, sino que debe favorecerse la integración de ambas soluciones y enfatizar su mantenimiento. Muchos colectores presentan obstrucciones o no están adaptados a la nueva intensidad de las lluvias, lo que limita su eficacia. Los sistemas de drenaje sostenible, por su parte, ofrecen una mayor capacidad de adaptación y pueden integrarse fácilmente en entornos urbanos.




Leer más:
Imitar a la naturaleza para evitar inundaciones en las ciudades


4. Educación para la ciudadanía

Por último, la educación y la gobernanza son factores determinantes. La coordinación entre administraciones y la participación ciudadana fortalecen la capacidad de respuesta. Las alertas tempranas permiten actuar con rapidez y evitar consecuencias graves.




Leer más:
¿Cómo funciona el sistema de alerta de emergencias ES_ALERT utilizado en la dana de Valencia?


Ciudades esponja para convivir con el agua

El modelo de “ciudad esponja” ha dejado de ser experimental para convertirse en una estrategia urbana global frente al cambio climático. Estas ciudades no luchan contra el agua, sino que la integran en su diseño. Mediante soluciones basadas en la naturaleza, absorben, almacenan y reutilizan el agua de lluvia, reduciendo el riesgo de inundaciones y mejorando la calidad de vida urbana.

China ha liderado esta transformación. Ciudades como Shenzhen, Wuhan y Shanghai han incorporado humedales, superficies permeables y jardines de lluvia en su planificación. El objetivo nacional es que el 80 % de las áreas urbanas capten el 70 % del agua de lluvia para 2030.

En Europa, Alemania destaca por la magnitud de sus iniciativas. La instalación de cubiertas y fachadas verdes se ha promovido por los municipios. En 2019, dos tercios de las ciudades exigían cubiertas verdes en sus planes de desarrollo. Como resultado, en quince urbes con más de 500 000 habitantes, el 10 % de las cubiertas se clasifica como verdes (equivalente a alrededor de 0,8 m² por habitante).

En África, Beira (Mozambique) inició su transición tras el ciclón Idai en 2019. Se han incorporado sistemas de drenaje sostenible, vegetación urbana y restauración de humedales. El objetivo es aumentar la resiliencia frente a futuros eventos extremos.

Jakarta, en Asia, enfrenta un doble desafío: inundaciones y hundimiento del terreno por extracción de aguas subterráneas. La ciudad ha comenzado a rediseñar su infraestructura. Se prioriza la expansión de espacios verdes, el drenaje vertical y los pozos de infiltración.

Estos ejemplos muestran que no existe una única fórmula. Cada ciudad adapta las soluciones a su contexto climático, social y económico. Lo que comparten es una visión común: convivir con el agua en lugar de combatirla.

Hacia una cultura del agua adaptativa

Incluso con todas estas medidas, algunos daños seguirán produciéndose. Por ello, además de prevenir, conviene prepararse para responder. Esto implica contar con planes de emergencia, sistemas de alerta eficaces y una ciudadanía informada.

La resiliencia no consiste solo en soluciones técnicas. También es un asunto social, institucional y cultural.

Aprender a convivir con las lluvias no implica resignación. Necesitamos dejar de ver el agua como una amenaza y empezar a verla como un recurso y trabajar para transformar las ciudades para que sean más seguras, verdes y habitables.

The Conversation

Daniel Jato Espino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es posible convivir con las lluvias torrenciales en el Mediterráneo? – https://theconversation.com/es-posible-convivir-con-las-lluvias-torrenciales-en-el-mediterraneo-266408